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      <titleStmt>
        <title>Carta de Juan de Espinosa a Juan de Arguijo sobre la poesía oscura, con otras sales
          contra Góngora</title>
        <author>Juan de Espinosa</author>
        <editor>Héctor Ruiz Soto</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Muriel Elvira</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Héctor Ruiz Soto</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Université Paris-Sorbonne, LABEX OBVIL</publisher>
        <date when="2021"/>
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          <licence target="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/"
            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
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      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <bibl><title><hi rend="i">Libro de varios tratados de graciosidad y erudición, de diferentes
          autores</hi></title>, H Ra/0158, Universidad de Sevilla, <ref
            target="https://archive.org/details/HRa0158/page/n298/mode/1up"
            >f. 267r-268v</ref>. </bibl>
      </sourceDesc>
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    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
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        <date notBefore="1613" notAfter="1614"/>
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  <text>
    <!--
      <div>
        <head>Datos bibliográficos</head>
        <table>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>Héctor Ruiz Soto</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell><p>Juan de Espinosa</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Destinatario</cell>
            <cell><p>Juan de Arguijo</p></cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell><p>De don Juan de Espinosa cerca de la Poesía oscura a don Juan de Arguijo</p>
          </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell><p>ca. 1613-1614</p>
          </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell><title><hi rend="i">Libro de varios tratados de graciosidad y erudición, de diferentes autores</hi></title>, H Ra/0158, Universidad de Sevilla, f. 267r-268v.</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>
              <p>Cobos Rincón (1986: 47-50)</p>
          </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell>No</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell>No</cell>
          </row>
        </table>
      </div>
      -->
    <front>
      <head>Introducción</head>
      <div>
        <head>0. La polémica gongorina, «graciosidad y erudición» para Francisco Pacheco</head>
        <p>La presente edición es un estudio y anotación de una carta del poeta sevillano Juan de
          Espinosa, perteneciente al círculo de Juan de Arguijo, dirigida a este poeta-mecenas como
          un parecer sobre la «poesía oscura» de Góngora y sus imitadores<note place="bottom">
            Agradezco a Mercedes Blanco, Muriel Elvira y Aude Plagnard su generosa relectura de esta
            edición, a Begoña López Bueno y Maite Chicote Pompanin su ayuda para la obtención de
            bibliografía e iconografía, cuando la «constitución maligna» de la Covid-19 cerró por
            vez primera bibliotecas e impidió viajes, y a Roland Béhar su disponibilidad para
            compartir hallazgos sobre Pacheco y Fernando de Herrera.</note>. Este breve escrito de
          Juan de Espinosa pertenece a una colección manuscrita titulada: <hi rend="i">Libro de
            varios tratados de graciosidad y erudición, de diferentes autores</hi><note
            place="bottom"> BUS, H Ra/0158, <hi rend="i">Libro de varios tratados de graciosidad y
              erudición, de diferentes autores</hi>.</note>. A esta colección pertenecen un buen
          número de cartas y escritos satíricos (vejámenes, disparates, cuentos, diálogos, escolios
          y relaciones), entre los que se encuentran varios escritos que comentan el estado de la
          cultura y la sociabilidad letrada. El compilador del códice fue Francisco Pacheco, el
          pintor y tratadista sevillano, suegro de Velázquez, que también dibujó la portadilla del
            manuscrito<note place="bottom"> Bassegoda i Hugas (2009: 17).</note>.</p>
        <figure>
          <graphic
            url="http://gongoradigital.github.io/img/1613_carta-espinosa/1613_carta-espinosa_fig1.jpg"/>
          <head>Fig. 1: Portadilla de Francisco Pacheco para su <hi rend="i">Libro de varios
              tratados…</hi>, BUS, H Ra/0158.</head>
        </figure>
        <p>En este compendio, mutilo de los folios 1r a 96v, Pacheco se muestra especialmente
          interesado en las controversias o polémicas literarias<note place="bottom"> Del mismo
            tenor, pero centrados en Fernando de Herrera, son los escritos compilados en otro
            manuscrito de Pacheco, BNE MSS/17553, «Observaciones del Licenciado Prete Jacopín sobre
            las anotaciones de Fernando de Herrera a las obras de Garcilaso de la Vega (h. 1-86v).
            Respuesta de Fernando de Herrera a las Observaciones del Condestable de Castilla, Juan
            Fernández de Velasco (h. 87-215v)». El manuscrito contiene al final la siguiente
            información: «Fueron sacadas de los propios originales de letra del mismo Fernando de
            Herrera en 11 de agosto de 1605», con la firma y rúbrica de Francisco Pacheco.</note>.
          Tanto es así que el primer escrito conservado en esta miscelánea es la <hi rend="i">Carta
            del bachiller de Arcadia al capitán Salazar</hi> (ca. 1550), que, según Fernando de
          Herrera, introdujo en España este género de escritos: «Mas perdone Dios a don Diego
          [Hurtado] de Mendoza haber traído de Italia este género de escribir»<note place="bottom">
            <hi rend="i">Apud</hi> Béhar (2015: 55-57).</note>. Se trata de una misiva satírica de
          este aristocrático escritor contra una crónica de la batalla de Mühlberg (1547) que
          circuló por la corte en forma de epístola, seguida en el cartapacio de Pacheco por la
          respuesta del capitán Salazar<note place="bottom"> BUS, H Ra/0158, <hi rend="i">Libro de
              varios tratados…</hi>, f. 97r-117r, «Carta que escribió don Diego de Mendoza, con
            nombre del bachiller de Arcadia, al capitán Salazar motejándole de mal coronista del
            libro que escribió de la victoria habida contra los sajones, y respuesta del capitán
            Salazar».</note>. Otros vejámenes y traslados de cartas alternan con «escolios» como los
          «de Juan Sáez Zumeta contra Juan Bautista Pérez»<note place="bottom"> BUS, H Ra/0158, <hi
              rend="i">Libro de varios tratados…</hi>, f. 138r-152v.</note>, y varias obras de
          Francisco de Quevedo o Antonio Ortiz Melgarejo<note place="bottom"> La <hi rend="i">Casa
              de los locos de amor</hi>, con carta a don Juan de Arguijo en BUS, H Ra/0158, <hi
              rend="i">Libro de varios tratados…</hi>, f. 205r.</note>.</p>
        <p>En lo que a controversias poéticas se refiere, el cartapacio contiene la «Carta escrita a
            d<hi rend="i">on</hi> L<hi rend="i">uis</hi> de Góngora en razón de sus <hi rend="i"
            >Soledades</hi>, y respuesta de don Luis de Góngora»<note place="bottom"> BUS, H
            Ra/0158, <hi rend="i">Libro de varios tratados…</hi>, f. 257r-260v.</note>. Tras estas
          cartas, viene otra sobre las <hi rend="i">Rimas</hi> de Juan de Jáuregui<note
            place="bottom">Libro impreso en Sevilla, por Francisco de Lyra Varreto, en 1618.</note>,
          y una relación de las fiestas madrileñas a san Isidro, en 1620, ambos escritos firmados
          por Antonio Hurtado de Mendoza, que hace gala en ellos de un malintencionado buen
            humor<note place="bottom"> BUS, H Ra/0158, <hi rend="i">Libro de varios tratados…</hi>,
            f. 261r-261v, «Capítulo de una carta de Madrid escrita postrero día de julio de este año
            de 1618, enviada a don Fran<hi rend="i">cis</hi>co de Calatayud por don Antonio Hurtado
            de Mendoza cerca de las rimas de don Juan de Jáuregui»; f. 262r-266v, «Relación de las
            fiestas de Madrid por el mes de junio de 1620 a s<hi rend="i">an</hi> Isidro labrador,
            por don Antonio Hurtado de Mendoza».</note>. La epístola sobre las <hi rend="i"
            >Rimas</hi> interesó a Pacheco por tratar de la obra de un amigo suyo, en cuyos
          preliminares él mismo había participado con el soneto «La muda poesía y la
            elocuente…»<note place="bottom"> Jáuregui, <hi rend="i">Rimas</hi>, 1618, f. ¶3r.
            Francisco de Calatayud, a quien va dirigida la carta de Antonio Hurtado de Mendoza, es
            el autor del primero de los poemas preliminares a las <hi rend="i">Rimas</hi> (f. ¶1r).
            Sobre la crítica de Hurtado de Mendoza, véase Rico García (2012: 335).</note>. El
          segundo escrito es una verdadera sátira de las fiestas madrileñas: «Ahora se duda si
          Madrid celebró la beatificación o el martirio del santo…»; «dícese que su Majestad se ha
          cansado de lo mal que han lucido los agradecimientos de su salud, que no parece que nos
          importaba tanto, según las inútiles demostraciones que se han hecho, y de nada está
          gustosa y contenta la gente sino de ver que está ya bueno (Dios le guarde) y que se espera
          que mandará sacrificar un par de regidores en desagravio del santo»<note place="bottom">
            BUS, H Ra/0158, <hi rend="i">Libro de varios tratados…</hi>, f. 263v y 266v.</note>. Al
          comentar los premios de la justa poética, Antonio Hurtado de Mendoza apunta:</p>
        <quote>[el primer premio] en las octavas a don Francisco de Tapia, hijo del marqués de
          Belmonte, seguidor de la secta gongórica, brillante y rico<note place="bottom"> Por error,
            la copia apunta «riso».</note> cuanto dice, aunque en don Luis no hay más que dos cosas
          fáciles: podelle alabar muy bien, y saber imitalle mal<note place="bottom"> BUS, H
            Ra/0158, <hi rend="i">Libro de varios tratados…</hi>, f. 265r.</note>.</quote>
        <p>Después de esta relación, llega la carta que editamos, seguida de otra de Quevedo a una
          abadesa, que corresponde al texto burlesco generalmente titulado <hi rend="i">Carta a la
            rectora del Colegio de las Vírgenes</hi><note place="bottom"> Azaustre Galiana (2017: §
            20).</note>, y de un intercambio epistolar de Juan de Espinosa con el conde de Bailén
          sobre la Inmaculada Concepción<note place="bottom"> Este último transcrito y comentado por
            Cobos Rincón (1987).</note>.</p>
        <p>A cuenta de la graciosa erudición desplegada en todos estos escritos, y especialmente en
          las disputas literarias, este <hi rend="i">Libro de varios tratados</hi> de Francisco
          Pacheco reúne documentos de distinto cariz sobre la república de las letras, especialmente
          entre 1610 y 1620, en eso comparables a los <hi rend="i">Ragguagli di Parnaso</hi> de
            Boccalini<note place="bottom"> Sobre la influencia temprana de estos avisos del parnaso,
            especialmente en Quevedo, adversario ideológico de Boccalini, véase Blanco
            (1998).</note>. Como un archivo atento a la memoria satírica de las letras áureas,
          objeto de curiosidad y diversión, este volumen recoge el texto que se consideraba en la
          Sevilla de Fernando de Herrera como el primer ejemplo español de panfleto de tema
          literario, y varios escritos pertenecientes a la polémica gongorina, como otra muestra más
          del interés de Francisco Pacheco por el autor de las <hi rend="i">Soledades</hi>. En 1619,
          este se encargó de la reedición de los <hi rend="i">Versos de Fernando de
            Herrera</hi><note place="bottom"> Herrera, <hi rend="i">Versos</hi>, Sevilla, por
            Gabriel Ramos Vejarano, 1619.</note> que se afanaban en «elevarlo a los altares del
          cultismo convertido en una alternativa a Góngora»<note place="bottom"> López Bueno (2012:
            318). Véase también Núñez Rivera (2010: 198-199), Micó (2015: 29-46), Ruiz Pérez (2012:
            106) o García Aguilar (2012: 188-192).</note>. Según escribe el propio Pacheco en el <hi
            rend="i">Arte de la pintura</hi>, Velázquez hizo en 1622 un retrato de Luis de Góngora
          (Boston, Museum of Fine Arts) «a instancia mía»<note place="bottom">Pacheco, <hi rend="i"
              >Arte de pintura</hi>, 2009, p. 203. Sobre los retratos de Góngora, véase Marías
            (2012).</note>. Pacheco, como <hi rend="i">doctus pictor</hi>, conocía bien la obra del
          poeta y la polémica que esta suscitó.</p>
        <p>En el cuaderno compilado por Pacheco, se conservan dos testimonios de la polémica
          gongorina. Por una parte, la pareja de denuestos epistolares conocidos con los títulos de
            <hi rend="i">Carta que escribieron a don Luis de Góngora en razón de sus
            “Soledades”</hi> y <hi rend="i">Carta de Góngora en respuesta de la que le
            escribieron</hi> del propio Góngora. Por otra parte, esta misiva de Juan de Espinosa a
          Juan de Arguijo, descubierta en 1986 por Mercedes Cobos Rincón<note place="bottom"> Cobos
            Rincón (1986).</note>, ausente del repertorio de la polémica de Robert Jammes<note
            place="bottom"> Jammes (1994). Joaquín Roses cita el artículo de Cobos Rincón, sin
            comentar la carta en su <hi rend="i">Poética de la oscuridad</hi> (Roses 1994:
            195).</note> y ahora editada en el marco del proyecto Góngora del labex Obvil<note
            place="bottom"> Véase ahora el catálogo de la polémica gongorina a cargo de Muriel
            Elvira y Aude Plagnard (2021).</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>1. Título: Una carta familiar sobre la «poesía oscura»</head>
        <p>El texto editado a continuación no tiene más título que «D<hi rend="i">e</hi> don Ju<hi
            rend="i">an</hi> de Espinosa cerca de la Poesía oscura a d<hi rend="i">on</hi> Ju<hi
            rend="i">an</hi> de Arguijo», sobreentendiéndose que se trata de una carta más en un
          volumen en que estas abundan. En el índice del mismo, añadido autógrafo de Francisco
            Pacheco<note place="bottom"> Bassegoda i Hugas (2009: 17).</note>, aparece sin embargo
          como «Discurso de don Ju<hi rend="i">an</hi> de Espinosa a don Ju<hi rend="i">an</hi> de
          Arguijo cerca de la poesía oscura»<note place="bottom">BUS, H Ra/0158, <hi rend="i">Libro
              de varios tratados…</hi>, f. [2v].</note>. El pintor y tratadista añadió así la
          palabra ‘discurso’ por encima del renglón, evitando la elisión del título del documento
          («[carta] De don Juan de Espinosa…») porque este texto está precedido por una relación y
          no por otra carta.</p>
        <p>Este añadido que redefine la misiva puede entenderse, en el marco de un libro <hi
            rend="i">de graciosidad</hi>, como un donaire. En efecto, Espinosa se queja de que
          Arguijo le haya pedido su parecer en una carta, cuando sería necesario contestar con un
          largo discurso:</p>
        <quote>Bien veo que V<hi rend="i">uestra</hi> M<hi rend="i">erce</hi>d quiere oírme, pero no
          es materia para billete, y hablando de veras es menester larga distinción<note
            place="bottom"> BUS, H Ra/0158, <hi rend="i">Libro de varios tratados…</hi>, f.
            267r.</note>.</quote>
        <p>El escrito concluye no obstante dando por acabado el alegato, o la ‘excepción de
          justicia’, un término jurídico con el que el poeta da a entender que ha dado su última
          palabra sobre el tema de la nueva poesía:</p>
        <quote>Hago excepción de los amigos, que de justicia se está hecha, y para el que quisiere
          saber con quién hablo me remito al examen de la conciencia<note place="bottom"> BUS, H
            Ra/0158, <hi rend="i">Libro de varios tratados…</hi>, f. 268v.</note>.</quote>
        <p>Este fragmento juega con el doble sentido de ‘excepción’ para salvar a los amigos de la
          crítica y cerrar el texto: el alegato, o excepción “de justicia se está hecha”. Si «de
          veras» no se trata de un discurso, sí se trata de una ‘excepción’. Independientemente de
          esta variante entre burlas y veras, este texto se presenta como un breve discurso con
          envoltorio o pretexto epistolar. Fuera del índice, el título del escrito acredita que
          pertenece a una relación epistolar y aclara el tema de forma evidente para cualquier
          lector familiarizado con el estado de las letras en la primera mitad del siglo XVII. La
          poesía culta aparece descrita inequívocamente con una de sus tachas más habituales según
          sus detractores: como «poesía oscura».</p>
        <p>En definitiva, esta carta emana de una situación similar a la de la célebre «carta a un
          señor de estos reinos» que Lope de Vega incluyó en la <hi rend="i">Filomena</hi>. Pedro
          Conde Parrado, editor de las misivas incluidas en este libro de 1621, apunta «que Lope era
          perfectamente capaz de inventarse que un personaje de alta alcurnia le había solicitado su
          opinión sobre la llamada “nueva poesía”»<note place="bottom"> Conde Parrado
          (2015).</note>. En este caso, Espinosa nos descubre, en el discreto cauce del manuscrito,
          que Arguijo, veinticuatro (regidor) de la ciudad y potentado venido a menos, solicita su
          parecer sobre la poesía culta. Aunque su poder no es comparable al de Sessa<note
            place="bottom"> Como señala Pedro Conde Parrado (2015) a propósito del destinatario de
            la carta lopesca: «El candidato hacia el que se inclina la crítica es, como era de
            esperar, el duque de Sessa».</note>, ni era grande ni título, el mecenas sevillano
          recibe una suerte de «carta a un señor de estos reinos» con un parecer sobre la nueva moda
          poética. Una carta familiar en prosa, en parte sátira de los cultos, en parte muestra de
          una relación personal entre dos poetas interesados en la moda literaria más importante de
          su tiempo<note place="bottom"> Sobre la dualidad entre generalización del discurso y
            circunstancias biográficas en el género de la epístola, véase Ruiz Pérez
          (2000).</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>2. Autor: Juan de Espinosa, poeta y sevillano del círculo de Arguijo</head>
        <div>
          <head>2. 1. De don Juan de Espinosa…</head>
          <p>El que escribe esta carta es un poeta sevillano poco conocido, miembro del círculo de
            Juan de Arguijo<note place="bottom"> Sobre Arguijo y el contexto literario en la Sevilla
              de su tiempo, véase Garrote Bernal (2006 y 2018) y Escobar Borrego, Montero, Rico
              García y Solís de los Santos (2017), así como Rico García (2012: 342-348).</note>. Fue
            sobrino de fray Juan de Espinosa (†1598), dominico sevillano y renombrado predicador,
            incluido por Francisco Pacheco en su <hi rend="i">Libro de retratos</hi><note
              place="bottom"> Pacheco, <hi rend="i">Libro de retratos</hi>, s.a., f.
              54r-55v).</note>, aunque no tuvo la fama de su tío. Son pocas las referencias a
            nuestro personaje en los textos que nos han llegado, si bien Juan Antonio de Ibarra lo
            menciona junto a Arguijo en su <hi rend="i">Encomio de los ingenios sevillanos</hi>
            (Impreso en Sevilla, por Francisco de Lira, 1623):</p>
          <quote>Viose Sevilla en sus alumnos, conociolos por el idioma, miró en ellos ilustrado el
            resplandor de la elegancia del Marqués de Tarifa, la divinidad de Herrera, la erudición
            de Pachecos y Medinas, la agudeza y sal de Alcázares y Salinas, la copia y propiedad de
            Jáureguis y Guzmanes, el caudal profundo y alteza de espíritu de Francisco de Rioja y
            Antonio Ortiz Melgarejo, la grandeza de heroicos pensamientos de don Juan de Arguijo y
            don Juan de Espinosa, la comprensión y viveza de don Alonso de la Serna, que si bien es
            menos bien admitida la alabanza de los vivos, con todo eso ellos se dejan amar, y el
            vulgo y los buenos permitir que los alaben<note place="bottom"> Juan Antonio de Ibarra,
                <hi rend="i">Encomio de los ingenios seuillanos en la fiesta de los Santos Inacio de
                Loyola i Francisco Xauier</hi>, impreso en Sevilla: por Francisco de Lira, año 1623,
              f. 23v.</note>.</quote>
          <p>A todas luces ausente de otros parnasos, su obra conocida es bastante reducida<note
              place="bottom"> Sobre los parnasos, véase Ruiz Pérez 2010.</note>. En 1976, Stanko B.
            Vranich repertorió una silva citada por Pacheco al retrato de su tío y tocayo (a. 1599),
            un soneto a las ruinas de Itálica proveniente del manuscrito 20355 de la BNE<note
              place="bottom"> «Itálica infelice que del hado…», BNE, MSS/20355, <hi rend="i">Sonetos
                varios recogidos aquí de diferentes autores, así de manuscritos como de algunos
                impresos por Don Joseph Maldonado Dávila y Saavedra, vecino de Sevilla año de
                1646</hi>, f. <ref target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000178726&amp;page=62"
                >56r</ref>. Es reseñable la ausencia de Espinosa del «índice de autores españoles
              que han escrito poesía de mucho nombre», f. 293v-294r.</note>, otro soneto preliminar
            en el manuscrito de las <hi rend="i">Soliadas</hi> de Diego Félix de Quijada y
              Riquelme<note place="bottom"> «Corona de laurel la noble frente…» (Quijada y Riquelme,
              1887: <ref target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000202249&amp;page=41"
                >XXXIII</ref>).</note> (1619), así como una canción a los santos mártires Honorio,
            Eutiquio y Esteban conservada en la Hispanic Society<note place="bottom"> Vranich 1976.
              A estos tres santos el propio Arguijo les dedicó una canción en el mismo certamen por
              las fiestas de Jeréz a sus santos patronos (Garrote Bernal y Cristóbal 2004:
              XXXIII).</note>. Mercedes Cobos Rincón añadió a esta lista la carta a Juan de Arguijo
            sobre la poesía oscura y otra más, conservada en el mismo manuscrito de la Universidad
            de Sevilla, sobre temas concepcionistas<note place="bottom"> Cobos Rincón (1986 y
              1987).</note>. Otra composición suya se conoce gracias al <hi rend="i">Arte de
              pintura</hi> de Francisco Pacheco, como señaló en su edición Bonaventura Bassegoda: se
            trata de una silva a un dibujo de san Juan Bautista de mano de Felipe IV, «que envió a
            Sevilla su gran valido el Conde-Duque el año de 1619»<note place="bottom"> Pacheco, <hi
                rend="i">Arte de pintura</hi>, p. 217-219.</note>. Conviene ahora añadir una obra
            más a su corta bibliografía, un soneto traído por Ibarra en su <hi rend="i"
              >Encomio…</hi><note place="bottom"> De él daba noticia Inmaculada Osuna (2012:
              273-275) en su estudio de la relación de Ibarra.</note>, tras una breve presentación
            elogiosa:</p>
          <quote>
            <p>Don Juan de Espinosa, caballero de insignes prendas, que sobre las de su nobleza y
              calidad asientan muy bien las de su ingenio:</p>
            <lg>
              <lg>
                <l>    Sacras plantas de Alcides, que el dichoso</l>
                <l>silencio y soledad de nuestro prado</l>
                <l>gozáis, y en verdes ramos enlazado,</l>
                <l>un nudo estrecho, dulce y amoroso;</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>    su furia humille y soplo riguroso</l>
                <l>a vuestra verde frente el viento helado,</l>
                <l>y en primavera eterna os tenga el hado,</l>
                <l>vestidas siempre de color hermoso.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>    Mas si del tiempo el conocido efeto</l>
                <l>no consiente mudanza, vuestra gloria</l>
                <l>os volverá su efeto conocido:</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>    mas, ¡ay de mí!, que al mal vivo sujeto,</l>
                <l>sin esperar del bien, que aun mi memoria</l>
                <l>pueda alcanzar las aguas del olvido<note place="bottom"> Juan Antonio de Ibarra,
                      <hi rend="i">Encomio de los ingenios seuillanos en la fiesta de los Santos
                      Inacio de Loyola i Francisco Xauier</hi>, impreso en Sevilla: por Francisco de
                    Lira, año 1623, f. 4r-v)</note>.</l>
              </lg>
            </lg>
          </quote>
          <p>Junto a Alonso de la Serna, Francisco de Rioja y Antonio Ortiz Melgarejo, Ibarra
            presenta a Espinosa como uno de los «cuatro excelsos y valientes espíritus, de los
            últimos que compusieron, como flores a la primavera de esta patria común», y que
            acompañan al «genio» Juan de Arguijo<note place="bottom"><hi rend="i">Ibid</hi>., f.
              3v-4r.</note>. Espinosa es por tanto una figura menor del círculo de Juan de Arguijo y
            su obra conocida, entre 1599 y 1620, se resume en poemas de ocasión e intercambios de
            pareceres polémicos.</p>
        </div>
        <div>
          <head>2. 2. … A don Juan de Arguijo</head>
          <p>El destinatario de la carta de Espinosa era un célebre poeta y mecenas en la Sevilla de
            inicios del siglo XVII<note place="bottom"> Garrote Bernal (2018). Véase también Arguijo
              1985 y 2004.</note>. En sus <hi rend="i">Varones ilustres en letras naturales de la
              ilustrísima ciudad de Sevilla</hi>, Rodrigo Caro lo describe de la siguiente
            manera:</p>
          <quote>Don Juan de Arguijo, veinticuatro de Sevilla, no solo elegantísimo poeta, sino el
            Apolo de todos los poetas de España, a los cuales honraba mucho y jamás censuró a
            ninguno, antes, siendo muy rico de renta, que heredó de su padre en contía de 18.000
            ducados de renta cada año, los favorecía a todos con excesivos dones y donativos; tanto
            que, en la entrada en Sevilla de una señora, gastó 40.000 ducados por ser mujer de un
            privado [la marquesa de Denia]. Y este gasto atrasó tanto su hacienda, de modo que sin
            ser jugador ni gastador de mujeres, vino a estar tan pobre que solo se sustentaba, hasta
            que murió, de la dote de su mujer, que eran 4.000 ducados de renta: para su gran
            magnificencia, corto caudal. Tocaba muchos instrumentos y en un discante era el primer
            hombre de toda España<note place="bottom"> Rodrigo Caro (2018: 97).</note>.</quote>
          <p>El poeta y generoso mecenas escribió una obra abundante y muy reconocida, dedicándose
            también a la música según Caro, y hasta a la pintura según Lleó Cañal<note
              place="bottom"> Lleó Cañal (2012: 88-89).</note>. Si aquí aparece bajo los rasgos de
            Apolo, lo hace más bien en calidad de patrón de las artes que en calidad de rey de
            poetas, aunque fuera uno de los más destacados y alabados de su tiempo. Sus obras
            poéticas, coleccionadas en cartapacios manuscritos por otros sevillanos de su círculo
            como Francisco de Medina o Francisco de Rioja, y su participación en fiestas religiosas
            afianzaron su fama de buen poeta. De ahí su posición destacada en las <hi rend="i"
              >Flores de poetas ilustres</hi> de Pedro de Espinosa (1605) —las cuales se abrían con
            uno de sus sonetos<note place="bottom"> «La tirana codicia del hermano…»: Pedro de
              Espinosa, <hi rend="i">Flores de poetas ilustres</hi>, 2006, p. 175-177.</note>
            seguido de otro de Góngora<note place="bottom"> «Varia imaginación, que en mil
              intentos»: Pedro de Espinosa, <hi rend="i">Flores</hi>, p. 178-180, Luis de Góngora
                (<ref
                target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica#poem43"
                >OC43</ref>; 2019: 420-424).</note>—. Recibió elogios de Cervantes en el <hi
              rend="i">Viaje del Parnaso</hi><note place="bottom"> Miguel de Cervantes, <hi rend="i"
                >Viaje del Parnaso</hi>, III, vv. 352-357.</note>, y muy especialmente de Lope de
              Vega<note place="bottom"> Por ejemplo en el <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi>, II, vv.
              416-424. Lope apunta que su sucesor es Juan de Jáuregui, vv. 425-447 (Vega Carpio
              2007).</note>, quien también gozó del mecenazgo del rico burgués sevillano.
            Veinticuatro de la ciudad desde 1590, heredero de una sustanciosa fortuna familiar,
            Arguijo animó hasta 1606 una suerte de academia literaria que se reunía probablemente en
            su palacio<note place="bottom">Véase al respecto Garrote Bernal y Cristóbal (2004:
              XXXII).</note>. Ocupaba pues una posición eminente y central en la república
            hispalense de las letras:</p>
          <quote>La cronología de su vida brindó a Juan de Arguijo la oportunidad de conocer a tres
            generaciones de humanistas y creadores con los que compartió amistad, ideas y
            experiencias. La primera de ellas fue la formada en torno al magisterio de Juan de Mal
            Lara y Fernando de Herrera, que reunió a Baltasar del Alcázar (1530-1606), al canónigo
            Pacheco (1535-1599), al humanista Diego Girón, al maestro Francisco de Medina o al
            pintor Pablo de Céspedes (1548-1608), al jesuita Gaspar de Zamora (1543-1621). La
            segunda fue su generación, Rodrigo Caro (1573-1647), los jesuitas Luis del Alcázar
            (1554-1613) y Juan de Pineda (1558-1637), Pedro de Venegas Saavedra (1576). La tercera,
            la de los jóvenes que habían nacido en la década de 1580, Antonio Ortiz de Melgarejo,
            Francisco de Rioja, Francisco de Calatayud, Juan de Jáuregui, Hernando de Soria
            Galvarro, Juan Antonio de Vera y Zúñiga, Juan de Espinosa, o Diego Félix de Quijada y
              Riquelme<note place="bottom"> Escobar Borrego, Montero, Rico García y Solís de los
              Santos (2017: 67).</note>.</quote>
          <p>Seriamente endeudado a partir de 1605, tuvo que subastar su palacio en 1606 y acogerse
            a la Casa Profesa de la Compañía de Jesús, hasta que ganó un pleito contra el heredero
            del Almirante de Castilla en 1613 y pudo abandonar su retiro forzoso en 1616<note
              place="bottom">Sobre el pleito y la influencia de su retiro forzoso en sus relaciones
              amistosas y literarias, véase Vranich (1985: 25-27) y Garrote Bernal y Cristóbal
              (2004: XXXV-XXXVII)</note>, volviendo a su faceta de poeta público en fiestas,
            preliminares de obras amigas, y en la colección de cuentecillos o chistes que coleccionó
            a partir de 1619, sobre la que volveremos en el último apartado de esta introducción.
            Murió el 7 de agosto de 1622.</p>
        </div>
      </div>
      <div>
        <head>3. Cronología: una gota del temprano «torrente de los doctos, agudos y
          curiosos»</head>
        <p>Volviendo al discurso o carta de Juan de Espinosa, su datación solo puede ser hipotética.
          Necesariamente anterior a la muerte de Juan de Arguijo, en 1622, solo podemos avanzar
          hipótesis en base al conocimiento parcial de las primeras fases de la polémica gongorina y
          a algunos indicios presentes en la propia misiva, o en lo que calla. El hecho de que no
          ataque los poemas mayores de Góngora sino unos anónimos poetas, sugiriendo que son
          bisoños, no permite deducir nada con certeza, aunque ofrece algún indicio. El ataque
          contra los imitadores de Góngora y la responsabilidad que les achaca en el fenómeno de la
          oscuridad podría significar que la carta es posterior a la difusión de las <hi rend="i"
            >Soledades</hi> (1613-1614<note place="bottom"> Sobre la difusión temprana de las
            mismas, véase López Bueno (2018: 3. <ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_advertencias#body-1-4"
              >Cronología</ref>) y Daria Castaldo (2016: 3. <ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1613_carta-amigo#body-1-3"
              >Cronología</ref>).</note>), aunque en la alusión a unos anónimos «gigantones» bien
          pudiera ocultarse el <hi rend="i">Polifemo</hi> gongorino. En la <hi rend="i">Plaza
            universal</hi> de Suárez de Figueroa (1615, con censuras de 1612), ya se atribuía a unos
          indeterminados ingenios el prosperar del estilo culto, con alusiones a las silvas de
          Estacio que sin duda aluden a las <hi rend="i">Soledades</hi>, siendo este fragmento
          fechable entre 1612 y finales de 1614:</p>
        <quote>Algunos siguen de poco a esta parte un nuevo género de composición (al modo de
          Estacio en las silvas) fundado en oscurecer los conceptos con interposiciones de palabras
          y ablativos absolutos, sin artículos, aunque cuidadoso en la elegancia de frases y
          elocuciones. Grandes son las contiendas que causó esta novedad entre los poetas de España,
          contradiciéndola por una parte muchos, como contraria a la claridad elegante, y por otra
          siguiéndola algunos, como exquisita y adornada de poéticos resplandores<note
            place="bottom"> Suárez de Figueroa, <hi rend="i">Plaza universal de todas las ciencias y
              artes</hi>, en Madrid, por Luis Sánchez, 1615, f. 358r-v. Sobre la cronología de las
            primeras fases de la polémica gongorina, véase Rico García (2016: 3. <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso#body-1-3"
              >Cronología</ref>).</note>.</quote>
        <p>Tras la difusión de la <hi rend="i">Fábula de Polifemo y Galatea</hi> en 1612, y
          probablemente también de versiones tempranas de las <hi rend="i">Soledades</hi>, no habría
          que esperar mucho para ver prosperar a los poetas cultos, que ya afilaban la pluma en el
          nuevo estilo en fechas tan tempranas como 1605. Así lo lamentó Lope de Vega en la epístola
          «Al contador Gaspar de Barrionuevo» de 1604, y en otra «al doctor Gregorio de Angulo», de
          1608, con las miras puestas en las <hi rend="i">Flores de poetas ilustres</hi> de Pedro de
          Espinosa: «Presumid por momentos de latino…»<note place="bottom"> En la primera epístola,
            escrita en Sevilla, «Otros, que por lo hinchado se desvelan / tundiendo el paño al mar,
            frisando el polo, / y con decir que es tropos se arrodelan»; en la segunda: «Y advertid
            que el vocablo se entremeta: / ‘verbigracia, boato, asumpto, activo, / recalcitrar,
            morigerar, seleta, / terso, culto, embrión, correlativo, / recíproco, concreto,
            abstracto, diablo, / épico, garipundio y positivo’». Las citas y su interpretación
            proceden de Antonio Sánchez Jiménez (2019: 167-171).</note>. Siendo así las cosas, y tan
          genérico y mal definido el blanco al que Juan de Espinosa dirige sus dardos, ni la
          datación de los poemas mayores de Góngora ni la historia de su influencia en las letras
          andaluzas y españolas ayudan a fechar esta carta con gran precisión<note place="bottom"
            >Garrote Bernal y Cristóbal (2004: XLI) escriben de hecho: «Nos parece evidente que la
            censura de los gongorinos que hay en esta carta sin fecha, sólo pudo ser posterior a la
            imitación de los poemas mayores de Góngora, dados a conocer en 1613».</note>.</p>
        <p>El dato más sólido con el que contamos es la comparación llevada a cabo por Espinosa
          entre la nueva poesía y la boga del neoestoicismo español. La influencia estoica era
          manifiesta en Sevilla, donde la generación de los poetas de entre-siglos, contemporánea de
          Arguijo, se caracterizaba por el horacianismo y la moral inspirada en Séneca y demás
            estoicos<note place="bottom"> Véase Begoña López Bueno (2000), así como Gómez Canseco
            (2012: 60) y Núñez Rivera (2012: 214-215), que añade a esas dos características la
            graciosidad sevillana <hi rend="i">de la sal</hi>. Por último, sobre la influencia del
            neoestoicismo en el propio Arguijo: Escobar Borrego, Montero, Rico García y Solís de los
            Santos (2017: 72): «el cariz moral de la poesía de Arguijo llevará a nuestro autor a
            presentar a sus personajes como estandartes de valores estoico-cristianos, en diálogo,
            con frecuencia, con las odas de Horacio».</note>. Sin embargo, Espinosa parece aludir
          más bien al éxito de la preceptiva neoestoica, lamentando que sea más fácil reunir un
          banquete intelectual en torno a la poesía oscura que en torno a un tema serio y de interés
          universal como los preceptos estoicos:</p>
        <quote>Yo prometo a V<hi rend="i">uestra</hi> M<hi rend="i">erce</hi>d que se pudiera
          celebrar un simposio solemnísimo para tratar de estas cosas mejor que de los preceptos
          estoicos, y aunque esos versos rompen los dientes, a fe que habían de hacer ventaja al
          plato más regalado<note place="bottom">BUS, H Ra/0158, <hi rend="i">Libro de varios
              tratados…</hi>, f. 268r.</note>.</quote>
        <p>Aunque en el erudito banquete o «solemnísimo simposio» los preceptos estoicos sean plato
          de mejor gusto que la poesía culta, esta se impone como una nueva moda. Ante esta
          descripción del triunfo avasallador de la novedad culta, parece probable que estas líneas
          de Espinosa pertenezcan a un periodo temprano de la polémica gongorina, entre 1612 y 1616,
          habida cuenta de que en esos años se difunden en toda España y en la misma Sevilla obras
          fundamentales del neoestoicismo, en traducciones de Epicteto, Séneca y Justo Lipsio<note
            place="bottom"> Blüher (1983: 368-447).</note>. Tres reimpresiones de la traducción del
            <hi rend="i">Enchiridion</hi> de Epicteto por el Brocense (Salamanca, Pedro Lasso, 1600)
          se publican en 1612 en Pamplona, en Madrid y en Barcelona<note place="bottom"> Véase
            Sánchez de las Brozas <hi rend="i">Doctrina del estoico filósofo Epicteto, que se llama
              comúnmente Enchiridion</hi>, En Salamanca: en casa de Pedro Lasso, 1600. Las
            reimpresiones son: en Pamplona, por Carlos de Labayen, 1612; en Madrid, por Juan de la
            Cuesta, 1612; en Barcelona, por los herederos de Onofre Anglada, 1612. Sobre el
            estoicismo del Brocense, véase Singlard (2015).</note>. En 1611 y 1613 se imprime en
          Madrid la traducción de Luis Carrillo y Sotomayor del <hi rend="i">De brevitate vitae</hi>
          de Séneca<note place="bottom"> Blüher (1983: 420).</note> (en las <hi rend="i">Obras</hi>
          del traductor, impresas por Juan de la Cuesta primero y por Luis Sánchez después). En
          1612, la <hi rend="i">Doctrina moral de las epístolas que Lucio Anneo Séneca escribió a
            Lucilio</hi>, supuestamente traducida por Juan Melio de Sande, sale de las prensas
          madrileñas de Alonso Martin<note place="bottom"> Blüher (1983: 421).</note>, y también de
          1612 es el manuscrito de la <hi rend="i">Doctrina moral del conocimiento propio y
            desengaño de las cosas ajenas</hi>, de Quevedo<note place="bottom"> Blüher (1983:
            428).</note> (publicado en 1630, pero difundido en círculos eruditos en fechas más
          tempranas). En Sevilla, en 1616, se publica asimismo el <hi rend="i">Libro de la
            constancia de Justo Lipsio</hi> traducido por Juan Bautista de Mesa, con aprobación real
          de 1614<note place="bottom"> Justo Lipsio, <hi rend="i">Libro de la constancia de Justo
              Lipsio traducido de latín en castellano por Juan Baptista de Mesa</hi>, impreso en
            Sevilla: por Matías Clavijo, 1616, f. ¶3v.</note>.</p>
        <p>Por otra parte, la vida y las conexiones de Juan de Arguijo arrojan otros indicios que
          coinciden con ese arco cronológico temprano. A falta de más datos, el hecho de que el
          también sevillano Juan de Espinosa le haga llegar su opinión en un billete parece sugerir
          que el veinticuatro no había recuperado del todo esa sociabilidad letrada «tanto en su
          vida real como en su vida literaria, tanto dentro como fuera del texto y de la página
          impresa o manuscrita»<note place="bottom">Lazure (2012: 31).</note>, de la que gozó en los
          primeros años del siglo. Máxime si consideramos que Espinosa estaba mejor relacionado con
          los dominicos, como su tío, que con los jesuitas, en unos años de violentas polémicas
          concepcionistas que pudieron influir en que los dos amigos cambiaran impresiones en este
          tipo de billetes, y no en verdaderos «simposios» o tertulias<note place="bottom">Cobos
            Rincón, 1987. Sobre la virulencia del enfrentamiento entre dominicos y jesuitas
            sevillanos a partir de 1615 sobre la Inmaculada Concepción, véase Osuna (2012:
            277-283).</note>. Con todo, Ibarra no encuentra inconveniente alguno en 1623 para citar
          a Espinosa en su <hi rend="i">Encomio…</hi> ocasionado en la fiesta de los fundadores
          jesuitas San Ignacio y San Francisco Javier. Además, la carta familiar, en prosa y
          afectuosamente descuidada, era comúnmente «cauce de las ideas literarias»<note
            place="bottom">Rico García (2000: 400-401).</note>, y lo que sorprende no es tanto el
          medio empleado como el interlocutor al que recurre Arguijo.</p>
        <p>Conociendo las conexiones del veinticuatro con los letrados sevillanos de su tiempo, dos
          datos llaman la atención en este intercambio epistolar y literario. El primero es que un
          hombre tan bien informado como Arguijo, de acreditado juicio en temas poéticos, acuda a la
          opinión de un poeta de segunda fila, menor que él en letras y en años. El segundo, el
          silencio de esta carta sobre el <hi rend="i">Antídoto contra la pestilente poesía de las
            Soledades</hi> que Juan de Jáuregui empezó en 1614 y concluyó al año siguiente. Entre
          1610 y 1619, el pintor y poeta vivía en Sevilla, viajando ocasionalmente a Madrid<note
            place="bottom"> Bassegoda i Hugas (2009: 27).</note>. No cabe duda de que tanto Espinosa
          como Arguijo lo conocieron y trataron, cuando menos gracias al propio Arguijo. Este
          mantuvo con Jáuregui una amistad duradera, e incluso participó con dos décimas en los
          elogios preliminares de sus <hi rend="i">Rimas</hi>, en 1618. Que Arguijo acuda a
          Espinosa, y que este ofrezca un parecer tan alusivo y precipitado, indica con toda
          probabilidad que este billete es anterior a la difusión en 1615 de la opinión de Jáuregui.
          Tanto más cuanto que varios defensores de Góngora opuestos al <hi rend="i">Antídoto</hi>
          enrolaron rápidamente en su bando a Juan de Arguijo, como Francisco Fernández de Córdoba,
          abad de Rute, en su <hi rend="i">Examen del Antídoto</hi> de 1617, y Angulo y Pulgar en
          sus <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> (1635). Para estos autores, Arguijo es uno
          de los dos «hombres graves» que admiraron a Góngora en la ciudad hispalense, junto a Juan
          Antonio de Vera y Zúñiga<note place="bottom"> Francisco Fernández de Córdoba, <hi rend="i"
              >Examen del antídoto o apología por las Soledades de don Luis de Góngora contra el
              autor del antídoto</hi> (2019) y Martín de Angulo y Pulgar, <hi rend="i">Epístolas
              satisfactorias</hi> (2018: f. 54v).</note>. Aunque ambos escribieron para los
          preliminares de las <hi rend="i">Rimas</hi> del mismo Jáuregui (1618), que aprobó también
          el muy íntimo amigo de Góngora, Hortensio Félix Paravicino, las dos décimas de elogio que
          Arguijo tributó a este volumen resultaron quizá algo tibias<note place="bottom"> Jáuregui,
              <hi rend="i">Rimas</hi>, f. ¶¶2r.</note>. Eso consideró al menos Antonio Hurtado de
          Mendoza, en el parecer sobre este libro que Pacheco compiló en el <hi rend="i">Libro de
            varios tratados de graciosidad y erudición</hi>:</p>
        <quote>Las décimas de don Juan de Arguijo no han perdido nada, que en ellas se ha conocido
          nuevamente su severo y atinado entendimiento, pues no sabe alabar bien las cosas
            malas<note place="bottom"> BUS, H Ra/0158, <hi rend="i">Libro de varios tratados…</hi>,
            f. 261r.</note>.</quote>
        <p>Así las cosas, este billete de Juan de Espinosa podría ser una prueba de la curiosidad
          que despertó el nuevo estilo gongorino en Juan de Arguijo. La descuidada alegría con la
          que Espinosa se opone a la moda culta podría indicar que el veinticuatro todavía no tenía
          una opinión formada, o públicamente expresada, sobre el tema de moda en la república de
          las letras. Por tanto, ya sea una carta realmente enviada o un artificio literario, la
          misiva de Espinosa sería anterior a 1617, cuando Arguijo parece haber elegido bando a
          favor de Góngora. Pertenecería por tanto a un periodo inmediatamente anterior, en el que
          el poeta y mecenas todavía podría encontrarse recluido, pidiendo opiniones por carta
          incluso a poetas menores como Espinosa, y en definitiva interrogándose sobre la nueva
          poesía del mismo modo y en los mismos meses y años en que lo hacían otros futuros
          partidarios de Góngora, como el abad de Rute<note place="bottom"> Muriel Elvira (2015:
              3. <ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer#body-1-3"
              >Cronología</ref>).</note>. Por último, el silencio sobre Jáuregui permite deducir la
          anterioridad de esta carta con respecto a las primeras noticias del <hi rend="i"
            >Antídoto</hi> entre los amigos del pintor-poeta en su ciudad natal.</p>
        <p>Con estos indicios la carta de Juan de Espinosa a Juan de Arguijo puede ser fechada entre
          1612 y 1617, o con mayor probabilidad entre 1613 y 1614, inscribiéndose en los primeros
          tiempos de la difusión de los poemas mayores de Luis de Góngora. Pertenecería así al
          «torrente de los doctos, agudos y curiosos» detractores de la nueva poesía, que según
          Manuel Ponce prosperaron ya desde 1612<note place="bottom"> Citado en Rico García (2016:
              3. <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso#body-1-3"
              >Cronología</ref>).</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>4. Estructura: tres críticas a los cultos en forma de epístola</head>
        <p>La breve carta de Juan de Espinosa recorre en una argumentación ágil los siguientes
          puntos:</p>
        <p>Los poetas cultos no son poetas de luz – Espinosa no quiere ser su intérprete –
          [Premisas:] El estilo culto ha de ser condenado, pero sin condenar lo figurado en poesía
          ni a Góngora – [Argumento primero:] Los poetas cultos son malos imitadores de este –
          También es condenable la mala imitación en pintura – [Argumento segundo:] El estilo
          figurado es lícito si los poemas tienen sustancia, no así en las poesías cultas –
          [Argumento tercero:] Sus autores rechazan los preceptos del arte poética – [Conclusión:]
          Esta moda está tan difundida como el neoestoicismo – Espinosa renuncia al enfrentamiento
          con estos poetas.</p>
        <p>Tras la primera afirmación, tajante y breve, que resume la opinión desfavorable de Juan
          de Espinosa sobre los cultos, su escrito se desarrolla como una verdadera carta familiar,
          en tono de sátira. Si la <hi rend="i">captatio benevolentiae</hi> debe subrayar la <hi
            rend="i">infirmitas</hi> del autor y la modestia de su ingenio, aquí Espinosa invierte
          el tópico reprochándole a Arguijo que solicite su opinión, suponiendo que él tiene que
          entender el estilo culto, cosa que de ser cierta le avergonzaría: «pudiera yo correrme de
          que no entendiéndolos V<hi rend="i">uestra</hi> M<hi rend="i">erce</hi>d me tenga por buen
          intérprete». El exordio sí avisa con humildad, y como curándose en salud por lo
          superficial de los argumentos que van a seguir, de que sería necesario un discurso y no un
          billete para desarrollar convenientemente la argumentación, que pasa a resumir a
          continuación. Tras exponer dos premisas iniciales («Lo primero [no hay que condenar lo
          figurado] porque no es impropio», «Lo segundo», condenar a los cultos no es condenar a
          Góngora), la primera y principal crítica de Espinosa contra los cultos es que son malos
          imitadores, que hurtan a Góngora sus versos. Una digresión extrapola la crítica a la mala
          imitación en pintura, en un ataque contra la decoración pictórica del Salón principal del
          palacio arzobispal de Sevilla: una pulla que ha de entenderse como un guiño de Espinosa a
          Arguijo, por varios motivos que desarrollo más adelante (véase 6. 2). Viene a continuación
          el segundo argumento. La «poesía oscura» es insustancial y vacía, y el ornato oculta poca
          o ninguna idea digna de ese nombre: los cultos «encubren boberías con jerigonza». Espinosa
          concede que este defecto es tolerable en poetas jóvenes «porque después, al madurar, se
          despojan de lo vicioso». Pero los cultos son soberbios e indóciles a las enseñanzas de sus
          maestros así como a las lecciones del arte poética: tal es la tercera crítica de
          Espinosa.</p>
        <p>Acabada la argumentación, en tono más humorístico, la epístola pasa de la dialéctica a la
          retórica, completando el arsenal de ocurrencias injuriosas contra los cultos mediante una
          comparación con el estoicismo y con el «perro callejero». De hecho la carta es insultante
          del principio al fin: los cultos son poetas «del Anticristo», «bestias» cuyo idioma no se
          entiende, rufianes que hablan en «jerigonza», monas que no saben imitar e ingenios
          inspirados por harpías más que por musas. Además, la moda culta es comparada al
          estoicismo, del que sin embargo desmerece, como un alimento infame: «aunque esos versos
          rompen los dientes, a fe que habían de hacer ventaja al plato más regalado». Estas
          palabras y el exordio en que el autor renuncia a ser intérprete sugieren que Arguijo pudo
          reclamar un parecer o un comentario sobre unos versos concretos. Sin embargo, Espinosa
          concluye renunciando a la ‘corrección fraterna’ de estos poetas<note place="bottom">Sobre
            la ironía de esta corrección y de la fingida amistad que la acompaña en el género
            literario de las controversias poéticas, véase el excelente artículo de Béhar
            (2015).</note>, escudándose en su susceptibilidad («no quiero ruido con necios, que
          desconfían y se enojan») y completando el bestiario que los califica: «tienen condición de
          perro callejero». Rizado el rizo de la sátira, Espinosa exime, con mayor o menor
          franqueza, a «los amigos» de su crítica, y encierra en el secreto de la confesión el
          blanco al que dirige sus tiros («y para el que quisiere saber con quién hablo me remito al
          examen de la conciencia»). Cierran la misiva la fórmula de despedida y la firma.</p>
      </div>
      <div>
        <head>5. Fuentes: una reescritura de Horacio</head>
        <p>Esta carta familiar es reflejo de tertulias («Bien veo que V<hi rend="i">uestra</hi> M<hi
            rend="i">erce</hi>d quiere oírme») y muestrario de los motivos más comunes de la
          sociabilidad letrada desde el Renacimiento: cuentos, alusiones y expresiones coloquiales
          alternan con un horacianismo poético explícitamente asumido («y así a cada paso los
          comprende Horacio»). Por ello, el <hi rend="i">Arte poética</hi> es la fuente principal a
          la que recurre Juan de Espinosa y casi la única de un texto que, en su faceta más seria,
          no acude más que a argumentos comunes de la reflexión poética del periodo. Aunque Espinosa
          también cita a Góngora, del que se declara «muy aficionado», o a Marcial, alude a ambas
          autoridades como modelos de los poetas criticados, y no sigue en nada sus escritos. La
          carta entera es una reescritura del inicio del <hi rend="i">Arte poética</hi> de Horacio,
          como explicamos en la anotación y en el apartado relativo a los conceptos debatidos.</p>
        <p>En alusiones indirectas, otras fuentes podrían ser una fábula de Esopo o una anécdota de
          Vasari («la mona en casa del estatuario»), la expresión de germanía ‘que se vaya al rollo
          de Écija’ («Vuélvolos a V<hi rend="i">uestra</hi> M<hi rend="i">erce</hi>d para que los
          envíe a Écija»), y por supuesto fuentes iconográficas: «la galería del cardenal de
          Guevara», y «alguna herrería de Vulcano, o la lucha de Hércules con Anteo» (ya sean estas
          fuentes iconográficas o simplemente mitográficas), cuya función en la argumentación de
          Espinosa detallamos a continuación.</p>
      </div>
      <div>
        <head>6. Conceptos debatidos</head>
        <p>La mala imitación que se confunde con el plagio (imitación hurtada), el equilibro que
          debe guardarse entre estilo y sustancia, y el necesario aprendizaje que requiere el buen
          ejercicio de la poesía son los tres principales conceptos en los que se basa la
          argumentación de Juan de Espinosa, junto con la comparación entre poesía y pintura
          desarrollada en una digresión sobre la imitación.</p>
        <p>Estos cuatro conceptos son relativamente habituales en la polémica gongorina y en otras
          controversias literarias anteriores. A continuación comento el tratamiento de cada uno de
          ellos en la carta de Juan de Espinosa siguiendo el orden de su argumentación.</p>
        <div>
          <head>6. 1. La mala imitación: el hurto y la mona</head>
          <p>Para Espinosa, una vez Góngora ha quedado a salvo o exceptuado de su crítica, los
            poetas cultos «pecan con su ejemplo», imitándolo erróneamente. El error consiste en un
            hurto, «reverso negativo»<note place="bottom">Ponce Cárdenas (2016: 107).</note> de la
            imitación, metáfora polémica de la <hi rend="i">imitatio</hi> cuando esta es excesiva e
            indiscreta. Aquí, es ante todo una imitación inadecuada: a los cultos les ocurre «lo que
            a la mona en casa del estatuario, y así a cada paso los comprende Horacio juntando
            cabezas humanas a cuellos de caballos».</p>
          <p>Estas dos comparaciones, la mona y la grotesca comparación horaciana apuntan ya al <hi
              rend="i">ut pictura poesis</hi>. La alusión a «la mona en casa del estatuario», aunque
            es un tanto oscura y podría derivar de una de esas «novelitas» que se contaban «en las
            tertulias del Siglo de Oro»<note place="bottom">Chenot y Chevalier (1979: 11). El
              término «mona» podía servir también de insulto (véase Bouza, 1991: 134-135). En tal
              caso, podría aludir a alguna persona conocida por el destinatario y el
              remitente.</note>, apunta a una anécdota de Vasari o a una fábula de Esopo, en todo
            caso a un cuento sobre el tópico del simio como mal imitador<note place="bottom">Cohen
              (2017).</note>. En la versión de 1568 de la vida del pintor florentino Buonamico
            Buffalmacco, Vasari cuenta que un mono «<hi rend="i">bertuccione</hi>»<note
              place="bottom"><hi rend="i">Vocabolario degli accademici della Crusca</hi>, in
              Venezia, appresso Giovanni Alberti, 1612, p. 765: «<hi rend="i">Scimmione: scimia
                grande, bertuccione</hi>».</note>, perteneciente al obispo de Arezzo, pintó por
            encima de la decoración en la que el pintor estaba trabajando para la capilla del
            Bautismo del obispado.</p>
          <quote><hi rend="i">Buonamico messo mano al lavoro: n’aveva già fatto buona parte, quando
              gl’avvenne un caso il più strano del mondo, e fu, secondo che racconta Franco
              Sacchetti nelle sue trecento Novelle, questo. Aveva il vescovo un bertuccione il più
              sollazzevole ed il più cattivo che altro che fusse mai. Questo animale, stando alcuna
              volta sul palco a vedere lavorare Buonamico aveva posto mente a ogni cosa, nè
              levatogli mai gl’occhi da dosso quando mescolava i colori, trassinava gli alberelli,
              stiacciava l’uova per fare le tempere, ed insomma quando faceva qualsivoglia altra
              cosa. Ora, avendo Buonamico un sabato sera lasciato l’opera, la domenica mattina
              questo bertuccione, non ostante che avesse apiccato a’ piedi un gran rullo di legno
              […] egli salì, non ostante il peso che pure era grave, in sul palco dove soleva stare
              Buonamico a lavorare: e quivi recatosi fra mano gli alberelli, rovesciato che ebbe
              l’uno nell’altro, e fatto sei mescugli e stiacciato quante uova v’erano, cominciò a
              imbrattare con i pennelli quante figure vi erano, e seguitando di così fare, non
              restò, se non quando ebbe ogni cosa ridipinto di sua mano. […] Venuto il lunedì
              mattina, tornò Buonamico al suo lavoro, dove vedute le figure guaste, gli alberelli
              rovesciati, et ogni cosa sotto sopra, restò tutto maravigliato e confuso. Poi […]
              pensò finalmente che qualche aretino per invidia o per altro avesse ciò fatto; onde
              andatosene al vescovo, gli disse come la cosa passava e quello di che dubitava, di che
              il vescovo rimase forte turbato; pure fatto animo a Buonamico, volle che rimettesse
              mano al lavoro […], gli diede sei de’ suoi fanti armati che stessono co’ falcioni,
              quando egli non lavorava […]. Rifatte dunque la seconda volta le figure, un giorno che
              i fanti erano in aguato, ecco che sentono non so che rotolare per la chiesa, e poco
              appresso il bertuccione salire sopra l’assito, e in un baleno fatte le mestiche,
              veggiono il nuovo maestro mettersi a lavorare sopra i Santi di Buonamico</hi><note
              place="bottom"> Vasari, <hi rend="i">Le vite de’ piu eccellenti pittori, scultori e
                architettori</hi>, in Fiorenza, appresso i Giunti, 1568, vol. I, p. <ref
                target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000186192&amp;page=111">158-159</ref>.
              Propongo la traducción siguiente: ‘Buonamico puso manos a la obra: ya había hecho
              buena parte de ella, cuando le ocurrió el caso más extraño del mundo, que fue, según
              cuenta Franco Saccheti en sus trescientas <hi rend="i">Novelle</hi>, el siguiente. El
              obispo tenía un mono <hi rend="i">bertuccione</hi>, el más divertido y malo que hubo
              jamás. Este animal, que alguna vez se paraba en su palco a ver trabajar a Buonamico,
              había atentido a todo, sin quitar nunca la vista de él cuando mezclaba los colores,
              preparaba los recipientes, rompía los huevos para hacer la témpera, y en resumen
              cuando hacía cualquier cosa. Entonces, habiendo Buonamico dejado la obra un sábado por
              la noche, el domingo por la mañana el <hi rend="i">bertuccione</hi>, a pesar de tener
              atado a los pies un gran rodillo de madera, subió, sin importarle lo mucho que pesaba,
              al palco en el que solía estar Buonamico trabajando Y entonces acercó los recipientes,
              los vacío unos dentro de los otros, y tras hacer sus mezclas y romper todos los huevos
              que había empezó a emborronar con los pinceles todas las figuras que allí había, y
              siguió así sin desccanso hasta que lo repintó todo de su mano. Cuando llegó el lunes
              por la mañana, Buonamico volvió a su obra, donde, vistas las figuras deshechas, los
              vasos rotos y todo manga por hombro, se quedó admirado y confiuso. Pensó al final que
              algún aretino, por envidia o por otra razón, había hecho aquello, por lo que se fue
              con ello al obispo y le dijo lo que pasaba y lo que él suponía, de lo que el religioso
              se quedó muy preocupado. Animó a Buonamico, queriendo que volviese a trabajar en su
              obra, y le dio seis de sus guardas, para que permaneciesen allí armados cuando él no
              trabajaba. Volvió a hacer una segunda vez las figuras, y un día que los guardias
              estaban en emboscada, he aquí que oyeron no sé qué rodar por la iglesia, y poco
              después vieron al <hi rend="i">bertuccione</hi> subirse al andamio, hacer las mezclas
              a la velocidad del rayo y, como nuevo maestro, ponerse a trabajar sobre los santos de
              Buonamico’.</note>.</quote>
          <p>La historia acaba entre risas y burlas, con Buonamico repitiendo su obra por tercera
            vez, esta vez con el mono atado de pies y manos a una tabla de madera. Si esta anécdota
            no alude a ningún «estatuario», otra fuente pudo ser la fábula esópica del <hi rend="i"
              >simius et fabri</hi><note place="bottom"> Véase por ejemplo Esopo, <hi rend="i"
                >Fabulae Aesopi… authore Ioachimo Camerario</hi>, Noribergae: apud Alexandrum
              Philippum Theodoricum, 1597, n. 377.</note>, si acaso Espinosa entendía que ese <hi
              rend="i">faber</hi> era escultor. En ella se cuenta la aventura de un mono con un
            artesano, que con más tino puede traducirse como carpintero<note place="bottom"> Así lo
              entendió por ejemplo Vicente Bratuti, <hi rend="i">Espejo político y moral para
                príncipes, ministros y todo género de personas traducido de la lengua turca en la
                castellana… Parte primera</hi>, en Madrid: por Domingo García y Morrás, 1654, p.
              91.</note>: el mono lo ve cortar madera abriendo en ella una brecha que luego ampliaba
            con clavos o cuñas. En un momento de descuido del carpintero, el macho se sube al madero
            e, imitando el gesto que había visto, quita la cuña y cierra la brecha, con tan mala
            suerte que atrapa sus genitales. Sobre esta base, aunque algo censurada en sus <hi
              rend="i">Emblemas moralizadas</hi>, forja Hernando de Soto uno de los emblemas de su
            obra (1599), cuyo <hi rend="i">motto</hi> se presta perfectamente al ataque de Espinosa
            contra los cultos: «ninguno sabe en ministerio ajeno»<note place="bottom"> Hernando de
              Soto, <hi rend="i">Emblemas moralizadas</hi>, Madrid, por los herederos de I. Iñiguez
              de Lequerica, 1599, f. 53v-55v.</note>.</p>
          <figure>
            <graphic
              url="http://gongoradigital.github.io/img/1613_carta-espinosa/1613_carta-espinosa_fig2.jpeg"/>
            <head>Fig. 2: «Ninguno sabe en ministerio ajeno», Hernando de Soto, <hi rend="i"
                >Emblemas moralizadas</hi>, f. 53v, París, BNF, NUMM-316210.</head>
          </figure>
          <quote>
            <lg>
              <lg>
                <l>    Hurtar quiso el ejercicio</l>
                <l>de cierto trabajador</l>
                <l>un simio, cuyo primor</l>
                <l>le dio con muerte el oficio.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>    y el rústico de ira lleno</l>
                <l>al tiempo que le mataba</l>
                <l>le dijo: “¿quién te mandaba</l>
                <l>meterte en oficio ajeno?”</l>
              </lg>
            </lg>
          </quote>
          <p>Ni en el poema ni en la glosa encontramos el término ‘estatuario’, pero sí hay una
            alusión malévola a los «profesores de letras humanas» a los que «se les puede llamar
            Virgilios y Homeros hechos a remiendos»<note place="bottom"><hi rend="i">Ibid</hi>.,f.
              54v-55r.</note>: lo mismo se aplicaría a los cultos, ‘Góngoras a remiendos’, hechos de
            aquellos «fragmentos usurpados» de los que hablaba Espinosa. El tema del hurto también
            se observa en las redondillas, que describen cómo el mono destruye el trabajo ajeno,
            mereciendo así la muerte a manos del «trabajador […] rústico». A pesar de estas
            semejanzas con la argumentación de Espinosa, no podemos tener la certeza de que tuviera
            este emblema en mente.</p>
          <p>Una última fábula, que se suma al corpus esópico en fechas más tardías, cuenta la
            historia del <hi rend="i">simius et hominis imago</hi>, en el que el mono cree
            reconocerse en un retrato humano, y al verse luego en un espejo se descubre más feo de
            lo que pensaba<note place="bottom">Desbillons, <hi rend="i">Fabulae Aesopiae curis
                posterioribus omnes fere emendatae, accesserunt plus quam CLXX novae</hi>,
              Mannhemii: typis academicis, 1768, p. 377.</note>. Es esta una reinterpretación del
            emblema de Covarrubias y Orozco, en el que la mona al contrario alaba su propia imagen:
            «La mona es animal feo, y si topa con un espejo se entretiene mirando en él su
            abominable rostro»<note place="bottom">Covarrubias Orozco, <hi rend="i">Emblemas
                morales</hi>, en Madrid, por Luis Sánchez, 1610: I, 96 (<ref
                target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000108144&amp;page=199">f. 96r</ref>
              [por errata, aparece como 98 en la edición consultada]).</note>. En la <hi rend="i"
              >Filosofía secreta de la gentilidad</hi> de Juan Pérez de Moya, sí se alude a un mono
            y un estatuario, que quizá hayan podido mezclarse con estos dos cuentos en la memoria o
            las tertulias de Juan de Espinosa. Epimeteo fue el primer escultor en hacer una réplica
            de barro de su hermano Prometeo, por lo que Júpiter lo convirtió en mona. Según explica
            Pérez de Moya, siguiendo a Boccaccio, «el entendimiento de esta ficción es que porque la
            mona es animal que por naturaleza tiene que lo que ve hacer al hombre lo desea hacer y
            pone por obra, y porque este Epimeteo (que era estatuario) quiso por arte hacer
            semejanza de lo que naturaleza, dice la fábula que Júpiter lo convirtió en mona, porque
            tomó condición de mona en querer remedar a la naturaleza»<note place="bottom">Pérez de
              Moya, <hi rend="i">Philosophia secreta, donde debajo de historias fabulosas se
                contiene mucha doctrina provechosa a todos estudios</hi>, en Zaragoza: en casa de
              Miguel Fortuño Sánchez, 1599, f. 395r).</note>. Monos o monas son, en todos los casos,
            figuras de la soberbia y la mala imitación, según el tópico del <hi rend="i">ars simia
              naturae</hi>: el dechado, ya sea un pintor, un carpintero o trabajador rústico, el
            rostro humano o la propia naturaleza, es siempre superior a la copia, como Góngora a los
            poetas que lo imitan.</p>
          <p>La alegoría de la imitación en figura de mono favorece la moda de las <hi rend="i"
              >singeries</hi>, especialmente en Flandes<note place="bottom"> Cesare Ripa, <hi
                rend="i">Iconologia</hi>, In Roma: appresso Lepido Facii, 1603, p. <ref
                target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000229610&amp;page=126"
              >223</ref>.</note>. El Prado conserva los cuadros de David Teniers del <hi rend="i"
              >Mono escultor</hi> y el <hi rend="i">Mono pintor</hi> (ca. 1660, Madrid, Museo del
            Prado): el primero tan pagado de sí mismo que entre bustos de Venus y Séneca tiene un
            sepulcro simiesco y trabaja en el busto de un sátiro, que se consideraba como una
            especie de los primates<note place="bottom"> Conrad Gesner, <hi rend="i">Icones
                animalium quadrupedum</hi>, Heidelbergae: e typographeio Iohannis Lancelloti,
              impensis Andreae Cambiere, 1606, p. 91.</note>. La temática de estos cuadros deriva de
            una tradición iconográfica iniciada por la serie de monos de Pieter van der Brocht<note
              place="bottom"> McPhee y Orenstein (2011: 61).</note>. En esta serie de grabados, que
            Espinosa acaso pudo conocer, los animales realizan actividades humanas de lo más
            variopinto, sin que la escultura se cuente entre ellas. Una xilografíade Niccolò
            Boldrini de hacia 1540 podría resumir en una imagen la idea de Espinosa sobre los
            cultos: se trata del <hi rend="i">Laocoonte</hi> simiesco supuestamente inspirado de
            Tiziano, que reproducimos a continuación. La crítica lo interpreta bien como una imagen
            peculiar de la tradición del <hi rend="i">ars simia naturae</hi><note place="bottom">
              Con un probable componente de crítica hacia las restauraciones romanas del <hi
                rend="i">Laocoonte</hi> helenístico del Belvedere: Chatzidakis y Trinks
              (2019).</note>, bien como una pieza de la polémica desatada por la afirmación de que
            Galeno utilizó simios en sus disecciones anatómicas, según Andrea Vesalio<note
              place="bottom"> McPhee y Orenstein (2011: 62).</note>.</p>
          <figure>
            <graphic
              url="http://gongoradigital.github.io/img/1613_carta-espinosa/1613_carta-espinosa_fig3.jpg"/>
            <head>Fig. 3: Nicolò Boldrini, caricatura del <hi rend="i">Laocoonte</hi>, ca.
              1540-1545, Nueva York, The Metropolitan Museum, 22.73.3-125.</head>
          </figure>
          <p>Si bien ignoramos qué hizo exactamente «la mona en casa del estatuario», aparte de una
            imitación viciosa del arte del escultor con el que Espinosa compara a Góngora, esta
            caricatura del <hi rend="i">Laocoonte</hi> es una figura cabal de esta mala imitación
            del estilo culto, inspirado por la poesía de la antigua Hesperia Magna en la pluma del
            poeta cordobés, y por el grupo escultórico antiguo en el grabado de Boldrini. La
            bestialidad del mono y su monstruosidad (debida a su inexacta semejanza con el hombre)
            subrayan la atrocidad de la imitación de Góngora por los poetas oscuros. Los propios
            «fragmentos usurpados» se lamentan de haber sido traídos «arrastrando a lugares
            inmundos».</p>
          <p>Según Juan de Espinosa, la crítica inicial del <hi rend="i">Arte poética</hi> de
            Horacio contra los excesos de la imaginación se adapta exactamente a esta mala imitación
            culta: «y así a cada paso los comprende Horacio juntando cabezas humanas a cuellos de
            caballos». Esta cita, que sirvió tanto para la crítica de los grotescos<note
              place="bottom">Morel (2011: 300-303).</note> y el gongorismo<note place="bottom">Cosme
              Gómez Tejada la llama, en su <hi rend="i">León prodigioso</hi>, f. 137r, «la quimera
              culta que Horacio puso en el principio de su <hi rend="i">Arte poética</hi>».</note>
            como para la defensa de la propiedad y el decoro de las representaciones pictóricas,
            abre la puerta a una digresión sobre la pintura: «A los pintores, que son poetas mudos,
            los podemos comparar cuando adulteran las acciones de sus figuras por introducir la
            imitación».</p>
        </div>
        <div>
          <head>6. 2. <hi rend="i">Ut pictura poesis</hi></head>
          <p>Espinosa ofrece un ejemplo concreto de mala imitación en pintura, criticando las
            pinturas del palacio arzobispal de Sevilla. En 1604, el cardenal Fernando Niño de
            Guevara hizo decorar los techos del salón principal y de la galería, conocida como del
            prelado, con un conjunto pictórico solo comparable con dos precedentes sevillanos: la
            Casa de Pilatos decorada por Francisco Pacheco en 1603 y 1604, y la propia casa palacio
            de Juan de Arguijo, que ostentaba desde 1601 un programa decorativo mitológico en su
            salón principal<note place="bottom">Sobre estos ciclos Lazure (2020), Méndez Rodríguez
              (2017) y Garrote Bernal y Cristóbal (2004: LIV-LVII).</note>. Habiendo perdido su
            palacio en 1606, la pulla contra unas pinturas que competían en prestigio y
            magnificencia con las suyas propias pudo contentar a Arguijo, sin ofender al prelado,
            fallecido en 1609. En la escena comentada, un ángel lleva en vuelo al profeta Habacuc a
            Babilonia. Esta sería por tanto otra de esas «figuras de vuelo» como Ícaro o Faetón que,
            según ha demostrado Guy Lazure<note place="bottom">Lazure (2020).</note>, ostentaban el
            palacio de Arguijo y la Casa de Pilatos. Denigrando la decoración bíblica del salón
            arzobispal, Espinosa podría aludir a la rivalidad relativa a la pintura de este tipo de
            decoración a la italiana, escasa entonces en España, en la Sevilla de Juan de Arguijo, y
            su observación podría interpretarse como discreta demostración de aprecio por el ciclo
            mitológico del palacio del veinticuatro. Sabiendo que las pinturas de la casa-palacio de
            Arguijo mostraban los brazos desnudos y musculosos de Ícaro, Faetón, Ganímedes o Astrea,
            así como a Vulcano con su martillo, las críticas de Espinosa ocultan a todas luces una
            comparación implícita favorable a los frescos de Arguijo, y como veremos también a los
            de Pacheco para el tercer Duque de Alcalá en la Casa de Pilatos.</p>
          <p>La alusión muestra el interés del autor de esta carta por la pintura, confirmado por
            los dos poemas citados por Pacheco (en el <hi rend="i">Libro de retratos</hi> y en el
              <hi rend="i">Arte de pintura</hi>) en un ambiente sevillano especialmente propicio al
            contacto entre pintores y hombres de letras<note place="bottom"> Al propio tío de Juan
              de Espinosa acudió Pacheco en busca de consejo para la iconografía de «un dibujo de
              invención para pintar en cierta competencia la degollación del apóstol san Pablo». El
              fraile dominico del convento de San Pablo no se molestó en ayudarle, y Pacheco acudió
              entonces al jesuita Juan de Soria (Pacheco, <hi rend="i">Arte de pintura</hi>, 2009,
              p. 286-287).</note>. La crítica a las pinturas del palacio arzobispal es la
            siguiente:</p>
          <quote>El que pintó la galería del cardenal de Guevara debía de tener bien asidas las
            especies de alguna herrería de Vulcano, o la lucha de Hércules con Anteo, y dionos el
            ángel de Habacú saltándole los ojos del rostro y el brazo que le pudieran sangrar con
            ballestilla.</quote>
          <p>Como se aclara en la anotación del fragmento, el lienzo atacado es el de <hi rend="i"
              >Daniel en el foso de los leones</hi>, del salón principal del palacio, y no de la
            galería del prelado<note place="bottom">Sobre el lienzo de <hi rend="i">Daniel en el
                foso de los leones</hi> del Salón Principal del palacio arzobispal de Sevilla, véase
              Fernández López (2002: 144) y también Valdivieso González y Serrera Contreras (1979)
              con reproducción de la escena en la lámina XIX. Se ha atribuido recientemente la
              decoración mayoritaria del conjunto al pintor italiano Girolamo Lucenti: véase Enrique
              Valdivieso González (2018) y en última instancia Valdivieso y Martínez del Valle
              (2020).</note>. El anónimo pintor es acusado de haber querido imitar el amaneramiento
            anatómico de escenas como la fragua de Vulcano o el patetismo del combate de Hércules y
            Anteo, representando al ángel que transporta a Habacuc con un lenguaje gestual
            indecoroso y enfático: ojos exorbitados y brazos venosos en exceso.</p>
          <p>El primer tema se inspira en la <hi rend="i">Eneida</hi> de Virgilio, cuando se
            describe en el libro octavo la fábrica del escudo de Eneas por los cíclopes y el dios
            Vulcano (lib. VIII, v. 415-454), y a menudo servía como una simple imagen magnificada
            del trabajo fabril, como en la <hi rend="i">Canción de la toma de Larache</hi> del
            propio Góngora (v. 40-51). La iconografía de este tema es abundantísima, en pintura y
            grabado, prestándose a menudo una atención especial a la musculatura y las poses
            manieristas de los artesanos mitológicos<note place="bottom"> Una muestra de entre la
              multitud de imágenes posibles se encuentra en la base de datos iconográfica del
              Warburg Institute, s.v. «The forge of Vulcan» (The Warbug Institute Iconographic
              Database).</note>. En cuanto a Hércules y Anteo, la representación de la derrota del
            gigante, levantado del suelo y estrangulado por el héroe, también ofrece en la tradición
            artística poses enfáticas y gestos afectados, que se prestan a la crítica de Espinosa
            sobre el sangrado de los brazos con instrumentos veterinarios, como la «ballestilla».
            Aparte de ejemplos célebres como el de Mantegna (del que conocemos multitud de copias
            grabadas a partir de 1475), o el bronce y la tempera de Antonio Pollaiolo (1475,
            respectivamente Bargello y Uffizi), varios grabados de finales del siglo XVI o inicios
            del XVII ponen énfasis en el rostro y la mirada de Anteo, como una fiera gesticulación
            sin énfasis heroico, sino con la deformación propia de la lucha a muerte: por ejemplo el
            grabado de Cornelis Cort inspirado por Frans Floris, impreso en 1563<note place="bottom"
              > Londres, British Museum, <ref
                target="https://www.britishmuseum.org/collection/object/P_F-1-285"
              >F,1.285</ref>.</note>, o el de Lucas Killian de 1610<note place="bottom"> Nueva York,
              Metropolitan Museum, <ref
                target="https://www.metmuseum.org/art/collection/search/654601"
              >49.95.1873</ref>.</note>.</p>
          <p>El lugar horaciano sobre los excesos de la imaginación, sacado del inicio del <hi
              rend="i">Arte poética</hi> y originalmente relativo a la pintura de grotescos<note
              place="bottom">Zamperini (2007: 15).</note>, se emplea por tanto aquí para condenar
            una falta de decoro en la <hi rend="i">mimesis</hi>, ya que introduce la pulla contra el
            pintor del arzobispo («a cada paso los comprende Horacio juntando cabezas humanas a
            cuellos de caballos […] A los pintores, que son poetas mudos, los podemos comparar
            cuando adulteran las acciones de sus figuras por introducir la imitación»). Lo que se
            critica es el recurso a un lenguaje pictórico propio de escenas mitológicas en una
            representación veterotestamentaria, y especialmente en el cuerpo de un ángel. Espinosa
            entiende por tanto los versos horacianos del mismo modo que Francisco Pacheco, como una
            señal de «desconvenencia»<note place="bottom">Francisco Pacheco, <hi rend="i">Arte de
                pintura</hi>, 2009, p. 286: «¡Cuán bien Horacio, en el principio de su Poética,
              queriendo hablar de la invención y tomando la semejanza del pintor, por ser la poesía
              y la pintura hermanas, representa la desconveniencia […]!».</note>, a la que podría
            sumarse una crítica implícita de la emulación entre el arzobispo y la burguesía y la
            aristocracia sevillanas. De hecho, ambos temas mitológicos, empleados para atacar la
            decoración del palacio arzobispal, se hacen eco de figuras presentes en la decoración de
            la casa de Arguijo y en la de Pilatos, donde Vulcano forma parte de sendas asambleas de
            los dioses olímpicos, nada menos que en una apoteosis de Hércules en la Casa de
              Pilatos<note place="bottom">Cuyo esquema compositivo deriva precisamente del techo de
              la Casa de Arguijo (Méndez Rodríguez, 2017: 123).</note>. Pero más allá de las
            eventuales alusiones sevillanas, Juan de Espinosa parece glosar a lo divino y mitológico
            otro fragmento del inicio del texto horaciano: «“Los pintores y los poetas siempre han
            tenido el mismo derecho a atreverse a cuanto les plazca”. Lo sabemos y esa licencia
            pedimos y por nuestra parte damos, pero no para que se junten con los animales mansos
            las bestias feroces»<note place="bottom">Horacio, <hi rend="i">Arte poética</hi>, v.
              9-12.</note>: el ángel debe ser ángel y no parecerse al demonio, al dios pagano o al
            gigante mitológico. La dulzura no debe mezclarse con la terribilità.</p>
          <p>El lienzo en cuestión del palacio sevillano no presenta especialmente ninguno de los
            rasgos que critica Espinosa, si no son los ojos elevados al cielo de Daniel o los de los
            leones.</p>
          <figure>
            <graphic
              url="http://gongoradigital.github.io/img/1613_carta-espinosa/1613_carta-espinosa_fig4.jpg"/>
            <head>Fig. 4: <hi rend="i">Daniel en el foso de los leones</hi>, 1604, óleo sobre
              lienzo, salón principal del palacio arzobispal de Sevilla (fotografía de Antonio
              Gamero Osuna).</head>
          </figure>
          <p>Del mismo modo que el poeta se equivoca al situar la escena con Habacuc en la galería
            del prelado y no en el salón principal, podría haberse confundido también en el lienzo
            que pretendía atacar. A efectos de su argumentación, el resultado es el mismo. El ataque
            de Espinosa recuerda la hinchazón, la fuerza postiza e inauténtica que sus adversarios
            atribuyen al estilo culto. También responde a un tópico de la incipiente historia del
            arte, por lo que hace valer su criterio no solo en asuntos poéticos sino también
            pictóricos: por ejemplo, es famosa la repetición de la figura del poseído, de ojos
            exorbitados y gestos contrahechos, que Rubens copia en su <hi rend="i"
              >Transfiguración</hi> (1605, Nancy, musée des Beaux-Arts) de la <hi rend="i"
              >Transfiguración</hi> de Rafael (ca. 1517, Vaticano, Pinacoteca Vaticana)<note
              place="bottom"> Arasse (2003).</note>. Por otra parte, la crítica contra un conjunto
            pictórico que rivalizó con el del palacio de Arguijo también es una muestra de un juicio
            libre y dispuesto a polemizar. Es probable que Espinosa conociera el soneto encomiástico
            «De las pinturas y relicarios de una galería del cardenal don Fernando Niño de Guevara»
            escrito por Luis de Góngora<note place="bottom"> Luis de Góngora, «Oh tú, cualquiera que entras, peregrino», <ref
                target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica#poem168"
                >OC168</ref>. Véase también la edición de sus sonetos por Juan Matas Caballero
              (Góngora 2019: 809-815) y, sobre Góngora y la pintura, con especial atención a este
              soneto, el artículo de Mercedes Blanco (2004: 200-201).</note>. Por último, decir que
            el ángel podría ser sangrado con una «balestilla», como un animal, es un donaire
            burlesco probablemente muy del gusto de Arguijo y de su círculo. En los <hi rend="i"
              >Cuentos muy mal escritos que notó Juan de Arguijo</hi> aparece de hecho un chiste
            parecido:</p>
          <quote>
            <p>Es en Sevilla el doctor Saavedra amicísimo de sangrías, y en prueba de esto, cuentan
              que Juan Martínez Montañés (es famoso escultor y su vecino de casa) díjole un día que
              estaba haciendo un Niño Jesús, el más airoso que le había salido de las manos, y que
              en teniéndole acabado, se le quería mostrar. Pasaron algunos días y encontrándole
              acaso en una calle, díjole:</p>
            <p>– Señor doctor, ya está aquel Niño en estado que vuestra merced pueda verle. – Y
              respondió:</p>
            <p>– Sea muy enhorabuena. Llévese vuestra merced al barbero de camino, que yo voy allá
              en haciendo solo una visita<note place="bottom"> Chenot y Chevalier, 1979 (n.
                277).</note>.</p>
          </quote>
          <p>A ese ángel supuestamente hercúleo y que un doctor Saavedra hubiera podido sangrar,
            Espinosa opone a los demonios: «Sea monstruoso el estilo con los diablos». Y en efecto,
            en el lienzo que representa <hi rend="i">El arcángel san Miguel luchando contra los
              demonios</hi>, del mismo techo del salón principal, se aprecian precisamente los
            rasgos descritos por Juan de Espinosa: marcadas musculaturas en brazos y torsos
            desnudos, y ojos exorbitados de los diablos vencidos por el arcángel.</p>
          <figure>
            <graphic
              url="http://gongoradigital.github.io/img/1613_carta-espinosa/1613_carta-espinosa_fig5.jpg"/>
            <head>Fig. 5: <hi rend="i">El arcángel san Miguel luchando contra los demonios</hi>,
              1604, óleo sobre lienzo, salón principal del palacio arzobispal de Sevilla (fotografía
              de Daniel Salvador Almeida).</head>
          </figure>
          <p>Quizá le fallara la memoria a Espinosa, y la mala imitación de los cultos, esos poetas
            «del Anticristo», fuera comparable a estos demonios mal imitados del acervo manierista,
            como el que señala un pliegue de la falda del arcángel, detrás de él, que parece copiado
            de la <hi rend="i">Expulsión del Paraíso</hi> de Miguel Ángel (Capilla Sixtina). El
            arcángel a su vez calca el <hi rend="i">San Miguel</hi> de Rafael, que por otra parte no
            es menos membrudo (París, Musée du Louvre). En cualquier caso, la reflexión sobre la
            imitación deriva en una conclusión sobre el decoro, como articulación entre el estilo y
            la sustancia: el siguiente tema sobre el que versa la carta de Espinosa.</p>
        </div>
        <div>
          <head>6. 3. Decoro, estilo y sustancia</head>
          <p>Con la digresión sobre la pintura queda claro por qué la imitación de Góngora en los
            poetas oscuros es inadecuada: los cultos copian el estilo de Góngora independientemente
            del poema que escriban, atendiendo más a su autoridad que al decoro. Para Espinosa, «lo
            que no se puede sufrir es que en tan grandes torrentes de palabras no haya una gota de
            sustancia». Se superponen aquí dos críticas contra la poesía culta: la inadecuación del
            estilo a la materia (ya presente en la pulla anterior) y la intranscendencia del estilo
            mismo. La misma idea se encuentra en otros detractores del estilo culto, como Jáuregui,
            Quevedo o Faria e Sousa<note place="bottom">Por ejemplo, de este último, véase Faria e
              Sousa, <hi rend="i">Lusiadas de Luis de Camões, Príncipe de los poetas de España.
                Comentadas por Manuel de Faria i Sousa</hi>, Madrid: Juan Sánchez, 1639, t. I,col.
              48: «Que si bien [Góngora] descubre ingenio (que yo no se lo niego) y pretenden
              imitarle muchos, no produce sustancia, con que todos se parecen a costales de nueces:
              mucho ruido y poco fruto y ese de ningún provecho» (<ref
                target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1639_lusiadas/"
                >1639_lusiadas</ref>).</note>. Cultismos léxicos y perífrasis resumen «el aparato
            del arte de bien hablar», que aunque «es propio, como dije, de la poesía», también
            describe en este caso los defectos de la poesía oscura: extravagancia léxica («términos
            extravagantes») y falta de claridad («circunlocuciones»<note place="bottom"
              >‘Circunloquio’ es «rodeo de palabras, de que se suele usar para decir alguna cosa que
              se rehúsa explicar claramente» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>). Tales defectos son
            aceptables «pero a fin de poner velos a la hermosura de la sentencia, porque cueste
            trabajo desarrebozalla, y para ganar atención». Para Espinosa, el ornato culto no tiene
            «hermosura», ya que esta pertenece a la «sentencia». La idea o el pensamiento del poema
            puede encubrirse para aumentar su atractivo con la dificultad de su expresión, pero es
            imprescindible que la sentencia o concepto prime sobre el ornato estilístico. El defecto
            de los cultos es que el concepto se reduce a poco menos que nada («boberías»), y es esta
            nada o nadería lo que el poeta disimula tras la «jerigonza» culta.</p>
          <p>Espinosa describe el poema culto como un cuerpo monstruoso, sin unidad orgánica (solo
            estilo sin sustancia), y con fragmentos hurtados. Eso dice una afirmación especialmente
            rica en sobreentendidos, en parte inspirada por los v. 32-37 del <hi rend="i">Arte
              poética</hi> de Horacio, como se aclara en la edición: «todo su negocio es que su musa
            tenga uñas como una harpía». Falsas apariencias de «gigantones» (quizá como el <hi
              rend="i">Polifemo</hi>) y «rabos de cometas» que esperan una interpretación esotérica
            innecesaria; aliteraciones ridículas que buscan la <hi rend="i">qualitas
              sonorum</hi><note place="bottom"> En su introducción a las <hi rend="i">Rimas</hi>,
              Jáuregui asocia la harmonía imitativa a los cultos: «la armonía suave y pompa
              resonante de los versos, parte eficacísima al oído, cuyo regalo tanto procuran los más
              cultos». Véase Jáuregui, <hi rend="i">Rimas</hi>, f. []4r-v. Sobre la <hi rend="i"
                >qualitas sonorum</hi> véase María José Vega Ramos (1992).</note>; «términos
            extravagantes» y «circunlocuciones» oscuras sin «una gota de sustancia», tal es la
            definición de la «poesía oscura» por el autor de esta carta. Nótese el parecido del
            ataque contra los «gigantones» cultos con el soneto de Quevedo titulado «Desengaño de la
            exterior apariencia con el examen interior y verdadero». En él, un estoico Quevedo
            advierte al lector sobre la soberbia de «este gigante corpulento» y de las «grandezas
            aparentes»: «asco dentro son, tierra y gusanos»<note place="bottom"> Francisco de
              Quevedo, «Desengaño de la exterior apariencia con el examen interior y verdadero»
              (1992: n. 96): «¿Miras este gigante corpulento / que con soberbia y gravedad camina? /
              Pues por de dentro es trapos y fajina, / y un ganapán le sirve de cimiento. // Con su
              alma vive y tiene movimiento, / y adonde quiere su grandeza inclina. / Mas quien su
              aspecto rígido examina, / desprecia su figura y ornamento. // Tales son las grandezas
              aparentes / de la vana ilusión de los tiranos, / fantásticas escorias eminentes. //
              ¿Veslos arder en púrpura, y sus manos / en diamantes y piedras diferentes? / Pues asco
              dentro son, tierra y gusanos».</note>. Con similar intención y mejor humor, Espinosa
            propone por tanto en su definición del estilo oscuro una crítica neoestoica de la
            hinchazón del estilo. Pero la expresión relativa a la áspera sonoridad de los poemas
            cultos es quizá lo más peculiar de su argumentación: los «troposílabos llenos de
              ‘rrr’»<note place="bottom"> Sobre la sonoridad gongorina y su crítica en la polémica,
              véase Blanco (2020), así como Ponce Cárdenas (2020) sobre la aspereza asociada a la
              erre.</note>. El neologismo funde el ‘tropo’ retórico, o bien el más popular ‘tropel’
            (como en el moderno ‘tropecientas’), con la desinencia –sílabo, para caracterizar un
            metro identificado al estilo culto, no ya por el número de sílabas, sino por la
            abundancia de sus figuras o su hinchazón. La alusión a la sonoridad de la erre puede a
            su vez ser un recuerdo malintencionado del <hi rend="i">Ejemplar poético</hi> de Juan de
            la Cueva (v. 208: «De la R usarás…»), con quien Arguijo no tuvo siempre buenas
              relaciones<note place="bottom"> Rico García (2012: 344-346) y Garrote Bernal y
              Cristóbal (2004: XVIII-XXI).</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>6. 4. Bisoñería y arte: el aprendizaje del poeta</head>
          <p>Ante tal definición de la poesía culta, Espinosa concede que pueda ser un estilo
            transitorio en poetas «bisoños», «porque después, al madurar, se despojan de lo
            vicioso». Acepta el «atrevimiento» estilístico y la ‘redundancia’ o amplificación
              excesiva<note place="bottom"> «En la retórica es vicio del discurso, que nace de la
              superfluidad de las palabras. Latín: <hi rend="i">Redundantia</hi>. Lope, <hi rend="i"
                >Dorotea</hi>, f. 143: Dirás que es redundancia o amplificación, como figura
              retórica». (<hi rend="i">Aut</hi>).</note> como ejercicios de estilo en poetas
            jóvenes. Esta idea excluye efectivamente a Góngora de la crítica, pues sus obras mayores
            y más polémicas son poemas de madurez; pero su modelo estilístico se sitúa de este modo
            en competencia con los referentes de Virgilio por una parte y Herrera por otra, en lo
            que a formación de jóvenes poetas se refiere<note place="bottom"> Sobre el valor
              ejemplar de estos tipos autoriales en la construcción de las carreras de los poetas
              sevillanos del Siglo de Oro, véase Ruiz Pérez (2012: 124-125, 131-140) y García
              Aguilar (2012: 172-173).</note>. La propuesta de Espinosa consistente en aceptar el
            estilo culto como una etapa formativa del poeta es quizá la aportación más original de
            esta carta al estudio de la polémica gongorina. La idea recuerda la introducción a las
              <hi rend="i">Rimas</hi> de Jáuregui, que denuncia a esos «ingenios poco enseñados» y
            «escritores mal instruidos» cuyas obras «solo contienen un adorno o vestidura de
            palabras, un paramento o fantasma sin alma ni cuerpo»<note place="bottom"> Jáuregui, <hi
                rend="i">Rimas</hi>, f. []1v-2r.</note>. En 1639, Faria e Sousa también aceptaba el
            exceso de hipérbatos en jóvenes poetas: «Y con frecuencia no lo usan ingenios hombres,
            sino pueriles»<note place="bottom"> Faria e Sousa, <hi rend="i">Lusiadas
              comentadas</hi>, col. 131 (<ref
                target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1639_lusiadas/"
                >1639_lusiadas</ref>).</note>.</p>
          <p>Sin embargo, esta concesión solo sirve para poner de manifiesto la soberbia de estos
            poetas: «en faltándoles modestia para conocerse bisoños, va todo perdido». No solo son
            bisoños, no solo son cultos, sino que además muestran una suficiencia que será
            ampliamente criticada en su tiempo, como en este fragmento de <hi rend="i">La
              Filomena</hi> de Lope:</p>
          <quote>Pero volviendo al propósito, a muchos ha llevado la novedad a este género de
            poesía, y no se han engañado, pues en el estilo antiguo [de Garcilaso] en su vida
            llegaron a ser poetas, y en el moderno lo son el mismo día: porque con aquellas
            trasposiciones, cuatro preceptos y seis voces latinas o frasis enfáticas se hallan
            levantados adonde ellos mismos no se conocen, ni aun sé si se entienden<note
              place="bottom"> Lope de Vega, <hi rend="i">Epístolas de La Filomena</hi>, f.
              194r.</note>.</quote>
          <p>Presentándose como un poeta ya maduro y experimentado, Espinosa defiende el arte
            poética como «el agua de la doctrina» capaz de corregir a estos cultos, si la aceptaran.
            Así remacha la idea principal del inicio del <hi rend="i">Arte poética</hi> de Horacio,
            después de citar sus versos iniciales: la imaginación excesiva y los juegos estilísticos
            consistentes en unir «cabezas humanas a cuellos de caballos» deben ser controlados por
            el arte. Como escribe el poeta latino:</p>
          <quote>La mayor parte de los poetas, padre y jóvenes dignos del padre, nos engañamos con
            la apariencia de lo que es correcto: me esfuerzo en ser conciso y oscuro me vuelvo;
            cuando busco hacer una cosa ligera me faltan nervio y aliento; el que aspira a lo grande
            se hincha; por tierra se arrastra el que es precavido en exceso y teme a las
            tempestades; el que ansía dar a una obra una variedad prodigiosa, pinta un delfín en los
            bosques y un jabalí en las olas. El escapar del defecto al vicio conduce, si se carece
            de arte<note place="bottom"> Horacio, <hi rend="i">Arte poética</hi>, v.
            24-31.</note>.</quote>
          <p>En definitiva, la carta de Espinosa consiste en una reescritura del inicio del <hi
              rend="i">Arte poética</hi> de Horacio, adaptada al tema de la «poesía oscura» y
            enriquecida con una breve definición del estilo culto, y sales y guiños sobre hurtos en
            la imitación y pintura en la Sevilla de Juan de Arguijo.</p>
        </div>
      </div>
      <div>
        <head>7. Sales cultas que no apuntó Juan de Arguijo: más sobre la “graciosidad” de la
          polémica gongorina en el entorno de Espinosa y Pacheco</head>
        <p>Gracias a Francisco Pacheco conocemos este único testimonio de la carta de Juan de
          Espinosa a Juan de Arguijo. Su presencia en un <hi rend="i">Libro de varios tratados de
            graciosidad y erudición</hi> es una prueba más de la amplitud del debate suscitado por
          el estilo de los poemas mayores de Luis de Góngora: objeto de curiosidad, de recolección
          erudita y también de sorna y diversión. La afición a Góngora tuvo mucho que ver con esa
          afición al humor y la sátira, que llevó a sus aficionados a conservar y difundir su obra.
          También gran parte de la polémica que esta suscitó se conserva en verdaderos archivos
          gongorinos, compuestos por multitud de ingenios, ya fueran estos curiosos trabajando en
          defenderle, eruditos bibliófilos o poetas siguiendo su estela<note place="bottom"> Sobre
            estos archivos gongorinos, véase Blanco (2021).</note>. Este cartapacio de Francisco
          Pacheco demuestra que también la «graciosidad» de la polémica fue un poderoso motivo para
          su difusión y conservación. No andaba desencaminado Salinas cuando en 1937 afirmaba sobre
          la difusión de las <hi rend="i">Soledades</hi> y el <hi rend="i">Polifemo</hi>: «No pueden
          ustedes imaginar nada más divertido que la guerra despertada en el mundo literario por
          esos dos poemas»<note place="bottom"> Salinas (2007: 479).</note>.</p>
        <p>En el entorno de Pacheco y de Juan de Espinosa, y bajo el patrocinio de Juan de Arguijo,
          varios ingenios constituyeron otro archivo: un compendio de cuentos y chistes conservado
          en el manuscrito MSS/19380 de la Biblioteca Nacional de Madrid, en el que se refleja la
            <hi rend="i">vis comica</hi> de varios de sus contemporáneos<note place="bottom"> BNE,
            MSS/19380, <hi rend="i">Cuentos muy mal escritos que notó Juan de Arguijo</hi>. Véase
            Garrote Bernal y Cristóbal (2004: XLI).</note>. Con el título <hi rend="i">Cuentos muy
            mal escritos que notó Juan de Arguijo</hi>, esta colección reúne cerca de setecientos
          cuentecillos en los que, a menudo, se menciona a fray Juan Farfán, a Quevedo o a Góngora
          por su particular ingenio y agudeza<note place="bottom"> Las menciones a Góngora se
            encuentran, en la edición de Chenot y Chevalier, en los cuentos n. 55, 60, 129, 312, 322
            [sobre la polémica], 360 [que repite el 55], 361, 364, y 552.</note>. También aparece
          alguna anécdota relativa a Pacheco, como por ejemplo en el cuento 347:</p>
        <quote>
          <p>Ha sido en Sevilla pendencia muy reñida entre los cultos sobre si a las palabras del
            título de la Cruz, que de ordinario se ponen, se ha de añadir <hi rend="i">Hic est</hi>.
            Pacheco, pintor, donado o muñidor de los cultos, fue al padre Diego Granada, de la
            Compañía, y propúsole esta cuestión preguntándole su parecer, y el padre, que es un
            santísimo y doctísimo varón, respondió muy mesurado:</p>
          <p>- En verdad, señor, que siempre me ha contentado el INRI sin andarle a buscar otras
            añadiduras.</p>
          <p>El Pacheco, en lugar de gustar de la respuesta, sencilla y agraciada, fuese mohíno, y a
            cuantos lo refería decía luego:</p>
          <p>- Es un buen hombre el Granada. —notándole de poco erudito<note place="bottom"> Chenot
              y Chevalier (1979: n. 347).</note>.</p>
        </quote>
        <p>Esta anécdota se toma a broma la polémica del título de la cruz, que se desarrolló en
          Sevilla entre el III duque de Alcalá y Francisco de Rioja, a cuenta de una pintura de
          Pacheco de 1614<note place="bottom">Bassegoda i Hugas (2009: 18-20).</note>, sobre si
          antes del título habitual <hi rend="i">Iesus Nazarenus Rex Iudaeroum</hi>, había que
          añadir el deíctico <hi rend="i">Hic est</hi><note place="bottom">Pereda (2017:
            57-138).</note>. La importancia del pintor entre los «cultos» sevillanos, de los que es
          «donado o muñidor», queda patente en esta anécdota, y en la polémica que duró al menos
          hasta 1622 y de la que se conserva memoria, indirectamente, en el <hi rend="i">Arte de la
            pintura</hi> y en la cartela del <hi rend="i">Cristo en la cruz</hi> del Panteón del
          monasterio del Escorial. El cuento muestra que Pacheco mismo fue quien difundió la
          respuesta del jesuita, convirtiéndose él mismo en materia de chiste y haciendo del
          cartapacio de los <hi rend="i">Cuentos</hi> una obra colectiva, reflejo de tertulias y de
          una sociabilidad sevillana atenta a las últimas modas de la república de las letras. La
          participación de Arguijo en el conjunto no va más allá del f. 23r<note place="bottom">BNE,
            MSS/19380, <hi rend="i">Cuentos muy mal escritos que notó Juan de Arguijo</hi>, f. 23r:
            «Hasta aquí llegan los cuentos q<hi rend="i">ue</hi> notó don Ju<hi rend="i">an</hi> de
            Arguijo».</note>, y por tanto hasta el cuento 107: en ese primer conjunto, solo dos
          cuentos aluden a Góngora como autor de donaires, y no como objeto de burla<note
            place="bottom">Se trata, como ya se ha dicho, de los cuentos 55 y 60.</note>. En vida
          del veinticuatro, todavía estamos lejos de la malintencionada salida de Cosme Gómez Tejada
          en su <hi rend="i">León prodigioso</hi>, cuando apunta: «finalmente hay risas cultas, que
          nadie las entiende»<note place="bottom"> Cosme Gómez Tejada de los Reyes, <hi rend="i"
              >León prodigioso</hi>, f. <ref
              target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000095399&amp;page=665">324r</ref>.</note>.
          Más adelante, sin embargo, algunas de las sales que acompañaron la controversia sobre el
          estilo de los poemas mayores de Góngora sí quedan apuntadas en tres de los <hi rend="i"
            >Cuentos muy mal escritos</hi>. Son los cuentos 322, 323 y 364, que reproducimos a
          continuación.</p>
        <p>Los dos primeros son donaires de un actor, «el representante Osorio», probablemente
          Baltasar de Osorio, autor y actor del que constan escrituras notariales de sus papeles en
          Madrid, Sevilla y Lerma<note place="bottom"> Baltasar de Osorio actuó tanto en Sevilla
            como en la Corte, teniendo más oportunidad que sus homónimos de tratar a Góngora, y su
            fama de gracioso le convierte en una autoridad en el tipo de sales que recoge el
            manuscrito de los <hi rend="i">Cuentos muy mal escritos</hi>. Véase Ferrer Valls <hi
              rend="i">et alii</hi> (2008: s.v. Osorio). Otros candidatos podrían ser Juan de
            Osorio, que estuvo en Sevilla entre 1605 y 1608, pero no consta ningún documento
            posterior ; o bien Pedro de Osorio, que actuó en Sevilla en 1613, antes de irse a
            Nápoles en 1620. Vicente Osorio, contemporáneo de los anteriores, actuó en la mitad
            norte de España (Viana, Zaragoza, Valencia, Barcelona, Lugo), por lo que seguramente
            quedaría descartado, lo mismo que Francisco y Rodrigo Osorio, representantes más
            antiguos, de finales del siglo XVI.</note>. </p>
        <quote>
          <p>322. Osorio el representante preguntó un día a don Luis de Góngora cómo se entendían no
            sé qué versos suyos algo oscuros. Declaróselos don Luis, y dijo Osorio:</p>
          <p>- Pues, ¿por qué v<hi rend="i">uestra</hi> m<hi rend="i">erced</hi> no me dijo en los
            versos eso que me dijo agora, y no me cansara en preguntárselo ni v<hi rend="i"
              >uestra</hi> m<hi rend="i">erced</hi> en declarármelo?<note place="bottom"> Chenot y
              Chevalier (1979: n. 322).</note></p>
        </quote>
        <p>Haciendo gala de una simpleza digna de un gracioso de comedia, Osorio subraya la
          distancia existente entre el estilo de Góngora y el lenguaje común. El mismo patrón de
          historieta se repite en una anécdota traída en 1639 por Manuel de Faria e Sousa:</p>
        <quote>Acuérdome que llegándome un día a mi amigo Lope de Vega, le pregunté (como me lo
          preguntaron a mí algunos) qué quería decir en aquella gran canción de su <hi rend="i"
            >Arcadia</hi> […] y luego dijo: “Bueno sería que escribiese yo cosas que fuese necesario
          andar colgado de ellas para darlas a entender”. Tras eso me contó con buena gracia el
          suceso de Luís de Camões (que yo no sabía) con uno que le mostró ciertas coplas que había
          hecho, y diciéndole el gran Camões que no las entendía (¿qué tales serían ellas?) él se
          puso a explicárselas; y él oyendo la explicación de cada una, decía: “Eso que vos me decís
          de palabra, quisiera yo que dijera la copla”<note place="bottom"> Faria e Sousa, <hi
              rend="i">Lusiadas comentadas</hi>, t. I, col. 65 (<ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1639_lusiadas/"
              >1639_lusiadas</ref>).</note>.</quote>
        <p>La doble autoridad de los poetas transforma el donaire de Osorio en un verdadero
          posicionamiento poético, defendido airadamente por Lope. Así se describe el recorrido de
          un chiste desde las sales de una tertulia sevillana al serio «Juicio del poema» de la obra
          magna de Camões en las <hi rend="i">Lusiadas comentadas</hi> por Faria: la maledicencia
          literaria da paso a la sesuda polémica<note place="bottom"> Sobre el papel del humor en
            este proceso de la controversia a la polémica, véase Béhar (2015).</note>.</p>
        <p>El cuento siguiente del manuscrito sevillano pasa de la crítica a Góngora al ataque
          contra los cultos.</p>
        <quote>
          <p>323. El mismo Osorio oyendo a un negro del obispo de Bona, ladino, pero que cuanto
            hablaba no ataba ni desataba, sino que ni él se entendía, ni los que hablaban con él,
            dijo asombrado:</p>
          <p>- ¡Válgame el diablo, negro! ¿Eres tú culto, que no sabes lo que dices?</p>
          <p>¡Gentil definición de los cultos para lo que ellos presumen!<note place="bottom">
              Chenot y Chevalier (1979: n. 323).</note></p>
        </quote>
        <p>Esta anécdota refiere la comparación entre los cultos y un esclavo de Juan de la Sal y
          Aguilar, obispo auxiliar de Sevilla e <hi rend="i">in partibus infidelium</hi> de Bona (la
          actual Annaba), que era tío de Juan de Jáuregui<note place="bottom">Lazure (2012:
            38-39)</note>. Aunque este esclavo es considerado «ladino» y por tanto capaz de hablar
          castellano «con viveza y propiedad»<note place="bottom">‘Ladino’ es «el que con viveza o
            propiedad se explica en alguna lengua o idioma» (<hi rend="i">Aut</hi>).</note>, se
          expresa tan mal en una tertulia, argumentando de forma deshilvanada<note place="bottom">En
            sentido figurado, ‘atar’ significa «enlazar con [el discurso de] otro», o seguir el hilo
            que uno mismo llevaba (<hi rend="i">Aut</hi>), y «desatar la duda, o el argumento,
            responder adecuadamente a la dificultad, dándola solución verdadera y clara» (<hi
              rend="i">Aut</hi>).</note>, que Osorio se burla de él. El actor apela al diablo, por
          ser el tema tan tenebroso como el estilo oscuro y el interlocutor un esclavo, y le llama
          «culto». El anónimo compilador le da una vuelta más al chiste, alabando esta agudeza como
          «definición de los cultos», contra la soberbia que los caracteriza.</p>
        <p>Estos dos cuentos seguidos sobre Góngora y los cultos con el mismo protagonista, el
          representante Osorio, reflejan la procedencia oral de esta compilación, en la que se
          repiten varios chistes, seguramente al hilo de la memoria de quien los anota. El último
          cuento sobre la polémica gongorina pertenece a otra unidad temática del mismo tipo.
          Después de los cuentos 360 y 361 que apuntan donaires de Luis de Góngora, el cuento 364
          recoge una burla contra la obra del poeta.</p>
        <quote>364. El <hi rend="i">Polifemo</hi> de don Luis de Góngora es oscuro. Fuéronlo más las
            <hi rend="i">Soledades</hi> que publicó después. Dijo el Conde de Salinas a este
          propósito que el <hi rend="i">Polifemo</hi> tenía solo un ojo, y las <hi rend="i"
            >Soledades</hi> eran ciegas de entrambos<note place="bottom"> Chenot y Chevalier (1979:
            n. 364).</note>.</quote>
        <p>Atribuido a Diego de Silva y Mendoza, conde de Salinas, el chiste se burla de la
          oscuridad de los poemas de Góngora, describiendo al <hi rend="i">Polifemo</hi> como su
          personaje cíclope, y a las <hi rend="i">Soledades</hi> como poema ciego. Preparando el
          chiste, el anónimo compilador afirma la oscuridad de ambos poemas, mayor en las <hi
            rend="i">Soledades</hi> que en la <hi rend="i">Fábula de Polifemo y Galatea</hi>. La
          progresión estilística de Góngora queda así parodiada como una extinción de la
          claridad.</p>
        <p>Sin que sepamos ni la fecha en que se dijeron estos chistes, ni la fecha en la que se
          apuntaron, no cabe duda de que en el entorno de Juan de Arguijo, de Juan de Espinosa y de
          Francisco Pachecho las sales sobre la polémica gongorina eran apreciadas y comentadas. La
          oscuridad en poesía y el estilo culto fueron sin duda un tema de erudición, pero también,
          en la Sevilla del primer tercio del siglo XVII, un tema de «graciosidad» y animadas
          tertulias entre pintores y poetas.</p>
      </div>
      <div>
        <head>8. Conclusión</head>
        <p>Del mismo modo, y quizá al mismo tiempo que Luis de Góngora recibía la opinión de Pedro
          de Valencia y esperaba el <hi rend="i">Parecer</hi> del abad de Rute sobre las <hi
            rend="i">Soledades</hi>, los ingenios debatían sobre la nueva poesía. En la Sevilla de
          Fernando de Herrera, el poeta Juan de Espinosa le envía su parecer «cerca de la poesía
          oscura» al reconocido poeta Juan de Arguijo, que le reclamaba una opinión al respecto. En
          una argumentación breve, teñida de horacianismo, Espinosa define a los cultos como malos
          imitadores de Góngora y poetas sin sustancia, repartiendo a lo largo de su misiva multitud
          de metáforas insultantes en un verdadero bestiario de la poesía culta, obra de monas,
          perros callejeros y harpías. Al mismo tiempo, en un escrito de sevillano a sevillano,
          zahiere al pintor de la galería del cardenal Guevara en el arzobispado de la ciudad, y
          pone en escena su amistad con Arguijo, entre otros poetas del momento, a los que alude
          como «amigos» sin nombrarlos. El texto es testimonio de una sociabilidad letrada en la que
          se habla de pintura y poesía, en la que los escritos de los poetas como Espinosa y Arguijo
          acaban en manos de pintores como Pacheco, en base a la difusión y el archivo de obras
          manuscritas. La historia de este documento y de su conservación ponen por tanto de relieve
          la cercanía, o la solidaridad generacional en la élite letrada de Sevilla entre los siglos
          XVI y XVII<note place="bottom">Véase al respecto, aunque con más calas en el desarrollo de
            la poesía impresa que en el mundo del manuscrito, el libro coordinado por Begoña López
            Bueno en 2012, <hi rend="i">La “idea” de la Poesía Sevillana en el Siglo de Oro</hi>,
            del que hemos citado varios capítulos.</note>. Escrito por Espinosa, pero a petición de
          Arguijo, y archivado por Pacheco, este es un texto hasta cierto punto colectivo, como
          probablemente también lo sean esas «cartas de don Juan de Arguijo»<note place="bottom"
            >Lope de Vega, <hi rend="i">La dama boba</hi>, v. 2128.</note> que Lope de Vega menciona
          en su escena de escrutinio de la biblioteca de <hi rend="i">La dama boba</hi> (1613), en
          las que Garrote Bernal reconoce <hi rend="i">chartas</hi> o <hi rend="i"
            >cartapacios</hi><note place="bottom">Garrote Bernal (2006: 55-56). En lo que a
            correspondencia se refiere, únicamente conservamos dos cartas de Arguijo, una del 30 de
            agosto de 1616 al padre Diego Meléndez y la otra, sin fecha, a Diego Félix Quijada
            Riquelme sobre sus <hi rend="i">Solíadas</hi> (1985: 418-421), además de un billete para
            pedir un libro y la carta colectiva escrita en mayo de 1619 en apoyo de Lope de Vega
            (Garrote Bernal y Cristóbal 2004: XXX y XL).</note>, como los que le corregían Francisco
          de Medina<note place="bottom">Se conoce un manuscrito titulado «Sesenta sonetos de don
            Juan de Arguijo veintiquatro de Sevilla» con un apunte en el margen superior: «Estan
            estos sonetos corregidos conforme a las notas del maestro Medina que van al fin de
            ellos». Véase una impresión en Arguijo, 1841 y una descripción del manuscrito en Arguijo
            1971 (27) y 1985 (41-45), con transcripción y comentario en 2004 (227-248).</note> o los
          que apuntaban los chistes de moda<note place="bottom"><hi rend="i">Cuentos muy mal
              escritos</hi>. Sobre la importancia de esos papeles en la cultura escrita del Siglo de
            oro, véase Bouza (2001: 27-83).</note>. En particular, la carta de Espinosa habla del
          interés que despertó Góngora en la metrópoli andaluza, y permite subrayar la atención que
          el suegro de Velázquez dedicó a la polémica sobre la nueva poesía, probablemente durante
          los años en los que preparaba su edición, no menos colectiva en su despliegue paratextual,
          del <hi rend="i">nuevo</hi> Herrera<note place="bottom">García Aguilar (2012:
            188-195).</note> (1619).</p>
        <p>Por todo ello, esta carta refleja en el posicionamiento estético de Espinosa algunas de
          las principales tendencias entre los poetas sevillanos de su tiempo. El horacianismo y el
          estoicismo, tan en boga al inicio del siglo XVII en la ciudad del Betis, son patentes en
          esta carta, refundición de algunos lugares del <hi rend="i">Arte poética</hi> de Horacio.
          La oposición, en tono humorístico y hasta en jerga de germanía, con respecto a los
          estilemas cultos de Góngora y sus imitadores, reconduce al terreno de la epístola en prosa
          y a los años 1612-1617 un paradigma poético llano, moderno y gracioso, que se había
          desarrollado ya en el último cuarto del siglo XVI en el cauce de la epístola familiar en
          tercetos. Como escribe Valentín Núñez Rivera, se enfrentaban en Sevilla «dos paradigmas
          poéticos alternativos, representados por la poesía del ornato cultista y la familiaridad
          de la carta humilde»<note place="bottom">Núñez Rivera (2012: 252).</note>. En este
          sentido, por su gracia y su pertenencia a un archivo misceláneo típicamente sevillano,
          esta carta se asemeja a los <hi rend="i">Cuentos muy mal escritos…</hi> compilados en el
          entorno de Juan de Arguijo, entre los que he seleccionado y comentado los que se refieren
          a la polémica gongorina.</p>
        <p>Los cuentos o chistes que critican a Góngora en la tradición <hi rend="i">de la sal</hi>,
          así como la carta de Juan de Espinosa, documentan por tanto el impacto de la polémica en
          torno a la nueva poesía en el círculo de Juan de Arguijo, poco después de la difusión del
            <hi rend="i">Polifemo</hi> y probablemente también de las <hi rend="i">Soledades</hi>.
          Un momento en el que la seria polémica literaria y su amplia difusión impresa todavía
          quedan lejos: en el que estos documentos merecen sobre todo ser atesorados en misceláneas
          de tanta «graciosidad» como «erudición»<note place="bottom"> Sobre las fronteras entre la
            controversia y este tipo de misceláneas, véase Béhar (2015: 68-70).</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>9. Establecimiento del texto</head>
        <p>Al tratarse de un testimonio único, la edición se basa en una transcripción y
          modernización del mismo. Las abreviaturas están desarrolladas en cursiva.</p>
      </div>
      <div>
        <head>10. Bibliografía</head>
        <div>
          <head>10.1 Obras hipotéticamente citadas o consultadas por el polemista</head>
          <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cueva</hi>, Juan de:</p>
          <bibl>—, <hi rend="i">Ejemplar poético</hi>, ca. 1606.</bibl>
          <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio</hi>:</p>
          <bibl>—, <hi rend="i">Arte poética</hi>.</bibl>
        </div>
        <div>
          <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
          <div>
            <head>10.2.1 Manuscritos</head>
            <bibl>BUS (Biblioteca de la Universidad de Sevilla), H Ra/0158, <hi rend="i"><ref
                  target="https://archive.org/details/HRa0158">Libro de varios tratados de
                  graciosidad y erudición, de diferentes autores</ref></hi>.</bibl>
            <bibl>BNE (Biblioteca Nacional de Madrid), MSS/19380, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000174577&amp;page=1">Cuentos muy mal
                  escritos que notó Juan de Arguijo</ref></hi>.</bibl>
            <bibl>BNE, MSS/20355, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000178726&amp;page=1">Sonetos varios
                  recogidos aquí de diferentes autores, así de manuscritos como de algunos impresos
                  por Don Joseph Maldonado Dávila y Saavedra, vecino de Sevilla, año de
                1646</ref></hi>.</bibl>
          </div>
          <div>
            <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ánonimo</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Vocabolario degli Accademici della Crusca…</hi>, In Venezia,
              appresso Giovanni Alberti, 1612.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Bratuti</hi>, Vicente:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Espejo político y moral para príncipes, ministros y todo género de
                personas traducido de la lengua turca en la castellana… Parte primera</hi>, En
              Madrid: por Domingo García y Morrás, 1654.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Covarrubias Orozco</hi>, Sebastián de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000108144&amp;page=1">Emblemas
                  morales</ref></hi>, En Madrid: por Luis Sánchez, 1610.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Desbillons</hi>, François-Joseph Terrasse:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Fabulae Aesopiae curis posterioribus omnes fere emendatae,
                accesserunt plus quam CLXX novae</hi>, Mannhemii: typis academicis, 1768.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Esopo</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Fabulae Aesopi, iam denuo multo emendatius qua mantea aeditae,
                authore Ioachimo Cameriario</hi>, Noribergae: apud Alexandrum Philippum Theodoricum,
              1597.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Faria e Sousa</hi>, Manuel de:</p>
            <bibl>—, Lusiadas <hi rend="i">de Luis de Camões, Príncipe de los poetas de España. Al
                Rey N. Señor Felipe Quarto el Grande. Comentadas por Manuel de Faria i Sousa,
                Cavallero de la Orden de Christo, i de la Casa Real</hi>, 2 vol, en Madrid: por Juan
              Sánchez, a costa de Pedro Coello, mercader de libros, 1639. Vol. 1: <hi rend="i"
                >Primero y segundo tomo</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gesner</hi>, Conrad:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Icones animalium quadrupedum uiuiparorum et ouiparorum quae
                Historia Animalium Conradi Gesneri describuntur</hi>, editio tertia, Heidelbergae: e
              typographeio Iohannis Lancelloti, impensis Andreae Cambiere, 1606,</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gómez Tejada de los Reyes</hi>, Cosme:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000095399&amp;page=1">León prodigioso,
                  apología moral entretenida y provechosa a las buenas costumbres, trato virtuoso y
                  político</ref></hi>, en Madrid, por Francisco Martínez, 1636.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Herrera</hi>, Fernando de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000083538&amp;page=1">Versos de
                  Fernando de Herrera</ref></hi>, impreso en Sevilla: por Gabriel Ramos Vejarano,
              1619.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ibarra</hi>, Juan Antonio de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000250927&amp;page=1">Encomio de los
                  ingenios seuillanos en la fiesta de los Santos Inacio de Loyola i Francisco
                  Xauier</ref></hi>, impreso en Sevilla: por Francisco de Lira, año 1623.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jáuregui</hi>, Juan de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000188890&amp;page=1">Rimas</ref></hi>,
              en Sevilla: por Francisco de Lyra Varreto, año 1618.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lipsio</hi>, Justo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es/catalogo/es/consulta/registro.cmd?id=9001"
                  >Libro de la constancia de Justo Lipsio traducido de latín en castellano por Juan
                  Baptista de Mesa</ref></hi>, Impreso en Sevilla: por Matías Clavijo, 1616.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Mexía</hi>, Pedro:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000005021&amp;page=1">Silua de varia
                  lection compuesta por el Magnifico cauallero Pero Mexia</ref></hi>, Sevilla: en
              casa de Hernando Diaz, 1570.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pérez de Moya</hi>, Juan:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Philosophia secreta, donde debajo de historias fabulosas se
                contiene mucha doctrina provechosa a todos estudios</hi>, En Zaragoza: en casa de
              Miguel Fortuño Sánchez, a costa de Pedro Ybarra mercader de libros, 1599.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ripa</hi>, Cesare:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000229610&amp;page=1"
                >Iconologia</ref></hi>, In Roma: appresso Lepido Facii, 1603.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Roa</hi>, Martín de:</p>
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sánchez de las Brozas</hi>, Francisco:</p>
            <bibl>—, <hi nd="i">Doctrina del estoico filósofo Epicteto, que se llama comúnmente
                Enchiridion</hi>, En Salamanca: en casa de Pedro Lasso, 1600.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Doctrina del estoico filósofo Epicteto, que se llama comúnmente
                Enchiridion</hi>, impreso en Pamplona: por Carlos de Labayen, 1612a.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000112571&amp;page=1">Doctrina del
                  estoico filósofo Epicteto, que se llama comúnmente Enchiridion</ref></hi>, En
              Madrid: por Juan de la Cuesta, 1612b.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Doctrina del estoico filósofo Epicteto, que se llama comúnmente
                Enchiridion</hi>, En Barcelona: por los herederos de Onofre Anglada, 1612c.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Salazar Mardones</hi>, Cristóbal:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000086543&amp;page=1">Ilustracion y
                  defensa de la Fabula de Piramo y Tisbe, compuesta por D. Luis de Gongora y
                  Argote…</ref></hi>, Madrid: Imprenta Real, a costa de Domingo González, mercader
              de libros, 1636.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Soto</hi>, Hernando de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k316210f"
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Suárez de Figueroa</hi>, Cristóbal:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000013028&amp;page=1">Plaza universal
                  de todas ciencias y artes, parte traducida de toscano y parte compuesta por el
                  doctor Christoval Suarez de Figueroa</ref></hi>, En Madrid, por Luis Sánchez,
              1615.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vasari</hi>, Giorgio:</p>
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          </div>
          <div>
            <head>10.2.3 Impresos posteriores a 1800</head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Albert-Llorca</hi>, Marlène:</p>
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Angulo y Pulgar</hi>, Martín de:</p>
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                >https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1635_epistolas</ref>. Véase la segunda edición revisada en: <hi rend="i">Una controversia epistolar en torno a Góngora</hi>, París, e-Spania books (Góngora and his readers, 1), 2019, <ref target="https://doi.org/10.4000/books.esb.2043">10.4000/books.esb.2043</ref>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ánonimo</hi> (un Curioso):</p>
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                >http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso</ref>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Arasse</hi>, Daniel:</p>
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                >https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1634_cartas-cascales</ref>. Véase la segunda edición revisada en: <hi rend="i">Una controversia epistolar en torno a Góngora</hi>, París, e-Spania books (Góngora and his readers, 1), 2019, <ref target="https://doi.org/10.4000/books.esb.2043">10.4000/books.esb.2043</ref>.</bibl>
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                >http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1621_censura-lope</ref>. Véase la segunda edición revisada en: <hi rend="i">Lope de Vega crítico de Góngora</hi>, París, e-Spania books (Góngora and his readers, 3), 2019, <ref target="https://doi.org/10.4000/books.esb.2173">10.4000/books.esb.2173</ref>.</bibl>
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                >doi:10.6092/UNIBO/LADAMABOBA</ref>.</bibl>
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          </div>
        </div>
      </div>
    </front>
    <body>
      <head>Texto de la edición</head>
      <div>
        <pb
          facs="http://gongoradigital.github.io/img/1613_carta-espinosa/1613_carta-espinosa_f267r.jpg"
          n="f. 267r"/>
        <head>D<hi rend="i">e</hi> don Ju<hi rend="i">an</hi> de Espinosa cerca de la Poesía oscura
          a d<hi rend="i">on</hi> Ju<hi rend="i">an</hi> de Arguijo</head>
        <p>S<hi rend="i">eñor</hi> don Ju<hi rend="i">an</hi>, estos poetas o profetas no son de luz, deben de ser del Antecristo, porque su misterio es
            confusión<note place="bottom">La comparación del poeta y el profeta es lugar común, por
            ejemplo en Francisco Fernández de Córdoba, abad de Rute, <hi rend="i">Parecer de don
              Francisco de Córdoba acerca de las</hi> Soledades, f. 132r: «son casi convertibles
            poeta y profeta» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer/body-1#note108_"
              >1614_parecer</ref>). El propio Góngora acude al tópico en su «Carta en respuesta»:
            «que vates se llama el poeta como el profeta» (Luis de Góngora, <hi rend="i">Obras
              completas</hi>, II, p. 296). El Anticristo es maestro en confusión y engañador por
            excelencia: 2 Jn 1, 7.</note>. Y pudiera yo correrme de que no entendiéndolos V<hi
            rend="i">uestra</hi> M<hi rend="i">erce</hi>d me tenga por buen intérprete: solo de
          Salomón se dice que entendía el idioma de las bestias sin serlo él<note place="bottom"
            >Según la leyenda del anillo de Salomón, este rey y gran mago tenía la capacidad de
            hablar con los animales (Pellizer, 2010). Espinosa finge ofenderse de que Arguijo le
            tome como intérprete de cultos, equiparados con «bestias».</note>. Vuélvolos a V<hi
            rend="i">uestra</hi> M<hi rend="i">erce</hi>d para que los envíe a Écija<note
            place="bottom">Espinosa emplea la expresión ‘que los envíe a Écija’ aludiendo a una
            frase proverbial de germanía: «entre gente pícara, que para despedir a uno con desgaire
            y menosprecio, le dicen que se vaya al rollo de Écija» (Covarrubias), a pesar de ser
            ciudad y provincia capaz de criar «buenos ingenios, de que dan calificadas muestras
            cultivados en letras» (como escribe Roa, <hi rend="i">Écija, sus santos, su antigüedad
              eclesiástica y seglar</hi>, Sevilla, 1629, f. 150r).</note> o a otra escuela de
          ingenios tan robustos que allanen esta dificultad<note place="bottom">Espinosa parece
            indicar que Arguijo le ha mandado unos versos oscuros, de los que no dice nada: podría
            ser una ficción para introducir su discurso.</note>. Bien veo que V<hi rend="i"
            >uestra</hi> M<hi rend="i">erce</hi>d quiere oírme, pero no es materia para billete, y
          hablando de veras es menester larga distinción<note place="bottom">‘Distinción’: «en las
            escuelas es la declaración o explicación que se hace de alguna proposición dudosa,
            ambigua y equívoca, que puede ser verdadera en un sentido y no en otro» (<hi rend="i"
              >Aut</hi>.).</note> para condenar este estilo que corre, que parece de alguna
          constitución maligna y no de buenas observaciones<note place="bottom"> En esta frase,
            Espinosa condena el cultismo como enfermedad («constitución maligna») tanto como
            incumplimiento de los preceptos del arte poética («y no de buenas observaciones»). En el
            término de ‘constitución’ se resume su idea, pues significa tanto «ordenanza […],
            estatuto, reglas», como «situación, positura y asiento de las cosas, […] temples y
            temperamentos» (<hi rend="i">Aut</hi>). Dicho de otro modo, en su temple y en sus reglas
            los cultos son malignos. En cuanto a las «[malas] observaciones», podría aludirse al
            incumplimiento de «de alguna orden, ley o precepto», especialmente religioso, quizá como
            una discreta pulla a la irreverencia de Góngora en este particular (Hernando Horio y
            Juan Pineda, <hi rend="i">Dos censuras inquisitoriales de las </hi>Obras en verso del
            Homero español <hi rend="i">(1628)</hi>: 6. 4. <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1628_censuras#front-6-4"
              >Connotaciones eróticas</ref>).</note>. Lo primero porque no es impropio lo figurado,
          antes esencial a la poesía<note place="bottom">Lugar común sobre la poesía, empleado en la
            polémica tanto para defender a Góngora por su estilo sublime (<ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer"
              >1614_parecer</ref>, f. 138v) o su habilidad metafórica (<ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1662_apologetico"
              >1662_apologetico</ref>, VI, 47), como para atacar a los poetas cultos porque «usan
            tanto lo figurado, y abalánzanse con tal violencia que, en vez de mostrarse valientes,
            proceden (como decíamos) hasta incurrir en temerarios» (<ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico"
              >1624_discurso-poetico</ref>, f. 8v).</note>. Lo segundo porque don Luis de Góngora (a
          quien yo soy muy aficionado) y otros hombres de juicio gustan de afectarlo<note
            place="bottom">‘Afectar lo figurado’ es practicarlo de forma ostentosa y exagerada
            (siendo ‘afectar’ «poner especial cuidado y demasiado estudio y arte en la ejecución de
            algún hecho o dicho», <hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, y no es razón hablar de ellos sin
          guardar el decoro<note place="bottom">El decoro, en este caso la actitud de respeto y
            veneración que conviene hacia los grandes autores, remite a la ética de las polémicas
            literarias (Pantin, 1997), y permite distinguir el ataque hacia los cultos del aprecio
            que Espinosa siente por Luis de Góngora.</note>: no soy tan licencioso<note
            place="bottom">‘Licencioso’: «que usa de demasiada licencia» (<hi rend="i"
            >Aut</hi>.).</note> que los envuelva con ignorantes, aunque estos pecan con su ejemplo,
          que entran por sus escritos a imitar, y sucédeles <pb
            facs="http://gongoradigital.github.io/img/1613_carta-espinosa/1613_carta-espinosa_f267v.jpg"
            n="f. 267v"/> lo que a la mona en casa del estatuario, y así a cada paso los comprende
          Horacio juntando cabezas humanas a cuellos de caballos<note place="bottom">Los malos
            imitadores de Góngora son como monas, animal dado a imitar, haciendo destrozos en el
            taller del escultor con sus pésimas imitaciones del poeta. Además de aludir a una
            anécdota o cuento sobre esta mona en casa del estatuario, Espinosa reescribe el inicio
            de Horacio, <hi rend="i">Arte poética</hi>, v. 1-2: «Si un pintor quiere unirle a una
            cabeza humana la cerviz de un caballo», donde los excesos de una poesía sin arte quedan
            retratados como ridículos grotescos (trad. José Luis Moralejo, Horacio 2008: 383). Véase
            la introducción para un comentario más extenso.</note>: bien se ve en los fragmentos
          usurpados que hallamos, en muchas obras, quejándose que de su fábrica los trajeron
          arrastrando a lugares inmundos. A los pintores, que son poetas mudos<note place="bottom">
            Tópico traído de Simónides y extendidísimo en la época (por ejemplo en Pero Mejía, <hi
              rend="i">Silva de varia lección</hi>, Sevilla, Hernando Díaz, 1570, <ref
              target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000005021&amp;page=80">f. 67v</ref>).
            Salazar Mardones lo comenta en su <hi rend="i">Ilustración y defensa de la fábula de
              Píramo y Tisbe</hi>, Madrid, Imprenta real, 1636, f. 25r.</note>, los podemos comparar
          cuando adulteran las acciones de sus figuras por introducir la imitación<note
            place="bottom">Espinosa, prolongando el impulso Horaciano del <hi rend="i">ut pictura
              poesis</hi> (v. 1-2, y v. 361), compara a los malos imitadores de Góngora con los
            pintores que, en vez de imitar la naturaleza, copian la <hi rend="i">maniera</hi> de
            otros pinceles.</note>. El que pintó la galería del cardenal de Guevara debía de tener
          bien asidas las especies<note place="bottom">Las «especies» son «la imagen o
            representación de sí que envía el objeto» (<hi rend="i">Aut</hi>.), y que el mal pintor
            tiene «asidas», cogidas o hurtadas, de otra representación.</note> de alguna herrería de
          Vulcano, o la lucha de Hércules con Anteo, y dionos el ángel de Habacú saltándole los ojos
          del rostro y el brazo que le pudieran sangrar con ballestilla<note place="bottom">De
            sevillano a sevillano, Espinosa critica al pintor de la «galería del cardenal de
            Guevara», aludiendo a la decoración de la galería y el salón del palacio arzobispal de
            Sevilla en tiempos de Fernando Niño de Guevara (†1609). Se burla en concreto de uno de
            los lienzos del salón (y no de la galería), que representa a Hababuc transportado
            milagrosamente por un ángel para llevar comida a Daniel en el foso de los leones (Daniel
            14, 34-39). Espinosa critica dos rasgos de la pintura: los ojos exorbitados («saltándole
            los ojos del rostro») y los brazos, excesivamente venosos o bien casi bestiales («y el
            brazo que le pudieran sangran con ballestilla»; balestilla es «cierto instrumento de
            hierro a modo de ballesta pequeña, de que suelen usar los albéitares para sangrar las
            bestias caballares», <hi rend="i">Aut</hi>.). Espinosa atribuye estos defectos a la
            imitación, no de la naturaleza, sino de otros temas pictóricos, en especial de escenas
            que se prestan a un lenguaje gestual enfático, como la fragua de Vulcano y el combate de
            Hércules y Anteo.</note>. Sea monstruoso el estilo con los diablos, mas lo que no se
          puede sufrir es que en tan grandes torrentes de palabras no haya una gota de
            sustancia<note place="bottom">En términos líquidos, Espinosa opone el «torrente» y la
            «gota», contrastando la abundancia estilística y la poca eficacia nutritiva de los
            poemas cultos.</note>. Los términos extravagantes, las circunlocuciones, y todo el
          aparato del arte de bien hablar es proprio, como dije, de la poesía, pero a fin de poner
          velos a la hermosura de la sentencia, porque cueste trabajo desarrebozarla<note
            place="bottom">Quitarle el rebozo, descubrirla y por ende revelar su sustancia.</note>,
          y para ganar atención<note place="bottom">Lo mismo defiende Manuel Ponce en su <hi
              rend="i">Silva</hi>, «Y debe considerarse que el oficio del poeta no es descubrir las
            cosas que por sí están cubiertas con algún velo; antes, si son claras y manifiestas,
            cifrarlas con cuanta diligencia y estudio pudiere, y encubrirlas a los ojos de la
            ignorancia porque la demasiada familiaridad no las deslustre, antes sean, por su
            dificultad, más dignas de memoria y reverencia» (Azaustre Galiana 2019: 206). Y también
            el propio Góngora en su «Carta en respuesta»: «hase de confesar que tiene utilidad
            avivar el ingenio, y eso nació de la obscuridad del poeta. Eso mismo hallará vuestra
            merced en mis <hi rend="i">Soledades</hi>, si tiene capacidad para quitar la corteza y
            descubrir lo misterioso que encubren» (Góngora, <hi rend="i">Obras completas</hi>, II,
            p. 296). Es lugar común, aducido también por Lope de Vega en defensa de su soneto «La
            calidad elementar resiste», por ejemplo en <hi rend="i">La dama boba</hi>, v. 579-581:
            «Platón, / a lo que en cosas divinas / escribió, puso cortinas» (cf. López Bueno, 2012:
            314-315).</note>. El intento de estos señores parece muy diferente: encubren boberías
          con jerigonza<note place="bottom">Es lugar común remitir despectivamente el estilo culto
            al «dialecto o modo de hablar que usan los gitanos, ladrones y rufianes para no ser
            entendidos» (<hi rend="i">Aut</hi>.), como en la célebre tmesis de Quevedo «la jeri
            (aprenderá) gonza» (Quevedo, <hi rend="i">Libro de todas las cosas</hi>, p. 465).
            Espinosa Medrano en su <hi rend="i">Apologético</hi> emplea el argumento a favor de
            Góngora (<ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1662_apologetico"
              >1662_apologetico</ref>, VI, 48).</note> de tal <pb
            facs="http://gongoradigital.github.io/img/1613_carta-espinosa/1613_carta-espinosa_f268r.jpg"
            n="f. 268r"/> manera que o no se dejan penetrar, o en quitándoles los oropeles de estos
          gigantones que sacan, no hay más de bálago mal trabado<note place="bottom">‘Bálago’ es «la
            paja del heno o del centeno, que sirve para henchir y llenar las alabardas, jergones y
            otras cosas» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Los poemas cultos son «gigantones» por su tópica
            hinchazón, y quizá en referencia a la <hi rend="i">Fábula de Polifemo</hi> de Góngora.
            Sin los «oropeles» del estilo, se descubre un amasijo de paja, como en ciertas imágenes
            de Vírgenes que solo se muestran vestidas, por ser su cuerpo una simple estructura de
            madera y relleno (Albert-Llorca 2002, Genovese 2001). Varios detractores de Góngora
            repetirán esta crítica en su contra, como Jáuregui («con vilísimos velos de locución, no
            solo encubre defectos y culpas, sino da a creer al simple que son todas ingeniosidades,
            a la manera que un manto rebozado suele prometer y mentir hermosura, celando fealdad»;
              <ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico"
              >1624_discurso-poetico</ref>, f. 40r) o Cascales («Luego síguese que el velo que
            entenebrece los conceptos de esta fábula es sola la frasis»; <ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1634_cartas-cascales"
              >1634_cartas-cascales</ref>).</note>. Todo su negocio es que su musa tenga uñas como
          una harpía<note place="bottom">La harpía es ser monstruoso o «ave de rapiña que fingieron
            los poetas […] con uñas corvas y aparejadas para arrebatar y despedazar con ellas» (<hi
              rend="i">Aut</hi>.). Espinosa concentra en esta imagen dos críticas a los cultos: la
            primera es que crean poemas monstruosos, la segunda que sus poemas son fraudes, o como
            mucho copias robadas, más que imitadas, de Góngora (así como la ‘harpía’ es «la persona
            codiciosa», las ‘uñas’ significan «destreza o suma inclinación a defraudar o hurtar.
            Usase comúnmente en plural», <hi rend="i">Aut</hi>.): las musas de los cultos son dadas
            al hurto poético. Además de este doble ataque, hay aquí una reescritura del <hi rend="i"
              >Arte poética</hi> de Horacio, en especial de los v. 32-37: Espinosa se vale de un
            ejemplo horaciano para ponderar que los cultos no saben más que repetir tropos, haciendo
            solo, de la figura entera, la uña («Un humilde artesano de junto a la palestra de Emilio
            reproducirá en el bronce las uñas, e imitará los muelles cabellos; mas no acertará a
            hacer la obra completa, porque no sabrá diseñar el conjunto. A mí, cuando de componer
            alguna obra me ocupe, no me apetecería ser como ese más que vivir con la nariz torcida,
            aunque mis negros ojos y mi negro cabello fueran dignos de verse», trad. José Luis
            Moralejo, Horacio 2008: 385).</note>, y cargan de troposílabos<note place="bottom"
            >Palabra compuesta de ‘tropos’ (figuras retóricas) o ‘tropel’ y ‘sílabos’: más que por
            el número de sílabas de la métrica, los versos cultos se definen por el exceso de
            figuras.</note> llenos de ‘rrr’<note place="bottom">La sonoridad vibrante es
            característica de la aspereza y, ya en Sevilla, Juan de la Cueva la aconsejaba en su <hi
              rend="i">Ejemplar poético</hi> (1606), ep. III, v. 208-210: «De la R usarás cuando el
            violento / euro contrasta al boreas poderoso / con hórrido furor su movimiento». Véase
            Ponce Cárdenas (2020: 197).</note> y rabos de cometas, fatigándonos el juicio con su
            significación<note place="bottom">Es habitual el ataque contra la afectación sonora de
            los versos cultos, aquí señalada en una aliteración en ‘r’. Espinosa critica su falta de
            sentido comparando a los poetas con cometas que parecen reclamar una interpretación
            esotérica innecesaria («fatigándonos el juicio con su significación»); también porque
            son anuncio de desastres, y quizá porque lucen poco tiempo. La «cometa con cola» aparece
            así en el burlesco «Tratado de la adivinación por quiromancia, fisonomía y astronomía»
            del <hi rend="i">Libro de todas las cosas</hi> de Quevedo (2007: 445). La comparación de
            los cultos con cometas aparece también en las <hi rend="i">Noches claras</hi> de Faria e
            Sousa: «Y al fin, son los escritores de este tiempo esfinges en sus escritos,
            manifestándose como cometas» (<ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_nochesclaras"
              >1624_nochesclaras</ref>, p. 54).</note>. Bueno es que los ingenios sean atrevidos y
          los que se cultivan para este ejercicio redunden<note place="bottom">‘Redundar’ es
            «rebosar, salirse alguna cosa de sus límites o bordes, por demasiadamente llenos y
            abundantes» (<hi rend="i">Aut</hi>.): se trata por tanto de una nueva alusión a la
            hinchazón de los cultos.</note> en sus principios, porque después, al madurar, se
          despojan de lo vicioso, pero en faltándoles modestia para conocerse bisoños, va todo
            perdido<note place="bottom">Espinosa acepta que los cultos incurran en excesos y
            redundancias estilísticas de jóvenes, si reconocen que son «bisoñ[erías]» y se despojan
            progresivamente de estos vicios: se trata de una posición muy horaciana, acorde con el
              <hi rend="i">Arte poética</hi>, v. 1-41.</note>. Y es cosa graciosa lo que pasa, que
          todos rehúsan el agua de la doctrina como con rabia<note place="bottom">Como los enfermos
            de rabia rechazan el agua, así los poetas cultos rechazan la doctrina poética. La
            formulación de una doctrina capaz de restringir los excesos de la inventiva poética es
            precisamente la justificación del <hi rend="i">Arte poética</hi> de Horacio, en reacción
            a los grotescos híbridos de caballo y humano con los que se inicia el tratado
            latino.</note>: los muy legos piensan que los engañan, y de peor estado son los que
          tienen en su aposento un Marcial y dos Legicones<note place="bottom">Las obras de Marcial
            y los vocabularios o lexicones cifran toda la cultura de los cultos. Hay aquí una
            probable referencia a la autoridad de Góngora como nuevo Marcial, y en todo caso un
            reconocimiento de la facundia hispana como modelo de los cultos. Citar los «Legicones»,
            como el de Calepino, es tópico en las diatribas contra la poesía culta, memorable en la
            pluma de Quevedo: «Con esto y con gastar mucho Calepino sin qué ni para qué, serás
            culto, y lo que escribieres oculto, y lo que hablares lo hablarás a bulto» (Quevedo, <hi
              rend="i">Libro de todas las cosas</hi>, 2007: p. 476).</note>. Yo prometo a V<hi
            rend="i">uestra</hi> M<hi rend="i">erce</hi>d que se pudiera celebrar un simposio
          solemnísimo para tratar de estas cosas mejor que de los preceptos estoicos, y aunque esos
          versos rompen los dientes, a fe que habían de hacer ventaja al plato más regalado<note
            place="bottom">‘Simposios’ son «convites [en los que] antiguamente se trataba materia de
            letras y de virtud, como lo muestra el diálogo de Platón, dicho <hi rend="i"
              >Simposio</hi> [<hi rend="i">El Banquete</hi>], y muchos modernos han tomado este
            argumento para tratar cosas muy altas, de do se infiere que estos no se emborrachaban ni
            se juntaban para decir mal de nadie, ni para jugar sus haciendas» (Covarrubias).
            Espinosa afirma que la moda culta superaría el éxito del estoicismo (el «plato más
            regalado»), pese a ser incomestible en tal «simposio». Véase la introducción, 3.
            Cronología, para más detalles.</note>. Pero no quiero ruido con necios, que desconfían y
          se enojan aunque hombre les hable con ánimo de que no se rían de ellos: tienen condición
          de perro callejero, llegáis a quitarle <pb
            facs="http://gongoradigital.github.io/img/1613_carta-espinosa/1613_carta-espinosa_f268v.jpg"
            n="f. 268v"/> la maza<note place="bottom">‘Maza’, «se llama también el palo, hueso u
            otra cosa, que por entretenimiento se suele poner en las Carnestolendas atado a la cola
            de los perros: y también se llama así el trapo sucio o otra cosa que se prende en un
            alfiler en los vestidos de los hombres y mujeres, para burlarse de ellos» (<hi rend="i"
              >Aut</hi>.).</note> porque no lo persigan muchachos, y tira dentellada que os lleva un
          brazo. Hago excepción de los amigos, que de justicia se está hecha<note place="bottom"
            >Equívoco o zeugma basado en la palabra ‘excepción’: Espinosa dice eximir a sus amigos
            poetas de la critica que ha escrito («Hago excepción de los amigos»), dando por acabado
            su ‘alegato’, pues tal es el sentido de ‘excepción’ «de justicia»: «en lo legal es la
            razón o motivo que se alega en defensa del derecho que uno pretende tener, oponiéndose a
            la pretensión y alegación contraria» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, y para el que
          quisiere saber con quién hablo me remito al examen de la conciencia.</p>
        <p>Dios guarde a V<hi rend="i">uestra</hi> M<hi rend="i">erce</hi>d.</p>
        <p>D<hi rend="i">on</hi> Ju<hi rend="i">an</hi> de Espinosa.</p>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
