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      <titleStmt>
        <title>Advertencias [...] para inteligencia de las «Soledades» de don Luis de
          Góngora</title>
        <author key="Almansa y Mendoza, Andrés de">Andrés de Almansa y Mendoza</author>
        <editor>Begoña López Bueno</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Jaime Galbarro García</name>
          <resp>relecture et stylago word</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>Stylage word et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>Stylage word et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Felipe Joannon</name>
          <resp>Édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_advertencias</idno>
        <date when="2018"/>
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            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
        </availability>
      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <bibl>FBM, ms. B106-V 1-36: 147r-158v.</bibl>
      </sourceDesc>
    </fileDesc>
    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"]: notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin" n="A"]: notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"]: notes d’apparat (I = romain) </p>
    </encodingDesc>
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      <creation>
        <date notBefore="1613" notAfter="1614"/>
      </creation>
      <langUsage>
        <language ident="spa"/>
      </langUsage>
    </profileDesc>
    <!--
      <div>
        <head>
          <quote>Datos bibliográficos</quote>
        </head>
        <table>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>Begoña LÓPEZ BUENO</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Andrés de ALMANSA Y MENDOZA</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Destinatario / dedicatario</cell>
            <cell>VI duque de Sessa (Luis FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA)</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>Advertencias de Andrés de Almansa y Mendoza para inteligencia de las «Soledades» de don Luis de Góngora</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>[1614]</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>FBM, ms. B106-V 1-36, f. 147r-158v.</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Orozco Díaz, E., «La polémica de las <hi rend="i">Soledades</hi> a la luz de nuevos textos. Las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa y Mendoza», <hi rend="i">Revista de Filología Española</hi>, 44, 1961, p. 29-62; luego recogido en Id., <hi rend="i">En torno a las «Soledades» de Góngora. Ensayos, estudios y edición de textos críticos de la época referentes al poema</hi>, Granada, Universidad de Granada, 1969, p. 147-204.</p>
              <p rend="noindent">Martínez Arancón, A., <hi rend="i">La batalla en torno a Góngora (selección de textos)</hi>, Barcelona, Antoni Bosch, 1978, p. 31-39.</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell>Dice responder a un anónimo «torbellino de pareceres y objetos […] que la ventolera de algunos con título de doctos, curiosos y valientes ingenios han levantado contra las <hi rend="i">Soledades</hi>», pero podría contener también una respuesta velada a un estado de opinión proveniente de juicios en verdad doctos, como el expresado por Pedro de Valencia en su carta de 1613.</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell>Idem.</cell>
          </row>
        </table>
      </div>
      -->
  </teiHeader>
  <text>
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>0. [Consideración previa] Los oráculos de Lope</head>
          <p>Antes de iniciar cualquier reflexión sobre las <hi rend="i">Advertencias de Andrés de
              Almansa y Mendoza para inteligencia de las «Soledades»</hi> creo inexcusable
            considerar las siguientes afirmaciones de una carta dirigida a Góngora por un encubierto
            y mordaz Lope de Vega a 16 de enero de 1616<note place="bottom">Las cartas cruzadas
              entre Lope (escritas o inspiradas por él o por su círculo, aunque aparecieron
              anónimas) y Góngora fueron en total seis, de las cuales cuatro pertenecen a los
              inicios de la polémica y están estrechamente relacionadas con las <hi rend="i"
                >Advertencias</hi>. A ellas me refiero en el apartado 3.4. «Las Advertencias y las
              cartas “anónimas” de Lope», al que remito. Sobre las fechas de estas cuatro cartas hay
              distintas opiniones críticas; expongo los argumentos a favor de las fechas 1615-1616
              en López Bueno 2011. En cuanto a la autoría de Lope para estas cartas, discutible
              desde la evidencia de su aparición anónima, en el mencionado trabajo también abordo
              los fundamentos de esta atribución al Fénix, o a quienes estaban detrás de él, en una
              estrategia colectiva y compartida que iba contra Góngora y los suyos. Hay que
              considerar que en este tipo de escritos (especie de cartas abiertas, tanto en la
              vertiente emisora como en la receptora) vale más la intención de autoría que la
              autoría estricta, porque su redacción se compadece con la intervención de varias
              manos, lo que hay que poner en estrecha relación con el hecho de ser previamente
              comunicados «con muchos suyos», como se dice literalmente en la carta citada de enero
              de 1616. Para evitar circunloquios explicativos cada vez que aludo a estas cartas a lo
              largo del estudio y la edición, me referiré a ellas en lo sucesivo como cartas
              “anónimas” de Lope. Volver a las notas <ref xml:id="ref44" target="ref43"> 95</ref> y
                <ref xml:id="ref110" target="ref109"> 220</ref>.</note>:</p>
          <quote>
            <p>Y cierto es que Mendoza y el oráculo de sus corolarios conocieron lo mismo y la
              urgente necesidad de prevenir respuesta, pues antes que saliesen en público las <hi
                rend="i">Soledades</hi> se apercibieron de comento, no enseñando ni repartiendo un
              papel sin otro; y en esto le diré mucho a V. m. porque ya que se anticipó a manifestar
              las faltas, no se retiró de explicar los lugares más dificultosos, como el instrumento
              de Arión, de Júpiter el ave y las demás<note place="bottom">Orozco (1973: 246).
              </note>.</p>
          </quote>
          <p>Bajo el manto protector del anonimato, Lope pone al descubierto el modo y manera de la
            aparición “pública” de las <hi rend="i">Soledades</hi>, pues barruntándose Góngora y sus
            afines la tormenta que se avecinaba, se organizaron para pertrecharlas con el
            acompañamiento al unísono de «… un comento, no enseñando ni repartiendo un papel sin
            otro». Señala además Lope al “mandado” de tal encargo: Mendoza (es decir, Almansa y
            Mendoza, a quien Lope siempre nombra por el segundo apellido); si bien, matiza que su
            autoría es puro trámite, porque está al dictado de otro u otros: «el oráculo de sus
            corolarios…»; y deja en el aire incluso si el inductor y oráculo fue el propio Góngora:
            «y en esto le diré mucho a V. m. porque ya que se anticipó a manifestar las faltas…».
            Finalmente, y por si su mensaje no había quedado claro, dispara Lope a los corolarios de
            Almansa con la referencia explícita y concreta a dos de las primeras notas de su comento
            sobre Arión y el ave de Júpiter<note place="bottom">Las referencias a Arión y al ave de
              Júpiter constituyen las anotaciones [2] y [4] de las <hi rend="i">Advertencias</hi> y
              también, curiosamente, son las 3 y 4 de la <hi rend="i">Silva a las Soledades</hi> de
              Manuel Ponce. Sobre las coincidencias entre ambos comentaristas véase más abajo el
              apartado 3.3. «Las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa y la <hi rend="i">Silva a
                las Soledades</hi> de Ponce»</note>.</p>
          <p>En cifra resume Lope de Vega buena parte de lo que nos interesa: que las <hi rend="i"
              >Advertencias</hi> esconden un interesado propósito y que su autor no fue sino una
            pieza utilizada para llevarlo a cabo. Con ello Lope venía a remachar lo que ya había
            espetado a Góngora en una misiva anterior, la “anónima” inicial de 13 de septiembre de
            1615, en la que da buena cuenta del empoderamiento del mensajero:</p>
          <quote>
            <p>Un cuaderno de versos desiguales y consonancias erráticas se ha aparecido en esta
              Corte con nombre de <hi rend="i">Soledades</hi> compuestas por V. m. Y Andrés de
              Mendoza se ha señalado en esparcir copias de él. Y no sé si por pretendiente de
              escribir gracioso, o por otro secreto influjo, se intitula hijo de V. m., haciéndose
              tan señor de su correspondencia, y de la declaración y publicación desta poesía
                […]<note place="bottom">Orozco (1973: 175-176).</note>.</p>
          </quote>
          <p>Además, el mediador no solo difundió el poema, sino que lo adornó con «corolarios», en
            tan fallido intento que Lope incisivamente recomienda:</p>
          <quote>
            <p>Haga V. m. lo posible por recoger estos papeles, como lo van haciendo sus
              aficionados, tanto por remendar su opinión como compadecidos del juicio de Mendoza.
              Sobre esto encargo a V. m. la conciencia: pues pareciéndole que sirve a V. m. y que él
              adquiere famoso renombre, hace lo imposible por parecer que entiende lo que V. m., si
              lo escribió, fue para que él se desvaneciese, y lo va estando tanto, que ha escrito y
              porfiado en ello muy copiosos corolarios de su canora y esforzada prosa, diciendo que
              disculpa y explica a V. m. Mire en qué parará quien trae esto en la cabeza, y un
              cotidiano ayuno en el estómago.</p>
          </quote>
          <p>Como aguja de marear, estas afirmaciones de Lope de Vega pueden orientar el rumbo de
            nuestras pesquisas, tanto por lo que dicen como por lo que cuestionan, pues, quitando
            las toneladas de ironía que le sobraban, toda la razón asistía al Fénix cuando en la
            misma primera carta le preguntaba a Góngora cómo le había hecho a Mendoza «tan dueño
            destas <hi rend="i">Soledades</hi>, teniendo tantos amigos doctos y cuerdos de quien
            pudiere quedar V. m. advertido y ellas enmendadas…». Es la misma pregunta que nos queda
            hoy en el aire: si Almansa y Mendoza era pieza en un engranaje, ¿cómo Góngora y sus
            afines eligieron tan mal al mensajero?; ¿y cómo dejaron circular un comentario tan
            malo?</p>
          <p>Si bien –adelanto ya– estas cuestiones no podrán ser respondidas a satisfacción, las
            reflexiones que intentan responderlas contribuirán a arrojar luz sobre el personaje, la
            obra y los intríngulis del arranque de la polémica. Arranque en el que la cronología
            juega un papel esencial, respecto a la cual también nos pueden alumbrar las cartas de
            Lope tan estrechamente relacionadas como están con las <hi rend="i"
            >Advertencias.</hi></p>
        </div>
        <div>
          <head>1. [Título] Las <hi rend="i">Advertencias</hi>, un comentario pretendidamente
            cautelar</head>
          <div>
            <head> 1.1. El título y sus intenciones: programa y respuesta </head>
            <p>Al mismo tiempo que la <hi rend="i">Soledad</hi> primera y acompañándola –si hacemos
              caso a Lope–, sale volandero un folleto manuscrito de veintitantas páginas a modo de
              prontuario del poema en cuestión con el título de <hi rend="i">Advertencias de Andrés
                de Almansa y Mendoza para inteligencia de las Soledades de don Luis de Góngora</hi>.
              El expresivo término de <hi rend="i">Advertencias</hi> ilustra el carácter de sus
              intenciones, que pueden ser varias al mismo tiempo de acuerdo con la matizada gama de
              sentidos que abarca: desde hacer reparar o fijar la atención en algo, pasando por el
              de enseñar o aconsejar hasta llegar al más taxativo de prevenir o avisar en tono
              amenazante.</p>
            <p>Ya el término se había colado en los ecos iniciales de la difusión privada de los
              poemas mayores gongorinos, pues determinados amigos le habían ido «advirtiendo» al
              autor sobre las novedades que aquellos poemas contenían. En carta de 30 de junio de
              1613 Pedro de Valencia había trasladado a Góngora su preocupación por algunos «<hi
                rend="i">naevos</hi>, manchas o lunares» de la <hi rend="i">Soledad</hi> primera,
              aunque su recomendación de cambios apuntaba a una «advertencia» más general: «Algunos
              [de aquellos <hi rend="i">naevos</hi>] embío notados a v. m. en particular; pero lo
              principal es la advertencia general que aquí e hecho de guardarse de estrañezas i
              gracias viciosas i de toda prava aemulación de modernos, que es vicio general, a que
              los artífices llaman cacozelia»<note place="bottom">Pérez López (1988: 79).</note>.
              También la misma buena intención habría movido a Francisco Fernández de Córdoba, abad
              de Rute, cuando hizo a Góngora algunas «advertencias» sobre el <hi rend="i"
                >Polifemo</hi>, de las que al parecer el poeta hizo caso omiso, según le reprocha el
              propio Abad cuando vuelve a pedirle opinión sobre las <hi rend="i">Soledades</hi><note
                place="bottom">«Tengo, y no sin fundamento, por tan sospechosas y mal acreditadas
                para con vuestra merced mis advertencias como mi silencio. De éste hice prueba en
                  la <hi rend="i">Canción al Larache</hi> […]. De aquéllas en lo que, por mandado de
                vuestra merced, advertí acerca del <hi rend="i">Polifemo</hi>, en que, diciendo
                (Dios me es testigo) sinceramente mi sentimiento, con notar lo que pudiera a mi
                parecer (por ventura mal fundado) reformarse, vuestra merced, por algunas razones
                que debe tener, “dimisso ablegatoque consilio” siguió su dictamen» (<hi rend="i"
                  >Parecer</hi>, f. 132r; cf. Elvira 2015: 1614_parecer). Además, el de Rute
                recuerda a Góngora otras advertencias ajenas que se le han venido haciendo desde
                distintas capitales andaluzas y desde Madrid, sin dejar de recordarle las del mismo
                Pedro de Valencia (véase <ref xml:id="ref187" target="ref188">n.
              21</ref>).</note>.</p>
            <p>Pero ahora en el comentario de Almansa y Mendoza el término se proyecta en dirección
              contraria, «advirtiendo» desde el lado gongorino. Además adquiere una dimensión mucho
              más notoria al figurar declaradamente en un título y como cabecera del mismo: <hi
                rend="i">Advertencias para inteligencia…</hi>, adivinándose incluso cierta
              insolencia descarada en la forma de aviso. Por otra parte, y en distinto orden de
              cosas, el título también declara unas pretenciosas intenciones de alumbrar la
              «inteligencia», esto es, la comprensión del poema<note place="bottom">El término
                «inteligencia» (luego repetida por Almansa a lo largo de su texto, así en f. 153v:
                «…la inteligencia de estos versos…»; f. 158r: «…no haber dudado nadie de su
                inteligencia [del pensamiento del autor]…») era también favorito en la exégesis del
                cercano Manuel Ponce en su <hi rend="i">Silva a las Soledades</hi>: «he hecho las
                notas de ella […] para que de esta suerte quede manifiesta y clara su inteligencia a
                todos» (f. 2v-3r); «mil veces he resistido el animoso intento de investigar la
                inteligencia de esta silva» (f. 34r); «mas la inteligencia de estos versos requiere
                también la verdad de esta historia (f. 48v); «pues apenas hallaremos entre ellas [en
                las obras de los varones insignes], una que no tenga excesiva dificultad y oscura
                inteligencia» (f. 96v). Agradezco sobremanera a Antonio Azaustre que me haya
                proporcionado el texto transcrito de la <hi rend="i">Silva</hi> de Ponce (que cito,
                aquí y en lo sucesivo, modernizando sus grafías).</note>, intenciones que, por
              cierto, se desvanecerán pronto para el lector.</p>
            <p>Por encima de todos los matices que puede llevar asociados el empleo del término <hi
                rend="i">Advertencias</hi>, dos parecen ser los objetivos fundamentales que alberga
              el escrito. Por una parte, cautela anticipativa, en el sentido de preparación
              programática para la difusión del poema gongorino; y, junto a ella, unas segundas
              intenciones de respuesta velada a reacciones o comentarios o pareceres u opiniones
              anteriores. De ambas cosas, anticipación y respuesta, parece nutrirse, en efecto, el
              comentario de Almansa y Mendoza: anticipación que coincidía con la aparición pública
              del poema; respuesta a comentarios y juicios surgidos hasta ese momento en circulación
              privada o semiprivada.</p>
            <p>Ante la difusión pública de las <hi rend="i">Soledades</hi>, la maniobra de las <hi
                rend="i">Advertencias</hi> pretendería una salvaguarda de aquellas, ofreciendo un
              programa de presentación y, al mismo tiempo, de defensa de los puntos más
              controvertidos: el género (lírico) del poema, el uso de cultismos, léxicos y
              sintácticos, y la absoluta potestad de Góngora para variar su registro
              poético/genérico respecto del pasado, para terminar poniendo la lupa sobre algunos <hi
                rend="i">loci</hi> especialmente dificultosos del poema. Eso es exactamente lo que
              hace Almansa y Mendoza. Y es exactamente también lo mismo que hace, con incomparables
              mayores recursos en todos los sentidos (extensión del comentario, perspicacia en la
              exégesis, conocimientos fundados de erudición y filología clásicas; competencia
              profesional, en suma) Manuel Ponce en su <hi rend="i">Silva a las Soledades</hi>,
              comenzada en 1613. La defensa de la oscuridad es el objetivo principal, sustanciada en
              el caso de Ponce además en un alegato específico incluido en la <hi rend="i"
                >Silva</hi>: el <hi rend="i">Discurso en defensa de la novedad y términos de su
                estilo.</hi> Objetivo de defensa de la oscuridad como factor estético que también
              comparte la conocidísima carta de Góngora <hi rend="i">En respuesta de la que le
                escribieron</hi> que hace de esa defensa su <hi rend="i">leitmotiv</hi>.</p>
            <p>Pero es que, además de un programa común de defensa de la oscuridad, esos tres
              testimonios tempranos de la polémica comparten llamativas coincidencias. Las
              existentes entre Ponce y Almansa, que se analizan en un apartado específico<note
                place="bottom">El 3.3. «Las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa y la <hi
                  rend="i">Silva a las Soledades</hi> de Ponce».</note>, son indiscutibles, por más
              que distantes en el rango de extensión y calidad de sus comentarios. De otro cariz son
              las coincidencias entre las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa y la carta de
              Góngora, pues si los comentarios de Ponce y de Almansa habían sido hechos “cada uno
              por su cuenta”, ahora el texto de Almansa y la carta de Góngora se encadenan en una
              sucesión de causas-efectos: el de Almansa provocó la primera carta “anónima” de Lope
              de Vega<note place="bottom">Sobre el cruce epistolar Lope-Góngora, véase lo dicho en
                nota 1 y en los lugares a los que allí se remite.</note>, que a su vez provocó la de
              Góngora para defender a Almansa y, sobre todo, para defenderse a sí mismo y su postura
              estética ante la oscuridad.</p>
            <p>Si incomparables en calidad resultaban los textos de Almansa y de Ponce, una
              distancia sideral separa ahora la torpeza estulta de Almansa de la musculatura
              argumentativa de Góngora. Pero eso no estorba la estrecha relación entre ambos,
              manifiesta incluso en llamativas coincidencias a la letra, como son las referidas a
              que la lengua de Góngora llegaba «a la alteza de la latina» o la mención que comparten
              de la locución griega <hi rend="i">poeses</hi>. En cuanto a la primera, en las <hi
                rend="i">Advertencias</hi> leemos que «ha subido nuestra lengua por el Sr. don Luis
              a la alteza de la latina», y en su carta Góngora dice «siendo lance forzoso venerar
              que nuestra lengua, a costa de mi trabajo, haya llegado a la perfección y alteza de la
                latina»<note place="bottom">Para detalles sobre el alcance de esta expresión y los
                lugares circunstanciados de su empleo en la polémica, véase <ref xml:id="ref3"
                  target="ref4">n. 255</ref>.</note>. Respecto a la otra, Almansa había explicado
              que «<name type="authority">san Jerónimo</name> en el prólogo de <title>Job</title>,
              dando la definición de poesía, dijo que venía de <hi rend="i">poetes</hi>, nombre
              griego que quiere decir locuciones exquisitas» y Góngora remacha: «Y bien digo griego,
              locución exquisita que viene de <hi rend="i">poeses</hi>, verbo de aquella lengua,
              madre de las ciencias, como Andrés de Mendoza trata tan corta como agudamente en el
              segundo punto de sus corolarios, que así los llama Vm.»<note place="bottom">En <ref
                  xml:id="ref5" target="ref6">n. 248</ref> y <ref xml:id="ref7" target="ref8"
                  >249</ref> explico el origen de la frase, que nunca tuvo nada que ver con san
                Jerónimo, como pretende Almansa, y que remonta a la <hi rend="i">Plaza Universal de
                  todas ciencias y artes</hi> (1615) de Cristóbal Suárez de Figueroa, traducción a
                su vez de la famosa poliantea italiana de Tomaso Garzoni.</note>.</p>
            <p>Como sería imposible pensar que Góngora hubiese extraído observaciones y argumentos
              de las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa<note place="bottom">Así lo vio ya
                Carreira, que apuntó sagazmente incluso el origen: «varios lugares que cita Almansa
                en apoyo de sus explicaciones no serían de su minerva, sino que se habrían fraguado
                en la tertulia cordobesa, y así pudieron luego ser reutilizados por el poeta». Más
                vale desde luego pensar en ese recorrido y no en el otro que apunta hipotéticamente
                el mismo investigador, y que yo no comparto, de que dichos argumentos «Almansa los
                injirió en el texto firmado por don Luis» (Carreira 1998: 263-264).</note>, hay que
              pensar, pues, en un origen previo común a ambos. Origen común que tal vez remontara a
              conversaciones privadas habidas en círculos afines a Góngora para tomar cuerpo después
              en algunos “papeles”, vademécum o repertorio de argumentos con sus verbalizaciones
              desarrolladas que permitieran más tarde coincidencias literales. ¿Tal vez ese era el
              «oráculo» de Mendoza del que hablaba Lope?</p>
            <p>Así pues, todo parece hablarnos de una defensa colegiada, que, por más de serlo, no
              evitaría –insisto– las distancias entre un Ponce experto y profesional en la materia,
              un Almansa que simplemente habla por boca de ganso y un Góngora que enseñorea con
              diestra altivez en defensa de sí mismo. Esta estrategia colectiva, en cuanto
              precautoria a la difusión pública de las <hi rend="i">Soledades</hi>, tendría por
              tanto mucho de programa anticipado<note place="bottom">Como ya lo ha señalado también
                Daza (2014), para quien dicha estrategia sería fundamentalmente programática y
                anticipativa, constituyendo sin embargo un mero pretexto la defensa que dicen
                emprender frente a unos atacantes que no quedan identificados en ningún caso. Como
                se verá a continuación, personalmente sí me decanto por una intención también de
                respuesta en el escrito de Almansa.</note>.</p>
            <p>Pero también constituiría una defensa en toda regla. Clarísima en el caso de la carta
              de Góngora en respuesta a la “anónima” de Lope. Y también una defensa por parte de
              Ponce y de Almansa frente a los ataques, que parecían no ser pocos a juzgar por sus
              palabras. Ponce se refiere a «lo que en general dice que siente el torrente de los
              doctos, agudos, y curiosos: de cuyas tres especies no he visto que alguno haya
              aprobado en todo esta silva»<note place="bottom">Ponce, <hi rend="i">Silva a las
                  Soledades de don Luis de Góngora</hi>, f. 34v.</note>. Y Almansa menciona «un
              torbellino de pareceres […] que la ventolera de algunos con título de doctos, curiosos
              y valientes ingenios han levantado contra las <title>Soledades</title>» (f.
              147v-148r), reiterando el tono irónico e insolente cada vez que alude a esos «doctos e
              ingeniosos» (f. 148r) o «doctos y curiosos» (f. 153v). Además, y sobre todo, Almansa
              va después enumerando específicamente el objeto de cada una de las censuras a las que
              él va respondiendo: en defensa del género lírico de las Soledades («Dicen lo primero
              que ha usado en las <title>Soledades</title> y <title>Polifemo</title> desiguales
              modos en su composición, y que debía el <title>Polifemo</title> ser poesía lírica y
              las <title>Soledades</title> heroica, y que cambió los modos», f. 149v), en defensa de
              la oscuridad por el uso de neologismos («Lo 2º oponen que usa de vocablos nuevos…», f.
              150v) y de cultismos sintácticos («Lo 3º dicen que no entienden la variedad de
              locuciones y de oraciones partidas…», f. 152r), y finalmente proclama la absoluta
              solvencia de Góngora para cambiar su estro poético a voluntad, contra la opinión de
              otros («Mas, sentido el Sr. don Luis de parecerles a algunos que aunque era único en
              las burlas […], no sabía seguir la eclíptica de lo heroico y levantado…», f.
              153r).</p>
            <p>Esas referencias a destinatarios innominados (y abundantes, si reparamos en los
              términos: «torrente» de Ponce, «torbellino» de Almansa) parecen ser un simple velo
              para no decir ni concretar nombres. Nombres que no se podrían declarar porque entre
              los trasiegos de opiniones en contra habría algunas formulados por voces de autoridad
              y difundidas hasta ese momento en cauces privados, ya que las <hi rend="i"
                >Soledades</hi> no se habían “publicado” aún. Entre esas voces naturalmente estaría
              la carta de Pedro de Valencia de junio de 1613, cuya opinión había sido solicitada por
              el propio Góngora. No se podía, pues, nombrarlo entre los detractores: era suficiente
              con no ser mencionado por Almansa entre la lista de los catorce expertos que en la
              corte podían opinar sobre el poeta cordobés<note place="bottom">«Veamos quién hoy en
                esta corte [a excepción de los catorce que menciona a continuación], pueden hablar
                en estas materias…» (f. 149r). Véase más abajo el apartado 7. «La primera
                “sociología gongorina”» y las n. de <ref xml:id="ref9" target="ref10">214 a
                  227</ref> de la edición.</note>. Ausencia más que llamativa, que Lope de Vega
              acusó en su segunda carta “anónima” en <hi rend="i">Respuesta a las cartas de don Luis
                de Góngora y de don Antonio de las Infantas</hi>: «Aquí [en España] hay más hombres
              doctos que en otras partes, que aunque Mendoza los reduce a catorce, pudiera acordarse
              de los P. Pedrosa, Cerda, de Pedro de Valencia y otros hombres graves y doctos, que no
              solo los que han hecho versos públicos son capaces de materias tan graves»<note
                place="bottom">Orozco (1973: 244).</note>.</p>
            <p>También pueden rastrearse otras huellas de tácita respuesta a Pedro de Valencia por
              parte de Almansa. Entre sus flojas anotaciones, hay una particularmente huera, cuando
              afirma que «no son tan verdes las islas cuanto fresca y agradable la metáfora» para
              ilustrar los versos «De islas que paréntesis frondosas / al periodo son de su
                corriente»<note place="bottom">Es la anotación [13]. Véase <ref xml:id="ref11"
                  target="ref12">n. 300.</ref></note>, versos que precisamente habían sido
              criticados por el humanista y que Almansa, con su recuerdo, quiere poner en valor.</p>
          </div>
          <div>
            <head>1.2. Defensa y no apología </head>
            <p>Y todavía otro testimonio podría aducirse de la locuaz ausencia del nombre de Pedro
              de Valencia. En el último párrafo de las <hi rend="i">Advertencias</hi> leemos: «Como
              este papel ha tenido nombre de defensa y no de apología, no he querido, así de
              italianos como de latinos y griegos, sacar las traducciones de donde el Sr. don Luis
              ha imitado todos los modos de esta obra, aun en los ápices; aunque es gran gallardía
              la imitación de los antiguos por la autoridad que tienen y por la verdad especulada de
              sus doctos estudios» (f. 158r). Teniendo en cuenta el significado cabal que en aquel
              momento y en el contexto de polémicas literarias tenía el término «apología», en
              cuanto que incorporaba un sentido de ‘confrontación’ y ‘diatriba’ frente a ataques
              previos, lo que convertía a la apología, no en una defensa primaria, sino en una
              defensa secundaria como refutación que era contra una acusación previa<note
                place="bottom">Lo explico aduciendo taxativos ejemplos contemporáneos en López Bueno
                (2013a: 137-139). A dichos ejemplos se puede añadir uno más que abunda en el sentido
                de apología como diatriba frente a ataques previos: al final de la copia del <hi
                  rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui contenida en el ms. 2006 de la Biblioteca
                Universitaria de Salamanca se lee esta nota: «La <hi rend="i">Apología</hi> contra
                este <hi rend="i">Antídoto</hi> se trasladará luego que me la traigan, que el Dotor
                Amaya dicen está en Antequera» (Rico 2002: LXXIII). Dicha <hi rend="i"
                >Apología</hi>, conocida como <hi rend="i">Antiantídoto</hi> (o <hi rend="i"
                  >Apología por las Soledades</hi>) está hoy perdida (Jammes 1994: 634-637).</note>,
              parece evidente que Almansa al decir que «este papel ha tenido nombre de defensa y no
              de apología», está diciendo que no quiere entrar en polémica. En concreto, no quiere
              entrar en polémica con el asunto de las traducciones. Con lo cual, además de zafarse
              de un plumazo de tan complejo asunto (a todas luces desproporcionado respecto de su
              limitadísimo escrito), parece estar contestando un argumento del humanista zafrense
              cuando recomendaba Góngora «guardarse de extrañezas i gracias viciosas i de toda prava
              aemulación de modernos,» y seguir el ejemplo de los antiguos: «de essotro sencillo i
              grande ponen los Griegos grandes exemplos. Pluguiera a Dios yo me hallara donde
              pudiera proponerlos a v. m. para imitación traducidos a la letra, aunque fuese en
              prosa castellana, que v. m. conoscería <hi rend="i">disjecti membra poetae</hi>, i les
              daría de su espíritu i los resucitaría»<note place="bottom"><ref xml:id="ref84"
                  target="ref83">Pérez López (1988: 79)</ref>.</note>.</p>
            <p>El comentario de Almansa, aun en toda su insignificancia, constituye pues un
              importante eslabón en la defensa conjunta antes evocada. Defensa que lo sería contra
              un estado de opinión sustanciado por voces que censuraban la oscuridad del poema mayor
              de Góngora por sus neologismos, sus hipérbatos y sus extraños cauces genéricos, muy
              distintos de los practicados hasta ese momento en la poesía gongorina. La censura de
              Pedro de Valencia, solicitada por el propio Góngora, lejos de aquietar su ansiedad,
              habría venido a sumar desasosiego<note place="bottom">Como ya lo argumentara con
                buenas razones Pérez López (1988: 38, 39, 43, 49).</note>, motivo por el que
              solicitará nueva opinión a otro amigo, Francisco Fernández de Córdoba, el abad de
              Rute, quien, para mayor inquietud del poeta, no hace sino reafirmarse en los mismos
              presupuestos; presupuestos que refuerza además con la alarmante mención de círculos de
              Córdoba, Granada, Sevilla y Madrid que se pronunciaban en el mismo sentido, e incluso
              con el recuerdo explícito de la autorizada censura de Pedro de Valencia<note
                place="bottom">«Bien sé, mi señor, que a vuestra merced le han advertido de esto
                antes de ahora y avisádole que sienten lo mismo en Córdoba, en Granada, en Sevilla,
                en Madrid; pues de allí un hombre de tanta erudición, cuanto cualquiera otro de este
                siglo, y de juicio igual a la erudición, que es Pedro de Valencia, lo escribió y
                advirtió a vuestra merced» (<hi rend="i">Parecer</hi>, f. 139v; cf. Elvira 2015:
                1614_parecer). Volver a <ref xml:id="ref188" target="ref187">n. 6</ref></note>.</p>
            <p>Con esos antecedentes, la estrategia de defensa en ningún caso podría pasar por un
              enfrentamiento abierto contra opiniones concretas, sino que se canalizaría por la
              alternativa de establecer unas pautas programáticas, un cuerpo de doctrina en defensa
              de la oscuridad, que pudiera servir de contrapartida a un estado de opinión forjado
              por objeciones previas. Objeciones que, precisamente en los casos de mayor peso, no
              podrían ser desenmascaradas: por autorizadas y por amigas.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>2. [Autor] Andrés de Almansa y Mendoza: genio y figura de un buscavidas</head>
          <div>
            <head>2.1. El correveidile </head>
            <p>Imposible un perfil mejor de nuestro personaje que el que trazó Suárez de Figueroa en
                <hi rend="i">El pasajero</hi> (1617) por boca de su <hi rend="i">alter ego</hi> el
              Doctor. En el contexto de explicar las mañas que se daba «un mullidor famoso» para
              convocar «gran número de auditorio, no vulgar» a los sermones de alguien «único en la
                predicación»<note place="bottom">Es decir, fray Hortensio Félix Paravicino, gran
                amigo de Góngora, por cierto. Para datos sobre esa relación y otras noticias
                biobibliográficas de Paravicino véase <ref xml:id="ref13" target="ref14">n.
                  227</ref>.</note>, se hace un retrato de Almansa y Mendoza, que, a fuer de largo,
              resulta imprescindible:</p>
            <quote>
              <p>Tan señalado se halla por lo que decís el convocador supuesto, que me atrevería a
                manifestar su nombre. No viene a ser por su camino menos único que el mismo
                predicador. En extremo me holgara aplicar la pluma a la historia de su vida; que me
                aseguro se hallaran en ella sucesos no menos prodigiosos que los de Teágenes y
                Clariquea. No es tan veloz el rayo como sus pies para dar con ligerísima ocasión una
                vuelta al mundo. Tiene desentrañado lo más digno y de más antigüedad que contienen
                las provincias de España, Italia, Francia y Flandes, o, a lo menos, da muestras de
                tener entera noticia de lo más notable. Hácele parecer de admirables recamos el
                aliento que descubre en cualquier cosa, pudiendo ser ejemplo de animosidad al más
                tímido para intentar los mayores imposibles. Si le tuviérades por amigo, pudiérades
                a ojos cerrados ocupar el púlpito, y aun estoy por decir osar predicar sin
                meditación, casi de repente. Subiera vuestro nombre a las nubes, exagerara
                pomposamente vuestras letras, y esparciera vuestras alabanzas con tan resonantes
                hipérboles y encarecimientos, que no hicieran tanta operación si todas las hojas de
                los árboles fueran lenguas; si todas las arenas del mar fueran voces. Ignora
                totalmente los primeros rudimentos latinos; mas encomienda a la memoria con tan
                grande puntualidad las autoridades de Escritura y Evangelios, que deja asombrados la
                primera vez que le oyen a los más entendidos, juzgándole por extremo erudito en
                letras humanas. Su prosa es redundante y hueca. Aboba con la prontitud del decir;
                sin advertir los que oyen a tales que hablan con ventaja, mas no a propósito, porque
                a propósito y mucho lleva grande dificultad. Válese de exquisitas palabras: <hi
                  rend="i">condensar, retroceder, equiparar, asunto</hi>, y otras así. Huye cuanto
                puede los términos humildes, siguiendo cierta afectación ostentativa. Entre el vulgo
                adornado de negro se usurpa conversando la presidencia, sin soltar apenas un punto
                la pelota de la mano. Opina fácilmente, ni deja cosa indecisa, con la cortapisa a
                cada paso de <hi rend="i">a mi ver</hi>. Apártase dél la turbación en los
                tribunales, supeditando con el natural despejo y desgarro cualquier pusilanimidad y
                ahogamiento. Fue sacristán de monjas, y no sólo se esmeró en el cuidado que pide
                semejante ocupación, sino que pasó al de entender el canto llano, al de oficiar una
                misa, colgar una iglesia y tener con particular aseo sus ornamentos. Tuvo también
                entrada en Palacio; mas perseveró poco en él, naufragio que atribuye al rigor de la
                envidia. Ha frecuentado cárceles, hasta ser combatido de los miedos que infunde la
                imputación de una muerte. Felicísimo mil veces el poeta que le encargare sus rimas,
                aunque en forma de pedernales; que fuera de la pronta extensión por infinitas manos,
                tendrá en él, si no fundada defensa intelectual, por lo menos, material escudo para
                vencer a todos con mayor resistencia de voces. En suma, él es de corteza
                singularísima, y de natural, que si le templara la prudencia, aún fuera más famoso.
                Sobre todo, viene a ser tan infeliz, que habiendo tratado entre oro, muere casi de
                pobreza, debiéndose a su briosa petulancia no tenue socorro para el común sustento,
                ya que merecen participar los oficiosos méritos del trigueño de la fortaleza de
                Cipión, de la benevolencia de Pompeyo y de la fortuna de César<note place="bottom"
                  >Suárez de Figueroa (1988: I, 305-307).</note>.</p>
            </quote>
            <p>Ahorraré al lector la glosa de tan suculentas líneas, limitándome a sintetizar los
              afanes de un personaje que Suárez de Figueroa va describiendo como correcaminos
              infatigable, charlatán hiperbólico, ignorante redomado, erudito a la violeta y, en
              suma, incansable buscavidas que rozó el cielo de palacio, pero tocó fondo de cárcel y
              pobreza. Y entre tanto oficio, el de difusor de rimas… ¿No asoma ahí el mismo Góngora?
              El recuento de tantos trasiegos da de resultas la visión de alguien más desgraciado
              que otra cosa, lo que neutralizaría de entrada la intención maledicente siempre
              evocada a propósito del moralista Suárez de Figueroa<note place="bottom">Fueron la
                perspicacia y los muchos conocimientos de Artigas los que pusieron en evidencia que
                este retrato no podía referirse a otro que al autor del comentarista de Góngora y
                luego famoso autor de relaciones (Artigas 1925: 130-135), conclusión a la que
                también había llegado por su cuenta Mille y Giménez (1923).</note>.</p>
            <p>Porque, además, este perfil de Almansa y Mendoza cuadra a la perfección con quien al
              parecer se traía entre manos lesivos trapicheos literarios<note place="bottom">Según
                Ettinghausen y Borrego, Almansa estaría entre quienes «se dedicaban a la difusión de
                noticias y, sobre todo, a la difusión de obras falsas que con nombres conocidos,
                como los de Lope o Quevedo, atraían más fácilmente a los compradores, perjudicando,
                como es lógico, la reputación de esos autores» (2001: 19). </note>. Quien se llevó
              la palma de la enemiga contra Almansa y Mendoza fue Lope de Vega –que, al igual que
              otros contemporáneos lo mencionaba solo como Mendoza–. Terrible en una carta que
              Amezúa, editor del epistolario del Fénix, fecha en Toledo en 8-9 de mayo de 1615:</p>
            <quote>
              <p>En Zocodover me asió la mano Mendoza; pensé que me la quería morder, y cubrila con
                el manteo; no quiero yo decir en esto que es perro, sino que lo es de las bodas,
                pues se halla hasta en las de los quemados; huélgome que no tendrá que escribir de
                mí en este magosto, como dijo el Conde de Lemos viejo; ya me parece que oigo su
                relación en la prosa diabólica con que le tiene engañado el cordobés su padre<note
                  place="bottom">Amezúa (1935-1943, III, carta 194).</note>.</p>
            </quote>
            <p>Los términos de la carta hacen presagiar la tormenta epistolar venidera, que surge
              precisamente por la aparición de las <hi rend="i">Advertencias</hi>. Estas suscitan la
              carta de Lope de 13 de septiembre de 1615<note place="bottom">Para el cruce epistolar
                Lope-Góngora véase lo dicho en nota 1 y particularmente lo que se dirá en el
                apartado 3.4. «Las Advertencias y las cartas “anónimas” de Lope». Sobre las fechas
                de esas cartas hay distintas opiniones críticas; expongo los argumentos a favor de
                los años 1615-1616 en López Bueno 2011.</note>, carta anónima (como las otras dos
              posteriores, pero escritas o inspiradas por Lope o su círculo). El blanco directo es
              Almansa, bien que el indirecto y principal sea el autor de las <hi rend="i"
                >Soledades</hi>, a quien de hecho dirige la carta, y su animadversión es
              manifiesta:</p>
            <quote>
              <p>Haga V. m. lo posible por recoger estos papeles, como lo van haciendo sus
                aficionados, tanto por remendar su opinión como compadecidos del juicio de Mendoza.
                Sobre esto encargo a V. m. la conciencia: pues pareciéndole que sirve a V. m. y que
                él adquiere famoso renombre, hace lo imposible por parecer que entiende lo que V.
                m., si lo escribió, fue para que él se desvaneciese, y lo va estando tanto, que ha
                escrito y porfíado en ello muy copiosos corolarios de su canora y esforzada prosa,
                diciendo que disculpa y explica a V. m. Mire en qué parará quien trae esto en la
                cabeza y un cotidiano ayuno en el estómago<note place="bottom">Orozco (1973: 176).
                </note>.</p>
            </quote>
            <p>Las cosas se enconan más tras la respuesta de Góngora de 30 de septiembre del mismo
              año, a la que Lope contesta, a 16 de enero de 1616, con otra larga, irónica y mordaz,
              en la que carga directamente contra Góngora sin dejar de mencionar, siempre para mal,
              a Mendoza hasta en seis ocasiones<note place="bottom">Orozco (1973: 238-248).</note>.
              Pero todavía deja traca para la llamada carta <hi rend="i">echadiza</hi><note
                place="bottom">Sobre la discutida cronología de esta carta véase <ref xml:id="ref15"
                  target="ref16">n. 94</ref>.</note>, donde vuelve a la rechifla sobre Mendoza y
              sobre Góngora por haber encomendado su obra a semejante mediador («… le sucede a V.m.
              como a las mujeres hermosas, que al declinar la edad se amanceban con oficiales,
              habiendo sido antes con Príncipes […]», y de nuevo le echa en cara como error primero
              «el haberlas fiado [las <hi rend="i">Soledades</hi>] de Mendoza, que si V.m. le
              enviara a don Juan de Jáuregui, mejor supiera defenderlas que las ofendió…»<note
                place="bottom">Orozco (1973: 264).</note>). Sin embargo, cara al perfil de Almansa y
              Mendoza, lo que más nos interesa de esta carta <hi rend="i">echadiza</hi> es el
              reproche que se hace a Góngora de la utilización descarada del correveidile:</p>
            <quote>
              <p>Llegó a mis manos una carta de V. m. en que escribe al Sr. Mendoza familiarmente,
                como tiene por gusto y por costumbre […]. Si bien imagino yo que V. m. no le escribe
                por amor, ni por justa correspondencia, sino porque le ha parecido que como el tal
                Mendoza es el paraninfo de los predicadores, el que duerme en sus celdas y lleva las
                cédulas a los púlpitos, el que anda en los coches con los señores, conoce todas las
                damas, oye todas las comedias entre los poetas, es cualificador de los sermones,
                consultor de los sonetos, embajador de la señoría de la discreción en esta corte,
                agente de la Puerta de Guadalajara, y Mercurio de las nuevas y sátiras deste Reino,
                se conservará mejor la opinión de discreto dando a entender que aquella prosa para
                Mendoza no es cuidado […]<note place="bottom">Ibíd.: 263.</note>.</p>
            </quote>
            <p>Por más que se nos escapen algunos detalles de esta misiva, en tanto remiten a otra
              perdida entre Góngora y Mendoza, el cuerpo de lo transcrito es suficientemente
              elocuente para identificar a nuestro personaje con el trotamundos correcaminos
              descrito por Suárez de Figueroa, capaz de colarse por el ojo de una aguja en pos y
              para trapicheo de informaciones. Y sobre todo estas palabras de Lope nos alumbran
              sobre cuáles eran realmente los términos de la relación de Almansa y Mendoza con
              Góngora. Términos que, por lo demás, ya habían sido manifestados previamente por el
              propio poeta en su carta <hi rend="i">En respuesta</hi> con empaque de cierto
              descaro:</p>
            <quote>
              <p>[…] Mas esta mi respuesta (como autos hechos en rebeldía) Andrés de Mendoza, a
                quien le toca parte, la notificará por estrados en el patio de Palacio, puerta de
                Guadalajara y corrales de la comedia, lonjas de la bachillería, donde le parará a
                Vm. el perjuicio que hubiere lugar de derecho<note place="bottom">Daza (2011:
                  284).</note>.</p>
            </quote>
          </div>
          <div>
            <head>2.2. La enigmática relación con Góngora </head>
            <p>Beneficio “difusor” es, en definitiva lo que buscaba Góngora con Almansa y Mendoza.
              Pero más allá de eso, todas son incógnitas a la hora de establecer las bases de una
              supuesta relación de amistad o confianza entre ambos. Es evidente que las <hi rend="i"
                >Advertencias</hi> vienen del lado de Góngora, pero quizás sea demasiado suponer con
              Emilio Orozco (quien fue, por cierto, el meritorio descubridor y editor del texto) que
              Góngora había puesto en Almansa «toda su confianza» y que «le había aconsejado e
              ilustrado respecto a sus poemas»<note place="bottom">Orozco (1969: 150-151). En la
                misma línea afirmaba que «Góngora apreciaba más de lo conveniente la persona y el
                ingenio de Mendoza y que estaba seguro y satisfecho de la eficacia de su misión», o
                que «lo contaba entre sus devotos y lo reconocía capaz de defenderle, con sus
                distintas clases de armas, frente a las también distintas clases de enemigos que
                había de levantar su poema» (1969: 156 y 162). </note>. Personalmente me parece muy
              raro que el propio Góngora le hiciera el encargo de su defensa; más bien me inclinaría
              a creer que fue el diligente gacetillero quien se ofreciera para brujulear por la
              corte ofreciendo tan novedoso producto.</p>
            <p>Tan en duda como que Góngora tomara la iniciativa del encargo, queda también su
              adhesión posterior al escrito, aunque se viera abocado, eso sí, a defenderlo obligado
              por las circunstancias. Resulta, en efecto, hipótesis difícil de aceptar que Góngora
              aprobara un texto que en su conjunto (porque en las <hi rend="i">Advertencias</hi> hay
              partes desiguales en su calidad) es lamentable. En lo formal resulta sintácticamente
              insufrible, escrito, como le recriminó con gracia Lope de Vega «en la prosa diabólica
              con que le tiene engañado el cordobés su padre». Pero no es sólo la prosa enrevesada:
              es que las <hi rend="i">Advertencias</hi>, en el mejor de los casos, son bastante
              planas y pedestres para la interpretación de un poema nada menos que como las <hi
                rend="i">Soledades</hi> y, en el peor, llegan a adornarse de algún auténtico
              disparate. ¿Cómo iba a dar por bueno todo ello Góngora?</p>
            <p>La hipótesis más verosímil es suponer que en esa ya referida defensa colegiada que se
              orquestaría para contrarrestar las censuras surgidas (entre ellas las de amigos sabios
              y bienintencionados), y con vistas a la difusión pública de las <hi rend="i"
                >Soledades</hi>, se le dio cancha a Almansa y Mendoza para que echara mano de los
              argumentos confeccionados <hi rend="i">ad hoc</hi> y para que después difundiera tal
              escrito por la villa y corte. Y si, en efecto, para esto último no se podría haber
              hallado más diligente mensajero, lo calamitoso de su absoluta falta de preparación
              para enfrentarse al poema hubo de pagarlo caro Góngora con la rechifla que provocó el
              escrito de tan pomposo título como <hi rend="i">Advertencias para inteligencia</hi>...
              Comprometido el poeta, máxime por las campanudas palabras de adulación en las que
              Almansa se declaraba nada menos que hijo suyo<note place="bottom">Lo más hilarante es
                que Almansa no solo se declaró hijo de Góngora en varias ocasiones a lo largo de las
                  <hi rend="i">Advertencias</hi>, sino incluso «aborto de su ingenio». Véase <ref
                  xml:id="ref17" target="ref18">n. 207</ref>.</note>, no tuvo más remedio que salir
              arropando al vapuleado comentarista en su mencionada carta <hi rend="i">En
                respuesta</hi> de 30 de septiembre de 1615. Aunque, a decir verdad, la defensa
              propiamente se reduce a una frase al final de la carta, frase en la que Góngora se
              precia de ser genéricamente amigo de los suyos y le reconoce escuetamente a Almansa
              tener «agudo ingenio», por lo que él solo sabrá defenderse llegado el caso:</p>
            <quote>
              <p>Préciome muy de amigo de los míos y, así, quisiera responder por Andrés de Mendoza,
                porque, demás de haber siempre confesádome por padre, que ese nombre tienen los
                maestros en las divinas y humanas letras, le he conocido con agudo ingenio y porque
                creo de él se sabrá bien defender en cualesquier conversaciones, teniéndole de aquí
                adelante en mayor estima<note place="bottom">Daza (2011: 286). </note>.</p>
            </quote>
            <p>En esta tibia defensa se adivina a un Góngora que sale a la palestra pública obligado
              por la provocación del “anónimo” Lope. Otra cosa es la consideración que de Almansa
              tuviera en lo privado. De esta tenemos una elocuente muestra en la carta que el poeta
              dirige el 4 de septiembre de 1614 a su amigo Juan de Villegas y que resulta ser
              excepcional testimonio de la cotidianeidad un Góngora en su escritorio empeñado en la
              promoción de su poema mayor con misivas que van y vienen entre amigos<note
                place="bottom">Es una carta interesantísima en lo literario y en lo personal, como
                ya observara Dámaso Alonso, que realizó una excelente edición comentada de la misma
                (Alonso 1982e). También Robert Jammes ha hecho una penetrante lectura de las claves
                y registros que esta sabrosísima carta contiene (Jammes 2011).</note>. El trato
              suelto y desenfadado con Villegas deja entrever una complicidad entre ambos que
              propicia confidencias como la de hacer guiños sobre el llamado con sorna «amigo
              Mendoza» y divertirse un poquito a su costa compartiendo una carta suya:</p>
            <quote>
              <p>Una larga [carta] he tenido de mi amigo Mendoza que me holgaría me la volviese el
                señor don Pedro de Cárdenas y Angulo para que vuesa merced gozase de lo apócrifo de
                mi correspondiente; han ido por ella y no cerraré esta hasta saber qué me
                  responde<note place="bottom">Carreira (2000: II, <hi rend="i">Epistolario</hi>,
                  300).</note>.</p>
            </quote>
            <p>Falso, fingido, de dudosa autenticidad, sin crédito: todo eso es apócrifo; como su
              corresponsal Mendoza. ¿No está diciendo aquí Góngora que su corresponsal hablaba por
              boca de ganso? ¿No es verosímil relacionar esta alusión con los papeles previos que
              antes hemos supuesto como fuente para el comentarista y con «el oráculo de sus
              corolarios», que decía Lope, a cuyo dictado escribía?</p>
            <p>Aprovechar el tirón de excelente difusor en la corte no significaría, pues,
              relacionarse con Almansa y Mendoza en los términos de consideración y respeto debidos
              a un comentarista y defensor. Todavía una década después, y escribiendo a su amigo
              Paravicino, Góngora da una nueva seña de sorna hacia el personaje, ahora en su faceta
              de relacionero famoso<note place="bottom">A 20 de febrero de 1624 escribe Góngora a su
                amigo fray Hortensio Paravicino, que está en Córdoba, donde coincide con una visita
                de Felipe IV: «Mucho holgaría que el Carpio y Córdoba hubiesen cumplido con sus
                obligaciones en el servicio y festejo de Su Majestad. Depáreme Dios un Andrés de
                Mendoza que lo refiera sin tantos testimonios de santos» (Carreira 2000: II,<hi
                  rend="i"> Epistolario</hi>, 440). Aunque Carreira (1998: 264) plantea que la frase
                pueda ser ambigua y significar tanto una cosa como la contraria, la afición que
                muestra Almansa por empedrar sus Relaciones de sucesos con referencias sacras, hace
                entender el cariz irónico de que está cargada la frase de Góngora. Volver a la nota
                  <ref xml:id="ref52" target="ref51">114</ref>.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>2.3. Autor famoso de <hi rend="i">Relaciones de sucesos</hi></head>
            <p>Sobre la figura de Almansa y Mendoza recalaron las miradas críticas de Herrero
                García<note place="bottom">Fue el primero que llamó la atención sobre el perjuicio
                que sufrió Góngora por haber cometido el error de encomendar sus versos «a un tipo
                desprestigiado y molesto como el que se nos descubre por la pluma de Lope de Vega»
                (1930: 210-11). </note>, Artigas<note place="bottom">Artigas (1925: 130-135).</note>
              y Millé<note place="bottom">Millé (1923: 305).</note> (estos dos últimos fueron
              quienes identificaron al comentarista de Góngora con el famoso autor de las relaciones
              en prosa), en tanto que la edición realizada en 2001 por Ettinghausen y Borrego de su
              obra periodística ha dado nuevo relieve a su figura, a quien los editores no dudan en
              calificar como «el más importante periodista conocido de los primeros años del reinado
              de Felipe IV»<note place="bottom">Ettinghausen y Borrego (2001: 12).</note>. Pero
              apenas nada se sabe de la vida de este Andrés de Mendoza, como gustaba de llamarse a
              sí mismo, sin duda para cobijarse en algún noble árbol genealógico, aunque
              perteneciera a él por la «línea curva», según dijera el marqués de Velada<note
                place="bottom">«…tan Mendoza por línea curva como mulato por línea recta» (para
                contextualización de esta frase véase el final de la nota siguiente). Sobre sus
                hipotéticos orígenes nobiliarios algo parece insinuar el propio Mendoza en una
                dedicatoria a don Luis Méndez de Haro: «Debiendo reconocer, entre otras
                obligaciones, las de su gloriosa ascendencia en el conde don Zuria, ilustre
                progenitor de Mendozas y Haros, si bien los pobres de nadie somos deudos; deudores
                de todos, sí» (Ettinghausen y Borrego 2001: Relación 13, 440-441).</note>. Pocas
              noticias biográficas, y prácticamente todas en el terreno de la hipótesis, tenemos de
              él, tales como su probable ascendencia andaluza, su origen socioeconómico humilde o el
              más contrastado por testimonios varios de ser de raza mulata<note place="bottom"
                >Aparte de alguna alusión en el fragmento de Suárez de Figueroa arriba transcrito
                («Entre el vulgo adornado de negro se usurpa conversando la presidencia…»), esa
                condición de mulato no escapó a la maledicencia de Lope de Vega que dijo de Mendoza
                «haber salido tan mal teñido de la oficina de la naturaleza» (Orozco 1973: 264).
                Tampoco escapó el hecho a la retranca de Quevedo, cuando en una carta mencionó a
                «Mendoza, el negro en duda y mulato de contado» (Astrana 1946: 117), ni al marqués
                de Velada en su respuesta: «Andrés, aquel anochecido de rostro, tan Mendoza por
                línea curva como mulato por línea recta» (Astrana 1946: 121).</note>.</p>
            <p>Sin embargo, Andrés de Almansa y Mendoza fue un muy conocido y muy prolífico
                autor<note place="bottom">Según deja constancia el bibliógrafo Tamayo de Vargas, «el
                que más publicó en estos tiempos fue un Andrés de Mendoza, cuya fe y autoridad
                ninguno dexó de conocer por lo que era, y assi en este libro se conocen
                distinctamente por suyas…», para señalar a continuación una serie de relaciones,
                algunas desconocidas hoy (cf. Ettinghausen y Borrego 2001: 22-23).</note> de
              Relaciones de sucesos, que escribe e imprime entre 1621 y 1627 (observemos, por cierto
              que son años posteriores en casi una década a las <hi rend="i">Advertencias</hi>)
              obteniendo indudable notoriedad por ello<note place="bottom">Esta notoriedad no podría
                ser en ningún caso amparo ni justificación que legitimara la solvencia de las <hi
                  rend="i">Advertencias</hi>, por lo que no coincido en los planteamientos de Osuna
                cuando afirma a propósito de Almansa y Mendoza que «parte de la crítica ha cometido
                algunas injusticias» con él (Osuna 2006: 489). Cosa bien distinta es ser difusor de
                un texto (lo que le iba a Almansa como anillo al dedo) y ser su exégeta: si la
                primera faceta vendría en perfecta consonancia con su futuro como autor de
                Relaciones de sucesos, la extrañeza es total en la segunda.</note>. Los mencionados
              editores Ettinghausen y Borrego reúnen bajo la rúbrica de Almansa y Mendoza un
              conjunto de diecisiete cartas y otras diecisiete relaciones. Las primeras son, por lo
              común, escritos de tipo gaceta o compendio de noticias<note place="bottom">Excepto la
                1ª, 6ª y 7ª, que son relaciones de un solo suceso o asunto.</note>, en tanto las
              segundas son relaciones particulares de un único suceso. Las diferencias entre ambas
              series son notables además desde el punto de vista del formato «periodístico», pues
              mientras las cartas hacen gala de un marchamo más suelto y noticioso en el registro de
              los hechos relatados, las relaciones son retóricamente más ritualizadas, acaso como
              reflejo de la propia realidad que narran y describen: desfiles, fiestas y demás
              demostraciones del poder. Además, si estas últimas fueron impresas en su tiempo bajo
              la autoría de Almansa, las cartas se le atribuyen desde que fueron publicadas en 1886
              como <hi rend="i">Cartas de Andrés de Almansa y Mendoza. Novedades de esta Corte y
                avisos recibidos de otras partes, 1621-1626</hi>, formando el tomo XVII de la <hi
                rend="i">Colección de libros españoles raros o curiosos</hi><note place="bottom">El
                recopilador del volumen de las <hi rend="i">Cartas</hi>… indica (pp. V-VI) que 17,
                de las 20 que se recogen, forman una serie seguida, citada y descrita por primera
                vez en el <hi rend="i">Memorial histórico español</hi>, tomo 13, 1º de <hi rend="i"
                  >Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús al P. Rafael Pereyra</hi>, p. XI
                (Madrid, Imprenta Nacional, 1861). La atribución de la autoría a Almansa remonta a
                Gayangos, como bien explican Ettinghausen y Borrego: «En el prólogo a las <hi
                  rend="i">Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús</hi>, Pascual de Gayangos
                atribuye a Andrés de Almansa y Mendoza un conjunto de folletos impresos en el primer
                cuarto del siglo XVII –la serie de cartas numeradas, incluida en nuestra edición–
                que podría haber constituido “el primer ensayo” de gaceta periodística en España.
                Así, hace casi un siglo y medio, Almansa aparece evocado por primera vez como un
                nombre significativo en la historia del primitivo periodismo español» (2001:
                15).</note>.</p>
            <p>La lectura de las páginas de este protoperiodista en la edición de Ettinghausen y
              Borrego depara, desde mi punto de vista, algunas incertidumbres y dudas sobre la
              autoría total de Almansa respecto de los textos publicados, lo que no hace sino
              corroborar las repetidas cautelas de los editores al respecto<note place="bottom"
                >«Probable autor» de las cartas, «se le viene atribuyendo desde hace más de un siglo
                una serie de cartas impresas, en su mayoría anónimas…», la 15 es «la primera carta
                de la serie que se pueda atribuir con alguna certidumbre a Almansa», etc.
                (Ettinghausen y Borrego 2001: 12, 40, 54 y <hi rend="i">passim</hi>).</note>.
              Claramente se observa que las cartas representan un conjunto muy distinto de las
              relaciones. En estas últimas sí reconocemos al autor de las <hi rend="i"
                >Advertencias</hi> y su prosa peculiar, lo que no sucede de manera tan fehaciente en
              las cartas, al menos en muchas de ellas. Porque esta es otra cuestión: las cartas
              suponen a su vez un conjunto tan heterogéneo (por su estilo, por sus destinatarios:
              «un Sr. destos reinos», «un caballero», «V.m.», «V. ilustrísima», etc.) que parecen no
              ser obra de una única persona. Algunas de ellas muestran, en efecto, claras
              concomitancias con el estilo de Almansa, y vienen a ser aquellas (cartas 7, 15 y 17)
              en las que la firma del relacionero se hace explícita tras las dedicatorias<note
                place="bottom">En todo caso, la complejidad del asunto requeriría una atención
                específica que aquí no cabe, por lo que me limito a dar unas meras impresiones.
                Reparos sobre la autoría de las arriba mencionadas Cartas de Andrés de Almansa y
                Mendoza. Novedades de esta Corte y avisos…, publicadas en 1886, ya fueron puestos de
                manifiesto por Huarte (1925), a cuyo trabajo remito, no sin lamentar no haberlo
                conocido mientras redactaba estas páginas. </note>.</p>
            <p>Hay que decir que la información suministrada tanto por las cartas (que van de abril
              de 1621 a noviembre de 1624) como por las relaciones (redactadas e impresas por
              Almansa y Mendoza entre 1621 y 1627) es excepcional para conocer los interesantísimos
              y convulsos años tras la subida al trono de Felipe IV. Algunas de las cartas son
              además muy valiosas por los méritos expresivos del relato (como la 1, dedicada al
              fallecimiento de Felipe III) o por el valor de sus informaciones (la 9, por ejemplo,
              en lo referente a la Junta Grande de Reformación creada por Olivares); y, en cualquier
              caso, en su conjunto disienten bastante de las maneras estilísticas de las relaciones,
              ahora sí con seguridad obras de Almansa y Mendoza. En estas, aunque las estridencias
              retóricas se acumulan particularmente en las dedicatorias, también quedan incrustadas
              de vez en cuando en el relato como aparatosos testimonios de las preferencias
              estéticas de Almansa, con emulaciones concretas de Góngora<note place="bottom">Acaso
                la más llamativa de estas emulaciones es la del comienzo de la <hi rend="i"
                  >Soledad</hi> primera cuando inicia de esta guisa el relato de la mañana de un día
                de fiesta de toros en Madrid: «Apenas había Delio depuesto el manto de las sombras,
                y al toro de la esfera cuarta, apacentado en lirios, le doraba el pelo con ardor
                templado al hemisferio español para que con más comodidad gozase la fiesta, no bien
                desembarazado sus rayos del rocío de Diana que regó la plaza, habiéndola barrido
                Eolo, cuando (no en los balcones del oriente, sino en los dorados de tantos soles
                que desperdiciaron luces en la hermosura española), salió la aurora y, en numerosos
                corros, la nobleza de la corte, que, habiendo a la tarde de salir a la fiesta
                urbana, quiso gozar la rústica de las mañanas con varas largas, vestidos de campaña
                en pedazos de viento animado, más propios hijos suyos que de los caballos que
                apacienta en su ribera amenosa el Betis, ocupó los campos el encierro de los toros
                más bravos que el celeste […]» (Ettinghausen y Borrego 2001: Relación 4, 359-360).
                También notorios en esta imitación gongorina son algunos párrafos de la narración de
                la máscara ofrecida al príncipe de Gales en su visita a Madrid: «Sus majestades
                mostraron la alegría, riéndose por dos o tres veces, habiéndosele sobrepuesto en el
                sol de la cara en la señora infanta tan hermosos arreboles que, aun mirada sin amor
                natural, causara admiración su belleza. […] Los demás balcones se salpicaron de
                estrellas (más lucientes si menos errantes: gloriosa emulación de las del
                firmamento) en las damas y meninas, cuya riqueza realzaban luces participadas de su
                belleza, lisonjeando llamas y hielo, justo desvelo de algunas almas altaneras»
                (Ibíd. Relación 2, 350-351).</note> que vendrían a corroborar «la prosa diabólica»,
              que decía Lope de Vega.</p>
            <p>Almansa se siente en la permanente obligación de equiparar sus escritos con la
              importancia, solemnidad y variedad de los hechos relatados<note place="bottom">«El
                ingenio –dice al comienzo de la Relación 2–, por la participación que tiene del ser
                de Dios, no puede incluir en términos, mayormente en las acciones grandes, que, como
                objeto lo es, hiérenle como eslabón al pedernal, y entonces es fuerza centellear.
                Siempre he sido de parecer que el crédito de sabio obliga a más caudal que el
                ordinario para satisfacer la opinión. Así, el que escribe las acciones todas
                necesita de más talento para conseguir el aplauso…» (Ettinghausen y Borrego 2001:
                347).</note>. Ese requerido nivel de grandilocuencia reviste su prosa de engoladas
              maneras, manifiestas sobre todo en la acumulación de incisos y frases parentéticas
              (que ocasionan de resultas frecuentes anacolutos), al tiempo que la salpica aquí y
              allá de un molesto autobombo. Como no podría ser de otra manera, es un incondicional
              propagandista del poder establecido en sus dos puntales principales, la monarquía y la
              iglesia, además de un consumado chismoso, también normal desde su obligada función
              social de estar al tanto. A ello se añade una condición aduladora y servil, además de
              una actitud quejosa (siempre en diatriba con sus detractores) y pedigüeña (aunque
              disfrazada de estoica). Salvando las distancias, muchos de estos rasgos nos acercan al
              autor de las <hi rend="i">Advertencias para inteligencia de las Soledades</hi>.</p>
            <p>Cierto que el trato con los próceres adornó siempre de ribetes retóricos hiperbólicos
              el discurso de los paratextos literarios del Siglo de Oro en la persecución de alguna
              prebenda o beneficio a expensas de aquellos. Y Almansa y Mendoza no podía ser en eso
              una excepción. Es más, demostró gran habilidad y pragmatismo en la dedicatoria de sus
                <hi rend="i">Advertencias para inteligencia de las Soledades</hi> al VI duque de
              Sessa, Luis Fernández de Córdoba<note>Sobre este prócer véase <ref xml:id="ref1"
                  target="ref2">n. 189</ref>.</note>, pues sabedor Almansa de la estrechísima
              relación que unía al Duque con Lope de Vega, y sabedor también de la larga enemistad
              que venía gestándose entre este y Góngora, buscó la estrategia perfecta para que
              llegase su escrito rápidamente a Lope, a quien además mencionaba entre los catorce
              expertos que proponía para opinar sobre el poema de Góngora con la posible intención
              de neutralizar al enemigo poniendo una pica en su territorio<note>Véase <ref
                  xml:id="ref19" target="ref20">n. 220</ref>.</note>. Claro que, como sabemos, le
              salió el tiro por la culata, a Almansa y de resultas a Góngora, porque con la
              intervención airada de Lope tras conocer las <hi rend="i">Advertencias</hi> se inicia
              la historia de la polémica.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>3. [Cronología] La conflictiva sucesión de los testimonios iniciales de la polémica:
            las <hi rend="i">Advertencias</hi> en el centro del problema</head>
          <div>
            <head>3.1. Precariedad de fechas </head>
            <p>Las fechas de los primeros compases de la polémica gongorina, entre 1613 y 1615,
              constituyen un terreno movedizo en estrecha relación con otra circunstancia igualmente
              inestable: la difusión de la <hi rend="i">Soledad</hi> primera, lapsus de tiempo
              difícil de precisar que va desde los iniciales conocimientos del poema (en círculos
              restringidos y privados, contando con las inevitables fugas a otros ámbitos) hasta su
              difusión pública, esto es, hasta su publicación –bien que manuscrita– una vez que su
              autor hubiera dado el texto por definitivo. Ambos procesos se ven involucrados en el
              difícil establecimiento de una propuesta cronológica para las <hi rend="i"
                >Advertencias</hi> de Almansa y Mendoza<note place="bottom">Las fechas propuestas
                hasta ahora han sido: para Orozco, descubridor y editor del texto, finales de 1614 o
                principios del 1615 (1969: 160), mientras que para Roses (1994: 19-20) y Jammes
                (1994: 609-611) las <hi rend="i">Advertencias</hi> serían de 1613, pues Almansa se
                sirve de una versión primitiva de la primera <hi rend="i">Soledad</hi>, en tanto el
                  <hi rend="i">Parecer</hi> del abad de Rute, que fechan a principios de 1614, ya
                seguía el texto definitivo. A lo largo de este apartado se irán argumentando razones
                sobre lo problemático de esa datación. </note>.</p>
            <p>De los inicios de la polémica en torno a las <hi rend="i">Soledades</hi> tenemos muy
              pocas fechas acreditadas, de tal manera que las dataciones de la mayoría de los
              testimonios iniciales, y en consecuencia el diálogo en diferido que se establece entre
              ellos, obedecen a conjeturas crítico-eruditas. Conocemos que la carta de Góngora a
              Pedro de Valencia remitiéndole los dos poemas mayores es de 11 de mayo de 1613<note
                place="bottom">Lo sabemos por la respuesta de Pedro de Valencia de 30 de junio, que
                es la que se viene dando como versión definitiva en comparación con otra de la misma
                carta fechada de manera más imprecisa en «junio» de 1613 (cf. Pérez López,
                1988).</note>, pero nada sabemos con la suficiente certeza cronológica constatable
              como para no ofrecer amplios márgenes de duda del resto de los testimonios tempranos:
              ni de las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa, ni de la <hi rend="i">Silva a las
                Soledades</hi> de Ponce (porque la precisa fecha de noviembre de 1613 de su portada
              solo parece indicar el término <hi rend="i">a quo</hi>), ni del <hi rend="i"
                >Parecer</hi> del abad de Rute (salvo que fue de 1614, porque el Abad había leído la
              carta de Pedro de Valencia de junio de 1613 «el verano pasado»), ni de las cartas
              cruzadas entre Lope de Vega o su círculo, que aparecieron anónimas, y Góngora
              secundado por Antonio de las Infantas (cuyas fechas oscilan, según los propios
              testimonios que las transmiten, entre septiembre de 1613 y enero de 1614, o entre los
              mismos meses de 1615 y 1616<note place="bottom">Vuelvo sobre ello en el epígrafe
                específico 3.4 «Las Advertencias y las cartas “anónimas” de Lope».</note>), ni del
                <hi rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui, ni del llamado <hi rend="i"
                >Antiantídoto</hi>, hoy perdido, de Amaya, ni del <hi rend="i">Examen del
                Antídoto</hi> del abad de Rute (salvo que es posterior a julio de 1617<note
                place="bottom">El 25 de julio de ese año le comunica en carta desde Granada a Díaz
                de Rivas: «La respuesta al <hi rend="i">Antídoto</hi> voy trasladando. Fáltame poco
                y espéranla muchos en este lugar…» (Alonso 1982a : 233).</note>), ni de la anónima
                <hi rend="i">Soledad primera ilustrada y defendida</hi>, ni de las <hi rend="i"
                >Anotaciones y defensas</hi> y los <hi rend="i">Discursos apologético</hi>s de Díaz
              de Rivas… Pero todo esto nos lleva ya hacia finales de la década y estamos en los años
              iniciales de la polémica.</p>
            <p>Lo que tenemos datado con certeza de esos primeros años, exceptuando la carta de
              junio de 1613 de Pedro de Valencia, son únicamente tres cartas: una nueva de Pedro de
              Valencia de 6 de mayo de 1614<note place="bottom">Que reprodujo Díaz de Rivas al final
                de sus <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi> (Gates 1960: 27, 66). </note>,
              exenta de la actitud censoria de la del año anterior, y dos de Góngora del mismo año
              de 1614: la primera, con fecha de 18 de junio, dirigida al erudito y bibliógrafo Tomás
              Tamayo de Vargas y la segunda, de 4 de septiembre, a su amigo Juan de Villegas<note
                place="bottom">Carreira (2000: II, <hi rend="i">Epistolario</hi>, 299-301, cartas 2
                y 3). </note>. En la primera, tras el potente aparato retórico que emplea Góngora en
              agradecimiento al entonces cronista de Su Majestad por su elogio<note place="bottom"
                >Llama la atención, por contraste, el silencio que sobre Góngora mantiene Tamayo de
                Vargas en la amplísima relación contenida en su <hi rend="i">Junta de libros</hi>,
                teniendo en cuenta que sí lo había ensalzado antes en su <hi rend="i">Comentario a
                  Garcilaso</hi> (cf. Escobar 2010: 169-177).</note>, supuestamente contenido en una
              carta hoy perdida, asoma ya la retranca satírica contra los objetores del poema («me
              defienda de tanto crítico, de tanto pedante como ha dejado la inundación gramática en
              este Egipto moderno») y alguna seña de queja por su situación («El trabajo que vuesa
              merced tomó en calificar mi ignorancia le diera por pena, si no la tuviera yo, y
              cuidado de verme desvanecido»). Por el contrario, en la carta a Villegas, el poeta
              demuestra estar en su salsa: su mesa de trabajo es un ir y venir de correspondencia
              con nuevas del poema en un tono festivo y en una actitud positiva<note place="bottom"
                  ><p rend="noindent">Para pormenores sobre esta carta cf. Alonso (1982e) y Jammes
                  (2011).</p><p/></note>. En todo caso, en ambas –y a pesar de las diferencias
              notables de intención que las mueve– vemos que Góngora en ese año de 1614 está en
              plena fase de promoción de su poema, siguiendo muy atento las noticias y
              aprovisionándose de manera muy activa de opiniones expertas. Ambas cartas se escriben,
              pues, desde el impulso del empeño promocional de las <hi rend="i">Soledades</hi> y no
              se atisba en ellas ni el enojo (de la carta <hi rend="i">En respuesta…</hi>) ni la
              retirada melancólica (del soneto «Restituye a tu mudo horror divino») que aparecerán
              en 1615. En este año se produce ya la guerra declarada con misiles dialécticos en
              forma de cartas. Góngora, en la suya de 30 de septiembre, responde de manera
              encolerizada a la provocación “anónima” de pocos días antes, el 13 del mismo mes, de
              un Lope hiriente y socarrón. Un Lope que había enarbolado como justificante de su
              durísimo ataque precisamente las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa y Mendoza.
              Por esta circunstancia resulta de especial importancia la cronología de aquellas
              cartas para situar el escrito de Almansa.</p>
            <p>Si la primera carta “anónima” de Lope, en tanto surgida por la aparición de las <hi
                rend="i">Advertencias</hi>, marcaría el término <hi rend="i">ad quem</hi> para la
              cronología de estas, situar el término <hi rend="i">a quo</hi> nos lleva nada más y
              nada menos que al complejo asunto del proceso de revisión y difusión de la <hi
                rend="i">Soledad</hi> primera, pues el comentario de Almansa –si hacemos caso a
              Lope– acompañaría la aparición pública del poema («no enseñando ni repartiendo un
              papel sin otro»<note place="bottom">Orozco (1973: 246).</note>). Lo que por otra parte
              es contradictorio –adelantemos ya– con el hecho de que Almansa basa su comentario en
              la primera versión de las <hi rend="i">Soledades</hi>.</p>
            <p>El proceso de difusión (en paralelo al de la revisión de sucesivas versiones) de la
                <hi rend="i">Soledad</hi> primera fue, al parecer, dilatado en el tiempo, pues
              abarcaría desde principios de 1613, o acaso fines de 1612, hasta 1614. De las primeras
              fechas tenemos el testimonio de Angulo y Pulgar en sus <hi rend="i">Epístolas
                satisfactorias</hi> (1635) cuando dice que «en el año 1612 sacó don Luis a luz
              manuscrito al <hi rend="i">Polifemo</hi>, y poco después la <hi rend="i">Soledad
                primera</hi>; consta de muchas cartas suyas»<note place="bottom">Angulo y Pulgar,
                  <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>, 1635, f. 39r.</note>; y de 1614 la
              fecha que Chacón asigna a las <hi rend="i">Soledades</hi>. Dámaso Alonso justificó
              razonablemente ese arco temporal: «las fechas que proporciona Angulo no me parecen
              absurdas. Las contradicciones con Chacón pueden ser solo aparentes: las fechas de
              Angulo serían las de <hi rend="i">redacción</hi>; las del manuscrito del señor de
              Polvoranca, las de <hi rend="i">divulgación</hi> o <hi rend="i">publicación</hi>
              (manuscrita) de estos poemas»<note place="bottom">Alonso (1987b: 498). </note>, una
              vez –añado– Góngora hubiera dado el <hi rend="i">nihil obstat</hi> para su
              difusión.</p>
            <p>A pesar de que Chacón da la fecha de 1614 para ambas <hi rend="i">Soledades</hi>, lo
              cierto es que durante un tiempo indeterminado circuló solo la primera. Así lo
              demuestran testimonios como el soneto de 1615 «Restituye a tu mudo horror divino»,
              rotulado en Chacón <hi rend="i">Alegoría de la Primera de sus Soledades</hi>, o la
              afirmación del abad de Rute en su <hi rend="i">Apología por una décima</hi><note
                place="bottom"><hi rend="i">Apología por una décima del autor de las Soledades</hi>
                (Gates 1960: 144-151). En cuanto a las fechas de esta <hi rend="i">Apología</hi>,
                deben situarse entre noviembre de 1614, fecha de edición del <hi rend="i">Viaje del
                  Parnaso</hi> de Cervantes, mencionado por el Abad, y la muerte de Cervantes,
                aludido como vivo, el 22 de abril de 1616.</note>: «Es, pues, el caso que, publicada
              por algunos amigos del autor la primera parte de las <hi rend="i">Soledades</hi>, y
              sabiendo él que de palabra y por escrito había contra ellas habido varias censuras…».
              Además debió de circular sola durante un tiempo largo a tenor de lo que dice el mismo
              abad de Rute en el <hi rend="i">Examen del Antídoto</hi>, posterior a 25 de julio de
              1617: «…estas <hi rend="i">Soledades</hi> constan de más de una parte, pues se dividen
              en cuatro: si en la primera, que sola hoy ha salido a luz, este mancebo…»<note
                place="bottom"><hi rend="i">Examen del «Antídoto» o Apología por las «Soledades» de
                  Don Luis de Góngora contra el Autor del «Antídoto»</hi> (Artigas 1925:
                406).</note>. Así pues, en 1617 todavía Góngora no ha hecho pública la <hi rend="i"
                >Soledad</hi> segunda, que iría escribiendo con interrupciones<note place="bottom"
                >Se escribiría en cuatro fases, de las siete del conjunto de ambas <hi rend="i"
                  >Soledades</hi>. Véase nota siguiente. </note> y –como es de suponer– a empellones
              emocionales según las noticias que fuera recibiendo de la recepción de la primera. Es
              esta primera <hi rend="i">Soledad</hi> la que nos interesa a nosotros ahora en la
              indagación de la cronología de las <hi rend="i">Advertencias.</hi></p>
          </div>
          <div>
            <head>3.2. Las <hi rend="i">Advertencias</hi> y la primera versión de las <hi rend="i"
                >Soledades</hi></head>
            <p>La complejidad del proceso textual de las <hi rend="i">Soledades</hi> en sus varias
              fases de elaboración y/o difusión<note place="bottom">Siete fases cuenta Jammes para
                el conjunto de ambas <hi rend="i">Soledades</hi>: tres para la primera (hasta los
                versos 779, 831 y 1091 respectivamente), con el año 1612 como termino <hi rend="i">a
                  quo</hi> y 11 de mayo de 1613 como término <hi rend="i">ad quem</hi>, y cuatro
                para la <hi rend="i">Soledad</hi> segunda (hasta los versos 221, 840, 936 y 979,
                respectivamente), con el otoño de 1613 como término <hi rend="i">a quo</hi> y una
                fecha imprecisa entre 1619 y 1626 como el <hi rend="i">ad quem</hi> (Jammes 1994:
                14-21).</note>, si bien abarca la totalidad del poema hasta su final inconcluso en
              el verso 979 de la <hi rend="i">Soledad</hi> segunda, tiene una particular dificultad
              en sus inicios. «¿Acaso –se preguntaba Dámaso Alonso a las alturas de 1936– era el
              humanista Pedro de Valencia la primera persona a quien se comunicaban [<hi rend="i"
                >Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi>]? De ningún modo. No cabe duda que los
              amigos de Córdoba debieron conocerlos mucho antes, casi con el mismo ritmo de la
              penosa redacción»<note place="bottom">Alonso (1982b: 423; y también 1978a y
                1978b).</note>. Fue el mismo Alonso el que reconstruyó la que hemos venido
              denominando “versión primitiva” sirviéndose de las variantes procedentes de diversas
              fuentes (mss. BNE 3795 y 3959, y Biblioteca Nacional de Lisboa 3266, versión de
              Pellicer en sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> y la propia carta censoria de
              Pedro de Valencia<note place="bottom">Cf. Alonso (1978b, 1982b y 1978a). </note>). El
              interés filológico por estas primeras etapas redaccionales del poema se ha ido
              acrecentando en las últimas décadas, tanto por la aparición de nuevos testimonios,
              como por las importantes aportaciones de Valente y Glendinning<note place="bottom"
                >Valente y Glendinning(1959).</note>, Jammes<note place="bottom">Jammes (1984, 1994
                y 1995).</note> y Rojas<note place="bottom">Rojas (2015).</note>. Del conjunto de
              esos trabajos se tiene hoy por cierto que antes de la versión de la <hi rend="i"
                >Soledad</hi> primera que le llegó a Pedro de Valencia habían circulado otras dos
              previas, la primera de las cuales, la contenida en el manuscrito de la Real Academia
              Española RM-6709, conocido en la tradición textual gongorina como ms.
              Rodríguez-Moñino, es justamente de la que se sirve Almansa para sus anotaciones en las
                <hi rend="i">Advertencias</hi>.</p>
            <p>El mencionado manuscrito, que perteneció a Rodríguez Moñino, quien le envió una copia
              a Jammes<note place="bottom">Jammes (1984).</note>, forma parte de un cartapacio, <hi
                rend="i">Poesías de autores andaluces. Manuscrito, S. XVII</hi>, en el que un
              aficionado, posiblemente un jesuita sevillano, iba reuniendo poesías que le enviarían
              corresponsales varios. De Góngora contiene el <hi rend="i">Polifemo</hi> íntegro, en
              su versión primitiva, y la <hi rend="i">Soledad</hi> primera hasta el verso 779<note
                place="bottom">Coincidente con el final de la primera estrofa del canto nupcial;
                luego otro copista añadió cuatro estrofas más, hasta el v. 831 (cf. Jammes 1984, que
                reproduce las cuartillas manuscritas autógrafas de Rodríguez Moñino con la
                transcripción de los 779 versos).</note>, que sería copiada por un cordobés al hilo
              de la redacción misma del poema, por lo que representa la primera de las versiones
              conocidas.</p>
            <p>No hay ninguna duda de que es la versión que tenía delante Almansa al redactar sus
                <hi rend="i">Advertencias</hi>, pues de sus 26 anotaciones, 9 la siguen, a saber:
                [1]<note place="bottom">Aunque en las <hi rend="i">Advertencias</hi> las anotaciones
                no van numeradas, las he numerado en la edición entre paréntesis cuadrados para
                facilitar las referencias internas a lo largo de este trabajo.</note>, [7], [9],
              [13], [16], [19], [20], [21] y [23], que se corresponden respectivamente con los
              versos 6, 75<hi rend="i">b</hi><note place="bottom">Sigo el buen criterio de Robert
                Jammes en su edición de las <hi rend="i">Soledades</hi> (1994) de añadir una letra
                minúscula en los versos que divergen de la versión definitiva, evitando con ello una
                numeración diferente para cada versión, que haría mucho más enrevesado el
                asunto.</note>, 100, 206<hi rend="i">d</hi>-206<hi rend="i">e</hi>, 290<hi rend="i"
                >a</hi><note place="bottom">En este verso 290a Almansa escribe «robustos montañeses»
                y en el ms. se lee «robustos montaraces». Sin duda es un lapsus porque todo el
                pasaje de seis versos en el que se integra sigue inequívocamente la versión
                primitiva, puesto que fue suprimido de la definitiva.</note>-290<hi rend="i">f</hi>,
              375, 379, 416 y 473. En varias de aquellas anotaciones ([9] v. 100, [13] v. 206<hi
                rend="i">d</hi>-206<hi rend="i">e</hi>, [16] v. 290<hi rend="i">a</hi>-290<hi
                rend="i">f</hi>) se pone de manifiesto cómo Góngora, con las modificaciones a las
              que sometió posteriormente su <hi rend="i">Soledad</hi> primera, despreció logros
              considerables, y en más de una ocasión hizo el texto más confuso por la supresión de
              algún o algunos elementos indispensables, lo que no debió ser ajeno a su afán por
              atender a los consejos de Pedro de Valencia<note place="bottom">Como observó D.
                Alonso, al seguir los consejos de Valencia vemos a un «Góngora contra Góngora», que
                para hacer caso a su amigo habría necesitado, no «revocar unos cuantos lugares, sino
                rehacer y desustanciar toda la obra» (1978a: 494). Para la apreciación particular de
                las modificaciones de cada uno de los <hi rend="i">loci</hi> textuales remitimos a
                nuestras notas a la edición.</note>.</p>
            <p>Seguir la primera versión de las <hi rend="i">Soledades</hi> nos llega a las fechas
              tempranísimas de 1612, fechas que también podrían revalidarse con la que parece
              inequívoca alusión a su recepción por Suárez de Figueroa<note place="bottom">En efecto
                –como ya hiciera notar Roland Béhar– parece una más que evidente alusión a los
                poemas gongorinos, y particularmente a las <hi rend="i">Soledades</hi>, la contenida
                en este fragmento de la <hi rend="i">Plaza universal</hi> de Suárez de Figueroa:
                «Algunos siguen de poco a esta parte un nuevo género de composición (al modo de
                Estacio en las <hi rend="i">Silvas</hi>) fundado en escurecer los conceptos con
                interposiciones de palabras, y ablativos absolutos, sin artículos, aunque cuidadoso
                en la elegancia de frases y elocuciones. Grandes son las contiendas que causó esta
                novedad entre los Poetas de España…». Si bien la obra (versión de la miscelánea del
                mismo título del italiano Tomaso Garzoni) fue publicada en 1615, las aprobaciones
                son de abril de 1612, con lo cual Suárez de Figueroa podría hacerse eco en ese
                momento de la reciente recepción del poema gongorino (cf. Béhar 2014). Por lo demás,
                el propio Béhar observó que posiblemente el tratado de Suárez de Figueroa, y en
                particular el Discurso CV «De los poetas y humanistas», circulara muy precozmente
                entre los partidarios gongorinos (véase para todo ello la <ref
                    xml:id="ref23" target="ref24">n. 249</ref>).</note>. Pero ¿cómo hacer
              compatible esta datación con las otras circunstancias que tenemos que valorar para
              establecer una conjetura razonable sobre la cronología de las <hi rend="i"
                >Advertencias</hi>? Entre esas circunstancias dos son de capital importancia: la
              relación de aquellas con el comentario de Ponce y, en especial, la relación con el
              cruce de cartas entre los círculos de Lope de Vega y de Góngora.</p>
          </div>
          <div>
            <head>3.3. Las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa y la <hi rend="i">Silva</hi> a
              las Soledades de Ponce</head>
            <p>Ambos son documentos muy tempranos de la polémica, y aunque resulta imposible
              dilucidar las fechas en ambos casos<note place="bottom">De la <hi rend="i">Silva</hi>
                de Ponce tenemos el dato cronológico de su portada: noviembre de 1613 (<hi rend="i"
                  >Silva a las Soledades de don Luis de Góngora, con anotaciones y declaración por
                  […], y un discurso en defensa de la novedad y términos de su estilo. Noviembre de
                  1613</hi>), pero al menos dos circunstancias (el servirse de una versión de las
                  <hi rend="i">Soledades</hi> cercana a la definitiva y el hecho de recoger los
                versos 677 al 936 de la <hi rend="i">Soledad</hi> segunda) invalidan aquella fecha
                para el trabajo completo. Porque –como aclara Antonio Azaustre– el trabajo se debió
                desarrollar por fases, al menos en dos, que corresponderían respectivamente a la
                anotación y a la posterior elaboración del <hi rend="i">Discurso</hi>, cubriendo en
                su conjunto un arco cronológico impreciso que iría desde 1613 hasta 1616, año en que
                el conde de Salinas deja de ser Presidente del Consejo Supremo de Portugal, que es
                como se dirige a él Ponce en las dedicatorias (cf. Azaustre 2015). Volver a la nota
                  <ref xml:id="ref42" target="ref41">93</ref>.</note>, una serie de circunstancias
              los relaciona estrechamente. Relación en la que, sin embargo y de entrada, hay hacer
              constar, las enormes distancias que median entre un comentario erudito <hi rend="i"
                >comme il faut</hi>, cual es el de Ponce, un humanista avezado con el trato de los
              textos y las fuentes<note place="bottom">Véase lo que de Manuel Ponce se dice en <ref xml:id="ref25" target="ref26">n. 224</ref>.</note>, y
              otro lleno de precariedades eruditas y expresivas, como lo es el de Almansa, además de
              mucho más breve e insuficiente en varios órdenes, tanto en reflexiones críticas de
              orden general (que, en el caso de Ponce, se explayan en el posterior <hi rend="i"
                >Discurso en defensa de la novedad y términos de su estilo</hi>), como en número de
              anotaciones: 26 de Almansa frente a las 104 de Ponce, que además son más enjundiosas y
              desde luego incomparablemente mejor documentadas en sus fuentes. Por otra parte, hay
              que reseñar que Ponce elabora su comentario sobre una versión de la <hi rend="i"
                >Soledad</hi> primera cercana a la definitiva (que copia además completa en sus 1091
              versos antes de sus 104 notas), correspondiendo su última anotación al verso 990, en
              tanto que Almansa se basa en la primera versión (la del ms. RAE RM-6709 o Ms.
              Rodríguez-Moñino) que llegaba solo al verso 779, correspondiendo su última anotación
              al verso 634.</p>
            <p>Pero, sin olvidar esas grandes e importantes diferencias, son también muchas las
              coincidencias en varios aspectos. Así, en consideraciones de orden general sobre el
              poema gongorino, ambos tratan sobre el género del mismo a partir de la objeción que se
              hace a Góngora de que cambió (invirtió) los estilos lírico y épico en las <hi rend="i"
                >Soledades</hi> y en el <hi rend="i">Polifemo</hi> (Almansa f. 149v-150v y Ponce f.
                37v)<note place="bottom">Véase <ref xml:id="ref27"
                    target="ref28">n. 232</ref>.</note>, remiten al mismo pasaje horaciano para
              justificar el uso de neologismos (Almansa f. 150v y Ponce f.101r)<note place="bottom"
                >Véase <ref xml:id="ref29" target="ref30">n.
                246</ref>.</note>, repiten idénticamente el sintagma sobre la voz griega
              «poetes» como «locuciones exquisitas» (Almansa f. 151r y Ponce f. 90r)<note
                place="bottom">Véase <ref xml:id="ref31" target="ref32">n.
                    249</ref>. En este caso ambos coinciden además con Góngora en su carta <hi
                  rend="i">En respuesta</hi> (Daza 2011: 285).</note>, elogian a Garcilaso como
              introductor de neologismos (Almansa f. 151r y Ponce 105v)<note place="bottom">Véase
                  <ref xml:id="ref33" target="ref34">n. 252</ref>.</note>,
              ambos manifiestan que Góngora ha encumbrado la lengua española al nivel de la latina
              (Almansa f. 151v y Ponce f. 38r)<note place="bottom">Véase <ref
                    xml:id="ref35" target="ref36">n. 255</ref>.</note> y los dos coinciden en
              denunciar la argucia de quienes dicen no entender a Góngora pero le critican (Almansa
              f. 152r-152v y Ponce f. 38v)<note place="bottom">Véanse <ref xml:id="ref37"
                  target="ref38">n. 263</ref> y <ref xml:id="ref39" target="ref40"
              >264</ref>.</note>.</p>
            <p>Además, es muy llamativo que los dos elijan en numerosas ocasiones los mismos pasajes
              de la <hi rend="i">Soledad</hi> primera para sus respectivas anotaciones. A saber: la
              anotación [1] de Almansa se corresponde con la 1 de Ponce, la [2] con la 3, la [4] con
              la 4, la [5] con la 6, la [6] con la 7, la [10] con la 12, la [14] con la 32, la [15]
              con la 33, la [18] con la 43, la [20] con la 45, la [23] con la 58, la [24] con la 62;
              a las que habría que añadir dos más difusas: la [11] con el final de la 16 y la [12]
              con el final de la 23. En total 14 sobre 26 en el caso de Almansa, lo que representa
              un porcentaje de coincidencias del 54%<note place="bottom">Que se rebaja notablemente
                en el caso de Ponce a un 13%, reflejando con ello la superioridad en todos los
                sentidos de su comentario sobre el de Almansa.</note>.</p>
            <p>Sucede, en efecto, que –insisto–, salvando las enormes distancias que median entre un
              comentario y otro, ambos responden a una misma intención y se sitúan en un mismo
              momento en la polémica, dos circunstancias que van muy unidas en el diálogo que
              mantienen los textos que la forman. Por eso la cronología es un asunto determinante,
              ya que sitúa las piezas en un orden que responde o se deduce de una propuesta crítica
              determinada.</p>
            <p>La intención que mueve los textos de Ponce y de Almansa es la de ser un primer
              comentario, con la finalidad hermenéutica que le es propia de ayudar con sus
              anotaciones a la «inteligencia» del texto, misión que Almansa lleva hasta el título,
              pero que también Ponce indica: «Mil veces he resistido el animoso intento de
              investigar la inteligencia de esta silva, viendo que tantos sujetos ingeniosos, la
              deponen, y se privan de entenderla» (Dedicatoria f. 34r). En ambos comentarios,
              además, la hermenéutica incorpora otra actitud más pragmática: la de defensa implícita
              del texto gongorino reivindicando su valía frente a ataques previos que ambos también
              aluden y que ellos quieren neutralizar. Almansa avisa de que quiere «salir al campo a
              defender un torbellino de pareceres y objetos» (f. 147v) y Ponce dice «intentar lo que
              tantos han temido, atropellando los miedos que me han puesto las opiniones diversas,
              si ya no merezco más culpa que estimación por no haberme sujetado a creer lo que, en
              general, dice que siente el torrente de los doctos, agudos, y curiosos» (f. 34v). En
              ambos casos parecen referirse a un grupo numeroso («torbellino», «torrente») de
              personas; personas que responden a la condición de doctos, agudos o curiosos,
              calificativos que se emplean con ironía en las <hi rend="i">Advertencias</hi>. Y en
              ambos, junto a la actitud de contrarrestar las críticas, y por tanto defender a
              Góngora, está la intención de establecer unas pautas programáticas. En realidad, las
              dos actitudes y/o intenciones son complementarias, pues se contrarresta un estado de
              opinión al mismo tiempo que se avisa con un programa, expresado de una manera más
              desafiante y torpe en Almansa, desde el propio título de <hi rend="i"
                >Advertencias</hi>, y más finamente integrado en el discurso en el caso de
                Ponce<note place="bottom">Sobre estos aspectos véanse las reflexiones ya hechas en
                el apartado 1. «Las <hi rend="i">Advertencias</hi>, un comentario pretendidamente
                cautelar».</note>.</p>
            <p>¿Tantos puntos en común nos aclaran algo cara a la cronología de las <hi rend="i"
                >Advertencias</hi>? La respuesta es tan difusa como la datación de la <hi rend="i"
                >Silva</hi> de Ponce, porque la llamativa precisión de que hace gala en su portada
              («noviembre de 1613») se compadece mal con las fechas reales de su contenido, que lo
              alarga en el tiempo al menos hasta 1616<note place="bottom">Véase lo dicho en <ref xml:id="ref41" target="ref42">n. 83</ref>.</note>. Pero
              es que, además, y cara a que la vinculación, por entorno e intenciones, entre la <hi
                rend="i">Silva</hi> de Ponce y las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa nos
              ayudara a precisar la cronología de estas últimas, se da una muy importante
              circunstancia que las separa y que ya ha sido mencionada: la distinta versión de que
              se sirven ambos de las <hi rend="i">Soledades</hi> para su comentario, pues si el
              texto que trae Ponce es el cercano a la definitiva, Almansa se basa en la primera y
              más primitiva.</p>
          </div>
          <div>
            <head>3.4. Las <hi rend="i">Advertencias</hi> y las cartas “anónimas” de Lope</head>
            <p>Aunque posiblemente fueran más amplios e importantes los motivos (algo semejante a
              una toma de posición grupal por parte de Lope de Vega y su círculo frente a los
              movimientos de Góngora y el suyo en los años previos a 1615), lo cierto es que la
              primera carta “anónima” de Lope achaca a las <hi rend="i">Advertencias</hi> la causa
              de su aparición cuando recrimina a Góngora que Almansa y Mendoza se hubiera hecho «tan
              señor de su correspondencia, y de la declaración y publicación desta poesía». En todo
              caso, y para lo que nos concierne ahora, lo relevante es el hecho de que las <hi
                rend="i">Advertencias</hi> preceden necesariamente al rifirrafe epistolar.</p>
            <p>Estas son las cartas, con sus encabezamientos y fechas según el ms. B106-V 1-36
              (conocido como ms. Gor en la tradición textual gongorina; es el mismo ms. que contiene
              las <hi rend="i">Advertencias</hi> que editamos): 1/ <hi rend="i">Carta escrita a don
                Luis de Góngora en razón de las Soledades</hi>, 13 de septiembre de 1615; 2/ <hi
                rend="i">Respuesta de don Luis de Góngora</hi>, 30 de septiembre de 1615; 3/ <hi
                rend="i">Carta de don Antonio de las Infantas y Mendoza respondiendo a la que se
                escribió a don Luis de Góngora en razón de las Soledades</hi>, 15 de octubre de
              1615; y 4/ <hi rend="i">Respuesta a las cartas de don Luis de Góngora y de don Antonio
                de las Infantas</hi>, 16 de enero de 1616. El contenido sumario de las cuatro es el
              que sigue. En la primera un irónico «amigo», supuestamente Lope, muestra su extrañeza
              por el encargo de difusión y comentario de las <hi rend="i">Soledades</hi> a alguien
              como Almansa y Mendoza, teniendo Góngora tan doctos amigos, y le recomienda que retire
              «esos papeles». En la respuesta, segunda carta, Góngora, enojado por el anonimato de
              su interlocutor, hace una defensa rotunda de la oscuridad poética como credo estético
              y responde por Almansa y Mendoza ante los ataques. En la tercera, Antonio de las
              Infantas, amigo de Góngora y quizás por indicación suya, asume la tarea de responder
              más sistemáticamente a la carta inicial «de un amigo»; Infantas se reitera con más
              contundencia en la defensa de Almansa y Mendoza, del que acaso era pariente.
              Finalmente, en la última de la serie el autor, es decir, presumiblemente Lope, se
              presenta ahora como amigo del autor de la primera misiva, un «soldado», ausente por un
              viaje a Nápoles, al que él va a ayudar cortésmente con esta respuesta. Esta respuesta,
              de nuevo enmascarada en el anonimato, es larga, densa, irónica y mordaz, además de
              mucho más contundente en la crítica hacia Góngora.</p>
            <p>En realidad, a estas cuatro cartas se deben añadir dos más: otra posterior de
              Góngora, perdida, pero cuya existencia se constata por la respuesta de Lope en su <hi
                rend="i">echadiza</hi>, también de discutida cronología<note place="bottom">Hay
                discrepancias sobre la fecha de la llamada carta <hi rend="i">echadiza</hi>: para
                Amezúa, editor del epistolario de Lope, sería del verano de 1617 (1935-1943: III,
                carta 321), mientras Orozco, siguiendo la opinión de Millé, la sitúa a fines de 1616
                (1973: 260). En cambio Jammes, de acuerdo con el establecimiento de una cronología
                más temprana para el conjunto de la polémica epistolar entre Lope y Góngora y de la
                propia difusión de las <hi rend="i">Soledades</hi>, adelanta la fecha hasta otoño de
                1615 (1994: 642-645). Esta última propuesta sería incompatible con las fechas que
                defiendo, sept. 1615 – enero 1616, para las cuatro primeras cartas (López Bueno
                2011). Volver a las notas <ref xml:id="ref16" target="ref15">30</ref> y <ref
                  xml:id="ref22" target="ref21"> 200</ref>.</note>.</p>
            <p>Almansa y Mendoza es el blanco fácil de las misivas lopescas. Bien que su objetivo
              real era Góngora, el correveidile resultaba presa mucho más accesible, por lo que
              asoma insistentemente en ellas. Si en la primera se denuncia el despropósito de haber
              encomendado la tarea de difundir el poema e ilustrarlo «con muy copiosos corolarios» a
              alguien así, en la segunda, que es enjundiosa, larga y escrita en un mantenido clímax
              de ironía mordaz, aunque va frontalmente contra la estética gongorina y el propio
              Góngora, se menciona a Almansa y Mendoza hasta en seis ocasiones, siempre con guiños e
              intenciones descalificadoras. Finalmente, en la <hi rend="i">echadiza</hi>, vuelve a
              cargar sin miramientos contra Mendoza y a poner en evidencia su ridículo
              “amancebamiento” con Góngora (al que, sin embargo –y comenzando con ello una táctica
              que empleará Lope en lo sucesivo– empieza a descargar de culpas para echárselas a sus
              «mochuelos» falsos imitadores). Ese cruce de cartas supone un momento de inflexión en
              una enemistad largamente gestada entre los dos ingenios, que sobrevivirá tras la
              muerte de Góngora, porque Lope llevará su cruzada anticultista hasta el final de sus
              días en una variedad de formatos que abarca cartas satíricas, invectivas en verso,
              preliminares reivindicativos o discursos teóricos.</p>
            <p>Volviendo a la polémica epistolar que nos concierne, hay que decir que sus fechas,
              sobre todo las de las cuatro primeras cartas que forman un conjunto compacto, han sido
              objeto de larga discusión crítica. Antonio Carreira y después Robert Jammes apostaron
              por las fechas más tempranas de 1613-1614<note place="bottom">Antonio Carreira, dudoso
                de la autenticidad de estas fechas, para él muy tardías, prefirió la autoridad de
                otro testimonio, el ms. B102-B-03 de la Biblioteca Bartolomé March, que contiene
                tres de las cuatro cartas antedichas, fechadas entre septiembre de 1613 y enero de
                1614 (1986: 340; 1994: I, 151-171; reimpr. en 1998: 239-266). Por lo demás, otro ms.
                portugués, también manejado por Carreira, las <hi rend="i">Poesías de Alao</hi>,
                contiene las dos primeras cartas y las fecha en septiembre de 1617, lo que resulta
                de todo punto inverosímil (Daza 2011). Respecto a la autoría de Lope para estas
                cartas, véase lo que digo en <ref xml:id="ref43" target="ref44"
                    >nota 1</ref>.</note>. En un trabajo específico<note place="bottom"><p
                  rend="noindent">López Bueno (2011).</p><p/></note> me decanté por volver a las más
              tardías de 1615-1616, establecidas anteriormente por Emilio Orozco y así datadas en el
              ms. Gor. No repetiré aquí lo argumentado allí, pero sí conviene recordar que las
              fechas tempranas de esas cartas traerían consigo un considerable adelanto de toda la
              polémica temprana con una sucesión muy precipitada de acontecimientos. Porque, dado
              que las <hi rend="i">Advertencias</hi> son previas a la primera carta y en ellas
              Almansa y Mendoza dice contestar a «un torbellino de pareceres y objetos», parecen
              poco los dos meses y medio que transcurren desde el 30 de junio, carta de Pedro de
              Valencia, hasta el 13 de septiembre de ese mismo año, primera carta “anónima” de Lope.
              Bien es verdad que ese es argumento rebatible, porque la primera <hi rend="i"
                >Soledad</hi> se habría difundido ya antes de llegar a Pedro de Valencia. Pero es
              que Almansa y Mendoza da sobradas muestras en sus <hi rend="i">Advertencias</hi> de
              conocer también la censura de Valencia, aunque naturalmente no la mencione. De hecho,
              y como ya se ha apuntado, parece responder a un estado de opinión derivado de reparos
              y advertencias hechas por hombres doctos (por más que él, cuando hable de «doctos»,
              los mencione de modo irónico) y no solo por indocumentados, como quiere venir a decir.
              Imposible en este punto saber si Almansa conocería el <hi rend="i">Parecer</hi> del
              abad de Rute, previsiblemente anterior a sus comentarios: estamos ante documentos
              privados que el círculo gongorino manejaría a discreción. E imposible también saber si
              conocería esas opiniones censoras del poema que, según el propio Abad en el <hi
                rend="i">Parecer</hi>, le habían ido llegando a Góngora desde círculos andaluces
                allegados<note place="bottom">«… A vuestra merced le han advertido de esto antes de
                ahora y avisádole que sienten lo mismo en Córdoba, en Granada, en Sevilla, en
                Madrid; pues de allí un hombre de tanta erudición, cuanto cualquiera otro de este
                siglo, y de juicio igual a la erudición, que es Pedro de Valencia, lo escribió y
                advirtió a vuestra merced» (<hi rend="i">Parecer</hi>, f. 139v; cf. Elvira 2015:
                1614_parecer).</note>, aunque todo parece indicar que sí, pues serían precisamente
              esas corrientes de opinión las que se quieren atajar, tanto en el comentario de
              Almansa como en el de Ponce, formando parte ambos –como ya se ha indicado– de una
              defensa colegiada, probablemente con fuentes comunes, que precisaría su tiempo para
              ser preparada. En fin, muchos acontecimientos para un tan breve lapsus temporal de dos
              meses y medio.</p>
            <p>Y finalmente hay otro argumento de valor para las fechas tardías de esas cartas: las
              cuatro composiciones gongorinas que el colector del ms. Gor copia entre la carta de
              Antonio de las Infantas de 15 de octubre de 1615 y la de Lope de 16 de enero de 1616;
              a saber: los sonetos «Restituye a tu mudo horror divino», «Con poca luz y menos
              disciplina», «Pisó las calles de Madrid el fiero» y la doble décima «Por la estafeta
              he sabido»<note place="bottom">A tres de estas composiciones he dedicado trabajos
                específicos: cf. López Bueno (2013b) para el soneto «Restituye…»; (2012c) para el
                soneto «Con poca luz…»; y (2013a), para las décimas «Por la estafeta…».</note>. Con
              excelente acuerdo las incluyó allí el colector, contextualizándolas en su debido
              lugar, puesto que en 1615 están fechados en Chacón los sonetos «Restituye…» y «Pisó
              las calles…», mientras que «Por la estafeta…» y «Con poca luz…» presentan un
              estrechísimo margen de duda de que no sean de ese mismo año<note place="bottom">Para
                las décimas «Por la estafeta …» , así quedaban ya datadas por Jammes (1994: 633) y
                Carreira 2000: 643); y para ambas composiciones: López Bueno (2013a y
              2012c).</note>. Y sobre todo la contextualización es oportunísima porque parece, con
              toda verosimilitud, que a ellas se refiere Lope en la carta que sigue cuando afea a
              Góngora que prosiga «en hacer versos con su acostumbrada graciosidad, ofendiendo la
              carta del ausente», pues no se quedaba tranquilo con las dos cartas (la suya y la de
              su «obrero» Antonio de las Infantas), sino que se lanzaba también por la vía del verso
              satírico con las «décimas y sonetos que andan por ahí, en razón destas materias
              publicadas después de su primera respuesta»<note place="bottom">Orozco (1973: 239 y
                246).</note>. Los datos cuadran para suponer, en efecto, que las composiciones son
              las que incluyó allí el colector del ms, composiciones de 1615 que aseguran que la
              carta de Lope llevara fecha de enero de 1616, y, consecuentemente, asegura también las
              fechas de las cartas anteriores de la serie hasta la inicial de 13 de septiembre de
              1615.</p>
            <p>Movido debió de ser para Góngora el otoño de ese año de 1615 entre las noticias que
              le irían llegando de la mala recepción de su primera <hi rend="i">Soledad</hi> y la
              carta de 13 de septiembre. Con exasperación contesta a esta en la suya de 30 de
              septiembre y con fino estilete satírico elabora en verso tres de las composiciones
              mencionadas; en la otra, el magnífico soneto «Restituye a tu mudo horror divino», la
              sátira se tiñe de melancolía en la solicitud a la <hi rend="i">Soledad</hi> de un
              retroceso imposible por parte de quien no ha sido en absoluto comprendido y abandona
              toda esperanza de serlo.</p>
          </div>
          <div>
            <head>3.5. Conclusión inconclusa </head>
            <p>Fechar las <hi rend="i">Advertencias</hi> es tan imposible como encontrar una
              equidistancia razonable y verosímil entre dos extremos temporales muy distantes pues,
              si por una parte la versión primera de las <hi rend="i">Soledades</hi> de que se sirve
              Almansa nos lleva a las tempranísimas fechas de fines de 1612, por otra, el hecho de
              que las <hi rend="i">Advertencias</hi> sean el desencadenante de la carta “anónima” de
              13 de septiembre de 1615 nos acerca a ese año.</p>
            <p>Realmente nos encontramos ante una aporía de imposible solución. La que parece pista
              más firme, que Almansa siga una versión de la <hi rend="i">Soledad</hi> primera tan
              temprana como copiada al mismo ritmo de redacción del poema en el año 1612, no casa de
              ninguna manera con el contenido de las <hi rend="i">Advertencias</hi>. En estas se
              responde a opiniones ya forjadas, que no solo aparecen en lo que Almansa menciona
              desdeñosamente como «un torbellino de pareceres […] que la ventolera de algunos con
              título de doctos, curiosos y valientes ingenios han levantado contra las
                <title>Soledades»</title><note place="bottom">F. 147v-148r, reiterando el tono
                irónico e insolente cada vez que alude a ellos: «doctos e ingeniosos» (f. 148r) o
                «doctos y curiosos» (f. 153v).</note>, sino sobre todo en las referencias
              específicas que el propio Almansa va haciendo a las censuras previas a las que él
              responde: («Dicen lo primero…», «Lo 2º oponen…», «Lo 3º dicen…», «Mas, sentido el Sr.
              don Luis de parecerles a algunos…»). En verdad, Almansa está contestando a opiniones
              con criterios sostenidos contra la oscuridad, y entre ellas con posibles signos de
              evidencia, a las formuladas por Pedro de Valencia en su carta censoria, como ya he
              indicado.</p>
            <p>Al manejar la versión más primitiva, Almansa excluye toda posibilidad de tener en
              cuenta las censuras del humanista zafrense y las consiguientes correcciones de
              Góngora. Aunque se pudiera tener la tentación de interpretarlo como una omisión
              intencionada con la que Almansa desdeñara los “lunares” corregidos por Valencia<note
                place="bottom">Lo que parece ocurrir al menos en un caso: anotación [13], en la que
                exalta los versos «De islas que paréntesis frondosas / al periodo son de su
                corriente», que precisamente habían sido criticados por el humanista (véase <ref
                  xml:id="ref45" target="ref46">n. 300</ref>).</note>, afirmando con ello el texto
              tal cual salió originariamente de la mano de Góngora, el hecho sin embargo de que las
              anotaciones de las <hi rend="i">Advertencias</hi> solo lleguen al verso 634, nos
              confirman que se basa en una redacción en curso que únicamente alcanzaba al verso 779,
              final de ms. Rodríguez-Moñino, es decir, en un texto primitivo y previo al de Pedro de
              Valencia.</p>
            <p>Esta situación nos encamina a una cuestión clave: la garantía de las <hi rend="i"
                >Advertencias</hi> solo se puede basar en una relación de confianza entre Góngora y
              Almansa. Pero no sabemos si esta existía. ¿Cómo es posible que cuando Góngora está
              redactando inicialmente las <hi rend="i">Soledades</hi>, ya Almansa se lance a
              «apercibirlas de comento»<note place="bottom">Recuérdese lo dicho en la carta
                “anónima” de Lope de 16 de enero de 1616: «pues antes que saliesen en público las
                  <hi rend="i">Soledades</hi> se apercibieron de comento, no enseñando ni
                repartiendo un papel sin otro» (Orozco 1973: 246).</note>? ¿Con qué “papeles”
              trabajaba Almansa? ¿Con unos borradores casi? ¿Eso es señal de cercanía con Góngora,
              que le confiaría su texto antes que a sus enterados amigos o es señal de todo lo
              contrario: descuido, improvisación?</p>
            <p>El otro problema de la datación de las <hi rend="i">Advertencias</hi> es el término
                <hi rend="i">ad quem</hi>, primera carta “anónima” de Lope, para cuya datación en
              1615 ya hemos dado argumentos. Ciertamente es un arco temporal amplísimo, ante el que
              solo podemos manifestar nuestras dudas y hacernos la siguiente pregunta: ¿en realidad
              sabemos todo lo que ocurrió en ese lapsus temporal?; ¿podemos hacernos idea cabal de
              la cantidad de dimes y diretes que circularían, todos en comunicación
              semiprivada-semipública? La carta de 16 de enero de 1616 del disfrazado Lope nos habla
              de «tantos papeles como salen cada día en su ofensa dél [de su amigo soldado, supuesto
              autor de la primera carta] y en defensa de las <hi rend="i">Soledades</hi>»<note
                place="bottom">Orozco (1973: 239).</note>.</p>
            <p>Perplejidad frente a los intríngulis de la relación entre Góngora y Almansa,
              desconocimiento actual de muchos datos y/o testimonios volanderos de los inicios de la
              polémica, junto a contradicciones derivadas de las fechas de los que conocemos, llevan
              necesariamente a la cautela de proponer simplemente y sin más precisiones<note
                place="bottom">Entre ellas la que apunté como posibilidad de septiembre de 1614 (cf.
                López Bueno 2012a: 21).</note> el año de 1614 como la fecha menos mala de las
              posibles para el comentario de Almansa y Mendoza.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>4. [Estructura] El esquema básico de comentario más anotaciones</head>
          <div>
            <head>4.1. Las partes del texto </head>
            <p>Las <hi rend="i">Advertencias</hi> son un texto breve que ocupa 12 fols. (lo que hace
              un total de 23 págs.) en el ms. Gor. Comienzan por lo que podríamos considerar dos
              breves preliminares. En primer lugar la dedicatoria <hi rend="i">Al duque de Sessa y
                Baena, marqués de Poza, almirante de Nápoles</hi>, escrita –al igual que la
              despedida de cierre– con el tono adulador a la usanza, que Almansa acrecentará en sus
              posteriores Relaciones de sucesos<note place="bottom">Cf. Ettinghausen y Borrego 2001:
                  <hi rend="i">passim.</hi></note>. A continuación, y siguiendo el tópico prologal
              de la <hi rend="i">humilitas</hi>, hace una aparatosa declaración de modestia que
              curiosamente –dicho sea de paso– vendría a evidenciar su misma realidad («sin
              experiencia […], sin conocimiento o estudio de su ciencia, con lenguaje corto y mal
              limado estilo…»).</p>
            <p>Entramos a continuación en el meollo de las <hi rend="i">Advertencias</hi>, que
              podríamos dividir en tres partes. Una primera está destinada a proclamar los objetivos
              de las mismas: defender a Góngora de sus acusadores («con título de doctos, curiosos y
              valientes ingenios») y retarlos a que hagan sus críticas a cara descubierta y por
              escrito («¡Si dieran estos sus sentimientos en papel, o el dueño o algún aficionado
              respondiera…!»). En la defensa de Góngora se implica tanto Almansa que se da
              personalmente por ofendido de las censuras hechas contra alguien de quien se declara
              ridículamente «hijo», si no «aborto de su ingenio». Para minimizar la importancia de
              los detractores, argumenta que, en contraste con tantos como hablan, hay muy pocos
              autorizados «en esta corte» para opinar sobre la poesía de don Luis, de los que da una
              relación: además del dedicatario duque de Sessa, el duque de Feria, el conde de
              Salinas, Luis Cabrera de Córdoba, José de Valdivielso, Lorenzo Ramírez de Prado, Lope
              de Vega, Cristóbal de Mesa, Vicente Espinel, Cristóbal Suárez de Figueroa, Manuel
              Ponce, Francisco de Rioja, Luis Tribaldos de Toledo y fray Hortensio Paravicino,
              catorce nombres que se convertirán en la primera lista de las varias evocadas en la
              polémica gongorina para marcar el territorio de expertos y/o defensores<note
                place="bottom">Al asunto se dedica un apartado específico: 7. «La primera
                “sociología gongorina”», además de las <ref xml:id="ref47"
                    target="ref48">n. 214 a 227</ref>, con datos bioblibiográficos de cada uno
                de los mencionados y circunstancias de su relación con Góngora.</note>.</p>
            <p>Pasa luego a lo que consideramos como segunda parte. Ahora, con una prosa más ágil y
              suelta, se detiene en las que serán las grandes cuestiones debatidas en la polémica
              sobre las <hi rend="i">Soledades</hi>, a saber: la cuestión del género del poema y el
              uso de neologismos e hipérbatos, aspectos que le llevan a reflexionar sobre la
              oscuridad y/o dificultad del lenguaje y la sintaxis gongorina, para terminar
              reclamando la vena heroica en don Luis, a pesar de su ser único también en las
                burlas<note place="bottom">Al conjunto de estas cuestiones se dedica el apartado: 6.
                «Debut de las cuestiones centrales de la polémica…».</note>. Además de ser muy
              cabales algunas de las razones aducidas, en particular las destinadas a favorecer la
              entrada de nuevas palabras en el idioma, esta parte tiene el mérito de adelantar
              argumentos y clichés luego largamente esgrimidos por defensores de Góngora, como es el
              caso de considerar falaces las críticas de quienes dicen no entenderlo y sin embargo
              lo juzgan.</p>
            <p>Llegamos así a la que consideramos tercera parte, que constituye el comentario o
              anotaciones, donde pasa revista a un total de veintiséis <hi rend="i">loci</hi> de la
                <hi rend="i">Soledad</hi> primera (basándose en la versión más primitiva del Ms.
              Rodríguez-Moñino, como ya quedó señalado). Los pasajes comentados, aunque distintos en
              extensión, pues van desde sintagmas inferiores a un verso hasta una cita de 14 versos
              (anotación [16]), son normalmente breves y tienen un recorrido que llega al verso 634
              (de los 779 que contenía la <hi rend="i">Soledad</hi> primera en el Ms.
              Rodríguez-Moñino). Las anotaciones son escuetas y en general, no sólo poco
              aclaratorias, sino que tienden a confundir con enrevesadas explicaciones el texto que
              pretenden ilustrar (anotaciones [1], [5], [9], [16]…). En ocasiones hay de base una
              mala comprensión del texto, que también adolece de lecturas erróneas (atribuibles a
              Almansa o al copista<note place="bottom">Para pormenores sobre estos extremos, véase
                apartado 9. «Un único testimonio manuscrito».</note>), llegando al auténtico dislate
              en algún momento (anotación [21]). Las aclaraciones sobre mitos, leyendas o topónimos
              son elementales y las exégesis con frecuencia pedestres, sin excluir alguna dedicada
              simplemente a exaltar los logros poéticos ([13]).</p>
            <p>Tras las 26 anotaciones concluye la parte central de las <hi rend="i"
                >Advertencias</hi>, que se cierran con dos posliminares: un colofón, en el que
              intenta justificar la ausencia en aquellas de temas de tanta envergadura como las
                traducciones<note place="bottom">Tras de lo cual se esconde una estratagema: véase
                el epígrafe 1.2 «Defensa y no apología» y la <ref
                    xml:id="ref49" target="ref50">n. 328</ref>.</note> y donde proclama
              ridículamente sus logros («…parece he penetrado el pensamiento del autor, con más
              razón creeré no haber dudado nadie de su inteligencia») y la aparatosa despedida del
              dedicatario duque de Sessa.</p>
          </div>
          <div>
            <head>4.2. Partes del texto y competencia autorial </head>
            <p>Leyendo el texto de las <hi rend="i">Advertencias</hi>, lastrado por una sintaxis
              insufrible, se observa un distinto nivel de competencia autorial en las distintas
              partes antes consideradas. Desde mi punto de vista en las <hi rend="i"
                >Advertencias</hi> pueden distinguirse claramente dos manos, o dicho con más
              propiedad, dos procedencias: una del magín exclusivo de Almansa y Mendoza, y otra que
              parece recoger de otro sitio. Esta posibilidad se evidencia particularmente en la que
              he denominado segunda parte, donde se recogen los argumentos de mayor enjundia
              doctrinal y crítica en defensa de Góngora, bastante cabalmente expuestos, en la
              ordenación de los contenidos y en la secuencia prosística, en comparación con el
              resto. Da toda la impresión de que Almansa recoge aquí argumentos ajenos, que incluso
              estarían ya redactados (lo que casaría con la posibilidad, ya comentada<note
                place="bottom">En el apartado 1.1 «El título y sus intenciones…».</note>, de la
              existencia de un vademécum previo).</p>
            <p>También recogería de otro sitio (probablemente el mismo anterior) algunas
              informaciones para las notas de los 26 pasajes elegidos, aunque aquí intervenga con
              más frecuencia. Por supuesto, Almansa, que habla además en primera persona, se
              presenta como el responsable último de la obra. Él organiza el texto en su conjunto,
              para lo que elabora una primera parte de declaración de intenciones y defensa a
              ultranza de Góngora, y añade los obligados preliminares y posliminares.</p>
            <p>La argamasa con la que construye ese ensamblaje de partes y la naturaleza de sus
              chocantes nexos exclamativos (del estilo de: «Cuán llana verdad sea [o es] esta…», f.
              149v, 153v) nos desvela la prosa más genuina del futuro relacionero, que se manifiesta
              en toda su evidencia en las partes de las <hi rend="i">Advertencias</hi> que le son
              propias, muy en particular en su característica mezcla de humildad y autobombo:
              «…incapaz de entender materias tan graves, y con todo, la inteligencia de estos versos
              no creo se me ha escapado en dos de ellos (f. 153v), «Aunque con nacer tan desobligado
              […], parece he penetrado el pensamiento del autor, con más razón creeré no haber
              dudado nadie de su inteligencia» (f. 158r).</p>
            <p>La peculiar prosa de Almansa no pasó desapercibida a Suárez de Figueroa, en
              particular lo hinchado de su estilo:</p>
            <quote>
              <p>Su prosa es redundante y hueca. Aboba con la prontitud del decir; sin advertir los
                que oyen a tales que hablan con ventaja, mas no a propósito, porque a propósito y
                mucho lleva grande dificultad. Válese de exquisitas palabras: <hi rend="i"
                  >condensar, retroceder, equiparar, asunto</hi>, y otras así. Huye cuanto puede los
                términos humildes, siguiendo cierta afectación ostentativa<note place="bottom"
                  >Suárez de Figueroa (1988: 306).</note>.</p>
            </quote>
            <p>Con todo, no es lo peor la ampulosidad, sino la torpeza argumentativa de una prosa
              instalada en un permanente polisíndeton que cansinamente enlaza fragmentos sin fin
              («Lo 2º oponen que usa de vocablos nuevos, y pésame que cosa tan moderna como los
              diálogos de <name type="authority">Justo Lipsio</name> no hayan visto, y si visto,
              olvidado. Y <name type="authority">Horacio […]. Y san Jerónimo…</name>»). Sintaxis
              plana que tiene escasa capacidad para desarrollar correctamente las modulaciones
              sintácticas, en las que abusa de la conjunción adversativa «sino» y de la locución
              condicional negativa «si no», no siempre bien empleadas. Todo ello contribuye a una
              frecuente ambigüedad de sentido, en la que mucho influyen forzados zeugmas y numerosos
              solecismos (algunos tan llamativos que hacen pensar en un texto deturpado por el
              copista). En definitiva, escasísima pericia expresiva para acometer una exégesis, nada
              más y nada menos, que del poema mayor de Góngora.</p>
          </div>
        </div>

        <div>
          <head>5. [Fuentes] Un erudito a la violeta</head>
          <p rend="margin noindent b"/>
          <p>Si es escasa la pericia expresiva, la formación erudita de Almansa y Mendoza brilla por
            su ausencia, aunque él la quiere disfrazar aquí y allá con el ropaje impostor de citas y
            referencias cultas. Volvemos a recordar a Suárez de Figueroa:</p>
          <quote>
            <p>Ignora totalmente los primeros rudimentos latinos; mas encomienda a la memoria con
              tan grande puntualidad las autoridades de Escritura y Evangelios, que deja asombrados
              la primera vez que le oyen a los más entendidos, juzgándole por extremo erudito en
              letras humanas<note place="bottom">Suárez de Figueroa (1988: 306).</note>.</p>
          </quote>
          <p>Nada hay <hi rend="i">stricto sensu</hi> en las <hi rend="i">Advertencias</hi> que
            remita a unas fuentes que, como cuerpo de doctrina o formación básica, sostengan las
            apreciaciones y juicios del comentarista. Son, por el contrario, mostrencos recursos los
            utilizados para adornar sus aseveraciones. Citas trasegadas, que en ocasiones son además
            de muy difícil, si no imposible, localización por la imprecisión de la referencia (se
            menciona solo al autor o a la obra en general) y/o por la brevedad de una cita literal
            que se compone de una o dos palabras, a las que añade el signo tironiano del &amp;
            (etcétera), como algo que se da por supuesto o sabido. Intentando descubrir algunas de
            las referencias contenidas en las <hi rend="i">Advertencias</hi> se tiene la impresión
            de estar desvelando enigmas o descifrando acertijos.</p>
          <p>Las citas literales expresas son realmente muy pocas: dos de san Pablo de la primera
              <hi rend="i">Epístola a los Corintios</hi> (aunque por error en una de ellas diga
            proceder de la <hi rend="i">Epístola a los Gálatas</hi>), una de la<hi rend="i">
              Poética</hi> de Horacio y otra de los <hi rend="i">Salmos</hi> de David, a las que
            podrían añadirse las supuestas literales, cuyas procedencias, por su brevedad o rareza,
            son difíciles de precisar, aunque lo hemos intentado, a saber: de una «reglilla de
            derecho», del jurista romano Javoleno Prisco, otra muy posiblemente del libro bíblico
              <hi rend="i">Ecclesiasticus</hi> y otra con algún viso de proceder del <hi rend="i"
              >Cantar de los Cantares</hi>. Varias hay que no reproducen la literalidad de una cita,
            pero sí remiten a su origen; de entre ellas se ha podido localizar una de san Agustín de
            la <hi rend="i">Enarratio in psalmum</hi> y se han indicado varias posibilidades para
            otra de Séneca; pero no es posible hacerlo en una imprecisa mención de san Teodoreto, ni
            en el caso de la referencia a san Jerónimo en el prólogo al <hi rend="i">Libro de
              Job</hi> por tratarse de una referencia errónea. Finalmente, hay que añadir que en las
              <hi rend="i">Advertencias</hi> se hacen dos vagas menciones a obras de autoridad: una
            conjunta a las <hi rend="i">Poéticas</hi> de Aristóteles, Horacio, Tasso y Minturno, y
            otra a los diálogos de Justo Lipsio.</p>
          <p>Dos aspectos son de destacar del recuento anterior. Una, de menor envergadura, es la
            evidencia de la prelación en las <hi rend="i">Advertencias</hi> de las citas sagradas
            sobre las profanas<note place="bottom">En sus posteriores Relaciones de sucesos se
              pondrá más en evidencia esa preferencia de Almansa por las citas y referencias sacras.
              Recordemos al respecto la frase cargada de sorna de Góngora en carta a Paravicino de
              1624: «Mucho holgaría que el Carpio y Córdoba hubiesen cumplido con sus obligaciones
              en el servicio y festejo de Su Majestad. Depáreme Dios un Andrés de Mendoza que lo
              refiera sin tantos testimonios de santos» (para contexto y referencia de la cita véase
                <ref xml:id="ref51" target="ref52">n. 39</ref>). </note>.
            Y otra, de mayor importancia, es señalar que el clima erudito que se derivaría de esa
            presencia de autoridades es pura apariencia, pues el calado de las citas en el texto es
            anecdótico y superficial al no servir de sostén a sus razonamientos y, por tanto, no
            alcanzar la condición de fundamento o doctrina básica de los mismos.</p>
          <p>La pátina culta con que se presenta el texto deriva de lugares comunes que, si bien
            originariamente procedían de fuentes cultas, forman finalmente parte de una cultura
            mostrenca de fábulas, leyendas y tradiciones apócrifas (osa y crías, gritos del león,
            zorra y uvas, etc.), sin pasar por alto las obligadas notas mitológicas de un comentario
            gongorino (Acteón, Arión…). En definitiva, imitar comportamientos de un comentario
            erudito. La cuestión está en que el de Almansa no lo es: escrito por alguien ajeno a la
            cualificación requerida, con un fin pragmático y al eco de unas instrucciones o
            consignas programáticas previas, que serían, en definitiva, sus verdaderas fuentes.</p>
        </div>
        <div>
          <head>6. [Conceptos debatidos] Debut de las cuestiones centrales de la polémica: género
            literario, neologismos, oscuridad y Góngora poeta de burlas</head>
          <p>El mayor de los méritos del escrito de Almansa y Mendoza fue que puso por primera vez
            negro sobre blanco algunas de las cuestiones que a poco se iban a convertir en las
            claves de la polémica. Los argumentarios en contra de los procedimientos empleados por
            Góngora en su poema mayor ya circulaban <hi rend="i">sotto voce</hi> y a combatirlos
            sale dispuesto el relacionero investido de campeador: «quiero salir al campo a defender
            un torbellino de pareceres y objetos […] que la ventolera de algunos con título de
            doctos, curiosos y valientes ingenios han levantado contra las <title>Soledades</title>
            del sacro genio don Luis de Góngora».</p>
          <div>
            <head>6.1. La cuestión del género</head>
            <p>Comienza Almansa por atajar la cuestión del género de poema, para él lírico y no
              heroico como quieren los oponentes: «Dicen lo primero […] que debía el
                <title>Polifemo</title> ser poesía lírica y las <title>Soledades</title> heroica, y
              que cambió los modos». En pocas líneas despacha un asunto de tanta enjundia, líneas
              que, por escasas –y aun rudas y toscas–, no dejan de traslucir unas fuentes bien
              aseguradas: las que la tradición preceptiva de raigambre aristotélico-horaciana había
              ido diseñando durante todo el siglo XVI, primero en Italia y luego en España. De
              hecho, Almansa se pertrecha con la mención explícita de Aristóteles y Horacio.</p>
            <p>La definición, bastante bizarra, que da de las <hi rend="i">Soledades</hi> como «una
              silva de varias cosas en la soledad sucedidas, cuya naturaleza adecuadamente pedía la
              poesía lírica para poder variar el poeta» va arropada con cuatro imprescindibles
              –aunque a todas luces insuficientes– apuntes para poder adscribir el poema a dicho
              género; dos de ellos al resguardo de Aristóteles: 1/ condición de «obra suelta» (lo
              que le acerca a la estirpe de la ditirámbica antigua), 2/ «indeterminada materia»,
              regida por un principio de variedad («poder variar el poeta»); y otros dos de mayor
              novedad, y menos rancios por ello, a pesar de que repita argumentos comunes en las
              preceptivas del tiempo: 3/ libertad métrica («la lengua castellana no tiene
              determinado qué poesía [verso] convenga a unas materias más que a otras») y 4/ uso de
              «voces blandas» en el nivel elocutivo («con mudar los estilos los inclinamos a
              cualesquiera discursos: si heroicos, llenar de voces graves el verso en la igualdad de
              su cadencia, y si líricos, de voces blandas»).</p>
            <p>Salta a la vista que semejante apuntalamiento poco o nada sirve para delimitar
              genológicamente el poema de Góngora, un poema que rompe los moldes incluso en la
              propia definición de Almansa: «una silva de varias cosas en la soledad sucedidas…».
              Pero en la mención de aquellas características el relacionero, o más bien su
                oráculo<note place="bottom">Véanse los apartados 0. «Los oráculos de Lope» y 1.1 «El
                título y sus intenciones…».</note>, era deudor de unas teorías preceptivas que
              pretendían justificar la existencia del género de la lírica encorsetándola a cualquier
              precio en la tradición aristotélico-horaciana para justificar teóricamente su
                existencia<note place="bottom">De ese contexto preceptivo me he ocupado más por
                extenso en otro lugar (López Bueno 2005). Por lo demás, para este asunto son
                fundamentales los trabajos de García Berrio (1977 y 1980), Guerrero (1998) y el
                volumen coordinado por Vega y Esteve (2004).</note>.</p>
            <p>Entre los siglos XVI y XVII, particularmente en el primero y en Italia, se elabora
              una enjundiosa teoría poética que atiende de modo prioritario a la cuestión esencial
              de los llamados hoy géneros literarios y entonces «especies de la poética». Para la
              lírica, se trataba de establecer una doctrina que compensara la escasísima atención
              teórica que la tradición antigua (vale decir la <hi rend="i">Poética</hi> de
              Aristóteles y el <hi rend="i">Ars poetica</hi> de Horacio) le había dispensado y que
              contrastaba sobremanera con el brillantísimo cultivo contemporáneo del género desde el
              Petrarca en vulgar. La historia de ese empeño teórico renacentista –fundamentalmente
              italiano, como digo– pasa por una cada vez más nítida organización tripartita de la
              materia literaria en géneros o especies, en la que la poesía lírica tuvo que abrirse
              un trabajoso hueco al lado de sus hermanas “mayores”, la poesía dramática
              –especialmente la tragedia– y la epopeya. Ejemplo palpable de tal universo tripartito
              es la organización del fundamental tratado –porque canoniza la preceptiva en vulgar–
              de Antonio Sebastiano Minturno, <hi rend="i">L’Arte Poetica</hi><note place="bottom"
                >Antonio Sebastiano Minturno, <hi rend="i">L’Arte Poetica</hi>, 1564. El mismo autor
                había realizado previamente una reflexión teórica sobre las letras latinas y en
                latín en el tratado que tituló <hi rend="i">De poeta</hi>, 1559. Poéticas en vulgar
                anteriores a la de Minturno, como las de Trissino o Daniello, luego aludidas, además
                de más breves, resultan menos estructuradas en su conjunto respecto a la
                tripartición genérica.</note>, que dedica los tres primeros libros respectivamente a
              la épica, a la escénica y a la lírica, reservando el cuarto a las cuestiones generales
              de la poética.</p>
            <p>Para el establecimiento de esa organización tripartita (o a veces cuatripartita, si
              se diferenciaba entre tragedia y comedia) en la que la poesía lírica tenía su lugar,
              se barajaron varias opciones, siempre dentro de los cauces marcados por la tradición
              preceptiva, pero fundamentalmente dos: los operativos dispuestos en la <hi rend="i"
                >Poética</hi> de Aristóteles para realizar la <hi rend="i">mímesis</hi>, y, dentro
              de ellos el <hi rend="i">modo</hi> de imitación (reservándose para la lírica, no sin
              discrepancias, el modo narrativo o <hi rend="i">exegemático</hi>), y la organización
              retórica basada en la teoría de los estilos o <hi rend="i">genera dicendi</hi>
              (reservándose para la lírica, no sin contradicciones, el estilo medio). Más difícil
              resultó dictaminar el objeto de un género cuya sofisticación y variedad requería
              laboriosas justificaciones preceptivas, la más airosa de las cuales fue la teoría del
                <hi rend="i">concepto</hi>. Y al tiempo de todo ello, hubo de justificarse para la
              poesía lírica el <hi rend="i">prodesse</hi> con argumentos finos e ingeniosos en un
              marco poco proclive a la “gratuidad” imaginativa<note place="bottom">«The first
                problem of Renaissance criticism was the justification of imaginative literature»,
                dice el inicio del clásico estudio de Spingarn sobre la teoría literaria
                renacentista (Spingarn 1976: 3).</note>, pues ni evidenciaba la finalidad purgativa
              o catártica de la tragedia, ni manifestaba la ejemplaridad de la épica.</p>
            <p>Como sabemos, la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles fijó su objetivo en
              analizar cómo los discursos ficcionales o artísticos realizan la <hi rend="i"
                >mímesis</hi>, disponiendo para ello tres procedimientos, <hi rend="i">medios,
                objetos</hi> y<hi rend="i"> modos</hi>, cuya combinatoria sería diferente según la
              especie de poesía de la que se tratase<note place="bottom">«La epopeya y la poesía
                trágica, y también la comedia y la ditirámbica, y en su mayor parte la aulética y la
                citarística, todas vienen a ser, en conjunto, imitaciones. Pero se diferencian entre
                sí por tres cosas: o por imitar con medios diversos, o por imitar objetos diversos,
                o por imitarlos diversamente y no del mismo modo» (Aristóteles, ed. de García Yebra,
                1988: 127).</note>. De resultas de ese sistema la lírica quedó en una manifiesta
              orfandad: en cuanto a los <hi rend="i">medios</hi> (<hi rend="i">ritmo, lenguaje</hi>
              y <hi rend="i">armonía</hi><note place="bottom">Que con manifiesta ambigüedad luego
                menciona como <hi rend="i">ritmo, canto</hi> y <hi rend="i">verso</hi> (Aristóteles
                1988: 128 y 130).</note>), porque el esquematismo de su mención apenas alumbraba
              nada sobre el aspecto elocutivo tan esencial en el género<note place="bottom">Sobre el
                lenguaje como base sustancial del arte poética, poco dice Aristóteles: el capítulo
                20 –para algunos espurio–, dedicado a <hi rend="i">Las partes de la elocución</hi>
                (elemento, sílaba, etc.) no entra en ninguna consideración sobre el nivel artístico
                del lenguaje. Sí lo hace, pero muy brevemente, en el 22 sobre <hi rend="i">La
                  excelencia de la elocución</hi>, que consiste en que «sea clara sin ser baja»,
                para lo cual el mecanismo preferente es la metáfora. Todavía dos capítulos más
                adelante, y aunque a propósito de la epopeya, hace una afirmación que tendrá
                ponderada importancia en la teoría de la lírica: «La elocución hay que trabajarla
                especialmente en las partes carentes de acción y que no destacan ni por el carácter
                ni por el pensamiento; pues la elocución demasiado brillante oscurece, en cambio,
                los caracteres y los pensamientos» (Aristóteles 1988: 224-225). Los ecos de esta
                última frase se escucharán en multitud de pronunciamientos clasicistas –y por ende
                antigongorinos– de la polémica y por extensión del siglo XVII.</note>; en cuanto a
              los <hi rend="i">objetos</hi>, la absoluta indefinición –aun cuando se quisiese
              identificar con la ditirámbica– se manifestó no solo en la inconcreción sobre los
              imitados (la tragedia imitaba a hombres esforzados o mejores, la comedia a los de baja
              calidad o peores, en tanto en los ditirambos y nomos se podía indistintamente ensalzar
              o ridiculizar), sino sobre todo en que la poesía lírica carecía de acción y por ello
              no tenía propiamente <hi rend="i">fábula</hi>; y respecto de los <hi rend="i"
                >modos</hi> (es decir, el grado de intervención o presencia de la voz del autor), la
                <hi rend="i">Poética</hi> aristotélica solo establecía una oposición entre poesía
              épica y poesía dramática, y dentro de la primera otra polaridad entre dos formas o
              modos de poemas épicos<note place="bottom">«Con los mismos medios es posible imitar
                las mismas cosas unas veces narrándolas (ya convirtiéndose hasta cierto punto en
                otro, como hace Homero, ya como uno mismo y sin cambiar), o bien presentando a todos
                los imitados como operantes y actuantes» (Aristóteles 1988: 133).</note>.</p>
            <p>Esta doble oposición aristotélica a partir del <hi rend="i">modo</hi> de imitación
              fue interesadamente utilizada cuando en el Renacimiento se precisó de un estatuto para
              la floreciente lírica en pie de igualdad con los otros dos géneros mayores. A partir
              de aquella oposición se justificó un triple desglose genérico, en el que la poesía
              ditirámbica –y por ende la lírica a ella asimilada– se distinguía en su <hi rend="i"
                >modo</hi> porque sólo hablaba el poeta y no otros; así aparece ya en el primero de
              los grandes comentarios aristotélicos, el de Francesco Robortello <hi rend="i">In
                librum Aristotelis De Arte Poetica Explicationes</hi>:</p>
            <quote>
              <p><hi  rend="i">Primus imitandi modus est, qualis visitur in tragoedia,
                  et comoedia. Secundus est, qualis olim fuit in poesi dithyrambica, nam in ea,
                  omnia narrabat ipse poeta, neque alios faciebat loquentes. Tertius modus est qui
                  conflatur ex superioribus duobus, qualis in epico, seu heroico poemate
                  cernitur</hi><note place="bottom">Francesco Robortello, <hi rend="i">In librum
                    Aristotelis de arte poética explicationes</hi>,1548: p, 25.</note>.</p>
            </quote>
            <p>Al tratado aristotélico la preceptiva renacentista vinculó indisolublemente la <hi
                rend="i">Epistula ad Pisones</hi> de Horacio, que desde Quintiliano se conoce como
                <hi rend="i">Ars poetica</hi>. Su gran rentabilidad para la posteridad de la poética
              occidental radica sobre todo en el juego de las parejas antagónicas <hi rend="i"
                >docere-delectare, ars-ingenium</hi> y <hi rend="i">res-verba</hi><note
                place="bottom">Los tres binomios y su amplísima repercusión fueron estudiados con
                enjundia por García Berrio (1977 y 1980).</note>. Esta última posibilita las
              correspondencias exigibles por el <hi rend="i">ordo</hi> o decoro artístico, a cuyo
              respecto establece Horacio unas distinciones formales para la poesía latina (el verso
              heroico para las hazañas, el dístico elegíaco para las quejas, el yambo para las
              manifestaciones de ira o rabia y también para el diálogo dramático), que cierra con
              esta referencia al verso lírico de signo celebrativo (alabanza de dioses y héroes, de
              triunfos deportivos, canto de festejos juveniles y del vino) en los versos 83-85 del
                <hi rend="i">Ars</hi>:</p>
            <quote rend="i">
                <l>Musa dedit fidibus diuos puerosque deorum</l>
                <l>et pugilem uictorem et equom certamine primum</l>
                <l>et iuuenum curas et libera uina referre. </l>
            </quote>
            <p>A forjar una teoría de la lírica que fuera rellenando los muchos huecos que dejaba la
              preceptiva clásica y que al mismo tiempo, y sobre todo, se acomodara a la exuberante
              producción en vulgar<note place="bottom">Producción en vulgar que mucho distaba de los
                comportamientos formales de la lírica latina, por lo que para la asimilación de la
                poesía moderna con la antigua los preceptistas del Renacimiento hubieron de salvar
                la enorme diferencia que las separaba, incurriendo con frecuencia en un forzoso
                ejercicio de anacronismo. Como indica acertadamente G. Guerrero: «si es posible
                efectuar la transferencia global y a menudo indiscriminada de las categorías
                poéticas antiguas a las literaturas romances, es porque, en el proceso de
                apropiación de la herencia conceptual de la Antigüedad, se pasa por alto la otredad
                de lo antiguo, su esencial diferencia» (1998: 63).</note>, se aplicaron con
              instrucción y denuedo muchos nombres importantes a lo largo del Quinientos italiano,
              desde Giovan Giorgio Trissino, que en 1529 publica su <hi rend="i">Poetica
                I-IV</hi><note place="bottom">Tanto este tratado como los italianos que se citan a
                continuación están incluidas en los 4 vols. de la monumental antología de Weinberg
                (1970-1974). Al mismo autor se debe una imprescindible historia de la preceptiva
                italiana renacentista: Weinberg (1961).</note>, hasta 1594, cuando la lírica merece
              un tratado exclusivo en el de Pomponio Torelli, <hi rend="i">Trattato della poesia
                lirica</hi>, siete lecciones leídas en 1594 en la <hi rend="i">Accademia degli
                Innominati</hi> de Parma, pasando por otros importantes como el de Bernardino
              Daniello, <hi rend="i">Della Poetica</hi>, 1536 y las fundamentales <hi rend="i"
                >Lezioni intorno a la poesia</hi> (leídas en 1573 y publicadas en 1581) de Agnolo
              Segni, que incluían el gran avance de «i concetti de la mente» como objeto de
              imitación de la lírica («i costumi, le passioni de l’animo, i concetti de la
                mente»<note place="bottom">Weinberg (1970-1974: III, 95). </note>). Todas estas
              preceptivas italianas tenían en común una gran atención a los comportamientos de la
              poesía italiana contemporánea, que traslucía ya el propio título del imprescindible
              tratado de Minturno de 1564, <hi rend="i">L’Arte Poetica […] nella quale si contengono
                i precetti heroici […], con la doctrina de’ sonetti, canzoni et ogni sorte di Rime
                Toscane, doue s’ insegna il modo che tenne il Petrarca nelle sue opere…</hi></p>
            <p>No fue precisamente la atenta mirada a la realidad poética del entorno lo que
              caracterizó a la preceptiva española. Porque, al margen de la obligada referencia a
              esa realidad por parte de las artes versificatorias (como el <hi rend="i">Arte poética
                en romance castellano</hi>, 1580, de Sánchez de Lima o el <hi rend="i">Arte poética
                española</hi>, 1592, de Díaz Rengifo), la teoría preceptiva propiamente dicha vivió
              en la absoluta inopia. Para confirmarlo basta leer las páginas que Alonso López
              Pinciano dedica al asunto en su <hi rend="i">Philosophía antigua poética</hi> de 1596.
              En la epístola décima, «De la especie de poética dicha dithirámbica» (título que
              testimonia la estirpe aristotélica que cobija sus argumentos) lo que le interesa en
              verdad es demostrar que la lírica contemporánea cumple los requisitos propios de la
              imitación que correspondían a la ditirámbica antigua (imitación hecha con lenguaje,
              música y tripudio juntamente), entrando para ello, y a la vista de que la moderna
              lírica no sólo canta loores a Baco, en unas insípidas y estériles disquisiciones sobre
              si la lírica se correspondería entonces con la moderna zarabanda.</p>
            <p>Sí nos interesan más las observaciones del Pinciano sobre el objeto de imitación de
              la poesía lírica (para lo que sigue la tradición de los v. 83-85 del <hi rend="i"
                >Ars</hi> horaciano), sobre la naturaleza de su estilo y sobre la variedad de su
              metro:</p>
            <quote>
              <p>[Su] materia eran amores, alabanzas de hombres y mujeres […]. Contiene más: quejas,
                hechos, deshechos y, en suma, negocios, convites y cosas ansí desta manera […]. Su
                estilo es mediano, mas que se avecina a la grandeza trágica; demanda frecuencia de
                sentencias; el metro vario mucho, porque admitía todo género de pies en los griegos
                y latinos…<note place="bottom">López Pinciano (1998: 435).</note>.</p>
            </quote>
            <p>En la misma línea aristotélico-horaciana, pero con más tino, viene a caracterizar la
              poesía lírica el otro importante preceptista del tiempo, Francisco de Cascales en sus
                <hi rend="i">Tablas poéticas</hi> (escritas en los primeros años del siglo y
              publicadas en 1617). Esta poesía, a la que llama indistintamente <hi rend="i"
                >lírica</hi> o <hi rend="i">mélica</hi>, y a la que dedica la última de sus tablas,
              es:</p>
            <quote>
              <p>Imitación de qualquier cosa que se proponga, pero principalmente de alabanzas de
                Dios y de los santos, y de banquetes y placeres reducidas a un concepto lýrico
                florido. Horacio: «La musa manda en lýricas canciones/ cantar los altos dioses,
                semideos,/ al bravo vencedor, al más ligero/ cavallo, los cuydados, los amores/ de
                mancebos, las fiestas y banquetes». Y essas cosas, que guarden unidad y conviniente
                grandeza y sean celebradas en suave y florido estilo, en qualquiera de los tres
                modos: exegemático, dramático, misto<note place="bottom">Cascales (1975: 231). Los
                  versos que Cascales traduce de Horacio son los antes citados 83-85 del <hi
                    rend="i">Ars poetica</hi>.</note>.</p>
            </quote>
            <p>En tan pocas palabras quedan resumidas sincréticamente todas las tradiciones en que
              se apoya: la generalización, proveniente de Horacio, en cuanto a la materia u objeto
              de imitación, la caracterización elocutiva de la poesía lírica por el estilo
                «florido»<note place="bottom">Como veremos a continuación, se trata de un lugar
                común en la tradición retórica y que tiene mucho que ver con Torquato Tasso, a quien
                Cascales sigue tanto en esto como en su teoría del <hi rend="i">concepto</hi>. Cf.
                García Berrio (1968 y 1975: 379-403).</note> y su falta de delimitación en cuanto al
                <hi rend="i">modo</hi> de imitación o intervención de las voces (el poeta y otros)
              en el texto. Pero en lo que la teoría de Cascales presenta un gran interés es en su
              teoría del <hi rend="i">concepto</hi> como base de la imitación lírica:</p>
            <quote>
              <p>Si queremos buscar alguna parte en el lýrico que corresponda proporcionalmente a la
                fábula de los épicos y trágicos, no podremos aplicar otra sino los conceptos;
                porque, assí como los afectos y costumbres se apoyan y estriban en los conceptos, y
                assí como en aquellos poemas su alma y forma es la fábula, assí diremos que en el
                lýrico el alma y la forma son los conceptos<note place="bottom">Cascales (1975:
                  234).</note>.</p>
            </quote>
            <p>Tras estas puntualizaciones, Cascales establece la diferenciación épica/lírica en
              base a la modulación estilística en sus respectivos conceptos: «El concepto del épico
              es grave y magnífico; el concepto del lýrico es florido y ameno, y esta amenidad
              próximamente nace del concepto, y remotamente de la elocución»<note place="bottom">
                Ibíd.: 235. Semejantes equiparaciones (que remiten en última instancia a la teoría
                ciceroniana de los tres estilos –alto, medio y bajo– o <hi rend="i">genera
                  dicendi</hi>), sitúan a Cascales en la órbita inequívoca de Torquato Tasso, punto
                de partida inexcusable para el engranaje genéros <hi rend="i">vs.</hi> estilos: «Tre
                sono le forme de’stili magnifica ò sublime, mediocre, et humile, delle quali la
                prima è conueneuole al Poema Heroico per due ragioni […]. Lo stile del Lirico poi se
                bene non così magnifico come l’Heroico, molto più deue essere fiorito, et ornato, la
                qual forma di dire fiorita, (come i Retorici affermano) è propria della mediocrità.
                Fiorito deue essere lo stile del Lirico….» (Tasso 1587: 24v-25). Casi a la letra lo
                repetirá el español Cristóbal de Mesa en 1607: «Hay tres estilos, alto, mediano,
                ínfimo;/ vsa el sublime el épico y el trágico,/ y es el humilde siempre propio al
                cómico,/ y assí queda el mediano para el lírico,/ que con dezir florido, ornado,
                plácido,/ ya en epigrama, ya en elegía o égloga,/ ya en capítulo, sátira o epístola»
                (Mesa 1607: 150).</note>.</p>
            <p/>
            <p/>
            <p>El repaso de estas consideraciones preceptivas sobre la lírica (indeterminación
              temática, variedad métrica y orientación estilística hacia el estilo mediano,
              caracterizado como «florido» a partir de Tasso) nos llevan de retorno al texto de
              Almansa, que sigue lo preceptuado en todos los puntos:</p>
            <quote>
              <p>Demás que la lengua castellana no tiene determinado qué poesía convenga a unas
                materias más que a otras, si no es en las que son naturales nuestras, como en la
                copla castellana y arte mayor. Porque los versos que de Italia hemos tomado
                endecasílabos, en que generalmente se escribe, con mudar los estilos los inclinamos
                a cualesquiera discursos: si heroicos, llenar de voces graves el verso en la
                igualdad de su cadencia, y si líricos, de voces blandas (f. 150r-150v).</p>
            </quote>
            <p>Pero lo cierto es que tales consideraciones apenas aclaraban algo cara al poema
              gongorino, al que inútilmente se quería hacer entrar por el agujero estrecho de unas
              normas estereotipadas, pues la variedad invocada por Almansa en forma de
              «indeterminada materia», en consonancia con la preceptiva sobre la poesía lírica, nada
              tenía que ver con el principio de variedad “esencial” que regía las <hi rend="i"
                >Soledades</hi>, por él mismo definidas como «una silva de varias cosas en la
              soledad sucedidas». La misma utilización del término <hi rend="i">silva</hi> pone en
              la pista de novedosos horizontes por su riqueza polisémica. Por una parte evoca el
              significado de un conjunto o colección de materias y temas diversos (normalizado desde
              la <hi rend="i">Silva de varia lección</hi>, 1540, de Pedro Mexía), lo que venía al
              pelo para el sucederse de escenarios y situaciones del poema gongorino. Por otra
              parte, el uso resultaba inexcusable para la determinación formal del poema por su
              marca métrica, como silva que era<note place="bottom">Bien que con implicaciones
                complejas, porque la silva métrica en buena medida quedaba modificada en el propio
                texto gongorino para convertirla en silva-poema (véase López Bueno 1991: 6-7 y <hi
                  rend="i">passim</hi>). La importancia de la forma métrica determina el título que
                puso Manuel Ponce en la portada de sus comentarios: <hi rend="i">Silva a las
                  Soledades</hi>, interpretando, como parece lo correcto a la vista del resto del
                título (<hi rend="i">Silva a las Soledades de don Luis de Góngora. Con anotaciones y
                  declaración por Manuel Ponce, y un discurso en defensa de la novedad y términos de
                  su estilo</hi>) que <hi rend="i">silva</hi> era la manera en que denominaba al
                poema de Góngora.</note>. Pero es que, aún más, el término <hi rend="i">silva</hi>
              permitía claves en la interpretación del poema en tanto se identificaba con <hi
                rend="i">selva</hi> (como puede observarse por la sencilla remisión de Covarrubias:
              «SILVA. <hi rend="i">Vide</hi> selva» y, más concretamente, en las propias <hi
                rend="i">Advertencias</hi>, cuando más abajo Almansa utiliza el sintagma «silvas y
              soledades» como elementos sinónimos definitorios de un tipo determinado de poema) y, a
              su vez, la <hi rend="i">selva</hi> se venía haciendo intercambiable en la tradición
              petrarquista con la <hi rend="i">soledad</hi> (en la «soledad amena» de Garcilaso o en
              la «soledad confusa» de Herrera). Salcedo Coronel se percató muy bien de todo ello y
              así dice al principio de su comentario: «Este Poema que don Luis intitula Soledades
              (por el assunto o por el verso) es un género de composición que los Latinos llamaron
              Silua […]. Presumo que don Luis quiso que esta voz <hi rend="i">Silua</hi>
              correspondiesse <hi rend="i">Soledad</hi> en nuestra lengua, y no impropiamente, pues
              si la silua significa en Castellano selua o bosque, ¿qué cosa más solitaria?»<note
                place="bottom">Salcedo Coronel, <hi rend="i">Soledades de Don Luis de Góngora,
                  comentadas por … Dedicadas al Ilmo. y Nobilísimo Sr. Don Juan de Chaves y
                  Mendoza</hi>, 1636: f. 1r-v.</note>.</p>
            <p>Las <hi rend="i">Soledades</hi> eran una silva-poema novedosísimo en su forma y en su
              contenido. Su composición obedecía a un profundo polimorfismo que escapaba a cualquier
              clasificación, por lo que los comentaristas acudieron para encuadrarlas a un amplio
              abanico de géneros, que abarcaba desde la bucólica hasta la narrativa a lo Heliodoro.
              A pesar de esta evidencia, parece que hubiera en los comienzos de la polémica por
              parte de los partidarios de Góngora una especie de consigna de considerarlas como
              poema lírico, claramente observable en las <hi rend="i">Advertencias</hi>, consigna a
              la que se sometieron –aunque dubitativos– críticos bienintencionados como Pedro de
              Valencia y el abad de Rute. Muy elocuente de esa duda es observar la variación que
              Pedro de Valencia introduce a este respecto entre la primera redacción de su carta y
              la segunda, tenida por definitiva<note place="bottom">Cf. Pérez López (1988).</note>,
              donde suprime lo que consideraría un corsé genérico inadecuado: «En las materias i
              poesías más graves –dice en la primera– […] reconozco la misma loçanía i excelencia
              del ingenio de v. m., que en qualquiera género de compostura se levanta sobre todos, i
              señaladamente en lo lírico de estas <hi rend="i">Soledades</hi>…»<note place="bottom"
                >Pérez López (1988: 60).</note>; mientras en la segunda versión escribe «Este mismo
              sentimiento tengo en las poesías de argumentos más graves […], que también en ellas
              reconozco la excelencia i loçanía del ingenio de v. m., que se levanta sobre todos,
              señaladamente en estas <hi rend="i">Soledades</hi>…»<note place="bottom">Pérez López
                (1988: 74).</note>. En cambio el abad de Rute, más dubitativo en su <hi rend="i"
                >Parecer</hi> («…un poema, cuando no lírico, de materia humilde, bucólico…»<note
                place="bottom">Elvira (2015: 1614_parecer).</note>), al girar hacia una decidida
              defensa gongorina en su posterior <hi rend="i">Examen del Antídoto</hi>, sigue las
              pautas de lo que parece indicación programática, pues, tras repasar que no es poema
              dramático, ni épico, ni romance [es decir, <hi rend="i">romanzo</hi>, al estilo de
              Ariosto, Tasso o Alamanni], ni bucólico, concluye: «Porque introduce a todos los
              referidos es necesario confesar que es Poema que los admite y abraza a todos: quál sea
              este, es sin duda el Mélico o Lýrico»<note place="bottom">Artigas (1925: 424).
              </note>.</p>
            <p>En el vaivén entre adscripción al género lírico –con argumentos en general más
              acartonados– y polimorfismo genérico –con argumentos más brillantes– se movieron los
              siguientes comentaristas (buena prueba de lo primero da el autor de la <hi rend="i"
                >Soledad primera ilustrada y defendida</hi><note place="bottom">«Qué género de poema
                sea éste no es fácil de averiguar por no ser épico, ni dramático, ni bucólico,
                pienso es mélico o lírico, conforme a la naturaleza que le dan Scalígero y Minturno,
                en el libro 5, tomándolo de Horacio en su <hi rend="i">Arte</hi>, sin embargo de que
                es más largo de lo que sufre lo lírico antiguo, porque, como se ha dicho, el poeta
                imitando así algo de nuevo» (Osuna 2008: 137-138).</note>, y de lo segundo Díaz de
              Rivas en sus <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi><note place="bottom">«Y siendo el
                estilo sublime, con todo eso, con decoro se acomoda el Poeta a las materias que
                trata con suma variedad. Así en la descripción de las navegaciones a las Indias
                imita en las palabras y espíritu del verso lo bravo, grande e hinchado del mar, y lo
                inmenso del ardimiento y brío de los que intentaron aquella navegación. En el
                Epitalamio se acomoda al sujeto en la blandura, suavidad y elegancia. En el Episodio
                en alabanzas de la vida rústica unas veces usó de hinchazón de espíritu […], ya
                abate los bríos para significar la quietud y humildad […] Con todo eso, aun en
                materias humildes, por guardar el fin del asunto, la sublimidad, no desmaya y guarda
                un mismo tenor, huyendo del estilo plebeyo» (Gates 1960: 52; modernizo
                grafías).</note>), montando entre unos y otros el argumentario de una de las
              cuestiones capitales de la polémica<note place="bottom">Debate este del género que se
                mezcló con el paralelo en torno a los dos estilos o épocas de Góngora. Tres décadas
                después, el brillante <hi rend="i">Discurso sobre el estilo de don Luis de
                  Góngora</hi> de Vázquez Siruela ofrece respuesta a ambas polémicas al defender la
                unidad de la obra gongorina, por más que pasara de «los versos líricos de cantidad
                corta» a «aquellos partos heroicos, que como admiraron a unos, así en otros causaron
                notable turbación» (Artigas 1925: 384; modernizo grafías. También Yoshida
                1995).</note>, sacada a relucir en primer lugar por Almansa y Mendoza. Y lo chocante
              y curioso es que este defensor apasionado coincida en sus planteamientos con teorías
              “ortodoxas” por clasicistas, como las de Cascales, declarado enemigo de Góngora.
              Sucede que, como sabemos, ni siquiera la mayoría de los partidarios, amigos y
              simpatizantes, teóricos o comentaristas, estando –como estaban– anclados en
              tradiciones preceptivas legitimadas por la tradición aristotélico-horaciana, supieron
              encajar la novedad gongorina y valorarla en sus justos términos.</p>
          </div>
          <div>
            <head>6.2. A vueltas con la oscuridad: razones léxicas y sintácticas</head>
            <p>Tras la cuestión del género aborda Almansa la tarea de contrarrestar el gran reproche
              a Góngora: su oscuridad. Para ello organiza sus argumentos en torno a las dos
              objeciones principales dirigidas al poeta: «Lo 2º oponen que usa de vocablos nuevos»,
              «Lo 3º dicen que no entienden la variedad de locuciones y de oraciones partidas»; es
              decir, la oscuridad proveniente de causas léxicas o sintácticas.</p>
            <p>La defensa de los neologismos utilizados por Góngora constituye acaso el pasaje más
              lúcido de las <hi rend="i">Advertencias</hi> al reclamarse en ellas la capacidad de
              renovación y enriquecimiento de las lenguas por la adquisición de nuevos vocablos y al
              manifestar las dificultades a las que todo iniciador se debe enfrentar, valiéndose
              para ello del ejemplo paradigmático de Garcilaso. El hecho de ser las nuevas palabras
              «hidalgas de solar conocido» por su origen latino, no solo las dota de un estatuto de
              legitimidad, sino que por su utilización consigue Góngora elevar la lengua española «a
              la alteza de la latina»<note place="bottom">Sobre el alcance de esta expresión en la
                polémica, véase <ref xml:id="ref53" target="ref54">n.
                  255</ref>.</note>, ocasión que le propicia a Almansa una breve <hi rend="i"
                >laus</hi> de la lengua española: «la princesa de los idiomas, por la galantería de
              sus frasis, partición de las oraciones, verdura de las elocuciones y abundancia de
              voces».</p>
            <p>Tan decidida defensa de los neologismos por parte de Almansa se relaciona con la más
              brillante y extensa de Manuel Ponce en su <hi rend="i">Discurso en defensa de la
                novedad y términos de su estilo</hi><note place="bottom">Que forma la segunda parte
                de la <hi rend="i">Silva a las Soledades</hi> (Azaustre 2015).</note>, donde dedica
              una larga digresión a «la licencia del poeta para inventar nuevas voces y frases
              ampliando su natural idioma» (f. 101r-107v). Porque, en efecto, no sólo por las voces
              nuevas, o <hi rend="i">verba peregrina</hi>, ha enriquecido y hermoseado Góngora el
              idioma, sino también, como defiende Almansa en su siguiente punto, por «la variedad de
              locuciones y de oraciones partidas», aludiendo con ello inequívocamente, aunque de
              manera tácita, a una sintaxis extendida y compleja, que termina finalmente por
              declarar al mencionar «las paréntesis en la larga oración». De ambos usos, palabras
              nuevas y sintaxis compleja, deriva la oscuridad achacada a Góngora por los
              detractores, a los que tanto Almansa como Ponce quieren desarmar por la mendacidad de
              su proceder: «O lo entienden –dice Almansa– o no: si lo entienden, no oscuro; si no lo
              entienden, no lo juzguen». Y Ponce: «si no le entienden bien, ¿por qué le enmiendan?,
              y si le entienden, ¿por qué le culpan de oscuro?»<note place="bottom">Ponce, <hi
                  rend="i">Silva a las Soledades de don Luis de Góngora</hi>,f. 38v-39r.</note>.</p>
            <p>Lo cierto es que el argumento de la oscuridad evitable y extraña a la lengua fue
              empleado desde el principio de la polémica. Y lo fue por los bienintencionados
              censores buscados por el propio Góngora. Conocidos de sobra son los consejos de Pedro
              de Valencia para que «siga su natural, i hable […] con sencillez i claridad, con
              breves periodos i los vocablos en sus lugares, i no se vaya, con pretensión de
              grandeza i altura, a buscar i imitar lo estraño, oscuro, ageno»<note place="bottom"
                >Pérez López (1988: 77).</note>. Y las exclamaciones con exasperado gracejo, del
              abad de Rute: «No, por amor de Dios, que a la verdad es terrible cosa que en mi lengua
              materna haya yo de andar como en un Aristóteles o en un Persio, o en otro autor
              difícil griego o latino, juntando partes, construyendo y adivinando qué quiso decir en
              aquello o en eso otro»<note place="bottom">Elvira (2015: 1614_parecer).</note>.</p>
            <p>Pero la objeción a la oscuridad de Góngora conllevaba, además, al menos dos
              impugnaciones subyacentes. Una era la de su vacuidad por proceder solo de las palabras
              (contra lo que clama Almansa: «Su inteligencia, y no con oscuridad de voces, sino con
              preñados fecundísimos de conceptos…»), argumento que se convirtió en martingala
              permanente a partir de la consabida oposición que señaló Jáuregui entre la indeseable
              oscuridad y la verdadera dificultad o perspicuidad. Acaso el más demoledor fue Lope de
              Vega en su carta “anónima” de 16 de enero de 1616 cuando echa por tierra toda
              pretensión de las <hi rend="i">Soledades</hi>: «pues siendo ellas tan intrincadas y
              escabrosas, como Vm. y sus comentadores lo conocen, son tan superficiales sus
              misterios que entendiendo todos lo que quieren decir, ninguno entiende lo que
                dicen»<note place="bottom">Orozco (1973: 245).</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>6.3. “Uno y otro Góngora”</head>
            <p>La otra impugnación subyacente era la de un cambio en Góngora, que “se había vuelto”
              oscuro. A ello alude Almansa por partida doble:</p>
            <quote>
              <p>Lo 2º dicen [...] que un ingenio tan claro y que lo solía ser tanto… (f. 152r).</p>
              <p>Mas, sentido el Sr. don Luis de parecerles a algunos que aunque era único en las
                burlas, tan de veras de que el mundo estaba lleno suyas, no sabía seguir la
                eclíptica de lo heroico y levantado, y que la dulzura de su modo no había de pasar a
                la alteza lírica y heroica…(f. 153r).</p>
            </quote>
            <p>Recoge Almansa una percepción del cambio que estaba en el ambiente. Pedro de Valencia
              le había reprochado a Góngora «huir del antiguo estilo claro, liso i gracioso, de que
              v. m. solía usar con excelencia en las materias menores»<note place="bottom">Pérez
                López (1988: 76).</note>; y el de Rute le pedía: «restituya vuestra merced a su casa
              la claridad y venustidad antigua con que han salido y sido tan justamente celebradas
              por el mundo sus obras»<note place="bottom">Elvira (2015: 1614_parecer).</note>.
              Cambio de estilo que a su vez iba en relación con el nuevo registro temático-genérico
              de mayor aliento experimentado en sus poemas mayores, «en las poesías de argumentos
              más graves –decía Pedro de Valencia–, en que v. m. a querido hazer prueva estos
                días»<note place="bottom">Pérez López (1988: 74).</note>. Aunque ello tampoco
              justificara la oscuridad, pues, al fin y al cabo, diría el Abad, las <hi rend="i"
                >Soledades</hi> eran un poema «de materia humilde, bucólico» y, en todo caso, no
              trataban «misterios de religión ni profecía»<note place="bottom">Elvira (2015:
                1614_parecer).</note>.</p>
            <p>La combinatoria de ambas objeciones (dos épocas y/o dos estilos) se mantuvo
              con-fundiéndose en la crítica hacia la oscuridad resultante en ambos procesos, aunque
              los argumentos para enfrentar ese supuesto “cambio” de Góngora distaban mucho de ser
              equivalentes. Resulta imposible sintetizar un denominador común en la larga y
              poliédrica polémica, pero ateniéndonos a los momentos iniciales de la misma, los
              únicos concernidos en las <hi rend="i">Advertencias</hi>, no debe olvidarse que el
              factor impacto producido por la clamorosa novedad del poema gongorino produjo
              reacciones tan bienintencionadas y constructivas como las de Pedro de Valencia o el
              abad de Rute, que reclamaban las formas más sencillas de una poesía anterior, o tan
              demoledoras como las de Lope de Vega en sus dos cartas “anónimas”; si en la primera,
              de 13 de septiembre de 1615, en estrechísima relación causa-efecto con las <hi
                rend="i">Advertencias</hi>, el arma es la ironía (poniendo en duda
              “bienintencionadamente” que Góngora pueda ser el autor de semejante obra y no sea cosa
              de Mendoza, esto es, de Almansa), en la siguiente, de 16 de enero de 1616, la
              invectiva se expresa en términos de absoluto sarcasmo: Góngora no puede cambiar de
              estro poético aunque quiera, pues ha quedado cautivo en la esfera de lo
              cómico-ridículo como supremo poeta de burlas.</p>
            <quote>
              <p>Ya que Vm. es colérico y amigo de gozar en verso se su ingenio, pudiera contentarse
                con tener buen nombre en las obras y cosas de facecias, o pensando tratar materias
                graves no haber gastado tanto tiempo en lo primero. Y a este propósito aconseja
                Catón Senior, que no se ponga gran cuidado, ni gaste mucho tiempo en las de risa;
                porque el hombre que esto hiciese, queriendo tratar después de cosas importantes,
                también será ridículo y burlado<note place="bottom">Orozco (1973: 247). En parecidos
                  términos se expresa Jáuregui en el <hi rend="i">Antídoto</hi>: «Digno es V. m. de
                  gran culpa, pues habiendo experimentado en tantos años cuán bien se le daban las
                  burlas, quiso pasarse a otra facultad tanto más difícil y tan contraria a su
                  naturaleza, donde ha perdido gran parte de la opinión que los juguetes le
                  adquirieron» (Rico 2002: 79).</note>.</p>
            </quote>
            <p>Con los años el triunfo de Góngora acabará imponiéndose y los defensores tardíos como
              Angulo y Pulgar o Vázquez Siruela encomiarán ya decididamente y sin complejos una
              poética de la oscuridad. Así lo hará Angulo quien, al contestar la fórmula de Cascales
              de <hi rend="i">príncipe de la luz</hi> y <hi rend="i">príncipe de las tinieblas</hi>,
              romperá lanzas en favor de una continuidad en la trayectoria de Góngora<note
                place="bottom">Angulo y Pulgar, <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>, 1635, f.
                39r-41r., pero también en el conjunto de los capítulos 4 y 5 de su <hi rend="i"
                  >Epístola primera</hi>. Para el estudio y edición de las <hi rend="i">Epístolas
                  satisfactorias</hi> resulta imprescindible Daza (2016).</note>. El alegato de
              Vázquez Siruela contra los acusadores es rotundo: «Mas como no le pudieron negar su
              magnificencia en lo hablado, ni sublimidad en los pensamientos, asestaron toda la
              batería contra la obscuridad, infamándolo de ser todo tinieblas y confusión»; para
              venir a declarar: «Quisiera yo saber de dónde han colegido que es obscuridad ésta que
              reprehenden, y no antes abundancia de luz»<note place="bottom"><hi rend="i">Discurso
                  sobre el estilo de don Luis de Góngora</hi>, en Artigas (1925: 385 y 387;
                modernizo grafías. También Yoshida (1995).</note>.</p>
            <p>La aceptación seguía un camino emprendido por una línea de defensa gongorina que se
              nutrió mayormente de círculos andaluces: desde el abad de Rute en su <hi rend="i"
                >Examen del Antídoto</hi> (bien diferente de su primer <hi rend="i">Parecer</hi>),
              pasando por el anónimo autor de la <hi rend="i">Soledad primera ilustrada y
                defendida</hi> y por Díaz de Rivas en sus <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi>,
              hasta llegar a Angulo y Pulgar y a Vázquez Siruela. Línea de defensa de la oscuridad
              que tempranamente inició con brío la <hi rend="i">Silva a las Soledades</hi> de Manuel
              Ponce; y que inició también Almansa y Mendoza, aunque más a la defensiva y de manera
              mucho más torpe y más precaria.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>7. [Otras cuestiones] La primera “sociología gongorina”</head>
          <p>Como ha quedado dicho, Almansa en la primera parte de las <hi rend="i"
              >Advertencias</hi> se erige en paladín de su «padre» Góngora y echa sobre sus hombros
            la onerosa responsabilidad de salir al paso de unos detractores que considera
            insolventes, pues «hoy en esta corte» sólo catorce personas tienen verdadero
            conocimiento para hacer juicios al respecto:</p>
          <quote>
            <p>Veamos quién hoy en esta corte, exceptuando a Vuestra Excelencia, a los señores
              duques de Feria, conde de Salinas, Luis de Cabrera, el maestro Valdivieso, don Lorenzo
              Ramírez, Lope de Vega, Cristóbal de Mesa, maestro Espinel, Cristóbal Suárez de
              Figueroa, Manuel Ponce, Francisco de Rioja, el maestro Toledo y el Padre maestro
              Hortensio, pueden hablar en estas materias […]</p>
          </quote>
          <p>En el contenido de la relación<note place="bottom">Los datos biobibliográficos de cada
              uno de los mencionados, así como los motivos, reales o posibles, existentes o
              inexistentes, de su relación particular con Góngora y su poética, están considerados
              en las <ref xml:id="ref55" target="ref56">n. 214 a
              227</ref>. </note> observamos varios puntos de interés. El primero, la afición
            áulica de Almansa. Le importa sobremanera destacar la relevancia social de algunos de
            los expertos, por lo que comienza con la mención de tres nobles, cuya competencia
            literaria se da por descontada en el caso del conde de Salinas, tratándose en los otros
            dos casos –duque de Sessa y duque de Feria– de buenos aficionados y ocasionales poetas.
            Para el resto de los integrantes la competencia queda garantizada, aun considerando sus
            variados intereses profesionales: el gran historiador Luis Cabrera de Córdoba, poeta a
            la sazón, pasando por el bibliófilo, latinista y erudito, además de importante figura
            política, Lorenzo Ramírez de Prado, hasta el resto de los aludidos, todos ellos sin
            discusión figuras relevantes en la historia literaria del siglo XVII en sus varios
            géneros, a saber, Lope de Vega, José de Valdivieso, Cristóbal de Mesa, Vicente Espinel,
            Cristóbal Suárez de Figueroa, Francisco de Rioja, Luis Tribaldos de Toledo y Hortensio
            Félix Paravicino; nombres entre los que Almansa incluye a otro de relevancia menor, pero
            que ahí ocupa su sitio por ser tempranísimo comentarista y defensor de Góngora, Manuel
            Ponce.</p>
          <p>Por otra parte, en la lista vemos que junto a gongorinos decididos –en distinto orden
            de cosas– como Paravicino o Ponce, hay nombres cuya aparición en ese lugar suscita
            extrañeza por ser comulgantes con una estética en principio ajena al gongorismo, así en
            los casos de un poeta tan fiel a los principios clasicistas como Rioja o de un humanista
            como Tribaldos de Toledo, editor intencionado del también clasicista Figueroa. Ello por
            no hablar de la postura ambigua que hacia el poeta cordobés manifestó Lope de Vega. Bien
            es cierto que las proclamas antigongorinas del Fénix se sucedieron después de las <hi
              rend="i">Advertencias</hi> de Almansa (y, curiosamente, provocadas por ellas). A los
            tiempos no podría adelantarse Almansa, que tampoco podría saber de los descalificadores
            juicios que pocos años después le dedicaría Suárez de Figueroa en <hi rend="i">El
              pasajero</hi> (1617), y que a buen seguro le habrían quitado al relacionero las ganas
            de incluirle en semejante selección de notables.</p>
          <p>En principio no debería extrañarnos que la lista de Almansa no se ciña exclusivamente a
            personas proclives a Góngora, pues, de hecho y según sus palabras, su pretensión es
            mencionar a personas de criterio para enjuiciar. Sin embargo, fácil es comprender que
            Almansa tendría al tiempo la pretensión de arrimar a su causa a los mencionados para que
            sus nombres agrupados evocaran una triple y óptima condición: la de importantes
            socialmente, solventes literariamente y cercanos o defensores del gongorismo. Por eso,
            cumpliendo sobradamente las tres condiciones, llama clamorosamente la atención una
            ausencia: la de Pedro de Valencia.</p>
          <p>Parece que estamos ante una ausencia muy intencionada y no fruto de ningún olvido. En
            páginas anteriores ya se ha argumentado sobre la incidencia que censuras cultas como la
            de Pedro de Valencia habrían tenido en la formación de un estado de opinión sobre
            cuestiones como el género de las <hi rend="i">Soledades</hi>, los motivos de su
            oscuridad o los cambios en la poética gongorina, a las que contestan las <hi rend="i"
              >Advertencias</hi> de Almansa. En ese sentido, por tanto, Pedro de Valencia no podía
            ser precisamente evocado. Y la ausencia era tan llamativa que no le pasó inadvertida a
            Lope de Vega, que bien se encargó de refregársela a Góngora en la carta “anónima” de
            enero de 1616:</p>
          <quote>
            <p>Esta [perfección de nuestra lengua] se ha de verificar con hombres doctos españoles;
              aquí hay más que en otras partes, que aunque Mendoza los reduce a catorce, pudiera
              acordarse de los P. Pedrosa, Cerda, de Pedro de Valencia y otros hombres graves y
              doctos, que no solo los que han hecho versos públicos son capaces de materias tan
                graves<note place="bottom">Orozco 1973: 244.</note>.</p>
          </quote>
          <p>Pudiera pensarse que el hecho de señalar personas concretas fue uno de los errores de
            Almansa, aunque dado el poco crédito de sus <hi rend="i">Advertencias</hi> es de dudar
            que su no mención allí de nombres significativos como Jáuregui o Quevedo, pudiera ser
            causa de futuros sinsabores para Góngora<note place="bottom">Cf. Orozco (1969: 167-168)
              y Roses, que cree incluso que la ausencia de Jáuregui podría ser la causa de su
              posterior panfleto contra las <hi rend="i">Soledades</hi> (1994: 19). </note>. Los
            sinsabores le vinieron más bien por el lado de haber encomendado el trabajo a un
            personaje como Almansa y Mendoza. Lope de Vega se encarga una vez más de recordárselo
            con cinismo en su posterior <hi rend="i">carta echadiza</hi>:</p>
          <quote>
            <p>[…] ha sido esto tan perjudicial a la [reputación] de V. m., que si alguna causa dio
              primero movimiento a los que en este y otros lugares se han atrevido al inaccesible
              ingenio de V. m., ya en el <hi rend="i">Polifemo</hi>, ya en las <hi rend="i"
                >Soledades</hi>, que fue sólo el haberlas fiado de Mendoza, que si V. m. le enviara
              a don Juan de Jáuregui, mejor supiera defenderlas que las ofendió con tan largos
              aunque doctos discursos, y que tanto han dado que considerar aun a los más apasionados
              de V. m., entre los cuales estoy yo<note place="bottom">Orozco (1973:
              264).</note>.</p>
          </quote>
          <p>La relación de nombres notables convocados en las <hi rend="i">Advertencias</hi> tiene
            además otro valor añadido para la historia de la polémica, pues viene considerándose la
            primera de las “listas de defensores” del gongorismo. La magra enumeración de catorce
            nombres convocados por Almansa se aumentará considerablemente en dos testimonios
            posteriores de la polémica, el <hi rend="i">Examen del Antídoto</hi> (1617), de
            Francisco Fernández de Córdoba, abad de Rute, y las <hi rend="i">Epístolas
              satisfactorias</hi> (1635), de Martín de Angulo y Pulgar, quien de nuevo volverá sobre
            el asunto en su centón gongorino <hi rend="i">Égloga fúnebre a don Luis de Góngora</hi>
            (1638). Más tarde la nómina de gongorinos se redondeará en la relación de los <hi
              rend="i">Autores ilustres y célebres que han comentado, apoyado, loado y citado las
              poesías de don Luis de Góngora</hi>, que recoge un total de 64 nombres y cuya
            elaboración fue posterior a 1642<note place="bottom">Se encuentra en el ms. BNE 3893, f.
              18-19v. Fue publicada primero por Artigas (1925: 238-240), quien la consideró obra de
              Vázquez Siruela, y más tarde acompañada de notas por Ryan (1953), que la creyó obra de
              dos autores, siendo el segundo de ellos –a partir del número 47 de la relación–
              Vázquez Siruela. Es posterior a 1642 puesto que –como ya vio Ryan– se cita en el
              número 43 el <hi rend="i">Arte de ingenio</hi> de Gracián.</note>. Testimonios junto a
            los que habría que considerar al menos otros tres: la breve mención de solo tres autores
            que hace Salazar Mardones en su <hi rend="i">Ilustración y defensa de la Fábula de
              Píramo y Tisbe</hi> (1636)<note place="bottom">Aunque sin dejar de advertir que «bien
              pudiera hacer un largo catálogo» (f. 87v), solo menciona a Francisco Torreblanca
              Villalpando, a Antonio Cabreros Avendaño (prologuista, por cierto, de la <hi rend="i"
                >Ilustración y defensa</hi>) y –muy curiosamente– a Lope de Vega (Salazar Mardones,
                <hi rend="i">Ilustración y defensa de la Fábula de Píramo y Tisbe</hi>, 1636, f. 87v
              y 88r-88v).</note>, la relación de hasta 17 varones doctos aficionados a Góngora que
            menciona Juan Francisco Andrés de Ustarroz en la <hi rend="i">Defensa de la patria del
              invencible mártir San Laurencio</hi> (1638) <note place="bottom">Andrés de Ustarroz,
                <hi rend="i">Defensa de la patria del invencible mártir San Laurencio</hi>, 1638, f.
              246-247. Entre los 17 mencionados aparecen los nombres de Espinel, Cervantes, Lope de
              Vega, Tamayo de Vargas, Angulo y Pulgar, Jiménez Patón, etc., además de los
              comentaristas Salcedo y Pellicer (cf. Ryan 1953: 449-451).</note> y los 22 recogidos
            en la <hi rend="i">Lira de Melpómene</hi> (1666) de Enrique Vaca de Alfaro<note
              place="bottom">Enrique Vaca de Alfaro, <hi rend="i">Lira de Melpómene</hi>, 1666, f.
              G2r-G4r. La relación incluye un total de 22 nombres, de los cuales tres (como ya
              indicó Jammes 1994: 714-715) no están en la lista de Ryan: Bernaldo de Quirós,
              Valdivielso y Jerónimo de Villegas. A tener en cuenta que Valdivielso (como
              Valdivieso) aparece en la relación de las <hi rend="i">Advertencias</hi>. Para todo lo
              relacionado con la <hi rend="i">Lira de Melpómene</hi> de Vaca de Alfaro es ahora
              imprescindible Garrido (2018).</note>. Y estos testimonios, siempre susceptibles de
            ser aumentados, todavía podrían completarse con alguna mención más, como una lista, muy
            escuálida y bastante tardía, pero cuyo interés reside en estar contenida en una nota que
            figura en el encabezamiento del llamado Ms. de Gor donde se encuentran precisamente las
              <hi rend="i">Advertencias</hi><note place="bottom">Para lo referente al ms. Gor véase
              el apartado posterior «Un único testimonio manuscrito». Dicho manuscrito va precedido
              de una <hi rend="i">Memoria</hi>, o índice, seguida de una nota donde se mencionan
              detractores y defensores de Góngora (f. 1r-2r): entre los primeros Lope y Quevedo,
              Cascales y Faria e Sousa; estos últimos tuvieron respuesta en las defensas de Angulo y
              Pulgar para Cascales, y de Espinosa y Medrano, y –esta es la novedad– del poeta
              portugués Francisco Botello [de Moraes y Vasconcelos] «en el prólogo de su poema sobre
              Colón» [<hi rend="i">El Nuevo Mundo. Poema heroico</hi>], lo que llevaría a retrasar
              esta nota hasta 1701, es decir, con posterioridad a la elaboración del manuscrito,
              escrito en su conjunto con otra letra. Sin embargo, como ha visto Daza (2011: 273), en
              el prólogo al mencionado poema de Botello no figura ni el ataque a Faria ni la defensa
              de Góngora…</note>.</p>
          <p>Aunque las obras mencionadas presentan un perfil muy variado y la diversidad de las
            listas en ellas contenidas apunta al centenar de nombres<note place="bottom">Véanse los
              recuentos establecidos en estas las listas de adeptos al gongorismo por Osuna en
              varios trabajos específicos (2009, 2010 y 2014).</note> (con alguna ausencia
              notable<note place="bottom">Como la de Antonio de las Infantas, autor de una
              incondicional <hi rend="i">Carta</hi> de defensa de 15 de octubre de 1615, o, más
              extraño, la de Francisco Martínez de Portichuelo, autor de una <hi rend="i">Apología
                en favor de don Luis de Góngora</hi> de 1627 (Roses 1992). </note>), hay sin embargo
            en su conjunto un fondo común bastante coincidente en los nombres más reiterados, que
            constituyen sin duda el núcleo esencial del gongorismo contemporáneo. Únicamente la que
            contiene el listado más extenso de todos, con 64 nombres, los <hi rend="i">Autores
              ilustres y célebres…</hi>, es una pieza exenta, pues el resto van integrados en los
            argumentarios de las obras de las que forman parte como elementos de peso a favor de la
            causa gongorina por el criterio de autoridad, sobre el valor de objetividad, que supone
            el apoyo de personas relevantes. En ese sentido las listas sin duda más interesantes son
            las dos que están incluidas en sendos testimonios fundamentales de la polémica, el <hi
              rend="i">Examen del Antídoto</hi> (1617) de Francisco Fernández de Córdoba, abad de
            Rute, y las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> (1635) de Martín de Angulo y
            Pulgar, cuyo cotejo con la lista de Almansa es lo que aquí nos interesa.</p>
          <p>Para esa comparativa, y puesto que Almansa se ciñe a los expertos que están en la
            corte, tenemos la suerte de que tanto el listado del abad de Rute como el de Angulo
            están organizados por núcleos geográficos. El del Abad incluye un total de 28 nombres
            explícitos: 21 más la relación de 7 nobles afines al gongorismo que recoge después; ello
            sin contar los innominados –por abundantes– cordobeses, según dice: «en Córdoba muchos
            (no es poco que sea profeta acepto en su Patria)». Pasa revista a los círculos
            gongorinos de Madrid, Salamanca, Segovia, Toledo, Cuenca, Sevilla, Antequera, Osuna,
            Granada y Córdoba (aunque aquí sin menciones expresas). Nos concierne ahora la relación
            de madrileños/cortesanos:</p>
          <quote>
            <p>En Madrid emporio de todos los buenos ingenios y estudios del mundo como corte al fin
              del mayor Monarca que en él ha habido, Pedro de Valencia, cuya aprobación sobrara para
              cosas mayores, don Lorenzo Ramírez de Prado, el Maestro Fray Hortensio Palavicino,
              Luis de Cabrera de Córdoba, Manuel Ponce<note place="bottom">Artigas (1925: 419);
                modernizo grafías.</note>.</p>
          </quote>
          <p>A esta relación de nombres vinculados o estantes en la villa y corte hay que sumar
            también a los siete poderosos que el Abad añade pocos renglones después, a saber:</p>
          <quote>
            <p>El duque de Sessa, el de Feria Virrey de Valencia, el Conde de Lemos Presidente de
              Italia, el Conde de Castro Duque de Taurisano Virrey de Sicilia, el Príncipe de
              Esquilache Virrey del Perú, el Conde de Villamediana, el marqués de Cerralvo, que de
              todos estos señores tiene aprobación el poema de las <hi rend="i">Soledades</hi><note
                place="bottom">Ibíd.: 420.</note>.</p>
          </quote>
          <p>La semejanza con la lista de Almansa habla por sí sola, aunque Fernández de Córdoba se
            limita con más propiedad a los gongorinos (por eso no incluye a Valdivieso, Lope, Mesa,
            Espinel, Suárez de Figueroa, Rioja y Tribaldos de Toledo, con los que Almansa engrosó el
            plantel de los expertos), aunque añade, eso sí, más nombres a la relación de nobles,
            pues junto al duque de Sessa y al duque de Feria, recogidos por Almansa<note
              place="bottom">Véanse respectivamente <ref xml:id="ref57"
                  target="ref58">n. 189</ref> y <ref xml:id="ref59" target="ref60">215</ref>.
            </note>, menciona también al conde de Lemos<note place="bottom">Pedro Fernández de
              Castro (1576-1622), que fue Presidente del Consejo Supremo de Italia.</note>, al conde
            de Castro<note place="bottom">Francisco Ruiz de Castro Portugal (1579-1637), virrey de
              Nápoles y de Sicilia, conocido por sus títulos italianos de conte di Castro y duca di
              Taurisano.</note>, al príncipe de Esquilache<note place="bottom">Francisco de Borja y
              Aragón (1581-1658), nombrado virrey de Perú en 1614. Fue reconocido poeta (cf.
              Carreira 2008).</note>, al conde de Villamediana<note place="bottom">Juan de Tassis y
              Peralta (1582-1622), II conde de Villamediana fue excelente poeta y gongorino
              convencido, además de amigo personal de Góngora. Tuvo como preceptor a Luis Tribaldos
              de Toledo (véase <ref xml:id="ref61" target="ref62">n.
                226</ref>).</note> y al marqués de Cerralbo<note place="bottom">Rodrigo Pacheco
              y Osorio (1580-1640), que fue virrey de Nueva España.</note>. En cambio el abad de
            Rute no incluye al conde de Salinas (sí recogido por Almansa), que forma el plantel de
            los nobles y poetas importantes junto a Esquilache y Villamediana.</p>
          <p>Casi dos décadas después otro gongorino convencido, don Martín de Angulo y Pulgar,
            esgrimirá otra lista de nombres arrimados a la causa gongorina que él defiende en sus
              <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> de 1635. Como el abad de Rute, también
            Angulo ordena a los gongorinos por grupos geográficos (Madrid, Córdoba, Antequera,
            Sevilla, Salamanca, Segovia, Toledo, Andújar, Baeza, Osuna y Granada), y los trae a
            colación para contrarrestar la acusación de «sectario o cismático» de la que él ha sido
            objeto por parte de «cierto sujeto grave y docto», argumentando irónicamente que, para
            ser sectario, está rodeado de muy buena compañía:</p>
          <quote>
            <p>Y si lo fuera, o tenido por tal, será en Madrid, en compañía del duque de Sessa,
              conde Lemos, Castro y Villamediana, marqués de Ayamonte, el príncipe de Esquilache,
              Pedro de Valencia (que bastaba solo), el doctor don Agustín Collado, el señor don
              Lorenzo Ramírez de Prado, el Padre Hortensio Félix, don José Pellicer<note
                place="bottom">Angulo y Pulgar, Epístolas satisfactorias,1635: f. 54r.</note>.</p>
          </quote>
          <p>Las coincidencias con la lista de Almansa se completan con la mención que Angulo hace a
            continuación de Luis Cabrera y Manuel Ponce entre los cordobeses, cuando Almansa los
            había incluido entre madrileños o cortesanos (no en vano, veinte años mediaban entre una
            lista y otra) <note place="bottom">El mismo Angulo en su <hi rend="i">Égloga fúnebrea
                Don Luis de Góngora</hi> vuelve a reparar en defensores del gongorismo como el conde
              de Villamediana, el abad de Rute, Francisco de Amaya, Pedro Díaz de Rivas, Francisco
              del Villar, José Antonio González de Salas, para terminar citándose a sí mismo: «y yo
              entre tanto sujeto, no entre su número, le defendí en mis <hi rend="i">Epístolas
                satisfactorias</hi>…» en Angulo y Pulgar, <hi rend="i">Égloga fúnebre a Don Luis de
                Góngora</hi>, 1638: f. 254v-255.</note>.</p>
          <p>Volviendo a nuestra argumentación, si comparamos la relación de Almansa con las del
            abad de Rute y de Angulo y Pulgar, observamos parecidos más que evidentes que nos
            indican que en este punto sí que tuvo buen olfato nuestro relacionero. Se ve que en
            cuestiones de saberse mover y de estar informado sobre “sociologías” literarias en
            círculos influyentes pocos le ganaban la partida. Pero, paradójicamente, él, que inició
            estas listas y, especialmente, él que fue el primer apasionado defensor de Góngora, no
            figuró en ninguna, salvo en la más que laxa, sobre indiscriminada, de los <hi rend="i"
              >Autores ilustres y célebres que han comentado, apoyado, loado y citado las poesías de
              don Luis de Góngora</hi>. Y aun en ella con una salvedad digna de mención, pues dice
            su autor: «No he podido haber esta papel [del conde de Saldaña], ni otro de Andrés de
              Mendoza»<note place="bottom">Ryan (1953: 429, núms. 10 y 11).</note>. Es decir, a las
            alturas de 1642 parece que ya las <hi rend="i">Advertencias</hi> habían desaparecido de
            la circulación: melancólico destino para quien se proclamaba hijo de Góngora...</p>
        </div>
        <div>
          <head>8. [Conclusión] Zapatero, a tus zapatos</head>
          <p>Las <hi rend="i">Advertencias para inteligencia de las Soledades</hi> resultan ser un
            texto de muy escaso valor en términos absolutos y, por el contrario, de notable alcance
            en términos relativos. Es decir, estamos ante un comentario de apenas calado crítico y
            adornado con frecuentes lunares de llamativa impericia, pero que es también, y por el
            contrario, un testimonio clave para analizar los primeros pasos de una polémica que
            precisamente él provoca, coincidiendo con la difusión pública de la primera <hi rend="i"
              >Soledad</hi>.</p>
          <p>De su escaso valor intrínseco habla lo fallido de llevar a buen término unas
            pretendidas intenciones en sí mismas tan ambiciosas como las de «advertir», esto es,
            preparar o instruir al futuro lector de un poema que, por su especial dificultad,
            necesitaría de una guía previa. Pero, al mismo tiempo, como «advertencias» que son,
            llevaban adosada otra intención más oblicua: la de prevenir o avisar, intención no
            exenta en este caso de cierta insolencia descarada al elevarse hasta el propio título
            del escrito.</p>
          <p>Y es que, como ya se ha considerado, el escrito de Almansa y Mendoza se articula en el
            doble eje de, por una parte, la cautela anticipativa para la presentación del poema
            gongorino y, por otra, la respuesta velada a reacciones u opiniones anteriores. A esos
            dos frentes mira el contenido de las <hi rend="i">Advertencias</hi> cuando se van
            repasando en ellas los temas más candentes: la validación del género lírico del poema,
            la defensa del uso de cultismos léxicos y sintácticos, y la proclamación de la absoluta
            potestad y saber de Góngora para variar su registro poético/genérico respecto de sus
            usos poéticos del pasado. Recorrido que las <hi rend="i">Advertencias</hi> completan,
            siguiendo la forma más canónica del <hi rend="i">commento</hi> de autores, con las
            anotaciones de 26 <hi rend="i">loci</hi> de la primera <hi rend="i">Soledad</hi> que se
            consideran de especial dificultad.</p>
          <p>La fórmula y el recorrido no solo son correctos en su factura, sino que constituyen una
            excelente síntesis de las cuestiones claves en torno al poema gongorino sobre las que ya
            se venían vertiendo opiniones privadas (de doctos) y, en todo caso, no públicas (de
            indeterminados críticos, que debemos suponer más o menos solventes), y que desde luego
            se van a convertir a partir de ese momento, y a lo largo de muchos años de polémica, en
            las cuestiones más debatidas y argumentadas en pro y en contra. El problema de las <hi
              rend="i">Advertencias</hi> es que su penetración crítica es ínfima, aunque tenga
            algunos momentos más lúcidos. Estos últimos se presentan sobre todo en la parte central
            y doctrinal cuando se defiende la oscuridad gongorina por el uso de cultismos léxicos y
            sintácticos. Por el contrario las 26 anotaciones son, en su conjunto, calamitosas: en el
            mejor de los casos, por innecesarias, ya que no aclaran nada, y en el peor, enrevesadas
            o directamente erróneas. Todo ello adobado con una penosa sintaxis, que es otra de las
            rémoras del texto, una prosa deslavazada y sostenida por un continuo polisíndeton. Se
            refleja esta circunstancia especialmente en los engarces entre las partes del
            comentario, de manera que el conjunto lleva el sello indiscutible de su autor.</p>
          <p>Porque en el conjunto de las <hi rend="i">Advertencias</hi> hay fragmentos en su parte
            central que parecen provenir de otro sitio: especie de consignas ya argumentadas, que se
            despintan, por elevación, del tono general del discurso, y que coinciden llamativamente
            con otros testimonios tempranos de la polémica. Parece como si Almansa y Mendoza fuera
            el depositario de unos argumentos que debía transmitir y hacer públicos.</p>
          <p>Si esto es así, como parece, Almansa y Mendoza era simplemente un mandado, un
            transmisor. Lo que cuadra a la perfección con su situación y su “oficio” de correcaminos
            profesional en ambientes cortesanos, como nos lo describe su amigo Góngora, su enemigo
            Lope de Vega y el testimonio precioso de Suárez de Figueroa. Precisamente ese recorrido
            de correveidile para franquear todos los quicios de la sociedad cortesana le serviría
            como un puntal fundamental e imprescindible en su futura y exitosa carrera de autor de
            Relaciones de sucesos.</p>
          <p>Si es que fue Góngora el que lo eligió para difundir su poema, o si simplemente –como
            parece más verosímil– se dejó llevar por las obsequiosas solicitudes del relacionero,
            que hubiera encontrado una mina en el poema gongorino para ejecutar su oficio a lo
            grande, lo cierto es que Góngora se equivocó al elegir al mensajero. La intervención de
            Almansa y Mendoza no hizo más que echar leña al fuego en un ambiente al parecer ya
            caldeado por la difusión (semiprivada/semipública) de la <hi rend="i">Soledad</hi>
            primera. De la contienda en sordina se pasó a la guerra declarada. Quien la declaró fue
            Lope de Vega y su círculo en la carta “anónima” de 13 de septiembre de 1615. La falta de
            competencia de Almansa y Mendoza para la ejecución de un proyecto que requería armas
            doctrinales y acervo erudito era clamorosa («Entre idiotas –decía a este propósito
            Suárez de Figueroa– pasar el menos insipiente por docto, vaya; mas entre sabios querer
            parecer científico, es el mayor deslumbramiento que puede caber en humana
              imaginación»<note place="bottom">Suárez de Figueroa 1998: I, 308.</note>). Esa falta
            de competencia, de la que el relacionero Almansa carecía completamente, pero que
            simulaba tener, hizo saltar las alarmas con la rechifla generalizada sobre el
            mensajero-ejecutor, tan hábil para difundir como tosco para comentar. Zapatero, a tus
            zapatos.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. [Establecimiento del texto] Un único testimonio manuscrito</head>
          <p>Se conserva una sola copia de las <hi rend="i">Advertencias de Andrés de Almansa y
              Mendoza para inteligencia de las Soledades de don Luis de Góngora</hi> y está incluida
            en un códice manuscrito que contiene también otras importantísimas piezas de la polémica
            gongorina en sus fases tempranas. El códice se encuentra actualmente en los fondos de la
            Biblioteca de la Fundación Bartolomé March en Palma de Mallorca, ms. B106-V1-36;
            perteneció antes a la biblioteca granadina del duque de Gor<note place="bottom">Sobre la
              historia y el catálogo de esta biblioteca granadina (rica en manuscritos e impresos de
              los siglos XVI a XVIII), fundada por los condes de Torrepalma y vendida en 1767 al II
              duque de Gor, a cuya familia perteneció hasta que fue comprada en 1962 por el
              bibliófilo Bartolomé March, véase Gallego Morell y Pinto Molina 1989.</note>,
            denominación por la que se sigue conociendo este ms. entre los gongoristas.</p>
          <p>El manuscrito está copiado con letra del siglo XVII, salvo lo escrito en los dos
            primeros folios, que es a todas luces un añadido posterior: la memoria, a manera de
            índice –aunque incompleto–, y una nota sobre avatares posteriores de la polémica
            gongorina (f. 1r-2r). La numeración de los folios es moderna y al final hay muchos
            folios en blanco. En el lomo figura como título <hi rend="i">Contra la pestilente</hi>,
            lo que no hace honor a su contenido, que es mucho más amplio que la censura de Jáuregui.
            En efecto, comienza por el <hi rend="i">Antídoto</hi> (f. 3r-34v), que va seguido de los
            tres escritos de apoyo a Góngora realizados por Francisco Fernández de Córdoba, abad de
            Rute, por este orden: <hi rend="i">Examen del Antídoto</hi> (f. 35r-123r), <hi rend="i"
              >Apología por una décima</hi> (f. 124r-130v) y<hi rend="i"> Parecer</hi> (f.
            131r-145v); siguen las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa y Mendoza (f.
            147r-158v); y, finalmente (f. 161r-197v) van las cuatro cartas del rifirrafe epistolar
            mantenido entre Lope de Vega y su círculo (de forma anónima) y Góngora, apoyado por
            Antonio de las Infantas, todas con sus fechas: <hi rend="i">Carta escrita a don Luis de
              Góngora en razón de las Soledades</hi>, 13 de septiembre de 1615, <hi rend="i"
              >Respuesta de don Luis de Góngora</hi>, 30 de septiembre de 1615, <hi rend="i">Carta
              de don Antonio de las Infantas y Mendoza respondiendo</hi> a la primera, 15 de octubre
            de 1615, y <hi rend="i">Respuesta</hi> a las dos cartas anteriores, 16 de enero de 1616.
            Además, entre la tercera y la cuarta carta (f. 177r-178v) van recogidas cuatro
            composiciones de Góngora (sonetos «Restituye a tu mudo horror divino», «Con poca luz y
            menos disciplina», «Pisó las calles de Madrid el fiero», y composición en dos décimas
            que comienza «Por la estafeta he sabido»), que forman parte sustancial de la
            polémica.</p>
          <p>Esta inclusión de poemas gongorinos entre la sucesión de las cartas es oportunísima,
            pues la última de la serie parece referirse a aquellos poemas de modo bastante
            inequívoco, lo que resulta ser además un dato fundamental para la cronología de la
            contienda epistolar<note place="bottom">Cf. López Bueno (2011).</note>. Con ello el
            compilador del manuscrito da muestras sobradas de tener competencia en la materia –por
            disponer de fuentes solventes o por su capacidad crítica–, competencia ya puesta de
            manifiesto desde el propio intento de recoger sistemáticamente la polémica en su primera
              fase<note place="bottom">La primera fase es únicamente lo que se llegó a recoger
              porque, a juzgar por la cantidad de folios que quedaron al final en blanco, la
              intención del colector era seguir más allá y la empresa quedó truncada.</note>, aunque
            el ir encabezada la relación de testimonios por el <hi rend="i">Antídoto</hi> fuerce la
            cronología (incluso en los escritos del abad de Rute, condicionados en su ordenación
            inversa a la real por la respuesta a Jáuregui contenida en el <hi rend="i"
            >Examen</hi>).</p>
          <p>Por otra parte, de la importancia de este manuscrito en la historia de la polémica
            habla el hecho de que recoge las únicas copias conocidas del <hi rend="i">Parecer</hi>
            del abad de Rute y de las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa y Mendoza, además de
            incluir la única relación completa conservada de las cuatro cartas Lope-Góngora de
            1615-1616. Parece bastante evidente, dada su procedencia de la biblioteca de los
            Torrepalma y luego Gor, que el códice se reuniera en Granada, uno de los focos
            principales de recepción y defensa de los poemas gongorinos, y que su confección
            estuviera cerca o se relacionara con el gongorista de Loja Martín de Angulo y Pulgar.
            Esa cercanía se manifiesta en el hecho de que Angulo en sus <hi rend="i">Epístolas
              satisfactorias</hi> (1635) cita pasajes de la carta gongorina de 13 de septiembre de
            1615 que se corresponden con variantes exclusivas de este manuscrito<note place="bottom"
              >Como ya indicara Carreira, recogiendo el hallazgo de Alfonso Reyes (1998: 264), y
              confirma ahora Daza (2016 y 1635_epistolas). En concreto, se trata de la expresión
              «piedra por agua y agua por piedra» a propósito del símil de Babel mencionado en la
              carta.</note>.</p>
          <p>Fue el reconocido gongorista Emilio Orozco el meritorio descubridor de este códice
            (cuando todavía se encontraba en Granada) y quien lo estudió y publicó las piezas
            inéditas que contenía, a saber, <hi rend="i">Parecer</hi> del abad de Rute, <hi rend="i"
              >Advertencias</hi> de Almansa y Mendoza, carta de Antonio de las Infantas y carta
            “anónima” de Lope de 16 de enero de 1616, reuniéndolas en el importante volumen <hi
              rend="i">En torno a las «Soledades» de Góngora</hi> de 1969<note place="bottom">Orozco
              (1969).</note>, si bien las había ido dando a conocer en trabajos previos; en concreto
            el dedicado a las <hi rend="i">Advertencias</hi> había aparecido en 1961 en la <hi
              rend="i">Revista de Filología Española</hi><note place="bottom">Orozco (1961).
            </note>.</p>
          <p>Sin negar ninguno de los grandes méritos que tuvo su descubridor y editor, es evidente
            que este texto necesitaba de una edición actualizada, anotada en las muchas dudas que
            suscita y corregida de los errores de transcripción, errores que, sumados a los previos
            del texto, imputables a su vez o bien a su autor Almansa, o bien al copista, daban como
            resultado un texto de muy difícil lectura. En esa cadena de tres niveles de errores, hay
            que decir –haciendo justicia a la verdad– que los de menor calado y más fácil
            subsanación son los del editor<note place="bottom">Algunos de los errores de lectura en
              la transcripción de Orozco se señalan en las notas correspondientes del texto, aunque
              no uno que es especialmente llamativo: leer «verase en mis parlantes razones como
              arriba expuse», en lugar de «verase en mí por tantas razones como arriba expuse» (f.
              153v), como si el editor se hubiera mimetizado con el estilo del editado… Sin embargo,
              Orozco tuvo la perspicacia de leer la confusa secuencia: «en decas [que está tachado]
              decas, y la voz» (f. 150v) como «endecasílabos», que es la misma por la que yo me he
              decantado, suponiendo un error por <hi rend="i">lectio facilior</hi> del copista
              (véase <ref xml:id="ref63" target="ref64">n. 243</ref>).</note>; mucho más complicados
            de subsanar son los otros, y también muy difícil de dilucidar si el origen se debe al
            propio Almansa o al posterior copista<note place="bottom">Por ejemplo, parece error
              evidente de Almansa leer en Góngora «leche azul» por «lecho azul», puesto que él mismo
              justifica esa lectura en su anotación (f. 157r, anotación [21]; véanse <ref xml:id="ref65" target="ref66">n. 317</ref> y <ref
                  xml:id="ref67" target="ref68">318</ref>). Más probable que sea del copista el
              galimatías que conlleva la frase «Y Horacio, reprehendiendo a Catón, que había dado
              esa misma culpa a Virgilio, los defiende con sus versos Ovidio» (f. 150v; véase <ref
                xml:id="ref198" target="ref199">n. 246</ref>), o el caso de un verso de Góngora mal
              copiado (f. 157v, anotación [25]; véase <ref xml:id="ref69" target="ref70">n.
                325</ref>).</note>. Pero la insuficiencia mayor de la edición de Orozco no se debe a
            ocasionales y escasas malas lecturas, sino a la transmisión de un texto con frecuencia
            ininteligible, sin ninguna explicación aclaratoria y sin un intento de racionalizar su
            sintaxis por medio de una puntuación modernizada que paliara la muy confusa original,
            además de carente de cualquier información contextual y erudita. (La otra edición que
            existe de las <hi rend="i">Advertencias</hi>, la de Martínez Arancón nada añade, pues se
            limita a reproducir la de Orozco con todas sus características, incluida la inexistencia
            de notas<note place="bottom">Martínez Arancón (1978: 31-39). El hecho de copiar a Orozco
              hace que reproduzca sus errores, a los que incluso añade algún lapsus más. Únicamente
              se diferencia en que lleva más adelante la modernización gráfica y resuelve algunas
              abreviaturas.</note>.)</p>
          <p>El problema mayor está, pues, en el texto original, en sus errores y particularmente en
            su sintaxis, que precisa frecuentes notas aclaratorias, en las que en la edición que
            ahora presento he intentado glosar el correcto sentido de lo que parece averiguarse bajo
            forzados zeugmas y frecuentísimos anacolutos. Como antes decía, salvo contados casos en
            los que se puede certificar con alguna garantía el origen del error, la mayor parte de
            las veces la duda se extiende tanto a Almansa (que, por otra parte, copiaría de “papeles
            previos”, lo que añade un escalón más de errores) como al copista, de tan aceptable
            caligrafía como malas entendederas.</p>
          <p>Capítulo aparte es el de las citas o menciones que Almansa incorpora el texto. Como ya
            quedó explicado en su lugar, averiguar las fuentes con la pista de una o dos palabras
            que suele dar Almansa y la imprecisión sobre su localización, ha resultado una tarea muy
            poco gratificante y buena parte de las veces improductiva. La identificación de citas de
            clásicos latinos se ha hecho según los textos canónicos (<hi rend="i">The Latin
              Library</hi>: &lt;<ref target="http://www.thelatinlibrary.com"
              >http://www.thelatinlibrary.com</ref>&gt;) y para su traducción se han seguido las
            versiones de la Biblioteca Clásica Gredos (citada en las notas como <hi rend="i"
              >BCG</hi>) con la mención en cada lugar del traductor y tomo de la colección. Para la
            identificación de las citas bíblicas he seguido la versión digital de la <hi rend="i"
              >Biblia sacra Vulgata</hi> (&lt;<ref target="http://www.drbo.org/lvb/"
              >http://www.drbo.org/lvb/</ref>&gt;) y su traducción en la <hi rend="i">Bible Gateway,
              Versión Reina Valera Actualizada</hi> (RVA 2015): &lt;<ref
              target="https://www.biblegateway.com/versions/Reina-Valera-Actualizada-RVA2015-Biblia/"
              >https://www.biblegateway.com/versions/Reina-Valera-Actualizada-RVA2015-Biblia/</ref>&gt;.</p>
          <p>Al no existir la posibilidad de corrección <hi rend="i">ope codicum</hi> por tratarse
            de un único testimonio, me he limitado a hacer muy escasas enmiendas, y siempre para
            subsanar casos de evidente error. No obstante, y como ya se ha dicho, el mayor problema
            no está en esos casos, sino en la correcta comprensión de una enrevesada sintaxis, a
            cuya clarificación semántica se ha contribuido con una puntuación moderna. Por lo demás,
            y siguiendo el criterio del Proyecto Pólemos, se ha modernizado sistemáticamente y hasta
            sus últimas consecuencias el sistema gráfico.</p>
          <p>Ojalá que este trabajo responda a la necesidad de esa nueva edición corregida y anotada
            que reclamaba el maestro Jammes<note place="bottom">Jammes (1994: 610).</note>. Aunque
            la precariedad del punto de partida vuelva temeroso cualquier intento y poco
            satisfactorio cualquier resultado.</p>
        </div>
        <div>
          <head>10. Bibliografía</head>
          <div>
            <head>10.1. Obras citadas o mencionadas por el polemista</head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Agustín, san</hi>:</p>
            <bibl>–, <hi rend="i">Enarratio in psalmum</hi></bibl>
            <p rend="noindent sc">Aristóteles:</p>
            <bibl>–, <hi rend="i">Poética.</hi></bibl>
            <p rend="noindent sc">Biblia:</p>
            <bibl>–, <hi rend="sc">David</hi>, <hi rend="i">Salmos</hi>; <hi rend="i">Libro de los
                Proverbios</hi>; <hi rend="sc">San Pablo</hi>, <hi rend="i">Primera epístola a los
                corintios</hi></bibl>
            <p rend="noindent sc">Catón El Viejo</p>
            <p/>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Covarrubias</hi>, Sebastián:</p>
            <bibl>–, <ref target="https://books.google.es/books?id=Naq7LRbQ80EC"><hi rend="i"
                  >Emblemas morales</hi></ref>, Madrid: Luis Sánchez, 1610.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio Flaco</hi>, Quinto:</p>
            <bibl>–, <hi rend="i">Ars poetica.</hi></bibl>
            <p rend="noindent sc">Javoleno Prisco</p>
            <p/>
            <p rend="noindent sc">Jerónimo, san</p>
            <bibl>–, <hi  rend="i">Comentarii in librum Job. Prologus</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lipsio</hi>, Justo:</p>
            <bibl>–, <hi rend="i">Diálogos</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Minturno</hi>, Antonio Sebastiano:</p>
            <bibl>–, <hi rend="i">L’Arte Poetica</hi>, Venetia: Gio. Andrea Valuassori, 1564.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Seneca</hi>, Lucio Anneo:</p>
            <bibl>–, <hi  rend="i">Epistulae ad Lucilium</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tasso</hi>, Torquato:</p>
            <bibl>–, <ref target="https://books.google.es/books?id=D-ATAAAAQAAJ"><hi rend="i"
                  >Discorsi […] dell’Arte Poetica, et in particolare del Poema Heroico
                […]</hi></ref>, Venetia: Giulio Vassalini, 1587.</bibl>
            <p rend="noindent sc">Teodoreto, san</p>
            <p/>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Virgilo Marón</hi>, Publio:</p>
            <bibl>–, <hi rend="i">Aeneis</hi>.</bibl>
          </div>
          <div>
            <head>10.2. Obras citadas por la editora</head>
            <div>
              <head>10.2.1. Manuscritos</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Abad de Rute</hi>: véase <hi rend="sc">Fernández de
                  Córdoba</hi>, Francisco.</p>
              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Chacón</hi>: [Manuscrito Chacón]: véase <hi rend="sc"
                  >Góngora</hi>, Luis de, <hi rend="i">Obras de…</hi></p>
              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Díaz de Rivas</hi>, Pedro:</p>
              <bibl>–, <hi rend="i">Anotaciones y defensas a la primera Soledad</hi>. Mss.: BNE
                3726, Biblioteca Universitaria de Salamanca Ms. 2006 y BNE 3906 (este contiene
                también Anotaciones a la <hi rend="i">Soledad segunda</hi>).</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Fernández de Córdoba</hi>, Francisco, abad de
                Rute:</p>
              <bibl>–, <hi rend="i">Parecer de don Francisco de Córdoba acerca de las Soledades a
                  instancias de su autor</hi>. Ms.: FBM [Fundación Bartolomé March] B106-V 1-36, f.
                131r-145v. Ed. de <hi rend="sc">Elvira</hi>, Muriel: 1614_parecer
                  (http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/).</bibl>
              <bibl>–, <hi rend="i">Examen del Antídoto o Apología por las Soledades de don Luis de
                  Góngora contra el autor del Antídoto</hi>. Mss.: FBM [Fundación Bartolomé March]
                B106-V 1-36 f. 35r-123r, y BNE 3803 (aquí erróneamente atribuido a Cristóbal de
                Salazar y Mardones). Ed. en <hi rend="sc">Artigas</hi>, Miguel, p. 400-467.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Góngora</hi>, Luis de:</p>
              <bibl><hi rend="i">–, Obras de D. […], reconocidas y comunicadas con él, por D.
                  Antonio Chacón Ponce de León, Señor de Polvoranca. Al Excmo. Sr. D. Gaspar de
                  Guzmán, Conde Olivares, Duque de Sanlúcar la Maior… Divididas en tres tomos</hi>
                [dedicatoria de 1628]. Ed. facsímil: Málaga, Real Academia Española/Caja de Ahorros
                de Ronda, 199. Citada como Ms. Chacón.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ponce</hi>, Manuel:</p>
              <bibl>–, <hi rend="i">Silva a las Soledades de don Luis de Góngora. Con anotaciones y
                  declaración por Manuel Ponce, y un discurso en defensa de la novedad y términos de
                  su estilo</hi>. Ms. Biblioteca del marqués de Legarda (Ábalos, La Rioja). Ed. de
                  <hi rend="sc">Azaustre</hi>, Antonio: 1613_silva
                  (http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/).</bibl>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.2. Impresos anteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ágreda</hi>, Sor María Jesús de:</p>
              <bibl>–, <hi rend="i">Mística Ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de
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                  target="https://books.google.es/books?id=xxhRAAAAcAAJ"><hi rend="i">Mística Ciudad
                    de Dios […]</hi></ref> Barcelona: Imprenta de Pablo Riera, 1860.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alciato</hi>, Andrea:</p>
              <bibl>–, <ref target="https://archive.org/details/andrealciatiembl00alci"><hi rend="i"
                    >Andreæ Alciati emblemata cvm commentariis Clavdii Minois...: &amp; notis
                    Lavrentii Pignorii Patavini : nouissima hac editione in continuam vnius
                    commentarij seriem congestis, in certas quasdam quasi classes dispositis, &amp;
                    plusquam dimidia parte auctis</hi></ref>, Patauij: ex Typographia Laurentij
                Pasquati, 1621.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aldrete</hi>, Bernardo:</p>
              <bibl>–, <ref target="https://books.google.es/books?id=3VzSSmGbOtsC"><hi rend="i"
                    >Varias antigüedades de España, África y otras provincias</hi></ref>, Amberes:
                Iuan Hasrey, 1614.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Andrés de Ustarroz</hi>, Juan Francisco:</p>
              <bibl>–, <ref target="https://books.google.es/books?id=0UIG4KiknucC"><hi rend="i"
                    >Defensa de la patria del invencible mártir San Laurencio</hi></ref>, Zaragoza:
                Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia, 1638.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Angulo y Pulgar</hi>, Martín de:</p>
              <bibl>–, <title>Epístolas satisfactorias</title>, Granada: en casa de Blas Martínez,
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                (http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/)</bibl>
              <bibl>–, <ref
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                    ><hi rend="i">Égloga fúnebre a don Luis de Góngora de versos entresacados de sus
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              <p rend="noindent"><ref target="http://www.drbo.org/lvb/"><hi rend="i"><hi rend="sc"
                      >Biblia sacra Vulgata</hi></hi></ref>.</p>
              <p/>
              <p rend="noindent"><ref
                  target="https://www.biblegateway.com/versions/Reina-Valera-Actualizada-RVA2015-Biblia/"
                    ><hi rend="i"><hi rend="sc">Bible Gateway, Versión Reina Valera
                    Actualizada</hi></hi> (RVA 2015)</ref>.</p>
              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Covarrubias</hi>, Sebastián de:</p>
              <bibl>–, <title>Emblemas morales</title>, Madrid: Luis Sánchez, 1610: véase <hi
                  rend="sc">Peñasco González</hi>, Sandra María.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="i"><hi rend="sc">Digesto</hi></hi>:</p>
              <bibl><title >–, Digestorum seu Pandectarum Libri Quinquaginta</title>,
                Florentia: In officina Laurentii Torrentini ducalis Typographi, 1553.</bibl>
              <bibl><title>–</title>, <ref
                  target="https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=nyp.33433008817607;view=1up;seq=9"
                    ><hi rend="i">Les cinquante livres du Digeste ou des Pandectes de l’empereur
                    Justinien, traduits en franc̲ais par feu M. Henri Hulot</hi></ref>, Metz,
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Garzoni</hi>, Tomaso:</p>
              <bibl>–, <ref target="https://books.google.es/books?id=9wGz4suUESUC"><hi rend="i"
                    >Piazza universale de tutte le professioni del mondo</hi></ref>, Venetia: Gio.
                Battista Somasco, 1588. </bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Góngora</hi>, Luis de:</p>
              <bibl>–, <ref
                  target="http://www.cervantesvirtual.com/obra/todas-las-obras-de-don-luis-de-gongora-en-varios-poemas/"
                    ><hi rend="i">Todas las obras de […] en varios poemas, recogidas por don Gonzalo
                    de Hoces y Córdoba</hi></ref>, Madrid: Imprenta del Reino, a costa de Alonso
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jáuregui</hi>, Juan de,</p>
              <bibl>–, <title>Discurso poético</title> (1624), ed. de Mercedes <hi rend="sc"
                  >Blanco</hi>: 1624_discurso-poético
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                (se cita por esta edición). </bibl>
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                  Completas, VI Góngora y el gongorismo</title>, Madrid, Gredos, 1982d, p. 541-712
                (se cita por esta edición). </bibl>
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                constituyen el estudio previo del propio Amezúa <title>Lope de Vega en sus
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                  <title>Discurso sobre el estilo</title> de Martín Vázquez Siruela, p. 380-394; un
                opúsculo inédito <title>Contra el Antídoto de Jáuregui por un curioso</title>, p.
                395-399, y el <title>Examen del Antídoto o Apología por las Soledades</title> de
                Francisco Fernández de Córdoba, abad de Rute, p. 400-467.)</bibl>
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      <head>Texto de la edición</head>
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        <index indexName="date" n="1614"/>
        <pb n="f. 147r"/>
        <head> ADVERTENCIAS DE ANDRÉS DE ALMANSA Y MENDOZA PARA INTELIGENCIA DE LAS SOLEDADES DE DON
          LUIS DE GÓNGORA</head>
        <p rend="center">Al duque de Sessa y Baena, marqués de Poza, almirante de Nápoles<note
            place="bottom">Don Luis Fernández de Córdoba Folch de Cardona (también nombrado como
            Luis Fernández de Córdoba Cardona Aragón y Luis Fernández de Córdoba y Aragón) vivió
            entre 1582 y 1642 y fue IV duque de Baena desde 1606 (fecha en la que falleció su padre,
            Antonio Fernández de Córdoba), VI duque de Sessa, IV duque de Soma, VIII conde de Cabra
            y otros varios títulos nobiliarios, además de Grande de España de la primera clase y
            antigüedad, Gran Almirante de Nápoles y Capitán General del Mar de aquel reino (cf. <hi
              rend="i">Censo-Guía de Archivos de España e Iberoamérica</hi>, en línea). <ref
              xml:id="ref2" target="ref1">Volver a la nota 54</ref>. De todos esos cargos y honores,
            ha sido el de duque de Sessa con el que ha pasado a la historia literaria por la gran
            amistad que le unió con Lope de Vega. Se conocieron en 1605 y mantuvieron hasta la
            muerte de Lope en 1635 una estrecha y extraña relación en la que se mezclaron y
            confundieron las funciones que el dramaturgo ejerció de secretario con otras menos
            confesables de confidente y alcahuete en las andanzas amorosas del Duque. Almansa hace
            su dedicatoria para rendir una pleitesía al poderoso que llevara implícitas –como suele
            ocurrir en estos casos– otras intenciones más prácticas, entre ellas tal vez la de que
            su escrito llegase en forma de recado a Lope que, como es bien sabido, mantuvo durante
            prácticamente toda su vida una pugna reconocida, aunque no siempre abiertamente
            confesada, con Góngora. Por otra parte, el papel de Lope de Vega resulta de
            extraordinaria relevancia en relación con las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa
            y Mendoza, como pongo de relieve a lo largo del Estudio Introductorio que acompaña a
            esta edición en varios de sus apartados, particularmente en los titulados «Los oráculos
            de Lope» y «Las <hi rend="i">Advertencias</hi> y las cartas “anónimas” de Lope». Véase
            también lo recogido en <ref xml:id="ref71" target="ref72">n.
                220</ref>). Volver a las notas <ref xml:id="ref58" target="ref57">169</ref> y
              <ref xml:id="ref102" target="ref101">214</ref>.</note></p>
        <p/>
        <p/>
        <p>Ilmo. y Excmo. Sr.</p>
        <p>Nací tan obligado a Vuestra Excelencia que, fuera de las mercedes recibidas de sus padres
          en Roma<note place="bottom">Los padres del mencionado VI duque de Sessa fueron Antonio
            Fernández de Córdoba Folch de Cardona y Requesens, 1550-1606, III duque de Soma y V
            duque de Sessa, además de otros muchos títulos (véase <hi rend="i">Censo-Guía de
              Archivos de España e Iberoamérica</hi>, en línea) y Juana de Aragón (también nombrada
            como Juana Fernández de Córdoba Cardona y Aragón). El matrimonio tuvo doce hijos, siendo
            Luis Fernández de Córdoba el primogénito y heredero. Antonio Fernández de Córdoba
            perteneció a los Consejos de Estado y Guerra de Felipe III y fue su embajador ordinario
            en Roma entre 1598 y 1603 (Comella 2008: 705). La frase de Almansa «las mercedes
            recibidas de sus padres en Roma» hace pensar, pues, que él estuvo en esa ciudad algún
            tiempo entre los años señalados. El dato viene siendo utilizado sin mayores fundamentos
            para asegurar una estancia italiana del relacionero (Ettinghausen y Borrego 2001:17; los
            mismos autores, al señalar que «en las <hi rend="i">Advertencias</hi> Almansa dice haber
            estado al servicio del duque de Sessa cuando éste era embajador en Roma», dejan en el
            aire la ambigüedad de que se trate del duque de Sessa de la dedicatoria, cuando en
            realidad Almansa estuvo al servicio de su padre, como ha quedado dicho). </note>, mi
          inclinación me lleva, más que violenta, voluntariamente<note place="bottom">Primera frase
            y primera muestra de la difícil sintaxis de Almansa y Mendoza, aunque también cabría
            pensar en un lapsus o salto del copista. En el primer supuesto, la frase podría contener
            un zeugma por elipsis de anticipación del «deseo de servirle» de la siguiente. La
            lectura que ofrece Orozco (1969: 197), enlazando sintácticamente ambas frases («mi
            inclinación me lleva, más que violenta, voluntariamente, este deseo de servirle, si en
            algún tiempo fue niño…») no resulta pertinente porque, además de faltar al menos un
            pronombre relativo para su correcta composición («este deseo de servirle, [que] si en
            algún tiempo…»), omite la conjunción «y», claramente escrita en el original manuscrito
            («y este deseo de servirle…»). </note>. Y este deseo de servirle, si en algún tiempo fue
          niño, ha llegado a ser gigante a manos de las mercedes que de las suyas recibo, cuya razón
          lleva <pb n="f. 147v"/> a ellas este<note place="bottom">Por errata figura «esse».</note>
          humilde discurso<note place="bottom">Esta dedicatoria al duque de Sessa, dentro de su
            retórica áulica, es bastante más discreta que las grandilocuentes e hiperbólicas con que
            Almansa adornará sus <hi rend="i">Relaciones</hi> de sucesos (cf. Ettinghausen y Borrego
            2001: <hi rend="i">passim</hi>). Tampoco excesivo aparato reserva para el cierre de
            estas <hi rend="i">Advertencias</hi>, como se verá.</note>; humilde en el modo, si bien
          valiente en el osar<note place="bottom">Primera aparición del motivo de la loable osadía,
            que Almansa se aplica a sí mismo en esta y en otras tres ocasiones más en las <hi
              rend="i">Advertencias</hi>, bien como <hi rend="i">captatio benevolentiae</hi> (aquí y
            en f. 154r y 158r, [n. <ref xml:id="ref156" target="ref155">277</ref>, <ref
              xml:id="ref202" target="ref203">330</ref>, <ref xml:id="ref176" target="ref175"
              >331</ref>]), bien como consecuencia de la confianza que le da la lectura de Góngora
            («en leyéndolas [las obras de mi padre] cobraré un osar valiente», f. 148v). Por lo
            demás, la encomiable audacia de la escritura gongorina fue asunto recurrente en la
            polémica (véase más abajo <ref xml:id="ref73" target="ref74">n. 250</ref>). Volver a la
            nota <ref xml:id="ref092" target="ref93">212</ref>.</note>: no porque tenga necesidad de
          alumbrar su ingenio, sino de divertir su gusto. Y yo puedo decir, y más defendiendo obras
          de don Luis de Góngora, lo que dijo <name type="authority">el Apóstol</name> a los de
          Galacia: <quote><hi rend="i">non veni ad vos in sublimitate sermonum, sed in ostensione
              veritatis</hi></quote><note place="bottom">Aunque Almansa recoge las palabras de San
            Pablo como pertenecientes a la <hi rend="i">Epístola a los Gálatas</hi>, «a los de
            Galacia» (provincia romana en el centro del Asia Menor), en realidad son una cita
            sincopada y deturpada de la primera <hi rend="i">Epístola a los Corintios: «Et ego, cum
              venissem ad vos, fratres</hi>, veni non in sublimitate sermonis<hi rend="i">, aut
              sapientiae, annuntians vobis testimonium Christi. Non enim judicavi me scire aliquid
              inter vos, nisi Jesum Christum, et hunc crucifixum. Et ego in infirmitate, et timore,
              et tremore multo fui apud vos: et sermo meus, et praedicatio mea non in
              persuasibilibus humanae sapientiae verbis</hi>, sed in ostensione spiritus et
            virtutis» (<hi  rend="i">1 Corintios</hi> 2:1-4. <hi rend="i">Biblia sacra
              Vulgata</hi>, en línea) («Así que, hermanos, cuando yo fui a ustedes para anunciarles
            el misterio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Porque me propuse
            no saber nada entre ustedes, sino a Jesucristo, y a él crucificado. Y estuve entre
            ustedes con debilidad, con temor y con mucho temblor. Ni mi mensaje ni mi predicación
            fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de
            poder», <hi rend="i">Bible Gateway, Versión Reina Valera Actualizada</hi>, en línea). El
            pasaje parece que tuvo amplia circulación en la época si consideramos la cita
            contemporánea de Bernardo Aldrete: «Afírmalo San Pablo: <hi rend="i">Et ego cum venissem
              ad vos, fratres,</hi> veni non in sublimitate sermonis <hi rend="i">aut sapientiae,
              annuntians vobis testimonium Christi, &amp;. Et sermo meus, &amp; praedicatio mea non
              in persuasibilibus humanae sapientiae verbis, </hi>sed in ostensione spiritus, &amp;
            virtutis» (<hi rend="i">Varias antigüedades de España África y otras prouincias</hi>,
            1614: 306) y la posterior de Sor María de Jesús de Ágreda: «Y por esto dice el Apóstol,
            I <hi rend="i">ad Corinth. Veni ad vos</hi> non in sublimitate sermonis, <hi rend="i"
              >aut sapientiae.</hi> Et infra<hi rend="i">: Sermo meus, et praedicatio mea non
              persuasibilibus humanae sapientiae verbis, </hi>sed in ostensione spiritus, et
            veritatis» (<hi rend="i">Mística ciudad de Dios…</hi>, 1670; cit. ed. Barcelona, 1860:
            VII, 379). Como puede observarse, aunque ambos testimonios no sincopan ni deturpan el
            pasaje a la manera de Almansa, sí ponen el centro de su interés en los mismos puntos,
            convertidos al parecer en lugar común.</note>. Aquí doy principio, con los miedos y
          pavores con que entra el tercer párrafo<note place="bottom">Sorprende esta alusión de
            Almansa a la distribución de los párrafos iniciales de su escrito. La única
            justificación podría estar en que el autor considerase el título y la dedicatoria con
            entidad de párrafo independiente, pues en este primer párrafo propiamente dicho no hay
            ninguna pausa sintáctica que haga pensar en una división en dos, ni tampoco separación
            gráfica en el manuscrito que así lo indique. Por lo demás, no debemos perder de vista en
            ningún momento que incongruencias de este cariz podrían derivar de que el manuscrito que
            manejamos sea una mala copia. </note>.</p>
        <p>Ardua, difícil y desigual empresa sigo en tan frágiles fuerzas, pues sin experiencia, que
          suele alcanzar aún más dilatados límites que la especulación, sin conocimiento o estudio
          de su ciencia, con lenguaje corto y mal limado estilo, fiado solo en la luz natural,
          quiero salir al campo a defender<note place="bottom">Cov.: «DEFENDER. Hazer rostro al que
            opugna o contradize. […] Defender vale vedar». En el sentido de «impedir, estorbar»
            llega hasta hoy (DRAE, 4ª acepción de «defender»).</note> un torbellino de pareceres y
            objetos<note place="bottom">El contexto –y la salvedad sobre su empleo que hace a
            continuación el propio Almansa– indica que «objetos» se emplea en el sentido de
            «objeciones». De hecho, ambos términos eran sinónimos en la época, como testimonia Cov.:
            «OBJECTO. […] Vulgarmente llamamos objeto y objetar poner tacha en alguna cosa, que
            también se llama objeción». Almansa utiliza indistintamente ambas denominaciones, así,
            en los párrafos siguientes habla de «objeciones» («responder a estas objeciones», f.
            148v) y «objeción» («pésame que he de entrar por objeción tan frágil», f. 149v), para
            volver más tarde al término aquí empleado («el mayor error que este objeto [de negar el
            carácter lírico a las <hi rend="i">Soledades</hi>] tiene es…», f.150r). Volver a la nota
              <ref xml:id="ref120" target="ref119">239</ref>.</note> (si se les puede dar este
          nombre) que la ventolera de algunos con título de doctos, curiosos <pb n="f. 148r"/> y
          valientes ingenios han levantado contra las <title>Soledades</title> del sacro genio don
          Luis de Góngora, quizá por parecerles soledades, cuyo nombre tan sin abrigo las muestra, o
          imaginan faltas de defensa<note place="bottom">La que parece una ocurrencia pedestre sobre
            el nombre del poema («soledades» por ‘estar solas’) queda matizada por la intención
            irónica que mueve aquí a Almansa. Por lo demás, tiene la virtud de transmitirnos en
            sordina los ecos polémicos que la cuestión del nombre estaría ya suscitando en el
            momento en que escribe sus <hi rend="i">Advertencias.</hi> El alegato más sonado fue el
            posterior de Jáuregui en el <hi rend="i">Antídoto</hi> cuando dijo aquello de que «hasta
            en eso erró V. m. llamándole impropísimamente <hi rend="i">Soledades</hi>, porque
            soledad es tanto como falta de compañía, y no podrá llamarse solo al que tuviere otro
            consigo. V. m. introduce en su obra legiones de serranas y pastores, de entre los cuales
            nunca sale aquel pobre mozo naufragante» (Rico 2002: 6). Tan inane argumentación fue
            concienzudamente rebatida por el abad de Rute en su <hi rend="i">Examen del
              Antídoto</hi>, al justificar el nombre de poema en base a las dos dimensiones
            conceptuales que alcanza la palabra soledad, tanto la referida al peregrino, «en nuestro
            vulgar castellano solemos llamar de ordinario solo, al desamparado, al desvalido, al que
            está fuera de su tierra sin deudos, sin amigos, al que carece de las cosas, o amadas, o
            necesarias», como al lugar, «los distantes del tráfago y negociación de las ciudades han
            tenido siempre nombre y han pasado plaza de soledades, por más que los frecuente y
            habite gente» (Artigas 1925: 402-403; modernizo grafías tanto en esta como en el resto
            de las citas del <hi rend="i">Examen</hi>). Atendiendo a este segundo sentido, Díaz de
            Rivas en sus <hi rend="i">Anotaciones y defensas</hi> declara el fundamento común de la
            denominación del poema gongorino en estos términos: «Dice que el argumento de su obra
            son los pasos de un peregrino en la soledad. Este, pues, es el firme tronco de la
            fábula, en quien se apoyan las demás circunstancias de ella, a quien intituló <hi
              rend="i">Soledades</hi> por el lugar donde sucedieron» (BNE Ms. 3906, fol. 183r;
            modernizo grafías tanto en esta como en el resto de las citas de las <hi rend="i"
              >Anotaciones y defensas</hi>). En realidad, la concepción del poema como «pasos de un
            peregrino en la soledad» nos adentra en una complejidad sobre el nombre del mismo que va
            más allá de la cuestión onomástica y se convierte en clave fundamental para la
            hermenéutica del mismo al involucrar contenido y forma (en la que a su vez confluyen
            género y metro), por lo que ha sido y es frecuente lugar de encuentro en la bibliografía
            gongorina. Para la asociación <hi rend="i">soledades-silva-selva</hi> véanse también <ref xml:id="ref112" target="ref111">n. 235</ref>, <ref
                xml:id="ref77" target="ref78">237</ref> y <ref xml:id="ref80" target="ref79"
                >265</ref>, y el Estudio introductorio apartado 6.1 «La cuestión del
            género».</note>. Y como en Roma los que no se atreven de sacar en público sus
          sentimientos los fijan en la estatua de Pasquín<note place="bottom">Españolización del
            nombre italiano <hi rend="i">Il Paschino</hi> (o <hi rend="i">Il Pasquino</hi>), antigua
            escultura romana de los siglos III o II a. C, que apareció, bastante desfigurada, en las
            excavaciones para la urbanización de la Piazza Navona en Roma y fue colocada en un cruce
            de calles detrás de dicha plaza. Sobre el origen del nombre hay muchas teorías, siendo
            la más extendida la del parecido de la estatua con un personaje charlatán y murmurador
            así llamado, de oficio barbero (o zapatero o maestro, según otras versiones). El Pasquín
            se hizo famoso desde el siglo XVI por la costumbre de pegar en él de noche escritos
            anónimos contra la autoridad, el más conocido de los cuales lo fue contra el papa Urbano
            VIII, quien para la forja del baldaquino de San Pedro diseñado por Bernini ordenó
            arrancar el artesonado de bronce del Panteón, desafortunada actuación para la que se
            acuñó la célebre frase fijada sobre la estatua: <hi rend="i">quod non fecerunt barbari
              fecerunt Barberini</hi>. De esta mención de Pasquín que hace Almansa, Lope de Vega
            recoge el guante (como ya lo había hecho en relación con otro asunto en su carta
            “anónima” de 16 de enero de 1616; véase <ref xml:id="ref81"
                target="ref82">nota 203</ref>) para volverlo irónicamente en contra del propio
            Almansa y de Góngora: en la llamada <hi rend="i">carta echadiza</hi>, refiriéndose a
            cómo Góngora se servía de Almansa –a quien Lope siempre llama Mendoza por su segundo
            apellido– por el beneficio “difusor” que le proporcionaba, dice: «a quien [Mendoza] yo
            imagino como la estatua de Roma, en cuya cara fija Vm. de noche los papeles que quiere
            que se lea toda la corte de día» (cf. Amezúa 1989: III, carta 321). Esta carta <hi
              rend="i">echadiza</hi> ha tenido diversas dataciones: véase lo dicho al respecto en
              <ref xml:id="ref21" target="ref22">nota 94</ref>.</note>,
          les ha sucedido a muchos, a quien faltándoles el ánimo, si no quiero decir las fuerzas,
          pareciéndoles que soy de piedra, por lo que de ignorante tengo, me intiman<note
            place="bottom">Cov.: «INTIMAR. Notificar jurídicamente por auto y fe que da el que haze
            la intima, términos forenses». </note> estas que ellos llaman censuras, como si para
          defensa de un hombre como don Luis, aun cuando en el ser natural fuera de piedra, no me
          animara de espíritus vitales, y cuando no por una, de cada artejo<note place="bottom"
            >Artejo: nudillo de los dedos. La frase de Almansa vendría, pues, a decir que para
            defender a Góngora no solo emplearía una, sino muchas lenguas, tantas como dedos o como
            nudillos de los dedos</note> hiciera lengua en tan justa causa; aunque en verdad, que
          pues a boca llena se llaman doctos e ingeniosos, pudieran echar de ver que no soy mudo.
          ¡Si dieran estos sus sentimientos <pb n="f. 148v"/> en papel<note place="bottom">Lope de
            Vega, en su segunda carta “anónima” de 16 de enero de 1616, acepta el desafío que lanza
            aquí Almansa (y Mendoza) para utilizarlo en su propio beneficio respecto al derecho que
            se reserva de difundir esa carta, «pues de las cosas que salen en público, en público se
            puede hablar, y así lo pide Mendoza» (Orozco 1973: 239). Volver a la nota <ref
              xml:id="ref82" target="ref81">200</ref>.</note>, o el dueño o algún aficionado
          respondiera, si no quieren condenarlo en estatua! Tiran la piedra y esconden las manos,
            diciéndolos<note place="bottom">Se entiende que los «sentimientos» arriba mencionados.
          </note> a quien saben que es su hijo<note place="bottom">El fervor de Almansa hacia
            Góngora le lleva a proclamarse ridículamente hijo suyo (o «aborto», como dirá tres
            líneas después), a llamarlo «padre» (f. 148v) y a reiterarse como «hijo» más adelante
            (f. 153v). A la vista de la pésima fama que entre hombres de letras tenía el relacionero
            Almansa, ningún beneficio debió de proporcionarle tan postiza filiación a don Luis, a
            quien no le quedó otra que salir en defensa de Almansa en su carta <hi rend="i">En
              respuesta</hi>: «Préciome muy de amigo de los míos y, así, quisiera responder por
            Andrés de Mendoza, porque, demás de haber siempre confesádome por padre, que ese nombre
            tienen los maestros en las divinas y humanas letras, le he conocido con agudo ingenio y
            porque creo de él se sabrá bien defender en cualesquier conversaciones, teniéndole de
            aquí adelante en mayor estima» (Daza 2011: 286). Góngora –como es sabido– dirigía su
            respuesta a Lope de Vega, que en su “anónima” carta previa de 13 de septiembre de 1615,
            se había rechiflado a gusto de Almansa, comenzando por su filiación: «Y no sé si por
            pretendiente de escribir gracioso, o por otro secreto influjo, se intitula hijo de V.
            m., haciéndose tan señor de su correspondencia, y de la declaración y publicación desta
            poesía, que por esto y por ser ella de tal calidad, justamente están dudosos algunos
            devotos de V. m. de que sea suya» (Orozco 1973: 175). Volver a las notas <ref
              xml:id="ref86" target="ref85">211</ref> y <ref xml:id="ref150" target="ref149"
              >275</ref>.</note>, y sírvense de aquella reglilla de derecho <quote><hi rend="i"
              >Filiq &amp;</hi><note place="bottom">Es característico de Almansa, como tendremos
              ocasión de ver en más casos, comenzar la supuesta cita literal con el brevísimo
              arranque de una o dos palabras y sustituir la continuación con el sigo tironiano &amp;
              (a veces con la ª en superíndice): <hi rend="i">et [cætera]</hi>. La identificación de
              la cita resulta aquí prácticamente imposible. Podría pensarse que «<hi rend="i"
                >Filiq»</hi> (¿tal vez «<hi rend="i">Filig»</hi>?) en una lectura deturpada, por
              parte de Almansa o del copista, de <hi rend="i">Filioq</hi>, y en ese supuesto, Jaime
              Galbarro me sugiere la posibilidad de que la cita pudiera remitir a la frase <hi
                rend="i">Filioque procedit</hi> que forma parte del Credo en latín «<hi rend="i">Et
                in Spiritum Sanctum, Dominum, et vivificantem: qui ex Patre Filioque procedit</hi>».
              (La fórmula <hi rend="i">Filioque procedit</hi> generó un amplio debate entre la
              iglesia católica y la ortodoxa a propósito del Credo Niceno, pues en la formulación
              occidental el Espíritu Santo procede «del Padre y del Hijo» mientras en la oriental
              solo «procede del Padre»: cf. Siecienski 2010.) Parece, no obstante, difícil el encaje
              del significado de la frase del Credo en el contexto en el que la emplea Almansa,
              siempre tan críptico, además de la extrañeza de que la fórmula del Credo pudiera ser
              considerada como «reglilla de derecho».</note>.</quote> Y aunque no soy yo tan
          semejante que pueda yo hacer esta representación, por haber sido un aborto de su
            ingenio<note place="bottom">La extremosa retórica almansina con respecto a su «padre»
            Góngora llega al paroxismo con esta declaración de ser «un aborto de su ingenio». Merece
            recordarse el parecido de esta frase con otra del abad de Rute, quien, con su
            acostumbrado gracejo, dice en el <hi rend="i">Parecer</hi> que se somete gustoso a los
            ruegos de Góngora de examinar el poema movido por «la amistad que debo a vuestra merced
            y deseo que tengo de servirle y que parezcan todas sus obras dignos partos (y no
            abortos) de su ingenio» (Elvira 2015: 1614_parecer). Bien es verdad que el propósito de
            la alusión es completamente distinto en ambos autores, pero la igualdad del sintagma
            «aborto (-s) de su ingenio» y la imprevisibilidad de su uso en semejantes contextos
            llama la atención, máxime si pensamos que las dos frases parecen estar en conexión
            –claramente la del Abad– con otra previa de Pedro de Valencia cuando habla en su carta
            de ser útil con sus consejos a Góngora para que «dé partos propios i dignos de su
            ingenio» (Pérez López 1988: 79). Volver a las notas <ref xml:id="ref18" target="ref17"
              >35</ref>, <ref xml:id="ref88" target="ref87">211</ref> y <ref xml:id="ref152"
              target="ref151"> 275</ref></note>, darame forma lamiéndome como la osa a los
            suyos<note place="bottom">Conocida tradición apócrifa según la cual la osa a base de
            lametazos da forma a sus crías tras nacer informes. Aparece ya en Ovidio, <hi rend="i"
              >Metamorfosis</hi>, XV. 380-381: «<hi rend="i">lambendo mater in artus / fingit et in
              formam</hi>». Sebastián de Covarrubias utiliza el motivo en uno de sus <hi rend="i"
              >Emblemas morales</hi> (1610), el 40 de la I centuria, sirviéndose como mote de la
            fórmula ovidiana <hi rend="i">Lambendo mater in artus fingit</hi>; pondera en él
            –recordando la manera de proceder del pintor Apeles– la continua revisión que requieren
            las obras del entendimiento, siempre susceptibles de mejora (Peñasco 2017: 181-182). La
            imagen, bajo el lema <hi rend="i">Natura Potentior Ars</hi>, se extendió mucho y la
            adoptó el pintor Tiziano como empresa personal (Zafra 2010). </note> o sus gritos
          engendrarán en mí un ánimo de león<note place="bottom">Nuevo elemento de la tradición
            apócrifa ahora en la imagen del león que, con atronadores rugidos, despierta a sus
            pequeños cachorros de apenas tres días para avivar sus adormecidos instintos, al tiempo
            que hace huir a las otras fieras. Aparece recogida entre los <hi rend="i">Aforismos</hi>
            (Alegoría, I, Bestiario, nº 452) de Leonardo da Vinci (1965: 50).</note>. Y si de
            Anteón<note place="bottom">El gigante Anteo, hijo de Posidón y Gea, vencía y mataba a
            todos los viajeros que atravesaban por su territorio (en el desierto de Libia o al norte
            de Marruecos en el estrecho de Gibraltar, según otras fuentes) porque era invulnerable
            mientras tocaba a su madre la Tierra. Finalmente, fue muerto por Heracles (Ovidio, <hi
              rend="i">Met</hi>., IX.183-184) a su paso por Libia en busca de las manzanas de oro,
            elevándolo en sus brazos para que no estuviera en contacto con la tierra.</note> fingió
          la antigüedad que en las luchas cuando sentía desfallecer las fuerzas se dejaba caer en su
          madre la tierra, que se las alimentaba de nuevo, y con ánimo de verdadero héroe volvía a
          la pelea, cuando en mí faltaren, arrimareme a las obras de mi padre<note place="bottom"
            >Sobre la proclamada filiación gongorina de Almansa, véanse también <ref xml:id="ref85" target="ref86">n. 205</ref>, <ref xml:id="ref87" target="ref88"
                >207</ref> y <ref xml:id="ref154" target="ref153">275</ref>. </note>, que es lo
          mismo que a él, y en leyéndolas, cobraré un osar valiente<note place="bottom">Sobre el
            «osar valiente» véanse <ref xml:id="ref91" target="ref92">n. 194</ref>, <ref
              xml:id="ref93" target="ref94">250</ref>, <ref xml:id="ref95" target="ref96">277</ref>,
              <ref xml:id="ref97" target="ref98">330</ref>, y <ref xml:id="ref178" target="ref177"
              >331</ref>.</note>.</p>
        <p>Cierto que creo que pudiera estar excusado de responder a estas objeciones, <pb
            n="f. 149r"/> supuesto que ni las ha opuesto hombre verdaderamente ingenioso y por mi
          cuenta, salva la corrección de Vuestra Excelencia<note place="bottom">Frase de extrema
            ambigüedad. Leerla sin pausa sintáctica («y por mi cuenta salva la corrección de Vuestra
            Excelencia»), entendiendo «salva» como verbo con el significado de ‘evita’, la convierte
            en incomprensible o, cuanto menos, de sentido inverosímil: el escrito de Almansa
            ‘evitaría’ una corrección [de las objeciones al poema gongorino] hecha por el de Sessa.
            Más ajustada –y según sugerencia que debo a Mercedes Blanco– es la interpretación de
            «salva» en el sentido de ‘con la salvedad de’, ‘salvando’, ‘exceptuando’ (uso que
            documentan testimonios contemporáneos: cfr. <hi rend="i">Corpus diacrónico del español,
              CORDE</hi>, en línea), según la cual, la frase vendría a decir que el autor, no solo
            estaría excusado de responder a las objeciones por no haber sido hechas por hombres
            ingeniosos, sino por hacerlo por su cuenta ‘sin ser corregido por nadie, con la salvedad
            de una posible corrección de Vuestra Excelencia’. Por más que esta interpretación
            suponga sobrentender demasiados elementos ausentes (demasiados aun en el estilo tan
            elíptico de Almansa), es la que más se acerca a ofrecer un sentido posible. Por otra
            parte, podría dudarse que en vez de «salva» el manuscrito dijera «sabrá», como lee
            Orozco (1969: 198), pero esta lección, desde luego mucho menos probable desde el punto
            de vista gráfico, tampoco ilumina precisamente el sentido de la frase, que continuaría
            siendo tanto o más confusa, pues todas las interpretaciones que pudieran hacerse del
            «sabrá la corrección de Vuestra Excelencia» no llevan a ningún resultado medianamente
            satisfactorio. Por lo demás, ante casos como este no debemos olvidar la precariedad de
            la copia que manejamos como fuente probable de error.</note>. No hallo en Madrid quien
          lo sea, que en Italia nadie ignora tener licencia de censurar sino los que han escrito o
          que actualmente estén leyendo cátedra, y admítenlos a las academias solo para oyentes,
          porque quien no tiene verdadero conocimiento de una cosa siempre anda a ciegas en ella.
          Veamos quién hoy en esta corte<note place="bottom">Introduce aquí Almansa una relación de
            catorce nombres, incluyendo al duque de Sessa (véase lo dicho sobre él en <ref xml:id="ref101" target="ref102">n. 189</ref>), que
            constituye la primera de las “listas” de autoridades manejadas en la polémica. Sobre
            este aspecto me he detenido en Estudio introductorio, apartado 7 «La primera “sociología
            gongorina”», adonde remito ahora, no sin dejar de señalar aquí dos aspectos importantes:
            que las personas incluidas en la relación no son mencionadas por Almansa –si nos
            atenemos literalmente a sus palabras– por ser defensores de don Luis (¿qué pintaría ahí
            Lope? [véase <ref xml:id="ref103" target="ref104">n.
            220</ref>]; o Rioja, en otro orden de cosas), cuanto por ser expertos en materias
            poéticas («pueden hablar en estas materias »); y, segunda consideración, que sólo
            menciona Almansa a personas que se encuentran en ese momento en la villa y corte, lo que
            justifica la no inclusión de ninguno de los muchos seguidores y defensores andaluces,
            particularmente de círculos cordobeses y granadinos, contemplados en las relaciones
            posteriores de adeptos al gongorismo incluidas en el <hi rend="i">Examen del
              Antídoto</hi> del abad de Rute (Artigas 1925: 419-420) y en las <hi rend="i">Epístolas
              satisfactorias</hi> (1635: f. 54r-54v) de Angulo y Pulgar, además de los recogidos en
            la lista de <hi rend="i">Autores…</hi> de Ryan (1953: 429-432). Lo que sí sorprende
            sobremanera es la ausencia de Pedro de Valencia en esta relación (sobre lo que trato en
            varios apartados del Estudio introductorio: 1.1 «El título y sus intenciones…», 1.2
            «Defensa y no apología» y 7 «La primera “sociología gongorina”»; véase también <ref xml:id="ref105" target="ref106">n. 328</ref>). La selección
            de Almansa fue estupendo blanco para Lope, quien no olvidó a Valencia, en su “anónima”
              <hi rend="i">Respuesta a las cartas de don Luis de Góngora y de don Antonio de las
              Infantas</hi> de 16 de enero de 1616: «Aquí [en España] hay más hombres doctos que en
            otras partes, que aunque Mendoza los reduce a catorce, pudiera acordarse de los PP.
            Pedrosa, Cerda, de Pedro de Valencia y otros hombres graves y doctos, que no solo los
            que han hecho versos públicos son capaces de materias tan graves» (Orozco 1973: 244).
            Volver a las notas <ref xml:id="ref10" target="ref9">15</ref>, <ref xml:id="ref48"
              target="ref47">107</ref> y <ref xml:id="ref56" target="ref55">156</ref></note>,
          exceptuando a Vuestra Excelencia, a los señores duques de Feria<note place="bottom">El
            plural «duques» parece simplemente inducido por el previo «señores» (antecedente de
            todos los relacionados después) porque la mención se refiere sin duda a don Gómez Suárez
            de Figueroa (1587-1634), III duque de Feria (1607-1634) y conocido como el Gran Duque de
            Feria. Su vida estuvo dedicada al servicio de la monarquía durante los reinados de
            Felipe III y Felipe IV con importantes misiones diplomáticas (embajador extraordinario
            en Roma y en París), militares (con muy destacada participación en la Guerra de los
            Treinta Años) y políticas (con cargos como virrey de Valencia, gobernador del Milanesado
            o virrey y capitán general de Cataluña), además de ser miembro del Consejo de Guerra y
            Estado. (Para más información Fernández-Daza 1996.) Mantuvo al parecer una amistad
            personal con Góngora, quien le dedicó tres sonetos: «Oh, marinero, tú que, cortesano» de
            1609 (galante alabanza de una dama cortejada por el duque), «El conde mi señor se fue a
            Napóles / el duque mi señor se fue a Francía…» de 1610 (con ocasión de la partida del
            duque de Feria como embajador designado para presentar en París el pésame a María de
            Médicis por la muerte de Enrique IV; soneto, cuyo aire burlesco no esconde un fondo de
            profunda melancolía) y «Entre las hojas cinco generosa» de 1615 (luctuosa composición
            por la muerte de tres hijas del duque). El duque de Feria era, por tanto, uno de los
            poderosos aristócratas en cuya esfera desarrolló Góngora su faceta cortesana y áulica,
            además de mantener con él una buena relación personal. El Duque era aficionado a las
            bellas letras, participaba en academias literarias y tertulias, como la que reunió el
            conde de Saldaña entre 1605 y 1612, y tenía una buena disposición hacia la poesía, si
            hacemos caso a las palabras de Vera y Mendoza en su <hi rend="i">Panegírico por la
              poesía</hi> de 1617: «…y nadie es más digno de ser imitado que el duque de Feria […],
            diría que, en afecto y dulzura, ventajosamente excede a muchos» (Delgado 2015: 284). La
            mención por parte de Almansa del duque de Feria entre «los que pueden hablar en estas
            materias [de poesía]» queda refrendada más tarde cuando el abad de Rute, en el <hi
              rend="i">Examen del Antídoto</hi>, lo incluye también en su lista de progongorinos
            (Artigas 1925: 420). Es evidente que la mención del de Feria en primer lugar en la lista
            de Almansa obedece a una jerarquía de poder e influencia entre los mencionados, pues la
            importancia del Duque en el mundo de las letras no es comparable a la de los otros doce
            relacionados a continuación, incluido otro prócer, el conde de Salinas. Aunque en
            realidad el primer mencionado por Almansa entre los expertos es el dedicatario del
            texto, el duque de Sessa («exceptuando a Vuestra Excelencia», dice). De esa manera,
            Almansa y Mendoza aprovecha también para hacer su particular rendibú al duque de Sessa,
            que por cierto era cuñado del de Feria al estar casado desde 1607 con doña Francisca de
            Córdoba, hermana de aquel. Volver a la nota <ref xml:id="ref60" target="ref59"
            >169</ref>.</note>, conde de Salinas<note place="bottom">Diego de Silva y Mendoza
            (Madrid 1564 - 1630), más conocido en la historia literaria como conde Salinas (título
            que le vino por su segunda mujer Ana Sarmiento de Villandrando), fue también duque de
            Francavila y marqués de Alenquer. Perteneció a una de las familias de mayor abolengo y
            poder de su tiempo como hijo que fue de Ruy Gómez de Silva y Ana de Mendoza y de la
            Cerda, príncipes de Éboli. La muerte temprana de su padre le procuró una juventud muy
            cercana a su madre, primero en Madrid y luego en Pastrana, donde fue desterrada por sus
            tejemanejes en la corte junto a Antonio Pérez. Diego de Silva tuvo una importante
            carrera política, sobre todo en relación con Portugal, perteneciente entonces a la
            corona española. Fue presidente del Consejo de Portugal hasta 1617, año en que fue
            nombrado Virrey y Capitán general del mismo territorio. La caída del duque de Lerma en
            1618, la muerte de Felipe III en 1621 y el afianzamiento en el poder del conde-duque de
            Olivares, acabaron en 1622 con la misión portuguesa del conde de Salinas, aunque su
            enorme experiencia en la materia fuese requerida después ocasionalmente por el propio
            Olivares. Además de su faceta de estadista y político, Diego de Silva y Mendoza fue un
            hombre de letras con una producción poética considerable, recogida en al menos siete
            manuscritos que contienen una cantidad notable de poemas suyos, dos de ellos <hi
              rend="i">integri</hi>, y en otros numerosos cancioneros manuscritos, custodiados tanto
            en bibliotecas españolas como portuguesas, o en impresos (Dadson 2010, 2011 y 2015).
            Pero la falta de un autógrafo siempre resultaba un hándicap para editar la obra poética
            de Salinas, carencia que se ha saldado con el feliz hallazgo por parte de Trevor Dadson
            en el Archivo Histórico Nacional del legajo Osuna CT. 543: con el medio centenar de
            autógrafos que contiene y la gran cantidad de poemas desconocidos, eleva el canon
            poético del conde de Salinas a más de dos centenares de textos, además de desbancar la
            opinión crítica de que su poesía era obra de juventud y finalmente posibilitar una
            edición completa de su obra (Dadson 2016). El conde de Salinas era otro de los próceres
            amigos de Góngora, quien le dedicó varias composiciones: los sonetos «De ríos soy el
            Duero acompañado» de 1603 (a propósito de su estancia en la finca que el Conde poseía en
            Fuentes de Duero), «Del león que en la Silva apenas cabe» de 1604 (para celebrar el
            nacimiento del heredero Rodrigo) y las décimas de 1605 «Pensé, señor, que un rejón»
            (sobre fiestas de toros a las que era muy aficionado el Conde). Por otra parte, Góngora
            es el único poeta del tiempo que Salinas cita directamente, además de dar muestras
            sobradas de conocer muy bien su obra (Dadson 2016: 65-66), y sería uno de los pocos que
            conocería el <hi rend="i">Polifemo</hi> desde 1612 (Dadson 2014). Del interés del conde
            de Salinas por la repercusión de Góngora y sus primeras consecuencias polémicas dan
            buena muestra las dos dedicatorias que Manuel Ponce le dirige en su <hi rend="i">Silva a
              las Soledades</hi> (f. 34r-40r y 86r-86v). Sobre Ponce véase <ref
                xml:id="ref108" target="ref107"> n. 224</ref>.</note>, Luis de Cabrera<note
            place="bottom">Luis Cabrera de Córdoba (Madrid 1559-1623), célebre historiador y
            cronista, fue autor de la obra <hi rend="i">Filipe Segundo, Rey de España</hi> (Madrid:
            Luis Sánchez, 1619), cuya segunda parte permaneció inédita –ante la negativa de su autor
            a que fuera sometida a enmienda por la reclamación de los historiadores aragoneses–
            hasta la segunda mitad del siglo XIX: <hi rend="i">Filipe Segundo, Rey de España</hi>
            (Madrid: Imprenta, Estereotipia y Galvanoplastia de Aribau y Cª, 1876-1877; hay edición
            moderna de Martínez Millán y De Carlos Morales 1998). La veracidad de lo relatado, unida
            a los conocimientos humanísticos de Cabrera y su cercanía al rey, hacen de esta obra la
            mejor historia coetánea de Felipe II. Fue también autor de <hi rend="i">De Historia para
              entenderla y escribirla</hi> (Madrid: Luis Sánchez, 1611; ed. moderna de Montero Díaz
            1948), un enjundioso tratado sobre la importancia de la historia y los requisitos que
            debe cumplir, y de las <hi rend="i">Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de
              España, desde 1599 hasta 1614</hi> (Madrid, Imprenta de J. Martín Alegría, 1857).
            (Para más información cf. Kagan 2010: 401-405.) En verso escribió Cabrera la <hi
              rend="i">Historia lauretiana</hi>, un extenso poema sobre San Lorenzo de El Escorial
            de 29 cantos en octavas reales fechado hacia 1590 (RBME, ms. e-IV-6; ed. moderna de
            Pérez Blanco 1975), el cual –como se dice en la Dedicatoria a Felipe II– «aunque va
            fundado en cosas de poesía, sirven sola[mente de] tela, sobre la cual se tejen y laboran
            diferentes labo[res e] historias verdaderas, como parecerá por el discurso». Muy cercano
            en fechas a esta <hi rend="i">Historia lauretiana</hi> de Cabrera queda el soneto de
            Góngora de 1589 <hi rend="i">De San Lorenzo El Real del Escurial</hi> «Sacros, altos,
            dorados capiteles», que mereció un detenido comentario de Salcedo Coronel, referido en
            particular al martirio de San Lorenzo (Salcedo 1644: 208-217, s. XXXI). Luis Cabrera
            debió de ser decidido admirador de la obra de Góngora, pues aparece con regularidad en
            las listas de progongorinos del siglo XVII (véase Estudio introductorio, apartado
            «Almansa y la primera “sociología gongorina”»). Góngora le dedicó dos sonetos: «Vive en
            este volumen el que yace» y «Segundas plumas son, oh lector, cuantas». El ms. Chacón los
            recoge entre los heroicos y los fecha en 1614; al primero le antepone como título <hi
              rend="i">Para el principio de la Historia del Señor Rey Don Felipe II, de Luis
              Cabrera</hi> y al segundo <hi rend="i">Para lo mismo</hi>; añade al primero un escolio
            marginal que dice así: «Hizo este soneto y el que se sigue a instancia de un amigo suyo,
            sin haber visto a Cabrera ni haber leído sus escritos» (Góngora, ms. Chacón: 8). Salcedo
            Coronel hizo un detallado comentario de ambos sonetos, que van numerados como I y II (el
            mismo orden de la edición de Hoces), señalando en el encabezamiento del segundo que lo
            «compuso don Luis a la segunda parte de la Historia del rey don Felipe que escribió el
            mismo Cabrera» (Salcedo 1644: 1-13).</note>, el maestro Valdivielso<note place="bottom"
            >Aunque en el ms. aparezca «Valdiviesso», parece evidente que se refiere a José de
            Valdivielso (Toledo 1565 - Madrid 1638), reconocido autor teatral de autos sacramentales
            y comedias sagradas, y de poesía lírica y épico-heroica también de asunto religioso.
            Eclesiástico de profesión, tuvo una brillante carrera en su ciudad natal hasta llegar a
            ser capellán del poderoso cardenal Fernando de Sandoval y Rojas y luego del Cardenal
            Infante don Fernando, hijo de Felipe III. Este cargo le obligó a trasladarse a Madrid a
            finales de la primera década del siglo XVII, donde residirá hasta su fallecimiento.
            Valdivielso tuvo un papel muy activo en los círculos literarios, tanto toledanos como
            madrileños, llegando a ser gran amigo de Lope de Vega, entre otros. Su participación en
            justas y certámenes poéticos, en academias literarias y su colaboración en paratextos de
            publicaciones de ingenios de la época, junto su cargo de censor del Consejo de Castilla
            (donde firmó la aprobación de la mayor parte de las obras de Cervantes y de otras de
            Calderón, Lope de Vega, Pérez de Montalbán, Bocángel, etc.) lo convirtieron en persona
            muy reconocida. Como poeta lírico publica el <hi rend="i">Romancero espiritual</hi> en
            1612 y en la faceta épica la <hi rend="i">Vida de san José</hi> (1604) y el <hi rend="i"
              >Sagrario de Toledo</hi> (1616). Con todo, su faceta más reconocida fue la de autor
            dramático con una notable producción, cuya edición canónica <hi rend="i">Doce autos
              sacramentales y dos comedias divinas</hi> no aparece hasta 1622 en su ciudad natal
            (para más información bibliográfica cf. Marcello 2010).</note>, don Lorenzo Ramírez<note
            place="bottom">Lorenzo Ramírez de Prado (Zafra, Badajoz, 1583 - Madrid 1658), jurista
            que perteneció a una familia de casta en el servicio de la administración de Felipe IV,
            como hijo que fue del infausto Alonso Ramírez de Prado, letrado del Consejo de Castilla
            que acabó siendo encarcelado en 1606 acusado de un delito financiero contra la hacienda
            real. Don Lorenzo ocupó destacados puestos políticos y diplomáticos, pues además de
            miembro del Consejo de Estado, perteneció al de Indias, fue familiar del Santo Oficio y
            caballero de Santiago, entre otras distinciones. De su gestión política el hecho más
            destacado fue la especial embajada de 1628 ante Luis XIII de Francia. Combinó esa labor
            profesional con la de una decidida inclinación a las humanidades, a la erudición y a la
            latinidad, llegando a ser figura destacada también en ellas. De esa inclinación da buena
            cuenta la riquísima biblioteca que llegó a reunir y la magnífica red de relaciones que
            mantuvo, con humanistas europeos de la talla de Justo Lipsio o Isaac Casaubon y con
            importantes y numerosos escritores españoles como Lope de Vega, Espinel, Jáuregui y
            Cervantes; aunque también en esa faceta de su biografía hay algún aspecto oscuro, como
            la sospecha que se cernió sobre él de ser delator de Quevedo. Su producción
            bibliográfica se orienta a las dos vertientes, destacando en el aspecto profesional su
            tratado de teoría política <hi rend="i">Consejo y Consejero de Príncipes</hi> (Madrid,
            1617) y en la deriva humanística su comentario –muy controvertido– de los cinco primeros
            libros de Marcial <hi rend="i">Hypomnemata ad lib. […] M. Valerii Martialis</hi> (Paris
            1607). Sin embargo, también contribuyó muy activamente (como Tamayo de Vargas y otros
            eruditos) a la difusión de las patrañas contenidas en los falsos cronicones. (Para más
            información biobibliográfica véase Solís 2013; y para el aspecto concreto e
            interesantísimo de su relación con Cervantes: Solís 2016).</note>, <name
            type="polemista">Lope de Vega</name><note place="bottom">La inclusión de Lope de Vega en
            esta relación de expertos para valorar el poema gongorino merece algunas reflexiones. La
            larga competencia que mantuvo con Góngora, desde la juventud de ambos (véanse, entre
            otros, Orozco 1973 y Amezúa 1935-1943: II 109-120), se trocará en declarada enemistad
            (más explícita por parte de Góngora y más encubierta o matizada por parte de Lope) tras
            la difusión de los poemas mayores del cordobés y se mantendrá durante la vida de ambos,
            sobreviviendo incluso a la muerte del propio Góngora, pues Lope llevará hasta el final
            su cruzada anticultista en el acto IV de la <hi rend="i">Dorotea</hi> y en los sonetos
            antigongorinos de la <hi rend="i">Rimas de Tomé de Burguillos</hi>. Por otra parte, el
            papel de Lope de Vega es absolutamente determinante en el surgimiento de la polémica
            misma y en relación estrechísima precisamente con las <hi rend="i">Advertencias</hi> de
            Almansa y Mendoza, de las que Lope se mofa muy despectivamente en una “anónima” carta de
            13 de septiembre de 1615, que inicia el importante rifirrafe epistolar entre Lope y
            Góngora, punto culminante de los primeros compases de la polémica en torno a las <hi
              rend="i">Soledades.</hi> (Las cartas de Lope figuran como anónimas, aunque todo hace
            pensar que fueran escritas o inspiradas por él o por su círculo [véase lo dicho en <ref
              xml:id="ref109" target="ref110">nota 1</ref>]; por ello, y para evitar tales
            circunloquios, me vengo refiriendo a ellas como cartas “anónimas” de Lope. Para más
            información sobre estos extremos véase Estudio introductorio, apartado «Las <hi rend="i"
              >Advertencias</hi> y las cartas “anónimas” de Lope».) Dada esa situación, ¿por qué lo
            menciona aquí Almansa y Mendoza? Pues, en primer lugar, porque en las fechas en las que
            redacta las <hi rend="i">Advertencias</hi> todavía Lope de Vega no había hecho
            explícitamente ninguna declaración antigongorina (es más, decididamente antigongorina,
            tardará muchos años en hacerla de manera pública), aunque ya venía dando indicios de su
            guerra particular contra los “cultos”. Entre otras manifestaciones, un año antes del
            surgimiento de la polémica en 1613, había publicado en los <hi rend="i">Pastores de
              Belén. Prosas y versos divinos</hi> (Madrid: Juan de la Cuesta, 1612, fols. 32-34) un
            poema en estancias «¡Cuán bienaventurado / aquél puede llamarse justamente…», cuya parte
            central es un peculiar <hi rend="i">beatus ille</hi> literario: «Dichoso el que apartado
            / de aquéllos que se tienen por discretos, / no habla desvelado / en sutiles sentencias
            y concetos, / ni inventa vozes nuevas, / más de ambición que del ingenio pruebas» (cf.
            López Bueno 1995). Pero el ataque dialéctico directo, aunque anónimo, vendrá después y
            surgirá precisamente como respuesta jocosa y mordaz a las <hi rend="i">Advertencias</hi>
            de Almansa y Mendoza: la primera de las cartas del cruce epistolar mencionado. En ella
            Lope tiene como diana de sus ataques, no solo a la primera <hi rend="i">Soledad</hi>,
            sino sobre todo a su difusor y “comentador” Almansa y Mendoza, personaje con el que Lope
            mantuvo una pertinaz enemiga. Pero Almansa no podía adelantarse a acontecimientos que
            desencadenarían sus <hi rend="i">Advertencias</hi>: por eso en ellas concita el nombre
            de Lope de Vega entre los expertos para atraerle a su causa, o, cuanto menos, para
            neutralizarlo, sabedor sin duda de las manifestaciones anticultistas de que venía dando
            señas el Fénix. Volver a las notas <ref xml:id="ref20" target="ref19">55</ref>, <ref
              xml:id="ref72" target="ref71"> 189</ref> y <ref xml:id="ref104" target="ref103"
              >214</ref>.</note>, Cristóbal de Mesa<note place="bottom">Cristóbal de Mesa (Zafra,
            Badajoz, 1559 - Madrid 1633). Escritor, cuyas facetas más notables son las de poeta y
            traductor. Tres etapas de su vida interesan especialmente en lo que a su obra concierne:
            las estancia en Sevilla en su juventud, donde conectó con los vigorosos círculos
            poético-humanísticos del entorno de Herrera y del pintor Pacheco; la estancia en Italia
            entre 1588 y 1592, que le posibilitó una estrecha relación con Torquato Tasso, quien se
            convirtió en modelo para los poemas épicos con los que Mesa pretendió de alguna manera
            ser el Tasso español; y los servicios prestados al duque de Béjar, don Alonso de Zúñiga
            y Sotomayor, como capellán y preceptor de su hijo. Esta faceta de procurar el favor de
            los grandes fue una constante en la vida de Mesa, desde las solicitudes a los andaluces
            conde de Gelves, marqués de Tarifa o marqués de Ayamonte, al duque de Béjar o los duques
            de Feria II y III, sin olvidar que dedicó sus tres poemas épicos al rey Felipe III. En
            esos poemas rememora gestas de la historia de España, a saber, las hazañas del rey
            Fernando III en <hi rend="i">Las Navas de Tolosa</hi> (1594), la leyenda de don Pelayo
            en <hi rend="i">La restauración de España</hi> (1607) y el martirio de Santiago en
            Jerusalén y su traslado a España en <hi rend="i">El patrón de España</hi> (1612). Más
            heterogénea es su producción lírica repartida en varias entregas como conjuntos adosados
            a obras más extensas. La primera entrega la constituye en 1607 el <hi rend="i">Valle de
              lágrimas y diversas Rimas</hi> (varios <hi rend="i">Llantos</hi> seguidos de poemas
            diversos, además del <hi rend="i">Compendio del Arte poética</hi>); la segunda son la<hi
              rend="i"> Rimas</hi> de 1611, que forman parte del mismo volumen de <hi rend="i">El
              Patrón de España</hi> de 1612; la tercera, de 1618, las <hi rend="i">Rimas</hi>
            situadas entre la traducción de las <hi rend="i">Éclogas y Geórgicas</hi> y la tragedia
              <hi rend="i">El Pompeyo</hi>. La faceta de traductor fue predominante en la última
            etapa de su producción, pues, además de las mencionadas <hi rend="i">Éclogas y
              Geórgicas</hi>, tradujo la <hi rend="i">Eneida</hi> y <hi rend="i">Odas</hi> de
            Horacio. La mención que de Cristóbal de Mesa hace Almansa se debe, pues, al hecho de ser
            un profesional habitual del mundo de la poesía más que a ser alguien cercano a los
            círculos del gongorismo.</note>, maestro Espinel<note place="bottom">Vicente Espinel
            (Ronda, Málaga, 1550 - Madrid 1624) fue escritor y músico reconocido. En su juventud
            emprendió la carrera militar como soldado al servicio primero del conde de Lemos en
            España y luego en Italia y en Flandes, al servicio respectivamente del duque de Medina
            Sidonia como Gobernador de Milán y de Alejandro Farnesio. De vuelta en España, y
            ordenado sacerdote, obtiene un beneficio en Ronda, que pierde más tarde por su conducta
            desarreglada. Desde 1591 vive en la villa y corte, y de manera definitiva desde 1599
            cuando es nombrado capellán del Obispo de Plasencia en Madrid, cargo al que iba
            aparejado el de maestro de música, que mantiene hasta su fallecimiento. Como censor de
            libros entre 1609 y 1623, por sus manos pasaron más de ochenta volúmenes. En 1591
            aparecen impresas las <hi rend="i">Diversas Rimas</hi>, un cancionero poético ecléctico
            que recoge composiciones petrarquistas con otras tradicionales y se cierra con la
            traducción en verso del <hi rend="i">Arte poética</hi> y de varias <hi rend="i"
              >Odas</hi> de Horacio, aunque muchas otras composiciones suyas quedaron recogidas en
            cancioneros colectivos y antologías (como las <hi rend="i">Flores de poetas
              ilustres</hi> de Pedro Espinosa) y en paratextos encomiásticos de obras ajenas. Hacia
            1610 empezaría a escribir en prosa el volumen que apareció publicado en 1618 con el
            título de <hi rend="i">Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón</hi>. La
            curiosidad de mezclar en él el patrón picaresco con una forma de autobiografía viene a
            sumar un invento más a un Espinel que ha pasado a la historia también por otros dos: el
            (falso) de la décima o espinela y el de la quinta cuerda de la guitarra. Debido a la
            notoriedad en la república de los poetas que tenía Espinel para esas fechas, ya viviendo
            en Madrid además, es lo más normal que Almansa lo mencione entre los expertos. Por lo
            demás, debe recordarse que Góngora fue uno de los ingenios exaltados por Espinel en «La
            casa de la Memoria» incluida en sus <hi rend="i">Diversas Rimas</hi>, en la octava que
            comienza: Aquel ingenio cortesano y terso…».</note>, <name type="polemista">Cristóbal
            Suárez de Figueroa</name><note place="bottom"><name type="polemista">Cristóbal Suárez de
              Figueroa (Valladolid h. 1571 – d. 1644</name>) fue un escritor y moralista que alternó
            la ficción con la historia y la obra original con la traducción. Vivió entre España e
            Italia y estuvo al servicio de próceres como don Juan Hurtado de Mendoza y don Antonio
            Álvarez de Toledo, duque de Alba y virrey de Nápoles. Entre sus obras en verso caben
            destacarse la traducción (1602) del <hi rend="i">Pastor Fido</hi> de Guarini o <hi
              rend="i">La España defendida</hi> (1644), poema histórico acerca de la victoria de los
            españoles sobre Carlomagno. Y entre las en prosa, la <hi rend="i">Plaza universal de
              todas ciencias y artes</hi> (1615), traducción de la famosa poliantea de Tommaso
            Garzoni, el <hi rend="i">Pusilipo. Ratos de conversación</hi> (1629), obra miscelánea y
            moralizante escrita en diálogo, al igual que <hi rend="i">El Pasajero. Advertencias
              utilísimas a la vida humana</hi> (1617), que es la obra más reconocida de este autor.
            El nombre de Suárez de Figueroa aparece vinculado a los simpatizantes del estilo culto y
            gongorino, particularmente por el Discurso CV «De los poetas y humanistas» de la <hi
              rend="i">Plaza Universal</hi> (cf. Béhar 2014), y por sus menciones elogiosas del <hi
              rend="i">Polifemo</hi> en el<hi rend="i"> Pasajero</hi> (Alivio VI) y de <hi rend="i"
              >la Fábula de Piramo y Tisbe</hi> en el <hi rend="i">Pusilipo</hi> (editados por
            Jonathan Bradbury en este mismo Proyecto Pólemos: 1617_pasajero-figueroa y
            1629_pusilipo-figueroa). En relación con ello podría justificarse la mención que de él
            hace Almansa y Mendoza en la lista de los catorce expertos. No podía imaginar desde
            luego el relacionero que años más tarde Suárez de Figueroa en <hi rend="i">El
              pasajero</hi> iba a hacer un retrato tan furibundo de su persona (véase Estudio
            introductorio, apartado «El correveidile»). Volver a la nota <ref xml:id="ref122"
              target="ref121">249</ref>.</note>, <name type="polemista">Manuel Ponce</name><note
            place="bottom">Manuel Ponce fue temprano defensor y comentarista de Góngora en su <hi
              rend="i">Silva a las Soledades de don Luis de Góngora, con anotaciones y declaración
              por Manuel Ponce, y un discurso en defensa de la novedad y términos de su estilo.
              Noviembre de 1613</hi>, obra que fue descubierta y editada en parte por D. Alonso
            (1982), y estudiada posteriormente por Azaustre (2015), quien ahora la edita al completo
            (Azaustre: 1613_silva; remitimos a su Estudio introductorio para más información. El
            propio Azaustre ya se había ocupado antes de este autor a propósito de un comentario
            suyo a la cuarta <hi rend="i">Geórgica</hi> de Virgilio [Azaustre y De Carlos 2010]).
            Ponce, nacido a fines del siglo XVI, perteneció al grupo de eruditos que mantuvieron una
            gran actividad durante el primer cuarto del XVII y una decidida inclinación por
            participar en las polémicas literarias. En el caso de Ponce, es manifiesta su relación
            con Torres Rámila, autor de la <hi rend="i">Spongia</hi> contra Lope de Vega (cf.
            Entrambasaguas 1967: I). Pero sobre todo fue un convencido defensor del estilo cultista
            (así en una epístola a Villamediana sobre el léxico [Rozas y Quilis 1961]) y del
            gongorino en particular, como es manifiesto en su extenso comentario a la <hi rend="i"
              >Soledad</hi> primera, que titula <hi rend="i">Silva a las Soledades</hi>, cuyo <hi
              rend="i">Discurso en defensa de la novedad y términos de su estilo</hi> es una
            decidida apuesta por la estética de la oscuridad. La <hi rend="i">Silva</hi> de Ponce,
            con sus 104 anotaciones a la <hi rend="i">Soledad</hi> primera, es un texto que,
            salvando las enormes distancias que lo separan de la precariedad de las <hi rend="i"
              >Advertencias</hi> de Almansa –Ponce era un erudito profesional y sabía lo que se
            traía entre manos–, guarda estrechas relaciones con ellas, incluso en la coincidencia de
            muchos de los lugares comentados (como se hará constar en las notas correspondientes).
            Para la relación entre ambos comentarios véase en el Estudio introductorio el apartado
            específico «Las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa y la <hi rend="i">Silva a las
              Soledades</hi> de Ponce». Agradezco sobremanera a Antonio Azaustre que me haya
            proporcionado con tanta generosidad el texto de la <hi rend="i">Silva</hi>. Volver a las
            notas <ref xml:id="ref26" target="ref25">84</ref> y <ref xml:id="ref107" target="ref108"
              >216</ref></note>, Francisco de Rioja<note place="bottom">Francisco de Rioja (Sevilla
            1583 – Madrid 1659) fue un intelectual, escritor y poeta de gran renombre; en su tiempo
            lo fue especialmente por la primera faceta y en la posteridad por sus creaciones
            poéticas. Sevillano de orígenes humildes, sigue la carrera eclesiástica y los estudios
            de teología y humanidades hasta adquirir una sólida formación que le posibilitará formar
            parte muy actica del círculo del pintor Pacheco, que tenía a Rioja entre sus más
            cualificados amigos y asesores, por lo que colaboró con un importante texto preliminar
            en la edición preparada por el pintor de los <hi rend="i">Versos</hi> de Fernando de
            Herrera en 1619. Todavía en Sevilla entabla unos estrechos lazos entre 1607 y 1614 con
            don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, quien ya en Madrid y tras la subida al trono de
            Felipe IV en 1621, convertido en gran valido, reclama la presencia en la corte de su
            amigo. A partir de ese momento Rioja será mano derecha del futuro Conde-Duque como
            consejero y estrecho colaborador, redactor de cámara y bibliotecario. La situación de
            Rioja en la corte se afianza con la sucesión de cargos: cronista de su Majestad,
            bibliotecario real e inquisidor de la Suprema y General. Tanto que no le arrastra ni la
            caída del mismísimo Olivares, aunque sí se vuelve a Sevilla en 1643; de allí parte de
            nuevo, al parecer movido por instancias muy superiores, en 1654 a Madrid, donde morirá
            pocos años después. De su actividad sevillana quedan bastantes opúsculos, cartas y notas
            eruditas recogidos por su amigo Pacheco en el códice <hi rend="i">Papeles diversos</hi>
            y en el colectivo <hi rend="i">Tratados de erudición de varios autores</hi>. En la etapa
            madrileña la obra en prosa de Rioja se orientará hacia la política en su faceta de
            asesor (con el <hi rend="i">Aristarco</hi>) y defensor (con el <hi rend="i"
              >Nicandro</hi>, aunque en esta caso atribuido, por figurar anónimo) del Conde-Duque de
            Olivares. A pesar de tan importante carrera, Rioja ha pasado a la historia de la
            literatura por una pequeña colección poética, que, o bien por el prurito de la
            preservación humanística, o bien por considerarla por su autor bagatela de juventud,
            permaneció inédita. Dicha colección poética, cuyo códice más representativo es el
            cuaderno <hi rend="i">Versos de Francisco de Rioja. Año 1614</hi>, representa en su
            relativa brevedad (medio centenar de sonetos y una decena larga de silvas) el ejemplo
            más acabado de reflexión sobre la fugacidad y la <hi rend="i">vanitas</hi> por medio de
            los símbolos recurrentes de flores y ruinas (cf. López Bueno 1984 y 2010). Cuando
            Almansa menciona en esta lista de expertos a Rioja, todavía está lejos de su etapa
            madrileña y de su preponderante posición en la corte, aunque ya sí tendría fama como
            erudito humanista y fino poeta. Solo en virtud de este reconocimiento se explica su
            aparición aquí, pues Rioja fue un clasicista declarado, que, como el entorno sevillano
            del que formaba parte, no solo vivió bastante ajeno al fenómeno gongorino, sino que lo
            pretendió neutralizar estratégicamente con la edición de 1619 un Herrera que
            “gongorizara” (López Bueno 2012b: 301-310). </note>, el maestro <name type="polemista"
            >Toledo</name><note place="bottom">Luis Tribaldos de Toledo (Tébar, Cuenca, 1558 -
            Madrid 1636). Importante humanista, filólogo e historiador, fue preceptor del conde de
            Villamediana, profesor de Retórica en Alcalá de Henares y bibliotecario del Conde-Duque,
            además de Cronista Mayor de Indias desde 1625. Elogiado y estimado por muchos
            contemporáneos (Lope de Vega, Espinel, Cascales y, entre los extranjeros, Justo Lipsio,
            con quien mantuvo correspondencia), fue conocedor de lenguas antiguas (entre ellas el
            griego y el hebreo) y modernas. Su obra refleja el amplio abanico de intereses de su
            talante humanístico: junto a obras originales, encontramos ediciones y traducciones;
            trató diversas materias, como historia, geografía o literatura; escribió en latín y en
            castellano, y tanto en prosa como en verso. (Para más información biobibliográfica véase
            Arcos y Rodríguez 2001.) En relación con el gongorismo, es de destacar la interesante
            ambigüedad de sus posicionamientos. Por una parte, defendió a Lope de Vega en la <hi
              rend="i">Expostulatio Spongiae</hi> (1618), preparó la edición de las <hi rend="i"
              >Obras</hi> de Francisco de Figueroa (Lisboa: Pedro Craesbeeck, 1625), una edición
            programática, en cuyos preliminares participaron autores como Lope de Vega o Jáuregui,
            edición que desde posiciones clasicistas conllevaba una actitud de clara confrontación,
            y fue el destinatario de una de las cartas antigongorinas de Cascales (<hi rend="i"
              >Cartas filológicas</hi>, VIII de la Década primera; véase ahora Daza 2016). Sin
            embargo, por otra parte, elogió a Góngora en su aprobación de 15 de noviembre de 1632
            para la edición de Hoces en estos términos: sus poesías «se pueden y deben estimar por
            la cosa más aguda y delgada y de mayor sal y donaire, con sus partes de gravedad, que
            han salido en estilo lucido en España, que esta es la quintaesencia de un entendimiento
            delgado, sublime y por excelencia, aunque singular, de general agrado para todos
            estados. Su grandeza es de manera que ni griegos ni latinos pueden competir con la
            vivacidad de sus conceptos y las demás lenguas vulgares vuelan muy rateras en su
            comparación. En suma, de este solo talento se puede España gloriar, pero no esperar otro
            semejante en estas letras, en varias edades» (Góngora, 1633: f. ¶4rv; los textos
            completos de las aprobaciones figuran en una primera edición de Hoces de 1633 y no en
            otra segunda del mismo año: cf. Moll, 1984: 932-951). Parece evidente que los elogios de
            Tribaldos sobrepasan con mucho los formulismos y tópicos laudatorios habituales en este
            tipo de documentos. <ref xml:id="ref62" target="ref61">Volver a la nota
            173.</ref></note> y el Padre maestro <name type="polemista">Hortensio</name><note
            place="bottom">Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga (Madrid 1580 – 1633). De
            esmerada educación, que le procuró su padre el milanés Mucio Paravicino, estudió con los
            jesuitas y luego en la Universidad de Salamanca. Ingresa en la orden trinitaria en 1599,
            en la que hará carrera con cargos importantes, como visitador de la Provincia de
            Andalucía y Ministro Provincial de Castilla; desde 1606 vive en el convento de la calle
            de Atocha en Madrid hasta su muerte. Fue participante activo en los círculos literarios
            de academias y justas, pero su celebridad le vendrá como predicador religioso, llegando
            a obtener en 1617 el prestigioso título de Predicador de su Majestad. Contó con el total
            apoyo de la familia real y de importantes próceres, como el Conde-Duque de Olivares.
            Poco dado a imprimir sus sermones, solo diez de ellos fueron impresos en vida, aunque a
            lo largo del siglo XVII vieron la luz varios sermonarios preparados por sus hermanos de
            orden. En 1641 aparecieron las <hi rend="i">Obras póstumas divinas y humanas de don
              Félix de Arteaga</hi> (textos poéticos, una pieza teatral y una loa), de las que hay
            ed. moderna de Sedeño y Serrano (2002). Para el estudio del predicador Paravicino
            resultan imprescindibles los estudios y la edición de <hi rend="i">Sermones
              cortesanos</hi> de Francis Cerdan (1994a y 1994b), como antes los de Alarcos (1937).
            Fray Hortensio resultó ser uno de los pocos y verdaderos amigos de Góngora. El atractivo
            personal del trinitario y su carácter afable (patentes en el magnífico retrato del
            Greco: cf. Cerdan: 2011), las largas conversaciones mantenidas en su celda, el hecho de
            compartir desde 1617 una situación pareja respecto al poder y sus más altas esferas, el
            uno como capellán real y el otro como predicador, y sobre todo el manifestar ambos, el
            uno desde sus creaciones poéticas y el otro desde el púlpito, un programa estético e
            intelectual común basado en el poder experimentador de la palabra (como finamente ha
            estudiado Mercedes Blanco 2012) sentaron las bases de una firme amistad que aflora en
            multitud de testimonios de la vida y obra de ambos. Valga mencionar aquí las tres
            afectuosas cartas que le dirige Góngora entre fines de 1623 y principios de 1624 con
            ocasión de la estancia por tierras andaluzas del predicador como visitador de la orden y
            como participante en el viaje real (cartas 106, 107 y 109 de su <hi rend="i"
              >Epistolario</hi>, Carreira 2000: II) o el soneto que con rendida admiración le dirige
            el fraile «Ya que obediente o a interior respeto». Es evidente que cuando Almansa y
            Mendoza menciona al Padre maestro Hortensio todavía no ha comenzado la estrecha amistad
            con el poeta, lo que pone más en valor la autoridad del trinitario en «estas materias»
            de poesía. <ref xml:id="ref14" target="ref13">Volver a la nota 22</ref>.</note>, pueden
          hablar en estas materias; que si algunos por haber hecho cuatro versos, sin conocimiento
          de la <title>Poética</title> de <name type="authority">Aristóteles</name>, <pb n="f. 149v"
          /> de <name type="authority">Horacio</name>, de <name type="authority">Tasso</name> y de
            <name type="authority">Minturno</name><note place="bottom">Con la mención conjunta de
            estas cuatro poéticas, a saber, la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles, el <hi
              rend="i">Ars poetica</hi> de Horacio, los <hi rend="i">Discorsi […] dell’Arte Poetica
              et in particolare del Poema Heroico</hi> (Vinetia: Giulio Vassalini, 1587) de Torquato
            Tasso y <hi rend="i">L’Arte Poetica</hi> (Venetia: Gio. Andrea Valuassori, 1564) de
            Antonio Sebastiano Minturno, Almansa quiere reunir lo que podríamos considerar la <hi
              rend="i">summa</hi> preceptiva del arte clasicista multisecular. En esa <hi rend="i"
              >summa</hi> se combinan los dos clásicos imprescindibles (de hecho, bien podríamos
            decir que toda la poética occidental no es sino una vasta paráfrasis de Aristóteles y de
            Horacio) y junto a ellos los dos también imprescindibles preceptistas italianos
            modernos: Minturno, cuya <hi rend="i">Arte Poetica</hi> de 1564 organiza por primera vez
            una preceptiva con arreglo a la división tripartita épica, escénica y lírica, lo que
            suponía toda una conquista para este último género, y Tasso por la enorme influencia que
            en España tuvieron sus <hi rend="i">Discorsi</hi> en la elaboración de una preceptiva
            española, particularmente en las <hi rend="i">Tablas poéticas</hi> de Cascales.</note>,
          se hallan en concepto suyo capaces, cuando a mí no me engañen, a su misma suficiencia
          engañan, pues habiendo de ostentar algún acto<note place="bottom">Es decir, ‘cuando lo
            tengan que mostrar con hechos’.</note>, verán cuán atrás se hallan.</p>
        <p>Dicen lo primero que ha usado en las <title>Soledades</title> y <title>Polifemo</title>
            desiguales<note place="bottom">En el sentido de ‘cambiados’ o ‘intercambiados’, esto es,
            que ha aplicado al revés los «modos» (véase la nota siguiente) de los géneros a ambos
            poemas. Con ello Almansa da entrada al asunto del controvertido género de las <hi
              rend="i">Soledades</hi>, que fue objeto de uno de los más vivos debates de la polémica
            gongorina. Para ver los argumentos esgrimidos en las <hi rend="i">Advertencias</hi>
            sobre el carácter lírico del poema en el contexto de las teorías preceptivas de su
            tiempo, véase Estudio introductorio, apartado 6.1 «La cuestión del género».</note>
            modos<note place="bottom">«Modos» en sentido amplio vale por ‘géneros’, aunque
            técnicamente remonte con más precisión a los llamados «modos de imitación», que fueron
            precisamente en el Renacimiento la vía más utilizada por los preceptistas para la triple
            partición genérica (dramática, heroica y lírica). Los «modos de imitación» constituían
            el tercero de los procedimientos considerados en la <hi rend="i">Poética</hi>
            aristotélica para realizar la <hi rend="i">mímesis</hi> (medios, objetos y modos): «Pues
            bien, la epopeya y la poesía trágica, y también la comedia y la ditirámbica, y en su
            mayor parte la aulética y la citarística, todas vienen a ser en conjunto imitaciones.
            Pero se diferencian entre sí por tres cosas: o por imitar con medios diversos, o por
            imitar objetos diversos, o por imitarlos diversamente y no del mismo modo» (Aristóteles
            1988, 127). Y en cuanto al procedimiento específico del «modo», se señala en la misma
              <hi rend="i">Poética</hi> aristotélica: «Hay todavía entre estas artes una tercera
            diferencia, que es el modo en que uno podría imitar cada una de estas cosas. En efecto,
            con los mismos medios es posible imitar las mismas cosas unas veces narrándolas (ya
            convirtiéndose hasta cierto punto en otro, como hace Homero, ya como uno mismo y sin
            cambiar), o bien presentando a todos los imitados como operantes y actuantes» (Ibíd.,
            133). El «modo de imitación» se explotó sobremanera en la teoría poética renacentista
            para legitimar la existencia del género de la poesía lírica, a la que le correspondería
            en principio el modo narrativo o <hi rend="i">exegemático</hi>, es decir, aquel en que
            solo habla el poeta «como uno mismo y sin cambiar». Volver a la nota <ref
              xml:id="ref201" target="ref200">236</ref>.</note> en su composición, y que debía el
            <title>Polifemo</title> ser poesía lírica y las <title>Soledades</title> heroica, y que
          cambió los modos<note place="bottom">Manuel Ponce en su <hi rend="i">Silva a las
              Soledades</hi> recoge en muy parecidos términos las objeciones de los detractores de
            Góngora en este punto: «y dicen […] que en el <hi rend="i">Polifemo</hi> y en esta silva
            ha errado los estilos, porque en aquel, que contenía una acción lírica, no escribió
            lírico, y en esta, que también lo es, ha escrito versos cuyo nervio es heroico» (f.
            37r-37v). Volver a la nota <ref xml:id="ref28" target="ref27">85</ref>.</note>. Pésame
          que he de entrar por objeción tan frágil. El <title>Polifemo</title>: si de su naturaleza
          el poema heroico se destinó a narraciones, allí él se introduce por musa<note
            place="bottom">‘Allí [en el <hi rend="i">Polifemo</hi>] él [el poema heroico] se
            introduce por musa’, es decir, por la musa Talía que le dictó los versos al poeta
            («Estas que me dictó rimas sonoras, / culta sí, aunque bucólica, Talía…»).</note> que
          canta una narración de un episodio que <name type="authority">Virgilio</name> como
          paréntesis delectable puso a la prolija navegación de Ulises<note place="bottom">El
            episodio de Ulises con el cíclope Polifemo (<hi rend="i">Odisea</hi>, canto IX, v.
            187-542) es recreado por Virgilio (<hi rend="i">Eneida</hi>, libro III, v. 588-691) en
            boca de Aqueménides, quien fue abandonado por la tripulación de Ulises en la isla de los
            cíclopes y suplica ahora a Eneas y a los suyos que lo lleven con ellos. En la redacción
            de Almansa (al referirse al «paréntesis delectable [que Virgilio] puso a la prolija
            navegación de Ulises») parecen mezclarse ambos episodios.</note>; y las
            <title>Soledades</title> por ningún camino podían ser heroicas<term rend="index"
            key="Soledades por ning˙n camino podÌan ser heroicas"/>, que dando <name
            type="authority">Horacio</name> modos en su <title>Poética</title> qué materias se <pb
            n="f. 150r"/> habían de descubrir en verso lírico, dijo: pinta un delfín el mar, una
            soledad<note place="bottom">Imposible determinar a qué se refiere Almansa con esta frase
            y con su remisión a Horacio, pues el latino nada dice que se parezca a esto cuando
            menciona los contenidos de la poesía lírica en los v. 83-85 del <hi rend="i">Ars
              poetica</hi>: «<hi rend="i">Musa dedit fidibus diuos puerosque deorum / et pugilem
              uictorem et equom certamine primum / et iuuenum curas et libera uina referre</hi>» («A
            la lira le encomendó la musa cantar a los dioses y también a sus hijos; al luchador
            victorioso, y al caballo que en la carrera quedara el primero; y las cuitas de los
            muchachos y la libertad de los vinos», trad. de J. L. Moralejo, en <hi rend="i"
              >Biblioteca Clásica Gredos</hi> [en lo sucesivo <hi rend="i">BCG</hi>], vol. 373:
            388-389). Tal vez Almansa tenga presente aquí el sintagma horaciano «<hi rend="i"
              >delphinum siluis adpingit</hi>» (<hi rend="i">Ars</hi>, 30), empleado por su autor
            como ejemplificación de la búsqueda de originalidad valiéndose incluso de lo prodigioso:
              «<hi rend="i">qui uariare cupit rem prodigialiter unam, / delphinum siluis adpingit,
              fluctibus aprum</hi>» (<hi rend="i">Ars</hi>, 29-30), («el que ansía dar a una obra
            una variedad prodigiosa, pinta un delfín en los bosques y un jabalí en las olas», trad.
            J. L. Moralejo, <hi rend="i">BCG</hi>, vol. 373: 385). Fue imitado en ese pasaje por
            Claudiano: «… <hi rend="i">si talibus, inquit, / creditur et nimiis turgent mendacia
              monstris / […]; iam frugibus aptum / aequor et adsuetum silvis delphina videbo</hi>»
              (<hi rend="i">In Eutropium</hi>, I. 353-358) («Si creemos en tales cosas y las
            mentiras se exageran con prodigios inauditos, entonces […] ya veré el mar apropiado para
            las mieses y a los delfines acostumbrados a los bosques», trad. de M. Castillo, <hi
              rend="i">BCG</hi>, vol. 181: 24-25). Aunque la literalidad de la frase de Almansa en
            modo alguno puede hacerse derivar de estos <hi rend="i">loci</hi> latinos, el contexto
            sí podría indicar alguna conexión al incidir en la idea de dar amplios vuelos
            imaginativos a una poesía lírica carente de definición en sus límites. Por otra parte,
            también resulta interesante relacionar la críptica frase de Almansa con el «<hi rend="i"
              >delphinum siluis adpingit</hi>» por la asociación del «<hi rend="i">siluis»</hi> con
            la «soledad» introducida por Almansa de manera aparentemente tan inopinada («pinta un
            delfín el mar, una soledad») y que nos pone en la pista de la cadena asociativa <hi
              rend="i">soledad-selva-silva</hi> (véanse <ref xml:id="ref111"
                target="ref112">n. 199</ref>, <ref xml:id="ref113" target="ref114">237</ref> y <ref
                xml:id="ref136" target="ref135">265</ref>) y Estudio introductorio, apartado
            6.1 «La cuestión del género».</note>. Y <name type="authority">Aristóteles</name> llamó
          a las obras sueltas ditirámbicas<note place="bottom">Por evidente error (¿de copia?) el
            manuscrito dice «disrambicas» (error que reproduce Orozco 1969: 199). El ditirambo era
            un himno coral y de danza en honor de Dioniso. La mención de esta poesía ditirámbica en
            la <hi rend="i">Poética</hi> aristotélica (véase la primera de las citas recogidas en
              <ref xml:id="ref200" target="ref201">n. 231</ref>) se convirtió en una de las
            agarraderas importantes para los preceptistas posteriores a la hora de legitimar a
            través de ella el género de la moderna poesía lírica. Un ejemplo inequívoco es la
            epístola X de la <hi rend="i">Philosophía Antigua Poética</hi>, 1596, que el Pinciano
            dedica a la lírica y que rotula: «De la especie de poética dicha dithirámbica» (López
            Pinciano 1998).</note> por indeterminada materia, a quien el arbitrio del poeta queda
          vestirlas del verso que quisiere; y que esta sea una obra suelta, véase que es una
            silva<note place="bottom">Para las implicaciones del término <hi rend="i">silva</hi> y
            su relación con <hi rend="i">selva</hi> y <hi rend="i">soledad</hi> (luego, f. 152v,
            emplea el propio Almansa el sintagma «silvas y soledades» como si ambos conceptos fueran
            intercambiables), véase más abajo <ref xml:id="ref138" target="ref137">n. 265</ref> y
            Estudio introductorio, apartado 6.1 «La cuestión del género» en su parte final. Volver a
            las notas <ref xml:id="ref78" target="ref77">199</ref> y <ref xml:id="ref114"
              target="ref113">235</ref>.</note> de varias cosas en la soledad sucedidas, cuya
          naturaleza adecuadamente pedía la poesía lírica para poderse variar el poeta<note
            place="bottom">En estas líneas y en las que siguen recoge Almansa lo más significativo
            de la controvertida conceptualización contemporánea del género de la lírica: variedad de
            materias, como requiere una obra «suelta», indeterminación métrica («el arbitrio del
            poeta pueda vestirlas del verso que quisiere») y nivel elocutivo determinado por algo
            tan inconcreto como el uso de «voces blandas», en oposición a las «graves» propias de la
            poesía heroica. Remito de nuevo al apartado «La cuestión del género» para no reiterar lo
            ya dicho.</note>. Cuanto más, que el mayor error que este objeto<note place="bottom"
            >‘Objeción’ (véase <ref xml:id="ref119" target="ref120">n. 198</ref>).</note> tiene es
          negar que ignora<note place="bottom">Evidente error, pues debería decir «negar que sabe» o
            bien «afirmar que ignora».</note> los modos de la poesía<note place="bottom">Es decir,
            que ignora lo que corresponde a uno u otro género según el «modo» [de imitación] que le
            corresponde.</note> quien todos a boca llena llaman príncipe de ella, por vocación
          natural y por perfección del arte ilustrado con experiencia tan prolija. Cuán llana verdad
          sea esta, si lo negaren sus émulos, lo confesarán sus obras. Demás que la lengua
          castellana no tiene determinado qué poesía convenga a unas materias más que a otras, <pb
            n="f. 150v"/> si no es en las que son naturales nuestras, como en la copla castellana y
          arte mayor<note place="bottom">Todavía en la segunda década del siglo XVII, cuando hacía
            ya un siglo que la poesía endecasilábica de origen italiano se había naturalizado de
            manera completa y total en la lengua castellana y había dado los mejores frutos de su
            tradición poética, desde Garcilaso a Góngora, se hace distinción entre las formas de
            poesía «que son naturales nuestras» y –como dice a continuación– «los versos que de
            Italia hemos tomado endecasílabos». La preceptiva de las primeras, las «naturales
            nuestras», había quedado establecida de manera definitoria y a manera de epítome en el
              <hi rend="i">Arte de poesía castellana</hi> con que Juan del Encina iniciaba su <hi
              rend="i">Cancionero</hi> de 1496. Dos tradiciones poéticas fundamentales convivieron a
            su vez en aquella poesía castellana: la más lírica, de carácter amoroso-sentimental,
            representada en el género de la <hi rend="i">canción</hi> y expresada en octosílabos, y
            otra más narrativa de índole doctrinal (panegírica o satírica), representada en el
            género del <hi rend="i">decir</hi> y expresada en el verso de arte mayor. Así lo explica
            Juan del Encina en su <hi rend="i">Arte</hi>: «Ay en nuestro vulgar castellano dos
            géneros de versos o coplas: el vno quando el pie consta de ocho sílabas o su
            equivalencia, que se llama <hi rend="i">arte real</hi>; y el otro, quando se compone de
            doze o su equivalencia, que se llama <hi rend="i">arte mayor</hi>» (López Estrada 1984:
            86).</note>. Porque los versos que de Italia hemos tomado endecasílabos<note
            place="bottom">En el ms. leemos la siguiente secuencia: «en decas [que está tachado]
            decas, y la voz». Lo más verosímil es suponer que originariamente apareciera la palabra
            «endecasílabos [endecasýlavos]» pero que, al no ser entendida por el copista, fuera
            sustituida por la secuencia indicada como una peculiar <hi rend="i">lectio
            facilior</hi>. Orozco en su edición (1969: 199) ya recoge con buen criterio
            «endecasílabos». Volver a la nota <ref xml:id="ref64" target="ref63">185</ref>.</note>,
          en que generalmente se escribe, con mudar los estilos los inclinamos a cualesquiera
          discursos: si heroicos, llenar de voces graves el verso en la igualdad de su cadencia, y
          si líricos, de voces blandas. Y así como abrazamos el modo de la composición, pueden los
          dueños de ella mudarla con la mudanza de las voces<note place="bottom">Nótese que «ella» y
            el pronombre enclítico de «mudarla» se refieren a la «composición».</note>.</p>
        <p>Lo 2º oponen que usa de vocablos nuevos, y pésame que cosa tan moderna como los diálogos
          de <name type="authority">Justo Lipsio</name><note place="bottom">Justo Lipsio (Overijse,
            Ducado de Brabante, 1547 – Lovaina, 1606) fue un reconocido humanista, filólogo y
            profesor universitario flamenco. En 1584 publicó su famoso diálogo <hi rend="i">De
              Constantia Libri Duo qui alloquium praecipue continent in publicis malis</hi> (Leiden:
            C. Plantin, 1584), traducido al español por Juan Bautista de Mesa, <hi rend="i">Libro de
              la constancia de Justo Lipsio</hi> (Sevilla: Matías Clavijo, 1616), aunque parece que
            su traductor fue Tomás Tamayo de Vargas, según reivindica en sus propios <hi rend="i"
              >Comentarios a Garcilaso</hi> de 1622: «[los libros] de la <hi rend="i"
              >Constancia</hi> del gran Justo Lipsio, que porque nuestra lengua no careciese de tal
            enseñanza, volvimos de la latina los años pasados, y anda en nombre ajeno» (Gallego
            Morell 1972: 612). Hay edición moderna española: <hi rend="i">Sobre la constancia</hi>,
            traducción y estudio introductorio de Manuel Mañas (Lipsio 2010). En esta obra, que fue
            celebérrima en toda Europa, Lipsio recupera el pensamiento del antiguo estoicismo
            haciéndolo compatible con el cristianismo y aconseja, siguiendo a Séneca, una firmeza de
            ánimo derivada del <hi rend="i">iudicium</hi> y de la <hi rend="i">recta ratio</hi>.
            Completó su teoría con otras dos obras publicadas posteriormente: <hi rend="i"
              >Manuductionis ad Stoicam Philosophiam Libri Tres, L. Annaeo Senecae, aliisque
              scriptoribus illustrandis</hi> (Antwerp: Plaintin-Moretus, 1604) y <hi rend="i"
              >Physiologiae Stoicorum Libri Tres, L. Annaeo Senecae, aliisque scriptoribus
              illustrandis</hi> (Antwerp: Plantin-Moretus, 1604), pensadas ambas como una
            introducción a su edición de Séneca: <hi rend="i">Annaei Senecae Philosophi Opera, Quae
              Existant Omnia, A Iusto Lipsio emendata, et Scholiis illustrata</hi> (Antwerp:
            Plantin-Moretus, 1605). La repercusión de las teorías de Lipsio y del neoestoicismo en
            su conjunto fue enorme en un gran número de intelectuales europeos y de españoles en
            particular, alcanzando en España un máximo en el año de 1612 con la publicación de
            varias obras importantísimas para la difusión de las ideas neoestoicas: tres
            reimpresiones del comentario de Epicteto por Sánchez de las Brozas, <hi rend="i"
              >Doctrina del estoico filósofo Epicteto…</hi>; de la obra de Quevedo, <hi rend="i"
              >Doctrina moral del conocimiento propio…</hi>; y de la <hi rend="i">Doctrina moral de
              las epístolas que Lucio Anneo Séneca escribió a Lucilio</hi> (cf. Blüher, 421 y <hi
              rend="i">passim</hi>). Estamos, pues, en fechas muy próximas al surgimiento de la
            polémica gongorina, fechas en las que la influencia e imitación del humanista flamenco
            Lipsio iba asociada al uso de una lengua rica en exornaciones y por ello tendente a la
            afectación. Así lo hace constar Correas en 1625 en su <hi rend="i">Arte de la lengua
              española castellana</hi>: «La kakozelia es mala imitazion, quando por querer imitar,
            pintar i adornar mucho una cosa, con aquello mesmo que se procura conponer se desconpone
            i afea, como los que imitan á Lipsio i los que llenan de oro i perlas i diamantes,
            esmeraldas i rrubies los sonetos, i de flores, verduras, prados, fuentes, ghixas, i
            arroiuelos, i al cabo todo es faxina» (<hi rend="i">Corpus diacrónico del español
              CORDE</hi>, en línea). Contra la afectación o «cacocelia» (concepto que remite a
            Quintiliano, <hi rend="i">Institutio Oratoria</hi> VIII-6) advirtieron
            bienintencionadamante a Góngora sus amigos. Pedro de Valencia le aconseja «guardarse de
            extrañezas i gracias viciosas i de toda prava aemulación de modernos, que es vicio
            general, a que los artífices llaman cacozelia» (Pérez López 1988: 79), como antes le
            había prevenido contra los hipérbatos: «vicio que los artífices de Rhetórica llaman
            cacosyntheton» (Ibid: 76). «La “cacocelia” –le dice el abad de Rute en su <hi rend="i"
              >Parecer</hi>– ya sabe vuestra merced que es vicio por afectación de ornato demasiado»
            (Elvira 2015: 1614_parecer). En el contexto de réplica a una corriente de censuras al
            léxico gongorino, debe entenderse la alusión de Almansa a la imitación de Lipsio como
            ejemplo y garante del empleo de novedades, en este caso léxicas, por parte de Góngora.
          </note> no hayan visto, y si visto, olvidado. Y <name type="authority">Horacio</name>,
          reprehendiendo a <name type="authority">Catón</name>, que había dado esa misma culpa a
            <name type="authority">Virgilio</name>, los defiende con sus versos [<name
            type="authority">Ovidio</name>]<note place="bottom">Estas alusiones a Horacio, Catón,
            Virgilio y Ovidio, encadenadas de la manera que lo hace Almansa, constituyen un
            auténtico galimatías imposible de explicar. Es evidente que quien defiende los vocablos
            nuevos con sus versos es Horacio, cuya cita siguiente del <hi rend="i">Ars poética</hi>
              («<hi rend="i">Ut silvae</hi>…») lo ratifica. Por tanto sorprende la alusión que en
            medio se hace a Ovidio, extrañeza que aumenta con el hecho de que su nombre aparezca en
            el manuscrito escrito en el renglón con un llamativo espacio de separación. Todo hace
            pensar, pues, en una aporía producida por una mala lectura del copista que saltó algún
            fragmento del texto, o menos probablemente del propio Almansa que no entendió al
            “oráculo” del que se servía. Para salvar la comprensión del texto he incluido el nombre
            de Ovidio entre paréntesis cuadrados. Pero ni aun así quedan allanados todos los
            obstáculos de la frase. Tomando como referencia la cita de Horacio que Almansa recoge a
            continuación (véase nota siguiente), comprobamos que el pasaje en el que está incurso
            dicho verso constituye una decidida defensa por parte del poeta latino de la
            introducción de nuevos vocablos, defensa que se ilustra con la mención de los autores
            latinos que los emplearon «<hi rend="i">… Quid autem /Caecilio Plautoque dabit Romanus,
              ademptum /Vergilio Varioque? Ego cur, adquirere pauca / i possum, inuideor, cum lingua
              Catonis et Enni /sermonem patrium ditauerit et noua rerum / nomina protulerit? Licuit
              semperque licebit / signatum praesente nota producere nomen. / Vt siluae foliis pronos
              mutantur in annos…</hi>» (<hi rend="i">Ars</hi>, 53-60) («¿Y por qué a Cecilio y a
            Plauto le van a conceder los romanos lo que niegan a Virgilio y Vario? ¿Por qué yo, si
            puedo hacer unas pocas ganancias soy mal mirado, cuando la lengua de Catón y de Ennio
            enriqueció el habla patria y dio a conocer nuevos nombres? Ha sido y será siempre lícito
            sacar a luz un nombre que lleve el cuño del tiempo. Igual que de un año para otro los
            bosques…», trad. de J. L. Moralejo, <hi rend="i">BCG</hi>, vol. 373: 386-387). Almansa
            recoge, pues, dos de los nombres (Catón y Virgilio) mencionados en el pasaje horaciano,
            pero en este último nada induce a pensar en ninguna «reprehensión» hacia Catón, como
            quiere Almansa, sino todo lo contrario: la reprensión de Horacio se dirige a quienes
            niegan la prerrogativa de introducir nuevos vocablos a sus amigos Virgilio, Vario o a él
            mismo, cuando sí se lo concedieron a los arcaicos Cecilio Estacio y Plauto o Catón el
            Viejo y Ennio. En cualquier caso, y más allá del abstruso sentido literal de la frase,
            está claro que Almansa quiere traer como autoridad a Horacio para apoyar la introducción
            de neologismos, y en ese punto es evidente que la cita resulta totalmente adecuada.
            Manuel Ponce en el <hi rend="i">Discurso</hi> que forma la segunda parte de su <hi
              rend="i">Silva a las Soledades</hi> se detiene en la traducción y glosa de estos
            versos 46-59 del <hi rend="i">Ars</hi> de Horacio, que resultan decisivos para
            fundamentar el apoyo a las nuevas voces o <hi rend="i">verba preregrina</hi> (<hi
              rend="i">Silva</hi>, f. 101r y ss.; Azaustre 2015: 89). Volver a la nota <ref
              xml:id="ref30" target="ref29">86</ref> y <ref xml:id="ref199" target="ref198"
              >186</ref>.</note>: <quote><hi rend="i">Ut silvae foliis pronos mutantur in annos
              &amp;</hi></quote><note place="bottom">Horacio, <hi rend="i">Ars</hi>, 60. El verso
            adquiere su pleno sentido en el contexto horaciano en continuidad con los anteriores
            (citados en nota anterior) y con los siguientes, que Almansa obvia con el signo
            tironiano de &amp; <hi rend="i">et [caetera]</hi>: «<hi rend="i">Vt siluae foliis pronos
              mutantur in annos, / prima cadunt, ita uerborum uetus interit aetas, /et iuuenum ritu
              florent modo nata uigentque</hi>» (<hi rend="i">Ars</hi>, 60-62) («Igual que de un año
            para otro los bosques cambian de hojas y caen las primeras, así perece la generación de
            las viejas palabras y, al igual que los jóvenes, florecen y cobran vigor las que han
            nacido hace poco», trad. de J. L. Moralejo, <hi rend="i">BCG</hi>, vol. 373: 387). El
            primero de los versos recoge un símil homérico sobre las generaciones humanas (<hi
              rend="i">Ilíada</hi>, VI, 146-149) que Horacio traslada a la vida de las
            palabras.</note>. Y <name type="authority">san Jerónimo</name> en el prólogo de
            <title>Job</title>, dando <pb n="f. 151r"/> la definición de poesía<note place="bottom"
            >Nada dice san Jerónimo al respecto en el prólogo al <hi rend="i">Libro de Job</hi>
            (Jerónimo 1845: col. 619-620), por lo que a primera vista parece ser un error más de
            Almansa. Ahora bien, esta mención del autor de la Vulgata en un contexto que tanto se
            acerca a otro de la famosa carta de Góngora <hi rend="i">En respuesta de la que le
              escribieron</hi>, y en particular la igualdad de la frase «locuciones exquisitas» en
            relación con el término griego <hi rend="i">poetes</hi> o <hi rend="i">poetés</hi>
            (véase la nota siguiente), puede llevarnos a algunas conjeturas que justifiquen la
            mención de san Jerónimo en este lugar precisamente. Góngora en su carta dice: «Demás que
            honra me ha causado hacerme oscuro a los ignorantes, que esa es la distinción: hablar de
            manera que a ellos les parezca griego, pues no se han de dar las piedras preciosas a los
            animales de cerda. Y bien digo griego, locución exquisita que viene de poeses, verbo de
            aquella lengua, madre de las ciencias, como Andrés de Mendoza trata tan corta como
            agudamente en el segundo punto de sus corolarios, que así los llama Vm» (Daza 2011:
            285). No puedo referirme aquí a las muchas reflexiones críticas que han suscitado estas
            líneas de Góngora, cuya coincidencia con Almansa, mencionado por el propio Góngora, hace
            pensar, no en un préstamo por parte del poeta de la frase del relacionero, lo que sería
            impensable (como ya apuntó Carreira, 1998: 263-264), sino en que posiblemente a la hora
            de elaborar sus <hi rend="i">Advertencias</hi> Almansa dispusiera de una relación previa
            de comentarios o notas a <hi rend="i">loci</hi> de la primera <hi rend="i">Soledad</hi>
            (como queda explicado en Estudio introductorio, apartado «El título y sus
            intenciones…»). Sin entrar ahora en todo ello, solo traigo aquí el párrafo de la carta
            gongorina para llamar la atención sobre la frase inmediatamente anterior a la
            coincidente con Almansa, esto es, la frase «no se han de dar las piedras preciosas a los
            animales de cerda». Procede del Evangelio de san Mateo 7.6 («<hi rend="i">Nolite dare
              sanctum canibus: neque mittatis margaritas vestras ante porcos, ne forte conculcent
              eas pedibus suis, et conversi dirumpant vos», Biblia sacra Vulgata</hi>, en línea) y
            de ella se sirve san Jerónimo para defender la oscuridad y el enigma de las profecías en
            su comentario al <hi rend="i">Libro de Nahum</hi> (cf., entre otros, Vilanova 1983:
            667-668, y Roses 1994: 104-105). Tal vez la impericia de Almansa en el trato con los
            textos bíblicos, por una parte, y la cercanía de los comentarios de san Jerónimo a
            propósito de la oscuridad en los “papeles” u opiniones de que se sirviera para redactar
            sus <hi rend="i">Advertencias</hi>, por otra, pudieran justificar la errónea mención
            aquí del prólogo al <hi rend="i">Libro de Job</hi>. (Aparte de todo ello, es de
            considerar la curiosa la predilección que tenía Almansa por la mención del autor de la
            Vulgata como testimonio de autoridad en sus Relaciones de sucesos [cf. Ettinghausen y
            Borrego 2001: <hi rend="i">passim</hi>].) Volver a <ref xml:id="ref6" target="ref5">n.
              11</ref>.</note>, dijo que venía de poetes, nombre griego que quiere decir locuciones
            exquisitas<note place="bottom">Esta frase es coincidente en tres testimonios tempranos
            de la polémica, pues, además de aquí, aparece en la carta de Góngora <hi rend="i">En
              respuesta de la que le escribieron</hi> («…locución exquisita que viene de poeses,
            verbo de aquella lengua, madre de las ciencias, como Andrés de Mendoza trata tan corta
            como agudamente en el segundo punto de sus corolarios…» (Daza 2011: 285) y en la <hi
              rend="i">Silva a las Soledades</hi> de Manuel Ponce («… poaetes, antiquísima voz
            griega que se lee exquisita locución, porque los primeros de inflamado espíritu
            comenzaron a hablar diversamente del común en aquel siglo bárbaro, como ahora en el
            verso, que al fin era una suerte de locución rara y no conocida…», (<hi rend="i"
              >Silva</hi>, f. 90r). Con demoledora ironía recoge el testigo el “anónimo” Lope en su
              <hi rend="i">Respuesta a las cartas de don Luis de Góngora y de don Antonio de las
              Infantas</hi> de 16 de enero de 1616: «Y cuanto a la lengua griega, buen principio le
            han dado Vm. y sus comentadores declarándonos lo que quiere decir aforismo y el Poetes
            tan repetido en sus escritos, que quien esto alcanza, no lo ignora todo» (Orozco 1973:
            242). Semejante coincidencia entre los testimonios, además de dar más fuerza a la
            hipótesis de la existencia de un vademécum previo de argumentos de los que se serviría
            Almansa, hace pensar en un lugar común reiterado en la época. Efectivamente, como ya se
            percatara Joaquín Roses (1994: 104), la frase está recogida en la <hi rend="i">Plaza
              Universal de todas ciencias y artes</hi> (1615) de Cristóbal Suárez de Figueroa: «El
            poeta se deriva, no de <hi rend="i">Pico</hi>, como dice el Boccaccio, que significa <hi
              rend="i">Forno</hi> o <hi rend="i">Fingo</hi>, sino de <hi rend="i">Poetes</hi>,
            antiquísimo vocablo griego, que suena en latín <hi rend="i">Exquisita locutio</hi>,
            porque es propio del poeta hablar exquisita y raramente» (Súarez de Figueroa, ed.
            de1619: 365). Esta obra es a su vez traducción en parte de la famosa poliantea italiana
            Piazza universale de tutte le professioni del mondo (1585) de Tomaso Garzoni, de la que
            Suárez de Figueroa recoge literalmente la frase citada. El lugar común remonta a
            Petrarca, <hi rend="i">Familiarum rerum</hi> X, IV, 4, y a Boccaccio, <hi rend="i"
              >Genealogia deorum</hi>, 14, 8 (véanse Billanovich 1947: 124 y ss., y Mésoniat 1984:
            22-23). La conclusión más importante de este rastreo en orden a nuestro texto es
            comprobar la mediación de la <hi rend="i">Plaza Universal</hi> de Suárez de Figueroa,
            que si bien no se publicó hasta 1615 (la tasa es del 12 de agosto), tal vez circulara
            entre los adeptos a Góngora, particularmente el Discurso CV «De los poetas y
            humanistas», de donde se extracta la frase en cuestión. Como ha explicado Roland Béhar,
            la adaptación castellana del tratado de Garzoni hecha por Suárez de Figueroa en los años
            en que estalla la polémica gongorina, introduce algunas modificaciones reveladoras y en
            todo caso nos muestra a un autor proclive a la poética gongorina (Béhar 2014). En esa
            línea no debemos olvidar que Suárez de Figueroa es uno de los catorce mencionados por
            Almansa como expertos para poder opinar sobre la obra de Góngora (véase <ref
              xml:id="ref121" target="ref122">n. 223</ref>). Volver a las notas <ref xml:id="ref8"
              target="ref7">11</ref>, <ref xml:id="ref24" target="ref23">82</ref>, <ref
              xml:id="ref32" target="ref31">87</ref> y <ref xml:id="ref140" target="ref139"
              >266</ref>.</note>. Y si alguna persona con justa causa puede ampliar la lengua es el
          Sr. don Luis, que es el dueño de ella, porque los valientes atrevimientos se conceden a
          los valientes ingenios<note place="bottom">La <hi rend="i">felix</hi> osadía gongorina se
            convertirá uno de los tópicos críticos de más rentabilidad en la polémica. Será en
            primer lugar el propio Góngora, quien genialmente proclame en la <hi rend="i"
              >Soledad</hi> segunda, v. 137-143, por medio de un protagonista peregrino que nunca
            estuvo más cerca de la voz autorial, la osadía de Ícaro como aspiración sublime: «Audaz
            mi pensamiento / el cenit escaló, plumas vestido, …». Luego sus seguidores abundarán en
            el lugar común, empezando por Díaz de Rivas en los <hi rend="i">Discursos
              apologéticos</hi>: «Es digno de loa y maravilla que en un vuelo tan alto y en una
            carrera tan precipitada nuestro poeta casi no haya resbalado. Lo cual no fuera alabanza,
            si acaso hubiera seguido un camino llano» (Gates 1960: 67; modernizo grafías). La
            tradición erudita del tópico arranca de Plinio el Joven en su <hi rend="i">Epístola a
              Luperco</hi> (epístola 26 del Libro IX), donde proclama que la elocuencia sublime nace
            de propósitos audaces, y, por más que implique riesgos de caídas, es mejor que la
            mediocridad. Su huella está presente en la polémica gongorina desde Pedro de Valencia
            hasta Espinosa Medrano (cf. Núñez Cáceres 1985). Jáuregui sacó especial partido al lugar
            común –aunque no precisamente en pro de Góngora– para apoyar una elocuencia audaz y
            arriesgada, tanto en el <hi rend="i">Discurso poético</hi> como en la <hi rend="i"
              >Apología por la verdad</hi> (para el primero, véase la n. 288 de la ed. de Mercedes
            Blanco: 1624_discurso-poético). En la conformación del tópico también jugó papel
            importante la combinación con fuentes senequistas (véase más abajo <ref xml:id="ref174"
              target="ref173">n. 330</ref>). Volver a las notas <ref xml:id="ref74" target="ref73"
              >194</ref>, <ref xml:id="ref94" target="ref93">212</ref>, <ref xml:id="ref160"
              target="ref159">277</ref>, y <ref xml:id="ref180" target="ref179">331</ref></note>.
          Habrá cien años no tenía nuestra lengua la mitad de la abundancia de los vocablos que hoy
          gozamos, y los contemporáneos de aquellos tiempos vivían contentos con ella. Y cualquiera
          introductor de nuevas voces padeció esta guerra que hoy el Sr. don Luis; y si no, volvamos
          los ojos al divino <name type="authority">Garcilaso</name>, gloria de la casa de Feria y
          príncipe de la poesía<note place="bottom">El texto dice «poecía»; en vez de una errata
            podría tratarse de un andalucismo, como después «chosa» (Véase la nota <ref
              xml:id="ref166" target="ref165">299</ref>). </note> española, a quien se le debe como
          a fuente, y veamos lo que en esto tuvo que tolerar<note place="bottom">La mención de
            Garcilaso como garante en la utilización de voces nuevas, siendo el poeta toledano todo
            un paradigma de la claridad, fue uno de los argumentos favoritos de los progongorinos.
            En particular son muy cercanos los razonamientos de Manuel Ponce: «…Pues el docto Juan
            de Mena […] y el ingenioso Garcilaso, en muchas partes de sus escritos, usaron tambien
            voces latinas, toscanas, y nuevas (<hi rend="i">Silva</hi>, f. 105v). Volver a la nota
              <ref xml:id="ref34" target="ref33">88</ref>.</note>; pues si aquellos vocablos que en
          tiempo suyo parecieron nuevos, el uso los tiene connaturalizados y recibidos, <pb
            n="f. 151v"/> lo mismo le sucederá de aquí a diez años a los que ahora parecen voces
          nuevas. Lo que debían mirar era si tenían propiedad, si estaban originadas de la lengua
          latina, si bien hispanizadas, adecuadas e introducidas en la nuestra, o si habían podido
          ser <hi rend="i">directe</hi> o <hi rend="i">indirecte</hi> genuinas de ella: que si así
          son y tienen propiedad, aunque no estén en posesión, siendo hidalgas de solar
            conocido<note place="bottom">Cov.: «Fidalgo de solar conocido, el que tiene casa
            solariega, de donde deciende». Como los hidalgos, la autenticidad de las voces
            (palabras) se certifica por su solar o linaje antiguo, en este caso latino.</note>, se
          la iremos dando con el uso<note place="bottom">«La» se refiere a la «posesión» antes
            mencionada, esto es, la pertenencia a la lengua española. Con esta lúcida defensa de los
            neologismos, Almansa construye uno de los pasajes más logrados de las <hi rend="i"
              >Advertencias</hi>.</note>. Demás que ellas están colocadas en tan lindos lugares que
          los que más desean entrarles el diente, no saben por dónde. Y ha subido nuestra lengua por
          el Sr. don Luis a la alteza de la latina<note place="bottom">Esta idea del encumbramiento
            de la lengua española al nivel de la latina –por lo común con el término «alteza» como
            elemento determinante– fue argumento recurrente por parte de los defensores de Góngora,
            desde fechas iniciales de la polémica hasta tardías. Además de en el escrito de Almansa,
            tiene también presencia en el temprano comentario de Ponce: «sublimándole [nuestro
            idioma] su primor a la cumbre de la gravedad y numero latino» (<hi rend="i">Silva</hi>,
            f. 38r); en la carta del propio Góngora <hi rend="i">En respuesta</hi>: «…y siendo lance
            forzoso venerar que nuestra lengua, a costa de mi trabajo, haya llegado a la perfección
            y alteza de la latina» (Daza 2011: 285); en las <hi rend="i">Anotaciones y defensas</hi>
            de Díaz de Rivas: «…nuestro poeta ha abierto […] lo dificultoso que impedía los amenos y
            espaciosos campos de nuestra lengua, aprovechándose de la belleza y tesoros de las
            frasis latinas y atribuyéndole toda su nativa fuerza, copia y elegancia, con tanta
            osadía, que parece le ha dado toda la alteza a que podía llegar» (BNE, ms. 3906, f.
            191r); el mismo Díaz de Rivas en sus <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi>: «para
            conseguir nuestro Poeta esta alteza y elegancia en el decir, o le fue necesario o
            convenientísimo revolver los tesoros de la lengua latina, usurparle muchas voces
            elegantes, venustas, sonoras y muchas frasis bizarras; con lo cual parece enriqueció la
            nuestra» (Gates 1960: 39; modernizo grafías); el anónimo autor de la <hi rend="i"
              >Soledad primera ilustrada y defendida</hi>: «adelantándose tanto [la poesía española]
            que deja atrás la italiana, y está de medir con la mejor griega y latina, con los
            fertilísimos campos que la ha descubierto don Luis de Góngora,[...]. Débele España todo
            el ornamento y hermosura de su poesía, pues él solo la ha puesto en su última perfección
            y en la más alta cumbre que jamás se ha visto, echando el contrapunto a los mejores
            poetas nuestros» (Osuna 2008: 104); Angulo y Pulgar en sus <hi rend="i">Epístolas
              satisfactorias</hi>: «Si lo extraordinario es por la nueva colocación de voces […]
            digo ahora que esto es por lo que don Luis merece mayor alabanza, pues, igualando el
            nuestro al lenguaje latino, si excediéndolo no, ha sacado de vulgar nuestra poesía y de
            la mediocridad con que se han satisfecho nuestros predecesores» (f. 48r; modernizo
            grafías). También el argumento fue satirizado por los detractores, muy principalmente
            por Lope de Vega en su segunda carta “anónima” escrita desde Madrid a 16 de enero de
            1616, uno de cuyos objetivos principales es precisamente contestar de varias maneras y
            siempre con demoledores razonamientos a la presunción de Góngora, expresada en su carta
              <hi rend="i">En respuesta</hi>, de ser el inventor de una lengua que iguala a la
            latina: «Dice Vm. que ha sido el inventor de que nuestra lengua llegue a la alteza de la
            latina a costa de su trabajo y habiendo de ser esto, obligación tiene Vm. de imitar y
            igualar a los príncipes della, Cicerón y Virgilio, por su camino cada cual; de ninguno
            dellos se ha dicho jamás que es intrincado y confuso, y de las Soledades lo dicen casi
            todos en general. […] Que no es perfección de nuestra lengua hacerla tan semejante a la
            latina, que obligue para entenderla a preceptos de construcción dificultosa, pues esto
            no es necesario, y sólo es tomar lo peor de la latina» (Orozco 1973: 243-245). Volver a
            las notas <ref xml:id="ref4" target="ref3">10</ref>, <ref xml:id="ref36" target="ref35"
              >89</ref> y <ref xml:id="ref54" target="ref53">143</ref>.</note>, que en razón de
          buenos estudios nadie niega ser la princesa de los idiomas, por la galantería de sus
          frasis, partición de las oraciones, verdura de las elocuciones y abundancia de voces,
          supliendo en la nuestra un <hi rend="i">la</hi>
          <pb n="f. 152r"/> y un <hi rend="i">que</hi> como en ella<note place="bottom">Sin duda
            esta frase de Almansa encierra una réplica a la que ya sería extendida opinión sobre
            determinados usos indebidos de la lengua gongorina por sus construcciones latinizantes.
            Llevado por ese estado de opinión es por lo que presumiblemente Góngora, en su carta de
            30 de septiembre de 1615 <hi rend="i">En respuesta</hi> a la anterior “anónima” de Lope
            de 13 del mismo mes, diga que «uno de los defectos que su carta de V. m. pone en mis <hi
              rend="i">Soledades</hi>, que no articulo ni construyo bien el romance…» (Orozco 1973:
            180), siendo así que Lope en aquella carta no le había afeado semejante cosa, como se
            encarga muy bien de espetarle en la siguiente de 16 de enero de 1616: «…Vm. imputando al
            ausente [soldado en cuyo nombre dice escribir] que uno de los defectos que en su carta
            opone a las <hi rend="i">Soledades</hi> es que Vm. no articula ni construye bien el
            romance, y pues en ella no hay palabras tales ni otras de que se pueda colegir, claro es
            que Vm. se lo conocía y le acusaba su conciencia para responder a esta objeción» (Orozco
            1973: 246).</note>, y en imitación de la lengua santa y en algunas voces de raíz griega.
          Y caso que no fueran inventadas por él, se le debía agradecimiento por el principio, y
          cuando no buenas<note place="bottom">La «b» de buenas parece ser una corrección sobre otra
            grafía, probablemente una «n», por lo que inicialmente la palabra sería «nuevas»; sin
            embargo, el copista no corrigió la «v» por «n», quedando en realidad «buevas». Es
            complicado decidir en el contexto en el que se inscribe cuál sería el más adecuado de
            los dos términos (la respuesta en última instancia podría venir dada por el sentido de
            la cita de Javoleno que recoge a continuación, pero esta –como se verá en la nota
            siguiente– es todo un enigma), aunque desde el punto de vista meramente gráfico parece
            preferible «buenas», porque, de no ser así, el copista habría hecho algún intento de
            tachar la letra «b», que aparece claramente escrita.</note>, ¿no dijo el jurisconsulto
            <name type="authority">Javoleno</name> en la ley 3ª: <quote><hi rend="i">error &amp;
            </hi>…?</quote><note place="bottom">Javoleno Prisco, jurista y <ref
              target="http://es.wikipedia.org/wiki/Senado_romano">senador romano</ref> que vivió
            entre los siglos primero y segundo después de Cristo. Fue miembro del concilio de <ref
              target="http://es.wikipedia.org/wiki/Trajano">Trajano</ref> y director de la <ref
              target="http://es.wikipedia.org/wiki/Escuela_Sabiniana">Escuela Sabiniana</ref>, como
            discípulo que había sido de Celio Sabino. Escribió catorce libros de <hi rend="i"
              >Epistulae</hi>, quince <hi rend="i">Libri ex Cassio</hi> y cinco <hi rend="i">ex
              Plautio</hi>, además de un comentario crítico sobre los <hi rend="i">Libri</hi> de
            Antistio Labeon. Con la escasísima pista de una sola palabra latina, <hi rend="i"
              >error</hi> (seguida del signo tironiano de &amp; <hi rend="i">et caetera</hi>, que
            suele utilizar Almansa en estos casos), resulta muy difícil localizar la cita.
            Improductivas resultan las búsquedas en la recopilación de la jurisprudencia romana que
            constituye el <hi rend="i">Digesto</hi> de Justiniano del 533 d.C., cuya mejor edición
            humanística es <hi  rend="i">Digestorum seu Pandectarum Libri
              Quinquaginta</hi> (Florentia: In officina Laurentii Torrentini ducalis Typographi,
            1553). He consultado una edición francesa del siglo XIX del <hi rend="i">Digesto</hi>
              (<hi rend="i">Les cinquante livres du Digeste ou des Pandectes de l’empereur Justinien
              …</hi>, 1803- 1805, en línea) que contiene hasta veintitrés lugares o citas de
            Javoleno y ninguna de ellas se refiere a lo mencionado por Almansa. Sin embargo, la
            generosa ayuda de Pedro Conde me ha puesto sobre la pista de la máxima jurídica <hi
              rend="i">Error communis facit ius</hi>, recogida en el <hi rend="i">Digesto</hi> (L. 3
            D. <hi rend="i">De supellectile legata</hi> o ‘El ajuar que se deja en herencia’).
            (Puede seguirse el rastreo de la frase en las recopilaciones de aforismos legales y
            frases latinas respectivamente de Vizmanos [1841: 68] y Segura [2006: 52].) Aunque la
            máxima no se atribuye a Javoleno, sino al también jurista romano Julio Paulo, sí pudiera
            encajar bien en el contexto («y cuando no buenas…») por su sentido general de que ‘el
            error generalizado crea derecho’; mejor incluso en una formulación interrogativa «¿no
            dijo el jurisconsulto Javoleno…?», por la que me he decantado. Todavía más, el propio
            Pedro Conde me indica que a propósito de esa ley <hi rend="i">De supellectile
              legata</hi> del <hi rend="i">Digesto</hi>, algunos juristas citan el brocardo<hi
              rend="i"> Error principis</hi> [en algunas versiones <hi rend="i">imperatoris</hi>]
              <hi rend="i">facit ius</hi>, lo que desde luego combinaría perfectamente con la frase
            siguiente de Almansa «Y siendo el Sr. don Luis emperador en nuestra lengua…». Si es que
            esa fuera la cita que buscamos, la atribución a Javoleno supondría un nuevo lapsus de
            Almansa en su desaforado intento de alardear de erudición. Por lo demás, resulta
            interesante añadir que otro testimonio progongorino de la polémica, las <hi rend="i"
              >Epístolas satisfactorias</hi> (1635) de Angulo y Pulgar (testimonio que, si bien muy
            posterior, tiene importantes relaciones con los testimonios primeros, en particular la
            carta de Góngora <hi rend="i">En respuesta</hi>: cf. Daza 2016), para justificar la
            introducción de hipérbatos por Garcilaso, y con ello legitimar su uso en Góngora (f. 9r
            de las mencionadas <hi rend="i">Epístolas</hi>), se apoye también en una norma jurídica
            del <hi rend="i">Digesto</hi>, en concreto <hi rend="i">De constitutionibus
              principum</hi> (L. I, 4), como señala ahora su editor (Daza 2017:
            1635_epístolas).</note>; y siendo el Sr. don Luis emperador en nuestra lengua, será
          digna de veneración cualquiera determinación suya.</p>
        <p>Lo 3º dicen que no entienden la variedad de locuciones<note place="bottom">Véase más
            abajo <ref xml:id="ref127" target="ref128">n.
            266</ref>.</note> y de oraciones partidas, y que un ingenio tan claro y que lo
          solía ser tanto<note place="bottom">Primera aparición del lugar común de los “dos
            Góngoras”, el claro y el oscuro en sucesión cronológica, que alcanzó notable relieve
            desde los primeros compases de la polémica y a lo largo de toda ella (aunque tuviera
            impugnadores importantes como Angulo y Pulgar en 1635), para renovarse con particular
            pujanza en los siglos XVIII y XIX (cf. López Bueno 2014) hasta ser debelado con buenas
            razones en el siglo XX (cf. en particular Dámaso Alonso 1978c: 13-48). La presencia del
            motivo en Almansa denota que para entonces era ya tema de debate. Y es que, en efecto,
            los contemporáneos así lo percibieron, pues el argumento de las dos épocas en Góngora
            tuvo su inicio en la mismísima carta censoria de Pedro de Valencia: «… que por huir i
            alejarse mucho del antiguo estilo claro, liso i gracioso, de que v. m. solía usar con
            excelencia en las materias menores, huye también de las virtudes i gracias que le son
            propias, i no menos convenientes para las poesías más graves» (Pérez López 1988: 76). El
            abad de Rute contribuyó a su afianzamiento en el <hi rend="i">Parecer</hi>: «Podrá ser
            que <hi rend="i">multiplicatis intercessoribus</hi>, restituya vuestra merced a su casa
            la claridad y venustidad con que han salido y sido tan justamente celebradas por el
            mundo sus obras» (Elvira 2015: 1614_parecer). El lugar común de las dos épocas se
            combinó y con-fundió con el de dos Góngoras de universos temáticos y aspiraciones
            poéticas diferentes (véase <ref xml:id="ref129" target="ref130">n. 267</ref>; y también
            Estudio introductorio, apartado «“Uno y otro Góngora”»).</note>, ha querido, no con
          alteza de conceptos, sino con oscuridad de palabras<note place="bottom">Primera aparición
            asimismo de otro de los argumentos principales –si no el principal de todos– manejados
            por los detractores de Góngora: la vacuidad de una poesía, cuya carencia de contenido
            conceptual no podía justificar en modo alguno su oscuridad. Si lo trae Almansa, bajo la
            fórmula «alteza de conceptos» / «oscuridad de palabras» (poco después lo reiterará en
            forma de réplica: «no con oscuridad de voces, sino con preñados fecundísimos de
            conceptos», f. 153r, <ref xml:id="ref131" target="ref132">n.
                268</ref>) es porque el debate aparece en escena desde fechas tempranísimas de
            la polémica, para luego sucederse en cascada entre los participantes en ella. Como es
            bien sabido, la formulación con más eco fue la expresada por Jáuregui en el <hi rend="i"
              >Antídoto</hi>: «Aun si allí se trataran pensamientos exquisitos y sentencias
            profundas, sería tolerable que de ellas resultase la oscuridad; pero que diciendo puras
            frioleras y hablando de gallos y gallinas, y pan y manzanas, con otras semejantes
            raterías, sea tanta la dureza del decir y la maraña, que las palabras solas de mi
            lenguaje castellano materno me confundan la inteligencia, ¡por Dios que es brava fuerza
            de escabrosidad y bronco estilo!» (Rico 2002: 18). Más precisiones sobre la polémica en
            torno a la oscuridad en Estudio introductorio, apartado «A vueltas con la
            oscuridad…»).</note>, hacer inaccesibles estas obras. Excusado tuviera el responder a
          esta objeción aceptando la confesión de que no saben o que no entienden, mas deseo hacer
          compatible y no sé cómo decir que no entienden y dan censura<note place="bottom">Es decir,
            que aunque intente «hacer compatible» el no saber de los críticos con la censura que
            ejercen, le resulta imposible hacerlo porque ambos extremos son incompatibles: si no
            entienden a Góngora, es imposible que lo critiquen. Este razonamiento se convirtió en
            otro de los lugares comunes de largo alcance entre los defensores de Góngora.</note>.
          Eso es meter la mano en la mies ajena. O lo entienden <pb n="f. 152v"/> o no: si lo
          entienden, no oscuro; si no lo entienden, no lo juzguen<note place="bottom">Manuel Ponce
            en la <hi rend="i">Silva a las Soledades</hi> se expresa en muy parecidos términos: «Y
            así he visto reprobar en común este peregrino discurso, porque en los que se leen falta
            el conocimiento de su bondad, con la suficiencia que requiere para ser entendido, y
            querría preguntarlos, si no le entienden bien, ¿por qué le enmiendan?, y si le
            entienden, ¿por qué le culpan de oscuro?» (f. 38v-39r). Volver a la nota <ref
              xml:id="ref38" target="ref37">90</ref>.</note>. A este propósito me acuerdo de una
          agudeza de <name type="authority">san Agustín</name> condenando la maliciosa ignorancia de
          los escribas y fariseos que dijeron a los soldados que guardaban el sepulcro de Cristo que
          dijesen que durmiendo ellos habían venido los discípulos y hurtádole; y argúyeles: si
          dormidos, ¿cómo testigos?<note place="bottom">Pasaje bíblico en Mateo 28: 11-15. San
            Agustín en <hi rend="i">E</hi><hi rend="i">narratio in psalmum</hi> 63 (64):<anchor
              xml:id="r41"/> «Dice San Mateo que los fariseos mandaron a sus soldados que habían
            estado guardando la tumba, que dijeran: “Sus discípulos vinieron de noche estando
            nosotros dormidos y lo robaron”.San Agustín dio a esto una respuesta definitiva: “Si
            estaban durmiendo, no pudieron ver nada. Y si no vieron nada, ¿cómo pueden ser
            testigos?”» (Agustín 1861: col. 676). Volver a la nota <ref xml:id="ref40"
              target="ref39">90</ref>.</note>; y no hay que hacer la aplicación. Y es tan propio de
          las silvas y soledades<note place="bottom">El sintagma «silvas y soledades» que Almansa
            tan expresivamente emplea aquí para referirse a un tipo de poema que –como dice a
            continuación– permite la digresión y el estilo amplificativo, resulta ser un excelente
            valedor de la asociación <hi rend="i">soledad-selva-silva</hi>, que está en la base del
            poema mayor de Góngora. Con encomiable agudeza lo vio Salcedo Coronel: «Este Poema que
            don Luis intitula Soledades (por el assunto o por el verso) es un género de composición
            que los Latinos llamaron Silua […]. Presumo que don Luis quiso que esta voz <hi rend="i"
              >Silua</hi> correspondiesse <hi rend="i">Soledad</hi> en nuestra lengua, y no
            impropiamente, pues si la silua significa en Castellano selua o bosque, ¿qué cosa más
            solitaria?» (Salcedo 1636: f. 1). Véanse también <ref
                xml:id="ref79" target="ref80">n. 199</ref>, <ref xml:id="ref135" target="ref136"
                >235</ref> y <ref xml:id="ref137" target="ref138">237</ref> y Estudio
            introductorio, apartado 6.1 «La cuestión del género» en su parte final.</note>
            locuciones<note place="bottom">Forzada elipsis, pues debe entenderse ‘emplear
            locuciones’ o ‘que haya locuciones’. Por lo demás, el término «locuciones» (que rememora
            el sintagma «locuciones exquisitas» ya comentado; véase <ref
                xml:id="ref139" target="ref140">n. 249</ref>) puede remitir indistintamente
            tanto a su significado propio de construcciones sintácticas cuyo sentido no es el
            estrictamente literal, cuanto –a tenor de lo que se dice en las siguientes líneas para
            justificar su empleo– a su relación con un marchamo discursivo despacioso que, además de
            albergar episodios en la narración, haga uso de amplia sintaxis con «paréntesis en la
            larga oración». En este último sentido de complejidad sintáctica encajaría la mención
            empleada anteriormente de «la variedad de locuciones y de oraciones partidas» (f. 152r,
              <ref xml:id="ref128" target="ref127">n. 259</ref>).</note>,
          que aun caminando dos personas, por ignorantes que sean, y no hay a quien no haya
          sucedido, si ven romper el alba o cerrar la noche, o desde un erizado risco descubren el
          mar, haya montuosa o llana tierra, discurren con varias elocuciones pintando la cosa que
          más próxima tienen, con que divierten el cansancio del camino. Y no hay obra escrita de
          ninguna materia que no tenga este <pb n="f. 153r"/> modo, pues de eso sirven en las
          narraciones los episodios y las paréntesis en la larga oración.</p>
        <p>Mas, sentido el Sr. don Luis de parecerles a algunos que aunque era único en las burlas
          tan de veras de que el mundo estaba lleno suyas, no sabía seguir la eclíptica de lo
          heroico y levantado, y que la dulzura de su modo no había de pasar a la alteza lírica y
            heroica<note place="bottom">Ya quedó comentado (<ref
                xml:id="ref130" target="ref129">n. 260</ref>) que en la percepción de los “dos
            Góngoras” por parte de censores y detractores se combinaba <hi rend="i">mutatis
              mutandis</hi> un criterio cronológico con otro de implicaciones genérico-temáticas que
            determinaría la existencia de un Góngora ligero y de burlas y otro de poemas más
            ambiciosos, cuya definición genérica, en especial para las <hi rend="i">Soledades</hi>
            resultaría muy problemática. Si el argumento hacía aguas por una parte (mal se podía
            sostener una equivalencia generalizada entre facilidad y burlas en la poesía gongorina;
            y con el tiempo y la <hi rend="i">Tisbe</hi> resultaría imposible), por la otra parte,
            es decir, la valoración de Góngora como poeta de mayor empeño para «pasar a la alteza
            lírica y heroica», que dice Almansa, las respuestas críticas resultaron, como mínimo,
            ambiguas. Para evitar reiteraciones, se remite a lo dicho en Estudio introductorio,
            apartados «A vueltas con la oscuridad…» y «“Uno y otro Góngora”»).</note>, quiso enseñar
          no solo serle fácil, mas ser ya difícil a sus émulos, si hay quien se atreva a serlo. Su
          inteligencia, y no con oscuridad de voces, sino con preñados fecundísimos de
            conceptos<note place="bottom">Véase <ref xml:id="ref132" target="ref131">n.
            261</ref>.</note>, que inculcándolos<note place="bottom"><hi rend="i">Aut</hi>:
            «INCULCAR. Repetir muchas veces una cosa y porfiar en ella. Es tomada la analogía de
            quien patea, que es lo que rigurosamente significa el verbo latino <hi rend="i"
              >Inculcare</hi>». </note>, se verá cuán fértil cosecha; sino que, por no
            estudiarlos<note place="bottom">Se entiende que los «conceptos».</note>, o ya por falta
          del entendimiento o malicia de la voluntad, los condenan por mayor y dan por no
          inteligibles, sin mirar que eso les obliga más a entenderlo; o habemos de decir de ellos
          lo de la fábula de la <pb n="f. 153v"/> raposa que cuenta Mino, y que no pudiendo alcanzar
          las uvas, las dejó por agraces<note place="bottom">La conocidísima fábula de la zorra y
            las uvas, originaria de Esopo (fáb. 15) y versionada por Fedro (lib. IV, 3) y Babrio
            (fáb.19), y por muchos fabulistas posteriores, entre ellos La Fontaine y Samaniego
            (Fuente González 2002), resultaba particularmente rentable para ser aplicada a los
            detractores de Góngora que fingían despreciar lo que en el fondo anhelaban y les era
            imposible alcanzar. El enigmático «Mino» del texto pudiera ser –según sabia indicación
            que debo a Sagrario López Poza– una mala lectura de Almansa o del copista por «Minois»,
            y en este caso referirse a Claudius Minois, el humanista francés Claude Mignault, que
            hizo unos comentarios a los <hi rend="i">Emblemata</hi> de Alciato en 1573, aunque lo
            cierto es que la fábula no aparece entre esos emblemas, ni aparece ninguna referencia a
            ella entre los comentarios de Minois en la edición más completa de los mismos (Alciato
            1621).</note>. Mas ya quiero concederles los nombres de valientes ingenios, doctos y
          curiosos, y estos tales principios tuvieron en la sabiduría y el mismo don Luis. Y si como
          dijo <name type="authority">san Pablo</name>: <quote><hi rend="i">cum essem parvulus
              &amp;</hi></quote><note place="bottom"><hi rend="i"> I Corintios</hi> 13:11: «Cum
            essem parvulus, loquebar ut parvulus, cogitabam ut parvulus. Quando autem factus sum
            vir, evacuavi quae erant parvuli» (<hi rend="i">Biblia sacra Vulgata</hi>, en línea)
            («Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero
            cuando llegué a ser hombre, dejé lo que era de niño», <hi rend="i">Bible Gateway,
              Versión Reina Valera Actualizada</hi>, en línea). </note>, si cuando mozo habló como
          mozo y como a entendimientos jóvenes, ya cuando es varón habla como tal, obligándoles<note
            place="bottom">El complemento pronominal enclítico (–les) puede referirse a varones (por
            anacoluto a partir de «varón») o bien a los personajes de quienes viene hablando, en
            línea con el «concederles» anterior; en este segundo caso habría que leer en modo
            parentético la frase de san Pablo, tanto el arranque de la cita latina como su glosa en
            español.</note> a su estudio.</p>
        <p>Cuán llana verdad es esta verase en mí por tantas razones como arriba expuse, incapaz de
          entender materias tan graves, y con todo, la inteligencia de estos versos no creo se me ha
          escapado en dos de ellos<note place="bottom">Resulta cómica la estulta pedantería con la
            que Almansa quiere justificar la eficacia de su escrito (no será la única vez: véase más
            abajo <ref xml:id="ref147" target="ref148">n. 333</ref>), pronto desvanecida con la
            lectura de las veintiséis anotaciones que hace a continuación.</note>, si no es que me
          oponen que como hijo<note place="bottom">Una vez más Almansa se reitera en su filiación
            gongorina (véanse más arriba <ref xml:id="ref149" target="ref150">n. 205</ref>, <ref
              xml:id="ref151" target="ref152">207</ref> y <ref xml:id="ref153" target="ref154"
              >211</ref>).</note> pude heredar el espíritu, a que ya tengo respondido. Mas en lo que
          yo tengo aceptada la herencia es en la defensa <pb n="f. 154r"/> de su honor, ajustándome
          con el consejo de la primera verdad <quote><hi rend="i">Fili ne glorieris &amp;</hi>
          </quote><note place="bottom">Lo más probable es que remita a <hi rend="i"
              >Ecclesiasticus</hi> (<hi rend="i">Libro de la sabiduría de Ben Sirá</hi> o <hi
              rend="i">Sirácida</hi>) 3:12: «<hi rend="i">ne glorieris in contumelia patris tui: non
              enim est tibi gloria ejus confusio</hi>» (<hi rend="i">Biblia sacra Vulgata</hi>, en
            línea) («No te alegres de la deshonra de tu padre, porque no te da gloria a ti su
            turbación»).</note>: antes te debes alegrar con su honra. Y para defenderla en guerra
          tan porfiada, si no igual, con corta inteligencia, si bien con un valiente ardimiento<note
            place="bottom">Nueva alusión al motivo recurrente de la osadía (véanse <ref
              xml:id="ref155" target="ref156">n. 194</ref>, <ref xml:id="ref96" target="ref95"
              >212</ref>, <ref xml:id="ref159" target="ref160">250</ref> –en este caso aplicada a
            Góngora–, <ref xml:id="ref161" target="ref162">330</ref> y <ref xml:id="ref163"
              target="ref164">331</ref>).</note>, doy principio a algunos versos en que he reparado,
          y es fuerza hayan otros encontrado<note place="bottom">Un pequeño borrón en las letras
            finales de esta palabra dificulta su lectura, que también podría terminar en «-os» y
            tratarse por tanto de un plural. El sentido sería muy distinto en un caso o en otro,
            aunque en ambos confuso. Si nos inclinamos por «encontrado», como parece lo más
            probable, podría tratarse de un forzado zeugma e interpretarse así: ‘es fuerza [que
            otras personas] hayan encontrado otros [versos comparables] con ellos [los mencionados a
            continuación]’. La lectura «encontrados» no tendría ninguna interpretación plausible.
          </note> con ellos.</p>
      </div>
      <div>
        <head rend="center">[1]<note place="bottom">Aunque Almansa no numera sus anotaciones, en total 26, me ha
            parecido oportuno hacerlo entre corchetes para facilitar las referencias internas, tanto
            aquí como en el Estudio introductorio.</note> ¶ <quote><ref
                xml:id="ref1001"
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.6"
                >Zafiros pisa, si no pace estrellas</ref><note place="bottom">OC264B.6, según la
                variante originaria que figura en el ms. RAE RM-6709, más conocido como ms.
                Rodríguez-Moñino, a quien perteneció. Este manuscrito recoge la primitiva versión de
                las <hi rend="i">Soledades</hi> en los 779 versos que contiene, que serían copiados
                contemporáneamente a la propia redacción de Góngora por un aficionado cordobés.
                Representaría por ello la primera versión de las conservadas. Robert Jammes dio a
                conocer estos datos junto con la copia a mano que de dichos versos le envió
                Rodríguez-Moñino destacando la enorme importancia de esta «primera redacción», que
                venía en muchos extremos a confirmar la labor reconstructiva de la versión original
                llevada a cabo por Dámaso Alonso (Jammes, 1984; 1994: 15-17; Alonso 1982b, 1978a y
                1978b). (Para más datos sobre este testimonio, base del comentario de Almansa y la
                relación de los <hi rend="i">loci</hi> por él comentados que se documentan en esta
                versión, véase Estudio introductorio, apartado «Las Advertencias y la primera
                versión de las <hi rend="i">Soledades</hi>».) Manuel Ponce en su <hi rend="i">Silva
                  a las Soledades</hi> recoge «en dehesas azules pace estrellas» (f. 5r), que es
                versión intermedia entre la que da Almansa y la definitiva. La misma lectura que
                Ponce da Francisco del Villar y es también la que conoce Jáuregui (cf. Jammes 1994:
                196-198 y 590-591). Sorprendente resulta que la versión primitiva «zafiros pisa, si
                no pace estrellas» del ms. RAE RM-6709 y de Almansa sea la que mantenga varios años
                después el anónimo autor de la <hi rend="i">Soledad primera ilustrada y
                  defendida</hi> (Osuna 2008: 164).</note></quote></head>
        <p>Está en el octavo<note place="bottom">Parece evidente que se refiere al octavo cielo, el
            de las Estrellas fijas, según la cosmología aristotélico-ptolemaica que concebía la
            Tierra como una esfera inmóvil en el centro del universo sobre la que giraban
            concéntricamente los demás astros y planetas; el cielo de las Estrellas fijas se
            encontraba después de los siete correspondientes a cada uno de los planetas. Juan Pérez
            de Montalbán en su <hi rend="i">Para todos</hi> (1632) lo explica así: «Los cielos son
            once, según Schedel y algunos filósofos y astrólogos. En los siete primeros están los
            planetas: Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno. En el octavo están las
            estrellas fijas […]. Véase también en este cielo la Vía Láctea […] y asimismo el Zodiaco
            […]. Los otros tres cielos, que son el cristalino, el primer móvil y el cielo empíreo,
            no se ven, porque como dice san Ambrosio no tienen estrellas; y así los unos como los
            otros, menos el empíreo, se mueven sobre dos ejes o polos, que el uno se llama Ártico y
            el otro Antártico» (Pérez de Montalbán 1999: 496-497). Puesto que en este cielo está el
            Zodíaco, allí Tauro, el toro celeste, «pace estrellas». Almansa habla únicamente de
            «octavo» porque da por sobrentendido «cielo», elisión que lleva incluso –sirviéndose de
            una forma zeugmática inaceptable, aunque nada extraña en su peculiar sintaxis– a la
            oración de relativo siguiente: el toro celeste ‘está en el octavo [cielo] que está sobre
            ellos [los siete anteriores]’. Ese octavo cielo o <hi rend="i">stellatum</hi> jugó un
            importante papel en las cosmologías literarias basadas en el modelo ptolemaico, como es
            el caso de la <hi rend="i">Divina Comedia</hi> de Dante, que lo representó poblado de
            almas triunfantes (<hi rend="i">Paraíso</hi> XXII y ss. Cf. Gangui 2005). </note> que
          está sobre ellos; y esta voz <hi rend="i">pace</hi>, si bien humilde, no tiene la metáfora
          otro término con que darse a entender; la esposa: <quote><hi rend="i">et pace
            &amp;</hi></quote><note place="bottom">Nueva frase difícil de interpretar. Aunque en el
            manuscrito no hay ningún signo gráfico que indique pausa sintáctica en toda ella, me he
            decantado por señalarla antes de «la esposa», considerando que la mención de esta
            introduce en estilo directo una cita latina, acaso del <title>Cantar de los
              Cantares</title>, aunque la brevedad del inicio hace muy difícil su localización.
            Recordemos que en el <hi rend="i">Cántico</hi> de San Juan de la Cruz se ponen en boca
            de la Esposa las palabras: «…y pacerá el Amado entre las flores…». En todo caso, la cita
            de Almansa iría encaminada a realzar la dignidad de la palabra «pace» a pesar de ser
            «humilde». </note></p>
      </div>
      <div>
        <head>[2] ¶ <quote><ref xml:id="ref1002"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.14"
          >Segundo de Arión dulce instrumento</ref><note place="bottom">OC264B.14.
                  Arión o Aríon de Metimna, virtuoso de la cítara en la corte de Corinto entre los
                  siglos VII-VI a. C., que cuando regresaba de un viaje desde Sicilia, sus criados
                  se confabularon con los marineros para darle muerte y robar su patrimonio; avisado
                  por Apolo, entonó un canto que atrajo a los delfines que lo salvaron. El episodio
                  fue recogido por Higino (fábula CXCIV) y antes por Herodoto (<hi rend="i"
                    >Historias</hi> I, 24) y Ovidio (<hi rend="i">Fastos</hi> II, 79-118). Como
                  señala Almansa a continuación en la nota, el gemido del peregrino de las <hi
                    rend="i">Soledades</hi> fue como una segunda lira de Arión. Salcedo Coronel se
                  detiene en la explicación y orígenes de este pasaje mitológico (Salcedo 1636: f.
                  16v-17).</note></quote></head>
        <p>El gemido de este navegante enfrenó el mar y fue instrumento como el de Arión, sacado a
          tierra por el delfín.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[3] ¶ <quote><ref xml:id="ref1003"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.20"
          >Que a una Libia de ondas su camino</ref><note place="bottom"
                  >OC264B.20.</note></quote></head>
        <p><pb n="f. 154v"/> Los arenales de Libia: el aire meneando las arenas hace montañas de
          ellos, y como el mismo azotando el mar hace montañas de agua, usó este término que es muy
          propio.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[4] ¶ <quote><ref xml:id="ref1004"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.28"
          >De Júpiter el ave</ref><note place="bottom"
            >OC264B.28.</note></quote></head>
        <p>Es el águila.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[5] ¶ <quote><ref xml:id="ref1005"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.48"
          >Entre espinas crepúsculos pisando</ref><note place="bottom"
                  >OC264B.48.</note></quote></head>
        <p>Los intermedios tiempos del romper y cerrar la noche llamamos crepúsculos, y dice que al
          anochecer, entre la incertidumbre y guerra de la luz y las sombras, riscos que aun
          igualara mal volando la más expedida<note place="bottom">Forma hoy desusada de
            «expedita».</note> ala, entre espinas los pisa.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[6] ¶ <quote><ref xml:id="ref1006"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.53"
          >Del mar siempre sonante</ref><note place="bottom"
              >OC264B.53.</note></quote></head>
        <p>El <name type="authority">Profeta Rey</name>: <quote><hi rend="i">multitudo sonitus
              aquarum</hi></quote><note place="bottom"><p rend="noindent">David. <hi rend="i"
                >Salmos</hi> 76:18: «<hi rend="i">Multitudo sonitus aquarum vocem dederunt nubes
                etenim sagittae tuae transeunt</hi>» (<hi rend="i">Biblia sacra Vulgata</hi>, en
              línea) («Los nubarrones vertieron sus aguas, tronaron las nubes, también se
              desplazaron tus rayos», salmo 77:17, numeración Vulgata; <hi rend="i">Bible
                Gateway,Versión Reina Valera</hi>, en línea).</p><p/></note>. Y de aquella altura
          que era árbitra de la campaña, si inexpugnable muro del mar, descubrió la luz.</p>
      </div>
      <div>
        <pb n="f. 155r"/>
        <head> [7] ¶ <quote><ref xml:id="ref1007"
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.73"
          >Animal, si nocturno, tan luciente</ref><note place="bottom">OC264B.[75<hi rend="i"
                  >b</hi>] de la versión primitiva del ms. RAE RM-6709 (cf. Jammes 1984: 12 y 1994:
                212; con excelente criterio Jammes añade una letra –en este caso la <hi rend="i"
                  >b</hi>– para numerar los versos que divergen de la versión definitiva y así no
                complicar con numeraciones diferentes las distintas versiones). Los cuatro versos
                que van del 73 al 76 en la versión definitiva sustituyeron a estos seis de la
                primitiva: «diadema o tiara / de bien indigna frente / (si tradición apócrifa no
                miente) / piedra que engendra en sí y consigo cría / animal si nocturno tan luciente
                / que menosprecia con razón el día».</note></quote></head>
        <p>Es el carbunco<note place="bottom">El carbunclo («carbunco», según Almansa) es una piedra
            preciosa de color rojo intenso y transparente, relacionada por ello con el rubí y el
            granate, a la que se da aquel nombre porque su brillo se parece a los destellos del
            carbón ardiendo. Según la «tradición apócrifa» evocada por el propio Góngora, lo llevaba
            en su frente un misterioso animal que pasó a denominarse igual que la piedra, con lo que
            en la leyenda convergen la ciencia lapidaria y el bestiario. I. Arellano (2014), que
            hace un documentado repaso por textos del Siglo de Oro, lo configura como «un animal
            nocturno, cuadrúpedo, herbívoro, que tiene un carbunclo en la frente, el cual brilla en
            la oscuridad de la noche, y cuyo fulgor puede ocultar echando sobre él un sobrecejo o
            párpado que tapa o muestra la luz según le conviene. Cuando se ve perseguido o se
            asusta, cierra el párpado y desaparece en lo oscuro». Los testimonios aducidos por
            Arellano se completan con los añadidos por Méndez (2015).</note>, que en las tinieblas
          ilustra con la piedra de su frente la región de la oscuridad.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[8] ¶ <quote><ref xml:id="ref1008"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.83"
          >O el austro brame o el arboleda cruja</ref><note place="bottom"
                  >OC264B.83.</note></quote></head>
        <p>Esta voz <hi rend="i">cruja</hi> es provincial<note place="bottom">Manuel Ponce utiliza
            la misma expresión a propósito del término <hi rend="i">coscoja</hi>: «Esta voz […]
            dicen es provincial. Yo no la desobedezco, porque soy novicio en su religión, aunque no
            es de mi provincia» (<hi rend="i">Silva</hi> f. 47v.). En ambos comentaristas parece
            interpretarse que se trata de palabras de rango menor, bien por un uso no extensivo a
            todo el territorio nacional, bien por su carácter u origen popular.</note> y debe correr
          por toda España, aunque es voz que tiene <hi rend="i">R</hi>, que muestra gravedad.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[9] ¶ <quote><ref xml:id="ref1009"
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.99"
          >Las agujas que ilustran tu edificio</ref><note place="bottom">OC264B.[100] de la
                versión primitiva del ms. RAE RM-6709 (cf. Jammes 1984: 13 y 1994: 218). Los versos
                99-100 de la versión definitiva sustituyeron a estos dos de la primitiva: «al
                pespuntar los cielos / las agujas que ilustran tu edificio», que era redacción muy
                lograda, según afirma Jammes con toda la razón.</note></quote></head>
        <p>Toda forma piramidal se llama aguja, y como el fuego, como remata en punta le llama el
          griego <hi rend="i">Pirus</hi>, y la choza remata en esa forma, que es la de aguja, y como
          hecha de ramos, el cielo no bosquejó modelos sino sacola del primer embrión.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[10] ¶ <quote><ref xml:id="ref1010"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.110"
          >Ni la que su alimento / el áspid es gitano</ref><note place="bottom"
              >OC264B.110-111.</note></quote></head>
        <p>Fingieron los poetas que la envidia se sustentaba <pb n="f. 155v"/> de áspides<note
            place="bottom">Ovidio, <hi rend="i">Met</hi>., II, 768-770: «…<hi rend="i">Videt intus
              edentem /vipereas carnes, vitiorum alimenta suorum, /Invidiam visaque oculos
              avertit</hi>…» («Ve dentro a la Envidia, comiendo carne de víbora, alimento de sus
            vicios, y aparta los ojos de la visión…», trad. de J. C. Fernández y J. Cantó, <hi
              rend="i">BCG</hi> vol. 365: 313). Los versos remiten también al emblema LXXI de
            Alciato (1621: 316) que representa la envidia como una mujer que come
          serpientes.</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[11] ¶ <quote><ref xml:id="ref1011"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.128"
          >Trofeos dulces de un canoro sueño</ref><note place="bottom"
                  >OC264B.128.</note></quote></head>
        <p>Canoro por la dulzura con que se duerme<note place="bottom">Poco hábil estuvo Almansa en
            esta glosa para explicar una forma de hipálage muy común en Góngora, pues habría que
            decir que ‘canoro en tanto que inducido por la dulzura del canto de la adulación’. No
            desaprovechó este verso Jáuregui en el <hi rend="i">Antídoto</hi> para hacer a su
            propósito una donosa burla: « Miren, ¿quién creyera que los trofeos dulces deste canoro
            sueño eran lo mismo que los leños? ¿Y qué mayor donaire que llamar a los que acuden a
            palacio <hi rend="i">trofeos dulces de canoro sueño</hi>?» (Rico 2002: 77).</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[12] ¶ <quote><ref xml:id="ref1012"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.181"
          >Rayó el verde obelisco de la choza</ref><note place="bottom">OC264B.181.
                  El texto dice «chosa»; podría tratarse de un andalucismo (como antes «poecía»,
                    <ref xml:id="ref165" target="ref166">n. 251</ref>), aunque parece raro, pues
                  pocas líneas más arriba (f. 155r) había dicho
          «choça».</note></quote></head>
        <p>Lo mismo es obelisco que pirámide.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[13] ¶ <quote>De islas que paréntesis frondosas / al periodo son de su corriente<note
              place="bottom">OC264B.206d-206e de la versión primitiva del ms. RAE RM-6709 (cf.
              Jammes 1984: 17 y 1994: 240). Los versos <ref xml:id="ref1013"
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.207"
                >207-208</ref> de la versión definitiva sustituyeron a estos cinco de la primitiva:
              «de quintas coronado, se dilata / majestuosamente / en brazos divididos se desata / de
              islas que paréntesis frondosos / al periodo son de su corriente». Esta modificación
              constituye la que podríamos considerar segunda parte de otra que afecta a un mayor
              número de versos: los que se corresponden con los que van del 203 al 208 de la versión
              definitiva, que redujo a seis los trece originarios de la primitiva. Dámaso Alonso
              estudió con minuciosidad todos los pormenores de este cambio, en el contexto de los
              que Góngora hizo aconsejado por Pedro de Valencia, para concluir que decididamente
              empeoró la calidad de los versos concernidos (Alonso 1978b: 506-517); tanto como para
              él haber preferido reproducir los versos originales ya desde su edición de las <hi
                rend="i">Soledades</hi> de 1927 (Alonso 1927: 51). Pero en realidad Alonso lo que
              reprodujo fue la versión que dio Pellicer (a partir de un ms. manejado por él) en sus
                <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, versión que está desde luego –al menos en los
              versos de los que hablamos ahora– absolutamente próxima a la del ms. RAE RM-6709, de
              la que solo se separa en el v. [206<hi rend="i">c</hi>], que en lugar de decir «en
              brazos divididos se desata» dice «en brazos divididos caudalosos» (Jammes por lapsus
              da esta lectura como procedente del ms. RAE RM-6709, 1994: 240). Es indudable el buen
              criterio de D. Alonso para no preferir las correcciones que resultaron de la censura
              de Pedro de Valencia en los versos citados. Volver a las notas <ref xml:id="ref12"
                target="ref11">17</ref> y <ref xml:id="ref46" target="ref45"
            >102</ref>.</note></quote></head>
        <p>No son tan verdes las islas cuanto fresca y agradable la metáfora.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[14] ¶ <quote><ref xml:id="ref1014"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.271"
          >El Sileonio buscaba</ref><note place="bottom">OC264B.271. Sileonio es
                  Sileno (Silvano en la mitología latina), sátiro y dios menor de la embriaguez,
                  considerado el padre adoptivo y preceptor de Dionisos (o Baco). Manuel Ponce lo
                  explica así: «Sileno es dios de las selvas a quien las ninfas llamaban y hacían
                  fiestas en ellas. Ve a Alex ab Alexº. l 6 [Alexander ab Alexandro]. Dice aquí que
                  buscaba el garzón de aquellas serranas porque estaban entonces solas» (<hi
                    rend="i">Silva</hi>, f. 50r).</note></quote></head>
        <p>Teniéndolas por ninfas, buscaba el fauno de aquellas montañas<note place="bottom"
            >Mientras que en la versión definitiva de la <hi rend="i">Soledad</hi> primera lo que
            buscaba el peregrino era al Sileno que acompañaría a las serranas caso de que estas
            fueran bacantes, ya que no eran ninfas («ya que ninfas las niega ser errantes / el
            hombro sin aljaba», OC264B.273-274), en la versión primitiva del poema (ms. RAE RM-6709,
            que seguía Almansa) no se negaba el hecho de que fueran ninfas, sino que se dejaba como
            alternativa: «si ninfas ya no errantes / sin arco eran y aljaba» (Jammes 1984:
            19).</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[15] ¶ <quote><ref xml:id="ref1015"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.275"
          >O si del Termodonte</ref><note place="bottom">OC264B.275. El río
                  Termodonte, que aparece en el texto como «Fermodonte» (en realidad «fermo donte»,
                  clara deturpación del copista, que no entendió el nombre). Las orillas de este
                  río, en la Capadocia (Anatolia central, actual Turquía) era el más reconocido de
                  los varios lugares que la Antigüedad concebía como asentamiento de las mujeres
                  guerreras o amazonas (cf. Tébar 2005). Ponce ilustra eruditamente este locus con
                  referencias de Plinio, Ovidio y Silio Itálico: «Es Rio del Asia mayor que baja del
                  monte amazonio, y pasa por Themyscira, ciudad de Capadozia. Plin. l. 5. C. 9.
                  Famoso por las Amazonas que habitaron sus riberas, así en el ejercicio de la
                  guerra, como en el de la caza. Ovid. l. 3. <hi rend="i">De ponto</hi>. Sil. Ytal.
                  l. 8» (<hi rend="i">Silva</hi>, f. 50r-50v).</note></quote></head>
        <p>Nombre propio de un río cerca del cual tenían las amazonas su vivienda.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[16] ¶ <quote><ref xml:id="ref1016"
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.283"
          >El yugo de ambos sexos sacudido, /</ref><note place="bottom">A la dificultad intrínseca del
                pasaje (véanse las tres notas siguientes), Almansa añade una defectuosa comprensión,
                comenzando por el hecho de iniciar el fragmento con este verso («El yugo…»), siendo,
                como es, una cláusula absoluta que constituye el último elemento de la oración
                anterior («Vulgo lascivo erraba / al voto del mancebo, / el yugo de ambos sexos
                sacudido», v. 281-283). Volver a la nota <ref xml:id="ref168" target="ref167"
                  >307</ref>.</note>al tiempo que, de flores impedido / el que ya serenaba / <pb
                n="f. 156r"/> la región de su frente rayo nuevo, / purpúrea ternezuela conducida /
              de su madre, no menos enramada, / entre albogues se ofrece, acompañada / de juventud
              florida<note place="bottom">OC264B.283-290. La secuencia sintáctica completa de
                estos versos (que cabalmente arranca del verso 281, y no del 283 como en la cita de
                Almansa, según queda dicho en la nota anterior) va precedida en la versión primitiva
                (RAE RM-6709) por cuatro versos eliminados en la definitiva: «Seña brillante no de
                monarquía / el femenil enjambre ostentar deja / a la que en sus dos alas, rubia
                abeja, / más oro ofrece al día», v 280a-280d. (Jammes 1984: 19). (Góngora recuperará
                la idea de lo contenido en ellos en la <hi rend="i">Soledad</hi> segunda v 288-297.)
                Con excelente criterio Robert Jammes achaca a la supresión de los cuatro versos
                mencionados la dificultad de los siguientes, es decir, el pasaje que comentamos de
                la <hi rend="i">Soledad</hi> primera, pues estas serranas (que ya sabemos por los
                versos anteriores que no eran bacantes, ni ninfas, ni amazonas), eran como abejas
                (por eso «femenil enjambre») que no permiten corona («seña brillante no de monarquía
                … ostentar deja…») a su reina («a la que en sus dos alas … más oro ofrece al día»);
                de ahí que el grupo alegre que forman («vulgo lascivo») no se someta a ninguna
                autoridad ni masculina ni femenina: «el yugo de ambos sexos sacudido». (Jammes 1991
                y 1994: 254-256.) Para la interpretación de este pasaje, uno de los más complicados
                de las <hi rend="i">Soledades</hi>, la clave está, según Jammes (que siguió a Días
                de Rivas, «único comentarista que entendió correctamente este pasaje»), en la fuente
                en la que se inspira Góngora: el <hi rend="i">Rapto de Proserpina</hi> de Claudiano
                (1994: 254-256 y 594-595). Este pasaje es recogido íntegramente en su versión
                definitiva (OC264B.281-290) por Jáuregui en su <hi rend="i">Antídoto</hi> como
                ejemplo de oscuridad, precedido de estas afirmaciones: «Querer ahora señalar todos
                los lugares oscuros, broncos y escabrosos sería no acabar nunca […]. Mas
                trasladaremos algunos tragos amargos, donde el más sufrido dirá <hi rend="i"
                  >transeat a me</hi>: “Vulgo lascivo erraba…”» (Rico 2002. 59). Por otra parte, la
                cita de Almansa contribuye a enmarañar más la situación al iniciarse indebidamente
                con el verso «El yugo de ambos sexos sacudido». Que Almansa estaba bastante ayuno
                del sentido de ese verso resulta patente por la paráfrasis que del mismo hace a
                continuación. Volver a la nota <ref xml:id="ref170" target="ref169"
                >307</ref>.</note>. / Treinta robustos montaraces dueños / de las que aun los
            pitones dos pequeños / en la tierna hijuela temer vieras, / no ya en la vaca, no en las
            empulgueras / del arco de Diana, / damería serrana<note place="bottom">OC264B.[290<hi
                rend="i">a</hi>-290<hi rend="i">f</hi>] de la versión primitiva del RAE RM-6709 (cf.
              Jammes 1984: 20 y 1994: 258-260), con una variante respecto de ella, pues en esta en
              el v 290<hi rend="i">a</hi> se lee «robustos montañeses» y en el ms. de las <hi
                rend="i">Advertencia</hi> se lee «robustos montaraces». Estos seis versos fueron
              eliminados de la versión definitiva, contribuyendo de nuevo con esta supresión a
              oscurecer el pasaje. En ellos aparecen por primera vez los mozos de la comitiva de
              serranos, mozos que son los enamorados «dueños» de las serranas, quienes con festivos
              melindres fingen asustarse («damería serrana») de los cuernecillos de la ternera y sin
              embargo no temen los de la vaca y ni siquiera las empulgueras del arco de Diana. La
              edición de Orozco de las <hi rend="i">Advertencias</hi> omite el v. 290<hi rend="i"
                >b</hi> y copia mal el 290<hi rend="i">d</hi> (1969: 202-203). Volver a la nota <ref
                xml:id="ref172" target="ref171">308</ref></note></quote></head>
        <p>Dejado el yugo por haberle cargado de flores sobre los cuernos nuevos de la hija, ambas
          cargadas de rosas y por eso purpúreas<note place="bottom">Esta ininteligible paráfrasis de
            Almansa (donde por error se escribe «yogo», mientras en la cita gongorina había
            aparecido «yugo») es muestra palmaria de su errónea interpretación del verso «El yugo de
            ambos sexos sacudido» comentado en notas anteriores (<ref
                xml:id="ref167" target="ref168">304</ref> y <ref xml:id="ref169" target="ref170"
                >305</ref>). Como ya se percató Jammes (1994: 610), Almansa parece venir a
            confundir el «yugo de ambos sexos» con la corona de flores de la vaca y la
            novilla.</note>. Treinta mancebos dueños de aquellas, que, haciendo del melindre damería
          serrana, temían los pitones o cornezuelos nuevos de la ternera y no los cuernos de la
          vaca, semejantes a las empulgueras del arco de Diana<note place="bottom">Almansa
            interpreta ahora bien, aunque en su paráfrasis compara los cuernos de la vaca con las
            empulgueras del arco de Diana («semejantes», dice), cuando Góngora las menciona como
            otro elemento –intensificativo– más (véase lo dicho en <ref
                xml:id="ref171" target="ref172">n. 306</ref>). </note>.</p>
      </div>
      <div>
        <pb n="f. 156v"/>
        <head> [17] ¶ <quote><ref xml:id="ref1017"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.304"
          >No el torcido taladro de la tierra</ref><note place="bottom"
                  >OC264B.304.</note></quote></head>
        <p>Taladro es voz usada en la samblería<note place="bottom">Ensamblaje, obra de carpintería
            (Cov.: ENSAMBLAR. «Los carpinteros […] y por las molduras, en quanto ajustan unas con
            otras, especialmente en las esquinas y ángulos, se llaman ensambladores; y el hacer
            estas juntas ensamblar»).</note> y tiene gallarda propiedad.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[18] ¶ <quote><ref xml:id="ref1018"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.372"
          >Vaga clicie del viento</ref><note place="bottom">OC264B.372. Clicie es
                  ninfa convertida en heliotropo o girasol, quien, enamorada de Apolo y tras ser
                  abandonada por él, sigue su curso a lo largo del día (Ovidio, <hi rend="i"
                    >Met</hi>., IV, 256-270). </note></quote></head>
        <p>Clicie, gigantea, gira o mirasol son nombres de aquella flor que va volviendo al sol; y
          aunque el glorioso Padre <name type="authority">San Teodoreto</name><note place="bottom"
            >Teodoreto de Ciro (Antioquía, <hi rend="i">ca.</hi> 393 – Ciro, <hi rend="i">ca</hi>.
            466), perteneciente a la escuela de Antioquía, vivió retirado en un monasterio de
            Nicerta, hasta que en 423 fue elegido obispo de Ciro, donde desarrolló una amplia
            actividad. Tomó parte en la controversia nestoriana, aunque luego condenó a Nestorio
            como a los demás heterodoxos. Fue enconado adversario del <ref
              target="https://es.wikipedia.org/wiki/Apolinarismo">apolinarismo</ref> y combatió
            violentamente a Cirilo de Alejandría. Casi un siglo después de su muerte el <ref
              target="https://es.wikipedia.org/wiki/Concilio_de_Constantinopla">Concilio de
              Constantinopla</ref> del año 533 condenó sus escritos contra San Cirilo y el Concilio
            de Éfeso, así como algunos de sus sermones y cartas. Teodoreto es uno de los
            más fecundos escritores de la Iglesia oriental, y su herencia literaria presenta mayor
            variedad que la de los demás teólogos de Antioquía. Compuso obras en casi todos los
            terrenos de la ciencia sagrada, aunque solo una pequeña parte ha llegado hasta nosotros.
            Sus obras se suelen dividir en escritos exegéticos (<hi rend="i">Quaestiones in
              Octateuchum, Quaestiones in libros Regnorum et Paralipomenon, Interpretatio in
              Psalmos</hi>, etc), apologéticos (<hi rend="i">Graecarum affectionum curatio, De
              providentia orationes decem, Contra Iudaeos</hi>, etc.), dogmáticos y polémicos (<hi
              rend="i">Reprehensio duodecim capitum seu anathematismorum Cyrilli, Pentalogium, De
              sancta et vivifica Trinitate, De Incarnatione Domini</hi>, etc.) e históricos (<hi
              rend="i">Historia religiosa seu ascetica vivendi ratio, Historia ecclesiastica</hi>,
            Haereticarum fabularum ), además de numerosos sermones y cartas (cf. Teodoreto 2006). En
            medio de tan fecundísima producción, y aun a pesar de estar actualmente digitalizados
            muchos de sus escritos (secuencia de búsqueda «Beati Theodoreti Cyrensis Episcopi» en
            Google Books), me ha resultado imposible localizar la escueta referencia de
            Almansa.</note> quiso que fuese símbolo de la fe, porque tiene por objeto al sol de
          Dios, llama don Luis a la vela del navío Clicie porque se revuelve y gira a la parte que
          el viento corre<note place="bottom">El pasaje (OC264B.366-373) donde se inserta la mención
            a la ninfa Clicie fue ampliamente comentado en su tiempo a propósito de la conveniencia
            o no en la identificación entre el girasol con respecto al sol y las velas con respecto
            al viento. Fue censurado por Jáuregui en el <hi rend="i">Antídoto</hi> («La flor en que
            se convirtió Clicia, que es el heliotropio o girasol, siempre se va volviendo hacia el
            rostro del sol, a quien mira y busca todas las horas del día, y la nave lo hace al
            revés, porque no camina hacia el rostro del viento, antes huye dél, o por camino
            atravesado o volviéndole las espaldas y la popa» [Rico 2002: 15]), a quien contestaron
            Díaz de Rivas y más ampliamente el abad de Rute en el <hi rend="i">Examen del
              Antídoto</hi> (Artigas 1925: 412).</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[19] ¶ <quote><ref xml:id="ref1019"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.375"
          >Monstruo escamado de inconstantes hayas</ref><note place="bottom"
                  >OC264B.375. Es versión primitiva del ms. RAE RM-6709 (cf. Jammes 1984: 23 y 1994:
                  274); en la versión definitiva «inconstantes» se sustituyó por
                «robustas».</note></quote></head>
        <p>Llama monstruo al mar escamado de bajeles y llámanse hayas por hacerse de ellas, y
          también leños o pinos.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[20] ¶ <quote><ref xml:id="ref1020"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.379"
          >Náutica industria investigó ya piedra</ref><note place="bottom"
                  >OC264B.379. Es versión primitiva del ms. RAE RM-6709 (cf. Jammes 1984: 23 y 1994:
                  276); en la definitiva «ya» se sustituyó por «tal». Posiblemente la versión
                  primitiva sea más coherente, pues la piedra imán no se había mencionado antes,
                  como parece indicar «tal», a no ser que en vez de un demostrativo se trate de un
                  indefinido. En cualquier caso, el ambiguo sentido temporal del pasaje en su
                  versión definitiva en lo referente al descubrimiento de las propiedades de la
                  piedra imán (lo que la «náutica industria investigó») ha suscitado discrepancias
                  entre las interpretaciones de Robert Jammes (1994:276-277; que sigue a Salcedo
                  Coronel 1636: f. 80) y de Dámaso Alonso (1982: 638): en la de este último se
                  atribuye el descubrimiento de la piedra imán a los navegantes modernos, mientras
                  en la más acertada de aquellos, el descubrimiento de dichos navegantes fue
                  utilizar el imán para orientarse en la navegación.</note></quote></head>
        <p>Esta estancia, que empezado en este y en diez y ocho versos siguientes<note
            place="bottom">El pasaje sobre la piedra imán va desde el v. 379 al 396, tanto en la
            versión primitiva como en la definitiva; está formado, pues, por 18 versos y no por 19,
            como parecería deducirse de lo que dice Almansa, siempre y cuando «empezado» sea una
            errata por «empezando». En la explicación de este pasaje (v. 379-393) se detiene también
            Ponce, no sin dejar de remitir a Horacio (<hi rend="i">Silva</hi>, f. 54v). </note>,
          descubre el modo de la aguja de marear, retocada en el imán, <pb n="f. 157r"/> amiga
          descubridora del Norte, pues siempre le mira.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[21] ¶ <quote><ref xml:id="ref1021"
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.416"
              >Y viendo las que al sol el occidente / le corre en leche azul de aguas marinas /
          turquesadas cortinas</ref><note place="bottom">OC264B.416-418. El v. 416 «y viendo» sigue la
                versión primitiva del ms. RAE RM-6709 (cf. Jammes 1984: 24 y 1994: 282); en la
                definitiva se sustituyó por «besando». Pero a la versión primitiva Almansa le añade
                de su cosecha todo un disparate en el v, 417 al cambiar «lecho» (que así aparecía ya
                desde la versión primitiva y se mantuvo en la definitiva) por «leche». Lo más
                sorprendente es la justificación que hace a continuación en su comentario (véase n.
                siguiente). Volver a la nota <ref xml:id="ref66" target="ref65"
              >186</ref>.</note></quote></head>
        <p>La vía láctea, como está en el cielo y es de leche, la llama leche azul o turquesada, y
          hacen correspondencia con ellas las aguas del mar, y por esa semejanza usó tan gallarda
            locución<note place="bottom">Es evidente que el «lecho azul de aguas marinas» del v. 417
            es el océano (como ya advirtiera Salcedo Coronel: «perífrasis del Océano Atlántico,
            donde fingen los poetas que descansaba el sol» (Salcedo 1636: f. 97v), por lo que
            resulta verdaderamente llamativa la pirueta interpretativa que hace Almansa para
            justificar su disparatado cambio de «lecho» por «leche». No me resisto a traer aquí un
            divertido comentario al respecto del maestro Jammes: «De un contrasentido puede nacer, a
            veces, una imagen poética deslumbrante… Para ciertos gongoristas modernos, aficionados a
            este tipo de interpretación, las <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa podrían ser
            una mina» (Jammes 1994: 610). Volver a la nota <ref xml:id="ref68" target="ref67"
              >186</ref>.</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[22] ¶ <quote><ref xml:id="ref1022"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.452"
          >Cabo le hizo de esperanza buena</ref><note place="bottom"
                  >OC264B.452.</note></quote></head>
        <p rend="noindent">Dobló el cabo de su nombre<note place="bottom">Muy al contrario, el cabo
            tomó el nombre de su circunstancia de convertirse en la esperanza de llegar por fin a
            Oriente; por eso los portugueses lo llamaron Cabo da Boa Esperança, cambiando la
            denominación de Cabo das Tormentas que tenía desde su descubrimiento en 1488 por
            Bartolomé Dias. Por tanto «Góngora no se refiere aquí al nombre geográfico del cabo,
            sino al acontecimiento histórico que fue origen de este nombre: hay que escribirlo,
            pues, con minúsculas» (Jammes 1994: 290).</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[23] ¶ <quote><ref xml:id="ref1023"
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.472"
              >Cuando halló de fugitiva plata / la bisagra si estrecha abrazadora / de un océano y
              otro siempre uno<note place="bottom">OC264B.472-474. El v. 473 sigue la versión
                primitiva del ms. RAE RM-6709 (cf. Jammes 1984: 26 y 1994: 294); en la definitiva
                «si estrecha» se sustituyó por «aunque estrecha».</note></ref></quote></head>
        <p rend="noindent">Descubre aquí el desembocar del estrecho del mar del norte al del
            sur<note place="bottom">Esto es, del océano Atlántico al Pacífico. Este segundo fue así
            denominado por Magallanes en 1520 (tras pasar el estrecho que hoy lleva su nombre);
            hasta entonces, y desde su descubrimiento por el español Núñez de Balboa en 1513, era
            conocido como Mar del Sur.</note> por Magallanes, y no sé yo que hasta hoy haya habido
          tan galante <pb n="f. 157v"/> metáfora.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[24] ¶ <quote><ref xml:id="ref1024"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.498"
          >Fue templado Catón, casta Lucrecia</ref><note place="bottom">OC264B.498.
                  Este verso fue también ilustrado por Manuel Ponce: «Esto se entenderá en la
                  prefación de Salust. en su <hi rend="i">Catilinario</hi>, pues dice que hasta que
                  se conocieron en Roma los preciosos y delicados manjares, guardaron sus ciudadanos
                  constancia y sus matronas honestidad» (<hi rend="i">Silva</hi>, f.
                63r).</note></quote></head>
        <p>Como dio Egipto los olores<note place="bottom">En rigor, el texto del poema se refiere
            específicamente al clavo de olor, la más famosa de las especias de las Islas Molucas,
            que transportada a través del Nilo, tardó en llegar a Grecia y más a Roma. Sobre sus
            propiedades afrodisíacas dice Díaz de Rivas en sus <hi rend="i">Anotaciones y
              defensas</hi> que el clavo «provoca los deseos de manjares y la lujuria» (Ms BNE 3906
            f. 221v). </note> a los griegos y los griegos a los romanos, en tanto que en Roma no los
          hubo, porque provocaban el apetito de Venus, fue templado Catón, casta Lucrecia.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[25] ¶ <quote><ref xml:id="ref1025"
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.503"
              >En suspiros con esto / y el mar anegó en lágrimas el resto / de su discurso el
              montañés prolijo / que el viento su caudal, el mar su hijo</ref><note place="bottom"
                >OC264B.503-506. El v. 504 es de la cosecha de Almansa o más probablemente del
                copista, sin duda una <hi rend="i">lectio facilior</hi> frente a la correcta (que ya
                aparecía en el ms. RAE RM-6709 y se mantuvo en la versión definitiva) que dice: «y
                en más anegó lágrimas el resto». Juega en estos cuatro versos Góngora con una
                correlación dual para decir que ‘el montañés anegó el resto de su discurso en más
                suspiros que el viento su caudal y en más lágrimas que el mar a su hijo’. La lectura
                que da el manuscrito de las <hi rend="i">Advertencias</hi> no ofrece ninguna
                posibilidad de comprensión: buena prueba de ello es que el propio Almansa en su
                paráfrasis posterior parece seguir sorprendentemente la versión correcta (?), lo que
                sería indicativo de que la mala lectura provendría en este caso del copista. Volver
                a la nota <ref xml:id="ref70" target="ref69">186</ref>.</note></quote></head>
        <p>Acaba el viejo su discurso náutico anegándole en suspiros y en lágrimas como el mar había
          anegado su hacienda y su hijo volcando la nave<note place="bottom">Véase la explicación de
            nota anterior.</note>.</p>
      </div>
      <div>
        <head>[26] ¶ <quote><ref xml:id="ref1026"
          target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.634"
          >A robusto nogal que acequia lava</ref><note place="bottom"
                  >OC264B.634.</note></quote></head>
        <p>Acequia es nombre propio del Andalucía, agua guiada por alguna zanja a huertas y
          molinos.</p>
        <p><pb n="f. 158r"/> Como este papel ha tenido nombre de defensa y no de apología<note
            place="bottom">Como tuve ocasión de demostrar en otro lugar, en los siglos XVI y XVII el
            término «apología» difería del de «defensa» porque aquel incorporaba un sentido de
            ‘confrontación’ y ‘diatriba’ al tratarse de una defensa que era refutación frente a una
            acusación previa (López Bueno 2013a: 137-139; y Estudio introductorio, epígrafe «Defensa
            y no apología»). Ese significado se ratifica aquí, pues Almansa –como dice con toda
            claridad– no quiere entrar en diatriba con nadie por el asunto de las traducciones e
            imitación de los antiguos. Más allá de una excusa de muy poco crédito para zafarse de
            tratar un asunto que en verdad excedía en mucho las pretensiones de sus limitadas <hi
              rend="i">Advertencias</hi>, la frase transparenta lo que el escrito de Almansa tenía
            de respuesta simulada a objeciones previas que se hubieran hecho a las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> en este sentido. Entre ellas las de Pedro de Valencia, que había
            recomendado a Góngora alejarse de modernidades («guardarse de extrañezas i gracias
            viciosas i de toda prava aemulación de modernos, que es vicio general, a que los
            artífices llaman cacozelia») y seguir el ejemplo de los antiguos («de essotro sencillo i
            grande ponen los Griegos grandes exemplos. Pluguiera a Dios yo me hallara donde pudiera
            proponerlos a v. m. para imitación traducidos a la letra, aunque fuese en prosa
            castellana, que v. m. conoscería <hi rend="i">disjecti membra poetae</hi>, i les daría
            de su espíritu i los resucitaría» [Pérez López 1988: 79]). Fácil es deducir que Almansa,
            al mismo tiempo que contesta estos argumentos (concediendo –como no podría ser de otra
            manera en este caso– a sus adversarios con un «aunque es gran gallardía la imitación de
            los antiguos…»), y a Pedro de Valencia en particular, no quiere entrar en diatriba con
            ellos; quiere claramente esquivar la polémica sobre el asunto de las traducciones, es
            decir, no quiere hacer una «apología». Volver a las notas <ref xml:id="ref50"
              target="ref49">110</ref> y <ref xml:id="ref106" target="ref105">214</ref>.</note>, no
          he querido, así de italianos como de latinos y griegos, sacar las traducciones de donde el
          Sr. don Luis ha imitado todos los modos de esta obra, aun en los ápices<note
            place="bottom">‘Incluso en lo más pequeño, en las menudencias’.</note>; aunque es gran
          gallardía la imitación de los antiguos por la autoridad que tienen y por la verdad
          especulada de sus doctos estudios. Y si <name type="authority">Séneca</name> dijo que un
          valiente osar engrandece los intentos<note place="bottom">Me ha resultado imposible
            localizar esta cita como literal de Séneca. Lo más parecido que he encontrado es un
            pasaje en el que el latino aconseja lo extraordinario y cercano al delirio para hacer
            algo importante o grande: «<hi rend="i">Non potest grande aliquid et super ceteros loqui
              nisi mota mens. Cum uulgaria et solita contempsit instinctuque sacro surrexit
              excelsior, tunc demum aliquid cecinit grandius ore mortali. Non potest sublime
              quicquam et in arduo positum contingere, quamdiu apud se est: desciscat oportet a
              solito et efferatur et mordeat frenos et rectorem rapiat suum, eoque ferat quo per se
              timuisset escendere</hi>» (<hi rend="i">De tranquillitate animi</hi> 17.11) («No es
            posible decir algo extraordinario y por encima de los demás, a no ser un espíritu
            exaltado. Cuando ha menospreciado lo vulgar y corriente y, siguiendo un instinto
            sagrado, se ha elevado hasta lo sublime, entonces por fin ha cantado algo realmente
            extraordinario con su boca mortal. No puede alcanzar nada excelso y puesto en lugar
            escarpado mientras esté en sus cabales: conviene que se salga de lo habitual y se haga
            notar y muerda las bridas y arrastre consigo a su conductor y lo lleve a donde habría
            temido remontarse por sí solo», trad. de J. Mariné, BCG vol. 276: 370-371). Ello sin
            perjuicio de que la imprecisión de Almansa remita a una tradición cobijada al nombre de
            Séneca. De hecho, la cita de Almansa pudiera tener que ver con la máxima virgiliana
            «audentes fortuna iuuat» (Eneida<hi rend="i">, X, v. 284)</hi>, recogida a modo de
            aplicación ejemplar por Séneca<hi rend="i">: «Numquid rationem exiges cum tibi aliquis
              hos dixerit versus?/ Iniuriarum remedium est oblivio. / Audentis fortuna iuvat, piger
              ipse sibi opstat. / Advocatum ista non quaerunt: adfectus ipsos tangunt et natura vim
              suam exercente proficiunt»</hi> (<hi rend="i">Epistulae morales ad Lucilium</hi>,
            libri XIV-XV, 94.28) («¿Exigirás acaso la demostración cuando alguien te recita versos
            como éstos: <hi rend="i">El remedio para las injurias es su olvido / La fortuna ayuda a
              los intrépidos, el perezoso es para sí un obstáculo. /</hi> Tales máximas no necesitan
            un defensor, mueven directamente el sentimiento y resultan provechosas merced a la
            naturaleza que despliega su energía», trad. de I. Roca, <hi rend="i">BCG</hi> vol. 129:
            172). Independientemente de cuáles fueran sus orígenes, la idea contenida en la
            sentencia que Almansa atribuye a Séneca, se utilizará <hi rend="i">mutatis mutandis</hi>
            –y en combinación con la indudable influencia de la <hi rend="i">Epístola a Luperco</hi>
            de Plinio el Joven (<hi rend="i">Epistulae</hi>, IX, 26)– como un lugar común de gran
            rentabilidad en la polémica para resaltar la osadía del poeta cordobés (cf. lo dicho en
              <ref xml:id="ref173" target="ref174">n. 250</ref>). Volver a las notas <ref
              xml:id="ref203" target="ref202">194</ref>, <ref xml:id="ref98" target="ref97"
              >212</ref>, <ref xml:id="ref162" target="ref161">277</ref> y <ref xml:id="ref184"
              target="ref183">331</ref>.</note>, yo podré decir de mí que si no alcancé, caí de un
          honrado atrever<note place="bottom">Nueva alusión a la caída tras un osado atrevimiento
            (véanse <ref xml:id="ref175" target="ref176">n. 194</ref>, <ref xml:id="ref177"
              target="ref178">212</ref>, <ref xml:id="ref179" target="ref180">250</ref>, <ref
              xml:id="ref164" target="ref163">277</ref> y <ref xml:id="ref183" target="ref184"
              >330</ref>).</note>. Aunque con nacer tan desobligado por las razones que arriba
            expuse<note place="bottom">Debe referirse Almansa a las reiteradas manifestaciones que
            ha ido diseminando a lo largo de las <hi rend="i">Advertencias</hi> sobre su falta de
            competencia para el asunto que tiene entre manos («fiado solo en la luz natural»,
            «aborto» del ingenio de Góngora, «incapaz de entender materias tan graves»…), porque la
            única mención explícita de «obligación» que hace es, por el contrario, para manifestar
            la suya inquebrantable hacia el dedicatario en el arranque del escrito («Nací tan
            obligado a Vuestra Excelencia…»).</note>, parece he penetrado el pensamiento del autor,
          con más razón creeré no haber dudado nadie de su inteligencia<note place="bottom">Es
            decir, de la inteligencia (‘comprensión’) del «pensamiento del autor». Ya en otra
            ocasión (véase arriba <ref xml:id="ref148" target="ref147">n. 274</ref>) Almansa había
            manifestado tan ridículas pretensiones.</note>. He dado lo que puedo. Vuestra Excelencia
          debe parecerse a Dios en admitir deseos, cuando las obras han faltado, <pb n="f. 158v"/>
          no por cortedad de voluntad. Quedo muy cierto que mis cosas hallarán agrado en sus ojos,
          con que ha visto la prolijidad<note place="bottom">Debe tratarse de una errata por
            «prodigalidad» a tenor de la frase siguiente. Esta interpretación invalidaría la otra
            posible: que Almansa se excusara cortésmente ante el duque de Sessa por lo dilatado, y
            por ende pesado o molesto, de su escrito.</note>. Tenga la debida, como sus criados de
          Vuestra Excelencia deseamos. &amp; <note place="bottom">El cierre con el signo tironiano
              <quote>&amp;</quote>‘<hi rend="i">et caetera</hi>’ es común en los finales para
            sustituir retahílas de cargos, honores o expresión de deseos. Almansa hace uso con
            frecuencia de ese sustitutivo en sus Relaciones de sucesos, en cuyas rimbombantes
            dedicadtorias muy frecuentemente se presenta –al igual que en estas <hi rend="i"
              >Advertencias</hi>– como criado del dedicatario (cf. Ettinghausen y Borrego 200: <hi
              rend="i">passim</hi>).</note>. </p>
        <p rend="right">
          <quote>De Vuestra Excelencia criado que sus pies besa</quote>
        </p>
        <p rend="right">
          <quote>Andrés de Almansa y Mendoza</quote>
          <note place="bottom">Remata la firma con una rúbrica en forma de sencillo lazo.</note>
        </p>
      </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
