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      <titleStmt>
        <title>Epístolas de <hi rend="i">La Filomena</hi> de Lope de Vega</title>
        <author>Anónimo («un señor de estos reinos»)</author>
        <author key="Vega Carpio, Lope de">Lope de Vega</author>
        <editor>Pedro Conde Parrado</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Jaime Galbarro</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Sara Pezzini</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Héctor Ruiz</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope</idno>
        <date when="2015"/>
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            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
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      <sourceDesc>
        <bibl>
          <title><hi rend="i">La Filomena con otras diversas rimas, prosas y versos</hi></title>, <pubPlace>Madrid</pubPlace>, En casa de la <publisher>viuda de Alonso Martín</publisher>, a costa de Alonso Pérez, <date>1621</date>, f. 189v-201v (con varios errores de paginación)</bibl>
        <bibl>
          <title><hi rend="i">La Filomena con otras diversas rimas, prosas y versos</hi></title>, <pubPlace>Barcelona</pubPlace>, Por
          <publisher>Sebastián de Cormellas</publisher>, <date>1621</date>, f. 204r-218v </bibl>
        <bibl>
          <title><hi rend="i">Colección de las obras sueltas, assi en prosa, como en verso, de D. Frey Lope Felix de Vega Carpio, del habito de san Juan</hi></title>, tomo IV, <pubPlace>Madrid</pubPlace>, En la Imprenta de
          don <publisher>Antonio de Sancha</publisher>, <date>1776</date>, p. 459-482 </bibl>
      </sourceDesc>
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    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
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        <date when="1621"/>
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  <text>
    <!--<body>
      <p>1621_censura-lope</p>
      <p/>
      <div>
        <head>Datos bibliográficos</head>
        <table>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>Pedro CONDE PARRADO</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Anónimo («un señor de estos reinos») + Lope de <hi rend="sc">Vega</hi></cell>
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                <seg rend="lienhypertexte">estinatario / dedicatario</seg>
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            </cell>
            <cell>Anónimo («un señor de estos reinos») + Lope de <hi rend="sc">Vega</hi></cell>
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          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>
              <p>Papel que escribió un señor de estos reinos a Lope de Vega Carpio en razón de la nueva poesía + Respuesta de Lope de Vega Carpio + Del mismo señor a Lope de Vega + La respuesta</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>1621</cell>
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          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>
              <p><hi rend="i">La Filomena con otras diversas rimas, prosas y versos</hi>, Madrid, En casa de la viuda de Alonso Martín, a costa de Alonso Pérez, 1621, f. 189v-201v (con varios errores de paginación)</p>
              <p><hi rend="i">La Filomena con otras diversas rimas, prosas y versos</hi>, Barcelona, Por Sebastián de Cormellas, 1621, f. 204r-218v</p>
              <p><hi rend="i">Colección de las obras sueltas, assi en prosa, como en verso, de D. Frey Lope Felix de Vega Carpio, del habito de san Juan</hi>, tomo IV, Madrid, En la Imprenta de don Antonio de Sancha, 1776, p. 459-482</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>
              <p>Blecua, en Vega (1983: 873-891)</p>
              <p>Campana (1998): tesis doctoral consistente en una edición de <hi rend="i">La Filomena</hi>; no consta que se haya publicado ni difundido por ninguna vía editorial.</p>
              <p>Tubau 2007 (173-186: solo la <hi rend="i">censura</hi> de Lope: texto II)</p>
              <p>Tubau (2008: 393-402: solo la <hi rend="i">censura</hi> de Lope: texto II)</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>
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                <seg rend="lienhypertexte">Responde</seg>
                <seg rend="lienhypertexte"> a otro texto</seg>
              </ref>
            </cell>
            <cell/>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell>El «señor de estos reinos» afirma en su primer papel enviado a Lope haber recibido un «discurso» contra «los dos poemas» (se supone que) de Góngora, pero no identifica dicho discurso ni a su autor</cell>
          </row>
        </table>
      </div>
      -->
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. [Título] Un (supuesto) intercambio epistolar entre Lope de Vega y un personaje de
            la nobleza sobre la «nueva poesía»</head>
          <p>El primero de los cuatro textos que conforman este documento de la polémica gongorina
            es una (supuesta) petición por parte de un personaje de la nobleza (un «señor de estos
            reinos») a Lope de Vega para que este le dé su opinión acerca de la poesía de Góngora
            (en concreto, sobre sus «dos poemas», que seguramente sean o el <hi rend="i"
              >Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi>, o la primera <hi rend="i"
              >Soledad</hi> y la muy amplia parte que Góngora dejó escrita de la segunda).</p>
          <p>En el segundo texto –el más extenso e importante–, Lope responde a la petición de ese
            «señor de estos reinos» de dar su opinión acerca de la poesía gongorina en lo que él
            mismo presenta (aunque no lo titule así) como una «censura».</p>
          <p>En el tercero, el «señor de estos reinos agradece a Lope el envío de esa
            carta(-censura) acerca de la poesía de Góngora en particular, y de la «nueva poesía» en
            general.</p>
          <p>Lope de Vega cierra, con un texto escuetamente titulado «La respuesta», esta
            correspondencia epistolar con el «señor de estos reinos», a la cual ha decidido
            reservarle un hueco en una de sus obras más ambiciosas, la miscelánea <hi rend="i">La
              Filomena</hi>, de 1621.</p>
        </div>
        <div>
          <head>2. [Autor] Un noble ignoto y el gran rival de Góngora</head>
          <p>Se ignora cuál es la identidad de ese «señor de estos reinos». El candidato hacia el
            que se inclina la crítica es, como era de esperar, el duque de Sessa (del que Lope hacía
            unos años que venía ejerciendo como oficioso<hi rend="i"> secretario</hi>, prácticamente
            en todos los sentidos de ese adjetivo y de ese sustantivo), pero también se ha propuesto
            que fuera el duque de Feria o el propio Lope (véase Tubau 2007: 41 y 2008: 256),
            hipótesis, a mi juicio, bastante verosímil, por más que indemostrable<note
              place="bottom">Es también lo que sospecha, y mucho, aunque no lo declare abiertamente,
              Xavier Tubau en su excelente y completo estudio de la polémica entre Lope y Colmenares
              (publicado <hi rend="i">on line</hi> como segunda parte de su tesis doctoral de 2008
              y, curiosamente, antes, en 2007, como monografía en papel, razón por la que ofrezco
              siempre una doble referencia), que puede y debe ser complemento de la presente
              edición, pues lo he tenido muy en cuenta en todo momento. En 2007: 91 y en 2008: 306
              aplica a este intercambio epistolar —parece que de modo inadvertido— el adjetivo
              «ficticio».</note>.</p>
          <p>Que Lope era perfectamente capaz de inventarse que un personaje de alta alcurnia le
            había solicitado su opinión sobre la llamada «nueva poesía» es algo que no solo no puede
            sorprender a nadie mínimamente familiarizado con su obra, sino que incluso podríamos
            decir que casi cuadra del todo con su <hi rend="i">ethos</hi>. La carta en la que el
            noble le pide supuestamente su opinión está escrita en puro estilo lopesco, tanto en los
              <hi rend="i">verba</hi> como, sobre todo, en la <hi rend="i">res</hi>: se observa
            perfectamente en esa carta la misma estrategia que, en público, siguió Lope casi siempre
            ante la polémica gongorina; es decir, un constante y a veces desquiciante vaivén entre
            extremos que van desde el elogio casi hiperbólico de Góngora hasta su acerba
            ridiculización. Resulta difícil negar que el «señor de estos reinos», quien parece
            tratar de aparentar imparcialidad, maneja una evidente ironía que, pese a esa
            apariencia, lo sitúa claramente en el bando anti-gongorino: dice que esa «nueva poesía»
            le produce «mucho gusto», pero que para entenderla ha tenido que recurrir a sus
            rudimentos de latín y de italiano, y se pregunta si es que a partir de ahora los poemas
            tienen que salir a la luz pertrechados ya con una panoplia de «comentos» para
            entenderlos, como si fueran libros antiguos, muchos de cuyos contenidos deben
            dilucidarse por medio de esa clase de aparato erudito.</p>
          <p>Si ese noble existió y alimentaba de verdad esas dudas acerca de la reciente moda
            poética, lo cierto es que la <hi rend="i">censura</hi> de Lope debió de terminar de
            inclinarlo del lado anti-gongorino, puesto que en su posterior carta de agradecimiento a
            Lope (el tercer texto aquí editado) afirma claramente que con dicha <hi rend="i"
              >censura</hi> este ha conseguido «desengañar» a muchos (se sobrentiende que a él el
            primero) de manera tan docta como cortés; y le pide que le haga ver «alguna cosa» (esto
            es, alguna composición poética) en el «estilo antiguo», o sea, en el de Garcilaso y
            Herrera, para que «se vea la diferencia» y así (aunque esto no lo dice expresamente) se
            remate la tarea de desengañar a los muchos incautos que han abrazado con tanto
            entusiasmo como ignorancia y necedad la muy difícil moda poética traída por Góngora al
            mismísimo centro del debate literario.</p>
          <p>Sea como fuere, parece evidente que Lope trata de presentarse como alguien al que no le
            ha quedado más remedio que dar su opinión acerca de la «nueva poesía», puesto que se lo
            ha pedido alguien a quien sería descortés —casi un agravio— no obedecer. Pero entonces,
            si la petición del «señor de estos reinos» es cierta, podemos preguntarnos qué
            obligación tenía Lope de imprimir el intercambio epistolar a que dio lugar y por qué no
            podía haberse quedado en el ámbito de la privacidad entre el ignoto noble y él mismo.
            Por otra parte, en ningún momento nos aclara Lope si contaba con el permiso de aquel
            para airear en letras de molde las que se presentaban como cartas personales. Téngase en
            cuenta que estos cuatro textos se insertan inopinadamente, sin prólogo ni presentación
            alguna, entre las varias composiciones poéticas que conforman la parte final de <hi
              rend="i">La Filomena</hi>.</p>
          <p>Y hay además algunas aparentes incoherencias en la actitud y en el comportamiento de
            Lope: por ejemplo, al comienzo de su <hi rend="i">censura</hi> hace referencia al
            peligro «que me amenaza si este papel se copia», cuando se supone que es él mismo quien
            ha decidido, no ya que se copie y corra manuscrito, sino imprimirlo en una de sus obras
            más peculiares y ambiciosas. Y es que Lope, sea o no ficticia esta relación epistolar
            que publica, parece jugar a conseguir que el lector olvide que lo que se le presenta
            como un intercambio privado de «papeles» está siendo en realidad divulgado a los cuatro
            vientos gracias a la imprenta.</p>
          <p>En 1621, año de publicación de estos documentos incluidos, como se viene indicando, en
            la obra miscelánea <hi rend="i">La Filomena</hi>, Lope llevaba varios años sin dar a las
            prensas una obra de peso, habiéndose dedicado sobre todo a la impresión de sus <hi
              rend="i">partes de comedias</hi> a partir de la novena en 1617 (en 1621 publica nada
            menos que cuatro de esas partes: de la XV a la XVIII). En esos años de –solo aparente–
            «sequía», a Lope le habían aumentado los frentes de batalla que acostumbraba a tener
            permanentemente abiertos en su pelea por la primacía literaria de su nación y de su
            tiempo. Viviendo una muy delicada situación personal (la de sacerdote recientemente
            ordenado que mantenía conocidas relaciones con una mujer casada), la cual aprovecharían
            sus enemigos para zaherirlo con saña, había recibido en 1617 una cruda andanada desde el
            mundo académico universitario con la divulgación de la hoy perdida <hi rend="i"
              >Spongia</hi> a cargo del gramático y aspirante a teólogo en Alcalá Pedro de Torres
            Rámila. En ella, al ataque personal contra sus licenciosas costumbres, se añadían
            censuras a la totalidad de su obra marcadas por las acusaciones de falta de cultura, de
            ignorancia del latín, de cometer atentados contra las normas canónicas que regulaban la
            creación literaria, etc. Como es sabido, la respuesta se articuló en torno a la
            enigmática (aunque ya lo es mucho menos: <hi rend="i">cf.</hi> Conde-Tubau 2015) <hi
              rend="i">Expostulatio Spongiae</hi> promovida desde el círculo de amigos más próximos
            a Lope, quien, por su parte, aprovechó casi todas las ocasiones que tuvo para ir dando
            réplicas al osado Torres (por ejemplo, en algunas de las dedicatorias a cada comedia que
            incluyó desde la <hi rend="i">Parte XIII</hi> o en la de <hi rend="i">El triunfo de la
              fe en los reinos del Japón</hi>, de 1618, dirigida al padre Juan de Mariana). Pero
              faltaba<hi rend="i"> la réplica</hi> definitiva, y esta llegó en la segunda parte del
            poema mitológico que da título a toda la miscelánea de 1621, <hi rend="i">La
              Filomena</hi>: toda esa segunda parte está dedicada a contar el enfrentamiento
            alegórico entre el canoro y sublime ruiseñor (<hi rend="i">Filomena</hi>) y el ronco,
            envidioso y pedante tordo, trasunto indudable de Torres Rámila.</p>
          <p>El otro frente, relacionado en parte con el anterior, pues el mismo Torres había velado
            públicas armas poéticas en el bando gongorino (véase luego), era el de la «nueva
            poesía», la sorprendente moda literaria que estaba difundiéndose de manera imparable a
            partir de la divulgación del <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> de Góngora en el bienio 1613-1614, y que Lope debió de vivir desde el
            primer momento, y con gran inquietud, como el mayor reto al que podía enfrentarse en su
            obsesivo empeño por ocupar de manera exclusiva el trono de la poesía española (y hasta
            europea) y obtener de ello réditos personales en su no menor obsesión por llegar lo más
            alto posible en el escalafón cortesano. Pero en este asunto su posición ya no era la de
            alguien que había sido públicamente agraviado con la difusión de un libelo contra su
            vida y obra, sino la de un ciudadano más, aunque fuera muy ilustre, de la «republica de
            las letras» que, en principio, ni siquiera tenía por qué dar a la luz pública ningún
            juicio acerca de esa «nueva poesía». Entre el extremo de guardar absoluto silencio ante
            esa moda, con indiferencia y desdén sinceros o fingidos (pero entonces Lope no habría
            sido Lope) y el de salir a la palestra publicando a su nombre una obra abiertamente
            polémica –teórica, satírica, burlesca, o seguramente mezcla de todas– contra Góngora y
            su bando (pero tampoco Lope habría sido Lope), el Fénix optó por su manera de proceder
            más o menos habitual: la misma por la que había optado frente a su otro gran rival, ya
            desaparecido por entonces, Miguel de Cervantes y que consistía en algo semejante a
            «tirar la piedra y esconder la mano», como bien lo definió Nicolás Marín (1994:
            279-313), a propósito de su papel en la creación del <hi rend="i">Quijote</hi> de
            Avellaneda, cuyo prólogo proponía atribuirle.</p>
          <p>Es esta <hi rend="i">censura</hi>, que sepamos, el primer texto en el que Lope trata de
            manera abierta y exclusiva, y por extenso, acerca de la «nueva poesía», y se presenta al
            público lector haciéndolo, sea o no cierto lo de la petición del «señor de estos
            reinos», de manera obligada y casi «a regañadientes», lo que a cualquier conocedor de su
            obra y de su postura ante el asunto ha de parecerle por fuerza muy poco creíble. No hay
            que olvidar que se le atribuyen, con bastante fundamento, algunos textos circulados de
            manera anónima, como ciertas cartas «echadizas» enviadas a Góngora no mucho después de
            que este divulgara sus conflictivos poemas, que también forman parte de esta polémica y
            que se editan en el presente proyecto<note place="bottom">Véase
              1614_carta-amigo-gongora; 1615_carta-lope y 1615_carta-echadiza.</note>. Además, había
            incluido en alguna comedia posterior a 1614 parodias del estilo de la «nueva poesía»,
            así como referencias negativas a él en algunos preliminares de otras comedias y en los
            arriba citados de <hi rend="i"> El triunfo de la fe</hi>, donde se reúnen, pues, las
            críticas a Torres Rámila y a la reciente moda poética (y además se las pone en mutua
              relación)<note place="bottom">Tras llamar a Torres «infelicísimo latinizador» y
              amenazarlo sutilmente con el recuerdo de Marsias y Midas, castigados por Apolo a causa
              de su escaso gusto y torcido juicio en cuestiones literarias, añade: «Y más en este
              tiempo que las Musas andan tan desconocidas, que en nuestra propia lengua parecen
              estrangeras» (Vega 1618, s.p.: quinta página de la citada dedicatoria, titulada <hi
                rend="i">Prólogo</hi>).</note>.</p>
          <p>Lope, consciente de que no puede presentarse de repente en 1621 como alguien ajeno a la
            polémica que nunca ha disparado contra el bando gongorino, opta por mostrar una
            aparentemente «virtuosa» equidistancia y dar la imagen de alguien cuya postura ante el
            asunto no se ha interpretado rectamente: «ni querría dar gusto a los que esta novedad
            agrada ni pesadumbre a los que la vituperan, sino solo descubrir mi sentimiento, bien
            diferente de lo que muchos piensan, que dando crédito a sus imaginaciones son
            intérpretes equívocos de los pensamientos ajenos». Este deseo de aclarar la verdad de su
            sentimiento que muchos desvirtúan, unido a la petición del «señor», lo induce, según él,
            a salir a la palestra con esta «censura». Es posible que el devenir de los
            acontecimientos, no ya solo en el ámbito literario, sino también, y quizá sobre todo, en
            el político –y en concreto, la conciencia del predicamento logrado por la «nueva poesía»
            entre la nobleza mejor posicionada en la corte–, obligaran a Lope a esos difíciles
            equilibrios.</p>
          <p>No sorprende, por tanto, que, partiendo de una postura tan tibia, nos encontremos ante
            un texto bastante elusivo y calculadamente ambiguo, en el que la tensión polémica se
            encona y se relaja de manera constante, sobre todo en lo que atañe a la visión que en él
            se ofrece sobre Góngora: se alaba repetidamente su «ingenio» (que llega a calificarse de
            «divino») e incluso se cierra el texto con un soneto, «recuperado» para la ocasión, de
            ditirámbica apariencia, pero también parece dudarse de ese ingenio<note place="bottom"
              >«Creo que muchas veces la falta del natural es causa de valerse de tan estupendas
              máquinas el arte, pero <hi rend="i">arte non conceditur quod naturaliter
                denegatur</hi>»: ¿a quién se refiere aquí Lope? ¿a Góngora o a sus imitadores? En mi
              opinión, Lope es voluntaria y conscientemente ambiguo porque también juega a veces en
              su texto a que el lector no logre distinguir cuándo está refiriéndose exclusivamente
              al poeta cordobés, a sus imitadores o a todos a la vez.</note>. Lope pone en la picota
            los principales recursos («esta lengua que desea introducir») sobre los que se sustenta
            su «revolución» poética, concediéndole –faltaría más– el derecho que tenía a
            desencadenarla: «Bien consiguió este caballero lo que intentó, a mi juicio, si aquello
            era lo que intentaba: la dificultad está en el recibirlo, de que han nacido tantas, que
            dudo que cesen, si la causa no cesa».</p>
          <p>Es evidente que el giro poético gongorino pilló a contrapié y por sorpresa a Lope y a
            todos los poetas de ese tiempo. En muchos casos, como bien se sabe, la reacción fue, no
            ya de aceptación, sino de absoluta entrega por parte de un nutrido grupo de imitadores,
            que optaron por «recibir» (esto es, aceptar plenamente e imitar al máximo) el nuevo
            estilo poético. A ello se sumaba una, en general, favorable acogida de esos nuevos usos
            poéticos por parte de miembros de las clases nobles e incluso de los aristócratas más
            allegados al rey. Lope y en buena medida otros rivales de Góngora (así, Quevedo) van a
            adoptar una estrategia podríamos decir que conjunta y muy parecida: como «el mal» ya
            estaba hecho y no tenía remedio, lo prioritario era evitar que se propagara, y para ello
            no solo había que afear en el plano teórico los defectos de esa nueva moda, por un lado,
            y satirizarla y parodiarla en la práctica literaria, por otro, sino que había que tirar
            contra esa incipiente legión de seguidores para evitar que el gongorismo creara escuela:
            es decir, que siguiera siendo tan «recibido». La estrategia consistía en presentar los
            poemas de Góngora como una especie de <hi rend="i">monstrum</hi>, que había que
            contemplar como algo a medio camino entre la anomalía y la maravilla (un objeto de
            estudio teratológico o un imposible ser salido de la imaginación de un pintor tan genial
            como delirante: el Bosco<note place="bottom">Y este no es un símil gratuito ni
              caprichoso, pues los cuadros del genial pintor holandés saldrán a relucir en la
              posterior polémica (continuación de los textos aquí editados) mantenida entre Diego de
              Colmenares y Lope de Vega.</note>), y mostrar y demostrar que era imposible seguir por
            ese camino, pues no tenía más salida estética y poética que el precipicio y la ruina.
            Esa condena de los imitadores de Góngora (todos siempre y necesariamente malos) va a ser
            un <hi rend="i">leitmotiv</hi> de Lope en esta polémica, y para ello va a buscar un
            paralelo, que no se cansa de repetir, entre la lengua poética de Góngora y el estilo
            latino de Justo Lipsio. En efecto, el genial humanista brabanzón, gran dominador en
            cantidad y calidad del latín de todas las épocas de Roma, había puesto de moda entre el
            humanismo tardío un tan admirado como denostado estilo latino que, tras un período de
            clasicismo ciceroniano dominante durante casi todo el siglo XVI, ponía a los autores de
            la latinidad arcaica y tardía, especialmente a Tácito y Séneca, como modelos de un
            alambicado, condensado y, por ende, complejo estilo latino, el conocido como «estilo
            lacónico», Ese estilo, tan admirado como denostado, fue una de las fuentes de
            inspiración del conceptismo que se extendió en las literaturas vernáculas: sobre todo,
            como bien sabemos, en la española (puede verse al respecto el clásico estudio de
            Fumaroli 1980: 152-161, y la introducción a Conde-Tubau 2015). Es, por tanto, la figura
            de Lipsio un elemento que conecta las dos polémicas en las que se hallaba plenamente
            inmerso Lope en esos momentos: la mantenida contra Torres Rámila (mal imitador del latín
            lipsiano en su <hi rend="i">Spongia</hi>, según el autor de la <hi rend="i"
              >Expostulatio</hi> y el propio Lope en los preliminares a <hi rend="i">El triunfo de
              la fe</hi>) y la mantenida contra la «nueva poesía» originada en los dos grandes
            poemas de Góngora, un Lipsio en castellano que había llevado a esta lengua a una tensión
            y torsión estilísticas tan fuertes, que intentar darle una «vuelta de tuerca» más (como
            hacían, lógicamente obligados, sus imitadores, que encima no tenían su privilegiado <hi
              rend="i">ingenium</hi>) suponía romper la cuerda y precipitarse, como decía, al abismo
            de la más indeseable oscuridad. Eso es lo que, según Lope, les sucedía a los imitadores
            del poeta cordobés, pobres ícaros que se veían forzados a «empezar por donde él
            acababa». Y como aquel había acabado dejando la poesía al borde del precipicio de la más
            absoluta oscuridad, ellos se limitaban simplemente, como decía aquel, a dar un paso
            adelante...</p>
        </div>
        <div>
          <head>3.[Cronología] Entre 1616 y 1621 (tal vez en 1617…)</head>
          <p>Según explica con detalle y acierto Tubau (2007: 40-46 y 2008: 256-263), las fechas
            entre las que debe datarse la redacción de este texto son noviembre de 1616 (después de
            que Góngora presentara su poema, citado aquí por Lope, a las justas poéticas del
            Sagrario en Toledo, que fueron copadas por partidarios del cordobés y la «nueva poesía»,
            como el profesor de Alcalá Pedro Torres Rámila) y el 31 de marzo de 1621 (fecha del
            fallecimiento de Felipe III, al que en la carta se presenta como monarca aún reinante en
            España).</p>
          <p>La alusión por parte de Lope, recogida en su epistolario con el duque de Sessa, a un
            par de cartas suyas (que tal vez sean la misma) sobre la «nueva poesía» que le habría
            escrito (aunque al parecer no enviado) al propio duque<note place="bottom">«Estos días
              he pasado mal con los de la nueva poesía. No sé qué ha de ser de mí, pero leerele a
              Vuestra Excelencia cuando le vea una carta que le escribí, y no se la he dado ni
              copiado del original porque me arrepentí de haberla escrito y estudiado, conociendo
              que disponía mi quietud a las arrogancias y desvergüenzas de sus defensores (que estos
              aun no faltaron a Lutero), y por la mayor parte señores. Dios guarde a Vuestra
              Excelencia, que así sabe conocer y distinguir la verdad entre las tinieblas de la
              soberbia y novedad de los hombres». Es la carta nº 347 del <hi rend="i"
                >Epistolario</hi> editado por A. González de Amezúa, quien la fecha a comienzos de
              septiembre de 1617. En la primavera de ese mismo año data ese editor otra carta que
              incluye un fragmento significativo a este respecto, donde se habla de otro texto sobre
              el poeta cordobés, sin que quede claro si es el mismo sobre el que se habla en la
              carta anterior: «Las cartas verá Vuestra Excelencia, señor: la de Salinas, a
              propósito, y las otras, al tiempo. La que trata de Góngora no se ha copiado, que es de
              tres pliegos, y no tengo oficial más de mi pluma, cuando no ocupada, falta de buena
              letra». </note>, ha permitido plantear la hipótesis de que esta «censura» se
            escribiera en la segunda mitad de 1617 (por lo que el «señor de estos reinos» tendría
            que ser dicho noble); pero nada seguro puede afirmarse, dado que no se poseen más datos
            al respecto que ayuden a aclarar si alguno de esos textos (si es que son dos distintos)
            era dicha «censura», aquí editada. Se ignora, por tanto, si se trata de un texto escrito
            poco antes de la publicación de <hi rend="i">La Filomena</hi> en 1621 —o incluso escrito
              <hi rend="i">ad hoc</hi> para incluirlo en ella— o si Lope recuperó y mandó imprimir
            un documento que tenía escrito desde tres o cuatro años antes como máximo.</p>
        </div>
        <div>
          <head>4.[Estructura] La poesía de Góngora: un prodigio dudoso, aislado y de imposible
            «recepción»</head>
          <p>Texto I: Breve epístola en la que «un señor de estos reinos» expone a Lope las dudas
            que le plantean «los dos poemas» de «ese caballero» (sin duda, Luis de Góngora)<note
              place="bottom">Resulta bastante curioso y significativo que en todo este intercambio
              epistolar, ni el «señor de estos reinos» ni Lope ni Colmenares (si bien este lo hace
              sólo una vez en una anotación al margen de su segunda carta: véase
              1624_colmenares-contra-lope) mencionen nunca a Luis de Góngora explícitamente.</note>
            y le pide su opinión al respecto. Dicho personaje noble, que confiesa no terminar de
            entender bien esa novedosa poesía —aunque afirma que le agrada en parte—, declara haber
            recibido un cierto «discurso» contra ella que se supone le adjunta a Lope (¿sería el <hi
              rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui?)<note place="bottom">En el célebre y muy útil
              catálogo de los textos de la polémica compilado por Jammes (1994: 660) —texto XXX—,
              este estudioso lo da por supuesto, pero sin aportar prueba alguna.</note>.</p>
          <p/>
          <p>Texto II: Obedeciendo las reglas del arte epistolar, Lope abre su carta-respuesta (que
            enseguida presenta como una «censura») con un exordio, bastante dilatado, que ocupa los
            tres primeros (largos) párrafos del texto según se edita aquí (es decir, hasta el que
            comienza «El ingenio de este caballero»). Como era de esperar, lo primero que deja bien
            claro es que escribe respondiendo al ruego (que para él es una orden) del «señor de
            estos reinos», y entre consabidos tópicos de modestia (como su <hi rend="i"
              >infirmitas</hi> y la falta de tiempo y espacio para afrontar la vasta tarea),
            aprovecha para lanzar su queja contra quienes, en estos casos de polémica literaria,
            prefieren atacar al rival (incluso con sucias acusaciones <hi rend="i">ad hominem</hi>)
            en vez de defender sus tesis con sólidos argumentos. Contrasta los denuestos, e incluso
            injurias, habituales en España con la índole serenamente «científica» de los italianos
            en estas lides literarias, aunque la verdad es que algunas de las polémicas suscitadas
            en Italia en el siglo anterior no fueron tan modélicas en ese sentido como él afirma.
            Aprovecha también para deslizar, como de pasada, una afirmación que constituirá una de
            las bases de su argumentación contra la poesía gongorina: que todo el «fundamento» del
            «arte de hacer versos» es la filosofía. Señala, así mismo, que esa reciente moda poética
            supone una «novedad» que ha causado la lógica y esperable «perturbación» y que, por
            tanto, es justo y necesario analizarla para ver si supone un avance o un retroceso de
            esa arte, no dando por hecho de manera acrítica que es lo primero y no lo segundo.</p>
          <p>Entra ya en materia Lope acudiendo a su experiencia personal, que presentará en buena
            medida también como colectiva, y relatando qué conocimiento tenía de Góngora, a quien,
            por lo demás, recuérdese que nunca nombra explícitamente: además del indirecto obtenido
            por boca de un antiguo compañero de estudios en Salamanca (Liñán de Riaza), declara
            haberlo conocido en persona «ha más de veinte y ocho años», haberlo tratado en tierras
            andaluzas y haber tenido con él un trato cortés y amistoso. Apunta que, entre muchos
            ingenios que florecieron en la poesía de finales de siglo, Góngora llegó a alcanzar fama
            de ser el número uno, maestro y modelo de todos en «erudición y dulzura» (o sea, en <hi
              rend="i">prodesse</hi> y <hi rend="i">delectare</hi>), especialmente en lo satírico,
            «pues fueron sus sales no menos celebradas que las de Marcial, y mucho más honestas».
            Aquí resalta Lope de manera muy calculada e interesada una de las varias facetas de la
            poesía gongorina –la sátira, que se consideraba género menor– y un modelo clásico,
            Marcial, entonces tenido por ilustre, sobre todo en España, mas no como sublime, si bien
            es cierto que dicha faceta era realmente muy apreciada por sus coetáneos.</p>
          <p>Estando en esa cumbre de prestigio y fama, el poeta cordobés habría decidido dar un
            paso más (apostilla Lope que él cree que «con buena y sana intención, y no con
            arrogancia») y enriquecer el arte de la poesía, y aun la propia lengua poética española,
            con un estilo sorprendente por sus «exornaciones y figuras», aunque no tan novedoso como
            en principio pareciera, pues Lope apunta un posible precedente en cierto poeta italiano
            al que no nombra (he ahí un claro ejemplo de cómo se tira la piedra y se esconde la
            mano...). El problema que plantea, según Lope, ese novedoso estilo gongorino no reside
            en su creación y divulgación, sino en su recepción («la dificultad está en el
            recibirlo»), que, a su vez, suscita otros dos problemas totalmente interconectados: el
            de su inteligibilidad, muy lastrada por «la oscuridad y la ambigüedad de las palabras»,
            y el de su imitación cabal y auténtica, prácticamente imposible. A propósito del
            primero, ensarta Lope unas cuantas citas de autoridades (tal como viene haciendo desde
            el mismo exordio y hará en el resto de la carta, tomando muchas de ellas de una <hi
              rend="i">polianthea</hi> que creo haber identificado)<note place="bottom">Véase luego
              el epígrafe 5.- Fuentes. Un enfoque retoricista basado en autores antiguos y
              modernos.</note> en las que se condena el abuso en el empleo de palabras raras e
            inusitadas: lo que lo lleva a introducir, si bien de manera muy somera y sucinta, un
            argumento habitualmente manejado por los detractores de Góngora durante esta polémica
            (Jáuregui en su <hi rend="i">Antídoto</hi>, por ejemplo): el de que la oscuridad –no
            excesiva, por supuesto (Lope dice «breve»)– puede estar justificada en las <hi rend="i"
              >sententiae</hi> cuando se escribe sobre «materias graves y filosóficas», si bien ello
            tampoco ha de ser nunca en detrimento del adorno y la dulzura del texto.</p>
          <p>El segundo problema o «dificultad» es, como decía, el de la posibilidad de imitación
            del nuevo estilo poético, el cual plantea una paradoja: siendo complejísimo su dominio,
            da la falsa impresión, según Lope, de ser al tiempo reducible a fórmulas simples. De tal
            modo que cualquiera puede creer que las domina mediante un ejercicio prácticamente de
            puro remedo, que es el que llevan a cabo los imitadores del poeta cordobés, quienes,
            atraídos por la novedad, «con aquellas trasposiciones [o sea, hipérbatos: véase luego],
            cuatro preceptos y seis voces latinas o frasis enfáticas se hallan levantados adonde
            ellos mismos no se conocen ni aun sé si se entienden». Es en este punto donde Lope
            introduce el ya citado<note place="bottom">Véase arriba la parte final del epígrafe 2.-
              Autor. Un noble ignoto y el gran rival de Góngora. </note> parangón entre Góngora y
            Justo Lipsio, así como entre los imitadores de ambos, unos en castellano y otros en
            latín, que se han visto abocados al ridículo y al fracaso por haber querido seguir a sus
            respectivos modelos en la parte que era, a un tiempo, más personal (e inimitable) y más
            discutible del estilo que habían creado.</p>
          <p>Lope señala a continuación que el recurso básico y fundamental de ese nuevo estilo
            gongorino es el «trasponer» (es decir, el hipérbaton), que provoca una dificultad «de
            lengua», no «de sentencia», la cual se agrava sobremanera en manos de sus (siempre
            malos) imitadores, pues recurren a ese expediente «con más dureza y menos gracia» que el
            modelo y maestro. Y más aún se agrava si a esa se acumulan otras varias figuras
            retóricas y se abusa ridículamente de ellas, cuando deberían emplearse «raras veces y
            según la calidad de la materia y del estilo».</p>
          <p>Vuelve de nuevo Lope sobre las «trasposiciones», que ahora presenta ya no solo como el
            fundamento del nuevo estilo poético, sino como la figura «más culpada» en él,
            atribuyendo su abuso al hecho de que sea un simple recurso para facilitar la tarea de
            rimar los versos. Da a continuación una lista de ejemplos de «trasposición» tomados de
            varios poetas españoles, desde Mena hasta Herrera, siendo los dos ejemplos que cita del
            primero mucho más «duros» de aceptar que los que recoge de los poetas posteriores. Aun
            así, ninguno lo es tanto como uno del que Lope menciona solo las primeras palabras y que
            muy probablemente proceda de la segunda <hi rend="i">Soledad</hi> de Góngora, para
            indicar que aquellos, usados con moderación y oportunamente, resultan «dulcísimos», pero
            que este último es inaceptable, pues en él la «trasposición» pasa de posible virtud al
            indeseable vicio conocido como <hi rend="i">cacosíndeton</hi>.</p>
          <p>Con todo ello está seguramente preparando el terreno para lanzar una nueva crítica
            contra la «nueva poesía», que va a ser a la que dedique ya la parte final de su
            «censura»: la evidente (re-)latinización, tanto léxica (cultismos) como sintáctica
            (hipérbatos), de la lengua castellana que trae consigo esa moda. Lo que supone un
            retroceso a épocas lejanas y ya superadas, como la del citado Juan de Mena, del que Lope
            reproduce un largo párrafo extraído del prólogo de la <hi rend="i">Coronación del
              Marqués de Santillana</hi> y plagado de «trasposiciones» salpicadas de latinismos
            bastante crudos.</p>
          <p>Tras proponer como modelos dos fragmentos poéticos de Fernando de Herrera e insistir de
            nuevo en su rechazo a los imitadores de Góngora, que «comienzan por donde él acaba»,
            Lope afirma, no sin antes poner la lengua castellana en pie de igualdad con la latina y
            la griega (argumento habitual entre los polemistas anti-gongorinos), que a estas debe
            recurrirse, como reconoce haber hecho él mismo ocasionalmente, solo cuando hay una
            estricta necesidad, porque falten vocablos en la propia lengua, y si los nuevos resultan
            en verdad «sonoros e inteligibles». De lo contrario, lo único que se logra en poesía es
            «dureza», y no «elegancia», «blandura», ni «hermosura digna de imitar y de admirar»,
            como las alcanzadas por Herrera, cuyos «sonetos y canciones» afirma Lope que son «el más
            verdadero arte de poesía», por lo que nunca «se aparta de sus ojos». El dechado del
            poeta sevillano presupone, claro está, el de su modelo Garcilaso, que no podía faltar en
            este documento de la polémica y al que Lope ensalza recurriendo a la preterición: «de
            Garcilaso no pienso hablar palabra». Aunque no se priva de señalar que «algunos» se
            mofaban de quienes lo imitaban llamándolos «poetas mecánicos». Con ello alude a
            presuntuosos aficionados a Góngora que, ingratos a la memoria del insuperable Garcilaso,
            consideraban que este era un modelo periclitado y aun agotado precisamente por haberlo
            superado su ídolo. Lope, por el contrario, reivindica como aún muy válido y vigente ese
            modelo poético postulándose de manera implícita como tercero en la línea de sucesión al
            trono de la poesía española tras Garcilaso y Herrera.</p>
          <p>En una «composición en anillo», cierra Lope su carta con un breve epílogo, reiterando
            que se ha visto forzado contra su voluntad (dice que ha supuesto «violencia» en él) a
            dar su opinión sobre la «nueva poesía». Como prueba de su rendida admiración hacia
            Góngora, recupera y reproduce íntegro un soneto en alabanza suya con el que censuraba la
            (supuesta) mala acogida general que sus poemas habían tenido en «su misma patria» (esto
            es, en Andalucía) frente a la (aún más supuesta) aceptación lograda por ellos entre los
            poetas que integraban el «coro del Tajo».</p>
          <p/>
          <p>Texto III: Breve epístola en la que el «señor de estos reinos» agradece a Lope el envío
            de la anterior, lo anima a publicarla y le pide que le envíe algún poema que ilustre el
            «estilo antiguo» de la poesía española (el representado por Garcilaso de la Vega y
            Fernando de Herrera). Como muestra de agradecimiento, el «señor» dice que le envía unos
              <hi rend="i">Opera omnia</hi> de Justo Lipsio y una obra en verso de Benito Arias
            Montano, los <hi rend="i">Humanae salutis monumenta</hi>.</p>
          <p/>
          <p>Texto IV: Respuesta final de Lope de Vega. Abren el mensaje final al «señor de estos
            reinos» unas consideraciones –punteadas con varias <hi rend="i">sententiae</hi> de
            autoridades antiguas (o sea, de <hi rend="i">polianthea</hi>) en torno a la <hi rend="i"
              >scientia</hi>– en las que mezcla elementos de modestia propios de la <hi rend="i"
              >captatio benevolentiae</hi> con ataques a los cultivadores de la «nueva poesía», a
            los que presenta como gregarios ignorantes. Tras ello, Lope anuncia a su corresponsal
            que le envía adjunta una égloga (impresa justo después de estos cuatro textos en la
            edición de <hi rend="i">La Filomena</hi>) dedicada a la muerte de su esposa Isabel de
            Urbina y cuya autoría atribuye a Pedro de Medina Medinilla, lo que le permite introducir
            algunas consideraciones acerca del género bucólico, tras ofrecer algunos datos
            biográficos sobre ese poeta.</p>
          <p>Recomienda al «señor» la lectura y disfrute de dicha égloga, que encarece presentándola
            implícitamente como modelo de poesía frente a «la novedad de los exquisitos modos de
            decir», o sea, la poesía gongorina, a la que ataca crudamente, manteniendo el consabido
            argumento de que sus cultivadores no son más que meros imitadores malos de Góngora, a
            quien sin nombrarlo, como siempre, vuelve a parangonar con Justo Lipsio: verdadero <hi
              rend="i">leitmotiv</hi><note place="bottom">De hecho, Lipsio aparece, como puede
              comprobarse, en tres de los cuatro textos editados aquí.</note>, como ya se ha
            indicado, de esta correspondencia filológica y literaria que así se cierra.</p>
        </div>
        <div>
          <head>5. [Fuentes] Un enfoque retoricista basado en autores antiguos y modernos</head>
          <p>En primer lugar, y como es práctica más que habitual en Lope, debe tenerse en cuenta su
            indudable recurso a la literatura enciclopédica y compilatoria de su tiempo, de la que
            también aquí, como en muchos de los textos que entreveraba de citas (así, las
            dedicatorias de sus comedias desde la parte XIII), hace un uso extenso e intenso:
            extenso, por la notable cantidad de <hi rend="i">sententiae</hi> extractadas de esos
            compendios, e intenso, porque suele centrarse en secciones determinadas de ellos que
            exprime y a veces casi «saquea» para obtener una ristra de máximas con las que aparentar
            erudición y, al tiempo, tratar de apabullar a los lectores y a los posibles polemistas
            que puedan surgir de entre ellos (como veremos que lo será Diego de Colmenares). En este
            caso, considero indudable su recurso a una compilación de <hi rend="i">sententiae</hi> y
              <hi rend="i">exempla</hi> agrupados por temas debida al portugués André Rodrigues,
            también conocido como Andrés de Évora o <hi rend="i">Andreas Eborensis</hi> (en adelante
            me referiré a él como ‘Andrés Eborense’)<note place="bottom">Véase la nota 25 al texto
              II.</note>. Lope recabó varias sentencias en secciones de esa poliantea como las
            significativamente tituladas <hi rend="i">Ars et ingenium, Nouitas, Scientia, Veritas et
              affirmatio, Silentium, Vita</hi> y <hi rend="i">Principium</hi>. Así, en el comienzo
            de su respuesta final al «señor de estos reinos» (texto IV), encadena, como ya he
            apuntado en el epígrafe anterior, hasta cinco <hi rend="i">sententiae</hi> tomadas sin
            duda de la tercera de las secciones antes citadas, para hacer alarde de su mucha
            sabiduría (<hi rend="i">scientia</hi>) en materia de poética y afear la poca que
            demuestran los partidarios de la «nueva poesía».</p>
          <p>Centrándonos ya en su carta-respuesta al «señor de estos reinos» (texto II), cabe
            señalar que, una vez entra al fin en materia tras el algo prolijo exordio, comienza
            acumulando varias citas para sustentar la tesis de que el abuso de palabras inusitadas
            redunda en indeseable oscuridad: la primera es el inicio del capítulo XI, 7 de las <hi
              rend="i">Noches Áticas</hi> de Aulo Gelio, significativamente titulado «Que se han de
            emplear muy poco palabras excesivamente antiguas, abandonadas y ya en desuso» y en el
            que se recogen dos anécdotas de oradores que no habían sido entendidos en sus discursos,
            y hasta habían provocado general hilaridad, por emplear arcaísmos que nadie ya entendía;
            sigue otra atribuida a Cipriano Suárez en su por entonces muy conocido y frecuentado
            manual de retórica, pero en realidad procedente de la <hi rend="i">Retórica a
              Herenio</hi>, tenida por de Cicerón en esos tiempos; y se remata la serie con hasta
            cuatro citas procedentes de la <hi rend="i">Institutio Oratoria</hi> de Quintiliano, en
            todas las cuales se aboga por no oscurecer el discurso con palabras que no sean de uso
            común.</p>
          <p>El recuerdo de una célebre disputa escolástica mantenida en la segunda mitad del siglo
            XV por Giovanni Pico della Mirandola y Hermolao Barbaro acerca de la relación entre
            filosofía y elocuencia sirve a Lope para defender su tesis de que la oscuridad, y no
            excesiva, es solo admisible cuando la <hi rend="i">res</hi> de que se está tratando la
            hace casi irremediable, al ser dicha <hi rend="i">res</hi> dudosa y ambigua por profunda
            y grave.</p>
          <p>La «nueva poesía», hemos visto que afirma Lope, está en manos de pésimos imitadores
            que, en su pueril ignorancia, se han visto epatados por la novedad de esos «exquisitos
            modos de decir», los cuales además han pervertido. Dicha idea se sustenta sobre todo en
            un pasaje del <hi rend="i">Doctrina Christiana</hi> de san Agustín (una obra y un autor
            que darán bastante juego en la posterior polémica con Colmenares) y en otro de la <hi
              rend="i">Ética nicomaquea</hi> de Aristóteles (tomado de la mencionada compilación de
            Eborense), en el que se afirma que es habitual que lo novedoso deleite al principio
            precisamente por serlo, pero que después suele perder su inicial encanto.</p>
          <p>En las cuestiones sobre la <hi rend="i">elocutio</hi> (el abuso de la «trasposición» y
            de otras varias figuras retóricas que se censura en la nueva moda poética) se recurre de
            nuevo a las <hi rend="i">Noches Áticas</hi> de Gelio (esta vez al capítulo XII, 2) y al
              <hi rend="i">Ad Herennium</hi> (en un pasaje en el que se rechazan las anfibologías
            como cosa propia de los <hi rend="i">dialectici</hi>), se cita de pasada al antiguo
            rétor Aftonio de Antioquía y a Francisco Sánchez de las Brozas, comentarista de aquel, y
            se remite también al tratadista italiano sobre poética Bernardino Daniello, tanto para
            conocer las figuras (de las que Lope da una amplia lista a modo de ejemplo) como para
            sustentar la idea de que estas deben usarse siempre con mesura y criterio. Más adelante,
            y tras una secuencia de ejemplos de «trasposición» en la poesía castellana anterior,
            Lope vuelve a remitir (en este caso al propio «señor de estos reinos» y sin indicar un
            pasaje concreto) a la autoridad, a sus ojos incontrastable, de san Agustín en el <hi
              rend="i">De doctrina Christiana</hi> para que se informe «de las cosas oscuras y
            ambiguas, y cuánto se deben huir». Recurriendo también a la autoridad de este Padre de
            la Iglesia, pero esta vez en su otra obra capital, el <hi rend="i">De ciuitate Dei</hi>,
            equipara Lope la poesía de Góngora al libro del <hi rend="i">Apocalipsis</hi> y apunta
            con toda ironía que para entender el «secreto de este divino estilo» no pide menos que
            todo un Platón, quien afirmaba que en las obras de Homero se encerraban todas las cosas
            divinas y humanas (no así —viene a sugerir Lope— en las del que muchos pretendían hacer
            pasar por el <hi rend="i">Homero español</hi>: recuérdese el título de la edición de los
            poemas de Góngora que publicará López de Vicuña en 1627).</p>
          <p>En fin, tras traer a colación una frase procedente de una carta de Bartolomeo Scala a
            Angelo Policiano, Lope cita el <hi rend="i">De poetis Latinis</hi> del discípulo del
            segundo, Pietro Crinito, donde se hace mención de un antiguo poeta que mereció el
            calificativo de <hi rend="i">ferreus</hi> por parte de Cicerón a causa de la «dureza» de
            sus versos, defecto que Lope achaca también, como ya se ha indicado, a los cultivadores
            de la poesía gongorina.</p>
          <p>Así pues, Lope, en la parte más sustanciosa de su texto (no en la de mero lucimiento de
            erudición <hi rend="i">made in</hi> Eborense), combina con habilidad un abanico de
            fuentes, no muy amplio, pero efectivo, con el que logra transmitir una imagen de sabio
            capaz de enlazar opiniones de autoridades clásicas (Aristóteles, Cicerón, Quintiliano,
            Aulo Gelio, Aftonio), patrísticas (san Agustín), del humanismo italiano más ilustre, el
            de finales del siglo XV (Pico, Barbaro, Scala, Policiano, Crinito) y de teoría literaria
            más o menos coetánea (Cipriano Suárez, Bernardino Daniello): una imagen, puede decirse,
            de auténtico humanista cristiano.</p>
          <p>Sorprende, en principio, la poca atención prestada a las dos grandes <hi rend="i"
              >Poéticas</hi> de la antigüedad, la aristotélica y la horaciana, y a sus continuadores
            renacentistas (con la aparente excepción de Bernardino Daniello<note place="bottom"
              >Aparente porque, como bien explica Tubau (2007: 100-101 y 2008: 316-317), esa obra de
              Daniello, pese al título <hi rend="i">Della poetica</hi>, «se caracteriza precisamente
              por organizar los conceptos y preceptos de la poética de Horacio [...] <hi rend="i"
                >según las categorías retóricas de la invención, la disposición y la elocución</hi>
              [cursiva mía]. Además, la poesía para Daniello resulta tan necesaria como la filosofía
              en tanto que elabora documentos que ejemplifican una vida virtuosa y acorde con las
              leyes civiles de la sociedad. Se trata de una concepción estrechamente ligada a la
              filosofía moral [...] que somete necesariamente cualquier consideración estética del
              texto literario a su eficacia como objeto de enseñanza ética y política».</note>), si
            bien es cierto que se alude a ellas de pasada casi como dando por descontada su
            autoridad: «tenemos singulares obras suyas [esto es, de Góngora] en aquel estilo puro,
            continuadas por la mayor parte de su edad, de que aprendimos todos erudición y dulzura,
            dos partes de que debe de constar este arte, que aquí no es ocasión de revolver Tasos,
            Danielos, Vidas y Horacios, fundados todos en aquellos aforismos de Aristóteles». Pero
            lo cierto es que el enfoque de Lope parece clara y casi exclusivamente retoricista: así,
            cuando recurre sobre a todo a Quintiliano, maestro de rétores y oradores, para censurar
            el empleo de palabras poco comunes; a anécdotas de Gelio protagonizadas por oradores; o
            bien a pasajes del <hi rend="i">De doctrina Christiana</hi> agustiniano en los que los
            consejos van dirigidos al piadoso <hi rend="i">orator</hi> cristiano, no al poeta. Por
            lo que esa mera <hi rend="i">alusión</hi> a las poéticas clásicas y neoclásicas,
            recurriendo a la preterición, puede verse también como una interesada <hi rend="i"
              >elusión</hi>: de hecho, el núcleo de la polémica que encenderá Diego de Colmenares
            cuando responda a esta carta de Lope será precisamente el de la necesidad, propugnada
            por aquel, de defender la poesía desde planteamientos de poética y no (solo) de
            retórica.</p>
        </div>
        <div>
          <head>6. [Conceptos debatidos]</head>
          <p>Por mor de claridad y precisión, y puesto que ya se han mencionado con mayor o menor
            detenimiento en los epígrafes anteriores, expondré los conceptos debatidos en estos
            documentos de manera esquemática y en forma de lista:</p>
          <p/>
          <p>Texto I (Del «señor de estos reinos»)</p>
          <p/>
          <p>1. Necesidad de conocer el latín para entender la poesía gongorina.</p>
          <p>2. Necesidad de conocer el italiano para entender la poesía gongorina.</p>
          <p>3. Novedad inquietante de este estilo poético.</p>
          <p>4. Influencia (se duda si positiva o negativa) de la nueva poesía sobre el
            castellano.</p>
          <p>5. Necesidad (apuntada con apariencia de ingenuidad, pero probablemente con ironía) de
            que los poemas escritos en ese estilo se editen directamente con «comentos».</p>
          <p>6. Los «comentos» son admisibles para obras cuyos contenidos plantean dudas por haber
            sido escritos hace mucho tiempo y hablar de otras épocas y sociedades.</p>
          <p/>
          <p>Texto II (De Lope de Vega)</p>
          <p/>
          <p>1. Gran valor, en erudición y deleite, de las obras de Góngora anteriores a los poemas
            mayores.</p>
          <p>2. Intento por parte de Góngora de ir más allá en su poesía: intento loable, pero no
            aceptable a causa de la oscuridad y la ambigüedad de las palabras.</p>
          <p>3. La breve oscuridad de las sentencias puede estar justificada en las materias graves
            y filosóficas, pero teniendo en cuenta no descuidar el ornamento y la dulzura.</p>
          <p>4. Atracción que ejerce el estilo gongorino debido a su novedad.</p>
          <p>5. Excesiva facilidad de la «nueva poesía», que puede llegar a dominarse con un escaso
            número de recursos estilísticos.</p>
          <p>6. Parangón de la «nueva poesía» con el difícil estilo latino de Justo Lipsio, que
            tiene aspectos positivos y negativos (oscuridad): debe ser imitado solo en los
            primeros.</p>
          <p>7. El recurso básico del estilo gongorino son las «trasposiciones» (hipérbatos), lo que
            provoca grandes dificultades de intelección en el plano de los <hi rend="i">verba</hi>
            (las palabras), no de la <hi rend="i">res</hi> (las sentencias).</p>
          <p>8. La «nueva poesía» acumula en exceso figuras cuyo uso debería estar muy medido para
            lograr el ornato adecuado: especialmente pleonasmos, anfibologías y
            «encarecimientos».</p>
          <p>9. Debe evitarse tanto un estilo que sea todo «sentencias» como otro que sea todo
            figuras, y estas deben emplearse siempre decorosamente: «según la calidad de la materia
            y del estilo».</p>
          <p>10. La «nueva poesía» supone un retroceso en la evolución de la lengua poética
            castellana a los tiempos del siglo XV (época de Juan de Mena).</p>
          <p>11. Hay que lograr una poesía que se haga con gran esfuerzo y que se lea con
            facilidad.</p>
          <p>12. Necesidad de moderación en el empleo de voces latinas y griegas, que deben aparecer
            allá donde sean estrictamente necesarias y no resulten desagradables.</p>
          <p>13. Fernando de Herrera como modelo poético.</p>
          <p/>
          <p>Texto III (Del «señor de estos reinos»)</p>
          <p/>
          <p>Contraposición entre el «estilo (poético) antiguo» (el de Garcilaso y Herrera) y la
            poesía gongorina.</p>
          <p/>
          <p>Texto IV (De Lope de Vega)</p>
          <p/>
          <p>1. Oscuridad y escaso contenido sentencioso (es decir, de ciencia) de la «nueva
            poesía».</p>
          <p>2. Excesiva facilidad de la «nueva poesía», que puede llegar a dominarse con un escaso
            número de recursos estilísticos.</p>
          <p>3. La «nueva poesía» no es avance, sino perjuicio, para el castellano.</p>
          <p>4. La «nueva poesía» y sus perniciosos efectos como producto de malos imitadores de
            Góngora.</p>
          <p>5. Insistencia en el parangón de Góngora, en su empleo del castellano, con Justo Lipsio
            en el del latín.</p>
          <p/>
          <p>Como se ve, el cuarto texto puede leerse como un sucinto repaso de las ideas
            principales que sustentan la argumentación de Lope en el segundo, que es, como se ha
            visto, el más extenso e importante en este (supuesto) intercambio epistolar.</p>
        </div>
        <div>
          <head>7.[Otras cuestiones] Lope sobre la «nueva poesía»: un diagnóstico muy discutible,
            pero un pronóstico acertado</head>
          <p>Conectando con el final del epígrafe 2. («Autor»), cabe recordar que uno de los pilares
            de la argumentación de Lope en su censura sobre la «nueva poesía» es la imposibilidad de
            ir más allá en el muy discutible estilo poético de Góngora y, por tanto, de que su
            poesía pudiera crear escuela, pues aquel había llevado a la lengua poética española a un
            punto de proximidad a la lengua latina más allá del cual era imposible avanzar sin
            incurrir en la pura agramaticalidad por solecismo y barbarismo: es decir, que Góngora
            había apurado al máximo las posibilidades de, digámoslo así, escribir en latín pero
            empleando el castellano. Es exactamente lo que quiere decir Lope cuando, tras citar el
            verso de Góngora «Fulgores arrogándose presiente», apostilla que es «todo meramente
            latino», y lo es tanto en la disposición de las palabras como en el hecho de que estas
            sean latinismos prácticamente inusitados hasta entonces en nuestra lengua.</p>
          <p>Cabe señalar que, vista desde la perspectiva de nuestro tiempo, esa tesis resultó
            bastante acertada, pues entre los muchos seguidores de Góngora no hubo ninguno que
            igualara ni, mucho menos, superara al genial modelo, y sí, como critica Lope, mucho
            repetidor mecánico de unas fórmulas que solo la genialidad podía manejar con solvencia.
            Y no olvidemos que eso fue, sobre todo, lo parodiado por Lope, Quevedo, Jáuregui, Vélez
            de Guevara, Castillo Solórzano y otros paladines de la cruzada anti-gongorina, quienes
            por ser poetas eran –seguro– muy conscientes en su fuero interno del envidiable prodigio
            logrado por el genio cordobés; por ello, también lo fueron del hecho de que para
            escribir <hi rend="i">como él</hi> había que <hi rend="i">ser él</hi>: un poeta
            irrepetible.</p>
        </div>
        <div>
          <head>8.[Conclusión] Un (supuesto) sí a Góngora y un no rotundo al gongorismo, moda
            poética superflua, insustancial y pasajera</head>
          <p>En las últimas líneas de su «censura» (texto II) acude Lope, para ilustrar su visión de
            la «nueva poesía», a dos símiles que, lejos de ser mero adorno retórico, son muy
            ilustrativos de esa visión, y ambos remiten a un conjunto de nociones (lo superfluo, lo
            excesivo, lo gratuito, lo impertinente…) que pueden reducirse a dos formulaciones solo
            aparentemente paradójicas: por un lado, aquello que, exigiendo mucho tiempo y esfuerzo,
            cansa en vano y rinde al fin escaso fruto; por otro, aquello que, al añadirse a algo, le
            confiere en apariencia un mayor valor, cuando en realidad se lo quita.</p>
          <p>La primera comparación de las citadas lo es con el juego del ajedrez. En primer lugar,
            Lope parafrasea un dicho (apócrifo, por atribuido a muchos pensadores) que sigue vivo
            hoy en día y que ya debía de circular por entonces: que el ajedrez es «excesivo para ser
            un juego y demasiado poco para ser una ciencia», pues exige mucho tiempo y esfuerzo para
            no producir ningún tipo de conocimiento, siendo una pura y muy dura «gimnasia» mental; y
            luego propone una perfecta equiparación (por muy discutible que sea) de ese juego con la
            «nueva poesía», pues ambos resultan ser un «estudio importuno del entendimiento». Es, en
            realidad, otra manera de formular una de las críticas más graves y repetidas contra la
            corriente poética gongorina: velos de oscuridad verbal y sintáctica muy trabajosos de
            descorrer, para al fin, cuando se logra apartarlos, no hallar apenas ciencia alguna que
            llevarse a la mente; tal cual el jugador que pasa horas ante el tablero rompiéndose la
            cabeza: imagina mil combinaciones distintas de sus piezas para intrigar y desorientar al
            adversario (como el poeta gongorino al lector con los <hi rend="i">verba</hi>
            oscureciendo su estilo), pero sin lograr nunca salir, ni él ni su rival, más informados
            y más cultos (o sea, con más <hi rend="i">res</hi> en sus cabezas).</p>
          <p>La otra comparación es con la «liga», o sea, con «la porción pequeña de otro metal, que
            se echa al oro o a la plata, cuando se bate moneda, o se fabrica alguna pieza», según lo
            definía el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>. Dicha moneda o dicha pieza será
            más grande y pesará más, por lo que aparentará ser (o se la podrá hacer pasar por) más
            valiosa, pero en realidad habrá perdido tanto valor cuanto menos puro haya quedado el
            metal precioso de base. Esa misma proporción inversa es la que establece Lope en la
            «nueva poesía» entre la <hi rend="i">res</hi> del texto y la oscuridad que le confiere
            el abuso de recursos como la trasposición y los cultismos: «yo hallo esta novedad como
            la liga que se echa al oro, que le dilata y aumenta, pero con menos valor, pues quita de
            la sentencia lo que añade de dificultad». Es decir, la impactante y rutilante poesía
            gongorina vista prácticamente como pura ganga inútil.</p>
          <p>En estas dos comparaciones finales, Lope sigue jugando, como durante toda su «censura»,
            al despiste constante del lector: cuando habla de «esta novedad», ¿se refiere a la
            poesía de Góngora y a toda su estela de imitaciones o solamente a estas? Jamás lo deja
            claro, porque esa es precisamente su estratagema en esta batalla; no es exactamente la
            de «amagar y no dar», sino la de amagar y dar siempre, pero sin que sepamos nunca
            exactamente a quién: en ese sentido, el texto de Lope resulta en su «sentencia» tan
            ambiguo y oscuro, cuando menos, que los poemas cuya oscuridad formal tanto critica. En
            todo caso, esa indefinición y esa ambigüedad hacen que ninguno de los elogios de Lope a
            Góngora (o al menos al Góngora <hi rend="i">post</hi> 1614) en este importante documento
            de la polémica pueda tenerse, a mi juicio, por sincero. Solo que el astuto Lope ya se
            encarga de difuminar, cuando no emborronar, su mensaje para que no haya una pista
            definitiva y concluyente por la que pueda acusársele de mentir como un bellaco respecto
            al poeta cordobés cuando dice que en esta carta ha hablado solo «de la mala imitación»
            (resulta que al final nos enteramos de que podría haberla buena, pero no nos dice cómo
            ha de ser), pero que «reverencia a su primero dueño».</p>
          <p>En definitiva, un constante, y a ratos hasta desquiciante, «sí pero no» y «no pero sí»
            respecto a Góngora que parece conscientemente buscado por parte de Lope para que nadie
            supiera al fin a qué atenerse y para poder, entre otras cosas, seguir burlándose y
            parodiando, sin jamás nombrar a su «primero dueño», el estilo gongorino en sus comedias,
            poemas y novelas hasta el final de sus días. Y así lo hizo.</p>
          <p/>
          <p rend="b">N.B.</p>
          <p>Debe recordarse al lector de estas líneas que los textos aquí editados tienen
            continuación en la polémica que surgiría muy poco después entre Lope de Vega y el
            erudito segoviano Diego de Colmenares, cuando este respondió, defendiendo la poesía de
            Góngora, a la «censura» incluida en <hi rend="i">La Filomena</hi>. Dicha controversia la
            integran tres textos, igualmente a mi cargo, que forman también parte de esta edición
            electrónica de la polémica gongorina.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. [Establecimiento del texto]</head>
          <p>El texto se establece a partir de la <hi rend="i">princeps</hi> de <hi rend="i">La
              Filomena</hi> de Lope de Vega (Madrid: En casa de la viuda de Alonso Martín, a costa
            de Alonso Pérez, 1621). No hay variantes respecto a la edición de Barcelona: Por
            Sebastián de Cormellas, 1621 (f. 204-204v).</p>
        </div>
        <div>
          <head>10. [Bibliografía]</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras hipotéticamente citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p rend="noindent">
              <hi rend="sc">Aftonio de Antioquía:</hi>
            </p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Aphthonii Sophistae Progymnasmata partim a Rodolpho Agricola,
                partim a Ioanne Maria Catanaeo latinitate donata</hi>, París: Apud Aegidium
              Gorbinum, 1580.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alderete</hi>, Bernardo de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Del origen, y principio de la lengua castellana o romance que oi
                se usa en España</hi>, Roma: Acerca de Carlo Wllieto, 1606.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Anónimo</hi> (pero atribuida generalmente a Cicerón en
              tiempos de esta polémica):</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">M Tullii Ciceronis Rhetoricorum libri quatuor ad Herennium. Item
                M. Tullii Ciceronis de Inuentione libri duo</hi>, Estrasburgo: Excudebat Ioannes
              Knoblochus, 1527.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Arias Montano</hi>, Benito:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Humanae salutis monumenta</hi>, Amberes: Ex prototypographia
              Regia, Christoph. Plantinus, 1571.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Aristotelis Poetica per Alexandrum Paccium, Patritium Florentinum,
                in Latinum conversa</hi>, Venecia: in aedibus Aldi et Andreae Asulani soceri,
              1536.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gelio</hi>, Aulo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Noctes Atticae</hi>, Lion: apud Seb. Gryphium, 1550.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Barbaro</hi>, Hermolao:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epistulae</hi>, en <hi rend="i">Angeli Politiani et aliorum
                virorum illustrium epistolarum libri XII</hi>, Hanau: Apud Petrum Antonium,
              1622.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Crinito</hi>, Pietro:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De honesta disciplina</hi>, Florencia: per Philippum Iuntam,
              1505.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">De poetis Latinis</hi>, Florencia: per Philippum Iuntam,
              1505.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Coler</hi>, Christopher:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sententiae ex utroque iure denuo collectae, et in ordinem
                alphabeti adfabre dispositae</hi>, Estrasburgo: excudebat A. Bertramus, 1595.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Daniello</hi>, Bernardino:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Della Poetica</hi>, Venecia: per Giovan’Antonio di Nicolini da
              Sabio, 1536.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Eborense</hi>, Andrés (Andrés de Évora/Andreas
              Eborensis/André Rodrigues):</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sententiae et exempla ex probatissimis scriptoribus collecta et
                per locos communes digesta</hi>, París: apud Gulielmum Iulianum, 1575.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gracián Dantisco</hi>, Lucas:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Galateo español</hi>, [Madrid], s.n., [1582?] 1582.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gribaldi</hi>, Matteo:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> De methodo ac ratione studendi libri tres</hi>, Lion: apud Antoine
              Vincent, 1541.</bibl>
            <p rend="noindent">
              <hi rend="sc">Hermes Trismegisto:</hi>
            </p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Mercurii Trismegisti Poemander, seu de potestate ac sapientia
                diuina</hi> (Marsilio Ficino, trad.), París: Apud Adr. Turnebum typographum Regium,
              1554.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio Flaco</hi>, Quinto:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Ars Poetica sive Epistula ad Pisones</hi>, en <hi rend="i">Q.
                Horatii Flaci Venusini Opera</hi>: [...] <hi rend="i">item annotationes iudicio et
                eruditione magnorum, aeternaque memoria dignorum virorum</hi> […], Basilea: per
              Henrichum Petrum, 1545.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jiménez Patón</hi>, Bartolomé:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Elocuencia española en arte</hi>, Toledo: por Thomas de Guzman,
              1604.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lipsio</hi>, Justo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Iusti Lipsii opera, quae velut in partes antea sparsa, nunc in
                certas classes digesta atque in gratiam et utilitatem legentium in nouum corpus
                redacta et II tomis comprehensa</hi>, Lion: Apud Horatium Cardon, 1613.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Iusti Lipsii V.C. opera omnia, septem tomis distincta, postremum
                aucta et recognita</hi>, Amberes: Ex officina Plantiniana, apud viduam et filios
              Ioannis Moreti, 1614.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nizzoli</hi>, Mario:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Obseruationes in M. T. Ciceronem</hi> [luego más conocido como <hi
                rend="i">Thesaurus Ciceronianus</hi>], Prato: in aedibus illustris viri Ioannis
              Francisci Gambara Comitis Pontificii, 1535.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pico della Mirandola</hi>, Giovanni:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epistulae</hi>, en <hi rend="i">Angeli Politiani et aliorum
                virorum illustrium epistolarum libri XII</hi>, Hanau: Apud Petrum Antonium,
              1622.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Platón</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Republica</hi>, en <hi rend="i">Platonis Omnia opera ex
                vetustissimorum exemplarium collatione multo nunc quam antea emendatiora</hi>,
              Basilea: Apud Henrichum Petrum, 1556.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>, Marco Fabio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">M. Fabii Quintiliani, oratoris eloquentissimi, De institutione
                oratoria libri XII</hi>, París: apud Audoënum Parvum, 1549.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">San Agustín</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De ciuitate Dei</hi>, en <hi rend="i">D. Aurelii Agustini
                Hipponensis Episcopi</hi> [...]<hi rend="i"> opera: tomis decem comprehensa, per
                theologos Lovanienses ex manuscriptis codicibus multo labore emendata et ab
                innumeris erroribus vindicata</hi>, Lion: Excudebat Ioannes Quadratus, 1586.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">De doctrina Christiana</hi>, en <hi rend="i">D. Aurelii Agustini
                Hipponensis Episcopi</hi> [...]<hi rend="i"> opera: tomis decem comprehensa, per
                theologos Lovanienses ex manuscriptis codicibus multo labore emendata et ab
                innumeris erroribus vindicata</hi>, Lion: Excudebat Ioannes Quadratus, 1586.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Scala</hi>, Bartolomeo:<space rend="tab"> </space></p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Epistulae</hi>, en <hi rend="i">Angeli Politiani et aliorum
                virorum illustrium epistolarum libri XII</hi>, Hanau: Apud Petrum Antonium,
              1622.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Suárez</hi>, Cipriano:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De arte Rhetorica</hi>
              <hi rend="i">libri tres ex Aristotele, Cicerone et Quintiliano praecipue
                deprompti</hi>, Coimbra: apud Ioannem Barreirum, 1562.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Turnèbe</hi>, Adrien (Adrianus Turnebus):</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Aduersariorum tomi III</hi>, París: Ex officina Gabrielis Buonii,
              1564-1573.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Valdivielso</hi>, José de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Vida, excelencias y muerte del glorioso patriarca San Joseph</hi>,
              Toledo: Diego Rodriguez, 1604.</bibl>
            <p/>
          </div>
          <div>
            <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
            <div>
              <head>10.2.1 Manuscritos</head>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
              <p>AA. VV.:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Degli academici della Crusca difesa dell’«Orlando furioso»
                  dell’Ariosto contra ‘l dialogo «Dell’epica poesia» di Camilo Pellegrino:
                  stracciata prima</hi>, Florencia: per Domenico Manzani, 1584.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Apologia degli Accademici di Banchi di Roma</hi>, Parma:
                appresso Seth Viotto, 1558.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Castelvetro</hi>, Ludovico:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Ragioni d’alcune cose segnate nella canzone d’Annibal
                Caro,</hi> Modena: 1559.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cervantes</hi>, Miguel de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Viaje del Parnaso</hi>, Madrid: Por la viuda de Alonso Martin,
                1614.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Erasmo</hi> de Rotterdam:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Adagiorum collectanea</hi>, París: per Ioannem Philippum, 1500
                (aumentados en sucesivas ediciones).</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Herrera</hi>, Fernando de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Obras de Garcilasso de la Vega con anotaciones de Fernando de
                  Herrera</hi>, Sevilla: por Alonso de la Barrera, 1580.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lang</hi>, Joseph:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Anthologia sive florilegium rerum et materiarum selectarum …
                  editio postrema</hi>, Estrasburgo: Typis Wilhelmi Christiani Glaseri, 1631.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Madrigal</hi>, Miguel de (ed.):</p>
              <bibl>—,<hi rend="i"> Segunda parte del Romancero general y flor de diversa
                  poesía</hi>, Valladolid: Por Luis Sanchez, 1605.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pellegrino</hi>, Camilo:</p>
              <bibl>—,<hi rend="i"> Carrafa overo dell’epica poesia</hi>, Florencia: nella Stamperia
                del Sermartelli, 1584.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pérez de Montalbán</hi>, Juan (ed.):</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Fama póstuma a la vida y muerte del doctor frey Lope Félix de
                  Vega Carpio y elogios panegíricos a la inmortalidad de su nombre</hi>, Madrid: en
                la Imprenta del Reyno, 1636.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quevedo</hi>, Francisco de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Libro de todas las cosas y otras muchas más</hi>, en <hi
                  rend="i">Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio</hi>, Madrid: por la viuda
                de Alonso Martín, 1631).</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sánchez de las Brozas</hi>, Francisco:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Aphthonii Sophistae Progymnasmata rhetorica</hi> […] <hi
                  rend="i">cum scholiis nuper additis per Franciscum Sanctium Brocensem</hi>,
                Salamanca: Excudebat Andreas a Portonariis, 1556.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Suárez de Figueroa</hi>, Cristóbal:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Plaza universal de todas ciencias y artes</hi>, Madrid: Por Luis
                Sanchez, 1615.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tasso</hi>, Torcuato:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Apologia in difesa della sua «Gerusalemme liberata» del sig.
                  Torquato Tasso con altre opere</hi>, Ferrara: per Giulio Cesare Cagnacini,
                1585.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Torres Rámila</hi>, Pedro de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Spongia</hi>, [¿París?: s.n., 1617].</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vega</hi>, Lope de:</p>
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                  >http://www.tdx.cat/handle/10803/4889</ref>].</bibl>
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            </div>
          </div>
        </div>
      </div>
      <div>
        <index indexName="resp" n="Vega Carpio, Lope Félix de"/>
        <index indexName="date" n="1621"/>
        <head>Texto de la edición</head>
          <div
            xml:id="PapelqueescribióunseñordeestosreinosaLopedeVegaCarpioenrazóndelanuevapoesía">
            <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f189v.jpg"
              n="f. 189v"/> <head>[I] Papel que escribió un señor de estos reinos a Lope de Vega Carpio en
              razón de la nueva poesía</head>
            <p>Con mucho gusto he leído los dos poemas de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">ese caballero</persName><note place="bottom">Se supone que
                ese «caballero» es Luis de Góngora, y, por tanto, «los dos poemas» serían el
                  <title>Polifemo</title> y las <title>Soledades</title>.</note>, solicitando
              entenderle con algún estudio de la lengua latina, en que he pasado los poetas que en
              ella tienen más opinión, y de la toscana, que aprendí en mis tiernos años, cuando el
              duque mi señor asistió en Roma<note place="bottom">Este dato se ha puesto en relación
                con la posibilidad de que el «señor de estos reinos» fuera el propio duque de Sessa,
                mecenas de Lope, como es bien sabido: su padre fue embajador en Roma desde 1590
                hasta 1603 (Tubau 2007: 41 y 2008: 256).</note>; pero habiéndome enviado un amigo
              este discurso contra ellos<note place="bottom">Es decir, contra «los dos poemas».
                Parece ser que el «señor de estos reinos» le adjunta a Lope, con esta
                carta-petición, un «discurso» contra los citados dos poemas de Góngora. Lope en su
                respuesta no hace referencia alguna a dicho discurso. Blecua, en Vega (1983: 872, n.
                3), apuntó ya que podría tratarse del <hi rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui. Cf.
                Jammes en Góngora (1994: 660).</note>, he quedado dudoso, aunque no por eso he
              perdido el gusto de muchas partes que hay en estos dos poemas, dignos del nombre de
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">su autor</persName><note
                place="bottom">Luis de Góngora.</note>. Mas confieso a vuestra merced, señor
                <persName type="polemist" key="Vega, Lope de">Lope</persName>, que querría que me
              dijese lo que siente de esta novedad y si le estará bien a nuestra lengua lo que hasta
              agora no habemos visto: porque si en esta frasi se escriben libros, será necesario que
              salgan la primera vez con sus comentos, y estos <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f190r.jpg"
                n="f. 190r"/>pienso yo que se hacen para declarar después de muchos años las
              dificultades que en otras lenguas o fueron sucesos de aquella edad o costumbres de su
              provincia; que en lo que es historia y fábula<note place="bottom">Es decir, en las
                obras basadas en hechos históricos y en las de ficción.</note> ya tenemos muchos, y
              pienso que los que ahora comentan no hacen más de hacer otras cosas a propósito por
              ostentación de sus ingenios. Esto deseo saber del que en vuestra merced es tan
                conocido<note place="bottom">Es decir, «del <hi rend="i">ingenio</hi> que es tan
                conocido en vuestra merced».</note>: no lo rehúse, que este advertimiento es porque
              le conozco y porque yo fío de su modestia que a nadie le parecerá mal su censura, y yo
              le quedaré en mucha obligación. Dios guarde a vuestra merced como deseo.</p>
          </div>
          <div xml:id="RespuestadeLopedeVegaCarpio">
            <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f190v.jpg"
              n="f. 190v"/><head>[II] Respuesta de Lope de Vega Carpio</head>
            <p>Mándame vuestra excelencia que le diga mi opinión acerca de esta nueva poesía, como
              si concurrieran en mí las calidades necesarias a su censura: de que me siento confuso
              y atajado, porque por una parte me fuerza su imperio –en mis obligaciones ley precisa–
              y por otra me desanima mi ignorancia y aun por ventura el peligro que me amenaza si
              este papel se copia, en el cual ni querría dar gusto a los que esta novedad agrada ni
              pesadumbre a los que la vituperan, sino solo descubrir mi sentimiento, bien diferente
              de lo que muchos piensan, que dando crédito a sus imaginaciones son intérpretes
              equívocos de los pensamientos ajenos. Discurso era este para mayor espacio del que
              permite un papel que responde a un príncipe en término preciso, y más en esta ocasión
              y donde tantos están a la mira del arco, <quote>«como si el más diestro tirador (como
                  <persName type="authority" key="Horacio" precision="4" unit="quote" quantity="1"
                  >Horacio</persName> dijo) pudiese dar siempre al blanco»</quote><note
                place="bottom">Horacio, <title>Ars poetica</title>, v. 350: <hi rend="i">nec semper
                  feriet quodcumque minabitur arcus</hi> («y no ha de acertar siempre el arco en el
                blanco al que amenaza»).</note>; y así procuraré con la mayor brevedad que me sea
              posible decir lo que siento, que pues <persName type="authority" key="Aristóteles"
                precision="4" unit="quote" quantity="1">Aristóteles</persName> en el libro primero
              de sus <title>Tópicos</title> dejó advertido que los filósofos por la verdad
                <quote>«debent etiam sibi<pb
                  facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f191r.jpg"
                  n="f. 191r"/>contradicere»</quote><note place="bottom"><hi rend="i"> por la
                  verdad</hi>: es decir, «para alcanzar la verdad». No he logrado hallar en el
                primer libro de los <hi rend="i">Topica</hi> aristotélicos una afirmación que se
                corresponda exactamente con la cita «<hi rend="i">philosophi propter veritatem
                  debent etiam sibi contradicere</hi>» («para alcanzar la verdad los filósofos deben
                incluso contradecirse»); tal vez se refiera a lo que se explica en 104b30. En todo
                caso, esa cita se recoge tal cual, y remitiendo siempre al libro primero de los <hi
                  rend="i">Topica</hi>, en varias recopilaciones de sentencias, o bien generales, o
                bien solo aristotélicas, de la época. Para su muy probable procedencia aquí de
                alguna fuente intermedia de ese tipo (como sucede tantas veces en la obra de Lope),
                véase luego la nota 25.</note>, bien puede el arte de hacer versos, pues todo su
              fundamento es la filosofía (como consta de los antiguos, no sin afrenta de muchos de
              los modernos –con el debido respeto a tanto varón–), no digo contradecir, pero dar
              licencia a un hombre para decir lo que siente. Mas hay algunos que a las cosas del
              ingenio responden con sátiras a la honra, valiéndose de la ira donde les falta la
              ciencia, y quieren más mostrarse ignorantes y desvergonzados, negando lo que escriben,
              que doctos y nobles en lo que defienden. En las academias de Italia no se halla
              libertad ni insolencia, sino reprehensión y deseo de apurar la verdad: si esta lo es,
              ¿qué pierde porque se apure ni qué tiene que ver el soneto deslenguado con la
              oposición científica? No lo hizo así el Tasso, reprehendido en la Crusca por la
              defensa del Ariosto<note place="bottom">La polémica entre Torquato Tasso y los
                académicos se encendió tras la publicación del diálogo <hi rend="i">Carrafa overo
                  dell’epica poesia</hi> (Florencia, pel Sermatelli, 1584) de Camilo Pellegrino, en
                el que se anteponía la <hi rend="i">Gerusalemme</hi> del Tasso al <hi rend="i"
                  >Orlando</hi> de Ariosto. Los académicos publicaron en respuesta el volumen
                titulado: <hi rend="i">Degli academici della Crusca difesa dell’«Orlando furioso»
                  dell’Ariosto contra‘l dialogo «Dell’epica poesia» di Camilo Pellegrino: stracciata
                  prima</hi> (Florencia: per Domenico Manzani, 1584). Tasso intervino directamente
                en la polémica con su <hi rend="i">Apologia in difesa della «Gerusalemme
                  liberata»</hi> (Ferrara, per Giulio Cesare Cagnacini, 1585). La frase de Lope es,
                por tanto, algo ambigua: la defensa de Ariosto fue asumida por la Crusca contra
                Torcuato Tasso. Esta polémica la tenían muy presente algunos de los participantes en
                la polémica (como, por ejemplo, el abad de Rute, que también la menciona en su <hi
                  rend="i">Parecer</hi> —1614_parecer—): véase una buena síntesis de ella por parte
                de Rico García en Jáuregui 2002: XLVII, n. 70.</note>; no así el Castelvetro por la
              de Aníbal Caro<note place="bottom">El poeta Aníbal Caro (1507-1566) había escrito un
                altisonante poema en alabanza de los reyes de Francia contra el que el crítico
                Ludovico Castelvetro escribió unas breves pero duras páginas, destinadas en
                principio a la circulación privada, pero que se divulgaron. La respuesta promovida
                por Caro fue la colectiva <hi rend="i">Apologia degli Accademici di Banchi di
                  Roma</hi> (Parma, appresso Seth Viotto, 1558), a la que Castelvetro respondió con
                  <hi rend="i">Ragioni d’alcune cose segnate nella canzone d’Annibal Caro</hi>
                <emph>'Venite a l’ombra de' gran gigli d’oro'</emph> (Modena, Cornelio Gadaldino,
                1559), un análisis mucho más detallado del poema de Caro. La disputa entre ambos
                duró toda su vida, e incluso tuvo graves consecuencias para Castelvetro, pues
                habiendo deslizado Caro ciertas insinuaciones acerca de sus tendencias religiosas y
                hasta de una posible participación en un crimen, su rival fue perseguido y hubo de
                huir e iniciar una vida de peregrinaje por naciones como Suiza o Francia. La
                polémica no parece estar inocentemente traída a colación aquí por Lope, pues las
                censuras de Castelvetro a Caro tenían bastante en común con las que por entonces se
                lanzaban contra Góngora y la «nueva poesía»: empleo de un vocabulario muy elevado
                junto a otro demasiado vulgar, de términos «extranjeros», de metáforas peregrinas,
                todo con el esperable resultado de <hi rend="i">oscuridad</hi>, etc. En este caso,
                Lope se pone de parte del crítico (<hi rend="i">grammaticus</hi>) que censuró a un
                poeta, cuando él mismo había recibido hacía poco tiempo el conocido ataque por parte
                de uno de aquellos en una polémica similar (Torres Rámila con su <hi rend="i"
                  >Spongia</hi> de 1617); la intervención, poética, más importante de Lope contra
                Torres se produce precisamente en la segunda parte de <hi rend="i">La Filomena</hi>,
                obra en la que, recordemos, se inserta esta epístola.</note>; pero, en efecto,
              España ha de hacer lo que dicen los extranjeros, como se ve por el ejemplo de Antonio
              Juliano, de quien se rieron los griegos en aquel convite <quote><persName
                  type="authority" key="Aulo Gelio" precision="4" unit="quote" quantity="1"
                />«tanquam barbarum et agrestem qui ortus terra Hispaniae foret»</quote><note
                place="bottom">Aulo Gelio, <title>Noctes Atticae</title>, XIX, 9, cuenta que un
                rétor y profesor procedente de Hispania llamado Antonio Juliano, del que afirma que
                era buen orador y persona culta y erudita, acudió a una cena en la que estaban
                presentes algunos griegos que se mofaron de él por su <hi rend="i">Hispanum os</hi>
                («acento hispánico»), tildándolo, como indica Lope, de <hi rend="i">barbarus</hi> y
                  <hi rend="i">agrestis</hi> por ser oriundo de Hispania. El pasaje de Gelio lo
                traduce y comenta por extenso Bernardo de Alderete en el capítulo XIX del primer
                libro de su <hi rend="i">Del origen, y principio de la lengua castellana o romance
                  que oi se usa en España</hi>, obra citada luego por Lope (véase luego nota
                104).</note>.</p>
            <p>Yo, señor, responderé a lo que vuestra excelencia me manda con las más llanas razones
              y de más cándidas entrañas, porque realmente –y consta de mis escritos– más se aplica
              este corto ingenio mío a la alabanza que a la reprehensión, porque alabar, bien puede
              el ignorante, mas no reprehender el que no fuere docto y tenido en esta opinión
              generalmente; aunque en esta infelicísima edad vemos hombres anotar y <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f191v.jpg"
                n="f. 191v"/>reprehender cuando fuera justo que comenzaran a aprender; pero atájales
              la soberbia el camino de conseguir las ciencias con la humildad y contemplación:
              porque si todos los artes, como los antiguos dijeron, <quote>«in meditatione
                consistunt»</quote><note place="bottom">La frase procede, en origen, de los <hi
                  rend="i">Epitoma rei militaris</hi> de Vegecio (II, 24), aunque seguramente Lope
                lo tomara de alguna fuente intermedia, tipo <hi rend="i">polyanthea</hi>. Se
                encuentra, por ejemplo, en <hi rend="i">Sententiae et exempla ex probatissimis
                  scriptoribus collecta et per locos communes digesta</hi> de Andrés Eborense o
                Andrés de Évora (París: apud Gulielmum Iulianum, 1575, f. 232v, sección <hi rend="i"
                  >Ars et ingenium</hi>). Por cierto, que en el f. 53v la primera <hi rend="i"
                  >sententia</hi> que se recoge en la sección <hi rend="i">Veritas et
                  affirmatio</hi> es <hi rend="i">Propter veritatem debent sibi philosophi
                  contradicere. Arist. Top. I</hi>, citada más arriba por Lope: véase la nota 21).
                El aserto dice, pues, que «todas las artes se basan en el entrenamiento». Como se
                verá, es bastante probable que sea esa compilación erudita el origen de gran parte
                de las citas alegadas por Lope durante toda esta polémica. Maggi (en Vega 2014: I,
                253-256) ha detectado también su empleo por parte de Lope en la dedicatoria de la
                comedia <hi rend="i">El halcón de Federico</hi>, publicada en la <hi rend="i">Parte
                  XIII</hi> en 1620 (aunque con privilegio fechado en octubre del año anterior) y,
                por tanto, casi coetánea de <hi rend="i">La Filomena</hi>: en dicha dedicatoria,
                Lope encaja tres citas que atribuye a Plinio (el Joven), Cicerón y Casiodoro y que
                sin duda proceden de la sección <hi rend="i">Gratitudo et gratiarum actio</hi> de la
                colección de máximas publicada por Eborense.</note>, quien toma los libros para
              burlarse con arrogancia y no para inquirir con humildad lo que enseñan, claro está que
              se hallará burlado y mal quisto: justo premio de su locura. Cuán diferente juicio sea
              el de los hombres sabios, díjolo muy bien <persName type="authority"
                key="Barbaro, Hermolano" precision="4" unit="quote" quantity="1">Hermolao
                Barbaro</persName> por estas palabras: <quote>«Faciunt hoc alba et (ut Graeci
                dicunt) bene nata ingenia, quorum summa et certa prop[r]ietas est nunquam docere,
                doceri semper velle; iudicium odisse, amare silentium: quibus duobus tota
                Pythagoricorum et Academicorum continetur praeceptio»</quote><note place="bottom">El
                fragmento procede de una carta del gran humanista veneciano Hermolao Barbaro
                (1454-1493) a Lucio Fosforo Fazzini, obispo de Segni, fechada el 27 de octubre de
                1492. Por recurrir a una colección epistolar de fecha próxima a los textos de Lope y
                Colmenares, remitiremos a <hi rend="i">Angeli Politiani et aliorum virorum
                  illustrium epistolarum libri XII</hi>, Hanau: Apud Petrum Antonium, 1622, p. 530.
                La traducción del texto sería: «Esto es lo que hacen los talentos honestos y, como
                dicen los griegos, bien nacidos, cuya singularidad más destacada y cierta es no
                enseñar nunca y querer ser siempre enseñados, odiar dar su parecer y amar el
                silencio: principios ambos en los que se encierra toda la doctrina de pitagóricos y
                académicos».</note>. De estos refiere <persName type="authority" key="Aulo Gelio"
                precision="3">Aulo Gelio</persName> que callaban dos años<note place="bottom">Aulo
                Gelio, <title>Noctes Atticae</title>, I, 9.</note>: pues ¿de quién son discípulos
              estos que siempre hablan? Bien dijo <persName type="authority" key="Plutarco"
                precision="4" unit="quote" quantity="1">Plutarco</persName> del callar:
                <quote>«Nescio quid egregium Socraticum aut potius Herculeum
                praesefert»</quote><note place="bottom">Procede de un opúsculo incluido en los
                  <title>Moralia</title> de Plutarco (90c) y titulado <title>De capienda ex inimicis
                  utilitate</title> («Cómo sacar provecho de los enemigos»). En todo caso, en los ya
                citados <hi rend="i">Sententia et exempla</hi> de Andrés Eborense (f. 80r) se recoge
                entre las máximas incluidas bajo el epígrafe <hi rend="i">Silentium</hi>. Decía,
                pues, el filósofo de Queronea que el callar (él lo aplicaba a una situación en que
                alguien es ultrajado) «tenía algo de distinguido y de socrático, incluso de
                hercúleo».</note>. No es buena manera de disputa la calumnia, sino la
                animadversión<note place="bottom"><hi rend="i"> Animadversión</hi>: «Consideración,
                reflexión, observación. Es voz puramente latina. <hi rend="i">Animadversio</hi>. <hi
                  rend="sc">Lop.</hi> Philom. fol. 191: No es buena manera de disputa la calumnia,
                sino la <hi rend="i">animadversión</hi>. <hi rend="sc">Argot.</hi> al fin del Conde
                Lucan. Discurs. sob. la Poesía de la lengua Castellana: Aunque tenía acordado de
                poner las <hi rend="i">animadversiones</hi> siguientes en la Poesía Castellana en el
                libro que Don Juan Manuel escribió en Coplas... con todo me pareció tratar lo mismo
                aquí» (<hi rend="i">Autoridades</hi>).</note>, que si <quote>«vita nostra in
                remissionem et studium est diuisa»</quote>, no lo dijo <persName type="authority"
                key="Demetrio Falereo" precision="3">Falereo</persName><note place="bottom">Bajo el
                epígrafe <hi rend="i">Vita</hi> lo recoge Andrés Eborense (<hi rend="i">Sententiae
                  et exempla</hi>, f. 153r) atribuyéndolo, efectivamente, al filósofo Demetrio
                Falereo en un supuesto <hi rend="i">De liberorum educatione</hi> («Sobre la
                educación de los hijos»). Es un error de esa <hi rend="i">polyanthea</hi>, al
                parecer arrastrado acríticamente por Lope, pues la cita procede en realidad del
                famoso opúsculo que con ese título se incluye entre los <hi rend="i">Moralia</hi> de
                Plutarco (9b); dice que «nuestra vida está repartida entre el descanso —o
                «remisión», como luego dice Lope— y el trabajo». Lo que se ataca, pues, con esta
                sentencia, encajada de un modo algo forzado, es el <hi rend="i">studium</hi> de
                quienes solo se dedican a murmurar y calumniar a los demás, en lugar de esforzarse
                por rebatir desde el conocimiento y la reflexión, frutos ambos de un <hi rend="i"
                  >studium</hi> que es el que de verdad merece ser compensado de vez en cuando con
                el descanso o remisión.</note> por la educación de estos hombres, que no es este el
              estudio que se distingue de la remisión.</p>
            <p>Presupuestos, pues, estos principios como infalibles, y dando por ninguna la objeción
              de los que dicen que no se deben poner<note place="bottom">Esto es, objeciones.</note>
              a las novedades de que una facultad recibe aumento, porque <quote>«omnium rerum
                principia <pb
                  facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f192r.jpg"
                  n="f. 192r"/>parua fiunt, sed suis progressionibus usa augentur</quote><note
                place="bottom">La cita, que afirma que «los inicios de todas las cosas son pequeños,
                pero van aumentando gracias a sus progresos», pertenece al <title>De finibus bonorum
                  et malorum</title> de Cicerón (V, XXI, 58), pero procede, en realidad, del
                repertorio de Andrés Eborense (<hi rend="i">Sententiae et exempla…</hi>), donde se
                recoge bajo el epígrafe <hi rend="i">Principium</hi> en el f. 151v.</note>, ¿cuál
              hombre será tan fuerte, como <persName type="authority" key="Julio César"
                precision="4" unit="quote" quantity="1">César</persName> dijo, que <quote>«non rei
                nouitate perturbetur»</quote><note place="bottom">En Eborense (<hi rend="i"
                  >Sententiae et exempla</hi>), el epígrafe justo anterior al de <hi rend="i"
                  >Principium</hi>, citado en la nota anterior, es el de <hi rend="i">Nouitas</hi>
                (concepto clave en esta polémica) y bajo él se recoge esta cita de Julio César
                procedente del <title>De bello Gallico</title> (VI, 39), donde aparece formulada
                así: <hi rend="i">Nemo est tam fortis quin rei nouitate perturbetur</hi> («Ninguno
                hay tan fuerte que no se inquiete ante la novedad»), si bien allí no se emplea como
                una máxima de alcance universal, sino que se aplica a la situación concreta de unos
                soldados cesarianos en peligro. Por otra parte, la frase completa debe entenderse
                así: “[¿quién hay tan fuerte que no se deje perturbar por la novedad y] que atienda
                a penetrar su causa, a partir de lo cual nació la filosofía?”. Seguramente subyace a
                esta segunda parte de la pregunta la célebre afirmación de Aristóteles al comienzo
                de su <hi rend="i">Metafísica</hi> (982b15), que Eborense (<hi rend="i">Sententiae
                  et exempla</hi>) recoge también en la sección <hi rend="i">Philosophia</hi> con
                estas palabras: <hi rend="i">Propter admirari coeperunt homines in principio
                  philosophari, et nunc</hi> (“Por el asombro comenzaron los hombres a filosofar en
                un principio y continúan haciéndolo”). La <hi rend="i">novedad</hi> provoca, pues,
                un asombro que induce al ser humano a indagar las causas de aquella, lo que da lugar
                a la filosofía.</note> y atienda a penetrar la causa, de que nació la filosofía? Y
              si una de las tres partes en que <persName type="authority" key="Cicerón"
                precision="4" unit="quote" quantity="1">Cicerón</persName> la divide es <quote>«de
                dis[s]erendo et quid verum et quid falsum, quid rectum in oratione, quid prauum,
                quid consentiens, quid repugnet iudicando»</quote><note place="bottom">La cita
                procede de los <hi rend="i">Academica</hi> de Cicerón (I, 5), pero allí no es este
                el que lo afirma, sino uno de los interlocutores del diálogo, Marco Varrón, quien
                además atribuye esas afirmaciones a Platón. Ello, unido a que la cita no es
                estrictamente literal, sirve para buscar el rastro de la probable fuente intermedia
                de Lope, que en este caso no parece ser Andrés Eborense: en el texto original de
                Cicerón leemos la secuencia <hi rend="i">quid rectum in oratione prauumue</hi> en
                vez de <hi rend="i">quid rectum in oratione, quid prauum</hi>; en esta formulación
                la hallamos, por ejemplo, en la <hi rend="i">Anthologia sive florilegium … editio
                  postrema</hi> (Estrasburgo, Typis Wilhelmi Christiani Glaseri, 1631, f. 474v,
                sección <hi rend="i">Philosophia</hi>) de Joseph Lang, el continuador de la célebre
                  <hi rend="i">Polyanthea</hi> de Nanni Mirabelli. La traducción sería: «sobre el
                disertar y el discernir qué es verdadero y qué falso, qué es lo correcto en el
                discurso, qué lo rechazable, qué es lo que tiene coherencia y qué lo que es
                contradictorio».</note>, esta es mejor manera de hablar que responder con desatinos
              en consonantes<note place="bottom">Es decir, con poemas satíricos, muchas veces <hi
                  rend="i">ad personam</hi>, contra los rivales en la polémica literaria.</note>,
              que más parecen libelos de infamia que apologías de hombres doctos. Finalmente, yo
              pienso decir mi sentimiento: tengan el que quisieren los que <hi rend="i">obliquis
                oculis</hi><note place="bottom"><hi rend="i">obliquis oculis</hi>: de reojo y con
                mirada torva.</note> miran la verdad impedidos de la pasión, porque <quote>«minime
                profecto fraudi esse debet (como <persName type="authority" key="Turnèbe, Adrien"
                  precision="4" unit="quote" quantity="1">Turnebo</persName> dice) iuvandi studium,
                quod amplexi obtrectatores contemnimus»</quote><note place="bottom">El normando
                Adrien Turnèbe (1512-1565), profesor de la universidad de Toulouse y del Collège
                Royal de París, fue uno de los más avezados humanistas del siglo XVI, destacando
                sobre todo por sus profundos conocimientos en lengua y literatura griegas. La cita
                procede de sus <title>Aduersariorum tomi III</title> (1564-1573), que aquí cito por
                la ed. de Basilea, Per Thomam Guarinum, 1581, p. 622. Curiosamente, el capítulo de
                Turnèbe en el que se inserta esa frase (lib. 18, cap. 31) está dedicado al poco
                habitual término <hi rend="i">Megabyzus</hi> (sacerdote eunuco consagrado a la diosa
                Diana, y, por ende, eunuco, en general); pues bien, en la misma obra de Lope en que
                se inserta esta epístola (<hi rend="i">La Filomena</hi> recordemos) se incluye una
                epístola en verso «Al doctor Gregorio de Angulo, regidor de Toledo» en la que se lee
                un verso, el 26, que dice «con los afeminados megabizos»; tal vez la consulta de
                Turnèbe por parte de Lope sí fuera directa en esta ocasión. La cita, en fin, dice:
                «En nada, pues, debe reprochársenos el afán de ser útiles, al que nos ceñimos
                despreciando a nuestros detractores».</note>; de cuyos ingenios no puede temer
              ofensa quien desea la verdad con honestas palabras.</p>
            <p>El ingenio de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">este
                caballero</persName><note place="bottom">Luis de Góngora.</note> desde que le
              conocí, que ha más de veinte y ocho años, en mi opinión (dejo la de muchos), es el más
              raro y peregrino que he conocido en aquella provincia, y tal que ni a Séneca ni a
              Lucano, nacidos en su patria, le hallo diferente, ni a ella por él menos gloriosa que
              por ellos. De sus estudios me dijo mucho Pedro Liñán de Riaza, contemporáneo suyo en
                Salamanca<note place="bottom">Pedro Liñán de Riaza (h. 1555-Madrid 1607): poeta muy
                celebrado y apreciado en su tiempo, además de autor de comedias (no se conservan),
                que estudió en Salamanca entre 1573 y 1583, año en que obtuvo el grado de bachiller;
                consta que allí se relacionó con Góngora y con Bartolomé Leonardo de Argensola (uno
                de «los dos Lupercios» citados más abajo). Fue gran amigo de Cervantes y aún más de
                Lope de Vega. Se ordenó sacerdote en 1600.</note>; de suerte que <hi rend="i">non
                indoctus, pari facundia et ingenio praeditus</hi><note place="bottom">«Nada indocto
                y dotado de una elocuencia igual a su talento».</note> rindió mi voluntad a su
              inclinación, continuada con su vista y conversación, pasando a la Andalucía<note
                place="bottom">Es conocido que Lope, en los tiempos en que anduvo enredado en sus
                amores con la actriz Micaela de Luján, pasó temporadas en Andalucía (sobre todo en
                Sevilla hacia 1603-1604), por la que viajó entrando en contacto con muchos poetas de
                esa tierra (véase Rico-Solís 2008: 239). Es verosímil que, del mismo modo que consta
                que conoció y tuvo amistad con poetas de las escuelas antequerana y granadina, como
                Agustín de Tejada Páez, pudiera haber conocido y tratado al propio Luis de Góngora
                como él mismo afirma aquí.</note>, y <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f192v.jpg"
                n="f. 192v"/>me pareció siempre que me favorecía y amaba con alguna más estimación
              que mis ignorancias merecían. Concurrieron en aquel tiempo en aquel género de letras
              algunos insignes hombres que quien tuviere noticia de sus escritos sabrá que
              merecieron este nombre: Pedro Laínez, el excelentísimo señor marqués de Tarifa,
              Hernando de Herrera, Gálvez Montalvo, Pedro de Mendoza, Marco Antonio de la Vega,
              doctor Garay, Vicente Espinel, Liñán de Riaza, Pedro Padilla, don Luis de Vargas
              Manrique, los dos Lupercios y otros<note place="bottom">Junto a poetas hoy bien
                conocidos como Fernando de Herrera, Vicente Espinel y los hermanos Argensola (los
                Lupercios), cita a Lope a otros de mucho menor renombre en nuestros días, pero que
                sí lo alcanzaron por entonces, como él mismo señala: Pedro Laínez (Madrid, h.
                1538-1584) fue buen amigo de diferentes ingenios de su tiempo, y en especial de
                Cervantes, quien intentó, a instancias de la viuda, publicar sus poemas de manera
                póstuma pero el proyecto al fin no cuajó, por lo que su poesía permaneció sin
                imprimir hasta el siglo XX. El V marqués de Tarifa, Fernando Afán de Ribera Enríquez
                (1583-1637), fue propietario del palacio sevillano conocido como Casa de Pilatos,
                donde reunió una preciosa biblioteca y mantuvo una academia literaria, pues fue gran
                amante de las artes y las letras y ejerció como mecenas de varios artistas; Lope,
                quien da noticia aquí de sus aficiones poéticas, lo menciona en <hi rend="i">El
                  peregrino en su patria</hi> y en el <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi>, y le dedicó
                su comedia <hi rend="i">Lo cierto por lo dudoso</hi> (<hi rend="i">Parte XX</hi>,
                1625), con un preliminar en el que el escritor madrileño ataca también la poesía
                gongorina (véase el texto 1624_colmenares-contra-Lope). Luis Gálvez de Montalvo
                (Guadalajara, h. 1540-Sicilia, 1591) fue poeta y soldado, además de secretario de
                algún noble, como Ascanio Colonna, y autor de la entonces muy celebrada <hi rend="i"
                  >El pastor de Fílida</hi> (Lisboa, 1589, con probable primera ed. en Madrid 1582),
                novela que Cervantes calificaría de «joya preciosa» en el célebre escrutinio de los
                libros de don Quijote. Pedro de Mendoza es el poeta de esta lista sobre el que menos
                datos se conocen. Lope lo elogió, de manera excesivamente formularia y sin aportar
                dato alguno, en la silva IV (v. 212-219) del <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi>.
                Aceptando que es el numerado como 274 en el «Índice de los ingenios de Madrid» con
                el que Juan Pérez de Montalbán cierra su <hi rend="i">Para todos</hi> (1632), habría
                escrito también comedias. Participó con un soneto en los preliminares de <hi
                  rend="i">El pastor de Fílida</hi>. En «La respuesta» al «señor de estos reinos»
                que cierra este (supuesto) intercambio epistolar (véase el texto IV), Lope afirma
                que fue «ayo y maestro del duque de Alba». Marco Antonio de la Vega es poeta del que
                apenas se conocen datos: fue estudiante en Alcalá y debió de morir en fecha anterior
                a 1622. Lo mencionan y alaban Cervantes en el «Canto de Calíope» de <hi rend="i">La
                  Galatea</hi> y Lope de Vega en <hi rend="i">La Dorotea</hi>. En el citado lugar
                cervantino se menciona también al doctor Francisco de Garay, oriundo de Soria, y al
                que Lope elogió en diferentes obras. Pedro Padilla (Linares, h. 1545-Madrid, h.
                1600) fue poeta muy célebre y valorado en su tiempo que vio impresa buena parte de
                su obra. Bachiller por la Universidad de Granada. Ya instalado en Madrid ingresó en
                la orden carmelita, lo que lo inclinó hacia la escritura de poesía religiosa. Luis
                de Vargas Manrique (Toledo, 1566-h. 1591) era personaje encumbrado (hijo de un
                secretario de Felipe II) y poeta muy célebre; fue gran amigo de Lope, quien lo
                elogió en varias de sus obras, y tuvo también amistad con Cervantes, a cuya <hi
                  rend="i">Galatea</hi> contribuyó con un soneto preliminar. Publicó un breve libro
                de versos de tema religioso titulado <hi rend="i">Christiados, o libros de los
                  hechos de Christo</hi> (Madrid, en casa de Pedro Madrigal, 1589).</note>, entre
              los cuales se hizo este caballero tan gran lugar, que igualmente decía de él la fama
              lo que el oráculo de Sócrates<note place="bottom">En la <hi rend="i">Apología de
                  Sócrates</hi> (21a) escrita por Platón, el propio maestro de este cuenta que un
                amigo llamado Querefonte preguntó al oráculo de Delfos si había alguien más sabio
                que Sócrates; la respuesta que recibió es que no lo había.</note>. Escribió en todos
              estilos con elegancia, y en las cosas festivas, a que se inclinaba mucho, fueron sus
              sales no menos celebradas que las de Marcial, y mucho más honestas. Tenemos singulares
              obras suyas en aquel estilo puro, continuadas por la mayor parte de su edad, de que
              aprendimos todos erudición y dulzura, dos partes de que debe de constar este arte, que
              aquí no es ocasión de revolver Tassos, Danielos, Vidas y Horacios<note place="bottom"
                >Para Daniello, véase luego la nota 76. Marco Girolamo Vida (h. 1490-1566),
                humanista italiano que fue nombrado obispo de Alba en 1532, autor de los <hi
                  rend="i">De arte poetica libri tres</hi> (París: ex officina Roberti Stephani,
                1527 y Roma, apud Ludovicum Vicentinum, 1527); lo citará Colmenares en su respuesta
                a la carta impresa por Lope en <hi rend="i">La Circe</hi> (1624). «Erudición» y
                «dulzura» remiten a los que pueden considerarse también «aforismos» de Horacio en su
                  <hi rend="i">Arte poética</hi>, cuando trata sobre el binomio <hi rend="i"
                  >prodesse</hi> / <hi rend="i">delectare</hi> o <hi rend="i">utile</hi> / <hi
                  rend="i">dulce</hi> como objetivos principales de la poesía.</note>, fundados
              todos en aquellos aforismos de <persName type="authority" key="Aristóteles"
                precision="3">Aristóteles</persName><note place="bottom">Se refiere a la
                  <title>Poética</title>. </note>. Mas no contento con haber hallado en aquella
              blandura y suavidad el último grado de la fama, quiso (a lo que siempre he creído, con
              buena y sana intención, y no con arrogancia, como muchos de los que no le son afectos
              han pensado) enriquecer el arte y aun la lengua con tales exornaciones <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f193r.jpg"
                n="f. 193r"/>y figuras, cuales nunca fueron imaginadas ni hasta su tiempo vistas,
              aunque algo asombradas de un poeta en idioma toscano que por ser de nación genovés no
              alcanzó el verdadero dialecto de aquella lengua<note place="bottom"><anchor
                  xml:id="OLE_LINK3"/><anchor xml:id="OLE_LINK4"/>Resulta curioso el empleo del
                participio «asombradas» aplicado aquí a las «exornaciones y figuras» del no nombrado
                Góngora; podría entenderse, en principio, que fueron ideadas y escritas «a la
                sombra» de las leídas por aquel en el poeta italiano en cuestión. Pero también es
                posible que Lope esté empleando aquí el verbo «asombrar» como un calco del verbo
                latino <hi rend="i">adumbrare</hi>, algunos de cuyos significados eran los de
                «imitar», «remedar», «contrahacer»: las innovaciones gongorinas serían, pues, en
                parte remedos de las ensayadas por dicho «poeta en idioma toscano», el cual, tal
                como indica Tubau (2007: 92 n. 19 y 2008: 308 n. 19), se ha identificado
                tradicionalmente con Gabriello Chiabrera (1552-1638). Aunque no se nombra a Góngora,
                se cree que contra él va dirigido el endecasílabo «los hurtos de Estillani y del
                Cabrera» del soneto contenido en las lopianas <hi rend="i">Rimas de Tomé de
                  Burguillos</hi> que, dirigido a Francisco López de Aguilar, comienza: «Das en
                decir, Francisco, y yo lo niego / que nadie sabe griego en toda España».</note>,
              donde hay tantas insignes obras inteligibles a la primera vista de los hombres doctos
              y aun casi de los ignorantes. Bien consiguió <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">este caballero</persName><note place="bottom">Luis de
                Góngora.</note> lo que intentó, a mi juicio, si aquello era lo que intentaba: la
              dificultad está en el recibirlo, de que han nacido tantas,<note place="bottom">Es
                decir, «dificultades». El mismo zeugma referido a «dificultad» hay poco después en
                «darla».</note> que dudo que cesen, si la causa no cesa. Pienso que la oscuridad y
              ambigüedad de las palabras debe de darla a muchos: <quote>«verbis uti (dijo <persName
                  type="authority" key="Aulo Gelio" precision="4" unit="quote" quantity="1">Aulo
                  Gelio</persName>) nimis obsoletis ex[c]ulcatis quae aut insolentibus nouitatis
                quae durae et illepidae par esse delictum videtur»</quote>; pero más molesta y
              culpable cosa <quote>«verba noua, incognita et inaudita dicere»</quote> etc<note
                place="bottom">Es el comienzo de <title>Noctes Atticae</title>, XI, 7 (capítulo
                significativamente titulado <hi rend="i">Verbis antiquissimis relictisque iam et
                  desitis minime utendum</hi>: “Que se han de emplear muy poco palabras
                excesivamente antiguas, abandonadas y ya en desuso”), de Aulo Gelio y en su forma
                correcta dice: <hi rend="i">Verbis uti aut nimis obsoletis exculcatisque aut
                  insolentibus nouitatisque durae et illepidae par esse delictum videtur.</hi> [<hi
                  rend="i">Sed molestius equidem culpatiusque esse arbitror</hi>]<hi rend="i"> noua,
                  incognita, inaudita dicere</hi> («Emplear palabras excesivamente obsoletas y
                desusadas parece una falta semejante a la de usar términos inusitados y de una
                novedad áspera y carente de gusto. [Ahora bien, creo que es aún más desagradable y
                censurable] emplear palabras nuevas, desconocidas e inauditas»).</note>. Y hablando
              de la <hi rend="i">onomatopoeia</hi>, <persName type="authority"
                key="Suárez, Cipriano" precision="4" unit="quote" quantity="1">Cipriano</persName>
              en su <title>Retórica</title> dice: <quote>«At nunc raro et cum magno iudicio hoc
                genere utendum est, ne noui verbi assiduitas odium pariat; sed si commodo quis eo
                utatur et raro, non ostendet nouitatem, sed etiam exornabit orationem»</quote><note
                place="bottom"><hi rend="i">Cipriano</hi> es el padre jesuita Cipriano Suárez
                (1524-1593), autor de un compendio de retórica en tres libros, publicado por primera
                vez en Coimbra en 1560 (<title>De arte Rhetorica libri tres ex Aristotele, Cicerone
                  et Quintiliano praecipue deprompti)</title> y de uso muy extendido en la época,
                especialmente, claro está, entre los miembros de la Compañía, que lo tuvieron como
                uno de sus libros de texto (Lope citará de nuevo a Suárez en su respuesta a
                Colmenares impresa en 1624 en <hi rend="i">La Circe</hi>). El texto que aquí se le
                atribuye procede en realidad de la <title>Retórica a Herenio</title> (IV 31, 42;
                véase luego la nota 70), pero es cierto que aquel lo aprovecha, sin declarar su
                origen, en el cap. 14 (<hi rend="i">De onomatopoeia</hi>) del libro III del citado
                compendio sobre retórica. La lectura errónea que da Lope de la parte final es
                absurda por prácticamente contraria a lo que afirma el original: <hi rend="i">non
                  ostendet nouitatem</hi> por <hi rend="i">non modo non offendet nouitate</hi>
                (probablemente se confunda <hi rend="i">offendet</hi> con <hi rend="i">ostendet</hi>
                por una mala lectura de la ese alta). Lo que dice el texto en su versión correcta
                es: «Ahora bien, este estilo debe emplearse rara vez y con mucho tiento, para que el
                exceso de términos inusitados no produzca rechazo; mas si se usa de manera adecuada
                y rara vez, no solo no molestará por lo inusitado, sino que incluso adornará el
                discurso». En cualquier caso, tanto la <hi rend="i">Ad Herennium</hi> como Suárez lo
                aplican al empleo de la onomatopeya, no, como hace Lope, al de palabras oscuras y
                ambiguas en general, por lo que la cita no parece muy bien traída (véase, al
                respecto, Tubau 2007: 96-97 y 2008: 312). Lope mencionará a Suárez, refiriéndose a
                él como <hi rend="i">Cipriano</hi>, también en <hi rend="i">La Dorotea</hi> en la
                célebre escena (la tercera del cuarto acto) en la que Ludovico, César y Julio
                comentan jocosamente un soneto que parodia la poesía gongorina. </note>. Pero
                <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="4" unit="quote" quantity="1"
                >Fabio Quintiliano</persName> lo dijo todo en una palabra: <quote>«Usitatis tutius
                utimur; noua non sine quodam periculo fingimus»</quote><note place="bottom"
                >Quintiliano, <title>Institutio Oratoria</title>, I, 5, 71: «Servirse de palabras
                habituales es algo seguro; crearlas nuevas no está exento de riesgos».</note>. Y más
              adelante, en el capítulo sexto: <quote>«Consuetudo vero certissima loquendi magistra,
                utendumque plane sermone ut nu[m]mo, cui publica forma est»</quote><note
                place="bottom">Quintiliano, <title>Institutio Oratoria</title>, I, 6, 3: «La
                costumbre es la más fiable maestra a la hora de hablar, y se ha de emplear el
                lenguaje como la moneda, que porta un cuño públicamente autorizado».</note>; y
              aunque en él se puede ver tratada esta materia abundantemente, no puedo dejar de citar
              un aforismo suyo que lo <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f193v.jpg"
                n="f. 193v"/>incluye todo, pues la autoridad de <persName type="authority"
                key="Quintiliano" precision="4" unit="quote" quantity="1">Quintiliano</persName>
              carece de réplica: <quote>«Oratio, cuius summa virtus est perspicuitas, quae sit
                vitiosa si egeat interprete!»</quote><note place="bottom">Quintiliano,
                  <title>Institutio Oratoria</title>, I, 6, 41 (la parte final es, en su formulación
                correcta, <hi rend="i">quam sit vitiosa si egeat interprete</hi>!): «Pero el
                discurso, cuya máxima virtud es la claridad, ¡cuán malo será si requiere un
                intérprete!».</note> Y cuando en el libro 8 concede alguna licencia, es con esta
              limitación: <quote>«sed ita demum si non appareat affectatio»</quote><note
                place="bottom">Quintiliano, <title>Institutio Oratoria</title>, VIII, 3, 27:
                «siempre y cuando no dé apariencia de afectación».</note>.</p>
            <p>En las materias graves y filosóficas confieso<note place="bottom"><hi rend="i"
                  >confieso</hi>: acepto como necesaria.</note> la breve oscuridad de las
              sentencias, como lo disputa admirablemente <persName type="authority"
                key="Pico della Mirandolla, Giovanni" precision="4" unit="quote" quantity="1">Pico
                Mirandulano</persName> a Hermolao Barbaro: <quote>«Vulgo non scripsimus, sed tibi et
                tuis similibus»</quote>; y acuérdase de los Silenos de Alcibíades: <quote>«erant
                enim simulachra»</quote>, por lo exterior fiera y hórrida, pero con deidad
              intrínseca y donde <persName type="authority" key="Heráclito" precision="4"
                unit="quote" quantity="1">Heráclito</persName> dijo <quote>«que estaba escondida la
                verdad»</quote><note place="bottom">La cita de Lope procede de la célebre carta de
                junio de 1485 enviada desde Florencia por Giovanni Pico della Mirandola a Hermolao
                Barbaro (véase la p. 334 de la edición citada en nota 26) en la que aquel afirmaba,
                respecto a la filosofía, la necesidad de poner sus contenidos por encima del
                lenguaje en que había que transmitirlos, dando preferencia a la <hi rend="i"
                  >res</hi> sobre la belleza de los <hi rend="i">verba</hi> en la <hi rend="i"
                  >elocutio</hi>; formó parte de un muy interesante debate epistolar que implicó
                también a Angelo Poliziano (puede verse en la moderna edición de Bausi 1998). En esa
                carta recuerda efectivamente Pico, poniéndolos como ejemplo, los llamados «Silenos
                de Alcibíades» (así llamados por su mención en el discurso de Alcibíades en el <hi
                  rend="i">Banquete</hi> de Platón, 215a), feas y repulsivas estatuas (<hi rend="i"
                  >erant enim simulacra</hi>, que es frase del propio Pico) que contenían en su
                interior estatuas de divinidades y valiosos tesoros. Más adelante, en esa misma
                carta, aparece la frase <hi rend="i">ex horrendo</hi> [...] <hi rend="i">antro, in
                  quo dixit Heraclitus latitare veritatem</hi>, pero con ella ya no se refiere Pico,
                como hace Lope en una nueva lectura apresurada e incorrecta de sus fuentes, a los
                citados Silenos. Por cierto, que estos pronto darían lugar a uno de los más famosos
                y extensos adagios de Erasmo de Rotterdam, el 2201 (<hi rend="i">Sileni
                  Alcibiadis</hi>). Cabe señalar, por otra parte, que Lope cita otro fragmento de
                esta carta de Pico a Barbaro en la dedicatoria de su comedia <hi rend="i">Pedro
                  Carbonero</hi>, publicada en la <hi rend="i">Parte XIV</hi>, de 1620, y, por
                tanto, casi coetánea de <hi rend="i">La Filomena</hi>.</note>. Pero si por aquellas
              cosas que <persName type="authority" key="Platón" precision="4" unit="quote"
                quantity="1">Platón</persName> llamaba «teatrales» desterró los poetas de su
                república<note place="bottom">La conocida expulsión de los poetas de la <hi rend="i"
                  >República</hi> puede encontrarse en el capítulo X de ese diálogo de Platón (595a
                y ss.); en su punto de mira el filósofo tenía especialmente a los triunfantes poetas
                trágicos de su época. En todo caso, seguramente Lope lo haya tomado de la misma
                epístola de Pico della Mirandola, donde se lee: <hi rend="i">Quam</hi> [<hi rend="i"
                  >harmonia</hi>] <hi rend="i">Plato, cum intelligeret theatrali ista et poetarum
                  saepe corrumpi, a Republica sua poetas omnes eliminauit; gubernandam autem
                  philosophis reliquit</hi>.</note>, el medio tendrá pacíficos los dos extremos para
              que no esté tan enervada la dulzura, que carezca de ornamento, ni él<note
                place="bottom">Esto es, el «ornamento».</note> tan frío<note place="bottom">«Se
                llama asimismo lo que no tiene brío, gracia, espíritu ni agudeza» (<hi rend="i"
                  >Autoridades</hi>).</note>, que no tenga la dulzura que le compete. Creo que
              muchas veces la falta del natural es causa de valerse de tan estupendas máquinas el
              arte, pero <quote>«arte non conceditur quod naturaliter denegatur: l. ubi repugnantia
                § 1 de regulis iur»</quote><note place="bottom">Con toda probabilidad, extraería
                Lope este brocardo de algún compendio de ellos entre los varios que se publicaron en
                su tiempo: así, por ejemplo, se recoge exactamente igual en las <hi rend="i"
                  >Sententiae ex utroque iure denuo collectae, et in ordinem alphabeti adfabre
                  dispositae</hi> del jurista Christopher Coler (Estrasburgo: excudebat A.
                Bertramus, 1595, p. 48). Otro posible origen podrían ser los <hi rend="i">De methodo
                  ac ratione studendi libri tres</hi> de Matteo Gribaldi, que Morby, en su edición
                de <hi rend="i">La Dorotea</hi> (Vega 1958: 435-436), propuso, con buenos
                argumentos, que eran la fuente de información de Lope para los pasajes jurídicos que
                inserta en la escena octava del acto quinto (aparece recogido en el capítulo tercero
                del primer libro de Gribaldi en esta formulación: <hi rend="i">Arte non concedi quod
                  naturaliter denegatur</hi>). El axioma jurídico afirma que «no se concede por arte
                lo que se deniega por naturaleza». </note>.</p>
            <p>No se admire vuestra excelencia, señor, si en esta parte me dilato, por ser tan alta
              materia el hablar, que de ella dijo <persName type="authority"
                key="Mercurio Trimegisto" precision="4" unit="quote" quantity="1">Mercurio
                Trimegisto</persName> en el <title>Pimandro</title> que <quote>«solo al hombre había
                Dios concedido la habla y la mente, cosas que se <pb
                  facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f194r.jpg"
                  n="f. 194r"/>juzgaban del mismo valor que la inmortalidad»</quote><note
                place="bottom">Procede, efectivamente, del <title>Pimander</title>, XII, 2, que
                había sido vertido al latín en el siglo XV por Marsilio Ficino; este sería el pasaje
                traducido aquí por Lope, según dicha versión: Illud praeterea considera, o fili,
                quod duo haec soli ex omnibus animalibus Deus ipse largitus est, sermonem scilicet
                atque mentem: quae quidem eiusdem (ac immortalitas) praemii esse censentur. La
                versión de Lope se asemeja a la italiana de Tommaso Benci (1427-1470), publicada «in
                lingua fiorentina» en Florencia 1545 a partir de la citada versión de Ficino (de
                hecho, esa versión italiana había sido redactada en 1463, poco tiempo después de
                divulgarse la latina); dice así: «due cose, sopra tutti gli altri animali, Dio ha
                conceduto all’huomo solo, cio é il parlare, e la mente: le quali cose certamente si
                giudicano essere del medesimo valore che la immortalitá». El Pimander es un texto
                griego que forma parte del <hi rend="i">Corpus Hermeticum</hi> y que se venía
                atribuyendo tradicionalmente al legendario autor Hermes Trismegisto o (Mercurio
                Trismegisto). A propósito de esta cita de Lope, comenta Tubau —con razón, a mi
                juicio— que «la aparición de este lugar común sobre la razón (‘mente’) y la lengua
                (‘habla’), los atributos fundamentales de la dignidad del hombre, en el contexto de
                la censura a la oscuridad de la poesía gongorina lleva implícito el concepto de la
                lengua como instrumento civilizador y vínculo de los hombres entre sí. [...] La
                oscuridad deliberada de la lengua poética gongorina, desde esta perspectiva,
                resultaba condenable no sólo desde la preceptiva estilística de la retórica, sino
                también desde un punto de vista ético, dado que atentaba contra los principios
                definitorios del lenguaje y la elocuencia en el marco del pensamiento renacentista»
                (2007: 112 y 2008: 329).</note>. Pero volviendo al propósito, a muchos ha llevado la
              novedad a este género de poesía, y no se han engañado, pues en el estilo antiguo en su
              vida llegaron a ser poetas, y en el moderno lo son el mismo día: porque con aquellas
              trasposiciones, cuatro preceptos y seis voces latinas o frasis enfáticas se hallan
              levantados adonde ellos mismos no se conocen ni aun sé si se entienden. <persName
                type="authority" key="Lipsio, Justo" precision="3">Lipsio</persName> escribió aquel
              nuevo latín de que dicen los que le saben que se han reído Cicerón y Quintiliano en el
              otro mundo, y siendo tan doctos los que le han imitado, se han perdido; y yo conozco
              alguno que ha inventado otra lengua y estilo tan diferente del que Lipsio enseña, que
              podía hacer un diccionario, como los ciegos a la jerigonza<note place="bottom"><p><hi
                    rend="i">jerigonza</hi>: «un cierto lenguaje particular de que usan los ciegos
                  con que se entienden entre sí», según Covarrubias. Es un término bastante
                  recurrente en las parodias antigongorinas, sobre todo en las atribuidas a Quevedo:
                  aparece en los poemas de la edición Blecua (Quevedo 1981: nº 840, v. 17; en el 19
                  se incluye el jocoso compuesto «jerigóngora») y 837 (v. 5), pero también en el
                  segundo verso del célebre soneto, indudablemente suyo, «Quien quisiera ser culto
                  en solo un día» (la <hi rend="i">Receta para hacer Soledades en un día</hi> que
                  aparece en la <hi rend="i">Aguja de navegar cultos</hi> incluida al final del <hi
                    rend="i">Libro de todas las cosas y otras muchas más</hi>, Madrid 1631; también
                  Quevedo 1981: nº 825), y en los que cita justo al final de esa misma obra («del
                  mal olor de culta jerigonza»). Se lee, además, en otro de los textos de la
                  polémica, la <hi rend="i">Carta a don Luis de Góngora en razón de las
                    Soledades</hi>: «aunque otros entienden ha inventado esta jerigonza para rematar
                  el seso de Mendoza<anchor xml:id="acierto20.jpg"/>».</p><p>Por otra parte, en
                  estas palabras de Lope es lícito ver una alusión a su enemigo y «ofensor» Pedro de
                  Torres Rámila, quien, a juzgar por lo poco conocemos de su <hi rend="i"
                    >Spongia</hi> y por algún otro testimonio que nos queda (así, una supuesta carta
                  suya a José Antonio González de Salas reproducida en la <hi rend="i">Expostulatio
                    Spongiae</hi>), empleaba un latín muy abstruso, que a veces resultaba casi
                  ininteligible (véase Conde-Tubau 2015: 28 ss.).</p></note>: y así, los que imitan
              a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">este caballero</persName><note
                place="bottom">Luis de Góngora.</note> producen partos monstruosos que salen de
              generación, pues piensan que han de llegar a su ingenio por imitar su estilo; mas
              pluguiera a Dios que ellos le imitaran en la parte que es tan digno de serlo, pues no
              habrá ninguno tan mal afecto a su ingenio, que no conozca que hay muchas dignas de
              veneración, como otras que la singularidad ha envuelto en tantas tinieblas, que he
              visto desconfiar de entenderlas gravísimos hombres que no temieron comentar a Virgilio
              ni a Tertuliano<note place="bottom">Probable alusión al sabio jesuita Juan Luis de la
                Cerda (1558-1643), amigo de Lope, muy notable latinista y conocedor de la literatura
                latina, y autor de valiosos comentarios, precisamente, a Virgilio y a Tertuliano,
                ambos en latín. La presencia del empleado por Justo Lipsio (1547-1606) —quizá el más
                brillante humanista, junto con Erasmo, de todo el siglo XVI— como elemento de
                comparación con el castellano que se emplea en la «nueva poesía» se verifica también
                en la conocida como <hi rend="i">Carta echadiza a Góngora</hi>
                (1615_carta-echadiza), atribuida con bastante verosimilitud al propio Lope (y este
                es un dato más, y de bastante peso, a favor de esa hipótesis): «algunos mochuelos
                que aquí le imitan bárbara y atrevidamente [a Góngora], a quien sucede lo que a
                muchos que contrahacen el latín de Justo Lipsio, y escriben una lengua tan
                monstruosa, que ni es latina, ni hebrea, ni arábiga; mas no por esto Lipsio deja de
                ser aquel divino inventor de tan único estilo, que es lo mismo que sucede a Vuesa
                Merced». Uno de esos que contrahacían el estilo latino de Lipsio era, como ya se ha
                indicado, el gran enemigo de Lope Pedro de Torres Rámila, quien había escrito su
                libelo <hi rend="i">Spongia</hi> en un latín tan complejo y abstruso, que rozaba
                muchas veces la agramaticalidad (Conde-Tubau 2015: 28 y ss.): cuando Lope había
                escrito contra él en la dedicatoria a Juan de Mariana de <hi rend="i">El triunfo de
                  la fe en los reinos del Japón</hi> (1618), también había recurrido al humanista
                brabanzón como elemento de comparación, censurando a esos «muchos, que, olvidados
                del mundo, se dan a conocer en latín bárbaro, preciados, sin ingenio, de la
                imitación antigua, y, no sabiendo su lengua, califican sus papeles con grecismos,
                valiéndose de los adagios de Polidoro [esto es, los proverbios o <hi rend="i"
                  >Adagia</hi> recopilados y publicados en 1498 por el humanista Polidoro Virgilio,
                anteriores a los del mismo Erasmo], para que juzguen los que los leen que han pasado
                las columnas ciceronianas con el peregrino Lipso». Véase para todo ello la
                Introducción, sección 2.- Autor. Un noble ignoto y el gran rival de Góngora.</note>.
              Puédese decir por él en esta parte lo que <persName type="authority" key="san Agustín"
                precision="4" unit="quote" quantity="1">san Agustín</persName> dice de la <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f194v.jpg"
                n="f. 194v"/>elocuencia, que no siempre persuade la verdad: <quote>«Non est facultas
                ipsa culpabilis, sed ea male utentium peruersitas»</quote><note place="bottom">San
                Agustín, <title>De doctrina Christiana</title>, II, 36, 54: «no es la culpable esa
                facultad en sí misma, sino la perversidad de quienes la emplean mal». </note>. Otros
              hay que tienen este nuevo estilo por una fábrica portentosa y se atreven a tantas
              letras y partes dignas de sumo respecto en su dueño porque dijo el antiguo poeta
                <persName type="authority" key="Lucilio" precision="4" unit="quote" quantity="1"
                >Lucio</persName> que <quote>«multa hominum portenta in Homero versificata monstra
                putant»</quote><note place="bottom">Es de Lucilio, no Lucio (ningún antiguo poeta
                conocido se llamó así —o, al menos, solo así—). El verso lo transmite el gramático
                Nonio Marcelo (s. IV d. C.) en <hi rend="i">De compendiosa doctrina</hi> 533,11,
                aunque no está muy clara su formulación original, dadas las muchas variantes con que
                se viene transmitiendo (así <hi rend="i">hominum</hi>/<hi rend="i">homines,
                  versificata/versibus ficta</hi> o <hi rend="i">putant</hi>/<hi rend="i"
                  >patent</hi>/<hi rend="i">parant</hi>). La de Lope coincide exactamente con la que
                presenta Pietro Crinito (véase luego nota 101) en su <hi rend="i">De honesta
                  disciplina</hi>, Florencia: per Philippum Iuntam, 1505, lib. XVII, cap. 3); diría
                algo así como «muchos portentos humanos puestos en verso por Homero los consideran
                asombrosos prodigios».</note>. Ello por lo menos tiene pocos que aprueben y muchos
              que contradigan; no sé lo que crea, pero diré con <persName type="authority"
                key="Aristóteles" precision="4" unit="quote" quantity="1">Aristóteles</persName>:
                <quote>«Quaedam delectant noua quae postea similiter non faciunt»</quote><note
                place="bottom">Es la sentencia, procedente de la <title>Ética a Nicómaco</title> de
                Aristóteles (X, 4; 1175a), que abre la sección <hi rend="i">Nouitas</hi> en los ya
                citados <hi rend="i">Sententiae et exempla</hi> de Andrés Eborense (véase más arriba
                la nota 25): «hay cosas que deleitan cuando nuevas, pero que después ya no lo hacen
                de la misma manera».</note>.</p>
            <p>Todo el fundamento de este edificio es el trasponer, y lo que le hace más duro es el
              apartar tanto los adjuntos de los sustantivos, donde es imposible el paréntesis: que
              lo que en todos causa dificultad la sentencia, aquí la lengua; y como esto en los que
              imitan es con más dureza y menos gracia, cuando ellos fueran Virgilios, hallaran algún
              Séneca que les dijera, por la novedad que quiso usar con los vocablos de Ennio (aunque
                <persName type="authority" key="Aulo Gelio" precision="4" unit="quote" quantity="1"
                >Gelio</persName> se ría<note place="bottom">En las dos primeras ediciones impresas
                se lee <hi rend="i">seria</hi>, por lo que, en principio, parece que deberíamos
                editar <hi rend="i">sería</hi>, verbo que podría tener sentido aquí, pero que no
                cuadra ni con la oración concesiva ni con la realidad de lo que se dice en
                  <title>Noctes Atticae</title>, XII, 2, 10, que es donde Aulo Gelio incluye esa
                cita que atribuye a Séneca: lo que hace aquel es burlarse sutilmente de las
                opiniones literarias de este, por lo que lo correcto es editar, como propongo, <hi
                  rend="i">se ría</hi>. Ese texto de Séneca dice: «También nuestro Virgilio no por
                otra causa dio entrada a ciertos versos ásperos, irregulares y que atentan contra la
                medida». La cita es incompleta: para entenderla bien hay que tener en cuenta que esa
                causa que alega Séneca es el deseo de Virgilio de que sus compatriotas devotos de
                Enio percibieran en su poema (la <hi rend="i">Eneida</hi> seguramente) algún toque
                de venerable antigüedad.</note> de esta censura): <quote>«Virgilius quoque noster
                non ex alia causa duros quosdam versus et enormes et aliquid super mensuram
                trahentis interposuit»</quote>.</p>
            <p>Los tropos y figuras se hicieron para hermosura de la oración: estas mismas <persName
                type="authority" key="Aftonio" precision="3">Aftonio</persName>, <persName
                type="authority" key="Sánchez de las Brozas, Francisco" precision="3">Sánchez
                Brocense</persName><note place="bottom">El rétor Aftonio de Antioquía (o Aftonio el
                Sofista) vivió en la segunda mitad del siglo IV d.C., y es famoso sobre todo por sus
                ejercicios de retórica conocidos como <hi rend="i">Progymnasmata</hi>, estrechamente
                asociados en su transmisión a la del <hi rend="i">corpus</hi> retórico de Hermógenes
                de Tarso (ss. II- III d.C.) y que fueron muy empleados, en versiones y adaptaciones
                latinas, durante los siglos XVI y XVII a la hora de entrenarse en los diferentes
                géneros de discurso y en el manejo de algunos tópicos y recursos de estilo. Sánchez
                Brocense es, evidentemente, el célebre y brillante catedrático de retórica en la
                universidad salmantina Francisco Sánchez de las Brozas (1523-1600), quien, entre
                otras muchas obras, publicó unos breves escolios al mismo Aftonio en la edición de
                los <hi rend="i">Progymnasmata</hi> de este, impresa en Salamanca por Andrés de
                Portonariis en 1556. En ellos no he logrado hallar nada de lo que alega aquí
                Lope.</note> y los demás las hallan viciosas, como los pleonasmos y anfibologías y
              tantas maneras de encarecer, siendo su naturaleza adornar; y si no, lean a <persName
                type="authority" key="Cicerón" precision="3">Cicerón</persName>
              <title>Ad Herennium</title> y verán lo que siente de los dialécticos <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f195r.jpg"
                n="f. 195r"/>después de haber dicho <quote>«cognitionem amphiboliarum eam quae a
                dialecticis profertur non modo nullo adiumento esse, sed potius maximo
                impedimento»</quote> etc.<note place="bottom">La conocida como <hi rend="i">Retórica
                  a Herenio</hi> es un tratado sobre esa disciplina, repartido en cuatro libros, de
                comienzos del siglo I a.C.; fue atribuido durante mucho tiempo a Cicerón, pero hoy
                está considerado como de autor desconocido. En libro II, 16 se lee: <hi rend="i"
                  >Sunt qui arbitrentur ad hanc causam tractandam vehementer pertinere cognitionem
                  amphiboliarum eam quae a dialecticis profertur. Nos vero arbitramur non modo nullo
                  adiumento esse, sed potius maximo impedimento</hi> («Los hay que consideran que
                para tratar esta causa es especialmente pertinente el conocimiento de la
                anfibologías que transmiten los dialécticos; pero yo juzgo que no solo no sirve de
                ninguna ayuda, sino que nos opone, más bien, grandes impedimentos»). Como se ve, el
                texto citado por Lope es una simplificación del original: con esa misma formulación
                se encuentra en el muy conocido y manejado <hi rend="i">Thesaurus Ciceronianus</hi>
                de Mario Nizzoli (publicado por primera vez como <hi rend="i">Obseruationes in M.
                  Tullium Ciceronem</hi>, Prato: in aedibus illustris viri Ioannis Francisci Gambara
                Comitis Pontificii, 1535), <hi rend="i">s.v.</hi> Amphibolia.</note> Y engáñase
              quien piensa que los colores retóricos son enigmas, que es lo que los griegos llaman
                <hi rend="i">scirpos</hi> (perdónenme los que le saben, pues que son pocos, que
              hasta una palabra bien podemos traerla siendo a propósito)<note place="bottom">Véase
                en la edición de su polémica contra Lope la erudita réplica que dará a esto
                Colmenares.</note>. Pues hacer toda la composición figuras es tan vicioso y indigno
              como si una mujer que se afeita, habiéndose de poner la color en las mejillas –lugar
              tan propio–, se la pusiese en la nariz, en la frente y en las orejas; pues esto, señor
              excelentísimo, es una composición llena de estos tropos y figuras:<note place="bottom"
                >Una censura a los excesos de la elocución se lee, en términos parecidos (aunque
                recurriendo a las joyas, no a los afeites), en el <hi rend="i">Parecer</hi> del Abad
                de Rute (1614_parecer): «Porque ¿quién duda que para aumentar la hermosura de las
                damas se inventasen para la cabeza apretadores, rosas de diamantes, rubíes,
                esmeraldas, plumas de la mesma materia; para las orejas, zarcillos, arracadas de oro
                y pedrería; para el cuello y pecho, cadenas, cabestrillos, bandas, sartas de perlas
                y brincos? Pero si alguna fuese más amiga de joyas que considerada, y se cargase la
                cabeza de apretadores, rosas, plumas; las orejas, de arracadas; el cuello y los
                pechos, de cadenas, cabestrillos, bandas, sartas y brincos, granjearía opinión de
                rica, pero no de cuerda ni de hermosa, pues serviría de ofuscar y encubrir su
                hermosura, antes que de acrecentarla, tal concurso y muchedumbre de joyas con que ni
                ella luciría, ni lucirían ellas, por preciosa que fuese cada una. Así sucede en la
                poesía y en cualquiera elocución».</note> un rostro colorado a manera de los ángeles
              de la trompeta del Juicio o de los vientos de los mapas, sin dejar campos al blanco,
              al cándido, al cristalino, a las venas, a los realces, a lo que los pintores llaman
              encarnación, que es donde se mezcla blandamente lo que <persName type="authority"
                key="Garcilaso" precision="4" unit="quote" quantity="1">Garcilaso</persName> dijo,
              tomándolo de <persName type="authority" key="Horacio" precision="2" unit="quote"
                quantity="1">Horacio</persName>: <quote>«En tanto que de rosa y
                azucena»</quote><note place="bottom">Es el célebre primer verso del soneto XXIII. La
                referencia a Horacio puede remitir a la famosa oda del <hi rend="i">carpe diem</hi>
                (I, 11), aunque Herrera, en sus <hi rend="i">Anotaciones a la poesía de
                  Garcilaso</hi>, lo pone en relación con la oda IV, 10, dedicada al joven
                Ligurino.</note>.</p>
            <p>La objeción común a Séneca es que todas sus obras son sentencias, a cuyo edificio
              faltan los materiales<note place="bottom">Ese estilo senequiano, todo «sentencias» y
                sin apenas ornato verbal (los «materiales»), sería el correlato (y, antes que eso,
                el modelo, o uno de sus modelos más conspicuos) de lo que tradicionalmente se ha
                conocido como estilo «conceptista»; en la visión de Lope, eso sería un extremo
                (vicioso, por tanto): en el otro se encontraría (y empleo el término porque lo usará
                él mismo al final de su epístola anti-gongorina incluida en <hi rend="i">La
                  Circe</hi>) el «culteranismo», que sería, según la visión que pretende transmitir
                Lope, puro juego verbal sin sustancia sentenciosa. Estaría, pues, tratando de marcar
                aquí su equidistancia de ambos extremos.</note>, y por cuyo defecto dijo <persName
                type="authority" key="Cicerón" precision="4" unit="quote" quantity="1"
                >Cicerón</persName> que <quote>«hay muchos hombres a quien sobrando la doctrina
                falta la elocuencia»</quote><note place="bottom">Podría referirse a este pasaje del
                  <title>Orator</title> (III, 13): <hi rend="i">ita et doctis eloquentia popularis
                  et disertis elegans doctrina defuit</hi> («así, faltó a los doctos la elocuencia
                que gusta al pueblo y la selecta doctrina a los elocuentes»). Sobra indicar que
                evidentemente Cicerón no pudo haberlo dicho refiriéndose a Séneca…</note>. Las voces
              sonoras nadie las ha negado, ni las bellezas –como arriba digo– que esmaltan la
              oración, propio efecto de ella, pues si el esmalte cubriese todo el oro, no <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f195v.jpg"
                n="f. 195v"/>sería gracia de la joya, antes fealdad notable. Bien están las
              alegorías y traslaciones, bien la similitud por la traslación, bien la parte por el
              todo, la materia por la forma y, al contrario, lo general por lo particular, lo que
              contiene por lo contenido, el número menor por el mayor, el efecto por la ocasión, la
              ocasión por el efecto, el inventor por la invención, y el accidente del que padece a
              la parte que le causa; así las demás figuras: agnominaciones, apóstrofes,
              superlaciones, reticencias, dubitaciones, amplificaciones, etc., que de todas hay tan
              comunes ejemplos: mas esto raras veces y según la calidad de la materia y del estilo,
              como escribe <persName type="authority" key="Danielo, Bernardino" precision="3"
                >Bernardino Danielo</persName> en su <title>Poética</title><note place="bottom">Se
                trata de Bernardino Daniello, natural de Lucca, tratadista de poética y comentarista
                de Dante y Petrarca, fallecido en Padua en 1565. Publicó un tratado, en dos libros,
                  <hi rend="i">Della Poetica</hi> en Venecia, per Giovan’Antonio di Nicolini da
                Sabio, 1536; en el segundo libro, después de un repaso de las principales figuras
                (como las que antes enumera Lope), dice: «Hora questi et molti altri modi et figure
                del dire devete voi, figliuoli, ma non sempre et in ogni luogo de vostri poemi,
                usare, secondo però la qualitá della materia, et la diversità degli stili» (p. 117).
                En este caso, parece segura la consulta directa del tratado por parte de
                Lope.</note>. Verdad es que muchos las usan sin arte, y es causa de que yerren en
              ellas, porque la retórica quiere una cierta diferencia de ingenio, de quien <persName
                type="authority" key="san Agustín" precision="4" unit="quote" quantity="1">san
                Agustín</persName> dijo, tomándolo de <persName type="authority" key="Cicerón"
                precision="2" unit="quote" quantity="1">Cicerón</persName> en el libro <title>De
                oratore</title>: <quote>«Nisi quis cito possit, nunquam omnino possit
                perdiscere»</quote><note place="bottom">La cita en el <hi rend="i">De oratore</hi>
                de Cicerón (III, 23, 89) dice: <hi rend="i">nisi quod quisque cito potuerit, nunquam
                  omnino possit perdiscere</hi>. San Agustín la adapta, efectivamente, en <hi
                  rend="i">De doctrina Christiana</hi> (IV 3, 4) sin atribuirla expresamente a
                Cicerón: <hi rend="i">Nam et ipsos Romanae principes eloquentiae non piguit dicere
                  quod hanc artem nisi quis cito possit, numquam omnino possit perdiscere</hi>
                («Pues los mismos príncipes de la elocuencia romana no se recataron de afirmar que
                si alguien no puede aprender esta arte enseguida, nunca podrá aprenderla del
                todo»).</note>. El ejemplo para todo esto sea la trasposición –o <hi rend="i"
                >trasportamento</hi>, como los italianos le llaman, que todo es uno–<note
                place="bottom">El citado Bernardino Daniello (véase nota 76) dice en el libro
                segundo de su tratado <hi rend="i">Della Poetica</hi> (edición citada, p. 89,
                paginada por errata como 87): «È figura grammaticale etiandio il transportare, overo
                interporre che si fa delle parole». En la p. 98 Daniello emplea el término citado
                por Lope: «Ma qui vi bisogna, figliuoli, avertimento havere che voi non prendeste
                l’allegoria in vece di transportamento». Lope, como luego se comprueba en los casos
                que aporta, hace referencia a los hipérbatos, mientras que Daniello parece referirlo
                más bien, según los ejemplos que aporta (así, este tan célebre de Dante: «Amor, ch’a
                null’amato amar perdona,/ mi prese del costui piacer si forte...»), a la
                introducción de incisos en la frase.</note>, pues esta es la más culpada en este
              nuevo género de poesía, la cual no hay poeta que no la haya usado, pero no
              familiarmente ni asiéndose todos los versos unos a otros en ella, con que le sucede la
              fealdad y oscuridad que decimos; si bien es más fácil manera de componer, pues pasa el
              consonante, y aun la razón, donde quiere el dueño, por falta de trabajo para
              ablandarla y seguirla con lisura y facilidad<note place="bottom">Dice Lope aquí que
                muchos poetas recurrirían a la trasposición para facilitarse el trabajo de la rima:
                si un verso se hace difícil de rimar, en lugar de darle vueltas y esforzarse en un
                horaciano <hi rend="i">labor limae</hi> para lograrlo y que el resultado sea además
                natural y placentero, se recurre al sencillo expediente del hipérbaton, que quitaría
                de la posición de rima la palabra conflictiva</note>.<pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f196r.jpg"
                n="f. 196r"/><persName type="authority" key="Mena, Juan de" precision="4"
                unit="quote" quantity="1">Juan de Mena</persName> dijo: <quote>«A la moderna
                volviéndome rueda»</quote><note place="bottom">Juan de Mena, <hi rend="i">Laberinto
                  de fortuna</hi>, v. 729.</note>, <quote>«Divina me puedes llamar
                providencia»</quote><note place="bottom">Juan de Mena, <hi rend="i">Laberinto de
                  fortuna</hi>, v. 184.</note>. <persName type="authority" key="Boscán"
                precision="4" unit="quote" quantity="1">Boscán</persName>: <quote>«Aquel de amor tan
                poderoso engaño»</quote><note place="bottom">Solamente he podido documentarlo en la
                forma «aquel de amor tan poderoso daño» como verso 276 de la larga composición que
                Boscán tituló <hi rend="i">Capítulo</hi> (ed. Carlos Clavería, Madrid, Cátedra,
                1999, p. 335). Tal vez Lope se equivoque por citar de memoria.</note>. <persName
                type="authority" key="Garcilaso" precision="4" unit="quote" quantity="1"
                >Garcilaso</persName>: <quote>«Una extraña y no vista al mundo idea»</quote><note
                place="bottom">Garcilaso de la Vega, soneto XXI, v. 13.</note>. Y <persName
                type="authority" key="Herrera, Fernando de" precision="4" unit="quote" quantity="1"
                >Hernando de Herrera</persName>, que casi nunca usó de esta figura, en la Elegía
              tercera: <quote>«Y le digo: señora dulce mía»</quote><note place="bottom">Fernando de
                Herrera, verso 238 de la Elegía IV, que comienza: «A la pequeña luz del breve día»
                (ed. Cristóbal Cuevas, Madrid, Cátedra, 1985, p. 408).</note>. Y <persName
                type="authority" key="Hernández de Velasco, Gregorio" precision="4" unit="quote"
                quantity="1">el insigne poeta por quien habló Virgilio en lengua
                castellana</persName>, en la traducción del <hi rend="i">Parto de la Virgen</hi> del
              Sannazaro: <quote>«Tú sola conducir, diva María»</quote><note place="bottom">Alude al
                toledano Gregorio Hernández de Velasco, quien publicó en Toledo en 1554 su
                traducción española del <hi rend="i">De partu Virginis</hi> de Jacopo Sannazaro (<hi
                  rend="i">El Parto de la Virgen en octava rima</hi>). Además de elogiarlo en la
                epístola poética <hi rend="i">El jardín de Lope</hi>, dedicada a Francisco de Rioja,
                que se incluye en la propia <hi rend="i">La Filomena</hi> (f. 178v), lo incluirá
                posteriormente entre los ingenios cantados en su <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi>
                (1630), en cuya primera silva (v. 411-414) reproduce ese mismo verso y los tres
                siguientes.</note>; y así los italianos, de que serían impertinentes los ejemplos.
              Esto, como digo, es dulcísimo usado con templanza y con hermosura del verso, no
              diciendo: «En los de muros» etc., porque casi parece al poeta que refiere <persName
                type="authority" key="Jiménez Patón, Bartolomé" precision="4" unit="quote"
                quantity="1">Patón</persName> en su <title>Elocuencia</title> cuando dijo:
                <quote>«Elegante hablastes mente»</quote>, figura viciosa que él allí llama
                cacosíndeton<note place="bottom">Bartolomé Jiménez Patón, <title>Elocuencia española
                  en arte</title> (Toledo 1604): «Cachosintheton es una viciosa composición de las
                partes, como diciendo <hi rend="i">Elegante hablaste mente</hi>. Esta dixo el
                Pinciano que era hypérbaton, y no lo miró bien. [...] Juan de Mena en sus trezientas
                tiene muchos de estos vicios» (f. 49). Como bien señala Tubau (2007: 45 n. 30 y
                2008: 261 n. 30), el ejemplo de Jiménez Patón, que consiste en lo que en la
                gramática antigua se denominaba <hi rend="i">tmesis</hi>, procede del <hi rend="i"
                  >Galateo español</hi> [Madrid], s.n., [1582?] de Lucas Gracián Dantisco. Por otra
                parte, el ejemplo «En los de muros <hi rend="i">etc.</hi>», que, en principio,
                podría parecer inventado por Lope, pues no he logrado localizarlo como cita literal,
                probablemente remita a un pasaje de la segunda <hi rend="i">Soledad</hi> (v.
                927-928) en el que se lee un hipérbaton muy marcado: «<hi rend="i">en el de
                  muros</hi> líquidos que ofrece / corredor el dïáfano elemento». Es también muy
                posible que la no coincidencia literal obedezca a que Lope está citando de memoria;
                además, el uso del «etc.» parece remitir a un pasaje real, no inventado aquí <hi
                  rend="i">ad hoc</hi>.</note>. Finalmente, de las cosas oscuras y ambiguas, y
              cuánto se deben huir, vea vuestra excelencia a <persName type="authority"
                key="san Agustín" precision="3">san Agustín</persName> en el libro 4 <title>De
                doctrina Christiana</title>, <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f196v.jpg"
                n="f. 196v"/>porque pienso que su opinión ninguno será tan atrevido que la
                contradiga<note place="bottom"><hi rend="i"> Cf.</hi>San Agustín, <hi rend="i">De
                  doctrina Christiana</hi>, IV, 10, 24: <hi rend="i">Quamvis in bonis doctoribus
                  tanta docendi cura sit, vel esse debeat, ut verbum quod nisi obscurum sit vel
                  ambiguum, Latinum esse non potest, vulgi autem more sic dicitur ut ambiguitas
                  obscuritasque vitetur, non sic dicatur ut a doctis, sed potius ut ab indoctis dici
                  solet</hi> («Aunque en los buenos maestros [cristianos, se entiende] hay, o
                debería haber, tanta preocupación por enseñar, que si una palabra usada en correcto
                latín resulta oscura y ambigua, mientras que en el lenguaje del pueblo se la dice de
                tal modo, que se evita la ambigüedad y la oscuridad, no la emplean según el modo en
                que lo hacen los doctos, sino como suelen decirlo los indoctos» . Aunque también
                puede remitir a IV 8, 22: <hi rend="i">Non ergo expositores eorum ita loqui debent,
                  tamquam se ipsi exponendos simili auctoritate proponant, sed in omnibus sermonibus
                  suis primitus ac maxime ut intellegantur elaborent, ea quantum possunt
                  perspicuitate dicendi, ut aut multum tardus sit qui non intellegit, aut in rerum
                  quas explicare atque ostendere volumus difficultate ac subtilitate, non in nostra
                  locutione sit causa qua minus tardiusve quod dicimus possit intellegi</hi> («Así
                pues, sus intérpretes [de los autores sagrados] no deben expresarse de tal manera
                que ellos mismos obliguen a tener que ser explicados desde una similar posición de
                autoridad; antes bien, esfuércense, lo primero y principalmente, en ser entendidos
                en todos sus discursos, hablando con la máxima claridad que puedan, de modo que o
                sea muy torpe aquel que no lo entienda, o bien que ante la dificultad y sutileza de
                aquello que deseamos explicar no sea nuestra manera de expresarnos la causa por la
                que lo que decimos se entienda o menos o con más demora». En todo caso, Colmenares
                no se amilanará en su respuesta ante esta categórica afirmación de Lope, quien
                parece querer cerrar la boca a cualquier posible contradictor recurriendo a
                autoridades de tanto peso y tan sagradas como san Agustín: el erudito segoviano
                replicará afirmando que Lope no lo alega correctamente, pues tuerce el sentido de la
                cita agustiniana.</note>.</p>
            <p><persName type="authority" key="Platón" precision="3">Platón</persName> dijo que
              todas las ciencias humanas y divinas se incluyeron en el poema de Homero; puede ser
              que aquí suceda lo mismo y que de faltar Platones no sea entendido el secreto de este
              divino estilo, si ya no decimos de él lo que <persName type="authority"
                key="san Agustín" precision="4" unit="quote" quantity="1">Agustino</persName> del
                <hi rend="i">Apocalipsi</hi> en el libro 20 <title>De ciuitate Dei</title> a
              Marcelino: <quote>«In hoc quidem libro cuius nomen est Apocalipsis obscure multa
                dicuntur, ut mentem legentis exerceant»</quote><note place="bottom">San Agustín,
                  <title>De ciuitate Dei</title>, XX, 17: «Ciertamente, en el libro titulado <hi
                  rend="i">Apocalipsis</hi> se dicen muchas cosas de manera oscura para poner a
                prueba el entendimiento del que lo lee». Marcelino era un amigo de san Agustín al
                que este dedica su obra.</note>. Mas viniendo a una verdad infalible, no deja de
              causar lástima que lo que los ingenios doctos han procurado ennoblecer en nuestra
              lengua desde el tiempo del rey don Juan el Segundo hasta nuestra edad del santo rey
              Filipo Tercero ahora vuelva a aquel principio, y suplico a vuestra excelencia
              humildísimamente, pues está desapasionado, juzgue si es esto así por estas palabras de
              la prosa que se hablaba entonces, que con ejemplos no le quiero cansar, pues el de
                <persName type="authority" key="Mena, Juan de" precision="4" unit="quote"
                quantity="1">Juan de Mena</persName>, autor tan conocido, basta en el comento que
              hizo a su <hi rend="i">Coronación</hi>, donde dice así, hablando de la fama del gran
              marqués de Santillana don Íñigo López de Mendoza: <quote>«Y no quiere cesar ni cesa de
                volar fasta pasar el Cáucaso monte, que es en las sumidades y en los de Etiopia
                fines, allende del cual la fama del romano pueblo se falla no traspasase, según en
                el De consolación Boecio; pues ¿cómo podrá conmigo más la pereza que no la gloria
                del dulce trabajo o por qué yo no posporné aquesta por las cosas otras: es a saber,
                por colaudar,<pb
                  facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f197r.jpg"
                  n="f. 197r"/>recontar y escribir la gloria del tanto señor como aqueste? Más
                esforzándome en aquella de Séneca palabra, que escribe en una de las epístolas por
                él a Lucilio enderezadas, etc.</quote><note place="bottom">Fragmento perteneciente
                al prólogo de <title>La Coronación del marqués de Santillana</title> de Juan de
                Mena.</note>».</p>
            <p>¿Puede negarse una cosa tan evidente? Pues certifico a vuestra excelencia que le
              pudiera traer infinitos ejemplos, como decir: <quote>«por la de la buena fama
                gloria»</quote> y <quote>«por ende, las conmemoradas acatando causas»</quote> y
                <quote>«láctea emanante»</quote>, <quote>«temblante mano»</quote> y
                <quote>«peregrinante principio»</quote><note place="bottom">Todos estos ejemplos que
                da Lope proceden efectivamente del prólogo y del exordio de <hi rend="i">La
                  Coronación</hi> de Juan de Mena.</note>, cosas que tanto embarazan la frasis de
              nuestra lengua, que las sufrió entonces por la imitación latina, cuando era esclava, y
              que ahora que se ve señora, tanto las desprecia y aborrece. Decía el <persName
                type="authority" key="Garay, Francisco de" precision="4" unit="quote" quantity="1"
                >doctor Garay</persName>, poeta laureado por la universidad de Alcalá, como él dijo
              en aquella canción,</p>
            <quote>
              <l>Tengo una honrada frente</l>
              <l>de laurel coronada,</l>
              <l>de muchos envidiada, etc.,</l>
            </quote>
            <p>que <quote>«la poesía había de costar grande trabajo al que la escribiese y poco al
                que la leyese»</quote><note place="bottom">Lope recuerda también al doctor Francisco
                de Garay, sobre el que apenas se tienen datos hoy, en la silva cuarta del <hi
                  rend="i">Laurel de Apolo</hi> (v. 170-177), además de en algún que otro pasaje de
                sus obras; en dichos versos del <hi rend="i">Laurel</hi> cita también los dos
                primeros heptasílabos de los tres que reproduce en la epístola: son versos de una
                canción que puede verse completa, así como datos sobre Garay, en Y. Lissorgues
                (1980). Ignoramos dónde escribió Garay la sentencia que le adjudica Lope y que no es
                muy original precisamente…</note>. Esto es sin duda infalible dilema <note
                place="bottom">«Es argumento con que apretamos al contrario en qualquier modo que
                nos responda» (<hi rend="i">Covarrubias</hi>, s.v.).</note> y que no ofende al
              divino ingenio de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">este
                caballero</persName><note place="bottom">Luis de Góngora.</note>, sino a la opinión
              de esta lengua que desea introducir; mas, sea lo que fuere, yo le he de estimar y
              amar, tomando de él lo que entendiere, con humildad, y admirando lo que no entendiere,
              con veneración; pero a los demás que le imitan con alas de cera en plumas tan
                desiguales<note place="bottom">Evidente alusión al mito, muy recurrente en la época,
                de Dédalo (inventor genial y equivalente, pues, de Góngora) y su imprudente hijo
                Ícaro, quien por remontarse en exceso cayó al mar cuando el sol derritió la cera que
                mantenía unidas las alas que su padre le había acoplado. Nótese la dilogía en la
                palabra «plumas». La misma imagen empleó Horacio en la oda IV, 2 respecto a los
                riesgos de la imitación del gran Píndaro. Rico García (1991-1992) estudió la
                presencia de la figura de Ícaro en la controversia gongorina.</note>, jamás les seré
              afecto, porque comienzan ellos por donde él acaba; a quien <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f197v.jpg"
                n="f. 197v"/>dijera yo lo que <persName type="authority" key="Scala, Bartolomeo"
                precision="4" unit="quote" quantity="1">Escala</persName> a Policiano, dudando el
              estilo de una epístola suya: <quote>«non sapit salem tuum: multa miscet, omnia
                confundit, nihil probat»</quote><note place="bottom">Bartolomeo Scala, canciller de
                la república florentina, y Angelo Poliziano se cruzaron algunas cartas acerca de las
                censuras lingüísticas del segundo hacia un poema del primero. En una de ellas, Scala
                le dice a Poliziano, con no poca ironía e incluso mala fe, que le da la impresión de
                que la última carta que ha recibido de él es obra de alguno de sus estudiantes, pues
                «no tiene el sabor de tu ingenio: mezcla muchas cosas, todo lo confunde, no
                demuestra nada». Poliziano responderá asegurándole que la epístola era, por
                supuesto, suya (pueden verse en la edición, ya citada, <hi rend="i">Angeli Politiani
                  et aliorum virorum illustrium epistolarum libri XII</hi>, Hanau: Apud Petrum
                Antonium, 1622, p. 466 y ss. —la cita que da Lope está en p. 476—). Lope cita
                también un fragmento de esta correspondencia entre Scala y Policiano en la
                dedicatoria de su comedia <hi rend="i">Pedro Carbonero</hi> (véase la nota
                56).</note>. La dureza es imposible que no ofenda la poesía, pues no deleita,
              habiéndose hecho para escribir deleitando. Memoria hace <persName type="authority"
                key="Crinito, Pietro" precision="3">Crinito</persName> de la que tuvo Atilio
              trágico, y que no menos que de <persName type="authority" key="Cicerón" precision="4"
                unit="quote" quantity="1">Cicerón</persName> fue llamado <quote>«ferreus
                poeta»</quote><note place="bottom">Lope cita un pasaje del capítulo XIII del primer
                libro del tratado <title>De poetis Latinis</title> (Florencia 1505), obra del
                humanista Pietro Ricci o Pietro Crinito (1474-1507), discípulo de Poliziano; dicho
                capítulo está dedicado al tragediógrafo arcaico —y, al parecer, traductor de
                Sófocles al latín— Atilio, sobre el que Cicerón, en <hi rend="i">De finibus bonorum
                  et malorum</hi> (I 5), afirma que el poeta Lucilio (aunque existe la variante
                textual <hi rend="i">Licinio</hi>) lo había calificado de <hi rend="i">ferreus
                  scriptor</hi>; luego se equivoca Lope, pues no fue Cicerón quien se lo llamó, si
                bien es verdad que, como recuerda allí el mismo Crinito, aquel lo definió como <hi
                  rend="i">poeta durissimus</hi> en una de sus <hi rend="i">Epístolas a Ático</hi>
                (XIV, 20, 3).</note>, aunque no sé si les viene bien el apellido de poetas de
              hierro, pues ningunos en el mundo tanto oro gastan, tanto cristal y perlas. Las voces
              latinas que se trasladan quieren la misma templanza. Juan de Mena usó muchas, <hi
                rend="i">verbi gratia</hi>: <quote>«El amor es ficto, vaníloco, pigro»</quote> y
                <quote>«Luego resurgen tan magnos clarores»</quote><note place="bottom">Son los
                versos 898 (que en realidad dice: «cuando amor es ficto, vaníloco, pigro») y 153 del
                  <hi rend="i">Laberinto de Fortuna</hi> de Juan de Mena.</note>. Como en <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">este caballero</persName><note place="bottom"
                >Luis de Góngora.</note>: <quote>«Fulgores arrogándose presiente»</quote>, que es
              todo meramente latino<note place="bottom">El verso de Góngora [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem310#l310.9"
                  >OC310.9</ref>] está escogido por Lope con toda intención, puesto que inicia la
                segunda de las diez octavas que el cordobés presentó en 1616 al certamen con que se
                celebró en Toledo la traslación de la imagen de la Virgen del Sagrario a la capilla
                que el cardenal Bernardo de Sandoval y Rojas, tío del duque de Lerma, había mandado
                construir para ella en la catedral. Fue, como es sabido, una exhibición de la «nueva
                poesía» con Góngora como máximo exponente, y en ella participó también el que un año
                después se convertiría en azote de Lope con su libelo <hi rend="i">Spongia</hi>,
                Pedro de Torres Rámila. El poema de Góngora llevaba el título «Al favor que san
                Ildefonso recibió de Nuestra Señora», y su muy culto —por latino, como afirma Lope—
                y rimbombante vocabulario lo parodiará Quevedo en el célebre soneto <hi rend="i"
                  >Receta para hacer Soledades en un día</hi> (véase arriba la nota 62); su tercer
                verso hace evidente eco al endecasílabo gongorino: «fulgores, arrogar, joven,
                presiente» (Quevedo 1981: nº 825).</note>. No digo que las locuciones y voces sean
              bajas, como en <persName type="authority" key="Valdivielso, José de" precision="4"
                unit="quote" quantity="1">un insigne poeta de nuestros tiempos</persName>:
                <quote>«Retoza ufano el juguetón novillo»</quote><note place="bottom">El autor del
                verso es el padre José de Valdivielso, quien lo escribió en su <title>Vida,
                  excelencias y muerte del glorioso patriarca San Joseph</title> (Toledo, Diego
                Rodriguez, 1604): es el v. 77 del canto séptimo de un largo poema de una calidad
                poética, en mi opinión, bastante elevada, a juzgar por la cual el calificativo de
                «insigne» no resulta hiperbólico. Valdivielso, capellán del primado Bernardo de
                Sandoval, le dedicó a este el poema heroico <hi rend="i">Sagrario de Toledo</hi> el
                mismo año del certamen citado en la nota anterior (1616). A pesar de la pulla que
                Lope parece lanzarle aquí, fueron buenos amigos hasta la muerte de este en 1635,
                pues, según la <hi rend="i">Fama póstuma</hi> compilada por Juan Pérez de Montalbán
                y publicada un año después, Valdivielso, además de contribuir al libro con versos
                suyos, estuvo al lado del Fénix en su lecho mortuorio. </note>, pero que con la
              misma lengua se levante la alteza de la sentencia puramente a una locución heroica.
              Sea ejemplo el divino <persName type="authority" key="Herrera, Fernando de"
                precision="4" unit="quote" quantity="1">Herrera</persName>:</p>
            <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f198r.jpg"
              n="f. 198r"/>
            <quote>
              <l>Breve será la venturosa historia</l>
              <l>de mi favor, que es breve la alegría</l>
              <l>que tiene algún lugar en mi memoria.</l>
              <p/>
              <l>Cuando del claro cielo se desvía</l>
              <l>del sol ardiente el alto carro apena,</l>
              <l>y casi igual espacio muestra el día,</l>
              <p/>
              <l>con blanda voz, que entre las perlas suena,</l>
              <l>teñido el rostro de color de rosa,</l>
              <l>de honesto miedo y de amor tierno llena,</l>
              <l>me dijo así la bella desdeñosa etc.<note place="bottom">Versos 19-28 de la
                    <title>Elegía III</title> de Fernando de Herrera, que comienza: «No bañes en el
                  mar sagrado y cano» (ed. cit., p. 387). Sobre la presencia de Herrera en esta
                  polémica, véase Tubau (2007: 115-118 y 2008: 331-336): Lope, obviando con toda
                  intención las características de la poesía de Herrera que la aproximaban más al
                  estilo gongorino (como su afán de latinización del castellano, destacada por sus
                  editores en esos momentos: Pacheco, Rioja y Duarte), lo aprovecha como principal
                  modelo que contraponer a la poesía del cordobés, con la intención última, aunque
                  no declarada, de situarse él mismo como tercer “monarca” en una especie de línea
                  de sucesión en el trono poético en lengua española, tras Garcilaso y el propio
                  Herrera (que había sido tan ninguneado, cuando no censurado, en los primeros años
                  del siglo), y excluyendo de dicha línea, claro está, a Góngora. Colmenares, en sus
                  réplicas, no hará caso alguno a esta cuestión.</note></l>
            </quote>
            <p>Esta es elegancia, esta es blandura y hermosura digna de imitar y de admirar, que no
              es enriquecer la lengua dejar lo que ella tiene propio por lo extranjero, sino
              despreciar la propia mujer por la ramera hermosa. Pues si queremos subirlo más de
              punto, léase la canción a la traslación del cuerpo del señor rey don Fernando que por
              sus virtudes fue llamado el Santo, y entre sus estancias esta:</p>
            <quote>
              <l>Cubrió el sagrado Betis de florida</l>
              <l>púrpura y blandas esmeraldas llena</l>
              <l>y tiernas perlas la ribera undosa,</l>
              <l>y al cielo alzó la barba revestida</l>
              <l>de verde musgo, y removió en la arena</l>
              <l>el movible cristal de la sombrosa</l>
              <l>gruta y la faz honrosa</l>
              <l>de juncos, cañas y coral ornada;</l>
              <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f198v.jpg"
                n="f. 198v"/>
              <l>tendió los cuernos húmidos, creciendo</l>
              <l>la abundosa corriente dilatada,</l>
              <l>su imperio en el océano extendiendo<note place="bottom">Versos 40-50 de la
                    <title>Canción V</title> de Fernando de Herrera, que comienza: «Inclinen a tu
                  nombre, oh luz de España» (ed. cit., p. 453).</note></l>
            </quote>
            <p>Aquí no excede ninguna lengua a la nuestra —perdonen la griega y la latina—; pero
              dejándola para sus ocasiones, podrá el poeta usar de ella<note place="bottom">De la
                latina (y también, pero menos, de la griega).</note> con la templanza que quien pide
              a otro lo que no tiene, si no es que las voces latinas las disculpemos con ser a
              España tan propias como su original lengua, y que la quieran volver al estado en que
              nos la dejaron los romanos y prueba con tantos ejemplos el doctísimo <persName
                type="authority" key="Alderete, Bernardo de" precision="3">Bernardo de
                Alderete</persName> en su <title>Origen de la lengua castellana</title><note
                place="bottom">Se refiere a la obra <hi rend="i">Del origen, y principio de la
                  lengua castellana o romance que oi se usa en España</hi> (Roma, Acerca de Carlo
                Wllieto, 1606) del muy erudito canónigo de la catedral de Córdoba Bernardo de
                Alderete (1560-1641). Véase, sobre todo, el capítulo siete del libro
              segundo.</note>. Yo por algunas razones no querría discurrir en esto, que tal vez<note
                place="bottom">«Algunas veces», «de vez en cuando». Se le puede aceptar a Lope esa
                afirmación en el sentido de que no abusaba, en general, de «voces latinas» en sus
                obras, pero lo cierto es que en su proyecto literario más ambicioso y «elevado»
                hasta entonces, la <hi rend="i">Jerusalén conquistada</hi> (1609) dio entrada a tal
                cantidad de ellas, que suscitó la reprensión y la burla de muchos de sus coetáneos,
                como Juan de Jáuregui, cuando atacó al poema y a su autor en el opúsculo satírico, a
                él atribuible —y atribuido con muchos visos de verosimilitud— <hi rend="i">Carta del
                  licenciado Claros de la Plaza al maestro Lisarte de la Llana</hi> (véase Montero
                2008).</note> he usado alguna, pero adonde me ha faltado, y puede haber sido sonora
              y inteligible. Por cuento de donaire se escribía y se imprimía no ha muchos años el
              estilo de aquel cura que hablaba con su ama esta misma lengua, pidiendo el
                <quote>«ansarino cálamo»</quote> y diciéndole que <quote>«no subministraba el
                etiópico licor el cornerino vaso»</quote><note place="bottom">Procede del <hi
                  rend="i">Galateo español</hi> (1582) de Lucas Gracián Dantisco (capítulo X «De las
                palabras afectadas», 4; véase arriba nota 86).</note>.</p>
            <p>No quiero cansar más a vuestra excelencia y a los que no saben mi buena intención,
              sino acabar este papel con decir que nunca se aparta de mis ojos Fernando de Herrera,
              por tantas causa divino: sus sonetos y canciones son el más verdadero arte de poesía.
              El que quisiere saber su verdad imítele y léale, que de Garcilaso no pienso hablar
              palabra, pues han llegado algunos a tanta libertad, que <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f199r.jpg"
                n="f. 199r"/>llaman poetas mecánicos los que le imitan: cosa tan lastimosa que, por
              locura declarada, carece de respuesta. Harto más bien lo sintió el divino <persName
                type="authority" key="Herrera, Fernando de" precision="3">Herrera</persName> cuando
              dijo en aquella elegía que comienza «Si el grave mal que el corazón me parte», que a
              juicio de los hombres doctos había de estar escrita con letras de oro:</p>
            <quote><persName type="authority" key="Garcilaso" precision="4" unit="quote"
                quantity="1"/>
              <l>Por esta senda sube al alto asiento</l>
              <l>Laso, gloria inmortal de toda España.<note place="bottom">Versos 133-134 de la
                    <title>Elegía I</title> de Garcilaso (ed. cit., p. 365).</note></l>
            </quote>
            <p>Muchas cosas se pudieran decir acerca de la claridad que los versos quieren para
              deleitar, si alguien no dijese que también deleita el ajedrez, y es estudio importuno
              del entendimiento<note place="bottom">Es idea tradicional, habitualmente formulada
                como «el ajedrez es demasiado para juego y demasiado poco para ciencia».</note>: yo
              hallo esta novedad como la liga<note place="bottom">«Se llama también la porción
                pequeña de otro metal, que se echa al oro o a la plata, cuando se bate moneda, o se
                fabrica alguna pieza» (<hi rend="i">Autoridades</hi>).</note> que se echa al oro,
              que le dilata y aumenta, pero con menos valor, pues quita de la sentencia lo que añade
              de dificultad. Con esto vuestra excelencia, señor, crea que lo que he dicho es cosa
              increíble a mi humildad y modestia, y si no es violencia en mí, plegue a Dios que yo
              llegue a tanta desdicha por necesidad, que traduzca libros de italiano en
                castellano<note place="bottom">Es muy probable que haya aquí una alusión a —y una
                andanada contra— uno de los más enconados enemigos literarios de Lope, Cristóbal
                Suárez de Figueroa, quien había traducido libros de italiano a castellano como la
                  <hi rend="i">Plaza universal de todas las ciencias y profesiones</hi>, cuyo
                original era obra de Tomasso Garzoni. Véase lo que se dice en la sátira <hi rend="i"
                  >Oneiropaegnion</hi> incluida en la <hi rend="i">Expostulatio Spongiae</hi> contra
                Torres Rámila, donde es prácticamente seguro que sea Suárez de Figueroa la persona
                real a quien se alude tras el personaje de <hi rend="i">Satirión</hi> (Conde-Tubau
                2015: 322, n. 30 y 330, n. 67).</note>, que para mi consideración es más delito que
              pasar caballos a Francia<note place="bottom">Explica Menéndez Pelayo en su <hi
                  rend="i">Historia de los heterodoxos españoles</hi> (IV 118) que «la Inquisición
                de Zaragoza tuvo harto que hacer con los hugonotes del Bearne, que entraban en
                Aragón por Jaca y el Pirineo como mercaderes. Felipe II encargó la más escrupulosa
                vigilancia a las guardas de los puertos, y se llegó a considerar como sospechosos de
                herejía a los contrabandistas que llevaban caballos a Francia». Tal preocupación y
                prohibición estaba vigente en tiempos de Lope, pues se mantuvo durante bastante
                tiempo, ya no solo por cuestiones de posible extensión de herejías (en muchos casos,
                el delito lo juzgaba la propia Inquisición), sino también por el evidente riesgo
                estratégico y militar ante la cada vez más poderosa y peligrosa Francia. Quevedo
                emplea también la expresión en el romance que comienza «Lindo gusto tiene el Tiempo»
                (Quevedo 1981: nº 757, v. 96, con probable alusión a las consabidas y conocidas
                cuestiones de padecimientos venéreos relacionadas con Francia).</note>, o a tanta
              soberbia por falta de entendimiento, que haga reprehensiones a los libros a quien
              todos los hombres doctos han hecho tan singulares alabanzas.<note place="bottom"
                >Posible alusión a Pedro de Torres Rámila y su <hi rend="i">Spongia</hi>
                (1617).</note> Y para que mejor vuestra excelencia entienda que hablo de la mala
                imitación<note place="bottom">Es la primera vez que Lope realiza esta distinción, de
                la que parece inferirse que podría haber buenos imitadores de Góngora; según mi
                criterio, aquí Lope no merece ninguna credibilidad, a tenor de todo lo que ha
                escrito en esta «censura».</note> y que a su primero dueño reverencio, doy fin a
              este discurso con este soneto que <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f199v.jpg"
                n="f. 199v"/>hice en alabanza de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
                >este caballero</persName>, cuando a sus dos insignes poemas no respondió igual la
              fama de su misma patria<note place="bottom">Luis de Góngora. De este soneto se cita el
                primer verso en la ya mencionada <hi rend="i">Carta echadiza a Góngora</hi>,
                anónima, pero probablemente salida de la pluma del propio Lope. Su contenido se ha
                puesto habitualmente en relación con el ataque contra la poesía de Góngora lanzado
                por Juan de Jáuregui en su <hi rend="i">Antídoto</hi>, que es a lo que aludiría el
                primer cuarteto (véase Tubau 2007: 84, n. 2 y 2008: 298, n. 2). Como se comprueba,
                hay en el soneto una defensa tanto del <hi rend="i">Polifemo</hi> (primer terceto)
                como de las <hi rend="i">Soledades</hi> (segundo cuarteto), así como una alabanza de
                Góngora al equipararlo con el mítico poeta Orfeo (al que probablemente aluda la
                expresión «lírico portento» del sexto verso): el último terceto debe entenderse así,
                deshaciendo el fuerte hipérbaton: «si la envidia te desama, tu fama irá en círculos
                de sol como en ondas de cristal [fue] la lira orfea»; se alude ahí al final del
                relato mítico sobre el poeta tracio (véase Ovidio, <hi rend="i">Metamorfosis</hi>,
                XI, 50-55): cruelmente asesinado y descuartizado por las mujeres cíconas, su cabeza
                y su lira acabaron arrojadas a las aguas del río Hebro, por el que navegaron hasta
                desembocar en el mar y llegar a la isla de Lesbos. Así pues, si la lira de Orfeo
                viajó por «ondas de cristal», la fama de Góngora lo hará en los «círculos del sol»,
                por lo que llegará a todos los confines del mundo.</note>:</p>
            <quote>
              <l>Canta, cisne andaluz, que el verde coro</l>
              <l>del Tajo escucha tu divino acento,</l>
              <l>si ingrato el Betis no responde atento</l>
              <l>al aplauso que debe a tu decoro.</l>
              <p/>
              <l>Más de tu Soledad el eco adoro</l>
              <l>que el alma y voz del lírico portento,</l>
              <l>pues tú solo pusiste al instrumento</l>
              <l>sobre trastes de plata cuerdas de oro.</l>
              <p/>
              <l>Huya con pies de nieve Galatea,</l>
              <l>gigante del Parnaso, que en tu llama</l>
              <l>sacra ninfa inmortal arder desea,</l>
              <p/>
              <l>que como, si la envidia te desama,</l>
              <l>en ondas de cristal la lira orfea,</l>
              <l>en círculos de sol irá tu fama.</l>
            </quote>
          </div>
          <div xml:id="DelmismoseñoraLopedeVega">
            <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f200r.jpg"
              n="f. 200r"/>
            <head>[III] <lb/>Del mismo señor a Lope de Vega</head>
            <p>He visto este papel de vuestra merced, y no puedo encarecerle la que me ha hecho<note
                place="bottom">Zeugma: «merced».</note> con haber, a mi juicio docta y cortésmente,
              desengañado a muchos, que aunque vuestra merced por su humildad no desea
                comunicarle<note place="bottom">Se refiere al texto II.</note>, no permitirán sus
              amigos que no salga en público. Sólo quisiera, si he de confesar todas mis dudas, ver
              alguna cosa que no fuera de vuestra merced, de otro ingenio en el estilo antiguo<note
                place="bottom">En esta frase, que se lee tal cual en el impreso, parece que debería
                suplirse la conjunción ‘sino’ entre «vuestra merced» y «de otro ingenio». El «estilo
                antiguo», con toda la carga de venerable autoridad que tiene el adjetivo, se opone
                aquí implícitamente a la «nueva poesía», con sus connotaciones de esnobismo (que
                diríamos hoy) y valor dudoso (o, al menos, por demostrar). Lope atenderá la petición
                del (supuesto) señor enviándole una égloga de Pedro de Medina Medinilla (que se
                imprime en <hi rend="i">La Filomena</hi> después del texto IV) para que se «vea la
                diferencia» entre ambos estilos poéticos.</note> —antiguo digo, en el que parece que
              fue de <persName type="authority" key="Garcilaso" precision="3">Garcilaso</persName> y
              de <persName type="authority" key="Herrera, Fernando de" precision="3">Hernando de
                Herrera</persName>, hombres en aplauso común, luces eficaces en esta facultad a todo
              castellano ejemplo—, con que, si fuese obra digna de la aprobación de vuestra merced,
              se viese la diferencia. En pago del estudio que esto habrá costado, envío a vuestra
              merced todas las obras de <persName type="authority" key="Lipsio, Justo" precision="3"
                >Lipsio</persName> de la mejor impresión que han venido a España<note place="bottom"
                >Se habían publicado <hi rend="i">Opera omnia</hi> de Lipsio en varios tomos en
                Lion, Apud Horatium Cardon, 1613 y Amberes, Ex officina Plantiniana, apud viduam et
                filios Ioannis Moreti, 1614. En todo caso, me resulta personalmente muy sospechoso
                que el (supuesto) señor envíe a Lope precisamente las obras completas de un
                humanista cuyo condensado y complejo estilo latino, dominado por un radical
                aticismo, se ha mencionado por Lope en la epístola anterior: quiero decir que me
                suena a (típico) lucimiento y autobombo del <hi rend="i">Fénix</hi>, quien tal vez
                quisiera presentarse (de ser en realidad él el autor del documento) como asiduo
                lector (y, claro está, cabal entendedor) del gran Lipsio, a pesar de esas muchas y
                serias dificultades que plantea su latín. Téngase en cuenta que Pedro de Torres
                Rámila lo había acusado en su <hi rend="i">Spongia</hi> (1617) de saber bastante
                poco, o ningún, latín y de tener que servirse de amigos eruditos para que se lo
                tradujeran o le compusieran algún texto en esa lengua (Conde-Tubau 2015: 25 y
                279-280).</note>, y encuadernadas a mi gusto, y ese librito que llamó <persName
                type="authority" key="Arias Montano, Benito" precision="3">Arias Montano</persName>
              <title>Humanae salutis monumenta</title><note place="bottom">Publicada bella y
                lujosamente por Plantino en Amberes (1571), es una colección de odas en latín
                religiosas y morales basadas en un conjunto de preciosos grabados que funcionan a
                modo de emblemas y que representan, sobre todo, escenas de la tradición bíblica
                tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.</note>, cuyos versos no deben nada a
              cuantos están escritos, la Antigüedad perdone.</p>
            <p rend="center">Dios guarde a vuestra merced como deseo.</p>
          </div>
          <div xml:id="Larespuesta">
            <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f200v.jpg"
              n="f. 200v"/>
            <head>[IV] <lb/>La respuesta</head>
            <p>Con temor grande envié a vuestra excelencia, señor, este papel, pero ya le he
                perdido<note place="bottom">Es decir, el temor.</note> con su aprobación, seguro de
              su ingenio y letras, y del gusto y conocimiento que tiene de esta ciencia, que
              hablando de la sabiduría dijo <persName type="authority" key="san Agustín"
                precision="4" unit="quote" quantity="1">san Agustín</persName>: <quote>«quae nullus
                sine illa bene iudicat»</quote><note place="bottom">La cita procede de san Agustín,
                  <hi rend="i">De libero arbitrio</hi>, II, 152, pero la hallamos también en la <hi
                  rend="i">polyanthea</hi> de Andrés Eborense <hi rend="i">Sententiae et
                  exempla</hi> (París: apud Gulielmum Iulianum, 1575) abriendo los testimonios
                tomados <hi rend="i">Ex sacris</hi> en la sección <hi rend="i">Scientia</hi>. Dice
                que «ninguno juzga correctamente sin ella». En el original, tanto en la edición de
                Madrid como en la de Barcelona y seguramente por errata, se imprime <hi rend="i"
                  >siue</hi> en vez de <hi rend="i">sine</hi>.</note>. Creo que hallé algo de la
              verdad con mi ignorancia, y aunque <quote>«es señal de la ciencia poder
                enseñar»</quote>, como lo siente <persName type="authority" key="Aristóteles"
                precision="3">Aristóteles</persName> en el primero de su
                <title>Metafísica</title><note place="bottom">Aristóteles, <hi rend="i"
                  >Metaphysica</hi>, 981b7. Pero la cita está tomada seguramente de la misma sección
                  <hi rend="i">Scientia</hi> de la <hi rend="i">polyanthea</hi> de Eborense, donde
                aparece en esta formulación: <hi rend="i">Signum scientis est posse
                docere</hi>.</note>, aquí no se trata sino de solo advertir o por lo menos decir lo
              que se siente. Finalmente, señor, está bien dicho de <persName type="authority"
                key="Firmiano, Lactancio" precision="4" unit="quote" quantity="1">Lactancio
                Firmiano</persName> que <quote>«no es ciencia, sino opinión, la que es por causa de
                los ingenios inconstante y varia»</quote><note place="bottom">Lactancio Firmiano,
                  <hi rend="i">Diuinae Institutiones</hi>, III, 8, 19, pero tomado de la misma
                sección de Andrés Eborense, donde aparece así formulado: <hi rend="i">No est
                  scientia, sed opinio earum rerum, quae pro ingeniis varia est</hi>.</note>. Muchos
              siguen esta manera oscura y poco sentenciosa<note place="bottom">Esto es, con muy poco
                contenido (escasas <hi rend="i">sententiae</hi>) y, además, transmitido de manera
                oscura: se refiere a la «nueva poesía».</note>. <quote>«El modo de saber se ha de
                inquirir primero que la ciencia»</quote>, que no fue opinión menos que de <persName
                type="authority" key="san Bernardo" precision="4" unit="quote" quantity="1">san
                Bernardo</persName><note place="bottom">Cuarta <hi rend="i">sententia</hi> que se
                lee también en el mismo lugar de la citada compilación de Eborense: <hi rend="i"
                  >Sciendi modus potius quaerendus quam scientia: idem</hi> [Bernardus] <hi rend="i"
                  >sup. Cant. serm. 36</hi> (es decir, en el <hi rend="i">sermo</hi> 36 de su <hi
                  rend="i">expositio</hi> sobre el <hi rend="i">Cantar de los
              Cantares</hi>).</note>. Presto, como dije en este papel, se hallan poetas muchos, pero
              no les queda para la segunda composición cosa nueva que decir, respecto de haber
              imaginado: que se incluye en tres locuciones toda esta novedad, y que con decirlas y
              reiterarlas infinitas veces ha de hallar armonía el que los lee, ni gusto el que los
              oye. <quote>«Muchos estudian más las cosas altas, que saber las que les
                convienen»</quote><note place="bottom"><hi rend="i">Sententia</hi> también
                procedente tanto de la compilación de ellas empleada por Lope como de las que allí
                se seleccionan procedentes de san Bernardo en la sección <hi rend="i">Scientia</hi>;
                en este caso, dicha compilación se limita a señalar como origen simplemente <hi
                  rend="i">Bernard.</hi>, pero lo cierto es que procede en realidad de la
                continuación de sus <hi rend="i">Sermones in Cantica Canticorum</hi> —que el santo
                dejó inacabados cuando falleció— escrita por Gilberto de Hoyland (s. XII):
                corresponde al <hi rend="i">sermo</hi> 27 de dicha continuación; la <hi rend="i"
                  >sententia</hi> recogida por Eborense, bastante manipulada respecto al original,
                dice así: <hi rend="i">Multi student plus alta sapere quam apta
                proferre</hi>.</note>.</p>
            <p>Obedeciendo a vuestra excelencia, y en prueba <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f201r.jpg"
                n="f. 201r"/>de esta verdad, le envío esa égloga de Pedro de Medina Medinilla<note
                place="bottom">Se refiere Lope al poema que sigue a este texto en la edición de <hi
                  rend="i">La Filomena</hi> y que es, efectivamente, una égloga dedicada, como
                después indica, a la memoria de su esposa Isabel de Urbina; con ese texto Lope
                atiende a la petición formulada por el «señor de estos reinos» ofreciéndole un poema
                «de otro ingenio en el estilo antiguo»: o sea, uno no escrito por el propio Lope y
                que no siga la moda de la «nueva poesía», sino el dechado de Garcilaso y de Herrera,
                para que así «se vea la diferencia» entre ambos estilos poéticos. Sobre Pedro de
                Medina Medinilla apenas se poseen datos, y lo más que se sabe sobre él procede de
                este pasaje del mismo Lope, quien lo elogiará, sin aportar más información
                relevante, en la silva segunda del <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi> (v. 468-479; se
                lo menciona entre los poetas naturales de Sevilla); también parecer ser el Medinilla
                que menciona Cervantes en su <hi rend="i">Viaje del Parnaso</hi> (II, 196-201 y
                VIII, 226-227).</note>, un hidalgo que conocí en servicio de don Diego de Toledo,
              aquel caballero gallardo y desgraciado que mató el toro, y hermano del excelentísimo
              señor duque de Alba<note place="bottom">Diego de Toledo era un miembro bastardo de la
                casa de Alba, aunque reconocido como hijo por Diego Álvarez de Toledo, hermano del
                IV duque de Alba, Fadrique Álvarez de Toledo, y padre del V, Antonio Álvarez de
                Toledo, en cuya corte de Alba de Tormes residía y en la que murió corneado por un
                toro durante unas fiestas allí celebradas en 1593. Se le dedicó una elegía,
                publicada sin atribución de autor en la <hi rend="i">Segunda parte del Romancero
                  general y flor de diversa poesía</hi>, compilada por Miguel de Madrigal
                (Valladolid, por Luis Sanchez, 1605), que José María de Cossío atribuyó a Pedro de
                Medina Medinilla, pero que Entrambasaguas (quien la editó aparte en Madrid, Artes
                Gráficas Municipales, 1933) asignó con pruebas bastante firmes a Lope, quien, como
                se sabe, vivía por entonces en dicha corte de Alba.</note>. Esto solo hallé de lo
              que escribió de edad de 20 años. Pasó a la India Oriental, inclinado a ver más mundo
              que la estrecheza de la patria, donde por necesidad servía, con algo de marcial y
              belicoso ingenio; perdiose en él el mejor de aquella edad, aunque a muchos de esta no
              lo parezca la rusticidad de esta égloga, que ni han visto a <persName type="authority"
                key="Teócrito" precision="3">Teócrito</persName> ni saben qué preceptos se deben a
              su género; todo poema tiene tres: <quote><persName type="authority" key="Demócrito"
                  precision="4" unit="quote" quantity="1"/>«aut enarrantium<note place="bottom"><hi
                    rend="i">Sic</hi> en el original por <hi rend="i">enarratiuum</hi>, que es lo
                  correcto.</note> aut actiuum aut mixtum: omnium vero harum specierum mixtura
                quaedam est bucolicum»</quote><note place="bottom">«O narrativo o activo [es decir,
                dramático, como en la tragedia y la comedia] o mixto [es decir, que mezcla narración
                y diálogo dramático]: una especie de mezcla de estos tres tipos es el género
                bucólico». Esta conocida división tripartita de los géneros poéticos procede del
                gramático Diomedes (s. IV), quien los establece en el capítulo sexto del libro
                tercero de su <hi rend="i">Ars Grammatica</hi> (<hi rend="i">Grammatici Latini</hi>,
                I, 482 Keil). No he logrado identificar el origen exacto de la cita de Lope, la
                cual, a primera vista, no parece muy acertada, pues si el tercero de los tipos es el
                mixto, no tiene mucho sentido decir que el género bucólico es una mixtura de los
                otros tres, si uno de ellos ya lo es de por sí. Además, el que Diomedes consideraba
                «mixto» (es decir, aquel en el que hablan tanto el poeta como los personajes entre
                sí) era el poema épico (como la <hi rend="i">Odisea</hi> o la <hi rend="i"
                  >Eneida</hi>). Pero en las <hi rend="i">Bucólicas</hi> virgilianas, como ya
                explicaba su comentarista Servio (s. IV) basándose en la misma división tripartita,
                encontramos las tres posibilidades (poemas narrativos, dramatizados y mixtos);
                seguramente sea a eso a lo que se refiere el final de la cita de Lope: que el género
                bucólico, más que presentar «mixtura de los otros tres» en todos los poemas que a él
                se adscriben, «admite cualquiera de los otros tres» en dichos poemas.</note>, y por
              esta varia elocución, gracioso y agradable a todos, como se ve en Tito Calfurnio [<hi
                rend="i">sic</hi>], Olimpo Nemesiano, Petrarca, Pomponio Gáurico y el Sannazaro<note
                place="bottom">Nómina de cultivadores post-virgilianos del género bucólico: Tito
                Calpurnio Sículo, autor de siete <hi rend="i">Bucólicas</hi> en el s. I d.C.; Marco
                Aurelio Olimp(i)o Nemesiano (s. III), hoy más conocido con el último de esos nombres
                y del que nos quedan cuatro <hi rend="i">Bucólicas</hi>; Francesco Petrarca, quien
                cuenta entre su producción latina con el conjunto de églogas en latín conocido como
                  <hi rend="i">Bucolicum carmen</hi>; Pomponio Gáurico (h. 1482-h. 1530), humanista
                italiano experto en gramática, retórica y artes plásticas (compuso un influyente
                tratado <hi rend="i">De sculptura</hi>), además de estimable poeta en latín (fue
                autor de al menos cuatro églogas en esa lengua); y Jacopo Sannazaro, el gran
                renovador del género en el Renacimiento con su imprescindible <hi rend="i"
                  >Arcadia</hi> (1502).</note>. Busqué algunas obras de Pedro de Mendoza, ayo y
              maestro del duque de Alba, que conocí en sus postreros años, de Pedro Laínez, Marco
              Antonio y otros<note place="bottom">«Marco Antonio» es Marco Antonio de la Vega; para
                los tres personajes citados véase arriba la nota 42 al texto II.</note>, y aunque
              las hallé, no tan corregidas como esta, porque estaba de propia mano, y escrita a la
              muerte de prenda tan mía y tan amada como doña Isabel de Urbina. Vuestra excelencia la
              lea, que yo pienso que la he pasado más veces que tiene letras, digan lo que quisieren
              los que no atienden a la sentencia y grandeza del estilo, sino a la novedad de los
              exquisitos modos de decir, en que ni hay verdad ni propiedad ni aumento de <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1621_censura-lope/1621_censura-lope_f201v.jpg"
                n="f. 201v"/>nuestra lengua, sino una odiosa invención para hacerla bárbara, mal
              imitada de quien solo pudo ser Lipsio de los poetas<note place="bottom">Insistencia
                final en el parangón entre Justo Lipsio y Luis de Góngora, que debe verse,
                paradójicamente, como un elogio y una censura a un tiempo: ambos son dos grandes
                ingenios que habiendo provocado una revolución estilística y literaria, uno en el
                latín de su tiempo y otro en la poesía en español de su época, han supuesto también
                un ejemplo nefasto para los muchos que se han empeñado en seguir su modelo sin tener
                su capacidad natural ni sus profundos saberes: la «oscuridad» y «ambigüedad» del
                estilo por ellos desarrollado puede ser un avance particular en ellos, pero es al
                tiempo un retroceso general para el cultivo y evolución de ambas lenguas (latín y
                castellano) por culpa de sus malos imitadores (y en la visión de Lope lo son
                todos).</note> y veneración justa de su patria.</p>
            <p>Dios guarde a vuestra excelencia muchos años, como deseo.</p>
          </div>
        
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
