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      <titleStmt>
        <title>Epístolas de Diego de Colmenares y Lope de Vega (en <hi rend="i">La
          Circe</hi>)</title>
        <author key="Lope de Vega"> Diego Colmenares y Lope de Vega</author>
        <editor>Pedro Conde Parrado</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Jaime Galbarro</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Sara Pezzini</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Héctor Ruiz</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_colmenares-contra-lope</idno>
        <date when="2015"/>
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            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
        </availability>
      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <bibl><title><hi rend="i">La Circe con otras Rimas y Prosas</hi></title>, <pubPlace>Madrid</pubPlace>, En casa de la viuda de <publisher>Alonso Martin</publisher> a costa de Alonso Perez, <date>1624</date>: 190r-194v. (texto II) BNE R/2280 [<hi rend="i">A</hi>]</bibl>
        <bibl><title><hi rend="i">Discurso de la nueva poesia</hi></title> (s.l., s.n., s.a. = textos I y III, aunque también contiene el II) (texto I: 8v-13r; texto III: 17v-24v) BNE R/24123(1) [<hi rend="i">B</hi>]</bibl>
        <bibl><title><hi rend="i">Apologia por la nueva poesía</hi></title> (autógrafo del texto I conservado en la biblioteca del Real Monasterio de El Escorial, sign. 49-II-28 (9º): 59r-65v [<hi rend="i">C</hi>]</bibl>
        <bibl><title><hi rend="i">Colección de las obras sueltas, assi en prosa, como en verso, de D. Frey Lope Felix de Vega Carpio, del habito de san Juan</hi></title>, tomo I, <pubPlace>Madrid</pubPlace>, En la Imprentaa de don <publisher>Antonio de Sancha</publisher>, <date>1776</date>: 342-351 (texto II) </bibl>
      </sourceDesc>
    </fileDesc>
    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
    </encodingDesc>
    <profileDesc>
      <creation>
        <date when="1624"/>
        <date when="1621">1621-11-13 [fecha aportada por el propio Colmenares al final de su carta]
          (texto I)</date>
        <date when="1621">¿1621-12? (texto II)</date>
        <date when="1624">1624-04-23 [fecha aportada por el propio Colmenares al final de su carta]
          (texto III)</date>
      </creation>
      <langUsage>
        <language ident="es"/>
      </langUsage>
    </profileDesc>
  </teiHeader>
  <text>
    <!--<div>
      <p>1624_colmenares-contra-lope</p>
      <div>
        <head>Datos bibliográficos</head>
        <table>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>Pedro CONDE PARRADO</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Diego de <hi rend="sc">Colmenares</hi> (textos I y III) / Lope de <hi rend="sc">Vega</hi> (texto II)</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Destinatario / dedicatario</cell>
            <cell>Lope de <hi rend="sc">Vega</hi> (destinatario de textos I y III) / «Un señor de estos reinos» (dedicatario y destinatario explícito de texto II) / Diego de <hi rend="sc">Colmenares (</hi>destinatario implícito de texto II)</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>Respuesta a la censura antecedente (texto I) + A un señor de estos reinos. Epístola séptima (texto II) + Respuesta a la carta antecedente, por sus mismos puntos (texto III)</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">1621-11-13 [fecha aportada por el propio Colmenares al final de su carta] (texto I)</p>
              <p rend="noindent">¿1621-12? (texto II)</p>
              <p rend="noindent">1624-04-23 [fecha aportada por el propio Colmenares al final de su carta] (texto III)</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>
              <hi rend="i">La Circe con otras Rimas y Prosas</hi>, Madrid, En casa de la viuda de Alonso Martin a costa de Alonso Perez, 1624, f. 190-194v. (texto II) BNE R/2280 [<hi rend="i">A</hi>]
              <hi rend="i">Discurso de la nueva poesia</hi> (s.l., s.n., s.a. = textos I y III, aunque también contiene el II) (texto I: f. 8v-13r; texto III: f. 17v-24v) BNE R/24123(1) [<hi rend="i">B</hi>]
              <hi rend="i">Apologia por la nueva poesía</hi> (autógrafo del texto I conservado en la biblioteca del Real Monasterio de El Escorial, sign. 49-II-28 (9º), f. 59r-65v [<hi rend="i">C</hi>]
              <hi rend="i">Colección de las obras sueltas, assi en prosa, como en verso, de D. Frey Lope Felix de Vega Carpio, del habito de san Juan</hi>, tomo I, Madrid, En la Imprenta de don Antonio de Sancha, 1776, p. 342-351 (texto II)</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Texto I: Zarco Cuevas (1925: 28-37), Bergmann (1985: 151-155), Porqueras Mayo (1989: 79-86) y Tubau (2007: 187-221 y 2008: 403-423)</p>
              <p rend="noindent">Texto II: Blecua, en Vega (1983: 1258-1264) y Porqueras Mayo (107-110, tomado de Blecua, en Vega 1983) y Tubau (2007: 187-221 y 2008: 403-423)</p>
              <p rend="noindent">Texto III: Porqueras Mayo (111-119, tomado de Blecua, en Vega 1983) y Tubau (2007: 187-221 y 2008: 403-423)</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell>El texto I responde a la carta de Lope de Vega sobre la «nueva poesía» publicada en 1621 en <hi rend="i">La Filomena</hi> (<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope">1621_censura-lope</ref>) / el texto II responde al texto I / el texto III responde al texto II</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell><ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope">1621_censura-lope</ref></cell>
          </row>
        </table>
             </div>
      -->
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. [Título]</head>
          <div>
            <head>Texto I: Una respuesta, al parecer inesperada, a la censura de la «nueva poesía»
              por Lope de Vega en <hi rend="i">La Filomena</hi> (1621): Diego de Colmenares</head>
            <p>El título que porta el texto I («Respuesta a la censura antecedente») se entiende en
              el contexto de la secuencia de los cuatro textos (<hi rend="i">censura</hi> de Lope en
                <hi rend="i">La Filomena</hi>, de 1621 + respuesta de Colmenares a esa <hi rend="i"
                >censura</hi> + respuesta a la anterior por Lope en <hi rend="i">La Circe</hi>, de
              1624 + respuesta a la anterior por Colmenares) que se reunieron en el impreso titulado
                <hi rend="i">Discurso de la nueva poesía</hi> (s.l. s.n. s.a.), probablemente ideado
              y mandado imprimir por el propio Diego de Colmenares, según hipótesis de Xavier Tubau,
              y que es el único testimonio (conservado actualmente en unos pocos ejemplares) que
              tenemos hoy del texto III, puesto que del I poseemos también un manuscrito
                autógrafo<note place="bottom">El volumen habría sido impreso en Segovia, por Diego
                Flamenco, en 1628 (Tubau 2007: 63-71 y 2008: 281-288). Para los ejemplares de ese
                impreso conservados hoy, véase, además de Tubau, Profeti (2002: 392-393). Para el
                autógrafo, véase el listado de las fuentes y el apartado infra “Establecimiento del
                texto”. </note>. El hecho de que la carta de Lope incluida en <hi rend="i">La
                Filomena</hi> (1621) vaya titulada en dicho raro impreso como «Censura de Lope de
              Vega Carpio, impresa en su Filomena año 1621. Sobre la poesía culta» explica el
              escueto título, ya citado, de «Respuesta a la censura antecedente» que encabeza el
              texto I. Debe recordarse que Lope no tituló el suyo como «censura», si
              bien es cierto que emplea el término nada más iniciarlo.</p>
          </div>
          <div>
            <head>Texto II: Respuesta indirecta de Lope a un antagonista fantasma en forma de nueva
              carta a «un señor de estos reinos»</head>
            <p>Se presenta Lope en <hi rend="i">La Circe</hi> (1624) escribiendo de nuevo una
              epístola a un (presunto) «señor de estos reinos», que se supone que es el mismo al que
              remitió la incluida en 1621 en <hi rend="i">La Filomena</hi> (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                >1621_censura-lope</ref>); de nuevo la inserta en una miscelánea entre otras varias
              epístolas, todas en verso, dirigidas a diferentes personajes y sobre diversos asuntos;
              y también de nuevo la incluye seguida de una composición poética ajena (en este caso
              del príncipe de Esquilache) que serviría como modelo poético frente a la «nueva
              poesía», si bien en esta ocasión Lope parece hacerlo <hi rend="i">motu proprio</hi> y
              no por el (supuesto) ruego del «señor de estos reinos», como sucedía en el caso de la
              elegía de Pedro de Medina incluida tras las cuatro cartas impresas en <hi rend="i">La
                Filomena</hi>. Esa epístola de Lope, aunque no se declare en ningún momento, es
              evidente respuesta al texto I, de Diego de Colmenares, de cuya difusión –se supone que
              manuscrita– nada se sabe (solo, lógicamente, que le llegó a Lope). De hecho, en el ya
              mencionado impreso que reúne los cuatro documentos principales de esta polémica,
              titulado <hi rend="i">Discurso de la nueva poesía</hi>, el tercero de ellos lleva el
              título «Respuesta a la carta antecedente [esto es, al texto I de los aquí editados,
              obra de Colmenares], de Lope de Vega Carpio. Impressa en la Circe. Año de 1624».</p>
          </div>
          <div>
            <head>Texto III: Colmenares no se rinde</head>
            <p rend="noindent">Nueva (y última) respuesta a la carta de Lope en <hi rend="i">La
                Circe</hi>. Es el cuarto documento recogido en el citado impreso titulado <hi
                rend="i">Discurso de la nueva poesía</hi>.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>2. [Autor]</head>
          <div>
            <head>Diego de Colmenares (textos I y III) <lb/>El gran poeta madrileño desafiado por un
              erudito de provincias muy aficionado a la poesía</head>
            <p>La identidad del autor de los textos I y III, Diego de Colmenares, no ofrece dudas,
              puesto que él mismo los firma. De este erudito, hoy conocido especialmente por haber
              escrito una historia de su ciudad, Segovia, la cual declaraba estar preparando ya en
              tiempos de esta polémica con Lope, se sabe que nació en 1586 y que cursó sus estudios
              universitarios en Salamanca, donde se graduó como bachiller en cánones en 1606 y se
              licenció en teología cuatro años más tarde<note place="bottom">Tomo todos los datos
                sobre Colmenares de Tubau (2007: 36-40 y 2008: 252-256; puede verse también al
                respecto Contreras 2012). Del mismo modo que en mi edición de la carta de Lope en
                  <hi rend="i">La Filomena</hi> (1621) sobre la «nueva poesía», ese excelente y
                completo estudio de Xavier Tubau sobre la polémica entre Lope y Colmenares
                (publicado <hi rend="i">online</hi> como segunda parte de su tesis doctoral de 2008
                y, curiosamente, antes, en 2007, como monografía en papel, razón por la que ofrezco
                siempre una doble referencia) puede y debe ser complemento de la presente, pues lo
                he tenido muy en cuenta en todo momento.</note>. Se ordenó sacerdote y fue párroco
              de san Juan de los Caballeros<note place="bottom">Bella iglesia románica, hoy dedicada
                a museo del artista Daniel Zuloaga y que se ubica precisamente en la plaza llamada
                «de Colmenares».</note> en Segovia, ciudad en la que residiría, sin cesar en ese
              curato, ya hasta su muerte, acaecida en 1651. Durante esos largos años de apacible
              vida provinciana, Diego de Colmenares se dedicó a diversas actividades intelectuales,
              y en especial a las investigaciones históricas, que centró sobre todo, como antes
              señalaba, en su propia ciudad natal. La <hi rend="i">Historia de la insigne ciudad de
                Segovia y Conpendio de las historias de Castilla</hi>, publicada a su costa en
              Segovia, 1637, había sido comenzada, según el propio Colmenares, en 1620, un año
              antes, por tanto, de la publicación de <hi rend="i">La Filomena</hi> de Lope. Consta
              que el erudito segoviano publicó también una breve biografía de fray Domingo de Soto y
              una edición, igualmente a su costa, de la por entonces muy célebre y muy leída novela
              en latín <hi rend="i">Argenis</hi> (Segovia: Gregorio Morillo, 1632), escrita por John
              Barclay en 1621. Posteriormente, como otros muchos eruditos de su tiempo interesados
              en historia local, se dedicó a investigar y a difundir datos sobre la prosapia de
              nobles familias de su ciudad, desde su condición de cronista de ella. Curiosamente,
              basándose en esa incansable tarea historiográfica, compartió con Lope de Vega la
              aspiración a ser nombrado cronista real, cargo que no obtuvo tras presentar su
              candidatura en 1641.</p>
            <p>A lo largo de su vida logró reunir una relativamente rica biblioteca, que lo fue aún
              más tras haberla fusionado con la de su hermano Francisco de Colmenares, también
              bachiller en cánones por Salamanca y fallecido en 1627: en esta última consta que
              figuraban sendos ejemplares de <hi rend="i">La Filomena</hi> y de <hi rend="i">La
                Circe</hi> de Lope de Vega<note place="bottom">Véase Tubau (2007: 39 y 2008: 255).
                Jaime Galbarro me apunta amablemente que Colmenares poseía un ejemplar de las <hi
                  rend="i">Lecciones solemnes a las obras de Don Luis de Gongora y Argote</hi>... de
                Ioseph Pellicer de Salas y Touar (Madrid: en la Imprenta del Reino: a costa de Pedro
                Coello…, 1630): se trata del actual BNE, R/25619 y está digitalizado (con su firma
                bien legible en la portada) en el portal Cervantes virtual: &lt; <ref
                  target="http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcvx0f2"
                  >http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcvx0f2</ref>&gt;. Por otra parte,
                según Profeti (2002: 124 y 195), de Lope de Vega poseía Colmenares, pues quedan
                ejemplares con su <hi rend="i">ex libris</hi>, <hi rend="i">La Filomena</hi> y la
                  <hi rend="i">Justa poética... a San Isidro</hi> (Madrid: por la viuda de Alonso
                Martín, 1620) encuadernados en un volumen, ejemplar de la Biblioteca de Nápoles, B.
                Branc. 136.J.24(2), y el <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi> (Madrid: J. González,
                1630), ejemplar BNE, R/12604.</note>.</p>
            <p>La única relación conocida entre Diego de Colmenares y la polémica gongorina son
              estas dos réplicas a las cartas de Lope de Vega incluidas en las dos misceláneas
              recién citadas. Se sabe que el segoviano tuvo sus veleidades poéticas (véase Tubau
              2007: 36-37 y 2008: 252-253), aunque, al parecer, de escaso fruto tanto en cantidad
              como en calidad; no obstante, ello, unido a cuanto alega en sus réplicas a Lope,
              apunta a un lector asiduo de poesía y muy atento a las novedades en ese ámbito. De
              hecho, ya en el comienzo del texto I afirma haber tenido trato personal con Luis de
              Góngora, al que habría formulado consultas acerca de pasajes de sus grandes poemas que
              le suscitaban dudas: nada indica que Colmenares no sea sincero y que no hubiera
              conocido a Góngora, al fin y al cabo sacerdote (desde 1617) como él y vecino de la
              cercana Madrid, a la que no le costaría mucho allegarse para visitar a tan ilustre
              poeta, seguramente el más grande de aquellos tiempos según su visión. Asegura, en fin,
              que Góngora sí le resolvió, en persona, esas dudas que albergaba. Es de destacar que
              un literato provinciano de modesta notoriedad se atreviese a atacar frontalmente —y
              sin ampararse en el anonimato— a Lope de Vega, por entonces el poeta más famoso y más
              adulado de España. Cabe explicar el hecho como un rasgo de audacia por parte del
              segoviano, que confía en su buen juicio y erudición y tal vez piensa atraerse así el
              favor de Góngora y de sus amigos; quizá se viera estimulado en parte por la fragilidad
              de la posición de Lope, que ya había sido públicamente atacado en otras ocasiones.</p>
          </div>
          <div>
            <head>Lope de Vega (texto III) <lb/>De nuevo, el gran rival de Góngora</head>
            <p rend="noindent">En cuanto a Lope de Vega (indudable autor del texto III), si es
              cierta la hipótesis, planteada en el siguiente epígrafe, acerca de la fecha de
              redacción del texto II (probablemente muy próxima a la del texto I, de Colmenares),
              poco más puede añadirse a lo explicado en la introducción a su carta-«censura» de <hi
                rend="i">La Filomena</hi> (1621) acerca de su posicionamiento, tanto público como
              privado, por entonces ante Góngora y la «nueva poesía»<note place="bottom">Véase <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                  >1621_censura-lope</ref>.</note>.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>3. [Cronología] <lb/>Del otoño de 1621 a la primavera de 1624</head>
          <div>
            <head>Texto I</head>
            <p>Diego de Colmenares data su carta en respuesta a Lope el día 13 de noviembre de 1621.
              Aparecerá publicada, como ya se ha dicho, en el impreso <hi rend="i">Discurso de la
                nueva poesía</hi>, que contiene los cuatro textos principales de esta polémica,
              verosímilmente promovido y financiado por él mismo, y del que no consta lugar ni
              impresor ni fecha, si bien la hipótesis de Tubau es que dicha impresión se verificó en
              1628 (véase más arriba el epígrafe 1 y la nota 1) y, por tanto, siete años después de
              que fuera escrita. Es indudable, por la mera existencia del texto II, que esta carta
              de Colmenares le llegó a Lope (o por vía indirecta o porque aquel, sencillamente, se
              la hiciera llegar por los conductos de correo habituales entonces).</p>
            <p>Considero que hay buena base para sospechar que la réplica de Colmenares tuvo
              suficiente difusión como para haber inquietado bastante al <hi rend="i">Fénix</hi>: si
              el texto del segoviano hubiera llegado a manos de poca gente, poco peligro habría
              supuesto para aquel; pero debió de llegar a las de un número no escaso de
              intelectuales reputados, seguramente de ambos bandos e incluso neutrales, como para
              que Lope decidiera responder públicamente, dando suficientes pistas por las que los
              conocedores del texto de Colmenares supieran sin dudarlo contra quién iban los
              tiros.</p>
            <p>La apuntada podría haber sido una razón suficiente para explicar la reacción de Lope,
              pero, a mi juicio, hay otra, complementaria y probablemente de más peso (quizá de
              mucho más peso), que pudo ser el acicate definitivo que espoleó al escritor madrileño:
              en su réplica, Colmenares, seguramente con toda (mala) intención, había hurgado, como
              veremos, en una herida permanentemente abierta en la entraña del que pretendía ser –o
              al menos pasar por– el mayor ingenio de las letras de su tiempo; esa herida era la
              causada por la acusación-censura de haberse visto obligado a halagar el gusto del <hi
                rend="i">profano vulgo</hi> escribiendo comedias (género literario considerado de
              baja estofa en el mundo literario de la época), y además vendiéndolas (y desde hacía
              poco imprimiéndolas). Y bien sabemos que Lope no necesitaba que lo pincharan mucho
              para salir, y hasta saltar, en defensa de sus obras y, sobre todo, de sí mismo y de su
              estatus como autor literario, que venía laboriosamente construyendo desde hacía ya
              bastantes años.</p>
          </div>
          <div>
            <head>Texto II</head>
            <p>Si tenemos en cuenta solamente la historia editorial del texto de Lope, entre los
              preliminares de <hi rend="i">La Circe</hi> se lee una <hi rend="i">Censura</hi> datada
              a 13 de agosto de 1623, fecha <hi rend="i">ante quem</hi>, por tanto, de esta epístola
              en la que responde Lope a la primera de Colmenares.</p>
            <p>No obstante, en la propia epístola se aporta un dato que puede servir para acotar
              mucho más la fecha en que fue redactada: al anunciar que a continuación de esa carta
              aparece en <hi rend="i">La Circe</hi> una égloga de Francisco de Borja, príncipe de
              Esquilache, Lope apunta que tal noble es «virrey ahora del Perú». Ese importante cargo
              fue desempeñado oficialmente por Borja entre 1615 y finales de diciembre de 1621, con
              lo que, si tenemos en cuenta que Colmenares fechó su carta-respuesta a la «censura» de
              <hi rend="i">La Filomena</hi> el 13 de noviembre de 1621, y
              contando con un plazo prudencial para que Lope la recibiera, ello quiere decir que
              este habría redactado su respuesta en un periodo de tiempo bastante breve: poco más de
              un mes. Es cierto que el texto, con su despliegue de argumentos y de erudición,
              invitaría en principio a pensar en una redacción más detenida. Pero conociendo
              mínimamente tanto la personalidad de Lope (es decir, su orgullo y su tendencia a
              picarse al menor estímulo) como su capacidad de trabajo y la facilidad con que,
              tirando de «colectáneas y polianteas» (y en esto tiene Colmenares toda la razón cuando
              se lo echa en cara en su posterior respuesta), era capaz de enjaretar en tiempo <hi
                rend="i">record</hi>, que diríamos hoy, una docena de dedicatorias de comedias,
              plagadas de citas eruditas, y media docena de epístolas (en prosa o verso) no menos
              «autorizadas», la posibilidad de que escribiera este texto en tan poco tiempo me
              parece del todo verosímil. Tubau (2007: 46-50 y 2008: 263-268), basándose en que no
              terminan de ser claras las informaciones que se tienen acerca de cuándo se produjo el
              regreso efectivo de Borja a España –quien además no volvió, al parecer, directamente a
              Madrid, sino que pasó una temporada en sus posesiones valencianas–, prolonga las
              posibilidades de redacción de la epístola hasta el mes de marzo o abril de 1622; e
              incluso contempla, aunque la descarte, la posibilidad de que la afirmación de Lope
              sobre el virreinato vigente de Borja pudiera ser una «superchería» y que la fecha
              fuera posterior a esa última indicada. Señala este estudioso –y opino que con razón–
              que, en todo caso, «la utilización de Esquilache como modelo poético enfrentado a la
              poesía de los imitadores de Góngora la emprende Lope presumiblemente cuando sabe de su
              vuelta, es decir, cuando los elogios que le prodiga podrán redundar en la defensa de
              su propia poética y de su prestigio literario por medio de la intercesión directa del
              Príncipe en los ambientes cortesanos»; es decir, que en Lope habría «un propósito bien
              calculado de halagar al recién llegado y servirse de su influencia en la corte».</p>
          </div>
          <div>
            <head>Texto III</head>
            <p>Diego de Colmenares data su carta en respuesta a Lope el día 23 de abril de 1624 (y
              se publicará en el ya citado raro impreso que Tubau fecha en 1628). Esa fecha de
              redacción deja claro que Colmenares no supo de la segunda carta de Lope, la de <hi
                rend="i">La Circe</hi>, hasta que la leyó impresa en este volumen misceláneo. Si se
              había lanzado, de manera supuestamente espontánea, a replicar en 1621 a Lope de Vega
              cuando este publicó en <hi rend="i">La Filomena</hi> su «censura» de la poesía
              gongorina, es claro que no habría podido guardar silencio después de leer la
              contrarréplica recibida del mismo Lope tres años después, máxime cuando en ella lo
              respondía evidentemente a él, aunque en ningún momento se reconozca. Difundida la
              segunda miscelánea lopesca en los primeros meses de 1624, parece ser que Colmenares
              puso manos a la obra de inmediato, pues ya bien entrado el mes de abril tenía ultimada
              la respuesta, «por sus mismos puntos», al texto del Fénix.</p>
            <p>Es de suponer que Colmenares actuaría del mismo modo que con su primera carta,
              tratando de difundirla y, sobre todo, de hacérsela llegar a Lope, para luego quedar a
              la expectativa de una posible nueva respuesta por parte de este, tal vez incluida en
              una obra semejante a <hi rend="i">La Filomena</hi> y <hi rend="i">La Circe</hi>. Pero
              ni esa nueva obra miscelánea ni esa respuesta llegaban, ni, que se sepa, llegarían
              nunca (es de suponer que Lope recibiría esta segunda carta del segoviano, aunque no
              hay datos que lo confirmen al no haber habido respuesta). Es aceptable pensar que
              Colmenares, viendo que habían pasado tres años entre la publicación de las dos
              misceláneas lopescas, esperara durante un periodo de tiempo equivalente a ver si
              llegaba la respuesta. Al no producirse, habría optado en 1628 por promover un volumen
              impreso que recogiera los cuatro textos de la polémica para no quedar, al fin, en
              desventaja, pues las dos cartas de Lope corrían de molde desde hacía siete y cuatro
              años respectivamente, mientras que sus cartas solo habían corrido manuscritas. Además,
              el fallecimiento en 1627 de quien era el principal objeto de disputa en este
              intercambio de epistolares golpes, Luis de Góngora, pudo haber inducido a Colmenares a
              aprovechar el interés general para conferirle mayor eco y realce al opúsculo y, por
              qué no, para homenajear póstumamente a su ídolo.</p>
            <p>Si Lope terminaba su «censura» de 1621 hablando del ajedrez, podemos aprovecharlo
              aquí para concluir que la partida quedó, al parecer, en tablas. Un par de años
              después, en un ejercicio (sincero o no) de <hi rend="i">fair play</hi>, el Fénix
              reservará un hueco en su <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi> (1630) para el elogio
              (bastante anodino, como tantos otros allí) del erudito segoviano (silva IV, v.
                125-133)<note place="bottom">«Al docto Colmenares, donde habitan / como en sus
                dulces cárceles inclusas, / que al aurora los prados solicitan, / ejércitos de
                letras y de musas, / pues sus estudios en el fruto imitan / partos de tantas flores,
                / estímele su patria y rinda honores, / porque la copia que en sus versos veo / no
                la tuvo jamás el campo hibleo».</note>.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>4. [Estructura]</head>
          <div>
            <head>Texto I <lb/>Diego de Colmenares y la «devolución» de la poesía a la
              poética</head>
            <p>Diego de Colmenares, erudito segoviano cuya fama por aquel entonces, si es que la
              tenía, no sabemos qué ámbito alcanzaba más allá del local (y aun en este no debía de
              ser mucha todavía), decide escribir una epístola, relativamente breve, para contestar
              a la incluida por Lope en <hi rend="i">La Filomena</hi> como «censura» de Góngora y la
              poesía gongorina. En ella afirma Colmenares haber tenido trato directo con el poeta
              cordobés y admirar profundamente sus poemas pese a reconocer no entenderlos del todo:
              por eso, dice, acudió a su autor para que le aclarara algunos aspectos de dichos
              poemas. Una vez aclarados, afirma el segoviano que se dio cuenta de que el problema lo
              tenía él mismo, por su ignorancia, y no los poemas, por su supuesta oscuridad: antes
              al contrario, eran textos tan serios y profundos, que era lógico que no fueran
              entendidos por cualquiera.</p>
            <p>Y eso lo conecta con el argumento sobre el que va a fundamentar principalmente su
              defensa: Lope, a quien con probable ironía se dirige Colmenares como al «padre de la
              profesión poética», ha aplicado en su juicio de los poemas de Góngora criterios
              propios y exclusivos de la retórica, cuando deberían juzgarse desde los de la poética.
              Comienza, pues, negando la pertinencia del primer pasaje de una autoridad clásica que
              trae Lope a colación en su «censura» de 1621: el procedente de Aulo Gelio (<hi
                rend="i">Noches Áticas</hi>, XI, 7) en el que se afea el empleo de palabras
              desusadas y peregrinas. Colmenares aduce que lo que ahí se critica es su uso por parte
              de oradores (por un «abogado», dice el segoviano), los cuales no deben «inventar
              vocablos ni frases, ni usar de los poéticos», sino solo intentar «persuadir con fuerza
              de razones vehementes». Por eso, le dice a Lope que todo cuanto este alegaba tomándolo
              de Quintiliano, «maestro siempre de oradores, no de poetas», y aun otros pasajes
              nuevos de la <hi rend="i">Institutio Oratoria</hi> que él mismo aporta aquí, sirven en
              realidad para apoyar su tesis en esta réplica, puesto que el gran rétor hispano deja
              bien claro que sus preceptos no rigen para los poetas, a los que, por tanto, no se
              puede juzgar según su mayor o menor respeto a reglas que atañen exclusivamente a la
                retórica<note place="bottom">Como muy bien explica Tubau (2007: 121-125 y 2008:
                339-343), esa postura de Lope, lejos de ser algo ni aislado ni extravagante, era
                «una práctica perfectamente documentable en los tratados y textos sobre poesía
                contemporáneos», puesto que «el fundamento de la crítica literaria en los principios
                de la retórica obedecía a una interpretación de la misma en términos de una teoría
                general sobre las formas del discurso».</note>. El segoviano remacha su
              argumentación con sendos pasajes de Cicerón y de «los <hi rend="i">Retóricos</hi>» de
              Benito Arias Montano, a los que añade al fin, como para ir dando ejemplo a Lope, la
              primera <hi rend="i">sententia</hi> procedente de una «poética», la de Horacio <hi
                rend="i">ad Pisones</hi>, tan sutil y astutamente eludida (aunque aludida) por aquel
              en su «censura»: es el verso en el que se afirma la capacidad y licencia de renovar el
              lenguaje que siempre se ha concedido a los poetas.</p>
            <p>En esa «censura» de 1621 Lope remitía al «señor de estos reinos» al <hi rend="i">De
                doctrina Christiana</hi> de san Agustín por si quería informarse «de las cosas
              oscuras y ambiguas, y cuánto se deben huir», añadiendo que «su opinión [la del santo]
              ninguno será tan atrevido que la contradiga». Colmenares recoge el guante y ensarta
              unos cuantos lugares del célebre tratado del obispo africano, insistiendo en la misma
              idea que antes respecto a Gelio, Quintiliano y Cicerón: que Agustín deja bien claro
              desde el principio que «no pretende hacer aun retóricos, cuanto más poetas, sino
              discípulos de la verdadera sabiduría» y, que, por ende, su defensa de la claridad va
              encaminada a que los <hi rend="i">pietatis doctores</hi>, en sus labores catequéticas
              y de púlpito, procuren hacerse entender al máximo por todo el pueblo en su conjunto, y
              no solo por los más cultos; algo que, como insiste Colmenares y explicará más
              adelante, muy poco tiene que ver con la poesía y los poetas.</p>
            <p>Para la que podemos considerar segunda sección de su réplica a la «censura» lopiana,
              Colmenares va a tomar pie en otro verso procedente de la <hi rend="i">Ars poetica</hi>
              horaciana: el célebre que afirma que los poetas, para serlo, tienen vetado humana y
              divinamente ser mediocres. Y si ellos no pueden serlo, eso quiere decir que tampoco
              puede serlo su estilo. El segoviano lo conecta directamente con un fragmento de la
              otra gran <hi rend="i">Poética</hi> antigua, la de Aristóteles: se trata del que es,
              seguramente, el pasaje de ese texto más citado en toda esta polémica gongorina y en el
              que el estagirita señala que la poesía que emplea palabras comunes y conocidas será,
              sí, muy clara, pero humilde, mientras que la que recurra a términos escogidos y poco
              usados será la más elevada, venerable y lejana de lo vulgar. La verdad es que
              Colmenares (como criticará Quevedo unos años después en los preliminares a la poesía
              de fray Luis de León) no «descansa la lección» en ese punto y reconoce que
              Aristóteles, a continuación, «echaba la cortapisa» de que ese elevado componente de
              adorno verbal y de usos lingüísticos poco comunes no supusiera incurrir en enigmas ni
              barbarismos (y, por tanto, en oscuridad y atentados contra la gramática de la lengua
              en que se escribe)<note place="bottom">Para una exégesis de ese pasaje aplicada a las
                críticas y parodias contra la poesía gongorina (en especial las de Quevedo), puede
                verse García-Conde (2005: 121-123).</note>. A continuación, niega que Góngora haya
              caído en tal defecto, como dice que Lope le achaca, y defiende que su estilo no se
              caracteriza por los pleonasmos y las anfibologías, «vicios» cuya presencia no reconoce
              en los poemas del cordobés.</p>
            <p>Afronta Colmenares después la cuestión de las «trasposiciones» (o hipérbatos), el
              elemento de la poesía de Góngora que Lope más afeaba en su «censura», y trata de
              defenderlas con tres argumentos: el primero es que se trata de un «tropo particular de
              los poetas»; el segundo, que hay infinidad de ejemplos de él en todos los grandes
              autores (cita ejemplos de Virgilio y Horacio); y el tercero, que es algo relativamente
              habitual incluso en la «frasi común» latina (lo que, en realidad, parece contradecir
              la idea que domina toda esta argumentación de Colmenares y que sintetiza poco después
              en un axioma de raigambre aristotélica: si la poesía pide «estilo realzado sobre
              todos», por tanto –habría que decirle a Colmenares–, no debería abusar de algo que
              pertenece a la «frasi común» latina, cosa, por otra parte, más que discutible…).</p>
            <p>En la tercera sección de su carta, Colmenares va a conectar hábilmente lo anterior
              con una idea que irá transformando su discurso de manera muy sutil desde una defensa
              de Góngora a un ataque a Lope. Para ello, se basa en otro verso, el tercero ya, de la
                <hi rend="i">Arte poética</hi> de Horacio: en él se establece que a cada género
              literario le corresponde un lenguaje según su rango y valor, y que, por tanto, el
              poeta debe guardar el consabido <hi rend="i">decus</hi> a la hora de emplear ese
              lenguaje. En primer lugar, establece que a la historia le corresponde el estilo
              «llano», a la retórica el «vehemente» y a la poesía –insiste– el «realzado», para en
              seguida aportar testimonios de autoridades clásicas en el sentido de que incluso las
              dos primeras, la historia y la retórica, piden una elevación de estilo para no
              mostrarse pedestres. Y si eso sucede con esos géneros, ¿qué no podrá permitirse a la
              poesía, que no puede ser considerada tal si no alcanza cotas estilísticas sublimes,
              pues es nada menos que una disciplina «nacida entre los dioses y dedicada a ellos»? Es
              en este punto de su carta donde el segoviano empieza a contraponer una concepción que
              podríamos considerar elitista de la poesía y del poeta con el menoscabo que sufre por
              parte del ignorante y envidioso vulgo, que no la entiende, y su prostitución por parte
              de aquellos sedicentes poetas que la rebajan (o sea, que la hacen menos oscura) con el
              objetivo de halagar el gusto de aquel y ganarse una fama tan amplia como de escaso
              valor; son, por ello, los verdaderos culpables de las burlas del vulgo hacia la poesía
              y los poetas. Colmenares recuerda la alta estima en que el poder tenía a la profesión
              poética en la Antigüedad, al contrario que en su época, hecho que atribuye en buena
              parte a las acres y tristes disputas entre poetas, las cuales les granjean una muy
              mala reputación tanto entre los gobernantes como entre el vulgo; y ello, afirma
              Colmenares, cuando la poesía en España estaba iniciando nada menos que su
              «restauración» (se entiende que gracias a Góngora y a la «nueva poesía»), un aserto
              que molestará mucho a Lope, como se verá en su contrarréplica en <hi rend="i">La
                Circe</hi> y aun en la respuesta posterior de Colmenares. No puede extrañar, pues,
              que, llegado a este punto, el segoviano eche mano del que puede considerarse uno de
              los lemas de ese «elitismo» poético que proclama: el célebre primer verso del tercer
              libro de las <hi rend="i">Odas</hi> horacianas («Odi profanum vulgus et arceo»), al
              que añade otros en los que el poeta romano expone su idea de que la poesía solo puede
              y debe ser juzgada por competentes expertos en ella.</p>
            <p>Colmenares llega a asimilar el trastrueque del sistema jerárquico de géneros con el
              que provocaría el caos si se produjera en el orden social («¿Qué república, señor,
              medianamente gobernada no diferencia sus estados con distinción de ornato: plebeyo,
              medio y noble?»). Y al fin llega al punto que le interesa y con el que tenía que ser
              muy consciente de que iba a tocar a Lope en uno de sus flancos más débiles desde el
              punto de vista del sistema literario entonces vigente:</p>
            <p/>
            <p>«La comedia, empleo del pueblo, y de su jurisdicción, pues él la paga, como vuestra
              merced cuerdamente dijo, siga su intento y acomódese con su llaneza, necesaria al
              oyente, no al lector, que puede (y es justo) detenerse a considerar lo que no
              entendiere de vuelo. Mas al lírico, al trágico y al heroico gran desdicha sería
              sujetarles al juicio del vulgo».</p>
            <p/>
            <p>Después de remitir al propio Lope, de esa alusiva y seguramente maliciosa manera, a
              su <hi rend="i">Arte nuevo de hacer comedias</hi>, el segoviano carga contra todos los
              poetas que en la tradición literaria, desde las mismas Grecia y Roma, «afectaron
              facilidad y llaneza» para ganarse el popular aplauso. Los singulariza en las figuras
              del poco conocido griego Esténelo (citado por Aristóteles en su <hi rend="i"
                >Poética</hi>) y de Ovidio, que sale muy mal parado en esta carta de Colmenares (y
              mucho peor aún en la siguiente), lo que molestó también grandemente a Lope, como se
              encargará de mostrar en su respuesta al defender con denuedo a su admirado poeta
              romano.</p>
            <p>La cuarta y última sección de la carta de Colmenares, que podría considerarse un
              epílogo conclusivo, se abre, una vez más, con la esperable cita del <hi rend="i">Arte
                poética</hi> horaciana: en este caso, de los versos en los que se establece la
              necesidad de que en el poeta se dé una adecuada combinación de «naturaleza y arte»: la
              primera debe «influir facilidad» y el segundo ha de conferir «disposición y ornato».
              El segoviano indica a continuación que, si no exigiera esa tan difícil y poco
              frecuente combinación, el arte de la poesía estaría abierto a cualquiera y sería un
              ejercicio trivial: antes al contrario, «se compone un poeta de tantas y tan altas
              partes, que quieren decir que ningún siglo produce más de uno, aunque el presente ha
              producido tantos millares de versistas». Remacha Colmenares esta cuarta y última
              sección de su carta con sendas citas de Aristóteles, significativamente tomadas de la
                <hi rend="i">Poética</hi> y de la <hi rend="i">Retórica</hi>, que coinciden en
              señalar que lo que se permite al poeta, y lo caracteriza, son las desviaciones de la
              norma lingüística habitual y común, con las cuales logra un admirable efecto estético
              no alcanzable por ninguna otra actividad del intelecto.</p>
            <p>Se despide el erudito segoviano con un párrafo, mucho más retórico que poético, en el
              que proclama una devoción tan rendida hacia Lope, que al lector que haya leído
              detenidamente la carta ha de parecerle, por fuerza, muy sospechosa de insinceridad
              rebozada de ironía.</p>
          </div>
          <div>
            <head>Texto II <lb/>La respuesta de Lope a un «fantasma» en <hi rend="i">La
              Circe</hi></head>
            <p>No queda claro qué difusión logró dar Colmenares a su texto, aunque es probable que
              aquella fuera relativamente amplia y que este llegara a las manos de algunos miembros
              de los dos bandos, el gongorino y el antigongorino<note place="bottom">Por ejemplo,
                Montero (2008: 196-197), a propósito de la polémica que entonces mantenía también
                Lope con Juan de Jáuregui, afirma que es bastante probable que este conociera los
                textos del erudito segoviano. No obstante, es cierto que resulta muy extraño «el
                silencio sobre las dos respuestas de Colmenares en las listas de personajes que
                habían defendido a Góngora», lo que «invita a pensar que tanto una como otra [de las
                cartas de Colmenares] circularon solamente entre los amigos de Lope» (Tubau 2007:
                138 y 2008: 357).</note>. Lo que es seguro es que la epístola del segoviano llegó,
              seguramente en forma de carta expedida por los conductos de correo habituales en la
              época, al propio Lope, quien la juzgó suficientemente merecedora de respuesta como
              para dedicarle, sin reconocerlo en ningún momento, otra epístola en su siguiente
              miscelánea, <hi rend="i">La Circe</hi>, de 1624.</p>
            <p>En efecto, Lope, de una manera un tanto malévola y torticera, decidió que su rival no
              habría de ganar nombre ni renombre por el hecho de que él lo mencionara en uno de sus
              textos. Por ello, la lectura de la nueva carta tuvo que ser recibida con bastante
              perplejidad por los lectores ajenos a esta trama, quienes serían la inmensa mayoría y
              quienes solo tras una atenta lectura deducirían que el texto que tenían ante sí era
              «la respuesta indirecta del escritor a los ataques recibidos por parte de un
              desconocido» (Tubau 2007: 138 y 2008: 357). Así, Lope se esfuerza desde el inicio en
              presentar a su innominado rival como un quídam que no ha tratado más que de «hacer
              ostentación de sí mismo para ser conocido» atacando a una figura consagrada del
              panorama literario e intelectual –o sea, a él mismo–. Y ello tras haber iniciado su
              contrarréplica echándole en cara a ese adversario «fantasma» ser un mero teórico de la
              poesía sin ningún dominio de la práctica poética (y, por ende, sin derecho a juzgar
              esta) y que además reconoce no haber entendido algunos aspectos de la poesía
              gongorina, por él defendida; esa es, de hecho, la primera alusión a Colmenares que
              percibiría el lector que estuviera al tanto de todo el asunto (y que desconcertaría
              enormemente al que no lo estuviera): «y más de quien confiesa que no entiende lo que
              defiende, que para eso mejor fuera remitirse a las manos que a la pluma». Lope
              reconoce que un teórico puede estar por encima de los prácticos y darles lecciones, si
              estos son en realidad malos poetas («si les faltase el arte»), pero jamás puede
              imponerse con su opinión «a la de tantos tan excelentes hombres»<note place="bottom"
                >«Entre los cuales –dice Tubau (2007: 149 y 2008: 370)– cabe imaginar al mismo
                Aristóteles, Horacio, Cicerón o Quintiliano».</note>.</p>
            <p>Acusa después Lope a su rival de lo mismo que este lo acusaba a él: esto es, de
              «desviar del verdadero sentido los lugares» de autores clásicos que alega, como
              sucedería con el pasaje del <hi rend="i">Brutus</hi> de Cicerón, que no puede
              aducirse, según Lope, para defender de ningún modo la oscuridad de un texto (las
              «tinieblas del estilo»), sea discurso, sea poema.</p>
            <p>Continúa Lope, defendiendo que la poesía es parte de la «filosofía racional» y
              definiendo cuál es el «objeto» de aquella y en qué consiste el «oficio» del poeta; se
              basa para ello, sin declararlo aún y como luego veremos, en ideas del ferrarés fray
              Girolamo Savonarola, y sigue haciéndolo cuando defiende que el verso no es algo
              consustancial a la poesía e imprescindible para crearla: cita como ejemplo algunas
              obras clásicas y modernas, como «las prosas del Sannazaro» (es decir, las que
              integran, junto con las églogas en verso, la apreciadísima <hi rend="i"
              >Arcadia</hi>).</p>
            <p>Pasa, al fin, Lope a responder a la que era principal objeción de Colmenares en su
              carta, y emplea el argumento de que tanto al poeta como al historiador les tocan las
              mismas obligaciones, salvo respecto a la verdad de lo que cuentan (célebre distinción
              aristotélica) y, sobre todo, el de que los tratados sobre retórica están llenos de
              ejemplos tomados tanto de oradores como de poetas para ejemplificar las figuras, como
              la prosopopeya y la aposiopesis, que serían comunes a ambas artes. Pero incluso para
              los recursos que pueden considerarse esencialmente retóricos, como la inducción y el
              entimema (modos de razonamiento y argumentación), es habitual –sigue aduciendo Lope–
              que los tratadistas los ejemplifiquen también con poetas.</p>
            <p>Al hilo de ello, Lope va a plantear una cuestión muy grave y muy delicada que en
              realidad subyace a toda esta polémica gongorina (y esta no es acotación de Lope, sino
              de quien suscribe estas líneas): cuál es la ubicación de la poética, si es que la
              tiene, en el tradicional sistema de las artes liberales, y concretamente, claro está,
              entre las del <hi rend="i">trivium</hi>. Afirma el Fénix que dichas artes –gramática,
              lógica y retórica– tienen como objetivo</p>
            <p/>
            <p>«el conocimiento del razonar, pues la gramática considera el hablar concertado o
              bárbaro; la lógica el verdadero o falso; y la retórica el pulido o tosco; de suerte
              que las artes son para una de tres cosas: o para obrar o para hablar o para
              deleitar».</p>
            <p/>
            <p>Lope parece tener como objetivo despojar a la poesía de esa especie de aura sagrada
              con la que la presentaba Colmenares en su carta, y que prácticamente le otorgaba una
              especie de soberanía sobre el resto de las disciplinas (como la historia y la
              retórica), si bien es cierto que el segoviano parecía circunscribirlo a la jerarquía
              de los géneros literarios, y no, al menos de manera explícita, al sistema de las
              artes. En todo caso, Lope, por medio de preguntas retóricas y unos a modo de
              silogismos, trata de reducir la poética a dicho sistema, argumentado, de una manera
              bastante atropellada y confusa<note place="bottom">A tal punto, que llega a afirmar
                Tubau (2007: 145 y 2008: 365): «Por la naturaleza heterogénea de los elementos
                reunidos es probable que Lope estuviera citando directamente de una fuente donde se
                encontraban mejor desarrolladas estas consideraciones».</note>, que la poesía tendrá
              que tener como objetivo alguno de los que son propios de las artes que le son
              próximas: esto es, o «deleitar» como la gramática (se entiende que con los <hi
                rend="i">verba</hi>) y la música (quizá entendida aquí sobre todo como métrica y
              rítmica) o «hablar» como la lógica y la retórica (se entiende que comunicando una <hi
                rend="i">res</hi>). En cualquier caso, Lope busca afirmar, y así lo hace, el primado
              de la filosofía como «arte de las artes, que es lo mismo que decir el fundamento»,
              desposeyendo de él a la poesía, la cual estaría al servicio de aquella por ser una de
              sus partes, tal como ya afirmó casi al principio de la carta.</p>
            <p>Tras establecer que lo que afirma no admite controversia, declara Lope al «señor de
              estos reinos» que su intención ha sido solamente hacerle partícipe de lo que él llama
              un «papel», que no es otro, aunque así no lo indique, que la réplica de Colmenares; y
              en un arranque de suficiencia y de paternalismo un tanto chulesco, le pide a dicho
              señor que no se tome a mal (como si él mismo no hiciera mucho caso de ellas: ¡gran
              mentira!) las referencias despectivas a su propia obra contenidas en el citado papel,
              y en especial aquellas en que su autor –Colmenares, recordemos– lo «remite al gusto
              del pueblo, que paga versos que entiende». Lope lo opone a la actitud de ese no
              nombrado rival, que, justo al contrario, dice gustar de versos que no entiende y cuyo
              sentido tiene que ir a que se lo aclare su autor: el, una vez más, no nombrado
              Góngora, al que Lope aprovecha para cubrir de elogios junto con los consabidos
              contrapuntos que los rebajan de manera bastante maliciosa: si sus aficionados
              confiesan que no lo entienden, su poesía, cuando él muera, quedará perdida, pues no
              podrán acudir a él para que se la aclare.</p>
            <p>Asume Lope a continuación la defensa de Ovidio (que no es otra que la suya propia),
              al que Colmenares presentaba en su «papel» como ejemplo de poeta que, al escribir una
              poesía «de línea clara», se había rebajado a halagar los gustos del vulgo persiguiendo
              un prestigio tan amplio como de escaso valor. Obedeciendo al tópico de <hi rend="i">ut
                pictura poesis</hi>, se comparan después los versos de la «nueva poesía», aún muy
              pocos en comparación con los escritos siguiendo el estilo «antiguo», con las
              extravagancias pictóricas del Bosco, y también con oscuros textos poéticos de la Roma
              arcaica. Insiste también Lope, si bien de pasada, en la «relatinización» del
              castellano que trae consigo la «nueva poesía», en un proceso que se presenta (y este
              era uno de los argumentos más recurrentes en el bando antigongorino) como un menoscabo
              y no como un enriquecimiento de esa lengua (que es lo que era en realidad, dicho sea
              de paso, como se ha demostrado con el paso del tiempo).</p>
            <p>Trata Lope de desautorizar la totalidad de la carta de Colmenares afirmando que, en
              realidad, ni siquiera contradice a la suya de <hi rend="i">La Filomena</hi> (que
              solamente alude y de la que reproduce <hi rend="i">ad pedem litterae</hi> dos breves
              pasajes), sino que no hace más que insistir en los mismos argumentos que él emplea,
              aunque no parezca así. En esos pasajes en los que Lope se autocita (y, a los que, por
              lo demás, no parecía conceder especial relevancia en su «censura» de 1621), establece
              que la «locución» y la «sentencia» deben ser proporcionalmente elevadas, de modo que
              cada una confiera lustre a la otra (o sea, el horaciano equilibrio entre <hi rend="i"
                >verba</hi> y <hi rend="i">res</hi>), así como que en lo que atañe al no menos
              horaciano <hi rend="i">delectare</hi> tiene que lograrse un término medio entre el
              «ornamento» y la «dulzura», de modo que no haya ni exceso ni defecto de ninguno de los
              dos.</p>
            <p>En conexión con ello, la última respuesta de Lope antes del epílogo atañe al
              controvertido pasaje de san Agustín en el <hi rend="i">De doctrina Christiana</hi>,
              sobre el que Colmenares argumentaba que no podía aplicarse a los poetas, pues el
              obispo africano no se ocupaba para nada de ellos allí. Lope alega que dicho pasaje,
              independientemente de a quién vaya dirigido, es un alegato a favor de la claridad en
              el que se establece la exigencia de evitar «todo género de oscuridad y ambigüedad» en
              cualquier acto comunicativo, y se defiende afirmando que él no lo había traído a
              colación porque en él se hiciera referencia a los poetas, sino por esa idea general,
              que debe presidir el ejercicio de la escritura.</p>
            <p>Concluye (casi) Lope diciéndole al «señor de estos reinos» que, en su opinión, ese
              rival inesperado no había pretendido otra cosa, como se indicaba al principio, que
              darse a conocer a cualquier precio y de cualquier manera divulgando una réplica contra
              un autor de reconocido prestigio, y lo compara con el ignoto Rávido, al que Catulo
              zahería en uno de sus poemas porque lo atacaba solo para hacerse conocido entre el
              vulgo.</p>
            <p>Si en la correspondencia recogida en 1621 en <hi rend="i">La Filomena</hi> era el
              «señor de estos reinos» el que solicitaba a Lope un poema que sirviera como modelo del
              estilo poético que este defendía y preconizaba, ahora es el escritor madrileño el que
              se adelanta a proponer uno del Príncipe de Esquilache: en concreto, una égloga que, de
              hecho, se imprimirá en <hi rend="i">La Circe</hi> a continuación de esta carta. Antes
              de cantarle al «señor» las alabanzas de ese poema, Lope acusa recibo de otra de las
              críticas de Colmenares en su réplica: los ataques entre poetas, que afeaban la
              profesión y ocasionaban que el vulgo hiciera mofa de ella. El Fénix alega orgulloso
              que él ha prodigado en sus obras elogios a muchos poetas (como ellos se los han
              dedicado a él), y desliza malicioso el hecho de que no ha podido hacer lo propio con
              su rival «por no le haber conocido»<note place="bottom">No me parece muy verosímil que 
              Colmenares hubiera enviado su carta a Lope sin firmarla, aunque tampoco puede descartarse
              del todo.</note>. Remacha su argumentación recordando que los
              piques entre escritores, como demuestran las burlas sobre Sócrates en algunas comedias
              de Aristófanes, se remontan a la más clásica y venerable antigüedad.</p>
            <p>Cierra (ahora ya sí) Lope su carta con encendidas alabanzas a la antedicha égloga de
              Esquilache incitando al «señor de estos reinos» a leerla para que disfrute de su
              «claridad castellana», su «hermosa exornación» y «su estilo tan levantado con la
              propia verdad de nuestra lengua»: no (se sobrentiende) como los secuaces de la «nueva
              poesía», a los que ni se digna nombrar (y menos a su «líder», Góngora), sino que los
              alude por medio de sus rechazables usos literarios: «sin andar a buscar para cada
              verso tantas metáforas de metáforas, gastando en los afeites lo que falta de facciones
              y enflaqueciendo el alma con el peso de tan excesivo cuerpo».</p>
            <p>Y pone Lope el punto final con su ya entonces inveterada costumbre de «tirar la
              piedra y esconder la mano», aludiendo a cierto «poeta insigne» que habría perdido toda
              su hasta entonces merecida prez por haberse convertido en tránsfuga al
              «culteranismo».</p>
          </div>
          <div>
            <head>Texto III <lb/>Colmenares contraataca: más defensa de la poesía y más pullas
              contra Lope</head>
            <p>Sin alcanzar gran extensión, es este el documento más largo de los cuatro principales
              que conforman esta contienda literaria (incluyo, claro está, la «censura» de Lope en
                <hi rend="i">La Filomena</hi>); sin embargo, esa mayor longitud se debe, no a que se
              expongan y desarrollen, en torno a la polémica aquí ventilada, muchas ideas nuevas
              respecto a los documentos anteriores o a que se profundice mucho más en las ya
              expuestas en ellos, sino sobre todo a que Colmenares, bastante picado –como lo estaba
              Lope, quien parece que lo había atacado en al menos un poema difundido en manuscrito
              entre la publicación de <hi rend="i">La Filomena</hi> y la de <hi rend="i">La
                Circe</hi>, y luego impreso en esta (véase aquí luego y la nota 172 a esta segunda
              carta de Colmenares)–, trata, por un lado, de demostrarle aún más a este su erudición
              acumulando citas, y por otro, de incomodarlo insistiendo en cuestiones delicadas que
              sabía que lo mortificaban, como la de la escritura y venta de comedias, y el haberse
              vendido por el ínfimo precio del aplauso vulgar. Prueba de lo primero es la larga,
              pedante y poco pertinente digresión acerca de los términos latinos <hi rend="i"
                >scirpus</hi> y <hi rend="i">scrupus</hi>, motivada por un empleo del primero de
              ellos que Lope había hecho casi a vuelapluma en su «censura» incluida en <hi rend="i"
                >La Filomena</hi>. Prueba de lo segundo es la también pedante e impertinente (aunque
              esta lo es bastante menos) que dedica («multiplicando autores» a pesar del «enfado»
              que él mismo reconoce que ello puede causar) a recordar opiniones negativas que la
              facilidad y llaneza de Ovidio venían suscitando desde la antigüedad hasta esos
              tiempos; tal cuestión vuelve a conectarla Colmenares directamente con el hecho de
              rebajar la comedia –hurgando en la herida de Lope, insisto– a género excesivamente
              fácil, llano y concebido para «acomodarse al vulgo», siempre con la mira puesta en
              situarlo en el extremo opuesto al de la poesía verdaderamente «realzada», de la que
              para el segoviano sería claro ejemplo, por más que así no llegue a declararlo
              explícitamente, la gongorina.</p>
            <p>Al ser el último testimonio conocido de este enfrentamiento, es comprensible que en
              él se intensifique más lo personal, tras la acumulación de insinuaciones y censuras
              mutuas en los textos previos, y que se equilibre con lo teórico-literario e incluso lo
              supere. Así, Colmenares empieza acusando el golpe lanzado por Lope al inicio de su
              carta en <hi rend="i">La Circe</hi> cuando este le niega su idoneidad para juzgar la
              poesía por no ser practicante de ella, y, tras una defensa que, por lo demás, no era
              muy difícil, pues el argumento de Lope es evidentemente bastante frágil, el segoviano
              contraataca echándole en cara otra de las censuras que el Fénix solía recibir del
              mundo intelectual y literario de la época: su recurso a la erudición de acarreo que
              proporcionaban las «polianteas y colectáneas comunes», así como el hecho, frecuente en
              él, de acumular citas procedentes de ellas de manera bastante acrítica y
              descontextualizada, y, por tanto, «desviándolas de su verdadero sentido». También le
              afea a Lope sus ya mencionadas «gracietas» contra él mismo en uno de los propios
              poemas impresos en <hi rend="i">La Circe</hi>, en el que, muy significativamente,
              bromea aquel con la condición de «Horacio» que se había arrogado Colmenares en esta
              defensa de Góngora y su poesía. Toda la carta del segoviano, que no era ni mucho menos
              un erudito de tres al cuarto ni un prosista menor, está dominada, a mi juicio, por un
              tono de muy sutil ironía que vela con notable habilidad lo que son constantes pullas a
              Lope, muchas veces aderezadas en forma de elogios que en realidad no lo son, sino todo
              lo contrario<note place="bottom">Así lo ve también Tubau (2007: 158 y n. 131, y 2008:
                378 y n. 131).</note>.</p>
            <p>Una vez asentados esos extremos en lo que podríamos considerar el exordio de la
              carta, Colmenares, que afirma haber escrito una réplica «por sus mismos puntos»,
              comienza ya a entrar en materia; y nunca mejor dicho, porque, habiendo interpretado
              perfectamente el mensaje de Lope en su contrarréplica, señala que este «obliga en su
              papel a que, dejando por asentado el <hi rend="i">cómo</hi> se ha de decir, pasemos a
              tratar lo <hi rend="i">que</hi> se ha de decir» [las cursivas están así marcadas ya en
              el opúsculo en que se imprimió la carta de Colmenares]: es decir, que se trate ya la
              cuestión de la importancia de la materia o <hi rend="i">res</hi> en poesía, dejando a
              un lado la discusión sobre la forma o los <hi rend="i">verba</hi>, que es en lo que
              parecía insistir Lope en su carta de <hi rend="i">La Circe</hi>.</p>
            <p>De acuerdo con ello, afirma Colmenares que la «sustancia» de la poética es la
              «ficción o fábula»<note place="bottom">Sobre esta muy discutible equiparación de <hi
                  rend="i">fabula</hi> con ficción, véanse las excelentes explicaciones de Tubau
                (2007: 150-151 y 2008: 370-372).</note>, y que «poeta en su origen etimológico es el
              que finge o fabrica por sí solo»; eso supone que, al no ser el verso esa esencia de la
              poesía, pueden existir, como afirmaba Lope, textos en prosa que sean verdaderos poemas
              (y cita Colmenares ejemplos tanto antiguos –la indefectible «ficción de Heliodoro»–
              como contemporáneos escritos en castellano). Ahora bien, afirma el segoviano que,
              aunque el estar escritos en verso sea mero accidente y no esencia, no es menos cierto
              que la poesía ha tendido a escribirse «en metro» desde sus primeros cultivadores,
              porque, como «la causa final de esta profesión es enseñar deleitando» (y, al fin, con
              Horacio hemos topado, aunque no se lo nombre), les pareció que «sería más deleitable
              el metro»<note place="bottom">Apunta agudamente Tubau (2007: 152-153 y 2008: 373) la
                duda de «hasta qué punto no identificaba [Colmenares] de manera automática la poesía
                y su ‘estilo realzado’ con el verso y valoraba la prosa desde otros parámetros más
                flexibles».</note>. Y Colmenares se lanza a una en apariencia impertinente síntesis
              de historia de la poesía «en metro», desde los tiempos antiguos hasta los suyos,
              resumiendo un largo proceso en el que se asistió a la extinción de la poesía basada en
              la rima, usada de manera generalizada en los tiempos más primitivos (algo que habría
              afirmado Petrarca y que es tan erróneo que hasta Colmenares duda de ello), a su
              sustitución en las épocas clásicas de Grecia y Roma por la poesía rítmica (o sea, la
              de métrica cuantitativa) y a su recuperación en plena época medieval («por el año
              novecientos de Cristo») habiéndose impuesto hasta los tiempos presentes. Digo que esa
              larga digresión de historia poética es solo en apariencia impertinente porque en ella
              Colmenares desliza, como al desgaire, una afirmación que seguramente tenga mucho
              trasfondo: que el empleo de la rima se había banalizado tanto, que en su tiempo, y en
              el de Lope, no era sino una «invención que tantos juicios ha estragado y tantos
              ingenios nobles ha hecho esclavos, siendo para el vulgo mejor poeta aquel que más
              presto halla consonante a ‘naipe’, ‘muslo’ o ‘cántaro’». Y el trasfondo que puede
              atisbarse tras esa frase es que la poesía rimada venía de hacía tiempo, al menos en
              castellano, exigiendo una renovación que la rescatara de ese «mecanicismo» que la
              había convertido en poco menos que en un mero juego de ingenio; y no precisamente en
              el sentido horaciano de <hi rend="i">ingenium</hi>, sino justo en el sentido
              totalmente contrario: simple cuestión de pedestre dominio del <hi rend="i">ars</hi>.
              Una «nueva poesía», revolucionaria y audaz, lanzada a rimar palabras inusitadas y
              complejas (y no las que cita Colmenares, tan imposibles de «hallarles consonante» como
              vulgares, bajas y propias del gracioso de comedia o del poeta satírico), y a
              disponerlas en un orden no habitual, era lo que podía salvar a la poesía española de
              esa anodina trivialización en que se veía sumida. ¿Y de quién y de dónde podía venir
              esa fórmula salvadora? Pues Colmenares lo dice bien claro en lo que es la culminación,
              perfectamente buscada, de su breve y, como vemos, nada impertinente historia de la
              poesía: de «una sola ciudad de España» que «brotó asombros del Apolo romano, sin haber
              quedado con tantos partos en nada menguada su fecundidad en tantos siglos»; esto es,
              de la misma Córdoba, aunque Colmenares ni siquiera la menciona en la propia epístola
              (ni hacía falta; aunque sí se aclara cuál es en una anotación marginal, al menos en la
              versión impresa), que había dado a los Anneos (Séneca y Lucano, a los que tampoco
              menciona) renovadores del bastante agotado latín postclásico, «barroquizándolo» <hi
                rend="i">avant la lettre</hi>, como estaba haciendo ahora el genial racionero
              cordobés (menos nombrado aún aquí, pues tampoco hacía falta) con la (supuestamente)
              gastada y agostada poesía castellana.</p>
            <p>Recapitulando: para llegar a este punto, recordemos que Colmenares parte de aceptar
              el hecho de que no es necesario que haya verso para que exista poesía (seguramente no
              podía no aceptarlo, teniendo en cuenta que lo afirma Aristóteles en la <hi rend="i"
                >Poética</hi>, que él mismo cita), y ya hemos visto cómo ha ido llevando lenta y muy
              sutilmente el agua a su molino, que no es otro, como siempre, que el horaciano (con el
              ditirambo de Góngora al fondo y al final): la poesía, es cierto, no exige el verso
              como condición <hi rend="i">sine qua non</hi>, pero no es menos cierto que es ese el
              elemento clave del <hi rend="i">delectare</hi>, sin el cual se entiende que no habría
              un eficaz <hi rend="i">prodesse</hi>, como bien han demostrado todos los poetas desde
              antiguo. El hecho de que el verso, una vez fundamentado en la rima, se haya
              banalizado, y se haya hecho de ella un sonsonete trivial y machacón, conlleva la
              exigencia de una radical renovación formal («restauración» sabemos que la llama
              Colmenares), que, curiosamente, como sucedió en la Antigüedad, habría venido de la
              misma ciudad que entonces: Córdoba. <hi rend="i">A buen entendedor…</hi></p>
            <p>Esa táctica de Colmenares consistente en dar la impresión de que cede en sus
              posiciones y que acepta las del rival para luego hacer de su capa un sayo y llevar el
              argumento a un terreno muy diferente (o sea el suyo), se va a ver de nuevo, y mejor
              reflejada aún, en la siguiente sección de su carta.</p>
            <p>Tras aportar una cita de fray Luis de León en la que este supuestamente habría
              censurado a los poetas líricos españoles de su tiempo y anteriores por haber de alguna
              manera perdido el buen rumbo de la poesía (la cita está bastante manipulada y no
              parece muy bien traída), Colmenares afirma que eso no podía aplicarse a los grandes
              (como Garcilaso o Herrera) y tampoco a la «nueva poesía», y que si el agustino hubiera
              vivido en ese tiempo, habría corregido sus negativos juicios al asistir al momento de
              floración poética que se vivía en España; hace el segoviano un repaso de los
              principales «ingenios» poéticos de su época y les asocia una cualidad en la que
              destacan: en el mismo Lope, que es el primero que nombra, la «invención, propiedad
              esencial del poeta<note place="bottom">Y de cualquier clase de escritor, habría que
                decir, por lo que no es precisamente un gran elogio hacia Lope <hi rend="i">como
                  poeta</hi>…</note>»; en «nuestro cordobés»<note place="bottom">Resulta más que
                curioso, insisto, el que en ningún lugar de este polémico intercambio de «pareceres»
                se mencione el nombre de Góngora, ni por parte de su defensor, ni por la de su
                detractor. Pero también es cierto que, tras lo insinuado poco antes acerca de esa
                española «ciudad de los prodigios» en el ámbito poético, aquí interesa hacer
                resaltar la antonomasia junto al glorioso gentilicio.</note>, la «cultura admirable»
              (ojo al dato); en Paravicino, la «feliz profundidad» (otro evidente y eminente
              gongorino del que aquí se pondera la <hi rend="i">res</hi> y no la floritura verbal de
              sus textos, que era lo más célebre y celebrado en su tiempo); en los «dos aragoneses»
              (o sea, los Argensola), la «gravedad»; en López de Zárate, la «energía»; y, en fin, la
              «rara erudición y caudal» en el «famoso don Francisco de Quevedo», del que Colmenares
              se profesa no menos devoto que Lope<note place="bottom">Teniendo en cuenta la en
                principio restringida difusión de la poesía de algunos de esos autores, como
                Paravicino o Quevedo (la de Góngora la recibiría Colmenares gracias a su –supuesta–
                amistad con él), su inclusión en la lista parece demostrar que el segoviano estaba
                efectivamente al tanto de las novedades poéticas de su tiempo e invita a pensar que
                formaba parte de círculos intelectuales entre los que corrían manuscritos muchos
                poemas de los autores de esta breve nómina, y de otros.</note>.</p>
            <p>A continuación afirma Colmenares que a él no se le ha pasado nunca por la cabeza que
              la poética no tenga «fundamento en la retórica», por lo que parece que va a cantar la
              palinodia respecto a sus afirmaciones en la primera carta, donde se leen frases tan
              inequívocas como esta: «Y así me admiro de que vuestra merced fundase su doctrina en
              principios de tan diversa profesión como es la retórica de la poética». Cuando
              parecería que Colmenares va, o a hacer depender la poética de la retórica, como una
              especie de derivación de esta, o al menos a integrar aquella en un plano de igualdad
              entre las artes liberales del <hi rend="i">trivium</hi>, lo que hace es afirmar en
              primer lugar que la poética está por encima de las tres artes que integran aquel
              (gramática, lógica y retórica), las cuales funcionarían como su «pedestal, plinto y
              basa» (¿cabe mayor subordinación?), y en segundo lugar, que su «objeto» son nada menos
              que «todas las ciencias y profesiones del mundo, pues le compete hablar de todas
              pidiéndolo el intento»<note place="bottom">Explica Tubau (2007: 155 y 2008: 376) que
                «la tendencia acusada por algunos humanistas a presentar todas las disciplinas bajo
                el control de la retórica participa de las mismas condiciones culturales que
                favorecieron esta concepción de la poesía como suma de todas las ciencias. En un
                periodo en el que fue revisada la pedagogía, los contenidos y la práctica de todas
                las disciplinas, concretando nuevos límites para las mismas y redefiniendo las
                relaciones que mantenían entre sí, era natural que algunas disciplinas o artes
                especialmente privilegiadas por el humanismo adquirieran un protagonismo del que
                habían carecido durante el periodo medieval».</note>. Y es ahí donde el erudito
              segoviano aprovecha para intentar paliar la debilidad que podía achacársele (y de
              hecho Lope le achacaba) en su primera carta-réplica: la casi nula atención a la amplia
              y profunda formación cultural (sustento de la <hi rend="i">res</hi>) que su admirado
              Horacio exigía al poeta merecedor de tal nombre. Colmenares, citando al fin, aunque no
              solo, el verso 309 del <hi rend="i">Ars poetica</hi> horaciana («Scribendi recte
              sapere est et principium et fons»), defiende ahora desde el plano del contenido, de la
                <hi rend="i">res</hi>, el mismo carácter singular y casi divino de la poesía
              respecto a cualquier otra «ciencia y profesión»: toda la poesía clásica (y menciona
              Colmenares en concreto a Homero, Hesíodo, Virgilio, Horacio y Estacio) fue vehículo de
              muy profundos conocimientos adquiridos y transmitidos por sus autores, hasta el punto
              de que «fueron como oráculos de sus repúblicas» (recuérdese ahora que pocas líneas más
              arriba Colmenares ha caracterizado precisamente a Góngora como poeta excelente por su
              «cultura admirable»). Con lo cual, también desde esa perspectiva defiende el segoviano
              una clara preeminencia de la «divina» poesía, igualmente tan propia del humanismo
              desde la Italia del siglo XV, con la que esta vez Lope no podía dejar de estar de
              acuerdo. En realidad, la clave parece residir en la diferente intelección del concepto
              que cada uno de los dos contendientes tiene de «fundamento» en la afirmación de que
              «la poética tiene fundamento en la retórica», en la que ambos coinciden solo
                aparentemente<note place="bottom">Tubau (2007: 154-155 y 2008: 375-376) apunta la
                posibilidad de que Colmenares (como puede sucederle a cualquier lector actual) no
                terminara de entender bien la confusa y atropellada exposición con la que Lope
                expone sus ideas en ese pasaje de su carta en <hi rend="i">La Circe</hi>: véase
                arriba la nota 11.</note>: Lope lo entiende (o, al menos, lo presenta) en términos
              de dependencia de la primera respecto a la segunda (la poética dependería de la
              retórica, cuyo objetivo es la persuasión y cuyo medio principal es la <hi rend="i"
                >perspicuitas</hi>) e incluso al resto de las artes del <hi rend="i">trivium</hi>,
              además de a la filosofía moral y a la música, mientras que Colmenares lo entiende de
              modo totalmente contrario: la retórica (y también la gramática y la lógica) estarían
              supeditadas a la poética y puestas a su servicio, gracias a lo cual es capaz de
              dominar y hablar sobre cualquier disciplina, y toda disciplina serviría, a su vez,
              para explicarla a ella.</p>
            <p>No obstante, Colmenares no pierde de vista sus principales objetivos y, consciente de
              que no debe mantenerse demasiado tiempo en terreno tan resbaladizo y en el que no
              podía hallarse muy cómodo<note place="bottom">«Colmenares se ciñe al enunciado
                horaciano (‘la causa final de esta profesión es enseñar deleitando’), pero su
                concepción de la lengua poética no se explica sin tener presentes las nuevas
                perspectivas que se estaban formulando al respecto. Una lengua poética con reglas
                autónomas y orientadas a la excelencia estilística, así como la idea de una poesía
                reservada para la lectura de unos pocos privilegiados, difícilmente podía
                conciliarse con la mezcla de enseñanza y deleite recomendada por Horacio, por no
                hablar de los objetivos primordialmente didácticos que habían prescrito de manera
                general sobre las obras artísticas las disposiciones del Concilio de Trento» (Tubau
                2007: 128 y 2008: 346). Véase luego la nota 25.</note>, regresa en seguida al de la
              forma, al de los <hi rend="i">verba</hi>, y recuerda, para que se vea su «veneración y
              estima» por la poesía (cosa que ningún lector podría poner en duda), que él en su
              carta había defendido que «cada profesión tiene su estilo propio, y entre todas a la
              poética le pertenece el realzado». El segoviano en esta parte, que es la más confusa y
              peor argumentada de su exposición, salta así del sistema general de ordenación de las
              artes y disciplinas al de los géneros literarios, pues el pasaje de su carta al que
              remite hablaba claramente de estos y no de aquellas («¿por qué las profesiones
              diferentes en género no se han de tratar con diferencias de estilos? La historia el
              llano, la retórica el vehemente y la poética el realzado»); si bien es verdad que es
              la misma mezcla y confusión que introducía ya Lope en su réplica de <hi rend="i">La
                Circe</hi>.</p>
            <p>Prueba de que en esta sección de su carta Colmenares no parece pisar con pie muy
              firme ni seguro es el hecho de que alguna de las fuentes que alega (como la de
              Escalígero padre) no parece ser muy pertinente al asunto que pretende defender (o yo,
              al menos, no termino de verla muy pertinente). Sea como fuere, todas ellas vienen a
              sustentar que el lenguaje del poeta es muy peculiar y que está abierto e incluso
              obligado a licencias que no se permiten a otro tipo de autores, aun cuando trate sobre
              cuestiones que hoy consideraríamos estrictamente técnicas o científicas, como la
              astronomía o la arquitectura.</p>
            <p>Y este es el punto que aprovecha Colmenares para volver a restregarle a Lope, en unas
              líneas que rozan el cinismo sarcástico por las falsas alabanzas que incluyen, el haber
              osado publicar en el <hi rend="i">Arte nuevo de hacer comedias</hi> (1609) unos versos
              que ya por entonces debían de ser, como ahora, celebérrimos y controvertidos; o sea
              los que van del 45 a 48 de ese opúsculo lopesco:</p>
            <quote>
              <lg>
                <l>Escribo por el arte que inventaron</l>
                <l>los que el vulgar aplauso pretendieron,</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>porque como las paga el vulgo es justo</l>
                <l>hablarle en necio para darle gusto.</l>
              </lg>
            </quote>
            <p>Versos que Colmenares no se priva de incluir completos en su réplica, preguntándole
              de manera indirecta, y burlona, a Lope si es que acaso este «hallaba desprecio» (hacia
              su persona, se entiende) en el hecho de que otro citara los que eran sus propios
                «preceptos»<note place="bottom">Tubau (2007: 157 y 2008: 379) llega a escribir que
                «cada afirmación de Colmenares en este pasaje está cifrando tácitamente la
                consideración <hi rend="i">del conjunto de la obra poética de Lope</hi> sometida a
                los principios expuestos en el <hi rend="i">Arte nuevo</hi> (citados aquí por
                extenso)» [la cursiva es mía], lo que podría parecer excesivo, pero quizá no lo sea
                tanto...</note>. Y a renglón seguido le endilga unas cuantas citas (de Horacio y
              Aristóteles entre otros, por supuesto) que insisten en la bajeza e inferioridad de la
              comedia como género, lo que sin duda tendría que mortificar a Lope, como venía
              haciéndolo desde tiempo atrás, por haber aceptado ganarse en buena parte la vida
              escribiendo lo que no era más que (Cervantes <hi rend="i">dixit</hi>) «mercadería
              vendible». La ironía del segoviano alcanza su punto máximo de acidez cuando le dice a
              Lope que no debería quejarse, pues pudiendo haber alegado en su primera carta todos
              esos grandes autores que ahora incluye aquí, los «pospuso todos a la autoridad de
              vuestra merced» (es decir, que existiendo el <hi rend="i">Arte nuevo</hi>, que tan
              claramente conecta las comedias con el «necio vulgo», ¿para qué alegar Aristóteles y
              Horacios?), y todavía le espeta que, en vez de estar agradecido de ello, «le achaca
              que trata de sus cosas con pasión y desprecio».</p>
            <p>Inmediatamente, se las apaña Colmenares para seguir hurgando en la herida y trae a
              colación el «asunto Ovidio». Tras enderezarle a Lope (y al paciente lector) una
              prolija secuencia de diversas opiniones de <hi rend="i">critici</hi> antiguos y
              contemporáneos que afeaban a ese poeta tanto la excesiva complacencia en su propio
              talento como sus «rendiciones» al gusto del vulgo, la remata con las más negativas
              ­­–las que podían leerse en los <hi rend="i">Poetices libri</hi> de Escalígero
              (padre)– y con una frase que, en puro estilo Colmenares, es un aparente elogio de
              Ovidio cargado de desprecio hacia él (y, de rebote, hacia el mismo Lope):</p>
            <p/>
            <p rend="noindent">Estos son, cuando no todos, algunos de los autores que, como en la
              pasada dije, achacan a Ovidio de vulgar; que yo no le tengo en poco, sino que estimo
              sus <hi rend="i">Fastos, Elegías</hi> y <hi rend="i">Transformaciones</hi>, no en
              listas de ciegos, como vuestra merced quiere, sino en todo aquello que las estimó su
              mismo autor, cuando se prometió <hi rend="i">ore legar populi</hi>, inquietando
              juventudes y profanando recogimientos.</p>
            <p/>
            <p>La cita latina de Ovidio es una pulla contra este por haberse jactado al final de sus
                <hi rend="i">Transformaciones</hi> (es decir, las <hi rend="i">Metamorfosis</hi>) de
              la fama que pensaba alcanzar con su obra, la cual haría que su nombre estuviera
              siempre en boca del <hi rend="i">populus</hi> (o sea, del –necio– vulgo, según parece
              interpretar Colmenares). En cuanto a esa última apostilla, sobre «juventudes»
              inquietadas y «recogimientos» profanados, juzgue el lector mínimamente informado sobre
              la vida íntima de Lope en aquellos tiempos si puede ser un golpe no bajo, sino
              bajísimo, impropio de quien tanto censura los ataques a la honra que abundaban
              entonces en las polémicas entre «poetas». En todo caso, a la hora de valorar esa
              opinión tan teñida de consideraciones morales sobre Ovidio –un auténtico caballo de
              batalla en esta polémica– no debemos olvidar que Colmenares era sacerdote y que no
              hacía sino adherirse a una corriente anti-ovidiana bastante viva en aquellos tiempos
              que mezclaba de manera tan abierta como excesiva lo literario con lo moral a la hora
              de valorar al genial poeta latino. Y tampoco debemos olvidar que Lope era también
              sacerdote, pero un sacerdote que había sido desde siempre y seguía siendo (como bien
              demostraba su escandalosa cohabitación con la Nevares) un auténtico idólatra, en la
              teoría y en la práctica, de quien se presentaba en el arranque de la que ya en la
              propia Roma de Augusto era su obra más escandalosa (el <hi rend="i">Ars amatoria</hi>)
              como el <hi rend="i">magister amoris</hi> por excelencia.</p>
            <p>Y tras la andanada contra Ovidio, toca, en esta respuesta «por sus mismos puntos», la
              defensa de la pintura del Bosco por parte de Colmenares. Si Lope había comparado sus
              delirantes cuadros con la <hi rend="i">forma</hi> de la poesía gongorina, el segoviano
              va a acudir exactamente al mismo argumento con el que muchos de los paladines del
              cordobés defendían los grandes poemas de este: esos cuadros tan enigmáticos y tan
              aparentemente absurdos esconden en realidad un <hi rend="i">fondo</hi> de profundas
              enseñanzas; son «disparates» solamente para quien no sabe penetrar su esencia, y quien
              no sabe hacer eso no es más que mero vulgo. Por ello, afirma Colmenares que él
              antepone esos cuadros, en los que la pintura no «se profana» haciéndose vulgar (o sea,
              inteligible para la masa), a «las profanidades de Ovidio y las vulgaridades de algunos
              que en esta edad tienen más de versistas que de poetas». Y por ello también, afirma,
              se decidió a consultar a Góngora las dudas que albergaba acerca de sus poemas, con
              cuya aclaración se reafirmó en la enorme calidad que tenían. Colmenares presenta ese
              comportamiento como un ejemplo de humildad intelectual que no debe utilizarse como
              arma contra él, y menos por parte de quienes «escribiendo mucho, estudian poco y saben
              menos» (nueva estocada, y bien dolorosa, al orgullo de Lope).</p>
            <p>Otro extremo de la carta de Lope que quedaba pendiente de responder es otro de los
              puntos de mayor fricción entre ambos polemistas (sacerdotes ambos, recordemos): a
              quién de los dos da la razón la autoridad de todo un padre de la Iglesia como san
              Agustín. Colmenares insiste en que en su <hi rend="i">De doctrina Christiana</hi> el
              santo se refiere única y exclusivamente a los predicadores cristianos, a los que llega
              a recomendar y casi exigir que se permitan licencias lingüísticas (o sea, que cometan
              errores), si de ese modo su mensaje es más inteligible para el vulgo: algo que no vale
              para los poetas, a los cuales no hay que darles ningún permiso, ni menos estimularlos,
              para que empleen el lenguaje de una manera particular y recurran, para elaborar sus
                <hi rend="i">aenigmata</hi>, a una <hi rend="i">tropica locutio</hi> («lenguaje
              figurado»), la cual sería impensable que el obispo africano, partidario de la claridad
              a toda costa en las tareas homiléticas y catequéticas, recomendara a los <hi rend="i"
                >pietatis doctores</hi> cuando «oran» ante el vulgo.</p>
            <p>Esa mención de los <hi rend="i">aenigmata</hi> y el hecho de que Lope afirmara en su
              primera carta, la de <hi rend="i">La Filomena</hi>, que los griegos los llamaban <hi
                rend="i">scirpos</hi> dan lugar a la citada exhibición gratuita de erudición por
              parte de Colmenares para apabullar a Lope con citas que demuestran que el término
              correcto era <hi rend="i">scrupos</hi> (para una síntesis de la cuestión, véase la
              nota 246 a la segunda carta de Colmenares). Tras el prolijo ensayo filológico, el
              segoviano rechaza que a él pueda equiparárselo con el oscuro Rávido del poema XL de
              Catulo (pues dice que él no es un poeta, y menos uno que se meta con otro en sus
              versos), y aprovecha, por supuesto, para criticarle a Lope, con toda la razón, la
              manera completamente errónea y absurda en que había citado, o al menos se habían
              impreso, los versos del poeta romano en su carta de <hi rend="i">La Circe</hi>.</p>
            <p>En el tramo final de su epístola, Colmenares declara que, en lo que atañe a sus
              palabras acerca de las relaciones entre poetas, él no ha afeado el que «se contradigan
              unos a otros» (emulación propia de las ciencias), sino el hecho de que se «mordisquen»
              y que «satiricen» contra su misma profesión, lo que, insiste, supone un enorme desdoro
              para ella a ojos del vulgo, el cual, en consecuencia, también la envilece con su
              menosprecio. Y de nuevo compara esa situación con la alta estima alcanzada por los
              poetas en la Antigüedad, tanto en la griega como en la romana. «No fueron –proclama el
              segoviano– aquellos siglos menos doctos ni menos conocedores de lo bueno, que son
              estos, ni la profesión [poética] en su esencia es diferente ahora que entonces».</p>
            <p rend="noindent">Termina, pues, Colmenares reiterando su condición de devoto
              aficionado a la poesía, a la que dice venerar, pero reconociendo también que no tiene
              «partes para ejercitarla», por lo que se conforma con lograr ser un buen escritor de
              obras sobre Historia (que, esas sí, «piden claridad» y no las «oscuridades» de las que
              Lope le ha juzgado amigo) y, en concreto, una que cuente y homenajee la de su propia
              ciudad, Segovia. Aprovecha para pedirle datos a Lope acerca de San Jeroteo, supuesto
              primer obispo de Segovia, pues aquel lo ha nombrado en el texto final de <hi rend="i"
                >La Circe</hi>. Queda la duda de si es petición sincera o nueva mofa de los
              «achaques» de (falsa) erudición que tanto aquejaban al Fénix.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>5. [Fuentes]</head>
          <div>
            <head>Texto I <lb/>El <hi rend="i">Arte poética</hi> de Horacio como pauta para la
              defensa de la poesía de Góngora</head>
            <p>La primera idea que expone Diego de Colmenares en su carta en respuesta a la
              «censura» de Lope es que el problema de supuesta ininteligibilidad que plantean los
              poemas de Góngora no reside en ellos, sino en la incapacidad de los lectores que no
              están a su altura. Lo «autoriza» con un pasaje de las <hi rend="i">Noches Áticas</hi>
              de Aulo Gelio y otro del <hi rend="i">Brutus</hi> de Cicerón, en el que se cuenta una
              anécdota, presente en otros textos pro-gongorinos de esta polémica<note place="bottom"
                >Así, en el <hi rend="i">Examen del «Antídoto»</hi> de Fernández de Córdoba
                –1615_examen– y los <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi> de Díaz de Rivas
                –1616_discursos-diaz–.</note>, protagonizada por el poeta Antímaco y el filósofo
              Platón, quien habría sido el único que supo valorar la poesía de aquel en una lectura
              pública de la que el ignorante vulgo había desertado en masa por no entenderla; el
              poeta habría proclamado que Platón le valía por todos los oyentes y lectores. Cicerón
              concluye señalando que un poema difícil pide el asenso de unos pocos, mientras que un
              discurso, pues busca la persuasión, ha de lograr el de la mayoría.</p>
            <p>Establece así Colmenares la radical diferencia entre la elitista poética y la
              «popularista» retórica, que va a ser uno de los principales fundamentos de su
              argumentación. Recuerda, en primer lugar, las autoridades que Lope alegaba en su
              «censura» cuando defendía que no se empleen palabras difíciles que atenten contra la
                <hi rend="i">perspicuitas</hi> del texto. Colmenares, por así decirlo, «niega la
              mayor» al afirmar que la doctrina de todas esas autoridades (el mismo Gelio,
              Quintiliano –sobre todo–, Cicerón y Arias Montano) debe aplicarse al <hi rend="i"
                >orator</hi> y no al poeta, al que no solo no le está vetado el empleo de palabras
              inhabituales, sino que se lo exige su propia «profesión»; así lo asentaba Horacio en
              el primero de los cuatro pasajes «clave» de su <hi rend="i">Arte poética</hi> con los
              que el segoviano va a pautar su carta en respuesta a Lope: se trata de los v. 58-59,
              que afirman la libertad del poeta a la hora de introducir neologismos en sus
              composiciones, los cuales tal vez pasen con el tiempo a la lengua común («licuit
              semperque licebit/ signatum praesente nota producere nomen»).</p>
            <p>Colmenares introduce una especie de largo inciso para responder, sin salirse en
              realidad del asunto que va tratando, al reto lanzado por Lope al aducir la que él
              presentaba como incontrovertible autoridad de san Agustín en el <hi rend="i">De
                doctrina Christiana</hi>. El erudito segoviano afirma que por eso se ve forzado a
              dedicar tanto espacio al asunto («Traslado lugares por la fuerza que vuestra merced
              pone en el de este santo doctor diciendo –lo que es tan llano– que no habrá ninguno
              tan atrevido que contradiga su opinión»), pero para demostrarle a Lope, otra vez, que
              si bien la autoridad del santo es ciertamente inobjetable, debe alegársela de manera
              correcta y no torcida, pues su propósito nunca fue el de dar «preceptos poéticos»,
              sino el de formar piadosos <hi rend="i">oratores</hi> cristianos que privilegiaran en
              sus homilías dirigidas a la grey la claridad por encima de la corrección lingüística
              y, por supuesto, de los adornos (lo «deleitable», que dice Colmenares): entendida así,
              la autoridad de este padre de la Iglesia apoyaría en realidad <hi rend="i">a
                contrario</hi> («por la diferencia y contraposición») su tesis y no la de Lope.</p>
            <p>Una segunda <hi rend="i">sententia</hi> procedente de la <hi rend="i">Ars
                poetica</hi> horaciana abre el siguiente bloque argumentativo, en el que ya
              Colmenares se presenta no tanto respondiendo directamente a Lope, cuanto mostrando su
              visión acerca de la poesía y del poeta, que irá perfilándose, tras haberlo apuntado al
              principio de su carta con la anécdota de Antímaco y Platón, como una visión
              exclusivista y elitista, alejada al máximo del vulgo, que es el receptor natural de
              los discursos creados por la retórica. El de la poética lo será, por el contrario, un
              selecto grupo de lectores (y no oyentes) que la entienden, la degustan y pueden, por
              tanto, juzgarla con sólido y fundamentado criterio. El lugar horaciano es aquel en que
              se afirma que la mediocridad está reñida con la condición de verdadero poeta (v.
              372-373: «mediocribus esse poetis / non homines, non dei, non concessere columnae»),
              un pasaje que se alega en otros textos de la polémica, como el <hi rend="i"
                >Parecer</hi> del abad de Rute. Y aún más presente en dichos textos, tanto de un
              bando como del otro, es el que Quevedo terminará por ello llamando en 1631 el «texto
              del escándalo»: el pasaje de la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles
              correspondiente a 1458a15-20, donde el estagirita defiende que la poesía
              verdaderamente admirable es la que recurre a lo inhabitual y excluye todo lo coloquial
              y hasta vulgar; pero también que el exceso de ello la aboca a la falta de
              inteligibilidad (enigma) y a la agramaticalidad (barbarismo)<note place="bottom">Véase
                Tubau (2007: 129 y 2008: 347-348).</note>. Como ya se ha señalado, Colmenares indica
              que esos vicios están ausentes de los poemas de Góngora, donde no hay pleonasmos ni
              anfibologías. A propósito de las «trasposiciones» (o hipérbatos), el segoviano
              recuerda, con toda intención y alegando la autoridad de Jean Despautère en su poema
              sobre las figuras empleadas por la retórica<note place="bottom">Véase, al respecto,
                Tubau (2007: 120, n. 71, y 2008: 338, n. 71).</note>, que son lo mismo que en esa
              disciplina se llaman <hi rend="i">anastrophes</hi> (luego no son exclusivas de la
              poética) y que son comunes tanto en las letras sagradas, como en las paganas, como en
              la lengua coloquial (la «frasi común»). De nuevo, se remite a Aristóteles, y
              significativamente tanto a su <hi rend="i">Poética</hi> como a su <hi rend="i"
                >Retórica</hi>, para defender que el estilo que exige la poesía es el «realzado»,
              cosa, dice Colmenares, admitida por todos los estudiosos del asunto.</p>
            <p>Una nueva cita procedente de la <hi rend="i">Ars poetica</hi> horaciana le sirve para
              conectar lo anterior con la teoría de los estilos (v. 92: «Singula quaeque locum
              teneant sortita decenter»: «Tenga cada cosa el lugar que le cuadra y conviene»).
              Aunque no lo señala el astuto segoviano en su carta, Horacio pone como ejemplo, en los
              versos anteriores y posteriores a ese citado, la humildad del lenguaje que ha de
              emplear la comedia y la sublimidad del de la tragedia. Y ese es el punto al que
              Colmenares le interesa ir llevando poco a poco su argumentación. En primer lugar, se
              vale de Aristóteles, Luciano y Plinio el Joven para mostrar que incluso géneros que se
              sitúan por debajo de la alta poesía (o sea, de la lírica, la trágica y la heroica o
              épica), como la historia y la propia oratoria, tan «popularista», necesitan también
              elevarse ocasionalmente (esto es, alcanzar alturas poéticas): ello supone que la
              poesía, a la que se presenta como algo divino, está muy por encima de ellas; de ahí
              que sea absurdo «privarla de la alteza que naturalmente es suya, aun a juicio de
              históricos y oradores». Sin embargo, hay dos vías por las que esa nobilísima actividad
              del intelecto sufre menoscabo: una la constituyen las disputas entre poetas (que
              Colmenares sustenta con una cita de las sátiras de Persio), lo que causa que el inepto
              y profano vulgo (Horacio <hi rend="i">dixit</hi>) se mofe de aquellos y los ponga
              constantemente en la picota, como ya sucedía y por la misma causa en tiempos de
              Aristóteles, tal como este atestigua, de nuevo, en su <hi rend="i">Poética</hi>.</p>
            <p>La otra infamante vía de adulteración de la «sacra» poesía es su rebajamiento a la
              altura del vulgo con el objetivo de obtener un fácil predicamento entre él: una cita
              bastante agresiva de Cicerón en el discurso <hi rend="i">Pro Plancio</hi> ilustra el
              carácter irreflexivo y veleidoso de ese vulgo, que muy rara vez juzga «delectu aliquo
              aut sapientia» («con algo de discernimiento y sabiduría»). Y prostituye la profesión
              poética de ese modo quien la hace fácil y accesible para que el vulgo la entienda: es
              decir, haciendo lo contrario de lo que autores como Lactancio Firmiano proclamaban que
              ha de hacer el poeta, quien debe servirse de alegorías y figuraciones que velen el
              contenido dándole un aire atractivo por complejo y misterioso. Colmenares, como ya se
              ha dicho, aprovecha el humilde lugar que la comedia, <hi rend="i">malgré</hi> Lope,
              seguía ocupando entonces en la jerarquía literaria de los géneros para lanzarle un
              envenenado dardo recordándole sus concesiones al vulgo en el <hi rend="i">Arte nuevo
                de hacer comedias</hi>, y parangonándolo con poetas que la tradición erudita se
              empeñaba en presentar como autores «fáciles» (cuando no «facilones») que habían
              preferido halagar el gusto del vulgo en lugar de exigirse a sí mismos y a su supuesto
              talento una poesía más elevada y compleja. El segoviano saca a relucir la corriente
              crítica contemporánea contra Ovidio –que efectivamente existía– mencionando al
              humanista Florido Sabino, quien en realidad no censuraba en sus obras al poeta de
              Sulmona, sino que recogía en ella las críticas con que lo fustigaron otros
              (probablemente las más acres podían, y pueden, leerse en los <hi rend="i">Poetices
                libri septem</hi> de Julio César Escalígero). La argumentación se remacha con la
              célebre distinción de Aristóteles, de nuevo en su <hi rend="i">Poética</hi>, entre
              Homero y Empédocles, uno poeta y otro escritor en verso sobre cuestiones filosóficas,
              que no es lo mismo.</p>
            <p>Una cuarta y última <hi rend="i">sententia</hi> de la poética horaciana abre la
              sección final: en ella el poeta romano establece la necesidad de que en el poeta se dé
              una adecuada conjunción de talento innato y de técnica adquirida, esta a partir de la
              asidua lectura de modelos válidos y de un ejercicio incansable de escritura y
              corrección. Colmenares alude, como de pasada, a un dicho que aparece en muchos textos
              de la época (incluidos algunos de Lope) y que afirmaba que cada siglo solo puede ver
              la aparición de un gran poeta, siendo los demás meros, aunque voluntariosos,
              «aficionados» (el segoviano habla literalmente de «versistas»: <hi rend="i">ergo</hi>
              un solo y verdadero <hi rend="i">poeta</hi> frente a una legión de <hi rend="i"
                >versistas</hi>).</p>
            <p>Es, por tanto, el <hi rend="i">Ars poetica</hi> o <hi rend="i">Epistula ad
                Pisones</hi> de Horacio el tratado de poética, que no de retórica, subrayaría
              Colmenares, que este escoge como pauta principal (con el de Aristóteles como
              complemento) para construir su respuesta a la «censura» de Lope en <hi rend="i">La
                Filomena</hi>. Recordemos las ideas que se toman aquí de ese tratado capital en la
              teoría literaria de Occidente: 1) el poeta puede y, es más, debe innovar en el ámbito
              de los <hi rend="i">verba</hi>; 2) el poeta no puede permitirse la mediocridad (y, por
              ende, debe aspirar siempre a alcanzar lo sublime); 3) su «profesión» ocupa la cima de
              la jerarquía de los géneros (se identifica prácticamente al <hi rend="i">poeta</hi>
              solo con el que practica los géneros lírico, épico y trágico) y es una actividad casi
              sagrada, por lo que debe estar a la altura y no profanarla y prostituirla; y 4) el
              poeta <hi rend="i">se hace</hi> (mediante el <hi rend="i">ars</hi>), pero tiene que
                <hi rend="i">haber nacido</hi> poeta.</p>
            <p>No cabe duda de que la utilización del <hi rend="i">Arte poética</hi> de Horacio por
              parte de Colmenares es bastante subjetiva y sesgada, puesto que elude tan hábil como
              sutilmente la otra parte del conjunto de las conocidas como «dualidades» horacianas:
              ¿qué sucede con la <hi rend="i">res</hi> y con el <hi rend="i">prodesse</hi>? ¿por qué
              se obvian otras ideas esenciales de ese tratado como la expuesta en el v. 309:
              «Scribendi recte sapere est et principium et fons», es decir, «La sabiduría –o sea, lo
              que hoy diríamos la cultura del escritor– es el fundamento y la fuente de la
              escritura»? Colmenares responde con solvencia y amplia batería de argumentos a las
              críticas que recibe la poesía gongorina en sus aspectos formales (en la <hi rend="i"
                >elocutio</hi> y en la <hi rend="i">dispositio</hi> de los <hi rend="i">verba</hi>),
              pero ¿dónde está y cuál es su respuesta a la otra gran objeción que oponía el bando
              anti-gongorino, esto es, la que preguntaba insistentemente por la <hi rend="i"
                >res</hi> de las <hi rend="i">Soledades</hi>?</p>
            <p>Colmenares no se atrevió ­–habría sido seguramente demasiado prematuro– a dar el
              radical y modernísimo paso que sí dará, bastantes años después, Espinosa Medrano en su
                <hi rend="i">Apologético</hi> cuando, hastiado de esa machacona pregunta, le espete
              orgulloso a Faría y Sousa que la poesía (la <hi rend="i">profana</hi>, por supuesto)
              no tenía por qué encerrar ningún arcano mensaje, ni misterio, ni profunda enseñanza, y
              que se basta y se justifica plenamente a sí misma con ser «toda adorno de dicciones,
              toda pompa de palabras, toda aliño de elocuencia».</p>
          </div>
          <div>
            <head>Texto II <lb/>La poesía, un arte (liberal) más, fundamentada en y por la
              filosofía</head>
            <p>Enlazando con las últimas ideas expuestas en el apartado anterior, podemos recordar
              de nuevo aquí el citado verso 309 (más los dos que lo siguen) del <hi rend="i">Ars
                poetica</hi> de Horacio, no alegado hasta ahora ni por Colmenares ni por Lope (si
              bien lo recordará el primero en su segunda carta, al verse en buena medida forzado a
              ello por la réplica de Lope), y muy pertinente para entender la posición de ambos en
              esta polémica: «Scribendi recte sapere est et principium et fons: / rem tibi
              Socraticae poterunt ostendere chartae, / uerbaque prouisam rem non inuita sequentur»
              (versos que dicen más o menos esto: «La sabiduría es el fundamento y la fuente del
              escribir bien: / los textos de los socráticos te proporcionarán el asunto, / y una vez
              dominado el asunto, las palabras te vendrán por sí solas»). Del verbo <hi rend="i"
                >sapere</hi> procede el sustantivo <hi rend="i">sapientia</hi>, que es al que
              recurrieron los romanos para dar cuenta del término griego <hi rend="i"
                >philosophia</hi>, la cual aparece representada en esos versos de manera
              antonomásica por las <hi rend="i">Socraticae chartae</hi> o escritos de los socráticos
              (o sea, de los filósofos en general, al ser Sócrates padre intelectual de todos ellos,
              o al menos de los más ilustres e influyentes). Esa filosofía (que, como decíamos,
              puede entenderse como algo parecido a lo que hoy llamamos «cultura» o «formación
              cultural») es la que tiene que haber adquirido el poeta (no se olvide que el horaciano
              es un tratado <hi rend="i">sobre poética</hi>) si desea dominar la <hi rend="i"
                >res</hi>, dominio sin el cual es muy difícil que le vengan a la mente y a la pluma
              las palabras <hi rend="i">decentes</hi> o adecuadas a dicha <hi rend="i">res</hi>.
              Esto es la parte de la poética horaciana que, como decíamos, deja demasiado en
              penumbra la primera réplica de Colmenares, y es, lógicamente, a la que Lope va a
              aferrarse (por más que siga sin alegarla explícitamente) para su contrarréplica. Y por
              ello necesita afirmar y reafirmar la conexión de la poesía tanto con la filosofía como
              con las demás <hi rend="i">artes</hi>, lo que exige una fuente de autoridad en que
              pueda fundamentar esa idea.</p>
            <p>Lope encuentra esa fuente en un tratado de muy engañoso título: se trata del conocido
              como <hi rend="i">Apologeticus de poeticae ratione</hi> de Girolamo Savonarola, que,
              lejos de ser una «poética», es un opúsculo dedicado a establecer el lugar (no
              demasiado lucido, por cierto) de la poesía en el ámbito de las disciplinas filosóficas
              y a dilucidar su influencia positiva o perniciosa en el alma de los fieles cristianos,
              según reza el título completo con el que aparece en algunas ediciones del siglo XVI,
              como la veneciana, <hi rend="i">apud Iuntas</hi>, de 1542: <hi rend="i">De poeticae
                ratione, utilitate et damno Christianorum animabus</hi>; desde ese punto de vista se
              entiende perfectamente el que ese opúsculo se presentara como un texto «apologético»,
              es decir, un «conjunto de los argumentos que se exponen en apoyo de la verdad de una
              religión», según el <hi rend="i">Diccionario de la Real Academia Española</hi>, algo
              que cuadra perfectamente con su autor, del que consta su «fundamentalista» defensa de
              la ortodoxia cristiana (según él la veía, claro) en la muy corrompida Florencia de
              finales del siglo XV tras la expulsión de los Medici. En esa ciudad, que había
              asistido poco antes a una conocida floración de neoplatonismo a manos de Marsilio
              Ficino, a la defensa de un carácter divino de la poesía por parte de Angelo Poliziano
              en sus <hi rend="i">Silvae</hi> (sobre todo en la <hi rend="i">Nutricia</hi>) y al
              cultivo de una excelsa poesía en latín, muy «paganizada», por parte de Michele
              Marullo, el fraile y ardoroso predicador dominico, desde una perspectiva claramente
              aristotélica (por supuesto del Aristóteles del <hi rend="i">Organon</hi>, no el de la
                <hi rend="i">Poética</hi>) y tomista (como buen dominico), intenta contrarrestar,
              por el expediente de situarla en el mismo plano de sumisión a la Filosofía en el que
              se hallaban todas las demás <hi rend="i">artes</hi>, la posición preeminente que la
              poesía (la <hi rend="i">profana</hi>, por supuesto) había alcanzado entre esa
              «vanguardia» del humanismo. Es, en suma, un episodio más, ya tardío (aunque conservará
              cierto vigor durante todo el siglo XVI), de la pugna sobre la esencia y misión de la
              poesía suscitada entre humanistas y escolásticos, los cuales se habían esforzado
              siempre por reducir a aquella, y a la retórica, a la «tiranía» de la lógica<note
                place="bottom">Véase en Tubau (2007: 140-143 y 2008: 360-362) una muy clara y
                lograda síntesis del proceso de formación de estas ideas.</note>: de ahí la
              propuesta savonaroliana de conectar cada una de ellas con un tipo de silogismo, siendo
              el <hi rend="i">exemplum</hi> (explicado por Aristóteles en sus <hi rend="i"
                >Analíticos primeros –</hi>68b40ss.<hi rend="i">–</hi>) el que le corresponde, según
              él, a la poesía.</p>
            <p>Lope menciona una sola vez a Savonarola, sin indicar obra alguna, a poco de iniciar
              su carta, en la que irá incluyendo, traducidos, algunos breves pasajes del <hi
                rend="i">De poeticae ratione</hi>, tal como se irá indicando en las correspondientes
              notas al pie en la edición. Como atinadamente explica Tubau (2007: 143-144 y 2008:
              362-364), es claro que las ideas de Lope sobre poesía estaban en buena parte muy
              lejanas (cuando no en los antípodas) de las defendidas por el fraile dominico, por lo
              que parece claro que habría escogido ese tratado como <hi rend="i">autoridad</hi>, más
              por una idea general que por los detalles de la doctrina que en él se exponen; por
              ello, el escritor madrileño selecciona un conjunto de afirmaciones aisladas con las
              que persigue, a mi juicio, dos objetivos: en primer lugar, el ya señalado de aducir un
              texto que insistiera de manera radical en el aspecto de la <hi rend="i">res</hi> y
              del <hi rend="i">prodesse</hi> (aunque no se manejen en él estas categorías
              horacianas), sin apenas atención (e incluso con desdén) al cultivo de la sonoridad de
              los <hi rend="i">verba</hi> y al <hi rend="i">delectare</hi> (tan peligroso siempre a
              ojos, y oídos, de cualquier apologista religioso); y ello con el fin, y
              consecuencia, de despojar a la poesía del aura casi religiosa y de la preeminencia que
              le conferían los humanistas coetáneos de Savonarola (lo mismo que Colmenares en su
              réplica). En segundo lugar (que, en realidad, podría considerarse el primero), Lope
              hubo de ver muy claro desde el principio que el inopinado rival que había osado replicar 
              a su carta de <hi rend="i">La Filomena</hi> no era un simple «espontáneo» de medio pelo y poco
              (in)formado, sino alguien con su buen bagaje, y bien asimilado, de autoridades, las
              cuales sabía alegar con criterio y, cómo no, con su dosis de interesada manipulación
              para que sirvieran a sustentar sus tesis. De manera quizá inconsciente, Lope revela
              esas prevenciones cuando nada más iniciar su contrarréplica en <hi rend="i">La
                Circe</hi> le asegura al «señor de estos reinos», con una altanería que refleja no
              poca inseguridad, que a él no le «espantan prosas ni lugares citados, sean de quien
              fueren, en razón de la poesía…», y con mucha más arrogancia le dice indirectamente a
              ese rival que demuestre sus conocimientos de poesía desde la práctica y no desde la
              teórica, acudiendo a un símil que bien podría esconder una amenaza de agresión real:
              «…sino el escribirla y mostrarnos cómo luce en la práctica lo que nos enseñan con la
              teórica, que es lo que respondió un hidalgo a un maestro de armas: ‘Saque vuestra
              merced la espada y dígame todo eso con las manos’». Y eso es lo que va a darle pie,
              precisamente, a introducir la primera cita del breve tratado del predicador dominico:
              un pasaje en el que este afirma que la poética se divide en «objeto, <hi rend="i"
                >uso</hi> y modo» (la cursiva es mía) y que, cree él<note place="bottom"
                >Evidentemente, Savonarola se refiere ahí a <hi rend="i">cómo y para qué</hi> se <hi
                  rend="i">usa</hi> la poesía (y que sería uno de sus rasgos distintivos), no al
                hecho de que <hi rend="i">se la use</hi>, o sea, que se la practique (lo cual no la
                distingue de nada), que es a lo que se refiere Lope.</note>, apoya sus afirmaciones
              anteriores. Lope acude, pues, a un tratado sobre poesía <hi rend="i">–</hi>que no,
              insisto, sobre poética<hi rend="i">–</hi> escrito por un teólogo y predicador
              dominico, lo que ya de por sí casi aseguraba un rigor y una profundidad intelectual
              notables, independientemente de lo más o menos acertado o discutible de sus ideas
              (muchas de las cuales seguramente espantaran al propio Lope, como ya se ha apuntado).
              Y en todo caso (o al menos eso pensaba él), era una autoridad de suficiente calado
              como para no quedar, en cuanto a aquello de «traer autoridades», por debajo (o no muy
              por debajo) de su rival.</p>
            <p>¿Cómo llegó Lope a Savonarola o cómo le llegó Savonarola a Lope?<note place="bottom"
                >A mi juicio, dada la cantidad de información que extrae, Lope sí consultó esta vez
                la fuente original y no una intermedia de tipo «enciclopédico». Tubau (2007: 140, n.
                104 y 2008: 360, n. 104), en cambio, se inclina por la hipótesis de que Lope se
                valió de un «repertorio de citas» que contendría las que aporta tomadas de
                Savonarola, pero reconoce no haber dado con él.</note> Lo ignoro. Pero me parece
              verosímil la hipótesis de que el Fénix, deseoso de dar una réplica a Colmenares bien
              fundamentada (o, al menos, que lo estuviera en apariencia) en algún autor de peso <hi
                rend="i">–</hi>e incluso quizá algo «recóndito» e inesperado en la España de su
                tiempo<hi rend="i">–</hi>, se asesorara entre los intelectuales de su círculo de
              amigos, que no eran pocos (ni los intelectuales ni los amigos): pudo ser alguno de
              ellos quien lo pusiera en la pista del opúsculo savonaroliano, e incluso pudo
              habérselo prestado. Lope, como era habitual en él, supo sacarle partido a la obra,
              pues la emplearía para «autorizar» algunos preliminares de sus obras: así, el prólogo
                <hi rend="i">Al teatro</hi> en <hi rend="i">La Dorotea</hi> (1632), que atribuyó a
              su amigo Francisco López de Aguilar, pero que era suyo sin lugar a dudas (véase la
              nota 125 a la carta de Lope: texto II).</p>
            <p>En ese preliminar de la que llamó con toda intención «acción en prosa», Lope
              recogerá, sin declarar su origen, un pasaje del <hi rend="i">De poeticae ratione</hi>
              savonaroliano que ya aprovechaba en esta epístola de <hi rend="i">La Circe</hi>: aquel
              en el que se afirma que el metro y el verso no son imprescindibles para que exista <hi
                rend="i">poema</hi>. Aunque no hacía falta acudir al fraile dominico para sustentar
              tal idea (se leía ya en la misma <hi rend="i">Poética</hi> aristotélica) y aunque
              aquel lo afirmaba desde una perspectiva diferente a la de Lope<note place="bottom"
                >Véase Tubau (2007: 143 y 2008: 363).</note>, lo cierto es que a este le interesaba
              mucho recalcar tal idea en su epístola, consciente como era de que una gran parte del
              enorme atractivo de la poesía gongorina emanaba de su muy novedoso tratamiento del
              verso, tanto en el plano «dispositivo», con las audaces «trasposiciones», como en el
              fonoestilístico, con sus lucidas sonoridades, sus rimas internas, sus logradas
              aliteraciones, etc. Es una prueba de cómo «las mismas afirmaciones de Savonarola que
              Lope toma literalmente del <hi rend="i">Apologeticus</hi> cambian inevitablemente de
              significado en su nuevo contexto de enunciación» (Tubau 2007: 143 y 2008: 363). Y,
              cabría añadir, cambian de significado porque, evidentemente, cambian de función: a
              Savonarola le interesa menoscabar toda poesía, y a Lope un tipo muy determinado de
              poesía, aquella que, según Colmenares en su segunda carta, estaba logrando nada menos
              que la «restauración» de la poesía en España, tras un periodo de trivialización por
              agotamiento y por la vía de renovar, como decía, ante todo sus modos de expresión,
              desde la selección y disposición del léxico hasta la misma rima.</p>
            <p>El resto de fuentes alegadas por Lope le sirven en su intento de
              refutarle a Colmenares su afirmación de que no es aplicable a la poética aquello que
              se ha escrito para aplicarlo a la oratoria, esto es, en tratados sobre retórica. La
              idea que trata de sustentar Lope es que la necesidad de buscar la claridad y evitar la
              ambigüedad y la oscuridad es una especie de <hi rend="i">a priori</hi> que se da por
              hecho tanto para el discurso como para el poema, y que quien la establece en un
              tratado sobre oratoria la daría por supuesta también para la poesía. Por eso, dice
              Lope, un pasaje como el del <hi rend="i">Brutus</hi> de Cicerón (51, 191), en el que
              este afirma que el discurso debe buscar el asenso popular, mientras que el poema
              aspira a la aprobación de unos pocos, no puede alegarse para defender que el poema ni
              pueda ni tenga que ser oscuro, sino excelente: «que aquí habló de la excelencia del
              arte en el alma y nervios de la sentencia y locuciones, que no de las tinieblas del
              estilo». Más adelante, y ya cerca del final de la carta, será ese el mismo argumento
              con el que Lope insista y defienda su remisión al <hi rend="i">De doctrina
                Christiana</hi> de san Agustín, donde este, según Lope, «si dice de las cosas
              oscuras y ambiguas, no especifica poetas, sino todo género de oscuridad y ambigüedad».
              Es decir, que cada uno de los contendientes esgrime el lugar agustiniano según su
              conveniencia: como veta la oscuridad a predicadores cristianos y no habla para nada de
              poetas, el segoviano afirma que no se la afea a estos (de los que ni se habría
              acordado ahí el santo); pero ello tampoco supone afirmar que san Agustín defendiera la
              oscuridad en poesía. Como no dice explícitamente que no se refiera a los poetas (ni a
              los historiadores, ni a los autores de teatro, ni a los narradores de fábulas, etc.),
              Lope lo toma en sentido general y afirma que desaconseja la oscuridad a todo aquel que
              escriba y hable en público; pero no se puede negar que no lo dice así expresamente,
              sino solo refiriéndose a los predicadores cristianos. O sea, un verdadero bucle.</p>
            <p>La otra respuesta a Colmenares se cifra en insistir en que la poética tiene su
              fundamento en la retórica, por lo que no es ni impropio ni, mucho menos, absurdo
              alegar, como decíamos, pasajes de tratados sobre esa disciplina para sustentar
              cuestiones de poética. La prueba que aduce Lope es el hecho de que en esos tratados se
              ejemplifiquen las figuras con pasajes tomados de poetas, y para ello alega como
              ejemplos al <hi rend="i">rétor</hi> jesuita Cipriano Suárez, a Omer Talon y a Lodovico
              Carbone da Costacciaro, cuya obra está muy relacionada con la del primero, de quien
              fue discípulo.</p>
            <p>Y, en fin, es la defensa de Ovidio (porque, como ya se indicó, era la suya propia)
              otro aspecto que a Lope le interesaba especialmente en esta contrarréplica a
              Colmenares en <hi rend="i">La Circe</hi>. Si este había alegado nada más comenzar su
              respuesta el pasaje ciceroniano en el que se cuenta que el poeta Antímaco había sido
              valorado en cierta circunstancia solo por Platón y que aquel había afirmado que este
              le valía por todo el vulgo, Lope, ya casi al final de la suya, recuerda un poema de
              Catulo en el que este, además de llamar a Antímaco <hi rend="i">tumidus</hi>
              (‘hinchado’), lo remite precisamente al vulgo en un verso en el que da la impresión
              que se desmiente esa anécdota ciceroniana, pues parece decir que el griego era, por el
              contrario, un poeta muy apreciado entre el vulgo («en que parece que contradice el
              haberle dejado solo en los oídos de Platón»). Añade después Lope una consideración
              acerca de ese poema catuliano tomada de los <hi rend="i">Poetices libri septem</hi> de Julio
              César Escalígero. La deficiente redacción (o quizá impresión) del texto no permite, a
              mi juicio, terminar de saber si ese alegato de Escalígero por Lope es pertinente, o no
              es más que un alarde de erudición, para que el segoviano viera que él tampoco andaba
              manco en cuanto a «prosas y lugares citados»: algo que a mí no me extrañaría.</p>
            <p>El mismo Catulo, en su poema contra su rival Rávido (el XL), al que acusa de atacarlo
              solo por lograr fama, le sirve a Lope para achacarle la misma intención a Colmenares,
              un oscuro erudito provinciano que habría polemizado con él por idéntica razón que el
              tal Rávido, al que solo se conoce hoy por el poema de Catulo. Lope, como ya se ha
              señalado, ni siquiera quiso conceder a Colmenares el que su nombre apareciera en la
              carta de <hi rend="i">La Circe</hi>, pero no logró el objetivo de que hoy no
              supiéramos a quién se dirigía (pues de que eso no sucediera se encargó, muy
              probablemente y como ya sabemos, el propio segoviano).</p>
            <p>El recuerdo de que en las comedias de Aristófanes se incluían paródicas censuras al
              gran Sócrates le sirve a Lope para responder a las acres críticas de Colmenares a los
              poetas de su tiempo, a los que acusaba de andar siempre a la greña, sin respeto
              siquiera a cuestiones de honra: eso –viene a querer decir Lope– pasaba ya en la Atenas
              del s. V a. C., una auténtica época dorada de la literatura y el pensamiento
              occidentales.</p>
            <p>Y, para terminar (y cómo no), entre las fuentes de Lope se cuenta… el propio Lope,
              que se autocita insertando dos fragmentos de su epístola de <hi rend="i">La
                Filomena</hi>, los cuales, insisto, no me parecen muy significativos, por lo que
              podrían cumplir aquí la mera función de despejar cualquier duda al lector despistado o
              aún sorprendido a esas alturas de la carta: efectivamente, ese «rifirrafe» con alguien
              a quien muchos de esos pobres lectores probablemente nunca llegarían a identificar se
              había suscitado a raíz de publicar Lope su «censura» sobre la «nueva poesía» cuatro
              años antes en la citada miscelánea de 1621.</p>
          </div>
          <div>
            <head>Texto III: <lb/>Entre la pertinencia y la impertinencia: Colmenares exhibe su
              indudable erudición</head>
            <p>Son abundantes y muy variadas las fuentes que alega Colmenares en el texto que cierra
              este polémico intercambio de epistolares golpes, y ello obedece al hecho, ya señalado,
              de que intenta por una parte demostrar su vasta y bien asimilada erudición refrendando
              con más autores sus opiniones, ya expuestas en su mayor parte en la primera carta, y
              por otra apabullar a Lope con ellas, de modo que este se percatara de que no se las
              estaba viendo con un cualquiera, sino con alguien bastante más culto y formado que él
              y que no alegaba como él, aunque no llega a acusarlo directamente de ello,
              autoridades saqueadas «de polianteas ni colectáneas comunes».</p>
            <p>Colmenares responde a lo largo de su carta con una sostenida ironía, desde la
              posición de alguien que se ha picado bastante por algunas de las afirmaciones de su
              rival. Y, en primer lugar, la de que él, puesto que no la escribe, no es quién para
              dar lecciones sobre poesía: a ello el segoviano responde alegando una anécdota
              protagonizada por Sócrates y narrada por Platón en el <hi rend="i">Fedón</hi> por la
              que sabemos que aquel también había ensayado la escritura de poemas (en concreto, a la
              manera de Esopo); y después aduce el <hi rend="i">De finibus bonorum et malorum</hi>
              de Cicerón, un pasaje del comentario del humanista Jasón de Nores al <hi rend="i">Ars
                poetica</hi> de Horacio, y, en fin, los versos de esta en los que el poeta latino
              afirma que en ella está dando consejos no como poeta, sino como teórico de la poesía;
              alude Colmenares, además, a la <hi rend="i">Póetica</hi> de Aristóteles señalando que
              este escribió «tanto arte y ningún poema, ni aun verso».</p>
            <p>El mismo diálogo platónico citado y la misma anécdota sobre Sócrates le sirve a
              Colmenares más adelante para defender la idea de que la esencia de la poesía es la
              ficción (pues así lo afirma el maestro de Platón en ese pasaje), algo que corrobora de
              nuevo con la <hi rend="i">Poética</hi> aristotélica, en el lugar en el que se afirma
              que un poeta lo es no porque haga <hi rend="i">carmina</hi> (versos), sino <hi
                rend="i">fabulae</hi> (ficciones)<note place="bottom">Véase arriba la nota
                13.</note>. El erudito segoviano lo conecta con su aceptación del axioma,
              establecido ya por Lope en su carta de <hi rend="i">La Circe</hi>, de que el que esté
              escrito en verso no es condición indispensable para que exista poema, si bien aquel no
              le sobra a este, pues lo hace más «deleitable». A partir de ahí, como ya se ha
              indicado al explicar la estructura de la carta de Colmenares, este introduce una
              especie de sinopsis de la historia de la poesía, para la que se va a basar (o, al
              menos, son las autoridades que declara) en Petrarca, el historiador bizantino Juan
              Zonaras, el benedictino del siglo XVI Gilbert Génébrard, autor de una importante obra
              sobre cronografía, y, en fin, el también historiador Pedro Antonio Beuter, de
              Valencia, quien en un tratado sobre historia de España defendía que la «revolución»
              poética en la Italia y la Francia de tiempos de Petrarca tenía en realidad sus raíces
              en cierto poeta del reino valenciano al que aquel habría imitado. El objetivo, no
              explícitamente declarado de Colmenares, es afirmar la especial inclinación natural de
              los españoles hacia la poesía, pese a opiniones como la del gran poeta neolatino
              holandés Juan Segundo Everaerts, que la negaba. O, más bien, no de todos los
              españoles, sino de los nacidos en cierta ciudad española (la alusión a Córdoba es
              palmaria) que ya en tiempos de Roma había causado asombro en ese ámbito. Afirma
              Colmenares que, si ha habido épocas en las que esa ciudad no ha dado insignes frutos
              poéticos, no ha sido por «falta de temperamento o naturaleza, sino de la cultura o
              arte». Hay que entender, por tanto, <hi rend="i">ex silentio</hi> que en esos tiempos
              de Colmenares la <hi rend="i">natura</hi> y el <hi rend="i">ars</hi> habían vuelto a
              unirse en un nuevo «asombro de Apolo»<note place="bottom">El empleo del término
                «asombro» (que el Diccionario de Autoridades, s.v. assombro, define como «el
                espanto, terror o confusión que ocasiona lo inopinado y terrible de algún objeto,
                accidente o novedad no esperada») puede, y creo que debe, ponerse en relación con el
                concepto estilístico de la <hi rend="i">admiratio</hi>: «En este sentido, la
                propuesta de la admiración (<hi rend="i">admiratio</hi>) como diferencia específica
                entre los objetivos del poeta y el orador propiciaba una separación tajante entre
                los objetivos de la oratoria y la poesía, además de permitir desde entonces lecturas
                más flexibles (e interesadas según los casos) de los principios horacianos del <hi
                  rend="i">delectare</hi> y <hi rend="i">prodesse</hi>» (Tubau 2007: 127-128 y 2008:
                346). </note> cordobés al que no se nombra, pero que cualquier lector mínimamente
              atento podía identificar sin problema…</p>
            <p>Una cita de la <hi rend="i">explanatio</hi> de fray Luis de León al <hi rend="i"
                >Cantar de los Cantares</hi>, probablemente o inexacta o manipulada (véase la nota
                <hi rend="i">ad loc.</hi>), le sirve a Colmenares para cargar contra la poesía
              española del siglo anterior (si bien salvando a Garcilaso, Herrera y, al parecer,
              Hurtado de Mendoza)<note place="bottom">Probablemente se refiera Colmenares a la
                tradicional poesía de tipo cancioneril (y de arte menor, en todos los
                sentidos).</note> con no otro objetivo que hacer resaltar la calidad alcanzada por
              la de su época, en la que destaca, asignando a cada uno una cualidad en la que
              descollaba, al propio Lope, Góngora, Paravicino, los Argensola, López de Zárate y
              Quevedo.</p>
            <p>Pasa después a defender que en ningún momento él ha creído ni declarado que la poesía
              no tenga fundamento en la retórica: antes bien, considera, desde su particular
              concepción del término «fundamento», contraria a la de Lope (véase arriba), que tanto
              la retórica, como la gramática y la lógica son la base de la poética (luego se
              subordinan a ella), y que esa es la «profesión» o disciplina a la que «compete»
              hablar, si «lo pide el intento», de todas la ciencias y profesiones del mundo. Ello se
              debe a que para ser poeta hay que reunir una vasta y profunda cultura, lo que hará de
              dicho poeta no ya un filósofo, sino prácticamente un profeta inspirado por la divinidad (los
              grandes poetas clásicos, dice Colmenares, fueron como «oráculos de sus repúblicas»).
              Todas estas ideas las sustenta en una cita –casi de mero ornato– del poeta Manilio (s.
              I d. C.), en otra, mucho más importante, de la <hi rend="i">Ars poetica</hi> horaciana
              (el v. 309: «Scribendi recte sapere est et principium et fons») y en un verso de Marco
              Girolamo Vida (1490-1566) procedente de su célebre <hi rend="i">Poética</hi>, muy
              leída en los siglos XVI y XVII. A Colmenares le parece incluso que este teórico se
              queda corto en su consejo de que el poeta se forme desde niño en toda clase de
              disciplinas: no debe limitarse a «paladearlas», sino que debe prácticamente darse un
              atracón de ellas, si es que quiere llegar a ser tan gran poeta como lo fueron aquellos
              Homero, Virgilio, Horacio, etc.</p>
            <p>Aun cambiando de tercio de manera un tanto inesperada (e inexplicada), es
              significativamente al mismo Vida, en el tercer libro de esa misma obra, al que alega
              Colmenares para sustentar la afirmación de que los poetas son los únicos a los que se
              concede la posibilidad de manejar el lenguaje de manera peculiar (es decir, con
              «licencias»), puesto que es a ellos a quienes corresponde el manejo de un lenguaje de
              «realzado» estilo. Es más, dice el segoviano: no solamente es una licencia, sino que
              es una necesidad, sea cual sea el asunto sobre el que trate su poema<note
                place="bottom">Explica Tubau (2007: 157 y 2008: 378) que ese empleo de <hi rend="i"
                  >licentia</hi> por parte de Vida deriva de la concepción retórica de la poesía que
                sustenta su <hi rend="i">Ars poetica</hi>, por lo que Colmenares se habría
                apresurado a puntualizar que las libertades del poeta no son meras licencias, sino
                una exigencia («necesidad importante») de su «profesión».</note>. Trae a colación
              una cita, no muy entendible en ese contexto, de los <hi rend="i">Poetices libri</hi>
              de Julio Cesar Escalígero, otra de Vitruvio en el proemio al quinto libro de su
              tratado sobre arquitectura y dos de la <hi rend="i">Institutio Oratoria</hi> de
              Quintiliano en las que este repara en las mayores y muchas más libertades que se
              conceden a los poetas, de las cuales deben abstenerse en general los oradores.</p>
            <p>En un giro aún más brusco que el anterior, Colmenares se las apaña para llevar la
              polémica al terreno personal y entrar por el camino de la censura de los géneros
              poéticos más bajos: esto es, los de estilo menos «realzado» y que, por ello, más se
              acomodan al gusto del vulgo, entre los que destaca –para mal, claro– la comedia.
              Después de recordarle a Lope, citándolos al pie de la letra, los célebres versos 45 a
              48 del <hi rend="i">Arte nuevo</hi> (aquellos que incluyen el celebérrimo pareado del
                <hi rend="i">justo</hi>/<hi rend="i">gusto</hi>, y la necesidad de hablarle «en
              necio» al vulgo), Colmenares continúa con una ristra de citas de autoridades clásicas
              y modernas que hablan sobre la humilde condición de la pobre comedia frente a la
              ilustre tragedia: en primer lugar, cómo no, las dos <hi rend="i">Poéticas</hi> por
              excelencia, la de Horacio y Aristóteles, pero también los comentarios del Brocense
              (quién sabe si maestro de Góngora y de Lope en Salamanca) a la primera de ellas, y la
                <hi rend="i">Syntaxis artis mirabilis</hi> de Pierre Gregoire, el Tolosano, una de
              las fuentes de erudición de las que solía beber Lope, como seguramente supiera bien
              Colmenares, quien aprovecha para lucir erudición introduciendo un breve inciso,
              completamente gratuito, acerca del supuesto segundo libro perdido de la <hi rend="i"
                >Poética</hi> aristotélica.</p>
            <p>Quintiliano, Francesco Florido Sabino (ya citado por Colmenares en su primera carta),
              el comentarista del <hi rend="i">Ars poetica</hi> horaciana Jacopo Grifoli, Denis
              Lambin, en su modélico comentario al <hi rend="i">De rerum natura</hi> de Lucrecio y,
              sobre todo, Julio César Escalígero, de nuevo en sus <hi rend="i">Poetices libri
                septem</hi>, son el elenco de autoridades que el segoviano acumula para ilustrar las
              censuras recibidas por Ovidio desde antiguo a causa de su excesiva autoindulgencia, la
              «facilidad» de sus versos y la obscenidad de estos: la imagen que se obtiene del autor
              latino uniendo todas esas opiniones es la de un poeta fácil, malo y vulgar (en todos
              los sentidos), imagen con la que Lope no podía más que estar en radical (y lógico)
              desacuerdo.</p>
            <p>La defensa de la pintura del que se presenta como contrapunto de Ovidio, Hieronymus
              van Aken, conocido en España como El Bosco, se fundamenta en un pasaje de la <hi
                rend="i">Historia de la Orden de San Jerónimo</hi> de fray José de Sigüenza, al que
              Colmenares no llega a nombrar, dando por hecho (quizá también con un punto de ironía)
              que Lope descubrirá su identidad solo a partir de las pocas palabras que de él
              reproduce. Sería el holandés un pintor serio y profundo para los doctos que saben
              captar el mensaje de sus cuadros, e incomprensible y ridículo para el vulgo, que solo
              ve en ellos meros «disparates»: lo mismo que sucede con la poesía sublime (siempre
              está la gongorina al fondo del cuadro, pero sin terminar de desvelarla). Antonio de
              Nebrija (comentando a Persio) advierte de lo insensato que es quien deja el juicio
              sobre sus poemas al criterio de la inculta masa, y Platón aporta una <hi rend="i"
                >sententia</hi> que cierra, sintetizándola perfectamente, toda esta amplia sección
              de la carta de Colmenares, desde que este inició sus andanadas contra el Lope portador
              del cetro de la «monarquía cómica» y contra el narcisista y <hi rend="i">lascivus</hi>
              Ovidio: «Hablan los poetas por medio de enigmas. Toda la poesía está, por su
              naturaleza, oscurecida de enigmas, y no a todo el mundo le es dado comprenderlos», lo
              que, proveniente de un diálogo platónico, aunque sospechoso de ser apócrifo, no deja
              de poner a la poesía en clara relación con todo lo inspirado por la divinidad.</p>
            <p>Tras el ya mencionado (y consabido) pasaje de san Agustín en el <hi rend="i">De
                doctrina Christiana</hi>, aquí complementado con otro tomado de sus comentarios al
              libro bíblico de los <hi rend="i">Números</hi>, en el que el santo enuncia también la
              idea de que los poetas hablan <hi rend="i">per aenigmata</hi> y recurriendo a una <hi
                rend="i">tropica locutio</hi> («lenguaje figurado»), la cual hay que saber descifrar
              para entender el mensaje que pretenden transmitir, Colmenares inicia su última
              digresión erudita –esta ya, como he dicho, completamente ajena a la discusión
              literaria aquí mantenida– acerca de si el equivalente latino (que no griego, como
              decía Lope en su carta de <hi rend="i">La Filomena</hi>) de <hi rend="i">aenigma</hi>
              era el término <hi rend="i">scirpus</hi> o <hi rend="i">scrupus</hi>. El prolijo
              inciso incluye citas de Aulo Gelio, Pietro Crinito (humanista discípulo de Policiano),
              el enciclopedista Ludovico Celio Rodigino, el botánico Rembert Dodoens y el
              lexicógrafo Konrad Gesner.</p>
            <p>Por último, y a propósito de las disputas entre poetas, tan negativas tanto para
              ellos como para su profesión, Colmenares comienza aludiendo a uno de los emblemas de
              la célebre colección de Johanes Sambucus (el de la anciana que dejó caer rodando por
              una cuesta un montón de cráneos humanos) para ilustrar los <hi rend="i">varii hominum
                sensus</hi> (las diversas opiniones de los hombres), los cuales dice el segoviano
              que son cosa no sorprendente e incluso positiva para el avance del conocimiento. Lo
              que él critica es, como decía, que quienes se dedican a una disciplina (y más siendo
              tan noble como la poesía) la menoscaben con disputas en las que se llega a emplear
              sucios argumentos <hi rend="i">ad personam</hi>. Tras incluir una cita de Quintiliano
              cuya pertinencia no termino de captar, y para ilustrar la alta estima en que los
              poetas eran tenidos en la Grecia y Roma antiguas, Colmenares recuerda un pasaje del
              diálogo <hi rend="i">Lisis</hi> de Platón, en que vuelve a afirmarse, como ya había
              hecho más arriba en la carta, la condición de líderes intelectuales y morales de los
              poetas en las sociedades en que viven; y, concretando más, recuerda una noticia
              transmitida por la biografía de Horacio debida a Suetonio (Colmenares se la atribuye
              erróneamente a Terencio en el margen del texto) según la cual el propio emperador
              Augusto llamaba la atención al poeta cuando consideraba que este no se preocupaba
              mucho por tener trato con él: lo cual –apunta el segoviano– contrasta negativa y
              dolorosamente con los tiempos presentes, y ello (se deduce) es culpa de los poetas, no
              de la sociedad ni de sus gobernantes.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>6. [Conceptos debatidos]</head>
          <p>Por mor de claridad y precisión, y puesto que ya se han mencionado con mayor o menor
            detenimiento en los epígrafes anteriores, expondré los conceptos debatidos en estos
            documentos de manera esquemática y en forma de lista:</p>
          <div>
            <head>Texto I (réplica de Colmenares a la carta de Lope en <hi rend="i">La
              Filomena</hi>)</head>
            <p/>
            <p>1. El no entendimiento de los poemas de Góngora debe achacarse a la falta de
              formación del lector, no al autor ni a sus textos.</p>
            <p>2. Esos poemas no deben juzgarse desde los principios de la retórica, sino desde los
              de la poética, pues se prohíben al orador muchas cosas que se permiten al poeta, y aun
              se esperan de él.</p>
            <p>3. La poesía no admite mediocridad de estilo.</p>
            <p>4. No hay pleonasmos ni anfibologías en los dos grandes poemas de Góngora.</p>
            <p>5. Las trasposiciones (o hipérbatos) son parte esencial de la poesía.</p>
            <p>6. A la poesía le corresponde el estilo realzado (frente al llano de la historia y el
              vehemente de la retórica).</p>
            <p>7. Escaso premio a la poesía en esa época en relación con el que en verdad se
              merece.</p>
            <p>8. Daño que causan los poetas a la profesión poética por atacarse vilmente unos a
              otros.</p>
            <p>9. Daño que causan los poetas a la profesión poética por querer halagar los gustos
              del vulgo.</p>
            <p>10. La comedia puede y debe adecuarse al gusto del vulgo que la paga, pero la lírica,
              la tragedia y la épica no pueden renunciar a su grandeza por acomodarse a las
              exigencias de aquel.</p>
            <p>11. Censura de los poetas (ejemplos: Esténelo en Grecia y Ovidio en Roma) que
              abajaron su estilo y lo vulgarizaron para ganar el aplauso popular.</p>
            <p>12. Necesidad de naturaleza y arte para ejercer la profesión poética y, por tanto,
              para dignificarla.</p>
          </div>
          <div>
            <head>Texto II (Respuesta no declarada de Lope a Colmenares en forma de nueva carta «a
              un señor de estos reinos», publicada en <hi rend="i">La Circe</hi>)</head>
            <p/>
            <p>1. Falta de idoneidad de los que solo son teóricos sobre poesía para juzgar la labor
              de los poetas.</p>
            <p>2. La poesía gongorina trata de introducir una «nueva lengua», no simplemente una
              poesía elevada y ajena al vulgo.</p>
            <p>3. La poesía es parte de la filosofía racional.</p>
            <p>4. El objeto de la poesía es el silogismo llamado ejemplo, como el llamado entimema
              lo es de la retórica.</p>
            <p>5. No es el verso la esencia de la poesía: puede haber poemas sin que estén en
              verso.</p>
            <p>6. La poesía tiene fundamento en la retórica, pues esta disciplina ejemplificaba
              habitualmente con testimonios de poetas.</p>
            <p>7. Las mismas figuras retóricas las emplean tanto oradores como poetas.</p>
            <p>8. La poesía tiene que hablar bien y al mismo tiempo deleitar.</p>
            <p>9. Necesidad del dominio de la filosofía para ser poeta de verdad.</p>
            <p>10. La poesía del Príncipe de Esquilache como modelo frente a la «nueva poesía».</p>
          </div>
          <div>
            <head>Texto III (Réplica de Colmenares a la carta de Lope en <hi rend="i">La
              Circe</hi>)</head>
            <p/>
            <p>1. Posibilidad de juzgar y exponer opiniones sobre poesía sin tener por fuerza que
              practicarla.</p>
            <p>2. La esencia de la poesía es la ficción (o «fábula»). El que se escriba en verso o
              prosa es mero accidente.</p>
            <p>3. La causa final de la poesía es enseñar deleitando: por ello suele recurrir al
              verso.</p>
            <p>4. La primera provincia romana, fuera de Italia, en que floreció la poesía fue
              Hispania, y en Hispania ya destacó Corduba (Córdoba) por sus grandes poetas.</p>
            <p>5. Florecimiento general de la poesía española en la época de Colmenares y lope, superando los fallos de
              los poetas del siglo XVI (salvo excepciones como Garcilaso o Herrera).</p>
            <p>6. La poesía tiene como fundamento, no ya solo la retórica, sino también las otras
              artes del <hi rend="i">trivium</hi> (gramática y lógica).</p>
            <p>7. La poesía puede tratar, y de hecho ha tratado, de todo tipo de saberes y
              disciplinas.</p>
            <p>8. El estilo que corresponde a la poesía es el «realzado».</p>
            <p>9. La poesía también tiene niveles: la comedia y los géneros que buscan la facilidad
              y llaneza pertenecen al más bajo.</p>
            <p>10. Ovidio como paradigma de poeta excesivamente fácil y llano.</p>
            <p>11. Los ataques entre poetas tienen como consecuencia el menoscabo y el desdoro de la
              profesión poética.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>7. [Otras cuestiones]</head>
          <p>Si Diego de Colmenares no se hubiera decidido a dar a la imprenta sus dos cartas junto
            con la que Lope optó por incluir en sus misceláneas <hi rend="i">La Filomena</hi>, de
            1621, y <hi rend="i">La Circe</hi> de 1624 (y es lo más verosímil que fuera el segoviano
            quien lo hizo), o si no se hubiera conservado ningún ejemplar del opúsculo en que se
            imprimieron, hoy nos encontraríamos, en primer lugar, con que nos sería prácticamente
            imposible entender la forma y sentido de la carta del Fénix en la <hi rend="i">La
              Circe</hi>, dirigida al «señor de estos reinos»; y, en segundo lugar, nos habríamos
            visto privados de conocer un enfrentamiento (uno más) de los que conformaron esta,
            llamémosla, «macropolémica» gongorina y de los que tanto abundaron en un periodo tan
            apasionante de la literatura y la cultura españolas y europeas. Y no de una polémica
            cualquiera ni menor, sino de una, como creo que se ha mostrado en las líneas anteriores
            y podrá comprobar cualquier lector de esta edición, realmente interesante y, en general,
            bastante bien fundamentada por parte de los dos contendientes, si bien es posible
            achacarles a ambos por igual fallos y aciertos, y tanto en conjunto como por
            separado.</p>
          <p>Partiendo de algo tan particular como es la defensa o condena de la poesía de Góngora y
            de sus recursos formales más llamativos (especialmente el hipérbaton), la discusión se
            va desplazando a un terreno mucho más teórico y general que atañe a la esencia de la
            poesía y a su ubicación tanto en el ámbito de la literatura (de sus géneros,
            principalmente) como en el del sistema de las disciplinas o <hi rend="i">artes</hi>, dos
            ámbitos que poseen un claro territorio de intersección, pero también otros particulares
            de cada uno. Y es en ese punto en el que ambos contendientes divergen de una manera tan
            radical, que prácticamente llegan a convertir su intercambio de pareceres en algo
            semejante a un diálogo de sordos, desde el momento en que, aunque a ratos lo parezca,
            ninguno llega de verdad a responder a las objeciones que el otro le plantea poniéndose
            en su misma perspectiva, sino encastillándose en la suya propia<note place="bottom">«En
              realidad, Colmenares y Lope escenifican el enfrentamiento entre dos tradiciones
              distintas, dos maneras de entender y valorar la literatura, enraizadas ambas en la
              tradición teórica europea del siglo XVI» (Tubau 2007: 121 y 2008: 339).</note>. El
            ejemplo más claro de ello es la segunda carta de Colmenares, que es seguramente la más
            valiosa desde el punto de vista literario, pero que no hace sino insistir tanto en las
            mismas ideas que ya había planteado en la primera, como sobre todo en la mortificación
            de Lope por la vía de mentarle de manera más explícita algunos de sus «monstruos» y
            «pecados» literarios. Esta polémica, pues, va pasando sutilmente, por obra de Colmenares
            y en la parte que le toca, de una defensa e ilustración de la poesía gongorina a un
            rechazo y vituperio de la de Lope, al que con habilidad va presentando el segoviano como
            una contrafigura del cordobés.</p>
          <p>Aunque Colmenares no lo afirma explícitamente, se supone que cualquiera puede llevar a
            cabo una larga y ardua tarea de formación en el <hi rend="i">ars</hi> de la poesía
            gracias a la cual consiga unos resultados que puedan considerarse dignos: esto es, que
            el <hi rend="i">ars</hi> o <hi rend="i">techne</hi> está abierta para todos. Siendo así,
            ¿por qué solo hay un poeta verdaderamente genial y sublime «cada siglo»? La respuesta es
            clara: porque la diferencia –recurriendo a las célebres dualidades horacianas, sobre las
            que se sustentaba la esencia del sistema literario vigente entonces– no se juega en el
              <hi rend="i">ars</hi>, sino en el <hi rend="i">ingenium</hi>, lo que supone que las
            distancias pueden y deben marcarse en el <hi rend="i">delectare</hi> que proporciona un
            empleo inusitado y radicalmente novedoso de los <hi rend="i">verba</hi>, único camino
            posible para una verdadera «restauración» de la poesía. La idea que subyace y late en la
            última parte de la epístola de Colmenares es que ese poeta «único y peregrino» (el que
            más –o el que de verdad– «ha nacido poeta»), en España y en su siglo, tiene un nombre:
            Luis de Góngora, cuya poesía le resulta oscura –ante todo, por supuesto y lógicamente–
            al torpe vulgo, y después, a los versistas «de medio pelo» que, en realidad, no dominan
            el oficio. Los que eran buenos poetas, pero no geniales como él, no tenían más remedio
            que o imitarlo o envidiarlo...</p>
        </div>
        <div>
          <head>8. [Conclusión]</head>
          <p>Lope inicia su carta recordando que Trasímaco, uno de los interlocutores del diálogo
            platónico «Sobre la república», le espeta en él a Sócrates con enojo –hastiado del
            célebre método mayéutico de este– que es «más fácil preguntar que responder», lo que el
            escritor madrileño equipara con la situación ante la que se encuentra quien es un mero
            teórico sobre una disciplina (que es el que pregunta) frente al que verdadera y
            asiduamente la practica (que es el que responde): en el caso de la disputa aquí
            planteada, el primero sería Colmenares y el segundo él mismo, un poeta reconocido. El
            segoviano responde en el comienzo de su segunda carta recordando que el propio Sócrates,
            poco más adelante en ese mismo pasaje, le dice a Trasímaco que, si este le demuestra
            estar en posesión de la verdad, no tendrá ningún inconveniente en rendirse ante alguien
            que ha demostrado ser más sabio, pues el que no sabe debe aprender del que sabe
            (recuérdese ahora la no menos célebre «ironía» socrática). Y Colmenares apostilla:
            «Hasta ahora, señor Lope de Vega, no está líquido cuál de los dos pregunta o responde».
            Es decir, que con las dos (mejor, tres) cartas cruzadas entre ellos, aún no está claro
            quién es el que de verdad sabe sobre poesía; o, dicho de otro modo y aplicando el símil
            con el diálogo platónico, quién es el que cree que sabe, pero en realidad no sabe (o
            sea, Trasímaco), y quién es el que de verdad sabe, pero es tomado y presentado por el
            otro como un ignorante (o sea, Sócrates). Por supuesto, y lógicamente, si pudiéramos
            preguntar a Lope y Colmenares con quién se identifican, ambos sin duda responderían que
            con Sócrates: es decir, con aquel que es capaz, a un tiempo, de hacer las «preguntas»
            clave y de dar las «respuestas» más sabias. Pero lo cierto es que al lector de esta
            polémica epistolar le sigue quedando al final de ella la misma duda, planteada por
            Colmenares, de quién es quién, y ello se debe a que los dos interlocutores preguntan y
            los dos responden, pero ninguno de ellos lo hace a la pregunta concreta que el otro le
            plantea, en una especie, como decía en el punto anterior, de «diálogo de sordos».</p>
          <p>Ambos contendientes saben, de manera en parte consciente, pero también inconsciente,
            que su posición en la polémica tiene un punto débil, y por ello considero que no es en
            absoluto casual que la parte más confusa de la exposición de cada uno coincida
            precisamente con el momento en que tienen que abordar ese punto: le sucede a Lope (que,
            no lo olvidemos, es ante todo un poeta), cuando se ve obligado a encajar a la fuerza la
            poesía en el marco de las disciplinas desde las que se aborda y se comunica todo el
            conocimiento humano; ello supone que la poética, con su lenguaje y sus modos de
            expresión, no es sino una vía más, como la de la retórica o la lógica, para acceder a la
              <hi rend="i">sapientia</hi> o filosofía, a la que todas están supeditadas y que les
            exige la mayor claridad posible. ¿Qué valor tienen entonces todos esos «mantras» –no
            menos repetidos por el propio Lope en toda su obra– de la inspiración, la musa, el
            (in)genio, la conexión directa del poeta con la divinidad, etc.? Ponerse del lado de un
            Savonarola supone renunciar a todo ello como pueriles, cuando no diabólicas, patrañas y
            supercherías, inadmisibles desde la seriedad intelectual. La poesía nada tiene, ni debe
            tener, de divino ni de arcano ni de enigmático: si su empleo «licencioso» del lenguaje
            la hace oscura y ambigua, ello quiere decir que es una poesía mala y hasta maligna, pues
            o no aporta nada de provecho o el que pueda tener se vela de manera inútil y
            gratuita.</p>
          <p>Del mismo modo, Colmenares se «trastabilla» intelectual y dialécticamente cuando se ve
            obligado a armonizar dos afirmaciones: la primera, que la poesía exige a sus <hi
              rend="i">professores</hi> una vasta y profunda formación cultural (ergo filosófica: es
            decir, que la filosofía es fundamento de la poesía y no al revés), dado que, según él,
            es la única actividad intelectual humana a la que, a un tiempo, se permite y se exige
            estar presta para abordar y exponer cualquier parcela del conocimiento; ello hace del
            poeta un ser humano especial que, por haber logrado conciliar la sabiduría con una
            capacidad privilegiada para transmitirla, se convierte en un «oráculo de su república»;
            la segunda afirmación es que ese poeta no solo está autorizado, sino que está obligado
            (pues si no, no hace verdadera «poesía») a emplear el lenguaje de una manera
            absolutamente peculiar, marcada por una constante «licencia» que lo convierte en un
            producto muy especial y solo accesible a una elite de lectores capaces de
            descodificarlo. Pero entonces, ¿en qué quedamos? ¿Cómo puede ser el poeta útil, cual
            «oráculo», a su «república» –esto es, a la sociedad en la que vive–, si envuelve su
            mensaje (pues a ello lo obliga supuestamente su «profesión») en un velo de dificultades
            lingüísticas impenetrables para la mayor parte de los miembros de esa sociedad? Si entre
            un poeta determinado (por ejemplo, de la Roma del siglo I a. C.) y una sociedad
            determinada (por ejemplo, la de la España del siglo XVII) no hay completo
            «entendimiento», ello es lógico, y achacable al mucho tiempo transcurrido y a los
            cambios operados en el devenir histórico: se necesitará la labor de los especialistas
            para ayudar a salvar esa distancia entre tal poeta y tal sociedad. Pero un poeta que
            crea para la sociedad de su tiempo, ¿necesitará que sus obras vayan acompañadas nada más
            salir de su mano o de la imprenta de una tarea exegética (o sea, de «comentos») que los
            aclare? Esa es la pregunta que supuestamente formulaba el «señor de estos reinos» a Lope
            en la breve misiva que motivó la carta-censura de Lope en<hi rend="i"> La Filomena</hi>
            y, a la postre, toda esta polémica.</p>
          <p>No obstante, pese a todo lo dicho hasta ahora, estoy convencido de que Lope de Vega y
            Diego de Colmenares estaban, en cuestiones que atañen a la poesía y su estatus, mucho
            más de acuerdo de lo que parece a juzgar por sus cartas cruzadas entre 1621 y 1624. Y es
            lógico, puesto que ambos no dejaban de pertenecer a un mundo y a una época histórica
            aferrados a un sistema de ideas, en el ámbito de la literatura, tremendamente
            monolítico, aunque permitiera algunas disensiones como las apuntadas en las cartas que
            aquí se editan. Lo que provoca que entren en conflicto es la aparición, en medio de ese
            sistema, de un prodigio, de un inclasificable <hi rend="i">monstrum</hi> literario (en
            eso tenían toda la razón sus rivales) que desconcertó a todo el mundo, incluidos todos
            los que pasaron, en su tiempo, por sus más acérrimos defensores: las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> de Luis de Góngora, poeta del que prácticamente nos habíamos olvidado
            en estas líneas, igual que Lope y Colmenares en sus cartas, en las que su figura se va
            difuminando hasta convertirse en una presencia latente.</p>
          <p>Colmenares, por ejemplo, no solo no se atreve a proclamar, para defender sus
            posiciones, la completa autonomía de la forma en poesía (habría sido un verdadero
            revolucionario adelantado muchos años, y aun siglos, a su tiempo), sino que ni siquiera
            tiene la audacia de defender de manera abierta y rotunda las osadías formales de la
            poesía gongorina: si se acusa a Góngora de emplear «pleonasmos y anfibologías» en sus
            poemas, el segoviano lo resuelve por el fácil expediente de negarlos en su poesía; y si
            se le afea el abuso de las «trasposiciones» o hipérbatos, lo defiende diciendo que eran
            algo completamente normal en la poesía y aun en la conversación de los latinos: es
            decir, no se atreve a hacer orgullosa bandera de esas «anomalías» poéticas (como, por
            otra parte, sí hará alguno de los defensores de Góngora). De hecho, y es responsabilidad
            casi total de Colmenares, esta controversia se diferencia de la mayoría de los textos
            que forman la llamada «polémica gongorina» sobre todo en la muy escasa mención y crítica
            de versos concretos de Góngora (compárese, por ejemplo, con el polémico <hi rend="i"
              >Antídoto</hi> de Jáuregui y las respuestas a este). En esa línea, tampoco ofrece
            Colmenares respuesta alguna a la afirmación de Lope (por sofística que fuera) de que él
            no critica tanto la poesía de Góngora cuanto la de sus imitadores (todos por fuerza
            malos, por ser su afán imposible), que es una de las ideas-fuerza de la carta de <hi
              rend="i">La Filomena</hi>, que, recordemos, provocó la réplica del segoviano<note
              place="bottom">En esa misma idea insiste aún Lope en el soneto «Claro cisne del Betis
              que sonoro» en alabanza de Góngora que incluye entre los poemas finales impresos en
                <hi rend="i">La Circe</hi> (f. 204), donde también tira contra los exégetas de sus
              poemas: «Los que por tu defensa escriben sumas / propias ostentaciones solicitan /
              dando a tu inmenso mar viles espumas.// Los ícaros defiendan que te imitan, / que como
              acercan a tu sol las plumas, / de tu divina luz se precipitan». La equiparación de 
              los imitadores de Góngora con Ícaros que se precipitan al vacío estaba ya presente 
              en la epístola al «señor de estos reinos» que Lope incluyó en <hi rend="i">La Filomena</hi> 
                (véase allí).</note>.</p>
          <p>Pero tampoco Lope, como decíamos, se halla en una posición precisamente cómoda. En su
            obsesión por alzarse con la «monarquía» en todos, o casi todos, los ámbitos de la literatura de su
            tiempo, se había encontrado, en apenas un trienio, con dos gravísimos retos a su
            objetivo: en 1617, un ataque desde el mundo académico (la <hi rend="i">Spongia</hi>), personificado en Pedro de Torres
            Rámila, que ponía en muy serias dudas su condición de poeta <hi rend="i">doctus</hi> y
              <hi rend="i">scientificus</hi>; y tres años antes, en 1614, la difusión de un extraño
            poema, las <hi rend="i">Soledades</hi> gongorinas, que sin duda lo dejó muy
            «descolocado», pues era muy difícil combatirlo y, no digamos, superarlo y anularlo: en
            el plano formal, «proponía» una verdadera revolución que no tardó en ganar adeptos casi
            cada día que pasaba, y en el plano del contenido resultaba tan proteico, tan
            escurridizo, que era tarea punto menos que inútil tratar de contrarrestarlo: ¿cómo
            hacerlo? ¿escribiendo un poema épico? ¿lírico? ¿bucólico? Pero resultaba que ese
            «engendro» gongorino era algo nuevo precisamente porque era la suma y síntesis
            inextricable de todos esos géneros, e incluso de otros varios más...</p>
          <p>A partir de 1620, una vez encajados y asimilados los dos «golpes», una buena parte de
            la producción poética de Lope va a ser en gran medida un intento de respuesta a esos
            retos: empezando por la propia miscelánea <hi rend="i">La Filomena</hi> (1621), en la
            cual la primera parte del poema que le da título será el inicial intento de proponer
            (sin éxito, como la posteridad ha demostrado) un modelo de poema mitológico (de <hi
              rend="i">epilio</hi>, aunque por entonces nadie empleara esa etiqueta, nacida en el
            siglo XIX) enfrentado al del <hi rend="i">Polifemo</hi> gongorino y al que seguirán,
            como se sabe, otros como <hi rend="i">La Andrómeda</hi> (incluida en <hi rend="i">La
              Filomena</hi>) y <hi rend="i">La Circe</hi> (1624); y cuya segunda parte (ya en forma
            de silva, que no en octavas reales), además de un evidente ajuste de cuentas con Torres
            Rámila bajo la figura del negro y torvo tordo, es todo un despliegue de erudición
            filosófica puesto en boca de la canora Filomena, trasunto del propio Lope; como lo será,
            por ejemplo, la extensa y «filosófica» <hi rend="i">Isagoge a los Reales Estudios de la
              Compañía de Jesús</hi> (de 1629, pero publicada póstumamente en <hi rend="i">La vega
              del Parnaso</hi>, de 1637) o el mismo comento, tan erudito y sesudo (con su amplio
            despliegue de graves <hi rend="i">auctoritates</hi>), al célebre soneto «La calidad
            elementar resiste» que incluirá al final de <hi rend="i">La Circe</hi>, tras haberlo
            publicado ya en el cierre de <hi rend="i">La Filomena</hi> recuperándolo, como se
            sabe, de la comedia <hi rend="i">La dama boba</hi><note place="bottom">La presencia de
              la filosofía en <hi rend="i">La Circe</hi> es algo verdaderamente llamativo y
              relevante, y ha sido analizado por Tubau (2001) en un brillante artículo de muy
              significativo título.</note>. Esos textos son, al mismo tiempo, una respuesta a Torres
            Rámila y una demostración práctica de una parte de las ideas defendidas en este cruce
            epistolar con Diego de Colmenares: luego están escritos con un ojo puesto en su enemigo
            de la universidad alcalaína y otro en Góngora y su séquito de defensores. El ataque a la
            parte formal de la poesía del cordobés se repartirá, sobre todo, entre las reflexiones
            teóricas a ese respecto contenidas en estas dos epístolas y las numerosas parodias y
            alusiones maliciosas que Lope ya no dejará de prodigar en sus obras hasta el final de
            sus días.</p>
          <p>Con todo eso, que no es poco, tuvo que conformarse Lope; porque lo que nunca logró fue
            replicar a Góngora en su mismo terreno y discutirle el indiscutible y sonoro triunfo
            obtenido con las <hi rend="i">Soledades</hi> escribiendo una obra a la altura poética de
            estas. Ello no quiere decir que el Fénix no volviera a lograr alcanzar verdaderas cimas
            literarias (y sublimes); pero eso fue cuando de verdad fue Lope y escribió «a lo Lope»:
            en mi modesta opinión, tan geniales, «difíciles» (la una en su «culteranismo» —término
            empleado por el propio Lope en esta polémica— y la otra en su conceptismo) y no
            superadas en su tiempo (ni aun mucho después) fueron las <hi rend="i">Soledades</hi> del
            cordobés como las <hi rend="i">Rimas del maestro Burguillos</hi> del madrileño.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. [Establecimiento del texto]</head>
          <p rend="noindent">Textos I y III: a partir del impreso <hi rend="i">Discurso de la nueva
              poesía</hi> (s.l.: s.n., s.a.), uno de cuyos escasos ejemplares conservados es BNE
            R/24123(1), aquí utilizado<note place="bottom">El volumen fue publicado en facsímil por
              Antonio Pérez Gómez en su serie <hi rend="i">Lope de Vega. Obras sueltas</hi> (t. II),
              Cieza, «… la fonte que mana y corre…», 1969, p. 44-53. En Tubau (2007: 167-170 y 2008:
              386-389) pueden verse los ejemplares de la obra localizados por este estudioso, así
              como en Profeti (2002: 392-393). </note>. Este impreso incluye también el texto II, de
            Lope de Vega, aquí editado, así como su <hi rend="i">censura</hi> de la «nueva poesía»
            incluida en <hi rend="i">La Filomena</hi> (1621).</p>
          <p>Texto II: a partir de la <hi rend="i">editio princeps</hi> de <hi rend="i">La
              Circe</hi> de Lope de Vega (Madrid: En casa de la viuda de Alonso Martín, a costa de
            Alonso Perez, 1624).</p>
          <p>Por otra parte, tanto Zarco Cuevas (1925) como Bergmann (1985) ofrecen la transcripción
            de la primera carta de Colmenares (texto I) a partir de la copia manuscrita autógrafa
              [<hi rend="i">C</hi>] que se conserva en la Biblioteca Agustiniana de El Escorial
            (sign. 49-II-28). Esa versión manuscrita, que no difiere sustancialmente de la impresa,
            la he consultado para establecer el texto I. Además de indicar todas las variantes en
            las correspondientes notas de aparato crítico, se ha optado por añadir en el texto
            algunas lecturas presentes en ese manuscrito y ausentes del impreso, ante la posibilidad
            de que esa ausencia obedezca a error (o decisión) de imprenta y no al deseo del propio
            Colmenares. En el resto, se otorga preeminencia casi siempre a la lectura del impreso
            frente a la del aislado manuscrito.</p>
        </div>
        <div>
          <head>10. [Bibliografía]</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Anónimo</hi> (pero atribuida generalmente a Cicerón en
              tiempos de esta polémica):</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Ad Herennium.</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Arias Montano</hi>, Benito:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Rhetoricorum libri quattuor</hi>, Amberes: Ex officina
              Christophori Plantini, 1569.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Aristotelis Poetica per Alexandrum Paccium, Patritium Florentinum,
                in Latinum conuersa</hi>, Venecia: in aedibus Aldi et Andreae Asulani soceri,
              1536.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Aristotelis Rhetoricorum ad Theodecten, Giorgio Trapezuntio
                interprete, libri III. Eiusdem Rhetorices ad Alexandrum, a Francisco Philelpho in
                Latinum versae</hi>, París: Apud Simonem Colinaeum, 1540.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Baronio</hi>, Cesare:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Annales Ecclesiastici</hi>, Roma: Ex typographia Vaticana,
              1588-1607 (12 vol.).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Beda</hi>, el Venerable:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De schematibus et tropis Sacrarum Literarum</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Beuter</hi>, Pedro Antonio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Primera parte de la Corónica General de España</hi>, Valencia: En
              casa de Ioan de Mey, 1546.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Carbone da Costacciaro</hi>, Lodovico:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De dispositione oratoria disputationes XXX</hi>, Venecia: Apud
              Damianum Zenarum, 1590.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Catulo</hi>, Gayo Valerio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Carmina</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cicerón</hi>, Marco Tulio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Brutus</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Pro Plancio oratio</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">De finibus bonorum et malorum</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Crinito</hi>, Pietro:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De honesta disciplina</hi>, Florencia: per Philippum Iuntam,
              1505.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Despauterius</hi>, Johannes:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De figuris liber</hi>, París: Iodocus Badius Ascensius,
              1519.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Dextro</hi>, Flavio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Fragmentum Chronici, siue Omnimodae Historiae Flauii Dextri
                Barcinonensis, cum Chronico Marci Maximi, et Additionibus Sancti Braulionis, et
                etiam Helecae Episcoporum Caesaraugustanorum</hi>, Zaragoza: Apud Ioannem a Lanaja,
              et Quartanet, 1619.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Dodoens</hi>, Rembert:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Stirpium historiae pemptades sex, siue libri XXX</hi>, Amberes: Ex
              officina Christophori Plantini, 1583.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Escalígero</hi>, Julio César:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Poetices libri septem</hi>, Lion: Apud Antonium Vincentium,
              1561.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Florido Sabino</hi>, Francesco:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Lectionum succisiuarum libri tres</hi>, Basilea: s.n.,
              1539.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gelio</hi>, Aulo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Noctes Atticae</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Génébrard</hi>, Gilbert (Gilbertus Genebrardus):</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Chronographia in duos libros distincta</hi>, París: Apud Martinum
              Iuuenem, 1567.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Chronographiae libri IV</hi>, París: Apud Martinum Iuuenem,
              1580.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gesner</hi>, Konrad:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Lexicon Graecolatinum</hi>, Basilea: in officina Ioan. Vualderi,
              1537.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gregoire</hi>, Pierre (Petrus Gregorius Tolosanus):</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Syntaxes artis mirabilis in libros septem digestae</hi> Lion: Apud
              Antonium Gryphium, 1575 (primer vol.); Lion: Apud Antonium Gryphium, 1576 (segundo
              vol.).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Grifoli</hi>, Jacopo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Q. Horatii Flacci liber de Arte poetica Iacobi Grifoli
                Lucinianensis interpretatione explicatus</hi>, Florencia: s.n., 1550.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Heródoto</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Historias</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio</hi>, Quinto:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Ars Poetica siue Epistula ad Pisones</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Satyrae</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Carmina siue Odae</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Isidoro</hi> de Sevilla, San:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Etymologiae</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lactancio</hi>, Lucio Celio Firmiano:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Diuinae Institutiones</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">León</hi>, fray Luis de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">In Cantica Canticorum Salomonis explanatio</hi> (<hi rend="i"
                >secunda editio ab ipso authore recognita</hi>), Salamanca: Excudebat Lucas a Iunta,
              1582.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Luciano</hi> de Samosata:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Quomodo historia scribenda sit</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lucrecio</hi>, Tito:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De rerum natura</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Macrobio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Saturnalia</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Manilio</hi>, Marco:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Astronomicon</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nebrija</hi>, Elio Antonio de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Dictionarium Latinum-Hispanicum</hi>, Salamanca: s.n.,
              1492.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">In A. Persium flaccum poetam satyricum interpretatio</hi>,
              Sevilla: impensis Ioannis Laurentii arte et ingenio Iacobi Kromberger alemani,
              1504.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nores</hi>, Jasón de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">In epistolam Q. Horatii Flacci de Artepoetica interpretatio</hi>,
              Venecia: Apud Andream Arrivabenum, 1553.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ovidio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Metamorphoses</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Persio</hi>, Aulo:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Satyrae</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Petrarca</hi>, Francesco:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Rerum familiarium libri</hi>, en <hi rend="i">Francisci Petrarchae
                Florentini</hi> […]<hi rend="i"> Opera quae extant omnia</hi>, Basilea: Per
              Sebastianum Henricpetri, 1581.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pico della Mirandola</hi>, Giovanni:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epistulae</hi>, en <hi rend="i">Angeli Politiani et aliorum
                virorum illustrium epistolarum libri XII</hi>, Hanau: Apud Petrum Antonium,
              1622.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Platón</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">República</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Fedón</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Alcibíades segundo</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Lisis</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Plauto</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Captiui</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Plinio</hi>, el Joven:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Epistulae</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>, Marco Fabio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">M. Fabii Quintiliani</hi> [...] <hi rend="i">institutionum
                oratoriarum libri XII</hi> [...] <hi rend="i">Addita sunt Petri Gallandii
                argumenta</hi>, París: Apud Geruasium Cheuallonium, 1538.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Rodrigues de Évora</hi>, Andrés (Andreas
              Eborensis):</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sententiae et exempla ex probatissimis scriptoribus collecta et
              per locos communes digesta</hi>, París: apud Gulielmum Iulianum, 1575.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Escalígero</hi>, José Justo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Catulli, Tibulli, Propertii noua editio</hi>, París: Apud Mamertum
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            <bibl>—, <hi rend="i">In librum Aristotelis de arte poetica explicationes</hi>,
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Rodigino</hi>, Ludovico Celio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Antiquarum lectionum libri XVI</hi>, Venecia: Aldus, 1516.</bibl>
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sambucus</hi>, Johannes:</p>
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">San Agustín</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De doctrina Christiana</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">De musica</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Quaestiones in Heptateuchum</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sánchez de las Brozas</hi>, el Brocense, Francisco:</p>
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              Salamanca: Excudebat Mathias Gastius, 1558.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Savonarola</hi>, Girolamo:</p>
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Scala</hi>, Bartolomeo:</p>
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Second Everaerts</hi>, Jan:</p>
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sigüenza</hi>, fray José de:</p>
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Suárez</hi>, Cipriano:</p>
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Suetonio</hi>, Gayo:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i">Vita Horatii</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Talon</hi>, Omer (Audemarus Talaeus):</p>
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vega</hi>, Lope de,</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Rimas... Ahora de nuevo añadidas con el Nuevo Arte de hacer
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            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vida</hi>, Marco Girolamo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De arte poetica libri tres</hi>, París: ex officina Roberti
              Stephani, 1527, y Roma: apud Ludovicum Vicentinum, 1527.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Virgilio</hi>, Publio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Eneida</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vitruvio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De architectura libri decem</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Zonaras</hi>, Juan:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epítome de historia</hi>.</bibl>
          </div>
          <div>
            <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
            <div>
              <head>10.2.1 Referencias bibliográficas del editor (manuscritos e impresos anteriores
                a 1800)</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Agrícola</hi>, Rodolfo:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Colmenares</hi>, Diego de:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jáuregui</hi>, Juan de:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jiménez Patón</hi>, Bartolomé:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nizzoli</hi>, Mario:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Obseruationes in M. T. Ciceronem</hi> [luego más conocido como
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pérez de Montalbán</hi>, Juan:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quevedo</hi>, Francisco de (ed.):</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tesauro</hi>, Emmanuele:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Textor</hi>, Juan Ravisio:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vega</hi>, Lope de:</p>
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              <bibl>—, «La pobreza estimada», en <hi rend="i">Decimaoctaua parte de las comedias de
                  Lope de Vega Carpio</hi>, Madrid, por Iuan Gonçalez, a costa de Alonso Perez,
                1623, f. 24r-51r.</bibl>
              <bibl>—, «El capellán de la Virgen», en <hi rend="i">Decimaoctaua parte de las
                  comedias de Lope de Vega Carpio</hi>, Madrid, por Iuan Gonçalez, a costa de Alonso
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            <div>
              <head>10.2.2 Impresos posteriores a 1800</head>
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                  >http://www.um.es/tonosdigital/znum4/estudios/ravisio.htm</ref>.</bibl>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Porqueras Mayo</hi>, Alberto:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Profeti</hi>, Maria Grazia:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sánchez Jiménez</hi>, Antonio:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Savonarola</hi>, Girolamo:</p>
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            </div>
          </div>
        </div>
      </div>
      <div>
        <head>Texto de la edición</head>
        <div xml:id="Respuestaalacensuraantecedente">
          <index indexName="resp" n="Colmenares, Diego"/>
          <index indexName="adressee" n="Vega Carpio, Lope de"/>
          <index indexName="date" n="1624"/>
          <head>I <lb/>Respuesta a la censura antecedente</head>
          <p><pb n="f. 8v"/> Los antiguos, como dice <persName type="authority" key="Heródoto"
              precision="3">Heródoto</persName><note place="margin"> Herod. in Melpomene</note><note
              place="bottom"> Cada uno de los nueve libros de las <hi rend="i">Historias</hi> de
              Heródoto de Halicarnaso (s. V a. C.) lleva como título el nombre de una de las nueve
              Musas; el cuarto corresponde a Melpómene, y en él la única mención –escasamente
              relevante– que he hallado a festividades en honor de la diosa Atenea (o Minerva) se
              encuentra en IV, 180.</note> y vuestra merced, señor Lope de Vega, sabe muy bien<note
              place="bottom"> Esto nos lo encontraremos en más de una ocasión durante este
              intercambio epistolar: Diego de Colmenares, al traer a colación algún pasaje de un
              texto antiguo, afirma su supuesta convicción de que Lope lo conoce perfectamente. A mi
              juicio, casi siempre está dicho de manera irónica, como mofa de la, para el segoviano,
              falsa erudición que tantas veces trataba de exhibir su adversario.</note>,
            solemnizaban las fiestas de Minerva con competencias, solemnidad propia a tal deidad,
            pues tantos afirman que nació de ellas<note place="bottom"> Parece aludirse aquí a una
              de las leyendas en torno al nacimiento de la diosa de la sabiduría, Minerva o Atenea:
              así, según la <hi rend="i">Teogonía</hi> de Hesíodo, su padre, Júpiter-Zeus, la habría
              engendrado tras unirse con la ninfa marina Metis. Los dioses Gea y Urano advirtieron a
              aquel de que el hijo o hijos que tuviera con esa ninfa podrían superarlo en poder y
              llegar a destronarlo (ahí es donde aparece la posible «competencia» a la que se
              referiría Colmenares), por lo que le aconsejaron devorar a la ninfa tras yacer con
              ella, lo que el dios hizo. Finalmente, la diosa de la sabiduría brotaría de la cabeza
              de su padre.</note>. Y habiendo yo visto la censura de la nueva poesía que al fin de
              <title>La Filomena</title> ha salido impresa, tan cuerda y tan cortés como su
              autor<note place="bottom" type="app" rend="I"> tan cuerda y tan cortés como su autor
                <hi rend="i">add. C : om. B</hi></note>, me pareció hacer a vuestra merced, como a
            padre de la profesión poética<note place="bottom" type="app" rend="I"> de la <hi
                rend="i">B</hi> : desta<hi rend="i"> C</hi></note>, esta fiesta o, por mejor decir,
            juguete, pues tal sería la competencia del mosquito con el elefante<note place="bottom"
              type="app" rend="I"> o por mejor […] elefante <hi rend="i">add. C : om. B</hi>
            </note>
            <note place="bottom"> Se alude a dos adagios erasmianos, el 966 (<hi rend="i">Indus
                elephantus haud curat culicem</hi>: «Nada le importa un mosquito al elefante de la
              India») y el 2027 (<hi rend="i">Culicem elephanti conferre</hi>: «Comparar un mosquito
              con un elefante»). Colmenares se presenta, irónicamente, como un diminuto y humilde
              mosquito que, en teoría, poco puede molestar, con este «juguete», al elefante
              Lope.</note>.</p>
          <p>Confieso llanamente, señor, que en viendo estos dos poemas<note place="bottom"> El
                <title>Polifemo</title> y las <title>Soledades</title> seguramente.</note> que tan
            alterada traen la república poética, me llevaron la afición algunas cosas que de ellos
            entendí; y las que yo, como poco erudito, no alcancé, me declaró su autor<note
              place="bottom">
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName></note> a
              boca<note place="bottom"><hi rend="i">a boca</hi>: «adv. que expresa el modo de tratar
              algún negocio de palabra, y careándose los sujetos, y no por cartas o papeles» (<hi
                rend="i">Autoridades</hi>).</note>; donde conocí con cuánta cordura<note
              place="bottom" type="app" rend="I"> cordura <hi rend="i">B</hi> : razón <hi rend="i"
                >C</hi></note> respondió Sexto Cecilio a Favorino sobre la oscuridad de las
              <title>Doce Tablas</title>: <quote><hi rend="i">Obscuritates earum non assignemus
                culpae scribentium, sed inscitiae non assequentium</hi><note place="margin"> Aul.
                Gellius noct. I </note>
              <note place="bottom"> La cita procede de Aulo Gelio, <hi rend="i">Noctes Atticae</hi>,
                XX, 1, 5: «No atribuyamos sus oscuridades a los que las redactaron, sino a la
                ignorancia de los que no las entienden». Favorino de Arles fue un famoso filósofo
                del s. II d. C. adscrito a la llamada <hi rend="i">Segunda Sofística</hi>. Sexto
                Cecilio fue, por su parte, un reputado jurisconsulto romano. Las <hi rend="i">Doce
                  Tablas</hi> se refiere a las conocidas como «Leyes de las XII tablas» (<hi
                  rend="i">Duodecim tabularum leges</hi>), la más antigua compilación de normas
                consuetudinarias (se remontan al s. V a. C.) que tenían en Roma carácter de leyes
                («escritas para gobierno común del pueblo») y de las que se conserva actualmente un
                conjunto de fragmentos por transmisión indirecta; su antigüedad hace de ellas un
                texto especialmente complejo y, por tanto, oscuro.</note>; considerando yo que si
              aquello procedía en las leyes, escritas para gobierno común del pueblo, con cuánto
              mayor razón procedería en un poema escrito antes para solo Platón que para todo el
                vulgo<note place="bottom" type="app" rend="I"> vulgo <hi rend="i">B</hi> : pueblo
                  <hi rend="i">C</hi></note> de Atenas, como célebremente quiso Antímaco cuando
              dejado del vulgo, que no le entendía, y atendido solo<note place="bottom" type="app"
                rend="I"> solo <hi rend="i">B : om. C</hi></note> de Platón, dijo: <quote><hi
                  rend="i">Plato mihi unus instar est omnium</hi></quote>. Y después confirmó el
              prudentísimo <persName type="authority" key="Cicerón" precision="3">Cicerón</persName>
              con aquel prudentísimo<note place="bottom" type="app" rend="I"> prudentísimo <hi
                  rend="i">B : om.</hi> C</note> axioma: <quote><hi rend="i">Poema reconditum
                  paucorum approbatione, oratio popularis ad sensum vulgi debet
                moueri</hi></quote><note place="margin"> Cicer. in Bruto post medium </note>
            </quote><note place="bottom"> Efectivamente, cuenta Cicerón en el <hi rend="i"
                >Brutus</hi> (51, 191) que el poeta Antímaco (véase luego la nota 151 a la carta de
              Lope) realizó una lectura pública de cierta obra suya y que todos los asistentes,
              salvo Platón, acabaron por marcharse. El poeta habría dicho entonces: «Platón me vale
              a mí por todos» (en el texto de Cicerón dice en realidad «Plato enim mihi unus instar
              est centum milium»; formulada como lo hace Colmenares aparece, por ejemplo, en el
              popular <hi rend="i">Thesaurus Ciceronianus</hi> de Nizzoli (<hi rend="i">s.v.</hi>
              Plato): véase la nota 70 a la edición de la carta de Lope en <hi rend="i">La
                Filomena</hi>: <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                >1621_censura-lope</ref>). Y Cicerón añade que «un poema complejo debe lograr la
              aprobación de una minoría, y un discurso popular el beneplácito de la masa». La
              formulación del texto ciceroniano que ofrecen las ediciones actuales es: «poema enim
              reconditum paucorum approbationem, oratio popularis adsensum vulgi debet movere».
              También aparece tal como lo cita Colmenares (con el infinitivo final en voz pasiva, no
              activa) en el mencionado <hi rend="i">Thesaurus</hi> de Nizzoli (<hi rend="i"
                >s.v.</hi> sensus). Señalemos, por otra parte, que la citada anécdota de Antímaco y
              Platón aparece en otros textos de la polémica gongorina, como el <hi rend="i">Examen
                del «Antídoto»</hi> de Fernández de Córdoba –1615_examen– y los <hi rend="i"
                >Discursos apologéticos</hi> de Díaz de Rivas –1616_discursos-diaz– (Tubau 2007:
              147, n. 114 y 2008: 367, n. 114).</note>. Fue cuerda diferencia, a mi parecer, en la
            cual se <pb n="f. 9r"/> funda mi intento, pues <quote><hi rend="i">non omnia omnibus
                pari filo conueniunt</hi></quote>, como dijo el mirandulano fénix<note
              place="bottom"><persName type="authority" key="Pico della Mirandola, Giovanni"
                precision="3">Giovanni Pico della Mirandola</persName></note> a Hermolao<note
              place="margin">Picus Mirand. in Epistol.</note><note place="bottom">Colmenares le
              devuelve el golpe a Lope con una cita procedente de la misma célebre epístola de Pico
              della Mirandola a Hermolao Barbaro fechada en 1485 que citaba aquel (véase la nota 56
              a la edición de la carta de Lope en <hi rend="i">La Filomena</hi>: <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                >1621_censura-lope</ref>; ed. cit. allí, p. 332). El adagio 466 de Erasmo de
              Rotterdam es «Non omnia pari filio conueniunt», y su explicación la inicia el
              humanista holandés indicando que «Pro prouerbio Picus Mirandulanus protulit, e medio
              fortasse sumptum. Quo significamus non omnes dicere omnia neque omnia omnes posse»
              («Pico della Mirandola lo empleó como proverbio, tal vez tomándolo del uso común: con
              él queremos significar que no todo el mundo lo dice todo y que no todo el mundo lo
              puede todo»). Por otra parte, lo de «mirandulano fénix» no es, como puede sospecharse,
              una expresión empleada de modo inocente por Colmenares: hay que tener en cuenta que el
              título de «fénix de los ingenios» había sido aplicado, más de un siglo antes que a
              Lope, al mismo Giovanni Pico della Mirandola. Por ejemplo, Emanuele Tesauro, en su
              bien conocido <hi rend="i">Cannochiale Aristotelico</hi> y al hablar de la antonomasia
              dice: «come la <hi rend="i">Fenice degl’ingegni</hi> per Pico della Mirandola, il <hi
                rend="i">Filosofo</hi> per Aristotele, il <hi rend="i">Savio</hi> per Salomone, il
                <hi rend="i">Romano favellatore</hi> per Marco Tullio» (<hi rend="i">Il Cannochiale
                Aristotelico</hi>, Venecia: Presso Paolo Baglioni, 1669, p. 221). Seguramente,
              Colmenares pretende recordárselo a Lope como de pasada, pero con toda
            malicia.</note>.</p>
          <p>Y así, me admiro de<note place="bottom" type="app" rend="I"> de <hi rend="i">B : om
                C</hi></note> que vuestra merced fundase su doctrina en principios de tan diversa
            profesión como es la retórica de la poética, como aun lo muestra el primer lugar que
            cita de <persName type="authority" key="Aulo Gelio" precision="3">A. Gelio</persName>:
                <quote><hi rend="i">Verbis uti aut nimis obsoletis exculcatisque aut insolentibus
                nouitatisque durae et illepidae par esse delictum videtur</hi><note place="margin">
                Agellius 11 noct. 7 </note>
              <note place="bottom"> Véase la nota 49 a la edición de la carta de Lope en <hi
                  rend="i">La Filomena</hi> (<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                  >1621_censura-lope</ref>). La cita de Aulo Gelio reproducida por Colmenares es
                correcta y no presenta los errores de la de Lope, aunque tampoco el segoviano, sea
                por descuido suyo, sea por fallo de imprenta, está libre de introducir lecturas
                erróneas en sus citas (véase por ejemplo la del <hi rend="i">Brutus</hi> de Cicerón
                que cita aquí poco antes o en la siguiente del mismo Gelio).</note>. Yerro
              justamente imputado a un abogado que en los estrados introdujo palabras de un poeta,
              sacándolas de su centro, como parece que insinúa la ironía de aquellas palabras,
              dichas del mismo: <quote><hi rend="i">Ea quae sibi duo verba ad orationum ornamenta
                  seruauerat</hi></quote><note place="bottom"> Efectivamente, en ese capítulo XI, 7
                de las <hi rend="i">Noctes Atticae</hi> de <persName type="authority"
                  key="Aulo Gelio" precision="3">Aulo Gelio</persName> se cuenta la anécdota de un
                viejo abogado que en su discurso ante el juez inserta un par de palabras muy raras
                que había leído en poetas arcaicos (en concreto, en Plauto y Cecilio). Gelio
                apostilla: «eaque sibi duo verba ad orationum ornamenta seruauerat» («y se había
                reservado ese par de palabras para adornar sus discursos»).</note>. No le es lícito
              al orador, que solo trata de persuadir con fuerza de razones vehementes<note
                place="bottom" type="app" rend="I"> que solo […] vehementes <hi rend="i">B : om.
                  C</hi></note>, inventar vocablos ni frases, ni usar de los poéticos, como vuestra
              merced bien sabe y prueba con los lugares de nuestro<note place="bottom" type="app"
                rend="I"> nuestro <hi rend="i">B : om. C</hi></note>
              <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="3">Quintiliano</persName>,
              maestro siempre de oradores, no de poetas, como él mismo protesta diciendo: <quote><hi
                  rend="i">Nos, omissis quae nihil ad instituendum oratorem
                pertinent</hi></quote><note place="bottom"> Quintiliano, <hi rend="i">Institutio
                  Oratoria</hi>, VIII, 6, 2: «Nosotros, dejando a un lado todo aquello que en nada
                atañe a la formación del orador».</note>, y tanto, que consiguientemente se queja
              que <quote><hi rend="i">in illo plurimum erroris, quod ea quae poetis, qui et omnia ad
                  voluptatem referunt et plurima vertere etiam ipsa metri necessitate coguntur,
                  permissa sunt</hi></quote><note place="bottom" type="app" rend="I"> permissa sunt
                  <hi rend="i">B : om. C</hi></note> conuenire quidam etiam prorsae putant<note
                place="margin"> Quint. 8 instit. 6 </note>
            </quote><note place="bottom"> Quintiliano, <title>Institutio Oratoria</title>, VIII, 6,
              17: «Es el mayor error creer, como hacen algunos, que también a la prosa puede
              cuadrarle aquello que se permite a los poetas, quienes todo lo encaminan al deleite y
              se ven obligados incluso a trastocar muchas cosas por las propias exigencias de la
              métrica».</note>. Bien lejos está de dar preceptos poéticos quien tanto desvía sus
            frases, y con razón: pues para persuadir de boca, más eficaces serán los vocablos y
            frases conocidas que las extravagantes; por cuya causa reprueba <persName
              type="authority" key="Cicerón" precision="3">Cicerón</persName>, aunque en diverso
            propósito, las anfibologías dialécticas<note place="margin"> Cicer. 2 ad
              Heren.</note><note place="bottom">Véase la nota 70 a la edición de la carta de Lope en
                <hi rend="i">La Filomena</hi> (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                >1621_censura-lope</ref>).</note>. Y nuestro Apolo español <persName
              type="authority" key="Arias Montano, Benito" precision="3">Arias Montano</persName>
            declaró esta causa mejor que todos en sus <title>Retóricos</title>, que podrá ser estén
            en el librico de la remuneración que aquel señor envió a vuestra merced<note
              place="bottom"> Parece referirse Colmenares a la respuesta del «señor de estos reinos»
              a la primera carta de Lope en <hi rend="i">La Filomena</hi> (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                >1621_censura-lope</ref>): allí le anuncia, como «remuneración» por las molestias,
              el envío de las obras completas de Lipsio y de los <hi rend="i">Humanae salutis
                monumenta</hi> de Arias Montano. No termino de entender por qué le dice aquí
              Colmenares a Lope que tal vez en ese libro estuviera el tratado en verso sobre
              retórica que publicó el gran humanista de Fregenal, pues son obras completamente
              diferentes. </note>
            <note place="bottom" type="app" rend="I"> que aquel […] merced <hi rend="i">B : om.
                C</hi></note>:</p>
          <quote>
            <l>Esto igitur semper proprii sermonis amator </l><pb n="f. 9v"/>
            <l>et conare nouas non intermittere voces,</l>
            <l>ni ratio et rerum nouitas postulet, ut sic</l>
            <l>dissimules studium et tantum dixisse puteris</l>
            <l>quod res ipsa petit pro causa et pondere causae<note place="margin"> Arias
              Montan. 3 rhetor. </note><note place="bottom"> Benito Arias Montano, <hi rend="i"
                >Rhetoricorum libri quattuor</hi> (Amberes: Ex officina Christophori Plantini,
              1569): «Has de ser, por tanto, siempre amante de tu propio idioma / y no has de poner
              tu empeño en emplear nuevos vocablos,/ sin pedirlo la razón ni la novedad del asunto:/
              que, ocultando tu esmero, se piense que tú has dicho solo/ lo que el tema exigía en
              razón de la causa y su peso» (1569: III, 1100-1104).</note>.</l></quote>
          <p>En esta conformidad y preceptos de la retórica hablan todos los lugares citados en
              <persName type="authority" key="Cicerón" precision="3">Cicerón</persName>, <persName
              type="authority" key="Aulo Gelio" precision="3">A. Gelio</persName><note
              place="bottom" type="app" rend="I"> A. Gelio <hi rend="i">C</hi> : Agelio <hi rend="i"
                >B</hi>
            </note> y <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="3"
              >Quintiliano</persName>, porque al poeta</p>
          <quote>
            <l>licuit semperque licebit</l>
            <l>signatum praesente nota producere nomen<note place="margin"> Horat. in
              Poet.</note><note place="bottom">
              <persName type="authority" key="Horacio" precision="3">Horacio</persName>, <hi
                rend="i">Ars poetica</hi>, v. 58-59: «Lícito ha sido, y lo será siempre,/ palabras
                poner a circular con la marca de lo actual».</note>,</l></quote>
          <p>como vuestra merced tiene bien visto en esto<note place="bottom" type="app" rend="I">
              esto <hi rend="i">B</hi> : este <hi rend="i">C</hi></note> y los demás preceptos que
            le acompañan.</p>
          <p>Y verdaderamente si no conociera por sus obras de vuestra merced la ingenuidad<note
              place="bottom"> Empleado en su sentido etimológico latino de ‘honradez’, ‘nobleza’.
              Aceptemos, pese a la ironía que desde el principio va destilando su carta, que
              Colmenares, con esta alusión al bíblico “por sus obras los conoceréis”, no habla aquí
              con doble intención, que se refiere a las obras <hi rend="i">literarias</hi> de Lope y
              que las aprecia seriamente, así como la visión positiva de la figura de Lope que él
              mismo dice que transmiten; porque otra posibilidad sería que con ‘obras’ aluda a la
              vida personal del escritor madrileño, puesta muy en entredicho entonces por no poca
              gente, dada su condición de clérigo que vivía amancebado, rendido a amorosa pasión,
              con una mujer mucho más joven que él, antes casada y por entonces ya viuda. Ya Torres
              Rámila, en su <hi rend="i">Spongia</hi> (1617), había entrado en ese delicado terreno
              acusando a Lope de pervertir a la juventud con sus obras (especialmente las de tema
              amoroso) tanto como con su vida (véase Conde-Tubau 2015: 22).</note> de su ánimo,
            creyera que con pasión<note place="bottom"><hi rend="i">con pasión</hi>: manipulando
              adrede el pasaje en cuestión o a sabiendas de que no dice exactamente lo que Lope
              afirma que dice.</note> había traído la autoridad de <persName type="authority"
              key="san Agustín" precision="3">san Agustín</persName> con tanta seguridad, pasando la
              protesta<note place="bottom"> Es decir, pasando por alto la advertencia.</note> que el
            sagrado doctor entra haciendo en el mismo libro 4 <title>De doctrina Christiana</title>
            de que no pretende hacer aun retóricos, cuanto más poetas, sino discípulos de la
            verdadera sabiduría, cuyo hijo y ministro se profesa: <quote><hi rend="i">Huius
                sapientiae filii et ministri sumus</hi><note place="margin"> August. lib. 4 de
                Doctrin. Christia. </note>
              <note place="bottom"> Esa advertencia de san Agustín se lee, efectivamente, justo al
                comienzo del cuarto libro (IV, 1, 2) del <hi rend="i">De doctrina Christiana</hi>.
                La frase «que somos hijos y ministros de esta sabiduría» aparece no mucho después,
                en IV, 5, 7.</note>. Y prosiguiendo en cuánto importa la claridad en el intérprete
              de los sagrados libros, porque no sea menester intérprete para el intérprete, como él
              mismo dice: <quote><hi rend="i">Non ergo expositores eorum ita loqui debent, tamquam
                  se ipsi exponendos simili authoritate proponant</hi></quote><note place="bottom">
                San Agustín, <hi rend="i">De doctrina Christiana</hi>, IV, 8, 22: «Sus intérpretes
                [de las sagradas letras] no deben expresarse de tal manera que ellos mismos obliguen
                a tener que ser explicados desde una similar posición de autoridad».</note>. Dice,
              pues, que <quote><hi rend="i">ut ambiguitas obscuritasque vitetur, non sic dicatur ut
                  a doctis, sed potius ut ab indoctis dici solet</hi></quote><note place="bottom">
                San Agustín, <hi rend="i">De doctrina Christiana</hi>, IV, 10, 24: «de tal modo, que
                se evita la ambigüedad y la oscuridad, no la emplean según el modo en que lo hacen
                los doctos, sino como suelen decirlo los indoctos». Frases como esta están del todo
                descontextualizadas –y un tanto traídas «por los pelos»–, de ahí que, traducidas de
                acuerdo con el original, puedan sonar extrañas al hilo del discurso del polemista. En el <hi
                  rend="i">De doctrina christiana</hi> la oración iniciada por <hi rend="i">ut</hi>
                es consecutiva, mientras que aquí Colmenares la adapta caprichosamente como final
                («para evitar la ambigüedad y la oscuridad, no se diga según el modo en que lo hacen
                los doctos, sino como suelen decirlo los indoctos»). Puede verse el fragmento
                completo (así como el de la nota anterior) traducido en la nota 87 a la edición de
                la carta de Lope en <hi rend="i">La Filomena</hi> (<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                  >1621_censura-lope</ref>).</note>. Traslado lugares por la fuerza que vuestra
              merced pone en el de este santo doctor diciendo –lo que es tan llano– que no habrá
              ninguno tan atrevido<note place="bottom" type="app" rend="I"> tan atrevido <hi
                  rend="i">B : om. C</hi></note> que contradiga su opinión; mas ha de ser en el
              propósito que él la dice; y nunca el santo le tuvo de dar preceptos poéticos, pues aún
              tratando de la retórica, excluye lo deleitable: <quote><hi rend="i">De modo
                  delectandi</hi></quote> –dice el santo– <quote><hi rend="i">nunc</hi></quote><note
                place="bottom" type="app" rend="I">nunc <hi rend="i">C : om. B</hi></note><hi
                rend="i">non ago</hi><note place="bottom" type="app" rend="I"> De modo delectandi
                –dice el santo– non ago <hi rend="i">B</hi> : <hi rend="i">De modo delectandi nunc
                  non ago</hi> –dice el santo– <hi rend="i">C</hi></note>; <hi rend="i">de modo
                autem quo docendi sunt</hi></quote><pb n="f. 10r"/><quote>
              <hi rend="i">qui discere desiderant loquor</hi><note place="bottom"> San Agustín, <hi
                  rend="i">De doctrina Christiana</hi>, IV, 10, 25: «No trato sobre el modo de
                agradar, sino que hablo sobre el modo en que han de ser enseñados quienes desean
                aprender».</note>. Empleo propio de predicadores, que es a quien él enseña
                  <quote><hi rend="i">in istis autem nostris</hi></quote> –dice– <quote><hi rend="i"
                  >quae de loco superiori populis dicimus</hi></quote><note place="bottom"
                type="app" rend="I"> dicimus <hi rend="i">C</hi> : dicemus <hi rend="i"
                >B</hi></note>
              <note place="bottom"> San Agustín, <hi rend="i">De doctrina Christiana</hi>, IV, 18,
                35: «En estos discursos nuestros que lanzamos al pueblo desde una posición superior
                [o sea, desde un púlpito]». La cita vuelve a estar manipulada por Colmenares para
                adaptarla más o menos a su discurso.</note>; en quien parecen tan mal las flores
              poéticas como en el poeta las frases comunes<note place="bottom"> Aquí Colmenares
                glosa, porque le interesa mucho, la enseñanza de san Agustín presentándola como una
                verdad universalmente aceptable y aceptada; pero eso de que en un predicador
                «parecen muy mal las flores poéticas» tenía que resultar más que discutible en
                aquellos barrocos tiempos que escucharon la muy florida oratoria de un orador sacro
                tan gongorista como fray Hortensio Félix Palavicino. Del mismo modo, en una época en
                la que tanto y tan brillantemente floreció la literatura satírica y burlesca (en la
                que el propio Góngora fue maestro), también resulta poco aceptable esa afirmación de
                que en el poeta «parecen muy mal las frases comunes», cuando tanto partido poético
                les sacaba por entonces dicha literatura…</note>. <quote><hi rend="i"
                  >Quapropter</hi></quote> –dice <persName type="authority" key="Aristóteles"
                precision="3">Aristóteles</persName>– <quote><hi rend="i">errant non parum qui
                  huiusmodi dictionis genus</hi></quote><note place="bottom" type="app" rend="I">
                genus <hi rend="i">C : om. B</hi></note>
              <hi rend="i">(ornatum videlicet) accusant</hi></quote><note place="margin">Aristot. in
              Poet. </note><note place="bottom">Aristóteles, <hi rend="i">Poetica</hi>, 1458b5: «Por
              tanto, se equivocan, y no poco, quienes afean este tipo de expresión (entiéndase: el
              ornato)». El inciso aclaratorio entre paréntesis se debe al propio Colmenares. La
              versión latina es la de Pazzi (véase luego nota 70).</note>. Con que la autoridad de
            san Agustín viene a quedar antes de esta parte<note place="bottom"> «Antes de esta parte
              mía que de la suya [la de Lope]». Es decir, que lo alegado por Lope procedente de san
              Agustín daría la razón, en realidad, a Colmenares.</note> por la diferencia y
            contraposición.</p>
          <p>Esto he dicho por parecerme que ninguno de los lugares de la censura hablaba
            formalmente de la poesía: sin duda estoy engañado, pero con harto deseo de dejar de
              estarlo<note place="bottom"> Repárese de nuevo en la tan fina como innegable ironía
              que se gasta el segoviano…</note>.</p>
          <p>Ahora, en defensa de mi afición –que, como confesé al principio, la tengo a esta
            poesía– me parecía, señor, que no admitiendo la naturaleza o causa final de esta
            profesión medianía, pues <quote><hi rend="i">mediocribus esse poetis / non homines, non
                dei</hi><note place="bottom" type="app" rend="I"> dei <hi rend="i">B</hi> : di <hi
                  rend="i">C</hi></note>, <hi rend="i">non concessere columnae</hi><note
                place="margin"> Horat. in Poet. </note><note place="bottom">
                <persName type="authority" key="Horacio" precision="3">Horacio</persName>,
                  <title>Ars poetica</title>, 372-373: «Ser mediocre al poeta/ no lo permiten ni
                hombres, ni dioses ni las carteleras».</note>, tampoco admitiera<note place="bottom"
                type="app" rend="I"> admitiera <hi rend="i">B</hi> : admitiría <hi rend="i"
                >C</hi></note> medianía de estilo. Bien conoció esta naturaleza, como todas las
              demás, <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="3"
                >Aristóteles</persName> cuando dijo, hablando formalmente de la poesía: <quote><hi
                  rend="i">Quae igitur ex propriis nominibus constabit, maxime
                perspicua</hi></quote><note place="bottom" type="app" rend="I"> perspicua <hi
                  rend="i">em.</hi> : praespicua <hi rend="i">B C</hi></note>
              <hi rend="i">erit; humilis tamen: exemplum sit Cleophontis Sthelenique poesis. Illa
                veneranda et omne prorsus plebeium excludens, quae peregrinis utetur
              vocabulis</hi></quote><note place="margin"> Aristot. in Poet.</note><note
              place="bottom">Aristóteles, <title>Poetica</title>, 1458a15-20: «Por tanto, la
              [elocución] que conste de términos usados en su sentido propio será la más clara, pero
              también será humilde: sirva de ejemplo la poesía de Cleofonte y la de Esténelo. Se ha
              de admirar, y es la que excluye todo lo vulgar, aquella que emplea expresiones
              inhabituales». Este fragmento de la <hi rend="i">Poética</hi> aristotélica se
              convirtió en uno de los más importantes y citados de esa obra a lo largo de toda la
              polémica sobre la «nueva poesía», ya desde el mismo <hi rend="i">Parecer</hi> del abad
              de Rute –1614_parecer– (véase Tubau 2007: 129 y 2008: 347-348); de hecho, en uno de
              los textos que forman parte de ella, los preliminares a la edición de la poesía de
              fray Luis de León (1631_obras-quevedo), Quevedo, quien también recurrirá a la versión
              latina de Pazzi (ver nota siguiente) lo calificará como «el texto del escándalo».
              </note>; y el adjetivo ξενικοῖς<note place="bottom" type="app" rend="I"> ξενικοῖς <hi
                rend="i">C : xenicis B</hi></note>, que <persName type="authority"
              key="de’ Pazzi, Alessandro" precision="3">Alejandro Pacio</persName> tradujo <hi
              rend="i">peregrinis</hi>, tradujera yo en nuestro español <hi rend="i"
              >extraordinarios</hi>, aunque sé poco de griego, y bien poco<note place="bottom">
              Alessandro de’ Pazzi publicó en la imprenta veneciana de Aldo Manuzio en 1536 la
              segunda versión latina moderna de la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles,
              habiendo sido la primera la de Giorgio Valla, publicada en 1498. Sobre la de Pazzi
              basaría, por ejemplo, Francesco Robortello el primer gran comentario al tratado
              aristotélico, las conocidas <hi rend="i">Explicationes</hi> que publicó en Florencia
              en 1548. Véase luego la nota 122 a la carta de Lope (texto II).</note>. Este es
            siempre el sentimiento de <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="3"
              >Aristóteles</persName>, bien que echando la cortapisa de que por adornado no diese en
            enigmático o bárbaro<note place="bottom"> Efectivamente, el texto de la <hi rend="i"
                >Poética</hi>, en la versión de Pazzi, continúa así: «peregrinum voco varietatem
              linguarum, translationem, extensionem, tum quodcumque a proprio alienum est. Verum,
              siquis haec omnia simul congerat, vel enigma efficiet vel barbarismum: aenigma quidem,
              si translationes; barbarismum vero, si linguas» («llamo inhabitual el vocablo tomado
              de otro idioma, la metáfora, el alargamiento de palabras y todo aquello que no se
              emplee en su sentido propio. Ahora bien, si alguien acumula todas estas cosas,
              incurrirá o en enigma o en barbarismo: en enigma, si acumula metáforas; en barbarismo,
              si vocablos de otros idiomas»). No es, pues, Colmenares uno de esos que, según Quevedo
              en los citados preliminares a la edición de fray Luis (1631_obras-quevedo),
              «descansaban la lección» (es decir, dejaban de leer) justo cuando habían encontrado lo
              que les justificaba, y no llegaban, en el texto aristotélico, hasta esa «cortapisa» que
              reseña el erudito segoviano: el exceso de lo extraño y peregrino en un texto conduce
              al enigma y al barbarismo.</note>, calumnia que vuestra merced apunta tratando de los
            pleonasmos y anfibologías, y esta no sé que haya<note place="bottom" type="app" rend="I"
              > haya <hi rend="i">B</hi> : la haya <hi rend="i">C</hi></note> en estos dos poemas,
            si no es que lo sea aquella <pb n="f. 10v"/> de la dedicación al señor duque de Béjar:
              <quote>Arrima el fresno al fresno</quote>; y aun esta la llamara yo diasirmo, o
            equívoco en la frasi<note place="bottom" type="app" rend="I"> frasi <hi rend="i"
              >B</hi> : fras <hi rend="i">C</hi></note> de nuestros poetas<note place="bottom"> El
              verso citado por Colmenares, que en la versión <hi rend="i">recepta</hi> dice, en
              realidad, «arrima a un fresno el fresno», es el decimotercero de la dedicatoria de las
                <hi rend="i">Soledades</hi> de Luis de Góngora al duque de Béjar [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264A#l264A.13"
                >OC264A.13</ref>], y en él se lee la misma palabra empleada en sentido propio o
              recto (el <hi rend="i">árbol</hi> fresno) y en sentido figurado, recurriendo a la
              metonimia del «material de que está hecho un objeto por el objeto mismo» (el venablo
              hecho de madera de <hi rend="i">fresno</hi>). El diasirmo (<hi rend="i"
              >diasyrmós</hi>) se incluía en algunos tratados antiguos de teoría literaria entre las
              especies de ironía y puede consistir efectivamente en emplear una palabra en dos
              sentidos diferentes, pero esos tratados coinciden en que ha de ser con menoscabo de la
              calidad de aquel o aquello a que se aplica (de hecho, solía darse como su equivalente
              latino <hi rend="i">irrisio</hi> ‘irrisión’), algo que no terminamos de ver, como
              Colmenares (si es que lo entiende así), en el verso gongorino. En su <hi rend="i"
                >Elocuencia española en arte</hi> Jiménez Patón lo define así: «palabra de dos
              sentidos que causa, significa distraymiento»; está impreso tal cual, y todo parece
              indicar que hay una errata, pues no se nos dice qué es lo que causa el diasirmo (tal
              vez la palabra que falta es «risa»). Si Colmenares la conoció ahí, es lógico que para
              él el emplear <hi rend="i">fresno</hi> en un mismo verso como «lanza hecha de fresno»
              y como el propio árbol fuera un diasirmo.</note>. Y pleonasmo, según sé poco de esto,
            no hallo ninguno, pues no entiendo que lo es aquel del <title>Polifemo</title> en
              la<note place="bottom" type="app" rend="I"> en la <hi rend="i">B : om. C</hi></note>
            octava 61: <quote>«Viendo el fiero jayán con paso mudo / correr al mar la fugitiva
              nieve»</quote><note place="bottom">
              <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.481"
                >OC255.481</ref>-482.</note>; ni aquello<note place="bottom" type="app" rend="I">
              aquello <hi rend="i">B</hi> : aquel <hi rend="i">C</hi></note> de la segunda parte de
            las <title>Soledades</title>: <quote>«Cristal pisando azul con pies
              veloces»</quote><note place="bottom">
              <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.46"
                >OC264B.46</ref>. Lo cierto es que yo, lo mismo que Colmenares, tampoco observo
              mucho pleonasmo en esos versos. Pero no es menos cierto que esos ejemplos, por así
              decirlo, se los saca caprichosamente de la manga, pues Lope, en su «censura» de 1621,
              se limita a afear el exceso de pleonasmos y anfibologías, pero no llega a citar en ese
              sentido verso alguno procedente ni del <hi rend="i">Polifemo</hi> ni de las <hi
                rend="i">Soledades</hi>. A mi juicio, es muy probable que Lope tampoco hallara
              pleonasmo en esos versos. </note>; porque <persName type="authority"
              key="Sánchez de las Brozas, Francisco" precision="3">el Brocense</persName><note
              place="margin"> Brocensis n. 4 mineruae</note><note place="bottom">La cita procede del
              capítulo 9 (<hi rend="i">De pleonasmo</hi>) del cuarto libro de su <hi rend="i"
                >Minerua seu De causis linguae Latinae</hi> (Salamanca: apud Ioannem er Andream
              Renaut, fratres, 1587) de Francisco Sánchez de las Brozas.</note>, citado por vuestra
            merced en esta ocasión, no quiere, y con razón<note place="bottom" type="app" rend="I">
              razón <hi rend="i">B</hi> : justa causa <hi rend="i">C</hi></note>, que sea pleonasmo
                <quote><hi rend="i">longam vitam viuere</hi></quote>, pues el adjetivo
              amplifica<note place="bottom" type="app" rend="I"> amplifica <hi rend="i">em. cum
                C</hi> : amplica <hi rend="i">B</hi></note> la significación del verbo, como
            aquello: <quote><hi rend="i">Ad quem sic roseo Thaumantias ore locuta
              est</hi></quote><note place="margin"> Virgil. 3 Aeneid. 5 </note>
            <note place="bottom"> Error en la acotación marginal: la cita corresponde a <persName type="authority"
                key="Virgilio" precision="3">Virgilio</persName>, <title>Eneida</title>, IX, 5 («Al
              cual –Turno, el rival de Eneas– así le dijo la Taumantia –es decir, la diosa Iris– con
              su rosácea boca»).</note>. Y así, tampoco lo será pisar con pies veloces, pues pudiera
            con pies tardos, <hi rend="i">et sic de aliis</hi>.</p>
          <p>De lo que vuestra merced se muestra más desagradado es de las trasposiciones, y de lo
            que yo más me admiro, pues siendo la <hi rend="i">anastrophe</hi>, que así la llaman los
            retóricos, y el <persName type="authority" key="Despautère, Jean" precision="3"
              >Despauterio</persName>: <quote><hi rend="i">ordo inuersus erit tibi anastropha
                praepositurae</hi><note place="bottom"> Se trata de un verso, el 67, procedente del
                  <title>De figuris liber</title> (París: Iodocus Badius Ascensius, 1519), poema
                sobre figuras retóricas, con comentarios añadidos, obra del gramático flamenco Jean
                Despautère (Iohannes Despauterius). Fue obra muchas veces reimpresa y, por ende, muy
                influyente, como el resto de sus tratados gramaticales. El verso dice: «Tendrás por
                anástrofe poner más atrás lo que va por delante».</note>; siendo, pues, particular
              tropo de los poetas, aunque <persName type="authority" key="Beda el Venerable"
                precision="3">el venerable Beda</persName> la<note place="bottom" type="app"
                rend="I"> la <hi rend="i">B</hi> : le <hi rend="i">C</hi></note> señaló en las
              Sagradas Letras ejemplificando aquello de <title>Job</title>
              <quote><hi rend="i">Quamobrem ego deprecabor dominum</hi></quote><note place="margin">
                Beda in rhetor. 5 Iob. 8 </note>
            </quote><note place="bottom"> El pasaje alude al <title>De schematibus et tropis Sacrae
                Scripturae liber</title> (II, 10 <hi rend="i">De anastrophe</hi>) de Beda el
              Venerable. Dice así: «Anastrophe est verborum tantum praeposterus ordo, quemadmodum
              habetur Job quinto capite <hi rend="i">quamobrem ego deprecabor dominum</hi>, pro <hi
                rend="i">ob quam rem</hi>». Esa anástrofe de <hi rend="i">quamobrem</hi> era ya
              relativamente común en latín clásico. El pasaje del libro de Job citado es,
              concretamente, 5, 8.</note>, y la frasi<note place="bottom" type="app" rend="I"> frasi
                <hi rend="i">B</hi> : fras <hi rend="i">C</hi></note> común usa<note place="bottom"
              type="app" rend="I"> usa <hi rend="i">B</hi> : la usa <hi rend="i">C</hi></note> en
            mil dicciones, como <hi rend="i">tecum, secum</hi><note place="bottom" type="app"
              rend="I"> secum <hi rend="i">C : om. B</hi></note><hi rend="i">, vobiscum</hi> y
            otras, no quiero yo valerme de las muchas que tienen los más insignes poetas, como
              <persName type="authority" key="Virgilio" precision="3">Virgilio</persName>:
                <quote><hi rend="i">Italiam contra</hi></quote>. <quote><hi rend="i">Litora
                circum</hi></quote>. <persName type="authority" key="Horacio" precision="3"
              >Horacio</persName><note place="bottom" type="app" rend="I"> Horacio <hi rend="i">C :
                om. B</hi></note>: <quote><hi rend="i">Nam vitiis nemo sine
              nascitur</hi></quote><note place="margin"> I Aeneid. 5. Horat. 2 Satyr. 3.</note><note
              place="bottom"> Virgilio, <title>Eneida</title>, I, 13 (<hi rend="i">Italiam
                contra</hi>; el ejemplo lo da el propio Despauterius); <hi rend="i">litora
                circum</hi> se lee en Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, III, 75, aunque puede ser
              también una adaptación de Colmenares a partir del segundo ejemplo que ofrece
              Despauterius (<hi rend="i">maria omnia circum</hi>: Virgilio, <hi rend="i"
              >Eneida</hi>, I, 32); el tercer ejemplo pertenece a <persName type="authority"
                key="Horacio" precision="3">Horacio</persName>, <title>Sátiras</title> I (no II), 3,
              68.</note>, sino probar cómo este pleito está sentenciado de buen juez, y pasado, como
            dicen, en cosa juzgada. Arifades puso en propios términos este<note place="bottom"
              type="app" rend="I"> este <hi rend="i">B</hi> : este mismo <hi rend="i">C</hi></note>
            achaque, y le responde <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="3"
              >Aristóteles</persName>: <quote><hi rend="i">Prorsus ignorans quod haec omnia dum
                proprium</hi></quote><pb n="f. 11r"/><quote>
              <hi rend="i">vitant, plebeiam interim dictionem effugiunt</hi></quote><note
              place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Poetica</hi>, 1459a5: «Por ignorar
              completamente que todas estas cosas, si bien eluden el empleo del lenguaje en sentido
              propio, evitan, al tiempo, una forma vulgar de expresarse». Aristóteles replica a
              Arífrades (que no Arífades), sobre el que apenas se tienen datos y que se mofaba del
              lenguaje oscuro y rebuscado de los autores de tragedias.</note>. La autoridad de este
            gran varón, que, como vuestra merced sabe, muchas veces en los <title>Retóricos</title>
            y siempre en la <title>Poética</title>, asienta que la poesía pide estilo realzado sobre
            todos, y ver que en esto, como en lo demás, no hay autor que no le siga y prosiga,<note
              place="bottom" type="app" rend="I"> y ver que […] prosiga <hi rend="i">B : om.
              C</hi></note> me ha inclinado a esta opinión.</p>
          <p>Si <persName type="authority" key="Horacio" precision="3">Horacio</persName>, señor
              <persName type="polemist" key="Vega, Lope de">Lope de Vega</persName>, tratando de la
            diferencia específica de los estilos poéticos, cómico, trágico, lírico, heroico y otros,
            asentó por regla aquella tan insigne<note place="bottom" type="app" rend="I"> aquella
              tan insigne<hi rend="i">C : om. B</hi></note>: <quote><hi rend="i">Singula quaque
                locum teneant sortita decenter</hi><note place="margin"> In Poeti. </note>
              <note place="bottom"> Horacio, <title>Ars poetica</title>, 92: «Tenga cada cosa el
                lugar que le cuadra y conviene».</note>, ¿por qué las profesiones diferentes en
              género no se han de tratar con diferencias de estilos? La historia el llano, la
              retórica el vehemente y la poética el realzado. Pues si de la historia, no siendo tan
              excelente como la poesía –conforme a<note place="bottom" type="app" rend="I"> a <hi
                  rend="i">B : om. C</hi></note>
              <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="3">Aristóteles</persName>:
                <quote>Quo fit ut sapientius atque praestantius poesis historia sit</quote><note
                place="margin"> Aristot. in Poetica </note>
              <note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Poetica</hi>, 1451b10: «Por lo cual,
                la poesía es más sabia y más elevada que la historia».</note> (y no poco, si se
              tratara como debía)–, dice <persName type="authority" key="Luciano" precision="3"
                >Luciano</persName> que no se ha de escribir<note place="bottom" type="app" rend="I"
                > escribir <hi rend="i">B</hi> : tratar <hi rend="i">C</hi></note><hi rend="i"
                >verbis vulgaribus et tabernariis</hi></quote>, después de haber dicho: <quote><hi
                rend="i">magnum igitur, immo magis plusquam magnum vitium fuerit, si quis nesciat ea
                quae historiae propria sunt ab his quae sunt poetices separare</hi><hi rend="i"
              /></quote><note place="margin"> Lucianus quomodo sit scrib. hist.</note><note
              place="bottom"> Ambas citas proceden, efectivamente, del tratado de Luciano <hi
                rend="i">Quomodo historia scribenda sit</hi> (<hi rend="i">Cómo se debe escribir
                sobre historia</hi>): la primera, está en el cap. 44; la segunda, en el 8, y dice:
              «Es un gran error –es más, es un grandísimo error– el que alguien no sea capaz de
              separar aquello que es propio de la historia de aquello que lo es de la poesía». La
              versión latina que cita Colmenares es la del humanista alemán y profesor de griego en
              la universidad de Heidelberg Jakob Moeltzer (Jacobus Mycillus): véase, por ejemplo, la
              edición <hi rend="i">Luciani Samosatensis Opera, quae quidem extant, omnia, e Graeco
                sermone in Latinum, partim iam olim diuersis authoribus, partim nunc per Iacobum
                Mycillum, translata</hi>, Lion: Apud Ioannem Frellonium, 1549, p. 279.</note>, no
            será, pues, razón que la poesía sea calumniada de que se adorna como quien es.</p>
          <p>Del retórico, aun no igual al poeta ni en sus medios ni en sus fines, a juicio de su
            mismo padre <persName type="authority" key="Cicerón" precision="3">Cicerón</persName>,
            dijo <persName type="authority" key="Plinio " precision="3">Plinio
            </persName>novocomense: <quote><hi rend="i">Nihil peccat, nisi quod nihil
              peccat</hi></quote>, y lo sube tan de punto, que concluye: <quote><hi rend="i">ut
                quasdam artes ita eloquentiam nihil magis quam ancipitia commendant</hi><note
                place="margin"> Plin. in Epist. ad Lupercum </note><note place="bottom"> La cita
                procede de las primeras líneas de la epístola 26 (<hi rend="i">A Luperco</hi>) del
                libro IX de Plinio el Joven, natural de <hi rend="i">Nouum Comum</hi> (actual Como).
                Dicen así: «Dixi de quodam oratore saeculi nostri recto quidem et sano, sed parum
                grandi et ornato, ut opinor, apte: 'Nihil peccat, nisi quod nihil peccat.' Debet
                enim orator erigi, attolli, interdum etiam effervescere, efferri ac saepe accedere
                ad praeceps, nam plerumque altis et excelsis adiacent abrupta. Tutius per plana sed
                humilius et depressius iter; frequentior currentibus quam reptantibus lapsus, sed
                his non labentibus nulla, illis nonnulla laus etiamsi labantur. Nam ut quasdam artes
                ita eloquentiam nihil magis quam ancipitia commendant» («A propósito de cierto
                orador de nuestra época, correcto sin duda y sensato, pero de escasa elevación y
                adorno, he dicho creo que con acierto: ‘en nada falla, salvo que no falla en nada’. Y es que
                el orador debe alzarse, venirse arriba; a veces incluso inflamarse, salirse de sí, y
                a menudo ponerse al borde del precipicio, pues muchas veces junto a las excelsas
                alturas hay abismos. Avanzar por camino llano es más seguro, sí, pero también más
                modesto y abajado. Antes resbala quien corre que quien repta: mas ninguna gloria
                lleva este por no resbalar, y sí alguna aquel aunque resbale, pues, lo mismo que en
                ciertas otras artes, nada hay en la elocuencia más atractivo que el riesgo». El
                texto, mucho más ampliado, lo cita también Pedro Díaz de Rivas al final de sus <hi
                rend="i">Discursos apologéticos</hi> (1616_discursos-diaz) e igualmente se lee 
                  en el <hi rend="i">Discurso poético</hi> de Juan de Jáuregui (1624_discurso-poético).</note>. Pues si tan
              alto sube la retórica, nacida entre el pueblo y dedicada a él, ¿cuánto estará obligada
              a subir la poesía, nacida entre los dioses y dedicada a ellos, como concede el sol de
                nuestra<note place="bottom" type="app" rend="I"> nuestra <hi rend="i">B : om.
                C</hi></note> España <persName type="authority" key="san Isidoro" precision="3">san
                Isidoro</persName><note place="margin"> Isidor. 8. etym. 7.</note><note
                place="bottom"> Tal como indica la anotación al margen, se refiere al comienzo del
                capítulo 7 («De poetis») del libro VIII de las <hi rend="i">Etimologías</hi>, que
                Isidoro inicia con una cita que atribuye a Suetonio y en la que este expone esa idea
                de que el origen de la poesía está íntimamente ligado a la religión y al deseo
                humano de honrar a los dioses con un lenguaje digno de ellos.</note>en sus
                <title>Etimologías</title><note place="bottom" type="app" rend="I"> en sus
                Etimologías <hi rend="i">C . om. B</hi></note>? Si esto hubiera de leer el vulgo, no
              me atreviera yo a escribirlo, porque según tiene profanada o, por <pb n="f. 11v"/>
              mejor decir, desestimada esta profesión, se riera de esta verdad; y si esta se ha de
              decir, no tiene él la culpa, <quote>quippe vates</quote>, dice <persName
                type="authority" key="Aristóteles" precision="3">Aristóteles</persName>, <quote>hanc
                auram sequuntur componentes ad vota spectatorum</quote><note place="margin"> In
                Poet. </note>
              <note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Poetica</hi>, 1453a35: «Pues, sin
                duda, los poetas buscan este prestigio acomodándose al gusto de los
                espectadores».</note>. ¿Es posible, señor <persName type="polemist"
                key="Vega, Lope de">Lope de Vega</persName><note place="bottom" type="app" rend="I">
                Lope de Vega <hi rend="i">B : om. C</hi></note>, que <persName type="authority"
                key="Aristóteles" precision="3">Aristóteles</persName> diga esto, cuando en su
              república Alejandro respetaba en el furor de un saco la casa de Píndaro poeta
              pregonando que ninguno la tocase? ¿Cuando buscaba preciosas cajas en que guardar los
              versos de Homero, continuo consultor aun en la cama? ¿Y cuando en la república romana
              los Cipiones honraban su sepulcro con los huesos de Ennio<note place="bottom"> Los tres
                  <hi rend="i">exempla</hi> clásicos son, precisamente, los tres primeros que
                aparecen en la sección «Docti viri habiti in magno pretio et honore» («Varones
                doctos a los que se tuvo en gran valor y estima») de la <hi rend="i">Officina</hi>
                de Ravisio Textor, aunque en orden inverso al que ofrece aquí Colmenares, quien todo
                parece indicar que acudía a la misma fuente enciclopédica tan fatigada por su rival
                (véase Conde-García 2002: n. 6, con bibliografía). El primero dice: «Scipio
                Africanus statuam Enni poetae, quem in suis expeditionibus comitem semper habuerat,
                sepulcro suo imponi iussit, cui viuenti hortos suis proximos donauerat» («Escipión
                Africano ordenó que se colocara en su propio sepulcro una estatua del poeta Ennio,
                del que siempre se había hecho acompañar en sus expediciones militares y al que,
                cuando aún vivía, le había regalado unos jardines próximos a los suyos»); el
                segundo: «Alexander Magnus capto inter spolia Darii Persarum regis unguentorum
                scrinio, quod erat auro, gemmis ac margaritis pretiosum, libros Homeri, quos tanto
                dignos loculo existimabat, inclusit» («Alejandro Magno, habiéndose apoderado, entre
                el botín procedente del rey persa Darío, de un lujoso estuche para perfumes, hecho
                de oro, gemas y perlas, metió en él las obras de Homero, las cuales consideraba
                dignas de tal continente»; y el tercero: «Idem, quum Thebas euerteret et in omnes
                sine discrimine saeuiret, Pindari vatis penatibus parci iussit» («Él mismo, al tomar
                la ciudad de Tebas y habiendo mostrado en ello un indiscriminado ensañamiento,
                ordenó que se respetara el hogar del poeta Píndaro»).</note>? ¿Qué dijera<note
                place="bottom"> Esto es, Aristóteles.</note> si viera en este siglo y república lo
              que vuestra merced tiene tantas veces tan justamente llorado: tan poco aplauso de los
              príncipes, tanta profanidad del vulgo y tanta emulación, cuando era menester tanto
                valor<note place="bottom"> La frase de Colmenares no parece dicha con muy buena
                intención: de un lado, le recuerda a Lope el hecho de que este apenas dejaba pasar
                ocasión en sus obras para dar suelta a sus lloros al respecto (y así continuó hasta
                el final de su obra y vida) por la supuesta falta de estima por parte de los
                poderosos hacia sus méritos literarios, por tener que ganarse la vida con la
                mercancía vendible de sus comedias y por la envidia de sus émulos que no dejaba de
                perseguirlo; y de otro, lo hace justo después de mencionar a tres grandes de la
                literatura clásica, con los que, solo en apariencia, lo parangona. </note>?
                <quote>Eoque etiam enixius</quote><note place="bottom" type="app" rend="I"> enixius
                  <hi rend="i">em.</hi> : innixius<hi rend="i"> B C</hi></note>
              <hi rend="i">quo in taxandis poetis haec aetas in tantum prona est</hi></quote><note
              place="margin"> Aristot. in Poet.</note><note place="bottom">
              <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="3">Aristóteles</persName>,
                <title>Poetica</title>, 1456a5: «Eoque etiam enixius, quo in taxandis poetis haec
              aetas in tantum prona est» («Y ello con tanto más empeño cuanto que esta época se
              muestra tan especialmente inclinada a censurar a los poetas»).</note>: palabras son
              suyas<note place="bottom"> De <persName type="authority" key="Aristóteles"
                precision="3">Aristóteles</persName>. En ese pasaje, el filósofo insiste en que el
              poeta debe reunir al máximo las cualidades que lo caracterizan como tal (la «erudición
              y ornato», especifica Colmenares), o al menos las más importantes y en el mayor número
              que sea posible.</note>
            <note place="bottom" type="app" rend="I"> suyas <hi rend="i">B</hi> : del mismo
              Aristóteles <hi rend="i">C</hi></note> encomendando la erudición y ornato; y me
            admiran, considerando la diferencia de aquellos tiempos a estos. Y juzgo que si entonces
            les cargó la culpa por el apetito de aplauso popular, ahora les cargara culpa y pena;
            aunque no fuera menester, pues ellos mismos se la dan hechos demonios unos de otros,
            haciendo a <persName type="authority" key="Persio" precision="3">Persio</persName> harto
            más verdadero de lo que permite la cordura: <quote><hi rend="i">Caedimus inque vicem
                praebemus crura sagittis</hi></quote><note place="margin">Persius Satyr.
              4</note><note place="bottom"> Persio, <title>Satyrae</title>, IV, 42: «Golpeamos y al
              mismo tiempo exponemos nuestras piernas a las flechas».</note>, mordiéndose en los
            teatros, en los libros y en todas ocasiones, sin perdonar honras ni aun linajes<note
              place="bottom"> Bergmann (1985: 147) vio aquí una alusión a los ataques de Quevedo y
              Lope contra los supuestos orígenes judeoconversos de Góngora, hoy cada vez menos
              supuestos y más difíciles de refutar (véase Soria Mesa 2013).</note>, y, lo que peor
            es, ni a su misma profesión, donde muestran su ignorancia, pues infaman lo que, a su
            juicio, profesan.</p>
          <p>El sentimiento me ha apartado del<note place="bottom" type="app" rend="I"> del <hi
                rend="i">B</hi> : de mi <hi rend="i">C</hi></note> principal intento, aunque
            entiendo que uno se causa de otro, pues estos inconvenientes nacen de querer con
            humildad viciosa granjear el aplauso del vulgo. <persName type="authority" key="Horacio"
              precision="3">Horacio</persName> no se preció <pb n="f. 12r"/> de oscuro y, con
              todo<note place="bottom" type="app" rend="I"> todo <hi rend="i">B</hi> : todo eso <hi
                rend="i">C</hi></note>, aclama: <quote><hi rend="i">Odi prophanum vulgus, et
                arceo</hi></quote><note place="margin"> 3 Car. I</note><note place="bottom"> Célebre
              primer verso del tercer libro de las <title>Odas</title> de Horacio: «Odio al profano
              vulgo y de él me aparto».</note>, admitiendo por jueces de sus versos solo a los
            doctos:</p>
          <quote>
            <l>Plotius et Varius, Maecenas Virgiliusque,</l>
            <l>Valgius: et probet haec Octavius optimus atque</l>
            <l>Fuscus, et haec utinam Viscorum laudet uterque<note place="margin"> I Sat. 3
              </note><note place="bottom"> Error: Horacio, <title>Satyrae</title>, I, 10, 81-83:
              «Que Plocio y que Vario, y que Mecenas y Virgilio/ y Valgio y el mejor, Octavio, den
              su aprobación a esto/ y también Fusco, y ojalá lo alaben también los dos
              Viscos».</note>.</l></quote>
          <p>Los poetas de ahora, como cristianos, proceden con más humildad, sujetándose a más de
            lo que parece justo<note place="bottom" type="app" rend="I"> parece justo <hi rend="i"
                >B</hi> : fuera razón <hi rend="i">C</hi></note>. Pero yo con vuestra merced hablo:
            ¿qué república, señor, medianamente gobernada no diferencia sus estados con distinción
            de ornato: plebeyo, medio y noble? El caos se deshizo, tomando su lugar cada uno de los
            elementos, y entre ellos el fuego, símbolo propio de la poesía, <quote><hi rend="i"
                >emicuit summaque locum sibi legit in arce</hi><note place="margin"> Ouidius Metam.
                I </note>
              <note place="bottom">
                <persName type="authority" key="Ovidio" precision="3">Ovidio</persName>,
                  <title>Metamorfosis</title>, I, 27: «saltó y un lugar se procuró en lo más alto de
                la fortaleza».</note>. No será, pues, razón privarla de la alteza que naturalmente
              es suya, aun a juicio de históricos y oradores, pues <persName type="authority"
                key="Lactancio" precision="3">Lactancio Firmiano</persName>, buen voto en cualquier
              materia, dijo: <quote><hi rend="i">Officium poetae in eo est ut ea quae vere gesta
                  sunt in alias species obliquis figurationibus cum decore aliquo
                transuersa</hi></quote><note place="bottom" type="app" rend="I"> transuersa <hi
                  rend="i">B</hi> : conuersa<hi rend="i"> C</hi></note> traducat</quote><note
              place="margin"> Lactant. I instit. 11</note><note place="bottom"> Lactancio,
                <title>Instituciones divinas</title>, I, 11, 24: «El oficio del poeta consiste en
              conferir una diferente apariencia, mediante indirectas figuraciones y con una cierta
              distinción, a hechos realmente sucedidos». El fragmento lo recoge también Isidoro de
              Sevilla, sin indicación de origen, en el lugar citado <hi rend="i">supra</hi> en nota
              85.</note>. La comedia, empleo del pueblo, y de su jurisdicción, pues él la paga, como
            vuestra merced cuerdamente dijo<note place="bottom"> Recuérdese el más célebre pareado
              del <hi rend="i">Arte nuevo de hacer comedias</hi> (1609) del propio Lope: «porque,
              como las paga el vulgo, es justo/ hablarle en necio para darle gusto» (v.
              47-48).</note>, siga su intento y acomódese con su llaneza, necesaria al oyente, no al
            lector, que puede (y es justo) detenerse a considerar lo que no entendiere de vuelo<note
              place="bottom"> Pueden recordarse aquí también las consideraciones de Lope sobre el
              hecho de imprimir, «por mis originales», las comedias: «no las escribí con este ánimo,
              ni para que de los oídos del teatro se trasladaran a la censura de los aposentos» (en
              el prólogo a la <hi rend="i">Parte IX</hi> de sus comedias, primera, al parecer, que
              él mismo controló y que fue publicada en 1617).</note>
            <note place="bottom" type="app" rend="I"> no entendiere de vuelo <hi rend="i">B</hi> :
              de vuelo no entendiere <hi rend="i">C</hi></note>. Mas al lírico, al trágico y al
              heroico<note place="bottom" type="app" rend="I"> al lírico, al trágico y al heroico
                <hi rend="i">B</hi> : el lírico, el tragico y el épico <hi rend="i">C</hi></note>
            gran desdicha sería sujetarles al juicio del vulgo, <quote><hi rend="i">qui non delectu
                aliquo aut sapientia ducitur ad iudicandum, sed impetu non nunquam et quadam etiam
                temeritate</hi></quote>, como dijo el prudente <persName type="authority"
              key="Cicerón" precision="3">Cicerón</persName><note place="margin">Cicero pro
              Plancio</note><note place="bottom"> Cicerón, <title>Pro Plancio</title>, IV, 9: «el
              cual no se ve inducido en sus juicios por algún tipo de discernimiento o sabiduría,
              sino a veces por mero impulso e incluso una cierta temeridad».</note>.</p>
          <p>Oso decir que parte de<note place="bottom" type="app" rend="I"> parte de <hi rend="i">B
                : om. C</hi></note> no tener esta altísima profesión la estimación que merece ha
            nacido de haber hablado sus profesores<note place="bottom"> Es decir, los que «profesan»
              la poesía, los poetas.</note> vulgarmente. Y es tan poco venturosa, que al principio
            de su restauración<note place="bottom"> Esa «restauración» se refiere a la que, según
              Colmenares, se estaba produciendo en la poesía española gracias a la irrupción del
              novedoso estilo poético gongorino; afirmación que tenía por fuerza que escocerle mucho
              a Lope, el cual, en su contrarréplica de <hi rend="i">La Circe</hi>, se hará eco
              bastante burlón ante el «señor de estos reinos»: «Aquí repare vuestra excelencia en
              quien dice que con ciertos poemas nuevos se restauraba la poesía, que a su parecer
              debía de andar perdida en Italia y en España». Y Colmenares volverá a insistir en el
              asunto ofreciendo en su respuesta una breve síntesis de historia de la poesía
              occidental encaminada a demostrar su auge y su decadencia, de la que habría venido a
              salvarla, al menos en España, la poesía gongorina.</note> nacen estas desavenencias
            entre quien <pb n="f. 12v"/> la ha de restituir a su gloria. Bien veo que en todos los
            siglos diga<note place="bottom" type="app" rend="I"> diga <hi rend="i">B</hi> : dijo <hi
                rend="i">C</hi></note> verdad <persName type="authority" key="Persio" precision="3"
              >Persio</persName>: <quote><hi rend="i">Velle suum cuique est, nec voto viuitur
                uno</hi></quote><note place="margin"> Persius Satyr. 5</note><note place="bottom"
              >Persio, <title>Satyrae</title>, V, 53: «Tiene cada cual su inclinación y no se vive
              según un solo gusto».</note>. También en las repúblicas griega y latina hubo poetas
            que afectaron facilidad y llaneza: en aquella <persName type="authority" key="Estéleno"
              precision="3">Estéleno</persName><note place="margin"> Aristot. in Poetic.</note><note
              place="bottom"> En principio, sería un error (o errata) por <persName type="authority"
                key="Esténelo" precision="3">Esténelo</persName>, igual que en el texto de
              Aristóteles citado más arriba: véase nota 69. Pero no puede achacarse de modo
              indudable el error a Colmenares, pues hay impresiones renacentistas de la <hi rend="i"
                >Poética</hi> aristotélica en latín con la lectura <hi rend="i">Sthelenique</hi> en
              vez de <hi rend="i">Sthenelique</hi>. Por lo demás, Esténelo fue un poeta trágico del
              siglo V a. C., conocido sobre todo por este pasaje aristotélico y por las burlas que
              sobre él incluyó Aristófanes en algunas de sus comedias.</note> y en esta Ovidio, mas
            a ninguno le salió bien, pues, al griego, <persName type="authority" key="Aristóteles"
              precision="3">Aristóteles</persName>, y al latino, <persName type="authority"
              key="Florido Sabino, Francesco" precision="3">Francisco Florido</persName> y otros les
            achacaron de vulgares<note place="margin"> Floridus 2 sucessiuarum </note><note
              place="bottom"> Remite Colmenares al largo e importante primer capítulo («Latinum
              sermonem veterum Romanorum tempore omnibus fuisse promiscuum») del segundo de los <hi
                rend="i">Lectionum succisiuarum libri tres</hi> (Basilea: s.n., 1539; ed. rev. y
              aum. por el autor en Basilea, 1540) del humanista italiano Francesco Florido Sabino
              (1511-1547); en la p. 196 de la citada edición de 1540 se dice: «Demum quod hic poeta
              a plerisque quasi lasciuus reprehensus fuerit non est aliud quam eum nimium sibi in
              scribendo indulsisse, quippe ut aliqua in sua scripta ex communi sermone deriuarit
              quae Virgilius, Horatius, Tibullus Propertiusque non protulissent» («Finalmente el
              hecho de que este poeta fuera censurado por muchos a causa de su lascivia responde a
              que se mostraba excesivamente permisivo consigo mismo a la hora de escribir, puesto
              que en sus obras introdujo algunos usos procedentes del lenguaje común que Virgilio,
              Horacio, Tibulo o Propercio no habrían empleado»). No obstante, debe señalarse que la
              afirmación de Colmenares no es muy correcta, pues la opinión que muestra este
              humanista hacia Ovidio suele ser altamente positiva, limitándose a hacerse eco, como
              aquí, de censuras ajenas.</note>. Y yo entiendo de entrambos que si vivieran en este
            siglo, o realzaran el estilo o no escribieran<note place="bottom" type="app" rend="I"> o
              realzaran el estilo o no escribieran <hi rend="i">B</hi> : o no escribieran o
              realzaran el estilo <hi rend="i">C</hi></note>, por no verse, si no desestimados,
            igualados con un mismo nombre con los ciegos coplistas de consonantes a borbollones<note
              place="bottom"> Véase luego la nota 148 a la carta de Lope.</note>. No son todos
            poetas los que hacen versos, que <persName type="authority" key="Empédocles"
              precision="3">Empédocles</persName> los hizo, y muchos, y con todo, dijo <persName
              type="authority" key="Aristóteles" precision="3">Aristóteles</persName> que <quote>no
              era poeta, sino físico</quote><note place="bottom"> Aristóteles,
                <title>Poetica</title>, 1447b20.<space rend="tab"> </space></note>.</p>
          <p>Para este intento, creo yo que pide <persName type="authority" key="Horacio"
              precision="3">Horacio</persName> y todos los clásicos de esta profesión que se
            acompañen igualmente naturaleza y arte:</p>
          <quote>
            <l>alterius sic</l>
            <l>altera poscit opem res, et coniurat amice<note place="margin"> Horat. in Poet.
              </note><note place="bottom"> Horacio, <title>Ars poetica</title>, 410-411: «así se
              piden ayuda entre sí y amigablemente se alían». Horacio se refiere ahí, efectivamente,
              al <hi rend="i">ars</hi> y a la <hi rend="i">natura</hi> o<hi rend="i">
                ingenium</hi>.</note>;</l></quote>
          <p>para que la naturaleza influya<note place="bottom" type="app" rend="I"> influya <hi
                rend="i">B</hi> : dé <hi rend="i">C</hi></note> la facilidad, y el arte dé<note
              place="bottom" type="app" rend="I"> dé <hi rend="i">B : om. C</hi></note> la
            disposición y ornato. Sin lo cual procedería lo que dijo <persName type="authority"
              key="Scala, Bartolomeo" precision="3">Escala</persName> a <persName type="authority"
              key="Poliziano, Angelo" precision="3">Policiano</persName>: <quote><hi rend="i">Si ita
                libera fiunt carmina, quid iam non carmen erit?</hi><note place="bottom"> La cita
                procede de una de las cartas del cruce epistolar, que ya alegaba Lope en su carta de
                  <hi rend="i">La Filomena</hi> (<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                  >1621_censura-lope</ref>), entre Scala y Poliziano, y referido allí en la nota 95
                (puede verse en la p. 471 de la edición mencionada en dicha nota: <hi rend="i"
                  >Angeli Politiani et aliorum virorum illustrium epistolarum libri XII</hi>, Hanau:
                Apud Petrum Antonium, 1622). La cita dice: «Si se hacen poemas tan libres, ¿qué no
                será ya un poema?»</note>. Hasta lo que hablamos siempre será siempre verso de uno u
              otro género<note place="bottom" type="app" rend="I"> de uno u otro género <hi rend="i"
                  >C : om. B</hi></note>, y <persName type="authority" key="Aristóteles"
                precision="3">Aristóteles</persName> viene en ello. Luego, ¿<quote>quot capita, tot
                poetae</quote><note place="bottom"> Colmenares adapta el dicho clásico «quot capita
                tot sententiae» («tantas cabezas como opiniones»), cuya formulación original puede
                leerse en la comedia <hi rend="i">Phormio</hi> de Terencio (v. 454: «Quot homines
                tot sententiae: suus cuique mos»).</note>? Esto no es posible, pues se compone un
              poeta de tantas y tan altas partes, que quieren decir que ningún siglo produce más de
              uno, aunque el presente ha producido tantos millares de versistas<note place="bottom">
                Era común entonces, y lógicamente muy mencionada en textos sobre crítica poética,
                esa idea de que solo puede haber un buen poeta cada siglo. El mismo Lope la recoge
                en varios pasajes: por ejemplo, en la dedicatoria, a su hijo Lope Félix, de la
                comedia <hi rend="i">El verdadero amante</hi> (Madrid: Juan de la Cuesta, 1620): «de
                donde conoceréis que no nacieron poetas, porque el verdadero, de quien se dice que
                ha de tener uno cada siglo…» o, posteriormente, en la silva X del <hi rend="i"
                  >Laurel de Apolo…</hi> (Madrid: Por Iuan Gonçalez, 1630): v. 26, «Que si un poeta
                cada siglo tiene». En realidad, esa idea late detrás de toda esta polémica: ¿era
                Lope o era Góngora ese mejor (y único) poeta «de su siglo»? ¿quién de los dos había
                nacido (más) poeta?</note>. Bien sabe vuestra merced cuánta verdad tiene esto; y así
              me admiro que contradiga su misma causa, pues bastaban para defensa, cuando no hubiera
              tantas, aquellas palabras tan apretadas que vuestra merced tantas veces habrá visto en
                <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="3">Aristóteles</persName>:
                <quote>Multae enim dictionis ipsius affectiones </quote><pb n="f. 13r"/><quote> sunt
                quas poetis indulgemus: ad haec, non eadem est rectitudo ciuilis facultatis atque
                poeticae</quote><note place="bottom" type="app" rend="I"> atque <hi rend="i">B</hi>
                quae <hi rend="i">C</hi></note>, sed non<note place="bottom" type="app" rend="I">
                non <hi rend="i">B</hi> : neque <hi rend="i">C</hi></note> alterius ullius artis
              praeterquam poeticae<note place="margin"> In Poeti. </note>
              <note place="bottom"> Aristóteles, <title>Poetica</title>, 1460b15: «Hay, en efecto,
                muchas desviaciones de ese mismo lenguaje que se las toleramos a los poetas; a lo
                que se añade que no es la misma la corrección en política que en la poética, ni en
                cualquiera otra arte que en la poética».</note>. Y 3 <title>Rhetoricorum</title> 2:
                <quote>Opportet effingere peregrinum sermonem: admirabile enim rerum externarum est:
                iucundum vero admirabile est; ac in metris quidam et multa faciunt, hoc est conuenit
                illuc</quote><note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Rhetorica</hi>,
                1404b15: «Es conveniente hacer extraño el lenguaje, pues hay algo admirable en lo
                extraño, y lo admirable nos causa placer: en la poesía muchos elementos causan ese
                efecto y es algo que cuadra bien en ella». La cita de Colmenares reproduce, de
                manera bastante deficiente, la versión latina (Venecia: Apud Paulum Meiettum, 1579)
                de Antonio Riccoboni (1541-1599), que he seguido en la traducción, pues el final de
                la del segoviano no tiene mucho sentido: «Oportet efficere peregrinum sermonem;
                admirabile enim rerum externarum est, iucundum vero admirabile est: ac in metris
                quidem et multa faciunt et conuenit illic».</note>
            </quote><note place="bottom" type="app" rend="I"> Y 3 Rhetoricorum […] conuenit illuc
                <hi rend="i">B : om. C</hi></note>.</p>
          <p>Ya veo que vuestra merced estará enfadado, y justamente<note place="bottom" type="app"
              rend="I"> enfadado, y justamente <hi rend="i">B</hi> : justamente enfadado <hi
                rend="i">C</hi></note>, de que yo le haya ocupado con cosas tan sabidas, <quote>sed
              conceptum sermonem tenere quis poterit</quote><note place="margin"> Iob 4 </note><note
              place="bottom">
              <title>Biblia, Job</title>, 4, 2: <hi rend="i">Si coeperimus loqui tibi, forsitan
                moleste accipias, sed conceptum sermonem tenere quis possit</hi>? («Si empezáramos a
              hablarte, quizá lo tomaras a mal, pero ¿quién podría reprimirse de hablar?»).</note>?
            Solo le suplico que entienda le soy tan aficionado como debo a hijo de España, debiendo
            ella tanto a vuestra merced, y que quisiera tener muy gran caudal<note place="bottom"
              type="app" rend="I"> muy gran caudal <hi rend="i">B</hi> : gran caudal solo C</note>
            para emplearle en alabanza de quien tantas merece.</p>
          <p>Guarde Nuestro Señor a vuestra merced.</p>
          <p>De Segovia, en trece de noviembre de 1621 años<note place="bottom" type="app" rend="I">
              años <hi rend="i">B : om.</hi> C</note>.</p>
          <p>Licenciado Diego de Colmenares.</p>
        </div>
        <div xml:id="Aunseñordeestosreinos">
          <index indexName="resp" n="Vega Carpio, Lope Félix de"/>
          <index indexName="adressee" n="Colmenares, Diego"/>
          <index indexName="date" n="1624"/>
          <head>II <lb/>A un señor de estos reinos <lb/>Epístola séptima<note place="bottom"
              type="app" rend="I"> Título en volumen común con los textos de Colmenares (<hi
                rend="i">B</hi>): RESPUESTA A LA / Carta antecedente, de Lope / de Vega Carpio. /
              Impressa en la Circe. Año de 1624. </note></head>
          <p><pb n="f. 190r"/> Dijo <persName type="authority" key="Platón" precision="3"
              >Platón</persName> en el primero diálogo de su <title>República</title> que
              <quote>facilius est interrogare quam respondere</quote><note place="bottom"> Platón,
                <hi rend="i">República</hi>, I, 336c: «Es más fácil preguntar que responder». Se lo
              dice Trasímaco a Sócrates: véase luego el inicio de la respuesta de Colmenares en su
              segunda carta (texto III).</note>, que viene a ser lo mismo que reprehender y no
            escribir. A mí no me espantan, señor excelentísimo, prosas ni lugares citados, sean de
            quien fueren, en razón de la poesía, sino el escribirla y mostrarnos cómo luce en la
            práctica lo que nos enseñan con la teórica, que es lo que respondió un hidalgo a un
            maestro de armas: «Saque vuestra merced la espada y dígame todo eso con las manos»<note
              place="bottom">En la biografía de Quevedo, Aureliano Fernández Guerra (1852: XLIV)
              atribuye, echándole bastante imaginación (aunque no deja por ello de ser verosímil),
              el protagonismo de esa anécdota al célebre escritor, basándose en una noticia de su
              anterior biógrafo, Pablo Antonio de Tarsia, acerca de un enfrentamiento a espada en
              público con Luis Pacheco de Narváez, el maestro de esgrima cuya enemiga con Quevedo es
              bien conocida. Tarsia no recoge esa supuesta frase que Quevedo le habría dicho a
              Pacheco: es Fernández de Guerra el que combina este pasaje de <hi rend="i">La
                Circe</hi> de Lope (que cita en nota) con la noticia del biógrafo para crear una
              escena de novela histórica, por no decir de folletín. Lope, en fin, abre su respuesta
              pisando fuerte y mostrándose bastante picado ante quien sin ser poeta se atreve a
              teorizar sobre tal ocupación. Aun así, Lope responderá como teórico, con una carta
              llena de autoridades (especialmente filosóficas, aunque algunas de ellas traídas a
              veces sin mucho criterio), para intentar demostrar a Colmenares que él también puede
              moverse, si quiere, en esos niveles.</note>.</p>
          <p>Cierto que yo pienso (o no lo debo de haber entendido) que por esto dividió la poética
            el doctísimo <persName type="authority" key="Savonarola, Girolamo" precision="3"
              >Savonarola</persName><quote> en objeto, uso y modo</quote><note place="bottom">Se
              trata del célebre dominico ferrarés Girolamo Savonarola (1452-1498), acérrimo enemigo
              de la familia Medici hasta lograr su expulsión de Florencia, y también de los Borgia,
              hasta que Alejandro VI consiguió su condena a la hoguera; llegó a gobernar la
              república florentina de 1494 a 1498. La obra a la que se refiere Lope es su <title>De
                ratione poeticae artis</title>, también conocido como <title>Apologeticus</title>
              (escrito en 1492; es el cuarto capítulo del opúsculo «De diuisione, ordine ac
              utilitate omnium scientiarum»), del que irá insertando algunos razonamientos en su
              carta. Tubau (2007: 139-140 y 2008: 359-360) los recogió todos (procedentes de la
              edición de París: Iacobus Kerver, 1536; hay traducción moderna al italiano a cargo de
              A. Stagnitta: ver Savonarola 1998), y de él los tomo para ir indicándolos en nota.
              Debe tenerse en cuenta, como ya se ha indicado en la introducción, que el título
              completo que porta ese capítulo sobre poética en algunas ediciones es «De poeticae
              artis ratione, utilitate et damno Christianorum animabus» (es decir, «Sobre la razón
              de la poética, y la utilidad y daño que causa a las almas de los cristianos»), lo que
              explica que se lo haya visto como un tratado «apologético», propio de un ardoroso y
              fanático predicador como consta que fue Savonarola: y lo es, puesto que en el fondo se
              trata de un intento de impedir que se viera en la poesía (como sucedía en una parte
              del humanismo italiano coetáneo) una ciencia divina y superior a todas las demás –casi
              una «teología»– (recuérdense ahora las ideas expuestas por Colmenares en su carta),
              cuando no es, según él, sino una disciplina más perteneciente a lo que denomina la <hi
                rend="i">philosophia rationalis</hi>. Este primer pasaje que Lope alega se lee en f.
              A6v: «Tria in arte poetica mihi consideranda videntur, videlicet obiectum, usus et
              modus». Es de suponer, dada la amplia porción de texto que aprovecha, la consulta
              directa del opúsculo de Savonarola por parte de Lope, quien recurrió a algunos de los
              pasajes que aquí alega para autorizar también su elogio a Pedro Soto de Rojas
              publicado en los preliminares del <hi rend="i">Desengaño de amor en rimas</hi> de este
              (1623): véase Tubau (2007: 53 y 2008: 270-271). Sobre el tratado de Savonarola, véase
              Spingarn (1899: 3-4), Greenfield (1981: 246-256) y Bettinzoli (2001: 25-29).</note>;
            que el uso no está allí sin causa, pues dijo <persName type="authority"
              key="san Crisóstomo" precision="3">Crisóstomo</persName> que <quote>era estéril el
              arte sin el uso, como también temerario el uso sin el arte</quote><note place="bottom"
              >Es más que probable que Lope haya tomado esta cita de la sección <hi rend="i">Ars et
                ingenium</hi> de <hi rend="i">Sententiae et exempla</hi> de Andrés Rodrigues de Évora (<hi
                rend="i">Andreas Eborensis</hi>; véase la nota 25 a la edición de la carta de Lope
              en <hi rend="i">La Filomena</hi>: <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                >1621_censura-lope</ref>). La primera de las sentencias tomadas <hi rend="i">Ex
                sacris</hi> («De autores cristianos») es precisamente esta: «Ars infoecunda est sine
              usu, et usus temerarius est sine arte. Chrysost. sup. Psal. 6».</note>. Y no importa
            hablar magistralmente de una ciencia, <pb n="f. 190v"/> si el tal razonador no sabe
            ejecutarla. Bien sé que esto tiene respuesta con la excelencia de los teóricos a la
            ejecución de los prácticos si les faltase el arte, pero no la tiene en razón de querer
            la extravagancia que valga su voto solo contra el de tantos tan excelentes hombres; y
            más de quien confiesa que no entiende lo que defiende, que para eso mejor fuera
            remitirse a las manos que a la pluma. <quote><hi rend="i">Qui vere putat melius esse
                aliquid quod deterius est nullo dubitante scientia eius caret</hi></quote>: esto
            dijo <persName type="authority" key="san Agustín" precision="3">san Agustín</persName>
            en el primero <title>De musica</title><note place="bottom">San Agustín, <hi rend="i">De
                musica</hi>, I, 6, 12: «Quien piensa en serio que es mejor algo que todos juzgan que
              es peor, carece de conocimiento sobre ello», o bien: «Quien piensa en serio que es
              mejor algo que es peor, carece de conocimiento sobre ello, a juicio de todos». No he 
              hallado la cita ni en el Eborense ni en ninguna otra compilación similar, por lo que 
              parece lectura directa de Lope.</note>.
            Y más en razón de introducir<note place="bottom" type="app" rend="I"> el primero […]
              introducir <hi rend="i">A : om. B</hi></note> una nueva lengua<note place="bottom">Es
              decir, la «nueva lengua» que introduce la poesía de Góngora y sus seguidores.</note>,
            que aunque nos dan a entender que no es gramática nueva, sino exornación altísima de la
            poesía, lejos de la profanidad del vulgo (nunca el otro romano lo hubiera dicho a tan
            diferente propósito)<note place="bottom">Alusión al «Odi profanum vulgus et arceo» de
              Horacio, <hi rend="i">Odas</hi>, III, 1, 1, citado por Colmenares (véase la nota 94 a
              su carta).</note>, bien sabemos que lo sienten de otra manera que lo dicen y desviando
            del verdadero sentido los lugares, como aquel axioma de <persName type="authority"
              key="Cicerón" precision="3">Cicerón</persName>, que no le pasó por el pensamiento
            haberle entendido de la oscuridad, como se verá claramente por este lugar citado de
              <persName type="authority" key="Robortello, Francesco" precision="3"
              >Robortelio</persName> sobre la <title>Poética</title> de <persName type="authority"
              key="Aristóteles" precision="3">Aristóteles</persName>: <quote><hi rend="i">Orationem
                rhetorum ad vulgi sensum esse scriptam; poemata autem poetarum paucorum iudicio
                censeri</hi></quote><note place="bottom">Efectivamente, en la p. 4 de las <hi
                rend="i">In librum Aristotelis de arte poetica explicationes</hi> de Francesco
              Robortello (Florencia: In oficina Laurentii Torrentini, 1548) se lee esa cita, que en
              realidad, como indica el propio comentarista italiano, procede de Cicerón, aunque no
              indica el origen. Lo que hace Robortello es parafrasear (de ahí que aparezca en estilo
              indirecto) el mismo pasaje del <hi rend="i">Brutus</hi> (51, 191) que alega Colmenares
              a poco de iniciada su primera carta (véase la nota 45 al texto I) y que es al que se
              refiere Lope aquí poco antes. En su paráfrasis, Robortello aporta como opinión de
              Cicerón «que el discurso de un rétor se escribe acomodándolo al sentir del vulgo,
              mientras que los poemas se someten al criterio de unos pocos poetas». Cabe recordar 
              aquí que esas explicationes de Robortello a la <hi rend="i">Poética aristotélica</hi>, así como su opúsculo
                  <hi rend="i">Sobre la comedia</hi>, fueron textos a los que ya había acudido Lope para redactar su <hi rend="i">Arte nuevo
              de hacer comedias</hi> (véase Vega 2016).</note>; que aquí habló de la excelencia del arte en el 
            alma y nervios de la sentencia y locuciones,que no de las tinieblas del estilo.</p>
          <p>Esta disciplina, que, en fin, es arte, pues se perfecciona de sus preceptos, es parte
            de la filosofía racional, por donde le conviene a su objeto ser parte del <pb
              n="f. 191r"/> ente de razón. Es, pues, el objeto del arte poética como el entimema de
            la retórica<persName type="authority" key="Savonarola, Girolamo" precision="3"/><note
              place="bottom">Es traducción prácticamente literal de Girolamo Savonarola,
                <title>Apologeticus de ratione poeticae artis</title> (Tubau 2007: 139 y 2008: 359):
              «Cum enim haec disciplina sit pars philosophiae rationalis, oportet obiectum eius esse
              partem entis rationis. […] Obiectum esse artis poeticae quemadmodum enthymema est
              obiectum rhetoricae» (para el entimema retórico, véase luego también la nota 137). El
              propio Savonarola, tras establecer que la filosofía se divide en dos partes, la que
              atiende a los entes reales y la que atiende a los entes racionales o entes de razón,
              define así estos últimos: «Ens rationis dicimus id quod ita a ratione inuentum est et
              fabricatum, ut extra ipsam inueniri non possit, ut sunt uniuersalia, propositiones,
              syllogismi et caetera huiusmodi quae nullus recte sentiens extra intellectum inueniri
              posse putabit, nisi forte tanquam in signo» («Llamamos ente de razón a aquel que ha
              sido hallado y fabricado por la razón de tal modo, que no puede hallarse fuera de
              ella, como los universales, las proposiciones, los silogismos y demás cosas de este
              tipo que nadie que esté en su sano juicio pensará que puedan existir fuera del
              intelecto, salvo si acaso en forma de un signo [que lo represente]».</note>. El oficio
            del poeta es enseñar de cuáles y con cuáles cosas se constituya el ejemplo, y con qué
            modos y similitudes a diversos géneros, estados y negocios debemos usar de este
            silogismo: porque todas las demás partes de la filosofía racional hacen esto mismo cerca
            de su propio objeto<persName type="authority" key="Savonarola, Girolamo" precision="3"
              /><note place="bottom">Girolamo Savonarola, <title>Apologeticus de ratione poeticae
                artis</title> (Tubau 2007: 139-140 y 2008: 359): «Poetae igitur est docere ex quibus
              et qualibus exemplum constituatur, et quibus modis et similitudinibus ad diuersa
              genera et ad diuersos status hominum conditionesque negociorum hoc syllogismo uti
              debeamus. Nam et caeterae partes philosophiae rationalis hoc idem faciunt circa
              proprium obiectum». El «ejemplo» debe entenderse aquí como un tipo de silogismo (igual
              que lo es el entimema –o razonamiento probable– en la retórica): es, en concreto, el
              razonamiento «por ejemplificación» que incluye Aristóteles en sus <hi rend="i"
                >Analytica priora</hi> (68b40ss.) y que, en palabras del propio Savonarola, es
              «syllogismus in quo medium extremo inesse ostenditur per id quod est simile tertio»
              («un silogismo en el cual se muestra que el medio está incluido en el extremo superior
              por el hecho de ser similar a un tercero»). Savonarola explica que el estagirita lo
              ilustra con este silogismo, el cual pretende persuadir de algo particular por medio de
              algo general: «Es algo malo que los pueblos limítrofes combatan entre sí. Un combate
              entre tebanos y focenses es un combate entre pueblos limítrofes. Por tanto, es algo
              malo que los tebanos combatan contra los focenses». Por esa vía, el predicador
              dominico llega a la afirmación de que «el fin del poeta es inducir a los hombres a
              alguna empresa virtuosa mediante alguna conveniente figuración; del mismo modo que se
              logra que alguien odie un alimento presentándoselo como similar a algo que le sea
              odioso» [véase luego al final de la nota siguiente para el conocimiento que tenía Lope
              de ese pasaje]. Esa inducción a realizar un acto virtuoso es un acto evidente de
              persuasión, que ha de lograrse, pues, recurriendo a un tipo particular de razonamiento
              o silogismo: esto es, la poesía como síntesis de dos artes liberales del <hi rend="i"
                >trivium</hi>: de la lógica y de la retórica (la gramática ni siquiera alcanza el
              estatuto de <hi rend="i">scientia</hi> para Savonarola).</note>.</p>
          <p>De los metros y números no hay que tratar, porque el modo métrico y armónico no es
            esencial al arte, por donde verá vuestra excelencia que se engaña quien piensa que en
            esta novedad de locuciones consiste: <quote><hi rend="i">Potest enim poeta uti argumento
                suo et per decentes<note place="bottom" type="app" rend="I"> decentes <hi rend="i"
                    >A</hi> : docentes <hi rend="i">B</hi></note> similitudines discurrere sine
                versu</hi></quote><persName type="authority" key="Savonarola, Girolamo"
              precision="3"/><note place="bottom"><p>Girolamo Savonarola, <title>Apologeticus de
                  rationepoeticae artis</title> (Tubau 2007: 140 y 2008: 359): «Hic ergo modus
                metricus et harmonicus utendi arte poetica non est ei essentialis. Potest enim poeta
                uti argumento suo et per decentes similitudines discurrere sine versu» («Puede, en
                efecto, el poeta tratar su argumento y discurrir mediante decentes comparaciones sin
                emplear el verso»). Esta desvinculación de la poesía con la necesidad de que se
                escriba según un «modo métrico y armónico» (o sea, en verso) le interesa mucho a
                Lope, consciente como es de que la gran revolución que conllevaba la «nueva poesía»
                lo era sobre todo en el plano formal: así, por ejemplo, las tan traídas y llevadas
                «trasposiciones» (o hipérbatos) son justificables solo en textos escritos en verso y
                sometidos, por tanto, a una métrica y una rítmica. Por tanto, ese divorcio de poesía
                y verso comportaba una clara afirmación de la primacía del contenido (la <hi
                  rend="i">res</hi>) sobre la forma (los <hi rend="i">verba</hi>).</p><p>Por otra
                parte, en el texto preliminar de <hi rend="i">La Dorotea</hi> (1632) titulado «Al
                teatro, de don Francisco López de Aguilar» (pero sobre el que no hay duda de que lo
                escribió el propio Lope, pues se conserva el borrador de su puño y letra en el <hi
                  rend="i">Códice Daza</hi>) se traducen al castellano, sin mencionar ya ni a
                Savonarola ni a su tratado, varios fragmentos de este, incluido el que afirma que
                «puede el poeta usar de su argumento sin verso, discurriendo por algunas decentes
                semejanzas» para justificar el no haberse empleado en esa que Lope subtituló,
                precisamente, «acción en prosa». Curiosamente, en el f. 159r del <hi rend="i">Códice
                  Daza</hi>, que es justo el anterior a aquel en que comienza ese preliminar de <hi
                  rend="i">La Dorotea</hi> (el f. 159), Lope escribió el siguiente texto, sin más
                indicación, pero donde traduce-sintetiza ideas tomadas del opúsculo de Savonarola:
                «Es el fin del poeta inducir los hombres a alguna obra virtuosa por alguna decente
                representación [véase <hi rend="i">supra</hi> la nota anterior] y, como es propio
                del mismo, proceder de las cosas particulares no como el dialéctico, que no de todas
                por induccion enseña su propósito, sino solo de algunas». Conociendo la manera de
                pensar del predicador ferrarés, seguramente empleara el adjetivo <hi rend="i"
                  >decentes</hi> en una acepción de índole mucho más moral (y moralista) que como lo
                empleaba Lope al traducirlo literalmente.</p></note>; y note vuestra excelencia
            aquel <hi rend="i">per decentes similitudines</hi>. Luego la esencia de la poesía no es
            el verso, como se ve en <persName type="authority" key="Heliodoro" precision="3"
              >Heliodoro</persName>, <persName type="authority" key="Apuleyo" precision="3"
              >Apuleyo</persName>, las prosas del <persName type="authority" key="Sannazaro"
              precision="3">Sannazaro</persName> y piscatorias del <persName type="authority"
              key="Sammartino, Matteo di" precision="3">San Martino</persName><note place="bottom"
                ><hi rend="i">Heliodoro</hi> es Heliodoro de Émesa (ss. II-IV d. C.), autor de la
              novela en griego <hi rend="i">Etiópicas o Historia de Teágenes y Cariclea</hi> (Pedro
              Díaz de Rivas, en sus <hi rend="i">Discursos apologéticos –</hi>1616_discursos-diaz–,
              escribe que, respecto a la «materia» que tratan, «estas <hi rend="i">Soledades</hi>
              [...] se ha(n) de reducir […] a aquel género de poema de que constaría la <hi rend="i"
                >Historia etiópica</hi> de Heliodoro si se redujera a versos»). Apuleyo de Madaura
              (s. II d. C.) es el autor de la novela en latín <hi rend="i">Metamorfosis o El asno de
                oro</hi>. Las «prosas del Sannazaro» aluden evidentemente a su celebérrima
                <title>Arcadia</title> (Venecia: Bernardino da Vercelli, 1502) y, más concretamente,
              a los pasajes en prosa que se intercalan entre las églogas. Con «las piscatorias del
              San Martino» se refiere Lope a la obra del poeta italiano Matteo di Sammartino
              (también conocido como el conde di Sammartino) titulada <title>Pescatoria et
                Ecloghe</title> (Venecia: Gabriele Giolito de’Ferrari, 1540); en ella, siguiendo el
              modelo sannazariano, se mezclan pasajes en prosa con églogas pastoriles y otras que se
              cuentan entre las primeras muestras del género haliéutico o piscatorio de la poesía
              italiana, tras el camino abierto en latín por el mismo Sannazaro con sus <hi rend="i"
                >Eclogae piscatoriae</hi>. Por otra parte, y aunque no lo indique Lope, la idea de
              que la poesía no requiere como condición <hi rend="i">sine qua non</hi> el estar
              escrita en verso la expuso ya Aristóteles en la <hi rend="i">Poética</hi> (1447b13-20
              y 1451b2). Ello explica que esa idea aparezca en no pocos tratados coetáneos sobre
              teoría literaria, como la <hi rend="i">Philosophia antigua poética</hi> de López
              Pinciano, donde también se alude a las <hi rend="i">Etiópicas</hi> de Heliodoro: «Ni
              aun eso tampoco admito (dijo Hugo), que sería hacer al metro necesario para la
              poética, lo cual ni Aristóteles hizo, ni aun grave varón alguno, y sería que ni los
              diálogos de Platón, ni las fábulas de Esopo, ni las milesias, ni la <hi rend="i"
                >Historia de Etiopía</hi>, ni otras así, fuesen poemas, y sería que ni la <hi
                rend="i">Ulisea</hi> de Homero que anda en prosa, ni Quinto Cálabro, ni otros
              infinitos, lo fuesen. […] Y quede asentado ya que la imitación en prosa es un poema
              sin atavío, pero vivo y verdadero» (López Pinciano 1998: I, 155).</note>. Aquí repare
            vuestra excelencia en quien dice que con ciertos poemas nuevos se restauraba la poesía,
            que a su parecer debía de andar perdida en Italia y en España<note place="bottom">Véase
              arriba la nota 102 a la primera carta de Colmenares (texto I).</note>. Cuando
              <persName type="authority" key="Gregoire, Pierre" precision="3">el
              Tolosano</persName><note place="bottom" type="app" rend="I"> tolosano <hi rend="i"
                >A</hi> : que olosano <hi rend="i">B</hi></note> dijo en su <title>Syntaxis artis
              mirabilis</title> que <quote>constaba el poema de la razón de las sílabas, añadió del
              orden y del tiempo</quote>, todo lo cual más pertenece al sistema de los versos que al
            arte, de suerte que aunque aquella extrañeza fuera imitable, no era poesía en el arte,
            sino en el adorno del contexto<note place="bottom">Las <hi rend="i">Syntaxes artis
                mirabilis</hi>, obra enciclopédica de Pierre Gregoire (h. 1540-1597), jurisconsulto
              y filósofo francés nacido en Toulouse (de ahí lo de <hi rend="i">tolosano</hi>), fue
              bastante consultada, en general, por Lope (lo cita explícitamente en <hi rend="i">El
                peregrino en su patria</hi> y en los preliminares de las <hi rend="i">Rimas</hi>
                –<hi rend="i">Cuestión sobre el honor debido a la poesía</hi>, dedicada a Juan de
              Arguijo–, por ejemplo). El texto recogido aquí por Lope procede del segundo capítulo
              («Quibus constant poemata, et de rhytmo») del libro XIX («In quo agitur de Poetica»),
              que comienza así: «Omne poema ex syllabarum ratione et ordine et tempo
              constat».</note>.</p>
          <p>Pero quien siente que no tiene fundamento en la retórica, ¿qué respuesta merece? O no
            entiende que le tocan las mismas obligaciones <pb n="f. 191v"/> que al historiador,
            fuera de la verdad<note place="bottom">Recuérdese el célebre aserto aristotélico (<hi
                rend="i">Poética</hi>, 1451a36) en el sentido de que el historiador cuenta las cosas
              que efectivamente sucedieron (cuenta «la verdad») y el poeta aquellas que hubieran
              podido suceder (se atiene o a lo verosímil o a lo necesario).</note>, o poca erudición
            muestra quien esto ignora, estando todos los retóricos llenos de ejemplos de poetas,
            como verá mejor vuestra excelencia, si don <persName type="polemist"
              key="Quevedo, Francisco de">Francisco de Quevedo</persName> prosigue un discurso que
            dejó comenzado, ingenio verdaderamente insigne, y tan adornado de letras griegas y
            latinas, sagradas y humanas, que, para alabarle más, quisiera deberle menos<note
              place="bottom">No consta, por desgracia, que se conserve ese interesante tratado de
              Quevedo, aunque es de suponer que varias de las ideas en él recogidas coincidirían, en
              todo o en parte, con las que expone en sus preliminares a las poesías de fray Luis de
              León, texto que también forma parte de la polémica gongorina
              (1631_obras-quevedo).</note>. Porque como yo veo en cuantos autores de este género han
            llegado a mis manos ejemplificada la retórica con poetas, no sé quién pueda con luz de
            letras cuidadosas permitirse a sí mismo error tan grande: yo igualmente hallo las
            figuras en todos, como, por ejemplo, la prosopopeya, <quote><hi rend="i">id est, ficta
                personae inductio</hi></quote><note place="bottom">Definición de <persName
                type="authority" key="Cicerón" precision="3">Cicerón</persName> en <title>De
                oratore</title>, III, 53, 205.</note>, como se ve en <persName type="authority"
              key="Cicerón" precision="3">Cicerón</persName>
            <title>a Herenio</title><note place="bottom">Hoy no se considera obra de Cicerón: véase
              la nota 76 a la edición de la carta de Lope en <hi rend="i">La Filomena</hi> (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                >1621_censura-lope</ref>).</note> y en <persName type="authority" key="Virgilio"
              precision="3">Virgilio</persName> en el 4 de la <title>Eneida</title>, que también se
            introduce por forma, como allí por la Fama; o la aposiopesis, precisión o reticencia, el
            uno en <title>Verres</title> y el otro en el libro primero<note place="bottom">Esto es,
              de la <hi rend="i">Eneida</hi> (véase la nota siguiente).</note>, con los demás
            ejemplos de <persName type="authority" key="Suárez, Cipriano" precision="3"
              >Cipriano</persName> y <persName type="authority" key="Talon, Omer" precision="3"
              >Audomaro Taleo</persName><note place="bottom"><hi rend="i">Cipriano</hi> es el padre
              jesuita Cipriano Suárez (1524-1593), ya citado por Lope en su «censura» de 1621
              impresa en <hi rend="i">La Filomena</hi>. En el capítulo treinta («De figuris
              sententiarum») del tercer libro de su tratado sobre retórica se trata sobre la <hi
                rend="i">prosopopeia</hi>, que se define, de entrada, como «personarum ficta
              inductio» («introducción fingida de personajes en el discurso»); al final del apartado
              dedicado a esa figura se alude al pasaje del libro IV de la <hi rend="i">Eneida</hi>
              (v. 173 y ss.) en el que Virgilio introduce la figura de la Fama; dice Suárez: «Formas
              –esto es lo que explica la frase de Lope «se introduce por forma», es decir, por una
              figura simbólica– quoque fingimus saepe, ut famae Virg.». Poco después trata sobre la
                <hi rend="i">aposiopesis</hi> y aporta un ejemplo célebre del libro primero de la
                <hi rend="i">Eneida</hi> (v. 135). Ludovico Carbone da Costacciaro (1545-1597), al
              que poco después citará aquí Lope, fue alumno de Suárez y elaboró unas tablas
              retóricas como guía para la obra de este que habitualmente fueron impresas a partir de
              entonces junto con ellas (véase luego nota 137). Audomaro Taleo es el humanista
              francés Omer Talon (Audomarus Talaeus), bien conocido por la amistad y colaboración
              que mantuvo con Pierre de la Ramée (Petrus Ramus). Publicó también un exitoso
              compendio de retórica en 1544 bajo el título de <title>Institutiones
              Oratoriae</title>; allí, al tratar sobre la prosopopeya (f. 18r), aporta ejemplos
              tanto de los discursos de Cicerón contra Verres como de la <hi rend="i">Eneida</hi>;
              sobre la aposiopesis trata en f. 29v y aporta hasta cuatro ejemplos (dos de Cicerón y
              dos de Virgilio). </note>, que es puerilidad tomarlos en la boca, cuanto más negarlos
            y excluir la retórica de la poética, sin querer que, como la oración se sirve de su
            ejemplo, valga para ella misma lo que da a los otros; que si a la retórica llamó
              <persName type="authority" key="Magno Tirio" precision="3">Magno Tirio</persName>
            <quote><hi rend="i">cogitationum animi enunciatricem</hi></quote><note place="bottom">La
              referencia de Magno Tirio la toma Lope seguramente del final del primer capítulo
              («Quid in hac arte consequamur») del libro XVIII («In quo agitur de arte bene et
              multum dicendi seu de Rhetorica») de la ya citada <hi rend="i">Syntaxis artis
                mirabilis</hi> del tolosano Pierre Gregoire: «Magnus quippe Tyrius sermo 21
              Rhetoricam definit cogitationum animi enunciatricem» («reveladora de los
              pensamientos»).</note>, ¿qué diferencia hay del retórico al poeta o quién se declara
            con más altos y peregrinos pensamientos? Si por los de esta nueva lengua no nos ponen
            por objeción que más que se declaran se oscurecen, y si por opinión de <persName
              type="authority" key="san Agustín" precision="3">san Agustín</persName>
            <quote>rhetorica </quote><pb n="f. 192r"/><quote> tam falsa quam vera
              persuadet</quote><note place="bottom">La frase exacta de san Agustín en <title>De
                doctrina Christiana</title>, IV, 2, 3 es «Nam cum per artem rhetoricam et vera
              suadeantur et falsa», pero lo cierto es que en varias ediciones de la época aparece al
              margen, como epígrafe que resume el contenido de esa parte del texto agustiniano, la
              sentencia que cita Lope y que significa: «La Retórica persuade tanto de cosas falsas
              como de verdaderas».</note>, no debe de ser diverso de estas facultades el oficio.</p>
          <p>En mil partes de sus <title>disputaciones oratorias</title> el docto <persName
              type="authority" key="Carbone da Costacciaro, Lodovico" precision="3">Ludovico de
              Costanciaro</persName><note place="bottom" type="app" rend="I"> Costanciaro <hi
                rend="i">A</hi> : Costancia <hi rend="i">B</hi>
            </note> ejemplifica con Virgilio, Horacio y Ovidio, y a este propósito, hablando de la
            inducción, dice: <quote><hi rend="i">Eandem non raro usurpant poetae, speciatim Ouidius,
                apud quem multa et praeclara sunt inductionum exempla, ut est illud: Materiamque
                tuis etc. lib. 4 de Trist. eleg. 3</hi></quote>. Y hablando del entimema retórico
            cita a Lucano: <quote><hi rend="i">Quid satis est, si Roma parum?</hi></quote> Y en otra
            parte, hablando con Pompeyo: <quote><hi rend="i">Audes fulcire ruinam</hi></quote>,
              etc.<note place="bottom">Lope remite a la obra de Lodovico Carbone da Costacciaro
                <title> De dispositione oratoria disputationes XXX</title>. En la <hi rend="i"
                >disputatio</hi> XVIII (p. 233 de la edición de Venecia: Apud Damianum Zenarum,
              1590), hablando, efectivamente, a propósito de la <hi rend="i">inductio oratoria</hi>
              (uno de los tipos de argumentación), se leen esas palabras citadas por Lope: «A esa
              misma recurren no escasamente los poetas, y en especial Ovidio, en el cual pueden
              leerse muchos y preclaros ejemplos de inducción, como aquel de la tercera elegía del
              libro cuarto de los <hi rend="i">Tristia: Materiamque tuis</hi>…» (<hi rend="i"
                >Tristia</hi>, IV, 3, 73 y ss.). En la <hi rend="i">disputatio</hi> XIX (p. 238 y
              ss.) Carbone trata sobre el entimema y cita (p. 240) el v. 274 del quinto libro de la
                <hi rend="i">Farsalia</hi> de Lucano que reproduce Lope («¿Qué bastará, si Roma es
              poco?»), y, seguido, lo de <hi rend="i">Audes fulcire ruinam</hi> («Osas apuntalar la
              ruina»), que parece ser una adaptación del verso 528 del libro octavo de ese mismo
              poema: <hi rend="i">Tu, Ptolomaee, potes Magni fulcire ruinam</hi>/ <hi rend="i">sub
                qua Roma iacet</hi>? («Tú, Tolomeo, ¿puedes apuntalar la ruina del Magno [Pompeyo],/
              bajo la que Roma yace?»): esas palabras, como se ve, no son dichas en esa obra a
              Pompeyo, como afirma Lope, sino sobre él al que iba a ser su asesino, el rey de Egipto
              Tolomeo. En realidad, Carbone está siguiendo ahí –por no decir que plagiando– el
              capítulo sobre el entimema (II, 18) del <hi rend="i">De inuentione dialectica</hi> del
              humanista alemán Rodolfo Agrícola (Lovaina: in aedibus Theodorici Martini Alustensis,
              1515), donde, además, se lee exactamente esa misma adaptación del verso de Lucano. Por
              otra parte, cabe señalar que Lope cita también a Lodovico Carbone en la dedicatoria al
              marqués de Tarifa de la comedia <hi rend="i">Lo cierto por lo dudoso</hi>, recogida en
              la <hi rend="i">Parte XX</hi>, que se publicó en 1625 y es, por tanto, casi coetánea
              de <hi rend="i">La Circe</hi>: de hecho, en esa dedicatoria hay también por parte de
              Lope un ataque contra la «nueva poesía» en términos que recuerdan bastante a los que
              se leen en la polémica con Colmenares; baste como ejemplo este pasaje: «Si el remedio
              del corto natural se ha de fundar en la escuridad y bárbaro estilo, ¿para qué escribe
              el que ha de fatigar al que ha de leer, pues solo su engaño le obliga o su presunción
              le desvanece?». Ya Tubau (2007: 59 y 2008: 276-277) había puesto en relación esta
              epístola de Lope con la dedicatoria de esa comedia, puesto que en ambas se tratan
              cuestiones similares: «resulta verosímil deducir que Lope tuvo en mente la primera o
              la segunda de las respuestas del segoviano al redactar esta dedicatoria». Montero
              (2008: 187), por su parte, ha propuesto que esta dedicatoria está conectada más bien
              con la polémica, contemporánea a esta, que Lope mantenía con Juan de Jáuregui después
              de que este aparentemente se hubiera pasado a las filas de la «nueva poesía» al
              escribir y publicar su <hi rend="i">Orfeo</hi> (Madrid: Por Iuan González, 1624).
              Ambas opciones, a mi juicio, son perfectamente compatibles: Lope estaba metido en
              tantas polémicas a la vez, que bien podía disparar contra varios blancos a un tiempo;
              y en este caso, el trasfondo de ambas era común: la poesía gongorina.</note></p>
          <p>La gramática, lógica y retórica no pienso yo que tuvieron otro fin que el conocimiento
            del razonar, pues la gramática considera el hablar concertado o bárbaro; la lógica el
            verdadero o falso; y la retórica el pulido o tosco; de suerte que las artes son para una
            de tres cosas: o para obrar o para hablar o para deleitar. La filosofía moral obra,
            aunque calle, como sintió <persName type="authority" key="Plutarco" precision="3"
              >Plutarco</persName> en su primero <title>Problema</title><note place="bottom">Se
              refiere Lope a los <title>Symposiaca problemata</title>, más conocidos por su título
              latino de <title>Conuiuales sermones o quaestiones</title> («Charlas de sobremesa»),
              de Plutarco, el primero de los cuales trata sobre la relación entre el filosofar y el
              beber. En 613f dice el de Queronea que un filósofo, si se encuentra en un banquete en
              el que lo que predomina es la bebida y la diversión, no debe intentar imponerse él y
              tratar cuestiones profundas en un lenguaje rebuscado, propio de oradores, sino sumarse
              a la fiesta y participar, siempre dentro de los límites de la decencia: de ese modo,
              estará actuando como filósofo con su silencio y su participación en el ambiente lúdico
              que se impone. En los <hi rend="i">Sententia et exempla</hi> (Paris: apud Gulielmum
              Iulianum, 1575) de Andrés Eborense, el pasaje plutarquiano se recoge en dos secciones,
              la de <hi rend="i">Philosophia</hi> y la de <hi rend="i">Eloquentia</hi>, y en ambas
              bajo la misma formulación: «Rhetorum est agere verbis; philosophari autem licet etiam
              tacendo. Plutarc. probl. I».</note>; la gramática y música deleitan, y la lógica y
            retórica hablan; aunque también le pareció a <persName type="authority" key="Cicerón"
              precision="3">Cicerón</persName> que <quote>al filósofo le convenía la
              elocuencia</quote><note place="bottom">Es probable que haga referencia a un pasaje de
                <title>De finibus bonorum et malorum</title> (I, 5,15) en que Cicerón dice algo solo
              parecido a lo que indica Lope: «et tamen ego a philosopho, si afferat eloquentiam, non
              asperner; si non habeat, non admodum flagitem» («sin embargo, yo no despreciaría a un
              filósofo porque se exprese con elocuencia, aunque tampoco lo censuraría mucho por no
              exhibirla»). En las mismas secciones <hi rend="i">Philosophia</hi> y <hi rend="i"
                >Eloquentia</hi> de la poliantea de Eborense se recoge ese pasaje ciceroniano, si
              bien incorrectamente adscrito al libro segundo de las <hi rend="i">Tusculanae
                disputationes</hi>.</note>. Pues ¿de qué se compondrá la poética, si no habla bien
            ni deleita<note place="bottom">Es decir, igual que hacen la gramática, la lógica y la
              retórica, que, como ha explicado, la una deleita (se entiende que Lope le «confía» la
                <hi rend="i">elocutio</hi>, o sea los <hi rend="i">verba</hi>) y las otras «hablan
              bien» (o sea, comunican un mensaje y, por tanto, se encargan de la <hi rend="i"
                >inuentio</hi>, o sea de la <hi rend="i">res</hi>). Además, como luego señala, la
              poética también necesita de la lógica. Lo que a Lope parece interesarle es bajar a la
              poesía de la posición de preeminencia absoluta sobre cualquier otra disciplina en que
              parecía situarla Colmenares en su carta, y ubicarla, por tanto, al mismo nivel que
              otras, todas supeditadas a la filosofía, que es la verdadera «arte de las artes», pues
              las fundamenta a todas.</note>, o qué llamamos en ella locuciones y frasis? (Y más:
            que <persName type="polemist" key="Colmenares, Diego de">el dueño de este
              discurso</persName> que envío a vuestra excelencia<note place="bottom">Es decir, Diego
              de Colmenares y su primera carta.</note> no funda su opinión en otra cosa que las
            figuras, tropos, enigmas, alegorías y tan horribles metáforas). ¿O por qué le será tan
              <pb n="f. 192v"/> precisa la lógica? Que el que no la sabe no podrá ser poeta, sino
              versista<note place="bottom"><persName type="authority" key="Savonarola, Girolamo"
                precision="3">Girolamo Savonarola</persName>, <title>Apologeticus de ratione
                poeticae artis</title> (Tubau 2007: 140 y 2008: 360): «Impossibile est enim quenquam
              qui logicam ignorat vere posse esse poetam». Teniendo en cuenta la clara y, para él,
              inobjetable conexión que establece Savonarola entre la poesía y algunos aspectos de la
              lógica (como el «ejemplo» o silogismo «por ejemplificación», tal como se ha explicado
              en notas anteriores), esta afirmación tiene pleno sentido.</note>, porque <quote>la
              filosofía es el arte de las artes</quote>, que es lo mismo que decir el fundamento,
            como afirma <persName type="authority" key="Macrobio" precision="3">Macrobio</persName>
            en el séptimo de sus <title>Saturnales</title><note place="bottom">Macrobio, <hi
                rend="i">Saturnales</hi>, VII, 15, 14: «philosophiam artem esse artium et
              disciplinam disciplinarum».</note>.</p>
          <p>Estas no son disputaciones dialécticas donde la verdad dudosa tiene necesidad de
            argumentos cuanto es posible probables por la una y la otra parte de la
              contradicción<note place="bottom">Se refiere Lope a la conocida como <hi rend="i"
                >disputatio in utramque partem</hi>, típica del escepticismo antidogmático de
              autores de la llamada Nueva Academia como Carnéades (ss. III-II a. C.) y que consistía
              en un debate en el cual se daban argumentos en pro y en contra de un mismo asunto
              (véanse, por ejemplo, los <hi rend="i">Academica</hi> de Cicerón, II, 3, 7).</note>. Y
            así no he querido responder, sino solo enseñar a vuestra excelencia el papel; y le
            suplico, porque sin duda es docto, no juzgue de su pasión ni el haber tenido en tanto
            desprecio lo que a mí me cuesta tanto estudio, pues me remite al gusto del pueblo, que
            paga versos que entiende, sin acordarse que tales cosas he dado yo de barato al vulgo de
            la ganancia de tantos poemas impresos<note place="bottom">Recurre aquí Lope, en una
              declaración llena de orgullo y suficiencia, a una expresión propia de los juegos de
              naipes. El barato era la pequeña cantidad de dinero que, tomada del montón común que
              estaba apostado, o del acumulado por alguno de los jugadores, se entregaba a los que,
              sin participar en la partida, ayudaban y asistían a aquellos trayéndoles a la mesa lo
              que necesitaran; una especie, pues, de propina, que es lo que Lope dice, sin
              mencionarlas, que son las comedias que da al vulgo para entretenerlo, pues, según él,
              la «partida» de la literatura de su tiempo (o sea, el verdadero prestigio literario)
              se la jugaba en realidad con sus ya muchos poemas impresos, que venía publicando desde
              finales del siglo XVI. Curiosamente, la situación real en el momento en que Lope
              escribe esto era, con mucha probabilidad, la contraria: Lope estaba ganando con la
              venta e impresión de sus (aparentemente) despreciadas comedias bastante más de lo que
              podía obtener con la de sus por él tan apreciados «poemas».</note>: o no le agradan si
            no los entiende, por fáciles, como los que defiende, por difíciles, pues dice que va a
            preguntar al autor de aquellos poemas que llaman cultos lo que no entiende, que debe de
            ser todo; de donde se infiere que defiende sin entender y que alaba, como muchos,
            aquello solo en que halla dificultad. Y finalmente es conclusión que muerto <persName
              type="polemist" key="Góngora, Lope de">el dueño</persName><note place="bottom">Zeugma:
              es el «dueño» de la «poesía» que se menciona justo después de cerrar el paréntesis: o
              sea, Luis de Góngora.</note> (que viva y le guarde Dios muchos años para honra de
            nuestra nación, pues su ingenio es como el sol y su estilo como las nubes, que con ser
            tan soberana luz, y ellas cosa tan vil y compuestas de materia tan baja, son poderosas
            con su oscuridad a que no sepamos si hay sol hasta que alguna vez las desvía hablando su
            propia lengua), <pb n="f. 193r"/> queda esta poesía perdida, pues tan lucido y preciado
            ingenio no la entiende y lo confiesa y lo escribe, y tiene a Ovidio en poco. ¡Desdichado
            de ti, Ovidio: a qué has venido<note place="bottom">Entiéndase dicho en tono
              irónicamente compasivo: «¡a qué punto has llegado!».</note>! Pues ya ponen tus <hi
              rend="i">Fastos, Elegías</hi> y <hi rend="i">Metamorfoseos</hi> en la lista de los
              ciegos<note place="bottom">Es decir, en la lista de las coplas, vulgares, ripiosas y
              facilonas, que ofrecían cantar los ciegos a cambio de una limosna. Alude a la parte de
              la primera carta de Colmenares (texto I) en la que este, a propósito de Ovidio y de
              Esténelo (autores de poesía, aparentemente, «fácil»), dice: «Y yo entiendo de
              entrambos que si vivieran en este siglo, o realzaran el estilo o no escribieran, por
              no verse, si no desestimados, igualados con un mismo nombre con los ciegos coplistas
              de consonantes a borbollones». Obsérvese que Lope escoge hábilmente aquellas obras de
              Ovidio que en principio parecen menos censurables desde el punto de vista moral,
              silenciando las de asunto amoroso y amatorio, si bien es cierto que toda la poesía de
              Ovidio en esa época era objeto de severas censuras por una parte de la crítica
              filológica europea: véase luego la insistencia de Colmenares en su réplica y Tubau
              (2007: 146 y 2008: 366-367).</note>, y dos docenas de versos de Jerónimo Bosco –si
            bien pintor excelentísimo e inimitable–, que se pueden llamar <hi rend="i">salios</hi>,
            de quien dice <persName type="authority" key="Nebrija, Antonio de" precision="4"
              >Antonio</persName>: <quote><persName type="authority" key="Quintiliano" precision="4"
              />Saliorum carmina, vix suis sacerdotibus intellecta</quote><note place="bottom">Es
              una cita de Quintiliano, <title>Institutio Oratoria</title>, I, 6,40: «Saliorum
              carmina vix sacerdotibus suis satis intellecta» («Los cantos de los salios, apenas
              entendidos por sus propios sacerdotes»). Precisamente, en ese pasaje habla el rétor
              calagurritano acerca del riesgo que supone emplear términos muy raros (en ese caso,
              por arcaicos) como <hi rend="i">topper, antegerio</hi> o los que aparecen en los
              cantos de los salios; Quintiliano recomienda en ello <hi rend="i">modus</hi>
              (‘moderación’), «quia nihil est odiosus affectatione» («pues nada hay más odioso que
              la afectación»). Los salios conformaban en Roma un colegio sacerdotal dedicado a Marte
              y de muy antigua raigambre, con extraños atuendos, ritos y cantos (los <hi rend="i"
                >carmina saliaria</hi> a los que se refiere el texto de la <hi rend="i">Institutio
                Oratoria</hi> y de los que se conserva algún fragmento aislado). En el pasaje de
              Quintiliano no aparece Antonio alguno. Como consta, la antonomasia <hi rend="i"
                >Antonio</hi> remitía en tiempos de Lope a Elio Antonio de Nebrija; pues bien, a
              poco de iniciar la prefación general de su <title>Dictionarium Latinum</title> (justo
              después de la dedicada al maestre de Alcántara Juan de Zúñiga), el célebre gramático
              cita el pasaje de Quintiliano (eso sí, declarando tal origen) en una formulación
              idéntica a la que presenta Lope aquí: «Saliorum carmina, vix suis sacerdotibus
              intellecta». La identificación de <hi rend="i">Antonio</hi> con Nebrija la refuerza y
              prácticamente confirma el hecho de que Colmenares, en su carta-respuesta, afirme que
              Lope está refiriéndose aquí a Nebrija (véase luego la nota 230 a la segunda carta de
              Colmenares –texto III–).</note>, han sido el remedio del arte y la última lima de
            nuestra lengua<note place="bottom">No consta que el gran pintor Hieronymus van Aken (<hi
                rend="i">El Bosco</hi>) fuera poeta ni que se conserven versos suyos (y menos en
              castellano): lo que hace Lope es comparar los versos de la «nueva poesía» (una par
              de docenas de ellos bastan)con los
              enigmáticos, inquietantes y «disparatados» (véase luego la respuesta de Colmenares en
              el texto III) cuadros del artista flamenco. El mismo parangón se lee, aplicado a
              Góngora, en el poema «Alguacil del Parnaso, Gongorilla» atribuido a Quevedo (Blecua,
              841), en cuyo verso 42 se tilda al poeta cordobés de «Bosco de los poetas». En su
              epístola dirigida a Juan Pérez de Montalbán, incluida al comienzo del <hi rend="i"
                >Orfeo en lengua castellana</hi> (Madrid: Por la viuda de Alonso Martin, 1624)
              –poema supuestamente escrito por aquel (yo creo que por el propio Lope o, al menos, en
              parte) y coetáneo de <hi rend="i">La Circe–</hi>, Lope compara un poema creado según
              la nueva moda gongorina con un ser monstruoso e inverosímil que recuerda, sin duda, el
              que «pinta» Horacio al comienzo de su <hi rend="i">Arte poética</hi>, pero también a
              muchas de las criaturas que pueblan algunos de los cuadros más célebres del Bosco:
              «Antes que yo supiese el intento que llevaban [se refiere a los poetas que imitan a
              Góngora], me desagradaba sumamente la imitación de su primero inventor [esto es,
              Góngora] –cuyo milagroso ingenio siempre he respetado–, porque pareciéndoles que le
              parecían, han hecho tales monstros, que trayendo estos días un pez retratado con
              rostro humano, y las demás partes compuestas de arcabuces, flechas, espadas y tiaras,
              hubo quien dijo que no se desvelasen en su pronóstico: que era poema culto» (no
              obstante, como amablemente me indica Jaime Galbarro, es muy probable que Lope esté
              refiriéndose a un pez prodigioso «real» con esas características, pescado en un río de
              Polonia y sobre el que se escribieron varios poemas y relaciones justo en la misma
              época en que se publicaron <hi rend="i">La Circe</hi> y el <hi rend="i">Orfeo:
                cf.</hi> Mancera-Galbarro 2015: 138-142 y 238-256). Mercedes Blanco (2008: 56-57)
              otorgó verosimilitud a la posibilidad de que Lope se refiera aquí a auténticos versos
              del pintor holandés, pero no logró aportar prueba de su existencia. Como esta misma
              estudiosa señala, Colmenares en su respuesta a la carta de Lope en <hi rend="i">La
                Circe</hi> se referirá a los cuadros, no a los versos, del Bosco: ella piensa que
              por haber malentendido a Lope y por ignorar la existencia de esos versos; yo opino que
              Colmenares entendió perfectamente a Lope y que esos versos nunca existieron. También
              Tubau (2007: 146 y 2008: 366), y también erróneamente, a mi juicio, interpreta que
              aquí se habla de la poesía del Bosco, si bien reconoce que todas las referencias a él
              que ha localizado en la literatura del siglo XVII son siempre a propósito de su
              producción pictórica. Sánchez Jiménez (2011: 348-349), aceptando también que realmente
              hay aquí una referencia a versos y no a pinturas, ha afirmado (aunque, a mi juicio,
              debería haberse limitado a sugerirlo, y con bastante cautela) que Lope se confundió
              con un poeta neolatino holandés homónimo del célebre pintor. El problema es que, como
              él mismo reconoce, no ha logrado encontrar al tal poeta, que, además, habría escrito
              poemas en latín, los cuales difícilmente podrían haber sido «la última lima de nuestra
              lengua» (o sea, del castellano). Por otra parte, lo de las «dos docenas de versos»
              suena a un jactancioso intento de Lope por resaltar lo exiguo de la producción poética
              de Góngora (en los textos –<hi rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi>—
              que habían provocado la «revolución»), sobre todo comparada con la suya. Aunque
              también puede dársele la vuelta al argumento: el cordobés había sido capaz de dar tal
              campanada literaria precisamente con «dos docenas de versos», lo que no dejaba de
              tener un gran mérito…</note>. <quote><hi rend="i">At populus tumido gaudeat
                Antimacho</hi></quote>, dijo <persName type="authority" key="Catulo" precision="3"
              >Catulo</persName>, en que parece que contradice el haberle dejado solo en los oídos
            de Platón, y <persName type="authority" key="Escalígero" precision="3">Josefo
              Escalígero</persName> sobre este verso, que no le agradaba aquel poema, aunque era de
            su amigo, <quote><hi rend="i">et propter molem et propter obscuritatem, quamquam
                eruditionem et diligentiam in eo laudet</hi></quote><note place="bottom">Cita Lope el último
              verso del <hi rend="i">carmen</hi> 95 de Catulo, en el que este defiende el poema <hi
                rend="i">Zmyrna</hi> de su amigo Cinna y lo contrapone a los que escriben otros
              poetas coetáneos como Hortensio o Volusio y poetas griegos anteriores como Antímaco
              («Mas goce la masa con el hinchado Antímaco»), quien probablemente se trate de
              Antímaco de Colofón, poeta griego de en torno a los siglos IV-III a. C. que había
              compuesto un largo poema épico sobre la historia de Tebas; Lope introduce aquí esta
              cita para replicar a Colmenares, que había puesto a Antímaco como ejemplo de poeta
              docto y elevado, solo inteligible y admirable para gente tan culta como Platón (véase
              la nota 45 a la primera carta de Colmenares). José Justo Escalígero, en su comentario
              en <hi rend="i">Catulli, Tibulli, Propertii noua editio</hi> (Paris: Apud Mamertum
              Patissonium, in oficina Rob. Stephani, 1577), defendió la no muy defendible hipótesis
              de que, en realidad, a Catulo no le agradaba el poema de Cinna, pese a las alabanzas
              prodigadas en su <hi rend="i">carmen</hi> 95: no le habría gustado «a causa de su
              prolijidad y de su oscuridad, pese a que elogie en él la erudición y el esfuerzo».
              Según Escalígero, Catulo no habría contrapuesto el también prolijo (tardó nueve años
              en escribirlo) y difícil poema de Cinna con el de Antímaco, sino que lo habría
              parangonado con este.</note>.</p>
          <p>En fin, quieren que recibamos con palio<note place="bottom"><hi rend="i">palio</hi>:
              «Se llama también aquella especie de dosel, colocado sobre seis u ocho varas largas,
              que sirve en las procesiones para que el sacerdote que lleva en sus manos el Santísimo
              Sacramento, u algunas imágenes, vaya cubierto de las injurias del tiempo y de otros
              accidentes. Para el mismo efecto usan también de él los reyes, el papa y otros
              prelados, en las funciones de sus entradas en las ciudades» (<hi rend="i"
                >Autoridades</hi>).</note> la lengua antigua –como tengo probado, sin réplica, en el
            primero discurso que anda impreso<note place="bottom">Es decir, en la <hi rend="i"
                >censura</hi> de la «nueva poesía» que había publicado en 1621 en <hi rend="i">La
                Filomena</hi> (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                >1621_censura-lope</ref>), donde efectivamente se aborda esta cuestión. Con la
              expresión «lengua antigua» seguramente se refiera Lope no tanto al latín, cuanto a la
              latinizante manera de expresión en castellano presente en autores como Juan de Mena y
              que afeaba en esa <hi rend="i">censura</hi>.</note>– o que comience ahora la nuestra a
            tartamudear como si fuese niña<note place="bottom">Como es sabido, uno de los argumentos
              por el que se mostraron especialmente molestos, desde una postura de nacionalismo
              lingüístico, los enemigos de la poesía gongorina es el que alegaban sus partidarios en
              el sentido de que el poeta cordobés había dignificado sumamente la lengua castellana
              al haberla aproximado al latín tanto en el plano semántico como en el
              morfo-sintáctico. Célebre es, en este sentido, la orgullosa declaración de Góngora en
              su <hi rend="i">Carta en respuesta</hi> (1615_carta-gongora): «siendo lance forzoso
              venerar que nuestra lengua a costa de mi trabajo haya llegado a la perfección y alteza
              de la latina» (véase Tubau 2007: 102-103).</note>.</p>
          <p>El ánimo de ese papel viene tan declarado y lejos del propósito, que no me hizo fuerza
            a la respuesta ni por la obligación de la cortesía ni por la contradicción de la
            materia: que defender lo mismo es nueva manera de contradecir y argumento que ninguno de
            los filósofos antiguos le ha soñado; de donde me vengo a persuadir que aun <pb
              n="f. 193v"/> no debe de haber leído el discurso a que responde, pues si solo hubiera
            visto el proemio, supiera de lo que había de huir, y si la materia de que había de
            tratar, acordarse que dice: «<quote>No digo que las locuciones y voces sean bajas, pero
              que con la misma lengua se levante la alteza de la sentencia a una locución
              heroica</quote>». Y en otro lugar, antes de este, dice: «<quote>El medio tendrá
              pacíficos los dos extremos, para que no esté tan enervada la dulzura, que carezca de
              ornamento, ni él tan frío, que no tenga la dulzura que le compete</quote>».</p>
          <p>Con esto, habrá visto vuestra excelencia que porfiamos los dos una misma cosa; y para
            que más clara se vea esta verdad, el lugar de que hace tanto cargo de conciencia con el
            testimonio de que hablé de poetas y no generalmente de la oscuridad, dice así:
              <quote>Finalmente, de las cosas oscuras y ambiguas, y cuánto se deban huir, vea
              vuestra excelencia a san Agustín en el libro 4 <title>De doctrina Christiana</title>,
              etc</quote>. Luego, si dice de las cosas oscuras y ambiguas, no especifica poetas,
            sino todo género de oscuridad y ambigüedad. Y a esta traza es todo, dando círculos en lo
            que está dicho, y con diferente sentido, armando sobre el mismo fundamento vanas
            contrariedades. Pero diciendo ingenuamente<note place="bottom">
              <hi rend="i">ingenuamente</hi>: ‘abierta, francamente’.</note> lo que siento, él no
            quiso defender, sino hacer ostentación de sí para ser conocido; porque fue opinión de
              <persName type="authority" key="Plauto" precision="3">Plauto</persName> que por la
            mayor parte los grandes ingenios (como debe <pb n="f. 194r"/> de ser el suyo) <quote>in
              oculto latent</quote><note place="bottom">Es el v. 165 de la comedia
                <title>Captiui</title> de <persName type="authority" key="Plauto" precision="3"
                >Plauto</persName> («permanecen en lo oculto»). Se recoge, como era de esperar, en
              la sección <hi rend="i">Ars et Ingenium</hi> de <hi rend="i">Sententiae et
                exempla</hi> de Andrés Eborense.</note>; aunque creo que mejor le respondiera como
              <persName type="authority" key="Catulo" precision="3">Catulo</persName> a Rávido:
                <quote><hi rend="i">Anne ut peruenias in ora volgi? Quiduis? Qua lubet esse nitus
                opus? Eris</hi></quote><note place="bottom">Son los v. 5-7 del poema 40 de Catulo
              (tan pésimamente reproducidos, pues no tienen sentido en su última parte, que hacen
              sospechar que «esté errada la impresión», como apuntará malicioso Colmenares en su
              respuesta). En ellos el célebre poeta pregunta a su rival Rávido por qué lo ataca: «An
              ut pervenias in ora volgi?/ Quid vis? Qualubet esse notus optas?/ Eris» («¿Es para
              andar en boca de la gente?/ ¿Qué quieres? ¿Ser famoso a toda costa?/ Lo
              serás»).</note>.</p>
          <p>El ingenio del excelentísimo señor Príncipe de Esquilache, virrey ahora del Perú<note
              place="bottom">Se trata de Francisco de Borja y Aragón (1577-1658), comendador mayor
              de Montesa, conde de Mayalde, príncipe de Esquilache y, como indica Lope, virrey de
              Perú (lo fue desde 1615 hasta finales de 1621, lo que puede servir para datar este
              texto de Lope: véase la introducción, con consideraciones acerca de la intención de
              Lope a la hora de proponer a Esquilache como modelo poético aquí frente a los
              partidarios de la «nueva poesía»). Fue el príncipe, además de admirador y amigo de
              Lope de Vega, un notable intelectual y poeta cuyas <hi rend="i">Obras en verso</hi> se
              publicaron por primera vez en 1648. En los preliminares de <hi rend="i">La
                Dragontea</hi> y de <hi rend="i">La hermosura de Angélica</hi> aparecieron textos,
              en prosa y en verso, a su nombre. Por otra parte, a este príncipe había dedicado Lope
              su comedia <hi rend="i">La pobreza estimada</hi>, incluida en la <hi rend="i">Parte
                XVIII</hi> (1623), con un agresivo prefacio dirigido contra los «culteranos»
              partidarios de la «nueva poesía» y en el que presenta también a Borja con su obra
              poética como el único posible debelador de esa funesta moda.</note>, filósofo y
            teólogo, ha escrito muchos versos en honra de la lengua castellana y erudición de los
            que la deseamos saber con perfección, y entre ellos esa égloga<note place="bottom">Se
              refiere a la égloga «A la serenísima señora infanta doña María», que se imprime en <hi
                rend="i">La Circe</hi> justo después de esta carta de Lope.</note>, con la pureza
            que alabara yo aquí, si no se la enviara a vuestra excelencia para que la encarezca y
            estime con su grande ingenio y letras, y luzca esta alabanza de señor a señor; que el
            respeto de ser bienhechor mío podría ser que le diese a quien lo sabe algún aire de
            lisonja.</p>
          <p>Quéjase casi al fin de ese papel de los poetas que se contradicen unos a otros<note
              place="bottom">Lope, introduciendo un brusco cambio de sujeto, vuelve a hablar aquí de
              Colmenares, refiriéndose a algunas frases de su carta en las que expone la situación
              de entredicho en que se halla la poesía por las desavenencias entre quienes la
              practican: «Oso decir que parte de no tener esta altísima profesión la estimación que
              merece ha nacido de haber hablado sus profesores vulgarmente. Y es tan poco venturosa,
              que al principio de su restauración nacen estas desavenencias entre quien la ha de
              restituir a su gloria».</note>: no debe de hablar conmigo en esta parte, porque yo
            tengo mis librillos –cuales son– llenos de alabanzas de poetas y de los demás ingenios,
            si bien no está allí el suyo<note place="bottom">Lope sigue refiriéndose, y no sin gran
              ironía, al propio Colmenares, quien sería también el sujeto de la oración siguiente.
              La frase de Lope resulta ambigua (quizá a propósito): una posibilidad de entenderla es
              referida a los elogios en verso hacia él mismo y sus obras que, procedentes de varios
              poetas, se incluían habitualmente en los preliminares de estas (por ejemplo, del
              propio Esquilache, como se ha señalado en la nota 158); la otra, más probable, es que
              aluda a los elogios que Lope había prodigado (y seguiría prodigando: recuérdese su <hi
                rend="i">Laurel de Apolo</hi>, publicado en 1630) a muchos ingenios de su tiempo en
              algunas de sus obras (por ejemplo, en la epístola segunda, «Al doctor Gregorio de
              Angulo», de <hi rend="i">La Filomena</hi>); entendida así, la frase volvería a
              insistir, con mucha ironía y mala intención, en el hecho de que Colmenares, que se
              atrevía a teorizar sobre poesía, o no era poeta o, si lo era, era tan malo que no
              habían llegado a oídos ni manos de Lope los frutos de su poético ingenio. No obstante,
              en el citado <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi> sí reservará un hueco para el elogio
              (tampoco muy entusiasta ni encendido) del erudito segoviano (silva IV, v. 125-133); en
              ese pasaje, que he citado completo en el estudio introductorio (nota 6), ya habla Lope
              de los poemas de Colmenares, afirmando (quién sabe si con irónica hipérbole —a mí no
              me extrañaría—): «porque la copia que en sus versos veo / no la tuvo jamás el campo
              hibleo».</note> por no le haber conocido; y quisiera sin esto que hubiera leído a
              <persName type="authority" key="Aristófanes" precision="3">Aristófanes</persName> en
            razón de las comedias –si bien trae su discurso una palabra griega–, donde hubiera visto
            introducido a Sócrates<note place="bottom">Se refiere seguramente a la comedia <hi
                rend="i">Nubes</hi>, en la que Sócrates, al que se ridiculiza presentándolo como un
              mero sofista charlatán, es uno de los personajes principales. La referencia de Lope
              parece apuntar al hecho de que ya entre los grandes creadores e intelectuales de la
              antigua Grecia había grandes desavenencias y piques. Luego la cosa no era precisamente
              nueva (y menos en las comedias, como demuestra el gran Aristófanes). Colmenares había
              puesto como ejemplo de esos ataques los que se producían «en el teatro con el juguete
              truhanesco», lo que seguramente aludiría, entre otras cosas, a las parodias del
              gongorismo que Lope había introducido en alguna de sus comedias (como <hi rend="i">El
                capellán de la Virgen</hi>, de 1616). Este, pues, se defendería aquí de ello
              alegando como ilustre modelo nada menos que al padre de la comedia en la literatura
              occidental, que había ridiculizado en escena a quien se tenía entonces por el más
              sabio de todos los hombres, algo que había sido proclamado por el oráculo de Delfos,
              tal como precisamente recordaba Lope, parangonándolo con el mismo Góngora, al comienzo
              de su «censura» en <hi rend="i">La Filomena</hi>. Opina, no obstante, Tubau (2007: 147
              n. 114 y 2008: 368) que aquí Lope alude a un pasaje de <hi rend="i">Las ranas</hi> del
              gran comediógrafo ateniense en la que este, por boca del coro, defiende su producción
              dramática de las críticas recibidas.</note>, que también le hay en la lengua
              latina<note place="bottom">Esto es, hay ya traducciones de Aristófanes en lengua
              latina (aunque lo cierto es que eran bastante escasas; no obstante, se conserva un
              ejemplar en la Biblioteca de Menéndez Pelayo en Santander con anotaciones manuscritas
              de Quevedo), por lo que pueden leerlo quienes, como Lope, no saben griego (o sea
              «quienes no han pasado a Grecia»). </note> para los que no habemos pasado a
              Grecia<note place="bottom">Supongo que con lo de la «palabra griega» se referirá Lope
              al hecho de que Colmenares luciera en su carta sus (no sabemos si profundos o
              superficiales) conocimientos de griego al citar el célebre texto de la <hi rend="i"
                >Poética</hi> aristotélica 1458a15-20 (véase la nota 69 a la primera carta de
              Colmenares) y mencionar que en la versión original griega aparece el adjetivo <hi
                rend="i">xenikois</hi>, que Pazzi tradujo como <hi rend="i">peregrinis</hi> y que él
              –dice– vertería como «extraordinarios». Lope, al que le hacía falta escaso señuelo
              para picarse en esos terrenos que tanto lo acomplejaban, no deja pasar la ocasión de
              refregar al segoviano ese alarde de erudición «helénica» frente a quien no dominaba ni
              de lejos la lengua griega y tenía que conformarse con leer a sus autores en versión
              latina. En su carta posterior, Colmenares se defenderá diciendo que, por saber y citar
              una palabra griega, «no es menester haber pasado a Grecia», en lo que parece un rasgo
              de modestia, que se revelará bastante falsa cuando despliegue, de manera realmente
              forzada e intempestiva, su arsenal de erudición a propósito del helenismo <hi rend="i"
                >scirpus</hi> como equivalente a <hi rend="i">aenigma</hi> (véase allí); además,
              aprovecha de paso para reprochar a Lope que este también deslizara helenismos en sus
              poemas, quién sabe si con la intención de que el lector incauto lo considerara experto
              en la lengua de la Hélade (véase la nota 214 del texto III a propósito de la voz
              ‘filaucía’).</note>.</p>
          <p>Lea, pues, vuestra excelencia esa égloga con mucho gusto y verá poner las manos en el
            instrumento de nuestra lengua al Príncipe con la mayor limpieza –excelencia suprema de
            los músicos– que hombre jamás las <pb n="f. 194v"/> puso. ¿Qué dirá de esa claridad
            castellana?, ¿de esa hermosa exornación?, ¿de ese estilo tan levantado con la propia
            verdad de nuestra lengua? Sin andar a buscar para cada verso tantas metáforas de
            metáforas, gastando en los afeites lo que falta de facciones y enflaqueciendo el alma
            con el peso de tan excesivo cuerpo; cosa que ha destruido gran parte de los ingenios de
            España con tan lastimoso ejemplo, que poeta insigne que escribiendo en sus fuerzas
            naturales y lengua propia, nacida en ciudad que por las leyes de la patria es juez
            árbitro entre las porfías de la propiedad de las dicciones y vocablos, fue leído con
            general aplauso, y después que se pasó al culteranismo, lo perdió todo<note
              place="bottom">Ignoro a quién puede referirse Lope aquí. No parece que sea al propio
              Góngora, porque él habría sido el creador del «culteranismo», bando al que, por tanto,
              no pudo «pasarse», y porque la alusión a esa ciudad que era «juez árbitro» sobre la
              propiedad a la hora de hablar castellano remite muy probablemente a Toledo (téngase en
              cuenta que en esa época se creía que tal preeminencia y prerrogativa había sido
              sancionada por las propias «leyes de la patria» ya desde los tiempos de Alfonso X,
              quien lo habría establecido en ciertas Cortes allí celebradas). Tubau (2007: 147-148 y
              2008: 368) apunta a Juan de Jáuregui, evidente candidato tras su espantada del bando
              antigongorino con el <hi rend="i">Orfeo</hi>, pero el propio estudioso apunta las
              dificultades cronológicas que plantea esa hipótesis. En mi opinión, también se opone a
              ello la consideración de la Sevilla de Jáuregui, y más por parte de Lope, como esa
              ciudad que marcaba la norma del correcto castellano. Montero (2008: 197 n. 57) opina
              que Lope se refiere aquí a Góngora y a Córdoba, lo que es muy improbable, pues no
              tiene sentido que lo aluda de esa manera cuando desde los primeros documentos de esta
              polémica se deja bien claro que es él, aunque en ningún momento se escriba su nombre,
              el objeto central de ella, por lo que parece claro que estas últimas líneas apuntan a
              un imitador suyo y, además, a un «tránsfuga» literario. Es posible, incluso, que todo
              sea un invento de Lope y no haya nadie real detrás de esta última alusión.</note>.</p>
          <p><space rend="tab"> </space><space rend="tab"> </space><space rend="tab"> </space><space
              rend="tab"> </space><space rend="tab"> </space><space rend="tab"> </space>Lope Felix
            de Vega Carpio</p>
        </div>
        <div xml:id="Respuestaalacartaantecedenteporsusmismospuntos">
          <index indexName="resp" n="Colmenares, Diego"/>
          <index indexName="adressee" n="Vega Carpio, Lope Félix de"/>
          <index indexName="date" n="1624"/>
          <head>III <lb/>Respuesta a la carta antecedente, por sus mismos puntos</head>
          <p><pb n="f. 17v"/> Enojado, Trasímaco dijo a Sócrates: <quote>Facilius est interrogare
              quam respondere</quote>. Concediolo el achacado como verdad tan natural, y publicó por
            pena del ignorante <quote>ut discat a sciente</quote>, añadiendo: <quote>et ego igitur
              hanc poenam mihi constituo<note place="margin">Plato in Dialo. I de Repub. ante med. </note>
              <note place="bottom">Colmenares inicia su respuesta epistolar con el mismo pasaje de
                  <persName type="authority" key="Platón" precision="3">Platón</persName> al que
                recurría Lope de Vega al inicio de su carta, o sea, <title>República</title>, I,
                336c. Trasímaco dice a Sócrates (en 336c) que «es más fácil interrogar que
                responder». Más adelante, Sócrates, hablando de sí mismo con su habitual modestia
                rebozada de ironía, le dice: «Y no hay duda de que el que no sabe ha de aprender del
                que sabe. Y yo mismo me impongo tal obligación». La versión latina corresponde
                exactamente a la elaborada por el humanista alemán Jano Cornario (Basilea: in
                oficina Frobeniana, 1561).</note>. Hasta ahora, señor <persName type="polemist"
                key="Vega, Lope de">Lope de Vega</persName>, no está líquido<note place="bottom"
                >Latinismo: «no está claro».</note> cuál de los dos pregunta o responde. Yo, de mi
              parte, digo que, cuando quisiera hacer versos, me preciara más de discípulo que émulo
              de vuestra merced, pues, cuando no en el mismo propósito, con la misma razón podría
              responderle lo que el mismo Sócrates a Cebes sobre haber emulado los poemas de Esopo:
                <quote>Non aut illius aut poematum ipsius emulus esse volens haec feci: noueram enim
                hoc non facile esse</quote><note place="margin">Plato in Phaedone in principio </note>
              <note place="bottom"><persName type="authority" key="Platón" precision="3"
                  >Platón</persName>, <title>Fedón</title>, 60e: «que no los compuse pretendiendo
                emularlo a él o a sus poemas, pues sabía que eso no es fácil». La frase de
                Colmenares puede resultar, antes de leer la cita, algo ambigua: fue Sócrates, no
                Cebes, el autor de esos poemas. La versión latina es también la de Cornario.</note>.
              Pero deseos de saber animan mucho. Quiere vuestra merced que yo muestre con obras lo
              que con palabras, y constando el poeta igualmente, como en la pasada apunté, del
              impulso de la naturaleza y erudición del arte, puede aquella faltar, y esta se muestra
              razonando de sus preceptos. Por donde dijo <persName type="authority" key="Cicerón"
                precision="3">Cicerón</persName>
              <quote>nullam artem in se versari, sed esse aliud artem ipsam, aliud quod propositum
                sit arti</quote><note place="margin">Cicer. lib. 5 de fini. paulopost initium</note>
              <note place="bottom">Cicerón, <title>De finibus bonorum et malorum</title>, V, 6, 16:
                «que ninguna arte versa sobre sí misma: antes bien, una cosa es el arte y otra el
                propósito de esa arte».</note>. De donde infirió <persName type="authority"
                key="Jasón de Nores" precision="3">Jasón de Nores</persName>
              <quote>absurdum non esse ut qui poemata scribere non possit, illius tamen rei possit
                tradere praecepta</quote><note place="margin">Iasson de Nores in Poeticam Horatii
              </note>
            </quote><note place="bottom">El chipriota Jasón de Nores fue autor de uno de los varios
              comentarios al <hi rend="i">Arte poética</hi> de Horacio que se publicaron durante el
              siglo XVI (Venecia: Apud Andream Arrivabenum, 1553). Comentando, precisamente, los
              versos de esa obra que luego cita Colmenares, afirma De Nores que Cicerón, no él mismo
              (esto es un error de Colmenares), había incluido literalmente esa frase («que no es
              absurdo que quien no es capaz de escribir poemas lo sea, pese a ello, de dar preceptos
              acerca de esa actividad») en el quinto libro del <hi rend="i">De finibus</hi>, que es
              de donde procede la cita de la nota anterior a esta. Sin embargo, tal frase no he
              logrado documentarla ni en esa ni en ninguna otra obra de Cicerón.</note>. Verificado
            bien en <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="3"
              >Aristóteles</persName>, que escribió tanto arte y ningún poema, ni aun verso, aunque
            algunos hayan soñado lo contrario; y acaso viéndose <persName type="authority"
              key="Horacio" precision="3">Horacio</persName> tan falto de lo primero, dijo de lo
            segundo: <pb n="f. 18r"/></p>
          <quote>
            <l>Ergo fungar vice cotis, acutum</l>
            <l>reddere quae ferrum valet exsors ipsa secandi:</l>
            <l>munus et officium nil scribens ipse docebo<note place="margin">In Poeti.</note><note
                place="bottom">Horacio, <title>Arte poética</title>,v. 304-306: «Serviré, pues, como
                piedra de afilar,/ que agudo vuelve el hierro, sin poder cortar ella misma:/ nada
                escribiendo, enseñaré la tarea y el oficio».</note>.</l>
          </quote>
          <p>Esto dice <persName type="authority" key="Horacio" precision="3">Horacio</persName>, el
            poeta romano que yo alego, no el</p>
          <quote>
            <l>castellano Horacio de la puente</l>
            <l>aficionado a voces trogloditas<note place="bottom">Efectivamente, se trata de los v.
                281-282 (f. 177v de la edición de 1624) de la epístola, incluida en <title>La
                  Circe</title>, de <persName type="polemist" key="Vega, Lope de">Lope de
                  Vega</persName> a su buen amigo el teólogo y también escritor Francisco de Herrera
                Maldonado. El que Colmenares la cite es prueba de que esa epístola se había
                difundido manuscrita o, al menos, de que Lope se las había arreglado para que
                llegara a conocimiento de Colmenares (en Tubau 2007: 54 y 2008: 271, este estudioso
                la fecha en los primeros meses de 1623). El terceto completo dice: «Ya tienen las
                culturas inauditas/ un castellano Horacio de la puente,/ aficionado a voces
                trogloditas». En esos versos, puesto que hablan de un ‘Horacio’ y una ‘puente’, Lope
                parece fusionar con gran ironía dos figuras romanas: el poeta Horacio (sobre todo
                como autor de la <hi rend="i">Ars poetica</hi>) y el heroico militar romano Horacio
                Cocles, célebre por haber defendido él solo el puente Sublicio cuando los etruscos,
                bajo el mando del rey Porsena, atacaron Roma en el año 508 a. C. Lo que parece decir
                Lope es que un nuevo Horacio (teórico literario que es castellano y escribe en
                castellano), cual el antiguo Horacio Cocles, se ha lanzado a defender él solo el
                puente que conduce a la fortaleza de la «nueva poesía» (las «culturas inauditas»),
                pues es «aficionado a voces trogloditas». El hecho de que Lope, en los tercetos
                posteriores de la epístola, parece resumir su polémica con Colmenares, así como la
                alusión a la «puente», que podría identificarse con el acueducto que es símbolo de
                la ciudad de aquel (era conocido como «la puente segoviana» o «puente de Segovia»:
                véase, por ejemplo, el <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi> de Lope, silva IV, v. 103,
                poco antes de hablar del propio Colmenares), hacen verosímil que esos versos estén
                referidos al erudito segoviano, quien no hay duda de que se los tomó como tales,
                pues acusa claramente el (supuesto) golpe en estas líneas de su epístola, afeándole
                después a Lope la gracieta. Por otra parte, es muy significativo, dejando a un lado
                el juego con Horacio Cocles, que Lope presente a Colmenares como un «Horacio»: es
                probable que ello obedezca a la enorme importancia que el <hi rend="i">Arte
                  poetica</hi> del vate romano alcanzaba en la primera réplica del erudito de
                Segovia, la cual ya he mostrado cómo está construida según la pauta que van marcando
                una serie de versos de dicha <hi rend="i">Arte</hi>, hábilmente seleccionados por su
                autor.</note>.</l>
          </quote>
          <p>Porque no bajemos de veras a burlas: que todos fácilmente pregonamos modestia y la
            guardamos tanto, que no se nos ve, gracejando en consonantes. Cuanto más que yo solo
            traté de decir mi opinión y sentimiento, y los fundamentos que en ello tengo, tratando
            entonces solo del estilo conveniente a la poética; y cuál sea, entiendo que se probó en
            los lugares citados sin desviar ninguno de su verdadero sentido: o ellos lo digan, pues
            aún viven, y vivirán, que no nacieron de polianteas ni colectáneas comunes<note
              place="bottom">En la primera afirmación, Colmenares acusa sutilmente a Lope de alegar
              pasajes de autoridades que, al estar descontextualizados, se desvían de su verdadero
              sentido y, por tanto, estarían manipulados a capricho; pero hay que decir que el
              segoviano tampoco está libre de ese pecado: véase, por ejemplo, la nota 61 a su
              primera carta (texto I) o, en esta misma, el pasaje de Petrarca, totalmente
              manipulado, que alega luego y la cita de fray Luis, donde la mera y aparentemente
              inocente supresión de un pronombre cambia todo el sentido y alcance de la frase. En la
              segunda afirmación, Colmenares es más explícito a la hora de echarle en cara a Lope
              que saca su información de esas obras en que se compilaba una multitud de datos
              eruditos, lo que, como bien se sabe hoy y se muestra en las notas a sus dos cartas (el
              texto II, aquí editado, y <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                >1621_censura-lope</ref>), es muy cierto (por ejemplo, la poliantea de Andrés
              Eborense), si bien lo es igualmente que algunos autores parece alegarlos en esta
              polémica a partir de una lectura directa de sus obras. Pero de nuevo podemos volverle
              el argumento en su contra al segoviano, quien es muy probable que recurriera nada
              menos que a la enciclopedia más consultada por Lope, la <hi rend="i">Officina</hi> de
              Ravisio Textor, para alegar tres ejemplos históricos en su primera carta (véase la
              nota 87 al texto I). En todo caso, es verdad que la gran mayoría de las citas alegadas
              por Colmenares parecen provenir de la consulta directa de sus fuentes.</note>. Ahora,
            señor, que vuestra merced nos obliga en su papel a que, dejando por asentado el <hi
              rend="i">cómo</hi> se ha de decir, pasemos a tratar lo <hi rend="i">que</hi> se ha
              de<note place="bottom" type="app" rend="I"> de <hi rend="i">add. : om. B</hi></note>
            decir –torciendo el orden a <persName type="authority" key="Platón" precision="3"
              >Platón</persName>, aunque no el propósito, cuando dijo: <quote>Diximus quae dicenda
              sunt; quomodo vero dicendum sit adhuc considerandum est<note place="margin"> Plato de
                Republica, Dialogo 3, ante medium</note>
              <note place="bottom"> Platón, <title>República</title>, III, 394c: «Ya hemos dicho lo
                que había que decir; mas todavía hemos de considerar cómo debe decirse». La versión
                latina no coincide exactamente con la de Cornario (véase <hi rend="i">supra</hi>),
                pero Colmenares puede haberla adaptado levemente.</note>–, axioma es asentado que la
              sustancia (digámoslo así) de la poética es la ficción o fábula, y poeta en su origen
              etimológico es el que finge o fabrica por sí solo. Bien me atreviera yo a probar esto
              con muchos testimonios, así profanos como sagrados, mas contentémonos ahora con el de
                <persName type="authority" key="Sócrates" precision="3">Sócrates</persName>, pues él
              solo basta, cuando tratando de los poemas que él había compuesto (que también Sócrates
              fue poeta) dijo: <quote>Meditatus sum poetam oportere, si poeta esse vellet, fabulas
                facere et non sermones</quote><note place="margin"> Plato in Phaedone post
                initium</note>
              <note place="bottom">
                <persName type="authority" key="Platón" precision="3">Platón</persName>,
                  <title>Fedón</title>, 61b; Colmenares cita un pasaje no muy posterior al alegado
                más arriba (véase nota 168): «He considerado que al poeta le conviene, si es que
                quiere serlo, componer ficciones, no razonamientos». Versión latina de Jano Cornario
                (véase supra).</note>. Y <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="3"
                >Aristóteles</persName>, aún con más distinción, diciendo: <quote>Ex his igitur
                patet poetam fabularum magis quam carminum esse poetam</quote><note place="margin">
                Arist. in Poetice </note>
              <note place="bottom"> Aristóteles, <title>Poética</title>, 1451b30: «A partir de esto
                es evidente que el poeta lo es más de ficciones que de versos». Versión latina de
                Alessandro de’ Pazzi.</note>. Siendo, pues, la esencia de la poética la ficción,
              nadie medianamente entendido negará que sean poemas la ficción <pb n="f. 18v"/> de
                <persName type="authority" key="Heliodoro" precision="3">Heliodoro</persName><note
                place="bottom"> Véase la nota 126 a la carta de Lope (texto II).</note>, casi todos
              los diálogos de <persName type="authority" key="Luciano" precision="3"
                >Luciano</persName>, la <title>Transformación</title> de <persName type="authority"
                key="Apuleyo" precision="3">Apuleyo</persName>, y en nuestra lengua el prudente
                <title>Guzmán de Alfarache</title>, el desgraciado <title>Gerardo</title><note
                place="bottom"> Se refiere seguramente a la novela de Gonzalo Céspedes y Meneses <hi
                  rend="i">Poema trágico del español Gerardo y desengaño del amor lascivo</hi>
                (Madrid: por Luis Sánchez a costa de Iuan Berrillo, ca. 1615).</note> y cuantos
              libros de caballerías avivaron la invención española hasta su Herodes <title>Don
                Quijote</title>: que el ser en prosa o verso es accidente. Verdad sea que,
              considerando sus primeros maestros que la causa final de esta profesión es enseñar
              deleitando, les pareció sería más deleitable el metro. Y así comenzaron en la
              república griega <persName type="authority" key="Lino" precision="3">Lino</persName>,
                <persName type="authority" key="Orfeo" precision="3">Orfeo</persName> y <persName
                type="authority" key="Anfíon" precision="3">Anfíon</persName><note place="bottom">
                Tríada de los poetas legendarios tradicionales de la Grecia antigua, siendo el más
                conocido Orfeo. Su maestro Lino era, según algunas versiones mitológicas, hijo de
                Apolo y de la musa Urania, y habría recibido de su padre una lira. Anfíon, hijo de
                Zeus, ayudó a su hermano Ceto a construir la muralla de Tebas moviendo y colocando
                piedras al toque de su lira.</note> a enseñar en metro su teología y física, y
                <persName type="authority" key="Homero" precision="3">Homero</persName> después sus
              misterios, si ya no les antecedieron en esto (como en lo demás) los orientales
              caldeos, asirios y hebreos, como parece constar de Job y Moisén. Prosiguiose la poesía
              métrica en la república romana por <persName type="authority" key="Livio Andrónico"
                precision="3">Livio Andrónico</persName> y <persName type="authority" key="Ennio"
                precision="3">Ennio</persName>, dándola suma perfección el siempre admirable
                <persName type="authority" key="Virgilio" precision="3">Virgilio</persName>, hasta
              que por el año novecientos de Cristo se comenzó lo rítmico o consonante, invención que
              tantos juicios ha estragado y tantos ingenios nobles ha hecho esclavos, siendo para el
              vulgo mejor poeta aquel que más presto halla consonante a ‘naipe’, ‘muslo’ o
              ‘cántaro’, que no sin causa dijo el <persName type="authority" key="Petrarca"
                precision="3">Petrarca</persName> hablando de lo rítmico: <quote>Poetica mulcendis
                vulgi auribus inuenta</quote><note place="margin"> Petrarca in praefa. ad Epist.
                famil. </note>
              <note place="bottom"> Aparece, efectivamente, en la epístola-prefacio a la colección
                de sus <hi rend="i">Epístolas familiares</hi> (<hi rend="i">Rerum familiarium
                  libri</hi>), pero en esta formulación: «Pars mulcendis vulgi auribus intenta».
                Véase luego la nota 182.</note>. No me atreviera yo a distinguir en cuál de las dos
              repúblicas, griega o latina, se inventó. En <persName type="authority" key="Zonaras"
                precision="3">Zonaras</persName> he leído <quote>que Constantino León, emperador de
                la nona centuria, lloró la muerte de su mujer en verso rítmico</quote><note
                place="margin"> Zonaras tomo 3</note>
              <note place="bottom"> Juan Zonaras fue un historiador y jurista bizantino del siglo
                XII que escribió, entre otras obras, un compendio de historia (<hi rend="i">Epitomé
                  historión</hi>) desde la creación del mundo hasta su tiempo. En tiempos de
                Colmenares, la obra, tanto en su versión original griega como en las latinas y
                vernáculas (que también las hubo), solía dividirse en tres libros o tomos: en el
                tercero se cuenta la historia del emperador Constantino VII (905-959: del siglo X,
                por tanto, no del IX como dice Colmenares), conocido como <hi rend="i"
                  >Porfirogéneta</hi> e hijo de León VI <hi rend="i">el Sabio</hi> (no existió
                ningún emperador llamado <hi rend="i">Constantino León</hi>). Destacó, entre otras
                cosas, por ser no solo amante de la cultura y las letras, sino también cultivador de
                ellas; en la parte de su obra dedicada a él cuenta Zonaras (en la versión latina
                divulgada en tiempos de Colmenares) que «fuit [...] studiis litterarum deditus.
                [...] Operam quoque rhytmis et omnis generis versibus dedit, quod in iis scriptis
                cernitur quibus obitum coniugis suae deplorauit» («Fue muy dado a los estudios
                literarios. […] También se ensayó en los versos tanto rítmicos como de todo tipo,
                según puede comprobarse en los textos en que lloró la muerte de su esposa»).</note>.
              De allí pasó a lo vulgar de Sicilia e Italia, como dijo el <persName type="authority"
                key="Petrarca" precision="3">Petrarca</persName>: <quote>Quod genus apud Siculos, ut
                fama est, non multis ante saeculis renatum breui per omnem Italiam ac longius
                emanauit</quote>, si bien añade:<quote> Apud Graecorum olim ac Latinorum
                vetustissimos celebratum, siquidem et Atticos et Romanos vulgares rhytmico tantum
                carmine uti solitos accepimus</quote><note place="bottom"> Es la continuación del
                pasaje de Petrarca que había alegado poco antes y que completo dice así: «Pars
                autem, mulcendis vulgi auribus intenta, suis et ipsa legibus utebatur; quod genus
                apud Siculos, ut fama est, non multis ante seculis renatum breui per omnem Italiam
                ac longius manauit, apud Graecorum olim et Latinorum vetustissimos celebratum;
                siquidem et Athicos et Romanos vulgares rhitmico tantum carmine uti solitos
                accepimus» («Otra parte [de la poesía del propio Petrarca, no de la poesía en
                general, como manipula Colmenares cambiando el <hi rend="i">pars</hi> por <hi
                  rend="i">poetica</hi>], destinada a halagar el oído del vulgo, obedecía a sus
                propias normas; este tipo de poesía, renacido, según es fama, hace no mucho entre
                los sicilianos, en poco tiempo se extendió por toda Italia y aun más allá, habiendo
                sido cultivado antiguamente entre los más antiguos griegos y latinos, pues sabemos
                que los poetas populares de Atenas y de Roma solían servirse únicamente del verso
                rimado»). En este pasaje, según decía, se refiere Petrarca no a la poesía en
                general, sino solamente a su propia poesía en vernáculo –los muy célebres <hi
                  rend="i">De rerum vulgarium fragmenta</hi> en toscano– escrita, como es bien
                sabido, en forma rimada (<hi rend="i">rhitmicum carmen</hi>). Parece ser que
                Petrarca consideraba que la primitiva poesía popular griega y romana era también de
                ese tipo, el cual habría renacido en Sicilia no mucho antes de su época, tras el
                largo paréntesis de predominio de la métrica cuantitativa clásica.</note>, palabras
              que con el <hi rend="i">renatum</hi> de la primera cláusula apuntan <pb n="f. 19r"/>
              dificultad bien prolija<note place="bottom"> A Colmenares parece extrañarle –y es
                comprensible– esa curiosa teoría de Petrarca acerca de un renacimiento del empleo de
                poesía rimada tras haberse extinguido esta hacía muchos siglos.</note>. Luego,
                <quote>se comunicó a Francia en tiempo de Luis octavo</quote>, como quiere <persName
                type="authority" key="Génébrard, Gilbert" precision="3">Genebrardo</persName><note
                place="margin"> Geneb. lib. 4 Chronologiae</note><note place="bottom"> Gilbert
                Génébrard (Gilbertus Genebrardus, 1535-1597) fue un benedictino francés que llegó a
                ser arzobispo de Aix-en Provence; destacado biblista y hebraísta, su reputación
                intelectual alcanzó muy alta estima. Publicó sus <title>Chronographiae</title> (que
                no <hi rend="i">Chronologiae</hi>) <title>libri IV</title> (París: Apud Martinum
                Iuuenem, 1580) tras haber publicado una versión previa en dos libros en París: Apud
                Martinum Iuuenem, 1567. En la primera citada y en las anotaciones correspondientes
                al año 1227 (p. 379) se indica: «Sub Ludouico Leone Franc. Rege Galli suo sermone
                rythmos i[d est] similiter desinentes versus usurpasse feruntur. Cum rythmorum usus
                paulo ante coepisset apud Siculos, deinde in Italiam transiisset. Petrarcha
                praefatione ad Epis. famil.» («Bajo Luis el León, rey de Francia, los franceses
                comenzaron a emplear en su lengua propia ‘ritmos’ [o sea, rimas], es decir, versos
                que terminan de la misma manera: el empleo de esos ‘ritmos’ había comenzado poco
                tiempo antes entre los sicilianos y después había pasado a Italia; véase Petrarca en
                la prefación a sus <hi rend="i">Epístolas familiares</hi>»). Es probable que esta
                noticia de Genebrardo pusiera a Colmenares en la pista de la noticia de Petrarca y
                fuera a buscarla después en la obra de este: allí se habría encontrado con la
                curiosa teoría señalada en las notas anteriores.</note>. En fin, pasó las cumbres de
              los montes Pirineos llegando a España; si acaso no fue al revés este camino,
              comunicándose de España a Italia y Francia, como prueba <persName type="authority"
                key="Beuter, Pedro Antonio" precision="3">Beuter</persName> el valenciano<note
                place="margin"> Beuter en el prólogo</note>
              <note place="bottom"> El historiador valenciano Pedro Antonio Beuter (h. 1490-1554) en
                la epístola dedicatoria de su <hi rend="i">Primera parte de la Corónica General de
                  España</hi> (Valencia: En casa de Ioan de Mey, 1546) y a propósito del empleo del
                castellano en lugar del valenciano, afirma que Petrarca se habría inspirado («se
                aprovechó y hurtó» dice literalmente), para crear su novedosa poesía, en la obra de
                un <hi rend="i">Mosén Jordi</hi> valenciano, anterior a él en un siglo (habría
                llegado a Valencia en la corte de Jaime I) y que había escrito «sonetos, y sextiles,
                y terceroles en nuestra lengua Valenciana Lemosina». Petrarca habría conocido las
                «trovas» del tal mosén Jordi en sus andanzas por el sur de Francia, región por toda
                la cual era ese poeta valenciano ya muy conocido, siempre según Beuter, quien, por
                cierto, también recuerda ahí la recurrente epístola primera de las <hi rend="i"
                  >Familiares</hi> petrarquianas.</note>. Como quiera, tardó en arraigar, y no por
              el mal temperamento, como dio a entender el hagiense <persName type="authority"
                key="Second, Jan" precision="3">Juan Segundo</persName>, cuando dijo de España:
                <quote>An vero paucis cum sis foecunda poetis</quote><note place="margin"> Epig.
                19</note>
              <note place="bottom"> Se trata de Jan Second Everaerts o Juan Segundo de La Haya
                (1511-1536), quien, pese a su corta vida, tuvo tiempo de escribir una amplia
                colección de poemas que le valió convertirse, a juicio de muchos estudiosos, en el
                mejor poeta latino del Renacimiento; fueron celebérrimos sus diecinueve poemas
                recogidos bajo el título de <hi rend="i">Basia</hi>. Las relaciones de su familia
                con el emperador Carlos V hicieron que pasara una temporada en España. En su
                epigrama de despedida, escrito cuando regresaba muy enfermo a morir en su tierra
                holandesa y titulado «In discessum suum ex Hispania», le dice, en el v. 11, al
                propio país del que se iba: «¿Es que, a pesar de que tú eres poco fecunda en
                poetas,…?». Second achacaba su enfermedad y su obligada marcha a los nocivos «aires»
                de España (que provocarían el mal «temperamento» que dice Colmenares), pero tampoco
                llegaba a relacionar explícitamente en su epigrama ese aire con la falta de poetas
                en España. Por otra parte, Lope citaba ese mismo verso al comienzo de la dedicatoria
                a fray Plácido de Tosantos de su comedia <hi rend="i">La madre de la mejor</hi>
                (Madrid: Por Fernando Correa de Montenegro, 1621), donde parecía realizar una
                inferencia semejante a la de Colmenares para negarla y achacar esa supuesta falta de
                poetas al «poco favor de los príncipes», como era de esperar…</note>, pues Roma en
              su mayor fertilidad se vio casi vencida de la poesía española; y cuando las demás
              provincias (fuera de Italia) aún apenas conocían el nombre de esta profesión, una sola
              ciudad de España brotó asombros del Apolo romano, sin haber quedado con tantos partos
              en nada menguada su fecundidad en tantos siglos: de suerte que nunca fue falta de
              temperamento o naturaleza, sino de la cultura o arte<note place="margin"> Córdoba,
                patria de los Sénecas, y Lucano, y de don Luis de Góngora </note>
              <note place="bottom"> Las regiones Bética y Tarraconense de la provincia romana de
                Hispania, tras tres siglos de romanización intensa, comenzaron a dar sus frutos
                culturales más granados en la segunda mitad del s. I d. C., cuando ninguna otra
                provincia del Occidente latino los daba (ni podía darlos): entre ellos destacarían
                Marcial y Quintiliano, de la Tarraconense, y los procedentes –como siglos después el
                propio Góngora– de la floreciente <hi rend="i">Corduba</hi>, los Anneos: Séneca,
                padre e hijo, y Lucano.</note>. ¿Quién duda que, a su juicio de vuestra merced, es
              este mayor arrojamiento<note place="bottom"> «En lo literal vale la acción de arrojar
                alguna cosa con violencia; pero en este significado apenas tiene un uso, y solamente
                se toma por precipitación, temeridad, osadía y excesiva animosidad en emprender
                alguna operación. Lat. <hi rend="i">Audacia</hi>» (<hi rend="i">Autoridades</hi>). A
                propósito de esta cuestión, véanse las notas 102 de la primera carta de Colmenares
                (texto I) y 127 de la réplica de Lope en <hi rend="i">La Circe</hi> (texto
                II).</note> que decir que «con estos nuevos poemas se restauraba la poesía en
              España»? Que lo sea o no, ello tiene más autoridad de lo que nadie pueda quitarle,
              pues entre otras el doctísimo <persName type="authority" key="León, fray Luis de"
                precision="3">fray Luis de León</persName> en sus doctos <title>comentarios a los
                Cantares</title> dijo, tratando de nuestros líricos que han sido los celebrados
              hasta ahora en España: <quote>Cum poesis nihil aliud sit quam pictura loquens totumque
                eius studium in imitanda natura versetur, id quod nostri poetae qui amatoria
                scripsere, parum certe attendentes, cum se putarent optime dicere, ab optimi poetae
                officio longissime recesserunt</quote><note place="margin"> Legionensis in Cantica
                c. 2 </note>
            </quote><note place="bottom"> Fray Luis de León, <hi rend="i">In Cantica Canticorum
                Salomonis explanatio</hi> (Salamanca: Excudebat Lucas à Iunta, 1582, secunda editio
              ab ipso authore recognita), f. 72v-73r: «No siendo, pues, la poesía otra cosa que
              pintura que habla y consistiendo todo su objeto en imitar a la naturaleza, ciertos
              poetas nuestros, autores de versos amorosos, mostrándose poco preocupados de ello
              –aunque si piensan que escriben bien–, se han alejado grandemente de aquello a lo que
              está obligado todo gran poeta». El original dice «quidam poetae nostri» («ciertos
              poetas nuestros», o sea, de España), no simplemente «poetae nostri», que es muy
              diferente. No obstante, hay que señalar que en las ediciones de 1580 y 1582 (ambas en
              Salamanca: por Lucas de Junta, pp. 91 y 72, respectivamente) se lee «quidam», mientras
              que en alguna posterior, como la de París: Apud Eustachium Foucault, 1608, p. 140, se
              lee «quidem» (‘ciertamente’, ‘sin duda’), lo que cambia completamente el significado
              («ciertamente nuestros poetas»). Pero no he encontrado ninguna en la que no aparezca
              ni «quidam» ni «quidem», por lo que todo indica que Colmenares o manipula la cita o se
              equivoca al reproducirla. Lo más probable es que fray Luis, que seguramente pudiera
              controlar las ediciones samantinas, escribiera «quidam».</note>. Bien cierto que no se
            diría esto por los famosos Garcilaso, Mendoza<note place="bottom"> Entiendo que se
              refiere a Diego Hurtado de Mendoza.</note> o Hernando de Herrera, mas tampoco se diría
            por este nuevo género de poesía, pues solo se extraña por nuevo. Y es cierto que si tan
            valiente juicio alcanzara este tiempo, trocara <pb n="f. 19v"/> sin duda la censura,
            admirando, y con mucha razón, en vuestra merced la invención, propiedad esencial del
            poeta, la cultura admirable (y sean los siglos testigos) de nuestro cordobés<note
              place="bottom"> O sea, <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de
                Góngora</persName>. Los citados o aludidos después son el padre trinitario Hortensio
              Félix Paravicino, orador apreciadísimo en su época y poeta muy partidario y admirador
              de Góngora, al que imitaba en prosa y verso; Bartolomé y Lupercio Leonardo de
              Argensola, los dos poetas «aragoneses» por antonomasia en ese tiempo (célebres sobre
              todo por su poesía moral y sus sátiras, especialmente el primero de ellos; son los
              «dos Lupercios» que menciona Lope en su carta en <hi rend="i">La Filomena</hi> –<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                >1621_censura-lope</ref>–); y Francisco López de Zárate, poeta y dramaturgo
              logroñés, conocido como «el caballero de la rosa» y buen amigo de Lope, quien escribió
              la aprobación para su volumen de <hi rend="i">Varias poesías</hi> (Madrid: por la
              viuda de Alonso Martín de Balboa, 1619).</note>, la feliz profundidad del Félix
            Palavicino, la gravedad de los dos aragoneses, la energía de Francisco López de Zárate,
            la rara erudición y caudal del famoso don <persName type="polemist"
              key="Quevedo, Francisco de">Francisco de Quevedo</persName>, de quien yo me profeso no
            menos deudor que vuestra merced ni menos aficionado que el que más, y de cuyos
            discursos, cada y cuando que nuestra suerte los saque a luz (aunque es en esto tan
            detenido como otros arrojados), podrá prometerse España lo que de todas las obras de su
            gran ingenio.</p>
          <p>Pero de nadie temeré yo que pueda probarme haber dicho (como vuestra merced quiere) que
            la poesía no tiene fundamento en la retórica, pues nunca llegó a mi pensamiento: antes,
            me parecía que el pedestal, plinto y basa de la poética son la gramática, lógica y
            retórica, y el objeto de todas la ciencias y profesiones del mundo, pues la compete
            hablar de todas pidiéndolo el intento, como <persName type="authority" key="Manilio"
              precision="3">Manilio</persName> dijo: <quote><hi rend="i">Omne genus rerum doctae
                cecinere sorores</hi><note place="margin"> 3 Astro. </note>
              <note place="bottom"> En realidad, Manilio, <title>Astronomicon</title>, II, 49: «Las
                doctas hermanas han cantado sobre toda clase de asunto». Se refiere, evidentemente,
                a las nueve Musas. Manilio fue un poeta romano de la época de Augusto y Tiberio,
                conocido entonces y hoy sobre todo por ese excelente poema sobre astrología.</note>.
              Y para empleo tan extendido bien previno <persName type="authority" key="Horacio"
                precision="3">Horacio</persName>: <quote>Scribendi recte sapere est principium et
                fons</quote><note place="margin"> Horat. in Poetica </note>
              <note place="bottom"> Horacio, <title>Arte poética</title>, v. 309: «El saber es
                principio y fuente del escribir bien».</note>. De donde infiero que anduvo fácil de
              contentarse el obispo albanense<note place="bottom">
                <persName type="authority" key="Vida, Girolamo" precision="3">Marco Girolamo
                  Vida</persName></note> en la instrucción de su poeta, cuando dijo: <quote>Nulla
                sit ingenio quam non libauerit artem</quote><note place="margin"> Vida 1 Poeticis
              </note>
            </quote><note place="bottom"> Marco Girolamo Vida (h. 1490-1566), humanista italiano que
              fue nombrado obispo de Alba en 1532, autor de los <hi rend="i">De arte poetica libri
                tres</hi> (Paris: ex officina Roberti Stephani, 1527, y Roma: apud Ludovicum
              Vicentinum, 1527); la cita corresponde al v. 384 del primer libro, en el que el obispo
              albanense indica cómo debe formarse el poeta desde niño (de ahí lo de la «instrucción
              de su poeta», que dice Colmenares). El contexto en que inserta la cita es el
              siguiente: «Haud tantum exploret vatum monumenta, sed idem/ consulat atque alios
              auctores discat, ut acri/ nulla sit ingenio quam non libauerit artem» («Que no
              frecuente solo las obras de los poetas,/ sino que lea y aprenda de los demás autores/
              y no haya disciplina que su agudo ingenio no haya paladeado»). </note>. Que yo,
            mirando la grandeza del empleo, subiera el <hi rend="i">libauerit</hi> a <hi rend="i"
              >exhauserit</hi>, por ver que cuanta teología mística, en que fue admirable Grecia,
            cuanta filosofía natural y moral, cuanta astrología, matemática, cosmografía, política y
            económica, y, en fin, cuantas profesiones se leen, aun por episodios, en <persName
              type="authority" key="Homero" precision="3">Homero</persName>, <persName
              type="authority" key="Hesíodo" precision="3">Hesíodo</persName>, <persName
              type="authority" key="Virgilio" precision="3">Virgilio</persName>, <persName
              type="authority" key="Horacio" precision="3">Horacio</persName>, <persName
              type="authority" key="Papinio" precision="3">Papinio</persName><note place="bottom">
              Esto es, Publio Papinio Estacio.</note> y todos los clásicos de <pb n="f. 20r"/>
            aquellos siglos están tratadas<note place="bottom" type="app" rend="I"> tratadas <hi
                rend="i">em.</hi> : tratados <hi rend="i">B</hi>
            </note> no superficialmente, como da a entender la palabra <hi rend="i">libauerit</hi>,
            sino con mucha profundidad, y tanta, que fueron como oráculos de sus repúblicas<note
              place="bottom"> Efectivamente, el verbo <hi rend="i">libare</hi> (que Vida vuelve a
              emplear en la cita que de él se alega poco más adelante) puede tener el sentido de
              «rozar ligeramente con los labios» y, por ende, el de «tratar superficialmente»,
              cuando se habla de cuestiones intelectuales: ello cuadra bien con el contexto en que
              lo emplea Vida, pues está hablando de un joven aprendiz de poeta que solo ha podido
              tener un trato aún superficial con los modelos literarios; no obstante, Colmenares
              dice que, en su opinión, Vida se queda corto en ese verso y que debería haber empleado
              un verbo como <hi rend="i">exhaurio</hi> (‘tragar completamente’,
            ‘apurar’).</note>.</p>
          <p>Y teniendo yo siempre en esta veneración y estima la profesión poética, no sé cómo se
            pueda colegir del papel pasado que no fundo mi opinión en otra cosa que las figuras,
            tropos, enigmas, alegorías y horribles metáforas, puesto que allí dije, digo y diré
            siempre que cada profesión tiene su estilo propio, y entre todas a la poética le
            pertenece el realzado. Bien sintió esto <persName type="authority" key="Vida, Girolamo"
              precision="3">Jerónimo Vida</persName> en su docta <title>Poética</title>, porque no
            demos círculos en los autores, ya que los demos en la materia, obligados de las
            objeciones; dice, pues, tratando de los realces del estilo poético:</p>
          <quote>
            <l>Parcius ista tamen delibant, et minus audent</l>
            <l>artifices alii, nec tanta licentia fandi</l>
            <l>cuique datur, solis vulgo concessa poetis<note place="margin"> Vida 3
                Poeticis</note><note place="bottom"> Marco Girolamo Vida, <hi rend="i">De arte
                  poetica</hi>, III, 106-108: «Sin embargo, los otros creadores prueban estos
                recursos más raramente y no se atreven tanto: que no se permite a cualquiera tan
                gran licencia a la hora de expresarse como la que se concede generalmente solo a los
                poetas». Este texto probablemente se inspire en uno de los pasajes de Quintiliano
                citado por Colmenares en su primera carta (véase allí la nota 32).</note>.</l>
          </quote>
          <p>Y porque no se entienda que es solo licencia, como la llama el vulgo, sino necesidad
            importante, lo advirtió el crítico <persName type="authority" key="Escalígero"
              precision="3">Escalígero</persName> en su <hi rend="i">Idea</hi>, tratando formalmente
            de este propósito: <quote><hi rend="i">Igitur astrorum cursus aperte ponere aut inepti
                est aut astrologiam profitentis, ut Arati et aliorum. At in eo opere quod primarium
                argumentum aliud habet fabulis condire oportet</hi><note place="margin"> Iul. Caesar
                Scaliger 3 Poetices 6 </note>
              <note place="bottom"> Los <title>Poetices libri septem</title> (Lion: Apud Antonium
                Vincentium, 1561) de Julio César Escalígero se habían convertido en uno de los
                textos de teoría literaria más importantes e influyentes de la época. El tercer
                libro lleva el título <hi rend="i">Idea</hi>, y en su capítulo 26 (que no 6) se
                halla, efectivamente, esa cita (p. 115 de la citada edición <hi rend="i"
                  >princeps</hi>): «Por tanto, ponerse a explicar abiertamente las órbitas de los
                astros es propio o de un inepto o de alguien que en verdad se dedica a la
                astrología, como en la obra de Arato y demás: en las obras cuyo principal asunto es
                otro, esas cosas conviene presentarlas bajo el disfraz de ficciones fabulosas». Como
                indica Tubau (2007: 157 y 2008: 378), al alegar este pasaje, Colmenares incurre en
                el error que él mismo achacaba a Lope: aducir pasajes que no sustentan en realidad
                la tesis que se pretende demostrar, pues, con este pasaje de Escalígero, «se
                legitima […] el empleo de la alegoría, pero no del ‘estilo realzado’». Parece que
                habría cuadrado mucho mejor más arriba, cuando Colmenares trataba de «autorizar» la
                idea de que la esencia de la poesía no es el verso, sino la <hi rend="i"
                >fabula</hi>.</note>. Y aun <persName type="authority" key="Vitruvio" precision="3"
                >Vitruvio</persName> en su <title>Arquitectura</title> conoció esta diferencia,
              diciendo: <quote>Non enim de architectura sic scribitur ut historia aut
                poemata</quote><note place="margin"> Vitru. li. 5 in proemio </note>
            </quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">De architectura</hi>, V, prefacio: «En efecto, no se escribe de
              arquitectura igual que se escribe de historia o poemas».</note>. Y para averiguar esta
            diferencia con los retóricos mismos, será <persName type="authority" key="Quintiliano"
              precision="3">Quintiliano</persName> buen testigo, y aun buen juez, el cual, después
            de haber dicho <quote>omnia liberiora poetis quam oratoribus</quote><note place="bottom"
              > Quintiliano, <title>Institutio Oratoria</title>, VIII, 6, 19: «Todo es más libre
              para los poetas que para los oradores».</note>, dijo: <quote><hi rend="i">Meminerimus
                tamen non per omnia poetas esse oratoribus sequendos nec libertate verborum nec
                licentia figurarum</hi></quote><note place="bottom"> Quintiliano, <title>Institutio
                Oratoria</title>, X, 1, 28: «Recordemos, no obstante, que los oradores no deben
              seguir en todo a los poetas ni en la libertad en el uso de las palabras ni en la
              osadía en el de las figuras».</note>. Sobre tanta autoridad, todas las demás parece
            que sobran. Y aunque yo siempre tuve y tendré esto por cierto, certifico a vuestra
            merced que no volviera <pb n="f. 20v"/> a enfadarle con lo que sin duda no entiendo, y
            más en su opinión de vuestra merced, si no me forzara el sentimiento de que me impute
            menos estimación de la que a su ingenio y trabajos deben todos los españoles, y yo, como
            tal, profeso, advirtiéndole que nunca fue mi intento batallar con nadie, sino solo
            defenderme de semejantes cargos. Que si en la pasada dije que el estilo cómico podía y
            debía acomodarse con el vulgo, de quien recibe la paga, como vuestra merced cuerdamente
            dijo, no fue esto remitirle al vulgo, como me achaca, ni dejar de estimar sus versos en
            lo que todos los estiman, sino publicar cuán cuerdamente lo dijo vuestra merced en el
              <title>Arte nuevo de hacer comedias</title>, que imprimió al fin de sus
              <title>Rimas</title>, en estos versos:</p>
          <quote>
            <lg>
              <l>Escribo por el arte que inventaron</l>
              <l>los que el vulgar aplauso pretendieron,</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>porque como las paga el vulgo es justo</l>
              <l>hablarle en necio para darle gusto<note place="bottom"> Versos 45 a 48 del
                    «<title>Arte nuevo de hacer comedias</title>» en las <hi rend="i">Rimas</hi>
                  (Madrid: Por Alonso Martin, 1609) de <persName type="polemist">Lope de
                    Vega</persName>.</note>.</l>
            </lg>
          </quote>
          <p>Si vuestra merced, señor <persName type="polemist" key="Vega, Lope de">Lope de
              Vega</persName>, halla desprecio en citar sus preceptos, bien pudiera yo citar el de
              <persName type="authority" key="Horacio" precision="3">Horacio</persName>: <quote><hi
                rend="i">Versibus exponi tragicis res comica non vult</hi><note place="margin">
                Horatii </note>
              <note place="bottom"> Horacio, <title>Arte poética</title>, 89: «Lo cómico no quiere
                ser expuesto en verso trágico».</note>. Donde <persName type="authority"
                key="Sánchez de las Brozas, Francisco" precision="3">el Brocense</persName> dice:
                <quote>Expende hoc carmen exametrum quam longe sit a maiestate carminis: nihil habet
                poeseos praeter pedes; comicis denique verbis et popularibus et minutis est
                compositum</quote><note place="margin"> Brocensis in Poeticam </note>
              <note place="bottom"> La cita procede del comentario de Francisco Sánchez de las
                Brozas al <hi rend="i">Arte poética</hi> (Salamanca: Excudebat Mathias Gastius,
                1558); a propósito de ese v. 89, dice el Brocense: «Repara cuán alejado está ese
                hexámetro de la grandeza del poema: lo único que tiene de poesía son los pies
                métricos, pues está compuesto con palabras propias de comedia, coloquiales y de poca
                monta». Como después explica Colmenares, dice el humanista extremeño (y no sin
                razón, a mi juicio) que Horacio habría escrito un verso que reflejara, con el propio
                lenguaje en él empleado, la idea que trata de transmitir: sería un hexámetro más
                propio para una <hi rend="i">sententia</hi> de comedia que para una tragedia. Dice
                también que se observa un contraste claro con los dos versos siguientes (90-91), de
                tono mucho más elevado y solemne (el 91, por ejemplo, dice: «dignis carminibus
                narrari cena Thyestae»).</note>, dando a entender en ello y en lo siguiente que aun
              el verso de propósito era llano y humilde por contener precepto cómico. Y <persName
                type="authority" key="Aristóteles" precision="3">Aristóteles</persName> dijo:
                <quote>Comedia est, ut diximus, peiorum imitatio</quote><note place="margin"> Arist.
                in Poetica </note>
              <note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Poética</hi>, 1449a35: «La comedia es,
                como decíamos, una imitación de inferiores». Versión latina de Alessandro de’
                Pazzi.</note>, repitiendo esto mismo en mil partes de su <title>Poética</title>, sin
              lo mucho que de esto se perdió, pues diciendo en el fin de sus
                <title>Retóricos</title>
              <quote>explanatum in his quae de re poetica dicta sunt quot ridiculorum genera
                sint</quote><note place="margin"> Arist. 3 Rheto. 18 </note>
              <note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Retórica</hi>, 1419b5: «Se ha
                explicado ya en el tratado sobre la Poética cuántos son los géneros que mueven a
                risa». Versión latina de Giorgio Trapezuntio. Como es bien sabido, todo parece
                indicar (y este pasaje de la <hi rend="i">Retórica</hi> es una de las mayores
                pruebas a favor de esa idea) que hubo un segundo libro de la <hi rend="i"
                  >Poética</hi> aristotélica, perdido, que estaba dedicado a la comedia y otros
                géneros tocantes a risa y diversión.</note>, nada de esto parece; y quieren
                algunos<note place="margin"> Ioan. Philopon. in vita et scriptis Aristot. </note>
              que sean cinco libros<note place="bottom"> Juan Filopón fue un teólogo bizantino del
                s. VI que escribió algunos importantes comentarios a Aristóteles. No he logrado
                hallar el lugar donde, según Colmenares, dice que el tratado perdido de Aristóteles
                sobre la comedia constaba de cinco libros. Sea como fuere, no deja de ser una
                expansión erudita del segoviano que tampoco hace mucho al caso.</note>, que solo en
              desgracia de esta profesión pudo perderse tanto de <pb n="f. 21r"/> autor tan
              justamente estimado en todos tiempos y repúblicas; y <persName type="authority"
                key="Gregoire, Pierre" precision="3">el Tolosano</persName>, que, con el poco afecto
              que tuvo a esta profesión, solo se acordó de la cómica y trágica, dijo: <quote>Illa
                verbis communibus; haec sublimibus utatur</quote><note place="margin"> Tolosan. 19
                Syntaxis 6 </note>
              <note place="bottom"> Colmenares cita una obra enciclopédica bastante frecuentada por
                Lope (véase la nota 128 a la carta de este –texto II–), las <title>Syntaxes artis
                  mirabilis</title> de Pierre Gregoire (Petrus Tolosanus). Efectivamente, en el
                capítulo sexto, «De systemate vario carminum» del libro XIX (uno de los dos que
                citaba Lope) se lee: «Differuntque in choris et multis aliis comoedia et tragoedia,
                quia illa de rebus popularibus, haec de heroicis tragicis; illa laetos habet exitus,
                tragoedia tristes; illa verbis communibus, haec sublimibus utatur» («La comedia y la
                tragedia difieren en sus coros y en muchas otras cosas, puesto que aquella trata de
                asuntos del vulgo, esta de temas trágicos; aquella tiene desenlaces alegres, la
                tragedia tristes; aquella emplea palabras comunes, esta sublimes»).</note>. Y otros
              muchos, y tantos, que pudieran llenar pliegos; y porque yo los pospuse todos a su
              autoridad de vuestra merced, me achaca que trato de sus cosas con pasión y desprecio:
              pues aunque no ando en carteles y teatros, no me tenga por tan falto de conocimiento,
              que no distinga lo negro de lo blanco, ni por tan arrojado, que por sola mi opinión
              condenara la facilidad de Ovidio, como me imputa; de donde infiero que no debe de
              haber leído a <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="3"
                >Quintiliano</persName> en aquel predicamento de los escritores, donde dice:
                <quote>Lasciuus quidem in heroicis quoque Ouidius et nimium amator ingenii sui;
                laudandus tamen parcius</quote><note place="margin"> Quintil. 10 c. 1</note>
              <note place="bottom"> La parte más amplia del libro décimo de la <title>Institutio
                  Oratoria</title> de Quintiliano –el primer capítulo– es un extenso y célebre
                análisis de las literaturas griega y latina (de ahí lo de <hi rend="i">predicamento
                  de los escritores</hi> que dice Colmenares). En X, 1, 88 se lee este conocido
                juicio sobre la poesía de Ovidio, de quien dice el rétor hispano que «fue licencioso
                incluso en su obra épica y en exceso pagado de su propio talento natural; se ha de
                alabarlo, pero con reservas».</note>, o como lee <persName type="authority"
                key="Galand, Pierre" precision="3">Pedro Galandio</persName>, <quote>in
                partibus</quote><note place="bottom"> Pierre Galand (<hi rend="i">Petrus
                  Gallandius</hi>) fue un humanista francés, profesor de elocuencia en el Collège
                Royal, comentarista de Quintiliano (París, Apud Geruasium Cheuallonium, 1538). En la
                tradición manuscrita de la <hi rend="i">Institutio Oratoria</hi> los manuscritos
                ofrecen al final de esa frase las lecturas «parcius» e «(in) partibus», que es la
                elegida por Galand. Según esa lectura, el final sería «[a Ovidio] se ha de alabarlo,
                no obstante, en algunos aspectos» o «en algunas partes de su obra». En todo caso, la
                apostilla de Colmenares, que, como se ve, tiene escasa relevancia, creo que no
                persigue más que lucir erudición y demostrarle a Lope su conocimiento filológico de
                los autores que cita.</note>. Y más adelante, entre los trágicos, tratando de la <hi
                rend="i">Medea</hi> que por desgracia nuestra no parece (si acaso no es de Virgilio,
              como insinúa <persName type="authority" key="Tertuliano" precision="3"
                >Tertuliano</persName><note place="margin"> Contra haereses </note>
              <note place="bottom"> Se refiere Colmenares a un pasaje del capítulo 39 del <title>De
                  praescriptionibus aduersus haereticos</title> de Tertuliano donde este no dice
                exactamente –ni siquiera lo insinúa– lo que aquel afirma acerca de la tragedia <hi
                  rend="i">Medea</hi> tradicionalmente atribuida a Ovidio: esto es, que en realidad
                fuera obra de Virgilio. Lo que se dice en ese pasaje, que habla sobre centones
                literarios, es que «Ouidius Geta Medeam tragoediam ex Virgilio plenissime
                expressit», o sea, que Ovidio «el geta» se habría inspirado al máximo en Virgilio
                para componer su <hi rend="i">Medea</hi> (no se indica en qué obra de Virgilio ni se
                afirma expresamente que este hubiera escrito una tragedia con tal título). Pero lo
                más importante es que hay una variante textual en ese pasaje, seguramente correcta,
                que dice «Hosidius» u «Osidius Geta» en lugar de «Ouidius Geta», por lo que lo más
                probable es que el autor de las <hi rend="i">Metamorfosis</hi> ni siquiera tenga
                nada que ver con todo ello, pues Hosidio Geta fue un autor más o menos contemporáneo
                de Tertuliano que efectivamente escribió una tragedia-centón sobre <hi rend="i"
                  >Medea</hi> hecha con versos virgilianos y que se conserva.</note>), dijo:
                <quote>Ouidii Medea videtur mihi ostendere quantum vir ille praestare potuerit, si
                ingenio suo temperare quam indulgere maluisset</quote><note place="bottom"><persName
                  type="authority" key="Quintiliano" precision="3">Quintiliano</persName>,
                  <title>Institutio Oratoria</title>, X, 1, 98: «Creo que la <hi rend="i">Medea</hi>
                de Ovidio demuestra hasta qué punto podría haber destacado aquel varón si hubiera
                preferido refrenar su talento a recrearse en él». La tragedia ovidiana sobre Medea
                está desgraciadamente perdida, salvo un par de exiguos fragmentos transmitidos
                indirectamente.</note>. Que en ambas censuras están bien severamente reprehendidas
              la facilidad y la filaucía. Y no se me achaque el vocablo de novedad griega, que le he
              leído españolizado, y aun tautológico, en un mismo verso en tercetos de poeta
                confiado<note place="margin">Lope de Vega en la epístola 4 de la Filomela dice: Tal
                es del propio amor la filautía </note>
              <note place="bottom">Se trata del v. 154 («Tal es del propio amor la filautía») de la
                epístola cuarta de <title>La Filomena</title> que, dirigida a Diego Félix Quijada y
                Riquelme, es uno de los poemas más ácidos escritos por <persName type="polemist"
                  key="Vega, Lope de">Lope de Vega</persName> contra sus enemigos literarios y, en
                especial, contra la «nueva poesía», con versos como este: «Laberintos enfáticos
                escriba/ poeta minotauro, que no importa» (v. 67-68). La <hi rend="i">philautía</hi>
                es nombre griego para designar «el propio amor» (de ahí la tautológica redundancia
                que Colmenares imputa a Lope), entendido como «el amor hacia uno mismo», o sea, la
                vanagloria narcisista. Es el asunto del adagio 292 de Erasmo de Rotterdam
                («Philautoi»). La pulla contra Lope tuvo que escocerle bastante a este, pues
                Colmenares, al hilo de la «filautía» de Ovidio, aprovecha para echársela en cara al
                propio Lope (quien es del todo cierto que andaba bien sobrado de ella) aludiendo a
                un verso suyo y afeándole el haber cometido un error en él. Además, Lope habría
                usado ese término griego en un poema en el que, entre otras cosas, está atacando el
                empleo de términos inusuales en poemas castellanos. El término, por otra parte, lo
                empleaba ya Francisco de Córdoba, abad de Rute, en su <hi rend="i">Parecer acerca de
                  las Soledades</hi> (1614_parecer) referido a los autores que no admiten censura
                alguna hacia sus obras.</note>. Este juicio, pues, de Quintiliano condenando la
              facilidad y llaneza de Ovidio ha confirmado gente de buen voto en esta materia,
              porque, dejando a <persName type="authority" key="Florido, Francisco" precision="3"
                >Francisco Florido</persName>, por haberle citado en la pasada<note place="bottom"
                >Véase la nota 105 a la primera carta de Colmenares (texto I).</note>, <persName
                type="authority" key="Grifoli, Jacopo" precision="3">Jacobo Grifolo</persName> dice
              sobre aquel verso de <persName type="authority" key="Horacio" precision="2"
                >Horacio</persName>
              <pb n="f. 21v"/>
              <quote>Vir bonus et prudens versus reprehendet inertes</quote><note place="bottom"
                >Horacio, <title>Arte poética</title>, 445: «Una persona buena y prudente censurará
                los versos escritos sin arte».</note>: <quote>id est, sine arte et eneruatos,
                cuiusmodi sunt illi qui nimia facilitate et negligentia fiunt; quod proprium est
                vitium illorum qui suo nimium indulgent ingenio, quod in Ouidio reprehendit
                Quintilianus</quote><note place="margin">Grifolus in Poeti. Horatii </note>
              <note place="bottom"><title>Q. Horatii Flacci liber de Arte poetica Iacobi Grifoli
                  Lucinianensis interpretatione explicatus</title>, Florencia: s.n., 1550, p. 127:
                «Es decir, los versos sin arte y sin nervio, como son aquellos que se escriben con
                un exceso de facilidad y de descuido: defecto propio de quienes se recrean demasiado
                en su talento y que Quintiliano le afea a Ovidio». El humanista italiano Jacopo
                Grifoli (Jacobus Grifolius) fue profesor de latín y griego en Perugia, traductor de
                autores como Demóstenes y Jenofonte y, como se ve, comentarista de Horacio, tarea en
                la que rivalizó con Jasón de Nores (véase arriba la nota 170).</note>. Y <persName
                type="authority" key="Dionisio Lambino" precision="3">Dionisio Lambino</persName>
              sobre aquello de <persName type="authority" key="Lucrecio" precision="3"
                >Lucrecio</persName>
              <quote>Stillicidi casus lapidem cauat</quote><note place="bottom">Lucrecio, <title>De
                  rerum natura</title>, I, 313 («La gota al caer horada la piedra»).</note>:
                <quote>Cherillus et Ouidius, quem quidam viri docti alterum Cherillum esse
                volunt</quote><note place="margin">Lambin. in Lucretium lib. 1 </note>
              <note place="bottom">«Quérilo y Ovidio, al que algunos autores consideran un segundo
                Quérilo». A propósito de ese verso de Lucrecio, el gran humanista francés Denis
                Lambin (Dionysius Lambinus), en su excelente comentario al <hi rend="i">De rerum
                  natura</hi> (París-Lion: in Gulielmi Rouillii et Philippi G. Rouillii nep.
                Aedibus, 1563), recuerda al poeta Quérilo, mencionado por Horacio en <hi rend="i"
                  >Epístolas</hi> II 1, 233: dicho poeta escribía versos muy malos en honor de
                Alejandro Magno, y Lambin se hace eco de ese comentario acerca de la negativa
                reputación literaria de Ovidio entre algunos críticos.</note>. Sobre esto, enfado
              parece multiplicar autores, y más a quien los habrá visto, como vuestra merced: solo
              temo no se ofenda <persName type="authority" key="Escalígero" precision="3">Julio
                César Escalígero</persName> de que, tratándose «de poetarum crisi»<note
                place="bottom"> O sea, «sobre el juicio que merecen los poetas».</note>, no se oiga
              su voto; dice, pues, en su <hi rend="i">Parasceue</hi> o preparación del estilo
              poético, y del peligro que hay en la facilidad: <quote>Quid uberius Arte amandi
                Ouidiana? Nihil humilius</quote><note place="margin"> Scaliger 4 Poetices 1 </note>
              <note place="bottom"> Julio César Escalígero tituló <hi rend="i">Parasceue</hi> el
                cuarto de sus <title>Poetices libri septem</title> (véase nota 199); en la p. 175 de
                la <hi rend="i">princeps</hi> se lee la cita que alega Colmenares: «¿Qué hay más
                exuberante que el <hi rend="i">Arte amatoria</hi> de Ovidio? Y nada hay más
                humilde».</note>. Y en el <hi rend="i">Hipercrítico</hi> dice, después de muchas
              correcciones al mismo Ovidio: <quote>Multa aliter possem, quae nolo, ac ne haec quidem
                a me essent posita, nisi necesse fuisset ostendere quantum vir ille sibi pepercerit,
                cum meliora multo posset</quote>; hasta decir del <hi rend="i">Arte amandi</hi>:
                <quote>Longe vero magis laesit animum Ars illa amatoria: nihil enim magis quam
                nugae</quote>; y del poema o poemas de las <hi rend="i">Transformaciones</hi>:
                <quote>Igitur cum multa liceret nobis aut reprehendere aut tollere aut addere aut
                castigare aut immutare, paucis erimus contenti, ne paenitus eum contempsisse
                videamur</quote><note place="margin"> 6 cap. 7 </note>
            </quote><note place="bottom"> El libro sexto, que no el séptimo, de la citada poética de
                <persName type="authority" key="Escalígero" precision="3">Julio César
                Escalígero</persName> lleva el título de <hi rend="i">Hypercriticus</hi>, y en él se
              lleva a cabo, como dice Colmenares, una exhaustiva «poetarum crisis»; a Ovidio se
              dedican las páginas 329 a 332, que es donde se leen las citas que encadena el erudito
              segoviano: la primera en la p. 330, tras una larga lista de versos ovidianos sometidos
              a una dura crítica en la que no se recata de enmendarle la plana al poeta de Sulmona
              incluso en su empleo del latín (llega a acusarle de cometer solecismos): «Podría
              alegar otros muchos pasajes, mas renuncio: de hecho, ni siquiera habría puesto los que
              he puesto, de no haber sido necesario mostrar cuán excesivamente tolerante fue aquel
              poeta consigo mismo, cuando podría haber escrito cosas mucho mejores»; la segunda, en
              la p. 331: «mucho más aún [que los <hi rend="i">Amores</hi>] me disgusta su <hi
                rend="i">Arte amatoria</hi>: no son nada más que estupideces»; y la tercera, en p.
              332: «Así pues, aun cuando podría censurar, suprimir, añadir, corregir o cambiar
              muchas cosas [en las <hi rend="i">Metamorfosis</hi> –o <hi rend="i"
                >Transformaciones</hi>– de Ovidio], me contentaré con unas pocas, para no dar la
              impresión de que mi desprecio por él es total». Es evidente, al menos en lo que atañe
              a la obra amatoria de Ovidio, que Escalígero mezclaba criterios morales, bastantes
              rancios pero comprensibles en su tiempo, con los literarios a la hora de juzgar tan
              duramente a Ovidio.</note>. Estos son, cuando no todos, algunos de los autores que,
            como en la pasada dije, achacan a Ovidio de vulgar; que yo no le tengo en poco, sino que
            estimo sus <hi rend="i">Fastos, Elegías</hi> y <hi rend="i">Transformaciones</hi><note
              place="bottom"> Al final, Colmenares da claras muestras de que su visión de la poesía
              de Ovidio no estaba muy alejada, en cuanto a consideraciones morales, de la de
              Escalígero, pues a ello apunta claramente esa referencia a la perversión de la
              juventud y a la «profanación de recogimientos», así como las «profanidades de Ovidio»
              que menciona con cierto desprecio poco después. </note>, no en listas de ciegos, <pb
              n="f. 22r"/> como vuestra merced quiere<note place="bottom"> Véase las notas 106 y 148
              a la primera carta de Colmenares (texto I) y a la respuesta de Lope (texto II),
              respectivamente; en realidad, quien primero había puesto en relación a Ovidio con los
              ciegos copleros había sido el segoviano en su respuesta a la primera carta de Lope,
              quien trae a colación, a su vez, los versos del pintor Jerónimo Bosco comparándolos
              con los de la «nueva poesía».</note>, sino en todo aquello que las estimó su mismo
            autor, cuando se prometió <quote><hi rend="i">ore legar populi</hi></quote> inquietando
            juventudes y profanando recogimientos<note place="margin">Ouid. in exitu
              metamorphoseon</note><note place="bottom">Penúltimo verso de <persName
                type="authority" key="Ovidio" precision="3">Ovidio</persName>,
                <title>Metamorfosis</title>, XV, 878: «Se me leerá en boca de la gente» (es decir,
              mis versos correrán de boca en boca; y, por tanto, seré un ídolo del «necio vulgo»,
              según pretende sin duda interpretar Colmenares aquí; tal vez, por cierto, podrían
              ponerse estas ideas en relación, como bien me apunta Mercedes Blanco, con los versos
              del comienzo de la <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi> de Góngora: «digno
              sujeto será / de las orejas del vulgo: / popular aplauso quiero; / perdónenme sus
              tribunos. / Píramo, fueron, y Tisbe,/ los que en verso hizo culto / el licenciado
              Nasón / (bien romo o bien narigudo) / dejar el dulce candor / lastimosamente oscuro /
              al que túmulo de seda / fue de los dos casquilucios»). Tubau (2007: 158 n. 131 y 2008:
              379 n. 131) ha visto en esa apostilla final del segoviano sobre «juventudes» y
              «recogimientos» una posible alusión a los amores ilícitos de Lope con Marta de
              Nevares, joven a la que sacaba veinte años de edad. En todo caso, la acusación a Lope
              de pervertir a la juventud de su tiempo tanto con su lasciva poesía amorosa como con
              su modelo de mala vida estaba presente, al parecer, también en la <hi rend="i"
                >Spongia</hi> (1617) de Torres Rámila, quien lo acusaba, sirviéndose de un verso de
              Juvenal, de simular ser un «Curio» (es decir, un honesto y grave ciudadano), pero
              vivir en constante «bacanal».</note>.</p>
          <p>Bien diferente intento fue el del pintor Jerónimo Bosco. Ojalá, señor <persName
              type="polemist" key="Vega, Lope de">Lope de Vega</persName>, que muchas de las poesías
            celebradas de España tuvieran el fondo que aquellas pinturas, de quien dice <persName
              type="authority" key="Sigüenza, José de" precision="3">un historiador</persName>, de
            los eruditos de nuestra edad y nación, que <quote>comúnmente llaman los disparates de
              Jerónimo Bosco gente que repara poco en lo que mira<note place="margin">Siguença en la
                Historia de S. Jerónimo p. 3 lib. 4 cap. 17 </note>
              <note place="bottom">José de Sigüenza, <title>Historia de la Orden de San
                  Geronimo</title> (Madrid: Imprenta Real, 1600), libro cuarto, discurso XVII. Dice
                el texto: «Están repartidas por toda la casa muchas [pinturas] de un Jerónimo Bosco,
                de que quiero hablar un poco más largo por algunas razones, porque lo merece su
                grande ingenio, porque comúnmente las llaman los disparates de Jerónimo Bosque gente
                que repara poco en lo que mira, y porque pienso que sin razón le tienen infamado de
                hereje. Tengo tanto concepto de la piedad y celo de nuestro fundador, que si supiera
                era esto así, no admitiera sus pinturas dentro de su casa, de sus claustros, de su
                aposento, de los capítulos y de la sacristía. Sus pinturas no son disparates, sino
                unos libros de gran prudencia y artificio, y si disparates son, son los nuestros, no
                los suyos. [...] Es una sátira pintada de los pecados y desvarios de los hombres».
                La idea, por otra parte muy acertada, de que las pinturas del Bosco encierran serias
                y graves enseñanzas, principalmente de orden moral, es la misma con la que Góngora y
                muchos de sus defensores intentaron defender la poesía de aquel; recuérdese la
                célebre frase (si es que es de Góngora) de la <hi rend="i">Carta en respuesta de la
                  que le escribieron</hi>: «Eso mismo hallará Vuesa Merced en mis <hi rend="i"
                  >Soledades</hi>, si tiene capacidad para quitar la corteza y descubrir lo
                misterioso que encubren».</note>. Ya vuestra merced habrá conocido el autor en el
              juicio y las palabras, y sé que me concederá que es de los eruditos de España, y yo
              concederé que por ver a un varón tan docto y grave interponer tantas columnas<note
                place="bottom">Es decir, tantas columnas de texto en sus extensos volúmenes <hi
                  rend="i">in folio</hi>.</note> en su alabanza y declaración, con tanta muestra de
              doctrina, me hará estimar cualquier cosa semejante más que las profanidades de Ovidio
              y las vulgaridades de algunos que en esta edad tienen más de versistas que de poetas.
              Y como poesía y pintura son en mucho semejantes<note place="bottom">Evidente alusión
                al célebre tópico <hi rend="i">ut pictura poesis</hi>.</note>, lo son principalmente
              en que se profanan siendo vulgares, que aun <persName type="authority"
                key="Nebrija, Antonio de" precision="3">el Nebrisense</persName>, que vuestra merced
              alega en esta ocasión por su parte<note place="bottom">Véase la nota 149 a la carta de
                Lope.</note>, lo siente así, diciendo en los comentarios a <persName
                type="authority" key="Persio" precision="3">Persio</persName>: <quote>Nugas agit qui
                ex iudicio multitudinis imperitae carmina sua velit aestimari</quote><note
                place="margin">Nebris. in Persium Satyra 1 </note>
              <note place="bottom"><persName type="authority" key="Nebrija, Antonio de"
                  precision="3">Elio Antonio de Nebrija</persName>, <title>In A. Persium flaccum
                  poetam satyricum interpretatio</title>, Sevilla: impensis Ioannis Laurentii arte
                &amp; ingenio Iacobi Kromberger alemani, 1504, f. A2v, comentario a <hi rend="i"
                  >nugae</hi> en el cuarto verso de la primera sátira: «Hace tonterías quien
                pretende que sus poemas se valoren según el juicio de la multitud inculta».
                Recuérdese que Lope citaba a Nebrija cuando comparaba la «nueva poesía» con los
                oscuros y enigmáticos versos de los sacerdotes salios en la antigua Roma:
                Colmenares, en verdad, va respondiendo aquí a la carta de su rival estrictamente
                «por sus mismos puntos».</note>; pues, como dijo <persName type="authority"
                key="Platón" precision="3">Platón</persName> (bien conforme a todo mi propósito):
                <quote>Poetae per aenigmata loquuntur, et est uniuersa poetica ex natura aenigmatis
                obscurata, nec cuiusuis viri </quote><pb n="f. 22v"/><quote> est
                cognoscere</quote><note place="margin">Plato in Alcibiade 2 </note>
              <note place="bottom">Platón, <title>Alcibíades segundo</title>, 147b: «Hablan los
                poetas por medio de enigmas. Toda la poesía está por su naturaleza oscurecida de
                enigmas, y no a todo el mundo le es dado comprenderlos». Aunque hay sospechas sobre
                la pertenencia de este diálogo al <hi rend="i">corpus</hi> de los auténticamente
                platónicos, la idea que transmite este pasaje parece tener clara relación con las
                ideas sobre la poesía expuestas en uno que se acepta como auténtico, el <hi rend="i"
                  >Ión</hi>.</note>. Y así, no es mucho que yo, siendo menos lucido y preciado de lo
              que aun vuestra merced quisiere, no entendiese algunas cosas de esos poemas hasta que
              me las declarasen: que no todos nacemos, ni aun morimos, enseñados; mas después de
              habérmelas declarado, pude hablar en defensa de lo que me parece bueno, y siento que
              lo ha de parecer a muchos más doctos que yo y otros que confían demasiado en el
              aplauso vulgar: sin que de esto se infiera que defiendo lo que no entiendo, como puede
              inferirse con evidencia de algunos que, escribiendo mucho, estudian poco y saben
                menos<note place="bottom">Me parece claro que Colmenares, lógicamente picado, se
                refiere a Lope en esta alusión, llena de mala fe (aunque no del todo desencaminada)
                y que contradice las muchas protestas de buena voluntad y admiración hacia él con
                las que el segoviano le dora la píldora en estas epístolas.</note>, si no es que
              también este papel vaya tan lejos del propósito como el pasado; como si dos
              contradictorias pudiesen convenir en el propósito que difieren, o si culpando
                <persName type="authority" key="san Agustín" precision="3">san Agustín</persName> la
              oscuridad en los doctores y predicadores cristianos, se hubiese de extender a los
              poetas, profesión tan diversa en todo<note place="bottom">Esta afirmación de
                Colmenares, que ya en su primera carta había formulado casi en los mismos términos,
                contradice claramente su declaración de más arriba: «Pero de nadie temeré yo que
                pueda probarme haber dicho (como vuestra merced quiere) que la poesía no tiene
                fundamento en la retórica, pues nunca llegó a mi pensamiento». ¿En qué
                quedamos?</note>, que tratando de los primeros en el libro que vuestra merced tuerce
              a los poetas, les hace cargo: <quote>Cur pietatis doctorem pigeat imperitis loquentem
                ossum potius quam os dicere, ne ista syllaba non ab eo quod sunt ossa, sed ab eo
                quod sunt ora intelligatur?</quote><note place="margin">August. de Doct. Christ.
                lib. 4 </note>
              <note place="bottom">San Agustín, <title>De doctrina Christiana</title>, IV, 10, 14:
                «¿Por qué un sacerdote que hable a gente inculta va a tener reparo en decir <hi
                  rend="i">ossum</hi> en lugar de <hi rend="i">os</hi>, de modo que este monosílabo
                se entienda como referido no a <hi rend="i">ora</hi>, sino a <hi rend="i"
                >ossa</hi>?». Se trata de un texto muy célebre en los estudios sobre latín vulgar y
                tardío: el problema que plantea Agustín es el de las consecuencias de la pérdida de
                las oposiciones entre vocales por su cantidad larga o breve. En latín hay dos sustantivos neutros
                de la tercera declinación cuyo nominativo es <hi rend="i">os: os, oris</hi> (‘boca’
                o ‘rostro’) y <hi rend="i">os, ossis</hi> (‘hueso’), y solo se distinguían en el
                plano oral por el hecho de que el primero tenia la <hi rend="i">o</hi> larga y el
                segundo la <hi rend="i">o</hi> breve: al haberse perdido tal distinción, parece ser
                que, al menos en el norte de África, a <hi rend="i">os</hi> (‘hueso’) había
                comenzado a sustituirla (con consecuente cambio de la tercera a la segunda
                declinación) la antes inexistente forma <hi rend="i">ossum</hi> (que es, por cierto,
                a la que remonta ‘hueso’ en castellano). El obispo de Hipona parece hacerse eco aquí
                de la renuencia de algunos clérigos a cometer tal solecismo cuando predicaban. Él
                les «hace cargo» de ello (es decir, se lo censura), porque es partidario de que se
                incurra en ese tipo de errores si de ese modo es más claro para el pueblo el mensaje
                que se desea transmitir.</note>. Y escribiendo formalmente de los poetas en
              diferente lugar, dice: <quote>Putantur aenigmatistae sic tunc appellati, quos poetas
                nunc appellamus, eo quod poetarum sit consuetudo atque licentia insuere carminibus
                suis aenigmata fabularum, quibus aliquid significare intelligantur. Non enim aliter
                essent aenigmata, nisi illic esset tropica locutio, qua discussa, perueniretur ad
                intellectum eorum quae in aenigmate latitarant</quote><note place="margin">Lib. 4
                super Numeros </note>
              <note place="bottom"><persName type="authority" key="san Agustín" precision="3">San
                  Agustín</persName>, <title>Quaestionum in Heptateuchum libri VII</title> (lib.
                  IV:<hi rend="i">Quaestiones in Numeros, quaestio</hi> XLV, <hi rend="i">ad
                  Numeros</hi> 21, 27 <hi rend="i">Propterea dicent aenigmatistae: venite in
                  Esebon</hi> [Migne, <hi rend="i">Patrologia Latina</hi> XXXIV 739]): «Se considera
                que los por entonces así llamados enigmatistas son los que nosotros ahora llamamos
                poetas, puesto que es la costumbre y licencia de los poetas insertar en sus poemas
                enigmas fabulosos con los que se piense que dan a entender alguna cosa. No serían
                enigmas si en ellos no existiera el lenguaje figurado, una vez desvelado el cual, se
                llega al entendimiento de aquello que se había ocultado en el enigma».</note>. Y
              note vuestra merced, como advierte <pb n="f. 23r"/> en la suya «al excelentísimo
              señor», aquel <hi rend="i">tropica locutio</hi><note place="bottom">Se refiere aquí
                Colmenares al pasaje de la carta de Lope (véase allí la nota 125) donde este, tras
                citar, sin declarar su origen, un fragmento del <hi rend="i">De poeticae
                  ratione</hi> de Savonarola (<hi rend="i">Potest enim poeta uti argumento suo et
                  per decentes similitudines discurrere sine versu</hi>), le apostilla: «Y note
                vuestra excelencia aquel <hi rend="i">per decentes similitudines</hi> [«mediante
                convenientes comparaciones»]». Aquí Colmenares incide en el «lenguaje figurado» por
                medio de los tropos (<hi rend="i">tropica locutio</hi>) como una de las claves (si
                no la clave) de la poesía, negando que lo sean esas <hi rend="i">decentes
                  similitudines</hi>, que se esperan, y aun exigen, tanto del poeta como del orador
                o el historiador, pues pertenecen mucho más al ámbito de la <hi rend="i"
                  >inuentio</hi> que al de la <hi rend="i">elocutio</hi>.</note>; y diré yo aquí lo
              que vuestra merced en su primer discurso<note place="bottom">Esto es, en la carta de
                Lope en <hi rend="i">La Filomena</hi> (<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope"
                  >1621_censura-lope</ref>).</note>: <quote>Que ninguno habrá tan atrevido, que
                contradiga la autoridad de san Agustín</quote>; y otros juzguen cuál le cita más a
              propósito, coligiendo nosotros, de paso, que en los tropos y figuras consisten los
              enigmas. Y estos no sé yo que los griegos los llamen <hi rend="i">scirpos</hi>, como
              vuestra merced dice en su primer discurso, ni que haya tal voz en autor griego<note
                place="bottom">Véase luego el final de la nota 246.</note>, y si en alguno se me
              diere, «manus tollam», como dice Jerónimo<note place="bottom">La expresión se recoge
                en el adagio 2314 de Erasmo, «Tolle digitum», entre otras, como la que encabeza el
                adagio, que en latín reflejan la idea de rendición ante alguien o algo que nos
                supera: «Hieronymus in Dialogo Luciferiani et Orthodoxi, cum ait: En tollo manum,
                cedo, vicisti» («Ve que levanto mi mano; me rindo: has vencido»).</note>, pues para
              saber de una dicción o interpretar una palabra, no es menester <quote>haber pasado a
                Grecia</quote>, donde hoy se ignora tanto aquella lengua doctrinal como entre
              algunos poetas españoles hablar de veras. Lo cierto es que las voces se trocaron y que
              los griegos los llaman <hi rend="i">aenigmata</hi> y los latinos no <hi rend="i"
                >scirpos</hi>, sino <hi rend="i">scrupos</hi>, como restituyeron en <persName
                type="authority" key="Aulo Gelio" precision="3">Aulo Gelio</persName><note
                place="margin">A. Gel. 12 noct. 6 </note>
              <note place="bottom"><title>Noctes Atticae</title>, XII, 6 («De aenigmate»), 1: «Quae
                Graeci dicunt 'aenigmata', hoc genus quidam ex nostris ueteribus 'scirpos’
                appellauerunt».</note>
              <persName type="authority" key="Crinito, Pietro" precision="3">Pedro
                Crinito</persName> con estas palabras: <quote>In magno errore versati sunt nostri
                fere omnes grammatici, qui scirpum dixerunt pro aenigmate</quote><note
                place="margin">Crini. de honesta disciplina 9 c. 13</note>
              <note place="bottom">La remisión de Colmenares a la miscelánea <hi rend="i">De honesta
                  disciplina</hi> de Crinito es correcta (libro IX, capítulo 13). La cita dice: «En
                un gran error han incurrido casi todos nuestros gramáticos, que emplearon <hi
                  rend="i">scirpum</hi> en el sentido de ‘enigma’».</note>, y <persName
                type="authority" key="Ricchieri, Luigi" precision="3">Celio Rodiginio</persName> con
              estas: <quote>Et plane scrupulus (etiam si barbari scirpum dicere nonnulli aenigma
                permittunt sibi, mendosis Gelii codicibus in tendiculam impacti)</quote><note
                place="margin">Cael. Rodigin. 12 c. 43 </note>
              <note place="bottom">El humanista italiano Luigi Ricchieri (h. 1469-1525) firmó una de
                las más importantes y consultadas enciclopedias del siglo XVI, los <title>Antiquarum
                  lectionum libri</title>, publicados primero en 16 libros en 1516 (Venecia: in
                aedibus Aldi, et Andreae soceri; a esta edición corresponde la indicación de
                Colmenares: p. 645) y luego en 30 en 1542 (Basilea: Froben; en esta edición la cita
                está en libro 23, capítulo 11). Rodigino defiende también que la palabra correcta
                que es sinónimo de <hi rend="i">aenigma</hi> es <hi rend="i">scrupus</hi> y no <hi
                  rend="i">scirpus</hi>: por eso, tras emplear él mismo <hi rend="i">scrupus</hi>
                (en diminutivo: <hi rend="i">scrupulus</hi>) en ese sentido, añade entre paréntesis:
                «aunque algunos bárbaros se permiten llamar al enigma <hi rend="i">scirpus</hi>,
                cayendo en la trampa de códices de Gelio que están errados».</note>; y entre los
              herbarios, <persName type="authority" key="Dodoens, Rembert" precision="3">Remberto
                Dodoneo</persName>, tratando del junco y sus especies, dice del <hi rend="i"
                >aquatil</hi>: <quote>Latine gladiolum palustrem siue aquatilem, plerique etiam
                scirpum</quote><note place="margin">Rember. Dodone. Temptade [sic] 4 lib. 5 c. 25 </note>
              <note place="bottom">El médico flamenco Rembert Dodoens, Rembertus Dodonaeus, fue uno
                de los botánicos más destacados del siglo XVI. En ese ámbito publicó en la imprenta
                plantiniana de Amberes sus <title>Stirpium historiae pemptades sex, siue libri
                  XXX</title> (Amberes: Ex officina Christophori Plantini, 1583); allí, en el cap.
                25 del quinto libro de la cuarta <hi rend="i">pemptade</hi> (p. 590), como con
                precisión indica Colmenares, se lee esa cita sobre el <hi rend="i">gladiolus
                  paluster</hi> o <hi rend="i">aquatilis</hi>, «al que muchos llaman <hi rend="i"
                  >scirpus</hi>», y del que afirma que no debe identificarse, como erróneamente
                hacen muchos, con el junco.</note>. Y si es junco, mal podía ser enigma cosa tan sin
                nudo<note place="bottom">La frase es traducción simplificada de otra que se lee en
                el citado capítulo del <hi rend="i">De honesta disciplina</hi> de Pietro Crinito:
                «Sed enim quo pacto illa enodari possunt quae sine ullis nodis sunt, cuiusmodi
                scirpus haberi debet?».</note>, como dice el proverbio<note place="margin">Nodum in
                scirpo quaerere </note>
              <note place="bottom">El adagio 1376 de Erasmo dice «<hi rend="i">Nodum in scyrpo
                  quaeris</hi>: in anxium dicebatur nimisque diligentem aut meticulosum, qui illic
                scrupulum moueret, ubi nihil esset addubitandum» («se empleaba contra el muy
                puntilloso, excesivamente diligente y meticuloso, que inquiría mínimos detalles en
                cuestiones que no plantean la menor duda»). «Buscarle nudos al <hi rend="i"
                  >scirpus</hi> –una planta completamente lisa–» sería un dicho equivalente, pues, a
                «buscarle tres pies al gato».</note>; aunque <persName type="authority"
                key="Gesner, Konrad" precision="3">Conrado Gesnerio</persName>, autor griego y
              latino, quiso introducir la antífrasis (salida común de etimológicos) diciendo:
                <quote>aenigmata Latini antiqui scirpos appellauerunt per antiphrasim </quote><pb
                n="f. 23v"/><quote> fortasse</quote><note place="margin">Gesne. In Graecolatino
                léxico</note>
            </quote><note place="bottom">El gran polígrafo alemán Konrad Gesner (1516-1565) publicó,
              entre otras muchas obras, un muy consultado <title>Lexicon Graecolatinum</title>
              (Basilea: in officina Ioan. Vualderi, 1537). En la entrada <hi rend="i">Aínigma</hi>
              se lee: «Quaestio obscura, sermo nodosus et inuolutus. Latini antique scirpos
              apellauerunt, ut Gellius scribit lib. 12 cap. 6. Per antiphrasim fortasse, quemadmodum
              etiam bellum dicitur, quasi minime bellum ac bonum». Resumiendo, pues, la cuestión
              diremos que Lope en su epístola de <hi rend="i">La Filomena</hi> emplea el término <hi
                rend="i">scirpus</hi> en el sentido de «enigma»; Colmenares, sabedor de que existía
              desde hacía más de un siglo una disputa filológica al respecto, se coloca, frente a
              Lope, de parte de quienes, en la línea de Pietro Crinito y Celio Rodigino (que lo
              propuso después que aquel, pero sin citarlo), afirman que en el texto de Aulo Gelio en
              que se trata el asunto está errada la lectura <hi rend="i">scirpus</hi> y hay que leer
                <hi rend="i">scrupus</hi>. El proverbio <hi rend="i">Nodum in scirpo quaerere</hi>,
              recogido por Erasmo (quien, por cierto, también menciona el pasaje de Gelio y dice,
              con prudencia, que quizá haya un error allí por <hi rend="i">scrupus</hi>) y recordado
              aquí por Colmenares, habla de «no buscar nudos en el <hi rend="i">scirpus</hi>» (pues
              es algo que no los tiene: por tanto, si el <hi rend="i">scirpus</hi> es una planta
              lisa y sin nudos, ¿cómo podía servir para designar él mismo, se supone que
              metafóricamente, un «enigma», que es algo intrincado y lleno de nudos?). La solución
              que propone Gesner es la de la antífrasis: precisamente al ser algo sin nudo alguno,
              se emplearía para nombrar todo lo contrario (a partir de la idea de no buscar nudos –o
              sea, enigmas– donde no los hay). Hoy en día se acepta en general que la lectura
              correcta en Gelio es, efectivamente, <hi rend="i">scirpus</hi>, y la solución que
              suele darse no es la antífrasis de Gesner, sino que en ese pasaje de las <hi rend="i"
                >Noctes Atticae scirpus</hi> –una clase de ‘junco’ o de alguna planta palustre
              similar– se entendería en el sentido de una especie de «labor de trenzado de juncos»,
              lo que llevaría a la noción de ‘intrincado’, ‘inextricable’, ‘enigmático’. La
              propuesta <hi rend="i">scrupus</hi>, no poco arriesgada y discutible, se explicaría
              por el hecho de que en latín significa primero «piedra rugosa e incluso cortante» y
              después «angustia», «preocupación lacerante», que es lo que puede provocarnos un
              «enigma» si no somos capaces de resolverlo. En cualquier caso, sea <hi rend="i"
                >scirpus</hi>, sea <hi rend="i">scrupus</hi>, lo cierto es que Lope, en su carta de
                <hi rend="i">La Filomena</hi>, había metido la pata al afirmar que <hi rend="i"
                >scirpus</hi> es término griego, cuando es completamente latino, error que no le
              reprocha Colmenares.</note>. Mas dejemos esto, que dirá vuestra merced que es
              <quote>dar círculos en lo que está dicho, y con diferente sentido armar sobre el mismo
              fundamento vanas contrariedades</quote>: serán vanas para vuestra merced por ser mías;
            mas los fundamentos bien sé que no lo son, ni aun yo lo soy tanto, que intentara darme a
            conocer en solo contradecir cosa tan fácil, ni con solicitar dama musa, dando celos a un
            poeta, como <persName type="authority" key="Rávido" precision="3">Rávido</persName> a
              <persName type="authority" key="Catulo" precision="3">Catulo</persName>, cuyo lugar me
            hace lástima cuando le veo aún más errado en el propósito que en la impresión<note
              place="bottom">Se refiere Colmenares a que en la cita de Catulo, tal como aparece en
              la carta de Lope, se observa más de una «errata de impresión» (véase la nota 157 a
              dicha carta –texto II–).</note>.</p>
          <p>Yo, señor <persName type="polemist" key="Vega, Lope de">Lope de Vega</persName>, nunca
            me quejé de que los señores poetas se contradigan unos a otros, pues, en efecto, los
            juicios de los hombres son tan diversos como consideraba la vieja de <persName
              type="authority" key="Zsámboki, János" precision="3">Sambuco</persName> viendo rodar
            las calaveras, o calabazas, cada una por su parte<note place="margin"><hi rend="i"
                >Ioann. Sambuc. Emblemate 49</hi></note>
            <note place="bottom">János Zsámboki (Johannes Sambucus, 1531-1584) fue un destacado
              humanista húngaro del siglo XVI. Notable helenista y poeta neo-latino, además de
              médico, hoy es conocido sobre todo por la colección de emblemas que publicó con
              Plantino en Amberes (1564; segunda ed. aumentada de 1566); en la p. 65 de la <hi
                rend="i">princeps</hi> se encuentra el emblema encabezado por el epígrafe «Varii
              hominum sensus», en el que se ve a dos ancianas (que en realidad son la misma en dos
              momentos diferentes) con un conjunto de calaveras humanas a sus pies. La historia que
              cuenta el epigrama adjunto al emblema es que una anciana que portaba un conjunto de
              calaveras para depositarlas en un camposanto situado en lo alto de una colina tropieza
              mientras sube la pendiente y no puede evitar que se le caigan; las calaveras ruedan
              cuesta abajo cada una por su lado, y ello provoca la reflexión de la anciana acerca de
              los diversos pareceres entre los seres humanos, que se mantienen incluso más allá de
              la muerte. Puede verse reproducción del emblema en la edición de Tubau (2007: 159 y
              2008: 380). Lo de las <hi rend="i">calabazas</hi> es una gracieta de Colmenares
              ausente del emblema de Sambuco («Se toma también por la cabeza, en phrase y estilo
              tosco»: <hi rend="i">Autoridades</hi>, s.v. calabaza). La misma asociación entre ambos
              términos la encontramos en las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> (concretamente en
              la cuarta de la primera década) de Francisco Cascales, I, 4 (Cascales 1961: I 89): «La
              cabeza es el miembro principal del cuerpo, es el dominio del hombre, es el señor
              absoluto nuestro; pues ¿qué parecerá pelada y calva? Calavera, calabaza». No están,
              por cierto, numerados esos emblemas en las ediciones de la época: este hace
              efectivamente el número 49 si uno se detiene a contarlos, como parecer ser que hizo
              Colmenares.</note>, y, en fin, las ciencias son hijas de la emulación científica. Mas
            dije que me admiraba y digo que me admira que, no contentos con mordiscarse unos a otros
            tan pesadamente, satiricen contra su misma profesión, ya en el teatro con el juguete
            truhanesco, ya en el librico entretenido, con el cuento satírico, ya en el aplauso de
            gente lucida, con el gracejo impertinente, que parece emplear de propósito su caudal en
            desacreditar su profesión. Y viendo el vulgo que sus mismos profesores la desestiman
            tanto, no es mucho se atreva a profanarla con la desestimación que hace aun de su
            nombre. ¡Con cuánta más razón dijera hoy <persName type="authority" key="Quintiliano"
              precision="3">Quintiliano</persName>: <quote>Alios recens haec lasciuia deliciaeque et
              omnia ad voluptatem multitudinis imperitae composita delectant<note place="margin"
                >Quintil. 10 c. 1 </note>
              <note place="bottom">Quintiliano, <title>Institutio Oratoria</title>, X, 1, 43.
                Quintiliano trata ahí sobre las diversas opiniones y gustos literarios que existen;
                después de señalar que hay algunos a los que solo les deleitan los autores antiguos
                y recomiendan leerlos únicamente a ellos; dice: «A otros les priva ese amaneramiento
                y afectación que ahora se lleva, y todo cuanto se ingenia para complacer a la
                multitud ignorante». La cita no parece muy afortunada, pues, como se ve, valdría en
                su primera parte mucho más para censurar la «nueva poesía» que para el propósito con
                que la trae aquí Colmenares.</note>! Pues en muchos que, a su parecer, son poetas no
              se distingue <pb n="f. 24r"/> la poética de la truhanería. La monarquía griega vio
              batallar sus ciudades sobre el título de patria de Homero, y con ser ella la madre de
              las ciencias, oyó decir a su mejor maestro<note place="bottom"><persName
                  type="authority" key="Platón" precision="3">Platón</persName></note>:
                <quote>Poetae nobis velut patres ac duces sapientiae existunt</quote><note
                place="margin">Plato in Lysi ad medium </note>
              <note place="bottom"><persName type="authority" key="Platón" precision="3"
                  >Platón</persName>, <title>Lisis o Sobre la amistad</title>, 214a: «Los poetas son
                para nosotros como padres y guías en el saber». La versión latina es de Jano
                Cornario.</note>. La romana los vio asistir casi en primer lugar a los consejos de
              sus monarcas, y oyó al mayor del mundo<note place="margin">Augusto</note> quejarse de
              Horacio porque no le dedicaba sus versos: <quote>Iratum me tibi scito quod non in
                plerisque eiusmodi scriptis mecum potissimum loquaris. An vereris ne apud posteros
                infame tibi sit quod videaris nobis familiaris esse?</quote><note place="margin"
                >Terent. in vita Horatii </note>
            </quote><note place="bottom">Si <hi rend="i">Terent.</hi> se refiere, como parece, al
              célebre comediógrafo latino del s. II a. C., es evidente, por meras razones
              cronológicas, que no pudo ser autor de una <title>Vida de Horacio</title>; la que nos
              ha llegado y de la que procede la cita es un relato biográfico bastante breve que se
              atribuye a <persName type="authority" key="Suetonio" precision="3"
              >Suetonio</persName>. El pasaje seleccionado por Colmenares dice: «Que sepas que estoy
              muy enfadado contigo porque en muchas de tus obras de este género no me hayas elegido
              a mí como interlocutor: ¿es que temes que te suponga una infamia ante la posteridad el
              que parezca que has sido mi amigo?». Según esa biografía, Augusto se enfadó con
              Horacio tras haber leído algunos de sus <hi rend="i">Sermones</hi> (o «Sátiras»; otros
              interpretan que se refiere al primer libro de las <hi rend="i">Epístolas</hi>) y
              comprobar que no lo mencionaba en ellos. Horacio dedicó, al fin, a Augusto la primera
                <hi rend="i">Epístola</hi> del segundo libro.</note>. La diferencia de este tiempo,
            en los efectos todos la vemos; en la causa, yo no la alcanzo, o no la entiendo; mas
            entiendo y alcanzo que no fueron aquellos siglos menos doctos ni menos conocedores de lo
            bueno, que son estos, ni la profesión<note place="bottom">La de la poesía.</note> en su
            esencia es diferente ahora que entonces. De mí le certifico a vuestra merced que la
            venero tanto, que por hallarme tan sin partes para ejercitarla, aunque no dificultara el
            hacer versos, me contentaría con tener caudal para escribir un pedazo de historia de mi
            patria, por ocupación honesta y por ser profesión que pide claridad, aunque me ha
            juzgado amigo de oscuridades. Y así, porque vuestra merced en el comento que imprimió al
            soneto de amor<note place="margin">En el fin de la Circe</note><note place="bottom">El
              «soneto de amor» (neoplatónico) es el célebre de Lope que comienza «La calidad
              elementar resiste», que aquel incluyó por primera vez en <hi rend="i">La dama
                boba</hi>, escrita en 1613 y publicada por vez primera en las <hi rend="i">Doce
                comedias… Novena parte</hi>, Madrid: Por la viuda de Alonso Martin de Balboa, 1617,
              v. 525-538, y que volvió a publicar en la última página de <hi rend="i">La
                Filomena</hi> (1621). Después, lo insertó de nuevo en la «Epístola nona», a
              Francisco López de Aguilar, que cierra <hi rend="i">La Circe</hi> (1624), seguido de
              un «comento» explicativo (f. 232r-236v), que es al que se refiere Colmenares.</note>
            cita el tratado <title>De laudibus amoris</title> del divino <persName type="authority"
              key="Hieroteo" precision="3">Hieroteo</persName><note place="bottom">En el f. 236r de
                <hi rend="i">La Circe</hi> («comento» al soneto citado en la nota anterior) dice
              Lope: «El divino Hieroteo, ‘de Amoris laudibus’, dize deste Amor, o sea Diuino,
              Angélico, o humano, que impele a las cosas superiores que miren las inferiores,
              ‘Prospiciant et consulant’, y que las iguales ‘inter se societate iungantur’, y que
              las inferiores ‘se conuertant ad superiora’». Poco después Lope cita el tratado <hi
                rend="i">De diuinis nominibus</hi> «de san Dionisio», esto es, el por entonces
              llamado san Dionisio Areopagita y hoy conocido como Pseudo-Dionisio Areopagita, un
              ignoto autor bizantino de en torno al s. VI que fue erróneamente identificado con el
              cristiano ateniense del s. I Dionisio Areopagita, quien habría sido convertido por San
              Pablo y al que se menciona en los <hi rend="i">Hechos de los Apóstoles</hi>; es en ese
              tratado <hi rend="i">De diuinis nominibus</hi> –uno de los textos que conforman el <hi
                rend="i">corpus</hi> neoplatónico a nombre del citado autor bizantino– donde se
              citan los fragmentos del <hi rend="i">De laudibus amoris</hi> de un <hi rend="i"
                >sanctissimus vir</hi> llamado Hieroteo. A ese tratado del pseudo-Dionisio es al que
              podría remitir Lope a Colmenares respondiendo a la petición que este le hace después
              (véase la última nota).</note>, y esta ciudad tiene a este glorioso padre por su
            primer obispo, conforme al <title>Chrónico</title> de nuestro español<persName
              type="authority" key="Flavio Dextro" precision="3">Flavio Dextro</persName><note
                place="margin">Dextro anno Christi 71</note><note place="bottom">Hieroteo, Jeroteo o Geroteo de Atenas es
              un personaje cuasi histórico, rodeado de brumas legendarias, al que se considera
              discípulo de San Pablo y primer obispo de Atenas. Se lo identificó, como indicábamos
              en nota precedente, con el personaje de ese nombre citado en las obras mal
              atribuidas a su supuesto discípulo Dionisio Areopagita, otro personaje también
              envuelto en la leyenda, como hemos visto. El <hi rend="i">Chronicon de Flavio Lucio
                Dextro</hi> es uno de los célebres «falsos cronicones» urdidos a finales del s. XVI
              por el falsario jesuita Jerónimo Román de la Higuera. El autor al que se lo atribuyó
              habría sido un prefecto hispanorromano del s. V, hijo del mismísimo san Paciano de
              Barcelona; esa obra espuria de Román de la Higuera corrió manuscrita hasta que
              apareció impresa a cargo del franciscano fray Juan Calderón, bajo el título de <hi
                rend="i">Fragmentum Chronici, siue Omnimodae Historiae Flauii Dextri Barcinonensis,
                cum Chronico Marci Maximi, et Additionibus Sancti Braulionis, et etiam Helecae
                Episcoporum Caesaraugustanorum</hi> (Zaragoza: Apud Ioannem à Lanaja, et Quartanet,
              1619); en la p. 15 y entre las anotaciones correspondientes al <hi rend="i">anno
                Christi</hi> 71 y al <hi rend="i">anno Romae</hi> 822 se lee: «S. Hierotheus natione
              Hispanus (quem a Paulo conuersum discipuli sui Dionysii gloria clarum fecit) ad
              Hispanias se contulit; prius Episcopus Atheniensis, post Segouiae in Areuacis
              Episcopus sanctitate mirandus habetur». Parece claro que Román de la Higuera,
              conocedor de la existencia del supuesto obispo de Atenas Jeroteo, inventó que este era
              oriundo de Hispania y que después de su episcopado en Grecia, lo habría ejercido en
              Segovia, donde la figura de ese san Jeroteo (o Geroteo) provocaría crudas
              controversias durante bastante tiempo después de Colmenares, quien, al parecer, sí
              creía en que ese supuesto santo había sido el primer obispo de su ciudad. De hecho, en
              su <hi rend="i">Historia de Segovia</hi> (cap. IV, §§. 4 a 10) da su traducción del
              pasaje arriba citado de Dextro (sin mostrar en ningún momento dudas sobre la
              autenticidad de su obra): «San Hieroteo, de nación español, que convertido por san
              Pablo le hizo esclarecido la gloria de San Dionysio su discípulo: vino a España,
              aviendo sido primero Obispo de Atenas, después Obispo de Segovia en los Arevacos, es
              tenido por admirable en santidad»; además, Colmenares se esfuerza en reconstruir, aun
              reconociendo que los datos no son en modo alguno seguros, la vida del santo obispo.
              Señalemos, en fin, que el mismo año de publicación de <hi rend="i">La Circe</hi> Tomás
              Tamayo de Vargas publicó una obra en defensa de Flavio Lucio Dextro y su cronicón: <hi
                rend="i">Novedades antiguas de España. Flavio Lucio Dextro caballero español de
                Barcelona prefecto-pretorio de Oriente governador de Toledo</hi>… (Madrid: Pedro
              Tazo, 1624).</note>, perdido tantos siglos con tanta pérdida nuestra como llora
              Baronio<note place="margin">Baron. to. 4 anno 492 num. 36</note><note place="bottom"
              >Cesare Baronio (1538-1637) fue un célebre historiador y cardenal, autor de unos
              exhaustivos y muy consultados <hi rend="i">Annales Ecclesiastici</hi> (Roma: Ex
              typographia Vaticana, 1588-1607). No fue muy apreciado en España debido a algunas
              afirmaciones suyas en las que ponía en cierta duda cuestiones tan sagradas como la
              venida de Santiago a esta nación. El lugar al que remite Colmenares está errado, pues el
              año 492 no se recoge en el tomo IV de los <hi rend="i">Annales</hi> de Baronio, sino
              en el VI; y hay además un error o errata por 392: en las noticias referentes a ese año
              dadas por el cardenal italiano no he logrado hallar lo que alega Colmenares. Allí se
              habla de un Dextro que fue: a) hijo de un personaje llamado Paciano, b) prefecto del
              pretorio, y c) amigo de san Jerónimo, y que seguramente sea el personaje, real e
              histórico, en el que se inspiró sin duda Román de la Higuera para inventarse su Lucio
              Flavio Dextro. Dice allí Jerónimo que se contaba que este Dextro había escrito una
              especie de historia universal que le había dedicado a él mismo, pero que aún no había
              logrado leerla. Pues bien, la expresión que emplea el santo para designar esa obra es
              precisamente «omnimoda historia», o sea, la misma que aparece en el título de la
              edición de 1619 del <hi rend="i">Cronicón</hi> de Lucio Flavio Dextro citada en
              nota anterior: por tanto, Román de la Higuera, como suele suceder en este tipo de
              fraudes literarios, combinó fantasiosamente unas cuantas noticias con base histórica
              para urdir su autor y su obra espurios y hacerlos pasar por reales. En esa edición de
              1619, al final, se recoge un «Catálogo de autores por los cuales ha sido asegurada la
              veracidad y autoridad» de la obra de Dextro: entre esos autores está el propio Román
              de la Higuera, y el penúltimo testimonio que se aporta es este (cuya primera parte
              coincide exactamente con lo que dice Colmenares): «Caesar Baronius tom. 4 anno Christi
              392 affirmat historiam Flauii Lucii Dextri in magnum damnum nostrum, et nocumentum
              multum periisse, eo quod non peruenerit aut accesserit tradenda manibus suis» («El
              cardenal César Baronio, en el tomo 4 y en el año de Cristo 392, afirma que la historia
              de Lucio Flavio Dextro se ha perdido para gran daño y mucho menoscabo nuestro, pero
              eso es porque ni llegó a sus manos ni nadie se la hizo llegar»). Todo es una completa
              superchería: Baronio no dice nada semejante a eso ni de lejos. Sobre todo ello puede
              verse la reciente contribución de Katrina B. Olds (2014).</note> y harto más España,
            le suplico me haga merced de comunicarme lo que hubiere visto de <pb n="f. 24v"/> la
            vida y escritos de este gran padre<note place="bottom"> En esta petición a Lope, al
              final de la polémica y visto el tenor de esta, sobre todo por parte de Colmenares,
              puede percibirse un tono de irónica burla dirigida contra los alardes de erudición
              lopesca; así lo apunta Tubau (2007: 160 y 2008: 381), y es bastante verosímil. Pero
              también es cierto que el erudito segoviano se hallaba en esos momentos recopilando
              información sobre la historia de su ciudad, uno de cuyos puntos más oscuros, por muy
              antiguo, era el de la existencia real de Jeroteo o Geroteo, supuesto primer obispo de
              la ciudad. En la obra histórica y corográfica que finalmente publicó afirma haber
              indagado mucho sobre ese asunto, consultando diversas fuentes y personas. Considero,
              pues, que esa petición a Lope debe tomarse medio en broma, medio en serio.
            </note>.</p>
          <p>Guarde nuestro señor a vuestra merced como deseo, que bien se me puede fiar, pues soy
            español y no poeta.</p>
          <p>De Segovia en 23 de abril de 1624 años.</p>
          <p>Licenciado Diego de Colmenares.</p>
        </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
