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      <titleStmt>
        <title>Noches claras [fragmento]</title>
        <author key="Faria e Sousa, Manuel de">Manuel de Faria e Sousa</author>
        <editor>Aude Plagnard</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
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          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
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        <respStmt>
          <name>Héctor Ruiz</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Muriel Elvira</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>Stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_nochesclaras</idno>
        <date when="2019"/>
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            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
        </availability>
      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <bibl><title><hi rend="i">Noches claras</hi></title>, En <pubPlace>Madrid</pubPlace>, por la <publisher>viuda de Cosme Delgado</publisher>, <date>1624</date>. BNE, R. 5924.</bibl>
        <bibl><title><hi rend="i">Noches claras, Divinas y humanas flores</hi></title>, <pubPlace>Madrid</pubPlace>, en la officina de <publisher>Antonio Craesbeeck</publisher> de Mello Impressor de S. Alteza. Año <date>1674</date>. BNE, R. 1098 P.</bibl>
      </sourceDesc>
    </fileDesc>
    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
    </encodingDesc>
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      <creation>
        <date when="1624"/>
      </creation>
      <langUsage>
        <language ident="es"/>
      </langUsage>
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  <text>
    <body>
      <!--
        <head>Datos bibliográficos</head>
        <table rend="left">
          <spanGrp type="colgroup">
            <span type="col" style="width: 50%" rend="col1"/>
            <span type="col" style="width: 50%" rend="col2"/>
          </spanGrp>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Manuel de Faria e Sousa</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Destinatario / dedicatario</cell>
            <cell>A Francisco de Lucena, del consejo de la Majestad de Felipe Quarto, su secretario de Estado en el Supremo de Portugal</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>
              <p>Noches claras, primera parte.</p>
              <p>Primera noche, «Partes de la conversación, Para los habladores en su lengua, y para los que sin su lengua hablan», Palestra IV, pp. 39-56</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>1624 / 1674</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>
              <p>1624: BNE, R. 5924 (repro micro)</p>
              <p>1624: BNR, R. 16350 (dig) variantes</p>
              <p>1674: BNE, R.016350 (dig) variantes</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Conceptos claves del documento</cell>
            <cell/>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell/>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell>No se cita explícitamente ningún poema de Góngora, sino tan solo a “los cultos” (p. 53).</cell>
          </row>
        </table>
        -->
      <div>
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. [Título] Las Noches claras: una miscelánea erudita en forma de diálogo</head>
          <p>No hay, en las publicaciones de Manuel de Faria e Sousa, detalle alguno que no sea
            pretexto para hablar de sí mismo y de su (anhelado, aunque moderado) éxito en la
            República de las letras madrileña. Así sucede con el título de obra aquí estudiada: las
              <hi rend="i">Noches claras</hi>.</p>
          <figure>
            <graphic url="https://gongoradigital.github.io/img/1624_nochesclaras/fig1.jpg"/>
          </figure>
          <p rend="center">Fig. 1. Portada, 1624</p>
          <p>El título se adecua perfectamente al contenido de la obra: una serie de diálogos que
            transcurren al atardecer, hasta bien entrada la noche, entre tres eruditos, un italiano,
            un español y un portugués, que debaten haciendo alarde de la máxima erudición, ante un
            selecto público de doctos gentilhombres<note place="bottom">A este público alude Faria
              al abrir la primera palestra de la obra en palabras de Elaso: «Pues en estas nocturnas
              conversaciones, los circunstantes, oyentes doctos, se han pagado (justamente) de la
              variedad para la hermosura de ellas, señalando un portugués, un italiano y un
              castellano…» (Faria e Sousa, 1624a: p. 1). Un poco más tarde, Elaso propone
              «españolizar» las referencias latinas, «porque se hallarán también aquí algunos
              señalados ingenios que sin noticia de la lengua latina necesiten de explanación»
              (Faria e Sousa, 1624a: p. 3; Pereira, 2015: 208). Los tres interlocutores de la
              palestra con frecuencia se dirigen a este público y lo implican en la conversación,
              como evidenciamos en la nota <ref xml:id="ref1" target="ref2">infra</ref>.</note>. La
            noche es el marco de sus encuentros y el concepto central para la estructura retórica
            del texto, organizado en siete noches, a la manera de un nocturno <hi rend="i"
              >Heptamerón</hi>. Las <hi rend="i">Noches</hi> del título remiten por tanto al marco
            de la ficción, a la par que convocan uno de los modelos antiguos más prestigiosos de la
            época en materia de erudición: las <hi rend="i">Noches áticas</hi> del gramático romano
            Aulo Gelio, una serie de ensayos de temas muy variados, a menudo sobre la lengua y la
            literatura, compuestos a lo largo de su estancia en Atenas, «durante las largas noches
            de invierno»<note place="bottom">«<hi rend="i">longiquis per hiemem noctibus</hi>» (Aulo
              Gelio, <hi rend="i">Noches áticas</hi>, I, prefacio, 4). Pereira, 2015: 206-207
              demuestra cómo Faria pudo tener acceso al texto.</note>.</p>
          <p>Los tres interlocutores del diálogo, Sannazaro, Elaso y Lusitano, se afanan en definir
            desde el inicio las bases de su intercambio, reflejando en eso el afán del mismo Faria
            de teorizar sobre el género y los principios éticos de su obra. Dedican pues la segunda
            «palestra» de la primera noche a elucidar este concepto –«¿Qué es noche, y la
            conveniencia que tiene con el estudio?»–, dedicando su reflexión «para las academias, y
            nueva caballería». Faria pretende aquí, ni más ni menos, reformar las normas de la
            conversación entre los miembros de la República de las letras. Las noches, tal y como se
            definen en esta segunda palestra, son «favorables al estudio» (p. 23) para quien no se
            entrega al estéril sueño, ni a las frivolidades del ocio y de la fiesta. Claras, estas
            noches lo son, por tanto, gracias a las luces que alumbran la tertulia y, en clave
            metafórica, por la erudita luz que arroja la sabiduría de los que en ella participan.
            Esta erudita y seria ficción parece encontrar una confirmación en los hábitos de trabajo
            de Manuel de Faria e Sousa, quien reivindicó desde la adolescencia el tópico del joven
            poeta apasionado y entregado al cultivo incansable de las buenas letras en las
            condiciones más adversas. Él mismo relata en sus memorias –la <hi rend="i">Fortuna de
              Manuel de Faria e Sousa</hi>– cómo, estando al servicio del Obispo de Oporto durante
            todas las horas del día, dedicaba a sus propias composiciones el descanso nocturno:</p>
          <quote>desde el amanecer hasta las diez de la noche, en doce años que le serví, no tuve
            para mí sino lo que iba de las diez de la noche al amanecer. Y era tal en mí la ansia de
            mis composiciones, que me ponía a ellas desde aquella hora y las más de las noches me
            acontecía el olvido de la cama, y cuando ya el sol me entraba por los resquicios de la
            ventana, estaba yo a la miserable luz de un candil soneteando. No era mucho esto en el
            verano, en el invierno sí era mucho y tanto que pudiera deshacer un cuerpo de bronce, ya
            no el mío, siempre debilísimo, porque el aposento que tenía era tan roto por el suelo y
            por los lados, que tenía una defensa en el candil para que el aire que entraba no me le
            apagase, y la de mi persona era el sencillo manteo de baeta<note place="bottom"><hi
                rend="i">Baeta</hi>, en portugués, designa un paño de lana; es quizás aquí un
              lusismo por «bayeta».</note>. Y así estaba, escribiendo y tiritando, hasta que la luz
            del día me quitaba de este martirio, que a mí me parecía tan glorioso que me enfadaba
            con el sol…<note place="bottom">Glaser, 1960: 141. La «Fortuna» es un manuscrito de
              memorias de Faria e Sousa, compuesto durante el año 1641, nunca impreso, y rescatado
              por Edward Glaser a partir de dos copias: una de la Biblioteca Pública e Arquivo
              Distrital de Braga (ms. 163) y otro que compró el propio Glaser y formaba parte de su
              colección privada en 1960 (véase Glaser, 1960: 14-15). </note>
          </quote>
          <p>Estas dramáticas y autocomplacientes escenas, situadas por el narrador por los años
            1606 o 1607, cuanto tenía alrededor de dieciséis años, indican una predisposición
            sufrida al estudio nocturno que se repite como <hi rend="i">leitmotiv</hi> en el relato
            de otras etapas de su vida, pues Faria siempre tuvo que dedicar la mayor parte del
            tiempo a su oficio de secretario<note place="bottom">Véase por ejemplo Glaser, 1960:
              185.</note>. Esto mismo se traduce aquí, en el ambiente más cómodo y próspero de la
            corte, con una brillante tertulia donde el interlocutor portugués, Lusitano, se
            convierte en el portavoz del mismo Faria.</p>
          <p>Pese a esta concordancia entre el título de la obra, su propósito y el carácter de su
            autor, parece que no fue este quien escogió llamar así a su obra. Si damos crédito a una
            singular anécdota contada <hi rend="i">a posteriori</hi> por el propio Faria en su <hi
              rend="i">Fortuna</hi>, el título le fue impuesto por la obstinada estrategia comercial
            del impresor<note place="bottom">Quizá Juan Delgado, el hijo de Cosme Delgado por cuya
              viuda, Juana Sánchez, fue firmada la impresión; o bien ella misma, bajo la doble
              máscara del anonimato y de la masculinización.</note>. He aquí cómo Faria, años
            después, cuenta la anécdota:</p>
          <quote>El librero que se encargó de esta impresión presumía de estudiante y sabía bien
            cuánto las vanidades atraen a sí a los humanos o a los que tienen cuando menos tanto de
            bestias como de hombres, como si fueran progenie de sátiros y centauros; aunque yo creí
            que esto en él era menos ciencia que naturaleza. Díjome que la venta de un libro
            constaba de extravagancias en el decir y de algún título campanudo<note place="bottom"
              >Glaser, 1960: 171.</note>. </quote>
          <p>Este «título campanudo», en palabras del impresor, es el que adorna la portada, junto
            con un sol que confirma la claridad allí aludida: «Hizo estampar en el rostro un sol, y
            díjome que con él nadie diría que las <hi rend="i">Noches</hi> no eran <hi rend="i"
              >claras</hi>. Véase la claridad del juicio con quien yo trataba, para haberle de
            reducir con razones»<note place="bottom">Glaser, 1960: 173.</note>. El sarcástico Faria
            e Sousa, poniendo en ridículo las pocas luces del impresor, se desvincula de la
            estrategia comercial y del conceptuoso juego emblemático de la portada (en verdad no muy
            sutil).</p>
          <p>Admitiendo la veracidad de la anécdota, el título revelaría pues, a través de la
            estrategia comercial del impresor, la adscripción genérica de la que este pretendía
            sacar partido para la venta y de la que se benefició efectivamente la obra de Faria<note
              place="bottom">Este aspecto de la anécdota ha llamado la atención de varios críticos.
              Véase Curto, 2003: 37-40 y Montero Reguera, 2006; Pereira, 2015. </note>. En efecto,
            la noche era el escenario de predilección de varias obras dialogadas de la época
            relacionadas con la novela corta: la <hi rend="i">Parte primera del libro intitulado
              Noches de invierno</hi> de Antonio de Eslava (En Brusselas por Roger Velpio y Huberto
            Antonio, 1610), serie de novelas cortas insertas en un diálogo dividido en tres noches;
            el <hi rend="i">Libro intitulado Noches entretenidas</hi> de Luis Álvarez (En Barcelona:
            en casa de Sebastian de Cormellas, al Call, 1626), cuatro novelas insertas en un marco
            dialogado; o las <hi rend="i">Noches de placer</hi>, que contienen doce novelas de
            Alonso Castillo Solórzano (En Barcelona: por Sebastian de Cormellas, Y a su costa,
            1631). En el caso del libro que nos ocupa, la empresa editorial era descaradamente
            engañosa: se trataba de vender bajo el aspecto de la narrativa, de la noche entretenida,
            un intercambio erudito que no compartía con ella más que el marco nocturno y la forma
              dialogada<note place="bottom">Véase el análisis de Montero Reguera, 2006.</note>. Al
            impresor lo movía una clara estrategia de venta, y así lo dijo rotundamente,
            contradiciendo a uno de los censores que criticaba la artificiosidad del título y de
            algunos fragmentos de la obra (volveremos a ello): «El señor Gregorio López no ha de
            vender este libro sino yo [el librero], y yo sé lo que me conviene para venderle»<note
              place="bottom">Glaser, 1960: 173.</note>.</p>
          <p>Además, pese a sus reparos iniciales, el mismo Faria e Sousa usó este título en
            beneficio propio, como relata a continuación en otra anécdota. Entrando un buen día en
            una librería, después de la publicación de su libro, escuchó en boca de uno de los
            clientes el comentario siguiente:</p>
          <quote>Dos autores hubo ahora que, ambos a un tiempo, nos dio el uno muy buenos <hi
              rend="i">Días</hi> y el otro muy buenas <hi rend="i">Noches</hi>»<note place="bottom"
              >Glaser, 1960: 174.</note>. </quote>
          <p>Faria, según él mismo confiesa, se sintió no poco halagado y creyó oportuno dejar
            constancia del apellido de este lector, Gracián Dantisco. No pudo tratarse, como
            advirtió Glaser en la edición que estamos manejando, del famoso autor del <hi rend="i"
              >Galateo español</hi>, Lucas Gracián Dantisco, fallecido en 1587. Faria indica que le
            era conocido «por sus estudios» y tenemos que suponer que se trataba de un erudito con
            ese mismo apellido, pero contemporáneo de nuestro autor<note place="bottom">Glaser,
              1960: 92, n. 205-206.</note>. La obra que propicia este juego de palabras entre los
              <hi rend="i">Días</hi> y las <hi rend="i">Noches</hi>, sería los <hi rend="i">Días de
              jardín</hi> de Alonso de Cano y Urreta, conocida en la época aunque llevaba publicada
            desde 1619 (en Madrid: por Bernardino de Guzman) y ya no era, en 1624, tan novedosa.
            Estas dos incongruencias o extrañezas –el nombre del erudito en cuestión y el carácter
            poco actual de la obra aludida– nos incitan a tomar con precauciones las afirmaciones de
            Faria: la anécdota probablemente no fue una pura invención, pero pudo ser adaptada de
            manera sustancial para cuadrar con el elogio que nuestro autor quería dedicarse a sí
            mismo, y dedicarle a su vez a Cano y Urreta y sus <hi rend="i">Días de jardín</hi>. Para
            ello, estaba dispuesto a olvidar todos sus reparos en cuanto al título elegido por el
            impresor, que tanto había criticado.</p>
          <p>Por su título, <hi rend="i">Noches claras</hi>, el libro también coincidía con otra
            obra contemporánea de gran éxito, <hi rend="i">Corte na aldea e noites de inverno</hi>,
            de Francisco Rodrigues Lobo (Em Lisboa: por Pedro Crasbeeck, 1619), un diálogo didáctico
            sobre la vida de corte que pronto se tradujo al español<note place="bottom">Rodrigues
              Lobo, 1622.</note>, entroncando con la tradición más amplia del tratado cortesano<note
              place="bottom">Pereira, 2015: 209-211 y 223-224.</note>. En este caso el parecido del
            título puede ser significativo. Ambas obras comparten el marco cortesano y también
            cierta intención prescriptiva, más visible en el título inicialmente previsto por Faria
            e Sousa: <hi rend="i">Discursos morales, políticos y satíricos</hi>. Con él, remitía a
            una clase de escritos abundantemente representada en aquellos años, y que el librero
            descartó por demasiado trillada<note place="bottom">«Porque sobraban libros con el
              [título] de moralidades y políticas» (Glaser, 1960: 172).</note>. En efecto, el
            sintagma «discursos morales» se empleaba con frecuencia para publicaciones relacionadas
            con la liturgia (véanse los <hi rend="i">Discursos morales para los miércoles, viernes,
              y domingos de la Cuaresma</hi> de Francisco Ignacio de Porres, o los <hi rend="i"
              >Discursos morales a los Evangelios de Quaresma</hi> de Francisco Enríquez). Asociado
            al adjetivo político, introducía tal vez una preocupación histórica, como en los <hi
              rend="i">Discursos morales, políticos e históricos</hi> de Antonio de Herrera y
              Tordesillas<note place="bottom">Herrera y Tordesilla, 1804.</note>. También coincidía
            de forma sorprendente con los <hi rend="i">Discursos varios políticos</hi> de Manuel
            Severim de Faria, publicados aquel mismo año, y que, por contener una <hi rend="i"
              >Vida</hi> de Luís de Camões, pronto interesaron a nuestro autor<note place="bottom"
              >Severim de Faria, 1624. Véase Faria e Sousa, 1639: t. <num>i</num>, col.
            15.</note>.</p>
          <p>Ahora bien, Faria no renunció a su intuición inicial –o así lo cuenta. Bajo el título
            restituido a su forma primitiva se estampó por segunda vez la obra en la imprenta de
            Diego Flamenco, sin duda más obediente a los deseos del autor, y que estaba entonces
            publicando también sus <hi rend="i">Divinas y humanas rimas</hi>. De esta reedición,
            solo conservamos menciones indirectas: una del mismo Faria en la <hi rend="i"
              >Fortuna</hi>, con fecha de finales de 1624 o principios de 1625<note place="bottom"
              >«También por este tiempo, en la oficina de Diego Flamenco, se volvieron a imprimir
              mis <hi rend="i">Noches</hi>, restituidas de su antiguo título de <hi rend="i"
                >Discursos morales, políticos y satíricos</hi>, limpios de aquellos nublados con
              sol, de que ya dije lo que basta», Glaser, 1960: 184.</note>; y otras dos de sus
            admiradores. Moreno Porcel, biógrafo de Faria e Sousa, menciona esta segunda edición y
            una segunda parte:</p>
          <quote>Estrenóse con la<hi rend="i"> Primera Parte de sus Discursos Morales, y
              Políticos</hi>, que imprimió con nombre de <hi rend="i">Noches Claras</hi>. Muy otra
            es hoy aquella<note place="bottom">Entiéndase: ‘La <hi rend="i">Primera parte de los
                discursos morales y políticos</hi> presenta hoy una versión revisada muy distinta a
              la de las <hi rend="i">Noches claras</hi>, bajo cuyo título se imprimió por primera
              vez’.</note>, como también la <hi rend="i">Segunda Parte de esos Discursos</hi>, que
            deben estimarse como primer fruto de este grande ingenio, no menos por su erudición, que
            es mucha, que por su enseñanza, que es buena<note place="bottom">Moreno Porcel, 1650:
              19.</note>. </quote>
          <p>Juan Félix Girón, en el «Elogio» a Faria e Sousa que abre su traducción del <hi
              rend="i">Nobiliario del conde de Barcelos</hi> da una lista de 45 libros redactados
            por nuestro autor. Indica para los <hi rend="i">Discursos políticos</hi> dos partes
            publicadas en Madrid, la primera en 1623<note place="bottom">Esta es la fecha que
              retuvieron los bibliógrafos modernos. Antonio, 1783: vol. I, p. 347 menciona tan solo
              «Discursos morales, y políticos: duabus partibus. Martiti 1623», sin asociarlo con las
                <hi rend="i">Noches claras</hi>, que se mencionan como primera edición de las <hi
                rend="i">Rimas</hi>, confundiéndolas sin duda con las <hi rend="i">Divinas y humanas
                flores</hi>. Este dato se encuentra copiado en Palau y Dulcet, 1948,
              t. <num>v</num>: 258, núm. 86668 y Clemente San Román, 1992: 912, núm. 2481, sin
              mayores precisiones.</note> y la segunda en 1626. No menciona, por cierto, las <hi
              rend="i">Noches claras</hi>, señal quizás de que su autor no las quiso conservar con
            ese nombre entre sus obras<note place="bottom">Faria e Sousa, 1646: ¶4v.</note>.</p>
          <p>En efecto, el afán de Faria e Sousa por restaurar la versión original de su obra no se
            debía solo al título, sino también a enmiendas textuales que había practicado el mismo
            impresor: unas «extravagancias en el decir» que mencionamos arriba citando la <hi
              rend="i">Fortuna</hi> y que según Faria, una vez introducidas por el impresor, habían
            desfigurado la primera plana entera y varios lugares sueltos en la continuación del
            texto. No disponemos, sin embargo, ni del manuscrito inicial de Faria, ni de ninguna
            copia impresa por Diego Flamenco para medir el alcance de estos arreglos
            editoriales…</p>
          <p>Recapitulando ya la historia de ambos títulos (y ambos textos), nos encontramos ante
            dos lógicas enfrentadas:</p>
          <p>– 1624, <hi rend="i">Noches claras</hi>: título y texto intervenidos por el impresor
            (¿Juan Delgado, hijo de Cosme Delgado y de su viuda Juana Sánchez?) y censurados por
            Faria. Sin embargo, es muy probable que fuera este el texto el que sirvió de base para
            la reedición de 1674 a cargo de su hijo. Los cambios que se encuentran en esta edición
            pueden ser de la autoría de Faría.</p>
          <p>– 1623 (o 24-25?) y 1626, primera y segunda parte de los <hi rend="i">Discursos morales
              y políticos</hi>, primera parte: versión original restituida por Faria e impresa por
            Diego Flamenco. De esta versión, recordada y celebrada por los biógrafos de Faria al
            final de su vida, solo se conocen menciones indirectas. No conservamos evidencia
            material que nos permita confirmar su existencia.</p>
          <p>La divergencia entre impresor y autor, de la que resulta el texto que conservamos,
            justifica el largo relato de la anécdota. Si la desarrolla tanto Faria, es porque le
            permite comentar un momento frágil, aunque decisivo, de su carrera literaria: el de su
            llegada a Madrid y de su estreno como autor ante la corte.</p>
        </div>
        <div>
          <head>2. [Autor] Los primeros años de un portugués en la corte madrileña</head>
          <div>
            <head>2.1. Sombra de las letras áureas</head>
            <p>Para quien frecuenta los escritos de la primera mitad del siglo XVII, Manuel de Faria
              e Sousa aparece como una sombra insistente: aunque no se cuente entre los grandes
              autores ni se le atribuya ningún papel creativo u original en el canon literario de la
              época, su nombre aparece de forma recurrente en la producción poética o
              historiográfica. Poco o mal apreciado por la crítica, fue sin embargo un
              imprescindible polígrafo en la primera mitad del siglo XVII, que se ilustró con
              notable prolijidad en una multitud de géneros –poesía, historia, bibliografía, prosa
              erudita– a la par que, como secretario de varias familias de la nobleza, manejaba una
              amplia documentación: sermones, correspondencias, genealogías y papeles varios. Nacido
              en Portugal, en Pombeiro (1590), y fallecido en Madrid (1649), amigo y admirador de
              Lope de Vega y detractor de Luis de Góngora, enemigo de Manuel de Galhegos y Agostinho
              Manuel de Vasconcelos y contrincante de Manuel Pires de Almeida, es una de las figuras
              más visibles de la República de las Letras luso-castellanas del reinado de Felipe IV.
              Fue, en palabras de Edward Glaser, «mozo de muchos amos» y su vida se vio marcada por
              el sucesivo servicio a algunos de los nobles más brillantes de la nobleza portuguesa
              en época de la monarquía dual: Gonçalo de Moraes, obispo de Oporto, de 1603 a 1617;
              Pedro Alvares Pereira, primo del anterior, conde de Muge y miembro del consejo de
              Portugal, de 1619 hasta su muerte en 1622; Manuel de Moura Corte-Real, marqués de
              Castelo-Rodrigo, de 1624 a 1634; finalmente, formó parte de los privados del marqués
              de Montebelo en los años que precedieron su muerte, el 29 de mayo de 1649<note
                place="bottom">Félix Machado da Silva, portugués oriundo de Braga, en el norte de
                Portugal, pasó por la corte de Madrid unos años después de la llegada de Faria e
                Sousa, alrededor de 1622, al principio del reinado de Felipe IV. Casado, a
                instancias de la corona, con la heredera del marquesado de Mortara, tardó un decenio
                hasta que se hiciera efectivo el reconocimiento del título de Marqués de Montevello,
                prometido en época de su matrimonio y otorgado en 1638, cuando Faría regrasaba a
                Madrid después de su aventura italiana. Montebello se encontraba en Madrid cuando
                estalló la Restauración de los Braganza, que le privó de sus rentas portuguesas e
                hizo peligrar sus derechos sobre sus tierras. En aquel decenio de 1640 se fecha la
                convivencia entre Montebello y Faria e Sousa, que encontró refugio en su casa, a
                quien dedicó la primera parte de la <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, y con quien
                publicó el <hi rend="i">Nobiliario del Conde de Barcelos</hi> en 1646.
                Véase Baladrón, 1987: 13-16.</note>. La calidad de su letra y su excepcional rapidez
              a la hora de poner papeles en limpio fueron las dos cualidades que le facilitaron
              cierto éxito en este empleo. Al margen de este oficio, ya hemos visto cómo se dedicaba
              en cuerpo y alma, y de forma nocturna, a su vocación de escritor. Su producción fue
              tan densa y su propensión a corregir y ampliar sus propios estudios tan rigurosa que
              todavía no se ha establecido con toda claridad la lista de las producciones que deben
              serle atribuidas<note place="bottom">Es uno de los objetivos del proyecto <ref
                  target="https://poligrafaria.hypotheses.org/"
                  >https://poligrafaria.hypotheses.org/</ref>.</note>. Además de una decena de
              títulos (la mayoría en varios tomos) que publicó durante su vida, dejó numerosos
              manuscritos que dio a la imprenta su hijo primogénito, Pedro de Sousa.</p>
            <p>La vida de Faria e Sousa tampoco ha sido objeto de un estudio histórico exhaustivo.
              Hasta la fecha, se conoce principalmente a través de tres <hi rend="i">Vidas</hi>
              redactadas durante los últimos años del autor desde puntos de vista muy parciales. La
              primera se debe a Lope de Vega quien, en señal de amistad estrecha, escribió justo
              antes de morir el «Elogio al comentador» que abre las <hi rend="i">Lusíadas
                comentadas</hi> publicadas por Faria en 1639<note place="bottom">Faria e Sousa,
                1639, f. †7r-††3v.</note>: veinte columnas de texto divididas en veintiséis
              apartados, cuyo propósito es elevar al comentador a la altura de su poeta Camões<note
                place="bottom">Núñez Rivera, 2018. </note>. La segunda fuente, mucho más extensa,
              son las memorias que redactó el propio Faria en torno a 1641 bajo el título de <hi
                rend="i">Fortuna</hi> para recalcar los infortunios que, a su parecer injustamente,
              había sufrido. Conservadas en dos manuscritos apógrafos, fueron rescatadas y editadas
              por Edward Glaser, quien también produjo el estudio biográfico más completo, hasta la
              fecha, sobre nuestro autor. Finalmente, existe el <hi rend="i">Retrato</hi> que le
              dedicó su amigo Francisco Moreno Porcel, probablemente a instancias del propio
                Faria<note place="bottom">Joseph Roussiès encontró recientemente en una de las
                versiones manuscritas de la <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, segunda parte (BNP,
                cód. 13137, que sirvió de manuscrito de impresión para los tomos que lo fueron), un
                cuaderno de «elogios», de formato más pequeño y añadido después de la redacción del
                conjunto, que incluye, además de un poema autógrafo de Lope de Vega, una versión de
                este elogio de Porcel, copiada de mano del mismo Faria. Véase Roussiès, en
                preparación, vol. <hi rend="sc">ii «</hi>corpus diacrónicos», 1642-1646.</note>.
              Este <hi rend="i">Retrato</hi> se publicó un año después de la muerte del autor, y
              constaba de una biografía, una relación de sus obras y una transcripción de los
              elogios que recibió en vida de otros autores de su tiempo<note place="bottom">Moreno
                Porcel, 1650.</note>.</p>
            <p>Estas tres vidas, que se deben a la iniciativa del propio Faria e Sousa y emanan de
              su esfera más íntima, solo parcialmente fueron contrastadas con fuentes archivísticas.
              Sin embargo, tal confrontación ha dado excelsos resultados: como en el caso del
              estudio del proceso del Marqués de Castelo-Rodrigo, tercer señor de Faria e Sousa, a
              quien este acusó ante el conde duque de Olivares de traición a la corona y de
                sodomía<note place="bottom">Véase el apasionante artículo de Martínez Hernández,
                2012. La acusación desembocó en un proceso, pero ninguna condena fue pronunciada
                contra el marqués ni contra sus supuestos cómplices. Faria e Sousa salió bastante
                debilitado de este delicado episodio jurídico.</note>. A escala de la vida de Faria,
              esta tarea permitiría sin duda contrastar y matizar los testimonios del autor. En el
              marco de este estudio, nos centraremos de forma privilegiada en los años de la
              publicación de las <hi rend="i">Noches claras</hi> en Madrid.</p>
          </div>
          <div>
            <head>2.2. Los Álvares Pereira</head>
            <p>Fue a inicios del año 1619 cuando Faria e Sousa, instalado en la Quinta da Caravela,
              una propiedad campestre de sus padres cerca de Oporto, con sus tres hijos recién
              nacidos y su mujer, de cuya dote vivía, determinó emprender de nuevo carrera con los
              grandes. Entró entonces en relación con Pedro Álvares Pereira, primo del obispo de
              Oporto, que ya había podido apreciar su letra y su escritura a través de documentos
              llevado a Madrid su hermano, Diego de Sousa. En marzo de 1619 salió para Madrid, donde
              entró, probablemente a lo largo del mes de abril al servicio de Álvares Pereira.</p>
            <p>Era este uno de los nobles portugueses más influyentes de la corte de Felipe III. Su
              padre, Nuno Álvares Pereira (¿?-1586), había sido pieza clave de la sucesión española
              al trono de Portugal. Bajo la dinastía de Avis, había seguido una exitosa carrera
              administrativa en la que destacó como rector de la Universidad de Coimbra, ayo del
              infante don Duarte y, después de la muerte de este en 1543, servidor del cardenal
              infante D. Enrique y finalmente embajador extraordinario. En 1578, cuando se produjo
              el desastre de Alcazarquivir, Nuno Álvares Pereira se encontraba en Madrid donde
              negociaba con Felipe II la participación económica y militar de Castilla en la
              expedición a Marruecos. Se quedó entonces al servicio de Felipe II y apoyó y asesoró a
              Cristóbal de Moura (a cuyo hijo serviría Faria unos años más adelante) en la
              negociación de la sucesión al trono portugués con el Rey Enrique. Durante el proceso
              de anexión de Portugal por Felipe II, fue secretario de Estado de Portugal, trabajó
              codo con codo con Mateo Vázquez y Gabriel de Zayas, y participó en 1581 en las Cortes
              de Tomar. En 1583, fue uno de los cinco primeros miembros del Consejo de Portugal y
              secretario del mismo consejo<note place="bottom">Véase la noticia biográfica de
                Labrador Arroyo (s. d. 1) y el artículo de Fernández Conti, 1998a.</note>. Pedro
              Álvares Pereira (ca. 1560-1622), hijo de Nuno, heredó el cargo y conservó una
              influencia decisiva hasta los primeros años del siglo XVII, cuando Felipe III alejó de
              la corte a su protector, Cristóbal de Moura, y renovó el personal del Consejo. Pronto
              recuperó un papel preponderante al ponerse al servicio del duque de Lerma, tanto es
              así que se vio involucrado en varios escándalos relacionados con el servicio del
              valido y finalmente fue manchado por su caída, en 1617. En 1619, cuando Faria e Sousa
              entró en contacto con él, estaba en una fase más bien próspera: recuperado su puesto
              en el Consejo de Portugal, acompañó de mayo a octubre de 1619 a Felipe III en su
              visita a Lisboa, y en 1622 recibió el título de conde de Muge, localidad de la que ya
              era señor<note place="bottom">Véase la noticia biográfica de Labrador Arroyo (s. d. 2)
                y el artículo de Fernández Conti, 1998b.</note>. Murió aquel mismo año, el 5 de
              agosto, dejando a Faria e Sousa sin protector en la Corte.</p>
            <p>Faria admiró a estos dos personajes, Nuno y Pedro Álvarez Pereira, y los alabó
              explícitamente como servidores portugueses del rey castellano. Del padre, destaca la
              inteligencia política y la probidad<note place="bottom">Glaser, 1960: 162-163.</note>.
              Del hijo, la prodigalidad y el buen gusto para la vida lujosa, que hizo de él uno de
              los personajes más espléndidos del Madrid de Felipe III, en especial para la mesa<note
                place="bottom">Glaser, 1960: 163-164, 169-170.</note>. Según el testimonio de Faria,
              tenía uno de los mejores cocineros de la época y de hecho le perdió su excesivo
              apetito: estando enfermo de la gota, murió por una «ensalada, que le destempló de
              manera el vientre que vino a morir de esta destemplanza en agosto, día de Nuestra
              Señora de las Nieves del año 1622, que fue el último día de mis esperanzas»<note
                place="bottom">Glaser, 1960: 170.</note>.</p>
            <p>La decepción de Faria e Sousa no se debía tan solo a la pérdida de su empleo. De
              algunas alusiones discretas en la <hi rend="i">Fortuna</hi>, deducimos que Faria
              pretendía en realidad pedir al Consejo de Portugal alguna renta o tal vez algún cargo,
              y que Pedro Álvares Pereira, por su posición eminente e influyente, le parecía el
              mejor defensor de sus intereses<note place="bottom">«Quedéme en la casa de Pedro
                Álvarez Pereira, con aquella esperanza de que presto volvería a mi patria, adonde no
                dudaba conseguir el fin de mi pretensión» (161), «pareciéndome que allá [en
                Portugal] no podría él tan poco que no pudiese hacer lo que yo pretendía, pues nunca
                pretendí mucho y los que llegaron a poder tanto, nunca dejan de tenerle para
                menudencias» (164), «Di cuenta a Pedro Álvarez Pereira de la poquedad de mi
                pretensión y del gran deseo de quedarme en mi patria adonde tenía mi mujer y mis
                hijos. Respondióme que ya veía yo el estado de las cosas y que en Madrid podrían
                tener algún expediente; que se holgaría que yo le siguiese» (165), Glaser,
                1960.</note>. Ahora bien, su muerte aconteció en el momento más favorable para
              ambos:</p>
            <quote>También por este tiempo atendía ya Pedro Álvarez Pereira al despacho de mi
              pretensión en el Consejo de Portugal, que residía en Madrid. Mas como también entonces
              había fallecido (al principio del año [1621]) el rey don Felipe Tercero, en cuyo
              último gobierno no había podido Pedro Álvarez conseguir la remuneración debida a
              tantos méritos en tantos años, diose con más calor a conseguirla con el nuevo gobierno
              del rey Felipe Cuarto, porque él y sus ministros habían dado grandes muestras de
              mejorías en responderse [<hi rend="i">sic</hi>] a las justas pretensiones. Decíame él
              que no me molestase porque con su despacho había de ser mejor el mío; y podíalo yo
              creer seguramente si le viera llegar al logro de él. Estos días se pasó a vivir a la
              entrada de la calle del Espejo, cuando se va de palacio a aquella parte. Andaba ya muy
              alcanzado de salud y dábame mucho más cuidado por sí que por mí, porque más amaba yo
              su vida que mis esperanzas. Estaba ya decretado para el título de conde de Muge, villa
              de que era señor, puesta a la margen del Tajo, no lejos de Lisboa, con otras mercedes;
              y entre ellas, la ocupación de una embajada de las principales, más de cuál fuese no
              me acuerdo<note place="bottom">Glaser, 1960: 169. </note>. </quote>
            <p>La fortuna de su protector, y la suya, se vinieron pues abajo cuando más cerca
              parecían de alcanzar su propósito.</p>
          </div>
          <div>
            <head>2.3. «porque me dieron en los ojos rayos del sol, que tiene por blasón…»:
              Francisco de Lucena, sol de las <hi rend="i">Noches claras</hi></head>
            <p>Muy al contrario de lo que pretende Faria en su <hi rend="i">Fortuna</hi>, ni su odio
              por Madrid, ni la muerte inoportuna de su protector fueron suficientes para hacerle
              abandonar sus ambiciones y regresar a Portugal. Al contrario, siguió pretendiendo el
              amparo del Consejo de Portugal y dedicó para ello las <hi rend="i">Noches claras</hi>
              a unos de sus miembros, «Francisco de Lucena del consejo de la Majestad de Felipe IV,
              su secretario de Estado en el supremo de Portugal». Al relatar sus desacuerdos con el
              impresor que desfiguró sus <hi rend="i">Discursos morales</hi>, Faria reconoce dos
              poderosos motivos que le llevaron a cerrar el negocio a pesar de su repetida
              repugnancia: la «necesidad» económica y la convicción de que «ganaría con la
              dedicatoria de este libro la buena gracia del secretario Francisco de Lucena, poderoso
              a cosas más difíciles»<note place="bottom">Glaser, 1960: 172.</note>.</p>
            <p>Francisco de Lucena (1578-1643), de origen portugués, era miembro del Consejo de
              Portugal y estaba asentado en Madrid desde 1614. Hijo de un jurisconsulto al servicio
              de la familia de Braganza, Alfonso de Lucena, había prosperado en Castilla al amparo
              de su tío, Fernando de Matos, canónigo, miembro y secretario del Consejo de Portugal
              desde 1609<note place="bottom"><ref
                  target="http://dbe.rah.es/biografias/54493/fernando-de-matos"
                  >http://dbe.rah.es/biografias/54493/fernando-de-matos</ref>. En 1640, Francisco de
                Lucena alcanzó cierta fama al ser el primero en ejercer el cargo de primer ministro
                de João IV después de la Restauración aunque fue ejecutado por traición al poco
                tiempo, en 1643. </note>. La dedicatoria de Faria lleva la fecha del 7 de febrero de
              1624 y tenemos indicios de que el libro se empezó a vender en la primavera de ese año.
              A esas alturas, el título apócrifo de la obra ya estaba fijado y Faria no dejó de
              aprovecharse sin melindres de las oportunidades que le ofrecían. En efecto, toda la
              dedicatoria se construye en torno a la imagen del dedicatario como sol de las <hi
                rend="i">Noches claras</hi>, motivada por el apellido Lucena y su escudo de armas:
              un sol de oro en campo azul con orla de plata adornada de ocho cruces verdes<note
                place="bottom">Gayo, 1992: t. <hi rend="smallcaps">xvii</hi>, 244.</note>. Así, a
              Faria, «le dieron en los ojos rayos de sol» de don Francisco; fue su padre otro astro
              que la muerte llevó «al Poniente», mientras que «en la mañana de los días de Vuestra
              Merced reverbera de manera que viene a hacer un ilustre Oriente del ocaso de tal
              padre». El sol es figura luminosa a la par que circular, a la manera del sol «girante»
              que describe Faria en un singular soneto citado en el fragmento que editamos<note
                place="bottom">Sousa, 1624a: 4vº. Véanse las notas <ref xml:id="ref3" target="ref4"
                  >141</ref> y <ref xml:id="ref5" target="ref6">148</ref>.</note>. Sin apartarse de
              su metáfora heráldica, Faria insiste luego en que Fernando de Matos es «esplendor» que
              todavía brilla en la corte después de retirarse de sus cargos y que persevera en su
              heredero Francisco de Lucena. Le dedica pues, «noches con sol», es decir, noches a su
              imagen, y se despide deseándole de manera nada sutil: «Dios guarde a Vuestra Merced
              tan felizmente que fije su sol en cénit de prosperidades, dilatando sus días para
              mayor ventura de mis <hi rend="i">Noches</hi>». Más allá de la figura retórica y
              astrológica y de la imagen tenaz, si no elegante, reconocemos aquí una estrategia
              cortesana de Faria e Sousa, la misma que había empleado con Pedro Álvarez Pereira: el
              asociar su éxito como escritor nocturno al de un noble, destinado a medrar en la
              corte.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>3. [Cronología] De 1610 (nacimiento del proyecto en manuscrito portugués) a 1624
            (publicación en castellano)</head>
          <p>En esta época de transición en la vida de Faria e Sousa, la publicación de las <hi
              rend="i">Noches claras</hi> marca un hito importante. Era la primera vez que imprimía
            un libro suyo, empujado por el fervor literario de Madrid, cuyas academias frecuentó, y
            donde sin duda deseaba tocar un público que nunca antes habría podido alcanzar en la
            región de Oporto. Este <hi rend="i">debut</hi> en el mundo del impreso madrileño
            coincide con la adopción de la postura resueltamente anti-gongorina de Faria.</p>
          <div>
            <head>3.1. «Ocho libros escribí, y por ser este el primero que imprimo…»</head>
            <p>Con estas palabras abre nuestro autor la dedicatoria a Francisco de Lucena,
              destacando el valor fundacional de las <hi rend="i">Noches claras</hi> en su carrera
              literaria y, al mismo tiempo, llamando la atención del lector sobre la importancia de
              su producción anterior. Esta, aunque manuscrita, no dejaba de aportar la garantía de
              que no era en ningún caso, con treinta y cuatro años, un autor novicio. Así debutaba
              Faria en la corte cultivando una imagen de autor experimentado, que consolidó con todo
              lujo de detalles en la <hi rend="i">Fortuna</hi>. En su autobiografía, afirma que
              nunca dejó de componer desde la adolescencia y da indicios para fechar el inicio de la
              redacción de unos <hi rend="i">Discursos políticos</hi> (la versión primitiva de
              nuestras <hi rend="i">Noches claras</hi>) en torno a 1610. Cuenta cómo, mientras
              oficiaba como secretario en casa del obispo de Oporto (desde 1604), empezó a componer,
              con verdadero frenesí, rimas y libros imitados de sus lecturas varias: «Cada semana
              hacía uno, o a lo menos lo empezaba…»<note place="bottom">Glaser, 1960: 140. Entre sus
                lecturas, Faria señala algunas obras recientes, demostrando haber tenido acceso
                también a las novedades de la época a lo largo de su estancia en Oporto: «Era
                entonces fresco el que se intitula <hi rend="i">Primavera</hi>, de Francisco
                Rodríguez Lobo, y muy estimado en el reino. Parecíame a mí que no podría llegar a
                mayor bienaventuranza que a hacer otro como aquel; y también entraba en esta cuenta
                la <hi rend="i">Diana</hi> de Jorge de Montemayor, sin que le valiese el ser
                entonces vedada por la santa inquisición; y la <hi rend="i">Arcadia</hi> y los <hi
                  rend="i">Pastores de Belén</hi> de Lope de Vega, y <hi rend="i">Don Quijote</hi> y
                las <hi rend="i">novelas</hi> y aun la <hi rend="i">Galatea</hi> de Miguel de
                Cervantes. También tenía su lugar el <hi rend="i">Clarimundo</hi> de Juan de Barros
                y el <hi rend="i">Palmerín de Inglaterra</hi> de Francisco de Morales…» (<hi
                  rend="i">ibídem</hi>). Estas lecturas empezaron alrededor de 1604, cuando la <hi
                  rend="i">Primavera</hi> de Rodríguez Lobo, publicada en 1601, era todavía fresca.
                Y se extiende hasta 1613, por lo menos, con la publicación de las <hi rend="i"
                  >Novelas ejemplares</hi> de Cervantes.</note>. Entre tan desaforado número de
              escritos, destaca «un libro de pastores a lo humano y otro a lo divino» en prosa y
              verso, «por quebrar los ojos a Lope de Vega»; un libro de caballerías en prosa con
              algunas canciones intercaladas; y gran cantidad de rimas varias de tema amoroso. Este
              primer fervor literario se vio interrumpido un poco más tarde cuando empezó a leer a
              Camões: de esta época datan sus primeros borradores de comentarista y sus primeros
              pasos como ferviente admirador de un autor a quien, unos decenios más tarde,
              encumbraría como «Príncipe de los poetas de España». En 1609 ganó con un soneto de
              catorce versos sacros el premio de una justa poética en Oporto y empezó «a tener
              nombre de poeta público»<note place="bottom">Glaser, 1960: 142-143. ¿Será este soneto
                el soneto 100, «Viendo el grande Alexandro igual desprecio», publicado en las <hi
                  rend="i">Divinas y humanas flores</hi> (Faria e Sousa, 1624c: 27r-v), con versos
                de Horacio, Camões, Boscán, Serafino, Vasco Mousinho de Quevedo, Garcilaso, Hernando
                de Herrera, Diogo Bernardes, Lope de Vega, Guarino, Francisco Rodrigues Lobo, Diogo
                de Mendoça y Petrarca?</note>. De estas primeras obras de juventud no quedan
              vestigios, pues el mismo Faria quemó, según dice, la mayor parte de ellas.</p>
            <p>Alrededor de 1610, ya con veinte años, empezó una correspondencia amorosa con una
              monja de un convento vecino que marcó el principio de su interés por los asuntos
              amorosos. Señala este momento como el inicio de un nuevo tipo de escritura, donde
              dominan temas más graves como la historia y la política:</p>
            <quote> Esto me hizo aplicar vivamente a la cultura del estilo, así en las prosas como
              en los versos, y empecé de nuevo a tomar mayores asuntos, así en rimas varias como en
              un poema distribuido en 17 cantos, que en algunas dos mil estancias contenían las
              vidas y acciones de los 17 reyes que Portugal tuvo; y otro libro de discursos morales
              y políticos; y otro que venía a ser casi como la <hi rend="i">Oficina</hi> de Ravisio,
              porque, como no la había visto hasta entonces, iba componiendo otro de lo mucho que
              leía. Ya en este tiempo me aplicaba a las historias, no solamente con leerlas, mas con
              escribirlas y, como quien no dice nada, di principio a la general del
                reino<!-- X : 2019-08-19T11:33:00
référence. --><note place="bottom">Glaser,
                1960:</note>. </quote>
            <p>Este testimonio nos interesa especialmente pues hace remontar a 1610 la composición
              de un texto que podría ser la primera versión de los <hi rend="i">Discursos morales y
                políticos</hi>, catorce años antes de la publicación de la supuesta primera parte
              bajo el nombre alterado de <hi rend="i">Noches claras</hi>. Parece, pues, evidente que
              el proyecto de Faria de ilustrarse en este género erudito era antiguo y tenaz. Este
              testimonio también nos confirma que maduró largo tiempo sus proyectos, no dudando en
              multiplicar las versiones de sus escritos. En 1614, recién casado, quemó por segunda
              vez casi todos sus papeles y, entre ellos, unos «discursos políticos»<note
                place="bottom">«Entonces fueron castigados con otra inquisición de fuego los
                escritos que reservé en la primera, y lo más de los que habían sucedido a aquellos.
                Ardieron copiosas rimas; ardió aquel llamado poema, que ya dije, de los 17 reyes, en
                17 cantos, porque, aunque tenían muchas estancias felices, todo lo otro, que es lo
                más importante, iba perdido; ardieron discursos políticos; ardieron pedazos de
                historia; perdonando de todo esto a algunas cosas que me parecían más sufribles y
                que adelante publiqué y de que aun más adelante me arrepentí…», Glaser, 1960:
                153.</note>. Algo pudo quedar de ellos, sin embargo, a partir de lo cual Faria
              reescribiría una nueva versión, a su vez traducida al castellano cuando llegó a
              Madrid. Faria justifica en efecto haber cambiado de idioma de escritura con el cambio
              de reino<note place="bottom">Glaser, 1960: 156.</note>.</p>
            <p>La cronología señalada por Faria para la escritura de las <hi rend="i">Noches
                claras</hi> es, por tanto, extremadamente amplia. Aunque carecemos de datos
              materiales para contrastarlo, la hipótesis que podemos formular es la siguiente. La
              redacción de algunos <hi rend="i">Discursos políticos</hi>, emprendida en torno a
              1610, habría llegado –después de varias destrucciones parciales– a una primera versión
              portuguesa anterior a 1619. Esta fue traducida luego al castellano a principios de los
              años 1620, y sin duda ampliada y corregida en este idioma por el mismo Faria. Según
              toda probabilidad, entregaría el texto al impresor en los primeros meses de 1623.</p>
            <p>La cronología de la impresión también merece un comentario. Las negociaciones con el
              impresor fueron intensas, pero probablemente cortas: en cuanto accedió a los cambios
              que reclamaba el impresor, recibió al cabo de una semana su texto corregido. Enseguida
              («Luego», dice Faria<note place="bottom">Glaser, 1960: 173.</note>), empezaron los
              trámites para autorizar la publicación. Las autorizaciones llegaron con rapidez, entre
              el 18 de junio y el 27 de julio de 1623<note place="bottom">La aprobación y licencia
                de Vicente Espinel el 18 de junio de 1623 y la de Diego Vela el 22 de junio; la
                aprobación del Fray Lucas de Montoya, firmada desde el convento de Nuestra Señora de
                la Victoria en Madrid, el 19 de julio ; y la suma de privilegio de Lázaro de Ríos el
                27 de julio.</note>, y su contenido nos da interesantísimos indicios sobre la
              actividad editorial de Faria en aquel verano. Tanto Vicente Espinel como Diego Vela
              Lucas Montoya examinaron las <hi rend="i">Noches claras</hi> junto con las <hi
                rend="i">Divinas y humanas flores, primera y segunda parte</hi>, que fueron impresas
              el mismo año en Madrid, por Diego Flamenco «y a su costa», según indica la portada. La
              Suma de privilegio también se extiende a los dos volúmenes<note place="bottom">Las
                autorizaciones del Maestro Vicente Espinel, de Fray Lucas de Montoya y el privilegio
                firmado por Lázaro de Ríos aparecen reproducidas en las <hi rend="i">Divinas y
                  humanas flores</hi> (f. ¶2v, ¶3r y ¶3v respectivamente).</note>.</p>
            <p>De modo que las <hi rend="i">Noches claras</hi> fueron el primer impreso de Faria por
              la diligencia del impresor más que por la intención del autor, que estaba tramitando
              al mismo tiempo varios libros con varios impresores. El 7 de febrero de 1624, cuando
              ya estaría el libro por salir del taller, firmó la dedicatoria. Dos semanas después,
              el libro ya había llegado de vuelta a la administración competente<note place="bottom"
                >La fe de erratas fue firmada el 19 de febrero por el licenciado Murcia de la Llana
                y la tasa el día 21 por Lázaro de Río, quien ya había otorgado el
              privilegio.</note>. En cambio, las <hi rend="i">Divinas y humanas flores</hi> no
              fueron examinadas para la fe de erratas y la tasa hasta el 25 y 26 de noviembre de
              1624, respectivamente, después de que Faria firmara la dedicatoria el 12 del mismo
              mes. Posterior también a febrero de 1624 debió de ser la publicación de una breve
              fábula cristiana en octavas intitulada <hi rend="i">Muerte de Jesús, llanto de
                María</hi>, que Faria mandó imprimir en la imprenta de Juan Delgado y no lleva otra
              fecha que el año<note place="bottom">Esta vez la portada indica explícitamente el
                nombre del impresor, al contrario de las <hi rend="i">Noches claras</hi>.</note>.
              Para la fábula de <hi rend="i">Narciso y Eco</hi>, publicada en Lisboa, solo
              conservamos la fecha del 20 de noviembre de 1623 de la dedicatoria a Lope de Vega<note
                place="bottom">Las licencias, anunciadas en la portada, están ausentes en el
                ejemplar BNE, R/1430, único identificado hoy en día. Todavía no he podido documentar
                un viaje de Faria a Lisboa en esta fecha.</note>. Hemos de suponer, sin embargo, que
              este diminuto volumen, formado por un único folio <hi rend="i">in duodecimo</hi>, no
              había llegado a Madrid en febrero de 1624, cuando Faria compuso el prólogo a las<hi
                rend="i"> Noches claras</hi>.</p>
            <p>Así, para el público madrileño, estas últimas fueron efectivamente el primer volumen
              asociado con el nombre del prolífico portugués, aunque fue seguido en un plazo muy
              breve por otras tres otras obras impresas del mismo autor.</p>
          </div>
          <div>
            <head>3.2. «en este tiempo andaba en los cuernos de la luna…»: la conversión de Faria e
              Sousa al anti-gongorismo</head>
            <p>Faria descubría, en aquellos años, la corte y sus habitantes. Aunque fue sumamente
              discreto al respecto en su <hi rend="i">Fortuna</hi>, trabó amistad con Miguel Botelho
              de Carvalho, otro autor de origen portugués, que publicó en Madrid dos obras antes de
              viajar a Asia como secretario de don Francisco da Gama, conde da Vidigueira y desde
              1622 virrey de la India. Faria e Sousa le dedicó dos poemas de elogio, uno en la <hi
                rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi>, publicada en otoño de 1621<note
                place="bottom">Carvalho, 1621.</note>, y otro en las <hi rend="i">Prosas y versos
                del pastor de Clenarda</hi> que salieron de la imprenta unos meses más tarde, a
              finales del invierno de 1622<note place="bottom">Carvalho, 1622.</note>. En los
              paratextos de estas obras, donde se documentan las afinidades entre los poetas del
              tiempo, Faria se codeaba con varios poetas cercanos a Lope de Vega, su mentor y modelo
              desde la adolescencia. Botelho de Carvalho y algunos de estos poetas habían
              participado en los certámenes poéticos que organizó y luego publicó en 1620 el Fénix
              para celebrar la canonización de San Isidro: Francisco de Tapia y Leiva, Francisco de
              Francia y Acosta, Miguel da Silveira, António Lopes de Vega y Jerónimo de la Fuente.
              Estos tres últimos eran portugueses asentados en Madrid, como tal vez también eran
              Simón de Nisa (Simão de Niza) e Inés de Peralta.</p>
            <p>Desde el inicio Lope de Vega fue el centro del mundo poético de Faria e Sousa<note
                place="bottom">Lo recalcó Edward Glaser en un breve análisis de las composiciones de
                elogio que intercambiaron Lope y Faria (Glaser, 1960: 57-58) y abordaron también el
                tema Figueiredo, 1938, Rodríguez Cepeda, 1980 y Heiple, 1994, citados por
                Pérez-Abadín Barro, 2017: n. 8.</note>, con una insistencia que merece ser
              recalcada: es el único autor de un poema de elogio paratextual en las <hi rend="i"
                >Noches claras</hi> y en las <hi rend="i">Divinas y humanas flores</hi><note
                place="bottom">«Dio Apolo, como al griego y al latino, / Parnaso en España…» (Faria
                y Sousa, 1624b: f. 3¶v).</note>, y a él va dedicada la <hi rend="i">Fábula de
                Narciso y Eco</hi>. Hemos de suponer que la presencia excepcional de Lope en el
              inicio de la carrera impresa de Faria es consecuencia de una estrategia deliberada por
              parte de nuestro autor: en lugar de multiplicar las amistades, recurrió a quien
              juzgaba ser el mejor poeta de la época, del que obtuvo elogios encarecidos. La décima
              de Lope que encabeza las <hi rend="i">Noches claras</hi> no escatima los halagos
              –excesivos, como veremos más adelante– sobre la erudición de Faria:</p>
            <quote>
              <lb/>Peregrina erudición <lb/>de varias flores vestida, <lb/>enseñanza entretenida
              <lb/>y sabrosa corrección <lb/>fuerzas del ingenio son, <lb/>dulce pluma y docta mano
              <lb/>de un filósofo cristiano, <lb/>Sosa, de las letras sol, <lb/>Demóstenes
                español<note place="bottom">Un título que también se atribuiría a Espinosa Medrano,
                «Demóstenes indiano», en el paratexto del Apologético (Espinosa Medrano, 2017:
                b2v).</note>
              <lb/>y Séneca lusitano<note place="bottom">Este poema se incluyó en el tomo XXVII de
                la <hi rend="i">Colección de las obras sueltas así en prosa, como en verso</hi>
                compilada bajo la autoridad del impresor Antonio de Sancha en Madrid entre 1776 y
                1779 (<ref target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000038925&amp;page=1">Vega,
                  1778: 264</ref>).</note>. </quote>
            <p>Además de seguirle a Faria el juego de la erudición, Lope no dudaba en presentarlo
              como astro de la República de las letras, abarcando la antigüedad griega y latina
              tanto como España y Lusitania. Sobre todo, lo igualaba al mayor de los oradores
              antiguos, Demóstenes, y al que, a ojos de Lope, debía de ser el mayor filósofo moral
              de todos los tiempos, Séneca. El amparo y la destacada amistad de Lope propiciaron el
              debut del prolífico Faria en la corte. También explican, sin duda, su repentina
              conversión a un antigongorismo feroz del que las <hi rend="i">Noches claras</hi> son
              el primer testimonio<note place="bottom">Esta cuestión, objeto de la presente edición,
                ya fue abordada en Pereira, 2015 y 2018.</note>.</p>
            <p>Faria e Sousa multiplicó los indicios y las anécdotas que permiten leer sus primeros
              años en Madrid como el teatro de una verdadera conversión poética –o cambio de bando–:
              después de pecar de gongorizante, según su propio testimonio, se convirtió en uno de
              los detractores más feroces de los cultos<note place="bottom">Pese a su rechazo
                violento a las <hi rend="i">Soledades</hi>, al <hi rend="i">Polifemo</hi> y al <hi
                  rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>, Faria leyó, alabó y hasta imitó en
                algunas ocasiones la poesía de Góngora. Véase por ejemplo el manuscrito BNE,
                ms. 2892, donde copió de su puño y letra la integralidad de sus poemas, a exclusión
                de los tres arriba mencionados; o los elogios con los que se cree obligado a
                compensar siempre las acerbas críticas de las <hi rend="i">Lusíadas comentadas</hi>.
                En cambio, hasta la fecha, no encontré evidencias de esta primera etapa culta de la
                que reniega, aparte del soneto citado en las <hi rend="i">Noches claras</hi> (véase
                la nota <ref xml:id="ref7" target="ref8">148</ref>). Puede que el poeta la
                destruyera; puede también que exagerara su inclusión en los círculos gongorinos de
                la corte.</note>. Según confiesa él mismo en su <hi rend="i">Fortuna</hi>:</p>
            <quote>en este tiempo andaba en los cuernos de la luna lo que había de andar en los de
                Jarama<note place="boSonetogttom"><hi rend="i">Levantar sobre los cuernos de la
                  luna</hi>: alabar en exceso. <hi rend="i">Cuernos de Jarama</hi> son, por
                sinécdoque, cuernos de los toros de Jarama. En aquel tiempo, se alababa en exceso el
                culto estilo de don Luis, que en realidad habría merecido los ataques de los toros
                más bravos de España. La contraposición de la luna con el Jarama es característica
                del estilo burlesco que Faria no duda en emplear muchas veces contra Góngora.
                Quevedo usa una imagen similar, la de los «bigotes de Jarama» de Alejandro Magno, en
                el romance burlesco «En el retrete del mosto». Faria se burla del empleo insistente
                de la palabra cuerno como marca estilística de Góngora en su comentario a <hi
                  rend="i">Los Lusíadas</hi> («Juicio del poema», X) y le responde Espinosa Medrano
                en el párrafo 44 de la sección del Apologético (Espinosa Medrano, 2017: §44, <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1662_apologetico#note927_"
                  >http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1662_apologetico#note927_</ref>).
              </note>, que era el llamado culto estilo de don Luis de Góngora. Fácilmente me dejé
              entrar en esta hermandad de loco, y no solo escribí de nuevo mucho a aquel modo, antes
              lo que traía escrito lo fui salpicando de estas boberías<note place="bottom">Glaser,
                1960: 167.</note>. </quote>
            <p>Entre estas composiciones cultas, difíciles de documentar, se cuenta sin duda el
              excéntrico soneto «No ha visto copia igual, dulce de amores», en torno al que se
              estructura la crítica anticultista del fragmento que editamos. Todo indica, en efecto,
              que este soneto de elogio al ya mencionado Miguel Botelho de Carvalho, publicado en
              1621 en el paratexto de la <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi>, fue escrito por
              Faria e Sousa sin intenciones paródicas<note place="bottom">Véase la nota <ref
                  xml:id="ref9" target="ref10">141</ref>. Aunque Miguel Botelho de Carvalho
                manifiesta en el conjunto de su obra una clara influencia gongorina (a la par que
                camoniana), su <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi> no sigue literalmente la
                de Góngora y, sobre todo, se aleja radicalmente del tono burlesco del poeta de
                Córdoba.</note>. Tres años más tarde, lo citó en las <hi rend="i">Noches claras</hi>
              con un propósito muy distinto: además de reconocer su propio error cultista, también
              confería al soneto una función paródica, insistiendo en su carácter oscuro e
              incomprensible –también podríamos decir ridículamente rebuscado<note place="bottom"
                >Véanse la explicación del soneto en la nota <ref xml:id="ref11" target="ref12"
                  >148</ref> y el comentario de los cultismos allí empleados en la sección 6 de la
                introducción.</note>. El malestar de Faria al respecto trasparece en el discurso de
              Lusitano, interlocutor portugués del diálogo, cuando presenta el tema del soneto,
              indispensable para su comprensión:</p>
            <quote>Primeramente es menester que sepáis el asunto, porque aun con saberle entiendo
              que no será entendido. Y si yo, para este mismo efecto de que no lo fuese, no lo
              comunicara, de ninguna suerte me atreviera a reprender en otros lo que en mí, sin este
              pensamiento, fuera culpa averiguada. Al fin, el asunto es loar un amigo que escribió
              la tragedia de Píramo y Tisbe, por no decir por rodeos los Amantes Babilónicos. </quote>
            <p>En la tercera frase, recurre a la preterición («por no decir») para mejor poner a
              distancia la perífrasis («rodeo»), figura característica de los cultos. Las dos frases
              anteriores, por si enrevesada sintaxis, revelan el malestar del propio Faria. Mediante
              la doble negación («si […] para que […] no lo fuese, no lo comunicara»), Lusitano
              reconoce quesería una gran culpa comunicar este soneto por otro motivo que para
              señalar las aberraciones del estilo culto, adelantándose a las burlas o a la crítica
              de inconsecuencia que le podrían dirigir quienes ahora le ven arremeter con tanto
              ímpetu contra el cultismo. Tanta complicación estilística puede leerse como una
              tentativa de justificar, <hi rend="i">a posterori</hi>, la lectura paródica del
              soneto. En el prólogo de la primera parte de la <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>,
              Faria reivindica lo que hoy llamaría el derecho al error en estas materias
              poéticas:</p>
            <quote>Voy a lo menos ahora muy fuera de incurrir en las ridículas puerilidades
              modernas, en que incurren tanos, y en que ya incurrí también. Y muy fuera de no hablar
              lenguaje digno de hombres doctos, y de seso, lo que he errado tuvo más disculpa que en
              otros, porque si hice mocedades, era mozo, pero hoy las veo en viejos. Mejor acierta
              quien llegó a conocer el yerro, y quien no conoce que yerra, tarde, o nunca,
                acierta<note place="bottom">Faria e Sousa, 1644, I, §19, b5r.</note>. </quote>
            <p>Sin embargo, esta no es la única hipótesis que podemos contemplar. El mismo Faria,
              quizás deseoso de preservar su buen nombre y reputación, proporcionó luego otra
              lectura de su texto que quizás nos permita leer estos fragmentos enrevesados (al modo
              del que acabamos de citar) como los añadidos apócrifos a su texto que atribuyó al
              editor. Recordemos que, además de un título campanudo, el editor quiso también
              acrecentar en las obras «algunas extravagancias en el decir»; es posible que Faria se
              aprovechara de estos supuestos añadidos para disimular, en este caso, su propia
              torpeza. En la <hi rend="i">Fortuna</hi>, Faria pretende haber denunciado ante el
              editor este artificio, tachándolo de oscuro, crítica anticultista por antonomasia:</p>
            <quote>[…] lo que viene añadido a estas <hi rend="i">Noches</hi> no las hace tan claras
              como oscuras, y así no corresponde el título a la obra<note place="bottom">Glaser,
                1960: 173.</note>. </quote>
            <p>El adjetivo «moderno», piedra de toque de la discusión sobre el «moderno estilo»,
              aparece tres veces en la negociación con el impresor referida por Faria en la <hi
                rend="i">Fortuna</hi>. En boca del editor, el «estilo moderno», junto con la
              «entrada ruidosa» y las cláusulas también «a lo moderno», es uno de los
              imprescindibles instrumentos de promoción y venta de los títulos que imprime. Faria
              vuelve a usar el adjetivo para quejarse de que ya se había rendido a esta moda
              madrileña y que incluso había decorado con estos «modernos adornos» sus <hi rend="i"
                >Discursos</hi>, que, en su primera redacción, ostentaban más bien «el lenguaje
              [d]él célebre Heitor Pinto»<note place="bottom">Heitor Pinto fue fraile de la orden de
                los Jerónimos a finales del siglo XVI y autor de obras de devoción de estilo serio.
                Sobre la relación entre Faria, en especial en las <hi rend="i">Noches claras</hi>, y
                la <hi rend="i">Imagem da vida cristã</hi> de Heitor Pinto, véase Pereira, 2015:
                211-212.</note>. Dicho de otro modo, ya bastante moderno se había forzado a ser para
              complacer al frívolo editor o a los fútiles madrileños. Más adelante en el relato de
              Faria, los «modos de decir a lo moderno» son objeto de una censura tan rotunda como
              sencilla por parte del oídor Gregorio López Madera, influyente administrador y jurista
              que, aunque no fuera encargado de autorizar la publicación de la obra, se cruzó con
              Faria y le expresó su parecer sobre sus <hi rend="i">Noches claras</hi><note
                place="bottom">Gregorio López Madera estaba publicando, en 1624, una versión
                revisada de su obra titulada <hi rend="i">Excelencias de la Monarquía y reino de
                  España</hi> que ya había recibido aprobaciones en 1623 y saldría de la imprenta en
                1625 (López Madero, 1625). En este volumen, volvía a alimentar una polémica que
                mantenía desde dos decenios con el conocido gramático Bernardo de Aldrete sobre el
                origen del castellano con, como telón de fondo, la autenticidad o falsedad de las
                láminas de plomo del Sacromonte descubiertas a finales del siglo XVI. Frente a
                Aldrete, padre de la lingüística moderna, que defendía la hipótesis evolucionista
                según la cual el español descendía del latín, López Madera sostuvo que los
                habitantes de la península ibérica siempre hablaron castellano, desde antes de la
                invasión romana, y que solo practicaron el latín las élites. En sus <hi rend="i"
                  >Excelencias</hi> de 1625, López Madera añadió unas feroces críticas contra
                Góngora, a quien acusaba de viciar la frasis española por corrupción con otros
                idiomas como el latín. Sobre las críticas anticultistas de López Madera y su
                relación con la polémica del Sacromonte de Granada, véase Elvira, 2019.</note>. Los
              estilemas cultos, según este sabio censor, «desdicen de todo el otro estilo que lleva,
              más le deslucen y hacen menos estimable», volviendo «de malísima digestión» la primera
              plana de la obra –la plana en la que más había intervenido el impresor que,
              astutamente, confiaba que sus lectores se fiarían de la primera impresión para comprar
              el volumen–. Este parecer provocó una efusión notable por parte de nuestro autor, que
              no dudó en «ech[arse] por tierra besándole la mano», lo que resultó en el «particular
              respeto» que, a partir de ese momento, le granjeó al oídor.</p>
            <p>Todo indica pues que, en la querella sobre el gongorismo y con su impresor, la
              posición de Faria no era tan firme como quisiera hacernos creer. Por mucho que pensara
              «morirse, primero de espanto y después de risa» ante la propuesta del editor, terminó
              aceptándola por necesidad (sin duda pecuniaria), por no dilatar su entrada al
              escenario de las letras madrileñas y, finalmente, por granjearse el apoyo de su
              dedicatario Francisco de Lucena.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>4. [Estructura] Una sátira anticultista al hilo de una conversación cortesana</head>
          <div>
            <head>4.1. Las siete noches claras</head>
            <p>La censura de Faria a los cultos, que editamos a continuación, no es más que un breve
              fragmento de las <hi rend="i">Noches claras</hi>, que constan de unas quinientas
              páginas de texto. Este largo diálogo se organiza en siete «noches», o sea siete
              relaciones de noches de tertulia, a lo largo de una semana entera. A su vez, cada
              noche se estructura en una serie de cinco «palestras»<note place="bottom">Del griego
                παλαίειν (‘palaiein’), luchar: lugar de lucha y, por extensión, lugar en el que se
                practican contiendas literarias y controversias públicas.</note> (tan solo cuatro
              para la quinta noche) que reparten la conversación en torno a temáticas claramente
              identificadas. La detallada «Tabla de las materias principales de este libro», que
              concluye el volumen y recapitula el título de cada una de las palestras, nos permite
              echar rápidamente una ojeada al contenido. Cada noche se organizan en torno a una o
              varias temáticas que se enlanzan con más o menos fluidez según los casos:</p>
            <p>- La primera noche, de tema metapoético<note place="bottom">Lo comenta Pereira, 2015:
                212-213.</note>, donde se inserta el fragmento objeto de esta edición.</p>
            <p>- La segunda noche es de tema religioso (Dios, religión y fe; imágenes y reliquias;
              Alma).</p>
            <p>- La tercera noche se compone de comparaciones entre opuestos (perfecciones e
              imperfecciones de los hombres, de los números, comparación entre la mano derecha e
              izquierda).</p>
            <p>- La cuarta noche proporciona consideraciones éticas (premios, presunción, servicio,
              verdad y fe).</p>
            <p>- La noche quinta explora el mundo de las ciencias adivinatorias (hechizos y
              hechiceros, azar, horóscopo, amor y de allí, reglas del discurso amoroso).</p>
            <p>- La noche sexta versa sobre las relaciones entre padres e hijos (consejos, castigo,
              obediencia y obligación).</p>
            <p>- La séptima noche extiende la reflexión a la familia y los linajes, y se concluye
              con una reflexión sobre la hermosura (verdad y falsedad, daños y peligros).</p>
            <p>Comparada con las seis siguientes, la primera noche es de índole particular, de claro
              tenor metapoético o reflexivo. La primera palestra se dirige explícitamente «A los que
              hablan sin saber de qué», para definir las normas que regirán la tertulia. La segunda
              explora el marco de la conversión: la noche, momento favorable a las armas tanto como
              al estudio. En la tercera y la cuarta, los interlocutores definen la conversación,
              recalcando sus virtudes y advirtiendo sus peligros, comentan las «partes» que la
              componen y reflexionan sobre el buen uso de estas. Finalmente, la quinta y última
              palestra concluye la noche desarrollando el tema de la amistad, consecuencia natural
              de la conversación que, cuando se desarrolla adecuadamente, siempre fomenta la
              concordia. En la bisagra de estos últimos dos temas –la conversación y la amistad– se
              encuentra nuestro fragmento anticultista, que constituye la segunda mitad de la cuarta
              palestra.</p>
          </div>
          <div>
            <head>4.2. Lusitano, personaje central del diálogo</head>
            <p>Aunque este fragmento no se diferencia, a nivel formal, del resto del texto, destaca
              por el protagonismo de Lusitano, el interlocutor portugués. Este no solo es el más
              prolijo en el fragmento en cuestión –pronuncia unas mil palabras, más que Elaso (un
              poco más de 500 palabras) y Sannazaro (menos de 400) juntos–. También es el
              interlocutor central, quien dirige la conversación, como evidencia este esquema de las
              quince intervenciones que componen el fragmento:</p>
            <table>
              <row>
                <cell rend="center">[1] Elaso</cell>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[2] Lusitano</cell>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[3] Sannazaro</cell>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[4] Lusitano</cell>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center">[5] Elaso</cell>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[6] Lusitano</cell>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[7] Sannazaro</cell>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[8] Lusitano</cell>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center">[9] Elaso</cell>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[10] Lusitano</cell>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[11] Sannazaro</cell>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[12] Lusitano</cell>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center">[13] Elaso</cell>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[14] Lusitano</cell>
                <cell rend="center"/>
              </row>
              <row>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center"/>
                <cell rend="center">[15] Sannazaro</cell>
              </row>
            </table>
            <p>Lusitano toma la palabra siete veces. En torno a cada una de sus intervenciones, se
              reparten de forma perfectamente simétrica cuatro réplicas de Elaso y otras cuatro de
              Sannazaro. Dos de estas intervenciones («Recitadle, por vida vuestra, señor Lusitano»,
              3; «me holgaré en extremo de oírle el comento», 5) no tienen otra función que
              favorecer la exposición de Lusitano en el momento en el que recita su soneto. Esta
              centralidad del interlocutor portugués en el intercambio es reveladora de la
              implicación de Faria en la crítica de la poesía culta y de su interés por promocionar,
              como contrapunto estilístico, el modelo de la prosa portuguesa propuesto en la
              penúltima intervención.</p>
          </div>
          <div>
            <head>4.3. Al hilo de la conversación</head>
            <p>Ahora bien, la centralidad de Lusitano desempeña un papel decisivo en la organización
              lógica del discurso. En efecto, dentro de este marco dialogado, la crítica a los
              cultos españoles se construye siguiendo el hilo de la conversación erudita. Lejos de
              la demostración lógica y rigurosa del tratado o del discurso; lejos incluso del <hi
                rend="i">agôn</hi> del diálogo filosófico, donde cada interlocutor defiende una
              postura coherente e identificable, la conversación de las <hi rend="i">Noches
                claras</hi> se alimenta más bien de la competencia entre los interlocutores y de
              asociaciones de ideas que pretenden imitar la <hi rend="i">sprezzatura</hi> de la
              conversación cortesana. No es inútil, por tanto, detenernos en la lógica propiamente
              conversacional del fragmento.</p>
            <p>El principio del texto surge como un contraejemplo a las normas de la conversación
              que estaban elaborando los tres actores de la tertulia. De manera tajante, Elaso
              desacredita la nueva poesía: «Es tanto, al contrario, esto en este tiempo que parece
              en ninguna otra cosa estudian hoy los cultos presuntuosos más que las aves de Juno»
              (intervención 1). No extraña que esta denuncia de «la enfermedad más natural de
              nuestra España» aparezca en el discurso de Elaso, el interlocutor castellano y por
              tanto el más cercano a dicho fenómeno poético. Enseguida, sin embargo, Lusitano coge
              las riendas de la conversación, evitando que ahonde en el poema de Miguel da Silveira
              y volviendo a los «desatinos» de los cultos («Por vida vuestra, que no demos lugar a
              las alabanzas… Y así, continuando lo comenzado, digo que…», intervención 2). Orienta
              luego la conversación hacia su curioso soneto, para negarse a comentarlo y volver a
              poner el foco en los cultos:</p>
            <quote>
              <lb/>Elaso: […] Pero si los que lo oyeron le entienden, no lo guarden para sí, que me
              holgaré en extremo de oírle el comento. <lb/>Lusitano: Lo mejor será que le dejemos. Y
              volviendo al intento, digo que… </quote>
            <p>Después de este rodeo inicial, que abarca las intervenciones 1 a 6, todo el
              intercambio se caracteriza por la concordia y la continuidad entre las intervenciones
              sucesivas:</p>
            <quote>
              <lb/>Por eso me quiero yo persuadir que… (7) <lb/>No hay que dudar del daño… Porque…
              Porque… (8) <lb/>Por esa causa se afirma… Porque… (9) <lb/>Por esta razón, dice…
              Porque no hay cosa más importuna… Que es lo que en este tiempo solamente se halla en
              los cultos… (10) <lb/>Es irremediable en los Españoles… Y es así porque… (11)
              <lb/>Verdad es que podrá […] el poeta… (12) <lb/>No acredita poco este lugar haber
              usado Virgilio… (13) <lb/>Todo esto pudieron conseguir felizmente aquellos tres
              famosos… (14) </quote>
            <p>Todas las fórmulas de enlace de una intervención a otra vienen a confirmar lo
              anterior y añadir más argumentos explicativos. Las intervenciones octava y novena, de
              Lusitano y Elaso, son representativas de este razonamiento por acumulación de
              subordinadas de causa, mediante la anáfora de «porque», que, de forma artificiosa,
              vuelve concordantes todos los argumentos, descartando la posibilidad de una
              argumentación adversativa. Se impone más bien, sobre todo en la segunda parte del
              texto, una progresión de la conversación por asociación de ideas. En el fragmento
              siguiente, la «[in]constancia» de las palabras «afectadas» (o «estudiosas») lleva a un
              comentario sobre la figura geométrica del cuadrado («figura cuadrilatera» o
              «angular»), declinada en varios ejemplos clásicos, de los <hi rend="i">hermaï</hi>
              griegos a la Jerusalén celeste, en cuanto símbolo de la elocuencia «sabia», «firme y
              constante». Toda la intervención siguiente de Elaso se justifica únicamente como glosa
              erudita sobre la constancia de la figura angular:</p>
            <quote>Elaso: Por esa causa se afirma, con Estrabón, que la misma figura tiene el
              empíreo asiento de la Gloria, y parece del capítulo 21 del Apocalipsis: «<hi rend="i"
                >Et civitas in quadro est, et longitudo ejus tanta est quanta et latitudo</hi>». Es
              ciudad en <hi rend="i">figura angular</hi> fundada, tanto de ancho como de largo,
              denotando la infalible <hi rend="i">constancia</hi> de la suma y verdadera sabiduría y
              elocuencia que majestuosamente ocupa, donde la mudanza no conoce entrada. </quote>
            <p>Siguiendo este esquema retórico, algunas partes de la conversación se estructuran en
              torno a nociones eruditas ajenas al tema inicial. Además de la figura angular, la
              oscuridad de los cometas, de los oráculos y de los nudos (intervención 11) y el tema
              de la amistad (intervenciones 13 a 15) desempeñan el mismo papel de enriquecer el
              texto con eruditas curiosidades sin relación clara con el desarrollo lógico de los
              argumentos.</p>
            <p>Estos primeros elementos de reflexión no bastan, sin embargo, para explicar el
              desarrollo de la conversación entre los tres eruditos de la tertulia: son las fuentes
              de la erudición que aquí ostenta Faria las que determinan la sucesión de las
              autoridades citadas y el contenido del diálogo.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head> 5. [Fuentes] Una erudición generalista y recreativa</head>
          <p>Las <hi rend="i">Noches claras</hi> del nuevo Aulo Gelio, «Demóstenes español y Séneca
            portugués» en palabras de Lope de Vega, que quiso ser Faria e Sousa se presentan como un
            compendio de erudición. En su prólogo, Faria las designa como su obra de «más estudio y
            mayores materias» (f. ¶ 6r); el maestro Espinel juzgó en su aprobación que «mostraba el
            autor una notable abundancia de lección, usando en muchos lugares de otros de divinas
            letras con articular ingenio y agudeza» (f. ¶3r); Fray Lucas de Montoya también calificó
            los discursos de «eruditos, por la doctrina que induce de santos y autores seglares»
            (f. ¶3r). La manifestación más clara de esta erudición reivindicada, que no dejó de
            causar admiración<note place="bottom">Pereira, 2015: 206 comenta el despliegue de
              erudición de la miscelánea y su efecto en el lector.</note>, reside en el número de
            autores citados. El breve texto que editamos da una buena muestra de ello: 33
            autoridades en apenas 2500 palabras y nueve páginas de texto.</p>
          <div>
            <head>5.1. Acumulación y multiplicación de las autoridades citadas</head>
            <p>Las autoridades citadas se reparten en el texto según el esquema siguiente,
              multiplicándose después de la digresión de Lusitano sobre su soneto (intervención
              4):</p>
            <table>
              <row rend="center">
                <cell>Interlocutor</cell>
                <cell>Autoridades citadas</cell>
                <cell>Total</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>1 Elaso</cell>
                <cell>
                  <p>Torquato Tasso</p>
                  <p rend="left">Luís de Camões</p>
                  <p rend="left">Garcilaso de la Vega</p>
                  <p rend="left">Miguel da Silveira</p>
                </cell>
                <cell>4</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>2 Lusitano</cell>
                <cell>
                  <p>Apocalipsis</p>
                  <p>Génesis</p>
                </cell>
                <cell>2</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>3 Sannazaro</cell>
                <cell>Ø</cell>
                <cell>0</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>4 Lusitano</cell>
                <cell>Miguel Botelho de Carvalho</cell>
                <cell>1</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>5 Elaso</cell>
                <cell>Ø</cell>
                <cell>0</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>6 Lusitano</cell>
                <cell>
                  <p>Horacio</p>
                  <p>Trebelio Polión</p>
                </cell>
                <cell>2</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>7 Sannazaro</cell>
                <cell>
                  <p>Plauto</p>
                  <p>Homero</p>
                </cell>
                <cell>2</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>8 Lusitano</cell>
                <cell>
                  <p>Timón de Fliunte</p>
                  <p>Suidas</p>
                  <p>Plutarco</p>
                  <p>Pausanias</p>
                  <p>Alessandro Alessandri</p>
                </cell>
                <cell>5</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>9 Elaso</cell>
                <cell>
                  <p>Estrabón</p>
                  <p>Apocalipsis</p>
                  <p>Aristóteles</p>
                </cell>
                <cell>3</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>10 Lusitano</cell>
                <cell>
                  <p>Quintiliano</p>
                  <p>Horacio</p>
                </cell>
                <cell>2</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>11 Sannazaro</cell>
                <cell>
                  <p>Marcial</p>
                  <p>Platón</p>
                  <p>Heráclito</p>
                </cell>
                <cell>4</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>12 Lusitano</cell>
                <cell>
                  <p>Aristóteles</p>
                  <p>Virgilio</p>
                  <p>Ariosto</p>
                </cell>
                <cell>3</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>13 Elaso</cell>
                <cell>Virgilio (dos lugares)</cell>
                <cell>2</cell>
              </row>
              <row>
                <cell>14 Lusitano</cell>
                <cell>
                  <p>João de Barros</p>
                  <p>António Pinto</p>
                  <p>Francisco de Morais</p>
                </cell>
                <cell>3</cell>
              </row>
              <row rend="left">
                <cell>15 Sannazaro</cell>
                <cell>Ø</cell>
                <cell>0</cell>
              </row>
            </table>
            <p>Algunas de las autoridades citadas son triviales en la cultura de la época y pueden
              encontrarse en otros textos de la polémica: Homero, Platón, Virgilio, Plauto, Marcial
              o Garcilaso, en cuanto poetas; la <hi rend="i">Biblia</hi>, a través del <hi rend="i"
                >Apocalipsis</hi>, el <hi rend="i">Génesis</hi>, para las referencias bíblicas.
              Faria también recurre a instrumentos compilatorios como la enciclopedia que se
              atribuye a Suidas, o el tratado anticuario y enciclopédico de Alessandro Alessandri,
              el <hi rend="i">Genialium dierum libri sex</hi>. Otras son mucho más específicas y,
              aunque nunca se citen de primera mano, sirven para incrementar el nivel de erudición
              del texto. En especial, destaca una serie relativamente larga de autores griegos de
              orientación filosófica y geográfica –Heráclito, Aristóteles, Timón de Fliunte,
              Plutarco, Pausanias–, Trebelio Polión, uno de los autores de la <hi rend="i">Historia
                augusta</hi>, una compilación histórica de la antigüedad tardía y Walafrido
              Estrabón, teólogo alemán de inicios de la Edad Media.</p>
            <p>Finalmente, destacan una serie de plumas portuguesas claramente citadas como
              autoridades y cuyos pasos Faria pretende seguir: João de Barros, António Pinto,
              Francisco de Morais, Miguel Botelho de Carvalho e Miguel da Silveira. Los tres
              primeros autores aparecen citados como modelos en prosa de la sabia y natural
              elocuencia elogiada por Faria; Silveira al contrario, es el autor destinado a
              proseguir y encumbrar estas cualidades en poesía.</p>
            <p>Sin embargo, esta erudición, manifiesta por la cantidad y la especificidad de los
              autores mencionados, se diluye con la poco o nula precisión de las referencias. Solo
              en tres casos (Aristóteles, Horacio y Trebelio Polión) se concreta el título o la
              referencia de la obra aludida. Todas las demás autoridades son citadas (o mencionadas
              o nombradas) sin referencia concreta. Incluso para las escasas referencias concretas
              que proporciona, advertimos que Faria pone poco empeño en especificar las fuentes que
              maneja. Los dos poemas aludidos de Horacio (una de las obras más conocidas y
              accesibles de la época) vienen junto con su referencia, aunque con un leve error en el
              segundo caso<note place="bottom">Véase la nota <ref xml:id="ref13" target="ref14"
                  >166</ref>.</note>. Sin embargo, nuestro autor atribuye al poeta latino unas
              glosas eruditas que se deben más bien al comentarista que está consultando –en este
              caso, Villén de Biedma–. Esta práctica, es significativa dentro de la economía global
              del texto de Faria: en vez de documentar las fuentes empleadas, Faria multiplica las
              autoridades, haciendo caso omiso de los intermediarios que le permiten llegar a
              ellas.</p>
            <p>Esta elección de Faria no es negligencia, sino que participa de una verdadera
              estrategia que consiste en simplificar las fuentes eruditas y adaptarlas al tono
              relajado de la conversación<note place="bottom">Nada que ver, por ejemplo, con la
                precisión erudita con la que Faría identifica las fuentes de Luís de Camões a lo
                largo de sus <hi rend="i">Lusíadas comentadas</hi>.</note>. Nuestro autor pretendía
              en efecto, en virtud del <hi rend="i">docere delectando</hi> y de una <hi rend="i"
                >sprezzatura</hi> característica del cortesano, dirigirse también (quizás sobre
              todo) a un público amplio de lectores, que no fueran necesariamente eruditos ni
              intelectuales:</p>
            <quote>[…] aquí (depuesta toda presunción), ofrezco libro que el sabio le puede llevar
              para su estudio, y la dama para su estrado, el que no fuere estudioso para su
              entretenimiento, y el que fuere dañado<note place="bottom"><hi rend="i">El que fuere
                  dañado</hi>: el que se da por ofendido.</note> para su envidia o para su rabia –si
              rabia y envidia no es lo mismo. (f. ¶7v°) </quote>
            <p>En consonancia con este horizonte de expectativa amplio y plural, Faria moviliza una
              erudición de segunda mano, tomada de misceláneas y enciclopedias.</p>
          </div>
          <div>
            <head>5.2. Una biblioteca de misceláneas, enciclopedias y comentarios</head>
            <p>El análisis de las fuentes de las <hi rend="i">Noches claras</hi>, en el corto
              fragmento que editamos, muestra que Faria bebía de un puñado de títulos, algunos de
              los cuales pudimos identificar con certeza en el primer apartado de la bibliografía.
              Además de las obras poéticas contemporáneas que lo relacionan con los poetas
              portugueses de la corte madrileña, Faria copia de los clásicos más accesibles y
              difundidos de la época. La identificación de las fuentes también nos proporciona
              información sobre la estructura del texto: el diálogo de Lusitano, Elaso y Sannazaro
              (junto con las autoridades que citan) se construye, por así decirlo, como un recorrido
              por esta biblioteca elemental.</p>
            <p>Son dos los poetas portugueses citados al principio del fragmento. Miguel Botelho de
              Carvalho es aludido en cuanto autor de la <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi>.
              Como demuestra la lectura del soneto de elogio que le dedicó Faria, no hay duda de que
              este había leído la obra y quizás conservaba la copia, manuscrita o impresa, a partir
              de la cual había trabajado para componer el soneto. Muy distinto es el caso del «nuevo
              Apolo Lusitano», «otro Homero» alabado por Faria en términos ditirámbicos, que no es
              otro que Miguel da Silveira, médico del rey, poeta y portugués de origen<note
                place="bottom">Véase la nota <ref xml:id="ref15" target="ref16">134</ref>.</note>.
              Los elogios de Faria se basan en su poema heroico dedicado a la restauración del
              templo de Jerusalén por Judas Macabeo, que vio la luz en 1638 bajo el título <hi
                rend="i">El Macabeo</hi>. En la fecha en la que Faria redactaba su diálogo,
              ignoramos si <hi rend="i">El Macabeo</hi> se conocía solo por su traza (o trama o
              argumento) general o si ya circulaban fragmentos manuscritos. Todo indica, sin
              embargo, que nuestro autor tenía del texto un conocimiento muy aproximativo. Su
              interpretación de la fábula es en efecto bastante superficial. Afirma que Silveira,
              «del Aquiles de los Macabeos, en numerosa trompa y clarín sonoro, dando nueva vida a
              sus hazañas, dará perpetua envidia a las mismas musas», cuando en realidad el
              personaje de Judas Macabeo está modelado más bien siguiendo el personaje de Agamenón
              de Homero, o el de Godofredo de Bouillon de la <hi rend="i">Gerusalemme</hi>, que el
              de Aquiles. Su percepción del estilo de Silveira es, a su vez, completamente errónea
              cuando afirma:</p>
            <quote>Pues escribiendo como otro Homero, ni tiene qué imitar en lo pasado, ni podrá ser
              imitado en lo futuro, que puede ser tanto ingenio poderoso en ambos vencimientos. </quote>
            <p>En efecto, <hi rend="i">El Macabeo</hi> es un poema cuyo «estilo […], bajo la
              avasalladora influencia de Góngora y de quienes lo admiraban, convierte la lectura en
              un ejercicio de desciframiento»<note place="bottom">Blanco, 2013a: 312.</note>. Es
              decir, todo lo contrario del léxico «antiguo y natural», «terso, casto, elegante y
              heroico» que Silveira supuestamente ilustraría, si diéramos crédito a la lógica de
              este fragmento de Faria. A todas luces, Faria e Sousa no había llegado a hacerse una
              idea del estilo del poeta, y hablaba del <hi rend="i">Macabeo</hi> haciéndose eco de
              una admiración general que no había contrastado con una lectura personal del poema.
              Hasta podemos conjeturar que Faria lo citaba de forma oportunista, por la autoridad y
              admiración de la que gozaba entonces entre los poetas frecuentados por nuestro autor.
              Entre los varios poemas que firmó Silveira antes de la publicación de las <hi rend="i"
                >Noches claras</hi>, y por los cuales podía merecer la admiración de Faria, destacan
              un madrigal poético en elogio a las <hi rend="i">Prosas y versos del Pastor de
                Clenarda</hi>, en cuyo paratexto también aparece un poema de elogio de Faria<note
                place="bottom">Carvalho, 1622: ¶3r y ¶5v-¶7r respectivamente.</note>, así como dos
              piezas incluidas en los volúmenes que Lope de Vega publicó con ocasión de la
              beatificación de San Isidro<note place="bottom">Un romance en Vega, 1620: 105v-106r, y
                una canción en Vega, 1622: 59r-60v. Estas piezas se encuentran recogidas en Viterbo,
                1906.</note>. El mismo Lope dedicó a Silveira dos sentidos elogios, en <hi rend="i"
                >La Filomena</hi> (1621) y más tarde en el <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi> (1630),
              señal de que el poeta portugués fue admirado en la corte y por el círculo de Lope
              muchos años antes de concluir su <hi rend="i">obra magna</hi>, a pesar de practicar
              una poesía culta y ser también cercano a Luis de Góngora<note place="bottom">Blanco,
                2013a: 344-345, n. 14 y 2017: n. 16.</note>. En todo caso, Faria lo propuso sin duda
              como modelo de poeta moderno por su pertenencia al círculo de Lope y a la facción de
              poetas portugueses o lusófilos afincados en la corte, haciendo caso omiso de su estilo
              poético. La supresión de esta elogiosa alusión a Miguel de Silveira en la reedición de
              1674 es un argumento más para pensar que Faria no era consciente, en 1624, de la
              estética culta desplegada en <hi rend="i">El Macabeo</hi>. Entre tanto, además,
              Silveira se había marchado a Nápoles, ya no gozaba de ningún cargo en la corte y se
              murmuraba que era judío: demasiados defectos para al título de nuevo Homero portugués.
              La corrección se hacía imprescindible después de la publicación del poema épico para
              no volver absurda la argumentación de Elaso en la primera toma de palabra de nuestro
                fragmento<note place="bottom">Véase la nota <ref xml:id="ref17" target="ref18"
                  >I</ref>.</note>.</p>
            <p>Las otras obras manejadas por Faria pertenecen a la bibliografía común de los
              letrados del siglo de oro, o por lo menos de fácil acceso: la <hi rend="i"
              >Biblia</hi>, el tratado sobre las <hi rend="i">Imágenes de los dioses</hi> antiguos
              de Vincenzo Cartari, el comentario de Villén de Biedma a la obra completa de Horacio,
              el de Herrera a la poesía de Garcilaso los <hi rend="i">Adagios</hi> de Erasmo y el
              tratado de Pero de Magalhães de Gândavo sobre la ortografía portuguesa. En las páginas
              que siguen, analizaremos estas fuentes en base a dos hipótesis: la simplificación a la
              que las somete Faria y la arquitectura que proporcionan al texto, pues cada fuente
              estructura una o un par de intervenciones.</p>
            <p>De la <hi rend="i">Biblia</hi>, saca Faria dos imágenes monstruosas y paródicas del
              estilo culto: el cordero dragón del <hi rend="i">Apocalipsis</hi> y Esáu travestido de
              Jacob en el <hi rend="i">Génesis</hi>. Estas dan coherencia a la intervención de
              Lusitano, segunda del diálogo, que enlaza con el soneto cultista del propio Faria,
              mediante la noción de monstruosidad y la «confusión» que genera en los lectores. El
              soneto y su comentario ocupan la siguiente intervención de Lusitano, muy larga y
              alimentada por las preguntas y reacciones de Sannazaro y luego de Elaso. Las
              intervenciones 1 a 5 constituyen en este sentido una primera etapa en el intercambio,
              marcada por su arraigo en fuentes bíblicas o poéticas (Silveira y luego el soneto de
              Faria) y por imágenes llamativas, obviamente orientadas hacia la diversión del
              auditorio y de los lectores.</p>
            <p>Las intervenciones 6 a 13 cambian el tono y reanudan con el propósito erudito del
              diálogo. Las intervenciones 6 y 10 de Lusitano movilizan una misma fuente
              supuestamente horaciana y dos imágenes o anécdotas de peso para este fragmento: el
              diálogo de sordos entre Toscanos y Aquilinos que, hablando cada uno en su lengua
              (latín y griego), «se respondieron disparates» (intervención 6, véase la nota <ref
                xml:id="ref19" target="ref20">152</ref>); y la comparación de la oscuridad de los
              cultos con la tinta del calamar para «engañar los otros peces», eso es, para «engañar
              los oídos de ignorantes» (intervención 10, véase la nota <ref xml:id="ref21"
                target="ref22">166</ref>). En ambos casos, como veremos, Faria se refiere no tanto
              al texto de Horacio como, casi literalmente, al comentario castellano de la obra del
              mismo por el doctor Villén de Biedma (Granada, Sebastián de Mena, 1599), que traduce y
              adapta el comentario italiano de Giovanni Fabrini da Fighine. La anécdota sobre
              Toscanos y Aquilinos aparece en una glosa explicativa del comentario, sin relación
              directa con el texto de Horacio. La poderosa imagen del calamar, por su parte, está
              subrayada por el comentarista en una nota marginal, dándole un alcance mucho más
              general que en el texto de Horacio. En un gesto revelador de su método, Faria e Sousa
              reduce estos fragmentos a la autoridad de Horacio. Es más, identifica con claridad la
              fuente horaciana –respectivamente, «epístola 6 del libro 1» y «sátira 5 [en vez de 4]
              del libro 1»– como remitiendo directamente el lector erudito a las obras completas del
              poeta latino y dando por sabido el contenido del comentario. Faria dedicaba una
              atención especial a estas dos referencias: ambas figuran en el índice final de
              «Algunas de las cosas notables de este libro», bajo las entradas «Calamar» (f. Ii5v) y
              «Toscanos Aquilinos» (f. Kk5v). Fácilmente identificables en la obra, y colocadas en
              boca de Lusitano, son ejes en torno a los cuales se organiza el resto del diálogo.</p>
            <p>Entre una y otra mención a Horacio, entre las intervenciones 6 y 10, Faria moviliza
              uno de las grandes sumas de la época, esta vez dedicada a la mitología: el tratado de
              Vincenzo Cartari sobre las <hi rend="i">Imágenes de los dioses de los antiguos</hi>,
              mitografía italiana que gozó de un éxito europeo, tanto en su lengua original como en
              su traducción latina. Este fragmento merece un estudio detallado pues es revelador de
              la manera cómo Faria construye su diálogo al hilo de la fuente que maneja. El tratado
              de Cartari está ordenado por secciones dedicadas a los principales dioses griegos y
              romanos–Apolo, Diana, Júpiter, Juno, la Magna mater, Neptuno, Pluto, Mercurio,
              Minerva, los dioses Lares, la Fortuna, Cupido y Venus– dentro de las cuales se alude a
              una miríada de dioses segundarios, recapitulados en la sección final. El fragmento
              utilizado por Faria se sitúa en medio de la sección dedicada a Mercurio y da forma a
              las intervenciones 7 y 8 de Sannazaro y Lusitano. La piedra de toque inicial utilizada
              por Faria para conectar la digresión sobre Mercurio, dios de la elocuencia, con el
              debate sobre la propiedad de las palabras es el atributo mercuriano de las alas y el
              símil homérico de las «palabras aladas». Cartari, en una nota marginal que sirve de
              subtítulo a la sección, responde a la pregunta «<hi rend="i">penne perche date a
                Mercurio</hi>»<note place="bottom">Cartari, 1608: 229.</note>. Sannazaro sintetiza
              este fragmento en la breve intervención 7, para glosar el carácter efímero de las
              palabras, vanas, como las plumas, frente a la sustancia de los conceptos. La respuesta
              de Lusitano, en la octava intervención sigue el hilo de las palabras, desplazando
              ligeramente el enfoque desde un asunto general, la vanidad de las palabras, a una
              cuestión más específicamente estilística: la afectación en las palabras. Varias de las
              autoridades que cita (Suidas, Plutarco, Pausanias y Alessando Alessandri), vienen
              directamente de la sección siguiente del texto de Cartari, que glosa la presencia de
              bustos de Mercurio en los gimnasios y la tradición de los <hi rend="i">hermai</hi>,
              pilares cuadrados sobre los cuales se yergue una cabeza o busto de Mercurio (véase la
              nota <ref xml:id="ref25" target="ref26">161</ref>). En virtud de una lógica un tanto
              forzada, Faria utiliza la descripción erudita de Mercurio en cuanto modelo de orador
              como contrapunto de las palabras vanas. En efecto, la forma cuadrada de la base de la
              columna es interpretada por los autores a quienes cita Cartari como símbolo de
              estabilidad, en consonancia con la constancia y el carácter básico y firme de la
              elocuencia de la que Mercurio es el representante divino. Este dios del comercio, de
              los ladrones y viajeros, y mensajero de los dioses, empleaba, para cada una de estas
              tareas, la elocuencia. Hemos de buscar pues entre estas dos intervenciones una
              coherencia erudita, debida a la fuente compartida, más que una coherencia lógica.
              Sannazaro y Lusitano comparten la misma fuente, aunque retienen de ella dos imágenes
              opuestas de Mercurio: dios de las palabras vanas y engañosas; dios de la elocuencia
              «sabia», basada en palabras «firmes y constantes».</p>
            <p>A partir de la undécima toma de palabra, se diversifican las fuentes segundarias
              manejadas por Faria. La intervención 11 de Sannazaro, construida en torno al epigrama
              de Marcial a Sexto (X, 21), citado parcialmente, puede proceder de las <hi rend="i"
                >Dialecticae institutiones</hi> de Pedro Ramo quien, a la hora de ejemplificar el
              «defecto de invención» que constituye la oscuridad, cita junto con el epigrama de
              Marcial, el <hi rend="i">Timeo</hi> de Platón y la fama de oscuro de Heráclito, como
              lo hace aquí Faria.</p>
            <p>De la misma forma, la duodécima intervención del diálogo reformula dos fragmentos del
              comentario de Fernando de Herrera a las obras de Garcilaso referidos a la introducción
              de palabras extranjeras en el texto poético. El primer fragmento sirve para comentar
              la introducción del término <hi rend="i">argen</hi>, derivada del francés <hi rend="i"
                >argent</hi>, en la segunda égloga; el segundo para comparar el <hi rend="i"
                >collage</hi> de un verso de Petrarca en el soneto XII de Garcilaso al empleo de la
              expresión bíblica <hi rend="i">Agnus dei</hi> en el <hi rend="i">Orlando furioso</hi>.
              En ambos casos, se trata de censurar la impropiedad de la mezcla de las lenguas (véase
              la nota <ref xml:id="ref27" target="ref28">181</ref>).</p>
            <p>Aunque de forma más discreta, reconocemos en las intervenciones 13 y 14 la influencia
              de algunas fuentes coherentes, aunque más difícilmente identificables que las
              anteriores. Faria se interesa por el efecto producido por la oscuridad en los oyentes
              o lectores y en la pequeña sociedad que conforman a través de la práctica de la
              conversación. El proyecto de fundar, mediante la conversación, una comunidad unida por
              la amistad se inspira en tratados sobre la lengua –lo veremos a continuación a través
              de los ejemplos de Mateo Alemán o Bernardo de Aldrete–. La intervención 14 gira en
              torno a tres autoridades capaces de ilustrar el discurso de la concordia que Elaso
              acaba de elogiar. Los tres autores aquí asociados por Faria –Barros, Pinto y Moraes–
              forman parte de una lista más amplia de autores que ilustran la lengua portuguesa y
              demuestran su aptitud para las composiciones de tono y género más alto: la que incluyó
              Pero de Magalhães Gândavo en el «<hi rend="i">Diálogo em defesão da língua portuguesa,
                sobre a cual tem disputa um Português con um Castelhano, onde por se tratar de esta
                matéria usa cada um sua línguagem na maneira seguinte</hi>», publicado a
              continuación de las <hi rend="i">Regras que ensinam a maneira de escrever a ortografia
                portuguesa</hi>, primera gramática lusa<note place="bottom">Gândavo, 1574: D5v-D8;
                Faria también pudo manejar la reedición de 1590: Dv-D2r; véase también la edición
                anotada por Sheila Moura Hue en Gândavo, 2007. Véase la nota <ref xml:id="ref39"
                  target="ref40">188</ref>.</note>. En este famoso fragmento, argumenta el portugués
              Petrónio que «<hi rend="i">cada língua por si tem um estilo mais próprio</hi>»,
              ilustrándose el portugués «<hi rend="i">nas comédias em prosa e no verso
              heróico</hi>», cuando al castellano corresponden las trovas de estilo más ligero. De
              esta manera, los portugueses nunca emplean el castellano para «<hi rend="i">coisas
                graves e de importância</hi>» (D6r). Para demostrarlo, Petrónio desarrolla un
              verdadero catálogo de autoridades modernas organizado en tres partes: a Francisco de
              Sá de Miranda, padre de la modernidad poética portuguesa, siguen los prosistas y luego
              los poetas. Son estos primeros, los prosistas, los que interesan aquí a Faria: João de
              Barros (explícitamente citado para la <hi rend="i">Ásia</hi> en prosa), Heitor Pinto,
              Lourenço de Cáceres, Francisco de Morais, Jorge Ferreira e António Pinto. Sorprende,
              en cambio, que silencie a los poetas que siguen: Luís de Camões, Diogo Bernardes y
              António Ferreira. Es este, como bien demostró Hélio Alves, un «Parnaso lusitanista de
              oposición a Castilla»<note place="bottom">Alves, 2017: 13-19.</note>, que Faria
              superpone a una oposición genérica: la mejor respuesta a los cultos españoles viene de
              los prosistas lusos. Pero Magalhães de Gândavo era, a la par que teórico de su lengua,
              historiador, como Faria y como los autores aquí citados, y autor de la primera
              historia de Brasil<note place="bottom">Gândavo, 1576.</note>.</p>
            <p>El carácter muy general de las alusiones de Faria a las autoridades que maneja
              dificulta la identificación de las fuentes secundarias de las que está copiando. Las
              hipótesis aquí formuladas para la identificación concreta de estas fuentes sin duda
              progresarían a la luz de una edición más completa de las <hi rend="i">Noches
                claras</hi>. Sin embargo, aparece aquí de manera irrebatible el proceso de
              condensación alusiva al que Faria somete sus fuentes, así como la tendencia contraria
              a conservar el mayor número posible de autoridades citadas. Estas forman una serie
              continua, por lo menos a partir de la sexta intervención, que contribuye a asombrar al
              lector y constituye uno de los ejes de lectura fecundos de este fragmento.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>6. [Conceptos debatidos] En torno a las «palabras afectadas»</head>
          <p>En su índice de “Algunas de las cosas notables de este libro”, Faria identifica cinco
            nociones claves para este fragmento. La cuestión de las «palabras afectadas, inútiles»
            (f. Kk3v°) está señalada para las páginas 47, 51 y 52, explicitando la idea central en
            torno a la cual gira el discurso anticultista de Faria. «Gastar tiempo en el estudio de
            las palabras», utilizar palabras «hinchadas» y «afectadas» son el defecto claramente
            identificado por los tres interlocutores de la tertulia en su afán por definir la
            «conversación, cual debe ser» (f. Ii6r°), otra materia del índice que Faria identifica
            con la primera parte de la cuarta palestra (pp. 39-47, es decir el fragmento que precede
            inmediatamente el nuestro).</p>
          <p>No sorprende pues que Faria destaque, siempre en el índice, tres imágenes satíricas de
            los cultos, que constituyen tal vez el aspecto más logrado y más convincente del texto:
            el dragón cordero del <hi rend="i">Apocalipsis</hi> (f. Ii5r°), los disparates
            intercambiados entre Aquilinos y Toscanos (f. Kk5v°), y el «calamar», que engaña con su
            oscura tinta (f. Ii5v°). El trabajo de indexación nos da una imagen muy justa de sus
            pretensiones en estas páginas: más allá de definir la propiedad del discurso, en función
            de unos parámetros y normas que destacaremos a continuación, se trata de atacar con
            acerba y mordaz pluma a quienes considera claramente como enemigos.</p>
          <div>
            <head>6.1. Propiedad de la lengua y concordia de los conversantes</head>
            <p>Faria e Sousa explora, en la cuarta palestra de la primera noche, las propiedades de
              la buena conversación. No es inútil volver a leer el fragmento que precede nuestro
              texto y apuntar estas propiedades:</p>
            <p>- usar «palabras cándidas y sucintas, sentencias honestas y dilatadas» (Elaso, p.
              39)</p>
            <p>- darles «buen orden» para «iluminar las sentencias» (Sannazaro, p. 40)</p>
            <p>- recordar que Elocuencia ha de ir siempre acompañada por Sabiduría, Mercurio por
              Minerva (Lusitano, pp. 40-41<note place="bottom">Este tema ya había aparecido en la
                tercera palestra de la primera noche, como bien señala Pereira, 2015:
                214-215.</note>)</p>
            <p>- usar palabras que sean reflejo de los pensamientos (Lusitano, Elaso, p. 41)</p>
            <p>- hablar poco, usar pocas palabras (Elaso, Sanazaro, Lusitano, Elaso pp. 41-44); «Ha
              de ser, pues, la conversación del prudente, caudalosa en la sentencia, recogida en el
                eloquio<note place="bottom"><hi rend="i">Eloquio</hi> es aquí sinónimo de elocución,
                o más sencillamente de habla, discurso, conversación.</note>» (p. 43; respetar una
              adecuada proporción entre «número de palabras» y «peso de sentencias» según Lusitano,
              p. 47)</p>
            <p>- «no hablar fuera de tiempo, y en tiempo razonar con cuidado» (p. 44) (Elaso,
              Sannazaro, Elaso, Lusitano, pp. 44-47)</p>
            <p>- usar palabras «pocas», de materia «honesta y provechosa» y «tersas y naturales»
              (Sannazaro, pp. 47-48).</p>
            <p>A partir de esta intervención de Sannazaro, la discusión se orienta hacia la calidad
              de las palabras. En la continuidad de este discurso, la definición de las palabras
              adecuadas para la conversación es el punto de partida de la crítica anti-cultista.
              Antes de explorarla, es útil definir, en positivo, los términos de la propuesta de
              nuestro autor y de sus personajes.</p>
            <p>Faria e Sousa, en boca de Elaso, elogia las palabras «naturales», concepto central
              que luego se declina en una larga seria de adjetivos: los vocablos «antiguos y
              naturales» construyen un estilo «terso, casto, elegante y heroico». Esta serie de
              adjetivos dibuja un programa casi ideológico del canon que Faria pretende aplicar a la
              poesía. La antigüedad y naturalidad de las palabras ha de entenderse en función de un
              paradigma nacional de la lengua: palabras del castellano tan antiguas que ya conforman
              su identidad, por oposición a los neologismos y a las palabras imitadas o importadas
              de otras lenguas. Estas palabras proporcionan la base de un programa semiótico, moral,
              estético y poético. De la claridad de la lengua depende su castidad, o pureza; de la
              castidad procede la elegancia, virtud cortesana que permite dominar el arte de la
              conversación y distinguirse en el habla. El estilo que nace de las precedentes
              cualidades es el estilo heroico, estrechamente vinculado al mismo género. Camões –que
              ya era en aquellos años el autor de predilección de Faria– recoge y ejemplifica esta
              serie de virtudes junto con otros dos ingenios de la poesía quinientista: Tasso y
              Garcilaso (volveremos a ello a la hora de comentar la visión que Faria construye de la
              historia literaria).</p>
            <p>Esta idea inicial se prolonga en dos puntos del texto. En la intervención 9, Elaso
              reanuda con un tema que ya había desarrollado antes en la palestra, la cuestión de las
              palabras y de la lengua:</p>
            <quote>Porque siendo las palabras imágenes de los pensamientos, o como dice Aristóteles,
              simulacros de aquellas cosas que concebimos en el ánimo, no siendo nativas y propias,
              mal podrán expresar lo que se pretende. </quote>
            <p>Desvirtuar las palabras desvirtúa en consecuencia el pensamiento; recíprocamente, de
              la propiedad de las palabras, depende la del pensamiento. La reflexión de Faria sobre
              las palabras excede, por tanto, el plano estilístico y moral, para abarcar el alcance
              filosófico de la conversación. Las últimas tomas de palabra del texto nos llevan más
              lejos todavía, al construir sobre esta base un verdadero proyecto político, esta vez
              puesto en boca de Lusitano en la intervención 12. De nuevo, Faria construye su
              razonamiento en base a una oposición binaria en la que los cultos desempeñan el papel
              de antimodelos:</p>
            <quote>[…] los que hoy se escurecen sin razón se quejan de que no hallan alabanzas en
              los que les oyen conversando o conversan escribiendo. Y en vez de aplauso ganan
              enemigos, indigno fruto de las esperanzas de las conversaciones o de las escrituras,
              que habiendo de ser fáciles para obligar, dulces para mover, y doctas para enseñar,
              son, con aquella prodigiosa afectación, el movimiento de los sentidos, disgustados
              para las gracias que por otro camino se ganan y encendidos para las ofensas que por
              este se despiertan; porque la conversación o escritura semejantemente tenebrosa, así
              como ofende el oído, lleva tras sí con poderoso rapto el odio, de la misma manera que
              la fácil y clara transforma los contrarios en afición, los aficionados en amistad, el
              amigo fingido en verdadero, el verdadero en constante </quote>
            <p>A las quejas y al enojo producidos por un discurso confuso, se opone la fluidez de
              los efectos despertados por una conversación o lectura «fácil», «dulce» y «docta»,
              capaz de «obligar», «mover» y «enseñar». Los paralelismos y el ritmo ternario
              pretenden servir de ejemplo de este arte de la conversación. La conversación al
              natural tiene la capacidad de reducir la discordia («los contrarios») y de hacer de la
              amistad un sentimiento perene, «constante» como la elocuencia y la Jerusalén
              celeste.</p>
            <p>Esta idea se arraiga en las teorías contemporáneas de los puristas. La lengua clara,
              don divino de los hombres y señal de su racionalidad, garantiza la paz interior y la
              concordia, al contrario de la diversidad de lenguas (el mito de Babel) y de las
              lenguas macarrónicas, dos desviaciones equiparables. Figura, por su perfección divina,
              las propiedades de la lengua universal. Ahora bien, la asociación entre lengua, paz y
              amistad se encuentra en repetidas ocasiones bajo la pluma de Bernardo de Alderete,
              para celebrar la concordia nacida de la práctica del latín como lengua común bajo el
              reinado de los Reyes Católicos<note place="bottom">Aldrete, 1606: 56, «[el latín] fue
                muy gran medio para la paz y amistad, porque la diversidad de la lengua la impide y
                estorba»; 58, «para la conservación de la paz, para la amistad y comunicación de
                unos hombres con otros muy útil es que haya una lengua universal»; 153, «Amistad,
                paz y unidad de nombre procuraban estos reyes y para esto usaban la lengua latina».
              </note>. De la misma manera afirma Mateo Alemán, en la <hi rend="i">Ortografía
                castellana</hi>, que «la elegante lengua casta pluma» –la que maneja la pluma con
              «propiedad»– acerca al poeta «a los ángeles»<note place="bottom">Alemán, 1609, citado
                a través de Alemán, 2014: t. <num>i</num>, p. 313.</note>. De la pureza del lenguaje
              de la conversación –que Faria nunca distingue explícitamente de la poesía– depende la
              concordia entre los interlocutores y la armonía de esta sociedad en miniatura que
              representa la tertulia nocturna.</p>
            <p>Podemos deducir sin arriesgarnos demasiado que Faria e Sousa pretendía aplicar estos
              preceptos a la República de las Letras y a la sociedad cortesana. Un proyecto que,
              como muchos de los suyos, suena muy paradójico en boca de quien empieza su prólogo
              provocando directamente a sus lectores:</p>
            <quote>Grande culpa sería, Lector enemigo (el que lo fuere), esperar del rigor con que
              flechas por costumbre agradecimiento a lo que escribo por mi gusto<note place="bottom"
                >Erraría si esperase del rigor de un lector enemigo, lector que acostumbra disparar
                flechas, agradecimientos a lo que escribí siguiendo mi propio gusto.</note>. </quote>
            <p>Faria convoca como lector ideal a sus detractores, demostrando que su afán polémico
              es anterior a cualquier tipo de debate.</p>
            <p>Sea como fuere, la conversación como base de la concordia literaria, cortesana y
              política es el modelo defendido por Faria en esta cuarta palestra metapoética. Este
              eje argumentativo central se construye en base a una oposición fundamental con otra
              idea de la lengua y de la conversación, basada en la afectación y en la mezcla de
              lenguas, que Faria tacha de enfermedad y monstruosidad y atribuye a los cultos
              seguidores de Luis de Góngora.</p>
          </div>
          <div>
            <head>6.2. Enfermedad y monstruosidad de la lengua</head>
            <p>Las palabras «afectadas» de los cultos reciben bajo la pluma de Faria una serie de
              sinónimos que nos ayudan a definirlas. Son en primer lugar, en boca de Elaso, palabras
              «estudiosas», a las que los cultos, presuntuosos como pavos, dedican una atención tan
              inútil como vana, y como las de Pitágoras, rebuscadas y crípticas. Merecen luego el
              calificativo de «hinchadas» porque sacan su grosor vano del aire, o vanidad, que las
              anima, y carecen, por tanto, de sustancia y credibilidad. Esta imagen de la hinchazón
              de la lengua culta es frecuentemente aplicada a los mismos cultos, como vemos por
              ejemplo en boca de Juan de Jáuregui: «Ésta es la suma lástima y engaño de nuestros
              poetas y ésta la enfermedad que juzgan por salud. Sin duda son hidrópicos. Tienen
              hinchados los vientres y las venas poéticas»<note place="bottom">Jáuregui, 1624: 13r;
                Jáuregui, 2016: <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/front-1#note283_"
                  >http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/front-1#note283_</ref>).
                Véanse las notas <ref xml:id="ref29" target="ref30">131-137</ref>.</note>. Siguiendo
              el mismo hilo argumentativo son, en boca de Lusitano, palabras «exhaustas», vanas,
              faltas de concepto y sustancia.</p>
            <p>Más generalmente, la metáfora de la enfermedad para condenar a Góngora, a los cultos
              y a su lengua poética –con todas sus variantes, peste, pestilencia, pestífero,
              hidropesía, elefancía, lepra, o hinchazón– es recurrente en la polémica. Podemos citar
              de nuevo el <hi rend="i">Discurso poético</hi> de Juan de Jáuregui: «Y pues llamamos
              elefantes las locuciones terribles de los modernos, se me ofrece que podrá llamarse su
              enfermedad no sólo hidropesía (como antes se dijo) sino también elefancía, especie de
              lepra que cunde a todos los miembros de sus obras»<note place="bottom">Jáuregui, 1624:
                30r; y Jáuregui, 2016: <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/front-1#note421_"
                  >http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/front-1#note421_</ref></note>.
              La relación entre enfermedad y monstruosidad, aquí establecida por Jáuregui a través
              de la figura del elefante, es retomada por Faria en la intervención siguiente de
              Lusitano, en clave bíblica, a través de la imagen del cordero dragón del <hi rend="i"
                >Apocalipsis</hi> y del Jacob-Esáu del <hi rend="i">Génesis</hi>:</p>
            <quote>
              <lb/><hi rend="i">Vidi aliam bestiam ascendentem de terra, et habebat cornua duo
                similia Agni, et loquebatur sicut Drago</hi>. <lb/><hi rend="i">Vox quidem, vox
                Jacob est, sed manus, manus sunt Esau</hi>. Manos de Esaú, con voz de Jacob, son
              confusión en Isaac. </quote>
            <p>Esta demonización de los cultos pretende alcanzar un blanco crítico mayor que la
              vanidad de las palabras afectadas. Esta vez, se censura la mezcla de los idiomas –por
              lo menos, la introducción en un idioma de palabras extranjeras– y la correlativa
              pérdida de la identidad del locutor:</p>
            <quote>Y así, continuando lo comenzado, digo que no puede haber mayor desatino, ni
              principio más acomodado para mil impropiedades que escribiendo en español, hablar en
              griego. Veis un hombre, español os parece. Veis sus escritos, parecen griegos. </quote>
            <p>Con las partes o instrumentos de la lengua española, los cultos escriben un idioma
              extranjero, impropio, es decir, contradictorio en su esencia misma<note place="bottom"
                >Véase el trabajo ya citado de Lescasse, 2018 sobre la equivalencia entre idioma y
                propiedad.</note>. El griego se emplea aquí como sinécdoque de las lenguas antiguas
              raras y difíciles, amplificando la crítica tópica que se le dirigió a Góngora de
              querer latinizar la lengua española. Respecto al latín, introduce un grado mayor de
              extrañeza, por la diferencia de alfabeto y por su escasa práctica entre los letrados
              españoles. Mediante el paralelismo de los dos endecasílabos que clausuran la cita,
              Faria juega con la monstruosidad atribuida a la poesía culta.</p>
            <p>Así es como se entiende el soneto de cultista «No ha visto copia igual, dulce de
              amores» citado por Faria. Sin mencionar la complicación sintáctica o conceptual del
              texto, Lusitano solo repara en el léxico empleado, destacando en una larga lista los
              cultismos allí empleados<note place="bottom">Véase la nota <ref xml:id="ref31"
                  target="ref32">138</ref>.</note>:</p>
            <quote>
              <lb/>Lusitano […] Pues, ¿qué propiedad de lengua se puede hallar en un soneto donde se
              encuentran estas: «cerúleo, radiante, joven, lucífero, girante, apógrafos, candores,
              analogía, alucinante, armónico, deplorante, ceda, plectro, arminoso, bruma, concento,
              [p. 50] mesto, gémino, transmigración»? <lb/>Sannazaro: Recitadle, por vida vuestra,
              señor Lusitano, que se puede tener a milagro que se ensarten sin peligrar el decoro
              voces tan ajenas en nuestro idioma. </quote>
            <p>Sin embargo, los cultismos enumerados por Faria son de índole muy variada, y ofrecen
              una idea extraña del supuesto estilo culto, como hemos evidenciado en el siguiente
              cuadro. Para cada cultismo del soneto, indicamos el número de apariciones en el corpus
              gongorino y lo contrastamos con el número de parodias que lo emplean, siguiendo en
              ello la información proporcionada por Dámaso Alonso en su análisis de los «vocablos
              cultos de la ‘Soledad Primera’» y en la «Lista de palabras afectadas según censuras y
              parodias literarias del siglo XVII»<note place="bottom">Alonso, 1961: 48-66 y
                95-108.</note>:</p>
            <table>
              <row>
                <cell>Faria e Sousa</cell>
                <cell>
                  <p>Góngora<note place="bottom">Establezco estas cifras en base al corpus de las
                      obras de Góngora publicado en línea en el marco del proyecto Góngora-OBVIL
                        <ref
                        target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/gongora_obra-poetica"
                        >http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/gongora_obra-poetica</ref>
                      [consultado el 1/10/2018].</note></p>
                </cell>
                <cell>Otras parodias</cell>
              </row>
              <row>
                <cell>alucinante</cell>
                <cell>0</cell>
                <cell>0</cell>
              </row>
              <row>
                <cell>analogía</cell>
                <cell>0</cell>
                <cell>1 (Moreto)</cell>
              </row>
              <row>
                <cell>apógrafos</cell>
                <cell>0</cell>
                <cell>0</cell>
              </row>
              <row>
                <cell>arminoso</cell>
                <cell>0</cell>
                <cell>0</cell>
              </row>
              <row>
                <cell>bruma</cell>
                <cell>0</cell>
                <cell>0</cell>
              </row>
              <row>
                <cell>candores</cell>
                <cell>7</cell>
                <cell>10 (Lope, Tirso de Molina, Quevedo, Calderón)</cell>
              </row>
              <row>
                <cell>ceda</cell>
                <cell>0</cell>
                <cell>3 (Lope, Quevedo)</cell>
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              <row>
                <cell>cerúleo</cell>
                <cell>4</cell>
                <cell>2 (Tirso de Molina)</cell>
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              <row>
                <cell>concento</cell>
                <cell>8</cell>
                <cell>1 (Quevedo)</cell>
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                <cell>deplorante</cell>
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              </row>
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                <cell>gémino</cell>
                <cell>2</cell>
                <cell>1 (Lope)</cell>
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              <row>
                <cell>girante</cell>
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                <cell>harmónico</cell>
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                <cell>joven</cell>
                <cell>33</cell>
                <cell>2 (Quevedo)</cell>
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              <row>
                <cell>lucífero</cell>
                <cell>1</cell>
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                <cell>mesto</cell>
                <cell>0</cell>
                <cell>1 (Lope)</cell>
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              <row>
                <cell>plectro</cell>
                <cell>5</cell>
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                <cell>radiante</cell>
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              </row>
              <row>
                <cell>transmigración</cell>
                <cell>0</cell>
                <cell>0</cell>
              </row>
            </table>
            <p>Algunas de estas palabras –como radiante, plectro, harmónico, y quizás también
              cerúleo y concento– ya se empleaban de forma muy común en la poesía castellana de la
              época y no sirven en especial la sátira anticultista. Es evidente para la palabra
              «plectro», que designa el instrumento poético por excelencia. Concento y cerúleo
              quizás suenen más a cultismo, y sin embargo los encontramos bajo la pluma de Lope,
              feroz rival de Góngora<note place="bottom">«Porque la armonía es concento, el concento
                es concordia…» (<hi rend="i">La Dorotea</hi>); «Cuando vuelan los remos como plumas
                / y del cerúleo mar surten espumas» (<hi rend="i">La Circe</hi>). </note>.</p>
            <p>Otro grupo de palabras se presta más a la sátira y coincide con las palabras que
              recibieron mayores críticas por parte de otros autores del tiempo: analogía, candor,
              joven, mesto o el verbo ceder.</p>
            <p>Sin embargo, la mayoría de estas palabras no solo no tienen representación en las
              obras de Góngora, sino que no fueron objeto de sátira alguna por exceder con creces
              las costumbres de los poetas cultos de la época: alucinante, apógrafos, arminoso,
              bruma, deplorante, girante, lucífero, transmigración… Algunas casi no se documentan en
              la literatura de la época: «girante» o «mesto» tienen una representación bajísima en
              el Corpus diacrónico del Español<note place="bottom"
                >http://corpus.rae.es/cordenet.html [consultado el 18/4/17].</note> –respetivamente
              una y cinco apariciones para el período 1550‑1650–. «Apógrafo», «alucinante» y
              «deplorante» no aparecen en CORDE. Eran pues cultismos de los más extravagantes, más
              que caricaturescos, aquellos que el impetuoso y desmedido Faria había desplegado en su
              soneto a Miguel Botelho de Carvalho</p>
            <p>Aunque estas búsquedas no reflejan de ninguna manera una exploración exhaustiva del
              corpus poético español, nos dan una idea razonablemente buena del carácter específico
              y altamente rebuscado y artificial de estos cultismos. De ahí resulta una visión
              exacerbada del pretendido cultismo, que no tiene mucha más existencia que en los
              mismos escritos de Faria.</p>
          </div>
          <div>
            <head>6.3. Luz y oscuridad</head>
            <p>Esta visión binaria de la lengua se ilustra mediante el tópico contraste cromático
              entre luz y oscuridad. Una de las ideas estructurantes de la argumentación de Faria e
              Sousa estriba en la oscuridad de la poética culta. Este término trillado de la
              polémica aparece una vez en boca de Sannazaro («Es irremediable en los españoles, con
              que dan ocasión a muchos para que digan que quieren con la oscuridad de las palabras
              persuadir que dicen más»), pero también se declina en varias otras imágenes
              relacionadas: la ininteligibilidad (el soneto «no será entendido», «aun ahora está más
              oscuro»), el enigma («como a enigma», «son los escritores de este tiempo Esfinges en
              sus escritos»), el absurdo («despiertan absurdos irreparables», «disparates»), el
              engaño («engañar los oídos de ignorantes»). Sin embargo, son los juegos de claroscuro
              los que proporcionan los hallazgos expresivos más eficaces del texto. Además de la
              lograda fórmula que hace de los cultos «tinieblas de sí mismos y de la verdadera
              elocuencia», la imagen del calamar es uno de los éxitos satíricos del fragmento:</p>
            <quote>Lusitano: […] Porque no hay cosa más importuna y digna de reprensión que la
              numerosidad y adorno de palabras exhaustas de todo concepto y lumbre de erudición,
              para engañar los oídos de ignorantes con aquel artificio del calamar, que como
              advierte Horacio en la sátira 5 del libro 1, enturbia el agua para engañar los otros
              peces. Que es lo que en este tiempo solamente se halla en los cultos, con que vienen a
              ser molestia de quien les escucha y tinieblas de sí mismos y de la verdadera
              elocuencia, que consta de mover con claridad […]. </quote>
            <p>La comparación con la sepia cazadora contribuye a prestar a los cultos una estrategia
              activa y deliberadamente engañosa hacia sus lectores, de la misma forma que su cándida
              voz de cordero esconde fuego de dragón–. A su vez, la tinta, sobreentendida en la
              expresión enturbiar, es metonimia de la oscuridad del estilo culto. Toda esta
              intervención de Lusitano, así como la siguiente de Sannazaro, giran en torno a la
              misma idea, retomada luego en las <hi rend="i">Lusíadas comentadas</hi>: los excesivos
              ornamentos («numerosidad y adorno de palabras») mal disimulan la vacuidad del discurso
              culto («exhaustas de todo concepto»). Las consecuentes «tinieblas» que arrojan en
              torno a «sí mismos» («se oscurecen») obstaculizan la «verdadera elocuencia», «lumbre
              de erudición» y «claridad» del discurso, en virtud de una oposición estéril entre
              sombra y luz, que no alcanza en ningún momento la trascendencia (supuestamente)
              característica de las <hi rend="i">Noches claras</hi>.</p>
            <p>En su diálogo erudito, Faria multiplica al contrario imágenes de luz y claridad,
              oponiéndolas a la oscuridad culta. Al calamar, responde, un poco más arriba en la
              misma palestra cuarta, la lechuza de Minerva, comentada por Lusitano citando a
              Macrobio:</p>
            <quote>Que la lengua del sabio ha de ser moderada en las palabras, las cuales han de ser
              hijas del ingenio, con que se penetre la dificultad de los argumentos, y por eso le
              daba la lechuza a la propia Minerva, porque es ave que particularmente penetra el
              oscuro de la noche, y con la luz natural, por las tinieblas halla camino… (p. 43) </quote>
            <p>Al contrario del calamar que enturbia las aguas claras, la lechuza penetra la
              oscuridad creando luz en las mismas tinieblas. Ahora bien, varios de los protagonistas
              que aparecen en la obra también contribuyen a iluminarla. Ya hemos comentado cómo
              Faria juega en su dedicatoria con el apellido de Francisco de Lucena, que lleva en su
              blasón el sol de las <hi rend="i">Noches claras</hi>. Forman parte de la misma
              estrategia las discretas alusiones finales a los blasones de António Pinto y Francisco
              de Morais, citados junto a João de Barros como modelos de buena conversación. Faria
              destaca así las lunas, luces nocturnas, del primero; y, al contrario, la sombra del
              moral que protege al segundo<note place="bottom">Véanse las notas <ref xml:id="ref33"
                  target="ref34">185</ref> e <ref xml:id="ref35" target="ref36">186</ref>.</note>.
              En estos dos casos, más que brillante, la luz se representa como medida y templada, a
              imagen y semejanza de la constancia de la prosa histórica o narrativa que practican
              ambos autores.</p>
          </div>
          <div>
            <head>6.4. Antiguos y modernos</head>
            <p>El modelo de lengua y discurso promocionado por Faria está estrechamente relacionado
              con una concepción conservadora de la historia literaria. Al asociar a los cultos con
              los «modernos», Faria agrupa a los buenos poetas de su época con los autores de la
              Antigüedad, haciéndoles herederos de una cadena poética milenaria. La intervención
              inicial de Elaso establece el marco de esa argumentación:</p>
            <quote>[…] parece en ninguna otra cosa estudian hoy los cultos presuntuosos más que las
              aves de Juno, de que llevan de la mano a la fortuna en esto que es saber. Y es esta
              enfermedad más natural de nuestra España que de otra nación alguna, siendo así que con
              este estudio tan cansado no se mejoran cosa alguna de aquellos que en los tiempos
              pasados les parece que hablaban rústicamente y no al modo que ahora se usa, como ellos
              dicen. Pues, ¿cuál es el de los presentes que se iguale a Torquato Tasso o a Luís de
              Camões y Garcilaso? Que sin mendigar vocablos hinchados, con aquellos antiguos y
              naturales son tersos, castos, elegantes y heroicos, no dejando por antiguos de vencer
              en todo a los modernos. </quote>
            <p>La oposición entres antiguos («aquellos») y modernos («estos»), explicitada en las
              siguientes líneas, se atribuye aquí, con cierta habilidad, a los mismos cultos que
              Faria pretende desautorizar. Con la presunción denunciada a través de la imagen del
              pavo, los cultos desprecian la lección de sus antepasados y, en virtud de una visión
              evolutiva –a ojos de Faria, demasiado progresista– de la historia de la lengua
              poética, juzgan «rústica» su expresión. En respuesta, y según el mismo paradigma
              evolutivo, el «modo que se usa ahora» de los cultos es tachado de sofisticado en
              demasía por sus detractores. El criterio de apreciación compartido por estos juicios
              contrarios es la complejidad del idioma, y en especial del idioma poético. Para
              algunos, el idioma está destinado a desarrollarse y volverse cada vez más sofisticado;
              para otros, esta evolución es corrupción y degeneración. De hecho, Elaso utiliza aquí
              como sinónimos los adjetivos «antiguo y natural»: tan solo el legado histórico y la
              sanción del tiempo determinan la naturalidad de las palabras que componen el idioma.
              Más que la propiedad del léxico y su carácter natural o genuino, lo que reivindica
              aquí Faria es una lengua tan inmutable y eterna como la perfección de la propia
              Jerusalén celeste, que el mismo Elaso describe en la novena intervención.</p>
            <p>Dentro de este esquema, se dibuja una cadena de autoridades en sentido cronológico
              inverso. Retrocediendo en la historia poética del siglo anterior hacia el origen de la
              lírica moderna, Elaso cita a Torquato Tasso, Luis de Camões y Garcilaso de la Vega
              como modelos insuperables (o, por lo menos, no igualados por los modernos). La tríada
              de poetas canónicos (y por tanto antiguos en la clasificación de Faria) aquí alegada
              ejemplifica la paradoja que Faria pretende defender: tres modernos que escriben a lo
              antiguo. Además de ajustarse a las tres naciones representadas por los tres
              interlocutores presentes, trazan, en sentido cronológico inverso, una genealogía o un
              origen de lo que Faria identifica con una poética clásica. Garcilaso es el
              representante por antonomasia de la lengua supuestamente «natural». Tasso –por muy
              poco natural que percibieran su lengua los contemporáneos puristas– fue uno de los
              primeros admiradores de Camões según el propio Faria, quien cita, debajo de los
              retratos yuxtapuestos del poeta y su comentarista (Camões y Faria) el soneto «<hi
                rend="i">Vasco, le ciu felici, ardite antenne</hi>», en elogio a Camões y al
              protagonista de sus <hi rend="i">Lusíadas</hi>, Vasco da Gama<note place="bottom"
                >Faria, 1639: ††4v.</note>.</p>
            <p>Un poco más adelante, el único ejemplo de modernidad no viciada, en términos
              estilísticos, se parangona con el origen mismo de la poesía épica occidental. Miguel
              da Silveira no puede sino escribir «como otro Homero», escapando así a la cadena de la
              historia literaria:</p>
            <quote>[…] ni tiene que imitar en lo pasado, ni podrá ser imitado en lo futuro, que
              puede ser tanto ingenio poderoso en ambos vencimientos. </quote>
            <p>El elogio de Elaso es hiperbólico y Miguel da Silveira es la excepción que confirma
              la regla anteriormente enunciada: elevado a la altura de un nuevo Homero, fundador de
              la tradición épica y más generalmente de la poética occidental, Silveira escapa a la
              cadena imitativa que rige en todo lo demás la legitimidad y la calidad de la tradición
              poética. Ya hemos comentado, sin embargo, el carácter precario y poco acertado de este
              elogio, que se reveló falso una vez conocido <hi rend="i">El Macabeo</hi> y el estilo
              culto de Silveira.</p>
            <p>Tenemos que esperar al final del texto para encontrar un modelo literario más
              realista en el marco del erudito diálogo de Faria: el de la prosa histórica
              portuguesa.</p>
          </div>
          <div>
            <head>6.5. La prosa histórica portuguesa: lengua, nación, género y estilo</head>
            <p>Ya lo hemos anticipado: la argumentación devuelve a Faria, una y otra vez, a la
              cuestión nacional, en virtud de una visión esencialista de la lengua como criterio que
              define al hombre, cuya naturaleza y cuya nación se transforman con el uso de la
              lengua. En efecto, el término «idioma» (sinónimo de lengua) designa el carácter propio
              o propiedad, y se define por su empleo «natural, nativo, original» en contraste con lo
                extranjero<note place="bottom">Lescasse, 2018.</note>. Lo comprobamos en la décima
              intervención de Lusitano:</p>
            <quote>Lusitano: […] Que es lo que en este tiempo solamente se halla en los cultos, con
              que vienen a ser molestia de quien les escucha y tinieblas de sí mismos y de la
              verdadera elocuencia, que consta de mover con claridad, y no peregrinando lenguas, con
              que se escurecen más y estiman menos, pobres en la abundancia de las naturales
              españolas, que pudieran enriquecer las extranjeras si en ellas se hallara este
              desatino de no estimar las suyas […] </quote>
            <p>La mezcla (o peregrinación) de lenguas no solo oscurece el discurso, sino que
              perjudica el idioma español en la jerarquía de las mismas, quitándole la capacidad de
              dejar su huella en otras. La lógica es propiamente colonizadora: peregrinación y
              decadencia es la influencia ajena, mientras que la influencia propia se considera al
              contrario enriquecimiento y lucimiento. Ahora bien, los defectos de la poesía culta
              están asociados con una nación concreta, España –lo repite Elaso en la primera
              intervención («es esta enfermedad más natural de nuestra España que de otra nación
              alguna») y Sannazaro en la undécima («Es irremediable en los españoles»). Esta
              asociación, y el término empleado, merecen un comentario. «España», en su acepción
              moderna, designa el conjunto de la península ibérica así como las posesiones de la
              corona española en el resto de Europa. Así, los tres interlocutores de las <hi
                rend="i">Noches claras</hi>, el castellano Elaso, el portugués Lusitano y el
              napolitano Sannazaro, pertenecen a la misma España. Aquí, sin embargo, «España» remite
              más específicamente al ámbito castellano de este espacio literario plurilingüe,
              especificando pues la nación de Góngora.</p>
            <p>Frente a la corrupción de la poesía castellana, Faria erige otro modelo: un Portugal
              clásico y puro en su expresión literaria, de donde podría llegar una forma de
              regeneración. Lo anuncia Lusitano en la penúltima intervención de la palestra, a
              través de tres ejemplos de autoridades, «aquellos tres famosos Lusitanos y Livios
              Portugueses». Si bien es verdad que el criterio nacionalista constituye aquí como la
              respuesta arbitraria a una cuestión estilística, esta se apoya también en un criterio
              genérico. La «elegancia» de estos autores se debe a su práctica de la prosa narrativa
              o histórica. Dos géneros en los que el mismo Faria proponía ilustrarse en aquellos
              años.</p>
            <p>Tanto Francisco de Moraes, con el famosísimo <hi rend="i">Palmerim de
              Inglaterra</hi>, como João de Barros, en la <hi rend="i">Crónica do Imperador
                Clarimundo</hi>, estaban considerados en la época como maestros de la narrativa
                portuguesa<note place="bottom">Véase la nota <ref xml:id="ref37" target="ref38"
                  >187</ref>.</note>. Ahora bien, y como era de esperar, Faria no había permanecido
              ajeno a la moda de las novelas de caballería. Este interés se plasmó en uno, o quizás
              dos textos. Pudo ser el copista de la primera versión de la <hi rend="i">Crónica do
                Emperador Beliandro</hi> en el códice 8871 de la BNP, firmado en dos lugares con su
              nombre y la fecha de 1604, que documentaría por tanto su participación, con solo
              catorce años, en el «resurgimiento del género caballeresco en tierras
                portuguesas»<note place="bottom">Vargas Díaz-Toledo, 2012: 119-120.</note>. También
              nos llegó mención, a través de la biografía firmada por Francisco Moreno Porcel, de
              que redactó por los mismos años y luego quemó un «Libro de Caballerías, a imitación
              del <hi rend="i">Palmerín</hi>»<note place="bottom">Moreno Porcel, 1650, p. 13, citado
                por Bouza, 2001: 30 y Vargas Díaz-Toledo, 2012: 118.</note>. En su autobiografía,
                <hi rend="i">La Fortuna</hi>, el mismo Faria cita el <hi rend="i">Clarimundo</hi> de
              Barros y el <hi rend="i">Palmerim</hi> de Moraes entre sus lecturas de juventud, con
              especial mención para el segundo:</p>
            <quote>También tenía su lugar [entre mis lecturas] el <hi rend="i">Clarimundo</hi> de
              Juan de Barros y el <hi rend="i">Palmerín de Inglaterra</hi> de Francisco de Morales,
              aunque éste es bien justo le tenga siempre entre los hombres cuerdos, por estilo, por
              invención y por cortesía; al fin, de los libros de caballería el único<note
                place="bottom">Glaser, 1972: 140.</note>. </quote>
            <p>Aunque no se plasmara nunca en una publicación, esta afición de juventud todavía no
              estaba tan lejos del Faria de las <hi rend="i">Noches claras</hi>, a principios del
              decenio de 1620.</p>
            <p>Faria estaría entonces, todavía, tan dedicado a la prosa como a la poesía, como
              demuestran la publicación de las <hi rend="i">Noches claras</hi> en 1624 y del <hi
                rend="i">Epítome de las historias portuguesas</hi> en 1628. Esta última obra, más
              conocida como la <hi rend="i">Europa portuguesa</hi> –título que le fue dado en
              reediciones póstumas, cuando paso a formar conjunto con la <hi rend="i">Ásia</hi> y la
                <hi rend="i">África portuguesa</hi>– era una empresa notable por su ambición:
              trescientas páginas de texto en dos partes, cubriendo la historia del reino desde la
              Antigüedad hasta la fundación del reino de Portugal, un poco antes del año 1100. El
              proyecto del autor era más amplio todavía: ya anunciaba en el prólogo su intención de
              completar la historia del reino de Portugal hasta la actualidad con dos partes más y
              de proseguir con la historia de las conquistas de Asia y África. Ya sabemos que Faria
              cumplió con el proyecto, en forma manuscrita, durante el resto de su vida, y que su
              hijo lo publicó después de la Restauración<note place="bottom">Véanse Faria e Sousa,
                1678 (<hi rend="i">Europa portuguesa</hi>), 1666, 1674 y 1675 (<hi rend="i">Asia
                  portuguesa I, II y III</hi>) y 1681 (<hi rend="i">África
              portuguesa</hi>).</note>.</p>
            <p>No hay duda de que, por aquellos años, Faria se veía como el nuevo historiador de la
              nación portuguesa, con el prestigio añadido de ser capaz de darle, mediante la
              traducción al castellano, un nuevo público en España y por Europa –como bien indica,
              el portugués es «lengua q[ue] por su grandeza y majestad se tiene dificultado a las
              demás naciones»<note place="bottom">Faria e Sousa, 1628, «Prólogo», f. no num.</note>.
              Ahora bien, el prólogo del <hi rend="i">Epítome</hi> nos demuestra que Faria prestó
              gran atención al estilo en el que narraría la historia patria. Así, precisa a sus
              lectores que «tom[ó] licencia para alentar un poco el estilo» de las crónicas de las
              que fue copiando y traduciendo. Ahora bien, el criterio según el cual rige su prosa
              histórica es explícitamente parangonado con el que rige la conversación en las <hi
                rend="i">Noches claras</hi> y se mide por oposición al moderno estilo inspirado por
              Góngora:</p>
            <quote>Paréceles a los modernos, que imitan a Cornelio Tácito, que sembró de aforismos
              políticos sus historias, sin considerar que lo hizo de manera, que apenas con la
              política deja el caso […] Así me parece que imitan algunos historiadores a Tácito,
              como Poetas a don Luis de Góngora. <lb/>Yo seguiré un camino no tan apretado como el
              de Josefo, ni tan licencioso como el de muchos modernos. Hallaráse la historia señora
              del estilo; y este procuraré que sea fácil y abierto, llano y lleno. Si lo consigo,
              daré lo que conviene, sino mostraré que lo conozco. </quote>
            <p>Estilo «fácil y abierto, llano y lleno»: aunque no se plantee aquí la cuestión de la
              propiedad de los términos empleados, reconocemos las exigencias de claridad,
              naturalidad y sustancia del discurso que defendía en las <hi rend="i">Noches
                claras</hi><note place="bottom">Comparado con las intenciones de nuestro autor,
                suena irónico el comentario de Martim Lopes de Almeida (uno de los pocos
                investigadores del siglo pasado que leyó la prosa histórica de Faria) sobre el
                estilo de la <hi rend="i">Asia portuguesa</hi>: «<hi rend="i">Na primeira metade do
                  século XVII Manuel de Faria e Sousa retoma o pensamento do autor das Décadas [João
                  de Barros], ajeitando-o às galas com que se enfeitava a arta literaria do seu
                  tempo, mais atento aos preciosismos da frase e do ritmo do que à pura e exacta
                  averiguação histórica. Fanático admirador de Camões, tributou não menor admiração
                  a João de Barros, a quem classificou de “varon de antigua capacidad en ciencia, y
                  elegancia”, reconhecendo todavia que “aquel excele[n]te Varon, tuvo menos de
                  Orador, que de Geografo, y Politico”. Eis aqui, nesta última frase de Faria e
                  Sousa, expresso já um conceito historiográfico, dir-se-ia melhor, revelado o seu
                  conceito de história. O estilo, na sua grave e altaneira elegância ao modo da
                  época, é a essencial e verdadeira característica da obra de arte, literária ou
                  histórica. A matéria poética ou histórica, motivos e tenas, são meros pretextos
                  para afirmação de qualidades estilíticas de audacioso e arriscado engenho</hi>»
                (Almeida, 1945: <num>x-xi</num>). Todo lo contrario de cuanto Faria pretende
                aquí.</note>. La comparación de Góngora con Tácito, uno de los prosistas latinos más
              elípticos y difíciles, conecta con las preocupaciones de Lope de Vega, como
              comprobaremos en la sección siguiente.</p>
            <p>Finalmente, Faria confiesa haber elegido como fuente de su crónica los escritos de
              Bernardo de Brito por su calidad estilística:</p>
            <quote>En portugués, no tenemos [crónica] alguna con estilo sino las suyas: las otras
              son unas relaciones desnudas y algunas peor. No le faltó a fray Bernardo sino haber
              nacido en Roma siglos antes, que no le excediera Tito Livio en ser venerado. Nacer en
              Portugal para esto es desventura. </quote>
            <p>Si bien estas palabras parecen contradecir el final de las <hi rend="i">Noches
                claras</hi> –de modo oportunista, Faria degrada la prosa patria cuando se trata de
              superarla, mientras que la erige como modelo frente a la poesía culta castellana–,
              podemos suponer que la diferencia de contexto basta para levantar esta contradicción.
              En el <hi rend="i">Epítome</hi>, Faria se hace ilustrador y restaurador del estilo
              cronístico portugués, degradando la prosa patria cuando se trata de superarla; en las
                <hi rend="i">Noches claras</hi>, erige la prosa histórica portuguesa, de la que se
              reivindica implícitamente, como modelo frente a la poesía culta castellana.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>7. Faria e Sousa y la polémica gongorina en torno a 1624</head>
          <p>En el Madrid del decenio de 1620, ganaba fuerza el debate en torno a la poesía de
            Góngora, que comenzaba a salir de los caminos manuscritos para entrar en el campo del
              impreso<note place="bottom">Véase Blanco, en prensa. </note>. Algunos de los grandes
            nombres de la época se juntaban entonces en contra de los cultos:</p>
          <quote>Lope y en buena medida otros rivales de Góngora (así, Quevedo) van a adoptar una
            estrategia podríamos decir que conjunta y muy parecida: como «el mal» ya estaba hecho y
            no tenía remedio, lo prioritario era evitar que se propagara, y para ello no solo había
            que afear en el plano teórico los defectos de esa nueva moda, por un lado, y satirizarla
            y parodiarla en la práctica literaria, por otro, sino que había que tirar contra esa
            incipiente legión de seguidores para evitar que el gongorismo creara escuela: es decir,
            que siguiera siendo tan «recibido»<note place="bottom"><ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1621_censura-lope?q=T%C3%A1cito#mark1"
                >http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1621_censura-lope?q=T%C3%A1cito#mark1</ref></note>. </quote>
          <p>Faria se sumó a esta estrategia, de forma oportunista, con las <hi rend="i">Noches
              claras</hi>, manifestando puntos de contactos llamativos con algunos de los grandes
            actores de la polémica en aquellos años: Lope de Vega, Juan de Jáuregui y Francisco de
            Quevedo.</p>
          <p>Aunque Faria no cite textualmente a Lope ni haga referencia a sus críticas
            anticultistas, la cuarta palestra de las <hi rend="i">Noches claras</hi> manifiesta
            ciertas semejanzas de método con la carta de Lope «a un señor de estos reinos» publicada
            en 1621 a modo de apéndice de <hi rend="i">La Filomena</hi><note place="bottom">Vega,
              1621: 204r-218v; Vega, 2015.</note>. En esta «censura», Lope adornaba su argumentación
            con numerosísimas citas latinas y muchas autoridades griegas que sacó en buena parte,
            como demostró recientemente Pedro Conde, de la poliantea del erudito portugués Andrés de
              Évora<note place="bottom">Évora, 1575.</note>. ¿Pudo Faria encontrar allí un aval para
            la práctica de la erudición de segunda mano que despliega en las <hi rend="i">Noches
              claras</hi><note place="bottom">Véase el comentario de Pedro Conde en el apartado «Un
              enfoque retoricista basado en autores antiguos y modernos» (Vega, 2015: <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1621_censura-lope#front-1-5"
                >http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1621_censura-lope#front-1-5</ref>).</note>?
            De Lope también podía inspirarse Faria en el <hi rend="i">Epítome de historias
              portuguesas</hi> al comparar a Góngora con Tácito. En efecto, el autor de <hi rend="i"
              >La Filomena</hi> se valía de una comparación similar entre oscuridad poética
            (Góngora) y oscuridad en prosa (Tácito) al parangonar a Góngora con Justo Lipsio:</p>
          <quote>Lipsio escribió aquel nuevo latín de que dicen los que le saben que se han reído
            Cicerón y Quintiliano en el otro mundo, y siendo tan doctos los que le han imitado, se
            han perdido; y yo conozco alguno que ha inventado otra lengua y estilo tan diferente del
            que Lipsio enseña, que podía hacer un diccionario, como los ciegos a la jerigonza: y
            así, los que imitan a este caballero [Luis de Góngora] producen partos monstruosos que
            salen de generación, pues piensan que han de llegar a su ingenio por imitar su
              estilo<note place="bottom">Vega, 2015: <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1621_censura-lope#note62_"
                >http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1621_censura-lope#note62_</ref>.
            </note>
          </quote>
          <p>Ahora bien, entre los modelos latinos de Lipsio se encontraba Tácito, que padecía una
            reputación tenaz de autor elíptico y oscuro. Por otra parte, Faria se apropiaba de forma
            muy evidente algunas de las estrategias de legitimación más características de Lope de
            Vega, como la fecundidad, abundancia y copia de su producción, o la orquestación de la
            difusión impresa de sus trabajos<note place="bottom">Me hago portavoz de las
              conclusiones de Joseph Roussiès en su comunicación titulada «Faria y Sousa
              castillanise le mètre italien : le cas du madrigal» (en «Les stratégies de la
              légitimation des poètes et de la poésie», seminario LEMH, 20 de febrero de
              2015).</note>.</p>
          <p>El mismo año que las <hi rend="i">Noches claras</hi>, aunque unos meses más tarde,
            salió de la imprenta una pieza importante en el debate sobre la nueva poesía: el <hi
              rend="i">Discurso poético</hi> de Juan de Jáuregui. El autor del <hi rend="i">Antídoto
              contra la poesía de las Soledades</hi> llevaba a cabo sus proyectos editoriales de una
            manera bastante similar a la de Faria. Entre la primavera y el otoño de 1624, pidió y
            obtuvo licencias conjuntas para su <hi rend="i">Discurso</hi> y la <hi rend="i">Fábula
              mitológica de Orfeo</hi>, igual que, un año antes, se habían autorizado juntas las <hi
              rend="i">Noches claras</hi> y las <hi rend="i">Divinas y humanas flores</hi>. Sin
            embargo, en ambos casos (y más claramente todavía en el caso de Faria), los dos autores
            distinguieron entre ambas publicaciones, como bien advirtió Mercedes Blanco:</p>
          <quote>Jáuregui planeó, por consiguiente, una publicación del <hi rend="i">Orfeo</hi> y
            del <hi rend="i">Discurso</hi> que no los confundiera en una obra varia y mezclada como
            lo eran la <hi rend="i">Filomena</hi> (1621) y la <hi rend="i">Circe</hi> (1624) de Lope
            de Vega<note place="bottom">Jáuregui, 2016: <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/front-1#note87"
                >http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/front-1#note87</ref>.</note>. </quote>
          <p>En el caso de Jáuregui, esta operación editorial demostraba una gran coherencia. Se
            trataba de poner en escena los valores de la poesía harmoniosa y heroica a través de una
            respuesta a la vez teórica y práctica a los excesos de los cultos: «el <hi rend="i"
              >Orfeo</hi> es […] en todo programáticamente conforme a las exigencias de la altísima
            poesía que dictamina el <hi rend="i">Discurso</hi>»<note place="bottom">Jáuregui,
              2016.</note>. Algo similar hay en la tentativa editorial de Faria para sus cuatro
            primeras publicaciones impresas de 1624. Él también se adentraba en el campo de la
            poesía narrativa –campo sumamente estratégico desde la publicación de los poemas mayores
            de Góngora– en clave mitológica (con la <hi rend="i">Fábula de Narciso y Eco</hi>) a la
            par que cristiana (con la <hi rend="i">Muerte de Jesús, llanto de María</hi>). Junto con
            estas dos últimas piezas, Faria publicaba una extensa colección de poesías lírica en dos
            partes en las <hi rend="i">Divinas y humanas flores</hi>. En este primer estado de sus
              <hi rend="i">Rimas varias</hi> –lo que pasaría a publicarse de forma muy aumentada
            bajo el nombre de <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi> en los años 1640– se esforzó por
            multiplicar las formas practicadas. Así, el erudito Faria e Sousa de las <hi rend="i"
              >Noches claras</hi> completaba su <hi rend="i">ethos</hi> demostrando las habilidades
            poéticas más variadas.</p>
          <p>Existe, por otra parte, una coincidencia textual entre el <hi rend="i">Discurso
              poético</hi> y el breve fragmento de las <hi rend="i">Noches claras</hi> que editamos.
            Ambos citan en términos idénticos el conocido epigrama de Marcial «<hi rend="i">Scribere
              te quæ vix intelligat ipse Modestus</hi>», destinado a criticar la oscuridad de
            quienes escriben para los hermeneutas y exégetas («<hi rend="i">grammaticis</hi>»)
            (véanse las notas <ref xml:id="ref43" target="ref44">171-173</ref>). Este epigrama
            aparece citado en dos piezas de la polémica anteriores al texto de Faria. El primero es
            la <hi rend="i">Soledad primera del príncipe de los poetas españoles, don Luis de
              Góngora, ilustrada y defendida</hi>, manuscrita, conservada en la Biblioteca del
            seminario de San Carlos de Zaragoza (signatura 15, 26 (14458)) y editada por María José
            Osuna Cabezas<note place="bottom">Osuna Cabezas, 2009: 73.</note>, cuya redacción se
            remonta a los años 1614-1620<note place="bottom">Osuna Cabezas, 2009: 23-29.</note>. En
            esta defensa de la <hi rend="i">Soledad primera</hi> contra el <hi rend="i"
              >Antídoto</hi> de Juan de Jáuregui<note place="bottom">Jáuregui, 2002.</note>, el
            anónimo autor se hace, por así decirlo, abogado de su adversario. El tercer punto de la
            «Introducción a la <hi rend="i">Soledad primera</hi> de don Luis de Góngora, ilustrada y
            defendida» está enteramente dedicado a las «dificultades que se imputan de esta otra de
            las <hi rend="i">Soledades</hi>»<note place="bottom">Osuna Cabezas, 2009: 71-75.</note>.
            Al glosar las críticas de Jáuregui contra la oscuridad de la <hi rend="i">Soledad
              primera</hi>, el autor va acumulando «lugares […] que pudiera haber traído el <hi
              rend="i">Antídoto</hi> para apoyar su pensamiento cerca de la oscuridad que reprehende
            en esta obra». Entre ellos, figura este epigrama de Marcial que Jáuregui no traía a
            colación en el <hi rend="i">Antídoto</hi>. El mismo Jáuregui hizo mano de este epigrama
            en el <hi rend="i">Discurso poético</hi><note place="bottom"><ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_discurso-poetico#note463_"
                >Jáuregui, 2016: 34v</ref>.</note>. Es improbable que alguno de estos textos sea
            fuente de Faria: el primero se difundió tan solo de forma manuscrita y el segundo es,
            como ya comentamos, posterior. En cambio, Faria y Jáuregui compartieron quizás la misma
            fuente (o tal vez directamente la idea y el argumento): ambos dividen la glosa de este
            epigrama en dos partes, traduciendo primero los versos 1-2 y 5-6, glosando a
            continuación del verso 3, y dejando de lado cualquier alusión erudita a Cinna a pesar de
            citar en latín e identificar puntualmente el epigrama completo. El paralelismo del
            método de ambos autores es evidente y pudo por tanto ser deliberado.</p>
          <p>Si no podemos afirmar que las <hi rend="i">Noches claras</hi> desempeñaron un papel
            motor en la crítica contra los supuestos “cultos”, es sin embargo llamativa una última
            coincidencia con los detractores satíricos de don Luis, y en especial con Francisco de
            Quevedo, sin duda el más famoso de todos. El soneto satírico de las <hi rend="i">Noches
              claras</hi> recuerda en efecto el célebre soneto quevediano «Quien quisiere ser culto
            en un día». Este poema forma parte de la <hi rend="i">Aguja de navegar cultos con la
              receta para hacer Soledades en un día</hi>, colofón del <hi rend="i">Libro de todas
              las cosas</hi> que a su vez su incluyó en la publicación de los <hi rend="i">Juguetes
              de la niñez, y travesuras del ingenio</hi> en 1631. A pesar de esta publicación
            tardía, Celsa Carmen García Valdés, editora del texto, se inclina a pensar que fue
            redactado en vida de don Luis, es decir, antes de 1627, en una fecha cercana a la
            difusión de las <hi rend="i">Noches claras</hi><note place="bottom">Quevedo, 1986:
              70-78.</note>. Quevedo combina allí la lista de cultismos con el poema satírico,
            consiguiendo una fórmula mucho más eficiente que el texto de Faria, aunque con medios
            similares.</p>
          <p>Otro autor de la época, Baltazar Mateo Velázquez, hizo mano del mismo procedimiento en
            una miscelánea de erudición en forma de novela en prosa titulada <hi rend="i">El
              filósofo del aldea</hi> (1625). La quinta sección de la novela debate en torno a la
            cuestión «Del bueno y mal lenguaje». Allí, el filósofo protagonista refiere un poema
            amoroso «en lenguaje crítico y culto» caracterizado por «la oscuridad de las frasis y la
            novedad de los vocablos»<note place="bottom">Velázquez, 2019: 143.</note>. También cita,
            del mismo autor y con evidente intención satírica, un soneto confuso que presenta
            similitudes llamativas con el de Faria. Además de movilizar cultismos poco comunes
            («antrofago» por antropófago en la primera rima), echa mano de la misma rima <hi
              rend="i">radiante</hi> / <hi rend="i">girante</hi> en los versos 2 y 3, del mismo
            concepto de la analogía mediante la forma adverbial «analógicamente», más complicada si
            cabe, y de las palabras «candor» y «ostentar»<note place="bottom">He aquí el soneto
              completo: «Cambiantes luces, hijas de antrofagos, / que el primero candor, si bien
              radiante, / en el truco, si intrépido girante, / huyendo voy, los ojos hechos lagos.
              // Cambio de tu crueldad, cuyos estragos / huyo antes de que de Febo radiante / sepa
              la corte del Pastor amante / surtir, si no favor, duros amagos. // Ostentad menos
              furia, o ya perdido / crédito y cambio de quien he quebrado / y escapo con la ropa en
              el arena. // Analógicamente he consumido / en vuestros cambios bien y mal ganado / la
              culpa es mía, lloraré la pena» (Velázquez, 2019: 144).</note>. No cabe duda de que
            Faria y Velázquez frecuentaban los mismos círculos anticultos, o que se leyeron el uno
            al oro.</p>
          <p>La coincidencia con la sátira de tono quevediano es más llamativa aún en lo que atañe
            al concepto de claroscuro, que vertebra las <hi rend="i">Noches claras</hi>. En virtud
            de una paradoja cromática, el editor que eligió el título pretendía hacer brotar de las
            noches estudiosas la claridad del entendimiento y sabiduría de los doctos personajes.
            Años más tarde, al redactar su autobiografía, Faria traía a colación la crítica de este
            título que supuestamente había dirigido al impresor, y que ya hemos citado en parte:</p>
          <quote>Bien veo que vuestra merced, por ver que estos mis <hi rend="i">Discursos</hi> se
            suponen en pláticas de algunos estudiosos que se juntaban ciertas noches, al modo de las
            ticas de Aulo Gelio, gustó de llamarlos <hi rend="i">Noches claras</hi>. El “claras”,
            aunque había luces en el aposento de estas conversaciones, extraño más que el “Noches’’
            por dos causas: una, porque pensarán que yo con este nombre me introduzco en el libro o
            en la sarta de los claros varones, como conde Claros; otra porque lo que viene añadido a
            estas <hi rend="i">Noches</hi> no las hace tan claras como oscuras, y así no corresponde
            el título a la obra<note place="bottom">Glaser, 1960: 173.</note>. </quote>
          <p>Mal merecían su título unas <hi rend="i">Noches claras</hi>oscurecidas por los
            cultismos del editor y, además, por la sospecha de que estas aventuras nocturnas eran de
            corte amoroso y licencioso, como aquellas del conde Claros del romance. Ahora bien, la
            sátira quevediana del poeta culto cogido por la <hi rend="i">Hora</hi> se funda en el
            mismo juego cromático de claroscuro, aunque a la inversa:</p>
          <quote>
            <p>Cogióle la <hi rend="sc">hora</hi> en la cuarta estancia, y a la obscuridad de la
              obra –que era tanta que no se vía la mano–, acudieron lechuzas y murciélagos, y los
              oyentes encendiendo linternas y candelilles, oían de ronda la Musa a quien llaman</p>
            <p rend="indent">la enemiga del día</p>
            <p>que el negro manto descoge.</p>
            <p rend="indent">Llegóse uno tanto con un cabo de vela al poeta noche de inverno, de las
              que llaman boca de lobo, que se encendió el papel por en medio. Dábase el autor a los
              diablos de ver quemada su obra, cuando el que la pegó fuego le dijo:</p>
            <p>– Estos versos no pueden ser claros y tener luz si no los queman: más resplandecen
              luminaria que canción<note place="bottom">Quevedo, 1987: 174-176. Se conjetura que el
                texto fue compuesto «hacia mediados de la década de 1630» (Schwartz, 2009:
                29).</note>.</p>
          </quote>
          <p>La luz que mal consigue brotar de la oscuridad, en la crítica fariana, se torna en una
            luz devoradora que engendra la destrucción de la poesía culta. La imagen del poeta <hi
              rend="i">Noches de invierno</hi> remite, por su parte, a la misma erudición inspirada
            en Aulo Gelio.</p>
          <p>Ningún elemento textual permite afirmar que Quevedo conociera ni se inspirara en Faria.
            Pero sin duda podemos concluir que Faria sí olía el ambiente del tiempo y procuraba
            acercarse a algunas de las formas más logradas de crítica anticulta de la época.</p>
        </div>
        <div>
          <head>8. [Conclusión]</head>
          <p>En 1624, cuando publicó las <hi rend="i">Noches claras</hi>, Faria era un autor
            principiante: imprimía por primera vez un escrito suyo y acababa de llegar de la región
            de Oporto a la corte madrileña. Su estrategia, para prosperar en este nuevo contexto,
            consistió en elegir bando en lo que era la gran contienda literaria del momento: contra
            Luis de Góngora y los llamados cultos, tomó el partido del dramaturgo Lope de Vega y de
            los poetas portugueses que le rodeaban, sin todos ser antigongorinos.</p>
          <p>La crítica que dirige a los seguidores de la nueva poesía es limitada a un breve aunque
            significativo fragmento dentro de diálogo erudito que reflexiona en acto sobre el arte
            de la conversación cortesana. La erudición allí desplegada por Faria es de segunda mano
            y sigue las fuentes enciclopédicas que manejó el autor. En efecto, este pretendía
            deleitar con el tono relajado de la conversación más que hacer obra rigurosa de
            filósofo. Así, su crítica a los cultos no es rigurosa en términos lógico y tampoco se
            basa en argumentos poéticos o lingüísticos, aunque sí se muestra eficaz y persuasiva en
            el tono satírico y en las imágenes desplegada.</p>
          <p>Para ello, de forma paradójica, Faria escenifica su propia conversión al antigongorismo
            al citar un sorprendente y caricaturesco soneto culto que él mismo había compuesto unos
            años antes, cuando, según cuenta, había caído bajo el poder de la peligrosa secta que
            luego, con más conocimiento todavía, se afanó en burlar. Bajo su pluma, los cultos se
            vuelven monstruosas criaturas como el cordero del <hi rend="i">Apocalipsis</hi>, el
            calamar que embauca sus presas con tinta, los pretensiosos pavos de vanas e hinchadas
            razones. Manifestaba ya el evidente gusto por la polémica que caracterizó el conjunto de
            su carrera como autor.</p>
          <p>Frente a los cultos, Faria defiende una visión conservadora de la lengua, cuya
            claridad, pureza y propiedad ha de seguir el modelo inmutable de los mejores poetas
            antiguos, alcanzados tan solo por un puñado de grandes modernos. Entre ellos, destacan
            los historiadores y prosistas portugueses, que Faria, en cuanto historiador, pretendía
            imitar. Las jerarquías que establece en el campo literario son, pues, más de facción y
            de afinidades nacionales que propiamente poéticas.</p>
          <p>La crítica anticultista de las <hi rend="i">Noches claras</hi> no recibió eco en la
            polémica, y no se volvió a citar el texto, al contrario de las <hi rend="i">Lusíadas
              comentadas</hi>. En cambio, los textos aducidos, los autores referidos y la elección
            del tono satírico sí demuestran que Faria seguía la moda anticultista de su tiempo.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. [Establecimiento del texto]</head>
          <p>Esta edición está basada en el texto del impreso de 1624 y en el ejemplar BNE, R. 5924.
            Hemos cotejado el texto de 1624 con el de la edición póstuma de 1674 usando el ejemplar
            BNP, RES 1098 P. Los cambios, que pueden ser de la mano de Faria a través de un impreso
            corregido, como hacía muy a menudo, están indicados en las notas de edición crítica
            numerada en cifras romanas.</p>
        </div>
        <div>
          <head>10. [Bibliografía]</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras hipotéticamente citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p><hi rend="sc">Cartari</hi>, Vincenzo:</p>
            <bibl>–,<ref target="https://archive.org/details/leimaginideidegl01cart/page/n3"><hi
                  rend="i">Le imagini degli Dei degli Antichi, del Signor Vincenzo Cartari
                  Regiano</hi>, novamente ristampate &amp; ricorette, por ejemplo en la edición
                publicada In Padoa, apresso Pietro Paulo Tossi libraro, 1608</ref>.</bibl>
            <p><hi rend="smallcaps">Carvalho</hi>, Miguel Botelho de:</p>
            <bibl>–, <ref target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000171178&amp;page=1"><hi
                  rend="i">La fabula de Piramo y Tisbe</hi></ref>, En Madrid, por la viuda de
              Fernando Correa, 1621.</bibl>
            <bibl><hi rend="smallcaps">Erasmo, </hi>Desiderio:</bibl>
            <bibl>–, <title>Adagios</title>.</bibl>
            <p><hi rend="smallcaps">Gândavo</hi>, Pero de Magalhães:</p>
            <bibl>–, <ref target="http://purl.pt/12144">
                <hi rend="i">Regras que ensinam a maneira de escreuer a orthographia da lingua
                  portuguesa: com hum Dialogo que adiante se segue em defensam da mesma lingua</hi>
              </ref>
              <ref target="http://purl.pt/12144">, Em Lisboa, na officina de Antonio Gonsaluez,
                1574</ref>
              <hi rend="smallcaps"> </hi> y/o su reedición <ref target="http://purl.pt/15208">
                <hi rend="i">Regras que ensinam a maneira de escreuer a orthographia da lingua
                  portuguesa: com hum Dialogo que adiante se segue em defensão da mesma lingua</hi>
              </ref>
              <ref target="http://purl.pt/15208">, Em Lisboa, por Belchior Rodriguez vendemse em
                casa de Ioão d`Ocanha, 1590</ref>
              <hi rend="smallcaps">.</hi>
            </bibl>
            <p><hi rend="smallcaps">Horacio Flaco</hi>, Quinto:</p>
            <bibl>–, <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=5bBgfOdRfIsC&amp;printsec=frontcover&amp;hl=fr&amp;source=gbs_ge_summary_r&amp;cad=0#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  ><hi rend="i">Q. Horacio Flacco Poeta lyrico latino. Sus obras con la declaracion
                  Magistral en lengua Castellana. Por el Doctor Villen de Biedma</hi></ref>, En
              Granada. Por Sebastian de Mena. Año 1599. A costa de Iuan Diez mercader de
              libros.</bibl>
            <p><hi rend="sc">Silveira</hi>, Miguel de:</p>
            <bibl>–, <title>El Macabeo: poema heroico</title>: fragmentos, comentarios, alusiones
              que ya circulaban antes de 1624. Faria no tuvo entonces acceso a la versión impresa
              recogida en el punto 2.2 de esta bibliografía.</bibl>
            <p><hi rend="sc">Vega</hi>, Garcilasso de la:</p>
            <bibl>–, <ref target="http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000015361"><hi rend="i"
                  >Obras, con anotaciones de Fernando de Herrera</hi>, En Sevilla, por Alonso de la
                Barrera, 1580</ref>.</bibl>
          </div>
          <div>
            <head>10.2. Obras citadas por el editor</head>
            <div>
              <head>10.2.1. Impresos anteriores a 1800</head>
              <p><hi rend="smallcaps">Aldrete</hi>, Bernardo:</p>
              <bibl>–, <ref target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000009833&amp;page=1"><hi
                    rend="i">Del origen, y principio de la lengua castellana o romance que oi se usa
                    en España</hi></ref>. En Roma, acerca de Carlo Willietto en el año del Señor
                1606.</bibl>
              <p><hi rend="sc">Alemán</hi>, Mateo:</p>
              <bibl>–, <title>Ortografia Castellana</title>, En Mexico, en la imprenta de Ieronimo
                Balli, 1609.</bibl>
              <p><hi rend="smallcaps">Alessandri</hi>, Alessandro:</p>
              <bibl>–, <title>Alexandri ab Alexandro, Neapolitani J.C., Genialium dierum Libri
                  sex</title>, Lugduni, apud Pavlum Frellon, [1616]</bibl>
              <bibl><hi rend="smallcaps">Antonio</hi>, Nicolás:</bibl>
              <bibl>–, <title>Bibliotheca Hispana Nova sive hispaniorum scriptorum qui ab anno
                  [1500] ad [1684] floruere notitia</title>, Matriti, apud Joachium de Ibarra
                Typographum regium, 1783.</bibl>
              <p><hi rend="sc">Barros</hi>, João de:</p>
              <bibl>–, <title>1a parte da Crónica do Emperador Clarimundo</title>, Lyxboa, Germão
                Galharde, 1522.</bibl>
              <bibl>–,<title> Grammatica da lingua Portuguesa</title>, Olyssipone, Apud Lodovicum
                Rotorigium Typographum, 1540.</bibl>
              <bibl>–, <title>Asia de Joam de Barros dos fectos que os portugueses fizeram no
                  descobrimento &amp; conquista dos mares &amp; terras do Oriente; contiene Primera
                  década</title>, Em Lixboa, per Germão Galharde, 1552; Segunda década, Em Lixboa:
                per Germão Galharde, 1553; Terceira década, Em Lisboa: por Ioam de Barreira,
                1563.</bibl>
              <p><hi rend="smallcaps">Carvalho</hi>, Miguel Botelho de:</p>
              <bibl>–, <ref target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000014510&amp;page=1"><hi
                    rend="i">Prosas y versos del pastor de Clenarda</hi></ref>, En Madrid, por la
                viuda de Fernando Correa Montenegro, 1622.</bibl>
              <p><hi rend="sc">Cartari</hi>, Vincenzo:</p>
              <bibl>–, <ref
                  target="https://www2.uni-mannheim.de/mateo/camenaref/cartari/cartari1/te01.html">
                  <hi rend="i">Imagines deorum qui ab antiquis colebantur: in quibus simulacra,
                    ritus, caerimoniae, magnaq[ue] ex parte veterum religio explicatur</hi>
                </ref>
                <ref
                  target="https://www2.uni-mannheim.de/mateo/camenaref/cartari/cartari1/te01.html">,
                  por ejemplo en la edición de Lugduni, apud Barptolemaeum Honoratum, 1581</ref>. </bibl>
              <p><hi rend="smallcaps">Covarrubias Orozco</hi>, Sebastián de:</p>
              <bibl>–, <ref target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000178994&amp;page=1"><hi
                    rend="i">Tesoro de la lengua castellana, o española</hi></ref>, En Madrid: por
                Luis Sánchez, 1611.</bibl>
              <p><hi rend="smallcaps">Erasmo</hi>, Desiderio:</p>
              <bibl>–, <ref target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000010005&amp;page=1"><hi
                    rend="i">Adagia quaecumque ad hanc diem exierunt Paulli Manutii
                  studio</hi></ref>, Florentiae, apud Iuntas, Cum plurimis, ac locupletissimis
                indicibus Graecis, &amp; Latinis, quorum non nulli nusquam ante hac impressi
                fuerunt, 1575.</bibl>
              <p><hi rend="smallcaps">Évora</hi>, Andrés de:</p>
              <bibl>–, <title>Sententiae et exempla ex probatissimis scriptoribus collecta et per
                  locos communes digesta</title>, Paris, apud Gulielmum Iulianum, 1575.</bibl>
              <p><hi rend="smallcaps">Faria</hi>, Manuel Severim de:</p>
              <bibl>–, <ref target="http://purl.pt/966"><hi rend="i">Discursos varios politicos por
                    Manoel Severim de Faria Chantre</hi></ref><title>, &amp; Conego na Santa Sê de
                  Euora</title>, Em Evora, impressos por Manoel Carvalho, impressor da Universidade,
                1624.</bibl>
              <p><hi rend="smallcaps">Faria e Sousa</hi>, Manuel de:</p>
              <bibl>–, <ref target="http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000088738"><hi rend="i"
                    >Noches claras</hi></ref>, En Madrid, por la viuda de Cosme Delgado,
                1624a.</bibl>
              <bibl>–, <ref target="https://books.google.fr/books?id=LYqoJ7kniMAC"><hi rend="i"
                    >Divinas y humanas flores, primera y segunda parte</hi></ref>, En Madrid, Por
                Diego Flamenco y a su costa, 1624b.</bibl>
              <bibl>–,<title>Narciso &amp; Echo</title>, ¿Lisboa?, s. n., 1624c.</bibl>
              <bibl>–, <ref target="http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000061876"><hi rend="i"
                    >Muerte de Jesus, llanto de María</hi></ref>, Madrid, Juan Delgado,
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                  Vopiscus; Isaacvs Casavbonvs ex vett. libris recensuit…</title>, Parisiis, Apud
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                    Christo y de la Casa Real: contiene una relacion de su vida, vn catalogo de sus
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                  se representaron y los Versos que en la Iusta Poetica se escriuieron</title>, En
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            </div>
          </div>
        </div>
      </div>
      <div>
        <index indexName="resp" n="Faria e Sousa, Manuel de"/>
        <index indexName="date" n="1624"/>
        <head>Texto de la edición</head>
        <div>
          <head rend="center">«En ninguna otra cosa estudian hoy los cultos presuntuosos, más que
            las aves de Juno»<note place="bottom">En la cuarta palestra del primer libro de las <hi
                rend="i">Noches claras</hi> –de la que editamos este fragmento–, la tertulia entre
              Lusitano (portugués), Elaso (español) y Sannazaro (napolitano) versa, de forma
              reflexiva, sobre el arte de la conversación: «Partes de la conversación. Para los
              habladores en su lengua, y para los que sin su lengua hablan» (pp. 39-56). Las páginas
              que preceden este fragmento (39-47) están señaladas en el índice de «Algunas de las
              cosas notables de este libro» con el marbete «Conversación: cuál debe ser» (f. Ii6r°).
              Elaso ha sugerido que «con responder en tiempo y cuidadoso, luego se seguirá el fruto
              que se pretende de la conversación, que es por número las palabras y por peso las
              sentencias» (p. 47). Este comentario da pie a varias reflexiones de Sannazaro: las
              sentencias «no solamente han de ser en cualquier materia, sino en las que fueren
              dignas de entrar en discurso, honesta y provechosa»; en cuanto a las palabras,
              «tampoco […] basta que sean pocas, sino que han de ser tersas y naturales»
              (pp. 47-48). Este es el modelo de conversación propuesto por Faria y a que alude por
              boca de Elaso con el pronombre «esto». A continuación, responde Elaso en la primera
              intervención del fragmento aquí editado, disparando contra los cultos.</note></head>
          <pb n="p. 48"/>
          <div>
            <head>[1] Elaso</head>
            <p>Es tanto al contrario esto en este tiempo<note place="bottom">Elaso responde al
                precepto formulado por Sannazaro en su intervención anterior: «Y Séneca, en las <hi
                  rend="i">Epístolas morales</hi> del libro octavo, [dice] que no conviene gastar
                tiempo en el estudio de palabras». Se refería a un fragmento de las <hi rend="i"
                  >Epístolas morales a Lucilio</hi> (VIII, 71, 6) donde el filósofo insta a su
                dedicatario a no limitarse al estudio pueril de las sílabas que componen una
                palabra: «<hi rend="i">Erige te, Lucili uirorum optime, et relinque istum ludum
                  litterarium philosophorum qui rem magnificentissimam ad syllabas uocant, qui
                  animum minuta docendo demittunt et conterunt</hi>» (‘Levanta tu espíritu, Lucilio,
                tú, el mejor de los hombres, y abandona [las puerilidades literarias] de los
                filósofos que reducen a sílabas un tema nobilísimo, que enseñando nimiedades
                deprimen y fatigan el alma’, corrijo Séneca, 1986: 406).</note> que parece en
              ninguna otra cosa estudian hoy los cultos presuntuosos más que las aves de Juno<note
                place="bottom">Estudiar en algo: esforzarse, poner estudio, aplicación o cuidado en
                algo (es el sentido latino de <hi rend="i">studere in aliqua re</hi>: aplicarse a
                algo) Por eso hacen lo contrario de lo que recomienda Séneca, que no se ponga
                cuidado o estudio en las palabras. Por ave de Juno se entiende el pavo real, cosa
                que todo el mundo sabía entonces: este pájaro es el atributo de la diosa, que
                siempre aparece a su lado en las representaciones iconográficas antiguas y modernas:
                fue ella quien le dio su apariencia, sembrando los centenares de ojos del gigante
                Argos en su cola. Los pavos reales son, a la par, símbolo de belleza y de orgullo y
                vanidad: nos dice Cartari, a través de Boccacio, que «<hi rend="i">parlino
                  superbamente, siano arroganti, &amp; voglino sempre stare sopra a gli altri,
                  piacendo loro di essere laudati</hi>» (1608: 122, ‘habla con soberbia, son
                arrogantes y quieren siempre estar encima de los demás, pues les gusta que les
                alaben’). </note>, de que llevan de la mano a la fortuna en esto que es saber<note
                place="bottom"><hi rend="i">de que</hi>: de modo que. Es decir: los cultos,
                presuntuosos como pavos, presumen de que la fortuna, como ciega que es, se deja
                llevar adonde la quieren guiar, en esto del saber. Según Faria, demuestran así más
                ceguera (a pesar de sus mil ojos de pavos) que la fortuna caprichosa que camina con
                los ojos vendados.</note>. Y es esta enfermedad más natural de nuestra España que de
              otra nación alguna<note place="bottom">La metáfora de la enfermedad para condenar a
                Góngora, a los poetas cultos y a su lengua poética –con todas sus variantes, peste,
                pestilencia, pestífero, hidropesía, elefancía, lepra, o hinchazón– es recurrente en
                la polémica: véase la <ref xml:id="ref30" target="ref29">introducción</ref>. Aquí,
                el término «España» no designa la monarquía compuesta española –de la que son
                sujetos los tres interlocutores castellano, portugués y napolitano–, sino que se
                refiere más específicamente el ámbito castellano de este espacio literario
                plurilingüe. De Portugal es de donde podría llegar una forma de regeneración (véase
                la nota <ref xml:id="ref41" target="ref42">188</ref> y la introducción 6.5).</note>,
              siendo así que con este estudio tan cansado<note place="bottom"><hi rend="i"
                  >Estudio</hi>, y en la frase anterior <hi rend="i">estudian</hi>, se entienden en
                el sentido latino de aplicarse, esforzarse, redundado por el adjetivo
                «cansado».</note> no se mejoran cosa alguna de aquellos que en los tiempos pasados
              les parece que hablaban rústicamente y no al modo que ahora se usa, como ellos dicen.
              Pues, ¿cuál es el de los presentes que se iguale a <persName type="authority"
                key="Tasso, Torquato">Torquato Tasso</persName> o a <persName type="authority"
                key="Camões">Luís de Camões</persName> y <persName type="authority" key="Garcilaso"
                >Garcilaso</persName>? Que sin mendigar vocablos hinchados<note place="bottom"
                >Hinchados son los vocablos que sacan su grosor vano del aire que se les inyecta, y
                carecen, por tanto, de sustancia y credibilidad.</note>, con aquellos antiguos y
              naturales son tersos, castos, elegantes y heroicos, no dejando por antiguos de vencer
              en todo a los modernos. De tal suerte que con esta fama serán eternos, si ya la de los
              tres no escurece el <persName type="authority" key="Silveira, Miguel de">nuevo Apolo
                Lusitano</persName>, que del Aquiles de los Macabeos, en numerosa trompa y clarín
              sonoro, dando nueva vida a sus hazañas, dará perpetua envidia a las mismas musas<note
                place="bottom">Apolo Citaredo, dios de la poesía, es sinécdoque frecuentemente
                empleada para designar al mejor de los poetas. La perífrasis se refiere a Miguel de
                Silveira, poeta de origen converso, autor de <hi rend="i">El Macabeo: poema
                  heroico</hi> (Silveira, 1638). Nacido en Portugal, estudió en las universidades de
                Salamanca y Coimbra la filosofía, la jurisprudencia, la medicina y las matemáticas
                antes de instalarse en Madrid para impartir estas materias en la corte (Silveira,
                1638: a2r-v), donde fue también preceptor de Felipe IV y luego su médico personal en
                los años en que redactaba Faria las <hi rend="i">Noches claras</hi>. En 1638 se fue
                a Nápoles en el séquito del nuevo virrey, el duque de Medina de las Torres y allí
                publicó su poema épico (véase la biografía recientemente actualizada por Blanco,
                2013a: 293-312). Judas Macabeo es el general que encabeza la rebelión de los
                Macabeos y el héroe del poema de Silveira: «El asunto de este poema es la
                restauración del templo de Jerusalén hecha por el invicto Judas Macabeo, acción la
                más ilustre y heroica que conocemos, así por lo misterioso como por la excelencia y
                majestad de la historia digna de ser celebrada por otros ingenios superiores, pues
                el Espíritu Santo la consagró con su pluma» (Silveira, 1638: a2v). Su poema es de
                claro estilo culto y quizás uno de los más oscuros de la épica seiscentista
                española. Comentamos en la introducción esta paradoja, y el conocimiento
                aproximativo que Faria debía de tener de la obra que tanto alaba. Volver a la nota
                  <ref xml:id="ref16" target="ref15">75</ref>.</note>. Pues escribiendo como otro
              Homero, ni tiene que <pb n="p. 49"/> imitar en lo pasado, ni podrá ser imitado en lo
              futuro, que puede ser tanto ingenio poderoso en ambos vencimientos<note type="app"
                rend="I">: El final de la intervención de Elaso y el principio de la siguiente de
                Lusitano («si ya de los tres […] y así, continuando lo comenzado, digo»), es decir,
                toda la alusión a Silveira, aparecen borrados en la edición de 1674: «Elaso: […]
                Pues, ¿cuál es el de los presentes que se iguale a Torquato Tasso o a Luis de Camões
                y Garcilaso? Que sin mendigar vocablos hinchados, con aquellos antiguos y naturales,
                son tersos, castos, elegantes y heroicos, no dejando por antiguos de vencer en todo
                a los modernos, de tal suerte que con esta fama serán eternos. / Lusitano: Ninguno
                que supiese ha dudado jamás de que no puede haber mayor desatino…» (Faria, 1674:
                39). Comento esta omisión en la introducción, <ref xml:id="ref18" target="ref17"
                  rend="i">supra</ref>.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>[2] Lusitano</head>
            <p>Por vida vuestra, que no demos lugar a las alabanzas que merece, pues será imposible
              el saber de ellas y proceder en infinito querer saberlo<note place="bottom"><hi
                  rend="i">Proceder en infinito</hi>: «frase con que se da a entender que no se
                puede explicar una cosa, o que se habla vanamente de ella» (<hi rend="i">Aut</hi>.).
                El <hi rend="i">Macabeo</hi> merece tantos elogios que es imposible conocer todas
                sus perfecciones (como sucede con las perfecciones divinas).</note>. Y así,
              continuando lo comenzado, digo que no puede haber mayor desatino, ni principio más
              acomodado para mil impropiedades que escribiendo en español, hablar en griego. Veis un
              hombre, español os parece. Veis sus escritos, parecen griegos. Cuando lo considero, me
              acuerdo de cómo son parecidos estos a aquella visión del capítulo 13 del
                <title>Apocalipsis</title>, donde dice San Juan: «<quote rend="i">Vidi aliam bestiam
                ascendentem de terra, et habebat cornua duo similia Agni, et loquebatur sicut
                Drago</quote>». De suerte que son los tales como esta bestia, que siendo cordero,
              tenía extrañas voces<note place="bottom"><hi rend="i">Biblia, Apocalipsis</hi>, 13,
                11: ‘Después vi otra bestia que subía de la tierra; y tenía dos cuernos semejantes a
                los de un cordero, mas hablaba como un dragón’.</note>. O, si tiene igual lugar en
              este, aquel del 17 del <title>Génésis</title>, cuando Isaac, presintiendo el
              misterioso engaño de Rebeca, dice: «<quote rend="i">Vox quidem, vox Jacob est, sed
                manus, manus sunt Esau</quote>». Manos de Esaú, con voz de Jacob, son confusión en
              Isaac <note place="bottom">La referencia de Faria está errada, se trata de un
                fragmento del <hi rend="i">Génesis</hi>, XXVII, 22. Rebeca e Isaac tuvieron hijos
                mellizos, Esaú, que nació muy peludo, y Jacob, respectivamente fundadores de los
                pueblos edomita e israelí. Esaú, primogénito, debía heredar con privilegios
                superiores a su hermano. Para favorecer a Jacob, su hijo preferido, con la bendición
                de Isaac al hijo primogénito, Rebeca concibió un ardid. Isaac, ya viejo y ciego,
                reclamó a su hijo mayor un guiso. Mientras Esaú cazaba para el guiso, ella preparó
                el mismo plato y vistió a Jacob con las vestimentas de Esaú, cubriéndole también las
                manos con pieles de cabritos para simular el vello natural de Esaú. Así disfrazado,
                logró engañar a su padre y se hizo con su bendición y la herencia de Esaú. Tan solo
                la voz podía traicionarle, y es este el fragmento, en el que Isaac duda de la
                identidad de su hijo, que cita Faria.</note>. Pues, ¿qué propiedad de lengua se
              puede hallar en un soneto donde se encuentran estas: «cerúleo, radiante, joven,
              lucífero, girante, apógrafos, candores, analogía, alucinante, armónico, deplorante,
              ceda, plectro, arminoso, bruma, concento, <pb n="p. 50"/> mesto, gemino,
                transmigración»<note place="bottom">Comentamos el carácter extravagante y a la vez
                poco acertado de esta lista satírica de cultismos en la introducción, nota <ref
                  xml:id="ref32" target="ref31">93</ref>.</note>? ¿Qué le da de español a semejante
              poesía?</p>
          </div>
          <div>
            <head>[3] Sannazaro</head>
            <p>Recitadle, por vida vuestra, señor Lusitano, que se puede tener a milagro que se
              ensarten sin peligrar el decoro voces tan ajenas en nuestro idioma.</p>
          </div>
          <div>
            <head>[4] Lusitano</head>
            <p>Primeramente es menester que sepáis el asunto, porque aun con saberle entiendo que no
              será entendido. Y si yo, para este mismo efecto de que no lo fuese, no lo comunicara,
              de ninguna suerte me atreviera a reprender en otros lo que en mí, sin este
              pensamiento, fuera culpa averiguada<note place="bottom">Lusitano, figuración
                intratextual de Faria (Pereira, 2015: 216), glosa la frase anterior y el carácter
                ininteligible del soneto fuera de su contexto.</note>. Al fin, el asunto es loar un
              amigo que escribió la tragedia de Píramo y Tisbe, por no decir por rodeos los Amantes
                Babilónicos<note place="bottom">Los jóvenes amantes Píramo y Tisbe, «amantes
                babilónicos», vivían en la ciudad de Babilonia. Rehusando la perífrasis («por
                rodeos») y nombrando a los amantes, Faria explicita que no quiere caer en los vicios
                de los cultos. Al elegir Babilonia como escenario de los trágicos amores de Píramo y
                Tisbe, Góngora se burlaba de sus detractores y de la acusación a la que se enfrentó
                de deformar el castellano mediante un lenguaje babélico. Faria no parece haber
                entendido este punto ni estar jugando con él en este fragmento. </note>. Y el soneto
              es este<note place="bottom">El soneto se basa en la versión ovidiana de su trágica
                muerte (Ovidio, <hi rend="i">Transformaciones</hi>, IV, 55-165; 2008: 364-370) para
                construir el elogio a Miguel Botelho de Carvalho, autor de una <hi rend="i">Fábula
                  de Píramo y Tisbe</hi> (En Madrid, por la viuda de Fernando Correa, 1621), en cuyo
                paratexto el mismo Faria había publicado este soneto de elogio (Carvalho, 1622:
                2v°). Esta versión inicial del soneto presentaba algunas lecciones distintas, luego
                corregidas por Faria. En especial, en el verso 5, la composición iba dirigida a
                «Miguel [Botelho]», aquí anonimizado mediante el apóstrofe «Señor». Faria también
                corrigió algunos aspectos de estilo: invirtió el orden de los verbos en el segundo
                verso (originalmente «en cuanto ve cerúleo, huella radiante»). Este soneto atestigua
                una verdadera conversión del cultismo al anticultismo por parte del autor y poeta
                (Plagnard, 2017), conversión que el mismo Faria reconoce, en su autobiografía, haber
                experimentado poco después de su llegada a Madrid (véase, en la introducción al
                presente estudio, las notas <ref xml:id="ref4" target="ref3">41</ref> y <ref
                  xml:id="ref10" target="ref9">63</ref>).</note>:</p>
            <quote>
              <lg>
                <l>No ha visto copia <note place="bottom">Esta palabra tiene con toda probabilidad
                    un doble sentido. En sentido literal, la copia designa la imitación que Botelho
                    de Carvalho hace aquí de la fábula antigua de Píramo y Tisbe. «Copia» es también
                    un cultismo por italianismo: <hi rend="i">coppia</hi>, pareja, la que forman
                    Píramo y Tisbe. Véase Alonso, 1961: 67. Volver a la nota <ref xml:id="ref46"
                      target="ref45">142</ref>.</note> igual, dulce de amores</l>

                <l>en cuanto huella cerúleo, ve radiante <note place="bottom">Verso
                    hipermétrico.</note></l>
                <l>el joven, que lucífero girante<note place="bottom">Con este último adjetivo,
                    «girante» Faria rinde homenaje a Botelho de Carvalho quien, en la descripción de
                    la puesta del sol, la fatídica noche de la muerte de Píramo y Tisbe, recurriendo
                    a la alusión mitológica, pintaba los giros del astro solar y su curso paralelo
                    al de los girasoles (Carvalho, 1622: octs. 53-54, f. 14r-v). </note></l>
                <l>se acuesta en vidrios y despierta en flores<note place="bottom">La sucesión del
                    atardecer y del amanecer se encuentran por ejemplo en la <hi rend="i">Primera
                      Soledad</hi>: «y miserablemente / campo amanezca estéril de ceniza / la que
                    anocheció aldea» <ref
                      target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/gongora_obra-poetica?q=miserablemente#mark2"
                      >(Góngora, 2016: vv. 656-658)</ref>. Sobre la asociación de la Aurora con las
                    flores en el corpus gongorino, véase <ref
                      target="https://journals.openedition.org/e-spania/26742#ftn48">Plagnard, 2017:
                      n. 48</ref>.</note>.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>Apógrafos, señor, dais en candores, </l>
                <l>al que os ve de analogía alucinante<note place="bottom">«Aluzinar», de <hi
                      rend="i">hallucinare</hi>, «es verbo latino, y algunos demasiado de
                    bachilleres le han introducido en la lengua castellana. Es como adivinar una
                    cosa, que ni se sabe, ni se entiende bien al modo del que entre las dos luces, o
                    de la tarde, o de la mañana, viendo una cosa le parece otra de la que es»
                    (Covarrubias Orozco, 1611: 60v). Volver a la nota <ref xml:id="ref48"
                      target="ref47">148</ref>.</note>.</l>
                <l>Y armónico en las quejas deplorante,</l>
                <l>consultados lleváis los Ruiseñores.</l>
              </lg><lg>
                <l>Ceda el plectro arminoso al vuestro, en cuanto </l>
                <l>helando llama deslizando bruma<note place="bottom">Este verso, «helando llama,
                    deslizando bruma», calca el motivo gongorino de la bimembración del verso con
                    gerundio, como encontramos, por ejemplo, en «Coros tejiendo, voces alternando»
                    («Soledad primera», v. 540).</note></l>
                <l>de los dos en concento, ostentáis llanto.</l>
              </lg><lg>
                <l>Que cuando en mesto fruto se resuma <pb n="p. 51"/></l>
                <l>el gémino calor del rojo manto</l>
                <l>fue la transmigración a vuestra pluma<note place="bottom">
                    <p>Propongo a continuación una glosa de este soneto que corrige y profundiza la
                      explicación que ya publiqué en Plagnard, 2017.</p>
                    <p>El sol nunca vio, en toda la extensión del cielo, una pareja («copia») tan
                      enamorada como aquella que forman Píramo y Tisbe. En virtud del doble sentido
                      que reviste aquí la palabra «copia» (véase la nota <ref xml:id="ref45"
                        target="ref46">148</ref>), la admiración del sol también se aplica a la
                      propia <hi rend="i">Fábula</hi> de Píramo y Tisbe, luego aludida en el segundo
                      cuarteto. En todo el soneto, se desarrolla este doble sentido, mimético por un
                      lado cuando refiere a los personajes de la fábula, metapoético por otra,
                      cuando alude al poema de Botelho de Carvalho. El sol, Febo, se representa aquí
                      bajo la forma de un dios «joven», «lucífero» pues sostiene la luz y «girante»
                      por las vueltas que da alrededor de la tierra; que se acuesta en el mar
                      transparente como vidrio y se despierta al mismo tiempo que las flores, o con
                      los rosados colores de la aurora. Él nunca vio pareja tan enamorada en todo en
                      espacio que pisa o «huella» (del verbo hollar): un espacio de color azul
                      («cerúleo»), es decir el cielo en el que gira desde su carro solar, un espacio
                      que él mismo ve radiante por la luz de sus propios rayos.</p>
                    <p>En efecto, Miguel Botelho de Carvalho ofrece «al que [le] ve» –es decir, al
                      sol del primer cuarteto y al lector que figura, como indica en su fina lectura
                      Bradbury, 2016–, con este poema, una nueva versión (un «apógrafo», o copia de
                      un autógrafo), en hojas blancas y brillantes de la fábula de Píramo y Tisbe
                      (los «candores» designan, en sentido latino, la blancura brillante, sinécdoque
                      del papel en el que escribe el poeta). Este lector ideal se encuentra sometido
                      a un fenómeno óptico violento provocado por el contraste entre la blancura del
                      papel (los «candores») y la oscuridad circundante. Este lector «alucina» (en
                      el sentido glosado en la nota <ref xml:id="ref47" target="ref48">146</ref>),
                      es decir que ve entre luz y tinieblas, frente a la «analogía» proporcionada
                      por el texto: este último término puede designar tanto el funcionamiento
                      analógico de las metáforas poéticas –la excelencia del estilo poético de
                      Botelho de Carvalho– como, de nuevo, el proceso de imitación y de emulación al
                      que somete la versión clásica de los amores de Píramo y Tisbe. Miguel Botelho
                      de Carvalho crea de esta forma armonía a partir de la disonancia de las quejas
                      amorosas, demostrando así la capacidad del poeta para crear la variedad tonal
                      sugerida por el oxímoron «armonía […] deplorante». El poeta consigue por este
                      medio la adhesión de los pájaros que, por antonomasia, representan la voz
                      poética dolorosa: los ruiseñores. Estos pájaros, nacidos de la metamorfosis de
                      Filomela y Progne, son cantores expertos en quejas deplorantes cuyo canto
                      conoce Carvalho («lleva consultado»): no sólo les pide consejo, u obtiene
                      adhesión, sino que domina ese registro poético. Estos ruiseñores también
                      podrían ser los poetas antiguos y contemporáneos que Miguel Botelho de
                      Carvalho está superando con su apógrafo.</p>
                    <p>El plectro, metonimia de la lira, del poeta debe superar el plectro
                      armonioso, quizá aquel de Apolo, dios poeta por antonomasia. Así, el poeta es
                      capaz de atraer (¿«llama» al lector?) al mismo tiempo que hiela (¿la llama
                      amorosa de Píramo y Tisbe en la muerte?), y de abrumar fluyendo, plasmando así
                      («ostent[ando]») el dolor de los dos amantes en el concierto de sus voces
                      –frecuentemente referidas por Carvalho en estilo directo a lo largo de la
                      fábula–.</p>
                    <p>El efecto poético llega a su punto álgido con la metamorfosis final, cuando
                      la sangre de los amantes colorea a las moras blancas que se tornaron
                      encarnadas. La sangre de los amantes (humor caliente mezclado en este doble
                      suicidio, «gémino calor»), derramada en la capa –de Tisbe o de la misma
                      tierra–, y «resumi[da], quinta-esenciada, en mora morada, «mesta fruta», fruta
                      triste (del latín <hi rend="i">moestus</hi>) por la muerte de los amantes.
                      Jonathan Bradbury apunta como las moras, esenciales para ilustrar la
                      transformación en el texto Ovidio, no aparecían bajo la pluma de Botelho de
                      Carvalho, quien les sustituye «blancas flores coloradas» (Carvalho, 1622:
                      21r°). Faria se inspiró aquí directamente en la versión ovidiana y en el
                      «gemini monimenta cruoris» (Ovidio, <hi rend="i">Transformaciones</hi>, IV,
                      v. 161) que motiva el cultismo «gémino» (Bradbury, 2016). La tristeza de las
                      moras se vuelve finalmente una característica de la pluma de Miguel Botelho en
                      la «transmigración» final: de la sangre de los amantes se nutre el <hi
                        rend="i">pathos</hi> de su fábula. Esta pluma sangrienta también recuerda el
                      sangriento plumaje de la quejosa Filomela transformada en ruiseñor («<hi
                        rend="i">signata sanguine pluma</hi>», Ovidio, <hi rend="i"
                        >Transformaciones</hi>, VI, 670). Volver a las notas <ref xml:id="ref6"
                        target="ref5">41</ref>, <ref xml:id="ref8" target="ref7">60</ref>, <ref
                        xml:id="ref12" target="ref11">64</ref>.</p>
                  </note>.</l>
              </lg></quote>
          </div>
          <div>
            <head>[5] Elaso</head>
            <p>Digo que fue ocioso declarar el asunto a que lo hiciste[i]s, porque aun ahora está
              más oscuro, pues sin saberlo, se le pudiera dar algún entendimiento como a enigma<note
                place="bottom">La clave de lectura proporcionada por Lusitano –este soneto se
                escribió en elogio a la fábula de Píramo y Tisbe y se entiende con este dato de
                contextualización–, es desacreditada por Elaso, que sanciona la completa oscuridad
                de estos versos. Esta réplica asesina, típica de Faria, termina de dar a este
                fragmento el carácter paródico que reconocieron Alonso, 1961: 95-108 y Jammes, 1994:
                706.</note>. Pero si los que lo oyeron le entienden, no lo guarden para sí, que me
              holgaré en extremo de oírle el comento<note place="bottom">He aquí una de las
                numerosas alusiones a la tertulia que sirve de marco a este diálogo y al papel de
                testigo que se otorga a los oyentes (véase la introducción, nota <ref xml:id="ref2"
                  target="ref1">supra</ref>). A esta audiencia remite irónicamente Elaso para
                solicitar un imposible comentario del soneto, interrumpido por el prudente Lusitano
                en la intervención siguiente.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>[6] Lusitano</head>
            <p>Lo mejor será que le dejemos. Y volviendo al intento, digo que no pueden dejar de
              padecer tales obras infinitos inconvenientes, pues intenta un ingenio exprimir
              pensamientos propios con ajenas voces, que antes despiertan absurdos irreparables<note
                place="bottom">«Voces ajenas»: los cultismos anteriormente referidos. La oposición
                entre lo propio y lo ajeno se aplica aquí a la distinción entre pensamiento y
                palabras: el contenido, el sentido, la idea de un poeta puede ser invalidada, en el
                sistema de Faria, por el empleo de un léxico inadecuado por ser ajeno a la lengua
                empleada.</note>. Como se vio entre los Aquilinos y Toscanos, que preguntándose unos
              a otros con lengua ajena, se respondieron disparates, como lo nota <persName
                type="authority" key="Horacio">Horacio</persName> en la epístola 6 del libro 1<note
                place="bottom">La sexta epístola del primer libro de <hi rend="i">Epístolas</hi> de
                Horacio, dirigida a Numicio, comenta la ética de la felicidad, censurando y
                parodiando el afán por el dinero y la fruición desenfrenada y sin preocupación por
                la decencia: «<hi rend="i">Crudi tumidique lauemur, / quid deceat, quid non obliti,
                  Caerite cera / digni</hi>» (‘Bañémonos en plena digestión e hinchados de tanto
                comer, olvidando lo que es decente y lo que no lo es, haciéndonos dignos de las
                tablas de Caeres’) (Horacio, 2008: 258). La perífrasis final, <hi rend="i">Caerite
                  cera digni</hi>, ha merecido, según los comentaristas del poeta, se remonta a los
                orígenes de la ciudad etrusca de Caeres (hoy Cerveteri), cuando sus habitantes,
                después de acoger y proteger para los Romanos varias vírgenes Vestales y objetos
                sagrados durante la guerra contra los Galos, fueron elevados a la ciudadanía romana
                sin que se les concediera, sin embargo, el derecho a votar. Esta restricción inusual
                fue interpretada como una marca de infamia, dando lugar al insulto que retoma
                Horacio: ser «digno de sentarse a la mesa con los de Cerite» es ser «gente infame».
                Así lo glosa Villén de Biedma en su comentario toscano de la obra de Horacio
                (Horacio, 1599: 259r) traduciendo y adaptando el comentario italiano de Giovanni
                Fabrini da Fighine (Horacio, 1587: 587) con algún ligero contrasentido: «cera» y
                «tavola» se vuelven mesa en vez de «tablas» o, como aclaran los editores, «una
                especie de registro, llevado por los censores, de los ciudadanos que por su conducta
                descarriada quedaban decaídos en algunos de sus derechos» (Horacio, 2008: 258,
                n. 179). Antes de esta explicación histórica, el comentarista refiere otra anécdota
                relativa al nombre de la ciudad y que ya no tiene nada que ver con la epístola de
                Horacio: «Cerite fue la ciudad Aquilina, que fundaron los griegos, a quien después
                los de Italia llamaron Cerite. Y fue la razón que, pasando por esta ciudad los
                Toscanos, preguntaron a los moradores de ella cómo se llamaba; y ellos, no
                entendiendo el lenguaje toscano, pensando que los saludaban, respondieron en su
                lengua griega ‘Cerite’, por cortesía; y así quedó para con ellos intitulada de este
                nombre» (<hi rend="i">ibidem</hi>). A esta pequeña anécdota sobre la incomprensión
                de los pueblos y de las lenguas alude aquí Faria, sacándola sin duda de la edición
                comentada de Villén de Biedma, que vuelve a utilizar luego (véase la nota <ref
                  xml:id="ref23" target="ref24">166</ref>). Véase el comentario de este fragmento en
                la <ref xml:id="ref20" target="ref19">introducción</ref>. </note>. Y por esto
                <persName type="authority" key="Polión, Trebelio">Trebelio</persName>, en la
                <title>vida de Aureliano Décimo</title>, excusándose de estudio semejante, dice que
              no propuso consigo de escribir palabras, sino obras<note place="bottom">Trebelio
                Polión fue uno los redactores de la <hi rend="i">Historia Augusta</hi> junto con
                Flavio Vopisco, Elio Esparciano, Julio Capitolino, Volcacio Galicano y Elio
                Lampridio. Se trata en realidad de un falso historiográfico compilado a finales del
                siglo IV. El texto se reeditó varias veces a lo largo de la época moderna, en
                especial a principios del siglo XVII en Francia. «Aureolus», o sea Aureliano Décimo,
                es el décimo de los treinta tiranos cuya biografía estableció Trebelio en esta
                historia (Isaacus Casaubonus, 1603: 208-281). En su breve relato, el biógrafo cita
                en latín el epigrama griego que figuraba en el túmulo del tirano. Concluye el texto
                glosando esta traducción: «<hi rend="i">Hos ego versus a quodam grammatico
                  translatos ita posui, ut fidem servarem, non quo melius non potuerint transferri,
                  sed ut fidelitas historica servaretur, quam ego prae caeteriscustodiendam putavi,
                  qui id quod ad eloquentiam pertinet nihil curo. Rem enim vobis proposui deferre,
                  non verba, maxime tanta rerum copia ut in triginta tyrannorum simul vitis
                  scribendas accessim</hi>» (1603: 208), ‘Yo he escrito estos versos tal como han
                sido traducidos por un desconocido gramático; pues, aunque podían estar mejor
                traducidos, mi intención es mantener la literalidad para que la verdad histórica,
                que yo pienso he de guardar por encima de todo, no se pierda, pues no me preocupo en
                absoluto de la elegancia de mi estilo. En efecto, yo me he propuesto trasmitiros
                hechos y no sólo palabras, sobre todo cuando los hechos son tan numerosos como los
                que se encuentran reunidos en la vida de los treinta usurpadores’ (<hi rend="i"
                  >Historia Augusta</hi>, 1989: 562). El mismo fragmento se encuentra citado en las
                  <hi rend="i">Trescientas</hi> de Juan de Mena par Hernán Núñez (1552: 52). En el
                texto de Trebelio, las palabras («<hi rend="i">verba</hi>») se oponen a los hechos
                  («<hi rend="i">res</hi>») y es sin duda en este último sentido como debemos
                entender les «obras» en el texto de Faria. Con esta última referencia, cambia el
                curso de la argumentación. El blanco de las críticas ya no es la mezcla de lenguas
                que desvirtúa el discurso, sino, en general, la vanidad de las palabras, cuando son
                los hechos los que importan. Entre líneas asoma ya otra crítica frecuente contra los
                cultos, y que el mismo Faria retoma en la <hi rend="i">Lusíadas comentadas</hi>: la
                vacuidad conceptual de su poesía, o por lo menos la desproporción entre la
                elaboración excesiva de la forma y la sencillez del contenido.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>[7] Sannazaro</head>
            <p>Por eso me quiero yo persuadir que las alas o plumas, que <persName type="authority"
                key="Plauto">Plauto</persName> escribe que había en la cabeza de Mercurio,
              significan las palabras<note place="bottom">El <hi rend="i">Anfitrión</hi> de Plauto
                se abre con un prólogo de Mercurio (vv. 1-150; Plauto, 1992: 49-53). Júpiter y
                Mercurio han adoptado la semblanza de Anfitrión y su criado Sosias, en ausencia de
                estos, para introducirse en casa de éste y gozar de la compañía de su esposa
                Alcmena. Ahora bien, el espectáculo sigue con la vuelta de los verdaderos Anfitrión
                y Sosias de la guerra. Para evitar la confusión entre el verdadero y el falso
                Anfitrión y el verdadero y el falso Sosias, Júpiter llevará un cordón de oro en el
                sombrero y Mercurio unas plumas. En esta pequeña anécdota, las plumas significan por
                tanto la vanidad y falsedad del personaje de Mercurio, tan vano como las palabras
                ante la sustancia del sentido. Plauto juega allí sobre el atributo del dios alado y
                mensajero de los dioses. La referencia al refrán ‘palabras y plumas, el viento las
                lleva’, que concluye la frase, ha de entenderse en función de la anécdota plautina:
                tan efímeras son las palabras y la identidad de Júpiter-Anfitrión y Mercurio-Sosia
                como las plumas que se lleva el viento. </note>, porque unas y otras son pompa del
              aire, que dio lugar al refrán ‘palabras y plumas’<note place="bottom">Esta
                intervención de Sannazaro y la siguiente de Lusitano, en torno a Mercurio, con
                referencias a Plauto, Homero, Suidas, Plutarco, Pausanias y Alejandro Napolitano,
                siguen el conocido tratado de Vicenzo Cartari sobre las representaciones de los
                dioses (disponible tanto en latín como en italiano), cuyo octavo capítulo está
                precisamente dedicado a Mercurio. Aunque Faria reordena las autoridades alegadas y
                los atributos del dios a los que refiere, sigue de cerca, traduciéndolos, todos los
                fragmentos siguientes: «<hi rend="i">Furono poi date le penne a Mercurio, come ho
                  detto, perche nel parlare, di che egli era il Dio (o che significava forse anco la
                  cosa stessa) le parole se ne volano per l’aria no altrimenti, che se havessero
                  l’ali. Onde Homero chiama quasi sempre le parole veloci, alate, &amp; che hanno
                  penne. Che Mercurio havesse sempre le penne in capo, si vede appresso di Plauto,
                  quando per poco di hora, ch’ei si travesti, non ne volle essere senza, benche
                  dicesse di farlo; perche gli spettatori conoscessero lui dal servi di Anfitrione,
                  nel quale si era mutato […]</hi>» (Cartari, 1608: 299-301; ‘Las plumas fueron
                dadas como atributo de Mercurio, como ya hemos dicho, porque en el arte de la
                conversación, de la que se le tiene por dios o que incluso viene a representarla,
                las palabras vuelan por el aire no de otra forma que si tuviesen alas. Por eso
                Homero casi siempre llama las palabras veloces, aladas, y que tienen plumas. Así nos
                enseña Plauto que conviene que Mercurio siempre tenga alas en la cabeza, pues
                habiéndose disfrazado por un breve momento en otra persona, se negó a quitarse las
                plumas, aunque hablaba de ello y todo esto para que los espectadores lo reconozcan y
                lo puedan distinguir del esclavo de Anfitrión, del que había tomado la apariencia’);
                  «<hi rend="i">Et altri hanno detto che, oltre alle lettere, fu ritrovata anco da
                  Mercurio la música, la geometría, e la palestra, per le quali quattro cose
                  solevano fare anticamente la sua imagine di figura quadrata, &amp; porla nelle
                  scuole, como era in certa parte dell’Arcadia, secondo che recita Pausania, il
                  quale lo describe fatto in guisa, che pareva vestirse un manto, &amp; non havea di
                  sotto gambe, ne piedi, ma era come un piccola cononetta quadra</hi> » (303; ‘Otros
                añadieron que, además de las letras, habían sido inventados por Mercurios la música,
                la geometría y los ejercicios de retórica; y por estas cuatro artes se solía
                representar en forma de estatua cuadrada en los gimnasios. Aquí lo describe
                Pausanias para algunas regiones de la Arcadia, de tal guisa que parecía vestido de
                un chaleco y, desprovisto de la parte baja del cuerpo hasta delos pies, era como una
                estatua cuadrada’). «<hi rend="i">E Suida scrive, che la figura quadra è data a
                  Mercurio per rispetto del parlare veritevole, il qual così sta fermo sempre, e
                  saldo contra chi si sia, come il bugiardo, &amp; menlace tosto si muta, e sovente
                  si volge hor qua, hor la. Ma o per questo, o per altro che fosse, riferisce anco
                  Alessandro Napolitano, che i Greci facevano spesso la statoa di Mercurio in forma
                  quadra col capo solo senza alcun’ altro membro[…]</hi>» (218-219; ‘Y escribe
                Suidas que a Mercurio se le dio forma cuadrada para indicar con ello el discurso
                verdadero que es estable siempre y estable frente a cualquier cosa, como la
                impugnación, mientras que al contrario la mentira enseguida se muda y no es capaz de
                permanencia. Por este motivo, o por cualquier otro, Alejandro Napolitano también
                escribe que la estatua de Mercurio entre los griegos consistía en un pilar cuadrado,
                con la cabeza sola y ningún otro miembro’); «Et Thucidide ancora scrive &amp; lo
                replica Plutarco, che in Athene era gran numero di queste staoe, le quali una notte
                furono tutte guaste […]» (303; «Y Tucídides también escribe, y lo refrenda Plutarco,
                que en Atenas había gran número de estas estatuas, que fueron destruidas en una sola
                noche’).</note>. Y <persName type="authority" key="Homero">Homero</persName>, en
              todos los lugares que trata de las palabras, les llama ligeramente aladas<note
                place="bottom">La expresión <hi rend="i">‘έπεα πτερόεντα</hi>, citada en traducción
                latina del tratado de Cartari (1581: 216), se encuentra ciento veintitrés veces en
                la <hi rend="i">Ilíada</hi> según Parry, 1933. Alude a su uso homérico, comentando
                el refrán “Levissima res oratio”, Erasmo en el Adagio 2018: «<hi rend="i">Apud
                  Homerum passim obvium est illud, ‘έπεα πτερόεντα προσήνα, id est, Verba volucria
                  dixit. Verba alata cognominat, quod facile evolent, ac revolare nesciant</hi>»
                (Erasmo, 1575: 787, ‘En Homero en todas partes aparece esta fórmula: <hi rend="i"
                  >‘έπεα πτερόεντα προσήνα</hi>, es decir ‘pronunció estas palabras aladas’. Da a
                las palabras en nombre de aladas porque fácilmente salen volando, y no saben
                volver’). A los <hi rend="i">Adagios</hi> vuelve a aludir Faria un poco más <ref
                  xml:id="ref49" target="ref50">adelante</ref>.</note>. <pb n="p. 52"/></p>
          </div>
          <div>
            <head>[8] Lusitano</head>
            <p>No hay que dudar del daño de las que son de tal manera afectadas<note place="bottom"
                >Palabras afectadas o, como anteriormente, hinchadas: los cultismos o palabras de
                origen extranjero empleados por los cultos.</note>. Ni lo dudó <persName
                type="authority" key="Timón Filasio">Timón Filasio</persName>, que amonestaba que se
              huyesen las de Pitágoras estudiosas<note place="bottom"><hi rend="i">Estudiosas</hi>:
                afectadas, rebuscadas.</note>, con que solía engañar los hombres o ofender los
                oídos<note place="bottom">Timón el Filasio (<hi rend="i">Timón de Fliunte, Timon
                  Phliasius, Timone Filasio</hi>) fue un filósofo escéptico griego, discípulo de
                Estilpón y de Pirrón. Lo cita Plutarco en la <hi rend="i">Vida de Numa</hi>: el
                sabio rey de Roma que sucedió a Rómulo, dotó la ciudad de sus leyes, y sacó su
                sabiduría de Pitágoras. Según Timón, Pitágoras era poco de fiar en lo que atañe al
                arte de la adivinación: «Pitágoras, inclinado a los modales de los charlatanes, /
                busca engañar a la gente con sus grandes discursos (Plutarco, <hi rend="i">Vida de
                  Numa</hi>, VIII, 9; 1964: 191; traduzco del francés). A esta fuente, que reconoce
                el poder de seducción de los tecnicismos, se añade aquí una dimensión moral y
                estética: tales palabras hieren el oído.</note>. Porque las semejantes no traen
              consigo constancia alguna y por eso, como dice <persName type="authority" key="Suidas"
                >Suidas</persName>, daban los de Arcadia a Mercurio la figura cuadrilátera<note
                place="bottom">Suidas es el nombre apócrifo atribuido, por deformación del título,
                al autor de la <hi rend="i">Suda</hi> o <hi rend="i">Suida</hi>, una enciclopedia
                griega probablemente compuesta en torno al siglo XI. El lugar que da pie a esta
                glosa puede ser Suidas, 1564: col. 988, entrada 3037, «trimegistus».</note>, o, como
              dice <persName type="authority" key="Plutarco">Plutarco</persName>, los de Atenas, la
              cual, referida de <persName type="authority" key="Pausanias">Pausanias</persName> y
                <persName type="authority" key="Alessandri, Alessandro">Alejandro
                Napolitano</persName>, se le consagraba<note place="bottom">Plutarco, en la <hi
                  rend="i">Vida de Alcibíades</hi>, XIX, alude al escándalo de los Hermocópicas,
                quienes mutilaron los <hi rend="i">hermai</hi>, cabezas y genitales de Hermes
                pintados en pedestales, que delimitaban las propiedades privadas y públicas
                (Plutarco, 2006: 155-157). Pausanias, en la primera parte de la <hi rend="i"
                  >Descripción de Grecia</hi>, dedicada a la región ática, menciona varias estatuas
                de Hermes o de base cuadrada en XV, 1; XXII, 8; XXVII, 1; XXVIII, 6; XXX, 2; XXXIV,
                3 y sobre todo algunas estatuas cuadradas en XVII, 2: «En el gimnasio, que está no
                muy distante del ágora, llamado de Ptolomeo por el que lo fundó, hay hermas de
                piedra dignos de ver» y XIX, 2: «[Afrodita, que está cerca del templo] tiene forma
                cuadrada como los hermas» (Pausanias, 2011: 106 y 112). Alessandro Alessandri lo
                refiere también en el capítulo XII del cuarto libro de sus <hi rend="i">Genialium
                  dierum libri sex</hi>, en una descripción de las fiestas Lupercales en Roma: «<hi
                  rend="i">Mercurii imago Graecis fertur quadrato statu, capite solum efficto, tali
                  specie pluribus figuratis, quos pro immortali gloria magnis saepe ducibus
                  dicabant. Eratque opinio Pythagorae, non ex omni ligno exculpi Mercurios
                  decere</hi>» (IV, 12, 515; cito a través de la reedición de Alessandri, 1616:
                196r; ‘Cuentan los griegos que la imagen de Mercurio en una estatua cuadrada,
                compuesta de una cabeza sola, habiendo varia de estas figuras, de las cuales se
                decía que eran para los grandes jefes, para su inmortal gloria. Y era esa la opinión
                de Pitágoras, no dejar que fuesen esculpidos Mercurios de cualquier madera’). Los
                  <hi rend="i">hermaï</hi> son pilares cuadrados sobre los cuales se yergue una
                cabeza, o busto, de Mercurio (véase la misma ilustración proporcionada por <ref
                  target="https://archive.org/details/leimaginideidegl01cart/page/n347">Cartari,
                  1608: 302</ref>). Volver a la <ref xml:id="ref26" target="ref25"
                  >introducción</ref>.</note>. Porque como fuese tenido por el dios de la elocuencia
              sabia, con esto mostraban que debía ella de ser firme y constante, que es la
              naturaleza y acción propia de la figura angular.</p>
          </div>
          <div>
            <head>[9] Elaso</head>
            <p>Por esa causa se afirma, con <persName type="authority" key="Estrabón"
                >Estrabón</persName>, que la misma figura tiene el empíreo asiento de la Gloria, y
              parece del capítulo 21 del <persName type="authority" key="Biblia"
                >Apocalipsis</persName>: «<quote><hi rend="i">Et civitas in quadro est, et longitudo
                  ejus tanta est quanta et latitudo</hi></quote>». Es ciudad en figura angular
              fundada, tanto de ancho como de largo, denotando la infalible constancia de la suma y
              verdadera sabiduría y elocuencia que majestuosamente ocupa, donde la mudanza no conoce
                entrada<note place="bottom">Así se describe la nueva Jerusalén en la Biblia
                (Apocalipsis, 21, 16): «<hi rend="i">Et civitas in quadro posita est, et longitudo
                  ejus tanta est quanta et latitudo: et mensus est civitatem de arundine aurea per
                  stadia duodecim millia: et longitudo, et altitudo, et latitudo ejus æqualia
                  sunt</hi>» (‘Y la ciudad tenía forma cuadrada, y de largo medía tanto como de
                ancho. Y midió la ciudad con una caña por doce mil estadios. De largo, de ancho y de
                alto medía lo mismo’). En estas dos primeras frases, Faria glosa en clave cristiana
                la relación entre la forma geométrica del cuadrilátero y la virtud, constancia o
                firmeza. La Jerusalén celeste es el asiento de la gloria en el cielo empíreo –la
                esfera celeste más elevada, la que contiene el elemento ígneo y es morada divina;
                aquí, el lugar del paraíso celeste–; prestarle la forma de un cuadrilátero perfecto
                es un tópico cristiano. Faria presenta la frase citada del Apocalipsis de san Juan
                como la fuente que permitió a Walafrido Estrabón, filósofo y teólogo alemán (y no el
                geógrafo griego), determinar la forma cuadrada del cielo empíreo. En la
                quincuagésimo séptima parte de su comentario bíblico, dedicada al comentario del
                Apocalipsis, Estrabón glosa esta cita, vinculando explícitamente la figura
                geométrica con las virtudes cristianas: «<hi rend="i">Quattuor latera, fides, spes,
                  charitas, operatio, quae sunt aequalia, quia quantum quis credit, tantum sperat;
                  quantum sperat, tantum diligit; quantum diligit, tantum operatur. In quadro ergo,
                  quia robusta fide, longanimis spe, ampla charitate, efficax opere. Vel quatuor
                  latera sunt quatuor principales virtutes, quarum una non debet aliam
                excedere</hi>» (‘Cuatro costados, la fe, la esperanza, la caridad y las obras, que
                son iguales, pues todo cuanto uno cree, otro tanto espera; cuanto espera, tanto
                honra; cuanto honra, tanto trabaja. En este cuadrado, pues, la fe robusta, la
                esperanza paciente, la caridad amplia y las obras eficientes. Así los cuatro
                costados son las cuatro virtudes principales, de las que ninguna ha de excluir las
                otras’, cap. XXI, verso 12; Estrabón, 1852: 747).</note>. Porque siendo las palabras
              imágenes de los pensamientos, o como dice <persName type="authority" key="Aristóteles"
                >Aristóteles</persName>, simulacros de aquellas cosas que concebimos en el ánimo, no
              siendo nativas y propias, mal podrán expresar lo que se pretende<note place="bottom"
                >Aristóteles, <hi rend="i">De la interpretación</hi>, I, 16a: «Ἔστι μὲν οὖν τὰ ἐν τῇ
                φωνῇ τῶν ἐν τῇ ψυχῇ παθημάτων σύμβολα, καὶ τὰ γραφόμενα τῶν ἐν τῇ φωνῇ», ‘Así, pues,
                lo que hay en el sonido son símbolos de las afecciones que hay en el alma, y la
                escritura es símbolo de lo que hay en el sonido’ (Aristóteles, 1995: 35-36).</note>.
                <pb n="p. 53"/></p>
          </div>
          <div>
            <head>[10] Lusitano</head>
            <p>Por esta razón, dice <persName type="authority" key="Quintiliano"
                >Quintiliano</persName> que el natural cuidado ha de ser de las palabras y la
              solicitud laboriosa de los pensamientos<note place="bottom">Quintiliano, en el prólogo
                del octavo libro de la <hi rend="i">Institución oratoria</hi>, censura a los
                oradores que ponen todo su cuidado en la búsqueda y ornamento de las palabras,
                cuando al contrario la sencillez de las palabras es garantía del éxito oratorio:
                  «<hi rend="i">Sit igitur cura elocutionis quam maxima, dum sciamus tamen nihil
                  verborum causa esse faciendum, cum verba ipsa rerum gratia sint reperta: quorum ea
                  sunt maxime probabilia quae sensum animi nostri optime promunt, atque in animis
                  iudicum quod nos volumus efficiunt. Ea debent praestare sine dubio et admirabilem
                  et iucundam orationem, verum admirabilem non sic, quomodo prodigia miramur, et
                  iucundam non deformi voluptate sed cum laude ac dignitate coniuncta</hi>»
                (Quintiliano, 1966: t. <hi rend="smallcaps">iii</hi>, 194, VIII, Prólogo, 32-33;
                ‘Dediquemos pues el mayor cuidado a la expresión, siempre y cuando recordemos sin
                embargo que nada se ha de hacer en función de las palabras exclusivamente, pues las
                palabras no fueron inventada sino servir las cosas; y las más satisfactorias son
                aquellas que mejor expresan los pensamientos de nuestra mente, y provocan los
                efectos que deseamos en la mente de los jueces. Tales palabras producirán sin duda
                un discurso admirable y delectable, aunque esta admiración no sea del género de
                aquella que provocan los monstruos, ni este placer de los que causa la voluptuosidad
                corrompida, sino al contrario un placer compatible con el elogio y la
                dignidad’).</note>. Porque no hay cosa más importuna y digna de reprensión que la
              numerosidad y adorno de palabras exhaustas<note place="bottom"><hi rend="i"
                  >Exhaustas</hi>: desprovistas, faltas, exentas de todo concepto (latinismo poco
                frecuente en el castellano de la época).</note> de todo concepto y lumbre de
              erudición, para engañar los oídos de ignorantes con aquel artificio del calamar, que
              como advierte <persName type="authority" key="Horacio">Horacio</persName> en la sátira
              5 del libro 1, enturbia el agua para engañar los otros peces<note place="bottom"
                >Horacio menciona el calamar y la tinta que proyecta para cazar en la cuarta del
                primer libro de sus <hi rend="i">Sátiras</hi> (vv. 100-103), en un fragmento
                metapoético donde la tinta negra de la sepia vale por el carácter acerbo de la
                sátira: «<hi rend="i">hic nigrae sucus lollginis, haec est / aerugo mera. Quod
                  uitium procul afore chartis, / atque animo, prius ut, si quid promittere de me /
                  possum aliud uere, promitto</hi>» (Horacio, 2012: 43; ‘Ésa es la tinta de la sepia
                negruzca; ésa es, pura y simplemente, la envidia. Que ese vicio ha de estar alejado
                de mis escritos y, antes aún, de mi alma, si algo puedo prometer de verdad acerca de
                mí, lo prometo’, Horacio, 2008: 90). Volver a la nota <ref xml:id="ref14"
                  target="ref13">72</ref>. La edición española comentada por el doctor Villén de
                Biedma glosa el fragmento (en una versión un tanto distinta a las ediciones
                modernas) insistiendo en el engañoso ardid del animal: «Por lo cual dice luego (“<hi
                  rend="i">hic succus est</hi>”) este tal razonamiento es el jugo, la tinta (“<hi
                  rend="i">nigre soliginis</hi>”) del calamar negro (“<hi rend="i">haec est mera
                  ærugo</hi>”) aquesta plática es el fino orín, que consume y gasta el hierro, esta
                es la fina murmuración que se acredita contra el honor. Dícese del calamar que tiene
                cierta tinta en el buche, y que, cuando ve otros pececillos que quiere tragarse,
                enturbia el agua con aquella tinta, para encubrirse y pescarlos. Así dice Horacio
                que el razonamiento de este y sus buenas palabras son como la tinta de este pescado,
                que disimula la traición para mejor lastimar…» (Horacio, 1599: 179v). La frase de
                Faria copia muy exactamente la nota marginal que señala el fragmento: «Calamar, cómo
                enturbia el agua para engañar otros peces». Volver a la nota <ref xml:id="ref24"
                  target="ref23">152</ref>. Véase el comentario de este fragmento en la sección 6 de
                la introducción dedicada a los conceptos manejados por Faria.</note>. Que es lo que
              en este tiempo solamente se halla en los cultos, con que vienen a ser molestia de
              quien les escucha y tinieblas de sí mismos y de la verdadera elocuencia, que consta de
              mover con claridad, y no peregrinando lenguas<note place="bottom"><hi rend="i"
                  >Peregrinando lenguas</hi>: ir de viajero, peregrino, o tal vez mendigo por
                diversas lenguas, sin rumbo ni propósito.</note>, con que se escurecen más y estiman
              menos, pobres en la abundancia de las naturales españolas<note place="bottom"><hi
                  rend="i">Las naturales españolas</hi>: las palabras naturales de la lengua
                española.</note>, que pudieran enriquecer las extranjeras si en ellas se hallara
              este desatino de no estimar las suyas<note place="bottom">Es decir, si en las lenguas
                extranjeras se encontrara también la disparatada propensión, manifiesta en los
                cultos, a incorporar palabras extranjeras. </note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>[11] Sannazaro</head>
            <p>Es irremediable en los españoles, con que dan ocasión a muchos para que digan que
              quieren con la oscuridad de las palabras persuadir que dicen más. Donde ya <persName
                type="authority" key="Marcial">Marcial</persName> en su tiempo se quejaba de esta
              enfermedad, y queriendo atajarla, dijo:</p>
            <quote rend="i"><l>Scribere te quæ vix intelligat ipse Modestus,</l>
              <l>Et vix Clananus<note place="bottom">Existe otra versión del texto horaciano : <hi
                    rend="i">Claranus</hi>, como leemos en la nota siguiente.</note>qui, rogo, Sexte
                juvat?</l></quote>
            <p>Rematando la epigrama diciendo que no era <pb n="54"/> aquel camino propio para ganar
              fama:</p>
            <quote rend="i"><l>Sic tua laudentur, sane mea carmina Sextel</l><l>Grammaticis
                placeunt, et sine.</l>
            </quote>
            <p>Habla, dice <persName type="authority" key="Marcial">Marcial</persName>, de manera
              que te entiendan<note place="bottom">Faria recorta aquí dos citas en un conocido
                epigrama de Marcial (X, 21, señalo entre corchetes los recortes): «<hi rend="i"
                  >Scribere te quae uix intellegat ipse Modestus / Et uix Claranus, quid rogo,
                  Sexte, iuuat? / [Non lectore tuis opus est, sed Apolline libris: / Iudice te maior
                  Cinna Marone fuit.] / Sic tua laudentur sane: mea carmina, Sexte, / Grammaticis
                  placeant, ut sine grammaticis</hi>», (‘Escribir cosas que apenas si comprende el
                propio Modesto / y apenas Carano, ¿por qué –te pregunto, Sexto– te divierte? / [Tus
                libros no necesitan un lector sino un Apolo: / según tú, Cinna fue más importante
                que Marón.] / Entonces, que tus poemas sean simplemente alabados: que los míos,
                Sexto, / agraden a los hermeneutas, aunque no precisen de hermeneutas’, cito por
                Marcial, 2001: 172-173, respetando la puntuación de la edición moderna que difiere
                de la de Faria). El tercer verso del epigrama, alusión a Apolo, oráculo de la poesía
                y único lector capaz de descifrar la oscuridad de los cultos, se desplaza más abajo
                en el texto de Faria (véase la nota <ref xml:id="ref51" target="ref52">176</ref>).
                En cambio, desaparece del todo la parte más erudita de la referencia a Cinna, poeta
                contemporáneo de Catulo quien dedicó nueve años de trabajo a la composición un breve
                epilio (véase la explicación de este punto en <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_discurso-poetico#note463"
                  >Jáuregui, 2016, n. 382</ref>). Este epigrama es una pieza muy citada en la
                polémica, pues aparece también, entera o parcialmente, en la «Introducción a la
                Soledad primera de don Luis de Góngora, ilustrada y defendida» (Osuna Cabezas, 2009:
                71-75), en el <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_discurso-poetico#note463_"
                    ><hi rend="i">Discurso poético</hi> de Jáuregui</ref> (sobre las coincidencias
                con este último, véase la introducción, 7), en el prólogo a las <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1631_obras-quevedo?q=Modestus#mark1"
                    ><hi rend="i">Obras de fray Luis de León</hi> editadas por Quevedo</ref>, en la
                  <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1633_tragedia?q=sine%20grammaticis#mark1"
                    ><hi rend="i">Nueva idea de la tragedia antigua</hi> de Jusepe Antonio González
                  de Salas</ref>, en las <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1635_epistolas?q=Sexte#mark1"
                    ><hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> de Martín de Angulo y Pulgar</ref> y
                en la <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1634_cartas-cascales#note147_"
                  >octava de las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> de Francisco de
                  Cascales</ref>. Marcial, en este y otros textos, es una de las autoridades más
                frecuentemente convocadas por los polemistas, aunque con propósitos argumentativos
                muy variados. Si algunos citan a Marcial para censurar los excesos del estilo
                gongorino, como hace aquí Faria, otros lo citan al contrario para defender la
                dificultad poética (es el caso de Villar, aunque forzando el texto del poeta latino,
                véase Cascales, 2018: n. 248, 254-259) o asocian a Góngora con Marcial para elevarlo
                al rango de maestro del ingenio satírico (véase al respecto Blanco, 2013b y Ponce
                Cárdenas, 2015), a veces con la intención hipócrita de excluirle de la poesía
                sublime, como es el caso de Lope en la Filomena. Con frecuencia también se señala a
                Marcial como fuente de la poesía de Góngora, por ejemplo en el comentario de Díaz de
                Ribas. Volver a la <ref xml:id="ref44" target="ref43">introducción</ref>.</note>. Y
              es así porque si <persName type="authority" key="Platón">Platón</persName>, en lo que
              escribió tan oscuro sobre los números de Pitágoras, dio más en que entender a los
              ingenios, no ganó más gloria y fama al suyo<note place="bottom">Faria remite sin duda
                a la teoría de la afinación pitagórica, que sirve de base para la descripción de la
                fábrica del alma del mundo en el <hi rend="i">Timeo</hi> de Platón (34a-37b). Según
                el filósofo griego, el alma del mundo fue forjada por el demiurgo dividiendo la
                materia en proporciones y según intervalos que se corresponden con los que los
                músicos usan para afinar las cuerdas de sus instrumentos. Pitágoras había asentado
                la relación entre armonía de los sonidos (o música) y armonía de los números,
                teorizando un sistema de afinación musical basado en un acuerdo constituido
                exclusivamente por quintas puras, determinadas en una relación numérica sencilla
                (3/2). Un sistema de afinación que se usó durante toda la Edad Media. Platón,
                basándose en esta harmonía numérica, describe una armonía de la división de la
                materia y de los círculos que componen el alma del mundo (Platón, 2017: 35-39,
                123-127, 283-287). Platón pudo conocer estas teorías de los Pitagóricos en sus
                viajes al sur de Italia y a Sicilia y lo cierto es que Pitágoras se menciona
                explícitamente como la fuente de este razonamiento de Platón en el comentario de
                Calcidio, sin duda el que más influencia tuvo en la Edad Media (Calcidio, 2014:
                166-167). </note>. Ni la pudo ganar <persName type="authority" key="Heráclito"
                >Heráclito</persName>, por más que gran Filósofo de Éfeso, en la <hi rend="i"
                >Teología</hi> que escribió, pues ignorada de todos, de ninguno le podía adquirir
                gracias<note place="bottom">El epigrama de Marcial a Sexto, se encuentra citado en
                las <hi rend="i">Dialecticae institutiones</hi> de <ref
                  target="https://books.google.pt/books?dq=%22Clananus%22&amp;hl=es&amp;id=YAlnAAAAcAAJ&amp;pg=PA323&amp;sa=X&amp;ved=0ahUKEwjas62Y6aPcAhXD_KQKHZidB60Q6AEINzAC#v=onepage&amp;q=%22Clananus%22&amp;f=false"
                  >Petrus Ramus (1554: 323)</ref> para ejemplificar el «<hi rend="i">vitium
                  inventionis</hi>» (defecto de invención) que constituye la oscuridad. Allí Ramus
                alude, fundándose en Cicerón (<hi rend="i">De finibus</hi>, V, 15), al <hi rend="i"
                  >Timeo</hi> de Platón y al nombre de oscuro que mereció Heráclito, aunque sin
                mencionar la <hi rend="i">Teología</hi>. Considerando que la lectura de Pedro Ramo
                era poco común en la España de la época, por la prohibición que padecía, es poco
                probable que sea la fuente directa de Faria, que leyó quizás a otros autores
                cercanos como Omer Talon, o alguno de los discípulos ramistas españoles (véase
                Asensio, 1991). Faria cita a Heráclito como oscuro por antonomasia en el prólogo de
                las <hi rend="i">Noches claras</hi>: «Si el usarlo les pareciere mal, el concepto
                tienen en la mano, digan que las noches claras son escuras, mas no se molesten con
                que yo sea escuro, sin ser Heráclito, pues ellos son censores sin ser Platones»
                (Faria e Sousa, 1624a: 8r).</note>. Y al fin, son los escritores de este tiempo
              esfinges en sus escritos<note place="bottom">Esfinges son los cultos, pues su poesía
                críptica presenta enigmas que el lector ha de descifrar, convirtiéndose en oráculo.
                Esta imagen es recurrente; aparece bajo la pluma del Abad de Rute en el <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1614_parecer?q=esfinge#note227_"
                    ><hi rend="i">Parecer</hi></ref> (Fernández de Córdoba, 2015, 137v) y la recoge
                Faria en las <hi rend="i">Lusíadas comentadas</hi>, alegando para ello un comentario
                Sebastián de Alvarado y Alvear en su traducción de las <hi rend="i"
                >Heroidas</hi>.</note>, manifestándose como cometas, exhalaciones del vapor de la
              tierra en la región superior del aire, para cuyos efectos y entendimiento es menester
              la judiciaria<note place="bottom">La astrología judiciaria estudia la influencia de
                los astros en las personas, por oposición a la astrología natural, que la considera
                en los elementos naturales. Los cometas que, en la cosmografía ptolemaica, se
                desarrollan en la parte superior de las tres capas que componen la esfera del aire,
                eran uno de los elementos más frecuentemente discutidos en este ámbito, como bien
                prueban las profecías sobre don Sebastián de Portugal asociadas al cometa de 1577
                (véase Usunáriz, 2015). Los cultos, nos dice Faria, son semejantes a los cometas:
                brillantes pero vacuos como el vapor, planeando en la región superior del aire donde
                está destinados a destruirse y, sobre todo, imposibles de descifrar sin una ciencia
                tan compleja como oscura.</note>. Y por eso dice el mismo <persName type="authority"
                key="Marcial">Marcial</persName> de semejantes escritos:</p>
            <quote rend="i">
              <l>Non lectores tuis opus est, sed Apolline libris<note place="bottom">Para esta
                  última parte de la cita del epigrama de Marcial, véase la nota <ref xml:id="ref52"
                    target="ref51">171</ref>.</note></l></quote>
            <p>No escribes para lectores, sino para oráculos<note place="bottom">Oráculos como el
                mismo dios de la poesía, Apolo Citaredo, citado en el verso anterior de Marcial.
              </note>. No haciendo otra cosa más que dar nudos indisolubles, como los Casios de
              Egipto, para los cuales no bastará el resoluto acero<note type="app" rend="I"> «el
                resuelto y castigado acero» (Faria, 1674: 44).</note> que al del Gordio frigio dio
              salida, porque allí cortaba en cuerpo palpable y aquí, en oposición, aire sin
                tomo<note place="bottom">Para zanjar las dificultades del estilo culto, no sirve el
                filo de la espada de Alejandro Magno que cortó el nudo gordiano (o gordio). Las
                dificultades de los cultos, vanas como el aire y carentes de sustancia (“aire sin
                tomo”), son imposibles de cortar, y resultan por tanto tan insolubles como los nudos
                casios: unos nudos inextricables que solían tejer los vecinos del monte Cassio.
                Encontramos alusiones al <hi rend="i">cassioticus nodus</hi> en el Adagio 1434 de
                Erasmo: «Κασιώτικον ἄμμα, <hi rend="i">id est Cassioticus nodus, de moribus vafris
                  ac versutis dici consuevit. Cassius mons est et ejusdem nominis civitas in
                  Aegypto, vicina Pelusio. Ei genti quasi genuinum ac gentilicium est miros quosdam
                  nodos nectere. Huic affine quod alio diximus loco</hi>: Ἡράκλειον ἄμμα<hi rend="i"
                  >, id est Herculeus nodus, quo artissimam atque indissolubilem amicitiam
                  significamus</hi>» (Erasmo, 1575: 608, ‘<hi rend="i">Kasiotikon amma</hi>, es
                decir, el nudo casio era, según dicen, costumbre de prácticas hábiles y
                artificiosas. El monte Cassio y la ciudad del mismo nombre se encuentran en Egipto,
                cerca de Pelusio. Es típico de sus gentes, y algo que los define por antonomasia, el
                atar unos nudos maravillosos. Se asemeja a otro nudo del que hablamos en otro lugar,
                Ἡράκλειον ἄμμα, es decir, el nudo de Hércules, por el cual entendemos la amistad más
                estrecha e indisoluble’). El nudo hercúleo es el que usaban las novias romanas para
                cerrar su túnica el día de la boda y que solo el marido podía desatar después de la
                unión; también es el nudo que forman las dos serpientes estrechamente enredadas
                alrededor del caduceo de Mercurio, conocido por el emblema 18 de Alciato «que la
                fortuna sigue a la virtud». Agradezco a Mercedes Blanco su ayuda para el comentario
                de este lugar. Volver a la nota <ref xml:id="ref50" target="ref49"
              >156</ref>.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>[12] Lusitano</head>
            <p>Verdad es que podrá en lo heroico el Poeta introducir voces ajenas, como sean tales
              que con más energía descubran lo que se pretende, que <pb n="p. 55"/> de esta suerte
              será la novedad ilustre adorno de la obra, y aún fingir palabras y figuras de
                decir<note place="bottom">A modo de concesión o matiz a su diatriba, Faria recuerda
                que el género heroico, por su estilo alto, se nutre de las palabras extranjeras, en
                el caso de los cultismos, y de las figuras más complejas del discurso. Desarrolló
                esta idea más tarde a partir del ejemplo de las <hi rend="i">Lusíadas
                  comentadas</hi>: en la sección XI del <hi rend="i">Jucio del poema</hi>, opone los
                cultismos y los hipérbatos de Camões, siempre proporcionados a la alteza de su
                estilo, a los de Góngora, que juzga excesivos, tanto por su naturaleza como por su
                número.</note>. Y no se contenta <persName type="authority" key="Aristóteles"
                >Aristóteles</persName> en el libro 3 de la <title>Retórica</title>, con que sean
              las voces introducidas del latín solamente, que es lengua general a todos, sino que de
              otra cualquier las puede introducir, que con esto (dice él) queda la oración
                mayor<note place="bottom">Aristóteles, en el tercer libro de la <hi rend="i"
                  >Retórica</hi>, recalca la parsimonia con la que han de emplearse las palabras
                ajenas: «los desusados, los compuestos y los neologismos es preciso usarlos poco y
                en pocas partes (dónde, lo diremos luego; y en cuanto a por qué, ya lo hemos dicho:
                porque por su tendencia a la elevación se apartan de lo adecuado» (III, 2, 1404b,
                Aristóteles, 1999: 489). Precisa que sirven en especial la expresión de las
                pasiones: «[…] el uso de los nombres compuestos y la profusión de epítetos y
                palabras extrañas es ajustado, sobre todo, a los que hablan expresando las pasiones
                […]. Tales cosas se prefieren cuando ya se está en pleno entusiasmo […]» (III, 7,
                1408b, Aristóteles, 1999: 517); y convienen sobre todo al estilo heroico: «[…] las
                palabras inusitadas lo son [útiles] a los épicos (dado que la épica es grave y
                arrogante)» (III, 2, 1460b, Aristóteles, 1999: 500). La idea según la cual las
                palabras han de introducirse a partir del latín por ser «lengua general de todos» no
                viene de Aristóteles (difícilmente podía venir de Aristóteles que tal vez no sabía
                lo que era el latín), sino del comentario de Herrera, como se apreciará en la nota
                siguiente.</note>, donde <persName type="authority" key="Virgilio"
                >Virgilio</persName> usó de vocablos persa y púnico, cuales son <hi rend="i"
                >magalia</hi> y <hi rend="i">gaza</hi><note place="bottom"><hi rend="i">Magalia,
                  ium</hi>: chozas, cabañas de nómadas. La palabra aparece dos veces en la <hi
                  rend="i">Eneida</hi> (I, 421 y IV, 249). Como explica Servio en su comentario del
                poema, viene de <hi rend="i">magar</hi> en lengua púnica o cartaginense («<hi
                  rend="i">‘magalia’ vero antistoechon est; nam debuit magaria dicere, quia magar,
                  non magal Poenorum lingua villam significat</hi>», ‘el término magalia viene de
                una sustitución de consonantes; y debería escribirse magaria pues es ‘magar’, y no
                ‘magal’, la palabra que designa, en la lengua púnica, una aldea’, Servio, 1881: 138
                [trad?]). <hi rend="i">Gaza, ae</hi> es palabra persa para designar el tesoro real.
                En la <hi rend="i">Eneida</hi>, la palabra aparece dos veces en la expresión «<hi
                  rend="i">Troia gaza</hi>» (‘los tesoros de Troya’, I, 110, II, 760), y una tercera
                en el canto V (50). Como comenta Faria, Servio subraya el origen persa de la palabra
                  («<hi rend="i">GAZA Persicus sermo est et significat divitias</hi>», ‘Gaza es
                palabra persa que significa riquezas’, Servio, 1881: 55). Macrobio, contemporáneo de
                Servio, comenta el uso por Virgilio de estas palabras extranjeras en las <hi
                  rend="i">Saturnales</hi>, VI, 4, 22 (Jáuregui, 2016: n. 197-198). El lugar común
                aquí recogido por Faria es el siguiente: las voces extranjeras engrandecen el
                discurso poético y le son necesarias. En este caso concreto, la fuente de Faria se
                halla con toda probabilidad en las <hi rend="i">Obras de Garcilaso con anotaciones
                  de Fernando de Herrera</hi>, en el comentario de la <hi rend="i">Elegía
                  segunda</hi>: «Lícito es a los escritores de una lengua valerse de las voces de
                otra. Concédeseles usar las forasteras y admitir las que no se han escrito antes, y
                las nuevas, y las nuevamente fingidas, y las figuras del decir, pasándolas de una
                lengua en otra. Y quiere Aristóteles que se admitan en la poesía voces extranjeras y
                que se mezcle de lenguas para dar gracias a lo compuesto y hacerlo más agradable y
                más apartado del hablar común. Porque, como él dice en el libro tercero de la <hi
                  rend="i">Retórica</hi>, las dicciones extrañas hacen que la oración parezca más
                grande, como se ve en los peregrinos y extranjeros, que los hombres los admiten y se
                les afeccionan más que a los suyos. Y así es de parecer que se haga peregrina la
                oración, porque los hombres admiran las cosas extrañas y ajenas. Y todo aquello que
                engendra admiración, es suave. Pero esto se entiende en la poesía. Finalmente, es
                muy importante la variedad de las lenguas en la variación de las palabras, y con
                ella se exornan y aderezan los poemas, y se deleitan los que leen. Por esta razón
                dijo Virgilio en África Magalia, y en la navegación troyana <hi rend="i">Gaza</hi>,
                que son vocablos púnico y persa. Y en otra parte usó de voz gálica diciendo <hi
                  rend="i">silvestres uri</hi>. Así Garcilaso escribe desde Francia <hi rend="i"
                  >argen</hi>, porque el Francés llama <hi rend="i">argent</hi> a la plata, quitando
                la cuarta vocal a la voz latina» (Herrera, 1580: 384). Este mismo argumento,
                condensado de una manera comparable a la que usa aquí Faria, se encuentra en la <hi
                  rend="i">Filosofía antigua poética</hi> de Alonso López Pinciano: «Fadrique dijo,
                riéndose un poco: “¡ah, ah!, yo aseguro que quiere saber el Pinciano por qué dice el
                Filósofo en el tercero de los Retóricos, ‘Otro es el lenguaje del Orador, y otro el
                del poeta’, y con qué bula dijo Virgilio ‘Gaza’, pero ‘Magalia’, y ‘Mapalia’, siendo
                vocablos extrangeros y de otras naciones fuera de la Latina que él profesó…» (López,
                1596: 220). En el marco de la polémica gongorina, este mismo lugar común se
                encuentra bajo la pluma de Juan de Jáuregui, en el <hi rend="i">Discurso
                  poético</hi> (Jáuregui, 2016: 6r), y de Salazar Mardones en su <hi rend="i"
                  >Ilustración y defensa de la fábula de Píramo y Tisbe</hi> (Salazar Mardones,
                1636: 78r) en defensa de la variedad de lenguas que se censuraba en la poesía de
                Góngora. Volver a la <ref xml:id="ref28" target="ref27">introducción</ref>.</note>,
              de suerte que a tiempos y no continuado, cual en el soneto referido, es importantísima
              la tal introducción de palabras, como no sea parecida a la de <persName
                type="authority" key="Ariosto">Ariosto</persName>, que dijo en un verso de su grande
              obra: <quote><hi rend="i">Agnus Dei</hi></quote><note place="bottom">La expresión
                «cordero de Dios» designa a Cristo en el Evangelio de san Juan (I, 29) Sobre el <hi
                  rend="i">agnus dei</hi> jura no tomar venganza Astolfo, el rey de los Longobardos,
                antes de descubrir con el joven Giocondo la traición de su mujer, en el libro XXVIII
                del <hi rend="i">Orlando Furioso</hi> (40, v. 8). Aquí también sigue Faria a
                Herrera, aunque esta vez en el comentario al soneto XXII, donde Garcilaso procede al
                  <hi rend="i">collage</hi> de un verso de Petrarca. Herrera abre entonces una larga
                digresión sobre el «vicio muy culpable [de] entremeter versos de otra lengua»
                (Herrera, 1580: 172), en la que censura dos lugares «insufrible[s]» del <hi rend="i"
                  >Orlando furioso</hi>, el último de los cuales utiliza la expresión <hi rend="i"
                  >agnus dei</hi>: «No satisfecho de esto escribió en otra parte: “<hi rend="i">il
                  re fece giurar su l’</hi>agnus Dei”, donde Jenónimo Ruceli, porque no le faltase
                que hablar, juzgó que el Ariosto lo dijo <hi rend="i">molto leggiadramente</hi>»
                (Herrera, 1580: 173). Al resumir y enlazar estos dos fragmentos de Herrera, pretende
                demostrar que si los vocablos extranjeros enaltecen el estilo poético, en cambio son
                reprensibles en algunas circunstancias: cuando citan a otros poetas en lengua
                original según Herrera, cuando son excesivamente concentrados o producen una
                sensación de extrañeza excesiva según Faria.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>[13] Elaso</head>
            <p>No acredita poco este lugar haber usado <persName type="authority" key="Virgilio"
                >Virgilio</persName> las referidas voces, pues escribía en la lengua latina, que no
              suele pedir ayuda a nadie. Mas al fin halló <persName type="authority" key="Virgilio"
                >Virgilio</persName> que era adorno de su poema, y de otra suerte los que hoy se
              escurecen sin razón se quejan de que no hallan alabanzas en los que les oyen
              conversando o conversan escribiendo. Y en vez de aplauso ganan enemigos, indigno fruto
              de las esperanzas de las conversaciones o de las escrituras, que habiendo de ser
              fáciles para obligar, dulces para mover, y doctas para enseñar, son con aquella
              prodigiosa afectación el movimiento de los sentidos, disgustados para las gracias que
              por otro camino se ganan y encendidos para las ofensas que por este se despiertan; <pb
                n="p. 56"/> porque la conversación o escritura semejantemente tenebrosa, así como
              ofende el oído, lleva tras sí con poderoso rapto el odio, de la misma manera que la
              fácil y clara transforma los contrarios en afición, los aficionados en amistad, el
              amigo fingido en verdadero, el verdadero en constante<note place="bottom">Sobre la
                concordia y la amistad como finalidad de la conversación, véase la introducción,
                sección 6.1.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>[14] Lusitano</head>
            <p>Todo esto pudieron conseguir felizmente aquellos tres famosos Lusitanos y Livios
              Portugueses, <persName type="authority" key="Barros, João de">Juan de
                Barros</persName> en la grande obra<note place="bottom">João de Barros (1496-1570),
                al que llama Faria y habían llamado otros el Tito Livio portugués, compuso algunas
                de las primeras grandes historias del Portugal colonial. Entre todas, destacan las
                monumentales <hi rend="i">Décadas da Ásia</hi> (<hi rend="i">Primeira</hi>, Barros,
                1552; <hi rend="i">Segunda</hi>, Barros, 1553; <hi rend="i">Terceira</hi>, Barros,
                1563; con varias reediciones y continuaciones). Barros también fue autor de la
                primera gramática portuguesa (Barros, 1540).</note>, <persName type="authority"
                key="Pereira, António Pinto">Antonio Pinto</persName> que, de las lunas ilustres de
              su nobleza, pudo prestar tanta luz a la historia que escribió de la conjuración de los
              Reyes Orientales<note place="bottom">António Pinto Pereira (¿?-1587) fue autor de la
                  <hi rend="i">Historia da India, no tempo em que a governou o Visorey Dom Luis
                  d’Ataide</hi>, publicada bajo este título por iniciativa de Fr. Miguel da Cruz en
                1616 (Pereira, 1616). En esta obra, se relata la alianza del Hidalcão, del sultán de
                Cambaya y de Nizam Melek contra los portugueses, que dio lugar al cerco de Goa de
                1571. Fue reeditado por la Commissão Nacional para as Commemorações dos
                Descobrimentos Portugueses (Pereira, 1987). El blasón de armas de la familia Pinto
                lleva cinco lunas rojas que, según Faria, alumbran sus escritos. Véase la <ref
                  xml:id="ref34" target="ref33">introducción</ref>.</note>, y <persName
                type="authority" key="Morais, Francisco de">Francisco de Morais</persName>, tanta
              sombra del mismo ilustre árbol con que se apellida<note place="bottom">El apellido <hi
                  rend="i">Morais</hi>, Morales en castellano, se asemeja al del árbol, el moral
                  –<hi rend="i">amoreira</hi> en portugués–, a la sombra del cual descansa su obra.
                Esta sombra es abundante “tanta sombra” por ser árbol especialmente coposo (<hi
                  rend="i">Aut</hi>.: “Árbol conocido, <hi rend="i">grande</hi> y robusto”). Véase
                la <ref xml:id="ref36" target="ref35">introducción</ref>. Según me sugiere Muriel
                Elvira, Faria pudo encontrar esta imagen conceptuosa bajo la pluma del mismo
                Góngora, quien, en el soneto «Árbol de cuyos ramos fortunados» de 1593, pedía a
                Cristóbal de Moura que le amparara a la sombra de su apellido o emblema (<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/html/gongora_obra-poetica.html#poem93"
                  >Góngora, 2016: núm. 96</ref> [OC.96]).</note>, a la suya bien que fabulosa en
              parte de <title>Palmerim</title><note place="bottom">Francisco de Moraes (1500-¿1572?)
                escribió la novela de caballería <hi rend="i">Parlmerim de Inglaterra</hi> entre
                1540 y 1544, durante los años en que acompañó una embajada en la corte francesa, a
                imitación del <hi rend="i">Amadis de Gaula</hi> y como continuación un ciclo previo
                de «palmerines castellanos» (Moraes, 2006: IX). La compleja historia editorial de
                este texto lo coloca en la encrucijada entre España y Portugal, al difundirse desde
                el inicio en ambas lenguas: no conservamos la primera edición en portugués, impresa
                alrededor de 1544, sino la traducción española publicada en Toledo en 1547-1548; en
                1567 se reimprimió una versión portuguesa en Évora, seguida por otra, en Lisboa, en
                1592. Sin prestar crédito a las polémicas en torno a la identidad del autor y el
                origen portugués del texto, Faria e Sousa hace del texto de Moraes el representante
                por antonomasia del ciclo palmerino, que tuvo orígenes españoles, continuaciones
                portuguesas y traducciones en varias lenguas europeas (para una presentación
                sintética de la obra, de su posteridad y de los debates que levantó, véase el
                estudio introductorio de Aurelio Vargas Díaz-Toledo a Moraes, 2006: XI). En la lista
                de tres prosistas portugueses citada por Faria, Moreas no el único autor de ficción.
                Conecta con otro aspecto de la obra de João de Barros, cuya <hi rend="i">Crónica do
                  Imperador Clarimundo donde os reis de Portugal descendem</hi> inició el género
                caballeresco en lengua portuguesa y relativamente a la materia histórica portuguesa
                (Barros, 1522; véase Moraes, 2006: XXIII). Volver a la nota <ref xml:id="ref38"
                  target="ref37">101</ref>.</note>, que con ellas mismas escurecieron la fama y
              gloria de los que antes y después escribieron, hablando en su lengua tan elegantes,
              que con razón les pueden envidiar todos, mas igualar ninguno<note place="bottom">Sobre
                la conexión entre esta lista de prosistas portugueses –Barros, Pinto y Moraes– y el
                catálogo de autores de Pero de Magalhães Gândavo en el «Diálogo em defesão da língua
                portuguesa, sobre a cual tem disputa um Português con um Castelhano, onde por se
                tratar de esta matéria usa cada um sua línguagem na maneira seguinte», véase la nota
                  <ref xml:id="ref40" target="ref39">82</ref>. Volver a la nota <ref xml:id="ref42"
                  target="ref41">131</ref>.</note><note type="app" rend="I"> La intervención de
                Lusitano está enteramente alterada en la edición de 1674. Desaparece el pequeño
                parnaso portugués de la conclusión de la palestra y se sustituye por una fórmula más
                general: «Todo eso pudieron conseguir felizmente muchos famosos Livios y Cicerones
                portugueses, que con varias obras escurecieron la fama y gloria de los que antes y
                después escribieron, hablando en su lengua tan elegantes, que con razón les pueden
                envidiar todos, mas igualar ninguno» (Faria, 1674: 45). Livios y Cicerones, es
                decir, historiadores y oradores: en comparación con la primera versión, el
                predominio del modelo histórico perdió fuerza en los últimos años de la vida de
                Faria, más dedicados a la poesía.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>[15] Sannazaro</head>
            <p>Poderosa planta es la lengua, o pluma, que tan colmado fruto lleva como la amistad,
              que tan dudosamente se posee, mas no pasemos sin que el gusto le haga la salva<note
                place="bottom">«Hacer la salva»: Pedir licencia para hablar o representar
                algo.</note>.</p>
          </div>
        </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
