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      <titleStmt>
        <title>Contra el Antídoto de Jáuregui y en favor de don Luis de Góngora, por un
          curioso</title>
        <author>Anónimo</author>
        <editor>José Manuel Rico García</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
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          <name>Pedro Conde</name>
          <resp>relecture</resp>
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        <respStmt>
          <name>Jaime Galbarro</name>
          <resp>relecture, stylage et édition TEI</resp>
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        <respStmt>
          <name>Hector Ruiz</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso</idno>
        <date when="2016"/>
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          <licence target="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/"
            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
        </availability>
      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <bibl>BNE, ms. 3726: 249-253.</bibl>
        <bibl>BNE, ms. 5566: 315-327.</bibl>
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    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
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        <date when="1624"/>
      </creation>
      <langUsage>
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      </langUsage>
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  <text>
    <!-- <p><ref target="https://docs.google.com/spreadsheet/ccc?key=0AjY-3NJyasEFdGFGZmY0U0paQzA3WHVId2UtUUVsQlE#gid=0">Nombre de Códig<anchor xml:id="_Hlt235766338"/>o del t<anchor xml:id="_Hlt236751644"/>exto</ref>: 1624_opusculo-curioso</p>
   <div>
    <head>Datos bibliográficos</head>
    <table>
     <row>
      <cell>Autor</cell>
      <cell>Anónimo</cell>
     </row>
     <row>
      <cell>Destinatario / dedicatario</cell>
      <cell>Jáuregui, Juan de</cell>
     </row>
     <row>
      <cell>Título</cell>
      <cell>
       <p rend="noindent">Contra el Antídoto de Jáuregui y en favor de don Luis de Góngora, por un curioso</p>
      </cell>
     </row>
     <row>
      <cell>Fecha</cell>
      <cell>1624</cell>
     </row>
     <row>
      <cell>Fuentes</cell>
      <cell>
       <p xml:lang="en" rend="noindent">BNE, ms. 3726, f. 249-253.</p>
       <p xml:lang="en" rend="noindent">BNE, ms. 5566, p. 315-327.</p>
      </cell>
     </row>
     <row>
      <cell>Ediciones modernas</cell>
      <cell>
       <p rend="noindent">Artigas (1925: 395-399)</p>
       <p rend="noindent">Pariente (1986: 95-101)</p>
      </cell>
     </row>
     <row>
      <cell>Conceptos claves del documento</cell>
      <cell/>
     </row>
     <row>
      <cell>
       <ref target="https://docs.google.com/spreadsheet/ccc?key=0AjY-3NJyasEFdGFGZmY0U0paQzA3WHVId2UtUUVsQlE#gid=0">Responde a otro texto</ref>
      </cell>
      <cell>1614_antidoto</cell>
     </row>
     <row>
      <cell>Referencias a la polémica</cell>
      <cell>
       <p xml:lang="fr" rend="noindent">1618_discursos-diaz</p>
       <p rend="noindent">1615_examen</p>
       <p xml:lang="fr" rend="noindent">1616_soledad-primera-diaz</p>
       <p xml:lang="fr" rend="noindent">1616_soledad-segunda-diaz</p>
       <p xml:lang="fr" rend="noindent">1616_polifemo-diaz</p>
      </cell>
     </row>
    </table>
   </div> -->
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. Título</head>
          <p><hi rend="i">Contra el Antídoto de Jáuregui y en favor de don Luis de Góngora por un
              curioso</hi>, este es el título que ofrecen los dos manuscritos que han conservado
            esta pieza de la polémica. Su autor eligió un título que amplía las expectativas y las
            funciones que se atribuyen a estos componentes paratextuales del discurso<note
              place="bottom">Para la definición y las funciones de este componente paratextual,
              véase Hoek (1981: 17).</note>: designación, indicación, orientación sobre el sentido
            del texto y capacidad de sugestión para atraer al lector. La primera de estas funciones
            la cumple de manera eficaz mediante la tematización de la preposición que denota
            contrariedad y oposición; preposición que marca la pauta del tono satírico del escrito y
            anuncia su intención demostrativa, subrayada de forma redundante por el sintagma <hi
              rend="i">en favor de don Luis de Góngora</hi>.</p>
          <p>Dos datos con cierta pertinencia merecen destacarse en el título. En primer lugar, es
            la única respuesta al <hi rend="i">Antídoto</hi> que refiere abiertamente el nombre de
            su autor y lo incluye en el título. Solo tres de los manuscritos conocidos que han
            conservado el <hi rend="i">Antídoto</hi> incluyen esta información: BNE, ms. 3965 («Por
            don Juan de Jáuregui, caballero sevillano»), Biblioteca Universitaria de Zaragoza, ms.
            250 («Compuesto por don Juan de Jáuregui») y Biblioteca Municipal do Porto, ms. 612
            («Don Juan de Jáuregui»). Es cierto que, a pesar de la divulgación anónima del <hi
              rend="i">Antídoto</hi>, su autoría debió de ser un secreto a voces entre los
            participantes de la polémica, y el primer interesado en ello fue el propio Jáuregui,
            quien a menudo obró movido por los deseos de notoriedad. Sorprende, sin embargo, que
            siendo el autor de esta censura quien reunió y dispuso los materiales en el BNE, ms.
            3726, como luego se explicará, no aparezca en el testimonio del <hi rend="i"
              >Antídoto</hi> en él recogido ninguna mención a su autor. Por otro lado, no carece de
            interés que ocultara su identidad ante el lector reconociéndose como <hi rend="i">un
              curioso</hi>. Y, ciertamente, lo hace con plena conciencia y coherencia, pues en el
            cuerpo del texto confiesa haber juntado las obras que conforman el volumen «por
            curiosidad», es decir, con diligencia y cuidado, con el deseo de saber y averiguar las
            cosas; significados que le atribuían los españoles del siglo XVII a tal cualidad. Así
            era como se presentaba e identificaba el autor de este opúsculo.</p>
        </div>
        <div>
          <head>2. Autoría</head>
          <p>El <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi>, pieza de la polémica gongorina transmitida por
            el BNE, ms. 3726, ha sido atribuido a Juan López de Vicuña, editor de las <hi rend="i"
              >Obras en verso del Homero español</hi> (Madrid: Viuda de Luis Sánchez, 1627), y al
            recopilador del manuscrito que sirvió de modelo para esa edición, Juan de Salierne.
            Joiner Gates<note place="bottom">Véase Gates (1960: 29-30).</note>formuló la hipótesis
            de que todo el contenido del BNE, ms. 3726 incluiría la segunda parte de las <hi
              rend="i">Obras</hi> de Góngora, proyectada y prometida en los preliminares de la
            edición de Vicuña. Planteó esta conjetura inducida por la opinión de Lucien Paul
              Thomas<note place="bottom">Véase Thomas (1909: 11-132).</note>, quien había estimado
            que el orden que guardaban los textos de Díaz de Rivas en el BNE, ms. 3726 y en el BNE,
            ms. 3906 parecía indicar que ambos testimonios formaban parte de un libro preparado para
            la imprenta, entre otras razones porque los textos de Díaz de Rivas iban precedidos de
            poemas preliminares, práctica habitual en los volúmenes impresos. Además, a partir de
            las observaciones autorreferenciales que hace el recopilador del códice indicado, que
            después serán analizadas, concluyó Joiner Gates: «me atrevo a sugerir que el Ms. 3726
            representa la fracasada segunda parte de las<hi rend="i"> Obras</hi> de Góngora
            proyectada por Vicuña, que este es el autor anónimo del<hi rend="i"> Contra el
              Antídoto</hi>, y que en su segundo tomo pensaba incluir no solo las obras prometidas,
            sino, además, todas las defensas en contra del <hi rend="i">Antídoto</hi> contenidas en
            este manuscrito»<note place="bottom">Gates (1960: 30).</note>. Robert Jammes<note
              place="bottom">Véase Jammes (1962: 202).</note> aceptó parcialmente el razonamiento de
            Gates, esto es, admitió que el BNE, ms. 3726 estaba destinado a ser la segunda parte
            prometida de la edición de las <hi rend="i">Obras en verso del Homero español</hi>, pero
            no admitió que la pieza titulada <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> fuera obra de
              Vicuña<note place="bottom">Escribe Jammes (1962: 202): «Mais je ne suis pas d’accord
              avec E. Joiner Gates quand elle avance l’hipothèse que l’auteur de <hi rend="i">Contra
                el Antídoto</hi> serait Vicuña lui-méme».</note>, sino de quien había recopilado y
            poseído el manuscrito original de esa edición, que era también –aceptada la conjetura de
            Gates– quien había compilado el volumen que constituiría la segunda parte de las <hi
              rend="i">Obras en verso</hi>, esto es, el BNE, ms. 3726. Tal persona era Juan de
            Salierne, como se deducía de la declaración de Vicuña, en junio de 1628, ante Alonso
            Téllez Girón, comisario de la Inquisición en Madrid. Jammes mantuvo esta hipótesis en el
            «Apéndice II (La polémica de las <hi rend="i">Soledades</hi>)» de su edición del
              poema<note place="bottom">Véase Góngora (1994: 671-672).</note>. López de Vicuña
            declaró que alrededor de 1620 don Juan de Salierne había colectado las obras de Góngora
            para su publicación, para lo cual había sacado un privilegio que compró Vicuña por 350
            reales, o, más bien, como interpreta rectamente Jaime Moll<note place="bottom">Moll
              (1997: 34).</note>, Salierne se los pagó a Juan López de Vicuña, esto es, le dio 350
            reales a este, que tenía entonces 17 años, para que le sirviera de testaferro, y le
            entregó el privilegio y el original «con las censuras y recaudos necesarios», como reza
            la declaración del editor ante el inquisidor. Así reconstruye Jaime Moll las intenciones
            del tal Salierne:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Situémonos en 1620. Juan tenía diecisiete años. Su hermano había
            iniciado el año anterior su actividad editorial. Es posible que Juan le ayudase. Por lo
            menos, pudo tener relación con el ambiente librero. Se relacionaría con Juan de
            Salierne, que se aprovechó de su joven amigo y le propuso solicitar a su nombre el
            privilegio de un libro problemático, pues vivía el autor. Salierne se encargó de obtener
            las censuras y gestionar el privilegio a nombre de su joven amigo, y además le dio
            trescientos cincuenta reales por hacer de testaferro. Que no pudiese editar enseguida el
            libro, no le importaría, ya llegaría el momento, todavía era joven. Fue, como hemos
            dicho, en 1624, que actuó por vez primera como editor. Sin embargo, cuando llegó el
            momento, a la muerte de Góngora, ya estaba comprometido en la edición de la obra de
            Salas Barbadillo, por lo que, falto de dinero, tuvo que vender el privilegio a Alonso
              Pérez<note place="bottom">Moll (1997: 33-34).</note>.</p>
          <p/>
          <p>Llegados a este punto, hemos de preguntarnos quién es Juan de Salierne. Este es el
            nombre que se transcribió en el segundo pliego del expediente de la declaración de López
            de Vicuña ante la Inquisición en 1628. De él se dice que era vecino de Madrid, y «ya
            difunto», aunque no se refiere desde cuándo. Añade que «tenía recogidas todas las obras
            de don Luis en un libro manuscrito y trató de imprimirlas, para lo cual se sacó
            privilegio en cabeza de este que declara, etc.»<note place="bottom">Cito por la
              transcripción del expediente completo que realiza Moll (1997: 31).</note>. En el
            intento de averiguar la identidad de este Juan de Salierne, que había fallecido antes de
            1628, y del que no pudo hallar ningún dato, Jaime Moll tropezó con un tal Juan de
            Saldierna, que por la semejanza del apellido y por su dedicación bien podría ser la
            persona citada por Vicuña. Su nombre aparece en un documento de 1616 del Archivo
            Histórico Nacional (Inquisición, Legajo 4470, nº 31), en el que se trata de comerciantes
            de libros sin establecimiento, que los visitadores inquisitoriales denominaban «los que
            venden en plazuela». Mercedes Agulló y Cobo, en el diccionario contenido en su tesis
            doctoral <hi rend="i">La imprenta y el comercio de libros en Madrid: siglos
              XVI-XVIII</hi>, inserta la siguiente entrada para Juan de Saldierna:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Con el título de don figura en la relación de libreros
            madrileños hecha por el Santo Oficio en 1616, establecido al «Carmen». Y se anota «Este
            trata y contrata y no es librero y tiene gran librería». En el repartimiento de harina
            hecho por la Inquisición entre los libreros de Madrid, con fecha 27 de octubre de dicho
            año, se le cita, no obstante, también entre los de este oficio<note place="bottom"
              >Agulló (1992: 285).</note>.</p>
          <p/>
          <p>Por nuestra parte, hemos topado con otros datos y documentos que hacen referencia a
            este Juan de Saldierna. El primer documento demuestra que en 1625 aún estaba vivo, pues
            aparece como comprador de dos lotes en el inventario de una almoneda de libros dado a
            conocer por Trevor Dadson. El tres de mayo de 1625, Juan de Saldierna paga tres reales
            por dos libros que pertenecieron a la biblioteca del Almirante de Aragón: un tratado de
            armas en italiano y la <hi rend="i">Vida de la reina Margarita</hi> «en dos
              cuerpos»<note place="bottom">Dadson (2008: 266 y 279).</note>. El segundo testimonio
            nos habla de la extraordinaria librería o biblioteca que poseyó el tal don Juan de
            Saldierna: nos referimos al <hi rend="i">Epítome de la biblioteca oriental y occidental,
              náutica y geográfica</hi> (Madrid, Juan González, 1629) de Antonio León Pinelo,
            primera bibliografía del Nuevo Mundo. En el «Discurso Apologético de Juan Rodríguez de
            León a la biblioteca del licenciado Antonio de León, su hermano», contenido en el propio
              <hi rend="i">Epítome</hi>, se lee que en la biblioteca de don Juan de Saldierna había
            en lengua castellana más de cuatro mil volúmenes, de los que daría noticia don Tomás
            Tamayo de Vargas en su <hi rend="i">Junta de libros</hi><note place="bottom">Se lee «…
              que fuera más copioso si alcanzara la librería de don Juan de Saldierna, en que había
              en lengua castellana cuatro mil volúmenes, de los cuales, y de otros muchos, dará
              docta noticia (como suele) don Tomás Tamayo de Vargas, cronista de su Majestad, en el
              catálogo de escritores que hay en la lengua castellana, que tiene para sacar a luz y
              que comunicó a nuestro autor en sus primeros borradores» (León Pinelo, 1958). Pero lo
              cierto es que la <hi rend="i">Junta de libros</hi> de Tamayo no proporciona ningún
              dato concreto sobre la librería ni sobre la persona de Juan de Saldierna (véase
              Tamayo, 2007). Es probable que este Juan de Saldierna sea la misma persona que con la
              variación gráfica del apellido, Juan de Çaldierna Navarrete, aparece en un documento
              reproducido por Pablo Jauralde en la entrada «Cruz y negocios de Quevedo» de su blog
                <hi rend="i">Han ganado los malos</hi> (<ref
                target="http://hanganadolosmalos.blogspot.com.es/2011/04/cruz-y-negocios-de-quevedo.html"
                >http://hanganadolosmalos.blogspot.com.es/2011/04/cruz-y-negocios-de-quevedo.html</ref>.
              Última consulta: 22-09-2015). En tal documento, Quevedo firma ante notario que ha
              vendido los bienes (joyas, libros, muebles, etc.) que le entregó Juan de Zaldierna
              Navarrete, cuya firma aparece en el protocolo, para que fueran vendidos en Sicilia.
              Añade Jauralde que, según sus averiguaciones, este Juan de Zaldierna era el
              administrador de los bienes del conde de Villamediana, aunque no precisa más. Por
              nuestra parte resta añadir que el mismo nombre consta en las aprobaciones de dos
              libros significados de esos años: Juan de Zaldierna Navarrete daba su aprobación en
              Madrid el veintiséis de julio de 1619 al comentario a Garcilaso de don Tomás Tamayo de
              Vargas, <hi rend="i">Garci Lasso de la Vega, natural de Toledo, príncipe de los poetas
                castellanos</hi> (Madrid: Luis Sánchez, 1622); el doce de agosto del mismo año es la
              fecha de la aprobación de Lope de Vega; también Juan de Zaldierna Navarrete aprobó el
              veintidós de octubre de 1620 las <hi rend="i">Varias noticias importantes a la humana
                comunicación</hi> (Madrid: Tomás Iunti, 1621) de Cristóbal Suárez de
              Figueroa.</note>. Todo apunta a que este bibliófilo y bibliómano es el transcrito en
            la declaración de Vicuña con el nombre de Juan de Salierne; y al que, en efecto, su
            bibliofilia le habría llevado al negocio de comprar y vender libros para enriquecer su
            propia biblioteca, como precisa el expediente inquisitorial: «trata y contrata y no es
            librero y tiene gran librería».</p>
          <p>Así pues, considerando estas premisas, es necesario plantear si la hipótesis de Joiner
            Gates, corregida y matizada por Robert Jammes, es verosímil o no. Para ello hemos de
            preguntarnos en primer lugar si el BNE, ms. 3726 es un códice preparado para la
            impresión, idea sobre la que se funda tal conjetura. El compilador de este manuscrito ha
            reunido los dos grandes poemas de Góngora y un conjunto de textos muy heterogéneos
            referentes a ellos. Por un lado, dos obras poéticas íntimamente relacionadas con el <hi
              rend="i">Polifemo</hi> gongorino: <hi rend="i">La fábula de Acis y Galatea</hi> de don
            Luis Carrillo y Sotomayor, y la <hi rend="i">Fábula de Polifemo a lo burlesco</hi> de
            don Alonso Castillo Solórzano. Por otro lado, un conjunto de textos de la controversia
            que tiene como denominador común el <hi rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui, pieza que se
            copia entre los folios 224 y 248. Así, reúne las dos refutaciones más sesudas del <hi
              rend="i">Antídoto: Discursos apologéticos por el estilo de las «Soledades»</hi> y<hi
              rend="i"> Las anotaciones y comentarios</hi> (f. 72-221) de Pedro Díaz de Rivas, y el
              <hi rend="i">Examen del «Antídoto»</hi> (f. 249-313) del abad de Rute. Junto a estas
            piezas que representan respuestas muy calculadas, rigurosas, llenas de erudición, se
            copian otras de corte satírico: <hi rend="i">Contra el Antídoto y en favor de Don Luis
              de Góngora por un curioso</hi> (f. 249-258), que es la pieza que nos ocupa; <hi
              rend="i">Cierta nota de cierto advertente a este Examen</hi>; una <hi rend="i"
              >Apología del señor don Francisco por una décima del autor de las «Soledades»</hi>; y
            las décimas que el <hi rend="i">Padre fray Luis de Guzmán o de Sevilla, varón religioso
              y en poesía sapiente hizo contra las sofisterías del</hi> «Antídoto» <hi rend="i">y a
              favor de las</hi> «Soledades»<hi rend="i"> y de su autor</hi> (f. 101-102).
            Finalmente, el manuscrito se cierra con la <hi rend="i">Oda a la toma de Larache</hi>
            (f. 317-318v) y las <hi rend="i">Anotaciones</hi> que sobre ella escribió el propio Díaz
            de Rivas (f. 319-343).</p>
          <p>Lo primero que se ha de considerar es en qué se parece lo incluido en este manuscrito
            con lo anunciado por Vicuña. Las hipótesis de Joiner Gates y Jammes tuvieron su origen
            en las siguientes palabras del prólogo «Al lector» de las <hi rend="i">Obras en verso
              del Homero español</hi>:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Muchos versos se echarán menos, algunos que la modestia del
            autor no permitió andar en público; y otros que en siete años desde el veinte compuso,
            en breve se darán a la estampa con las comedias de <hi rend="i">Las firmezas de
              Isabela</hi> y el <hi rend="i">Doctor Carlino</hi>. La primera ya impresa y la segunda
            que aún no acabó. Y aun se aumentará el volumen con los comentos del <hi rend="i"
              >Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi> que hizo el licenciado Pedro Díaz de
            Rivas, lucido ingenio cordobés. Vale.<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i">Obras en
                verso del Homero español</hi>, Madrid: viuda de Luis Sánchez, 1627, f.
            ¶6rv.</note></p>
          <p/>
          <p>Lo prometido por Vicuña o por Salierne (o Saldierna) en el prólogo apenas se
            corresponde con el contenido de este códice, pues en él no están ni las comedias ni las
            composiciones compuestas por Góngora entre 1620 y la fecha de su muerte. Como es sabido,
            desde el pormenorizado análisis que realizó Dámaso Alonso<note place="bottom">Alonso
              (1963). El prólogo a la edición facsímil de las <hi rend="i">Obras en verso el Homero
                español</hi> es recogido también en Dámaso Alonso (1982: VI, 455-500).</note>, la
            edición de Vicuña solo recogió composiciones hasta 1620, o más precisamente hasta 1617,
            salvo alguna auténtica y otras apócrifas posteriores, que debieron de ser añadidas por
            el propio Vicuña a las trasladadas en el cartapacio original que le había entregado el
            tal don Juan de Salierne en 1620 para obtener las aprobaciones y licencias para su
            impresión, licencias que se incluyen siete años más tarde en la edición de 1627. De lo
            anunciado por Vicuña, pues, el BNE, ms. 3726 solo contiene «los comentos del <hi
              rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi> que hizo el licenciado Pedro Díaz
            de Rivas». Las únicas composiciones de Góngora que se incluyen son el <hi rend="i"
              >Polifemo</hi>, las <hi rend="i">Soledades</hi>, la <hi rend="i">Oda a la toma de
              Larache</hi> y las décimas «Por la estafeta he sabido»; es decir, ni rastro de las
            composiciones del periodo de 1620 a 1627 que no se incluyeron en la edición de Vicuña.
            Es más, las cuatro composiciones citadas habían formado ya parte de las <hi rend="i"
              >Obras en verso del Homero español</hi>. Además, el texto de las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> de Vicuña y el del BNE, ms. 3726 presentan numerosas variantes y
            concluyen en versos distintos: la edición ponía el punto final a la segunda <hi rend="i"
              >Soledad</hi> en el verso 840 («al viento esgrimirán cuchillo vago»); el manuscrito
            concluye, como la mayoría de las buenas copias posteriores a Vicuña, según observó
            Robert Jammes, en el verso 936 («heredado en el último graznido»). Cabría preguntarse,
            en fin, qué pintan en un manuscrito que representaría la segunda parte de las <hi
              rend="i">Obras en verso del Homero español</hi> la fábula compuesta por de don Luis
            Carrillo y Sotomayor; y el <hi rend="i">Polifemo a lo burlesco</hi> de don Alonso
            Castillo Solórzano.</p>
          <p>La presencia en el códice de los <hi rend="i">Discursos apologéticos por el estilo de
              las «Soledades»</hi> y<hi rend="i"> Las anotaciones y comentarios</hi> (f. 72-221) no
            parece suficiente para justificar la identificación de la prometida segunda parte de las
              <hi rend="i">Obras en verso</hi>. La mayor parte de lo anunciado no está incluida en
            el volumen manuscrito (bastaría pensar en la ausencia de las comedias <hi rend="i">Las
              firmezas de Isabela</hi> y el <hi rend="i">Doctor Carlino</hi>). Además, el tiempo ha
            demostrado que los <hi rend="i">Discursos</hi> de Díaz de Rivas hubieron de circular
            ampliamente entre los aficionados a la nueva poesía. Hoy sabemos que están también en la
            Biblioteca Municipal do Porto, ms. 612 y la BNE, ms. 3906 (f. 68-91v). Sabemos también
            que comentaristas como Vázquez Siruela, quien a nuestro juicio fue el propietario del
            manuscrito 3906, de quien pasó a Ambrosio de la Cuesta Saavedra<note place="bottom"
              >Gracias al trabajo aún inédito de Solís de los Santos (en prensa) sobre el inventario
              de su biblioteca, conservado en la Hispanic Society of America, ms. B2681, conoceremos
              con precisión la magnitud de tan extraordinaria colección. Por las manos del racionero
              de la catedral Martín Vázquez Siruela, quizá el comentarista más audaz de Góngora,
              debieron de pasar muchos de los manuscritos poéticos compilados en Sevilla, pues ocupó
              el puesto de bibliotecario capitular.</note>, leyeron muy atentamente los textos de
            Díaz de Rivas y tenían copias de ellos. Lo mismo se puede decir de Salcedo Coronel, que
            en su comentario al <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi> indica
            intermitentemente la deuda contraída con los textos del erudito cordobés: «hombre de
            mucho ingenio, y a quien yo no usurparé la gloria que se le debe por su fatiga,
            declarando siempre en este comento lo que fuere suyo»<note place="bottom">Salcedo
              Coronel, <hi rend="i">Las Soledades de don Luis de Góngora, comentadas</hi>…, Madrid:
              Imprenta Real, 1636: p. 314.</note>. Angulo y Pulgar, por añadir otro caso, calificó
            de «magistral»<note place="bottom">Véase Angulo y Pulgar, <hi rend="i">Epístolas
                satisfactorias</hi>, Granada: Blas Martínez, 1635: f. 43v. </note> el comento de
            Díaz de Rivas a las <hi rend="i">Soledades</hi>.</p>
          <p>Los textos del <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi> aparecen
            copiados con una caligrafía muy cuidada y estilizada, con las portadas y las letras
            capitales adornadas, algo poco común en textos preparados para la impresión y sí más
            propio de quien está acopiando para su propia biblioteca o por encargo de algún prócer
            los textos de los poemas mayores de Góngora y los referentes a ellos en un mismo
            volumen, para lo cual encarga trasladarlos a varios pendolistas profesionales o se hace
            con copias de los mismos que recopila en un volumen. A falta de un exhaustivo análisis
            codicológico del volumen manuscrito, las características materiales y externas del
            códice parecen avalar esta hipótesis, pues hay en él distintos tipos de letras, de
            tintas y de papel.</p>
          <p>Es también necesario considerar que muchos de los textos contenidos en el códice no
            podrían imprimirse. Su naturaleza satírica los fuerza inevitablemente a la difusión
            manuscrita, ¿o acaso alguien se podía atrever a imprimir el <hi rend="i">Antídoto</hi>
            sin consentimiento de su autor, cuando, para más inri, había circulado anónimo, aunque
            la autoría del sevillano Juan de Jáuregui fuera notoria y aun confesa? ¿Y qué decir de
            las respuestas al <hi rend="i">Antídoto</hi>, que en el fondo son todas las piezas que
            aquí se concentran? Bastaría repasar los manuscritos que han transmitido la polémica
            para ver que los textos que contienen suelen formar, por voluntad del compilador que los
            selecciona, un corpus orgánico en el que unos responden a otros. Eso sí es genuino de la
            difusión manuscrita de las humanidades en la España barroca y resultaría extraño en la
            transmisión impresa<note place="bottom">Por el contrario, en Italia, como ha estudiado
              Roland Béhar (2015), era práctica común imprimir conjuntamente este género de
              escritos.</note>.</p>
          <p>Vayamos a otro asunto. Todo apunta de forma inequívoca, en efecto, a que el autor del
              <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> es el compilador que ha reunido los materiales
            que se incluyen en el BNE, ms. 3726. Es también el autor de la décima <hi rend="i"
              >Contra el Antídoto que don Juan de Jáuregui hizo contra las Soledades. Décima</hi>:
            «Antídoto ha intitulado/ a su crítica escritura…», además de <hi rend="i">Cierta nota de
              cierto advertente a este examen</hi>, que encabeza la <hi rend="i">Apología por una
              décima</hi>. Es lo que se infiere de las observaciones autorreferenciales que el texto
            del <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> ofrece. La primera de ellas es una declaración
            del exordio en la que afirma que las obras de don Luis de Góngora «por curiosidad he
            juntado todas o casi todas en este libro y en otro». Se refiere a dos libros de mano,
            pues no establece diferencias entre uno y otro. La forma verbal empleada es «he
            juntado»; esto es, ‘he reunido’. La referencia al «otro libro» es indiferenciada, no se
            puede colegir de ella que se trate del volumen de las poesías que acabó editando Vicuña,
            que poseía las aprobaciones desde 1620. Entendemos que si se tratara de él se haría
            alguna observación más informativa, más pertinente. Es más, asegura haberlas juntado
            «por curiosidad», y no por ninguna otra razón; lo cual justifica la identidad del autor
            en el título del opúsculo: <hi rend="i">Contra el Antídoto de Juan de Jáuregui y en
              favor de don Luis de Góngora «por un curioso»</hi>.</p>
          <p>Buena parte de los volúmenes que han reunido las piezas en torno al <hi rend="i"
              >Antídoto</hi> posee las mismas características, y en ellos sobresalen las respuestas
            al <hi rend="i">Antídoto</hi> y las pullas a otras piezas de Jáuregui, como sucede en
            este opúsculo con las censuras al <hi rend="i">Orfeo</hi>. Piénsese, por ejemplo, en el
            ms. 2006 de la Biblioteca Universitaria de Salamanca, que contiene las siguientes piezas
            en este orden: 1) el <hi rend="i">Antídoto</hi> encabeza el contenido de este manuscrito
            ocupando sus cuarenta y tres primeros folios; 2) La carta que Jáuregui escribió contra
            Lope de Vega intitulada: <hi rend="i">Al maestro Lisarte de la Llana. El licenciado
              Claros de la Plaça…</hi>; 3) La <hi rend="i">Décima contra el Antídoto</hi>; 4) <hi
              rend="i">Anotaciones y defensas a la «Soledad Primera» y al «Polifemo»</hi> de Pedro
            Díaz de Rivas; 5) El <hi rend="i">Examen del «Antídoto»</hi> de Francisco Fernández de
            Córdoba. En este manuscrito aparece atribuido a Francisco de Amaya. 6) Hay también una
            censura anónima a la <hi rend="i">Canción a la venida de Italia a España del
              excelentísimo duque de Osuna</hi>, composición que, tangencialmente, está vinculada a
            la polémica gongorina<note place="bottom">Daza (2007) vincula a la polémica gongorina
              esta censura que editó Entrambasaguas (1947: II, 457-471) y que atribuyó a Francisco
              de Amaya.</note>.</p>
          <p>Otro ejemplo de compilación similar al BNE, ms. 3726 es el manuscrito de la Biblioteca
            Municipal do Porto dado a conocer por Antonio Carreira<note place="bottom">Para la
              descripción pormenorizada, véase Carreira (1998: 240 y 241). </note>: <hi rend="i"
              >Poesias de Alão</hi> es el título que aparece en el tejuelo. En opinión de Carreira,
            su colector debió de ser el poeta y jurista portugués Cristóvao Alão de Moraes, autor en
            1650 del poema mitológico <hi rend="i">O Cyclope Namorado: Fábula de Polyfemo y
              Galathea</hi>, cuyo texto ocupa los primeros cuarenta y un folios del manuscrito.
            Después de la fábula de Alão, tras diez folios, aparecen el <hi rend="i">Antídoto</hi>;
            los <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi> de Díaz de Rivas; el <hi rend="i">Parecer
              sobre las «Soledades»</hi>, dado a conocer y editado por Antonio Carreira<note
              place="bottom">Carreira (1998: 241-245).</note>; la <hi rend="i">Carta que un amigo de
              D. Luis de Góngora</hi>...; la<hi rend="i"> Respuesta de Góngora</hi>; y una serie de
            sonetos, romances, décimas y redondillas del poeta cordobés. A continuación, con otra
            letra, se halla una versión de la primera <hi rend="i">Heroida</hi> ovidiana, una
            endecha, una ensalada de versos y otra anónima <hi rend="i">Fábula de Polyphemo y
              Galathea</hi> compuesta por cincuenta y tres octavas. Le siguen unos poemas atribuidos
            a Lope, dos silvas (<hi rend="i">Fábula de Pan y Siringa</hi> y <hi rend="i">Fábula de
              Píramo y Tisbe</hi>), sonetos cuadrilingües, romances y un soneto. Así pues, como en
            el BNE, ms. 3726, también se copian otros <hi rend="i">Polifemos</hi>.</p>
          <p>En otro lugar del opúsculo, el autor, al referirse al <hi rend="i">Examen del
              «Antídoto»</hi>, hace la siguiente observación metadiscursiva: «que adelante se podrá
            leer, en que responde con agudeza a todas sus sofisterías de vuestra merced». En efecto,
            el <hi rend="i">Examen</hi> del abad de Rute es la pieza que sucede a este opúsculo en
            el códice, de tal manera que quien lo escribe tiene en su mente el modo en que dispone
            los materiales que reúne y traslada. No solo eso, sino que el último enunciado,
            «Responde con agudeza a todas sus sofisterías de vuestra merced», permite pensar que ha
            sido el propio autor quien ha formulado el epígrafe que en el manuscrito introduce las
            décimas de fray Luis de Guzmán «contra las sofisterías del <hi rend="i"
            >Antídoto</hi>».</p>
          <p>A renglón seguido, el autor del opúsculo añade una nueva observación autorreferencial
            sobre el códice al referirse a Díaz de Rivas: «el cual hizo unas ilustraciones en favor
            y defensa del <hi rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi> y las demás obras
            de Don Luis de Góngora, que las puede vuestra meced ver, que están en este libro o 2<hi
              rend="sup">a</hi> parte». De nuevo apela a Jáuregui con otra indicación sobre el
            volumen, mediante el deíctico <hi rend="i">este</hi>, como en el primer enunciado que se
            ha comentado. <hi rend="i">Este</hi> constituye la segunda parte, luego el otro libro
            representa la primera; pero de ahí no se puede colegir que esa primera parte sea el
            manuscrito que sirvió de original a la edición de Vicuña, sino, simplemente, el «otro
            libro» de las obras de don Luis, que «por curiosidad he juntado todas o casi todas en
            este libro y en otro».</p>
          <p>Explicamos a continuación otra observación del recopilador que hallamos en otro de los
            textos que se copian en el manuscrito. Al trasladar la <hi rend="i">Apología por una
              décima</hi> atribuida al abad de Rute, el recopilador alude al primer libro:</p>
          <p/>
          <p rend="margin">[…] y por acudir al deseo de algunos que desearon ver las décimas que el
            señor don Luis compuso acerca de los que acusaron y no estimaron la obra de las <hi
              rend="i">Soledades</hi> en lo que era razón, aunque las ponga en el primer libro de
            sus obras, con todo eso las pondré aquí, las cuales dicen así: «Por la estafeta he
            sabido/ que me han apologizado…»<note place="bottom">BNE, ms. 3726, <hi rend="i">Una
                apologia del señor don Francisco por una décia del autor de las Soledades</hi>, f.
              313r.</note>.</p>
          <p/>
          <p>Pues bien, entre el texto de las décimas en la edición de Vicuña y el de la BNE, ms.
            3726 hay algunas variantes que permiten pensar que los componedores de la edición de
            Vicuña y el recopilador del manuscrito no tienen delante el mismo modelo, cuando, si se
            acepta la hipótesis de que el recopilador de este es el mismo Vicuña o Saldierna,
            deberían reproducir el mismo texto, incluso en sus rasgos ortográficos. Veamos dos de
            estas variantes:</p>
          <p rend="margin">v. 4: Vicuña: «<hi rend="i">ya que</hi> no bien entendido»; BNE, ms.
            3726: «<hi rend="i">aunque</hi> no bien entendido»</p>
          <p rend="margin">v. 8: Vicuña: «pues imputa <hi rend="i">escuridad</hi>»; BNE, ms. 3726:
            «pues imputa <hi rend="i">obscuridad</hi>».</p>
          <p/>
          <p>En suma, lo que sí se puede inferir de estas observaciones autorreferenciales es que el
            autor del <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> es quien compila y ordena ese otro
            manuscrito del que habla y este, el BNE, ms. 3726, que contenía las obras de don Luis y
            las anotaciones, comentarios y otras obras referentes al <hi rend="i">Polifemo</hi> y
            las <hi rend="i">Soledades</hi>, principalmente. De una parte, fue habitual reunir el
              <hi rend="i">Polifemo y las Soledades</hi> con discursos en torno a ellas, como se ha
            dicho, y, en ocasiones, con otras fábulas dedicadas al mito del cíclope o con
            refundiciones a lo burlesco de la de Góngora. Por otro lado, proliferaron códices <hi
              rend="i">integri</hi> de la poesía de don Luis, hasta el punto de que Rodríguez Moñino
            sugirió la idea de la existencia de un taller en Córdoba o en Madrid dedicado a producir
            cartapacios de su poesía con caligrafía muy cuidada, propia de amanuenses
              profesionales<note place="bottom">Para un panorama completo y exhaustivo de la
              transmisión y difusión de la poesía de Góngora, véase Carreira (2014). Para las
              ediciones de Góngora en el siglo XVII es imprescindible el trabajo de Moll
              (1984).</note>. El propio poeta anduvo desquiciado en 1625 para comprar en Córdoba uno
            de esos cartapacios, aunque fuera «por un ojo de la cara». Pellicer y Faría e Sousa
            informaron del elevado coste que tenían tales códices en el mercado de libros. En el
            mismo prólogo de la edición de Vicuña se puede leer que de «la librería de don Pedro de
            Córdoba y Angulo, caballero de la Orden de Santiago, veinticuatro y natural de Córdoba
            […] han salido algunos traslados»<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i">Obras en
                verso del Homero español</hi>, f. ¶6r. Este folio presenta un estado, cuya versión
              más frecuente ha fijado el nombre de «Pedro de Córdoba y Angulo», sin embargo, en
              algunos ejemplares hay una enmieda y se alude correctamente al amigo de Luis de
              Góngora: «Pedro de Cárdenas y Angulo». Véase Homero Serís (1955: 23), quien ya
              advirtió estas diferencias. </note>.</p>
          <p>Después de muchas indagaciones, no acertamos a plantear ninguna conjetura que pueda
            tener apariencia de verdadera sobre la autoría de este opúsculo. No es mucho lo que
            hasta ahora se puede decir sobre el particular y además peca de obvio. A nuestro juicio,
            son incuestionables dos circunstancias. La primera ya la declara el autor: es natural de
            Sevilla y «nacido y criado en la misma collación» que Jáuregui. De esta declaración se
            extrae la segunda: conoce suficientemente a Jáuregui, pues sabe que fue bautizado en la
            parroquia de la Magdalena. Los datos costumbristas y sociológicos que aporta nos impiden
            pensar que el autor haya impostado su origen sevillano tan verosímilmente. Conoce bien
            la idiosincrasia y las diferencias sociales de los barrios: por ello le espeta que su
            escrito es más propio de los atrabiliarios e irreverentes del barrio de la <hi rend="i"
              >heria</hi> o Feria y del <hi rend="i">pendón verde</hi>, territorio de hampones en
            Sevilla y, tradicionalmente, de la contestación civil contra los abusos de los poderes
            públicos, pues la rebelión en 1521 del <hi rend="i">pendón</hi> verde es aún recordada
            como la revuelta social más violenta de la historia moderna en Sevilla contra la nobleza
            y la oligarquía municipal<note place="bottom">Las causas de esta revuelta popular son
              expuestas en la nota <ref xml:id="ref1" target="ref2">infra</ref>. </note>.</p>
          <p>Él es «magdalenico» o «magdalénico», esto es, de la Magdalena, collación y parroquia
            donde habitó y se bautizó gran parte de la nobleza hispalense, dominio de la gente de
            orden y buenas costumbres. El dato preciso de «las letras del <hi rend="i">A. B. C.</hi>
            nos las enseñó a los dos un mismo maestro, que fue Bazán» tampoco parece una información
            inventada. Por otro lado, la enumeración de golosinas con las que regalan su existencia
            los biennacidos en Sevilla denota un conocimiento bastante exacto de los usos y
            costumbres sevillanos. Otro tanto se puede decir de la alusión satírica a los «mancos de
            san Antón», es decir a los tullidos que, como demuestra la documentación de la época,
            eran asistidos en la Casa-albergue de San Antón, antiguo hospital de San Antonio
              Abad<note place="bottom">Para más detalles véase la nota <ref xml:id="ref3"
                target="ref4">infra</ref> de la edición.</note>. Desde un elemental análisis
            pragmático, el autor del opúsculo apela, para una mayor eficacia demostrativa del
            discurso, al conocimiento y a los referentes compartidos con el destinatario de su
            censura.</p>
          <p><hi rend="i">Magdalénico</hi>, en fin, fue uno de los primeros grandes gongoristas, don
            García de Salcedo Coronel, del que hoy sabemos, gracias al hallazgo de su partida de
            bautismo por Pedro Iván García Jiménez<note place="bottom">Véase García Jiménez
              (2014).</note>, que se había cristianado en esa parroquia el día 10 de octubre de
            1593, diez años después que Jáuregui. Pero no imaginamos a Salcedo Coronel entretenido
            en este género de opúsculos satíricos, embozado en el anonimato para no contrariar la
            amistad que parece que le unía a Jáuregui.</p>
          <p>A pesar de lo dicho sobre el origen hispalense del autor del <hi rend="i">Contra el
              Antídoto</hi>, de la siguiente declaración del opúsculo se puede inferir que es
            natural de Córdoba:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">También le hubiera calificado mucho a vuestra merced el haber
            nacido poeta, porque el poeta, para ser bueno, <hi rend="i">nascitur</hi>, y había de
            ser el nacimiento por lo menos en Córdoba, madre de poetas, porque el clima del cielo lo
            lleva de suelo, y así ha producido tantos y tan buenos en todas edades, porque no en
            balde Marcelo la edificó en el sitio que hoy posee con particular observación de astros
            y estrellas.</p>
          <p/>
          <p>A nuestro juicio, el autor no está haciendo patria con sus palabras, sino que apela a
            un motivo muy arraigado entre los hombres de letras del Seiscientos: la concepción de la
            literatura nacional como un fluir ininterrumpido, idea que Córdoba, cuyo solar había
            visto nacer a Séneca, Lucano, Mena y Góngora, ilustraba mejor que ningún otro lugar.
            Sobre el particular, Caramuel pronunció juicios como el siguiente: «por el momento
            examino el parnaso alzado a suma perfección gracias al esfuerzo y diligencia de los
            españoles», y añadió: «tanto el origen como la meta final la pongo en Córdoba: esta muy
            noble ciudad dio al parnaso y a las musas en otro tiempo a Séneca y Lucano, y
            últimamente a Luis de Góngora, poeta fecundísimo y digno de todo encomio»<note
              place="bottom">Caramuel (1989: 346). La idea de Córdoba como cifra y suma de la poesía
              española se deduce de las siguientes palabras de Nicolás Antonio (1999: I, VIII) en el
              prefacio al lector de su <hi xml:lang="none" rend="i">Biblioteca Hispana Nueva</hi>:
              «No ha sido otra mi intención en lo que he dicho que reprender y notar la falta de
              erudición del vulgo de los poetas españoles, pero sin referirme de ningún modo a los
              que justamente merecen verdaderos aplausos, por pertenecer no a la clase de aquéllos,
              sino a la más distinguida, y ser quienes han disputado y disputan brillantemente a los
              más sublimes de Italia y a los príncipes del arte métrica. Omitiendo los antiguos
              provenzales o de lengua valenciana, entre los cuales se dice que un Ausias March
              oscureció la gloria de los más célebres versificadores de su tiempo, el cordobés Juan
              de Mena imitó tan felizmente en la erudición y en los argumentos a Dante y a Petrarca,
              que de no haber sido la rudeza de la época a manera de grillete que le impedía
              moverse, habría ya desde entonces admitido la culta Italia, tan dada a la poesía, cómo
              se levantaba Córdoba de su antiguo sepulcro para volver por sus antiguos fueros; pero
              así que en los comienzos del siglo XVI adquirió nuestro idioma mayores cultura y
              ornato que las que había tenido en las centurias anteriores…».</note>.</p>
          <p>En suma, como el propio <hi rend="i">Antídoto</hi>, el <hi rend="i">Contra el
              Antídoto</hi>, última de sus réplicas, también se divulgó sin que el autor revelara su
            identidad. Así se difundió la <hi rend="i">Carta de un amigo de don Luis que le escribió
              acerca de las Soledades</hi>; del mismo modo se presentaron la <hi rend="i">Carta
              echadiza</hi> y el <hi rend="i">Papel del alférez Estrada</hi>, conocido solo por la
            mención que de él se hace en el <hi rend="i">Anti-Jáuregui</hi> del licenciado Luis de
            la Carrera. Sin nombre de autor se conservó la <hi rend="i">Soledad primera, ilustrada y
              defendida</hi>, aunque hoy sepamos que el agustino fray Francisco de Cabrera está
            detrás de su autoría<note place="bottom">Osuna Cabezas (2009: 29-33).</note>. Es
            innecesario referir más ejemplos; el anonimato fue marca convencional de género en estas
            controversias literarias y no faltaban antecedentes: solo hay que pensar en el Prete
            Jacopín, seudónimo del autor de las <hi rend="i">Observaciones</hi> a las <hi rend="i"
              >Anotaciones</hi> de Fernando de Herrera; el propio Herrera respondió haciéndose pasar
            por un amigo suyo.</p>
          <p>A las anteriores consideraciones sobre el origen sevillano del autor cabe añadir que en
            torno a 1624 comenzaron a conformarse algunos códices <hi rend="i">integri</hi> de
            Góngora en Sevilla. La recepción del poeta cordobés en la ciudad hispalense fue tardía,
            pero muy activa a partir, sobre todo, del interés que Góngora suscitó en Salcedo y
            Nicolás Antonio, y se acrecentó más tarde con la llegada a la ciudad de Vázquez Siruela.
            En unos folios del BNE, ms. 3893 aparece una lista, conocida de todos, publicada de
            forma completa por Ryan, de los «Autores que han comentado, apoyado, loado y citado las
            poesías de don Luis de Góngora», que constituye la más extensa de las relaciones de este
            tipo compiladas en el siglo XVII por los admiradores del poeta cordobés. La lista
            incluye sesenta y cuatro autores; pues bien, ninguno de ellos es oriundo de Sevilla,
            salvo el citado don García de Salcedo Coronel y Rodrigo Caro, al que cita por haberse
            servido de dos versos de don Luis, uno de la canción a San Hermenegildo y otro del <hi
              rend="i">Polifemo</hi>. Listas similares elaboran a lo largo del XVII otros
            admiradores de Góngora, el abad de Rute en el <hi rend="i">Examen del «Antídoto»</hi>,
            el doctor Enrique Vaca de Alfaro, Andrés de Ustarroz y Angulo y Pulgar, en cuyas <hi
              rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> ofrece un catálogo de panegiristas ordenado por
            lugares de origen<note place="bottom">Angulo y Pulgar, <hi rend="i">Epístolas
                satisfactorias</hi>, f. 54rv.</note>. De Sevilla refiere los nombres de Juan de
            Arguijo y Juan Antonio de Vera y Figueroa, Conde de Roca, de origen emeritense, aunque
            formado en Sevilla; pero no tenemos noticia de que hubieran elogiado a Góngora. Intuimos
            que al primero lo refiere por ser el recopilador de la colección de dichos y facecias
            conocida por el nombre de los <hi rend="i">Cuentos de Arguijo</hi>: en ella Góngora,
            convertido en personaje proverbial, era el protagonista de varios cuentecillos.</p>
        </div>
        <div>
          <head>3. Cronología: circunstancias de la composición; fechas de redacción y
            difusión</head>
          <p>La fecha de composición de este opúsculo hubo de ser 1624, como bien se apercibió Roses
              Lozano<note place="bottom">Roses (1994: 27).</note> al advertir en él la referencia al
              <hi rend="i">Orfeo</hi>, obra que se había estampado en el verano de ese año, y la
            alusión a Juan Pérez de Montalbán, a nombre de quien se había publicado casi
            simultáneamente la réplica al poema de Jáuregui, el <hi rend="i">Orfeo en lengua
              castellana</hi> (Madrid, 1624).</p>
          <p>La actualidad de la controversia en torno al <hi rend="i">Orfeo</hi> proporcionó al
            autor del <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> la oportunidad y las razones para zaherir
            al poeta sevillano cuando ya la polémica originada por el <hi rend="i">Antídoto</hi>
            había perdido vigencia y podía considerarse casi extinguida. Igual que otros ataques al
              <hi rend="i">Orfeo</hi>, el opúsculo ponía en solfa la inconsecuencia entre los versos
            del poema mitológico y la doctrina poética propugnada por su autor. El opúsculo ilustra
            de forma concisa cómo fue recibido el <hi rend="i">Orfeo</hi> en los círculos
            literarios; su autor veía burlonamente y con cierto regocijo el aparente gongorismo de
            quien había proferido la más agria descalificación contra las <hi rend="i"
              >Soledades</hi>, pues en el poema mitológico «no guarda la doctrina que reprehende en
            el señor don Luis: <hi rend="i">quia loqui facile, praestare difficile</hi>».</p>
          <p>A nuestro juicio, pues, el texto debió de ser redactado a finales de 1624 o poco
            después, cuando la actualidad del chismorreo literario de la corte estaba protagonizada
            por las sátiras contra el poema de Jáuregui<note place="bottom">Sobre la cuestión, véase
              Montero (2008)</note>. Hay que añadir que ninguno de los materiales que componen el
            BNE, ms. 3726 fue compuesto, que sepamos, después de 1624. Los <hi rend="i">Discursos
              apologéticos</hi> aparecen en este manuscrito con la observación «año 1624»<note
              place="bottom">En el BNE, ms. 3906 se copian sin indicación de año. E. Gates planteó
              que los <hi rend="i">Discursos</hi> se acabaron antes de 1618, porque los manuscritos
              incluían un soneto laudatorio a Díaz de Rivas obra de Antonio de Paredes, que había
              muerto en 1618. La conjetura de Gates fue revisada por Roses (1994: 45); pero Jammes
              (1994: 653-656) se inclinó por la fecha temprana de composición, antes de
            1618.</note>. Por ese entonces tuvieron que copiarse otros materiales del códice. Así,
            entre los folios 8r y 17v del manuscrito se copió la <hi rend="i">Fábula de Polifemo a
              lo burlesco</hi> de Alonso de Castillo Solórzano, testimonio que, según se explica en
            el estudio de la transmisión textual del poema llevado a cabo por Rafael Bonilla<note
              place="bottom">Véase Bonilla (2006: 125-130).</note> para su ejemplar edición de esta
            secuela polifémica, es copia manuscrita de la primera parte de los <hi rend="i">Donaires
              del Parnaso</hi> que se habían impreso en Madrid en 1624<note place="bottom">Esta
              primera parte de los <hi rend="i">Donaires</hi> se imprimió dos veces en el breve
              plazo de diez días. Los datos textuales que ofrecen las variantes llevan a Bonilla
              (2006: 128) a concluir que el texto de la fábula copiado en el BNE, ms. 3726 es
              transcripción de la primera de las dos impresiones, la edición pirata.</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>4. Estructura: diseño retórico</head>
          <p>El autor del <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> optó para su diatriba por el modelo
            de la carta censoria, de manera que con su elección reprodujo conscientemente el marco
            del discurso que empleó Jáuregui para dar forma a su <hi rend="i">Antídoto</hi>. Como es
            sabido, las controversias literarias de los siglos XVI y XVII encontraron en la epístola
            el género propicio para la descalificación personal. La carta era tan maleable en sus
            posibilidades estilísticas que permitía amoldarse a la sátira y a la invectiva. Además,
            el encubrimiento del autor y el anonimato, convenciones adoptadas en muchas de las
            cartas que participaron en las querellas de la época, favorecían el vituperio personal y
            el sarcasmo descalificador. Así pues, con la opción del cauce epistolar, el autor del
              <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> asumió una de las condiciones formales comunes a
            la mayor parte de las obras que participaron en el debate en torno a Góngora.</p>
          <p>El enunciatario explícito del texto es Jáuregui: «Por ser yo también natural de
            Sevilla, mi señor don Juan». La identidad del destinatario es anunciada en el mismo
            título: <hi rend="i">Contra el Antídoto de Jáuregui.</hi> A él se apela
            intermitentemente mediante la fórmula de tratamiento común en la época, el deíctico
            social <hi rend="i">vuestra merced</hi>.</p>
          <p>Como corresponde a la carta censoria, el autor del <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi>
            se sirve de los fines y estrategias del discurso demostrativo; se propone probar que
            Jáuregui no está legitimado para juzgar la poesía de Góngora, tesis que encadena con
            otra proposición en el tramo final del discurso: la incongruencia entre las ideas
            poéticas que Jáuregui había defendido en el <hi rend="i">Discurso</hi> y su puesta en
            práctica en el <hi rend="i">Orfeo</hi>. El resultado es una estructura argumentativa
            encuadrada muy eficaz para los fines epidícticos del opúsculo. Aunque la intención
            global sea demostrativa, esta se enmascara en fórmulas deliberativas que atenúan el
            vituperio so capa de consejo: «me atrevo, por todos estos títulos y por ser mayor de
            edad, a decirle a vuestra merced lo mal que lo miró en arrojarse a escribir el <hi
              rend="i">Antidoto</hi> de vuestra merced, tan cacareado, contra las obras de don Luis
            de Góngora». El mismo proceder se observa en la <hi rend="i">peroratio</hi>: «Y pues en
            esto lo han puesto a vuestra merced sus obras, no trate de hacer más, que no granjea
            opinión». Concurren también en el escrito características e intenciones del discurso
            forense cuando, con el fin de subestimar las capacidades de Jáuregui, juzga el <hi
              rend="i">Orfeo en lengua castellana</hi> muy superior al del poeta sevillano: «Y bien
            se le ha echado de ver en el negro <hi rend="i">Orfeo</hi> un estudiante, y no de mucho
            nombre. Afrentado y aun corrido de ver su <hi rend="i">Orfeo</hi> de vuestra merced,
            hizo otro, y es tanto mejor que el de vuestra merced como de blanco a prieto». Al margen
            de estas incursiones en lo deliberativo y lo judicial, el fin permanente que ilustra la
            intención global del <hi rend="i">Antídoto</hi> es demostrativo, inclinándose siempre al
            vituperio: «aunque sin duda pudiéramos descubrir redoblados errores de los
            apuntados».</p>
          <p>Como se ha expuesto, el autor del opúsculo tenía garantizada la defendibilidad de sus
            opiniones y argumentos por el estado de opinión que a la altura de 1624 había en torno a
            Jáuregui, al <hi rend="i">Antídoto</hi> y a los poemas mayores de Góngora. El aparente
            anacronismo de este escrito, redactado diez años después de la difusión de la invectiva
            contra las <hi rend="i">Soledades</hi>, era mitigado y disculpado por la actualidad de
            la controversia suscitada por la publicación del <hi rend="i">Orfeo</hi>, que, al cabo,
            propiciaba la oportunidad de un nuevo ataque a Jáuregui y de la defensa incondicional de
            Góngora. La divulgación del <hi rend="i">Examen del «Antídoto»</hi> del abad de Rute y
            de los <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi> y<hi rend="i"> Anotaciones</hi> de Díaz
            de Rivas, obras a las que se apela en el opúsculo, ratificaban su defendibilidad. Se
            daban, en suma, las circunstancias propicias para salir a la palestra y escarnecer al
            poeta y pintor hispalense.</p>
          <p>La estructura argumentativa del <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> se conforma con
            los procedimientos demostrativos al uso, que su autor conoce al dedillo y emplea con
            destreza. Así, el escrito se abre con un exordio que conjuga las cualidades necesarias
            para su eficacia persuasiva: la expresión de modestia, el planteamiento de las
            condiciones previas a la argumentación, para enmarcar la cuestión, y la justificación de
            su pertinencia. Para no demostrar arrogancia apela a recursos afectivos como el
            paisanaje con su interlocutor y al hecho de compartir con él un marco común de
            referencias: «Por ser yo también natural de Sevilla, mi señor don Juan, y nacido y
            criado en su misma collación de vuestra merced, la Magdalena, y aun su amigo <hi
              rend="i">ab incunabulis</hi>, porque las letras del <hi rend="i">A. B. C.</hi> nos las
            enseñó a los dos un mismo maestro». El origen sevillano que proclama, real o inventado,
            tiene un valor funcional, pues será usado para legitimar su discurso en algunas partes
            de la argumentación. Para justificar la reprobación del <hi rend="i">Antídoto</hi> y de
            su autor sobrepuja la figura y la obra de Góngora, aduciendo el reconocido argumento de
            la mayoría o tópico de la cantidad mediante la invocación del reconocimiento universal
            de su calidad literaria:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">[…] que, siendo vuestra merced español y andaluz, haya querido
            oscurecer lo que tantos doctos españoles y hombres de buen gusto han alabado,
            engrandecido y reverenciado como a prodigio y monstruo de naturaleza. ¡Y qué digo los
            españoles, todas las naciones que han tenido noticia de sus obras!</p>
          <p/>
          <p>Disimulada bajo una formulación deliberativa, como se ha dicho, dispone la <hi rend="i"
              >propositio</hi> en el exordio: «me atrevo… a decirle a vuestra merced lo mal que lo
            miró en arrojarse a escribir el <hi rend="i">Antidoto</hi>». En la disposición de los
            argumentos se distingue claramente la forma básica de la argumentación por adición. Todo
            el cuerpo argumentativo se orienta, por un lado, a probar, mediante analogías, símiles,
            cuentecillos, dichos y expresiones proverbiales, que Jáuregui no estaba capacitado para
            evaluar las <hi rend="i">Soledades</hi>, y, por otro, a justificar el silencio de
            Góngora. Ambos propósitos se conjugan en el primer argumento, una analogía que compara
            el <hi rend="i">Antídoto</hi> con un vejamen universitario, modelo de discurso en el que
            se «dicen muchos disparates vestidos con colores y apariencias de verdad», y en el que
            el doctorando, víctima del agravio, «no haciendo caso del vejamen, queda más honrado y
            graduado». El autor compara agudamente ambos asuntos, de forma que presupone que, al
            tratarse del mismo tipo de relación, lo que es cierto para uno es también para el otro.
            En consecuencia, con el conector supraoracional <hi rend="i">así</hi> introduce la
            conclusión que se extrae de la analogía: «Asívuestra merced ha servido de darle el
            vejamen al señordon Luis, que de esto ha servido su <hi rend="i">Antídoto</hi>, con lo
            cual ha quedado más honrado, calificado y conocido por muy eminente en su facultad…».
            Refiere de paso, para encarecer a Góngora y reprobar a Jáuregui, la notoriedad y calidad
            de las personas que salieron en su defensa: el abad de Rute y Pedro Díaz de Rivas.</p>
          <p>Se sirve de una segunda analogía para demostrar la injustificable osadía del autor del
              <hi rend="i">Antídoto</hi> y la indiferencia de Góngora: compara a Jáuregui con los
            perrillos ladradores o gozques que desafían cobardemente a quien les sale al paso para
            después huir. El símil había sido empleado por el propio Góngora en el soneto «De los
            que censuraron su <hi rend="i">Polifemo</hi>»: «Pisó las calles de Madrid el fiero /
            monóculo galán de Galatea / y, cual suele tejer bárbara aldea / soga de gozques contra
            forasteros». También entre los poemas recopilados por López de Aguilar en alabanza de
            Lope para que sirvieran de colofón a la <hi rend="i">Expostulatio Spongiae</hi> se
            incluye el «Epigrama contra Torres que ladra contra Vega»; en él se abunda en la misma
            idea que en el opúsculo contra Jáuregui: la indiferencia mostrada por Lope ante los
            ataques de Torres Rámila: «a Lope ni le inmutan tus ladridos»<note place="bottom">Citado
              por la edición y traducción de Conde Parrado y Tubau Moreu (2015: 434).</note>.</p>
          <p>Especial importancia tienen en su argumentación los dichos, proverbios y cuentecillos.
            El autor hace gala de una de las conquistas del hombre culto y cortesano: la virtud de
            ostentar donaire; él representa al <hi rend="i">vir doctus et facetus</hi>, divisa del
            humanismo más genuino. Pero la gracia no solo constituía para los hombres de letras de
            su tiempo un componente sustancial de la cortesía, como habían dictado Castiglione en el
              <hi rend="i">Cortesano</hi> o Gracián Dantisco en el <hi rend="i">Galateo
            español</hi>, sino que iba en el viático del culto y del crítico. Cuentos, facecias y
            dichos formaron parte indispensable de la erudición del crítico, y así lo declaró Juan
            de Robles en <hi rend="i">El culto sevillano</hi>, una retórica escrita para instruir a
            un culto que aspiraba convertirse en crítico literario:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Por manera (concluyendo el punto) que el verdadero crítico será
            el que tuviere una noticia general de ciencias y cosas diversas, con que discurra
            fundadamente por ellas, enseñándolas o explicándolas, y notando lo bueno y lo malo que
            hay en cualquier obra, alabando aquello y emendando esto, pero con estilo cristiano y
            cuerdo, de forma que en ninguna contradicción ni oposición toque en materia de linaje ni
            costumbres, con que pueda injuriar a la persona a quien contradice y se opone, sino solo
            toque a la ciencia o ignorancia, ya con advertencias bien fundadas, ya con donaires
            traídos a propósito que saboreen la lectura de modo que diga mal bien.<note
              place="bottom">Robles (1992: 55). Transcribimos el texto de la edición de Gómez
              Camacho modernizando la ortografía y el uso de las mayúsculas.</note></p>
          <p/>
          <p>Como ha subrayado Gómez Camacho a propósito de la fuerza argumentativa de los cuentos
            en <hi rend="i">El culto sevillano</hi>, la <hi rend="i">facetudo</hi> cortesana se
            concebía como un instrumento al servicio de la censura de cualquier obra escrita<note
              place="bottom">Véase Gómez Camacho (2006: 205)</note>. La inclusión de dichos y
            cuentecillos, ciertamente, no era mero acarreo inerte y estéril, no se hacía por puro
            entretenimiento, sino que se erigía en componente principal del cuerpo argumentativo
            para probar la tesis.</p>
          <p>En el opúsculo conviven distintas modalidades verbales de lo risible que pueden
            englobarse bajo la denominación de cuento, pues en el Siglo de Oro el término ‘cuento’
            podía designar cualquier narración breve, jocosa y de tradición oral, y abarcaba en su
            significación desde el refrán y el dicho hasta el chiste o la facecia<note
              place="bottom">Para la morfología del cuento en el Siglo de Oro, véanse Chevalier
              (1982: 12-14) y Soons (1976: 3).</note>. La primera de estas narraciones breves que se
            insertan en el texto es traída a colación con el propósito recurrente de desautorizar la
            capacidad de Jáuregui para censurar a Góngora:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Y por esta causa me parece se le puede acomodar a vuestra merced
            un dicho que dijo cierto padre hablando de un hijuelo suyo, que el primer día que empezó
            a escribir decía que su maestro no sabía lo que se escribía, por lo cual dijo su padre:
            «Mi hijo Benitillo, antes maestro que discípulo».</p>
          <p/>
          <p>La facecia se estructura aquí sobre el dicho ingenioso que produce el efecto jocoso.
            Tal dicho era en la época un conocido refrán recogido por Juan de Mal Lara en<hi
              rend="i"> La filosofía vulgar</hi> (centuria octava, nº 32)<note place="bottom"><p
                rend="noindent">El refrán fue incluido en otros repertorios de refranes y frases
                proverbiales, véase Iglesias Ovejero (1986: 44-45).</p></note>.</p>
          <p>Con más propiedad se puede hablar de cuento risible si se describen las características
            discursivas del relato del cosmógrafo sevillano que se incluye en la parte final de la
            censura para probar la falta de correspondencia entre teoría literaria y práctica
            poética en la obra de Jáuregui:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Paréceme vuestra merced a un cosmógrafo que leía en Sevilla en
            las casas de cabildo, con salario de la ciudad, el arte de navegar a las Indias. Decía
            bien las distancias, los bajíos y modo de entender y ajustar la aguja y ballestilla. Y
            el que ultimadamente parecía hablando científicamente, como si todo lo hubiera andado y
            medido a palmos y visto por vista de ojos, preguntándole en mi presencia un piloto que
            si le encargasen una nao para ir a las Indias, si nos llevaría a ellas sin errar,
            respondió que no; porque él lo sabía para poderlo decir en teórica, y que no se
            atrevería ni sabría ponerlo en práctica.</p>
          <p/>
          <p>Este sería en sentido estricto un cuentecillo: un relato breve cuya comicidad se funda
            en la narración de una historia graciosa. Se da la circunstancia, además, de que, en el
            modelo acumulativo de argumentación que desarrolla el texto, este cuento glosa a su vez
            la expresión proverbial latina <hi rend="i">quia loqui facile, praestare difficile</hi>,
            traducida usualmente con el refrán castellano «del dicho al hecho hay un gran
            trecho».</p>
          <p>La misma función probatoria tiene el proverbio 26, 4, asignado en el texto al <hi
              rend="i">Sabio</hi>, por antonomasia el rey Salomón, a quien tradicionalmente se
            atribuye el libro sapiencial de los <hi rend="i">Proverbios</hi>: «Vamos a los mandatos
            del Sabio. El primero dice <hi rend="i">Nerespondeas stulto iuxta stultitiam suam</hi>;
            el segundo: <hi rend="i">Responde stulto iuxta stultitiam suam</hi>, etc., que para
            concordarlos han dado que heñir a los expositores». Con el argumento de autoridad quiere
            justificar el silencio de Góngora e ilustrar la analogía de los perros ladradores o
            gozques antes referida. Del mismo razonamiento se sirvió Pablo de Tarsia, quien dijo a
            propósito de Quevedo en su <hi rend="i">Vida</hi> que, cuando este leyó el <hi rend="i"
              >Tribunal de la justa venganza</hi> (Valencia, 1635), se excusó y declaró que no había
            respondido a tal libelo aduciendo: «Eso fuera, señores, ser tan ruin yo como los que le
            escribieron. Seguiré al sabio que me aconseja no responder al loco según su locura (<hi
              rend="i">Ne respondeas stulto iuxta stultitiam suam, ne eficiaris ei similis (Prov.,
              capítulo. 26, vers. 4</hi>)»<note place="bottom">Tarsia (1792: 54).</note>.</p>
          <p>En suma, la graciosidad procedente de la tradición jocosa erasmiana fue un signo de
            erudición, hasta el punto de que ambas cualidades concurren con naturalidad en el mismo
            título de un manuscrito sevillano que perteneció a Francisco de Pacheco, <hi rend="i"
              >Libro de varios tratados de graciosidad y erudición, de diferentes autores</hi>,
            conservado en la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Sevilla, ms. Ra-158. La
            conjunción de lo grave y lo burlesco representa el rasgo distintivo de varias
            promociones de poetas y humanistas sevillanos, desde Cetina, Sáez de Zumeta o Alcázar, a
            Cueva o Mosquera de Figueroa, como se ha encargado de poner en relieve Valentín
              Núñez<note place="bottom">Véase Mosquera de Figueroa (2010: 51-60) y Núñez Rivera
              (2010: 513-537).</note> en varios trabajos. A nuestro juicio, la participación de
            cuentos, facecias y proverbios en el <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> podría ser un
            indicio más del origen hispalense del opúsculo, pues entronca con la tradición
            humanística sevillana de la literatura jocosa, que tuvo en la compilación de cuentos una
            de sus principales inclinaciones. Para Chevalier esta tradición se recogió en cuatro
            obras significadas: las <hi rend="i">Cartas</hi> de Juan de la Sal, la recopilación de
            chistes, cuentos y anécdotas de Juan de Arguijo, la <hi rend="i">Primera parte del culto
              sevillano</hi>, el tratado de retórica antes citado, y las poesías de Juan de Salinas.
            En autores sevillanos del Quinientos ya se encontraban los antecedentes inmediatos de
            estos coleccionistas de facecias, tan abundantes en la ciudad durante el primer tercio
            del siglo XVII. Solo ha de considerarse la <hi rend="i">Filosofía vulgar</hi> de Juan de
            Mal Lara, que recoge los refranes del acervo oral y popular, refranes que en muchos
            casos contenían la función ejemplarizante, y muchos de ellos se distinguían por su
            índole ingeniosa.</p>
        </div>
        <div>
          <head>5. Fuentes y ¿algún plagio?</head>
          <p>Como se ha explicado, el autor del <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> se excusa de
            responder teóricamente a las objeciones de Jáuregui apelando a los que ya lo han hecho
            por él: el abad de Rute y Díaz de Rivas, cuyas refutaciones incluye en el volumen que ha
            recopilado. Su único objetivo es desacreditar a Jáuregui y desautorizarlo para el
            ejercicio de la crítica y de la poesía. Hay mucho despliegue de material semierudito de
              <hi rend="i">exempla</hi>, pero ello, como se ha explicado, es una convención y
            requisito para llegar a ser un crítico agudo. En la época no se podía interpretar
            popular como libre de influjos eruditos. La lengua coloquial de los críticos y cultos
            era, precisamente por su desenfado, elegante.</p>
          <p>En correspondencia con su orientación satírica, cita a Quevedo por su condena de la
            envidia de los poetas, aunque no declara qué lugar o lugares concretos de su obra. Es
            muy posible que tenga en mente las <hi rend="i">Premáticas del desengaño contra los
              poetas güeros</hi> o el <hi rend="i">Sueño del alguacil endemoniado</hi>. En relación
            con la envidia y la maledicencia, temas obsesivos en las guerras literarias que mantuvo
            Lope, el autor del opúsculo acusa a Jáuregui de falta de generosidad y nobleza de
            espíritu al escatimar elogios a Góngora. Para ello introduce una digresión en la que
            copia a la letra un pasaje del «Libro primero» de los <hi rend="i">Pastores de
              Belén</hi> (1612) de Lope de Vega<note place="bottom">Quiero expresar mi
              agradecimiento a Jaime Galbarro, quien, en otro ejemplo de su sagacidad y finura
              crítica, me advirtió de la correspondencia entre los dos pasajes citados.</note>. Las
            concordancias entre el lugar del opúsculo y el pasaje de Lope son tan literales que
            obligan a considerarlo un plagio. Dice el texto del opúsculo:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Con ella vuestra merced se ha excluido del número de los sabios
            y doctos, porque de estos es muy propio favorecer los trabajos de los ingenios ajenos;
            porque, como no tienen qué envidiar, no les duele el encarecer; que hay calidades de
            hombres, y vuestra merced es uno de estos, que piensan que el bien que dicen de los
            otros y de sus obras va por cuenta de sus méritos. Y a propósito dijo bien un sabio que
            los escritos eran los espejos de los ingenios, y que quien no había dado a luz sus obras
            no había visto la cara de su entendimiento. Y ansí se infiere que no tienen espejo los
            que no han escrito en la materia de que hablan o reprehenden.</p>
          <p/>
          <p rend="noindent">Por su parte, en el texto del libro pastoril a lo divino de Lope se
            puede leer:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Es muy propio, respondió Frondoso, de los sabios favorecer los
            trabajos de los ingenios ajenos, porque como no tienen que envidiar, no les duele el
            encarecer, que hay calidades de hombres que piensan que el bien que de los otros dicen
            descuentan de sus méritos». […] «Decía bien un sabio, dijo Aminadab entonces, que los
            escritos eran los espejos de los ingenios, y que quien no había dado a luz sus obras no
            había visto la cara de su entendimiento.» «De esa manera podemos decir, replicó Jorán,
            que no tienen espejo los que no han escrito, y no sé yo que haya cosa en que tan bien se
            vean, aunque todos saben la causa; porque una persona no se puede acordar de su rostro
            por muy aprisa que en el cristal se mire<note place="bottom">Vega (2010: 185-186). A
              juicio de Carreño, editor de la obra, el fragmento se incluye en un pasaje que
              considera un «ataque al estilo de los poetas culteranos y a sus preceptos» (2010:
              186). Aunque en nuestra opinión el lugar en que se insertan estas palabras no tiene
              una clara intención satírica contra los cultos, no deja de resultar paradójico que el
              autor del opúsculo copie sin empacho a Lope para defender a Góngora del ataque del
              sevillano.</note>.</p>
          <p/>
          <p>En consonancia también con el aprecio que denota el autor por lo paremiológico y
            sapiencial, incluye como argumento probatorio el proverbio 26,4, que forma parte de la
            «Segunda colección salomónica» del libro de los <hi rend="i">Proverbios</hi>, una cita
            que acabaría convirtiéndose en lugar común en las controversias literarias, como se
            expone en la nota correspondiente de la edición.</p>
        </div>
        <div>
          <head>6. Conceptos debatidos</head>
          <p>El contenido doctrinal del opúsculo <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> es minúsculo y
            solo se presenta de forma ocasional y transversal en el texto, disperso entre los
            reproches que se hacen a Jáuregui. Su autor había calculado un objetivo muy preciso:
            demostrar la incapacidad de Jáuregui para juzgar la obra de don Luis, y, de paso, poder
            probar la falta de aptitud del sevillano para la poesía de aliento. Con ello podía poner
            en evidencia la falta de conformidad entre las ideas poéticas que había defendido en el
              <hi rend="i">Discurso</hi> y su puesta en práctica en el <hi rend="i">Orfeo</hi>, una
            incongruencia que fue motivo de mofa entre los adversarios de Jáuregui.</p>
          <p>Además, todo lo que cabía refutar teóricamente al <hi rend="i">Antídoto</hi> ya estaba
            dicho y recogido en el volumen que había recopilado el autor de esta sátira:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Ya que él no lo ha hecho, lo han hecho otros buenos ingenios,
            como es el señor don Francisco de Córdoba, abad de Rute y racionero de la Santa Iglesia
            de Córdoba, singular ingenio versado en muy aventajadas letras, grande humanista y muy
            docto y versado en poesías, como se podrá ver en su escrito, a quien intituló <hi
              rend="i">Examen del «Antídoto»</hi>, que adelante se podrá leer, en que responde con
            agudeza a todas sus sofisterías de vuestra merced. Y no sé yo qué más se pudiera
            responder ni decir, y lo que campea más (porque cada uno habla como quien es, o como la
            pasión o afición dicta): la modestia tan grande y decoro en el decir, la cual, no
            guardándola vuestra merced, parece que se le debía responder en su lenguaje. Otro es el
            licenciado Pedro Díaz de Rivas, particular ingenio de Córdoba y muy versado en todas
            buenas letras y lenguas, el cual hizo unas <hi rend="i">Ilustraciones en favor y defensa
              del Polifemo y Soledades</hi> y las demás obras de don Luis de Góngora, que las puede
            vuestra merced ver, que están en este libro o 2a parte, y con modestia le manifiesta a
            vuestra merced su poco saber y que no entendió las <hi rend="i">Soledades</hi>.</p>
          <p/>
          <p>Con todo, entre las descalificaciones que profiere contra Jáuregui se pueden espigar
            algunas ideas que tuvieron presencia y cierta vitalidad en la controversia gongorina y
            en la teoría literaria del Siglo de Oro. Como en muchos otros textos que salieron a
            defender el <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi>, hay en el
            opúsculo una recurrente ponderación del ingenio o naturaleza de Góngora, entendido este
            en términos retóricos como una cualidad espiritual del creador, como un don natural, una
            potencia que es origen de la capacidad creativa del hombre y que no puede ser suplantada
            por el arte. Al hilo del aprecio que muestra por el ingenio, introduce un argumento cuyo
            origen hunde sus raíces en la retórica del humanismo: la creencia de que a cada pueblo,
            de acuerdo con su temperamento, corresponde una especial aptitud para la creación y una
            forma característica de expresión; de tal manera que a Góngora la inclinación a la
            poesía y la excelencia de sus versos le venían de su cuna:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">También le hubiera calificado mucho a vuestra merced el haber
            nacido poeta, porque el poeta, para ser bueno, <hi rend="i">nascitur</hi>, y había de
            ser el nacimiento por lo menos en Córdoba, madre de poetas, porque el clima del cielo lo
            lleva de suelo, y así ha producido tantos y tan buenos en todas edades, porque no en
            balde Marcelo la edificó en el sitio que hoy posee con particular observación de astros
            y estrellas.</p>
          <p/>
          <p>Las teorías fisiológicas sobre los humores habían transferido esta creencia al conjunto
            de las ideas estéticas del Renacimiento, especialmente a la retórica, como dilucidó
            Victoria Pineda<note place="bottom">Pineda (1994: 82-104). Para la presencia de esta
              idea en la polémica gongorina y en la teoría poética de Juan de Jáuregui, véase Rico
              (2001: 65-66).</note> a través del estudio de las fuentes del <hi rend="i">De
              imitatione</hi> de Fox Morcillo.</p>
          <p>En otro lugar, para encarecer la poesía de Góngora, reprueba la actitud de Jáuregui en
            los siguientes términos: «que, siendo vuestra merced español y andaluz, haya querido
            oscurecer lo que tantos doctos españoles y hombres de buen gusto han alabado,
            engrandecido y reverenciado como a prodigio y monstruo de naturaleza». De estas palabras
            se infiere que el autor reconoce en el gusto la cualidad responsable de evaluar el
            mérito literario, de distinguir lo aceptable e inaceptable en el plano estético; una
            capacidad, en fin, que el propio Jáuregui atribuía también al gusto en el <hi rend="i"
              >Discurso poético</hi> al tratar sobre los niveles de significación de la poesía: «Y
            cuanto al aprecio de sus quilates [se refiere a la poesía], juzgará mejor el mejor
            gusto, conocerá más el que más sabe»<note place="bottom">Véase 1624_discurso-poetico. Al
              tratamiento de la noción de gusto en la obra Jáuregui dediqué un capítulo de la
              monografía dedicada a las ideas estéticas del poeta sevillano (2001: 76-81). Véase
              también el estudio de Mercedes Blanco (1624_discurso-poetico).</note>. Así pues, la
            capacidad de juicio estético atribuido al gusto era directamente proporcional al grado
            de instrucción y conocimiento de quien ejercía de crítico.</p>
          <p>A la altura de 1624, el encarecimiento de Góngora es reflejo en el opúsculo del grado
            de aceptación que entre los doctos había alcanzado su obra, hecho que liga su autor a
            algunas consecuencias perversas de su celebridad: el reguero de atribuciones con que
            apechugó consciente y resignadamente el poeta cordobés. Así se expone en el <hi rend="i"
              >Contra el Antídoto</hi>:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Y si quiere saber –aunque sí sabe, sino que la pasión lo tiene
            atontado– cuán en la opinión de todos los que saben de poesía está el señor don Luis y
            sus obras, que todas las de ingenio, erudición y artificio que salen, no sabiendo su
            autor, dicen: «A estas bien se les echa de ver que son de don Luis, porque es imposible
            que otro que él las haya compuesto»; de manera que han hecho caso reservado al ingenio
            del señor don Luis todas las cosas buenas y de ingenio, aunque sean de otro cualquier
            esmerado ingenio.</p>
          <p/>
          <p>En términos muy similares lo ha explicado en nuestro tiempo con maestría Robert Jammes:
            «cuando los aficionados querían indicar en sus “cartapacios” el nombre del autor, y,
            para valorar su colección, ponían el de Góngora a todo lo que les parecía
              excelente»<note place="bottom">Robert Jammes hace un recorrido por la historia
              editorial de los poemas atribuidos a Góngora en el prólogo al estudio y edición de los
                <hi rend="i">Nuevos poemas atribuidos a Góngora</hi> (1994) debido a Antonio
              Carreira (las palabras de Jammes transcritas se encuentran en la p. 10). Allí hacía el
              propio Carreira (1994: 18) sucinto recuento de las obras que habían adjudicado a don
              Luis: «A Góngora se le ha atribuido alguna comedia, multitud de sonetos, décimas y
              letrillas, y más de doscientos romances».</note>.</p>
          <p>Finalmente, sobresale por su originalidad y singularidad en el contexto de las ideas
            que se cruzaron en la polémica gongorina la percepción que el autor de <hi rend="i"
              >Contra el Antídoto</hi> tenía sobre algunos de los juicios, comentarios e
            interpretaciones que se habían aplicado a la poesía de Góngora:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Más, que a sus obras del señor don Luis (por estar hechas con
            tal primor y disposición) les atribuyen hombres doctos de la facultad más sentidos y
            misterios de lo que ellas en sí encierran, y todos muy buenos, porque verdaderamente son
            capaces de ellos, aunque a su autor no le pasó tal, ni aun por el pensamiento.</p>
          <p/>
          <p>Estas palabras, no exentas de gracia, parecen exorcizar lo que Antoine Compagnon ha
            denominado en el presente el «demonio de la crítica». Con sorprendente anticipación
            intuyó los riesgos de la sobreinterpretación: trazó, en términos de Umberto Eco, los
            límites de la interpretación<note place="bottom">Sobre los límites en la interpretación
              de Góngora es imprescindible el memorable trabajo de Carreira «Defecto y exceso en la
              interpretación de Góngora» (1997).</note>. Qué no hubiera dicho después de contemplar
            y no poder defender a Góngora, como él mismo reclamaba, «de tanto crítico, de tanto
            pedante como ha dejado la <ref
              target="http://corpus.rae.es/cgi-bin/crpsrvEx.dll?visualizar?tipo1=5&amp;tipo2=0&amp;iniItem=0&amp;ordenar1=0&amp;ordenar2=0&amp;FID=261115%5C016%5CC000O26112015161545411.1160.1156&amp;desc=%7BB%7D+%7BI%7D+inundación+gramática%7B%7CI%7D,+en+todos+los+medios,+en+%7BI%7DCORDE+%7B%7CI%7D+%7B%7CB%7D%7BBR%7D&amp;tamVen=1&amp;marcas=0#acierto0"
              >inundación gramática</ref> en este Egipto moderno» de nuestro tiempo y de tanto
            ejercicio hermenéutico delirante aplicado a las <hi rend="i">Soledades</hi>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>7. Otras cuestiones: Del «Antídoto» al Opúsculo: observaciones sobre la cronología
            temprana de la polémica</head>
          <p>El conocimiento de la cronología de la polémica se hizo más preciso, comprensible y
            sistemático desde la publicación de la monografía que Joaquín Roses<note place="bottom"
              >Roses (1994).</note> dedicó a la recepción crítica de las <hi rend="i">Soledades</hi>
            y desde el fundamental inventario y catálogo de piezas de la polémica que incluyó Robert
            Jammes en el «Apéndice II»<note place="bottom">Góngora (1994: 607-719).</note> de su
            edición del poema gongorino. A partir de entonces y sobre esas sólidas bases se han ido
            matizando, rectificando o sugiriendo alternativas a las fechas propuestas y asumidas
            tradicionalmente por el gongorismo. Con todo, las incógnitas sobre la datación de muchos
            de los textos que originó la controversia sobre la nueva poesía son muchas,
            especialmente en los documentos que se corresponden con la etapa inmediata a la difusión
            generalizada de la primera de las <hi rend="i">Soledades</hi>, esto es, los primeros
            pareceres, las primeras cartas censorias y sus correspondientes respuestas. Es algo
            reconocido que la correcta cronología de los textos que constituyen esa fase que se ha
            dado en llamar epistolar es crucial, puesto que condiciona la datación de los que les
            sucedieron. Todos los escritos que participaron en la polémica han de ser examinados en
            relación con el resto. Ese conjunto forma un corpus orgánico en el que todos los textos
            están interrelacionados, de manera que el análisis de las características externas
            (autoría, fecha de composición, título…) e internas de cada uno de ellos exige el
            conocimiento de todos los demás a los que replica, defiende o, sencillamente, alude;
            todos se reflejan en los anteriores y se proyectan en los futuros. Ninguno, en fin,
            puede ser estudiado de forma aislada y autónoma porque las implicaciones entre ellos se
            concatenan.</p>
          <p>Más certidumbres tendríamos para poder reconstruir un relato fiel de cómo se sucedieron
            en la realidad los testimonios de la polémica si conociéramos mejor cuándo y cómo se
            difundió la primera <hi rend="i">Soledad</hi>. Se viene considerando el punto de partida
            de la difusión el once de mayo de 1613, día en que Góngora, a través de don Pedro de
            Cárdenas, remitió al humanista Pedro de Valencia, que residía entonces en Madrid, el <hi
              rend="i">Polifemo</hi> y la primera de las <hi rend="i">Soledades</hi> para que le
            comunicara su parecer. Como cree Robert Jammes, es razonable suponer que escribiría la
              <hi rend="i">Soledad</hi> primera «durante los primeros meses del año 1613 y los
            últimos del año precedente, después de acabar el <hi rend="i">Polifemo</hi>, al cual
            Martín de Angulo y Pulgar asignó la fecha de 1612»<note place="bottom">Góngora (1994:
              14).</note>. En efecto, Angulo rememoraba en las <hi rend="i">Epístolas
              satisfactorias</hi> que: «En el año de 1612 sacó don Luis a luz manuscrito el <hi
              rend="i">Polifemo</hi>, y poco después la <hi rend="i">Soledad primera</hi>; consta de
            muchas cartas suyas»<note place="bottom">Angulo y Pulgar, <hi rend="i">Epístolas
                satisfactorias</hi>, f. 39r.</note>. No andaba mal de memoria el humanista de Loja:
            el recuerdo que aún guardaba en 1635 de aquel acontecimiento era acertado, como se ha
            verificado a través de una carta fechada en Córdoba el quince de marzo de 1612, dada a
            conocer recientemente por Trevor Dadson<note place="bottom">Véase Dadson (2014).</note>,
            en la que Lope Sotomayor Sarmiento de Acuña remitió a su padre, el conde de Gondomar, un
            cuaderno de versos que contenía inequívocamente, por los indicios y alusiones que la
            carta ofrece, una copia del <hi rend="i">Polifemo</hi>.</p>
          <p>A falta de una edición crítica del poema, lo que sabemos por Dámaso Alonso, Valente y
            Glendinning, Robert Jammes y Antonio Rojas Castro sobre los estados redaccionales de las
              <hi rend="i">Soledades</hi> no impide pensar, o al menos así nos lo parece, que hubo
            versiones anteriores a la que fue remitida a Pedro de Valencia, que representa, junto
            con el manuscrito Pérez de Rivas (Biblioteca Nacional de Catalunya, ms. 2056) o con los
            que tuvo en sus manos Pellicer cuando preparaba las <hi rend="i">Lecciones
            solemnes</hi>, la llamada versión primitiva, de la que se han conservado unos pocos
            vestigios. Igual que hubo versiones interpuestas entre la considerada original y la
            definitiva, hubo de haber algunas anteriores a la que leyó Pedro de Valencia. Signo
            sintomático de ello se puede considerar que las copias contenidas en el de la BNE, ms.
            3795 y en el de la Biblioteca Nacional de Lisboa, ms. 3266, terminen en el verso 882,
            aunque otra mano completó en su redacción definitiva lo que quedaba del poema<note
              place="bottom">Estos datos los proporciona Dámaso Alonso (1982: VI, 423-442) en la
              descripción que hace de las características de los testimonios que le permitieron
              reconstruir la primitiva versión de la <hi rend="i">Soledad</hi> primera.</note>. En
            el manuscrito de Lisboa el poema se ofrece dividido en tres partes: la segunda termina
            justamente en verso 882 y la tercera no tiene variantes con respecto de la definitiva
            redacción porque se añadió después. Así las cosas, Dámaso Alonso se preguntaba:
            «¿Procederán estos dos manuscritos […] de una copia o copias directas sacadas cuando la
              <hi rend="i">Soledad Primera</hi> estaba todavía inconclusa?»<note place="bottom"
              >Alonso (1982: VI, 436).</note>. Mayor pertinencia para avalar esta idea tiene la
            copia que poseyó Rodríguez Moñino (RAE, ms. Rm-6709), dada a conocer por Robert Jammes,
            que ponía el punto final de la primera <hi rend="i">Soledad</hi> en el verso 779<note
              place="bottom">Como indica Jammes (1984: 7), otro copista añadió cuatro estrofas más,
              hasta el verso 831. Este testimonio (al igual que el resto que representa la primitiva
              versión) ha sido analizado circunstanciadamente por Antonio Rojas Castro en la
              excelente tesis doctoral <hi rend="i">Editar las Soledades de Góngora en la era
                digital. Texto crítico y propuesta de codificación XML/TEI</hi>, tesis dirigida por
              José María Micó y defendida en 2015 en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona
              (http://www.antoniorojascastro.com/tesis/)</note>, además de contener variantes
            inéditas y no incluir el título ni la dedicatoria<note place="bottom">En el manuscrito
              Arch. Seld. A. II 13 de la Biblioteca Bodleiana de Oxford que dieron a conocer Valente
              y Glendining (1959) aparecía tachado el título del poema después de la dedicatoria:
                <hi rend="i">Las Soledades de D. L. Gongª</hi>. Como señalaron Valente y
              Glendinning: «probablemente porque no era este el lugar para el título general del
              poema» (1959: 14), o cabe pensar también que los versos de la dedicatoria se añadieron
              después en esa copia cuando se conoció un estado redaccional más próximo al
              definitivo.</note>. En suma, la hipótesis de Dámaso Alonso sobre la existencia de una
            versión anterior a la censura de Pedro de Valencia fue demostrada por los sucesivos
            hallazgos de los manuscritos citados: Biblioteca Nacional de Portugal, ms. 3266;
            Biblioteca Nacional de Cataluña (Pérez de Rivas), ms. el 2056; Biblioteca Bodleiana de
            Oxford, Arch. Seld. A. II 13 y RAE, ms. Rm-6709.</p>
          <p>Es cierto que de las versiones más antiguas apenas han quedado testimonios; pero eso no
            representa una objeción para admitir su existencia; es un hecho que responde a un
            proceso lógico en la transmisión manuscrita de la poesía: los poseedores de esas
            versiones acabarían por corregir o sustituir sus ejemplares por la versión que al cabo
            representó la última palabra del autor; es el comportamiento que se observa en los
            manuscritos antes citados o en el de Pérez de Rivas<note place="bottom">Aparentemente,
              menos justificación tiene el comportamiento de uno de los poseedores del manuscrito de
              la biblioteca Bodleiana de Oxford, porque en muchas ocasiones prevalecen las lecturas
              de la primitiva versión o lecturas inéditas y se tachan versos de la definitiva, hecho
              que explicaron Valente y Glendining como un fenómeno de contaminación, aunque sin
              entrar en detalles.</note>. El poema fue revisado incesantemente por el propio autor.
            Robert Jammes y Antonio Rojas han propuesto una cronología de ese proceso en virtud de
            la extensión de las copias conocidas. En lo que concierne al progreso del poema hasta
            que fue remitida una copia a Pedro de Valencia, las dos propuestas son completamente
            coincidentes: hubo tres fases redaccionales hasta ese momento. La primera se produciría
            en la segunda mitad de 1612 (cronología que ambos ponen entre interrogantes) y coincide
            con un estado redaccional que comprendería los primeros 779 versos, estado que
            representaría el RAE, ms. Rm-6709. La segunda fase estaría representada por los
            manuscritos que se extienden hasta el verso 882: BNE, ms. 3795, BNP, ms. 3266 y RAE, ms.
            Rm-6709, en el que una segunda mano copió hasta el verso 881; testimonios que suponen
            también de la segunda mitad de 1612. La tercera se corresponde con el texto enviado a
            Pedro de Valencia el 11 de mayo de 1613.</p>
          <p>Otros indicios nos obligan a creer que algunos cuadernos de versos de aquella silva
            hubieron de conocerse (y no solo en Córdoba) en un estadio redaccional distinto e
            inconcluso meses antes de que llegaran a las manos de Pedro de Valencia. Roland
              Béhar<note place="bottom">Béhar (2014).</note> ha advertido y comentado la fecha real
            de la temprana noticia que Suárez de Figueroa proporciona en la <hi rend="i">Plaza
              universal</hi> sobre el estupor y confusión que produjo en Madrid un género de poemas
            a la manera de las silvas de Estacio:</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Los ingenios españoles merecen toda alabanza y estima, por la
            agudeza y erudición con que escriben varias poesías en diversos estilos. Algunos siguen
            de poco a esta parte un nuevo género de composición (al modo de Estacio en las silvas)
            fundado en oscurecer los conceptos con interposiciones de palabras y ablativos
            absolutos, sin artículos, aunque cuidadoso en la elegancia de frases y elocuciones.
            Grandes son las contiendas que causó esta novedad entre los poetas de España,
            contradiciéndola por una parte muchos, como contraria a la claridad elegante, y por otra
            siguiéndola algunos, como exquisita y adornada de poéticos resplandores. Allá se lo
              hayan…<note place="bottom">Cristóbal Suárez de Figueroa, <hi rend="i">Plaza universal
                de todas las ciencias y artes…</hi>, Perpiñán: Luys Roure, 1629: f. 370r.</note></p>
          <p/>
          <p>Esta miscelánea fue publicada en 1615, pero la censura ordinaria del libro, como ha
            observado Béhar, fue firmada en Madrid el cuatro de abril de 1612 por Cetina y la
            aprobación del padre Juan de Dicastillo está firmada en el colegio de la Compañía de la
            misma ciudad a primero de mayo del mismo año<note place="bottom">Es cierto que en este
              género de obras no era infrecuente, aunque conllevara un riesgo, que el impresor o el
              propio autor introdujeran cambios en forma de supresiones y adiciones después de
              entregado el original al Consejo y de que este concediera la autorización, a pesar de
              que la normativa exigía que antes de su comercialización el libro impreso se cotejara
              en el Consejo con el original que en él había sido visto y que iba rubricado y firmado
              en cada plana por el escribano de cámara (véase Escapa, Delgado, Domínguez Rodríguez,
              2001). Aunque esto hubiera sido posible, los términos en que alude, a nuestro juicio,
              a la primera <hi rend="i">Soledad</hi>, sin nombrarla por su título, sino refiriéndola
              por su adscripción genérica, enumerando los rasgos distintivos que mayor oposición
              encontraron en los primeros textos de la polémica, nos hacen pensar que el pasaje
              estaba en el original que Suárez de Figueroa remitió en 1612 al Consejo de Castilla, y
              que, por tanto, el referente de su observación es una fase redaccional muy temprana e
              inconclusa de la primera de las <hi rend="i">Soledades</hi>. </note>. A nuestro
            juicio, el texto alude a las <hi rend="i">Soledades</hi> y a Góngora, y es reflejo de la
            perplejidad que causó la novedad de aquel «género de composición», que el autor
            relaciona con las silvas de Estacio: cómo no pensar que Suárez de Figueroa se refiere a
            la silva de las <hi rend="i">Soledades</hi>. La misma admiración y extrañeza ante el
            género y el metro que demostraban las palabras del autor vallisoletano pudieron
            determinar el título que se aplicó al poema en su más temprano comentario, precisamente:
              <hi rend="i">Silva a las Soledades de don Luis de Góngora con anotaciones y
              declaración por Manuel Ponce, y un discurso en defensa de la novedad y términos de su
              estilo</hi>. Azaustre Galiana<note place="bottom">Azaustre (2015: 66-77).</note>aporta
            en un reciente trabajo razones suficientes para poder pensar que la fecha que aparece en
            la portada del manuscrito, noviembre de 1613, es la de la conclusión de las anotaciones
            al poema que redactó Manuel Ponce para que «quede manifiesta, y clara, su inteligencia a
              todos»<note place="bottom">Agradezco al profesor Antonio Azaustre que me haya
              proporcionado la transcripción del texto de este importantísimo testimonio de la
              polémica cuya edición prepara en la actualidad (1613_silva-ponce).</note> (f. 3r).</p>
          <p>En nuestra opinión, solo la temprana y provisional difusión de la primera <hi rend="i"
              >Soledad</hi> en un estado aún inconcluso puede dar credibilidad a la declaración de
            Suárez de Figueroa, presumiblemente en 1612, sobre los juicios que concitó lo que se
            conocía del poema. Ello supone, claro está, aceptar, como creemos, que las palabras de
            la <hi rend="i">Plaza universal…</hi> tienen como referente los versos que hasta
            entonces se conocían de las <hi rend="i">Soledades</hi>. Y justificaría, igualmente, que
            la intención de Andrés de Almansa y Mendoza en sus <hi rend="i">Advertencias…</hi><note
              place="bottom">Roses (1994: 19-20) y Jammes (1994: 609-611) consideran que fueron
              redactadas en la segunda mitad de 1613; López Bueno (2012: 18-25), por el contrario,
              cree que Andrés de Almansa compuso el texto de las <hi rend="i">Advertencias</hi> en
              el verano de 1614.</note> de salir al paso para «responder al torbellino de pareceres»
            que había generado la primera <hi rend="i">Soledad</hi> respondiera a un propósito real
            y sincero motivado por el estado de opinión creado en los albores de la polémica. Lo
            mismo se puede decir del ánimo que propició la redacción en 1613 de las <hi rend="i"
              >Anotaciones</hi> de Manuel Ponce, quien confesaba a su dedicatario, el conde de
            Salinas, lo siguiente (f. 34rv):</p>
          <p/>
          <p rend="margin noindent">Mil veces he resistido el animoso intento de investigar la
            inteligencia de esta silva; viendo que tantos sujetos ingeniosos la deponen, y se privan
            de entenderla. Y otras tantas me ha vencido la porfía de un secreto impulso, quizá
            movido (con arduas esperanzas) de la misma dificultad de esta empresa; cuyo honor (si
            bien desconfío merecerle) debía ser igual al riesgo que tiene el hecho; mas ya que
            prometí su cumplimiento al deseo forzoso ha de ser que le tenga, quedando en obligación
            (no pequeña) a mi ingenio, con quien he querido adeudarme, reconociendo el crédito [que]
            granjeo; en intentar lo que tantos han temido, atropellando los miedos que me han puesto
            las opiniones diversas, si ya no merezco más culpa que estimación por no haberme
            sujetado a creer lo que en general dice que siente el torrente de los doctos, agudos, y
            curiosos: de cuyas tres especies no he visto que alguno haya aprobado en todo esta
            silva.</p>
          <p/>
          <p>Sirva este excurso para validar que la aceptación de tan temprana divulgación de la
            primera <hi rend="i">Soledad</hi> y de los primeros escritos conservados de la polémica
            supone admitir también que Jáuregui comenzó la redacción del <hi rend="i">Antídoto</hi>
            en 1614, y, con arreglo a las alusiones que se hacían en el exordio y en el epílogo al
            soneto «Pisó las calles de Madrid el fiero» y a la décima «Por la estafeta he sabido»,
            respectivamente, estuvo trabajando en ella hasta 1615. Es la datación que, asumiendo el
            razonamiento expuesto por Jammes, sostuve en la edición de la censura de Jáuregui<note
              place="bottom">Rico (2002).</note>. Desde que salió a pública plaza, el <hi rend="i"
              >Antídoto</hi> se convirtió en pieza crucial de la polémica porque en las respuestas
            que recibió se formularon algunos de los juicios más sesudos sobre el género, las
            fuentes y la constitución retórica de las <hi rend="i">Soledades</hi>. Su difusión
            desencadenó tan nutrido corpus de pareceres, anotaciones, poemas y otros escritos de
            difícil clasificación, que han acabado por formar un corpus reconocible y funcional en
            el copioso inventario de escritos relacionados con la polémica gongorina. Así lo hizo
              Roses<note place="bottom">Roses (1994: 27-38). Recientemente Osuna Cabezas (2014) ha
              hecho inventario de las respuestas que recibió la censura de Jáuregui.</note> con
            atinado criterio bajo el epígrafe «El <hi rend="i">Antídoto</hi> y sus respuestas». El
              <hi rend="i">Antídoto</hi>, en fin, es el referente de las notas marginales en varios
            manuscritos, las décimas anónimas «Antídoto ha intitulado», que se encuentran también en
            el BNE, ms. 3726, el perdido <hi rend="i">Antiantídoto</hi> de don Francisco de Amaya,
            el también desaparecido <hi rend="i">Papel del alférez Estrada</hi>, el <hi rend="i"
              >Examen</hi> del abad de Rute, la <hi rend="i">Defensa e Ilustración de la</hi>
            «Soledad primera» de Francisco de Cabrera, los <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi>
            y <hi rend="i">Anotaciones y defensas</hi> de Pedro Díaz de Rivas, las <hi rend="i"
              >Décimas del padre Luis de Guzmán contra las sofisterías del Antídoto</hi>, la «nota
            de cierto advertente», obra también del autor del <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi>.
            A estas réplicas reconocidas hay que añadir el soneto de Góngora «Con poca luz y menos
            disciplina», cuyo objeto de burla son Jáuregui y el <hi rend="i">Antídoto</hi>, como
            López Bueno<note place="bottom">López Bueno (2012).</note> ha interpretado con sutiles
            argumentos. Y muy presente tenía esa intención cifrada del soneto gongorino el autor de
              <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> cuando reprueba a Jáuregui a través de la alusión
            al primer verso de tal composición: «porque nunca un yerro viene solo, sacó a luz, <hi
              rend="i">con poca luz y menos disciplina</hi>, una obra que le intituló <hi rend="i"
              >Orfeo</hi>».</p>
        </div>
        <div>
          <head>8. Conclusión: un texto prólogo para las respuestas al «Antídoto»</head>
          <p>No todo fueron veras en el debate teórico y crítico generado por los poemas mayores de
            Góngora: hubo mucho de bromas, burlas y donaires. Es cierto que sobre las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> se fueron sedimentando juicios sesudos, comentarios monumentales y
            exámenes críticos empedrados de erudición; pero no es menos cierto que desde los
            primeros compases de la polémica lo jocoso definió el estatuto expresivo de muchos de
            los escritos que en ella se cruzaron. El propio Góngora, como se ha referido antes,
            respondió a los desaires de tanto «crítico» y de tanto «pedante», ya con sonetos y
            décimas burlescas, ya con algunos de sus versos más graves y crípticos. El <hi rend="i"
              >Antídoto</hi> compareció en la recién nacida controversia marcado por el designio de
            lo cómico, y en él los chistes y glosas burlescas aligeraban el contenido teórico y
            crítico, camuflado bajo el registro de la epístola familiar. No es casualidad que la
            primera de las cartas anónimas que escribieron a Góngora en razón de las <hi rend="i"
              >Soledades</hi>, atribuida tradicionalmente a Lope, y la <hi rend="i">Respuesta a la
              que le escribieron</hi>, admitida como del propio Góngora, formaran parte del
            manuscrito recopilado por Francisco Pacheco <hi rend="i">Libro de varios de tratados de
              graciosidad y erudición, de diferentes autores</hi> (Biblioteca de Humanidades de la
            Universidad de Sevilla, ms. RA-158), una de las mejores colecciones de piezas escogidas
            de la literatura jocosa del Siglo de Oro. Esta circunstancia nos parece un indicio
            inequívoco de que estas cartas fueron percibidas entonces, por encima de su fondo
            doctrinal, como juguetes literarios.</p>
          <p>El opúsculo titulado <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> nació también con la pulsión
            de lo jocoso. Su autor, compilador del volumen, lo concibió como un texto prólogo, como
            un escrito marco, en el que se dirigía al autor del <hi rend="i">Antídoto</hi> porque
            había compilado las obras más juiciosas que habían respondido a Jáuregui con graves
            argumentos. Él se sentía excusado, y así lo expone, de contestar con razones críticas.
            Por ello, el <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> puede resultar un escrito
            desconcertante en el contexto de la polémica gongorina y de las réplicas al <hi rend="i"
              >Antídoto</hi> porque se escapa de los procedimientos de estas, basados en recoger los
            ataques de Jáuregui y con ellos y sus refutaciones componer un discurso que bien podía
            llamarse <hi rend="i">ilustración, examen, apología</hi> o<hi rend="i"> anotaciones y
              defensa</hi>. No hay en él alusiones ni citas eruditas. El autor se disculpa de todo
            ello invocando los textos de gongoristas confesos que se habían entregado a tal
            ejercicio y que él recopila. En suma, parece tener presente el modelo de discurso que
            Quintiliano llamó <hi rend="i">extemporalia oratio</hi><note place="bottom">Quintiliano,
                <hi rend="i">Instituciones oratorias</hi>, 4, 1, 54-57.</note>; así, justificaba el
            estatuto expresivo de su obra adaptando el tono burlesco de su invectiva al del <hi
              rend="i">Antídoto</hi>, como dictaba la retórica.</p>
          <p>Con todo, debajo de un discurso en apariencia desarticulado, el opúsculo descubre una
            visión crítica muy inteligente. En primer lugar, define con evidentes ironía y acierto
            el marco del discurso del <hi rend="i">Antídoto</hi>: el vejamen. No concibe la
            literatura como un museo intangible y acabado, sino como un acontecer en la historia,
            cuyos motores son los genios como Góngora. Hay, por otro lado, en tan breve texto una
            intensa conciencia de la vida literaria. El autor introduce en su escrito la experiencia
            vital, inmediata y compartida, y en su argumentación y observaciones nos permite ver
            cómo en las discusiones poéticas intervinieron el realismo y la mordacidad popular.</p>
          <p>El opúsculo tuvo por objeto abominar de Jáuregui más que defender a Góngora, porque, si
            se acepta la cronología que hemos propuesto, Góngora, para entonces, no necesitaba ser
            defendido. Y, en efecto, todo se orienta exclusivamente al descrédito de su oponente,
            exhibiendo muchas variedades de la virulencia y mordacidad verbales: censura académica,
            concesión desdeñosa («y si quiere saber, aunque sí sabe»), áspero coloquialismo
            («ingenio depravado»). En resumidas cuentas, a la altura de 1624, atacar a Jáuregui y
            defender a Góngora era una causa ganada de antemano.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. Establecimiento del texto</head>
          <p>En sentido estricto, el <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> pertenece a las
            tradiciones textuales de un solo testimonio manuscrito. Como consta en los datos
            bibliográficos de este trabajo, la fuente que lo ha transmitido es uno de los códices
            más importantes para el conocimiento de la polémica gongorina, el BNE, ms. 3726: <hi
              rend="i">Obras de Góngora y referentes a él; poesías de Luis Carrillo y Castillo
              Solórzano</hi><note place="bottom"><p>Véanse Biblioteca Nacional (1984: 165), García
                Soriano (1926: 628), Gates (1960a: 503) y (1960b), Jammes (1962:196), Romanos (1983
                y 1985), Jauralde Pou (1998: I, 604-606), Rico García (2002).</p></note>, volumen
            que incluye algunos de los textos más significados de la controversia. Su contenido es
            el siguiente: 1) Luis Carrillo Sotomayor, <hi rend="i">Fábula de Acis y Galatea</hi> (f.
            1-7); 2) Alonso de Castillo Solórzano, <hi rend="i">Fábula de Polifemo a lo
              Burlesco</hi> (f. 8-10); 3) Luis de Góngora, <hi rend="i">Fábula de Polifemo y
              Soledades</hi> (f. 20-71); 4) Pedro Díaz de Rivas, <hi rend="i">Discursos apologéticos
              por el estilo de las «Soledades»</hi> y<hi rend="i"> Las anotaciones y
              comentarios</hi> (f. 72-221); 5) Juan de Jáuregui, <hi rend="i">Antídoto Contra la
              Pestilente Poesía de las "Soledades"</hi> (f. 224- 248); 6) La décima <hi rend="i"
              >Antidòto ha intitulado</hi>; 7) <hi rend="i">Contra el Antídoto y en favor de Don
              Luis de Góngora por un curioso</hi> (f. 249-253); 8) El<hi rend="i"> Examen del
            «</hi>Antídoto» (f. 253-313); 9) <hi rend="i">Canción a la Toma de Larache</hi>, seguida
            de las <hi rend="i">Anotaciones</hi> de Pedro Díaz de Rivas (f. 317-343).</p>
          <p>En cuanto a las características externas, es un tomo de 3 h., 343 f., 3h. Mide 215 x
            250 milímetros. La letra es del siglo XVII. La foliación está hecha a lápiz. Está
            encuadernado por Grimaud en tafilete rojo con incrustaciones doradas. La copia es de
            varias manos. Varían las tintas, los tipos de letra y el papel.</p>
          <p>El <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> se copió por la misma mano tras la censura de
            Jáuregui y la décima «Antídoto ha intitulado / a su crítica escritura…», obra del mismo
            autor del opúsculo, y cuyo epígrafe reza <hi rend="i">Contra el Antídoto que don Juan de
              Jáuregui hizo contra las Soledades. Décima</hi>. Eunice Joiner Gates editó en 1960 la
            copia del <hi rend="i">Antídoto</hi> contenida en este códice y los <hi rend="i"
              >Discursos Apologéticos</hi> de Díaz de Rivas. En su edición del <hi rend="i"
              >Antídoto</hi>, Joiner Gates trasladó fielmente el texto del ms. 3726 y llevó al
            aparato crítico las notas marginales de Díaz de Rivas y los fragmentos de sus <hi
              rend="i">Anotaciones</hi>, también contenidas en el códice, que hacían referencia
            puntual a los pasajes del escrito de Jáuregui.</p>
          <p>Este testimonio es citado en la edición como <hi rend="i">G</hi>.</p>
          <p>Como se ha dicho, <hi rend="i">stricto sensu</hi>, el BNE, ms. 3726 es el único de los
            testimonios que tienen pertinencia textual, pues el BNE, ms. 5566 (<hi rend="i"
              >Cancionero. Obras de Cornejo</hi>)<note place="bottom">Biblioteca Nacional (1984: 10,
              227), Robert Jammes (1961: 196), Melchora Romanos (1985: 86-87), Roses (1994),
              Jauralde (1998: II, 1389-1390), Rico (2002).</note> es, en su mayor parte (f.
            199-601), un <hi rend="i">codex descriptus</hi> del siglo XVIII del BNE, ms. 3726, pues
            aparecen también, y en el mismo orden, las obras que se recogen en dicho manuscrito.
            Así, el texto del <hi rend="i">Antídoto</hi> ocupa los folios 253-312 y es una copia
            exacta de <hi rend="i">G</hi>, pero con letra del siglo XVIII. Contiene las mismas notas
            marginales de Díaz de Rivas, idéntico subrayado, etc. Le suceden la décima y el <hi
              rend="i">Contra el Antídoto</hi>, que ocupa las p. 315-327. Con letra del siglo XVI
            aparece en la primera parte del volumen un cancionero con obras de don Diego Hurtado de
            Mendoza.</p>
          <p>El copista es bastante escrupuloso con su modelo, de tal manera que cuando advierte una
            omisión sobrescribe el texto omitido (véase por ejemplo NDEC 78). Aunque ecdóticamente
            no tiene pertinencia, no se ha eliminado completamente en la <hi rend="i">recensio</hi>
            y sus variantes han sido recogidas en el aparato crítico, porque incurre en algunos
            errores de copia que, a pesar de no ser significativos, sí son, al menos, curiosos. En
            algunos casos moderniza, de acuerdo con la ortografía del XVIII, los usos gráficos del
            modelo (véase, por ejemplo, NDEC 91). La copia es, en líneas generales, tan fiel que no
            enmienda ni siquiera los errores (véanse NDEC 70 y 128). En ocasiones ha deslizado <hi
              rend="i">malas</hi> e incomprensibles lecturas, como <hi rend="i">crujen</hi> en lugar
            del original <hi rend="i">corrigen</hi> (NDEC 122). Por otro lado, introduce algunas
            abreviaturas que no están en el original, como D<hi rend="i"><hi rend="sup">n</hi></hi>
            por <hi rend="i">don</hi>.</p>
          <p>En suma, quedan también reflejadas en la edición las lecturas de este testimonio,
            aunque no tienen valor independiente, para hacer visible su vinculación con <hi rend="i"
              >G</hi>, del que solo difiere por su mayor grado de corrupción.</p>
          <p>Este testimonio es citado en la edición como <hi rend="i">C</hi>.</p>
          <p>En el siglo XX, el <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> fue impreso en dos ocasiones.
            Artigas editó el testimonio manuscrito contenido en el BNE, ms. 5566 en un apéndice de
            su monumental <hi rend="i">Don Luis de Góngora y Argote. Biografía y estudio
              crítico</hi> (1925). La edición ocupó las páginas 395-399 y puso por primera vez en
            circulación impresa el texto. Su factura es correcta, aunque transcribió en la mayoría
            de los casos los errores de <hi rend="i">C</hi>. En otros, enmienda el modelo para hacer
            inteligible el texto (véase NDEC 119), y en ciertos lugares trivializa: por ejemplo no
            entiende la expresión «llevar de suelo», que sustituye por «llevar de suyo» (véase NDEC
            96). También se dan sustituciones de muy diversa índole, cambios por alteración del
            orden, omisiones de palabras. En el aparato crítico de la edición se recogen las
            lecciones singulares que mejor muestran el comportamiento de este testimonio.</p>
          <p>Es citado en la edición como <hi rend="i">A</hi>.</p>
          <p>En 1986, Ángel Pariente editó esta singular pieza entre el conjunto de textos de la
            polémica que formaron parte del volumen <hi rend="i">En torno a Góngora</hi>. Ocupa en
            él las páginas 95-101. Reprodujo el texto del BNE, ms. 3726 con pulcritud, e indica la
            procedencia: «Transcripción del manuscrito 3726 de la Biblioteca Nacional de Madrid.
            Manuscrito de mejor lectura que el 5566 utilizado por Miguel Artigas»<note
              place="bottom">Pariente (1986: 352).</note>. Con todo, en ocasiones enmienda (véase
            NDEC 98), en otras trivializa (NDEC 105) y a veces reproduce alguna <hi rend="i">lectio
              facilior</hi> que Artigas había transmitido (NDEC 145). Moderniza la puntuación, pero
            en los pasajes más ambiguos y enredados sintácticamente tiende a mantener los
            arbitrarios criterios del Siglo de Oro que están en el modelo.</p>
          <p>Citamos este testimonio en la edición como <hi rend="i">P</hi>.</p>
          <p>Los errores evidentes de <hi rend="i">G</hi>, trasladados también por <hi rend="i"
              >CAP</hi> en casi todos los casos, han sido enmendados en la edición. En ocasiones,
            como recoge el aparato crítico, las ediciones de Artigas y Pariente corrigieron
            acertadamente errores de sus respectivos modelos, y así queda reflejado.</p>
          <p>La comprensión e interpretación del contenido y la intención del <hi rend="i">Contra el
              Antídoto</hi> han sido los objetivos primordiales de la anotación filológica. De
            acuerdo con los criterios establecidos para el proyecto de edición de la polémica
            gongorina (<hi rend="i">OBVIL Polèmique gongorine</hi>), la anotación filológica
            pretende facilitar el acceso al significado global de la obra en tres niveles
            fundamentales: lingüístico, semántico y literario.</p>
          <!--section=Sezione1-->
        </div>
        <div>
          <head>10. Bibliografía</head>
          <div>
            <head>10. 1 Obras hipotéticamente citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p xml:lang="pt" rend="noindent">Díaz de Rivas, Pedro:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Discursos apologéticos</hi>.</bibl>
            <p xml:lang="pt" rend="noindent">Fernández de Córdoba, Francisco:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Examen del «Antídoto»</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jáuregui</hi>, Juan de:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Orfeo</hi>, Madrid: Juan González, 1624.</bibl>
            <p rend="noindent">Pérez de Montalbán, Juan:</p>
            <bibl>—, <ref target="https://books.google.es/books?id=lBJX0yLSBxQC"><hi rend="i"> Orfeo
                  en lengua castellana</hi></ref>, Madrid: Alonso Pérez, 1624.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quevedo y Villegas</hi>, Francisco de:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Sueños</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vega Carpio</hi>, Lope de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Pastores de Belén: prosas y versos divinos</hi>, En Madrid: por
              Ioan de la Cuesta, vendese en casa de Aluaro Perez, mercader de libros, 1612.
              Disponible la digitalización de <ref
                target="http://bibliotecavirtualmadrid.org/bvmadrid_publicacion/i18n/consulta/registro.cmd?id=2378"
                >la edición de Lérida: a costa de Miguel Manescal…, 1612</ref>.</bibl>
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          </div>
          <div>
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            <div>
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            </div>
            <div>
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            <div>
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          </div>
        </div>
      </div>
      <div>
        <index indexName="resp" n="un curioso"/>
        <index indexName="adresse" n="Jáuregui, Juan de"/>
        <index indexName="date" n="1624"/>
        <head>Texto de la edición</head>
        <p>
          <pb n="f. 249r"/>
        </p>
        <div>
          <head>Contra el Antidoto<note place="bottom"> La palabra <hi rend="i">Antídoto</hi> ha de
              leerse llana, <hi rend="i">Antidoto</hi>, de manera que se crea una agudeza por
              dilogía, mediante la creación léxica formada por el prefijo <hi rend="i">anti</hi> y
              el adjetivo <hi rend="i">doto</hi> o <hi rend="i">docto</hi>. El texto de BNE, ms.
              3726 orienta esta pronunciación con un acento grave, de carácter diacrítico, sobre la
              primera <hi rend="i">o</hi> (<hi rend="i">Antidòto</hi>); así se representa en todos
              los casos en que se refiere al título del vejamen de Jáuregui. El autor de este
              opúsculo, como se expone en la introducción, ha de ser también el autor de la décima
              «Contra el Antídoto que don Juan de Jáurigui hizo contra las Soledades, décima»:
              «Antídoto à intitulado / a su crítica escriptura…», además de <hi rend="i">Cierta nota
                de cierto advertente a este examen</hi>, que encabeza la <hi rend="i">Apología por
                una décima</hi>. En los dos casos se sirve de la misma agudeza para referirse al <hi
                rend="i">Antídoto</hi>, como de modo palmario descubre la rima en la citada décima:
              «mas si valiera mi voto / como acá llamar e visto / Antipapa y AntiChristo, / yo le
              llamara Antidòto» (BNE, ms. 3726, f. 248v). Esta licencia métrica conocida con el
              nombre de diástole fue frecuente en la poesía burlesca. Angulo y Pulgar, en la segunda
              de sus <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>, refiere que Góngora empleó el
              recurso «más que cinco veces»; pero matiza que siempre lo hizo en «burlesco estilo y
              con todo eso excusa la calumnia de licencioso» (<hi rend="i">Epístolas
                satisfactorias</hi>, f. 51r.). El propio Jáuregui se había servido de la diástole en
              dos poemas de las Rimas (Sevilla: por Francisco de Lopa Vaneto, 1618) que representan
              sendas parodias del estilo culto: la «Canción lúgubre Al húngaro Tiburcio en la
              opresión de Esmirna», inspirada, como notó Robert Jammes (1994, 621), en la <hi
                rend="i">Oda a la toma de Larache</hi>, y en uno de los poemas dedicados en el
              volumen a santa Teresa, el «Epílogo más que poético de la vida de esta santa», donde
              se servía del procedimiento diastólico empleado por Góngora en su romance de 1614
              dedicado a la misma santa, que era el evocado por Angulo en el lugar citado.</note> de
            Jáuregui y en favor de don Luis de Góngora por un curioso</head>
          <p>Por ser yo también natural de Sevilla, mi señor <persName type="polemist"
              key="Jáuregui, Juan de">don Juan</persName>, y nacido y criado en su misma collación
            de vuestra merced, la Magdalena<note place="bottom"> Fernando III, al conquistar Sevilla
              en 1248, dividió la ciudad en veinticuatro collaciones o parroquias. En el
              repartimiento de Sevilla, el rey nombró una junta de repartidores y en cada collación
              se creó también una comisión encargada de repartir los bienes inmuebles y las tierras
              asignadas a cada una de las veinticuatro parroquias (Sánchez Herrero: 1992, 107). La
              collación de la Magdalena, donde fue bautizado Jáuregui, quedó en manos de los
              dominicos, que habían asistido al ejército del rey durante la conquista. La primera
              edificación religiosa de la parroquia fue el convento de San Pablo. </note>, y aun su
            amigo <hi rend="i">ab incunabulis</hi><note place="bottom"> Locución latina muy
              frecuente en textos de la época para significar ‘desde la infancia’.</note>, porque
            las letras del <hi rend="i">A. B. C.</hi> nos las enseñó a los dos un mismo maestro, que
            fue Bazán, me atrevo, por todos estos títulos y por ser mayor de edad, a decirle a
            vuestra merced lo mal que lo miró<note type="app" rend="I"> miró : miro <hi rend="i"
                >GCAP</hi> [La ortografía del texto en <hi rend="i">G</hi> no tiene tilde diacrítica
              para distinguir, como en este caso, la primera persona del singular del presente de
              indicativo de la tercera persona del pretérito perfecto simple, pero del contexto se
              deduce que se trata del pretérito y de la tercera persona, puesto que se dirige con la
              fórmula de tratamiento <hi rend="i">vuestra merced</hi> a Jáuregui para hacerle saber
              que ‘lo mal que lo calculó o advirtió al decidirse a escribir el <hi rend="i"
                >Antídoto</hi>’; pues como señala Covarrubias <hi rend="i">mirar</hi> «muchas veces
              se toma por advertir y considerar. Malmirado, poco advertido».</note> en arrojarse a
            escribir el <title>Antidoto</title> de vuestra merced, tan cacareado, contra las obras
            de don Luis de Góngora, famoso ingenio, y que ha honrado con<note type="app" rend="I">
              con <hi rend="i">GP</hi> : en <hi rend="i">CA</hi></note> ellas nuestra España y
              nación<note place="bottom">
              <hi rend="i">nación</hi>: por nación se ha de entender ‘los habitantes del reino de
              España’. Así considerado el término se trataría de una redundancia enfática; no
              obstante, en este contexto bien podría referirse a la «nación andaluza», noción y
              expresión que se atestigua en la época: Juan Pérez de Pineda, <hi rend="i">Primera
                parte de los treynta y cinco diálogos familiares de la Agricultura christiana</hi>,
              En Salamanca: en casa de Pedro de Adurça, y Diego Lopez, 1589, f. 195v, habla por boca
              de Policronio de «nuestra nación andaluza». Tal concepto de nación no entraba en
              colisión con la idea de España. Cabe añadir que tal enunciado está en correlación con
              otros lugares del opúsculo; más adelante apela a Jáuregui en estos términos: «siendo
              vuestra merced español y andaluz».</note>, las cuales por curiosidad he juntado todas
            o casi todas en este libro y en otro<note place="bottom"> De esta declaración y de otras
              que ofrece el opúsculo se infiere que su autor es el compilador del BNE, ms. 3726.
              Véase la introducción.</note>. Y cuanto<note place="bottom"><hi rend="i">Y
              cuanto</hi>: ‘y en cuanto’. Era habitual en el español clásico que esta locución con
              valor de conector de tematización apareciera sin la preposición.</note> a lo primero,
            digo, señor, que cuando vuestra merced fuera extranjero, no me espantara, por el odio y
            envidia natural que los tales tienen a los españoles, pero<note place="bottom">
              <hi rend="i">pero</hi>: ‘sino’; es decir, con el valor de la adversativa restrictiva
              que tenía en la época, empleada para reformular afirmativamente lo que antes se ha
              enunciado negativamente. </note> que, siendo vuestra merced español y andaluz, haya
            querido oscurecer lo que tantos doctos españoles y hombres de buen gusto han alabado,
            engrandecido y reverenciado<note type="app" rend="I"> reverenciado <hi rend="i"
              >GC</hi> : reverencian <hi rend="i">A</hi></note> como a prodigio y monstruo de
            naturaleza. ¡Y qué digo los españoles! ¡Todas las naciones que han tenido noticia de sus
            obras! Y es tanto esto verdad, que dudan los napolitanos (como tan eruditos en
              poesía)<note place="bottom"> Era proverbial entre los españoles la aptitud de los
              napolitanos para la poesía. De la ciudad partenopea eran algunos de los escritores que
              más influencia ejercieron en la poesía española del Siglo de Oro: Sannazaro, Tansillo
              o Marino.</note> que español haya compuesto semejantes obras <pb n="f. 249v"/>,
            particularmente el<title> Polifemo</title> y <title>Soledades</title>. Hame dado que
            pensar si lo hizo vuestra merced obligado del oficio de poeta por el refrán o
            instimulado de la carcoma de<note place="bottom"> La preposición <hi rend="i">de</hi>
              tiene aquí valor agentivo.</note> la envidia o atormentado que fuesen ajenas obras,
            que es el castigo que señala y apunta <persName type="polemist"
              key="Quevedo, Francisco de">Quevedo</persName><note place="bottom"> Quevedo, en las
                <hi rend="i">Premáticas del desengaño contra los poetas güeros</hi> sentenció:
              «Ítem. Por estorbar los insolentes hurtos que hacen, mandamos que no se puedan pasar
              coplas de Aragón a Castilla ni de Italia a España, so pena de callar un mes el poeta
              que tal hiciere, y si reincidiere, de andar un día limpio». También incluyó una
              referencia más general sobre los sufrimientos de los poetas en el infierno en el <hi
                rend="i">Sueño del alguacil endemoniado</hi>: «Qué géneros les dan de penas a los
              Poetas?, repliqué yo. Muchas, dijo, y propias. Unos se atormentan oyendo las obras de
              otros, y a los más es la pena limpiarlos. Hay poeta que tiene mil años de infierno y
              aún no ha acabado de leer unas endechillas a los celos. Otros verás en otra parte
              aporrearse y darse de tizonazos sobre si dirá faz o cara; cuál para hallar un
              consonante no hay cerro en el infierno que no haya rodado mordiéndose las uñas»
              (Quevedo 1993: 149). El plagio fue otro de los lugares comunes de la sátira literaria
              contra los malos poetas. De ello se burlaba Cervantes en un pasaje de los
              «Privilegios, ordenanzas y advertencias que Apolo envía a los poetas españoles», de su
                <hi rend="i">Viaje del Parnaso</hi>: «Ítem se advierte que no ha de ser tenido por
              ladrón el poeta que hurtare algún verso ajeno y le encajare entre los suyos, como no
              sea todo el concepto y toda la copla entera, que en tal caso tan ladrón es como Caco»
              (Cervantes 1973: 190).</note> que los poetas tienen en su infierno imaginario. Séase
            lo que se fuere, no ha servido de otra cosa su <title>Antidoto</title> de vuestra merced
            sino de dar el vejamen<note place="bottom"> El <hi rend="i">Antídoto</hi> fue con
              frecuencia calificado de vejamen en los textos de la polémica gongorina, esto es, de
              censura o reprensión satírica, significado general del término. Sin embargo, el autor
              de <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi>, para empequeñecer y ridiculizar la censura de
              Jáuregui, emplea el término con su sentido específico y emparenta el <hi rend="i"
                >Antídoto</hi> con los vejámenes universitarios: ‘discurso burlesco, que con motivo
              de la ceremonia de obtención del grado de doctor se pronunciaba o leía en las
              universidades contra quien se graduaba’. Para el estudio del origen y de las
              carácterísticas de los vejámenes de grado son imprescindibles los trabajos de Egido
              (1984 y 1990), Layna Ranz (1991) y Madroñal (2005). De las universidades, el vejamen
              pasó a formar parte de las ceremonias y actos solemnes de las academias literarias
              (Carrasco Urgoiti 1965 y Brown 1993).</note> para que le den<note place="bottom">
              <hi rend="i">den</hi>: establece la concordancia <hi rend="i">ad sensum</hi> con el
              sustantivo colectivo <hi rend="i">claustro</hi> y con su complemento preposicional en
              plural: «de doctores».</note> todo el claustro pleno de los señores doctores de la
            facultad el grado que merece. Ya tiene vuestra merced noticia, como tan docto, que,
            cuando se quiere graduar un doctor en su facultad, primero que se le da el grado,
              es<note type="app" rend="I"> es <hi rend="i">AP : om. GC</hi> [<hi rend="i">P</hi>
              refleja la omisión del manuscrito que transcribe entre corchetes, como es
              convencional.</note> costumbre en las universidades, desde que se fundaron hasta ahora
            cuarenta años, que un ignorante seglar, aunque decidor y gracioso<note place="bottom">
              En muchas universidades se comisionaba a personas seglares con escasa cualificación
              porque se consideraba una parte «infame» de la ceremonia. Madroñal (2005: 65-67)
              aporta testimonios muy elocuentes sobre ello. Las <hi rend="i">Constituciones antiguas
                de la Universidad de Toledo</hi> estipulaban: «que se haga el vejamen por una
              persona honestamente graciosa que cuente e diga en romance algunos acaecimientos
              graciosos». Véase Madroñal (2005: 66).</note> (ya desde esta edad es el doctor menos
              antiguo)<note place="bottom"> Señala Madroñal (2005: 94) a propósito de este pasaje
              del <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> que, según se infiere del discurso teórico de
              Jiménez Patón titulado <hi rend="i">Sobre vejámenes, grados y otros asuntos</hi>, en
              algunas universidades, a la altura de 1625, permanecía aún la costumbre de que el
              vejamen lo dictara un seglar.</note>, le diese un vejamen deshaciendo y vituperando su
            habilidad y suficiencia. Y en este dicen muchos disparates vestidos con colores y
            apariencias de verdad: todo lo cual el que ha de ser doctorado lo lleva con muy grande
            paciencia y sufrimiento, y no habla en su defensa palabra alguna, porque sabe que todo
            el claustro pleno de los doctores sabe que, pues le dan el grado, tiene suficiencia y lo
            merece. Y con esto, no haciendo caso del vejamen, queda más honrado y graduado, y el
            charlatán se queda en la posesión que antes, si no es que ha perdido algo por no saber
            bien decir mal, que, aunque echan de ver que no dice ninguna verdad, a lo menos todos
            quieren que diga bien<note place="bottom"> La analogía que establece el autor de <hi
                rend="i">Contra el Antídoto</hi> entre los efectos de la censura de Jáuregui y los
              vejámenes universitarios da pie para que haga una detallada exposición de las
              características formales, pragmáticas y discursivas de esta modalidad de <hi rend="i"
                >oratio</hi> y del acto solemne en que se enmarcaba. El protocolo aquí descrito se
              corresponde cabalmente con lo prescrito en constituciones y estatutos universitarios y
              en testimonios de otra naturaleza acopiados por Madroñal [2005: 62-74].</note>.<pb
              n="f. 250r"/></p>
          <p>Así<note type="app" rend="I"> [En el reclamo, en <hi rend="i">G ansí</hi>.</note>
            vuestra merced ha servido de darle el vejamen al señor don<note type="app" rend="I"> Don
                <hi xml:lang="en" rend="i">GP</hi> : D.<hi rend="sup">n</hi>
              <hi xml:lang="en" rend="i">CA</hi></note> Luis, que de esto ha servido su
              <title>Antidoto</title>, con lo cual ha quedado más honrado, calificado y conocido por
            muy eminente en su facultad; y lo que es más de ponderar: que no ha hablado palabra ni
            ha querido tomar la pluma<note type="app" rend="I"> que no ha hablado palabra ni ha
              querido tomar la pluma para mostrarle a Vm. <hi rend="i">GCP</hi> : que no ha hablado
              palabra ni ha querido tomar la pluma. Para mostrarle a Vm. <hi rend="i">A</hi> [El
              sujeto de estos enunciados es Góngora. La puntuación de <hi rend="i">A</hi> parece dar
              a entender que el sujeto es Jáuregui.</note> para mostrarle a vuestra merced que los
            que dijo fueron disparates que a todo el mundo son notorios. Ya que él no lo ha hecho,
            lo han hecho<note type="app" rend="I"> [En <hi rend="i">C</hi> el sintagma «lo han
              hecho» aparece sobreescrito en la línea por rectificación del copista. En el enunciado
              anterior modernizamos la conjunción <hi rend="i">e</hi> (y) que aparece en <hi
                rend="i">G</hi>; sobre el uso de la copulativa <hi rend="i">e</hi> en <hi rend="i"
                >G</hi> véase la nota infra.</note> otros buenos ingenios<note type="app" rend="I">
              que a todo el mundo son notorios. Ya que él no lo a hecho, lo an hecho otros buenos
              ingenios <hi rend="i">GC</hi> : que a todo el mundo son notorios (ya que él no lo a
              hecho) lo an hecho otros buenos ingenios <hi rend="i">A</hi> [La puntuación de <hi
                rend="i">A</hi> hace ininteligible el pasaje.</note>, como es el<note type="app"
              rend="I"> el <hi rend="i">GAP : om. C</hi></note> señor don<note type="app" rend="I">
              Don <hi rend="i">GP</hi> : D.<hi rend="sup">n</hi>
              <hi rend="i">CA</hi></note>
            <persName type="polemist" key="Córdoba, Francisco de">Francisco de Córdoba</persName>,
            abad de Rute y racionero de la Santa Iglesia de Córdoba, singular ingenio versado en muy
            aventajadas letras, grande humanista y muy docto y versado en poesías, como se podrá ver
            en su escrito, a quien intituló<note type="app" rend="I"> intituló <hi rend="i"
              >GCP</hi> : intitula <hi rend="i">A</hi></note>
            <title>Examen del «Antídoto»</title>, que adelante se podrá leer<note place="bottom">
              Otra de las referencias metadiscursivas del escrito. En efecto, en el mismo volumen
              manuscrito la refutación de Fernández de Córdoba se encuentra entre los folios 249 y
              313.</note>, en que responde con agudeza a todas sus sofisterías<note place="bottom">
              Con el término <hi rend="i">sofistería</hi> el autor del opúsculo reduce el <hi
                rend="i">Antídoto</hi> a un conjunto de argumentos falaces, sofísticos. El término
              no es muy frecuente en la época: el <hi rend="i">CORDE</hi> registra diecisiete usos
              entre 1500 y 1625. Por otro lado, el empleo de este término por el autor del <hi
                rend="i">Contra el Antídoto</hi> y compilador del volumen nos induce a creer que es
              él quien rotuló el epígrafe que encabeza las décimas del padre fray Luis de Guzmán que
              se encuentran entre los folios 101 y 102 del manuscrito: <hi rend="i">El Padre fray
                Luis de Guzmán, de Sevilla, varón religioso y en poesía sapiente, hizo contra las
                sofisterías del “Antídoto”, y en favor de las “Soledades” y de su autor estas
                décimas, que él mismo comentó</hi>. Estas décimas fueron estudiadas por Osuna
              Cabezas (2008).</note> de vuestra merced<note type="app" rend="I"> sus sofisterías de
              vuestra merced <hi rend="i">GA</hi> : sus ofisterías de vuestra merced <hi rend="i"
                >C</hi></note>. Y<note type="app" rend="I"> y <hi rend="i">CAP</hi> : e <hi rend="i"
                >G</hi> [En la primera mitad del XVI y aún en la segunda y el primer cuarto del XVII
              hubo escritores que continuaron empleando la conjunción copulativa <hi rend="i">e</hi>
              en alternancia con <hi rend="i">y</hi> e <hi rend="i">i</hi>; véase Lapesa (1981:
              398). Así pues, la lectura de <hi rend="i">G</hi> es aceptable y probablemente la
              original; con todo, modernizamos.</note> no sé yo qué más se pudiera responder ni
            decir. Y lo que campea<note place="bottom">
              <hi rend="i">campear</hi>: ‘destacarse, significarse de manera clara’.</note> más
            (porque cada uno habla como quien es, o como la pasión o afición dicta): la modestia tan
            grande y decoro en el decir, la cual, no guardándola vuestra merced, parece que se le
            debía responder en su lenguaje. Otro es el licenciado <persName type="polemist"
              key="Díaz de Rivas, Pedro">Pedro</persName><note type="app" rend="I"> Pedro <hi
                rend="i">GP</hi> : Pº <hi rend="i">CA</hi></note> Díaz de Rivas, particular ingenio
            de Córdoba y muy versado en todas buenas letras y lenguas, el cual hizo unas
              <title>Ilustraciones en favor y defensa del Polifemo y Soledades</title> y las demás
            obras de don<note type="app" rend="I"> Don <hi rend="i">GP</hi> : D.<hi rend="sup"
                >n</hi>
              <hi rend="i">CA</hi></note> Luis de Góngora, <pb n="f. 250v"/> que las puede vuestra
            merced ver, que están en este libro o 2ª parte<note place="bottom"> Se refiere a los <hi
                rend="i">Discursos apologéticos por el estilo de las «Soledades»</hi> y<hi rend="i">
                Las anotaciones y comentarios</hi>, que se copian en el volumen entre los f.
              72-221.</note>, y con modestia le manifiesta a vuestra merced su poco saber y que no
            entendió las <title>Soledades</title>. Pues cuando vuestra merced tuviera más autoridad,
            causada de las muchas, buenas y heroicas obras que ha compuesto, y que se las hubieran
            alabado, estimado, por muy buenas, señores<note type="app" rend="I"> señores <hi
                rend="i">CA</hi> : Sr<hi rend="sup">es</hi>
              <hi rend="i">GP</hi></note> doctos y peritos en la facultad, y estuviera vuestra
            merced en opinión de hombre de opinión, fuera más cuerda su censura y más bien recibida.
            Con ella vuestra merced se ha excluido del número de los sabios y doctos, porque de
            estos es muy propio<note type="app" rend="I"> propio <hi rend="i">CA</hi> : proprio <hi
                rend="i">GP</hi>
            </note> favorecer los trabajos de los ingenios ajenos; porque, como no tienen qué
            envidiar, no les duele el encarecer; que hay calidades de hombres, y vuestra merced es
            uno de estos, que piensan que el bien<note type="app" rend="I"> bien <hi rend="i"
                >GAP</hi>  : ben <hi rend="i">C</hi> [<hi rend="i">A</hi> subsana el evidente error
              de copia de <hi rend="i">C</hi>.</note> que dicen de los otros y de sus obras va por
            cuenta de sus méritos<note place="bottom"> Esto es, a juicio del autor del opúsculo,
              Jáuregui pertenece a la categoría de los que consideran que escribir bien de los demás
              va en menoscabo del valor de su propia obra. El pasaje, como se ha indicado en la
              introducción, parece plagiar el siguiente del «Libro primero» de los <hi rend="i"
                >Pastores de Belén</hi> de Lope de Vega: «Es muy propio, respondió Frondoso, de los
              sabios favorecer los trabajos de los ingenios ajenos, porque como no tienen que
              envidiar, no les duele el encarecer, que hay calidades de hombres que piensan que el
              bien que de los otros dicen descuentan de sus méritos. […] “Decía bien un sabio, dijo
              Aminadab entonces, que los escritos eran los espejos de los ingenios, y que quien no
              había dado a luz sus obras no había visto la cara de su entendimiento.” “De esa manera
              podemos decir, replicó Jorán, que no tienen espejo los que no han escrito, y no sé yo
              que haya cosa en que tan bien se vean, aunque todos saben la causa; porque una persona
              no se puede acordar de su rostro por muy aprisa que en el cristal se mire.”» (Lope de
              Vega 2010: 185-186).</note>. Y a propósito dijo bien un sabio que los escritos eran
            los espejos de los ingenios, y que quien no había dado a luz sus obras no había visto la
            cara de su entendimiento. Y ansí se infiere que no tienen espejo los que no han escrito
            en la materia de que hablan o reprehenden. Y por esta causa me parece se le puede
            acomodar a vuestra merced un dicho que dijo cierto padre hablando de un hijuelo suyo,
            que el primer día que empezó a escribir decía que su maestro no sabía lo que se
            escribía, por lo cual dijo su padre: «Mi hijo Benitillo, antes maestro que <pb
              n="f. 251r"/> discípulo»<note place="bottom"> El dicho «Mi hijo Benitillo, antes
              maestro que discípulo» fue recogido por Juan de Mal Lara en<hi rend="i"> La filosofía
                vulgar</hi> (centuria octava, nº 32). Del relato que lo glosa infiere Mal Lara la
              siguiente moraleja: «Puédese aplicar a cualquier que quiere enseñar antes que sea bien
              enseñado. Y por esto Pitágoras mandaba callar a sus discípulos tanto tiempo para que
              aprendiesen» (2012: f. 113v). Iglesias Ovejero explica que el propio nombre Benitillo,
              en diminutivo, evoca lo popular y «personifica la actitud vanidosa, necia y peligrosa
              del aprendiz, así como del vulgo ignorante en general» (1986: 44). El refrán fue
              recogido en otros repertorios de refranes y frases proverbiales, como precisa Iglesias
              Ovejero. En este pasaje y en otros se desprecia a Jáuregui omitiendo e ignorando su
              producción poética y crítica. Es cierto que cuando compuso el <hi rend="i"
                >Antídoto</hi> solo había publicado la traducción del <hi rend="i">Aminta</hi>
              (Roma, 1607) y no había aún publicado las <hi rend="i">Rimas</hi>; sin embargo, en la
                <hi rend="i">peroratio</hi> del discurso se refiere al<hi rend="i"> Orfeo</hi> y
              alude indirectamente al <hi rend="i">Discurso poético</hi> (1624_discurso-poetico). De
              declaraciones como esta se podría conjeturar que el opúsculo fue compuesto
              parcialmente como una reacción más próxima en el tiempo al <hi rend="i">Antídoto</hi>
              (antes de 1618) y que pasados los años se le añadió el epílogo citado; no obstante,
              las referencias a las obras de Díaz de Rivas en otras partes del discurso impiden
              mantener esta hipótesis. No tomar en consideración la obra del sevillano hay que
              entenderlo como un gesto de radical desprecio.</note>.</p>
          <p>También le hubiera calificado mucho a vuestra merced el<note type="app" rend="I"> el
                <hi rend="i">GCP</hi> : de <hi rend="i">A</hi></note> haber nacido poeta, porque el
            poeta, para ser bueno, <hi rend="i">nascitur</hi>, y había de ser el nacimiento por lo
            menos en Córdoba<note place="bottom"> Invoca el autor la conocida frase latina <hi
                rend="i">poeta nascitur non fit</hi>, atribuida a Platón, a Cicerón y a otros. Sobre
              la historia de este aforismo es imprescindible el trabajo de Ringler (1941); Porqueras
              Mayo (2003: 52) examinó su presencia en Cervantes y en el conjunto de las ideas
              literarias en España. Apela también el autor de <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> a
              un principio contenido en la teoría de la <hi rend="i">imitatio</hi> renacentista, muy
              interiorizado en la preceptiva retórica y en la propia creación poética: cada pueblo
              tiene su propio temperamento y una forma característica de expresión. La idea fue
              magistralmente formulada en el <hi rend="i">De imitatione</hi> de Fox Morcillo; véase
              Pineda (1994: 82-104). Rico García (2001: 65) recogió este pasaje de <hi rend="i"
                >Contra el Antídoto</hi> para examinar cómo se había aplicado el concepto en la
              polémica gongorina. En el corpus de la polémica, los elogios a Córdoba como solar
              propicio para el estro poético son frecuentes entre los defensores de Góngora, muchos
              de ellos naturales también de Córdoba.</note>, madre de poetas, porque el clima del
            cielo lo lleva de suelo<note type="app" rend="I"> suelo <hi rend="i">GCP</hi> : suyo <hi
                rend="i">A</hi> [La expresión «llevar de suelo» no la entendió Artigas. Se aplica
              aquí a ‘llevar de natural o por naturaleza: el cielo de Córdoba ha perpetuado esta
              cualidad’. Además, parece que hay un evidente juego de palabras entre ‘cielo’ y
              ‘suelo’ que tampoco percibió <hi rend="i">A. Autoridades</hi> recoge la acepción:
              «Frase metafórica que vale haberse continuado, y continuarse alguna cosa en una
              comunidad o familia, y ser ya como propiedad inseparable de ella». Un uso semejante se
              encuentra en fray José de Sigüenza: «Vacó el oficio de General a veintidós días del
              mes agosto del mismo año, y fue necesario se juntasen los del capítulo privado, como
              confirmadores de la elección; detuviéronse en los negocios que se ofrecieron harto
              pesados, hasta el treinta del mismo mes en que fue electo, y confirmado por general de
              la orden, el Padre fray Gonzalo de Toro, uno de los inquisidores que se nombraron en
              el capítulo general pasado, que era prior de Montamarta, y profeso de la misma casa,
              que lo llevaba <anchor xml:id="acierto34"/>de suelo darle generales a la Orden»
              (Sigüenza 1909: 33).</note>, y así ha producido tantos y tan buenos en todas edades,
            porque no en balde Marcelo<note place="bottom"> Se considera el año 169 a. C. el de la
              fundación de Córdoba, año en el que Claudio Marcelo instaló un campamento militar que
              a la postre se convertiría en una de las ciudades más importantes del imperio y
              designada capital de la provincia Bética por el senado romano en el siglo I a. C. El
              propio Díaz de Rivas discutió ese origen, tradicionalmente aceptado hasta nuestros
              días. En palabras de Enrique Flórez, autor de la <hi rend="i">España sagrada</hi>,
              «Pedro Díaz de Rivas, también cordobés y sobrino del padre Martín de Roa, quiso dar a
              esta fundación mayor antigüedad, atribuyéndola al abuelo del precedente [se refiere a
              la opinión del humanista Ambrosio de Morales, recogida inmediatamente antes y que
              consideraba a Claudio Marcelo el fundador], que fue Marcelo, el triunfador de Sicilia,
              de quien Apiano, página 263, dice que vino a España acompañado de Claudio Nerón, y
              Rivas lo reduce al año 543 de la fundación de Roma, que en nuestras tablas del tomo 4
              es el 211 antes de Cristo. Esta opinión tiene contra sí al mismo Morales, libro 6,
              capítulo 4, y al doctor Juan Gómez Bravo, que en el <hi rend="i">Catálogo de los
                libros de los obispos de Córdoba</hi> desata los fundamentos de Rivas, diciendo que
              este Marcelo no vino a España, como antes escribió Morales, pues en el año citado,
              543, fue su triunfo en Roma…» (Enriquez Flórez, <hi rend="i">España sagrada…</hi>,
              1775, t. X, p. 167). El autor de <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi> probablemente
              sigue la opinión de Díaz de Rivas, a quien debió de conocer y cuya autoridad le merece
              buen juicio; de modo que el Marcelo referido por él sería el cónsul Marco Claudio
              Marcelo (268-208 a. C.).</note> la edificó en el sitio que hoy posee con particular
            observación de astros y estrellas; pero ¿en<note type="app" rend="I"> en <hi rend="i"
                >GC</hi> : es <hi rend="i">AP</hi> [Artigas y Pariente enmiendan y construyen una
              oración atributiva. Mantenemos la lección de <hi rend="i">G</hi> porque se
              sobreentiende la elipsis del núcleo del predicado «pero en vuestra merced [no
              influye]»</note> vuestra merced, nacido y criado en Sevilla, que no influye cosa de
            provecho en materia de poesías?<note place="bottom"> Daza (2008) intuye en estas
              palabras un posible antagonismo o rivalidad entre sevillanos y cordobeses a causa de
              la polémica cultista.</note> Y no es de los de la Heria y pendón verde<note
              place="bottom"><hi rend="i">Heria</hi>, con aspiración de la <hi rend="i">h</hi>, era
              el modo de referirse a la calle Feria de Sevilla. «Los de la Heria» son los vecinos de
              la calle y barrio del mismo nombre, lugar habitado por las clases populares y
              frecuentado por rufianes en la Sevilla del Siglo de Oro. El hambre y la miseria fueron
              las raíces del carácter atrabiliario que proverbialmente se atribuía a sus pobladores.
              A causa de la hambruna y del brote epidémico de 1521 protagonizaron el ocho de marzo
              de ese año el motín del pendón verde, una de las revueltas urbanas contra los poderes
              civiles más significadas de la historia moderna en Sevilla. La sedición tomó el nombre
              por el pendón verde almohade que se custodiaba como trofeo de la reconquista en la
              capilla bautismal de la iglesia de Omnium Sanctorum, sita en la misma calle Feria. Los
              amotinados arrebataron el pendón y se dirigieron al ayuntamiento, donde fueron
              serenados momentáneamente por el asistente de la ciudad, el marqués de la Algaba. Pero
              al día siguiente los sediciosos extendieron por toda la ciudad la sublevación buscando
              los depósitos de trigo y grano ocultos. El levantamiento fue reprimido y sus
              cabecillas condenados a muerte y ejecutados. Véase Carmona (2000: 244).</note>, que al
            fin son más diabólicos en todo cuanto emprenden, sino magdalénico<note place="bottom"
                ><hi rend="i">magdalénico</hi>: con esta creación léxica por derivación se refiere a
              los vecinos de la collación o parroquia de la Magdalena. En esa zona vivían las
              familias más acomodadas de la ciudad. El sufijo -<hi rend="i">ico</hi> es inusual en
              el habla sevillana para indicar procedencia o pertenencia. Es muy posible, como nos ha
              sugerido atinada y amablemente el profesor Conde Parrado, que el neologismo fuera
              concebido por su autor como vocablo esdrújulo, en correspondencia con <hi rend="i"
                >diabólico</hi>. Esta probable acentuación añade otros matices burlescos a la
              palabra, que representaría en su pronunciación esdrújula el aire ostentoso de las
              personas por ella designadas.</note>, de los que, cuando juran, dicen «Por esta cruz»
            y «Por vida de la señora mi madre, que<note place="bottom"> Se ha de entender que el
              autor intenta caracterizar a los acomodados vecinos de la collación de la Magdalena
              mediante su conducta lingüística, y para ello reproduce usos verbales como estos
              juramentos. En el segundo caso, en nuestra opinión, se subordina el enunciado «que, si
              me hace, que le tire un balacito» a «por vida de mi madre», para subrayar la condición
              apocada e inocente de los «magdalénicos», cuyo mayor atrevimiento sería el que
              describen estas palabras: amenazar con tirarle a otro una pelota de agua. De no
              interpretar así el pasaje, el enunciado «que, si me hace, que le tire un balacito»,
              considerado como autónomo, quedaría sin sentido aparente. Usualmente, el juramento
              «por vida de mi madre» se une a otros enunciados, como aquí, mediante el nexo <hi
                rend="i">que</hi>: «Topé luego la nariz, / y, p<anchor xml:id="acierto0"/>or vida de
              mi madre, / que ella me topó primero, / aunque estaba bien distante!» <lb/>(Molina
              1996: 334).</note>, si me hace, que le tire un balacito<note place="bottom">
              <hi rend="i">balacito</hi>: «Se llama también una pelotilla hueca hecha de cera,
              dentro de la cual se pone agua de olor o común y en las carnestolendas por juego y
              festejo se suele tirar» (<hi rend="i">Autoridades</hi>).</note>». Sí<note type="app"
              rend="I"> sí <hi rend="i">GC</hi> : así <hi rend="i">AP</hi></note>, digo de mí<note
              place="bottom"> Sí, digo de mí (si digo de mí) : <hi rend="i">GCA</hi> [Puntuamos así
              el enunciado porque a nuestro juicio el sujeto de la enunciación está legitimando su
              discurso a través de su propia experiencia, pues, como declara en el comienzo del
              opúsculo, él es también <hi rend="i">magdalénico</hi>, esto es, de la collación de la
              Magdalena.</note>, criado con el vaho de los molletes<note place="bottom"><hi rend="i"
                >mollete</hi>: ‘panecillo blanco, muy esponjoso y poco cocido’. Guzmán de Alfarache
              también evocaba los <hi rend="i">molletes</hi> y <hi rend="i">mantequilla</hi> que
              había comido durante su vida regalada en Sevilla: «Era yo muchacho vicioso y regalado,
              criado en Sevilla sin castigo de padre, la madre viuda –como lo has oído–, cebado a
              torreznos, molletes y mantequillas y sopas de miel rosada, mirado y adorado, más que
              hijo de mercader de Toledo o tanto» (Alemán 2013: 67). </note> y mantequillas,
            buñuelos y pasteles, castañas y patatas cocidas, zahínas<note place="bottom">
              <hi rend="i">zahínas</hi>: ‘Gachas o puches de harina que no se dejan espesar’.
              También regalaba Aldonza, la <hi rend="i">lozana andaluza</hi>, a los traperos y
              valentones de la calle de la Heria o Feria con las zahínas y otras golosinas similares
              a las que propone este pasaje: «… traperos había en la cal de la Heria ¿que? querían
              probarlo, y máxime cuando era un buen pecho de carnero. Y ¡qué miel! Pensad, señora,
              que la teníamos de Adamuz, y zafrán de Peñafiel, y lo mejor del Andalucía venía en
              casa de esta mi abuela. Sabía hacer hojuelas, prestiños, rosquillas de alfajor,
              tostones de cañamones y de ajonjolí, nuégados, sopaipas, hojaldres, hormigos torcidos
              con aceite, talvinas, <hi rend="i">zahínas</hi> y nabos sin tocino y con comino, col
              murciana con alcaravea, y olla reposada no la comía tal ninguna barba. Pues boronía
              ¿no sabía hacer?: ¡por maravilla! Y cazuela de berenjenas mojíes en perfección,
              cazuela con su ajico y cominico, y saborcico de vinagre, esta hacía yo sin que me la
              vezasen. Rellenos, cuajarejos de cabritos, pepitorias y cabrito apedreado con limón
              ceutí. Y cazuelas de pescado cecial con oruga, y cazuelas moriscas por maravilla, y de
              otros pescados que sería luengo de contar. Letuarios de arrope para en casa, y con
              miel para presentar como eran de membrillos, de cantueso, de uvas, de berenjenas, de
              nueces y de la flor del nogal, para tiempo de peste; de orégano y hierbabuena, para
              quien pierde el apetito. Pues ¿ollas en tiempo de ayuno? Estas y las otras ponía yo
              tanta hemencia en ellas, que sobrepujaba a Platina, <hi rend="i">De voluptalibus</hi>,
              lo correcto es <hi rend="i">voluptatibus</hi> y Apicio Romano, <hi rend="i">De re
                coquinaria</hi>» (Delicado 1994: 177-179). Volver a la nota <ref xml:id="ref2"
                target="ref1">supra</ref>.</note> en invierno y alejijas<note place="bottom">
              <hi rend="i">alejijas</hi>: ‘Gachas de harina de cebada condimentadas con ajonjolí’.
              Las <hi rend="i">zahínas</hi> y <hi rend="i">alejijas</hi> han pervivido en el léxico
              meridional, como refleja el <hi rend="i">DRAE</hi>; aunque se encuentran más
              extendidos los nombres de <hi rend="i">gachas, puchas</hi> o <hi rend="i">puches</hi>
              y poleás. Hoy se consumen como postre, y de su origen humilde surgió el dicho popular:
              «Tres nombres tienen las desgraciás: gachas, puchas y poleás».</note> en verano,
            caracoles, habas y membrillos cochos<note place="bottom">
              <hi rend="i">cochos GP</hi> cocta <hi rend="i">CA</hi> [<hi rend="i">cochos</hi> es
              ‘cocidos’; lo mismo que en compota o en carne de membrillo.</note>, alegrías<note
              place="bottom">
              <hi rend="i">alegrías</hi>: ‘ajonjolí’.</note>, barquillos y otras mil golosinas de
            camarón con lima, arropía<note place="bottom">
              <hi rend="i">arropía</hi>: ‘especie de caramelo hecho con miel e higos’. El origen
              léxico es el <hi rend="i">arrope</hi>. El DRAE considera la <hi rend="i">arropía</hi>
              como la ‘melcocha’. En los años sesenta del siglo XX los arropieros pregonaban en la
              ciudad de Sevilla estos caramelos de color rosa y pegajosos por la miel: «Arropía de
              la Turquía, / largas y retorcías, / llevo la arropía». Una sevillana de Francisco
              Palacios, <hi rend="i">El Pali</hi>, («Sevilla de mi niñez», perteneciente al disco
                <hi rend="i">Mi Sevilla</hi> [1977]), evoca esa Sevilla popular y perdida: «Dónde
              están los afilaores / y el tío de la arropía».</note>, turrón, piñones mondados,
            aguardiente y naranjada para por las mañanas, y chochos<note place="bottom">
              <hi rend="i">chochos</hi>: ‘altramuces’. El niño que encarna el sujeto de la
              enunciación en el célebre romancillo «Hermana Marica» de Góngora proponía una merienda
              idéntica: «compraremos de él / (que nadie lo sepa) / chochos y garbanzos / para la
              merienda».</note> y garbanzos tostados a la tarde para la merienda. Con tantas
            ensaladas de cosas, ¿qué buen poeta hará?</p>
          <p>A atrevimiento, y no a saber o a operación de mocedad (y aun así, me dicen, lo ha
            confesado vuestra merced, ya más cuerdo), <pb n="f. 251v"/> se le ha atribuido a vuestra
            merced su <title>Antidoto</title>. No peina vuestra merced por ahora tantas canas, y,
            mucho menos, experiencia; y esto ha sido parte de descargo por habérsele recibido a
            vuestra merced esta partida en cuenta, y así digo que en ninguna cosa de todas cuantas
            vuestra merced calumnia ha tenido razón, aunque para apoyar esta haya traído sentencias
            y autores que vuestra merced tan bien<note type="app" rend="I"> tan bien : también <hi
                rend="i">GCAP</hi> [la aglutinación del intensivo <hi rend="i">tan</hi> y del
              adverbio <hi rend="i">bien</hi>, común en la ortografía de la época, crea la confusión
              con el adverbio <hi rend="i">también</hi>. Conviene mejor al sentido irónico del
              enunciado <hi rend="i">tan bien</hi>.</note> entiende como las
              <title>Soledades</title>. Y no me espanto, que<note place="bottom">
              <hi rend="i">que</hi>: con valor causal, como en otros lugares del texto.</note>, como
            en la diversidad que hay de opiniones y autores, es fácil hallar colores<note
              place="bottom">
              <hi rend="i">colores</hi>: aquí con el significado de ‘razones o causas con apariencia
              de verdad’. Esto es, le espeta a Jáuregui que con el acarreo y manipulación de las
              autoridades puede cobrar apariencia de verdad («hallar colores») culaquier dislate o
              «sinrazón».</note> a cualquiera sinrazón<note type="app" rend="I"> sinrazón <hi
                rend="i">AP</hi> : sin razón <hi rend="i">GC</hi> [Aunque en la lengua del XVII
              apareciera generalmente sin soldar la preposición y el sustantivo, funcionaba como un
              compuesto sintagmático por disyunción.</note>, vuestra merced usa mucho de esta<note
              place="bottom"> Se entiende que el antecedente es la <hi rend="i"
              >sinrazón</hi>.</note>. Aplique el ingenio, que tiene tan depravado, en bien. Para
            usar de él se trabaja poco, y menos, estudio<note type="app" rend="I"> estudio <hi
                rend="i">GCP</hi> : se estudia <hi rend="i">A</hi> [La construcción es anómala
              porque parece que se omite el núcleo del predicado, probablemente por un error de
              copia. Por ello <hi rend="i">A</hi> enmienda «estudia».</note>. Y para eso otro es a
            poder de lucerna y mordimiento de uñas<note place="bottom">La <hi rend="i">lucerna</hi>
              o lamparilla representa el esfuerzo de las horas pasadas de noche estudiando a su luz.
              Y <hi rend="i">el mordimiento de uñas</hi> solía ponerse en relación con el cuidado y
              atención de los poetas aplicados vehementemente en la elaboración de sus
              versos.</note>.</p>
          <p>Y en este caso he visto cumplidos aquellos dos mandatos del Sabio, que, aunque tan
            opuestos, se han careado y dado paz en esta guerra que vuestra merced ha tomado a su
            cargo, a fuego y sangre, de su voluntad, sin haberle ofendido alguno. Y, a mi ver, ha
            sido a la manera de unos perrillos o gozquejos<note place="bottom"> g<hi rend="i"
                >ozquejo</hi>: diminutivo despectivo de <hi rend="i">gozque</hi>: ‘perro pequeño y
              ladrador’. La entrada de Covarrubias permite entender cabalmente el uso: «Unos
              perrillos que crían gente pobre y baja; son cortos de piernas, largos de cuerpo y de
              hocico, importunos a los vecinos, molestos a los galanes, odiados de los galanes». El
              símil lo emplea también Góngora en el soneto «De los que censuraron su “Polifemo”»:
              «Pisó las calles de Madrid el fiero / monóculo galán de Galatea / y, cual suele tejer
              bárbara aldea / soga de gozques contra forastero».</note> que hay ladradores, que, sin
            haberles hecho nada, sino llevados de su instinto y natural perruno, en viendo un hombre
            honrado de capa negra, bien ataviado y compuesto, y más si pasa por donde le oigan,
            luego salen a él<note type="app" rend="I"> a él <hi rend="i">G : om. CAP</hi> [La
              redundancia morfológica es característica del <hi rend="i">usus scribendi</hi> del
              autor.</note> a ladrarle; pero si volviese la cara a ellos o se detuviese, huyen, y
            aun se corrigen<note type="app" rend="I"> se corrigen <hi rend="i">GP</hi> : crujen <hi
                rend="i">CA</hi> [Artigas no lee bien la palabra del original, y por ello pone entre
              interrogantes la lección.</note> de su ladrido. La adecuación<note type="app" rend="I"
              > adecuación <hi rend="i">GCP</hi> : averiguación<hi rend="i"> A</hi></note> de este
            símil ya está entendida de quien tan bien<note type="app" rend="I"> tan bien <hi
                rend="i">P</hi> : también <hi rend="i">GCA</hi></note> entiende<note place="bottom">
              Del siguiente enunciado se infiere que se refiere a Góngora.</note>; solo falta que
            nuestro poeta <pb n="f. 252r"/> le haga cara a vuestra merced y se detenga, y eso no ha
            hecho porque no hace caso de perrillos ladradores. Vamos a los mandatos del Sabio<note
              place="bottom"> El Sabio es por antonomasia el autor del libro sapiencial de los <hi
                rend="i">Proverbios</hi>, atribuido tradicionalmente al rey Salomón. Francisco de
              Trillo y Figueroa se servirá de un proverbio análogo en otro de los textos que
              conforman la polémica de las <hi rend="i">Soledades</hi>, el discurso preliminar <hi
                rend="i">Razón desta obra, parte de que se compone, estilo…</hi> de la <hi rend="i"
                >Neapolisea</hi> (Granada, 1651) (1651_neapolisea). Así impugna algunas de las
              opiniones vertidas por González de Salas en la <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1633_tragedia/">Nueva
                idea de la tragedia antigua</ref> (Madrid, 1633): «Y así será mejor dejarlo en su
              ignorancia, como al hierro en el orín, supuesto que, como dice el Sabio (<hi rend="i"
                >Prover.</hi> c. 15, n. 21), <hi rend="i">stultitia gaudium stulto</hi>» (Trillo
              1951, 437).</note>. El primero dice: <hi rend="i">Ne</hi><note type="app" rend="I"> Ne
                <hi rend="i">GP</hi> : No <hi rend="i">C</hi> Non <hi rend="i">A</hi> [Así lo dicta
              el texto bíblico. <hi rend="i">Ne</hi> es la negación para la prohibición y la
              negación optativa, <hi rend="i">non</hi> es la negación en enunciados objetivos.
              </note><hi rend="i"> respondeas</hi><note type="app" rend="I"> respondeas : respondas
                <hi rend="i">GCAP</hi></note><hi rend="i"> stulto iuxta stultitiam suam</hi><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Proverbios</hi> 26, 4: «No respondas al necio según su necedad [para que
              no seas tú necio como él]». </note>; el segundo: <hi rend="i">Responde stulto iuxta
              stultitiam suam</hi><note place="bottom"> «Responde al necio según su
            necedad».</note>, etc.<note type="app" rend="I"> etc. <hi rend="i">GP : om.
              CA</hi></note>, que para concordarlos han dado que heñir<note type="app" rend="I">
              heñir <hi rend="i">G </hi> : reñir <hi rend="i">P </hi> : ceñir <hi rend="i">CA </hi>
              [Salvo <hi rend="i">G</hi>, el resto de los testimonios trivializan la lección
              correcta <hi rend="i">heñir</hi>. La frase o locución verbal <hi rend="i">dar en qué
                heñir </hi>la recoge el <hi rend="i">Vocabulario de refranes </hi>de Correas con el
              significado de ‘dar en qué entender, y dar fatiga y molestia’. Significado que aún
              recoge la última edición del <hi rend="i">DRAE</hi> en la entrada correspondiente a la
              locución verbal coloquial <hi rend="i">hay mucho que heñir</hi>, usada para «expresar
              que para concluir algo aún se necesita trabajar mucho en ello».</note> a los
            expositores. En nuestro caso, yo los aplico y expongo de esta manera: el señor don<note
              type="app" rend="I"> Don <hi rend="i">GP</hi> : D.<hi rend="sup">n</hi>
              <hi rend="i">CA</hi></note> Luis, aprovechándose de la primera sentencia, no ha
            querido responder a vuestra merced a sus disparates y estultitia<note place="bottom">
              <hi rend="i">estultitia</hi>: ‘estulticia, necedad’. El término con la forma <hi
                rend="i">estultitia</hi>, como cultismo léxico, se registra, por ejemplo, en la <hi
                rend="i">Defensa de las lágrimas de los justos perseguidos y defensa de las
                religiones y estado eclesiástico</hi> (1621) de fray Pedro Calvo: «Para que Dios no
              tome en cuenta la <hi rend="i">estultitia</hi> de los que hasta hoy, con ignorancia,
              murmuraron de las lágrimas de los justos» (1621: 182).</note>, que estos de vuestra
            merced merecen con justo título este título<note type="app" rend="I"> este título <hi
                rend="i">GP : om. CA</hi></note> por mil títulos<note place="bottom">
              <hi rend="i">títulos</hi>: ‘razones’.</note>. Visto esto de hombres doctos, han
            llevado mal el dejarle a vuestra merced sin respuesta, y así, aprovechándose de la
            segunda sentencia –y porque no se hufame<note type="app" rend="I"> ufane <hi rend="i"
                >AP</hi> : hufame <hi rend="i">GC</hi></note> de que no ha habido quien se le oponga
            y responda– le han respondido <hi rend="i">Iuxta stultitiam suam</hi><note type="app"
              rend="I"> [En <hi rend="i">C, suam</hi> se ha sobreescrito.</note>. Aprovéchese
            vuestra merced de esto para que se conozca, que virtud es el propio conocimiento, y pues
            no le debían nada, excusada fue la carta de pago<note place="bottom"> Es decir, los que
              han respondido a Jáuregui no estaban en deuda con él, no estaban obligados («excusada
              fue la carta de pago») a responder, puesto que el <hi rend="i">Antídoto</hi> censuraba
              a Góngora y no a ellos.</note>, aunque para vuestra merced se ha tornado de finiquito
            y lasto<note place="bottom"> Esto es, las censuras que Jáuregui ha recibido se han
              convertido en «finiquito y lasto», es decir, en el recibo que se da a quien paga o
              lasta por otra persona para que pueda cobrarse por él.</note>. Y si quiere saber
            –aunque sí sabe, sino que la pasión lo tiene atontado– cuán en la opinión de todos los
            que saben de poesía está el señor don<note type="app" rend="I"> Don <hi xml:lang="en"
                rend="i">GP</hi> : D.<hi rend="sup">n }</hi><hi xml:lang="en" rend="i"
              >CA</hi></note> Luis y sus obras, que<note type="app" rend="I"> que <hi rend="i">GCP :
                om. A</hi></note> todas las de ingenio, erudición y artificio que salen, no sabiendo
            su autor, dicen: «A estas bien se les echa de ver que son de don<note type="app"
              rend="I"> Don <hi rend="i">GP</hi> : D.<hi rend="sup">n</hi>
              <hi rend="i">CA</hi></note> Luis, porque es imposible que otro que él las haya
            compuesto»; de manera que han hecho caso reservado al ingenio <pb n="f. 252v"/> del
            señor don<note type="app" rend="I"> Don <hi xml:lang="en" rend="i">GP</hi> : D.<hi
                rend="sup">n</hi>
              <hi xml:lang="en" rend="i">CA</hi></note> Luis todas las cosas buenas y de ingenio,
            aunque sean de otro cualquier<note type="app" rend="I"> cualquier <hi rend="i">GP</hi> :
              qualesquier <hi rend="i">CA</hi></note> esmerado ingenio. Más<note place="bottom">
              <hi rend="i">Más</hi>: ‘además’, ‘sobre todo’.</note>, que a sus obras del señor don
            Luis (por estar hechas con tal primor y disposición) les atribuyen hombres doctos de la
            facultad más sentidos y misterios de lo que ellas en sí encierran, y todos muy buenos,
            porque verdaderamente son capaces de ellos, aunque a su autor no le pasó tal, ni aun por
            el pensamiento. Una agudeza, un buen dicho, una galana frase y modo de decir: todo se lo
            atribuyen a él; o por lo menos dicen: «Esto huele<note type="app" rend="I"> [<hi
                rend="i">G</hi> presenta la palabra con la ortografía de la velarización habitual de
              la época: <hi rend="i">güele.</hi></note> a don<note type="app" rend="I"> Don <hi
                rend="i">GP</hi> : D.<hi rend="sup">n</hi>
              <hi rend="i">CA</hi></note> Luis». Y no es la menor gallardía o policía<note
              place="bottom">
              <hi rend="i">policía</hi> (<hi rend="i">pulicía</hi> en los testimonios con la
              vacilación del timbre de la vocal átona): vale aquí tanto como ‘elegancia, lucimiento,
              ornato’. Hace el término sinónimo de <hi rend="i">gallardía</hi>, como cualidad
              retórica; así Herrera (1972: 361): «Culpan algunos aquel Soneto: “Amor m’ha posto come
              segno al strale”, por desnervado y sin fuerza y vida; porque contentándose Petrarca
              lamente con el ornato y <anchor xml:id="acierto2"/><hi rend="i">policía</hi> de él,
              parece que no dejó allí cosas que diesen vigor a aquellas dulzuras y terneza de
              palabras que puso»; «Pienso que por ventura no será mal recibido este mi trabajo de
              los hombres, que desean ver enriquecida nuestra lengua con la noticia de las cosas
              peregrinas a ella; no porque esté necesitada y pobre de erudición y doctrina; pues la
              vemos llena y abundante de todos los ornamentos y joyas, que la pueden hacer ilustre y
              estimada; sino porque atendiendo a cosas mayores los que le pudieron dar gloria y
              reputación, o no inclinándose a la <hi rend="i">policía</hi> y elegancia de estos
              estudios, la desampararon de todo punto en esta parte» (Herrera 1972: 307).</note> que
            las cosas que de su cosecha traen consigo el nombre<note type="app" rend="I"> n<hi
                rend="sup">e</hi>
              <hi rend="i">GC</hi> : su <hi rend="i">AP</hi> [<hi rend="i">G</hi> (y <hi rend="i"
                >C</hi>, que lo copia directamente) trae la abreviatura señalada, en lugar de
              «nombre».</note> natural, habiendo de tratarlas, las ha disfrazado y fraseado con
            galano y pulido<note place="bottom">
              <hi rend="i">pulido</hi>: ‘elegante, curioso’; véase la nota 154 a propósito del
              significado retórico de <hi rend="i">policía.</hi></note> estilo y modo; y otras, con
            equívocos que hacen dos luces<note place="bottom"> Esto es, ‘dos sentidos’.</note> nunca
            de otro inventadas que<note place="bottom">
              <hi rend="i">que</hi>: ‘más que’.</note> de su ingenio feliz. Quiero rematar con decir
            que, para acabarse vuestra merced de rematar (tan en pregón<note place="bottom">
              <hi rend="i">andar en pregón</hi>: ‘estar en boca y en la opinión de todo el
              mundo’.</note> anda con<note type="app" rend="I"> con : como <hi rend="i"
              >GCAP</hi></note> todo esto) y echarse<note place="bottom"> Esta construcción de
              infinitivo se une copulativamente a la anterior con valor final: «[Quiero rematar con
              decir que para acabarse…] y [para] echarse a perder del todo…»</note> a perder
              del<note type="app" rend="I"> del <hi rend="i">GP</hi> : de<hi rend="i">
              CA</hi></note> todo, porque nunca un yerro viene solo, sacó a luz, con poca luz y
            menos disciplina<note place="bottom"> El sintagma reproduce el primer verso del soneto
              atribuido a Góngora «Con poca luz y menos disciplina», «Contra los que dijeron mal de
              las Soledades» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem449#449.1"
                >OC449.1</ref>]. Generalmente, este soneto se asocia con los compuestos en 1615 que
              se consideran de atribución segura: «Restituye a tu mudo horror divino» y «Pisó las
              calles de Madrid el fiero». López Bueno (2012) ha demostrado con fundadas razones que
              el objeto de la sátira contenida en los versos del soneto «Con poca luz y menos
              disciplina», eran Jáuregui y su <hi rend="i">Antídoto</hi>, y aduce, entre otros
              muchos argumentos, que no parece fortuita esta alusión contenida en el opúsculo que
              editamos.</note>, una obra que le<note place="bottom"> Como ha expuesto Inés Fernández
              Ordóñez [2001] el leísmo sí fue una corriente de la lengua popular que triunfaría en
              la lengua literaria a partir del siglo XVI en los textos de santa Teresa o el propio
              Cervantes; sin embargo, advierte de las dificultades que entraña la reconstrucción
              histórica del laísmo, loísmo y leísmo. Igualmente, cree muy difícil precisar la
              distribución geográfica y dialectal de tales fenómenos; porque si el leísmo adquirió
              una extensión muy notable en todo el territorio peninsular, no ocurrió lo mismo con el
              laísmo y el loísmo. Aquí, además, la redundancia introducida por el pleonasmo
              morfológico produce más extrañeza. </note> intituló <title>Orfeo</title>, en el cual
            no guarda la doctrina que reprehende en el señor don<note type="app" rend="I"> Don <hi
                xml:lang="en" rend="i">GP</hi> : D.<hi rend="sup">n</hi>
              <hi xml:lang="en" rend="i">CA</hi></note> Luis: <hi rend="i">quia loqui facile,
              praestare</hi><note type="app" rend="I"><hi rend="i">praestare : prestare
              GCAP</hi></note><hi rend="i"> difficile</hi><note place="bottom">
              <hi rend="i">quia loqui facile, praestare difficile</hi>: ‘Del dicho al hecho hay gran
              trecho’; con este refrán castellano traducen comúnmente la expresión proverbial latina
              los <hi rend="i">tesauros</hi> hispano-latinos como el de Requejo, véase Álvarez
              Curiel (2002: 74). La frase procede, originalmente, de las <hi rend="i">Instituciones
                divinas</hi> de Lactancio (IV, 23, 8)</note>. Hace el oficio del papagayo, que habla
            y no sabe lo que habla<note place="bottom"> Blanca Periñán (1976: 159), en su estudio de
              la fábula anticulterana contenida en el <hi rend="i">León prodigioso</hi> (Madrid,
              1636), la heterodoxa novela de Cosme de Tejada, refería este fragmento del opúsculo
              para ilustrar cómo el motivo del papagayo estuvo presente en la polémica anticulterana
              para representar que los <hi rend="i">cultos</hi> no entendían lo que escribían y
              repetían mecánicamente lo que les resultaba ininteligible. Así, Cascales en las <hi
                rend="i">Cartas filológicas</hi> (1954: III, 159) escribía a propósito de los
              críticos o cultos (en su acepción peyorativa): «como papagayo habla lo que no
              entiende». También ridiculizaba Lope a los <hi rend="i">poetas papagayos</hi> en la
                <hi rend="i">Relación de las Fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la
                canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro</hi> (Madrid, 1622); en
              las observaciones a las décimas que concursaban al tercer certamen, denuesta a los
              poetas que parecen «papagayos de su inventor», porque repiten siempre una misma cosa
              con «cuatro frases» mal asimiladas: véase Orozco (1973: 344). El <hi rend="i">León
                prodigioso</hi> incluye el satírico «Soneto culto del poeta papagayo al suspiro de
              Crisaura»: véase Periñán (1976: 171). </note>, porque ni lo entiende ni lo pone en
              ejecución<note place="bottom"> Esta era otra idea vinculada al motivo del papagayo,
              como se deduce también del siguiente texto de Cristóbal de Rojas: «como el tordo o
              papagayo, que de oír muchas veces una cosa, dice sayo y no sabe vestírselo ni
              aprovecharse de él para la necesidad» (<hi rend="i">Compendio y breve resolución de
                fortificación</hi>, f. 42v).</note>. Es vuestra merced como los mancos de san
              Antón<note place="bottom">
              <hi rend="i">Los mancos de san Antón</hi>: la expresión debe de hacer referencia al
              antiguo hospital de san Antonio Abad ¿fundado? por la Orden hospitalaria de san Antón.
              Hoy es la sede de la Hermandad de la Santa Cruz de Jerusalén, vulgo <hi rend="i">El
                Silencio</hi>. La Casa-albergue de san Antón se creó probablemente en el reinado de
              Alfonso X para los enfermos del «fuego sacro» o ergotismo. La documentación más
              antigua sobre su funcionamiento efectivo data de 1366. Dependía del convento de
              Castrojeriz, de la orden de San Antonio Abad en el arzobispado de Burgos, cuya
              encomienda comprendió Castilla y Andalucía. Juan Ignacio Carmona [2005: 154] señala
              que se tienen pocas noticias de la Casa de San Antón en Sevilla porque su actividad no
              debió de ser muy intensa. Se ha conservado un informe de 1583 que recoge la finalidad
              asistencial del establecimiento. En él se indica que había catorce camas a disposición
              de los tullidos («mancos de pies y manos»); estos podían contar con cama y sustento.
              Véase también Carmona (1979). Volver a la nota <ref xml:id="ref4" target="ref3"
                >supra</ref></note>, que, no teniendo manos para obrar, tienen boca para hablar<note
              place="bottom"> En el prólogo del <hi rend="i">Quijote</hi> de Alonso Fernández de
              Avellaneda hay una expresión análoga para acusar a Cervantes de que posee más aptitud
              para murmurar que para obrar: «Y hablando tanto de todos, hemos de decir de él que,
              como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos»
              (Fernández de Avellaneda 2014: 7).</note>. Antes, como su discípulo del señor don
            Luis, se aprovecha de sus frases y locuciones y modos de decir, aunque adulterados y mal
            injertos, <pb n="f. 253r"/> y, al fin, usurpados, y así ha parecido a hombres doctos y
            de buen sentir que es la más mala poesía y composición que ha salido a vista de
              oficiales<note place="bottom"> Aquí con el sentido de ‘perito o experto’; así, en la
              lengua de la época, el <hi rend="i">oficial eclesiástico</hi> era quien sabía de las
              causas contenciosas en las audiencias eclesiásticas.</note>. Paréceme vuestra merced a
            un cosmógrafo que leía en Sevilla en las casas de cabildo, con salario de la ciudad, el
            arte de navegar a las Indias. Decía bien las distancias, los bajíos<note place="bottom">
              <hi rend="i">bajíos</hi>: ‘las elevaciones del terreno formadas en el fondo de los
              mares, ríos o lagos’.</note> y<note type="app" rend="I"> y <hi rend="i">GCA</hi> : el
                <hi rend="i">P</hi> [En <hi rend="i">GCA</hi> la conjunción <hi rend="i">e</hi>, que
              se ha moderniado.</note> modo de entender y ajustar<note type="app" rend="I">
              ajustar : justar <hi rend="i">GP</hi> juntar <hi rend="i">A</hi> [Enmendamos porque
              los significados de <hi rend="i">justar</hi> (‘participar en las justas y torneos’) y
              de <hi rend="i">juntar</hi> no se corresponden con el contexto. La ballestilla llevaba
              una <hi rend="i">brújula</hi> (<hi rend="i">Cov.</hi>: «Propiamente es el agujerito de
              la puntería de la escopeta […] lo mesmo tienen algunos instrumentos matemáticos, como
              el astrolabio, la ballestilla y el báculo astronómico») o mirilla circular que servía
              para dirigir visuales y que había de ajustarse.</note> la aguja<note place="bottom">
              <hi rend="i">aguja</hi>: ‘brújula o aguja de marear’.</note> y ballestilla<note
              place="bottom">
              <hi rend="i">ballestilla</hi>: ‘instrumento que se usaba para tomar la altura de los
              astros’.</note>. Y<note type="app" rend="I"> y <hi rend="i">GC : om. AP</hi></note> el
            que ultimadamente<note place="bottom">
              <hi rend="i">ultimadamente</hi>: ‘últimamente’.</note> parecía<note place="bottom">
              <hi rend="i">parecía</hi>: ‘aparecía, se presentaba’.</note> hablando científicamente,
            como si todo lo hubiera andado y medido a palmos y visto por vista de ojos,<note
              type="app" rend="I"><hi rend="i">om. AP</hi> : y <hi rend="i">GC</hi> [La conjunción
              copulativa parece error por atracción de la palabra en la misma perícopa. </note> y
            preguntándole en mi presencia un piloto que si le encargasen una nao para ir a las
            Indias, si nos llevaría a ellas sin errar, respondió que no; porque él lo sabía para
            poderlo decir en teórica, y que no se atrevería ni sabría ponerlo en práctica. Así sus
            razones de vuestra merced, por lo que le tengo dicho, <hi rend="i">quia loqui facile,
              praestare</hi><note type="app" rend="I"><hi rend="i">praestare difficile : prestare
                dificile GCAP</hi></note><hi rend="i"> difficile</hi>. Y bien se le ha echado de ver
            en el negro<note place="bottom"> «negro» por ‘oscuro’. La oscuridad fue el eje de los
              ataques que recibió el <hi rend="i">Orfeo</hi> (Madrid: Juan González, 1624). Su
              publicación en el verano de 1624 desató las burlas de los adversarios de Jáuregui que
              vieron en las octavas de la fábula mitológica los efectos de la seducción del
              gongorismo y la renuncia a los principios estéticos que había defendido en el <hi
                rend="i">Antídoto</hi> primero y en el <hi rend="i">Discurso poético</hi>
              (1624_discurso-poético) el mismo año de 1624. El retruécano de un anónimo censor del
                <hi rend="i">Orfeo</hi> resumió los reproches que cayeron sobre el poema: «O enseñad
              como escribís / o escribid como enseñáis» (Urríes, 1899: 39). Todo apunta a que el
              propio Góngora participó en aquella ceremonia de desagravios contra Jáuregui con el
              soneto «Es el Orfeo del señor don Juan», según recogen algunos de los mejores
              manuscritos gongorinos.</note>
            <title>Orfeo</title>. Un estudiante<note place="bottom"> Hace referencia a Juan Pérez de
              Montalbán, quien firma el <hi rend="i">Orfeo en lengua castellana</hi> (Madrid, 1624).
              Lope alude en el <hi rend="i">Anti-Jáuregui</hi> a los éxitos que Pérez de Montalbán
              había obtenido en competencia con Jáuregui en el certamen poético <hi rend="i">que
                hizo la insigne villa de Madrid al biennaventurado San Isidro…</hi> (Madrid, 1622),
              y el organizado por el Colegio Imperial por la canonización de San Ignacio y San
              Francisco Javier. La noticia de esa rivalidad fue recogida por Iglesias Feijoo (1983)
              y desarrollada por Montero (2008: 191-195). Laplana Gil (1996) planteó fundadamente
              que la rivalidad entre Jáuregui y Lope había que retrotraerla a episodios anteriores a
              la publicación de los <hi rend="i">Orfeos</hi>. En esos episodios estuvo entrometido
              el joven Pérez de Montalbán: Laplana señala como hitos las dedicatorias (compuestas
              entre abril y junio de 1624) a seis de las ocho comedias contenidas en los <hi
                rend="i">Sucesos y prodigios de amor</hi> de Montalbán (Madrid, 1624). En esas
              dedicatorias arremete este contra los enemigos declarados del Fénix: «creo que puede
              identificarse a Diego de Colmenares y, con precauciones, al propio Jáuregui» (Laplana,
              1996: 95).</note>, y no de mucho nombre, afrentado y aun corrido de ver su
              <title>Orfeo</title> de vuestra merced, hizo otro<note place="bottom"> Hace referencia
              al <hi rend="i">Orfeo en lengua castellana</hi> (Madrid, 1624), que había visto la luz
              pocos días después del de Jáuregui, bajo la autoría del discípulo de Lope Juan Pérez
              de Montalbán. Desde su publicación fue un secreto a voces que el «padre disimulado»
              (Montero, 2008: 181) del <hi rend="i">Orfeo</hi> “inteligible” había sido Lope. Los
              preliminares a esa réplica constituyeron un manifiesto estético de los <hi rend="i"
                >llanos</hi> liderados por el propio Lope de Vega. Para la difusión de los dos <hi
                rend="i">Orfeo</hi>, la autoría del <hi rend="i">Orfeo en lengua castellana</hi> y
              la polémica entre Lope y Jáuregui en el contexto de la polémica gongorina véanse Rico
              García (1996 y 2001) y Daza Somoano (2011). Para el análisis de las causas y
              consecuencias de la rivalidad entre Jáuregui y Lope es imprescindible el ejemplar
              trabajo de Montero (2008).</note>, y es tanto<note type="app" rend="I"> tanto <hi
                rend="i">GCP</hi> : estando <hi rend="i">A</hi></note> mejor que el de vuestra
            merced como de blanco a prieto<note place="bottom">
              <hi rend="i">prieto</hi>: ‘oscuro, casi negro’.</note>. Y pues en esto<note type="app"
              rend="I"> [Los tres testimonios traen «este». Enmendamos con el pronombre neutro y
              anafórico «esto», aunque probablemente el copista de <hi rend="i">G</hi> omitió el
              sustantivo que aparecía determinado por el demostrativo masculino singular
              «este».</note> lo han puesto a vuestra merced sus obras, no trate de hacer más, que no
            granjea opinión. Y por ser esta la mía y porque más en particular oirá de su
              derecho<note type="app" rend="I"> derecho <hi rend="i">GCP</hi> : oído <hi rend="i"
                >A</hi></note> en el <title>Examen</title> del señor don<note type="app" rend="I">
              señor Don <hi rend="i">G</hi> : S.<hi rend="sup">r</hi> D.<hi rend="sup">n</hi>
              <hi rend="i">CA</hi> Sr. don <hi rend="i">P</hi></note>
            <persName type="polemist" key="Fernández de Córdoba, Francisco">Francisco</persName> que
            aquí se sigue<note place="bottom"> En efecto, en el BNE, ms. 3726 la obra que sigue en
              el f. 252v es el <hi rend="i">Examen del «Antídoto»</hi> de Francisco Fernández de
              Córdoba. Igualmente, en el BNE, ms. 5566, que es copia del BNE, ms. 3726, el <hi
                rend="i">Examen del «Antídoto»</hi> aparece a continuación, en la página
            329.</note>. Dios le guarde.</p>
        </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
