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      <titleStmt>
        <title>Vida y escritos de don Luis de Góngora</title>
        <author key="Paravicino, Fray Hortensio Félix">Fray Hortensio Félix Paravicino</author>
        <editor>Adrián Izquierdo</editor>
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      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
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          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
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          <name>Jaime Galbarro</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
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          <name>Felipe Joannon</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
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      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1628_vida-chacon</idno><date when="2018"/>
        <availability status="restricted">
          <licence target="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/"
            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
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      </publicationStmt>
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        <bibl>BNE, ms. RES/45(1), v.1: IIIr-Vr</bibl>
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      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
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        <date when="1628"/>
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      <langUsage>
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  <text>
    <!-- 
      <p>Datos bibliográficos</p>
        <table>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Adrián IZQUIERDO</p>
              <p rend="noindent"/>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Fray Hortensio Félix PARAVICINO (Madrid, 1580 - Madrid, 1633)</p>
              <p rend="noindent"/>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Destinatario / dedicatario</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Preliminares del manuscrito Chacón.</p>
              <p rend="noindent"/>
              <p rend="noindent i"/>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">
                <hi rend="i">Vida y escritos de don Luis de Góngora.</hi>
              </p>
              <p rend="noindent i"/>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">1628 (entre junio y diciembre de 1628)</p>
              <p rend="noindent"/>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Biblioteca Nacional de Madrid, ms. Reserva 45 («Manuscrito Chacón»), vol. I, f. 2v-4v.</p>
              <p rend="noindent"/>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Foulché-Delbosc (1915)</p>
              <p rend="noindent"/>
              <p rend="noindent">Foulché-Delbosc (1921)</p>
              <p rend="noindent"/>
              <p rend="noindent">Oliver (1996).<seg rend="internetlink"> </seg></p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">No</p>
              <p rend="noindent"/>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Indirectas</p>
              <p rend="noindent"/>
            </cell>
          </row>
        </table>
    -->
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. [Título] La primera biografía de Góngora</head>
          <p>Un año y unos meses después de la muerte de Góngora el 23 de mayo de 1627, don Antonio
            Chacón Ponce de León, señor de Polvoranca, obsequia al todopoderoso valido de Felipe IV,
            el conde duque de Olivares, con un exquisito manuscrito en tres tomos, copiado en vitela
            con hermosa caligrafía, que contenía las <hi rend="i">Obras de don Luis de Góngora.</hi>
            En sus preliminares, junto a la dedicatoria al ministro y un retrato del poeta, figuraba
            un breve texto encomiástico titulado «Vida y escritos de don Luis de Góngora».</p>
          <p>Con el término de «vida» inserta su autor el texto en la venerable tradición del género
            historiográfico de las <hi rend="i">vitae</hi> que, en las letras clásicas, medievales y
            renacentistas europeas, mantuvo una fuerte presencia desde los textos biográficos
            griegos y latinos de Plutarco, Cornelio Nepote, Suetonio o Diógenes Laercio, pasando por
            las vidas de santos y los <hi rend="i">accessus ad autores</hi> medievales, hasta las
            colecciones de vidas de poetas y artistas ilustres del humanismo italiano de los siglos
            XIV, XV y XVI.</p>
          <p>El desarrollo del género humanístico de las <hi rend="i">vitae poetarum</hi> está
            ligado a nombres tan canónicos como Boccaccio, autor de las <hi rend="i">vitae</hi> de
            Petrarca (<hi rend="i">De vita et moribus Domini Francisci Petracchi, ca</hi>. 1341) y
            de Dante (<hi rend="i">Trattatello in laude di Dante, ca.</hi> 1351) y el propio
            Petrarca, con su colección <hi rend="i">De viris illustribus, ca.</hi> 1337. Estos
            primeros rebrotes del género, a manos de los más tempranos humanistas, recuperan gran
            parte de los <hi rend="i">topoi</hi> de la Antigüedad, en particular la defensa de la
            poesía como inspiración divina, presentes en textos de Platón (<hi rend="i">Fedro,
              Ión</hi>) y Cicerón (<hi rend="i">Pro Achria Poeta</hi>), así como los conocidos
            preceptos retóricos del uso del <hi rend="i">exemplum.</hi> Fueron también hitos en la
            Italia del Trecento y Quattrocento las múltiples <hi rend="i">vitae Homeri</hi>: las
            escritas por Pier Candido Decembrio, Dante y Boccaccio; o las de Petrarca compuestas,
            además de por Boccaccio, por Filippo Villani, Giovanni Villani, Leonardo Bruni y
            Gianozzo Manetti. Las colecciones neolatinas como las de Siconi Polentoni, <hi rend="i"
              >Epithoma in vitas scriptorium illustrium latinae linguae</hi> (1437); o la de poetas
            griegos y romanos de Lilio Gregorio Giraldi, <hi rend="i">De historia Poetarum</hi>
            (1545), de la que sabemos que fue lectura de Quevedo, fueron también hitos importantes
            de este practicado género humanístico.</p>
          <p>Si hoy nos servimos del término de ‘biografía’ para referirnos a estos textos
            renacentistas, somos conscientes de su anacronismo ya que este no se empezó a utilizar
            hasta finales del siglo XVII en las lenguas vernáculas europeas<note place="bottom"
              >Véanse al respecto Madelénat (1984), Mayer y Woolf (1995) y Weiss (2010).</note>.
            Como lo atestiguan, por ejemplo, la <hi rend="i">Vita Homeri</hi> de Pier Candido
            Decembrio, o la <hi rend="i">Vita Dantis</hi> de Gianozzo Manetti, lo más común entonces
            fue la etiqueta genérica de <hi rend="i">vita</hi>. Uno de los más tempranos ejemplos de
            dicho marbete en las letras españolas aparece, por influjo de Italia, en una traducción
            anónima de la vida de Petrarca de Leonardo Bruni (<hi rend="i">Vite di Dante e
              Petrarca</hi>, 1436) titulada en la versión española <hi rend="i">La vida de miçer
              Francisco Petrarca</hi> (ms. 10171 de la BNE). Las galerías de retratos de Fernán
            Pérez de Guzmán (<hi rend="i">Generaciones y semblanzas)</hi> y de Hernando del Pulgar
              (<hi rend="i">Libro de los claros varones de Castilla)</hi>, compuestas en la segunda
            mitad del XV, junto con <hi rend="i">La vida y excelentes dichos de los más sabios
              filósofos que hubo en este mundo</hi> (1516) de Hernando Díaz, marcan el desarrollo
            del género en España a finales del medioevo y principios del Renacimiento.</p>
          <p>Sin embargo, habría que señalar que, a pesar del auge que tuvo este género
            historiográfico en la Europa renacentista, las vidas de poetas contemporáneos no abundan
            en las letras españolas del periodo. Del millar de obras biográficas publicadas en los
            siglos XVI y XVII recogidas por José Simón Díaz, ochocientos ochenta y cinco pertenecen
            a religiosos, ciento trece a políticos y militares y solo una a un escritor
            contemporáneo: la de Quevedo, por Pablo Antonio de Tarsia, que fue publicada en 1663 en
            Nápoles, en ambiente más italiano que español <note place="bottom">Simón Díaz (1985) y
              (1988). </note>. El breve corpus de alrededor de una decena de textos biográficos
            recogido por Anne Cayuela en los paratextos de obras de ficción en prosa, poesía y
            teatro en los siglos XVI y XVII viene a completar este panorama, con las <hi rend="i"
              >vitae</hi> de Ausiàs March (1562), Garcilaso de la Vega (1580), Francisco Figueroa
            (1625), Luis de Góngora (1628), Lope de Vega (1636), Luis de Camõens (1639) y Calderón
            de la Barca (1684), entre otros<note place="bottom">Cayuela (2012). </note>.</p>
          <p>La biografía objeto de este estudio, la «Vida y escritos de don Luis de Góngora», por
            lo tanto, forma parte de una práctica editorial de antigua raigambre que completaba la
            edición de la obra de los grandes poetas (o el comentario a dicha obra, como sucede con
            las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> de Pellicer<note place="bottom">Ver
              «Cronología», en (1630_vida_mayor).</note>) con un retrato y una biografía. Heredero
            de los esquemas de composición de las <hi rend="i">vitae</hi> y conocedor de los
            resortes con que se renovó la tradición, el autor del breve texto que nos ocupa estaría
            midiendo fuerzas con los modelos del pasado para elevar a Góngora a la cúspide de los
            poetas más acreditados y proponerlo como ejemplo moral y literario digno de
            imitación.</p>
          <p>Esta semblanza ha sido tradicionalmente llamada por la crítica «vida menor» desde que
            en 1916 Alfonso Reyes la bautizó así para distinguirla de la «Vida de don Luis de
            Góngora. Por don Joseph Pellicer de Salas», a la que denominó «vida mayor»<note
              place="bottom">Reyes (1958: 30-58) Esta «vida mayor» (1630_vida_mayor) también lleva
              el título de «Vida y escritos de don Luis de Góngora. Defensa de su estilo por don
              Joseph Pellicer Salas y Tovar» en los preliminares de las <hi rend="i">Lecciones
                solemnes</hi>. Ver la edición de dicha obra en (1630_vida_mayor).</note>. Existe,
            además, una versión con interpolaciones que lleva igual título: «Vida y escritos de don
            Luis de Góngora», que se publicó por primera vez en los preliminares de <hi rend="i"
              >Todas las obras de don Luis de Góngora</hi> compiladas por Gonzalo de Hoces y Córdoba
            en 1633 (véase nuestra edición).</p>
          <p>A modo de resumen recogemos a continuación los títulos y localización de las <hi
              rend="i">vitae</hi> mencionadas:</p>
          <p> – «Vida y escritos de don Luis de Góngora» en el manuscrito Chacón (atribuida con
            buenas razones a Hortensio Félix Paravicino).</p>
          <p> – «Vida de don Luis de Góngora. Por don Joseph Pellicer de Salas» en el BNE, ms. 3918
            (llamada «Vida y escritos de don Luis de Góngora. Defensa de su estilo por don Joseph
            Pellicer Salas y Tovar» en los preliminares de las <hi rend="i">Lecciones
            solemnes</hi>).</p>
          <p> – «Vida y escritos de don Luis de Góngora» de las ediciones de Góngora que derivan de
            la de Gonzalo de Hoces (Madrid 1633) que para todos los efectos es la <hi rend="i"
              >princeps</hi> de la obra completa de Góngora. La vida en cuestión es designada por
            Pellicer en su <hi rend="i">Bibliotheca</hi> «Vida de don Luis de Góngora y Argote.
            Príncipe de los poetas líricos».</p>

          <p>Estas diferentes «Vidas», emparentadas entre sí, son indisociables del conjunto de
            discursos de defensa salidos del círculo de amigos y apologistas de Góngora cuyo
            designio fundamental era, más que ofrecer detalles vivenciales del hombre, encomiar al
            excelso poeta celebrando la grandeza de sus escritos, así como defender su estilo y
            arremeter contra los detractores y calumniadores de su obra.</p>
        </div>
        <div>
          <head>2. [Autor] Paravicino y Góngora: «Rinda pues al mayor, el menor culto…»<note
              place="bottom">Del soneto de Paravicino «A don Luis de Góngora» (Paravicino, 2002:
              173).</note></head>
          <p>La autoría de la «Vida y escritos de don Luis de Góngora» no ha quedado aclarada hasta
            hace muy poco, y ello gracias a la sagacidad de Luis Iglesias Feijoo, quien encontró una
            serie de cartas en el manuscrito que lleva la signatura 9/5770 de la Real Academia de la
            Historia de Madrid. De dicho conjunto epistolar se desprende que fue compuesta por fray
            Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, el gran predicador real de Felipe III y Felipe IV,
            amigo y albacea de Góngora<note place="bottom">Para la biografía de Paravicino, seguimos
              a Alarcos (1937) y en particular a su gran estudioso, Francis Cerdan (1978), (2000),
              (2010a) y (2010b).</note>. Que es Paravicino el autor de esta primera biografía del
            poeta se verifica, además, en la <hi rend="i">vita</hi> escrita por José de Pellicer y
            Tovar que editamos también en el marco de este proyecto, en la que el aragonés alude al
            trinitario en términos velados, confirmando los hallazgos del profesor Iglesias
              Feijoo<note place="bottom">Iglesias Feijoo (1983)</note>.</p>
          <p>Casi veinte años menor que su amigo andaluz, Hortensio Félix Paravicino, hijo ilegítimo
            de un noble milanés y de una española noble natural de Guipúzcoa, nació en Madrid y
            recibió una esmerada educación en el Colegio de la Compañía de Jesús de Ocaña, luego en
            el Convento-Universidad Santo Tomás de Ávila (donde se graduó de Maestro de Teología) y
            finalmente en la Universidad de Salamanca. De esta última dejará sentidos elogios tanto
            en esta <hi rend="i">vita</hi> como en varios de sus sermones<note place="bottom">Cfr.
              nota 8 (1628_vida_chacon).</note>. Muchos de sus contemporáneos, entre ellos Lope de
            Vega, celebraron su precocidad intelectual y su conocimiento de la lengua latina<note
              place="bottom">Véase, por ejemplo, el comentario de fray Cristóbal de Torre y los
              versos de Lope de Vega en su <hi rend="i">Égloga en la muerte del reverendo P. M. fray
                Hortensio Paravicino</hi> «…cuando padres y deudos se admiraron/ de ver que un niño
              el latín leía /lo que muchos ortógrafos erraron» (Reyes 1918: 294-295).</note>.
            Comenzó a escribir poesía desde muy joven y siete de sus textos, los primeros de que
            tengamos noticia, fueron premiados en la justa poética celebrada en la Universidad de
            Salamanca en 1598 para honrar la memoria del recién fallecido Felipe II, en la que llegó
            a compartir premio con Bartolomé Leonardo de Argensola. «Maestro en Sacra Teología a los
            dieciocho abriles de su primavera erudita»<note place="bottom">«A don Antonio Messia de
              Tovar y Paz», (<title>Pellicer</title> 1634: A3r). </note>, como lo describiera
            Pellicer, en 1599 ingresó en la orden trinitaria y profesó al año siguiente en el
            convento de Salamanca. Tomó el hábito de los trinitarios descalzos en 1605 y fijó su
            residencia en la Santísima Trinidad de Madrid, lugar en el que iba a residir hasta su
            muerte. Ejerció también como censor de libros y, a lo largo de sus más de veintisiete
            años como predicador cortesano, se codeó con los hombres de letras más importantes del
            momento, integrándose en el grupo que giraba en torno a Lope de Vega y participando en
            las academias y justas literarias de las primeras décadas del siglo<note place="bottom"
              >Participa, por ejemplo, en la Academia poética reunida por el conde de Saldaña en
              1611 con motivo de la muerte de la reina Margarita de Austria; en las fiestas
              organizadas en Toledo en 1616 para la inauguración de la Capilla de la Virgen del
              Sagrario; en los festejos de la dedicación de la iglesia de San Pedro, en 1617,
              patrocinados por Duque de Lerma; y en el jurado de la justa poética organizada en 1620
              para la beatificación de san Isidro labrador, del cual fue fiscal Lope de Vega (Cerdan
              1978: 45).</note>. De 1609, cuando tenía veintinueve años, data su más conocido
            retrato realizado por El Greco, de los dos que le hizo el pintor; es muy probable que
            ese mismo año también conociera y trabara profunda amistad con Góngora durante la
            estancia de este último en Madrid, «a pesar de los diez y nueve años que los
              separaban»<note place="bottom">Artigas (1925: 111-113) y Cerdan (1978:
            44).</note>.</p>
          <p>En 1617, un año después de haber sido elegido superior de su convento, y gracias al
            gran talento oratorio que le había granjeado la fama y el aplauso público, Felipe III lo
            nombra predicador real. Su amigo Pellicer, que le dedica la <hi rend="i">Argenis
              continuada</hi>, lo compara con lo mejor de la oratoria clásica y cristiana llamándolo
            «el Crisóstomo de este siglo, el Quintiliano mejor, el Demóstenes cristiano, el orador
            real, ocupación o fatiga de la fama»<note place="bottom">«Al doctísimo y reverendísimo
              P.M.F. Hortensio Félix Paravicino», (Pellicer 1626: f. ¶2r).</note>. De lo novedoso de
            sus prédicas como fenómeno social del momento son muchos los testimonios de sus
            contemporáneos, como el que dejara Cassiano dal Pozzo, secretario del cardenal legado
            Francesco Barberini, durante la conocida visita madrileña del prelado italiano en 1626.
            Apunta dal Pozzo, en relación con la misa del cardenal en el convento de la Trinidad,
            que allí «predicó un padre de estos dicho el P. Hortensio, estimado grandemente tanto
            por la elocuencia, como por la novedad de los conceptos y sutileza de doctrina»<note
              place="bottom">Simón Díaz (1980: 183) y Portús (1996: 77).</note>. Parece ser que,
            admirados por los despliegues retóricos de fray Hortensio, unas semanas más tarde el
            mismo cardenal,</p>
          <quote>…después de una visita pública a las Descalzas, despidió a todo su séquito y subió
            en la carroza con Filomarino y Pozzo, mandó a correr las cortinillas y sin decir a nadie
            donde iba, se dirigió a casa de la duquesa viuda de Pastrana, con objeto de escuchar
            desde su oratorio, que daba a la iglesia de los trinitarios, un sermón de
              Paravicino.<note place="bottom">Simón Díaz (1980: 183).</note></quote>
          <p>Pero no solo los extranjeros quedaban prendados de sus sutilezas oratorias; también el
            conde-duque de Olivares, a quien conocía desde sus años estudiantiles en Salamanca, era
            asiduo oyente de sus sermones. Cerdan, su principal estudioso, ha destacado la
            inteligencia y capacidad del trinitario para manejarse entre el «rigor austero de su
            orden mendicante y la mundanidad de la vida cortesana»<note place="bottom">Paravicino
              (1994: 9).</note>, cultivando, además, buenas relaciones con escritores que en
            aquellos momentos tomaban posturas a favor o en contra de la poesía de Góngora: Lope de
            Vega, Francisco de Quevedo, José de Pellicer y Tovar, Juan de Jáuregui, Alonso Jerónimo
            de Salas de Barbadillo, Antonio de Solís y Anastasio Pantaleón de Ribera, entre otros.
            Caso aparte es el encontronazo que tuvo con Calderón de la Barca por los meses en que
            escribe la biografía de Góngora que nos ocupa, punto al que volveremos más adelante.</p>
          <p>Su celebridad le granjeó punzantes críticas, y los sonetos o epigramas contra los
            oradores en boga iban en ocasiones dirigidos al estilo que él empleaba en la oratoria
              sagrada<note place="bottom">Cerdan (1978:46).</note>. Poco dado a imprimir sus obras,
            ya fuesen profanas o religiosas, —nos cuenta Cerdan— casi de mal grado dio algunos
            escritos a la estampa a petición del rey o de algún grande<note place="bottom">Cerdan
              (2010b: 32). </note>. Y fue a raíz de la publicación de su <hi rend="i">Panegírico
              funeral de Felipe III</hi> en 1625 (unos años antes, en 1621, había sacado unos
            «Epitafios» o «Elogios funerales»), cuando recibió uno de los mayores ataques de su
            carrera, el conocido como la <hi rend="i">Censura anónima</hi>. Curiosamente, Jáuregui,
            encarnizado crítico del estilo gongorino, rompió lanzas por el religioso con su <hi
              rend="i">Apología por la verdad</hi> (Madrid: Juan Delgado, 1625)<note place="bottom"
              >(Cerdan, 2010a). Dada por perdida, María Teresa Cacho la descubrió en un manuscrito
              en la Biblioteca Universitaria Estense de Módena. Véase Cerdan (2007) y (2010a).
              Comenta este estudioso que Góngora, Paravicino y Jáuregui habían participado en una
              justa poética en 1614 a la que no acudieron ni Lope ni sus amigos, y que la relación
              entre Lope, Jáuregui y los críticos del estilo gongorino se agudizará a partir de 1625
              (Cerdan 1994b: 200-201).</note>.</p>
          <p>Compuso numerosos poemas, sermones y una comedia, <hi rend="i">La Gridonia</hi>, o<hi
              rend="i"> Cielo de amor vengado</hi>, que se representó en los jardines de Aranjuez en
            1622. Además de la afinidad estética entre Góngora y Paravicino que plantea Pellicer en
            su edición de las <hi rend="i">Obras de Anastasio Pantaleón de Ribera</hi><note
              place="bottom">Aunque sale en 1634, la edición de las <hi rend="i">Obras de Anastasio
                Pantaleón de Ribera</hi> (Madrid: Francisco Martínez, 1634) en que intervino
              Pellicer estaba lista en 1631.</note>, donde presenta al predicador y a Góngora como
            fuentes de inspiración igualmente excelsas para el malogrado poeta cuyas obras edita, el
            humanista zaragozano deja constancia del cenáculo intelectual que se reunía en torno al
            religioso en su celda-biblioteca de la Santísima Trinidad de Madrid. Esta se convirtió
            en el punto de encuentro de Góngora y de muchos seguidores de la poesía culta, en «aula
            viva donde los jóvenes poetas se embebían del nuevo estilo para proclamar al Píndaro
            andaluz como príncipe de la poesía castellana…»<note place="bottom">Oliver (1995b: 28,
              n. 12). Entre los asistentes a la «tertulia» de Paravicino mencionados por Oliver
              estaban fray Francisco Boil, Andrés Fernández de Hipenca, el padre Juan Luis de la
              Cerda, los hermanos Gaspar y Nicolás Dávila, Jerónimo Villaizán, Juan Tamayo de
              Salazar y Luis Pacheco de Narváez (Oliver 1995b: 34, n. 23) que, a decir verdad, no
              está claro que fueran todos partidarios de Góngora.</note>:</p>
          <quote>Frecuentó [Pantaleón de Ribera] algunos tiempos la celda (bien como pudiera la de
            Augustino o Crisóstomo en su edad) del más grave y más docto varón que ya ilustró
            nuestra nación, siendo el primero que introdujo a las tinieblas de la elocuencia
            española las luces griegas y latinas, de cuyos colores retóricos mal pueden juzgar los
            ciegos en ambos dialectos, peor alumbrados aun en el suyo. Salió tan aprovechado de este
            estudio, como lo quedaron todos los que comunicaron al grande Hortensio Félix
            Paravicino, que no consintió ni afectó fiar su noticia de sus señas, sino que se fue la
            pluma a su nombre. Al grande Hortensio digo, que hoy en erudición más quieta y en más
            sosegada noticia, reposa libre de la vanidad y la emulación caduca, empezando, cuando él
            muere, a ser su sepulcro tres mundos, su lámina cuatro mares, su epitafio once esferas y
            su trompa muchos siglos. Habiendo asistido Anastasio al orador más célebre de este
            siglo, comunicó al mayor poeta, bebiéndole a don Luis de Góngora el espíritu y el
              estilo<note place="bottom">Pantaleón de Ribera, <hi rend="i">Obras</hi> Madrid:
              Francisco Martínez, 1634, f. B1v-B2r.</note>.</quote>
          <p>Según Pellicer, Paravicino habría precedido a Góngora en el empleo del lenguaje culto.
            Así lo declara en la llamada «Vida mayor»<note place="bottom">(1630_vida_mayor).</note>
            y también, como observó Alfonso Reyes, en un pasaje de las <hi rend="i">Lecciones
              solemnes</hi> que fue eliminado en la mayor parte de los ejemplares en el curso de la
            impresión, en una operación de censura motivada «sin duda por el deseo del fraile de
            borrar en todo lo posible cualquier rasgo de vanidad»<note place="bottom">Reyes (1958:
              124).</note>. Dicha sección, que solo se conserva en unos pocos ejemplares, se
            introducía al comentar Pellicer la estrofa VIII del <hi rend="i">Polifemo</hi>, verso 5,
            col. 60<note place="bottom">Reyes (1958: 116-130).</note>:</p>
          <quote>Pues el docto reverendo padre maestro fray Hortensio Félix Paravicino (séame lícito
            citar aquí rasgos poéticos de mi grande y mayor maestro…) […] en su Himno al amanecer,
            que dedicó a don Luis, amigo grande suyo, y tanto que le escuché de su boca decir que el
            estilo nuevo de escribir don Luis tan fuera de lo común en verso, y tan superior a todos
            los que hoy poetizan, se le debió a la singular elocuencia del maestro Hortensio, en que
            aventaja a los de nuestro siglo y que, a imitación suya en la oratoria, determinó don
            Luis tomar rumbo distinto de todos en la poética, que consiguió con felicidad
            tanta.</quote>
          <p>Este elogio de Pellicer a Paravicino se sustituye por una prolija descripción de
            Sicilia, que, a diferencia del comprometedor fragmento, es, en palabras de Reyes,
            indiferente. El estudioso nos recuerda, además, que en la <hi rend="i">Fama,
              exclamación, túmulo y epitafio…</hi>, que el zaragozano escribió a título de honras
            fúnebres de Paravicino, no figura ya la cuestión de precedencia o influencia del fraile
            en el poeta andaluz<note place="bottom">Reyes (1958: 124).</note>.</p>
          <p>Para un adversario literario del poeta cordobés como Quevedo, quien en sus
            «Anotaciones» a la <hi rend="i">Retórica</hi> de Aristóteles compara con el filósofo
            Empédocles a los que visten con estilo oscuro sus ideas, haciéndolas ambiguas, la
            similitud de estilo colocaba a ambos escritores en igualdad de planos: «En esto le
            imitaron [a Empédocles] en España, profesándolo don Luis de Góngora y Hortensio»<note
              place="bottom"><hi rend="i"> Anotaciones de Quevedo a la Retórica de Aristóteles</hi>,
              edición de López Grigera (1998: 164-165).</note>. La cuestión de la afinidad
            estilística vuelve a aflorar en uno de los textos más tardíos de la polémica, el <hi
              rend="i">Apologético a favor de don Luis de Góngora</hi> de Espinosa Medrano, para
            quien el trinitario, sin embargo, fue quien imitó a Góngora: «No es de extrañar en
            Hortensio que le siga en prosa cuando siempre le imitó en verso […]. Hortensio en el
            tomo que anda de sus poesías demuestra bien cuánto se fatigó remedando aquellas
              ideas»<note place="bottom">(1662_apologetico). Véase el estudio y edición de este
              texto a cargo de Héctor Ruiz.</note>. Si para Espinosa Medrano el trinitario fue pobre
            imitador del andaluz en la poesía, llegó a ser, en el ámbito de la oratoria, el «Góngora
            de los declamadores».</p>
          <p>A pesar de las encontradas opiniones sobre la precedencia o influencia del uno en el
            otro, en su mayoría emitidas por ambos bandos de la polémica, lo que sí queda claro es
            que sus contemporáneos, tanto defensores como detractores, observaron en los dos
            escritores una misma singularidad estilística, una búsqueda de lo inusitado y
              brillante<note place="bottom">Para más detalles sobre esta afinidad, véase el trabajo
              de Mercedes Blanco, que examina «su práctica de la elocuencia sagrada como una
              actividad contigua y similar a la del poeta (2012c:30). </note>. Por otra parte, como
            ha destacado Mercedes Blanco, tanto Góngora como Paravicino, uno en la poesía y otro en
            el campo de la oratoria sagrada, eran conscientes de que su genio innovador los había
            llevado a concebir proyectos literarios paralelos<note place="bottom">(Blanco 2012c).
            </note>. Paravicino, sabedor de su originalidad, se compara con un Colón descubridor de
            tierras nuevas en la lengua castellana y se vanagloria de «la novedad de las oraciones
            fúnebres o panegíricos que en forma castellana perpetua he introducido»<note
              place="bottom">Como explica Cerdan, estas oraciones eran sermones que glosaban un tema
              bíblico y que dejaban el panegírico del difunto para el final. Paravicino concibe las
              oraciones fúnebres sin tema ni divisiones internas, haciendo el panegírico desde el
              principio de las mismas (Paravicino 1994: 223, n.11). Véase también Blanco
              (2012c).</note>. Esta singularidad, junto con quejas, por otra parte constantes en él,
            por los ataques que recibe (y que siempre achaca a la envidia), es abiertamente asumida
            y defendida en la carta-dedicatoria al cardenal infante don Fernando del <hi rend="i"
              >Panegírico funeral a la reina Doña Margarita de Austria</hi> (1628):</p>
          <quote>No fue temeridad y soberbia, sino curiosidad y ánimo el de Colón, ni inventó nuevos
            climas: hallólos. Haber hallado, después de tantos, algo nuevo en esta lengua (sea
            estrecho, nuevo mar es), a confesión de los que viven y murieron con amor de ella, no es
            formar otro idioma, sino venerar tanto el vulgar castellano nuestro, que os prometemos
            de él la sublimidad clásica de los otros<note place="bottom">(Paravicino 1994: 222) De
              la singularidad de que era consciente y de la envidia que despertó, dice así: «Alguna
                <hi rend="i">singularidad</hi> (no dice esta voz acierto, soledad dice) <hi rend="i"
                >de mis estudios y estilo</hi> comenzó a hacer no envidias, odios; gran culpa es
              desear saber más […] El sentimiento mayor de los que carecieron de este ingenio (si
              dichoso o infeliz, no sé determinarme), es <hi rend="i">contra la novedad de las
                oraciones fúnebres o panegíricos que en forma castellana perpetua he
                introducido</hi>. Y desde el nombre a los puntos, no hay coma (que llaman) que se
              huya a la acusación», (Paravicino 1994: 223). Véase también Herrero Salgado (2006: 41,
              80-81), de quien mantenemos el énfasis en la cita. Para la originalidad de la que
              Góngora era consciente, véase su «Carta respuesta»
            (1615_carta-góngora).</note>.</quote>
          <p>De la propia pluma del fraile en esta <hi rend="i">vita</hi> podemos inferir, además,
            que más que influir en el estilo del gran poeta, sus conversaciones, trato íntimo e
            intercambios con Góngora inclinaron a este último a dejar atrás temas y estilo de menor
            realce («o avisado de los asuntos, o escrupuloso del estilo menos grave en obras tan
            celebradas») y a orientar su pluma hacia la composición de sus obras mayores.</p>
          <p>Incitados por su parentesco estilístico y por su gran amistad con el andaluz, los
            enemigos del trinitario censuraron los artificios retóricos que utilizaba desde el
            púlpito, achacándolos a vanidad e histrionismo. De las críticas al ornamento excesivo y
            la oscuridad y afectación en la idea y la expresión, Paravicino se excusa, por ejemplo,
            en el sermón de <hi rend="i">Presentación de Nuestra Señora en la Capilla del Sagrario
              de la Catedral de Toledo</hi> (1616), arguyendo que su estilo era «natural a la pluma
            como a la lengua», o una «natural afectación» que intentaba mitigar<note place="bottom"
              >El jesuita Jerónimo de Florencia, predicador de la Capilla de Palacio y con quien
              Paravicino compartió los púlpitos madrileños, dice en alusión a su estilo, pero sin
              mencionarlo: «[…] por que algunos, predicando en romance, parece que predican en latín
              o en otra lengua que ni es latín ni romance, pues no se dexa entender de los que saben
              latín y romance. Esto llaman predicar a lo culto y yo lo llamo predicar a lo oculto…»
              (citado por Herrero Salgado 2006: 44). Véase también Herrero Salgado (2006: 40-44) y
              Blanco (2012c: 34-35).</note>. Vuelve a quejarse de tales críticas en las dos
            dedicatorias de su inédita <hi rend="i">Constancia cristiana</hi>: «…culpan de afectado
            mi estilo, y contra la experiencia de tantos años de púlpito, de cátedra, de pláticas
            comunes y de cartas familiares, quieren que sea cuidado y aliño humano la gracia que da
            el cielo»<note place="bottom"><p/><p>Cerdan (2006b: 211).</p></note>. De la malicia de
            los dardos que le lanzaban, que solía atribuir a la envidia —al igual que hará Pellicer
            por estos años ante sus detractores, por ejemplo, en la dedicatoria al fraile de su <hi
              rend="i">Argenis continuada</hi><note place="bottom">«Al cisne Paravicino. Afectos de
              don Joseph Pellicer de Salas», <hi rend="i">Argenis continuada</hi>, Madrid: Luis
              Sánchez, 1626. Cfr. También Pellicer, «Estudio», en (1630_vida_mayor). </note>— se
            lamentó el trinitario en muchos de sus escritos<note place="bottom">Véase el clásico
              estudio de Alarcos, (1937: 83-88) y los de Gates, (1938: 540-546); Green, (1959:
                418-419)<hi rend="i">;</hi> Cerdan (1978: 52-54) y (1993). Para fragmentos de
              algunos de sus sermones donde trata el tema de la envidia, Herrero Salgado (2006:
              40-57, 77).</note>. No es de extrañar entonces que escogiera para su escudete
            bibliográfico la imagen de una fuente coronada por un cisne (elemento de su escudo
            familiar) del que brota un chorro de agua que una mano intenta contener y, junto a ella,
            el emblema <hi rend="i">vires ab invidia</hi><note place="bottom">Cerdan (2006b,
              210-211). O sea: de la misma manera en que el agua brota y se expande con mayor fuerza
              cuando se la intenta detener con la mano, así cuando la envidia intenta detener la
              pujanza de un ingenio, no hace sino darle fuerzas (<hi rend="i">vires</hi>). </note>.
            Para Cerdan, la carta-dedicatoria al cardenal infante don Fernando antes citada es, en
            este sentido, una de las que mejor recoge este sentir:</p>
          <quote>No sé, Serenísimo Señor, si las [a las censuras] llame envidias, por no arrojarme
            más animoso, ni recibir más calor del que la humildad de criado y la modestia de un
            religioso deben creer a los rayos de V. A. De tantas censuras, pues, digo de palabras,
            de plumas, de prensas, de otras profesiones y la mía, hasta en los lugares obligados,
            como a más pública, a doctrina más sana, desatendí siempre […]. En este siglo, y más en
            nuestra nación, no hay tranquilidad de letras. La calma es borrascosa, el puerto se ha
            hecho escollo y naufragio el muelle<note place="bottom">Paravicino (1994: 222) y Herrero
              Salgado (2006: 80-81) Recordemos que también Pellicer dedica al cardenal infante don
              Fernando de Austria, tercero de los varones de Felipe III y hermano de Felipe IV, sus
                <hi rend="i">Lecciones solemnes.</hi></note>.</quote>
          <p>Algunos de esos ataques, como veremos, están vinculados con el ambiente en que se
            concibió esta <hi rend="i">vita</hi> y pueden ser la causa de que se incluyera en el
            manuscrito Chacón sin nombre de autor, aunque parece ser que la paternidad de la misma
            no era secreto para los más allegados de Góngora, como se puede deducir, por ejemplo, de
            los comentarios y alusiones de Pellicer en su «vida mayor» y del anónimo autor del <hi
              rend="i">Escrutinio</hi><note place="bottom">(1630_vida_mayor) y
              (1633_escrutinio).</note>. Según un testimonio de Lope de Vega, en carta de 1628 al
            poeta y secretario personal de Felipe IV, Antonio Hurtado de Mendoza, un desconocido
            habría arrojado por una ventana de su casa una piedra envuelta en un papel que contenía
            dos sonetos anónimos. Aunque no podemos garantizar que los poemas satíricos no fueran
            del propio Lope, la misiva alude al ambiente crítico del que Paravicino buscaba
            distanciarse: «[a]lgo está pacífico el enojo poético contra Hortensio», dice el Fénix
            antes de copiar en la carta uno de dichos sonetos<note place="bottom">Lope de Vega
              (1985: 271-272). </note>.</p>
          <p>La amistad de Góngora con fray Hortensio y su hermano Francisco, conde de Sangrá, se
            estrechó con su instalación en la Corte y floreció en los diez años que le quedaban de
            vida al poeta<note place="bottom">Las tres cartas que se conservan de Góngora al
              trinitario fechadas en 1623 y 1624 nos ofrecen una imagen de esa amistad. Véanse
              Jammes (1987: 287-288) y Salcedo Coronel (1645: 495-499).</note>. Además del soneto
            que le dedicó al predicador en 1620 —«Al Padre Maestro Hortensio, de una audacia del
            Padre Maestro Fray Luis de Aliaga, confesor del Señor Rey don Felipe IV»<note
              place="bottom">(OC331)</note>; y otro a ambos hermanos en 1623, «Sople rabiosamente
              conjurado»<note place="bottom">(OC393) Véanse también los comentarios de Salcedo
              Coronel (1645: 495-499). </note>,— como hemos dicho, designó al fraile uno de sus
            albaceas testamentarios.</p>
          <p>En las tres cartas de Góngora a Paravicino que nos han llegado, todas de finales de
            1623 y principios de 1624, si bien el gran poeta lo llama retóricamente «reverendísimo
            mío», «vuestra paternidad», «redentor de mis necesidades» y demás fórmulas epistolares y
            de respeto, se advierte una mutua simpatía y cariño anclados en una relación personal.
            En general, el poeta mayor y cansado se desahoga de sus penas y le comenta a su amigo, a
            raíz de la visita de este a Andalucía, los manjares que espera que allí le ofrezcan, los
            últimos sucesos de la capilla real, la muerte de la infanta, las iniquidades en que
            incurren los escritores y dramaturgos, su encuentro con Olivares, la adjudicación del
            ansiado hábito, sus «ahogos» pecuniarios e incomodidades por la falta de coche,
              etc.<note place="bottom">Cartas de 19 de dic. de 1623, 26 de dic. de 1623 y 20 feb. de
              1624.</note>. Le pide al trinitario que durante su viaje por el sur visite y honre a
            personajes de su Córdoba natal, le recuerda que cobre la cédula del recién otorgado
            hábito y llega a comentarle lo insufrible del invierno madrileño y de las inmundicias de
            las calles de la ciudad (incluso en una epístola familiar Góngora no puede evitar
            levantar un concepto y comparar la suciedad callejera con frutas cubiertas de azúcar
            diciendo que la nieve se hacía tolerable «por haber confitado las inmundicias de las
            calles»).</p>
          <p>Paravicino, por su parte, le dedicó a Góngora dos textos: el «Romance describiendo la
            noche y el día dirigido a don Luis de Góngora» y el soneto «Ya que obediente o a
            interior respeto». En el primero, que se abre en un tono descriptivo reminiscente de las
              <hi rend="i">Soledades</hi>, son patentes, como en la <hi rend="i">vita</hi> que nos
            ocupa, las referencias a la patria cordobesa del poeta, a la vena satírica heredada de
            Marcial y a algunos de los sinsabores que sufrió Góngora a inicios de la década de 1620.
            Para Cerdan, en las tres últimas estrofas del soneto citado, Paravicino «proclama la
            estrecha amistad que le vincula a Góngora como antes a Horacio con Virgilio y recalca
            que Góngora ha conocido disgustos respecto a su honra («viste anochecer honra») pero que
            esos disgustos han desaparecido y se han superado («que amanecer ves más pura»)<note
              place="bottom"><p/><p>Cerdan (1979a: 150).</p></note>. Estos sinsabores, según Cerdan,
            están relacionados con las sospechas acerca de la limpieza de sangre de su familia que
            volvieron a surgir al pedir el poeta un segundo hábito para otro de sus sobrinos.</p>
          <p>De la relación que unía a Paravicino con don Antonio Chacón, Señor de Polvoranca,
            sabemos poco, pero si tenemos en cuenta que la de Góngora y Chacón, surgida alrededor de
            1619 y bien afianzada hacia 1623, «nació tal vez como una alianza para conseguir el
            favor del poderoso Conde Duque»<note place="bottom">Sánchez Mariana (1991: x).</note>,
            no es de extrañar que con vistas a los preliminares del manuscrito que el señor de
            Polvoranca iba a ofrecer al privado para su rica biblioteca, la tarea de escribir la <hi
              rend="i">vita</hi> recayera sobre el famoso predicador real, amigo del poeta y
            depositario del favor del ministro.</p>
          <p>El gran predicador real falleció el 12 de diciembre de 1633, a punto de conseguir el
            ilustre obispado de Lérida. Tenía cincuenta y tres años y parece ser que en los últimos,
            tras «estudios forzosos y continuados por tantos años en esta Corte», como le expresa a
            Olivares en una de sus dedicatorias, los ataques y críticas habían ido haciendo mella en
            su salud<note place="bottom">Dice así el editor de sus <hi rend="i">Sermones</hi> en
              1766: «Una prolija enfermedad hipocondríaca de año y medio, complicada con falta de
              sueño, y dificultad de respiración, lo consumió. Atribuyéronla algunos a
              desabrimientos domésticos, otros a desaires áulicos…», (citado por Cerdan 1978:53).
              Véase igualmente Cerdan (1994c: 92-98). Al igual que escribe de Góngora, en la
              dedicatoria «A don Antonio Messia de Tovar y Paz», Pellicer (1634, f. A2r-A4v), hace
              múltiples referencias a la envidia y a las calumnias que sufrió el fraile en vida. De
              sus achaques, dice así el propio fray Hortensio en una dedicatoria a Olivares: «No me
              han dado lugar los estudios forzosos y continuados por tantos años en esta Corte, que
              me han bastado a hacer Decano de la Universidad de Salamanca y de la Capilla de
              Palacio, aunque alguna antigüedad en una y otra parte me lo pleiteen. A que se ha
              llegado falta de salud, ya en estos últimos años tan perpetua que se me acusa por
              afectación el hablar en ella, aun en lugares públicos, y no la quiero cometer en esta
              habla particular con Vuestra Excelencia». Como señala Cerdan (1994: 257), no exagera
              Paravicino en este sermón, ya que morirá seis meses más tarde. </note>. A su
            concurrido entierro asistieron el rey, la reina y numerosos grandes. Poetas amigos o
            admiradores, como Salas Barbadillo, Pantaleón de Ribera, Lope de Vega, Quevedo, entre
            otros, homenajearon con sinceras palabras al «ingenioso y cultamente elocuente
              Hortensio»<note place="bottom">En el Discurso LIV de la <hi rend="i">Agudeza y arte de
                ingenio</hi> (2001: 731). Vuelve a elogiarlo en el Discurso LXII llamándolo «el
              agradable Hortensio», que «juntó lo ingenioso del pensar con lo bizarro del decir»
              (2001: 794). </note>, como lo recordará Gracián años más tarde<note place="bottom">En
              la «Égloga a la muerte del padre fray Hortensio Félix Paravicino» Lope de Vega (1856:
              334) se lamenta de su muerte al tiempo que subraya las grandes cualidades del recién
              fallecido orador: «Partiose Hortensio, ¡oh lágrimas!, ¡oh muerte! / Hortensio, aquel
              florido / huerto del cielo, de tan variadas plantas /retóricas vestido, /que las
              humanas y las letras santas /fueron en su labor rosas pangeas, /cultura de sus
              márgenes hibleas […]». Para una relación de esos poemas y homenajes, véase Balcells,
              (1983-1984).</note>. Su muerte, y de ello dejó constancia el historiador Antonio de
            León Pinelo, significó una gran pérdida en el universo intelectual de su tiempo:</p>
          <quote>A 12 de diciembre falleció en su convento de la SS. Trinidad el M. F. Hortensio
            Félix Paravicino, predicador de su Majestad, uno de los mayores ingenios, más elegante
            lengua, y más delicado discurso que en nuestra edad frecuentó el púlpito de la Corte.
            Estimado de los reyes, querido de los señores y venerado de todos por su gran talento en
            la predicación y en la comunicación. Tuvo en su Religión todos los puestos que ella le
            pudo dar por sus grandes letras y capacidad<note place="bottom">Pinelo (1971: 296).
              Hemos optado por modernizar la ortografía del fragmento.</note>.</quote>
        </div>
        <div>
          <head>3. [Cronología] Avatares de la primera biografía de Góngora</head>
          <p>Como apuntábamos en la sección anterior referida a los títulos, las <hi rend="i"
              >vitae</hi> de don Luis de Góngora que se compusieron por estas fechas están tan
            relacionadas con la polémica que tanto su origen como en su contenido responden, más que
            al establecimiento de una verdad exacta e histórica de la vida de Góngora, al compromiso
            de levantar una imagen ejemplar del excelso poeta. Para entender los orígenes de esta
            «Vida y escritos de don Luis de Góngora» de Paravicino, la primera de las que se
            escriben y cuyo manuscrito es objeto del presente estudio, junto con su reescritura,
            publicada en los preliminares de las ediciones de Gonzalo de Hoces, se impone hacer un
            poco de historia.</p>
          <p>Como es sabido, fray Hortensio Félix Paravicino, en calidad de amigo y testamentario de
            Góngora, le otorga a José de Pellicer el 6 de junio de 1628 un poder para la publicación
            de sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi><note place="bottom">«Fray Hortensio Félix
              Paravicino, como testamentario de don Luis de Góngora pide una copia del testamento de
              este» (Alonso 1962, documento nº 136).</note>. La licencia de las <hi rend="i"
              >Lecciones</hi> data de un mes más tarde (el 12 de julio de 1628) y la fe de erratas
            del 16 de diciembre de 1629. En el año y medio transcurrido entre la licencia y la de la
            fe de erratas intervienen una serie de sucesos que van a vincular directa o
            indirectamente a Pellicer, Paravicino, Lope y Calderón de la Barca con la escritura y
            reescritura de estas <hi rend="i">vitae</hi> «menor» y «mayor» del recién fallecido
            poeta andaluz.</p>
          <p>Uno de esos sucesos, ocurrido en enero de 1629, fue la escandalosa irrupción de
            comediantes, gente del pueblo y ministros de la Justicia en el convento de clausura de
            las Trinitarias tras una reyerta entre dichos comediantes en la que un hermano de
            Calderón de la Barca resultó gravemente herido y el autor del hecho buscó refugió en el
            cercano convento de las Trinitarias, donde era monja profesa Marcela, una de las hijas
            de Lope<note place="bottom">Extraemos los datos de Cotarelo y Mori (1924: 131-142).
            </note>. Algunos días más tarde, el 11 de enero de 1629, en el sermón fúnebre que el
            trinitario fray Hortensio pronunció en memoria de Felipe III y de su esposa, Margarita
            de Austria, tomó la defensa de las trinitarias y criticó los abusos y atropellos de los
            cómicos en el convento. Calderón, en represalia, interpoló una virulenta sátira del
            estilo de Paravicino en su comedia <hi rend="i">El príncipe constante</hi>. Paravicino
            llevó el asunto ante Felipe IV, quien, después de ver representar la comedia (y de
            reírse con la pulla calderoniana de «emponomio horténsico» de uno de los versos
            insertados), ordenó la supresión del pasaje. No era la primera vez que se lanzaban
            dardos al predicador real; como hemos dicho, Paravicino había ya sido objeto de crítica
            unos años antes, cuando en 1625, tras el sermón fúnebre que predicó en la Capilla Real
            ante el rey y la Corte, y su posterior publicación, recibió la mordaz y difundida <hi
              rend="i">Censura</hi> anónima, a la que respondió Jáuregui con su <hi rend="i"
              >Apología por la verdad</hi><note place="bottom">Cerdan (2010a).</note>.</p>
          <p>En una de las cartas encontradas por Iglesias Feijoo, la enviada por el trinitario a
            Pellicer desde Burgos, y que lleva fecha de 1 de octubre de 1629, Paravicino alude al
            escándalo con los cómicos y, seguidamente, le pide a Pellicer que lo deje de «fuera de
            estacada tan ajena de [su] profesión», con el fin de evitar nuevos motivos de ataque y
            burlas si su nombre llegaba a figurar en los preliminares de las <hi rend="i">Lecciones
              solemnes</hi><note place="bottom">«La Vida de don Luis quedó cerrada en una gaveta, yo
              traje las llaves y volverá dentro de quince días de la fecha de esta carta, siendo
              Dios servido. Si antes compusiese vuestra merced con su ánimo el dejarme fuera de
              estacada tan ajena de mi profesión, sería mucha amistad, y si no, mire vuestra merced:
              si hablan en la comedia, en el <hi rend="i">Polifemo</hi> por estampar esos perros a
              quien la envidia sirve de rabia qué dirán del autor de la Vida de él, o como no dirán
              que merezco la ofensa, si la ocasiono entre los versos, cuando aún no me fue del
              púlpito escusa» (Iglesias Feijoo 1983: 164).Hemos actualizado la ortografía del
              pasaje.</note>. Y añade:</p>
          <quote>si hablan en la comedia, en el Polifemo por estampar esos perros a quien la envidia
            sirve de rabia, ¿qué dirán del autor de la Vida de él?, o ¿cómo no dirán que merezco la
            ofensa, si la ocasiono entre los versos, cuando aún no me fue del púlpito excusa?<note
              place="bottom">Iglesias Feijoo (1983: 164). «Hablan en», es decir, hablar contra,
              decir mal de. Paravicino dice que si los perros rabiosos (una manera de expresarse
              bastante libre para un fraile) hablan mal de la comedia (sin duda la <hi rend="i"
                >Isabela</hi>) y del <hi rend="i">Polifemo</hi>, que la mayoría no conocen puesto
              que no se han estampado aún, se ensañarán con el predicador, a cuya profesión son
              ajenos los versos, y más los amorosos, cómicos y de burlas.</note></quote>
          <p>Tal precaución no es de extrañar, pues el fraile también le pidió a Pellicer que no lo
            mencionase en absoluto dentro de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, de ahí que
            nos hayan llegado ejemplares con estados en que los aparece citado y otros en los que
              no<note place="bottom">Reyes (1958: 116-130). Para un resumen de la cuestión, véase
              Cerdan (1994a: 81-84) y Oliver (1995b: 42, n. 27 y 53, n. 37). No es la única vez que
              el joven escritor acata las peticiones de Paravicino, según nos dice en su <hi
                rend="i">Bibliotheca</hi> (f.156v), cuando, en atención a una solicitud del
              trinitario, incluye un elogio de Irlanda. Pellicer incluye el fragmento de esta carta
              que dice ser de Paravicino: <hi rend="i">Señor mío, Vm. Está en grande altura, que de
                su pluma cuidan las naciones. La del padre maestro Ricardo es tan digna de crédito
                por sí, por la antigua sospecha que son españoles (era irlandés de nación) que debe
                Vm. honrarle. Oiga Vm. al padre maestro Ricardo y hágame merced, ansí en su persona
                como en la nación, dar un par de rasgos muy en favor</hi> […] Véase Reyes (1958:
              119-121). </note>. En el contexto de la polémica, además, no podemos pasar por alto
            que si bien el religioso era amigo de Pellicer (este último lo llamó «mi mayor
              amigo»)<note place="bottom">Pellicer (1630, col. 748).</note>, también supo mantener
            buenas relaciones con Lope de Vega, por lo que cabe conjeturar, como segunda explicación
            de su negativa a figurar en la obra, que Paravicino prefería mantenerse al margen de la
            guerra entre Lope y Pellicer<note place="bottom">Para la guerra entre Lope y Pellicer,
              véase Rozas (2000) y Blanco (2008).</note>. Para no retrasar la inminente publicación
            de sus <hi rend="i">Lecciones</hi>, este último compuso apresuradamente la «Vida de don
            Luis de Góngora. Por don Joseph Pellicer de Salas» (vida mayor), teniendo en cuenta la
              <hi rend="i">vita</hi> de la pluma del religioso que ya figuraba en los preliminares
            del manuscrito Chacón<note place="bottom">Juan Manuel Oliver propone una trama
              complicada (y algo imaginativa), según la cual lo que Paravicino se resiste a entregar
              no es una <hi rend="i">Vida</hi> de Góngora salida directamente de su pluma sino una
              versión de esta revisada por Pellicer y con una serie de añadidos de carácter
              ofensivamente polémico (Oliver 1995b: 53-56).</note>.</p>
          <p>Lo que Pellicer sí logra incluir, sin embargo, en los preliminares de las <hi rend="i"
              >Lecciones</hi>, y debajo del retrato calcográfico del poeta cordobés, obra de Jean de
            Courbes (recordemos que el que figura en el manuscrito Chacón es un dibujo de un retrato
            hecho por Juan Van der Hammen y León), es la «estancia» epigramática que, según él,
            también fue compuesta por Paravicino. Refiriéndose a las dos piezas encomiásticas de
            Paravicino, vida y epigrama al retrato, incluidos en los preliminares del manuscrito
            Chacón, dice así Pellicer: «Ambas cosas deseé yo imprimir, pero no pude conseguir de su
            modestia si no es la una, y esa con dificultad no poca». Así, respetando la petición del
            trinitario de no publicar la <hi rend="i">vita</hi>, incluye en las <hi rend="i"
              >Lecciones solemnes</hi>, sin nombre de autor, dicha octava que empieza «De amiga idea
            de valiente mano», que en el manuscrito ya estaba asociada al retrato del poeta<note
              place="bottom">Esta octava volverá a imprimirse en los preliminares de las <hi
                rend="i">Obras póstumas divinas y humanas de don Félix de Arteaga</hi> con el título
              de «Suscripción a un retrato del autor». Para una relación de los retratos del poeta,
              véanse Marías (2012) y Campos Sánchez-Bordona (2014).</note>.</p>
          <p>Tampoco era la primera vez, sin embargo, que el fraile trinitario se valía del
            anonimato o de seudónimos, o que se manifestaba reticente a la publicación de su
              obra<note place="bottom">Así lo recoge Matías Porres al pedirle al joven sus poemas
              para la publicación del opúsculo dedicado al certamen salmantino de 1598 (Cerdan
              1994a: 59). Véanse también Sedeño y Serrano (2002: 38-39). </note>. En las fiestas del
            Sagrario celebradas en Toledo en 1616 —certamen en el que tuvo una activa participación
            y en el que Góngora presentó poesías a dos de los temas— había compuesto unas <hi
              rend="i">Canciones a la Asunción de Nuestra Señora</hi> bajo el seudónimo de «Padre
            Presentado Fray Juan de Centeño, de la Orden de la Santísima Trinidad», que más tarde se
            decidirá a publicar defendiendo el estilo y señalando con el dedo a los
              calumniadores<note place="bottom">Cerdan (1994a: 175) Par detalles de esta importante
              fiesta, en la que Paravicino se encargó del certamen y predicó el <hi rend="i">Sermón
                de la presentación de Nuestra Señora al Templo</hi>, véanse Blanco (2012c: 47-52) y
              Sedeño y Serrano (2002: 37, n. 56). </note>. Su amigo José Pellicer y Tovar, en su <hi
              rend="i">Anfiteatro de Felipe el Grande</hi>, publicado en Madrid en 1631, recoge una
            composición de Paravicino («A un toro que mató su majestad de un arcabuzazo») con el
            seudónimo de don Enrique Manuel<note place="bottom">Cerdan (1979: 89) y Sedeño y Serrano
              (2002: 44).</note>.</p>
          <p>Sabemos con certeza que aunque el trinitario no quiso dar su obra a la imprenta sí
            distribuyó generosamente algunos de sus manuscritos<note place="bottom">Cerdan (2010b:
              40).</note>. El primer sermón —de los nueve sermones y del elogio funeral que saca a
            la luz en vida, ya que todo lo demás de su obra concionatoria y poética fue publicada
            póstumamente— lo publicó en 1616 y es el mencionado sermón de la presentación de la
            virgen en la Catedral de Toledo. En la dedicatoria de dicho sermón al padre Luis de
            Aliaga, al tiempo que manifiesta su aversión por las prensas por no querer «pretender
            aplausos grandes con estudios breves», explica que, si lo hace, es porque el futuro
            confesor real e inquisidor general había mostrado su «deseo o gusto de ver en público
            estos borrones»<note place="bottom">Paravicino (1994: 51) y Herrero Salgado (2006:
              72).</note>. A la justificación de que lo poco que publicó lo hizo por petición de
            otros, y basándose en palabras del propio Paravicino en la dedicatoria del «Sermón del
            nombre de María» a la condesa de Monterrey, el estudioso moderno de la oratoria sagrada
            en el periodo, Félix Herrero Salgado, añade dos razones más: «no dar nuevo pábulo a los
            ojos de quienes ya, maliciosamente curiosos, se las habían oído, y, segundo, confesión
            común de todos los predicadores: la abismal diferencia entre la cálida palabra
            representada en el púlpito y la aséptica palabra impresa»<note place="bottom">Herrero
              Salgado (2006: 72-73). </note>.</p>
          <p>En cuanto a su obra poética, que tampoco quiso ver publicada (lo cual se entiende mucho
            mejor ya que su poesía tiene un tono muy libre y gran variedad de asuntos, muchos de
            ellos profanos), vieron la luz ocho años después de su muerte bajo el título de <hi
              rend="i">Obras póstumas, divinas y humanas</hi> y el seudónimo de «Don Félix de
            Arteaga». En opinión de sus modernos editores,</p>
          <quote>la trayectoria literaria de Paravicino está transversalmente marcada por el
            sentimiento de abandono en varios sentidos, que arraiga en una personalidad retraída y
            marca una dualidad productiva —Paravicino predicador, Félix de Arteaga poeta–, en donde
            el segundo caso el yo poético adquiere unas máscaras concretas <note place="bottom"
              >Sedeño y Serrano (2002:39, 41-42).</note>.</quote>
          <p>Añaden, además, como otras razones sociales, la poca importancia que
            los poetas, en particular los de familia noble, daban a la impresión de sus poemas, y su
            desdén por un mercado editorial marcado por la mercantilización de la poesía.</p>
          <p>El rechazo a la publicación de sus obras, su preferencia por el anonimato o su petición
            a Pellicer de que lo dejara «fuera de estacada tan ajena de [su] profesión», unidos a su
            condición de predicador real proclive a la innovación estilística que lo hacían diana de
            invectivas y ataques, no se pueden desligar de la polémica desatada en torno a Góngora y
            al estilo culto, en general, y al contexto de producción de esta <hi rend="i">vita</hi>,
            en particular.</p>
          <p>En suma, pues, la «Vida y escritos de don Luis de Góngora», sin nombre de autor en los
            prefacios de la colección, la primera de las biografías de Góngora que se escribieron
            por estos años y el bastidor sobre el que, en mayor o menor medida, se compusieron las
            otras dos, fue compuesta por Paravicino entre junio y diciembre de 1628 para los
            preliminares del manuscrito Chacón. El <hi rend="i">terminus post quem</hi> sería el mes
            de junio de 1628, pues alude a la solicitud de retirada de los ejemplares de la edición
            de Vicuña por parte del Santo Oficio tras la revisión del Padre Pineda el 3 de junio de
            ese año. El <hi rend="i">terminus ante quem</hi> vendría a ser el 12 de diciembre de
            1628, fecha de la dedicatoria de Chacón.</p>
        </div>
        <div>
          <head>4. [Estructura] Una vita auctoris para el manuscrito Chacón</head>
          <p>Esta biografía escrita por Paravicino fue compuesta siguiendo las líneas maestras del
            discurso encomiástico prescrito por los tratados retóricos más influyentes de la
            tradición grecolatina. De manera general, su estructura recoge lo que son —acotados por
            un breve exordio y un epílogo— los hechos antes, durante y después de la vida del
            biografiado (<hi rend="i">ex tempore quod ante eos fuit</hi>; <hi rend="i">ex tempore
              quo ipsi vixerunt</hi>; <hi rend="i">ex tempore quod est insecutum</hi>)<note
              place="bottom">Lausberg (1998: § 245). El autor del <hi rend="i">Manual de retórica
                literaria</hi> se basa en esta sección sobre el género epidíctico en Quintiliano,
                <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, III, 7. Estas directrices retóricas para la
              construcción de las <hi rend="i">vitae</hi> eran muy conocidas, y de ello nos deja un
              curioso ejemplo Lope en su «Égloga en la muerte del reverendísimo Padre Maestro fray
              Hortensio Félix Paravicino». Queriendo escribir los elogios del recién fallecido
              fraile, el consejo del pastor Arsenio a Eliso es el siguiente: «Lo primero dirás su
              nacimiento. / Que a toda noble acción, lustre y decoro / fue siempre el más urbano
              fundamento» (Lope 1856:324).</note>. Así, la <hi rend="i">laus personae</hi> que
            levanta el biógrafo basándose en los <hi rend="i">argumenta a persona</hi> recogerán a
            lo largo del texto referencias relativas al <hi rend="i">genus, natio, patria, aetas,
              educatio e disciplina, fortuna, conditio, animi natura, studia</hi>, etc. del
              biografiado<note place="bottom">Lausberg (1998: § 376) El autor del <hi rend="i"
                >Manual de retórica literaria</hi> se basa en esta sección sobre el género
              epidíctico en Quintiliano, <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, III, 7.</note>. Abre
            Paravicino esta <hi rend="i">vita</hi>, concebida cronológicamente, con las fechas de
            nacimiento y muerte del poeta, que engarzará con el encomio al «más lucido y vehemente
            ingenio que ha producido nuestra nación, no gozado». Se apena Paravicino de la muerte
            del poeta y amigo estimando que los casi sesenta y seis años de vida de Góngora fueron
            demasiado pocos, y le reprocha a la patria la poca estima con que trató al poeta, como
            suele suceder con todos los grandes hombres, de la profesión que fueren.</p>
          <p>En las líneas siguientes, conforme a los patrones de la <hi rend="i">descriptio
              personae</hi>, tocará muy escuetamente los argumentos relativos a la familia y a la
            infancia de Góngora, destacando la hidalguía de su linaje y el premio que la fortuna ha
            otorgado a sus padres por engendrar a tal hijo. Se detendrá con brevedad en el origen
            noble de la familia Argote —referirá la ocupación del padre como corregidor en Córdoba y
            otras ciudades de la península— y en el linaje de la madre, doña Leonor, que llevaba el
            noble apellido «Góngora».</p>
          <p>Antes de continuar con la vida del sujeto como tal (<hi rend="i">ex tempore quo ipsi
              vixerunt)</hi>, no olvidará, en unas breves e hiperbólicas líneas, la <hi rend="i"
              >laus urbis</hi> de Córdoba, que compara con una fábrica de ingenios no solo de la
            nación sino del mundo entero<note place="bottom">El autor del <hi rend="i">Opúsculo
                contra el «Antídoto» de Jáuregui y en favor de don Luis de Góngora, por un
                curioso</hi> incide con particular gracia en ese tópico, escribiendo: «También le
              hubiera calificado mucho a vuestra merced el haber nacido poeta, porque el poeta, para
              ser bueno, <hi rend="i">nascitur</hi>, y había de ser el nacimiento por lo menos en
              Córdoba madre de poetas, porque el clima del cielo lo lleva de suelo, y ansí ha
              producido tantos y tan buenos en todas edades, porque no en balde Marcelo la edificó
              en el sitio que hoy posee con particular observación de astros y estrellas; pero ¿en
              vuestra merced, nacido y criado en Sevilla, que no influye cosa de provecho en materia
              de poesías?» (1624_opusculo-curioso). Para esta idea en la polémica, véase Rico (2001:
              65-66). </note>. Pasa a hablar de la infancia de Góngora, vivida «con el decoro y el
            cuidado que pedía la educación de su sangre», y su llegada a Salamanca a los quince
            años, donde floreció su vocación poética (<hi rend="i">educatio et disciplina</hi>),
            destacando la manifiesta vocación del joven para las letras, su extremada precocidad y
            la índole sobresaliente de su carácter (tópico del <hi rend="i">puer senilis</hi>), que
            le valieron la temprana fama en Salamanca de «Saúl de los ingenios»<note place="bottom"
              >Nótese, por ejemplo, el tratamiento del motivo en la <hi rend="i">vita</hi> de Dante
              escrita por Boccaccio: «[…] lasciando stare il ragionare della sua infanzia, nella
              quale assai segni apparirono della futura gloria del suo ingegno, dico che dal
              principio della sua puerizia, avendo già li primi elementi delle lettere impresi, non
              secondo i costumi de’ nobili odierni si diede alle fanciullesche lascivie et agli
              ozii, nel grembo della madre impigrendo, ma nella propria patria tutta la sua puerizia
              con istudio continuo diede alle liberali arte, et in quelle mirabilmente divenne
              esperto» (<hi rend="i">Trattatello</hi>, p. 15).</note>.</p>
          <p>Es técnica común en la narración encomiástica achacar algunos deslices del biografiado
            a la inmadurez juvenil. Y las «festivas» Musas, cuenta Paravicino, llevaron por aquellos
            años al poeta a componer versos salados que ‘salpicaron’ la reputación de algunas
            personas. Sin embargo, como se sabe, la predilección por lo escatológico y lascivo se
            manifiesta tanto en romances y letrillas juveniles como en composiciones muy
            posteriores. El chiste, lo burlesco y la parodia están muy presentes en la poesía que
            compuso Góngora a lo largo de su vida. Su musa no perdió ni la sal, ni el picante, con
            los años y, para comprobarlo, baste leer décimas escritas en 1624 por un Góngora más que
            sesentón como «Casado el otro se halla», que contiene juegos de palabras bien atrevidos,
            o «Con Marfisa en la estacada», que evoca las desventuras de un impotente<note
              place="bottom">Jammes (1987: 144 y ss.)</note>. En resumen, «los matices de humor o
            las inflexiones jocosas», a menudo fuentes de experimentación y mezcla, no faltan ni en
            los poemas graves, ni en uno de los preferidos del poeta, la <hi rend="i">Fábula de
              Píramo y Tisbe</hi><note place="bottom">Dice así Pellicer, <hi rend="i">Lecciones
                solemnes</hi>, col. 775: «Entre las obras que más estimó en su vida don Luis de
              Góngora, según él me dijo muchas veces, fue la principal el romance de <hi rend="i"
                >Píramo y Tisbe</hi>».</note>, ni en «el más oficial y ambiciosamente noble de los
            poemas de Góngora, el <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>»<note
              place="bottom">Blanco (2012b: 348 y n. 645) </note>.</p>
          <p>Esta extensa sección de la <hi rend="i">vita</hi> busca desmentir la fama de procaz y
            chocarrero que nunca perdió del todo Góngora y que, para algunos espíritus gazmoños,
            desacreditaba sus poemas presuntamente graves. Según Paravicino, Góngora dejó de
            escribir burlas cuando se ordenó sacerdote, pero, como recuerda Artigas, para entonces
            el poeta pasaba ya de los cincuenta años y lo hizo para poder disfrutar de la capellanía
            que le fue otorgada por Felipe IV cuando se mudó a la Corte en 1617<note place="bottom"
              >Artigas (1925: 44, 150)</note>. Sabemos que, como muchos de los escritores de su
            tiempo, Góngora, incluso siendo eclesiástico y, más tarde, sacerdote, no se privó de
            escribir este tipo de poemas, ni otros de carácter amatorio, aunque Paravicino pretenda
            disculpar estos últimos afirmando que los hizo a petición de «amigos y poderosos». A
            diferencia de Quevedo, nos recuerda Carreira, Góngora «es hedonista y no lo
              disimula»<note place="bottom">Carreira (1998: 296)</note>. La prolija defensa del
            biógrafo, creemos, también pudo haber sido suscitada por las censuras eclesiásticas de
            la edición de López de Vicuña, en particular la del padre Pineda, que ataca tanto al
            Góngora poeta como al sacerdote.</p>
          <p>Sensible a las directrices retóricas y fiel a su intención de ejemplaridad, Paravicino
            marca un antes y un después en la escritura gongorina. Aprovecha este anónimo <hi
              rend="i">amicus</hi> de menor edad para dejar una breve nota de vanidad y destacar su
            papel en el estilo que marcó al <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i"
              >Soledades</hi>, cuando, según él, Góngora decide dejar atrás «el estilo menos grave»
            y abrir nuevos derroteros con la composición de sus grandes poemas<note place="bottom"
              >Para más detalles sobre las visitas de Góngora a la celda del religioso, véase Oliver
              (1995: 27, n. 11; y 34, n. 23). </note>, dando incluso pistas de su relación con el
            biografiado con un parentético ejemplo de <hi rend="i">sermocinatio</hi> en estilo
            indirecto «(confesó él)».</p>
          <p>A diferencia de la biografía escrita por Pellicer, que es, además, una exaltada defensa
            del estilo de Góngora, Paravicino, que se refiere a sí mismo en tercera persona («el
            autor de esta prefación») no entra a «[d]iscurrir del crédito y calumnias y todo lo
            apologético» ya que, para ello, concluye, hay muchos otros en el combate. También a
            diferencia de Pellicer, que no lo hace, alude Paravicino a las muchas «licencias» que se
            tomó Góngora con las letras españolas para sacarlas de las atrofia y la postración, y
            exhorta a los críticos del gran poeta a intentar hacer una «imitación no jocosa» para
            que se den cuenta de que, frente al gigante que fue Góngora, siempre se quedarán
              enanos<note place="bottom">Véase Oliver (1996: 65, n. 206). </note>. Dicha exhortación
            no es insignificante ya que a pesar de los juiciosos y eruditos comentarios como los del
            abad de Rute o los de Díaz de Rivas, la polémica dio cabida a muchos otros plagados de
            burlas, chistes e injurias, como lo fueron el <hi rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui, el
            anónimo <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi><note place="bottom">Véase la «Introducción»
              de José Manuel Rico a la edición de <hi rend="i">Contra el Antídoto</hi>
              (1624_opusculo-curioso).</note>, o la decena de letrillas y sonetos que circularon por
            esos años. Este breve y templado reproche a los atrevimientos estilísticos del poeta
            entronca también con los primeros pareceres de la polémica, los de Pedro de Valencia y
            el abad de Rute, que si bien reconocían los muchos méritos del <hi rend="i"
              >Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi>, señalaban ya las «culpas» y
            «pecadillos» cometidos por su autor<note place="bottom">(1614_carta-valencia) y
              (1614_parecer).</note>.</p>
          <p>Siguiendo las pautas retóricas trazadas, retoma el biógrafo el hilo con el argumento de
            la condición social del hombre (<hi rend="i">conditionis distantia</hi>) ante la <hi
              rend="i">fortuna</hi>, para dar cuenta de los pocos favores que recibiera en vida «un
            caballero de tantas partes», que no pasó de una ración de la iglesia cordobesa, y de las
            muchas promesas y magros beneficios que recibiera de los muchos señores que lo invitaron
            a venir a la Corte. Góngora, que había viajado a la Corte esporádicamente en varias
            ocasiones (en sus sonetos de 1609 se lamenta de la ingratitud de los grandes y de lo
            infructuoso de su búsqueda de amparo), se asienta indefinidamente en Madrid en 1617,
            cuando tenía cincuenta y cinco años, y como pretendiente cortesano, escribe poemas de
            circunstancia y composiciones de elogio. Habían muerto su hermano y su cuñado, y era en
            la Corte madrileña donde se podían conseguir los tan ansiados favores que se necesitaban
            en Córdoba para el sostén de la familia<note place="bottom">Paz (2012a: 41).</note>.
            Contaba con el favor del duque de Lerma y de Rodrigo Calderón, y a ambos ensalzó con su
            pluma, buscando honores, mercedes y puestos en la Corte, como era práctica común para
            muchos escritores de aquel tiempo. Contó también con el apoyo del padre Luis Aliaga, el
            influyente confesor de Felipe III, y con la amistad del conde de Villamediana, admirador
            de su obra, como pondera el Abad de Rute en su <hi rend="i">Examen del
              Antídoto</hi><note place="bottom">Artigas (1925: 420).</note>, y a quien el poeta le
            dedicó varios sonetos, décimas y una octava. Por desgracia para Góngora, Villamediana
            fue asesinado en 1622<note place="bottom">Para la relación de Villamediana con Góngora,
              véase Ponce Cárdenas (2001, p.133-154).</note>, y la carrera política de Aliaga, Lerma
            y de Calderón bajo el gobierno de Felipe III tocaba a su fin.</p>
          <p>Refiere Paravicino la capellanía real que consiguió gracias a Lerma y los hábitos
            militares para sus sobrinos gracias a Olivares. El primero lo logra en 1622, y le llega
            con retraso debido a la caída de sus dos protectores y el cambio de reinado. De estas
            fechas datan los sonetos «<quote>Camina mi pensión con pie de plomo</quote>», «<quote>De
              la Merced, señores, me despido</quote>» y «<quote>En la capilla estoy, y
              condenado</quote>», que hablan del cansancio, el desengaño y la apremiante
            preocupación por el dinero. Aflora en varias de las composiciones de estos años su
            angustia por la llegada de la vejez y por su estado de salud en la situación que se
            encontraba («<quote>Infiere, de los achaques de la vejez, cercano el fin a que católico
              se alienta</quote>», como reza el epígrafe del soneto «<quote>En este occidental, en
              este, oh, Licio</quote>») u otros en los que recoge el tópico de la brevedad engañosa
            de la vida («<quote>Menos solicitó breve saeta</quote>»), o su deseo de regresar a una
            vida más tranquila en Córdoba («<quote>De la Merced, señores, me despido</quote>»). Si
            la muerte no hubiera alcanzado al poeta entonces, concluye el trinitario lapidariamente
            refiriéndose a Olivares, «se prometía algún mayor deshielo de su fortuna al abrigo de
            este príncipe».</p>
          <p>Durante el viaje que Felipe IV realizó a Aragón acompañado de Olivares y de otros
            cortesanos (entre ellos Quevedo) a principios de 1626, sufrió Góngora una grave
            enfermedad que lo dejó sin poder escribir<note place="bottom">Góngora (2000: II, 454).
              Se deduce de la expresión «a quien escribiré en pudiendo tomar la pluma» que la carta
              remitida a Francisco Flores de Vergara el 24 de 1626 tuvo que dictarla y que esperaba
              todavía curarse gracias a una purga.</note>. Una vez pasado el peligro, quedó
            paralítico por un tiempo y perdió algo de memoria. Según Artigas, que sigue a Enrique
            Vaca de Alfaro, lo que padeció fue un ataque de apoplejía o una embolia, y se cuenta que
            el poeta repetía, sin acordase, las mismas preguntas que había hecho momentos antes<note
              place="bottom">Artigas (1925:195).</note>.</p>
          <p>Según él, «en la memoria fue donde hizo presa la enfermedad temporalmente» y no en el
            juicio. El «alma le embargó esa potencia», la de la memoria, pero mantuvo claro el
            entendimiento a la hora de enfrentarse a la muerte, ante la cual el poeta, con toda la
            lucidez necesaria, cumple piadosamente con los sacramentos católicos, preparándose para
            la vida eterna. Por lo que se deduce de estas líneas, para Paravicino —como para Huarte
            de San Juan, en su difundido tratado <hi rend="i">Examen de ingenios para las
              ciencias</hi> (1575)— el entendimiento es potencia más noble que la memoria. Por ello
            quiere dejar sentado que Góngora pudo perder temporalmente la segunda, pero que el
            primero no pudo ser eclipsado por la enfermedad. El peso del entendimiento como rey de
            las potencias parece asomar también bajo la pluma del poeta mismo en su «Carta de
            respuesta»: «pues si deleitar el entendimiento es darle razones que lo concluyan y lo
            midan con su concepto, descubierto lo que está debajo de esos tropos, por fuerza el
            entendimiento ha de quedar convencido, y convencido, satisfecho»<note place="bottom"
              >(1615_carta-góngora).</note>. Como la memoria ocupaba el pasivo papel de recordar las
            impresiones, no duda Paravicino en mitigar la pérdida de esta facultad con un concepto
            que utiliza la polisemia de memoria: «acaso porque al morir don Luis, en nosotros todos
            se había de repartir su memoria». Insiste Paravicino en la facultad del juicio, parte
            del entendimiento, que asegura la lucidez del poeta a la hora de otorgar testamento; una
            poesía anclada en el deleite del entendimiento y una muerte ejemplar en la católica fe,
            sanción de una vida virtuosa, eran piezas indispensables para la arquitectura de su
            encomio.</p>
          <p>Los dos párrafos siguientes los dedicará Paravicino a las vicisitudes de la obra de
            Góngora. Como es sabido, una vez muerto el poeta, sus seguidores criticarán duramente la
            manera en que se editaron sus escritos, y dada la fecha en que se escribe esta <hi
              rend="i">vita</hi>, Paravicino alude a la precipitada edición de Juan López de Vicuña
            publicada en 1627 por el editor de Lope de Vega, Alonso Pérez, y a la inmediata recogida
            ordenada por la Inquisición. Para reparar estos desmanes, un amigo, don Antonio Chacón
            Ponce de León, señor de Polvoranca, decidió reunir y encuadernar con primor sus poemas y
            dedicarlos al conde duque<note place="bottom">Para Paravicino y Pellicer, al igual que
              para el señor de Polvoranca, la calidad de la edición de Vicuña dejaba mucho que
              desear. En la dedicatoria al conde-duque apunta que la obra del andaluz necesita
              amparo «no tanto por las censuras de sus émulos, por lo que ignoran de ellas los más
              de sus aficionados, por los defectos con que han andado —aun cuando mejor
              manuscritas–, por haberse perdido muchas y prohijándosele injustamente no pocas,
              cuanto por haber una subrepticia impresión comunicado a mayor publicidad estas
              injurias, en un volumen que, tenido por de D. Luis, las renovaba, y recogido (bien que
              sólo por falta de su nombre) le ha acrecentado otra».</note>. Paradojas de la
            historia: con tal magnífico regalo a Olivares, don Antonio Chacón logró uno de esos
            anhelados hábitos que tanto había perseguido Góngora en la Corte<note place="bottom"
              >Carreira (1998: 222).</note>. Como apunta Carreira, no podemos olvidar la devoción de
            muchos en el siglo XVII por los manuscritos, debido a «su carácter de objeto precioso,
            raro, que pocos poseen» así como la competencia por alcanzar el más preciado y
              fiable<note place="bottom">Carreira (2004: 599).</note>. Revela Paravicino que Chacón
            no solo juntó las composiciones de Góngora en vida de este sino que también las había
            comunicado «con él con libertad y doctrina», sancionando así la relación entre poeta y
            mecenas, y confiriendo la mayor legitimidad que se podía esperar a los poemas recogidos
            en el manuscrito.</p>
          <p>Concluye Paravicino la semblanza del poeta anticipando la esperanza de que el conde
            duque dé a la estampa las obras compiladas para la gloria eterna de Góngora y lustre de
            la nación. Con la cuidadosa colección de poemas hecha por Chacón y la publicación que el
            biógrafo insta al conde duque a llevar a cabo, la patria rectificaría al fin su falta de
            agradecimiento y apreciación de la singularidad del gran poeta de la que el biógrafo se
            dolía en las líneas iniciales.</p>
          <p>Firma con las siglas A. A L. S. M. P., que vuelven a subrayar su intención de anonimato
            y cuyo significado se explica en la versión amplificada de esta <hi rend="i">vita</hi>
            que aparecerá en las ediciones de Gonzalo de Hoces a partir de 1633: <hi rend="i"
              >Anonymus Amicus Lubens Scripsit Moerens Posuit</hi> [«un amigo anónimo lo escribió
            con placer y lo depositó (como flores en una tumba) con tristeza»]<note place="bottom"
              >(1633_vida_Hoces).</note>.</p>
          <p>Esta mesurada semblanza de Góngora, como se verá en las notas de la edición, emplea un
            estilo sutil, y por momentos enrevesado, y hace gala de contrapuestas estructuras
            sintácticas y construcciones hiperbáticas que subrayan el parentesco estilístico de
            Góngora y de Paravicino que referíamos antes<note place="bottom">Decía así Gracián
              (2001: 343) del estilo de Góngora en el «Discurso V» de su <hi rend="i">Agudeza y arte
                de ingenio</hi>: «Fue este culto poeta cisne en los concentos, águila en los
              conceptos; en toda especie de agudeza eminente, pero en ésta de contraposiciones
              consistió el triunfo de su grande ingenio». </note>. Paravicino, cultivador excelso de
            la prosa sagrada, construye muchas de sus frases de modo mucho más original, sutil,
            conceptuoso y por consiguiente arcano que, por ejemplo, Pellicer, quien tuvo
            conocimiento de este texto, lo hemos dicho, para componer su «Vida de don Luis de
            Góngora. Por don Joseph Pellicer de Salas». Un estilo que, sin duda, no es solo el de
            los sermones o poemas, sino también el de <hi rend="i">La Gridonia</hi>. Por solo
            mencionar algunos de esos recursos, destaca el uso sistemático de esquemas y giros
            paralelísticos que elevan el estilo y marcan el tono del panegírico. Nótese, por
            ejemplo, la continuada utilización del ‘que’ causal de raíz latina («Que sesenta y cinco
            años, diez meses y trece días brevísimo periodo fue…»; «que hombres tan grandes en
            ninguna profesión los sabe gozar…»); o las conocidas estructuras bimembres adversativas
            con ‘sino’: «volvió a Córdoba para que no le mereciese sepulcro sino el lugar que se
            honró patria con él»; «donde apenas llegaron sino las de su fama».</p>
          <p>Abundan también los oxímoros («honrada porfía», «violencia natural», «generosa
            vergüenza»), las estructuras plurimembres (trimembres y cuatrimembres) con acumulaciones
            de sustantivos para la amplificación semántica («Salamanca, madre príncipe de las
            ciencias todas, numeroso seminario, examen y taller de las juventudes»; «La edad
            floreciente, el genio gallardo y gustoso, el ingenio singular, la libertad de la
            nobleza»). Las trimembres distributivas a veces van combinadas con bimembres disyuntivas
            («Con que faltas estas, no reparadas aquellas, mendosas todas, ya con amor, ya con
            autoridad»); y también las hay correlativas («en prosa, conversación y trato, no ha
            visto España más ingenuo, más cándido hombre y más sin ofensa de otros»).</p>
          <p>Recurre también Paravicino a la elisión verbal («Gloria de su iglesia, de su patria, de
            sus méritos no haberle mirado templadamente, cuanto más reídose con él la Fortuna»; o la
            paranomasia («mirado y admirado»). Tampoco faltan, como era de esperar, las estructuras
            comparativas y abundan, dada la naturaleza encomiástica del texto, las expresiones
            ponderativas rayanas en la hipérbole. Combinadas con un excelente empleo de los tópicos
            del encomio, estas estructuras análogas cargadas de fórmulas adversativas, hermanan el
            estilo de ambos poetas y caracterizan la construcción de este breve y orgánico texto de
            estilo elevado o ‘culto’.</p>
          <p>Por último, con el fin de corroborar la autoría de Paravicino que atribuimos a este
            texto con sólidos argumentos tras el descubrimiento de la carta antes mencionada, hemos
            ido incluyendo en las notas algunos pasajes de otros textos del trinitario que guardan
            similitudes estilísticas, de expresión y vocabulario con esta <hi rend="i"
            >vita</hi>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>5. [Fuentes] Fuentes orales y retóricas para la composición de la vita</head>
          <p>Dado que el texto es un encomio del gran poeta, el género oratorio al que recurre
            Paravicino es el <hi rend="i">genus demostrativum</hi>. Durante el Renacimiento, fueron
            fundamentales y de gran influencia para la construcción del discurso epidíctico los
            tratados de Hermógenes de Tarso, incorporados, junto al manual de Aftonio, a la
            enseñanza escolar del latín, así como los textos de Menandro de Laodicea y la sección de
            «De laudade et vituperatione» de la <hi rend="i">Institutio Oratoria</hi> de
            Quintiliano, el tratado retórico más amplio y brillante que nos ha legado la
            antigüedad.</p>
          <p>El texto acoge igualmente unas pocas y veladas referencias a la relación personal del
            biógrafo con el poeta y a la posible influencia, lo hemos dicho, de este amigo anónimo y
            más joven en el nuevo derrotero que tomó la poesía gongorina. Estas fuentes orales, es
            decir, el conocimiento directo que tuvo Paravicino de la vida de Góngora y su relación
            con él —«no sin generosa vergüenza de algún amigo de menor edad (confesó él), o «El
            autor de esta prefación a las obras de don Luis no hace (por ahora) más profesión que de
            amigo suyo»— las logra concertar con los recursos retóricos que muy bien sabía manejar
            para la composición del encomio. Este método de nombrar fuentes fidedignas, o palabras
            del biografiado, además, estaría dirigido a marcar la autenticidad del texto tal como lo
            prescribía el subgénero histórico de la escritura de vidas.</p>
          <p>Encontramos también, dado el modelo y los tópicos que siguen estas <hi rend="i">vitae
              poetarum</hi>, y sin poder afirmar con certeza que Paravicino conociera estos textos,
            algunas concomitancias entre su narración y la de las <hi rend="i">vitae</hi> de Dante y
            de Petrarca compuestas por Boccaccio, modelos fundamentales del género humanístico de
            las vidas de poetas. En cambio, sí es muy probable que conociera otras <hi rend="i"
              >vitae</hi> como la de Garcilaso de la Vega realizada por Fernando de Herrera y,
            posteriormente, por Tamayo de Vargas. En su <hi rend="i">vita</hi> de Dante (<hi
              rend="i">Trattatello in laude di Dante</hi>) Boccaccio destaca, fundamentalmente, la
            primacía de su modelo y defiende, más allá de la preocupación por los hechos históricos,
            la dignidad del poeta y la de la cultura literaria de su tiempo. En su <hi rend="i"
              >vita</hi> de Petrarca, en particular, figuran ya la idea de la cultura basada en la
            preeminencia de la poesía antigua; la vitalidad de la lengua vernácula como lengua
            poética y la vinculación del autor del <hi rend="i">Canzoniere</hi> con la perfección
            alcanzada por la poesía; la educación del Petrarca y Góngora articulada en la oposición
            entre los estudios de derecho del padre y los de letras del hijo; la verdadera educación
            del poeta como obra de las Musas que lo inician en los misterios de los clásicos; el
            retrato físico idealizado del poeta construido sobre estereotipos tradicionales que
            realzan el aspecto moral; el señalamiento de una falta moral justificada en términos
            universales (en Petrarca la lujuria y en Góngora la sátira <hi rend="i">ad
            hominem</hi>); la ingratitud de la patria para con tan grandes hijos, etc.<note
              place="bottom">Para el estudio de la <hi rend="i">vita</hi> de Dante, véase Bartuschat
              (2000), donde señala el origen de estos y otros motivos (en Donato, por ejemplo) y
              recuerda lo novedoso de la descripción física en la biografía de Boccaccio.</note>
            Estas similitudes nos podrían llevar a pensar incluso en la idea de una afinidad entre
            el gran poeta Petrarca y su biógrafo, Boccaccio, que se repite, <hi rend="i">mutatis
              mutandis</hi>, en la del andaluz y su seguidor, Paravicino.</p>
          <p>En suma, a excepción de esas pocas y más o menos crípticas alusiones a su relación
            personal con el cordobés, y a la que este también tuvo con el Señor de Polvoranca<note
              place="bottom">La relación de Góngora con Antonio Chacón Ponce de León dataría de
              alrededor de 1619 (la décima gongorina «Ya que indignada caída» dedicada a él es de
              esta fecha) y se estrecharía alrededor de 1623 cuando, una vez que Góngora parece
              querer publicar su obra, Polvoranca participa en la empresa. Para más datos, ver
              Sánchez Mariana (1991: x-xi).</note>, no cita Paravicino sus fuentes, y las
            referencias a otros textos y contextos de la polémica, que debían resultar muy conocidos
            a sus lectores, aparecen insinuados o difuminados a lo largo de esta <hi rend="i"
              >vita</hi>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>6. Conceptos debatidos</head>
          <p>El propósito de Paravicino con este texto es claro: trazar una breve semblanza
            biográfica de Góngora como «prefación» para el manuscrito Chacón. Como decíamos, las
            referencias a la polémica son breves, y la mención a los ‘ingenios’ defensores de su
            obra, lapidaria. A diferencia de la «vida mayor» de Pellicer, no busca desautorizar a
            los detractores del cordobés ni defenderlo de calumnias ni ataques.</p>
          <p>Había trascurrido más de tres lustros desde el inicio de la polémica y la «Vida y
            escritos de don Luis de Góngora» acoge directa o indirectamente muchos de los
            comentarios, pareceres, apologías, cartas, parodias y antídotos que siguieron a la
            difusión del <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi> desde 1613.
            Sin mencionar nombres, y de forma muy diluida, el texto se hace eco de algunas de las
            reacciones de apologistas y detractores, como son el cambio de rumbo del poeta tras su
            ordenación como sacerdote; las «sales» con que satirizó a muchos contemporáneos; las
            «licencias» y «atrevimientos» con que llevó la lengua española a su plenitud y edad
            adulta; y los lamentos por la suerte que corrió su obra, ajada en la apurada edición de
            Vicuña, tras su muerte. Algunos de los pasajes buscan contrarrestar la mala reputación
            de Góngora como poeta procaz, en especial la afirmación sobre su cambio tras el
            sacerdocio, y también suavizar los pareceres de los censores eclesiásticos Horio y
            Pineda a raíz de la denuncia de la edición de López de Vicuña<note place="bottom">O, por
              ejemplo, el comentario de Jáuregui a la condición de religioso de Góngora, que al
              criticar sus versos «juguetones y satíricos», como los llama, y «la materia pícara y
              disoluta que contienen», se pregunta: «¿Quién no se andará tras v.m.? ¿Quién no se
              perderá por ver semejantes maravillas en un eclesiástico?»
            (1614_antidoto).</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>7. Otras cuestiones</head>
          <p>Como veremos en el estudio dedicado a la reescritura de este texto, la publicada en los
            preliminares de las ediciones de Gonzalo de Hoces con igual título («Vida y escritos de
            don Luis de Góngora»), una mano desconocida interpola sintagmas, oraciones y párrafos
            enteros en los que se insertan duras recriminaciones a la polémica desatada a raíz de
            los poemas mayores de Góngora, y se reprocha a los envidiosos y ociosos, tildándolos de
            monstruos y fieras, su poca capacidad para entenderlos.</p>
        </div>
        <div>
          <head>8. [Conclusión] Ilustrar las letras de España</head>
          <p>Detrás de la imagen de un poeta avejentado, ceñudo, con ojos de pájaro nocturno, que
            nos ha dejado el retrato de Velázquez, y de esta breve semblanza trazada por Paravicino
            de un excelso hombre y poeta, intuimos hoy un Góngora quizá más verosímil: preocupado
            por la merma de las rentas eclesiásticas heredadas y el declive de la nobleza urbana a
            la que pertenecía, cortesano a pesar suyo, y por lo demás, de un «natural epicúreo y
              guasón»<note place="bottom">Paz (2012a: 31).</note>, como acreditan sus versos y
            también esos breves retazos biográficos que nos regalan los archivos. La visita a
            Córdoba del obispo Francisco Pacheco nos ha dejado interesantes documentos sobre una
            llamada al orden a varios miembros del cabildo, entre los que estaba el joven Góngora.
            Son conocidos los cargos leves que le hicieron entonces: asistir rara vez al coro,
            hablar demasiado durante los oficios, murmurar de las vidas ajenas, su afición por los
            toros y su trato con «representantes de comedias», así como las coplas profanas que
              compone<note place="bottom">González y Francés (1899: 12).</note>. Más conocido aún es
            el humor y donaire con que responde Góngora a estos cargos. Sin embargo, Góngora era un
            hombre de su tiempo, un eclesiástico cuya vida fue una «de clérigo capitular ordinario
            en el ápice de la monarquía filipina española<note>Paz (2015). </note>». Advierte Amelia
            de Paz, a raíz de interpretaciones anecdóticas de los documentos que nos han llegado de
            esa visita de Pacheco a Córdoba, en no seguir insistiendo «en pintar a Góngora como un
            clérigo contra corriente».</p>
          <p rend="noindent">Recientes hallazgos de archivos del proceso contra el inquisidor de
            Córdoba, Alonso Jiménez de Reinoso, acusado, entre otras cosas, de amancebamiento, y en
            el que Góngora es un testigo de cargo importante, permiten vincularlo a una sociedad
            cordobesa, propensa a chismes y rencillas hereditarias, en la que el poeta se relaciona
            con viudas, alguaciles, secretarios inquisitoriales, racioneros, canónigos, corregidores
            y moriscos. Parece ser que el inquisidor Alonso Jiménez de Reinoso fue el responsable de
            la jubilación involuntaria de don Francisco de Argote, padre de Góngora, del cargo de
            juez de bienes confiscados de la Inquisición, y que, en desquite, los Góngora y Argote
            quisieron deshacerse del inquisidor. En una de sus intervenciones ante el juez,
            aprovecha Góngora para relatar un chiste picante y en esos breves retazos de historia
            encontramos a un joven de treinta y cuatro años, de muy agudo ingenio, que lleva a su
            poesía ese gusto por lo anticlerical, lo irreverente y lo chistoso<note>Para el pasaje
              en cuestión, véase Paz (2014: 66).</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. Establecimiento del texto</head>
          <p>La «Vida y escritos de don Luis de Góngora» ocupa los folios 2v-4v. del primero de los
            tres tomos del exquisito manuscrito Chacón (Biblioteca Nacional de Madrid, ms. Reserva
            45 vol. I). El texto que damos en esta edición se establece a partir del facsímil de
            dicho manuscrito<note place="bottom">Para la historia y descripción del manuscrito,
              véase Sánchez Mariana (1991: ix-xiii). </note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>10. Bibliografía</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras hipotéticamente citadas o consultadas por el polemista</head>
            <div>
              <head>10.2. Obras citadas por el editor</head>
              <div>
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                <p/>
              </div>
              <div>
                <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
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                <p><seg rend="smallcaps">Paravicino y Arteaga</seg>, Hortensio Félix:</p>
                <bibl>–, <title>Jesucristo desagraviado, u Oración evangélica de los ultrajes de
                    Jesucristo nueva y sacrílegamente repetidos por unos hebreos</title>, Madrid:
                  Francisco Martínez, 1633. </bibl>
                <bibl>–, <title>Oraciones evangélicas que en las festividades de Cristo, nuestro
                    Señor, y su santísima madre, predicó el muy reverendo padre maestro fray
                    Hortensio Félix Paravicino…</title>, Madrid: en la Imprenta del Reino, 1640. </bibl>
                <bibl>–, <title>Oraciones evangélicas de adviento y cuaresma</title>, Madrid:
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                <p><seg rend="smallcaps">Pellicer de Salas</seg>, Joseph:</p>
                <bibl>–, <title>Argenis continuada o segunda parte</title>, Madrid: Luis
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                <bibl>–, <title>Fama, exclamación, túmulo y epitafio de fray Hortensio Félix
                    Paravicino y Arteaga</title>, Madrid: por la viuda de Alonso Martín,
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              </div>
              <div>
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            </div>
          </div>
        </div>
      </div>
      <div>
        <index indexName="resp" n="Paravicino, Fray Hortensio Félix"/>
        <index indexName="date" n="1628"/>
        <head>Texto de la edición</head>
        <pb n="f. V"/>
        <head>Vida y escritos de don Luis de Góngora.</head>
        <p>Fue breve, habiendo nacido jueves once de julio de 1561 y muerto lunes 24 de mayo de
            1627<note place="bottom"> Respecto a la fecha de nacimiento, que es la que se suele dar,
            aclara Amelia de Paz (2012a: 32) que lo único que se puede asegurar es que Góngora fue
            bautizado el 12 de julio de 1561 en la parroquia del Sagrario de Córdoba, por lo que se
            ha venido suponiendo que vino al mundo el día anterior, es decir, el 11 de julio.</note>
          , que sesenta y cinco años, diez meses y trece días brevísimo periodo fue a nuestro
          esplendor del más lucido y vehemente ingenio que ha producido nuestra nación, no gozado:
          que hombres tan grandes en ninguna profesión los sabe gozar, a estimarlos a lo menos<note
            place="bottom"> Nótese este tipo de construcción sintáctica adversativa, reminiscente de
            los giros o formulismos estilísticos gongorinos, y que Paravicino emplea con frecuencia
            en este texto. Entiéndase que aunque Góngora fuera el mayor genio que su patria había
            producido, esta no lo supo gozar, y menos aún estimar, como suele suceder con todos los
            grandes genios.</note> no acierta. Su sangre fue nobilísima de un padre y otro. Su
          padre, don Francisco de Argote, corregidor de esta villa y muchas ciudades, padre de don
            <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName>. Su madre,
          doña Leonor de Góngora, igual en dicha del linaje y la sucesión a su marido, madre de don
            <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName><note
            place="bottom"> Los padres de Góngora pertenecían a la pequeña nobleza cordobesa. Don
            Francisco de Argote, que hizo una notable carrera como jurista, realizó misiones
            administrativas en Jaén, Andújar y Madrid, donde fue corregidor. Más tarde, en su
            Córdoba natal, fungió como juez de bienes confiscados por la Inquisición y veinticuatro.
            Constituyó una rica biblioteca frecuentada por importantes hombres de letras de su
            tiempo; Pedro Díaz de Rivas, según cuenta Vaca de Alfaro en su <hi xml:lang="es"
              rend="i">Varones ilustres en letras, naturales de Córdoba…</hi> relata haber
            consultado un libro perteneciente a la gran biblioteca de Francisco de Argote
            (1685_varones_gongora). Era amigo, además, de Ambrosio de Morales y mantuvo
            correspondencia en latín con el cronista de Carlos V, Juan Ginés de Sepúlveda. El
            primero de estos célebres humanistas elogia su linaje, estudios de derecho y buenas
            letras en su <hi xml:lang="es" rend="i">Crónica general</hi> (Artigas 1925: 10-11).
            Antonio Martín Lázaro (1927: 363-364) ha determinado que don Francisco fue corregidor en
            Madrid entre 1561 y 1562. A pesar de la brevedad de esta etapa madrileña, no extraña que
            destaque Paravicino su labor en la Corte. Nótese también que en este periodo se podía
            utilizar con relativa facilidad cualquier apellido familiar; se solía escoger el que más
            nobleza y antigüedad transmitiera, como era el caso del apellido Góngora. También es
            posible que Góngora llevara el apellido materno en primer lugar porque estaba destinado
            a heredar de su tío, Francisco de Góngora y Argote, la ración eclesiástica de la
            catedral de Córdoba. La madre de Góngora era pariente de Francisco de Eraso, secretario
            de Carlos V y Felipe II. Después de haber repasado el linaje del poeta (<hi
              xml:lang="es" rend="i">ex tempore quod ante eos fuit</hi>), Paravicino se concentrará
            en su vida (<hi xml:lang="es" rend="i">ex tempore quo ipsi vixerunt</hi>). Para la
            ascendencia judía de la familia del poeta, véase Soria Mesa (2015). </note> . Este fue
          el mayor lugar que alcanzaron de la fortuna, el que no pudo quitar a la naturaleza<note
            place="bottom"> Entiéndase el lugar que la fortuna no pudo arrebatarle a la naturaleza.
            Si bien en su <hi xml:lang="es" rend="i">Ética a Nicómaco</hi> (II, 10) Aristóteles
            concluye que la naturaleza es lo que sucede de acuerdo con un sistema de leyes y siempre
            de la misma manera, y la fortuna o <hi xml:lang="es" rend="i">tuché</hi> lo que sucede
            de modo imprevisible y caótico, la distinción que hace Paravicino parece estar más
            cercana a la formalización que interviene en la tradición filosófica y retórica de la
            Edad Media, de Boecio a Dante, en la que los bienes de naturaleza son inherentes a la
            persona; el que los tiene no puede disponer de ellos y darlos a otro (así la belleza, la
            salud, las fuerzas corporales, la inteligencia, la inclinación precoz a lo bueno, son
            bienes inalienables y que pueden juzgarse innatos); y los de la fortuna, los que
            obedecen a causas inescrutables y se adquieren y pierden a lo largo de la vida,
            independientemente de los méritos y aparentemente al azar. Estos últimos pueden
            alienarse, transmitirse o robarse, como riquezas, poder, influencia, favor de los
            príncipes, etc. Con esta enrevesada oración, lo que dice Paravicino puede interpretarse
            así: la mayor fortuna de Francisco de Argote y Leonor de Góngora, aunque tan nobles y
            prósperos, fue la de ser padres del poeta, y este «lugar» que alcanzaron «de la
            fortuna», la Fortuna no lo pudo quitar a la Naturaleza, puesto que su valor reside en
            las excepcionales dotes naturales, en el ingenio sobresaliente del hijo que tuvieron la
            suerte de engendrar. Volverá a referirse a esta concepción filosófica de la nobleza del
            nacimiento del poeta más adelante. Véase la nota <ref xml:id="ref1" target="#ref2"
              >infra</ref>.</note> .</p>
        <p>Nació en Córdoba, honrada porfía<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">porfía</hi>: constancia en continuar alguna pretensión (<hi
              xml:lang="es" rend="i">Cov</hi>.) En este caso, los cordobeses como pueblo honrado o
            reputado a través de los siglos. Repite Paravicino, en los dos poemas que le dedicó a
            Góngora, su condición de «Hijo de Córdoba grande» (2002: 141-142; 173). Vuelve a emplear
            el término más adelante, al hablar de la enfermedad de Góngora («porfía del mal»). Es
            voz frecuente en los sermones y oraciones de Paravicino, a menudo adjetivada («porfía
            sagrada», «piadosa porfía», «generosa porfía» (<hi xml:lang="es" rend="i">Oraciones
              evangélicas…</hi>1640, p. 55r, 96v, 116v), formando oxímoron como aquí («honrada
            porfía») puesto que, en general, la porfía se usa con el sentido de pesada insistencia y
            grosera tozudez, la del que quiere tener a toda costa la última palabra, siendo en
            cierto modo el opuesto negativo de «constancia» .</note> de pueblo y feliz a ser en
          todos siglos, y entre tanta nobleza, patria de los mayores ingenios de su nación, quizá
          digo del mundo en esto<note place="bottom"> Con esta hipérbole, conforme a los patrones
            retóricos de la <hi xml:lang="lat" rend="i">descriptio personae</hi>, hace una breve <hi
              xml:lang="lat" rend="i">laus urbis natalis</hi>. Cfr. «Estructura». Las referencias a
            Góngora como ilustre hijo de Córdoba son frecuentes en la polémica. Pellicer, por
            ejemplo, en la «Diatribe VI» de <hi xml:lang="es" rend="i">El Fénix y su historia
              natural</hi>, dice: «Hable a los siglos Córdoba elocuente/ por sus Sénecas no, ni por
            Lucano,/ como pretende el gran Bilbilitano,/ sino solo por Góngora eminente» (<hi
              xml:lang="es" rend="i">El Fénix y su historia natural</hi>, Madrid: Imprenta del
            Reino, 1630, p. 66-67). El tema vuelve a aparecer en otro texto de la polémica, el <hi
              xml:lang="es" rend="i">Opúsculo contra el Antídoto y en favor de don Luis de Góngora
              por un curioso</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso/"
              >1624_opusculo-curioso</ref>), en el que desconocido autor compara a los nacidos en
            Sevilla y en Córdoba, dándole la palma a esta última: «Madre de poetas, porque el clima
            del cielo lo lleva de suelo. Y así ha producido tantos, y tan buenos en todas las
            edades…». Gracián, años más tarde, dirá de él en el Discurso LXI de su <hi xml:lang="es"
              rend="i">Agudeza y arte de ingenio</hi>: «El benjamín de Córdoba, don Luis de Góngora,
            es hasta hoy última corona de su patria» (2001: 785). También eran de Córdoba, Séneca,
            Lucano y Juan de Mena, por ejemplo.</note> . Pasó los años infantes, hasta quince, con
          el decoro y cuidado que pedía la educación de su sangre, advertida<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">advertida</hi>: ‘prevenida y avisada’ (<hi xml:lang="es"
              rend="i">Cov</hi>.). La sangre (noble) está aquí usada como metonimia para los padres
            y noble parentela del poeta, que lo educaron con el «decoro y cuidado» que convenía a un
            muchacho tan bien nacido, y más cuando esta «sangre» advirtió las «esperanzas» que desde
            «menores años» daba su talento. </note> de las esperanzas mayores que, con el sol de la
          razón, comenzaron a amanecer en sus menores años. De esta edad le enviaron sus padres a
          Salamanca, madre príncipe<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">príncipe</hi>: latinismo, aquí con el sentido de ‘primera y
            más excelente, superior o aventajada’ (<hi xml:lang="es" rend="i">Aut.</hi>). Paravicino
            hace similar, aunque más extensa, apología de Salamanca en la <hi xml:lang="es" rend="i"
              >Oración fúnebre de las honras de don Diego de Ayala, del Consejo de Cámara. En
              nuestra casa de Madrid, a 4 de enero de 1623</hi>, donde dice, elogiando la sabiduría
            del consejero, que este «salió jurisconsulto, en la príncipe de todas, Salamanca, madre
            de tantos insignes varones hijos suyos, padres y maestros míos, como desde aquí veo. ¡Oh
            Salamanca venerable, oficina de las letras, cuánto debe a tus escuelas Madrid! ¡Cuánto
            España! ¡Cuánto el mundo! ¿Qué lenguas bastarán, aunque las fie el bronce y las esfuerce
            el número, a referir tus alabanzas, a protestar mi agradecimiento?» Unas líneas más
            adelante equipara a la ilustre universidad, como hace en la <hi xml:lang="es" rend="i"
              >vita</hi>, con un taller (<hi xml:lang="es" rend="i">Oraciones
            evangélicas…</hi>Madrid: Imprenta del Reino, 1640, p. 265v). En otra ocasión echa mano
            de semejante enumeración para referirse a las religiones u órdenes religiosas, como la
            de los trinitarios a la que él pertenecía, que anotamos por la coincidencia de términos:
            «¡Oh, ilustrísimas religiones, esclarecidas comunidades, oficinas de santos, talleres de
            virtudes y letras, seminarios de dignidades, gobiernos, mitras, tiaras! ¡Colegios de
            noblezas, de ingenios, de cortesías!» (1994a: 149); o, alabando a Madrid en el
            «Panegírico funeral a Felipe III», dice así: «Nació en esta real Corte, en aquesta
            dichosa villa, cuna de santos, de pontífices y de reyes, parte dulcísima de la tierra,
            clima cuidadoso del Cielo, patria, si no original, taller de letras y de armas, madre de
            singulares y numerosos hijos» (1994a: 196).</note> de las ciencias todas, numeroso
          seminario, examen y taller de las juventudes, genios e ingenios de España. Entre todos se
          hizo conocer por singular <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
            Luis</persName>, mirado y admirado por Saúl <pb n="f. VI"/> de los ingenios, de los
          hombros arriba mayor que todos<note place="bottom"> Gracias a sus admirables dotes
            físicas, Saúl destacó en las luchas de Israel contra los filisteos, los amalecitas y los
            amonitas. Fue elegido rey y luego ungido por el profeta <ref
              target="http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=samuel">Samuel</ref>. Con
            esta comparación, Paravicino equipara la fuerza intelectual de Góngora con la física de
            Saúl, siguiendo de cerca a I Samuel, 9, 2: «Y tenía él un hijo que se llamaba Saúl,
            joven y hermoso; entre los hijos de Israel no había otro más hermoso que él; de hombros
            arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo». En el latín de la Vulgata que manejaba
            Paravicino: «<hi xml:lang="es" rend="i">et erat ei filius vocabulo Saul electus et bonus
              et non erat vir de filiis Israhel melior illo ab umero et sursum eminebat super omnem
              populum</hi>». Esta belleza, distinción física y alta estatura son el signo de
            elección que marca a Saúl como predestinado a ser el primer rey de Israel. Lo mismo
            sucede con Góngora, príncipe de la poesía.</note> . No grandemente se adelantó<note
            place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">adelantarse</hi>: anticiparse, ganar a otro en llegar a algún
            término primero (<hi xml:lang="es" rend="i">Aut</hi>.). </note> en el estudio de los
            Derechos<note place="bottom"> Góngora fue enviado a la facultad de Cánones de la
            Universidad de Salamanca, donde su padre había cursado estudios de Derecho canónico
            entre 1541 y 1545. Asistió a la universidad, como ha demostrado Ricardo Espinosa (1962),
            entre 1576 y 1581. En plural ya que se refiere al derecho canónico y al civil. </note>
          porque, desinclinado a ellos el genio y arrebatado<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">arrebatado</hi>: transpuesto, elevado en espíritu, quedando
            como enajenado y privado del uso de los sentidos corporales (<hi xml:lang="es" rend="i"
              >Aut</hi>.). El genio de Góngora [Gracián definirá el genio como una «tan feliz cuanto
            superior inclinación» (2001: 110)] se desinclinaba (es un neologismo de Paravicino para
            significar eufemísticamente la aversión como falta de inclinación) de los estudios
            jurídicos porque era arrebatado violentamente por su natural, que lo llamaba por el
            camino de las letras humanas, en un éxtasis de amor a las musas que le dispensaban sus
            favores. De ahí el oxímoron «violencia natural» puesto que lo violento se consideraba lo
            contrario de lo natural en la física y la antropología de entonces. Con ello sugiere la
            intensidad y vehemencia de la vocación poética, natural y sobrenatural a la vez.</note>
          de la violencia natural y amor de las letras humanas, se entregó todo a las Musas.
            Festivas<note place="bottom"> Entre los significados de «festivo» según <hi
              xml:lang="es" rend="i">Aut</hi>. tenemos que «tiene gracia para dar gusto y placer» y
            «alegre, regocijado y gozoso». Para Paravicino, las ‘musas festivas’ de la juventud del
            poeta se oponen aquí a las ‘musas graves’ que lo inspiraron cuando dejó atrás esos
            juegos juveniles. Unas líneas más adelante se referirá a ellas llamándolas ‘musas
            libres’, Véase la nota <ref xml:id="ref3" target="#ref4">infra</ref>. También Pellicer
            distingue entre las musas festivas o libres y las graves o severas en su <hi rend="i"
              >Vida de Góngora</hi>, al hablar de los «asuntos festivos o libres» que ya no
            correspondían con el decoro y estilo del poeta (1630_vida-mayor). Igualmente, en el
            prólogo de su edición de la obra de otro gongorista, Anastasio Pantaleón de Ribera, dice
            Pellicer: «El genio de este mozo no fue tan igual para las musas severas como para las
            de donaire: bien que entre los números salados del gracejo descubría unos golpes de seso
            y de majestad, como diestro y liberal pintor…» (<hi xml:lang="es" rend="i">Obras de
              Anastasio Pantaleón Ribera</hi>, Madrid: Francisco Martínez, 1634, f. A4). Quevedo,
            por su parte, señala a Talía como la «Musa deleitosa y agraciada», a quien «con
            propiedad suma le pertene[cen] las poesías todas de gracia y de donaire ingeniosamente
            licenciosas» (<hi xml:lang="es" rend="i">Parnaso español, monte en dos cumbres dividido,
              con las nueve Musas castellanas</hi>, Madrid: Pedro Coello, 1648, p. 323). </note>
          ellas en aquellos años dulces y peligrosos<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">peligrosos</hi>: se refiriere a los años juveniles (cfr.
            «peligro», <hi xml:lang="es" rend="i">Cov.</hi>). En la siguiente oración se referirá a
            la «edad floreciente».</note> , le dieron a beber<note place="bottom"> Se usa «beber
            de/en alguien/algo» con el sentido de ‘aprender su doctrina, estilo y acciones’ (<hi
              xml:lang="es" rend="i">Aut</hi>.). Se pondera con ello la asimilación de la cualidad
            de aquello de que nos nutrimos y, por extensión, de libros o escritos de que nos
            impregnamos. </note> (desatadas las gracias en los números<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">números</hi>: entiéndase ‘versos’ (<hi xml:lang="es" rend="i"
              >Aut</hi>.) Desatadas las gracias: «desatar» se emplea aquí con el sentido de hacer
            correr como líquido, derramar, desagregar y verter, sentido complejo frecuente en
            Góngora, sin duda por un latinismo semántico que asimila desatar a <hi xml:lang="es"
              rend="i">solvere</hi>, que tiene este haz de significados. El ejemplo más cercano de
            este uso y que pudo actuar en la mente del trinitario es : «y en oro no luciente/
            confuso Baco, ni en bruñida plata/ su néctar les desata/ sino en vidrio….», [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.867"
              >OC264B.867-870</ref>]. Baco, otra divinidad como las musas, desata su néctar, el
            vino, para los rústicos, o sea lo vierte con abundancia aunque no en oro ni en plata
            sino en vidrio. Del mismo modo, las Musas vertieron sus gracias en forma de números
            (lenguaje medido y musical) para darlas a beber al joven Góngora. No deja de ser
            curioso, y el dato nos lo da Mercedes Blanco, que en uno de los dos famosos cuadros de
            «La inspiración del poeta» de Poussin (el que está en Hanover, Niedersächsische
            Landesmuseum) sea Baco quien le ofrezca de beber al poeta.</note> ) tanta sal<note
            place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">sal</hi>: es término frecuente en la polémica. Dice Díaz de
            Rivas (1616_discursos-diaz): «Así también se perfeccionó la latina con el garbo,
            venustidad y sales de la griega…». En la aprobación de Luis Tribaldos de Toledo de la
            edición de Hoces, refiriéndose a la obra de Góngora: «…se pueden y deben estimar por la
            cosa más aguda y delgada, y de mayor sal y donaire…» (Góngora 1633: ¶4r).</note> que
          pasó el sabor sazonado<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">sazonado</hi>: relacionado con sal o sales puede aplicarse a
            un ‘dicho agudo o palabra chistosa’ (<hi xml:lang="es" rend="i">Aut.</hi>). Celebra aquí
            la gracia y elegancia de sus versos.</note> a ardor picante<note place="bottom">
            Prosigue la metáfora de la bebida de las Musas, que en vez de agua dan a beber sales
            placenteras, y tanto aspiran a agradar que de la sal pasan a la pimienta, con su ardor
            picante: se indica con este juego metafórico que del deleite de lo jocoso y
            templadamente lascivo se desliza el poeta a un placer más vicioso e intenso, el de lo
            «picante»: el que procuran la maledicencia satírica y la alusión procaz.</note> . La
          edad floreciente<note place="bottom"> Es reminiscencia gongorina, además de ser recuerdo
            virgiliano, («<hi xml:lang="es" rend="i">Ambo florentes aetatibus, Arcades ambo</hi>»
              (<hi xml:lang="es" rend="i">Bucólicas</hi>, VII, 4), como el que discierne Díaz de
            Ribas a propósito de estos versos de la <hi xml:lang="es" rend="i">Soledad</hi> primera:
            «El numeroso al fin de labradores /concurso impacïente/ los novios saca: él, de años
            floreciente,/ y de caudal más floreciente que ellos» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.755"
              >OC264B.755-758</ref>]. El poeta la había empleado en otro de sus versos «Moriste,
            ninfa bella,/ en edad floreciente» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem103#l103.1"
              >OC103.1-2</ref>]. Véase Jammes (1987: 350-351).</note> , el genio gallardo y gustoso,
          el ingenio singular, la libertad de la nobleza (mal obediente a siempre justa rienda de la
            razón<note place="bottom"> El vivir desenfrenado (o mal obediente), como un caballo, que
            solo puede someterse a las «riendas de la razón» es lugar común. Para Palafox y Mendoza,
            por ejemplo, «Dos riendas tiene el apetito torpe, para vivir enfrenado. La primera, la
            de la razón. La segunda, la del honor» (<hi xml:lang="es" rend="i">Tomo séptimo de las
              obras de […] Juan de Palafox y Mendoza</hi>, Madrid: Bernardo de Villa-Diego, 1669, p.
            419). O, en palabras de la gitanilla de Cervantes: «los ímpetus amorosos corren a rienda
            suelta, hasta que encuentran con la razón o con el desengaño» (2001: 138-139). </note> )
          padecieron la tempestad sabrosa<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">sabrosa</hi>: ‘delicioso, gustoso y deleitable al ánimo’ (<hi
              xml:lang="es" rend="i">Aut</hi>.). «Tempestad sabrosa y luciente» es un doble oxímoron
            muy marcado con el que se expresa la ambivalencia del juicio de Paravicino sobre estos
            excesos y libertades del joven poeta, deleitables y geniales pero agresivos y
            destemplados, incluso pecaminosos. El adjetivo es frecuente en los místicos y aparece
            muchas veces en Santa Teresa, en una de ellas como lo usa Paravicino, «tempestad
            sabrosa» (1881: 270), quien repite el término otras veces en sus oraciones: «el mismo
            sabroso error» (1994a: 123); o «Sabroso y alegre ejemplo sea Abraham» (1994a: 178).
            Nótese, que al igual que antes había llamado al poeta «lucido y vehemente ingenio», usa
            la misma etimología (con el cultismo léxico «luciente» que describe su «pluma») para su
            fama póstuma: «para lustre de esta nación».</note> y luciente de su pluma. Ni los demás
          escaparon de ella<note place="bottom"> ella: es decir, la «tempestad» de la pluma de
            Góngora. </note> , y a vueltas de<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">a vueltas de</hi>: es decir, en respuesta a las costumbres
            comunes (<hi xml:lang="es" rend="i">Cuer</hi>.). </note> las costumbres comunes, que en
          doctrinales sátiras<note place="bottom"> Es decir, sátiras eruditas y didácticas (<hi
              xml:lang="es" rend="i">Cov.</hi>) que acusaban las «costumbres comunes», o sea, que no
            se metían con personas particulares: un género clásico y legítimo en que don Luis fue el
            más eminente de los poetas, sin exceptuar a Marcial. Lo malo, es que «a vueltas » de
            estas sátiras morales, tal vez incurrió en ataques personales.</note> y españolas
          vivezas (cual ningún otro, aunque vuelva <persName type="authority" key="Marcial"
            precision="3">Marcial</persName><note place="bottom"> Recurre aquí al poeta
            romano-español de epigramas Marco Valerio Marcial del siglo I, que fue un modelo
            esencial del epigrama gongorino. Como Paravicino, otros polemistas atribuyen la vena
            satírica y burlesca exclusivamente a los años juveniles de Góngora. A Pedro de Valencia
            (1614_carta-valencia), sin embargo, le preocupaba la inclusión de motivos
            satírico-burlescos en los poemas mayores. Al referirse al decoro, que según el crítico
            rompe Góngora en las <hi xml:lang="es" rend="i">Soledades</hi>, no puede sufrir, le
            dice, «que se afee en nada ni se abata con estas gracias o burlas, que pertenecían más a
            las otras poesías que v. m. solía <hi xml:lang="es" rend="i">ludere</hi> en otra edad».
            Pero no es la primera vez que Paravicino equipara a Góngora con el poeta hispanorromano.
            En su «Romance describiendo la noche y el día, dirigido a don Luis de Góngora» dice:
            «¡Oh tú Lelio! que, heredando/ al docto Marcial la pluma,  /las sales que el mundo
            admira,/ Píndaro mejor, renuncias;» (2002:142). Muchos son los testimonios de la época
            que comparan a Góngora con Marcial de manera positiva. Ponce Cárdenas recoge ejemplos de
            Bartolomé Jiménez Patón, Fernando Luis Vera y Mendoza, Rodrigo Caro, Paravicino, el
            padre Martín de Roa, Alonso de Salas Barbadillo, Cristóbal Suárez de Figueroa, Francisco
            del Villar y Diego de Saavedra Fajardo. Son de destacar, por ser anteriores a esta <hi
              xml:lang="es" rend="i">vita</hi>, los del anticuario Rodrigo Caro, que en 1626 lo
            llama «Marcial cordobés», o el de Salas de Barbadillo, que en 1627, en la dedicatoria de
              <hi xml:lang="es" rend="i">La estafeta del dios Momo</hi> a Paravicino, «invocaba la
            doble protección de Marcial y Góngora, considerados ambos por igual “ingenios
            príncipes”» (Ponce Cárdenas 2015). Véase también Blanco (2013) para más sobre Góngora y
            el epigrama. </note> a cortar su pluma) acusó<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">acusar</hi>: censurar, reprender (<hi xml:lang="es" rend="i"
              >Cov</hi>.)</note> la de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
            LUIS</persName>, salpicó tal vez la tinta las personas. De este no corregido ímpetu se
          dolió una vez y otra. Sea quietud a los ofendidos, que es raro el caso en que no han
          jurado los consonantes<note place="bottom"> Por «consonante» se refiere a rima
            (consonante) y es un lugar común que los poetas, arrastrados por la búsqueda de la rima,
            se ven forzados a decir cosas falsas e insensatas que pueden ser diametralmente opuestas
            a lo que piensan y dicen cuando no ejercen de poetastros y hablan en serio. Véase, por
            ejemplo, los tercetos encadenados de Francisco de Quevedo en el <hi xml:lang="es"
              rend="i">Sueño del infierno</hi> que comienzan: «Dije que una señora era absoluta»
            (Quevedo 2003: 323).</note> vehementemente de mentirosos, que los siglos todos lo han
          reconocido así, y que los mayores hombres del mundo han padecido insensible<note
            place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">insensible</hi>: sin sentido, sin advertencia (<hi
              xml:lang="es" rend="i">Aut</hi>.)</note> y desatentamente<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">desatentamente</hi>: sin tiento ni tino (<hi xml:lang="es"
              rend="i">Aut</hi>.). Entiéndase ‘al azar’. Es decir, los grandes hombres han padecido
            las sátiras sin sentido y al azar. Todo esto va encaminado a hacer que los afectados por
            la malicia y el ingenio de los epigramas del poeta sepan que no hubo verdadera ofensa,
            que nadie se tome esos chistes en serio y los aludidos aquieten su ánimo («sea quietud a
            los ofendidos»), perdonando a Góngora. Tal vez pensaba Paravicino en personas concretas
            e influyentes, que podían seguir oscureciendo la gloria del poeta, como el padre Pineda,
            que había sido atacado en un soneto de Góngora y que había denunciado la edición de
            Vicuña a la Inquisición, siendo la causa de su recogida.</note> este daño sin que tiaras
          ni coronas hayan dejado de ayudar al número<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">número</hi>: gente. Entiéndase que, aunque fueran grandes
            (reyes o pontífices), contribuyeron a acrecentar el «número» (ayudado a que formasen
            gran número) de aquellos afectados por las sátiras. Aconseja a los tocados por la
            mordacidad del ingenio de Góngora que no se molesten, puesto que lo que les ha pasado a
            ellos les pasa a muchísimos, incluso a los personajes que merecen mayor reverencia. Como
            anota Ponce Cárdenas, Francisco del Villar alude a estas líneas de la <hi xml:lang="es"
              rend="i">vita</hi> en su <hi xml:lang="es" rend="i">Compendio poético</hi>:
            «Adelantose don Luis en este género de decir conocidamente a todos los ingenios de
            España, sin que haya quien niegue esta ventaja, ni aun la dificulte. Picó con todo
            donaire y reprehendió con singular agudeza, pero no sin ofensa de muchos que fueron (y
            aún hoy lo son) fiscales perpetuos de su fama. De ejemplo le podrán servir, ya que no de
            disculpa, los más celebrados ingenios del mundo, tocados de tan peligroso contagio. Si
            bien al celo católico no hay cosa que satisfaga tanto como el conocido arrepentimiento
            que tuvo en la madurez de su edad» (1636_compendio-poetico).</note> . Y séale disculpa a
            <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> este mismo
            sentimiento<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">sentimiento</hi>: juicio, opinión (<hi xml:lang="es" rend="i"
              >Aut</hi>.). Es decir, el expresado en la oración anterior. </note> , pues en prosa,
          conversación y trato no ha visto España más ingenuo, más cándido hombre y más sin ofensa
          de otros, antes<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">antes</hi>: Con valor conjuntivo, empleado con fuerza
            correctiva, es decir, ‘más bien’, ‘mejor dicho’, ‘por el contrario’(<hi xml:lang="es"
              rend="i">Cuerv</hi>.). Entiéndase que, para Paravicino, el poeta era tan cándido (sin
            malicia ni doblez) y de mente noble y magnánima, que en su conversación y en sus
            acciones (su «trato») no quería mal a nadie, e incluso hablaba con grandes elogios («con
            suma estimación») de esos mismos de quienes se burlaba en sus versos, por mero juego,
            sin duda, aunque ellos, carentes de sentido del humor, se habían sentido lastimados.
          </note> con suma estimación de los que parecía haber lastimado.</p>
        <p>Escribió muchos versos amorosos a contemplaciones ajenas: no se le prohíjen a su intento
          si no se le pueden emancipar<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">emancipar</hi>: tecnicismo del lenguaje forense, con el
            sentido de ‘poner en libertad a un hijo’. Juega con el verbo ‘prohijar’ de la misma
            frase. Es decir, que aunque esos poemas no se puedan ‘liberar’ de su pluma, ya que sí
            fueron escritos por él, no se diga que son hijos de su intención, sino de la
            ajena.</note> a su pluma todos. Sea, empero, pública verdad, como cierta, que desde el
          día que se ordenó sacerdote<note place="bottom"> En 1585 Góngora recibió órdenes menores
            para heredar la ración de su tío Francisco. Mucho más tarde, al ser nombrado capellán
            del rey, en 1617, se ordenó como sacerdote y desde entonces tuvo que decir misa
            diariamente.</note> no escribió versos ni cayó en error de los que las musas libres<note
            place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">musas libres</hi>, es decir, «licenciosas, poco moderadas,
            atrevidas y desvergonzadas» (<hi xml:lang="es" rend="i">Aut.</hi>) Véase la nota <ref
              xml:id="ref4" target="#ref3">supra</ref>.</note> muestran achacarle.</p>
        <p>En los mayores años, o avisado<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">avisado</hi>: advertido (<hi xml:lang="es" rend="i"
            >Aut</hi>.)</note> de los asuntos, o escrupuloso del estilo menos grave en obras tan
            celebradas<note place="bottom"> Sobreentiéndase aquí con recelo y cargo de conciencia
            por los poemas satíricos que le dieron fama. Sintiendo escrúpulos de usar, en obras tan
            celebradas (y por lo tanto, tan imitadas por muchos) un estilo demasiado libre
            (eufemísticamente dice Paravicino «menos grave»), dando así mal ejemplo a sus
            compatriotas y malgastando su prodigioso ingenio en frivolidades, decidió empeñarse en
            obras más serias y de más honda y elevada ambición. Según Paravicino, Góngora sintió
            «generosa vergüenza» (otro oxímoron) ante un amigo, es decir, el mismo Paravicino, que
            empleaba su elocuencia en asuntos elevados, y con más razón por ser este más joven que
            él, siendo la ligereza y las chanzas propias de la juventud y la sesuda gravedad, de la
            madurez.</note> , no sin generosa vergüenza de algún amigo de <pb n="f. VII"/> menor
          edad (confesó él)<note place="bottom"> Este «amigo de menor edad», como explicará con más
            detalle Pellicer en su biografía (1630_vida-mayor), es Paravicino. Véase la nota <ref
              xml:id="ref5" target="ref6">infra</ref>.</note> se empeñó a la grandeza<note
            place="bottom"> Términos como ‘grandeza’, ‘alteza’, ‘gala y majestad’, ‘elegancia’,
            ‘ardor’, ‘gravedad’ y ‘bizarría’ en relación con el estilo de Góngora, son recurrentes
            en los textos de la polémica. Por ejemplo, el abad de Rute alude a «la alteza que posee
            vuestra merced en esta arte»; o, refiriéndose a la oscuridad de algunos poetas, dice:
            «no es bueno imitarlos en esa parte, siendo viciosa, sino seguir antes la majestad con
            la venustidad y perspicuidad virgiliana; demás de que (como he dicho) los más tomaron
            diferente asunto, y en quien es la oscuridad menos culpable, naciendo de
            afectar grandeza…» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer/"
              >1614_parecer</ref>); y Jáuregui, criticando a los modernos, los acusa de que
            «pretenden grandeza, y sólo consiguen fiereza, interpolada con ínfimas indignidades», o
            «facilitan grandemente el estilo y fácilmente destruyen su altitud y grandeza». El
            propio Góngora, consciente de su vena innovadora en la poesía, dice así en la «Carta
            respuesta»: «…si entendida para los doctos, causarme ha autoridad, siendo lance forzoso
            venerar que nuestra lengua a costa de mi trabajo haya llegado a la perfección y alteza
            de la latina…» (Góngora 2000: II, 297) (1615_carta-gongora).</note> del
            <title>Polifemo</title> y <title>Soledades</title> y otros más breves poemas que
          enseñará esta estampa<note place="bottom"> Entiéndase por «esta estampa» el manuscrito
            Chacón, donde figura esta vida y que se esperaba que fuera el molde para dar a la
            imprenta toda la obra de Góngora. Véase la nota <ref xml:id="ref8" target="#ref9"
              >infra</ref>. </note> . Discurrir del crédito y calumnias y todo lo apologético de una
          parte y otra de este estilo pide más tiempo, y más notas de erudición, que estos renglones
            permiten<note place="bottom"> En estas líneas Paravicino despacha lacónicamente toda la
            polémica definiéndola como la oposición entre crédito y calumnia: el crédito por un
            lado, el que le dieron a Góngora sus aficionados y defensores; y por el lado de los
            censores, solo la calumnia, lo cual es un modo de quitar todo fundamento racional a las
            críticas y de tomar partido sin vacilación a favor de los méritos del poeta. Se abstiene
            sin embargo, según dice, de entrar en «liza», en atención a la brevedad necesaria de su
            texto, también por la mucha erudición y trabajo que necesita para tratar la cuestión a
            fondo y tal vez, porque, siendo amigo, puede parecer parcial su testimonio. Se trata de
            una preterición, porque en realidad sí va a referirse a la polémica en las líneas que
            siguen, sugiriendo que solo la envidia y el rencor motivaron los ataques y tocando la
            única objeción aparentemente razonable a los versos del poeta: su excesiva
            dificultad.</note> . En la liza<note place="bottom"> Es posible que los ingenios
            defensores de Góngora que, según Paravicino, se incorporaron a esta liza o batalla que
            se desató desde que Góngora escribiera el <hi xml:lang="es" rend="i">Polifemo</hi> y las
              <hi xml:lang="es" rend="i">Soledades</hi>, sean Pellicer y Salcedo Coronel, quienes,
            por estas fechas, competían por publicar sus comentarios de las obras mayores del poeta.
          </note> andan ingenios que lo batallarán bien estruendosamente. El autor de esta
            prefación<note place="bottom"> Aquí alude Paravicino a sí mismo, sin indicar su nombre.
            Véase «Estructura» y la nota <ref xml:id="ref6" target="ref5">supra</ref>.</note> a las
            <title>Obras de don Luis</title> no hace (por ahora) más profesión que de amigo suyo;
            lega<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">lega</hi>: es decir, <hi xml:lang="es" rend="i"
              >legamente</hi>, ‘sin noticias de letras o sin ciencia’ (<hi xml:lang="es" rend="i"
              >Aut</hi>.).Con este tópico común del discurso panegírico, alude otra vez Paravicino a
            su incapacidad para referir la «verdad» de tan gran español. </note> y brevemente
          refiere la verdad y fía del espíritu grande de este español que vivirá en la memoria y aun
          en los labios de todos, e irá debiendo a la posteridad más aplauso siempre, pues por lo
          que tiene de muerte la ausencia<note place="bottom"> Equipara también muerte y ausencia en
            sus <hi xml:lang="es" rend="i">Oraciones evangélicas que en las festividades de Cristo…,
            </hi>Madrid: en la Imprenta del Reino, 1640, p. 61r., donde, refiriéndose a Cristo,
            dice: «Así no llama allí a su muerte muerte, sino partida, ausencia…».</note> , le
          veneraron en vida otras naciones.</p>
        <p>No quiero negar alguna más licencia<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">alguna más licencia</hi>: alguna licencia de más, o
            excesiva.</note> que dio a sus Musas para huirse a la sencillez de nuestra habla
          castellana. Si no hubiera habido de estos atrevimientos, no solo no hubiera dejado los
          primeros paños de su niñez, mas ni sacado los brazos de las fajas supersticiosas de la
            ignorancia<note place="bottom"> Lo que hace Paravicino aquí, al hablar de las «fajas
            supersticiosas de la ignorancia», es construir otro concepto a partir del conocido uso
            de las fajas con que se envuelve al recién nacido, símbolo de la impotencia de la
            infancia, sus gritos y llantos. Refiriéndose a Jesús, dice, por ejemplo, en uno de sus
            sermones: «Pasó adelante nuestro Redentor por las menudencias de la niñez primera o
            infancia semejante a los hermanos en todo. Bien que en travesuras ilustres y
            misteriosas…pues sacaba con las manecillas, apenas libertadas de la faja…» (1994a:
            120-121). No es la única vez que utiliza metafóricamente varios de los términos aquí
            empleados (fajas, infancia, niñez); al comienzo de su <hi xml:lang="es" rend="i">Sermón
              del día de los Reyes, en nuestra Casa de Madrid, año 1612</hi>, dice: «Cada día nos da
            cuidado, como, o porque Dios vino al mundo, ¿cómo experimentar la estrechez de unas
            entrañas? ¿padecer la injuria de un parto, si bien tan puro? ¿sufrir los embarazos de
            unos pañales? ¿los grillos de una faja? ¿tolerar una frágil cuna? ¿buscar leche de
            pechos a lágrimas, sentir las diferencias y obligaciones de las edades? San Pedro
            Crisóstomo dice que la naturaleza responde como la que enseña a todos, lo que con ellos
            puede una niñez lo que merece una infancia» (<hi xml:lang="es" rend="i">Oraciones
              evangélicas</hi>…, Madrid: Imprenta del Reino, 1640, f. 28v). En estas líneas, pondera
            Paravicino el sacrificio de Cristo cuando, al encarnarse por amor de la humanidad, se
            humilla pasando de las inconcebibles grandezas de su divinidad a las miserias de la
            primera niñez, entre ellas las fajas, comparables a los grillos del prisionero. Sin los
            atrevimientos de Góngora, la «niñez» e «infancia» de la lengua española no se habría
            desprendido de cadenas más inmateriales como las del miedo y la ignorancia.</note> y del
          miedo nuestra infancia<note place="bottom"> Si «niñez» e «infancia» se refieren,
            metafóricamente, a las de la lengua castellana, todo este comentario sobre los
            atrevimientos del poeta entronca con las «generosas travesuras» que menciona Valencia
            (véase 1614_carta-valencia) y la oscuridad y «pecadillos» que le achaca Rute (véase el
            texto editado <ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer/"
              >aquí</ref>). La infancia a la que se refiere Paravicino es la de la simplicidad y
            llaneza algo bobalicona de una lengua todavía tímida que no ha madurado lo suficiente.
            En cambio, las travesuras y pecadillos de la poesía de Góngora que mencionan sus amigos
            no son forzosamente infantiles y en todo caso aluden a las expresiones atrevidas y, por
            un motivo u otro, anómalas, o a invenciones caprichosas y complejas que son lo contrario
            de la simplicidad. La idea de Paravicino repercute en el <hi xml:lang="es" rend="i"
              >Apologético</hi> a las obras de D. Luis de Góngora de Espinosa Medrano, donde dice
            que los hipérbatos de Góngora no son como los de Juan de Mena y otros autores arcaicos
            porque el gran ornato no convenía a una lengua todavía niña, que solo Góngora supo hacer
            crecer para convertirla en «robusta matrona»: «Todos los demás anduvieron muy cuerdos en
            haber usado raras veces de la trasposición y lo fueran más si nunca las usaran, porque
            cadenas de oro que sirvieron de adorno a robusta matrona, colgárselas a musa pueril más
            es prenderla que ataviarla. En la poesía latina aquello es gracia, a la castellana, y en
            aquellas infancias, sólo fue bisoñería, que no está la gallardía en cargarse los estofos
            del atavío, sino en lograr los perfiles del donaire» (1662_apologetico). Véase el
            estudio y edición de este texto a cargo de Héctor Ruiz. </note> . Y cuando
          demasiadamente religioso<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">demasiadamente religioso</hi>: en este caso, en extremo
            observante (<hi xml:lang="es" rend="i">Aut</hi>.). </note> el seso<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">seso</hi>: ‘juicio, prudencia, discreción’ (<hi xml:lang="es"
              rend="i">Aut</hi>.).</note> le confiese, o en la locución, voces latinas, o en la
            oscuridad<note place="bottom"> Desde su temprana divulgación, «la oscuridad constituía
            la principal objeción al estilo de Góngora» y «tema sobre el que se sustentaban tanto
            las impugnaciones como las apologías de las <hi xml:lang="es" rend="i">Soledades</hi>»
            (Roses Lozano 1994: 187). La llamada oscuridad, concluye Díaz de Rivas en sus <hi
              xml:lang="es" rend="i">Discursos apologético</hi>s (1616_discursos-diaz) «no es falta
            suya [de Góngora], sino sobra de virtudes poéticas y falta o de lección, o de ingenio, o
            de atención en el lector».</note> y metáforas, descuido y afectación, prueben a vencerle
          con imitación no jocosa y reconocerán el paremia de los griegos: que el desliz del pie de
          un gigante es carrera para un enano<note place="bottom"> No hemos podido rastrear el
            origen de este proverbio. Podría pensarse que Paravicino, dado a las semejanzas
            conceptuosas, al igual que antes había comparado al poeta con Saúl, estaría pensando en
            la natural destreza de un Góngora polifémico, cuyos naturales ‘deslizamientos’ o
            movimientos involuntarios de la pluma, como el pie de un Polifemo arrasador,
            significaban un sofocado esfuerzo para sus enanos imitadores. Por estas fechas, Juan de
            Piña emplea una versión semejante, aunque algo enrevesada, del proverbio en el «Prólogo»
            del <hi xml:lang="es" rend="i">Epítome de la Primera parte de las fábulas de la
              Antigüedad</hi> (Madrid: Imprenta del Reino, 1635), también en relación con la envidia
            y la ignorancia: «Que embidiar al que trepa la Pirámide al Palio de la corona de oro sin
            auer dado vn passo el aleue, mendigue su ignorancia, que mas vale el desliz de vn
            Gigante, que la carrera de vn Enano, o de vn Bonami». La escasa frecuencia en el XVII
            del sustantivo ‘desliz’ (que Paravicino emplea en otras ocasiones en sus sermones) y la
            cercanía de la expresión hace pensar que de Piña pudo haberla imitado el trinitario.
            Como puede verse en CORDE, entre 1600 y 1700, la palabra ‘desliz’ aparece en muy pocos
            textos, casi casi todos ellos de Gracián. </note> .</p>
        <p>El estado, dignidades y comodidades de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
            >don Luis</persName>, si no fuera vano nombre el de la Fortuna<note place="bottom"> Si
            de verdad existiera la Fortuna, se correría o avergonzaría de haber favorecido tan poco
            a don Luis, solo por tomar mezquina venganza de la Naturaleza, que tantos favores le
            había hecho sin contar con su aquiescencia. Pero claro que la Fortuna es nombre vano de
            una falsa divinidad pagana y un buen católico, y más un teólogo, como el autor de estas
            líneas, solo puede hablar de ella a título de ornamento poético, de ahí esta figura de
            corrección: sería lícito decir, si no fuera la Fortuna nombre vano, que quiso tomar
            venganza. Es una manera elegante de introducir el tema, anunciado al principio de la <hi
              xml:lang="es" rend="i">vita</hi>, de que Góngora no fue premiado como lo merecían su
            inmenso talento y las virtudes sobresalientes de su obra y que tuvo que contentarse con
            cargos subalternos y rentas menguadas, tema que, por otra parte, caracteriza muchas
            biografías-panegíricos de escritores y de grandes hombres en general. Para más detalles
            sobre la hacienda de Góngora, véase Paz (2012a, 2012b). Véase la nota <ref xml:id="ref2"
              target="#ref1">supra</ref>.</note> , muy corrida la dejaran de la venganza que quiso
          tomar de la Naturaleza, en la singularidad de este extraño y divino genio, pues un
          caballero de tantas partes<note place="bottom"> Es una expresión hecha (con el latinismo
            ‘tantas’, es decir, ‘tan grandes’) común en la literatura del periodo, para ponderar las
            cualidades y excelencias de una persona.</note> , ni en menores, ni en mayores años,
          pudo ascender de una ración de la Santa Iglesia de Córdoba. Gloria de su iglesia, de su
          patria, de sus méritos no haberle mirado <pb n="f. VIII"/> templadamente, cuanto más
          reídose con él la Fortuna. ¿Qué ingenio, empero, tal vivió sin algunas lágrimas?</p>
        <p>Llamado a esta Corte de grandes príncipes, los gozó familiares y estimadores mucho,
          benéficos poco<note place="bottom"> Que hubiese venido a la Corte a instancias de «grandes
            señores», es opinión que se vuelve a repetir en el <hi xml:lang="es" rend="i"
              >Escrutinio</hi>. Véase Orozco (1973: 277-281) y Carreira (1998) para detalles sobre
            la llegada de Góngora a Madrid y su relación con la Corte. Unos años antes de instalarse
            en 1617, Góngora había manifestado su desprecio hacia la Corte en los conocidos versos
            escritos de 1609 «Mal haya el que en señores idolatra/ y en Madrid desperdicia sus
            dineros» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem202#l202"
              >OC202</ref>]. </note> . Si bien<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">si bien</hi>: locución adverbial que equivale a ‘aunque’ (<hi
              xml:lang="es" rend="i">Aut</hi>.). </note> a la gracia del duque de Lerma<note
            place="bottom"> Francisco de Sandoval y Rojas (1553-1625), marqués de Denia y a partir
            de 1599 duque de Lerma, fue el valido de Felipe III durante casi 20 años, llegando a
            controlar gran parte de la política del reino. Hacia la época en la que Góngora se muda
            a la Corte, la situación del ministro estaba en declive. A raíz del proceso por
            corrupción de dos de sus cercanos colaboradores, Pedro Franqueza y Alonso Ramírez de
            Prado, en 1618 Lerma busca refugio en el capelo cardenalicio que le otorga el Papa y se
            retira a sus propiedades. Para la privanza de Lerma, véase Alvar Ezquerra (2010).</note>
          y del marqués de Siete Iglesias<note place="bottom"> Rodrigo Calderón y Aranda (<ref
              target="https://es.wikipedia.org/wiki/1576">1576</ref>-1621), I conde de la Oliva de
            Plasencia, comendador de Ocaña y I marqués de Siete Iglesias fue el <ref
              target="https://es.wikipedia.org/wiki/Valido">secretario</ref> y favorito del duque de
            Lerma. Con la caída de este, fue despojado de todos sus títulos, cargos y colosal
            fortuna. Acusado de corrupción, cohecho, fraudes y malversaciones, fue ejecutado
            públicamente en 1621. Góngora se arrimó al mecenazgo de Calderón hasta sus últimos días
            y expresó su horror ante su caída y muerte en los sonetos «Al tronco descansaba de una
            encina», «En la muerte de don Rodrigo de Calderón», «Al mismo», y «De las muertes de don
            Rodrigo Calderón, del conde de Villamediana y conde de Lemos». Aun después de su caída,
            Góngora da muestras de fidelidad a su benefactor en una carta de 22 de octubre de 1619:
            «Doy gracias a Dios que lo conocí y traté en tiempo que no puede decir de él sino lo que
            sería su mayor descargo» (Góngora 2000: 337). </note> debió una capellanía de honor, que
          llaman de su Majestad<note place="bottom"> Al llegar a Madrid, con el favor de Lerma y
            Calderón, Góngora consigue la capellanía real. Otorgada en diciembre de 1617, dicha
            «capellanía de honor», que venía acompañada de un exiguo honorario de 15000 maravedíes
            anuales, era más bien una función honorífica cuyo «mayor interés era abrirle las puertas
            de la capilla real y, como consecuencia, permitirle encontrar a todos los grandes
            personajes del Palacio» (Jammes 1987: 241).</note> ; y al conde duque de Sanlúcar<note
            place="bottom"> Góngora consiguió dos hábitos militares para sus sobrinos, para los que
            tuvo que insistir ante Olivares. En carta de 8 de julio de 1625 dice así: «Ahora
            apretaré en lo del hábito, que lo tengo por seguro, a cuenta de lo que me dijo ayer el
            señor conde de Olivares, yéndole a besar la mano por la situación y pidiéndole licencia
            para importunarle en lo del hábito: ‘Tenga paciencia, que no peleo en el Brasil’». Y
            riéndose, luego me volvió a decir: «Todo se hará bien lo más presto que se pueda».
            Despidiéndome contento, dijo. «El Diablo harte de hábitos a estos de Córdoba…» (Góngora
            2000: II, 446). Se convirtió entonces el poeta en importuno pretendiente de una pensión
            que no llegó a obtener pero que tal vez hubiera conseguido de haber vivido más años. El
            conde-duque de Olivares había mostrado interés por la publicación de su obra, como lo
            atestigua el mismo Góngora (Jammes 1987: 286; y Artigas, 1925: 188-189 y 193-194). En
            carta al administrador cordobés Cristóbal de Heredia, con fecha de 14 de octubre de
            1625, relata un encuentro con Olivares: «Ayer de mañana el pie en el estribo me dijo [el
            conde-duque]: “Vuestra merced no quiere estampar”. Yo le respondí: “La pensión puede
            abreviar el efecto”. Replicome: “Ya he dicho que corre por vuesa merced desde 19 de
            febrero; en volviendo se tratará de todo, no tenga pena”. Con esto he quedado suspenso,
            porque veo que quiere sin duda que el hábito sea satisfacción de la dirección de mis
            borrones, y hállome impedido para la estampa, porque dos que quieren parte en ella es
            más de lo que me está a mí bien, y así estoy como la picaza, que ni vuela ni anda»
            (Góngora 2000: II, 448). </note> , el favor de dos hábitos de Santiago para dos sobrinos
          suyos. Y si no lo estorbara la muerte, se prometía algún mayor deshielo<note
            place="bottom"> Se trata de una semejanza conceptuosa: la protección del príncipe se ve
            en metáfora, más o menos lexicalizada, de «abrigo», como el que da la casa a sus
            moradores, o el pájaro adulto a sus polluelos; o como la que puede verse en la de
            «sombra», por ejemplo, en la dedicatoria de su manuscrito que hace Chacón a Olivares
            («sombra y protección»), estando el protegido, cliente o vasallo a la sombra del árbol
            que es su señor. La invención estilística de Paravicino se traduce en una metáfora
            original correspondiente a esta: al abrigo del príncipe, la fortuna de Góngora promete
            deshelarse, porque hasta entonces, en el aire frío de la ausencia de protección, estaba
            helada, o sea inmovilizada en una situación de pobreza y desamparo.</note> de su fortuna
          al abrigo de este príncipe<note place="bottom"> Se refiere aquí, como hará al final de la
              <hi xml:lang="es" rend="i">vita</hi>, al conde duque y los favores que de él esperaba
            el poeta. Los grandes aristócratas eran calificados de príncipes y Paravicino, con una
            nota de reverencia hacia el poderoso Olivares, muestra su carácter de suma cortesanía.
            Véase la nota <ref xml:id="ref10" target="#ref11">infra</ref>.</note> .</p>
        <p>Enfermó peligrosamente y en algunas treguas del mal (que se le atrevió<note
            place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">atreverse</hi>: ‘determinarse, arrojarse, emprender con
            intrepidez y osadía algún hecho o acción arriesgada’ (<hi xml:lang="es" rend="i"
              >Aut.</hi>). Aquí, en sentido metafórico, atacar. Con esta locución (atreverse a +
            sustantivo) subraya la insolencia que tuvo la enfermedad al atacar a algo tan eminente
            como la cabeza de don Luis. Con sentido semejante la había utilizado Paravicino en su
            dedicatoria del Sermón de Santa Isabel a don Miguel de Noroña: «Y cuando quiera helarle
            la envidia (presumido aquilón contra las virtudes, si natural el otro contra las
            flores), sea temeridad inconsiderada el atreverse a la protección de Vuestra Señoría…»
            (1994a: 154). </note> a la cabeza) volvió a Córdoba para que no le mereciese sepulcro
          sino el lugar que se honró patria con él<note place="bottom"> El estado de Góngora era, en
            efecto, bastante preocupante, lo que hace verosímil que fuera a Córdoba para morir.
            Enrique Vaca de Alfaro, en sus <hi xml:lang="es" rend="i">Varones ilustres de
              Córdoba</hi> (1685_varones_gongora), atestigua cómo el poeta repitió dos preguntas
            distintas dos veces cuando los contertulios estaban «hablando de otras cosas», lo que
            indicaría pérdida de memoria (Artigas 1925: 195). Cfr. «Estructura».</note> . No fue
          lesión en el juicio el daño de la cabeza; en la memoria cebó la porfía del mal, acaso
          porque al morir <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, en
          nosotros todos se había de repartir su memoria<note place="bottom"> Para la preeminencia
            del juicio o entendimiento sobre la memoria, Cfr. «Estructura». Para enfrentarse a las
            postrimerías, era esencial tener todas sus facultades y así lo recalcará Pellicer en su
            reescritura de esta Vida de Paravicino (1630_vida_mayor). Además, desde el punto de
            vista jurídico, para hacer un testamento válido ante la ley había que estar en su sano
            juicio, como rezaba en la fórmula protocolaria que encabezaba los testamentos y que,
            entre otras cosas, decía: «en mi sano juicio, memoria y entendimiento natural». A veces
            se suprimía lo de «memoria». Recordemos, por ejemplo, cómo antes de otorgar últimas
            voluntades, recibir los sacramentos y morir, Alonso Quijano dice: «Yo fui loco y ya soy
            cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano el
            Bueno» (Cervantes 2005: 1103).</note> . Reconoció lo que debía a su profesión y a su
            sangre<note place="bottom"> Es decir, confesó sus obligaciones o voluntades para con la
            iglesia y su familia.</note> , y dejó consuelo de su muerte a sus amigos, descanso de la
          envidia a sus émulos<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">émulo</hi>: en este caso, cultismo semántico, con sentido de
            enemigo. El <hi xml:lang="es" rend="i">Diccionario de Autoridades</hi> recoge
            precisamente un ejemplo del <hi xml:lang="es" rend="i">Panegírico</hi> de Góngora:
            «émula de las trompas su armonía». Se emplea frecuentemente en la polémica; Chacón, por
            ejemplo, en la dedicatoria de su manuscrito a Olivares habla, refiriéndose al poeta, de
            «la censura de sus émulos». </note> .</p>
        <p>Todavía, aun en siglo<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">siglo</hi>: ‘edad cumplida de un hombre’ (<hi xml:lang="es"
              rend="i">Cov</hi>.) El ‘primer siglo’ se consideraba la vida terrena; el ‘segundo
            siglo’ la eterna. En este caso, muerto ya Góngora y libre de ‘accidentes’ terrenales.
          </note> libre de nuevos accidentes<note place="bottom"> Aunque Góngora no pueda sufrir más
            accidentes por estar muerto, sus obras los siguen padeciendo. Además del significado
            filosófico usual, juega con el de ‘accidente’ como enfermedad, habiendo hablado en el
            párrafo anterior de la que aquejó al poeta. </note>
          <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, sus obras los han
          padecido. Y ya fuese la codicia, ya la curiosidad causa, las estampó la priesa<note
            place="bottom"> Se refiere a la edición de Juan López de Vicuña aparecida en 1627. Como
            se sabe, esta edición fue denunciada a la Inquisición; el padre Juan de Pineda, en
            calidad de calificador, recomendó que se prohibiese y el Santo Oficio mandó recogerla.
            Véase Artigas (1925: 207 y ss.); Véase la nota <ref xml:id="ref9" target="ref8"
              >supra</ref> y el «Estudio» del <hi xml:lang="es" rend="i">Opúsculo contra el
              Antídoto y en favor de don Luis de Góngora por un curioso</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso/"
              >1624_opusculo-curioso</ref>) a cargo de José Manuel Rico, para la historia de esta
            edición.</note> . Conque<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">conque</hi>: ‘de suerte que’, ‘de manera que’ (<hi
              xml:lang="es" rend="i">Aut</hi>.).</note> faltas<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">faltas</hi>: defectuosas (<hi xml:lang="es" rend="i"
            >Aut</hi>.).</note> estas, no reparadas aquellas, mendosas<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">mendosas</hi>: erradas, equivocadas y mentirosas (<hi
              xml:lang="es" rend="i">Aut</hi>.).</note> todas, ya con amor, ya con autoridad<note
            place="bottom"> Con habilidad diplomática, Paravicino atribuye la recogida de las obras
            de don Luis a la autoridad (fue la Inquisición la que ordenó esta recogida) pero también
            tal vez al amor, ya sea porque los amigos de Góngora, por no ver infamada su memoria con
            los yerros de esa edición, consiguieron ejemplares y los pusieron fuera de circulación,
            ya porque el mismo Santo Oficio mandó que se retiraran los ejemplares de la luz pública
            por amor al desaparecido poeta. Para los avatares de esta edición, véase la introducción
            de Alonso (1963) a la edición facsímil.</note> , ha sido necesario recogerlas.</p>
        <p>Hallóse empero la amistad (que no parecía de amor propio o miedo ajeno)<note
            place="bottom"> En esta aclaración parentética parecen confluir algunas premisas de las
            tradiciones filosófica y cristiana de la <hi xml:lang="es" rend="i">amicitia</hi>, que
            se convirtieron en lugar común en la escritura del momento. A partir de ellas,
            Paravicino, sin embargo, parece construir un concepto mucho más sofisticado: después de
            la recogida de las obras de don Luis por la Inquisición, que las hacía sospechosas, la
            amistad no osaba parecer, es decir, los amigos no osaban expresarse públicamente ni
            dejarse ver (como tampoco se manifestaba abiertamente la amistad de los discípulos de
            Cristo después de su muerte, quienes, al contrario se ocultaban para huir la
            persecución) ya fuera por amor propio ya por miedo ajeno. Esta amistad que parecía
            ausente del mundo «hallóse empero» en el señor de Polvoranca, quien seguía amando
            ardientemente al poeta reducido a cenizas porque su amor o fuego era verdadero, cuando
            en esas cenizas se había apagado ya la amistad de otros. Comenta Paravicino semejante
            distinción en sus <hi xml:lang="es" rend="i">Oraciones evangélicas de adviento…</hi>
            (Madrid: Francisco García, 1645, p.133-114) de la que ofrecemos este breve fragmento: «A
            lo primero, que toda amistad procede de amor propio, veo la contradicción en
            Aristóteles, diciendo los dos amores: uno de concupiscencia, que en rigores es el amor
            propio; otro de amistad, que es el amor amigo por su bien solo…». El gesto de Chacón
            tampoco iba motivado por el temor. Para San Juan, por ejemplo, en el amor perfecto no
            hay temor (<hi xml:lang="es" rend="i">Biblia</hi>, 1 Juan 4:18).</note> en don <persName
            type="polemist" key="Chacón, Antonio">Antonio Chacón, señor de Polvoranca</persName>.
          Encendieron las cenizas de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
            Luis</persName> fuego en su verdad cuando entre ellas el<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">el</hi>: es decir, el fuego. Quizá se esté basando aquí en un
            concepto alquímico: el fuego nacido de las cenizas (<hi rend="i">ignis cinerum</hi>) era
            el más fuerte, como lo era el del Señor de Polvoranca. Por ejemplo, Andreas Libavius,
            después de hablar de otros fuegos en su <hi rend="i">Praxis alchimiae</hi>, concluye que
              «<hi rend="i">Hoc intensior est ignis cinerum</hi>» (Francofurti: Ioanes Saurius,
            1604, p. 17).</note> de tantos amigos se había apagado. Juntolas en vida de <persName
            type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> con afición y cuidado,
            comunicolas<note place="bottom"> Se emplea en el texto «la regla de que los pronombres
            inacentuados en principio de frase o después de una pausa habían de ir tras el verbo
            pero en los demás casos se les anteponían» (Lapesa 1981: 407). </note> con él con
          libertad y doctrina<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">doctrina</hi>: ‘enseñanza’ (<hi xml:lang="es" rend="i"
              >Cov.</hi>).</note> , y en su muerte, copiándolas en hermosas vitelas, en hermosísimos
          caracteres, las consagra al agrado y estimación del conde <pb n="f. IX"/> duque de
          Sanlúcar en el monumento estudioso y eterno de su biblioteca<note place="bottom">
            ‘monumento estudioso y eterno’: así califica a la biblioteca del conde duque, aunando
            las cualidades del ‘monumento’ conmemorativo con los adjetivos ‘estudioso’ y ‘eterno, es
            decir, depositario del saber y garante de la inmortalidad. La gran biblioteca del conde
            duque estaba entre las más nutridas de su tiempo y albergó alrededor de 2700 impresos y
            1400 manuscritos (Marañón 1998: 213). Véase, para más sobre la biblioteca de Olivares la
            colactánea <hi xml:lang="es" rend="i">Poder y saber. Bibliotecas y bibliofilia en la
              época del conde-duque de Olivares</hi> (Madrid, Centro de Estudios Europa Hispánica,
            2011), en particular los monográficos de O’Reilly, Roe, Lawrence y Marías citados en la
            bibliografía. Para las cualidades materiales del manuscrito Chacón y el excepcional
            cuidado con que fue compuesto, véanse los estudios que acompañan la edición facsímil:
              <hi xml:lang="es" rend="i">Obras de don Luis de Góngora: (Manuscrito Chacón)</hi>,
            (Madrid, Real Academia Española; Ronda, Caja de Ahorros, 1991, 3 vols.), en particular,
            en el segundo volumen, la descripción y estudio del códice por Manuel Sánchez Mariana; y
            en el tercero, el estudio inicial de Antonio Carreira.</note> . El mismo agrado y
          estimación del conde duque y la ambición gloriosa suya de ilustrar las letras de España y
          honrar los ingenios de ella, permitirán, cuando juzgare convenir, segunda copia que dar a
          la estampa para seguridad del crédito de don Luis, en esta tumultuaria<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">tumultuaria</hi>: ‘desordenada’ (<hi xml:lang="es" rend="i"
              >Aut</hi>.) Entiéndase la edición de Vicuña, a la que se acusa de haber sido hecha a
            toda prisa, sin cuidado, sin rigor, únicamente para adelantarse, con vistas a causar
            tumulto (sensación o escándalo) y por motivos mercantiles. El <hi xml:lang="es" rend="i"
              >Diccionario de Autoridades</hi> ejemplifica su uso con una frase de Paravicino en un
            pasaje muy similar: «Suelen descansar en los prólogos de estas <hi xml:lang="es"
              rend="i">tumultuarias</hi> impresiones sino el veneno, el ánimo… con que prueban… a
            sacar invectivas con licencia»; en otra ocasión, hablará de «estampa ausente y
            tumultuaria» (1994a: 224).</note> impresión ahajado<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">ahajado</hi>: es decir, ‘ajado’, ‘maltratado’ o ‘injuriado’
            en dicha edición (<hi xml:lang="es" rend="i">Aut</hi>.). </note> , para lustre de esta
          nación con la notoriedad pública de la pluma de <persName type="polemist"
            key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> a otras<note place="bottom">
            <hi xml:lang="es" rend="i">otras</hi>: se sobreentiende «otras naciones».</note> donde
          apenas llegaron sino las de su fama, y para gloria de este príncipe<note place="bottom">
            Se refiere al dedicatario, al conde duque de Olivares. Véase la nota <ref xml:id="ref11"
              target="ref10">supra</ref>.</note> a quien verdaderamente se las deberemos.</p>
        <p>A. A. L. S</p>
        <p>M. P.<note place="bottom"> Estas siglas, que aparecen explicadas en la vida que se
            publicará en las ediciones de Gonzalo de Hoces (1633_vita_Hoces), significan <hi
              xml:lang="lat" rend="i">Anonymus, Amicus, Lubens, Scripsit, Moerens, Posuit</hi> («Un
            amigo anónimo lo escribió con placer y lo puso con tristeza»). Para este amigo, que es
            Paravicino, véanse «Estructura» y las dos notas <ref xml:id="ref13" target="ref5"
              >aquí</ref> y <ref xml:id="ref14" target="ref6">acá.</ref></note>
        </p>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
