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      <titleStmt>
        <title>Vida de don Luis de Góngora</title>
        <author key="Pellicer, José">José Pellicer y Tovar</author>
        <editor>Adrián Izquierdo</editor>
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        <edition>OBVIL</edition>
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          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
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        <respStmt>
          <name>Jaime Galbarro</name>
          <resp>relecture</resp>
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        <respStmt>
          <name>François-Xavier Guerry</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
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        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Hector Ruiz</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
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      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_vida-mayor</idno>
        <date when="2018"/>
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            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
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      </publicationStmt>
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        <bibl>BNE, ms. 3918 (vol. 7): 1r-11v.</bibl>
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      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
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        <date notAfter="1629"/>
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  <text>
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción </head>
        <div>
          <head>1. [Título] Una biografía literaria de Góngora <note place="bottom">Para el uso del
              término ‘biografía’ ver Madelénat (1984), Mayer y Woolf (1995) y Weiss (2010). </note>
          </head>
          <p>La «Vida de don Luis de Góngora. Por don Joseph Pellicer de Salas», que figura en el
            ms. 3918, vol. 7 del <hi rend="i">Parnaso Español</hi>, fue compuesta por el joven
            erudito zaragozano para los preliminares de sus <title>Lecciones solemnes a las obras de
              don Luis de Góngora y Argote, Píndaro andaluz, príncipe de los poetas líricos de
              España</title>, publicadas en Madrid en 1630. Aunque este breve texto nunca llegó a
            publicarse en las <title>Lecciones solemnes</title> por razones que detallaremos más
            adelante, Pellicer proyectó incorporarla en los preliminares de esta obra, como se
            deduce de un aviso a los lectores y de una hoja con el título «Vida y escritos de don
            Luis de Góngora. Defensa de su estilo por don Joseph Pellicer Salas y Tovar», que quedó
            en el impreso. El escueto título que aparece en el manuscrito, muy probablemente,
            responde a la naturaleza de borrador o de texto de trabajo que tiene, como veremos, el
            documento; el título más extenso, el que se anuncia en los preliminares, hace hincapié
            en los ‘escritos’ de Góngora y en la ‘defensa de su estilo’, razón de ser de esta
            biografía, compuesta algo más de dos años después de la muerte del poeta. La <hi
              rend="i">vita</hi> de Pellicer solo llegará a la imprenta en el siglo XX, cuando
            Raymond Foulché-Delbosc la publica dos veces: primero en 1915 en su <hi rend="i">Revue
              hispanique</hi> y, seis años más tarde, en su edición de las <hi rend="i">Obras
              poéticas</hi> de Góngora.</p>
          <p>Existe, además, lo que la crítica ha venido considerando una versión anterior de este
            texto: la «Vida y escritos de don Luis de Góngora» —compuesta por fray Hortensio Félix
            Paravicino para los preliminares del ms. Chacón, también estudiada y editada en el
            ámbito de este proyecto digital<note place="bottom">(1628_vida_chacon)</note>—, así como
            un tercer texto diferente de los mencionados pero que repite el título de la «vida» del
            ms. Chacón, <hi rend="i">Vida y escritos de don Luis de Góngora</hi>, y que se publicó
            por primera vez en algunas tiradas de <hi rend="i">Todas las obras de don Luis de
              Góngora</hi> de Gonzalo de Hoces de 1633 y en casi todas las demás ediciones derivadas
            de esta<note place="bottom">(1633_vida_hoces)</note>. A modo de resumen, contamos con
            los siguientes títulos:</p>
          <p>— «Vida y escritos de don Luis de Góngora» en el ms. Chacón (atribuida con buenas
            razones a Hortensio Félix Paravicino).</p>
          <p>— «Vida de don Luis de Góngora. Por don Joseph Pellicer de Salas» en el BNE, ms. 3918
            (llamada «Vida y escritos de don Luis de Góngora. Defensa de su estilo por don Joseph
            Pellicer Salas y Tovar» en los preliminares de las <hi rend="i">Lecciones
            solemnes</hi>).</p>
          <p>— «Vida y escritos de don Luis de Góngora» de las ediciones de Hoces.</p>
          <p>Estas diferentes «Vidas», emparentadas entre sí, se integran en el conjunto de
            discursos de defensa salidos del círculo de amigos y apologistas cercanos al gran poeta
            cordobés. Pellicer se propone, además de encomiar a Góngora y celebrar sus escritos,
            defender su estilo y arremeter contra las ediciones espurias y mal cuidadas de sus
            obras. El propósito es característico de la etapa de la polémica que Melchora Romanos
            califica de «post-gongorismo combativo» o del «gongorismo sin Góngora»<note
              place="bottom"><p rend="noindent">Romanos (2012: 166)</p><p rend="noindent"/></note>.
            Las claras intenciones laudatorias, matriz de este texto, las reiterará Pellicer en las
              <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, en cuyos preliminares, como dijimos, pensaba
            incluir esta <hi rend="i">vita</hi>, un libro, que, junto con el comentario de Salcedo
            Coronel del <hi rend="i">Polifemo</hi>, darán inicio a una apretada competición por la
            defensa de la obra del poeta y la exégesis de sus poemas mayores<note place="bottom"
              >Además de estas dos obras de Salcedo Coronel y de Pellicer que compiten por salir
              casi al mismo tiempo, aparecen, en 1636, los comentarios de las <hi rend="i"
                >Soledades</hi> del primero y las ilustraciones del poema <hi rend="i">Píramo y
                Tisbe</hi> de Cristóbal Salazar de Mardones. De Salcedo Coronel aparecerán, además,
              los sonetos gongorinos en un tomo publicado en 1644 y por último, un comentario al <hi
                rend="i">Panegírico</hi> y las canciones en 1648. Pellicer anuncia un comentario a
              la <hi rend="i">Soledad segunda</hi> que nunca llevó a cabo. </note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>2. [Autor] Pellicer: un joven erudito en el centro de la polémica</head>
          <p>Joseph Pellicer de Ossau de Salas y Tovar (Zaragoza, 1602 - Madrid, 1679) fue un
            fecundo escritor (existen más de doscientas obras suyas catalogadas) y uno de los más
            fervientes gongoristas de su época<note place="bottom">En la «Carta de don José Pellicer
              a don Nicolás Antonio, dándole cuenta de las obras que había compuesto hasta el año
              1643 para que las incluyese en su Biblioteca Hispánica» (Ms. 11262, n. 17 de la BNE),
              dice que había comenzado a escribir en 1621 y que para 1643 sus títulos sobrepasaban
              ya los doscientos. Para más detalles de su vida y obra, véase Jerez (2010) y Ponce
              (2012). </note>. Desde muy temprano manifiesta en sus obras su gran admiración por los
            versos del poeta cordobés y, por los años en que escribe esta vita, no escatima elogios
            en sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> (Madrid: Imprenta del Reino, 1630), en <hi
              rend="i">El Fénix y su Historia natural</hi> (Madrid: Imprenta del Reino, 1630) o en
            la <hi rend="i">Fama, exclamación, túmulo y epitafio…</hi> (dedicada a Paravicino)<note
              place="bottom">El libro preparado por Pellicer un año después de la muerte de
              Paravicino es <hi rend="i">Fama, exclamación, túmulo y epitafio de aquel gran padre,
                fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga</hi><title> (Madrid: viuda de Alonso
                Martín, 1634).</title> El texto fue recogido por Cerdan (1994). </note> para aquel
            que tiene por el mayor poeta de España. Sus contemporáneos, para la fecha en que escribe
            las <hi rend="i">Lecciones</hi>, lo consideraban ya el «adalid» del gran poeta<note
              place="bottom">Así lo describe el doctor Villar, gongorista aragonés, en un romance
              recogido por Uztarroz en 1628: «Pero quédese entre tanto, / este pleito en compromís /
              hasta que del estilo nuevo/ defensa estampe sutil / don Joseph de Pellicer, / genio
              bizarro y feliz, / que contra los plebeyones / es de Góngora adalid» (Véase Oliver
              1995b: 41, n. 24).</note>.</p>
          <p>Primogénito de una familia noble de Aragón, estudió en Alcalá de Henares y Salamanca y
            vivió en la corte desde su infancia, donde desarrolló su carrera profesional componiendo
            un número sorprendente de textos poéticos e históricos. En 1629 fue nombrado Cronista de
            Castilla (cargo pretendido por Lope de Vega en varias ocasiones) y Cronista Mayor de los
            Reinos de la Corona de Aragón en 1640, tras la muerte de Bartolomé Leonardo de
              Argensola<note place="bottom">Fue también nombrado Cronista de Aragón en 1637 para
              suceder a Francisco Jiménez de Urrea pero el nombramiento fue revocado en 1638 por
              estar este vivo (Oliver 1995a: 97).</note>. Ya maduro, y siendo caballero de las
            órdenes de la Montera y de Santiago, compuso una relación cronológica de su dilatada
            obra en su <hi rend="i">Bibliotheca formada de los libros y obras de Joseph Pellicer de
              Ossau y Tovar</hi> (Valencia: Gerónimo Villagrasa, 1671-1676) en la que da noticia de
            su ingente quehacer literario a lo largo del XVII. Son destacables —además de sus
            conocidos <hi rend="i">Avisos</hi>— su producción propagandística a raíz de la
            declaración de guerra del rey francés en 1635 (<hi rend="i">Defensa de España contra las
              calumnias de Francia</hi>) y en relación con la revuelta de Cataluña y la secesión de
            Portugal (<hi rend="i">La Astrea Sáfica, Idea del Principado de Cataluña</hi> y la<hi
              rend="i"> Fama Austriaca</hi>). Como hombre al servicio del rey, legitimó con su pluma
            la postura de la monarquía hispánica.</p>
          <p>No se puede negar la gran capacidad de trabajo de este precoz polígrafo. De esa erudita
            precocidad se enorgullece, aunque con protestas de modestia no muy convincentes, en los
            preliminares de sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, por ejemplo. Además, solía
            hacer gala de su linaje alardeando de sus cuatro ilustres apellidos (Pellicer, Ossau,
            Salas y Tovar). De tal presunción se burlaron Quevedo (en <hi rend="i">La Perinola</hi>)
            y Lope (en <hi rend="i">El Laurel de Apolo</hi>), entre otros rivales literarios. Sin
            embargo, no debemos olvidar que Pellicer es un hombre realmente erudito y no carente de
            talento, muy leído en su tiempo y estimado pese a los ataques que le valieron sus
            precoces éxitos y su vanidad, a quien la posteridad ha venido tratando con tal vez
            excesiva dureza. Su imagen como pedante, de erudición espuria, historiador poco riguroso
            y a veces fabulador, presente ya en la decimonónica <hi rend="i">Historia crítica de los
              falsos cronicones</hi>, de José Godoy Alcántara<note place="bottom">Godoy Alcántara
              (1875: 281 y ss.).</note>, queda fijada durante todo el siglo XX por las apreciaciones
            de Dámaso Alonso. Más recientemente el historiador Richard Kagan opinó que este escritor
            «propagandista» de la Corona y «diestro mitógrafo» dispuesto a torcer las fuentes
            históricas y a inventar otras con fines tanto personales como políticos, fue la
            quintaesencia de las «plumas contratadas» (<hi rend="i">hired pens</hi>) de la
            historiografía barroca<note place="bottom">Kagan (2009: 235 y ss.). Véase Alonso (1955:
              454-479 y 480-501). Gracián, en su tratado <hi rend="i">Agudeza y arte de
              ingenio</hi>, explicando la agudeza por exageración, lo describe como «erudito e
              ingenioso caballero […] bien conocido en toda la Europa por sus raras obras en su
              misma pluralidad» (Gracián, 1969: I, 201).</note>. Pese a todo, la manipulación de la
            historia y la falsa erudición que se le achacan a Pellicer eran debilidades en que
            incurrían muchos hombres de letras de su tiempo, aunque la torrencial facundia del
            aragonés lo señalara entre estos historiadores mendaces como uno de los más prolíficos
            zurcidores de historias y genealogías. Cierto es que este escritor estuvo en el
            epicentro de varias disputas intelectuales, como demostró Dámaso Alonso en su conocido
            «Todos contra Pellicer»<note place="bottom">Alonso (1995: 454-479).</note>. Sin embargo,
            como no se puede reducir su considerable labor a esos roces con otros miembros de la
            república literaria, hace ya unas décadas, tanto Aurora Egido como Robert Jammes echaban
            en falta «una visión completa del prolífico autor de las <hi rend="i">Lecciones
              solemnes</hi>» y «un estudio ecuánime en el que se reduzcan a su dimensión exacta las
            invectivas que llovieron sobre él»<note place="bottom">Egido (1979: 9); (1984: 609-648);
              Jammes (1994: 688).</note>. Hace ya más de treinta años, Luis Iglesias Feijoo halló un
            manuscrito que recoge un interesante intercambio epistolar entre Pellicer y algunos de
            sus contemporáneos<note place="bottom">Iglesias Feijoo (1983).</note>, en el que
            resaltan aspectos positivos del personaje y de la estimación que de él se hacía, que
            vienen a matizar la deplorable imagen que hemos heredado. El citado conjunto epistolar
            —en el que destacan nombres como Antonio Hurtado de Mendoza, Francisco de Quevedo,
            Alonso y Lorenzo Ramírez de Prado, los condes de Lemos, de Oropesa, de Atarés, el
            Almirante de Castilla, don Francisco de Amaya, Manuel de Faria y Sousa, y otros muchos—,
            confirma el calado de la relación intelectual y social que Pellicer mantuvo con los
            hombres de letras y los nobles españoles a lo largo del XVII.</p>
          <p rend="noindent"><space> </space>Es bien conocida la historia de las estocadas que se
            van lanzando por estos años el entonces joven Pellicer y el ya consagrado Lope de Vega,
            en obras como el <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi> (Madrid, Juan González, 1630)<hi
              rend="i">, El Fénix y su historia natural y</hi> las <hi rend="i">Lecciones
              solemnes</hi> (ambos también de 1630)<note place="bottom">Juan Manuel Rozas (1990:
              136) resume la cronología así: «1629, primavera: difunde el poema [<hi rend="i">El
                Fénix y su historia natural</hi>, entre sus amigos], inmediatamente Lope se burla de
              él en una comedia; noviembre, Pellicer se defiende en los preliminares de <hi rend="i"
                >El Fénix y su historia natural</hi> de esas sátiras; 1630, febrero, Lope arremete
              contra la persona, la erudición y la poesía de Pellicer, e inmediatamente, en los
              preliminares de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, este llama a Lope viejo sin
              seso, envidioso, ignorante y sin honra». Además, habría que tener en cuenta la
              hipótesis que adelanta Rozas (1984) de que el nombramiento de Pellicer como cronista
              en septiembre de 1629 habría predispuesto aún más al dramaturgo contra el joven
              cronista. Las burlas de Lope continúan en <hi rend="i">La Dorotea</hi> (1632) y en las
                <hi rend="i">Rimas de Burguillos</hi> (1634). </note>. En un manuscrito autógrafo
            con poesías de Pellicer localizado hace unos años por Juan Manuel Oliver figuran dos
            sonetos satíricos contra Lope («A un poeta que decía que en España no había quien
            supiese el griego…» y «No debe decir mal quien sabe que tiene faltas propias»)<note
              place="bottom">Oliver (1995a: 87-100).</note>. En <hi rend="i">La Dorotea</hi>
              (1632)<note place="bottom">(1632_dorotea).</note>, también se recogen algunas
            referencias de Lope contra Pellicer. Este último, a pesar de la virulenta guerra
            literaria mantenida con el Fénix en vida de este —«siendo quien menos debió a su pluma
            en vida», como recuerda en su <hi rend="i">Bibliotheca</hi>
            <note place="bottom">Pellicer, <hi rend="i">Bibliotheca</hi> formada…,Valencia: Jerónimo
              Villagrasa, 1671-1676, n.28.</note>— depone las armas y le dedica un elogio funeral
            incluido en la <hi rend="i">Fama póstuma</hi> de Pérez de Montalbán (Madrid, Imprenta
            del Reino, 1636)<note place="bottom">Pérez de Montalbán (2001: 188-209).</note>. En la
            mencionada carta a Nicolás Antonio recuerda haber escrito dicho elogio, que versa así:
            «Urna Sacra, panegírico funeral a la muerte de fray Lope de Vega Carpio (cuyo nombre es
            su única alabanza) y el epitafio que aún hoy permanece, cerca de su sepultura, en la
            bóveda de la parroquial de San Sebastián»<note place="bottom">BNE, ms.
            11262/17.</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>3. [Cronología] Textos y pretextos: tres vitae de Góngora</head>
          <p>Como apuntábamos al referirnos a los títulos, tenemos, en primer lugar, la vida
            incluida en el ms. Chacón titulada «Vida y escritos de don Luis de Góngora». La
            atribución a Paravicino de esta primera versión —denominada por Alfonso Reyes y la
            crítica posterior «vida menor»— ha quedado probada gracias a una de las epístolas
            encontradas y escudriñadas por Luis Iglesias Feijoo en el manuscrito que lleva la
            signatura 9/5770 de la Real Academia de la Historia de Madrid. En segundo lugar, tenemos
            lo que la crítica ha venido llamando «vida mayor» de Góngora, titulada <hi rend="i"
              >«Vida de don Luis de Góngora. Por don Joseph Pellicer de Salas»</hi>, cuyo manuscrito
            es objeto del presente estudio. Destinada a publicarse en el primer tomo, y luego en el
            prometido segundo de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> del zaragozano, esta <hi
              rend="i">vita</hi> no llegó a la estampa y se conserva hoy en manuscrito en la
            Biblioteca Nacional de España<note place="bottom">Ms. 3918 (vol. 7, f. 1r-6r). Aunque
              Pellicer no continuó con la segunda parte de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>,
              como había prometido, se cree que abandonó el proyecto y las dejó inconclusas en <hi
                rend="i">Segundas lecciones a la Soledad I</hi>, de 1638, que quedaron manuscritas
              (BNE, ms. 2066, f. 185-204). Ese abandono puede estar relacionado con la mala acogida
              que tuvieron sus comentarios (Iglesias Feijoo: 1983, 191).</note>. Foulché-Delbosc la
            edita en un artículo de 1915 y por segunda vez en 1921, junto con la «vida menor», en el
            tercer volumen de su famosa edición de las <hi rend="i">Obras poéticas</hi> de Góngora.
            Y en tercer lugar tenemos, como decíamos, la «Vida y escritos de don Luis de Góngora»
            publicada en las ediciones madrileñas de Gonzalo de Hoces y Córdoba de <hi rend="i"
              >Todas las obras de don Luis de Góngora</hi>.</p>
          <p>Para entender las razones que llevaron a Pellicer a componer la <hi rend="i">vita</hi>
            que estudiamos ahora y su relación con la versión anterior, la atribuida a Paravicino,
            se impone hacer un poco de historia. Como es sabido, fray Hortensio Félix Paravicino fue
            amigo y también uno de los testamentarios de Góngora y, en esa calidad, le otorga a
            Pellicer el 6 de junio de 1628 un poder para la publicación de sus <hi rend="i"
              >Lecciones solemnes</hi><note place="bottom">«Fray Hortensio Félix Paravicino, como
              testamentario de don Luis de Góngora pide una copia del testamento de este» (Alonso:
              1962, documento nº 136).</note>. La licencia de las <hi rend="i">Lecciones</hi> data
            de un mes más tarde (12 de julio de 1628) y la fe de erratas del 16 de diciembre de
            1629. En el año y medio transcurrido entre la licencia y la fe de erratas intervienen
            una serie de sucesos que van a vincular directa o indirectamente a Pellicer, Paravicino,
            Lope y Calderón de la Barca con la escritura y reescritura de estas <hi rend="i"
              >vitae</hi> «menor» y «mayor» del recién fallecido poeta andaluz<note place="bottom"
              >Para los detalles del suceso de la irrupción de los comediantes en el convento de las
              trinitarias, las quejas de Paravicino y las burlas de Calderón en <hi rend="i">El
                príncipe Constante</hi>, que ya hemos comentado en «Cronología» (1628_vita_chacon),
              véase Cotarelo y Mori (1924: 131-142).</note>.</p>
          <p>Iglesias Feijoo estudia una carta enviada por el trinitario a Pellicer desde Burgos,
            que lleva fecha de 1 de octubre de 1629. En ella hace alusión Paravicino al escándalo
            con los cómicos y, seguidamente, le pide a Pellicer que lo deje de «fuera de Estacada
            tan agena de [su] Profession», con el fin de evitar nuevos motivos de ataque y burlas si
            su nombre llegaba a figurar en las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi><note
              place="bottom">«La Vida de don Luis quedó cerrada en una gaveta, yo traje las llaves y
              volverá dentro de quince días de la fecha de esta carta, siendo Dios servido. Si antes
              compusiese vuestra merced con su ánimo el dejarme fuera de estacada tan ajena de mi
              profesión, sería mucha amistad, y si no, mire vuestra merced: Si hablan en la comedia,
              en el Polifemo por estampar esos perros a quien la envidia sirve de rabia qué dirán
              del autor de la Vida de él, o como no dirán que merezco la ofensa, si la ocasiono
              entre los versos, cuando aún no me fue del púlpito escusa» (Iglesias Feijoo, 1983:
              164).</note>. Tal precaución no es de extrañar, pues el fraile también le pidió a
            Pellicer que no lo mencionase en absoluto en las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>,
            de ahí que nos hayan llegado ejemplares con estados en los aparece citado y otros en los
            que no <note place="bottom">Reyes (1958: 116-130). Para un resumen de la cuestión, véase
              Cerdan (1994: 81-84); Oliver (1995b: 42, n. 27 y 53, n. 37).</note>. En el contexto de
            la polémica, además, no podemos pasar por alto que si bien el religioso era amigo de
            Pellicer (este último lo llamó «mi mayor amigo»)<note place="bottom">Pellicer, <hi
                rend="i">Lecciones solemnes</hi>, col. 748.</note>, también supo mantener buenas
            relaciones con Lope de Vega, por lo que cabe conjeturar, como segunda explicación de su
            negativa a figurar en la obra, que Paravicino prefería mantenerse al margen de la guerra
            entre Lope y Pellicer. Para no retrasar la inminente publicación de sus <hi rend="i"
              >Lecciones</hi>, este último compuso apresuradamente la «Vida de don Luis de Góngora.
            Por don Joseph Pellicer de Salas» (vida mayor), sobre la base de la <hi rend="i"
              >vita</hi> del religioso que ya figuraba en los preliminares del manuscrito Chacón y
            que, como sabemos, Pellicer pudo consultar, puesto que lo menciona, equivocando el
            número de sus tomos, en la columna 608 de sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi><note
              place="bottom">Juan Manuel Oliver propone una trama complicada (y algo imaginativa),
              según la cual lo que Paravicino se resiste a entregar no es una <hi rend="i">Vida</hi>
              de Góngora salida directamente de su pluma sino una versión de esta revisada por
              Pellicer y con una serie de añadidos de carácter ofensivamente polémico (Oliver
              (1995b: 53-56).</note>. </p>
          <p>Pero volviendo a la vida objeto de este estudio, parece que Pellicer no logró incluirla
            en las <hi rend="i">Lecciones</hi> por no haber podido conseguir a tiempo la licencia
            para este apéndice de última hora, y para no posponer la salida del libro. En ella dice,
            refiriéndose a las dos piezas encomiásticas, vida y epigrama al retrato, de Paravicino,
            incluidos en los preliminares del manuscrito Chacón: «Ambas cosas deseé yo imprimir,
            pero no pude conseguir de su modestia si no es la una, y esa con dificultad no poca».
            Respetando la petición del trinitario de no publicar la <hi rend="i">vita</hi>, incluye,
            sin nombre de autor, la «estancia» epigramática que empieza «De amiga idea de valiente
            mano», en el manuscrito Chacón asociada con el retrato del poeta, y que reaparece debajo
            del que adorna las <hi rend="i">Lecciones</hi><note place="bottom">Esta octava volverá a
              imprimirse en los preliminares de las <hi rend="i">Obras póstumas divinas y humanas de
                don Félix de Arteaga</hi> con el título de «Suscripción a un retrato del
              autor».</note>.</p>
          <p>El aparato paratextual de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> de Pellicer,
            concebido para dar acogida a esta <hi rend="i">vita</hi>, llega casi a la veintena de
            escritos y no tiene desperdicio. Tal despliegue de textos es reminiscente de la novedosa
            utilización de la imprenta por parte de Lope de Vega y su original manejo de
            frontispicios, emblemas, retratos, prólogos, dedicatorias, aprobaciones, etc. con fines
            promocionales y de acercamiento al poder<note place="bottom">García Aguilar (2009:
              165-170). </note>. Dicho aparato tampoco está alejado de la tradición de los <hi
              rend="i">accessus ad auctores</hi> medievales que, conjuntamente con la explicación
            del título, temas, filosofía e intención del texto traducido o comentado, recogían una
              <hi rend="i">vita auctoris</hi>. Como estos preliminares no son idénticos en todos los
            ejemplares del libro, basamos nuestra descripción en el ejemplar que conserva la
            Hispanic Society de Nueva York. Este, tras la portada, contiene un emblema con el lema
              <hi rend="i">Invidiae ultrix modestia</hi>). En el vuelto de la portadilla (que
            precede la portada) figura una cita en griego del orador Arístides con su
            correspondiente traducción latina (<hi rend="i">aduersus inuidos amussos</hi>). Ambos,
            emblema y fragmento, están relacionados con la envidia. El emblema es nada menos que la
            «empresa de don Joseph», como la describirá más tarde en su <hi rend="i"
              >Bibliotheca</hi>, que consiste en un erizo encogido al que dos perros tratan en vano
            de morder lastimándose las lenguas. Al acercarnos a las <hi rend="i">Lecciones
              solemnes</hi>, en palabras de Cruz Casado, «se tiene la impresión de que estamos ante
            un libro blindado contra la envidia»<note place="bottom">Cruz Casado (2004:
            111).</note>. Este sentimiento, y su compleja relación con el éxito literario, tan
            recurrentes en Pellicer, eran en este período parte esencial «de la retórica de la
            autorrepresentación y de la formación de una identidad creativa individual», como ha
            estudiado Javier Portús<note place="bottom">Portús (2008: 138).</note>.</p>
          <p>Seguidamente, aparece la dedicatoria al cardenal infante don Fernando de Austria,
            hermano de Felipe IV, junto con el escudo de armas del dedicatario. A continuación
            figura, en el ejemplar consultado, una hoja con una advertencia «a los lectores» que,
            como explica Iglesias Feijoo, tiene el vuelto en blanco y fue introducida en los
            preliminares, sin formar parte de estos, como se comprueba al examinar las
              signaturas<note place="bottom">Iglesias Feijoo (1983: 164-165).</note>. En ella se
            explica lo sucedido con la biografía que nos ocupa:</p>
          <quote>Yo había dispuesto que se estampase aquí la vida de <hi rend="i">Don Luis de
              Góngora</hi>, que tengo escrita, junto con los Elogios de Varones Insignes que hacen
            en sus escritos mención honrosa de él. No ha podido conseguirse esto, porque fue
            necesario sacar nueva licencia del Consejo para imprimirla y, siendo forzosa la
            dilación, era cierta la mala obra que se le hacía al librero en detener despacho del
            libro. Por esto, y por la priesa que daban los deseosos de él, determiné dejar la vida
            para el segundo tomo de <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, donde saldrá con todas las
            demás obras muy brevemente<note place="bottom">El orden y número de los preliminares de
              las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, en los ejemplares consultados, presentan
              notables desigualdades, aunque la disposición más común es la que hemos ido señalando
              en este estudio a partir del ejemplar consultado en la Hispanic Society de Nueva York.
              Véase Oliver (1996: 69, n. 222). Según Lucien-Paul Thomas, en el ejemplar de la
              Bibliothèque Mazarine de París (11070 F), la «Vida y escritos de don Luis de Góngora»
              y el retrato «se trouvent au folio 4, recto et verso, et non au folio 23 id., comme
              dans les exemplaires cités par M. Foulché-Delbosc» (Thomas, 1909: 324). Me indica
              Jaime Galbarro que, después de haber cotejado más de veinte ejemplares de las <hi
                rend="i">Lecciones</hi>, esta hoja añadida, además de claramente no pertenecer a los
              pliegos originales, como hemos indicado, se encuentra ubicada en distintos lugares
              dentro de los preliminares, si bien el más frecuente es al final de los mismos, justo
              delante de la primera página de los comentarios. Vaya desde aquí mi gratitud a Jaime
              por esos datos y por los comentarios al primer borrador de este
            trabajo.</note>.</quote>
          <p>La premura con que quiere sacar sus <hi rend="i">Lecciones</hi>, además del
            contratiempo que significó la petición de Paravicino, está también relacionada con la
            carrera desatada entre Pellicer y Salcedo Coronel por publicar sus primeros comentos de
            las obras mayores de Góngora. Como se sabe, aunque la censura de las <hi rend="i"
              >Lecciones</hi> lleva fecha de junio de 1628, Salcedo se adelanta a Pellicer con la
            publicación de su <hi rend="i">Polifemo comentado</hi> en 1629<note place="bottom">En
              las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, al concluir los comentos del <hi rend="i"
                >Polifemo</hi>, dice así, resentido, sobre la carrera que perdió ante Salcedo
              Coronel: «Pero en tanto que otros sudaban en esta arena, intenté correrla yo: no
              entiendo llegar primero al palio, aunque salí antes, pero en estudiosas tareas, el que
              acierta madrugó más. Al que yerra, el trasnochar no se le alaba; y el premio se le
              debe al seso, no a la prisa, sin que tenga disculpa en lo temprano» (col.
            350).</note>.</p>
          <p>En nuestro ejemplar, la hoja añadida precede a una extensa dedicatoria al serenísimo
            señor don Fernando de Austria, seguida a su vez por la batería de textos legales
            (censura del padre fray Julián Abarca, licencia del ordinario por Diego de Rivas,
            censura del padre Juan Luis de la Cerda, la suma de privilegio, la de tasas y la fe de
            erratas). A continuación nos regala Pellicer su propio retrato, en un grabado de Jean de
            Courbes, con un fondo arquitectónico formado por un arco y dos pilastras. En el filo del
            arco aparece el lema «Don Joseph Pellicer de Salas y Tobar. Su edad XXVI años» y en la
            clave, el escudo de su linaje. En la cartela inferior que completa este conjunto
            iconográfico se leen unos versos laudatorios de su amigo Juan Francisco de Molina (<hi
              rend="i">Josephum placido spectadum pingere vultu</hi>…). Tras su juvenil retrato le
            sigue la extensa dedicatoria «A los ingenios doctísimos de España, beneméritos de la
            erudición latina», antes de terminar con el copioso «Índice de los autores que don
            Joseph cita en estas lecciones, divididos en sesenta y cuatro clases». Como se ve,
            Pellicer, que acababa de ser nombrado Cronista de Castilla, iba forjando su imagen de
            autor por medio de una calculada serie de estrategias promocionales —tales como el
            retrato y la divisa que incluía en sus libros—además de reflejar en las obras que
            publicaba su conexión con escritores famosos como Góngora, Paravicino o Anastasio
            Pantaleón de Ribera.</p>
          <p>Con calculada progresión, aparece después una hoja que abre lo que podríamos llamar una
            segunda sección preliminar, que reza, con grandes tipos en el centro de la página: «Vida
            y escritos de don Luis de Góngora. Defensa de su estilo, por don Joseph Pellicer de
            Salas y Tovar». Le sigue, en el vuelto, el retrato calcográfico del poeta cordobés,
            también de Jean de Courbes. Su marco ovalado, con la <hi rend="i">inscriptio</hi>: «Don
            Luis de Góngora y Argote, capellán de sus Majestades, racionero de la Santa Iglesia de
            Córdoba y príncipe de los poetas líricos de España», se inserta en una composición
            arquitectónica. La Fama corona de laureles al poeta mientras clama en su trompa, como lo
            aclara la filacteria: «Tu nombre oirán los términos del mundo»<note place="bottom">La
              frase remite a un verso del <hi rend="i">Polifemo</hi> (OC255.24), que recuerda el
              conocido tópico virgiliano de la Fama como voz pública. Para Pellicer, proviene del
              Salmo <hi rend="i">In omnem terram exiuit sonus eorum</hi> (<hi rend="i">Lecciones
                solemnes</hi>, col. 33). Paravicino se vale del mismo tópico al inicio de su <hi
                rend="i">Oración fúnebre a fray Simón de Rojas</hi>, cuando, al hablar del fraile,
              lo llama: «más dulce, más sonora, más perpetua trompa del nombre de María, que los
              términos del mundo, si no dilató la voz, despertó los ecos» (1994: 113). </note>; a
            ambos lados, en dos cartelas, se pueden leer los datos de nacimiento y muerte del poeta,
            rematados en la base por el número de años, meses y días vividos<note place="bottom"
              >Burlándose de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, y en particular de la
              inclusión de este retrato de Góngora en los preliminares, Andrés Cuesta le achaca a
              Pellicer que «no sin providencia divina le pintó v.m. como mártir del Japón, para
              darnos a entender que estaba martirizado con tales comentos» (1630_Cuesta).</note>.
            Completan el grabado los versos de Paravicino ya mencionados.</p>
          <p>Concluye esta sección con un encomio en versos castellanos titulado «Túmulo honorario a
            la memoria grande, y en lo mortal e inmortal de don Luis de Góngora…» y una inscripción
            latina que relata el origen, cargos, excelencias y virtudes del poeta. Es precisamente
            al final de este último texto prologal donde encontramos el reclamo de página «Vida»,
            que seguramente daba paso, en la página siguiente, al texto que nos ocupa, y que hubiera
            rematado estos prolijos preliminares. Tras una rápida mirada al conjunto que acabamos de
            describir se puede decir que hay mucho de Pellicer en una primera sección, en la que el
            joven no escatima espacio para hacer alarde de su origen y erudición al tiempo que
            defiende su labor como comentarista de Góngora. El grabado de Góngora por Courbes, la
            estancia de Paravicino, más el túmulo honorario y la inscripción latina, forman el
            inicio de una segunda sección paratextual cuyo núcleo debía ser la «vida y escritos» de
            Góngora que quedó manuscrita.</p>
          <p>A modo de resumen, los preliminares de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, además
            de los escritos que solían preceder todo impreso en la época (portada, censuras,
            erratas, etc.) se estructuran así:</p>
          <p>- Advertencia en griego (y traducción en latín) de Arístides y grabado; ambos contra la
            envidia.</p>
          <p>- Dedicatoria a don Fernando de Austria, su escudo y el texto «Serenísimo Señor».</p>
          <p>- Parte que dedica Pellicer a ensalzar su figura. Es la más extensa y cuenta con: el
            retrato (por el mismo grabador que el de Góngora), «A los ingenios doctísimos…» (que en
            realidad es un ataque directo a Lope de Vega) y siete folios de «Índice de los autores»
            (un despliegue vanidoso de todo lo que dice haber consultado).</p>
          <p>- Dos páginas dedicadas a Góngora (retrato con estancia y túmulo), más una página con
            la indicación de la <hi rend="i">vita</hi> ausente y una nota «A los lectores»
            explicando por qué no se imprimió.</p>
          <p>Como puede observarse, Pellicer se coloca en el centro mismo de los preliminares y se
            dedica a sí mismo su parte más extensa.</p>
          <p>Contra sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> se alzaron voces como las de Andrés
              Cuesta<note place="bottom">(1630_cuesta). </note>, Tamayo de Vargas<note
              place="bottom">(1633_Aprobaciones). </note> y Andrés de Uztarroz<note place="bottom"
              >Sobre la enemistad de Tamayo de Vargas y Uztarroz hacia Pellicer, véase Reyes (1919).
            </note>. Según Tamayo de Vargas en su aprobación de una de las ediciones de Hoces,
            «convenía que todos gozasen de él [del ingenio de Góngora] sin más ornamento que de su
            propia perfección, sin los lunares de glosas y adiciones sin propósito, que hasta aquí
            le han violentado y obscurecido más que declarado e ilustrado»<note place="bottom">Véase
              Artigas (1925: 212, n. I). </note>. El libro de Pellicer también fue denunciado ante
            la Inquisición. Uno de los censores, Alonso Vázquez de Miranda, señaló los «errores de
            ignorancia clarísima, no por malicia» de Pellicer, quien «se dejó llevar de un deseo
            vano de ostentar varia lección y noticias, aunque hubiese menos ocasión de escribirlas,
            defecto de la edad juvenil o adolescente en que se halla»<note place="bottom">Véase
              Artigas (1925: 211, n. I).</note>. Y en efecto Pellicer, cuando compuso las <hi
              rend="i">Lecciones</hi>, tenía menos de veintiséis años y los comentos y edición de
            algunos de los poemas mayores de Góngora (<hi rend="i">Polifemo, Soledades,
              Panegírico</hi> y<hi rend="i"> Tisbe</hi>) eran una tarea que solo habían emprendido
            «sesudos y cuajados varones, como el cordobés Pedro Díaz de Ribas»<note place="bottom"
              >Cruz Casado (2004: 110).</note>. Como indica al concluir su monumental trabajo,
            Pellicer ha hojeado «más de dos mil y quinientos autores de todas lenguas y todas
            ciencias» y ha ilustrado los poemas con más de doce mil autoridades y noticias<note
              place="bottom">Pellicer, <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, col. 834-835.</note>. A
            pesar de lo que pueda haber de hiperbólico en estas cifras, y dejando de lado las
            digresiones irrelevantes y otros fallos, hay que reconocer, en palabras de Jammes, el
            «inmenso servicio que los comentaristas han prestado a la poesía de Góngora y la
            historia literaria: se puede afirmar que, sin ellos, las <hi rend="i">Soledades</hi>
            hubieran quedado casi incomprensibles, y no solo para nosotros, lectores modernos, cuya
            cultura es tan diferente de la del público del XVII, sino también para los propios
            contemporáneos de Góngora…»<note place="bottom">Jammes (1994: 96).</note>.</p>
          <p rend="noindent"><space rend="tab"> </space>Por último, a modo de resumen, veamos cómo
            se fue gestando cronológicamente la «vida mayor» de Pellicer a partir de la original
            escrita por Paravicino y en relación con los sucesos mencionados:</p>
          <p>- Paravicino, testamentario de Góngora, le otorga poder para publicar las <hi rend="i"
              >Lecciones solemnes</hi> el 6 de junio de 1628. De esta misma fecha también es la
            licencia del ordinario.</p>
          <p>- La censura de fray Julián Abarca data del 4 de junio de 1628 y la del Padre de la
            Cerda, del 14 de julio de 1628.</p>
          <p>- La suma del privilegio es de un mes más tarde, del 12 de julio de 1628.</p>
          <p>- La <hi rend="i">vita</hi> original fue escrita por Paravicino entre junio y diciembre
            de 1628. El <hi rend="i">terminus post quem</hi> sería el mes de junio de 1628, ya que
            alude a la edición de Vicuña, registrada por el Padre Pineda el 3 de junio de ese año.
            El <hi rend="i">terminus ante quem</hi> vendría a ser el 12 de diciembre de 1628, fecha
            de la dedicatoria de Chacón del manuscrito que contiene esta <hi rend="i">vita</hi>.</p>
          <p>- En enero de 1629 comienza el escándalo entre Paravicino y Calderón.</p>
          <p>- Paravicino le pide a Pellicer por carta de 1 de octubre de 1629 que no publique su
              <hi rend="i">vita</hi> en las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>.</p>
          <p>- Pellicer accede a su petición y se propone componer esta vida de Góngora (si damos
            por bueno el testimonio del interesado) antes de que el conjunto del volumen, incluidos
            los preliminares, quedara listo para la impresión, como muy tarde, antes de la fecha de
            la tasa (la fecha más tardía de los paratextos legales), o sea el 27 de febrero de
            1630.</p>
          <p>En suma, pues, la redacción de «Vida de don Luis de Góngora. Por don Joseph Pellicer de
            Salas» fue emprendida entre el 1 de octubre de 1629 y la puesta en venta de las <hi
              rend="i">Lecciones solemnes</hi> poco después de la fecha de la tasa<note
              place="bottom">Iglesias Feijoo (1983: 164-171).</note>. Dada su ausencia en el libro y
            la fiabilidad imperfecta de las declaraciones de Pellicer, no puede afirmarse que la
            redacción estuviera concluida en esas fechas.</p>
        </div>
        <div>
          <head>4. [Estructura] Epitafio y monumento de Góngora</head>
          <p>Estas <hi rend="i">vitae</hi> de Góngora —tanto la versión inicial de Paravicino como
            la amplificada de Pellicer— fueron construidas siguiendo las líneas maestras del
            discurso encomiástico prescrito por la retórica clásica. De manera general, su
            estructura recoge lo que son —acotados por un breve exordio y un epílogo— los hechos
            antes, durante y después de la vida del biografiado (<hi rend="i">ex tempore quod ante
              eos fuit</hi>; <hi rend="i">ex tempore quod ipisi vixerunt</hi>; <hi rend="i">ex
              tempore quod est insecutum</hi>)<note place="bottom">Lausberg (1998: § 245). El autor
              del <hi rend="i">Manual de retórica literaria</hi> se basa en esta sección sobre el
              género epidíctico en Quintiliano, <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, III,
              7.</note>. Así, la <hi rend="i">laus personae</hi> que levanta el biógrafo basándose
            en los <hi rend="i">argumenta a persona</hi> recogerá a lo largo del texto referencias
            relativas al <hi rend="i">genus, natio, patria, sexus, aetas, educatio e disciplina,
              habitus corporis, fortuna, condicionis, animi natura, studia</hi>, etc. del
              biografiado<note place="bottom">Lausberg, (1998: § 376). La enumeración de los <hi
                rend="i">argumenta a persona</hi> se basa en Quintiliano, <hi rend="i">Institutio
                oratoria</hi>, V, 10, y VI, 3.</note>.</p>
          <p>Abre Pellicer esta <hi rend="i">vita</hi> de Góngora indicando sucintamente lo que se
            propone: «decir de tan excelente varón y referir sus alabanzas». Manejando los tópicos
            del exordio, deplora su falta de elocuencia para hablar de tan excelso sujeto, y asumir
            el sublime cometido de su escrito: obrar por la vida póstuma e inmortal de un hombre
            como Góngora, «que vivió para decoro, reputación y honor de su patria»<note
              place="bottom">Para los datos principales de la vida de Góngora, nos han sido
              indispensables los trabajos de Manuel González de Córdoba (1896) y (1899); Miguel
              Artigas (1925); Jammes (1987); y las necesarias acotaciones de Amelia de Paz
              (2012).</note>. No olvida tampoco revelar con modestia la tópica incertidumbre del
            biógrafo en cuanto a su capacidad y estilo (<hi rend="i">captatio
              benevolentiae</hi>)<note place="bottom">Tópico que repite al final de la <hi rend="i"
                >vita</hi> y que reitera en las <title>Lecciones solemnes</title>, por ejemplo, al
              concluir los comentarios del <title>Polifemo</title>: «Varón tan grande como D. Luis
              de Góngora pedía mejor pluma que la mía; espíritu mayor mereció» (col. 350). </note>,
            ni el énfasis en la brevedad, característico de este tipo de narraciones, siguiendo la
            formulación característica de las <hi rend="i">virtutes narrationis</hi> (claridad,
            brevedad y credibilidad). El encomio retórico que sigue a este exordio, escrito en orden
            cronológico, engarza los argumentos relativos a la patria, la familia, la infancia, la
            madurez y la muerte de Góngora, destacando la hidalguía de su linaje dentro del marco de
            la ilustre ciudad de Córdoba. Conforme a los patrones de la <hi rend="i">descriptio
              personae</hi>, incluye Pellicer una <hi rend="i">laus urbis natalis</hi> en la que
            destaca el tópico de la benignidad del clima cordobés, que favorece el ingenio de sus
              habitantes<note place="bottom">El autor del <hi xml:lang="fr" rend="i">Opúsculo contra
                el «Antídoto» de Jáuregui y en favor de don Luis de Góngora, por un
              curioso</hi> incide con particular gracia en ese tópico, escribiendo: «También le
              hubiera calificado mucho a vuestra merced el haber nacido poeta, porque el poeta, para
              ser bueno, <hi rend="i">nascitur</hi>, y había de ser el nacimiento por lo menos en
              Córdoba madre de poetas, porque el clima del cielo lo lleva de suelo, y ansí ha
              producido tantos y tan buenos en todas edades, porque no en balde Marcelo la edificó
              en el sitio que hoy posee con particular observación de astros y estrellas; pero ¿en
              vuestra merced, nacido y criado en Sevilla, que no influye cosa de provecho en materia
              de poesías? » (1624_opusculo-curioso).</note>. Ofrece además como parte del discurso
            encomiástico de la urbe, una nómina de poetas ilustres con la que, echando mano de la
            historia, logra establecer nexos entre la pasada grandeza de la urbe romana que produjo
            a Séneca y a Lucano, y los tiempos más recientes que han dado a luz a Juan de Mena y a
            Luis de Góngora. Valiéndose de la técnica del sobrepujamiento, siguiendo una norma del
            género panegírico, afirma que el nombre de Góngora, opaca a todos los anteriores.
            Aprovecha Pellicer estas primeras líneas del <hi rend="i">urbis encomium</hi> para
            hablar de Homero, el habitante más famoso de Esmirna, ciudad rica e ilustre pero que
            recordamos sobre todo por haber sido la patria del poeta<note place="bottom">Para el
              tópico del sobrepujamiento, véase Curtius (1990: 162-165). </note>. Este por lo demás,
            es gloria de su patria Córdoba sino también de toda España, punto sobre el cual también
            insiste Pellicer en los preliminares de las <hi rend="i">Lecciones</hi>:</p>
          <quote>Estaba la Poesía Castellana convalecida apenas de Juan de Mena, y halagada de la
            blandura de Garcilaso, iba arribando en Don Diego de Mendoza, Francisco de Herrera;
            entretúvose mejorada en los dos insignes Leonardos de Argensola, hasta que se cobró en
            Góngora, que la puso en perfección, llenando de espíritu generoso la capacidad de los
            genios españoles…<note place="bottom">Pellicer, <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, «A
              los ingenios doctísimos de España…», f. ¶4rv.</note>
          </quote>
          <p>En las líneas siguientes se detendrá Pellicer en el origen noble y la holgura económica
            de la familia Góngora y Argote — describiendo la formación intelectual de un padre dado
            al estudio del Derecho y las Humanidades— como bases sólidas sobre las cuales pudo el
            joven desplegar todo su talento natural. Procede Pellicer a hablar de la vida del sujeto
            como tal (<hi rend="i">ex tempore quod ipsi vixerunt)</hi>, comenzando por su fecha de
            nacimiento y su infancia. No olvida manifestar, amparado en fuentes que no identifica
            («según acuerdan las historias»; «según oigo decir a sus contemporáneos»), la extremada
            precocidad del joven, la índole sobresaliente de su carácter (tópico del <hi rend="i"
              >puer senilis</hi>), su afán de conocimiento y disciplina, y el ingenio extraordinario
            que le valió temprana fama desde sus tiempos de estudiante. Esta sección intermedia,
            como era de esperar, es la más extensa, ya que en ella se concentra la descripción
            física y moral del sujeto, así como la defensa de su obra y estilo.</p>
          <p>Al relatar brevemente los años mozos de Góngora, Pellicer hace hincapié en su paso por
            Salamanca, en donde floreció su vocación poética (<hi rend="i">educatio et
              disciplina</hi>). Refiere la enfermedad del joven como consecuencia del clima
            salmantino («destemplanza fría de aquel suelo») y de los errores juveniles
            («distraimientos a que se incitan los mozos llevados del apetito y del ejemplo») que
            pusieron al poeta en los umbrales de la muerte. Góngora fue muy dado a los naipes toda
            su vida —son abundantes en su poesía metáforas sacadas del juego— y a ello, entre otras
            cosas, alude Pellicer, quizá, hablando de distraimientos, aunque el biógrafo los reduce
            a sus años mozos y los excusa con la inmadurez juvenil y el ejemplo de los amigos.
            También Artigas recuerda que en Salamanca «se hojeaban los naipes tanto o más que el <hi
              rend="i">Digesto</hi>»<note place="bottom">Artigas (1925: 33) </note>. La situación de
            Góngora durante los años que pasó en Salamanca fue holgada y pudo vivir allí con mucha
            comodidad debido a los beneficios que le había cedido su tío Francisco. Según Pellicer,
            tras el episodio de la enfermedad, la fortaleza del joven lo devolvió a la vida. Para
            ilustrar este pasaje, incluye un poema de Góngora, —«Muerto me lloró el Tormes en su
            orilla»— en el que, además de corroborar el argumento del texto que está construyendo
            con la <hi rend="i">auctoritas</hi> del personaje mismo de quien escribe, busca
            ejemplificar el talento y precocidad literaria del cordobés con un ingenioso poema
            basado en una asociación de conceptos.</p>
          <p>Sin embargo, este poema no es, como relata Pellicer, de los años mozos de Góngora.
            Quizá llevado por el hilo del discurso encomiástico en el que busca ofrecer mayor
            verosimilitud retórica y dar pruebas de cómo la vitalidad del biografiado logra derrotar
            la enfermedad, como recomendaban los tratados retóricos<note place="bottom">Teón (1991:
              124) y Hermógenes (1991: 188).</note>, yerra Pellicer en las fechas. Como demostró en
            su tiempo Manuel González y Francés, este poema data de unos quince años después, cuando
            Góngora, ya racionero en su ciudad natal, tuvo que regresar a Salamanca en 1593, enviado
            (junto con el canónigo Alonso Venegas de Cañaveral) por el cabildo para dar el parabién
            al obispo electo de Córdoba, don Jerónimo Manrique, que ya lo era de Salamanca desde
            1579 (y a quien dedicara el soneto «A don Jerónimo Manrique, Obispo de Salamanca, electo
            de Córdoba»<note place="bottom">González y Francés (1896: 28).</note>. Enfermó en la
            ciudad del Tormes y se vio obligado a extender su estancia cuatro meses, hasta noviembre
            de 1593<note place="bottom">Artigas (1925: 74-75)</note>.</p>
          <p>La utilización de versos de Góngora para ilustrar su vida, y en particular esta sección
            dedicada a la alabanza del sujeto por medio de sus hechos encomiables y virtudes, es
            recurrente en esta <hi rend="i">vita</hi> que recoge cuatro de sus sonetos. Como
            decíamos, con este primer soneto se busca destacar el talento natural (<hi rend="i"
              >ingenium</hi>) que, combinado con los estudios, llevó a Góngora a ser el poeta más
            erudito de su tiempo. No podía faltar la alabanza al conocimiento de las lenguas que
            demuestra el joven desde entonces (<hi rend="i">disciplina</hi>),y su excelencia en la
            lengua latina y todavía más, en la castellana. Según Pellicer, puede disculparse el
            haber dado rienda en sus primeros pasos como poeta a un ingenio como el suyo, “agudo y
            vehemente”, haciendo —por ser joven y por mal advertido— versos satíricos que molestaron
            a algunos, debilidad de que se dolía siendo ya maduro o anciano. Pone así Pellicer en
            boca de Góngora esta suerte de <hi rend="i">mea culpa</hi> para mayor gloria suya, en el
            que describe a un poeta arrepentido de lo picante de su sátira, o sea consciente de su
            fuerza y capaz de restringir su uso por razones virtuosas.</p>
          <p>Es técnica común en la narración encomiástica achacar algunos desaciertos del
            biografiado a la inmadurez juvenil. Sin embargo, la predilección por lo escatológico y
            lascivo se manifiesta tanto en romances y letrillas juveniles como en composiciones muy
            posteriores. El chiste, lo burlesco y la parodia están muy presentes en la poesía que
            compuso Góngora a lo largo de su vida. Su musa no perdió ni la sal, ni el picante, con
            los años y, para comprobarlo, baste leer décimas escritas en 1624 por un Góngora más que
            sesentón como «Casado el otro se halla», que contiene juegos de palabras bien atrevidos,
            o «Con Marfisa en la estacada», que evoca las desventuras de un impotente<note
              place="bottom">Jammes (1987: 144 y ss.)</note>. En resumen, «los matices de humor o
            las inflexiones jocosas», a menudo fuentes de experimentación y mezcla, no faltan ni en
            los poemas graves, ni en uno de los preferidos del poeta, la <hi rend="i">Fábula de
              Píramo y Tisbe</hi><note place="bottom">Dice así Pellicer, <hi rend="i">Lecciones
                solemnes</hi>: «Entre las obras que más estimó en su vida don Luis de Góngora, según
              él me dijo muchas veces, fue la principal el romance de <hi rend="i">Píramo y
                Tisbe</hi>», (col. 775). </note>, ni en «el más oficial y ambiciosamente noble de
            los poemas de Góngora, el <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>»<note
              place="bottom">Blanco (2012b: 348 y n. 645) </note>.</p>
          <p>Esta extensa sección de la <hi rend="i">vita</hi> busca desmentir la fama de procaz y
            chocarrero que nunca perdió del todo Góngora y que, para algunos espíritus gazmoños,
            desacreditaba sus poemas presuntamente graves. Según Pellicer, Góngora dejó de escribir
            burlas cuando se ordenó sacerdote, pero, como recuerda Artigas, para entonces el poeta
            pasaba ya de los cincuenta años y lo hizo para poder disfrutar de la capellanía que le
            fue otorgada por Felipe IV cuando fue a instalarse en la Corte en 1617<note
              place="bottom">Artigas (1925: 44, 150)</note>. Sabemos que, como muchos de los
            escritores de su tiempo, Góngora, incluso siendo eclesiástico y, más tarde, sacerdote,
            no se privó de escribir este tipo de poemas, ni otros de carácter amatorio, aunque
            Pellicer pretenda disculpar estos últimos afirmando que los hizo a petición de «amigos y
            poderosos». A diferencia de Quevedo, nos recuerda Carreira, Góngora «es hedonista y no
            lo disimula»<note place="bottom">Carreira (1998: 296)</note>. La prolija defensa del
            biógrafo, creemos, también pudo haber sido suscitada por las censuras eclesiásticas de
            la edición de López de Vicuña, en particular de la del padre Pineda, que además de
            atacar al Góngora poeta, arremete contra el sacerdote<note place="bottom">Entrambasaguas
              (1975: 106-126)</note>.</p>
          <p>Aprovecha Pellicer esta defensa de las virtudes de su biografiado para censurar a
            ciertos sacerdotes que usan de la inmunidad de lo sagrado para escribir sátiras en las
            que dan rienda suelta a sus odios, con lo cual es probable que aluda a Lope de Vega, en
            ese momento objeto de su mayor preocupación, como se verifica en el prólogo «A los
            ingenios doctísimos de España». Como decíamos, por estos años también componía Pellicer
              <hi rend="i">El Fénix y su historia natural</hi> y, tanto en los preliminares como en
            el texto de esta obra, arremete contra Lope en uno de los momentos más enconados de su
            enemistad. En la primavera de 1629, Pellicer difunde entre amigos el poema y Lope se
            burla de él en una comedia. En respuesta, Pellicer se defiende en los preliminares de
              <hi rend="i">El Fénix</hi>; en el <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi>, que sale a la luz
            en febrero de 1630 Lope lanza varios dardos a Pellicer, que este le devuelve en los
            preliminares de las <hi rend="i">Lecciones</hi>. La <hi rend="i">vita</hi> de Pellicer
            que analizamos, escrita en los últimos meses de 1629, estrechamente ligada a estos
            preliminares, pasa a formar parte del conjunto de escritos polémicos cruzados entre Lope
            y Pellicer. Por lo tanto, podemos considerar este texto una extensión de la guerra
            literaria que, desde que salieron el <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i"
              >Soledades</hi>, parece haber enfrentado a ciertos amigos de Góngora y a algunos
            entusiastas de Lope de Vega<note place="bottom">Además del conocido estudio de Juan
              Manuel Rozas (1990) sobre la enemistad de Lope y Pellicer, se puede consultar ahora
              los trabajos de Fernando Bouza (2014) y María José Tovar Quintana (2015) que han visto
              como Pellicer falsificó las aprobaciones de <hi rend="i">El Fénix</hi> firmadas por
              Quevedo y el padre La Cerda para volverlas más hiperbólicas en el encomio, y como Lope
              alude a ello clarísimamente en el <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi>.</note>.</p>
          <p>Fiel a su intención encomiástica, insiste Pellicer en el desengaño de sus locuras
            juveniles que experimentó Góngora al ir entrando en años, ayudado por su profunda
            inteligencia, y con más intensidad después de ordenarse sacerdote. Al propio tiempo
            sintió la necesidad de una conversión no ya moral o religiosa sino estilística, hacia
            una grandeza y sublimidad poéticas que excediesen la destreza tan admirada en los
            juegos, donaires y equívocos por los que se había hecho famoso. Según Pellicer, el rumbo
            que buscaba hacia una «reputación más sólida y fama más elevada», lo halló en el ejemplo
            del gran predicador Hortensio Félix Paravicino<note place="bottom">Le da verosimilitud a
              estas afirmaciones lo que sabemos de la amistad del poeta y el predicador real
              (extensiva al hermano de este, Francisco Paravicino, conde de Sangrá), una relación
              que ya fue conocida en su tiempo. Las tres cartas que se conservan de Góngora al
              trinitario fechadas en 1623 y 1624 nos ofrecen una imagen de esa amistad. Véase
              Salcedo Coronel, <hi rend="i">Segundo tomo de las obras de don Luis de Góngora</hi>…,
              Madrid: Pedro Laso,1645, p. 495-499 y Jammes (1987: 287-288). Góngora le dedicó en
              1620 al maestro Paravicino un soneto: Al Padre Maestro Hortensio, de una audacia del
              Padre Maestro Fray Luis de Aliaga, confesor del Señor Rey don Felipe IV»; en 1623,
              compuso otro dirigido a ambos hermanos («Sople rabiosamente conjurado») y, como hemos
              dicho, nombró como uno de sus testamentarios a fray Hortensio.</note>. Cuenta, pues,
            el biógrafo, sin que podamos saber hasta qué punto basándose como lo pretende en
            declaraciones del propio poeta, que Góngora, admirador del orador sagrado, decidió
            transferir la majestad de frases y profunda erudición de que hacían gala sus sermones a
            la propia poesía, escribiendo entonces el <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i"
              >Soledades</hi>. El ejemplo de los discursos del trinitario y el trato frecuente
            animaron a Góngora a emprender estas labores poéticas de mayor empeño<note
              place="bottom">Para más sobre las visitas de Góngora a la celda del religioso, véase
              Oliver (1995b: 27, n. 11; 1995b: 34, n. 23).</note>.</p>
          <p>Para Carreira, que estudia la reutilización de materiales anteriores por parte del
            poeta, este tenía «aversión por la reescritura» y huía de repetirse<note place="bottom"
              >Carreira (1998: 79)</note>, por lo que no cesó de renovarse a lo largo de los más de
            cuarenta años de su actividad como poeta. No está, pues, justificado marcar una cesura
            tajante entre un antes y un después en la escritura gongorina tras el supuesto cambio
            espiritual del cordobés. Así construye la historia Pellicer que, fiel a su propósito
            panegírico y edificante, busca mostrar que la gloria del poeta se asienta en la virtud.
            Según Pellicer, Paravicino habría precedido a Góngora en el empleo del lenguaje culto.
            Además de en la <hi rend="i">Vita</hi> que comentamos, lo declara en un pasaje de las
              <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> que fue sustituido, en la mayor parte de los
            ejemplares, por una prolija descripción de Sicilia<note place="bottom">Para más detalles
              de la primacía y afinidad poética entre Góngora y Paravicino, véase el apartado
              «Autor», (1628_vita_chacon) y Reyes (1958: 116-130).</note>.</p>
          <p>El «furor sublime» y el ardor que imprime Góngora a su <hi rend="i">Polifemo</hi>, tan
            admirados por algunos, le da pie a Pellicer para hablar de los maliciosos y envidiosos,
            y a insertar como respuesta el segundo soneto de Góngora, «Pisó las calles de Madrid el
              fiero»<note place="bottom">(1615_piso_madrid_el_fiero).</note>. Este poema, como se
            sabe, compara a los críticos de su poesía con campesinos incultos que sueltan los perros
            al ver llegar a un forastero. Termina Góngora el soneto ofreciéndose, con dos «truenos»
            de su trasero, usar sus opiniones como papel higiénico y crear luz en las nalgas. Llama
            la atención que Pellicer incluyera este poema escatológico, que había sido denunciado
            por el padre Pineda por sucio y personal<note place="bottom">Pariente (1987: 167): «es
              sucio; nota y señala a algunos particulares poetas». </note>. El soneto también le
            había dado pie a Jáuregui, en el exordio de su <hi rend="i">Antídoto</hi>, para
            demostrar que Góngora amedrentaba a los críticos, no por lo agudo de sus respuestas,
            sino porque, asqueados, tenían que dejarlo «por señor del campo viéndole empuñar un
            soneto merdoso y otro pedorro, y al menorete un monóculo o cagalarache»<note
              place="bottom">Jáuregui (2002: 4).</note>.</p>
          <p>Al escribir poco después Góngora la <hi rend="i">Soledad primera</hi>, sigue contando
            Pellicer, «padeció semejante invasión que el <hi rend="i">Polifemo</hi>», a lo que
            respondió con el desprecio y la risa, además de con este otro soneto que transcribe el
            zaragozano: «Con poca luz y menos disciplina»<note place="bottom"
              >(1615_con-poca-luz).</note>. Según sostiene Begoña López Bueno, este poema lo escribe
            Góngora en 1615 como reacción inmediata tras conocer el <hi rend="i">Antídoto</hi> de
            Jáuregui, que es el «muy crítico y muy lego» autor a quien alude en los versos<note
              place="bottom">López Bueno (2012). Carreira da este poema como atribuido.</note>. El
            cuarto y último soneto que incluye Pellicer, «Restituye a tu mudo horror divino»<note
              place="bottom">(1615_restituye-a-tu-mudo).</note>, no se refiere a la <hi rend="i"
              >Soledad segunda</hi>, como afirma el biógrafo, sino a la primera, como reza en el
            manuscrito Chacón. Estos tres sonetos, concluye la profesora López Bueno, «forman parte
            de un mismo contexto: el de la defensa y/o el ataque en un momento, el otoño de 1615, de
            especial dificultad para Góngora»<note place="bottom">López Bueno (2011: 263).</note>.
            Después de estudiar la datación de los tres sonetos, recogidos por el colector del
            manuscrito Gor<note place="bottom">Aparecen los tres sonetos y la composición en dos
              décimas del ms. Gor, f. 177r-178v.</note>, y que incorpora Pellicer en esta <hi
              rend="i">Vida</hi>, López Bueno señala que los tres se compusieron y transmitieron por
            las mismas fechas: «Salta a la vista que los tres sonetos y las décimas forman un
            conjunto trabado de reacciones ofensivo-defensivas de Góngora en el momento en que la
            tormenta arreciaba más contra él»<note place="bottom">López Bueno (2013a: 140).</note>.
            Podemos entender así por qué los escoge Pellicer para, unos quince años más tarde, dar
            voz al ya fallecido Góngora en la aún muy viva polémica sobre su poesía. Pero, lo que es
            más, si, como apunta la citada estudiosa, estos sonetos, junto con la décima «Por la
            estafeta he sabido»<note place="bottom">(1615_por-la-estafeta).</note>, son «reacciones
            de Góngora ante las irónicas críticas de Lope en su carta inicial de 13 de septiembre de
            1615 y, especialmente ante las censuras de gran calado de Jáuregui en su <hi rend="i"
              >Antídoto</hi>…»<note place="bottom">López Bueno (2013a: 136). </note>, Pellicer,
            inmerso en su guerra literaria contra Lope por los años en que escribe esta <hi rend="i"
              >vita</hi>, ataca al Fénix sirviéndose de la voz de Góngora como arma.</p>
          <p>Concluye así, con este último soneto, la digresión defensiva sobre el estilo antes de
            continuar con la vida del poeta, aunque aclara el biógrafo que habrá más en sus <hi
              rend="i">Lecciones solemnes</hi>, lo que vuelve a corroborar la trabazón de los
            paratextos con el cuerpo del libro: «Dejemos ahora el discurrir sobre el estilo, pues
            luego diremos de él en su defensa…». Retoma el patrón marcado por Quintiliano para
            configurar el elogio al mencionar la condición social (<hi rend="i">conditionis
              distantia</hi>), señalando que aunque fuera «el mayor hombre de España en su tiempo»,
            Góngora sufrió necesidad e incomodidades: ser racionero de su iglesia era «estrecho
            puesto para caballero tan calificado y tan lucido ingenio». En consonancia con el <hi
              rend="i">animi natura</hi>, alaba el carácter de quien que en tales circunstancias
            sabía soportar su suerte y daba gracias por lo que tenía, buscando la simpatía del
            lector al evocar la injusta avaricia de la fortuna con su biografiado.</p>
          <p>No parece ser, sin embargo, que, como afirma Pellicer, estuviera muy contento Góngora
            con lo que tenía. El poeta, que había viajado a la Corte esporádicamente en varias
            ocasiones, escribe poemas de circunstancia y composiciones de elogio como el <hi
              rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>, y se asienta en Madrid en 1617, cuando
            tenía cincuenta y cinco años, como pretendiente cortesano<note place="bottom">Para más
              detalles, Paravicino,«Estructura» (1628_vida_chacon)</note>. Refiere Pellicer las
            gestiones del poeta en la Corte con el objeto de conseguir hábitos militares para sus
            sobrinos. El primero le llega con retraso, ya en 1622, debido a la caída de sus
            protectores y al cambio de reinado. De los años siguientes datan los sonetos «Camina mi
            pensión con pie de plomo», «De la Merced, señores, me despido» y «En la capilla estoy, y
            condenado», que hablan del cansancio, el desengaño y la apremiante preocupación por el
            dinero. Aflora en varias de las composiciones de estos años su angustia por la llegada
            de la vejez y su estado de salud en la situación que se encontraba («Infiere, de los
            achaques de la vejez, cercano el fin a que católico se alienta», como reza el epígrafe
            del soneto «En este occidental, en este, oh, Licio») u otros en los que recoge el tópico
            de la brevedad engañosa de la vida («Menos solicitó breve saeta»), o su deseo de
            regresar a una vida más tranquila en Córdoba «De la Merced, señores, me despido».
            Pellicer, siempre cortesano, no se olvida de elogiar a la reina por haberse ocupado del
            enfermo en tan crítico momento. Este había caído en cama durante el viaje que Felipe IV
            realizó a Aragón acompañado de Olivares y de otros cortesanos a principios de 1626<note
              place="bottom">Para más detalles, ver Paravicino,«Estructura» (1628_vida_chacon) y
              Artigas (1925:195).</note>.</p>
          <p>Una vez concluido con una muerte cristiana y serena el relato de la vida, pasa Pellicer
            a una semblanza del poeta (<hi rend="i">descriptio persona</hi>) siguiendo los cánones
            habituales. La <hi rend="i">evidentia</hi> que logra con esta descripción pone al
            biografiado, tanto en sus cualidades físicas como morales, ante los ojos de los
            lectores, todo ello enmarcado dentro de la finalidad persuasiva del texto. Refiere una
            frase amable que solía dirigirle el poeta: anécdota que subraya, además de su relación
            personal con Góngora, la generosidad del ilustre anciano frente a sus jóvenes émulos
              (<hi rend="i">acta et dicta</hi>).</p>
          <p>Tras recalcar que otra de las virtudes del poeta era recibir los consejos y censuras de
            sus amigos —cuestión debatida en la polémica<note place="bottom">Se recalca la
              «docilidad» del poeta, es decir, su capacidad para aceptar con voluntad las críticas y
              hacer enmiendas. Es tema recurrente en la polémica y sigue el tópico horaciano de la
                <hi rend="i">limae labor</hi>. Véase la nota 118 de nuestra edición.</note>—, pasa
            revista a los poetas grecorromanos a los que era aficionado Góngora. La lista es
            reveladora, ya que algunos de los autores que recoge Pellicer se utilizan como
            argumento, en el intercambio de censuras y defensas, para extraer fórmulas y recursos
            que permitan señalar novedades y presuntos fallos de su poesía. En esa nómina, que
            recoge desde los grandes Homero y Virgilio hasta autores tardoantiguos como Museo y Nono
            de Panópolis, pasando por prosistas del relato amoroso de aventuras, como Heliodoro, y
            líricos, como Anacreonte, predominan los autores griegos que, imitados por Góngora,
            darán a la poesía docta del XVII aires de antigua majestad. Al mencionar de modo
            preferente autores menos frecuentados, cultivadores de la epopeya, la égloga y el
            epilio, o que incluyeron en sus obras elementos de géneros diversos, o que insertaron
            casos amorosos, como Museo, Heliodoro y Aquiles Tacio, Pellicer aspira a refutar algunas
            de las mayores objeciones a la poesía de Góngora: la cuestión de los <hi rend="i">genera
              dicendi</hi> y del estilo. Tanto quiere Pellicer persuadirnos de la grandeza literaria
            de Góngora que llega a decir que no está del todo seguro de que leyera a estos autores:
            si los leyó, es admirable por haberlos superado, y de no haberlos leído, más aún, pues
            los recreó sin conocerlos. Para Pellicer, como para Pedro de Valencia, Francisco
            Cascales o Juan de Jáuregui, solo los antiguos eran dignos de ser modelos de un poeta
            ambicioso, por lo que omite a los intermediarios renacentistas, tanto neolatinos como
            italianos, incluso a poetas tan respetados e imitados como Pontano, Sannazaro, Tasso o
            Marino, que fueron eslabones fundamentales de la transmisión de la poética antigua<note
              place="bottom">Para los poetas modernos italianos que imitara Góngora, véase Romanos
              (1986: 117-141). </note>. La lista de estos autores clásicos arroja luz sobre el
            diálogo que mantenía Góngora con los modelos antiguos, siguiendo las doctrinas de la
            imitación compuesta de modelos y géneros, base de su estética, que permitía enriquecer y
            amplificar la lengua vulgar. Repite juicio similar sobre la imitación gongorina en sus
              <hi rend="i">Lecciones</hi>:</p>
          <quote>Anduvo don Luis con espíritu poético examinando cazas y pescas en Opiano; en
            Claudiano epitalamios y bodas; palestras y juegos en Píndaro; alabanzas de la soledad en
            Horacio; tormentas y borrascas en Virgilio; boscajes y selvas en Valerio Flaco;
            transformaciones fabulosas en Ovidio; sin que se le pierda rito ni desatienda ceremonia,
            tan frecuente en las fórmulas de la Antigüedad, que a perderse en los griegos y latinos,
            se hallarán en las <hi rend="i">Soledades</hi> las noticias<note place="bottom"
              >Pellicer, <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> (col. 352-353).</note>. </quote>
          <p rend="noindent">Esta opinión, en suma, ya la había expresado el gran helenista Pedro de
            Valencia, al decir que el <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi>
            excedían «con grandes ventajas a todo lo mejor que he visto de griegos y latinos en
            aquel género»<note place="bottom">Pérez López (1988: 74).</note>.</p>
          <p>Cuenta Pellicer que la modestia del poeta (<hi rend="i">animi natura</hi>) le impidió
            publicar su obra en vida, por lo que esta quedó «desamparada» y se publicó de un modo
            nefasto. Dada la fecha en que se escribe esta <hi rend="i">vita</hi>, Pellicer solo
            puede estar aludiendo a la edición muy controvertida de Juan López de Vicuña, aparecida
            en 1627: «se los estampó o la enemistad o la codicia, con prisa, con desaliño, con
            mentiras y con obras que le adoptó el odio de su nombre». Insiste en la dedicatoria de
            las <hi rend="i">Lecciones</hi>: «A mí me permitirán más desahogo para acabar de
            publicar sus obras tan ajadas en la edición pasada de la prensa»; «No fue mucho que con
            semejantes estratagemas saliesen las obras de don Luis de Góngora impresas tan
            indignamente, con tantos errores, y aun sin nombre»<note place="bottom">Pellicer, <hi
                xml:lang="fr" rend="i">Lecciones solemnes</hi>, f. ¶¶1r</note>. No contento aún, en
            el discurso prologal «A los ingenios doctísimos de España» afirma que una de las razones
            que le movió a comentar la poesía de Góngora</p>
          <quote>fue la lástima de ver las obras de don Luis impresas tan indignamente, acaso por la
            negociación de algún enemigo suyo que, mal contento de no haberlo podido deslucir en
            vida, instó en procurar quitarle la opinión después de muerto, trazando que se
            estampasen sus obras (que, manuscritas, se vendían en precio cuantioso) defectuosas,
            ultrajadas, mentirosas y mal correctas, barajando entre ellas muchas apócrifas y
            adoptándoselas a don Luis, para que desmereciese por unas el crédito que había
            conseguido por otras. Al fin salieron, estampadas, a luz, tan sembradas de horrores y de
            tinieblas que si el mismo don Luis resucitara, las desconociera por suyas, como de
            Ausonio dijo José Escalígero. Salieron también sin nombre, dando ocasión para que por
            libro anónimo se recogiesen por edictos; que todo esto sabe causar la envidia y la
              malicia…<note place="bottom">«A los ingenios doctísimos…», f. ¶¶¶3r. Recuerda Oliver
              el deseo de exclusividad de Pellicer en el derecho de imprimir la poesía de Góngora,
              tal como figura en la cláusula de poder que le otorga Paravicino y que quizá fuera
              parte de la animadversión que sentía hacia la edición de Vicuña (1995b: 41, n.
              25).</note>. </quote>
          <p>Para reparar estos desmanes, un amigo, don Antonio Chacón Ponce de León, señor de
            Polvoranca, decidió reunir y encuadernar con primor sus poemas y dedicarlos al conde
              duque<note place="bottom">Al igual que Pellicer, el sentir del señor de Polvoranca es
              semejante en cuanto a la calidad de la edición de Vicuña. En la dedicatoria al
              conde-duque apunta que la obra del andaluz necesita amparo «no tanto por las censuras
              de sus émulos, por lo que ignoran de ellas los más de sus aficionados, por los
              defectos con que han andado —aun cuando mejor manuscritas—, por haberse perdido muchas
              y prohijándosele injustamente no pocas, cuanto por haber una subrepticia impresión
              comunicado a mayor publicidad estas injurias, en un volumen que, tenido por de D.
              Luis, las renovaba, y recogido (bien que sólo por falta de su nombre) le ha
              acrecentado otra».</note>. Paradojas de la historia: con tal magnífico regalo a
            Olivares, don Antonio Chacón, como recuerda Carreira, logró uno de esos ansiados hábitos
            que tanto persiguiera Góngora por la Corte<note place="bottom">Carreira (1998:
              222).</note>. Concluye Pellicer con otro ejemplo de su propio conocimiento del
            personaje y de las virtudes intrínsecas del poeta, que se negó, por modestia, a que le
            comentara su obra. Engarza con un tópico ejemplo de <hi rend="i">captatio</hi> en el que
            alude a su incapacidad como comentarista, como había hecho al principio; anuncia la
            división de las <hi rend="i">Lecciones</hi> (obras mayores en el primer tomo y menores
            en el segundo) y termina presentando un epitafio que no conservamos por mutilación de la
            página del manuscrito y que es probablemente el Túmulo honorario que acompañaba el
            retrato de Góngora en las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, o bien el epitafio en
            latín que de él forma parte y que aparece en el vuelto de la misma hoja.</p>
        </div>
        <div>
          <head>5. [Fuentes] Fuentes orales y retóricas para la composición de la vita</head>
          <p>Como apuntábamos, dado que la intención del texto era alabar al poeta, el género
            oratorio al que recurre Pellicer es el <hi rend="i">genus demostrativum</hi>. Durante el
            Renacimiento, fueron fundamentales y de gran influencia para la construcción del
            discurso epidíctico los tratados de Hermógenes de Tarso, incorporados, junto al manual
            de Aftonio, a la enseñanza escolar del latín, así como los tratados de Menandro de
            Laodicea y la sección de «De laude et vituperatione» de la <hi rend="i">Institutio
              Oratoria</hi> de Quintiliano, el tratado retórico más amplio y brillante que nos ha
            legado la antigüedad. El texto, además, como indica desde el título, da cabida a
            elementos del género judicial, puesto que se propone la defensa del poeta frente a sus
            detractores. De ahí la inclusión de pruebas basadas en testimonios: pueden servir para
            ello los sonetos mismos que cita in extenso, y los episodios de la vida de Góngora que
            conoce de primera mano por haberlo conocido a él y a sus amigos; también la vastedad de
            su cultura demostrada en el número de autores antiguos a los que era aficionado el
            poeta, a los que imitó y superó y, por último, pruebas de fama como la existencia misma
            del manuscrito Chacón y el honor con que lo recibió el poderoso valido.</p>
          <p>A diferencia de los detallados y eruditos comentarios de las <hi rend="i">Lecciones
              solemnes</hi>, no cita Pellicer sus fuentes, y las referencias a otros textos y
            contextos de la polémica, que debían resultar muy conocidos a sus lectores, aparecen
            insinuados o difuminados a lo largo de la <hi rend="i">vita</hi>. La única fuente que da
            Pellicer figura en una nota marginal en el manuscrito y se trata de la <hi rend="i"
              >Historia de las antigüedades de la ciudad de Salamanca</hi>, escrita por el
            historiador de los reinos de Castilla y de Indias Gil González Dávila (1570-1658) y
            publicada en 1606 en esa ciudad. Para los datos relativos a la familia de Góngora es muy
            posible que haya consultado las obras de Pedro Díaz de Ribas, en particular <hi rend="i"
              >De las Antigüedades y excelencias de Córdoba</hi> y la <hi rend="i">Crónica
              general</hi> de Ambrosio de Morales.</p>
          <p>En general, notamos ciertos paralelismos entre los ‘datos biográficos’ que nos ofrece
            Pellicer y algunos de los poemas de Góngora, como si el biógrafo se estuviera apoyando
            en la obra misma del poeta para componer su semblanza<note place="bottom">Véase, a este
              respecto, Cayuela (2012: 27). </note>. Por ejemplo, la descripción de la fertilidad,
            campos, muros y despojos de Córdoba (entre ellos la torre de Los Argotes), recuerda, si
            bien tópico obligado en este tipo de composición, el temprano poema gongorino «Oh
            excelso muro, oh torres coronadas…». Asimismo Pellicer, como decíamos, se vale del poema
            «Muerto me lloró el Tormes en su orilla» para el pasaje de la enfermedad del poeta, y,
            si bien yerra en la fecha, sabe utilizarlo hábilmente para ejemplificar el <hi rend="i"
              >topos</hi> de la fortaleza del biografiado. Habla de los «tres días en los umbrales
            de la muerte», dato que se encuentra en el poema («en cuanto don Apolo el rubicundo
            /tres veces sus caballos desensilla»). Anota además, en el margen del texto, que el
            poeta se quedó «sin habla» cuando enfermó al llegar a Salamanca, lo que correspondería
            al «parasismal sueño profundo». Al referir los deseos de Góngora de alejarse del agitado
            mundo cortesano para regresar a su ciudad natal, temiendo morir en el «año climatérico»,
            quizá tuviera en mente el soneto antes mencionado cuyo primer cuarteto dice:</p>
          <quote>
            <lg>
              <l>En este occidental, en este, oh Licio,</l>
              <l>climatérico lustro de tu vida, </l>
              <l>todo mal afirmado pie es caída, </l>
              <l>toda fácil caída es precipicio.<note place="bottom">Góngora (1988:
                472-474).</note></l>
            </lg>
          </quote>
          <p>Por último, es importante también señalar las fuentes orales, es decir, el conocimiento
            directo que tuvo Pellicer de la vida de Góngora a partir del propio poeta, con quien
            tuvo trato. A pesar de su deliberada intención laudatoria y su proyecto defensivo,
            Pellicer contaba con los útiles necesarios para combinar este conocimiento de primera
            mano con el esquema retórico para redactar una <hi rend="i">vita</hi>. La evocación de
            recuerdos personales que hemos señalado en la edición: «Ofrecí yo, en vida, a don Luis,
            el comentarle sus obras, y aunque él lo rehusó…» o «porque según él confesaba
            públicamente», por ejemplo, también aflora en las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>:
            «Entre las obras que más estimó en su vida don Luis de Góngora, según él me dijo muchas
            veces, fue la principal el romance de <hi rend="i">Píramo y Tisbe</hi>»<note
              place="bottom">Pellicer, <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, col. 775.</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>6. [Conceptos debatidos] Preliminares y comentarios de las Lecciones solemnes:
            defensa e ilustración de la poética gongorina</head>
          <p>Habían trascurrido más de tres lustros desde el inicio de la polémica y la «<hi
              rend="i">Vida de don Luis de Góngora. Por don Joseph Pellicer de Salas</hi>» tiene
            como trasfondo el conjunto de comentarios, pareceres, apologías, cartas, parodias y
            antídotos que siguieron a la difusión del <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> desde 1613. El propósito defensivo, manifiesto en el título que le da
            Pellicer en los preliminares de las <hi rend="i">Lecciones solemne</hi>s («Vida y
            escritos de don Luis de Góngora. Defensa de su estilo por don Joseph Pellicer Salas y
            Tovar») es de los más repetidos en los títulos de la polémica: «Defensa e ilustración de
            la «Soledad Primera», «Epístola de Manuel Ponce a Villamediana en defensa del léxico
            culterano», «Ilustración y defensa de la Fábula de Píramo y Tisbe de Cristóbal de
            Salazar Mardones», y otros más. Sin mencionar nombres, el texto de Pellicer se hace eco
            de muchos de los planteamientos de apologistas y detractores, entre los que destacan,
            como hemos visto en las páginas anteriores: la defensa de la oscuridad como generadora
            de la magnificencia del estilo, las referencias a la «sublimidad» de la poesía
            gongorina, el empleo de <hi rend="i">tropos</hi> frecuentísimos, el estatuto de la
            lengua española respecto al latín y el papel central de Góngora en su elevación, así
            como la comentada «docilidad» del poeta para aceptar las sugerencias y corregir los
            poemas. En general, la <hi rend="i">vita</hi> busca desautorizar, en conjunto y sin
            aportar definiciones ni dar ningún nombre, a los detractores del cordobés, tildándolos
            de envidiosos e incapaces de entender su poesía.</p>
          <p>Desde el punto de vista de la intertextualidad, es significativo el diálogo que
            establece Pellicer con la <hi rend="i">Carta a don Luis de Góngora en censura de sus
              poesías</hi>, de Pedro de Valencia, y con los <hi rend="i">Discursos apologéticos por
              el estilo del Polifemo y Soledades</hi> de Díaz de Ribas, que hemos ido desgranando en
            las notas a pie de página. Los <hi rend="i">Discursos</hi> y la <hi rend="i">vita</hi>
            de Pellicer, a su vez, se alzan como respuesta a muchas de las objeciones del <hi
              rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui. Asimismo, aunque el <hi rend="i">Escrutinio sobre
              las impresiones de las obras poéticas de don Luis de Góngora</hi> sea posterior a esta
              <hi rend="i">vita</hi>, —escrito probablemente cuando aún estaban muy recientes las
            ediciones de Hoces y atribuido al cordobés José Pérez de Ribas por Antonio Carreira—
            tampoco queríamos pasar por alto las concomitancias que guarda con este texto,
            precisamente por recoger las ideas que comparten los <hi rend="i">Discursos</hi> y la
              <hi rend="i">vita</hi>, y que también hemos ido indicando en las notas.</p>
          <p>Si bien Pedro de Valencia reconoce la valía de la poética de Góngora, el arte, ingenio
            y experiencia que las sostienen, apunta no obstante algunos factores de una oscuridad
            que deplora, señalando las transposiciones, el uso de vocablos griegos e italianos y
            algunas metáforas burlescas que no convienen al estilo alto. Díaz de Ribas, por su
            parte, defiende la novedad del estilo de Góngora, que, según él, «es conforme a las
            reglas del arte»<note place="bottom">Díaz de Ribas (1960: 57).</note>; cree que aquellos
            que ven solo oscuridad carecen de ingenio, de lección o no supieron poner cuidado en la
            lectura «por no estar versados en la lección de los poetas antiguos, ni entender sus
            frasis tan llenas de tropos y tan remotas del lenguaje vulgar»<note place="bottom">Díaz
              de Ribas (1960: 35).</note>. Amplifica Pellicer estas ideas, como hemos visto, con la
            nómina de poetas griegos y latinos a quienes imitara y emulara Góngora. Al igual que las
              <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, la apología de Díaz de Ribas busca «explicar y
            defender cómo el intento de nuestro poeta fue añadir a nuestra lengua belleza y cultura,
            y a nuestras Musas, gala y majestad»<note place="bottom">Díaz de Ribas (1960:
              36).</note>. Otros argumentos e ideas presentes en los <hi rend="i">Discursos</hi> que
            se repiten en la <hi rend="i">vita</hi> (y en las <hi rend="i">Lecciones</hi>) son la
            mención del precedente de Juan de Mena<note place="bottom">Díaz de Ribas (1960:
              44).</note>, la utilización de voces peregrinas y la invención («adornó del atavío y
            galas extranjeras, descubriendo campos no hollados»)<note place="bottom">Díaz de Ribas
              (1960: 39).</note>, el engrandecimiento de la lengua por parte de Góngora («enriqueció
            nuestra lengua con los tesoros de la latina, madre suya, no solo en las voces sino en la
            gracia del decir»<note place="bottom">Díaz de Ribas (1960: 43).</note>); y la emulación,
            casi superación, de los latinos: «Por comunicar estas virtudes [gravedad, venustidad y
            bizarría] a su estilo, las tradujo nuestro poeta, casi venciendo a los latinos en la
            colocación de las voces»<note place="bottom">Díaz de Ribas (1960: 49).</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>7. [Otras cuestiones] La vita de Pellicer y otros textos de la polémica.</head>
          <p>Buen conocedor del género y excelente articulador de los tópicos del encomio, engarza
            Pellicer temas, léxico y giros que vuelve a aprovechar en otro texto panegírico
            posterior: la dedicatoria a don Antonio Messia de Tovar y Paz, Señor de Monte Rubio, que
            figura en los preliminares de la <hi rend="i">Fama, exclamación, túmulo y epitafio…</hi>
            en honor a Paravicino. Además de los tópicos comunes del género (<hi rend="i">captatio
              benevolentiae</hi>, la precocidad en las letras del biografiado y su fama como «honor
            de la nación y deseo de las extranjeras», por ejemplo), existen notables similitudes
            tanto en el léxico como en el empleo de estructuras paralelísticas en los dos textos: se
            repiten, además de las alusiones a la ‘afabilidad del trato, la ‘docilidad del natural’,
            y la conservación del entendimiento antes de morir, voces como ‘granjear’ («opinión que
            le granjearon cuarenta y dos años de noticias»); ‘contristar’ («La virtud…que la
            contristaban desde inferior región»); ‘apurar’ («y apurada la fineza de su ciencia»);
            ‘descoger’ (¡Oh, como pudiera descoger aquí todo el aparato de la alabanza…»); ‘ dar
            residencia’ («Llegó la hora de dar residencia de tan superior talento»)<note
              place="bottom">Para el texto, ver la edición facsímile en Cerdan (1994: 91-98).
            </note>.</p>
          <p>Otros aspectos relacionados directamente con la producción del texto literario y la
            condición intelectual y social del autor son destacables en esta vida, en particular los
            comentarios sobre la indecisión del poeta en cuanto a la publicación de su poesía hasta
            muy tarde, las referencias a su precaria situación económica y a la búsqueda constante
            de mecenazgo. En este sentido, es destacable el papel de Pellicer en la construcción de
            la imagen del autor, revindicando a un poeta lírico que se regía por un alto concepto
            del arte, un poeta sancionado por nobles y aristócratas que podía ofrecerse como modelo
            intelectual para las nuevas generaciones que estaban ya imitando la docta poesía del
            cordobés.</p>
          <p>Como se puede ver al cotejar este texto de Pellicer con la <hi rend="i">vita</hi> de
            Paravicino que figura en el ms. Chacón, y como han estudiado Feijoo y Oliver<note
              place="bottom">Iglesias Feijoo (1983: 168-169); Oliver (1995b: 60)</note>, las
            adiciones y supresiones son de especial interés. Señalemos entre las primeras la
            inclusión de referencias eruditas muy del gusto de Pellicer, quien, como decíamos,
            enumera más de una docena de autores clásicos griegos y latinos en relación con la <hi
              rend="i">imitiatio</hi> gongorina (Virgilio, Claudiano, Anacreonte, Horacio,
            Eurípides, etc.). Amplifica también la <hi rend="i">laus urbis natalis</hi>, aclarando
            en nota marginal que el padre de Góngora, don Francisco de Argote era hijo segundo de
            una familia ilustre, y cuya cabeza es don Diego Leonardo de Argote en el momento en que
            escribe la <hi rend="i">vita</hi>; recuerda la supuesta participación de sus ancestros
            en la conquista de Córdoba (no olvidemos que Pellicer fue notable aunque poco
            escrupuloso genealogista). Entre los añadidos, son también de destacar las referencias
            al episodio de la enfermedad en Salamanca, a la capacidad del joven para componer versos
            latinos, a las visitas del poeta a la celda de Paravicino y a la supuesta confesión de
            que se había inspirado en su estilo para los poemas mayores. También inserta el biógrafo
            un comentario sobre la dignidad con que se han de conducir los sacerdotes, amplía
            detalles de la guerra literaria tanto en vida como tras la muerte del poeta, traza una
            semblanza física y moral y menciona que fue enterrado sin epitafio. No faltan tampoco,
            entre las adiciones, la mención a la despreocupación por parte del poeta de la
            conservación de sus versos, lo que le da pie para aludir a la edición de Vicuña. Por lo
            demás, para corroborar tanto el precoz ingenio como las respuestas de Góngora a sus
            detractores, se vale de la propia ‘voz’ del poeta incluyendo cuatro sonetos. Por último,
            sin mencionar su nombre, apunta a Paravicino como autor de la vida y del epigrama del
            manuscrito Chacón, alusión que, para los íntimos del predicador, como observa Iglesias
            Feijoo, no era recóndita<note place="bottom">Iglesias Feijoo (1983: 169)</note>.</p>
          <p>En cuanto a lo que deja de lado en el texto en relación con la biografía compuesta por
            Paravicino, y que es mucho menos que lo que añade, cabe destacar, y en ello Pellicer
            demuestra una vez más su entera devoción al poeta cordobés, la escueta observación sobre
            los posibles excesos y licencias del estilo de Góngora<note place="bottom">«No quiero
              negar alguna más licencia que dio a sus Musas para huirse a la sencillez de nuestra
              habla castellana» (1628_vida_chacon). Véase Oliver (1996: 65, n. 206). </note>.
            Finalmente, en el ámbito de la <hi rend="i">elocutio</hi>, es notable el uso frecuente
            de latinismos y estructuras comparativas negativas, que el joven biógrafo parece imitar
            de Góngora: «No solo hacia las costumbres generales sino contra particulares defectos
            …»; «…nunca se anda en pesquisa de la verdad, sino del donaire…» ; «…no imaginó en cosa
            que tocase a indecencia; antes trató con tanto respeto…» ; «…no porque a mi juicio los
            viese, sino porque…» ; «…si los vio para imitarlos, fue mucho, y si no los vio,
            fue…».</p>
        </div>
        <div>
          <head>8. [Conclusión] Rumbos nuevos a la inmortalidad</head>
          <p>No cabe duda de que la coincidencia de temas y la reutilización de términos y
            argumentos que recoge esta <hi rend="i">vita</hi> apuntan a las apologías y objeciones
            hechas por los polemistas desde los primeros pareceres, advertencias, epístolas y
            comentarios que fueron apareciendo en la Corte a raíz de la difusión del
              <title>Polifemo</title> y las <title>Soledades</title>. Además del gesto encomiástico
            que representa, casi de veneración, queda claro que Pellicer tenía por finalidad
            defender, como indica en la segunda parte del título y reitera en los paratextos y
            cuerpo de sus <title>Lecciones solemnes</title>, al «príncipe de los poetas líricos de
            España», «al mayor poeta de nuestra nación, la mejor pluma de ella».</p>
          <p>A fin de cuentas, la <hi rend="i">vita</hi> compuesta por Pellicer en el lenguaje
            retórico de la república de las letras de su tiempo apunta a la ejemplaridad del modelo
            humano y literario. Góngora es en todo punto digno de imitación; el texto aspira a lo
            ideal y no a la exactitud histórica. En la escritura biográfica del período, la búsqueda
            de la ejemplaridad dejaba poco espacio para destilar una esencia individual<note
              place="bottom">Véase Eichel-Lojkine (2001: 7 y 10)</note>: apenas unas pocas anécdotas
            y los poemas citados, en que oímos la voz de Góngora, nos permiten tocar algo de su
            personalidad singular.</p>
          <p>Nuestro texto, del que sabemos que estaba destinado a figurar en los preliminares de
            las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, sigue una práctica editorial de antigua
            raigambre que hacía preceder la obra de los grandes poetas o el comentario a dicha obra
            por un retrato y una biografía. La renovación de métodos y formas del género histórico
            produce un desarrollo en la escritura de <hi rend="i">vitae</hi> entre los humanistas
            europeos, que recibieron el legado antiguo de autores como Plutarco o Diógenes Laercio,
            la tradición medieval del <hi rend="i">accessus ad auctores</hi> y todos los modelos
            humanísticos para conformar una filosofía moral que tuvo en la escritura biográfica uno
            de sus géneros dilectos. Heredero de los esquemas que produjeron las vidas de Homero,
            Aristóteles, Cicerón y Virgilio, por ejemplo, y que reescribieron las varias de
            Boccaccio, Petrarca y Dante, Pellicer, joven erudito conocedor de la tradición, estaría
            emulando dicha estructura y por ello le resultaba necesario colocar su biografía en los
            preliminares de sus <hi rend="i">Lecciones solemnes.</hi> Sin embargo, no lo hizo, y las
            razones que da no eran tan perentorias como para explicar esta abstención: parece
            probable que lo obcecase, más que la impaciencia de los lectores, la prisa por mover una
            pieza en el tablero de su disputa con Lope de Vega.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. Establecimiento del texto</head>
          <p>El texto se establece a partir del manuscrito 3918, volumen séptimo de la colección <hi
              rend="i">Parnaso Español</hi>, f. 1r-6r., que se encuentra en la Biblioteca Nacional
            de España (BNE)<note place="bottom"><ref
                target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000012528&amp;page=1"
                >http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000012528&amp;page=1</ref>.</note>. La colección
            de textos manuscritos de diferentes manos e impresos del XVII y el XVIII, <hi rend="i"
              >Parnaso español</hi>, cuenta con catorce volúmenes según la numeración original del
            lomo (faltan los vols. 9, 11 y 12). El manuscrito de la <hi rend="i">vita</hi> es el
            primer texto de un volumen misceláneo que contiene textos manuscritos e impresos muy
            diversos. Mide 200 x 150 mm, es autógrafo, contiene algunas notas marginales y
            correcciones; el último folio fue cortado a ras de la escritura. Son reveladoras las
            notas marginales y correcciones que contiene, que apuntan a su uso como borrador o
            instrumento de trabajo, y que hemos ido anotando, en particular la adición marginal del
            sintagma «y religiosa pluma» al adjetivo grande, que ha servido para postular que fue
            Paravicino el autor de la <hi rend="i">vita</hi> del ms. Chacón. También, en relación
            con una de las primeras cuestiones que se discuten y defienden en la polémica, la del
            estilo y el género literario al que corresponden el <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi
              rend="i">Soledades</hi>, es significativa la interpolación inicial sobre los cuatro
            estilos al lado del título. Por último, en la penúltima página, interesa la inserción
            marginal sobre la reputación de Góngora «que iba desmoronada» y a la que Pellicer, que
            ha dado pruebas de su devoción por la poética gongorina, intenta dar lustre.</p>
          <p>En el manuscrito, los nombres propios de Góngora y sus familiares, así como el propio
            de Pellicer, van siempre subrayados. La segunda parte del título («Por don Joseph
            Pellicer de Salas», y los cuatro sonetos de Góngora que se incluyen, aparecen
            tachados.</p>
          <p rend="noindent"/>
        </div>
        <div>
          <head>10. Bibliografía</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras hipotéticamente citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p><seg rend="smallcaps">Díaz de Ribas</seg>, Pedro:</p>
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            <p><seg rend="smallcaps">González Dávila</seg>, Gil:</p>
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            <p><hi rend="sc">Morales</hi>, Ambrosio de:</p>
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          </div>
          <div>
            <head>10.2. Obras citadas por el editor</head>
            <div>
              <head>10.2.1 Manuscritos</head>
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              <p><seg rend="smallcaps">Pellicer de Salas</seg>, Joseph:</p>
              <bibl>Biblioteca Nacional de España, ms.11262, n. 17: <title>Carta de don José
                  Pellicer a don Nicolás Antonio, dándole cuenta de las obras que había compuesto
                  hasta el año 1643 para que la incluyese en su Biblioteca Hispánica.</title></bibl>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
              <p><seg rend="smallcaps">Alciatus</seg>, Andreas:</p>
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              <bibl>—, <title>Todas las obras de Don Luis de Góngora en varios poemas</title>, ed.
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              <p><seg rend="smallcaps">Pellicer de Salas</seg>, Joseph:</p>
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            </div>
            <div>
              <head>10.2.3 Impresos posteriores a 1800</head>
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          </div>
        </div>
      </div>
      <div>
        <index indexName="resp" n="Pellicer, José"/>
        <index indexName="date" n="1630"/>
        <head>Texto de la edición</head>
        <div>
          <head>Vida de don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de
              Góngora</persName><note place="bottom">En el impreso de las <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Lecciones solemnes</hi>, f. †††4r, se anuncia la biografía de Góngora con el
              título: «<ref
                target="http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/lecciones-solemnes-a-las-obras-de-don-luis-de-gongora-y-argote--0/html/01d1607a-82b2-11df-acc7-002185ce6064_56.html"
                >Vida y escritos de don Luis de Góngora. Defensa de su estilo por don José Pellicer
                de Salas y Tovar</ref>». Cfr. el apartado «Título» de la introducción. La referencia
              al autor, «por don Joseph Pellicer de Salas», aparece tachada en el manuscrito.</note>
            por <persName type="polemist" key="Pellicer, José">José Pellicer de
              Salas</persName><note place="margin">Hablese de los quatro estilos</note><note
              place="bottom">En los textos poéticos y retóricos más divulgados (los de Cicerón,
              Aristóteles, Horacio, Quintiliano Virgilio y la <hi rend="i">Retórica a Herenio</hi>)
              se distinguen tres estilos: elevado, medio y humilde, que debe manejar el orador según
              los fines y circunstancias de su discurso. Por consiguiente, al hablar de los cuatro
              estilos, el autor de la nota se está refiriendo en concreto al tratado <hi rend="i"
                >Sobre el estilo</hi> del rétor helenístico conocido como Demetrio. Su doctrina, muy
              conocida a partir de la edición y traducción latina de este tratado en la primera
              mitad del siglo XVI, distingue cuatro estilos: elevado, elegante, sencillo o llano,
              fuerte o vigoroso. Menciones de Demetrio y de su doctrina estilística son muy
              frecuentes en toda la literatura polémica y crítica acerca de Góngora.</note></head>
          <p>Para decir de tan excelente varón y referir sus alabanzas, quisiera exceder en
            elocuencia a todos los oradores griegos y romanos, y hallarme en altura tanta que pudiera
            mi pluma eternizar la memoria de un ingenio que vivió para decoro, reputación y honor de
            su patria. Porque<note place="bottom">Dos palabras están tachadas en el manuscrito, la
              primera de las cuales no se lee y la segunda es "para". En posición de interlineado se
              lee sin dificultad "porque". </note> si alguna vez eché menos la gravedad del estilo y
            la alteza de la locución es ahora, para cifrar en breves razones y en sucinta relación
            cuanto he podido alcanzar de don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis
              de Góngora</persName><note place="bottom">Todos los nombres propios aparecen
              subrayados en el manuscrito. Véanse el informe paleográfico y el apartado
              «Establecimiento del texto». Estas primeras líneas anuncian el propósito de la obra y
              recogen temas tendentes a realizar los fines del exordio: captar la atención, la
              docilidad y benevolencia de los receptores del discurso, señalar la incertidumbre
              acerca de la capacidad del biógrafo para acometer la empresa, la escritura como aval
              de la fama y la necesaria brevedad que requiere el encomio. Cfr. «Estructura». Para
              los <hi rend="i" xml:lang="en">topoi</hi> de la modestia y de lo indecible, donde el
              autor se limita a decir muy poco de lo mucho que podría referir, véase Curtius (1990:
              83-85, 159-162).</note>. Nació jueves once de julio, año de mil quinientos y sesenta y
            uno, en Córdoba, ciudad populosa, antigua y príncipe<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">príncipe</hi>: latinismo empleado con el sentido de ‘primera y más
              excelente, superior o aventajada’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>).</note> de la
            Andalucía, cuyo clima felicísimo, con generoso tesón y porfía noble, en todos siglos
            está enseñado a llevar<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">llevar</hi>:
              ‘producir’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Cov.</hi>). En este caso el clima está
              ‘adiestrado’ para producir los mejores ingenios.</note> grandes espíritus y los
            mayores del orbe todo<note place="bottom">Respecto a esta fecha, que es la que se suele
              dar, aclara Amelia de Paz (2012: 32) que lo único que se puede asegurar es que Góngora
              fue bautizado el 12 de julio de 1561 en la parroquia del Sagrario de Córdoba, por lo
              que se ha venido suponiendo que vino al mundo el día anterior, es decir, el 11 de
              julio. </note>. Nacieron <persName type="authority" key="Séneca" precision="3"
              >Séneca</persName>, <persName type="authority" key="Lucano" precision="3"
              >Lucano</persName> primero; <persName type="authority" key="Mena, Juan de"
              precision="3">Juan de Mena</persName><note place="bottom">Juan de Mena (1411-1456),
              también cordobés, es autor del vasto poema alegórico-narrativo <hi rend="i"
                xml:lang="en">Laberinto de Fortuna (Las Trescientas</hi>) en el que se propone,
              mediante el uso de italianismos, hipérbatos, cultismos, alusiones históricas y
              mitológicas, revolucionar la lengua española; no en vano se le compara con Góngora.
              Sospecha Ponce Cárdenas (2010a: 193) que en el verso «Donde espumoso el mar siciliano/
              el pie argenta de plata al Lilibeo» Góngora quizá estuviera haciendo un sutil homenaje
              al autor de <hi rend="i" xml:lang="en">Las Trescientas</hi>. Para la alteza de estilo,
              dice Díaz de Rivas en sus <hi rend="i" xml:lang="en">Discursos</hi>
              (1616_discursos-diaz): «Y nuestro Juan de Mena, excelente en el ingenio, en la
              doctrina y en la alteza de espíritu poético, por exornar en aquellos rudos siglos
              nuestra lengua y por realzar sus versos y hacerlos más graves y admirables, usó
              innumerables voces latinas…». En la <hi rend="i" xml:lang="en">Carta de respuesta de
                Lope</hi>, el anónimo «señor de estos reinos» cita a Mena en varias ocasiones, en
              particular <hi rend="i" xml:lang="en">La Coronación del marqués de Santillana</hi>
              (1624_respuesta-lope). Para la recepción de Mena en el XVI y XVII, véase Matas
              Caballero (1993). </note> después; don <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Luis</persName> ahora, en quien apuró<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">apurar</hi>: ‘purificar, acrisolar, acendrar’ (<hi rend="i"
                xml:lang="en">Aut.</hi>). La ciudad de Córdoba acrisoló lo mejor en Góngora. </note>
            lo más generoso y acendrado de su constelación estudiosa, tanto que<note place="bottom"
              >La expresión «tanto que» se encuentra en posición interlineal, superpuesto a «pues»,
              que no está tachado. Parece que «tanto que» es una alternativa a «pues», y que no cabe
              considerarlos complementarios. Por esta razón nos decantamos por la lectura «tanto
              que», suponiendo que Pellicer pudo olvidar tachar «pues».</note> para ser famoso este
            pueblo dichoso, todos le sobran, solo este hijo le bastaba, que ni la amenidad de su
            sitio, la fertilidad de sus campos, la excelencia de sus edificios y la nobleza de sus
            ciudadanos la darán tanto renombre como él, pues de la grandeza de Esmirna, ciudad
            principal, delicia de la Asia y patria de <persName type="authority" key="Homero"
              precision="3">Homero</persName>, solo el nombre de Homero sabemos<note place="bottom"
              >Conforme a los patrones retóricos de la <hi rend="i" xml:lang="en">descriptio
                personae</hi>, amplifica Pellicer la <hi rend="i" xml:lang="en">laus urbis
                natalis</hi>. Cfr. «Estructura». Este elogio de Pellicer al ilustre hijo de Córdoba
              se repite en una de sus «Diatribes» de <hi rend="i" xml:lang="en">El Fénix y su
                historia natural</hi>, también escrito por estos años: «Hable a los siglos Córdoba
              elocuente/ por sus Sénecas no, ni por Lucano,/ como pretende el gran Bilbilitano,/
              sino solo por Góngora eminente» (<hi rend="i" xml:lang="en">El Fénix y su historia
                natural</hi>, Madrid: Imprenta del Reino, 1630, «diatribe VI», p. 66-67). El tema
              vuelve a aparecer en otro texto de la polémica, el <hi rend="i" xml:lang="en">Opúsculo
                contra el Antídoto y en favor de don Luis de Góngora por un curioso</hi> (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso/"
                >1624_opusculo-curioso</ref>), en el que desconocido autor compara a los nacidos en
              Sevilla y en Córdoba, dándole la palma a esta última, «madre de poetas, porque el
              clima del cielo lo lleva de suelo. Y así ha producido tantos, y tan buenos en todas
              las edades…». Gracián, años más tarde, dirá de él en el Discurso LXI de su <hi
                rend="i" xml:lang="en">Agudeza y arte de ingenio</hi>: «El benjamín de Córdoba, don
              Luis de Góngora, es hasta hoy última corona de su patria» (2001: 785).</note>.</p>
          <p>Fue su padre don Francisco de Argote (hijo segundo de la casa que hoy posee don Diego
            Leonardo de Argote<note place="bottom">A este familiar suyo se refiere Góngora varias
              veces en sus cartas al administrador de sus bienes en Córdoba, Cristóbal de Heredia
              (Góngora 2000: II, 423, 430 y 447).</note>, del hábito de Santiago)<note
              place="bottom" rend="I" type="app">Lo que añadimos entre paréntesis aparece en el
              margen del manuscrito, de mano de Pellicer, y vinculado al nombre del padre del poeta
              mediante un asterisco. Deducimos de ello que, al pasar a limpio el texto, el autor
              habría incluido esta información. </note>, corregidor de muchas ciudades de España y
            de esta villa de Madrid, corte de reyes, madre de santos, de pontífices, de monarcas y
            de ingenios<note place="bottom">Los pontífices san Melquíades y san Dámaso eran oriundos
              de Madrid, como también lo era san Isidro Labrador, beatificado en 1619 y canonizado
              en 1622.</note>. Sus antecesores, según acuerdan las historias, fueron de aquellos
            nobilísimos conquistadores de Córdoba con el rey Fernando el Santo, de cuyo valor dura
            hoy la tradición en la torre que llaman de Los Argotes<note place="bottom">Existió en el
              recinto amurallado de Córdoba una torre llamada «Torre de los Argotes». El dato lo
              ofrece Pedro Díaz de Rivas en <hi rend="i" xml:lang="en">De las Antigüedades y
                excelencias de Córdoba</hi> (Córdoba: Salvador de Cea Tesa, 1625, lib. I, discurso
              I, p. 10) en relación con la conquista de la ciudad: «Y si bien miramos, desde la
              Puerta de Martos hasta el Rastro Viejo, que es donde comienza la Villa, ni hubo torres
              ni hay señal de ellas: porque por aquí el río servía de defensa. Solo permanece entre
              la iglesia de San Nicolás de la Axerquía y el río una torrecilla pequeña, que no era
              tanto para defenderla cuanto para servir de atalaya y centinela en la guarda del río:
              la cual justamente el ilustre linaje de los Argotes la intitula con su nombre, por
              haber sido sus mayores de los principales ganadores de esta ciudad, que por la parte
              de la Axerquía la comenzaron a conquistar». Según Artigas, hay en Asturias otra torre
              con ese nombre. Discrepan los cronistas de dónde provenían los Argotes ―Andrés de
              Morales dice que de Navarra― (Artigas 1925: 6-9). Gonzalo Argote de Molina, en 1588,
              relata que las ramas andaluzas de los Argote y los Góngora habían peleado contra los
              moros en Las Navas de Tolosa (Penny 1926: 13-14). Las investigaciones recientes del
              historiador de los linajes nobles y conversos en la España áurea, Enrique Soria Mesa
              (2015), ofrecen nuevos datos sobre el «claro origen hebraico del poeta», descendiente
              de judeoconversos por varias líneas y entroncado con cristianos nuevos del s. XIV al
              XV.</note>. Tuvo por madre a doña Leonor de Góngora, igual en la sangre a su marido, y
            por su virtud y dotes naturales, dignísima de <pb n="f. 1v"/> tanto hijo<note
              place="bottom">En este periodo se podía utilizar con relativa facilidad cualquier
              apellido familiar; se solía escoger el que más nobleza y antigüedad transmitiera, como
              era el caso del apellido Góngora. Es posible que Góngora llevara el apellido materno
              en primer lugar porque estaba destinado a heredar de su tío, Francisco de Góngora y
              Argote, la ración eclesiástica de la catedral de Córdoba. La madre de Góngora era
              pariente de Francisco de Eraso, secretario de Carlos V y Felipe II.</note>. De modo
            que por ambos lados fue don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis
            </persName>de familia ilustre y de lo más noble de su ciudad<note place="bottom"> Aunque
              los timbres de vieja nobleza guerrera de que dota Pellicer a la familia de Góngora son
              probablemente exagerados o falsos, es cierto que los padres del poeta pertenecían a un
              grupo de familias acomodadas que se habían ido asimilando a la nobleza de Córdoba. Don
              Francisco de Argote, que hizo una notable carrera como jurista, realizó misiones
              administrativas en Jaén, Andújar y Madrid, donde fue corregidor. Más tarde, en su
              Córdoba natal, fungió como juez de bienes confiscados por la Inquisición y
              veinticuatro. Constituyó una rica biblioteca frecuentada por importantes hombres de
              letras de su tiempo; Pedro Díaz de Rivas, según cuenta Vaca de Alfaro en su <hi
                rend="i" xml:lang="en">Varones ilustres en letras, naturales de Córdoba…</hi> relata
              haber consultado un libro perteneciente a la gran biblioteca de Francisco de Argote.
              Era amigo, además, de Ambrosio de Morales y mantuvo correspondencia en latín con el
              cronista de Carlos V, Juan Ginés de Sepúlveda. El primero de estos célebres humanistas
              elogia su linaje, estudios de derecho y buenas letras en su <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Crónica general</hi> (Artigas 1925: 10-11). Antonio Martín Lázaro (1927: 363-364)
              ha determinado que don Francisco fue corregidor en Madrid entre 1561 y 1562. A pesar
              de la brevedad de esta etapa madrileña, no extraña que destaque Pellicer su labor en
              la Corte. Después de haber repasado el linaje de Góngora (<hi rend="i" xml:lang="en"
                >ex tempore quod ante eos fuit</hi>), el texto de Pellicer se concentrará en su vida
                (<hi rend="i" xml:lang="en">ex tempore quo ipsi vixerunt</hi>). </note>, en que se
            verifica que no hace estorbo para la eminencia la nobleza, antes la realza y la da
            lucimiento mayor.</p>
          <p>Pasó en casa de sus padres los años de la niñez, con la educación decorosa que puede
            presumirse de quien tiene pundonor<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en"
                >pundonor</hi>: ‘estado en que consiste la honra o crédito de alguno. Proviene de
              punto y honor’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>).</note> y comodidad,
              descogiendo<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">descoger</hi>: cultismo,
              participio pasado de <hi rend="i" xml:lang="en">descogere</hi>: ‘desplegar, extender o
              soltar lo que está plegado, arrollado o recogido’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
                >Aut.</hi>), con el sentido de ‘revelar’ o ‘manifestar’.</note> entre la medianía de
            los bienes de la fortuna la excelencia de los de naturaleza que poseía. Desatendió
            siempre, según oigo decir a sus contemporáneos, las travesuras de rapaz, tanto que
            admiraba ver que empezase a vivir a la luz del seso mucho más temprano de lo que podía
            esperarse de pocos<note rend="I" type="app"> El término «pocos» aparece en el
              interlineado sobre una palabra tachada. La letra inicial de esa palabra podría ser
              tanto una «p» como una «q» y en la penúltima se aprecia claramente una cedilla,
              seguida de lo que probablemente era una «e». Esto nos permite aportar la hipótesis
              adicional de que lo que se escribió originalmente en el manuscrito fue
              «qu[in]çe».</note> años<note place="bottom">Cuenta Enrique Vaca de Alfaro que el
              historiador Ambrosio de Morales, enviado a Córdoba, quedó sorprendido de las agudezas
              del joven y exclamó: «¡Qué ingenio tienes, muchacho!» (Artigas 1925: 26). Pedro Liñán,
              condiscípulo de Góngora en Salamanca, le contaba a Lope los éxitos literarios de su
              compañero, como relata el Fénix, sin ofrecer detalles precisos, en su <hi rend="i"
                xml:lang="en">Carta de respuesta</hi> (1624_respuesta-lope). En 1580 Luis Gómez de
              Tapia publicó una traducción de <hi rend="i" xml:lang="en">Os Lusiadas</hi> con una
              «Canción» de Góngora en los preliminares, junto con una epístola de El Brocense.
              Cervantes, en su «Canto a Calíope», escrito en 1583, publicado en <hi rend="i"
                xml:lang="en">La Galatea</hi> (1585), ya elogia a Góngora: "En don Luis de Góngora
              os ofrezco / un vivo, raro ingenio sin segundo / con sus obras me alegro y me
              enriquezco / no solo yo, mas todo el ancho mundo" (v. 61-64). Y Juan Rufo publicó un
              soneto de Góngora en los preliminares de <hi rend="i" xml:lang="en">La Austriada</hi>
              (1584), junto con poemas de Lupercio Leonardo de Argensola y Cervantes. Todo ello
              concuerda con esos testimonios orales que le hacen decir a Pellicer «según oigo decir
              a sus contemporáneos», que eran mucho más viejos que el biógrafo. </note>.</p>
          <p>No todas veces se adelantan las esperanzas, muchas tardan, si bien es necesario para
              adelante<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">para adelante</hi>: tiempo que
              comienza en el momento en que se habla, por lo general con otra partícula, como en
              este caso (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>, <hi rend="i">Cuer.</hi>).</note>,
            pues va haciendo lugar<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">hacer lugar</hi>:
              ‘despejar y desembarazar algún sitio, para dar paso o asiento a otro’ (<hi rend="i"
                xml:lang="en">Aut.</hi>). Aunque no todos dan señales precoces de lo que serán (hay
              esperanzas que tardan), los muy grandes ingenios, por su precocidad, ya se adelantan a
              los demás y eso tienen ganado para sus realizaciones futuras.</note> para edad más
            crecida el que en la temprana da muestras de que ha de ser grande. Muchas premisas de lo
            que fue después se dejaron sospechar entonces, que por no malograrlas, sus padres le
            enviaron a que cultivase su natural<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en"
                >natural</hi>: ‘genio, índole, inclinación de una persona’ (<hi rend="i"
                xml:lang="en">Aut</hi>.). Enfatiza Pellicer, en relación con la discutida polémica
              arte vs. naturaleza, que el natural de Góngora se complementa con los estudios.</note>
            dulcísimo, aunque verde. Quince años cumplía cuando comenzó a amanecer entre la
              doctrina<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">doctrina</hi>: ‘enseñanza’
                (<hi rend="i" xml:lang="en">Cov.</hi>), es decir, el conjunto de conocimientos
              inculcados a una persona que permite que se manifieste su ingenio.</note>, el ingenio,
            en Salamanca, Atenas insigne de España<note place="margin">Historia de Salamanca, Gil
              González</note>
            <note place="bottom">«Historia de Salamanca, Gil González». Se lee al margen esta nota
              por mano distinta de la de Pellicer.</note>
            <note place="bottom">Se refiere a Gil González Dávila (1570-1658), historiador de los
              reinos de Castilla y de Indias y autor de la <hi rend="i" xml:lang="en">Historia de
                las antigüedades de la ciudad de Salamanca</hi> (1606). Es más conocido por su
              monumental <hi rend="i" xml:lang="en">Teatro de las Grandezas de la Villa de
                Madrid, Corte de los Reyes Católicos de España</hi>, dedicado a Felipe IV (1623).
              Góngora fue enviado a la facultad de Cánones de la Universidad de Salamanca, donde su
              padre había cursado estudios entre 1541 y 1545. Asistió a la universidad, como ha
              demostrado Ricardo Espinosa (1962), entre 1576 y 1581.</note>. Llevose el aplauso y
            los ojos de la admiración y la envidia, haciendo a don<persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de"> Luis</persName> más bien visto que a muchos, y más singular
            que a todos la nobleza, la gala, el lucimiento y el ingenio<note place="bottom">El
              ingenio como cualidad espiritual y don natural aquí sigue la definición de Quintiliano
              (Lausberg 1998: § 1152). En la concepción de la obra de Góngora que tiene Pellicer, se
              entrelazarán, en esta vida, <hi rend="i" xml:lang="en">ingenium</hi> y <hi rend="i"
                xml:lang="en">ars</hi>, en oposición a opiniones como la de Jáuregui (2002: 4), para
              quien Góngora no podía ser «poeta concertado» por «mengua de natural y falta de
              estudio y arte».</note> que, desahogándose, empezó con el donaire<note place="bottom"
                ><hi rend="i" xml:lang="en">donaire</hi>: ‘gracia y buen parecer en lo que se dice o
              hace’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Cov.</hi>).</note>, por el despejo<note
              place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">despejo</hi>: ‘desenfado, desembarazo,
              donaire y brío’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>).</note>, pasándose de lo
              bizarro<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">bizarro</hi>: ‘lleno de noble
              espíritu, lozanía y valor’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>).</note> a mostrar,
            entre lo picante<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">picante</hi>: ‘acrimonia
              o mordacidad en el decir’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>). Términos como
              ‘donaire’ y ‘picante’ abundan en la polémica. Así, dice el autor del <hi rend="i"
                xml:lang="en">Escrutinio</hi> (Millé 1961:1223): «Habló en las veras con eminencia
              grande, aun en prosa. En las burlas joviales fue agudísimo, picante (sin pasar de la
              raya) y envuelto en los donaires, con que entretenía, de dejaba oír sentenciosamente».
              (16xx_escrutinio)</note>, lo agudo<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">lo
                agudo</hi>: Puede extenderse, además de a la agudeza verbal, a la conceptual, es
              decir, a la capacidad de Góngora para enlazar conceptos muy distantes.</note>.
              Conque<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">conque</hi>: ‘de suerte que’,
              ‘de manera que’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut</hi>.), con valor consecutivo.</note>
            fue adquiriendo el título de primero entre catorce mil ingenios que se describían<note
              place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">describir</hi>: Debe entenderse ‘inscribir’,
              siendo la palabra un latinismo semántico que remite a uno de los sentidos de <hi
                rend="i" xml:lang="en">describere</hi>, ‘colocar en clases, poner en una
              lista’.</note> o matriculaban en aquella escuela entonces. La mudanza de tierra, la
            destemplanza fría de aquel suelo, los distraimientos a que se incitan los mozos llevados
            del apetito y del ejemplo le negociaron una enfermedad rigurosa, de que se halló tres
            días en los umbrales de la muerte, sin habla<note rend="I" type="app"> La expresión «sin
              habla» aparece en el margen del manuscrito, de mano de Pellicer, y situada después de
              «muerte» mediante un asterisco.</note>. La edad briosa y el regalo<note place="bottom"
                ><hi rend="i" xml:lang="en">regalo</hi>: ‘trato real’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
                >Cov.</hi>), ‘gusto o complacencia que se recibe en cualquier línea’ (<hi rend="i"
                xml:lang="en">Aut</hi>.). Se refiere aquí a los cuidados. El obispo lo hospedó y
              cuidó con atenciones, y es a este ‘regalo’, durante su convalecencia, al que quizá
              aluda Pellicer. Se cree que el soneto «Huésped sacro, señor, no peregrino», que no
              incluye Chacón y que por ello Carreira publica entre los atribuidos <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem424"
                >OC424</ref>, fue escrito por el poeta en agradecimiento al prelado. </note>,
            mediando la Providencia divina, le volvieron a la salud antigua y, habiendo convalecido,
            celebró su mal en aquel sazonadísimo<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en"
                >sazonadísimo</hi>: El adjetivo «sazonado» relacionado con ‘sal o sales puede
              aplicarse a un ‘dicho agudo o palabra chistosa’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
              >Aut.</hi>). Celebra aquí la gracia y elegancia del soneto.</note> soneto que
            dice:</p>
          <quote>
            <lg>
              <l>Muerto me lloró el Tormes en su orilla, </l>
              <l>en un parasismal sueño profundo, </l>
              <l>en cuanto don Apolo el rubicundo </l>
              <l>tres veces sus caballos desensilla </l>
            </lg>
            <pb n="f. 2r"/>
            <lg>
              <l>Fue mi resurrección la maravilla</l>
              <l>que de Lázaro fue la vuelta al mundo,</l>
              <l>de suerte que ya soy otro segundo</l>
              <l>Lazarillo de Tormes en Castilla.</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>Entré a servir a un ciego, que me envía,</l>
              <l>sin alma vivo, y en un dulce fuego,</l>
              <l>que ceniza hará la vida mía. </l>
            </lg>
            <lg>
              <l>¡Oh qué dichoso que sería yo luego,</l>
              <l>si a Lazarillo le imitase un día</l>
              <l> en la venganza que tomó del ciego!<note place="bottom">Inserta Pellicer este
                  episodio de la enfermedad de Góngora en Salamanca pero yerra en fechas y
                  circunstancias. El soneto «Muerto me lloró el Tormes en su orilla» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem101#l101.1"
                    >OC101</ref>] data de una década más tarde, de 1593, y fue compuesto a raíz de
                  la estancia en Salamanca de Góngora y de uno de sus compañeros del cabildo para
                  dar obediencia al obispo electo de Córdoba don Jerónimo Manrique. Cfr.
                  «Estructura». (Góngora 1981: 329-330).</note></l>
            </lg>
          </quote>
          <p>Estos versos hacía en aquella edad, y así no me maravillo que no se diese del todo a la
            atención de los derechos, que era la facultad a que le inclinaban sus padres, porque
            obedeciendo a su natural, se dejó arrastrar dulcemente de lo sabroso de la erudición y
            de lo festivo de las Musas, que en años tan tiernos parece que le criaron como a
              <persName type="authority" key="Hesíodo" precision="3">Hesíodo</persName><note
              place="bottom">Alusión al inicio de la <hi rend="i" xml:lang="en">Teogonía</hi> del
              poeta griego Hesíodo, donde este cuenta su decisión de hacerse poeta cuando, tras
              invocarlas, las Musas se le aparecen mientras estaba con su rebaño al pie del Helicón
              (Hesíodo 1910: 6, v. 22-28). Para el tema de las «musas» en Góngora y otros poetas del
              XVII, véase Egido (2002). </note>, o que nació en su regazo, como ya se decía de
              <persName type="authority" key="Sidonio Apolinar" precision="3">Sidonio
              Apolinar</persName><note place="bottom">El poeta galorromano Gayo Solio Apolinar
              Sidonio (San Sidonio Apolinar) (Lion, h. 430-487). Este poeta latino, imitador de los
              panegíricos de Claudiano y de las epístolas de Plinio el joven, fue obispo de
              Clermont. No hemos podido dar con esta alusión precisa, pero Pellicer parece conocer
              bien su obra y lo da como fuente varias veces en las <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Lecciones solemnes.</hi> En <hi rend="i" xml:lang="en">El Syncello de la Iglesia
                patriarcal de Constantinopla</hi>, además de citar en la dedicatoria una epístola de
              Sidonio ponderando a sus amigos, recurre a una segunda epístola del mismo para
              explicar el término ‘syncello’: «San Sidonio Apollinar Obispo de Averna, que murió año
              482. Escribiendo a San Fausto, obispo de Rhegio, dice…» (<hi rend="i" xml:lang="en">El
                Syncello de la iglesia patriarcal de Constantinopla desgraviado</hi>, Valencia:
              Benito Macé, 1675, p. 13). En los preliminares de su <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Aparato a la monarquía antigua de las Españas</hi> (Valencia: Benito Macè, 1673),
              coloca un poema de San Sidonio Apolinar: «Dedicatoria al Emperador Antemio», f.†1v).
              Para más datos de Sidonio, véase López-Kindler (2006). Para su influencia en Góngora,
              véase Ponce Cárdenas (2011: 57-103). Pellicer utilizó la edición realizada por Juan
              Savaro (<hi rend="i" xml:lang="en">Caii Solii Apollinaris Sidonii Arvernorum episcopi
                Opera. Ioannis Sararonis studio et diligentia castigatius recognita</hi>, Parisiis:
              in officina Plantiniana, apud Hadrianum Perrier…, 1598), comentador latino citado en
              las <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>, «Índice de los autores, que
              don Joseph Pellicer cita en estas Lecciones Solemnes, divididos en setenta y cuatro
              clases», f. ††4v. También recurre a fórmula semejante para describir el nacimiento de
              Lope de Vega como poeta en la «Urna sacra…» (Pérez de Montalbán 2001: 206): «Tan
              incomparable fue aquel prodigioso héroe científico, hijo al parecer del cerebro de
              mayor Júpiter, o nacido en el regazo de las Musas, como de Hesíodo y de Sidonio se
              cuenta»; o el de Juan Pérez de Montalbán: «Nació en el regazo de las Musas, como de
              Hesíodo y Sidonio se cuenta» (Pellicer, <hi rend="i" xml:lang="en">Idea de la comedia
                de Castilla, deducida de las obras cómicas del doctor Juan Pérez de Montalbán</hi>,
              Madrid: Imprenta del Reino, 1649, f. 146r-152v).</note>. Con este dulce
              divertimiento<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">divertimento</hi>: En el
              sentido de apartar, distraer de los estudios de derecho que cursaba en Salamanca.
            </note> mal pudo granjear nombre de estudioso ni de estudiante, pero él trocaba gustoso
            estos títulos al de poeta erudito, el mayor de los de su tiempo, con que comenzó a ser
            mirado con admiración<note place="bottom">Defiende Pellicer lo admirable de la poesía de
              Góngora. Como se sabe, algunos comentaristas de la <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Poética</hi> disertaron sobre lo admirable en poesía, un concepto que aparece en
              Aristóteles, junto con lo verosímil, entre las condiciones de la satisfacción
              estética. Robortello, por ejemplo, preguntándose cómo y por qué deleita la poesía,
              considera que uno de los factores del deleite es la admiración que provoca lo
              inesperado y maravilloso (Weinberg 1974: I, 397-398). Para Díaz de Rivas, Góngora usa
              los «tropos con tanto donaire y elegancia, imitando a los antiguos, que siempre va
              causando nueva admiración» (1616_discursos-diaz).</note> y aclamado con respeto. Supo
            con elegancia la lengua latina, en que llegó a escribir versos muy de buen aire. Pero en
            la castellana se adelantó tanto que, en su edad peligrosa, bebió<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">bebió</hi>: Se usa «beber de/en alguien/ algo» con el sentido
              de ‘aprender su doctrina, estilo y acciones’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut</hi>.).
              Se pondera con ello la asimilación de la cualidad de aquello de que nos nutrimos y,
              por extensión, de libros o escritos de que nos impregnamos. En este caso Pellicer
              supone que Góngora, con el comercio incesante de los poetas latinos, asimiló su
              agudeza, que unió con la tradición jocosa española del equívoco.</note> con los
            equívocos españoles tanta sal<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">sal</hi>:
              término frecuente en la polémica: Dice Díaz de Rivas (1616_discursos-diaz): «Así
              también se perfeccionó la latina con el garbo, venustidad y sales de la griega…». En
              la «Aprobación» de Luis Tribaldos de Toledo de la edición de Hoces, refiriéndose a la
              obra de Góngora: «…se pueden y deben estimar por la cosa más aguda y delgada, y de
              mayor sal y donaire…» (Góngora 1633: ¶4r). </note> a los números latinos, que se
            hallaron mal contentos muchos a quien su donaire llegó a tocar, entre las burlas del
            gracejo, con las veras de la ofensa, pues no se detenía en los defectos su estilo<note
              place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">estilo</hi>: Para Covarrubias el primer
              sentido de «estilo» era «la plumilla de hierro con que se rascuña» (<hi rend="i"
                xml:lang="en">Cov.</hi>); en cambio, considera derivado el significado que damos hoy
              a la palabra y que ya entonces era el más frecuente: «la trabazón y la contextura de
              la oración y el modo y frasis de decir, o escribir» (<hi rend="i" xml:lang="en"
                >Cov</hi>.). La pluma de Góngora no se detenía en los defectos, o sea, no se
              limitaba a señalarlos, sino que también manchaba la reputación de las
            personas.</note>, sino que se deslizaba a manchar con los rasgos<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">rasgos</hi>: ‘línea formada con garbo y aire para el adorno
              de las letras’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>). Es decir, manchar con sus
              poemas satíricos o burlescos. </note> las personas. Porque los años, el espíritu, el
            gusto, el desahogo mal podían templar la pluma, o embotarla, cuando el ingenio se
            cortaba tan agudo, no solo hacia las costumbres generales sino contra particulares
            defectos con más viveza que <persName type="authority" key="Marcial" precision="3"
              >Marcial</persName> pudiera<note place="bottom">Recurre aquí al poeta hispanorromano
              de epigramas Marco Valerio Marcial del siglo I, que fue el principal moderno del
              epigrama gongorino. Como Pellicer, otros polemistas atribuyen la vena satírica y
              burlesca exclusivamente a los años juveniles de Góngora. A Pedro de Valencia
              (1614_carta-valencia), sin embargo, le preocupaba la inclusión de motivos
              satírico-burlescos en los poemas mayores. Al referirse al decoro, que según el crítico
              infringe Góngora en las <hi rend="i" xml:lang="en">Soledades</hi>, no puede sufrir, le
              dice, «que se afee en nada ni se abata con estas gracias o burlas, que pertenecían más
              a las otras poesías que v. m. solía <hi rend="i" xml:lang="en">ludere</hi> en otra
              edad». El epílogo de la «Respuesta a las cartas de Luis de Góngora y de Antonio de las
              Infantas» (1614_respuesta-lopecirculo) le aconseja al poeta a que se conforme con la
              fama que ha ganado con sus poemas burlescos, agrupándolo despectivamente con Merlín
              Cocayo, seudónimo del poeta mantuano del siglo anterior, Teófilo Folengo, conocido por
              su poema épico-cómico <hi rend="i" xml:lang="en">Baldus</hi>, escrito en lengua
              macarrónica, o sea, en una mezcla de latín y romance. Jammes (1987: 99-117) se refiere
              a la transformación de las chanzas juveniles en un estilo complejo como «promoción de
              lo burlesco a categoría estética». Son muchos los testimonios de la época que comparan
              a Góngora con Marcial de manera positiva. Ponce Cárdenas recoge ejemplos de Bartolomé
              Jiménez Patón, Fernando Luis Vera y Mendoza, Rodrigo Caro, Paravicino, el padre Martín
              de Roa, Alonso de Salas Barbadillo, Cristóbal Suárez de Figueroa, Francisco del Villar
              y Diego de Saavedra Fajardo. Son de destacar, por ser anteriores a esta <hi rend="i"
                xml:lang="en">vita</hi>, los del anticuario Rodrigo Caro, que en 1626 lo llama
              «Marcial cordobés», o el de Salas de Barbadillo, que en 1627, en la dedicatoria de <hi
                rend="i">La estafeta del dios Momo</hi> a Paravicino, «invocaba la doble protección
              de Marcial y Góngora, considerados ambos por igual “ingenios príncipes”» (Ponce
              Cárdenas 2015:43). Véase también Blanco (2013) para más sobre Góngora y el epigrama.
            </note>. Este ardor vehemente, mal advertido<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">mal advertido</hi>: No fue consciente de la gravedad del mal y no tomó
              medidas o avisos para enmendarse.</note> en los primeros años, le contristaba en los
            mayores después y le ponía tan en el disgusto, que casi se rozaba en escrúpulo. Decía
            que el alivio que les quedaba a los lastimados de la sátira era advertir que siempre los
            consonantes se visten de la mentira<note place="bottom">Por «consonante» se refiere a
              rima (consonante). Alude al lugar común que los poetas, arrastrados por la búsqueda de
              la rima, se ven forzados a decir mentiras que pueden ser opuestas, incluso, a lo que
              piensan. Véase, por ejemplo, los tercetos encadenados de Francisco de Quevedo en el
                <hi rend="i" xml:lang="en">Sueño del infierno</hi> que comienzan: «Dije que una
              señora era absoluta» (Quevedo 2003: 323).</note>, y para ella<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">ella</hi>: es decir, la sátira. </note> nunca se anda en
            pesquisa de la verdad, sino del donaire que venga al propósito, o cuanto más de parte de
            la malicia o de la <pb n="f. 2v"/> risa saliere, es más bien vista y recibida mejor. Que
            no sé qué dulzura o atracción tiene el escuchar decir mal de otros, que nos suenan mejor
            los vituperios que los elogios, las calumnias que las alabanzas. Dolióse don <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis</persName> cuando vio, enseñado de la
            cordura, el daño que causó con sus burlas en la mocedad, y entre el desabrimiento que le
            hacía haber deslucido<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">deslucir</hi>:
              ‘desacreditar’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut</hi>.). Se engarza con el ‘manchar’ de
              las líneas anteriores.</note> a muchos, topó fácilmente con el escarmiento, que redujo
            a enmienda, moderando en sus mayores años el natural que corrió precipitado en los
            menores. Templole el arrepentimiento en la vejez aquellos verdores de la juventud,
            viviendo siempre con miedo de la residencia<note place="bottom" xml:id="ref3"><hi
                rend="i" xml:lang="en">residencia</hi>: ‘cuenta que da el gobernador, corregidor o
              administrador’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Cov</hi>.). El «juicio de residencia» era
              la instrucción llevada a cabo por un juez cuando un funcionario dejaba el cargo para
              verificar que lo había ejercido honestamente y sin perjudicar a nadie. Por ello la
              expresión vale como metáfora del temor al juicio divino a la hora de la muerte.
            </note> que había de dar a Dios el día último de su vida, y lo que más le congojaba era
            no poder restituir con el dolor lo que desdoró con la pluma. De esto se lamentaba
            pesaroso, y así en su conversación y pláticas familiares, se hallaron honrados de su
            boca con grandes alabanzas cuantos se dieron por ofendidos de sus musas, culpándose a sí
            propio y desmintiendo sus versos mismos. Los que escribió amorosos fueron siempre de
            otra intención y a asuntos que amigos y poderosos le encomendaban, pues desde el día que
            se ordenó de sacerdote comunicó<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en"
                >comunicar</hi>: transmitir el ‘numen o ingenio poético’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
                >Aut</hi>.)</note> con tanto recato y con atención tan modesta las musas que no
            imaginó en<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">imaginó en</hi>: Como puede
              verse en CORDE, la construcción «imaginar en», sin ser muy frecuente, no es insólita y
              equivale a ‘pensar en’ o ‘formarse la imagen de algo’. En este caso, según Pellicer, a
              Góngora no se le pasó por la cabeza, o por la imaginación, nada que tuviera que ver
              con amores lascivos.</note> cosa que tocase a indecencia; antes<note place="bottom"
                ><hi rend="i" xml:lang="en">antes</hi>: ‘mas, preposición adversativa’ (<hi rend="i"
                xml:lang="en">Aut</hi>.), es decir, ‘por el contrario’, ‘al revés’. </note> trató
            con tanto respeto su dignidad como quien cada día celebraba a Dios y le consagraba<note
              place="bottom">En 1585 Góngora recibió órdenes menores para heredar la ración de su
              tío Francisco. Mucho más tarde, al ser nombrado capellán del rey, en 1617, se ordenó
              sacerdote y desde entonces tuvo que decir misa diariamente. </note>. Ejemplar que
            deben seguir los sacerdotes todos, atendiendo a no hacer sagrado<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">sagrado</hi>: ‘lugar que sirve de recurso a los delincuentes’
                (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut</hi>.). Los sacerdotes no deben convertir su
              ministerio en un refugio para protegerse de las consecuencias de sus desmanes.</note>
            de su ministerio mismo, ni inmunidad del sacerdocio, para desde allí atreverse a
            acciones que sin este privilegio soberano a que se debe tan profunda veneración, no
            osaran intentarlas<note place="bottom">Todo esto no parece tener relación con la vida de
              Góngora, por lo que se puede pensar que está censurando a un tercero, muy
              probablemente a Lope de Vega, que era entonces el principal enemigo de Pellicer y a
              quien acusa de sacerdote indigno. La escritura de esta <hi rend="i" xml:lang="en"
                >vita</hi> a finales de 1629 es muy cercana en fechas a la composición de los
              prólogos de <hi rend="i" xml:lang="en">El Fénix y su historia natural</hi> y de las
                <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>. Se refiere aquí al odio enconado
              («durar en el odio»), que Lope había manifestado contra el mismo Pellicer y a las
              sátiras que había impreso contra él. También en los preliminares de las <hi rend="i"
                xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi> Pellicer arremete contra Lope. Remitimos a
              nuestra introducción para este enfrentamiento.</note>. Pues es inmodestia grande y
            desatención irreligiosa durar en el odio y, a título<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">título</hi>: ‘pretexto o motivo’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
              >Aut</hi>.).</note> del carácter<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">
                carácter</hi>: ‘señal espiritual que imprimen en el alma los sacramentos del
              bautismo, confirmación y orden, la cual es indeleble’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
                >Aut</hi>.). Entiéndase la ordenación como sacerdote. </note> divinamente impreso,
            desmandarse a la sátira el que debe cuidar de la edificación de los fieles. Por esto don
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis</persName>, llegándole con el
            nuevo oficio y con la consideración el desengaño de que los asuntos festivos o libres ni
              decían<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">decían con</hi>: ‘correspondían’
                (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut</hi>.).</note> con el decoro de su profesión, ni el
            estilo vulgar se ajustaba al estilo a que le llamaba su espíritu, bien hallado con su
              vocación<note place="bottom">Sintiéndose a gusto y contento con su «vocación»,
              correspondiente con el espíritu antes mencionado que lo llamaba a cosas altas y a un
              estilo sublime.</note> y juzgando que la opinión<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">opinión</hi>: ‘fama’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut</hi>.).</note>
            que tenía en todas naciones era por obras no dignas por sí solas de genio tanto, por
            versos donde lo más esencial<note place="bottom">esencial <hi rend="i" xml:lang="en"
                >em</hi>.: esencia</note> venía a ser el chiste, el juguete o el equívoco de que es
            tan capaz la lengua española, quiso añadirse reputación más sólida y fama más elevada
            buscando un rumbo nuevo para la inmortalidad<note place="bottom" xml:id="ref1">El
              engrandecimiento del estilo y la elevación de la lengua española por medio de un
              lenguaje adornado y figuras de estilo son dos de las ideas más frecuentes entre los
              defensores de Góngora. Además de estar presente a lo largo de los <hi rend="i"
                xml:lang="en">Discursos apologéticos</hi> de Díaz de Rivas (1616_discursos-diaz), el
              propio Góngora, en la «Carta respuesta» (1615_carta-gongora) es consciente de su
              aporte, que resume con estas palabras: «…si entendida para los doctos, causarme ha
              autoridad, siendo lance forzoso venerar que nuestra lengua a costa de mi trabajo haya
              llegado a la perfección y alteza de la latina…» (2000: II, 297). Destaca Pellicer,
              además, tanto aquí como en los preliminares de las <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Lecciones solemnes</hi>, la fama que tenía el poeta fuera de España y dice que la
              primera razón que lo animó a escribir sus comentarios fue «ser don Luis de Góngora el
              mayor poeta de su tiempo en nuestra nación, competidor sin duda, de los más eminentes
              en Grecia, Roma, Italia y Francia…» (f. ¶¶¶2r).</note>. Hallole felicísimamente,
            porque según él confesaba <pb n="f. 3r"/> públicamente, estudió la cultura<note
              place="bottom">El término «cultura», como apunta Mercedes Blanco (2012c: 42), «no se
              refiere meramente a latinismos en el léxico o la sintaxis y a recónditas alusiones
              eruditas. La novedad consiste en hallar los medios retóricos y las sutilezas de lengua
              y pensamiento que permitan no echar de menos en el vulgar romance el vigor, la armonía
              y la libertad de movimientos de los mejores clásicos, unos clásicos que a ojos de los
              europeos de entonces abarcan también a los autores de la latinidad tardía, profanos
              como Claudiano o cristianos como Ambrosio o Agustín». El término también aparece en
              los <hi rend="i" xml:lang="en">Discursos apologéticos</hi> de Díaz de Rivas
              (1616_discursos-diaz).</note> en aquel peregrino ingenio, padre de la elocuencia de
            España, maestro sin duda de los maestros de ella, orador perfecto de nuestra edad,
              <persName type="authority" key="Paravicino, fray Hortensio Félix" precision="3">fray
              Hortensio Félix Paravicino</persName> que, entonces como ahora, era asombro y
            ornamento de su nación. Decía don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Luis</persName> que la atención con que oía sus oraciones evangélicas o sermones en
            el púlpito, la frecuencia con que asistía en<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">asistir en</hi>: con la preposición ‘en’ denota lugar donde alguien se
              halla y permanencia más larga que con ‘a’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Cuer.).</hi>
              Entiéndase, la frecuencia con la que visitaba la celda del religioso y el tiempo que
              permanecía en ella. Para la cuestión, cfr. «Estructura».</note> su celda y la
            conformidad del ingenio, le despertaron a que aspirase a la alteza del lenguaje y
            grandeza de su estilo<note place="bottom">Términos como ‘grandeza’, ‘alteza’, ‘gala y
              majestad’, ‘elegancia’, ‘ardor’, ‘gravedad’ y ‘bizarría’ en relación con el estilo de
              Góngora, son recurrentes en los textos de la polémica. Por ejemplo, el abad de Rute
              alude a «la alteza que posee vuestra merced en esta arte»; o, refiriéndose a la
              oscuridad de algunos poetas, aconseja que «no es bueno imitarlos en esa parte, siendo
              viciosa, sino seguir antes la majestad con la venustidad y perspicuidad virgiliana;
              demás de que (como he dicho) los más tomaron diferente asunto, y en quien es la
              oscuridad menos culpable, naciendo de afectar grandeza…» (1614_parecer). Jáuregui,
              criticando a los modernos, los acusa de que «pretenden grandeza, y sólo consiguen
              fiereza, interpolada con ínfimas indignidades», o «facilitan grandemente el estilo y
              fácilmente destruyen su altitud y grandeza» (1624_discurso-poetico). Como decíamos en
              una nota anterior (Cfr. nota <ref target="ref1" xml:id="ref2">supra</ref>), el propio
              Góngora, en su «Carta respuesta», habla de una lengua que, a costa de su trabajo, ha
              «llegado a la perfección y alteza de la latina…» (1615_carta-gongora).</note>, y para
            esta verdad cotejaba los versos que escribió los veinte años antes de su muerte,
            hallando diferencia bien considerable en los antecedentes. Llenas ya de este furor
              sublime<note place="bottom">La idea de la poesía como dictada por una locura o furor
              divino, transmitida por la latinidad tardía a la Edad Media y el Renacimiento, es
              tópica en la literatura occidental. Díaz de Rivas, en sus <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Discursos apologéticos</hi>, habla de «impulsos divinos y de inspiración superior,
              como notó doctamente Platón, <hi rend="i" xml:lang="en">in diálogo De furore
                poético</hi>, Cicerón, <hi rend="i" xml:lang="en">Pro Archia poeta</hi>…»
              (1616_discursos-diaz). Aurora Egido (1986: 84), en relación con el furor poético,
              aclara: «El asunto tiene además otras implicaciones, las que apoyan la poesía velada o
              enigmática que se esconde en la oscuridad para luego ser desentrañada por la labor de
              unos pocos». Para Egido, «[l]a defensa de la oscuridad tenía su base en el concepto
              divino de la poesía. Que los misterios ocultos fueran sólo discernibles por unos pocos
              es asunto que ayuda a plantear desde una perspectiva diferente el hermetismo de la
              poesía gongorina, sin excluir las razones retóricas y de otro tipo con las que se ha
              venido argumentando al respecto» (1986: 87). El furor está relacionado con el concepto
              de ‘inspiración’, y con la creencia en el origen divino de la creación poética (que
              connota vocablos como ‘dictar’, ‘inspirar’, ‘musas’, ‘ingenio’). Con este complejo de
              ideas se asocia la asimilación del poeta con el profeta que argüían los defensores de
              Góngora, como explica Francisco Martínez de Portichuelo en su <hi rend="i"
                xml:lang="en">Apología a favor de don Luis de Góngora</hi> (1627_apologia), y
              estudia Joaquín Roses Lozano (1994: 187-247). Para Guillermo Serés, la doctrina del
              furor tiene un sustrato médico, como lo explica Huarte de San Juan en su <hi rend="i"
                xml:lang="en">Examen de ingenios</hi> (1989: 91-92). Hablar del estilo sublime alude
              a la división de los géneros y a la adscripción de los poemas mayores de Góngora al
              más elevado (<hi rend="i" xml:lang="en">sublime genus orationis</hi>), argumento que
              es uno de los frentes más reñidos de la polémica. En este sentido, para Díaz de Rivas
              (1616_discursos-diaz), el <hi rend="i" xml:lang="en">modus dicendi</hi> de las <hi
                rend="i" xml:lang="en">Soledades</hi> «se ha de reducir al sublime…». O, añade, como
              el fin de la poesía es «enseñar deleitando», el deleite nace «de las voces y frasis
              sublimes y peregrinas». Este eco platónico quizá esté también relacionado con el
              pseudo-longiniano, como ha estudiado Mercedes Blanco. Para la huella del <hi rend="i"
                xml:lang="en">De sublimitate</hi> atribuido a Longino, citado en español por primera
              vez por Pedro de Valencia, véase Blanco (2012: 42-59).</note> las ideas, capaces de
            ardor tanto, intentó el poema del <title>Polifemo</title>. Escribiole, diole a luz con
            tanta admiración de los eruditos como envidia de los ignorantes<note place="bottom"
              >Desde las <hi rend="i" xml:lang="en">Advertencias</hi> de Almansa y Mendoza
              (1614_advertencias), quien ejemplifica la incapacidad y el rencor de los detractores
              del poeta con la fábula de la raposa, «que no pudiendo alcanzar las uvas, las dejó por
              agraces», se hizo lugar común considerar ignorantes y envidiosos a los que criticaban
              la oscuridad de los poemas. Góngora mismo, en su «Carta en respuesta»
              (1615_carta-gongora), dice: «…que honra me ha causado hacerme obscuro a los
              ignorantes, que esa es la distinción de los hombres doctos…». Para Pellicer, ‘malicia’
              e ‘ignorancia’ iban de la mano en la polémica: «…malicia, o la ignorancia (todo es
              uno)…», afirma en los preliminares de las <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones
                solemnes</hi>. Cfr. «Cronología». Para la dimensión social de la envidia, véase
              Portús (2008: 135-149).</note>. Fue esta de las novedades que escandalizó a los que,
            contentos con la llaneza del estilo en que se hacían lugar<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">hacerse lugar</hi>: ‘adquirir con sus méritos y virtudes la
              común estimación y aplauso’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>).</note>, llevaron
            mal que se introdujese lo que no habían de saber imitar, a quien escribió don <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis</persName> así:</p>
          <quote>
            <lg>
              <l>Pisó las calles de Madrid el fiero</l>
              <l>monóculo galán de Galatea</l>
              <l>y, cual suele tejer bárbara aldea</l>
              <l>soga de gozques contra forasteros,</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>rígido un bachiller, otro severo,</l>
              <l>crítica turba al fin, si no pigmea,</l>
              <l>su diente afila y su veneno emplea</l>
              <l>en el disforme cíclope cabrero.</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>A pesar del lucero de su frente,</l>
              <l>le hacen obscuro, y él, en dos razones</l>
              <l>que en dos truenos libró de su occidente,</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>«Si quieren — respondió — los pedantones</l>
              <l> luz nueva en hemisferio diferente,</l>
              <l>den su memorïal a mis calzones»<note place="bottom">[<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem288#l288.1"
                    >OC288</ref>](1615_Piso_Madrid_el_fiero). Véase Góngora (1981: 384-385). El
                  soneto anterior, y los dos siguientes, como apuntábamos, aparecen tachados en el
                  manuscrito.</note>.</l>
            </lg>
          </quote>
          <p>Escribió después la <title>Soledad primera</title> y, apenas la publicó, cuando padeció
            semejante invasión que el <title>Polifemo</title>, acusándole de oscuro los que no le
              entendían<note place="bottom">Desde su temprana divulgación, «la oscuridad constituía
              la principal objeción al estilo de Góngora» y «tema sobre el que se sustentaban tanto
              las impugnaciones como las apologías de las <hi rend="i" xml:lang="en">Soledades</hi>»
              (Roses Lozano 1994: 187). La llamada oscuridad, concluye Díaz de Rivas en sus <hi
                rend="i" xml:lang="en">Discursos apologéticos</hi> (1616_discursos-diaz) «no es
              falta suya [de Góngora], sino sobra de virtudes poéticas y falta o de lección, o de
              ingenio, o de atención en el lector».</note>. Respondió a los que no lo entendían con
            el desprecio, con la risa, pero mejor en otro soneto, sin género de duda grande:</p>
          <quote>
            <lg>
              <l>Con poca luz y menos disciplina</l>
              <l>al voto de un muy crítico y muy lego,</l>
              <l>salió en Madrid la Soledad, y luego</l>
              <l>a palacio con lento pie camina.</l>
            </lg>
            <pb n="f. 3v"/>
            <lg>
              <l>La puerta <note place="bottom">La lección que elige Ciplijauskaité es «las
                  puertas», que es la de Chacón (Góngora 1981: 523-524).</note> le cerró de la
                Latina</l>
              <l>quien duerme en español y sueña en griego,</l>
              <l>pedante gofo, que, de pasión ciego,</l>
              <l>la suya reza, y calla la divina.</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>Del viento es el pendón pompa ligera,</l>
              <l>no hay paso concedido a mayor gloria,</l>
              <l>ni voz que no la acusen de extranjera.</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>Gastando, pues, en tanto la memoria,</l>
              <l>ajena invidia, más que propia cera,</l>
              <l>por el Carmen la lleva a la Victoria<note place="bottom">[<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem449#l449.1"
                    >OC449</ref>]. Véase Góngora (1981: 523-525). En la edición de Vicuña lleva por
                  epígrafe «A los críticos de Madrid, que se opusieron a impugnar la primera <hi
                    rend="i">Soledad</hi>». También está tachado en el manuscrito.</note>.</l>
            </lg>
          </quote>
          <p>Del modo mismo se portaron sus émulos con la <title>Soledad segunda</title><note>Para
              los críticos, la abundancia y el recargamiento eran la causa de la oscuridad de las
                <hi rend="i" xml:lang="en">Soledades</hi>. Para el abad de Rute, por ejemplo, esta
              nace «de la demasía de tropos y esquemas, paréntesis, aposiciones, contraposiciones,
              interposiciones, sinécdoques, metáforas y otras figuras artificiosas y bizarras cada
              una de por sí, y a trechos y lugares convenientes, mas no para amontonadas» (<hi
                rend="i" xml:lang="en">Parecer</hi>, f. 135r), (1614_parecer). Entre las objeciones
              que enumera, y a las que responde, Díaz de Rivas en sus <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Discursos apologéticos</hi> (1616_discursos-diaz), están el uso de «tropos
              frecuentísimos» y «la dureza de algunas metáforas», pero añade que estos son el «mayor
              ornamento de la oración», y lo que distingue al orador del poeta. Rute y Díaz de Rivas
              defienden, con argumentos clásicos, las traslaciones o metáforas multiplicadas por
              Góngora. También es opinión de Pedro de Valencia en su <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Carta</hi> (1614_carta-valencia): «Lo metafórico es generalmente muy bueno en
              vuestra merced, algunas veces atrevido y que no guarda la analogía y correspondencia
              que se requiere». En el <hi rend="i" xml:lang="en">Antídoto</hi>, Jáuregui esbozó las
              ideas sobre la oscuridad poética en relación con la metáfora (y la perífrasis
              metafórica) que desarrollará en el <hi rend="i" xml:lang="en">Discurso poético</hi>,
              donde dice: «Hallaremos, pues, en los nuestros, no sólo traslaciones tales, sino con
              aspereza doble, porque aun las mismas metáforas metaforizan» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/"
                >1624_discurso-poetico</ref>). En la <hi rend="i" xml:lang="es">Silva a las
                Soledades</hi> (1613_silva) Manuel Ponce relaciona la oscuridad con el uso
              continuado de las metáforas («la oscuridad de la oración nace de valerse el poeta de
              voces nuevas y no usadas y continuada frecuencia de traslaciones»). Semejantes juicios
              aparecen también en la polémica epistolar entre Cascales y Francisco del Villar, en la
              que el primero habla de «metáforas licenciosas» (1634_cascales-villar). Para la
              metáfora en la polémica, véase Roses Lozano (1994: 179-186).</note>, reprehendiendo el
            estilo, las metáforas, las alusiones y demás tropos de que usa con frecuencia don
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis</persName>, que se desahogó de
            las calumnias en otro soneto no menor y más grave:</p>
          <quote>
            <lg>
              <l>Restituye a tu mudo horror divino,</l>
              <l>amiga Soledad, el pie sagrado,</l>
              <l>que captiva lisonja es, del poblado,</l>
              <l>en breves hierros <note place="bottom">La lección que elige Ciplijauskaité es
                  «yerros breves», que es la del ms. Chacón y otros muchos testimonios (Góngora
                  1981: 464-465).</note> pájaro ladino.</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>Prudente cónsul, de las selvas dino,</l>
              <l>de impedimentos busca, desatado,</l>
              <l>tu claustro verde, en valle profanado</l>
              <l>de fiera menos que de peregrino.</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>¡Cuán dulcemente de la encina vieja</l>
              <l>tórtola viuda al mismo bosque incierto</l>
              <l>apacibles desvíos aconseja!</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>Endeche el siempre amado esposo muerto</l>
              <l>con voz doliente, que tan sorda oreja</l>
              <l>tiene la soledad como el desierto<note place="bottom">[<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem290#l290.1"
                    >OC290</ref>] Véase Góngora (1981: 464-466). López Bueno (2013a: 136) lo
                  describe como un soneto melancólico de «[r]reacción introvertida, dolorida y a la
                  defensiva»</note>.</l>
            </lg>
          </quote>
          <p>Dejemos ahora el discurrir sobre el estilo, pues luego diremos de él en su defensa<note
              place="bottom">Con este soneto da fin Pellicer a la digresión sobre la defensa del
              estilo y continúa con la vida del poeta, no sin antes aclarar que habrá más al
              respecto, teniendo en cuenta, obviamente, que esta <hi rend="i" xml:lang="en"
                >vita</hi> fue concebida para los preliminares de las <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Lecciones solemnes</hi> que, comentando las poesías más difíciles de Góngora,
              hallan motivos para alabarlas, extrayendo sus conceptos y sutilezas y descubriendo sus
              fuentes y paralelos en grandes poetas griegos y latinos. Había ya anunciado Pellicer
              su intención de defender el estilo de Góngora en el prólogo de <hi rend="i"
                xml:lang="en">El Fénix y su historia natural</hi> (f. ¶4r): «…yo diré en la defensa
              del estilo que sacaré al principio de mis <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones
                solemnes</hi> muy presto». Cfr. «Estructura».</note>, y pasemos a las medras que don
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis</persName> tuvo y a los aumentos
            que alcanzó, pues no obstante que fue el mayor hombre de España en su tiempo, se halló
            tan atrasado en las comodidades, que parece que la Fortuna, en odio de la Naturaleza,
            quería tenerle ajado<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">ajado</hi>:
              ‘maltratado’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>). Recurre al tópico de la Fortuna,
              que persigue a los favorecidos por la naturaleza y, en general, a los que más merecían
              recibir sus dones.</note> en la necesidad <pb n="f. 4r"/> y hacerle que gastase de la
            paciencia y del sufrimiento cuanto le faltaba de sus bienes, pues en su patria, Córdoba,
            nunca pudo conseguir más valimiento con la dicha<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">dicha</hi>: Es un sinónimo de ‘fortuna’ y la frase indica que el único
              favor (o ‘valimiento’) que consiguió Góngora de la Fortuna fue ridículo con respecto a
              lo que merecía.</note> que ser racionero de su iglesia, estrecho puesto para caballero
            tan calificado y tan lucido ingenio. No se desmandaba<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">desmandarse</hi>: ‘descomedirse’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
              >Aut.</hi>). </note> en tanta apretura al despecho, pues una de las mayores
            circunstancias que le constituían por varón singular fue la tolerancia con que padecía
            verse desmedrado sin alterarse, desconfiando de merecer aun los puestos que tenía y
            contentándose con ver que sus amigos se lastimasen de la cortedad de su suerte. Vino a
            la Corte a instancia de grandes señores<note place="bottom">Que hubiese venido a la
              Corte a instancias de «grandes señores» es opinión que se vuelve a repetir en el <hi
                rend="i" xml:lang="en">Escrutinio</hi> (16xx_escrutinio). Véase Orozco (1973:
              277-281) y Carreira (1998) para detalles sobre la llegada de Góngora a Madrid y su
              relación con la Corte. Puede completarse con Entrambasaguas (1975: 155-174) que
              refiere con muchos pormenores la vida del poeta en Madrid. </note> que afectaron<note
              place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">afectar</hi>: ‘apetecer y procurar alguna
              cosa con ansia y ahínco’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Cov.</hi>). Indica que los
              señores buscaban el trato con el poeta, pero más por lucimiento propio que por
              verdadera estima. Góngora se traslada a la Corte en abril de 1617.</note> su
            comunicación pero no su utilidad, quedándose las finezas<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">finezas</hi>: muestras de amor y de estima. Los grandes
              señores se limitaban en sus finezas a la familiaridad con Góngora, pero no procuraban
              mejorar su fortuna.</note> en la familiaridad sola sin acertar a ser aumentos. De esto
            se querella más de una vez en sus escritos<note place="bottom">Unos años antes de
              instalarse en 1617, Góngora había manifestado su desprecio hacia la Corte en los
              conocidos versos escritos de 1609 «Mal haya el que en señores idolatra / y en Madrid
              desperdicia sus dineros» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem202#l202.1"
                >OC202</ref>]. </note>, pues estorbándole la parte más preciosa de esta vida y la
            alhaja de más estimación, que es el tiempo, los poderosos que le asistían se hacían
              afuera<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">hacer afuera</hi>: Es decir, los
              poderosos se desentendían de lo que necesitaba (<hi rend="i" xml:lang="en"
              >Cuer.</hi>).</note> de todo cuanto era provecho suyo, y cierto que es la pensión<note
              place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">pensión</hi>: ‘metafóricamente se toma por
              el trabajo, tarea, pena o cuidado como consecuencia de algo que se logra’ (<hi
                rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>).</note> más penosa que tiene un entendido haber de
            hacer servil el talento, el ingenio y la erudición a disposición de los príncipes, que
            los manejan no más de para crédito o entretenimiento, sin cuidar del acrecentamiento de
            lo que estiman. Nadie más bien visto que don <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName>, más bien admitido, más buscado de
            los mayores en calidad y en letras. Y con todo este valimiento<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">valimiento</hi>: ‘amparo, favor, protección o defensa’ (<hi
                rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>). </note> todo cuanto pudo conseguir en la
            monarquía pasada<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">monarquía</hi>:
              ‘reinado’.</note>, con la inclinación que don Rodrigo Calderón<note place="bottom"
              >Rodrigo Calderón y Aranda (1576-1621), I conde de la Oliva de Plasencia, comendador
              de Ocaña y I marqués de Siete Iglesias fue el secretario y favorito del duque de
              Lerma. Con la caída de este, fue despojado de todos sus títulos, cargos y colosal
              fortuna. Acusado de cohecho, fraudes y malversaciones e hasta de un asesinato, murió
              en el cadalso el 21 de octubre de 1621, para espanto y consternación de la multitud.
              Góngora se arrimó al mecenazgo de Calderón hasta sus últimos días y expresó su horror
              ante su caída y muerte en los sonetos «Al tronco descansaba de una encina», «En la
              muerte de don Rodrigo de Calderón», «Al mismo», y «De las muertes de don Rodrigo
              Calderón, del conde de Villamediana y conde de Lemos». Durante la prisión del marqués,
              Góngora dio muestras de fidelidad a su benefactor en una carta de 22 de octubre de
              1619: «Doy gracias a Dios que lo conocí y traté en tiempo que no puede decir de él
              sino lo que sería su mayor descargo» (Góngora 2000: 337). </note>, en lo más
            encumbrado de su privanza, le tuvo, y con la gracia que halló en el duque de Lerma<note
              place="bottom">Francisco de Sandoval y Rojas (1553-1625), marqués de Denia y a partir
              de 1599 duque de Lerma, fue el valido de Felipe III durante casi veinte años, con
              inmenso poder y muy resueltos y peligrosos adversarios, entre ellos la reina Margarita
              de Austria. Hacia la época en la que se instala Góngora en la Corte, la situación del
              ministro estaba en declive. A raíz del proceso por corrupción de dos de sus cercanos
              colaboradores, Pedro Franqueza y Alonso Ramírez de Prado, en 1618 Lerma busca refugio
              en el capelo cardenalicio que le otorga el Papa y se retira a sus propiedades. Para la
              privanza de Lerma, véase Alvar Ezquerra (2010). Al llegar a Madrid, con el favor de
              Lerma y Calderón, Góngora consigue la capellanía real. Otorgada en diciembre de 1617,
              dicha «capellanía de honor» venía acompañada de un exiguo honorario de 15000
              maravedíes anuales pero le permitía asistir a los oficios en la capilla real en dos
              bancos reservados, frente a los grandes de España (Jammes 1987: 241).</note>, fue la
            merced de capellán de honor de la Majestad Católica del señor rey Felipe tercero, el
            Piadoso. Y en esta<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">esta</hi>: entiéndase
              la monarquía, la de Felipe IV.</note>, de la generosidad prudente del conde duque de
            Sanlúcar, el favor de dos hábitos de Santiago para dos sobrinos suyos<note
              place="bottom">Góngora consiguió dos hábitos militares para sus sobrinos, después de
              solicitarlos incansablemente a Olivares. En carta de 8 de julio de 1625 dice así
              respecto al segundo: «Ahora apretaré en lo del hábito, que lo tengo por seguro, a
              cuenta de lo que me dijo ayer el señor conde de Olivares, yéndole a besar la mano por
              la situación y pidiéndole licencia para importunarle en lo del hábito: “Tenga
              paciencia, que no peleo en el Brasil”. Y riéndose, luego me volvió a decir: “Todo se
              hará bien lo más presto que se pueda”. Despidiéndome contento, dijo: “El Diablo harte
              de hábitos a estos de Córdoba…”» (Góngora 2000: II, 446). Se convirtió entonces el
              poeta en importuno pretendiente de una pensión, que no llegó a obtener pero que tal
              vez hubiera conseguido de haber vivido más años. El conde-duque de Olivares había
              mostrado interés por la publicación de su obra, según declaraciones del propio Góngora
              (Jammes 1987: 286; y Artigas 1925: 188-189 y 193-194). En carta de 14 de octubre de
              1625 a Cristóbal de Heredia, su administrador cordobés, relata un encuentro con
              Olivares: «Ayer de mañana el pie en el estribo me dijo [el conde-duque]: “Vuestra
              merced no quiere estampar”. Yo le respondí: “La pensión puede abreviar el efecto”.
              Replicome: “Ya he dicho que corre por vuesa merced desde 19 de febrero; en volviendo
              se tratará de todo, no tenga pena”. Con esto he quedado suspenso, porque veo que
              quiere sin duda que el hábito sea satisfacción de la dirección de mis borrones, y
              hállome impedido para la estampa, porque dos que quieren parte en ella es más de lo
              que me está a mí bien, y así estoy como la picaza, que ni vuela ni anda». (Góngora
              2000: II, 448).</note>. Aunque, si no le acortara los pasos la muerte, hallara en la
            incomparable benignidad de este príncipe un desquite grande de las fortunas pasadas, por
            ser de su natural inclinado a favorecer los hombres de tantos méritos. Vivió en esta
            Corte once años, adulado<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">adulado</hi>:
              ‘alabado inmoderadamente, aprobado lo que sin razón se ejecuta’ (<hi rend="i"
                xml:lang="en">Aut</hi>.).</note> de la esperanza dulce que tiene atareados a los más
            pretendientes, muy oficioso<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en"
              >oficioso</hi>: ‘el que solicita agradar a uno’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
              >Aut</hi>.).</note> en las sumisiones, cortesías y demás ceremonias vanas que ha
            inventado la necesidad y admitido <pb n="f. 4v"/> la elevación ambiciosa de los
            ministros que, embarazados<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en"
              >embarazar</hi>: ‘impedir, detener, retardar, y en cierto modo suspender algo’ (<hi
                rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>). </note> en esta adoración, no encuentran con el
              despacho<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">despacho</hi>: ‘resolución y
              determinación’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>). </note>, pues en cada
              expediente<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">expediente</hi>: en su
              sentido latino, asunto o negocio al que se da pronto despacho (<hi rend="i"
                xml:lang="en">Aut</hi>). No deja Pellicer de señalar amargamente el lamentable juego
              al que se prestan los escritores y artistas que pretenden favores por necesidad
              («sumisiones, cortesías y demás ceremonias vanas») y los altivos ministros que se
              desentienden de ellos.</note> que se concluyen pierden muchos feligreses que los
            idolatran.</p>
          <p>Adoleció<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">adolecer</hi>: ‘enfermar’ (<hi
                rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>). </note> al fin muy de peligro a sazón que sus
            amigos estaban ausentes, asistiendo al rey nuestro señor Felipe Cuarto, el Grande, que
            Dios guarde, en la jornada que hizo a Aragón<note place="bottom">Para lograr el
              asentimiento de los diferentes reinos a las medidas propuestas en la conocida «unión
              de armas», Felipe IV se dirigió a Aragón con el fin de celebrar cortes en la primavera
              de 1626. Estuvo ausente de Madrid desde el 7 de enero hasta el 14 de mayo de 1626.
              Para más detalles véase Elliott (1990: 282-317).</note>. Si bien por la solicitud de
            alguno que lo supo ser<note place="bottom">Pese a la ausencia de los amigos, hubo
              alguno, entre los que se quedaron en Madrid, que lo supo ser lo bastante como para
              avisar a la reina de la enfermedad de Góngora.</note>, cuidó de su salud la Reina
            Nuestra Señora, que viva felices años, enviándole médicos y regalos, dando ejemplar con
            su esclarecido, piadoso y caritativo ánimo, en que estudien los monarcas el modo de
            acariciar a los beneméritos, que son las joyas más preciosas de una república<note
              place="bottom">Se trata de Isabel de Borbón, (1602-1644), hija de Enrique IV de
              Francia y María de Médicis, que casó con Felipe IV en 1615. Góngora le dedica dos
              sonetos antes de su ascenso al trono: «Del rey y reina, nuestros señores, en el Pardo,
              antes de reinar» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem334"
                >OC334</ref>]; y el que comienza «Peinaba al Sol Belisa sus cabellos» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem335#l335.1"
                >OC335</ref>]. Que tuvo algún trato con la reina se deduce de una carta del 25 de
              noviembre de 1625, en la que el poeta cuenta que, al ir a felicitarla por su parto, se
              encontró con el conde-duque, que le dio muestras de afecto y de querer ocuparse de sus
              asuntos (Góngora 2000: II, 451-452). </note>. Algo, aunque mal convalecido, deseó
            retirarse a su natural<note place="bottom">En su epistolario expresa su deseo de
              regresar, tras la obtención de algunos favores, a una vida más tranquila en Córdoba;
              por ejemplo, en carta del 9 de agosto de 1622, dice: «Hago saber a V. m. que estoy
              deseando salir de las pesadumbres de este hábito para irme a descansar este invierno a
              Córdoba y experimentar si me hace V. m. más merced prior de San Hipólito que
              permutante de Sevilla o prestamero de Villapedroche». Y en la del 23 del mismo mes:
              «Mi vuelta a Córdoba será, siendo Dios servido, en dando lugar el despacho deste
              hábito…» (Góngora 2000: II, 426 y 428). </note>, que maltratado de la dolencia que se
            le atrevió a la cabeza, en los intervalos o intercadencias del mal, conocía que para
            caminar jornada que no vuelve a repetirse y al fin para morir, era necesario más sosiego
            que el de la Corte, donde aun a morir no se acierta despacio<note place="bottom">El
              estado de Góngora era, en efecto, bastante preocupante, lo que hace verosímil su deseo
              de ir a Córdoba para que la muerte no lo hallara entre extraños sino rodeado de sus
              parientes, como insinúa Pellicer. Enrique Vaca de Alfaro, en sus <hi rend="i"
                xml:lang="en">Varones ilustres de Córdoba</hi> (1685_varones_gongora), atestigua
              cómo el poeta repitió dos preguntas distintas dos veces cuando los contertulios
              estaban «hablando de otras cosas», lo que indicaría pérdida de memoria (Artigas 1925:
              195). Cfr. «Estructura». </note>. Quiso desviarse de los tumultos y estorbos
            cortesanos, casi adivinando morir, como había temido, en el año climatérico<note
              place="bottom">En medicina, es el séptimo o noveno de la edad de una persona y sus
              múltiplos. Según la tradición clásica, el gran <hi rend="i" xml:lang="en">annus
                climatericus</hi> por excelencia es el 63, múltiplo de ambos. Los médicos antiguos
              lo consideraban peligroso. Góngora emplea el sintagma «climatérico lustro» en un poema
              de 1623 que lleva por epígrafe «Infiere de los achaques de la vejez, cercano al fin a
              que católico se alienta»: «En este occidental, en este, oh Licio,/ climatérico lustro
              de tu vida,/ todo mal afirmado pie es caída,/ toda fácil caída es precipicio» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem388"
                >OC388</ref>]. Góngora, nacido en julio de 1561, contaba 63 años entre 1624 y 1625.
              Salcedo Coronel (<hi rend="i" xml:lang="en">Segundo tomo de las obras de don Luis de
                Góngora comentadas…</hi>, Madrid: Pedro Laso, 1644, p. 504) comenta este soneto y
              dice sobre estos años: «Años climatéricos o, como quieren los latinos, scalares, se
              llamaron los que constan del número septenario o novenario, multiplicados. […]. Son
              los siguientes: 7, 14, 21, 28, 35, 42, 49, 56, 63. Este último término es
              peligrosísimo, y del que habla nuestro poeta…». Asimismo, el anónimo comentarista al
              romance de Góngora «Cloris, el más bello grano» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem249"
                >OC249</ref>] explica extensamente la tradición. Véase Pérez Lasheras (2011:
              205).</note>, se trasladó a Córdoba para que le diese piadoso monumento el pueblo
            mismo que le sirvió de cuna. No padeció el juicio, como se divulgó, aunque enfermó de la
            cabeza, que en la memoria fue donde hizo presa el achaque, embargándole al alma aquella
            potencia tan esencial para quien se mira cerca de desatarse de la cárcel penosa del
            cuerpo y desamparar esta porción frágil de tierra<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">potencia</hi>: ‘por antonomasia se llaman las tres facultades del
              alma, de conocer, querer y acordarse: que son entendimiento, voluntad y memoria’ (<hi
                rend="i" xml:lang="en">Aut</hi>.).</note>. Restituyósela<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">restituyósela</hi>: entiéndase la memoria, esencial para
              recordar los pecados que deben confesarse antes de morir, de ahí que se destaque su
              importancia: «para quien se mira cerca de desatarse de la cárcel penosa del
              cuerpo».</note> la soberana Providencia cuando más la había menester, junto con el
            conocimiento de que se iba faltando, para que no le cogiese desprevenido el golpe que
              esperaba<note place="bottom">Para la preeminencia del juicio o entendimiento sobre la
              memoria, véase la introducción en el apartado «Estructura». Para enfrentarse a las
              postrimerías, era esencial poseer todas sus facultades y así lo recalca Pellicer.
              Además, desde el punto de vista jurídico, para hacer un testamento válido ante la ley
              había que estar en su sano juicio, como rezaba la fórmula protocolaria que encabezaba
              los testamentos y que, entre otras cosas, decía: «en mi sano juicio, memoria y
              entendimiento natural» (a veces se suprimía lo de «memoria»). Recordemos, por ejemplo,
              cómo antes de otorgar últimas voluntades, recibir los sacramentos y morir, Alonso
              Quijano dice: «Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy ahora,
              como he dicho, Alonso Quijano el Bueno» (Cervantes 2005: 1103).</note>. Y así,
            habiendo cumplido con las obligaciones de católico cristiano y reconocido que iba a dar
              residencia<note place="bottom">Véase nota <ref xml:id="ref4" target="ref3"
              >supra</ref>.</note> al Juez Supremo de los más leves y más menudos pensamientos,
              protestando<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">protestando</hi>:
              ‘Protestar’ es ‘asegurar con ahínco y eficacia’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
              >Aut.</hi>), pero en este contexto cobra el sentido más específico de una
              «protestación de fe», o sea, «el acto que alguno hace públicamente para confesar la
              religión verdadera. Del latín: <hi rend="i" xml:lang="en">Fidei protestatio</hi>» (<hi
                rend="i" xml:lang="en">Aut.</hi>). Esta acepción teológica del vocablo se verifica
              en el título de un auto sacramental de Calderón de la Barca: <hi rend="i"
                xml:lang="en">La protestación de la fe</hi>. </note> que moría en la obediencia de
            la Iglesia, nuestra madre, pidiendo y recibiendo los sacramentos, rindió el espíritu a
            su Hacedor el segundo día de Pentencostés, lunes, a veinticuatro de mayo de mil y
            seiscientos y veintisiete, habiendo vivido sesenta y cinco años, diez meses y trece
            días; brevísimo curso de tiempo y corto siglo<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">siglo</hi>: ‘edad cumplida de un hombre’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
                >Cov</hi>.). El ‘primer siglo’ se consideraba la vida terrena; el ‘segundo siglo’ la
              eterna. </note> para varón <pb n="f. 5r"/> tan grande.</p>
          <p>Gran día fue este para la envidia de sus émulos y costoso para el cariño de sus
              amigos<note place="bottom">Pellicer repite el mismo tópico al referirse a la muerte de
              Paravicino en los preliminares de la <hi rend="i" xml:lang="en">Fama, exclamación,
                túmulo y epitafio</hi>…: «Gran día para la envidia; doloroso para sus amigos;
              lamentable para los neutrales» (Cerdan 1994: 97). </note>; aquellos se gozaron en su
            muerte y estos se entristecieron, celebrándose a un tiempo exequias y regocijos.
            Enterráronle en la santa iglesia de Córdoba, en la capilla de los Góngoras, sin poner
            epitafio sobre su sepultura. Pero mucha inscripción es el silencio y, a quien sirve de
            sepulcro todo el orbe, su mismo nombre es el más capaz epitafio<note place="bottom"
              xml:id="ref5">En esta última parte del discurso vuelve a aparecer con más énfasis el
              tópico panegírico de la alabanza universal, en una modalidad frecuente en el
              Renacimiento y el Barroco. Se habla del mundo como tumba y de las victorias y del
              nombre del difunto como de sus verdaderos monumento y epitafio, los únicos dignos de
              él y de su fama. Este lugar común se encuentra en la canción del peregrino de la <hi
                rend="i" xml:lang="en">Soledad Segunda</hi> [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.161-164"
                >OC264C.161-164</ref>], en varias poesías de <hi rend="i" xml:lang="en">La musa
                Clío</hi> de Francisco de Quevedo, como el soneto a Escipión: «Nadie llore mi ruina
              ni mi estrago; / pues será a mi ceniza cuando muera, / epitafio Anibal, urna Cartago»;
              o en el más conocido a Osuna: «Su tumba son de Flandres las campañas, / y su epitafio
              la sangrienta Luna» (Quevedo 2005: 104 y 76). En sus anotaciones a la <hi rend="i"
                xml:lang="en">Soledad Segunda</hi>, a propósito de uno de los versos de la canción
              del peregrino («urna suya el océano profundo»), Pedro Díaz de Rivas escribe: «Así, de
              los hombres insignes que hacen cosas dignas de memoria se puede decir que su sepultura
              es el orbe, pues viven en las memorias de todos». Pasa a ilustrar la idea con textos
              del historiador veneciano Marco Antonio Coccio Sabellico, de Lucano, hablando del
              túmulo de Pompeyo (<hi rend="i">Farsalia</hi>, VIII, 797-799); de Séneca (<hi rend="i"
                >Hércules en Oeta</hi>, 1824-25), de Sannazaro (<hi rend="i">Eglogae
                piscatoriae</hi>, IV, 91). Véase (1616­_soledad-segunda-diaz), en edición de
              Patrizia Festini y Melchora Romanos. La <hi rend="i" xml:lang="en">peroratio</hi> o
                <hi rend="i" xml:lang="en">conclusio</hi>, como era prescriptivo, buscaba, además de
              resumir los argumentos de la <hi rend="i" xml:lang="en">narratio</hi> refrescando la
              memoria acerca de la causa que se defiende, apelar a aspectos emotivos (Lausberg 1998:
              § 257, 262, 332). </note>.</p>
          <p>Fue don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis</persName> de
            proporcionada estatura, ni grande ni pequeña. El rostro aguileño, la frente espaciosa,
            que tiraba a calvo, los ojos grandes, la nariz corva y afilada, la color morena<note
              place="bottom">El sustantivo ‘color’ se podía utilizar en el Siglo de Oro con ambos
              géneros.</note> algo, la barba decente<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en"
                >decente</hi>: ‘la conveniente’, la apropiada, latinismo de <hi rend="i"
                xml:lang="en">decēns</hi> (<hi rend="i" xml:lang="en">Cov.</hi>).</note>, y en todo
            con señales de hombre insigne<note place="bottom">Sin olvidar lo que puede tener de
              caricaturesco, Góngora nos dejó su retrato en el temprano romance «Hanme dicho,
              hermanas», donde habla de su «nariz corva»: «...la nariz es corva,/ tal, que bien
              podría/ servir de alquitara/ en una botica». Esta nariz era, según los tratados de
              fisionomía, señal de ingenio. De ella también se burlarán sus enemigos para tildarlo
              de cristiano nuevo. El retrato de Velázquez confirma esta descripción, que también
              coincide con la que da el <hi rend="i" xml:lang="en">Escrutinio</hi> (Millé 1961:
              1223): «Fue don Luis de buen cuerpo, alto, robusto, blanco y rojo, pelo negro […].
              Ojos grandes, negros, vivísimos, corva la nariz, señal de hábil, como todo su rostro
              la dio; adornó el talle, y el aire de sus movimientos, los hábitos clericales». Véase
              Campos Sánchez-Bordona (2014) para una relación de los retratos de Góngora. Como
              correspondía en este encomio, Pellicer soslaya todo lo que no redunda en virtud del
              elogiado y nada menciona de los rumores sobre su posible ascendencia judaica. La
              mancha sale a relucir al tramitar su tío Francisco el expediente de limpieza de sangre
              para la ración que heredaría más tarde Góngora (Artigas 1925: 100 y ss.), y cuando,
              instalado en la Corte, pide los hábitos para sus sobrinos. Para Jammes (1987: 21-23)
              el poeta tenía esos rumores por calumnias. De las investigaciones de Soria Mesa (2015)
              se desprende no obstante que la noticia de tener antepasados hebreos no podía
              parecerle, en su fuero interno, tan desprovista de fundamento. </note>. El semblante
            era afable, cortés y apacible; su conversación afable<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">afable</hi>: es decir, de rostro agradable. Más adelante, es la misma
              oración, empleará el mismo adjetivo etimológicamente, refiriéndose al deleite en la
              conversación.</note>, suave y gustosa. Su modestia fue, en gran manera, igual a su
            ingenio, que mezclada con la suavidad de sus costumbres, con la integridad de su ánimo,
            la festividad<note place="bottom">Entre los significados de «festivo» según <hi rend="i"
                xml:lang="en">Aut</hi>. tenemos que «tiene gracia para dar gusto y placer» y
              «alegre, regocijado y gozoso». La festividad del trato puede entenderse de ambos
              modos. </note> de su trato, le hacían amado y querido entre los hombres de mayor
            opinión. Amaba los ingenios y se alegraba con ellos tanto, que comunicándole yo algunas
            puerilidades mías, se las hacía repetir muchas veces diciendo que le remozaban. Fue
              docilísimo<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">dócil</hi>: ‘el que tiene
              aptitud para ser enseñado y recibe con voluntad lo que se le dice’ (<hi rend="i"
                xml:lang="en">Cov.</hi>). Como se sabe, antes de darlos a la opinión pública,
              Góngora pidió su parecer sobre el <hi rend="i" xml:lang="en">Polifemo</hi> y las <hi
                rend="i" xml:lang="en">Soledades</hi> a varios amigos, entre ellos a Pedro de
              Valencia, don Francisco Fernández de Córdoba (abad de Rute) y a Tomás Tamayo de
              Vargas. No obstante, los comentarios respecto a su «docilidad» son contradictorios.
              Por un lado, el abad de Rute se lamenta de que no haya tenido en cuenta sus
              comentarios sobre la <hi rend="i" xml:lang="en">Oda a la toma de Larache</hi> y el <hi
                rend="i" xml:lang="en">Polifemo</hi> (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer/"
                >1614_parecer</ref>), y Pedro de Valencia le reprocha hacer oídos sordos a las
              «advertencias de sus contemporáneos» (1614_carta-valencia). Otros defensores tempranos
              de la obra del cordobés le reclaman, como hace Díaz de Rivas (según cuenta en carta
              Francisco de Amaya), en relación con las <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones
                solemnes</hi>, «no acordarse de él, habiéndo favorecídose mucho de lo que él ha
              escrito sobre el <hi rend="i" xml:lang="en">Polifemo</hi> y <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Soledades</hi> de Don Luis» (Feijoo 1983:188). Por otro lado, el autor del <hi
                rend="i" xml:lang="en">Escrutinio</hi>, de manera muy semejante a esta <hi rend="i"
                xml:lang="en">vita</hi>, señala que Góngora decía ser «el mayor fiscal» de sus
              obras. Añade, además el <hi rend="i" xml:lang="en">Escrutinio</hi>: «Daba orejas a las
              advertencias o censuras, modesto y con gusto. Enmendaba, si había qué, sin presumir…»
              (Millé 1961: 1223). Puede que Pellicer exagere pero hay algo que sabemos a ciencia
              cierta y que confirma este rasgo de carácter: Góngora corrigió los pasajes que habían
              sido censurados por Pedro de Valencia en su carta (1614_carta-valencia), como demostró
              Dámaso Alonso (1955: 286-310).</note> y se reducía<note place="bottom"><hi rend="i"
                xml:lang="en">reducirse</hi>: ‘persuadirse’ (<hi rend="i" xml:lang="en"
              >Aut.</hi>).</note> con facilidad a enmendar lo que le censuraban. Jamás harbó<note
              place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">harbar</hi>: ‘hacer la cosa muy de prisa’
                (<hi rend="i" xml:lang="en">Cov.</hi>). El comentario de Andrés Cuesta
              (1630_censura) es elocuente: «[…] un hombre tan cuidadoso en esto como don Luis, de
              quien se cuenta que se estaba en remirar un verso muchos días, imitando a Virgilio,
              que como la loba a puro lamer da forma a sus hijos» (en «Notas al Polifemo», citado
              por Artigas 1925: 224). Para Cuesta en la polémica, véase Micó (1985).</note> soneto
            ni apresuró obra alguna: no contentándose con una y otra lima<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">lima</hi>: ‘corrección y enmienda que se hace en la
              escritura’ (<hi rend="i" xml:lang="en">Cov</hi>.).</note>, hacía que pasase por la
            censura rígida de sus amigos de quien tenía satisfacción. Era muy aficionado a <persName
              type="authority" key="Virgilio" precision="3">Virgilio</persName><note place="bottom"
              >La referencia a Virgilio, el gran poeta romano de la era del emperador Augusto,
              paradigma de la poesía heroica, autor de la <hi rend="i" xml:lang="en">Eneida</hi>,
              las <hi rend="i" xml:lang="en">Geórgicas</hi> y las <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Églogas</hi>, es fundamental en la polémica. Sus <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Églogas</hi> constituyen uno de los modelos de las <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Soledades</hi>. Jáuregui, por ejemplo, como ha estudiado José Manuel Rico, censura
              las <hi rend="i" xml:lang="en">Soledades</hi>, (que según él pretendieron ser poema
              heroico), apoyándose en Virgilio, a quien sitúa en las antípodas de Góngora: «Su
              intento de Vm. aquí fue escribir versos de altísimo lenguaje, grandílocos y heroicos.
              El que mejor hizo esto fue Virgilio Marón; pues cotejado su estilo con el de Vm. es
              tan diferente y opuesto que cualquier español con dos maravedís de gramática entenderá
              fácilmente los versos del poeta, y los de V.m., con ser en su lengua vulgar, no los
              entenderá ni aún con dificultad» (Jáuregui 2002:19) (1614_antidoto). El autor de la
              «Carta de un amigo de D. Luis de Góngora en que da su parecer acerca de las
              Soledades…» (véase 16xx_carta-amigo, en la edición de Daria Castaldo) recurre a
              Virgilio y a la <hi rend="i" xml:lang="en">Eneida</hi> para defender la pertenencia
              del poema al género pastoril (Carreira 1998a: 242). Para Blecua, el modelo que Góngora
              tenía en mente era el de las <hi rend="i" xml:lang="en">Geórgicas</hi> (1985:781), a
              cuyos cuatro libros hubieran correspondido las cuatro <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Soledades</hi> proyectadas. Virgilio fue utilizado tanto para defender como para
              criticar la obra de Góngora. Blecua señala que «los detractores de Góngora se
              apoyaron, sobre todo, en la retórica tradicional quintilianista y aristotélica –el
              Aristóteles defensor de la claridad y el término medio–. Y Virgilio, siempre presente,
              aunque su nombre pueda no aparecer, es el ejemplo práctico que realizaba el paradigma
              teórico. Curiosamente, los defensores de Góngora, cuyo respeto por Virgilio es
              idéntico al de sus detractores –aunque menos fanático–, acudieron también a su
              autoridad…» (1985: 783). Véanse también Romanos (1982), la introducción de Festini y
              Romanos a las anotaciones de la «Soledad segunda» de Díaz de Rivas
              (1616_soledad-segunda-diaz) y, para un resumen, Blanco (2013: 27-34). Los pasajes que
              anota Pellicer en las <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi> con la obra
              de Virgilio llegan casi al centenar. </note>, <persName type="authority"
              key="Claudiano" precision="3">Claudiano</persName><note place="bottom">Claudio
              Claudiano (h. 370–h.405d.C.), poeta alejandrino de época imperial, en particular de la
              corte de los emperadores romanos Honorio y Arcadio y del general y valido imperial
              Estilicón. Se distinguió en el género cortesano del panegírico en verso. Fue uno de
              los poetas favoritos de Góngora, quien lo imita en numerosos lugares de las <hi
                rend="i" xml:lang="en">Soledades</hi> y en el <hi rend="i" xml:lang="en">Panegírico
                al duque de Lerma</hi>. Lo fue también de Pellicer, quien lo imita en su poema <hi
                rend="i" xml:lang="en">El Fénix</hi>. Véase, para un estudio de su relación con la
              poesía de Góngora, Blanco (2011: 11-56); y Ponce Cárdenas (2011: 57-103). Según
              Pellicer, de Claudiano examinó don Luis también «epitalamios y bodas» (Pellicer, <hi
                rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>, col. 353). Que fuera poeta favorito
              de Góngora también lo dice Salcedo Coronel: «A ningún poeta imitó más don Luis, que a
              nuestro Claudiano» (Salcedo Coronel, <hi rend="i" xml:lang="en">Segunda parte del tomo
                segundo de las obras</hi>, Madrid: por Diego Díaz de la Carrera y Pedro Lasso, 1648,
              f. 32). Véase también Ponce Cárdenas (2009) y Castaldo (2014).</note> y <persName
              type="authority" key="Horacio" precision="3">Horacio</persName><note place="bottom"
              >Quinto Horacio Flaco (65-8 a.C.), fue, junto con Virgilio, el poeta más famoso de la
              época de Augusto. Compuso sátiras, epístolas, odas y epodos o poemas en yambos. Con
              las sátiras, al criticar tipos y conductas sociales, pretendía transmitir un modelo de
              conducta que se debía emular. A partir de la publicación de la <hi rend="i"
                xml:lang="en">editio princeps</hi> de su obra hacia 1470 o 1471 en Venecia y su
              constante inclusión en el currículo escolar, los preceptos de su <hi rend="i"
                xml:lang="en">Epístola a los Pisones</hi> fueron esenciales para la conformación de
              las líneas matrices de la creación literaria. Uno de estos preceptos, el del decoro, o
              la relación entre caracterización y discursos de los personajes, tuvo papel prominente
              en la polémica gongorina. Jáuregui, en el <hi rend="i" xml:lang="en">Discurso
                poético</hi>, echa mano de la epístola de Horacio (v. 372-373), en donde se ilustra
              un ideal de perfección y regularidad diametralmente opuesto a lo que zahiere como
              hinchazón y «cacocelía» de Góngora y los suyos. De hecho, en todo este <hi rend="i"
                xml:lang="en">Discurso poético</hi> (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/"
                >1624_discurso-poetico</ref>), Horacio aparece constantemente y domina con amplitud
              a las demás autoridades. Sin embargo, Góngora, como todos los poetas cultos de su
              tiempo, era buen lector de Horacio y hay recuerdos de los versos del venusino en sus
              propias obras: señaladamente en los tercetos de su única sátira de tipo
              horaciano-ariostesco, «Mal haya el que a señores idolatra [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem202#l202"
                >OC202</ref>] y en los pasajes de las <hi rend="i" xml:lang="en">Soledades</hi> que
              desarrollan los tópicos de la felicidad rústica y de la desdicha de los navegantes».
              Las odas y epodos de Horacio son fundamentales, además, en la elaboración del <hi
                rend="i" xml:lang="en">topos</hi> de la ‘soledad’. Para un panorama general, véase
              el clásico Vossler (1946) y García Berrio (1977).</note>. Estaba no mal en los
            principios de las ciencias<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">ciencias</hi>:
              ‘conocimiento cierto de algo por sus causas y principios, por lo cual se llaman así
              las facultades, como la teología, filosofía, jurisprudencia, medicina y otras’ (<hi
                rend="i" xml:lang="en">Aut</hi>.). La erudición miscelánea que encuentra Pellicer en
              la obra de Góngora le permite concluir sus <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones
                solemnes</hi> con esta frase: «Hallarán pues, aquí, por lo menos, un borrador de
              noticias de los estudiosos de todas las facultades: los teólogos, jurisconsultos,
              filósofos, médicos, filólogos, matemáticos, astrólogos, críticos, poetas, geógrafos,
              cosmógrafos, cronólogos, historiadores y gramáticos…» (<hi rend="i" xml:lang="en"
                >Lecciones solemnes</hi>, col. 835). El tono de Pellicer es algo condescendiente y
              se advierte que se sentía más formado en ciencias que Góngora.</note>, de modo que la
            vez que en sus escritos se ofrece a hablar de alguna, se ve que no estaba mal alumbrado
            en los fundamentos. La erudición que alcanzó no fue muy honda, pero fue la bastante para
            que sus obras no carezcan de los ritos, fórmulas, costumbres y ceremonias de los
            antiguos en lo místico, alegórico, ritual y mitológico. Hállanse en las locuciones de
            don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis</persName> muchas imitaciones
            de <persName type="authority" key="Eurípides" precision="3">Eurípides</persName><note
              place="bottom">Eurípides (V a. C.), uno de los tres grandes poetas trágicos griegos de
              la Antigüedad. Los comentarios de Pellicer recogen pasajes de varias de sus tragedias:
                <hi rend="i" xml:lang="en">Hécuba, Hipólito, Fenicias, Heracles, El Cíclope,
                Troyanas, Ifigenia entre los Tauros, Las Bacantes.</hi></note>, <persName
              type="authority" key="Calímaco" precision="3">Calímaco</persName><note place="bottom"
              >Calímaco de Cirene (310 a. C. - 240 a. C.), erudito poeta heleno de la época
              alejandrina. Se conservan de modo fragmentario algunos de sus himnos elegíacos,
              epigramas y un epilio, <hi rend="i" xml:lang="en">Hecale</hi>. Conocemos su poema <hi
                rend="i" xml:lang="en">La cabellera de Berenice</hi>, que tuvo gran fama, solo a
              través de una imitación de Catulo. Fue maestro de Apolonio de Rodas, a quien criticó
              duramente por sus <hi rend="i" xml:lang="en">Argonáuticas</hi>. Tanto Pellicer como
              Salcedo Coronel ilustran sus comentarios con Calímaco. A este respecto señala Ponce
              Cárdenas (2010a: 26): «La oposición marcada por la <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Hécale</hi> de Calímaco y las <hi rend="i" xml:lang="en">Argonáuticas</hi> de
              Apolonio de Rodas resulta en todo semejante a las posiciones estéticas enfrentadas que
              separan la concentrada perfección del <hi rend="i" xml:lang="en">Polifemo</hi>
              gongorino de las fallidas epopeyas de un Lope que con cierto continuismo trata de
              superar sin lograrlo, a Ariosto, a Torquato Tasso, a Sannazaro». Este último, en <hi
                rend="i" xml:lang="en">El Polifemo comentado</hi>, para explicar quiénes fueron los
              cíclopes, cita el <hi rend="i" xml:lang="en">Hymno a Diana</hi> de Calímaco (Salcedo
              Coronel, <hi rend="i" xml:lang="en">El Polifemo comentado</hi>…, Madrid: Juan
              González, 1629, f. 16). En relación con varios de estos autores antiguos que cita
              Pellicer en las <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>, por ejemplo, dice
              así para explicar el verso «Tascando haga el freno de oro cano»: «Imita a Virgilio <hi
                rend="i" xml:lang="en">liber 5 Aeneida. Texti auro fuluum mandunt sub dentibus
                aurum</hi>. Rozose lib. 4r remedole Claudiano <hi rend="i" xml:lang="en">Paneg</hi>.
              4. <hi rend="i" xml:lang="en">Hon</hi>. Es frase de Calímaco, y Quinto Calabro…»
              (Pellicer, <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>, col. 22-23). Como se
              ve, recoge en la cita a varios de los autores que menciona en esta <hi rend="i"
                xml:lang="en">vita.</hi> Véase Calímaco (1999).</note>, <persName type="authority"
              key="Apolonio Rodio" precision="3">Apolonio Rodio</persName><note place="bottom"
              >Apolonio de Rodas (295 a. C.- 215 a. C.), poeta alejandrino discípulo de Calímaco, es
              conocido por su gran poema épico <hi rend="i" xml:lang="en">Argonáuticas</hi>, que
              relata las aventuras de Jasón y los argonautas en busca del Vellocino de Oro. Pellicer
              y Salcedo Coronel lo dan a menudo como fuente. </note>, <persName type="authority"
              key="Nono de Panópolis" precision="3">Nonio Panopolitano</persName><note
              place="bottom">Nono de Panópolis (según Suidas, de principios del siglo V) fue el
              último poeta de la Antigüedad tardía, conocido por su poema épico <hi rend="i"
                xml:lang="en">Dionisíacas</hi>, que narra la expedición de Dioniso a la India y su
              regreso. Su obra es testigo de una época en la que el cristianismo iba desplazando las
              creencias paganas. Nono escribió otro poema épico sobre la vida de Cristo y una <hi
                rend="i" xml:lang="en">Paráfrasis al Evangelio de San Juan</hi>. Apunta Jesús Ponce
              Cárdenas que autores del XVII como el italiano Marino o Góngora se acercaron a las <hi
                rend="i" xml:lang="en">Dionisíacas</hi> de Nono para la «búsqueda de modelos
              elegantes y recónditos». Marino recurre mayoritariamente a Nono para su <hi rend="i"
                xml:lang="en">Adone</hi>. Ver Ponce Cárdenas (2012: 77). La huella de Nono, como ha
              demostrado Mercedes Blanco, está muy presente en la <hi rend="i" xml:lang="en">Segunda
                Soledad</hi> (2012b: 379-384). Pellicer lo cita en varias ocasiones en las <hi
                rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>; por ejemplo, al comentar el verso
              «Al viento que lo peina proceloso», dice, entre varias fuentes que ofrece: «Non.
              Panopolitano <hi rend="i" xml:lang="en">lib</hi>. 14 <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Dionysiac. Impexos capillos ventilabat aurora</hi>» (Pellicer, <hi rend="i"
                xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>, col. 62). Para más datos sobre al autor
              antiguo, véase Nono de Panópolis (2004). </note>, <persName type="authority"
              key="Quinto Calabro" precision="3">Quinto Calabro</persName><note place="bottom"
              >Quinto de Esmirna o Quinto Calabro (h. s. III o IV), conocido por su poema épico
              dividido en catorce libros <hi rend="i" xml:lang="en">Posthoméricas</hi>, que da
              continuación al ciclo troyano tras la muerte de Héctor. La <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Posthoméricas</hi> fue descubierta por el cardenal Bessarion en Calabria a mediados
              del siglo XV (de ahí ‘Calaber’ o Calabro) y fue publicada con el título de <hi
                rend="i" xml:lang="en">Homeri paralipomenon</hi>. Con este nombre la cita varias
              veces Pellicer en sus <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>, por ejemplo,
              al comentar el sintagma del <hi rend="i" xml:lang="en">Polifemo</hi> «purpurear la
              nieve», del que dice: «Está imitado de Q. Calabro<hi rend="i" xml:lang="en">, l.</hi>
              14. <hi rend="i" xml:lang="en">Paralip</hi>.» (col. 357). </note>, <persName
              type="authority" key="Homero" precision="3">Homero</persName><note place="bottom">Hay
              dos referencias a Homero en esta <hi rend="i" xml:lang="en">vita</hi>: en el <hi
                rend="i" xml:lang="en">urbis encomium</hi> inicial dice que así como el nombre de
              Homero había eclipsado el de Esmirna, el de Góngora superaba en fama el de su Córdoba
              natal; en la sección final se vale de la referencia a la caja en la que Alejandro
              conservaba la <hi rend="i" xml:lang="en">Ilíada</hi>, a la que equipara con la
              biblioteca del conde duque, que albergará el manuscrito Chacón. Recordemos que la
              edición de 1627 llevaba por título <hi rend="i">Obras en verso del Homero
              español</hi>, que recogió Juan López de Vicuña, señal ya de la comparación de la
              eminencia y soberanía de la poesía de Góngora con la del poeta épico. Para Bonilla
              Cerezo (2011: 213), aunque los comentaristas recojan algunas referencias a la obra de
              Homero, «el saldo de la figura de Homero en los ‘poemas mayores’ se confirma exiguo,
              cuando no indirecto». Para Mercedes Blanco, sin embargo, Góngora buscaba en el poeta
              griego la <hi rend="i">enargeia</hi> y «no intentó apropiárselo tomando su historia o
              sus temas de Homero, como tampoco mediante una imitación de pasajes breves. Lo que
              hizo fue imitar libremente ciertos dispositivos estructurales de la narración y
              ciertas estrategias descriptivas, que se perciben en el texto de Homero mediante un
              proceso de abstracción analítica. Los adaptó además con gran originalidad a un idioma
              y a una cultura muy distantes y a unos hábitos retóricos y estilísticos ajenos a su
              modelo. Por ello no es óbice para nuestra tesis que los comentaristas de Góngora sólo
              muy esporádicamente alegasen fuentes de la <hi rend="i">Ilíada</hi> o de la <hi
                rend="i">Odisea</hi>» (Blanco 2012a: 262-263). En general, la equiparación con
              Homero parece hacerse para otorgarle a Góngora preeminencia poética y alzarlo a la
              cumbre de la lengua y de la poesía. Así, uno de sus más elocuentes admiradores,
              Vázquez Siruela, en el <hi rend="i" xml:lang="en">Discurso sobre el estilo de don Luis
                de Góngora</hi>, lo comparaba con Homero y con Virgilio. Góngora mismo era
              consciente de su primacía poética y de estar iniciando algo, como dice en su «Carta en
              respuesta» (1615_carta-gongora): «me holgara de haber dado principio a algo; pues es
              mayor gloria empezar una acción que consumarla» (Góngora 2000: II, 296). Pero, por
              otro lado, quienes sostenían que Góngora era fundamentalmente un poeta lírico
              prefirieron, para celebrarlo como el príncipe de los poetas, recurrir al más ilustre y
              uno de los más antiguos padres de la lírica, Píndaro. El primero en articular
              enérgicamente esta comparación fue Pedro de Valencia en las dos versiones de su famosa
              carta-parecer de 1613. Véase la edición de Florence d’Artois de la primera
              (1613_carta-valencia) y el fragmento de la carta de 1614 [OCII:518-519]. Pellicer, en
              la portada de sus <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi> lo llama «Píndaro
              andaluz, príncipe de los poetas líricos de España», y nunca Homero. En reacción contra
              la edición de Vicuña, dice así en las <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones</hi> «…don
              Luis nunca escribió poema épico, por lo cual no le viene bien el nombre de Homero
              español que le dio la edición adulterada de sus obras» (col. 4). Paravicino, en su
              «Romance, describiendo la noche y el día» lo relaciona con Marcial y Píndaro: «¡Oh tú
              Lelio! que, heredando / al docto Marcial la pluma, / las sales que el mundo admira,
              Píndaro mejor, renuncias» (Paravicino 2002:142).</note>, <persName type="authority"
              key="Museo" precision="3">Museo</persName><note place="bottom">Museo fue un poeta
              griego tardío (h. s. IV o V), conocido por su epilio <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Leandro y Hero</hi>, que se propagó por la Europa renacentista a partir de dos
              ediciones (Manucio y Lascaris) de 1494. La historia trágica de los dos amantes había
              sido relatada ya por Ovidio (<hi rend="i">Heroidas</hi>, XVIII-XIX), Virgilio (<hi
                rend="i">Geórgicas</hi>, III), Horacio (<hi rend="i">Epístolas</hi>, I), Marcial
                (<hi rend="i">Epigramas</hi>, XIV), entre otros. En España, les dedicaron diversas
              composiciones a los amantes Garcilaso, Boscán, Acuña, Sá de Miranda, Camões, Quevedo y
              muchos más. Para explicar el fingimiento de Acis en el verso del Polifemo «Acis, aun
              mas de aquello que dispensa la brújula del sueño vigilante», recurre Pellicer a la
              obra de Museo: «Este modo de mirar dormido, pinta en Leandro Museo in Haron. v. 104»
                (<hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, col. 254). Góngora conocía la obra, como se
              infiere de sus conocidas primeras líneas del romance de Leandro y Hero (1610): «Aunque
              entiendo poco de griego, / en mis greguescos he hallado / ciertos versos de Museo / ni
              muy duros ni muy blandos». En ella llega incluso a criticar la paráfrasis que había
              hecho Boscán del epilio de Museo. Ya le había dedicado al mito otra mirada burlesca en
              el romance de 1589 «Arrojóse el mancebito»; el de 1610 completaba lo que faltaba del
              mito. Para las ediciones y datos de la impronta de Museo y su obra en España, véase
              Francisca Moya (1966); la «Introducción» a <hi rend="i">Hero y Leandro </hi> de Ruiz
              de Elvira (2003); y Béhar (2013).</note> y demás poetas griegos. En muchas partes se
            roza con las oraciones de <persName type="authority" key="Aristéneto de Nicea"
              precision="3">Aristéneto</persName><note place="bottom">Poco se sabe de Aristéneto de
              Nicea, autor griego tardío (siglos V o VI d.C.) a quien se atribuye una colección de
              epístolas eróticas, que se transmitieron con su nombre en un códice veneciano del
              siglo XII. Ver la edición de Aristéneto (1999). Pellicer cita las epístolas en sus <hi
                rend="i">Lecciones solemnes, col.</hi> 100, 111, 173 y 206.</note> y <persName
              type="authority" key="Dión Crisóstomo" precision="3">Dión Crisóstomo</persName><note
              place="bottom">Dión Crisóstomo, orador, filósofo e historiador de la época
              grecorromana (s. I y II), contemporáneo de Plutarco, Tácito y Plinio el Joven. Se
              conservan unos ochenta discursos suyos. María Rosa Lida (1975: 991) ha estudiado la
              posible huella del <hi rend="i" xml:lang="en">Discurso euboico</hi> en las <hi
                rend="i" xml:lang="en">Soledades.</hi>
            </note>, con lo venusto de <persName type="authority" key="Anacreonte" precision="3"
              >Anacreonte</persName><note place="bottom">Anacreonte de Teos fue un poeta cortesano
              del s. VI a. C., y cantor del vino y de los amores. Gran parte de su vida y obra ha
              sido transmitida fragmentariamente (Platón, Macrobio, Ateneo, Valerio Máximo, la Suda,
              Aulo Gelio, etc.). Sin embargo, como se sabe, la colección de poemas conocida como las
                <hi rend="i" xml:lang="en">Anacreónticas</hi>, publicadas por Henri Estienne en
              1554, contiene composiciones falsamente atribuidas al poeta en la Alejandría
              helenística, que nuestros humanistas seguían creyendo suyas. La <hi rend="i"
                xml:lang="en">venustas</hi> es la gracia y hermosura en la elocución. Pellicer
              vuelve a caracterizar esta poesía atribuida a Anacreonte de elegante en sus <hi
                rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>, donde lo llama «venustísimo
              Anacreón» (col. 100). Para un panorama de esta poesía en España, véase Schwartz (1999
              y 2001) y Brioso Sánchez (1981).</note>, <persName type="authority" key="Heliodoro"
              precision="3">Heliodoro</persName><note place="bottom">Heliodoro de Émesa, autor de la
                <hi rend="i" xml:lang="en">Historia etiópica</hi> (h. s. III). Este relato acerca de
              los castos amantes Teágenes y Cariclea se construye a lo largo de diez libros que
              entremezclan motivos épicos y trágicos. El texto, cuya edición prínceps vio la luz en
              1534, fue traducido por primera vez al romance por el humanista Jacques Amyot en 1547
              y luego comentado por preceptistas italianos y españoles como Julio César Escalígero,
              Torquato Tasso y Alonso López Pinciano. Para estos dos últimos, las <hi rend="i"
                xml:lang="en">Etiópicas</hi> era una epopeya en prosa. Véase Heliodoro (2002).
              Algunos apologistas de Góngora justificaron el anonimato del héroe y del lugar,
              criticados por Jáuregui, diciendo que, al igual que el narrador griego, Góngora
              suscitaba la curiosidad reservando la información y la sorpresa para al final. Así
              escribe el abad de Rute en su <hi rend="i" xml:lang="en">Examen del Antídoto</hi>
              (1615_examen): «estas <hi rend="i" xml:lang="en">Soledades</hi> constan de más de una
              parte, pues se dividen en cuatro; si en la primera, que sola hoy ha salido a luz este
              mancebo está por bautizar, tenga V. m. paciencia, que en la segunda o la tercera se la
              bautizarán y sabrá su nombre; pues Heliodoro en buena parte de su <hi rend="i"
                xml:lang="en">Historia etiópica</hi> nos hizo desear los nombres de la doncella y el
              mancebo…» (Artigas 1925: 406). También para justificar la pasividad del héroe, a quien
              se da por única pasión el amor desdichado, y como única empresa la de acabar sus días
              lejos de la dama que «a olvido lo condena», recurren estos defensores al ejemplo de
                <hi rend="i" xml:lang="en">Las Etiópicas</hi>, cuyos protagonistas son también, a su
              modo, peregrinos de amor. Díaz de Rivas, en sus <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Discursos</hi> (1616_discursos-diaz), dice así: «Así en estas <hi rend="i"
                xml:lang="en">Soledades</hi>, si miramos el modo de decir, se ha de reducir al
              sublime; si a la materia, a aquel género de Poema de que constaría la <hi rend="i"
                xml:lang="en">Historia etiópica</hi> de Heliodoro si se redujera a versos». Entre
              las afinidades que observan los comentaristas entre el poema de Góngora y la obra de
              Heliodoro están la condición de peregrino del protagonista, el comienzo <hi rend="i"
                >in medias res </hi> y la variedad de asuntos. </note> y <persName type="authority"
              key="Aquiles Tacio" precision="3">Aquiles Tacio</persName><note place="bottom">Aquiles
              Tacio fue el autor de la novela griega de aventuras titulada <hi rend="i"
                xml:lang="en">Leucipa y Clitofonte</hi> (h. siglo II), que, junto con la <hi
                rend="i" xml:lang="en">La historia etiópica (o Teágenes y Cariclea)</hi> de
              Heliodoro, fue de las ficciones antiguas más influyentes en el Siglo de Oro. Como
              señalaba El Pinciano en su <hi rend="i" xml:lang="en">Philosophía poética</hi>, uno de
              los subgéneros de la épica daba cabida a «casos amorosos, como Museo, Heliodoro y
              Aquiles Tacio» (López Pinciano 1973: 81). Para más datos, véase Aquiles Tacio (1982).
              Según cuenta Pellicer en su <hi rend="i" xml:lang="en">Bibliotheca</hi>, le robaron
              una traducción de <hi rend="i" xml:lang="en">Leucipe y Clitofonte</hi> que tenía hecha
              y para la cual tenía licencia de impresión en 1628 (<hi rend="i" xml:lang="en"
                >Bibliotheca formada…</hi>, f. 151-152).</note>, no porque a mi juicio los viese,
            sino porque fue tan grande el natural de don <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Luis</persName>, que con él solo<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">él solo</hi>: se refiere al natural.</note> pudo igualar los
            griegos y latinos, pues, si los vio para imitarlos, fue mucho, y si no los vio, fue <pb
              n="f. 5v"/> mucho más. Quedaron los escritos de este insigne varón con su muerte
            desamparados y sin quien cuidase de ellos, sujetos a perderse en los originales y a
            echarse a perder en las copias, y no habiendo querido darlos a la prensa en vida con
            cuidado, se los estampó, o la enemistad, o la codicia, con prisa, con desaliño, con
            mentiras y con obras que le adoptó el odio de su nombre<note place="bottom">Recoge
              similar opinión en el paratexto «A los ingenios…» de las <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Lecciones solemnes</hi> (f. ††† 3r). Cfr. «Estructura». </note>. Tan otras salieron
            de las que eran antes, que llevaron bien sus afectos que se recogiesen de orden
            justificada y soberana<note place="bottom">Se refiere Pellicer a la primera edición de
              las poesías de Góngora, a cargo de de Juan López de Vicuña. Como se sabe, esta edición
              fue denunciada a la Inquisición; el padre Juan de Pineda, en calidad de calificador,
              recomendó que se prohibiese y el Santo Oficio mandó recogerla. Véanse Artigas (1925:
              207 y ss.); y Entrambasaguas (1975: 77-149). Que tras la edición de Vicuña estuviera
              ‘el odio’ de los adversarios del poeta puede, una vez más, estar apuntando a Lope
              (Alonso 1955: 492). </note>. No faltó, pues, quien, con la afición de amigo y la
            piedad de noble, tratase de conservarlas, acudiendo al reparo de la opinión de don
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis</persName>, que iba
              desmoronada<note rend="I" type="app"> Incorporamos el sintagma: «que iba desmoronada»,
              que aparece en una apostilla manuscrita.</note>. Y así, <persName type="polemist"
              key="Chacón, Antonio" precision="3">don Antonio Chacón, señor de
              Polvoranca,</persName> caballero de grandes partes, que, con la familiaridad que tuvo
            con él alcanzó también mano para recogerlas todas habiéndole comunicado lo más retirado
            de ellas, las copió todas en sutiles vitelas, en bizarros<note place="bottom"><hi
                rend="i" xml:lang="en">bizarros</hi>: ‘espléndidos y adornados’ (<hi rend="i"
                >Aut.</hi>). Subraya Pellicer el lujo y adorno de la excelente copia que hace
              Chacón. Véase Carreira (1991).</note> caracteres y en costosas encuadernaciones, en
            cuatro tomos<note place="bottom">Son tres los volúmenes del manuscrito Chacón, no
              cuatro, como dice Pellicer. De este error se infiere que Pellicer no manejó el
              manuscrito. Para más detalles, véase Iglesias Feijoo (1985:171). </note>, las consagró
            todas al nombre y protección del conde duque de Sanlúcar, para que en su excelentísima y
            numerosa biblioteca se conserven contra el olvido, mejor que las de <persName
              type="authority" key="Homero" precision="3">Homero</persName> en la preciosa caja del
            otro príncipe<note place="bottom">La caja de aguardar ungüentos que Alejandro obtuvo de
              Darío la utilizó para guardar la <hi rend="i" xml:lang="en">Ilíada</hi>, según cuenta
              Plutarco en su <hi rend="i" xml:lang="en">Vida de Alejandro</hi>. Vuelve Pellicer a
              repetir el ejemplo en su prólogo a la edición de la <hi rend="i" xml:lang="en">Obras
                de Anastasio Pantaleón Ribera</hi> (Madrid: Francisco Martínez, 1634, f. A8r):
              «Aristóteles limó la <hi rend="i" xml:lang="en">Ilíada</hi> por orden de Alejandro
              para colocarla en la caja preciosa que se halló en la recámara de Darío».</note>, para
            que las halle la posteridad veneradas y, entre el polvo docto, las respeten los siglos
            venideros. Escribió para estos volúmenes su vida, grande y religiosa<note rend="I"
              type="app"> Aparece como apostilla manuscrita: «-de y religiosa», que reintegramos en
              el texto. Cfr. «Estructura».</note>
            <note place="bottom">Una «grande y religiosa pluma», apunta Pellicer, escribió una <hi
                rend="i" xml:lang="en">vita</hi> y unos versos para este primoroso manuscrito. Este
              sintagma, que en un inicio era solo «gran pluma», es amplificado en el margen con el
              adjetivo «religiosa». Este añadido confirma, como ha demostrado Iglesias Feijoo
              (1983), que esta «grande y religiosa pluma» que desea permanecer anónima y de la cual
              Pellicer sólo consigue la «estancia» para su impresión en las <hi rend="i"
                xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>, es Paravicino. Cfr. «Estructura».</note>
            pluma, con título de prefación, donde cumplió con la profesión de amigo legalmente<note
              place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en">legalmente</hi>: ‘con fidelidad’ (<hi
                rend="i" xml:lang="en">Aut</hi>.), pero también alude al papel de albacea,
              especialmente literario, de Góngora que tenía Paravicino.</note>, dictando también
            para su retrato aquella estancia que va en el que yo estampo en este libro<note
              place="bottom">Se refiere, como hemos dicho, a las <hi rend="i" xml:lang="en"
                >Lecciones solemnes</hi>. </note>, sin querer declarar su nombre. Ambas cosas deseé
            yo imprimir, pero no pude conseguir de su modestia si no es la una, y esa con dificultad
            no poca<note place="bottom">Ante la negativa de Paravicino de dar a publicar su <hi
                rend="i" xml:lang="en">vita</hi>, Pellicer sólo consigue la «estancia» del
              trinitario. La elogiosa octava acompaña el retrato del poeta que aparece al principio
              del manuscrito Chacón. Pellicer la coloca debajo del retrato del conocido grabador
              francés afincado en Madrid, Jean de Courbes. El epigrama vuelve a aparecer, junto con
              el «Prólogo» y un soneto titulado «A la muerte del autor en este género de poesía», en
              los preliminares de <hi rend="i" xml:lang="en">Obras póstumas divinas y humanas de don
                Félix de Arteaga</hi>, con el título de «Suscripción a un retrato del autor». Cfr.
              «Estructura».</note>. Ofrecí yo, en vida, a don <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Luis</persName>, el comentarle sus obras, y aunque él lo
            rehusó, entre la modestia y el agradecimiento<note place="bottom">Dice el autor del <hi
                rend="i" xml:lang="en">Escrutinio</hi> que, ante las insistencias de los amigos a
              que publicara su obra, él contestaba modestamente: «No; mis obras en mi estimación no
              lo merecen. Si dicha tuvieren, alguna habrá después de mis días que lo haga» (Millé
              1961:1231). Sí pensó Góngora, en los últimos años de su vida, recoger su obra y darla
              a la luz. En carta de 11 de julio de 1623 dice: «Yo trayo en buen punto la […] ción y
              enmienda de mis borrones, que estarán estampados para Navidad, porque, señor, fallo
              que debo de condenar y condeno mi silencio, pudiendo valerme dineros y descanso alguna
              vergüenza que me costarán las puerilidades que daré al molde» (Góngora 2000: II, 435).
              Para otras pistas al respecto en su epistolario, véase Entrambasaguas (1975: 84-91).
              Recuerda Carreira que Góngora, «igual que muchos otros poetas de su tiempo (el
              príncipe de Esquilache es una de las pocas excepciones), tuvo a menos imprimir sus
              versos, como si recelase verlos convertidos en mercancía» (1991: x). </note>, yo he
            querido cumplir mi obligación y estudiar de camino sus escritos para que, arrimado a su
            fama, consiga por él algún género de opinión<note place="bottom">Hay, a lo largo del
              texto, varios instantes en los que Pellicer escribe <hi rend="i" xml:lang="en">pro
                domo sua</hi>, cayendo en la autoalabanza: «Ofrecí yo […] el comentarle sus obras»,
              como había hecho antes con «comunicándole [a Góngora] yo algunas puerilidades
              mías».</note>. Salen ahora las obras más principales en este primer tomo, para que en
            el segundo les quede lugar a las menores, si bien varón tan grande como don <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis</persName> merecía espíritu más elevado
            que el mío<note place="bottom">Se refiere a las que comenta en este primer tomo de las
                <hi rend="i" xml:lang="en">Lecciones solemnes</hi>, que son el <hi rend="i"
                xml:lang="en">Polifemo</hi>, las <hi rend="i" xml:lang="en">Soledades</hi>, el <hi
                rend="i" xml:lang="en">Panegírico</hi> y la <hi rend="i" xml:lang="en">Tisbe</hi>.
              El segundo tomo iría dedicado a las demás. Como al inicio de la <hi rend="i"
                xml:lang="en">vita</hi>, recurre Pellicer nuevamente al tópico de lo limitado de sus
              fuerzas y capacidad para escribir de tan gran autor.</note>. Y no entiendan sus
              enemigos<note place="bottom">También en los preliminares de las <hi rend="i">Lecciones
                solemnes</hi>, Pellicer señala que, aún después de muerto, seguía Góngora teniendo
              enemigos: «No se deshizo de sus émulos aun muriendo, que hay rencores de calidad tal
              que no contentos con lo obstinado de durar lo que una vida, se extiende su tesón hasta
              después de las cenizas» (f. 4v).</note> que ha muerto, pues en sus obras vive inmortal
            contra el tiempo, y a pesar de las envidias ha de durar su memoria eterna contra el
            tesón de los años y la porfía de los siglos, que en cuanto el mundo permaneciere, ha de
            estar constante el nombre heroico<note place="bottom"><hi rend="i" xml:lang="en"
                >heroico</hi>: Los italianos y especialmente Torquato Tasso pusieron en circulación
              el adjetivo para definir un género de poema narrativo, de materia "ilustre" y
              formalmente perfecto según criterios aristotélicos. En el segundo tercio del siglo XVI
              se hizo calificativo favorito para todo lo que se estimara excelso, grande, admirable,
              eminente y glorioso en los hombres, sus obras y sus acciones. Pocos años después,
              Gracián consolidaría este significado en <hi rend="i">El Héroe</hi>, definición de un
              tipo de hombre que en épocas más tardías se hubiera designado como ‘gran hombre’ o
              ‘genio’. Véase Blanco (2012a). </note> de don <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName><note place="bottom">Concluye con
              otra exigencia retórica, el <hi rend="i" xml:lang="en">iudicium posteritatis</hi>, que
              sitúa al personaje en la nómina de varones ilustres sancionados por el tiempo.
              Pellicer se vale de todos los recursos de la retórica para levantar el perfil humano y
              literario de un moderno que considera clásico, insertándolo en la galería de varones
              ilustres. </note>.</p>
          <p>Y a cuya memoria eterna, y a cuyas cenizas doctas, triste y piadosamente, don <hi
              rend="i"><persName type="polemist" key="Pellicer, José">Joseph Pellicer de Salas y
                Tovar</persName></hi> escribió este epitafio para que sirva en su monumento<note
              place="bottom"><hi rend="i">monumento</hi>: ‘obra pública y patente, puesta por señal,
              que nos acuerda y avisa de alguna acción heroica u otra cosa singular de los tiempos
              pasados: como estatuas, inscripciones o sepulcros’ (<hi rend="i">Aut.</hi>). Véase la
              nota <ref xml:id="ref6" target="ref5">supra</ref>.</note>.</p>
        </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
