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      <titleStmt>
        <title>Prólogo a las obras de Fray Luis de León</title>
        <author key="Quevedo, Francisco de">Francisco de Quevedo</author>
        <editor>Lía Schwartz, Samuel Fasquel</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Pedro Conde Parrado</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Felipe Joannon</name>
          <resp>stylage et édition word</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1631_obras-quevedo</idno><date when="2017"/>
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          <licence target="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/"
            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
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      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <bibl><title><hi rend="i">Obras propias y traduciones latinas, griegas y italianas… autor el doctissimo y reverendissimo Padre fray Luis de León...</hi></title>, <pubPlace>Madrid</pubPlace>: <publisher>Imprenta del reino</publisher>, <date>1631</date>: 7-49.</bibl>
      </sourceDesc>
    </fileDesc>
    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
    </encodingDesc>
    <profileDesc>
      <creation>
        <date when="1631"/>
      </creation>
      <langUsage>
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      </langUsage>
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  <text>
    <!--
      <div>
        <head>Datos bibliográficos</head>
        <table>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>Lía SCHWARTZ y Samuel FASQUEL</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Francisco de QUEVEDO</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Destinatario / dedicatario</cell>
            <cell>Conde Duque de OLIVARES</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>«Al excelentísimo señor Conde-Duque, gran canciller, mi señor», en fray Luis de León, <hi rend="i">Obras propias y traduciones latinas, griegas y italianas con la paráfrasi de algunos psalmos y capítulos de Job</hi> […] (Madrid: en la imprenta del reino, 1631).</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>1629-07-21 para el texto que editamos. Pero la publicación es de 1631</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">BNM U/4479</p>
              <p rend="noindent">HSA, New York</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>Rivers (1998) y Azaustre (2003b)</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell/>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell/>
          </row>
        </table>
      </div>
      -->
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. Título</head>
          <p>El texto que editamos figura entre los paratextos de la edición quevediana de la poesía
            de fray Luis de León (<hi rend="i">Obras propias, y traduciones latinas, griegas, y
              italianas. Con la parafrasi de algunos psalmos, y capitulos de Job</hi> […], Madrid,
              1631).<note place="bottom">El texto que ofrecemos y anotamos en esta edición ha sido
              modernizado, pero mantenemos la grafía original en esta reproducción del título según
              la <hi rend="i">princeps</hi> de 1631. En la edición de Antonio Azaustre
              se ha optado por designar el texto de Quevedo con el siguiente título «Preliminares
              literarios a las poesías de fray Luis de León».</note> Quevedo encabezó su texto con
            las palabras siguientes: «Al Excelentissimo señor Conde Duque, Gran Canciller mi señor».
            No eligió, pues, otro título que la mención de su destinatario principal, realzando su
            calidad y la respetuosa sumisión que le inspiraba. Por otra parte, al mencionar un
            destinatario personal, distinto de la generalidad de los lectores del libro, Quevedo
            señalaba que su texto era <hi rend="i">afin</hi> al género discursivo que
            había estado tan de moda en Roma desde la época de la República en diversos desarrollos
            y hasta muchas décadas posteriores, de Horacio a Séneca. Del mismo modo, encontramos
            colecciones de cartas o epístolas, escritas en prosa o en verso durante el Renacimiento,
            hasta bien entrado el siglo XVII y aun más allá sin duda alguna. Lo señala, entre otros
            conceptos, el título que Begoña López Bueno escogió para su presentación del coloquio
            que organizara en la Universidad de Sevilla: «El canon epistolar y su
              variabilidad.»<note place="bottom"><hi rend="i">La epístola. V Encuentro Internacional
                sobre poesía del Siglo de Oro</hi>. Edición dirigida por Begoña López Bueno,
              Universidad de Sevilla, 2000.</note></p>
          <p>En efecto, si las cartas morales en prosa de Séneca, de contexto estoico fueron objeto
            de estudio e imitación en el siglo XVII, en el XVI la carta había cumplido asimismo
            importantes funciones, ya hubiera sido compuesta en prosa o en verso, y así aparecen
            estudiados en la colección mencionada de trabajos originales leídos en el coloquio, que
            incluyeron a autores como Montemayor, Aldana, Pedro de Padilla, Rey de Artieda, Juan de
            la Cueva y otros reconocidos escritores. Las cartas y epístolas compuestas en el siglo
            XV que estudiara F. López Estrada para esta colección, quien las describía «a la sombra
            de Cicerón y con aires humanísticos cada vez más patentes» incluían <hi xml:lang="en"
              rend="i">letras</hi> de Fernando del Pulgar, las epístolas de Mosén Diego de Valera, y
            del marqués de Santillana hasta comentar las que López Estrada describe en la sección
            titulada las artes epistolares latinas del Renacimiento, representadas por la obra de
            Erasmo <hi rend="i">De conscribendis epistolis</hi>, de 1522, y el tratado
            que tenía el mismo título de Juan Luis Vives de 1536.</p>
          <p>Al escribir Quevedo su carta dedicatoria al conde duque puede haber tenido en mente
            esta tradición del género epistolar en España; pero nacido hacia fines del XVI, en 1580,
            es lógico pensar que sus lecturas se inscribían en contextos diferentes. Por de pronto,
            sólo se encuentran menos de diez menciones a Erasmo en sus obras en prosa y ninguna del
              <hi rend="i">De conscribendis epistolis;</hi> tampoco aparece el nombre
            de Vives, si los índices de los textos en prosa de Quevedo son de fiar. No cabe duda, en
            cambio, de que el recuerdo de obras de Horacio es casi constante, como se esperaría de
            un alumno del Colegio Imperial de los jesuitas: citas y algunos establecidos conceptos.
            Sin duda, Quevedo se educó en la lectura del <hi rend="i">Ars
            poetica</hi>, título que le asignó Quintiliano. Como sabemos, muchos clasicistas
            coinciden en presentarla menos como un tratado lógico en su estructura y orden que <hi
              rend="i">qua</hi> carta. Se ha incluso dicho que en varias secciones, y
            citamos: « <hi rend="i">it must be regarded as an expression of more or less random
              reflections, suggested by special circumstances, upon an art which peculiarly
              concerned one or more of the persons addressed</hi> »– un padre y dos hijos de la
            familia Piso que no han sido identificados.<note place="bottom">Véase Horacio 2005:
              441.</note></p>
          <p>Por lo expuesto, ello nos ha llevado a pensar que tal vez Quevedo enmarcó su epístola
            en prosa o carta dedicatoria en las huellas de este tipo de texto, es decir, al margen
            de los límites culturales que los separaban. Un fenómeno semejante o paralelo ocurrió en
            Italia según Bernard Weinberg cuando al expandirse la lectura de la <hi xml:lang="en"
              rend="i">Poética</hi> de Aristóteles, se publicaron numerosos tratados sobre
            cuestiones teóricas involucradas en la comparación de ambos sistemas o en la selección
            de preferencias, ya sea compuestas o no en verso<note place="bottom">Weinberg 1961:
              715-796.</note>. Recuerda así que los estudios publicados de lo que designó con el
            nombre de «<hi rend="i">The New Arts of Poetry</hi>», podían haber sido
            escritos ya sea en verso o en prosa, es decir, reiteramos, que el estilo escogido por
            estos tratadistas no era determinante. Así lo demuestran el <hi rend="i"
              >Arte poetica</hi> de Girolamo Muzio (1551), <hi rend="i">De poeta</hi>
            de Antonio S. Minturno (1559), <hi rend="i">La poetica</hi> de Giovanni
            Giorgio Trissino o los trabajos de los Escalígero, Julio César, padre y Josefo, hijo,
            que Quevedo había leído frecuentemente, en particular, los <hi rend="i"
              >Poetices libri septem</hi> (1561) del primero, impreso varias décadas antes que la
            epístola o carta dedicatoria de Quevedo. Por tanto, la palabra «prólogo» será, pues,
            empleada aquí libremente y en sentido lato para referirnos a su situación en el libro
            pero no como una categoría genérica. De este modo lo había hecho el Maestro Valdivieso
            al final de su aprobación a los versos de fray Luis editados por Quevedo, al evocar «un
            discurso al prólogo de estas obras».</p>
          <p>Con el encabezamiento “Al Excelentísimo Señor Conde Duque, Gran Canciller, mi señor”,
            Quevedo introduce en la <hi rend="i">editio princeps</hi> la epístola
            dedicatoria al conde-duque de Olivares, a quien va dirigida su edición de la poesía de
            fray Luis de León, cuyo título completo reza:</p>
          <quote>OBRAS PROPIAS, / Y TRADVCCIONES / LATINAS, GRIEGAS, / y Italianas. Con la parafrasi
            de algu - / nos Psalmos, y Capitulos de Iob. / <hi rend="i">Avtor el
              doctissimo, y / Reuerendissimo Padre Fray Luis de Leon, de la / gloriosa Orden del
              grande Doctor, y / Patriarca san Agustin. /</hi> SACADAS DE LA LIBRERIA / de don
            Manuel Sarmiento de Mendoça, / canonigo de la Magistral de la santa / Iglesia de
            Seuilla. /<hi rend="i"> Dalas a la Impression don Francisco de Quebedo /
              Villegas, Cauallero dela Orden de Santiago. /</hi> ILVSTRALAS CON EL NOMBRE / y la
            proteccion del Conde Duque / gran Canciller, etc. / CON PRIVILEGIO. / En Madrid, En la
            Imprenta del Reyno, / Año M.DC. XXXI. / A costa de Domingo Gonzalez, mercader de
            libros.</quote>
        </div>
        <div>
          <head>2. Autor [Quevedo y su compromiso olivarista de 1629]</head>
          <p>No es este el lugar apropiado para ofrecer una crónica de las relaciones entre Quevedo
            y Olivares<note place="bottom">Al respecto son de obligatoria consulta la biografía de
              Jauralde 2004a y un artículo de Elliott 1982, que seguimos aquí.</note>. Recordemos
            brevemente que, tras las inquietudes y destierros causados por sus estrechos vínculos
            con el Duque de Osuna<note place="bottom">Henry Ettinghausen ha estudiado lo que llama
              «[…] una auténtica campaña en la que el escritor se hizo cargo de su propia defensa»,
              con textos dedicados a Felipe IV, a Olivares, a María Enríquez de Guzmán o Baltasar de
              Zúñiga. Por otra parte, con base en su lectura de <hi rend="i">Grandes
                anales de quince días</hi>, Ettinghausen cuestiona la idea de «[…] una total y
              entusiasta adhesión por parte de Quevedo al gobierno olivarista al comienzo del
              reinado de Felipe IV. Tampoco resulta del todo creíble una evolución paulatina y
              progresiva hacia su irrevocable enemistad». Ver Ettinghausen 1997: 87 y 98.</note>,
            Quevedo deseaba apoyar al equipo del nuevo valido, Olivares. Pero los rumbos que parecía
            seguir el privado también suscitaban esperanzas en el escritor, por lo que,
            combinándolas con sus propios intereses, procuró acercarse una vez más a los hombres que
            gobernaban la monarquía. Evoca Elliott «[…] <hi rend="i">the blend of
              idealism with self-interest</hi> […]» de Quevedo<note place="bottom">Elliott 1982:
              229.</note>. Buena ilustración de esas esperanzas es la <hi rend="i"
              >Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos,
              escrita a Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, en su valimiento</hi>, poema
            fechado « alrededor de 1625»<note place="bottom">Quevedo 1998b: 75.</note>. En 1628,
            escribe un <hi rend="i">Memorial en defensa de Santiago</hi> y luego <hi
              rend="i">Su espada por Santiago</hi>, en oposición al copatronato de
            España con Santa Teresa, quien contaba entre sus partidarios al propio rey, pero también
            a Olivares. El mismo año, Quevedo sale desterrado a Torre de Juan Abad<note
              place="bottom">Ver Jauralde 2004a: 541 y siguientes. Jauralde reproduce (en la p. 551)
              una carta de Juan Ruiz Calderón que explica los motivos del destierro. Ver también
              Iglesias Feijoo 1983: 192 y siguientes.</note>. En 1629 está de nuevo en la corte,
            empezando entonces, en opinión de Elliott, el período de más estrecha colaboración con
            Olivares, quien necesitaba del apoyo de la pluma quevediana<note place="bottom">Elliott
              1982: 232-234. En un contexto internacional ya de por sí poco propicio ocurre la
              pérdida de la flota de Indias, capturada por los holandeses; la noticia se difunde por
              Madrid a finales de 1628, pero ya se rumoreaba antes, según afirma Elliott 1986: 363.
              El mismo historiador explica que, para contrarrestar su impopularidad, Olivares llamó
              a Quevedo («<hi rend="i">In an attempt to counter the flood of libels
                and satires which no censorship laws could check, he also recalled Quevedo from his
                exile and set him to work as a pamphleteer and publicist for the regime</hi>», p.
              364, también p. 418). La fuente es Matías de Novoa, quien, tras evocar las reacciones
              provocadas por la pérdida de la flota («desplegábase el mundo con papeles llenos de
              celo y de buenos avisos, que hombres prudentes daban al rey, en que le avisaban su
              ruina y la de España […]»), precisa que «de aquí le nació grande amistad con D.
              Francisco de Quevedo, o por miedo al genio satírico o por ver si llamándole iba […]»
              (se entiende que la amistad nació entre Olivares y el escritor); prosigue Novoa: «De
              todo tomaba el Quevedo la mano para responder y publicar por aquí sus escritos en
              librillos que, por parecer de juicios, eran tenidos por desatinados y llenos de
              disparates, más para el fuego que para la prensa […]», Novoa 1878: 73-74.</note>.
            Dentro de las obras escritas por nuestro autor en fechas próximas a su dedicatoria a
            Olivares, cabe mencionar tres que Elliott considera como defensas de la política del
            privado: el romance <hi rend="i">Fiesta de toros literal y alegórica</hi>,
            la comedia <hi rend="i">Cómo ha de ser el privado</hi> y <hi xml:lang="en"
              rend="i">El chitón de las tarabillas.</hi> Para Elliott, el Quevedo de finales de los
            años veinte y principios de los años treinta forma parte de los allegados a
              Olivares<note place="bottom">Elliott 1982: 241.</note>.</p>
          <p>Sin embargo, en un artículo de 2005 dedicado a la comedia, Rafael Iglesias sostuvo que
            en esa obra en principio laudatoria podían leerse fragmentos críticos respecto a
              Olivares<note place="bottom">«A pesar de estar completamente arropadas con numerosas y
              convencionales fórmulas de alabanza hacia Felipe IV y su valido, hay claras muestras
              de la existencia de una cierta insatisfacción y frustración por parte de Quevedo con
              respecto al gobierno de Olivares ya en torno a 1629 (momento en que con casi total
              seguridad fue escrita la obra)», Iglesias 2005: 294. Iglesias encuentra en la comedia
              «[…] los primeros indicios de un desacuerdo que, pasados unos años, culminaría con la
              sonada ruptura definitiva entre el escritor madrileño y el Conde Duque» (p. 296).
              Recientemente, Iglesias volvió sobre la comedia y <hi rend="i">El chitón
                de las tarabillas</hi>, examinando los objetivos de Quevedo al recurrir en esas dos
              obras a formas de la disimulación. Ver Iglesias 2013 y sus n. 6, 8, 9 para la fecha,
              las relaciones entre Olivares y Quevedo y la interpretación de las dos obras.</note>.
            Por otra parte, Manuel Urí Martín considera que una recta interpretación de <hi
              rend="i">El Chitón de las tarabillas</hi>, libro que «a principios de
            1630 circulaba impreso », debe asimismo concluir que se intiman sutiles críticas a los
            gobernantes entre lo que, en un principio, son alabanzas. Quevedo parece escribir un
            alegato; pero este primer nivel de lectura es insuficiente, y la obra puede así
            entenderse como «un arma de doble filo». «De ahí quizá […], desde el mismo inicio de la
            colaboración, el deterioro progresivo de las futuras relaciones » entre Quevedo y
              Olivares<note place="bottom">Ver la introducción de M. Urí Martín a Quevedo 1998a: 14
              (y 49 para las citas). También Jauralde 2004a: 599-608 y el artículo de Gutiérrez
              2001.</note>.</p>
          <p>Si nos atenemos a esos últimos análisis, las dos obras ilustran, pues, la ambigüedad de
            Quevedo, cuya posición parece oscilar entre el compromiso personal interesado, y la
            voluntad de dejar transparentarse una opinión menos benévola. En cambio, la dedicatoria
            dirigida a Olivares, a 21 de julio de 1629, no anticipa cómo, con la década de los años
            treinta, irán creciendo las desavenencias entre el escritor y el valido, hasta llegar a
            la detención de Quevedo a finales de 1639 y a su encarcelamiento en San Marcos de León.
            Pero no debemos buscar en esta dedicatoria un documento que permita aclarar hasta qué
            punto era sincero o no el apoyo de Quevedo a Olivares a finales de los años veinte:
            tratándose de un texto por el cual el autor buscaba el respaldo oficial a sus posturas
            estéticas, no tenía por qué introducir la menor crítica al valido, algo que sí tenía
            sentido en obras en las cuales estaba en juego el alcance del compromiso ético de
            Quevedo con el poder. Dedicar en 1629 las obras de fray Luis a Olivares podía entrar en
            una estrategia de aproximación al valido, pero permitía también hacer del conde-duque,
            aunque sólo fuera por tácita aceptación del volumen, un abanderado de la claridad. El
            prestigio del privado se pondría al servicio de las ideas poéticas del escritor, así
            como la pluma del escritor podía servir los intereses políticos del valido.</p>
          <p>En cuanto al tiempo transcurrido entre la dedicatoria, firmada en julio de 1629, y la
            efectiva salida del libro publicado en 1631, las investigaciones de Pablo Jauralde
            permiten vislumbrar dos explicaciones principales. Por una parte, la situación del
            valido parece tambalearse cuando el rey decide, «[…] en enero de 1630, prolongar su
            despedida a la infanta María más allá de lo usual, hasta llegar a Zaragoza », pero sin
            que lo acompañe Olivares. Como explica Jauralde, «en esas circunstancias lo más prudente
            era esperar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos», y no precipitarse para
              publicar<note place="bottom">Jauralde 2004a: 592.</note>. Por otra parte, el mismo
            Jauralde mostró también cómo la aparición del <hi rend="i">Índice de
              libros prohibidos</hi>, cuyos trámites se extienden hasta finales de 1631 pero del que
            se sabía que se estaba preparando, influyó en el proceso de publicación de algunas obras
            de Quevedo como <hi rend="i">Juguetes de la niñez</hi> o sus ediciones de
            fray Luis y Francisco de la Torre<note place="bottom">Jauralde 2004a: 532, 567, 580-585,
              587-593, 620-624. En p. 581-583 se refiere Pablo Jauralde a un «[…] entusiasta catador
              de la nueva poesía culterana, Diego Niseno […]», quien «[…] a comienzos de julio 1629
              le denuncia […] a la Inquisición […]». No descartamos que esta denuncia pudo también
              influir de algún modo en la tonalidad de la dedicatoria quevediana a las obras de fray
              Luis, fechada a 21 de julio de 1629, y en su decisión de dirigirla a
            Olivares.</note>.</p>
          <p>En conclusión, el poder oficial esperaba poder contar con la eficacia de la pluma
            quevediana en 1629. Con su dedicatoria a Olivares, el autor mostraba que su persona y
            sus ideas podían ostentar el respaldo oficial del privado, lo cual pudo motivar su
            elección del conde-duque, que funcionaría como recordatorio ante sus varios o diversos
            adversarios.</p>
        </div>
        <div>
          <head>3. Cronología [1629 o la reacción a un triunfo ya imparable]</head>
          <p>En las últimas décadas, las investigaciones dedicadas al examen de las relaciones que
            existieron entre Góngora y Quevedo han llevado a un número nada desdeñable de
            contribuciones. No es nuestro objetivo analizar la dedicatoria quevediana desde la
            perspectiva de las relaciones personales que pudieron existir entre los dos hombres y en
            parte motivar, desde una vertiente extra-literaria, sus discrepancias poéticas<note
              place="bottom">Las siguientes afirmaciones ilustran el tipo de enemistad que la
              crítica pudo destacar: «El más feroz impugnador de Góngora, Quevedo, no se contentó
              con inventar palabras caricaturescas (<hi rend="i">desengongorar,
                jerigóngora</hi>) jugando con el nombre de su rival. Acusa a menudo personalmente a
              Góngora –mal sacerdote, jugador, ʻsucioʼ en más de un sentido- y se burla de lo oscuro
              de la lengua poética del <hi rend="i">Polifemo</hi> y de las <hi
                rend="i">Soledades</hi> […] Quevedo está acusando de judío al converso
              Góngora […]» (Collard 1968: 335-336); «Apenas releemos los versos en los que Quevedo
              vitupera a su antagonista apreciamos en ellos tres ideas obsesivas: la poca o nula
              gallardía de aquél, su apego a las cosas materiales y la disimulación de su origen
              judío» (González 1989: 18); ver también el análisis del soneto «Yo te untaré mis obras
              con tocino» que publicó López Gutiérrez (2003). En un importante trabajo, Tobar
              Quintanar (2013) estudió los versos antigongorinos de Quevedo procurando examinar
              tanto los ataques al poeta como las invectivas dirigidas «<hi rend="i"
                >ad personam</hi>» y situarlos en el contexto de las polémicas. Este artículo,
              además de tener en cuenta la dedicatoria que aquí editamos y ampliar la perspectiva a
              las relaciones Góngora-Quevedo-Lope, ofrece en la nota 1 una síntesis sobre los poemas
              quevedianos que constituyen el corpus antigongorino, su atribución y fechas. Para los
              inicios de la compleja relación Quevedo-Góngora, ver Jauralde 2004a: 902 ss; Paz 1999;
              y el detallado análisis de Conde Parrado-García Rodríguez 2011, que también tiene en
              cuenta los problemas de atribución. Los mismos autores publicaron otro importante
              trabajo que examina la poesía antigongorina en relación con las ideas sostenidas por
              Quevedo en su dedicatoria a Olivares. Ver García Rodríguez-Conde Parrado 2005.</note>.
            Los preliminares a las obras de fray Luis entran en una serie de textos que salen al
            mercado entre 1628 y 1631, en los cuales Quevedo ataca la nueva poesía: el <hi
              rend="i">Discurso de todos los diablos</hi> (1628), <hi xml:lang="en"
              rend="i">La Culta latiniparla</hi> (1629), la <hi rend="i">Aguja de
              navegar cultos</hi> (1631)<note place="bottom">Mencionamos las fechas de publicación.
              Las de composición presentan dificultades y remitimos a las ediciones que se preparan
              en el marco de este proyecto. Señalemos, por ejemplo, que Jammes 1994 avanza 1625 para
              la <hi rend="i">Aguja de navegar cultos</hi> y 1627 para el <hi
                rend="i">Discurso de todos los diablos</hi> (ver también Jauralde
              2004a: 537), y García Valdés propone situar «[…] la redacción [de<hi xml:lang="en"
                rend="i"> La culta latiniparla</hi>] en los últimos meses de 1627 o en 1628»
              (Quevedo 1993: 113). Más informaciones sobre la datación del corpus y comentarios
              sobre estas obras en las ediciones que figuran en las <hi rend="i">Obras
                completas en prosa</hi>, también en Quevedo 1993, en el catálogo de Jammes (1994),
              en Azaustre 2003a: 62, y en los datos recogidos por Jauralde 2004a. La labor realizada
              por Pedro Conde en el marco de este proyecto para editar las composiciones en verso de
              Quevedo permitirá precisar el marco cronológico de las intervenciones quevedianas en
              estas polémicas.</note>. Sin embargo, ya hacia 1623 el <hi rend="i"
              >Comento contra setenta y tres estancias que don Juan de Alarcón ha escrito a las
              fiestas de los conciertos hechos con el príncipe de Gales y la señora infanta
              María</hi>, atribuido a Quevedo, entronca con sus ataques contra los cultos<note
              place="bottom">Azaustre 2003a: 62.</note>: baste recordar cómo reprocha a Alarcón que
            «[…] haciendo su discurso de metáforas, fabricó un enigma; y componiéndole de diversidad
            de lenguas, formó un barbarismo»<note place="bottom">Cito por el texto que figura en
              Vega 1952: 588.</note> para considerar que este texto -si es de Quevedo y aunque se
            centre en la persona de Alarcón- refleja en parte las preocupaciones de su posterior
            dedicatoria a Olivares, donde también aparece la crítica de enigmas y barbarismos, aquí
              anticipada<note place="bottom">La relación de este texto y del fragmento que citamos
              con los preliminares a fray Luis fue comentada por Alonso Veloso, quien también se
              ocupa de la inserción del <hi rend="i">Comento</hi> en las polémicas
              gongorinas. Para estas cuestiones, para la datación y atribución a Quevedo, véase en
              concreto Alonso 2007: 19-26, así como la n. 33. El <hi rend="i"
                >Comento</hi> también fue contextualizado por Martinengo (véase en particular
              Martinengo 1967: 145-157).</note>. Una vez mencionado este antecedente, al que
            convendría añadir las composiciones en verso, de difícil datación, y teniendo presente
            la publicación en un arco de fechas reducido de varios textos anticultistas, intentemos
            entender lo que pudo motivar a Quevedo a redactar su dedicatoria a Olivares en esas
              fechas<note place="bottom">Jammes la considera «[…] una verdadera declaración de
              guerra contra la nueva poesía, a la que opone las obras de fray Luis […]» y «[…] la
              contribución más significativa de Quevedo a la polémica de las <hi xml:lang="en"
                rend="i">Soledades</hi> […]» (Jammes 1994: 684).</note>.</p>
          <p>Como desarrollamos en nuestras notas de edición, Quevedo había conseguido el manuscrito
            de las poesías de fray Luis aprovechando probablemente su participación en la jornada de
            Andalucía de 1­624. Sólo cinco años después acabaría la redacción del texto preliminar
            dedicado a Olivares<note place="bottom">Para el tiempo transcurrido entre la redacción
              de la dedicatoria y la publicación, remitimos al apartado «Autor» de nuestra
              introducción.</note>. Uno puede preguntarse por qué tardó tanto. Si planeaba
            dedicárselo al valido, quizás el destierro provocó parte de esta dilación. Parece que
            estamos condenados a elaborar hipótesis sobre el particular. Más efectivo quizás sea
            preguntarse, no ya por qué tardó hasta 1629, sino lo que significa tal decisión en esa
            fecha. Ya de vuelta a Madrid, y en el contexto de las complejas relaciones con el
            privado que estudiamos arriba, Quevedo añadió a su campaña oficialmente proolivarista
            una dedicatoria que dejaba el campo de los asuntos públicos para entrar en el terreno de
            la polémica literaria. Como bien apuntan García Rodríguez y Conde Parrado, la
            dedicatoria se escribió «[…] más contra el gongorismo que contra Góngora […]»<note
              place="bottom">García Rodríguez-Conde Parrado 2005: 119.</note>. Quevedo no menciona
            el nombre de Góngora ni cita explícitamente versos suyos<note place="bottom">Ver Jammes
              1994: 684-685, y, para una posible alusión a las <hi rend="i"
                >Soledades</hi>, nuestra nota a la palabra <hi rend="i">cuerno</hi>.
              Ver también Daza 2009: 379.</note>. Este silencio puede explicarse de varias maneras.
            El texto va dedicado al privado de Felipe IV y prologa los versos de fray Luis. Lo que
            escribe allí Quevedo tendrá el lustre que suponen el prestigio del poeta prologado y el
            del propio Olivares. Quevedo, por lo tanto, tenía motivos para elegir una cuerda menos
            estridente que la de otros textos violentamente satíricos. Redacta, pues, un discurso
            que se adhiere al decoro esperable en una obra dedicada al conde duque. Con este texto
            se aleja del registro que adoptó en otras ocasiones y muestra el contexto teórico de sus
            sátiras antigongorinas, entrando a la vez en la lista de autores que disertaron sobre
            los excesos de los cultos<note place="bottom">Para calibrar el sentido de la palabra <hi
                rend="i">culto</hi> en tiempos de Quevedo, es importante recordar la
              nota 312 de Mercedes Blanco a su edición del <hi rend="i">Discurso
                Poético</hi> de Jáuregui (1624_discurso-poético): «Los aficionados a Góngora
              alababan sus conceptos. Los que lo atacaban, como J., pretendían que no hallaban en él
              conceptos (pensamientos ingeniosos y agudos), ni sentencias (ideas filosóficas o de
              alcance general) o que, si los había, no eran lo bastante «altos» y «maravillosos». Lo
              acusaron por consiguiente de palabrería insustancial. Pero se trataba de un argumento
              polémico contra un hombre, no de un principio estético opuesto a otro. Al igual que
              los conceptos, las marcas distintivas de lo ‘culto’ –las palabras ‘peregrinas’ y
              sonoras, de consonancia griega o latina, los esdrújulos, los nombres propios clásicos,
              las perífrasis mitológicas, los epítetos consagrados por algún gran poeta y relativos
              a alguna fábula o creencia pagana, las alusiones a las «ciencias», la sintaxis
              compleja y las alteraciones del orden de las palabras, las metáforas e hipérboles con
              fuentes en la tradición poética, transformadas y combinadas– eran por entonces valores
              poco menos que universales, como era unánime la admiración por los clásicos de cuya
              imitación se derivan todas estas cosas, directamente o a través de los italianos.
              Ambas vertientes de la expresión literaria eran complementarias. De hecho, J. nunca
              calificó de ‘cultos’ a sus adversarios; dejaba para Lope de Vega y para Quevedo la
              carga despectiva del término. Estos últimos, en textos irónicos y jocosos, intentaban
              confundir al poeta ‘culto’ (llamado así con ironía y casi por antífrasis) con los
              personajes popularmente antipáticos del gramático y del pedante, cuando no del loco
              con su jerigonza insensata (Véase 1625_el-culto-graduado, en la edición de Rafael
              Bonilla)».</note>, como Juan de Jáuregui lo había hecho en 1624 en un <hi
              rend="i">Discurso poético</hi> también dedicado a Olivares.</p>
          <p>Sin embargo, se pueden aducir otras razones para explicar que Quevedo censurara la
            poesía culta sin relacionar directamente sus ataques con el difunto poeta cordobés,
            cuyos textos él mismo imitó a veces, como se ha observado y se observa reiteradamente. A
            modo de ejemplo, entre otras composiciones, puede recordarse su influencia en el
            quevediano <hi rend="i">Himno a las estrellas</hi><note place="bottom"
              >Véanse, por ejemplo, Schwartz 2004a: 89-132, así como las notas y comentarios de los
              editores de la antología poética <hi rend="i">Canta sola a Lisi</hi> de
              Quevedo 1998b: 161-164 y 761-765, y recientemente, entre otros trabajos, Cacho 2012:
              169.</note>. Esta admiración<note place="bottom">Las investigaciones de Antonio
              Carreira permiten conocer mejor la influencia de Góngora en la lírica de Quevedo,
              examinada en Carreira 2014. Esta influencia de los versos de un poeta en la creación
              poética de otro puede tal vez considerarse un buen indicio de admiración. Ver también
              Jauralde 2004a: 910.</note> pudo influir en la relativa benevolencia que parece poder
            documentarse en las mismas fechas<note place="bottom">Ver Jauralde 2004a: 592, 611-612 y
              923. Con referencia al <hi rend="i">Comento</hi>, de fechas anteriores,
              ver también Carreira 2014: 476-477.</note>. Pero no se hizo extensiva a los numerosos
            defensores del cordobés, que «[…] despiden el estudio […]» o sea lo abandonan cuando,
            por ejemplo, en un texto de Aristóteles encuentran una frase que puedan alegar a favor
            de Góngora, sin tener en cuenta las frases que van a continuación, susceptibles de
            contradecirles. A aquellos que «[…] se llaman hoy […] <hi rend="i"
              >cultos</hi>, siendo temerarios y monstruosos […]» va dirigido el texto de Quevedo,
            mucho más que al difunto Góngora. Ahora bien, en 1629 Góngora no es solo un poeta
            admirado e imitado, sino también un poeta celebrado como un clásico, al que se comenta y
            cuyos versos dan lugar a debates acalorados (en el catálogo de los textos polémicos
            elaborado por Robert Jammes, la primera entrada para 1629 lleva el número XLV<note
              place="bottom">Véase Jammes 1994: 682.</note>). Podían ser muchos los motivos que
            llevaban a convertir un manuscrito en libro impreso; sin embargo, aunque no garantizara
            la difusión de la obra, esta decisión podía interpretarse como indicio de la voluntad de
            conferir al autor un estatuto literario más elevado al presentar su obra como creación
            oficialmente asumida y reconocida, digna de celebración. Con las <hi xml:lang="en"
              rend="i">Obras en verso del Homero español</hi> publicadas por Vicuña en 1627, Quevedo
            pudo constatar que se le confería esta dignidad a Góngora, lo cual, combinado con el
            enojo que provocaría la presencia en el libro del soneto «Anacreonte español, no hay
            quien os tope»<note place="bottom">Jammes 2003: 534.</note>, posiblemente provocaría en
            Quevedo una mezcla de irritación y envidia. ¿Cómo no sentir envidia ante el autor de las
              <hi rend="i">Soledades</hi>, clásico y casi canonizado ya en vida, a
            pesar y en parte gracias a las polémicas?</p>
          <p>A la edición Vicuña se añadían por los mismos años otras empresas de celebración del
            poeta cordobés. El 12 de diciembre de 1628, Chacón firmaba la dedicatoria de su
            manuscrito, dirigido también a Olivares. Si Quevedo llegó a enterarse de las gestiones
            que se estaban tramitando en aquellas fechas, pudo constatar que también se estaban
            preparando el <hi rend="i">Polifemo comentado</hi> de Salcedo Coronel
            (1629) o las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> de Pellicer (1630)<note
              place="bottom">Lawrance 2011: 157 y 165. Las fechas de los paratextos de Pellicer y
              Salcedo Coronel en n. 59. La coincidencia de estas obras con las intervenciones de
              Quevedo aparece en la p. 170. Para las relaciones de Quevedo con Pellicer, del <hi
                rend="i">Fénix</hi> (con censura de Quevedo en 1628, reproducida por
              Iglesias Feijoo 1983: 193, pero debe tenerse en cuenta ahora el importante trabajo de
              Tobar Quintanar 2015) a las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> y la
                <hi rend="i">Perinola</hi>, ver Iglesias Feijoo 1983: 192 y
              siguientes, y Jauralde 2004a: 569-570, y nota 57; también p. 612 y n. 77.</note>.
            Admiración por el poeta, envidia por el éxito de sus versos en vida y su triunfo
            post-mortem, irritación al considerar que además de imitadores llega a tener
            comentadores, como si se tratase de un verdadero Homero español, merecedor de
            disquisiciones eruditas; tales sentimientos pueden perfectamente caber al mismo tiempo
            en la mente humana. En estas circunstancias, Quevedo difícilmente puede hojear el
            manuscrito de fray Luis sin considerar que podría convertirlo en un monumento a la
            claridad, algo así como un anti-Vicuña. Y, además de los motivos que indicamos para
            explicar que lo dedicara a Olivares, también cabe tener en cuenta un elemento avanzado
            por Lawrance en un examen de las implicaciones ideológicas de las polémicas gongorinas,
            cuando la claridad se asocia con el patriotismo: Olivares, quien en 1625 parecía desear
            que Góngora le dedicara sus versos<note place="bottom">«[…] o así lo interpretaba el
              poeta […]», precisa Jeremy Lawrance, basándose en el epistolario de Góngora (Lawrance
              2011: 161-162). Ver también Jammes 2003: 536.</note>, al final de la década podría
            haber tenido menos interés por su poesía<note place="bottom">«[…] el ms. Chacón, que
              debió de ingresar en la biblioteca de Olivares al filo de 1628-1629, no pudo haber
              llegado en peor momento. Las crisis políticas de aquel año habían endurecido la
              actitud del valido, y por lo visto se inclinaba a prestar más atención a las opiniones
              del bando de los llanos, y en especial a Quevedo», Lawrance 2011: 172. El autor de
              este artículo dedica las páginas 166-172 a explicar por qué Quevedo intervino tarde en
              la polémica, y comenta la dedicatoria de Quevedo a Olivares en las p. 170-171.</note>.
            Esos elementos permiten quizás entender mejor por qué Quevedo concreta con varias
            publicaciones fechadas entre 1628 y 1631 su rechazo de la nueva poesía, reaccionando
            ante su triunfo y el de sus comentaristas, ante un fenómeno poético y literario, pues,
            más que contra un poeta<note place="bottom">Pablo Jauralde relaciona directamente la
              muerte de Góngora y la difusión de su obra con la edición de los versos de fray Luis y
              Francisco de la Torre: «[…] la desaparición del gran enemigo poético y la difusión de
              su obra a través de una oleada de comentaristas, que lo consagrarían como un gran
              clásico, le impulsó a trabajar sobre los corpus poéticos de fray Luis de León y de
              Francisco de la Torre […]», Jauralde 2004a: 536, ver también p. 920 y 923, así como
              Quevedo 1993: 111; Rivers 1998: 15-16; Cacho 2003: 306. Para el proceso de
              «canonización de los defensores de Góngora», véase Osuna 2014.</note>.</p>
          <p>Quevedo tampoco menciona a los polemistas de su tiempo. No reconoce explícitamente
            ninguna deuda con otros textos redactados contra la nueva poesía, lo cual no obsta para
            que los conozca ni para que influyan en su pensamiento, como examina Daza<note
              place="bottom">De hecho, como afirma Daza, Quevedo «[…] no sólo recurre a los mismos
              pasajes de preceptivas aducidos por los principales teóricos de la polémica, sino que
              en varias ocasiones trae citas de autoridades utilizadas por algunos defensores de
              Góngora para rebatirlas e interpretarlas en sentido totalmente opuesto» (Daza
              2009:378). Daza examina, por ejemplo, las referencias de Díaz de Rivas (<hi
                rend="i">Discursos apologéticos</hi>) a Estacio y Petronio. A partir
              de la referencia, en el texto de Quevedo, a «los que descansaron en este punto la
              lección», afirma que «[…] permite aventurar que Quevedo está pensando en nombres muy
              concretos de defensores de Góngora». En resumida cuenta, para Daza, Quevedo «[…] no
              forjó su opinión de manera aislada, sino en interrelación con el bagaje teórico
              acumulado tras veinte años de debate; y […] uno de los objetivos de este paratexto fue
              reinterpretar en favor de él lo que los partidarios de Góngora habían visto como
              refrendo de su posición». Para las citas comunes a Quevedo y otros polemistas, como
              Jáuregui, del que nos vamos a ocupar ahora, remitimos también a nuestras notas y las
              de Azaustre.</note>. Los argumentos sostenidos por Daza llevan a considerar que puede
            estar dialogando con algunos polemistas en citas o argumentos específicos. Ahora bien,
            habría que determinar si Quevedo concibió su discurso como respuesta global a un texto
            concreto. Consideramos que no. Responde más bien a los representantes de la nueva
            poesía, que forman en su texto un grupo anónimo evocado en plural: «los que afectan esta
            noche en sus obras», «algunos hipócritas de nominativos», «de buena gana lloro la
            satisfacción con que se llaman hoy algunos <hi rend="i">cultos</hi>», «por
            no decir lo que sin asco ni escrúpulo es lícito, hay algunos que dicen lo que es torpe y
              abominable»<note place="bottom">Lo cual no obsta para que, poco después de esta cita,
              ‘alguno’, referido al uso de la voz ‘cuerno’, pueda designar concretamente a Góngora.
              Ver Daza 2009: 379, con referencias a Jammes, y la nota 106 de Azaustre.</note>. Un
            examen sistemático de las citas y su cotejo con los comentarios que inspiran en otros
            polemistas permitiría determinar hasta qué punto Quevedo quiso dialogar con los
            defensores y censores de Góngora. Como señala Daza, «que los participantes en la
            polémica coincidan en las autoridades citadas no es extraño, pues la mayoría de estas
            autoridades se habían convertido prácticamente en lugares comunes»<note place="bottom"
              >Daza 2009: 378.</note>. Para hablar de influencia directa, habría que encontrar, por
            lo tanto, no solo citas comunes sino comentarios que ilustren un verdadero diálogo, más
            allá de un interés compartido por esos autores citados o de una idéntica adscripción a
            la idea seleccionada dentro de los lugares comunes que alaban o censuran la oscuridad.
            Tomemos un ejemplo: el <hi rend="i">Discurso poético</hi> de Jáuregui.
            Encontramos las citas aducidas por Quevedo de Petronio («<hi rend="i"
              >Effugiendum est</hi> […]»), Horacio («<hi rend="i">Vir bonus et
              prudens</hi> […]»), San Jerónimo («<hi rend="i">Nihil tam facile</hi>
            […]»), Aristóteles («<hi rend="i">Dictionis autem virtus</hi> […]»), Marcial («<hi
              rend="i">Scribere te</hi> [….]»)<note place="bottom">Cito las primeras palabras por el
              texto de Quevedo; para la versión o la traducción que de esas citas da Jáuregui, véase
              n. 184, f. 23r, n. 350, n. 366, n. 382 y 397 en la edición a cargo de Mercedes Blanco
              (1624_discurso-poético), que también remite a Quevedo. En nuestras notas mencionamos
              este tipo de citas comunes entre Quevedo y Jáuregui u otros. Ver también las notas de
              la edición de Azaustre. Conviene tener en cuenta, además, que Quevedo y Jáuregui
              pudieron tener citas en común por compartir unas mismas fuentes.</note>. Por otra
            parte, algunas formulaciones de Quevedo recuerdan las de Jáuregui: «[…] dicen que la
            enriquecen los que la confunden» podría ser un eco de «[ … ] creyendo que la enriquecen,
            la descomponen»; «[…] más parece, según viene a propósito, fingido que citado» recuerda
            «[…] según se ajusta a mi intención, parece que yo le fabrico […]». Otro posible eco,
            más distante, se escucha en los fragmentos siguientes: Quevedo: «Y en todas lenguas
            aquellos solos merecieron aclamación universal que dieron luz a lo oscuro y facilidad a
            lo dificultoso; que oscurecer lo claro es borrar, y no escribir […]», Jáuregui:
            «Facilitar con el oyente los versos magníficos es la suma dificultad para el autor»,
            «dar luz es lo difícil; no conseguirla, facilísimo»<note place="bottom"
              >1624_discurso-poético.</note>. Pero la relativa proximidad podría explicarse por los
            juegos conceptuales que permitían las contraposiciones luz/oscuridad y
            facilidad/dificultad. El <hi rend="i">Discurso Poético</hi> pudo renovar
            el interés de Quevedo por unas cuantas citas (mayoritariamente conocidas antes), pero ni
            los comentarios que inspiran ni la forma de enlazar estas citas<note place="bottom">En
              el texto de Quevedo, por ejemplo, la cita de San Jerónimo viene inmediatamente antes
              de la de Aristóteles, no así en Jáuregui. Poco después del epigrama de Marcial cita
              Quevedo a Horacio, quien, en el texto de Jáuregui, aparece mucho antes que el
              epigrama. Notemos que en Cascales estos dos textos son muy próximos en el espacio,
              aunque en orden inverso al de Quevedo. Ver Cascales 1961: 147-148. Para las relaciones
              entre Quevedo y Jáuregui, ver los últimos dos párrafos del apartado 2. 1 <hi
                rend="i">Perfil social e hitos biográficos</hi> de la edición del <hi
                rend="i">Discurso poético</hi> a cargo de Mercedes Blanco
              (1624_discurso-poético).</note> permiten hablar de una influencia directa o de un
            diálogo abierto con Jáuregui, al menos en cuanto a las autoridades aducidas.</p>
          <p>Como ilustramos en las notas de edición de nuestro texto, el pensamiento de Quevedo
            coincide con el de otros autores que también mediaron en la polémica gongorina. No es de
            extrañar que los eruditos de su tiempo compartieran con él unas ideas que, a estas
            alturas, se habían convertido en lugares comunes. A finales de los años ‘20, la defensa
            de la claridad pasaba por unos senderos que en muchos casos habían sido transitados
            desde que aparecieran los poemas mayores de Góngora. Quevedo encontraría en esos textos
            un repertorio de citas y de ideas que a menudo no constituían para él ninguna novedad.
            Pero el blanco de sus ataques ya no era el poeta cordobés sino sus numerosos seguidores.
            En este sentido, esa contribución de 1629 es un buen indicio de cómo las defensas y
            censuras de la nueva poesía se adaptan al estatuto que ésta tiene en el tiempo y
            permiten reconstituirlo, aspecto que conviene tener en cuenta no solo para interpretar
            cada texto ante el conjunto de las polémicas sino también dentro de la producción de
            cada autor.</p>
        </div>
        <div>
          <head>4. Estructura</head>
          <p>El texto fue pensado como epístola dedicatoria destinada a plantear las ideas
            literarias de Quevedo e introducir los versos de fray Luis. Como puede verse en el
            ejemplar de la BNM que tomamos en cuenta (U/4479), el «libro primero» se abre
            inmediatamente después de la dedicatoria a Olivares, precedida por la carta de fray Luis
            a Pedro Portocarrero, por la «pre-dedicatoria»<note place="bottom">Rivers 1998:
              22.</note> de Quevedo a Sarmiento de Mendoza, las aprobaciones de Lorenzo Van der
            Hammen y Josef de Valdivielso, y los paratextos acostumbrados (suma del privilegio, fe
            de erratas y tasa). En la muy breve pre-dedicatoria encontramos el testimonio de la
            gratitud de Quevedo hacia Sarmiento, quien le permitió descubrir un manuscrito
            desconocido de los versos de fray Luis, ya considerados ahí por Quevedo como «antídoto»
            contra los «escándalos» de la nueva poesía, y la evocación del «amparo» que el Conde
            Duque podrá garantizar a esta edición.</p>
          <p>La dedicatoria a Olivares está construida sobre el esquema del género epistolar según
            el modelo clásico del arte poética o «Epístola a los Pisones» de Horacio. El sustantivo
              <hi rend="i">epistula</hi>, en griego ἐπιστολή, significaba ‘carta’,
            ‘una comunicación por escrito’ en prosa o en verso. Además de sus odas, sátiras y
            epodos, Horacio había compuesto dos cartas extensas en hexámetros, en las que se ocupaba
            de temas o asuntos que interesaban a la crítica de su época. En la segunda, dirigida a
            un tal Pisón y a sus dos hijos, definió los subgéneros literarios que eran
            característicos de la poesía romana en el siglo I a.C., y seguirían siéndolo en el
            siguiente, y su relación con las fuentes o modelos de la literatura griega que se
            estudiaban en Roma. Fue Quintiliano quien le asignó a la epístola de Horacio el nombre
            de <hi rend="i">Ars poetica</hi> en VIII, 3, 60<note place="bottom">Véase
              la <hi rend="i">Institutio oratoria</hi> de Quintiliano, libro VIII,
              capítulo III, parágrafo 60, en el que desarrolla el precepto horaciano de que no se
              deben mezclar palabras altisonantes con las que designan lo opuesto, lo viejo con lo
              nuevo, palabras poéticas con coloquiales, porque ello resultaría en una mezcla
              monstruosa, como la que describió Horacio al principio de su <hi xml:lang="en"
                rend="i">Ars poetica</hi>: «Id enim tale monstrum, quale Horatius in prima parte
              libri de arte poetica fingit».</note>. No era este un tratado sistemático sino una
            obra organizada en torno a una serie de preceptos a propósito de tópicos específicos,
            entre ellos, la unidad artística, los estilos y su correspondiente vocabulario y figuras
            retóricas a escoger; los géneros a practicar, la <hi rend="i"
              >imitatio</hi> y la originalidad, la finalidad de la poesía y del arte. Por tanto,
            aunque Horacio escribió su tratado en verso, no se lo leyó como si fuera poesía <hi
              rend="i">stricto sensu</hi>. Durante el Renacimiento, tanto en Italia
            como en España se la estudió como un tratado de poética, equivalente a la <hi
              rend="i">Poética</hi> de Aristóteles. Los principios expuestos en el
            texto de Horacio eran los que se enseñaban en las escuelas pero desde mediados del siglo
            XVI, los humanistas interesados en cuestiones teóricas los relacionaron e integraron con
            la teoría aristotélica.</p>
          <p>Al escoger el esquema epistolar para su dedicatoria, es lógico, pues, que en más de una
            ocasión Quevedo se dirija a su destinatario. Crea así en el espacio del texto una
            situación de comunicación bastante directa que erige al Conde Duque en lector
            competente, capaz de analizar la nueva poesía a la luz de las autoridades antiguas:
            «hablar con vuestra excelencia en verificar este descamino de la pluma es la autoridad
            mayor […]», «oiga vuestra excelencia sin prolijidad la arte poética en dos renglones»,
            «excelentísimo señor, hablar como humano llamaban la habla decente y propia a lo que se
            escribía», «hoy, señor, por no decir lo que sin asco ni escrúpulo es lícito […]», «tan
            decente volumen obligación fue darle a vuestra excelencia […]», etc. Quevedo construye
            una epístola en la cual a las llamadas al destinatario se unen las reflexiones del autor
            sobre su propia argumentación, contribuyendo ambos procedimientos a actualizar el
            discurso, anticipar reacciones, informar sobre el decurso de la reflexión que Quevedo
            lleva a cabo («dispuesto este discurso con tal autoridad, propondré el texto del
            escándalo […]»; «pues lo que Aristóteles dice no es malicia mía […]», «no es achaque de
            mi malicia traducir la palabra <hi rend="i">escolástico</hi> ʻcultoʼ […]»,
            «es de advertir que […]», «largo ha sido mi discurso […]»). Como conviene al primer
            lector a quien se dirige, la epístola, convertida a partir de su inscripción entre los
            paratextos de un libro impreso en pieza oratoria encargada de convencer a un amplio
            público, descansa en una argumentación fluida y elegante. El género epistolar brindó al
            pensamiento erudito de Quevedo un marco que, al tomar a Olivares y a los lectores de
            fray Luis por testigos de los excesos cometidos por los cultos, acentuaba el cariz
            polémico de su discurso. Al mismo tiempo, le permitía dar a sus críticas una base
            erudita que descansa en una acumulación de citas difícilmente conciliable con las
            sátiras en verso o los relatos en prosa.</p>
          <p>Intentemos acercarnos a la <hi rend="i">dispositio</hi> del texto de esta
            epístola dedicatoria. Sánchez Laílla había descrito la epístola como «esquema formal ya
            establecido y muy propicio para la divulgación de temas de erudición»<note
              place="bottom">Sánchez Laílla 2000: 11. Se entiende, por supuesto, que una <hi
                rend="i">epístola</hi> podía estar compuesta en prosa o en verso, y
              así lo indicaba a continuación Sánchez Laílla, en su artículo que citamos: 2000:
              11-12: «El modelo que se tenía en mente era, por supuesto, el de la <hi xml:lang="en"
                rend="i">Epistola ad Pisones</hi> de Horacio», que según este crítico es «otra
              prueba de la fusión de principios horacianos, aristotélicos y platónicos desde fines
              del XVI en Europa».</note>. Lo comprueba el lector de este texto de Quevedo en el que
            la primera fase gira en torno a conceptos estudiados en Horacio, para luego centrarse en
            la importante <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles. Quevedo empieza
            («por sí hablan … lo que menos entiende») con una presentación encomiástica de «las
            obras del reverendísimo fray Luis de León», modelo de poesía «fácil y docta». Los versos
            propios de fray Luis, lejos de cualquier afectación, permiten acceder a las ideas y
            sabiduría del maestro. Tras el elogio de los versos de fray Luis, Quevedo enlaza su
            contraposición ‘claros’/ ‘oscuros’ con dos citas clásicas que valoran la importancia del
            acto comunicativo y censuran la oscuridad. Quevedo enmarca, pues, su discurso contra los
            cultos en una tradición clásica y erudita, dando desde el principio la tónica del resto
            de la dedicatoria.</p>
          <p>A continuación leemos el alegato propiamente dicho contra los cultos («Dispuesto este
            discurso…poner delante de los ojos las acciones»), que puede organizarse de la siguiente
            manera:</p>
          <p rend="noindent">— <hi rend="u">«dispuesto este discurso… muchos escritos»</hi>: en esta
            sección inicial, Quevedo comenta un famoso fragmento de Aristóteles, «el texto del
            escándalo», sosteniendo que los cultos lo interpretan mal al usarlo como defensa de los
            procedimientos que Aristóteles y Quevedo consideran causa de una oscuridad condenable.
            El Estagirita aparece, pues, como autoridad que sirve para rebatir los argumentos de los
            cultos.</p>
          <p rend="noindent">— <hi rend="u">«hablar con vuestra excelencia… de balde»</hi>: Quevedo
            continúa con una breve interrupción del comentario erudito para celebrar el estilo de
            Olivares, al que asocia así con la causa que defiende.</p>
          <p rend="noindent">— <hi rend="u">«Pues lo que Aristóteles dice… poner delante de los ojos
              las acciones»</hi>: a continuación Quevedo irá enlazando citas antiguas y
              modernas<note place="bottom">Véase Azaustre 2003b: n. 35.</note> para zaherir a los
            que escriben sin ser entendidos y procuran llegar a un estilo que Quevedo considera
            afectado. La técnica de Quevedo consiste en crear una red de autoridades acumulando
            citas que prueban que los oscuros siempre fueron condenados («no le perdonó […]
            Falereo», «[…] Propercio los reprende […]», «gravemente afrenta estos fanfarrones de
            voces Epicteto […]»). Este tribunal reunido <hi rend="i">ad hoc</hi>
            permite a Quevedo demostrar que la poética promocionada por los cultos no es del todo
            una innovación y tiene en su contra el hecho de que cuenta con conocidos precedentes
            tanto en Grecia como, siglos más tarde, en Roma. Quevedo asume por tanto una visión
            histórica que da a su alegato una forma de profundidad temporal.</p>
          <p>Dentro de esta parte del discurso <hi rend="u">[«Pues lo que Aristóteles dice… poner
              delante de los ojos las acciones»</hi>], que constituye el meollo de la demostración,
            pueden considerarse algunas unidades internas. A partir de consideraciones procedentes
            del Estagirita y de Demetrio, Quevedo enumera autores que ridiculizan la oscuridad
            cuando llega a ser tal que el discurso resulta ininteligible y se convierte en ‘lenguaje
            broma’ <hi rend="u">[«Pues lo que Aristóteles dice… nacerá el ridículo ratón)»</hi>].
            Luego <hi rend="u">[«diferentes cosas estima Quintiliano … partidas</hi>»], compara la
            versificación clásica con la moderna para subrayar la necesidad en aquélla y la
            inutilidad en ésta de algunas figuras como el hipérbaton. Termina celebrando la Gaya
            ciencia, « que es la arte de escribir versos », de Enrique de Villena. Por fin, <hi
              rend="u">[«hoy, señor, por no decir… poner delante de los ojos las acciones»</hi>],
            Quevedo relaciona la claridad con la <hi rend="i">proprietas</hi> y la <hi
              rend="i">evidentia</hi>.</p>
          <p>Aprovecha Quevedo la última parte de su dedicatoria <hi rend="u">(«Largo ha sido mi
              discurso</hi><note place="bottom">Azaustre, por su parte, explicó esta introducción de
              Quevedo según el modelo codificado en el <hi rend="i">ars
                dictaminis</hi> medieval para escribir estas cartas dedicatorias que funcionaban
              como prólogo. Retomado por los humanistas del XVI, generó manuales que solían
              utilizarse para componer epístolas, como el de Erasmo, <hi rend="i">De
                conscribendis epistolis</hi>, de 1522, o el de Vives, de 1536; Azaustre (2003b: 160,
              n. 117).</note><hi rend="u">… 1629</hi>») para explicitar la <hi xml:lang="en"
              rend="i">dispositio</hi> del corpus que edita y celebrar a Olivares, quien, con solo
            aceptar estas obras, logrará enmendar el «estilo descaminado» de los cultos, objetivo
            asignado desde la pre-dedicatoria a la propia publicación de los versos de fray Luis,
            verdadero «antídoto». La grandeza y autoridad de Olivares han de consolidar la empresa
            que supone esta edición del maestro frente a los cultos contemporáneos de Quevedo.</p>
        </div>
        <div>
          <head>5. Fuentes [La formación intelectual de un humanista cristiano]</head>
          <p>Educado en los preceptos básicos de la poética de Horacio, como alumno de escuelas
            jesuitas, y con voluntad de llegar a ser poeta y estudioso, Quevedo iniciaría sus
            primeros escritos teniendo en mente los principios expuestos en la <hi rend="i">Epístola
              a los Pisones</hi> y así lo pone en evidencia en esta epístola dedicatoria. Como allí
            señala Horacio, un buen poema debe ser armónico y bien proporcionado, debe estar
            centrado en una temática apropiada y estar escrito con correcta dicción. El escritor
            debe preocuparse siempre por combinar <hi rend="i">utile</hi> con <hi rend="i"
              >dulce</hi> y tratar de no engañarse con la apariencia de lo correcto: «<hi rend="i"
              >decipimur specie recti»</hi>, por ejemplo, y no incurrir en oscuridad ‘al tratar de
            ser breve’:<hi rend="i"> «brevis esse laboro, obscurus fio»</hi> (vv. 24-25)<note
              place="bottom">Véase Horacio 2005: 442-489.</note>. En este mismo espacio teórico
            Horacio incluía una cautelosa advertencia a un poeta en ciernes: siempre se puede ser
            original, aunque las palabras escogidas sean conocidas, si se las sabe insertar en un
            nuevo contexto; ahora bien, si el poeta debe nombrar cosas abstrusas con nuevas
            palabras, se le otorgará permiso siempre que las use con cautela, con modestia: «<hi
              rend="i">si forte necesse est / indiciis monstrare recentibus abdita rerum</hi>,
              […]<hi rend="i"> dabiturque licentia sumpta pudenter</hi>» (vv. 48-51).</p>
          <p>La posición teórica de Horacio (65-8 a. C.) es evidentemente conservadora, en cuanto se
            basa en prácticas retóricas y poéticas características de los escritores romanos de la
            época de la República, en torno al siglo I a.C. Otras fueron las expectativas de
            escritores posteriores como Lucano, Persio o Juvenal, y quienes les sucedieron. Sin
            embargo, desde el Renacimiento, el modelo estilístico de Horacio siguió siendo el que se
            enseñaba a los jóvenes como un primer paso en el aprendizaje del arte de los discursos
            literarios. Sus ideas se conjugaban con las desarrolladas en los tratados de retórica
            clásica de Cicerón que se mantuvieron más tarde en la <hi rend="i">Institutio
              oratoriae</hi> de Quintiliano<note place="bottom">Véase ahora el importante comentario
              sobre las fuentes en las que se basó Lope de Vega para criticar la nueva poesía,
              desarrollado por Pedro Conde en esta misma colección: <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope/front-1">«Un
                (supuesto) intercambio epistolar entre Lope de Vega y un personaje de la nobleza
                sobre la “nueva poesía”»</ref>.</note>. En efecto, también en estos se rechazaba la
            oscuridad, fenómeno de la <hi rend="i">elocutio</hi> que podía ser considerado un <hi
              rend="i">vitium</hi>; y sólo se la aceptaba como una <hi rend="i">licencia</hi> si
            respetaba la siempre buscada <hi rend="i">perspicuitas</hi> del discurso evitando la
            selección de excesivos tropos y figuras.</p>
          <p>La autoridad del <hi rend="i">Ars poetica</hi> desde los comienzos del Renacimiento ha
            sido minuciosamente estudiada por Bernard Weinberg en relación con las tradiciones
            teóricas y las prácticas críticas en boga en esos siglos. De igual importancia son sus
            comentarios sobre las relaciones que se establecieron entre el <hi rend="i">Ars
              poetica</hi> y la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles, así como la <hi rend="i"
              >Retórica</hi> de este y los escritos críticos de Platón<note place="bottom">Weinberg
              1961: vols I-II <hi rend="i">passim</hi>.</note>. Su interpretación de
            los comentarios a la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles compuestos en esos siglos
            y el modo en que se confundieron con el modelo de Horacio son por ello importantes para
            reconstruir el ataque a la nueva poesía, ya resumido asimismo por Joaquín Roses en
            contextos italiano y español y así lo señalamos en nuestras notas. Quevedo combinó los
            preceptos horacianos que tan bien conocía con la sección correspondiente de la <hi
              rend="i">Poética</hi> de Aristóteles. Estos fueron los textos que eligió para
            documentar detalladamente su posición teórica, que proyectó sobre la poesía de fray
            Luis.</p>
          <p>Horacio había declarado que era el saber la fuente de los buenos escritos: «<hi
              rend="i">Scribendi recte sapere est et principium et fons</hi>» (v. 309). Por ello, es
            digno de alabanza fray Luis por darnos «fácil y docta la filosofía de las virtudes», y
            por disponer «tan apacibles a la memoria los tesoros de la verdad que con logro del
            entendimiento ocupa su recordación». Y si Horacio afirmaba con respecto al objetivo de
            un poeta que éste podía centrarse alternativamente en beneficiar, ser de utilidad o
            entretener a su lector («<hi rend="i">Aut prodesse volunt aut delectare poetae / aut
              simul et iucunda et idonea dicere vitae</hi>», vv. 333-334), concluía valorando mucho
            más al que se mostraba capaz de combinarlos: «<hi rend="i">omne tulit punctum qui
              miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo</hi>» (vv. 342-343).
            Solo aquel escritor que respondiera a ambos principios conservaría hasta un día lejano
            su fama: «<hi rend="i">et longum noto scriptori prorogat aevum</hi>» (v. 346). No cabe
            duda, por consiguiente, —declara su editor—, que la importancia de la poesía de fray
            Luis sería reconocida en un futuro lejano, como había pronosticado el autor del <hi
              rend="i">Ars poetica</hi>.</p>
          <p>Desde un punto de vista semántico, pues, su valor consistiría en la transmisión de las
            virtudes y de la verdad, pero ello sólo podía lograrse si la dicción del mensaje poético
            rechazaba tanto «lo vulgar», porque le quitaría autoridad, como «lo impropio», para
            evitar que se hiciera «peregrina», es decir, ‘oscura’. De este modo Quevedo partía de su
            valoración del estilo de fray Luis para atacar a sus opuestos, los representantes de la
            nueva poesía, a quienes reprochaba su elección de un estilo oscuro y pomposo, falsa <hi
              rend="i">facundia</hi>, con el que pretendían ocultar la inanidad del mensaje. Y es en
            este sentido que nuestro editor de fray Luis recurre a un símil construido por Plinio,
            que proviene del capítulo 22 del libro once (11) de su <hi rend="i">Naturalis
              Historia</hi>, para poner aún más en ridículo el estilo de los poetas que imitaban a
            Góngora. En efecto, Plinio había descrito unas telas tejidas por ciertos insectos de
            Asiria que podían homologarse a vestidos de seda transparentes. Ahora bien, si la
            función de un vestido, femenino en particular, era cubrir el cuerpo para ocultarlo,
            estas telas transparentes no cumplían ya con su función porque dejaban ver el cuerpo a
            pesar de estar cubierto. Entendida la frase en sentido traslaticio, podía aplicarse al
            estilo de los cultos con el que se pretendía cubrir un relato o un poema de poca monta o
            interés con un «traje retórico» tan transparente que no llegaba a esconder los defectos
            del texto mismo.</p>
          <p>Esta cita, falsamente atribuida en la <hi rend="i">princeps</hi> a un autor distinto,
            Séneca hijo, el filósofo, solo ha sido identificada recientemente por F. Moya del Baño.
            En efecto, la cita no proviene de una obra de Séneca. Ahora bien, según Moya, podría ser
            una cita indirecta que Quevedo recogió en alguna colección de <hi rend="i">loci
              communes</hi> como las <hi rend="i">Parabolae sive Similia D. Erasmi
              Roterodami.</hi><note place="bottom">Lo explicamos en nuestra nota 83 al texto de
              Quevedo; véase Moya del Baño: 2014. Véase la nota <ref xml:id="ref2" target="ref1"
                >infra</ref>.</note> No hemos podido aún determinar con certeza si esa fue
            precisamente la fuente de Quevedo para el uso analógico de la noticia de Plinio sobre
            insectos tejedores o si la encontró en otra colección similar de <hi rend="i">loci
              communes.</hi> En todo caso, <hi rend="i">pace</hi> Quevedo, no tratamos de insistir
            en que había seleccionado un manido lugar común, ya que, a diferencia de Lope de Vega,
            nuestro editor no necesitaba recurrir siempre a polianteas para simular erudición, pero
            parece aceptable la idea de que se interesara por una expresión ingeniosa que ponía en
            relación el aspecto verbal, el estilo de un texto, con la ropa que usaban los seres
            humanos para cubrir su desnudez.</p>
          <p>En las posteriores secciones de estos preliminares la alabanza del estilo luisiano se
            articula en la denuncia reiterada de su declarado enemigo, la «nueva poesía», que
            prestigiaba oscuridad y dificultad del mensaje en una suerte de pugna con las poéticas y
            con los mejores poetas clásicos que recomendaban lo opuesto. Quevedo traslada luego la
            perspectiva horaciana enlazándola con la de Aristóteles; su punto de partida será, sin
            duda, el capítulo 22 (1458a) de su <hi rend="i">Poética</hi>. Quevedo cita las dos
            primeras palabras en griego y continúa con la versión latina de Alessandro de’ Pazzi,
            publicada en Venecia en 1536 y en 1550, que luego traduce al español<note place="bottom"
              >La edición de 1550 incluye el comentario de Vincenzo Maggi: <hi xml:lang="it"
                rend="i">Vincentii Madii Brixiani et Bartolomaei Lombardi Veronensis in Aristotelis
                Librum de Poetica communes explanationes: Madii vero in eundem librum propriae
                annotationes.</hi> Lo indicó y comentó Weinberg en su <hi rend="i"
                >History of Literary Criticism in the Italian Renaissance</hi> al explicar el
              proceso mismo del descubrimiento y la integración de la teoría aristotélica en el XVI:
              «Chapter IX. The tradition of Aristotle’s <hi rend="i">Poetics</hi>: I.
              Discovery and exegesis» (véase Weinberg 1961: 371-388). Para el ejemplar que se
              encuentra en la BNE, signatura 2 / 50523, visto por Moya del Baño, ver referencia en
              Moya 2014: 415.</note>. De este capítulo de la <hi rend="i">Poética</hi> deduce la
            lectura oportunista que hacían los «secuaces» de Góngora. En efecto, Aristóteles
            describía, por un lado, las figuras alejadas de lo vulgar que podían ser seleccionadas
            para evitar que la dicción fuera «baja»: voces «peregrinas» o extrañas, es decir, de
            otras lenguas, y metáforas o «alargamientos», pero procedía inmediatamente a aclarar que
            «si uno lo compone todo de este modo, habrá enigma o barbarismo». Por tanto, la norma de
            un buen escritor debía ser «la mesura» en todas las partes de la elocución, porque «el
            uso en cierto modo ostentoso de este modo de expresarse es ridículo»<note place="bottom"
              >Citamos por la traducción de V. García Yebra del texto de la versión de A. Riccoboni,
              en Aristóteles (1974: 208-212).</note>.</p>
          <p>Para corroborar la importancia de esta noción Quevedo recrea el procedimiento de estas
            dos poéticas canónicas, que consistía en mencionar opiniones paralelas, procedentes de
            otras obras teóricas y/o literarias. Así inicia el diálogo con una cita de un tratado
            griego sobre el estilo, Περὶ ἑρμηνείας, <hi rend="i">De elocutione</hi>, que en el siglo
            XVI se había asignado por error a Demetrio Falereo, pero este Demetrio es autor
            desconocido que vivió probablemente en el siglo I d.C. y, efectivamente, coincidió con
            los peripatéticos en cuestiones de <hi rend="i">elocutio</hi>, dicción y tipos de
            estilo, es decir, con la teoría de Aristóteles, como se lee en el pasaje traducido por
              Quevedo<note place="bottom">Véase la introducción de W. Rhys Roberts, a su edición:
              Aristotle, <hi rend="i">The poetics</hi>, Longinus, <hi xml:lang="en"
                rend="i">On the Sublime</hi>, Demetrius, <hi rend="i">On Style</hi>,
              Cambridge-London, 1953. Quevedo debe de haber hallado el dato sobre el tratado de
              Demetrio en el citado libro de Vincenzo Maggi y Bartolomeo Lombardi, <hi xml:lang="en"
                rend="i">In Aristotelis librum de poetica communes explanationes</hi>; el título de
              esta edición bilingüe griego-latín es <hi rend="i">Demetrii Phalerei De
                elocutione Liber, a Stanislao Hovio Polono Latinitate donatus, &amp; annotationibus
                illustratus</hi>, Basileae: per Ioanem Oporinum, 1557.</note>.</p>
          <p>Como se ha comprobado ya en esta dedicatoria al conde-duque de Olivares, la táctica de
            su autor es recrear nuevamente el diálogo característico que debía establecerse entre
            las fuentes aristotélica y horaciana para determinar cómo componer textos literarios o
            discursos. También Horacio recomendaba la práctica de un estilo clásico, como hemos
            visto, actitud comprensible desde un punto de vista histórico, ya que su posición
            teórica coincidía en general con la de autores y lectores de su época, de Virgilio a
            Augusto, y así había caracterizado Suetonio al segundo, en el extenso capítulo que le
            dedica en las <hi rend="i">Vitae Caesarum</hi>. Es esta una colección de «vidas» o
            proto-biografías de los emperadores de la dinastía Julio-Claudia y la dinastía Flavia,
            que Suetonio iniciaba en primer lugar con Julio César aunque, por supuesto, no había
            llegado a ser emperador. Quevedo, gran lector del historiador Suetonio, cita pasajes
            completos de sus <hi rend="i">Vidas</hi> en nueve obras, que van desde la temprana <hi
              rend="i">España defendida</hi>, hasta el <hi rend="i">Marco Bruto, El Chitón de las
              Tarabillas, Su Espada por Santiago</hi> y en <hi rend="i">Vida de San Pablo
              Apóstol</hi>, mientras que en el <hi rend="i">Discurso de todos los diablos</hi>
            aparece representado como personaje, al que insulta Domiciano por lo que dijo en las <hi
              rend="i">Vidas</hi> sobre su actuación política.</p>
          <p>Sin embargo, para presentar la opinión de Augusto sobre sus preferencias retóricas,
            Quevedo se basó en una versión abreviada de los capítulos LXXXVI-LXXXVII, según
            ediciones modernas, de «Divus Augustus», que Erasmo había resumido y «editado» para
            incorporarla a una de sus polianteas, la colección de <hi rend="i">Apotegmas</hi> que
            había circulado con tanto éxito en Europa durante el siglo XVI y aun en el XVII<note
              place="bottom">Véase en ed. moderna, <hi rend="i">Suetonius</hi> (2001: t. I, p. 274),
              que se inicia: <hi rend="i">Genus eloquendi secutus est elegans et temperatum vitatis
                sententiarum ineptiis atque concinnitate et ‘reconditorum verborum’, ut ipse dicit,
                ‘fetoribus’; praecipuamque curam duxit sensum animi quam apertissime exprimere</hi>.
              Augusto, pues, cultivaba un estilo verbal «casto y elegante» que evitaba un orden
              artificial y palabras recónditas; su finalidad era expresar sus pensamientos de la
              manera más clara posible.</note>. Como editor, Erasmo prefiere centrarse en una
            anécdota que revelaba la opinión de Augusto sobre ciertos gustos retóricos de sus amigos
            o conocidos: en particular, su rechazo del discurso complicado, «lascivo y afectado» de
            su amigo Mecenas. De modo semejante reprendía a Tiberio por el estilo ridículo que
            empleaba en sus escritos; y sobre Marco Antonio, Erasmo recordaba una frase precisa de
            Suetonio: «<hi rend="i">Marcum Antonium increpabat velut ea scribentem quae homines
              mirentur potius quam intelligant</hi>». Ello le permite a Quevedo afirmar nuevamente
            que tenía razón San Jerónimo cuando decía que no eran los cultos sino precisamente la
            plebe inculta la que festejaba lo que no entendía<note place="bottom">Azaustre ya indicó
              su lugar en una edición de los <hi rend="i">Apophtegmas de los
                filósofos</hi>; Moya del Baño identifica la edición que «manejó Quevedo» y «el
              ejemplar que sin duda tuvo», hoy en la BN: BNM R/29251. Llevaba el título: de <hi
                rend="i">APOPHTHEGMATVM EX OPTIMIS UTRIVSQUE LINGVAE SCRIPTORIBVS</hi> per Des.
              Erasmum Roterd. COLLECTORVM libri octo, Lugduni: apud Seb. Gryphium, 1555.</note>.
            Quevedo concluye esta sección insistiendo en la verdad de la opinión de Augusto, que
            reiteraría San Jerónimo siglos más tarde con la autoridad que le confería ser «tan gran
            padre de la Iglesia».</p>
          <p>En este diálogo entre poética y retórica que construyó Quevedo alternarán hasta el
            final, como anticipamos, sus comentarios sobre la tradición romana examinando textos de
            Horacio, Cicerón y Quintiliano por un lado; por el otro y a propósito de los de
            Aristóteles, su <hi rend="i">Poética</hi> y su <hi rend="i">Retórica</hi>
            relacionándolos con los de Demetrio, fuentes principales, pues, de las doctrinas
            expuestas en la tradición griega. Se confirma así que la posición teórica de Quevedo es
            también «retoricista», como la de Lope de Vega<note place="bottom">Hacemos nuestro el
              adjetivo «retoricista» con el que Conde Parrado describe la posición teórica de Lope,
              menos afin a principios de la poética que a los de la retórica. Como sabemos, ambas
              estaban relacionadas desde la época clásica y su preeminencia varió en el decurso de
              su desarrollo histórico; véase Conde Parrado, P., ed., <hi rend="i"
                >Papel que escribió un señor…</hi>, en el que figura como título de la sección <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope/front-1#front-1-5">«5.
                [Fuentes] Un enfoque retoricista basado en autores antiguos y modernos»</ref>.</note>. Lo corroboran además sus anotaciones en el ejemplar de la <hi rend="i"
              >Retórica</hi> aristotélica que poseía en su biblioteca privada, transcritas por Luisa
            López Grigera, que comentamos en nuestras notas.</p>
          <p>Quevedo completará su análisis negativo del estilo de la nueva poesía recurriendo a la
            «opinión», al «juicio crítico» de un grupo selecto de poetas griegos y romanos, que
            relaciona con otros tantos renacentistas para trazar una trayectoria de la disputa entre
            los defensores de la <hi rend="i">claridad</hi> y aquellos que promovieron la <hi
              rend="i">oscuridad</hi> de la <hi rend="i">elocutio</hi> como modo de prestigiar la
            erudición del escritor. Sin duda, lo que estaba ocurriendo en el siglo XVII en España
            podía compararse con la alternancia de estas dos tendencias retóricas en Grecia y en
            Roma que dieron lugar al desarrollo de un estilo llamado <hi rend="i">ático</hi> o <hi
              rend="i">lacónico</hi> frente al así designado estilo <hi rend="i">asiático</hi>.
            Según Suetonio, Augusto era enemigo tanto de innovadores como de arcaizantes, <hi
              rend="i">cacozelos et antiquarios</hi>, e increpaba a Marco Antonio por querer
            transferir al latín las frases vacías de significado de los oradores asiáticos: <hi
              rend="i">An potius Asiaticorum oratorum inanis sententiis verborum volubilitas in
              nostrum sermonem transferenda?</hi><note place="bottom">Véase «Divus Augustus», cit.,
              en <hi rend="i">Suetonius</hi> 2001: I, cap. 3, LXXXVI.</note> Gracián
            aún los describiría en el Discurso LXI de su tratado retórico sobre la <hi rend="i"
              >Agudeza y arte de ingenio</hi>, «De la variedad de los estilos», aunque sin pasar
            juicio sobre cuál sería el mejor: «redundante el uno y conciso el otro según su
              esencia»<note place="bottom">Gracián 1969: II, 235.</note>. Quevedo, en cambio, se
            identifica con Augusto en su absoluto rechazo del estilo que los historiadores de los
            siglos XIX y XX, y a partir de los escritos de Heinrich Wölfflin, llamarían «barroco».
            Los ataques a la nueva poesía hacen explícitos los errores y atrevimiento de quienes,
            siguiendo al gran poeta, cuyo nombre Quevedo no menciona, corrompen la expresión poética
            que se había impuesto desde el Renacimiento. Quienes «gongorizan» son desde esta postura
            lectores incompetentes de la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles, que olvidaron
            asimismo las normas horacianas. Por el contrario, en estos preliminares, como hemos
            dicho, nuestro editor prodiga continuas e hiperbólicas alabanzas a los conocimientos de
            la retórica que poseía el conde-duque y a ejemplos de su vida personal que confirmarían
            esta idea que le convenía expresar.</p>
          <p>Quevedo incluye <hi rend="i">exempla</hi> concretos que confirman su conocimiento de
            autores griegos y latinos, italianos y españoles, recuperados por este gran lector de
            los clásicos y modernos. El orden con el que presenta los ejemplos depende, en parte, de
            los géneros de los que estos proceden; y en parte, asimismo, de cierto juego cronológico
            que permite enfrentar como en un espejo pasado y presente, ver rasgos compartidos o
            señalar ciertas diferencias que debe de haber considerado significativas. La primera
            opinión que Quevedo cita es de un autor italiano, Francesco Andreini de Pistoia (ca.
            1548-1624), quien condenaba los procedimientos de los poetas nuevos de su tiempo porque
            contribuían a la oscuridad; la segunda, «se oye en el donaire de nuestro Marcial», en el
            que se burla del estilo tan confuso de un tal Sextus, que no entenderían ni sus lectores
            ni conocidos profesores de gramática por ser sus versos tan oscuros que sólo podría
            descifrarlos Apolo. La oscuridad de los escritos de Sextus trae necesariamente a la
            mente el nombre del poeta más oscuro de la antigüedad: Licofrón, siempre recordado en
            los siglos XVI y XVII. En este caso, Quevedo menciona una de las silvas de Estacio en la
            que el poeta romano lo nombra; Quevedo había leído este poema en la edición aldina de
            1519, hoy en la biblioteca de la universidad de Princeton, que descubrieron los
            Kallendorf y que contiene numerosas anotaciones de Quevedo que citamos
            oportunamente.</p>
          <p>Andreini da Pistoia rechazaba a los poetas de su tiempo como Petronio hacía que su
            personaje Encolpius increpara a quienes escribían cosas ridículas en el siglo I d.C.
            «echando a perder toda la elocuencia». Quevedo imita sus denuestos para desenmascarar a
            los «charlatanes de mezclas» que introducen latinismos en la lengua española y terminan
            siendo ridículos, como decía Lope de Góngora, por escribir un «castellano (que no latín)
            macarrónico»; pero retorna luego a otra época histórica, la Grecia post-clásica y da
            otros ejemplos del «lenguaje broma» de esa época que el comediógrafo Antífanes (ca.
            388-ca. 311) contrastaba con el agradable estilo de su contemporáneo Filógeno, autor de
              <hi rend="i">El banquete</hi>, obra en la que había descrito una fiesta en el lenguaje
            de los ditirambos. La fuente que utilizó Quevedo fue una obra enciclopédica sobre la
            cultura griega a la que recurrían desde el siglo XVI los lectores interesados en sus
            antigüedades: los <hi rend="i">Deipnosophistae</hi> o <hi rend="i">La cena de los
              sofistas</hi> de Ateneo de Naucratis (fl. 200 d. C.), que había leído atentamente y
            menciona como texto valioso. Al dirigirse nuevamente a Olivares –«Excelentísimo señor»–
            le recuerda la frase de Petronio que aplica evidentemente a los cultos: «<hi rend="i"
              >Saepius poetice quam humane locutus es</hi>». Más allá del juego conceptual así
            propuesto, debe de haberle atraído la posibilidad de calificarlos de ‘infra-humanos’ por
            no saber componer poesía, juego que repite líneas más adelante al asimilar o proyectar a
            los «cultos» el insulto, dirigido a los escolásticos, que propició su admirado Epicteto,
            modelo de estoico: <hi rend="i">Scholasticum esse animal quod ab omnibus
            irridetur.</hi></p>
          <p>La teoría retórica de Quintiliano, por otra parte, le es útil para tratar cuestiones
            relacionadas con «la ley del ritmo». Las transposiciones –anástrofe e hipérbaton– eran
            recursos del ornato que los cultos explotaban para aumentar la <hi rend="i"
              >dificultad</hi> de un texto. Ahora bien, en español como en otras lenguas modernas,
            había un obstáculo, ya que los sustantivos y los adjetivos no tenían desinencias, con lo
            que se complicaba su descodificación. Además, en griego como en latín, los versos se
            componían combinando diferentes tipos de <hi rend="i">pies</hi>; en castellano, según el
            número de sílabas. Por otra parte, en ambas lenguas clásicas se justificaba recurrir a
            un hipérbaton para mantener el ritmo de un verso, pero no era este el caso en las
            lenguas romances. Quevedo admite, así y todo, que hubo excepciones en la tradición
            poética de España y, por ello, va citando una serie de versos que procedían del primer
              <hi rend="i">Cancionero General</hi> y a continuación de la obra de poetas del XVI,
            inclusive Ercilla. Concluye, en cambio, regresando a Píndaro, para mostrar otra
            consecuencia del sistema de la prosodia griega, que Horacio imitará en una oda suya:
            «partir las voces», es decir, trasladar la última sílaba de un lexema al verso siguiente
              (<hi rend="i">Aurea cithara Apolli- / nis</hi>), por «la fuerza del consonante» o para
            imitar un texto clásico. Lo ejemplifica con la traducción que hizo fray Luis de la
            famosa oda XIV del libro I de Horacio, dedicada a una nave que muy probablemente
            representaba la república en el mar de las guerras civiles y que Quintiliano había
            calificado de <hi rend="i">alegoría continuada.</hi> En torno al año 1568, hubo un
            concurso en la Universidad de Salamanca, como se sabe, en el que tres maestros
            tradujeron en «competencia humanística» esta oda: el Brocense, Juan de Almeida y Alonso
            de Espinosa. Cuando le pidieron a fray Luis que juzgara las tres versiones y declarara
            quién había vencido, presentó él la suya, que dijo había traducido en una noche<note
              place="bottom">Véase León 1998: 202-203.</note>.</p>
          <p>El ataque a los cultos, cada vez más violento, llega a su clímax cuando se los acusa de
            «temerarios y monstruosos». A causa de emplear una mezcla de lenguas, convierten el
            castellano en algarabía, hasta el punto de que ya casi nadie sabe hablar un idioma puro.
            Ante esta penosa situación, Quevedo ofrece un ejemplo de lo opuesto: una obra sobre la
            teoría de la <hi rend="i">Gaya ciencia</hi>, es decir, «la arte de componer versos» de
            Enrique de Villena, a la que califica de «digna de admiración» porque ofrece un
            testimonio del cuidado con el que se estudiaba la lengua castellana en aquel tiempo.
            Pedro Cátedra, en su edición de esta obra, ofreció una interpretación, si bien
            tentativa, evidentemente muy acertada, de la importancia que debería de haber tenido el
            tratado en los siglos XVI y XVII:</p>
          <quote>Respiraría el tratado la idea de poesía superior e institucionalizada que reiteraba
            don Enrique en muchas ocasiones. Es difícil, sin embargo, hacerse una idea de los
            contenidos, pero quizá su estructura no sería muy disímil de la de, por ejemplo, el <hi
              rend="i">Arte cisoria</hi>, en la medida en que se planteara en primer lugar las bases
            científicas del arte, después un resumen histórico y luego, según la norma de las <hi
              rend="i">Leis d’amors</hi>, los materiales lingüísticos y de preceptiva métrica. Nos
            interesaría, naturalmente, hoy el ver la aplicación que de todo esto se hace al romance
              castellano<note place="bottom">Véase en Villena 1994-2000: t. I, p.
            XXVI.</note>.</quote>
          <p>Es posible que Quevedo hubiera podido aclarar estas últimas cuestiones, pero ante la
            desaparición del manuscrito de la <hi rend="i">Gaya ciencia</hi> no hay forma de
            demostrarlo. Por otra parte, no hace falta insistir en que el rechazo de la poética
            gongorina desde esta perspectiva, como anticipamos, deriva de lo que hoy llamaríamos un
            argumento y una postura «nacionalista». De modo semejante su defensa del estilo de fray
            Luis, que calificaba de «antídoto» contra los excesos gongorinos, «castigo autorizado y
            eficaz que en los que hallare vergüenza dejará enmienda», también resulta de una actitud
            patriótica, se ha dicho. Sin embargo, lo fundamental es reconocer que, por diferentes
            razones, Quevedo convirtió en libro los manuscritos recuperados de la poesía de fray
            Luis de León, superando el estado de desordenada difusión en el que se encontraban hasta
            1631. Ofreció así una edición que aún sus editores actuales consideran que fue y es de
            «importancia incuestionable» para la historia textual de la poesía de fray Luis.<note
              place="bottom">Lo afirma, entre otros, Cuevas en León 1998: 35.</note></p>
        </div>
        <div>
          <head>6. Conceptos debatidos</head>
          <div>
            <head>Autoridad.</head>
            <p>Los versos de fray Luis «por sí hablan» y son «el mejor blasón de la habla
              castellana»; el estilo aclara las ideas profundas, los conceptos, y es precisamente
              así como escriben «los que tienen el imperio de los poemas», mereciendo «aclamación
              universal» quienes, como fray Luis, «dieron luz a lo oscuro». No tienen «comparación
              las obras de fray Luis». En la jerarquía poética de Quevedo fray Luis es un modelo,
              una autoridad literaria que oponer a quienes imitan a Góngora. Por otra parte, el
              discurso de Quevedo descansa en una enumeración de citas que autorizan su
              razonamiento.</p>
          </div>
          <div>
            <head>Decoro. Estilos según los géneros.</head>
            <p>Quevedo afirma de fray Luis que «todo su estilo con majestad estudiada es decente a
              lo magnífico de la sentencia» y declara luego que «el arte es acomodar la locución al
              sujeto». No respetar esos preceptos de decoro lleva a una elocución ridícula, como
              aquellos que hablan de amor en estilo rebuscado, merecedores ya desde la Antigüedad de
              las pullas de Propercio («<hi rend="i">Plus in amore valet Mimnermi
                versus Homero</hi>»); respetar el decoro implica elegir el estilo adecuado y las
              palabras adaptadas. Algunos no lo hacen y, para evitar determinadas palabras, como
              «cabrito», emplean otras peores, como «cuerno».</p>
          </div>
          <div>
            <head>Perspicuidad, virtud de la dicción. <hi rend="i">Evidentia.</hi></head>
            <p>La perspicuidad debe ser un objetivo, y puede conseguirse respetando algunos
              preceptos conculcados por los seguidores de Góngora. Frente a quienes propugnan la
              oscuridad mediante Aristóteles y Petronio pretendiendo que su rechazo de la humildad
              de la dicción implica una defensa de la oscuridad, Quevedo muestra que las mismas
              autoridades defienden en realidad una claridad estilizada, elegante, que dista tanto
              de la oscuridad como de la humildad. Esta claridad se consigue en particular gracias a
              la <hi rend="i">evidentia</hi>, ejemplificada por Quevedo con ejemplos sacados de la
                <hi rend="i">Eneida</hi>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>Oscuridad. Vocablos peregrinos. Variedad de lenguas, traslaciones, extensiones.
              Abuso del hipérbaton.</head>
            <p>Al buscar un estilo elegante que evite la humildad, el poeta recurre a figuras y
              palabras forasteras; sin embargo el exceso puede llevar al enigma o al barbarismo, o
              sea a una acumulación de procedimientos que hacen que el lector no sepa qué es
              exactamente lo que designan las palabras empleadas. La afectación es tal que el
              lenguaje ya no es apto para comunicar y llega a ser ridículo por parecer torpemente
              hinchado. El resultado es que «una cláusula no se entiende con la otra». Quevedo
              dedica atención al hipérbaton y a una figura que consiste en «partir las voces en el
              principio de uno y en el fin del otro [verso]», mostrando que, si bien corresponden a
              una necesidad en la versificación antigua, no se justifican en las modernas.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>7. Otras cuestiones [Una defensa anacrónica de los discursos poéticos del
            XVI]</head>
          <p>Antonio Carreira recordó en varias ocasiones que uno de los motivos por los que
            probablemente Góngora y Quevedo no tuvieron trato es el hecho de que ambos eran muy
            diferentes como individuos y en sus intereses artísticos e intelectuales: el autor de
            las <hi rend="i">Soledades</hi> siempre centrado en su obra literaria, en la que volcó
            todos sus conocimientos de la literatura grecolatina y renacentista española e italiana;
            Quevedo, autor más versátil, expuso su opinión sobre temas filosóficos y religiosos,
            compuso textos historiográficos y nos legó una vasta producción narrativa en prosa
            además de un extenso <hi rend="i">corpus</hi> de composiciones en verso, unos 875 poemas
            según las ediciones de J. M. Blecua. Ello no implica, sin embargo, que estuvieran en las
            antípodas en sus prácticas estilísticas, surgidas de los cambios desarrollados en Italia
            y en España desde fines del siglo XVI. Góngora y Quevedo demostraron su evolución hacia
            la estética de la agudeza y arte de ingenio que cada uno desarrolló, sin duda, con
            rasgos personales, diferencias inevitables en los escritores de todo o cualquier período
            literario. Si el primero utilizó los métodos retóricos para desarrollar la presunta
            «oscuridad» de un texto poético, el autor de <hi rend="i">La hora de todos</hi> se
            esforzó por mostrar que lo que importaba era desarrollar la «dificultad» de su discurso.
            No hay que olvidar, sin embargo, que ambos habían recibido una educación semejante:
            construían conceptos y agudezas partiendo de los <hi rend="i">praedicamenta</hi>
            aristotélicos que recordó Gracián en su tratado de la <hi rend="i">Agudeza y arte de
              ingenio</hi>: sustancia, cantidad, cualidad, relación, circunstancias de tiempo, de
            lugar, situación o postura, posesión o condición, acción, pasión. Mercedes Blanco
            estudió en profundidad estos recursos así como los principios sobre los que se
            desarrolló este arte de ingenio en sus excelentes trabajos sobre este tratado de Gracián
            y sus precedentes italianos<note place="bottom">Véase Blanco 1992, y la serie de
              trabajos sobre temas relacionados, algunos de los cuales aparecen en la
              bibliografía.</note>. Más aún, el hecho de que la poesía de Góngora se hubiera
            difundido con anterioridad a su llegada a Valladolid y sin duda antes de la composición
            del <hi rend="i">Polifemo</hi> y de las <hi rend="i">Soledades</hi>, explica que Quevedo
            la hubiera leído e imitado en sus propias composiciones satíricas, de las letrillas y
            romances a los sonetos del mismo subgénero que ambos practicaron. Menos atención se ha
            prestado a la presencia de rasgos estilísticos en la poesía amorosa de Quevedo, tanto en
            la sección dedicada a varios sujetos femeninos como en <hi rend="i">Canta sola a
              Lisi</hi>, que son paralelos a los de Góngora, aunque nunca, por supuesto, idénticos.
            Si bien la temática del mini-cancionero quevediano es más tradicional que la que le
            interesó a Góngora, cuya adhesión al petrarquismo tuvo escasa duración mientras que la
            de Quevedo se perpetuó con alguna excepción en ambas colecciones, el lector se encuentra
            con recursos retóricos que son comunes. En otras palabras, Quevedo recrea el estilo
            gongorino en sus poemas graves y, por tanto, no deben tomarse al pie de la letra las
            declaraciones programáticas que emite para distinguirse tal vez de su eminente
            predecesor, ya que al analizar sus textos se descubre que ambos los construyen con
            técnicas conceptuales y verbales semejantes: acumulación de metáforas, dilogías o
            silepsis, equívocos, hipérbata, cultismos y alusiones mitológicas y literarias clásicas.
            De hecho, en el capítulo XXXIII de su <hi rend="i">Agudeza y arte de ingenio</hi>, «De
            los ingeniosos equívocos», Gracián cita como ejemplos varios textos de Góngora y de
            Quevedo, de quien dice: «Por muchos equívocos continuados, don Francisco de Quevedo, que
            fue el primero en este modo de composición, introduce a uno que va describiendo su
            infeliz vida […]», y continúa citando otra serie de versos que describe como
            «conglobación de equívocos exagerados, duplicando la sutileza». Evidentemente, Quevedo
            figura en el canon de escritores de España que hoy llamaríamos barrocos, lo que explica
            su inclusión en el tratado teórico de Baltasar Gracián.</p>
          <p>Sin duda, no hay que escatimar la mención de algunas divergencias. Quevedo se
            distinguió por su temprana adhesión a las ideas innovadoras de Justo Lipsio sobre el
            estilo lacónico después de la publicación de su tratado <hi rend="i">Epistolica
              institutio</hi> de 1591 y aprovechó su influencia. En lo que respecta a Góngora,
            carecemos de noticias al respecto pero no parece que se hubiera interesado por estas
            cuestiones. En todo caso, los discursos de la agudeza del XVII barroco estaban
            relacionados con la revaloración de los recursos del latín postclásico en la así llamada
            edad de plata de la literatura romana. Quevedo fue gran lector de autores como Propercio
            y Persio, Tácito y Séneca, a los que imitó en no pocas de sus obras, según el género que
            escogiera para expresarse. Sin embargo, a pesar de su amistad con Lope de Vega, no
            compartió su posición teórica con respecto al nuevo arte de ingenio. Ya lo había
            señalado Menéndez Pidal en uno de sus tan conocidos trabajos:</p>
          <quote>Quevedo combatió la oscuridad, satirizó despiadadamente a Góngora, al culterano
            umbrático y a su turbia inundación de jerigonzas. Él no quería ser oscuro sino
            ingenioso; no se propondrá de continuo la expresión encubierta como Góngora, aunque
            tampoco defenderá, como defendía Lope, la constante llaneza e inteligibilidad del
              lenguaje<note place="bottom">Véase Menéndez Pidal (1942) citado ya por Lázaro
              (1966).</note>.</quote>
          <p rend="noindent">La lectura de las páginas que Lope de Vega escribió al respecto,
            editadas ahora por Pedro Conde en esta colección del grupo Pólemos, completará nuestra
            visión de esta sección importante de la polémica gongorina<note place="bottom">Remitimos
              a los trabajos de Pedro Conde en el presente proyecto: las ediciones de las epístolas
              de <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope/">
                Lope de Vega en la <hi rend="i">Filomena</hi></ref> y de <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_colmenares-contra-lope/">Diego
                de Colmenares y Lope de Vega en <hi rend="i">La Circe</hi></ref></note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>8. Conclusión</head>
          <p>Quevedo había iniciado, como dijimos, su edición de la poesía de fray Luis de León con
            dos textos introductorios: una breve dedicatoria a Manuel Sarmiento de Mendoza, en cuya
            biblioteca encontrara el manuscrito que publica, y la epístola-dedicatoria dirigida al
            conde-duque de Olivares, con fecha del 21 de julio de 1629, en los que presenta el texto
            del agustino en detalle. Ya en el primero prodigaba alabanzas al privado: por un lado,
            el reconocimiento de la importancia de su cargo en el reino; por el otro, de su
            capacidad intelectual a la hora de reconocer el valor literario de la poesía de fray
            Luis. A Sarmiento de Mendoza le agradece que le hubiera facilitado el manuscrito y
            declara cuál será su función: convertirse en un contraveneno, en <hi rend="i"
              >antídoto</hi> de lo que estaba de moda imprimir, obras calificadas de <hi rend="i"
              >escándalos</hi>, compuestas por versificadores representantes de lo que dio en
            llamarse la nueva poesía, que todo lo confundían y lo adulteraban. Dos años después de
            la muerte de Góngora, pues, se reiteran los lexemas que Jáuregui acuñara en la primera
            fase de la polémica gongorina: <hi rend="i">antídoto</hi> y <hi rend="i"
            >escándalos</hi>, dos metáforas de larga trayectoria desde los años de 1615, cuando
            Quevedo cumplía funciones de secretario del duque de Osuna en Italia y se habría
            enterado de los detalles de la polémica a distancia. Ello no implica, sin embargo, que
            Quevedo reiterara el texto de Jáuregui, ya que su uso estaba generalizado.</p>
          <p>Las complejas relaciones entre Quevedo y Góngora parecen nacer en la primera década del
            siglo XVII, cuando la corte se instala en Valladolid y luego vuelve a Madrid. Quevedo,
            de regreso a Madrid, al tiempo que escribía la <hi rend="i">España
              defendida</hi>, se dedicó a traducir algunos textos de los clásicos griegos, entre
            ellos, la colección de poemas falsamente atribuidos a Anacreón y a filósofos morales:
              <hi rend="i">Epicteto y Focílides con consonantes.</hi> En una ocasión
            Góngora se burló de Quevedo-clasicista en un soneto satírico que Millé (LXII, p. 541)
            edita entre los atribuibles y fecha entre 1609 y 1617, y que Carreira incorpora a los
            «poemas de autenticidad probable» [Véase <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem442"
              >OC.442</ref>]. Su primer cuarteto reza:</p>
          <quote>
            <l>Anacreonte español, no hay quien os tope,</l>
            <l>que no diga, con mucha cortesía,</l>
            <l>que ya que vuestros pies son de elegía,</l>
            <l>que vuestras suavidades son de arrope.</l>
          </quote>
          <p>Góngora leería estas traducciones de Anacreón por Quevedo en uno de los seis
            manuscritos que las transmitieron y difundieron en aquellos años, y que según José
            Manuel Blecua habrían generado otros muchos. Como es sabido, la <hi xml:lang="en"
              rend="i">princeps</hi> del <hi rend="i">Anacreón castellano</hi>,
            concluido en 1609, sólo apareció publicada en el siglo XVIII en Madrid: de 1794 es la
            colección de obras de Quevedo producidas en la imprenta de Sancha. A falta de más datos
            para atribuir y fechar varios poemas satíricos, consideramos excesivo hablar de
            enemistad entre los dos. De regreso a Córdoba, Góngora inició otra etapa en su actividad
            literaria que culminaría con la redacción de sus grandes poemas. Estos comienzan a
            circular en 1613, es decir, en el año en el que Quevedo inicia su estadía en Sicilia y
            luego en Nápoles como «ministro sin cartera», por así decirlo, del virrey. Seguirá
            cumpliendo funciones administrativas entre 1616 y 1618 al menos, fecha en que regresa a
            Madrid. En años posteriores a la toma de posesión de Felipe IV y su privado, caerá en
            desgracia en la corte y se verá sujeto a órdenes de prisión y destierro hasta la muerte
            del duramente castigado duque de Osuna.</p>
          <p>No es aventurado suponer, por tanto que, durante la primera fase de la polémica
            gongorina, las preocupaciones políticas de Quevedo se hubieran impuesto sobre su
            vocación literaria y sus intereses teóricos en cuestiones de poética y retórica. El
            panorama cambia cuando se instala en Torre de Juan Abad y le es posible ya viajar a la
            corte en Madrid. Quevedo compuso una serie de textos literarios contra los «cultos» y la
            nueva poesía entre 1623 y 1633. Con todo, su intervención en esta fase final de la
            polémica gongorina debería verse fundamentalmente, como dijimos, en clave política.
            Pablo Jauralde recordaba, por un lado, que la desaparición de Góngora, su «gran enemigo
            poético», y la difusión de su obra que llevaron a cabo los comentaristas, convirtiéndole
            en un gran clásico, podría haberlo impulsado a editar la poesía de fray Luis y a
            componer textos satíricos como la <hi rend="i">Aguja de navegar cultos</hi> y<hi
              rend="i"> La culta latiniparla</hi> entre otros incorporados a sus sátiras en prosa,
            el <hi rend="i">Discurso de todos los diablos</hi> y <hi rend="i">La hora de todos.</hi>
            Por el otro, sin embargo, Jauralde señala que Quevedo volvía a tener visibilidad pública
            en un momento en el que la acumulación de desastres militares y económicos, como la
            devaluación de la moneda, llevó a quienes estaban cerca de Olivares a buscar una figura
            conocida por sus escritos mordaces para tranquilizar la opinión de la gente y responder
            a pasquines y otras críticas de la actuación del privado.</p>
          <p>Quevedo redactó esta extensa epístola-dedicatoria al conde-duque desde esta nueva,
            aunque finalmente inestable, posición en el contexto político de fines de la tercera
            década del XVII, entre 1628 y 1631. Ello explica, probablemente, los reiterados elogios
            que prodiga a Olivares hasta adularlo sin ambages a lo largo de esta dedicatoria, tanto
            por su capacidad personal y por sus presuntas ideas estéticas, más difíciles hoy de
            verificar, como por su comportamiento social y como <hi rend="i">pater familias</hi>. En
            cuanto a los argumentos que Quevedo manipula para montar su ataque a la nueva poesía,
            todos señalan su conocimiento de la poética y retórica clásicas así como de la
            literatura griega y romana, que frecuentó desde sus años de estudiante en Alcalá y en
            Valladolid y que continuó estudiando hasta el final de su vida, así como los principios
            sobre los que desarrolló sus agudezas y «arte de ingenio».</p>
          <p>En conclusión, creemos que conviene separar, pues, el interés y la calidad de su
            preparación de humanista, de los motivos por los que aceptó colaborar con el equipo de
            gobierno al mando de quien lo enviaría a prisión en 1639 y sobre el cual pudo decir, al
            enterarse de su muerte, en una de sus últimas cartas a don Francisco de Oviedo fechada
            en Villanueva de los Infantes, el 1 de agosto de 1645: «Bien memorable día debe ser el
            de la Magdalena, en que acabaron con la vida del conde de Olivares tantas amenazas y
            venganzas y odios que se prometían eternidad. Señor don Francisco, ¡secretos de Dios
            grandes son! Yo que estuve muerto día de San Marcos, viví para ver el fin de un hombre
            que decía había de ver el mío en cadenas». Quevedo fallecería el 9 de setiembre de 1645.
            Lamentablemente, en 1629, aún soñaba con integrarse en el grupo dirigente que
            dictaminaría qué política debía adoptar la monarquía española durante el reinado de
            Felipe IV.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. Establecimiento del texto</head>
          <p>Hemos establecido el texto, del cual no se conserva ningún manuscrito, a partir de dos
            ejemplares de la <hi rend="i">princeps</hi> de la obra. Publicada en Madrid en 1631,
            esta primera edición de la poesía de fray Luis de León se inicia con una serie de
            paratextos entre los cuales figura una extensa dedicatoria de Quevedo al conde duque de
            Olivares, fechada el 21 de julio de 1629 y así lo hemos explicado en este ensayo
            introductorio. Los ejemplares utilizados son el conservado en la <hi rend="i">Hispanic
              Society of America</hi> [en adelante, <hi rend="i">A</hi>] y el digitalizado por la<hi
              rend="i"> Biblioteca Nacional</hi> de España, signatura U/ 4479 [en adelante, <hi
              rend="i">M</hi>]. Hemos tenido en cuenta, por supuesto, las ediciones de E. L. Rivers
            y de A. Azaustre consignadas en la bibliografía. Hemos indicado, además, en nota las
            variantes tipográficas y las correcciones que nos parecían necesarias, así como los
            evidentes errores de los impresos que han sido enmendados.</p>
        </div>
        <div>
          <head>10. Bibliografía</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras hipotéticamente citadas o consultadas por el polemista<note
                place="bottom">Los datos aquí recogidos para la biblioteca de Quevedo retoman
                parcialmente los de Moya del Baño: 2014.</note></head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aldana</hi>, Francisco de:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">Obras (en dos partes)</hi>, Milán: Cosme de Figueroa, 1589.</bibl>
            <bibl>-, <hi rend="i">Obras</hi>, Madrid: Cosme de Figueroa, 1591.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Andreini da Pistoia</hi>, Francesco:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">Le Bravure del Capitano Spavento</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristófanes</hi>:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">Commoedia undecim, ex Graeco in Latinum ad verbum
                translatae.</hi> Basileae: apud haeredes Cratandri, 1542.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Poetica</hi>. Vincenzo Maggi en la edición de
              Venecia de 1550: <hi rend="i">Vincentii Madii Brixiani et Bartholomaei
                Lombardi Veronensis in Aristotelis Librum de Poetica communes explanationes: Madii
                vero in eundem librum propriae annotationes.</hi> Traducción latina de Pazzi, con
              notas de Maggi, Venecia: en la officina erasmiana de Vincentii Valgrisii, 1550 (BNM
              2/50523).</bibl>
            <bibl>-, <hi rend="i">Rhetoricorum libri tres.</hi> Hermolao Barbaro
              interprete. Lyon: apud Theobaldum Paganum, 1548.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Arriano</hi>, Flavio:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Arriani Nicomediensis, de Epictetii philosophi,
                praeceptoris sui dissertationibus Libri IIII</hi> […], Basileae: Ioannes Oporinus,
              1554.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ateneo</hi>:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">Deipnosophistarum sive Coenae sapientium libri
                XV.</hi> Lyon: apud Sebastianum Barptolomaei Honorati, 1556.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Boscán</hi> y <hi rend="sc">Garcilaso</hi>:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la
                Vega repartidas en cuatro libros</hi>, Barcelona: Carlos Amorós, 1543.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Castillo</hi>, Hernando del:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">Cancionero General</hi>, Valencia: Cristóbal
              Koffman, 1511.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Dadraeus</hi>, Ioannes:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">Loci communes similium et dissimilium, ex omni
                propemodum antiquitate, tam sacra quam prophana collectorum …</hi> Coloniae
              Agrippinae, 1609.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Demetrio Falereo</hi>:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">De elocutione</hi>. Traducción de Stanislaus Hovius,
              Basilea: per Ioannem Oporinum, 1557 (3-41770).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Erasmo de Rotterdam</hi>:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Parabolae sive Similia D. Erasmi Roterodami</hi>,
              Lugduni: Sebastianus Gryphius Germanus excudebat, M. D. XXVIII.</bibl>
            <bibl><hi rend="i">-, Apophtegmatum ex optimis utriusque linguae
                scriptoribus per Desiderium Erasmum Rotterdamensem collectorum libri octo</hi>,
              Lugduni: apud Seb. Griphium, 1555.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ercilla</hi>, Alonso de:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, La Araucana.</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Espinel</hi>, Vicente:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Diversas Rimas de Vicente Espinel Beneficiado de las
                iglesias de Ronda, con el Arte Poetica y algunas odas de Horacio, traducidas en
                verso castellano</hi>. Madrid: por Luis Sánchez, 1591.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Espinosa</hi>, Pedro:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Primera parte de las Flores de poetas ilustres de
                España</hi> […], Valladolid: Luis Sánchez, 1605.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Estacio</hi>:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">Sylvarum libri quinque […]</hi>, Venetiis: in
              aedibus Aldi, 1502. (BNM R/ 1804 y en la biblioteca de Princeton University, Ex 2926,
              se conservan en la edición que poseyó Quevedo fragmentos escritos en su letra).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Figueroa</hi>, Francisco de:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Obras</hi>, Lisboa: Pedro Craesbeeck, 1625.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Herrera</hi>, Fernando de:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Versos de Fernando de Herrera. Emendados y divididos
                por él en tres libros</hi>, Sevilla: por Gabriel Ramos Vejarano, 1619.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio</hi>:</p>
            <bibl><hi rend="i">-</hi>, en las <hi rend="i">Annotationes
                in Poeticam.</hi> Ed. Sánchez de las Brozas (F. Sanctius), Salmanticae: apud Ioannem
              et Andream Renaut fratres, 1591.</bibl>
            <bibl><hi rend="i">-, Opera</hi>, cum Animaduersionibus et Notis Danielis
              Heinsii, longe auctioribus. Idem librum <hi rend="i">De satyra</hi>
              praefixit, in quo tota autoris eruditio explicatur, Lugduni Batavorum: apud Ludovicum
              Elzevirium, 1612.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Licofrón</hi>:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Lycophronis Chalcidensis Alexandra</hi>, poema
              obscurum, Ioannes Meursius recensuit, et libro commentario illustravit. Accesit
              Iosephi Scaligeri Iuli Caes. f. versio, centum locis emendatior. Lugduni Batavorum: ex
              officina Ludovici Elzevirii, 1597.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lull</hi>, Antonio:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Antonii Lullii Balearis. De oratione libri septem,
                quibus non modo Hermogenes ipse totus, verum etiam quicquid fere a reliquis Graecis
                ac Latinis de arte dicendi traditum est, suis locis aptissime explicatur</hi>,
              Basileae: Ioannes Oporinus, 1558.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Marcial</hi>:</p>
            <bibl>-, M. Valerii Martialis, <hi rend="i">Epigrammatum libri XV</hi>,
              Laurentii Ramirez de Prado hispani, novis commentariis illustrati, cum indice omnium
              verborum Iosephi Langii… et aliis indicibus locupletissimis… Parisiis: apud Michaelem
              Sonnium, 1607.</bibl>
            <bibl>-, <hi rend="i">Epigramas. (Epigrammaton libri XV).</hi> Paris:
              Michaelem Sonnium, 1617.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Petronio</hi>:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Petronii Arbitri Satyricon, cum uberioribus,
                commentarii instar, notis, concinnius multo ac commodius quam ante dispositis</hi>,
              ex officina Plantiniana Raphelengii, 1604.</bibl>
            <bibl><hi rend="i">-</hi>, T. Petroni Arbitri E. R. <hi xml:lang="en"
                rend="i">Satiricon</hi>. Extrema editio ex Musaeo D. Iosephi Antoni Gonsali de
              Salas, Francofurti: a cura Wolfgangi Hofmanni, 1629.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Píndaro</hi>:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Pindari poetae vetustissimi lyricorum facile
                principis, Olympia, Pythia, Nemea, Isthmia, per Ioan. Lonicerum latinitate donata,
                adhibitis enarrationibus, e Graecis Scholiis…</hi> Basileae: apud Andream Cratandum,
              1535.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Plinio el Viejo</hi>:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">Historiae mundi libri XXXVII</hi>, Lyon: apud Bartholomaeum
              Honoratum, 1587.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Propercio</hi>:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">Catulli, Tibulli, Propertii nova editio.</hi> Ed. J.
              C. Escalígero (Iosephus Scaliger Iul.). Heidelberg: in bibliopolio Commeliniano,
              1600.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>:</p>
            <bibl>-, <hi rend="i">M. Fabii Quintiliani, Oratoris eloquentissimi,
                Institutionum Oratoriarum libri XII</hi> … additae sunt Petri Mosellani …
              Annotationes , … quibus et accessit doctissimus commentarius Antonii Pini …Parisiis:
              ex officina Michaelis Vascosani, 1538.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Rittershausen</hi>, Konrad:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Cunradi Rittershusii IC Liber Commentarius in
                Salvianum Massiliensem</hi>: Ad Universitates Atque Academias Germaniae, Editio
              secunda …., Noribergae: Typis &amp; sumptib. Halbmayerianis, anno M.DC.XXIII.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sánchez de las Brozas</hi>, Francisco:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, Francisci Sanctii Brocensis in inclita
                Salmanticensis Academia Rhetorices</hi> … <hi rend="i">Q. Horatis
                Flacci de Arte Poetica epistola ad Pisones Annotationes</hi>, Salmanticae: apud
              Ioannem et Andream Renaut fratres, 1591.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Virgilio</hi>:</p>
            <bibl><hi rend="i">-, P. Virgilius Maro et in eum Commentationes et
                Paralipomena Germani Valentis Guellii P. P. Eiusdem Vergilii Appendix, cum Josephi
                Scaligeri commentarius et castigationibus</hi>, Antuerpiae: ex officina Christophori
              Plantini, 1575.</bibl>
          </div>
          <div>
            <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
            <div>
              <head>10.2.1 Manuscritos</head>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Andreini da Pistoia</hi>, Francesco:</p>
              <bibl><hi rend="i">-, Le Bravure del Capitano Spauento; divise in molti
                  ragionamenti in forma di dialogo, di Francesco Andreini da Pistoia Comico
                  Geloso</hi>, Venecia: Appresso Giacomo Antonio Somasco, 1609 (BNM,
                R/10978).</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Antonio</hi>, Nicolás:</p>
              <bibl><hi rend="i">-, Bibliotheca hispana nova, sive hispanorum
                  scriptorum qui ab anno MD ad MDCLXXXIV floruere notitia auctore D. Nicolao
                  Antonio</hi> […], Matriti: apud Joachimum de Ibarra ..., 1783-1788.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristófanes</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Aristophanis comicorum principis Comoediae undecim, e Graeco in
                  Latinum ad verbum translatae, Andrea Divo Iustinopolitano interprete</hi>,
                Basileae: apud haeredes Cratandri, 1542.</bibl>
              <bibl>-, <hi rend="i">Aristophanis Comoediae undecim cum scholiis antiquis, quae
                  studio et opera nobilis viri Odoardi Biseti Carlaei sunt quamplurimis locis
                  accurate emendata et perpetuis novis scholiis ilustrata</hi>… Aureliae Allobrogum,
                sumptibus Caldorianae Societatis, 1607.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Aristotelis Stagiritae Omnia, quae extant, Opera</hi> …Venetiis,
                1560.</bibl>
              <bibl>-, <hi rend="i">Vincentii Madii Brixiani et Bartholomaei Lombardi Veronensis in
                  Aristotelis Librum de Poetica communes explanationes: Madii vero in eundem librum
                  propriae annotationes</hi>, Venetia, 1550.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Arriano</hi>, Flavio:</p>
              <bibl><hi rend="i">-, Arriani Nicomediensis, de Epictetii philosophi,
                  praeceptoris sui dissertationibus Libri IIII</hi> […], Basileae: Ioannes Oporinus,
                1554.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Catulo, Tibulo, Propercio</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">CATVLLUS et in eum commentarius M. Antoni Mureti; ab eodem
                  correcti, et scholiis illustrati, TIBVLLVS et PROPERTIVS</hi>, Lugduni: apud
                Gulielmum Rovillium, 1559.</bibl>
              <bibl>-, <hi rend="i">CATVLLI, TIBVLLI, PROPERTII nova editio. Iosephus Scaliger Iul.
                  Caesaris f. recensuit</hi>, Heidelbergae: in Bibliopolio Commeliniano,
                1600.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Dadraeus</hi>, Ioannes:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Loci communes similium et dissimilium, ex omni propemodum
                  antiquitate, tam sacra quam prophana collectorum</hi>… Coloniae Agrippinae,
                1609.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Demetrio Falereo</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Demetrii Phalerei De elocutione Liber, a Stanislao Hovio Polono
                  Latinitate donatus, &amp; Annotationibus illustratus</hi>, Basilea: per Ioanem
                Oporinum, 1557.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Erasmo de Rotterdam</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Parabolae sive Similia D. Erasmi Roterodami</hi>, Lugduni:
                Sebastianus Gryphius Germanus excudebat, M. D. XXVIII.</bibl>
              <bibl>-, <hi rend="i">Apophtegmatum ex optimis utriusque linguae scriptoribus per
                  Desiderium Erasmum Rotterdamensem collectorum libri octo</hi>, Lugduni: apud Seb.
                Griphium, 1555.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Escalígero</hi>, Julio César:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Poetices libri septem</hi>, Lyon, 1561.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Espinel</hi>, Vicente:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Diversas rimas de Vicente Espinel. Beneficiado de las iglesias
                  de Ronda, con el Arte Poetica y algunas odas de Horacio traducidas en verso
                  castellano</hi> … En Madrid: por Luis Sanchez, Año M. D. XCI.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Estacio</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Statii Sylvarum libri quinque. Thebaidos libri duodecim.
                  Achilleidos duo</hi>, Venetiis: in aedibus Aldi, 1502.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Herrera</hi>, Fernando de:</p>
              <bibl><hi rend="i">-, Versos de Fernando de Herrera. Emendados y
                  divididos por él en tres libros</hi>, Sevilla: por Gabriel Ramos Vejarano,
                1619.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Opera, cum Animaduersionibus et Notis Danielis Heinsii, longe
                  auctioribus. Idem librum De satyra praefixit, in quo tota autoris eruditio
                  explicatur</hi>, Lugduni Batavorum: apud Ludovicum Elzevirium, 1612.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Licofrón</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Lycophronis Chalcidensis Alexandra, poema obscurum, Ioannes
                  Meursius recensuit, et libro commentario illustravit. Accesit Iosephi Scaligeri
                  Iuli Caes. f. versio, centum locis emendatior</hi>. Lugduni Batavorum: ex officina
                Ludovici Elzevirii, 1597.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lull</hi>, Antonio:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Antonii Lullii Balearis. De oratione libri septem, quibus non
                  modo Hermogenes ipse totus, verum etiam quicquid fere a reliquis Graecis ac
                  Latinis de arte dicendi traditum est, suis locis aptissime explicatur</hi>,
                Basileae: Ioannes Oporinus, 1558.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Marcial</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">M. Valerii Martialis, Epigrammatum libri XV, Laurentii Ramirez
                  de Prado hispani, novis commentariis illustrati, cum indice omnium verborum
                  Iosephi Langii… et aliis indicibus locupletissimis…</hi>, Parisiis, apud Michaelem
                Sonnium, 1607.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Petronio</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Petronii Arbitri Satyricon, cum uberioribus commentarii instar,
                  notis, concinnius multo ac commodius quam ante dispositis</hi>, ex officina
                Plantiniana Raphelengii, 1604.</bibl>
              <bibl>-, <hi rend="i">T. Petroni Arbitri E. R. Satiricon. Extrema editio ex Musaeo D.
                  Iosephi Antoni Gonsali de Salas</hi>, Francofurti: a cura Wolfgangi Hofmanni,
                1629.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Píndaro</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Pindari poetae, vetustissimi lyricorum facile principis,
                  Olympia, Pythia, Nemea, Isthmia, per Ioan. Lonicerum latinitate donata, adhibitis
                  enarrationibus, e Graecis Scholiis…</hi>, Basileae: apud Andream Cratandum,
                1535.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">M. Fabii Quintiliani, Oratoris eloquentissimi, Institutionum
                  Oratoriarum libri XII … additae sunt Petri Mosellani… Annotationes, …quibus et
                  accessit doctissimus commentarius Antonii Pini…</hi>, Parisiis: ex officina
                Michaelis Vascosani, 1538.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Rittershausen</hi>, Konrad:</p>
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                  Massiliensem: Ad Universitates Atque Academias Germaniae, Editio secunda…</hi>,
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sánchez de las Brozas</hi>, Francisco:</p>
              <bibl>-, <hi rend="i">Francisci Sanctii Brocensis in inclita Salmanticensis Academia
                  Rhetorices … Q. Horatis Flacci de Arte Poetica epistola ad Pisones
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                  commentarius et castigationibus</hi>, Antuerpiae: ex officina Christophori
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      </div>
      <div>
        <index indexName="resp" n="Quevedo, Francisco de"/>
        <index indexName="date" n="1631"/>
        <head>Texto de la edición</head>
        <p rend="center"><pb n="7"/> A don Manuel Sarmiento de Mendoza, canónigo magistral de la
          Santa Iglesia de Sevilla<note place="bottom"> Manuel Sarmiento de Mendoza (1563-1650?),
            humanista y eclesiástico, doctor en teología, estudió en Salamanca, donde más tarde
            enseñó y fue rector de la universidad. Desde principios del siglo XVII obtuvo el cargo
            de canónigo magistral de la Santa Iglesia de Sevilla, ciudad donde residirá durante más
            de treinta años. Quevedo tuvo trato con él durante las dos semanas que pasó en la ciudad
            en 1624, invitado por Felipe IV y Olivares a formar parte de la comitiva que los
            acompañó a Andalucía. En la biblioteca de Sarmiento encontró el manuscrito de las obras
            de fray Luis que edita. Sarmiento y Quevedo compartieron un temprano interés por la
            edición de Tácito que Justo Lipsio publicó en 1588 y así lo expresa el primero en carta
            enviada a Lipsio en Lovaina con fecha de enero de 1600. En ella lo llamaba <hi
              rend="i">vir doctissimus</hi> y le enviaba saludos del Brocense: «<hi
              rend="i">Sanctius te salutat ex animo</hi>». Lipsio respondió con
            elogios equivalentes de Sarmiento y del Brocense, a quien llama «el Mercurio y el Apolo
            de España» (Ramírez 1966: cartas 70 y 72). Sarmiento fue discípulo y amigo del Brocense,
            a quien Quevedo citaría con admiración en el volumen en el que publicó su traducción de
            Epicteto siguiendo el ejemplo del maestro salmantino, autor asimismo de una versión en
            prosa del mismo manual que transmitió la doctrina de este filósofo estoico. El canónigo
            formó parte del grupo de sevillanos que mantuvo una relación de amistad con Quevedo, al
            cual pertenecieron Rodrigo Caro y Juan de Robles, entre otros (Jauralde 2004a: 480 y
            574-5). Quevedo hizo publicar su obra <hi rend="i">Milicia evangélica</hi>
            en Madrid en 1628, para la que escribió una elogiosa dedicatoria que apoyaba las ideas
            de Sarmiento contra el deseo de riquezas, de evidente contexto neoestoico, y le dedicó
            asimismo la tercera sección de su <hi rend="i">Virtud militante</hi>,
            publicada póstumamente en 1651, titulada <hi rend="i">Desprecio</hi>. Para
            la biografía de Sarmiento de Mendoza, importante figura en Sevilla, véanse Gil González
            Dávila, <hi rend="i">Teatro eclesiástico</hi> (1647) y Diego Núñez de
            Zúñiga, <hi rend="i">Anales eclesiásticos de Sevilla</hi>, citados por
            Fernández Guerra en su edición (Quevedo 1951, II, 155); Nicolás Antonio (1672) también
            citado por Cuevas 2003: 191, n.1.</note>.</p>
        <p/>
        <p rend="center">Don Francisco de Quevedo Villegas</p>
        <p/>
        <p>Si de la manera que vuestra merced ha sido pródigo en alentar los varones
          que en su tiempo han sido insignes en la virtud y las letras, cuidando con caridad
          desvelada de preservar sus memorias y alargar la vida a sus escritos<note place="bottom">
            Quevedo alude obviamente a la decisión de Sarmiento de llevar consigo los manuscritos de
            las poesías de fray Luis y de Francisco de la Torre, que el Brocense rescató en 1584
            cuando su primer proceso y habían quedado en su biblioteca particular. En 1600, tras el
            segundo proceso al que fue sometido Sánchez de las Brozas, la Inquisición intervino sus
            libros y papeles y exigió que se los trasladara al Tribunal del Santo Oficio en
            Valladolid. De visita a Salamanca en ese año 1600, a su regreso, Sarmiento de Mendoza se
            había ofrecido a llevarlos, pero es evidente que los sustrajo del resto de los papeles
            de Sánchez de las Brozas (véase la «Introducción» de Mª. Luisa Cerrón Puga a su edición
            de Francisco de la Torre 1993: 14-16): «[…] Sarmiento, el canónigo … fiel a sus
            amistades universitarias de juventud en Salamanca, continuaba al lado del Brocense en
            los amargos momentos de su segundo proceso […] en Sevilla, Sarmiento entregaría a
            Quevedo los dos manuscritos: el de Fray Luis y el de Francisco de la Torre con la
            segunda parte del Brocense, y éste iniciaría más adelante, ya en Madrid, los trámites
            para su impresión ilustrando la del segundo con la complicada historia del librero
            desdeñoso, de los nombres tachados y del poeta del siglo XV, presumiblemente con la
            intención de ocultar la grave responsabilidad de Sarmiento, quien habría hecho
            desaparecer el manuscrito camino del Tribunal del Santo Oficio vallisoletano […]». Con
            gran generosidad, insinúa Quevedo, se preocupó por salvarlos, aunque podría haber
            dedicado más tiempo a la tarea de dar a la imprenta lo que había investigado sobre
            textos bíblicos en sus <hi rend="i">vigilias</hi>, ‘sus estudios
            nocturnos,’ tan valiosos que merecían llamarse <hi rend="i">tesoros.</hi>
            Para las circunstancias, también mencionadas por Cuevas (2003: 191) y Rivers (1998: 22 y
            27), del encuentro en Sevilla entre Quevedo y Sarmiento de Mendoza, ver Jauralde (2004a:
            480 y 574-575). Estos datos se pueden comparar ahora con los que proporciona Carreira
            (2014: 475).</note>, hubiera desembarazado su modestia de escrúpulos encogidos, en que
          detiene grandes tesoros de sus vigilias en entrambos testamentos y en toda lección, con
          mejor fruto se hubiera gastado el papel estos años<note place="bottom"> Como comentábamos
            en la nota anterior, la frase implica que Sarmiento de Mendoza, canónigo en Sevilla, se
            abstuvo de trabajar sobre su propia obra que versaba sobre textos bíblicos, del Viejo y
            del Nuevo Testamento, para salvaguardar las de fray Luis y el Brocense. Quevedo tal vez
            insinúa que los temas a tratar por Sarmiento eran, o podían ser, considerados
            peligrosos. Según lo expresa Cerrón Puga, «siendo más joven, había tenido la posibilidad
            de capear el fuerte temporal postridentino… y de mantenerse así en un discreto segundo
            plano» (Torre 1993: 16). Cerrón Puga lo confirma citando cómo lo había caracterizado
            Pacheco en <hi rend="i">Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y
              memorables varones</hi> (Sevilla, 1599), p. 47: «No ignora los caminos del negociar
            por la experiencia que tiene, antes se juzga por más dichoso en la medianía, donde se
            halla quieto i seguro, i no teme deslizadero».</note>. Dejome vuestra merced <pb n="8"/>
          estas obras grandes en estas palabras doctas y estudiadas, para que sirviesen de antídoto
          en público a tanta inmensidad de escándalos que se imprimen, donde la ociosidad estudia
          desenvolturas, cuanto más sabrosas, de más peligro<note place="bottom">
            <hi rend="i">antídoto</hi>: «Este vocablo han introduzido en nuestra
            lengua los médicos […] y vale tanto como [...] la medicina que se da quando ay miedo de
            que puede sobrevenir una cosa que nos envenene […]» (<hi rend="i"
              >Cov.</hi>); «medicación o contraveneno» (<hi rend="i">Aut.</hi>). El
            lexema fue usado metafóricamente por quienes atacaron a Góngora y a los gongoristas para
            acusarlos de componer una poesía que turbaba el buen sentido poético y constituía la
            «cizaña de nuestra habla» (véase así Rivers 1998: 22 y Azaustre 2003b: 125). En este
            sentido, el estilo renacentista clásico de fray Luis funcionaría como ‘remedio’ contra
            la peste del estilo de los cultos, concepto que utilizó Juan de Jáuregui desde el título
            de su ataque en forma epistolar: <hi rend="i">Antídoto contra la
              pestilente poesía de las Soledades</hi>, de 1615; véanse asimismo la edición y los
            estudios de J. M. Rico (Jáuregui 2002 y Rico 2001). <hi rend="i"
              >Escándalo</hi>: concepto que aparece en textos de la polémica gongorina para
            describir metafóricamente el discurso poético del autor de las <hi xml:lang="en"
              rend="i">Soledades</hi> y de los cultos: ver más adelante en nuestro texto los
            sintagmas relacionados como «escritos o vanos o escandalosos». Jáuregui, en el <hi
              rend="i">Discurso poético</hi>, denuncia la incapacidad de esos poetas
            para elegir palabras que, «siendo gratas y cómodas a nuestro dialecto, ni escandalicen
            ni ofendan»; también considera que las figuras en ellos «escandalizan»
            (1624_discurso-poético); véase Rivers 1998: 22. Quevedo remite a la obra de los
            numerosos seguidores de Góngora con una hipérbole: <hi rend="i">inmensidad
              de escándalos que se imprimen</hi>; esa inmensidad, o sea el carácter masivo de la
            influencia de Góngora, se puede documentar en otros textos polémicos: «[…] a muchos ha
            llevado la novedad a este género de poesía […]», Lope de Vega, <hi xml:lang="en"
              rend="i">Respuesta de Lope de Vega Carpio</hi> (1621_censura-lope). Salcedo Coronel
            también remite a esos numerosos seguidores: «No digo yo que es buena la oscuridad, ni la
            he seguido en mis escritos, pero en D. L. es venerable por haber ilustrado nuestro
            idioma con frasis, con tropos y figuras no usadas antes de los castellanos poetas, hoy
            imitadas de tantos, bien que de pocos con felicidad» (Reyes Cano 2010: 638); la rápida
            aceptación de la nueva poesía se puede asimismo ilustrar con Jáuregui: «[…] ha sido en
            breve admitida de muchos […]» (1624_discurso-poético). Ver también la graciosa
            comparación con el sacristán de Paulenca ante sus feligreses en F. Cascales, <hi
              rend="i">Cartas filológicas</hi>, I, 8 (Cascales 1961:140-141). Sobre
            otras denuncias de Quevedo a «las aberraciones» que componen los jóvenes poetas
            gongorinos, véase Tobar Quintanar 2013: 193-194.</note>. Yo obedecí a su orden de
          vuestra merced y a mi deseo, dedicándolas al Conde-Duque, en cuya grandeza deben tener
          amparo, y en cuyo talento con eminencia pueden hallar cabal la estimación de su precio.
          Así me desempeño con el autor y con vuestra merced, a quien dé Dios larga vida con buena
          salud.</p>
        <p/>
        <p rend="center"><pb n="15"/> Al Excelentísimo Señor Conde-Duque,</p>
        <p rend="center">Gran Canciller, mi señor<note place="bottom"> Don Gaspar de Guzmán,
            Conde-Duque de Olivares (1587-1645), fue ministro o privado de Felipe IV de 1621 a 1643.
            Quevedo, caído en desgracia después de la muerte de Felipe III y de la prisión y muerte
            del duque de Osuna, volvió a ser «persona grata» en la corte entre 1624 aproximadamente
            y principios de la década de los treinta. Esta dedicatoria al Conde-Duque, redactada en
            esos momentos, constituye otro testimonio de su defensa del privado, a quien alaba como
            político y lector competente de la poesía del agustino.</note></p>
        <p/>
        <p>Por sí hablan, excelentísimo señor, las obras del reverendísimo fray Luis de León con
          mejor pluma y lengua que lo podrá hacer algún apasionado suyo. Son en nuestro idioma el
          singular ornamento y el mejor blasón de la habla castellana<note place="bottom"> Quevedo
            da a las obras en verso de fray Luis un valor que excede el ámbito poético, elevándolas
            al nivel de un modelo lingüístico. La alabanza del estilo de fray Luis, «de quien ama la
            propiedad y la luz», ya anticipa su postura teórica, clasicista, que vertebra el ataque
            a los cultos, quienes «afectan esta noche en sus obras». A diferencia de otros textos de
            la polémica que versan sobre la poética gongorina para vituperarla o ensalzarla, el
            prólogo de Quevedo usa la alabanza a un autor para, <hi rend="i">a
              contrario</hi>, atacar a otro y a sus émulos. Construye así un tipo de discurso que la
            retórica clásica llamaba <hi rend="i">demostrativo</hi>; el<hi
              rend="i"> deliberativo</hi> persuadía o disuadía mientras que el <hi
              rend="i">judicial</hi> presentaba la acusación y su defensa, y así los
            define Quintiliano en el libro III de su<hi rend="i"> Institutio
              oratoriae</hi>.</note>, con inclinación tan severa a los estudios varoniles<note
            place="bottom">
            <hi rend="i">estudios varoniles</hi>: «valerosos, fuertes, esforzados»
              (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note> que, aun en el desenfado de las
          vigilias positivas y escolásticas<note type="app" rend="I"> escolásticas <hi xml:lang="en"
              rend="i">em</hi>.: escolastiticas<hi rend="i"> A y M</hi>.</note> –de
          esto le sirvieron los consonantes–<note place="bottom">
            <hi rend="i">en el desenfado</hi>: «en el desahogo o descanso» (<hi
              rend="i">Aut</hi>.);<hi rend="i"> de las vigilias</hi>:
            «la tarea de estudiar, especialmente durante la noche» (<hi rend="i"
              >Aut</hi>.). Los estudios de fray Luis se centrarían obviamente en cuestiones
            teológicas. Aquí están representadas figuradamente con los adjetivos <hi xml:lang="en"
              rend="i">positivas y escolásticas</hi>, que modifican a <hi rend="i"
              >vigilias</hi>; la teología se dividía en <hi rend="i">teología
              positiva</hi> (o <hi rend="i">expositiva</hi>): «lo que explica y aclara
            aquello que contiene alguna duda o dificultad» y <hi rend="i">teología
              escolástica</hi>: «la que se enseña en escuelas, disputando y arguyendo y
            subtilizando» (véase, s.v. <hi rend="i">escolástico</hi>, en <hi
              rend="i">Aut.</hi> y <hi rend="i">Cov.</hi>). Fray Luis
            compuso sus versos, designados por metonimia con <hi rend="i"
              >consonantes</hi>, en sus momentos de descanso. Azaustre 2003b: 127 cita así a fray
            Luis mismo en su dedicatoria a don Pedro Portocarrero: «Entre las ocupaciones de mis
            estudios en mi mocedad y casi en mi niñez, se me cayeron de entre las manos estas
            obrecillas, a las cuales me apliqué más por inclinación de mi estrella que por juicio o
            voluntad».</note>, nos dio <pb n="16"/>fácil y docta la filosofía de las virtudes, y
          dispuso tan apacibles a la memoria los tesoros de la verdad, que con logro del
          entendimiento ocupa su recordación que, faltos de este decoro<note place="bottom">
            <hi rend="i">nos dio fácil y docta la filosofía de las virtudes</hi>: es
            decir, comprensible por la claridad de su estilo y al mismo tiempo sabia por ser <hi
              rend="i">docta</hi>; según nos indica P. Conde, “según Quevedo ahí, eso
            lo hizo fray Luis (también) en sus poesías, cual nuevo Horacio que transmitía una
            valiosa ética en versos sublimes”; estos eran los principios que regían las doctrinas
            aristotélica y horaciana. Con ello, los <hi rend="i">tesoros</hi>, por ser
            tan valiosos, de la verdad, así entendidos, estarán siempre presentes en la mente del
            lector. Por el contrario, la falta de adecuación entre lo que se dice, aludiendo a la
              <hi rend="i">inventio</hi> y, con <hi rend="i">dispuso</hi>, a la <hi rend="i"
              >dispositio</hi>, así como a la dicción, el estilo del lenguaje literario con que se
            dice, constituye una transgresión de un principio básico de la poética de Aristóteles,
            de la de Horacio y de las normas de la retórica, donde el <hi rend="i"
              >decoro</hi> significaba: ‘Adecuación del lenguaje de una obra literaria al género, al
            tema y a la condición de quien(es) habla(n)’ (<hi rend="i">DRAE</hi>), es
            decir, que se trata de la adecuación entre forma, estilo y contenido; véase un texto de
            fray Luis mismo que citaba ya Azaustre, la dedicatoria al libro III de <hi xml:lang="en"
              rend="i">De los nombres de Cristo</hi>, que lo confirma: «A lo qual se responde que
            una cosa es la forma del dezir y otra la lengua en que lo que se escrive se dize» (véase
              <hi rend="i">De los nombres de Cristo</hi>, en León: 2004, para una
            interpretación de estos conceptos).</note>, embarazan escritos o vanos o
            escandalosos<note place="bottom">
            <hi rend="i">escritos o vanos o escandalosos</hi>: con esta frase Quevedo
            ya hace explícito al lector uno de los reproches siempre reiterados en los textos
            escritos contra los autores cultos: la vanidad de un contenido juzgado inexistente,
            ausente o <hi rend="i">escandaloso</hi> (véase <hi rend="i"
              >escándalos, supra</hi>). Entendemos que para Quevedo, la ausencia de decoro en la
            poesía de los gongorinos compromete la percepción de los «tesoros de la verdad»; véase
            la interpretación de Rivers (1997: 270) y Smith (1987: 48).</note>.</p>
        <p>En la parte primera, que es toda de intentos que eligió la madurez de su seso<note
            place="bottom"><hi rend="i"> intentos</hi>: «[…] ánimo o designio
            deliberado» (<hi rend="i">Aut</hi>.); <hi rend="i"
            >seso</hi>: «juicio, prudencia, discreción» (<hi rend="i">Aut</hi>.);
            “intento” se usaba a veces como sinónimo del latín “propositio”, o sea tema y objeto del
            discurso, que es el sentido que tiene aquí. <hi rend="i">Parte
              primera</hi>: se refiere a la estructura de la edición de Quevedo; el corpus editado
            se abre con los versos propios que compuso fray Luis: «Son tres partes las deste libro.
            En la una van las cosas que yo compuse mías. En las dos postreras, las que traduje de
            otras lenguas, de autores así profanos como sagrados. Lo profano va en la segunda parte,
            y lo sagrado, que son algunos salmos y capítulos de <hi rend="i">Job</hi>,
            van en la tercera» (León 2001: 78). Esas obras propias que figuran «en la parte primera»
            corresponderían según dice aquí Quevedo a los años de madurez del poeta. Quevedo integra
            en su edición la dedicatoria de fray Luis a Portocarrero, en la cual el agustino hacía
            remontarse sus «obrecillas» a su mocedad e incluso a su niñez. Sin embargo, conviene
            tener en cuenta los comentarios de Cuevas: «es patente que ninguno de los poemas
            conocidos remonta a fechas tan tempranas, pero también lo es que […] el futuro escritor
            hubo de redactar en plena juventud composiciones ‘propias’» (León 2001: 16). Sobre la
            problemática interpretación de esta dedicatoria a Portocarrero, ver también la opinión
            de Macrí (1970: 146-150 y 374). Los datos recogidos por Macrí y Cuevas para las
            introducciones de cada uno de los poemas ilustran las dificultades para datar la poesía
            propia de fray Luis. Macrí propuso distinguir tres grupos de poemas según fuesen
            anteriores, contemporáneos o posteriores a la cárcel (Macrí 1970: 47). Al primer grupo
            atribuye Macrí 8 de los 23 poemas que en la actualidad constituyen el corpus; el editado
            por Quevedo es de mayor extensión (León 2001: 42; ver también p. 21, donde escribe C.
            Cuevas acerca de la poesía propia: «[…] refiriéndonos a la edición de Quevedo, se han
            introducido los poemas “No viéramos el rostro al Padre Eterno”, “Del mundo y su
            vanidad”, “Del conocimiento de sí mismo”, “Epitafio al túmulo del príncipe D. Carlos” y
            “Canción a la muerte del mismo” […], cuya inautenticidad es indudable. Por
            inadvertencia, se ha repetido además, en versión con variantes, la “Canción al
            nacimiento de la hija del Marqués de Alcañices” […], ya recogida sin título […]»). Dadas
            las diferentes propuestas de datación recogidas en estas introducciones de Macrí y
            Cuevas llegamos a la conclusión de que para solo 3 (I, VII y XX) de los 23 poemas la
            crítica llegó a avanzar una fecha concreta anterior a 1568. La gran mayoría de los 23
            poemas considerados hoy como obra de fray Luis fueron escritos por el agustino pasados
            sus cuarenta años de edad. Por tanto, Quevedo no se equivoca al afirmar que las obras
            propias en su mayor parte fueron redactadas en «la madurez de su seso».</note>, la
          dicción es grande, propia y hermosa, con facilidad de tal casta que ni se desautoriza con
          lo vulgar ni se hace peregrina con lo impropio<note place="bottom"> El elogio del estilo
            de fray Luis cifra ya la posición del autor de este prólogo frente a la nueva poesía de
            los cultos. Quevedo sigue a Aristóteles al considerar que la <hi rend="i"
              >dicción</hi>, la<hi rend="i"> elocutio</hi> del agustino, es excelente,
            ya que es <hi rend="i">grande</hi>, y por tanto apropiada para los temas
            elevados que trata; <hi rend="i">propia</hi>, porque respeta el principio
            del decoro; <hi rend="i">hermosa</hi>, porque se atiene a los ornamentos
            que le corresponden; dotada de ese justo grado de<hi rend="i">
              facilidad</hi> que conviene a su materia, y que se mantiene tan alejada de lo afectado
            y extraordinario como de la bajeza. Por tanto, ni es <hi rend="i"
              >vulgar</hi> ni <hi rend="i">peregrina</hi>, exigencias de la poética
            clásica a la que se adhiere: ni es común o humilde ni «obscura o rara» (<hi
              rend="i">Aut</hi>.), véase Smith (1987: 48).</note>. Todo su estilo con
          majestad estudiada es decente a lo magnífico de la sentencia, que ni ambiciosa se descubre
          fuera del cuerpo de la oración<note place="bottom">
            <hi rend="i">Ni ambiciosa se descubre fuera del cuerpo de la oración</hi>:
            se anticipa, en traducción, uno de los preceptos que se leen en el texto de Petronio que
            aparecerá más adelante: «<hi rend="i">praeterea curandum est, ne
              sententiae emineant extra corpus orationis expressae, sed intexto vestibus colore
              niteant</hi>» (‘Por otra parte, se debe tratar que los pensamientos o sentencias no
            sobresalgan fuera del cuerpo de la oración: deben brillar con un resplandor entretejido
            en el material del texto.’) <hi rend="i">Todo su estilo</hi>: nueva
            referencia al respeto de fray Luis por las exigencias del decoro;<hi xml:lang="en"
              rend="i"> sentencia</hi>: «dicho grave y sucinto que encierra doctrina o moralidad
            digna de notarse» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Si un autor expone un
            pensamiento serio o profundo, debe respetar las normas poéticas que exigen que su estilo
            esté al mismo nivel, que sea asimismo majestuoso.<hi rend="i">
            Cuerpo</hi>: «la parte esencial de una obra escrita» (<hi rend="i"
              >Aut</hi>.);<hi rend="i"> oración</hi>: «en la Gramática, la expresión
            que con una o muchas palabras como partes suyas hace sentido perfecto» (<hi
              rend="i">Aut</hi>.). Fray Luis mismo insiste en esta necesaria
            adecuación o conformidad en el marco de su defensa de la legitimidad del castellano
            frente al latín en <hi rend="i">De los nombres de Cristo</hi>; ver <hi
              rend="i">infra</hi>, nota siguiente.</note>, ni tenebrosa se esconde
          –mejor diré que se pierde– en la confusión afectada de figuras y en la inundación de
          palabras forasteras<note place="bottom">
            <hi rend="i">tenebrosa</hi>: «Se aplica también al estilo para denotar su
            obscuridad y confusión» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Para el sintagma<hi
              rend="i"> confusión afectada de figuras</hi>, véanse <hi xml:lang="en"
              rend="i">afectación</hi>, «[…] cuidado demasiado y vicioso que se tiene en las obras,
            palabras o adornos […]» (<hi rend="i">Aut</hi>.), y la crítica constante
            de Quevedo en sus obras satíricas, como en sus décimas «Búrlase de todo estilo afectado»
            (Quevedo 1999: poema 672); el estilo afectado incluía la proliferación de figuras
            retóricas, abusando así del <hi rend="i">ornatus</hi>, y de lexemas
            procedentes de otras lenguas, latín o italiano, es decir, <hi rend="i"
              >voces forasteras.</hi> Compárese con lo que decía fray Luis en <hi xml:lang="en"
              rend="i">De los nombres de Cristo</hi> en el marco de su ya mencionada defensa del
            castellano frente al latín: «En la forma del dezir, la razón pide que las palabras y las
            cosas que se dizen por ellas sean conformes, y que lo humilde se diga con llaneza, y lo
            grande con estilo más levantado, y lo grave con palabras y con figuras quales convienen;
            mas en lo que toca a la lengua no ay differencia, ni son unas lenguas para dezir unas
            cosas, sino en todas ay lugar para todas» (León 1997: 495). Estas ideas, fieles a los
            preceptos clásicos, serán argumentos reiterados desde las primeras críticas al estilo de
            Góngora basadas en el modelo epistolar, los «pareceres», que ha estudiado detalladamente
            José Manuel Rico en su edición del <hi rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui
            (véase p. XLII-XLVIII). Basándose en las cartas en prosa de autores como Plinio el
            Joven, entre otros, Jáuregui dictaminó cómo debía ser el estilo según el género
            literario escogido y cómo Góngora se había desviado de estos principios; vuelve sobre
            estos tópicos en su <hi rend="i">Discurso poético</hi> de 1624, ya no como
            un ataque directo a las <hi rend="i">Soledades</hi> sino como resumen de
            las teorías que considera fundamentales. Góngora había enviado las primeras versiones
            del <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> al humanista Pedro de Valencia y a Francisco Fernández de Córdoba,
            abad de Rute; el primero, sin atacar fuertemente a Góngora sino expresando juicios en
            parte laudatorios sobre su poesía, le recomienda, sin embargo, cautela en el uso de «[…]
            vocablos peregrinos italianos y otros del todo latinos […] Estos conviene moderar y usar
            pocas veces» (<hi rend="i">Carta</hi> de Pedro de Valencia, Versión II, en
            Pérez López 1988: 76). En la primera versión de la carta (p. 62), advertía que «[…] lo
            intricado y trastrocado y estrañado es supositicio y ajeno, imitado con mala afectación
            de los italianos y de ingenios a lo moderno», precisando al margen que «a este defecto
            llaman los artífices <hi rend="i">cacozelia</hi> […]» (Cartas fechadas en
            1613). Pedro de Valencia también indicaba que Demetrio «[…] dize también que los que
            procuran ornato y gracia caen en la cacozelia, <hi rend="i">prava
              affectatio</hi>, y pone por ejemplos deste vicio que dijo uno del Centauro ‘que venía
            en sí mismo caballero’ […]» (p. 65). El editor de las cartas, basándose en Lausberg,
            precisa que «la <hi rend="i">cacocelía</hi>, en la teoría retórica, era un
            defecto por exceso contra la virtud del <hi rend="i">ornatus</hi>» (p. 62,
            n. 13). Años más tarde, aun Gracián en <hi rend="i">El héroe</hi>, primor
            XVII, «Toda prenda sin afectación», dice: «Es la afectación el lastre de la grandeza.
            Consiste en una alabanza de sí muda, y el alabarse uno es el más cierto vituperarse.»
            (Gracián 2001: 35 y n. 95). Y ya Castiglione, en la traducción de Boscán, invitaba a
            «[…] huir cuanto sea posible el vicio que de los latinos es llamado <hi xml:lang="en"
              rend="i">afetación</hi>; nosotros, aunque en esto no tenemos vocablo proprio, podremos
            llamarle <hi rend="i">curiosidad</hi> o <hi rend="i"
              >demasiada diligencia</hi> y <hi rend="i">codicia de parecer mejor que
              todos</hi>. Esta tacha es aquella que suele ser odiosa a todo el mundo; de la cual nos
            hemos de guardar con todas nuestras fuerzas, usando en toda cosa un cierto desprecio o
            descuido, con el cual se encubra el arte y se muestre que todo lo que se hace y se dice,
            se viene hecho de suyo sin fatiga y casi sin habello pensado» (Castiglione 1994: 144 y
            notas con referencia a Quintiliano y Cicerón). La afectación de los oscuros radica en
            que precisamente lo que podría ser <hi rend="i">virtus</hi> del estilo
            llega a ser excesivo y se convierte en vicio que manifiesta lo que Castiglione llama
            «codicia de parecer mejor que todos» y Gracián «alabanza de sí muda» que «lastra» la
            grandeza del estilo. Ese «procurar ornato» al que se refería Pedro de Valencia partiendo
            de Demócrito nace pues de orgullo o vanidad, con lo cual podemos interpretar en clave
            ética los reproches que descansan en consideraciones estilísticas. Ver también Jáuregui,
              <hi rend="i">Discurso poético</hi>: «Significa la voz <hi xml:lang="en"
              rend="i">cacocelía</hi> un mal celo y vituperable por demasiado; una afectación y
            vehemencia por adelantar nuestras fuerzas, y pasar a imposibles, perdiéndonos en la
            pretensión». Sobre el sentido del lexema <hi rend="i">cacocelía</hi> en la
            obra de Jáuregui, traducción del griego κακοζηλία, ver la introducción en la ed. de M.
            Blanco 4.1, el primer capítulo del texto de Jáuregui y las notas de la editora que
            llevan los números 168, 169, 187, 246 y 348.</note>. La locución esclarecida hace
          tratables los retiramientos de las ideas<note place="bottom">La claridad expresiva
            facilita la comprensión de las ideas más <hi rend="i">retiradas</hi>, o
            sea complejas y difíciles de entender, apartadas de la inmediata intelección.</note> y
          da luz a lo escondido y ciego de los conceptos<note place="bottom">
            <hi rend="i">locución esclarecida</hi>: es la que <hi xml:lang="en"
              rend="i">da luz</hi> a un texto y permite entenderlo mejor; lo opuesto, pues, al
            estilo que Quevedo critica mediante juegos antitéticos con los adjetivos y participios
              <hi rend="i">tenebrosa, escondido</hi> y <hi rend="i"
              >ciego</hi> frente a <hi rend="i">esclarecida</hi>. Sobre el concepto de
              <hi rend="i">obscuritas</hi> en las retóricas y poéticas clásicas y
            renacentistas, de Aristóteles y Horacio al <hi rend="i">De oratore</hi> de
            Cicerón y a la <hi rend="i">Institutio oratoriae</hi> de Quintiliano,
            defensor del «estilo ático», así como a los tratados de J. C. Scaligero, <hi
              rend="i">Poetices libri septem</hi> (1561) y Antonio Minturno, <hi
              rend="i">De poeta</hi> (1559) y <hi rend="i">L’arte
              poetica</hi> (1559), a quien sigue Cascales, por ejemplo, al formular su crítica, y
            además, para el Pinciano y Carvallo, ver Roses (1994: 66-80). Lausberg (1966-1969)
            enumera las fuentes antiguas y renacentistas de estos preceptos. Para un estudio
            detallado de las ideas de Antonio Minturno y Torquato Tasso, véase Weinberg (1961:
            1-37). </note>. Esto mandaron con imperio los que escribieron artes<pb n="17"/> de
          poesía, y escribieron de esta suerte los que tienen el imperio de los poemas<note
            place="bottom"> (<hi rend="i">mandaron</hi>)<hi rend="i">
              con imperio</hi>: «con autoridad» (<hi rend="i">Aut</hi>.); (<hi
              rend="i">los que tienen</hi>)<hi rend="i"> el imperio de
              los poemas</hi>: «el dominio total de lo que escriben», «los grandes poetas clásicos»;
            véase Rivers 1998: 38, n. 12.</note>. Y en todas lenguas aquellos solos merecieron
          aclamación universal que dieron luz a lo oscuro y facilidad a lo dificultoso; que
          oscurecer lo claro es borrar, y no escribir; y quien habla lo que otros no entienden,
          primero confiesa que no entiende lo que habla<note place="bottom"> Ya las poéticas y
            retóricas grecolatinas habían desarrollado como reiterado <hi rend="i"
              >topos</hi> el ataque a la oscuridad; y por ello se la describe en la sección dedicada
            a la <hi rend="i">elocutio</hi>, donde se lee que podía considerarse un
            vicio porque se oponía a la necesaria <hi rend="i">perspicuitas</hi> del
            discurso, tanto en las <hi rend="i">res</hi> como en los <hi xml:lang="en"
              rend="i">verba</hi>, o, por el contrario, que podía ser una licencia; la claridad, en
            cambio, era virtud imprescindible del estilo; recuérdese, por ejemplo, <hi xml:lang="en"
              rend="i">Poética</hi>, 1458a14-32: «La excelencia de la elocución consiste en que sea
            clara sin ser baja. […] Es noble en cambio y alejada de lo vulgar la que usa voces
            peregrinas; y entiendo por peregrina la palabra extraña, la metáfora… y todo lo que se
            aparta de lo usual. Pero si lo compone todo de este modo, habrá enigma o barbarismo; si
            a base de metáforas, enigma; si de palabras extrañas, barbarismo» (Aristóteles 1974:
            208-209). Los preceptistas o poetas conservadores, como Cascales y Quevedo, insisten en
            ello: «La oscuridad se debe huir cielo y tierra; que los términos intrincados quitan la
            luz al entendimiento. ¿Y cómo me puede agradar a mí la cosa que no entiendo?» (F.
            Cascales, <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, VIII, «Sobre la obscuridad
            del «Polifemo» y «Soledades» de Don Luis de Góngora», en Cascales 1961: 137-163).
            Quevedo aplicaba este juicio a Góngora reiterando otra idea clásica de frecuente
            aparición: si la dificultad reside en los conceptos mismos, es aceptable, pero no lo es
            cuando el escritor recurre a un estilo oscuro para simular que son importantes. Jáuregui
            distinguía claridad frente a perspicuidad; véase el cap. VI: «La oscuridad y sus
            distinciones» y, en la ed. de M. Blanco, las notas 364-372: «[…] a la poesía ilustre no
            pertenece tanto la claridad como la perspicuidad» y oscuridad frente a dificultad: «Hay
            pues en los autores dos suertes de oscuridad diversísimas. La una consiste en las
            palabras, esto es, en el orden y modo de la locución, y en el estilo del lenguaje solo.
            La otra, en las sentencias, esto es, en la materia y argumento mismo, y en los conceptos
            y pensamientos de él. Esta segunda oscuridad, o bien la llamemos dificultad, es las más
            veces loable […]»); ver Matas (1990: 252-63), con referencias a Herrera y a Carrillo y
            Sotomayor. En sus anotaciones manuscritas a la <hi rend="i">Retórica</hi>
            de Aristóteles, libro que guardaba en su biblioteca privada, Quevedo acusaba a Góngora
            de actuar como Empédocles, porque engañaba a los oyentes vistiendo con oscuro estilo sus
            pobres ideas: véase López Grigera 1998: 164, nota de Quevedo en [74] (314: «Ambigüedad.
            Empédocles. / Hase de huir la ambigüedad, si no se hace a propósito; porque afectada, es
            mala, porque hay algunos que, no teniendo qué decir, para disimular la pobreza del
            caudal, traen a cosas de incierto entendimiento, para que parezca que dicen algo. Vicio
            familiar a los poetas y de que Empédocles usó únicamente, porque con grandes rodeos
            divierte [la] intención y engaña los oyentes. En esto le imitaron en España,
            profesándolo don Luis de Góngora y Hortensio [Paravicino]». Para la postura de Cascales
            sobre la <hi rend="i">obscuritas</hi>, viciosa o virtuosa, véase Schwartz
            (2014).</note>. <persName type="authority" key="Plinio" precision="4" unit="quote" quantity="2">Plinio</persName><title>, Naturalis Historia</title>,
          cap. 22, lib. 11: <quote><hi rend="i">Irridenda facundia quae rem non explicat, sed
              inuoluit</hi></quote> (Hase de menospreciar la facundia que antes envuelve la
          sentencia que la declara)<note place="bottom">
            <hi rend="i">Irridenda facundia quae rem non explicat, sed inuoluit</hi>:
            En ediciones anteriores de estos así llamados ahora <hi rend="i"
              >Preliminares</hi> se había mantenido la falsa atribución de esta frase a «Séneca
            epístola 22, lib. 2», pero tanto el presunto autor como la obra en la que habría
            aparecido fueron erróneamente indicados por un copista o por el impresor de Quevedo,
            dato imposible lamentablemente de precisar porque no se ha hallado el manuscrito que se
            llevó a editar. En efecto, la cita no procede de una epístola de Séneca; por ello,
            nuestra búsqueda minuciosa en el <hi rend="i">Thesaurus linguae
              latinae</hi> no dio resultado, aunque revisamos todas las obras indicadas en las que
            aparecía el lexema <hi rend="i">facundia.</hi> Hemos logrado, por nuestra
            parte, identificar la cita basándonos en el estudio de Francisca Moya del Baño, <hi
              rend="i">Quevedo y sus ediciones de textos clásicos. Las citas
              grecolatinas</hi> […], Universidad de Murcia, 2014. Agradecemos a Sagrario López Poza
            que nos haya informado de su publicación. Moya relata cuál fue el proceso que siguió
            para hallar esta «cita muy curiosa» (p. 58-63) que no provenía, por cierto, de Séneca
            como ya lo habíamos comprobado. Por ello, debe corregirse el dato bibliográfico; dice:
            Séneca, Ep. 22, lib. 2; debe decir: Plinio, <hi rend="i">Naturalis Historia</hi>, cap.
            22, lib. 11 (once). La cita no deriva directamente de una edición de Plinio sino
            probablemente de alguna poliantea cuya identificación no deja de ser problemática. Moya
            sugiere, por un lado, una obra de Erasmo titulada: <hi rend="i">Parabolae
              sive Similia D. Erasmi Roterodami</hi> […]. Hemos consultado la edición de 1528:
            Sebastianus Gryphius Germanus excudebat. Lugduni Anno M.D.XXVIII; se lee la cita en la
            p. 141, en una sección titulada: «Ex Arist. Plin. Theoph.». Por el otro lado, Moya
            señala los <hi rend="i">Loci communes similium et dissimilium</hi> de
            Johannes Dadraeus (1583), donde aparece incluida en el apartado <hi xml:lang="en"
              rend="i">Eloquentia</hi>, e identificada como procedente de la <hi xml:lang="en"
              rend="i">Naturalis Historia</hi> de Plinio, cap. 22 del lib. 11, §. 76. Ahora bien,
            basta leer el capítulo mencionado de la <hi rend="i">Historia natural</hi>
            para hallar que Plinio no se refería al discurso literario sino a unos «vestidos de seda
            transparente» que se habían puesto de moda, criticando que dejaran «al descubierto el
            cuerpo», cuando se había inventado la ropa precisamente para ocultarlo. Tejían esta seda
            unos insectos provenientes de Asiria: «<hi rend="i">Quartum inter haec
              genus est bombycum, in Assyria proueniens, maius cum supra dicta</hi>». (Plinio el
            Viejo 1947: lib. XI, XXV (22), p. 51). Ahora bien, para la idea de relacionar los
            lexemas <hi rend="i">vestidos</hi> con <hi rend="i"
              >discursos de la nueva poesía</hi> mediante un concepto basado en antítesis u
            oposición, Quevedo podría haberse inspirado en el mencionado ejemplo de <hi
              rend="i">dissimilia</hi> de Erasmo o en los <hi rend="i"
              >Loci communes</hi> de Dadraeus, libro en el que se la incluye en la sección titulada
              <hi rend="i">Eloquentia</hi> y se identifica su fuente en la <hi
              rend="i">Naturalis Historia</hi>, cap. 22, del libro 11, §. 76. Si se
            habían inventado los vestidos para ocultar la desnudez, confeccionarlos con telas
            transparentes era negar o contradecir su función esencial; por tanto, había también que
            reírse de la <hi rend="i">facundia</hi> con la que se negaba la función
            esencial de todo discurso: <hi rend="i">Ita ridenda facundia quae rem non
              explicat, sed involvit, cum in hoc repertus sit homini.</hi> Moya cita así el pasaje
            de las <hi rend="i">Parabolae sive Similia</hi> de Erasmo:<hi
              rend="i"> «Damnatur bombicina vestis seu multitium, quod pellucens non
              tegat corpus, cum in hunc usum sit reperta vestis: Ita ridenda facundia, quae rem non
              explicat sed involvit, cum in hoc repertus sit homini sermo»</hi> (Moya del Baño 2014:
            59). Quevedo debe haber apreciado esta irónica relación. Véase la nota <ref xml:id="ref1"
              target="ref2">supra</ref>.</note>.</p>
        <p>Y si los que afectan esta noche en sus obras quieren alabanza por decir tiene dificultad
          el escribir nudos ciegos<note place="bottom"><p>
              <hi rend="i">nudo ciego</hi>: «el que no deja abertura u ojo por donde
              se pueda deshacer» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Quevedo reitera la metáfora
              lexicalizada en <hi rend="i">La culta latiniparla. Catecisma de vocablos
                para instruir a las mujeres cultas y hembrilatinas</hi> (Quevedo 2003a: 105): «al
              nudo ciego llamará ‘nudo rezante’», concepto construido por hipálage sobre un sintagma
                <hi rend="i">ciego que reza</hi>, con referencia a una costumbre de la
              época por la cual los ciegos rezaban por los prisioneros que iban a ser ajusticiados y
              sus oraciones eran difíciles de entender; ya señalado en Azaustre 2003b: 129, n. 14, y
              por el mismo estudioso en Quevedo 2003a: 105, n. 70.</p></note> y no ser inteligibles,
          <persName type="authority" key="san Jerónimo" precision="4"  unit="quote" quantity="2">san Jerónimo</persName>
          <title>ad Nepotianum</title> los desnuda de esta presunción cuando dice: <quote><hi
              rend="i">Nihil tam facile quam vilem plebeculam et indoctam contionem linguae
              volubilitate decipere, quae quidquid non intelligit plus miratur.</hi></quote> (No hay
          cosa tan fácil <pb n="18"/> como engañar la indocta plática y la vil plebe con la
          tarabilla de la lengua; porque la gente baja y ignorante más admira lo que menos
            entiende)<note place="bottom"> Se refiere a las instrucciones que daba san Jerónimo al
            presbítero Nepociano acerca de la predicación; véase san Jerónimo, epístola 52, 8, en la
              <hi rend="i">Patrología</hi> de J. P. Migne, <hi rend="i"
              >PL</hi>, XXII, 534; pasaje identificado por López Poza (1992: 199). El consejo de
            este Padre de la Iglesia era lugar común en la época; lo refiere Jáuregui en su<hi
              rend="i"> Discurso poético</hi> (1624), dato ya mencionado por Smith
            (1987: 50). Jáuregui tradujo estas frases: «‘No hay cosa tan fácil (decía Nacianceno)
            como engañar al vulgo y a los oyentes idiotas con la vana revolución de la lengua;
            porque esta gente, de aquello que menos entiende, hace mayor admiración’. «<hi
              rend="i">Nihil tam facile quam vilem plebeculam et indoctam contionem
              linguae volubilitate decipere, quae quicquid non intelligit, plus miratur</hi>»»;
            citamos por la edición de M. Blanco, quien precisa en nota (capítulo V, n. 350): «La
            frase, que debió de ser muy conocida, es atribuida por san Jerónimo a su maestro san
            Gregorio Nacianceno». Quevedo, a diferencia de Jáuregui, escoge la frase «engañar […]
            con la <hi rend="i">tarabilla de la lengua</hi>»; v.<hi xml:lang="en"
              rend="i"> taravilla</hi> ‘la persona que habla mucho y rápidamente, sin orden ni
            concierto’ (<hi rend="i">Aut</hi>.). La alusión al mismo pasaje de san
            Jerónimo figuraba ya en el <hi rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui: «No
            hablo de aquellos que cuanto menos entienden lo que leen tanto más lo estiman y pasan
            adelante con su lectura muy sin pesadumbre» (Azaustre 2003b: 130, n. 15). Conviene
            recordar en este punto la «Carta de don Luis de Góngora en respuesta de la que le
            escribieron», fechada en setiembre de 1613 o 1614, de atribución aceptada ya en la
            edición de Millé, en la que el poeta, en cambio, desarrolla su defensa de la oscuridad
            (Góngora 1961: 896): «Eso mismo hallará V. m. en mis <hi rend="i"
              >Soledades</hi>, si tiene capacidad para quitar la corteza y descubrir lo misterioso
            que encubren». Continúa luego la defensa de sus <hi rend="i"
              >Soledades</hi> recordando otro argumento también derivado de las poéticas clásicas:
            «Demás que honra me ha causado hacerme oscuro a los ignorantes, que esa es la distinción
            de los hombres doctos, hablar de manera que a ellos les parezca griego; pues no se han
            de dar las piedras preciosas a animales de cerda».</note>.</p>
        <p>Dispuesto este discurso con tal autoridad, propondré el texto del escándalo, que en la
          <title>Poética</title> de <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="4" unit="quote" quantity="1">Aristóteles</persName> dice así: <quote><hi
              rend="i">λέξεως δὲ ἀρετή</hi>;</quote> basta, porque haga más fe, empezar el texto de
          que es tal la versión<note place="bottom"> Para la opinión de Jáuregui en su <hi
              rend="i">Discurso Poético</hi>, consúltese la nota 366 en la edición de
            Mercedes Blanco: «Es la frase de la <hi rend="i">Poética</hi> de
            Aristóteles a que apelan Díaz de Rivas y otros defensores de Góngora y que llama Quevedo
            el “texto del escándalo”». A partir de esta sección es evidente que Quevedo se erige en
            autoridad simbólica para demostrar que fray Luis ejemplifica el ideal de simplicidad
            aristocrática de la norma literaria renacentista. Escoge un procedimiento tradicional de
            la preceptiva de la época. Tras citar las primeras tres palabras en griego con las que
            se abre el texto central de la <hi rend="i">Poética</hi>, Quevedo continúa
            con la versión en latín de Pazzi, que luego traduce al español. A continuación,
            construye un ensamblaje de citas de poéticas y retóricas clásicas – Horacio, Demetrio y
            Quintiliano– de textos de poetas romanos –Marcial, Estacio, Propercio– y renacentistas
            –Erasmo, Andreini da Pistoia y A. Llull. Sobre la traducción de Pazzi, compárese con la
            versión latina del texto de Aristóteles de Antonio Riccoboni (1584) que reproduce y
            traduce Valentín García Yebra en su edición (Aristóteles 1974: 208-209): «22. <hi
              rend="i">La excelencia de la elocución.</hi> La excelencia de la
            elocución consiste en que sea clara sin ser baja; por ejemplo, la poesía de Cleofonte y
            la de Esténelo. Es noble en cambio, y alejada de lo vulgar, la que usa voces peregrinas;
            y entiendo por voz peregrina la palabra extraña, la metáfora, el alargamiento y todo lo
            que se aparta de lo usual» (<hi rend="i">De poetica</hi>, 1458a14-32). La
            traducción latina de Alessandro de’ Pazzi se publicó en Venecia en 1536, y fue comentada
            más tarde por Vincenzo Maggi en la edición de Venecia de 1550: <hi xml:lang="en"
              rend="i">Vincentii Madii / Brixiani / et / Bartholomaei Lombardi / Veronensis / in /
              Aristotelis / Librum de Poetica / communes explanationes:/ Madii vero in eundem librum
              / propriae annotationes</hi>; lo indicó ya Rivers (1998: 38), siguiendo a Weinberg
            (1961: 371-388).</note>: <quote><hi rend="i">Dictionis autem virtus et perspicua sit,
              non tamen humilis; quae igitur ex propriis nominibus constabit maxime perspicua erit;
              humilis tamen, exemplum sit Cleophontis Stheneli</hi><note type="app" rend="I">
              Stheneli <hi rend="i">em.</hi>: scheneli <hi rend="i">A</hi> y<hi rend="i">
              M</hi></note><hi rend="i">; quae poesis illa veneranda, et omne plebeium excludens,
              quae peregrinis utetur vocabulis: peregrinum voco varietatem linguarum, translationem,
              extensionem, tum quodcunque a proprio alienum est.</hi></quote> (La virtud de la
          dicción ha de ser perspicua, no humilde: la que constare de nombres propios será
          perspicua; sea ejemplo de la humilde la poesía de Cleofonte y de Esténelo<note
            place="bottom">
            <hi rend="i">Cleofonte</hi>: poeta trágico de Atenas, del que la <hi
              rend="i">Suda</hi> cita una serie de obras, entre ellas, <hi
              rend="i">Acteón, Aquiles, Bacantes, Persis, Tiestes. Esténelo</hi>:
            también poeta trágico, contemporáneo de Aristófanes, quien en la comedia <hi
              rend="i">Avispas</hi> se burló de su pobreza. De Cleofonte y de Esténelo
            decía Aristóteles que su estilo era claro pero «bajo».</note>. Aquella es venerable y
          excluye todo lo que es <pb n="19"/> plebeyo, que usa de vocablos peregrinos; peregrino
          llamo la variedad de lenguas, translación, extensión, y todo lo que es ajeno de lo
            propio)<note place="bottom"> Quienes defendieron el estilo de Góngora se basaron en
            pasajes específicos de las poéticas aristotélica u horaciana que podían leerse como
            favorables a las innovaciones del autor de las <hi rend="i"
            >Soledades</hi>: por ejemplo, la noción de que el buen poeta debía abstenerse de usar
            voces vulgares para elegir en cambio metáforas, voces <hi rend="i"
              >peregrinas</hi>, que García Yebra tradujo con el sintagma <hi rend="i"
              >la palabra extraña. Translación</hi>: «metáfora»; <hi rend="i"
              >extensión</hi>: «alargamiento, ampliación de vocablos» (<hi rend="i"
              >Aut</hi>.). Luis Carrillo y Sotomayor recurre, en efecto, a la cita de Aristóteles,
            en una versión distinta de la de Quevedo, para justificar que un poeta huya de un estilo
            demasiado claro en su <hi rend="i">Libro de la erudición poética</hi>
            (Reyes Cano 2010: 415). El poeta, afirmaba, debía distinguirse por la erudición y la
            elaboración estilística: «Efetos son del buen hablar dificultar algo las cosas» (Reyes
            Cano 2010: 411), y no por la claridad: «La claridad, ¿quién no la apeteció? ¿O quién tan
            enemigo del parecer humano que osase preferir la noche al día, las tinieblas a la luz?
            Ésa se debe a los buenos versos, deuda suya es conocida; mas ha de ser tal como la que
            los padres de esta ciencia han deseado, como los que tan ilustre nombre merecieron.
            ¿Cuánto más derecho camino será olvide el ignorante su ignorancia, que el poeta que lo
            fuere, aquella suerte de hablar que ha ocupado oídos tan discretos, en que se han
            esmerado tan diestras manos? No es bueno le ofenda la escuridad del poeta, siendo su
            saber o su entendimiento el escuro. ¿Qué milagro si, envuelto en la noche de su
            ignorancia misma, le parezcan tales las obras de los que leyere?» (Reyes Cano 2010:
            413).</note>.</p>
        <p>Este lugar del Filósofo<note place="bottom">
            <hi rend="i">Aristóteles.</hi></note>, a los que descansaron en este punto la lección
          –temiendo por larga jornada la de su desengaño, estando en otro renglón inmediato– ha dado
          ocasión de errar, no modo de escribir. Son hombres que despiden el estudio en llegando a
          la cláusula que desean<note place="bottom">Quevedo inicia su ataque a los «cultos» en este
            párrafo; el lexema culto, siguió usándose en su sentido positivo de alabanza o encomio
            en el XVII, según nos indica Mercedes Blanco, remitiendo al conocido artículo de Béhar,
            publicado en el dossier de e-Spania / 2014. Quevedo acusa precisamente a esos cultos de
            un uso oportunista de aquellos pasajes de la Poética que podían aplicarse a las
            innovaciones de Góngora. Afirma que la táctica interpretativa de un buen humanista exige
            continuar analizando las secciones siguientes de este texto clásico, porque en ellas el
            Estagirita establecía los límites de su propuesta inicial. <hi rend="i"
              >Descansaron la lección</hi>: «dejaron de leer», por miedo de toparse con pasajes que
            invalidaran el sentido de las primeras frases del capítulo dedicado a la <hi
              rend="i">elocutio.</hi> Con ironía, Quevedo señala que, de haber leído
            el siguiente renglón, ya se hubieran <hi rend="i">desengañado</hi>. Los
            reproches a los cultos abarcan, pues, no sólo el rechazo del estilo que preconizan sino
            que se extienden a su rectitud moral. Quevedo no solo refuta sus opciones estéticas sino
            el <hi rend="i">ethos</hi> de quienes se adhieren a estos principios a
            partir de una lectura capciosa del tratado aristotélico; véase Smith 1987: 48 y, a la
            inversa, sobre un proceder comparable del propio Quevedo con las citas, p. 51.</note>.
          Aclaman estos renglones por texto expreso, en disculpa de los barbarismos y solecismos que
          escriben, de que resulta la enigma<note place="bottom">
            <hi rend="i">barbarismos</hi>: «Figura viciosa que consiste en el uso de
            alguna dicción pronunciada o escrita contra las reglas y leyes del puro lenguaje en que
            se habla y se comete añadiendo, quitando, anteponiendo o posponiendo alguna o más
              letras» (<hi rend="i">Aut</hi>.); véase en la edición de García Yebra,
            la n. 317: «Aristóteles usa la palabra en el sentido griego de ‘extranjerismo’»; <hi
              rend="i">solecismo</hi>: «Defecto en la estructura de la oración,
            respecto a la concordancia y composición de sus partes» (<hi rend="i"
              >Aut</hi>.). <hi rend="i">Enigma</hi>: «Sentencia obscura o propuesta y
            pregunta intrincada, difícil y artificiosa, inventada al arbitrio del que la discurre y
            propone» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Pero Aristóteles sólo consideraba
            aceptable el uso de metáforas y otros tropos si el poeta actuaba con mesura. Componer un
            texto acumulando todos estos recursos redundaría en hacerlo incomprensible. Los tratados
            romanos de retórica clásica insistirán en defender estos principios; así Quintiliano en
            su <hi rend="i">Institutio oratoriae</hi> define <hi xml:lang="en"
              rend="i">qua</hi> vicios, <hi rend="i">vitia</hi>, los barbarismos y
            solecismos en su lib. I, V, 5 y I, V, 6: «<hi rend="i">Prima barbarismi ac
              soloecismi foeditas absit.</hi> […]<hi rend="i"> Interim vitium quod sit
              in singulis verbis sit barbarismus</hi>»; lib. I, V, §34: «<hi rend="i"
              >Cetera vitia omnia ex pluribus vocibus sunt, quorum est soloecismus»</hi>
            (Quintiliano 1985: 80 y 94). Para su presencia en la <hi rend="i"
              >Elocuencia española en arte</hi> (1604) del profesor de retórica B. Jiménez Patón,
            amigo de Quevedo, véase Azaustre (2003b: 133, n. 25). Así mismo se expresó Francisco
            Cascales en sus <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>: «Tantos tropos
            causan alegorías, tantas alegorías engendran enigmas, y los enigmas no son cosa para la
            poesía ni son cosas que merecen respuesta» (I, 10, en Cascales 1961:187).</note>. Pocos
          pasos que dieran los ojos en el libro, leyeran el desengaño en estas palabras
          consecutivas: <quote><hi rend="i">Verum si quis haec omnia simul congerat, vel aenigma
              efficiet, vel barbarismum. Aenigma quidem si translationes, barbarismum quidem si
              linguas</hi></quote> (Empero si alguno rebuja<note place="bottom">
            <hi rend="i">rebuja</hi>: «arrebuja», véase <hi rend="i"
              >Aut.</hi>, «envolver una cosa con otra confusamente». Quevedo especifica el
            significado que tienen ambos recursos en la teoría retórica clásica.</note> todas estas
          cosas juntas, o hará enigma o barbarismo: enigma, si amontona translaciones; barbarismo<pb
            n="20"/>, si lenguas)<note type="app" rend="I"> barbarismo, si lenguas <hi xml:lang="en"
              rend="i">em</hi>: barbarismos, y lenguas <hi rend="i">A y M</hi>.
            Aceptamos la enmienda de Azaustre.</note>.</p>
        <p>Aquel <hi rend="i">vel</hi> que la versión puso, <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="4" unit="quote" quantity="1"
            >Aristóteles</persName> en el texto lo usurpa por <hi rend="i">et</hi>, <quote><hi rend="i"
              >ἠ αἴυιγμα</hi><note type="app" rend="I"> Variante: αἴνιγμα.</note><hi rend="i"> ἠ
              βαρβαρισμός</hi></quote>, y débese entender así<note place="bottom">
            <hi rend="i">ἠ…ἠ</hi>: en griego se usaba para establecer una disyunción; Maggi la
            tradujo al latín con <hi rend="i">vel…vel</hi>. Quevedo añadió un
            comentario incluido en las anotaciones de Maggi, que tradujo a su vez literalmente y así
            lo indica su selección del verbo <hi rend="i">usurpar</hi>: «<hi
              rend="i">Sciendum est Aristotelem vocem</hi> vel <hi xml:lang="en"
              rend="i">pro</hi> et <hi rend="i">accepisse</hi>…Vel<hi xml:lang="en"
              rend="i"> autem pro</hi> et<hi rend="i"> usurpari supra demonstratum
              est</hi>», véase Rivers 1998: 41, n. 18.</note>. Poco duró el alborozo a los
          mezcladores de lenguas y translaciones<note place="bottom"> Los «cultos» eran quienes
            practicaban estas transgresiones de las reglas retóricas mezclándolas ilícitamente; por
            ello, se alegraban al leer la primera frase del capítulo para decepcionarse con las
            siguientes restricciones que imponía Aristóteles. Quevedo los había ya acusado de
            incapaces: <hi rend="i">son hombres que despiden el estudio en llegando a
              la cláusula que desean.</hi></note>; y porque no se dude qué es enigma en estos
          estilos, el propio <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="4" unit="quote" quantity="1">Aristóteles</persName> prosiguiendo lo dice:
              <quote><hi rend="i">Aenigmatis forma ea erit oratio scilicet quae ex minime
              congruentibus ex se constet</hi></quote> (Aquella será la forma del enigma que
          constare de cosas menos congruentes entre<note type="app" rend="I"> entre <hi
              rend="i">em.</hi>: entrr <hi rend="i">A y M</hi></note>
          sí). <quote><hi rend="i">Hoc itaque per nominum compositionem minime effici potest; per
              translationem vero potest, ut «vidi igne, atque aere virum viro inhaerentem
            unum»</hi></quote> (Y esto por la composición de los nombres no se puede hacer; puede
          hacerse por la translación de esta manera: «Vi, con fuego y metal, varón a varón encima
            uno»)<note place="bottom"> Quevedo continúa citando el texto de la <hi xml:lang="en"
              rend="i">Poética</hi> frase por frase y traduce a continuación; <hi xml:lang="en"
              rend="i">translación</hi>: «metáfora». Para prescribir que el dar nombre a lo que no
            lo posee con metáforas traídas de lejos no es aceptable, Aristóteles da el ejemplo
            siguiente: «Vi a un hombre que, con fuego, bronce sobre un hombre soldaba». El mismo
            enigma aparece citado en el <hi rend="i">Libro de la erudición
              poética</hi> (Reyes Cano 2010: 412) de Luis Carrillo y Sotomayor.</note>. Quiso decir
          el escritor enigmático: <hi rend="i">Vidi virum super viro cucurbitulam aeneam
            interuentu</hi><note type="app" rend="I"> interuentu <hi rend="i"
            >em.</hi>: inreruentu <hi rend="i">A y M</hi></note><hi rend="i"> ignis
            applicantem</hi>: fue translación <hi rend="i">fuego</hi> por <hi rend="i">llama</hi>, y
          segunda translación <hi rend="i">metal</hi> por <hi rend="i">cucurbita</hi><pb n="21"/>, y
          tercera <hi rend="i">aglutinare</hi>, que es metáfora según la proporción<note
            place="bottom">
            <hi rend="i">Cucurbita</hi>: en latín, «calabaza», y fig. en la medicina,
            «vaso de vidrio que se aplicaba al cuerpo», «ventosa»; <hi rend="i"
              >aeneus,-a,-um</hi>: adj. «de metal». A continuación Quevedo añade un comentario
            preciso sobre el sentido de la frase. Se trata de la aplicación de una ventosa, vaso o
            campana en cuyo interior se enrarece el aire calentándolo en el momento de aplicarla a
            una parte del cuerpo para producir una revulsión. En la antigüedad solían ser de bronce.
            La metáfora productora del enigma está en el uso del verbo κολλάω «soldar».</note>. No
          me malquistaré con aplicar esto, ni decir de qué estilo sea apodo: desde el texto del
            Filósofo<note place="bottom">
            <hi rend="i">Aristóteles.</hi></note> es fiscal la cláusula de muchos escritos<note
            place="bottom">
            <hi rend="i">Malquistar</hi>: «hacerse insufrible, molesto o malvisto a
            los otros» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Nueva crítica irónica al estilo culto
            por ser enigmático; Aristóteles, fiscal, ya lo había condenado en la antigüedad. Quevedo
            declara irónicamente que no quiere enfadar a nadie diciendo precisamente a qué autores o
            estilos conviene la descripción aristotélica del enigma. Baste saber que desde tiempos
            de Aristóteles ha habido muchos escritos a los que se aplica perfectamente dicha
            definición.</note>.</p>
        <p>Hablar con vuestra excelencia en verificar este descamino de la pluma es la autoridad
          mayor, ya se ve; más docta, ya se sabe, pues siempre ha escrito tan fácil nuestra lengua y
          tan sin reprensión<note place="bottom">Quevedo añade un elogio entusiasta del estilo de
            Olivares, paralelo a su celebración del de fray Luis. En ambos casos se reiteran
            alabanzas a lo «fácil» de la dicción: véanse <hi rend="i">supra</hi>, fray
            Luis «[…] nos dio fácil y docta la filosofía de las virtudes […]» y la frase «[…] con
            facilidad de tal casta que ni se desautoriza con lo vulgar ni se hace peregrina con lo
            impropio». Se adhiere así a la opinión de Quintiliano sobre la técnica que debe poseer
            un orador, a quien le conviene celebrar las cualidades de su auditorio para
            conciliárselo pero siempre en convergencia con la alabanza del objeto elogiado en el
            discurso; véase<hi rend="i"> Institutio</hi>, III, 7, §23-24 y
            Aristóteles, <hi rend="i">Retórica</hi>, I, 9, 1367b. No parece casual que
            Quevedo haya atribuido a Olivares la cualidad que había exaltado en el discurso de fray
            Luis; puede interpretarse como una manera de asignar implícitamente al valido una
            postura afín a la suya en el contexto de la polémica gongorina. Rivers afirma que en
            este texto Quevedo se refiere a Olivares como «[…]<hi rend="i"> a master
              of good taste</hi>» (Rivers 1997: 273).</note> como se ha leído en la instrucción que
          vuestra excelencia dio al duque de Medina de las Torres, su hijo: tratado que juntamente
          le mostró buen padre y buen maestro; discurso que atesorarán las edades por venir<note
            place="bottom"> Ramiro de Guzmán, Marqués de Toral y duque de Medina de las Torres, era
            yerno del conde-duque. Rivers examina la carta de instrucción que Olivares, «vuestro
            padre y amigo», le dirigió «el 9 de octubre de 1624, víspera de la firma de los
            contratos matrimoniales» (Rivers 1998: 17-18 y 65-75). Una copia manuscrita se halla en
            la <hi rend="i">Bancroft Library</hi> de la <hi rend="i"
              >University of California at Berkeley</hi> (Rivers 1998: 18; véase ya Elliott 1986:
            167, n. 153). Rivers incluye una transcripción de esta carta en su Apéndice I de esta
            edición y comenta las recomendaciones que el valido había dado a quien, a los doce años,
            sería esposo de su única hija, María, duquesa de Medina de las Torres. A la muerte de
            esta, en 1626, ya viudo, «heredó el título ducal». Fue además nombrado Grande de España
            y virrey de Nápoles de 1637 a 1643 (Rivers 1998: 65). Entre los consejos morales que
            desarrollaba Olivares en su carta, derivados de la tradición clásica de exhortación a
            las virtudes que se leen en la obra de Isócrates, <hi rend="i"
              >Paraenesis</hi>, que Rivers menciona, destacan, por ejemplo, el respeto debido a
            Dios, al rey y a la justicia; cómo servir al rey; cómo portarse con los demás en la
            cámara, pareciendo ser compañero de todos y evitando «[…] chismes y cuentos […]», cómo
            aprender de los más experimentados y procurar apartarse de quienes eran culpables de
            «[…] vicio o faltas públicas […]». También le invita a no servir los intereses
            particulares de quienes acudan a pedirle y le insta a preocuparse por los soldados «[…]
            porque sin duda no tiene esta monarquía otro remedio para su conservación sino que se
            vea en ella muy valida la milicia […]» para que los enemigos se atemorizaran ante el
            valor y eficacia de los soldados españoles. Estos tópicos proyectados a la conducta de
            la nobleza son los que Quevedo mismo desarrollaría en su <hi rend="i"
              >Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos,
              escrita a don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares en su valimiento</hi>. Compuesto en
            torno a 1625, el poema constituye otro documento de la campaña iniciada por Quevedo para
            congraciarse con el nuevo régimen de Felipe IV en años posteriores a la caída del duque
            de Osuna, virrey de Sicilia y de Nápoles, de quien Quevedo había sido secretario o
            ministro sin cartera entre 1613 y 1619. Debe incluirse en este grupo, por tanto, la
            redacción de su tratado<hi rend="i"> Política de Dios, Gobierno de
              Cristo</hi>, también dedicado al valido y aun otras obras, entre ellas, la comedia <hi
              rend="i">Cómo ha de ser el privado.</hi> El contenido de esta carta de
            Olivares, fechada en 1624, que Quevedo menciona, se había difundido en la corte y
            coincide con las recomendaciones similares de Quevedo, que resume en los tercetos
            finales del poema: «Y si os dio el ascendiente generoso / escudos de armas y blasones
            llenos, / [..] mejores sean por vos los que eran buenos / Guzmanes […] / Lograd, señor,
            edad tan venturosa, / y cuando nuestras fuerzas examina / persecución unida y belicosa,
            / la militar valiente disciplina / tenga más platicantes que la plaza / […] Mandadlo
            ansí, que aseguraros puedo / que habéis de restaurar más que Pelayo, / pues valdrá por
            ejércitos el miedo / y os verá el cielo administrar su rayo» (vv. 184-205, en Quevedo
            1998b: 82-83). Sobre estas bodas y la carta, véase Elliott (1986: 166-168).</note>, y
          que obedecerán en ellas los que en grandes lugares quisieren asegurar el acierto y hacer
          bienquista la virtud eminente en la buena fortuna. Escribió vuestra excelencia otra carta,
          que imprimió el duque de Carpiñano, donde con las dudas enseña y con las preguntas
          reprende los halagos que desecha, y pidiendo vuestra excelencia <pb n="22"/>
          advertimientos para la tolerancia de lo molesto en las audiencias, enseñó al autor lo que
          debió escribir y lo que pudo excusar, sin afectación ni dificultades, enseñando juntamente
          a escribir y a obrar<note place="bottom"><hi rend="i">Sin afectación ni
              dificultades</hi>: refiere al estilo de Olivares, del que estaría ausente toda
            oscuridad e inútil dificultad. En estas líneas Quevedo procura evidentemente, hacer de
            Olivares un abanderado del estilo claro: frente al «[…] descamino de la pluma […]» de
            los gongorinos, el privado escribiría a su yerno en una lengua calificada de «fácil», y
            en la carta a Carpiñano «enseña [...] a escribir», ya sea por su propio estilo, carente
            de afectación y dificultad, o por los consejos que ofrece en este sentido. La palabra
            «afectación» aparecía varias veces en la carta a su yerno en relación con el
            comportamiento a adoptar. Lawrance (2011: 170-171) comenta y contextualiza la
            dedicatoria que editamos, destacando en ella « […] una alabanza aduladora del estilo
            llano ‘sin afectación ni dificultades’ del valido»; véase también su nota 54 para la
            carta a Carpiñano.</note>. Ni ha mostrado vuestra excelencia afición a otro estilo<note
            place="bottom"> Quevedo se refiere a la carta del valido en respuesta a Carpiñano, quien
            escribió un tratado sobre la paciencia a pedido de Olivares (así lo declara en la
            dedicatoria) y se lo dedicó a su yerno: <hi rend="i">Exemplar de la
              constante paciencia cristiana y política</hi>, Madrid, Imprenta del Reino, 1628. Para
            otras obras de Carpiñano publicadas, véase Simón Díaz (1983-1986: t. XII). La carta «se
            encuentra ocupando el pliego ‘a’ de 4 hojas encuadernado al final de los preliminares de
            algunos ejemplares» del tratado de Carpiñano. Rivers ofrece datos biográficos sobre don
            Francisco Lanario y Aragón, quien nacido en Nápoles en 1589, fue consejero de Olivares.
            En 1624 le otorgó el título de duque de Carpiñano y el hábito de Calatrava. Tras luchar
            en las guerras de Flandes y pertenecer al consejo de guerra de los Países Bajos, llegó a
            ocupar cargos gubernamentales en el reino de Nápoles (véase Rivers 1998: 66). Después de
            haber leído este tratado sobre la paciencia, Olivares contestó con la carta a Carpiñano
            mencionada por Quevedo, firmada en San Lorenzo y que lleva la fecha del 20 de octubre de
            1628, es decir, que precede sólo en nueve meses al texto que editamos. En dicha carta,
            Olivares le reprocha a Carpiñano sus alabanzas por excesivas y le pide que las elimine
            porque, aunque su intención fue recibir enseñanzas «[…] pretendiendo yo humillación,
            trae la obra muchos incentivos de soberbia y vanidad […]». <hi rend="i">Ni
              ha mostrado vuestra excelencia afición a otro estilo</hi>: la proximidad textual de un
            fragmento de resonancias anti-gongorinas –donde aparecían reunidas en un mismo sintagma
            afectación y dificultad– contrapone estratégicamente el estilo de Góngora e imitadores
            al de Olivares (véanse Rivers 1998: 19 y Azaustre 2003b: n. 34). En cierto modo, así
            como fray Luis, al principio de esta dedicatoria «[…] dio fácil y docta la filosofía de
            las virtudes […]», Olivares brinda con claridad a su yerno consejos de «buen maestro» y
            según Quevedo, «con las dudas enseña» en la carta a Carpiñano. Quevedo quizás tenga
            presente en esos elogios al privado el último párrafo de la carta dedicada a su yerno:
            «He sido largo, hijo, porque he deseado enseñaros, y con claridad […]» (Rivers 1998:
            74). A juzgar por la valoración que hace Quevedo de estos escritos, son objetivos
            alcanzados. Olivares, en su carta a Carpiñano, pide consejos sobre cómo atender tantas
            audiencias generales («Toda mi dificultad consiste en que mis ocupaciones son grandes, y
            verdaderamente lo que con mayor ansia deseo acertar es la de las audiencias generales
            […]») contando con un tiempo tan limitado, cómo proceder en las audiencias con «[…] las
            personas conocidamente estragadas en las costumbres y sin méritos […]» y cómo resolver
            los «casos criminales». Ver Elliott (1986: 284). Rivers incluyó y comentó la carta en su
            edición (véase el Apéndice II y las p. 18-19, 66-67 y 75-80); véase también Tierno
            Galván (1951-1952).</note>. Admitió con benignidad las obras de <persName type="authority" key="Herrera, Fernando de" precision="3">Fernando de Herrera</persName>, tesoro de la cultura española, siempre admirado de los
          buenos juicios<note place="bottom"><hi rend="i"> admitió con benignidad las
              obras de Fernando de Herrera</hi>: se refiere a la publicación de <hi xml:lang="en"
              rend="i">Versos de Fernando de Herrera. Emendados y divididos por él en tres
              libros</hi>, en Sevilla, por Gabriel Ramos Vejarano, 1619, que preparó Francisco
            Pacheco e iba dedicado <hi rend="i">A don Gaspar de Guzmán, Conde de
              Olivares, Gentilhombre de la Cámara del Príncipe nuestro Señor, Alcaide de los
              Alcázares Reales de Sevilla, i Comendador de Bívoras en la Orden de Calatrava</hi>.
            Quevedo dio la impresión de no parecer afecto a su poesía según se deduce de las
            críticas a su estilo que consignó en comentarios escritos en un ejemplar de su posesión,
            ahora en la biblioteca del Seminario Diocesano de Vitoria. Los estudió cuidadosamente
            Komanecky (1975), como recuerda Rivers. Quevedo conservaba la edición de 1582, <hi
              rend="i">Algunos versos</hi>, editada por Herrera mismo, que compara con
            la de 1619 para denigrar esta última. Critica el uso de cultismos y una serie de
            expresiones que fue marcando en el texto, mientras insiste en afirmar que el sevillano
            plagió la poesía de Francisco de la Torre y así lo argumenta en el prólogo a la obra de
            este poeta aún no identificado. Por ello, el aparente cambio de opinión sobre Herrera
              –<hi rend="i">tesoro de la cultura española</hi>– reflejaría su deseo de
            complacer a Olivares, de ascendencia andaluza, amigo de Rioja, Pacheco y otros
            escritores con quienes alternó en Sevilla entre 1607 y 1615. La frase de Quevedo, sin
            embargo, no deja de ser ambigua, ya que habría leído una aprobación muy elogiosa del
            amigo de Góngora, el gran humanista Pedro de Valencia, cuyo «Parecer» formó parte de la
            polémica gongorina: «por la estimación que se deve a la buena memoria d’el autor (sc.
            Herrera) i la elegancia de sus poesías, que en ingenio, erudición i lenguaje se pueden
            comparar con las […] que celebró la antigüedad». La edición iba precedida de un extenso
            y erudito prólogo de Francisco de Rioja, a quien Quevedo conoció en Madrid en torno a
            1608; lo cita en su traducción de <hi rend="i">El Anacreón castellano</hi>
            (véase Schwartz 2004b) y éste a su vez cita una anacreóntica en traducción al latín.
            Rioja, «admirador de Herrera como Olivares» recuerda Cuevas (véase Herrera 2006: 479),
            dice de sus versos que «son cultos, llenos de luzes i colores poéticos, tienen nervios i
            fuerça, i esto no sin venustidad i hermosura» y procede luego a citar el texto de la <hi
              rend="i">Poética</hi> en el que se apoyaría Quevedo (<hi xml:lang="en"
              rend="i">ed. cit</hi>., p. 482-483) haciendo asimismo alarde de erudición. Con todo,
            el comentario es tal vez irónico, decía ya Komanecky; en 1629, en la corte, Rioja era
            secretario de Olivares, ya conde-duque, y Quevedo aún intentaba congraciarse con el
            poder.</note>. Prendas son todas que alentaron este discurso para enriquecerse con su
          nombre y asegurarse, pues sale cobrando enemigos de balde.</p>
        <p>Pues lo que <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="2" unit="quote" quantity="1">Aristóteles</persName> dice no es malicia mía, y menos
          cuando <persName type="authority" key="Demetrio Falereo" precision="4" unit="quote" quantity="2">Demetrio Falereo</persName>, en el libro <title>De
            elocutione</title>, parece que le traslada y le repite: <quote><hi rend="i">Dictionem
              autem in hac figura orationis exquisitam et immutatam nec nimis vulgarem oportet esse;
              sic enim amplitudinem et dignitatem habebit. Propria autem et usitata dictio dilucida
              quidem semper est; verum hoc</hi></quote><pb n="23"/><quote><hi rend="i"
              > ipso facile contemnitur. Primum igitur translationibus est utendum (hae enim vel
              maxime et voluptatem et amplitudinem conferunt orationibus), non tamen crebris et
              frequentibus; alioquin dithirambos loco orationis scribemus, neque longe petitis, sed
              ex ipsa re et ex simile sumptis</hi><note place="bottom">
              <hi rend="i">Demetrio Falereo</hi>: es decir, <hi rend="i"
                >Demetrius</hi> (siglo I d. C., probablemente), autor desconocido de un tratado
              griego sobre el estilo, Περὶ ἑρμηνείας,<hi rend="i"> De elocutione</hi>,
              de fecha incierta; no se lo puede identificar con el autor <hi rend="i"
                >Demetrius</hi> de Phalerum (n. h. 350 a. C.), como aparecía en ediciones de la
              época de Quevedo. La obra que se cita en este prólogo fue considerada valiosa por
              representar la enseñanza de los peripatéticos sobre cuestiones de <hi xml:lang="en"
                rend="i">elocutio</hi> bajo la influencia de la doctrina estoica. Aunque Demetrio no
              ofrece una definición precisa, respeta los principios que Aristóteles desarrolló en su
                <hi rend="i">Poética</hi> y en el libro III de su <hi xml:lang="en"
                rend="i">Retórica.</hi> Demetrio distingue cuatro tipos de estilo y del arte
              epistolar y se interesa por establecer principios clásicos para la construcción del
              discurso: véase la introducción de W. Rhys Roberts a Demetrio (1953: 257-289). Ya
              Rivers señaló que Quevedo había recogido el dato sobre el libro de Demetrio de
              Vincenzo Maggi y Bartolomeo Lombardi, <hi rend="i">In Aristotelis librum
                de poetica communes explanationes</hi>, en el que se cita el tratado atribuido a
              Demetrius Phalareus en la edición bilingüe griego-latín titulada <hi xml:lang="en"
                rend="i">Demetrii Phalerei De elocutione Liber, a Stanislao Hovio Polono Latinitate
                donatus, &amp; Annotationibus illustratus</hi>, Basileae: per Ioanem Oporinum, 1557.
              La técnica que emplea Quevedo en las secciones siguientes era la utilizada en la
              época: para rubricar una afirmación se recurría a la cita de otras autoridades en
              apoyo de un argumento (véase Smith 1987: 51). En este caso, Demetrio apoya el precepto
              aristotélico de que en el estilo elevado se utilizaran metáforas. Estas empero no
              debían ser muy frecuentes para evitar que se convirtieran, transgrediendo el principio
              de decoro, en <hi rend="i">ditirambos</hi>: ‘en su origen en Grecia, un
              poema lírico cantado por un coro y conectado con el culto de Dionisio, más tarde
              convertido en texto literario’ (<hi rend="i">sub voce</hi> en <hi
                rend="i">Oxford Classical Dictionary</hi>).</note></quote>. (Conviene
          que sea la dicción en esta figura de oración, exquisita, inmutable y no demasiadamente
          vulgar; así tendrá amplitud y dignidad. Pero la dicción propia y usada siempre es
          dilúcida, pero por eso se desprecia fácilmente. Lo primero se ha de usar de translaciones,
          porque éstas dan autoridad y ser a la oración; mas no han de ser frecuentes. De otra
          suerte, en lugar de oración haremos ditirambos. Y no se han de buscar de cosas remotas,
          sino de las propincuas y semejantes)<note place="bottom"> Es precepto aristotélico al que
            se adhieren todos los tratadistas posteriores; véase <hi rend="i"
              >Poética</hi>, 1458a11-15: «Así, pues, el uso en cierto modo ostentoso de este modo de
            expresarse es ridículo, y la mesura es necesaria en todas las partes de la elocución; en
            efecto, quien use metáforas, palabras extrañas y demás figuras sin venir a cuento,
            conseguirá lo mismo que si buscase adrede un efecto ridículo. Lo ventajoso es, en
            cambio, su uso conveniente». Demetrio lo comentaba, por su parte, de modo semejante
            (véase Azaustre 2003b: 137, n. 38). Ya Herrera decía en sus <hi rend="i"
              >Anotaciones</hi> (Reyes Cano 2010: 188): «[…] como quiere Teofrasto, conviene que la
            traslación sea vergonçosa, que sinifica de cosa cercana i fácil, porque se hace áspera
            cuando se deduze de lugar mui apartado; o cuando es tan oscura que tiene necesidad de
            esposición». Lo reitera Pedro de Valencia, <hi rend="i">Carta II</hi>
            (Pérez López 1988: 76): «Lo metaphórico es generalmente mui bueno en v. m., algunas
            veces atrevido i que no guarda la analogía i correspondencia que se requiere […]». En el
            desagradable tono crítico de su enemigo, Jáuregui, se lee en el <hi xml:lang="en"
              rend="i">Discurso poético</hi> (1624_discurso-poético): «No dejan verbo o nombre en su
            propio sentido sino remotos cuanto es posible […]», «[…] aun las mismas metáforas
            metaforizan»; para una contextualización de esta postura, véanse Smith (1987: 49) y
            Azaustre (2003a: 73-76). La idea central de estas críticas es que todo predicado
            metafórico que se aleja demasiado del sujeto designado transgrede la regla de lo que es
            correcto o apropiado y cae en la cacocelía. Es evidente que estas críticas ignoraban
            precisamente la nueva retórica de la agudeza y arte de ingenio practicada por Quevedo
            mismo en su obra; para su clasificación, ver Schwartz (1984<hi rend="i">
              passim</hi>). Ver también Collard (1967: 35-37); Rey (1995: 163); Alonso Veloso (2007:
            20).</note>. No deja <persName type="authority" key="Demetrio Falereo" precision="3">Demetrio</persName> disculpa a los que
          interpretan mal al <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="1">Filósofo</persName><note place="bottom">
            <hi rend="i">Aristóteles.</hi></note>; y es cierto que todos aborrecieron la afectada
          oscuridad y los enigmas<note place="bottom"> Nueva crítica de la oscuridad que según
            Aristóteles producía enigmas; Maggi citaba a Demetrio para reiterar esta norma de la <hi
              rend="i">Poética</hi>.</note>.</p>
        <p>Grande ejemplo es el que <pb n="24"/> trae <persName type="authority" key="Erasmo" precision="4" unit="quote" quantity="1" >Erasmo</persName> en las
          <title>Apophtegmas de los filósofos</title>, tratando de <persName type="authority" key="Augusto" precision="1">Augusto</persName><note place="bottom"> La
            confirmación del precepto aristotélico se apoya aquí en la autoridad de un «moderno»
            renacentista; Erasmo recogió este relato en el libro IV de sus apotegmas, según las
            ediciones antiguas, <hi rend="i">sub voce Octavius Caesar Augustus</hi>,
            n. 24: véase <hi rend="i">Apophtegmatum ex optimis utriusque linguae
              scriptoribus per Desiderium Erasmum Rotterdamensem collectorum libri octo</hi>,
            Lugduni, apud Seb. Griphium, 1555.</note>: <quote><hi rend="i">Maecenas, vir alias
              laudatus, in stilo lasciuiebat verbis affectatis et compositione insolenti frequenter
              indulgens. Augustus contra, verbum insolens quasi scopulum fugiendum esse
            dicebat</hi></quote> (Mecenas, por otras virtudes varón muy celebrado, escribió con
          estilo lascivo y afectado, y se dejaba llevar de la composición insolente. Al contrario
          Augusto, la palabra insolente, decía, se debía huir como escollo). Y refiere que sólo
          cuando escribía a Mecenas, por burlar de él le escribía en aquel lenguaje ridículo; y
          refiere estas locuciones: <quote><hi rend="i">Vale, mel gentium, metuelle, ebur ex
              Hetruria, laser Aretinum, adamas Supernas, Tiberinum margaritum, Cilneorum smaragde,
              iaspis figulorum</hi></quote>. Esto más fue dar vaya a Mecenas que fin a su carta<note
            place="bottom">
            <hi rend="i">dar vaya</hi>: «burlarse»; <hi rend="i"
              >vaya</hi>: «burla o mofa que se hace de alguno o chasco que se le da» (<hi
              rend="i">Aut.</hi>).</note>. Y prosigue la nota: <quote><hi rend="i">Nec
              Tiberio pepercit interdum reconditas et obsoletas voces aucupanti. Marcum Antonium
              increpabat velut ea scribentem quae homines mirentur</hi></quote><pb n="25"
              /><quote><hi rend="i"> potius quam intelligant</hi></quote> (Ni perdonó a Tiberio, que
          a veces usaba de voces recónditas y por la antigüedad desechadas de la conversación.
          Reprendía a Marco Antonio, como a hombre que escribía lo que admirasen los oyentes, y no
          lo que entendiesen). Este lugar es sentencia contra los que escriben y los que los admiran
          porque no los entienden, juntándole el lugar que cité de <persName type="authority" key="san Jerónimo" precision="4" unit="quote" quantity="1">san
            Jerónimo</persName>; habla de la plebe y dice: <quote><hi rend="i">Quae quidquid non
              intelligit plus miratur</hi></quote> (Que admira más lo que no entiende)<note
            place="bottom"> Quevedo cita nuevamente el ya comentado pasaje de San Jerónimo en su
              epístola<hi rend="i"> Ad Nepotianum</hi> (52,8), para corroborar su
            ataque a los cultos, quienes proclamaban que el arte de la nueva poesía había sido
            concebido para los pocos que podrían entenderlo. Por el contrario, dice Quevedo, resulta
            paradójico que sólo los tontos e incultos admiren ese estilo precisamente porque son
            incapaces de entenderlo.</note>. Y Augusto reprueba en Marco Antonio que escribe antes
          lo que admiran<note type="app" rend="I"> admiran <hi rend="i">em.</hi>:
            admirau <hi rend="i">A</hi> y<hi rend="i"> M.</hi></note>
          que lo que entienden. Crédito y respeto se debe al parecer de Augusto<note type="app"
            rend="I"> Augusto <hi rend="i">em.</hi>: Agusto <hi rend="i"
              >A</hi> y <hi rend="i">M.</hi></note>, y veneración cuando le apadrina
          en esta parte tan gran Padre de la Iglesia.</p>
        <p>Reprendió estos escritores, como si hoy los leyera, <persName type="authority" key="Andreini de Pistoia, Francisco" precision="4" unit="quote" quantity="1">Francisco
            Andreini de Pistoia</persName>, cómico geloso<note place="bottom"> Francesco Andreini da
            Pistoia (Pistoia, ca. 1548-Mantua, 1624) empezó su carrera como actor vinculado a la <hi
              rend="i">Compagnia dei Gelosi</hi>. Aparte de sus actividades como
            comediante, que lo llevaron a Francia, fue autor de varias obras, entre ellas, <hi
              rend="i">Le bravure del Capitano Spavento</hi>: la edición <hi
              rend="i">princeps</hi> de la primera parte fue publicada en 1607; de la
            segunda, en 1618. Hemos consultado la segunda edición de <hi rend="i">Le
              Bravure del Capitano Spauento; divise in molti ragionamenti in forma di dialogo, di
              Francesco Andreini da Pistoia Comico Geloso</hi>, Venecia: Appresso Giacomo Antonio
            Somasco, 1609 (BNM, R/10978). Otros títulos incluyen<hi rend="i">
              L‘Alterezza di Narciso</hi> e <hi rend="i">I ragionamenti
              fantastici</hi> […]; véanse Amico (1954) y Andreini (1987: 429 y 447). <hi
              rend="i">Comico geloso</hi> lo nombra Quevedo por haber pertenecido a la
            compañía cómica mencionada<hi rend="i">. Como si hoy los leyera</hi>:
            Quevedo proyecta sobre su presente la opinión de Andreini, autoridad de un pasado
            próximo, precisamente para asimilar su opinión a la condena de los procedimientos que
            los poetas «nuevos» practicaron y que contribuían a la oscuridad. Para el uso del pasado
            en la censura o elogio del presente, véase Aristóteles, <hi rend="i"
              >Retórica</hi>, lib. I, cap. III, 1358b. Smith se refirió ya a la presencia de
            Andreini entre las autoridades citadas por Quevedo como si su texto perteneciera al
            pasado, aunque se sabe que en 1624 había aparecido una cuarta edición (Smith 1987:
            52).</note>, en su libro cuyo título es <title>Le Bravure <pb n="26"/> del Capitan
            Spavento</title>, fol. 65, pág. 1<note place="bottom"> El prólogo dirigido a los
            lectores aclara que el autor desempeñó en la «<hi rend="i">famosa
              compagnia dei Comici Gelosi</hi>», bajo el nombre de Capitan Spavento della Val’
            d’Inferno, el papel del <hi rend="i">miles gloriosus</hi>, «[…]<hi
              rend="i"> la parte del Milite superbo, ambitioso, e vantatore</hi> […]».
            En su dedicatoria a Amedeo di Savoia, Andreini anuncia el contenido de la obra: «[…]<hi
              rend="i"> una raccolta di tutte le Hiperboli, ch’io soleua dire nella
              Parte del Capitano Spauento</hi> […]<hi rend="i"> la cui Raccolta si
              diuide in molti Ragionamenti, trà la persona del Capitano Spauento, e d’un suo
              Seruitore nominato Trappola, Seruitore accorto, astuto, e sagace</hi> […]». Entre
            muchos fragmentos que podrían ilustrar las características hiperbólicas del personaje,
            destacamos esta afirmación del Capitán Spavento: «[…]<hi rend="i"> si dice
              che Alcibiade, Scipione e Cesare furono creati Capitani mentre vissero al Mondo, &amp;
              io fui creato Capitano, e Generale nell’utero materno, e la guerra istessa mi fu
              Alleuatrice, e Balia</hi>» (f. 83, r.v.). La cita de Quevedo, como él mismo indica,
            figura en el folio 65r, <hi rend="i">ragionamento</hi> 26, en el contexto
            de una conversación entre Spavento y su criado, Trappola. Spavento relata su encuentro
            con un grupo de valerosos héroes que le pedían ayuda para vencer a un grupo de damas
            hermosas, enemigas del amor. Spavento acepta y se dirige contra «<hi xml:lang="en"
              rend="i">l’hoste nemica</hi>». Trappola interpreta «<hi rend="i"
              >hoste</hi>» en el sentido de «mesonero»; corrige, entonces, Spavento: «<hi
              rend="i">tu non m’intendi</hi> […]<hi rend="i">, l’hoste
              nemica vuol dir la turba hostile, cioè l’esercito nemico</hi>». El malentendido
            explica la reacción de Trappola citada por Quevedo, por su referencia a los escritores
            modernos, acusados de entremeter palabras extranjeras; Quevedo lo asimila a su crítica
            de las palabras peregrinas sembradas por los cultos en sus obras. Smith ya examinó el
            interés de Quevedo por Pistoia y la convergencia de sus puntos de vista (Smith 1987: 49,
            51-52); ver también en la edición moderna de Andreini el comentario de Tessari (Andreini
            1987: XVI-XVII). El <hi rend="i">Vocabolario degli Accademici della
              Crusca</hi>, Venecia: Appresso Jacopo Sarzina, 1623, incluía estos dos significados
            para la voz <hi rend="i">oste</hi>: «<hi rend="i">quegli che
              da bere, e mangiare, e alberga altrui, per danari</hi>» y «<hi rend="i"
              >esercito</hi>». Por analogía, pues, quedan relacionados Arlotto y los poetas modernos
            que recurren a lexemas de otros idiomas que ni ellos ni sus interlocutores o lectores
            entienden. Asimismo Quevedo podría aludir a la interpretación de san Jerónimo sobre el
            estilo oscuro que sólo los ignorantes aplauden, precisamente porque no lo entienden,
            rechazando así la justificación inversa que daban los cultos.</note>: <quote><hi
              rend="i">Io v’intendo: voi alle volte usate certe parole che non sono intese così da
              ogn’uno; e fate come fanno certi componitori moderni, i quali gonfiano gli scriti loro
              d’alcune parole forestiere e composite, che la materia ch’essi tratano</hi><note
              type="app" rend="I"> tratano <hi rend="i">em.</hi>: trata no <hi
                rend="i">A</hi> y <hi rend="i">M</hi></note><hi rend="i"
              > diventa non volendo la predica del Piovano Arlotto, la quale non era intesa ne da
              lui, ne da chi l’ascoltava</hi></quote>. (Hacéis como hacen ciertos poetas modernos,
          que hinchan sus escritos de algunas palabras forasteras y compuestas, que lo que escriben,
          sin querer se vuelve plática de Piovano Arlotto, que ni él la entendía ni los que le
            oían)<note place="bottom">
            <hi rend="i">Piovano Arlotto</hi>: tradicionalmente relacionado con
            Arlotto Mainardi (1396-1484), oriundo de Florencia, párroco de S. Cresci a Maciuoli, de
            la diócesis de Fiesole, famoso autor de burlas y relatos agudos. Se conserva una
            colección póstuma de <hi rend="i">Facezie</hi> que le fueron atribuidas y
            que probablemente no fueron suyas sino de algún amigo anónimo que las editó a principios
            del siglo XVI. La edición circuló con gran éxito en su país y aun fuera de Italia.
            Recordado también en el <hi rend="i">Galateo español</hi> de Gracián
            Dantisco (1968: 54 y 168), le pasa lo que a la culta latiniparla «[…] no la entenderá
            nadie, ni aun ella se entenderá […]» (Quevedo 2003a: 103). Quizás con esta referencia a
              «<hi rend="i">la predica del Piovano Arlotto</hi>» Andreini se esté
            aprovechando aquí de una facecia concreta de Arlotto. Sugerimos la que lleva el número 3
            en la edición moderna («<hi rend="i">Predica delle tre parti non intesa
              per alcuni</hi> […]»): se le exige a Arlotto que demuestre sus conocimientos y para
            conseguirlo pretende elaborar ante sus oyentes un discurso en tres partes («[…] <hi
              rend="i">questa mia predicazione dividerò in tre brievi parti</hi>
            […]»): una entendida por él pero no por los demás, otra entendida por los demás pero no
            por él, y la tercera, no entendida ni por él ni por quienes le escuchan: («[…] <hi
              rend="i">la terza e ultima non intenderà né voi né io</hi>»). La tercera
            versa sobre la Santa Trinidad, misterio inalcanzable. Notemos que en esta facecia la
            ininteligibilidad no se debe a las palabras extranjeras sino al tema elegido. Ver
            Mainardi (1995: 9-14). Debe tenerse en cuenta que esta «<hi rend="i"
              >predica</hi>» de Arlotto llegó a tener un carácter proverbial en Italia (ver nota en
            p. XXII de la edición citada, con referencia a Pulci). Ver también Tobar (2013:
            191).</note>.</p>
        <p>Este modo de sentir, con suma elegancia se oye en el donaire de nuestro <persName
          type="authority" key="Macial" precision="4"  unit="quote" quantity="2">Marcial</persName>, lib. X, epig. XXI<note place="bottom">Epigrammatum
            libri XV</note>:</p>
        <quote>
          <l>Scribere te quae vix intelligat ipse Modestus</l>
          <l>et vix Claranus<note type="app" rend="I"> Claranus <hi rend="i">em</hi>.: Claramus <hi
                rend="i">A</hi> y <hi rend="i">M</hi></note>, quid, rogo, Sexte, iuvat?</l><pb
            n="27"/>
          <l>Non lectore tuis opus est, sed Apolline libris:</l>
          <l>iudice te, maior Cinna Marone fuit.</l>
          <l>Sic tua laudentur sane: mea carmina, Sexte,</l>
          <l>grammaticis placeant, et sine grammaticis<note place="bottom"> Importa recordar que
              Quevedo tradujo 51 epigramas del bilbilitano a partir de 1606, es decir, en la época
              en que, de regreso la corte a Madrid, produce versiones al castellano de otras obras
              clásicas, redacta <hi rend="i">España defendida</hi> y compone numerosos
              poemas satíricos que reelaboran por <hi rend="i">imitatio</hi> textos de
              Marcial; véase Schwartz (1987a). Este poema no figura entre los que había traducido en
              esos años; por tanto, su cita podría estar relacionada con otros textos de la polémica
              gongorina que lo incluyen; véase en la edición del <hi rend="i">Discurso
                Poético</hi> de Jáuregui por Mercedes Blanco su nota 382: «El epigrama zahiere a
              Sexto, poeta que necesita para ser entendido a un Apolo que descifre sus oráculos, o a
              un gramático que lo comente. Sexto es comparado con Cinna, el autor de la <hi
                rend="i">Zmyrna</hi>. Helvio Cinna mereció los elogios de Catulo en el
                <hi rend="i">carmen</hi> 95, donde pondera que el epilio <hi
                rend="i">Zmyrna</hi> (que narra los amores incestuosos de Mirra con su
              padre Cíniras) le costó a Cinna nueve años de trabajo y lima. Catulo concluye, tras
              haber contrapuesto esa labor de cuidado exquisito con los pesados e interminables <hi
                rend="i">Anales</hi> de Volusio: ‘Tenga yo en gran estima las breves
              poesías de mi amigo,/ mientras el vulgo disfrute con el retórico Antímaco’». Francisco
              Cascales citó este mismo texto en sus <hi rend="i">Cartas
                filológicas</hi>, I, VIII, (Cascales 1961: 148-149), tras censurar la oscuridad
              gongorina en el <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi xml:lang="en"
                rend="i">Soledades</hi> y su «modo de escribir intrincado», que homologó a «un
              crético laberinto».</note>.</l>
        </quote>
        <quote>
          <l>¿Qué aprovecha escribir lo que Modesto</l>
          <l>y Clarano<note type="app" rend="I"> Clarano <hi rend="i">em</hi>.:
              Claramo <hi rend="i">A</hi> y <hi rend="i">M</hi></note>
            entender podrán apenas,</l>
          <l>supersticioso Sexto?<note place="bottom"> Dirigido el poema a un receptor al que llama
              Sextus, Marcial critica la oscuridad adhiriéndose nuevamente al principio aristotélico
              de la <hi rend="i">perspicuitas.</hi> Por ello cita a dos gramáticos
              poco conocidos, Iulius Modestus, <hi rend="i">libertus</hi> de Iulius
              Hyginus, <hi rend="i">libertus</hi> a su vez de Augustus, quien
              estableció normas gramaticales que seguía su discípulo; véase Suetonio, <hi
                rend="i">De illustribus grammaticis</hi>, 20. Para <hi xml:lang="en"
                rend="i">Claranus</hi>, se supone que fue asimismo gramático pero no se conocen
              datos exactos.</note></l>
          <l>No han menester lector tus libros, sólo</l>
          <l>han menester por adivino a Apolo<note place="bottom">
              <hi rend="i">tus libros, sólo han menester por adivino a Apolo</hi>: con
              otra hipérbole enfatiza la oscuridad de su obra. Quevedo juega con esta figura en <hi
                rend="i">La culta latiniparla</hi>: «Un papel suyo leímos ayer […].
              Ibamos por él tan a oscuras como si leyéramos simas y nos hubimos de matar en un
              obstáculo y dos naufragantes que estaban al volver de la hoja» (cit. ya por Azaustre
              2003b: 139, n. 47).</note>.</l>
          <l>Si lo juzga tu musa peregrina,</l>
          <l>mejor poeta que Marón es Cina<note place="bottom">
              <hi rend="i">C. Helvius Cinna</hi>: contemporáneo de Catulo, quien lo
              menciona en uno de sus poemas (xcv), así como Suetonio en <hi rend="i"
                >De illustribus grammaticis</hi>, 18; autor de un poema épico hoy perdido, titulado
                <hi rend="i">Smyrna</hi>. La noción de que fue mejor poeta que
              Virgilio es, por supuesto, absurda y por ello Marcial califica de <hi xml:lang="en"
                rend="i">peregrina</hi> la <hi rend="i">musa</hi> extraña de Sexto.
              Como Catulo, Cinna perteneció al grupo de los <hi rend="i"
              >neóteroi</hi>, criticados a veces por escribir poesía de un estilo que podía llegar a
              ser oscuro como el de los poetas alejandrinos que imitaban. Azaustre señaló que en el
              ms. 108 de la Biblioteca Menéndez Pelayo «se recogen dos invectivas antigongorinas con
              referencias burlescas a los neotéricos: “y se gratulan neotericidades” (<hi
                rend="i">Poesía original</hi> 834: 7); “estuprando neotéricos poetas”
                (<hi rend="i">Poesía original</hi> 836: 14)»; por el contrario, Pedro
              Díaz de Rivas en sus discursos apologéticos los compara con Góngora en sentido
              positivo; véase Azaustre (2003b: 140, n. 49).</note>.</l>
          <l>Tal alabanza tus escritos gocen;</l>
          <l>pero mis versos, Sexto, yo deseo</l>
          <l>que sin gramaticales prevenciones</l>
          <l>agraden a los más gramaticones.</l>
        </quote>
        <p>Y <persName type="authority" key="Estacio" precision="4" unit="quote" quantity="1">Estacio</persName><note place="bottom"><p>
                <hi rend="i">Estacio</hi>: Publius Papinius Statius (h. 45 d. C.-96 d. C.), poeta
                romano de la Edad de Plata, nacido en Nápoles; autor de numerosas obras poéticas,
                entre ellas, el poema épico <hi rend="i">Thebaida</hi>, y de una colección de 32
                composiciones ecfrásticas, circunstanciales y de homenaje al emperador, Domiciano, y
                a varios amigos, las <hi rend="i">Silvae</hi>, que fueron muy apreciadas por los
                escritores humanistas desde el Renacimiento, entre ellos, Quevedo, quien compuso
                varios poemas en su imitación: la silva «El sueño», por ejemplo (véanse
                Schwartz-Crosby (1986) y Schwartz (2003)). González de Salas, que estuvo a cargo de
                la edición póstuma de la poesía de Quevedo, lo publicó con el epígrafe «idilio».
                Contamos con pruebas fehacientes del interés de Quevedo por el autor de las <hi
                  rend="i">Silvae</hi> a partir del año 2000, cuando Hilaire y Craig Kallendorf
                descubrieron en la biblioteca de Princeton la edición que le perteneció y que
                contenía anotaciones autógrafas y pasajes subrayados que lo confirman (véase
                Kallendorf 2000). El padre de Estacio, de origen griego, nacido en Campania, fue
                profesor de literatura romana y griega en Nápoles; así lo describió su hijo en la
                silva III del libro V, <hi rend="i">Epicedion in patrem suum</hi>, en el que lo
                elogia por sus conocimientos y señala que fueron dos las patrias que se disputaban
                el honor de su nacimiento: Grecia y Nápoles. Véase Estacio (1961: t. II, p.
                192-204), «Epicedion in patrem suum», <hi rend="b">‘</hi>Canto fúnebre en honor de
                su padre’.</p></note>, en el libro V de las <title>Silvas</title> (<hi
            rend="i">Epicedion in patrem</hi>), hablando de los poetas, cuando trata de Licofrón,
          que <pb n="28"/> fue quien en griego enseñó esta secta, dice: <quote><hi rend="i">Carmina
              Battiade latebrasque Licofronis atri</hi></quote>: (escondrijos del ennegrecido
            Licofrón)<note place="bottom">
            <hi rend="i">Licofrón</hi>: Lycophron, poeta helenístico (h. siglo III a.
            C.), nacido en Calcis, en Eubea; invitado por Ptolomeo Filadelfo a ordenar la colección
            de obras teatrales que poseía la biblioteca de Alejandría, compuso algunas tragedias. La
              <hi rend="i">Suda</hi> le atribuyó el «oscuro poema» <hi xml:lang="en"
              rend="i">Alexandra</hi> o Casandra, del cual se conservó un monólogo dramático de 1435
            versos yámbicos, en el que recreó la profecía de Casandra sobre la guerra de Troya según
            la había anticipado a Príamo, y su desenlace, así como el relato de lo sucedido a los
            héroes griegos y troyanos que participaron en las batallas. Escrita en un estilo
            complejo por la abundancia de figuras retóricas y por sus referencias a mitos poco
            conocidos, se leyó y comentó con gran éxito en Bizancio, donde circuló en numerosos
            manuscritos, en dos paráfrasis y en los escolios redactados por Juan Tzetzes. Le
            siguieron traducciones diversas en los siglos sucesivos. La <hi rend="i"
              >editio princeps</hi> salió publicada en Venecia en las prensas de Aldus Manutius en
            1513 en un volumen conjunto con obras de Píndaro y Calímaco; su traducción al latín,
            realizada por José Justo Escalígero, se publicó por primera vez en 1584. En la
            Biblioteca Nacional se conserva el ejemplar que perteneció a Quevedo (en la edición de
            Lyon de 1597) según indicó López Grigera (1998: 161). Quevedo, quien, es lógico suponer,
            leyó directamente el texto, no especifica, sin embargo, el sentido de la frase que cita.
            Estacio mencionaba elogiosamente a los numerosos autores griegos que su padre había
            explicado en sus clases, Homero, Píndaro y otros muchos poetas, entre ellos, Calímaco y
            Licofrón; véase Estacio (1961: t. II, p. 111). En el <hi rend="i"
              >epicedion</hi> del libro V, III, véanse los vv. 156-157: «<hi rend="i"
              >Tu pandere doctus / carmina Battiadae latebrasque Lycophronis atri</hi>», ‘Tú poseías
            el arte de explicar los cantos del hijo de Bato, y los enigmas del oscuro Licofrón’:
            ‘los poemas del hijo de Bato’, es decir, del poeta alejandrino Calímaco, quien así se
            presenta en el epigrama XXXV (también recogido en la <hi rend="i"
              >Antología Palatina</hi>, VII, 415), concebido como un epitafio ficticio para su
            tumba. Calímaco era descendiente de Bato, y Bato era asimismo el nombre de su padre.
            Catulo empleó exactamente la misma perífrasis en la carta en verso que había compuesto
            para un orador, Hortensio: «<hi rend="i">Mitto / haec expressa tibi
              carmina Battiadae</hi>» (LXV, v. 16).</note>. No se pudieron estudiar palabras de
          mayor oprobio: <hi rend="i">latebras atri</hi> (escondrijos del denegrido Licofrón); y
          Licofrón aún tuvo disculpa, pues escribió un vaticinio que llama <title>Alexandra<note
              place="bottom">
              <hi rend="i">vaticinio</hi>: Quevedo refiere específicamente a que los
              versos conservados se presentaban como el discurso de un mensajero que relataba las
              profecías de Casandra.</note></title>. Que la palabra <hi rend="i">ater</hi> es
          condenada en el estilo de los poetas, consta de <persName type="authority" key="Horacio" precision="4"  unit="quote" quantity="1">Horacio</persName> en
          la <title>Arte poética</title>:</p>
        <quote>
          <l>Vir bonus et prudens versus reprehendit inertes,</l>
          <l>culpabit duros, incomptis allinet atrum<note type="app" rend="I"> atrum<hi
                rend="i"> em.</hi>: attrum <hi rend="i">A</hi> y <hi
                rend="i">M</hi></note></l>
          <l>transuerso calamo signum, ambitiosa recidet</l>
          <l>ornamenta, parum claris lucem dare coget<note place="bottom"> Véase <hi xml:lang="en"
                rend="i">De arte poetica</hi>, vv. 445-448: ‘Un hombre honesto y sensible censurará
              los versos sin vida, culpará a los (versos) duros si carecen de gracia, los tachará
              con su pluma en tinta negra, les quitará adornos excesivos, obligará a inundar de luz
              los poco claros’. Sin embargo, a pesar de elogiar la traducción que cita de Vicente
              Espinel, a quien califica de «docto e ingenioso», Quevedo parece aprovechar el lexema
                <hi rend="i">ater</hi> en sentido traslaticio. Véase variante del v.
              445 en la ed. H. R. Fairclough de Horacio (2005: 486): «<hi rend="i">vir
                bonus et prudens versus reprehendit inertis</hi>».</note></l>
        </quote>
        <p>Tradúcelos <anchor xml:id="_GoBack"/>con elegancia el docto y ingenioso <persName
          type="authority" key="Espinel, Vicente" precision="4" unit="quote" quantity="1">Vicente Espinel </persName>en sus <title>Rimas<note place="bottom"> Véase,
                <hi rend="i">Diversas / Rimas de Vicente Espinel/ Beneficiado de las
                iglesias de Ronda, con el Arte Poetica y algunas odas de Horacio, traducidas en
                verso castellano</hi>, Madrid, por Luis Sánchez, 1591.</note></title>:</p>
        <quote>
          <l>El varón bueno y de prudente pecho</l>
          <l>los versos duros libremente culpa, </l><pb n="29"/>
          <l>los que carecen de arte reprehende,</l>
          <l>a los mal adornados, con la pluma</l>
          <l>una negra señal los pone encima.</l>
          <l>La demasía de ornamento corta,</l>
          <l>los poco claros manda que se aclaren.</l>
        </quote>
        <p>De suerte que no sólo es reprensible escribir oscuro, sino poco claro. No le perdonó esta
          reprensión al poeta oscuro en la <title>Alexandra</title>
          <persName type="authority" key="Demetrio Falereo" precision="4" unit="quote" quantity="1">Falereo</persName> cuando dijo: <quote><hi rend="i">Dictione iniqua.
              Aristoteles ait frigidum quatuor modis fieri, scilicet: quando utimur peregrino et
              obscuro vocabulo, ut Licofron, Xerxem, Pelorium hominem</hi><note place="bottom">
              Quevedo retorna al texto de <hi rend="i">De elocutione</hi> de Demetrio,
              II, 116, en el que faltaba una parte de esta sección. Se suplió insertando la
              traducción latina del texto de Aristóteles en el que el autor de la <hi xml:lang="en"
                rend="i">Retórica</hi> había codificado los cuatro tipos de frialdad reprobadas: 1)
              términos extraños; 2) epítetos; 3) extravagantes vocablos compuestos; 4) ciertas
              metáforas (véase Demetrio 1953: 374). Quevedo aplicó uno de ellos al estilo de
              Licofrón: <hi rend="i">Aristoteles ait frigidum quatuor modis fieri,
                scilicet: quando utimur peregrino et obscuro vocabulo.</hi> Y desarrolla a
              continuación un ejemplo que procede de un texto de Licofrón, quien había descrito a
              Jerjes con la imagen: <hi rend="i">Xerxem, Pelorium hominem</hi>. Véase
              la anotación desarrollada por Quevedo en su ejemplar de la <hi rend="i"
                >Retórica</hi> que tenía el texto griego y la traducción latina de Hermolao Bárbaro:
              «Oración fría. Licofrón / Hácese la oración fría por la ficción i composición de
              muchos nombres en uno, como se lee en Licofrón, que llamó al çielo: ʻmuchifrenteʼ; y a
              la tierra, ʻgrandiverticenʼ; y a la orilla ʻangusto callumʼ. […] Fría oración por la
              variedad de lenguas. / Licofrón confundió y mezcló la oración en enigma, llamando a
              Xerxes pelorio, por decir igual a los montes, y ʻcirossinesʼ, por decir ʻvir vastusʼ»
              Y en otra nota Quevedo también cita a Licofrón al enumerar ejemplos de «translaciones
              duras»: «Yo añado que Licofrón llamó tenebrosamente ʻjulopézicasʼ naves por el
              gusanillo de cien piés y reprehendo a Valerio Flaco, que lo imitó diciendo: ʻfrixios
              non dum indicnatos Iulosʼ, por las naves frigias, y a Estacio que lo escribi (sic)
              así: <hi rend="i">Silvarum</hi> lib. I, ʻEpithalamiom Stelae et
              Violantilaeʼ: ʻLidius unde meos iterasset Tybris Iulosʼ», (véase López Grigera 1998:
              163 y 161-162). López Grigera indicó ya que Quevedo había ofrecido asimismo otras dos
              referencias a Licofrón en su <hi rend="i">España defendida</hi> (Quevedo
              1961: 519 col. a).</note></quote>. (Condición reprobada.
          Aristóteles dice que la frialdad de cuatro maneras se escribe, conviene a saber: cuando
          usamos de vocablo peregrino y oscuro, como Licofrón hablando de Jerjes, hombre pelorio).
          Súplese esto en <persName type="authority" key="Demetrio Falereo" precision="3">Falereo</persName> del tercer libro de la
          <title>Retórica</title> de <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="1">Aristóteles<note place="bottom">
              Quevedo refiere a lo señalado en una nota anterior acerca de la sustitución de la
              laguna en el texto de Demetrio con palabras de la <hi rend="i"
                >Retórica</hi> de Aristóteles.</note></persName>.</p>
        <p>¿Adónde<note type="app" rend="I"> En los impresos, no aparece como interrogación.
            Seguimos la lectura de Rivers y Azaustre.</note> irán por defensa los que, escribiendo
          hoy de galantería a una afición amorosa, escriben estos <pb n="30"/> escondrijos
          denegridos, cuando <persName type="authority" key="Propercio" precision="4" unit="quote" quantity="1">Propercio</persName> los reprende (lib. I, elegía
            9<note place="bottom">
            <title>Elegiae.</title></note>) con tan ingeniosos gritos?:</p>
        <quote>
          <l>Quid tibi nunc misero prodest graue dicere carmen</l>
          <l>aut Amphioneae moenia flere lira?</l>
          <l>Plus in Amore valet Mimnermi versus Homero:</l>
          <l>carmina mansuetus lenia quaerit amor.</l>
          <l>I quaeso et tristes istos depone libellos</l>
          <l>et scribe quod quaeuis nosse puella vellit<note place="bottom"> La crítica quevediana
              de la nueva poesía se focaliza ahora en el estilo que requiere la poesía amorosa, para
              lo que cita tres dísticos elegíacos de un poema de Propercio: véase I, 9, 9-14. El
              sujeto poético imprecaba a un amante desdichado recordándole que debía respetar el
              principio del decoro, τὸ πρέπον, al componer sus poemas. El estilo de la épica,
              declara, no resulta apropiado para cantar la pena de amor; deben siempre respetarse
              los códigos que rigen y exigen los géneros practicados; <hi rend="i"
                >cfr.</hi> Propercio (1990: 70); véase una variante en ediciones modernas: v. 13:
                <hi rend="i">I quaeso et tristis istos</hi>
              <hi rend="u"><hi rend="i">sepone</hi></hi><hi rend="i">
                libellos</hi>: <hi rend="u"><hi rend="i">depone</hi></hi><hi
                rend="i"> libellos</hi>. También hay otra en el verso siguiente: <hi
                rend="i">cane</hi> por <hi rend="i">scribe</hi>. Se editaba generalmente la poesía
              amorosa de Propercio junto con la de Catulo y Tibulo. Moya identificó dos ediciones,
              hoy en la BNE, que debe de haber usado Quevedo: la de 1559, con comentarios de M. A.
              Muret, en la que hay notas de su pluma, así como la edición de Escalígero de 1600;
              véase Moya (2014: 418).</note>.</l>
        </quote>
        <p>Yo con alguna licencia lo imité en estos versos, que pueden pasar por traducción:</p>
        <quote>
          <l>¿De qué te sirven, di, los versos graves,</l>
          <l>ni de Tebas llorar los fuertes muros,</l>
          <l>de Troya el fuego, ni los hechos duros</l>
          <l>que los griegos hicieron<note type="app" rend="I"> hicieron <hi rend="i"
                >em.</hi>: hizierun <hi rend="i">A</hi> y<hi rend="i">
                M</hi></note> en las naves?</l>
          <l>Más en amor Mimnermo blando agrada</l>
          <l>que docto y grande el sin igual Homero:</l>
          <l>condena blando amor el verso fiero,</l>
          <l>y dios desnudo pluma ensangrentada. </l><pb n="31"/>
          <l>Deja pues de llorar la muerte fiera,</l>
          <l>que a Turno quiso dar el hado adverso;</l>
          <l>y escribe en blando y dulce y fácil verso</l>
          <l>cosas que cualquier niña entender pueda.</l>
        </quote>
        <p>El arte es acomodar la locución al sujeto. Todo lo dijo <persName type="authority" key="Petronio" precision="4" unit="quote" quantity="1">Petronio
            Árbitro</persName> mejor que todos<note place="bottom"> Quevedo reitera su adhesión total al
            principio aristotélico y horaciano ya comentado del decoro, mientras continúa su trabajo
            de ensamblaje de citas de <hi rend="i">auctoritates</hi> que legitimen su
            posición teórica (véase Schwartz 1987b: 51-52). En torno al capítulo 22 de la <hi
              rend="i">Poética</hi> de Aristóteles recurre ahora a tres pasajes del
              <hi rend="i">Satiricón</hi> de Petronio, obra que había editado y
            comentado González de Salas; véase <hi rend="i">Satiricon, T. Petroni
              Arbitri E. R. Satiricon</hi>. Extrema editio ex Musaeo D. Iosephi Antoni Gonsali de
            Salas Magno Comiti de Olivares Sac., Francofurti: cura Wolfgangi Hofmanni, 1629. Poco es
            lo que se sabe del así llamado <hi rend="i">Petronius Arbiter</hi>, de <hi
              rend="i">praenomen</hi> incierto, conocido también como <hi
              rend="i">elegantiae arbiter</hi> de la corte de Nerón, escritor y
            cortesano que se suicidó al perder su favor. Hablaron de él Plinio en <hi xml:lang="en"
              rend="i">Naturalis Historia</hi>, Plutarco en <hi rend="i">Moralia</hi>,
            60d, y Tácito en<hi rend="i"> Annales</hi>, 16.18. La transmisión del <hi
              rend="i">Satiricon</hi> fue compleja; el texto nos ha llegado en estado
            muy lacunario; la única secuencia narrativa conservada íntegra se dedica a describir un
            grupo de personajes invitados a comer en casa de otro: la así llamada <hi xml:lang="en"
              rend="i">Cena Trimalchionis.</hi> Por lo demás, el <hi rend="i"
              >Satiricon</hi> es un relato novelesco en prosa y verso, conectado por su estructura y
            estilo con la sátira menipea, un género literario prosimétrico de origen griego, que
            practicaron Varrón, por un lado y por el otro, Séneca en su <hi rend="i"
              >Apocolocyntosis</hi>, compuesta con el propósito de denigrar al emperador Claudio.
            Petronio, por su parte, dejó constancia de su crítica a la literatura romana de su época
            por el mal gusto con el que se expresaban sus contemporáneos. Según afirmaba Petronio,
            este defecto del mal gusto se desarrollaba en las escuelas a causa del énfasis otorgado
            a los ejercicios llamados <hi rend="i">declamationes</hi>. En una sección
            de la obra en particular, Petronio desarrolló una enconada crítica a la <hi
              rend="i">Pharsalia</hi>, el famoso poema épico de Lucano. Petronio, como
            Persio, rechazó los recursos retóricos que Lucano había escogido para su composición
            porque denotaban la afectación característica de los poetas de su tiempo. Quevedo, como
            sabemos, fue lector atento de Persio y de Petronio; de allí que citara en esta ocasión
            al segundo, para confirmar el ataque a la nueva poesía por no respetar el principio del
            decoro, que exigía que el lenguaje poético se adecuara al tema, se acomodara «al
            sujeto», ya que el tema y el género debían determinar la elección de un estilo «humilde,
            mediano o grave». A este principio se referían asimismo las retóricas españolas; véase,
            por ejemplo, en el <hi rend="i">Cisne de Apolo</hi>, de Carballo (1958:
            diálogo cuarto, p. 113 y ss.) y Martí (1972).</note>. Oiga vuestra excelencia sin
          prolijidad la arte poética en dos renglones: <quote><hi rend="i">Effugiendum est ab omni
              verborum (ut ita dicam) vilitate et sumendae voces a plebe semotae, ut fiat “Odi
              profanum vulgus, et arceo”</hi><note place="bottom">
              <hi rend="i">Cfr</hi>. con el texto en ediciones modernas, 118: «<hi
                rend="i">Refugiendum est ab omni verborum, ut ita dicam, vilitate et
                sumendae voces a plebe semotae, ut fiat ‘odi profanum vulgus et arceo’</hi>». El
              verso de Horacio citado por Petronio es de una de sus odas romanas, libro III, 1, y va
              dedicado a sus destinarios, entre los que no se halla el vulgo profano al que la voz
              poética rechaza. La frase la emite el personaje Eumolpus, quien rechazaba las
              fantasías de aquel quien, porque lograba expresar en la métrica requerida un
              pensamiento, se consideraba poeta y se veía ya en el sagrado monte Helicón, en Boecia,
              dedicado a Apolo y a las musas: «<hi rend="i">Multos, inquit Eumolpus, o
                iuvenes, carmen decepit. Nam ut quisque versum pedibus instruxit sensumque
                teneriorem verborum ambitu intexuit putavit se continuo in Heliconem venisse</hi>»
              (Petronio 1987: 294, y Petronio 1967: CXVIII, p. 134). Sobre la utilización de este
              principio de Petronio en Jáuregui, véase su <hi rend="i">Discurso
                poético</hi> en la edición de Mercedes Blanco, también en OBVIL.</note></quote>
          (Hase de huir de toda la vileza de los vocablos, y hanse de escoger las voces apartadas de
          la plebe, porque se pueda decir: aborrecí el vulgo profano). Mas débese juntar esto con lo
          que dijo al principio de su libro (que más parece, según viene a propósito, fingido que
            citado)<note place="bottom"> Quevedo cita ahora un extenso pasaje, abreviado, que
            proviene, en efecto, de las primeras secciones conservadas del manuscrito original del
              <hi rend="i">Satiricon</hi>, 2. Se trata de un fragmento del discurso en
            estilo directo asignado por Petronio a un personaje, Encolpio, quien vocifera contra las
            normas de la nueva retórica de la época. El comentario que Quevedo añade entre
            paréntesis: «(que más parece, según viene a propósito, fingido que citado)» podría
            interpretarse como una excusa anticipada dirigida a quienes le reprocharían inventarse
            un comentario tan a propósito cuando en realidad Quevedo lo saca del texto del mismo
            Petronio. Encolpio, en verdad, sólo increpa a los profesores de retórica de la época de
            los emperadores romanos porque enseñaban <hi rend="i">declamationes</hi>
            compuestas según reglas en boga en esos momentos, cuando ya la disciplina se había
            pervertido bajo influencias extrañas en detrimento de la verdadera elocuencia. En
            efecto, la evolución que ataca fue réplica de lo ocurrido en Grecia a mediados del siglo
            III a.C. cuando, al cambiar la situación política, la retórica se convirtió en una
            disciplina académica. En las escuelas se enseñaba a escribir en un estilo diferente, más
            emocional y complejo, bajo la influencia de tendencias afines al griego literario
            practicado en Asia. El «asianismo» compitió con el «aticismo» de los usos estilísticos
            de siglos anteriores. En la España barroca la crítica de la «nueva poesía» utilizó el
            ejemplo de los antiguos para rechazar las innovaciones de Góngora y los gongoristas,
            homologándolos a los «asianistas».</note>; él dice con quienes habla: <quote><hi
              rend="i">Pace vestra liceat dixisse primi omnem eloquentiam perdidistis: leuibus enim
              atque inanibus sonis ludibria quaedam excitando</hi>, <pb n="32"/><hi rend="i">
              fecistis ut corpus orationis eneruaretur et caderet. Nondum umbraticus doctor ingenia
              deleuerat […]. Grandis et, ut ita dicam, pudica oratio non est maculosa, nec turgida,
              sed naturali pulcritudine exurgit. Nuper ventosa istaec et enormis loquacitas Athenas
              ex Asia commigrauit animosque iuuenum ad magna surgentes veluti pestilenti quodam
              sidere adflauit, ac ne carmen quidem sani coloris enituit</hi><note place="bottom">
              Desaparecen aquí las frases en las que Petronio mencionaba los nombres de autores
              griegos como ejemplos de los modelos que antes habían sido objeto de imitación.
              Compárese con el texto en ediciones modernas, <hi rend="i"
                >Satiricon</hi>, 2: «Pace vestra liceat dixisse, primi omnium eloquentiam
              perdidistis. Levibus enim atque inanibus sonis ludibria quaedam excitando effecistis,
              ut corpus orationis enervaretur et caderet. Nondum umbraticus doctor ingenia
              deleverat, <hi rend="i">cum Pindarus novemque lyrici Homericis versibus
                canere timuerunt. Et ne poetas [quidem] ad testimonium citem, certe neque Platona
                neque Demosthenen ad hoc genus exercitationis accessisse video</hi>. Grandis et ut
              ita dicam pudica oratio non est maculosa nec turgida, sed naturali pulchritudine
              exsurgit. Nuper ventosa istaec et enormis loquacitas Athenas ex Asia commigravit
              animosque iuvenum ad magna surgentes veluti pestilenti quidam sidere afflavit, <hi
                rend="i">semelque corrupta eloquentiae regula stetit et obmutuit. Quis
                postea ad summam Thucydidis, quis Hyperidis ad famam processit</hi>? Ac ne carmen
              quidem sani coloris enituit […]» (Petronio 1987: 2 y 4 y Petronio 1967: II, p. 194).
              El fragmento al que se refiere Quevedo puede leerse en la edición de González de Salas
              en el siguiente vínculo: <ref
                target="https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=ucm.5323799521"
                >https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=ucm.5323799521</ref>.</note></quote>. (Séame
          lícito decir con vuestra licencia que sois los primeros que echaron a perder toda la
          elocuencia, y componiendo cosas ridículas, con vanos y leves sones, hicisteis que el
          cuerpo de la oración desmayado cayese. Aún no había el doctor oscuro y sombrío borrado los
            ingenios<note place="bottom">
            <hi rend="i">El doctor oscuro y sombrío</hi>: «quien escribe prosa o verso
            confusos». Quevedo traduce la metáfora del <hi rend="i">Satiricon</hi> de
            Petronio, <hi rend="i">umbraticus doctor</hi>, y lo aplica a Góngora y a
            los gongoristas. Sin duda, le atrajo todo el sintagma compuesto por Petronio: <hi
              rend="i">Nondum umbraticus doctor ingenia deleuerat</hi> […],
            probablemente porque le permitía afirmar que su estilo, como ocurrió con el «estilo
            asiático» de la nueva poesía romana, hacía desaparecer, eliminaba, «los ingenios». Para
            el aprovechamiento de esta metáfora en Quevedo, recuérdese el capítulo IX de <hi
              rend="i">La hora de todos</hi>, «Poeta culto», en el que el concepto de
            oscuridad genera la ficción satírica: «a la obscuridad de la obra que era tanta que no
            se vía la mano, acudieron lechuzas y murciélagos y los oyentes, encendiendo linternas y
            candelillas, oían de ronda la musica, a quien llaman “la enemiga del día, que el negro
            manto descoge”» (véase Quevedo 2009: 113-116). Otro ejemplo se halla en <hi
              rend="i">La culta latiniparla</hi>, cuando se compara el texto culto con
            aves nocturnas: «palabras murciégalas y razonamientos lechuzas» (Quevedo 2003a:
            101).</note>. La grande y decorosa oración no es monstruosa y hinchada, antes se
          endereza con natural hermosura. Poco ha que esta enorme y fanfarrona parlería de Asia vino
          a Atenas, y los ánimos de los mancebos que se alentaban a grandes impresas los hirió de
          contagio a manera de pestilencial constelación, y de verdad ni un verso se vio de <pb
            n="33"/> buen color<note place="bottom">
            <hi rend="i">Verso de buen color</hi>: «de cualidad que distingue el
            estilo» (DRAE).</note>). Siempre las razones de <persName type="authority" key="Petronio" precision="3">Petronio</persName>
          en otra pluma echarán menos sus palabras; mas si yo bien las desaliño con mi versión, no
          las he borrado las señas que da del doctor umbrático, de la parlería fanfarrona y del
          verso de mal color<note place="bottom">
            <hi rend="i">las desaliño</hi>: «las descompongo»; por <hi xml:lang="en"
              rend="i">captatio benevolentiae</hi>, se disculpa de su incapacidad como traductor.
              <hi rend="i">(Doctor) umbrático</hi>: «sombrío, por oscuro»; <hi
              rend="i">parlería</hi>: «demasía en el hablar» (<hi xml:lang="en"
              rend="i">Aut</hi>.). <hi rend="i">Verso de mal color</hi>: nueva
            referencia a los colores retóricos que los nuevos poetas eran incapaces de
            lograr.</note>. Ni sé qué codicia o qué gloria mueve a los charlatanes de mezclas y a
          los que escriben taracea de razonar prosa espuria y voces advenedizas y desconocidas, de
          tal suerte que una cláusula no se entiende con la otra<note place="bottom"> Se ataca a los
            nuevos poetas por escoger latinismos u otras construcciones retóricas que dificultan la
            lectura de sus composiciones; <hi rend="i">charlatanes de mezclas</hi>:
            refiere a la inserción en una misma frase de lexemas derivados de dos o más idiomas, en
            este caso, latín y castellano, con lo que se produce una mescolanza de palabras. De este
            modo infringen el principio del decoro y sus textos resultan difíciles de descodificar
            por estar construidos como una <hi rend="i">taracea</hi> de elementos
            diversos.</note>. No tiene mucha edad este delirio, que pocos años ha que algunos
          hipócritas de nominativos<note place="bottom">
            <hi rend="i">Hipócritas de nominativos</hi>; «que fingen saber latín»
            según Azaustre (2003b: 145, n. 68) o «farsantes de la primera enseñanza» (Rivers 1998:
            48, n. 33), si se entiende <hi rend="i">nominativos</hi> en el sentido de
            «rudimentos o principios de cualquier facultad o arte» (<hi rend="i"
              >Aut</hi>.). La acusación señala que quienes practican el nuevo estilo se presentan
            como auténticos eruditos, aunque sólo conocen lo básico ; véase una expresión paralela
            en <hi rend="i">La culta latiniparla</hi> (Quevedo 2003a: 97): «[… ] tiene
            [vuestra merced] más nominativos que galanes […]», le espeta Aldrobando Anatema
            Cantacuceno a Doña Escolástica Poliantea de Calepino. Quizás podríamos considerar en
            ambas expresiones que, siendo los nominativos la primera forma de la declinación, que
            saben todos los que aprenden la lengua, los poetas oscuros y las «hembrilatinas» son
            acusados de ir repitiendo siempre los mismos rudimentos de latinajos para simular que
            son auténticos latinistas.</note> empezaron a salpicar de latines nuestra habla<note
            place="bottom">
            <hi rend="i">Salpicar de latines nuestra habla</hi>: Quevedo censura
            nuevamente la excesiva introducción de palabras latinas entre las castellanas, vicio en
            el que incurren los «charlatanes de mezclas», cuyos escritos describió <hi xml:lang="en"
              rend="i">supra</hi> evocando la «inundación de palabras forasteras». En su <hi
              rend="i">Carta en respuesta</hi> escribió Góngora: «[…] no van en más
            que una lengua las <hi rend="i">Soledades</hi>, aunque pudiera, quedándome
            el brazo sano, hacer una miscelánea de griego, latino y toscano con mi lengua natural, y
            creo no fuera condenable» (Reyes Cano 2010: 434). La censura de la presencia de palabras
            latinas en discursos escritos en castellano aparece antes de la polémica gongorina. Así
            puede leerse en la <hi rend="i">Retórica eclesiástica</hi> de fray Luis de
            Granada: «La <hi rend="i">barbaralexis</hi> es semejante al barbarismo,
            como cuando usamos de alguna locución forastera, mezclando en el idioma español voces
            latinas, o en el latino españolas; lo que procura evitar el lenguaje castizo y propio. Y
            no será fuera del caso advertir aquí, que así como huimos de las voces extranjeras,
            huyamos también con gran cuidado de las frases e idiotismos peregrinos, defecto en que
            incurren frecuentemente varones elocuentísimos» (Granada 1945: 570); así ya en
            Quintiliano, <hi rend="i">Institutio oratoriae</hi>, libro VIII, 1, 2.
            Asimismo, Gracián Dantisco: «[…] se deve cada qual guardar de entremeter palabras
            latinas y extraordinarias adonde no hay latinos, ni quien las entienda, porque en este
            yerro caen muchos, que con un poco de gramática que estudiaron, meten vocablos latinos
            en quanto hablan, tan fuera de propósito, que en la propriedad de nuestro romance
            discordan y suenan tan mal que no hay quien los aguarde […]» (Gracián Dantisco 1968: 141
            y comentario de M. Morreale p. 51). Ya en el contexto de las polémicas, se lee en el <hi
              rend="i">Discurso poético</hi> de Jáuregui «[…] no sólo llenan de latín
            y de italiano y griego la mayor parte de los versos, dejándolos como extranjeros, y
            desnudos de su lengua legítima, sino que las voces que usurpan, aun en su origen son
            ocultas» (1624_discurso-poético). Se comenta y contextualiza esta cita en Roses (1994:
            163-65; ver en general sobre este tema sus p. 152-168). Pedro de Valencia había dicho en
            su <hi rend="i">Carta II</hi>: «[…] usa de vocablos peregrinos italianos y
            otros del todo latinos […] Estos conviene moderar i usar pocas veces» (Pérez López 1988:
            76). En <hi rend="i">Respuestas a las cartas de don Luis de Góngora y de
              don Antonio de las Infantas</hi> (Reyes Cano 2010: 451) se elabora un Parnaso en el
            que a Góngora le corresponde una zona propia de la poesía macarrónica: «Homero y
            Virgilio fueron poetas heroicos; Horacio y Píndaro, líricos; Juvenal y Marcial,
            satíricos; Terencio y Plauto, cómicos; Vm. y Merlín Cocayo, ridículos […]». Merlín Cocai
            es símbolo del latín macarrónico; la culta latiniparla es «más merlincocaica que Merlín»
            (Quevedo 2003a: 97 y n. 14). Para la poesía macarrónica, ver en Cacho (2003) el capítulo
            titulado «Parodia de la poesía gongorina: entre Folengo y Fidenzio»: «Teofilo Folengo
            (Merlin Cocai) recogió una tradición previa desarrollada a finales del siglo XV y la
            llevó a su máxima expresión. El macarrónico parte de una base latina que se funde con
            términos italianos y dialectales, a los que se les añaden las desinencias latinas» (p.
            302). Cacho precisa que Quevedo y Lope utilizan a Merlin Cocai «[…] más como un símbolo
            de la confusión de lenguas que como una fuente literaria en la que basar sus críticas» y
            valora el modelo de Fidenzio frente a Folengo en las parodias anticultistas (p. 304).
            Otras precisiones sobre la mezcla de lenguas en Martinengo (1967: 147-148); Collard
            (1967: 13-15 y 77-78); Azaustre (2003a: notas 42 y 44); García Rodríguez-Conde Parrado
            (2005: 119-121).</note>, que, gastando de su caudal, enriqueció a Europa con tan
          esclarecidos escritores en prosa y en versos. Y hoy duran de aquel tiempo muchos que
          sirven de antídoto con sus obras a la edad, preservándola de la inundación de jerigonzas;
          y otros que hoy florecen con admiración de las naciones<note place="bottom"> Con un dejo
            de ironía se incluye este comentario sobre aquellos famosos escritores españoles que
            enriquecieron la literatura europea en tiempos anteriores y que seguían produciendo en
            el presente; por tanto, se puede afirmar que funcionaron de <hi rend="i"
              >antídoto</hi>, «contraveneno», contrarrestando así la difusión de la nueva poesía, a
            la que se califica de <hi rend="i">jerigonza</hi>: «lenguaje de mal gusto,
            complicado, difícil de entender» (DRAE) y según la definición de <hi xml:lang="en"
              rend="i">Covarrubias</hi>, «un cierto lenguaje particular que usan los ciegos con que
            se entienden entre sí. Lo mesmo tienen los gitanos [...] los rufianes y los ladrones
            […]». Es término de frecuente uso en quienes rechazan el estilo de los gongoristas;
            véase Quevedo, <hi rend="i">Aguja de navegar cultos</hi>: «Quien quisiere
            ser culto en solo un día / la jeri (aprenderá) gonza siguiente» (Quevedo 2007: 465); y
            en <hi rend="i">La culta latiniparla</hi>, cuyo subtítulo es: <hi
              rend="i">Catecisma de vocablos para instruir a las mujeres cultas y
              hembrilatinas</hi>, se lee: «Lleva un disparatario, como vocabulario para interpretar
            y traducir las damas jerigonzas que parlan el Alcorán macarrónico, con el laberinto de
            las ocho palabras» (Quevedo 2003a: 93 y 95). Nos indica Pedro Conde que aparece también
            en la carta de Lope a «un señor de estos reinos» en <hi rend="i">La Filomena</hi> («como
            los ciegos a la jerigonza») y en la <hi rend="i">Carta a don Luis de Góngora en razón de
              las Soledades</hi>: «aunque otros entienden ha inventado esta jerigonza para rematar
            el seso de Mendoza».</note>. <pb n="34"/> Sabrosamente y con sazón bien elegante lo dijo
          <persName type="authority" key="Antífanes" precision="4" unit="quote" quantity="1">Antífanes</persName>, hablando de Filógeno en sus fragmentos<note
            type="app" rend="I"> fragmentos <hi rend="i">em</hi>.: fracmentos <hi
              rend="i">A</hi> y <hi rend="i">M</hi></note>: <quote><hi
              rend="i">Longe sane est supra poetas omnes Philogenus: primum enim nominibus propriis
              et communibus utitur ubique, deinde modorum et cantuum variationibus et chromatis, ut
              probe Deus in hominibus temperabit; erat peritus ille et vere musicam tenebat. Qui
              vero nunc sunt poetae, hederaceos, fontanos et floridos cantus ac numeros vanis
              nominibus implicantes, edunt alienos modos: […] utrum cum dicturus sis ollam, dicam
              “torni purgamentum fabrefactum, in alieno matris assatum tecto”? An nouelli vero
              “gregis in se coagula lactinutria subiungi corpora irretientem”? Dii boni, scilicet et
              necabis me. Si mihi notis verbis et plane dicas “carnium ollam”, bene dices</hi><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Antífanes</hi>: Antiphanes (h. 388-h. 311) fue autor de
              obras dramáticas cómicas, características del conjunto de textos de la <hi
                rend="i">Comedia Media.</hi> En una de ellas alabó a un poeta
              contemporáneo suyo,<hi rend="i"> Filógenes</hi>, es decir, <hi
                rend="i">Philoxenus</hi>, quien en su obra <hi rend="i"
                >El banquete</hi> describió una fiesta utilizando el discurso de los ditirambos (<hi
                rend="i">In Philoxenum, et de poetis</hi>). Ateneo, retórico y
              gramático griego nacido en Naucrates, colonia griega y ciudad situada en Egipto (fl.
              h. 200 d. C.) transmitió este dato en su obra <hi rend="i">La cena de
                los sofistas</hi> o de <hi rend="i">los eruditos.</hi> Ateneo vivió en
              Roma y escribió los <hi rend="i">Deipnosophistae</hi> según el modelo de
              un género menor, la literatura simposíaca, en boga en Grecia en época posterior a la
              composición del <hi rend="i">Simposio</hi> de Platón. El escenario es
              siempre semejante: después de un banquete, los invitados dialogan sobre temas
              filosóficos, literarios, artísticos o históricos; véase en la ed. moderna de Ateneo
              (1957-67: el tomo VI, p. 474-475). Las palabras de Filógenes de Citerea provienen del
              texto de <hi rend="i">El banquete</hi>, mencionado por Ateneo en un
              parágrafo anterior (véase XIV, 642-643, p. 471); según Ateneo, la cita siguiente sobre
              Filógenes en la que se lo alaba por su estilo (§ 643d, p. 473) proviene de un libro de
              Antífanes, quien lo había caracterizado como buen poeta en otro suyo y llega hasta el
              lexema ἀλλότρια μέλη (<hi rend="i">alienos modos</hi>)<hi xml:lang="en"
                rend="i">. La cena de los sofistas</hi> de Ateneo no se conocía en Europa. Fue el
              siciliano Aurispa quien lo incluyó entre los manuscritos que trajo de Constantinopla y
              llevó a Venecia en 1422-1423. La <hi rend="i">princeps</hi> de los <hi
                rend="i">Deipnosophistae</hi> se publicó en Venecia en las prensas
              aldinas en 1514, editada por Marcus Masurus, y fue pronto traducida al latín por
              Natale de Conti, con lo que se convirtió en un texto valioso para reconstruir no pocos
              aspectos de la cultura griega. Impresa muchas veces en el XVI, fue reeditada por Isaac
              Casaubon en 1597; el volumen incluía su traducción al latín por Jacques Dalechamps.
              Quevedo la había utilizado frecuentemente y citado en varias de sus obras, como
              señalaron ya Rivers (1998: 48-49) y Azaustre (2003b: 146, n. 70). Sobre el uso de esta
              obra en Quevedo, véase también Schwartz (2001).</note></quote>. (Con muchas ventajas
          es mejor poeta que todos los demás Filógeno. Lo primero, usa de nombres propios y comunes
          en cualquiera parte; demás de esto, usa de diferentes modos y variedades<pb n="35"/> de
          cantos y tonos, como Dios elegantemente ordenó en los hombres; era doctísimo, y sabía con
          eminencia la música. Mas los poetas que se usan, enyedrados, fontanos y floridos, que
          revuelven los cantos y los números con nombres vanos, estos sacan composiciones
          desconocidas: […]<note place="bottom"> La continuación del pasaje que concluye con <hi
              rend="i">alienos modos</hi>, es decir, a partir de la frase <hi
              rend="i">utrum cum dicturus sis ollam</hi>, no había sido identificado
            por los editores anteriores de este prólogo de Quevedo. Contamos ahora con la que ofrece
            Moya del Baño (2014: 176), s.v. <hi rend="i">Antífanes</hi>, que
            incorporamos a nuestra edición. Moya cita el texto que se halla en la edición <hi
              rend="i">Basilensis</hi> de Iacobus Hortelius de las sentencias de los
            comediógrafos griegos: <hi rend="i">Vetustissimorum et sapientiss.
              Comicorum quinquaginta Sententiae</hi>, 1560, p. 469; el primer párrafo se encuentra
            en las pp. 513-514, hasta <hi rend="i">alienos modos</hi>; el segundo, que
            se inicia <hi rend="i">Vtrum cum dicturus sis ollam</hi> en la p. 469.
            Moya advierte asimismo que las traducciones latinas de los pasajes de Antífanes son
            distintas a la traducción citada por Quevedo. Ello indica que puede haber leído otras
            recopilaciones de sentencias de comediógrafos griegos, además de las que aparecen en los
              <hi rend="i">Deipnosophistae</hi>. Para una revisión de estos textos y
            las traducciones latinas que circulaban en los siglos XVI y XVII, véase Moya (2014: 176
            y 177). Gracias a Pedro Conde podemos remitir a <ref
              target="https://books.google.es/books?id=T3JeAAAAcAAJ&amp;pg=RA2-PA25&amp;dq=%22menandri%22+comoediis+1553&amp;hl=es&amp;sa=X&amp;ved=0ahUKEwi8gumR3s3PAhWMLMAKHTexBl8Q6AEIRDAF#v=onepage&amp;q=%22menandri%22%20comoediis%201553&amp;f=false"
              >una edición disponible en internet (p. 99-100)</ref></note> ¿por ventura, queriendo
          decir «olla», será bien decir «del torno purgamento labrado hecho de la tierra, cocido en
          ajeno techo de la madre<note type="app" rend="I"> madre, o <hi rend="i"
              >em</hi>.: madreto <hi rend="i">A</hi>.</note>», o «los cuerpos del
          tierno ganado que juntan en sí los coágulos que apremian mezclados los lactinutrios»? ¿Por
          ventura acabarías conmigo si dijeses con palabras conocidas y claramente: «carne en la
          olla», que era hablar bien?)<note place="bottom"> También Antífanes parece haber criticado
            la tendencia de algunos poetas a escoger perífrasis complejas para designar un objeto,
            en vez de llamar a las cosas por su nombre: «carne en la olla». Se convirtió en recurso
            reiterado de las críticas a los cultos; véase <hi rend="i">La culta
              latiniparla</hi>, en la sección subtitulada <hi rend="i"
              >Cultigracia</hi>: «A su marido, por el hastío que causa el tal nombre, le llamará ‘mi
              <hi rend="i">quotidie’</hi>, ‘mi siempre’ […]»; «Si se ofreciere decir
            que despabilen las velas, dirá: ‘suena catarro luciente’, ‘excita esplendores, pañizuela
            de corte’»; para el sentido del sintagma <hi rend="i">pañizuela de
              corte</hi>, véase en la ed. de Azaustre (Quevedo 2003a: 104): «refiere a las <hi
              rend="i">despabiladeras</hi>, i. e. las tijeras con las que se cortaba
            el pabilo de las velas», con lo cual son como un pañuelo que limpia la mucosa de las
            velas al cortarlas. Para un tipo de crítica semejante, véase asimismo, Jáuregui, <hi
              rend="i">Antídoto</hi> (Jáuregui 2002: 122): «Algunas exageraciones usa
            Vm. tan disformes i desproporcionadas que no se pueden comportar, como llamar a la
            cecina de macho <hi rend="i">Purpúreos hilos es de grana fina</hi>». Para
            un análisis de la crítica y de la defensa del discurso metafórico de Góngora, véase
            Roses (1994: 179-186); Roses (1994: 181) cita el juicio de Cascales, en sus <hi
              rend="i">Cartas filológicas</hi>, VIII: «¿Qué otra cosa nos dan el <hi
              rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi> y
            otros poemas semejantes, sino palabras trastornadas con catacresis y metáforas
            licenciosas, que cuando fueran tropos muy legítimos, por ser tan continuos y seguidos
            unos tras otros, habían de engendrar oscuridad, intrincamiento y embarazo?».</note>.
          Lugar es ajustado y que dice lo uno y lo otro.</p>
        <p>Cansose de este lenguaje broma el sumamente elegante <persName type="authority" key="Aristófanes" precision="4" unit="quote" quantity="1">Aristófanes</persName> en la comedia intitulada <title>Ranas</title>, que hasta el título
          de la comedia se apropia al estilo, que hace ruido desapacible y no se entiende, y es, por
          lo oscuro y turbio, música del cieno. Acto 4, <pb n="36"/> escen. 2: <quote><hi rend="i"
              >Omnino igitur decet utiliter nos loqui. Euri.: An ergo Licabetos et Parnasos cum tu
              memoras, hoc sit bona et aequa dicere quem humane loqui conuenit</hi>?<note
              place="bottom"> Aristófanes (h. 450-h. 385): compuso numerosas obras teatrales
              clasificadas en la categoría de la Comedia Antigua, de las que sobreviven once
              completas. Fue muy apreciado en su época y después por ser un hábil inventor de
              ingeniosas situaciones cómicas, satíricas y paródicas. La comedia <hi xml:lang="en"
                rend="i">Ranas</hi> (<hi rend="i">Bátraxoi</hi>) está dividida en dos
              partes, separadas por la parábasis. La primera gira en torno al descenso al Hades de
              Dionisio, dios del teatro, ya muertos Esquilo y Sófocles con la intención de encontrar
              a Eurípides que acababa de morir en el 407 a. C. y así restituir a Atenas la fama que
              había adquirido por sus representaciones dramáticas. Al cruzar la laguna Estigia oye
              croar a las ranas, que dan el nombre a esta comedia. En la extensa segunda parte, vv.
              830-1533, Dionisio dialoga con Esquilo y Eurípides sobre cuestiones literarias y
              éticas. En pugna, cada dramaturgo defiende furiosamente sus ideas sobre el lenguaje
              literario y las situaciones dramáticas que inventa. En el pasaje escogido, Esquilo
              había dicho que el poeta tenía el deber de escribir sólo sobre cosas honestas porque
              educaba a los jóvenes: ʻPorque para los niños pequeños, el educador es el maestro de
              escuela; para los jóvenes es el poeta. Tenemos el deber absoluto de no decir sino
              cosas honestasʼ. Según la versión latina que se cita: <hi rend="i"
                >Omnino licet utiliter nos loqui.</hi> A continuación aparece el nombre abreviado de
              su interlocutor, Eurípides, quien lo cuestiona en su respuesta: ʻCuando tú nos espetas
              palabras tan altas como los montes Licabettos y Parnaso, ¿es eso enseñar cosas
              honestas, en vez de emplear un lenguaje humano?ʼ. Las frases que cita Quevedo en latín
              traducen los vv.1055-1057; véase Aristófanes (1954: 136). <hi rend="i"
                >Licabettos</hi>: nombre de un pequeño monte en Atenas; según el discurso
              mitológico, designaba una colina creada por la diosa Pallas Atenea. Se ha identificado
              una edición en la que la frase aparece <hi rend="i">verbatim</hi>; <hi
                rend="i">cfr</hi>. Rivers (1998: 50, n. 36): «Véase la edición de 1607
              (R 18.407), titulada <hi rend="i">Aristophanis comoediae undecim</hi>…,
              que contiene la versión latina citada…». Quevedo poseía asimismo en su biblioteca un
              ejemplar de una traducción latina de difícil consulta: ARISTÓFANES. <hi rend="i"
                >Aristophanis, Comicorum principis, Comoediae undecim è graeco in latinum, ad uerbum
                translatae</hi>, Andrea Divo Iustino- politano interprete. Basileae: apud haeredes
              Cratandri, 1542 (véase Pérez Cuenca 2003: 301). Puede consultarse ahora esta edición
              en <ref target="https://archive.org/details/bub_gb_A_OQTJpfokIC"
                >https://archive.org/details/bub_gb_A_OQTJpfokIC</ref>: En la página 144 se
              encuentra el pasaje en cuestión: “<hi rend="i">Valde iam oportet bona dicere nos. Eur:
                Si igitur tu dicis Lycabetos, et Parnassorum nobis magnitudines, hoc est bona
                docere? Quem oportet dicere humane</hi> ?”</note></quote> (De todas maneras,
          conviene hablar bien con utilidad. <hi rend="i">Eurípides</hi>: ¿Por ventura, cuando tú
          dices «Licabetos» y «Parnasos», es hablar bien y ajustadamente, cuando conviene hablar
          como humano?).</p>
        <p>Excelentísimo señor, hablar como humano llamaban la habla decente y propia a lo que se
          escribía; así <persName type="authority" key="Petronio" precision="4" unit="quote" quantity="1">Petronio</persName> se burló del poeta: <quote><hi
              rend="i">Saepius poetice quam humane locutus es</hi></quote> (Más veces has hablado
          como poeta que como humano)<note place="bottom"> Véase <hi rend="i"
              >Satiricon</hi>, 90 (Petronio 1987: 210). Eumolpo, en un templo, se propuso describir
            una pintura en la que se había representado la caída de Troya. La descripción en verso
            se basaba en la primera parte del libro II de la<hi rend="i"> Eneida</hi>
            de Virgilio. Mientras recitaba, el público dio en arrojarle piedras: «<hi xml:lang="en"
              rend="i">Ex is qui in porticibus spatiabantur lapides Eumolpum recitantem
              miserunt</hi>». Eumolpo huye del templo, y tras él, Encolpio, quien teme asimismo que
            lo consideren poeta. Lo sigue, y al llegar a la playa, le increpa por no poder liberarse
            de la poesía, de la que afirma que constituye una auténtica enfermedad, <hi
              rend="i">morbus</hi>, en su amigo: «<hi rend="i">Minus
              quam duabus horis mecum moraris, et saepius poetice quam humane locutus es</hi>»
            (véase asimismo, en la edición de Ernout, cap. XC, <hi rend="i">cfr</hi>.
            Petronio 1967: 194) y la nota de González de Salas que se lee en su edición del <hi
              rend="i">Satiricon</hi> (véase Azaustre 2003b: 148, n. 73).</note>.
            Gravemente<note type="app" rend="I"> gravemente <hi rend="i">em.</hi>:
            grauemene <hi rend="i">A</hi> y <hi rend="i">M</hi></note>
          afrenta estos fanfarrones de voces <persName type="authority" key="Epicteto" precision="4" unit="quote" quantity="1">Epicteto</persName> (<title>apud
            Arrianum lib. Disertationum</title>) con tales palabras: <quote><hi rend="i"
              >Scholasticum esse animal quod ab omnibus irridetur</hi></quote> (El culto es animal
          de quien todos se ríen)<note place="bottom"> Nueva referencia a otra autoridad, que refrenda sus reiteradas críticas: Epicteto de
            Hierápolis, filósofo estoico cuyo manual, <hi rend="i">Enchiridion</hi>, Quevedo tradujo
            y publicó en 1635. La cita proviene de uno de sus discípulos Flavio Arriano (s. II, d.
            C.), quien había recogido y publicado sus clases, <hi rend="i">diatribái</hi>, en ocho
            libros, de los cuales cuatro se conservan. Rivers ya indicó brevemente su fuente: «<hi
              rend="i">Sentis itaque tibi ex usu esse ut fias scholasticus: nempe tale animal quod
              irrideatur ab omnibus</hi> […]», según la edición consultada en la BNE, signatura 3 /
            3776: <hi rend="i">Arriani Nicomediensis, de Epictetii philosophi, praeceptoris sui,
              dissertationibus Libri IIII</hi> […], Basileae, Ioannes Oporinus, 1554; véase asimismo
            la edición moderna preparada por W. A. Oldfather, <hi rend="i">The Discourses of
              Epictetus</hi> (1925-1928).</note>. No es achaque de mi malicia traducir la palabra
          escolástico ‘culto’: véase lo que dice <persName type="authority" key="Rittershausen, Konrad" precision="3">Ritershusio</persName> sobre
          Salviano en esta propia palabra y sentencia<note place="bottom">
            <hi rend="i">Ritershusio</hi>: Konrad Rittershausen (1560-1613), humanista
            germano que publicó en 1605 un comentario sobre Salvianus Massiliensis, es decir,
            Salviano de Marsella (ca. 405-ca. 470), un padre de la Iglesia o un rétor cristiano,
            oriundo del noroeste de la Galia, de Colonia o de Treveris. Sólo se han conservado dos
            obras y unas nueve cartas de Salviano, incluidas en el tomo LIII de la <hi xml:lang="en"
              rend="i">Patrologia latina</hi> de Migne. Por su parte, Azaustre (2003b: 148, n. 75)
            cita la edición de Lagarrique en la colección Sources Chrétiennes en dos tomos
            publicados en 1971 y en 1975. Quevedo se refiere a un uso semejante del lexema <hi
              rend="i">escolástico</hi> en el sentido de <hi rend="i"
              >culto</hi> en el texto de Rittershausen; lo citamos según se lee en una edición del
            siglo XIX que incluimos: “Habet quoque scholastici appellatio significationem
            contemptus, praesertim apud vulgus, quod hominem imperitum et ineptulum vocare solet <hi
              rend="i">scholasticum</hi> et <hi rend="i">hominem de
              schola</hi>: quomodo apud Arrianum <hi rend="i">lib</hi>. I <hi
              rend="i">dissertat</hi>. Epictetus ait: <hi rend="i"
              >Scholasticum esse animal quod ab omnibus derideatur</hi>” (Rittershausen 1840: 694,
            que corresponde en la obra referida a la parte IX, cap. VIII, 8, “scholastici nomen a
            quo inventum et quam varie usurpetur”).</note>.</p>
        <p>De todo esto se asegura quien ama la propiedad y la luz, y la escribe y las razona<note
            place="bottom">
            <hi rend="i">De todo esto se asegura quien ama la propiedad y la luz</hi>:
            el orador debía buscar la claridad y la elocuencia, que descansaban en particular en la
            propiedad y el ornato. Ahora bien, en aras de la elocuencia podía caer en un excesivo
            ornato, que atentaba contra el principio de lo <hi rend="i">correcto</hi>,
            de lo que era apropiado. Se trataba de elegir la palabra adecuada, que correspondía a lo
            que se trataba, y así indicaba Quintiliano, en el principio del libro VIII de su <hi
              rend="i">Institutio oratoriae</hi>, que «<hi rend="i">non
              simpliciter accipitur</hi>». Quintiliano, pues, exigía claridad en el orador («<hi
              rend="i">Nobis prima sit virtus perspicuitas, propria verba, rectus
              ordo, non in longum dilata conclusio, nihil neque desit neque superfluat</hi>», VIII,
            2, 22), pero asimismo una elocuencia que no podía prescindir del ornato (VIII, 3, 1);
            sin embargo, había que moderar ese ornato. Moderarlo, no era renunciar a él; por ello,
            afirmaba que no era enemigo de un discurso que revelara ese esmero: «<hi xml:lang="en"
              rend="i">Quare nemo ex corruptis dicat me inimicum esse culte dicentibus</hi>»: ‘Por
            lo tanto, que nadie entre los decadentes diga que soy enemigo de los que hablan con una
            cuidada elocuencia’ (VIII, 3, 7). Para Quevedo, los cultos eran precisamente quienes no
            respetaban el equilibrio recomendado por Quintiliano, los que convertían en <hi
              rend="i">vitium</hi> del discurso un esmero que podría ser virtud (<hi
              rend="i">Institutio</hi>, VIII, 3, §7). El poeta que escribía claro y
            recurría a las palabras apropiadas se aseguraba de evitar los reproches dirigidos a los
            poetas oscuros en los ejemplos citados por Quevedo. Para la palabra «culto», ver Collard
            (1967: 2-23).</note>. Severo<pb n="37"/> censor es <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="3"
            >Quintiliano</persName>, y en el lib. 8 de sus <title>Instituciones</title>, cap. 3, alaba
          en <persName type="authority" key="Virgilio" precision="1">Virgilio</persName> lo que un mal culto usurpador de este buen
          renombre arrojara por bajo y asqueroso. <persName type="authority" key="Virgilio" precision="4" unit="quote" quantity="1">Virgilio</persName> en la
            <title>Geórgica</title>, libro 4: <quote><hi rend="i">Saepe exiguus mus</hi></quote>
          (Muchas veces el pequeño ratón)<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i"
              >Geórgicas</hi>; la cita procede en realidad del libro I (vv. 181-182). Al describir
            cómo preparar el suelo para el cultivo, Virgilio señalaba que el agricultor debía
            liberarse de animalejos u otras plagas diversas, entre las cuales nombraba al pequeño
              ratón<hi rend="i">: saepe exiguus mus / sub terris posuitque domus atque
              horrea fecit</hi>, «a menudo bajo la tierra el pequeño ratón establece una casa y
            construye su despensa».</note>. Pondera el severo<note place="bottom">
            <hi rend="i">El severo Fabio</hi>: es decir, Quintiliano; su nombre
            completo era Marcus Fabius Quintilianus. Las frases citadas pertenecen al libro VIII, 3,
            20 de la <hi rend="i">Institutio oratoriae</hi>, donde habla del ornato:
            qué palabras deben usarse según el tema y tono adoptado por el escritor. Cita a
            Virgilio, porque el tipo de texto que escribe requiere un epíteto apropiado e impide que
            el lector espere demasiado, mientras que el uso de <hi rend="i">mus</hi>
            en singular con el que concluye el verso también produce un efecto placentero. Para
            corroborar su interpretación recuerda un uso semejante en Horacio.</note>
          <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="4" unit="quote" quantity="1">Fabio</persName><note place="bottom"> Quintiliano.</note>: <quote><hi
              rend="i">Nam epitheton exiguus aptum proprium efficit, ne plus expectaremus; et casus
              singularis magis decuit, et clausula ipsa unius syllabae</hi><note type="app" rend="I"
              > syllabae <hi rend="i">em</hi>.: sylaba <hi rend="i"
                >A</hi> y <hi rend="i">M</hi></note><hi rend="i"> non usitata addit
              gratiam; imitatus est utrunque Horatius: “Nascetur ridiculus mus”</hi><note
              place="bottom"> Véase Horacio, <hi rend="i">De arte poetica</hi>, v.
              139; el contexto es similar. Horacio recomienda a los poetas que no se jacten de
              importantes por imitar fórmulas iniciales prestigiosas como las de los antiguos
              clásicos por ejemplo, si el tema y tono que adoptarán no lo requieren. Lo expresa con
              una metáfora: «Los montes están de parto; nacerá un ridículo ratón»; véase vv.
              137-139: «<hi rend="i">fortunam Priami cantabo et nobile bellum. / Quid
                dignum tanto feret hic promissor hiatu? / Parturient montes, nascetur ridiculus
                mus</hi>». La mención del ratón ya aparecía en el <hi rend="i"
                >Antídoto</hi> de Jáuregui para contraponer las expectativas creadas en el lector de
              las <hi rend="i">Soledades</hi> y la realidad a la que se enfrenta:
              «Parece a veces que va Vm. a decir cosas de gran peso, y sale con una bagatela o
              malpare un ratón […]» (Jáuregui 2002: 12). Ver asimismo Matas (1990:
            238-239).</note></quote> (Porque el epíteto pequeño, acomodado y propio, previene para
          que no esperemos más, y el caso singular fue más conveniente, y la cláusula de una sílaba
          añadió gracia. Las dos cosas imitó Horacio: Nacerá el ridículo ratón).</p>
        <p>Diferentes cosas estima <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="4"  unit="quote" quantity="1">Quintiliano</persName> que los supersticiosos
          y legos. En estas cosas se debe imitar a los poetas, no en los achaques que no pudieron
          excusar por la ley del ritmo: como las transposiciones latinas que introdujo la posición
          de vocales mudas y líquidas<note place="bottom">
            <hi rend="i">transposiciones</hi>: en la retórica clásica, <hi
              rend="i">transmutationes</hi> permitidas eran la anástrofe, «inversión
            del orden normal de dos palabras inmediatamente sucesivas», y el hipérbaton: «la
            separación de dos palabras, estrechamente unidas sintácticamente, por la intercalación
            de una o varias que no pertenecen inmediatamente a ese lugar» (véase Lausberg 1966-1969:
            § 713 y § 716 respectivamente). El uso excesivo de este último recurso por los
            gongoristas contribuía a aumentar la <hi rend="i">obscuritas</hi>. A
            diferencia del latín o del griego, en español los sustantivos y adjetivos carecen de
            desinencias, con lo que se complicaba reconstituir la función sintáctica que tenían en
            la oración, y así lo criticó Pedro de Valencia en su <hi rend="i">Carta a
              Góngora</hi>: «También por extrañar y hacer más levantado el estilo, usa trasponer los
            vocablos a lugares que no sufre la frasis de la lengua castellana y cae en el vicio que
            los artífices de retórica llaman <hi rend="i">Cacosyntheton y mala
              compositio</hi>» (Góngora 1961: 1085). Y del mismo modo critica Jáuregui el hipérbaton
            en el <hi rend="i">Antídoto</hi> y en el<hi rend="i">
              Discurso poético.</hi> En cambio, quienes adoptaron el estilo culto defendían su uso
            basándose en los textos clásicos imitados y en su efectividad para desarrollar el <hi
              rend="i">ornatus</hi>; véase Roses (1994: 10-14, 81-82,
          156-186).</note>, no el estudio, sino las breves o largas, como se ve:<pb n="38"/>
          <quote><hi rend="i">Inde toro pater Aeneas sic orsus ab alto</hi><note place="bottom"> En
              el impreso dice <hi rend="i">Eneas</hi>, que corregimos: <hi
                rend="i">Aeneas</hi>. El argumento desarrollado en esta frase parte de
              las modalidades diversas que rigen la prosodia en ambas lenguas. En latín, como en
              griego, el verso se basaba en diferentes tipos de <hi rend="i">pies</hi>
                (<hi rend="i">pes / pedes</hi>); en castellano, en el número de
              sílabas. El tipo de pie llamado <hi rend="i">dáctilo</hi> se formaba con
              la combinación de una sílaba larga y dos breves; su opuesto, el <hi xml:lang="en"
                rend="i">anapesto</hi>, con dos breves y una larga; el <hi rend="i"
                >espondeo</hi>, con dos largas; el <hi rend="i">yambo</hi>, de dos
              sílabas, con una sílaba breve y la segunda, larga; el <hi rend="i"
                >troqueo</hi>, con una larga, y una breve. Por tanto, como se informa al lector,
              este tipo de versificación hacía necesario el uso del hipérbaton en algunos casos.
              Para la comprensión del sistema del ritmo que regía en latín, véase Quintiliano, cit.,
              IX, iv, 44-48: «Omnis structura ac dimensio et copulatio vocum constat aut numeris
              (numeros ῥυθμοὺς accipi volo) aut μέτροις, id est dimensione quadam». Quevedo se apoya
              en Quintiliano, el experto retórico, que sabe mucho más que los «legos», quienes
              imitan a los poetas hasta en sus «achaques» o errores, que no pudieran evitar si
              escribían en griego o latín, ya que ambas lenguas se regían por la ley del ritmo que
              indicaba cómo combinar las vocales, donde ponerlas según fueran breves o largas. En el
              sistema del castellano, como sabemos, no se justificaba del mismo modo esta figura. Ya
              lo recordó Cascales en este pasaje de sus <hi rend="i">Cartas
                filológicas</hi> que citamos: «La solución de este argumento me parece fácil, porque
              la lengua latina tiene su dialecto y proprio lenguaje, y la castellana el suyo, donde
              no convienen», sc. las transposiciones; véase la epístola X en Cascales (1961:
              178).</note></quote>. (Desde el asiento padre Eneas así habló alto). Más ridícula cosa
          es que el ratón de <persName type="authority" key="Horacio" precision="3">Horacio</persName> imitar esto, donde no hay la
          propia condición de ritmo<note place="bottom"> En este ejemplo que ofrece Quevedo, el
            verso de la <hi rend="i">Eneida</hi>, II, 2, aparece un fuerte
            hipérbaton en el complemento de lugar que separa los lexemas <hi rend="i"
              >toro</hi> de <hi rend="i">ab alto</hi> «desde un alto asiento», pero
            ello se justifica por el orden de los pies en el hexámetro, de seis, como su nombre lo
            indica. La traducción de Quevedo es, por tanto, «literal», por así decirlo; su
            intención, demostrar que resulta absurda, por imposible.</note>. Y aun de esta mala
          invención no han sido autores los que presumen de serlo<note place="bottom"> Alude al
            hipérbaton, pero para disminuir aún más la importancia de las innovaciones de los poetas
            cultos, señala que ya se había usado en la poesía castellana del XV y del XVI, aunque
            con la moderación que prescribía Quintiliano: «<hi rend="i">Hyperbaton
              quoque, id est verbi transgressionem, quoniam frequenter ratio compositiones et decor
              poscit, non inmerito inter virtutes habemus</hi>» ‘Por tanto, el hipérbaton, es decir,
            la transposición de una palabra, se debe a que lo requiere a veces la estructura de la
            oración y las exigencias de la elegancia, y por ello se cuenta entre los ornamentos del
            estilo’ (<hi rend="i">Institutio</hi>, VIII, 6, 62). Pero, había ya
            advertido, todo abuso de esta figura se convertía en fuente de <hi xml:lang="en"
              rend="i">obscuritas</hi>: «<hi rend="i">Plus tamen est oscuritatis in
              contextu et continuatione sermonis, et plures modi</hi>» ‘Una fuente mayor de
            oscuridad se halla en la construcción y combinación de palabras y ello de muchas
            maneras’ (VIII, 2, 14).</note>, que ya había escrítose esta demasía en España, como se
          lee en muchas partes del <title>Cancionero General</title> más antiguo<note place="bottom"
            > La primera edición del <hi rend="i">Cancionero General de Hernando del
              Castillo</hi> salió publicada en Valencia en 1511.</note>, en <persName type="authority" key="Boscán" precision="3"
            >Boscán</persName> y <persName type="authority" key="Garcilaso" precision="3">Garcilaso</persName>. Alguna vez <persName
              type="authority" key="Figueroa, Francisco de" precision="4" unit="quote" quantity="1">Francisco de Figueroa</persName><note place="bottom">Francisco de Figueroa, que
              nació en Alcalá de Henares hacia 1530 y murió después de 1585, fue soldado, «continuo»
              en la corte de Felipe II desde 1560, diplomático y poeta petrarquista; vivió en Roma,
              Bolonia, probablemente también en Nápoles y en otros lugares de Italia. Compuso poesía
              en castellano y en toscano. En 1625 el humanista Luis Tribaldos de Toledo publicó la
                <hi rend="i">princeps</hi> de su obra en Lisboa y una vida de este
              autor, pero solo recogió una parte de su más extensa producción. Cervantes lo elogió
              en el «Canto de Calíope» del libro VI de <hi rend="i">La Galatea</hi> y
              fue asimismo reconocido por otros literatos de su tiempo: «Estos quiero que den fin a
              mi canto / y a nueva admiración comienzo; / y si pensáis que en esto me adelanto /
              cuando os diga quién son, veréis que os venzo. / Por ellos hasta el cielo me levanto,
              / y sin ellos me corro y me avergüenzo / tal es Laynes, tal es Figueroa, / dignos de
              eterna y de incesable loa».</note>
          dijo: <quote>Estos y bien serán pasos contados<note place="bottom"> Ya Rivers
              señaló la variante: <hi rend="i">pasos contados / pasos cuitados</hi>,
              que Christopher Maurer registra en su edición de este soneto sobre los trabajos de
              amor y de fortuna: «Estos -y bien serán pasos cuitados / cuanto los dio jamás pie
              doloroso- / que agora dejaré, triste y penoso, / con mis amargas lágrimas regados»;
              véase Figueroa (1988: 267). Aparece, pues, como un ejemplo esporádico, es decir,
              ocasional, del hipérbaton en Figueroa, que representaba evidentemente una estética
              clasicista frente a los defensores de la nueva poesía barroca.</note></quote>. El
          capitán <persName type="authority" key="Aldana, Francisco de" precision="4" unit="quote" quantity="1">Francisco de Aldana</persName>, doctísimo español,
            elegantísimo<note type="app" rend="I"> elegantísimo <hi rend="i">em</hi>.:
            elegentissimo <hi rend="i">A</hi> y <hi rend="i"
            >M</hi></note> poeta, valiente y famoso soldado en muerte y en vida,<note place="bottom"
            > Francisco de Aldana nació en Italia, probablemente en 1537; murió en 1578 en la
            batalla de Alcazarquivir, luchando en la expedición organizada por el rey de Portugal,
            don Sebastián. Se educó en Florencia en su juventud, donde adquirió vastos conocimientos
            de las lenguas y literaturas clásicas, del toscano y de otras lenguas extranjeras.
            Integró los modelos poéticos de Petrarca y Garcilaso en su poesía, los principios del
            neoplatonismo, motivos morales de raigambre filosófica, como se observa en su <hi
              rend="i">Epístola a Arias Montano sobre la contemplación de Dios</hi>, y
            practicó los subgéneros poéticos más característicos de su época; véanse, entre otros,
            el estudio de Rivers (1955), y de José Lara Garrido su edición y estudio (Aldana,
            1985).</note> dijo: <quote>Tantas le viste flores, que parece<note place="bottom"> El verso citado, «Tantas le viste flores que parece / galán
              competidor de abril y mayo», es del poema XXXIII, «[…] Marte, dios del furor, de quien
              la fama». Quevedo manifestó su admiración por Aldana, en este texto y en su temprana
              traducción y anotación de las anacreónticas, el <hi rend="i">Anacreón
                castellano</hi> de 1609: «el valeroso y doctísimo soldado y poeta castellano
              Francisco de Aldana»; véase Quevedo (1969-1981: t. IV, p. 294). Expresó su deseo de
              preparar una edición de los poemas de Aldana que no llegó a concretarse; véase Rivers
              (1999). Cervantes lo admiraba como a Boscán y a Garcilaso y así lo exaltó en su «Canto
              de Calíope» del libro VI de <hi rend="i">La
                Galatea.</hi></note></quote>. Léese en <persName type="authority" key="Barahona de Soto, Luis" precision="4" unit="quote" quantity="1">Soto Barahona</persName><note
              place="bottom"> Luis Barahona de Soto (1548-1595): nació en Lucena, fue discípulo del
              humanista Juan de Vilches en Antequera y estudió en Granada. En esta ciudad alternó
              con otros poetas, como Hernando de Acuña, Diego Hurtado de Mendoza y Gregorio
              Silvestre, para luego marcharse a Sevilla, donde conoció a Fernando de Herrera y a su
              grupo de eruditos amigos. Barahona compuso canciones amorosas, en diálogo con la
              tradición petrarquista y garcilasiana, poesía satírica y paródica, epístolas, fábulas
              mitológicas en imitación de Ovidio, églogas y elegías. Su obra, que no llegó a
              publicar en vida, se leyó en parte en la antología de Pedro de Espinosa, <hi rend="i"
                >Flores de poetas ilustres de España</hi>, de 1605, y en la colección antológica que
              quedó inédita: <hi rend="i">Segunda Parte de las Flores de Poetas Ilustres de
                España</hi> de Juan Antonio Calderón, del año 1611, en las que se incluyeron
              composiciones de Góngora, Quevedo y otros poetas que se iban haciendo famosos. Véanse
              la edición y estudios de José Lara Garrido de su poema épico, <hi rend="i">Las
                lágrimas de Angélica</hi>, que recrea y continúa el episodio de Angélica y Medoro
              del <hi rend="i">Orlando Furioso</hi> de Ariosto (Barahona de Soto 1981). Cervantes lo
              elogió calurosamente en el episodio del escrutinio de la biblioteca de don Quijote, I,
              6, que Lara escogió como epígrafe de su edición: «Lloráralas yo –dijo el cura en
              oyendo el nombre– si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue uno de los
              famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la tradución de
              algunas fábulas de Ovidio»; véase asimismo la edición de Lara Garrido de trabajos de
              autores varios sobre Barahona (Lara 2002).</note> y en don <persName
                type="authority" key="Ercilla, Alonso de" precision="4" unit="quote" quantity="1">Alonso de Ercilla</persName><note type="app" rend="I"> Ercilla <hi xml:lang="en"
                rend="i">em</hi>.: Ercila <hi rend="i">A</hi> y <hi xml:lang="en"
                rend="i">M</hi></note>
          <note place="bottom"> La nómina de poetas españoles del siglo XVI rescatados por Quevedo,
            precisamente porque en ellos se hallan solo ejemplos aislados y esporádicos de
            hipérbaton, que no transgreden las normas de la poética y la retórica aristotélica y
            horaciana, se cierra con la mención de Alonso de Ercilla (1533-1594), autor del poema
            épico <hi rend="i">La Araucana</hi>, dividido en tres partes publicadas en
            1569, 1578 y 1589 respectivamente. Ercilla recrea situaciones históricas de la
            conquista, en las que participó desde 1556, año en el que llegó al Perú con el virrey
            Hurtado de Mendoza. Acompañó al hijo de este, el entonces muy joven García Hurtado de
            Mendoza, gobernador de Chile desde 1557, en la campaña contra los araucanos y pudo
            observar de cerca a los indios y a los soldados que participaron en las batallas. A
            partir de esta experiencia, construyó su poema según los modelos que ofrecía la
            tradición clásica y la italiana. En el <hi rend="i">Buscón</hi>, introduce
            Quevedo a un sacristán y poetastro ridículo que reacciona enojado al oír la premática
            sobre los poetas güeros, chirles y hebenes. Menciona a varios poetas a los que había
            conocido, o eran sus amigos, para así corroborar su importancia: entre ellos, a Alonso
            de Ercilla, a quien dice que «había visto» (<hi rend="i">Buscón</hi>, II,
            3). Aún más importante es recordar que, en <hi rend="i">La hora de todos y
              la Fortuna con seso</hi>, dedica el capítulo 36 a una visita de los holandeses a los
            araucanos de Chile. Es fácil comprobar que, para la representación de los indios, sigue
            los modelos literarios que se difundieron a partir de <hi rend="i">La
              Araucana</hi>, tanto en lo que toca a su aspecto físico como emocional (véase Quevedo
            2009: 297, n. 899). Quevedo vuelve a mencionar a Ercilla en sus <hi xml:lang="en"
              rend="i">Preliminares literarios a las obras del Bachiller Francisco de la Torre</hi>,
            que publicó asimismo en Madrid en 1631. En este prólogo Quevedo insiste en afirmar que
            había comprado la obra desconocida de de la Torre, y que ésta llevaba aprobación de
            Ercilla: «Hallé estos poemas, por buena dicha mía y para grande gloria de España, en
            poder de un librero que me las vendió con desprecio. Estaban aprobadas por don Alonso de
            Ercilla y rubricadas del Consejo para la imprenta, y en cinco partes borrado el nombre
            del autor, con tanto cuidado que se añadió humo a la tinta» (Quevedo 2003c: 171). En
            efecto, a su regreso de Chile, Ercilla vivió en Madrid y en 1564 fue nombrado
            gentilhombre de la Corte y Caballero de la Orden de Santiago. Desde 1580 ejerció como
            censor de libros por encargo del Consejo de Castilla. Quevedo se refería, pues, a esta
            función que había desempeñado.</note>. En los griegos, por ser las voces de muchas
          vocales, hubo otra necesidad más frecuente que las transposiciones latinas para medir los
          versos, y fue el partir las voces en el principio de uno y en el <pb n="39"/> fin del
          otro. <persName type="authority" key="Píndaro" precision="4" unit="quote" quantity="1">Pindarus</persName>,
          <title>Olimpia</title> I<note place="bottom"> Quevedo había adquirido una edición de la
            poesía de Píndaro que conservaba en su biblioteca: <hi rend="i">Pindari poetae
              vetustissimi, lyricorum facile principis. Olympia, Pythia, Nemea, Isthmia…</hi>,
            Basileae, Andream Cratandrum, 1535. Hoy puede consultarse en la BNE, R/642 y constatar
            que en una de las primeras páginas había compuesto una estrofa de la canción pindárica
            en elogio del duque de Lerma. Por tanto, la idea de comparar los códigos de la
            versificación en las tres lenguas, cuestión que se estudiaba tempranamente en los cursos
            de los colegios de jesuitas, no debe interpretarse como intento de ostentar erudición.
            Véase en la edición moderna de Sir John Sandys (Píndaro 1919); la cita de las <hi
              rend="i">Odas Olímpicas</hi>, I, comienza en la mitad del v. 64; la posterior cita de
            las <hi rend="i">Odas Píticas</hi>, corresponde a los primeros tres lexemas de I, 1, p.
            154. Quevedo cita los versos como en las ediciones antiguas, en las que se dividían las
            palabras en sílabas, y para señalar las unidades rítmicas del verso, se trasladaban al
            verso siguiente: λαθέ- μεν; ᾽Απόλλω- νος;<hi rend="i"> late- / re; Apolli- / nis</hi>;
            en las ediciones modernas no se mantiene generalmente este recurso gráfico.</note>:</p>
        <quote>
          <l>[…] ἀνήρ τις ἔλπεταί τι λαθέ-</l>
          <l>μεν ἔρδων ἁ μαρτάνει</l>
          <l>Vir aliquis desiderat quippiam late-</l>
          <l>re faciens fallitur.</l>
        </quote>
        <p>En español se escribiría así:</p>
        <quote>
          <l>Si algún varón desea</l>
          <l>que alguna cosa que hizo no se se-</l>
          <l>pa, engáñase sin duda.</l>
        </quote>
        <p>Y en la primera de los <title>Pitios</title>:</p>
        <quote>
          <l>Χρυσέα φόρμιγξ, ᾽Απόλλω-</l>
          <l>νος […]</l>
          <l>Aurea cithara Apolli-</l>
          <l>nis.</l>
        </quote>
        <p>Y así muchas veces en cada plana, cosa que disuena, y bien áspera al oído y a la vista. Y
          con todo eso <persName type="authority" key="Horacio" precision="4" unit="quote" quantity="1">Horacio</persName> lo imitó una vez, como se ve en sus
          obras (<title>Carminum</title>, lib. 4, Od. 2):</p>
        <quote>
          <l>Pindarum quisquis studet aemulari, I-</l>
          <l>ule, ceratis ope Dedalea<note place="bottom"> La cita de Horacio corresponde, en
              efecto, en ediciones modernas a la oda del libro IV, 2, vv. 1-2, en las que no se
              mantiene la división en sílabas que traen las renacentistas: «<hi xml:lang="en"
                rend="i">Pindarum quisquis studet aemulari, / Iulle, ceratis ope Daedalea</hi>»;
              véase Horacio (1959: 154).</note>.</l>
        </quote>
        <p>Y pocos renglones más abajo lo hizo otra <pb n="40"/> vez: aquí trataba de que <persName
            type="authority" key="Píndaro" precision="3">Píndaro</persName> era inimitable<note type="app" rend="I"> inimitable <hi
              rend="i">em</hi>.: immitable<hi rend="i"> A</hi> y <hi
              rend="i">M</hi></note>, y parece ingenio mostrarlo con la imitación que
          hace de él en esta parte, que él frecuentó tanto, de partir las voces. Sin esta necesidad
          lo hizo <persName type="authority" key="Horacio" precision="4" unit="quote" quantity="1">Horacio</persName> en el lib. 2 <title>Carminum</title>, Od.
          2:</p>
        <quote>
          <l>Labitur<note type="app" rend="I"> Labitur<hi rend="i"> em</hi>.: Labirur
                <hi rend="i">A</hi> y <hi rend="i">M</hi></note>ripa
            Ioue non probante u-</l>
          <l>xorius amnis<note place="bottom"> La cita en realidad no procede del libro 2 de las
              odas sino del primero (I, 2, vv. 19-20). El editor de Horacio, Villeneuve (1959: 8) sí
              mantuvo la división que trae Quevedo: «<hi rend="i">labitur ripa Ioue
                non probante u- / xorius amnis</hi>».</note>.</l>
        </quote>
        <p>Y no faltó quien imitase esto. El capitán <persName type="authority" key="Aldana, Francisco de" precision="4" unit="quote" quantity="1">Francisco de
            Aldana</persName> en unas estancias, reprendiendo la codicia, dice:</p>
        <quote>
          <l>Aguija, corre, ve, camina, perma-</l>
          <l>neciendo triste. Etc<note place="bottom"> En la edición de J. Lara de la poesía de
              Aldana, los vv. 165-166 del poema XXXI, que lleva el epígrafe <hi xml:lang="en"
                rend="i">Sobre el bien de la vida retirada</hi>, se leen: «corre, no pares, ve,
              camina, perma- / neciendo siempre en tantas desventuras» (Aldana 1985:
            243).</note>.</l>
        </quote>
        <p>Y nuestro autor el doctísimo <persName type="authority" key="León, fray Luis de" precision="4" unit="quote" quantity="1">fray Luis de León</persName>, en la
          traducción que hizo de la nave de <persName type="authority" key="Horacio" precision="1">Horacio</persName>, cuando juzgó las
          traducciones de Francisco de Espinosa, de Francisco Sánchez de las Brozas y de Juan de
            Almeida<note place="bottom"> Véase, en la edición de Cristóbal Cuevas de la obra de fray
            Luis de León (1998: 262-263), la famosa oda XIV de Horacio, que tradujeron en 1568 «en
            humanística competencia» los tres autores que cita Quevedo, quienes habían pedido a fray
            Luis que declarara quién había vencido, «a lo que él respondió traduciéndola a su vez
            (en una noche, según dijo)». El texto corresponde a los vv. 13-18 de la traducción
            luisiana. Como es sabido y recuerda Cuevas, Horacio estructuró <hi xml:lang="en"
              rend="i">O navis</hi> en forma de una alegoría continuada. Así la presentó ya
            Quintiliano en su <hi rend="i">Institutio</hi>, 8, 6, §44: la nave es la
            República, el oleaje las guerras civiles y el puerto, la paz y la concordia.</note>. Es
          tal la tercera estancia:</p>
        <quote>
          <l>No tienes vela sana,</l>
          <l>no dioses a quien llames en tu amparo,</l>
          <l>aunque te precies vana-</l>
          <pb n="41"/>
          <l>mente de tu linaje noble y claro,</l>
          <l>y seas, noble pino,</l>
          <l>hijo de pino noble en el Euxino<note place="bottom"> El texto que cita aquí Quevedo
              sólo ofrece una variante según el aparato crítico de Cuevas: <hi xml:lang="en"
                rend="i">ni</hi>: ZV, <hi rend="i">no</hi>.</note>.</l>
        </quote>
        <p>Es de advertir que esto no lo hicieron por elegante ni agradable; hiciéronlo por la
          fuerza del consonante, que era <hi rend="i">vana</hi>, y no <hi rend="i">mente</hi>.</p>
        <p>De buena gana lloro la satisfacción con que se llaman hoy algunos <hi rend="i"
            >cultos</hi>, siendo temerarios y monstruosos, osando decir que hoy se sabe hablar la
          lengua castellana, cuando no se sabe dónde se habla, y en<note type="app" rend="I">
            Aceptamos la enmienda de Azaustre, quien añade la preposición.</note> las conversaciones
          –aun de los legos– tal algarabía<note place="bottom">
            <hi rend="i">algarabía</hi>: «es propiamente la lengua de los alárabes o
            algárabes, que quiere decir gente que vive hacia el poniente […]; comúnmente se entiende
            por cualquiera cosa hablada o escrita de modo que no se entiende» (<hi xml:lang="en"
              rend="i">Aut</hi>.). Véase su uso en <hi rend="i">La culta
              latiniparla</hi> (Quevedo 2003a: 98): «Es vuestra merced adevinanza perene, y tiene
            enigma lluvia […]. Son vuestra merced y la algarabía más parecidas que el freír y el
            llover».</note> se usa que parece junta de diferentes naciones; y dicen que la
          enriquecen los que la confunden.</p>
        <p>Excelentísimo señor, en mi poder tengo un libro grande del infante don <persName
            type="authority" key="Villena, Enrique de" precision="3">Enrique de Villena</persName>: manuscrito digno de grande estimación;
          infante a quien la ignorancia popular ha vuelto el túmulo de piedra que tiene su cuerpo en
          San Francisco de esta corte en redoma<note place="bottom">
            <hi rend="i">Enrique de Villena</hi> (1382/1384-1434) fue traductor de la
              <hi rend="i">Eneida</hi> de Virgilio, versión que Quevedo tenía en su
            biblioteca, según anotó en su ejemplar de la poesía de Estacio: «Don Enrrique de Villena
            en el comento a la traduccion que hiço a Virgilio en romance para el rey de nauarra
            libro que io tengo en mi librería de Mano i es singular diçe hablando destaçio asi, e a
            la fin fue cristiano conoçiendo la uerdad Catolica. Don Francisco de Queuedo»
            (Kallendorf 2000: 157). Tradujo asimismo la <hi rend="i">Divina
              Comedia</hi> y es autor de<hi rend="i"> Los doce trabajos de
              Hércules</hi> y <hi rend="i">El arte de trovar</hi>, este último
            dedicado a cuestiones de poética y lengua castellana. Otros de sus intereses
            intelectuales se centraron en cuestiones de magia, astrología y alquimia, como se
            observa en su <hi rend="i">Libro de aojamiento y fascinología</hi>. A su
            muerte, el obispo Lope de Barrientos ordenó expurgar su biblioteca y quemar las obras
            que trataban de estas cuestiones, lo que llevó a considerarlo un auténtico nigromante y
            así se perpetuó su figura en el discurso popular. De este modo lo presentó Quevedo en el
              <hi rend="i">Sueño de la muerte</hi> aunque hace decir al personaje:
            «estudié y escribí muchos libros, y los míos quemaron, no sin dolor de los doctos»
            (Quevedo 2003d: 418-419). Por ello aclara que, por ignorancia, la gente del pueblo lo
            imaginó hecho pedazos en una redoma, aunque estaba enterrado en San Francisco. La
            referencia a la redoma está relacionada con el discurso de la alquimia, en particular,
            con el motivo del <hi rend="i">homunculus</hi>: «¿No me conoces? –dijo–
            ¿La redoma y las tajadas no te advierten que soy aquel famoso nigromántico de Europa?
            ¿No has oído decir que me hice tajadas dentro de una redoma para ser inmortal?» (véanse
            Martinengo 1967: 18-20 y Azaustre 2003b: 155, notas 98 y 99).</note>. <pb n="42"/> Entre
          otras obras suyas de grande utilidad y elegancia, hay una de la <title>Gaya
            ciencia</title>, que es la arte de escribir versos<note place="bottom"> Remite con el
            nombre de<hi rend="i"> Gaya ciencia</hi> a la obra mencionada de Villena,
            el <hi rend="i">Arte de trovar</hi> o <hi rend="i">El libro
              de la sciençia gaya</hi> (ca. 1433), de la que hoy se conserva sólo un fragmento y las
            notas de lectura de Alvar Gómez de Castro, en un manuscrito del Escorial, con copia en
            la British Library. Hemos visto otra copia en la BNE, a la que se puede acceder en su
            Biblioteca Digital Hispánica (Mss. / 1966): <hi rend="i">El arte de trovar
              o La gaya ciencia</hi>. Contiene además: <hi rend="i">Carta del Marqués
              de Santillana a Pedro de Mendoza, condestable de Portugal</hi>. En la <hi
              rend="i">Gaya Ciencia</hi> se comentan cuestiones tratadas en las artes
            poéticas de los trovadores provenzales y catalanes: «[La arte del Trobar, se llamaua
            antiguamente en Castilla la Gaya sciençia como pareçe por el libro que hizo della don
            Enrique de Villena, intitulándola a don Íñigo López de Mendoça, señor de Hita (i.e. el
            marqués de Santillana). [Síguense algunos vocablos y cosas d’este libro] y el fragmento
            de otra frase introductoria, también en la ed. de Sánchez Cantón: El consistorio de la
            gaya sçiencia se formó en Francia en la çibdad de Tolosa por Ramón Vidal de Besaldú…]».
            Ya Rivers (1998: 54, n. 47) recogió algunos datos sobre la publicación del texto
            fragmentario del <hi rend="i">Arte de trovar</hi> en el siglo XVI, cuando
            surgió renovado interés por esta corriente poética de los siglos XII y XIII en la que se
            desarrollaron motivos y temas del amor cortés. También se refirió al tema Sánchez Cantón
            en el prólogo a su edición del extracto conservado, donde trata «el transplante
            artificioso a tierras de Cataluña de las pedantescas cortes de Amor de la Provenza, que
            tanto entusiasmaron a don Enrique de Aragón» y recuerda el elogioso comentario de
            Quevedo en su carta-prólogo a Olivares; véase Villena (1993). Quevedo parece haber sido
            uno de los últimos, o el último autor del XVII, que leyó directamente el <hi
              rend="i">Arte de trovar</hi> en el manuscrito que había adquirido, «que
            es posible que pereciera en el incendio escurialense de 1672», según Pedro Cátedra en
            prólogo a su edición de Villena, <hi rend="i">Obras completas</hi>,
            Madrid, Turner, 1994-2000, t. I, p. XXVI. Por su parte, Sánchez Cantón relata cómo
            encontró entre los papeles manuscritos del humanista toledano Alvar Gómez de Castro
            (1515-1580) el extracto del <hi rend="i">Arte de trovar</hi>, que
            considera fue escrito por él mismo y del que se copiaron los mss. referidos (Villena
            1993: 32-35).</note>; doctrina y trabajo digno de admiración, por ver con cuánto cuidado
          en aquel tiempo se estudiaba la lengua castellana, y el rigor y diligencia con que se
          pulían las palabras y se facilitaba la pronunciación<note place="bottom">
            <hi rend="i">se pulían las palabras y se facilitaba la pronunciación</hi>:
            para una interpretación de lo que se denomina <hi rend="i">iunctura</hi>
            en la retórica, la composición fónica del discurso, la unión de palabras, sílabas y
            sonidos para evitar cacofonías, véase Lausberg (1966-1969: §. 954-976). Azaustre (2003b:
            155-156, n. 101) cita además el <hi rend="i">Orator</hi> de Cicerón, 44,
            148-149, y la <hi rend="i">Institutio</hi>, IX, 4 de Quintiliano, y evalúa
            la importancia que adjudica Quevedo a la opinión de Villena y la de fray Luis en lo que
            respecta a estos rasgos del discurso.</note> cuando, por mal acompañadas, vocales
          sonaban ásperas o eran equívocas o dejativas<note place="bottom">
            <hi rend="i">dejativas</hi>: «perezosas, flojas, desmayadas» (<hi
              rend="i">Aut</hi>.)</note> a la lengua o al número<note place="bottom">
            <hi rend="i">número</hi>: referencia al sistema de versificación.</note>,
          añadiendo y quitando letras; estudio de que no hay en otro libro noticia, y que sin ella
          mal se puede dar razón de las voces tan afectuosas de las partidas<note place="bottom">
            <hi rend="i">partidas</hi>: se refiere, parecería, a las despedidas de la
            amada en la poesía trovadoresca o provenzal, motivo que podía desarrollarse, por
            ejemplo, en el subgénero de la <hi rend="i">cansó</hi>. En este tipo de
            poema el trovador podía expresar la tristeza que ocasionaría su ausencia.</note>.</p>
        <p>Hoy, señor, por no decir lo que sin asco ni escrúpulo es lícito, hay algunos que dicen lo
          que es torpe y abominable; <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="4" unit="quote" quantity="1">Quintiliano</persName> lo enseña: <quote><hi
              rend="i">Obscena vitabimus et sordida et humilia</hi><note place="bottom"> Véase <hi
                rend="i">Institutio oratoriae</hi>, VIII, 2, 1: «<hi xml:lang="fr"
                rend="i">Perspicuitas in verbis praecipuam habet proprietatem, sed proprietas ipsa
                non simpliciter accipitur. Primus enim intellectus est sua cuiusque rei appellatio,
                qua non semper utemur; nam et obscena vitabimus et sordida et humilia</hi>». Según
              Quintiliano, la claridad resulta de la <hi rend="i">proprietas</hi> en
              el uso de los vocablos, palabra que puede interpretarse en más de un sentido. En una
              primera acepción, continúa, significa llamar a las cosas por su nombre y en
              consecuencia hay que evitarla algunas veces porque nuestro lenguaje no debe ser
              obsceno ni sórdido ni humilde o bajo. Quevedo selecciona esta última frase: <hi
                rend="i">nam et obscena vitabimus et sordida et humilia</hi>, para
              luego continuar con el resto del párrafo como se verá en la siguiente
            nota.</note></quote>. Y en el propio libro 8, cap. 2, acusa a estos que ni saben dejar
          ni escoger: <quote><hi rend="i">Nec video quare clarus orator</hi></quote><pb n="43"/>
          <quote><hi rend="i">“duratos muria pisces” nitidius esse crediderit quam ipsum id quod
              vitabat</hi></quote> (Ni veo por qué el claro orador creyó era mejor decir “los peces
          con la muria” que lo mismo que quería decir)<note place="bottom">
            <hi rend="i">Nec video quare clarus orator</hi> duratos muria pisces<hi
              rend="i"> nitidius esse crediderit quam ipsum id quod vitabat</hi>. En
            las siguientes frases Quintiliano (VIII, 2, 3) critica a un orador por haber elegido el
            sintagma <hi rend="i">duratus muria pisces</hi> tal vez por parecerle más
            elegante que la palabra que convenía usar: <hi rend="i"
            >salsamenta.</hi></note>. Sea ejemplo si en España alguno, por excusar la voz <hi
            rend="i">cabrito</hi> –que es decente, y no es sucia ni vil ni deshonesta– dijese <hi
            rend="i">cuerno</hi>, que es todo esto junto con ignominia, y de mala composición de
            letras<note place="bottom"> La censura de Quevedo parece referirse a quien, para evitar
            la palabra <hi rend="i">cabrito</hi>, recurriría a otra, <hi xml:lang="en"
              rend="i">cuerno</hi>, aunque esta última para Quevedo resulta sucia, vil, deshonesta e
            ignominiosa, y poco grata al oído (véase Azaustre 2003b: 157, n. 106). La elección de
            esta palabra se expone, pues, a la crítica citada de Quintiliano. Podría aludir a
            Góngora y al verso de su primera <hi rend="i">Soledad</hi>, “breve de
              barba y duro no de cuerno”, <ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.159">OC264B.159</ref>, que remite efectivamente a un cabrito con una perífrasis que
            incluye el lexema <hi rend="i">cuerno</hi>. Nos indica Mercedes Blanco que
            Góngora, no obstante, no dejó de usar la palabra <hi rend="i"
            >cabrito</hi>: véase <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem8#l8.18"
              >OC8.18</ref> y <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.299"
              >OC264B.299</ref>.</note>.</p>
        <p>No tienen en nuestra España, en los grandes y famosos escritores de aquel tiempo,
          comparación las obras de fray Luis de León, ni en lo serio y útil de los intentos, ni en
          la dialéctica de los discursos, ni en la pureza de la lengua, ni en la majestad de la
          dicción, ni en la facilidad de los números, ni en la claridad, virtud de quien hago tres
          diferencias; ésta es su nomenclatura: <hi rend="i">καθαρότης, εὐκρίνεια, ένάργια</hi><note
            type="app" rend="I"> Dos variantes: καταρότες; ἐνάργεια.</note>
          <note place="bottom">
            <hi rend="i">καθαρότης, εὐκρίνεια, ένάργια</hi>: en latín <hi rend="i"
              >puritas, elegantia, evidentia</hi>. Azaustre (2003b: 157, n. 107) cita a Martinengo
            (2000: 220-24) para un comentario sobre este principio retórico. El Parnaso era un mundo
            jerarquizado en cuya cumbre Francisco de Medina había puesto a Garcilaso unas décadas
            antes: «[…] Garci Lasso de la Vega, príncipe de los poetas castellanos, en quien claro
            se descubrió cuánto puede la fuerça de un ecelente ingenio de España i que no es
            impossible a nuestra lengua arribar cerca de la cumbre donde ya se vieron la griega i
            latina si nosotros con impiedad no la desamparássemos» (Reyes Cano 2010: 176). Para
            Quevedo, este lugar le corresponde a fray Luis, cuya claridad y profundidad lo sitúan
            entre «los que tienen el imperio de los poemas» (véase <hi rend="i"
              >supra</hi>). La ponderación de Quevedo, por otra parte, corresponde al tópico del
            sobrepujamiento (<hi rend="i">cfr</hi>. Azaustre-Casas 2004: 43-45 y el
            ejemplo sacado de <hi rend="i">España defendida</hi>). <hi xml:lang="en"
              rend="i">Ni en la claridad</hi>: el propio fray Luis, respondiendo a quienes le
            reprocharon que hubiera escrito en castellano los dos primeros libros de <hi
              rend="i">De los nombres de Cristo</hi>, insistía en el esmero con el
            cual cada palabra debe ser escogida: «[…] el bien hablar no es común, sino negocio de
            particular juyzio, ansí en lo que se dize como en la manera como se dize, y negocio que,
            de las palabras que todos hablan, elige las que convienen, y mira el sonido dellas, y
            aun cuenta a vezes las letras, y las pesa y las mide y las compone, para que no
            solamente digan con claridad lo que se pretende dezir, sino también con armonía y
            dulçura» (León 1997: 497). En el elogio de Quevedo encontramos algunos puntos aquí
            evocados por fray Luis.</note>. Encarécela con tales palabras <persName type="authority" key="Lulio, Antonio" precision="4"  unit="quote" quantity="1">Antonio Lulio</persName>, lib. 6<title> De oratione</title>, cap. 2: <quote><hi rend="i">Ac
              de claritate quidem</hi></quote><pb n="44"/><quote><hi rend="i"> principio dicendum
              videtur, quae prima semper et maxima virtus existimata est orationis. Hanc alii
              puritate et castimonia quadam dictionis assequuntur, alii explanatione seu
              distinctione et elegantia, alii demum</hi><note type="app" rend="I"> demum <hi
                rend="i">em</hi>.: demun <hi rend="i">A</hi> y <hi
                rend="i">M</hi></note><hi rend="i"> euidentia et
              subiectione eorum ob oculos quae dicuntur</hi><note place="bottom">
              <hi rend="i">Antonio Lulio (Llull, Lullius</hi>) (Mallorca,
              1510-Besançon, 1582). Profesor de gramática y retórica en Besançon, recibió la
              influencia del bizantino Hermógenes y así lo indica en su obra más importante: <hi
                rend="i">Antonii Lulli Balearis. De oratione libri septem, quibus non
                modo Hermogenes ipse totus, verumetiam quicquid fere a reliquis Graecis ac Latinis
                de arte dicendi traditum est, suis locis aptissime explicatur</hi>, Basilea, Ioannes
              Oporinus, 1558. Ya Rivers identificó la cita de Quevedo, en la p. 426; <hi
                rend="i">cfr</hi>. Capítulo 2: «De tribus claritatis ideis, et primum
              de puritate», donde se lee un breve resumen: «Ideo et nos claritati tres formas
              subiiciemus, puritatem, elegantiam et evidentiam. Graeca nomenclatio est <hi rend="i"
                >καθαρότης εὐκρίνεια ένάργια</hi>». Véanse los estudios de López Grigera (1998:
              78-81) y otros citados por Azaustre (2003b: 158, notas 108, 109 y 110). La <hi
                rend="i">evidentia</hi>, según ilustra la traducción de Quevedo,
              consistía en crear un discurso tan vívido que diera la ilusión a quien leía o
              escuchaba que se le estaba «poniendo delante de los ojos» lo que se decía. Recuérdese,
              al respecto, la definición de Tasso: «<hi rend="i">è quella virtù che ci
                fa quasi veder le cose che si narrano, la quale nasce da una diligentissima
                narrazione</hi>» (Fasquel 2011: 73). En su excelente <hi rend="i"
                >Manual de retórica española</hi>, Azaustre y Casas presentan algunos procedimientos
              retóricos que pueden contribuir a la <hi rend="i">evidentia</hi>,
              definida como «presentación viva y detallada de una realidad, poniéndola “ante los
              ojos” del lector» (Azaustre-Casas 2004: 124). Parece que en los versos citados por
              Quevedo, le resultaron ilustrativos de la <hi rend="i">evidentia</hi>
              algunos procedimientos que facilitaban la visualización por el lector de lo que se le
              estaba contando, como la orden expresada en el primer ejemplo, la brusca interrupción
              del discurso, «el carácter visual del deíctico» (Azaustre 2003b: 159, n. 113), la
              descripción detallada y la repetición de palabras. Para más información bibliográfica
              y comentarios de los versos citados, véanse las notas de Antonio
            Azaustre.</note></quote>. (Lo primero diremos de la
          claridad, que siempre es la primera y la mayor virtud de la oración. Esta, unos la
          alcanzan con cierta pureza y castidad de las dicciones; otros con la explicación,
          distinción y elegancia; otros, finalmente, con la evidencia, y poniendo delante de los
          ojos lo que dicen). Por eso, siendo vulgar sentimiento, dijo <persName type="authority" key="Virgilio" precision="4" unit="quote" quantity="2">Virgilio</persName> en el 4 de la <title>Eneida</title>:</p>
        <quote>
          <l>I, sequere Italiam ventis<note place="bottom"><hi rend="i">I, sequere
                Italiam ventis</hi>: Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. IV, v.
              381; son palabras de Dido ante el abandono de Eneas: vv. 380-381: «[…]<hi
                rend="i"> Neque te teneo neque dicta refello: / i, sequere Italiam
                uentis, pete regna per undas</hi>» (Virgilio 1961: t. I, p. 113). Smith señaló que
              estos ejemplos habían sido mencionados en varias retóricas como preceptos a respetar:
              por ejemplo, en <hi rend="i">De eloquentia</hi> de Demetrio (Smith 1987:
              49).</note></l>
          <l>(Ve, y sigue a Italia).</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Y en otra parte:</p>
        <quote>
          <l>Quos ego… Sed motos praestat<note place="bottom">
              <hi rend="i">Quos ego</hi>…: <hi rend="i">Eneida</hi>,
              lib. I, v. 135; al ver la tormenta que provocó y los daños que sufría la flota de
              Eneas, temiendo la cólera de Juno, Neptuno dice: «<hi rend="i">Quos ego…
                sed motos praestat componere fluctus</hi>» (Virgilio 1961: 11). Este verso aparece
              en las retóricas clásicas como ejemplo de <hi rend="i"
              >reticentia</hi>; en <hi rend="i">De oratore</hi> de Cicerón, 3, 203, y
              en Quintiliano, <hi rend="i">Institutio</hi>, IX, 2, §54.</note></l>
          <l>(A quien yo… Mas conviene por ahora).</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Y al fin:</p>
        <quote>
          <l>Hactenus, Acca<note type="app" rend="I"> Acca<hi rend="i"> em.</hi>: Aaca
                <hi rend="i">A</hi> y <hi rend="i">M</hi></note> soror,
              potui<note place="bottom">
              <hi rend="i">Hactenus, Acca soror, potui</hi>: véase <hi xml:lang="en"
                rend="i">Eneida</hi>, lib. XI, vv. 823-824. Habla Camila herida: «<hi xml:lang="en"
                rend="i">Hactenus, Acca soror potui: nunc uolnus acerbum / conficit et tenebris
                nigrescunt omnia circum</hi>» (Virgilio 1961: II, 186). Ya Azaustre citaba a Lulio a
              propósito del valor de los deícticos en 6, 4, 5: «<hi rend="i">Pronomina
                uero demonstratiua rem ostendunt oculis</hi>», véase Azaustre (2003b: 160, n.
              113).</note>.</l>
        </quote>
        <p>Y por representar delante de los ojos lo que decía, no excusó la menudencia en Palinuro:
            <pb n="45"/></p>
        <quote>
          <l>Madida cum veste grauatum<note place="bottom">
              <hi rend="i">Madida cum veste grauatum</hi>: véase <hi xml:lang="en"
                rend="i">Eneida</hi>, lib. VI, vv. 358-359 «<hi rend="i">Paulatim
                adnabam terras; iam tuta tenebam, / ni gens crudelis madida cum ueste grauatum</hi>»
              (Virgilio 1961: I, 177). Son las palabras de Palinuro y se señala que para lograr la
                <hi rend="i">evidentia</hi> no evita los detalles (menudencias) que
              los tratados retóricos consideraban fundamentales.</note>.</l>
          <l>(Cargado con mojada vestidura).</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Y en Dido:</p>
        <quote>
          <l>Ter sese attollens cubitoque innixa leuauit,</l>
          <l>ter reuoluta toro est<note place="bottom">
              <hi rend="i">Ter sese attollens...</hi>: véase <hi xml:lang="fr"
                rend="i">Eneida</hi>, lib. IV, vv. 690-693 «<hi rend="i">Ter sese
                attollens cubitoque adnixa leuauit, / ter reuoluta toro est oculisque errantibus
                alto / quaesiuit caelo lucem, ingemuitque reperta</hi>». Virgilio describe los
              momentos finales de la muerte de Dido; Quevedo menciona el verso 690 para demostrar
              que la repetición del pronombre <hi rend="i">se</hi> hace más efectivo
              el mensaje y, por ello, se señala generalmente en los manuales de
            retórica.</note>.</l>
          <l>(Tres veces afirmándose en el codo, procuró levantarse).</l>
        </quote>
        <p>Y el repetir <hi rend="i">sese (a sí, a sí)</hi> es<note type="app" rend="I">
            <hi rend="i">sese (a sí, a sí)</hi> es poner <hi rend="i"
              >em.: se se, assi, assi</hi>, el poner <hi rend="i">A</hi> y <hi
              rend="i">M</hi>.</note> poner delante de los ojos las acciones.</p>
        <p>Largo ha sido mi discurso y, con todo, no llega a medirse con la raíz que ha echado esta
          cizaña de nuestra habla<note place="bottom">
            <hi rend="i">Esta cizaña de nuestra habla</hi>: con la palabra <hi
              rend="i">cizaña</hi>, Quevedo sugiere tanto el desorden o escándalo
            provocado en el Parnaso por la poesía gongorina como el veneno que corrompe el idioma y
            ante el cual fray Luis aparece como «antídoto» (ver entre otros significados propuestos
            por <hi rend="i">Aut.</hi> los siguientes: «metaphoricamente se toma por
            la discordia, e inquietud, opuesta a la buena correspondencia, y sosiego en las
            comunidades, o entre los particulares», «se toma también por qualquier cosa, que hace
            daño a otra, maleándola, o echándola a perder»).</note>. No hago cargo a la grandeza de
          vuestra excelencia de que por elección mía le dedico escritos de tanto precio: señor,
          antes ha sido necesidad forzada, porque no conozco otro que con tal afecto y estimación
          haya admitido autores de esta nota, ni quien deje de molestar la atención ajena, hablando
          o escribiendo, con estas demasías mendigadas, si no es vuestra excelencia<note
            place="bottom">La frase combina varias ideas: amplitud de este largo discurso que
            enumera citas escogidas en obras de diversos autores (de ahí las «demasías mendigadas»;
            véase en <hi rend="i">Aut</hi>., la palabra «demasía»: «significa alguna
            vez copia, abundancia, afluencia […]»); valoración de las obras de fray Luis y de sus
            «escritos de tanto precio» (con el sintagma «autores de esta nota» se refiere a la
            definición que da <hi rend="i">Aut.</hi>, s.v. <hi rend="i"
              >nota</hi>, para «autor de <hi rend="i">nota</hi>, u de buena <hi
              rend="i">nota</hi>. Se llama el autor de fama, nombre y estimación
            […]»); oportunidad de una dedicatoria a Olivares, capaz de apreciar autores como fray
            Luis sin que esa «atención» de Quevedo («[…] respeto, consideración, y obsequio con que
            el súbdito o inferior corteja y atiende al superior […]», <hi rend="i"
              >Aut</hi>.) le llegue a molestar a pesar de las numerosas obligaciones propias de un
            valido (entendemos «quien» como objeto de «molestar» y equivalente de <hi xml:lang="en"
              rend="i">a quien</hi>). Por esas prendas de Olivares, era el mejor destinatario
            posible; por lo tanto, a pesar de que Quevedo haya decidido dedicarle «escritos de tanto
            precio», nadie podría considerar que el valido contrae una forma de deuda (entendemos
            «cargo» como «[…] el agregado y cúmulo de beneficios, bienes, gracias, favores, mercedes
            y otros dones concedidos y hechos a uno, de que está obligado a corresponder […]», véase
              <hi rend="i">Aut</hi>.).</note>.</p>
        <p>Estas obras se dividen en propias, y éstas en morales o espirituales. Las ajenas en
          traducciones de <persName type="authority" key="Horacio" precision="3">Horacio</persName>, <persName type="authority" key="Píndaro" precision="3"
            >Píndaro</persName><pb n="46"/>, <persName type="authority" key="Virgilio" precision="3">Virgilio</persName>, <persName
              type="authority" key="Petrarca" precision="3">Petrarca</persName>, <persName type="authority" key="Casa, Giovanni della" precision="3">Monseñor de la Casa</persName><note
              place="bottom">La canción « Ardí, y no solamente la verdura » es traducción por fray
              Luis « de la <hi rend="i">Canzone I</hi> de Giovanni della Casa,
              arzobispo de Benevento y legado pontificio en Venecia (1503-1556) », precisa C. Cuevas
              en León 2001: 362. Della Casa también es el autor del <hi rend="i"
                >Galateo</hi>.</note>, que es la parte segunda. La tercera, en perífrasis de
          psalmos y cánticos, y capítulos de Job y de los Proverbios. Tan decente volumen obligación
          fue darle a vuestra excelencia, que con sólo recibirle aniquilará la licencia en escribir,
          pues, moderando esta desorden sabrosa y acogiendo obras como éstas (todas de virtud<note
            type="app" rend="I"> virtud <hi rend="i">em</hi>.: vittud <hi
              rend="i">A</hi> y <hi rend="i">M</hi></note> y todas
          verdaderamente doctas), la esclarecida memoria de vuestra excelencia tendrá pública
          aclamación, y el estilo descaminado y extraño, castigo autorizado y eficaz que en los que
          hallare vergüenza dejará enmienda.</p>
        <p>Dé Dios a vuestra excelencia su gracia y larga vida con buena salud, y le defienda de
          todo mal. En Madrid, 21 de julio de 1629.</p>
        <p>Excelentísimo señor</p>
        <p>Besa a vuestra excelencia la mano</p>
        <p>Don Francisco de Quevedo Villegas</p>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
