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      <titleStmt>
        <title>Escrutinio sobre las impresiones de las obras poéticas de don Luis de Góngora y
          Argote</title>
        <author key="Anónimo">Anónimo</author>
        <editor>François-Xavier Guerry</editor>
      </titleStmt>
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        <edition>OBVIL</edition>
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          <name>Pedro Conde Parrado</name>
          <resp>relecture</resp>
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        <respStmt>
          <name>Antonio Carreira</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>François-Xavier Guerry</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
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      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1633_escrutinio</idno>
        <date when="2017"/>
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            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
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      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <bibl>Fundación Lázaro Galdiano, M 23-17: 2-7 (ms. Estrada)</bibl>
        <bibl>BNE, ms. 19.004</bibl>
        <bibl>BNE, ms. 3906</bibl>
      </sourceDesc>
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      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
    </encodingDesc>
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        <date when="1633"/>
      </creation>
      <langUsage>
        <language ident="es"/>
      </langUsage>
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  <text>
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. Título [Un blanco más preciso que lo anunciado]</head>
          <p>En el título del escrito que editamos aquí, tal como puede verse en su principal
            testimonio (el manuscrito Estrada<note place="bottom">El ms. Estrada está en la
              Fundación Lázaro Galdiano de Madrid (sign. M 23-17, f. 2v-7v). Para una presentación
              del mismo, véase «Establecimiento» del texto.</note>), <hi rend="i">Escrutinio sobre
              las impresiones de las obras poéticas de don Luis de Góngora y Argote</hi>, despunta
            el sustantivo <hi rend="i">escrutinio</hi> por el tamaño de su tipo y por ocupar, a
            diferencia de las demás palabras, un renglón por sí solo. Definida como una
            «averiguación y examen diligente de alguna cosa o materia, para inquirir y saber lo que
            es en sí, o lo que en sí encierra y contiene, y formar juicio de ella» (<hi rend="i"
              >Aut</hi>.), la palabra <hi rend="i">escrutinio</hi> puede recordar el título de otra
            pieza de la polémica gongorina, el <hi rend="i">Examen del Antídoto</hi> de F. Fernández
            de Córdoba (Abad de Rute)<note place="bottom">Véase <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_examen/"
                >1614_examen</ref>.</note>. Es sin embargo el único texto de nuestro corpus que
            lleva este término en su título. Procede subrayar que, a diferencia de las palabras <hi
              rend="i">examen, comentario</hi><note place="bottom">Véase <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/16xx_comentarios-cabrera/"
                >16xx_comentarios-cabrera</ref>.</note> o <hi rend="i">anotación</hi><note
              place="bottom">Véase <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1616_polifemo-diaz/"
                >1616_polifemo-diaz</ref>.</note> que aparecen una o varias veces en el título de
            otros textos de la polémica en torno a Góngora, un escrutinio sugiere un análisis más
            minucioso y puntilloso — «diligente», dice <hi rend="i">Aut</hi>. — de la materia sobre
            que versa. Contrariamente a otras piezas polémicas que lucen en su título palabras que
            llevan aparejado un juicio de valor, tales como <hi rend="i">censura, apología,
              defensa</hi> o <hi rend="i">parecer</hi><note place="bottom">Véanse por ejemplo <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_censura/"
                >1630_censura</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1615_apologia/"
                >1615_apologia</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1618_defensa-soledad/"
                >1618_defensa-soledad</ref> y <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer/"
                >1614_parecer</ref>.</note>, el escrutinio supone por parte del autor un proceso más
            pausado y científico «para inquirir y saber lo que es en sí, o lo que en sí encierra y
            contiene», permitiéndole después emitir una opinión y sacar conclusiones concienzuda y
            detenidamente. Pese al uso de un término al parecer objetivo, el autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> emite, desde el inicio, unos juicios de tono muy crítico y tajante,
            cuando no vehemente, acerca de las ediciones de las obras de Góngora que desmenuza
            («abominables errores», «ignorancia crasa», «¡no, no, no es de don Luis!», etc.): el
            análisis que realiza, en efecto, le revela el sinfín de errores que contienen estas
            recopilaciones.</p>
          <p>Si la palabra <hi rend="i">escrutinio</hi> no parece remitir a ninguna etiqueta
            genérica en el ámbito literario que nos atañe<note place="bottom">Las pocas obras que
              tienen dicha palabra en su título — <hi rend="i">Escrutinio racional y teológico de
                los más altos misterios y dudas de la sagrada Teología: en que con ejemplos y
                razones naturales se declaran los principales artículos de nuestra fe católica</hi>
              de D. Hernando Crespo (Milano, M. Tulio Malatesta, 1612); <hi rend="i">Escrutinio
                físico médico de un peregrino específico de las calenturas intermitentes y otros
                achaques</hi> de J. Muñoz y Peralta (Sevilla, J. de la Puerta, 1699); O de F. A.
              Esteban y Lecha (Salamanca, O. Gómez, 1753); <hi rend="i">Escrutinio de maravedises y
                monedas de oro antiguas, su valor, reducción y cambio a las monedas corrientes,
                deducido de escrituras, leyes y pragmáticas antiguas y modernas de España</hi> de P.
              de Cantos Benítez (Madrid, A. Marín, 1763) —, rebasan, excepto una, los límites
              cronológicos de la polémica gongorina y, sobre todo, si bien comparten un método
              parecido, manifestando la misma intención de llevar a cabo un análisis concienzudo y
              escrupuloso de la materia que las ocupa, esta pertenece a unos campos de estudio,
              claramente anunciados, en la mayoría de los casos, por medio de un epíteto
              — «teológico», «físico», «médico», etc. —, que no tienen nada que ver con nuestro
              texto.</note>, cualquier aficionado a las letras españolas medianamente leído no podrá
            menos de acordarse del «donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en
            la librería de nuestro ingenioso hidalgo»<note place="bottom">Véase Cervantes (2009, I:
              160).</note>, máxime teniendo en cuenta que el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>
            menciona al héroe cervantino y dicho episodio específico: acerca de dos romances
            erradamente atribuidos a Góngora por Gonzalo de Hoces en su edición de 1633, exclama
            «¡ama, al corral con él, como con los libros de Don Quijote!», «Vaya, ama, al corral!».
            Mientras que el cura y el barbero, secundados por el ama y la sobrina de Don Quijote
            — que acaba de regresar muy malparado de su primera salida —, inspeccionan y condenan
            despiadadamente a la hoguera los libros de entretenimiento tenidos por responsables de
            haberle trastornado el juicio al voraz lector de la Mancha — «mejor será […] llevarlos
            al corral, y allí se hará la hoguera », sentencia la sobrina, «Pues vayan todos al
            corral», dictamina a su vez el cura acerca de la serie caballeresca de los <hi rend="i"
              >Amadís de Grecia</hi><note place="bottom">Véase Cervantes (2009, I:
            150-152)</note> —, el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> pasa dicha edición de Hoces
            por el tamiz y corrige los errores más palmarios de atribuciones o de destinatarios. Se
            trata en ambos casos, si desarrollamos la analogía, de una censura posterior por parte
            de dos lectores prudentes y concienzudos pero no profesionales: como el solícito cura de
            la novela de Cervantes, el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, que también podría
            ser el colector del manuscrito Estrada<note place="bottom">Véase la nota 215.</note>,
            hace las veces de censor <hi rend="i">a posteriori</hi> para que una versión mejorada de
            la poesía de Góngora, expurgada de los errores que la afean y tal como la recoge dicho
            manuscrito, quizá salga a la luz: «Lleve la suerte este volumen [el ms. Estrada] a manos
            de algún aficionado — de los pocos, de los buenos se ha de presumir — a quien se pueda
            fiar su legalidad, y estámpelo; y será la paga dejar su nombre glorioso a buen
            seguro».</p>
          <p>El objetivo del autor es mucho más preciso que lo anunciado en la segunda parte del
            título: a excepción del cuarto y del quinto párrafo del texto, en que considera, sin
            detenerse mucho, la primera edición de las obras completas de Góngora publicada por
            Vicuña (1627) y a su primer exegeta después de Salcedo Coronel, el Pellicer de las <hi
              rend="i">Lecciones solemnes</hi> (1630), escribe principalmente con ánimo de censurar
            la edición realizada por Hoces (1633). El plural — «las impresiones» — es justificable
            en la medida en que expresa sin rodeos que ninguna de las compilaciones impresas de la
            poesía de Góngora le satisface— «No uno, muchos [editores], sí, hay y habrá que lo
            trabajen, pero, hasta hoy, infelizmente todos, como se ha experimentado», escribe al
            final de su texto para denunciar, dando la puntilla y cargando las tintas, que de
            momento todos se han creído autorizados para lanzarse a esta empresa ardua. En verdad
            emprende una demolición en regla de una edición específica, la de Hoces, que no menciona
            nunca explícitamente, pero hacia la cual apuntan múltiples indicios: la <hi rend="i"
              >Vida</hi> antepuesta, los poemas citados, el número de los folios.</p>
          <p>En cuanto al tema de las «impresiones», bien es sabido que las composiciones de
            Góngora, cuya circulación manuscrita fue intensa, como lo atestiguan los cerca de
            treinta manuscritos <hi rend="i">integri</hi> que se conocen en la actualidad<note
              place="bottom">Véase Carreira (1991: IX-XI).</note>, no se publicaron en vida del
            poeta — salvo en volúmenes antológicos, en el caso de sus obras menos extensas. Cierto
            es que, acuciado por los problemas económicos, manifestó su voluntad de sacarlas a la
            imprenta, dándose cuenta de la ganancia que podía obtener al imprimir sus obras<note
              place="bottom">Véase Alonso (1963: XXI).</note>. En una carta de 1623 dirigida al
            administrador de sus bienes Cristóbal de Heredia<note place="bottom">Véase Carreira
              (1991: XII).</note>, menciona por primera vez este proyecto que intentó concretar por
            lo menos hasta 1625, pero que no cuajó nunca, por motivos desconocidos. Sea lo que
            fuere, y remitimos a lo que escribimos en nuestra anotación, habrá que esperar, pues, a
            1627 para que se ponga en marcha la actividad impresora dedicada a la obra de Góngora y,
            otro lustro para que el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> dé su veredicto.</p>
        </div>
        <div>
          <head>2. Autor [¿Un anónimo admirador de Góngora?]</head>
          <p>Varias hipótesis se han barajado en cuanto a la identidad del autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi>, cuyo nombre no figura en ninguno de los manuscritos que lo
            contienen.</p>
          <p>Luis Fernández-Guerra, que poseía una copia — ms. 19.004 de la Biblioteca Nacional,
            fechado en 1663, f. 4v-12v — indica a pie de página de su libro sobre Juan Ruiz de
            Alarcón que nuestro texto fue escrito «por el alcalde mayor de Almería»<note
              place="bottom">Véase Fernández-Guerra (1871: nota 341).</note>, sin argumento alguno.
            El hecho de que La Barrera mencione el mismo manuscrito pero refiriéndose a dicho
            alcalde en cuanto destinatario y ya no autor— «copia sacada para un alcalde mayor de
            Almería en 1663»<note place="bottom">Véase La Barrera (1872: 690).</note> — hace pensar
            que Fernández-Guerra pudo sustituir por descuido la preposición <hi rend="i">para</hi>
            por la preposición <hi rend="i">por</hi><note place="bottom">Véase Foulché-Delbosc
              (1900: 501-502).</note>. Todo ello no dice nada del verdadero autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi>, cuya fecha de composición debe de ser muy anterior (véase
            «Cronología»).</p>
          <p>Robert Jammes se pregunta, de paso, si Antonio Chacón — colector asiduo y gran
            conocedor de la obra de su amigo Góngora, cuyo manuscrito de 1628, exhumado en 1900 por
            Foulché-Delbosc y Alfonso Reyes, ha servido de base para todas las ediciones desde la
            fundacional de aquel (Nueva York, 1921) — podría ser el autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi>, debido al celo con que trata la obra del cordobés y el cuidado con
            que se empeña en corregir las atribuciones indebidas<note place="bottom">Véase Jammes
              (1994: 10).</note>.</p>
          <p>Aunque en el terreno siempre resbaladizo de las hipótesis, la de Carreira (1996), que
            atribuye el <hi rend="i">Escrutinio</hi> a Pérez de Ribas, parece tan convincente que
            muchos críticos ya la tienen por demostrada y ya no consideran el texto como un escrito
            anónimo. Muchos indicios diseminados a lo largo del texto permiten concluir que el autor
            trató íntimamente a Góngora — a quien describe con viveza y de quien cuenta anécdotas
            que parecen de primera mano y con el que tal vez se carteó, puesto que conoce y valora
            su «prosa» — y a lo mejor también a su hermano — del que afirma tajantemente que «no
            supo si su hermano [Góngora] hacía versos ni los oyó ni desperdició […] átomo de tiempo
            en saber si los había en el mundo». Corrige las falsas atribuciones de la edición Hoces
            sin vacilar— de hecho, con respecto a lo que sabemos hoy de la obra de Góngora, no se
            equivoca en ninguno de sus juicios — y ni siquiera se toma la molestia de justificar sus
            categóricos dictámenes: «¿cómo puede ser de don Luis? ¿Quién lo ha de creer?» se
            interroga desdeñoso acerca de un soneto; «No nos matemos ahora por si es bueno o no, que
            ni es del caso ni será bien que lo sea; lo certísimo, sí, que no es de don Luis», zanja
            con certidumbre respecto a un romance. Da la impresión de conocer tan bien a Góngora que
            tales desaciertos por parte del editor se le antojan disparatados e insolentes:
            «Vergüenza será, y de más que pertinaz entendimiento, poner duda en que obra tal no es
            de don Luis», escribió de otro soneto. El que no se equivoque sobre dieciséis
            composiciones falsamente atribuidas a Góngora que rechaza sin miramientos le confiere
            gran autoridad y fiabilidad.</p>
          <p>Está tan al tanto de lo que escribió Góngora y en qué circunstancias que se habría
            permitido contradecirlo de haber afirmado que había escrito el romance «En la beldad de
            Jacinta»: «Si dijo don Luis que era suyo, digámosle que se engañó». En palabras de
            Carreira, «quien tal dice se confiesa autor del romance, y por tanto del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi>»<note place="bottom">Véase Carreira (1996: 34).</note>. Ahora bien,
            dicho romance aparece en el ms. 6935 del legado de Rodríguez-Moñino, que es una
            recopilación de poesías de José Pérez de Ribas. Carreira deduce que es también el autor
            de nuestro texto.</p>
          <p>Vamos a ver que todos los mencionados requisitos que se deducen de la lectura del <hi
              rend="i">Escrutinio</hi> — su autor sería un amigo de Góngora y gran conocedor de su
            obra — se adecuan perfectamente a Pérez de Ribas.</p>
          <p>Este plausible candidato a la autoría del <hi rend="i">Escrutinio</hi> fue un poeta
            cordobés como Góngora e influido por él, que a la sombra de su gran paisano resulta
            insignificante; no se debe confundir con Pedro Díaz de Rivas, el erudito anticuario,
            ardiente defensor y anotador de Góngora<note place="bottom">Igual que para su pariente,
              existe una vacilación ortográfica, por lo que también se puede encontrar Pérez de
              Rivas.</note>. Lo que sabemos de este personaje<note place="bottom">Para una
              recapitulación de los datos de que disponemos, véase Cruz Casado (2004).</note> solo
            permite esbozar una semblanza. Como apunta Cruz Casado, «se carece de un estudio
            pormenorizado y global de la literatura cordobesa en el que se sitúen los escritores del
            círculo de don Luis y aquellos otros que, aun sin ser oriundos de Córdoba, formaron
            parte de su contexto vital inmediato, como don Pedro de Cárdenas y Angulo, Antonio de
            Paredes, Antonio de las Infantas, Pedro Díaz de Ribas, don Francisco Fernández de
            Córdoba, Abad de Rute, Enrique Vaca de Alfaro, Francisco Martínez Portichuelo, Miguel
            Colodrero Villalobos o Juan Páez de Valenzuela»<note place="bottom">Véase Cruz Casado
              (2004: 149-150).</note>.</p>
          <p>En la portada actual del códice que contiene la obra personal de Pérez de Ribas (al que
            llamaremos ms. <hi rend="i">OP</hi><note place="bottom">Este manuscrito, que perteneció
              a Salvador Sánchez Pastor y después a Rodríguez-Moñino, se encuentra hoy en la Real
              Academia Española (sign. E 41-6935 n° 6935). Estas son sus características (Carreira
              1996: 35-36): «193 ff. + varias hojas en medio y al final. 196x145 mm. Portada:
              “Poesías del licenciado José Pérez de Rivas Tafur…”. Lomo: “Tafur. In. S. V. 3. Obras
              de Góngora. Tafur”. Del f. 2 al 21 posee una vieja numeración que va del 275 al 294.
              Encuadernación en pergamino». Bartolomé José Gallardo, quien consultó tanto este
              manuscrito como el ms. PR. (véase la nota siguiente), rechazó la atribución de las
              composiciones del volumen a Góngora pero se equivocó al anotar en el primer folio:
              «son del Capitán de caballos D. J. de Córdoba» (1968: 1234). Fernández-Guerra corrigió
              esta falsa atribución y confirmó con razón que eran de Pérez de Ribas.</note>) y
            circulaba junto a otro manuscrito con obras de Góngora reunidas por nuestro autor (ms.
              PR<note place="bottom">Dicho manuscrito, firmado por el propio Pérez de Ribas en
              cuanto colector, consultado por Miguel Artigas, fue adquirido por Julián Barbazán,
              luego por Joaquín Montaner, después por Arturo Sedó y se encuentra hoy en la
              Biblioteca de Cataluña (n° 2056). Dámaso Alonso, que pudo consultarlo, lo describió
              así: «medía el volumen 21x15 centímetros y estaba encuadernado en pergamino. En parte
              alta del lomo se leía “Obras de Góngora”, y en la parte inferior, “I”. Constaba de 473
              folios, bastantes de ellos en blanco. Estaba escrita la guarda inicial (no foliada), y
              en una hoja moderna que recubría la parte de la guarda adherida a la encuadernación se
              leía: “Manuscritos autógrafos de puño y letra de don Luis de Góngora”, afirmación
              falsa, o, mejor dicho, solo en mínima parte verdadera» (1982: 251). Si bien las
              correcciones marginales de las <hi rend="i">Soledades</hi> no son de Góngora, sí que
              escribió unas cuantas breves palabras, convirtiéndolo en un manuscrito de valor
              inestimable, el único que lleva letra del poeta aplicada a sus versos (260). El
              manuscrito está hoy encuadernado en tafilete rojo profusamente cuajado en oro y tiene
              tres foliaciones distintas: la de Dámaso Alonso, a lápiz, y dos a pluma, la de
              Gallardo y la original (257). </note>) hasta que fueron separados a finales del siglo
            XIX, el quevedista granadino Fernández-Guerra y Orbe, después de corregir un error de
            atribución por parte de José Gallardo a mediados del siglo XIX, aporta sobre su autor
            los siguientes datos, sin aclarar de dónde los saca: «POESÍAS, del Licenciado José Pérez
            de Rivas (<hi rend="i">sic</hi>), natural de Córdoba, galanteador y enamorado en
            Granada, en 1606; pretendiente luego en Madrid, favorecido del Conde de Gondomar, y
            discípulo y amigo de Góngora; premiado en la justa poética de Córdoba, cuando las
            fiestas a la beatificación de Santa Teresa, año de 1615; justador allí también, dos años
            adelante, cantando la Pureza de la Virgen, encomiador en 1625 de su pariente el
            historiador Pedro Díaz de Rivas; del corregidor D. Luis de Baza, en 1630; censor de la
            versión de la <hi rend="i">Utopía</hi> que sacó a luz Medinilla en 1637; panegirista, en
            1639, de la <hi rend="i">Historia de los Carrillos</hi>, escrita por D. Alonso Carrillo
            Laso de Guzmán; y a este tiempo era en Córdoba el poeta beneficiado en la parroquial de
            la Magdalena, así como en 1637 se firmaba Capellán Mayor del Cabildo de la Ciudad».</p>
          <p>En su <hi rend="i">Catálogo biográfico de escritores de la provincia de Córdoba</hi>,
            Ramírez de Arellano recoge las noticias de Fernández-Guerra, aunque rectificando varias
            inexactitudes, y aporta unas informaciones adicionales, precisando por ejemplo que Pérez
            de Ribas fue galardonado con «el segundo premio del tercer certamen por un soneto
            glosando un verso y se le dio un corte de jubón de tafetán negro ajedrezado» durante las
            celebraciones por la beatificación de Santa Teresa, cuya fecha corrige (tuvo lugar en
            1614). También ganó un premio en una justa en honor a la «Pureza de la Virgen Ntra.
            Señora celebrada en la parroquia de San Andrés de la ciudad de Córdoba en 15 de enero de
            1617», tal como reza el folleto del acontecimiento<note place="bottom">Véase Ramírez de
              Arellano (1922: 482, 253).</note>. Apoyándose en el <hi rend="i">Catálogo de los
              Obispos</hi> de Vaca de Alfaro, escribe que murió alrededor de 1654 y «yace en San
            Pablo, en la sala capilla del Capítulo, junto a la sacristía», aunque no queda hoy en
            día ningún vestigio de la sepultura. Le atribuye por fin unas <hi rend="i">Flores
              juveniles</hi> — cuyo manuscrito poseía el licenciado Juan de Villarán y Ramírez en
            Córdoba — y una <hi rend="i">Relación de la forma</hi> (<hi rend="i">sic</hi>)<hi
              rend="i"> que se alzó el pendón real por el rey D. Felipe 4° y muerte de Felipe
              3°</hi>, de la que no se sabe si se imprimió.</p>
          <p>En fechas más recientes Valverde Madrid<note place="bottom">Véase Valverde Madrid
              (1997: 173-175).</note> acopia algunos datos más sobre el que califica de «magnífico
            poeta místico», como la partida de nacimiento que testifica que nació el 21<note
              place="bottom">Valverde Madrid parece hacerse equivocado de fecha — a lo mejor
              invirtió la cifra — ya que esto es lo que reza la partida de bautismo de Pérez de
              Ribas: «En doce días del mes de marzo de 1590 fue bautizado en esta Iglesia del Señor
              San Pedro […] y yo, el licenciado Francisco de Mesa, de lo que doy fe, y lo firmé de
              su nombre».</note> de marzo de 1590. Aparte de esos certámenes en que participó, lo
            que le dio más fama entre los gongoristas actuales fue su compilación de versos de
            Góngora (el ms. <hi rend="i">PR</hi> ya aludido). Pérez de Ribas cursó estudios en
            Córdoba, obtuvo una licenciatura — ignoramos de qué especialidad — en Alcalá y se ordenó
            sacerdote, por lo que se lee en un documento de junio de 1609. En 1611, siendo capellán
            de las Recogidas, se hizo con una capellanía fundada por el mercader cordobés don Pedro
            Sánchez y conservamos varias cartas de pago firmadas por él. Gracias al testamento que,
            estando enfermo, redactó ante el escribano Damas de Luque el 4 de agosto de 1651,
            sabemos que fue hijo de don Francisco Pérez de Rivas y de doña Beatriz de Ricas. En el
            mismo, estipula que quiere ser enterrado en el convento de San Pablo en los claustros
            del Rosario, enumera sus bienes — entre otras cosas unas casas principales en la calle
            Carreteras — y reparte su herencia entre sus hermanos y su hija. Falleció el 10 de
            agosto de 1651.</p>
          <p>A Dámaso Alonso le comunicó el gongorista José de la Torre (sin puntualizar su fuente)
            un par de informaciones adicionales: Pérez de Ribas tuvo una hermana, Teresa de
            Villalobos, que profesó en el convento de Santa Marta, y otra, Beatriz de Ribas, que
            casó con Melchor de Herrera<note place="bottom">Dámaso Alonso (1982: 254).</note>.
            También se pregunta si no podría ser el hermano del jesuita Andrés Pérez de Ribas.</p>
          <p>Fue también Dámaso Alonso (1970) quien puso de relieve la importancia del códice <hi
              rend="i">PR</hi>, en el que Pérez de Ribas fue recogiendo poesías de su amigo Góngora.
            Este manuscrito corrige, en efecto, falsas atribuciones del manuscrito Chacón y
            contiene, por otra parte, los únicos versos autógrafos que conocemos de él. Como escribe
              Carreira<note place="bottom">Carreira (1996: 39-41).</note>, si los cuadernillos no se
            han descolocado, se puede imaginar que el manuscrito, que también recoge algunas piezas
            que no son de Góngora, tal como se encuentra hoy en día, revela el orden con que los
            poemas le fueron llegando al colector, que habría empezado a constituirlo hacia 1614.
            Hizo copiar en él las <hi rend="i">Soledades</hi> (la segunda hasta el v. 558), el <hi
              rend="i">Polifemo</hi>, villancicos de Navidad, una versión de <hi rend="i">Las
              firmezas de Isabela</hi> incompleta; después de una interrupción en la recolección de
            los poemas debida al traslado de Góngora a Madrid en 1617, Pérez de Ribas retoma su
            labor — con la <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi> —, pero no puede seguir desde
            Córdoba la producción de su amigo con tanta facilidad y seguridad como antes. Si bien
            los poemas anteriores carecen de cualquier tipo de orden (ya sea cronológico, por
            géneros o por metros), a partir de la mudanza de Góngora, las nuevas composiciones se
            colocan más o menos cronológicamente y prueban el contacto estrecho que Pérez de Ribas
            tuvo con Góngora o sus compañeros del círculo gongorino.</p>
          <p>En cuanto a la propia obra del autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, nos atenemos a
            lo que escribe Cruz Casado<note place="bottom">Véase Cruz Casado (2004:
            153-158).</note>: de las más de ciento treinta composiciones de que consta el ms. <hi
              rend="i">OP</hi> que la conserva, la mayoría son poesías amorosas (especialmente
            dedicadas a una tal Jacinta), en la línea del petrarquismo tardío, que se inspiran de
            modo preferente en las piezas gongorinas breves de tendencia octosilábica — abundan los
            romances, las letrillas, los madrigales y las décimas. En estas composiciones no se
            pueden rastrear muchas informaciones sobre la vida del poeta, fuera de la mención de
            algunos viajes y otros sucesos personales intrascendentes. El poeta se refiere con
            frecuencia a intelectuales o nobles del periodo tales como el Conde de Gondomar, el
            corregidor Luis de Baeza, el notario mayor Antonio de Balonga, el cirujano Venegas de la
            Cueva o un Ribas que debe de ser Pedro Díaz de Ribas.</p>
        </div>
        <div>
          <head>3. Cronología [Un texto fechable en 1633]</head>
          <p>Varios elementos apuntan a que el <hi rend="i">Escrutinio</hi> se escribió
            inmediatamente después de la publicación de la edición de Hoces, <hi rend="i">Todas las
              obras de don Luis de Góngora</hi>, impresa en Madrid, en la imprenta del Reino, a
            costa de Alonso Pérez, o sea a principios de 1633. Aparte de los datos concretos que
            atañen al contenido propio de las ediciones, cabe suponer, dado el tono acalorado y
            espontáneo del escrito y el que se refiera constantemente a dicha edición para enmendar
            sus fallos, que su autor no dejó que transcurriera mucho tiempo antes de ponerse a
            redactar.</p>
          <p>Nos lo confirma por cierto el hecho de que sea, al parecer, la primera edición de la
            obra de Góngora por Hoces la que maneja: parece remitir, efectivamente, al retrato de
            Góngora grabado por Jean de Courbes — «[o]lvidósele a este ingenio devoto, cuando por
            mayor se cargó de la vida de don Luis, de describir su efigie con el pincel de su pluma,
            quizá con más felicidad que salió la lámina del buril»<note place="bottom">Véanse Moll
              (1984 951-954) y la nota 118 para un comentario de esta frase.</note> —, el cual,
            después de figurar entre los preliminares de la primera edición de 1633, desaparece de
            la segunda del mismo año, así como de las ediciones de 1634, 1648 y 1654<note
              place="bottom">Por eso pensamos que se equivocaba Foulché-Delbosc (1900: 501) al
              escribir que era imposible determinar, por tener todas el mismo contenido y la misma
              paginación, qué edición de Hoces utilizaba el autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi>.</note>. Si bien es verdad que dicho retrato ya formaba parte del
            paratexto de las <hi rend="i">Lecciones de Pellicer</hi> (1630) y que en el manuscrito
            Chacón ya lucía otro retrato realizado por Juan Van der Hamen y León<note place="bottom"
              >Véase Marías (2012: 55).</note>, es poco verosímil que nuestro autor aluda a ellos
            sin decirlo explícitamente, de tan estrecha como parece ser, en la frase que citamos, la
            trabazón entre el grabado sacado a colación y la ausencia correlativa de una descripción
            física del poeta en el escrito biográfico. Por lo demás, cuatro de las composiciones que
            descarta como falsas — «Una vida bestial de encantamientos», «Mentidero de Madrid»,
            «Aquí yace, aunque a su costa» y «Con ropilla, y sin camisa» — se encontraban en las dos
            ediciones de 1633, pero forman parte de las treinta y seis composiciones que fueron
            suprimidas en la primera edición de 1634. Todo apunta por lo tanto a la primera edición
            de 1633, y de haber sabido de una segunda, una tercera, cuarta, etc. edición de Hoces, y
              <hi rend="i">a fortiori</hi>, de haberse valido de ella, es poco probable que el autor
            no lo hubiera mencionado.</p>
          <p>Como apunta Carreira, por otra parte, dado que menciona en su <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> a Lope de Vega, seguramente habría señalado, de una forma u otra, que
            estaba muerto, de haber escrito después del 27 de agosto de 1635, fecha de su
              fallecimiento<note place="bottom">Véase Carreira (1996: 29).</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>4. Estructura [La edición Hoces como falsilla]</head>
          <p>El <hi rend="i">Escrutinio</hi> no es un texto polémico <hi rend="i">stricto sensu</hi>
            en la medida en que no trata del contenido, de los temas o del estilo de la poesía
            gongorina a fin de enjuiciarla; tampoco arremete contra los enemigos de Góngora. No toca
            sino tangencialmente y de pasada los temas agitados en los debates acerca de las <hi
              rend="i">Soledades</hi> y no se pronuncia por ejemplo acerca del denso tejido de
            figuras (tropos, hipérbatos, cultismos) que caracteriza su obra poética. En cambio,
            efectúa un verdadero trabajo filológico que no consiste en llevar a cabo una exégesis de
            las <hi rend="i">Soledades</hi> o del <hi rend="i">Polifemo</hi>, a semejanza de un
            Salcedo Coronel o de un Pellicer, pero sí en delimitar y situar en sus circunstancias la
            poesía de Góngora, a partir de «las impresiones de las obras poéticas de don Luis de
            Góngora y Argote», como reza el título, corrigiendo las atribuciones falsas o la mención
            errónea de tal o cual destinatario. No cabe duda de la admiración que siente el autor
            por un poeta a cuyo entorno y patria se enorgullece de pertenecer, cuyas poesías se ha
            afanado por reunir y a quien enaltece sobremanera: «tan venerado es su nombre», «del
            grande (infinitas veces) don Luis de Góngora», etc. (volveremos sobre esto). Con todo,
            no interviene directamente, mediante un discurso argumentado, en la controversia a favor
            o en contra de Góngora, excepto quizá en el párrafo en que se refiere despreciativamente
            a la moda coetánea de «escribir y aun predicar oscuro», en el que arremete con algo de
            socarronería contra los escritores y los predicadores cultos — ¿se trataría de una
            referencia a Paravicino?<note place="bottom">Véanse Carreira (1996: 32) y nuestra
              anotación al pasaje (nota XXIX).</note> —, ininteligibles para el auditorio: «sermones
            cultos (oscuro se entiende), que consiste su mayor cosa, el trabajo, los estudios, en
            que no los entienda el oyente».</p>
          <p>El escrito, pues, solo se puede considerar polémico en el sentido lato de la palabra,
            entroncando con el conjunto de los textos que hacen de Góngora, por el motivo que sea,
            el tema principal: «por un lado, nos encontramos ante los textos relacionados con la
            polémica gongorina; por el otro, tenemos los textos de los diferentes comentaristas
            gongorinos; en el medio, textos escoliásticos que tienen la obra de Góngora como objeto;
            finalmente, existen una serie de textos que nos informan de otros aspectos sobre la vida
            y la obra del poeta cordobés»<note place="bottom">Véase Pérez Lasheras (2000:
              431).</note>. Es a esta última familia a la que pertenece nuestro texto, que la
            emprende contra las primeras ediciones de la obra de Góngora, especialmente la tercera,
            tanto en lo que concierne a la paternidad de las composiciones incluidas en ella como a
            la <hi rend="i">Vida</hi> anónima que la encabeza. Es así como da pie a una polémica en
            miniatura, a escala reducida, dentro de una polémica gongorina multipolar que consta por
            cierto de textos coherentes entre sí pero heterogéneos — pareceres, intercambios
            epistolares, comentarios, composiciones poéticas — que acaban formando grupos
            interconectados pero con fuerte nivel de autonomía: el carteo polémico entre los
            círculos de Lope y Góngora, el <hi rend="i">Antídoto</hi> y sus respuestas, la polémica
            epistolar entre Francisco de Cascales y Francisco del Villar, la polémica entre Faria y
            Sousa y Espinosa Medrano, etc.<note place="bottom">Para un resumen de los diferentes
              intentos de poner orden en este maremágnum de escritos que no solo gravitan alrededor
              de los textos de Góngora sino que están en la órbita de otros textos polémicos de
              segundo grado, especialmente los que reaccionaron al <hi rend="i">Antídoto</hi> de
              Jáuregui, remitimos a Osuna Cabezas (2014: 189-192).</note></p>
          <p>El <hi rend="i">Escrutinio</hi> consta claramente de dos partes vinculadas entre sí: el
            autor redacta primero una biografía escueta de Góngora que aspira más a corregir y
            matizar lo que escribe el autor de la <hi rend="i">Vida</hi> puesta al frente de la
              edición<hi rend="i"> Hoces</hi> — directamente derivada de la anónima <hi rend="i"
              >Vida</hi> del manuscrito Chacón cuyo autor debe de ser Paravicino<note place="bottom"
              >La autoría de Paravicino para la <hi rend="i">Vida</hi> anónima al frente del
              manuscrito Chacón fue demostrada por Luis Iglesias Feijoo (1983: 141-203). Que la <hi
                rend="i">Vida</hi> Hoces no sea sino una reproducción de esta, con interpolaciones,
              es la hipótesis muy convincente que lanza Adrián Izquierdo en su edición de la <hi
                rend="i">Vida Hoces</hi> (véase <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1633_vida_hoces/"
                >1633_vida_hoces</ref>). Abundamos en las mismas conclusiones y no haremos aquí sino
              confirmarlas. </note> —, que a aportar nuevos datos sobre su vida. Dicho de otra
            forma, a diferencia de las mencionadas <hi rend="i">Vida menor, Vida mayor</hi> y <hi
              rend="i">Vida Hoces</hi>, el <hi rend="i">Escrutinio</hi>, menos informativo que
            crítico, retoma punto por punto la estructura y las informaciones de la última para
            enmendarlas, intercalando de paso una andanada contra los sermones cultos y los
            predicadores reales que solo se puede explicar, pensamos, si el autor atribuía el texto
            a Paravicino (correctamente en lo esencial).</p>
          <p>Si bien Paravicino y Pellicer trazaban la vida de Góngora de forma flexiblemente
            cronológica, desde su nacimiento hasta su muerte, el autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> sigue menos el precepto ciceroniano del <hi rend="i">ordo
              temporum</hi><note place="bottom">Véase Guerra Caminiti (1998: 227-228).</note> que el
            orden de la <hi rend="i">Vida</hi> Hoces, seleccionando de esta únicamente lo que le
            interesa confirmar, comentar o rectificar; el resultado es una biografía más sintética
            que las tres anteriores — ya parcas en detalles —, que no se conforma con repetir
            aquello que ya se sabía de Góngora sino que lo pone en tela de juicio y lo completa
            cuando procede, adoptando un tono entre burlón y recriminatorio: «Olvidósele a este
            ingenio devoto, cuando por mayor se cargó de la vida de don Luis, de describir su
            efigie»; «¿Posible es que quien no supo sus exterioridades, pues con tantos absurdos
            estampó sus obras, supo lo interior de su pensamiento? No es creíble», etc. Con esta
            falsilla cabe leer, nos parece, el <hi rend="i">Escrutinio</hi>.</p>
          <p>Después de una abrupta <hi rend="i">propositio</hi> (primer párrafo) que se deshace ya
            de la aparente objetividad crítica que llevaba aparejada la utilización en el título del
            término <hi rend="i">escrutinio</hi> y anuncia directa y tajantemente cuál es su
            posición acerca de las primeras ediciones de las obras de Góngora («lo que llevan
            siniestro», escribe), el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> proporciona unos datos
            básicos sobre la vida de Góngora — fecha de nacimiento y de muerte, identidad de sus
            padres — que contrariamente a lo que se podría pensar, no se desvían de la meta
            anunciada ni constituyen ninguna digresión. Sigue efectivamente el orden de la edición
            de Hoces, que, después del paratexto al uso en aquel entonces — la suma de la licencia,
            la fe de erratas, la tasa, la dedicatoria a Luis Muriel Salcedo y Valdivieso, un
            comentario al lector y la aprobación por Luis Tribaldos de Toledo y Tomás Tamayo de
            Vargas —, intercala una <hi rend="i">Vida</hi> de don Luis de Góngora. El desconcertante
            uso del subjuntivo en la narración biográfica del <hi rend="i">Escrutinio</hi> — «Haya
            nacido en buen hora don Luis de Góngora en Córdoba, y sean sus padres (como lo fueron)
            don Francisco de Argote y Leonor de Góngora», «Sea su nacimiento en jueves, a once de
            julio del año de mil quinientos sesenta y uno», «Haya vivido sesenta y cinco años, diez
            meses y trece días », etc. — se explica porque estos datos se ofrecen a modo de
            concesión, de corroboración de lo que reza la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>. Esta
            comienza, en efecto, con los susodichos datos — «Fue breve [la vida de Góngora],
            habiendo nacido jueves once de julio de mil quinientos sesenta y uno», «Que sesenta y
            cinco años, diez meses y treces días brevísimo periodo fue de vida», «Su padre, don
            Francisco de Argote, Corregidor de esta villa y de muchas ciudades. Su madre, doña
            Leonor de Góngora». El <hi rend="i">Escrutinio</hi>, por muchos defectos que tenga la
            edición de 1633, no puede menos de admitir la veracidad de estos datos, aunque con una
            displicente impaciencia; de ahí el empleo del subjuntivo. Que se trata de una cita hecha
            con condescendencia lo corrobora el modo en que ambos relatan la defunción de
            Góngora — «Haya vivido sesenta y cinco años, diez meses y trece días, y a Dios pluguiera
            fueran muchos más. No se quede que fue en segundo día de Pascua de Espíritu Santo. Esté
            enterrado en la iglesia catedral de Córdoba, en la capilla del señor Santo Bartolomé»
              (<hi rend="i">Escrutinio</hi>) / «Que sesenta y cinco años, diez meses y trece días
            brevísimo periodo fue de vida, curso arrebatado a nuestro esplendor del más lucido y
            vehemente ingenio que ha llevado nuestra nación, no gozado» (<hi rend="i">Vida</hi>
            Hoces) — y lo que dicen de su patria — «Haya nacido en buen hora don Luis de Góngora en
            Córdoba» / «Nació en Córdoba, honrada porfía de pueblo, y feliz a ser en todos siglos, y
            entre tanta nobleza, célebre patria de los espíritus más elevados de su nación (quizá
            digo del mundo en esto)».</p>
          <p>A continuación desmiente nuestro autor las noticias y opiniones de la <hi rend="i">Vida
              Hoces</hi> que le parecen erradas o completa lo que a su modo de ver faltaba en esta;
            pasa por alto consiguientemente cantidad de datos que sí estaban en las tres <hi
              rend="i">Vidas</hi> anteriores pero que considera fehacientes y que no le interesan,
            tales como la mención del oficio del padre de Góngora, los años de su niñez, los
            estudios que cursó en la universidad de Salamanca, el título de los grandes poemas — <hi
              rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi> — que desencadenaron una polémica
            duradera y cada vez más enardecida, la vuelta a su Córdoba natal tras haber enfermado,
            etc. Insertando un par de anécdotas que le dan a su relación la autoridad de proceder de
            un amigo del poeta, el autor, que no abandona la falsilla del texto que critica, lamenta
            a continuación la ausencia total de una descripción prosopográfica de Góngora. En
            efecto, la <hi rend="i">Vida Hoces</hi> pasaba directamente de la evocación de los
            estudios de Derecho que había cursado Góngora y su amor congénito por las letras a sus
            obras de juventud, sin dedicar ni una línea a su retrato físico. Este era sin embargo un
            elemento fundamental de la biografía histórica de tipo suetoniano, de donde pasó a las
              <hi rend="i">Vidas</hi> de filósofos y poetas, aunque por lo general las biografías de
            los poetas antiguos no le dedicaban más de una frase<note place="bottom">Véase
              Bartuschat (2007: 42).</note>.</p>
          <p>Tras remediar esta falta, el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> se esfuerza por
            contrarrestar la opinión de las personas que no conocieron a Góngora y «le tuvieron por
            satírico, y aun algunos de sus devotos»: poca duda cabe de que con el sustantivo <hi
              rend="i">devoto</hi> se está refiriendo al autor de la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>
            — a mayor abundamiento si se trata de Paravicino—, el cual había resaltado la idea de
            que el joven Góngora, de «espíritu gallardo, gustoso el ingenio, ardiente y singular la
            libertad de la nobleza mal obediente de su pluma», incurrió en sátiras picantes y «tal
            vez salpicó la tinta las personas», algo que lo reconcomió y lo apesadumbró mucho
            después, una vez sentada la cabeza. Llegamos a tener la impresión de que nuestro autor
            se opone a la <hi rend="i">Vida Hoces</hi> por oponerse, ya que después de haberse
            negado terminantemente a aceptar que Góngora, cuya modestia y humildad destacó, pueda
            ser calificado de satírico — «¡Notable engaño!», se escandalizaba —, no le queda otra
            que dar marcha atrás y reconocer que Góngora tal vez fuera maldiciente pero solo con
            personas cuyos defectos eran tan conocidos de todos que eran secretos a voces, y con
            tamaña agudeza que se le podía perdonar<note place="bottom">Remitimos a nuestra
              anotación de dicho fragmento: véase la nota 142.</note>. Minimiza, en otros términos,
            el alcance satírico de las poesías de Góngora, exactamente como lo hizo el autor de la
              <hi rend="i">Vida Hoces</hi> cuando invocaba como atenuante la impetuosidad de la
            juventud, y el hecho de que siempre que el poeta atacaba una persona en sus versos,
            fuera porque había de verdad algo censurable en ella.</p>
          <p>Acerca de las estancias de Góngora en Madrid, nuestro autor rebate la idea desarrollada
            en la <hi rend="i">Vida Hoces</hi> de que Góngora permaneció allí no tanto por
            esperanzas cortesanas cuanto por pura necesidad: «Es cierto que no le llevó a la Corte
            ambición ni interés, pues en su casa tuvo un cuento de renta». Y después de criticar lo
            escrito por su adversario, que además de ser falso se entiende mal por tener un estilo
            abstruso — «aquellos misterios intricados, confusos y aún más que oscuros a fuerza de
            estudio (mal perdido tiempo) en su vida referidos, ni pasaron» —, manifiesta su
            malquerencia para con los predicadores cultos con cierto toque de comicidad y una ironía
            incisiva, como cuando aconseja a los oyentes: «Así ha de ser, pues, todo ministro:
            admire el sermón, háyase entendido o no». Esta filípica que lanza de forma bastante
            repentina contra los profesionales del sermón y esta vinculación que hace entre estilo
            hermético — de tan enmarañado — y predicación culta son indicios bastante decisivos de
            que sabía que Paravicino se escondía detrás de este <hi rend="i">Anonymus Amicus</hi>
            que firmaba la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>. Como amigo que era de Góngora, nuestro
            autor se presenta como legítimo depositario de su memoria, muy por encima del
            trinitario, del que debió de pensar que había abusado de su posición de hombre famoso y
            albacea del poeta. No podemos menos de interrogarnos sobre el estilo a menudo
            desconcertante de nuestro autor, que, en diversos puntos del texto, resulta tan oscuro,
            o más, que el de aquellos a los que censura, y especialmente, lo que es más de notar, en
            el párrafo en que expresa su aversión hacia los predicadores cultos. Parece considerarse
            un escritor de estilo terso porque en vez de ser «culterano», se decanta por la
            concisión, las elipsis y un laconismo lipsiano muy de moda también en aquellos tiempos,
            y propios de un conceptismo que podía llegar a ser tan impenetrable como el Paravicino
            al que vapulea.</p>
          <p>Antes de pasar a la segunda parte del texto, notemos, en cuanto a la estructura del
            mismo, que nuestra biografía, por más sucinta y acortada que sea, con respecto a las
            tres primeras <hi rend="i">Vidas</hi> de Góngora, reviste como estas la forma de una
            narración, maleablemente cronológica — evocación de su genealogía, su nacimiento, su
            apariencia física, sus obras de juventud, en particular las de vena presuntamente
            satírica, sus idas y venidas entre Córdoba y Madrid, sus relaciones con la aristocracia
            cortesana y las mercedes que fue obteniendo y, en el último párrafo, el destino
            editorial de sus composiciones —, interrumpida por la mención de algunos elementos de
            etopeya (su modestia, su visión desengañada de la capital, su humildad). Estos rasgos se
            documentan a base de anécdotas y frases en estilo directo, tal como lo inauguró Suetonio
            en su <hi rend="i">De Vita Caesarum</hi><note place="bottom">Véase Madelénat (1984:
              40).</note>; a este difícil equilibrio entre relato y retrato, se suma la tensión
            entre lo cronológico y lo ético, en un texto de índole libremente biográfica entreverado
            de reflexiones de alcance general (sobre la predicación culta). Conforme a los cánones
            de la retórica clásica, no había una única manera de componer un panegírico. En la parte
            del <hi rend="i">De institutione oratoria</hi> que dedica al <hi rend="i">genus
              demonstrativum</hi>, Quintiliano, después de distinguir tres periodos para quien
            quiere engrandecer a los hombres — el tiempo que los precede, el tiempo en que les toca
            vivir y el tiempo que los sigue —, y que volvemos a encontrar por cierto en nuestro
            texto, de forma más yuxtapuesta que lineal a veces, precisa que «[o]casiones hay en que
            es mejor seguir las edades del hombre y el orden de sus hechos, de forma que en la
            primera alabemos la buena índole, después la enseñanza y educación, y luego la serie de
            acciones y palabras. Otras, dividir el panegírico en varias virtudes, fortaleza,
            justicia, templanza y las demás, comprobándolas con hechos particulares. Cuál de estos
            dos métodos sea mejor, la materia del panegírico lo ha de decir»<note place="bottom"
              >Véase Quintiliano (2004: 154).</note>. De estos dos métodos diferentes, aunque
            potencialmente complementarios, nuestro autor opta más bien por el primero. Esto no
            impide alguna que otra incursión en el método sintético, tal como ocurre cuando el autor
            encomia la modestia gongorina. Aunque de forma nada rigurosa ni rígida, destaca una
              tripartición<note place="bottom">Véase «Fuentes».</note> cercana a la de las cincuenta
              <hi rend="i">Vidas</hi> de Plutarco (mención de los antepasados, del nacimiento,
            descripción física; pinceladas reveladoras del carácter; evocación de la muerte y de la
            fortuna), apogeo de la biografía antigua, que podría reducirse de hecho a una
            bipartición entre vida y carácter<note place="bottom">Véase Madelénat (1984:
            41).</note>, o en una dicotomía muy funcional aquí entre vida (en la que incluiremos el
              <hi rend="i">ethos</hi>) y obras, válida tanto dentro de nuestras <hi rend="i"
              >Vidas</hi> de Góngora, acabamos de mostrarlo, como dentro del propio manuscrito
            (Chacón y Estrada) o impreso (edición Hoces).</p>
          <p>Observemos una última característica de nuestro texto en contraste con las primeras
            tres <hi rend="i">Vidas</hi> de Góngora. En estas toda la vida de Góngora parece
            ilustrar la idea general según la cual Naturaleza y Fortuna son potencias antagonistas y
            rivales: la Fortuna (si se admite su existencia, aunque contraria a la buena teología)
            se habría desquitado de la Naturaleza, demasiado pródiga para con Góngora, no
            permitiéndole prosperar y ocupar algún puesto verdaderamente digno de sus méritos<note
              place="bottom">He aquí lo que escribe Paravicino: «El estado, dignidades y comodidades
              de don Luis, si no fuera vano nombre el de la Fortuna, muy corrida la dejaran de la
              venganza que quiso tomar de la Naturaleza en la singularidad de este extraño y divino
              genio, pues un caballero de tantas partes, ni en menores ni en mayores años, pudo
              ascender de una ración de la Santa Iglesia de Córdoba» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1628_vida_chacon/"
                >1628_vida_chacon</ref>).</note>. Nuestro <hi rend="i">Escrutinio</hi> — en lo
            tocante a la parte biográfica —, por seguir un hilo conductor (el de la <hi rend="i"
              >Vida Hoces</hi>, lo hemos dicho) más externo y no explícito, tiene probablemente una
            cohesión interna menor que la de las demás biografías de Góngora, cuya finalidad
            — ilustrar hasta qué punto Fortuna y Naturaleza están reñidas —, a despecho de cierta
            rigidez y dimensión mecánica del desarrollo, contribuye a unificar el conjunto.</p>
          <p>Después de haber examinado con cierto detenimiento la <hi rend="i">Vida</hi> contenida
            en los preliminares de la edición Hoces y subsanado lo que le parecía inexacto o
            aproximativo, nuestro autor se interesa lógicamente por el propio contenido de dicho
            impreso, siempre con vistas a celebrar la producción poética de Góngora, que ha sido
            deturpada a su parecer por la impericia de algunos editores aficionados. Se propone
            promocionar al mismo tiempo el manuscrito Estrada (a cuyo frente se encuentra el <hi
              rend="i">Escrutinio</hi>), depurado y desprovisto de los «lunares », «borrones»
            y otras «ofensas» que pululaban en las ediciones anteriores; concluye su <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi>, como ya se dijo, con este deseo: «Lleve la suerte este volumen a
            manos de algún aficionado — de los pocos, de los buenos se ha de presumir — a quien se
            pueda fiar su legalidad, y estámpelo». Es así como, siguiendo su orden de aparición,
            pasa revista a veintiséis composiciones incluidas en la edición Hoces, veintisiete si
            contamos el soneto «Rebelde y pertinaz entendimiento» que aparece dos veces. Son todas
            ellas poesías menores (no empleamos este adjetivo sino para diferenciarlas de las
            composiciones que ocasionaron la polémica gongorina), excepto una octava sacada de la
            comedia <hi rend="i">Venatoria</hi> y la mención de las <hi rend="i">Firmezas de
              Isabela</hi>. De estas veintiséis piezas, nuestro autor rechaza con razón diecisiete
            atribuciones falsas (dos sonetos, dos décimas y trece romances) que no figuran en el
            manuscrito Chacón, la edición de Vicuña ni el ms. <hi rend="i">E</hi>, y dos de las
            cuales — las décimas «Mentidero de Madrid» y «Aquí yace, aunque a su costa » — ya habían
            sido rechazadas por Chacón; restituye, a Antonio de Paredes, a Lope de Vega, a Liñán de
            Riaza y a Juan de Salinas, respectivamente, cuatro de los trece romances cuya atribución
            a Góngora recusa. Por otra parte, acerca de nueve piezas que sí son de Góngora (cuatro
            sonetos, una octava, una letrilla, dos romances y una comedia), aclara las
            circunstancias de redacción sobre las cuales Hoces se equivocaba. En la mayoría de los
            casos, rechaza la identificación del dedicatario propuesta por Hoces y propone la
            identificación correcta. Estas poesías corresponden todas a la etapa cordobesa del poeta
            — desde 1582 para la más temprana («En la pedregosa orilla» y el fragmento de la <hi
              rend="i">Comedia Venatoria</hi>) hasta 1608 para el soneto «Sacro pastor de pueblos,
            que, en florida», 1610 para las <hi rend="i">Firmezas de Isabela</hi>, y antes de 1617
            para el soneto «Antes que alguna caja luterana» —, lo que podría confirmar tal vez que,
            después del traslado del poeta a Madrid, le costó al autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> estar tan bien informado de lo que este escribía.</p>
          <p>Este inventario entre condenatorio y reformatorio, con ser un tanto mecánico y
            repetitivo — las expresiones «no es de don Luis» y «no es suyo» se repiten por ejemplo
            seis y tres veces, respectivamente —, no deja de tener cierta gracia, como cuando a
            propósito del romance «Con ropilla, y sin camisa» y del hermano del poeta del que había
            dicho que «ni los [los versos] oyó ni desperdició […] átomo de tiempo en saber si los
            había en el mundo, ni musas en el Parnaso», su opinión roza voluntariamente lo absurdo:
            «no es suyo, ni de su hermano don Juan de Góngora, porque, aunque ignoró las musas, como
            está dicho, lo hiciera mucho mejor». El autor da muestras de impaciencia e indignación
            conforme va repasando los yerros e inexactitudes de Hoces, lo que se transparenta en un
            estilo cada vez más expresivo y oral: «¡Cuidado, por amor de Dios!», «No nos cansemos,
            que no es suyo», «¡Vaya, ama, al corral!», «No nos matemos ahora por si es bueno o no
            […] que no es de don Luis», «¡no, no, no es de don Luis!», etc. Excepto en los cuatro
            casos en que adscribe explícitamente a otro poeta composiciones incorrectamente
            atribuidas a Góngora, pocas veces procura justificar sus pareceres perentorios — una vez
            rechaza un poema que no puede ser suyo porque «no habla bien de Villamediana», dado el
            afecto que le tenía. Manifiesta cierto menosprecio intelectual hacia quien no es capaz
            de percibir que la excepcionalidad y el estilo superior e inconfundible de Góngora — sin
            que sepamos exactamente en qué consiste o que trate de definirlo con criterios
            objetivos — bastan de por sí para descartar todas las poesías mediocres: «¿cómo puede
            ser suya, por mala?», dice por ejemplo acerca de la décima «Mentidero de Madrid», o
            «¿Posible es que haya quien pueda presumir que este romance es de don Luis, habiendo
            conocido alguno de sus versos?», acerca del poema «¡Ah, mis señores poetas!», etc.</p>
          <p>Acaba de forma un poco abrupta este catálogo ya largo de los errores de la edición
            Hoces — «lo que resta se quede», escribe — en el que <hi rend="i">refutatio</hi> y <hi
              rend="i">confirmatio</hi> se entremezclan de modo permanente; el refutar tal
            información dada sobre Góngora, o tal atribución errónea, y el corregirla, constituyen
            efectivamente para nuestro autor las dos caras de una misma moneda, dos movimientos
            alternos e indisociables<note place="bottom">«[<hi rend="i">L</hi>]<hi rend="i">a</hi>
                réfutation<hi rend="i">, qui consiste à détruire les arguments d’un adversaire,
                n’est en réalité qu’une partie de la</hi> confirmation<hi rend="i">. Réfuter la
                thèse contraire, c’est prouver la nôtre</hi>» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/ecole/didier_principes-rhetorique_1863/"
                >Didier 1863</ref>). </note>. Concluye con una especie de <hi rend="i"
              >peroratio</hi> que retoma la idea principal del escrito (a saber, que la edición
            llevada a cabo por Hoces es muy imperfecta), sintetizándola en una frase categórica
            — «si verso a verso se hubiera de recorrer y enmendar el volumen, como queda apuntado,
            de nuevo es poco volverlo a encuadernar» — y apela directamente al lector potencial del
            manuscrito Estrada, incitándolo a editarlo y tocando la fibra sensible, como se solía
            hacer al final de un discurso, a tenor de las reglas propias de la <hi rend="i"
              >dispositio</hi>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>5. Fuentes [Adscripción genérica, tradición retórica y vida misma]</head>
          <p>Cabe recordar que la primera parte del <hi rend="i">Escrutinio</hi> aspira menos a
            esbozar un nuevo perfil biográfico de Góngora que a rectificar la <hi rend="i">Vida</hi>
            que constituía el paratexto liminar de la edición Hoces y se le antojaba a nuestro autor
            entre incompleta y muy mejorable; sin embargo, al igual que las tres <hi rend="i"
              >Vidas</hi> anteriores, recoge algunas normas formales, estructurales y temáticas del
            paradigma clásico de la biografía tal como lo define Daniel Madelénat<note
              place="bottom">Véase Madelénat (1984: 36-46).</note>: la concisión; cierta separación
            entre actos y <hi rend="i">ethos</hi>, entre el hombre y sus obras, aunque en nuestro
            caso, lo hemos visto, la personalidad de Góngora, su modestia y su benevolencia en
            particular, influyen en sus composiciones cuya dimensión satírica nuestro autor se
            esfuerza por minusvalorar; una finalidad clara, una tesis casi, que el biógrafo
            desarrolla a lo largo de su texto (como la de un Petrarca ejemplar que combina
            perfectamente su función de literato y su vida pública o, al revés, la de un Dante al
            margen de la sociedad, en la <hi rend="i">Vida</hi> respectiva que les consagra
              Boccacio)<note place="bottom">Véase Bartuschat (2007: 66).</note>. En este caso, la
            tesis, puramente negativa, consiste en negar el valor de la <hi rend="i">Vida
            Hoces</hi>, insinuando que su retrato del poeta es poco fidedigno. Aunque en el <hi
              rend="i">Escrutinio</hi> la vida peculiar del poeta todavía se limita a la ilustración
            de un carácter o de una función, despuntan ya algunas características del desarrollo
            ulterior de la biografía romántica, que intenta sugerir lo que el individuo tiene de
            único.</p>
          <p>Es obvio por lo demás que se trata menos, en nuestro <hi rend="i">Escrutinio</hi>, de
            llevar a cabo una biografía imparcial y desapasionada del poeta que de enaltecerlo, de
            forma aún más manifiesta que en la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>: Góngora constituye un
            dechado de modestia — su único defecto sería precisamente un exceso de modestia: «si
            culpa pudo tener, lo es dejar cosas tan superiores a la elección de sus aficionados, no
            obstante que esto sea el extremo de modestia que el natural de don Luis profesó en sus
              obras»<note place="bottom">Esta negativa, o resistencia, a estampar sus obras podría
              explicarse por razones que nada tienen que ver con cualquier forma de modestia, al
              contrario: «cabe detectar algún resto de aquella mentalidad tempranorrenacentista que,
              en comparación con los hermosos códices manuscritos en que se copiaban amorosamente
              los clásicos grecolatinos, veía con recelo los primeros libros impresos» (Carreira
              1998: 416).</note> —, de magnanimidad, lo que le impediría escribir verdaderas sátiras
            (al revés de lo que decía la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>), y de desprendimiento; no
            estaría en la Corte para enriquecerse o por «necesidad», como lo escribía su biógrafo
            anterior, sino para no desairar a los hombres influyentes que lo invitaron y por su
            apetito de cosas bellas y nobles — «[…] a instancia de tanto señor grande, ministros y
            aun privados, mecenas de las buenas letras», «don Luis fue muchas veces a Madrid, con no
            más ocasión que por ser esta corte centro de los insignes en todo género», «[t]odo esto
            tan lentamente solicitado que casi se le vino a las manos, acusando al dárselas el
            privado su silencio». Este abultamiento de la dimensión encomiástica sitúa, pues, a
            nuestro autor dentro de la tradición biográfica clásica, vinculada, ya desde sus
            orígenes, a lo epidíctico<note place="bottom">Véase Pernot (1993: 143).</note>; basta
            con recordar, ya desde el siglo IV a. C., el <hi rend="i">Agesilao</hi> de Jenofonte o
            el <hi rend="i">Elogio de Helena</hi> de Isócrates, obras en las que la idealización
            prevalece sobre la veracidad fáctica y cronológica. La biografía literaria florece
            especialmente dentro de la Escuela peripatética bajo la pluma de Antígono de Caristo; en
            Roma resurge, bajo el impulso de Suetonio, y se posiciona siempre, al parecer, en un
            movimiento de polarización, del lado del elogio o del vituperio<note place="bottom">Se
              percibe por ejemplo una corriente anti-socrática por parte de varios miembros del
              Liceo fundado por Aristóteles, en las antípodas de la dimensión apologética de los
              diálogos socráticos de Jenofonte: es así como Aristóxeno de Tarento, autor de una <hi
                rend="i">Vida de Sócrates</hi> de la que solo conservamos algunos fragmentos, lo
              desestima por su temperamento colérico, su grosería y su modo de vida disoluto. Véase
              al respecto Dorion (2004: 121-122).</note>. Fiel a esta tradición de un género
            biográfico emparentado con lo epidíctico, lo que se acentúa con la emergencia de la
            hagiografía en el siglo IV, nuestro autor adopta un tono hiperbólicamente elogioso a
            base de superlativos tanto absolutos («agudísimo», «vivísimos») como relativos
            («apellidos en ella de los más esclarecidos», «comedia de los más propios, lucidos y
            elegantes versos […]»), de epítetos laudatorios («grande (infinitas veces) don Luis»,
            «gran varón», «buen cuerpo») y de cuantificadores intensivos («tanto varón aún más
            merece», «donde tan venerado es su nombre»). Aunque de modo menos llamativo, menos
            sistemático y riguroso que en la <hi rend="i">Vida menor</hi>, la <hi rend="i">Vida
              mayor</hi> y la <hi rend="i">Vida</hi> Hoces, se encuentran en el <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> algunos de los lugares retóricos (<hi rend="i">topoi</hi>) del elogio
            de las personas, como se detectan ya en uno de los primeros ejemplos conservados de
            panegírico, el <hi rend="i">Evágoras</hi> de Isócrates, y que formalizó Menandro el
            Rétor, en los dos tratados del siglo III que se le atribuyen<note place="bottom">Para lo
              que decimos de la tópica del elogio, nos apoyamos en los trabajos de Laurent Pernot
              (1986: 33-39; 1993: 130-178)</note>. De esta lista más o menos fija que atraviesa toda
            la antigüedad grecorromana hasta las <hi rend="i">Vidas</hi> de los poetas del
            Renacimiento, nuestro <hi rend="i">Escrutinio</hi> hace suyos los <hi rend="i"
              >topoi</hi> siguientes: <hi rend="i">genos</hi> (patria/familia), <hi rend="i"
              >genesis</hi> (nacimiento), <hi rend="i">physis</hi> (naturaleza), <hi rend="i"
              >sôma</hi> (cualidades físicas), la infancia, la educación (<hi rend="i"
            >paideia</hi>), <hi rend="i">epitêdeumata</hi> (modo de vida/comportamiento), <hi
              rend="i">praxeis</hi> (las acciones), <hi rend="i">tykhé</hi> (la fortuna), etc.</p>
          <p>Cabe recordar por lo demás que el <hi rend="i">Escrutinio</hi> se inscribe en un género
            particular de biografía panegírica muy de boga en el Renacimiento italiano, el de las
              <hi rend="i">Vidas</hi> de poetas y artistas<note place="bottom">Véase Bartuschat
              (2007).</note>, desde las <hi rend="i">Vite</hi> escritas por Boccaccio en el siglo
            XIV hasta las<hi rend="i"> Vite de' più eccellenti architetti, pittori et scultori
              italiani</hi> (1550) de Vasari. En España, el género aparece a raíz de la traducción
            en castellano por Alfonso de Palencia de las traducciones latinas de las <hi rend="i"
              >Vidas paralelas</hi> de Plutarco, reunidas y publicadas por Giovannantonio Campano
              (1478)<note place="bottom">Véase lo que escribe Susanna Allés Torrent al respecto:
                «<hi rend="i">L’inserzione di numerosi opuscoli biografici e storici in queste
                edizioni significò la diffusione</hi> […] <hi rend="i" xml:lang="it">delle biografie
                plutarchee che erano state tradotte dal greco al latino da vari illustri
                umanisti</hi> […]. <hi rend="i" xml:lang="it">Ad ogni modo, l’inclusione di questi
                testi</hi> […]<hi rend="i" xml:lang="it"> significò la loro divulgazione in Italia e
                in Europa, ed anche la traduzione in altre lingue volgari, tra cui lo spagnolo</hi>»
              (2013: 205).</note>, entre las cuales destacan algunas <hi rend="i">Vidas</hi> de
            escritores. Otro signo distintivo fuerte de su pertenencia al género de las <hi rend="i"
              >Vidas</hi> de poeta sería la posición liminar que ocupa en el manuscrito Estrada,
            lugar privilegiado para la expresión biográfica en los siglos XVI y XVII: mencionemos,
            entre otros ejemplos, la <hi rend="i">Vita e Costume del poeta</hi> que abre la
            colección <hi rend="i">Sonetti, canzoni e triomphi di M. Franceso Petrarca</hi> (1541),
            la <hi rend="i">Vida de Garcilaso de la Vega</hi> de Tomás Tamayo de Vargas (1622) o el
              <hi rend="i">Breve discurso sobre la vida de Francisco de Figueroa</hi> de Luis
            Tribaldos de Toledo (1625)<note place="bottom">Véase Cayuela (2012).</note>. Es aún más
            cierto cuando se trata de obras completas publicadas póstumamente; es el caso de nuestro
            texto: como escribe Genette, al menos desde la tradición de las <hi rend="i">Vidas</hi>
            de los trovadores insertadas en colecciones poéticas del siglo XIII, todas las grandes
            ediciones de la edad clásica se abren con una <hi rend="i">Vida</hi> del autor<note
              place="bottom">Véase Genette (1987: 245).</note>. El <hi rend="i">Escrutinio</hi> no
            es excepción.</p>
          <p>En la medida en que el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> se presenta como un amigo
            cercano del poeta, otra fuente primordial sería el conocimiento empírico y la propia
            vida, las vivencias personales de José Pérez de Ribas (de aceptar la hipótesis sólida de
            Carreira), a quien fue dada la oportunidad de frecuentar al poeta, tal vez de mantener
            una correspondencia con él. Esto tal vez pudiera explicar el cariz anecdótico que toma
            la parte biográfica del texto — véanse las anécdotas del perulero, de la nenia o de la
            litera mandada por el conde de Villamediana — con respecto a la <hi rend="i">Vida
              menor</hi>, la <hi rend="i">Vida mayor</hi> y la <hi rend="i">Vida</hi> Hoces, así
            como la importancia de los dichos atribuidos a Góngora. La anécdota constituía, claro
            está, un elemento sobresaliente de la biografía clásica que formaría parte directa o
            indirectamente del bagaje cultural de nuestro autor, como hemos dicho, así como la
            reproducción de algunas palabras o agudezas de los biografiados<note place="bottom"
              >Véase Wild (2012).</note>. Esto es lo que escribía al respecto Plutarco al principio
            de su vida de Alejandro Magno: «Es preciso tener en cuenta que mi propósito no es
            escribir historias, sino vidas. Y las hazañas más gloriosas no siempre revelan la virtud
            o el vicio. A veces un detalle menor, una palabra o una broma proporcionan mayor
            información sobre el carácter que las batallas con millares de muertos, las grandes
            expediciones, o los asedios de ciudades. […] [P]ermítaseme centrar mi atención en los
            signos del alma y retratar a partir de ellos la vida de cada cual […]»<note
              place="bottom">Véase Plutarco (2016: 17).</note>. A pesar de que la anécdota y la
            reproducción de frases ingeniosas están codificadas y se encuentran por supuesto en
            escritos de biógrafos posteriores en siglos al personaje cuya vida relatan, el autor del
              <hi rend="i">Escrutinio</hi> da a pensar que las conoció o las oyó de primera mano; de
            hecho, es el primero en contarlas. La suya pertenece a la categoría de esas biografías
            que por dimanar de un conocimiento directo del individuo cuya vida se cuenta logran
            transmitir una impresión de intimidad y hacer que se esclarezca el temperamento del
            personaje ilustre bajo una luz nueva, tal como ocurre en la <hi rend="i">Vida de Ignacio
              de Loyola</hi> (1572) de Pedro de Ribadeneira, uno de sus primeros discípulos, o medio
            siglo después del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, con la <hi rend="i">Vie de Blaise
              Pascal</hi> (1684) escrita por su hermana<note place="bottom">Véase Madelénat (1984:
              47).</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>6. Conceptos debatidos [Un texto poco dado a la argumentación]</head>
          <p>Este apartado se justifica para textos propiamente polémicos que impugnan o propugnan
            la nueva poesía practicada por Góngora y sus seguidores y desarrollan por ende una
            argumentación más o menor precisa, valiéndose de unas nociones abstractas para
            aquilatarla, censurarla o defenderla. Nuestro texto no entabla una polémica con los
            «émulos» de Góngora — para retomar el calificativo utilizado por el autor —, a los que
            no menciona más que una vez, sino con otros admiradores suyos (en el orden de aparición,
            Vicuña, Salcedo Coronel o Pellicer, Paravicino, probable autor de la <hi rend="i">Vida
              Hoces</hi>, y el editor mismo); se trata en realidad de un fallo severo de nuestro
            autor sobre las obras impresas del poeta, de una especie de fe de erratas muy
            desarrollada que cobra una dimensión literaria inhabitual, más que de una polémica <hi
              rend="i">stricto sensu</hi>. Debido a una dimensión fáctica y anecdótica marcada y el
            hecho de que pase revista a veintiséis composiciones en apenas unos cinco folios para
            revisar el nombre de tal o cual dedicatario y rechazar las atribuciones falsas, el <hi
              rend="i">Escrutinio</hi> no entra sino de forma periférica en el terreno conceptual y,
            cuando lo hace, su argumentación es muchas veces titubeante, cuando no inexistente.
            Puesto que ya los hemos comentado casi todos con mayor o menor detenimiento en nuestra
            anotación, nos limitamos aquí a exponer enumerativa y brevemente los conceptos al que
            alude.</p>
          <p>Refiriéndose probablemente a las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> de Pellicer,
            afirma la inutilidad de lo que parece ser una nueva moda consistente en la anotación de
            las obras de Góngora, tanto por dirigirse a unos lectores ya acostumbrados a su estilo
            como por oscurecer lo que ya era difícil de por sí («son confusión sobre confusión») y
            ostentar una erudición irrelevante y fatigosa. Es una opinión que se emite en varios
            textos de la polémica, puesto que todavía sigue sorprendiendo y resultando chocante la
            práctica del comentario de autores modernos. Para no dar más que un ejemplo, en las
            epístolas de <hi rend="i">La Filomena</hi>, el anónimo «señor de estos reinos» que se
            dirige a Lope de Vega (remitimos a <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_papel/"
              >1621_papel</ref> y lo que escribe Pedro Conde Parrado en su edición) declara: «si en
            esta frasi se escriben libros, será necesario que salgan la primera vez con sus
            comentos, y estos pienso yo que se hacen para declarar después de muchos años las
            dificultades que en otras lenguas o fueron sucesos de aquella edad o costumbres de su
            provincia; que en lo que es historia y fábula ya tenemos muchos, y pienso que los que
            ahora comentan no hacen más de hacer otras cosas a propósito por ostentación de sus
            ingenios». Estas aserciones relativas a lo inane de unos escolios que — especialmente en
            el caso de textos recientes que no mencionan realidades de otras épocas u otras
            civilizaciones — solo sirven para contentar la vanidad de sus autores sitúan a nuestros
            textos en la órbita de la polémica en torno a las <hi rend="i">Anotaciones</hi> de
            Fernando de Herrera a la poesía de Garcilaso de la Vega<note place="bottom">Véase
              Montero (1987: 17-87).</note>. Uno de los aspectos más controvertidos de estos
            comentarios fueron precisamente las digresiones en que se explayaba el sevillano, sus
            divagaciones eruditas: el propio Brocense, autor él también de unas anotaciones a la
            poesía de Garcilaso, elogia la brevedad de las notas de Luis Gómez de Tapia en su
            edición de <hi rend="i">Os Lusíadas</hi> con respecto a las de Herrera. Estas
            arremetidas contra las <hi rend="i">Anotaciones</hi>, y este argumento en particular,
            vuelven a aparecer, expresados en términos menos mesurados, bajo de la pluma del Prete
            Jacopín, de Juan de la Cueva y de otros escritores que también participaron en la
            polémica gongorina, tales como Tomás Tamayo de Vargas, Manuel de Faria e Sousa e,
            ¡ironía del destino!, de la persona quizá menos indicada sobre el particular, el propio
            Pellicer — cuya erudición farragosa condena el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> —
            en sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>: «Fernando de Herrera <hi rend="i">in notis
              ad Garci-Lassum</hi> hace contra él un pesado discurso y largo»<note place="bottom"
              >Citado por Montero (1987: 22).</note>. La coincidencia de algunos argumentos y de los
            escritores que los utilizan confirma que, si bien con características propias y
            repercusiones diferentes, una polémica empalma con otra.</p>
          <p/>
          <p>Nuestro autor aboga por la superioridad de Góngora con respecto a «los mejores, gloria
            de la antigüedad», y, con motivo de este aserto, roza el delicado tema de la adscripción
            genérica de las obras de Góngora: «Góngora, émulo y aun vencedor de Homero, de Virgilio
            y de los mejores, gloria de la antigüedad — porque no parezca juicio temerario, en su
            género, se entiende». Ya le parezca obvio, ya prefiera sortear la dificultad, deja las
            cosas en una vaga indeterminación. Roza pues la cuestión espinosa de poner un marbete
            genérico a las obras de Góngora que preocupa a otros polemistas: poeta bucólico para el
            anónimo remitente de una carta en que da su parecer sobre las <hi rend="i"
              >Soledades</hi><note place="bottom">Véase <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/16xx_carta-amigo/"
                >16xx_carta-amigo</ref>.</note>, poeta lírico para Pellicer, epigramático para los
            que lo comparan con Marcial — «fueron sus sales no menos celebradas que las de Marcial»,
            escribe por ejemplo Lope de Vega en <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_papel/"
              >1621_papel</ref> —, poeta de «partos heroicos» para Vázquez Siruela<note
              place="bottom">Véase <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1645_discurso-siruela/"
                >1645_discurso-siruela</ref> .</note> o poeta sin más para un Pedro de Valencia que
            retoma en una carta<note place="bottom">Véase <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1613_carta-valencia/"
                >1613_carta-valencia</ref>.</note> fragmentos del <hi rend="i">Tratado de lo
              sublime</hi> del Pseudo-Longino, manejando el concepto de lo sublime, que le concede
            al artista independencia con respecto a las normas genéricas<note place="bottom">Véase
              Blanco (2012b).</note>, etc. En esta misma línea, nuestro autor se niega primero de
            forma muy categórica a reconocer que Góngora sea un poeta satírico, antes de desdecirse
            y matizar de forma vacilante su juicio, revelando tal vez cierta incertidumbre
            crítica.</p>
          <p/>
          <p>Condena la predicación culta (la que practica Paravicino en calidad de autor
            plausibilísimo de la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>), haciendo girar su discurso alrededor
            de dos conceptos opuestos que muy a menudo van juntos en los textos de la polémica
            gongorina y que nuestro autor presenta adoptando primero irónicamente la postura de los
            mismos oradores profesionales a los que desautoriza: claridad («esta arenga, inculta por
            clara») <hi rend="i">contra</hi> oscuridad («si no […] predicáis oscuro, no es culto»,
            «sermones cultos (oscuros, se entiende)». La pareja antinómica se asocia con la de lo
            culto <hi rend="i">contra</hi> lo inculto. Por más que insista, por medio del
            políptoton, en la oscuridad de esos sermones que califica despectivamente de
            cultos — «[…] que no los entienda el oyente», «no se le ha entendido palabra», «háyase
            entendido o no», «ni los entiende ni antes los entendió» —, no explicita en ningún
            momento, ni siquiera de forma alusiva, dónde reside la oscuridad, si esta se debe a la
            sintaxis o al léxico (o a los dos), si tiene algún tipo de legitimidad o no<note
              place="bottom">Véase Roses Lozano (1994).</note>, si procede de la expresión o del
              pensamiento<note place="bottom">Véase Blanco (2012b: 52).</note>, etc. Las reflexiones
            de nuestro autor no van pues más allá de un argumento <hi rend="i">ad personam</hi>, un
            ataque al hermetismo de Paravicino tanto en los sermones como en la <hi rend="i">Vida
              Hoces</hi> — de ser él su autor —, pero sin concretar.</p>
          <p>Aparte de estos conceptos poco desarrollados pero que exhiben cierta conciencia
            literaria, el autor deja filtrar algunas ideas: la necesidad de honrar activamente la
            memoria del poeta, especialmente por parte de su Córdoba natal; la eminencia del poeta
            tanto en prosa o en la conversación como en poesía; la adaptación del <hi rend="i"
              >topos</hi> del «menosprecio de corte, alabanza de aldea», a través de la oposición
            entre una apacible ciudad de provincia entregada al ocio (Córdoba) y el dinamismo de la
            capital que incita a azacanarse; cierta concepción de la superioridad de Góngora (sin
            definir) que invalida por principio cualquier asimilación con los poetas medianos
            («¿cómo puede ser de don Luis? ¿Quién lo ha de creer?»).</p>
        </div>
        <div>
          <head>7. Otras cuestiones [Algunas consideraciones sobre el proceso editorial]</head>
          <p>Las cuestiones filológicas de atribución y contextualización de los poemas que
            preocupan a nuestro autor se deben al consabido predominio de la circulación manuscrita
            de la poesía en aquel entonces. Como escribe Rodríguez-Moñino<note place="bottom">Véase
              Rodríguez-Moñino (1967: 25).</note>, a finales del siglo XVI y principios del siglo
            XVII pocos poetas se preocupaban de disponer de un original de sus composiciones — en lo
            que a Góngora concierne, es especialmente agudo el contraste entre su extrema
            escrupulosidad creativa y su posterior desinterés por las propias obras—, y los
            volúmenes que recogían varias composiciones de un autor eran, las más de las veces, obra
            de un copista o de un amigo que reunía mal que bien un material de origen heteróclito y
            de atribución dudosa. Y aunque Góngora constituye una excepción por ser el único poeta
            lírico español del periodo cuyas obras manuscritas se explotan mercantilmente, eso no
            quita que la trazabilidad de cada composición sea insegura por la naturaleza misma de su
            circulación previa: el primer receptor de una composición aislada no necesitaba indicar
            de quién era, ya que lo sabía con suficiente certeza, pero al copiarse y volver a
            copiarse, alejándose cada vez más del ámbito restringido en que había sido concebida,
            acababa por convertirse en una pieza de procedencia incierta a la que había que atribuir
            el nombre de un autor<note place="bottom">Véase Rodríguez-Moñino (1967: 40).</note>.</p>
          <p>Se da la aparente paradoja de que el proceso editorial, que tendemos tal vez hoy en día
            a considerar como una forma de fijar los textos y clausurar el proceso creativo, no
            contribuye a poner orden en la producción de un autor, ni mucho menos zanjar los
            problemas de autoría, sino que al contrario añade confusión a la confusión: la edición
            Hoces de 1633, sigue la estructura de la edición del<hi rend="i"> Homero español</hi>
            (1627), pero, en vez de delimitar más rigurosamente la producción gongorina, la
            acrecienta para mal; agrega en efecto cincuenta y dos sonetos, cuatro canciones,
            veinticinco décimas, treinta y cuatro romances, etc.<note place="bottom">Véase Moll
              (1984: 935-936).</note>, entre los cuales están las dieciséis piezas que el autor del
              <hi rend="i">Escrutinio</hi> aparta con cierta exasperación<note place="bottom"
              >Habiendo dicho esto, también es verdad que de las composiciones agregadas por Hoces
              también las hay de Góngora. Para dar un ejemplo, en el apartado «décimas varias»,
              trece son de autoría segura («Al hermoso dueño mío», «Caballo que despediste», «Casado
              el otro se halla», «Don Juan soy, de Castillejo», «Esta hermosa prisión», « Yace aquí
              Flor, un perrillo», «Ni a rayo el sol perdonó», «No hay que agradeceros nada», «¡Oh
              jurisprudencia! ¡Cuál!», «Cuanto el acero fatal», «Tropezó un día Dantea», «Señor,
              pues sois mi remedio» y «Tu beldad, Clori, adoré» ) y cuatro de autenticidad probable
              («Vences, en talento cano,», «Detente, buen mensajero», «El más insigne varón» y «Un
              conde prometedor»).</note>. Se establece un curioso diálogo, paradójico desde nuestro
            punto de vista, entre impreso y manuscrito: «se da el caso de manuscritos elaborados a
            fin de enmendar un impreso que se considera descarriado […]»<note place="bottom">Véase
              Carreira (2009: 37).</note>; no sabemos lo que tiene exactamente en mente Carreira al
            escribir esto pero suponemos que se refiere a casos como el del manuscrito Estrada — con
            su <hi rend="i">Escrutinio</hi>. Este códice contiene, tal como se consigna en el primer
            folio, las obras de Góngora «corregidas de los vicios que hasta ahora padecen las
            impresiones todas», la de Hoces en particular. Es así como un impreso (Hoces),
            inspirado, al menos en cuanto a la estructura, en otro impreso (Vicuña), nacido él mismo
            de la reunión de varios manuscritos que difundieron las obras de Góngora, se ve
            corregido por un manuscrito (Estrada, el cual forma parte de los cerca de treinta
            códices <hi rend="i">integri</hi> gongorinos cuidadísimos, con epígrafes, adornos,
            signaturas, etc., mejores por lo general que las ediciones de la época<note
              place="bottom">Véase Carreira (1991: IX).</note>) que, lo hemos dicho, aspira a su vez
            a entrar en prensa y convertirse en un impreso. No pretendemos revelar algo nuevo, sino
            insistir simplemente en la complejidad de las relaciones que se tejen entre manuscritos
            e impresos en aquel entonces y de las que el texto que editamos es un buen ejemplo.</p>
          <p>Todas estas falsas atribuciones que registra el <hi rend="i">Escrutinio</hi> se
            explican, pues, por el proceso amplificatorio de la edición Hoces con respecto a la de
            Vicuña — que ya había amplificado no poco en sus últimas páginas —, el cual se debe en
            primera instancia, lo hemos dicho, al estatus de la poesía como tal a principios del
            siglo XVII. Como se ha señalado ya muchas veces<note place="bottom">Nos apoyamos, para
              lo que sigue, en Sánchez Mariana (1987) y Blecua (1983: 202-212).</note>, si
            exceptuamos determinadas composiciones extensas (de carácter narrativo, épico o
            religioso), el poema aurisecular no se escribe para ser impreso, al menos no de forma
            inmediata — siendo los desalentadores imperativos de la censura previa y cierta
            desconfianza elitista para con la imprenta dos factores claves —, sino para ser dirigido
            a una determinada persona (una dama en el caso del billete amoroso por ejemplo), leído
            en tertulias, recitado para un acto público, en una academia o un salón cortesano.
            Aparte de la transmisión oral, una vez compuesto el poema, este se difunde por vía
            manuscrita, pasa de mano en mano y se va incorporando por ejemplo a los cartapacios de
            poesías compilados por aficionados, de modo que la obra en cuestión deja de pertenecer a
            su autor y se pierde en los recovecos de un recorrido casi imposible de reconstruir
            retrospectivamente. Cuando una poesía llega de una forma u otra a la imprenta, ha
            desarrollado por consiguiente ya buena parte de su transmisión a través del manuscrito
            (tanto en cancioneros individuales como en compilaciones misceláneas), con todos los
            errores de atribución, las imprecisiones referidas a las circunstancias de redacción,
            las refundiciones, la sarta de variantes que esto conlleva. Si es cierto que cierta
            cantidad de poesías de Góngora se habían publicado ya antes de la edición de Vicuña, en
            el <hi rend="i">Romancero general</hi> (1600) o en la <hi rend="i">Primera parte de las
              Flores de poetas ilustres de España</hi> de Pedro Espinosa (1605), por ejemplo<note
              place="bottom">Véase al respecto la bibliografía establecida por Foulché-Delbosc
              (1908).</note>, lo sustancial de su obra se publicó después de su muerte. Así que, de
            no ser el editor un amigo o una persona muy próxima al poeta, con mayor razón cuando
            este se ha muerto — y recordemos que si bien no es el caso, por ejemplo, de Lope de
            Vega, del Príncipe de Esquilache, de Juan de Jáuregui o de Vicente Espinel, gran parte
            de la poesía áurea se publica después de fallecer sus autores —, puede ocurrir que dé a
            luz una edición llena de los errores que casi saca de quicios al autor de nuestro <hi
              rend="i">Escrutinio</hi>. Asimismo se explican las variantes en los paratextos y las
            inexactitudes en cuanto a los dedicatarios que este apunta a lo largo de nuestro texto:
            a diferencia de Chacón, en las notas de cuyo manuscrito intervino directamente Góngora y
            donde «se advierte […] lo provincial, y los casos particulares, y las alusiones que
            tocan a uno y otro, que es lo que no puede alcanzar la erudición, ni la posteridad
            conservar memoria», según sus propias palabras, Hoces tuvo que prescindir de esta
            valiosa ayuda<note place="bottom">Véase Carreira (2009: 40).</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>8. Conclusión [Un gongorista moderno avant la lettre]</head>
          <p>El <hi rend="i">Escrutinio</hi> merece nuestra atención, ante todo, en cuanto precursor
            y anunciador de la crítica gongorina moderna. Su autor forma parte de los que Carreira
            califica de «verdaderos gongoristas»<note place="bottom">Véase Carreira (1991:
              X).</note> que, ante la inundación de textos atribuidos, tratan de acotar lo
            propiamente gongorino. A este grupo selecto pertenecen el propio poeta, que al final del
            segundo volumen del manuscrito Chacón rechaza treinta y cuatro poemas que le han sido
            erróneamente atribuidos — se equivoca en una décima — y escribe en el manuscrito <hi
              rend="i">PR</hi> ya referido, junto a las coplas de una letrilla, «no son mías las que
            siguen». El señor de Polvoranca y otros amigos del ya difunto poeta rechazaron por su
            parte otras veintiuna composiciones que le eran inconsideradamente adscritas, y Pérez de
            Ribas, a continuación, rechaza falsas atribuciones del propio Chacón en el ms. <hi
              rend="i">PR</hi>. El ms. 4.118 de la Biblioteca Nacional, que nos permite sorprender,
            como comenta Carreira, el proceso recopilador a medida que se va haciendo, cuenta a
            partir de su segunda mitad con notas marginales tales como «no es de Góngora», «no es de
            don Luis, no se traslade», prueba de que para los que componían este tipo de cuadernillo
            a medio camino entre borrador y texto definitivo, importaban mucho los problemas de
            autoría. El <hi rend="i">Escrutinio</hi> — cuyo autor debe de ser el mismo Pérez de
            Ribas — se inscribe en esta misma línea, rechazando dieciséis composiciones y cavando un
            surco que seguirán después muchos gongoristas interesados por el tema de las
            atribuciones: cuando Foulché-Delbosc publica sus cincuenta y cinco poesías atribuidas a
            Góngora (1906) o Carreira sus <hi rend="i">Nuevos poemas atribuidos a Góngora</hi>
            (1994), para dar un ejemplo que abre el siglo XX y otro que lo cierra, el quehacer
            investigador radica en la búsqueda de textos inéditos atribuidos a Góngora<note
              place="bottom">Véase Jammes (1994).</note>, mientras que en un periodo en que los
            editores o colectores le atribuían poemas a diestro y siniestro — Carreira apunta más de
            doscientos romances atribuidos en su monumental edición de 1998 —, el autor del <hi
              rend="i">Escrutinio</hi> tiende a circunscribir más bien la obra del poeta, que corre
            peligro de verse ahogada por esa profusión de atribuciones parasitarias. Mientras que a
            nosotros pueden interesarnos hasta cierto punto las piezas falsamente atribuidas a
            Góngora — especialmente porque a partir de ellas se accedería a lo que los coetáneos
            sentían como propiamente gongorino<note place="bottom">Véase Paz (1998: 176).</note> —,
            nuestro autor, en un momento en que el gongorismo es un campo, si no inexistente, aún
            más que balbuciente y los contornos de la producción de Góngora resultan borrosos, trata
            sobre todo de separar el grano de la paja. Sea lo que fuere, las primicias del estudio y
            ecdótica en torno a Góngora despuntan ya desde principios del siglo XVII, mientras este
            aún estaba vivo, y el <hi rend="i">Escrutinio</hi> marcaría al respecto uno de los
            primeros hitos de la erudición y crítica gongorinas, que se constituye como un campo de
            investigación de pleno derecho, sin reivindicar este nombre, pero de forma mucho más
            temprana que para otros poetas de la época. Su caso solo es parangonable tal vez con la
            labor ecdótica llevada a cabo por Fernando de Herrera con respecto a la obra de
            Garcilaso de la Vega<note place="bottom">Véase Pepe Sarno y Reyes Cano (2001:
              34-36).</note>. El empeño en desechar las composiciones que se atribuyeron
            erróneamente a Quevedo — para tomar al otro gran poeta del periodo — no se manifestó por
            ejemplo antes de finales del siglo XIX, con Florencio Janer (1877), Aureliano
            Fernández-Guerra (1897-1903), y luego Luis Astrana Marín (1932), hasta José Manuel
            Blecua (1969-1981)<note place="bottom">Para una aproximación a la historia de la
              transmisión impresa de la poesía de Quevedo, véase Pérez Cuenca (2000).</note>. Al
            igual que los debates intensos que suscitó Góngora, las exégesis a mansalva que generó y
            la actividad mercantil desacostumbrada que se desarrolló en torno a los manuscritos que
            recogían sus obras, el <hi rend="i">Escrutinio</hi>, con su interés acusado por rechazar
            las adjudicaciones falsas y acendrar su producción poética, es un testimonio más de que
            el vate se ha convertido ya en un clásico para sus contemporáneos.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. Establecimiento del texto</head>
          <p>Tal como lo hizo en su tiempo Foulché-Delbosc — sin modernizar la lengua — cuando sacó
            el <hi rend="i">Escrutinio</hi> del olvido<note place="bottom">Véase Foulché-Delbosc
              (1900: 487-493).</note>, nos hemos basado, para establecer el texto, en el ya
            mencionado manuscrito Estrada de la Fundación Lázaro Galdiano<note place="bottom">Inv.
              n° 15.539, sign. 23-17. Lo llamaremos <hi rend="i">E</hi> en adelante. El <hi rend="i"
                >Escrutinio</hi> ocupa los f. 2v-7v.</note>, cuya portada reza: <hi rend="i"
              >Contiene este volumen las obras que se han podido adquirir del gran don Luis de
              Góngora y Argote, príncipe y Homero de las poesías de España. Corregidas de los
              vicios, que hasta hora padecen las impresiones todas, que de ellas han salido por las
              noticias que dejó su mismo autor</hi> (f. 1r).</p>
          <p>En cuanto a sus características externas, sintetizamos las informaciones proporcionadas
            por Yeves<note place="bottom">Véase Yeves (1998: 521-522).</note>: códice completo, en
            buen estado, de cuidada caligrafía, reclamos en cada página, papel de calidad y valiosa
            encuadernación ricamente adornada en piel negra sobre tabla<note place="bottom">Para una
              reproducción de dicha encuadernación ejecutada en Córdoba, véase Lázaro Galdiano
              (1927: 100).</note>, consta de 611 páginas útiles — no está foliado sino paginado — y
            mide 247 x 179 milímetros. La incorporación de algunas composiciones en los preliminares
            y de un índice de versos hace pensar que podría tratarse de una copia preparada para la
            imprenta aunque la presentación y características del mismo también son propias de un
            ejemplar de encargo o para un regalo. Como reza el primer folio, «[c]ontiene […] las
            obras que se han podido adquirir del gran don Luis de Góngora y Argote, príncipe y
            Homero de las poesías de España», a saber, en el orden de presentación de las
            composiciones: los sonetos, las canciones, las octavas sacras, los tercetos, las
            décimas, las letrillas, los romances, el <hi rend="i">Polifemo</hi>, las <hi rend="i"
              >Soledades</hi>, el <hi rend="i">Panegírico</hi> y las tres comedias<note
              place="bottom">Para una lista detallada, véase Foulché-Delbosc (1900:
            498-499).</note>. Perteneció sucesivamente a F. Estrada (en 1836), a Quaritch, a la
            librería Damascène Morgand, al librero londinense R. J. Turner y a R. Foulché-Delbosc.
            El hispanista francés debió de venderlo, porque en 1922 lo ofrecía en venta Karl W.
            Hiersemann, librero de Leipzig, de quien suponemos que lo habrá adquirido J. Lázaro<note
              place="bottom">Véase Carreira (1992: 13).</note>.</p>
          <p>Lo hemos cotejado con el manuscrito 19.004 de la Biblioteca Nacional<note
              place="bottom">117 f. de 205 x 152 mm. + 32 f con la <hi rend="i">Égloga fúnebre a don
                Luis de Góngora</hi> de Martín de Angulo. Lo llamaremos <hi rend="i">AA</hi>.</note>
              (<hi rend="i">Versos satíricos del gran don Luis de Góngora y Argote, Príncipe y
              Homero de las poesías de España, que por lo satírico no se han impreso con las demás
              obras suyas</hi>), que contiene también el<hi rend="i"> Escrutinio</hi> (f. 4v-12v),
            lo que nos ha permitido realizar <hi rend="i">ope codicis</hi> un par de correcciones
            nimias, que no alteran en absoluto el sentido del texto — véanse por ejemplo las notas
            XXV y III —, pero que de tan obvias habrían podido hacerse <hi rend="i">ope
            ingenii</hi>. De fecha más tardía (1663), lo habría copiado del ms. <hi rend="i">E</hi>
            según Carreira<note place="bottom">Véase Carreira (1996: 29).</note>, porque su versión
            del <hi rend="i">Escrutinio</hi> incluye el soneto cuyo primer verso es «Cuando entre
            alados, cante, serafines», que destaca por la misma hipermetría en el verso 11 y ambos
            omiten un verbo necesario en la frase «Dos o tres […] niegue»<note place="bottom">Véase
              la nota XIX. </note>. Reproducimos a pie de página los cuatro comentarios escuetos que
            alguien escribió en los márgenes del manuscrito a modo de complemento de
            información.</p>
          <p>Hemos consultado también el manuscrito 3906 de la Biblioteca Nacional (<hi rend="i"
              >Papeles varios gongorinos</hi>, 32 f. con la <hi rend="i">Égloga fúnebre</hi> de
            Martín de Angulo y Pulgar + 700 f. 220 x 160 mm, <hi rend="i">CS</hi>), que perteneció
            al canónigo Cuesta Saavedra y a Martín de Angulo y Pulgar, y recoge la primera mitad del
              <hi rend="i">Escrutinio</hi> aproximadamente — desde el inicio hasta lo que dice el
            autor acerca del destinatario del poema «Tú, cuyo ilustre, (entre una y otra
              almena»<note place="bottom">Véase la nota XXXV.</note>, f. 536r-440r. Presenta
            poquísimas diferencias con la versión del ms. <hi rend="i">E</hi>, excepto la
            desaparición de un largo pasaje que, lejos de ser una interpolación embolismática, como
            sostienen los Millé, que también reprodujeron el <hi rend="i">Escrutinio</hi> como
            apéndice a las <hi rend="i">Obras completas</hi> de Góngora<note place="bottom">Véase
              Millé (1932: 1290-1300).</note>, parece indicar que el autor debía de pensar que
            Paravicino era el que compuso nuestro texto<note place="bottom">Véanse las notas 161 y
              XXIX.</note>. Este manuscrito nos incitó también a optar por el verbo «parecer» — que
            faltaba en <hi rend="i">E</hi> — para hacer más correcta la frase «Dos o tres […]
            niegue» que hemos apuntado anteriormente.</p>
          <p>El ms. Rennert (37 Span, Biblioteca de la Universidad de Pennsylvania) contuvo también
            el <hi rend="i">Escrutinio</hi>, pero a fines del siglo XIX ya lo había perdido<note
              place="bottom">Véase Carreira (1992: 7-20). Para una presentación de este manuscrito
              (210 x 130 mm.), uno de los códices <hi rend="i">integri</hi> realmente buenos — una
              docena de los treinta que conocemos — que tenemos, un próximo pariente del ms. <hi
                rend="i">E</hi>, véase Carreira (1998: 105-111).</note>.</p>
          <p>Aunque la mayor parte de las diferencias son ecdóticamente insignificantes y muchas
            conciernen a las abreviaturas introducidas por <hi rend="i">AA</hi> y <hi rend="i"
              >CS</hi> — D. y D. L., respectivamente, en vez de don Luis en <hi rend="i">E</hi> —,
            hemos indicado todas las variantes en las correspondientes notas de aparato crítico
            tanto las cinco veces en que nos hemos decantado por ellas en vez de por el ms. <hi
              rend="i">E</hi>, por supuesto, como todas las demás veces, ampliamente mayoritarias,
            en que seguimos fielmente a <hi rend="i">E</hi>; las lecturas de los otros dos
            testimonios manuscritos que quedan reflejadas en nuestra edición solo tienen en este
            último caso un valor informativo.</p>
          <p>Queremos expresar nuestro más encarecido agradecimiento a Antonio Carreira, Pedro Conde
            Parrado y Mercedes Blanco, por haber dedicado el tiempo de que no disponen para revisar
            tan atentamente nuestra edición.</p>
        </div>
        <div>
          <head>10. Bibliografía</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras citadas o consultadas por el polemista</head>
          </div>
          <div>
            <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
            <div>
              <head>10.2.1 Manuscritos</head>
              <p>Fundación Lázaro Galdiano, ms. 23-17 (Estrada): <title>Contiene este volumen las
                  obras que se han podido adquirir del gran don Luis de Góngora y Argote, príncipe y
                  Homero de las poesías de España</title>. El <title>Escrutinio</title> ocupa los f.
                2v-7v.</p>
              <p>Biblioteca Nacional, ms. 19.004: <title>Versos satíricos del gran don Luis de
                  Góngora y Argote, Príncipe y Homero de las poesías de España, que por lo satírico
                  no se han impreso con las demás obras suyas</title>. 1663, f. 4v-12v para el
                Escrutinio. </p>
              <p>Biblioteca Nacional, ms. 3906: <ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000015356&amp;page=1"><hi rend="i"
                    >Papeles varios gongorinos</hi>.</ref> Contiene la primera mitad del
                  <title>Escrutinio</title> (f. 536r-440r).</p>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Salcedo Coronel</hi>, García de:</p>
              <bibl>—, <ref target="http://bvpb.mcu.es/es/consulta/registro.cmd?id=451252"><hi
                    rend="i">Obras de don Luis de Góngora comentadas</hi></ref>, t. 2, Madrid, Diego
                Díaz de la Carrera, 1644.</bibl>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.3 Impresos posteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alarcos Llorach</hi>, Emilio:</p>
              <bibl>—, «Los sermones de Paravicino», <title>Revista de Filología Española</title>,
                XXIV, 1937, p. 162-197.</bibl>
              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Allés Torrent</hi>, Susanna:</p>
              <bibl>—, «Il genere biografico degli umanisti e la ricezione nella Penisola Iberica
                nel Quattrocento: appunti per una revisione », <title>Quaderns d’Italià</title>, 18,
                2013, p. 201-215.</bibl>
              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alonso Asenjo</hi>, Julio:</p>
              <bibl>—, <ref target="http://parnaseo.uv.es/Lemir/Estudios/Alonso/Gongora.htm#_ftn1"
                  >«Sin par loor de Córdoba por Góngora»</ref>, <title>Quaderns de filologia.
                  Estudis Literaris: La recepción de los clásicos</title>, X, 2005, p.
                133-154.</bibl>
              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alonso</hi>, Dámaso:</p>
              <bibl>—, «Lope, don Pedro de Cárdenas y los Cardenios», <title>Revista de Filología
                  Española</title>, 9/1, 1956, p. 67-90. </bibl>
              <p rend="noindent">—, y <hi rend="sc">Galvarriato de Alonso</hi>, Eulalia, </p>
              <bibl>Para la biografía de Góngora: documentos desconocidos, Madrid, Gredos,
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              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Artigas</hi>, Miguel:</p>
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              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Barrera y Leirado</hi>, Cayetano Alberto de la:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Bartuschat</hi>, Johannes:</p>
              <bibl>—, <ref
                  target="http://chroniquesitaliennes.univ-paris3.fr/PDF/63-64/Bartuschat.pdf">«Le
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                  Boccace»</ref>, <title>Chroniques italiennes</title>, 63/64, 3/4, 2000, p.
                81-93.</bibl>
              <bibl>—, Les «Vies» de Dante, Pétrarque et Boccace en Italie (XIV<hi rend="sup"
                  >e</hi>-XV<hi rend="sup">e</hi> siècles), contribution à l’histoire du genre
                biographique, Ravena, Longo Editore, 2007.</bibl>
              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Blanco</hi>, Mercedes:</p>
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              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Blecua</hi>, Alberto:</p>
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              <bibl>—, <ref
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                  >«Góngora et la ‘Comedia nueva’: un témoignage inédit de Francisco del
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                245-254.</bibl>
              <p/>
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              <p/>
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              <bibl>—, «<ref
                  target="http://s3.amazonaws.com/academia.edu.documents/40405805/04._El_paratexto.pdf?AWSAccessKeyId=AKIAIWOWYYGZ2Y53UL3A&amp;Expires=1498055425&amp;Signature=na3xewOwnJpPlE766QzMUqYKqko%3D&amp;response-content-disposition=inline%3B%20filename%3DEl_paratexto_en_los_ma"
                  >El paratexto en los manuscritos poéticos del Siglo de Oro</ref>»,
                  <title>Paratextos en la literatura española, siglos XV-XVIII</title>, María
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              <p/>
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              <p/>
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              <bibl>—, <ref target="http://cvc.cervantes.es/literatura/criticon/PDF/058/058_059.pdf"
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              <p/>
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              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Covarrubias Orozco</hi>, Sebastián de:</p>
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                Arellano, Rafael Zafra (ed.), Madrid, Iberoamericana, 2006.</bibl>
              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cruz Casado</hi>, Antonio:</p>
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                  torear con rejón</title> (1651) de D. Pedro Jacinto de Cárdenas y Angulo»,
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                  >«“Tanto por plumas…” Góngora y los poetas cordobeses del Siglo de oro»</ref>,
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              <bibl>—, <ref
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              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Didier</hi>, Achille:</p>
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                (OBVIL).</bibl>
              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Dolfi</hi>, Laura:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Dorion</hi>, Louis-André:</p>
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                Ancillon</title>)», <title>Ecrire des Vies, Espagne, France, Italie, XVI<hi
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              <pb n="f. 2v"/>
            </div>
          </div>
        </div>
      </div>
      <div>
        <index indexName="resp" n="Pérez de Ribas, José"/>
        <index indexName="date" n="1633"/>
        <head>Escrutinio sobre las impresiones de las obras poéticas de don <persName
            key="Góngora, Luis de" type="polemist">Luis de Góngora y Argote</persName><note
            place="bottom">Véase «Título».</note></head>
        <p>Visto lo impreso de las obras de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don
            Luis de Góngora y Argote</persName> hasta hoy, se advierte lo que llevan siniestro<note
            place="bottom">El sentido que da <hi rend="i">Aut.</hi> del adjetivo «siniestro»
            — «viciado, avieso o malintencionado» — no conviene del todo aquí, indicando
            precisamente poco después el autor que a los editores de las obras de Góngora,
            «[d]ébeseles agradecimiento: a la intención, sí, al hecho, no»; el participio pasado
            «viciado» nos aproxima al sentido correcto de la frase: las obras a que alude el autor
            llevan algo siniestro, es decir, tienen defectos — algunos de los cuales enumerará
            después — que solo se pueden imputar a los editores, por muchas buenas intenciones que
            tengan, y no rinden justicia a la excepcionalidad de la producción del poeta.</note>,
          para que si hubiere lugar se enmiende<note place="bottom">A modo de lo que los rétores
            clásicos llamarían una <hi rend="i">propositio</hi> — que se funde aquí con el exordio,
            particularmente abrupto —, el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> anuncia lo que va
            seguir, su tesis. Proporciona un par de datos biográficos sobre Góngora antes de entrar
            en el meollo de la cuestión, del que volverá a desviarse varias veces a continuación.
            Cf. «Estructura».</note>.</p>
        <p>Haya nacido en buen hora <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist"> donLuis de
            Góngora</persName> en Córdoba, y sean sus padres (como lo fueron)<note place="bottom"
            >Acerca del subjuntivo en este primer párrafo — «Haya nacido en buen hora don Luis de
            Góngora», «sean sus padres (como lo fueron)», «Sea su nacimiento», «Haya vivido sesenta
            y cinco años, diez meses y trece días» —, usado a manera de concesión, de admisión de
            las informaciones que ya proporcionó el autor de la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>, cf.
            «Estructura». Lo que se pone entre paréntesis, tal como lo hizo el manuscrito que
            manejamos, confirma que estos datos relativos a los padres de Góngora no son meras
            conjeturas sino hechos incontrovertibles. </note> don<note rend="I" type="app"> don <hi
              rend="i">E</hi> : d. <hi rend="i">AA.</hi></note> Francisco de Argote y doña Leonor de
          Góngora, apellidos en ella<note place="bottom">En ella, o sea en Córdoba. </note> de los
          más esclarecidos caballeros a fuer de toda verdad. Sea su nacimiento en jueves, a
            once<note place="bottom">«No es seguro que su nacimiento se produjera el 11 de julio de
            1561, como se ha dicho; sí lo es que fue bautizado el 12 de ese mismo mes y año en la
            parroquia del Sagrario de Córdoba, por lo que presumiblemente vendría al mundo en la
            colación de Santa María» (Paz 2012b : 32). Véase la reproducción de la partida de
            bautismo en Artigas (1925: 15).</note> de julio del año de mil quinientos sesenta y
            uno<note rend="I" type="app"> mil i quinientos i sesenta i uno <hi rend="i"
              xml:lang="en">E</hi> : 1561 <hi rend="i" xml:lang="en">CS</hi>.</note>. Haya vivido
          sesenta y cinco años, diez meses y trece días, y a Dios pluguiera fueran muchos más. No se
          quede que fue en segundo día de Pascua de Espíritu Santo<note place="bottom">Góngora murió
            efectivamente el 23 de mayo de 1627, domingo de Pascua del Espíritu Santo: uno de los
            hermanos del lugar escribió en el libro de misas de difuntos del cabildo que la
            defunción sucedió «por la tarde, media hora antes de la oración» (Paz 2012b:
          45).</note>. Esté enterrado en la iglesia catedral de Córdoba, en la capilla del<note
            rend="I" type="app"> la capilla de señor <hi rend="i">E</hi> : la capilla del señor <hi
              rend="i">AA</hi>.</note> señor Santo Bartolomé<note place="bottom">Así lo había pedido
            en su testamento del 29 de marzo de 1626 ante el escribano Francisco de Barrio. Lo
            enterraron en la tumba familiar cuyo paradero exacto desconocemos.</note>. Particulares
          son estos dignos de memoria pues tanto varón aún más merece.</p>
        <p>Ni se quede, pues, que, pasando un caballero perulero<note place="bottom">PERULERO: «el
            que ha venido desde el reino de Perú a España» (<hi rend="i">Aut.</hi>) y, por
            extensión, «el sujeto adinerado».</note> de Sevilla a Madrid, preguntó en Córdoba por
            <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName><note rend="I"
            type="app"> don Luis <hi rend="i">E</hi> : D. L. <hi rend="i">CS</hi> : d. <hi rend="i"
              >AA</hi>.</note>. Supo que era muerto pocos días había. Solicitó al sacristán de la
          capilla de su entierro para que se le mostrase (que aun muerto le quiso ver), y hay quien
          dice que le ofreció muchos escudos por esta demostración<note place="bottom">Demostrar,
            aquí, equivale a mostrar, enseñar.</note>. Si aceptó el sacristán o no, ¿cómo se puede
            afirmar?<note place="bottom">Aunque esta anécdota, que no encontramos recogida en otra
            parte, probablemente sea original, podría recordar — nos lo señala Pedro Conde Parrado —
            lo que cuenta Plinio el Joven, en una de sus cartas, acerca de un ciudadano de Gades (la
            Cádiz latina) que viajó a Roma solamente para conocer en persona a Tito Livio: «<hi
              rend="i">Numquamne legisti Gaditanum quendam Titi Livi nomine gloriaque commotum ad
              visendum eum ab ultimo terrarum orbe venisse statimque ut viderat abisse</hi> ?» (<hi
              rend="i">Epistulae</hi>, II, 3, 8) (‘¿Nunca has leído que cierto gaditano,
            impresionado por la fama y reputación de Tito Livio, vino a verlo desde la región más
            apartada de la tierra y se fue nada más verlo?’) (2004: sin paginar). Podría tratarse de
            un tópico.</note></p>
        <p>Sus obras se han estampado a trozos por hombres eminentes y afectos a ellas. Débeseles
          agradecimiento: a la intención, sí, al hecho, no, porque el <title>primero</title><note
            place="bottom">El primer volumen — o «trozo» — remite a las <hi rend="i">Obras en verso
              del Homero español</hi> (1627), edición de las obras gongorinas por Juan López de
            Vicuña (Carreira 1996: 31). Después de la inclusión de algunos de los poemas de Góngora
            en antologías y romanceros y de una circulación manuscrita más confidencial (véase
            «Introducción»), se trata de la primera edición de sus obras completas, editada por
            Alonso Pérez, y rápidamente incautada por la Inquisición. Sobre esta edición, véase
            Dámaso Alonso (1963) y Jaime Moll (1984: 930-931; 1997)</note> llegó a manos de su
            autor<note place="bottom">Carreira evidencia la posible bisemia del término «autor»: «o
            quien hizo el <hi rend="i">Escrutinio</hi>, a pocos años de distancia, cree que Góngora
            llegó a verla [la edición de Vicuña] impresa; o por <hi rend="i">autor</hi> hay que
            entender algo similar a lo que ocurría en el teatro: el recopilador, es decir López de
            Vicuña» (1996: 31). El que se refiera al autor de la impresión y no a Góngora sería raro
            porque el libro no solo llega a las manos de aquel sino que sale de sus manos — a no ser
            que se trate de un descuido —, mientras que Vicuña efectivamente cuenta cómo le enseñaba
            a Góngora las obras suyas que iba recogiendo, antes de estamparlas desde luego: «cuando
            las poníamos en sus manos, apenas las conocía, tales llegaban después de haber corrido
            por muchas copias» (Carreira 1998: 78). </note> no con lunares<note place="bottom"
            >LUNAR: «Se llama translaticiamente la nota, mancha, o infamia, que resulta de haber
            dicho o ejecutado alguna cosa fea y detestable» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Se supone que
            este término, empleado metafóricamente, remite a un fallo, molesto por cierto, pero de
            poca monta, así como la palabra «borrón» — «imperfección que desluce o afea» (<hi
              rend="i">DRAE</hi>) —, que, con designar un defecto de mayor calado que el lunar, solo
            destruye parcialmente la calidad de lo que afecta. Al terminar por la hiperbólica
            expresión «abominables errores», siendo la edición de Vicuña bastante fidedigna, el
            autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> se vale, pues, de un movimiento de gradación
            ascendente.</note> ni con borrones, con más, sí, abominables errores: ofensa sin culpa,
          si no lo es la <pb n="f. 3r"/>ignorancia<note place="bottom">Varios fueron los polemistas
            que enjuiciaron con harta severidad la edición de Vicuña y recalcaron sus numerosos
            errores: Pellicer incidió en «la lástima de ver las Obras de don Luis impresas tan
            indignamente, acaso por la negociación de algún enemigo suyo, que mal contento de no
            haberle podido deslucir en vida, instó en procurar quitarle la opinión después de
            muerto, trazando que se estampasen sus obras (que manuscritas se vendían en precio
            cuantioso) defectuosas, ultrajadas, mentirosas y mal correctas, barajando entre ellas
            muchas apócrifas y adoptándoselas a don Luis, para que desmereciesen por unas el
            crédito que había conseguido por otras. Al fin salieron estampadas a luz, tan sembradas
            de horrores y de tinieblas que, si el mismo don Luis resucitara, las desconociera por
            suyas» (<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_lecciones/"
              >1630_lecciones</ref>); Francisco de Amaya, en una carta de mediados de 1630 dirigida
            a Pellicer, compartía su parecer: «alabo el ánimo de asegundar en lo que resta de las
            obras de Don Luis, con que le deberé a vuestra merced la vida que quiso quitarse con su
            viciosa modestia o modesta flojedad, dejando sus obras expuestas a que hiciere en ellas
            aquel mal bibliopola tan miserable estrago como vimos en la primera impresión» (citado
            por J. M. Daza Somoano 2015 : 249); Paravicino, en su <hi rend="i">Vida menor</hi>,
            lamentaba que «aun en siglo libre de nuevos accidentes don Luis, sus obras los han
            padecido. Y ya fuese la codicia, ya la curiosidad causa, las estampó la priesa. Conque
            faltas estas, no reparadas aquellas, mendosas todas, ya con amor, ya con autoridad, ha
            sido necesario recogerlas». Después, la tacha de «tumultuaria impresión» (para un
            comentario de estas frases, véase <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1628_vida_chacon/"
              >1628_vida_chacon</ref>). El autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> se muestra tal vez
            más indulgente al atribuir esos errores a la mera «ignorancia» y no a la «codicia» — o
            sea la voluntad de sacar provecho de la muerte de Góngora y agilizar el proceso de
            edición, en detrimento de la calidad de la misma —, como lo hace Paravicino.</note>.</p>
        <p>El <title>segundo</title><note place="bottom">Podría referirse al <hi rend="i">Polifemo
              de don Luis de Góngora comentado</hi> (véase <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1629_polifemo/"
              >1629_polifemo</ref>) de García de Salcedo Coronel (1592-1651), el más completo y
            perseverante de los comentaristas gongorinos, puesto que se trata del primero de los
            comentarios impresos del poeta y primera impresión de su obra después de la prínceps de
            Vicuña. Parece más verosímil que se refiera nuestro autor a las <hi rend="i">Lecciones
              solemnes a las obras de don Luis de Góngora y Argote</hi> (véase <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_lecciones/"
              >1630_lecciones</ref>) de José de Pellicer de Ossau y Salas y Tovar (1602-1679),
            editadas por Pedro Coello (1630), porque se adapta mejor a ellas el término «defensa» y
            a su autor la expresión «venerado en España por eminente» (Carreira 1996: 31). En lo
            referente a Pellicer como comentarista gongorino, consúltense el estudio de Adrián
            Izquierdo que introduce su edición de la <hi rend="i">Vida de don Luis de Góngora. Por
              don Joseph Pellicer de Salas</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_vida_mayor/"
              >1630_vida_mayor</ref>).</note>, con defensas o anotaciones<note place="bottom">La
            práctica de la «anotación» — obsérvese que el término no aparece en el título de la obra
            de Coronel ni de Pellicer —, se remonta a la antigüedad y a los filólogos alejandrinos
            que comentaban a los clásicos griegos, y fue imitada en la Europa moderna por humanistas
            deseosos de ampliar el canon de los grandes poetas con autores modernos. Recuérdese por
            ejemplo el título de las primeras dos ediciones comentadas de Garcilaso de la Vega: <hi
              rend="i">Obras del excelente poeta Garci Lasso de la Vega. Con anotaciones y enmiendas
              del Licenciado Francisco Sánchez</hi> (Salamanca, 1574) y <hi rend="i">Obras de Garci
              Lasso de la Vega, con anotaciones de Fernando de Herrera</hi> (Sevilla, 1580). En
            cuanto al término <hi rend="i">defensa</hi> — que tampoco aparece en el título de
            ninguna de las dos obras —, es recurrente en las piezas de la polémica gongorina: <hi
              rend="i">Epístola de Manuel Ponce a Villamediana en defensa del léxico culterano</hi>
              (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/16xx_espistola-ponce/"
              >16xx_espistola-ponce</ref>), <hi rend="i">Defensa e ilustración de la «Soledad
              Primera»</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1618_defensa-soledad/"
              >1618_defensa-soledad</ref>), <hi rend="i">Defensa de la poesía española, respondiendo
              a un discurso de D. Francisco de Quevedo, que se halla en el principio de las «Rimas»
              del padre maestro Fr. Luis de León</hi> de Juan Francisco Andrés de Uztarroz (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1632_defensa-poesía/"
              >1632_defensa-poesía</ref>), <hi rend="i">Ilustración y defensa de la Fábula de Píramo
              y Tisbe</hi> de Cristóbal de Salazar Mardones (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1636_ilustracion-piramo/"
              >1636_ilustracion-piramo</ref>), etc. </note>, o como quisiere llamarlas el lector
          pío; grande fatiga, erudición grande, grandes noticias: es, cierto, digna de <persName
            key="Pellicer, José" type="polemist">su autor</persName><note place="bottom">Su autor
            remite aquí a José de Pellicer.</note>, venerado en España por eminente; pero parece
          inútil, porque aquellos<note rend="I" type="app"> parece inútil porque aquellos <hi
              rend="i">E</hi> : parece inútil. Porque aquellos <hi rend="i">AA.</hi></note> que han
          seguido el genio de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don
            Luis</persName><note rend="I" type="app"> don Luis <hi rend="i">E</hi> : D. L. <hi
              rend="i">CS</hi> : D. <hi rend="i">AA</hi>.</note>, dueños de sus frasis y modo, ni
          las han menester ni las aprueban; como asimismo, para los que no conocen estas partes, son
          confusión sobre confusión, laberinto sobre laberinto<note place="bottom">Pellicer alardea,
            en efecto, en sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_lecciones/"
              >1630_lecciones</ref>), de una erudición descomunal, acumulando a su antojo un
            sinnúmero de referencias cultas, de citas de autores a veces desconocidos y de largas
            digresiones que muchas veces no ayudan a esclarecer el sentido de la obra de Góngora.
            Daza Somoano (2015: 251-252) recuerda que menudearon las censuras en contra de la
            erudición huera e inútil de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>. Al evocar este
            fárrago inoportuno de citas y noticias que, alargando inútilmente los comentarios a la
            obra gongorina — es «laberinto sobre laberinto» —, el autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi>, no siéndolo él, se aproxima a los opositores de Góngora,
            especialmente a Jáuregui, que condenaba, en su <hi rend="i">Antídoto</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_antidoto/"
              >1614_antidoto</ref>), el «laberinto, donde no hay oración que no se pueda entender lo
            de atrás adelante y lo de arriba abajo». Esta censura de la erudición intempestiva de
            los exegetas no era inédita en aquel entonces: fue un argumento contundente esgrimido
            por los adversarios de Fernando de Herrera en la controversia generada a raíz de sus <hi
              rend="i">Anotaciones</hi> a la poesía garcilasiana. Al respecto, véase «Conceptos
            debatidos». </note>: tal les sucedió a las bien trabajadas defensas contra aquel aún más
          que desventurado <title>Antídoto</title><note place="bottom">El autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> se refiere aquí a una pieza de nuestro corpus polémico que alaba por
            oponerse al <hi rend="i">Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades</hi>
              (<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_antidoto/"
              >1614_antidoto</ref>), pero cuya erudición estima tan inútil como la de Pellicer. El
              <hi rend="i">Antídoto</hi> del sevillano Jáuregui (1583-1641), primer texto polémico
            que propone un análisis pormenorizado de la primera <hi rend="i">Soledad</hi>, campea
            por la violencia de su tono y contribuyó a agudizar la inquina entre los defensores de
            Góngora y sus detractores. Es difícil determinar a ciencia cierta a qué texto polémico
            alude el <hi rend="i">Escrutinio</hi> entre las varias respuestas que suscitó dicho
            panfleto. Debe de ser un escrito lo suficientemente prolijo y serio como para pecar de
            exceso de erudición, que responda directamente al <hi rend="i">Antídoto</hi> y defienda
            las <hi rend="i">Soledades</hi>, por lo que descartamos los comentarios en los márgenes
            de algunas copias del <hi rend="i">Antídoto</hi>, los versos satíricos sobre el
            particular, la <hi rend="i">Apología por una décima</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1615_apologia/"
              >1615_apologia</ref>), que «limitado a la palabra <hi rend="i">apologizar</hi>, tiene
            poco que ver con la defensa de las <hi rend="i">Soledades</hi> propiamente dicha»
            (Jammes 1994 : 634), el breve <hi rend="i">Opúsculo contra el Antídoto de Jáuregui y en
              favor de don Luis de Góngora</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso/"
              >1624_opusculo-curioso</ref>), así como el <hi rend="i">Anti-Jáuregui</hi> de Lope de
            Vega (1562-1635), que se ocupa más de atacar a Jáuregui (el del <hi rend="i">Orfeo</hi>
            y el <hi rend="i">Discurso poético</hi>) que de defender a Góngora. Podría tratarse del
              <hi rend="i">Examen del Antídoto</hi> (1617) de Francisco Fernández de Córdoba, Abad
            de Rute (1565-1626), quien le había dicho a Góngora, al final de su <hi rend="i"
              >Parecer</hi>, que se ofrecía «a ser su campeón y salir en defensa suya», lo que
            recuerda las «bien trabajadas defensas» mencionadas por el autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi>; contesta, además, punto por punto, al <hi rend="i">Antídoto</hi>.
            Como observa Jammes (1994: 646), rebosa de citas de autores latinos e italianos, lo que
            otra vez cuadra bien con lo dicho aquí por nuestro autor. También podría referirse este
            a los <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1616_discursos-diaz/"
              >1616_discursos-diaz</ref>) de P. Díaz de Rivas (1587-1653), texto relativamente breve
            y conciso pero que puede servir de preámbulo a sus muy eruditas <hi rend="i"
              >Anotaciones</hi>. Es difícil pronunciarse sobre otro candidato, el <hi rend="i"
              >Antiantídoto</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1615_antiantidoto/"
              >1615_antiantidoto</ref>) de F. de Amaya, por haberse perdido pocos años después de su
            redacción (Jammes 1994: 636). Si es cierto que el <hi rend="i">Examen</hi> tuvo
            particular éxito y circuló mucho, no es imposible que Pérez de Ribas se refiera a otras
            respuestas — hoy perdidas — al <hi rend="i">Antídoto</hi>, como el «Papel» contra
            Jáuregui del alférez Estrada mencionado por Lope de Vega en su <hi rend="i"
              >Anti-Jáuregui</hi>. De referirse al <hi rend="i">Examen</hi>, su crítica es a todas
            luces injusta puesto que Francisco Fernández de Córdoba discute punto por punto, sí, los
            argumentos de Jáuregui, y lo hace con el inevitable despliegue de erudición, pero
            también de manera relevante, e incluso vigorosa e incisiva.</note>.</p>
        <p>El <title>tercero tomo</title><note place="bottom">Este tercer tomo corresponde a la
            edición de Gonzalo de Hoces y Córdoba, el cual hace constar su patria en la portada del
            libro titulado <hi rend="i">Todas las obras de don Luis de Góngora: en varios
              poemas</hi> impreso en Madrid, en la imprenta del Reino, a costa de Alonso Pérez
            (véanse Moll 1984: 932 y sg.; Carreira, 1996: 32, 1998: 109; <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_aprobaciones_hoces/"
              >1630_aprobaciones_hoces</ref>). En cuanto a la datación del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi>, la referencia a esta obra nos permitiría fijar la fecha de 1633 como
            término <hi rend="i">post quem</hi> (véase «Cronología»). Desistiendo A. Chacón de
            llevar a cabo su edición de las obras de Góngora tras los problemas que tuvo Vicuña con
            la Inquisición, se trata de la segunda edición de las obras completas de Góngora; no fue
            recogida por el Santo Oficio y se reeditó a lo largo del siglo XVII. Véase
            «Introducción».</note> que salió de la estampa, es de admirar que, siendo por la
          disposición de un curioso aficionado<note place="bottom">Dada la primera definición del
            adjetivo «curioso» que da <hi rend="i">Aut.</hi> — «aseado, primoroso, esmerado en la
            ejecución de las cosas» —, dicho epíteto, que aparece numerosas veces en nuestro texto
            para referirse a Hoces y una vez para calificar al autor de la biografía colocada en el
            umbral de su edición de 1633, podría tomarse antifrásticamente puesto que todo el <hi
              rend="i">Escrutinio</hi> procura precisamente arrojar luz sobre el poco rigor y
            descuido con que se hizo la edición.</note>, hijo de Córdoba, y del mismo tiempo,
          saliese con tantas ofensas para la legalidad que se debe a intentos tales, como se verán
          cuando se llegue a tocarlas, para donde se cita al lector. Y se le advierte que no se
          ponen todas, pues, para hacerlo, fuera necesario volver a fundir el volumen.</p>
        <p>Olvidósele a este ingenio devoto<note place="bottom">El adjetivo «devoto» que <hi
              rend="i">Aut.</hi> define como «inclinado, aficionado, y como dedicado a procurar y
            solicitar el bien de alguno», tiene, pues, un significado entre parecido y
            complementario al del sustantivo «aficionado» que aparece en el párrafo anterior, con la
            diferencia de que ya no califica al editor de las obras del poeta cordobés, sino a su
            biógrafo. Parece indicar nuestro autor, con cierta ironía, que a pesar del esfuerzo
            loable de querer «carg[arse] de la vida de don Luis» y homenajearlo, el empeño, que
            desemboca en una <hi rend="i">Vida</hi> a su parecer incompleta — por carecer de
            cualquier tipo de descripción física del poeta —, de calidad cuestionable e indigna de
            un poeta tan ínclito, se vuelve contraproducente. Es un biógrafo devotamente gongorino
            que no logra su objetivo. El ser «devoto» — o sea, en la primera acepción de este
            adjetivo, «fervoroso y dedicado a obras de piedad y religión» (<hi rend="i">Aut.</hi>) —
            se aplica, por lo demás, perfectamente al predicador Paravicino que, según las
            conclusiones que saca Adrián Izquierdo — véase su «Introducción» de <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1633_vida_hoces/"
              >1633_vida_hoces</ref> — y con las que comulgamos, debe de ser el autor de esta <hi
              rend="i">Vida</hi>, si bien los añadidos con respecto a la versión del texto que
            figura en el manuscrito <hi rend="i">Chacón </hi> podrían deberse a un imitador tan
            servil como torpe.</note>, cuando por mayor se cargó de la vida de <persName
            key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName><note rend="I" type="app"> don
            Luis <hi rend="i">E</hi> : D. L. <hi rend="i">CS</hi>.</note><note place="bottom">Es una
            alusión a la «Vida y escritos de don Luis de Góngora» que figuraba, sin nombre de autor,
            en las dos ediciones madrileñas de Hoces de 1633 (véase <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1633_vida_hoces/"
              >1633_vida_hoces</ref>). Si bien Iglesias Feijoo (1983: 162-172) asevera que la
            escribió Pellicer y que se trata de una versión a medio camino entre lo que denominamos
            desde Alfonso Reyes la <hi rend="i">Vida menor</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1628_vida_chacon/"
              >1628_vida_chacon</ref>), escrita por Paravicino para el manuscrito Chacón (1628), y
            la <hi rend="i">Vida mayor</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_vida_mayor/"
              >1630_vida_mayor</ref>) del mismo Pellicer, libre amplificación de la primera, es
            evidente que esta <hi rend="i">Vida</hi> sigue casi al pie de la letra la de Paravicino,
            con algunos errores y añadidos que solo excepcional y casualmente coinciden con los de
            Pellicer. Se reconoce, además, el estilo refinado, nervioso y oscuro del gran
            predicador. Véase «Introducción» de <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1633_vida_hoces/"
              >1633_vida_hoces</ref>. Parece bastante claro que Pellicer no tuvo nada que ver con la
            edición de Hoces.</note>, de describir su efigie<note rend="I" type="app"> describir su
            efigie <hi rend="i">E</hi> : escribir su efigie <hi rend="i">AA.</hi></note> con el
          pincel de su pluma, quizá con más felicidad que salió la lámina del buril<note rend="I"
            type="app"> que salió la lámina del buril <hi rend="i">E</hi> : que salió del buril la
            lámina <hi rend="i">CS</hi>.</note><note place="bottom">Echando mano de una analogía
            trillada entre el pincel y la pluma, el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> lamenta
            el que en el retrato de Góngora que proporciona el biógrafo falte cualquier dimensión
            prosopográfica — a eso remite el sustantivo «efigie» —, tanto más indispensable, en su
            opinión, cuanto que el retrato calcográfico realizado por Jean de Courbes no le parece
            muy logrado. Este retrato, el mismo que el que aparecía en los preliminares de las <hi
              rend="i">Lecciones solemnes</hi> de Pellicer de 1630, figura en la primera edición
            madrileña de las obras de Góngora de 1633, pero desaparece en la segunda edición del
            mismo año — «sin duda demasiado gastado después de usarse en dos libros y que, por otra
            parte, exigía una tirada aparte, en tórculo, lo que encarecía la edición» —, así como
            las dos ediciones de 1634, 1648 y 1654 (Moll 1984: 951-954), lo que nos da una certeza
            casi absoluta sobre la edición que manejó nuestro autor (véase «Cronología»). Si bien es
            verdad, además, que Boccaccio, por ejemplo, en su <hi rend="i">De Vita et moribus Domini
              Francisci Petracchi</hi>, se interesa con cierto detenimiento por la apariencia física
            del poeta toscano, por estereotipada y poco realista que sea la descripción, J.
            Bartuschat insiste en que se trata de una novedad y que las biografías de los poetas
            antiguos no solían dedicar más de una frase, a menudo breve, a dicho aspecto (2000:
            91-92, 2007: 42). Quintiliano, tras afirmar que se podía alabar a los hombres por los
            bienes del alma, los del cuerpo y los de la fortuna, puntualiza, en efecto, que «<hi
              rend="i">et corporis quidem fortuitorumque cum levior</hi>» (<hi rend="i">Institutio
              Oratoria</hi>, III, 7, 12) (‘los corporales y de fortuna son de menos monta’) (2004:
            154); así que por más que el texto de Boccaccio constituya un hito clave en el género de
            las <hi rend="i">Vidas</hi> de poetas tan en boga en el Renacimiento, no resulta tan
            extraño que tanto Paravicino como Pellicer pasen por alto este elemento en su biografía
            de Góngora.</note>. Pues, ya que para España no es necesario, por haber sido tan
          conocido de todos, para los venideros, para Italia, Francia, Flandes, Alemania, para
          Europa toda, para las Indias de Castilla y de Portugal<note rend="I" type="app"> las
            Indias de Castilla y de Portugal <hi rend="i">E</hi> : las Indias de Castilla y Portugal
              <hi rend="i">CS</hi>.</note>, donde tan venerado<note place="bottom">El empleo del
            verbo «venerar» para definir la actitud que se merece Góngora es algo recurrente en la
            polémica gongorina, tanto entre los que defienden la «nueva poesía» — «le veneraron en
            vida otras naciones», escribe por ejemplo Paravicino (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1628_vida_chacon/"
              >1628_vida_chacon</ref>), en una frase muy parecida a la que anotamos — como entre los
            que la impugnan; Jáuregui se vale de él despectivamente para censurar la actitud del
            vulgo que venera lo que no entiende (la poesía culta en este caso): «Es muy cierto que
            algunos, en fe de su ignorancia, veneran rendidos y alaban lo que más los espanta y
            menos entienden, aunque los moleste y amargue: y crece nueva risa en los que saben ver
            tan ciega veneración» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poético/"
              >1624_discurso-poético</ref>).</note> es su nombre, si bien se le deben estatuas de
          mármol, de bronce, de eternidades a su memoria: culpa (si no de España) de Córdoba, cuyo
          hijo fue<note place="bottom">CUYO: «adj. usado con relación a la persona que posee alguna
            cosa: y así vale lo mismo que “de quien”» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>, que se
          contenta solo con sustentar la nobleza, sin que la hayan corrompido los siglos,
          dignidades, privanzas de reyes ni los mayores intereses<note place="bottom">El autor del
              <hi rend="i">Escrutinio</hi> le está reprochando a Córdoba no haber erigido estatuas
            de mármol, de bronce y de eternidades a la memoria de Góngora, o sea no haberlo honrado
            con la consideración que se merece. Esto recuerda por ejemplo la larga digresión del ya
            mencionado <hi rend="i">Trattatello</hi> en que Boccacio increpa a Florencia por haber
            desterrado a Dante (Bartuschat 2007: 69). Si bien no se trata en el caso de Góngora de
            un repudio, se trata de una variación sobre un mismo <hi rend="i">topos</hi> del género
            biográfico consistente en incidir en la ingratitud y la desidia de las ciudades natales
            para con los hombres eminentes que, nacidos en ellas, contribuían por su fama a hacerlas
            conocidas sin recibir a cambio los homenajes debidos. La ciudad «se contenta solo con
            sustentar la nobleza, sin que la hayan corrompido los siglos, dignidades, privanzas de
            reyes ni los mayores intereses» probablemente por ser Córdoba «la ciudad más
            aristocratizada de España en la Edad Moderna[:] [e]n su Regimiento, compuesto por
            docenas de <hi rend="i">caballeros veinticuatros</hi> […], hubo más nobles de sangre que
            en ningún lugar de la Península. Los linajes de la oligarquía local eran en verdad
            nobles, ricos y antiguos, los tres requisitos anhelados por toda aristocracia municipal
            que se preciara» (Enrique Soria Mesa 2000: 15). ¿Quiere decir nuestro autor que Córdoba
            tiene tanto capital de distinciones y honores que poco le importa una honra más?
            Remitimos, para todo lo que sigue, al libro <hi rend="i">El cambio inmóvil</hi> del
            mismo historiador. El discurso del autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> parece
            incardinarse en la ficción vivaz en aquel entonces, mantenida por los propios miembros
            de la nobleza, de una élite gobernante monolítica e inmutable, negando resueltamente,
            pese a conocerlos por fuerza, los cambios sustanciales en la composición de dicho grupo
            en la Córdoba de los siglos XVI-XVII: llegada al poder de hombres oficialmente excluidos
            de los honores y las dignidades, matrimonios heterogámicos, proceso de ennoblecimiento,
            etc. Estos cambios irreversibles no acarrean un cuestionamiento del orden establecido,
            sino más bien su reforzamiento, con la invención por ejemplo de un Estatuto de la
            Nobleza y la Limpieza de Sangre o las falsificaciones genealógicas de encargo que
            retrotraen a épocas míticas los orígenes bajos de linajes poderosos recién encumbrados.
            Al afirmar que la nobleza cordobesa no la corrompieron ni los siglos ni las dignidades,
            ni nada, nuestro autor adopta esa estrategia compartida por la élite cordobesa de
            entonces en negar cualquier transformación del grupo o su rebajamiento por la
            integración de nuevos elementos exógenos, porque los que trepan peldaño a peldaño o de
            golpe por la escala social no pretenden sino fortalecer el sistema dando la imagen de
            una nobleza de perfil estable. Afirmando que los Góngora y Argote se cuentan entre los
            más antiguos linajes y de más preclaro origen del patriarcado cordobés (2000: 75), «de
            los más esclarecidos caballeros a fuer de toda verdad», escribía el autor al principio,
            su reflexión se integra en esta estrategia, aplicándola en este caso a su propósito de
            alabanza del poeta, perteneciente a esta nobleza que ni la sangre nueva inyectada en el
            grupo ni el ascenso social de las capas inferiores de la sociedad pueden adulterar.
            Obviamente, no dice nada del linaje judío de Góngora, por los cuatro costados, que
            seguramente era más que conocido, y fue probabo recientemente por Enrique Mesa Soria
            (2015).</note>; loable acción, no empero<note place="bottom">EMPERO: «Conjunción
            adversativa que regularmente minora o destruye lo que antes se ha dicho en la oración»
              (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note> digna de que desprecie la honra que le dan hijos
          semejantes: los <persName key="Séneca" precision="3" type="authority"
            >Sénecas</persName><note rend="I" type="app"> los Séneca <hi rend="i">E</hi> : los
            Sénecas <hi rend="i">AA</hi>. Mantenemos la «s» por haber nacido los dos Sénecas, padre
            e hijo, en Córdoba. </note>, <persName key="Lucano" precision="3" type="authority"
            >Lucano</persName>, <pb n="f. 3v"/><persName key="Avicena" precision="3"
            type="authority">Avicena</persName> y el jamás enteramente admirado Gonzalo Fernández de
          Córdoba, Gran Capitán, terror de las naciones y veneración de ellas, no solo de España y
          Córdoba, por su espada invencible, como así por la pluma del grande (infinitas veces)
            don<note rend="I" type="app"> don <hi rend="i">E</hi> : D. <hi rend="i">AA</hi>.</note>
          <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">Luis de Góngora</persName><note
            place="bottom">Como hace notar Izquierdo (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1628_vida_chacon/"
              >1628_vida_chacon</ref>), la presentación de Góngora como hijo conspicuo de Córdoba es
            algo frecuente en la polémica gongorina. También lo es la equiparación de Góngora con el
            político y filósofo estoico Séneca (<hi rend="i">ca</hi> 4 a. C.–65 d. C.), el poeta
            Lucano (39-65 d. C.), el filósofo musulmán Avicena (<hi rend="i">ca</hi> 980-1037) y
            Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), que participó en las guerras granadinas y en
            las campañas militares italianas contra Francia (lo que le valió el apodo de Gran
            Capitán y el nombramiento en cuanto virrey de Nápoles), en un mismo movimiento que
            abraza tanto a los escritores como a los héroes de la Antigüedad, del Medioevo y de la
            Edad Moderna. Esto es lo que escribe por ejemplo Pellicer acerca de Góngora: «Nació […]
            en Córdoba, ciudad populosa, antigua y príncipe de la Andalucía, cuyo clima felicísimo,
            con generoso tesón y porfía noble, en todos siglos está enseñado a llevar grandes
            espíritus y los mayores del orbe todo. Nacieron Séneca, Lucano primero; Juan de Mena
            después; don Luis ahora» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_vida_mayor/"
              >1630_vida_mayor</ref>); Salazar Mardones, asimismo, se adueña del viejo tópico ya
            existente en la época del poeta latino Marcial (siglo I): «él [Góngora], por naturaleza
            siendo natural de Córdoba, de quien dice Marcial libro I Ep. 62: ‘<hi rend="i">Duosque
              Senecas unicumque Lucanum / Facunda loquitur Corduba.</hi>’ Porque aquel suelo produce
            siempre excelentes poetas y los hubo aun antes de Séneca y Lucano» (‘Córdoba
            elocuente hace alarde de los dos Sénecas y del inimitable Lucano’, Marcial, 1607) (véase
              <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1636_ilustracion-piramo/"
              >1636_ilustracion-piramo</ref>). El autor anónimo del <hi rend="i">Opúsculo contra el
              Antídoto de Jáuregui</hi> también resalta la predisposición de la tierra cordobesa
            para engendrar a unos poetas sobresalientes: «También le hubiera calificado mucho a
            vuestra merced el haber nacido poeta, porque el poeta, para ser bueno, <hi rend="i"
              >nascitur</hi>, y había de ser el nacimiento por lo menos en Córdoba, madre de poetas,
            porque el clima del cielo lo lleva de suelo, y así ha producido tantos y tan buenos en
            todas edades en porque no en balde Marcelo la edificó en el sitio que hoy posee con
            particular observación de astros y estrellas» (véase la nota 93 de <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso/"
              >1624_opusculo-curioso</ref>). Volvemos a encontrarlo en el siglo XIX en una octava
            anónima: «Córdoba la famosa y elocuente, / Se ilustra con obispo venerable, / Su
            catedral es grande y excelente / Como también su alcázar memorable: / Sobre el <hi
              rend="i">Betis</hi> que pisa tiene un puente / Sólido, primoroso y admirable, / Y es
            de Avicena el nido soberano / De Séneca, de Góngora y Lucano» (1818: 103). Dentro del
            marco del género epidíctico, el elogio de los grandes hombres sigue una de las etapas
            imprescindibles del <hi rend="i">topos</hi> retórico de la <hi rend="i">laus urbis</hi>
            o <hi rend="i">laus civitatis</hi>, especialmente enfatizado por Horacio (<hi rend="i"
              >Odas</hi>, I, 7): amén de la historia, de la geografía y de las fortificaciones, y de
            la belleza de una urbe, era preceptivo encarecer a los ciudadanos nativos más preclaros
            y afamados: «<hi rend="i">Laudantur autem urbes similiter atque homines. Nam pro parente
              est conditor, et multum auctoritatis adfert vetustas, ut iis qui terra dicuntur
              orti</hi> […]» (Quintiliano, <hi rend="i">Institutione oratoria</hi>, III, 7, 26)
            (‘Por otra parte las ciudades son objeto de alabanza, como los hombres. Pues en lugar
            del padre está el fundador, y alto timbre de autoridad le otorga la antigüedad, como en
            el caso de aquellos de quienes se dice haber nacido de la tierra’) (1997: 397). El
            propio Góngora, retomando este lugar retórico ya arraigado en España especialmente
            gracias a Nebrija (Alonso Asenjo 2005), en el soneto laudatorio que le dedica a Córdoba,
            menciona metonímicamente a los próceres que contribuyeron a forjar la fama de la ciudad:
            «¡Oh siempre glorïosa patria mía, / tanto por plumas cuanto por espadas!» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem50#l50.7-8"
              >OC50.7-8</ref>]; son los mismos términos de «pluma» y de «espada» los que aparecen en
            este fragmento del <hi rend="i">Escrutinio</hi>. Para un análisis de este <hi rend="i"
              >topos</hi>, desde la antigüedad grecolatina hasta el Siglo de Oro, especialmente en
            Góngora, véase Ramajo Caño (2003).</note>, émulo<note place="bottom">La palabra «émulo»,
            a diferencia de su posterior utilización en el <hi rend="i">Escrutinio</hi> (véase la
            nota <ref target="#ref143" xml:id="ref124">143</ref>), significa aquí imitador. Jammes
            (1994: 103) incluye este término entre los «vocablos que, sin ser necesariamente cultos
            o nuevos, aparecen con tanta frecuencia que han llegado a ser como la firma de Góngora
            o, si se quiere, el emblema lingüístico de su poesía». </note> y aun vencedor de
            <persName key="Homero" precision="3" type="authority">Homero</persName>, de <persName
            key="Virgilio" precision="3" type="authority">Virgilio</persName> y de los mejores,
          gloria de la antigüedad — porque no parezca juicio temerario, en su género, se
            entiende<note place="bottom">Bien es sabido que en aquel entonces la imitación de los
            antiguos es «criterio decisivo para cimentar la fama del escritor» (Blanco 2004: 229).
            Es así como el humanista Sánchez de las Brozas (1523-1600) escribe: «afirmo que no tengo
            por buen poeta al que no imita los excelentes antiguos. […] Ningún poeta latino hay, que
            en su género no haya imitado a otros, como Terencio a Menandro, Séneca a Eurípides; y
            Virgilio no se contentó con caminar siempre por la huella de Homero, sino también se
            halla haber seguido a Hesíodo, Teocrito, Eurípides […]» (Laguna Mariscal 2000: 44). La
            obra de Góngora constituiría, pues, según el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, el
            último eslabón de este proceso en tres fases e incluso el culmen, ya que no solo se
            conforma con imitar al autor de la <hi rend="i">Ilíada</hi>, de la <hi rend="i"
              >Eneida</hi> y a las «gloria[s] de la antigüedad», sino que los aventaja. Valiéndose
            después de una epanortosis y para que no le echen en cara este juicio tan atrevido,
            precisa que Góngora es vencedor «en su género» (es la misma fórmula que aparece en el
            Brocense): si bien puede que, al igual que Pellicer y, en su estela, muchos críticos del
            siglo XX, desde Dámaso Alonso hasta Carreira, el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>
            considere a Góngora como un poeta lírico — el subtítulo de las <hi rend="i">Lecciones
              solemnes</hi> lo calificaba por cierto de «Píndaro andaluz» — o, como Marcial, a quien
            fue comparado muchas veces, por Gracián por ejemplo, un epigramático, lo más probable es
            que se exprese de forma intencionadamente borrosa, queriendo decir a lo mejor que
            cultiva un género distintivo y exclusivamente suyo. Dado que el autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> se apresura a corregir lo dicho acerca de Góngora en cuanto vencedor
            de los clásicos tras haber mencionado a los dos poetas épicos por antonomasia,
            descartamos la posibilidad de que el género al que se refiere aquí sea la epopeya de
            corte clásico. Como lo defiende M. Blanco en su <hi rend="i">Góngora heroico</hi>, las
              <hi rend="i">Soledades</hi> constituirían un sucedáneo de la épica tradicional que a
            ojos del poeta apenas tenía futuro, unos «partos heroicos» para retomar una expresión de
            M. Vázquez Siruela, en un sentido nuevo derivado de Torquato Tasso. «Por un lado, las
              <hi rend="i">Soledades</hi> ponen en tela de juicio dos de los fundamentos del poema
            heroico: la fábula y el suspense narrativo-dramático. Y sin embargo Góngora maneja los
            motivos típicos, los hábitos retóricos, los ‘estilemas’ del poema heroico, pero dándoles
            un sesgo insólito y paradójico»; de ahí el difícil encasillamiento de una obra única
            cuyo género, por muy oximórico que pueda parecer, podría ser el de la «epopeya de la
            paz» (Blanco 2012: 31). A modo de síntesis sobre esta dimensión transgenérica de la obra
            gongorina, he aquí lo que escribe Nadine Ly: «las <hi rend="i">Soledades</hi> son […] un
            tipo nuevo de poema, cuya estructura formal y temática recuerda, rebasándola, la de las
            silvas: poema narrativo sin fábula; mitológico y contemporáneo; lírico sin intriga
            amorosa; épico sin hazañas; bucólico y piscatorio con héroes; panegírico sin referente
            explícito» (1985: 41). Como apunta, además, M. Blanco en otro trabajo (2004: 229), en
            las controversias sobre la imitación que opusieron por ejemplo Erasmo y los
            ciceronianos, el problema estriba en las modalidades de la misma y el problema de saber
            si es menester seguir a un modelo único insuperable o más bien a compaginar varios
            modelos: Góngora se decantaría por esta segunda opción y la formación de un estilo mixto
            y dúctil, tanto más cuanto que si estas polémicas atañían sobre todo los modelos
            latinos, nuestro poeta cordobés también bebe de las letras griegas. Cf. «Conceptos
            debatidos».</note>.</p>
        <p>Fue don <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">Luis</persName><note rend="I"
            type="app"> don Luis <hi rend="i">E</hi> : D. L. <hi rend="i">CS</hi>.</note> de buen
          cuerpo, alto, robusto<note place="bottom">Esta descripción aparentemente más encaminada a
            alabar la perfección que a ser un reflejo fiel de lo que era Góngora recuerda por
            ejemplo lo que escribía Boccaccio sobre la gran estatura — «<hi rend="i">Franciscus
              poeta egregius, clarus genere, statura procerus</hi>» — de Petrarca en su <hi rend="i"
              >Notamentum</hi> (1341 o 1342), elemento que toma de la <hi rend="i">Vida</hi> de
            Virgilio compuesta por Elio Donato, y reutilizará en su <hi rend="i">De Vita
              Petracchi</hi> (años 1340) (Bartuschat 2007: 42).</note>, blanco y rojo, pelo negro.
          Así lo dice él en su retrato<note place="bottom">En el autorretrato poético al que alude
            el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, Góngora dice precisamente lo contrario: «no
            es grande de cuerpo» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem65#l65.29"
              >OC65.29</ref>]. ¿Extrema el autor la lógica encomiástica de su <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> hasta hacer una descripción física de Góngora voluntariamente
            meliorativa o este, dada la dimensión burlesca del romancillo, se empequeñece
            intencionalmente?</note>; de aquel tiempo se habla:</p>
        <quote>
          <l>fue un tiempo castaña,</l>
          <l>pero ya es morcilla.<note place="bottom"> Góngora [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem65#l65.61.62"
                >OC65.61-62</ref>].</note><note place="bottom">MORCILLO (adj.): «se aplica al
              caballo o yegua de color totalmente negro».</note></l>
        </quote>
        <p>Ojos grandes, negros, vivísimos, corva la nariz, señal de hábil, como todo su rostro la
          dio; adornó el talle y el aire de sus movimientos los hábitos clericales<note
            place="bottom">Para rematar esta descripción de Góngora que, pese a su carácter ideal,
            no contradice los retratos que tenemos, y en que se distingue un rasgo fisiognómico
            — «corva la nariz, señal de hábil» —, el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> indica,
            mediante una frase ingeniosa, que con lo airoso de su cuerpo y de sus movimientos,
            Góngora era capaz de volver atractivos hasta los hábitos clericales, operación mucho más
            difícil que el hacer garboso a alguien con atavíos cortesanos y militares; es el cuerpo
            el que paradójicamente engalana el traje y no a la inversa. Respecto al tomar el hábito
            Góngora, he aquí lo que escribe Artigas: «Los beneficios eclesiásticos que siendo
            estudiante le transmitió su tío y las órdenes menores que para disfrutarlos hubo de
            recibir, nos indican que desde muy joven la familia destinaba a don Luis para la carrera
            eclesiástica» (1928: 17). Antes de cursar sus estudios en Salamanca, su tío materno
            Francisco de Góngora, racionero de la capilla cordobesa, le cedió, en efecto, algunas
            rentas eclesiásticas de que disfrutaba en Cañete, Guadalmazán y Santaella (1928: 9).
            Tomó posesión de la ración familiar en la catedral de Córdoba el 21 de febrero de 1585 y
            se hizo presbítero en 1617 para poder gozar de su nueva dignidad de capellán real (1928:
            46). Véase la nota <ref target="#ref150" xml:id="ref130">150.</ref></note>. Habló en las
          veras con eminencia grande, aun en prosa. En las burlas joviales, fue agudísimo picante
          (sin pasar de la ropa<note place="bottom">El autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> quiere
            decir que aunque Góngora se muestra «picante» en las burlas, o sea que despliega «cierto
            género de acrimonia o mordacidad en el decir» (<hi rend="i">Aut.</hi>), sus pullas
            dirigidas a las personas a las que hace blanco no van más allá de la «ropa», es decir no
            hacen sangre ni infaman. </note>) y, envuelto en los donaires, con que entretenía, se
          dejaba oír sentenciosamente.</p>
        <p>Daba orejas a las advertencias o censuras, modesto, y con gusto<note place="bottom">Nos
            consta por ejemplo que Góngora cambió un par de fragmentos de su <hi rend="i">Soledad
              primera</hi> en consonancia con advertencias de su amigo Valencia, especialmente
            relativas a lo que, según él, no encajaba bien con el tono serio del poema. Como apunta
            López Bueno (2011: 247), Pellicer, en su <hi rend="i">Vida mayor</hi>, da esta misma
            imagen de un Góngora atentísimo a las sugerencias ajenas: «Fue docilísimo y se reducía
            con facilidad a enmendar lo que le censuraban. Jamás harbó soneto ni apresuró obra
            alguna: no contentándose con una y otra lima, hacía que pasase por la censura rígida de
            sus amigos de quien tenía satisfacción» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_vida_mayor/"
              >1630_vida_mayor</ref>). Góngora también solicitó la opinión de Fernández de Córdoba y
            de Tamayo de Vargas (véase la nota 123 de <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_vida_mayor/"
              >1630_vida_mayor</ref>). Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo con esta visión
            de Góngora, puesto que el abad de Rute reprocha a Góngora el haber desoído sus
            advertencias: «De aquellas en lo que, por mandado de vuestra merced, advertí acerca del
              <hi rend="i">Polifemo</hi>, en que, diciendo (Dios me es testigo) sinceramente mi
            sentimiento, con notar lo que pudiera, a mi parecer (por ventura mal fundado)
            reformarse, vuestra merced, por algunas razones que debe tener, <hi rend="i">dimisso
              ablegatoque consilio</hi>, siguió su dictamen» (véase «introducción» de <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer/"
              >1614_parecer</ref>).</note>. Enmendaba, si había qué, sin presumir: tanto que,
          haciendo una nenia a la translación de los huesos del insigne castellano <persName
            key="Garcilaso" precision="3" type="authority">Garcilaso de la Vega</persName> a nuevo y
          más suntuoso sepulcro por sus descendientes<note place="bottom">NENIA: «En la Antigüedad
            romana, composición poética que se cantaba en las exequias de alguien» (<hi rend="i"
              >DRAE</hi>). El autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> remite a la canción de 1616
            «Piadoso hoy celo, culto» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem308#l308"
              >OC308</ref>], acerca del sepulcro de Garcilaso de la Vega.</note>, una de sus coplas
          comunicó, y el que la oyó respondió con el silencio. Preguntole <persName
            key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName><note rend="I" type="app"> don
            Luis <hi rend="i">E</hi> : D. L. <hi rend="i">CS</hi>.</note>: «¿Qué? ¿No es buena?».
          Replicósele: «Sí, pero no para de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don
            Luis</persName>». Sintiolo con decirle: «¡Fuerte cosa que no basten cuarenta años de
          aprobación para que se me fíe!». No se habló más en la materia. La noche de este día se
          volvieron a ver los dos, y lo primero que <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist"
            >don Luis</persName><note rend="I" type="app"> don Luis <hi rend="i">E</hi> : D. L. <hi
              rend="i">CS</hi>.</note> dijo, fue: «¡Ah, señor, soy como el gato de algalia, que a
          azotes da el olor!<note place="bottom">ALGALIA (f.): «El sudor que despide de sí el gato
            llamado de algalia, al cual se le fatiga batiéndole con unas varas, de suerte que se le
            hace sudar, y recogiendo el sudor con una cucharilla junto hace como una especie de
            manteca, la cual es sumamente odorífera. Las partes del cuerpo de este animal donde
            acude el sudor es debajo de las ingles, de los brazos y pescuezo; pero principalmente es
            a las ingles » (<hi rend="i">Aut.</hi>). Véase por ejemplo el refrán «hacer sudar como
            gato de algalia» (Correas). </note> Ya está diferente la copla». Y así fue, porque se
          excedió a sí mismo en ella<note place="bottom">El autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>
            quiere decir que gracias a los reproches de un verdadero amigo, que lo admiraba con
            fervor y sin adulación, Góngora, después de haber superado a todos, se superó a sí
            mismo. Dada la precisión con que nos es referida la anécdota, puede que el personaje
            anónimo de la misma sea el propio Pérez de Ribas.</note>.</p>
        <p><pb n="f. 4r"/>Solía decir: «El mayor fiscal de mis obras soy yo»<note place="bottom"
            >Este dicho de Góngora, que podría ser algo contradictorio con la anécdota anterior y lo
            que ha escrito de él el propio autor — «Daba orejas a las advertencias o censuras,
            modesto, y con gusto», «Enmendaba, si había qué, sin presumir» —, muestra que no
            escatimaba esfuerzos en lo que tocaba a sus obras, y que, para pulirlas y obtener el
            resultado más cabal posible, aparte de escuchar los consejos ajenos, se imponía una
            disciplina implacable: «[…] se estaba en remirar un verso muchos días, imitando a
            Virgilio, que como la loba a puro lamer da forma a sus hijos», escribe Andrés Cuesta
              (<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_censura/"
              >1630_censura</ref>).</note>. Otras veces dijo: «Deseo hacer algo, no para los
            muchos»<note place="bottom">En esta declaración de Góngora, repetida tantas veces por
            los comentadores, destaca un gusto aristocrático, conforme al ideal alejandrino y
            neotérico del <hi rend="i">poeta doctus</hi>, en la línea respectivamente de un Calímaco
            o de un Catulo (Cuesta Abad y Jiménez Heffernan 2005: 793). Esto nos remite a uno de los
            reproches centrales esgrimidos por los adversarios de Góngora (Roses Lozano 1994), si
            bien «[e]l problema no consiste pues en la oscuridad como tal […], sino en esta
            oscuridad específica, que parece proceder sólo de la expresión y no del pensamiento y la
            doctrina» (Blanco 2012b: 52).En cambio, algunos de sus partidarios, aunque no todos,
            abogan por la oscuridad (véase <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1613_silva/"
              >1613_silva</ref>) y él mismo le escribe a un amigo : «hase de confesar que tiene
            utilidad avivar el ingenio, y eso nació de la oscuridad del poeta [Virgilio]. Eso mismo
            hallará V. m. en mis <hi rend="i">Soledades</hi>, si tiene capacidad para quitar la
            corteza y descubrir lo misterioso que encubren» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1615_carta-gongora/"
              >1615_carta-gongora</ref>). Góngora «[d]ese[a] hacer algo, no para los muchos», nos
            recuerda el <hi rend="i">Escrutinio</hi>, es decir no para los lectores que no son lo
            suficientemente sagaces y agudos como para desentrañar el sentido escondido, aunque sus
            impugnadores creen que lo sibilino de su poesía enmascara un discurso vacuo. Recuérdese
            al respecto el diálogo entre Lucrecia y Gerardo en <hi rend="i">El doctor Carlino</hi>
            (1613), dos personajes en cuya voz se oye la de Góngora: la primera menciona al «vulgo,
            en todo ignorante», a lo que contesta el segundo «Que el vulgo se satisfaga, / no lo
            solicito» (v. 1300, v. 1310, respectivamente, <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_doctorcarlino/"
              >gongora_doctorcarlino</ref>), con igual menosprecio hacia el populacho y en
            contraposición total a Lope de Vega, rival de nuestro poeta cordobés, que trata, en su
            comedia nueva, de agradar a la multitud (Dolfi 2012: 143). Es de notar, sin embargo, que
            Góngora fue, a su manera, muy popular, como lo prueba el amplio eco de sus romances y
            letrillas. </note>. Y veinte días antes de su muerte, se le oyó: «Ahora que empezaba a
          saber algo de la primera letra en el A. B. C., ¿me llama Dios? Cúmplase su voluntad»<note
            place="bottom">Los biógrafos clásicos, siguiendo los preceptos retóricos del <hi
              rend="i">genus demonstrativum</hi>, solían reproducir algunos dichos de la persona
            biografiada para hacer que pareciera más viva y más cercana. El procedimiento destaca en
            todas las páginas de <hi rend="i">De vita duodecim Caesarum</hi> de Suetonio: como
            escribe Kendal (1965: 35-39), «<hi rend="i" xml:lang="en">he catches Augustus’
              personality in the flavour of idiom</hi>» y, de forma más general, con respecto a
            todos los próceres retratados, «<hi rend="i">he brings "em back alive". It is his one
              virtue, but in biography that is the only virtue</hi>». Es difícil saber si esta frase
            que el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> reproduce y no hemos encontrado en otra
            parte la dijo verdaderamente Góngora, y poco importa al final. Lo que sí importa
            respecto a los fines del texto es que el autor trata de dar del poeta la imagen de un
            hombre humilde y ocurrente hasta en las postrimerías. Por su agudeza y ser pronunciada
            por el poeta ya moribundo, nos recuerda esta anécdota referida por Artigas: «La fama que
            gozó de hombre ocurrente y gracioso le acompañó hasta los últimos momentos de su vida, y
            aun después de su muerte, pues, cierta o inventada, cuentan sus contemporáneos la
            siguiente anécdota: “Llevándole la reliquia de San Álvaro que está en el convento de San
            Pablo de Córdoba, en la enfermedad de que murió, después de habérsela tocado, le
            preguntaron si la tocarían a los circunstantes. Respondió que no, porque diría el
            médico: a otro perro con ese hueso […]”» (1925: 197). Véase «Fuentes».</note>. Repárese
          en la modestia.</p>
        <p><persName key="adversarios de Góngora" type="polemist">Los que no trataron este
            ingenio</persName> le<note rend="I" type="app"> le <hi rend="i">E</hi> : lo <hi rend="i"
              >AA.</hi></note> tuvieron por satírico, y aun algunos de sus devotos. ¡Notable
            engaño!<note place="bottom">Los adversarios de Góngora — «los que no trataron este
            ingenio» — solían condenar algunas de sus composiciones tenidas por satíricas, a
            semejanza de Jáuregui, que reprobaba «sus disoluciones que es vergüenza referirlas»
            (2002: 79), o Pineda, de forma no menos virulenta (véase la nota 140). Dado lo que hemos
            dicho sobre el adjetivo «devoto» (véase la nota 116), parece obvio que el autor del <hi
              rend="i">Escrutinio</hi>, al referirse a los «devotos» de Góngora que también lo
            consideraban — de forma muy equivocada, en su opinión — como un satírico, toma otra vez
            partido contra el autor de la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>, Paravicino muy
            verosímilmente. Este afirmaba, en efecto, que Góngora, dejándose llevar por su fogosidad
            juvenil, había escrito unas sátiras mordaces de las que se arrepintió después:
            «[f]estivas ellas [las musas] demasiadamente en aquellos años dulces y peligrosos le
            dieron a beber […] tanta sal que pasó el sabor sazonado ardor picante […]. De este
            ímpetu no corregido se dolió, no tal vez solamente, sino muchas» (véase <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1633_vida_hoces/"
              >1633_vida_hoces</ref>). Si bien Paravicino, tanto en la <hi rend="i">Vida</hi> menor
            como en la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>, le quita luego importancia a estos dardos
            satíricos que se deben más al amoldamiento a un género convencional que al carácter del
            poeta, sumamente pacífico y cándido, el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> no admite
            que Góngora esté asociado a la sátira, género de mala fama pese a todos los intentos de
            legitimarlo mediante modelos y preceptivas. No tendrá más remedio, no obstante, que
            moderar luego esta postura algo radical, aproximándola precisamente a la de la <hi
              rend="i">Vida Hoces</hi>. </note> Véanse con cuidado sus obras, y se hallará en todas
          una doctrina general para estados, oficios, profesiones<note place="bottom">Aunque la idea
            de que las burlas no son gran poesía tenía su correctivo en el gran renombre literario
            de autores romanos como Juvenal o Marcial, la sátira tenía mala fama porque atentaba
            contra una de las virtudes teologales, la caridad, solía vincularse, mediante una falsa
            etimología, con los sátiros, y la ley romana, comentada por Cicerón en el <hi rend="i"
              >De republica</hi>, ya prohibía escribir textos difamatorios (Blanco 2012a : 174-175).
            Por eso el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> se empecina, al parecer, en dar de
            Góngora la imagen de un poeta benévolo, minimizando la relevancia de la vena satírica
            que cultivó a lo largo de su vida. Paravicino, en una actitud parecida, y contrastando
            la poesía humilde y la grande, retrata a un Góngora arrepentido por haberse dedicado a
            este tipo de poesía: «En los mayores años, o avisado de los asuntos, o escrupuloso del
            estilo menos grave en obras tan celebradas, […] se empeñó a la grandeza del <hi rend="i"
              >Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi> y otros más breves poemas que enseñará
            esta estampa» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1628_vida_chacon/"
              >1628_vida_chacon</ref>). Esta opinión del autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> no
            deja de desentonar con la que expresa supuestamente Góngora — la autoría de este
            testimonio no está del todo demostrada —, a modo de respuesta a una carta que Lope le
            mandó (Pérez Lasheras 2000: 451): «Y agradezca que, por venir su carta con la capa de
            aviso y amistad, no corto mi pluma en estilo satírico, que yo le escarmentaría
            semejantes osadías, y creo que en él fuera tan claro como le ha parecido oscuro en lo
            lírico». Remitimos también al comentario de Salcedo Coronel acerca del soneto «No más
            moralidades de corrientes» (véase la nota XXXIX). No huelga recordar, además, que si
            bien la edición de Vicuña (1628) fue recogida por la Inquisición «por libro sin autor y
            dedicatoria falsa», las dos acusaciones del mercedario Horio y del jesuita Pineda sobre
            las que se afianzó dicho fallo, entre otras cosas, ponen énfasis en la índole
            escandalosamente satírica de la producción gongorina: el primero censura un libro «tan
            lleno de sátiras, llenas de palabras […] deshonestas y de libelos infamatorios» (Alonso
            1963 : xxvii); el segundo lo fustiga por «hablar con maledicencia, y picar a todos
            estados de la República cristiana […], diciendo mal de clérigos y bonetes, de frailes y
            monjas, de coronas, de jueces, de abogados, de la corte, de los títulos, de los casados,
            de las doncellas, poniendo en todos nota de vicios y pecados generalmente» (1963: xxxi).
            Es como si el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, al afirmar que «se hallará en
            todas [las obras de Góngora] una doctrina general para estados, oficios, profesiones»,
            contestara directamente a Horio y a Pineda, que condenaban a Góngora respectivamente por
            practicar una «sátira […] perjudicial a todos los estados y a todas las buenas
            costumbres, y enseña[r] los modos de pecar» (1963: xxvi) y por «segu[ir] ser
            derechamente contra las buenas costumbres del pueblo cristiano» (1963: xxxi).</note>,
          tan bien tocada reprehensión<note rend="I" type="app"> tan bien tocada reprehensión que
              <hi rend="i">E</hi> : tan bien tocada profesión, o reprehensión, que <hi rend="i"
              >AA</hi>.</note> que dijo un caballero (bonísimamente entendido): «Más me persuade una
          copla de don<note rend="I" type="app"> don <hi rend="i">E</hi> : D. <hi rend="i"
            >AA.</hi></note>
          <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">Luis de Góngora</persName> que un sermón
          de <persName key="Castroverde, Fray Francisco de" precision="3" type="authority"
            >Castroverde</persName><note place="bottom">[NDE] Se trata de Fray Francisco de
            Castroverde (1536-1611), sevillano que, tras ocupar los puestos de prior del convento de
            Zaragoza (1568) y provincial de la orden de San Agustín en Andalucía (1592), se
            convirtió en predicador de Felipe II y Felipe III. Celebérrimo en su época, no se tiene
            noticia de que ningún sermón suyo llegara a ser impreso (Osuna 2003: 58-59).</note>».
          Dos o tres que pueden parecer<note rend="I" type="app"> Dos o tres que pueden o huelen a
            sátiras <hi rend="i">E</hi> : Dos o tres que pueden parecer o huelen a sátiras <hi
              rend="i">CS.</hi></note> o huelen a sátiras son cosas tan conocidas y públicas que no
          hay calle ni plaza que las niegue; que de su parte no tuvieron más de tocarlas en números,
          con donaire nunca oído<note place="bottom">Blanco (2012a: 173-177) remarca la andadura
            vacilante del pasaje y el terreno movedizo en el que se mueve el autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> a la hora de tratar de la inspiración satírica de Góngora, ya que,
            como hemos adelantado, «ni siquiera en los grandes modelos latinos, la cuestión de la
            legitimidad moral y jurídica de este género llegó a estar enteramente zanjada» (2012a:
            174): tras haber negado apasionadamente, en efecto, que Góngora hubiera cultivado esta
            vena— «¡Notable engaño!», exclamaba —, reconoce que «dos o tres [coplas] […] huelen a
            sátiras», pero sigue defendiéndolo, ya que, a su parecer, sus escarnios no afectan más
            que a cosas ya pública y sobradamente conocidas de todos; no se trata de los <hi
              rend="i">mala carmina</hi> que difaman de balde y de los que el propio Horacio
            recelaba, sino de <hi rend="i">bona carmina</hi> en los que no asoma ni ápice de odio y,
            sobre todo, expresados con tanto donaire — lo que «vale gracia y buen parecer en lo que
            se dice […], espíritu, prontitud, viveza» (<hi rend="i">Cov.</hi>) — que el lector
            disfruta mucho más del ingenio que de la maledicencia.</note>. Quizá si las usaran los
          poetas modernos como los antiguos, que se les permitió, fueran por su temor menos los
          vicios. Así, que estas y otras se estampen o no, no las borrarán de la memoria ni el
          tiempo ni los émulos<note place="bottom">Cultismo semántico, la palabra «émulo» designa al
            «enemigo y contrario de otro, y su competidor» (<hi rend="i">Aut.</hi>) y tiene, pues,
            un sentido diferente de su utilización anterior (véase la nota <ref target="#ref124"
              xml:id="ref143">124</ref>). </note> de <persName key="Góngora, Luis de"
            type="polemist">don Luis</persName><note rend="I" type="app">don Luis <hi rend="i"
              >E</hi> : D. L. <hi rend="i">CS</hi>.</note> (si los tiene) por ningún caso: antes, de
          siglo en siglo, y de gente en gente, correrá su tradición a las posteridades del
          mundo.</p>
        <p>Da que reparar la relación de la vida de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist"
            >don Luis</persName><note rend="I" type="app"> don Luis <hi rend="i">E</hi> : D. L. <hi
              rend="i">CS</hi> : D. <hi rend="i">AA</hi>.</note>. ¿Posible es que quien no supo sus
          exterioridades, pues con tantos absurdos estampó sus obras, supo lo interior de su
          pensamiento? No es creíble<note rend="I" type="app"> No es creíble <hi rend="i"
              xml:lang="en">E</hi> : no es posible <hi rend="i" xml:lang="en">CS</hi>.</note>.
            <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">Don Luis</persName><note rend="I"
            type="app"> don Luis <hi rend="i">E</hi> : D. L. <hi rend="i">CS</hi>.</note> fue muchas
          veces a Madrid<note place="bottom">Entre 1585 y 1612 viajó por lo menos unas diez veces a
            Madrid (Jammes 2009: 6).</note>, con no más ocasión que por ser esta corte centro de los
          insignes en todo género, como él lo decía así: «Aquí me incitan motivos para trabajar, y a
          dejar el ocio con que Córdoba me persuade»<note place="bottom">Góngora, en su conflictiva
            relación con Madrid — ciudad que maltrata en varios de sus poemas satíricos (al igual
            que a Valladolid), pero a la que no tuvo más remedio que acudir repetidas veces por
            asuntos profesionales y en la que residió varios años en pos de mercedes varias—, suele
            hacer suyo el <hi rend="i">topos</hi> del «menosprecio de corte y alabanza de aldea». En
            la frase que le atribuye el <hi rend="i">Escrutinio</hi>, reconoce, sin embargo, que la
            ajetreada Madrid le impide holgazanear y le permite precaverse del ocio; bien se sabe
            que en muchos moralistas de la época, ociosidad y vicio iban de la mano: «En las cortes
            de los príncipes muchas veces acontece que los varios negocios y aun los pocos dineros
            son causa para abstenerse un hombre de los vicios, el cual, después que se va a su casa,
            hace cosas tan feas, que son dignas de murmurar y mucho más de castigar. Muchos hay que
            se van de la corte por estar más ociosos y ser más viciosos, y de los tales no diremos
            que como buenos se van a retraer, sino a buscar más tiempo para pecar» (Antonio de
            Guevara 1987: 151).</note>. Y la última, a instancia de tanto señor grande<note rend="I"
            type="app"> grande <hi rend="i">E</hi> : Grande <hi rend="i">AA.</hi></note>, ministros
          y aun privados, mecenas de las buenas letras y en particular del <persName
            key="Tassis y Peralta, Juan de" precision="3" type="authority">Conde de
            Villamediana</persName>, que, hasta enviarle litera<note place="bottom">LITERA :
            «Carruaje muy acomodado para caminar. Es de la misma hechura que la silla de manos, algo
            más prolongada, y con dos asientos, aunque algunas veces no los tiene, y en su lugar se
            tienden colchones, y en este caso va recostado el que la ocupa. Llévanla dos manchos,
            mulas o caballos, afianzadas las varas en dos grandes sillones» (<hi rend="i"
            >Aut.</hi>).</note> en que fuese, <pb n="f. 4v"/>no desistió<note place="bottom">Esta
            anécdota — que tiene su origen mismo en el <hi rend="i">Escrutinio</hi> y fue retomada
            después (Artigas 1925 : 147) —, de ser verdadera, es uno de los elementos que nos
            permite conjeturar que el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> debió de ser un amigo
            de Góngora lo suficientemente íntimo como para enterarse de ese tipo de datos. Sea lo
            que fuere, destaca la voluntad por parte del panegirista de convertir a Góngora en una
            especie de mesías esperado con ansia por todos los próceres de la Corte. Paravicino
            afirma lo mismo: «Llamado a esta Corte de grandes príncipes, los gozó familiares y
            estimadores mucho, benéficos poco» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1628_vida_chacon/"
              >1628_vida_chacon</ref>). Sobre la amistad entre Góngora y el poeta Juan de Tassis y
            Peralta, Conde de Villamediana (1582-1622), véase Artigas (1925: 147-150).</note>. Y
          para no asistir acaso<note rend="I" type="app"> a caso <hi rend="i" xml:lang="en">E</hi> :
            acaso <hi rend="i" xml:lang="en">AA</hi>.</note><note place="bottom">ACASO : «adv.
            desus. Por casualidad, accidentalmente» (<hi rend="i">DRAE</hi>).</note> en la
            Corte<note place="bottom">La Corte, aquí, remite a Madrid: los hechos biográficos
            referidos aquí tienen lugar después del periodo en que Valladolid fue capital del
            Imperio (1601-1606), a instancias del Duque de Lerma.</note>, aceptó la merced que se le
          hizo con título de capellán de honor<note place="bottom">En julio de 1617, Góngora le
            escribió al Obispo de Córdoba para anunciarle que acababan de concederle «una capellanía
            de su majestad [Felipe III] a quien los tutelares dan nombre de llave maestra a mayores
            ascendencias». Para disfrutar de esta capellanía, oficialmente otorgada en diciembre de
            1617, tuvo que ordenarse sacerdote (Artigas 1925: 150). Véase la nota <ref
              target="ref130" xml:id="ref150">130.</ref></note>. Asimismo, procuró en las vacantes
            dos<note rend="I" type="app"> dos <hi rend="i">E</hi> : de <hi rend="i">AA.</hi></note>
          hábitos militares, que envió a sus dos sobrinos<note place="bottom">Góngora inició los
            trámites para obtener un hábito a favor de su sobrino Francisco de Argote a raíz de la
            muerte de Felipe III (1621): pese al linaje converso de Góngora que su familia se
            esforzaba en ocultar (Mesa Soria 2005), y a la animadversión del inquisidor Jiménez de
            Reinoso, contra quien Góngora declaró en un proceso en Córdoba en 1597, acusándolo de
            amancebamiento con una tal doña María de Lara (Paz 2014), Francisco fue armado caballero
            de la Orden de Santiago el 4 de noviembre de 1622 en la iglesia del convento Santa Clara
            de Córdoba (véase Jammes 1967: 30-31 y 2009: 22-23). Para la transcripción de un
            documento firmado por el escribano Lucas Muñoz sobre las circunstancias de dicha
            ceremonia, véase Alonso y Galvarriato de Alonso (1962: 450-455). Góngora obtuvo, de la
            misma forma, un segundo hábito de Santiago para otro sobrino suyo, don Juan de Guzmán y
            Saavedra, hijo de su sobrina María de Saavedra, a finales de 1623 (Paz 2012b: 44).
            Incluso planeó solicitar un tercer hábito para Francisco Luis de Cárcamo pero su estado
            de salud precario no le dio tiempo (Artigas 1925: 188-189).</note>: mercedes con que los
          reyes ilustran la nobleza. Diéronle más: cuatrocientos ducados de renta, pensión sobre el
          obispado de su patria<note place="bottom">En marzo de 1623, Góngora obtuvo, en efecto, una
            pensión de cuatrocientos ducados, que no llegó a cobrar, situada en el obispado de
            Córdoba (Artigas 1925: 183).</note>. Todo esto tan lentamente solicitado que casi se le
          vino a las manos, acusando al dárselas el privado su silencio<note place="bottom">VENIR A
            ALGUIEN A LAS MANOS ALGO : «lograrlo sin solicitarlo» (<hi rend="i">DRAE</hi>). Cuanto
            obtuvo Góngora, escribe el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, se le vino a las
            manos, es decir que apenas lo solicitó o lo solicitó tan lentamente, con tan poco
            ahínco, que el privado que le otorgó estas mercedes le acusó de su silencio, es decir de
            no haberlas pedido siquiera. Pedro Conde Parrado nos sugiere que el artículo definido
            «las» tal vez se refiera al sustantivo «manos», de modo que la frase podría aludir a
            alguna anécdota — que no hemos encontrado — ocurrida durante el apretón de manos entre
            Góngora y dicho privado.</note>. Es cierto que no le llevó a la Corte ambición ni
          interés, pues en su casa tuvo un cuento de renta sin obligaciones<note place="bottom">Otra
            vez el <hi rend="i">Escrutinio</hi> parece llevarle directamente la contraria a la <hi
              rend="i">Vida Hoces</hi>, que afirmaba que Góngora permaneció en la Corte una década
            porque «la necesidad lo trajo, la necesidad le detuvo». Mientras esta nos presenta a un
            Góngora cuya situación económica está supeditada a las mercedes de grandes nobles — «Y
            si no le estorbara la muerte, se prometió más deshielo de su menos dicha al abrigo de
            este príncipe», escribía su autor —, el <hi rend="i">Escrutinio</hi> dice que Góngora no
            fue a Madrid por pobre pedigüeño, por ambición ni interés, sino «por ser esta corte
            centro de los insignes en todo género», un centro entendido en un sentido cultural muy
            moderno, el cual constituye un acicate intelectual fuerte por la concentración de
            hombres de talentos diversos y excelsos cada uno en su género. En lo que toca al
            «cuento» — equivale a un millón, se supone, de maravedíes —, además de las que acaba de
            mencionar justo antes — su quitación anual en cuanto capellán era de 1500 maravedíes —,
            el autor debe de referirse a la donación hecha por su tío en 1577 de los beneficios
            eclesiásticos que tenía en Cañete y Guadalmazán y de la prestamera de Santaella; en
            1585, se sumó a estas rentas la ración del secretario Falces y de su mismo tío. Góngora
            cobraba la mitad de sus rentas cordobesas, que había repartido con sus sobrinos, y de
            eso vivía, o malvivía, mejor dicho, en la corte. <hi rend="i">Aut.</hi> precisa que la
            voz <hi rend="i">cuento</hi> «se aplica para expresar alguna cantidad de moneda menuda».
            «Sin obligaciones» tal vez se refiera a la ausencia de cargas financieras, de deudas o
            de parientes dependientes o al hecho de que a pesar de recibir las órdenes mayores a fin
            de poder gozar de la plenitud de los derechos de la ración, Góngora no se hiciera
            presbítero antes de los cincuenta y seis, de modo que vivió en un estado intermedio,
            medio seglar, medio eclesiástico, disfrutando de las congruas sin las cargas del
            sacerdocio (Artigas 1925: 28; 55-59). Véase la nota 130.</note>, bastante caudal para un
            bonete<note place="bottom">Al escribir que era lo suficientemente acomodado «para un
            bonete», el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> juega con las dos acepciones de la
            palabra, que designa a la par la «cobertura, adorno de la cabeza, que traen regularmente
            los eclesiásticos Colegiales y graduados» (<hi rend="i">Aut.</hi>), y, por metonimia, la
            dignidad misma y el que la ostenta. Jammes nota por otra parte que <hi rend="i">«le
              mot</hi> "bonete"<hi rend="i"> revient fréquemment sous sa plume</hi> [la de
              Góngora]<hi rend="i">, chaque fois pratiquement qu’il fait allusion à son état
              ecclésiastique</hi>» (1967: 148). Nuestro autor se empeña en dar de Góngora la imagen
            de un hombre desinteresado que se trasladó a Madrid para complacer a los demás y porque
            allí se sentía rodeado de hombres insignes y con ánimo para trabajar. Añade que para un
            prebendado de rentas moderadas (o sea un bonete), Góngora tenía con qué vivir. Sin
            embargo, todo apunta a que Góngora se asentó en Madrid en abril de 1617 para huir de los
            problemas económicos que lo acuciaban en Córdoba — por la crisis agrícola que sufría
            España desde principios del siglo, menoscabando la renta eclesiástica que había heredado
            de su tío materno y dependía especialmente de las cosechas, y su tren de vida
            dispendioso — y tratar de medrar en la Corte, a pesar del retrato muy negativo de los
            cortesanos que llevaba transmitiendo desde hacía varios años en su poesía (R. Jammes
            2009: 17-18). Además de los hábitos para sus sobrinos (véase la nota 151) y después de
            haber sido elegido capellán de honor de su Majestad, trató de conseguir la chantría de
            la catedral de Córdoba pero, a pesar de todos sus esfuerzos, fue el poeta Fernando de
            Soria Galvarro, apadrinado por el duque de Osuna, el que la consiguió. Después de los
            fallecimientos de su hermano Juan en febrero de 1616 y de su cuñado, don Luis es el
            único sostén de su familia. Véase Paz (2012b) al respecto. Sus quejas repetidas hacia
            Cristóbal de Heredia, el moroso administrador de sus rentas cordobesas desde 1618,
            arrojan luz sobre sus apuros económicos (Artigas 1925: 171), así como el que, en cartas
            de los años 1623-1625, manifieste su deseo de publicar sus obras. Al no mencionar las
            estrecheces que lo apremiaron a solicitar las mercedes referidas y subrayar el que
            Madrid solo lo atrajera en cuanto centro intelectual que le permitía concentrarse,
            nuestro autor pudo contribuir a forjar la imagen, estereotipada y difícil de borrar, de
            un Góngora alejado del trajín mundano (véase Paz 2012a).</note>. Así que aquellos
          misterios intricados, confusos y aún más que oscuros a fuerza de estudio (mal perdido
            tiempo<note place="bottom">Al tildar «aquellos misterios» — o sea las afirmaciones
            desatinadas relativas a la vida de Góngora y las razones supuestas que lo empujaron a
            aposentarse en Madrid — de «intricados», «confusos» y «oscuros», el autor se refiere al
            estilo demasiado conceptuoso del autor de la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>, conseguido a
            costa de un estudio (<hi rend="i">i. e.</hi> «aplicación, maña, habilidad con que se
            hace algo», <hi rend="i">DRAE</hi>) tanto más infructuoso cuanto que no seduce. Para un
            muestrario de este estilo sutil hasta lo sibilino y un análisis de sus recursos
            (construcciones hiperbáticas, giros paralelísticos, oxímoros, estructuras plurimembres,
            las elisiones, etc.), véase el apartado «Estructura» de la edición del texto a cargo de
            Adrián Izquierdo. Si el estilo de la <hi rend="i">Vida menor</hi>, con ser difícil, no
            dejaba de tener cierta elegancia encandiladora, las adiciones de la <hi rend="i">Vida
              Hoces</hi> con respecto a aquella, que sigue a rajatabla, son tan confusas y
            desmañadas que llegamos a dudar de que sean de Paravicino. Véase la nota XXIX.</note>),
          en su <hi rend="i">Vida</hi> referidos, ni pasaron; y si pasar pudieron, difícil cosa de
            alcanzar<note place="bottom">Quizá el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> quiera
            decir que si los hechos referidos por el biógrafo de la <hi rend="i">Vida Hoces</hi>
            tuvieron lugar (aunque él los contradice), sería de todas formas difícil «alcanzar[lo]»,
            es decir, enterarse (véase la octava acepción de «alcanzar» en <hi rend="i">Aut.</hi>:
            «saber, entender, comprender»).</note>.</p>
        <p>Esta arenga<note rend="I" type="app"> Esta arenga, inculta <hi rend="i">E</hi> : Esta
            arenga, pues, inculta <hi rend="i">CS</hi>.</note>, inculta por clara, miseria de estos
          tiempos, conviene: a saber, que si no escribís y aun predicáis oscuro, no es culto, no
          sois crítico<note place="bottom">En la primera frase de este pasaje sibilino, tal como
            aparece en <hi rend="i">E</hi> y <hi rend="i">AA</hi>, el autor parece referirse a sus
            propias palabras : por ser inmediatamente inteligible y estar falta de fenómenos
            sintácticos o léxicos que entorpezcan la comprensión, su arenga — definiéndose dicha
            palabra como una «oración o razonamiento compuesto y estudiado» (<hi rend="i"
            >Aut.</hi>), se aplica perfectamente a su discurso —, será tachada de inculta, a tono
            con la moda literaria y oratoria vigente. Es una lástima — una «miseria», escribe — que
            solo lo oscuro parezca culto y que el que pisotee estos principios no podrá ser tenido
            por crítico, o sea un hombre juicioso o sabio, o, de forma un tanto tautológica, una
            «persona que habla o escribe con afectación, usando de frases y palabras oscuras y poco
            practicadas» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Lo que escribe el autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> no puede menos de traernos a la memoria uno de los reproches más
            machaconamente reiterado por los enemigos de la nueva poesía: la acusación de oscuridad
            (véase Lozano 1994: 81-101). No debe extrañar, sin embargo, que dicha descalificación se
            halle bajo la pluma de un defensor acérrimo de Góngora, primero porque la recriminación
            no va directamente dirigida a él aquí sino a Paravicino (véase la nota 161) y, sobre
            todo, porque sabemos de sobra que hasta los defensores de Góngora le advirtieron del
            vicio de una oscuridad excesiva: véanse por ejemplo <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1613_carta-valencia/"
              >1613_carta-valencia</ref> y <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer/"
              >1614_parecer</ref>. En este, esto es lo que escribe Fernández de Córdoba: «Culpa es y
            culpa antigua de algunos escritores afectar oscuridad».</note>. El escribir, empero,
          vaya: no le leéis, y si le leéis, quedáis de la misma calidad que no habiéndole leído,
          pero sermones cultos<note place="bottom">Si bien el adjetivo <hi rend="i">culto</hi> es
              <hi rend="i">a priori</hi> encomiástico como cuando Góngora escribe «culta sí, aunque
            bucólica, Talía» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.2"
              >OC255.2</ref>], en la época en que escribe el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>,
            se ha popularizado ya, bajo la influencia de los vituperadores de Góngora, «el culto»
            como personaje ridículo de ignorante y tonto que presume de elegancia y sabiduría con un
            estilo hinchado, una hojarasca inane. Véase lo que escribe por ejemplo Jáuregui: «No
            hablo aún de sus tinieblas, tan opuestas a lo perspicuo, que apenas se entiende
            claúsula. […] Ya veo que la ciega plebe se alarga hoy a llamar cultos los versos más
            broncos y menos entendidos: tanto puede con su lengua la rudeza» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poético/"
              >1624_discurso-poético</ref>). </note> (oscuros<note rend="I" type="app"> oscuro <hi
              rend="i">E</hi>. El adjetivo «oscuro», refiriéndose a los «sermones», debería estar en
            plural. Considerarlo como una especie de adverbio adjetival es una solución poco
            convincente y lo más probable es que se trate de un error de redacción o de
            copia.</note>, se entiende), que consiste su mayor cosa, el trabajo, los estudios, en
          que no los entienda el oyente. No es de burla el caso: que se les predica a las deidades
          humanas culto<note place="bottom">Las «deidades humanas» son los reyes, los miembros de la
            realeza y tal vez abarquen también a los grandes aristócratas: pese a que el orador
            — que remite aquí a todas luces a Paravicino — les predica con un estilo tan culto que
            no consiguen entender nada, no deja de granjearse su estimación. Nombrado predicador de
            su Majestad en diciembre 1617, poco después de haber obtenido la capellanía de honor
            (Cerdan 1978: 46), su oratoria, a pesar de las muchas censuras que le llovieron (véase
            la nota 161), fue muy apreciada por los cortesanos «a quien[es] tan de ordinario conduce
            a ser oyentes más el motivo de curiosidad que el de sacar de la plática algún cristiano
            aprovechamiento» (Suárez de Figueroa, citado por Alarcos Llorach 1937: 173). Dado que el
            sermón se asemejaba en cierto modo a un entretenimiento mundano cuya dimensión
            adoctrinadora pasaba a segundo plano, no debía de importarle mucho al público el no
            «entender palabra», después a continuación nuestro autor.</note>, queda el orador con
          estimación, y no se le ha entendido palabra<note place="bottom">Al censurar los «sermones
            cultos», el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> deja constancia de un fenómeno que se
            desarrolló a principios del siglo XVII, paralelamente a la eclosión del gongorismo e
            influido por él, que Cerdan llama la «emergencia del estilo culto en la oratoria del
            siglo XVII» (1993: 63). Si los gérmenes de dicha predicación culta ya se entreveían en
            los dos predicadores más renombrados de finales del siglo XVI, Fray Hernando de Santiago
            y Fray Pedro de Valderrama, cuando Paravicino aún era estudiante, el fenómeno se
            intensificó en los primeros dos decenios del siglo XVII, y aquel se convirtió en el
            «corifeo de la nueva oratoria “culta”» (1993: 64). Los ataques hacia este estilo
            enrevesado y hermético son los mismos que le hacen a Góngora: es así como el Conde de
            Salinas, en un soneto satírico titulado «a Fray Hortensio predicando / un sermón oscuro
            del sacramento», escribe con mucha ironía: «¡Oh cuánto bien, oh cuánto cultamente / (si
            culto llaman lo que no se alcanza) / critiquizó Hortensio la alabanza / del cuanto más
            oculto, más patente! // Aturdió con sus términos la gente» (1993: 64); estas palabras
            mordaces recuerdan las del <hi rend="i">Escrutinio</hi>: «[…] queda el orador con
            estimación, y no se le ha entendido palabra». La actitud del autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> y su andanada contra los sermones cultos y los predicadores reales
            solo son explicables si sabía que el trinitario era efectivamente quien escribió la <hi
              rend="i">Vida Hoces</hi>.</note>. Ninguna de ellas lo confiesa, porque a dos por tres
          le dirán que no es culto. Así ha de ser, pues, todo ministro: admire el sermón<note
            place="bottom">El sermón es aquí sujeto del verbo «admirar», o sea, que causa
            admiración.</note>, háyase entendido o no. [A]hora, pues, si el orador estampa los
          sudores cultos que predicó, a cuatro días que se los volváis, ni los entiende ni antes los
            entendió<note place="bottom">Si bien, como lo recuerda Rodríguez Garrido (2002:
            165-166), Paravicino había mostrado poco interés por llevar a las prensas sus sermones,
            cuyo ámbito natural era evidentemente el púlpito, y fueron sus compañeros del convento
            madrileño de la calle de Atocha quienes los publicaron de forma póstuma, entre 1636 — o
            sea después de la fecha presunta de nuestro <hi rend="i">Escrutinio</hi>: cf.
            «Cronología» — y 1641, basándose en los manuscritos autógrafos dejados por el
            trinitario, al fallecer este, en diciembre de 1633, ya circulaban impresos diez
            sermones. Aunque estos formaban un grupo aparte en su producción, nacidos fuera del
            ciclo litúrgico con motivo de acontecimientos palaciegos circunstanciales, lo que
            explicaría su inusual publicación, nada impide que el autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> se refiera a ellos. Sea lo que fuere, si bien debe de ser la figura
            de Paravicino, en cuanto autor muy probable de la <hi rend="i">Vida</hi> Hoces, la que
            motiva primero estos comentarios acres contra la oratoria sacra, su discurso dispara
            inductivamente sobre los predicadores como categoría genérica.</note>. Maréase y se
          ignora como el que mejor. Al fin, lector, toda esta mal taraceada<note place="bottom"
            >TARACEA: <hi rend="i">Aut.</hi> remite a ATARACEA, menos usado: «Adorno o disposición
            de una cosa de dos colores echados como a manchas con proporción y hermosura». Para
            incrustar las piezas de madera de diferentes colores que acaban formando dibujos, el que
            se dedica a la taracea tiene que seleccionarlas, recortarlas e insertarlas con mucha
            destreza para que se acoplen armoniosamente; de esta pericia careció precisamente el
            autor del libro, ya que tanto en la selección y combinación de los poemas, como en la de
            los datos relativos a la vida del poeta — pese a las pretensiones estilísticas de esta
            última, entre conceptuosa y altisonante, queriendo competir con la poesía, como lo
            hacían los sermones de Paravicino — falló, y compuso una obra digna de un mal artífice,
            de un mal taraceador. </note> armonía<note rend="I" type="app"> El largo fragmento que
            va desde «conviene a saber» hasta «mal taraceada armonía» falta en <hi rend="i">CS</hi>,
            de modo que el verbo «se resuelve» tiene como sujeto «esta arenga» — y no la «mal
            taraceada armonía», como ocurre en <hi rend="i">E</hi> —: «Esta arenga, pues, inculta
            por clara, miseria de estos tiempos, se resuelve solo en que el curioso sepa que eligió
            mal buenas noticias, así de las obras de don Luis, como de sus acciones » <hi rend="i"
              >CS</hi> : toda esta mal taraceada armonía se resuelve solo en que […] <hi rend="i"
              >E</hi>. Millé concluye, «dado lo ilógico del sentido y la facilidad de separarlo de
            lo restante del texto» (1932: 1246), que se trata de una interpolación de <hi rend="i"
              >E</hi>, afirmación de la que discrepa Carreira, según el cual este pasaje no carece
            de sentido sino que se refiere a la <hi rend="i">Vida menor</hi> de Paravicino. Más
            precisamente, las referencias a la oratoria sagrada solo se entienden si aceptamos la
            hipótesis — más que probable — de que Hortensio era efectivamente el autor de la <hi
              rend="i">Vida Hoces</hi>, una versión con interpolaciones de la <hi rend="i">Vida
              menor</hi> (véanse las conclusiones de Adrián Izquierdo al respecto: <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1633_vida_hoces/"
              >1633_vida_hoces</ref>), y que nuestro autor lo sabía o lo intuía (véase la nota 161).
            Si las interpolaciones de la <hi rend="i">Vida Hoces</hi> con respecto a la <hi rend="i"
              >Vida menor</hi> no son de Paravicino, de tan confusas y a veces incomprensibles,
            habría que suponer que son de alguien que remeda su estilo muy a conciencia pero
            torpemente. Sea lo que fuere, este fragmento tan estragado no es tan incomprensible como
            lo dice Millé y se puede relacionar, de una forma u otra, si no con el propio
            Paravicino, con uno de sus epígonos.</note> se resuelve solo en que el curioso sepa que
          eligió mal buenas noticias, así de las <pb n="f. 5r"/>obras de <persName
            key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName><note rend="I" type="app"> don
            Luis <hi rend="i">E</hi> : D. L. <hi rend="i">CS</hi>.</note>, como de sus acciones<note
            place="bottom">Como lo hemos apuntado anteriormente — véase la nota 115 —, el «curioso»
            parece referirse aquí a quien compuso la <hi rend="i">Vida</hi> de Góngora. En esta
            frase algo confusa, sigue hablando de la relación, no de la edición a la que pasará a
            continuación: por eso quiere advertir al «curioso» que Hoces «eligió mal buenas
            noticias» tanto de las acciones de don Luis como de sus composiciones, o sea que los
            datos verdaderos que va proporcionando a lo largo de su edición están mal elegidos y
            combinados — de ahí la metáfora de la «mala taracea» —, dando una imagen falsificada del
            hombre y de sus obras.</note>. Y los aficionados vean los errores<note rend="I"
            type="app"> vean los errores <hi rend="i">E</hi> : vean sus obras <hi rend="i"
            >AA.</hi></note> por mayor, que si bajásemos por menor a lo que cada verso tiene contra
          sí, del primer crisol necesita el volumen<note place="bottom">El autor de nuestro texto
            invita al lector a no fijarse en todos los errores que contiene la edición Hoces, la
            primera versión, la que salió del «primer crisol» — «vaso de cierta tierra arenisca, de
            la hechura y forma de un medio huevo, en que los plateros funden el oro y la plata, y
            los acendran y acrisolan», <hi rend="i">Aut.</hi> —, convirtiéndose la actividad
            editorial, merced a esta metáfora, en una <hi rend="i">ars mechanica</hi> parecida a la
            del orífice; las imperfecciones son tan numerosas, en efecto, que, de no contentarse con
            apuntar las más evidentes y visibles, el <hi rend="i">Escrutinio</hi> excedería con
            creces de su extensión actual y ocuparía todo el espacio del manuscrito en que se
            inserta. </note>.</p>
        <p/>
        <p>F.<note rend="I" type="app">
            <hi rend="i">E</hi>, contrariamente a <hi rend="i">CS</hi>, no menciona folios sino
            números. Nos parece más pertinente adoptar la terminología de <hi rend="i">CS</hi>, que
            permite localizar más fácilmente los poemas en la edición de Hoces. Los Millé hicieron
            la misma elección en su edición del texto (1932: 1309).</note> 2. Soneto 6, que
          dice:</p>
        <quote>
          <l>Sacro pastor de pueblos, que, en florida<note place="bottom">Góngora [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem179#l179.1"
                >OC179.1</ref>].</note></l>
        </quote>
        <p>Lo hizo don <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">Luis</persName><note
            rend="I" type="app"> don Luis <hi rend="i">E</hi> : D. L. <hi rend="i">CS</hi>.</note>
          al oratorio de don<note rend="I" type="app"> don Sancho Dávila <hi rend="i">E</hi> : D.
            Sancho Dávila <hi rend="i">CS</hi>.</note><persName key="Dávila Toledo, Sancho"
            precision="3" type="authority">Sancho Dávila</persName>, obispo de Jaén, insigne
          relicario de las más y mejores reliquias que tiene España<note place="bottom">Hoces, en su
            edición, escribía que ese soneto de Góngora estaba dirigido a don Antonio Venegas y
            Figueroa (1559-1614), que, después de doctorarse en derecho en Salamanca, ocupó
            sucesivamente varios cargos a lo largo de su vida (canónigo de Toledo, inquisidor en
            Granada, obispo de Pamplona y de Sigüenza, y gobernador del Consejo de Castilla). El
            verdadero destinatario del poema es efectivamente Sancho Dávila Toledo (1546-1625), que,
            además de su carrera eclesiástica en cuanto obispo, escribió varias obras, como la <hi
              rend="i">Vida de San Vidal</hi> (1601) o los <hi rend="i">Sermones</hi> (1615). El
            esmerado manuscrito Chacón (1628) no cometía tal error y precisaba lo siguiente: «trata
            de las reliquias de un oratorio de don Sancho» (1991: 9).</note>, y para él dirá bien el
          último verso del soneto así:</p>
        <quote>
          <l>Cielo de cuerpos, vestüario de almas.<note place="bottom">Góngora [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem179#l179.14"
                >OC179.14</ref>].</note></l>
        </quote>
        <p/>
        <p>F. 3. Soneto 15. Se hizo a la armada que pudiera llevar a los Marqueses de Ayamonte a
          México, no a la que los llevó, pues no fueron porque no aceptaron. Yerro leve<note
            place="bottom">El <hi rend="i">Escrutinio</hi> se refiere al soneto de 1607 [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem169#l169"
              >OC169</ref>] que forma parte de un grupo de composiciones en las que Góngora encomia
            a su protector y amigo, el marqués de Ayamonte. Si es verdad que se le ofreció a este el
            virreinato de México — tema al que Góngora dedicó el soneto [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem163#l163"
              >OC163</ref>] y la canción [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem165#l165"
              >OC165</ref>] —, Ayamonte desistió finalmente de ocupar este puesto «por no querer
            pasar allá la marquesa», según Cabrera de Córdoba (Jammes 1967: 277-278); es una
            decisión cauta que Góngora alaba en el soneto [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem164#l164"
              >OC164</ref>]. La referencia a «estos muros» de Ayamonte en el verso 11 del soneto que
            comentamos nos confirma que Góngora lo escribió durante su estancia en Lepe, en la
            primavera de 1607, o sea después de la renuncia al cargo mexicano por parte Deberíadel
            marqués. Para profundizar en el asunto, véanse Dámaso Alonso (1973: 9-24) y Ponce
            Cárdenas (2008, 2010).</note>.</p>
        <p/>
        <p>F. 8. Soneto 32, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Tú, cuyo ilustre, (entre una y otra almena<note place="bottom">Góngora [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem67"
                >O67</ref>].</note></l>
        </quote>
        <p>Se hizo a don <persName key="Manrique de Vargas, Luis" precision="3" type="authority"
            >Luis Manrique de Vargas</persName><note place="bottom">Sobre este poeta y mecenas
            toledano (1566-1591?), cuyo seudónimo artístico era Lisardo, uno de los creadores del
            romancero nuevo, véase A. Madroñal Durán (1993 y 1996). Después de su infancia en
            Toledo, este discípulo de Hurtado de Toledo, que fue su preceptor, formó parte, a partir
            de 1584, del círculo poético constituido por Lope de Vega, Pedro Liñán de Riaza, Juan
            Rufo o Miguel de Cervantes, y contribuyó con sus versos a ilustrar los preliminares de
            obras como <hi rend="i">La Austríada</hi> (1584) o <hi rend="i">La Galatea</hi> (1585).
            Fue miembro, y probablemente presidente, de la Academia literaria llamada la Imitatoria
            (1586), que frecuentaron también Cervantes y Lupercio Leonardo de Argensola. Autor del
            poemario religioso <hi rend="i">Christiados</hi> y estrechamente vinculado a otras
            figuras literarias de calado de la época, tales como Lasso de la Vega o López Maldonado,
            compone, junto con Belardo (Lope de Vega) y Riselo (Liñán de Riaza), el trío de la fama
            en el romancero pastoril. </note>, hijo del secretario Vargas<note place="bottom">Don
            Diego de Vargas, secretario para asuntos de Italia de Felipe II, caballero de la Orden
            de Calatrava muy rico e influyente, poseía un palacio magnífico en Toledo que podía
            competir con el propio Alcázar, en el que se instaló Felipe II a su paso por la villa
            (véase la nota 175). Murió a finales de 1576. Véase Madroñal Durán (1993:
            139-140).</note> y sucesor del palacio que labró en Toledo, obra insigne, y el <persName
            key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName><note rend="I" type="app"> El
              <hi rend="i">Escrutinio</hi> se interrumpe aquí en <hi rend="i">CS</hi>. Nótese que
            aquí, don Luis no se refiere a Góngora, sino a Manrique de Vargas.</note>, gran mecenas
          de los versos; y no ya, como dice el curioso, a don<note rend="I" type="app"> don <hi
              rend="i">E</hi> : D. <hi rend="i">AA.</hi></note>
          <persName key="Tamayo de Vargas, Tomás" type="polemist">Tomás Tamayo de
            Vargas</persName><note place="bottom">En su edición, Hoces, al reproducir este soneto,
            escribía en efecto lo siguiente: «A don Tomás Tamayo de Vargas, Coronista de su
            Majestad, exhortándole a la publicación y ilustración de las obras de Garcilaso, natural
            de Toledo, Príncipe de los poetas castellanos». Tomás Tamayo de Vargas (1589-1641),
            amigo de Lope de Vega, Cronista Mayor del Reino (1626), de las Indias (1634) y ministro
            de la Inquisición (1637), publicó entre otras cosas un comentario de las <hi rend="i"
              >Obras</hi> de Garcilaso (1632) y participó en la polémica gongorina (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_carta-tamayo/"
              >1614_carta-tamayo</ref> y <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_carta-gongora-tamayo/"
              >1614_carta-gongora-tamayo</ref>). Para una semblanza de esta figura, véase Sierra
            Matute (2009: 138-140). El manuscrito Chacón no se equivocaba de destinatario,
            precisando «A D. Luis de Vargas». Salcedo Coronel exponía el asunto del soneto de la
            forma siguiente: «Exhorta don Luis… a D. Luis de Vargas que tiene sus casas sobre los
            muros de Toledo, que miran a la vega, a que se ejercite en la profesión poética» (Orozco
            Díaz 2002: 140).</note>, que no tiene edificio tal en Toledo<note place="bottom">Véase
            el primer cuarteto del poema, que menciona dicho suntuoso palacio en Toledo en el que
            nació Luis de Vargas Manrique y que se convirtió en una especie de academia literaria
            hasta 1582, fecha en que se trasladó a Madrid (Madroñal Durán 1996: 397): «Tú, cuyo
            ilustre (entre una y otra almena / de la imperial ciudad) patrio edificio / al Tajo mira
            en su húmido ejercicio / pintar los campos y dorar la arena» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem67#l67.1-4"
              >OC67.1-4</ref>]. En este palacio de mirador y grandes torres representado por el
            Greco en sus lienzos (Madroñal Durán 1996: 397), se alojó Felipe II en 1587 y, según
            cuenta Luis Zapata, este habría dicho, en referencia a su pequeño secretario, «que era
            gran jaula para tan chico pájaro» (Orozco Díaz 2002: 140).</note>. Este yerro muda la
          forma casi del soneto.</p>
        <p/>
        <p>F. 37. Un soneto, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Una vida bestial de encantamientos<note rend="I" type="app"> encantamentos <hi rend="i"
                >E</hi> y <hi rend="i">AA</hi>. Si bien <hi rend="i">Aut.</hi> da como equivalentes
              los términos «encantamiento» y «encantamento», hoy en día la palabra «encantamento»
              — que todavía aparece en el <hi rend="i">DRAE</hi> — ha desaparecido en beneficio de
              «encantamiento».</note>,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">¿cómo puede ser de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don
            Luis</persName>? ¿Quién lo ha de creer?<note place="bottom">Hoces lo incluía en su
            edición, calificándolo de «soneto burlesco». Este poema cuya autoría nos sigue siendo
            desconocida hace un retrato demoledor de la Villa y Corte: «damas parleras, cambios,
            embajadas, / caras posadas, trato fraudulento; / mentiras arbitreras, abogados, /
            clérigos sobre mulas, como mulos; / embustes, calles sucias, lodo eterno; / […] esto es
            Madrid, mejor dijera infierno» (Santos 1973: XLVIII), lo que no deja de recordar algunos
            versos no menos hirientes y ácidos de Góngora contra la ciudad. No obstante, y esto es
            el principal argumento para rechazar la atribución, este poema (que no está en el ms.
            Chacón) habría sido un remedo en peor de otro soneto suyo muy imitado, «Grandes, más que
            elefantes y que abadas» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem69#l69"
              >OC69</ref>]. Como lo analiza José Lara Garrido en un excelente artículo (1994), este
            soneto — así como «Grandes por mil maneras cuatrocientos», otro de los numerosos que lo
            contrahace —, recalando en la tradición de las <hi rend="i">pasquinate</hi> aretinianas,
            constituye una serie analógica de unidades caóticas, una enumeración arbitraria,
            inconexa y sin compacidad, de los madrileños, lejos de la organización elocutiva cerrada
            y ordenada, caracterizada por una suma equilibrada de términos, que singulariza el
            soneto de Góngora; este refrenda la teoría renacentista del soneto como silogismo ya
            perfilado por Franceso Berni en sus sonetos burlescos, pero profundiza en ella y la
            perfecciona. Nuestro poema no consigue, pues, al revés del soneto anónimo «Un santo
            padre electo a mojicones», imitación lograda del mismo soneto «Grandes, más que
            elefantes y que abadas» al que Lara Garrido dedica su trabajo, armonizar lo que es un
            soneto-catálogo con las exigencias de <hi rend="i">coacervatio</hi> donde cada miembro
            de la acumulación está sujeto al movimiento conceptual del poema, y no se confunden
            fondo y forma, no teniendo por qué acarrear el caos madrileño descrito en el poema una
            desestructuración del mismo. Esta falsa atribución tuvo una vida larga, ya que, por
            ejemplo, aún en 1821, una edición de <hi rend="i">Poesías escogidas de D. Francisco de
              Quevedo y de D. Luis de Góngora</hi> (París, librería de T. Barrios hijo) recogía este
            soneto.</note></p>
        <p/>
        <p>F. 38. Un soneto, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Rebelde y pertinaz entendimiento,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">ni es ni puede ser suyo<note place="bottom">Hoces lo atribuía
            equivocadamente a Góngora, calificándolo de «soneto sacro» y titulándolo «Al Santísimo
            sacramento». No se sabe quién es su autor.</note>.</p>
        <p/>
        <p>F. 54. Una octava, que dice:</p>
        <quote>
          <l>En sola su confusa montería</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">es de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don
            Luis</persName>, y está en el pedazo de la <hi rend="i">Comedia Venatoria</hi><note
            place="bottom">Lo que corresponde a la cuarta y última octava (versos 84-91) del
            parlamento de Silvio en la <hi rend="i">Comedia Venatoria</hi> (véase <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_comediavenatoria/"
              >gongora_comediavenatoria</ref>) de Góngora se publica, en la edición de Hoces, como
            una pieza independiente, engastada entre una octava fúnebre y una octava sacra. Lo mismo
            hacía Vicuña en su edición de 1627 (1963: 52).</note>. Excusado fuera duplicarla aquí.
          Es o del curioso <pb n="f. 5v"/>o de la imprenta el yerro, pero todo desluce el
          volumen.</p>
        <p/>
        <p>F. 67. Una décima, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Mentidero de Madrid.<note rend="I" type="app"> Alguien escribió en el margen izquierdo
              del ms. <hi rend="i">AA</hi> «Pues es».</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">¿cómo puede ser suya, por mala, y porque no habla bien de <persName
            key="Tassis y Peralta, Juan de" type="authority" precision="3"
            >Villamediana</persName>?<note place="bottom">Hoces la atribuía a Góngora, explicitando
            que se hizo «A la muerte violenta que le dieron al Conde de Villamediana sin saber
            quién». Como señala Carreira, este célebre epitafio, ya impreso en las ediciones
            antiguas, es atribuido a Góngora en muchos manuscritos tales como Iriarte, B, Bl, F, H,
            J, K, L, PM, PR, Q, RM1, RM2, W, etc., mientras que otros lo atribuyeron a Lope (1994:
            362-363). Chacón, al igual que el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, desechó este
            poema de su recopilación, pero esta falsa atribución perduró mucho tiempo: Linares
            García lo incluye por ejemplo en sus <hi rend="i">Cartas y poesías inéditas de don Luis
              de Góngora</hi> (1892: 112), equivocándose además en cuanto a lo inédito de la
            composición. Pero como escribe Artigas (1925: 180-182), más allá de la autoridad de los
            manuscritos, inclina a no considerar de Góngora estos versos el que fuera amigo del
            conde de Villamediana y nunca hubiera hablado mal de él, y aún menos después de su
            trágica muerte, que le dolió mucho; he aquí lo que escribe a Cristóbal de Heredia en una
            carta del 23 de agosto de 1622: «Mi desgracia ha llegado a lo sumo con la muerte de
            nuestro Conde de Villamediana» (2000: 427-428). El autor del <hi rend="i"
              >Escrutinio</hi> tiende por lo demás a subrayar la dignidad de Góngora y su bondad,
            maltratadas por sus editores. Pedro Conde Parrado nos sugiere que, en esta décima, a lo
            mejor el ataque no va dirigido a Villamediana, sino, al contrario, al poderoso — al que
            se referiría los últimos tres versos: «La verdad del caso ha sido, / que el matador fue
            Bellido, / y el impulso soberano.» — que podría haber ordenado el asesinato del Conde.
            No sería de extrañar que un Góngora indignado propalara esos versos que se hacían eco de
            esta hipótesis, pero, claro está, sin poder confesar la autoría, ni permitir que se
            incluyeran en un códice que iba dedicado a Olivares. Sobre las circunstancias de la
            muerte de Villamediana en la calle Mayor de Madrid el 21 de agosto de 1622, y los
            epitafios que los poetas contemporáneos — entre los cuales descuellan esta décima y
            piezas de Lope de Vega, de Quevedo o de Jáuregui — hicieron a su muerte, véase L.
            Rosales (1964). El autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> le atribuye después a Góngora
            otro epitafio a Villamediana (véase la nota <ref target="#ref210" xml:id="ref179"
              >210).</ref></note> Ignorancia crasa.</p>
        <p/>
        <p>F. 67. Una letrilla, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Arroyo, ¿en qué ha de parar<note place="bottom">Esta letrilla, que no está en el ms.
              Chacón probablemente por su carácter satírico personal, es indiscutiblemente de
              Góngora, según Jammes (1994: xviii), ya que muchos manuscritos fidedignos se la
              atribuyen — A, AA, B, E, F, I, NB, PR, RM, RMM en particular. Es de autenticidad
              probable, según Carreira [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem447#l447.1"
                >OC447.1</ref>]. </note><note rend="I" type="app"> En el margen derecho del ms. <hi
                rend="i">AA</hi>, alguien escribió «véase Salcedo Coronel 697». En el segundo tomo
              de las <hi rend="i">Obras de don Luis de Góngora comentadas</hi>, después del soneto
              «No más moralidades de corrientes», he aquí lo se puede leer: «[e]stuvo preso don
              Luis, por haber compuesto una letra que comienza “Arroyo, ¿en qué ha de parar”, etc. Y
              habiendo salido de la prisión, escribió este soneto, en que propone escarmentado
              retirarse de todos, sin tratar de escribir nada de que le pudiere resultar daño,
              juzgando a locura hacer otra cosa» (1644: 697).</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">se hizo a don Rodrigo Calderón, en su mayor privanza, y no a fulano de
          Arroyo, como dice el curioso<note place="bottom">En la categoría de las letrillas
            burlescas de Góngora, Hoces indicaba que esta poesía se había hecho «A un fulano de
            arroyo». Jammes le quita toda verosimilitud a la hipótesis lanzada por algunos críticos
            según la cual en este poema Góngora aludiría, de forma afrentosa, a la familia del poeta
            Luis Carrillo de Sotomayor, su contrincante presunto, y le parece menos descabellada la
            hipótesis del <hi rend="i">Escrutinio</hi> según la cual nuestro poeta atacaría a
            Rodrigo Calderón y su pretensión de hacerse pasar por hijo natural del duque de Alba,
            tanto más cuanto que aún no era el protector de Góngora en aquel entonces. Coronel
            asegura que lo encarcelaron por esta composición — véase nota anterior — mientras que
            otros manuscritos, sin mencionar ningún encarcelamiento, dejan constancia de las
            ampollas que levantó este poema. Fue escrito en 1612 según Jammes (1963: 150-152), lo
            que discute Carreira (1994: 240), para quien debe de ser anterior, dado que ya circulaba
            en esta fecha una imitación de José de Valdivielso en un poema de su Romancero
            espiritual. Rodrigo Calderón (1576-1621), militar de mediana nobleza nacido en Amberes,
            destacó especialmente por su ascensión política vertiginosa: se convirtió en hombre de
            confianza del duque de Lerma en 1598 y secretario del recién llegado al solio Felipe
            III, y obtuvo el marquesado de Siete Iglesias en 1614. Su caída fue tan estrepitosa y
            rápida como su encumbramiento: al caer en desgracia su protector, fue procesado y
            degollado en octubre de 1621, lo que dio pie a un gran número de epitafios entre los
            cuales sobresalen los de Quevedo, Lope, Paravicino y el del propio Góngora [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem364#l364"
              >OC364</ref>]. Sobre este personaje histórico, véase Martínez Hernández (2009), y
            sobre la impronta que dejó en el imaginario colectivo y en la literatura de aquel
            entonces, véase Diallo (2009).</note>, si ya no es beatería<note place="bottom"
            >Designando el término <hi rend="i">beatería</hi> «la acción ridícula, y tal vez mala,
            ejecutada por las que afectan recogimiento y virtud disimuladamente y con hipocresía»
              (<hi rend="i">Aut.</hi>), el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> considera posible
            que el «curioso» finja no entender contra quién está escrita la letrilla, por no
            comprometerse con los grandes.</note> por no declarar el sujeto.</p>
        <p/>
        <p>F. 110. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Temo tanto los serenos,<note place="bottom">Góngora [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem110#l110.1"
                >OC110.1</ref>].</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">se hizo (¡atención!) a don Pedro Venegas de Figueroa<note rend="I"
            type="app"> don Pedro Venegas de Figueroa <hi rend="i">E</hi> : don Pedro de Venegas de
            Figueroa <hi rend="i">AA.</hi></note>, gran cortesano, estando en Córdoba huésped del
          Conde de Luque, donde a una alcoba concurría don<note rend="I" type="app"> don <hi
              rend="i">E</hi> : d. <hi rend="i">AA.</hi></note>
          <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">Luis</persName> a jugar<note
            place="bottom">Sobre la afición de Góngora al juego y los naipes, véase Artigas (1925:
            40-43). Da fe de este hábito, al que dicho biógrafo achaca parte de las penurias que
            sufrió Góngora especialmente a finales de su vida, el que las alusiones al juego
            proliferen en su poesía y su correspondencia. Esto dio pasto a la vena satírica de
            Quevedo: «Tantos años y tantos todo el día; / menos hombre, más Dios, Góngora hermano. /
            No altar, garito sí; poco cristiano, / mucho tahúr; no clérigo, sí arpía. // Alzar, no a
            Dios, ¡extraña clerecía!, / misal apenas, naipe cotidiano» (Blecua 1996: 607). El
            manuscrito Chacón indicaba, como el <hi rend="i">Escrutinio</hi>, que se había hecho «a
            don Pedro Venegas, a cuya casa iba a jugar algunos días». Lo que escribe Jammes acerca
            del soneto «En villa humilde sí, no en vida ociosa» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem289#l289"
              >OC289</ref>], dirigido a Juan de Villegas, alcalde mayor de Luque por don Egas
            Venegas, aclara este fragmento: «<hi rend="i">La ville de Luque </hi>[…]<hi rend="i">
              appartenait à don Egas Venegas y Figueroa. Il lui arrivait d’héberger, venant de
              Madrid, son parent don Pedro (Venegas y Figueroa comme lui), “</hi>gran cortesano<hi
              rend="i">” selon l’</hi>Escrutinio<hi rend="i">, et passionné de jeu: dans sa chambre
              transformée en tripot, don Pedro recevait un cercle de partenaires, parmi lesquels don
              Luis; le </hi> romance “Temo tanto los serenos” <hi rend="i"> de 1596</hi> […] <hi
              rend="i">évoque en termes pittoresques l’ambiance un peu chaude de ces réunions</hi>»
            (2009: 85).</note>. Para el sujeto es excelente el romance, y para don<note rend="I"
            type="app"> don <hi rend="i">E</hi> : d. <hi rend="i">AA.</hi></note>
          <persName key="Cárdenas y Angulo, Pedro de" precision="3" type="authority">Pedro de
            Cárdenas y Angulo</persName> (a quien se lo ahíja el curioso<note place="bottom">Hoces
            indicó, efectivamente, que este poema se había hecho a «A don Pedro de Cárdenas y
            Angulo, un caballero de Córdoba». A este poeta, caballero del hábito de Santiago y
            veinticuatro de Córdoba, Góngora, en la primavera de 1613, confía una primera versión
            del <hi rend="i">Polifemo</hi> y de la <hi rend="i">Soledad</hi> primera, junto con una
            carta (hoy perdida), para que la entregue a Pedro de Valencia (Roses 1992: 97). Le manda
            Martínez de Portichuelo su <hi rend="i">Apología a favor de don Luis de Góngora,
              archipoeta español, contra el licenciado Francisco de Navarrete</hi> (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1627_apologia/"
              >1627_apologia</ref>). Autor de un manuscrito de <hi rend="i">Poesías</hi>, activo en
            numerosas justas poéticas, mecenas y editor de Góngora, este le dedica un soneto [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem268#l268"
              >OC268</ref>] (Cruz Casado 2000: 285). Sobre la biografía de Pedro de Cárdenas y
            Angulo, véanse Dámaso Alonso (1956), Serís (1960), Valverde Madrid y Moreno Manzano
            (1995) y Cruz Casado (1995).</note>), muy disforme, y aun fuera malo el romance.</p>
        <p/>
        <p>F. 116. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>En la pedregosa orilla<note place="bottom">Góngora [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem27#l27.1"
                >OC27.1</ref>].</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">por ningún caso lo hizo a su hermano<note place="bottom">Hoces indicaba,
            así como el ms. <hi rend="i">V</hi>, que se había hecho «[a] un hermano del Autor», o
            sea a don Juan de Góngora y de Argote (1568-1616), al que menciona explícitamente a
            continuación (véase la nota 208). El ms. <hi rend="i">AP</hi> decía lo siguiente: «Por
            el mismo D. Juan de Góngora y sus celos». El ms. <hi rend="i">R</hi> escribía que se
            había hecho a «cierto mancebo llamado (por mal nombre) Galaio, hombre muy tosco y mal
            entendido». Véase Carreira (1998a: 245).</note>, ni más origen tuvo que la fantasía.</p>
        <p/>
        <p>F. 125. Un romance, que dice<note rend="I" type="app"> Todo el fragmento relativo al
            romance «Labrando estaba Artemisa» — desde «F. 125» hasta «de espíritu tan elevado» — no
            está en el ms. <hi rend="i">AA</hi>.</note>:</p>
        <quote>
          <l>Labrando estaba Artemisa</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">ni es suyo ni debe ser cosa tal de espíritu tan elevado<note
            place="bottom">Se lo atribuían a Góngora los manuscritos <hi rend="i">AP, J, QH, W</hi>
            y, aparte de Hoces, los impresos <hi rend="i">dp</hi> y <hi rend="i">rt</hi>,
            probablemente por su parecido temático con el soneto «Diez años vivió Belerma» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem28#l28"
              >OC28</ref>]. La atribución a Antonio de Paredes se debió a una mala lectura por parte
            de Aldolfo de Castro de un comentario de Fernández-Guerra y carece de fundamentos
            (Carreira 1998d). Como en otros casos, el autor se contenta con afirmar que este poema
            no está a la altura del talento de Góngora, sin justificarlo.</note>.</p>
        <p/>
        <p>F. 125. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>La que Persia vio en sus montes,<note rend="I" type="app"> Alguien puso en el margen
              derecho del ms. <hi rend="i">AA</hi> una cruz y una especie de línea vertical que
              abarca todo que dice el autor sobre dicho romance.</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">¡cuidado, por amor de Dios! No es de <persName key="Góngora, Luis de"
            type="polemist">don Luis</persName> este romance, aunque es gallardo y valiente imitador
            suyo<note place="bottom">Así como los mss. <hi rend="i">AP, J</hi> y <hi rend="i"
            >W</hi>, Hoces y la edición barcelonesa de las <hi rend="i">Delicias del Parnaso</hi>
            (1634) lo atribuían a Góngora, calificándolo de «amoroso». Véase Carreira (1998d:
            522).</note>. Es de don <persName key="Paredes, Antonio de" precision="3"
            type="authority">Antonio de Paredes</persName><note place="bottom">Mencionado por
            Cervantes en su <hi rend="i">Viaje del Parnaso</hi>, Antonio de Paredes (<hi rend="i"
              >c.</hi>1595-<hi rend="i">c.</hi>1622) es un poeta culto extremeño de linaje
            aristocrático, autor de las <hi rend="i">Rimas</hi> (publicada en 1622 en Córdoba), que
            formaba parte del círculo de amigos de don Luis en Córdoba (Cruz Casado 2004: 149).
            Escribió un soneto apologético titulado <hi rend="i">Al licenciado Pedro Díaz de Rivas,
              en la defensa de las Soledades y Polifemo</hi>. Véase Ponce Cárdenas (RAH 2009:
            88).</note>, divino ingenio, y que pudiera, si viviera, seguir a <persName
            key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName>, y como suyo está <pb
            n="f. 6r"/>impreso en sus obras.</p>
        <p/>
        <p>F. 126. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Conocidos mis deseos.</l>
        </quote>
        <p>No nos cansemos, que no es suyo<note place="bottom">Carreira (1998d: 225) encasilla este
            romance en la categoría de los «de atribución menos fundada», no datable en vida de
            Góngora. Los mss. <hi rend="i">J, W</hi>, la edición de las <hi rend="i">Delicias del
              Parnaso</hi> (1634) y la Hoces lo atribuían al poeta cordobés. Recogido en <hi
              rend="i">Primavera y flor de los mejores romances</hi> (Sevilla 1637), sin atribución,
            no se sabe quién es su autor.</note>.</p>
        <p/>
        <p>F. 128. Un romance que dice:</p>
        <quote>
          <l>En la beldad de Jacinta,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">si dijo <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don
            Luis</persName> que era suyo, digámosle que se engañó<note place="bottom">Atribuido a
            Góngora en los mss. <hi rend="i">Aj, AP, J, UC266</hi> y <hi rend="i">W</hi>, y en las
            ediciones de Hoces — calificándolo este de poema «amoroso» — y de las <hi rend="i"
              >Delicias del Parnaso</hi> (1634), Carreira (1996: 37-39 y 1998d: 519) fundamenta su
            hipótesis según la cual el <hi rend="i">Escrutinio</hi> fue escrito por Pérez de Ribas
            en el que dicho romance sea composición suya, lo que explicaría su reacción. Está en el
            ms. 6935 de la RAE (f. 55v), que recoge las obras de Pérez de Ribas, con muchas
            variantes, en una versión mucho más limada que la que propone Hoces, llena de
            repeticiones pesadas. No se sabe cuándo Hoces adquirió este poema pensando que se
            trataba de uno de Góngora ni tampoco cuándo y cómo se modificó con respecto a la versión
            original tal como aparece en el susodicho manuscrito. Véase «Autor». </note>.</p>
        <p/>
        <p>F. 130. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Porque corre a despeñarse,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">en conformidad, digamos que no es suyo<note place="bottom">Atribuido a
            Góngora en los mss. <hi rend="i">J, V, W</hi> y en las ediciones de Hoces y de las <hi
              rend="i">Delicias del Parnaso</hi> (1634), así interpreta Carreira (1998d: 293) la
            expresión «En conformidad, digamos que no es suyo»: «podría entenderse que este romance
            y el anterior (el apócrifo “En la beldad de Jacinta”) son del mismo autor, quien […] lo
            es también del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, a saber el licenciado José Pérez de Ribas
            […]. Sin embargo, puede significar sin más que el presente romance, igual que aquel, no
            pertenece a Góngora».</note>.</p>
        <p/>
        <p>F. 132. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Recibí vuestro billete,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">¡ama, al corral con él, como con los libros de don<note rend="I"
            type="app"> don <hi rend="i">E</hi> : d. <hi rend="i">AA.</hi></note> Quijote!<note
            place="bottom">Para estas referencias a <hi rend="i">Don Quijote de la Mancha</hi>,
            véase «Introducción». Anterior a 1605 según Carreira (1998c: 591), este romance le fue
            atribuido a Góngora en los mss. <hi rend="i">G, PM</hi> — «A un papel de una señora que
            le pedía cierta cantidad a don Luis» —, <hi rend="i">W, Y</hi> — «en que responde don
            Luis a un billete enviándole a pedir cierta señora treinta escudos» — y en las ediciones
            de Hoces, de las <hi rend="i">Delicias del Parnaso</hi> (1634) y de las <hi rend="i"
              >Poesías escogidas de D. Luis de Góngora</hi> de L. Ramírez y Las Casas-Deza (1841).
            Figuraba sin atribución en los mss. <hi rend="i">HS84</hi> y <hi rend="i">Mé</hi> y en
            la <hi rend="i">Segunda parte del Romancero general</hi> de 1605 mientras que el <hi
              rend="i">Ramillete de flores</hi> se lo adscribió equivocadamente a Liñán (véase la
            nota 198). </note></p>
        <p/>
        <p>F. 132. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Mil años ha que no canto<note rend="I" type="app"> Alguien puso en el margen izquierdo
              del ms. <hi rend="i">AA</hi> una cruz y una especie de línea vertical que abarca todo
              que dice el autor sobre dicho romance.</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">¡vaya, ama, al corral!<note place="bottom">Véase «Introducción».</note>
          Perdone el curioso, que este romance, aunque más crecido que cuando nació, es de las
          niñerías de <persName key="Vega, Lope de" type="polemist">Lope de Vega</persName> (de los
          principios se dice, no se le tuerza el sentido<note place="bottom">Con esta frase algo
            maliciosa, el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> quiere decir que empleó el término
            «niñerías» — más bien peyorativo — tan solo para referirse ingenuamente a la producción
            juvenil de Lope y no a sus obras ni, sobre todo, a sus muy dudosas actuaciones y
            actitudes, sobre todo en el terreno amoroso, que tanto escándalo causaron durante gran
            parte de su vida. Esta composición cuya adscripción a Liñán de Riaza — véase la nota 198
            —, en el <hi rend="i">Ramillete de flores</hi>, cuarta parte de <hi rend="i">Flores de
              romances</hi> recopilado por Pedro de Flores (1593, Lisboa), es errónea (Carreño 1998:
            50), es de Lope. En el <hi rend="i">Romancero general</hi> de 1604, dos romances tienen
            el mismo íncipit (f. 47 y f. 111v): de ellos, suele considerarse obra de Lope el
            primero, pero el impreso en Hoces es el segundo; podría ser que el autor del <hi
              rend="i">Escrutinio</hi> los confundiera. Este romance, por las alusiones que contiene
            a los tres años de destierro que lleva Lope (Madroñal Durán 1997: 107), podría fecharse
            en 1591 y considerarse efectivamente de juventud.</note>), y no de <persName
            key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName>.</p>
        <p/>
        <p>F. 134. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Así cantaba Riselo<note rend="I" type="app"> Al igual que en el poema anterior, alguien
              puso en el margen izquierdo del ms. <hi rend="i">AA</hi> una cruz con una raya
              vertical que abarca todo lo que dice el autor sobre dicho romance.</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">no es de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don
            Luis</persName><note place="bottom">Según Carreira (1998d: 515), este romance le fue
            atribuido a Góngora en las ediciones de Hoces y de <hi rend="i">Delicias del
              Parnaso</hi> (1634), de donde pasaría a los mss. <hi rend="i">AP, J, RT</hi> y <hi
              rend="i">W</hi>, aunque el primer verso mencionado por el <hi rend="i">Escrutinio</hi>
            introduce una anástrofe — «Así cantaba Riselo» — con respecto a la versión de estos
            testimonios manuscritos e impresos — «Así Riselo cantaba».</note>, sino de <persName
            key="Liñán de Riaza, Pedro" precision="3" type="authority">Pedro de Liñán
            Arriaza</persName><note place="bottom">Atribuido a Pedro Liñán de Riaza — cuyo apellido
            es Liñán de Riaza y no Liñán de Arriaza como lo escribe el <hi rend="i"
            >Escrutinio</hi> —, este poema está en el ms. <hi rend="i">LR</hi> (Carreira 1998d :
            515) — con un primer verso distinto : «A solas canta Riselo» —, en el ms. 17.556 de la
            BNM y, en una versión más breve, en la cuarta parte de <hi rend="i">Flor de
              romances</hi> (Burgos, 1592) (Randolph: 201). Este poeta, que compuso por lo demás
            varios poemas acerca de la figura de Riselo, debió de nacer en Toledo — aunque también
            se han barajado Zaragoza, Calatayud y Villel de Mesa como lugares de nacimiento
            potenciales — antes de 1560, entre 1555 y 1557 muy probablemente. Estudiante en
            Salamanca, donde tardó nueve años en bachillerarse (1573-1582), sus primeras
            composiciones aparecen en el <hi rend="i">Cancionero de López Maldonado</hi> (Madrid,
            1586), en <hi rend="i">Grandezas y Excelencias de la Virgen</hi> (Madrid, 1587) de Pedro
            de Padilla y en <hi rend="i">Filosofía cortesana</hi> de Alonso de Barros (Madrid,
            1587). Amigo de Lope de Vega y posible afiliado a la zaragozana <hi rend="i">Academia de
              los Anhelantes</hi>, Liñán, quien se ordenó sacerdote en 1601, fue sucesivamente
            secretario del marqués de Camarasa y de las Guardias Españolas (1598-1604), secretario
            del duque de Maqueda y capellán mayor de Torrijos (1605). Falleció el 15 de julio de
            1607. Muy apreciado por sus contemporáneos — Cervantes lo elogió por ejemplo en su <hi
              rend="i">Canto de Calíope</hi> (<hi rend="i">Galatea</hi>, 1585), Vicente Espinel en
            un poema de sus <hi rend="i">Diversas Rimas</hi> de 1591 y Lope en su <hi rend="i"
              >Jerusalén conquistada</hi> de 1609 y en muchas otras obras —, sobresalió
            especialmente como uno de los principales creadores del <hi rend="i">romancero
              nuevo</hi> con composiciones pastoriles, moriscas y burlescas. Tomamos todos estos
            datos de Embún (1876: 11-21) y Randolph (1982: 11-34). Antonio Sánchez Portero (2011),
            descartando el que sea toledano, intenta demostrar que Liñán de Riaza es el autor
            aragonés — bilbilitano precisamente — del <hi rend="i">Don Quijote</hi> apócrifo
            atribuido a Avellaneda: al morir en 1607, Lope de Vega y Luis de Aliaga habrían
            terminado la obra, que sale a luz en 1614. Véase Heredia Mantis (2015). Notemos que el
            soneto que comentamos no es el único de Liñán — o supuestamente de Liñán — que fue
            atribuido a Góngora: el que empieza por «No sé qué escriba a vuestra señoría» fue
            incluido equivocadamente por Hoces en su edición de 1633 de las obras completas de
            Góngora y por Ximénez de Embún en sus <hi rend="i">Rimas de Pedro Liñán de Riaza</hi>
            (1876), aunque descartado después por Randolph (1984: 114). Es un ejemplo emblemático
            del juego de atribuciones y desatribuciones al que dio lugar la difusión manuscrita de
            la poesía de aquella época (véase «Estructura»).</note>, florido ingenio.</p>
        <p/>
        <p>F. 134. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>¡Ah, mis señores poetas!</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">¿posible es que haya quien pueda presumir que este romance es de don<note
            rend="I" type="app"> don <hi rend="i">E</hi> : d. <hi rend="i">AA.</hi></note>
          <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">Luis</persName>, habiendo conocido alguno
          de sus versos?<note place="bottom">Sobre los problemas de atribución de este poema, véanse
            Millé (1932: 1188) y Carrasco Urgoiti (1986: 122-123). Esta composición, que ya aparecía
            en la <hi rend="i">Quarta y Quinta parte de Flor de romances</hi> compilada por S. Vélez
            de Guevara (Burgos, 1592) y en la quinta parte del <hi rend="i">Romancero general</hi>
            (1600), fue atribuida a Góngora por Hoces — y calificada de «burlesca» — y las <hi
              rend="i">Delicias del Parnaso</hi>, en la línea de fuentes manuscritas del siglo XVII
              (<hi rend="i">AP, J, W</hi>). El ms. <hi rend="i">LR</hi> lo adscribió erróneamente a
            Lope de Vega. Los Millé lo incluyeron en la lista de los romances atribuibles a Góngora
            (1932: 263-266) por parecerles que el <hi rend="i">Escrutinio</hi> lo rechazaba por el
            motivo discutible de su escasa calidad artística: «[p]ero su valor no es inferior al de
            otros, indudablemente auténticos» (1932: 1188). J. Millé, por otra parte, hace de este
            romance una pieza clave en la historia de las relaciones entre Lope de Vega y Góngora
            (1930: 61-64), sosteniendo que Lope le habría replicado en «¿Qué se me da a mí que el
            mundo», impreso en la <hi rend="i">Flor oncena</hi> (1603). Jammes (1967: 137 y 461-465)
            rebate tal atribución, constituyendo este poema una reacción nacionalista contra la moda
            de los romances moriscos diametralmente opuesta a la actitud de Góngora al respecto.
            Carreira (1998c: 231) cree que este romance ha de ser de Gabriel Lobo Lasso de la Vega,
            aunque no aparece impreso en ninguna de sus obras.</note> ¡Ama, aún más allá del corral
          vaya!</p>
        <p/>
        <p>F. 134. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>De Amor con intercadencias,<note rend="I" type="app"> En el margen derecho del ms. <hi
                rend="i">AA</hi>, alguien escribió, acerca de esta composición, «no está en la
              edición de Zaragoza ni en la de Bruselas».</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">es muy bueno, pero no de don<note rend="I" type="app"> don <hi rend="i"
              >E</hi> : d. <hi rend="i">AA.</hi></note>
          <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">Luis</persName>. Es, pues, señor curioso,
          de <persName key="Salinas y Castro, Juan de" precision="3" type="authority">Juan de
            Salinas</persName>, canónigo que fue de Segovia; <pb n="f. 6v"/>quizá lo conocerá por
          canónigo, ya que por poeta no lo ha conocido<note place="bottom">Este romance, atribuido
            equivocadamente a Góngora por Hoces — calificándolo de «burlesco» — y en las <hi
              rend="i">Delicias del Parnaso</hi>, de donde habrá pasado a los mss. <hi rend="i">AP,
              J, PM</hi> y <hi rend="i">RT</hi>, es de Juan de Salinas y Castro (1562-1643), poeta
            sevillano y tío del antigongorino Jáuregui. Después de haber estudiado humanidades en
            Logroño y en Salamanca, donde se graduó de doctor, consiguió una canonjía en Segovia.
            Los romances que se recogen en <hi rend="i">Flores de poetas ilustres</hi> (1605) y en
            el <hi rend="i">Romancero general</hi> (1600) pertenecen todos a la primera etapa de su
            obra, la cual se concluyó al instalarse el poeta en Sevilla en 1595, donde ocupó el
            cargo de administrador del Hospital de San Cosme. Formó parte del grupo de los más
            destacados iniciadores del <hi rend="i">romancero nuevo</hi>, sobresaliendo
            especialmente por su afición a la sátira. Si bien no abandonó nunca los géneros y las
            formas de su juventud, la poesía de su madurez tocó temas más profundos y se caracterizó
            por cierta austeridad religiosa, la dimensión moral de sus sátiras, la elegancia de la
            expresión y la adopción del metro italiano. Véanse Bonneville (1987: 9-31) y Martínez
            Hernández (RAH 2012: 318). Al ver que Hoces le había arrebatado este romance mencionado
            en el <hi rend="i">Escrutinio</hi>, compuso unas décimas en las que juega con su nombre,
            valiéndose de una antonomasia: «Delito a mis ojos es, / no de los menos atroces, /
            entrarse violentas Hoces / en ajena y pobre mies» (Carreira 1996: 37). Varias obras de
            Salinas fueron atribuidas a Góngora, Cervantes o Lope de Vega: es, pues, el caso de
            dicho romance que fue elogiado por J. J. López de Sedano, en su <hi rend="i">Parnaso
              Español</hi> (1768-1779), creyendo que era de Góngora. Para la lista de las fuentes
            manuscritas de este poema, probablemente uno de los últimos romances que Salinas
            escribió en Segovia, véase Bonneville (1987: 202).</note>, y crea que hizo lo que hizo
          de lo primero de nuestros tiempos.</p>
        <p/>
        <p>F. 135. Una octava, que dice:</p>
        <quote>
          <l>El pelícano rompe el duro pecho,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">se puede afirmar que no es de <persName key="Góngora, Luis de"
            type="polemist">don Luis</persName> muy bien, sin cargo de conciencia<note
            place="bottom">Hoces atribuía a Góngora esta octava «al santísimo sacramento». Pese a la
            rectificación del autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, Vergés y Escuer la incluía en
            su edición titulada <hi rend="i">Todas las obras de don Luis de Góngora</hi> (Zaragoza,
            1643) y seguía presente por ejemplo en una reedición de la recopilación de Hoces de 1654
            (Madrid, Imprenta Real) y en otra edición posterior de las obras completas de Góngora
            (Bruselas, 1659, F. Foppens).</note>.</p>
        <p/>
        <p>F. 135. Un soneto, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Rebelde y pertinaz entendimiento.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">es el mismo que citamos en el f. 38, y como le pareció tan bien al
          curioso, lo quiso duplicar, aun a costa de imprenta y de papel. Vergüenza será, y de más
          que pertinaz entendimiento, poner duda en que obra tal no es de <persName
            key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName>.</p>
        <p/>
        <p>F. 136. Un soneto, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Antes que alguna caja luterana<note place="bottom">Góngora [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem456#l456.1"
                >OC456.1</ref>].</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">es de don<note rend="I" type="app"> don <hi rend="i">E</hi> : d. <hi
              rend="i">AA.</hi></note>
          <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">Luis</persName>, y gallardo sin duda,
          pero crea el lector que es a diferentísimo asunto hecho, por más y más que lo contradiga
          el curioso que lo estampó<note place="bottom">Al incluirlo en su edición, Hoces precisaba
            que se había hecho «A cierto hidalgo pobre, que juntó de limosna el dote de dos hijas,
            para entrarlas en religión». Carreira lo considera como un poema de autenticidad
            probable, dirigido «A un caballero que tenía dos hijos bastardos, y para entrarlos en
            religión juntó de limosna a las dotes» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem456#l456"
              >OC456</ref>] .</note>.</p>
        <p/>
        <p>F. 142. Un romance, con lo que se le sigue, que dice así:</p>
        <quote>
          <l>En buen hora, oh gran Felipe,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">no nos matemos ahora por si<note rend="I" type="app"> No nos matemos
            ahora por si es bueno o no <hi rend="i">E</hi> : No nos matemos ahora en si es bueno o
            no <hi rend="i">AA</hi>.</note> es bueno o no, que ni es del caso ni será bien que lo
          sea; lo certísimo, sí, que no es de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don
            Luis</persName><note place="bottom">Como escribe A. Carreira, de los romances atribuidos
            a Góngora, «[e]l más trabajoso de descartar fue el romance con octavas “En buen hora, oh
            gran Filipe”, fechable en 1619, atribuido en once mss., tres de ellos buenos, y que suma
            460 versos llenos de alusiones históricas al monasterio de Guadalupe» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica#intro/"
              >gongora_obra-poetica#intro</ref>). Dicha loa, escrita, en efecto, con motivo de la
            recepción de Felipe III en este lugar, falta en el ms. Chacón, pero se encuentra en los
            mss. siguientes (Carreira 1998d: 38): <hi rend="i">AP, Bl, CZ, FM, H, J, SS, TG, V,
              W</hi> y <hi rend="i">Z</hi>. Tanto Hoces como Angulo y Pulgar lo atribuyeron a
            Góngora pero está sin atribución en el ms. <hi rend="i">OF</hi>.</note>. Maravilla hace
          que obra tan copiosa<note place="bottom">Al parecer, el criterio que emplea aquí el autor
            del <hi rend="i">Escrutinio</hi> es el de la extensión del romance, excesiva para ser de
            Góngora, si exceptuamos la <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi>.</note> se le
          fuese de la vista al curioso, y le trocase los frenos o los dueños<note place="bottom"
            >TROCAR LOS FRENOS : «además del sentido recto, vale poner dos cosas cada una en el
            lugar que había de estar la otra, hacerlas o discurrirlas al revés» (<hi rend="i"
              >Aut.</hi>). El autor aprovecha la rima vocálica de los dos términos llanos «frenos» y
            «dueños» para reinventar astuta y trocadamente esta expresión coloquial aún vigente: al
            atribuirle erróneamente este romance a Góngora, Hoces trueca a la vez los frenos, pues,
            y los dueños respectivos de ambos poemas.</note>. Paciencia.</p>
        <p/>
        <p>F. 189. Donde da principio el curioso a las nunca tan bien escritas <hi rend="i">Firmezas
            de Isabela</hi>, comedia de los más propios, lucidos y elegantes versos que las edades
          han visto representar en el teatro del mundo, desde su principio hasta hoy, y su traza
          ejecutada y guardada con todo el rigor del<note rend="I" type="app"> de la arte <hi
              rend="i">E</hi>.</note> arte<note place="bottom">Esta alabanza a <hi rend="i">Las
              Firmezas de Isabela</hi> (compuesta en 1610, según el manuscrito de A. Chacón),
            comedia de enredo que Góngora no dejó inconclusa, a diferencia de <hi rend="i">La
              Comedia venatoria</hi> (compuesta entre 1582 y 1586) y <hi rend="i">El doctor
              Carlino</hi> (1613), recuerda las palabras de Gracián acerca de la producción
            dramática del poeta cordobés: «su única <hi rend="i">Isabela</hi>, que valió por mil»
              (<hi rend="i">Agudeza y arte de ingenio</hi>, 1969: 117). Por mucho éxito que se
            granjearan estas tres piezas teatrales — «las encontramos transcrit[a]s en numerosos
            manuscritos y ediciones, bien junto con variadas composiciones poéticas gongorinas, bien
            con otras piezas teatrales» (Dolfi 2012: 145) —, no desataron la misma pasión que los
            poemas largos de Góngora y no suelen mencionarse mucho en las piezas de la polémica.
            Villar, después de ensalzar la poesía de Góngora, examina su teatro: «En la poesía
            escénica se ejercitó menos nuestro poeta, mostrando con advertido descuido la
            comprensión que tuvo de las leyes que los antiguos pusieron a este poema; porque viendo
            el punto en que están hoy en España las comedias, se consideró obligado y sujeto, o a
            faltar a ellas en el arte, o a los oyentes en el agrado, efectos en su estimación
            incompatibles» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1636_compendio-poetico/"
              >1636_compendio-poetico</ref>); Góngora se decantó por ignorar al vulgo (véase la nota
            137): tanto el <hi rend="i">Escrutinio</hi> y su mención de la «traza ejecutada y
            guardada con todo el rigor del arte» como el <hi rend="i">Compendio poético</hi> y su
            evocación de las «leyes que los antiguos pusieron a este poema» y del «arte»
            probablemente ponen de realce el hecho de que el teatro gongorino refine y eleve el
            lenguaje al uso en el género dramático de aquel entonces y que, «oponiéndose al <hi
              rend="i">Arte nuevo</hi> de Lope de Vega, sig[a] las reglas aristotélicas» (Dolfi
            2015: 13-15), al menos en cuanto a la unidad de tiempo y de lugar, aunque bien es sabido
            que fueron los comentaristas renacentistas quienes convirtieron aquellas, mera
            constatación por parte de Aristóteles de lo que solía suceder en el teatro griego, en
            una prescripción rígida. La acción de <hi rend="i">Las firmezas de Isabela</hi> se
            desarrolla, en efecto, en un solo día, simétricamente dividido en las jornadas, y en
            Toledo (Dolfi 1983: 21). Es una obra curiosísima que hace suyas las especificidades
            léxicas y estilísticas del culteranismo sin renunciar a algunos dictámenes clásicos si
            consideramos también que Góngora tiene en mente un concepto de comedia al estilo de
            Terencio, reelaborada especialmente por Ludovico Ariosto en <hi rend="i">I
              suppositi</hi> (1509) en que se inspira de manera directa, si bien encubierta (Dolfi
            2011: 202-203). El elogio de Villar resulta más moderado y matizado que el del autor del
              <hi rend="i">Escrutinio</hi>: «de estas [las tres comedias de Góngora] puede sacar
            preceptos Terencio y Plauto, y aunque imperfectas basta para que por todos caminos se
            haya conocido el singular talento de nuestro Poeta». En cuanto a Pellicer, en <hi
              rend="i">Idea de la Comedia de Castilla</hi>, también pone de manifiesto la
            incapacidad que tuvo Góngora, dándole la espalda al gusto popular y cultivando una
            comedia de altos vuelos, de triunfar en los corrales: «Mi genio y mi profesión no me
            llaman a tan glorioso trabajo como escribir para los Teatros, donde los que aciertan
            consiguen palpable el aplauso […]. Y los que yerran no desmerecen, pues la peor de las
            comedias que hoy se representan es ventajosa sin duda a todas las antiguas. Y no hallo
            por demérito errarla [la comedia] pues D. Luis de Góngora que fue el honor de nuestra
            nación y el escándalo de las extrañas no pudo conseguir este acierto. Descamino es este
            que no afrenta». Como lo señala Canavaggio, «<hi rend="i">il est significatif que
              l’échec dramatique de Góngora soit constaté par un de ses plus fervents
              admirateurs</hi> […]<hi rend="i"> mais il lui est impossible de nier l’évidence</hi>»
            (1965: 246).</note>. Refiérese esto porque el curioso que la <pb n="f. 7r"/>estampó, en
          la prefación, dijo, para advertencia, estas palabras: <quote>«Adviértase</quote> (dice)
            <quote>que la comedia de <hi rend="i">las Firmezas de Isabela</hi>, los fines de ella no
            son de don<note rend="I" type="app"> don <hi rend="i">E</hi> : d. <hi rend="i"
              >AA.</hi></note> Luis, porque la acabó don<note rend="I" type="app"> don <hi rend="i"
                >E</hi> : d. <hi rend="i">AA.</hi></note> Juan de Argote, su hermano</quote>». Hasta
          aquí son palabras del curioso; y lo cierto, que su hermano de <persName
            key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName> se llamó don Juan de Góngora,
          apellido por el cual se conoció, y no por el de Argote<note place="bottom">El hermano
            menor de Góngora se apellidaba efectivamente don Juan de Góngora y de Argote, después de
            que su tío materno Francisco, quien creó un mayorazgo a su favor, estipulara, al testar,
            que los herederos de su hacienda — nuestro poeta, sus dos hermanas Francisca y María, y
            su hermano Juan, estando muerto otro hermano suyo — antepondrían el nombre de su madre,
            Góngora, viniendo después el de su padre — Argote —, que, por ser el segundón de una
            familia noble de Montilla, no se benefició, pues, del mayorazgo ni de la veinticuatría
            de su padre: «es mi voluntad y mando que todos los por mí llamados a este dicho vínculo
            […] sean obligados y les obligo, en público y en secreto, por escrito y firma, se llamen
            y nombren de nombre y apellido de Góngora primero que otro alguno […]» (Alonso 1962:
            98-99). Esta inversión de los apellidos por motivos de interés o prestigio era bastante
            común en aquella época y no se puede interpretar, según lo hicieron algunos, como una
            tendencia precoz por parte de Góngora a la inversión estilística (véase Jammes 1967: 7).
            Véase la nota 15 de <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_vida_mayor/"
              >1630_vida_mayor</ref>.</note> (esto en el curioso es culpa, que en otro no lo fuera,
          no siendo de Córdoba, como él lo es), y asimismo, que este caballero don Juan no supo si
          su hermano hacía versos ni los oyó ni desperdició (digámoslo así) átomo de tiempo en saber
          si los había en el mundo, ni musas en el Parnaso. Así que, en estas materias, crea el
          lector que <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName> nació en
          Córdoba y su hermano en las Filipinas, o más distante. Y, supuesto esto, ¿hay alguno que
          se persuada a que don Juan acabó la comedia, y no <persName key="Góngora, Luis de"
            type="polemist">don Luis</persName>?<note place="bottom">Según L. Dolfi (2015: 11), esta
            hipótesis de que la comedia haya sido acabada por el hermano de Góngora — lanzada por
            primera vez en los preliminares de la edición Hoces — no tiene validez, dada la
            coherencia estructural y estilística del texto. Aparte de la opinión tajante de nuestro
            autor al respecto, Andrés Morales Padilla, amigo de Góngora, también expresó sus dudas
            sobre el particular, y un epígrafe del ms. Rennert reza: «[e]sta comedia hasta el último
            verso es de don Luis».</note></p>
        <p/>
        <p>F. 233. Una décima que dice:<note rend="I" type="app"> En el margen derecho del ms. <hi
              rend="i">AA</hi>, alguien escribió «contra Villamediana».</note></p>
        <quote>
          <l>Aquí yace, aunque a su costa,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">¡no, no, no es de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don
            Luis</persName>!<note place="bottom">Este epitafio al conde de Villamediana figuraba en
            la edición de Hoces, así como en <hi rend="i">Delicias del Parnaso</hi> (1634). Carreira
            indica que se lo atribuyen también los manuscritos <hi rend="i">integri</hi> siguientes:
            RM1, RM2, Iriarte, K, L, H, Bl, PR; el ms. CCXIX de la Hispanic Society lo atribuye al
            Conde de Salinas (1994: 328-329). El manuscrito Chacón lo incluía en su índice de falsas
            atribuciones. A Góngora se le atribuyeron otros epitafios al mismo insigne difunto tales
            como «Aquí yace un maldiciente», «Aquí yacen los despojos», «Aquí yacen sepultados» o
            «Mentidero de Madrid» (mencionado anteriormente en el <hi rend="i">Escrutinio</hi>:
            véase la nota <ref target="ref179" xml:id="ref210">179</ref>).</note></p>
        <p/>
        <p>F. 234. Un romance, que dice:</p>
        <quote>
          <l>Con ropilla, y sin camisa,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">no es suyo<note place="bottom">Este romance de reminiscencias gongorinas
            que Carreira (1998d: 519) inserta en la categoría de las atribuciones menos fundadas,
            anterior a 1602, le fue atribuido a Góngora, además de por Hoces, por los mss. <hi
              rend="i">Paz</hi> y <hi rend="i">W</hi> y los impresos <hi rend="i">dp, rt</hi>.
            Jammes afirma que esta atribución, que debe ser rechazada sin vacilación, se debe al
            parentesco temático indudable entre este poema y el romance auténtico «Al pie de un
            álamo negro» [<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem283#l283"
              >OC283</ref>]: la extracción social del personaje central es la misma, ciertos
            detalles muy precisos (lo de zurcir unas calzas, el pleito en que está metido, etc.)
            resultan idénticos, de modo que tantas circunstancias no pueden ser casuales: supone
            este crítico que la primera mitad del romance de Góngora — que se publicó íntegramente
            en 1614 — se compuso muy a principios del siglo XVII, durante su estancia vallisoletana,
            probablemente a petición de una academia literaria, lo cual explicaría que otro poeta,
            el desconocido autor de «Con ropilla y sin camisa», hubiera tratado el mismo asunto en
            el mismo periodo (1980: 42-43).</note>, ni de su hermano don Juan de Góngora, porque,
          aunque ignoró las musas, como está dicho, lo hiciera mucho mejor.</p>
        <p>Lo que resta se quede. Porque si verso a verso se hubiera de recorrer y enmendar el
          volumen, como queda apuntado, de nuevo es poco volverlo a encuadernar<note place="bottom"
            >Las susodichas falsas atribuciones, con ser ya numerosas, son solo una muestra. Para
            dar un ejemplo, en el apartado de «romances varios», aparte de los ya mencionados por el
            autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi>, otros siete poemas no son de Góngora
            («Desbaratados los cuernos», «Al corral salió Lucía», «Herido amor con las armas»,
            «Cloris divina en todo», «Las auroras de Jacinta», «La más lucida belleza», «Lluvias de
            mayo y de octubre»).</note>. Adviértase que hay romances y poesías en él que se quedan
          en confuso, para que el lector les dé el dueño que quisiere. Porque si tienen asomos o
          imitaciones de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don Luis</persName>, por
            cierto<note rend="I" type="app"> asomos o imitaciones de don Luis, por cierto <hi
              rend="i">E</hi> : asomos o imitaciones por cierto <hi rend="i">AA.</hi></note>
          (perdone este gran varón) que si culpa pudo tener, lo es dejar cosas tan superiores a la
          elección de sus <pb n="f. 7v"/>aficionados, no obstante que esto sea el extremo de
          modestia que el natural de <persName key="Góngora, Luis de" type="polemist">don
            Luis</persName> profesó en sus obras, pues muchas veces se le oyó, persuadiéndole sus
          amigos a que estampase, por temor de este peligro: «No. Mis obras», dijo, «en mi
          estimación no lo merecen. Si dicha tuvieren, alguno habrá después de mis días que lo
            haga»<note place="bottom">Que Góngora, igual que muchos otros poetas de la época, en
            especial los de cierta alcurnia, no quisiera que se imprimieran sus versos, es cosa bien
            conocida. Como lo recuerda Carreira (1998: 77-79), una vez pulida su obra, se deshacía
            de ellas — «en su poder jamás conservó alguna», sostiene el señor de Polvoranca —, sin
            desvivirse en absoluto por su conservación ni su difusión: «casi con pertinacia les [a
            los estudiosos] defendió la fácil, y agradable comunicación de sus obras, de que
            gozaran, si las permitiera a la estampa», confirma Vicuña. Con todo, tenemos una serie
            de cartas de Góngora, fechadas entre 1623 y 1625, en las que habla de dar al molde sus
            poemas, de tan crítica como es su situación económica. Véase «Título». </note>. No uno,
          muchos sí, hay y habrá que lo trabajen, pero, hasta hoy, infelizmente todos, como se ha
            experimentado<note place="bottom">Los hubo que procuraron efectivamente volver a
            publicar las obras completas de Góngora, tratando de no incurrir en los mismos errores
            que las primeras dos ediciones de Vicuña (1627) y de Hoces (1633): Angulo y Pulgar, por
            ejemplo, las afeó en su <hi rend="i">Égloga fúnebre</hi> — «nótese que no cito los
            versos por las obras impresas, porque ni están allí todas, aunque lo dice el título,
            ni están fieles, aunque lo presume el prólogo, antes están llenas de infinitos yerros
            y notable culpa» (<ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1638_égloga-fúnebre/"
              >1638_égloga-fúnebre</ref>) — y trató de recopilar, en sus <hi rend="i">Varias
              poesías</hi>, para remediarlo, los textos que pensaba haber sido escritos por Góngora.
            Pero le atribuyó equivocadamente poesías que no eran suyas, no convirtiéndose en el
            «aficionado» que reclamaba el autor del <hi rend="i">Escrutinio</hi> (J. M. Daza Somoano
            2015: 283).</note>. Puédese atribuir a contraria fortuna, pues esa lo será que torciere
          el premio al mérito. Ande el tiempo: podrá ser que, sin errores y sin hurtarle pedazos,
          quizá las mejores salgan para la duración juntas todas fielmente a luz. Lleve la suerte
          este volumen a manos de algún aficionado — de los pocos, de los buenos se ha de presumir —
          a quien se pueda fiar su legalidad, y estámpelo<note place="bottom"> Carreira deduce de
            esta frase que el autor y el colector del ms <hi rend="i">E</hi> eran la misma persona
            (1996: 33). Aunque es muy probable, dado lo que sabemos de Pérez de Ribas (si es el
            autor) y del ms. <hi rend="i">PR</hi>, nos parece que esta frase es solo una forma de
            espolear a los lectores, por si alguien tuviera interés en publicar el manuscrito en el
            que se inserta el <hi rend="i">Escrutinio</hi>. Aun sin ser él el colector, sería
            bastante lógico que quisiera publicitar este manuscrito que corrige los errores que va
            enumerando en su texto.</note>; y será la paga dejar su nombre glorioso a buen
          seguro.</p>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
