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      <titleStmt>
        <title>Sección V de la <hi rend="i">Nueva idea de la tragedia antigua o ilustración última
            al libro singular de </hi>Poética <hi rend="i">de Aristóteles Stagirita</hi></title>
        <author key="González de Salas, Jusepe Antonio">Jusepe Antonio González de
            Salas</author>
        <editor>Luis Sánchez Laílla</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
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        <respStmt>
          <name>Jaime Galbarro</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Florence d'Artois</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Sara Pezzini</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Hector Ruiz</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1633_tragedia</idno>
        <date when="2015"/>
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            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
        </availability>
      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <!-- <p>Voir aussi: <ref target="http://ustc.ac.uk/index.php/record/5017321">http://ustc.ac.uk/index.php/record/5017321</ref></p> -->
        <bibl>
          <title><hi rend="i">Nueva idea de la tragedia antigua o ilustración última al libro singular de Poética de Aristóteles Stagirita por Jusepe Antonio González de Salas</hi></title>, <pubPlace>Madrid</pubPlace>: <publisher>Francisco Martínez</publisher>, <date>1633</date>, BNE, T/1521.</bibl>
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    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
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    <profileDesc>
      <creation>
        <date when="1633"/>
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      <langUsage>
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  <text>
    <!--<p>1633_tragedia</p>
      <div type="titulo1">
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          Datos bibliográficos
        </head>
        <table>
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            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>Luis Sánchez Laílla</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Jusepe Antonio González de Salas</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Destinatario / dedicatario</cell>
            <cell/>
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          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nueva idea de la tragedia antigua o ilustración última al libro singular de Poética de Aristóteles Stagirita por Jusepe Antonio González de Salas, Madrid: Francisco Martínez, 1633. Se edita el excurso contenido en pp. 84-94.</p>
              <p/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nueva idea de la tragedia antigua o ilustración última al libro singular de Poética de Aristóteles Stagirita por Jusepe Antonio González de Salas. Parte Primera, Madrid: Antonio de Sancha, 1778.</p>
            </cell>
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          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>1633</cell>
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          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">BNE, T/1521</p>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vid. para otros testimonios el <ref target="http://ustc.ac.uk/index.php/record/5017321">Universal Short Title Catalogue</ref></p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>GONZÁLEZ DE SALAS, Jusepe Antonio, Nueva idea de la tragedia antigua, ed. Luis Sánchez Laílla, Kassel, Edition Reichenberger, 2003, 2 vols.</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell/>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell>1629_polifemo; 1631_obras-quevedo; 1651_neapolisea</cell>
          </row>
        </table>
        -->
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. [Título] <lb/> Un título conceptuoso</head>
          <p>El empleo del adjetivo nuevo o de sus derivados para modificar las denominaciones
            genéricas en los títulos de las obras (<hi rend="i">Arte nuevo…</hi>, <hi rend="i"
              >Novissima Polyanthea</hi>…) fue una práctica frecuente con el fin de evitar la
            monotonía provocada por el uso constante de determinados sustantivos a lo largo de los
            siglos XVI y XVII, aunque muchos de estos títulos derivaron a su vez en auténticas
            fórmulas estereotipadas. No era ajeno tampoco al empleo de este adjetivo un afán
            publicitario o de reclamo, en una época en que la novedad, asociada a la rareza y a la
            dificultad, era un valor exaltado y cultivado, aunque en ocasiones fuera tan solo una
            apariencia para encubrir una doctrina escasamente innovadora. El uso frecuente e
            inmotivado del término nuevo hizo que la palabra quedara lo suficientemente descargada
            de contenido como para que una obra así titulada no incluyera necesariamente materia
            nunca vista.</p>
          <p>Por otro lado, el término <hi rend="i">nuevo</hi> sufrió en esta época un
            desplazamiento de significado particularmente apreciable en el contexto de los títulos
            de obras. <hi rend="i">Nueva idea de la tragedia antigua o Ilustración última al libro
              de Poética</hi>, epígrafe típicamente barroco, correspondiente a la modalidad
            disyuntiva, con similar estructura sintáctica en las dos partes, de forma que, leídas en
            paralelo, <hi rend="i">nueva idea</hi> se corresponde con <hi rend="i">ilustración
              última</hi> y <hi rend="i">tragedia antigua</hi> con <hi rend="i">libro de
              Poética</hi>. Con respecto a este último emparejamiento, la ecuación es perfecta,
            porque el tratado de Aristóteles es, sin duda, la definición y descripción de la
            tragedia de la Antigüedad. </p>
          <p>Por lo que se refiere a la primera parte de ambos sintagmas, las conexiones son mucho
            más ricas. Si los leemos siguiendo el quiasmo barroco, resulta que, por un lado, se
            equiparan <hi rend="i">nueva</hi> y <hi rend="i">última</hi>, y por otro, <hi rend="i"
              >idea</hi> e <hi rend="i">ilustración</hi>. La atracción mutua entre los términos hace
            suponer que <hi rend="i">nuevo</hi> haya de entenderse no como novedoso u original, sino
            como «recién hecho o fabricado», en definición de <hi rend="i">Autoridades</hi>, con lo
            que puede ser que no signifique más de lo que significaba en títulos tan frecuentes como
              <hi rend="i">Nueva parte de comedias</hi>. Por esta misma razón, cuadra más para el
            adjetivo <hi rend="i">último</hi> el significado de «relativo a todos los que están, o
            se cuentan en orden a aquel de que se habla, y vale lo mismo que postrero» (<hi rend="i"
              >Autoridades</hi>), habida cuenta del interés de Salas por incluirse en la larga
            tradición de comentaristas sobre la tragedia y el arte escénico. Según esto, la <hi
              rend="i">Nueva idea…</hi> no es una interpretación inédita del texto aristotélico,
            sino el último de los comentarios publicados sobre la materia.</p>
          <p>Por otro lado, la conexión entre <hi rend="i">idea</hi> e <hi rend="i">ilustración</hi>
            podemos hallarla en la concepción platónica del conocimiento. Idea, para Covarrubias,
            «vale tanto como un ejemplar eterno, perpetuo e inmutable de cada cosa de todas las que
            la naturaleza acá produce», definición que no se ajusta al entendimiento que el propio
            González de Salas hace de la normativa literaria aristotélica. No obstante, es indudable
            que nuestro autor propone en la <hi rend="i">Nueva idea</hi> un prototipo trágico que ha
            sido desvelado de forma teórica y descriptiva en la <hi rend="i">ilustración</hi>. La
            luz proyectada por el comentarista en la materia oscura de la <hi rend="i">Poética</hi>
            ha permitido el reflejo de la idea trágica en la versión de <hi rend="i">Las
              troyanas</hi> de Séneca que contiene la segunda parte del tratado. En todo caso, es un
            título coherente con su concepción de la <hi rend="i">imitatio</hi>, habida cuenta
            también de las implicaciones etimológicas del término recogidas por Covarrubias: «Díjose
            idea, <hi rend="i">graece ἱέ, hoc est species a verbo εἴδω, video</hi>, porque el que
            ha de hacer alguna cosa imitando el original, modelo o patrón, le es forzoso tenerle
            delante para irle mirando y contemplando, como hace el pintor que copia alguna pintura
            de su original». De ello no hay que deducir que la <hi rend="i">Nueva idea</hi> se
            proponga como modelo inalterable, puesto que son muchos los aspectos en los que Salas da
            muestras de flexibilidad y tolerancia hacia otras soluciones. Esta circunstancia invita
            a pensar que no estamos ante una preceptiva en el sentido más estricto del término y que
            la interpretación que hemos dado al adjetivo <hi rend="i">último</hi> del título es la
            más adecuada.</p>
          <p>Buena prueba de que la <hi rend="i">Nueva idea</hi> de González de Salas no es un texto
            que plantee normas categóricas y que, por el contrario, se concibe más bien como un
            discurso de especulación teórica en torno a la literatura, bien que centrado
            primordialmente en el género trágico, son las frecuentes digresiones en las que el autor
            valora manifestaciones literarias contemporáneas, entre las cuales destaca, por su
            extensión y oportunidad histórica, el incluido en la sección V, en torno a la cuestión
            fundamental de la oscuridad en los poetas de su tiempo.</p>
        </div>
        <div>
          <head>2. [Autor] <lb/>El humanista González de Salas</head>
          <p>Jusepe Antonio González de Salas (1592?-1651) fue un erudito madrileño, traductor y
            comentarista de autores clásicos como Aristóteles, Petronio y Pomponio Mela, y primer
            editor de las poesías de Quevedo (<hi rend="i">El Parnaso español…</hi>, Madrid:
            officina Diego Díaz de la Carrera…, 1648). Su tratado <hi rend="i">Nueva idea de la
              tragedia antigua</hi> (1633) es la obra cumbre de las doctrinas aristotélicas en
            España, tanto por su situación cronológica, al final de la serie de teóricos de la
            literatura integrada por López Pinciano, Carvallo y Cascales, como por el hecho de ser
            el último gran tratado de la teoría literaria española que aborda en todas sus facetas
            la cuestión del género trágico.</p>
          <p>Cabe destacar de su biografía las relaciones que cultivó con los ingenios más
            destacados de la época, algunas de las cuales pueden ayudar a entender la inclusión de
            una disertación polémica sobre la oscuridad en la poesía en la <hi rend="i">Nueva idea
              de la tragedia antigua</hi>. Entre estos ingenios se lleva la palma Francisco de
            Quevedo, con quien compartió el gusto por la sátira y lo jocoso, como lo demuestran sus
            traducciones de Petronio, Marcial y Juvenal<note place="bottom"> López Rueda 1976:
              44.</note>, y con quien coincidió también en la reivindicación de la figura de fray
            Luis de León<note place="bottom">Quevedo, como sabemos, editó las poesías de fray Luis
              de León en Madrid (1631), con una dedicatoria al conde-duque de Olivares que es todo
              un manifiesto a favor de la claridad en la dicción, ejemplificada en la obra del poeta
              castellano. En ella empleó para su argumentación los comentarios de González de Salas
              al <hi rend="i">Satyricon</hi> de Petronio. El erudito madrileño, en la «Observación
              I» a la tragedia <hi rend="i">Las troyanas</hi> (González de Salas 2003: vol. II,
              779), como antídoto frente a los malos traductores, propone a fray Luis de León como
              magno trasvasador de lenguas. Véase 1631_obras-quevedo.</note>. Las estrechas
            relaciones con Quevedo se convierten en tópico de todas las referencias posteriores al
            erudito, a pesar de que el primer biógrafo del poeta, Pablo de Tarsia, no lo incluye en
            su círculo de amistades<note place="bottom"> Pablo de Tarsia, <hi rend="i">Vida de Don
                Francisco de Quevedo y Villegas</hi>, Madrid: Pablo del Val, 1663. Tarsia cita a
              Mártir Rizo, Pellicer de Tovar, Juan Bautista Terrones, Juan Carrillo y Aldrete y
              Vicente Mariner entre otros, pero nada nos dice de González de Salas; ni siquiera
              cuando cita <hi rend="i">El Parnaso español</hi> entre las obras de Quevedo (Tarsia
              1663: 42). Edward C. Riley (1951: 183, n. 1) matiza la supuesta intimidad del erudito
              con Quevedo y habla más de admiración que de colaboración efectiva entre ambos
              personajes.</note>. Contamos, no obstante, con las manifestaciones del mismo Salas en
            el discurso preliminar de la «Musa VI» de <hi rend="i">El Parnaso español</hi>; y la
            presencia de Quevedo como censor de su <hi rend="i">Compendio geographico...</hi>
            (Madrid: Diego Díaz de la Carrera…, 1644) parece corroborar esta relación personal<note
              place="bottom"> La censura lleva fecha del 25 de octubre de 1643.</note>. Además
            Quevedo le dedica alguno de sus poemas, y llega a nombrarlo elogiosamente en el soneto
            LXXVIII de la <hi rend="i">Musa VI</hi>, «Alma de cuerpos muchos es severo», en el que
            abomina de los falsos estudiosos.</p>
          <p>Sabemos de su aprobación a los comentarios que, sobre las <hi rend="i">Soledades</hi>
            de Góngora, publica en 1636 García de Salcedo Coronel<note place="bottom"> La aprobación
              tiene fecha del 28 de abril de 1635.</note>. Este responde a la atención alabando en
            el prólogo su figura, «a cuya erudición se debe toda alabanza, siendo sus estudiosas
            fatigas seguro crédito de nuestra patria». Resulta lógico pensar que participase
            activamente, aunque no tenemos constancia documental, en los ambientes académicos de la
            época, donde pudo muy bien entablar también relaciones con los principales creadores de
            su tiempo. Y no solo con Quevedo, con el que coincide generacionalmente, sino con el
            mismo Lope de Vega, que no ahorró elogios hacia su persona en <hi rend="i">Laurel de
              Apolo</hi> (VIII, v. 256-269), recordando, quizá, que el erudito madrileño había sido
            también blanco de los feroces ataques de la <hi rend="i">Spongia</hi> de Torres
              Rámila<note place="bottom">Entrambasaguas (1946: 333 y ss). Las críticas de la <hi
                rend="i">Spongia</hi> se dirigían, entre otras cosas, a las notas de González de
              Salas al <hi rend="i">Satyricon</hi> de Petronio (1629), acusándolo de mal latinista,
              y de haber recibido la ayuda de Luis Tribaldos de Toledo para la traducción de sus
              obras latinas</note>.</p>
          <p>González de Salas fue también poeta de cortos vuelos. Hay constancia de su
            participación, junto a Vicente Mariner, Francisco Gutiérrez, José de Valdivieso, Vicente
            Espinel o Luis Tribaldos de Toledo, poetas todos ellos de la cuerda del Fénix, en el
            certamen poético celebrado en Toledo en octubre de 1616, considerado un acontecimiento
            de gran interés para la evolución del culteranismo en España<note place="bottom">
              Entrambasaguas (1946: 272, n. 82). El certamen fue preparado por los partidarios de
              Góngora para lucimiento del poeta cordobés y en él participó Torres Rámila, autor de
              la <hi rend="i">Spongia</hi>; no lo hicieron, sin embargo, Lope de Vega y sus amigos
              íntimos.</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>3. [Cronología] <lb/>Una reflexión entre los grandes comentarios gongorinos</head>
          <p>La obra fue publicada en Madrid, en la imprenta de Francisco Martínez, en 1633. La tasa
            lleva la fecha del 2 de septiembre de 1633. No obstante, sabemos que la obra era ya
            conocida un año antes de su publicación, pues Juan Pérez de Montalbán la cita al
            referirse a González de Salas en su «Índice de los ingenios de Madrid», aparecido en el
              <hi rend="i">Para todos</hi> (Madrid: En la imprenta del Reyno, 1632, f. 348r-v): «Don
            Joseph Antonio de Salas, tan conocido por su sangre, como estimado de todos por sus
            letras: un libro intitulado <hi rend="i">Commenta in T. Petroni Arbitri Satiricon</hi>,
            y otro que llama <hi rend="i">Nueva idea de la tragedia antigua, o ilustración a la
              Poética de Aristóteles</hi>, en que ilustra la materia de los teatros con suma
            curiosidad, noticia y elegancia». Si atendemos a la fecha del privilegio del <hi
              rend="i">Para todos…</hi>, el 3 de febrero de 1632, podemos suponer que se tenía
            noticia de la <hi rend="i">Nueva idea</hi> dos años antes de su publicación.</p>
          <p>En 1633 habían pasado ya seis años desde la muerte de Góngora, y muchos más desde el
            impacto que el <hi rend="i">Polifemo</hi> o las <hi rend="i">Soledades</hi> habían
            causado en la sensibilidad poética de los españoles, pero todavía en 1629 Salcedo
            Coronel publicaba su <hi rend="i">Polifemo comentado</hi>, José Pellicer sacaba a la luz
            su <hi rend="i">Lecciones solemnes…</hi> sobre el poeta cordobés en 1630 y, muy pronto,
            el mismo Salcedo habría de presentar sus comentarios a las <hi rend="i">Soledades</hi>
            (1636) con una aprobación del propio González de Salas. La oscuridad achacada a la obra
            gongorina era, por tanto, un asunto todavía candente a estas alturas del siglo. Buena
            prueba de ello es que las primeras alusiones atestiguadas a la <hi rend="i">Nueva
              idea</hi> no atañen al asunto principal, esto es, a la tragedia o el arte dramático en
            general, sino que se insertan en los agrios debates sobre la lengua poética.</p>
          <p>El preceptista, al tratar en la sección V de su comentario sobre la elocución, pone por
            escrito unas reflexiones sobre este problema, ineludible en los círculos literarios de
            la época, en las que condena la oscuridad de la poesía. Salcedo Coronel, en el prólogo a
            la edición de las <hi rend="i">Soledades</hi> (En Madrid: En la Imprenta Real, 1636),
            citado más arriba, recuerda las palabras de Salas, pero trata de volver sus argumentos a
            favor de su propio discurso apologético: «Don Iusepe González de Salas [...] hace en su
              <hi rend="i">Poética</hi> un discurso contra los que afectan la obscuridad en sus
            escritos, apoyando con grande doctrina su intento, pero en esto con paz suya se ha de
            entender en los historiadores y oradores (porque a estos no convienen las voces y frasis
            que a los poetas) y lo que en unos es acierto, en los otros es vicio» (f. ¶¶1v).</p>
          <p>Nada tiene que ver esta tibia reinterpretación con el virulento ataque al erudito con
            que Trillo y Figueroa engrosa el prólogo de su <hi rend="i">Neapolisea</hi> (Granada:
            Baltasar de Bolívar y Francisco Sánchez, 1651). Sirvan de ejemplo las primeras palabras
            proferidas sobre Salas: «dice sin causa, ocasión, ni doctrina en su ilustración, o
            deformación a la poética de Aristóteles, tantas cosas, que si hubiera de responderle, y
            en él a todos, fuera preciso ensangrentar la pluma contra lo que yo profeso» (f. 20r).
            El desencadenante de esta carga dialéctica son las mismas declaraciones de Salas contra
            la nueva poesía en la sección V. Trillo empieza por despreciar su estilo enrevesado, su
            sintaxis voluntariamente violentada y el uso de vocablos arcaicos, que, a su juicio, y
            haciendo uso de un frecuentado tópico de la época, acerca su prosa, más que a la
            Antigüedad clásica, al arcaico «vizcaíno». No puede aceptar, en último extremo, que el
            autor de tal engendro lingüístico condene los excesos verbales de los gongorinos, y más
            aún teniendo en cuenta los lazos de amistad que le unían con los principales oponentes
            del maestro cordobés: Juan de Jáuregui y el propio Quevedo<note place="bottom"> Señala
              Trillo (1651: f. 21r) «aquellos que tanto escarnecieron la sagrada cultura del honor
              de nuestra Andalucía». La airada respuesta de Trillo y Figueroa tiene otras
              dimensiones, como el rechazo de un ilustre personaje de Madrid («al fin ingenio de la
              Corte») y la defensa de la poesía andaluza.</note>. No acepta el recurso a la <hi
              rend="i">Retórica</hi> de Aristóteles, como fuente para la prescripción de la
            oscuridad en la elocución, puesto que allí se dan preceptos para los oradores, y no para
            los poetas, que pueden hablar lícitamente con figuras y rodeos. Con estos argumentos
            defiende la independencia de la Poesía respecto a los preceptos de otras artes, que solo
            por ignorancia pueden ser tomados por universales. Acaba Trillo su discurso proponiendo
            a Góngora como paradigma de estilo: «escriban sus equívocos, sátiras, comedias, y
            puerilidades, y dejen al grande Luis de Góngora, y a quien (si puede ser que le haya)
            algo imitare su estilo, jamás de otro alcanzado» (1651: f. 23r)<note place="bottom"
              >Véase trillo_neapolisea_1651</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>4. [Estructura] <lb/>Un ejercicio retórico</head>
          <p>La primera parte de la <hi rend="i">Nueva idea de la tragedia antigua</hi> (1633:
            1-211) está estructurada en trece capítulos o secciones en los que se comenta,
            parafrasea y amplifica la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles, en sus contenidos
            relativos al género trágico, precedidos de una introducción en la que González de Salas
            adelanta la materia de su obra y expone cuestiones de poética <hi rend="i">in
              genere</hi> como la imitación o la dicotomía <hi rend="i">ars</hi> / <hi rend="i"
              >ingenium</hi>. Ha de notarse que la correspondencia entre el texto aristotélico y el
            discurso de la <hi rend="i">Nueva idea</hi> no es absoluta, de manera que sería inexacto
            considerar esta última una mera versión del primero. Con su <hi rend="i"
              >Ilustración</hi> González de Salas pretende restituir a la verdad los pasajes más
            oscuros de la <hi rend="i">Poética</hi> y devolver su sentido originario a los más
            controvertidos, teniendo que echar mano de frecuentes excursos, algunos tan prolongados
            que llegan a ocupar capítulos enteros, como es el caso del secciones VI-XI, llenas de
            noticias eruditas sobre la música, la danza, la representación y el aparato del teatro
            antiguo que vienen a completar el embrionario pasaje de <hi rend="i">Poética</hi>,
            1450b, 16-21. Para sus explicaciones y comentarios, el autor se sirve de las teorías
            literarias previas, convenientemente criticadas, de sus conexiones con prestigiosos
            eruditos extranjeros y de los argumentos esgrimidos en las principales polémicas sobre
            la producción teatral de entre siglos, hasta el punto de que la <hi rend="i">Nueva
              idea</hi> constituye una auténtica <hi rend="i">summa</hi> o compendio del saber
            literario barroco sobre el drama.</p>
          <p>No obstante, el género dramático no es la única materia abordada por González de Salas.
            Una de las digresiones antes señaladas es la que podemos localizar en la sección V,
            titulada «De la locución» (1633: 84-94). Se trata de una extensa interpolación sobre la
            oscuridad que debemos interpretar con la vista puesta en el panorama de las polémicas
            sobre la poesía española contemporánea, a pesar de que, como el propio Salas indica, se
            trata de una cuestión universal. No obstante, la alusión directa a la oscuridad de los
            poetas «en estos años postreros de nuestra edad» (1633: 85), parece señalar hacia los
            encendidos debates sobre las <hi rend="i">Soledades</hi> de Góngora. Para J. J. Prior
            toda la sección V es «un auténtico <hi rend="i">progymnasma</hi> retórico en defensa de
            la claridad elocutiva»<note place="bottom">Prior (1993: 519).</note>. Sin embargo, donde
            mejor se manifiesta este carácter de ejercicio retórico es, precisamente, en esta
            interpolación, que toma una forma cercana a la <hi rend="i">argumentatio</hi>
              retórica<note place="bottom">Lausberg (1996: §§. 348-349).</note>.</p>
          <p>Todo el discurso se articula en torno a la idea nuclear, extraída de la <hi rend="i"
              >Poética</hi> de Aristóteles, de que la perspicuidad es la mayor de las virtudes del
            lenguaje, que se confronta con la realidad literaria contemporánea (poetas, dramaturgos,
            historiadores y oradores) para exponer la necesidad de seguir las reglas de los maestros
            y el ejemplo de los buenos autores. Para el sustento de esta tesis se utilizan varios
            argumentos: en primer lugar, que la claridad sirve al fin primordial del lenguaje, que
            es el de la comprensión de los conceptos expuestos; en segundo lugar, que la oscuridad
            afecta a la inteligibilidad y, en consecuencia, es un grave obstáculo para que se den
            las dos obligaciones básicas de todo discurso, consistentes en enseñar y deleitar; en
            tercer lugar, que la expresión oscura y dificultosa actúa en detrimento de la aceptación
            de la obra y, en consecuencia, del éxito del autor; y, por último, que la oscuridad del
            lenguaje no añade mérito a la obra, pues la sencillez y claridad exigen del autor el
            mismo trabajo y esfuerzo.</p>
          <p>En su exposición, González de Salas, como es habitual en este tipo de ejercicios
            retóricos, procede a ilustrar estas ideas con ayuda de autoridades grecolatinas, bien
            mediante cita directa, bien con paráfrasis de los textos alegados, consistentes en su
            mayor parte en testimonios de autores en los que se censura el estilo de personas u
            obras afectadas por la oscuridad de su lenguaje. De esta forma, la digresión no difiere
            mucho, en cuanto a su composición, de otros ejemplos coetáneos, como puede ser el
            prólogo de Quevedo, ya citado, a la edición de las obras de Fray Luis de León de 1631,
            obra muy cercana en el tiempo a la <hi rend="i">Nueva idea</hi> y que bien pudo tener
            presente el erudito madrileño<note place="bottom">Véase 1631_obras-quevedo.</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>5. [Fuentes]</head>
          <p>En el conjunto de las fuentes de la <hi rend="i">Nueva idea</hi> los títulos de
            retóricas y poéticas son notablemente escasos, si bien entre los libros que tienen como
            objeto la literatura desde un punto de vista teórico predominan las retóricas. En la
            obra encontramos citas y paráfrasis más o menos extensas de la <hi rend="i"
              >Retórica</hi> de Aristóteles, los tratados <hi rend="i">De oratore</hi> y <hi
              rend="i">De optimo genere oratorum</hi> de Cicerón, el <hi rend="i">Dialogus de
              oratoribus</hi> de Tácito y <hi rend="i">De institutione oratoria</hi> de Quintiliano.
            La erudición del autor se manifiesta en la lectura de retóricos menores como Curio
            Fortunaciano y Áquila Romano. De los griegos lee a Hermógenes, autor fundamental en la
            teoría de los estilos. Casi todos estos retóricos antiguos estaban ya en la lista de
            autores recomendados por Vives en su ideario en torno a la enseñanza humanística<note
              place="bottom"> Juan Luis Vives, <hi rend="i">De disciplinis libri XX</hi>
              (Antuerpiae: M. Hillen van Hoochstraten, 1531), «De tradendis disciplinis», lib. IV,
              cap. III, «De rhetorica». Nombra a Cicerón, Quintiliano, Hermógenes, Demetrio Falereo,
              Arístides, Dionisio de Halicarnaso, Marciano Capela y Romano Áquila, entre
              otros.</note>.</p>
          <p>En cuanto al texto de la <hi rend="i">Poética</hi>, no sabemos si el erudito pudo leer
            el tratado aristotélico en griego, pero, como el propio González de Salas se encarga de
            señalar en una nota, la <hi rend="i">Nueva idea</hi> nace de la traducción de Daniel
            Heinsio: «<hi rend="i">editio Heinsii, quam perpetuo sequimur</hi>» (1611: 9). Se trata
            del libro <hi rend="i">Aristotelis de Poetica liber. Daniel Heinsius recensuit, ordini
              suo restituit, Latine vertit, Notas addidit</hi>, Lugduni Batavorum: apud Ioannem
            Balduinum, prostat in Bibliopolio Ludovici Elzevirii, 1611, cuya principal
            característica es presentar una ordenación de los capítulos de la <hi rend="i"
              >Poética</hi> diferente a la establecida en la primera traducción del tratado a una
            lengua vernácula, la de Riccoboni de 1543<note place="bottom">La nueva ordenación, que
              no afecta al capítulo V (en ambos casos se trata del capítulo 20), es expuesta por el
              propio Heinsio en el capítulo titulado «Ordo Aristotelis» (1611: 75-86) de <hi
                rend="i">In Aristotelis De Poetica Librum Emendationes et Notae</hi>, obra incluida
              en el mismo volumen de su traducción. Este capítulo fue traducido al castellano por
              Juan Pablo Mártir Rizo en su <hi rend="i">Poética de Aristóteles traducida de latín.
                Ilustrada y comentada por Juan Pablo Mártir Rizo</hi> (1623) con el título de
              «Epilogo de la Poética de Aristóteles compuesta en latín por Daniel Heinsio a quien
              llamo <hi rend="i">ordo Aristotelis</hi>» y custodiada en la BNE, ms. 602.</note>. No
            se aleja Salas de la práctica habitual de los traductores españoles, que para los
            autores griegos se servían con mucha frecuencia de traducciones latinas intermedias<note
              place="bottom"> Porqueras Mayo y Laurenti (1980: 298). Así ocurre con González de
              Salas para, en palabras de los autores, «su ecléctica exposición y libre traducción de
              la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles». Beardsley (1970: 89-90) también cree que
              Salas no usó el texto griego. Sin embargo, para Vilanova (1953: 639) González de Salas
              es el único preceptista «después del Pinciano, que es un verdadero helenista con un
              conocimiento directo del texto griego de la <hi rend="i">Poética</hi>».</note>.</p>
          <p>La pretensión de defender sus puntos de vista sobre la <hi rend="i">Poética</hi>
            aportando otros textos del propio Aristóteles, como la <hi rend="i">Retórica</hi>, o de
            otros autores, como Platón, Horacio, Quintiliano o Cicerón, personifica en González de
            Salas la complejidad del pensamiento literario en los siglos XVI y XVII. El gusto por
            elaborar síntesis entre distintas tendencias es una de las características de nuestro
            Renacimiento y la <hi rend="i">contaminatio</hi>, como ya puso de manifiesto García
            Berrio en sus estudios sobre teoría literaria, era uno de los métodos más habituales de
            trabajo de los humanistas en sus labores de exégesis de textos clásicos<note
              place="bottom"> García Berrio (1978). Para un ejemplo de esta tendencia sintética,
              véase Moya (1997).</note>.</p>
          <p>En cuanto a las autoridades empleadas específicamente en el texto que nos ocupa, no hay
            mucha divergencia con respecto a lo expresado a propósito de la <hi rend="i">Nueva
              idea</hi> en su conjunto. Los argumentos fundamentales expuestos en el apartado
            anterior se apoyan en citas de Aristóteles (<hi rend="i">Poética</hi> y <hi rend="i"
              >Retórica</hi>), Quintiliano (<hi rend="i">Institutio oratoria</hi>), Horacio (<hi
              rend="i">Ars poetica</hi>), Cicerón (<hi rend="i">De optimo genere oratorum</hi>),
            Hermógenes (<hi rend="i">Sobre los tipos de estilo</hi>) y Demóstenes (<hi rend="i"
              >Contra Aristócrates</hi>). Para la ilustración de estos argumentos González de Salas
            echa mano de su extenso bagaje de lecturas, en el que encontramos autores griegos como
            Luciano (<hi rend="i">Lexífanes</hi> y <hi rend="i">Sobre la danza</hi>), Plutarco (<hi
              rend="i">Vida de Foción</hi>), Diógenes Laercio, Ateneo (<hi rend="i">El banquete de
              los sofistas</hi>) y Filóstrato (<hi rend="i">A Aspasia</hi>), y latinos como Marcial,
            Ovidio (<hi rend="i">Tristia</hi>), Aulo Gelio (<hi rend="i">Noctes Atticae</hi>) y San
            Jerónimo (<hi rend="i">Apologia adversus libros Rufini</hi>), así como repertorios
            lexicográficos (Suidas y Erociano). </p>
        </div>
        <div>
          <head>6. [Conceptos debatidos] <lb/>La perspicuidad por enseña</head>
          <p>La extensa interpolación de la «Sección V», cuyo asunto primordial es la elocución
            trágica, sitúa la cuestión universal de la oscuridad en el contexto de la poesía
            contemporánea. La poesía afectada de oscuridad se caracteriza por su monstruosidad<note
              place="bottom"> Debemos entender aquí el carácter monstruoso como imagen de la
              fealdad, puesto que su sentido es diverso al monstruo tragicómico, caracterizado por
              la mezcla de rasgos de géneros opuestos. </note> y por sus dificultades
            interpretativas, que Salas ilustra con la imagen del oráculo<note place="bottom"> El
              oráculo (Covarrubias lo define como «la respuesta que daban los demonios y falsos
              dioses, que siempre eran equívocas y ambiguas») es para don Jusepe el paradigma de la
              oscuridad, según su peculiar entendimiento de la claridad, que tiene como propósito
              «declarar el concepto» (1633: 87). No olvidemos que el mismo Aristóteles era
              considerado un autor oscuro por las dificultades de compresión que acarreaban sus
              textos, llenos de términos y expresiones susceptibles de varias lecturas. La solución
              planteada por nuestro erudito es, como sabemos, una <hi rend="i">ilustración</hi> o
              comentario. No tenía más que referirse a la evidencia de comentarios y anotaciones que
              tomaban las <hi rend="i">Soledades</hi> como verdadero oráculo en el sentido que aquí
              nos ocupa. Junto a estos moldes retóricos de interpretación, cabían también, desde
              luego, otras formas menos ortodoxas, como la quevedesca <hi rend="i">Aguja de marear
                cultos</hi>.</note>.</p>
          <p>La inclusión de este discurso se justifica por partida doble. La primera razón es
            intrínseca a la propia <hi rend="i">Poética</hi> y proviene de la importancia, algo
            exagerada en la valoración de Salas, que concede el estagirita a la perspicuidad. La
            segunda es una afectación de patriotismo que es apreciable también en otras partes
            significativas de la <hi rend="i">Nueva idea</hi>. Reflejo de este espíritu patriótico
            es la declaración sobre la superioridad de los poetas españoles con respecto a los
              antiguos<note place="bottom"> Lejos, pues, nuestro erudito de una descalificación
              absoluta de la poesía española de la época, y mucho menos de Góngora, al que concede
              incluso el elogio supremo de equipararlo con el mismísimo Quevedo en la <hi rend="i"
                >Musa V</hi> (<hi rend="i">Obra poética</hi>, I, p. 125): «Pero de las tres especies
              a que estas letrillas se redujeron, las <hi rend="i">satíricas</hi> son en donde el
              ingenio de nuestro poeta prevaleció con ventaja, combinándose en ellas con el también
              excelente poeta nuestro D. Luis de Góngora en paridad suma».</note>, que tiene mucho
            que ver con el principio estético del progresivo perfeccionamiento y de la evolución de
            los gustos.</p>
          <p>Viene a continuación uno de los pasajes de la <hi rend="i">Nueva idea</hi> que más han
            dado de qué hablar desde que Luzán se mostrara en franco desacuerdo con sus
              contenidos<note place="bottom">Luzán, en sintonía con la revisión de toda la poesía
              barroca por parte de los literatos de la Ilustración, recibió con aplauso en <hi
                rend="i">La poética</hi> (2008: 151) la controvertida opinión sobre la oscuridad del
              estilo, que implicó a Salas en las encendidas polémicas de su época. Por el contrario,
              su defensa de la escena contemporánea, que pasó inadvertida en su momento, contó con
              su desaprobación. Luzán cita en su obra el pasaje concreto de la sección V en el que
              Salas alaba la labor de los autores de comedias precisamente por hallarse libres de la
              «pestilente influencia» de la poesía culterana. Estas palabras resultaban
              extremadamente incómodas para un autor como Luzán, que impulsó de palabra y obra la
              reforma teatral acometida por su siglo. Así Luzán trata de soslayar este inconveniente
              negándose a aceptar la sinceridad de don Jusepe en este paso. A su juicio, el erudito
              madrileño transigió con la ignorancia y la inclinación del vulgo por temor a la
              hostilidad o menosprecio de este.</note>, sobre todo con la alabanza de la labor de
            los cómicos (entiéndase los autores de comedias), precisamente por hallarse libres de la
            «pestilente influencia» de la poesía culterana (1633: 85)<note place="bottom"> No es
              momento ahora de entrar en consideraciones sobre la verdad de este aserto, puesto en
              entredicho por la crítica moderna. Véase al respecto Hilborn (1971).</note>. Esta
            circunstancia da pie a una declaración acerca de la superioridad del teatro español
            sobre el teatro clásico que, sacada de contexto, ha condicionado en la crítica moderna
            el entendimiento de todo el tratado. Es cierto que Salas proclama la perfección
            alcanzada por los autores dramáticos contemporáneos, pero lo mismo declara de la épica,
            detalle estratégicamente olvidado por todos los críticos, por lo que esta supuesta
            apología de la comedia nueva hay que situarla en el marco más amplio de la <hi rend="i"
              >querelle</hi> de los antiguos y los modernos, que afecta a la creación literaria en
            su conjunto<note place="bottom"> Maravall (1985: 481-508).</note>.</p>
          <p>En todo caso, queda claro que la perfección pasa por no dejarse llevar de las
            oscuridades en la dicción. El poeta ha de exigirse una labor de lima, equiparable a la
            mesura reclamada para la majestad del estilo. Salas incluye aquí, con toda intención, un
            tópico horaciano bien conocido, aunque su aplicación es muy parcial, pues la intención
            de Horacio tenía mucho más alcance<note place="bottom"> García Berrio (1980: 169-170).
              De hecho la necesidad de constante corrección hasta conseguir las formas más perfectas
              afecta al género en toda su extensión y, en concreto, a su parte más sensible: la
              fábula.</note>. </p>
          <p>La oscuridad, por otro lado, no es afección exclusiva de los poetas líricos, que tienen
            en el verso su vehículo expresivo, sino que alcanza también a los que escriben en prosa.
            No obstante, en la mente de González de Salas, esta referencia a la prosa está ligada a
            la producción de historiadores y a las obras de naturaleza retórica, como buen promotor
            que es del estilo tacistista. La deuda de estas reflexiones con el arte mayor de la <hi
              rend="i">Retórica</hi> está asegurada por el empleo de los testimonios de autoridades
            tan representativas del género como Demóstenes y Quintiliano. La finalidad de la
            claridad, según el autor latino (<hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, VIII, 2, 24), es
            la de asegurar la comprensión del contenido, lo cual tiene su conexión con el problema
            de moralización o del <hi rend="i">prodesse</hi> en su sentido más amplio. En todo caso,
            y a manera de primera conclusión, se vuelve a uno de los argumentos basilares de la
            doctrina de González de Salas, como es la necesidad de reconocer la autoridad
            orientativa del <hi rend="i">ars</hi> y de seguir los buenos ejemplos<note
              place="bottom"> No olvidemos que gran parte de las polémicas sobre el estilo se
              centraron en el ofrecimiento e impugnación de modelos alternativos a las <hi rend="i"
                >Soledades</hi>. Don Jusepe participa de la recuperación por parte de Quevedo de
              fray Luis de León, autor, por otro lado, identificado en la línea de agudeza poética
              del siglo XVI (García Berrio 1968: 17). </note>.</p>
          <p>La claridad es virtud universal de toda oración, puesto que, si es requerida en la
            tragedia, género en el que podría estar más justificada la oscuridad por la grandeza de
            su estilo, más necesaria ha de ser en otros discursos de estilos más bajos. La reflexión
            se sitúa ahora, sin embargo, en el plano más general de la finalidad del discurso, con
            una definición extraída de la <hi rend="i">Retórica</hi> de Aristóteles<note
              place="bottom"> Este es el pasaje cuya interpretación le recrimina Trillo y Figueroa:
              véase «Una reflexión entre los grandes comentarios gongorinos».</note>, coincidente
            con otra de Erociano, y una ampliación ilustrativa tomada de Aulo Gelio. Esta finalidad
            no es otra que «declarar el concepto» (1633: 87) o, lo que es lo mismo, asegurar la
            comunicación de los contenidos. Por esta misma razón, la lógica y el sentido común,
            puestos en boca de Aristóteles y Quintiliano mediante referencias en nota, parecen
            exigir que la lengua sea de fácil entendimiento. De lo contrario se pervierte la propia
            naturaleza del lenguaje<note place="bottom"> Para Riley (1951: 196) las ideas sobre el
              lenguaje de Salas son muy convencionales.</note>.</p>
          <p>Sin embargo, para que la verdad de este aserto prevalga, González de Salas es
            consciente de que hay que luchar contra la falsa y extendida idea de que la oscuridad es
            en sí misma un valor, identificado con los primores del estilo y los alardes expresivos.
            Al contrario, nuestro autor se hace eco de un argumento empleado con profusión en las
            polémicas gongorinas, según el cual la afectación de oscuridad suele denotar carencias
            en el escritor, fundamentalmente en el plano del contenido<note place="bottom"> La
              oscuridad se identificaba, pues, con el proceder poético de los culteranos,
              consistente en un desarrollo autónomo del componente formal, en detrimento del
              contenido, que atentaba radicalmente contra el equilibrio entre <hi rend="i">res</hi>
              y <hi rend="i">verba</hi> en que se había basado la teoría literaria moderna, y que,
              en consecuencia, era sentido como profundamente anticlasicista (García Berrio 1981:
              16). No en vano los apologetas de Góngora centraron sus esfuerzos en subrayar la
              importancia de la res en sus poemas, aspecto reconocido por la crítica moderna (Lázaro
              Carreter 1966: 38-43).</note>. La fuente de todo este pasaje es retórica, la <hi
              rend="i">Institutio oratoria</hi> de Quintiliano, de la que traduce un extenso pasaje,
            resume otros, y a la que remite en toda su extensión<note place="bottom"> Como es
              habitual en él, acompaña este pasaje teórico con una ilustración anecdótica tomada de
              Plutarco.</note>. Quizá de esta forma, aduciendo una autoridad de este calibre,
            nuestro erudito pretendía ahorrarse posibles reproches<note place="bottom"> Aunque, como
              sabemos, infructuosamente, pues no pudo evitar ataques personales. A partir de aquí el
              discurso de Salas pierde su orden y sistematicidad. Se trata de uno de los pasajes más
              enrevesados de la <hi rend="i">Nueva idea</hi>, con constante alusión, abandono y
              posterior recogida de distintos asuntos.</note>.</p>
          <p>La claridad tiene también una razón que afecta no ya a la propia naturaleza del
            discurso sino a su receptor. La claridad permite ganarse el favor del público, que es
            apetecido por todos los poetas, como demuestran los ejemplos aportados de Marcial y
            Ovidio, y este solo se consigue provocando el deleite<note place="bottom"> Como subraya
              Prior (1993: 519), «el punto de partida es, una vez más, la posición del receptor». Se
              trata de la finalidad intrínseca del discurso retórico; sin embargo, es significativo
              que, de los tres elementos que integran el <hi rend="i">persuadere</hi> de los
              oradores (<hi rend="i">docere, delectare, movere</hi>), don Jusepe aborde
              primordialmente el <hi rend="i">delectare</hi>, aunque se trate de un deleite
              subordinado al papel preponderante del contenido.</note>. La oscuridad y, por
            consiguiente, la dificultad de la comprensión, se presenta así como causa de anulación
            del placer en el receptor<note place="bottom"> A. García Berrio (1980: 449) recuerda que
              el deleite así concebido era opuesto por el vértice al modelo imperante en la época,
              que estimaba su origen precisamente en el descubrimiento trabajoso de un oculto
              mensaje poético. Sin embargo, no hay que confundir la dificultad en el plano de la
              expresión con la dificultad en el plano del contenido. Juan de Jaúregui, en el <hi
                rend="i">Discurso poético</hi>, distinguía entre la primera, con la que equipara lo
                <hi rend="i">oscuro</hi>, y la segunda, que equivale a lo <hi rend="i">difícil</hi>,
              y que consiste en la oscuridad de las sentencias y pensamientos o en el mismo
              argumento de la obra (García Berrio 1968: 51). En todo caso, la defensa e impugnación
              del deleite derivado de la oscuridad centró gran parte de los argumentos polémicos en
              torno a las <hi rend="i">Soledades</hi> de Góngora (Roses 1994: 141-151).</note>. En
            abono de esta idea viene una vez más el testimonio de la <hi rend="i">Retórica</hi> de
              Aristóteles<note place="bottom"> No obstante, hay que advertir que en este pasaje
              Aristóteles sitúa la fuente del placer tanto en la perspicuidad como en lo elevado de
              la dicción, es decir, en las dos propiedades concedidas por Salas a la locución
              trágica.</note>.</p>
          <p>Por otro lado, la oscuridad no solo dificulta la transmisión de los contenidos, como ya
            sabemos, con el perjuicio que ello acarrea a la finalidad moralizante o formativa de la
            literatura. Más allá de este problema, la falta de <hi rend="i">perspicuitas</hi> impide
            que se produzca el placer derivado de todo acto de conocimiento o de entendimiento al
            dificultarlo en extremo, porque, siempre según la <hi rend="i">Retórica</hi> de
            Aristóteles, este deleite solo se produce cuando no requiere esfuerzo<note
              place="bottom"> Para García Berrio (1980: 450), las causas del placer que se aducen en
              otros momentos del tratado son concesiones a las ideas tradicionales que daban
              predominio al contenido y ponderaban «las consecuencias deleitosas del remedio de la
              ignorancia».</note>. No es necesario, sin embargo, el recurso a una autoridad para dar
            por bueno un aserto que es también una cuestión de lógica, «cuando su misma verdad no la
            acreditare bastantemente» (1633: 90), y que, mediante el ilustrativo testimonio de
            Luciano, se nos presenta como un precepto <hi rend="i">natural</hi>.</p>
          <p>Todo este razonamiento aristotélico sirve para engarzar aquí el tema horaciano del <hi
              rend="i">prodesse</hi> et <hi rend="i">delectare</hi><note place="bottom"> Riley
              (1951: 189) dice que Salas, como el resto de los preceptistas españoles, aceptó los
              dos fines, <hi rend="i">prodesse et delectare</hi>, sin mayores problemas, al
              contrario que en Italia, donde habían generado muchas polémicas. De hecho, ambos se
              convierten en objetivo de toda la <hi rend="i">Nueva idea</hi> (vid. Sección VI, §.
              5.). La preponderancia del plano de los <hi rend="i">verba</hi> sobre el de la <hi
                rend="i">res</hi> va acompañada de una menor relevancia del <hi rend="i">docere</hi>
              frente al <hi rend="i">delectare</hi>, y viceversa, según el sistema de equilibrios de
              la teoría poética renacentista desentrañado por García Berrio (1981: 104). Don Jusepe,
              que se movía en el ámbito poético de Quevedo, se comporta como un conceptista más
              vinculando el deleite al contenido, sin olvidar por ello el cuidado de la expresión.
              No olvidemos que la formulación barroca del concepto afecta no solo a los planos de la
                <hi rend="i">inventio</hi> y de la <hi rend="i">dispositio</hi>, poniendo en
              contacto realidades habitualmente muy alejadas entre sí y procediendo por vías poco
              usuales, sino que interviene también en la <hi rend="i">elocutio</hi>, en la que se
              busca el máximo efecto a través de una cuidada selección de los recursos verbales
              (García Berrio 1981: 116).</note>. El deleite se obtiene directamente de una actividad
            intelectual, la de la imitación, de la que se deriva, al mismo tiempo, un provecho en su
            sentido más general, que no debemos identificar necesariamente con el fin moralizante y
            que podemos interpretar en términos de aprendizaje. De esta forma, según la lógica
            interna del discurso de Salas, la perspicuidad se convierte en el medio necesario para
            llevar a su cumplimiento el precepto horaciano<note place="bottom"> En todo caso, si es
              cierto que don Jusepe se muestra muy comedido en el tratamiento del <hi rend="i"
                >prodesse</hi> desde un punto de vista moral, también hay que reconocer que su
              interés por el <hi rend="i">delectare</hi> es puramente anecdótico. Debía ser así, por
              otro lado, puesto que era visto como un final opuesto a la catarsis trágica (vid.
              Sección III, §. 4.) y, por tanto, tenía que quedar reducido a aspectos secundarios de
              la representación (<hi rend="i">vid.</hi> Sección XI, §. 10.2.).</note>. La obligación
            de atender a ambas finalidades atañe por igual a poetas<note place="bottom"> Con
              relación a estos, atribuye la finalidad del <hi rend="i">delectare</hi>
              específicamente a la «numerosa harmonía», es decir, a la versificación (<hi rend="i"
                >vid.</hi> Sección I, §. 3.1.; VI, §. 3.6.; y XIII, §. 3.2.).</note>, historiadores
            y oradores. Sirve para los primeros el testimonio del mismo Horacio, para los segundos
            el de los maestros de Historia y para los terceros el de Cicerón, por si no bastara con
            uno. El recuerdo de este último permite una amplificación relativa a los fines con la
            alusión a la tercera función del <hi rend="i">persuadere</hi>, aunque sin distinguir que
            esta afecta solo al orador<note place="bottom"> Sin embargo, el <hi rend="i">movere</hi>
              necesario para lograr el fin específico de la persuasión no es ajeno a la concepción
              integral de la literatura de nuestro autor (<hi rend="i">vid.</hi> Sección II, §.
              6.1.; III, §. 7.1. y IV, §§. 3.2. y 7.2).</note>.</p>
          <p>Empeñado en desmontar por completo los argumentos a los que se pueden aferrar los
            «lucífugas» (1633: 91), González de Salas plantea, con el auxilio de San Jerónimo, que
            la oscuridad solo puede granjearse el gusto de la gente vulgar e ignorante. Esta opinión
            parece estar en contradicción con la idea casi unánime entre los literatos de que el
            vulgo es incapaz de cualquier apreciación de índole estética, aunque Salas no llega a
            condenar nunca de manera absoluta sus capacidades<note place="bottom">
              <hi rend="i">Vid.</hi> Sección III, §. 3.1.</note>. Más bien, parece que detrás de
            esta referencia al vulgo y su facilidad para sucumbir a los encantos de las formas
            excelsas se esconde una advertencia sobre los peligros de la <hi rend="i">admiratio</hi>
            como fin del arte literario<note place="bottom">
              <hi rend="i">Vid.</hi> Sección I, §. 4.1. y XIII, §. 4.2. La <hi rend="i"
                >admiratio</hi> es uno de los efectos del <hi rend="i">ornatus</hi> (Lausberg 1966:
              §. 538).</note>.</p>
          <p>Tampoco sirve alegar que en la Antigüedad hubo autores oscuros. De igual forma que la
            claridad se presenta como virtud universal, la oscuridad ha sido condenada en todo
            tiempo. Como testimonio de ello, ofrece una serie de censuras a Heráclito Efesio, de
            quien se aborrece tanto la exposición de sus ideas filosóficas como la obscuridad de sus
            palabras, y a otros autores anónimos, con un encadenado de citas que tienen en común la
            glosa del término <hi rend="i">tenebroso</hi>, con nociones etimológicas, como es
            habitual en don Jusepe. </p>
          <p>Por último, y para concluir su exposición, Salas advierte que conseguir la claridad
            requiere trabajo y es una tarea dificultosa que debe acometer el autor para que no la
            tenga que afrontar el lector. Se resumen así algunos de los puntos fuertes de su
            discurso, como son la importancia de la recepción, amplificada con la inclusión de la
            fama como factor derivado, y la aceptación de la dificultad como elemento literario de
            primera magnitud<note place="bottom"> Que no hay que confundir, como ya sabemos, con lo
              oscuro. Según Prior (1993: 519), «Salas acepta también lo difícil, que había sido
              privilegiado en la nueva estética vigente, pero cree que no ha de estar reñido con la
              perspicuidad de los textos». González de Salas vuelve con un testimonio de Hermógenes
              a decir que lo útil y excelente es siempre dificultoso, aplicado a los propios
              preceptos de esta sección V (1633: 96). Es una nueva concesión al tópico del <hi
                rend="i">prodesse et delectare</hi>.</note>. Se podría añadir también, aunque
            nuestro autor no lo hace, la necesidad de una labor de lima constante<note
              place="bottom"> Lo cierto es que, a pesar de los continuos consejos sobre la claridad,
              las indicaciones técnicas para conseguirla brillan por su ausencia.</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>7. [Otras cuestiones]</head>
        </div>
        <div>
          <head>8. [Conclusión]</head>
          <p>Por lo que se refiere a la teoría literaria, González de Salas puede ser considerado un
            aristotélico, puesto que sintió que bastaba el estagirita para explicar la totalidad de
            la producción literaria, y ello a pesar de que las manifestaciones literarias más ricas
            del Siglo de Oro no resultaban de la regularización literaria ni de la reflexión teórica
            sobre los problemas planteados por los nuevos descubrimientos literarios. La <hi
              rend="i">Nueva idea</hi>, en sentido contrario a la obra de Aristóteles, no parte de
            la actividad teatral circundante ni intenta explicarla en su esencia o en sus géneros,
            sino que ofrece una lectura del texto aristotélico y recurre a la experiencia solo para
            ilustrarlo o como expediente para subrayar la validez de los planteamientos de la <hi
              rend="i">Poética</hi>. Así, esta obra se convierte en un ejemplo más de la separación
            entre teoría y práctica de la que adolecieron nuestros tratadistas.</p>
          <p>Sin embargo, González de Salas no vivió de espaldas a las cuestiones palpitantes de la
            literatura contemporánea, entre ellas la novedad poética de Góngora y sus seguidores. En
            relación con este asunto, y dentro del plano de la expresión, González de Salas es un
            firme defensor de propósito, que no de obra, de la claridad, y no puede dejar de serlo
            porque está en juego la comprensión de los contenidos. No olvidemos que su obra es,
            precisamente, la ilustración de un texto esencialmente «oscuro» como es la <hi rend="i"
              >Poética</hi> de Aristóteles. De manera simplificada, y en un momento en que el debate
            en torno al plano de los verba está completamente escindido, la toma de partido en
            contra de la oscuridad permite situar a González de Salas en el bloque de los autores
            más críticos con la obra gongorina, léase Quevedo, al que lo unieron afectos personales,
            o Lope de Vega, con quien compartió los azotes de la <hi rend="i">Spongia</hi> de Torres
            Rámila. Resulta coherente si consideramos también su profesión de fe estoica y su
            preocupación por cuestiones políticas en la órbita del tacistismo imperante, que lo
            sitúan también en armonía con el pensamiento quevedesco<note place="bottom"> Tácito y
              Séneca fueron autores fundamentales en la progresiva sustitución del paradigma
              ciceroniano por el nuevo ideal de prosa ática, mucho más oscura y alambicada en cuanto
              a la lengua y al pensamiento. A ello contribuyeron mucho no solo las bondades
              intrínsecas del estilo de ambos autores, sino también la carga moral de que estaban
              preñadas sus obras. Por otro lado, la promoción del estilo tacitista tuvo también
              mucho que ver con el pensamiento político del historiador latino, que fue empleado
              abundantemente en los debates sobre el maquiavelismo, y que interesó a varios autores,
              entre ellos, Quevedo y Baltasar Gracián.</note>. También es coherente con la promoción
            de un determinado estilo del que son representativos el propio Tácito y Séneca, y que
            lleva las semillas del conceptismo por su brevedad, su carácter sentencioso y su
            búsqueda permanente de la agudeza. Paradójicamente es en estos momentos, al tratar de
            cuestiones estilísticas, cuando González de Salas parece más involucrado con la realidad
            literaria de su tiempo, más incluso que cuando se ciñe a la materia teatral. Sin
            embargo, Salas es todavía un ciceroniano, por su misma expresión en amplios períodos.
            Cicerón es su mayor autoridad en cuestiones retóricas y es un referente modélico en
            cuanto al estilo, junto con Séneca, con el que comparte el gusto por la sentencia. Es
            lógico, habida cuenta de la pervivencia de este modelo de elocuencia entre los jesuitas,
            a los que nuestro erudito estaba tan vinculado.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. Establecimiento del texto</head>
          <p>Para la edición de la <hi rend="i">Nueva idea</hi> he seguido el ejemplar conservado en
            la BNE con la signatura T/1521. En la BNE se conserva otro ejemplar de la <hi rend="i"
              >Nueva idea</hi> con la signatura 3/60795, que carece de portada. Además de estos, he
            consultado los siguientes ejemplares: Biblioteca de Marcelino Menéndez Pelayo en
            Santander, 12839, Biblioteca del Seminario de San Carlos de Zaragoza, 50-6-25;
            Bibliothèque Mazarine de París, 10.416, Bibliothèque Nationale de París, Y/115; y la
            Biblioteca Universitaria de Granada, A-2-214.</p>
          <p>Todos los ejemplares consultados son iguales en cuanto a su contenido y disposición, y
            las diferencias entre sus características no van más allá de las determinadas por el
            deterioro físico o las sucesivas reencuadernaciones. Así, son idénticos la portada, los
            preliminares, las signaturas de los pliegos, las erratas y los defectos tipográficos. Si
            todas estas coincidencias nos permiten hablar de una única edición a la que pertenecen
            todos los ejemplares, hay, sin embargo, algunas diferencias que conducen a pensar en dos
            posibles estados de la edición. Me refiero a la ausencia de una nota marginal que
            permite oponer los ejemplares de la BNE, T/1521 y de la Bibliothèque Nationale de París
            al resto de los testimonios. En estos últimos, en concreto en la p. 359, se puede leer
            la nota 1 con el siguiente texto: «vers. 960». Por el contrario, en los dos primeros la
            nota no aparece, a pesar de que existe la llamada correspondiente en el v. 2383. En
            vista de esta circunstancia, y teniendo en cuenta el proceso de impresión de la época,
            podemos concluir que nos hallamos ante una corrección en prensa. En todo caso, no hay
            variantes textuales entre los distintos testimonios.</p>
          <p>Cabe destacar una peculiaridad de la <hi rend="i">Nueva idea</hi> relativa a las
            abundantes notas marginales de la obra. Todas ellas van señaladas en el cuerpo del texto
            con un número volado, según práctica corriente en nuestros días, pero menos habitual en
            los libros de la época, donde estas notas suelen ir colocadas al margen, a la altura del
            pasaje al que hacen referencia, sin ningún tipo de indicación. Por otro lado, y en
            contra del uso moderno de las llamadas a nota, que se disponen al final de las citas o
            pasajes referenciados, González de Salas las ubica a principio de cita. Para evitar
            confusiones al lector contemporáneo, optamos por indicar la llamada a nota siguiendo los
            criterios actuales. </p>
        </div>
        <div>
          <head>10. [Bibliografía]</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Poética</hi>. Versión de Daniel Heinsio (<hi rend="i">Aristotelis
                de Poetica liber. Daniel Heinsius recensuit, ordini suo restituit, Latine vertit,
                Notas addidit, Lugduni Batavorum: apud Ioannem Balduinum, prostat in Bibliopolio
                Ludovici Elzevirii</hi>, 1611).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Retórica</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ateneo</hi>: </p>
            <bibl>—, <hi rend="i">El banquete de los sofistas</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cicerón</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De divinatione</hi></bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">De optimo genere oratorum</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Demóstenes</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Contra Aristócrates</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Diógenes Laercio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Vidas y opiniones de filósofos ilustres</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Erociano</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Erotiani graeci scriptoris vetustissimi vocum quae apud
                Hippocratem sunt collectio. Cum annotationibus Bartholomaei Eustachii</hi> [...],
                <hi rend="i">Venetiis: apud Lucam Antonium Iuntam</hi>, 1566.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Filóstrato</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epístola a Aspasia</hi> (<hi rend="i">Opera quae exstant, París:
                ex officina typographica Claudii Morelli</hi>, 1608).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gelio</hi>, Aulo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Noctes atticae</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Hermógenes</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sobre los tipos de estilo</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Ars poetica</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jerónimo</hi>, San:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epistula ad Nepotianum</hi></bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Apologia adversus libros Rufini</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Luciano de Samosata</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Lexífanes</hi></bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sobre la danza</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Marcial</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epigrammata</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Plutarco</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Vida de Foción</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ovidio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Tristia</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Institutio oratoria</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Suidas</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Lexicon</hi>. Versión de Andreas Schott (<hi rend="i">Adagia sive
                proverbia Graecorum ex Zenobio seu Zenodoto Diogeniano et Suidae collectaneis.
                Partim edita nunc primum, partim Latine reddita, scholiisque parallelis illustrata
                ab Andrea Schotto Antuerpiano, Soc. Iesu presbytero, Antuerpiae: ex officina
                Plantiniana, apud Viduam et Filios Ionnis Moreti</hi>, 1612).</bibl>
            <p/>
          </div>
          <div>
            <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
            <div>
              <head>10.2.1 Manuscritos</head>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Erociano</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Erotiani Galeni et Herodoti Glossaria in Hippocratem ex
                  recensione Henrici Stephani graece et latine, Lipsiae: sumpt. Iohannis Friderici
                  Iunii</hi>, 1780.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Filóstrato</hi>: </p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Opera quae exstant, Parisiis, ex officina typographica Claudii
                  Morelli</hi>, 1608.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">González de Salas</hi>, Jusepe Antonio:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Nueva idea de la tragedia antigua o ilustración última al libro
                  singular de Poética de Aristóteles Stagirita por Jusepe Antonio González de
                  Salas</hi>, Madrid: Francisco Martínez, 1633.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pérez de Montalbán</hi>, Juan:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Para todos. Exemplos morales humanos y divinos, en que se tratan
                  diversas ciencias, materias y facultades</hi>, Madrid: En la imprenta del Reyno,
                1632.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Salcedo Coronel</hi>, García:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Soledades de D. Luis de Góngora. Comentadas por D. García de
                  Salzedo Coronel</hi>, En Madrid: En la Imprenta Real, 1636.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tarsia</hi>, Pedro de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Vida de Don Francisco de Quevedo y Villegas</hi>, Madrid: Pablo
                del Val, 1663.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Trillo y Figueroa</hi>, Francisco:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Neapolisea. Poema heroico y panegírico al Gran Capitán Gonzalo
                  Fernández de Córdova</hi>, Granada: Baltasar de Bolívar y Francisco Sánchez,
                1651.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vives</hi>, Juan Luis:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">De disciplinis libri XX, Antuerpiae</hi>: M. Hillen van
                Hoochstraten, 1531.</bibl>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.3 Impresos posteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Poética de Aristóteles</hi>, ed. y traducción de Valentín García
                Yebra, Madrid, Gredos, 1974.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Retórica</hi>, ed. y traducción de Antonio Tovar, Madrid, Centro
                de Estudios Constitucionales, 1985.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ateneo</hi>: </p>
              <bibl>—, <hi rend="i">The Deipnosophists</hi>, ed. Charles Burton Gulick, London,
                William Heinemann Ltd.-Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 1969, 7
                vols.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Beardsley</hi>, Theodore S.:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Hispano-Classical Translations Printed Between 1482 and
                  1699</hi>, Pittsburg, Pennsylvania, Duquesne University Press, 1970.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Béhar</hi>, Roland:</p>
              <bibl>—, «La cacocelía como argumento en la polémica contra la oscuridad gongorina»,
                  <hi rend="i">Boletín Hispánico Helvético</hi>, 25, 2005, pp. 151-156.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cicerón</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">L’orateur. Du meilleur genre d’orateurs</hi>, éd. Albert Yon,
                Paris, Société d’Édition Les Belles Lettres, 1964.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Sobre la adivinación. Sobre el destino. Timeo</hi>,
                introducciones, traducción y notas de Ángel Escobar, Madrid, Gredos, 1999.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Sobre la naturaleza de los dioses</hi>, en <hi rend="i">Obras
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                Gredos, 2009.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Correas</hi>, Gonzalo:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Vocabulario de refranes y frases proverbiales</hi>, ed. Louis
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Covarrubias</hi>, Sebastián de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Tesoro de la lengua castellana o española</hi>, Madrid, Turner,
                1984.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Diógenes Laercio</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Vidas</hi>, introducción, traducción y notas de José Ortiz y
                Sainz, Madrid, Gredos, 2009.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Entrambasaguas</hi>, Joaquín de:</p>
              <bibl>—, «Una guerra literaria del Siglo de Oro: Lope de Vega y los preceptistas
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                1946, vol. I.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Erasmo de Rotterdam</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Adagi</hi>, traduzione a cura de Emanuele Lelli, Milano,
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">García Berrio</hi>, Antonio:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">España e Italia ante el conceptismo</hi>, Madrid, CSIC,
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gelio</hi>, Aulo:</p>
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">González de Salas</hi>, Jusepe Antonio:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Nueva idea de la tragedia antigua</hi>, edición y estudio de
                Luis Sánchez Laílla, Kassel, Edition Reichenberger, 2003, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Hermógenes</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Sobre los tipos de estilo</hi>, introducción, traducción y notas
                de Consuelo Ruiz Monte, Madrid, Gredos, 1993.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Hilborn</hi>, Harry W.:</p>
              <bibl>—, «El creciente gongorismo en las comedias de Lope de Vega», en <hi rend="i"
                  >Homenaje a William L. Fichter. Estudios sobre el teatro antiguo hispánico y otros
                  ensayos</hi>, ed. José Amor y Vázquez y David Kossoff, Madrid, Castalia, 1971, pp.
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Sátiras. Epístolas. Arte poética</hi>, introducciones,
                traducción y notas de José Luis Moralejo, Madrid, Gredos, 2008.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jerónimo</hi>, San:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Epistolario</hi>, traducción, introducción y notas por Juan
                Bautista Valero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1993.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Apologia adversus libros Rufini</hi>, en <hi rend="sc"
                  >Migne</hi>, Jacques Paul, <hi rend="i">Patrologiae Cursus Completus. Series
                  Latina, Parisiis, apud Garnier Fratres Editores et J.-P. Migne Successores</hi>,
                1883, vol. 23.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Contra Rufino</hi>, ed. Francisco Javier Tovar Paz, Madrid,
                Akal, 2003.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lázaro Carreter</hi>, Fernando:</p>
              <bibl>—, «Sobre la dificultad conceptista», en <hi rend="i">Estilo barroco y
                  personalidad creadora</hi>, Salamanca, Anaya, 1966, pp. 13-46.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lausberg</hi>, Heinrich:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Manual de retórica literaria. Fundamentos de una ciencia de la
                  literatura</hi>, 3 vols., Madrid, Gredos, 1966.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">López Rueda</hi>, José:</p>
              <bibl>—, «Joseph Antonio González de Salas, un filólogo clásico, amigo de Quevedo»,
                  <hi rend="i">Tres grandes humanistas españoles</hi>, Madrid, Fundación
                Universitaria Española, 1976.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">González de Salas, humanista barroco y editor de Quevedo</hi>,
                Madrid, Fundación Universitaria Española, 2003.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Luciano de Samosata</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Sobre la danza</hi> y <hi rend="i">Lexífanes</hi>, en <hi
                  rend="i">Obras III</hi>, traducción y notas de Juan Zaragoza Botella, Madrid,
                Gredos, 2002.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Luzán</hi>, Ignacio de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">La poética</hi>, ed. Russell P. Sebold, Madrid, Cátedra,
                2008.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Marcial</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Epigrammata, edidit D. R. Schackleton Bailey, Stutgardiae in
                  aedibus B. G. Teubneri</hi>, 1990.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Martínez Arancón</hi>, Ana:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">La batalla en torno a Góngora</hi>, Barcelona, Antoni Bosch,
                1978.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Maravall</hi>, José Antonio:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Antiguos y modernos. Visión de la historia e idea de progreso
                  hasta el Renacimiento</hi>, Madrid, Alianza Editorial, 1986.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Moya</hi>, Francisca:</p>
              <bibl>—, «Salas, un humanista al trabajo», en <hi rend="i">Humanismo y pervivencia del
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                Ayuntamiento de Alcañiz-Departamento de Educación y Cultura del Gobierno de
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Petronio</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Satyrico</hi>, ed. M. Díaz y Díaz, Barcelona, Alma Mater,
                1968-1969, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Plutarco</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Vida de Foción</hi>, en <hi rend="i">Vitae. Graece et latine,
                  Parisiis, Editore Ambrosio Firmin Didot, Instituti Imperialis Franciae
                  Typographo</hi>, 1857-1862, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ovidio</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Las Tristes</hi>, ed. J. Quiñones Melgoza, México, Universidad
                Nacional Autónoma de México, 1974.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Porqueras Mayo</hi>, Alberto, y <hi rend="sc"
                  >Laurenti</hi>, Joseph L.:</p>
              <bibl>—, «La colección de traducciones hispano-clásicas en la Universidad de
                Illinois», <hi rend="i">Anuario de Letras</hi>, XVIII, 1980, pp. 295-341.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Prior</hi>, Juan José:</p>
              <bibl>—, «González de Salas: Novedad y contrastes en la exégesis de la Poética», <hi
                  rend="i">Revista de Literatura</hi>, LV, 110, 1993, pp. 507-522.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quevedo</hi>, Francisco de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Obra poética</hi>, ed. José Manuel Blecua, Madrid, Castalia,
                1969-1981, 4 vols.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>: </p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Institution oratoire</hi>, éd. Jean Cousin, Paris, Société
                d’Édition Les Belles Lettres, 1975-1980, 7 vols.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Riley</hi>, Edward C.:</p>
              <bibl>—, «The Dramatic Theories of Don Jusepe González de Salas», <hi rend="i"
                  >Hispanic Review</hi>, XIX, 1951, pp. 183-203.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Roses</hi>, Joaquín:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Una poética de la oscuridad. La recepción crítica de las
                  «Soledades» en el siglo XVII</hi>, Madrid, Támesis Books, 1994.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Suidas</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Lexicon, edidit Ada Adler, Stutgardiae in aedibus B. G.
                  Teubneri</hi>, 1971, 4 vols.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vega</hi>, Lope de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi>, ed. Antonio Carreño, Madrid, Cátedra,
                2007.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vilanova</hi>, Antonio:</p>
              <bibl>—, «Preceptistas de los siglos XVI y XVII», en <hi rend="i">Historia general de
                  las literaturas hispánicas</hi>, vol. III, ed. Guillermo Díaz-Plaja, Barcelona,
                Vergara, 1953, pp. 565-692.</bibl>
            </div>
          </div>
        </div>
      </div>
      <div>
        <index indexName="resp" n="González de Salas, Jusepe Antonio"/>
        <index indexName="date" n="1633"/>
        <head>Nueva idea de la tragedia antigua</head>
        <div>
          <head>Sección V</head>
          <p><pb n="84"/> El amor de la patria ha de obligarme a divertir en este discurso, si bien
            no creo fuera del instituto de nuestra <title><hi rend="i">Poética</hi></title>, pues,
            siguiendo las señales del gran filósofo <persName type="authority" key="Aristóteles"
              precision="3">Aristóteles</persName>, aquí también procedemos en su ilustración. Digo,
            pues, que la perspicuidad en la oración es, sin duda, la virtud que más atentamente
            cuidó enseñar <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="3">aquel ilustre
              maestro</persName>,<note place="bottom">Aristóteles</note> anteponiéndola a todas las
            otras que más la pudiesen ennoblecer; y que, si así mismo la observasen los ingenios
            españoles, es cierto podrían competir con cuantos hubo señalados en la Antigüedad de
            todas las más cultas naciones. Alto es su espíritu y atrevido a la mayor empresa;
            felices son también en las invenciones, <pb n="85"/> floridos en el estilo, y que
            naturalmente acometen siempre a enriquecerle y dilatarle. Pero no sé de qué mal astro
              tocados<note place="bottom">Esta frase es eco de un pasaje de Petronio, <hi rend="i"
                >Satyricon</hi>, 2 («<hi rend="i">Nuper ventosa istaec et enormes loquacitas Athenas
                ex Asia commigravi animosque iuvenum ad magna surgentes veluti pestilenti quidam
                sidere adflavit</hi>»), en el que se critican los excesos de la escuela asianista.
              El pasaje fue utilizado también por Quevedo en los preliminares a su edición de fray
              Luis de León, donde aprovechó por extenso los comentarios de González de Salas a la
              obras de Petronio, como sabemos (véase la nota 2).</note>, le han pervertido en estos
            años postreros de nuestra edad, obscureciéndole y afeándole: de manera que monstros son
            ya muchos de los partos de sus ingenios, que necesario es religiosamente expiarlos y
            consultar para su interpretación los oráculos, no de otra suerte que si fueran libros
              sibilinos<note place="bottom">Los libros proféticos de las sibilas, custodiados en el
              templo de Júpiter de Roma desde los tiempos de la República. Véase Cicerón, <hi
                rend="i">De divinatione</hi>, II, 54, 112.</note>. Con esto los poetas líricos
            nuestros, que en mi opinión son ventajosos a los griegos y latinos, así se hallan
            deformados, que en pocos se conoce ya la hermosura y elegancia primera. Los cómicos<note
              place="bottom">Los dramaturgos.</note> están más preservados hasta hoy de esta
            pestilente influencia: quiera el hado propicio librarlos de su contagio, cuando tienen
            ya en aquel grado la comedia adonde con no pequeña distancia de ninguna manera llegó la
            de los antiguos. Lo mismo recelo de los heroicos<note place="bottom">Los autores de
              poemas épicos.</note>, de quien se esperan cada día perfectos poemas, así no quieran,
            como dice Horacio de sus romanos,<note place="margin">Vers. 289: «<hi rend="i">Nec
                virtute foret clarisve potentius armis, / Quam lingua Latium, si non offenderet unum
                / Quemque Poetarum limae labor, &amp; mora &amp;c.</hi>».</note> «<quote>perdonarse
              al trabajo de la lima y a la dilación</quote>». Lugar que propriamente es oportuno
            para nosotros, pues añade que «<quote>si aquello observaran sus poetas, no fuera el
              Imperio latino mayor en el esfuerzo y en las armas que en las letras</quote>»<note
              place="bottom">Horacio, <hi rend="i">Ars poetica</hi>, v. 289-291.</note>. Y luego,
            con eficaces palabras, advierte a los suyos cuánto importe la repetida emendación. Sin
            duda, igualmente habla con los españoles. La misma pasión de obscuridad padecen otros
            que también son poetas, aunque fabrican en prosa sus escritos, pues por tales los
            constituye su argumento y la imitación, como sabemos de <persName type="authority"
              key="Aristóteles" precision="3">Aristóteles</persName>. También (lo que más es) los
            historiadores y los oradores, aún permitiéndose tanto menos lugar al que escucha para
            averiguar la sentencia envuelta en obscuro lenguaje que al que la descifra con la
            lección. Por eso dijo <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="4"
              unit="quote" quantity="2">Quintiliano</persName><note place="margin"> Lib. 8, cap.
              2.</note>
            <pb n="86"/> que «<quote>no solo ha de procurar el orador que se entienda su oración,
              sino que de ninguna manera sea posible el dejarse de entender</quote>»<note
              place="margin">«<hi rend="i">Quare non, ut intelligere possit, sed ne omnino possit
                non intelligere, curandum</hi>».</note><note place="bottom">Quintiliano, <hi
                rend="i">Institutio oratoria</hi>, VIII, 2, 24.</note>. Es lugar notable. Y
              <persName type="authority" key="Demóstenes" precision="3">Demóstenes</persName> no
            ignoraba esta obligación, pues, cuando sucedió traer algunas palabras menos conocidas de
            las leyes antiguas de Dracón<note place="bottom">En el discurso <hi rend="i">Contra
                Aristócrates</hi>, donde expone argumentos jurídicos y morales sobre el homicidio en
              Atenas. A Dracón de Tesalia, legislador en Atenas en el siglo VII a. C., se atribuye
              la primera y rigurosa codificación de las leyes de la ciudad.</note>, no dudó el
            explicarlas con otras suyas. ¡Oh grande desdicha la nuestra y ruina infalible de los
            ingenios, si la verdad de la mejor doctrina y el desengaño de este error no lo estorbare
            apresuradamente! Cierto es, sin escrúpulo de duda, que si yo desease llegar a la
            eminencia de la Pintura, que para conseguirlo había de hacer dos cosas: la primera,
            seguir los preceptos de quien en aquella arte fuese insigne maestro; y la segunda,
            procurar imitar luego al que hubiese sido excelente pintor. De la misma suerte se debe
            hacer en otra cualquiera arte. Creamos a los maestros, creamos a los artífices, y
            procuremos desengañarnos así de la perversa opinión que nos destruye. Proceda, pues, de
            esta forma nuestro discurso.</p>
          <p>Virtud es que universalmente comprehende a la oración la claridad. Así lo enseñan sus
            maestros: bien claro lo habemos ya oído de <persName type="authority" key="Hermógenes"
              precision="3">Hermógenes</persName><note place="bottom">En la propia <hi rend="i"
                >Nueva idea</hi>: «No pudo encarecer más la necesidad suma que todas las especies de
              oración tienen de claridad; doctrina no menos advertida del proprio Hermógenes, cuando
              en primero lugar la coloca y la trata, ‘porque (concluye así) la claridad es
              principalmente necesaria a toda oración’» (1633: 84). La fuente es Hermógenes, <hi
                rend="i">Sobre los tipos de estilo</hi>, I, «Introducción», 226.</note> y de
              <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="3">Aristóteles</persName><note
              place="bottom">También en <hi rend="i">Nueva idea</hi>: «Reconociendo, pues, el gran
              Filósofo cuánto era necesario a la tragedia el estilo sublime, y recelando también la
              obscuridad que suele acompañar al que lo es (¡desdicha fatal en todas las edades!),
              después de haber tratado bien menudamente de las partes de que consta la oración,
              queriendo significar la mayor excelencia que con ellas ha de tener, dice en el
              principio del capítulo 22: ‘Es, pues, la virtud (por excelencia, como la mayor, señala
              esta) de la locución que sea perspicua y clara, pero no por eso ha de ser humilde’;
              mostrando así que ha de ser valiente y alta» (1633: 84). Es cita de Aristóteles, <hi
                rend="i">Poética</hi>, XXII (1458a18).</note>, y fuerte es el argumento de
            comparación que de su precepto se induce. Si en el coturno<note place="bottom">El
              coturno, calzado de suela gruesa empleado por los actores trágicos de la Antigüedad
              para parecer más altos, es imagen habitual de la elevación del estilo propio de la
              tragedia.</note> del estilo trágico se requiere tan necesariamente la perspicuidad,
            ¿qué será en los otros, cuyo carácter es inferior? Pregunto: el fin de estas palabras
            que componen la humana locución, ¿es otro sino declarar el concepto que yo tengo en mi
            ánimo, que, mientras está preso en esta cárcel material, no puede manifestarse si no es
            por ese medio<note place="margin"><hi rend="i">Sic Erotianus, Interpres vocum
                Hippocratis vetustissimus, in Prooemio</hi>.</note><note place="bottom">Dice así
              Erociano en el proemio a <hi rend="i">Vocum quae apud Hippocratem sunt Collectio,
                Venetiis: apud Lucam Antonium Iuntam</hi>, 1566, f. 1v: «<hi rend="i">Siquidem datus
                est nobis a natura sermo, ut eas, quae in mente nostra cogitationes ortae sunt,
                alteri exprimamus</hi>».</note>? Bien se ve en que los espíritus no usan de él,
              como<note place="bottom"><hi rend="i">Como</hi>: ‘puesto que’.</note> no le necesitan.
            Pues ¿de cuál modo puede convenirse querer significar mi concepto y decirle con oración
            tan obscura que no se <pb n="87"/> perciba? Dignamente se le podría decir a cualquiera
            que incurriese en torpeza semejante lo que <persName type="authority" key="Favorino"
              precision="2" unit="quote" quantity="1">Favorino</persName>, filósofo, con admirable
            agudeza dijo a un mancebo que también hablaba como para que nadie le entendiese:
              «<quote>¿Por ventura, hombre ignorante, callando no conseguirías mejor tu
              intento?</quote>». <persName type="authority" key="Aulo Gelio" precision="4"
              unit="quote" quantity="1">Aulo Gelio</persName> lo refiere en el capítulo 10 del libro
            I, que todo es a este propósito<note place="bottom"><title><hi rend="i">Noctes
                  atticae</hi></title>, I, 10. El pasaje recoge por extenso el apotegma de Favorino,
              filósofo sofista del s. I, en el que censura a un joven que haga uso de término
              arcaicos.</note>. También lo es sumamente el argumento que hace <persName
              type="authority" key="Aristóteles" precision="4" unit="quote" quantity="1">el divino
              Aristóteles</persName> en su <title><hi rend="i">Retórica</hi></title><note
              place="margin">Lib. 3, cap. 2.</note>. Estas son sus palabras: «<quote>La virtud de la
              oración –la parte principal, quiere decir, pues por excelencia aquí también la señala,
              como en la <hi rend="i">Poética</hi>– es la claridad; y esto se convence bien de este
              argumento: porque si el que habla no significa el concepto que quiere, perdido es el
              fin y el uso de su lenguaje</quote>»<note place="bottom">Aristóteles, <hi rend="i"
                >Retórica</hi>, III, 2, 1404b1-3. González de Salas traduce de forma parafrástica el
              texto aristotélico.</note>. Que es como si dijera: el fin de la locución es declarar
            el concepto; el que habla obscuramente no le declara, luego perdido es en aquel el fin y
            el uso de la locución. Bien concluye el silogismo y, consiguientemente, que es la virtud
            más esencial de la oración la perspicuidad, y que también, como el poeta, la procura el
            retórico, según expresamente, con <persName type="authority" key="Hermógenes"
              precision="1">Hermógenes</persName> y <persName type="authority" key="Aristóteles"
              precision="1">Aristóteles</persName>, lo enseña <persName type="authority"
              key="Luciano" precision="3">Luciano</persName><note place="margin"><hi rend="i">De
                Saltatione</hi>.</note><note place="bottom">Luciano, <hi rend="i">Sobre la
                danza</hi>, 62: «Como es [el bailarín] un imitador y se compromete a explicar por
              medio de movimientos lo que está cantando, necesita, lo mismo que los oradores,
              practicar la claridad, para que todo lo que representa resulte evidente, sin necesidad
              de intérprete alguno».</note>.</p>
          <p>Supuesta esta verdad, ¿cuál hombre será posible hallarse que, si concibió en su
            entendimiento alguna buena sentencia o pensamiento agudo, no procure significarle de
            manera que se entienda perfectamente, y para ello busque palabras y circunlocuciones que
            lo declaren, porque teme, por no entenderse, se malogre?<note place="margin">A esto
              alude lo que enseña Aristóteles después, en las últimas líneas de esta <hi rend="i"
                >Poética</hi>, y Quintiliano en el cap. <hi rend="i">De la
              Perspicuidad</hi>.</note><note place="bottom">Aristóteles, <hi rend="i">Poética</hi>,
              XXIV, 1460b2-5. Quintiliano, <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, VIII, 2, analiza
              las causas que impiden el entendimiento del discurso.</note> Esto es tan cierto como
            lo habrán experimentado en sí cuantos viven. Pues de la misma forma ha de ser cierto que
            va desconfiado de la sentencia, y que de ella no tiene buen concepto, el que no solo no
            cuida de significarla, sino antes de obscurecerla. Tengan, pues, sabido cuantos llegaren
            a ver obra cualquiera <pb n="88"/> de esas tenebrosas, que dentro de las tinieblas de su
            locución no hay otro tesoro sino el que suele hallarse entre la obscuridad de cuevas
            escondidas: ceniza y carbones<note place="bottom">Es alusión a los «tesoros de duendes»
              o tesoros escondidos, que en el imaginario popular de la época estaban protegidos por
              duendes, los cuales, cuando iban a ser descubiertos, los transformaban en carbones.
              Véase Covarrubias; <hi rend="i">Tesoro</hi>, s.v. «tesoro».</note>. Con otra
            comparación declaró lo mismo Foción, varón sabio, (cuéntalo <persName type="authority"
              key="Plutarco" precision="4" unit="quote" quantity="1">Plutarco</persName>)<note
              place="margin"><hi rend="i">In Apophthegm</hi>.</note> hablando de cierto escrito con
            que estaba muy presumido Leóstenes por la alteza intricada de su lenguaje, diciendo que
              «<quote>era semejante al ciprés, que, sin tener fruto alguno, tanto se
              levanta</quote>»<note place="bottom">La anécdota se relata en Plutarco, <hi rend="i"
                >Vida de Foción</hi>, 23, 2, aunque este texto se refiere a los discursos de
              Leóstenes y no a un escrito en particular. Tanto Foción como Leóstenes fueron
              generales atenienses del siglo IV a. C.</note>. Es, pues, infalible que procuran de
            esa suerte autores infelices suplir el defecto de la sentencia, y universalmente su
            insuficiencia y su ignorancia. ¡Cuántos ejemplos pudieran traerse de esta verdad, pero
            con riesgo conocido del odio que yo cuidadosamente he procurado excusar en mis escritos!
            Docto es, sin duda, el testimonio que dio de esta observación mía <persName
              type="authority" key="Quintiliano" precision="4" unit="quote" quantity="1">nuestro
              español Quintiliano</persName><note place="margin">Lib. 2. <hi rend="i">Institut.</hi>
              cap. 3.</note>, y que parece imposible después de leído no deje quien la tuviere (ya
            demos que pueda) secta tan abominable. «<quote>Propria excelencia es –dice– del que es
              más docto el mostrarse más claro, más perceptible; porque la perspicuidad es la mayor
              virtud de la oración. Y cuanto uno es más inferior en el ingenio, tanto procura
              enfurecer más su estilo y encumbrarse, como los que son pequeños de estatura se
              empinan sobre los pies, y amenazan más los que tienen menos fuerzas. Así es cierto que
              los que escriben con hinchada locución, pervertida y de ruido grande en las palabras
              y, en fin, los que pecan de cualquiera manera afectada, dan indicio claro de flaqueza,
              no de valentía, como los miembros hinchados no muestran estar robustos, sino enfermos;
              y los que erraron el verdadero camino, se dilatan por rodeos. Tanto, pues, aquel será
              peor, cuanto fuere más obscuro</quote>»<note place="bottom">Quintiliano, <hi rend="i"
                >Institutio oratoria</hi>, II, 3, 8-9: «<hi rend="i">Quid si plerumque accidit ut
                faciliora sint ad intellegendum et lucidiora multo quae a doctissimo quoque
                dicuntur? Nam et prima est eloquentiae virtus perspicuitas, et, quo quis ingenio
                minus valet, hoc se magis attollere et dilatare conatur, ut statura breves in
                digitos eriguntur et plura infirmi minantur. Nam tumidos et corruptos et tinnulos et
                quocumque alio cacozeliae genere peccantes certum habeo non virium sed infirmitatis
                vitio laborare, ut corpora non robore sed valetudine inflantur, et recto itinere
                lassi plerumque devertunt. Erit ergo etiam obscurior quo quisque
              deterior</hi>».</note>
            <note place="margin">Lib. 1, cap. 6.</note>. En otra parte pregunta si podría hallarse
            cosa tan culpable como la oración que, para entenderse, tuviese necesidad de intérprete,
              <pb n="89"/> siendo su mayor excelencia la perspicuidad<note place="bottom"
              >Quintiliano, <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, I, 6, 41: «<hi rend="i">oratio
                vero, cuius summa virtus est perspicuitas, quam sit vitiosa, si egeat
                interprete?</hi>».</note>. Y en el<note place="margin">Lib. 8, cap. 2.</note>
            capítulo que trata solo de ella<note place="bottom">Quintiliano, <hi rend="i">Institutio
                oratoria</hi>, VIII, 2.</note> prosigue largamente lo mismo, ya enseñando los medios
            con que se consiga, ya abominando los errores de los que afectaron lo contrario. Véase
            en su original, que no podemos aquí tan descuidadamente detenernos. Pasa nuestro
            discurso, pues, de esta suerte adelante.</p>
          <p>Yo creo no podría conocerse escritor alguno que, cuando determinó publicar obra de su
            ingenio, no intentase juntamente y apeteciese la frecuencia de los lectores, y también
            el aplauso. <persName type="authority" key="Marcial" precision="3">Marcial</persName> se
            precia en diversos lugares de haberlo conseguido<note place="bottom">Marcial, <hi
                rend="i">Epigrammata</hi>, I, 1; IV, 17; V, 13; o VI, 60 (61), entre otros.</note>.
              <persName type="authority" key="Ovidio" precision="3">Ovidio</persName><note
              place="bottom">Ovidio, <hi rend="i">Tristia</hi>, IV, 10, v. 121-132.</note> y otros
            se prometen igual gloria en la posteridad. ¿Cómo, pues, imagina podrá alcanzar esto el
            que obscuramente procede en el contexto de sus palabras? Deleitando el ánimo ha de ser
            sin duda, no atormentándole. A tres géneros pueden reducirse, según yo juzgo, cuanta
            variedad de escritores se imaginen (fuera, digo, de los que profesan artes): poetas,
            oradores e historiadores. Fácil fuera el probarse, según son dilatados los términos que
            a cada uno prescriben los varones doctos. A ninguno, pues, de los comprehendidos en
            aquellas clases deja de ser proprio y necesario fin el deleitar al oyente. Del poeta
            bien se conoce, pues la numerosa harmonía no tiene otro respecto y, así, por esa parte
            suele ser su enseñanza más transcendente. Bien afirma esto <persName type="authority"
              key="Horacio" precision="4" unit="quote" quantity="1">Horacio</persName> en su
                <title><hi rend="i">Poética</hi></title><note place="bottom">Horacio, <hi rend="i"
                >Ars poetica</hi>, v. 344.</note>, cuando dice: «<quote>Que aquel poeta podrá ser
              preferido a todos que deleitando al lector le aprovechare»</quote><note place="margin"
                >«<hi rend="i">Lectorem delectando, pariterque monendo</hi>».</note>. Al orador
            atribuye <persName type="authority" key="Cicerón" precision="4" unit="quote"
              quantity="1">Tulio</persName><note place="margin"><hi rend="i">De optimo gener.
                Orat.</hi>: «<hi rend="i">Orator dicendo animos audientium &amp; docet, &amp;
                delectat, &amp; permovet</hi>».</note><note place="bottom">Cicerón, <hi rend="i">De
                optimo genere oratorum</hi>, I, 3.</note> las mismas dos obligaciones, deleitar y
            enseñar, y añade la tercera de que también necesita, que es el persuadir. Igualmente, el
            historiador tiene los proprios dos fines: lo útil de la enseñanza, instruyendo al lector
            con los ejemplos, y el deleitarle. Así lo dicen <persName type="authority"
              key="los maestros de la Historia" precision="3">los maestros de la
              Historia</persName><note place="bottom">González de Salas recuerda aquí la enseñanza
              que se puede extraer de los historiadores más relevantes de la Antigüedad, sin
              necesidad de que tenga en mente declaraciones explícitas de ninguno de ellos al
              respecto del asunto tratado. En todo caso, cabe recordar el aprecio del autor por
              Julio César, Tácito, Suetonio y, muy singularmente, Quinto Curcio, a quien propone
              como modelo de estilo para los historiadores: «de los historiadores debe ser Quinto
              Curcio el dignamente perfecto original, y yo les aseguro felices aciertos a los que
              con diligencia estudiosa le frecuentaren. […] Pues tanta es la [perspicuidad] que en
              la <hi rend="i">Historia</hi> de Curcio se conoce, que por ese título, y por el que se
              sigue de él, que (como dejamos probado) es el deleite y suavidad, tiene en la
              estimación de todos los varones insignes en las letras el lugar primero, entre los
              mayores que escribieron Historia, para que así no parezca el ponerle yo en la paradoja
              imaginada hoy a mi propósito» (<hi rend="i">Nueva idea</hi>, ob. cit., p. 94-95). Para
              el aprecio del erudito madrileño por estos maestros de la Historia véase González de
              Salas (2003: vol. I, 108-111).</note>, y la razón es clara, <pb n="90"/> pues
            naturalmente en el ánimo del hombre hay siempre un deseo de saber lo que ignora que,
            cuando se reduce a acto, le deleita<note place="margin"><hi rend="i">Vide</hi> pag.
              13.</note><note place="bottom">En la páginas 12-13 de la <hi rend="i">Nueva idea</hi>,
              González de Salas dice lo siguiente: «Y añade Aristóteles que por aquella imitación se
              distingue el hombre de los otros animales; cosa que es bien clara, siéndole también
              así proprio y natural el deleitarse con la imitación. Esto convence con ejemplos
              admirables que suceden en las imágenes de las cosas horribles y espantosas; pues,
              siendo cierto que sería penoso el ver fieras de aspectos disformes, y cuerpos muertos,
              y otras cosas a la vista terribles, las pinturas y bien acabadas representaciones de
              aquellas mismas son deleitosas y agradables. Y la ocasión de esto es (como él también
              lo repite en la <hi rend="i">Retórica</hi>) que aquellas cosas que le son de alguna
              enseñanza y admiración son para el hombre de grande gusto y deleite; y así se recrea
              mirando las imágenes, porque de allí viene en conocimiento de alguna cosa,
              discurriendo consigo (pongo yo por ejemplo) “este es tigre, aquel es dragón; aquel es
              el cadáver de Héctor arrastrado por Aquiles, el otro viejo venerable es Príamo, a
              quien Pirro da muerte”. Y en aquella imagen cuyo argumento ignoramos, el conocimiento
              del artificio perfecto, de la elegancia de los colores, y de otras causas en su
              representación contenidas, viene también a engendrar delectación en nuestro ánimo».
              Las fuentes empleadas son <hi rend="i">Poética</hi>, IV, 1448b6-13 y <hi rend="i"
                >Retórica</hi>, I, 11, 1371b5-12.</note>. Pues si a todos es tan necesario el
            deleitar, buscar tienen el medio con que lo consigan. Eslo, pues, infalible la
            perspicuidad. Crean esta verdadera proposición: el artificio es que más regala y
            lisonjea el ánimo la apacible significación del concepto; y, al contrario, lo que más le
            ofende e indigna es aquella aspereza y dificultad con que no se permite fácil a la
            comprehensión. Doctrina es de <persName type="authority" key="Aristóteles" precision="4"
              unit="quote" quantity="1">Aristóteles</persName> la que aseguro, cuando su misma
            verdad no la acreditara bastantemente. Discurre, pues, altamente así en sus libros de
                <title><hi rend="i">Retórica</hi></title><note place="margin">Lib. 3, cap.
              18.</note>: «<quote>que es excusado –dice– el dividir las virtudes de la oración
              pidiendo que sea magnífica y que sea deleitosa; pues el deleite que ha de causar de
              las otras excelencias suyas, antes ya enseñadas, necesariamente ha de proceder. Porque
              el pedir que sea perspicua y clara, que no sea humilde, sino espléndida, ¿para qué
              otro fin puede ser, sino para que en ella se halle el deleite de que necesita, y la
              magnificencia?</quote>»<note place="bottom">Aristóteles, <hi rend="i">Retórica</hi>,
              III, 12, 1414a19-25.</note>. <persName type="authority" key="Aristóteles"
              precision="3">¡Divino maestro!</persName><note place="bottom">Aristóteles.</note> No,
            pues, enseña obscuramente que deleitará, sin duda, la oración como ella no sea obscura
            ni humilde, que tanto es a nuestro propósito. Esto se funda en aquella proposición que
            antes previno<note place="margin">Cap. 12.</note>: «<quote>ser proprio por su naturaleza
              en todos que reciban deleite de lo que pueden percebir y aprehender sin
              trabajo</quote>»<note place="bottom">Aristóteles, <hi rend="i">Retórica</hi>, I, 11,
              1370a9-11.</note>. <persName type="authority" key="Luciano" precision="4" unit="quote"
              quantity="1">Luciano</persName><note place="margin"><hi rend="i">In
              Lexiphane</hi>.</note>, si bien figuradamente, mostró lo mismo, aconsejando a
            Lexífanes, aquel ridículo fabricador de tenebrosas extravagancias del lenguaje:
              «<quote>Que hiciese sacrificio a las gracias y a la perspicuidad</quote>»<note
              place="bottom">Luciano, <hi rend="i">Lexífanes</hi>, 22-24.</note>. ¿Quién habrá,
            pues, viviente (¡oh fieros escritores!) que dure algún espacio leyendo horrores mal
            inteligibles? ¿Con qué ánimo quedará contra su autor? ¿Y cuál será el aborrecimiento a
            sus obras desde allí adelante? Sin poderse contener, <pb n="91"/> llamará luego al
            médico, que también <persName type="authority" key="Luciano" precision="3"
              >Luciano</persName>, con donaire singular, cuenta curó al proprio Lexífanes,
            ridículamente enfurecido<note place="bottom">Luciano, <hi rend="i">Lexífanes</hi>,
              18-21. El diálogo lucianesco cuenta las críticas que Licino y Sópolis hacen de una
              obra de Lexífanes, pretencioso escritor, al que castigan jocosamente dándole a beber
              una purga.</note>; imagen que con vivos colores representa a tantos que hoy adolecen
            del mismo delirio de asperezas y obscuridades, deseando de la propria suerte, con otra
            semejante bebida, verle vomitar estupendas locuciones, o las bombardas<note
              place="bottom"><hi rend="i">bombarda</hi>: arma de artillería.</note> y picas<note
              place="bottom"><hi rend="i">pica</hi>: lanza larga.</note> que, burlándose, decía
              Timocles<note place="margin"><hi rend="i">Athenaeus lib. 6</hi>.</note> había comido
            un horrendo orador<note place="bottom">Ateneo, <hi rend="i">El banquete de los
                sofistas</hi>, VI, 3. El texto habla de «lanzas» y «escudos», en lugar de las
              «bombardas» y «picas» de González de Salas. Roland Béhar (2015: 159-162) relaciona
              este pasaje con el uso que Jáuregui hace del <hi rend="i">Lexífanes</hi> de Luciano en
              su <hi rend="i">Discurso poético</hi>.</note>. Lean, pues, todos los que así
            venenosamente se hallaren heridos aquel diálogo de <persName type="authority"
              key="Luciano" precision="3">Luciano</persName>, para que, viéndose en él tan abatidos
            y burlados, aborrezcan su perdición y se reduzgan<note place="bottom"><hi rend="i"
                >reduzgan</hi>: ‘se sometan’.</note> al verdadero camino de la elocuencia. Lean
            también la primera epístola de <persName type="authority" key="Filóstrato" precision="3"
              >Filóstrato</persName><note place="bottom">Es la epístola <hi rend="i">A Aspasia</hi>,
              recogida en primer lugar en la edición de los <hi rend="i">Opera omnia</hi> de
              Filóstrato que he manejado, donde se trata del estilo más adecuado para las epístolas,
              poniendo como ejemplo las cartas del emperador Marco Aurelio.</note>: conocerán la
            propria doctrina ilustremente enseñada. Y en el epigrama de <persName type="authority"
              key="Marcial" precision="4" unit="quote" quantity="1">Marcial</persName> a Sexto,
            poeta de los tenebrosos, hallarán la misma entre la natural gracia de aquel español<note
              place="margin">Lib. 10. Ep. 21 : «<hi rend="i">Sane mea carmina, Sexte, / Grammaticis
                placeant, &amp; sine Grammaticis</hi>».</note>; en donde, finalmente, concluye que
            lo que él procura en sus versos es que lleguen a ser bien aceptos de los más
            escrupulosos gramáticos, pero sin que sean necesarios gramáticos que los
              interpreten<note place="bottom">Marcial, <hi rend="i">Epigrammata</hi>, X, 21, 5-6.
            </note>. Y, en fin, otros muchos fuera de estos pudieran leer, que yo, por no proceder
            infinitamente, pasaré en silencio.</p>
          <p>Atentamente también he yo considerado si podrían en su abono aquellos lucífugas<note
              place="bottom"><hi rend="i">lucífuga</hi>: ‘que huye de la luz’. Estricto cultismo que
              no hallo registrado en los principales textos polémicos sobre el gongorismo (Martínez
              Arancón 1978).</note> oponer aún alguna aparente razón, y ninguna hallo que lo sea.
            Porque si dijesen que con aquella dificultosa obscuridad contraen y granjean un cierto
            respeto y admiración, ¿qué cosa se puede imaginar tan sin fundamento? Pues esta
            admiración y reverencia ¿de quién viene a ser? Solo del torpe vulgo, o de alguno que,
            siendo superior, dignamente ocupa por ignorante en el aprecio de los doctos el lugar más
            ínfimo de la plebe. Esto es lo que dice <persName type="authority" key="san Jerónimo"
              precision="4" unit="quote" quantity="1">San Jerónimo</persName><note place="margin"
              >Epist. 2.</note>: «<quote>Que no hay cosa tan <pb n="92"/> fácil como engañar a la
              vileza del vulgo, a quien es proprio admirarse más de aquello que no
              entiende</quote>»<note place="bottom">San Jerónimo, <hi rend="i">Ad Nepotianum</hi>,
              52, 8: «<hi rend="i">Nihil tam facile, quam vilem plebeculam et indoctam contionem
                linguae volubilitate decipere, quae quidquid non intelligit plus
              miratur</hi>».</note>. Alto espíritu, por cierto, tendría, y elevado el pensamiento,
            quien captase tan infeliz admiración. Pero diríanme que en la Antigüedad hubo no uno
            solo que por el título de obscuros merecieron memoria en la sucesión de las edades.
            Veamos, pues, descubiertamente cuál es la estima con que de ellos se acuerdan los
            mayores. Heráclito Efesio es, sin duda, el que en primero lugar saldrá al encuentro,
            advertido en los escritos de <persName type="authority" key="Cicerón" precision="3"
              >Cicerón</persName><note place="bottom">«<hi rend="i">Valde Heraclitus obscurus</hi>»
              («muy oscuro Heráclito») dice Cicerón en <hi rend="i">De divinatione</hi>, II, 64,
              133. Véase también <hi rend="i">De natura deorum</hi>, I, 26, 74.</note>, de <persName
              type="authority" key="san Jerónimo" precision="3">San Jerónimo</persName><note
              place="bottom">San Jerónimo, <hi rend="i">Apologia adversus libros Rufini</hi>, I, 30,
              compara la oscuridad de los escritos de Rufino con los del propio Heráclito: «<hi
                rend="i">Quid enim ad te pertinet, si alius non intelligat quid velis dicere, quia
                non ad omnes, sed ad tuos loqueris? Denique et ego scripta tua relegens, quanquam
                interdum non intelligam, quid loquaris, et Heraclitum me legere putem</hi>» («¿Qué
              más te da, en efecto, si hay quien no entienda lo que quieres decir, dado que no
              hablas para todos, sino para tus partidarios? En fin, releyendo tus obras, aunque a
              veces no entienda lo que quieres decir y me da la impresión de estar leyendo a
              Heráclito […]»; San Jerónimo, 2003: 102-103).</note> y de <persName type="authority"
              key="Diógenes" precision="3">Laercio</persName><note place="bottom">Diógenes Laercio,
                <hi rend="i">Vidas</hi>, IX, 1 <hi rend="i">Heraclitus</hi>, 5.</note>, que escribió
            su vida, tanto para oprobrio suyo cuanto fuere el espacio que durare contra el olvido;
            pues en ella no se contiene más que un continuado delirio, así en las acciones como en
            los dogmas de la secta que quiso instituir. Estos, pues, dejó envueltos cuidadosamente
            en tinieblas obscurísimas de palabras, para cuya inteligencia pedía Sócrates<note
              place="margin"><hi rend="i">Laertius tradit In Socrate</hi>.</note> el socorro de un
            grande nadador llamado Delio, que de la ceguedad de aquel piélago redimiese su
              juicio<note place="bottom">Diógenes Laercio, <hi rend="i">Vidas</hi>, II, 5, <hi
                rend="i">Socrates</hi>, 4. Lo recuerda también en IX, 1, <hi rend="i"
                >Heraclitus</hi>, 10.</note>, de donde después quedó en proverbio<note
              place="margin">«<hi rend="i">Delius natator</hi>», <hi rend="i">apud
              Suidam</hi>.</note><note place="bottom">Suidas, <hi rend="i">Lexicon</hi>, §. 400.
              González de Salas interpreta que el proverbio «<hi rend="i">Delius natator</hi>» hace
              referencia a un personaje de nombre Delio, famoso por sus virtudes natatorias, citado
              por Sócrates, como dice Suidas. Podría interpretarse también como «nadador delio»,
              esto es, de la ciudad de Delos, cuyos habitantes tenían fama de ser buenos nadadores.
              El proverbio fue recogido también por Erasmo, <hi rend="i">Adagia</hi>, 529.</note>.
            Tanto fue, pues, afectador de la obscuridad que adquirió por eso el nombre señalado de
            tenebroso; y el precepto primero que enseñaba al discípulo que sucedía seguirle era que
            obscureciese la oración. Otro hallo segundo, y parecido mucho al humor del primero.
              <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="4" unit="quote" quantity="1"
              >Quintiliano</persName> da noticia de él<note place="margin">Lib. 8, cap. 2.</note>,
            aunque suprimiendo su nombre, si bien muestra no haberle conocido; pues, por lo que
            halló escrito en Tito Livio, dice que hubo un maestro (sin duda entiende de Gramática o
            Retórica) que mandaba a sus discípulos que obscureciesen la locución, usando para ello
            del verbo griego σκότισον (<hi rend="i">obscurece</hi>, de que parece usaba también
            Heráclito), originándose de allí aquella su graciosa alabanza: «<quote>¡Con cuánta
              elegancia escribió o dijo! <pb n="93"/> Sin duda alguna que yo no le
              entendí</quote>»<note place="bottom">Quintiliano, <hi rend="i">Institutio
                oratoria</hi>, VIII, 2, 18: «<hi rend="i">cum iam apud Titum Livium inueniam fuisse
                praeceptorem aliquem qui discipulos obscurare quae dicerent iuberet, Graeco verbo
                utens σκότισον. Vnde illa scilicet egregia laudatio: “tanto melior: ne ego quidem
                intellexi”</hi>».</note>. ¿Quién podrá contenerse a la risa leyendo tan desmedido
            desacuerdo? Es lo mismo como si diésemos presumido a alguno de muy hermoso porque
            hubiesen alabado la compostura de sus facciones los que fuesen ciegos; o a otro, porque
            celebrasen la excelencia de su música los que fuesen sordos. Si estos son aquellos
              presidios<note place="bottom"><hi rend="i">presidios</hi>: ‘auxilio’ o ‘ayudas’. El
              término es también cultismo por <hi rend="i">fortaleza</hi>, con lo que se alude a los
              argumentos empleados para defender la oscuridad por parte de sus apologetas, que
              González de Salas considera de escasísimo valor, como se desprende del texto. Tenemos
              una imagen que sugiere más la dificultad que la oscuridad. Presidio se añade así a
              otros términos despectivos frecuentes en lo textos antigongorinos como <hi rend="i"
                >cueva</hi>, <hi rend="i">caverna</hi> o <hi rend="i">sima</hi>.</note> con que
            cuidan defender los misterios ocultos en el abismo de su escuela, sobrado tiempo ha sido
            el que se ha empleado en descubrir su perdición. Pasen los ojos por lo que el mismo
              <persName type="authority" key="Quintiliano" precision="3">Quintiliano</persName>
            previene a aquel lugar suyo, y escucharán la alabanza que les es merecida.</p>
          <p>Pero ni tampoco deben persuadirse que es fácil la empresa de la perspicuidad que así
            encarecidamente aconsejan tantos hombres insignes; ni que dejó de ser valeroso el
            vencimiento del que llegó a alcanzarla. Sepan los que no lo han experimentado que
            aquello que les parece que, por su blandura y sencillez, (como es la fórmula del vulgo)
            se estaba ello dicho<note place="bottom">Entiéndase que era muy claro. «Estábase dicho»
              o «Estábase ello dicho» es frase proverbial recogida por Correas (1967: 364a), con la
              explicación: «Cuando era fácil adivinarlo».</note>, es lo que, para llegarse a decir,
            costó difíciles porfías, cuidados y desvelos. Cosa es bien advertida que, en tanto que
            de esta materia pesada nos componemos, lo sutil y elegante del concepto no puede por
            medios fáciles prestarse a la comunicación. Aquello, pues, difícil fuerza ha de ser que
            a alguno de los dos fatigue: o al que exprime la sentencia, o al que la atiende. Y así
            no ha de haber duda que, si padece el lector, el autor quedó libre; y que, al contrario,
            el autor sudó mucho cuando fácil se halló el lector en la inteligencia. Grande es el
            atajo de los que escriben como para que ninguno los perciba: no sé yo si en la duración
            sacrificarán también a la posteridad. Ingeniosamente comprehendió este desengaño, en
            pocas palabras, el excelente <persName type="authority" key="Horacio" precision="3"
              >maestro venusino</persName><note place="margin"><hi rend="i">In Art. Poetic.,
                vers.</hi> 240: «<hi rend="i">Ex noto fictum carmen sequar, ut sibi quivis / Speret
                idem: Sudet multum frustraque laboret / Ausus idem</hi>».</note><note place="bottom"
              >Horacio, <hi rend="i">Ars poetica</hi>, v. 240-242: «Partiendo de lo conocido, iré
              tras un nuevo [poema], tal que si alguno pretende lo mismo, sude no poco y en vano se
              esfuerce en su intento» (Horacio, 2008: 397).</note>. Léalas el estudioso en su <pb
              n="94"/> lengua original, que yo voy recogiendo ya las velas a mi discurso.</p>
        </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
