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      <titleStmt>
        <title>Cartas sobre la poesía nueva de don Luis de Góngora</title>
        <author key="Cascales, Francisco">Francisco Cascales</author>
        <editor>Mercedes Blanco y Margherita Mulas</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
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          <name>Héctor Ruiz</name>
          <resp>Relecture</resp>
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        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>Relecture, stylage word et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Felipe Joannon</name>
          <resp>Stylage word et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1634_cartas-cascales</idno>
        <date when="2018"/>
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          <licence target="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/"
            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
        </availability>
      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <bibl><title>Cartas Philológicas</title>, <pubPlace>Madrid</pubPlace>: imprenta de <publisher>Luis Verós</publisher>, <date>1634</date>.</bibl>
        <bibl><title>Cartas Philologicas</title>, <pubPlace>Madrid</pubPlace>: <publisher>Antonio Sancha</publisher>, <date>1779</date>.</bibl>
      </sourceDesc>
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      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"]: notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin" n="A"]: notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"]: notes d’apparat (I = romain) </p>
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    <profileDesc>
      <creation>
        <date when="1634"/>
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      </langUsage>
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    <!--
      <div>
        <head>
          <quote>Datos bibliográficos</quote>
        </head>
        <table>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>Mercedes BLANCO y Margherita MULAS</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Francisco CASCALES</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Destinatario / dedicatario</cell>
            <cell>Luis TRIBALDOS DE TOLEDO</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>Cartas sobre la poesía nueva de don Luis de Góngora</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>[1634]</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>Cartas Philológicas (Madrid: imprenta de Luis Verós, 1634)
Cartas Philologicas (Madrid: Antonio Sancha, 1779)</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Cascales, 1930, I, p. 174-222.</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell>(REVISAR)</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell>Idem.</cell>
          </row>
        </table>
      </div>
      -->
  </teiHeader>
  <text>
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. [Título] La “carta filológica” y la forja de un neologismo</head>
          <p>Los tres textos que publicamos forman una suerte de injerto en el volumen que Francisco
            Cascales publicó en 1634 bajo el título <hi rend="i">Cartas Filológicas</hi> en las
            prensas murcianas de Luis Verós. Este repertorio de “explicaciones de lugares, lecciones
            curiosas, documentos poéticos, observaciones, ritos y costumbres y muchas sentencias
            exquisitas”, según reza la portada, contiene treinta cartas o “epístolas”, divididas en
            tres “décadas”. Un siglo y medio más tarde, en 1779, en pleno auge de la Ilustración, se
            dio de nuevo a los tórculos en la imprenta de Antonio Sancha. El libro no es
            precisamente una rareza bibliográfica puesto que solo la Biblioteca Nacional de España
            conserva siete ejemplares de la edición de 1634 y tres de la de 1779<note place="bottom"
              >Utilizamos el ejemplar R/3507 de la edición príncipe. Para más detalles sobre el
              ejemplar, véase el apartado 9. </note>.</p>
          <p>Reunir cartas dirigidas a uno o varios corresponsales con el fin de publicarlas, ya sea
            en copias manuscritas, ya sea dándolas a la imprenta, es una práctica consolidada ya en
            la Antigüedad clásica y cristiana. En los albores del humanismo se señalan, por reanudar
            con esta costumbre antigua, y por su número e interés, las <hi rend="i">Epistolae
              familiares</hi> de Petrarca. Y es que la carta, en principio comunicación de persona a
            persona, que debería perder relevancia pasada la ocasión en que fue escrita, puede
            conservarla o acrecentarla, ya sea porque su contenido, en principio destinado a un
            individuo o a un grupo restringido de personas, y válido solo para una determinada
            circunstancia, tiene un meollo doctrinal, científico o testimonial que toca a muchos o a
            todos –así, las epístolas de san Pablo, dirigidas a modestos grupos de catecúmenos, se
            convirtieron en la columna vertebral del cristianismo– ; ya porque ofrece la imagen de
            una personalidad superior, cuya intimidad no pierde interés con la lejanía temporal:
            dechado de corrección y de soltura, de cortesía y de agudeza, de elegancia y de
            naturalidad, en lengua y estilo, modales y trato. En esta calidad modélica consiste el
            atractivo de las epístolas familiares, así llamadas y concebidas a partir del modelo
            ciceroniano. La combinación de ambos valores –de argumento y de forma, para decirlo
            llanamente– puede, por supuesto, darse con todas las dosificaciones imaginables.</p>
          <p>Cuando no completamente inventada, como componente de la “novela epistolar” o como
            misiva forjada, apócrifa o espuria, este tipo de carta, sin perder las formas exteriores
            de una comunicación restringida a una o pocas personas, deja ver que fue pensada para
            ser leída en voz alta o transmitida por copias a un grupo amplio y de contornos
            indefinidos. Esta destinación a un tiempo singular y colectiva se manifiesta
            inequívocamente cuando, en calidad de dedicatoria, sirve de prólogo para una
            publicación, como sucede, dentro de nuestro corpus polémico, con la epístola de Quevedo
            a Olivares contra la oscuridad del estilo, destinada a los preliminares de su edición de
            las poesías de fray Luis de León<note place="bottom"><ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1631_obras-quevedo"><hi
                  rend="i">Prólogo a las obras de Luis de León</hi></ref>, ed. Lia Schwartz y Samuel
              Fasquel, Paris, Sorbonne Université, labex OBVIL, 2017.</note>. Del mismo modo, cuando
            el autor conserva copias de sus misivas y las ordena en un conjunto, como lo hizo
            Cascales, produce confesadamente una obra literaria, y se apunta a un “género”: el de la
            literatura epistolar. Los gestos rituales del saludo y de la despedida y las demás
            reglas pragmáticas que rigen la enunciación en la carta pasan a ser una figura retórica,
            un simulacro que permite enunciar determinados contenidos de manera más suelta y más
            libre. Así el género desempeña funciones análogas a las que tendrán más tarde el ensayo
            y cierto periodismo de ideas, con los que puede combinarse en formas como la llamada
            “carta abierta” .</p>
          <p>Existe una afinidad electiva entre la carta convertida en literatura y el humanismo,
            entre otras razones porque los modelos del género, Cicerón y Séneca, y en verso,
            Horacio, fueron para los humanistas figuras ideales. Por ello no extraña que uno de los
            subgéneros más comunes sea el de las cartas que califica Cascales de “filológicas”. Los
            textos reunidos bajo ese marbete tratan de las cuestiones que interesan a los humanistas
            y que son las que enumera el título completo del volumen: <hi rend="i">Cartas
              filológicas, es a saber, de letras humanas, varia erudición, explicaciones de lugares,
              lecciones curiosas, documentos poéticos, observaciones, ritos y costumbres y muchas
              sentencias exquisitas</hi>. El título debió de llamar la atención a los coetáneos de
            Cascales, mucho más que a la posteridad, porque el adjetivo “filológico” era insólito
            por entonces en castellano<note place="bottom">Tan inusitados en época de Cascales eran
              en castellano el término “filología” y sus derivados, “filólogo” y “filológico”, que
              en el CORDE (entre cuyas fuentes no están, lamentablemente, las <hi rend="i">Cartas
                filológicas</hi>) no se encuentra ni un solo caso antes de finales del XVIII. Es
              significativo que la entrada “Philología” del <hi rend="i">Diccionario de
                Autoridades</hi> no incluya, contra su costumbre, ningún ejemplo. Se percibe como
              una palabra griega adaptada al latín, pero ni siquiera los humanistas de expresión
              latina, filólogos en el pleno sentido de la palabra, la usan con frecuencia. </note>
            así como el término “filología” del que deriva<note place="bottom">De hecho Cascales, un
              hombre a quien la Ilustración estimó por su “buen gusto” clásico, gustaba de mostrar
              erudición usando palabras de nuevo cuño; por ello, no censura los “cultismos” en las
              poesías que le disgustan y es significativo que considere culpable el estilo de
              Góngora porque su oscuridad se deriva de las palabras “no por ser antiguas, no por ser
              inauditas, no por ser ficticias, no por ser nuevas o peregrinas” sino por su
              colocación y carácter metafórico. Señalamos en las notas a la edición alguno de estos
              cultismos más o menos novedosos.</note>. Este, con la grafía helenizante “Philología”,
            lo define <hi rend="i">Autoridades</hi> como “Ciencia compuesta y adornada de la
            Gramática, Retórica, Historia, Poesía, Antigüedades, Interpretación de Autores, y
            generalmente de la Crítica, con especulación general de todas las demás Ciencias. Es voz
            Griega. Latín. <hi rend="i">Philologia</hi>”. Esta ciencia según se ve, es una
            “gramática” enriquecida por una cultura enciclopédica, propia de ese humanismo de altos
            vuelos que postula que la investigación racional, al tiempo que movida por el amor (que
            declara el prefijo <hi rend="i">philo</hi> o <hi rend="i">filo</hi>, compartido con la
            palabra <hi rend="i">filosofía</hi>), del lenguaje y de los grandes autores abraza todas
            las ciencias<note place="bottom">El mismo Cascales delinea el concepto de filología de
              la manera siguiente: “… la filología tiene los brazos muy largos, pues se pasea por el
              campo de todas las ciencias y de todas las artes, no ya con aquella perfección que
              cada una pide, pero a lo menos chupando, como hacen las abejas, lo más dulce de las
              floridas plantas.” (<hi rend="i">Cartas filológicas</hi> III, 4 en Cascales 1930: 72).
              El uso de la palabra es, sin embargo, muy restringido también en este libro: el
              ejemplo citado es único en las cartas; y el adjetivo “filológico” solo interviene en
              el título y una vez en el prólogo.</note>, o confiere el privilegio de terciar en
            todas ellas, sin dejar inmune la fortaleza de los teólogos con su arsenal de filosofía
            escolástica: una idea, ideal o sueño, por lo demás de origen griego, que, según la
            opinión expuesta por Francisco Rico en <hi rend="i">El sueño del humanismo</hi><note
              place="bottom">Rico, 1993.</note>, quedó derrotada, en lo que tiene de radical y de
            intransigente, desde los inicios del XVI y que, un siglo después, con la emergencia de
            la nueva ciencia, había perdido todo crédito. Sin embargo, este libro de Cascales es una
            de las muchas pruebas de la supervivencia de ese ideal, aunque lastrado por una timidez
            conservadora y una falta de grandes vuelos intelectuales que le retiran su potencial
            revolucionario. Él mismo se explica sobre ese ideal en una de sus cartas (III, 3),
            dedicada al elogio de la gramática:</p>
          <quote>
            <p>Edifican los Moros sus más suntuosas casas sin aquella soberbia fachada de los
              Romanos, con una humilde frontera, con basto y grosero principio, con una puerta baja,
              tanto que sin encorvarse y revenirse no puede entrar un enano; y cuando, habiendo
              entrado, alza la cabeza, descubre una y otra sala fabricadas a las mil maravillas, el
              techo con resplandecientes artesones de oro, las paredes adornadas de diferenciados
              brutescos; aquí un cuarto de frutas, allí otro de animales, otro cuarto de países,
              otro de montería, y todo labrado con tan ingenioso artificio y con tanta variedad y
              formas de arquitectura, que turba la vista y pasma el entendimiento del curioso que lo
              mira.</p>
            <p>Esta misma discreción afecta la gramática, que al principio es pigmea, y después
              filistea; al principio se humilla, después se encumbra sobre el mayor olimpo; al
              principio declina, conjuga y construye, después busca la elegancia, la frasis de oro,
              la figura, el tropo, la imitación del griego, la del hebreo, el concepto, la grandeza,
              el arte, la fábula, la historia, el secreto natural, los ritos, las costumbres de las
              naciones, las ceremonias de los sacrificios, los auspicios, los trípodes, las
              cortinas; da vuelta a todas las artes y a todas las ciencias y curiosidades divinas y
              humanas, si no de espacio y teniéndose años en cada una, a lo menos como caminante
              curioso, que por donde pasa no se deja cosa por ver, entregándolo a la pluma, y de la
              pluma a la memoria. No es, en fin, arrogante, si bien manirrota y franca, pues da
              mucho más de lo que promete. Y si por ser parte no se me debe crédito, hable
              Quintiliano, a quien nadie que bien sienta le perderá el respeto. En el lib. I,
              capítulo IV, dice así: <hi rend="i">Haec igitur professio cum brevissime in duas
                partes dividatur, recte loquendi scientiam, et poetarum enarrationem, plus habet in
                recessu quam fronte promittit</hi>.<note place="bottom"> Cascales (1930: III,
                43-44). Véase Quintiliano (<hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, I, IV, 2): ‘Esta
                profesión [la del gramático], aunque se divide, muy brevemente, en dos partes, la
                ciencia de hablar correctamente y el comentario de los poetas, tiene mucho más fondo
                que lo que promete la fachada’. El capítulo al que pertenece la cita, dedicada a la
                formación del futuro orador en la escuela infantil de gramática, tiene evidentemente
                gran importancia para quien, como Cascales, profesaba esa misma
              enseñanza.</note></p>
          </quote>
          <p>Lo que ostenta, pues, el autor, en estas cartas filológicas, es la competencia del
            gramático o pedagogo, que inicia a la juventud masculina a las letras humanas (figura y
            función heredadas del mundo clásico), desde el registro más técnico al más moral y
            filosófico, sin que haya verdadera discontinuidad entre ambos. Dentro de lo más técnico,
            se incluyen “las explicaciones de lugares”, o sea, de pasajes difíciles de autores
            clásicos (sea ejemplo la epístola II, 5, “En defensa de ciertos lugares de Virgilio”); y
            las “lecciones curiosas”, noticias de propiedades de animales y plantas que ayudan a
            entender los textos (como la epístola I, 5, “Sobre la púrpura y sindón” o la II, 8,
            “Sobre la cría y trato de la seda”); o bien “curiosidades” antropológicas, relativas a
            prácticas religiosas y culturales, cifradas en la expresión de “observaciones, ritos y
            costumbres” (II, 6, “Sobre un lugar de Cicerón, en que trata de las ceremonias del
            matrimonio”; III, 4, “Con muchas curiosidades de los baños y termas de los romanos”). En
            el segundo apartado, el de las “sentencias exquisitas” o de “instrucciones” y
            “gobierno”, nos topamos con cartas que aconsejan a corresponsales nobles, inculcándoles
            sabiduría y prudencia en el oficio que van a ejercer. Sea ejemplo de ello la epístola I,
            I, dirigida a don Alonso Fajardo, joven miembro de uno de los primeros linajes
            murcianos, cuando estaba para embarcarse como “gobernador y capitán general de
            Filipinas”. En prueba de la consideración en que el mismo Cascales, cuyo linaje no
            carecía de sombras y cuya profesión era medianamente estimada, tenía las letras humanas,
            vemos en esta carta que, pertrechado únicamente de estas, se propone enseñar a un noble
            investido de tan alta responsabilidad cómo debe habérselas en la organización del mando,
            en el trato con sus hombres y en su idea del valor militar. Por último, la enumeración
            que sirve de subtítulo al volumen incluye también los “documentos poéticos”, fragmentos
            de preceptiva o de crítica literaria, de que son ejemplo las cartas que editamos.</p>
          <p>De modo acorde con el espíritu pedagógico que anima a la obra y con el oficio docente
            de su autor, el prólogo al lector incluye una pequeña lección anticuaria sobre el origen
            de las cartas y las formas concretas que revistieron en el mundo romano, atendiendo
            especialmente al soporte material. De ella nos interesa la explicación del sentido que
            él daba a las cartas que imprime y que califica de “filólogas” (lo de “filológicas”
            debió de ocurrírsele después):</p>
          <quote>
            <p>La materia de cartas es en tres maneras: <hi rend="i">familiar</hi>, que es la propia
              de esta arte; pues la carta fue inventada para dar cuenta a nuestros amigos ausentes,
              o casi ausentes, de nuestras cosas, y comunicar nuestros intentos por medio de ellas;
              y ésta suele ser jocosa y alegre. Y otra <hi rend="i">seria</hi>, que trata de cosas
              graves tocantes a la razón de estado, a la paz, a la guerra, a las costumbres y cosas
              de veras, con cuidado escritas. La última es <hi rend="i">docta</hi>. Llamo docta
              aquella que contiene ciencia y sabiduría y cosas no de epístola vestidas con ropas de
              epístola. Esta también es tríplice: <hi rend="i">filósofa</hi>, como las epístolas de
              Séneca y de Platón; <hi rend="i">teóloga</hi>, como las de San Jerónimo, San Cipriano
              y San Basilio; y últimamente, <hi rend="i">filóloga</hi>, como las <hi rend="i"
                >Questiones epistolicas</hi>, de Varrón, y las de Valgio Rufo, y en nuestro tiempo
              las de Justo Lipsio, que tratan de cosas de humanidad, curiosas y llenas de erudición.
              Las que pertenecen a la filología son materia propia de las mías.</p>
          </quote>
          <p>Como observa José Manuel Rico: “El prólogo ‘Al Lector’ de las <hi rend="i">Cartas
              Filológicas</hi> representa una de las declaraciones más extensas sobre el género
            epistolográfico que se puede encontrar en las letras españolas del Siglo de Oro. Lo más
            pertinente de ella es la clasificación que establece de las especies de cartas”<note
              place="bottom">Rico García (2000: 417).</note>. Esta tipología de la carta,
            contrariamente a otras más antiguas (como la de Niccolo Perotti en el <hi rend="i">De
              conscribendis epistolis</hi>), tiene el mérito de presentar un árbol taxonómico con
            dos niveles. De las tres maneras de carta que resultan de una primera división,
            familiar, seria y docta, la tercera, la carta “docta”, se subdivide a su vez, según la
            índole de la doctrina o saber que enseña, en “filósofa”, “teóloga”, y “filóloga”. A esta
            última categoría, afirma Cascales, pertenecen las suyas.</p>
          <p>Hay que decir sin embargo que es poco lo que esta aclaración “sobre el género
            epistólográfico” aporta a la gloria legítima de nuestro “humanista”, puesto que es
            traducción libre (o menos cortésmente, plagio descarado) de lo que puede leerse en el
            capítulo V del famoso manual epistolar de Justo Lipsio, la <hi rend="i">Epistolica
              institutio</hi>:</p>
          <quote>
            <p><hi rend="i">Sed tamen diffusa coercere his terminis posse videor, ut omnis ea sit
                triplex: seria, docta, familiaris. Seriam dico, quae ad publica aut privata
                pertinet, sed uberius ea tractat, et cum cura. [...]. Doctam dico, quae ad scientiam
                aut sapientiam contine: et res non epistolae, epistolae veste velant. Talis triplex:
                aut enim philologa est, et in amoenioribus studiis occupatur, ut olim Varronis
                Questiones Epistolicae, Valgii Rufiii Quaesita per Epistolam. Aut philosopha, et de
                natura vel moribus agit: ut Senecae nostri epistolae; sed et Platonis. Aut denique
                theologa, quae in sacris rebus dedita: ut sunt Augustini, Hieronymi, Cypriani,
                Basilii, Gregorii utriusque. Denique familiarem dico, quae res tangit nostras aut
                circa nos, quaeque in assidua vita</hi><note place="bottom">Tomamos el texto de la
                  <hi rend="i">Epistolica institutio</hi> de Justo Lipsio de la edición de Young y
                Hester (1996: 20-21) capítulo V. La oficina plantiniana de los Moreto, en Amberes,
                publicó repetidas veces el opúsculo desde 1597, asociándolo con un escrito antiguo
                sobre el mismo tema atribuido a Demetrio Faléreo. También se imprimió como colofón
                de las ediciones de las cartas de Lipsio, de las que hemos consultado la muy
                completa: <hi rend="i">Lipsii Epistolarum Selectarum Chilias</hi>, Ginebra, Antoine
                Merauld, 1616.</note>.</p>
          </quote>
          <quote>
            <p>Si bien es varia y multiforme [la materia de las cartas<note place="bottom">Martín
                Baños (2005: 512): “Para Lipsio (<hi rend="i">Institutio</hi> 10-20), la <hi
                  rend="i">materies</hi> es doble: <hi rend="i">sollemnis</hi> y <hi rend="i"
                  >varians</hi>. La primera es una materia “ritual” (de ahí su nombre), que se
                repite invariablemente al comienzo y al final. Se trata de los saludos y las
                despedidas. La segunda materia, la <hi rend="i">materia varians</hi>, es la
                correspondiente al cuerpo de la carta, y como decimos, se divide en <hi rend="i"
                  >seria, docta</hi> y <hi rend="i">familiaris</hi>. [...] La epístola docta puede
                ser <hi rend="i">philologa, philosopha</hi> o <hi rend="i">theologa</hi> (como
                ejemplo de <hi rend="i">philologa</hi>, Lipsio cita a Varrón y Valgio Rufo
                [...])”.</note>] parece que puedo circunscribirla a los límites de tres tipos,
              seria, docta y familiar. Llamo seria la que toca a asuntos públicos o privados, pero
              los trata de modo copioso y pausado […]. Llamo docta aquella que toca a ciencia o
              sabiduría, y cubre, con velo epistolar, cosas que no son propias de epístola. Esta
              última también se subdivide en tres: o bien es filóloga y se ocupa de flores de
              erudición, como antaño las <hi rend="i">Cuestiones epistolares</hi> de Varrón, o los
                <hi rend="i">Asuntos investigados por epístola</hi> de Valgio Rufo. O filósofa y
              trata de la naturaleza o de las costumbres; como las epístolas de nuestro Séneca, pero
              también las de Platón. O finalmente se llama teóloga la que se dedica a asuntos
              sacros, como las de los santos Agustín, Jerónimo, Basilio, y los dos Gregorios. Por
              fin llamo familiar la que habla de cosas nuestras o de lo que nos rodea en la vida de
              todos los días.</p>
          </quote>
          <p>Tanto de Varrón, célebre autor latino de época republicana, como de Valgio Rufo,
            aristócrata romano de tiempos de Augusto, poeta neotérico, amigo de Horacio y de
            Mecenas, se sabe que escribieron cartas sobre asuntos gramaticales, aunque de ellas solo
            subsistan noticias indirectas y fragmentos<note place="bottom">Sobre las cartas de
              Varrón, consúltese Cugusi 1967 y 1970.</note>. Estas eruditas referencias,
            discretamente hurtadas por Cascales al humanista flamenco, confieren abolengo a sus
            cartas filólogas o filológicas, porque los autores citados combinaron el interés por el
            lenguaje y las lenguas, incluidos los aspectos más técnicos, con una vasta cultura, un
            notable talento literario y una carrera política y militar destacada. No son, pues,
            simples gramáticos y pedagogos. Sin embargo, aunque nuestro autor oculta a Justo Lipsio
            como fuente de sus reflexiones sobre la carta, y del sonoro título que impone a su
            colección, en cambio lo nombra como único ejemplo moderno del subgénero, la “carta
            filóloga”, al que pertenecen las suyas. Y es que Lipsio, el más importante de los
            humanistas recientes del campo católico, tenía además la ventaja de ser un intelectual
            en toda la extensión de la palabra: gramático y rétor, comentarista y editor de los
            clásicos, pero también protagonista en las grandes controversias de su tiempo,
            incluyendo las filosóficas, teológicas y políticas. De la abundante colección de sus
            cartas, publicadas en forma de “Centurias” o grupos de cien, trescientas aparecieron
            durante su vida y doscientas póstumamente; el conjunto, impreso repetidas veces,
            contribuyó a su gloria, porque además de su riqueza de pensamiento y de su estilo
            nervioso e intenso, hacía patente la amplitud de su red de amigos y discípulos célebres
            y de alto rango<note place="bottom"><p>Véase Papy 2011: “Lipsius saw to the publication
                of his own letters, bringing out three collections or <hi rend="i">Centuriae</hi>
                (since each contained 100 epistles), in his lifetime, the first of which appeared in
                Leiden in 1586. He prepared another <hi rend="i">Centuria</hi> for posthumous
                publication by his executor Joannes Woverius, who, together with his
                fellow-executors, added a fifth Centuria postuma. From this vast correspondence, it
                is apparent that Lipsius was a central figure in the Republic of Letters of his day,
                renowned for his philological skills, his historical knowledge and his search for a
                new type of <hi rend="i">humanitas</hi> (civilized and humane conduct) suited to the
                troubled times in which he lived. The inventory of Lipsius’s letters includes more
                than 4,300 items and 700 correspondents, among them not only Montaigne, but also
                such distinguished scholars as Isaac Casaubon, Henri Estienne, Joseph Scaliger, Sir
                Philip Sidney, Paolo Manuzio, Fulvio Orsini, Joannes Sambucus, Joachim Camerarius,
                Benito Arias Montano, Francisco de Quevedo, Abraham Ortelius, Hugo Grotius, and
                Philip Rubens, brother of the artist Peter Paul, who immortalized Lipsius in his
                painting The Four Philosophers (now in the Palazzo Pitti in Florence). Most of the
                letters reflect Lipsius’s friendships, thoughts, feelings, teachings and attempts at
                self-presentation. Yet his letter collections were also meant as an extension of his
                humanist scholarship and his Neostoic intellectual program.”</p></note>. La mayoría
            de las cartas de Justo Lipsio no son filológicas <hi rend="i">sensu stricto</hi>, sino
            que se sitúan en un territorio movedizo entre los dominios que él mismo delimita como lo
            familiar, lo serio y lo docto. Al incluirlas en el género de la “carta filológica”,
            Cascales procuraba a su libro el antecedente más distinguido posible, por más que ni el
            modesto número de sus treinta cartas ni el círculo de sus corresponsales pudieran
            medirse con los del belga, y además confesaba, en una especie de acto fallido, la fuente
            silenciada de su erudición sobre el género epistolar. Creemos que del calco de la
            palabra latina “philologa” usada por Lipsio en este pasaje, procede el uso insólito, tal
            vez inédito, de las palabras “filología”, “filóloga” y “filológica” en castellano. De la
            misma fuente procede también lo que Cascales compila, de manera harto pedante, en la
            sección última de su prólogo, sobre el uso y las técnicas de las cartas en la Roma
            antigua. Vierte ahí lo leído en el primer capítulo del opúsculo de Lipsio, “<hi rend="i"
              >De nominibus variis Epistolae; et de forma apud veteres</hi>”.</p>
          <p>El gramático murciano demuestra, pese a todo, una noble ambición al invocar a estos
            modelos y por otra parte ofrece al lector una idea fiel del volumen que da a las
            prensas. Claro que omite del panorama, por olvido o por considerarlas empeños menores,
            ciertas cartas de tono jocoso o paradoxográfico como la I, 4, “En defensa de los capones
            cantores”, o la I, 2, “Contra las letras y todo género de artes y ciencias. Prueba de
              ingenio”<note place="bottom">Este género de la paradoja ingeniosa tiene una prosapia
              humanística respetable que redondea perfectamente la figura de Cascales como
              distinguido gramático o profesor de humanidades. Acerca del género en España, véase
              Núñez Rivera 2010.</note>, aunque los mejores humanistas no desdeñaron esta clase de
            juegos. Pasa por alto también que el volumen le sirve para publicar materiales que no
            hallan acomodo en otro lugar, como una pequeña colección de epigramas latinos, imitados
            de Marcial, que envía a Bartolomé Jiménez Patón, en la carta II, 10<note place="bottom"
              >Véase su edición y traducción en Cascales (2004) y el agudo estudio de uno de ellos
              en Conde Parrado (2016).</note>. Por ello, no es de extrañar que haya incluido en la
            colección las tres cartas que editamos, una breve controversia sobre la poesía de
            Góngora, pese a su singularidad en el conjunto: por su carácter satírico y polémico más
            que por el tema, puesto que la crítica de poetas, basada en la preceptiva de cuño
            horaciano o aristotélico, es una de las prerrogativas, ya en la Antigüedad, de los
            gramáticos, por otro nombre más raro y menos malsonante, filólogos. El único otro
            ejemplo de carta satírica es la II, 5, dirigida a “don José de Pellicer, Defendiéndose
            el autor contra él por ciertas faltas que le puso injustamente”. Protesta Cascales por
            las críticas, anodinas en el fondo pero ofensivas en la forma, que le había propinado el
            escritor aragonés en su libro sobre <hi rend="i">El Fénix</hi> (1630)<note
              place="bottom"><hi rend="i">El Fenix y su historia natural escrita en veinte y dos
                Exercitaciones, Diatribes o Capitulos</hi>, Madrid, Imprenta del Reino, 1630. Véase
              la nota de García Soriano en Cascales (1930: 94), en la que copia el pasaje de la
              “diatribe” segunda donde Pellicer contradice en tono despectivo lo dicho por Cascales
              en sus <hi rend="i">Tablas poéticas</hi> a propósito de si se debe usar la “ph” en
              español para las dicciones griegas: “se prueba tener la F. fuerza de Ph. en español y
              deberse decir Fénix y no Phoenis, contra el juicio de algunos Alfabetistas y de un
              Francisco de Cascales, que pretende haya en el Abecedario Ph. para escribir las
              dicciones griegas […]”. Y más adelante: “Cascales, como si fuera cónsul, o dictador de
              la elocuencia, dice: En la lengua castellana no tenemos más, de los latinos, que dos
              diptongos, au, eu, como autor, Euterpe […]”. Modernizamos según nuestras normas. Al
              interesado le indignaron tanto lo de “un Francisco de Cascales”, como lo de “cónsul y
              dictador de la elocuencia”.</note>. Quizá no sea casual que Pellicer sea también un
            notable imitador y comentarista de Góngora, pero no es por ello por lo que Cascales lo
            zahiere con su pluma más afilada, sino por sus errores gramaticales, insoportables por
            ir asociados a una soberbia inaudita y a una desaforada presunción de sabelotodo<note
              place="bottom">Cascales (1930 : II, 88-91 ): “Dos sentencias veo encontradas: una del
              sabio que dijo con humildad, virtud requisita y necesaria en los doctos: <hi rend="i"
                >Hoc unum scio me nihil scire</hi>; y otra de vuestra merced, que piensa que él solo
              lo sabe todo […]. A los veinte y cuatro años de su edad, ¿se persuade vuestra merced
              que sabe para enmendar y castigar tan rigurosa y descortésmente a gravísimos varones
              que han escrito con aprobación y aplauso de todo el orbe? ¡Oh crítico feroz y
              temerario!”. Esta polémica de Cascales con Pellicer tal vez sea un corolario de la más
              importante y famosa del polígrafo con Lope de Vega (Rozas 1990). Uno de los objetivos
              de las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, desde el punto de vista de Cascales, es
              alinearse en el grupo de Lope de Vega, y mostrar admiración rendida hacia sus obras y
              solidaridad con sus intereses y reputación.</note>.</p>
          <p>Por lo demás, las tres cartas de materia gongorina que publicamos tienen la
            particularidad, en el conjunto del volumen, de que, junto con una primera carta, al
            parecer espontánea, se incluye la respuesta, y la respuesta a la respuesta, en ambos
            casos no directa, sino con mediación de un tercer personaje. El único otro caso de
            correspondencia no unidireccional tiene también un carácter de polémica literaria: se da
            al final del volumen de las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>. La III, 9 (única, con
            la de Villar que editamos, de otro autor que Cascales), la firma el maestro Pedro
            González de Sepúlveda, “catedrático de retórica en la universidad de Alcalá de Henares”,
            que escribe al catedrático de Murcia presentando, en tono cortés, una serie de reparos a
            sus <hi rend="i">Tablas poéticas</hi>, aparecidas en 1617. La carta es de las poquísimas
            del volumen que llevan fecha: “De Alcalá y de ese colegio, a 8 de agosto 1625”. La
            respuesta, firme pero no menos afable, la presenta Cascales en la última pieza de su
            colección, la III, 10. Por el tono morigerado y académico, pero también por su temática
            típicamente aristotélica (centrada en la trabazón de la fábula y en la delimitación de
            los géneros poéticos), esta pequeña controversia carece de relación con la que nos
            ocupa.</p>
          <p>Las dos últimas cartas que editamos llevan en la prínceps títulos o epígrafes
            particulares: “Sobre la carta pasada de los Polifemos” (I, 9), “Contra su apología” (I,
            10). El título dado a la carta de Villar adolece de cierto laxismo formal, puesto que se
            habla de <hi rend="i">Polifemos</hi> en plural, sin que sepamos si se apoda así el
            conjunto formado por las dos composiciones, “Polifemo” y “Soledades”.</p>
          <p>El epígrafe de la tercera carta, destinada a refutar los argumentos de Villar, utiliza
            con propiedad la palabra “apología” para referirse a la defensa de los poemas censurados
            llevada a cabo por este último. El término y sus derivados aparecen en otras defensas
            del poeta como la <hi rend="i">Apología por una décima</hi> del Abad de Rute, los <hi
              rend="i">Discursos apologéticos</hi> de Díaz de Rivas, y el <hi rend="i"
              >Apologético</hi> de Espinosa Medrano<note place="bottom">Véase el interesante
              desarrollo sobre esta palabra “Apologético” que lleva a cabo Héctor Ruiz en el primer
              apartado de la introducción a su edición del texto (OBVIL, Sorbonne Université,
              2017).</note>.</p>
          <p>En la tercera carta, Cascales menciona “la poesía nueva de don Luis de Góngora” fórmula
            que nos ha parecido la más adecuada para designar el tema de este debate epistolar y
            para dar título a la correspondencia que editamos: “Cartas sobre la poesía nueva de don
            Luis de Góngora”.</p>
        </div>
        <div>
          <head>2. [Autor] Tres cartas, dos Franciscos y dos terceros</head>
          <p>Nuestro breve epistolario siguió un recorrido pragmático curioso, puesto que implicó en
            dos ocasiones a terceros. La primera carta del intercambio, publicada como la I, 8 en
            las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> y firmada por Francisco Cascales, iba dirigida
            a Luis Tribaldos de Toledo. No recibió, al parecer, respuesta de su destinatario, pero
            sí de un tercero sin relación con este, Francisco del Villar, a cuyas manos había
            llegado una copia, él no dice cómo; de esta omisión se deduce con probabilidad que fue
            el trinitario fray Juan Ortiz, a quien dirige su respuesta, quien se la procuró. En
            apertura de su misiva, Villar se escuda en la amistad que profesaba el trinitario por
            Cascales para escribir al primero una carta en realidad destinada al segundo. La frase
            apunta a una correspondencia habitual entre Villar y Ortiz, en la que ya habían hablado
            de los méritos del licenciado de Murcia:</p>
          <quote>
            <p>En otras he dicho a V. P. mi sentimiento acerca de la erudición y ingenio del
              licenciado Francisco de Cascales, cuya amistad a V. P. envidio, y a quien quiero dé
              mis saludes y recomendaciones, y excuse esta niñería, pues mayores estudios lo serán
              en sus manos.</p>
          </quote>
          <p>Esta “apología” de Góngora, como él la llama, la incluyó Cascales en su libro como
            carta I, 9. Fray Juan Ortiz había hecho, pues, lo que su amigo le pedía en términos
            velados: transmitir la carta a su verdadero destinatario, suscitando así la última
            misiva del intercambio, esta vez directamente dirigida de Cascales a Villar, última
            “epístola” de la década primera<note place="bottom">Roses Lozano (1994: 40).
            </note>.</p>
          <p>De modo que, para situar mejor los textos que editamos, convendrá presentar, además de
            a los dos autores, a los dos silenciosos testigos de esta correspondencia indirecta,
            Luis Tribaldos de Toledo y fray Juan Ortiz.</p>
          <div>
            <head>2.1 Francisco Cascales</head>
            <p>La figura de Francisco Cascales (Murcia, c. 1559– Murcia, 1642) ha sido objeto de una
              atención muy superior a la concedida a otros letrados de su época<note place="bottom"
                >Acerca de la vida de Francisco Cascales, véase la introducción de Justo García
                Soriano a su edición de las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> (1930 I, XI-XXXI);
                y la monografía anterior del mismo autor en que le confiere, desde el título, la
                calidad de humanista, <hi rend="i">El humanista Francisco Cascales y sus obras.
                  Estudio biográfico, bibliográfico y crítico</hi> (García Soriano: 1925). Para
                datos puestos al día de acuerdo con la biografía más reciente, la de Muñoz Barberán:
                1991, léase el artículo del <hi rend="i">Diccionario biográfico español</hi>:
                Alburquerque García (2013: XII, pp. 231-233). Antonio García Berrio dedicó un
                estudio muy citado a las <hi rend="i">Tablas poéticas</hi> de Cascales, suponiéndolo
                dechado de lo que él llama “Poética clasicista” (García Berrio 1975 y 2006). Es
                significativo del respeto que rodea a Cascales que varios especialistas de lenguas
                clásicas hayan dedicado esmerados estudios a ciertos aspectos de su relación con
                autores antiguos: Ausonio (Ramos Maldonado 1996); Plutarco y Aristóteles (Alemán
                Illán 2005); Quintiliano (Fernández López y Lozano Ribera 2007). Pedro Conde Parrado
                ha analizado con su acostumbrada penetración un epigrama de Cascales (Conde Parrado
                2016). Sandra Ramos Maldonado ha publicado una traducción de su obra latina con una
                edición bilingüe de los epigramas (Ramos Maldonado 2004).</note>. Se le ha venido
              describiendo como “humanista”, etiqueta de la que hacemos en el mundo hispánico un uso
                generoso<note place="bottom">Lo que escribió en latín es de importancia menor:
                además de un puñado de epigramas, un breve comentario del <hi rend="i">Arte
                  poética</hi> de Horacio, unas observaciones gramaticales y un florilegio de
                versificación. Son obritas didácticas, que interesaron poco y nada fuera de España.
                Ahora bien, la expresión latina no es un accidente prescindible en un humanista sino
                la prueba de que se presenta al mundo como miembro activo, de pleno derecho, de la
                  <hi rend="i">respublica litterarum</hi>: o lo que es lo mismo, que ambiciona ser
                leído más allá de las fronteras de su patria, aportando algo de interés general a
                quienes cultivan las letras humanas. Cascales, incluso en sus célebres <hi rend="i"
                  >Tablas poéticas</hi>, no se propuso más que ordenar y traducir lo que habían
                hecho los italianos (sin decirlo) para erigirse en legislador del Parnaso
                castellano. Véase García Berrio 1975: 11: “[Las <hi rend="i">Tablas poéticas</hi>
                constituyen] un plagio literal de tres de los más difundidos tratados italianos […]:
                el <hi rend="i">Comentario</hi> de Robortello a la <hi rend="i">Poética</hi> de
                Aristóteles: la redacción italiana <hi rend="i">L’Arte poetica</hi> de Sebastiano
                Minturno […], y los <hi rend="i">Discorsi dell’arte poetica</hi> de Torquato Tasso”.
                La edición de Brancaforte (Cascales 1975) que da en nota las fuentes por extenso, no
                deja dudas al respecto. Por lo demás, suele exigirse en los humanistas un amplio
                conocimiento de las lenguas clásicas y a veces orientales, sin excluir el griego,
                que Cascales parece haber ignorado. Decir esto no es menospreciarlo sino darle sus
                verdaderas dimensiones. Entre la sobriedad mesurada de Nicolás Antonio, que lo
                define como “<hi rend="i">Murcianus &amp; in patria Institutor Juventutis in
                  Grammaticorum, Rhetorumque disciplinis non ineruditus</hi>”, y el ingenio
                inventivo de Jacinto Polo de Medina, que lo llama en sus <hi rend="i">Academias del
                  jardín</hi> “milagro mayor que goza toda España y que envidian otras naciones,
                nuevo Aristóteles y primer Horacio”, nos decantamos por lo primero, y lo llamaremos
                profesor de humanidades, catedrático de retórica, gramático, y erudito, aunque
                Nicolás Antonio se contenta con darle el título de “no inerudito en disciplinas
                retóricas”. </note>. Su fama y el espacio relativamente grande que ocupa en la
              atención crítica procede en parte de su calidad de temprano y elocuente historiógrafo
              de Murcia, por la que hoy todavía la erudición regional lo trata con particular
              afición; y en parte, de la importancia que le concedieron los ilustrados, en su
              búsqueda frenética de antecedentes españoles de su poética neoclásica. Sus principales
              obras se reimprimieron a finales del siglo XVIII<note place="bottom">Cascales 1779ª,
                  1779<hi rend="sup">b</hi>.</note>: el famoso impresor madrileño Antonio de Sancha
              publicó en 1779 la obra de Cascales en dos volúmenes con un prólogo del distinguido
              erudito Francisco Cerdá y Rico. El primero contenía las <hi rend="i">Tablas
                poéticas</hi> (con el añadido de su<hi rend="i"> Arte poética de Horacio reducida a
                método</hi>, sus<hi rend="i"> Observaciones gramaticales</hi> (ambas obras en latín)
              y <hi rend="i">el Discurso de la ciudad de Cartagena</hi>); el segundo, las <hi
                rend="i">Cartas filológicas</hi>. En Murcia se habían impreso cuatro años antes los
                <hi rend="i">Discursos históricos de la ciudad de Murcia</hi><note place="bottom"
                >Cascales 1775.</note>, con un prólogo del impresor, Francisco Benedito, que recoge
              con piadosa pulcritud los “justos encomios que han dado al licenciado Cascales autores
              del primer orden”. En <hi rend="i">La derrota de los pedantes</hi> (1789), Leandro
              Fernández de Moratín le hace comparecer junto con Cervantes y Luzán, desempeñando los
              tres el papel de sabios censores de la corrupción de las letras españolas. Justo
              García Soriano, que publicó en 1925 la primera monografía acerca de nuestro autor, <hi
                rend="i">Francisco Cascales. Su vida y sus obras. Estudio biográfico, bibliográfico
                y crítico</hi>, premiada por la Real Academia Española, y en 1930-1941, la edición
              de las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> en Espasa Calpe que seguimos manejando
              hoy, mantiene hacia Cascales una actitud no muy distinta de la de los neoclásicos, a
              quienes conoce bien, y lo estima por las mismas razones que habían llevado a estos a
              ensalzarlo. Y es que estamos, en este primer tercio del siglo XX, todavía en una
              España que se siente heredera de la Ilustración en materia artística y literaria
              (exceptuando una franja vanguardista del mundo de las letras, muy minoritaria):</p>
            <quote>
              <p>Sería larga tarea recoger las menciones que, acreciendo su fama, han hecho de
                nuestro autor críticos posteriores. Pero cuando más reverdeció su prestigio y
                celebridad fue en el siglo XVIII, al restaurarse el gusto clásico. La Real Academia
                Española le puso entre las autoridades de la Lengua. Luzán, Nasarre, Montiano y
                Luyando, Velázquez, Silva y otros muchos escritores de aquella centuria acataron su
                venerable autoridad e hicieron de él grandes encomios. Su nombre pasó las fronteras.
                El literato francés Mr. [<hi rend="i">sic</hi>] [Raulin d’Essarts, al escribir en
                1783 a un librero de Cádiz pidiéndole las obras maestras de la literatura
                castellana, y en primer lugar las de nuestro humanista, le decía: “Cascales,
                Sarmiento m’ont donné de votre littérature une toute autre idée que celle que
                m’avoit inspirée un voyageur moderne”<note place="bottom">Cascales (1930: 28-29).
                </note>.</p>
            </quote>
            <p>Además de su tratado titulado <hi rend="i">Tablas poéticas</hi>, donde critica a los
              poetas modernos y sistematiza, siguiendo a los italianos, las teorías de Aristóteles y
              Horacio, lo que valió esta buena fama a Francisco Cascales fue su acre censura de
              Góngora en las cartas que editamos. Gracias a ello, su figura resultó muy útil a
              quienes aspiraban a mostrar, en pro de la dignidad de España a ojos de propios y
              extraños, que algunos españoles, hasta en la peor época, se habían librado de las
              aberraciones de sus compatriotas (las de la literatura y el arte que hoy llamamos
              barrocos) y se habían pronunciado con valentía a favor de la razón y el buen
              gusto.</p>
            <p>Lo que afirma García Soriano y se solía repetir acerca de las andanzas juveniles de
              nuestro personaje como soldado por Flandes, su estancia en Nápoles y sus contactos con
              humanistas europeos carece de documentación fuera de ciertas imprecisas alusiones en
              sus propias cartas, de modo que es poco lo que se puede afirmar al respecto. Por falta
              de documentos acerca de la familia, infancia y juventud, Justo García Soriano tuvo que
              rellenar ese vacío, en su “Vida y obra” mediante conjeturas más o menos fantasiosas.
              Hubo que esperar a los años ochenta del siglo <num>xx</num> para que el hallazgo del
              testamento de doña Leonor Cascales o de Cascales, fechado en 1571, estableciera con
              certeza que fue hijo legítimo de esta dama, de familia murciana tenida por hidalga,
              viuda de un tal Luis de Ayllón<note place="bottom">J. Cano Benavente 1985.</note>.
              Manuel Muñoz Barberán, en su “nueva biografía” de 1992, fija el nacimiento de nuestro
              autor poco antes de 1560. Empero, el resultado más sensacional de la investigación del
              último medio siglo se debe a Jerónimo García Servet (1978): en 1564, fue relajado por
              judaizante, léase quemado, Luis de Ayllón, jurado de Murcia. Según afirma Juan Carlos
              Domínguez Nafría (1991), cuyo estudio se basa en la documentación inquisitorial (no en
              la del tribunal de Murcia, destruida, sino en la de la Suprema), este Luis de Ayllón
              era, pura y simplemente, el padre de nuestro Cascales, de quien se declara viuda doña
              Leonor en su testamento de 1571 y en documentos más tempranos.</p>
            <p>El siniestro ritual en que murió este desdichado se inserta en una serie de autos de
              fe celebrados por la Inquisición de Murcia entre 1560 y 1571, que carece de paralelos
              antes o después, si se exceptúa un atroz preludio en Lorca. En esta pequeña ciudad,
              durante la década de 1550, la Inquisición murciana hizo reinar el terror entre varias
              familias de notables que intentaban borrar su pasado converso y una de las cuales
              había llegado a dominar el gobierno urbano<note place="bottom">Tres libros publicados
                casi simultáneamente (en 1991 y 1992) tocan este asunto y se ignoran mutuamente con
                plenitud: Domínguez Nafría 1991; Muñoz Barberán 1992; Contreras 1992. Muñoz Barberán
                rechaza con sarcasmo la tesis de Domínguez Nafría de que el Luis de Ayllón relajado
                fue el padre de Cascales, pero no lo nombra ni a él ni su libro, publicado sin
                embargo un año antes por la misma editorial. Ni el uno ni el otro conocen el trabajo
                de Contreras. En cuanto a este, en la reedición de su estudio (2013), cita el
                trabajo de Domínguez Nafría, en nota, solo para decir que sus objetivos y su
                metodología no tienen nada que ver con los suyos, lo que es muy cierto.</note>. En
              la década de 1560 le tocó el turno a la capital, Murcia, donde fueron reconciliados o
              relajados en persona o en estatua más de un centenar de presuntos judaizantes: hombres
              y mujeres, muchos artesanos, bastantes clérigos y no pocos mercaderes y miembros de la
              oligarquía municipal, regidores y jurados. Fue tal el descalabro de familias pudientes
              y respetadas, y tan brutales e irregulares los procedimientos de los dos inquisidores,
              Gregorio de Salazar y Jerónimo Manrique, que las víctimas y sus parientes, el concejo
              y el mismo cabildo catedralicio se quejaron al rey y al papa. Entre los que viajaron a
              Roma para presentar memoriales al pontífice, por mediación del cardenal Alciato, se
              contaron Francisco y Juan de Ayllón, hijos de un Pablo de Ayllón, relajado en un auto
              de 1562 y hermanos de Luis de Ayllón, preso por entonces. Todo lo cual se documenta en
              el trabajo de Domínguez Nafría (1991) y está estudiado a fondo y brillantemente
              narrado en el conocido libro de Jaime Contreras, <hi rend="i">Sotos contra Riquelmes.
                Regidores, inquisidores y criptojudíos</hi> (1992, reed. 2013). Este estudio, que no
              considera para nada a Francisco Cascales, corrobora que el Luis de Ayllón relajado en
              persona en 1564, mercader rico y jurado de la colación de san Nicolás, hermano de un
              Pablo de Ayllón que estuvo asociado a sus negocios, tiene las señas de identidad que
              atribuye Muñoz Barberán al padre de nuestro gramático. Y sin embargo, según este
              biógrafo, a quien han interesado menos los documentos de la Suprema que la
              documentación local (actas del cabildo y documentos parroquiales y notariales), este
              Luis de Ayllón víctima del Santo Oficio no fue el padre de Cascales, sino un homónimo
              y pariente cercano suyo, tal vez un primo hermano.</p>
            <p>Los argumentos, además de confusos, nos parecen poco atendibles. El más importante es
              la inverosimilitud de que el hijo de un condenado a la hoguera lograse, treinta y
              cinco años después, la posición de catedrático de gramática en el seminario
              catedralicio, se casase dos veces con señoritas de buena posición y pasase por un
              notable intelectual y literario de la ciudad de Murcia, cuando, según las leyes y los
              usos, debería haber vivido como un infamado y apestado. Pero no hay tal
              inverosimilitud, creemos, si se interpreta la persecución contra los cristianos nuevos
              de Murcia a la luz del estudio de Jaime Contreras: la muerte del jurado Luis de
              Ayllón, lo hemos visto, no fue sino un horrendo detalle en un vasto ciclo de procesos
              y condenas; y este llegó a amenazar tan gravemente la paz de la ciudad que el mismo
              Santo Oficio trató de atenuar las huellas de su acción en aquellos años convulsos,
              hasta donde podía hacerlo sin merma de su autoridad y de su crédito. A raíz de la
              intervención del rey y del papa, llegó a la ciudad un visitador llamado Ayora, que
              deshizo la mayoría de las pruebas y absolvió a ciertos personajes que ya habían
              sufrido la pena de muerte, entre ellos Luis de Ayllón. Poco después, tomó a cargo el
              tribunal un nuevo inquisidor muy crítico con la acción de sus predecesores, Soto de
              Salazar. La oligarquía municipal restauró paulatinamente su maltrecha solidaridad y se
              esforzó por echar tierra al asunto y borrarlo de su memoria y de las ajenas, ganando
              nuevos blasones de hidalguía y cristiandad mediante su activa participación en la
              guerra contra los moriscos de la vecina Granada (1568-1570). Esta crisis demostró que
              era imposible desarraigar a los descendientes de cristianos nuevos y privarlos
              absolutamente de la riqueza y del poder adquiridos. No bastaba acusarlos de herejía en
              procesos tumultuosos e irregulares, como querían algunos extremistas y oportunistas en
              aquellos años que siguieron al triunfo del estatuto de limpieza en Toledo, cuando el
              azote de los cristianos nuevos, Juan Martínez Silíceo, ocupaba la sede primada de
              Toledo, después de haber sido obispo de Cartagena (cabeza de la diócesis a la que
              pertenecía Murcia) de 1541 a 1545<note place="bottom">Véase Hernández Franco
                2000.</note>. No se podía llevar hasta las últimas consecuencias la política de
              exclusión violenta sin desintegrar el tejido social, al amenazar de modo directo o
              indirecto a demasiados miembros de las clases altas y medias urbanas. De ahí en
              adelante, el disimulo, la memoria selectiva e intermitente, la máxima cautela o, si se
              quiere, la hipocresía, regularon el asunto de la limpieza de sangre en Murcia, como en
              otras ciudades.</p>
            <p>No obstante, si se ha considerado factor que tener en cuenta, en el destino y la
              personalidad de otros escritores, incluido el mismo Góngora, el vínculo lejano con
              antepasados o colaterales infamados por una sospecha de judaizar<note place="bottom"
                >Según Soria Mesa 2015, Góngora tuvo antepasados conversos por los cuatro costados,
                algunos muy notorios, y varios de sus parientes cercanos, en su misma generación y
                la siguiente, se encontraron en situaciones desairadas a la hora de buscar
                promociones, hábitos y cargos, por lo cual el poeta no pudo ignorar su verdadera
                condición. Que esto dejara alguna huella en su ánimo es prácticamente seguro: a la
                hora de buscar esa huella en su personalidad y en su obra, se impone evidentemente
                la máxima prudencia. De todos modos, la amargura y las frustraciones que seguramente
                nacerían de esa situación no nos parecen comparables a lo que pudo ser el efecto de
                la represión y segregación en el caso de Cascales, quien en su niñez tuvo varios
                condenados a muerte entre sus parientes cercanos, entre ellos, probablemente, su
                propio padre. </note>, se hace difícil creer que no dejara alguna huella en la
              personalidad de nuestro autor la muerte de un padre en la hoguera cuando era niño de
              cinco o seis años, precedida por la de un abuelo, sin hablar del descalabro financiero
              de la familia, no tan total como lo hubiera sido si se hubieran cumplido a rajatabla
              las leyes, pero grande sin duda. Claro que es imposible documentar directamente esa
              huella, y saber con certeza qué efectos tuvo.</p>
            <p>Lo seguro es que, después de una formación universitaria, cuya existencia se deduce
              del título de licenciado que ostentaba, y que algunos sitúan hipotéticamente en la
              universidad de Granada<note place="bottom">La hipótesis fue urdida y argumentada por
                García Soriano, quien halló en los preliminares de las <hi rend="i">Obras</hi> de
                Gregorio Silvestre (Granada, Fernando de Aguilar, 1582) un soneto de Cascales
                impreso junto con otros firmados por ingenios del grupo llamado
                antequerano-granadino, Luis Barahona de Soto y Pedro Rodríguez de Ardila. Véase
                Cascales (1941: 244-247).</note>, otros fuera de la Península, en Flandes o Italia,
              Francisco Cascales enseñó gramática por encargo del concejo de Cartagena desde 1597. A
              partir de 1601, fue catedrático de gramática y latinidad en el recién fundado
              Seminario de San Fulgencio de Murcia, después de ganar una oposición en la que tenían
              voz y voto los canónigos. Como señal de gratitud, compuso el <hi rend="i">Discurso de
                la ciudad de Cartagena</hi> (1598) y sus <hi rend="i">Discursos históricos de la muy
                noble y muy leal ciudad de Murcia</hi> (1621).</p>
            <p>García Soriano, que tiene a su biografiado por un eminente humanista, se vio forzado
              a confesar ciertos graves deméritos suyos desde el punto de vista de las Luces, ya
              delatados por los ilustrados que se ocuparon del caso, Francisco Benedito<note
                place="bottom">Cascales (1775: f. ¶2).</note>, Francisco Cerdá y Rico<note
                place="bottom">Cascales, <hi rend="i">Tablas poéticas</hi> (1779: VI): “Le llenó […]
                de las fantásticas especies de los cronicones de Fl. Lucio Dextro, Marco Máximo,
                Luitprando y otros horrendos monstruos”. Modernizamos.</note>, y mucho antes, a
              medias palabras, por Nicolás Antonio<note place="bottom">Antonio 1742. Este libro, que
                desmonta con admirable precisión las imposturas de los falsos cronicones, menciona
                que Cascales se hace eco de sus errores (p. 142). Refuta que san Fulgencio fuera
                obispo de Cartagena y muestra que la mártir Victoria de la inscripción falsificada
                de Cartagena no fue de Turbula (Tobarra) sino de Tibur (Tívoli) y martirizada en
                Roma.</note>: a saber, la desdichada credulidad que manifiesta, en sus trabajos
              historiográficos, hacia los “falsos cronicones”<note place="bottom">Cascales (1930:
                XXVII): “…desmerece esta última obra de la decrépita vejez de nuestro autor, por
                hallarse manchada con las fábulas que a manos llenas tomó de los falsos cronicones”;
                y p. XLVI: “Escaso interés literario tiene en cambio la carta que dedicó al
                licenciado Andrés de la Parra […] afeada con las noticias fabulosas que tomó
                crédulamente de los falsos cronicones…”.</note>. Y es que eran poderosísimos los
              motivos que paralizaban un espíritu crítico del que hace gala en otras ocasiones<note
                place="bottom">Véase un análisis reciente de la labor de Cascales como historiador
                en Marín Ruiz de Assín 2017.</note>: sin las “pruebas” dadas por estos apócrifos de
              que el hispano san Fulgencio, hermano de san Isidoro y san Leandro, obispo de Écija en
              las primeras décadas del siglo <num>vii</num>, había sido también obispo de Cartagena
              (dato forjado por Román de la Higuera, urdidor de los cronicones, a favor de la
              homonimia con otro san Fulgencio, obispo de Cartago en África), algunas de sus
              reliquias y las de su hermana santa Florentina no hubieran sido trasladadas en 1594,
              por tenaz empeño del obispo Sancho Dávila, de Extremadura a Murcia<note place="bottom"
                >Justo García Soriano (1925, p. 81 y ss.) cuenta con gran detalle los esfuerzos del
                obispo Sancho Dávila para obtener las reliquias de san Fulgencio y santa Florentina
                que se conservaban en un santuario de Extremadura, en la villa de Berzocana. Apenas
                llegado a la diócesis en diciembre de 1591, investigó los obispos antecesores suyos
                y “halló que lo había sido de esta Santa Iglesia de Cartagena san Fulgencio, hijo de
                Severiano”. Según Antonio Yelo Templado, que ha dedicado una nota a la llamada <hi
                  rend="i">Historia fulgentina</hi> en los falsos cronicones, “muy probablemente el
                obispo Sancho Dávila bebió en el pseudo-Máximo la información sobre san Fulgencio”
                (Yelo Templado 1985: 48). Si es así, no sabemos cómo había llegado a manos de este
                devoto prelado el texto de Román de la Higuera, que el jesuita retiró de la
                circulación después de que otro obispo culto y crítico, el de Segorbe, Juan Bautista
                Pérez, lo declarara falso con firmeza (1594-95). Sin embargo, dadas la devoción y
                credulidad de Dávila, su amistad con Román de la Higuera y la participación que tuvo
                en la difusión y amplificación de esas patrañas, es creíble que fuera de los
                primeros a quien el jesuita comunicara esta primera versión del cronicón, tenida
                luego por un epítome corrupto del texto supuestamente verdadero (amañado, en
                realidad, en una segunda fase de la trayectoria del falsificador). Cuando Cascales
                escribió su primer trabajo historiográfico sobre Cartagena (en 1598), todavía no
                manejaba estos materiales, que habían quedado sepultados al descubrirse enseguida la
                grosera urdimbre de estas ficciones. En cambio los conocía y daba por buenos en su
                segundo trabajo (<hi rend="i">Discursos históricos de la ciudad de Murcia</hi>) con
                aprobación de 1614.</note>, ni hubiera escrito Cascales un epigrama que luego fue
              grabado “en campo de oro” en el tabernáculo que custodiaba las reliquias; ni se
              hubiera levantado en Murcia “un templo y seminario de colegiales” en honor a san
              Fulgencio, con 3000 ducados de renta, ni hubiera leído nuestro gramático en este
              colegio “la cátedra de latinidad, que esta iglesia catedral tiene desde el fundamento
              de ella”.</p>
            <p>Dado el historial penal de su familia paterna, Cascales, como otros muchos
              descendientes de miembros de la oligarquía murciana marcados por la pesada mano del
              santo Tribunal, tenía el mayor interés en dar pruebas de un piadoso celo a favor del
              patrimonio de santidad y de antiguo cristianismo de la ciudad<note place="bottom">Hoy
                todavía, en el sitio web oficial de la diócesis de Cartagena-Murcia se lee que san
                Fulgencio fue obispo de Cartagena, noticia procedente de los apócrifos cronicones de
                Dextro y Luitprando, amañados por Román de la Higuera a finales del XVI y
                desacreditados ya a finales del siglo XVII. En cambio el artículo de la <hi rend="i"
                  >Catholic Cyclopedia</hi> no dice nada de tal infundio y da noticia de que, en el
                último documento que hay sobre este santo, un concilio sevillano de 619, figura como
                obispo de Écija. Si hoy en día, cuando sus ventajas nos parecen irrisorias, todavía
                se sigue manteniendo localmente esta apropiación del santo, convertido en figura
                familiar y tutelar de Murcia, entre otras cosas por la amable fisionomía de muñeco y
                el manto de flores con que le dotó Salcillo en el siglo XVIII, ¿qué peso no tendría
                en tiempos de Cascales?</note>. La oportunidad de manipular el lejano pasado en pro
              de los intereses de la diócesis era irresistible tentación para quien se había
              sometido a la imperiosa necesidad de borrar de la memoria el pasado reciente. Poco
              costaba leer en una inscripción romana una “s” ausente, como lo hizo para forzarla a
              dar testimonio de la mártir santa Victoria, naturalizada murciana por los falsos
              cronicones, alterando la lectura que él mismo había hecho de la “piedra” en un trabajo
              anterior:</p>
            <quote>
              <p>Lo más de extrañar es que Cascales, alucinado con estos delirios, y olvidado de que
                en su primer <hi rend="i">Discurso de Cartagena</hi> tuvo con razón por romana y
                gentílica la inscripción: VICTORIAE. AUGUSTI. C. VALERIUS. FELIX. EX VOTO. D.D., que
                dice se hallaba en un pilar pequeño cuadrado en la Iglesia de Señora Santa Ana de
                Cartagena, en el discurso inserto en la <hi rend="i">Historia de Murcia</hi>, la
                altera sustituyendo VICTORIAE AUGUSTIS. Y añadiendo: <hi rend="i">curante Maximiano
                  urbis Turbulanae patrono</hi>, fiado más en la fe de Luitprando, que en la de sus
                propios ojos. Y así no duda que semejante memoria se hubiese consagrado a <hi
                  rend="i">Victoria</hi>, que el supuesto Luitprando supone llamaron <hi rend="i"
                  >Augustissima</hi> por su singular santidad y religión, y que padeció martirio en
                Tobarra, antiguamente <hi rend="i">Turbula</hi> o <hi rend="i">Trebula</hi>,
                afirmando, para hacer más creíble la patraña, que leyó entera la inscripción en
                  Cartagena.<note place="bottom">Lo observa Francisco Cerdá y Rico en Cascales
                  (1779: VII). Por esa falsificación, forzosamente deliberada, fray Pablo Manuel
                  Ortega, corresponsal de Gregorio Mayans y Síscar y autor de una <hi rend="i"
                    >Disertación curiosa sobre la célebre lápida de la Victoria que se conserva en
                    la ciudad de Cartagena</hi> (1764), llama a Francisco Cascales “inconstante,
                  infiel y doloso”. De hecho fue este franciscano quien descubrió la falsificación
                  que denuncia Cerdá y su disertación lo cuenta de manera luminosa y divertida.
                  Puede verse reproducida en González Castaño (2005: 459-472).</note></p>
            </quote>
            <p>Más difícil que inventar un pasado remoto y forjar sus pruebas era anular los
              indicios de un pasado todavía candente e ignorar los “polvorientos sambenitos”
              colgados en el paredón de la Iglesia, tras el coro, algo de lo que ya “nadie sabía
              nada” en 1572, según escribe Jaime Contreras en la conclusión de su libro. Sin conocer
              esos antecedentes, Justo García Soriano escribía: “Tanto impresionaron su ánimo e
              influyeron en la vida de Cascales todos aquellos acaecimientos [se refiere a la
              traslación de las reliquias de san Fulgencio y a las fundaciones que esta legitimó],
              que nunca se borraron de su memoria ni de su pluma, haciéndolos objeto de repetidas
              narraciones, y viniendo a ser algo así como su <hi rend="i">locus classicus</hi>,
              cuando no el eje, tema y motivo principal de sus obras históricas”<note place="bottom"
                >García Soriano (1925: 85). Léase todo el excelente capítulo de este libro sobre
                “Cascales historiador”.</note>. La presencia de las reliquias en la catedral y la
              edad dorada de felicidad pública, en el nebuloso siglo VI, cuando la ciudad tuvo por
              pastor a este bienaventurado, tal vez ocuparon el lugar, en la memoria de Cascales,
              del quebranto sufrido por su familia y de la hoguera en que murieron sus próximos
              parientes. Acerca del santo, escribía en su <hi rend="i">Discurso de Cartagena</hi>:
              “Algunos quieren decir que no fue obispo de Cartagena: no los creo, y cuando no lo
              haya sido, bien lo honrará como obispo quien lo ama como madre”<note place="bottom"
                  ><p>Cascales (1598: D5r-D5v): “Salió de Écija por obispo de Cartagena, su patria.
                  ¡Qué anchas entrañas le abrirías, madre Cartagena, para recibir a tu hijo! ¡Qué
                  solemne entrada con alegre aplauso y excesivo júbilo le harías! ¡Qué de ramos
                  verdes, qué de olorosas hierbas! ¡Qué de fragantes flores derramarías por la
                  tierra en que anduvo, en que se crió, en que trató, en que mereció aquel divino
                  báculo, aquella sagrada mitra episcopal! <hi rend="i">Algunos quieren decir, y
                    falsamente, que no fue obispo de Cartagena: no los creo, y cuando no lo haya
                    sido, bien lo honrará por obispo quien lo ama como madre</hi>. Y para echar el
                  sello a tus glorias, ¡qué más quieres Cartagena, que gozar hoy por tu obispo un
                  don Sancho Dávila, que con grandísima devoción de estos santos ha traído a su
                  obispado de la villa de Barzocana, con larguísimos gastos, los santos cuerpos de
                  estos dos ilustres hijos tuyos: san Fulgencio y Santa Florentina!”. Modernizamos
                  la grafía y puntuación. </p></note>. No se puede decir con más claridad que hay
              cosas más importantes que la verdad histórica, y que a ciertas verdades les conviene
              ser encerradas con diez llaves, como escribía Lope de Vega en el <hi rend="i">Arte
                nuevo</hi>, aunque dé “gritos la verdad en libros mudos”.</p>
            <p>Entre sus obras destacan las mencionadas <hi rend="i">Tablas poéticas</hi><note
                place="bottom">Como mostró minuciosamente su editor, Benito Francaforte, las <hi
                  rend="i">Tablas poéticas</hi> son, en no pocos lugares, un mosaico o centón de
                traducciones de los mencionados autores italianos. Cascales no tenía reparo en
                proceder como compilador no confesado y es muy probable que lo mismo haga en algunas
                o muchas de sus “cartas filológicas”. A veces procedía de modo muy ingenioso en
                estos préstamos, como ha mostrado recientemente Pedro Conde a propósito de uno de
                sus epigramas, el que lleva el número XXXIII, cuyos conceptos y expresiones proceden
                de la <hi rend="i">Cornucopia</hi> de Ravisio Textor, adaptando la idea central de
                dicha obra, para convertirla en materia epigramática. Recupera conceptos destinados
                al elogio de París para urdir un concepto encomiástico dedicado a Murcia (Conde
                Parrado, 2016). Véase acerca de <hi rend="i">Tablas poéticas</hi> el estudio de
                García Berrio, 1975.</note> (1617), libro que compendia la teoría literaria
              sistemática creada por los italianos de la segunda mitad del <hi rend="i"
                >Cinquecento</hi> (principalmente Robortello, Minturno y Tasso). Significativa es,
              asimismo, su traducción fragmentaria al español del <hi rend="i">Ars Poetica</hi> de
                Horacio<note place="bottom">Para una edición de la fragmentaria traducción de
                Cascales del <hi rend="i">Ars poetica</hi> de Horacio, Pérez Pastor (2002: 21-39),
                García Berrio (2006: 235-245); Ramos Maldonado (2004: 58-63).</note>, a partir de la
              cual redactó un texto titulado <hi rend="i">Epistola Horatii Flacci de Arte Poetica in
                methodum redacta versibus Horatianis stantibus, ex diversis tamen locis ad diversa
                loca translatis</hi> (1639). Se contó, pues, entre quienes, deplorando el carácter
              suelto, a modo de charla improvisada, de la incomparable poética de Horacio<note
                place="bottom">Incomparable lo es, sin duda alguna, por su fama e influencia, pero
                también por la gracia, intensidad expresiva y fuerza persuasiva que le confiere su
                autor, el cual no prescinde de su formidable talento poético ni siquiera cuando se
                dedica a dar consejos a los poetas. Aunque desde este punto de vista pueden
                comparársele poéticas renacentistas de excelentes poetas neolatinos, las de Jerónimo
                Vida y Girolamo Fracastoro.</note>, decidieron reducirla a método, imponiéndole el
              corsé de un orden sistemático. Lo hizo mediante una reordenación de sus versos, con
              interpolación de otros tomados de lugares de Horacio ajenos a la epístola misma o
              imitados de estos: un trabajo, pues, muy consonante con las ocupaciones didácticas que
              le permitían ganarse la vida.</p>
          </div>
          <div>
            <head>2.2 Francisco del Villar</head>
            <p>Mucho menos se sabe y nada se sabía hasta hace poco sobre el más oscuro Francisco del
              Villar, principal interlocutor, aunque no requerido, de su tocayo Cascales. No sabemos
              cómo le llegó la carta del gramático murciano destinada, se supone, a Luis Tribaldos
              de Toledo. Ciertamente, este escrito, que derrochaba gracejo y malicia sobre un asunto
              que despertaba vivo interés en el mundo de las letras, pudo haber corrido bastante
              antes de llegar a sus manos. Pero lo que parece más lógico es que el mismo Cascales la
              hiciera circular, como paso previo a su publicación en las <hi rend="i">Cartas
                filológicas</hi>. La hipótesis más sencilla y que nos parece más probable es que la
              comunicara a fray Juan Ortiz, que era amigo suyo y estaba en Murcia, y este a Villar,
              tal vez porque el fraile sabía lo mucho que su amigo iliturgitano admiraba a
              Góngora.</p>
            <p>Francisco del Villar, nacido en Andújar hacia 1565, poco más joven, pues, que
              Cascales, y como él de edad respetable en el momento de la correspondencia, estudió
              teología en la Universidad de Alcalá, donde su nombre aparece en los libros de
              matrícula del colegio de San Antonio entre 1579 y 1582<note place="bottom">En el
                Portal de Archivos Españoles en Red (PARES) se puede consultar la entrada de 1579
                referida a los “Cursos en Teología probados ante la Universidad de Alcalá por
                Francisco del Villar, natural de Andújar” (Archivo Histórico Nacional,
                Universidades, L-478, fol. 780).</note>. Se ordenó de sacerdote en fecha que no ha
              podido determinarse con precisión. Después de ocupar durante diecisiete años una
              capellanía en Santisteban del Puerto y otros beneficios similares en varias
              localidades de Jaén, volvió a su ciudad natal, donde ejerció los cargos de vicario
              perpetuo del Arciprestazgo de Andújar y de comisario apostólico de la Santa Cruzada,
              amén de escribir poesías para fiestas y solemnidades religiosas y un <hi rend="i"
                >Compendio poético</hi> manuscrito del que se ha conservado una copia fragmentaria.
              Fue aficionado a la astrología, lo que le valió leves disgustos con la Inquisición, y
              acabó su vida de modo dramático, asesinado por motivos desconocidos, como atestigua un
              documento fechado en junio de 1639, que condena a la horca a sus matadores (<hi
                rend="i">in absentia</hi>). La sección dedicada al “Autor” en la introducción de
              Jesús Ponce Cárdenas a su edición del fragmentario <hi rend="i">Compendio poético</hi>
              de Villar, resume un artículo – publicado por él paralelamente en <hi rend="i"
                >Criticón</hi>–que contiene la investigación más completa hasta hoy sobre su figura,
              así como varios documentos, entre otros la citada condena de sus asesinos<note
                place="bottom">Véase Villar 2015 y Ponce Cárdenas 2015.</note>. Estos trabajos, de
              donde extraemos los datos biográficos que hemos consignado, nos eximen de extendernos
              más, puesto que solo podríamos repetir lo ya dicho, excelentemente, por este
              estudioso.</p>
            <p>Baste decir que, si Cascales, sin ser un humanista en sentido pleno, fue un hombre
              culto, discreto y de buena pluma, que trató de ser fiel a las lecciones, vitales e
              intelectuales, de Horacio y de Quintiliano, Francisco del Villar, entusiasta lector de
              Góngora, todavía se encuentra en un peldaño inferior en la jerarquía de los hombres de
              letras de la España, por no decir la Europa, de entonces.</p>
            <p>Como ya dijimos, el intercambio entre Cascales y Villar se hizo posible por la
              mediación de los dos terceros, Luis Tribaldos de Toledo y fray Juan Ortiz. Esta
              situación peculiar no se entiende sin tener en cuenta lo ya dicho sobre la ambigüedad
              del estatuto de la carta, entre lo privado y lo público, que expresó en varias
              ocasiones, mejor de cuanto podríamos hacerlo, Claudio Guillén:</p>
            <quote>
              <p>Todo cambia desde el momento en que cierta clase de carta deja de ser una
                comunicación dirigida a una sola persona real, a un solo “tú” empírico, y aparecen
                lectores virtuales. [...] <hi rend="i">Pour qui écrit-on</hi>? [...] lo que pretende
                ser leído principalmente por un “tú” es, en realidad, releído; y releído por ellos,
                por otras personas, por otras clases y grupos, o por otros públicos en diferentes
                tiempos. De tal manera lo que parecía mero existir privado, materia bruta de vida,
                se convierte en candidato a ser literatura.<note place="bottom">Guillén
                  (1998b:190).</note>.</p>
            </quote>
            <p>Este “equívoco” se aplica perfectamente a la correspondencia que estudiamos aquí,
              donde solo en la carta tercera y última los protagonistas coinciden como emisor y
              destinatario. El radio de acción comunicativo de Cascales no se limita a Luis
              Tribaldos de Toledo o a Francisco del Villar, sino que abarca a un grupo amplio y
              abierto, a todos los interesados por Góngora y el revuelo que causó.</p>
          </div>
          <div>
            <head>2.3 Luis Tribaldos de Toledo</head>
            <p>Acerca de Luis Tribaldos de Toledo (1558, San Clemente / Tébar de La Mancha – 1634,
              Madrid), a quien Cascales tomó por testigo y árbitro de su censura de Góngora, nos
              permitimos reproducir lo que escribe Begoña López Bueno en una nota de su edición las
                <hi rend="i">Advertencias</hi> de Almansa y Mendoza, de próxima publicación, puesto
              que reúne la mayoría de los datos relevantes:</p>
            <quote>
              <p>[…] fue preceptor del conde de Villamediana, profesor de Retórica en Alcalá de
                Henares y bibliotecario del Conde-Duque, además de Cronista Mayor de Indias desde
                1625. Elogiado y estimado por muchos contemporáneos (Lope de Vega, Espinel, Cascales
                y, entre los extranjeros, Justo Lipsio, con quien mantuvo correspondencia), fue
                conocedor de lenguas antiguas (entre ellas el griego y el hebreo) y modernas. Su
                obra refleja el amplio abanico de intereses de su talante humanístico: junto a obras
                originales, encontramos ediciones y traducciones; […] escribió en latín y en
                castellano, y tanto en prosa como en verso. En relación con el gongorismo, es de
                destacar la interesante ambigüedad de sus posicionamientos. Por una parte, defendió
                a Lope de Vega en la <hi rend="i">Expostulatio Spongiae</hi> (1618), preparó la
                edición de las <hi rend="i">Obras</hi> de Francisco de Figueroa (Lisboa: Pedro
                Craesbeeck, 1625), una edición programática, en cuyos preliminares participaron
                autores como Lope de Vega o Jáuregui, que desde posiciones clasicistas conllevaba
                una actitud de clara confrontación […]. Sin embargo, por otra parte, elogió a
                Góngora en su aprobación de 15 de noviembre de 1632 para la edición de Hoces
                  […]<note place="bottom"><p><hi rend="i">Todas las Obras de don Luis de
                      Góngora</hi>, 1633, fol. 3 v. No todos los ejemplares llevan impresas las dos
                    aprobaciones, de Tribaldos de Toledo y Tamayo de Vargas; sí están en el ejemplar
                    que consultamos: el de la Nationalbibliothek de Viena.</p></note>. Resulta
                evidente que los elogios de Tribaldos sobrepasan con mucho los formulismos y tópicos
                laudatorios habituales en este tipo de documentos.</p>
            </quote>
            <p>Al dirigir su sátira contra Góngora a Tribaldos, Cascales elegía, pues, a una figura
              eminente de las letras hispánicas en aquellos años<note place="bottom">Véase Arcos
                Pereira y Rodríguez Herrera (2001b: 7-9): “Lope [...], en la silva octava de su <hi
                  rend="i">Laurel de Apolo</hi>, escribe: ‘Tejed a Luis Tribaldos de Toledo, / musas
                griegas, latinas y españolas, / tres verdes laureles, / que aseguraros puedo / que
                de ninguno más gloriosamente / ciñan la docta frente’[...]. También Vicente Espinel,
                en el ‘Prólogo al lector’ de su novela <hi rend="i">La vida de Marcos de
                  Obregón</hi>, dice de nuestro autor: ‘muy gran poeta latino y español, docto en la
                lengua griega y latina.’ [...] Francisco de Quevedo, en su <hi rend="i">Anacreón
                  Castellano</hi>, afirma, tras aportar una cita de Píndaro, que ‘este lugar debo a
                Tribaldos de Toledo, hombre modestamente docto’[...]. Francisco Herrera Maldonado,
                en su traducción castellana de la obra de Sannazaro, <hi rend="i">Los tres libros
                  del Parto de la Virgen nuestra Señora</hi>, lo encumbra a la cima de los
                intelectuales españoles”. Véanse también Viforcos Marinas, 2008; Arcos Pereira y
                Rodríguez Herrera (2001a: 37-49); García Soriano en Cascales (1961: I, 137-140);
                Entrambasaguas (1946: vol. I, 331-332).</note>, que ha despertado últimamente cierto
              interés de los investigadores<note place="bottom">Véanse los dos estudios citados de
                Arcos Pereira y Rodríguez Herrera (2001) y el de Viforcas Marinas (2008).</note>.
              Era Luis Tribaldos de Toledo hombre de señalada erudición, de los pocos españoles
              capaces de leer en griego y de componer un panegírico en hexámetros latinos<note
                place="bottom">Nos referimos al elogio de España en hexámetros, con otras varias
                piezas, que dedicó Tribaldos a Lorenzo Ramírez del Prado: <hi rend="i">Epaenesis
                  iberica auctore Ludovico Tribaldo Toleto rhetore olim complutensi nunc rerum
                  indicarum regio primarioque historico ad. D Laurentium Ramirium Pratensem</hi>.
                (Amberes, Oficina plantiniana de Baltasar Moreto, 1632). La obra apenas ha sido
                estudiada todavía, que sepamos.</note>, al tiempo que cortesano próximo a los más
              altos círculos de poder, íntimo del Conde-Duque de Olivares –quien solo podía confiar
              su querida biblioteca a un hombre de su mayor consideración<note place="bottom">Sobre
                la biblioteca de don Gaspar de Guzmán que se conoce a través de un buen catálogo,
                véase Marañón 1935. Algunas noticias y análisis dispersos figuran en Lawrance,
                2011.</note>– y, desde 1625, provisto del cargo prestigioso y bien remunerado de
              Cronista Mayor<note place="bottom">Véase el citado artículo de Isabel Viforcos Marinas
                (2008) basado en las deliberaciones del Consejo de Indias, en 1621, previas al
                nombramiento de a un nuevo “Cronista Mayor”: un cargo bien remunerado, creado en
                época de Felipe II, que acababa de vacar al fallecer Antonio de Herrera y
                Tordesillas. Fue nombrado Luis Tribaldos de Toledo, pese a la presencia de
                candidatos que habían probado más competencia historiográfica e interés por América,
                como Gil González Dávila, Tomás Tamayo de Vargas o León Pinelo, lo que se explica
                por su fama como intelectual, pero sobre todo por su temprana entrada al servicio de
                Olivares, después de formar parte de la casa del conde de Villamediana, padre del
                poeta y diplomático en Londres. Pudo, con todo, justificarse el nombramiento por los
                conocimientos geográficos e interés por esta disciplina que demuestran algunos de
                sus trabajos (Arcos Pereira, 2002).</note>. Intervino para defender y ensalzar a
              Lope de Vega en la <hi rend="i">Expostulatio Spongiae</hi> (1618)<note place="bottom"
                >Una de las secciones de esta obra, los “Elogios de ilustres varones a Lope de Vega
                Carpio”, se abre con un texto en prosa firmado por Tribaldos de Toledo, que celebra
                a Lope como “príncipe de los poetas de España”, elogiando su facilidad de ingenio,
                dulzura, agudeza, cultura y “en fin todas esas dotes propias de una naturaleza casi
                divina” (Véase Conde Parrado y Tubau Moreu 2015: 195 y 374).</note>, además de
              elogiarlo en otras ocasiones; y el famoso poeta no fue menos pródigo, como veremos, de
              alabanzas hacia Tribaldos. Atraer a este respetado hombre de letras al campo de los
              resueltos adversarios de Góngora, como intentó hacer Cascales, era una operación
              audaz, susceptible de ganarle las simpatías de Lope y de otros ingenios cortesanos de
              relieve. No tuvo éxito, si juzgamos por el elogio de Góngora que firma Tribaldos en su
              aprobación de la edición Hoces, cuyas fechas coinciden con la publicación efectiva de
              las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>. De un poeta que, según la carta de Cascales,
              estaba rematadamente loco o quería poner en ridículo, como buen farsante, a quienes lo
              tomaran en serio, de un Góngora culpable de “poesía inútil”, escribe Tribaldos que sus
              poesías “son la cosa más aguda y delgada, con sus partes de gravedad, que han salido
              en estilo lucido en España, que esta es la quintaesencia de un entendimiento delgado,
              sublime y por excelencia, aunque singular, de general agrado para todos estados”, y
              que “su grandeza es de manera que ni griegos ni latinos pueden competir con la
              vivacidad de sus conceptos, y las demás lenguas vulgares vuelan muy rateras en su
              comparación”. Más importante, vivo todavía Lope de Vega, añade que “de este solo
              talento se puede España gloriar, pero no esperar otro semejante en estas letras, en
              varias edades”. Como observa Begoña López-Bueno, este elogio no puede explicarse por
              las hipérboles al uso, y parece un homenaje meditado a un poeta definitivamente
              ascendido al cielo de los más grandes. Por lo demás, Tribaldos, como bibliotecario del
              conde-duque, estaba ya por entonces encargado de custodiar el manuscrito Chacón que
              recoge las poesías de Góngora, objeto excepcional en todos los sentidos, y cuya mera
              existencia, sin paralelos, da prueba de la veneración con que muchos miraron esas
              obras. De hecho, la edición de las poesías de Figueroa cuidada por Tribaldos e impresa
              en Lisboa en 1626, que a Begoña López-Bueno le parece contradictoria con la admiración
              hacia Góngora, no nos parece claro que signifique la “confrontación” que ella
                dice<note place="bottom">Véanse los preliminares de este volumen que pasan por un
                manifiesto de “poética clasicista”, algo que tal vez sea una entelequia: <hi
                  rend="i">Obras de Francisco de Figueroa… publicadas por... Luis Tribaldos de
                  Toledo</hi>. En Lisboa, por Pedro Craesbeeck a costa de Antonio Luis Mercader,
                1625 (BNE R8323). Empiezan estos preliminares con dos textos en prosa firmados por
                Tribaldos: la dedicatoria a don Vicente Noguera y un discurso con la vida y elogio
                de Francisco de Figueroa, cuyos papeles, según dice el autor, después de correr de
                mano en mano, recayeron en las suyas. Él quiso piadosamente darlos a conocer, siendo
                el señor don Vicente Noguera (a quien Tribaldos mira como a su protector) quien
                alienta y costea la edición. Ni la dedicatoria ni el “Breve discurso de Luis
                Tribaldos de Toledo sobre la vida de Francisco de Figueroa” contienen la menor
                alusión a la polémica en torno a Góngora: ningún especial énfasis en la claridad y
                pureza del lenguaje, por ejemplo, si bien esta última es mencionada entre los
                atributos del poeta ideal que poseyó Figueroa. Sigue una sarta de epigramas
                laudatorios, en latín y castellano, que reparten los elogios entre Figueroa y
                Noguera, y entre los cuales figura un soneto rabiosamente culto del portugués y muy
                gongorino Miguel Silveira. Se inserta luego un discurso que comienza con la
                siguiente declaración: “<hi rend="i">El impresor otra vez al lector</hi>.
                Gloriosamente estaba alabado nuestro poeta con tan elegantes epigramas y sonetos
                como los de atrás […], mas, por no quedarme oficio alguno de piedad que con el
                difunto no hiciese, pedí al señor don Vicente Noguera como a tan gran fautor y
                protector de todas las buenas letras, y tan estimado en la corte de España, que
                procurase alcanzarme de los dos príncipes de la poesía de ella, Lope de Vega Carpio
                y don Juan de Jáuregui, alguna composición en el mismo intento. Su merced satisfizo
                mis deseos en la diligencia y en el suceso…”. En resumidas cuentas, Craesbeck se
                hizo con los poemas de Lope y Jáuregui que inserta a continuación. Son elogios de
                Figueroa escritos con la mejor pluma de ambos: unas liras de 48 versos, para Lope de
                Vega, y dos décimas para Jáuregui. Carecen de alusión alguna a Góngora o a los
                cultos pero en cambio llevan sendas cartas o dedicatorias en prosa (siendo muy poco
                común que poemas de forma lírica lleven este tipo de paratexto) a don Vicente
                Noguera. ¿Hubo malicia en la elección de estos dos “príncipes de la poesía” que se
                habían pronunciado ambos públicamente, poco antes, en contra del gongorismo, o en la
                omisión de Góngora, que todavía vivía y se encontraba en Madrid? Es muy posible. Sin
                embargo, el impresor portugués podía no estar muy bien informado puesto que eligió a
                dos “príncipes” que se habían enfrentado con virulencia no hacía mucho. Que deseara
                a Lope para realzar su producto no tiene nada de particular; a Jáuregui, él mismo lo
                explica por la excelencia del <hi rend="i">Discurso poético</hi> (1624) que “es voto
                de un grande juicio poco aficionado a autores modernos, que puede… correr muy
                iguales parejas con los dos mejores que nos dejó la antigüedad de los dos Dionisios
                Halicarnaseos y Longino”. Parece probable que ese juicio elogioso sobre el <hi
                  rend="i">Discurso poético</hi> proceda del mismo don Vicente Noguera, pero, de ser
                así, no quedaría demostrado que le disgustaba Góngora, porque el opúsculo de
                Jáuregui es una pieza de elocuencia, en materia estética, de excepcional calidad.
                Del conjunto de los preliminares se desprende la impresión de que la principal
                preocupación de quienes participaron en el libro no fue la “poética clasicista”,
                sino halagar al tal don Vicente, “del Consejo de su Majestad”, portugués rico y
                noble, cubierto de muy honoríficos títulos, y que, según Barbosa Machado, supo con
                perfección las lenguas latina, griega, caldaica, siriaca, arábica, italiana,
                francesa y castellana: según Morel Fatio, “<hi rend="i">un Mécène, mais un de ces
                  Mécènes intelligents et sérieusement aficionados, dont les écus seuls ne font pas
                  la gloire</hi>” (Morel Fatio: 1879: 1). Si hay aquí “confrontación”, hay que
                reconocer que es muy discreta y prudente, y que, incluso si existió, nada prueba que
                Tribaldos estuviera envuelto en ella. También es curioso que todo este aparato
                laudatorio (con excepción de la dedicatoria y discurso liminar) desaparezca en la
                reimpresión de 1626. Tal vez habría que buscar el motivo en vicisitudes de la vida
                de Noguera, del que Morel Fatio refiere que fue arrestado en 1631, pasó años en la
                cárcel y finalmente tuvo que huir de su patria y refugiarse en Roma, donde se
                documenta su presencia a partir de 1636 y donde vivió con un nombre supuesto. Aunque
                el gran hispanista lo niega, con el argumento peregrino de que el interesado
                imputaba su desgracia a intrigas cortesanas, parece entreverse que huyó de la
                Inquisición, la cual confiscó sus papeles y libros. Ilda Mendes dos Santos,
                profesora en la universidad de París 3, prepara un conjunto de ensayos sobre este
                personaje, bajo el título <hi rend="i">Vie de lettré-D. Vicente Nogueira: Péninsule
                  Ibérique, Brésil, Europe, Péninsule italique</hi>, con la edición de sus cartas
                inéditas, un estudio sobre su biblioteca confiscada por la Inquisición en 1633, su
                vínculo con los “déniaisés” franceses e italianos, y el exilio en Roma.</note>. No
              son pocos los hombres de letras de entonces que se negaron a tomar partido en la
              rivalidad de Lope y del andaluz, y los juzgaron excelentes a ambos, como lo hacemos
              hoy muchos eclécticos. No es seguro que hubiera “interesante ambigüedad” en los
              posicionamientos de Tribaldos y, si Cascales la vio, tal vez lo hizo por un cálculo
              equivocado, lo que se verifica o en la ausencia de respuesta, o en una respuesta que
              no creyó oportuno consignar.</p>
            <p>En resumidas cuentas, siendo Villar un personaje inferior a Tribaldos en rango social
              y distinción literaria, el haber obtenido respuesta del primero, a quien no se había
              dirigido, y no del segundo, cuyo patronazgo tal vez esperaba, supuso a nuestro
              entender para Cascales un ligero desaire. Nótese que la carta a Tribaldos resulta
              extraña por la carencia de introducción o exordio: no parece normal que empiece una
              misiva con una historieta como la del sacristán de Paulenca, sin la menor entrada en
              materia, saludo o expresiones corteses que tengan en cuenta la persona del
              destinatario, y más no siendo este un vecino y amigo íntimo con el que existan
              relaciones cotidianas, sino al contrario un personaje elegido por su prestigio y que
              vive lejos. Contrasta este comienzo abrupto con las fórmulas zalameras con las que
              empiezan tanto la carta de Villar a Ortiz como la respuesta de Cascales a Villar.
              Creemos que no puede explicarse esta infracción a las leyes de la cortesía epistolar
              más que suponiendo que la carta sufrió modificaciones antes de pasar a la imprenta, y
              que los elogios y <hi rend="i">conciliatio benevolentiae</hi> que probablemente
              contenía al comienzo desaparecieron, tal vez para quitar peso, en la percepción del
              lector de <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, al destinatario y a su silencio.</p>
            <p><space> </space>Si hubo desaire, lo cierto es que Cascales supo hacerle frente muy
              deportivamente, respondiendo con cortesía a quien se había alzado el reto de su
              censura y publicando junto a la suya la carta de Villar, con el añadido de su propia
              respuesta donde se reafirmaba en su postura contraria al estilo gongorino. Se
              reservaba, pues, la última palabra, lo que explica que el granadino Martín de Angulo y
              Pulgar considerase deber suyo escribir a su vez una respuesta, e imprimirla, un año
              después, en sus <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi><note place="bottom"><hi
                  rend="i">Epístolas satisfactorias. Una, a las objeciones que opuso a los poemas de
                  don Luis de Góngora el licenciado Francisco de Cascales, catedrático de Retórica
                  de la santa Iglesia de Cartagena, en sus Cartas filológicas. Otra, a las
                  proposiciones que, contra los mismos poemas, escribió cierto sujeto grave y docto.
                  Por don Martín de Angulo y Pulgar, natural de la ciudad de Loja. A don Fernando
                  Alonso Pérez del Pulgar, señor de la villa del Salar</hi> (Granada: Blas Martínez,
                1635). Véase Angulo y Pulgar, ed. Daza, 2018.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>2.4 Juan Ortiz de Atienza</head>
            <p>Por lo que respecta a Juan Ortiz de Atienza (Granada, 1580 – Sevilla, 1636), quien
              hizo de intermediario entre Cascales y Villar, sabemos que fue un teólogo y un
              predicador afamado, que llegó a ser provincial de su orden en Andalucía, como se
              recoge en una investigación histórica sobre los trinitarios de Murcia:</p>
            <quote>
              <p>…fue hijo de Granada, Doctor por su Universidad y Catedrático de la misma durante
                muchos años, Consultor y Calificador del Santo Oficio, Ministro sucesivamente de los
                Conventos de Málaga, Jerez de la Frontera, Córdoba, dos veces de Andújar, de Murcia
                y Granada, Visitador de su Provincia de Andalucía y, por último, Vicario General y
                Provincial. Su argumento fue el más temido y celebrado en las escuelas y sus
                sermones aplaudidos por un lúcido y numeroso auditorio. El Padre Ortiz sacó
                excelentes discípulos en cátedra y púlpito […]. Estando predicando una Cuaresma, fue
                sorprendido de una lenta calentura que, sin cumplir dos años de Provincial, le llevó
                a la tumba. Acudieron a sus honras y entierro todas las órdenes religiosas y nobleza
                de Sevilla, donde murió a la edad de 56 años; […] se celebró dicha función el día 25
                de abril de 1636. Escribió muchas materias teológicas y predicables pero no sabemos
                que tenga algo impreso<note place="bottom">Asunción (1898: vol. II, 175-176);
                  recogido en Ponce Cárdenas (2015: 50). Véase también García Soriano (1961: vol.
                  II, 135-136), quien matiza que fray Juan Ortiz hizo imprimir al menos uno de sus
                  sermones: <hi rend="i">Sermón publicado en el convento de la Santísima Trinidad de
                    Granada, en una fiesta que en él hizo de la Inmaculada Concepción de la Virgen
                    Nuestra Señora, domingo, veinte de diciembre, año 1615, por el Reverendo Padre
                    Maestro Fray Juan Ortiz, de la dicha orden, catedrático en Santa Teología</hi>,
                  impreso con licencia en Granada por Martín Fernández, 1616. </note>.</p>
            </quote>
            <p>De la amistad que trabó con Cascales, suponemos que mientras estuvo destinado al
              convento de Murcia, dan fe no solo Villar en su carta a Ortiz, sino el mismo Cascales,
              que en el exordio de su respuesta a Villar llama a fray Juan Ortiz, “oráculo de las
              letras humanas y divinas”. Además, le dirige una de sus cartas filológicas, la II, 7,
              una de las más copiosas e interesantes: “Al padre fray Joan Ortiz, maestro en teología
              y ministro del convento de la santísima Trinidad, en la ciudad de Córdoba. Acerca del
              uso antiguo y moderno de los coches”. Esta carta debe de ser posterior a las que
              editamos, que parece lógico pensar fueron escritas mientras el trinitario vivía en
              Murcia.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>3. [Cronología] A zaga de La Filomena de Lope de Vega</head>
          <p>Por desgracia no podemos escapar sobre este punto a probabilidades y conjeturas. En
            ninguna de las tres cartas consta el año en que fueron redactadas y las de Cascales, de
            acuerdo con su costumbre, consignan solo el mes y el día. Así, la primera carta del
            intercambio, la I, 8, “Al licenciado Luis Tribaldo de Toledo”, cuyo autor es Cascales,
            está firmada en “Murcia y Noviembre 15”, mientras que la tercera, la II, 10, “A don
            Francisco del Villar, el licenciado Francisco de Cascales”, “en Murcia, y enero 13”. La
            “Epístola 9”, de “Don Francisco del Villar al padre fray Juan Ortiz... sobre la carta
            pasada de los Polifemos”, carece de fecha.</p>
          <p>La aprobación eclesiástica de las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> lleva fecha de
            diciembre de 1626, y la del Consejo, de marzo de 1627, aunque la obra hubo de esperar
            siete años más para ser impresa (tal vez por no poder el autor costear los gastos ni
            encontrar quien lo hiciera). Sin embargo, como observó García Soriano<note
              place="bottom">Cascales (1930: II, 94).</note>, la epístola a Pellicer (II, 5)
            contesta a lo publicado por este en sus <hi rend="i">Diatribes o Exercitaciones a la
              Phoenicología o naturaleza del Fénix</hi> (1630). De lo cual se deduce que el volumen
            fue modificado entre el momento de la aprobación y el de la impresión, y que, si pudo
            introducirse de contrabando la carta a Pellicer, otras también pudieron hacerlo en fecha
            posterior a la aprobación, o ser modificadas. Ciertamente esto último no es muy
            probable: fue, sin duda, por estar indignado contra la insolencia de Pellicer y deseoso
            de revancha, por lo que Cascales recurrió al procedimiento ilegal de imprimir un texto
            que no había pasado por la censura. Pero, si queremos atenernos a lo seguro, solo
            tenemos como <hi rend="i">terminus ad quem</hi> 1634, fecha de la publicación.</p>
          <p>De lo que sabemos acerca del trinitario fray Juan Ortiz, que vivió en Granada hasta
            1615, se deduce que Francisco del Villar no le pudo mandar su epístola antes de ese año,
            sino más adelante, cuando Ortiz se trasladó a Murcia, y luego a Córdoba y Andújar, para
            ser “ministro” de varios conventos de tales ciudades. Joaquín Roses infiere de ello que
            las tres epístolas debieron de escribirse después del final de 1615<note place="bottom"
              >García Soriano (1961: vol. II, 135). </note>. Recuerda además que la carta I, 9, la
            de Villar, menciona <hi rend="i">La Andrómeda</hi> de Lope, fábula mitológica que narra
            la historia de Andrómeda y Perseo, publicada por vez primera en <hi rend="i">La Filomena
              con otras diversas rimas</hi> (Madrid, 1621)<note place="bottom">Roses Lozano (1994:
              41-42). </note>. Otro dato ha sido aportado por Porres Alonso, que afirma que Ortiz
            fue ministro en el convento de los trinitarios de Murcia durante tres años, entre 1617 y
              1620<note place="bottom">Porres Alonso (2005: 147-148).</note>. De ser cierto<note
              place="bottom">Las informaciones de primera mano más significativas sobre Ortiz se
              encuentran en el <hi rend="i">Liber provinciae Beticae ordinis Sanctissimae Trinitatis
                de redemptione captivorum. Pro capitulis provincialibus</hi> (AHN, ms. CODICES,
              L.280, 1593-1751, fol. 24, 32, 47, 55, 73); no hemos podido localizar en él los
              elementos que confirmarían la presencia en el convento de Murcia del religioso entre
              1617 y 1620.</note>, se podría ceñir la de la carta II, 9 a este último trienio,
            puesto que parece natural que Villar mandase la carta a Ortiz cuando este residía en
            Murcia, pensando que la entregaría directamente a Cascales, verdadero destinatario de la
            misma; además, el epígrafe al frente de la epístola en <hi rend="i">Cartas
              filológicas</hi> dice “Al padre fray Juan Ortiz, maestro de la Santísima Trinidad de
            Murcia”. Sin embargo, hemos visto que Villar redactó su misiva en fecha posterior a la
            publicación de <hi rend="i">La Filomena con otras diversas rimas</hi> (la fe de erratas
            de este libro de Lope de Vega es del 7 de julio de 1621), discrepancia que no hemos
            podido resolver, a menos que la estancia del trinitario en la ciudad se haya prolongado
            más allá de 1620. Por otra parte, Jesús Ponce Cárdenas opina “que la relación amistosa
            entre el maestro Francisco del Villar y fray Juan Ortiz debió de cimentarse en el trato
            mantenido por ambos ingenios durante los años que el trinitario revistió las funciones
            de ministro en el convento de Andújar…”<note place="bottom"><p>Ponce Cárdenas
              2015</p></note>, donde al parecer, estuvo destinado dos veces, antes y después de su
            período murciano.</p>
          <p>En resumidas cuentas, ninguno de los datos externos disponibles permite precisar con
            certeza la fecha de las cartas, si bien hay indicios convergentes que las sitúan entre
            1621 y 1626.</p>
          <p>Ciertos rasgos internos invitan a pensar que la idea de la primera carta se le ocurrió
            a Cascales a raíz de su visita a Madrid de 1614, en el curso de un viaje emprendido para
            conseguir la licencia para sus <hi rend="i">Tablas poéticas</hi> y sus <hi rend="i"
              >Discursos históricos de la muy noble ciudad de Murcia</hi><note place="bottom">No hay
              documentos de esta visita, fuera de la aprobación de las<hi rend="i"> Tablas
                poéticas</hi> (firmada por Juan Luis de la Cerda, en Madrid a 29 de septiembre de
              1614) y la de los <hi rend="i">Discursos históricos de la muy noble y muy leal ciudad
                de Murcia</hi>, firmada por Pedro de Valencia el 12 de noviembre del mismo año, en
              Madrid también. Ambas obras tardaron años en imprimirse y lo hicieron en Murcia,
              respectivamente en 1617 y 1621. García Soriano supuso, y parece muy verosímil, que
              Cascales viajó a la corte para gestionar esas aprobaciones, lo que explicaría que se
              hicieran al mismo tiempo, aunque ni en uno ni en otro caso eran urgentes, faltando sin
              duda medios económicos para la impresión. El propio García Soriano se acusa de
              “conjeturas y fantasías más o menos verosímiles, pero quizá impropias de la seriedad
              que requieren estudios como el presente” cuando imagina que Cascales se entrevistó
              allí con Diego de Saavedra Fajardo, trató al “gran Lope, a la sazón en la cumbre de su
              gloria, y conoció tal vez a Tribaldos de Toledo” (García Soriano 1925: 50).</note>: el
            conocimiento de primera mano del revuelo provocado en la corte desde el año anterior por
            la difusión del <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi> podría
            explicar la imagen inicial del “sacristán de Paulenca”, que sugiere un ambiente de
            escándalo y de expectativa, a raíz de un acontecimiento reciente. Es posible que nuestro
            gramático escribiera, en Madrid o poco después de regresar a Murcia, unas notas o un
            borrador, y que el envío a Tribaldos de una carta que contiene partes jocosas y otras
            serias fuera una iniciativa más tardía, posterior al valimiento de Olivares y al
            encumbramiento de este erudito como protegido del ministro, o sea a 1621. Pero la razón
            más importante para pensar en un texto posterior a esta última fecha, además del verso
            de “Lope en la <hi rend="i">Andrómeda</hi>” citado en la carta de Villar (pertenece en
            realidad a otra fábula incluida en el mismo volumen, la primera parte de la “Filomena”),
            es que fue solo por entonces cuando Lope de Vega se pronunció contra la poética de
            Góngora en un texto firmado, publicado y de tono serio. Con alusión transparente, trata
            de ello en el texto programático “El teatro a sus lectores” que sirve de prólogo a su
              <hi rend="i">Décima quinta parte de las comedias</hi>, cuya tasa y fe de erratas están
            fechadas en diciembre de 1620. Se reconocen en esas breves líneas los principales
            argumentos que forman el andamiaje de la carta de Cascales:</p>
          <quote>
            <p>Ellas [las comedias] son suyas, en la lengua que los poetas de este año llaman
              antigua: caso notable que tengan muchos por bueno aquello solo que no entienden. Creo
              que tienen razón, porque desconfiando de sus juicios, les parece cosa de poco ingenio
              la que con facilidad alcanza el suyo. Ya saben, señores, los que leen aquella máxima
              de Aristóteles en los Tópicos <hi rend="i">Omne inconsuetum est obscurum</hi>. Pues,
              ¡qué bien hablarían las Musas cómicas oscuramente!, la imitación es su nombre, su
              materia y su forma, luego esta es su lengua, que, aunque confieso las figuras
              retóricas a los que hablan, aunque sea en las calles, plazas y tiendas, no a lo menos
              las transposiciones, las locuciones inauditas y las metáforas de metáforas […]<note
                place="bottom">Lope (1621b)</note>.</p>
          </quote>
          <p>Apuntando más directamente a Góngora, aunque con notable cautela, el Fénix se explica
            con mayor amplitud sobre los motivos de su rechazo del nuevo estilo gongorino en la
            respuesta un señor de estos reinos “en razón de la nueva poesía” que se incluyó en <hi
              rend="i">La Filomena</hi> (1621), libro donde se publicaron precisamente las fábulas
            de “Filomena” y de “Andrómeda”.</p>
          <p>Por lo demás, este mismo libro misceláneo contiene varias referencias a Tribaldos de
            Toledo. En “El jardín de Lope”, epístola al sevillano Francisco de Rioja, otro personaje
            del entorno de Olivares de reciente encumbramiento en la corte, se lee:</p>
          <quote>
            <p>Pararon los buriles y cinceles <lb/>en el docto Tribaldos de Toledo, <lb/>para quien
              fue Vicencio griego Apeles<note place="bottom">Lope (1621a: 178v). Nos preguntamos si
                alude a un retrato de Tribaldos por un Vicencio que podría ser Vicente
                Carducho.</note>.</p>
          </quote>
          <p>Aparece ahí el bibliotecario de Olivares en un selecto Parnaso, precedido por célebres
            poetas extranjeros (Camões, Marino) y seguido por ilustres historiadores y eruditos
            españoles, Luis Cabrera, Juan Luis de la Cerda y Juan de Mariana. También es nombrado
            Tribaldos en la epístola, más temprana, dirigida al doctor Gregorio de Angulo, toledano
            a quien Lope invita a trasladarse a la corte, prometiéndole que conocerá allí a una
            serie de personajes eminentes: “Borja” (Francisco de Borja y Aragón, príncipe de
            Esquilache, virrey del Perú), Tribaldos de Toledo, y “el sol de Lemos”. No sin motivo,
            Lope llama “sol” a Pedro de Castro y Andrade, conde de Lemos, sobrino del valido Lerma,
            miembro de la alta nobleza de talento sobresaliente, que ocupó los más brillantes cargos
            de la monarquía, y fue gran aficionado a las letras:</p>
          <quote>
            <p>Conoceréis al Borja, aquel que ha sido <lb/>de aquesta edad el más florido ingenio,
              <lb/>y al gran Tribaldos, de laurel ceñido. <lb/>Veréis sobre las cumbres de Partenio,
              <lb/>el Sol de Lemos, nuevo honor de Castro<note place="bottom">Lope (1621 :
                141r).</note>…</p>
          </quote>
          <p>Otra mención significativa de nuestro personaje en el mismo libro se encuentra en el
            extraño poema titulado <hi rend="i">Segunda parte de la Filomena</hi>, que refiere en
            clave alegórica la polémica surgida del ataque del “tordo” Torres Rámila” al ruiseñor
            “Lope de Vega”. En el catálogo de quienes lo defendieron de su malvado enemigo, Lope
            nombra a Tribaldos en estas líneas:</p>
          <quote>
            <p>Y así del gran Tribaldos de Toledo <lb/>el nombre que a los tiempos causa miedo,
              <lb/>pues quedarán vencidos, <lb/>él inmortal sobre mayor esfera, <lb/>y ellos
              entonces de correr corridos<note place="bottom">Lope (1621: 40r).</note>.</p>
          </quote>
          <p>En suma, docto, dos veces grande, ceñido de laurel, vencedor de los tiempos, defensor
            de los ruiseñores frente a los negros tordos, y de Apolo contra Marsias, equiparado a
            los más doctos cortesanos, a los mayores poetas de Europa y a los más cultos
            aristócratas de España, así aparece Tribaldos en varias piezas de <hi rend="i">La
              Filomena</hi>, de mano del agradecido Fénix, y esa pudo ser una de las razones, si no
            la de más peso, que incitaron al murciano a dirigirle su diatriba contra Góngora, lo que
            era ciertamente más discreto y diplomático que dirigírsela a Lope, rival directo del
            poeta cordobés. Creemos que Cascales, erudito provinciano (el término ya tiene sentido
            en estas primeras décadas del XVII), no se hubiera atrevido a terciar en la polémica
            contra un poeta célebre, todavía vivo, y sólidamente apoyado; hacerlo además escribiendo
            a un personaje con tan buena posición cortesana como Tribaldos, si no se hubiera sentido
            respaldado por el amigo de este, Lope de Vega, ídolo de los corrales y de muchos hombres
            de letras, y sin el pasaporte que constituía la esperada benevolencia, si no el expreso
            beneplácito, del madrileño<note place="bottom">El mejor documento de esta amistad, que
              ha sido afirmada con insistencia y tal vez alguna exageración por los estudiosos de
              Cascales, además del honroso retrato del gramático en el <hi rend="i">Laurel de
                Apolo</hi>, silva IV, donde aparece como el primer ingenio de Murcia, es la epístola
              II, 3 de <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>: “Al Apolo de España, Lope de Vega
              Carpio. En defensa de las comedias y representación de ellas”. Esta defensa de las
              comedias, una de las piezas más interesantes de la colección epistolar, ha sido
              estudiada con detenimiento por Justo García Soriano, que en su nota introductoria da
              cuenta de sus circunstancias: el rápido crecimiento de la afición al teatro en Murcia
              y las campañas eclesiásticas contra las comedias, que desembocaron en una prohibición
              que duró breve tiempo, pero se reiteró a raíz de una catástrofe, el hundimiento de un
              teatro, sobrevenida en 1613. Volvieron a representarse obras teatrales pero otro grave
              accidente, sucedido en el teatro de nuestra Señora de Gracia en 1625, sirvió “de
              pretexto a los enemigos de las comedias para combatirlas con mayor saña y para lograr
              una nueva, y más larga prohibición” (Cascales 1930: II, 40). Debió de ser por esas
              fechas cuando el profesor murciano, que realmente amaba el teatro, aprovechó la
              circunstancia para redactar su entusiasta defensa, y de paso adular al Fénix.</note>.
            Si Lope mismo tardó en atreverse a atacar a su rival a cara descubierta, menos se
            atrevería Cascales, que nunca pecó de temerario.</p>
          <p>En cuanto a las ideas expresadas en esta carta I, 8, no tienen singularidad suficiente
            para determinar en qué otros textos polémicos pudo inspirarse: representan un
            planteamiento “semidocto” del problema, destinado a ser entendido por todos (véanse <hi
              rend="i">infra</hi> los apartados de la estructura y de las fuentes). La carta llama
            la atención no por la fuerza de los argumentos, ni por lo selecto de la erudición, sino
            por la viveza humorística y por el contraste tajante entre el vapuleo inmisericorde del
              <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi> y el elogio desmedido de
            las obras anteriores del poeta cordobés. Las razones alegadas en contra de esta “nueva”
            poesía estuvieron presentes en la polémica desde el primer momento, así como las
            autoridades de Quintiliano, Horacio y Marcial que venían a apoyarlas, de lo más manido
            para todos los españoles cultos de entonces, y pan cotidiano para el maestro de
            gramática Cascales. Nuestra hipótesis es, pues, que la primera carta tomó su forma
            definitiva después de llegar a sus manos <hi rend="i">La Filomena</hi> de Lope, como muy
            pronto a finales del verano de 1621, y antes de la aprobación de las <hi rend="i">Cartas
              filológicas</hi> en diciembre de 1626, probablemente más cerca de la primera de esas
            fechas. Las otras dos siguieron con bastante rapidez, puesto que la carta que inicia la
            correspondencia lleva fecha de noviembre (¿de 1621?) y la tercera de enero (¿de
            1622?).</p>
        </div>
        <div>
          <head>4. [Estructura] Del cuentecillo chistoso al debate sobre el genio de las
            lenguas</head>
          <div>
            <head>4.1 La primera carta de Cascales</head>
            <p>La correspondencia entre estos dos ingenios se abre de manera peculiar, con un
              cuentecillo gracioso acerca del sacristán de Paulenca. El recurso de la facecia como
              obertura no aparece en otro lugar de las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi><note
                place="bottom">Cascales utiliza la anécdota introductoria tan solo en la epístola
                primera de la “Década segunda”. </note>, y la anécdota introductoria tan solo en la
              primera epístola de la década segunda, “al doctor Salvador de León”: una carta
              familiar de tono jocoso, dirigida a un vecino de Murcia. De todos modos, esta no
              prescinde del saludo al destinatario que parece un aderezo formal indispensable, lo
              que Lipsio llama <hi rend="i">materia sollemnis</hi>, constante de las cartas,
              independientemente del tipo al que pertenecen: “Pregúntame vuestra merced, señor
              doctor, que cómo me va de pleito con Pedro de Molina…”. La comparación resalta la
              rareza del comienzo de la carta a Tribaldos y es un argumento más para pensar que
              desaparecieron de la versión publicada las fórmulas iniciales de cortesía que debieron
              de formar parte del original<note place="bottom">La única alternativa que se nos
                ocurre es que no hubiera original y que Cascales nunca mandara la supuesta carta a
                Tribaldos. Pero, fuera de que no se ve la razón para semejante comportamiento, no
                parece probable que publicara esa misiva imaginaria estando todavía vivo el
                interesado.</note>.</p>
            <p>La ocurrencia de Cascales, a la hora de empezar a disertar sobre la “oscuridad del
                <hi rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi> de don Luis de Góngora”
              consiste en preguntarse si estas extrañas composiciones no se habrán escrito en broma.
              El personaje del sacristán en el cuentecillo, que alude maliciosamente a don Luis de
              Góngora, lleva la carga de desprecio de antiguo acumulada sobre esta figura; el
              sacristán ocupa el grado más bajo entre los hombres de Iglesia, y la voz popular, en
              el refranero, las coplas y los cuentos, lo pinta como bobo, rústico, ignorante y
              bebedor. En el ambiente post-tridentino, que toleraba menos la sátira anticlerical, el
              personaje cómico del sacristán, subalterno carente de dignidad y desprovisto de
              órdenes sacras, podía encubrir esta sátira representando al clero de modo inocuo. Lo
              expresa así Cotarelo:</p>
            <quote>
              <p><hi rend="i">Sacristán</hi>. Es el personaje que más abunda en los entremeses.
                Puede suponerse que representa mitigado el personaje clérigo o fraile de los cuentos
                de la Edad Media y de las farsas italianas, españolas, portuguesas y francesas del
                siglo XVI<note place="bottom">Cotarelo (1911: CLIIIb). Eugenio Asensio que estudia
                  también el papel de los sacristanes en el entremés juzga que son “herederos del
                  simple en la función de hacer reír” (Asensio 1965:21).</note>.</p>
            </quote>
            <p>A las connotaciones poco halagüeñas del oficio de sacristán se suman las que se
              desprenden de la mención de Paulenca, villorrio que puede suponerse poblado de toscos
              lugareños. Pues bien, igual que el sacristán de Paulenca, hombre de humor, tradúzcase,
              bufón y medio loco, subido en las alturas de su campanario, se jactaba de tener
              pendientes a quienes lo oían en la plaza, Góngora, llamado nada honoríficamente “el
              Archipoeta de Córdoba”<note place="bottom">El “Archipoeta”, palabra que aparece sobre
                todo en contextos burlescos, sugería un ingenio cínico y un poeta apicarado, que se
                anda con la plebe y no oculta sus vicios. Véase nuestra nota a este pasaje de la
                carta.</note>, desde la atalaya de su presunción delirante, bien pudo burlarse de
              los lectores que trataban de descifrar en sus composiciones los “enigmas de la
              Esfinge”– según la fórmula de Pellicer. El sacristán mantiene suspensos a sus
              feligreses con el sencillo procedimiento de interrumpir el toque del Ave María. Del
              mismo modo, Góngora deja pasmados a los “poetas de España”, a quienes mantiene en
              vilo, aguardando a que después de los golpes de efecto de su <hi rend="i"
                >Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi>, se atreva (o no) a dar “la tercera
              campanada”. De hecho, la anécdota es también una especie de campanada y llamada de
              atención que, por su gracejo incisivo, explica en buena parte la fama de esta
              epístola. Su malicia queda resaltada por el contraste entre la insignificancia del
              sacristán de Paulenca, con su oficio ínfimo de limpiar la iglesia, echar a los perros
              y tocar las campanas, y el cargo de quien era racionero del honorable cabildo de la
              noble ciudad de Córdoba. Sin embargo, Góngora parece haber renunciado a las
              prerrogativas de este cargo, “arrojando la capa capitular por el ameno prado, para
              desenfadarse del continuo coro”, y prefiriendo así livianos deleites a las
              obligaciones de su beneficio eclesiástico. De modo que no cabe dudar de la malicia del
              apólogo, en todos sus detalles, que fue percibida tanto por Villar como por Angulo y
              Pulgar en sus respectivas respuestas:</p>
            <quote>
              <p>Excuso esta niñería… que solo ha sido querer arrojar la capa, si ya no capitular
                por indigno, la propia al prado, para desenfadarme un poco (Villar).</p>
              <p>En el folio 29, página 2, da principio vuestra merced a la Epístola 8 como
                gracejando con un cuento del sacristán de Paulenca y, después de haberlo aplicado ni
                bien ni mal, hace inventario de los defectos que atribuye a estos poemas (Angulo y
                Pulgar).</p>
            </quote>
            <p>Esta malicia no es suavizada por los enfáticos elogios de Góngora en la duda retórica
              que sirve de transición hacia la parte más seria de la censura:</p>
            <quote>
              <p>Porque ¿quién puede presumir de un ingenio tan divino que ha ilustrado la poesía
                española a satisfacción de todo el mundo, ha engendrado tan peregrinos conceptos, ha
                enriquecido la lengua castellana con frases de oro felizmente inventadas y
                felizmente recibidas con general aplauso, ha escrito con elegancia y lisura, con
                artificio y gala, con novedad de pensamientos y con estudio sumo lo que ni la lengua
                puede encarecer ni el entendimiento acabar de admirar, atónito y pasmado, que había
                de salir ahora con ambagiosos hipérbatos, y con estilo tan fuera de todo estilo, y
                con una lengua tan llena de confusión que parecen todas las de Babel juntas, dadas
                para cegar el entendimiento y castigar los pecados de Nembrot?</p>
            </quote>
            <p>Cascales utiliza, en efecto, una táctica socarrona con estas alabanzas hiperbólicas,
              similar a la que suele emplear Lope de Vega. No pudiendo negar la superioridad del
              ingenio de Góngora, o no atreviéndose a desafiar a los muchos que creen en ella, opta
              por afirmarla con creces y al mismo tiempo negarla, trazando una línea divisoria
              tajante entre las dotes excelentes y el refinado artificio que le concede al poeta, y
              ciertas aberraciones deplorables en las que incurre, y que se agravan en sus
              aficionados y secuaces. Con ello consigue alejar la sospecha de envidia y odio, y
              sugerir que, si censura al poeta, lo hace porque la afición y la sincera benevolencia
              no bastan para disimular sus errores.</p>
            <p>Pues bien, esa enormidad que tanto desdice de la maravilla peregrina que fue Góngora
              hasta tiempos recientes, consiste, dirá Cascales, en una poesía ciega, “enigmática y
              confusa, engendrada en mal punto y nacida en cuarta luna”, una lengua “tan llena de
              confusión, que parecen todas las de Babel juntas”, unos partos monstruosos y de mal
              agüero, unos versos llenos de “ambagiosos hipérbatos”, y con “estilo fuera de todo
              estilo”. Tales afirmaciones, carentes de todo elemento de prueba, dan a la epístola un
              carácter de libelo satírico, bastante ajeno al <hi rend="i">ethos</hi> prudente y
              modesto habitual de los escritos de Cascales, aún en lo faceto y lo crítico. Pero
              valía la pena emplear estos medios, puesto que, como diría Angulo y Pulgar, citando a
              Horacio, “después de incitados los ánimos, que o mal recatados del engaño o poco
              sabidos en las materias se dan a la fácil creencia, la palabra soltada no conoce el
              camino de vuelta’, <hi rend="i">nescit vox missa reverti</hi>”. Lo dicho con energía y
              convicción, sobre todo si es malicioso, sea cual sea el valor de los argumentos,
              siempre hace mella y deja huella.</p>
            <p>Exorbitantes y calumniosas, estas frases de Cascales parecen propias de las primeras
              fases de la polémica. Recuerdan la carta anónima atribuida a Lope, donde por primera
              vez, que sepamos, se habla de la confusión de lenguas, digna de Babel, que sería
              atributo de las <hi rend="i">Soledades</hi>. También tienen parentesco con el <hi
                rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui, menos por el contenido que por lo que tiene su
              comienzo de ataque soez. Algo de soez hay también en la rechifla de Cascales y en la
              duda que manifiesta sobre la cordura de Góngora. Aquí también la estrategia retórica
              del murciano coincide con la de la conocida carta atribuida a Lope<note place="bottom"
                >Sobre esta carta, que para ella es de Lope sin duda alguna, léase el estudio
                introductorio de Begoña López Bueno a su edición de Almansa y Mendoza. </note>, cuyo
              autor se pregunta si el intento del autor de las <hi rend="i">Soledades</hi> no habrá
              sido el de tender una trampa a las almas cándidas, para reírse a costa del
              desconcierto de tantos y de la admiración bobalicona del pobre de Almansa y
              Mendoza.</p>
            <p>Contrasta todo ello con el resto de la carta, mucho más templada y más aburrida,
              donde Cascales desarrolla una argumentación con pocas ideas que no fueran ya
              conocidas. Puede resumirse en los apartados siguientes:</p>
            <list>
              <item><p><hi rend="i">La oscuridad es vicio reprobado por todos
                    los buenos autores</hi>, Tulio, Quintiliano, y “los demás maestros de la
                  elocuencia”, y naturalmente por Horacio. Se ilustra esta trillada afirmación con
                  lo que dictamina “Marco Fabio” (Quintiliano) en el capítulo VIII, 2 de sus <hi
                    rend="i">Instituciones oratorias</hi>, el famoso <hi rend="i">De
                    perspicuitate</hi>, de que tanto echaron mano todos los adversarios de Góngora.
                  Afirma el máximo maestro de la elocuencia, y modelo profesional e intelectual de
                  Cascales, que la oscuridad se explica por una ridícula afectación de quienes creen
                  que pasarán por sabios si no son entendidos de nadie. Es más culpable todavía
                  cuando no consiste en palabras ignotas, sino en un modo de combinarlas y
                  ordenarlas que hace la oración ininteligible. Así sucede con Góngora, cuya
                  oscuridad es viciosa por consistir en “palabras trastornadas con catacreses y
                  metáforas licenciosas”, y no en eruditas referencias y alusiones: “Que si yo no la
                  entendiera por las fábulas, por las historias, por las propiedades de plantas,
                  animales y piedras, por los usos y ritos de varias naciones que toca, cruzara las
                  manos y me diera por rendido y confesara que aquella oscuridad nacía de mi
                  ignorancia y no de culpa suya, habiéndolo dicho dilúcida y claramente, como debe”.
                  El argumento aparece en el <hi rend="i">Antídoto</hi> y en todos los textos
                  posteriores que atacan a Góngora: su oscuridad es solo cuestión de palabras y no
                  de cosas, de elocución y no de conceptos y doctrina. Solo resulta singular aquí la
                  enumeración de contenidos que causarían una oscuridad disculpable, puesto que
                  coinciden llamativamente con los de las mismas <hi rend="i">Cartas
                    filológicas</hi>.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">A contrario, es digna de encomio la
                    luminosa claridad de todos los grandes poetas</hi>, “excepto algunos lugares de
                  doctrina particular, historia recóndita, o secretos de naturaleza, que como padres
                  de las ciencias y como curiosos humanistas siembran algunas veces por sus obras”.
                  Son claros Virgilio, Horacio, Catulo, Propercio, Tibulo, Ausonio, Nemesiano,
                  Fracastoro, Pontano, “juntamente con nuestros españoles Lucano, Marcial, Séneca y
                  Claudiano”. La máxima que asienta de modo apodíctico la claridad de los grandes
                  poetas se ilustra con un ramillete de poesías al parecer favoritas de Cascales, y
                  que no tienen otro título para ser reproducidas en su carta: un epigrama de
                  Ausonio, unos célebres versos de la Eneida, un epigrama de Marcial, y un soneto de
                  “un amigo” que debe de ser el mismo Cascales. A propósito de varios de estos
                  textos y de otros que no cita por extenso, aprovecha la ocasión para ejercer de
                  pedagogo, explicando sus dificultades por sus sabrosas alusiones a costumbres y
                  creencias antiguas.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">Lo más reprobable en la oscuridad
                    gongorina, debida “al modo de escribir peregrino y jamás usado ni visto en
                    nuestra lengua”, es que es incesante y que no deja pausas para descansar</hi>.
                  Con este reproche, que supone en los lectores una unánime pereza, Cascales se
                  priva de una objeción algo más sutil forjada por Jáuregui, en el <hi rend="i"
                    >Antídoto</hi> como en el <hi rend="i">Discurso poético</hi>, cuando reprocha a
                  Góngora su “desigualdad perruna”, que oscila entre lo altisonante y sublime, y lo
                  pedestre, flojo y vulgar. Deja caer a continuación Cascales un nuevo concepto
                  chistoso por analogía: el Polifemo se parece al paisaje volcánico en que habita su
                  héroe el cíclope, y estas poesías son “hijas del Mongibelo [el Etna] que arrojan y
                  vomitan más humo que luz”. Como a los lapitas y centauros, nacidos de las nubes y
                  que apenas nacidos se mataron entre sí, así sucederá a estos Polifemos, “humosos y
                  negros” y, como nacidos del fuego y la tiniebla, prometidos a la destrucción.
                  Estos chistes son, sin duda alguna, lo mejor de la carta y lo que se suele
                  recordar.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">No siempre la oscuridad es viciosa: puede
                    tolerarse</hi>, repite Cascales, <hi rend="i">cuando depende de “alguna doctrina
                    exquisita” aludida por el poeta</hi>. Siguen ejemplos de dificultades en lugares
                  de Marcial, que le permiten entregarse una vez más a su ejercicio favorito de
                  mostrarse docto y leído. <hi rend="i">Tampoco es viciosa la oscuridad cuando sirve
                    para velar honestamente algún contenido torpe (obsceno) o satírico</hi>. Es
                  privilegio de los gramáticos y de sus discípulos entender estas gustosas alusiones
                  que excluyen a los ignorantes.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">Examen de algo de “nuestro Polifemo” que se
                    demuestra culpable de hipérbatos y de metáforas licenciosas.</hi> Por fin, el
                  censor llama a juicio al acusado y pasa revista a los testimonios; estos se
                  limitan a unos pocos pasajes del <hi rend="i">Polifemo</hi> y casi siempre de las
                  primeras octavas (sin tocar para nada a las <hi rend="i">Soledades</hi>). En la
                  primera estancia de este poema, y en las siguientes, el contenido es de los más
                  sencillos y no necesita “comento”, puesto que no toca ninguna erudición recóndita.
                  Por lo tanto, su oscuridad consiste solo en las palabras, y no en estas “por ser
                  antiguas, por ser inauditas, por ser ficticias, por ser nuevas o peregrinas”, sino
                  por dos causas, sintáctica la una, semántica la otra: “la confusa colocación de
                  las voces”, ilustrada por cuatro o cinco ejemplos de hipérbaton, junto con la
                  supresión de los artículos “que son forzosos en nuestra lengua”; y, por otro lado,
                  “las continuas y atrevidas metáforas”. Son “atrevidas”, sin que se diga por qué,
                  las de “peinar el viento” y “mordaza es a la gruta de su boca”.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">Conclusión.</hi> Con tan simple
                  demostración, piensa Cascales haber dejado convicto y confeso a Góngora. Concluye
                  asombrándose de que el poeta se empeñe en “desvelarse en buscar perífrasis oscuras
                  y embelesarnos con fantásticas formas de decir”. Puede que sea por “ostentación y
                  prueba de ingenio” (como la que da el mismo Cascales en una de sus epístolas, la
                  I, 2: “Contra las letras y todo género de artes y ciencias. Prueba de ingenio”).
                  Pero si va en serio y pretende que creamos que ese es el “camino cierto de la
                  elocución” poética, se equivoca de medio a medio: la oscuridad destruye los tres
                  “oficios” de la elocuencia (por el latinismo “oficios” se entiende cometidos y
                  deberes), o sea, enseñar, deleitar y mover. Porque lo que no se entiende no puede
                  transmitir enseñanza, ni agradar, ni menos suscitar emociones. De modo que no
                  merece perder más tiempo con ello, concluye, displicente, invitando sin embargo a
                  Tribaldos a darle su opinión, como tan gran crítico, que será para él “oráculo
                  indubitable y cierto”.</p></item>
            </list>
            <p>El análisis de esta carta permite sospechar que fue escrita en varias fases
              distintas: el comienzo vigoroso, con su facecia, y algunos chistes de colegial como el
              del Mongibelo, y los nubígenas lapitas y centauros, o los Polifemos a quienes debería
              quebrar el ojo el marido de Penélope, parecen propios de las primeras fases de la
              polémica. Son sintomáticos de la sorpresa provocada por unos poemas que no se parecían
              a nada escrito hasta entonces en castellano, y a los que cabía acusar de manejar una
              lengua desconocida, una mezcla de lenguas “que parecen todas las de Babel juntas”. En
              cambio, en su segunda parte, procede Cascales con método discursivo y raciocinante,
              buscando los fundamentos teóricos de su censura: “Entrando, pues, en este crético
              laberinto, pregunto, si la oscuridad es virtud o vicio”. Simulacro de cuestión, que en
              ningún momento él plantea de verdad: pregunta retórica, que está ya respondida. Entre
              los chistes del principio y del final y el razonamiento interpolado entre ellos media
              una distancia similar a la que separa el virulento <hi rend="i">Antídoto</hi> de
              Jáuregui, escrito en el primer momento de la difusión de los poemas, y el <hi rend="i"
                >Discurso poético</hi>, del mismo autor, no menos crítico pero de <hi rend="i"
                >ethos</hi> cortés y argumentación seria, escrito diez años después. La comparación
              hace resaltar sin embargo, a nuestro juicio, el espíritu superficial de Cascales. Si
              los chistes tienen gracia, toda la parte teórica está compuesta de materiales o muy
              trillados (las citas de Quintiliano, Horacio, san Agustín y Marcial, que debió sacar
              de su memoria o de sus notas de clase) o del todo irrelevantes: no pinta nada en la
              argumentación contra Góngora la retahíla de versos en que Marcial resulta oscuro para
              los legos que no saben doctrinas tan profundas, como aquello de “que según Plinio los
              sármatas bebían una gachilla muy rala, de mijo, leche o sangre de caballo”, o que garo
              es “un licor delicado de las entrañas y sangre del pescado alache, que los romanos
              echaban en el vino por cosa de gran apetito; y el mejor era el de nuestra
              Cartagena”.</p>
            <p>Todo ello invita a pensar que Cascales, sólidamente pertrechado de letras latinas, de
              ingenio vivo y ocurrente, debió de escribir una especie de libelo chistoso contra el
                <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi>, durante su viaje a
              Madrid de 1614 o poco después, y que lo dejó entre sus papeles, no sabiendo qué salida
              darle. Más tarde, enterado, aunque solo fuera por <hi rend="i">La Filomena</hi> de
              Lope de Vega, de que Góngora todavía era materia de debate y que se tomaba en serio el
              asunto, decidió darle una apariencia de docta diatriba contra la oscuridad poética,
              con objeto de firmar el texto y mandarlo a Tribaldos de Toledo, quizá con
              recomendación de Lope, y, quien sabe, con esperanzas de interesar lo suficiente para
              lograr un cargo mejor remunerado que el suyo de profesor de retórica en el seminario
              de Murcia. Sus biógrafos nos dicen que, casado y cargado de hijas, pese a un sueldo
              generoso y su buena mano para los negocios, no nadaba en la abundancia.</p>
          </div>
          <div>
            <head>4.2 La carta de Villar</head>
            <p>Al ver una copia de la carta de Cascales, Francisco de Villar, que era admirador
              ferviente de Góngora, como lo mostraría en su <hi rend="i">Compendio poético</hi><note
                place="bottom">Francisco de Villar, 2015.</note>, creyó necesario salir en defensa
              del calumniado poeta. No era hombre cuya posición social o notoriedad literaria le
              permitiese responder con modales prepotentes y despectivos. Comienza, pues, con
              muestras de desconfianza de sí y gran respeto ante su adversario. Deja entrever no
              obstante que lo más notable de la epístola a la que quiere contestar son los chistes
              del sacristán de Paulenca y de los Mongibelos, que celebra con un matiz casi
              indetectable de ironía: “Excelente cosa es comparar al Mongibelo las poesías oscuras,
              y llamarlas hijas suyas, pues como dice el amigo, todo es humo; […] no he visto mayor
              donaire en mi vida.” De ahí pasa a redactar una defensa, que dada la pobreza de la
              argumentación de su adversario, tiene que tirar por dónde pueda. Su carta, pese a la
              menor pericia retórica y a la menor cultura, contiene argumentos que, en su
              espontaneidad entusiasta, dan prueba de buena fe.</p>
            <list type="ol" rend="1">
              <item><p><hi rend="i">Refutación del argumento de la oscuridad 1:
                    La oscuridad es legítima en Góngora, y procede de la agudeza</hi>. Lo que a
                  Góngora le autoriza ser oscuro, son las materias que trata “con tanta agudeza”. Y
                  es que a agudo no le gana nadie, tanto que puede hurtar conceptos a Marcial y
                  guisarlos con una sal que nada tiene que envidiar a este. Nadie satiriza tan
                  superiormente. Y nadie “toca” “fábulas” con mayor, audacia y destreza que él, como
                  se ve en el arranque de las Soledades, donde “toca”, con igual brillantez, “el
                  punto de la astrología”. De ahí se infiere que hay en él esas curiosidades doctas
                  de fábulas y secretos de la naturaleza cuya omisión le reprocha Cascales, pero no
                  importa tanto en ellas la erudición como la belleza de la alusión y la fuerza de
                  las figuras. Que haya muchas figuras no es reproche legítimo, porque “no cansan
                  las cosas por tener mucho bueno”; hay quien no quiere “otra moneda que el oro”.
                  Villar piensa ser de estos paladares refinados y, si defiende a Góngora, es porque
                  ha disfrutado con sus textos.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">Refutación del argumento de la oscuridad 2:
                    La oscuridad es legítima en ciertos géneros. Hay asuntos que piden total
                    claridad</hi>, como las historias que refieren las hazañas, porque en ellas lo
                  que importa es asegurar una comunicación que no deje resquicio para malentendidos.
                    <hi rend="i">Pero no es este el caso de estas poesías</hi>, donde lo que gusta y
                  resulta apropiado, puesto que se trata de deleite y de belleza, es lo insólito,
                  audaz y algo misterioso del verbo. De modo que Góngora, hablando de cosas altas y
                  remotas, hace bien en pedir al lector un grato esfuerzo. Esta idea de que cada
                  materia requiere su estilo la desarrollará el mismo Villar en el <hi rend="i"
                    >Compendio poético</hi> donde afirma que Góngora fue un maestro en todos los
                  estilos, desde el burlesco hasta el sublime.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">No puede culparse el hipérbaton, puesto que
                    es admirado en los mejores poetas latinos</hi>. Los poetas latinos, “a cuya
                  superioridad todo el mundo reconoce vasallaje y se rinde” usaron de
                  transmutaciones, por otro nombre hipérbatos, desde los primeros versos de sus
                  obras. Traducidos al pie de la letra estos versos latinos, de ellos resulta algo
                  que en castellano parece “jerigonza”, como “O Títiro, que en una umbrosa recostado
                  haya, tú silvestre ejercitas delicada musa con zampoña” (íncipit de la égloga
                  primera de Virgilio). A este siguen ejemplos de Marcial, Tibulo, Catulo, y de
                  otros “de más suavidad”, como Ovidio, Cornelio Galo, Lucano. Todos ellos usaron
                  “transmutaciones” a veces especialmente duras, como la de Ovidio “Ad mea perpetuum
                  deducite tempora carmen”, aunque este poeta pasa por parangón de “escribir
                  natural”. Y si es tan ordinario “el oscurecerse y usar de transmutaciones y se
                  alaba en los poetas latinos, ¿por qué en los españoles se habría de reprender, y
                  más en quién los usa con tanto donaire y suavidad?”. En resumidas cuentas, gracias
                  a la habilidad de Góngora, el castellano goza de las “exenciones y privilegios”
                  que hasta entonces se reservaban indebidamente al latín. Lo mismo dirá más tarde
                  el Lunarejo desde Lima, en su Apologético, con argumentación más fina y latinidad
                  más consistente<note place="bottom"><hi rend="i">Apologético en favor de don Luis
                      de Góngora, príncipe de los poetas líricos de España, contra Manuel de Faría y
                      Sousa, caballero portugués</hi>, Lima: Juan de Quevedo y Zárate, 1662. Véase
                    la edición de Héctor Ruiz (Espinosa Medrano 2017).</note>.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">El hipérbaton es legítimo en poesía. El
                    poeta tiene mayor latitud y licencia que el orador</hi>, y entre otras cosas en
                  esto de las transmutaciones. Prueba de ello es que Cicerón y Paulo Manucio,
                  prosistas latinos de fama, se leen como si hablaran en castellano, mientras que
                  Horacio y Marcial requieren trabajo para entenderlos. Esta diferencia entre
                  oratoria y poesía la enseñan los clásicos, lo que ilustra Villar con citas de
                  Cornelio Galo y Juvenal.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">En conclusión, Góngora merece premio por
                    “haber usado frases nuevas en nuestra lengua, imitadas de la latina</hi>, y
                  haberlas amplificado con notable gala y agudeza”. No hay inconveniente en inventar
                  frases nuevas puesto que lo autoriza Horacio en el <hi rend="i">Arte poética</hi>,
                  cuando enseña que el uso es dueño y árbitro de las reglas y formas de
                decir.</p></item>
            </list>
            <p>En suma Villar, si bien torpe en ciertos detalles, tiene al menos dos virtudes: el
              entusiasmo sincero que en él despierta Góngora, basado en el conocimiento auténtico de
              su poesía (que Cascales no demuestra nunca en sus elogios, y poco en sus censuras); y
              la coherencia de una concepción creativa de la poesía y abierta del idioma, fundada,
              latamente, en la famosa frase según la cual no hay más norma y ley en el lenguaje que
              el uso: “<hi rend="i">usus, quem penes arbitrium est, et ius et forma loquendi</hi>”.
              Góngora inventa, inspirándose en los poetas latinos, nuevos modos de decir; el uso los
              avala y el castellano los acepta puesto que todos los imitan, incluido Lope en el
              mismo libro en que satiriza a Góngora, llamando a los ánades “naves de pluma” a
              imitación de las aves “cítaras de pluma” de las <hi rend="i">Soledades</hi>. También
              tiene Villar el mérito de proseguir, desde el frente de los defensores de Góngora, el
              debate sobre la naturaleza del idioma, lanzado por Lope en <hi rend="i">La
                Filomena</hi>, haciendo eco al argumento que da el propio Góngora en su “carta en
              respuesta” en defensa a sus novedades estilísticas: se le debe agradecer que la lengua
              española por su esfuerzo haya llegado “a la alteza de la latina”.</p>
          </div>
          <div>
            <head>4.3 La respuesta de Cascales a Villar</head>
            <p>La tercera carta, respuesta de Cascales a Villar (I, 10) es cortés en la forma,
              aunque demoledora en el fondo, y empieza diciendo, contradictoriamente, acerca de
              Góngora, “que a ese caballero siempre le he tenido y estimado por el primer hombre y
              más eminente de España en la poesía y que es el cisne que más bien ha cantado en
              nuestras riberas”. Tanto en ese elogio tortuoso como en las expresiones usadas para
              nombrar al poeta, parece oírse el eco de la epístola de Lope en <hi rend="i">La
                Filomena</hi>. Cascales coincide con Lope en llamar a Góngora “este caballero”<note
                place="bottom">Véase cómo empieza el “Papel que escribió un señor de estos reinos a
                Lope de Vega Carpio en razón de la nueva poesía”: “Con mucho gusto he leído los dos
                poemas de <hi rend="i">este caballero</hi>…”. Y en la “Respuesta de Lope de Vega
                Carpio”: “El ingenio de <hi rend="i">este caballero</hi> desde que le conocí, que ha
                más de veinte y ocho años, en mi opinión (dejo la de muchos), es el más raro y
                peregrino que he conocido en aquella provincia, y tal que ni a Séneca ni a Lucano,
                nacidos en su patria, le hallo diferente, ni a ella por él menos gloriosa que por
                ellos. […]. Concurrieron en aquel tiempo en aquel género de letras algunos insignes
                hombres que quien tuviere noticia de sus escritos sabrá que merecieron este nombre:
                Pedro Laínez, el excelentísimo señor marqués de Tarifa, Hernando de Herrera, Gálvez
                Montalvo, Pedro de Mendoza, Marco Antonio de la Vega, doctor Garay, Vicente Espinel,
                Liñán de Riaza, Pedro Padilla, don Luis de Vargas Manrique, los dos Lupercios y
                otros, entre los cuales se hizo <hi rend="i">este caballero</hi> tan gran lugar, que
                igualmente decía de él la fama lo que el oráculo de Sócrates”. Al final habla de la
                reverencia que siente hacia <hi rend="i">este caballero</hi>, dando por prueba el
                soneto que hizo en su alabanza: “Canta, cisne andaluz…”. Véase <hi rend="i"
                  >Epístolas de la Filomena de Lope de Vega</hi> (ed. Conde Parrado (Vega
                2015).</note>. Lo que era lógico para el famoso poeta, que hablaba de Góngora como
              quien lo conocía y lo trataba desde hacía tiempo, al igual que lo trataba su probable
              corresponsal, el duque de Sessa, nos parece, bajo la pluma de Cascales, que tal vez no
              lo había visto en su vida, hablando con Villar, que tampoco se presenta como conocido
              suyo, un mero contagio, o un gesto de provinciano a quien gusta imaginarse que alterna
              con lo más granado de la corte. Lo cual nos parece un argumento más de que, al
              escribir sus dos misivas, Cascales actuaba movido por su lectura de <hi rend="i">La
                Filomena</hi> (1621).</p>
            <p>Con todo, la argumentación de esta segunda carta de Cascales resulta más cuidada y
              precisa que en la primera. El orden de sus argumentos es el siguiente:</p>
            <list type="ol" rend="1">
              <item><p><hi rend="i">Tesis: No se puede medir a Góngora por el
                    rasero del Parnaso latino por lo que toca al uso del hipérbaton, porque la
                    sintaxis del castellano y del latín son totalmente distintas</hi>: “La lengua
                  latina tiene su dialecto y propio lenguaje y la castellana el suyo, en que no
                  convienen”. Para demostrarlo, prueba Cascales que el hipérbaton y el “trastrueco
                  de palabras” no son en latín atributos de la poesía, sino de la lengua en general,
                  mediante la cita de siete ejemplos en prosa de “Cicerón, sol de la
                    elocuencia”<note place="bottom">Como ha descubierto Pedro Conde releyendo
                    nuestro trabajo, Cascales se limitó a entresacar un poco al azar frases de
                    Cicerón recogidas en el diccionario ciceroniano de Charles Estienne (París,
                    1556). Véanse nuestras notas a este pasaje.</note>. Siguiendo la táctica de su
                  adversario, traduce todos ellos palabra por palabra, con objeto de demostrar que
                  es imposible en castellano calcar la “colocación de los miembros de la oración”,
                  que es característica de la prosa latina tanto como del verso<note place="bottom"
                    >No toma en cuenta sin embargo que el primero de ellos (“<hi rend="i"
                      >Animadverti, iudices, hanc accusatoris causam in duas divisam esse
                      partes</hi>”) lo da Quintiliano como ejemplo de hipérbaton. El rétor justifica
                    que Cicerón escriba “<hi rend="i">in duas divisam esse partes</hi>”, y no, como
                    sería regular, y seguramente lo natural en la conversación, “<hi rend="i">in
                      duas partes divisam esse</hi>”, y alega razones rítmicas y estéticas porque la
                    forma regular sería dura y no atildada (<hi rend="i">dura et incompta</hi>).
                    Quintiliano, <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, VIII, 6, 65; “<hi rend="i"
                      >At cum decoris gratia traiicitur longius verbum, proprie hyperbati tenet
                      nomen</hi>: Animadverti, iudices, omnem accusatoris orationem in duas divisam
                    esse partes<hi rend="i">. Nam</hi> in duas partes divisam esse<hi rend="i">
                      rectum erat, sed durum et incomptum</hi>”. El pasaje de Quintiliano prueba que
                    la frase de Cicerón la percibían los romanos como figurada y necesitada de
                    justificación. Lo cual sugiere que el hipérbaton, incluso en latín, no es
                    atributo común del idioma sino figura admitida de la prosa artificiosa o
                    artística; otra cosa es que la figura, a causa de las flexiones de los
                    sustantivos, pronombres y adjetivos, tenga mucha mayor latitud en este idioma
                    que en las lenguas romances.</note>. Las lenguas vernáculas, en cambio, sigue
                  Cascales, no admiten el “trastorno” de palabras ni siquiera en poesía –lo que él
                  pretende probar con ejemplos de Petrarca, Ariosto y Du Bellay– y, a fortiori, no
                  lo admiten en prosa.</p></item>
              <item><p>Rechazo de las objeciones (<hi rend="i"
                  >confutatio</hi>). Pasa luego Cascales <hi rend="i">a invalidar la aplicación de
                    las autoridades alegadas por su adversario</hi>, y que son más o menos las
                  mismas que las suyas. Rechaza la confusa interpretación que, en apoyo de su tesis,
                  daba Villar de dos epigramas de Marcial, y que, en efecto, tienen poco o nada que
                  ver con la defensa de la oscuridad que él quería ver en ellos. También recusa la
                  aplicación que hace su adversario del famoso lugar de Horacio en que este
                  justifica la innovación en el lenguaje, puesto que “de ningún modo alude a la
                  frasis poética, sino a los vocablos nuevos, que es permitido hacerlos, como sea
                  con modestia”. Da, pues, del controvertido pasaje horaciano, también manejado
                  hasta la saciedad en la polémica gongorina, una interpretación limitada a las
                  innovaciones léxicas, que es en efecto de lo que habla Horacio, aunque su frase
                  final sobre la preeminencia absoluta del uso sobre la norma lingüística podría
                  autorizar a extender la sentencia a todos los aspectos del lenguaje.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">Confirmatio</hi>. Después de demostrar a
                  Villar que utiliza las autoridades a contrapelo, trae a su vez una autoridad,
                  mejor elegida que las alegadas en la carta anterior, el epigrama II, 86 de
                  Marcial, donde este afirma que no escribe para el vulgo, sino que se preocupa de
                  los doctos; precisamente por eso, no busca rarezas ni pirotecnias. Él no hace
                  “versos retrógrados, ni sotádicos, ni ecos, ni afectados ni muy coloridos”, porque
                  esas piruetas y funambulismos, nuevas invenciones y artificios, no son para “los
                  poetas insignes”.</p></item>
              <item><p><hi rend="i">Peroratio. Concluye Cascales renovando e
                    intensificando su ataque inicial a Góngora</hi>. No es más que un juglar
                  extravagante, alguien que anda por la maroma, como el “petaurista” Arlequín, y la
                  fama legítima exige que se hagan cosas de provecho, y no estos enigmas, “cosas
                  inútiles y nugatorias que solo sirven para dar garrote al entendimiento”. De lo
                  que se deduce la inutilidad de esta poesía, enérgica expresión que llamó la
                  atención a Nadine Ly<note place="bottom">Ly, 1985. Este artículo es una de las más
                    interesantes reflexiones sobre la estética de Góngora y las razones de las
                    resistencias que despertó.</note>:</p></item>
            </list>
            <quote>
              <p>Y que sea esta poesía inútil, pruébolo. Ella no es buena para poema heroico, ni
                lírico, ni trágico, ni cómico; luego es inútil. ¡Gracioso trabajo sería la <hi
                  rend="i">Ulisea</hi>, o <hi rend="i">Eneida</hi>, escrita en aquel enigmático
                lenguaje! Pues una comedia o tragedia de aquella manera, ¿qué estómago le hará al
                auditorio? Parecerales que son sordos y necios, pues teniendo oídos no oyen, y
                teniendo alma no entienden.</p>
            </quote>
            <p>En este último argumento asoma la razón más íntima de la postura de Cascales: hombre
              a quien, fuera de las horas de clase y de trato con los clásicos, no le gustaba “dar
              garrote al entendimiento”, devanarse los sesos, diríamos hoy, y que pensaba que la
              utilidad de la poesía castellana consistía en los buenos ratos de descanso y diversión
              que procuran los poetas a quienes van al teatro o leen novelas. De hecho, nada en sus
                <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> indica que apreciara de verdad la poesía lírica
              o épica en lengua vernácula, aunque escribió algunos versos, como el soneto de marras.
              Familiarizado profesionalmente con la <hi rend="i">Eneida</hi>, esta se le hacía fácil
              y clara, aunque no tiene nada de tal para quien no se detenga mucho en su estudio o
              maneje traducciones y comentarios. En cambio le gustaban las comedias, especialmente
              las de Lope, como atestigua su interesante carta II, 3, “Al Apolo de España, Lope de
              Vega Carpio. En defensa de las comedias y representación de ellas”, y de hecho vivía
              pared por medio del teatro de Murcia, que debía de visitar a menudo. Concluye su carta
              con la afortunada frase: “si he de decir de una vez lo que siento, de príncipe de la
              luz se ha hecho príncipe de las tinieblas”. Este golpe de genio, si puede decirse así,
              junto con la historieta del sacristán de Paulenca, fue clave del éxito crítico de esta
              correspondencia.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>5. [Fuentes] La latinidad enseñada a los adolescentes</head>
          <p>Para ambos contrincantes en nuestra pequeña controversia parece oportuno distinguir
            entre cuatro tipos de fuentes, que examinaremos por turno:</p>
          <div>
            <head>5.1 Fuentes gongorinas</head>
            <p>Consideremos primero las fuentes directamente relacionadas con la discusión de la
              poesía de Góngora: es decir, en primer lugar el texto del poeta y, en segundo lugar,
              los documentos de su recepción (comentarios, piezas polémicas y satíricas).</p>
            <p>Acerca del primer punto, ninguno de los dos parece estar en posesión de la versión
              definitiva de los textos de cuyo valor debaten, el <hi rend="i">Polifemo</hi> y las
                <hi rend="i">Soledades</hi>.</p>
            <p>De la versión que cita Villar del verso sexto de la <hi rend="i">Soledad
              primera</hi>, “en dehesas azules pace estrellas”, hay tres testimonios en manuscritos
                <hi rend="i">integri</hi><note place="bottom">Véase al respecto lo que más se parece
                a una edición crítica de las <hi rend="i">Soledades</hi>, cuyas bases establece la
                tesis de Antonio Rojas Castro (Rojas 2015) y que hoy puede verse en edición
                electrónica: http://soledadesediciondigital.com/texto.html. </note>, pero el
              conjunto de la tradición se decanta a favor de la que se encuentra en el manuscrito
              Chacón, “en campos de zafiro pace estrellas”, que puede considerarse definitiva. La
              variante “en dehesas azules” coincide con la lección de este verso que cita el abad de
              Rute en el <hi rend="i">Examen del Antídoto</hi>, fechado en 1617. Nada tiene de
              notable el hecho, y simplemente confirma que la fijación del texto del poema fue
              posterior a las primeras fases de su circulación, puesto que Góngora siguió
              modificándolo, y que la tradición no se estabilizó hasta después de aparecer impresos
              y comentarios, a raíz de la muerte del poeta y aun eso, con salvedades.</p>
            <p>Más curioso nos parece que Cascales escriba una carta contra el <hi rend="i"
                >Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi> y no cite ni un solo verso del
              segundo poema, y sí 15 versos diferentes del primero, algunos repetidos. Podría ser
              noble descuido o manifestación de santo horror por las <hi rend="i">Soledades</hi>,
              aun más abstrusas que su hermano mayor, el cíclope, pero la hipótesis no convence,
              porque semejante estrategia sería contraria al fin que propone de ridiculizar la nueva
              poesía gongorina en general. Añádase que incluso sus metáforas de la oscuridad, o su
              modo de designar los poemas que critica se centran exclusivamente en la fábula, con su
              paisaje volcánico (“poesías hijas del Mongibelo, que arrojan y vomitan más humo que
              luz”; “estos mal nacidos Polifemos, humosos y negros”, “la oscuridad del <hi rend="i"
                >Polifemo</hi> no tiene excusa”); y que, aunque pretende referirse a los dos poemas
              e incluso a sus imitaciones (“la ambiciosa poesía de los <hi rend="i">Polifemos</hi> y
                <hi rend="i">Soledades</hi> y aquellas dificultades de los cultos”), a veces se le
              escapa que solo tiene presente una obra (“¡Oh diabólico poema! Pues, ¿qué ha
              pretendido nuestro poeta?”). Por ello, no creemos conjetura demasiado atrevida pensar
              que solo tenía en su posesión una copia del <hi rend="i">Polifemo</hi>, por lo demás
              bastante buena. No excluimos que, en algún momento, tal vez durante su viaje a Madrid,
              viera alguna copia de las <hi rend="i">Soledades</hi> o las oyera recitar, pero
              tampoco es imposible que las conociera solo de fama, y juzgara, a ojos cerrados, que
              eran <hi rend="i">eiusdem farinae</hi> que el <hi rend="i">Polifemo</hi>, que hacía
              profesión de aborrecer. Parece que tomó posición en el asunto con cierta ligereza.
              Todo lo cual es muy compatible con el gracejo de la primera carta, que desde el primer
              momento conecta, como diríamos hoy, con los lectores, sin exigir de ellos ni muchísima
              cultura ni menos mucha reflexión.</p>
            <p>En cuanto a la literatura crítica, hecha de ataques, defensas, “nuevos pareceres y
                contradicciones”<note place="bottom">Gates (1960 :35). </note>, como lo expresa Díaz
              de Rivas, ni Cascales ni Villar estaban muy al tanto de lo que se había escrito de un
              lado y de otro de la línea divisoria entre aficionados y adversarios del poeta, y a
              ambos se les escapaba la cuestión de lo sublime, la majestad poética, lo heroico y la
              magnificencia, nociones e ideales con los que se legitimaba la novedad gongorina, y
              que los detractores más avisados, como Jáuregui, trataban de neutralizar. Cascales
              arremete contra la oscuridad, y sin necesitar más guía que sus propias luces de
              gramático, es capaz de observar que hay en el <hi rend="i">Polifemo</hi> menos
              artículos de lo acostumbrado, que el hipérbaton es más frecuente y más retorcido que
              los comúnmente admitidos en poesía, y que hay metáforas que le suenan atrevidas y
              licenciosas, porque no son tradicionales. Tampoco necesita que nadie le enseñe dónde
              se encuentran los cuatro textos de Horacio, Quintiliano, Marcial y san Agustín, que
              prueban que la oscuridad “es siempre viciosa” o algo parecido. En cuanto a encontrar
              oscuro el <hi rend="i">Polifemo</hi>, debió de ser sentimiento espontáneo de un hombre
              acostumbrado a construir el latín y a leer el castellano sin el menor esfuerzo. No es
              muy probable que hubiera leído el <hi rend="i">Antídoto</hi>, porque, de hacerlo, le
              hubiera sacado más partido a las maldades perspicaces que por ese escrito están
              diseminadas y hubiera intentado procurarse las <hi rend="i">Soledades</hi>, seguro de
              hallar en ellas más argumentos que en el mismo <hi rend="i">Polifemo</hi>. No hay
              ninguna coincidencia con el libelo de Jáuregui que no sea explicable por el objeto y
              por la cultura retórica compartida.</p>
            <p>Es cierto sin embargo que está al tanto, en términos generales, de la polémica,
              puesto que empieza por referir, de modo muy gráfico, el asombro y consternación
              causado en los poetas de España por “el Archipoeta de Córdoba”, que “ha querido
              representar estos días al sacristán de Paulenca”, teniéndolos descaperuzados,
              “aguardando que dé la tercera campanada”. Lo que sugiere que Cascales asistió, a su
              paso por la corte, a la sensación causada por los poemas, y que guardó de ello un vivo
              recuerdo, todavía actual para él, como sugiere la expresión “estos días”. Por
              supuesto, oyó decir que los poemas eran incomprensibles, escritos en una jerigonza
              intolerable, y que se explicaban o bien como broma, o bien por alguna patología
              diabólica, “por un ramalazo de la desdicha de Babel”, como dice la carta anónima<note
                place="bottom">Lo mismo viene a decir la carta de Cascales y es lo que implica el
                cuentecillo con el que empieza.</note>. Lo oyó decir y no es imposible que lo leyera
              en esta misma carta, de la que debió de murmurarse que era de Lope, con lo que le
              convenció de que estaba ante un apetitoso escándalo, que podía ser noticia fresca en
              Murcia, como era comidilla en los mentideros de Madrid. Sus epístolas son, sin
              embargo, posteriores a estas primeras noticias del asunto –hemos visto que, cuando las
              redactó en su forma definitiva, él y Villar conocían <hi rend="i">La Filomena</hi>,
              impresa en el verano de 1621–, y llevan algunas huellas del tiempo transcurrido: por
              ejemplo, la idea de que estos extraños poemas han hecho émulos, han sido imitados por
              muchos, y que ahora puede hablar de “la ambiciosa poesía de los <hi rend="i"
                >Polifemos</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi> y aquellas dificultades de los
              cultos”, esto es, de “la poesía nueva de don Luis de Góngora” y de sus secuaces, los
              cultos. Ya a la altura de 1621 se puede ver, con alarma sincera o burlonamente
              exagerada, esta poesía nueva como una epidemia que está haciendo estragos. Todas estas
              nociones estaban en el aire, pero no necesitamos suponer una transmisión complicada o
              inmaterial, puesto que Cascales conoció sin duda al menos algunas obras de Lope en que
              se ventilaba el asunto: hay varias comedias en que el Fénix se mofa de los “cultos”
              (colectivo que arropa y enmascara al poeta cordobés), y entre las primeras debe
              contarse <hi rend="i">El capellán de la Virgen</hi>, incluida en la parte XVIII de las
                <hi rend="i">Comedias</hi> de Lope de Vega (1623), que Morley y Bruerton datan de
              1615, y que según Orozco<note place="bottom">Orozco 1973:252. Se representó por
                primera vez en esas fiestas en octubre de ese año.</note>, debió de ser escrita en
              1616, cuando se preparaban las fiestas toledanas en honor de la Virgen del Sagrario,
              con justas poéticas de las que Góngora salió airoso<note place="bottom">No tenemos
                datos sobre una posible representación de la comedia en Murcia pero era pieza
                interesante para Cascales puesto que comienza con un parlamento de san Ildefonso en
                elogio de san Isidro (san Isidoro) y de sus hermanos, san Leandro, san Fulgencio,
                Braulio y santa Florentina. Hemos visto que el murciano enseñaba retórica en el
                colegio de san Fulgencio, y las fiestas de traslación de los cuerpos de Fulgencio y
                Florentina a Murcia fueron para él ocasión de lucirse con epigramas que le valieron
                el favor de las autoridades eclesiásticas de la ciudad. Mendo, el gracioso de la
                obra, criado de san Ildefonso, es poeta, y cultiva el hipérbaton (“las
                transposiciones son retóricas figuras”, dice), con tanto fervor que escribe un
                soneto a su dama que empieza en esta guisa: “Inés tus bellos ya me matan ojos/ y el
                alma roban pensamientos mía, / desde aquel triste en que te vieron día,/ con tan
                crueles, por tu causa, enojos” (Vega Carpio 1623: fol. 135r).</note>. Cascales pudo
              también ver la relación de la justa a la beatificación de san Isidro (1620), cuya
              introducción, firmada por Lope, promueve y celebra, con notable originalidad, la
              agudeza de los antiguos poetas castellanos y minimiza la importancia de la cultura en
              poesía. Con casi total seguridad conocía <hi rend="i">La Filomena</hi> (1621) con su
              “papel de un señor de estos reinos en razón de la nueva poesía” y la respuesta de Lope
              que, en nuestra opinión, fue el detonante del envío de su carta dirigida a Tribaldos
              de Toledo. Esta respuesta, por sí sola, explicaría la evolución de la reacción de
              Cascales desde el asombro indignado o divertido (propio de los primeros momentos de la
              polémica) hasta la reprobación razonada, trayectoria que recorre entre el comienzo y
              la parte central de su carta. Lope, en su censura de <hi rend="i">La Filomena</hi>,
              precede al murciano en el énfasis que pone en un corto número de argumentos contra “la
              poesía nueva de don Luis de Góngora”: la oscuridad, el hipérbaton, los tropos
              demasiado continuos, que no dejan descansar al oyente y lo ahogan entre asperezas y
              abrojos, y la idea de que se atropellan las leyes propias del idioma español, que no
              son las del latín.</p>
            <p>En cuanto a Villar, no da señas inequívocas en su respuesta de haber leído otra cosa
              acerca de Góngora que la misma carta a la que responde, aunque él también sabía algo
              de la popularidad otorgada por algunos, Lope sobre todo, a este debate de alta
              literatura, y había leído, como mínimo, las piezas de <hi rend="i">La Filomena</hi>
              que se refieren al asunto, puesto que este libro le da pie a escribir que “después de
              satirizarlo, lo imitan todos”. Es muy posible que en alguna tertulia o academia
              andujareña se hubiera discutido de si era legítimo el uso que hacía Góngora del
              hipérbaton. Cuando escribe que “el mentido robador de Europa”, con aquel adjunto
              “mentido”, todas las veces que lo considera, le dan ganas de levantarle estatua, deja
              ver, creemos, que la <hi rend="i">Soledad primera</hi> se conoce en los círculos
              clericales y literarios por los que él se mueve, se comenta y tal vez se recita. Pero
              parece que Villar no había leído el <hi rend="i">Examen</hi> del Abad de Rute ni los
                <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi> de Pedro Díaz de Rivas, cuya argumentación
              es más nutrida y refinada que la suya o la de Cascales, pese a la distancia
              relativamente corta que lo separaba de Rute y de Córdoba.</p>
            <p>Ninguno de los dos parece haber visto comentarios de los poemas ni haber tenido clara
              noticia de su existencia; si el gramático murciano hubiera sabido de que se preparaban
              estos comentarios (los de Manuel Ponce y Díaz de Rivas estaban acabados o muy
              avanzados, y se estaban gestando los de Salcedo, Pellicer y Serrano de Paz) , no
              hubiera escrito con tanto aplomo que “en esta ni en las otras siguientes estancias del
                <hi rend="i">Polifemo</hi>, ni fábula, ni historia, ni secreto natural, ni ritos, ni
              costumbres de provincias veo que tengan necesidad de comento”; y, si Villar hubiera
              estado informado de ello, le hubiera recordado que un puñado de hombres doctos
              hallaban amplio campo para glosas eruditas en los versos del <hi rend="i"
                >Polifemo</hi> y de las <hi rend="i">Soledades</hi>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>5.2 Fuentes doctrinales o argumentos de autoridad</head>
            <p>Ambos contrincantes alegan un corto número de lugares clásicos en apoyo de las
              proposiciones teóricas en las que basan sus opiniones acerca de Góngora. Como prueba
              de que la oscuridad es vicio, Cascales cita un ramillete de lugares comunes: Cicerón,
              sin más precisiones<note place="bottom">De hecho, ni la <hi rend="i">Rhetorica ad
                  Herennium</hi> atribuida a Cicerón, ni sus libros auténticos sobre el arte
                oratorio hacen especial hincapié en la claridad. La principal preocupación de
                Cicerón fue más bien refutar a los aticistas, quienes, en nombre de una noción
                radical de la sencillez y la transparencia, rechazaban lo que para Cicerón tenía más
                importancia, el estilo grande, con su ornato y belleza imponentes. Véase Michel: “La
                correction du langage et sa clarté constituent les deux premiers devoirs de
                l’éloquence selon Théophraste. Dans le <hi rend="i">De Oratore</hi>, Cicéron affecte
                d’en parler à peine […]. Il faut parler <hi rend="i">plane</hi>. Aristote avait fait
                de cette qualité la vertu oratoire par excellence. Théophraste, déjà, lui attribua
                moins de place. Chez Cicéron la clarté reste la condition sine qua non de
                l’éloquence. Mais il la méprise un peu, la trouvant commune”.</note>; el “<hi
                rend="i">brevis esse laboro, obscurus fio</hi>”, verso donde Horacio, a decir
              verdad, presupone que la oscuridad es vicio, pero solo toca el tema, no lo desarrolla.
              Más por extenso recurre el crítico a Quintiliano, resumiendo el capítulo II del libro
              VIII, que trata de la transparencia (“<hi rend="i">De perspicuitate</hi>”) y que es
              tal vez la reflexión más completa sobre este asunto legada por la retórica latina, con
              sus ribetes satíricos y humorísticos, un pequeño tesoro de buen sentido pedagógico al
              que acuden todos los adversarios de Góngora. Añade nuestro gramático otro lugar común,
              que nunca falta para estos menesteres, el epigrama XXI del libro X, en el que Marcial
              se burla de un tal Sexto cuyos libros necesitan al mismo Apolo como intérprete; y la
              frase del <hi rend="i">De doctrina christiana</hi>, en que san Agustín afirma que es
              inútil la “<hi rend="i">locutionis integritas</hi>” (la perfección del estilo) si la
              inteligencia del auditorio no alcanza el sentido. Otros polemistas son bastante más
              disertos sobre el “vicio” de la oscuridad, como Jáuregui en su <hi rend="i">Discurso
                poético</hi> (1624) que con toda seguridad no había leído Cascales, otro indicio de
              que la correspondencia es de principios de la década de 1620<note place="bottom">1624
                es un año importante para la polémica: es entonces cuando el campo de los
                adversarios de Góngora se escinde entre Jáuregui y sus doctos amigos, y Lope y los
                suyos, lo que se traduce por la publicación del <hi rend="i">Orfeo</hi> y del <hi
                  rend="i">Discurso poético</hi>, por un lado, y de la <hi rend="i">Circe</hi> y el
                  <hi rend="i">Orfeo en lengua castellana</hi>, por el otro. Si las cartas de
                Cascales y Villar fueran posteriores a este año, creemos que llevarían alguna huella
                de estos libros y de esta guerra intestina, que se hizo pública por la
                imprenta.</note>. No hay ninguna de las autoridades doctrinales alegadas por
              Cascales que no figure tres o cuatro veces en los textos disponibles actualmente en la
              plataforma del labex OBVIL, y si dispusiéramos de un conjunto más importante, se
              multiplicarían sus ocurrencias; es probable que en cualquier manual o clase de
              retórica se encontraran agrupadas cuando se trataba de inculcar a los alumnos que
              había que escribir con claridad.</p>
            <p>En cuanto a Villar, sus autores de referencia son casi los mismos: no cita a
              Quintiliano, pero sí a Horacio y a Marcial, y añade a Juvenal y a Maximiano Etrusco
              (pseudo-Cornelio Galo); estos dos últimos son más originales en calidad de autoridades
              teóricas. Pero lo notable de las citas del iliturgitano es que las aplica casi siempre
              de manera errónea o caprichosa, excepto la de Horacio sobre el uso que es ley en
              materia de idioma, lo que explica que el léxico no cese de evolucionar: “<hi rend="i"
                >usus / quem penes arbitrium est et forma loquendi</hi>”. Las “frases nuevas”
              tomadas de la lengua latina, amplificadas por Góngora con notable “gala y agudeza” son
              buenas porque, además de galanas y agudas, son aceptadas por el idioma: “después de
              haberlo satirizado, lo imitan todos”. El atractivo y la viabilidad de esos modos de
              decir en castellano se demuestra en la práctica, en el uso, digan lo que digan los
              teóricos, o en otros términos, los gramáticos erigidos en instancia normativa.</p>
            <p>En resumidas cuentas, Cascales y Villar entran en la palestra con armas ligeras; el
              uno, con las autoridades latinas más corrientes y que tiene más a mano; el otro, con
              lo primero que encuentra, venga o no al caso. Lo más interesante de sus fuentes es que
              representan la parte de la cultura escolar que permite discutir una cuestión literaria
              de modo fácil y descansado para un gran número de hombres medianamente instruidos. De
              ahí sin duda su impacto y relativa importancia. Se ve en estas cartas que la
              legitimidad de la poesía de Góngora no era solo un tema de discusiones exquisitamente
              eruditas, ni un pretexto para chistes populares contra los pedantes que fastidian al
              público con su jerga, sino también un tema de tertulias de aficionados sin mucha
              preparación específica.</p>
          </div>
          <div>
            <head>5.3 Fuentes artísticas o modelos de excelencia en poesía</head>
            <p>Las fuentes doctrinales que acabamos de ver, en donde los dos polemistas van a buscar
              argumentos de autoridad, pruebas de que la opinión que defienden es refrendada por
              ilustres maestros, son menos numerosas, en realidad, que las citas de autores traídos
              a colación como modelos de excelencia, para servir de término de comparación que
              permita juzgar el caso de Góngora. La mayoría de los autores son citados como
              artistas, no como pensadores o críticos.</p>
            <p>Cascales, para asentar su opinión de que ningún gran poeta pecó nunca de oscuro,
              afirma dogmáticamente que escribieron claro “Virgilio, Horacio, Catulo, Propercio,
              Tibulo, Ovidio, Ausonio, Nemesiano, Fracastoro, Pontano y otros mil, que entre los
              latinos reverenciamos, juntamente con nuestros españoles Lucano, Marcial, Séneca y
              Claudiano”. La primera enumeración parece abarcar el canon poético del gramático
              murciano en el orbe de los que llama los latinos. Es sorprendente que añada enseguida
              un segundo canon, el de “nuestros españoles”, que solo incluye poetas de la antigua
              Roma nacidos en Hispania (o que él supone tales, como Claudiano). La poesía digna de
              reverencia es, pues, en su sentir, enteramente latina y neolatina, con una importante
              provincia hispana (lo que, para él, es lo mismo que española), puesto que Ausonio,
              nacido en la Galia, o incluso Fracastoro y Pontano, italianos modernos, no se
              diferencian para él, desde el punto de vista de la nación, de Virgilio y Horacio. En
              cambio, sí forman grupo aparte los nativos de Hispania. Como muestra del paño de este
              escribir claro cita, con elección tan curiosa como significativa, un epigrama de
              Ausonio y un fragmento de la <hi rend="i">Eneida</hi>. Tenemos por un lado un epigrama
              de fácil agudeza, que celebra de modo redundante la trivial paradoja de que la vaca
              esculpida por Mirón pueda confundirse, para todos los efectos, con el animal vivo. Por
              otro lado, se nos da un texto (no especialmente fácil) en el que Virgilio cuenta de
              qué belleza sobrenatural es dotado Eneas por su madre Venus, cuando aparece de repente
              ante los ojos de los cartagineses: es lo radiante de esta aparición o apariencia, para
              usar de un tecnicismo teatral, el efecto del súbito abrirse de la nube o correrse del
              velo lo que, conscientemente o no, asocia Cascales con la idea de claridad : “<hi
                rend="i">scindit se nubes</hi> […] <hi rend="i">restitit Aeneas claraque in luce
                refulsit</hi>” (<hi rend="i">Eneida</hi>, I, 588-589).</p>
            <p>Con todo, esta decantada claridad de los grandes poetas admite numerosas excepciones:
              “claro escribieron, excepto algunos lugares de doctrina particular o historia
              recóndita o secretos de naturaleza, que, como padres de las ciencias y como curiosos
              humanistas, siembran algunas veces por sus obras”. Los poetas son doctos, piensa
              Cascales, del mismo modo que lo es él mismo, y, como él, pueden ser calificados de
              “curiosos humanistas”: hombres pertrechados de un almacén de eruditas noticias, de una
              cultura enciclopédica. Por lo cual es significativo que cite, como ejemplo de claridad
              legítimamente enturbiada por alguna docta alusión, un epigrama de Marcial y un soneto
              de un innominado amigo que obviamente es el propio Cascales (manera casi convencional
              que tienen los autores para citarse a sí mismos), que contiene varias imitaciones
              literales de Marcial (véase nuestra anotación). El tipo de dificultad poética que él
              aprecia se produce cuando el poeta moviliza un vasto caudal de variopintas
              informaciones geográficas, botánicas, antropológicas e históricas, bebidas en los
              autores clásicos. En virtud de este almacén de noticias compartido por el poeta y el
              gramático, ambos viven en simbiosis y se necesitan mutuamente, hasta el punto de
              confundirse.</p>
            <p>De todo lo cual se desprende la impresión de que los poetas que estima Cascales son o
              bien los que se explican en clase y el príncipe de todos ellos, Virgilio, poeta cuyos
              comentaristas han ido creando desde la Antigüedad una reserva inagotable de saberes
              humanísticos; o bien los epigramatarios, como Marcial o Ausonio, a quienes se siente
              capaz de imitar gracias a su viveza y talento para el chiste, y que se cuentan entre
              los clásicos más populares en su entorno, dado el gusto de los españoles por la
              agudeza. Marcial tiene un papel central en su canon, puesto que le sirve tanto como
              modelo de artista, como a título de autoridad doctrinal, puesto que el gran
              epigramatario no pocas veces comenta su propia poesía y juzga la de los demás.</p>
            <p>Bastante distinto es el caso de Villar, para quien los poetas latinos forman a bulto
              y sin distinciones un canon que no es el suyo personal, sino el de “todo el mundo”:
              “los poetas latinos, a cuya superioridad todo el mundo reconoce vasallaje y se rinde”.
              Recurre a ellos con un objetivo inverso al de Cascales: mostrar que Góngora les imita
              y aun les “excede y sobrepuja”. Los trae a colación para poner de relieve que las
              licencias e infracciones a las leyes del idioma que se reprochan a don Luis son poca
              cosa al lado de las que se permiten estos tan reverendos poetas. En la práctica se
              trata de coleccionar sus ejemplos de hipérbaton, con objeto de demostrar la principal
              tesis de su carta, o sea, que la mejor poesía autoriza e incluso exige esta figura.
              Con esas citas, estamos en la frontera de un cuarto tipo de fuente: las autoridades
              lingüísticas.</p>
          </div>
          <div>
            <head>5.4 Fuentes lingüísticas o modelos en el uso del idioma</head>
            <p>El que inicia el recurso a este tipo de autoridades es Francisco del Villar, cuando
              pretende examinar si los poetas latinos “usaron de transmutaciones”, o sea, de
              hipérbatos. Para lo cual, y “para no cansarse buscando”, va a mirar los primeros
              versos de sus obras. Con vistas a ese examen o experiencia, cita el inicio de la
              bucólica primera de Virgilio (v. 1-2), el del primer epigrama del primer libro de
              Marcial (v. 1-2), el de la primera elegía del primer libro de Tibulo (v. 1), el del
              más famoso <hi rend="i">carmen</hi> de Catulo, el 64 (v. 1), el de la oda primera del
              libro primero de Horacio (v. 1). Añade el íncipit de las <hi rend="i"
                >Metamorfosis</hi> de Ovidio (v. 1-3) y el de la <hi rend="i">Farsalia</hi> de
              Lucano (I, 1); finalmente alega un verso de Ovidio en que el hipérbaton le parece
              especialmente duro (<hi rend="i">Met</hi>., I, 4), y un verso de Terencio
              (comediógrafo apreciado por la naturalidad con la que imita el lenguaje coloquial). No
              hemos averiguado si esta gavilla de ejemplos y este razonamiento son invención de
              Villar o si los encontró en algún manual de gramática o alguna poliantea o repertorio
              humanístico.</p>
            <p>Sea como sea, el valor demostrativo de estas “autoridades” es elevado: un grupo
              nutrido de poetas latinos tenidos por excelsos, en sus obras más conocidas, apenas
              rompen a cantar, desde los primeros compases, por así decirlo, empiezan a usar
              transmutaciones. Parece, comenta Villar, que “lo tienen por oficio”. Es de notar
              además que ninguno es posterior a la época de Augusto, tenida por clásica por
              excelencia, excepto los “españoles” Marcial y Lucano, que tampoco son muy tardíos.
              Hay, pues, en este sentido una elección atinada de las autoridades, conforme a un
              argumento <hi rend="i">a maiori ad minus</hi>: si incluso los poetas que representan
              el apogeo del idioma latino, y son considerados como más puros y mejores, si incluso
              los más suaves como Ovidio y Lucano (<hi rend="i">sic</hi>), si hasta los más
              naturales y fáciles como Terencio y Ovidio, si incluso en los versos con los que
              comienzan sus obras y deben captar la atención de los lectores, usan transmutaciones,
              y lo hacen legítimamente, puesto que nadie se lo reprocha, con mayor razón estas
              transmutaciones dominan el resto de la poesía latina. Lo que le permite decir
              triunfalmente a Villar: “Pues, si el oscurecerse y usar de transmutaciones es tan
              ordinario, y se alaba en los poetas latinos, ¿por qué en los españoles se ha de
              reprehender, y más en quien los usa con tanto donaire y suavidad? Y si allí fue
              lícito, ¿qué delitos ha cometido nuestra lengua para no gozar de las exenciones y
              privilegios que la latina?”.</p>
            <p>Ante semejante intromisión en su propio terreno, Cascales, gramático profesional y
              catedrático de retórica, tenía forzosamente que intentar echar abajo el razonamiento
              de su adversario y publicar esta demolición. Con ese objeto inserta esta
              correspondencia en su libro, y la concluye con su respuesta a Villar. Para refutar el
              razonamiento del clérigo iliturgitano, necesita decir que el hipérbaton, que él llama
              trastorno o trastrueco de palabras, para hacer de él una práctica lingüística como
              otra cualquiera, y no una figura, es “natural” en la lengua latina y no tiene nada que
              ver con un uso particular del lenguaje, ni menos es atributo preferente de la poesía:
              el latín permite jugar libremente con el orden de los miembros de la frase, y el
              hacerlo no es, pues, licencia poética, no es exención ni privilegio, es lo “propio”
              del idioma latino. Por ello, estas transmutaciones no se hallan solo en los poetas en
              donde fue a buscarlas Villar, sino también en los oradores o prosistas, y en el que
              entre todos ellos pasa por ser dechado del latín más irreprochable, a saber, Cicerón.
              Para demostrarlo alega el murciano siete ejemplos de hipérbaton de este autor, por el
              sencillo procedimiento de espigar frases, casi al azar, en unas cuantas páginas del
              diccionario ciceroniano de Charles Estienne (<hi rend="i">Tullii Ciceronis
                Thesaurus</hi>, 1558)<note place="bottom">Agradecemos a Pedro Conde Parrado el
                hallazgo y comunicación de esta fuente.</note>. En cambio, el castellano tiene
              vedados estos trastruecos por su propio genio o naturaleza, como lo muestra el hecho
              de que las frases de Cicerón, traducidas <hi rend="i">verbatim</hi> al castellano,
              arrojan resultados extravagantes y ridículos, se perciben como cuerpos dislocados o
              violentados. Lo mismo sucede con las demás lenguas modernas, lo que Cascales
              “demuestra” reduciéndolas todas a la pareja del italiano y del francés. Que ni el
              idioma toscano ni el galo toleran el trastorno de palabras se prueba a su vez con el
              procedimiento, singularmente expeditivo y sofístico, de citar dos versos italianos (de
              Petrarca y Ariosto) y uno francés de Du Bellay.</p>
            <p>En resumidas cuentas, la elección de las fuentes lingüísticas, en los dos pequeños
              ensayos de sintaxis y estilística comparada llevados a cabo por nuestros dos autores,
              es modestamente sucinta, pero bien orientada por el principio de buscar, al menos en
              latín, lo más significativo, porque menos sospechoso de distorsión. Tenemos, pues, una
              lista bastante completa de los clásicos en el primero y más evidente sentido: los
              poetas y prosistas universalmente aprobados y que desde siempre se juzgan
              manifestación de lo que este idioma tiene de más puro y de más elegante.</p>
            <p>Al movilizar estas fuentes, Cascales y Villar, europeos provincianos de la primera
              mitad del XVII, nos enseñan que la competencia que se arrogan para juzgar a un poeta
              moderno, que usa su idioma materno, está enraizada en su condición de hombres
              provistos de las claves de la literatura tomada universalmente. Tales claves se hallan
              todavía, para los europeos de entonces, en la familiaridad con los autores latinos,
              adquirida desde la infancia y adolescencia por quienes tenían acceso a una educación
              letrada (los individuos de sexo masculino, salvo contadísimas excepciones, familia
              acomodada o talento fuera de lo común).</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>6. Conceptos debatidos</head>
          <p>Hemos señalado estos conceptos en apartados anteriores, al repasar, a propósito de la
            estructura y las fuentes, la argumentación de ambos contrincantes. Nos limitaremos,
            pues, a una recapitulación, tratando de reconstruir, del modo más simple, el proceso
            discursivo que vertebra este intercambio.</p>
          <div>
            <head>6.1 Oscuridad <hi rend="i">vs</hi> claridad</head>
            <p>El concepto que sobresale es obviamente el de la oscuridad, que hay que ver inserto
              en la pareja de opuestos oscuridad-claridad. En principio, la cosa parece muy
              sencilla: la oscuridad es vicio, lo dicen todos los “maestros de la elocuencia”, que
              han establecido este precepto con fijeza inexpugnable. Lo corroboran, en su calidad de
              ejemplares o dechados, todos los grandes poetas, que “claro escribieron”. En cuanto a
              la oscuridad de Góngora, no hace falta demostrarla, puesto que salta a la vista, por
              decirlo así, y basta multiplicar los epítetos ponderativos: poesía ciega, enigmática,
              confusa, tenebrosa. Por consiguiente, son viciosas estas nuevas poesías de Góngora,
              tanto que ni merece la pena discutirlo y es casi increíble que haya quien las tome en
              serio: <hi rend="i">quod erat demonstrandum</hi>.</p>
            <p>Sin embargo, la cosa se complica, y ya desde que empieza a razonar, el mismo Cascales
              deja remontar del fondo de su conciencia una objeción. Él sabe muy bien, por oficio y
              por hábito, que, si los poetas fueran tan fáciles y claros, los filólogos o gramáticos
              como él se quedarían sin trabajo: ¿por qué, entonces, se hubieran publicado tantos
              volúmenes de comentarios de Virgilio, sin ir más lejos, o de Marcial? ¿Por qué habría,
              sobre la mayoría de los grandes poetas, tantos conflictos de interpretación? Algunos
              de estos comentarios son obra de filólogos españoles, como los recientes de Virgilio
              del padre Juan Luis de la Cerda (1608 y 1612), o el de Marcial de Lorenzo Ramírez del
              Prado (1607), doctas fatigas que con seguridad manejó Cascales. No hay más remedio,
              pues, que reconocer que hay oscuridades poéticas que merecen respeto, que son
              legítimas. ¿Cuáles son estas? Las que “tocan” algún punto de erudición, o sea, las que
              pueden resolver los gramáticos: para ser entendidos, los poetas presuponen cierta
              información que no dan, o solo de modo parcial: presentan, pues, un enigma para el
              lector que no disponga de esa información, ocultan algo para los legos. Para eso están
              los expertos en letras humanas, que aclaran la alusión. Es ese, indudablemente, el
              sustrato esencial de las consideraciones de Cascales en su primera carta. Después de
              haber sentado que la oscuridad es vicio (<hi rend="i">ergo</hi>, que Góngora es
              vicioso) se ve obligado a hacer distingos entre una oscuridad perdonable, o más bien
              valiosa, la que procede de la erudición, y otra que no lo es, la que denuncia.</p>
            <p>¿En qué consiste entonces la oscuridad de Góngora? Pues bien, no en los contenidos
              “tocados”, sino en el lenguaje únicamente, que es intrincado, retorcido, enrevesado.
              Para explicar las características de ese lenguaje opaco y tenebroso, tiene que
              introducir conceptos que le sacan, tal vez mal de su grado, de la mera denuncia de la
              oscuridad. La respuesta de Villar contribuye a este desplazamiento de la cuestión,
              puesto que despacha el tema de la oscuridad en pocas líneas. Sin embargo, aunque de
              modo elíptico, rebate a su adversario con dos argumentos. En primer lugar no es cierto
              que Góngora no “toque” puntos de erudición: “toca fábulas con más valentía que
              ninguno”, por ejemplo la fábula de Júpiter y Europa en el comienzo de la <hi rend="i"
                >Soledad primera</hi>, donde también toca el “punto de la astrología”. Lo que cuenta
              es que lo hace con una agudeza excepcional: no es la erudición lo que importa, sino el
              ingenio con que la maneja. No es tanta la necesidad que tenemos de gramáticos con sus
              copiosos almacenes de datos y noticias; importa más la agudeza del lector, su
              perspicacia, respondiendo a la sutileza del poeta. En segundo lugar, la claridad no es
              ni mucho menos un precepto tan universal como lo pretende Cascales: es importante ser
              claro cuando se es cronista de hechos heroicos, porque no debe haber ambigüedad cuando
              se trata de ensalzar hazañas y proponer su imitación. Pero las galanas fábulas,
              conceptos sutiles y otros deleites poéticos son para unos pocos que saben apreciarlas,
              y tienen que tener su misterio, que al parecer, a ojos de Villar, es inseparable de su
              belleza: una pintura es tanto más linda cuanto más insólita. La oscuridad legítima, en
              suma, es la de la agudeza, la del pensamiento extraordinario, y es esa la que abunda
              en Góngora.</p>
            <p>En suma, el concepto de oscuridad como vicio de la oración, lejos de ser tan robusto
              y monolítico como parecía, se descompone y se refracta, dando lugar a una cuestión
              abierta: ¿qué clase de oscuridad, al parecer inevitable, debemos considerar legítima
              en materia poética?</p>
          </div>
          <div>
            <head>6.2 El hipérbaton y la metáfora</head>
            <p>Al buscar las causas de la oscuridad condenable de Góngora, ya en su primera carta,
              Cascales pasa a analizar el estilo del <hi rend="i">Polifemo</hi>, y a caracterizarlo
              por infracciones sintácticas y semánticas. Las primeras consisten en “la mala
              colocación de las partes” y la “privación de los artículos castellanos, que son
              forzosos”. En guisa de prueba, transforma ciertas construcciones del <hi rend="i"
                >Polifemo</hi> en otras equivalentes, pero en su opinión correctas, por ejemplo:
              “Ninfa, de Doris hija, la más bella/ adora, que vio el reino de la espuma”, se
              explicaría como trastorno o trastrueque, para usar los términos de nuestro autor, de
              una construcción normal y regular: “Adora a la hija de Doris, la más bella que vio el
              reino de la espuma”. Cascales se abstiene de profundizar mucho: si lo hiciera, tal vez
              vería que su traducción sacrifica el ritmo y la expresividad, sin que la ganancia de
              claridad sea obvia. La misma facilidad de la reformulación que propone retira fuerza
              al argumento de que estas construcciones sean la causa de esa oscuridad que ha sido
              descrita como impenetrable. Sobre este punto gira lo esencial de la respuesta de
              Villar, quien dirá que estas transmutaciones son el oficio del poeta, y lo probará
              acumulando ejemplos latinos. ¿Por qué gustan tanto los poetas latinos, si no por esta
              facultad que se arrogan de colocar las palabras como mejor les parece para el ritmo,
              para la imagen, para la hermosa extrañeza que se espera de la poesía?</p>
            <p>En cuanto a las metáforas, Cascales censura algunas como “atrevidas”: “peinar el
              viento”, “mordaza es a una gruta de su boca”. Son atrevidas porque son comparables a
              metáforas censuradas por Horacio y Quintiliano, “Júpiter que escupe nieve en los
              Alpes” y “montes verrucosos”. El argumento es caprichoso, puesto que la
              correspondencia entre las dos series de ejemplos no es algo objetivamente demostrable.
              De todos modos, parece de poca monta este factor para causar esa oscuridad tenebrosa
              de la que ha acusado al poeta. La mordaza expresa de modo enérgico y nada enigmático
              la obstrucción de la gruta por la roca; el “peinar el viento” parece resultar de una
              transposición al caso de la cetrería del “fatigar la selva” que usaba Virgilio para
              las cacerías de venados, imaginando aves cetreras que con sus afiladas garras “peinan
              el viento”, se llevan por delante cuantos pájaros encuentran: la imagen requiere
              cierto esfuerzo de comprensión, porque no es tradicional, no tiene antecedentes
              clásicos, es una invención. Pero parece excesivo prohibir toda invención a los poetas,
              por lo que Cascales se refugia en la idea de que, malas o buenas, estas metáforas son
              excesivas por estar demasiado cerca unas de otras. Hay demasiadas metáforas, que no
              dejan tiempo para descansar. El problema de la metáfora desemboca en otro, que sería
              el de la tensión fatigosa, el esfuerzo demasiado constante. Sobre este punto responde
              Villar, simplemente, que a él le gusta el esfuerzo, cuando es recompensado por la
              belleza.</p>
          </div>
          <div>
            <head>6.3 Las lenguas vulgares y el latín</head>
            <p>La cuestión del hipérbaton lleva a los dos contrincantes a discutir sobre la relación
              entre estilo y lengua: hasta qué punto las leyes de la lengua son inviolables, y qué
              deben hacer con ellas los poetas. Para Cascales, Góngora ha querido absurdamente
              forzar el castellano, que por naturaleza impone un determinado orden a los miembros de
              la frase (como todas las lenguas vulgares, según él), a comportarse como el latín, que
              no está sujeto a esta regla. La naturaleza de la lengua es algo que no puede ser
              cambiado por los escritores. Para Villar en cambio, no hay más legislador de la lengua
              que el poeta, con tal de que el uso acepte sus creaciones. Son, pues, dos conceptos de
              la lengua los que se enfrentan, el uno basado en la idea del idioma como naturaleza,
              sobre la que no tiene poder el arte; la otra en la idea de que el idioma es el
              producto históricamente cambiante del artificio que busca nuevos modos de decir.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>7. Otras cuestiones</head>
          <div>
            <head>7.1 Una polémica bajo el signo de Marcial</head>
            <quote>
              <p>En nuestro tiempo renació un Marcial cordobés en don Luis de Góngora, requiebro de
                las musas, y corifeo de las gracias, gran artífice de la lengua castellana, y quien
                mejor supo jugar con ella y descubrir los donaires de sus equívocos con incomparable
                agudeza. Cuando en las veras deja correr su natural, es culto y puro, sin que la
                sutileza de su ingenio haga impenetrables sus conceptos, como le sucedió después,
                queriendo retirarse del vulgo y afectar la oscuridad. [...] Tal vez tropezó por
                falta de luz su <hi rend="i">Polifemo</hi>, pero ganó pasos de gloria<note
                  place="bottom">Saavedra Fajardo (1956: 42).</note>.</p>
            </quote>
            <p>Este texto de otro murciano, Diego de Saavedra Fajardo, publicado póstumo en 1655,
              ofrece un buen observatorio de la percepción que se tenía de Góngora en la última fase
              de la polémica. Se le concedía entonces a don Luis un lugar privilegiado en el
              Parnaso; pero esto se hacía dividiendo su obra en una parte clara, la de burlas, y
              otra oscura, la de veras, aunque sin llegar a los extremos de Cascales. Siguiendo el
              mismo criterio, también Suárez de Figueroa había escrito: “Este es aquel monstruo de
              los ingenios, aquel fénix de las agudezas, don Luis de Góngora: el solo poeta español,
              el moderno Marcial, más agudo en las burlas, y en las veras otro Papino Estacio”<note
                place="bottom">Suárez de Figueroa (2005: 191). </note>. Asimismo, Jiménez Patón
              afirmaría en su <hi rend="i">Elocuencia Española en Arte</hi>: “En nuestro castellano
              se han hecho cosas de mucho artificio en este modo, cual es el soneto que hizo don
              Luis de Góngora, nuevo Marcial castellano”<note place="bottom">Vilanova (1953: vol.
                III, 666).</note>. Los textos que acabamos de citar comparten, además del paralelo
              con Marcial, la idea de una etapa oscura en la obra de Góngora. Suárez de Figueroa usa
              la comparación con el poeta latino Estacio, que “tenía fama de oscuro y extraño,
              también entre eruditos”<note place="bottom">Collard (1971: 70).</note>. De hecho,
              Jáuregui aduce en su <hi rend="i">Antídoto</hi>, al referirse a Góngora, que “Estacio
              Papino, insigne poeta, es tenido por áspero y atrevidísimo, y osaré apostar que no se
              halla en toda la <hi rend="i">Tebaida</hi> tan espantoso grimazo como el menor de los
              que vuestra merced emprende”<note place="bottom">Jáuregui (2002: 19-20).</note>.</p>
            <p>Otros críticos, como Vázquez Siruela, Portichuelo y Díaz de Rivas rechazan la idea de
              que Góngora tuvo dos épocas drásticamente diferentes y, sobre todo, su caracterización
              como príncipe de las tinieblas. Siguiendo la estela de Carrillo, están convencidos de
              que la dificultad para aprehender el sentido de los versos del cordobés obedece a la
              ignorancia del lector. Por eso Pedro de Valencia compara a Góngora con el griego
              Píndaro, que “era difícil, pero claro al lector erudito a quien se dirigía”<note
                place="bottom">Collard (1971: 70).</note>: “... digo que no comparen a vuestra
              merced con Homero, sino con Píndaro, el más grandílocuo de los poetas y casi
              inimitable, que corriendo tan claro como cualquiera arroyuelo, el raudal de su
              corriente y su profundidad lo oscurece y casi lo hace inaccesible”<note place="bottom"
                >Gates (1961: 66).</note>.</p>
            <p>Aun cuando no se mantenía la distinción entre dos tipos de poesías gongorinas
              (Marcial contra Estacio, digamos, o contra Píndaro), la comparación con Marcial era
              caso particular de una práctica extendida: la de elogiar, con ánimo patriótico, a los
              vates latinos nacidos en Hispania, como Séneca, Lucano y Marcial, por la agudeza de su
              ingenio. El mismo Lope había asociado la altura poética de Góngora con la de sus
              antiguos compatriotas cordobeses: “ni a Séneca, ni a Lucano, nacidos en su patria, le
              hallo diferente”<note place="bottom">Vega y Carpio (1953: 926).</note>. Incluso
              Marcial, pese a ser aragonés, era visto como el gran maestro de la agudeza por los
              poetas andaluces que fueron agrupados por Henri Bonneville bajo el marbete “poetas de
              la sal”<note place="bottom">Góngora (1984: 35-40). Cf. Núñez Rivera (2010: 525): “Hace
                ahora casi cincuenta años, el hispanista francés Henry Bonneville acuñó un término
                que todavía hoy por hoy, y muy a propósito del tema que nos ocupa, parece bastante
                operativo. Él se refirió entonces a la <hi rend="i">poesía sevillana de la sal</hi>
                para caracterizar un modo poético basado en el <hi rend="i">donaire</hi>, o si se
                quiere en la <hi rend="i">graciosidad</hi>, palabra muy de la época, que he
                utilizado por ello en el título de este trabajo, una práctica poética, digo, que
                entendía en tanto que alternativa a los presupuestos que se venían manejando para
                definir la tan traída y llevada escuela poética sevillana”.</note>.</p>
            <p>El paralelo entre Góngora y Marcial fue generalmente aceptado por los dos bandos de
              polemistas. En su conjunto, los debates en torno a la oscuridad solían relacionarse
              con la afirmación de una nueva estética y, en este contexto, la elección de Marcial
              como <hi rend="i">auctoritas</hi> provoca una serie de variaciones argumentales
              cruciales para captar las dinámicas apologéticas de cada polemista y, al tiempo,
              revela las dos tendencias que se iban asentando, la conservadora y la moderna. Con
              todo, las referencias a los antiguos no tienen un sentido predeterminado; dependen más
              bien de su uso en la línea argumental de cada polemista. Como subraya Azaustre
              Galiana,</p>
            <quote>
              <p>uno de los más frecuentes [procedimientos retóricos] consiste en extraer y citar
                solo aquella parte del texto que más se adecúa a [los] intereses [del polemista]
                […]. Otra forma consiste en torcer el sentido de la fuente matizando el significado
                de alguna de sus frases o palabras para acercarlo a la postura propia: las citas de
                autoridades traducidas de otras lenguas sufren a menudo este tipo de adaptación<note
                  place="bottom">Azaustre Galiana (2005: 43). Sobre las estrategias argumentativas
                  de Cascales en las <hi rend="i">Tablas poéticas</hi> y su uso de las autoridades
                  véase igualmente Alemán Illán (2005: 258-259).</note>.</p>
            </quote>
            <p>Marcial es uno de los principales temas de debate entre nuestros dos Franciscos. En
              efecto, los separan de manera categórica sus posturas acerca del canon latino. Villar
              establece con las autoridades una relación horizontal que se amolda a un proceso de
              “nivelación de antiguos y modernos”<note place="bottom">Collard (1971: 61).</note>,
              decantándose por lo nuevo al cotejar el texto gongorino con el del autor latino. En
              cambio, Cascales traba con sus <hi rend="i">auctoritates</hi> una relación vertical, y
              tiende a considerar insuperable el modelo clásico. El principal denominador común de
              esta tensión literaria radica en recurrir constantemente a los epigramas de Marcial,
              con cuyos versos los dos Franciscos se retan en duelo.</p>
          </div>
          <div>
            <head>7.2 Ecos de las cartas en el <hi rend="i">Compendio poético</hi> de Villar</head>
            <p>Alrededor de dos lustros después de la redacción las tres cartas aquí editadas,
              Francisco del Villar escribió también un <hi rend="i">Compendio poético</hi><note
                place="bottom">Véase Villar 2016</note> en el que intentaba profundizar en las
              claves de la polémica gongorina, alabando a don Luis y subrayando su competencia en
              todo tipo de versos. Hoy en día lo que conservamos de esta obra se reduce a unos pocos
              fragmentos, copiados en un manuscrito tardío (s. XVIII) custodiado en la BNE. La fecha
              de redacción del <hi rend="i">Compendio</hi> se situaría en 1636, dos años después de
              la publicación de las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> de Cascales y diez después
              del <hi rend="i">terminus ante quem</hi> de la correspondencia con Cascales<note
                place="bottom">Véase el apartado dedicado a la cronología de las epístolas en esta
                introducción.</note>. Entretanto, la <hi rend="i">querelle</hi> había evolucionado,
              pasando de la primera fase de debates epistolares a una etapa bastante más reflexiva,
              de comentario de los textos y de general aceptación de la entrada de Góngora en el
              Parnaso español. El <hi rend="i">Compendio</hi> de Villar testimonia de este giro,
              aunque las tesis que defiende no hayan cambiado de manera significativa respecto a las
              de las cartas. De hecho, conserva la misma estrategia argumentativa, conforme con las
              ideas de Carrillo Sotomayor y del mismo Góngora, y observa que la impenetrabilidad de
              los versos de don Luis responde mucho más a la ignorancia del lector que a una
              oscuridad de las “atrevidas metáforas” y al uso libre del “ambagioso hipérbaton”
              (según decía Cascales en I, 8). Góngora reivindicó con firmeza su papel de renovador
              de la lírica: “me holgara de haber dado principio a algo; pues es mayor gloria empezar
              una acción que consumarla”<note place="bottom">Góngora (2000: 2).</note>. A
              continuación, la argumentación de Villar se basa sobre la premisa de que el cordobés
              fue un gran poeta, un innovador en todos los géneros, comparándolo, igual que en su
              carta, con un rosario de autoridades eminentes en diversos géneros. Parte de su
              disputa con Cascales sobrevive en este <hi rend="i">Compendio</hi>, no por lo que se
              refiere al diseño retórico, pero sí en algunos detalles. Por un lado, permanecen las
              citas de Marcial, aunque ahora Villar recalca que, frente al epigramatista, Góngora ha
              descollado en todos los géneros. Por otro lado, al hablar de los satíricos, el <hi
                rend="i">Compendio</hi> cita precisamente a Cascales:</p>
            <quote>
              <p>Cuestión ha sido controvertida, y su resolución no poco dudosa, qué estilo ha de
                guardar la sátira. Algunos dicen que ha de ser obscuro y dificultoso, lo uno porque
                la fealdad del vicio, que reprehende, no lleve descubierta la cara y ofenda el
                recato de quien la leyere, y lo otro, porque sea como la píldora, que se receta
                cubierta de oro, para que al enfermo le brinde su hermosa apariencia, y lleve
                rebozado su amargor y desabrimiento; de este parecer he visto personas bien
                entendidas, y con ellas el licenciado Francisco de Cascales, en una de sus
                  epístolas<note place="bottom">BNE, ms/2529: Capítulos de un libro en defensa,
                  1630, f. 48.</note>.</p>
            </quote>
          </div>
          <div>
            <head>7.3 Singularidades de Cascales</head>
            <p>A pesar de las críticas del gramático murciano a lo atrevido de las metáforas
              gongorinas, es curioso constatar que los pasajes más originales y cautivadores de sus
              cartas se caracterizan por la misma bizarría metafórica de la que hiciera gala el
              cordobés. A partir de la historieta del cura de Paulenca, todo su razonamiento se
              engasta dentro de un marco literario metafórico. Es más, en el punto central, donde
              Cascales concluye su <hi rend="i">propositio</hi> afirmando que la oscuridad de
              Góngora no procede de conceptos extraños o difíciles, sino de una frasis retorcida,
              desliza una similitud feliz, por llamativa, que vincula los versos del cordobés con
              los imprevisibles movimientos de un lobo: “el modo de hablar peregrino y jamás usado
              ni visto en nuestra lengua, ni en otra vulgar, toscana, tudesca, flamenca ni francesa,
              camina como el lobo, que da unos pasos adelante y otros atrás, para que, así confusos,
              no se eche de ver el camino que lleva”.</p>
            <p>Al hablar en general de las <hi rend="i">Soledades</hi>, escribe: “Entrando, pues, en
              este crético laberinto, pregunto si la obscuridad es virtud o vicio”. Y más adelante,
              precisamente para refutar a Villar, al pasar lista a las pocas excepciones que se
              admiten en detrimento de la claridad de la frasis, el murciano coteja la poesía de los
              satíricos con la píldora dorada.</p>
            <p>Finalmente, en I, 10, se localiza la metáfora que ha otorgado mayor celebridad a este
              breve epistolario, marcando en buena medida la recepción crítica de Góngora hasta
              mediados del siglo XX; es decir, la antinomia entre el poeta de los romances y las
              letrillas, príncipe de la luz, y el oscurísimo príncipe de las tinieblas del <hi
                rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi>.</p>
            <p>Estas tres metáforas, la del lobo, la del crético laberinto y la del príncipe de las
              tinieblas, dibujan una máscara monstruosa y nocturna para el poeta cordobés, más grave
              que la mordaz figura del cura de Paulenca.</p>
          </div>
          <div>
            <head>7.4 Algunos datos sobre los impresores de la obra de Cascales</head>
            <p>Poco sabemos de Luis Verós, el editor murciano que, tras un proceso de compilación
              que se remonta a 1626, estampó las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> en Madrid en
              1634. Aquel año también se ocupó de la burlesca <hi rend="i">Fábula de Apolo y
                Dafne</hi> (1634) y de los <hi rend="i">Ocios de la Soledad</hi> (1633) de Jacinto
              Polo de Medina<note place="bottom">Para las portadas de las ediciones príncipe de
                estas dos obras, véase Polo de Medina (1987: 192 y 210). </note>, amén de imprimir
              las <hi rend="i">Auroras de Diana</hi> (2ª edición, 1632) de Pedro de Castro y Anaya.
              Pocos años antes (1628), el mismo librero se había encargado de la publicación del <hi
                rend="i">Discurso jurídico por la Inmaculada Concepción de María</hi> de Alonso de
              Mergelina y Montejo, con prólogo de Cascales (se registran un par de ejemplares en el
              Archivo Municipal de Murcia, 2-B-11, y en la BNE el ejemplar R/13939)<note
                place="bottom">Jauralde Pou (2010: 291-297). </note>; y también un poco antes
              publicó los <hi rend="i">Discursos históricos de la ciudad de Murcia y de su
                reino</hi> (1621, 1622, 1624) de nuestro autor.</p>
            <p>En cambio, disponemos de numerosas noticias sobre el editor de la reimpresión de
              1779: Antonio de Sancha (Guadalajara, 1720 – Cádiz, 1790), discípulo de Antonio Sanz y
              de Joaquín Ibarra, ofició como impresor de la Real Academia de la Historia y después
              de la de la Lengua, además de culminar una larga carrera como encuadernador de la Real
              Biblioteca. A él se deben la edición de las <hi rend="i">Eróticas</hi> de Villegas en
              dos tomos con hermosas ilustraciones (1774); otra de la <hi rend="i">Araucana</hi> de
              Ercilla (1776), en dos volúmenes, con estampas de Antonio Carnicero; y una de las más
              notables del <hi rend="i">Quijote</hi> (1777), en cuatro tomos con dibujos de José
              Camarón grabados por Manuel Montfort. Es celebrado hoy por haber resucitado durante el
              último tercio del XVIII a varios escritores barrocos, con iniciativas como la <hi
                rend="i">Colección de las obras sueltas de Lope de Vega</hi> (1776-1779), a la que
              seguirían la serie dedicada a Cervantes (1781-1797) y la de Quevedo (1580-1645)<note
                place="bottom">Sobre la trayectoria de Sancha, <hi rend="i">vid</hi>. Cotarelo y
                Mori (1924); Rodríguez Moñino (1971); y Aguilar (2006: 29-30). </note>.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>8. Conclusión</head>
          <p>A pesar de su modesta extensión, el trébol de epístolas encierra las temáticas
            fundamentales de la <hi rend="i">querelle</hi> gongorina. La estructura tripartida y la
            doble autoría transforman estos textos en una especie de miniatura de la misma polémica,
            ya que aquí se manifiestan <hi rend="i">in nuce</hi> tanto las posturas a favor (Villar)
            como en contra (Cascales) de la <hi rend="i">obscuritas</hi>.</p>
          <p>Como una de las armas con las que se retan los protagonistas de este enfrentamiento son
            los modelos latinos, nuestro estudio ha hecho hincapié en el uso flexible de dichas <hi
              rend="i">auctoritates</hi>, y ha subrayado que Cascales y Villar, como los demás
            polemistas, las amoldaban a sus respectivas argumentaciones. Pero este fenómeno revela,
            por lo demás, diferentes visiones del legado de los antiguos: si, por un lado, Cascales
            construye una relación vertical de total subordinación de la poética vernácula a los
            dictámenes poéticos horacianos, Villar, por su parte, establece una relación horizontal
            que le permite colocar en el mismo Parnaso poético tanto a Góngora como a sus fuentes
            latinas.</p>
          <p>Cascales, que tiene la voz cantante y la iniciativa, actúa en virtud de un espíritu
            conservador determinado por todos los aspectos de su figura: la de un hombre que ha
            contribuido a restaurar un quebrantado patrimonio familiar de fortuna y de honra, la de
            un profesor de latinidad que vive a la sombra de una institución eclesiástica, con un
            fuerte arraigo local. La carta representa una tentativa de salir de este marco estrecho,
            terciando en una controversia sobre poesía moderna. Habituado al disimulo, oculta que
            Góngora es aquí un pretexto y que lo que más le importa es alinearse con un autor, Lope
            de Vega, que por su popularidad, y por haber alzado (tal vez a pesar suyo) el estandarte
            de la llaneza, necesita a doctos que lo defiendan, como Tribaldos y como el mismo
            Cascales. Por lo demás, poetas como Lope contribuyen a la cohesión social, sirviendo de
            lazo de unión entre el pueblo y los cortesanos, los hombres de letras y los ignorantes,
            y en cierto modo obran por la paz, a la que está tan apegado, por tantas razones, el
            profesor del colegio de san Fulgencio.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. Establecimiento del texto</head>
          <p>Para la edición de estas tres cartas, nos hemos basado en la prínceps, utilizando el
            ejemplar BNE, R/3507. Este es el único ejemplar en el que aparecen notas manuscritas en
            los <hi rend="i">marginalia</hi> del texto que posiblemente pertenecen a una mano del
            siglo XVIII. De todas formas, resultan, por lo general, poco relevantes, ya que solo
            registran las oscilaciones lingüísticas de algunas palabras. Entre los testimonios
            cotejados, es decir, los ejemplares guardados en la BNE, no hay elementos destacables,
            visto que los ejemplares de la misma tirada no presentan variantes de estado. También
            hemos consultado, por supuesto, en casos de duda o en que parecía necesario corregir
            alguna errata, la edición de Justo García Soriano, que ha sido una gran ayuda para la
            anotación.</p>
        </div>
        <div>
          <head>10. Bibliografía</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p/>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Ariosto</hi>:</p>
            <bibl>–, <title>Orlando furioso</title></bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Ausonio</hi>:</p>
            <bibl>–, véase Vinet.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Carrillo</hi>, Luis de:</p>
            <bibl>–, <title>Obras de don Luis Carrillo y Sotomayor, caballero de la Orden de
                Santiago, Comendador de la Fuente del Maestre, Cuatralbo de las galeras de España,
                natural de la ciudad de Córdoba</title> […] Madrid, Juan de la Cuesta, 1611.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Cerda</hi>, Juan Luis de la:</p>
            <bibl>–, <title>P. Virgilii Maronis priores sex libri Aeneidos Argumentis,
                Explicationibus Notis illustrati. Auctore Ioanne Ludouico de la Cerda Toletano
                Scietatis Iesu, in curia Philippi Regis Hispaniae Primario Eloquentiae Professore.
                Editio quae non antea lucem vidit […], Lugduni, Sumptibus Horatii Cardon</title>,
              1612.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Cicerón</hi>:</p>
            <bibl>–, <title>De Finibus</title></bibl>
            <bibl>–, <title>Pro Marcello</title></bibl>
            <bibl>–, <title>Philippicae</title></bibl>
            <bibl>
              <title>–, Pro Clodio</title>
            </bibl>
            <bibl>
              <title>–, Laelius sive de amicitia</title>
            </bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Estienne</hi>, Charles:</p>
            <bibl>–, <title>Thesaurus M. Tullii Ciceronis</title>, Paris, apud Carolum Staphanum,
              1556.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Lipsio</hi>, Julio:</p>
            <bibl>–, <title>Epistolica institutio</title></bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Marcial</hi>:</p>
            <bibl>–, <title>Epigrammata</title></bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Petrarca</hi>:</p>
            <bibl>–, <title>Canzoniere</title></bibl>
            <p rend="hanging">
              <hi rend="sc">Quintiliano</hi>
            </p>
            <bibl>–, <title>Institutio oratoria</title></bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Salmon Macrin</hi>, Jean:</p>
            <bibl>–, <ref
                target="http://reader.digitale-sammlungen.de/de/fs1/object/display/bsb10190661_00005.html"
                >Salmoni Macrini Iuliodunensis Cubicularii regii Naniarum libri tres, De Gelonide
                Borsala uxore charissima_</ref>, París, apud
              Vascosanum, 1550.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Vega Carpio</hi>, Lope de: </p>
            <bibl>–, <ref
                target="https/::books.google.fr:books%3Fid=2FKpl7tAmk4C&amp;pg=PA19&amp;dq=Lope+de+La+Filomena&amp;hl=fr&amp;sa=X&amp;ved=0ahUKEwiv28LChMbbAhVqyKYKHfH6AZAQ6AEIRTAE#v=onepage&amp;q=Lope%20de%20La%20Filomena&amp;f=false"
                >La Filomena con otras diversas Rimas, Prosas y Versos</ref> … Madrid, en casa de la
              viuda de Alonso Martín, a costa de Alonso Pérez, 1621.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Vinet</hi>, Élie:</p>
            <bibl>–, <title>Ausonii Burdigalensis Viri Consularis, omnia, quae adhuc in veteribus
                bibliothecis inveniri potuerunt […] Cuncta ad varia vetera, novaque exemplaria, hac
                secunda editione emendata, commentariisque auctioribus illustrata, per Eliam
                Vinetum.., Iosephum Scaligerum &amp; alios</title>… Burdeos, Apud S. Millangium,
              1590.</bibl>
            <p rend="hanging">
              <hi rend="sc">Virgilio</hi>
            </p>
            <bibl>–, <title>Eneida</title>, véase La Cerda.</bibl>
          </div>
          <div>
            <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
          </div>
          <div>
            <head>10.2.1 Manuscritos</head>
            <bibl>BNE, ms/ 18969: <title>Arte de la lengua española castellana</title>, de Gonzalo
              Correas, 1625.</bibl>
            <bibl>BNE, ms/2529: <title>Capítulos de un libro en defensa de don Luis de
                Góngora</title>, de Francisco del Villar, 1630, f.<num> 1 v.-73 v</num>.</bibl>
            <bibl>BNE, ms/3906: <title>Papeles varios gongorinos</title>, fol. 114 v.,
                <title>Anotaciones al Polifemo de Góngora por Díaz de Rivas</title>.</bibl>
          </div>
          <div>
            <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
            <p/>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Angulo y Pulgar</hi>, Martín de:</p>
            <bibl>–, <title>Epístolas satisfactorias. Una a las objeciones que opuso a los poemas de
                D. Luis de Góngora, el Licenciado Francisco de Cascales, Catedrático de Retórica de
                la S. iglesia de Cartagena. Otra, a las proposiciones de cierto sujeto grave y docto
                por D. Martín de Angulo y Pulgar, natural de la ciudad de Loja</title>, Granada,
              Blas Martínez, 1635.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Argaiz</hi>, Fray Gregorio de:</p>
            <bibl>–, <title>Población eclesiástica de España y noticia de sus primeras honras
                continuada en el Chronico de Flavio Lucio Dextro y su varia historia… Tomo segundo,
                Parte primera</title>. Madrid, Lucas de Vedmar, 1669.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Ariosto</hi>, Lodovico:</p>
            <bibl>–, <title>Orlando furioso…tutto ricorretto e di nove figure adornato</title>,
              Venecia, appresso Felice Valgrissi, 1603.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Cascales</hi>, Francisco:</p>
            <bibl>–, <title>Epistola Horatii Flacci de Arte Poetica in methodum redacta versibus
                Horatianis stantibus, ex diversis tamen locis ad diversa loca translatis</title>,
              Valencia, Silvestre Esparsa, 1639.</bibl>
            <bibl>–, <title>Cartas philológicas, es a saber de letras humanas, varia erudición,
                explicaciones de lugares, lecciones curiosas, documentos poéticos, observaciones,
                ritos y costumbres y muchas sentencias exquisitas</title> […] Murcia, Luis Verós,
              1634.</bibl>
            <bibl>–, <title>Tablas poéticas del Lic. Francisco Cascales. Añadese en esta II.
                Impresión Epistola Q. Horatii Flacci de Arte poética in methodum redacta versibus
                horatianis stantibus ex c-diversis tamen locis ad diversa tamen locis ad diversa
                loca translatis. Item: Novae in Grammatica observationes. Item: Discurso de la
                ciudad de Cartagena</title>. Madrid, Antonio de Sancha, 1779a.</bibl>
            <bibl>–, <title>Cartas philológicas, es a saber de letras humanas, varia erudición,
                explicaciones de lugares, lecciones curiosas, documentos poéticos, observaciones,
                ritos y costumbres y muchas sentencias exquisitas</title> […]. Madrid, Antonio de
              Sancha, 1779a.</bibl>
            <bibl>–, <title>Al buen genio encomienda sus Discursos históricos de la muy noble y muy
                leal ciudad de Murcia, el licenciado Francisco Cascales. Segunda impresión añadida e
                ilustrada con algunas notas críticas</title>, Murcia, Francisco Benedito,
              1775.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Cicerón</hi>:</p>
            <bibl>–, <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=tLPAMxV4NH0C&amp;pg=RA2-PA126&amp;dq=cic%C3%A9ron+de+finibus+bonorum+et+malorum&amp;hl=fr&amp;sa=X&amp;ved=0ahUKEwjNm7ifssnbAhXCkywKHWR7DYMQ6AEIQzAE#v=onepage&amp;q=profecta&amp;f=false"
                >M.T. Ciceronis de philosophia volumen primum. Ita doctissimis animadversionibus
                lustratum, ut integra ubique vulgata lectio servata sit</ref>. Lyon, apud Antonium
              Gryphium, 1585.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Du Bellay</hi>, Joachim:</p>
            <bibl>–, <title>Les oeuvres francoises… reveuës &amp; de nouveau augmentees de plusieurs
                Poësies non encore auparavant imprimees</title>, Paris, Federic Morel, 1572.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Giovio</hi>, Paolo:</p>
            <bibl>–, <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=4ndeAAAAcAAJ&amp;pg=PA99&amp;lpg=PA99&amp;dq=Paolo+Giovio+Archipoeta&amp;source=bl&amp;ots=kwFvWywB5v&amp;sig=vPNXivbayZOjdXuJ-tLezytCM50&amp;hl=fr&amp;sa=X&amp;ved=0ahUKEwjo-47CycjbAhVL1SwKHQiECFQQ6AEISTAE#v=onepage&amp;q=Paolo%20Giovio%20Archipoeta&amp;f=false"
                >Pauli Iovii novocomensis episcopi nucerini Elogia Virorum litteris illustrium,
                quotquot vel nostra vel avorum memoria vixere</ref> … Basilea, Petri Pernae
              Typographi, 1577.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Jiménez Patón</hi>, Bartolomé:</p>
            <bibl>–, <title>Elocuencia Española en Arte</title>, Toledo, Thomas Guzmán, 1604.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Lucio Espinosa y Malo</hi>, Félix de:</p>
            <bibl>–, <title>Ocios morales: divididos en descripciones simbólicas y declamaciones
                heroicas</title>, Zaragoza, Francisco Moreno, 1693.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Fernández de Moratín</hi>, Leandro,</p>
            <bibl>–, <title>La derrota de los pedantes</title>, Madrid, Benito Cano, 1789.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>:</p>
            <bibl>–, Fabii Quintiliani Institutionum oratoriarum Libri duodecim summa diligentia ad
              fidem vetustissimorum codicum recogniti ac restituti. Accesserunt huic renovatae
              editioni Declamationes quae tam ex P. Pithoei, … colligi potuerunt. Colonia, sumptibus
              Samuelis Crispini, 1618.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Raderus</hi>, Matthaeus:</p>
            <bibl>–, <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=VJg2iuGXsmwC&amp;pg=PA823&amp;lpg=PA823&amp;dq=M.+Valerii+Martialis+Epigrammaton+libri+omnes,+nouis+commentariis,+multa+cura,+studioque+confectis,+explicati,+illustrati&amp;source=bl&amp;ots=_kQkbamROw&amp;sig=lxKfdv8c0Gbp02MZiZbPKXp3wco&amp;hl=fr&amp;sa=X&amp;ved=0ahUKEwin6KW2g8XbAhUIyRQKHc_IBpAQ6AEIKDAA#v=onepage&amp;q=Sunt%20haec%20trit"
                >M. Valerii Martialis Epigrammaton libri omnes, nouis commentariis, multa cura,
                studioque confectis, explicati, illustrati</ref> […] a <title>Matthaeo Radero, de
                Societate Iesu</title>, Ingolstadt, Ex Typographeo Adami Sartorii, 1602.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Ramírez de Prado</hi>, Lorenzo:</p>
            <bibl>–, <ref
                target="https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=ucm.5323616371;view=thumb;seq=1">M.
                Valerii Martialis epigrammatum libri XV. Laurentii Ramírez de Prado Hispani. Novis
                commentariis illustrati</ref>. París, apud Michele Somnium, 1607.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Ortiz</hi>, Juan (fray):</p>
            <bibl>–, <title>Sermón publicado en el convento ede la Santísima Trinidad de Granada, en
                una fiesta que en él hizo de la Inmaculada Concepción de la Virgen nuestra señora,
                domingo, veinte de diciembre, año 1615, por el Reverendo Padre Maestro Fray Juan
                Ortiz, de la dicha orden, catedrático en Santa Teología</title>, Granada, Martín
              Fernández, 1616.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Pellicer de Ossau y tovar</hi>, José:</p>
            <bibl>–, <title>Bibliotheca formada de los libros y obras públicas</title>, Valencia,
              Gerónimo Vilagrafa y Milino de Rovella, 1671.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Stock</hi>, Christianus:</p>
            <bibl>–, Clavis Linguae Sanctae V.T., cui accedit breve dicionarium chaldaeo-rabbinicum,
              Lipsiae, Officina Weidmaniana, 1753.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Vega Carpio</hi>, Lope de:</p>
            <bibl>–, El capellán de la Virgen</bibl>
            <bibl>–, <title>Justa poética y alabanzas justas que hizo la insigne villa de Madrid al
                bienaventurado san Isidro en las Fiestas de su Beatificación, recopiladas por Lope
                de Vega Carpio</title>, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, 1620.</bibl>
            <bibl>–, <title>La Circe con Otras Rimas y Prosas</title>, Madrid, Viuda de Alonso
              Martin, a costa de Alonso Pérez, 1624.</bibl>
            <bibl>–, <title>Colección de las obras sueltas de frey Lope de Vega y Carpio</title>,
              Madrid: imprenta de Don Antonio Sancha, 1779.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Villar</hi>, Francisco del:</p>
            <bibl>–, <title>Relación de la fiesta que celebró el muy observante convento de San
                Francisco, de Andújar, al glorioso San Pedro Baptista y sus compañeros, primeros
                mártires del Japón</title>, Granada, Martín Fernández, 1629.</bibl>
            <bibl>–, <title>Relación del solemne recibimiento que en la Ciudad de Andújar se hizo a
                una Imagen de la Concepción de la Virgen Santísima Nuestra Señora</title>, Jaén,
              Francisco Pérez de Castilla, 1633.</bibl>
            <bibl>–, <title>Fiestas a la conducción del agua y primeras fuentes de la ciudad de
                Andújar, Granada, Martín Fernández</title>, 1635.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Villén de Biedma</hi>, Juan:</p>
            <bibl>–, <title>Q. Horacio Flacco poeta lírico: Sus obras con la declaración Magistral
                en lengua Castellana por el Doctor</title> […], Granada, Sebastián de Mena,
              1559.</bibl>
          </div>
          <div>
            <head>10.2.3 Impresos posteriores a 1800</head>
            <p/>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Aguilar</hi>, Pedro:</p>
            <bibl>–, “Antonio Sancha: El alcarreño que recuperó a Cervantes”, <title>Añil</title>,
              30, 2006, p.29-30. </bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Alburquerque García</hi>, Luis,</p>
            <bibl>–, “Cascales, Francisco”, <title>Diccionario biográfico español</title>, Madrid,
              Real Academia de la Historia, vol VII, 2010, 228-231.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Alemán Illán</hi>, Jesús:</p>
            <bibl>–, “Plutarco y Aristóteles en Francisco de Cascales: evolución del concepto de
                <title>dianoia</title> en la teoría literaria del humanismo”, <title>Myrtia</title>,
              20, 2005, p. 255-264.</bibl>
            <p rend="hanging"><hi rend="sc">Almansa y Mendoza</hi>, Andrés:</p>
            <bibl>–, <title>Advertencias para inteligencia de las “Soledades” de don Luis de
                Góngora</title>, ed. de Begoña López Bueno, París, OBVIL Sorbonne Université, 2018. </bibl>
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        </div>
      </div>
      <div>
        <head>Texto de la edición</head>
        <div>
          <index indexName="resp" n="Cascales, Francisco"/>
          <index indexName="adresse" n="Tribaldos de Toledo, Luis"/>
          <index indexName="date" n="1634"/>
          <head>Epístola VIII. Al licenciado Luis Tribaldo de Toledo<note place="bottom"> El
              apellido correcto es “Tribaldos”; no corregimos porque el error tal vez sea atribuible
              a Cascales y señal de su poca familiaridad con la persona a quien se dirigía. Luis
              Tribaldos de Toledo nació, según Nicolás Antonio, en Tébar (Cuenca) en 1558 y murió en
              Madrid en 1634. En 1591 ya era catedrático de retórica en Alcalá. Al servicio de don
              Juan de Tassis y Acuña, primer conde de Villamediana, le acompañó a su embajada en
              Inglaterra y fue preceptor de su hijo y heredero del título, el famoso poeta don Juan
              de Tassis y Peralta. De regreso a España y convertido en cortesano, fue uno de los
              doctos que acudieron en defensa de Lope de Vega en la <hi rend="i">Expostulatio
                Spongiae</hi> (1618). En 1621, el conde-duque de Olivares le encargó el cuidado de
              su biblioteca, y en 1625, fue nombrado Cronista Mayor de Indias. Editó las obras de
              Francisco de Figueroa y la <hi rend="i">Guerra de Granada</hi> de Diego Hurtado de
              Mendoza. Fue poeta latino y ocasionalmente castellano, traductor y comentarista de
              Pomponio Mela, autor de una historia, manuscrita, sobre las guerras de Chile
              (Viforcos, 2008 y 2009). Muchos de estos datos figuran en una extensa nota de García
              Soriano a su edición (Cascales 1930: I, 139-140). Acerca de lo que significa su muda
              presencia en esta correspondencia, véase la introducción.</note></head>
          <p>Había en Paulenca, una de las villas de la ínclita Granada<note place="bottom"> Así
              empieza el cuentecillo que, según una estrategia polémica típica de entonces, le sirve
              al gramático murciano para exagerar jocosamente el revuelo causado por los poemas de
              Góngora. La insignificancia del pueblo de Paulenca es parte de la intención satírica.
              García Soriano observa que la “villa” no consta ni en las <hi rend="i">Relaciones
                topográficas</hi> de Felipe II, ni en el <hi rend="i">Diccionario geográfico</hi> de
              Madoz, y llega a sospechar que “acaso fue un pueblo imaginario” (Cascales 1930: 137).
              En realidad, pertenece al municipio de Guadix (Gallego Morell, 1958: 7) y se menciona
              una vez en el tomo IX de la obra de Madoz (1847: 43), pero su importancia siempre fue
              mínima. Los biógrafos de Cascales, que se encuentran con un gran vacío documental en
              lo que toca a su juventud, suponen que pudo estudiar en Granada, lo que explicaría que
              pensara en una aldea granadina para situar su cuentecillo (Alburquerque García 2010:
              229).</note>, un sacristán, si tosco por el lugar de su nacimiento, hombre de
              humor<note place="bottom"> Este sacristán, “hombre de humor” figura a Góngora en la
              aplicación satírica del cuento. El término “humor”, a partir de su significado técnico
              en medicina, tiene, en el uso corriente de los siglos XVI y XVII, el de humor
              destemplado, desequilibrio humoral; de ahí alegría o tristeza excesivas, desatino y
              locura: “Este flaco y descolorido es un notable humor, que según dicen de darse tan de
              veras al estudio de la filosofía perdió el seso” ; “… viendo que con tristeza callaba,
              preguntó al maestro el humor de aquel loco, a quien dijo que amor le había puesto en
              aquel estado”. Ambos ejemplos, encontrados en el CORDE, proceden de <hi rend="i">El
                peregrino en su patria</hi> de Lope de Vega, pero abundan otros similares. El
              término vale también en ciertos contextos buen humor, gracejo y donaire, acercándose
              al sentido actual. Cascales escoge, pues, una expresión que puede ser, aplicada a
              Góngora, percibida como condescendiente (hombre jovial, algo extravagante), o como
              denigrante (loco de atar).</note> por lúcidos intervalos, que a veces le
              fatigaban<note place="bottom"> El ensayo de Montaleone (2005: 66, 162-166) examina la
              frase cervantina que define la figura de Don Quijote: “un entreverado loco, lleno de
              lúcidos intervalos”. Muestra que los médicos llamaban “lúcidos intervalos” los
              momentos de cordura de quienes habían perdido la razón; por ello la expresión llegó a
              significar, por metonimia y antífrasis, la locura misma. Puede verse en varios
              ejemplos del CORDE, como este de Suárez de Figueroa. (<hi rend="i">El Pasajero</hi>),
              quien, como Cascales, no duda en tachar de locos a los escritores que no merecen su
              aprobación: “¿Qué tiene que ver escribir una comedia, por su recreación, con las
              demasías de los sujetos referidos? Esos no padecían intervalos lúcidos, sino se
              hallaban ya de manera que era imposible admitiese su desatinada locura saludable
              remedio.” Por eso escribe Cascales que el sacristán era “hombre de humor, por lúcidos
              intervalos (accesos de locura), que a veces le fatigaban (que padecía a
              veces)”.</note>. Este, señor Licenciado<note place="bottom"> El vocativo “señor
              Licenciado”, es la única señal que contiene la “carta” de Cascales, salvo en las
              últimas líneas, de que está dirigida a alguien, o sea, de ser una carta y no un mero
              discurso. Tribaldos de Toledo es aquí llamado licenciado y también en el cierre que
              sirve de somera despedida. Para esta casi completa omisión de exordio y de los
              acostumbrados rituales de cortesía, véase la introducción. Al llamarlo así, en todo
              caso, el autor de la carta se sitúa exactamente al mismo nivel que el destinatario,
              puesto que era conocido como licenciado Cascales. Así lo llama, por ejemplo, Luis
              Carrillo y Sotomayor en la carta en que habla de él (Carrillo 1990: 387).</note>,
            estando un día en el campanario de su iglesia para tocar a las Aves Marías –costumbre
            santa de nuestra España–, dio los primeros golpes con el compás ordinario; y, viendo
            desde la torre toda la gente, que estaba recogida en la plaza rezando, descubierta,
            detúvose en el postrero golpe un gran rato, y dijo a un compañero suyo:</p>
          <p>–¡Hola, mira cómo te los tengo! <note place="bottom"> La frase expresa la sensación
              delirante de poder que experimenta el sacristán por tener a los feligreses embobados
              esperando la última campanada que están acostumbrados a oír. Del mismo modo, supone,
              Góngora se hincha de vanidad como un loco, o se divierte como un bufón, viendo la
              perplejidad de los poetas que, al escuchar sus versos, están suspensos, esperando un
              sentido que no acaba de llegar. “Dar la campanada”, en español antiguo y moderno, es
              hacer algo que causa sensación, buena o mala. </note></p>
          <p>A fe de hombre de bien que me parece que el Archipoeta<note place="bottom"> Llamar a
              Góngora “el Archipoeta de Córdoba”, aunque ha sido interpretado como elogio tal vez
              irónico, es más bien insultante. Se conoce como el “Archipoeta” (en latín y alemán) a
              un escritor anónimo del siglo XII que sirvió a Reinaldo de Dassel, príncipe elector de
              Colonia y archicanciller del emperador Federico Barbarroja; se le considera hoy una de
              las cumbres literarias de ese círculo y de su siglo. Se han conservado diez poemas
              latinos suyos en varios manuscritos, y entre ellos la “Confesión” (<hi rend="i"
                >Confessio</hi>) incluida en los <hi rend="i">Carmina Burana</hi> (Godman 2014),
              donde el poeta se adjudica el papel de un estudiante vagabundo y pedigüeño, jugador y
              mujeriego, ingenioso y cínico, resuelto a vivir y morir en la taberna. En la tradición
              medieval y humanista el nombre “Archipoeta” quedó asociado a un tipo de poeta truhán y
              apicarado, ya definieran estos rasgos su verdadera personalidad, ya fueran atributos
              de una máscara cómica que endosaba en sus versos, no tan distinta de ese <hi rend="i"
                >ethos</hi> del poeta burlesco barroco que ha estudiado Samuel Fasquel (2011:
              88-105). En efecto, se designó también con este apodo a otro literato, hoy menos
              célebre, de características similares: Camillo Querno, autor de un poema épico
              titulado <hi rend="i">De bello neapolitano</hi>, que estuvo al servicio de León X como
              improvisador, juglar o bufón y fue coronado de laurel en una ceremonia burlesca
              (D’Alessandro 2004). Sobre este Archipoeta de la corte romana renacentista, que
              Cascales conoció con mucha más probabilidad que a su homónimo de la Colonia medieval,
              corrieron epigramas que lo motejaban de borracho, transmitidos por Paolo Giovio, en su
              breve semblanza de Querno (Giovio 1577: 99). Es significativo el uso del apodo por
              Lope de Vega, en un pasaje en que se queja del mundo y de sus enemigos con gracia algo
              amarga pero sin abandonar sus ínfulas fantasiosas de nobleza: “No sólo mis comedias
              son salchichas / embutidas de carnes diferentes, / ya impresas en papel, ya en teatros
              dichas, / pero veréisme entre diversas gentes/ ya por archipoeta, coronado/ con hojas
              de laurel resplandecientes, / ya de otros con espinos laureado. / Pobre nací: bien
              hayan mis mayores; / diecinueve castillos me han honrado” (“Epístola al contador
              Gaspar de Barrionuevo”, 229-237, en Vega Carpio 1994: II, 209).</note> de Córdoba –<hi
              rend="i">quem honoris gratia nomino</hi><note place="bottom"> “a quien nombro por
              honrarle”. La locución latina, que Cascales pudo tomar de Cicerón (<hi rend="i">Pro
                Roscio</hi>, II y X y <hi rend="i">Phil.</hi> II, 12, 30) agrava el matiz sarcástico
              de la perífrasis “el Archipoeta de Córdoba” (Moreau 2006). Obsérvese que en la
              correspondencia que publicamos, el nombre del poeta objeto de pugna aparece por
              primera vez en la carta de Villar, su admirador y defensor, bajo la forma “don Luis”;
              en cambio, su detractor Cascales no menciona en su primera carta el apellido
              “Góngora”, ni tampoco el nombre de pila, “Luis”. Sí lo hace en la segunda carta, de
              tono más cortés, usando una vez el nombre completo: “don Luis de Góngora”. Y es que
              nombrar es una forma de honrar (<hi rend="i">honoris gratia appellare</hi> o <hi
                rend="i">nominare</hi>), es hacer honorífica mención, o simplemente mención; a la
              inversa, puede ser infamante en el vituperio, transformando la crítica o la rechifla
              en agravio. Elidiendo el nombre se disimula y se suaviza la maledicencia, a la vez que
              la responsabilidad del agresor se difumina tras lo unánime de una fama, que permite
              reconocer al autor de algún hecho escandaloso u obra reprobable aunque no se le llame
              por su nombre. Sea como sea, ni Cascales, ni Jáuregui, ni Lope de Vega nombran a
              Góngora en sus respectivos libelos que apuntan a él sin la menor ambigüedad. Quevedo,
              con su violencia acostumbrada, es la excepción, cuando usa el nombre deformándolo:
              “Gongorilla”, “jerigóngora”. Parece extraño que diga Cascales que nombra al poeta
              cuando no lo hace, e incluso podría pensarse en una errata por “<hi rend="i">quem
                honoris gratia non nomino</hi>”, ‘a quien no nombro por salvaguardar su honor (o su
              reputación)’, expresión latina también bastante común. Nos inclinamos sin embargo a
              pensar que hay que conservar la forma afirmativa y entender la frase como un sarcasmo:
              al bautizarlo “el Archipoeta de Córdoba”, lo nombro como le corresponde y es hacerle
              mucho honor.</note>– ha querido representar estos días al sacristán de Paulenca,
            teniendo con buen capricho a los más poetas de España descaperuzados<note place="bottom"
              > DESCAPERUZADO: con la cabeza descubierta, habiéndose quitado la caperuza, en signo
              de respeto, como están los rústicos de Paulenca esperando a que termine la llamada a
              la oración.</note>, aguardando que dé la tercera campanada<note place="bottom">
              CAMPANADA: “metafóricamente vale el ruido que causa en algún pueblo o provincia la
              acción extraña, escandalosa, o ridícula de alguno; o la admiración que causa alguna
              cosa peregrina. Úsase regularmente junto con el verbo <hi rend="i">dar</hi>; y, así,
              se dice, <hi rend="i">Dio campanada</hi> tal novedad, caso, o acción” (<hi rend="i"
                >Aut</hi>.). Posiblemente con <hi rend="i">campanadas</hi> Cascales sobrentiende las
                <hi rend="i">Soledades</hi> y el <hi rend="i">Polifemo</hi>. De ahí que se espere la
              “tercera”, un tercer poema monstruoso no especificado. No creemos que se trate
              precisamente de una tercera <hi rend="i">Soledad</hi>, puesto que lo único que
              Cascales maneja es el <hi rend="i">Polifemo</hi>, al que se refiera casi en exclusiva.
              Nada indica que esté al tanto del proyecto de cuatro <hi rend="i">Soledades</hi> al
              que se refieren algunos amigos de Góngora. Además, creemos que su descripción del
              sentimiento de asombro y expectativa de los poetas de España está determinada por su
              experiencia de Madrid en 1614, cuando todavía circulaba solo la <hi rend="i">Soledad
                primera</hi>.</note>.</p>
          <p>No digo yo que este humor es natural en él, sino que ha sido eutrapelia y rato de
              entretenimiento<note place="bottom"> EUTRAPELIA: “virtud que modera el exceso y
              desenvoltura en las chanzas y juegos festivos, y hace que sean gustosos
              entretenimientos y no perjudiciales. [...] Es voz griega <hi rend="i">eutrapelia</hi>
              [...], que es la virtud de un honesto entretenimiento” (<hi rend="i">Aut</hi>.).
            </note>, arrojando la capa capitular<anchor xml:id="_Ref410988975"/><note place="bottom"
              > CAPA CAPITULAR (O DE CORO): “el manto capitular que visten las dignidades, canónigos
              y prebendados de las iglesias catedrales y colegiatas durante el invierno” (<hi
                rend="i">Aut</hi>.). En este contexto <hi rend="i">arrojar la capa</hi> significa
              tomarse libertades impropias de la gravedad eclesiástica, siendo la expresión <hi
                rend="i">ameno prado</hi>, como los prados y verduras en general, alusiva a placeres
              livianos y hasta bestiales. Véase Gracián (1993: 66): “Encarrilaban muchos por un
              paseo muy ameno y delicioso: íbanse de prado en prado, muy entretenidos y placenteros,
              saltando y bailando, cuando a lo mejor caían rendidos, sudando y gritando, sin poder
              dar un paso, haciendo malísimas caras, por haberlas hecho buenas”. La indignidad de
              los poemas de Góngora en un eclesiástico es uno de los argumentos de las sátiras de
              Quevedo, de la censura del padre Horio y de la calificación del padre Pineda ante la
              Inquisición (Alonso, 1982b).</note> por el ameno prado, para desenfadarse del continuo
              coro<note place="bottom"> Cascales recuerda con mala intención que, como racionero,
              Góngora tenía obligación de asistir al coro de la catedral en todas las horas
              canónicas: rutina enfadosa, en efecto, de la que trató de zafarse cuando pudo, como
              comenta Robert Jammes en su indispensable <hi rend="i">Études sur l’oeuvre poétique de
                don Luis de Góngora y Argote</hi> (Jammes 1967: 32).</note>, gustando de dar
              papilla<note place="bottom"> PAPILLA: “metafóricamente vale cautela, o astucia
              halagüeña para engañar a otro, úsase solo en la frase de <hi rend="i">dar
              papilla</hi>” (<hi rend="i">Aut</hi>.). </note> a los demás poetas con esta nueva
            secta de poesía ciega<note place="bottom"> Con “poesía ciega”, se alude, mediante
              hipálage, a la oscuridad reprochada a Góngora y a sus imitadores, por la que los
              lectores andan como ciegos; también puede tener un segundo sentido, el de ceguera como
              error y pecado. Esta poesía tenebrosa procede de un juicio nublado por los pecados de
              ignorancia y soberbia. Por último, puede reflejar el sesgo negativo que tenían las
              coplas de ciego, por su truculencia y carácter popular.</note>, enigmática y confusa,
            engendrada en mal punto y nacida en cuarta luna<note place="bottom"> Indica García
              Soriano que se trata de la “cuarta fase lunar o novilunio, que es cuando la Luna, por
              hallarse en conjunción con el Sol, presenta a la tierra su hemisferio oscuro o en
              sombra” (Cascales 1930: 141). Cf. Hurtado Torres (1984: 42-44). Las obras de Góngora
              nacieron, pues, en las tinieblas de una noche sin luna. La formulación “engendrada en
              mal punto y nacida en cuarta luna”, desde su exageración jocosa, sugiere algo nefasto,
              de mal agüero.</note>. Porque ¿quién puede presumir de un ingenio tan divino que ha
            ilustrado la poesía española a satisfacción de todo el mundo, ha engendrado tan
            peregrinos conceptos<note place="bottom">
              <hi rend="i">peregrinos conceptos</hi>: conceptos o sea, pensamientos nuevos y sutiles
              expresados en una fórmula ajustada y brillante. Para la estética compartida por los
              españoles y muchos europeos de entonces, la capacidad de crear conceptos es la máxima
              virtud de un poeta y de cualquier escritor. Los de Góngora, antes de que se diera a su
              aberrante poesía ciega, eran peregrinos, o sea sorprendentes y maravillosos.</note>,
            ha enriquecido la lengua castellana con frases de oro felizmente inventadas y felizmente
            recibidas con general aplauso, ha escrito con elegancia y lisura<note place="bottom">
              LISURA: “La igualdad y lustre de la superficie de alguna cosa. Latín. <hi rend="i"
                >Laevitas.</hi> Metafóricamente significa sinceridad, ingenuidad y llaneza. Latín.
                <hi rend="i">Simplicitas. Ingenuitas</hi>” (<hi rend="i">Aut</hi>.). </note>, con
            artificio y gala, con novedad de pensamientos y con estudio sumo lo que ni la lengua
            puede encarecer ni el entendimiento acabar de admirar, atónito y pasmado<note
              place="bottom"> Es difícil creer en la sinceridad en estas ponderaciones de la
              excelencia de Góngora antes de que se perdiera con sus desastrosas novedades. Como
              maniobras retóricas para fingir imparcialidad, confirman la malicia que rebosa todo el
              escrito. Así lo ve y lo expresa agudamente Martín de Angulo y Pulgar: “Junta vuestra
              merced tan de ordinario el vituperio con la alabanza de las obras de don Luis, que
              parece que con ésta solicita para aquel mayor aplauso o que no se quiere mostrar parte
              en lo uno ni en lo otro […]. No causaran novedad esta admiración y esta duda que
              parece se contradicen, si fuera vuestra merced de los que censuran las obras ajenas a
              fin de calumniar no más, porque estos, en derramando el veneno de su intención,
              procuran con sumiso estilo recogerle por lo negativo y piadoso, aunque saben que,
              después de incitados los ánimos, que o mal recatados del engaño o poco sabidos en las
              materias, se dan a la fácil creencia: <quote><hi rend="i">Nequit uox missa
                  reuerti</hi></quote>.” (Angulo y Pulgar, <hi rend="i">Cartas satisfactorias</hi>,
              ed. Juan Manuel Daza, 2018).</note>, que había de salir ahora con ambagiosos<note
              place="bottom"> AMBAGIOSO: “Lleno de ambigüedades, sutilezas, equívocos” (<hi rend="i"
                >Aut.</hi>). Cascales le da a esta voz un significado etimológico latino: que camina
              por rodeos, retorcido, inútilmente complicado.</note> hipérbatos, y con estilo tan
            fuera de todo estilo, y con una lengua tan llena de confusión que parecen todas las de
            Babel juntas, dadas para cegar el entendimiento y castigar los pecados de Nembrot?<note
              place="bottom"> “Se acusa a Góngora de confuso y oscuro, insinuando que <hi rend="i"
                >no ha participado de la gracia de la Pentecostés</hi> (el descenso del Espíritu
              Santo para allanar la diversidad de las lenguas y facilitar la obra apostólica), antes
              al contrario <hi rend="i">le alcanzó algún ramalazo de la desdicha de Babel</hi>”,
              Carreira (1998: 250). El poeta merece ser castigado por su soberbia, como lo fue
              Nembrot (<hi rend="i">Gen</hi>. 10, 8-12), según una tradición antigua de comentario
              bíblico que atribuye a este personaje, mítico fundador del imperio babilónico, el
              intento de erigir una torre que se levantara hasta los cielos: proyecto sacrílego
              castigado con la confusión de lenguas. La ocurrencia de atribuir las <hi rend="i"
                >Soledades</hi> “a algún ramalazo de la desdicha de Babel”, que aparece en la
              temprana y anónima <hi rend="i">Carta que escribieron a don Luis de Góngora en razón
                de las “Soledades”, sin firma</hi>, citada aquí por Carreira, se convierte en tópico
              para cuantos impugnan a Góngora y a los cultos. Véase Suárez de Figueroa en <hi
                rend="i">El Pasajero</hi> (1617): “Sin duda se levanta en España nueva torre de
              Babel, pues comienza a reinar tanto la confusión entre los arquitectos y peones de la
              pluma” (ed. Jonathan Bradbury, 2016). </note></p>
          <p>¿Es posible, poetas, que no habéis conocido que esto ha sido hecho o para prueba de su
            ingenio, como inventó <name type="authority">Ausonio</name> los versos monosílabos<note
              place="bottom"> Ausonio (<hi rend="i">Decimus Magnus Ausonius</hi>) poeta, alto
              funcionario y pedagogo, nacido en la Galia (c. 309 d.C.-c. 394 d. C.), tuvo afición
              por los juegos de ingenio y por los ejercicios de estilo que imponen reglas difíciles
              y de aspecto arbitrario; verbigracia, es autor de un idilio donde los versos empiezan
              y acaban con monosílabos (es lo que llama Cascales, al parecer, versos monosilábicos).
              Hay quien lo acusa de frivolidad por ello, de lo cual lo exculpa nuestro erudito
              afirmando que hizo estos versos “para prueba de su ingenio”, y no porque pensara que
              se había que escribir así. Lo mismo debió de pasarle a Góngora y tomarlo en serio es
              malentenderlo y poner en duda su cordura.</note> y se inventaron antes los
              ropálicos<note place="bottom"> ROPÁLICO: “llamaron los antiguos el verso que empezaba
              con una voz monosílaba, e iban aumentándose las siguientes cada vez más. Lat. <hi
                rend="i">Rhopalicus</hi>, grieg. ρόπαλον, clava, maza” (<hi rend="i">Aut</hi>.).
            </note> y los leoninos<note place="bottom"> LEONINO: “cierta especie de verso latino
              hexámetro o pentámetro, cuyas sílabas últimas o pie, corresponden igualmente en el
              sonido, número y pronunciación, con las que están en el medio, de suerte que hacen un
              género de consonancia y correspondencia harmónica” (<hi rend="i">Aut</hi>.). </note>,
            no porque ellos sean buenos, sino para probar las fuerzas y caudal proprio, o para
            reírse de vosotros<note place="bottom"> La fingida sospecha de que estos versos deben de
              ser una broma de Góngora para reírse de los ingenuos es maniobra retórica que tienen
              en común la carta de Cascales y la carta anónima que se atribuye a Lope de Vega o a
              alguien de su círculo. El autor de dicha carta aconseja con sorna a su “amigo” don
              Luis que vaya recogiendo “estos papeles”, entre otras cosas “por corregir el vicio que
              introduciría entre muchachos, que procurarán imitar el lenguaje de estos versos,
              entendiendo que vuesa merced habla de veras en ellos” (Carreira 1998: 251). Lo que
              confirma que Lope es personaje crucial para la operación polémica del gramático
              murciano.</note>? Pues ¿quiere a fuerza de ingenio, con estas ilusiones, haceros
            recibir por bueno lo que él conoce ser malo, vicioso y detestable? Y si acaso –lo que no
            pienso– habla de veras, y le parece que esta nueva secta de lenguaje poético debe ser
            admitida, confesaré de plano<note place="bottom"> CONFESAR DE PLANO: “frase con que se
              da a entender que uno declaró o confesó alguna cosa, lisa y llanamente, sin ocultar
              nada, y sin ser necesario usar de apremio ni amenaza para que lo dijese y declarase”
                (<hi rend="i">Aut</hi>.). </note> que, o yo he menester purgarme con las tres
            Antíciras de <name type="authority">Horacio</name><anchor xml:id="_Ref410988509"/><note
              place="bottom"> Como señala García Soriano (Cascales 1930: 143) “Antícira fue una
              ciudad de la Fócide, famosa por el eléboro que en sus proximidades se criaba. Los
              antiguos creyeron que la raíz de esta planta, usada como purgante, tenía la virtud de
              sanar la locura”. Las “tres Antíciras” aparecen en Horacio, <hi rend="i">Arte
                poética</hi>, 380: “<hi rend="i">tribus Anticyris caput insanabile</hi>”, ‘una
              cabeza que no curará todo el eléboro de las tres Anticiras”. Horacio se burla en este
              pasaje del desaliño de que hacen gala los poetas, como si quisieran probar así su
              divina locura. Cf. Roses Lozano (2007b: 157-184). </note>, o él va totalmente fuera de
              trastes<note place="bottom"> FUERA DE TRASTES: descaminado, fuera de todo buen orden.
              Lo que viene a decir Cascales es que, a menos que él mismo haya perdido la cabeza y
              necesite purgarse con eléboro, es Góngora quien desvaría. Evidentemente, la primera
              hipótesis es puramente retórica.</note>.</p>
          <p>Entrando, pues, en este crético laberinto<note place="bottom">
              <hi rend="i">crético laberinto</hi>: laberinto de Creta, el construido por Dédalo para
              encarcelar al Minotauro. La idea de las <hi rend="i">Soledades</hi> como laberinto se
              documenta en el <hi rend="i">Antídoto</hi>. Según Jáuregui (2002: 69): “…síguese otro
              laberinto, donde no hay oración que se pueda entender lo de atrás adelante y lo de
              arriba abajo”. Cf. Bonilla Cerezo y Tanganelli (2013: 136). </note>, pregunto si la
            oscuridad es virtud o vicio. Cualquiera responderá, con <name type="authority"
              >Tulio</name> y con <name type="authority">Quintiliano</name><note place="bottom">
              Marco Tulio Cicerón, junto con Marco Fabio Quintiliano, a quien cita a continuación,
              es la máxima autoridad en materia de elocuencia a ojos de Cascales, como para la
              mayoría de los hombres de letras hasta el siglo XIX.</note> y con los demás maestros
            de la elocuencia, absolutamente, que es vicio: <quote><hi rend="i">Brevis esse laboro,
                oscurus fio</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Arte poética</hi>, 25-26 (Horacio 2002: 183-184): “Me esfuerzo por ser
              conciso, me hago oscuro”. Este verso de Horacio y los que le preceden son citados con
              frecuencia en las especulaciones literarias del Renacimiento, y en nuestra polémica.
              Punto de partida de la parte “teórica” de esta carta de Cascales, lo son también del
                <hi rend="i">Discurso poético</hi> de Jáuregui.</note>, ‘procurando ser breve, peco
            de oscuro’<note place="bottom"> Indicamos entre comillas simples las traducciones
              castellanas que Cascales suele dar de los textos latinos, antes o después de citar el
              original. </note>. La brevedad es virtud; digo, la oración concisa y casta, que no
            tiene más ni menos de lo que ha menester; porque, si tiene más, es ambiciosa, si menos,
            es oscura, y, por consecuencia, viciosa<note place="bottom"> Véase a propósito Roses
              Lozano (1994: 141-151).</note>.</p>
          <p>¿Quién nos sabrá decir la causa de los que afectan la oscuridad? A la mano tenemos a
              <name type="authority">Marco Fabio</name>, en el lib. VIII de sus <title>Instituciones
              oratorias</title>, capítulo 2: <quote><hi xml:lang="fr" rend="i">Hinc enim aliqui
                famam eruditionis affectant, ut quaedam soli scire videantur</hi></quote><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, VIII, 2, 12. Empieza aquí una serie de citas de
              Quintiliano, uno de los autores favoritos de Cascales. Jorge Fernández López y Millán
              Lozano Ribera (2007) intentaron determinar qué texto de Quintiliano pudo utilizar. La
              comparación de los pasajes que discrepan de las ediciones modernas les lleva a
              concluir que el murciano sigue “lo que podríamos denominar vulgata renacentista de la
                <hi rend="i">Institutio</hi>”, sin que sea posible precisar más.</note>. Había
            tratado de la oscuridad, y dice luego: ‘Con esta algunos pretenden la fama de erudición,
            para que se entienda que ellos solos saben’. Y este no es nuevo vicio; pues escribe
              <name type="authority">Tito Livio</name> que hubo un maestro que mandaba a sus
            discípulos hablasen oscuro; y así, cuando alguno venía con oración muy intrincada<anchor
              xml:id="_Ref411268133"/><note place="bottom"> El texto de la prínceps, y la edición de
              García Soriano, dan la forma más arcaica: “intricada”, atestiguada desde finales de la
              Edad Media junto con el verbo “intricar” de que es participio, calco del latín <hi
                rend="i">intricare</hi>. A partir del siglo XVIII, se afirmarán paralelamente las
              formas “intrincada” y el verbo “intrincar” que coexisten con las voces precedentes. El
              lema se repite varias veces en las cartas, siempre en su forma arcaica, y lo
              modernizamos en lo sucesivo sin señalarlo.</note>, ‘esta sí (decía) es mucho mejor;
            que yo no la entiendo’: <quote><hi rend="i">Tanto melior, ne ego quidem,
              intellexi</hi></quote><note place="bottom"><title>Institutio oratoria</title>, VIII,
              2, 18. La cita pertenece a ese capítulo segundo del libro VIII titulado “<hi rend="i"
                >De perspicuitate</hi>”, incansablemente alegado por los autores de nuestra
              polémica.</note>. De esto se ríe bravamente <name type="authority">Quintiliano</name>;
            pero ¿quién no? Y él mismo dice lo que siente acerca de esto: <quote><hi rend="i">At ego
                otiosum sermonem dixerim, quem auditor suo ingenio non intelligit</hi></quote><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, VIII, 2, 19 .</note><hi rend="i">.
            ‘</hi>Ocioso, vano y sin fruto es el lenguaje que el oyente ingenioso no entiende’<note
              place="bottom"> Cascales no se dirige en esta carta a lectores eruditos, y por ello da
              siempre la traducción castellana de sus citas latinas breves, aunque no sean
              difíciles. En cambio, no traduce las citas largas en verso, tal vez porque considera
              que sería un empeño excesivo, o porque son ornamentales o ilustrativas. Su traducción,
              por lo demás, no es siempre muy fiel. Por ejemplo, en este caso la frase latina quiere
              decir: ‘Yo considero superfluo un discurso que el oyente no entiende por sí mismo’, o
              sea, que necesita explicación o comentario ajenos. El gramático tuerce la frase para
              adaptarla a sus fines: el discurso no es solo superfluo, sino “vano y sin fruto”; no
              es el discurso sino el lenguaje lo que resulta ininteligible; la dificultad no solo
              impide que entienda la generalidad de los oyentes, sino incluso el “oyente ingenioso”.
              Con estos reajustes, la frase apunta de modo inequívoco hacia la oscuridad viciosa en
              la que incurre, según él, Góngora.</note>. Y luego dice: <quote><hi rend="i">Quidam,
                emutatis in perversum dictis, de figuris idem vitium consequuntur; pessima vero,
                quae verbis operta, occulto sensu sunt</hi></quote><note place="bottom">
              <title>Institutio oratoria</title>, VIII, II, 19-20: Cascales cita la frase de
              Quintiliano suprimiendo una palabra griega, tal vez porque él mismo no la entendía, o
              porque su discurso es y quiere ser popular y accesible. Cf. Fernández López y Lozano
              Ribera (2007:167) y Azaustre (1997: 60-66). Véase Quintiliano (1997-2001: III, 173):
                “<hi rend="i">pessima vero sunt αδιανοήτα, hoc est, quae verbis aperta, occulto
                sensu sunt</hi>”. </note>. ‘Algunos (dice), depravando los conceptos con figuras,
            incurren en el mismo vicio; y lo peor de todo es que palabras muy claras producen
            sentido muy oculto’. ¿Hay más que decir para nuestro propósito? No por cierto<note
              place="bottom"> Cf. Fernández López y Lozano Rivera (2007: 157): “Es evidente la
              autoridad que Cascales concede a Quintiliano en su argumentación, puesta de manifiesto
              por ese final difícilmente más lapidario en el que suscribe las ideas del autor de la
                <hi rend="i">Institutio</hi> sobre la inteligibilidad como valor supremo del
              discurso retórico —que implica necesariamente la comunicación eficaz como fin
              primordial— y las aplica, realizando un tránsito no explícito, a la poesía de
              Góngora”.</note>.</p>
          <p>¿Qué otra cosa nos dan el <title>Polifemo</title> y <title>Soledades</title> y otros
            poemas semejantes, sino palabras trastornadas con catacresis<note place="bottom"> Hoy
              llamamos “catacresis” una creación metafórica que explicaría hipotéticamente ciertos
              usos léxicos; ya entre los grandes rétores latinos se había impuesto el uso del
              término “catacresis” para designar una antigua metáfora que colma una carencia del
              idioma y se incorpora al vocabulario común. Así, Cicerón habla de estos tropos
              justificados por la necesidad (<hi rend="i">modus transferendi verbi quem necessitas
                genuit</hi>) en <hi rend="i">De oratore</hi> III, 37. Se echa mano “abusivamente”, o
              sea, impropiamente, de un nombre a falta de otra cosa mejor: así, para decir la parte
              cortante de una arma blanca, el castellano abusará de la voz “hoja” que propiamente
              designa una parte de las plantas: de ahí que catacresis y <hi rend="i">abusio</hi>
              sean sinónimos. Es delito disculpable, porque la necesidad no conoce ley. Sin embargo,
              el sentido que parece darle Cascales a la palabra es inequívocamente negativo:
              suponemos, pues, que entiende por “catacresis” una metáfora basada en una semejanza
              remota que en el mejor de los casos hace reír por su misma rareza. Así define el
              término Bartolomé Jiménez Patón, con quien tuvo amistad Cascales. Véase Jiménez Patón
              1993: 312: “En este tropo, o modo particular, están todas las locuciones que decimos
              apodos, de los cuales podrá ver ejemplos bastantes en la <hi rend="i">Floresta
                española</hi>, y en los que se refieren dichos por truhanes, bufones. Como es
              aquello que, viendo un cardenal pequeñito y gordito, dijo el truhán: no es cardenal
              sino <hi rend="i">borujón</hi>; y al viejo vestido de verde, con sus canas blancas, el
              truhán le llamó <hi rend="i">puerro</hi> […]; y finalmente otros muchos en que no
              corra muy acomodadamente el símil es catacresis, que (como he advertido) no es otra
              cosa sino metáfora dura, o bastarda, que por eso los latinos la llamaron ‘abusión’.
              Hácese también cuando ponemos un epíteto por otro con no mucha similitud, aunque con
              alguna apariencia cercana…. Y don Luis de Góngora en sus <hi rend="i">Soledades</hi>,
              para decir que un cabrón era de poco tiempo dijo: <hi rend="i">breve de barba y duro
                no de cuerno</hi>”. La catacresis es, pues, para este grupo de gramáticos españoles,
              viciosa por definición, o a lo sumo recurso para provocar a risa propio de bufones y
              truhanes. </note> y metáforas licenciosas, que cuando fueran tropos muy legítimos, por
            ser tan continuos y seguidos unos tras otros, habían de engendrar oscuridad,
            intrincamiento y embarazo? Y el mal es que de sola la colocación de palabras y abusión
            de figuras nace y procede el caos de esta poesía. Que si yo no la entendiera por los
            secretos de naturaleza, por las fábulas, por las historias, por las propiedades de
            plantas, animales y piedras, por los usos y ritos de varias naciones que toca, cruzara
            las manos y me diera por rendido, y confesara que aquella oscuridad nacía de mi
            ignorancia, y no de culpa suya, habiéndolo dicho dilúcida y claramente como debe<note
              place="bottom"> Como don Luis Carrillo y Sotomayor en su <hi rend="i">Libro de la
                erudición poética</hi> (véase Carrillo 1990: 321-381), Cascales admite que la poesía
              puede y debe ser algo exquisito e inaccesible al vulgo. Mucho antes de escribir estas
              líneas contra Góngora, había correspondido con el joven militar, como se entrevé en
              una carta de Carrillo, recogida en sus <hi rend="i">Obras</hi> (1611), carta analizada
              por García Soriano en 1927 (Carrillo 1990: 387-392). Sin embargo, al igual que
              Jáuregui y que la mayoría de los antigongorinos, Cascales distingue entre dificultad
              (u oscuridad) legítima e ilegítima (una distinción que llamó la atención de Menéndez
              Pidal 1945 y de Lázaro Carreter 1956). Para que la dificultad sea de buena ley, debe
              derivarse de la erudición del poeta y ser causada “por los secretos de naturaleza, por
              las fábulas, por las historias, por las propiedades de plantas, animales y piedras,
              por los usos y ritos de varias naciones que toca”. La oscuridad de Góngora, según
              afirman sus adversarios, no puede acogerse a esa categoría de la dificultad estimable,
              puesto que procede solo de su manejo del lenguaje. Descifrar sus textos requiere un
              esfuerzo de la mente pero no un gran caudal de conocimientos; no da por fruto, pues,
              una enseñanza, puesto que no exige que se compulsen autores y textos. </note>. Oigamos
            a <name type="authority">Horacio</name> lo que siente sobre esto, que es su voto de los
            mejores:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="de" rend="i">Vir bonus et prudens versus reprehendet
              inertis</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">culpabit duros; incomptis allinet atrum</hi></l>
            <l><hi rend="i">transverso calamo signum, ambitiosa recidet</hi></l>
            <l><hi rend="i">ornamenta, parum claris lucem dare coget</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">arguet ambigue dictum, etc</hi><note place="bottom">
                <name type="authority">Horacio</name>, <title>Arte poética</title>, 445-449 (Horacio
                2002: 228): “El hombre cabal y prudente criticará los versos sin arte, / reprobará
                los duros, añadirá, con un trazo transversal, / el negro signo ante los toscos,
                suprimirá los adornos / pretenciosos, te obligará a iluminar lo poco claro, /
                denunciará lo ambiguo”.</note>.</l></quote>
          <p>Oigamos también a <name type="authority">Marcial</name>, libro X, epigrama 21:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="fr" rend="i">Scribere te quae vix intellegat ipse
              Modestus</hi>,</l>
            <l><hi xml:lang="fr" rend="i">et vix Claranus, quid rogo, Sexte iuvat</hi>?</l>
            <l><hi xml:lang="fr" rend="i">Non lectore tuis opus est, sed Apolline, libris</hi>:</l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">iudice te maior Cinna Marone fuit.</hi></l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">Sic tu laudentur: sane mea carmina, Sexte</hi>,</l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">grammaticis placeant, et sine grammaticis</hi><note
                place="bottom">
                <name type="authority">Marcial</name>, <title>Epigramas</title>, X, 21, 1-6 (Marcial
                2005: II, 91): “¿Por qué te gusta, dime, Sexto, escribir cosas que apenas /
                entendería el mismísimo Modesto y apenas Clarano? / Tus libros no necesitan un
                lector, sino un Apolo: / según tu criterio Cina fue superior a Marón. / En tal caso,
                que se alaben en verdad tus poemas: que los míos, Sexto, / agraden a los
                comentaristas, aunque no necesitan comentaristas”. Este texto es lugar común entre
                los polemistas: lo alegan el <hi rend="i">Discurso poético</hi> de Jáuregui, el <hi
                  rend="i">Prólogo a las obras de Fray Luis de León</hi>, de Quevedo, la Sección V
                de la <hi rend="i">Nueva idea de la tragedia antigua</hi>, de González de Salas y en
                  <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> de Angulo y Pulgar.</note>.</l></quote>
          <p><quote><hi rend="i">Quid enim prodest</hi></quote> (dice <name type="authority">San
              Augustín</name>, libro IV, <title>De doctrina christiana</title>) <quote><hi rend="i"
                >loquutionis integritas, quam non sequitur intellectus audientis</hi>?</quote><note
              place="bottom">
              <title>De doctrina christiana</title>, IV, X, 24: En la edición moderna que manejamos
              se lee <hi rend="i">audientium</hi> en vez de<hi rend="i"> audientis</hi>. Cita
              también la frase, bastante deformada, Jáuregui en el <hi rend="i">Discurso
                poético</hi>. </note>: ‘¿Qué importa el peregrino pensamiento, dicho con
            perfectísima gala, si no le alcanza el oyente?’. Que hable el poeta como docto,
            consiéntolo y apruébolo; y es bien que, ya por la divinidad de la poesía, ya porque los
            poetas son maestros de la filosofía y censores de la vida humana, hablen en sublime
            estilo y toquen cosas arcanas y secretas<note place="bottom"> Esta concesión y estas
              consideraciones acerca del estilo sublime y arcano que conviene al docto poeta pueden
              deber algo, como hemos señalado en nota anterior, al <hi rend="i">Libro de la
                erudición poética</hi> de don Luis Carrillo (Carrillo 1990: 330), que Cascales debió
              de comentar con su autor, cuando este vivía y antes de la impresión póstuma.
            </note>.</p>
          <quote><l><hi rend="i">Lectorem delectando, pariterque monendo</hi><note place="bottom">
                <name type="authority">Horacio</name>, <title>Arte Poética</title>, 344 (Horacio
                2002: 218): “deleitando y enseñando al lector al mismo tiempo”.</note>.</l></quote>
          <p><name type="authority">Virgilio</name>, <name type="authority">Horacio</name>, <name
              type="authority">Catulo</name>, <name type="authority">Propercio</name>, <name
              type="authority">Tibulo</name>, <name type="authority">Ovidio</name>, <name
              type="authority">Ausonio</name>, <name type="authority">Nemesiano</name><note
              place="bottom"> Nemesiano es un poeta latino que floreció en la época del emperador
              Caro (segunda mitad del siglo III) y del que se conocen cuatro églogas, unidas en un
              solo <hi rend="i">corpus</hi> con las de Calpurnio<name type="authority"
              > </name>Sículo, que imitan fielmente la poesía bucólica de Virgilio. Contamos también
              con un fragmento de 325 hexámetros de su <hi rend="i">Cinegético</hi>, poema
              didascálico sobre la caza.</note>, <name type="authority">Fracastoro</name><note
              place="bottom"> Girolamo Fracastoro (Verona 1476/8- Incaffi 1553), humanista, médico y
              filósofo, fue considerado por sus contemporáneos uno de los máximos poetas en lengua
              latina. En su famoso<hi rend="i"> Syphilis sive De morbo gallico</hi>, publicado en
              Verona en 1530 y dedicado a Pietro Bembo, poema épico-didascálico en hexámetros sobre
              el origen, la naturaleza y el cuidado del “mal francés”, los conocimientos médicos y
              científicos están elegantemente reformulados en clave poética. Véase Ponce 2007:
              115-142. </note>, <name type="authority">Pontano</name><note place="bottom"> Como
              representantes de la poesía neo-latina, Cascales cita a dos intelectuales a la vez que
              poetas y de inmensa cultura, Fracastoro y Pontano. Este último, Giovanni Gioviano
              Pontano (<ref target="http://www.treccani.it/enciclopedia/cerreto-di-spoleto/">Cerreto
                di Spoleto</ref> 1429 – Nápoles 1503), brillante humanista y excelente poeta
              neolatino, fue una de las glorias de la corte aragonesa de Nápoles. </note>, y otros
            mil que entre los latinos reverenciamos<note place="bottom"> La enumeración parece
              abarcar todo el canon poético de Cascales en el orbe de los que llama los latinos. Es
              sorprendente que añada enseguida un segundo canon, el de “nuestros españoles” que solo
              incluye poetas de la antigua Roma, nacidos en España (o que él supone tales, como
              Claudiano). La poesía digna de reverencia es, pues, para él, enteramente latina, con
              una importante provincia “española”, puesto que Ausonio, nacido en la Galia, o incluso
              Fracastoro y Pontano, italianos modernos, no se diferencian para él, desde el punto de
              vista de la nación, de Virgilio y Horacio. En cambio sí forman grupo aparte los
              nativos de Hispania.</note>, juntamente con nuestros españoles <name type="authority"
              >Lucano</name>, <name type="authority">Marcial</name>, <name type="authority"
              >Séneca</name>, y <name type="authority">Claudiano</name><note place="bottom">
              <name type="authority">Claudiano</name> (<hi rend="i">Claudius Claudianus</hi>), vivió
              en Roma desde 395 hasta 404 (tal vez la fecha de su muerte) y sirvió en la corte
              imperial, protegido por el poderoso yerno de Teodosio, Estilicón. Fue poeta sumamente
              apreciado en el Renacimiento: los autores más cultos de los siglos XVI y XVII se
              inspiraron en su fábula inacabada, <hi rend="i">De raptu Proserpinae</hi>, en sus
              panegíricos y en sus poemas breves conocidos como <hi rend="i">Carmina minora</hi>.
              Acerca de la influencia de Claudiano en la España del Siglo de Oro y particularmente
              en Góngora, véase Castaldo 2014, Blanco 2011, Ponce Cárdenas 2011ª y 2011<hi
                rend="sup">b</hi>. Era y es la opinión más común que fue oriundo de Alejandría pero
              en la España del XVII se daba crédito a la leyenda de que procedía de la Hispania
              romana. Esta naturalización de Claudiano tenía a su favor, además de sus elogios a
              España, explicables por sus vínculos con Teodosio y con los hijos de este emperador
              nacido en Hispania, el testimonio de uno de los falsos cronicones, el de Dextro, al
              que da amplio crédito Cascales en sus obras históricas sobre las glorias de Murcia y
              Cartagena. Se explica largamente a este propósito fray Gregorio de Argaiz, defensor de
              la autenticidad de los falsos cronicones en fecha tardía, cuando estos estaban a punto
              de ser condenados por Roma (Argaiz 1669: 538-539): “<hi rend="i">Florecía por ahora en
                Roma el poeta Claudiano, originario de España</hi>. De ninguno puede escribir Dextro
              con más propiedad que florecía, que de Claudiano, pues por la dulzura y facilidad de
              sus versos le han dado muchos hombres doctos el epíteto y elogio de florido”. El
              detalle confirma hasta qué punto la credulidad de los defensores de los falsos
              cronicones estaba firmemente anclada en un ciego amor a la patria. Ya se fíe de Dextro
              o tenga otros motivos, Cascales incluye a Claudiano entre “nuestros españoles”, y en
              esto coincide con muchos compatriotas y coetáneos suyos.</note>, claro escribieron,
            excepto algunos lugares de doctrina particular o historia recóndita o secretos de
            naturaleza, que, como padres de las ciencias y como curiosos humanistas, siembran
            algunas veces por sus obras<note place="bottom"> Repite aquí Cascales, casi en los
              mismos términos, una idea ya enunciada unas líneas más arriba y muy manida en la
              polémica: la oscuridad poética solo puede admitirse cuando procede de la erudición del
              poeta y de la que exige en los lectores, siendo en cambio culpable la que se deriva de
              la expresión verbal. </note>. Y digo bien algunas veces, porque, si lo hicieran
            siempre, cayeran en el vicio de oscuridad, condenada de todos los que bien sienten.
            Escucha a <name type="authority">Ausonio</name>, sobre la vaquilla que esculpió
            Mirón:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Bucula sum, caelo divini facta Myronis</hi><note place="bottom"> El
                murciano, gran admirador de los epigramatarios latinos Marcial, Claudiano y Ausonio,
                escribió cuarenta y cuatro epigramas en latín, que forman, precedidos de una breve
                carta-prólogo, una de sus “cartas filológicas”, la II, 10: “Carta al Maestro Jiménez
                Patón, catedrático de humanidad en Villanueva de los Infantes, donde le escribe
                muchos epigramas de varios argumentos”. Sobre la “predilección” de Cascales por
                Ausonio y las huellas que el poeta bordelés dejó en sus escritos, véase Ramos
                Maldonado 1996. En <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, I, 5 cita un fragmento del
                comentario del humanista Élie Vinet, y es, pues, verosímil que citara a Ausonio por
                la edición comentada, y muy difundida, de este último.</note></l>
            <l><hi rend="i">aerea, nec factam me puto, sed genitam.</hi></l>
            <l><hi rend="i">sic me taurus init, sic proxima bucula mugit.</hi></l>
            <l><hi rend="i">Sic vitulus sitiens ubera nostra petit.</hi></l>
            <l><hi rend="i">Miraris quod fallo gregem? Gregis ipse magister</hi></l>
            <l><hi rend="i">inter pascentes me numerare solet</hi><note place="bottom"><name
                  type="authority"> Epigrama</name> LXVIII, 1-4 (Ausonio 1990: vol. II, 320): “Una
                ternera de bronce soy, hecha por el cincel de Mirón, mi padre: / y no me considero
                hecha sino engendrada. / Por eso el toro se me acerca y la ternera cercana muge, /
                por eso el becerro sediento busca mis ubres. / ¿Te sorprende que logre engañar al
                rebaño? El propio mayoral / me suele contar entre sus animales cuando pacen”.
              </note>.</l></quote>
          <p>¿Qué más claro? ¿Qué más elegante? ¿Qué más bien dicho? Entre <name type="authority"
              >Virgilio</name>; veamos cómo lo hace:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="fr" rend="i">Vix ea fatus erat, cum circumfusa repente</hi></l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">scindit se nubes, et in aether purgat apertum.</hi></l>
            <l><hi rend="i">Restitit Æneas claraque in luce resistit</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">os, humerosque Deo similis; namque ipsa decoram</hi></l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">cesaeriem nato genetrix, lumenque iuventae</hi></l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">purpureum, et laetos oculis afflarat honores</hi><note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Eneida</hi>, I, 586-591 (Virgilio 2009: I, 40): “Apenas había así
                hablado, cuando de repente la nube / que los envolvía se rasga y disipa en el cielo
                abierto. / Apareció Eneas y refulgió en una luz clara, / semejante en su rostro y
                sus hombros a un dios; y es que su madre en persona / había insuflado a su hijo una
                hermosa melena y la luz resplandeciente / de la juventud, y una alegre donosura a
                sus ojos”. El verso 588 se lee bajo la forma: “<hi rend="i">Restitit</hi> Aeneas
                claraque in luce refulsit”, tanto en las ediciones modernas como en las antiguas con
                autoridad (Cerda 1612: 107), cosa lógica por otra parte porque “Resistit Aeneas” no
                hace sentido en ese lugar. No sabemos si es errata o error de
            Cascales.</note>.</l></quote>
          <p>¿Hay claridad con tanta elegancia? ¿Hay elegancia con tanta claridad?<note
              place="bottom"> Cascales utiliza la figura de la doble interrogación con quiasmo para
              poner de relieve el ideal muy común de combinar la elegancia (o sea, una expresión
              elegida con cuidado y acierto) con la claridad. </note> Bien sé que de cuando en
            cuando suelen estos graves autores tocar algo, en que se detenga el lector, y repare en
            la sentencia, por estar oculta con algún paso de erudición, como se ve en nuestro <name
              type="authority">Virgilio</name>, cuando dijo: <quote><hi rend="i">Parmaque inglorius
                alba</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Eneida</hi>, IX, v. 548 (Virgilio 2009: vol. III, p. 157): “ayuno de
              gloria con broquel en blanco”.</note>; y en otra parte: <quote><hi rend="i">Et mutas
                agitare inglorius artes</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Eneida</hi>, XII, v. 397 (Virgilio 2009: vol. III, p. 161): “ejercer sin
              gloria esas mudas artes”. </note>; lugares ambos clarísimos en la forma de decir, si
            bien tocan algo de humanidad; porque, si dijo <hi rend="i">adarga blanca</hi>, fue
            porque los soldados no podían poner en el escudo, o adarga, cifra ni empresa, sin haber
            hecho primero alguna hazaña; y si dijo <hi rend="i">mudas artes</hi>, fue para
            significar la empírica y la cirugía, artes con que no se gana gloria ni fama, como de la
            medicina hipocrática, facultad gloriosa y digna de ser alabada<note place="bottom"> La
              expresión “<hi rend="i">mutas artes</hi>” con la que Virgilio designa el humilde
              oficio de curar ejercido por Iápix, fue explicada por los comentaristas de la <hi
                rend="i">Eneida</hi> mediante una distinción entre la medicina empírica, que obra
              sin discurso ni razonamiento y aplicando solo observación y memoria (por eso
              calificada de “muda”), y otro tipo de medicina de rango más elevado en la jerarquía de
              las ciencias, porque sabe razonar los diagnósticos y las curas, que el padre La Cerda
              califica de “clínica” y Cascales de “hipocrática”. Véase Cerda (1617: 716). Es posible
              que nuestro autor deba su explicación a este comentario virgiliano, que debía de tener
              a mano, puesto que lo cita en otros lugares de las <hi rend="i">Cartas
                filológicas</hi>. Sobre la integración de ciertas prácticas terapéuticas,
              especialmente quirúrgicas, en el canon del ejercicio médico provisto de dignidad
              científica, véase Conde Parrado 2007.</note>. <name type="authority">Marcial</name>
            tocó, en los versos que diré luego, una costumbre de los antiguos, que cuando se
            juntaban a hacer buena jera<note place="bottom"> Jera (Del lat. diarĭa). 1. f. Ext.
              yugada (espacio de tierra arada en un día). 2. f. Sal. Obrada, jornal. 3. f. Zam.
              Ocupación, quehacer. b) (Del fr. [bonne] chère '[buena] comida') .1. f. regalo (comida
              exquisita). 2. f. regalo (comodidad).» (<hi rend="i">RAE</hi>). El significado que más
              cuadra es el b.1: ‘cuando se juntaban para celebrar un festín’. </note> y beber
            alegremente, se ponían a la mesa coronados, y bebía cada uno tantas copas de vino como
            letras tenía el nombre de su dama. Entendida esta costumbre, ¿qué más claro pudo hablar
              <name type="authority">Marcial</name>? cuando dijo:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="en" rend="i">Naevia sex cyathis, septem Lucrina bibatur</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">quinque Lycas, Lyde quattuor, Ida tribus.</hi></l>
            <l><hi rend="i">Omnis ab infuso numeretur amica Falerno</hi>:</l>
            <l><hi rend="i">et quia nulla venit, tu mihi somne veni</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Epigramas</hi>, I, LXXI, 1-4 (Marcial 2005: 44): “Bebamos seis copas
                por Levia, siete por Justina, / cinco por Licas, cuatro por Lide, tres por Ida. /
                Contemos todas mis amigas por el número de copas de falerno servido / y, ya que no
                viene ninguna, ven tú, sueño, a mi casa”. Las ediciones modernas leen <hi rend="i"
                  >Laevia</hi>, en lugar de <hi rend="i">Naevia</hi> y <hi rend="i">Iustina</hi> en
                lugar de <hi rend="i">Lucrina</hi>. El epigrama citado por Cascales es en cambio
                fiel a lo que se lee en ediciones antiguas, como la de Ramírez de Prado (Marcial
                1607) y a la versión traducida por el anónimo autor de <hi rend="i">Marcial en verso
                  castellano</hi>: Bresadola (2008: 252).</note>.</l></quote>
          <p>Un amigo hizo este soneto “A la Muerte inexorable”:</p>
          <quote><l><space> </space>Si igualas en el vuelo al Tiempo cano,</l>
            <l>en ligereza al ciervo fugitivo,</l>
            <l>no pongas duda, cogerate vivo</l>
            <l>la que a Dios alcanzó en disfraz humano<note place="bottom">
                <hi rend="i">la que a Dios alcanzó en disfraz humano</hi>: perífrasis alusiva a la
                Muerte, en tanto <hi rend="i">fictio personae</hi>. Esta corre tan deprisa que logró
                alcanzar a Dios encarnado en Jesucristo, Dios-Hombre.</note>.</l>
            <l><space> </space>Escudo que forjó mágica mano,</l>
            <l>templado en aguas de Jalón lascivo<note place="bottom"> Cascales (1930: 153),
                “templado en agua de Jalón. Alúdese a la propiedad que se atribuía a las aguas del
                río Jalón, como a las del Tajo, para templar el acero”. Véase Villar Liébana (2014:
                196): “Justino (44.3.8) en un conocido pasaje en el que describe la forja de
                espadas, señala que el Birbilis [o Bílbilis] era uno de los dos ríos hispanos cuyas
                aguas conferían mejores cualidades al metal forjado de las armas […]. El referido
                río, que bañaba la ciudad del mismo nombre, es el conocido hoy con el nombre de
                Jalón, que deriva del prerromano Salo…”. Pero la referencia más conocida en el
                entorno de Cascales es sin duda Marcial, <hi rend="i">Epigramas</hi>, I, L, 12: “<hi
                  rend="i">Salone, qui ferrum gelat</hi>”. El Jalón y sus propiedades para templar
                el hierro figuran, pues, en este epigrama que alaba a Bílbilis, patria del poeta,
                “célebre por las aguas y las armas”. El adjetivo “lascivo” conferido al río Jalón en
                nuestro soneto, puede ser eco de las delicias de la vida campestre descritas por
                Marcial en el referido epigrama, de especial resonancia en España. Estas referencias
                clásicas del soneto se cruzan con otras caballerescas puesto que este escudo
                templado en las aguas del Jalón fue forjado por “mágica mano”: la mano de un mago
                como los que abundan en libros de caballería, así el mago Argante que regala a
                Florisel un escudo encantado en el <hi rend="i">Florisel de Niquea</hi> de Feliciano
                de Silva y en la comedia de Pérez de Montalbán del mismo título, cercana a las
                fechas en que publica Cascales sus cartas. Véase Demattè (2007).</note></l>
            <l>no es bastante defensa, irás captivo</l>
            <l>en la sarta común tarde o temprano.</l>
            <l><space> </space>Áureo cetro de rey, sacra tïara,</l>
            <l>egis<note place="bottom">
                <hi rend="i">egis</hi>: “del lat. <hi rend="i">aegis, -ĭdis</hi>, y este del gr. <hi
                  rend="i">αἰγίς, -ίδος</hi>, piel de cabra, egida” (<hi rend="i">Aut.</hi>). Piel
                de la cabra Amaltea, adornada con la cabeza de Medusa, que llevaba Palas Atenea en
                su escudo, y que representa el sumo grado del arma defensiva.</note>de Palas, maza
              hercúlea fuerte</l>
            <l>quebranta, y desmenuza como alheña<note place="bottom"> QUEBRANTAR: “Se dice
                metafóricamente hablando de uno que ha hecho larga jornada, o ha recibido algún
                trabajo excesivo, de que está quebrantado” (<hi rend="i">Aut</hi>.). La alheña es un
                tinte natural de color rojizo que se hace triturando (quebrantando) las hojas de la
                planta del mismo nombre.</note>.</l>
            <l><space> </space>Hombre, ten por verdad, más que el sol clara, </l>
            <l>que si llegó la hora de la Muerte,</l>
            <l>en la mitad de Tíbur<note place="bottom"> TIBUR: “ciudad del Lacio, a orillas del
                Anio, y al N.E. de Roma, célebre por la hermosura de los lugares que la rodean. Allí
                tenía Horacio su casa de campo: hoy se llama Tivoli” (<hi rend="i">Aut</hi>.). Como
                nos indica Pedro Conde, el último verso es, en realidad, traducción del último del
                epigrama IV, 60 de Marcial (<hi rend="i">in medio Tibure Sardinia est</hi>). Es
                decir, que el último verso es oscuro, en realidad, para quien no conozca ese
                subtexto de Marcial y no haya leído los comentarios a este poeta, donde se explican
                la insalubridad de Cerdeña y las virtudes de Tívoli. No solo el verso de Cascales,
                sino su erudita oscuridad y la explicación que la aclara, tienen pues su origen en
                lecturas filológicas, y singularmente en la de los comentarios de Marcial, poeta a
                quien debe, pues, las galas eruditas del soneto.</note> es Cerdeña<note
                place="bottom"> El soneto, que trata el lugar común de la muerte inexorable, es
                ciertamente de Cascales mismo, como supone Justo García Soriano, y, lejos de ser
                oscuro solo “por el postrero verso”, presenta otras dificultades, que son las que
                hemos anotado, y especialmente la referencia al Jalón.</note>.</l></quote>
          <p>En este soneto solo el postrer verso es oscuro para quien no supiere que Tíbur fue
            lugar sanísimo, y Cerdeña tan enferma y pestilente, que por ello fue un tiempo
            inhabitable. Sabido esto, no tiene el verso oscuridad ninguna; lo que no vemos en esta
            poesía culta<note place="bottom"> Se refiere, por supuesto, a la de Góngora, no al
              soneto que acaba de citar.</note>, que, sin haber doctrina secreta, sino solo el
            trastorno de las palabras, y el modo de hablar peregrino y jamás usado ni visto en
            nuestra lengua, ni en otra vulgar, toscana, tudesca, flamenca ni francesa, camina como
            el lobo, que da unos pasos adelante y otros atrás, para que, así confusos, no se eche de
            ver el camino que lleva<note place="bottom"> Explicación metafórica, basada en andar
              cauteloso y furtivo que se atribuye a este animal y se llama paso de lobo, y tal vez
              también en los hábitos de cazador nocturno. Los pasos adelante y atrás evocan, puede
              suponerse, la torsión sintáctica propia del hipérbaton.</note>.</p>
          <p>Y cuando aquel modo de escribir intricado<note place="bottom"> García Soriano (Cascales
              1930: I, 154-155), compara este pasaje con otro del prólogo del <hi rend="i"
                >Quijote</hi> (1978: vol. I, 58): “procurar que a la llana, con palabras
              significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y periodo […] dando a
              entender vuestros conceptos, sin intricarlos y escurecerlos”.</note> se usara raras
            veces, pudiérase llevar, y se hallara menos cansado nuestro entendimiento, pues tenía
            pausas para descansar, y uno con otro fuera comportable. Mas un perpetuo modo de hablar
            oscuro, o habemos de decir con <name type="authority">San Jerónimo</name>, lo que dijo
            leyendo a <name type="authority">Persio</name>: <quote><hi rend="i">Non vis intelligi,
                neque intelligaris</hi></quote><note place="bottom"> Cucchiarelli (2005: 62): “<hi
                rend="i">Persius is hard to read. He wants it that way. ‘If you do not wish to be
                understood, you should be left unread’ (</hi>si non vis intelligi, debes neglegi<hi
                rend="i">) asserts a famous sentence of Ambrogius (some attributed it to Gerolamus)
                that would become the rallying cry of certain Persius’ modern detractors</hi>”. La
              sentencia en cuestión se atribuye, desde la Antigüedad, a San Ambrosio, hablando de
              Persio. Otras fuentes la suponen de San Jerónimo, como hace Cascales. La frase es
              normalmente citada con la forma “<hi rend="i">si non vis intellegi, non debes
                legi</hi>”, ‘Si no quieres ser comprendido, no debes ser leído’; o bien, “<hi
                rend="i">si non vis intellegi, debes neglegi</hi>” : ‘si no quieres ser comprendido,
              debes ser ignorado’. </note>, estrellándolo en una pared, o traer atada al cinto la
            Sibila Cumea<note place="bottom"> Cascales alude al episodio del libro VI de la <hi
                rend="i">Eneida</hi> en el que el héroe es guiado en su catábasis o viaje al
              inframundo por la Sibila de Cumas. La reminiscencia resulta irónica o burlesca: en el
              episodio virgiliano de la Sibila, se aúnan dos símbolos máximos de lo tenebroso, el
              oráculo y la bajada a los infiernos, aplicados a los enigmas que impone Góngora, según
              el murciano, a sus pobres lectores. Curiosamente hoy se ha interpretado el episodio en
              clave poética, porque la Sibila, “qui y joue à la fois les rôles de prophétesse et de
              poétesse, de guide et d’exégète, pouvait être assimilée à une figure de l’inspiration
              poétique, bref à une Muse, dont les propos expriment certaines des conceptions du
              poète sur son art” (Deremetz 2004: 75).</note>, que nos lleve por aquellos
              soterranos<note place="bottom">
              <hi rend="i">soterraño</hi>: “lo mismo que subterráneo” (<hi rend="i">Aut</hi>). Con
              esta palabra alude nuestro autor a los infiernos hacia los cuales la Sibila guía a
              Eneas, y tal vez convoca el recuerdo de los famosos versos que describen el viaje del
              héroe escoltado por la terrible profetisa y que tanto insisten en la inquietante
              tiniebla que los rodea (<hi rend="i">Eneida</hi>, VI, 264-272). </note>, y nos diga
            qué países y qué gentes son aquéllas, y qué moneda es la que allí corre, que como ni
            tiene cruz, ni columnas de Hércules, ni castillos, ni leones<note place="bottom"> “La
              cruz, las columnas de Hércules, los castillos y leones, blasones del escudo de España,
              eran los tipos con que se acuñaba nuestra moneda”, según la nota de García Soriano en
              Cascales (1930: 155). </note>, no la conocemos. Y el poeta, según <name
              type="authority">Horacio</name>, no puede sino,</p>
          <quote><l><hi rend="i">Signatum praesente nota producere nomen.</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Arte poética</hi>, 59 (Horacio 2002: 186): “forjar palabras acuñadas
                con el sello de la actualidad”. </note></l></quote>
          <p>Estas nuevas y nunca vistas poesías son hijas del Mongibelo<anchor
              xml:id="_Ref410989129"/><note place="bottom">
              <hi rend="i">Mongibelo</hi>: una de las denominaciones del <hi rend="i">Etna</hi>.
            </note>, que arrojan y vomitan más humo que luz<note place="bottom">Como nos indica
              Pedro Conde, el hecho de que acabe de citar la <hi rend="i">Ars poetica</hi> de
              Horacio hace bastante verosímil que al usar esta imagen del humo y la luz tenga
              Cascales presentes los vv. 143-144 de ese mismo poema: “<hi rend="i">Non fumum ex
                fulgore, sed ex fumo dare lucem / cogitat, ut speciosa dehinc miracula
              promat</hi>”.</note>. Los lapitas y centauros<note place="bottom">Mientras asistían a
              la boda de Piritoo, rey de los lapitas, con Hipodamia, los centauros, excitados por el
              vino, trataron de raptar a las mujeres de los lapitas, pero, después de una lucha
              feroz, fueron repelidos (Ovidio, <hi rend="i">Metamorfosis</hi>, XII, 146-459). La
              expresión <hi rend="i">nubigenas feros</hi>,‘fieros hijos de las nubes’, es empleada
              por Ovidio como perífrasis para los centauros la primera vez que aparecen en el relato
              de la sangrienta pendencia: “<hi rend="i">Duxerat Hippoddamen audaci Ixione natus /
                nubigenasque feros positis ex ordine mensis/ arboribus texto discumbere iusserat
                antro</hi>”. ( <hi rend="i">Metamorfosis</hi>, XII, 210-212). </note> fueron
            nubígenas, engendrados de las nubes; y así como nacieron, tomaron las armas unos contra
            otros, y dándose la batalla, brevísimamente remataron su plana<note place="bottom">
              PLANA: “Se llama en la milicia el conjunto y agregado de los primeros oficiales de un
              regimiento: como coronel, teniente coronel, sargento mayor, ayudante, capellán,
              cirujano y tambor mayor” (<hi rend="i">Aut</hi>.). Con la expresión “<hi rend="i"
                >rematar la plana</hi>” da a entender Cascales que los dos bandos enemigos acabaron
              uno con otro. De hecho, no fue así y vencieron los lapitas, pero Ovidio ni siquiera
              cuenta el final del combate y lo que parece importarle es la evocación expresiva de
              episodios de violencia desenfrenada. Tanto destrozo causa Góngora con su tenebrosa
              poesía.</note>. Otro tanto creo les ha de suceder a estos mal nacidos Polifemos,
            humosos y negros, y que, por lo menos, les ha de quebrar el ojo el astuto marido de la
            casta Penélope<note place="bottom"><hi rend="i">Odisea</hi>, IX, 105-566 (Homero 2003:
              233-259). Cascales se refiere al famoso episodio de la <hi rend="i">Odisea</hi>, en el
              que Ulises, para escapar al gigante antropófago, y mientras Polifemo duerme, clava en
              su único ojo un tronco de olivo incandescente. La frase, divertida y absurda, viene a
              decir que los sabios deben reducir a la impotencia a un Góngora polifémico, tan oscuro
              como el antro de su cíclope, siguiendo el ejemplo del sabio y prudente Ulises.
            </note>.</p>
          <p>No siempre la oscuridad es viciosa, que cuando –como acabamos de decir– proviene de
            alguna doctrina exquisita que el poeta señaló –no siendo muy a menudo–, es loable y
            buena, como aquello de <name type="authority">Marcial</name>: <quote><hi rend="i">Venit
                et epoto Sarmata pastus equo</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Liber spectaculorum</hi> 3, 5: “vino también el Sármata que se alimenta
              de la sangre de sus caballos” Marcial 2005: vol. I, 3:). <hi rend="i">Sármatas</hi>:
              Habitaron el conjunto de las grandes llanuras al norte del Mar Negro, llamado <hi
                rend="i">Sarmatia</hi> por los romanos, con los cuales se enfrentaron a menudo. La
              clave de la observación de Cascales reside en la “oscuridad” del verso de Marcial si
              lo entendemos y traducimos al pie de la letra: “Vino también el sármata, que se
              alimenta de caballo bebido” o “a base de beber caballos”. El dato de Plinio facilita
              la comprensión de la metonimia audaz forjada por Marcial: “caballo” por “sangre de
              caballo”. Sin embargo, la dificultad reside en el tropo y no en la erudición acerca de
              las costumbres de los sármatas, puesto que si el verso dijera, “los sármatas que se
              alimentan bebiendo sangre de caballo”, se entendería de inmediato (aunque el hecho
              pareciera raro), lo que hace tambalearse el razonamiento de nuestro gramático.
            </note>; que, según <name type="authority">Plinio</name>, los sármatas septentrionales
            bebían una gachilla muy rala, de mijo, leche y sangre de caballo<note place="bottom">
              <hi rend="i">Naturalis historia</hi> XVIII, 24, en Plinio el Viejo (1984: 719): “<hi
                rend="i">sarmatarum quoque gentes hac maxime pulte aluntur et cruda etiam farina,
                equino lacte vel sanguine e cruris venis admixto</hi>” (‘Los sármatas también se
              alimentan principalmente de este mijo y de harina cruda, que mezclan con leche de
              yegua o sangre extraída de las patas de los caballos’). En Virgilio se atestigua una
              práctica similar, referida a la población de los Gelones (<hi rend="i">Geórgicas</hi>
              III, 461-462). Según Roig Lanzillotta (2006: 221-243), se trata de un tópico literario
              para horrorizar a lectores civilizados con la barbarie de un pueblo.</note>.</p>
          <p>Ni es viciosa, cuando alguna palabra ignorada de los hombres semidoctos escurece la
            oración, como aquello del mismo autor: <quote><hi rend="i">Cui pila taurus
              erat</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Liber spectaculorum</hi>, 11, 4 (Marcial 2005: vol. I, 6): “<hi rend="i"
                >Quantus erat taurus, cui pila taurus erat</hi>!”; “¡Cuán enorme toro era este, para
              el que un toro era un pelele!”. </note>; y ese otro: <quote><hi rend="i">et crescunt
                media paegmata celsa via</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Liber spectaculorum</hi>, 2, 2: “y se alzan en plena calle elevados
              andamiajes” (Marcial 2005: I, 2).</note>; y aquel: <quote><hi rend="i">Addet et arcano
                mista Falerna garo</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Epigrammata</hi>, VII, 28, 8: “y tendrá que añadirle Falerno mezclado con
              garo de solera” (Marcial 2005: I, 243).</note>. Donde <hi rend="i">pila</hi> significa
            el dominguillo<note place="bottom"> DOMINGUILLO: “s. m. Cierta figura de soldado
              desharrapado, hecho de andrajos y embutido de paja, que ponen en la plaza con una
              lancilla o garrocha, para que se cebe el toro en él, y lo levante en las astas,
              peloteándole” (<hi rend="i">Aut</hi>.). </note>; <hi rend="i">paegmata</hi><note
              place="bottom"> PEGMATA : “el castillejo en que se ponen los títeres, o cosa semejante
              para divertir al pueblo: es palabra totalmente latina” (<hi rend="i">Aut</hi>.). Este
              neutro plural procede del termino latino <hi rend="i">pegma,-ătis</hi> que significa
              “estantería, andamiaje”. De su primera acepción, notamos el cambio semántico hacia el
              significado de tablado para la escena, ya presente en el fragmento de Marcial.
            </note>, las apariencias del teatro <note place="bottom"> Es curioso este uso para el
              tablado teatral de la palabra “apariencias”, que se reservó por mucho tiempo para el
              dispositivo peculiar del llamado “descubrimiento”, y luego para el conjunto de los
              artefactos escénicos, de lo que dan testimonio las llamadas “memorias de apariencias”
              redactadas por Calderón, Rojas y otros, y que son “instrucciones sobre la
              configuración de tramoyas y escenarios”.</note>; <hi rend="i">garo</hi><note
              place="bottom"> GARO: “licor que resuda de cualquier pescado o carne echada en sal,
              que también llaman salmuera” (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, un licor delicado,
            hecho de las entrañas y sangre del pescado alache<note place="bottom"> ALACHE: “Lo mismo
              que <hi rend="i">alacha</hi>, especie de sardina” (<hi rend="i">Aut</hi>.). </note>,
            que los romanos echaban en el vino por cosa de gran apetito, y el mejor era el de
            nuestra Cartagena.</p>
          <p>Ni es viciosa, cuando queremos con ella disimular algún concepto deshonesto y torpe,
            porque no ofenda las orejas castas; que esto todos los escritores lo guardan<note
              place="bottom"> En los raros casos de oscuridad poética admitida, Cascales invita a la
              máxima prudencia. Véase a propósito Roses Lozano (1994: 66-80).</note>; y así <name
              type="authority">Virgilio</name> dijo <quote><hi rend="i">geniale
              arvum</hi></quote><note place="bottom"> Virgilio no usa en ningún momento el sintagma
                <hi rend="i">geniale aruum</hi> que Cascales menciona como ejemplo de eufemismo, o
              de expresión neutra que sustituye a otra ofensiva. Se documenta <hi rend="i">semen in
                aruum geniale spargit</hi> (<hi rend="i">Gen</hi>., 26, 12) en la Biblia: ‘esparce
              simiente en el fértil campo’. Cf. Stock 1753: 295. Pero en este contexto la expresión
              no parece un eufemismo. Lo que Virgilio escribió es <hi rend="i">genitali aruo</hi> en
                <hi rend="i">Geórgicas</hi> III, 136, refiriéndose a los órganos genitales de las
              yeguas fecundadas. Es probable que Cascales citara mal, o de memoria; incluso puede
              tratarse de una errata y habría que editar <hi rend="i">genitale aruum</hi>.</note>.
            En esto no reparan los epigramatarios, que la materia de suciedad es suya; y eso es lo
            que advierte <name type="authority">Marcial</name> en el proemio del primero libro:
                <quote><hi rend="i">Lascivam verborum licentiam, id est epigrammatum linguam
                excusarem, si meum esset exemplum. Sic scripsit Catullus, sic Marullus, sic Pedo,
                sic Getulicus, sic quicumque perlegitur</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Epigramas</hi>, I, “Epistola ad lectorem”.</note>. ‘La deshonesta
            licencia de palabras, o por mejor decir, la lengua de los epigramas, excusárala, si yo
            fuera el primero. Así escribió <name type="authority">Catulo</name>, así <name
              type="authority">Marulo</name>, así <name type="authority">Pedón</name> así <name
              type="authority">Getúlico</name><note place="bottom"> Marcial enumera epigramatarios
              latinos de edad republicana y augústea, todos capaces de hiel y obscenidad, y todos
              ilustres en su tiempo. Marulo, conocido también como Domicio Marso (<hi rend="i"
                >Domitius Marsus</hi>), fue admirador de Tibulo, a cuya muerte compuso un delicado
              epigrama que conservamos; otros poemas, agresivos y mordaces, se incluyeron en una
              colección titulada <hi rend="i">Cicuta</hi>. Pedón (<hi rend="i">Albinovanus
              Pedo</hi>), amigo de Ovidio, escribió poesía épica y epigramas. Getúlico (<hi rend="i"
                >Cornelius Lentulus Gaetulicus</hi>), hijo del homónimo cónsul, adquirió su cognomen
              después de las victorias militares del padre en África. Pretor en 23 d. C., cónsul en
              el año 26 con C. Calvisio Sabino, gobernó la Germania Superior durante diez años del
              29 hasta el 39 d. C y Calígula lo mandó matar con la acusación de conspirar. También
              fue autor de epigramas lascivos. Tomamos los datos de la Enciclopedia Treccani.</note>
            y cualquiera poeta epigramatario que se lee’.</p>
          <p>Ni es viciosa la oscuridad en los poetas satíricos porque, como ellos tiran flechas
              atosigadas<note place="bottom"> ATOSIGAR: “Inficionar a otro con tósigo o veneno” (<hi
                rend="i">Aut</hi>.). </note> a unos y a otros, y les hacen a los viciosos tragar la
            reprehensión como píldora, la doran primero con la perífrasis intrincada<note
              place="bottom"> La expresión es tópica e incluso lexicalizada: hoy todavía decimos
              “dorar la píldora” por hacer pasar con rodeos o halagos algo desagradable, y Góngora
              la usaba ya con ese sentido en una letrilla de 1581: “Ándeme yo caliente y ríase la
              gente” [OC7. 10-16]: “Coma en dorada vajilla / el príncipe mil cuidados / como
              píldoras dorados, / que yo en mi pobre mesilla /quiero más una morcilla / que en el
              asador reviente, / y ríase la gente”. Podría hacer eco aquí al famoso lugar de <hi
                rend="i">De rerum natura</hi>, I, 933-947, donde Lucrecio revindica la encantadora
              dulzura que vierten sus versos sobre el tema de su obra, la doctrina epicúrea, con el
              ejemplo del médico que proporciona a los niños la medicina, untando con la miel el
              vaso que contiene la amarga absenta. La reelaboración de la metáfora –la absenta en un
              vaso con los bordes melosos se convierte en píldora dorada– se desplaza a la sátira,
              donde el contenido debe adornarse, no para paliar su dificultad y austera verdad, como
              en la poesía filosófica de Lucrecio, sino para suavizar el efecto de su maledicencia,
              comparable a un sabor ácido y amargo. Este pasaje de Cascales fue recordado años
              después por Villar: “Cuestión ha sido controvertida, y su resolución no poco dudosa,
              qué estilo ha de guardar la sátira. Algunos dicen que ha de ser oscuro, y dificultoso,
              lo uno porque la fealdad del vicio que reprehende, no lleve descubierta la cara, y
              ofenda el recato de quien la leyere, y lo otro, porque sea como la píldora, que se
              receta cubierta de oro, para que al enfermo le brinde su hermosa apariencia, y lleve
              rebozado su amargor y desabrimiento: de este parecer he visto personas bien
              entendidas, y con ellas el Licenciado Francisco de Cascales, en una de sus epístolas.
              Otros sienten que el estilo de la sátira ha de ser fácil y claro, vulgar y humilde,
              usando de versos puros y frases propias: así lo siente Horacio y el mismo licenciado
              Cascales en sus <hi rend="i">Tablas</hi>; la razón es porque, siendo su fin
              reprehender los vicios, es conveniente retórica el ajustarse a términos que todos
              entiendan. Don Luis usó en ella de ambos estilos, y, para conmigo, su autoridad sola
              puede hacer opinión bastantemente segura; la regla general para este poema parece
              peligrosa, porque no todo lo que es sujeto de la sátira conviene que se muestre con
              claridad, ni sea para la vista de todos: antes, tal vez importa ponerle velos, para
              que parezca decente a los ojos modestos” (Villar, <hi rend="i">Compendio poético</hi>,
              ed. Ponce). Villar, aunque sin especial énfasis, indica que Cascales se contradice,
              puesto que en las <hi rend="i">Tablas poéticas</hi> sostiene una teoría opuesta a la
              de la carta, y que su idea de que la sátira debe generalmente ser disimulada y
              encubierta por un velo de oscuridad tiene adversarios de tanta autoridad como Horacio
              y como don Luis de Góngora.</note>, y fingiendo nuevos nombres, para que quede
            disimulada la persona de quien hablan satíricamente; y esta es la causa que tiene por
            disculpa la tal oscuridad.</p>
          <p>En los demás lugares siempre es viciosa, siempre es condenada de los retóricos, a quien
            toca el juicio de este pleito; y así todos la debemos impugnar como a enemigo declarado,
            aborrecer como a furia del infierno, evitar como a peste de la poética elocución.</p>
          <p>Agora, pues, examinemos algo de nuestro <title>Polifemo</title>, y veremos si hay en él
            las causas que disculpan y defienden a la oscuridad. La primera estancia de él es
            esta:</p>
          <quote>
            <l><ref xml:id="ref1001"
              target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.1">Estas que me dictó rimas sonoras</ref></l>
              <l>culta sí, aunque bucólica, Talía,</l>
              <l>¡oh excelso conde!, en las purpúreas horas</l>
              <l>que es rosa el alba y rosicler el día,</l>
              <l>en tanto que de luz tu Niebla doras,</l>
              <l>escucha al son de la zampoña mía,</l>
              <l>si ya los muros no te ven de Huelva</l>
              <l>peinar el viento, y fatigar la selva<note place="bottom"> [OC255.1-8] La elección
                  de la primera octava del <hi rend="i">Polifemo</hi> brinda la oportunidad de
                  encerrar en pocos versos algunos de los temas de la polémica: además de ofrecer
                  ejemplos de hipérbaton y metáfora reprobables, <hi rend="i">culta sí, aunque
                    bucólica</hi> hace hincapié en la naturaleza híbrida del poema, como apunta
                  Jesús Ponce: “Si Salcedo Coronel se refiere al poema como ‘esta égloga’ […],
                  Pellicer vincula las octavas del poema al estro sublime del poema heroico” en
                  Góngora (2010: 179). </note>.</l></quote>
          <p>En esta ni en las otras siguientes estancias del <title>Polifemo</title>, ni fábula, ni
            historia, ni secreto natural, ni ritos, ni costumbres de provincias, veo que tengan
            necesidad de comento<note place="bottom"> La afirmación es perfectamente gratuita, como
              probaron los varios comentaristas del <hi rend="i">Polifemo</hi>.</note>. Luego
            síguese que el velo que entenebrece los conceptos de esta fábula es sola la frasis<note
              place="bottom"> Esto de que “el velo que entenebrece los conceptos” en la poesía de
              Góngora se limita a la frasis, la expresión verbal, mientras que el contenido no
              presenta dificultades o, lo que es lo mismo, no tiene interés, es un latiguillo de los
              críticos del poeta. Dicen todos lo mismo, pero con matices importantes, porque no
              tienen todos la misma concepción de lo que llamamos contenido y ellos llaman cosas
                (<hi rend="i">res</hi>), doctrina, enseñanza, erudición, sentencias, pensamientos,
              conceptos, un panel de nociones bastante distintas entre sí (véase nuestra
              introducción, apartado 6). Entre los más tempranos, lo sostienen el abad de Rute en su
                <hi rend="i">Parecer</hi> y Jáuregui en el <hi rend="i">Antídoto</hi>, este último
              con una expresión de asombro y consternación burlones parecida a la que ofrece
              Cascales: “Aun si allí se trataran pensamientos exquisitos y sentencias profundas,
              sería tolerable que de ellas resultara la oscuridad; pero que diciendo puras
              frioneras, y hablando de gallos y gallinas, y de pan y mançanas, con otras semejantes
              raterías, sea tanta la maraña y la dureza del decir, que las palabras solas de mi
              lenguaje castellano materno, me confundan la inteligencia, ¡por Dios que es brava
              fuerza de escabrosidad y bronco estilo!” (Jáuregui 2002: 18).</note>. ¡Harta desdicha
            que nos tengan amarrados al banco de la oscuridad solas palabras!<note place="bottom">
              “Frase en que se alude al banco o asiento que ocupan los remeros y galeotes en las
              antiguas galeras” García Soriano en Cascales (1930: I.159), como lo atestigua el mismo
              Góngora: “Amarrado al duro banco / de una galera turquesca, / ambas manos en el remo /
              y ambos ojos en la tierra” (OC 37: 1-4).</note> Y esas, no por ser antiguas, no por
            ser inauditas, no por ser ficticias, no por ser nuevas o peregrinas, sino por dos
            causas: la una por la confusa colocación de partes, la otra por las continuas y
            atrevidas metáforas<note place="bottom">
              <hi rend="i">confusa colocación de partes</hi> y <hi rend="i">atrevidas
              metáforas</hi>. Llegamos al meollo de la argumentación de Cascales, en el que precisa
              sus censuras de la poesía gongorina: en primer lugar, el hipérbaton y la elisión del
              artículo y, luego, el uso de metáforas que él califica de atrevidas y licenciosas,
              siendo estas figuras causas únicas de una oscuridad que, según él, carece de toda
              justificación. </note>, que cada una es viciosa si es atrevida, y juntas mucho
            más.</p>
          <p>Que la mala colocación de las palabras cause confusión, vese claro en estos versos,</p>
          <quote><l><ref xml:id="ref1002"
            target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.1"
            >Estas, que me dictó rimas sonoras</ref><note place="bottom"> OC255. 1-2.</note></l>
              <l>culta sí, aunque bucólica, Talía</l></quote>
          <p>por ‘Estas rimas sonoras que me dictó la culta Talía, aunque bucólica’,</p>
          <quote><l><ref xml:id="ref1003"
            target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.17"
            >Treguas del ejercicio sean robusto</ref><note place="bottom">
              OC255.17.</note></l></quote>
          <p>por ‘Treguas sean del ejercicio robusto’,v</p>
          <quote><l><ref xml:id="ref1004"
            target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.199"
            >Rico de cuanto el huerto ofrece pobre</ref><note place="bottom">
              OC255.199.</note></l></quote>
          <p>por ‘Rico de cuanto ofrece el pobre huerto’,</p>
          <quote><l><ref xml:id="ref1005"
            target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.448"
            >A las que esta montaña engendra harpías</ref><note place="bottom">
                OC255.448.</note></l></quote>
          <p>por ‘A las harpías, que esta montaña engendra’,</p>
          <p>y otros muchos versos de este género<note place="bottom"> En su transformación de los
              versos afectados por el hipérbaton, Cascales reordena las palabras a costa de
              sacrificar el orden rítmico y métrico que impone a las palabras y a su composición la
              sonoridad del verso, lo que llama Espinosa Medrano la “colocación”: “Lo que importa
              advertir mucho es que esta colocación (llámese o no latamente hipérbaton) es tan
              genuina y natural a la numerosa fábrica del verso que aun el nombre de verso (como
              dice Georgio Sabino) se derivó de este revolver los términos, invertir el estilo y
              entreverar las voces: <hi rend="i">Stylus saepe vertendus est, ut inde etiam nominatos
                versos perhiberi posse videatur, quod dum fiunt varie huc atque illuc
              vertantur</hi>” (Espinosa Medrano, <hi rend="i">Apologético en favor de don Luis de
                Góngora</hi>, ed. Héctor Ruiz, 2017).</note>. Y también queda confusa la frasis con
            la privación de los artículos castellanos, que son forzosos en nuestra lengua, so pena
            de hablar vizcongado <note place="bottom"> Al analizar la voz “vizcongado”, se abren dos
              posibilidades: 1) se trata de un neologismo jocoso, en el que se funden “bizco”,
              “vizcaíno” y “vascongado”, es decir un idioma vascuence trastocado y torcido; 2) nos
              hallamos ante una mera errata y debería poner “vascongado”. Acerca del estereotipo
              vizcaíno en el siglo XVII, véase Herrero García (1966: 249): “Las notas constitutivas
              del tipo vizcaíno son las siguientes: 1. ª Nobleza de linaje, 2. ª Sencillez de
              espíritu, 3. ª Cortedad de carácter, 4. ª Aptitud profesional para secretarios, 5. ª
              Aptitud para la marinería, 6. ª Afición desmedida al vino, 7. ª Humor colérico”. El
              vizcaíno como tipo humano, era, pues, ambivalente y ostentaba rasgos nobles y otros
              ridículos. En cambio, el castellano hablado por vizcaínos era materia de risa sin
              paliativos, por ser, en opinión general, sumamente rudo e incorrecto. Véase la carta
              de Góngora [OC, II, 295-296]: ‘queriendo cumular mil fragmentos de disparates […] no
              supo organizarlos, pues están más faltos de artículos y conjunciones copulativas que
              carta de vizcaíno, de donde se colige tener buen resto de ignorancia”. En la imitación
              literaria estereotipada del habla de Vizcaya en el <hi rend="i">Quijote</hi> y en la
              literatura entremesil se practicaba la omisión de los artículos, cuyas funciones en
              euskera son desempeñados por sufijos, y también un orden trastocado de las palabras:
              “mientes que mira si otra dices cosa” (por ‘mira que mientes si dices otra cosa’) dice
              el escudero vizcaíno del <hi rend="i">Quijote</hi>, I, 8.</note>, como,</p>
          <quote><l><ref xml:id="ref1006"
            target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.433"
            >En tablas dividida rica nave</ref><note place="bottom">
            OC255.433.</note></l></quote>
          <p>por “En tablas dividida la rica nave”,</p>
          <quote><l><ref xml:id="ref1007"
            target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.97"
            >Ninfa, de Doris hija, la más bella</ref></l>
              <l>adora, que vio el reino de la espuma<note place="bottom">
              OC255.97-98.</note></l></quote>
          <p>por “Adora a la hija de Doris, la más bella ninfa que vio el reino de la espuma”.</p>
          <p>Y otros infinitos versos de esta manera. Las perpetuas metáforas son también la
            principal causa de esta confusión y oscuridad, como,</p>
          <quote><l><ref xml:id="ref1008"
            target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.8"
            >peinar el viento, y fatigar la selva</ref><note place="bottom"> [OC255.8]: Como señala
                  Jesús Ponce Cárdenas en su edición del <hi rend="i">Polifemo</hi>, (2010:
                  182-183): “Una construcción similar [<hi rend="i">peinar el viento</hi>] puede
                  leerse en la escena cetrera de la <hi rend="i">Soledad segunda</hi>
                  [OC265.863-864] ‘Rápido al español mira / peinar el aire por cardar el vuelo’. <hi
                    rend="i">Fatigar la selva</hi> [es] calco de una cláusula de Virgilio, <hi
                    rend="i">Eneida</hi>, IX, 605 (‘<hi rend="i">venatu invigilant, pueri silvasque
                    fatigant</hi>: ‘de niños velan ya atentos a la caza y no dan punto de reposo a
                  los bosques’).</note>.</l></quote>
          <p>Aquí <hi rend="i">peinar el viento</hi> es atrevida metáfora, de que fue reprendido
              <name type="authority">Ennio</name>, porque dijo:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Iuppiter hibernas cana nive conspuit Alpes</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, VIII, VI, 17. Quintiliano analiza los tropos,
                explicando que ciertas metáforas deben condenarse por motivos como la indecencia, la
                dureza (semejanza remota o tirada por los pelos), o la excesiva frecuencia. Añade,
                sin embargo (y Cascales prefiere no acordarse de ello) que en esto la poesía tiene
                mucha más latitud que la prosa, y que los poetas tienen que variar las expresiones,
                por lo que pueden recurrir a metáforas sorprendentes. El rétor da como ejemplo de
                metáfora censurable la frase que Cascales atribuye a Ennio, pero sin indicar el
                autor. Horacio ( <hi rend="i">Sátiras</hi>, II, 5, 41) da la misma cita (que debía
                ser proverbial), atribuyéndola a Furio, poeta, según él, hinchado y
                extravagante.</note>.</l></quote>
          <p rend="noindent">‘Júpiter escupió blanca nieve sobre los fríos Alpes’.</p>
          <p>También es atrevida aquella metáfora:</p>
          <quote><l><ref xml:id="ref1009"
            target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.32"
            >Mordaza es a la gruta de su boca</ref><note place="bottom"> OC255.32. Según el
                  comentario de Jesús Ponce: “La metáfora lexicalizada <hi rend="i">boca</hi>
                  (‘orificio de acceso de la gruta’) ocasiona la aparición de una imagen atrevida:
                  el peñasco que la obstruye se transforma verbalmente en <hi rend="i">mordaza</hi>.
                  Una estilizada parodia de Juan de Jáuregui (la <hi rend="i">Canción lúgubre al
                    húngaro Tiburcio en la opresión de Esmirna</hi>) acoge un eco del pasaje
                  gongorino (con el uso del deíctico de lejanía, la construcción <hi rend="i"
                    >esse</hi>
                  <hi rend="b">+</hi> dativo y la imagen de la mordaza entre las rocas): <hi
                    rend="i">allí forjado yelo / es a las breñas funeral mordaza</hi>” (Góngora
                  2010: 194). Señalemos que en las ediciones modernas, todas derivadas de Chacón, el
                  verso dice: “mordaza es a una gruta de su boca”.</note>.</l></quote>
          <p>Como ha sido notado el otro autor<note place="bottom"> “Notar”, en el castellano del
              XVII, significa a menudo, como aquí, censurar, reprobar, afear algún defecto o falta.
            </note>, porque dijo: <quote>“montes verrucosos”</quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, VIII, 3, 48. Cascales sigue aludiendo a
              Quintiliano, quien condena las metáforas que disminuyen el tamaño y la dignidad de las
              cosas (vicio de tapinosis, que delata una imaginación plebeya y baja), y da por
              ejemplo la frase “<hi rend="i">saxea est verruca in summo montis vertice</hi>” (‘hay
              una verruga de piedra en la más alta cima de la montaña’). Como subraya Mariotti
              (1990: 82): “Tra i <hi rend="i">vitia elocutionis</hi> che offendono l’<hi rend="i"
                >aptum</hi> Quintiliano ricorda in <hi rend="i">Inst</hi>. 8, 3, 48 l’<hi rend="i"
                >humilitas</hi> o ταπείνωσις, <hi rend="i">qua rei magnitudo vel dignitas
                minuitur</hi>, e porta come esempio –senza indicarne l’autore– <hi rend="i">saxea
                est Verruca in summo montis vertice.</hi> Il testo e sicuro: <hi rend="i">saxea
                est</hi> è confermato da <hi rend="i">Inst</hi>. 8, 6, 14, dove <hi rend="i">saxea
                est Verruca</hi> è ripreso, col rinvio <hi rend="i">de quo modo dixi</hi>, tra gli
              esempi di <hi rend="i">humiles translationes...et sordidae</hi>”. El desliz semántico
              desde la dimensión orográfica hasta la anatomía humana (de lo grande a lo pequeño,
              pues) se verifica también en “mordaza es a la gruta de su boca”. Por lo tanto,
              Cascales, respaldado por la autoridad latina, hace hincapié en la falta de decoro de
              esta metáfora gongorina, sin tener en cuenta la diferencia entre la “mordaza” y la
              “verruga”. La segunda imagen es simplemente fea ; la primera tiene algo de dramático,
              y por lo tanto de grande, como los esclavos atados de Miguel Ángel y toda imagen de
              fuerza o de dolor contenidos. </note>. En fin, todo está lleno de metáforas, que
            aunque sean muy buenas, por hallarse tan a hita vista unas de otras, y ser tan
            particulares y nuevas, se dejan sentir más presto; que las comunes lo son y no lo
            parecen.</p>
          <p>Según lo dicho –que no quiero salpicarlo todo–, bien claro consta que la oscuridad del
              <title>Polifemo</title> no tiene excusa; pues no nace de recóndita doctrina, sino del
            ambagioso hipérbato, tan frecuente y de las metáforas tan continuas, que se descubren
            unas a otras<note place="bottom">
              <hi rend="i">descúbrense unas a otras</hi>: se divisan unas a otras como campanarios
              de pueblos situados a muy poca distancia: o sea, no dejan intervalos de descanso o
              distensión.</note>, y aun a veces están unas sobre otras.</p>
          <p>Supuesta esta verdad, ¿qué le mueve al autor de éste y de otros tales poemas a
            desvelarse en buscar perífrasis oscuras, y embelesarnos con fantásticas formas de decir,
            para que no le entendamos? No hallo qué le mueva más de la razón arriba dicha, que es:
            prueba de ingenio y ostentación de sus fuerzas. Si es eso, ya le concedemos esa gloria,
            y le confesamos que tiene tan feliz ingenio, que podrá hacer imposibles; como no quiera
            sustentar que tiene ese por camino cierto de la elocución poética; pues me ha de
            conceder que cualquier escritor pretende en sus obras enseñar, deleitar y mover, y que
            la oscuridad cierra a cal y canto<note place="bottom">
              <hi rend="i">de cal y canto</hi>: “metafóricamente se dice de lo que es muy durable,
              macizo y fuerte: y porque son muy pesadas estas obras, se dice de las necedades
              grandes, que son de cal y canto”(<hi rend="i">Aut</hi> ).</note> las puertas de los
            tres oficios. Porque ¿cómo será enseñado el que no entiende la cosa? ¿Cómo deleitará el
            que no es entendido? ¿Cómo moverá los ánimos al lector, que se queda ayuno de cuanto lee
            una vez y otra?<note place="bottom"> Góngora es finalmente acusado de fracasar en el
              logro de los tres fines de la elocuencia codificados por la retórica y glosados por
              Quintiliano: <hi rend="i">docere, delectare, movere</hi>. La oscuridad ni enseña ni
              deleita ni conmueve. Sin embargo, no queda claro que las metáforas que Cascales
              reprueba sean causas de esa oscuridad; que guste o no la metáfora de la mordaza para
              la roca que obstruye la boca de la gruta, no impide que se entienda la frase. El hecho
              de que las metáforas, “aunque sean muy buenas”, se encadenen sin pausa parece un
              factor de oscuridad más plausible.</note></p>
          <p>No quiero apretar más los cordeles<note place="bottom"> APRETAR LOS CORDELES: “Además
              del sentido recto, vale obligar a uno a que confiese lo que le está bien negar. Es
              metáfora de los cordeles que aprietan a los que ponen a cuestión de tormento”(<hi
                rend="i">Aut</hi>.). </note>; que ya la verdad centellea por los ojos, y como
              hacha<note place="bottom"> HACHA: “la vela grande de cera, compuesta de cuatro velas
              largas juntas, y cubiertas de cera, gruesa, cuadrada, y con cuatro pabilos” (<hi
                rend="i">Aut</hi>.). </note> resplandeciente alumbra y se deja ver. El lector se
              corre<note place="bottom"> CORRERSE: “avergonzarse, tener empacho de alguna cosa que
              se ha dicho o hecho” (<hi rend="i">Aut</hi>.). </note> de volver y revolver<note
              place="bottom"> Suponemos que la frase quiere decir: ‘El lector se corre de volver y
              revolver los incomprensibles enigmas tantas veces, sin adivinarlos, el oyente se
              duerme a su son, y yo me canso…’] Un lector del impreso del 1634 que utilizamos como
              texto base y que ha deslizado por el libro varias notas manuscritas, escribe en esta
              ocasión a lado del texto “volver y revolverlos”. Al parecer, este anotador intentó
              remediar la ausencia de complemento de “volver y revolver”, verbos transitivos. El
              sintagma que puede cumplir esta función, “incomprensibles enigmas”, aparece pospuesto,
              en la frase de Cascales, como complemento de nombre (o sea con un caso distinto,
              genitivo y no acusativo) en otro miembro de la frase: “el oyente se duerme al son de
              los incomprensibles enigmas”. Se trata, en nuestra opinión, de un zeugma violento que
              oscurece el sentido, quizá deliberadamente y con fines paródicos.</note> tantas veces
            sin adivinarlos, el oyente se duerme al son de los incomprensibles enigmas, y,
            finalmente, yo me canso perdiendo el tiempo, joya preciosísima, en cosa menos útil que
            molesta, y más temeraria que gloriosa.</p>
          <p>Vuestra merced, señor licenciado, eche su bastón<note place="bottom">
              <hi rend="i">echar el bastón</hi>: “alude Cascales a la práctica de los antiguos
              jueces, que, al pronunciar la sentencia de un pleito, arrojaban su vara o su bastón a
              la parte no condenada”, cf. García Soriano en Cascales (1930: I, 165). </note> y como
            tan gran crítico<note place="bottom">Como señala Collard (1971: 43-51), hay dos
              acepciones para la voz “crítico” en el Siglo de Oro; por un lado, es “sinónimo de
              “culto” en sentido satírico. [...]. El proceso de transformación habría seguido, poco
              más o menos, líneas paralelas a las de <hi rend="i">culto</hi> [...]; por otra parte,
              y de modo acorde con su etimología, significa “censor, justipreciador de obras
              ajenas”. Cascales solo considera válido el segundo sentido: “Crisis es nombre griego.
              Significa el juicio y censura que se hace de las obras ajenas.” (<hi rend="i">Cartas
                filológicas</hi>, III, 6). En esta carta, Cascales sostiene que quienes tachan de
              “cultos” y de “críticos” a ciertos predicadores no saben lo que dicen, puesto que,
              usadas en su recto sentido, estas palabras no implican “lenguaje intrincado y oscuro,
              ambagioso y enigmático”. “Crítico” no es calificativo, dictamina Cascales, que pueda
              darse al lenguaje; en cuanto al “lenguaje culto”, “es un modo de hablar bien trabajado
              y cultivado, no humilde ni desechado en ninguna manera, porque, si tal fuese, sería
              indigno de la gravedad del púlpito sagrado, indigno de las materias altas y divinas
              que en él se predican” (Cascales 1930: III, 130). La carta defiende, por lo tanto, que
              se debe usar en el púlpito una elocuencia bella y majestuosa, y, lo que es lo mismo,
              llena de ornamentos y erudición, o sea, culta, y no por ello más oscura de lo debido.
              Sostiene, en suma, que “culto” y “crítico” remiten a cualidades encomiables y no deben
              usarse como baldones. Se contradice, puesto que, en dos ocasiones, en las cartas que
              editamos, usa “cultos” con significado irónico.</note>, me diga su sentimiento, que
            será para mí oráculo indubitable y cierto. Nuestro Señor guarde a vuestra merced , etc.
            De Murcia y noviembre 15</p>
        </div>
        <div>
          <index indexName="resp" n="Villar, Francisco de"/>
          <index indexName="adresse" n="Ortiz, Juan"/>
          <index indexName="date" n="1634"/>
          <head>Epístola IX. Don Francisco del Villar al Padre Maestro Fray Juan Ortiz<note
              place="bottom"> Sobre Juan Ortiz, trinitario que ejerció cargos de superior en su
              orden y predicador estimado, véase la introducción.</note>, Ministro de la Santísima
            Trinidad en Murcia, sobre la carta pasada de los Polifemos.</head>
          <p>En otras he dicho a vuestra paternidad mi sentimiento acerca de la erudición y ingenio
            del licenciado <name type="polemista">Francisco de Cascales</name>, cuya amistad a V. P.
            envidio, y a quien quiero dé mis saludes y recomendaciones, y excuse esta niñería, pues
            mayores estudios lo serán en sus manos, que solo ha sido querer arrojar la capa, si ya
            no capitular, por indigno, la propia al prado, para desenfadarme un poco<note
              place="bottom">Villar, temiendo ser acusado de atrevimiento e impertinencia por
              impugnar a Cascales, a quien no conoce y que no ha solicitado su opinión, empieza su
              carta con zalamera modestia. Aunque evidentemente desea que su amigo el fraile
              transmita su carta al licenciado, finge avergonzarse de que aquel gran hombre la lea:
              lo que escribe es pura fruslería o bagatela, que no se atreve a poner en manos de un
              personaje cuya sabiduría es tanta que trabajos (“estudios”) mucho mayores serán
              niñerías para él (“mayores estudios lo serán en sus manos”). Por lo demás, alude a una
              de las pullas de la carta de Cascales: “No digo yo que este humor es natural en él,
              sino que ha sido eutrapelia y rato de entretenimiento, arrojando la capa capitular por
              el ameno prado, para desenfadarse del continuo coro”. A esta frase pérfida, que
              atribuye a Góngora una conducta que desdice de su dignidad eclesiástica, hace eco
              Villar, declarando que él también solo pretende divertirse “arrojando la capa, no
              capitular, por indigno”, tal vez aludiendo a su condición de mero capellán, y no
              canónigo como Góngora. En suma, empieza anunciando que se identifica con el poeta
              vapuleado por Cascales, con humildad tal vez discretamente burlona: como si él y el
              poeta fueran niños que bajan la cabeza ante el dómine que les riñe, pero riéndose de
              él para sus adentros. </note>.</p>
          <p>Excelente cosa es comparar al Mongibelo las poesías oscuras, y llamarlas hijas suyas;
            pues, como dice el amigo, todo es humo; y el faltarles la luz, pienso que nace de que,
            divertidos en el ambage y circunloquios, no buscan los conceptos. ¡Oh, qué bien dice
              <name type="authority">San Jerónimo</name><note place="bottom"> Alude a la frase de la
              carta de Cascales : “habemos de decir con san Jerónimo, lo que dijo leyendo a Persio:
                <hi rend="i">Non vis intelligi, neque intelligaris</hi>”. Sobre el uso de san
              Jerónimo como autoridad en el entorno de la polémica gongorina, véase Azaustre Galiana
              (2005: 43-47).</note>! No he visto ni oído mayor donaire en mi vida; parece que le
            sobornó para el intento. Y lo que más estimo es que concluye con aquel argumento tan
            insoluble y doctrina tan importante de proponer las obligaciones que cualquiera debe
            procurar cumplir en sus escritos, y que todas se pierden con la oscuridad<note
              place="bottom"> Villar resume la carta de su contrincante con tono de rendida
              admiración, ponderando sus méritos, su donaire, la fuerza de sus argumentos y su
              importante doctrina. Teniendo en cuenta que el núcleo de su mensaje contradice
              directamente lo escrito por Cascales, hay que leer estos aplausos <hi rend="i">cum
                grano salis</hi>.</note>.</p>
          <p>Yo sospecho que lo que a este poeta le ha hecho oscurecerse es permitirlo las materias
            que ha tratado con tanta agudeza. Perdone <name type="authority">Marcial</name>; aunque
            no sé si le perdonara los muchos conceptos que le hurta y la sal con que los guisa. Si
            ha satirizado superiormente, dígalo el <hi rend="i">Coridón</hi><note place="bottom">
              Como indica García Soriano en Cascales (1930: 166): “Villar sin duda se refiere a las
              décimas burlescas de Góngora [OC257], que empiezan: ‘Cuán venerables que son, / cuán
              digno de reverencia/ las tocas de la apariencia, el manto de la opinión; / ¡oh
              Coridón, Coridón!...”. </note>; si ha tocado fábulas con más valentía que otro
            ninguno, dígalo el principio de las <hi rend="i">Soledades</hi>:</p>
          <quote><l><ref xml:id="ref1010"
            target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.1"
            >Era del año la estación florida</ref></l>
              <l>en que el mentido robador de Europa</l>
              <l>media luna las armas de su frente,</l>
              <l>y el sol todos los rayos de su pelo,</l>
              <l>luciente honor del cielo,</l>
              <l>en dehesas azules pace estrellas<note place="bottom"> [OC264B.1-6] Escribe Jammes
                  en su edición a las <hi rend="i">Soledades</hi>, p. 196: “<hi rend="i">El sol
                    todo</hi>: así hay que leer, con la mayoría de los mss., y no ‘todos’, como
                  imprimen desgraciadamente las ediciones modernas”; y p. 198: “Góngora había
                  escrito primero <hi rend="i">zafiros pisa, si no pace estrellas</hi>”. Villar no
                  disponía de la última redacción de la <hi rend="i">Soledad primera</hi>, sino de
                  una versión anterior que no figura en las impresiones ni en los mejores
                  manuscritos. Cosa lógica en Andújar y a comienzo de la década de 1620, cuando no
                  se habían impreso todavía las obras del poeta. Cascales, por su parte, es posible
                  que no tuviera ni siquiera el texto de las <hi rend="i">Soledades</hi>, pues es
                  raro que no sacara de él un solo ejemplo, sino todos del <hi rend="i"
                    >Polifemo</hi>. Véanse otros argumentos en la
            introducción.</note>.</l></quote>
          <p>Que parece que eleva, y más con aquel adjunto, <hi rend="i">mentido</hi>, que siempre
            que lo considero, me dan impulsos de levantarle estatua. Pues bien se toca el punto de
              astrología<note place="bottom"> Cabe recordar que el gusto de Francisco del Villar por
              la astrología judiciaria le acarreó problemas con la Inquisición. Véase Ponce Cárdenas
              (2015: 41-42).</note>; y el <quote>pacer estrellas en dehesas azules</quote> escríbase
            con letras de oro. Y no cansen las cosas por tener mucho bueno, que es lástima que los
            retóricos presuman de un ingenio que se cansa de agudezas y metáforas continuas<note
              place="bottom"> Luis Carrillo y Sotomayor, en 1607, había contestado algo parecido a
              quienes objetaban a su <hi rend="i">Libro de la erudición poética</hi> que un estilo
              que exige atención cansa a los lectores. Entre estos críticos se contaba, al parecer,
              Cascales. Replica el joven cuatralbo (Carrillo 1611 : fol. 143r): “¿No podrá siempre
              el lector estar atento y así se cansará? ¿Es acaso ley del discurso haberse de leer en
              solo un día? <hi rend="i">Soles si occidere et oriri possunt</hi>, léalo en dos, o
              esté atento: antes esto es virtud notable […]”. La carta a la que pertenece esta cita
              menciona en sus últimas líneas a Cascales, con quien el noble militar parece haber
              discutido acerca de la oscuridad poética: “…al licenciado Cascales le dé mil
              encomiendas, y que se acuerde de una deuda de una carta mía; y en lo que toca a mi
              discurso, el fin suyo y mío es probar, siendo vicio la oscuridad, como lo es, no ser
              oscuro a lo que el vulgo da tal nombre y esto basta a quien sabe tanto” (fol. 142v).
              Modernizamos el texto según nuestras normas.</note>, como si no hubiera hombres que en
            su vida pudieran llevar el agrio en ninguna comida, y otros que no estiman otra moneda
            que el oro.</p>
          <p>Si nuestro poeta tratara de alguna historia, culpáramosle en hora buena; porque, como
            los heroicos hechos y grandiosas hazañas se proponen para que todo el mundo las imite y
            entienda, es bien se traten con el estilo claro; mas conceptos sutiles, levantados de
            punto, singulares alusiones, pinturas fabulosas, galanas fábulas a propósito, <quote><hi
                rend="i">qui potest capere capiat</hi></quote><note place="bottom"> La frase figura
              en el evangelio de Mateo, XIX, 12, en boca de Jesús: ‘El que pueda entender, que
              entienda’. De manera inocente o deliberada, Villar recuerda que la Escritura y las
              propias palabras de Cristo en el Evangelio son oscuras, pues se destinan a los
              elegidos a quienes Dios ha dado la gracia de entenderlas. Lo mismo sucede con los
              buenos poetas: requieren lectores escogidos. El mismo argumento usa Giovanni
              Boccaccio, <hi rend="i">Genealogia deorum gentilium</hi>, 14, 12, para defender la
              oscuridad poética (“<hi rend="i">Damnanda non est oscuritas poetarum</hi>”), y lo
              recoge Manuel Ponce en “<hi rend="i">Silva a las Soledades de don Luis de Góngora. Con
                anotaciones y declaración …y un discurso en defensa de la novedad y términos de su
                estilo. Noviembre de 1613</hi>”. Véase Azaustre 2015, donde se evidencia la línea
              argumentativa que va de Giovanni Boccaccio al temprano defensor y comentarista de
              Góngora. </note>. Y si sabe hacer todo esto, díganlo sus obras todas, y comencemos por
            el principio del <title>Polifemo</title>, que es pasmoso:</p>
          <quote><l><ref xml:id="ref1011"
            target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.25"
            >el mar sicilïano</ref></l>
              <l>el pie argenta de plata al Lilibeo</l>
              <l>bóveda o de las fraguas de Vulcano </l>
              <l>o tumba de los huesos del Tifeo<note place="bottom">
            OC255.25-28.</note>.</l></quote>
          <p>¿Qué mayor gala? ¿Qué más linda pintura de aquellos volcanes? ¿Qué más bien tocada<note
              place="bottom"> El significado que da Villar al verbo “tocar” es típico del
              vocabulario crítico de entonces: “tocar” una fábula, una historia, un punto de
              doctrina, quiere decir movilizarlos sin hacerlos del todo explícitos, contar con ellos
              para la perfecta construcción del sentido, suponiéndolos conocidos del lector, de modo
              que quien no los conoce no entiende bien el texto. De ahí la dificultad que entraña el
              hecho de “tocar”.</note> la fábula de los gigantes? ¿Y qué más bien dispuesta la
            descripción del sitio?<note place="bottom"> En estos cálidos aplausos al <hi rend="i"
                >Polifemo</hi>, Villar tal vez se inspira, no sin cierto ánimo de revancha burlona,
              en el entusiasmo que mostraba la carta de Cascales por los versos de Ausonio sobre la
              vaca de bronce esculpida por Mirón: “¿Qué más claro? ¿Qué más elegante? ¿Qué más bien
              dicho?”. Como otros muchos lectores de Góngora, Villar juzga admirable la belleza
              plástica de sus imágenes, pero también su manera elegante de aludir a las “fábulas”, a
              lo que llamamos mitología, de modo conciso y oportuno, mostrando al propio tiempo
              erudición y agudeza, precisamente lo que Cascales elogia en sus poetas favoritos, como
              Marcial. </note> Y particularizando más mi intento, cotejemos a <name type="polemista"
              >don Luis</name> con los poetas latinos, a cuya superioridad todo el mundo reconoce
            vasallaje y se rinde, y veremos si les imita y aun si les excede y sobrepuja<note
              place="bottom"> Los admiradores de Góngora casi siempre lo comparaban favorablemente
              con los poetas antiguos, cuya excelencia nadie ponía en duda. Como en España el
              conocimiento del griego era muy minoritario, solía limitarse la comparación a los
              poetas de la Roma imperial, que son los que va a examinar a continuación Villar: “los
              poetas latinos, a cuya superioridad todo el mundo reconoce vasallaje y se rinde”.
            </note>. Por cierto que no supieron ellos más bien su lengua que el nuestro la suya. Y
            veamos si usan de trasmutaciones, y no nos cansemos buscando, sino miremos desde los
            primeros versos de sus obras, que parece que lo toman por oficio<note place="bottom">
              Siguiendo un procedimiento paralelo al de Cascales, que enumeraba ejemplos de
              hipérbaton en Góngora, dando a continuación su pretendido equivalente en la lengua
              estándar, Villar enumera los primeros versos de una serie de obras poéticas latinas
              donde el hipérbaton es la norma. En comparación con el galimatías que resultaría de la
              transposición literal al castellano de estos versos latinos, tan aplaudidos, los
              versos de Góngora son lisos y suaves. Como explica, escoge el verso liminar no tanto
              de cada poema como de cada obra, para sugerir que empezar a hablar en verso y empezar
              a usar de “trasmutaciones”, es uno y lo mismo, como si la figura fuera parte
              inseparable del oficio de poeta.</note>.</p>
          <p><name type="authority">Virgilio</name>:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">sylvestrem tenui Musam meditaris avena</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Bucólicas</hi>, I, 1-2 (Virgilio 2000: 75): “Títiro, tú, recostado a la
                sombra de un haya extendida, / pruebas la musa del bosque, soplando en tu flauta
                delgada”. </note>.</l></quote>
          <p>Que si ahora dijera uno: ‘¡Oh Títiro, que en una umbrosa, recostado, haya, tu silvestre
            ejercitas delicada musa con zampoña!’!’, sin duda dijéramos que hablaba en
              jerigonza<note place="bottom"> JERIGONZA: “un lenguaje corrupto y grosero, por común
              de gente perdida. Lenguaje o cosa difícil de entender o construir” (<hi rend="i"
                >Aut</hi>.). </note>.</p>
          <p><name type="authority">Marcial</name>:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Barbara pyramidum sileat miracula Memphis</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">assiduus iactet nec Babylona labor</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Liber Spectaculorum</hi>, I, 1-2 (Marcial 2005: I, 2): “Qué la bárbara
                Menfis calle la maravilla de las pirámides, / que la industriosa Asiria no se jacte
                de Babilonia”. Cascales da en el primer verso la lección <hi rend="i">assiduus</hi>,
                en lugar de <hi rend="i">Assyrius</hi>. No es error suyo ni del cajista: es así como
                se presenta el verso en las ediciones entonces autorizadas de Rader y Ramírez de
                Prado (y en otras que pudo manejar Cascales) y puede tener sentido: “no el <hi
                  rend="i">trabajo continuo</hi> Babilonia blasone”, traduce el anónimo autor del
                Marcial en verso castellano (Bresadola 2008: 229).</note>.</l></quote>
          <p><name type="authority">Tibulo</name>:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="it" rend="i">Divitias alius fulvo sibi congerat auro</hi><note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Elegías</hi>, I, I, 1 (Tibulo 1990:4): “Que otro acumule para sí
                riquezas de rubio oro”. </note>.</l></quote>
          <p><name type="authority">Catulo</name>:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="it" rend="i">Peliaco quondam prognatae vertice pinus</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">dicuntur liquidas Neptuni nasse per undas</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Carmina</hi>, LXIV, 1-2 (Catulo 2005: 279): “Unos pinos, nacidos antaño
                en la cumbre de Pelión, / se dice que nadaron por las límpidas olas de Neptuno”.
              </note>.</l></quote>
          <p><name type="authority">Horacio</name>:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Maecenas atavis edite regibus</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Odas</hi>, I, I, v1 (Horacio 2007: 245): “¡Mecenas, descendiente de
                antiguos ancestros!”. </note>.</l></quote>
          <p>Mas dejemos estos que se precian de oscuros<note place="bottom"> Resulta llamativa la
              tétrada de maestros de la poesía latina a los que Villar atribuye la <hi rend="i"
                >obscuritas</hi>, esto es, Marcial, Tibulo, Catulo y Horacio. Por lo general, no se
              tienen por especialmente difíciles, frente a otros como Lucano, Estacio, Persio o
              Claudiano. Por ese mismo motivo, es sorprendente que en la tríada de poetas que cita
              como ejemplos de “más suavidad” se halle el autor de la <hi rend="i">Farsalia</hi>.
            </note>, y vamos a otros de más suavidad. <name type="authority">Ovidio</name>, en sus
              <title>Metamorphoses</title>:</p>
          <quote>
            <l><hi rend="i">In nova fert animus mutatas dicere formas</hi></l>
            <l><hi rend="i">corpora. Di caeptis nam vos mutatis et illa</hi></l>
            <l><hi rend="i">adspirate meis</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Metamorfosis</hi>, I, 1-3 (Ovidio 1964: vol. I, 6): “Es mi deseo
                exponer las transformaciones de los cuerpos en formas nuevas. / Oh dioses, puesto
                que también vosotros habéis sido autores de tales transformaciones, / ayudadme en mi
                (empresa)”.</note>.</l></quote>
          <p><name type="authority">Cornelio Galo</name>:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Aemula cur cessas finem properare senectus</hi>?<note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Elegías</hi>, I, 1 (Maximiano<name type="authority"> </name>Etrusco
                2011: 50-51): “¿Cómo, envidiosa vejez, no permites que el fin se apresure?” En el
                Renacimiento se atribuyeron los versos de este poeta tardío a Cornelio Galo, un
                contemporáneo de Virgilio, célebre por haber iniciado la poesía amorosa neotérica,
                cuya obra se ha perdido casi por completo. Véase Navarro López (1998: 519): “Aun
                siendo cierto que parte de la tradición manuscrita de las elegías de Maximiano
                otorga ya la autoría de las mismas a Cornelio Galo, esta falsa atribución no llegó a
                adquirir verdadera entidad hasta que en 1501 el napolitano P. Gaurico (1480-1543)
                publicara en Venecia las elegías de Maximiliano, divididas por él en las seis piezas
                que hoy nos son conocidas bajo el falaz título de <hi rend="i">Cornelii Galli
                  fragmenta</hi>”. Véase también Navarro López (1995: 299-308) y Meyers
                (2018).</note></l></quote>
          <p><name type="authority">Lucano</name>:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Bella per Emathios plusquam civilia campos</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Farsalia</hi>, I, 1 (Lucano 1967: I, 4): “Cantamos las más que civiles
                guerras que ensangrentaron los campos de Ematia”. </note>.</l></quote>
          <p>Todos los cuales usan licencias y transmutaciones, harto más atrevidas y temerarias que
            las nuestras. Pues <name type="authority">Terencio</name> aparta el adverbio de su
            adjetivo: <quote><hi rend="i">Omnes quibus res sunt minus secundae, magis sunt nescio
                quomodo suspiciosi</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Los Adelfos</hi>, 605-606 (Terencio 2001, 91): “Todas las personas que se
              encuentran en una situación menos favorecida son en cierta medida más desconfiadas”.
            </note>. ¿Y qué mayor transmutación, ni más dura, que esta de <name type="authority"
              >Ovidio</name>?</p>
          <quote><l><hi xml:lang="it" rend="i">Ad mea perpetuum deducite tempora carmen</hi><note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Metamorfosis</hi>, I, 4. (Ovidio 1964: I, 6): “…haced que mi poema
                discurra sin interrupción desde el principio del mundo hasta la actualidad”.
              </note>.</l></quote>
          <p>Pues bien sabemos que ninguno se la gana en facilidad natural; y así el oscurecerse lo
            hace muy de intento. Y si era falta el escribir claro, véase a <name type="authority"
              >Marcial</name> respondiendo a una objeción de Zoilo, libro II, epigrama 58<note
              place="bottom"> Empieza aquí una argumentación a favor de la oscuridad y el
              hipérbaton, que peca de confusa, con base en unas autoridades traídas a colación de
              modo chapucero, mal interpretadas y aplicadas (las de Marcial, Juvenal, el
              pseudo-Galo, y Horacio), cosa que señalará Cascales, con moderación y cortesía, en la
              carta en respuesta a Villar, la I, 10.</note>:</p>
          <quote>
            <l><hi xml:lang="fr" rend="i">Pexatus toties rides mea, Zoile, trita.</hi></l>
            <l><hi xml:lang="fr" rend="i">Sunt haec trita quidem, Zoile, sed mea sunt</hi><note
                place="bottom"><hi rend="i"> Epigramas</hi>, II, 58, 1-2 (Marcial 2005; I, 81):
                “Vestido de hermosa nueva ropa te ríes, Zoilo, de la mía raída. / Ella está, en
                verdad, raída, Zoilo, pero es mía”. Las ediciones modernas dan el primer verso con
                la forma “<hi rend="i">Pexatus pulchre</hi>”, o sea, ‘vestido de hermosa ropa
                nueva’, según la traducción que citamos, en vez de ‘tantas veces vestido con ropa
                nueva” (que sería la traducción de la lección de Villar “<hi rend="i">Pexatus
                  toties</hi>”). También las ediciones antiguas que hemos consultado, la del jesuita
                Mattias Rader (Marcial 1602: 194), muchas veces reimpresa, y la de Lorenzo Ramírez
                de Prado (Marcial 1607: 57) presentan la lección “<hi rend="i">pulchre</hi>”. No
                sabemos de dónde sacó Villar su variante “<hi rend="i">toties</hi>”, que Cascales
                suprimió en su respuesta, escribiendo él también “<hi rend="i">Pexatus
                pulchre</hi>”. Es posible que sea contaminación del verso de Juvenal, muy conocido
                por estar al principio de las <hi rend="i">Sátiras</hi>, como una declaración de
                poética (<hi rend="i">Sátiras</hi> I, 2): “<hi rend="i">vexatus toties rauci
                  Theseide Codri</hi>”.</note>.</l></quote>
          <p>De manera que parece que en este tiempo andaban los mismos pleitos que hoy tenemos<note
              place="bottom"> La interpretación de Villar resulta poco plausible. El epigrama no
              habla de escribir claro u oscuro ni entra en debates de crítica literaria. Zoilo se
              ríe de la ropa raída del poeta, señal de pobreza digna, y presume de su ropa lujosa,
              pero es él quien merece desprecio, insinúa Marcial, porque lleva ropa ajena: es un
              parásito, un estafador o un hombre perdido de deudas y de trampas. El error de Villar
              puede deberse al nombre del personaje incriminado, Zoilo. Así se llama un gramático
              griego y filósofo cínico del siglo IV a. C que criticó severamente a Homero, por lo
              que su nombre designó por antonomasia a los críticos mezquinos que buscan razones
              estúpidas para censurar a los grandes poetas.</note>. Más claro lo dice él mismo,
            libro II, en un epigrama al lector:</p>
          <quote>
            <l><hi rend="i">Qui gravis es nimium, potes hinc iam, lector, abire</hi></l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">quo libet: urbanae scripsimus ista togae</hi><note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Epigramas</hi>, XI, XVI, 1-2 (Marcial 2005: II, 133): “Lector que eres
                demasiado severo, a partir de aquí ya puedes irte / a donde gustes: he escrito
                versos para la toga urbana”. Se trata del libro XI, no del II, como escribe Villar,
                sin duda porque él, o el cajista, confundieron II con 11. Aquí también la
                interpretación del clérigo de Andújar parece descaminada. Marcial avisa al lector
                que no siga leyendo si es demasiado severo, y efectivamente la continuación del
                libro XI contiene numerosos epigramas obscenos, de contenido crudamente sexual y
                nada oscuro ni velado; él ha escrito “para la toga urbana”, para los ciudadanos de
                gusto liberal y refinado, no para los fanáticos de la decencia. De modo que no tiene
                relación la cita alegada por Villar con el asunto de la oscuridad
                estilística.</note>.</l></quote>
          <p>Y por imitar en todo al nuestro, parece que tuvo este autor dos métodos de
              escribir<note place="bottom"> Este razonamiento insólito invierte, como si se tratara
              de un <hi rend="i">hýsteron próteron</hi> conceptual, el orden cronológico: no es
              Marcial el que imita, sino el imitador.</note>; y habiéndole cansado el primero,
            siguió el segundo, aunque contra el parecer de muchos. Bien claro lo dice en el libro
            VI, epigrama 60:</p>
          <quote>
            <l><hi rend="i">Laudat, amat, cantat nostros mea Roma libellos.</hi></l>
            <l><hi rend="i">Meque sinus omnes, me manus omnis habet.</hi></l>
            <l><hi rend="i">Ecce rubet quidam, pallet, stupet, oscitat, odi.</hi></l>
            <l><hi rend="i">Hoc volo: nunc nobis carmina nostra placent</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Epigramas</hi>, VI, LX, 1-4 (Marcial 2005: vol. I, 2): “Mi querida Roma
                alaba, ama, recita mis libros / y estoy en los bolsillos de todos, en las manos de
                todos. / He ahí uno que se pone colorado, pálido, estupefacto, que bosteza, rabia. /
                Esto es lo que buscaba: ahora es cuando me gustan mis versos”. El verso 3, en las
                ediciones consultadas, contiene la forma “<hi rend="i">odit</hi>” (y no “<hi
                  rend="i">odi</hi>”, que parece gramaticalmente poco plausible.) Una vez más Villar
                interpreta los versos de manera extraña y forzada, puesto que Marcial no dice que
                haya cambiado de “método de escribir”. Se siente especialmente orgulloso de sus
                versos cuando ve que estos provocan asombro y rabia en sus envidiosos rivales. Así
                lo interpretan el jesuita Rader (Marcial 1602: 420) y los demás comentaristas; no
                parece posible entenderlo de otro modo.</note>.</l></quote>
          <p>Pues si el oscurecerse y usar de transmutaciones es tan ordinario, y se alaba en los
            poetas latinos, ¿por qué en los españoles se ha de reprehender, y más en quien los usa
            con tanto donaire y suavidad? Y si allí fue lícito, ¿qué delitos ha cometido nuestra
            lengua, para no gozar de las exenciones y privilegios que la latina<note place="bottom">
              Esta pregunta retórica coincide con el nudo argumental de la carta. Recuérdese la
              afirmación de Góngora en la “Carta en respuesta”: “en dos maneras considero me ha sido
              honrosa esta poesía: si entendida para los doctos, causarme ha autoridad, siendo lance
              forzoso venerar que nuestra lengua a costa de mi trabajo haya llegado a la perfección
              y alteza de la latina” (Góngora 2000, II, 297). </note>? Pues si la disparidad está en
            que no hace tan buena consonancia al oído, muchos la aprueban, aunque la reprueban
            muchos; y no habiendo otra razón que el gusto de cada uno, no debe reducirse a disputa,
            pues de gustos no la ha de haber<note place="bottom"> Que no se debe disputar de gustos,
              era un lugar común desde la Antigüedad : “<hi rend="i">De gustibus non est
                disputandum</hi>”.</note>, sino que cada uno siga lo que más bien le parezca.</p>
          <p>Yo sospecho que lo que a <name type="authority">Horacio</name> le ocasionó a poner en
            su <title>Arte</title> una cuestión que comienza:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Natura fieret laudabile carmen an arte</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">Quaestium est, etc</hi><note place="bottom"><hi rend="i">Arte
                  poetica</hi>, 408-409 (Horacio 2002: 225): ‘¿Hace loable a un poema la naturaleza
                o la técnica? He ahí la cuestión”. El texto latino no tiene relación directa con las
                licencias poéticas y su legitimidad. Tal vez interpreta Villar que si lo loable en
                el poema resulta ser la naturaleza, según una de las dos opiniones enfrentadas que
                Horacio considera, el poeta no necesitará los preceptos racionales del arte, y podrá
                dispensarse de toda regla, incluyendo las reglas de propiedad léxica y de coherencia
                sintáctica. Esta interpretación induciría una defensa fundada en un principio de
                anarquía, lo cual, al menos en este entorno cultural, no iba a ninguna
              parte.</note>.</l></quote>
          <p>nació de esta variedad en la disposición en las partes de la oración y de la licencia
            que la poesía se ha tomado para tropos y figuras licenciosas. Mas el argumento mayor que
            yo me hago para excusar la oscuridad de los escritos de <name type="polemista">don
              Luis</name> es ver que en la lengua latina escribieron <name type="authority"
              >Cicerón</name> y <name type="authority">Paulo Manucio</name><note place="bottom">
              Paolo Manuzio (Venecia 1512-Roma 1574), importante impresor veneciano, hijo de Aldo el
              joven, contribuyó a orientar la política cultural en una nueva fase del humanismo
              italiano, y fue activísimo editor de clásicos, epistológrafo y ensayista. Fue
              renombrado como editor y comentarista de Cicerón, de ahí tal vez que Villar asocie los
              dos nombres.</note>, y en la misma <name type="authority">Horacio</name> y <name
              type="authority">Marcial</name>, y a aquellos entendemos como si hablaran en la
            nuestra materna, y estos nos hacen trabajar, como si no tuviéramos principios de la
              Gramática<note place="bottom"> Apunta aquí Villar un nuevo argumento, el más
              sustancial de todos los suyos, al que contestará Cascales en la tercera carta. El
              hipérbaton, tan frecuentado por autores latinos no obedece a una característica
              general de la lengua: es una licencia de los poetas, exentos, por el privilegio de su
              sublime divinidad, de las normas lingüísticas, imperativas para los prosistas. Ergo,
              si los poetas latinos se toman esas libertades nada se opone a que las tomen también
              los poetas españoles, porque las exenciones y privilegios de los latinos no están
              refrendados por ninguna ley, sino solo por el uso. En prueba, algo ingenua, de que el
              hipérbaton en latín es un fenómeno poético, remite el apologista a la experiencia de
              una dificultad mucho mayor de lectura en los poetas latinos que en los prosistas: los
              segundos se leen sin esfuerzo, los primeros nos hacen trabajar como si todavía
              fuéramos principiantes. </note>. Pues supuesto que los unos y los otros aciertan, ¿de
            dónde hemos de tomar tan notable diferencia, si no es del diferente modo de disponer las
            frases que tiene el orador del poeta? Oficios son bien diferentes, como dicen todos los
            retóricos. Algo dice <name type="authority">Cornelio Galo</name> elegía I:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Dum iuvenile decus, dum mens sensusque manebat</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">orator toto clarus in orbe fuit.</hi></l>
            <l><hi rend="i">Saepe poetarum mendacia dulcia finxi</hi>,<hi rend="i"> etc.</hi><note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Elegías</hi>, I, 9-11 (Maximiano Etrusco 2011: 50-51): “Mientras tenía
                el encanto de un joven, intactos la mente y sentidos, / me hice un famoso orador
                todo lo ancho del mundo. / Más de una vez me afané en las dulces ficciones del
                verso”. También aquí la aplicación que hace Villar de la autoridad parece <hi
                  rend="i">sui generis</hi>. Dice el poeta que fue orador famoso y a veces escribió
                versos, pero nada dice sobre si los oficios son “bien diferentes” o, al contrario,
                compatibles y afines.</note>,</l></quote>
          <p>Pero más claro <name type="authority">Juvenal</name>, y más a propósito, en la sátira
            VII:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="it" rend="i">Sed vatem egregium, cui non sit publica
              vena</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">qui nihil expositum soleat deducere, etc</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Sátiras</hi>, VII, 53-54 (Juvenal 1996: 93): “Pero al poeta singular,
                cuya vena no sea la de todos, / que no acostumbre a componer nada tópico…”. Juvenal
                habla en esta sátira de la imposibilidad de ser verdadero poeta cuando a uno lo
                abruman los sórdidos afanes de la pobreza. De modo indirecto, puede aplicarse la
                cita a la cuestión de la diferencia entre poesía y oratoria, si inferimos de estos
                versos que, desde el momento que el poeta debe singularizarse y evitar los tópicos,
                es forzosamente distinto del orador, que se dirige a la multitud. Sin embargo,
                Juvenal no menciona la oratoria en la frase citada, ni en el resto de la sátira, por
                lo cual su autoridad no es muy oportuna para la causa de Villar.</note>.</l></quote>
          <p>Si ya no es que ha de dañar a este caballero lo que le hace digno de premio, que es
            haber usado de frases nuevas en nuestra lengua, imitadas de la latina, y haberlas
            amplificado con notable gala y agudeza<note place="bottom"> El parámetro valorativo
              vuelve a ser el de una <hi rend="i">imitatio</hi> que no es simple calco, sino<hi
                rend="i"> amplificatio</hi>, es decir desarrollo creativo, hecho con agudeza y gala,
              inteligencia inventiva y sentido de la belleza.</note>; pues mirando la mejor retórica
            que hasta hoy tenemos, y lo mejor de sus obras, que es el <title>Arte poética</title> de
              <name type="authority">Horacio</name>, veremos que esto no tiene inconveniente; pues,
            como en todas las cosas, también se extiende a las palabras la jurisdicción del uso:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Ut silvae foliis pronos mutantur in annos, etc</hi><note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Arte Poética</hi>, v. 60 (Horacio 2002: 186): “Como los bosques mudan
                hojas de año en año”. </note>.</l></quote>
          <p>Y más abajo:</p>
          <quote>
            <l><hi rend="i">Multa renascentur quae iam, cecidere, cadentque</hi></l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">quae nunc sunt in honore vocabula, si volet usus.</hi></l>
            <l><hi xml:lang="fr" rend="i">Quem penes arbitrium, est, et ius et forma
                loquendi</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Arte Poetica</hi>, 70-72 (Horacio 2002: 188): “Renacerán muchos
                vocablos que ya han caducado, y caducarán / los que ahora están de moda, si así lo
                quiere el uso, / en quien reside la autoridad, las leyes y las reglas del lenguaje”.
              </note>.</l></quote>
          <p>No sé qué más claro se pueda decir. Y lo que me admira es que después de haberlo
            satirizado, le imitan todos, quedando pasmados de oír que a las aves llamaba
              <quote>cítaras de pluma</quote><note place="bottom"> OC264B. 556. Como señala Carreira
              en su <hi rend="i">Antología Poética</hi> (Góngora 2009: 437): “Comparar las aves con
              cítaras era tópico desde el siglo XII, según Curtius (<hi rend="i">Literatura
                europea</hi>…, I, p. 369); Lope de Vega cita la imagen en <hi rend="i">Del monte
                Sale</hi>, I, comedia de 1627: <hi rend="i">CONDE: Cítaras de plumas di, / como
                aquel grave poeta. / FELICIANO: Porque es justa consecuencia / llamar ruiseñor de
                palo / a la cítara es malo. / CONDE: Respeta, necio, su ciencia</hi>; cinco años
              después repite la censura, matizándola, en la <hi rend="i">Dorotea</hi>, IV, 3 (ed.
              Morby, p. 346)”.</note>; y <name type="polemista">Lope</name>, en su
              <title>Andrómeda</title> llama a los ánades <quote>naves de pluma</quote><note
              place="bottom"> Esta referencia resulta de importancia decisiva a la hora de fechar
              esta controversia epistolar. Véase Ponce Cárdenas (2015: 53-54): “La mención expresa
              de uno de los epilios más conocidos de Lope ha permitido a los críticos establecer una
              fecha <hi rend="i">a quo</hi> para la carta del iliturgitano, situándola en un momento
              impreciso, posterior a la publicación de <hi rend="i">La Andrómeda</hi>, cuyos versos
              fueron recogidos en el volumen de <hi rend="i">La Filomena</hi> (1621). Ahora bien,
              pese a lo que allí se indica, el pasaje al que alude Villar no se encuentra en el
              poema mitológico citado, sino en el primer canto del otro epilio, dedicado a la
              historia de Filomena, Progne y Tereo, publicado en el mismo volumen. En dicho relato
              puede leerse la siguiente descripción (393-400): <hi rend="i">Los jardines le pinta
                siempre hermosos, / las retóricas fuentes, porque luego / son todas artificios
                sonorosos / y las burlas del agua en las del fuego; / los estanques, que nadan
                bulliciosos / ánades mansos con lascivo fuego / y el cisne que compite con la
                espuma, / con alta presunción nave de pluma</hi>. A la luz de este pasaje puede
              reconocerse otra imprecisión en la cita que Villar parece estar haciendo de memoria,
              puesto que pese a compartir espacio con los ‘ánades’, el ave al que se aplica la
              metáfora es el blanco y altivo cisne. En otro orden de asuntos, Villar apunta asimismo
              la existencia de <hi rend="i">otras infinitas imitaciones</hi>, que omite <hi rend="i"
                >por evitar prolijidad</hi>”.</note>; y otras infinitas imitaciones, que dejo por no
            cansarme y cansar a vuestra paternidad., a quien suplico a estas impertinencias dé
            tantas permisiones cuantas yo di admiraciones y alabanzas al ingenio del amigo, que por
            ser el que así lo es otro yo<note place="bottom"> Tal vez merece la pena parafrasear
              esta frase algo oscura. Como despedida a su corresponsal Juan de Ortiz, Villar le dice
              en sustancia: ‘también hace Lope (o hacen todos) otras muchas imitaciones de Góngora
              que dejo por no cansarme y no cansar a vuestra paternidad. Le suplico que use de tanta
              indulgencia (“tantas permisiones”) con estas impertinencias (así llama con modestia
              sus reflexiones críticas sobre los argumentos de Cascales) como yo he dado señales de
              admiración y respeto al ingenio de su amigo (Cascales, a quien ha elogiado al
              principio de la carta), puesto que un amigo es otro yo, y vuestra paternidad me mirará
              con tan buenos ojos por mis elogios a su amigo como si fueran dirigidos a ella misma y
              los tendrá por servicio personal’. </note>, pienso lo habrá reputado V. P. por
            servicio personal; a quien nuestro Señor, etc.</p>
        </div>
        <div>
          <index indexName="resp" n="Cascales, Francisco"/>
          <index indexName="adresse" n="Villar, Francisco del"/>
          <index indexName="date" n="1634"/>
          <head>Epístola X. A don Francisco del Villar, el licenciado Francisco de Cascales</head>
          <p>Por lo que yo he visto en la apología de vuestra merced, y por lo que me ha dicho
            nuestro padre ministro, fray <name type="polemista">Juan Ortiz</name>, oráculo de letras
            humanas y divinas, conozco el favor que se me hace honrándome con su voto, que si no
            viniera tan lleno de afecto<note place="bottom"> Los tintes más amargos de la polémica
              quizá se han exagerado un tanto en la crítica del siglo XX. De hecho, en los
              fragmentos del <hi rend="i">Compendio poético</hi>, Villar cita con respeto a su
              antiguo adversario, reconociendo su indiscutible autoridad como erudito. Pese a las
              ingenuidades y errores en los que incurre Villar, Cascales le contesta con afable
              cortesía, tal vez por consideración hacia su amigo fray Juan Ortiz, o simplemente
              porque sus hábitos de pedagogo, su posición y temperamento lo inclinaban a la
              mansedumbre.</note>, pudiera haberme desvanecido<note place="bottom"> DESVANECER:
              “metafóricamente vale dar ocasión de presunción y vanidad, adulando a otro con
              desproporcionadas y excesivas alabanzas” (<hi rend="i">Aut</hi>.). No es raro que
              ‘desvanecido’ signifique lo mismo que vano, presumido, o vuelto vano por alguna
              circunstancia.</note>; si bien le estimo, por ser de vuestra merced, por bastante a
            calificar al mejor sujeto de España.</p>
          <p>La deuda en que vuestra merced me pone es mucha; y pues no puedo –confiésolo– pagarla,
            hago cesión de bienes desde luego, y me doy por esclavo de vuestra merced, de quien se
            puede servir como, en fin, de cosa propia. Y pues ya estoy dentro de los umbrales y de
            la casa y museo<note place="bottom"> MUSEO: “lugar destinado para el estudio de las
              ciencias, letras humanas y artes liberales” (<hi rend="i">Aut</hi>.). Se empleaba
              todavía en el XVII para la biblioteca y estudio de un hombre de letras, aunque a decir
              verdad, se reservaba más bien para aquellos eruditos opulentos que poseían una gran
              biblioteca y una colección de curiosidades, instrumentos ópticos, mapas, medallas y
              cuadros, como las que había reunido Lastanosa en Huesca y que Gracián en el Criticón
              transforma alegóricamente en “museo de Salastano”. Aquí se emplea metafóricamente: al
              leer un escrito suyo docto pero de circulación confidencial, o sea la carta de Villar,
              Cascales ha sido figuradamente admitido a la intimidad de este sabio, a “su casa y
              museo”. </note> de vuestra merced, quiero animarme a cosas mayores y probar la
              mano<note place="bottom"> PROBAR LA MANO: “Intentar algo para ver si conviene
              proseguirlo” (<hi rend="i">Aut</hi>.). “Ponerse a jugar a naipes”, Correas (2000:
              1050). </note> en conferir algo con vuestra merced acerca de la poesía nueva de <name
              type="polemista">don Luis de Góngora</name> y su defensa.</p>
          <p>Lo primero que vuestra merced hace en su discurso ingenioso y docto, es citar algunos
            lugares elegantes, agudos y cultos de sus obras. Mas ¿cuáles no lo son? Digo, pues,
            conformándome con vuestra merced, que a ese caballero siempre le he tenido y estimado
            por el primer hombre y más eminente de España en la poesía, sin excepción alguna, y que
            es el cisne que más bien ha cantado en nuestras riberas<note place="bottom"> La
              asociación, por otra parte tópica, del poeta con la figura del cisne se antoja un
              rasgo distintivo de la confrontación entre Lope y Góngora. En la <hi rend="i">Agudeza
                y arte de Ingenio</hi> de Gracián, que define a Góngora como “cisne en los
              concentos, águila en los conceptos”, Lope es llamado “el cisne de la más fecunda vega”
              (Gracián 1993: II, 325 y 652). Por su parte, el madrileño había dicho de don Luis:
              “Claro cisne del Betis, que sonoro / y grave, ennobleciste el instrumento / más dulce
              que ilustró músico acento, / bañando en ámbar puro el arco de oro” (Vega Carpio 1624:
              fol. 204r); y antes en <hi rend="i">La Filomena</hi> : “Canta, cisne andaluz, que el
              verde coro/ del Tajo escucha tu divino acento” (Vega Carpio 1621: fol. 199v). Y en el
              último verso del soneto en homenaje al recién fallecido poeta cordobés : “que nace
              Fénix, donde cisne expira” (<hi rend="i">Corona trágica</hi>, 1627). En cambio Góngora
              escribió un soneto, que ofendió mucho al madrileño, donde él y los poetas de su
              círculo son rebajados a patos: “Patos del aguachirle castellana…”. Véase Blanco 2008.
              Ya fuera porque no lo tenía en gran estima o porque no le tenía miedo, Góngora no
              hizo, que sepamos, la menor concesión a su rival ni le dirigió nunca el mínimo halago;
              a sus ojos era Lope un demagogo, un tribuno del pueblo y él se veía más bien como un
              patricio, y de hecho pertenecía al patriciado urbano (véase el comienzo de la Fábula
              de Píramo y Tisbe): eran personalidades opuestas, en posiciones sociales y literarias
              muy distintas.</note>. Así lo siento y así lo digo<note place="bottom"> Como estos
              elogios desmesurados desdicen de la violencia de las críticas, Cascales cree necesario
              apostillarlas con una solemne protesta de veracidad “Así lo siento y así lo
              digo”.</note>. Pero, como yo concedo esto, me ha de conceder vuestra merced y todos
            los doctos, que han de ser en esto solamente oídos, que aquella oscuridad perpetua debe
            ser condenada.</p>
          <p>No quiero repetir las razones que tengo dadas en esa otra carta, que vuestra merced ha
            visto, que sería <hi rend="i">actum agere</hi><note place="bottom"> “Frase latina que
              significa <hi rend="i">hacer lo hecho</hi>” Cascales (1930: I, 177). </note>; solo iré
            satisfaciendo con la brevedad posible a las que vuestra merced da en su apología.</p>
          <p>Dice vuestra merced que no hizo cosa nueva <name type="polemista">don Luis</name> en la
            disposición de su lenguaje y en el trastrueco de palabras, pues lo mismo se halla en
            todos los poetas latinos; y que si aquellos son alabados por ello, o a lo menos no
            reprehendidos, que por qué lo ha de ser don Luis, siguiendo las pisadas de tan doctos
            varones como fueron <name type="authority">Virgilio</name>, <name type="authority"
              >Tibulo</name>, <name type="authority">Horacio</name>, <name type="authority"
              >Ovidio</name> y <name type="authority">Juvenal</name>, a quien vuestra merced alega
            para librarle de culpa y enviarle hecha la barba al templo de Júpiter Capitolino<note
              place="bottom"> En presencia de <hi rend="i">Jupiter Optimus Maximus</hi> se
              festejaban acontecimientos sobresalientes de la vida romana, esto es, la toma de la
              toga de los jóvenes, la inauguración de los nuevos consulados, las decisiones acerca
              de la guerra y la paz y el triunfo militar. En este contexto, la locución <hi rend="i"
                >enviarlo, hecha la barba, al templo de Júpiter capitolino</hi> puede aludir a la
              ceremonia de acceso a la edad adulta, cuando los hijos de los ciudadanos romanos se
              ponían su primera toga viril, depositaban la primera barba, cortada por el barbero o
                <hi rend="i">tonsor</hi>, en el altar de alguna divinidad, y ofrecían luego un
              sacrificio ante el altar de Líber en el templo de Júpiter Capitolino. Tal vez
              interviene también una alusión a la ceremonia del triunfo, durante la cual se ofrendan
              los laureles de la victoria en ese mismo altar. Cf. Bastien 2007 y Beard 2007. La idea
              de Villar es integrar triunfalmente Góngora en el Parnaso de los poetas latinos pero
              sugiere Cascales, solo conseguirá que se le considere un ciudadano de Roma, apenas
              salido de la infancia.</note>. La solución de este argumento me parece fácil, porque
            la lengua latina tiene su dialecto y proprio lenguaje, y la castellana el suyo, en que
            no convienen. Que el trastorno de palabras sea natural en la latina, si es menester,
            traeré para ello seiscientas autoridades. Y para que vuestra merced entienda que esto no
            solo corre en los poetas, ni es estilo proprio de ellos, sino común a la lengua, serán
            todas de prosa latina, y de solo <name type="authority">Cicerón</name>, sol de la
            elocuencia:</p>
          <quote><hi xml:lang="it" rend="i">Animadverti, iudices, hanc accusatoris causam in duas
              divisam esse partes</hi><note place="bottom">
              <hi rend="i">En defensa de Aulo Cluencio</hi>, I, 1, V (Cicerón 1995: vol. V, p. 168)
              No se trata del <hi rend="i">Pro Rabirio</hi>, como escribe Cascales. Probablemente la
              cita proceda de Quintiliano que la da como ejemplo de hipérbaton. Véase <hi rend="i"
                >Institutio oratoria</hi> VIII, 6, 65: “<hi rend="i">At cum decoris gratia traicitur
                longius verbum proprie hyperbati tenet nomen: ‘Animadverti, iudices, omnem
                accusatoris orationem in duas divisam esse partis’. Nam ‘in duas partes divisas
                esse’ rectum erat, sed durum et incomptum</hi>”. Cascales no tiene en cuenta que, si
              Quintiliano da la frase como caso de hipérbaton, y la describe como desviación del
              orden que sería <hi rend="i">rectum</hi> (conforme a la norma), eso implica que los
              romanos no hablaban así, y que por consiguiente el estilo, la suavidad y el ritmo,
              consideraciones en virtud de las cuales el rétor justifica la frase, llevan a
              infringir la norma de la lengua hablada o, al menos, a derogar al uso latino
              ordinario. Se cruza aquí la cuestión del llamado <hi rend="i">cursus oratorius</hi> u
                <hi rend="i">oratorius numerus</hi>, una de las incursiones de lo poético en lo
              oratorio en virtud de la cual la prosa de los oradores tiene un ritmo artificioso,
              sujeto a determinadas reglas aunque no a la regularidad del verso. Por lo demás este
              pasaje de Quintiliano fue muy citado por los críticos de Góngora, y en el corpus
              publicado en el OBVIL, puede verse en el <hi rend="i">Discurso poético</hi> de
              Jáuregui, el <hi rend="i">Apologético</hi> de Espinosa Medrano y en las <hi rend="i"
                >Epístolas satisfactorias</hi> de Angulo y Pulgar.</note> (En la oración <title>Pro
              Rabirio</title>). ‘Considero, jueces, esta del acusador causa, en dos dividida estar
            partes’.</quote>
          <quote><hi xml:lang="de" rend="i">Quae sunt urbanarum maledicta litium</hi><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Filípicas</hi>, XIV, III, v. 7 (Cicerón 1995: VI, 431): “que son insultos
              propios de juicios civiles”. Como ha descubierto Pedro Conde, esta y todas las frases
              que siguen están tomadas exactamente del diccionario de correspondencias ciceronianas
              de Charles Estienne. Para esta cita, véase concretamente Estienne (1556: 343). </note>
              (<title>Philippicae</title> XIV). ‘Que son de urbanos murmuraciones pleitos’.</quote>
          <quote><hi xml:lang="it" rend="i">Testis est Gallia, per quam legionibus nostris in
              Hispaniam iter Gallorum interemptione patefactum est</hi><note place="bottom">
              <hi rend="i">En defensa de la ley Manilia</hi>, XI, 30 (Cicerón 1995: V, 131):
              “Testigo de ello es la Galia, a través de la cual se abrieron camino en Hispania
              nuestras legiones tras haber aniquilado a los galos...”. Véase Estienne (1556:
              754).</note>. (<title>Pro lege Manilia</title>). ‘Testigo es Francia, por la cual a
            legiones nuestras para España camino, con de los franceses matanza, abierto
            fue’.</quote>
          <quote><hi xml:lang="it" rend="i">Cum multa annorum intercesserint millia, ut omnium
              siderum, eodem unde profecta sunt fiat ad unum tempus conversio</hi><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">De los fines de los bienes y los males</hi>, II, XXXI, 102 (Cicerón 2002:
              83): “Ni siquiera eso, a menos que se hayan interpuesto muchos miles de años, de
              manera que se haga a un tiempo el regreso de todos los astros al mismo punto de donde
              partieron”. En la edición moderna el texto es el siguiente: “<hi rend="i">Nisi multa
                annorum intercesserint millia, ut omnium siderum eodem unde profecta sint fiat ad
                unum tempus reversio</hi>”. También es esta la lección (con “<hi rend="i">nisi</hi>”
              y “<hi rend="i">reversio</hi>” en vez de “<hi rend="i">cum”</hi> y “<hi rend="i"
                >conversio</hi>” como transcribe Cascales) que dan muchas ediciones del XVI. Cf.
              Cicerón (1585: 219). Lo que confirma que en realidad, la frase, como las demás citas
              ciceronianas de Cascales, procede del <hi rend="i">Thesaurus Tullii Ciceronis</hi>, de
              Charles Estienne (1556: 750), donde se presenta con idéntica forma que en nuestro
              texto: “<hi rend="i">Ne id quidem, nisi cum multa annorum intercesserint millia, ut
                omnium siderum eodem unde profecta sint, fiat ad unum tempus
              conversio</hi>”.</note>(<title>De finibus</title>). ‘Como muchos de años hayan pasado
            millares, para que de todas las estrellas, allá, de donde salieron, se haga a un tiempo
            conversión’.</quote>
          <quote><hi rend="i">Gloria est illustris ac pervagata multorum et magnorum vel in suos
              cives, vel in patriam, vel in omne genus hominum fama meritorum</hi><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Por (el regreso de) Marco Marcelo</hi>, VIII, 26 (Cicerón 1995: VII,
              287): “…la gloria es una fama esclarecida y extendida por doquier de tus grandes
              méritos antes tus ciudadanos, o ante la patria, o ante toda la raza humana”. Cascales
              toma la frase de Estienne (1556: 623).</note> (<title>Pro Marcello</title>). ‘La
            gloria es una ilustre, extendida de muchos, y grandes, o para sus ciudadanos, o para la
            patria, o para todo género de hombres fama méritos’.</quote>
          <quote><hi xml:lang="it" rend="i">Messoria se corbe contexit Gracchus</hi><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Pro Sestio</hi>, XXXVIII, 82 (Cicerón 1995: IV, 340): “se cubrió con una
              cesta de segador”. En la edición moderna que manejamos, “Gracchus” no aparece y es
              sujeto solo implícito. Cascales no entiende <hi rend="i">corbis</hi>, “cesto”, y lo
              traduce como “corbilla” que, según García Soriano, es “murcianismo que equivale a
              ‘hoz’”. Según Pedro Conde, debía de ser efectivamente un localismo, pero con el
              sentido de ‘cesta’ o ‘cestilla’, pariente del francés ‘corbeille’: el error sería en
              verdad incomprensible. De hecho, la frase fue hallada en Estienne (1556: 343), en la
              entrada “<hi rend="i">corbis</hi>”.</note> (<title>Pro Sextio</title>). ‘Con la
            segadora se corbilla cubrió Graco’.</quote>
          <quote><hi xml:lang="it" rend="i">Coriolanus. quod adiutor contra patriam ei inveniretur
              nemo, mortem sibi conscivit</hi><note place="bottom"><hi rend="i">Lelio o sobre la
                amistad</hi>, XII (Cicerón 2009: 131): “No encontraron a nadie que les ayudara
              contra la patria y tanto uno como el otro se dieron muerte”. Cascales copió la frase,
              una vez más en Estienne (1556: 343). Difiere de la que hallamos en la edición moderna,
              que es la siguiente “<hi rend="i">His adiutor contra patriam inuentus est nemo, itaque
                mortem sibi uterque consciuit</hi>”. Cicerón hablaba de dos casos paralelos de
              nobles traidores a la patria, que no encontraron cómplices y se suicidaron: el de
              Temístocles y el de Coriolano. La frase citada por Cascales habla solo de Coriolano.
              La discrepancia se explica fácilmente. Como a Charles Estienne y a sus lectores lo que
              les importaba era el uso que hace Cicerón de cada palabra, Estienne no duda en retocar
              las citas ciceronianas para hacerlas más independientes del entorno verbal, como en
              este caso, o con otros fines, siempre que con ello no cambie el tratamiento de la
              palabra cuyos matices y combinaciones posibles le interesan. Para quienes consultan el
              diccionario, no se trata tanto de conocer el texto de Cicerón como de escribir un
              latín excelente y puro, lo más ciceroniano posible, y de tener datos sobre los
              ilustres romanos de quienes habló el orador.</note> (<title>In Laelio</title>).
            ‘Coriolano, porque ayudante para la patria hallaba ninguno, muerte se dio’.</quote>
          <p>No quiero cansar ni cansarme con más ejemplos, que es trabajo infinito<note
              place="bottom"> Nuestro autor calca el método seguido por su oponente: Villar había
              dado nueve ejemplos de hipérbaton en los poetas latinos, tomándolos siempre de los
              primeros versos de sus obras, y dando una traducción palabra por palabra de la primera
              de esas citas, para mostrar que ese desvío de la norma no hacía a los poetas menos
              dignos de reverencia. Cascales, buen pedagogo, da siete ejemplos de prosa latina y los
              traduce al pie de la letra. Recalca que los toma todos de Cicerón, “sol de la
              elocuencia”, cuya autoridad es inmensa en muchas materias, y suprema en lo referente
              al idioma latino. Los espiga un poco al azar, como hemos visto, en el diccionario
              ciceroniano de Estienne, cogiendo varios en una página o en páginas cercanas. Lo
              cierto es que los escoge de géneros distintos; discursos de acusación, discursos de
              defensa, diálogos filosóficos (<hi rend="i">Laelius sive de amicitia, De finibus</hi>)
              con ánimo de mostrar que el mejor escritor de prosa latina, en cualquier género, usa
              “trastornos de palabras”, o “trastruecos”, que resultan elegantes en esa lengua y que,
              en cambio, transferidos al castellano, dan resultados espeluznantes, o “vizcongados”,
              como decía en la carta anterior. No es que no tuviera a mano ediciones de Cicerón: le
              resultaba más cómodo utilizar este <hi rend="i">Thesaurus</hi> o repertorio de
              correspondencias, porque allí encontraba frases breves y coherentes, que no necesitaba
              ir a pescar en el torrente de la elocuencia ciceroniana. Tenía, como muchos humanistas
              de entonces, y profesores de siempre, trucos para ganar tiempo, y facilitarse la
              tarea.</note>. De manera que este es idioma de la lengua latina, y no de la
            castellana, ni de otra ninguna vulgar, hijas de la romana, que son la española, italiana
            y francesa<anchor xml:id="_Ref410988064"/><note place="bottom"> Cascales, gramático de
              profesión, no solo sabe mejor probablemente más latín que su contrincante, sino que
              tiene lo que a él le falta: una conciencia aguda de la distancia insalvable entre este
              idioma y los idiomas vernáculos. Esa conciencia era todavía más acusada en algunos
              hombres de su generación que, lejos de mirar la diferencia del latín y el castellano
              como resultado de una “corrupción” o degradación, llegaron a celebrarla como un
              progreso. Así Gonzalo Correas (1954: 484-85), en su apartado dedicado al cotejo entre
              la lengua latina y la española, afirma con aplomo la superioridad del español, en
              nombre del valor absoluto, científico, filosófico y político, de la claridad, la
              sencillez y la univocidad: “Acerca de la claridad, que es el segundo punto próximo a
              la facilidad, la castellana hace muy grandes ventajas, porque la latina es muy ambigua
              y confusa, desatada y suspensa, porque carece de artículos, y su demostración para
              declarar los géneros, y de los relativos pospuestos que tiene el castellano, y de
              preposiciones limitadas de todos los casos, como acá las tenemos, porque allá genitivo
              y dativo se quedan sin ellas, y las que sirven comunes a los dos acusativo y ablativo
              no son de no poca confusión. Variar los nombres la latina por tantas cadencias y
              casos, en singular y plural, que se ha de saber por fuerza cada nombre doce veces y no
              tener artículos ni preposiciones que los guíen, es de notable dificultad, y causan en
              ella fuerte ambigüedad, y proceder desatado y duro. Y esta fue la causa y razón
              principal de haber durado poco, y de caer tan presto del uso vulgar en su propio
              centro, Roma, y provincia latina y toda Italia, porque las gentes de fuera que
              atropellaron el Imperio no se podían acomodar a ella, ni los propios latinos
              sustentarla” (302-303). Sacrificamos la ortografía fonética de Correas, en pro de la
              legibilidad, aunque esta ortografía es muy característica de su programa para el
              castellano. Gonzalo Correas, en consonancia con su calidad de helenista (uno de los
              méritos del español, a su entender, era parecerse al griego, primero de los idiomas
              para su gusto) tenía un modo radical y poco convencional de pensar, diametralmente
              opuesto al de Francisco Cascales, mucho más conservador, encastillado en su latín y su
              modesto italiano.</note>. De la nuestra no son menester testimonios, pues es cosa más
            clara que el sol. La italiana tampoco admite esos trastruecos.</p>
          <p><name type="authority">Petrarca</name>:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="it" rend="i">Voi che ascoltate in rime sparse il suono</hi><note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Canzoniere</hi> I, 1. Es verso celebérrimo, apertura y cifra de
                Petrarca y del petrarquismo.</note>.</l></quote>
          <p><name type="authority">Ariosto</name>:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="it" rend="i">Fina che tolli Durindana al Conte</hi><note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Orlando furioso</hi>, XXIII, 78, 2. El texto en las ediciones modernas
                tiene la forma “<hi rend="i">fin ch’io non tolgo Durindana al conte</hi>” (‘hasta
                que no quite la espada Durandarte al conde’). Lo mismo se lee en la vulgata en las
                ediciones del XVI y del XVII (véase por ejemplo Ariosto 1603: 253). El verso que da
                Cascales parece defectuoso en italiano y es probable que sea descuido suyo o error
                del copista o el cajista.</note>.</l></quote>
          <p>Ni menos la francesa, así en prosa como en verso. En <name type="authority">Salmonio
              Macrino</name> hay este título en prosa: <title>Ode à Salmon Macrin, sur la mort de sa
              Gelonis, par Joachim du Bellay</title>. “Oda a Salmón Macrín<note place="bottom">
              Véase Ponce Cárdenas (2010: 187): “Entre los poetas más interesantes del humanismo
              francés, ocupa un lugar de honor Jean Salmon Macrin (Loudun, 1490- Loudun, 1557),
              autor de un interesantísimo <hi rend="i">Epithalamiorum Liber</hi> […]. Para Salmon
              Macrin, los epitalamios y elegías amorosas dedicados por el fundador de la Accademia
              Pontaniana a su esposa, Adriana Sassone, configuran un modelo culto que pretende
              recuperar para ensalzar poéticamente sus propias bodas con la jovencísima Guillonne
              Boursault (el matrimonio se celebró el dos de agosto de 1528), a la que cantará bajo
              el <hi rend="i">senhal</hi> clásico de Gelonis”. </note> sobre la muerte de su
            Gelonis, por Joachim de Bellay”. Y luego comienza la oda:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="fr" rend="i">Tout ce qui prend naissance</hi>,</l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">est périssable aussi</hi>,</l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">l ’indubitable puissance</hi></l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">du sort le veut ainsi</hi><note place="bottom"> Du Bellay
                (1572: 82). Modernizamos la grafía. En el tercer verso, se lee, en ediciones
                antiguas y modernas de la obra de Joachim du Bellay: <hi rend="i">indomptable</hi>
                (indomable) en vez de <hi rend="i">indubitable</hi> (indudable). Cascales debía de
                estar orgulloso de poder lucir esta perla francesa, y, en contraste con el descuido
                con el que trata las demás citas, presenta la oda de Du Bellay con cierta
                solemnidad, dando el título de la composición, precisando que los versos son los del
                comienzo, y que ha hallado el texto en un libro de Salmonio Macrino (Jean Salmon
                Macrin). Podría ser el volumen de poesía funeraria en honor a su mujer que reunió
                este poeta, y en el que, después de sus propias nenias en latín, en tres libros,
                figura una gavilla de textos de condolencia de autores varios, en latín, en griego y
                en francés, entre los cuales la “Ode à Salmon Macrin, sur la mort de sa Gélonis, par
                Ioachim Du Bellay angevin” (Salmon Macrin 1550:127). De hecho, en el tercer verso,
                en esa edición, se lee “<hi rend="i">indoutable</hi>”, lo que se puede interpretar
              como “<hi rend="i">indubitable</hi>”.</note>, etc.</l></quote>
          <p rend="noindent">‘Todo lo que tiene nacimiento es fuerza ser perecedero y sujeto al
            inevitable hado’. Donde se ve que ni en prosa ni en verso usa el francés ni el italiano
            de las trasposiciones de don Luis.</p>
          <p>No niego yo que la frasis poética sea algo más escura, pero no es revuelta ni confusa
            en la manera dicha. El poeta dice <quote>“la cuarta luz”</quote> por “el cuarto día”;
              <quote>“sale Titán de lavar sus caballos en el oriental Océano”</quote>, por “sale el
            sol”; <quote>“era el tiempo que Apolo doraba los cuernos del toro”</quote>, por “era el
            mes de abril”; <quote>“la copa de Marte”</quote>, por “el escudo”; <quote>“la tierra
              Mavorcia”</quote>, por “Roma”; <quote>“ríe dulce”</quote>, por “dulcemente”;
              <quote>“pisa gallardo”</quote>, por “gallardamente”, y otros mil modos, por tan
            usados, bien claros<note place="bottom"> Cascales enumera “frasis” poéticas típicas que,
              pese a su relativa oscuridad, su carácter de perifrásticos rodeos o de infracciones
              sintácticas, son a sus ojos legítimos ornamentos, “por tan usados, bien claros”. Este
              inciso deja ver cierta inconsistencia, pues reduce la poesía a variaciones sobre un
              acervo de tópicos manidos. Sin pensarlo mucho, parece verter directamente de su
              memoria una serie de ejemplos de lenguaje poético legítimo; dos cronografías, la
              primera con la expresión erudita “Titán” por Sol (frecuente en los elegíacos latinos,
              en la lírica manierista italiana y en Fernando de Herrera); la segunda, reminiscencia
              tal vez de los versos de la <hi rend="i">Soledad primera</hi> que citaba Villar con
              entusiasmo, pero en realidad basada en una metonimia que indica el mes de abril por la
              entrada del sol en la constelación de Tauro, de la que hay ejemplos en muchos poetas
              (Alonso 1982; Méndez 2012). En cuanto a “la copa de Marte” para el escudo, se cuenta
              entre los ejemplos de metáfora por analogía que da Aristóteles en su pionero análisis
              de la metáfora de <hi rend="i">Retórica</hi>, III, 5, 1407-1414 (Aristóteles 1974:
              504); en “tierra mavorcia”, “mavorcia” procede del lat. <hi rend="i">Mavortius</hi>, a
              su vez derivado de <hi rend="i">Mavors, -rtis</hi>, forma arcaica de <hi rend="i"
                >Mars, -rtis</hi>, y tiene el significado de “marcial”, o de propio del dios de la
              guerra. Figura la locución en un verso de Virgilio: “<hi rend="i">terra procul vastis
                colitur Mavortia campis</hi>” (<hi rend="i">Eneida</hi>, III, 13); “pisa gallardo” y
              “ríe dulce”, con el adjetivo usado con función adverbial, son también bastante
              comunes, y el segundo puede evocar un verso de Horacio, muy traducido e imitado en el
              Renacimiento: “<hi rend="i">dulce loquentem Lalagen amabo</hi>/ <hi rend="i">dulce
                ridentem</hi>” (<hi rend="i">Carmina</hi> I, 22, 23-24). Con todo esto viene a decir
              Cascales que él bien sabe lo que es poesía y que no se rasga las vestiduras viendo
              cualquier expresión ajena a la prosa ordinaria. Reprueba solo las que no tienen su
              lugar asignado en la tradición, y por ello, resultan crípticas.</note>.</p>
          <p>Siendo, pues, cierto que la lengua latina y castellana corren por diferentes caminos,
            quererlas don Luis llevar por una misma madre es violentar a la naturaleza y engendrar
            monstruosidades.</p>
          <p>Dice vuestra merced adelante que <name type="authority">Marcial</name> padeció en su
            tiempo lo mismo que <name type="polemista">don Luis</name> ahora, que del estilo claro
            se pasó al oscuro. Yo no veo por dónde se pruebe eso, porque el epigrama <quote><hi
                rend="i">Pexatus pulchre</hi></quote> dice que Zoilo iba con una toga de pelo, mas
            ajena, y que él, aunque la llevaba raída, era suya. Y en el epigrama <quote><hi rend="i"
                >Qui gravis</hi></quote>, etcétera, dice <name type="authority">Marcial</name> que
            los hombres severos y graves no lean sus versos, que son saturnalicios<note
              place="bottom"> Por “saturnalicios” entiende Cascales propios de las Saturnales,
              fiesta romana del solsticio de invierno en honor de Saturno, tiempo de alegre
              desenfreno en que se volvía figuradamente a una edad de oro de igualdad, franqueza y
              liberación de las pulsiones, y durante el cual los romanos se permitían actos y
              palabras ordinariamente vedados. Así los epigramas obscenos de Marcial serían un
              exutorio parcial, y su licencia obedece a la regla de saltarse todas las reglas en una
              ocasión excepcional. No sabemos de dónde saca el gramático esta disculpa para el
              poeta, que por lo demás escribió numerosos epigramas acerca de los regalos que se
              intercambiaban en las Saturnales, que en eso también son el antecedente de la Navidad.
            </note>, y por consecuencia lascivos; que él no los escribe sino para la gente popular,
            que gusta de picardías. Y el epigrama <quote><hi rend="i">Laudat, amat</hi></quote>,
            etcétera, habla contra un maldiciente, que no podía sufrir que <name type="authority"
              >Marcial</name> fuese tan celebrado por toda Roma, y dice que sin duda eran buenos sus
            epigramas, pues aquél hacía tantos extremos, rabioso de envidia.</p>
          <p>Y aquello de <name type="authority">Horacio</name>, <quote><hi rend="i">Multa
                renascentur</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Arte poética</hi> 70. A partir de este momento, Cascales recorre la
              argumentación de su contrincante, y muestra que usa las autoridades en base a
              interpretaciones erróneas o caprichosas, que ya hemos señalado en nuestras notas. Lo
              hace con templanza y cortesía, si bien con matices algo irónicos , sin caer en la
              tentación de desacreditar a su oponente.</note>, etcétera, de ningún modo alude a la
            frasis poética, sino a los vocablos nuevos, que es permitido hacerlos, como sea con
            modestia, <quote><hi rend="i">parce detorta</hi></quote><note place="bottom">
              <hi rend="i">Arte poética</hi> 52-53 (Horacio 2002: 185): “<hi rend="i">et nova
                fictaque nuper habebunt verba fidem si / graeco fonte cadent, parce detorta</hi>”:
              “y estas nuevas e inventadas palabras tendrán crédito / si proceden de una fuente
              griega, poco desfiguradas”. También esta cita es un lugar común en la polémica y la
              usa, por ejemplo, Jáuregui en el <hi rend="i">Discurso poético</hi>. </note> y ese
            otro lugar: <quote><hi rend="i">Natura fieret laudabile carmen, an
              arte</hi></quote><note place="bottom"> El texto de Horacio es uno de los citados por
              Villar de modo que nos parece bastante irrelevante.</note> etc., ni se acuerda de este
            nuevo estilo, ni habla de la licencia de los tropos y figuras. La duda fue: ¿qué hacía
            más excelente a la poesía, la vena o el arte? Y responde, que ambas son necesarias
            juntamente, y que la una a la otra se dan las manos. Puede ser que ojos más linceos<note
              place="bottom">
              <hi rend="i">ojos linceos</hi>: “linceo” es cultismo que no aparece en Autoridades ni
              en la RAE. Más que “ojos de lince” son “ojos (como los) de Linceo”, que era un
              Argonauta de prodigiosa vista, al que recuerda el adagio 1054 de Erasmo <hi rend="i"
                >Lynceo perspicacior</hi>.</note> que los míos juzguen esto de otra manera.</p>
          <p>También afirma vuestra merced que los poetas latinos afectaron la oscuridad, y que
            señaladamente lo dice <name type="authority">Juvenal</name> en la sátira VII:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="it" rend="i">Sed vatem egregium, cui non sit publica
              vena</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">qui nihil expositum soleat deducere</hi>, etc<note place="bottom">
                <hi rend="i">Sátiras</hi>, VII, 53. Es el fragmento de Juvenal citado por Villar y
                mal entendido por él.</note>.</l></quote>
          <p>Yo añado a esto lo que dice <name type="authority">Horacio</name>:</p>
          <quote>
            <l><space> </space><hi xml:lang="fr" rend="i">Neque enim concludere versum</hi></l>
            <l><hi xml:lang="fr" rend="i">dixeris ese satis; neque si quis scribat, uti
              nos</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">sermoni propriora, putes hunc ese poetam.</hi></l>
            <l><hi rend="i">Ingenium cui sit, cui mens divinior atque os</hi></l>
            <l><hi rend="i">magna sonaturum, des nominis huius honorem</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Sátiras</hi> IV, 40-44 : “No digas que basta con ser capaz de acabar un
                verso, ni vayas a pensar que es poeta el que escribe, como yo, cosas más propias de
                la conversación. A quien tenga ingenio, mente inspirada y una voz de timbre
                grandioso, dale el honor de ese nombre”. </note>.</l></quote>
          <p>Considérese, pues, bien, que de ningún modo dicen <name type="authority">Juvenal</name>
            ni <name type="authority">Horacio</name> que el poeta haya de ser oscuro, sino que no ha
            de ser trivial, ni trovador humilde, antes severo y docto, que diga grandes conceptos y
            toque cosas de erudición. Dice <name type="authority">Marcial</name>, libro II, epigrama
            LXXXVI, que las nuevas invenciones son cosas de vulgo:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="it" rend="i">Scribat carmina circulis Palaemon</hi>,</l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">me raris iuvat auribus placere</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Epigrammata</hi> II, LXXXVI, 11-12 (Marcial 2005: 90): “Que Palemos se
                dedique a escribir versos para reuniones: / mi gusto es agradar a oídos selectos”.
              </note>.</l></quote>
          <p>‘Escriba Palemón versos al vulgo, que yo a los doctos dar contento quiero’.</p>
          <p>Y este mismo epigrama tiene arriba lo que yo he menester para mi propósito:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="it" rend="i">Quod nec carmine glorior supino</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">nec retro lego Sotadem Cinaedum</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">nusquam gracula quod recantat Echo</hi>,</l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">nec dictat mihi luculentus Atys</hi></l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">mollem debilitate galliambon</hi>,</l>
            <l><hi xml:lang="it" rend="i">non sum, Classice, malus poeta.</hi></l>
            <l><hi rend="i">Quid si per graciles vias petauri</hi></l>
            <l><hi rend="i">invitum iubeas subire Ladam</hi>?</l>
            <l><hi xml:lang="fr" rend="i">Turpe est difficiles habere nugas</hi>,</l>
            <l><hi xml:lang="fr" rend="i">et stultus labor est ineptiarum</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Epigramas</hi>, II, LXXXVI, 1-10 (Marcial<name type="authority"
                > </name>2005: 90): “Porque no me vanaglorio de versos palíndromos / ni leo al revés
                obscenos sotadeos, / porque no se repite en ningún punto un eco en griego/ ni me
                dicta el hermoso Atis / galiambos afeminados por su falta de vigor, / no soy,
                Clásico, tan mal poeta. / ¿Qué sucedería si por la estrecha senda de un trampolín /
                obligaras a subir a Ladas a la fuerza? / Es una estupidez componer enrevesadas
                bagatelas / y es necio el esfuerzo que cuesta escribir fruslerías”. Como señala en
                nota Fernández Valverde, Ladas era “un corredor espartano, vencedor en los juegos de
                Olimpiadas”, y Marcial quiere decir que un gran atleta no es un artista de circo, ni
                un corredor es lo mismo que un equilibrista. <hi rend="i">Nugas</hi> es acusativo de
                  <hi rend="i">nugae</hi>, “bromas, bagatelas”, que a su vez traduce el lema griego
                  <hi rend="i">παίγματα</hi> con el mismo significado. Antes ha formado Cascales con
                esta voz el latinismo “nugatorio”. Ambas voces se refieren a un tipo de poesía
                ligera, extremo opuesto de la solemnidad de la épica. Notemos que una vez más se
                produce una confusión, en la mente de Cascales, entre el lenguaje intenso y extraño
                de Góngora y un juego formal de reglas arbitrarias impuestas a la materia verbal,
                como el de los versos palíndromos, ropálicos etc., cuando lo cierto es que el poeta
                cordobés nunca parece haberse inclinado a estas o similares prácticas. De hecho, no
                tienen mucho que ver ambos fenómenos; los juegos oulipianos son juegos, experimentos
                o ejercicios, precisamente, y se llevan a cabo en sociedad; Góngora, en cambio,
                apuesta por lo heroico y por la soledad del genio. Este no saber discernir entre dos
                conceptos distintos de la literatura, el que aprecia el juego formal como tal juego
                y el que favorece los vuelos de la imaginación y los efectos de sentido de la
                agudeza, dio lugar al antigongorismo trivial y secular de los que renegaban del mal
                gusto “barroco”.</note>.</l></quote>
          <p>Dice <name type="authority">Marcial </name>que si bien él no hace versos retrógrados,
            ni sotádicos<note place="bottom"> SOTÁDICO: “Especie de verso yámbico, inventado por
              Sotades” (<hi rend="i">Aut</hi>.). </note>, ni ecos, ni afectados y muy coloridos,
            como Atis, que no por eso es mal poeta; antes bien quiere seguir el camino que todos los
            poetas insignes han tenido, sin nuevas invenciones y artificios; y que esas novedades
            son buenas para el vulgo, y no para los doctos, a quien él pretende dar gusto; y que no
            porque el famoso corredor Lada no sepa andar por la maroma, como petaurista<note
              place="bottom"> PETAURISTA: “saltarín o volantinero que, por medio de una máquina
              llamada <hi rend="i">petauro</hi>, parecía lanzarse en los aires” (<hi rend="i"
                >Aut</hi>.). </note> arlequín, perderá la buena opinión de gran corredor. Como
            tampoco la perderá el poeta que dejase la ambiciosa poesía de los
              <title>Polifemos</title> y <title>Soledades</title>, y aquellas dificultades de los
              cultos<note place="bottom"> Deja entrever aquí Cascales que Góngora no es un fenómeno
              aislado, que tiene discípulos y secuaces, a quienes da la etiqueta de “cultos”, aunque
              él mismo, en otros lugares, desaprueba que se les dé este nombre, abusando de un
              término que debería reservarse al cultivo esmerado de las letras y del estilo. En la
              frase también se percibe su conocimiento de sátiras contra los llamados “cultos” que
              empezaron a circular pronto, y que se generalizaron en la década inaugurada por la
              justa poética a la beatificación de San Isidro de 1620. Lope aprovechó esta justa para
              colocar en orden de batalla a sus poetas amigos a favor de una poesía española culta
              sí, <hi rend="i">ma non troppo</hi>, con un discurso liminar que trata de poética y
              poco del santo celebrado. Véase “Introducción” en Vega Carpio (1620: fol.
              1r-8v).</note>, sin provecho ninguno.</p>
          <p>Y que sea esta poesía inútil<note place="bottom"> Esta frase, que condensa la “<hi
                rend="i">propositio</hi>” o tesis de Cascales, ha llamado la atención de los
              críticos y ha sido comentada extensamente por Ly (1985: 41) y por Varo Zafra (2007:
              68-69). </note>, pruébolo. Ella no es buena para poema heroico, ni lírico, ni trágico,
            ni cómico; luego, es inútil. Gracioso trabajo sería la <title>Ulisea</title>, o
              <title>Eneida</title>, escrita en aquel enigmático lenguaje. Pues una comedia o
            tragedia de aquella manera, ¿qué estómago le hará al auditorio? Pareceráles que son
            sordos y necios, pues teniendo oídos no oyen, y teniendo alma no entienden.</p>
          <p>En fin, todo esto es un humor grueso que se le ha subido a la cabeza al autor de este
            ateísmo y a sus sectarios<note place="bottom"> Cascales juega aquí con dos conceptos
              metafóricos; el primero es el del nuevo estilo como enfermedad, en la que un exceso de
              humores o líquidos corporales causa un desequilibrio y trae consigo la merma de la
              salud. La otra idea es la del nuevo estilo como cisma, causado por el “ateísmo” y sus
              “sectarios”, del mismo modo que Jiménez Patón acuñó el neologismo “culteranos”
              mediante la fusión de “culto” y “luterano”; véase el capítulo dedicado a “La ‘herejía’
              culta” en Collard (1971: 73-82). Claro que nadie pensaba que el gongorismo fuera una
              verdadera “herejía” (la herejía era asunto demasiado serio para que nadie sostuviera
              en serio semejante amalgama), pero sí es cierto que, de modo jocoso o insinuante, se
              establece un paralelismo entre ambos fenómenos. Véase el <hi rend="i">Discurso
                poético</hi>, ed. Blanco, 2016, notas 150, 329, 343. La condena de Góngora tiene una
              vertiente ética, puesto que tanta atención a las palabras se condena como liviano
              deleite; tanto deseo de sorprender y distinguirse, como soberbia, y tanta fe en la
              capacidad creativa del ingenio como negación de la inmensa distancia entre Creador y
              criatura. En suma, ciertos espíritus ven en esta forma de arte poética un modo de
              amarse a sí mismos más que a Dios, y de caer en una forma de inconfesado “ateísmo”. Es
              posible que también se viera en ella, al ser una poesía de asunto totalmente profano
              (al menos en el <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i">Soledades</hi>), un
              cierto “ateísmo” pariente de aquel que ciertos autores del s. XVI, como Battista
              Mantuano o el propio Erasmo, denunciaron en poetas neolatinos como Pontano o Marulo y
              por semejantes razones (por ejemplo, al Marulo dedicado a crear <hi rend="i">Hymni
                naturales</hi> dedicados a divinidades paganas o a fenómenos de la naturaleza, con
              una clara base en el materialismo epicúreo vía Lucrecio).</note>, que, como humor, se
            ha de evaporar y resolver poco a poco en nada. Tantos tropos causan alegorías, tantas
            alegorías engendran enigmas, y los enigmas no son para la poesía, ni son cosa que merece
            respuesta.</p>
          <p>Dice <name type="authority">el Mantuano</name> :</p>
          <p>Dametas:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Dic, quibus in terris et eris mihi magnus Apollo</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">tres pateat coeli spatium non amplius ulnas</hi>?</l></quote>
          <p>Responde Menalcas:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Dic, quibus in terris inscripti nomina regum</hi></l>
            <l><hi rend="i">Nascantur flores, et Phyllida solus habeto</hi>?<note place="bottom">
                <hi rend="i">Bucólicas</hi>, III, 103-105 (Virgilio 2000: 126-127): “Damoetas: Dime
                en qué tierra (y serás para mí el grandísimo Apolo) / cubre el espacio del cielo no
                más extensión de tres codos. Menalcas: Dime en qué tierra las flores con nombre de
                reyes escrito / nacen sobre ellas, y tú, solo, serás dueño de Filis”. Como nos
                indica Pedro Conde, desde siempre se ha intentado dar solución a esas adivinanzas
                que, en su canto amebeo, se proponen Dametas y Menalcas. Una de las respuestas más
                aceptadas para la primera es que se refiere a un pozo, y para la segunda, que se
                refiere a la flor del jacinto, de la que se decía que llevaba en sus pétalos
                inscritas las letras AI, inicial del nombre de Áyax. Eso no impide a Cascales pensar
                que esas respuestas dudosas y fútiles no merecen que uno se devane los sesos, o como
                él dice, dé garrote a su entendimiento.</note></l></quote>
          <p>Aquí el uno pregunta, y el otro no responde, sino repregunta; y ninguno desata al otro
            el enigma propuesto. Pues ¿por qué? Porque son indisolubles, inútiles y nugatorias, que
            solo sirven de dar garrote<note place="bottom"> DAR GARROTE: “apretar algún fardo, caja,
              carga u otra cosa entrando un garrote por las cuerdas que le abrazan, y dando vueltas
              para que se recoja. Con este arte se aprieta mucho según las reglas de la Mecánica.
              Díjose así porque el garrote es quien hace la principal operación” (<hi rend="i"
                >Aut</hi>). </note> al entendimiento. De <name type="authority">Homero</name> se
            dice que murió de pena de no haber podido dar solución a un enigma que le propusieron
            ciertos pescadores.</p>
          <p>¡Oh diabólico poema! Pues ¿qué ha pretendido nuestro poeta? Yo lo diré; destruir la
            poesía con este silogismo: ‘Yo he subido la poesía en la más alta cumbre que se ha
            visto, y no he sido premiado por ella condignamente. Si la fuerza de mi caudal poético
            vive en mí, como suele, quiero dar fin y cabo a trabajos tan mal agradecidos’.</p>
          <p>Y así, echando el cartabón, vio que por este camino resolvería en cenizas frías esta
            arte tan infelice. ¿En qué manera? Volviendo a su primero caos las cosas, haciendo que
            ni los pensamientos se entiendan, ni las palabras se conozcan con la confusión y
            desorden.</p>
          <p>Si <name type="polemista">don Luis</name> se hubiera quedado en la magnificencia de su
            primer estilo, hubiera puesto su estatua en medio de la Helicona<note place="bottom">
              Helicona o Helicón: montaña de Beocia, cercana al Parnaso, consagrada a Apolo y a las
              musas y donde brotaban las fuentes Hipocrene y Aganipe. Había allí según Pausanias
                (<hi rend="i">Descripción de Grecia</hi>, IX, 34, 4) una gruta adornada con
              numerosas estatuas, que fueron trasladadas a Constantinopla por Constantino.</note>;
            pero con esta introducción de la oscuridad, diremos que comenzó a edificar y no supo
            echar la clave al edificio; quiso ser otro Ícaro, y dio nombre al mar Icario:</p>
          <quote><l><hi xml:lang="it" rend="i">Qui variare cupit rem prodigaliter unam</hi>,</l>
            <l><hi xml:lang="en" rend="i">delphinum in siluis appingit, fluctibus aprum</hi><note
                place="bottom">Horacio, <hi rend="i">Arte poética</hi> 29-30: ‘Quien anhela variar
                con exuberancia una única cosa, pinta al delfín en los bosques y al jabalí en las
                aguas’.</note>.</l></quote>
          <p>Por realzar la poesía castellana, ha dado con las columnas en el suelo. Y si tengo de
            decir de una vez lo que siento, de príncipe de la luz se ha hecho príncipe de las
              tinieblas<note place="bottom"> He aquí el pasaje que ha hecho célebre este carteo. El
              cambio de Góngora de la excelencia al exceso y al fracaso se representa como una caída
              luciferina. Lo cual resulta fascinante tanto para los muchos que han aborrecido al
              diabólico Góngora, corruptor de las letras españolas, como para los que lo han
              idolatrado por su genio transgresor. Sin embargo, lo más probable es que el mismo
              Cascales pensara su ocurrencia como una exageración jocosa.</note>; y el que pretende
            con la oscuridad no ser entendido, más fácilmente lo alcanzara callando. Así lo dijo
            Favorino: <quote><hi rend="i">Quod si intelligi non vis, hoc abunde consequeris
                tacens</hi></quote><anchor xml:id="_GoBack"/><note place="bottom"> ‘Porque, si no
              quieres ser entendido, eso lo conseguirás perfectamente callando’. Cascales simplifica
              un texto de <hi rend="i">Noches áticas</hi>, I, X, 2: “¿No callarás, necio, para que
              consigas de sobra lo que quieres?”. (<hi rend="i">Nonne, homo inepte, ut quod vis
                abunde consequaris, taces</hi>?). El texto forma parte del diálogo que mantuvo
              Favorino con un adolescente, según expresa el titulillo: “<hi rend="i">Quibus verbis
                compellauerit Fauorinus philosophus adulescentem casce nimis et prisce
                loquentem</hi>” (“Con cuales palabras apostrofó el filósofo Favorino a un muchacho
              que hablaba de manera demasiado anticuada y arcaica”, en Aulo Gelio 2000: I, p. 68).
              Lo cita también Jáuregui en el <hi rend="i">Discurso poético.</hi></note>. No le quito
            yo la licencia de algunos lugares oscuros con causa; mas afectar<note place="bottom">
              AFECTAR: “poner especial cuidado y demasiado estudio y arte en la ejecución de algún
              hecho o dicho”. El concepto de afectación, bastante sutil, es de primera importancia
              en la cultura de los siglos XVI y XVII: significa a la vez el esfuerzo y el
              fingimiento, el hecho de ostentar y el de disimular: típicamente, ostentar una
              cualidad apreciada y de la que queremos presumir, por ejemplo, la elegancia o la
              generosidad, y disimular el esfuerzo que ello supone, porque el esfuerzo delata que la
              cualidad no es natural sino espuria y que queremos aparentar más de lo que somos. La
              oscuridad es afectada en quien la busca fingiendo que no la busca: haciendo creer que,
              si incurre en oscuridad, es involuntariamente, como precio que tiene que pagar por
              algo más valioso que la claridad: la profundidad del pensamiento y el esplendor de la
              expresión. Sin embargo, los secuaces de Góngora sí buscan la oscuridad por sí misma,
              claman sus críticos, para hacer creer que sus obras poseen ese esplendor, profundidad
              y sublimidad típicos de los profetas y de los poetas trágicos, que producen la
              oscuridad como una especie de daño colateral. Por eso no son sublimes sino hinchados,
              fríos y pueriles, según una casuística que procede de la retórica helenística. Los
              oscuros afectados no encubren grandes ideas y elevados sentimientos velados por la
              noble oscuridad involuntaria: tratan de encubrir más bien la pequeñez, la ignorancia o
              la “misma nada”. A decir verdad, Cascales no va tan lejos: reflexiones de este jaez
              son más bien propias de Jáuregui o de Quevedo, y quedan apuntadas en Pedro de
              Valencia, aunque es dudoso que para este último se apliquen a Góngora. Sobre la idea
              de afectación, véase Blanco 1995.</note> la oscuridad, eso se vitupera. La poesía es
            como la pintura<note place="bottom"> Cascales menciona de pasada el famoso “<hi rend="i"
                >Ut pictura, poesis</hi>”. Recuérdense las palabras con que el Abad de Rute describe
              los versos gongorinos: “juzgo mi señor, que lo que a la hermosura de estas <hi
                rend="i">Soledades</hi> y vago lienzo de Flandes ofusca y hace sombra (efecto suyo
              propio), es la oscuridad” (<hi rend="i">Parecer de don Francisco Fernández de Córdoba
                acerca de las Soledades</hi>, ed. Muriel Elvira, 2015). Cascales recomienda la
              “sombra” porque hace “campear las demás partes”: o sea, pensando en el relieve que la
              pintura debe al claroscuro. Pero la oscuridad, limitada, solo debe servir de realce a
              lo claro.</note> (testigo Horacio), la cual mucho tiempo se usó sin sombra: inventola
              <name type="authority">Polignoto</name> con gran felicidad<note place="bottom">
              Polignoto de Tasos (c.440-470 a. C.) fue el más temprano de los grandes pintores
              clásicos de Grecia, solo conocido por abundantes fuentes literarias, que pueden verse
              compiladas y traducidas por Reinach (1921: 86-134). Pausanias escribió magníficas
              descripciones de algunas de sus obras más célebres, que decoraban el tesoro ofrecido
              por los cnidios, el Lesche de Delfos. Ninguno de estos textos dice que sea el inventor
              del claroscuro, invención que varios textos atribuyen al pintor Apolodoro, menos
              célebre (Reinach 1921: 186-187).</note>; porque, realmente, la sombra hace
              campear<note place="bottom"> CAMPEAR: “vale sobresalir entre las demás cosas, de modo
              que se lleve la atención de todos” (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> las demás partes,
            que estaban sin ella lánguidas y casi muertas. Eso también debe hacer el poeta: traer
            algunos pasos de recóndita erudición que levante la poesía, y con eso parecerá docto y
            hará lo que los poetas griegos y latinos con grande alabanza hicieron; porque siendo
            todo oscuro, es pintar noches, que aunque pintura valiente<note place="bottom"> A partir
              de la segunda mitad del XVI, en el ámbito manierista, se pusieron de moda los
              nocturnos, ya fueran interiores alumbrados por una fuente de luz visible, vela o
              antorcha, ya exteriores que seducían por el contraste entre la oscuridad y el efecto
              cegador o misterioso de luces mucho más débiles que la del sol, como una hoguera, un
              farol, la luna o las estrellas (Chonet 2001). Esas cuatro fuentes de luz se combinan
              en el cuadro de Elsheimer, <hi rend="i">La huida a Egipto</hi> (Roma 1609), y recaen
              en distintas partes de la escena, por lo que nos hallamos ante un verdadero <hi
                rend="i">morceau de bravoure</hi>, un cuadro que, diría Cascales, afecta oscuridad.
              En Francia estas pinturas se llaman “<hi rend="i">nuits</hi>”, y en España, si creemos
              a nuestro autor, “noches”. En ellas el pintor luce su destreza y su ingenio, como lo
              hace el poeta con los versos ropálicos o leoninos, o sotádicos, y por ello pueden
              calificarse estas pinturas de “valientes”, adjetivo muy usado por entonces para
              encarecer la habilidad y la audacia de los artistas al sortear con éxito dificultades
              fuera de lo común. Sin embargo, al igual que los versos en cuestión, las “noches”
              acaban cansando, son desagradables y no “para ordinaria”. No hemos encontrado
              “ordinaria” en el CORDE usado como sustantivo: tal vez es errata por “ordinario”, o
              bien se elidió algún nombre; quiere decir Cascales, sin duda alguna, que están bien
              las noches como curiosidad, o de vez en cuando, pero que no son para todos los días,
              porque es demasiado artificial y perverso buscar, cuando se es pintor, no una buena
              iluminación para ver y mostrar la escena lo mejor posible, sino una mala para lograr
              efectos sensacionales. Es sin duda por este tipo de reflexiones por las que Cascales
              ganó su fama de hombre de gusto clásico.</note>, es desagradable y no para
            ordinaria.</p>
          <p>Perdone vuestra merced, que me he arrojado temerariamente; pues bastaba que vuestra
            merced tuviera otro parecer y gusto, para que me ajustara con él. Pero habrá valido mi
            atrevimiento para distinguir la prudencia de vuestra merced de mi ignorancia, que
            confieso llanamente. Nuestro Señor a vuestra merced guarde. De Murcia y enero 13.</p>
        </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
