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      <titleStmt>
        <title>Epístolas satisfactorias</title>
        <author key="Angulo y Pulgar, Martín de">Martín de Angulo y Pulgar</author>
        <editor>Juan Manuel Daza</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture, stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Muriel Elvira</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Felipe Joannon</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1635_epistolas</idno>
        <date when="2018"/>
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          <licence target="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/"
            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
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      </publicationStmt>
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        <bibl><title>Epístolas satisfatorias, una a las objeciones que opuso a los Poemas de D. Luis de Góngora el Licenciado Francisco de Cascales […] en sus Cartas Filológicas ; otra a las proposiciones que contra los mismos poemas escribió cierto sujeto grave y docto</title>, <pubPlace>Granada</pubPlace>: <publisher>Blas Martínez</publisher>, <date>1635</date></bibl>
      </sourceDesc>
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    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
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      <creation>
        <date when="1635"/>
      </creation>
      <langUsage>
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    <!--
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        <head>Datos bibliográficos</head>
        <table>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>Juan Manuel DAZA</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Martín de ANGULO Y PULGAR</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>
              <p rend="noindent">Destinatarios</p>
              <p rend="noindent"/>
              <p rend="noindent">Dedicatario</p>
            </cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">a. Francisco de CASCALES</p>
              <p rend="noindent">b. «Sujeto grave y docto»</p>
              <p rend="noindent">Fernando Alonso PÉREZ DEL PULGAR</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>Epístolas satisfactorias. Una, a las objeciones que opuso a los poemas de don Luis de Góngora el licenciado Francisco de Cascales, catedrático de Retórica de la santa Iglesia de Cartagena, en sus <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>. Otra, a las proposiciones que, contra los mismos poemas, escribió cierto sujeto grave y docto. Por don Martín de Angulo y Pulgar, natural de la ciudad de Loja. A don Fernando Alonso Pérez del Pulgar, señor de la villa del Salar (Granada: Blas Martínez, 1635)</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>1635</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>
              <item>- Biblioteca Nacional de España (Madrid):</p>
              <p>Signatura: R/16018.</p>
              <p>Signatura: 2/41393.</p>
              <item>- Biblioteca de la Real Academia Española (Madrid):</p>
              <p>Signatura: 17-XII-31.</p>
              <item>- Biblioteca del Palacio Real (Madrid):</p>
              <p>Signatura: VIII-11049.</p>
              <item>- Biblioteca de Castilla-La Mancha. Biblioteca Pública del Estado (Toledo):</p>
              <p>Signatura: 16673.</p>
              <item>- Biblioteca del Hospital Real (Universidad de Granada):</p>
              <p rend="margin noindent">Signatura: BHR/Caja IMP-2-030.</p>
              <item>- Biblioteca de la Universidad de Camdbrige:</p>
              <p>Signatura: Hisp.8.63.2.</p>
              <item>- <ref target="http://www.onb.ac.at/services/presse_23726.htm">Österreichischen Nationalbibliothek (Biblioteca Nacional de Austria).</ref></p>
              <p>Signatura: *38.Bb.66.</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>Ninguna</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">1634_carta-cascales-tribaldos; 1634_cascales-villar;</p>
              <p rend="noindent">Texto perdido</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent" xml:lang="fr">1615_carta-gongora</p>
              <p rend="noindent" xml:lang="fr">1615_examen</p>
              <p rend="noindent" xml:lang="fr">1616_soledadI-diaz</p>
              <p rend="noindent" xml:lang="fr">1616_soledadII-diaz</p>
              <p rend="noindent" xml:lang="fr">1618_defensa-soledad</p>
              <p rend="noindent" xml:lang="fr">1630_lecciones</p>
            </cell>
          </row>
        </table>
      </div>
      -->
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. Título</head>
          <p rend="noindent">El sintagma <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>, que abre el
            título con que Angulo rotula este texto polémico, encierra toda una declaración de
            intenciones. Por un lado, el término «epístolas» evoca un género, el epistolar, de gran
            recorrido y rentabilidad durante los debates sobre la poesía mayor gongorina. De otra
            parte, el apellido que Angulo da a sus cartas, «satisfactorias» (‘que satisfacen’, es
            decir, ‘que responden o refutan’)<note place="bottom">Satisfacer: vale también dar
              solución a alguna duda o dificultad, o sosegar o aquietar alguna queja o sentimiento.
              Lat. <hi rend="i">satisfacere, respondere</hi> (<hi rend="i">Autoridades</hi>).
              Satisfacer: deshacer un agravio u ofensa (<hi rend="i">DRAE</hi>).</note>, remite a la
            ocasión del escrito: replicar a las críticas antigongorinas expuestas por Cascales en
            sus <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> (<hi rend="i">Epístola</hi> primera) y a las de
            un «sujeto grave y docto» (<hi rend="i">Epístola</hi> segunda), anónimo correspondiente
            de Angulo.</p>
          <p>Vaya por delante que lo epistolar está presente en la polémica desde sus primeros
            balbuceos, la recorre a lo largo de sus tramos medulares, más agitados y sustanciosos, y
            extiende su influencia hasta aparecer en lances más tardíos de la misma<note
              place="bottom">Puede consultarse un estudio más pausado de la presencia de lo
              epistolar en la controversia cultista en Rico (2002: XLII-LX).</note>. Esta
            recurrencia con que se usó la epístola durante las discusiones en torno a Góngora no es,
            naturalmente, casual. Responde no sólo a la vigencia de una tendencia erudita de mucha
            solera, sino también a la efectividad polémica y argumentativa que podía lograrse con un
            buen manejo del género, el cual aseguraba asimismo unas condiciones de divulgación de
            gran proyección dialéctica. La virulencia con que se destaparon algunos de estos rasgos
            epistolares en los comienzos de la polémica se fue atemperando y tiñendo de otros
            matices a medida que la recepción crítica de Góngora avanzaba y se tornaba más rigurosa
            –dentro de lo que cabía, hablando de querellas– y concienzuda. Ese testigo es recogido
            por Angulo en 1634, cuando las cartas de Cascales, después de pasar por un estadio de
            divulgación manuscrita, son publicadas de forma impresa y se convierten así en un
            producto distinto y, en consecuencia, capaz de levantar reacciones también
              diferentes<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Romanos (2004).</note>. Por
            tanto, los episodios polémicos en que se enmarca la redacción de las <hi rend="i"
              >Epístolas satisfactorias</hi> están muy marcados por lo epistolar, aunque, en el caso
            de los textos de Angulo, preside su desarrollo un tono general de formalidad y
            profesionalidad –por así decirlo– que les otorga una dimensión especial, como se verá en
            el epígrafe dedicado a la «Estructura».</p>
          <p>Por lo que respecta a las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> (Murcia: Luis Verós,
              1634)<note place="bottom">Contamos con la edición tripartita de García Soriano (1952,
              1954 y 1961); las citas literales y las referencias a páginas las hacemos por
              ella.</note>, son de nuestra incumbencia las Epístolas VIII, IX y X de la Década
              primera<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. García Soriano (1961: 137-190). Han
              sido estudiadas monográficamente por Matas (1990b), Romanos (2004) y Schwartz (2014).
              Aunque las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> no se publican en forma de libro hasta
              1634, las misivas que nos ocupan son de fecha muy anterior, como mínimo de principios
              de 1626, datación que consta en la aprobación del impreso.</note>, que abordan en tono
            teórico y dialéctico las candentes novedades gongorinas. La primera de estas cartas
            (Epístola VIII) sirvió a Cascales en su momento para declarar su parecer sobre los
            poemas mayores de Góngora y tomar partido así en las diatribas que generaron, que por
            entonces habían adquirido ya un tono más que notable; el posicionamiento de Cascales fue
            replicado epistolarmente por un destacado gongorista andaluz, el iliturgitano Francisco
            del Villar<note place="bottom">El gran desconocimiento que pesaba sobre la figura de
              Francisco del Villar y Bago (ca. 1565-1639) se ha visto aliviado recientemente por dos
              importantes estudios que le ha dedicado Ponce Cárdenas (2015a y 2016): tras su paso
              por la Universidad de Alcalá de Henares y la vuelta a Andalucía, Villar, juez
              eclesiástico en la villa jiennense de Andújar, jugó un papel destacado como agente
              dinamizador de la vida literaria de esta ciudad, a tenor, por ejemplo, de las varias
                <hi rend="i">Relaciones</hi> de fiestas y justas religiosas que cuidó e imprimió,
              volúmenes en cuyos apartados dedicados a la publicación de la poesía de certamen puede
              apreciarse la influencia de la poética gongorina en tierras andaluzas. Pudo mantener
              contactos con Salcedo Coronel y, más seguramente, con Pellicer, a quien dedicó un <hi
                rend="i">Discurso apologético</hi>… de tema anticuario o arqueológico, referente a
              los orígenes romanos de Andújar, y a cuyas <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> alude,
              antes de que se imprimieran, en un romance de tono polémico incluido en el cancionero
              zaragozano editado por Blecua (1945: 386-387), si es que el «padre Villar» allí
              antologado es, como parece, nuestro Villar. Aparte de la notoriedad que le supondría
              su discusión con Cascales, gracias a la cual llegó incluso a ver impreso un texto
              crítico suyo, su implicación en la defensa de Góngora debió de tener cierto eco en los
              círculos gongorinos andaluces: como era más que previsible, aparece citado como
              defensor de Góngora en las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> (f. 54v) de
              Angulo y Pulgar, quien en 1638 alude ya a la existencia de un «<hi rend="i">Compendio
                retórico y poético</hi>» a favor de Góngora debido a Villar (<hi rend="i">Égloga
                fúnebre</hi>, f. 19r); lo mismo se le atribuye en la anónima lista editada por Ryan
              (1953: 434). Canavaggio (1965) y Jammes (1994: 703-704) se refirieron superficialmente
              a este escrito, conservado –como supuso sagazmente el gongorista galo– en el BNE, Ms.
              2529, con el título de <hi rend="i">Copia de unos capítulos de un libro manuscrito
                escrito por don Francisco del Villar, Vicario, juez eclesiástico de Andújar, por los
                años de 1630, cuyo original pasó en poder del marqués de la Merced</hi> (1635). Ha
              sido editado y estudiado por Ponce Cárdenas (2015a y 2016), que se ha encargado de
              rescatar y poner el acento sobre las muchas bondades que atesora esta apología de
              Góngora, cuya columna vertebral reposa en la idea de que «en todo género de poesía fue
              eminente don Luis de Góngora». Son especialmente singulares las páginas que Villar
              consagra al Góngora epigramatista y resultan muy jugosas sus reflexiones sobre la
              poesía heroica, lírica o burlesca gongorina.</note> (Epístola IX), cuya refutación no
            quedó sin contestar, también con una carta (Epístola X), por el rétor murciano.</p>
          <p>«Entrando, pues, en este crético labirinto, pregunto si la obscuridad es virtud o
            vicio». Con estas palabras inicia Cascales el núcleo duro de la referida Epístola VIII,
            que lleva en la versión impresa el título <hi rend="i">Sobre la obscuridad del
              «Polifemo» y las «Soledades» de don Luis de Góngora</hi>. Al responder a esa pregunta
            inicial y decisiva, Cascales, si bien condena la oscuridad en los términos habituales y
            consabidos, concede que esta es legítima en algunos supuestos: «no siempre la obscuridad
            es viciosa; que cuando proviene de alguna doctrina exquisita, es loable y buena […]. Ni
            es viciosa, cuando alguna palabra ignorada de los hombres semidoctos escurece la oración
            […]. Ni es viciosa, cuando queremos con ella disimular algún concepto deshonesto y torpe
            […]. Ni es viciosa la obscuridad en los poetas satíricos; […], para que quede disimulada
            la persona de quien hablan satíricamente; y ésta es la causa que tiene por disculpa la
            tal obscuridad. En los demás lugares siempre es viciosa […]; y así todos la debemos
            impugnar como a enemigo declarado, aborrecer como a furia del infierno, evitar como a
            peste de la poética elocución» (156-159). Se puede hablar, entonces, –así lo hace
              Schwartz<note place="bottom">Schwartz (2014).</note>– de la aparición en esta carta de
            un conocido topos retórico, que asoma en otros textos de la polémica: la oposición entre
            oscuridad y dificultad<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Collard (1967: 99-112)
              y Rico (2001: 134-154). Ya en las <hi rend="i">Tablas poéticas</hi> dedicaba Cascales
              una atención preferente a la <hi rend="i">obscuritas</hi> en el capítulo sobre la
              frasis y los estilos, apartado de la obra en el que se detectan claros ecos de la
              problemática barroca entre oscuridad y dificultad: <hi rend="i">vid</hi>. García
              Berrio (2006: 256-270). Esas páginas suponen una suerte de prefiguración de la
              intervención de Cascales en las polémicas gongorinas, al tiempo que testimonian la
              pujanza de un debate que se venía gestando y que emergerá de manera pródiga a raíz de
              la difusión de los poemas mayores de Góngora.</note>. Desde este marco teórico de
            referencia, para Cascales se hacía imposible tolerar los modos gongorinos, que, además
            de ofuscarse en la excesiva repetición de figuras atrevidas y giros latinizantes, no
            destinaba tales denuedos al tratamiento de contenidos elevados, sino a futilidades que
            quedaban muy lejos de la «recóndita doctrina» deseable en un poema ilustre y de altos
            vuelos estilísticos:</p>
          <quote>¿Qué otra cosa nos dan el <hi rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi>
            y otros poemas semejantes, sino palabras trastornadas con catacreses y metáforas
            licenciosas, que cuando fueran tropos muy legítimos, por ser tan continuos y seguidos
            unos tras otros, habían de engendrar obscuridad, intrincamiento y embarazo? Y el mal es
            que, de sola la colocación de palabras y abusión de figuras, nace y procede el caos de
            esta poesía. Que si yo no la entendiera por los secretos de naturaleza, por las fábulas,
            por las historias, por las propiedades de plantas, animales y piedras, por los usos y
            ritos de varias naciones que toca, cruzara las manos y me diera por rendido, y confesara
            que aquella obscuridad nacía de mi ignorancia y no de culpa suya (146-147).</quote>
          <p>La semejanza entre estos veredictos y los de otros detractores de Góngora es tan
            evidente que requiere poco comentario: la preeminencia del contenido sobre la elocución
            que arguye Cascales no encaja con el espíritu de la poesía mayor gongorina, cuya
            opacidad, según el rétor, proviene únicamente de las <hi rend="i">verba</hi>, sin que
            medie una <hi rend="i">res</hi> que la legitime; y, en consecuencia, el asidero
            doctrinal que permitía contraponer dificultad y oscuridad –que es, al fin y al cabo, lo
            que fundamenta su argumentario y lo que rezuman sus críticas–, así como las consecuentes
            censuras contra el poeta cordobés en los términos y el tono que acabo de exponer, se
            repiten con distintas formulaciones a lo largo de toda la carta.</p>
          <p>Por otra parte, la segunda de las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> contesta,
            según reza en la portada del impreso, «a las proposiciones que, contra los mismos
            poemas, escribió cierto sujeto grave y docto», cuya identidad ignoramos. Angulo se cuida
            de no desvelar el nombre de aquel a quien está rebatiendo en la segunda parte de su
              obra<note place="bottom">Según aclara el propio Angulo en la dedicatoria de las <hi
                rend="i">Epístolas</hi>, el motivo que existía para hacerlo así es que no estaba
              autorizado a descubrir públicamente quién era su interlocutor: «dos cartas que
              escribo, una, al licenciado Francisco de Cascales, catedrático de Retórica de la santa
              Iglesia de Cartagena, y otra, a cierto gran sujeto, cuyo nombre no tengo licencia de
              revelar, dedico a vuestra merced».</note> y, ante tal circunstancia, es razonable
            preguntarse si existió realmente dicho antagonista o es un simple pretexto de Angulo. La
              <hi rend="i">Epístola</hi> segunda está salpicada, no obstante, de algunos datos que
            permiten, en mi opinión, no dudar en exceso de la existencia de ese oponente con el que
            Angulo dice haberse carteado y al que se propone refutar ahora por haberle remitido una
            misiva de asunto antigongorino. La mayor fuente de información acerca de este misterioso
            personaje y de su relación con Angulo reside en la breve <hi rend="i">propositio</hi> de
            la carta, donde el lojeño da noticia del intercambio de papeles polémicos entre ambos y
            de qué intenciones lo mueven a satisfacer esas anónimas impugnaciones:</p>
          <quote>He leído (señor) con más atención el § 4 de la carta de vuestra merced, su fecha en
            7 de mayo de este año, y juzgo no atrevidamente que si no le escribió su natural
            modestia, ajena (al parecer) de estas materias de poesía, ha sido quererme examinar, no
            del todo satisfecho de mí en ellas, con la respuesta que remití a vuestra merced a las
            objeciones que el licenciado Francisco de Cascales estampó y opuso al estilo de los
            poemas de don Luis de Góngora, que, a juicio mío, debe satisfacer a vuestra merced, pues
            le dio su aprobación y con ella sumo crédito […]. Y porque no parezca descaecimiento mío
            no intentar satisfacer a vuestra merced, lo deseo con este discurso y (con el respeto
            que debo) que les restituya el crédito que retira a estas obras, y probar también
            (porque me lastima les falte, entre la de muchos y grandes sujetos, la aprobación de
            vuestra merced, que lo es tanto) que no le han desmerecido su aplauso (ff.
            42r-42v).</quote>
          <p>La exactitud de los datos que Angulo consigna en el primer enunciado de la <hi rend="i"
              >Epístola</hi> segunda invita a pensar que la situación descrita es real: Angulo
            habría remitido un borrador manuscrito de la <hi rend="i">Epístola</hi> primera a su
            innominado correspondiente, el cual contesta con una misiva en que manifiesta su
            beneplácito ante el trabajo de Angulo, pero, además de esa valoración positiva, le
            transmite también sus reticencias acerca de Góngora. En verdad, el relato de Angulo no
            deja claro si estas dos posturas, aparentemente contradictorias<note place="bottom">La
              incoherencia que parece desprenderse de los hechos expuestos por Angulo podría
              explicarse si sobrentendemos que esa «aprobación» de la que presume pudo no ser más
              que un elogio protocolario entre hombres doctos, que el lojeño infla deliberadamente
              para obtener réditos de cara a su contra-argumentación en ciernes.</note>, aparecían
            recogidas en una sola carta –la del 7 de mayo– o en dos, aunque parece más verosímil la
            primera opción; sea lo que sea, Angulo consideró que los ataques a su admirado poeta
            tenían la suficiente entidad como para enfrascarse en rebatirlos. Dichos embates contra
            Góngora, si se materializaron tal como Angulo los transmite (<hi rend="i">vid</hi>., en
            este estudio, el epígrafe «Estructura»), permiten que forjemos una imagen aproximada del
            ideario poético del «sujeto grave y docto», que no dista mucho del manejado por otros
            detractores del cultismo.</p>
          <p rend="noindent"/>
        </div>
        <div>
          <head>2. Autor</head>
          <p>Son escasas las informaciones biográficas que se conocen sobre Martín de Angulo y
            Pulgar (Loja, 1594)<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Alonso (1982c). Supone
              una fuente esencial en este sentido la correspondencia enviada por el lojeño a Juan
              Francisco Andrés de Ustarroz, conservada en el BNE, Ms. 8391, ff. 305-311, 313 y
              316-349 (aunque los ff. 331 y 340 son dos cartas de Ustarroz a Angulo); en los ff.
              312, 314 y 315 del citado ms. se conservan dos cartas de Jerónimo del Pulgar y
              Sandoval –hermano de Martín de Angulo y Pulgar– a Ustarroz. Este códice ha constituido
              uno de los principales referentes para el presente estudio.</note>, quien, por vía
            materna, perteneció a una casa insigne del reino de Granada: los Pérez del Pulgar, que
            ostentaban el señorío del Salar (Granada), mayorazgo de los Pulgares, gracias a las
            prebendas obtenidas en los últimos tiempos de la Reconquista por las gestas y servicios
            a la causa antimusulmana de uno de los miembros más preclaros del linaje, Hernán Pérez
            del Pulgar<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Cuevas Pérez y Montero Corpas
              (2009). Precisamente dedica las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> al preboste
              de la familia en tiempos de Angulo, Fernando Alonso Pérez del Pulgar –tío carnal suyo,
              por ser hermano de su madre, Clara del Pulgar–, mientras que un hijo de este, Fernando
              Pérez del Pulgar y Sandoval, es distinguido como dedicatario de la <hi rend="i">Égloga
                fúnebre</hi>. Con todo, la mejor manifestación del vínculo de Martín de Angulo y
              Pulgar con este apellido ilustre viene dada por un proyecto editorial –a la postre <hi
                rend="i">non nato</hi>– que impulsó a nuestro autor a historiar la «vida, proezas,
              mercedes y genealogía» del ya mencionado Hernán Pérez del Pulgar, en un afán de
              autoafirmación orgullosa de la dignidad de la casa a través de la glorificación de un
              antepasado conspicuo.</note>. La etapa juvenil de formación sitúa a Angulo en Granada,
            en cuya universidad estudió cuatro cursos, y en Osuna, por cuya institución
            universitaria logró el título de bachiller en 1624<note place="bottom">Rodríguez Marín
              (1923b: 100-101).</note>. Posteriormente, Angulo tuvo, muy a su pesar, una vida
            bastante provinciana, pues residió con regularidad en Loja, a excepción de una primera y
            fugaz visita en 1643 a Madrid, «grande Babilonia», como es definida por él mismo. En la
            capital conoció personalmente a Salcedo Coronel y a Salazar Mardones, quienes no fueron
            sus únicos amigos de postín, ya que en tierras granadinas trabó amistad, por ejemplo,
            con otro señalado partidario de Góngora, el canónigo Martín Vázquez Siruela –firmante de
            la «Aprobación» de las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>, por cierto–, del
            mismo modo que se prolongaron, fluidos y fructíferos, sus amistosos lazos epistolares
            con el eminente progongorino aragonés Juan Francisco Andrés de Ustarroz, con quien
            comienza a cartearse en 1641 y lo seguirá haciendo durante una década<note
              place="bottom"><hi rend="i">Vid. supra</hi> n. 11. Angulo contaba asimismo con Juan de
              Sarabia como corresponsal en Córdoba, foco de importancia capital para el gongorismo
              militante (<hi rend="i">vid</hi>. BNE, Ms. 8391, ff. 323, 326 y 329). Reyes (1927c:
              235; 1927d: 78; 1958c: 109, n. 29) establece sin demasiado fundamento la hipótesis de
              que Angulo conociera personalmente al poeta en Córdoba y lo acompañara durante sus
              últimos días de vida; Alonso (1982c: 453, n. 63) lo pone seriamente en
            duda.</note>.</p>
          <p>Angulo, casado desde hacía años con Ana Gregoria de Pineda, pariente suya por doble
            vínculo de consanguinidad, en mayo o junio de 1648 hubo de mudar –por cuestiones de
            hacienda y administración familiar– su residencia a Osuna, desde donde escribe, ya
            instalado, el 15 de julio de 1648 y donde habitó de manera ininterrumpida, al menos,
            hasta 1651<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. BNE, Ms. 8391, ff. 311, 313, 321,
              327, 343, 344, 345, 347 y 349.</note>. Osuna, cabeza del ducado homónimo e importante
            plaza universitaria, fue un notable foco cultural en el siglo XVII, además de uno de los
            núcleos urbanos destacados en la red de polemistas gongorinos andaluces<note
              place="bottom">En Osuna escribió Francisco de Amaya su <hi rend="i">Antiantídoto:
                vid</hi>. Daza (2018b). No se olvide, asimismo, que Angulo incluyó al duque de Osuna
              en una de las nóminas de partidarios de Góngora insertas en su <hi rend="i">Égloga
                fúnebre</hi>… (ff. 19v-20r) y que en sus <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>
              (f. 54v) sitúa en Osuna a un tal «doctor Rojas», partidario de Góngora.</note>. En
            Osuna, por tanto, debió de establecer Angulo interesantes relaciones literarias<note
              place="bottom">Sabemos, por ejemplo, que trataba con el doctor Alonso de Figueroa y
              Navarro, catedrático de prima de Cánones en la universidad ursaonense y juez de la
              Audiencia y apelaciones del estado de Osuna (<hi rend="i">vid</hi>. BNE, Ms. 8391, f.
              344).</note>. Durante aquella etapa postrera de la vida pone asimismo sus miras en
            medrar, en alcanzar un vínculo cortesano para «aumentar lustre a su casa y familia», en
            palabras de Alonso. Así, aspiró a ser preceptor de esgrima (para lo cual llegó incluso a
            componer en 1646 «cuatro pliegos sobre la destreza de la espada» que remitió a sus
            contactos en la corte), pero, finalmente, aquel afán se diluyó, pues Angulo no tardó en
            toparse con la realidad y tomar conciencia de sus limitaciones: «si tuve algún calor, ya
            estoy frío, conociendo mi edad, sujeto, capacidad y disposiciones de mi familia, y que,
            aunque el puesto es de mucha estima, no es para medrar sólo por él»<note place="bottom"
              >El proceso de esta demanda frustrada puede seguirse a grandes rasgos a través del
              epistolario de Angulo, particularmente en sus cartas a Ustarroz (BNE, Ms. 8391, ff.
              330, 332 y 335).</note>. Poco más se sabe del devenir vital de Angulo durante los años
            postreros de su vida, hasta su muerte en fecha desconocida.</p>
          <p>La propensión hacia Góngora corre pareja a los avatares biográficos e intelectuales de
            Angulo, que mantuvo un intenso interés por la defensa y canonización del poeta desde, al
            menos, principios de la década de los treinta hasta los umbrales de 1650. Sin embargo, y
            según analizaré más tarde, sólo dos de sus cuatro grandes proyectos gongorinos llegaron
            a pasar por las prensas; los otros dos quedaron en el dique seco del manuscrito, lo cual
            no deja de representar un fracaso cuando el autor los ha concebido para ser impresos y
            ha luchado para consumar tal aspiración. Lo que conservamos de su obra de creación no le
            daría ni siquiera para pasar con estrecheces a la posteridad: la veneración por Góngora
            mediatiza en exceso el valor estético de su única obra creativa de alto aliento, el
            centón de versos gongorinos titulado <hi rend="i">Égloga fúnebre</hi> (1638), al igual
            que ocurre con otros dos poemas más modestos, las octavas inmaculistas de las <hi
              rend="i">Fiestas</hi> lojeñas de 1640<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Osuna
              Rodríguez (2011).</note> y los <hi rend="i">Epitafios</hi> celebrativos con ocasión
            del fallecimiento de la reina Isabel de Borbón (1645)<note place="bottom"><hi rend="i"
                >Vid</hi>. Alonso (1927).</note>.</p>
          <p>En 1639, un mediano soneto suyo sale impreso en las <hi rend="i">Lágrimas
              panegíricas</hi>, corona lírica en memoria del fallecido Juan Pérez de Montalbán, lo
            cual podría hablarnos de cierta notoriedad de Angulo a nivel nacional, si bien es cierto
            que el prurito acumulativo de este tipo de homenajes poéticos –más de ciento setenta
            autores participan en el volumen– también debe hacernos mirar con distancia la presencia
            en él del lojeño, que no dejaría de ser una gota en el vasto torrente de ingenios
            mayores y menores que engrosa el libro. Su inclusión como poeta de justa, por otra
            parte, en el conocido impreso de Paracuellos, <hi rend="i">Elogios a María
              santísima</hi> (1651), vendría a mostrar que Angulo estuvo conectado con la actividad
            socio-cultural de la capital granadina en las décadas centrales del siglo XVII. Granada
            brindaría a Angulo las posibilidades y resortes que Loja le negaba –si bien, cuando se
            estampa la compilación de Paracuellos, Angulo reside en Osuna–, no en vano en la ciudad
            bullían las manifestaciones públicas y privadas de los círculos letrados y las
            iniciativas civiles y eclesiásticas dinamizaban el discurrir de los días de la urbe<note
              place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Osuna Rodríguez (2000, 2003 y 2004).</note>, que
            fue encarecida así por Angulo en la <hi rend="i">Descripción</hi> (¿1649?) que le
            dedicó: «por plumas y espadas es y siempre ha sido célebre Granada e envidiada. […] De
            policía, gala y despejo en los hombres, y en todos cortesanía, agrado, culto y lenguaje
            digno de toda discreción y del ingenio más elevado»<note place="bottom"><hi rend="i"
                >Vid</hi>. Villa-Real (1999: 322-333).</note>.</p>
          <p>A caballo entre ese apego al terruño y el orgullo identitario de pertenencia a una
            parentela esclarecida, fluctúa la que tal vez fue o pudo haber sido –le faltó, según
            parece, el espaldarazo definitivo de la imprenta– una de las obras más enjundiosas de
            Angulo, fuera de su actividad a favor de Góngora: me refiero a la <hi rend="i">Historia
              apologética</hi>, o <hi rend="i">Cronicón póstumo</hi><note place="bottom"><hi
                rend="i">Vid</hi>. Villa-Real (1999).</note>. Los hermanos Angulo –nuestro Martín y
            Jerónimo del Pulgar y Sandoval– la idearon y forjaron como un libro de perfil histórico
            que cantara elogiosamente la trayectoria, sobre todo guerrera, de su «tercero abuelo
            materno», Hernán Pérez del Pulgar, para, al mismo tiempo, desmentir las inexactitudes
            que sobre el personaje habían difundido otros historiadores. La <hi rend="i"
              >Historia</hi>, que ya estaba terminada y revisada por Ustarroz en 1651, no llegó –que
            se sepa– a imprimirse, pero circularon varias copias manuscritas, no localizadas
              hoy<note place="bottom">Para más detalles sobre la obra conocida de Angulo y Pulgar,
              remito a Daza (en prensa-b), donde aporto numerosos datos inéditos y ofrezco la
              edición de varias composiciones poéticas del lojeño.</note>.</p>
          <p>En cuanto a la obra relacionada con su militancia gongorina, además de las <hi rend="i"
              >Epístolas satisfactorias</hi>, tenemos otras muestras: se conocen testimonios
            materiales, datos, noticias e indicios más que suficientes para afirmar que su labor
            crítica y apologética en torno a Góngora se diversificó en varias empresas de calado y
            resultado desiguales en que se afanó durante gran parte de su vida. Debemos considerar,
            por tanto, actualmente en su producción de temática gongorina:</p>
          <list>
          <item>- Dos obras impresas: las <hi rend="i">Epístolas</hi> y la <hi rend="i"
              >Égloga fúnebre</hi>.</item>
          <item>-  Una manuscrita y preparada para la imprenta, pero inconclusa: el
            volumen de <hi rend="i">Varias poesías</hi>.</item>
          <item>-  Un manuscrito, el del <hi rend="i">Antifaristarco</hi>, que permanece
            hasta la fecha en paradero desconocido, pero con la certeza de que existió –y en un
            estadio de redacción muy avanzado, por cierto– y estuvo a punto de imprimirse.</item>
          <item>- Un par de textos, la <hi rend="i">Centuria</hi> y la <hi rend="i"
              >Defensa de los errores</hi>, títulos hipotéticos de dos obras progongorinas que
            Angulo menciona como proyectos previstos o en marcha, aunque no sabemos hasta qué grado
            de profundidad avanzó su hechura.</item>
          </list>
          <p>Se suma a todo ello la más que posible relación de Angulo con dos importantísimas
            colecciones manuscritas de índole gongorina<note place="bottom">Aporto más detalles
              sobre esta última cuestión en Daza (2018a).</note>. Este corpus documental hace de
            Angulo uno de los más prolíficos y versátiles defensores de Góngora durante la polémica.
            Pero vayamos por partes.</p>
          <p>Apenas contaría Angulo con cuarenta años cuando podría haber empezado a trabajar en un
            ambicioso manuscrito recopilatorio de poesía gongorina, cuya portada principal dice: <hi
              rend="i">Varias poesías y casi todas las que compuso aquel ilustre, ingeniosísimo,
              erudito y doctísimo varón don Luis de Góngora, natural de la ciudad de Córdoba,
              racionero de su santa Iglesia, capellán de las S., C. y R. Majestades de don Felipe 3
              y 4. Recogidas y restituidas a su más cierto original con mucho trabajo, solicitud y
              cuidado; de muchos, copiosos y buenos papeles, y verdaderas noticias de varios muy
              curiosos y entendidos sujetos de Córdoba, Granada y otras partes, deudos, amigos y
              contemporáneos de su autor; y en este volumen comentadas y de su mano escritas por don
              Martín de Angulo y Pulgar, natural de la ciudad de Loja, año MDCXXXIX</hi><note
              place="bottom">Se conserva en la Biblioteca de la Fundación Bartolomé March (Palma de
              Mallorca), bajo la signatura B87-V3-10, y procede de los fondos del duque de Gor. El
              volumen cuenta también con una portada interior fechada en 1640, que da paso a la
              segunda parte del repertorio poético. Estudio monográficamente este ms. en Daza (en
              prensa-a).</note>. Sabemos que Angulo trabajó paralelamente en la redacción de las <hi
              rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> y en la confección de parte de este manuscrito,
            cuya ejecución se prolongaría, al menos, hasta finales de la década de 1630. El volumen
            presenta tres bloques (la colección poética gongorina dividida en dos partes y, al
            final, un repertorio de cartas de don Luis) y reúne las obras literarias de Góngora,
            excepto las letrillas, las décimas, las <hi rend="i">Soledades</hi> y la comedia del <hi
              rend="i">Doctor Carlino</hi>, si bien no es descartable que Angulo tuviera planeado
              incluirlas<note place="bottom">Su afición por Góngora, en general, y la preparación
              del ms. <hi rend="i">Varias poesías</hi>, en particular, debieron de procurar a Angulo
              un apreciable muestrario de versiones manuscritas de poesía gongorina, algunas de las
              cuales no llegaría a poner en limpio en el cartapacio que nos ocupa. Poseía una copia
              de las <hi rend="i">Soledades</hi>, como él mismo declara en los preliminares de su
                <hi rend="i">Égloga fúnebre</hi>, mientras que en las <hi rend="i">Epístolas
                satisfactorias</hi> Angulo hace referencia a unas décimas, las de los relojes –«¿Qué
              importa, oh tiempo tirano…?»– (f. 46v), que no habían sido impresas ni en Vicuña ni en
              Hoces, así que hubo de conocerlas a través de alguna versión manuscrita, tal vez la
              del BNE, Ms. 3906; lo mismo podría decirse de la canción «Sobre trastes de guijas»,
              citada en el f. 40v de las <hi rend="i">Epístolas</hi> (<hi rend="i">vid</hi>. Daza
              2018a).</note>, intención que no se culminó por haber quedado interrumpida la hechura
            del manuscrito, que está claramente inacabado.</p>
          <p>Las <hi rend="i">Varias poesías</hi> hubieron de concebirse como uno de los muchos mss.
              <hi rend="i">integri</hi> que recogieron la obra de Góngora, en consonancia con una
            tendencia ciertamente vigorosa que venía consolidándose desde varios lustros atrás y que
            hizo proliferar de modo llamativo las compilaciones manuscritas –con vocación de
            exhaustividad y salvaguarda textual– de las poesías gongorinas, muy apetecidas en
            determinados círculos letrados y, además, maltratadas en sus primeras ediciones impresas
            no comentadas (Vicuña en 1627, Hoces en 1633), como se encargaron de denunciar muchos
            partidarios de Góngora, Angulo entre ellos. Pero el manuscrito que nos ocupa presenta
            asimismo un valor añadido, que, por cierto, tampoco es ajeno a una deriva de la polémica
            en boga por aquellos años: someter la poesía de Góngora a un ejercicio sistemático de
            anotación, ateniéndose a las convenciones del comentario filológico, <hi rend="i">modus
              operandi</hi> que vivía en la tercera década del XVII un momento álgido, con los
            imponentes comentarios impresos de Salcedo Coronel (<hi rend="i">«Polifemo»
              comentado</hi>, 1629; <hi rend="i">«Soledades» comentadas</hi>, 1636), Pellicer (<hi
              rend="i">Lecciones solemnes</hi>, 1630) o Salazar Mardones (<hi rend="i">Ilustración y
              defensa</hi>, 1636). Ese prurito ilustrador con que Angulo quiere presentar la obra
            gongorina se deja claro ya desde la portada del ms., donde se alude a las «poesías de
            Góngora… en este volumen comentadas»; de otro lado, la propia disposición tipográfica
            –por así decirlo– del códice revela la previsión de una labor escoliasta que se frustró:
            las páginas están estructuradas mayoritariamente en dos columnas, la que ocupa el texto
            que se copia y otra –casi nunca cumplimentada– que aparece encabezada con la sintomática
            designación de «Notas», a la que se une en algunos casos una tercera columna, la de los
            «Argumentos», denominación que da Angulo a las aclaraciones marginales que adosa a
            ciertos poemas. Parece bastante probable, en fin, que Angulo albergara la idea de dar el
            manuscrito a la imprenta, situación que, de haberse producido finalmente, habría
            colocado a Angulo en una posición privilegiada y equiparable a los grandes comentaristas
            gongorinos de los años treinta<note place="bottom">Remito a Daza (en prensa-a) para un
              estudio mucho más detenido, con abundantes ejemplos y datos complementarios, de las
              cuestiones apuntadas en este párrafo.</note>.</p>
          <p>Quizás haya que buscar alguna explicación para aquel fiasco en el solapamiento de
            textos polémicos en que se vio envuelto Angulo por aquellos años; no en vano, la <hi
              rend="i">Égloga fúnebre a don Luis de Góngora, de versos entresacados de sus
              obras</hi> (Sevilla: Simón Fajardo), su obra de creación conservada más ambiciosa,
            salió impresa en 1638<note place="bottom">No existe edición moderna de este texto,
              utilizo el ejemplar encuadernado en BNE, Ms. 3906.</note>. La <hi rend="i">Égloga</hi>
            está confeccionada mediante la técnica del centón, ingenio poético hacia el que Angulo
            mostró inclinación durante su trayectoria creativa y en cuyo cultivo se le puede
            considerar uno de los precursores dentro de la literatura áurea española. El poema
            consta de 81 estancias, que suman alrededor de un millar de versos, y combina –o, más
            bien, funde– los pasajes narrativos de corte biográfico con las estampas simbólicas de
            impronta mitológica. El alcance de la <hi rend="i">Égloga fúnebre</hi> es incluso mayor
            que el que pueda tener por sí solo un elogio poético de corte biográfico con carácter
            mitificador y/o canonizador, ya de por sí relevante para situar esta obra en la espiral
            de la polémica en torno a Góngora: a la carga de homenaje a un dechado memorable que
            lleva implícita la práctica centonista, se añade en el caso de la <hi rend="i"
              >Égloga</hi> de Angulo el uso de un, digamos, lenguaje crítico y otras cuestiones
            limítrofes que proyectan a las claras la obra en el contexto de los debates sobre la
            nueva poesía.</p>
          <p>Como ya insinuó Cruz Casado<note place="bottom">Cruz Casado (2007: 117): «parece como
              si la <hi rend="i">Fama póstuma</hi>, dedicada a Lope, hubiese avivado el recuerdo del
              escritor andaluz, aunque han pasado más de diez años desde la muerte del poeta
              cordobés».</note>, no es descabellado sospechar que Angulo y Pulgar ideara su <hi
              rend="i">Égloga fúnebre</hi> como un «tardío homenaje póstumo»<note place="bottom"
              >Cruz Casado (2007: 125).</note> que entrara en competencia con el más que contundente
            ejercicio de reverencia y canonización que, a mayor gloria de uno de los grandes
            adversarios del cordobés, Lope de Vega –recién fallecido–, había sido orquestado poco
            antes: me refiero a la sonada <hi rend="i">Fama póstuma a la vida y muer­te del doctor
              fray Lope Félix de Vega Carpio y elogios panegíricos a la inmor­talidad de su
              nombre</hi> (Madrid: Imprenta del Reino, 1636), abanderada por Juan Pérez de
              Montalbán<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Di Pastena (2001) y Trambaioli
              (2016).</note>. <anchor xml:id="_Hlk507662153"/>Góngora, al morir, no fue obsequiado
            con ninguna honra de ese calibre por parte de la república literaria, y había que
            desagraviarlo por tan injusta omisión, sin permanecer impasible ante la rotundidad de
            aquel reconocimiento público y prestigioso –por sus participantes y por la mediación de
            la imprenta–, máxime cuando el nombre de Angulo se había visto envuelto en el mismo, al
            parecer, sin su consentimiento. Así, en los «Argumentos de cada estanza» (ff. 18r-20v),
            proporciona Angulo una reveladora pista al respecto, cuando dice: «propone cómo los
            poetas de España han impreso a otro <hi rend="i">Fama póstuma</hi>, loándole la
            abundancia, claridad y dulzura de sus versos. […] Opone a esta alabanza la que la misma
            Fama canta por don Luis, dice por lo que admiran sus versos, hace epílogo de algunos
            grandes sujetos que loan y celebraron a don Luis y sus poemas» (f. 19v)<note
              place="bottom">Parece claro, asimismo, que Angulo percibió y quiso contrarrestar dos
              de los principales objetivos de la <hi rend="i">Fama póstuma</hi>, muchos de cuyos
              colaboradores ahondan insistentemente en un par de ideas que parecen ser consignas a
              las que se atiene la organicidad del volumen: encarecer la justa alabanza que merecía
              la innata fecundidad creativa de Lope, quien, por ella, se distinguía sobre el resto,
              y presentar la claridad de su poesía como el bastión más fiable y depurado para luchar
              contra los excesos de los cultos, según estudió finamente Sánchez Jiménez
              (2011).</note>.<anchor xml:id="_Hlk505844750"/></p>
          <p>Poco después de la publicación de la <hi rend="i">Égloga</hi>, emprendió Angulo la
            elaboración del <hi rend="i">Antifaristarco</hi><note place="bottom">Ignoramos el
              paradero de la obra, que quedó manuscrita, pero no su título, que es revelado
              literalmente por el propio Angulo: «[…] allá me convoca un impresor con ánimo de
              imprimirme mi <hi rend="i">Antifaristarco</hi> […]» (BNE, Ms. 8391, f. 318). Parece
              estar construido como un juego de palabras que combina anti-Faría y
              anti-Aristarco.</note>, respuesta suya a la publicación de las <hi rend="i">Lusíadas
              de Luis de Camoens…comentadas por Manuel de Faría y Sousa</hi> (Madrid: Juan Sánchez,
            1639), donde el poeta portugués arremetía duramente contra Góngora. Sabemos que Angulo
            ya trabajaba en la réplica a Faría en 1641 y, gracias a las cartas cruzadas por el
            triángulo Ustarroz-Mardones-Angulo durante la década siguiente<note place="bottom">Juan
              Francisco Andrés de Ustarroz fue una figura muy destacada de los círculos aragoneses
              afectos a Góngora y la nueva poesía (<hi rend="i">vid</hi>. Egido 1979) y debió de ser
              una voz bastante activa en las discusiones en torno al gongorismo. Así, Bartolomé José
              Gallardo en su <hi rend="i">Ensayo de una biblioteca española de libros raros y
                curiosos</hi> (Madrid: Imprenta y estereotipia de M. Rivadeneyra, 1863, cols.
              195-197) reproduce una lista de obras impresas y manuscritas de Ustarroz que Gallardo
              dice haber copiado «de un pliego que el autor publicó adjunto a un memorial,
              solicitando la plaza de cronista de Aragón»; en dicha lista aparecen tres escritos,
              hoy perdidos, que tendrían mucha relación con la secuencia crítica de la polémica
              gongorina, pues no en vano, replican a ataques directos o indirectos a Góngora, y son:
              una <hi rend="i">Defensa de la poesía española, respondiendo a un discurso de don
                Francisco de Quevedo, que se halla en el principio de las «Rimas» del padre maestro
                fray Luis de León</hi> (ms., 1632), un <hi rend="i">Antídoto contra la «Aguja de
                navegar cultos»</hi> (ms., 1633) y una <hi rend="i">Defensa de los errores que
                introduce en las obras de don Luis de Góngora don García de Salcedo y Coronel, su
                comentador</hi> (ms., 1636). Asimismo Ustarroz insertó en su <hi rend="i">Defensa de
                la patria del invencible mártir san Laurencio</hi> (Zaragoza: en el Hospital Real y
              General de Nuestra Señora de Gracia, 1638) una nómina comentada de partidarios de
              Góngora, en la que incluyó las <hi rend="i">Epístolas</hi> de Angulo antes de haber
              entablado amistad y correspondencia con él: «últimamente perfeccionó el dialecto
              español el nobilísimo caballero don Luis de Góngora y Argote, capellán de Su Majestad,
              cuyas frases han admirado no sólo los ingenios más doctos españoles, pero los del
              clima más remoto le han venerado por padre de las Musas, […] cuyo agudísimo genio han
              inmortalizado muchos varones doctos con elogios no vulgares, […] contentareme solo con
              referir sus nombres y citar los lugares donde le celebran, para que el aficionado de
              su fama los lea: […] don Martín de Angulo y Pulgar, en sus <hi rend="i">Epístolas
                satisfactorias</hi>» (pp. 246-248). Fue esta mención elogiosa de Ustarroz el
              detonante que movió al gongorista andaluz a escribirle por primera vez para agradecer
              su deferencia:<hi rend="i"> vid</hi>. Alonso (1982c: 455).</note>, tenemos
            testimoniado con cierto pormenor el avance del proyecto y su descalabro editorial<note
              place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. BNE, Ms. 8391, ff. 305, 306, 308, 310, 318, 330,
              339, 342, 422 (más datos en Daza 2018a).</note>.</p>
          <p>Ustarroz jugó un papel importante en la elaboración de la obra, por cuanto facilitó a
            Angulo la consulta de algunas apologías gongorinas que poseía y lo surtió de noticias
            varias que el lojeño debió de aprovechar en el <hi rend="i">Antifaristarco</hi>.
            Concluida la primera fase de acopio de materiales y al tiempo que irían llegando nuevos
            papeles para revisar y consultar, Angulo debió de seguir trabajando en el <hi rend="i"
              >Antifaristarco</hi>, cuyos distintos estadios de redacción y enmienda se prolongaron
            unos tres años. Una carta suya a Ustarroz, datada el 1 de agosto de 1645, nos da noticia
            de que el texto estaba terminado<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. BNE, Ms.
              8391, f. 317.</note>, pero ni llegó a imprimirse nunca –a pesar de las múltiples
            gestiones urdidas por Angulo– ni ha podido localizarse hasta la fecha ninguna copia
            manuscrita del documento.</p>
          <p>En la misma carta del 1 de agosto de 1645 citada arriba, donde Angulo notificaba a
            Ustarroz que había concluido su <hi rend="i">Antifaristarco</hi> y tenía intención de
            enviarlo a Madrid copiado en limpio, el gongorista lojeño hace referencia a una obra
            propia de tema gongorino, que ha pasado inadvertida para los estudiosos, cuyo hipotético
            título, <hi rend="i">Centuria…</hi>, habría sido anunciado en una carta anterior a
            Ustarroz. Los escasos datos disponibles parecen indicar que se trataba de una obra que
            reuniera todas –o las más acreditadas– menciones laudatorias a Góngora por parte de sus
            contemporáneos, tanto españoles como extranjeros<note place="bottom"><hi rend="i"
                >Vid</hi>. BNE, Ms. 8391, ff. 310, 317, 426, 428 (más datos en Daza
            2018a).</note>.</p>
          <p>Y aun menos conocemos sobre otra obra de temática gongorina que Angulo confiesa tener
            la intención de componer en una carta a Ustarroz del 1 de mayo de 1646, con unas
            características semejantes a la <hi rend="i">Defensa de los errores que introduce en las
              obras de don Luis de Góngora don García de Salcedo y Coronel, su comentador</hi>, del
            erudito aragonés. Respecto al título, Angulo es tajante y afirma que le dará el «mismo
            título» que Ustarroz había usado para dar nombre a su texto análogo, por lo que podemos
            aventurar que el escrito del lojeño estaría encabezado por un rótulo semejante a
              este:<hi rend="i"> Defensa de los errores que introduce</hi>... Parece lógico
            conjeturar que lo que Angulo pretendía no era escribir también una obra replicando a
            Salcedo, sino un texto que rebatiera a aquellos que, aun siendo afectos a Góngora, se
            hubieran permitido censurar algunos lugares de su obra poética, como hizo el
            comentarista sevillano. Poco más sabemos sobre la ejecución de este trabajo gongorino
            –que, si llegó a existir, no ha sido localizado hasta la fecha–, aunque todo indica que
            Angulo debió de tomarse muy en serio su hechura, si atendemos a algunos datos de su
            epistolario con Ustarroz<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. BNE, Ms. 8391, ff.
              316, 326, 332, 335 y 337 (más datos en Daza 2018a).</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>3. Cronología</head>
          <p>Tratándose de una obra impresa que, además, responde a otra también salida de la
            imprenta, podría parecer que datar las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> de
            Martín de Angulo y Pulgar no entraña demasiada dificultad, pero la realidad es que, si
            damos crédito a ciertos datos ofrecidos por Angulo, la tarea de precisar dicha
            cronología de la manera más exacta posible y de determinar prioridades entre las dos
            cartas que forman el volumen, se complica.</p>
          <p>Por una parte, aunque los textos de Cascales a los que responde Angulo fueron
            compuestos y divulgados aproximadamente una década antes de darlos a la imprenta, el
            hecho de que Angulo localice la mayoría de sus citas literales de Cascales indicando el
            folio concreto del impreso donde aparecen nos obliga a aceptar que la <hi rend="i"
              >Epístola</hi> primera sólo pudo ser redactada –o concluida– con posterioridad a la
            divulgación impresa de las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, que no pudo tener lugar
            hasta febrero o marzo de 1634, pues su requisito legal más reciente, «Suma de la tasa»,
            está fechado el seis de febrero de 1634<note place="bottom">También apunta en esa
              dirección el hecho de que Angulo se refiera o cite literalmente pasajes de otras
              cartas incluidas en el impreso, no sólo de las de temática gongorina. Además, hay
              otras referencias externas en la <hi rend="i">Epístola</hi> primera que nos hablan
              asimismo de su redacción en una época más tardía: amén de aludir a Góngora como ya
              fallecido («porque alguno de los aficionados de don Luis o no se rinda al recelo que
              le puede causar la autoridad de vuestra merced en lo que propone contra estos poemas,
              o no lamente que, muerto su autor, que tantos amigos tuvo y aficionados tiene, no haya
              alguno que satisfaga estas objeciones», f. 1v), Angulo, por ejemplo, conocía el
              impreso de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> de Pellicer, publicadas en 1630,
              así como la polvareda levantada por este comentario gongorino en los primeros años de
              ese decenio: «tan difícil es que don José Pellicer de Salas (cuyo grande ingenio es
              muy conocido y cuya no menor erudición, no menos envidiada) en sus <hi rend="i"
                >Lecciones solemnes</hi> y comento a esta <hi rend="i">Fábula</hi> [al margen: colu.
              73 num. 4], dijo […]» (f. 8r).</note>.</p>
          <p>De otro lado, cuando Angulo está elaborando su <hi rend="i">Epístola</hi> segunda ya
            tenía ultimada o, al menos, bosquejada, la primera, porque, entre otras cosas, Angulo
            remite a esta en varias ocasiones a lo largo de aquella<note place="bottom">«Si lo
              extraordinario es por la nueva colocación de voces, demás de lo que dije al licenciado
              Cascales, digo ahora que esto es por lo que don Luis merece mayor alabanza» (f. 48r);
              «esta misma gloria (como dije al licenciado Cascales) pretendieron, sin reprehensión,
              Horacio, Propercio, Virgilio y Lucrecio» (ff. 52r-52v).</note>. El <hi rend="i"
              >terminus ad quem</hi>, en fin, tanto para la <hi rend="i">Epístola</hi> primera como
            para la segunda habría que situarlo en el verano o principios del otoño de 1635, ya que
            la fecha del paratexto más antiguo de las <hi rend="i">Epístolas</hi>, la «Aprobación»,
            es el diecisiete de noviembre de 1635.</p>
          <p>Ahora bien, el veinte de abril de 1635 es la fecha que figura en el pie de firma de la
            dedicatoria «A don Fernando Alonso Pérez del Pulgar, señor de la villa del Salar», que
            antecede a ambas <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>; en dicho texto preliminar,
            Angulo se refiere a las dos cartas, la que responde a Cascales y la que hace lo propio
            con el ignoto correspondiente<note place="bottom">«Dos cartas que escribo, una, al
              licenciado Francisco de Cascales, catedrático de Retórica de la santa Iglesia de
              Cartagena, y otra, a cierto gran sujeto, cuyo nombre no tengo licencia de revelar,
              dedico a vuestra merced».</note>, de manera que ya las había escrito o, cuanto menos,
            tenía intención de escribirlas. Eso quiere decir, a su vez, que para esa fecha Angulo ya
            había recibido la misiva del remitente para nosotros anónimo, que contenía la censura
            antigongorina que dio pie a la <hi rend="i">Epístola</hi> segunda. Según Angulo, esa
            carta del «sujeto grave y docto» llevaba la fecha de «7 de mayo de este año»<note
              place="bottom">«He leído (señor) con más atención el § 4 de la carta de vuestra
              merced, su fecha en 7 de mayo de este año, y juzgo no atrevidamente que si no le
              escribió su natural modestia, ajena (al parecer) de estas materias de poesía, ha sido
              quererme examinar, no del todo satisfecho de mí en ellas, con la respuesta que remití
              a vuestra merced a las objeciones que el licenciado Francisco de Cascales estampó y
              opuso al estilo de los poemas de don Luis de Góngora, que, a juicio mío, debe
              satisfacer a vuestra merced, pues le dio su aprobación y con ella sumo crédito; y a
              mí, por suya, me deja satisfecho de mi trabajo, bien que atento al consejo de Persio:
                <hi rend="i">Respice quod non es; tollat sua munera cerdo, / tecum habita, ut noris
                quam sit tibi curta supellex</hi>. Juzgo también que para dar vuestra merced voto
              contrario a los mismos poemas […]» (ff. 42r-42v).</note>: si en abril de 1635, como
            digo, sabemos que Angulo ya tenía en su poder el texto que propició la <hi rend="i"
              >Epístola</hi> segunda –puesto que ya habla de ella en la citada fecha–, ese mes de
            mayo sólo puede ser el de 1634.</p>
          <p>Aceptar esta secuencia cronológica supone aceptar consecuentemente que Angulo redactó
            una primera versión de la <hi rend="i">Epístola</hi> primera entre febrero y abril de
            1634 aproximadamente, porque la supuesta carta de 7 mayo de 1634 que recibe Angulo es, a
            su vez, la respuesta a una carta anterior del lojeño, en la que envió a su interlocutor
            una copia manuscrita –quizás un borrador– de sus réplicas a Cascales<note place="bottom"
                ><hi rend="i">Vid. supra</hi> n. 43.</note>. ¿Por qué, entonces, la <hi rend="i"
              >Epístola</hi> primera se abre de esta manera: «a esta ciudad de Loja llegaron las
            treinta <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, divididas en tres décadas, que vuestra
            merced, señor licenciado Francisco de Cascales, dio a la estampa <hi rend="i">el año
              pasado</hi> de 1634» (f. 1r; la cursiva es mía: indica que Angulo escribe esto en
            1635); y además está firmada y fechada en julio de 1635?<note place="bottom">«Guarde
              Dios a vuestra merced muchos años. Loja, julio, 4, de 1635 años. Don Martín de Angulo
              y Pulgar» (<hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>, f. 42r).</note>. Se me ocurre
            que pudo suceder lo siguiente: Angulo abocetó con más o menos detenimiento la <hi
              rend="i">Epístola</hi> primera durante los primeros meses (febrero, marzo, abril) de
            1634, antes del mes de mayo de ese año la envió manuscrita al «sujeto grave y docto» –es
            de suponer que solicitándole su parecer sobre ella–, este le contesta con una carta en
            la que vilipendia a Góngora, y Angulo se siente conminado a rebatirlo con otro texto
            polémico, la <hi rend="i">Epístola</hi> segunda. A partir de este momento, es posible
            que Angulo se centrara en la confección de este último texto y, una vez concluido,
            retomara la <hi rend="i">Epístola</hi> primera para pulirla y rematarla definitivamente
            de cara a su impresión: esas labores de lima pudieron comenzar en torno a un año
            después, en la primavera de 1635, y prolongarse hasta el verano de ese año, de ahí la
            fecha de la dedicatoria, antes aludida (abril, 1635), y la del ya citado pie de firma de
            la <hi rend="i">Epístola</hi> primera (julio, 1635). Soy consciente de que puede parecer
            un proceso algo dilatado para dos textos relativamente breves y que abordan con ligeras
            diferencias los mismos asuntos, pero hay que tener en cuenta que, a la par que trabajaba
            en las <hi rend="i">Epístolas</hi>, Angulo estuvo enfrascado en otra empresa
            progongorina de gran envergadura: su manuscrito de <hi rend="i">Varias poesías</hi>.</p>
          <p/>
        </div>
        <div>
          <head>4. Estructura</head>
          <p>Las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>, y particularmente la primera de ellas,
            tienen en muchas de sus vertientes críticas visos de tratado o de discurso
              sistemático<note place="bottom">Quizás sea el «Número 4» de la <hi rend="i"
                >Epístola</hi> primera el capítulo que mejor refleje ese deseo de sistematicidad:
              tras reconocer sin empacho que la oscuridad es la pretendida seña de identidad de la
              nueva poética gongorina, Angulo aporta de forma enumerativa, por medio de muy breves
              pero densos párrafos, seis razones que justifican la <hi rend="i">obscuritas</hi>:
              para más datos, <hi rend="i">vid</hi>., en este estudio, el epígrafe dedicado a los
              «Conceptos debatidos».</note>; en este sentido, me parece muy elocuente que Angulo
            estructure su <hi rend="i">Epístola</hi> primera con las críticas de Cascales como
            referente pero ateniéndose a una esquematización de las mismas, debida a su propia
            cosecha, que Angulo coloca al frente de su texto y marca claramente las pautas
            compositivas de este. De manera muy inteligente, Angulo extracta de las epístolas de
            Cascales un conjunto orgánico de «objeciones» que le permite abordar de manera ordenada
            e interrelacionada todos los asuntos que le parecen insoslayables para explicar y
            defender a Góngora; esa operación determina la médula teórica y argumentativa de la <hi
              rend="i">Epístola</hi> primera. Ese conjunto orgánico es verbalizado por Angulo de
            este modo:</p>
          <quote>Número 2. Todo el tema de estas cartas de vuestra merced se resuelve en seis
            objeciones: tres afirmativas, dos negativas y una, digámosla, indiferente. La 1. Las
            transposiciones o hipérbatos o transtruecos. La 2. Las metáforas o translaciones. La 3.
            La oscuridad que de todo resulta. La 4. Que esta oscuridad no resulta de las voces
            nuevas. La 5. Que ni de la recóndita doctrina que tienen estos poemas. La 6. Que por la
            falta de los artículos queda vizcongada la oración en estas obras (ff. 6v-7r).</quote>
          <p>Así, la <hi rend="i">Epístola</hi> primera se compone de un sucinto preámbulo y doce
            secciones o capítulos («Números», los llama Angulo), encabezados por su correspondiente
            rótulo, lo cual no hace sino remarcar su condición de apartados independientes –aunque
            forzosamente conectados, como se encarga de hacer visible Angulo en más de una ocasión–
            y reflejar, por tanto, una meditada voluntad de segmentación sistematizada de la
            exposición. Si tuviéramos que establecer un parangón entre las partes canónicas de la
            epístola y la estructura del texto de Angulo, podríamos decir que el prefacio y el
            «Número 1» serían herederos de los arquetípicos exordio y <hi rend="i">propositio</hi>,
            por cuanto recogen varios tópicos proemiales como la <hi rend="i">humilitas</hi>, la
            ocasión y justificación de la necesidad del escrito o la declaración concisa de su
            objetivo. Lo comprendido entre el «Número 2» y el «Número 11» haría las veces de <hi
              rend="i">probatio</hi>: así, los parágrafos 2 a 7 se ocupan de refutar las seis
            proposiciones antes comentadas y el resto hace lo propio con cuestiones de menor
            enjundia, excepto el 8, que afronta el trascendental asunto del género de las <hi
              rend="i">Soledades</hi>; por tanto, el verdadero meollo de la <hi rend="i"
              >Epístola</hi> primera se cifra entre el «Número 2» y el «Número 8». El último
            capítulo, «Número 12», por su parte, constituiría la <hi rend="i">peroratio</hi>, donde
            Angulo pone en práctica las armas más afiladas de la epístola familiar y vapulea a
            Cascales aplicándole algunas de las invectivas, cáusticas reconvenciones y
            recomendaciones de malévolo tono condescendiente que el murciano había hecho caer sobre
            otros ingenios en varios textos de sus <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>.</p>
          <p>La <hi rend="i">Epístola</hi> segunda, siendo menos extensa y algo más superficial,
            presenta una estructuración bastante semejante a la primera. Dividida en siete
            capítulos, precedidos de un brevísimo y convencional prefacio, Angulo organiza en ella
            el discurso como una sucesión de contestaciones a otras tantas «proposiciones», una por
            apartado, de modo que el tronco principal del texto radica entre el «Número 1» y el
            «Número 4». Dichas «proposiciones» son:</p>
          <list>
          <item>- «Si don Luis no hubiera dejado el zueco, el primer hombre fuera de
            nuestra nación en lo burlesco y satírico. Por haberse calzado el coturno ha perdido con
            muchos lo ganado y yo soy uno de ellos» (f.43r).</item>
            <item>- «Lo material de estas obras es muy trivial» (f. 43v).</item>
              <item>- «Lo formal (si lo es el lenguaje) es muy extraordinario» (f. 47r).</item>
                <item>- «Son muchas las licencias de don Luis» (f. 50r).</item>
          <item>- «Si leo el <title>Arte</title> de Horacio y Aristóteles para lo teórico y un poema de
            los celebrados para lo práctico, descubriré en don Luis muchas faltas» (f. 52v).</item>
          <item>- «Grande falta es haber de ofender a tantos doctos, diciendo que por muy
            sublime no lo entienden» (f. 53v).</item>
          <item>- «Que he de ser sectario o cismático, mientras no lo enmendare, en el
            juicio de los hombres graves, o andar en el corro de los poetillas» (f. 54r).</item>
          </list>
          <p>Este conjunto de reprensiones contra Góngora, que Angulo refuta y que determina la
            organización de la <hi rend="i">Epístola</hi> segunda, debe de ser también fruto de una
            recapitulación y ordenación operadas por el propio polemista, que habría puesto en
            práctica, por tanto, una técnica muy parecida a la desplegada en la <hi rend="i"
              >Epístola</hi> primera. Así parece confirmarlo el hecho de que las críticas sean
            dispuestas por Angulo para rebatirlas de mayor a menor importancia, dejando para el
            principio las que atañían a problemas capitales de los poemas mayores como la deriva
            hacia lo heroico y la ligereza de sus contenidos o la sublimidad de la <hi rend="i"
              >elocutio</hi>, y despachando al final cuestiones menos específicas y que incumbían
            más a la sociología de la recepción que a posicionamientos teórico-literarios.</p>
          <p rend="noindent"/>
        </div>
        <div>
          <head>5. Fuentes [Los polemistas como autoridades teóricas]</head>
          <p>La autoridad teórica a la que más apela Angulo es, con diferencia, Quintiliano (<hi
              rend="i">Instituciones oratorias</hi>), seguida a cierta distancia, en cuanto a número
            de menciones, de Horacio (<title>Arte poética</title>, fundamentalmente, así como sus
              <title>Epístolas</title> y <title>Sátiras</title>), Cicerón (<title>El
              orador, Sobre el orador, Sobre la naturaleza de los dioses, Del supremo bien y del
              supremo mal</title> y también la <title>Retórica a Herenio</title>, que Angulo cree
            obra ciceroniana) y Aristóteles (<title>Retórica</title> y <title
            >Poética</title>). En definitiva: el canon por antonomasia de la preceptiva literaria
            antigua. De otra parte, el paradigma de autoridades poéticas, creativas, queda
            configurado principalmente por Marcial, Ovidio y, sobre todo, Virgilio, aunque estos
            autores no sólo son aludidos como fuentes de inspiración para Góngora o como modelos de
            excelencia poética con quienes equiparar o justificar sus hallazgos estéticos, sino que
            en muchas ocasiones Angulo entresaca de las composiciones de los referidos poetas
            clásicos versos puntuales que, por su contenido, son capaces de aportar valores teóricos
            o pseudoteóricos a un determinado razonamiento, de manera que sirven al polemista como
            argumentos en reflexiones de índole teórico-literaria. Además de a todos esos nombres
            enumerados, se acude más ocasionalmente a Propercio, Lucrecio, Séneca, Scalígero, Justo
            Lipsio, Tasso, Petrarca, Bembo, entre otros, sin olvidar la aparición del dúo español
            formado por Mena y Garcilaso, cuya concurrencia en las <hi rend="i">Epístolas</hi>
            comporta unas implicaciones singulares, como he estudiado en otro lugar<note
              place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Daza (2018a y 2018b).</note>.</p>
          <p>Por otro lado, y dada su especial ubicación cronológica, las <hi rend="i"
              >Epístolas</hi> dialogan con los textos polémicos antecedentes concediéndoles un
            estatuto de autoridad inédito hasta entonces. Así, Angulo inserta en su discurso varios
            plagios y paráfrasis muy evidentes de otros textos polémicos, como hace con la <hi
              rend="i">Respuesta</hi> de Góngora, de la que se trasladan varios fragmentos sin
            apenas separarse del original. Aunque Angulo no declara abiertamente el origen de esos
            pasajes de sus <hi rend="i">Epístolas</hi>, este sería bastante transparente para los
            lectores iniciados, por lo que nos encontramos ante un procedimiento de canonización
            implícita o parcialmente manifiesta de textos capitales de la polémica –ya he hablado de
            la <hi rend="i">Respuesta</hi> gongorina; también se da con el <hi rend="i">Examen del
              «Antídoto»</hi> del abad de Rute–, cuyo aprovechamiento en las <hi rend="i"
              >Epístolas</hi>, aunque no confesado a las claras, resultaría, no obstante, notorio
            para los receptores potenciales de la obra de Angulo.</p>
          <p>Y en relación con todo ello está también la contribución más llamativa, aunque también
            más esporádica, de Angulo respecto al manejo de textos coetáneos como fuentes críticas:
            el uso bibliográfico o libresco de otros documentos de la controversia, de donde extrae
            incluso citas literales remitiendo a la fuente específica, lo cual “canoniza”
            explícitamente como autoridades a algunos partidarios de Góngora que habían publicado o
            divulgado textos durante la polémica; ese proceder, que puede parecer más lógico cuando
            la obra citada es un impreso –ocurre con las <hi rend="i">Lecciones</hi> de
              Pellicer<note place="bottom">Angulo cita literalmente a Pellicer hasta en tres
              ocasiones: en una de ellas aclara de dónde toma el <hi rend="i">locus</hi>; en las
              otras dos, no lo hace, pero la filiación de las referencias es muy evidente, máxime
              para los lectores de la época.</note>–, presenta mayor originalidad cuando el texto
            aducido es manuscrito: así ocurre con las <hi rend="i">Anotaciones y defensas</hi> a las
              <hi rend="i">Soledades</hi> de Pedro de Díaz de Rivas, uno de cuyos pasajes más
            célebres, según veremos, es citado literalmente como argumento de autoridad por Angulo,
            quien con este gesto viene de alguna manera a canonizar la vertiente manuscrita de la
            polémica –más determinante y sugestiva que la impresa en muchos casos– o, al menos, los
            hitos más representativos de aquella.</p>
          <p>Un buen ejemplo de lo que vengo explicando es la táctica planteada por Angulo para
            rebatir la postura de Cascales sobre los fines de la poesía al hilo de sus reflexiones
            sobre el cultismo. Con cierto desabrimiento, el gramático murciano calificó la poesía
            mayor gongorina de «inútil», por considerarla inclasificable dentro de la taxonomía
            genérica tradicional e inservible para alcanzar cualquiera de las metas que debía
            perseguir todo texto poético cabal, esto es, enseñar, deleitar y conmover. Según el
            sentir de Cascales, el origen de todo ello era, por supuesto, la oscuridad; Angulo, sin
            renegar de ella, dando por sentado que su concurso en los poemas de Góngora era más que
            lícito, no dejó sin rebatir ninguna de las reprimendas de Cascales al respecto. Así, en
            el capítulo «Número 8» de la <hi rend="i">Epístola</hi> primera Angulo elabora un
            razonamiento en el que, como hizo Cascales en su Epístola X, entrelaza dos cuestiones
            muy disputadas, la del género de las <hi rend="i">Soledades</hi> y la de la finalidad de
            la poesía, sumándose de esa manera a una recurrente y aquilatada discusión, que propició
            páginas memorables de la polémica, algunas de las cuales pueden vislumbrarse en la cita
            de abajo. Lamentablemente, en vano buscaremos una definición genérica tajante de Angulo
            para la silva gongorina, que es el poema concreto al que parece estar refiriéndose en
            buena parte de los enunciados que cito a continuación, pero si los leemos a la luz de
            otros hitos críticos afines, como es procedente y necesario hacerlo, adquieren una mayor
            trascendencia:</p>
          <quote>¿Cómo es <hi rend="i">inútil</hi> (en la opinión de vuestra merced) <hi rend="i"
              >para poema heroico</hi>, si le reprehende el uso de las metáforas y transposiciones,
            virtudes propias de él; […] Y si estas no fuesen propias virtudes de un poema heroico,
            ¿no asintiera vuestra merced, folio 151, página 2, con el maestro Pedro González de
            Sepúlveda, a que debe ser <hi rend="i">majestuoso y grave</hi>? […] Luego útil es su
            poesía para poema heroico. ¿Cómo es <hi rend="i">inútil</hi> (según vuestra merced
            piensa) <hi rend="i">porque no es buena para poema lírico</hi>, si pinta cazas,
            alegrías, prados, fuentes, grutas, arroyos, navegaciones, bodas, bailes, juegos, saltos,
            luchas y carreras, aventajándose a tantos poetas? Y vuestra merced asiente a que el <hi
              rend="i">poema lírico tiene propio carácter, estilo y lenguaje: es, a saber, florido,
              ameno, hermoso y dulce</hi>. Y en folio último dice que la <hi rend="i">poesía lírica
              la hicieron de la ditirámbica y gnómica, compuesta de mil galas, extendiendo la
              materia a variedad de cosas, como hizo Píndaro y otros</hi><note place="bottom">En el
              pasaje original de Cascales alegado aquí por Angulo, se nombra a otros poetas además
              de Píndaro; Angulo, no obstante, focaliza el nombre de Píndaro, centrando así en él
              gran parte del interés suasorio de la cita, y parece no ser por casualidad: durante la
              polémica fue señalada repetidamente la analogía entre el difícil Góngora y el
              intrincado Píndaro, actitud muy en sintonía con la propensión de los filogongorinos a
              buscar en la literatura griega y en la Edad de Plata latina paralelos poéticos
              ilustres con los que comparar al vate cordobés.</note>. […] Y considerando
            desapasionadamente los efectos de estos y otros poemas de don Luis, ¿cómo es inútil el
            que por tan poético y nuevo admira tanto que, sin entender todos esta poesía, hay pocos
            que de la bondad de lo que entienden no infieran que la tiene lo que no alcanzan? La que
            ayuda y mueve para ser grandes poetas y aprovecha a la educación de cualquier
            estudiante, avivándole su entendimiento (pues crece con cualquier acto), esforzándole a
            entender con el trabajo lo que en la lectura superficial no se deja comprehender
            fácilmente, ¿cómo es inútil? Y ¿cómo lo es la que ha sacado de vulgar la poesía
            castellana y realzado la lengua a grado superior, pues ya no hay quien para acertar no
            le imite y se ufane, si lo consigue? La que, en quitándole a lo difícil de la letra lo
            misterioso que encierra, tanto deleita al lector con su gala y novedad, ¿cómo es inútil?
            (ff. 29v-30v).</quote>
          <p>El laconismo de estas réplicas a Cascales –sobre todo en las que se refieren de manera
            específica a la filiación genérica– implica que Angulo no se muestre aquí especialmente
            hondo ni convincente, pero, desde luego, supo elegir bien sus fuentes para encontrar un
            asidero con el que apuntalar sus juicios en una tesitura dialéctica de la que no
            resultaba fácil salir airoso. Si Angulo quiso, como parece, defender el polimorfismo y
            el carácter “lírico” de las <hi rend="i">Soledades</hi>, acertó al inspirarse en los dos
            partidarios de Góngora que con más soltura apostaron por esa delimitación genérica del
            poema, el abad de Rute y Pellicer, quienes enunciaron en su <hi rend="i">Examen del
              «Antídoto»</hi> y en sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, respectivamente,
            opiniones de las que bebe claramente Angulo en su reflexión citada arriba. Esta
            circunstancia, al igual que otras muchas de las <hi rend="i">Epístolas
              satisfactorias</hi>, volvería a revelar que, a pesar de desarrollar su labor en una
            fase más bien tardía de la polémica, Angulo, buen conocedor de los resortes y los
            documentos de la recepción crítica de Góngora, se sentiría de alguna manera partícipe de
            una tendencia crítica de gran calibre y recorrido como fue la sanción teórica de la
            poética mayor gongorina, movimiento que durante la segunda y tercera década del siglo
            XVII constituyó un entusiástico punto de encuentro para muchos y buenos eruditos
            andaluces, inscritos fundamentalmente en un eje geográfico y cultural
            (Córdoba-Antequera-Granada) que, por nacimiento y residencia, tocaba de cerca a
            Angulo.</p>
          <p>Asimismo, Angulo desmiente en este caso a Cascales recuperando valiosos argumentos de
            la susodicha carta de Góngora, hasta el punto de que no hizo sino copiar literalmente y
            parafrasear de una manera muy traslúcida jugosos pasajes de la misma. Así, Angulo vuelve
            los ojos al texto gongorino para aseverar que la oscuridad es útil por cuanto instruye y
            gratifica el entendimiento del lector dispuesto a emplearse en su dilucidación. Por
            tanto, si Góngora fue oscuro, más que un desdoro, hay que ver en esa estética el triunfo
            de una poesía que se oculta con justicia a los ignorantes y que ha logrado, por fin, que
            el castellano pueda competir en potencial y grandeza con el latín.</p>
          <p>Cabe preguntarse, en cualquier caso, cómo hay que interpretar la naturalidad con que
            Angulo echa mano de argumentos ajenos sin apenas cribarlos o someterlos a una
            elaboración personal. Se debe partir de la base de que durante la polémica fueron muy
            frecuentes las coincidencias teóricas y doctrinales entre los aficionados a Góngora;
            ahora bien, dicho esto, también resulta obligado admitir que en el caso de Angulo, una
            de las necesidades en que se traducen sus carencias –que las tuvo– es la inclinación a
            transcribir o remedar con cierta asiduidad palabras de otro para redondear sus
            razonamientos. Sin embargo, junto a ello, no se puede obviar que las <hi rend="i"
              >Epístolas satisfactorias</hi> se redactan y publican en un período tardío de la
            polémica, un momento en el que los esfuerzos por legitimar teóricamente a Góngora han
            dado ya eminentes frutos, de modo que estaba de sobra justificado que Angulo imprimiera
            a su obra ese aire recapitulador, a veces muy evidente, como ocurre en el «Número 4» de
            la <hi rend="i">Epístola</hi> primera, según veremos. Y será justo reconocer que, si
            Angulo quiso ensayar, en cierto modo y dentro de lo que le permitieran sus cualidades,
            un –digamos– epítome de la polémica, ostentó una asimilación bastante certera y
            perspicaz de los mejores jalones apologéticos de aquella.</p>
          <p>Así se comprueba en el capítulo «Número 1» de la <hi rend="i">Epístola</hi> segunda, en
            el que Angulo sale al paso de la acusación de frivolidad que el «sujeto grave y docto»
            habría espetado contra la poesía mayor de Góngora. Angulo arma parte de su respuesta
            apoyado en las citas de dos fuentes de gran alcance, una que declara, las <hi rend="i"
              >Anotaciones y defensas</hi> a las <hi rend="i">Soledades</hi> de Díaz de Rivas, y
            otra que silencia –seguramente ni siquiera sería necesario resaltar la procedencia–, las
              <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> a las <hi rend="i">Soledades</hi> de Pellicer.
              <anchor xml:id="_Hlk507862916"/>Tanto el uno como el otro hablaron de un supuesto
            programa poético frustrado, el de componer cuatro <hi rend="i">Soledades</hi>, cuya
            mención rescata Angulo con el apoyo de esos otros juicios críticos para demostrar la
            profundidad conceptual del poema:</p>
          <quote>La segunda es: <hi rend="i">lo material de estas obras es muy trivial</hi>. Y
            mirando la más dilatada que compuso, que llamó <hi rend="i">Soledades</hi>, dice el
            licenciado Pedro Díaz de Rivas, en el magistral comento que hizo a las dos, <hi rend="i"
              >que habían de ser cuatro, en similitud de cuatro edades del hombre</hi>. Y aunque la
            autoridad de este sujeto por sí y por ser patriota de don Luis, con quien comunicó
            estrechamente, es grande prueba de esto, no la hace menor ver que en la <hi rend="i"
              >Soledad</hi> primera, intitulada <hi rend="i">De los campos</hi>, pinta la juventud
            con amores, juegos, bodas y alegrías. La segunda (que aun no acabó), llamada <hi
              rend="i">De las riberas</hi>, trata de la adolescencia, con pescas, músicas y
            cetrería. La tercera, dice el licenciado Rivas, que había de ser <hi rend="i">De las
              selvas</hi> y hablar de la virilidad y prudencia con cazas y monterías. Y la cuarta,
            que había de tratar de la política, pintando <hi rend="i">un yermo</hi>, semejanza
            propia de la senectud. Según esto, cuanto al objeto material, ya están fuera de
            triviales estas obras. Y si miramos lo útil de ellas, no sólo hallaremos singular
            doctrina para ser gran poeta el que la imitare, pero en lo moral muchas virtudes y
            ejemplos graves (ff. 43v-44r).</quote>
          <p>El retablo de las cuatro <hi rend="i">Soledades</hi> asoma en el texto de Angulo con
            una intención muy parecida a la que movió en su momento a Pellicer y, sobre todo, a Díaz
            de Rivas, que tuvo que hacer frente al prurito contenidista de Jáuregui. A pesar de que
            la solemnidad y ejemplaridad aducidas por estos apologistas quedarían muy diluidas en el
            estadio redaccional en que el poeta cordobés habría dejado la silva, el dato -infundado
            o no- de que Góngora concibió las <hi rend="i">Soledades</hi> como un itinerario
            alegórico y simbólico fue aprovechado para replicar a los antigongorinos, quienes,
            soslayando esa supuesta urdimbre temática planeada por Góngora o estando ayunos de tales
            datos, menospreciaron la aparente inconsistencia de aquella frágil narración sobre las
            peripecias de un náufrago ignoto entre pastores y pescadores, expresada, para colmo de
            males, en un estilo elevado que no cuadraba con la escasa gravedad de la «traza desta
            fábula», por decirlo con palabras del <hi rend="i">Antídoto</hi>. Angulo, por su parte,
            hizo suyas muy inteligentemente aquellas informaciones privilegiadas, pero aminoró mucho
            su prestancia con la línea argumentativa emprendida en las páginas siguientes, pues
            acomete el examen de un puñado de pasajes muy concretos de las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> con cierto tinte noble o moralizante, por lo que atomiza y trivializa
            el calado de la visión global y orgánica de las cuatro <hi rend="i">Soledades</hi> que
            él mismo había expuesto justo antes. A pesar de esos esfuerzos, algo pueriles y
            afectados, por espigar aquí y allá pinceladas enjundiosas en las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> para ponerlas a salvo de la consabida acusación de insustancialidad,
            el capítulo finaliza con unas sugerentes observaciones de Angulo:</p>
          <quote>Si a sus poemas grandes faltasen materias graves o no hiciese alguno de grande
            objeto que lo fuese, no por lo mismo se les niega la estimación a Horacio, Tibulo,
            Catulo ni Propercio entre los latinos, ni a Garcilaso entre los castellanos. Ni el ser
            la materia menos noble disminuye la grandeza de los grandes poetas, antes descubre más
            el ingenio, como de Claudiano lo juzgó Escalígero: <hi rend="i">maximus</hi> (dice) <hi
              rend="i">poeta Claudianus, solo argumento ignobiliori oppressus, addit de ingenio
              quantum deest materiae</hi> [‘Claudiano, grandísimo poeta, al que daña solo lo
            escasamente noble de sus asuntos, aporta de ingenio cuanto le falta de materia’] (ff.
            46r-46v).</quote>
          <p>Con llamativa modernidad, Angulo pone en cuestión la supremacía del contenido para
            sostener que la excelsitud de un poeta no tiene por qué medirse en función de lo
            elevadas que sean las materias que toca. La propuesta de Angulo parece brindar un
            testimonio renovado –aunque más tibio y tenue, eso sí– de algo que ya había sido
            planteado por otros críticos muy solventes y, con suma brillantez, por Díaz de Rivas en
            sus <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi>, como fue la negación de que el estilo
            sublime, meta inexorable para todo poeta que se preciara de serlo, tuviera que ir
            necesariamente aparejado a unos contenidos que lo justificaran y certificaran así el
            decoro que demandaba la preceptiva tradicional. Angulo pretende resaltar además la
            eminencia de Góngora como poeta no épico, sino lírico, porque paradigmas de lo lírico
            son los poetas latinos con los que Angulo equipara a Góngora, cuyo sugestivo lirismo
            –viene a decir el lojeño– nada tiene que envidiar a la nombradía de Garcilaso, el poeta
            lírico castellano por excelencia. La efectividad de esta jugada argumentativa queda
            fuera de toda duda, porque los autores citados son escogidos con gran fineza y sopesada
            pretensión, pero el sentir de Angulo no sólo destaca por su eficacia persuasiva, sino
            porque bien podría responder a una mentalidad asentada entre los círculos gongorinos: no
            se olvide, en este sentido, que el propio Angulo, en otro capítulo de las <hi rend="i"
              >Epístolas</hi>, sugiere el diversificado carácter lírico de las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> y se basa para ello en la autoridad de Fernández de Córdoba y
            Pellicer.</p>
          <p>Asimismo, la analogía entre Góngora y Claudiano que Angulo establece en la cita de
            arriba, posee un innegable y sólido trasfondo, pues, como estudió monográficamente
              Castaldo<note place="bottom">Son fundamentales al respecto Castaldo (2013) y, sobre
              todo, (2014a). Los estudios de la gongorista italiana coronan una línea de indagación
              abierta con el pionero trabajo de Gates (1937) y que después fue complementada con los
              asedios críticos de Jammes (1991b), Martos Carrasco (1997), Micó (2008), Blanco (2011)
              o Ponce Cárdenas (2006, 2010c y 2011).</note>, la influencia del alejandrino, uno de
            los máximos exponentes de la poesía de la latinidad tardía, en la poética mayor de
            Góngora es notabilísima; hasta el punto de que otro ilustre comentarista gongorino,
            Salcedo Coronel, pudiera afirmar en el <title>Segundo tomo de las Obras de don
              Luis de Góngora, comentadas. Primera parte</title> (Madrid: Diego Díaz de la Carrera,
            1644, p. 32) que «a ningún poeta imitó más don Luis que a nuestro Claudiano». Angulo,
            aun sin poder competir ni con la hondura exegética de otros críticos ni con el caudal de
            información de que estos disponían, demuestra, con la oportunísima y bien calculada
            estrategia de su alusión a Claudiano, no hablar en balde y estar al tanto del armazón
            teórico-doctrinal que fue más pertinente y recurrente en la carrera por legitimar la
            poética gongorina.</p>
          <p/>
        </div>
        <div>
          <head>6. Conceptos debatidos [Un epítome de la polémica en las Epístolas]</head>
          <p>Las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> de Martín de Angulo y Pulgar fueron el
            primer texto teórico en favor de Góngora que se imprimió<note place="bottom">A excepción
              de las reacciones de Diego de Colmenares a las críticas de Lope en <title>La
                Filomena</title> y <title>La Circe</title>, para cuya impresión –por otra parte,
              exigua y destinada a un uso semiprivado– debió de pesar mucho en realidad su
              vinculación con los escritos del Fénix; Tubau (2007: 63-71) estudia dicho impreso y lo
              cree salido de la imprenta segoviana de Diego Flamenco en 1628 o 1629, por encargo del
              propio Colmenares, y aclara: «resulta evidente que cuando [Colmenares] decidió
              imprimir los textos no estaba impulsado por el afán de difundirlos. Todo lo contrario.
              Se trató de una impresión para un consumo privado, una decena o quincena de
              ejemplares, que repartiría entre sus amigos íntimos o que guardaría él mismo, pero que
              en ningún caso pondría en manos de personas que pudieran difundirlos entre los
              círculos literarios de la capital» (70). No parece, en fin, una mera casualidad que
              sea en un tramo cronológico de especial ebullición editorial filogongorina cuando se
              imprima por primera vez un texto teórico a favor de Góngora: es posible que Angulo
              optara por canalizar su réplica a Cascales y al anónimo a través de la imprenta
              alentado por la proliferación de comentarios gongorinos impresos, cuya andadura vivía
              entonces un momento álgido. </note>. Hubo que esperar para ello hasta el ocaso de la
            polémica, en la década de 1630, cuando la recepción crítica del poeta, fallecido y
            laureado ya con imponentes volúmenes de comentarios, había cambiado definitivamente de
              ciclo<note place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Daza (2018b).</note>. Desde esa
            perspectiva, puede afirmarse que las <hi rend="i">Epístolas</hi> son un testimonio
            apologético tardío, algo alejado de los momentos más enfáticos de la controversia y de
            mayor concentración de textos polémicos, aunque esta circunstancia, lejos de suponer un
            demérito o una traba para Angulo, le posibilitó el conocimiento del bagaje teórico y
            doctrinal acumulado a lo largo de más de dos decenios de discusiones en torno a Góngora.
            Está claro que Angulo conocía bien la evolución de la polémica y que manejaba parámetros
            defensivos que habían sido adoptados y promulgados colectivamente por los círculos
            gongorinos andaluces para la legitimación del artífice de las <hi rend="i"
              >Soledades</hi>, pero, al mismo tiempo, no es inoportuno preguntarse cuánto hay en las
              <hi rend="i">Epístolas</hi> de teorización de acarreo y cuánto de ideario más o menos
            interiorizado; resulta difícil hallar una respuesta convincente. La pericia, capacidad
            analítica y osadía especulativa de Angulo no es, desde luego, equiparable a las de los
            grandes nombres del gongorismo secentista, pero su apología es meritoria, porque, con
            luces y con sombras, superando el relativo aislamiento a que lo condenaba una ciudad de
            segunda como Loja, aun cayendo a veces en el recurso fácil de negar lo evidente, aun
            deslizando en ocasiones interpretaciones forzadas o ingenuas, fue capaz de aportar
            visiones novedosas y sacar partido, con mayor o menor fortuna y personalidad, a los
            fundamentos teóricos y estéticos que habían sido santo y seña de los partidarios de
            Góngora desde los inicios de la polémica.</p>
          <p>Precisamente por ello destaca el capítulo quizás más significativo de las <hi rend="i"
              >Epístolas satisfactorias</hi>, el «Número 4» de la <hi rend="i">Epístola</hi>
            primera, dedicado al encomio y justificación de la oscuridad. Y digo bien, encomio,
            porque el primer gran hallazgo de ese capítulo es que Angulo no cae en la tentación de
            negar la oscuridad de Góngora, sino que la reconoce, la asume sin complejos y la
            enaltece como rasgo inherente y definitorio de la nueva estética:</p>
          <quote>La objeción tercera es: <hi rend="i">que de los hipérbatos o transposiciones y de
              las translaciones o metáforas resulta la oscuridad de estos poemas</hi>. En esta con
            gran facilidad convenimos y así se la concedo a vuestra merced, porque el estilo de don
            Luis es nuevo, que si no, lo entendieran fácil todos, y así entendido, no fuera oscuro,
            como no lo es para vuestra merced, que lo ha entendido tan bien. Pero si por las
            metáforas y transposiciones han cansado o se ignoran de alguno estos poemas, como se
            persuade diciendo <hi rend="i">que el lector se corre sin adivinarlas y el oyente se
              duerme al son de tan incomprehensibles enigmas</hi>, la culpa está no de parte de los
            versos, sí, del asombro con que muchos se acobardan, rehusando el trabajo para
            entenderlas. […] Los hipérbatos y translaciones que hacen oscura la poesía, que es la
            objeción de vuestra merced, será gloria y virtud, que es mi consecuencia, que también se
            infiere de todo el texto de Horacio y en particular de las primeras palabras, que tocan
            al ornato, y de aquellas: <hi rend="i">tanto importa la orden del arte y la cultura de
              las palabras</hi>. Que lo uno y lo otro está en las transposiciones y metáforas y
            otras virtudes poéticas, y así, por haberlas usado don Luis, merece alabanza, y sin
            ellas no se le debiera (ff. 19v-21r).</quote>
          <p>Al pronunciarse de esta manera acerca de la <hi rend="i">obscuritas</hi> gongorina y
            sus causas, Angulo se alinea con críticos de la talla de Ponce o Díaz de Rivas, y
            entronca, dentro de su estilo y limitaciones, con las aportaciones más determinantes y
            persistentes de la controversia. Así, esta declaración de principios le da ocasión a
            Angulo de sacar a relucir, siquiera fugazmente, ciertos puntales argumentativos de las
            mejores apologías gongorinas: al guiño a un concepto insustituible como el de elitismo
            («si no, lo entendieran fácil todos y, así entendido, no fuera oscuro»), une una mención
            no menos representativa al placer estético que deriva del desciframiento de la oscuridad
            («la culpa está no de parte de los versos, sí, del asombro con que muchos se acobardan,
            rehusando el trabajo para entenderlas»), para desembocar en el compás final del
            razonamiento en una vindicación del ornato elocutivo como la aspiración gracias a la
            cual el poeta, obligado a él («sin ellas no se le debiera [alabanza]»), alcanza «gloria
            y virtud».</p>
          <p>El tono e intención constatados en este arranque del capítulo prevalecen en gran parte
            del mismo, en cuyo primer segmento Angulo realiza un esquemático compendio de muchos de
            los conceptos clave usados durante la polémica para salvaguardar a Góngora. Para ello,
            enumera y glosa escuetamente seis «razones» que sancionan la oscuridad e inscriben a
            Angulo en toda esa corriente o tradición crítica amasada por la sucesión de adhesiones
            de distinta índole a la revolución gongorina, como ocurre con estas sugerentes
            reflexiones sobre el deseable espíritu innovador que debe remozar la expresión
            poética:</p>
          <quote>La tercera, que a un gran poeta le conviene no sólo imitar, sino inventar, y así le
            es permitido (aun sin que Horacio lo permita en su <title>Arte</title> ni lo defienda Cicerón, 3, <hi
              rend="i">De finibus</hi>, ni lo aconseje Quintiliano, libro 1, capítulo 10) y lo debe
            hacer o no será tan digno de alabanza. Y como pretende en todos siglos la más suprema,
            no debe regular su ingenio por el juicio del vulgo y así huye del camino ordinario y
            humilde, valiéndose de las transposiciones y nuevas metáforas. Y de no usarlas como
            enseña el arte, se dirá de él que hace versos, pero no merecerá nombre de poeta, como
            afirma Horacio en el suyo y vuestra merced dice: <hi rend="i">que no sabrá componer ni
              disponer un poema sin arte</hi>. Y a este acompaña siempre el ornato, el cual resulta
            de los hipérbatos y transposiciones (f. 21v).</quote>
          <p>Y, un poco más adelante, dentro del mismo «Número 4», insistirá Angulo:</p>
          <quote>La quinta, que no fue dada a los antiguos sólo la potestad de inventar ni es bien
            que andemos mendigando de lo que dijeron. Y si los latinos tuvieron esta libertad,
            siendo (digámoslo así) su lengua más abundante, ¿por qué, aunque la nuestra no es menos
            copiosa, no inventaremos? O, ¿cuándo nos ha de ser lícito o nos habemos de atrever?
            Infinitamente más se atrevieron los antiguos que los nuestros. Y si en aquellos no fue
            culpa, ¿por qué lo ha de ser en estos? Y si lo fue, dese la pena al primero que cometió
            la culpa, no al que, imitándole, le excede en gala. Si no fuera lícito procurarlo así,
            mal se hallara un gran poeta ni un perfecto poema; el que no apetece y procura vencer
            dificultades y llegar a lo sumo, donde otros no han llegado y de donde no se puede pasar
            (como lo ha conseguido el nuestro, al parecer de los casi tan doctos como vuestra
            merced), ya que no sea digno de reprobar, no es para seguirle. El que sigue a otro, si
            no se le aventaja, será postrero; pero si lo procura, ya que no lo consiga, podrá quedar
            igual. Ocioso fuera el trabajo, si no se le permitiera buscar algo mejor que lo antes
            dicho, venciendo con él lo dificultoso. <hi rend="i">Ardua molimur, sed nulla, nisi
              ardua, uincunt</hi> [‘me propongo una meta difícil, pero no hay mérito donde no hay
            dificultades’], dijo Ovidio. Finalmente, será digno de premio el poeta que,
            aventajándose a los primeros, deja (como don Luis) que aprendan los futuros con
            admiración de los presentes (ff. 22r-22v).</quote>
          <p>Las implicaciones teóricas de estos párrafos densos y resueltos son más que notables.
            Angulo hace gala de una convicción contagiosa al reclamar sin rodeos la legitimidad y
            aun la necesidad de la innovación estética, uno de los postulados más arraigados en el
            argumentario de quienes dieron la cara por Góngora. Aunque indirectamente se apoye en
            acreditadas autoridades («aun sin que Horacio lo permita en su <title>Arte</title>…»), Angulo, con
            cierto aire contestatario, tacha de innecesario el refrendo de las mismas si se trata de
            defender que el poeta «debe [inventar] o no será tan digno de alabanza» y que «le
            conviene no sólo imitar, sino inventar»; en esa búsqueda de reconocimiento, puede
            levantar su vuelo por encima de lo mediano y no habrá que reprocharle nada, porque el
            verdadero poeta, ávido de contentar sólo a una minoría, «no debe regular su ingenio por
            el juicio del vulgo y así huye del camino ordinario y humilde». A pesar del impulso de
            libertad que vertebra algunas de sus manifestaciones en pro de la innovación, Angulo no
            renuncia –no podía hacerlo– a la obligada mirada al mundo clásico, si bien esa
            retrospectiva desemboca en una ponderación de la aptitud de la lengua española para
            sustentar propuestas poéticas tan osadas y rompedoras como las que en su tiempo
            existieron en lengua latina. Angulo recurrirá varias veces a lo largo de la obra a esta
            equiparación entre la dignidad del castellano y el latín como recurso suasorio<note
              place="bottom">Se trata de un importantísimo lugar común de la polémica (<hi rend="i"
                >vid</hi>. Daza 2018b), que la recorre con vitalidad de principio a fin, apareciendo
              en testimonios, tanto tempranos como rezagados, de distinto signo, como la <hi
                rend="i">Silva</hi> de Ponce, el <hi rend="i">Parecer</hi> anónimo, las <hi rend="i"
                >Advertencias</hi> de Almansa y Mendoza, la <hi rend="i">Respuesta</hi> de Góngora,
              los <hi rend="i">Discursos apologéticos, con anotaciones y defensas</hi> de Díaz de
              Rivas, la <hi rend="i">«Soledad» primera, ilustrada y defendida</hi>, el <hi rend="i"
                >Diálogo V</hi> o el <hi rend="i">Discurso</hi> de Vázquez Siruela, entre otros.
              Todos estos textos, en algún momento y con diferentes niveles de brillantez, se
              preocupan de referirse al castellano como un dilatado campo que no había sido lo
              suficientemente explorado, sembrado de posibilidades estéticas que habían permanecido
              ocultas a la espera de ser reveladas por una genialidad poética como la de Góngora,
              cuyo prurito latinizante había hecho subir hasta la cumbre a su lengua, alzándola
              hasta «la perfección y alteza de la latina», como se arrogó el propio poeta cordobés.
              La más transparente y categórica formulación de este pensamiento dentro de las <hi
                rend="i">Epístolas</hi> de Angulo se encuentra quizás en el «Número 3» de la <hi
                rend="i">Epístola</hi> segunda: «si lo extraordinario es por la nueva colocación de
              voces, demás de lo que dije al licenciado Cascales, digo ahora que esto es por lo que
              don Luis merece mayor alabanza, pues, igualando el nuestro al lenguaje latino, si
              excedídole no, ha sacado de vulgar nuestra poesía y de la mediocridad con que se han
              satisfecho nuestros predecesores» (f. 48r). También merece ser recordada esta otra,
              más vaga pero que guarda relación con la misma idea: «y a mi parecer y de otros muchos
              de grande juicio, la mayor licencia de don Luis es la alteza de su estilo y haber sido
              el primero a quien se le debe el culto sumo a que ha llegado nuestra poesía» (<hi
                rend="i">Epístola</hi> segunda, f. 52r).</note>.</p>
          <p>La idoneidad de las innovaciones debió de representar para Angulo una cuestión de
            primer orden, cuyo tratamiento recuperará y ampliará en otros lugares de las <hi
              rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>. Lo hizo, por ejemplo, en el «Número 3» de la
              <hi rend="i">Epístola</hi> primera, al hilo de sus deliberaciones sobre las metáforas
            gongorinas, duramente censuradas por Cascales. El atrevimiento con que Góngora modela
            esta figura –y sus poemas mayores, en general– está justificado, a decir de Angulo, por
            el afán de originalidad y superación de los modelos que debe mover al poeta. Asoma aquí
            también -como me hace notar Mercedes Blanco- otra idea relevante: que también lo nuevo
            es oscuro en tanto que supone la constitución de usos distintos, aunque dejará de ser
            oscuro cuando el tiempo, a fuerza de «uso», deshaga dicha oscuridad; así, lo oscuro
            tiene más vigor y más proyección hacia el futuro:</p>
          <quote>El ser una metáfora atrevida no es lo mismo que ser mala, y si el poeta ha de
            inventar, ¿cómo ha de ser, si no es atreviéndose a decir lo que otro no alcanzó? Para
            que el uso ablande los tropos y nuevas frases, principio se ha de dar, porque sin él no
            se puede conseguir el fin. Y si alguno pudo, para que llegue este, dar aquel, fue don
            Luis, sin desdén ni agravio de tanto célebre poeta que ilustran nuestra nación. Y si,
            porque no pueden ser atrevidas estas metáforas por falta de similitud de la cosa que se
            saca a la que se aplica, dice vuestra merced que lo son por nuevas o porque otro no las
            ha usado, respondo a lo segundo que esto tienen de bueno y de novedad (entre otras
            excelencias) estos poemas de don Luis: decir lo que otro no ha dicho, que por eso es
            nuevo y no imitado. A lo primero digo que, así como es más poderosa la acción de criar
            que la de engendrar, porque esta supone sujeto y aquella no, la acción de inventar es
            mayor que la de imitar, porque para esto hubo principio y para aquello no, sino sólo el
            del propio discurso del que inventa. <hi rend="i">Adde</hi> (dice Quintiliano) <hi
              rend="i">quod quid alteri simile est necesse est ut minus sit eo quod imitatur, ut
              umbra corpore imago facie</hi>. Luego ¡más es inventar que imitar y de mayor gloria
            para el poeta! […] No obsta que fuese Enio reprehendido (como alega vuestra merced)
            porque dijo: <hi rend="i">Iuppiter hybernas cana niue conspuit Alpes</hi> (‘que escupió
            en los montes nieve’) […]. Y el haber alegado Quintiliano este verso para ejemplo de las
            metáforas, demás de que habla de las duras y de larga similitud, dícelo por los
            oradores, no por los poetas, y menos por don Luis, en quien no se hallan estos defectos
            (ff. 16v-17r).</quote>
          <p>En el «Número 2» de la <hi rend="i">Epístola</hi> primera, que procura neutralizar los
            severos dictámenes de Cascales sobre el hipérbaton gongorino, Angulo acude asimismo a su
            compacta visión sobre las innovaciones para fundamentar su demostración. La modernidad
            con que relativiza la fuerza de la tradición y la costumbre para otorgar prioridad a la
            frescura de los usos literarios reales y actuales, regulados por los cambios de gustos
            que trae consigo la evolución de los tiempos, recuerda claramente a muchos textos
            punteros de la polémica:</p>
          <quote>Si criase Dios un hombre de tan claro ingenio que, como don Luis en verso, usase
            hipérbatos en prosa con suavidad y elegancia (que muchos usan los escritores), no sería
            justo culparle ni es razón la que algunos dan de <hi rend="i">no se usa ni se ha
              usado</hi>, cuando vemos la diferencia que se causa de la sucesión del tiempo en los
            idiomas. Vuestra merced lo confirma y dice <hi rend="i">que con la variedad de los
              tiempos se muda el uso de hablar</hi>. […] Y porque no falte prueba de esto con
            ejemplo, no es poco la variedad que hoy tiene nuestro mismo lenguaje del que usó el
            señor rey don Alonso en sus <hi rend="i">Partidas</hi> ni es menos la gran diferencia
            que hoy tienen nuestras comedias de las que escribió Séneca, Terencio y Plauto. Con
            autoridad también se prueba, pues, que por la alteza y cultura que dio Cicerón a la
            lengua latina en Roma, le llamaron y llaman hoy autor de la elocuencia, y Lucano, <hi
              rend="i">Romani maximus autor</hi> / <hi rend="i">Tullius eloquii</hi>. Luego ¿antes
            no tenía tanta magnificencia como él dio al lenguaje y con el tiempo ha cobrado?
            Lucrecio en el libro 1, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, y Quintiliano, libro 1,
            capítulo 5, lo aseguran. Pues, ¿por qué en la nuestra no sucederá lo mismo? ¿Es tejida
            en menos cuenta? O ¿es alabanza de algún idioma tenerle por inculto? (ff. 11r-12r)<note
              place="bottom">Resulta interesante añadir aquí que en varios lugares de las <hi
                rend="i">Epístolas</hi> la convencida defensa de la innovación que aduce Angulo se
              entremezcla con otro concepto, igualmente recurrente en la polémica, como es el de un
              Góngora pionero e iniciador de un rumbo inédito –y, por tanto, innovador– en las
              letras españolas; no se olvide que el propio poeta se jactaba de ello en su <hi
                rend="i">Respuesta</hi>: «caso que fuera error, me holgara de haber dado principio a
              algo, pues es mayor gloria empezar una acción que consumarla» (Daza 2011: 284). En la
                <hi rend="i">Epístola</hi> primera, Angulo recrea la idea así: «y no es respuesta
              vanagloriosa, cuando tan dignamente se puede loar de haber sido por quien nuestra
              lengua ha tomado el lustre y resplendor que vuestra merced le confiesa <hi rend="i"
                >aun en personas vulgares</hi>, y el primer inventor del culto estilo que goza, de
              quien, con razón, pudo decir Paravicino: <hi rend="i">Hijo de Córdoba grande, / padre
                mayor de las Musas, / por quien las voces de España / se ven, de bárbaras,
                cultas</hi>. De lo mismo se loaba Virgilio, Propercio, Lucrecio y Horacio:<hi
                rend="i"> Libera per uacuum posui uestigia princeps</hi>, / <hi rend="i">non aliena
                meo pressi pede. Qui sibi fidit</hi>, / <hi rend="i">dux regit examen. Patrios ego
                primus iambos</hi> / <hi rend="i">ostendi Latio</hi> [al margen: Geor. 3 lib. 3
              eleg. 1 lib. 4 1 Epod. epis. 19]» (f. 38v). Y vuelve sobre ello en la <hi rend="i"
                >Epístola</hi> segunda: «y a mi parecer y de otros muchos de grande juicio, la mayor
              licencia de don Luis es la alteza de su estilo y haber sido el primero a quien se le
              debe el culto sumo a que ha llegado nuestra poesía. Esta misma gloria (como dije al
              licenciado Cascales) pretendieron, sin reprehensión, Horacio, Propercio, Virgilio y
              Lucrecio» (ff. 52r-52v).</note>.</quote>
          <p>De nuevo, al final del pasaje, Angulo entabla una pugna entre el latín y el castellano,
            pulso del que el idioma patrio no sale en absoluto malparado, sino fortalecido por su
            capacitación para alcanzar las mismas conquistas que la lengua de Cicerón. Ese
            particular cara a cara entre la lengua clásica y la lengua vernácula que Angulo plantea
            repetidamente asoma también en otra de las grandes aportaciones del capítulo «Número 4»
            de la <hi rend="i">Epístola</hi> primera, cuyo análisis específico retomo ahora. Angulo
            aplica al castellano las mismas recomendaciones que Cascales predica para el latín e
            incide en la importancia de la innovación para diseñar una lengua poética «con elegancia
            y culto, con ornato y magnificencia», esto es, sublime y, en definitiva, oscura. Tal
            enfoque del <hi rend="i">ornatus</hi>, imprescindible principio generador del «alto,
            grave y nuevo estilo, […] a diferencia del mediocre y del humilde», sustenta su
            concepción del poeta como un creador llamado a ser distinto, peregrino, y a separarse de
            la generalidad, según arguye vigorosamente Angulo en los dos enunciados finales:</p>
          <quote>Y en el folio 128, página 2, dice que <hi rend="i">hablar bien es hablar culta,
              copiosa y elegantemente</hi>. Pues, ¿por qué se le ha de negar a la nuestra el
            procurarlo y que busque novedad de locuciones y que invente nuevas metáforas que la
            ilustren, <hi rend="i">siendo estas propias a la gramática</hi> (como afirma vuestra
            merced) y conviniéndole su definición? No hallo razón que ajuste esta prohibición;
            vuestra merced la dé, pues le sobran tantas, que yo, vencido a ellas, me admira cuán
            graves y eficaces son las que halla para cuanto quiere decir: <hi rend="i">y si «latine
              dicere» es hablar claramente, como se habla en lenguaje vulgar, sin figuras, tropos,
              ni perífrasis, lo cual es propio del lenguaje gramático</hi>, como enseña vuestra
            merced, bien se le debe este y aquellos a un gran poema, porque una cosa es hablar en
            nuestra lengua, otra, hablar en ella con elegancia y culto, con ornato y magnificencia.
            […] Pues, ¿por qué no será lo mismo en el lenguaje castellano? Hablar en él don Luis
            castellanamente, como los poetas del tiempo viejo<note place="bottom">Podría ser un
              calco de la expresión «tercio viejo» que aparece, con análoga intención, en el prólogo
              «Al lector» con que Pedro Espinosa presenta sus <hi rend="i">Flores de poetas
                ilustres</hi> (Valladolid: Luis Sánchez, 1605).</note>, no había que admirar: lo que
            ha hecho es lo que repetía [Virgilio] cuando le notaban de oscuro: <hi rend="i">Tentanda
              via est qua me quoque possim</hi> / <hi rend="i">tollere humo</hi> [‘hay que intentar
            un camino por el que yo también pueda levantarme de la tierra’]. Y consiguió él hablar
            por alto, grave y nuevo estilo, que, a diferencia del mediocre y del humilde, es el que
              <hi rend="i">constat ex uerborum grauium magna et ornata constructione</hi>, según
            Cicerón (como vuestra merced sabe, pues le cita). Que la obligación de un gran poeta es
            hablar así y no cuidar de ser entendido, sino de no poder dejar de serlo. Y si por esto
            son oscuros estos poemas para alguno, la falta es suya, no de ellos, como lo es de
            nuestra vista y no del sol no poderle mirar (ff. 23r-23v).</quote>
          <p>Estas ideas traslucen la comunión, y deuda, de Angulo con el entramado
            teórico-literario compartido por los aficionados a Góngora y exactamente lo mismo puede
            decirse de otra contribución destacada del «Número 4»: estas consideraciones sobre los
            vínculos entre el «furor diuino» y la poesía sublime, que guardan evidentes similitudes
            con varios testimonios de la polémica en los que la oscuridad es presentada como una
            consecuencia natural de una vena sobrehumana que arroba al poeta:</p>
          <quote>La cuarta, que ya es recibido de poetas y oradores que el impulso de hacer versos
            es un cierto furor divino (vuestra merced lo confiesa), con que el poeta se inflama y se
            levanta de los demás hombres. Y esta inflamación le causa el embeleso, que no le permite
            ser humano en su lengua <hi rend="i">ni trivial ni trovador, sino severo y docto</hi>,
            como vuestra merced dice que debe ser. Y para prueba de esto hay graves y muchas
            autoridades en Horacio, en Ovidio, en Virgilio, en Tibulo, en Cicerón, <hi rend="i">Pro
              Archia</hi>, en Aristóteles y en Séneca (f. 22r)<note place="bottom">El poder
              inspirador y sublimador del furor divino está insinuado asimismo en la cita horaciana
              que remata este pasaje del «Número 3» de la <hi rend="i">Epístola</hi> segunda,
              capítulo orientado a la defensa del magnánimo estilo de Góngora: «¿por qué se le ha de
              quitar a don Luis el premio de su alabanza, si es tan conforme con la naturaleza
              componer la oración artificiosa, porque las de sus versos lo sean, y cuando así
              merecen más que sentenciosas? Horacio por todo su <title>Arte</title> enseña que el poeta grande debe
              componer con estilo alto y sublime, y le niega el nombre si no lo hace así, y sólo se
              le concede no al que sólo hace versos, sino: [<hi rend="i">putes hunc esse
              poetam</hi>] /<hi rend="i"> ingenium cui sit, cui mens diuinior atque os / magna
                sonaturum, des nominis huius honorem</hi> [‘al que tenga talento, al que tenga la
              inspiración de los dioses y una voz capaz de cantar grandes cosas, a ese has de
              concederle el honor de tal nombre (el de poeta)’]. Y esto mismo quiere Aristóteles [al
              margen: in Poet.]» (f. 48v).</note>.</quote>
          <p>Concluyo mi estudio del capítulo «Número 4» de la <hi rend="i">Epístola</hi> primera
            con el parecer de Angulo acerca de un dilema tan trascendental y discutido durante la
            controversia como fue el de la finalidad genuina de la poesía. La primacía que se le
            reconoce al deleite en este sentido enlaza con nuevos apuntes sobre las ventajas de las
            novedades y con una imagen metafórica, la de las flores, que le permite insertar aquí
            apretada e implícitamente su respaldo a la denostada <hi rend="i">varietas</hi>
            conceptual y estilística –desigualdad la llamaron despectivamente los enemigos de
            Góngora– que tornasolaba el <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i"
            >Soledades</hi>; la presencia de ambas, de las novedades y de la variedad, en la poesía
            gongorina es caracterizada por Angulo como fuente de placer estético:</p>
          <quote>La segunda, <hi rend="i">que la poesía es imitación para deleitar</hi>, afírmalo
            vuestra merced así. Y yo digo con Horacio <hi rend="i">que para mover el ánimo
              también</hi>, y entonces cumplirá con estos dos fines, cuando use nuevas metáforas y
            menos usados hipérbatos: porque nuestra naturaleza es inclinada a novedades y lo que no
            las tiene casi la ofende, o no lo admite el afecto ni el entendimiento lo admira. Y como
            las flores varias y bien compuestas deleitan la vista y mueven al deseo para cogerlas,
            así deleita y mueve a imitarle un poema con magnificencia y ornato. Y esto resulta de
            los hipérbatos y translaciones (ff. 21r-21v)<note place="bottom">Aunque Angulo quiera
              respaldar con Horacio sus postulados sobre el <hi rend="i">movere</hi> como uno de los
              fines primordiales de la poesía junto con el deleite, lo cierto es que en el <title>Arte poética</title> 
              del venusino el protagonismo en ese sentido recae sobre
              el <hi rend="i">docere</hi> y el <hi rend="i">delectare</hi>: «<hi rend="i">aut 
              prodesse uolunt aut delectare poetae</hi>…» (v. 333). No parece que ello se deba a
              una torpeza del polemista, quien difícilmente podía tener lagunas en doctrinas tan al
              uso y autoridades tan consabidas; más bien, me inclino a pensar en un ardid
              argumentativo, poco afortunado por parco y mal construido, para subrayar y vincular
              con Góngora dos puntales de la poética barroca: el <hi rend="i">movere</hi> y la <hi
                rend="i">admiratio</hi>. Angulo, aun de forma muy precaria, vendría a aproximarse
              así a invariantes críticas progongorinas que afloran en documentos polémicos muy
              relevantes.</note>.</quote>
          <p>Esta cuestión de la finalidad de lo poético viene a vincularse con otra no menos
            importante ni menos batallada durante la controversia: el estatuto lingüístico y
            estético de la poesía en relación con las otras artes elocutivas, o que tienen que
            valerse de la elocución, como la oratoria o la historia. Las <hi rend="i">Epístolas</hi>
            tampoco son ajenas a esta disquisición, para cuya clarificación recurre Angulo al mismo
            argumento alegado por los mejores apologistas gongorinos, quienes sostuvieron que
            existía una enorme divergencia entre las singularidades elocutivas de la poesía y las de
            otras disciplinas basadas en la palabra<note place="bottom">La añeja distinción oratoria
                <hi rend="i">vs</hi>. poesía gozó de gran arraigo entre los partidarios de Góngora
              como argumento para autorizar sus audacias y apareció muy habitualmente en la polémica
              desde época temprana: está documentado en el <hi rend="i">Discurso</hi> de Ponce, los
                <hi rend="i">Discursos apologéticos, con anotaciones y defensas</hi> de Díaz de
              Rivas, la <hi rend="i">«Soledad» primera, ilustrada y defendida</hi>, las cartas
              antilopescas de Colmenares, la epístola de Villar contra Cascales, el prólogo de
              Salcedo a sus <hi rend="i">«Soledades» comentadas</hi>, la <hi rend="i">Ilustración y
                defensa</hi> de Salazar Mardones o el <hi rend="i">Discurso</hi> de Vázquez Siruela.
                <hi rend="i">Vid</hi>. Daza (2018b).</note>. Eso es precisamente lo que defiende
            Angulo en este pasaje, enderezado contra las críticas de Cascales al atrevimiento de las
            metáforas gongorinas e inserto en un razonamiento más amplio sobre la validez de la
            innovación:</p>
          <quote>Luego ¡más es inventar que imitar y de mayor gloria para el poeta! No dudó vuestra
            merced de la que don Luis merece, cuando dio por <hi rend="i">nuevas y particulares sus
              frases</hi>, ni cuando dijo: <hi rend="i">pero ¿cuáles lugares</hi> (de don Luis) <hi
              rend="i">no son en sus obras cultos, elegantes y agudos</hi>? […] No obsta que fuese
            Enio reprehendido (como alega vuestra merced) porque dijo: <hi rend="i">Iuppiter
              hybernas cana niue conspuit Alpes</hi> (‘que escupió en los montes nieve’), pues no es
            consecuencia la reprehensión de uno justa o injusta, para que a otro se deba la misma. Y
            el haber alegado Quintiliano este verso para ejemplo de las metáforas […]. Y adelante:
              <hi rend="i">omnia libentiora poetis quam oratoribus</hi> [‘con una libertad mayor
            para los poetas que para los oradores’]. Y por todo el capítulo habla con esta
            distinción, de la cual infiero que no prueba vuestra merced con el verso de Enio que son
            atrevidas las metáforas de don Luis <hi rend="i">peinar el viento</hi> y <hi rend="i"
              >mordaza de su boca</hi> (ff. 17r-17v).</quote>
          <p>Angulo emancipa lo adecuado para la oratoria de lo adecuado para la poesía, que no
            tenía por qué regularse por las rigideces del género oratorio, y remite al estudio de
            los tropos que Quintiliano lleva a cabo en el capítulo VI del libro VIII de las <hi
              rend="i">Instituciones oratorias</hi>, donde, en efecto, se deslindan y contrastan
            reiteradamente el quehacer del poeta y del orador<note place="bottom"><hi rend="i"
                >Vid</hi>. Quintiliano (1997-2000, t. III: 245 y ss.).</note>. Estamos, de nuevo, en
            la esencia de la polémica, en la médula de aquella <hi rend="i">defensa colegiada</hi>
            de Góngora que alumbró textos notabilísimos; todos ellos alzaron la misma bandera que
            iza aquí Angulo, y todos ellos se revelan asimismo como finos intérpretes de las
            «constantes excepciones que los gramáticos y los rétores hacían con los poetas a la hora
            de reconocer como licencias poéticas los vicios gramaticales que censuraban, y de
            recomendar moderación en los diferentes recursos del <hi rend="i">ornatus</hi>»<note
              place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Azaustre (2015).</note>, idea que, como hemos
            visto, asoma también en el pasaje de las <hi rend="i">Epístolas</hi> que acabo de citar,
            donde se marcan distancias entre el orador y el poeta, pues persiguen fines distintos y
            se rigen por normas dispares.</p>
          <p rend="noindent"/>
          <p rend="noindent"/>
        </div>
        <div>
          <head>7. Otras cuestiones [Angulo ante el dilema de los dos Góngoras]</head>
          <p>En el tramo final de la Epístola X (<hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, Década
            primera), Cascales concluía su réplica a Francisco del Villar con este conocido dardo
            contra Góngora:</p>
          <quote>Si don Luis se hubiera quedado en la magnificencia de su primer estilo, hubiera
            puesto su estatua en medio de la Helicona; pero con esta introducción de la obscuridad,
            diremos que comenzó a edificar, y no supo echar la clave al edificio; quiso ser otro
            Ícaro, y dió nombre al mar Icario:<hi xml:lang="la" rend="i"> Qui variare cupit rem
              prodigaliter unam</hi>, /<hi xml:lang="la" rend="i"> delphinum in silvis appingit,
              fluctibus aprum.</hi> Por realzar la poesía castellana, ha dado con las colunas en el
            suelo. Y si tengo de decir de una vez lo que siento, de príncipe de la luz se ha hecho
            príncipe de las tinieblas (189)<note place="bottom">Ya en la Epístola VIII se había
              referido Cascales a ese cambio de rumbo experimentado por la trayectoria creativa de
              Góngora, del que advirtieron asimismo otros contemporáneos del poeta al percibir un
              trascendente cambio cualitativo en muchos de los poemas compuestos a partir de 1610:
              «porque, ¿quién puede presumir de un ingenio tan divino que ha ilustrado la poesía
              española a satisfacción de todo el mundo; ha engendrado tan peregrinos conceptos; ha
              enriquecido la lengua castellana con frases de oro, felicemente inventadas y
              felicemente recibidas con general aplauso; ha escrito con elegancia y lisura, con
              artificio y gala, con novedad de pensamientos y con estudio sumo, lo que ni la lengua
              puede encarecer, ni el entendimiento acabar de admirar, atónito y pasmado; que había
              de salir ahora con ambagiosos hibérbatos, y con estilo tan fuera de todo estilo, y con
              una lengua tan llena de confusión, que parecen todas las de Babel juntas, dadas para
              cegar el entendimiento y castigar los pecados de Nembrot?» (141 y
            ss.).</note>.</quote>
          <p>Esa fórmula bimembre («príncipe de la luz» y «príncipe de las tinieblas») con que
            Cascales verbalizó la síntesis de su parecer a este respecto ha pasado a la posteridad
            por ser muy gráfica e incisiva, motivo por el cual hizo fortuna y se perpetuó durante
            tres siglos. Las preceptivas neoclásica y positivista se apropiaron de esa idea que
            pronto se convirtió en un tópico acrítico, por apriorístico y redundante. El furibundo
            antigongorino Menéndez Pelayo intensificó y universalizó definitivamente esa fórmula en
            el siglo XIX al definir a Góngora –quizás por error, por citar de memoria a Cascales o
            por querer parafrasearlo– como «ángel de la luz y de las tinieblas». Hoy esa distinción
            tajante está superada, gracias fundamentalmente a los estudios de Dámaso Alonso<note
              place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Alonso (1978a: 13-48 y 1994: 77-83).</note>,
            pero lo cierto es que esta visión dual de la evolución poética de Góngora gozó
            –justificadamente, por otra parte– de mucho predicamento en el siglo XVII y, antes
            incluso de que Cascales la vertiera en el molde con que pasó a la posteridad, había
            aflorado en los documentos polémicos con distintos grados de intensidad y con matices
              diversos<note place="bottom">Está en la <hi rend="i">Carta</hi> de Pedro de Valencia,
              el <hi rend="i">Parecer</hi> del abad de Rute, las <hi rend="i">Advertencias</hi> de
              Almansa, la <hi rend="i">Carta</hi> lopesca de 1615 o la epístola anticultista de Lope
              en <hi rend="i">La Filomena: vid</hi>. Daza (2018a).</note>.</p>
          <p>Aparte de las evidencias formales que indujeron a marcar distancias entre un Góngora y
            el otro, los testimonios a los que acabo de aludir vendrían a traslucir en algunos casos
            la desazón de aquellos que tenían depositada en Góngora la esperanza de que la poesía
            española pudiera rivalizar brillantemente con los inconmensurables clásicos y los
            admirados italianos: para ciertos coetáneos la poética cultista de Góngora dilapidó su
            prometedor itinerario creativo<note place="bottom">Ponce Cárdenas (2015a) habla de la
              dicotomía acuñada por Cascales como posible testimonio de la «historia de una
              decepción», generada por la frustración de ver cómo el justamente celebrado Góngora
              hacía zozobrar su alentadora carrera como poeta y, con ello, el ascenso de la
              nombradía de las letras españolas.</note>. Pero si hay una razón por la que me ha
            parecido oportuno evocar aquí esos antecedentes de Cascales, es, desde luego, porque las
            concomitancias entre ellos nos permiten valorar más y mejor la originalidad del
            planteamiento que desarrolla Angulo y Pulgar en las <hi rend="i">Epístolas
              satisfactorias</hi> sobre las llamadas «dos épocas» de Góngora, problema en el que se
            vio obligado a entrar por la acrimonia con que su antagonista trató en las <hi rend="i"
              >Cartas filológicas</hi> el –a su entender– desastroso viraje experimentado por la
            expresión poética de Góngora a partir del <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi rend="i"
              >Soledades</hi>. Cascales, en realidad, aborda con ello un asunto que ya había brotado
            con cierta recurrencia en la polémica, como acabo de explicar, pero nadie hasta entonces
            había metido el dedo en aquella llaga con el cuajo y la mordacidad con que lo hizo el
            murciano; tal vez esa acre actitud de Cascales sirva para explicar que ningún defensor
            de Góngora anterior a Angulo se hubiera empleado en el tratamiento y valoración de esta
            cuestión con la profundidad y desinhibición con que se hace en las <hi rend="i"
              >Epístolas</hi><note place="bottom">Ya lo apuntó Alonso (1982c: 435): «Angulo está
              alegando ejemplos de obras muy anteriores al <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi
                rend="i">Soledades</hi> para probar (con excelente acuerdo, y por primera vez, creo,
              en las polémicas del gongorismo) la falsedad de la habitual separación de la obra de
              Góngora en dos épocas».</note>.</p>
          <p><anchor xml:id="_Hlk505205459"/>Buena prueba de la importancia que Angulo otorgó a esta
            discusión concreta es que haya una breve declaración de principios al respecto en el
            capítulo «Número 1» de la <hi rend="i">Epístola</hi> primera, donde el lojeño, a modo de
            preámbulo al meollo dialéctico de la obra, hace fundamentalmente recuento de las
            contradicciones que cree detectar en los juicios de Cascales sobre Góngora y posee, en
            su conjunto, un gran brío argumentativo; es allí donde dice:</p>
          <quote>Y si instare que su ánimo fue reprobar el estilo del <hi rend="i">Polifemo</hi> y
              <hi rend="i">Soledades</hi> y no el que usó don Luis en otros poemas que antes de
            estos compuso y lo probase vuestra merced con lo que dice <hi rend="i">que si don Luis
              se hubiera quedado en la magnificencia de su primer estilo, hubiera puesto su estatua
              en medio de la Helicona</hi>, menos se defiende, porque casi en todas las demás partes
            de sus cartas donde trata vuestra merced de este punto, habla en general contra el
            estilo de don Luis, no contra el primero de las primeras obras, que loa, ni contra el de
            las segundas, que reprueba. Demás que el de las unas y las otras está adornado de
            metáforas y transposiciones, que es lo que vuestra merced condena, como veremos en el
            Número 2 y 3. Pero probemos que las usó, y no pudo menos, para que se verifique lo que
            dice vuestra merced: <hi rend="i">que el primer estilo suyo tiene magnificencia</hi>.
            Porque esta resulta de las transposiciones y metáforas, sin que lo diga Quintiliano,
            como veremos adelante. Luego ni satisface vuestra merced ni defiende que no las condena
            todas. Pero respondido a lo que expresamente opone al <hi rend="i">Polifemo</hi> y <hi
              rend="i">Soledades</hi>, lo quedará vuestra merced a lo que tácitamente puede desear
            que se crea de los demás poemas que les imitan, antes o después compuestos por don Luis
            (ff. 6r-6v).</quote>
          <p>Angulo incluyó estas consideraciones en ese lugar preciso de las <hi rend="i">Epístolas
              satisfactorias</hi> porque quería exhibir con la etiqueta de parcialidad e
            incongruencia el juicio de Cascales y, para remachar ese enfoque, lo confronta con las
            cualidades que el murciano dice reconocer en el supuesto «primer estilo» de Góngora o,
            varios capítulos después, con los elogios dispensados por Cascales al poeta cordobés,
            como se verá a continuación. Pero, aparte de esa maniobra suasoria más o menos
            conseguida, el objetivo principal de Angulo es demostrar que el error de la percepción
            de Cascales reside en presentar la poética mayor gongorina como el advenimiento brusco y
            extemporáneo de una estética absolutamente inédita en la trayectoria creativa de
            Góngora. En esa dirección se encauza el planteamiento que Angulo diseña –modestamente,
            todo sea dicho– en el capítulo «Número 11» de la <hi rend="i">Epístola</hi> primera:</p>
          <quote>Del estilo primero de las obras que don Luis compuso antes del <hi rend="i"
              >Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi>, será bien referir algunos versos, y no
            dificultoso, computando el tiempo en que hizo los unos y los otros, averiguar si son del
            primer estilo. Y probaré con ellos que don Luis usó hipérbatos y metáforas antes que
            compusiese el <hi rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi>, de que pudo
            resultar oscuridad para el indocto. Y también probaré que la alabanza que vuestra merced
            le da de <hi rend="i">magnífico a su primer estilo</hi> la merece. […] Otros muchos
            lugares de don Luis alegara en todas especies de poesía, llenos de floridas
            translaciones, dulcísimos hipérbatos y magníficas virtudes poéticas, pero basten estos
            para ejemplos y que vuestra merced vea si prueban las dos conclusiones dichas. Y si,
            juntándolos a los del primero estilo, prueba vuestra merced con todos <hi rend="i">que
              don Luis con esta introducción de oscuridad comenzó a edificar y no supo echar la
              clave al edificio</hi>. Y si de<hi rend="i"> príncipe de la luz se ha hecho príncipe
              de las tinieblas</hi>, como dice. Y dígame vuestra merced cómo concuerda estos dos
            lugares con estos dos: <hi rend="i">que ha estimado siempre a don Luis por el hombre más
              eminente de España en la poesía, sin excepción alguna</hi>, dice el uno, y el otro <hi
              rend="i">que es el cisne que mejor ha cantado en nuestras riberas: así lo siento, así
              lo digo</hi>. Pues diga también si (como dice por don Luis) el hablar así <hi rend="i"
              >es imitar al lobo, que camina</hi> (como afirma) <hi rend="i">dando unos pasos atrás
              y otros adelante para que así confusos no se eche de ver el camino que lleva</hi> (ff.
            39r-41r).</quote>
          <p>Entre los enunciados que abren y cierran esta cita, Angulo se afana en entresacar
            versos con hipérbatos y metáforas de la canción «Levanta, España, tu famosa diestra»
            (1588), el soneto «Máquina funeral, que de esta vida» (1611), la octava «En esta que
            admiráis de piedras graves» (1611), la canción «Piadoso hoy celo, culto»<note
              place="bottom">En el caso de esta composición, Angulo no estaba bien informado, pues
              está fechada en 1616, por tanto no es anterior al <hi rend="i">Polifemo</hi> y las <hi
                rend="i">Soledades</hi>; él mismo manifestaba ciertas dudas al respecto: «de las
              cinco liras que hizo al túmulo de Garcilaso, que sin duda son (a lo que he podido
              averiguar) anteriores al <hi rend="i">Polifemo</hi>, lea vuestra merced, entre las
              otras, la tercera» (f. 40r).</note> y la canción «Sobre trastes de guijas» (1603). Es
            cierto que, tal como está efectuada, la demostración de Angulo adolece de simplista,
            pero lo que resulta interesante de ella es que parece encaminada a poner de relieve que
            los rasgos elocutivos más genuinos –y más atacados por Cascales– de la poesía mayor
            gongorina son el resultado del incremento de unos modos poéticos que se venían incubando
            en la poesía anterior de Góngora<note place="bottom">Sí supo decirlo, con una brillantez
              inusitada, Vázquez Siruela en su <hi rend="i">Discurso</hi>, elaborado algunos años
              más tarde (<hi rend="i">vid</hi>. Yoshida 1995: 96-97).</note>. No sé si decir esto es
            ser demasiado generoso con Angulo; en cualquier caso, si fue eso lo que pretendió
            expresar, el tiempo vino a darle la razón, a tenor de las deducciones a que llegaron los
            estudios al respecto de Dámaso Alonso, el gongorista contemporáneo que se encargó de
            desterrar, o matizar muy enérgicamente, la imagen tópica de los dos Góngoras<note
              place="bottom"><hi rend="i">Vid</hi>. Alonso (1978a: 13-48 y 1994: 77-83).</note>.
            Alonso probó «la falsedad de la separación tradicional en el arte de Góngora y cómo en
            el poeta de las obras más “claras” está en potencia el autor de las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> y del <hi rend="i">Polifemo</hi>, hasta tal punto que entre las dos
            épocas en que tradicionalmente se divide su poesía no puede fijarse un límite
            cronológico definido: la una va dando origen a la otra, y lo que caracteriza a la
            segunda no es más que la intensificación en el pormenor y la densificación en el
            conjunto de lo que era ya propio de la primera»<note place="bottom">Alonso (1978a: 20).
              Sin negar esta afirmación de Alonso, es bien cierto que los contemporáneos a Góngora
              ya percibieron un cambio en su trayectoria (<hi rend="i">vid. supra</hi>). Realmente y
              a efectos conceptuales de la percepción, lo difícil sería dilucidar cuándo un cambio
              cuantitativo es de tal calado que se instala en el nivel de lo cualitativo. En
              cualquier caso, nada tendría que ver esta «evolución» del estilo gongorino con un
              abandono de la órbita de lo jocoso, como parecían creer algunos objetores
              contemporáneos: ahí está la <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi> para
              desmentirlo; <hi rend="i">vid</hi>. las interesantes observaciones al respecto de
              Lázaro Carreter (1977).</note>, por lo que puede concluir que «el arte de Góngora es,
            desde su comienzo, una continuación del cultismo del siglo XVI, con profundas raíces
            ligadas al desarrollo del petrarquismo; y el arte de Góngora en las <hi rend="i"
              >Soledades</hi> y el <hi rend="i">Polifemo</hi> es una consecuencia de la acumulación
            e intensificación de esos elementos que ya existían en la poesía de Góngora en el
            principio mismo de su carrera de escritor»<note place="bottom">Alonso (1994:
            83).</note>. Quién sabe si Angulo, con una escasa dosis de pericia, quiso dar a entender
            algo parecido.</p>
        </div>
        <div>
          <head>8. Conclusión</head>
          <p>La defensa de la poesía mayor de Góngora que Martín de Angulo y Pulgar despliega en las
              <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> se fundamenta en principios teóricos que
            fueron asumidos de forma recurrente por los apologistas gongorinos y cuya disidencia y
            novedad parecen erigirse en síntomas del nacimiento de una conciencia literaria distinta
            y emergente. Ahora sabemos, con mayor certeza y mejores razonamientos, que las <hi
              rend="i">Epístolas</hi> son mucho más que un dardo dolido y pasional de Angulo frente
            a las censuras antigongorinas lanzadas en las <hi rend="i">Cartas filológicas</hi> de
            Cascales y en una supuesta carta de un anónimo «sujeto grave y docto»: pertrechado tras
            el pretexto pintiparado de no dejar sin respuesta aquellos ataques, Angulo recogió e
            hizo suya en las <hi rend="i">Epístolas</hi> gran parte de la tradición exegética y
            teórico-literaria lúcidamente acrisolada por los círculos gongorinos durante más de dos
            décadas de controversia en torno a Góngora, otorgándole además un estatus desconocido
            como fuente de argumentos de autoridad. Angulo elabora y publica su texto en una fase
            epigonal de las discusiones, circunstancia que pudo incitarlo a dotar a la obra de ese
            carácter recopilatorio que rezuma en muchas ocasiones y que salta notoriamente a la
            vista en algunos capítulos. Angulo, a nuestro parecer, quiso ensayar un epítome de la
            polémica y de hecho recapituló los postulados críticos más significativos con que se
            pretendió la salvaguarda de la extrañeza sublime del Góngora mayor.</p>
          <p>Si ello, como parece, fue así, las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> nos
            brindarían la constatación de que, en torno a 1635, las mejores y más precoces apologías
            gongorinas, con su credo innovador y rebelde, habían logrado crear un poso crítico
            sólido y pujante, que sería sentido como un referente autorizado y legítimo por la
            segunda hornada de defensores del cultismo, aquellos que escribieron a favor de las <hi
              rend="i">Soledades</hi> en el ocaso de la polémica, al trasluz de la consolidación del
            éxito del gongorismo y de la mitificación experimentada por la figura de Góngora tras su
            muerte.</p>
          <p rend="noindent"/>
        </div>
        <div>
          <head>9. Establecimiento del texto</head>
          <p>El impreso de las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> es un volumen en 8º, de
            4+55 folios, compuesto por:</p>
          <p>- Portada (pie de imprenta: «En Granada, en casa de Blas Martínez, mercader e impresor
            de libros, en la calle de los Libreros. Año de 1635»).</p>
          <p>- Preliminares (sin foliar):</p>
          <list>
            <item>«Aprobación» (data y firma: «En el Sacro Monte, 17 de noviembre, 1635. Martín
              Vázquez Siruela»).</item>
            <item>«Licencia» (firma: «el doctor Vela de Sayoane. Por su mandado: Pedro de Saavedra,
              notario»).</item>
            <item>Hoja de grabado (grabado calcográfico con el escudo de armas de los Pulgares;
              timbrado por una cartela con el lema propio de esta heráldica: «Tal debe el hombre ser
              / como quiere parecer»).</item>
            <item>Advertencia «[Al] Lector».</item>
            <item>Dedicatoria «A don Fernando Alonso Pérez de Pulgar, señor de la villa del Salar»
              (data y firma: «Loja, abril, 20, de 1635. Don Martín de Angulo y Pulgar»).</item>
          </list>
          <p>- Texto:</p>
          <list>
            <item><hi rend="i">Epístola</hi> primera (ff. 1r-42r).</item>
            <item><hi rend="i">Epístola</hi> segunda (ff. 42r-55r).</item>
          </list>
          <p>Hasta el momento, he podido localizar ocho ejemplares de este impreso:</p>
          <p>- Biblioteca Nacional de España (Madrid). Signaturas: R/16018 y 2/41393.</p>
          <p>- Biblioteca de la Real Academia Española (Madrid). Signatura: 17-XII-31.</p>
          <p>- Biblioteca del Palacio Real (Madrid). Signatura: VIII-11049.</p>
          <p>- Biblioteca de Castilla-La Mancha. Biblioteca Pública del Estado (Toledo). Signatura:
            16673.</p>
          <p>- Biblioteca del Hospital Real (Universidad de Granada). Signatura: BHR/Caja
            IMP-2-030.</p>
          <p>- Biblioteca de la Universidad de Camdbrige. Signatura: Hisp.8.63.2.</p>
          <p>- <ref target="http://www.onb.ac.at/services/presse_23726.htm">Österreichischen
              Nationalbibliothek (Biblioteca Nacional de Austria). Signatura: *38.Bb.66.</ref></p>
          <p>Una vez cotejados estos testimonios, se concluye que todos los ejemplares son
            prácticamente idénticos, exceptuando pequeñas diferencias materiales, que no afectan al
            texto, a saber: los ejemplares R/16018, 17-XII-31 y 16673 están faltos de la hoja de
            grabado (el último citado, además, carece de la portada impresa, que ha sido sustituida
            por una manuscrita), el ejemplar VIII-11049 presenta un ex-libris del Conde de Mansilla,
            mientras que el R/16018 lo trae de la biblioteca de Fernando José y Velasco. Así, para
            la presente edición, he transcrito el impreso conservado en la Biblioteca Nacional de
            España bajo la signatura R/16018, dadas las facilidades existentes para su reproducción
            material y digital.</p>
          <p>Además de seguir los criterios de edición colectivos del proyecto <hi rend="i"
              >Pólemos</hi> en cuanto a la modernización gráfica y ortográfica del texto, de acuerdo
            con la norma actual, he adoptado igualmente otros criterios de edición que atañen a la
            presentación del texto, como: mantener la cursiva original usada por Angulo para las
            citas literales y paráfrasis de obras críticas y literarias; poner en cursiva los
            títulos de obras críticas o literarias aludidas por Angulo; añadir los signos de
            interrogación o exclamación de apertura (¿, ¡), pues sistemáticamente sólo aparecen los
            de cierre; o marcar entre corchetes algunas mínimas adiciones del editor en pasajes
            donde parece faltar texto. En cuanto a las <hi rend="i">marginalia</hi>, que son
            abundantes en las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>, sólo han sido modernizados
            sus usos gráficos, pero no su puntuación, del mismo modo que he decidido no resolver las
            abreviaturas contenidas en ellas y no dar en cursiva los títulos de obras que aducen,
            con el fin de no desfigurar en exceso su formato característico y su peculiar impronta
            de notas marginales. En cuanto a las enmiendas efectuadas en las <hi rend="i"
              >marginalia</hi>, conviene aclarar que sólo se han corregido, sin indicación, erratas
            muy notorias.</p>
          <p>Respecto al aparato ecdótico y hermenéutico que acompaña a la transcripción del texto,
            debo exponer varias consideraciones:</p>
          <p><hi rend="u">1. Enmiendas</hi>. La mayoría subsanan errores evidentes del impreso,
            pero, en caso de duda sobre la pertinencia de practicar una enmienda, se justifica en la
            nota correspondiente el criterio puntual adoptado para haberla llevado a cabo o no;
            resultan especialmente interesantes, en este sentido, las notas destinadas a razonar por
            qué no han sido enmendados algunos versos gongorinos mencionados por Angulo, cuyas
            lecturas difieren de las versiones canónicas pero están documentadas en el ms. <hi
              rend="i">Varias poesías</hi>, importante colección de poesía gongorina compilada por
            el polemista lojeño.</p>
          <p>Las enmiendas efectuadas sobre los textos en latín citados por Angulo vienen
            determinadas por el resultado de una serie de comprobaciones previas, para cuya
            aplicación sistemática he contado con el inestimable auxilio y asesoramiento del
            latinista Pedro Conde Parrado, a quien agradezco calurosamente su decisiva implicación
            en estas tareas. En primer lugar, he realizado un cotejo entre las versiones ofrecidas
            por el polemista y las versiones canónicas de los mismos pasajes comúnmente aceptadas en
            época moderna; cuando ese careo ha deparado divergencias textuales, se ha averiguado qué
            lecciones divergentes de Angulo están documentadas como variantes en la tradición
            textual de la obra citada y cuáles no.</p>
          <p>Así, no he enmendado las lecciones de Angulo que se han podido documentar como
            variantes, mientras que en las lecciones en que no ha sido posible hacerlo tampoco se
            han ejecutado enmiendas si ofrecen un texto correcto en latín y hacen sentido, ya que la
            concurrencia de estos dos requisitos incrementa en gran medida las posibilidades de que
            Angulo esté citando de memoria o de que éste haya accedido al texto que cita no mediante
            una edición, sino a través de una fuente intermedia enciclopédica –tan habituales en la
            época– en la que el pasaje citado ya podría haber sido modificado por diversas razones.
            Por último, las lecciones divergentes de Angulo no confirmadas como variantes y que
            además son incorrectas en latín y/o no hacen sentido, han sido enmendadas, adoptando en
            este caso como texto correcto el ofrecido por las versiones modernas canónicas.</p>
          <p><hi rend="u">2. Identificación de citas y obras alegadas</hi>. La naturaleza
            teórico-erudita y polémica de las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi> impone a
            Angulo el uso pródigo de argumentos de autoridad en forma de citas o alusiones
            librescas. La variada casuística en la manera de citar y remitir a obras críticas o
            creativas plantea al editor problemas de diversa índole que lo obligan a proponer
            soluciones editoriales para facilitar la intelección de ese andamiaje teórico y erudito,
            que representa una faceta angular del texto. Los principales criterios adoptados en este
            sentido son:</p>
          <list>
            <item>Aportar en las notas a pie de página todos los datos bibliográficos
              necesarios para la localización de las citas literales usadas por Angulo. Excepto en
              el caso de las citas de autores clásicos, se ofrece la ubicación exacta (folio o
              página) del pasaje en ediciones de la época que pudieron ser conocidas por
              Angulo.</item>
            <item>Aventurar en nota el pasaje concreto al que se está refiriendo
              Angulo, cuando evoca como argumento ciertos contenidos de una obra crítica o literaria
              pero no los cita literalmente. Se propone naturalmente un pasaje cuyo contenido cuadre
              con el contexto argumentativo en que aparecen las referencias bibliográficas ofrecidas
              por el autor y cuya localización se corresponda con las mismas, que, en estos casos,
              son frecuentemente muy concisas y deben ser ampliadas por el editor.</item>
            <item>Señalar en nota, siempre que haya sido posible y se haya estimado
              oportuno, las ediciones concretas consultadas por el polemista y la procedencia de las
              traducciones al latín de textos griegos que maneja.</item>
            <item>Identificar de forma hipotética obras o fragmentos de obras
              aludidos cuando los datos bibliográficos expresados por Angulo son excesivamente
              parcos (por ejemplo: cuando sólo cita el nombre de un autor).</item>
            <item>Ampliar o remodelar en nota algunas citas latinas que Angulo
              reproduce o bien de una manera excesivamente fragmentaria o descontextualizada; u
              omitiendo, por citar de memoria, por descuido o por interés, algunas palabras o
              expresiones que son significativas para entenderlas correctamente; o alterando la
              morfosintaxis original del enunciado para que concuerde gramaticalmente con su propio
              discurso.</item>
          </list>
          <p><hi rend="u">3. Traducciones</hi>. Se ofrecen en nota todas las traducciones de los
            textos en latín citados por Angulo. En estas traducciones he usado puntualmente
            adiciones entre corchetes para añadirles la traducción de la parte de la cita que Angulo
            no da, pero que resulta necesaria para captar de forma óptima el sentido de la cita en
            cuestión. Siempre que ha lugar, se indica el origen bibliográfico de la traducción
            propuesta mediante una referencia del tipo: (Horacio 2008: 401), que remite a la edición
            moderna de donde se ha tomado la traducción. Las traducciones que no van acompañadas de
            esta aclaración bibliográfica no son de procedencia libresca, sino que han sido
            aportadas por el editor, gracias a las valiosas contribuciones y sugerencias de los
            profesores Pedro Conde Parrado, Matilde Prieto Rodríguez, José Solís de los Santos y
            Macario Valpuesta Bermúdez, acreditados latinistas a quienes deseo expresar mi
            admiración y agradecido reconocimiento.</p>

          <p><hi rend="u">4. Conjunto de notas interpretativas</hi>. Responden al empeño colectivo
            de este proyecto en cuanto a lograr la comprensión del texto en su triple dimensión:
            lingüística, semántica y literaria.</p>
        </div>
        <div>
          <head>10. Bibliografía</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Agustín</hi>, san:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De ciuitate dei</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">De doctrina christiana</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alejandría</hi>, Filón de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De confusione linguarum</hi> [comentario alegórico al
              Génesis].</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Amaya</hi>, Francisco de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Antiantídoto</hi> [título hipotético; Angulo menciona como obras
              de Amaya su respuesta al <hi rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui y su comentario de la
                <hi rend="i">Soledad</hi> primera].</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Angulo y Pulgar</hi>, Martín de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Varias poesías y casi todas las que compuso aquel ilustre,
                ingeniosísimo, erudito y doctísimo varón don Luis de Góngora, natural de la ciudad
                de Córdoba, racionero de su santa Iglesia, capellán de las S., C. y R. Majestades de
                don Felipe 3 y 4. Recogidas y restituidas a su más cierto original con mucho
                trabajo, solicitud y cuidado; de muchos, copiosos y buenos papeles, y verdaderas
                noticias de varios muy curiosos y entendidos sujetos de Córdoba, Granada y otras
                partes, deudos, amigos y contemporáneos de su autor; y en este volumen comentadas y
                de su mano escritas por don Martín de Angulo y Pulgar, natural de la ciudad de
                Loja</hi>, Ms., 1639-1640 (manuscrito iniciado, como mínimo, en agosto de
              1634).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Anónimo</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Retórica a Herenio</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Poética</hi> (traducción de Alejandro Pazzi).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Retórica</hi> (traducción de Jorge de Trebisonda).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Tópicos</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aulo Gelio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Noches áticas</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Bembo</hi>, Pietro:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Carmina</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Calderino</hi>, Domicio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Comentarios a Marcial</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cascales</hi>, Francisco de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, Murcia: Luis Verós, 1634.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Catulo</hi>, Cayo Valerio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Poesías</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cicerón</hi>, Marco Tulio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Contra Lucio Calpurnio Pisón</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Del supremo bien y del supremo mal</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">El orador (a Marco Bruto)</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">En defensa de Arquias</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sobre el orador</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sobre la naturaleza de los dioses</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Demetrio Faléreo</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sobre el estilo</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Díaz de Rivas</hi>, Pedro:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Anotaciones y defensas</hi> a las<hi rend="i"> Soledades</hi>,
              Manuscrito, s.f. (probable fuente textual de Angulo: BNE, Ms. 3906).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Eritreo</hi>, Nicolás:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Publii Vergilii Maronis index certissimus</hi>, en <hi rend="i"
                >Publii Vergilii Maronis Opera, conuenientibus et scholiis salua integritate
                illustrata, cum Nicolai Erythraei Veneti interpretationibus et operosissimo uerborum
                ac sententiarum in Vergilio obseruandarum indice, recens adposito</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Escalígero</hi>, Julio César:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Poetices libri septem</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Farnesio</hi>, Enrico:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De uerborum splendore et delectu</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Fernández de Córdoba</hi>, Francisco, abad de Rute:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Examen del «Antídoto»</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Fernández de Madrigal</hi>, Alfonso, el Tostado o el
              Abulense:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Commentaria in Genesim</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Góngora</hi>, Luis de:</p>
            <bibl>—, Canción <hi rend="i">De la Armada que fue a Inglaterra</hi> («Levanta, España,
              tu famosa diestra»).</bibl>
            <bibl>—, Canción <hi rend="i">En el sepulcro de Garcilaso de la Vega</hi> («Piadoso hoy
              celo, culto»).</bibl>
            <bibl>—, Canción «Sobre trastes de guijas».</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Congratulatoria</hi> («En buen hora, oh gran Felipe»)
              [atribución].</bibl>
            <bibl>—, Décimas <hi rend="i">Medida del tiempo por diferentes relojes</hi> («¿Qué
              importa, oh tiempo tirano?») [atribución errónea].</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Fábula de Leandro y Hero</hi> («Aunque entiendo poco
              griego»).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi> («La ciudad de Babilonia»).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Fábula de Polifemo y Galatea</hi> («Estas que me dictó rimas
              sonoras»).</bibl>
            <bibl>—, Letrilla <hi rend="i">Alegoría de la brevedad de las cosas humanas</hi>
              («Aprended, flores, en mí»).</bibl>
            <bibl>—, Letrilla <hi rend="i">Contra un privado</hi> («Arroyo, ¿en qué ha de parar…?»)
              [atribución].</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Octava fúnebre en el sepulcro de la Señora reina doña
                Margarita</hi> («En esta que admiráis de piedras graves»).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi> («Si, arrebatado, merecí algún
              día»)</bibl>
            <bibl>—, Prólogo alegórico en octavas a la comedia <hi rend="i">La Gloria de Niquea</hi>
              («Del Tajo, oh gran Filipe, la corriente») [atribución].</bibl>
            <bibl>—, Romance «De la semilla, caída».</bibl>
            <bibl>—, Romance «En un pastoral albergue».</bibl>
            <bibl>—, Romance «Según vuelan por el agua».</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Soledades</hi> («Pasos de un peregrino son errante»).</bibl>
            <bibl>—, Soneto «Al tramontar del sol la ninfa mía».</bibl>
            <bibl>—, Soneto <hi rend="i">Al túmulo que hizo Córdoba en las honras de la Señora Reina
                doña Margarita</hi> («Máquina funeral, que desta vida»).</bibl>
            <bibl>—, Soneto <hi rend="i">A un caballero de Córdoba que estaba en Granada</hi>
              («Hojas de inciertos chopos el nevado»).</bibl>
            <bibl>—, Soneto <hi rend="i">Del conde de Villamediana, prevenido para ir a Nápoles con
                el duque de Alba</hi> («El conde mi señor se va a Napòles»).</bibl>
            <bibl>—, Soneto <hi rend="i">En la partida del conde de Lemos y del duque de Feria a
                Nápoles y a Francia</hi> («El conde mi señor se fue a Napòles»).</bibl>
            <bibl>—, Villancicos eucarísticos («Mañana sa Corpus Christa», «¿A qué nos convidas,
              Bras?», «El pan que veis soberano», «A la dina dana dina, la dina dana», «¿Qué comes,
              hombre? ¿Qué como?», «Oveja perdida, ven», «Alma niña, ¿quieres di…?») [Angulo
              menciona, sin citarlos literalmente, «ocho villancicos del Santísimo
              Sacramento»].</bibl>
            <bibl>—, Villancicos navideños («Cuando toquen a los maitines», «No sólo el campo
              nevado», «Ven al portal, Mingo, ven», «¿A qué tangem em Castela?», «¡Cuántos silbos,
              cuántas voces!», «¿Cuál podréis, Judea, decir…?», «Al gualete, hejo», «Niño, si por lo
              que tienes», «Esta noche un Amor nace», «¡Oh, qué vimo, Mangalena!», «¿Qué gente,
              Pascual, qué gente…?», «¡Oh qué verás, Carillejo…!», «La vidriera mejor») [Angulo
              menciona, sin citarlos literalmente, «ocho villancicos de la Natividad»].</bibl>
            <p>[Asimismo, Angulo hace referencia de manera general, sin mencionar ningún poema
              concreto, a otras obras gongorinas como: los «singularísimos romances», «graves
              canciones», «octavas heroicas y sacras». También alude en una ocasión al corpus de
              sonetos gongorinos en su conjunto, pero sin citar específicamente ninguno].</p>
            <p/>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Herrera</hi>, Fernando de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Obras de Garcilaso de la Vega, con anotaciones de Fernando de
                Herrera</hi>, Sevilla: Alonso de la Barrera, 1580.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Homero</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Ilíada</hi> (en la versión de: <hi rend="i">Poetarum omnium
                seculorum longe principis Homeri Ilias</hi>).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio Flaco</hi>, Quinto:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Arte poética</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epístolas</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Odas</hi> (<hi rend="i">Carmina</hi>).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sátiras</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jáuregui</hi>, Juan de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Antídoto contra la pestilente poesía de las
              «Soledades»</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jerónimo</hi>, san:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Quaestiones hebraicae in Genesim</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Justiniano</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Digesto</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lápide</hi>, Cornelio a, SI:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Commentaria in Pentateuchum Mosis</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lipsio</hi>, Justo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De constantia</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lucano</hi>, Marco Anneo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Farsalia: de la Guerra Civil</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lucrecio</hi>, Tito:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sobre la naturaleza de las cosas</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Mena</hi>, Juan de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Laberinto de Fortuna</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Mantuano</hi>, fray Bautista:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Contra detractores dialogus</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Marcial</hi>, Marco Valerio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epigramas</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Orígenes</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Homiliae in Genesim</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ovidio Nasón</hi>, Publio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Arte de amar</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Fastos</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Metamorfosis</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Pónticas</hi> (<hi rend="i">Cartas desde el Ponto</hi>).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Remedios de amor</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Tristezas</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Paravicino</hi>, Hortensio Félix:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Obras póstumas, divinas y humanas, de Félix de Arteaga</hi>,
              Alcalá de Henares: Imprenta de María Fernández, a costa de Tomás de Alfay,
              1650.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pellicer de Salas y Tovar</hi>, José de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Lecciones solemnes a las obras de don Luis de Góngora y Argote,
                Píndaro andaluz, Príncipe de los poetas líricos de España</hi>, Madrid: Imprenta del
              Reino, 1630.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pereira</hi>, Benito, SI:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Secundus tomus commentariorum et disputationem in
              Genesim</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Persio</hi>, Aulo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sátiras</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Petrarca</hi>, Francesco:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Cancionero</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Poliziano</hi>, Angelo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epístolas</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Propercio</hi>, Sexto:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Elegías</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>, Marco Fabio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Instituciones oratorias</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Río</hi>, Martín Antonio del, SI:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Adagialia sacra ueteris et noui testamenti</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Samosata</hi>, Luciano de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Diálogos de los dioses marinos</hi> (en la versión de: <hi
                rend="i">Luciani Samosatensis opera, quae quidem extant omnia e graeco sermone in
                latinum</hi>).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sannazaro</hi>, Jacobo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Rimas</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Séneca</hi>, Lucio Anneo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De remediis fortuitorum</hi> [atribución].</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Diálogo sobre la tranquilidad del espíritu</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epístolas morales a Lucilio</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Spagnuoli</hi>, Tolomeo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Corolarium de licentiis antiquorum poetarum</hi>, en fray Bautista
              Mantuano, <hi rend="i">Ultima pars operis</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tasso</hi>, Torquato:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Jerusalén liberada</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Rimas heroicas.</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tibulo</hi>, Albio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Poesías</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tertuliano</hi>, Quinto Septimio Florencio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De virginibus velandis</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vega</hi>, Garcilaso de la:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Canción I</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Canción V. Ode ad florem Gnidi</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Églogas</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Elegía al duque de Alba</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Villamediana</hi>, Juan de Tassis, conde de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Obras de don Juan de Tassis, conde de Villamediana</hi>, Zaragoza:
              Juan de Lanaja y Quartanet, 1629.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Virgilio Marón</hi>, Publio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Bucólicas</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Eneida</hi>.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Geórgicas</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vives</hi>, Luis:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De tradendis disciplinis</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">VV. AA.</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">M. Valerii Martialis Epigrammatum libri XV cum uariorum doctorum
                uirorum commentariis, notis, obseruationibus, emendationibus et paraphrasibus, unum
                in corpus magno studio coniectis</hi>.</bibl>
            <p/>
          </div>
          <div>
            <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
            <div>
              <head>10.2.1 Manuscritos</head>
              <bibl>Biblioteca de la Fundación Bartolomé March, ms. B87-V3-10, <hi rend="sc">Angulo
                  y Pulgar</hi>, Martín de, <hi rend="i">Varias poesías y casi todas las que compuso
                  aquel ilustre, ingeniosísimo, erudito y doctísimo varón don Luis de Góngora,
                  natural de la ciudad de Córdoba, racionero de su santa Iglesia, capellán de las
                  S., C. y R. Majestades de don Felipe 3 y 4. Recogidas y restituidas a su más
                  cierto original con mucho trabajo, solicitud y cuidado; de muchos, copiosos y
                  buenos papeles, y verdaderas noticias de varios muy curiosos y entendidos sujetos
                  de Córdoba, Granada y otras partes, deudos, amigos y contemporáneos de su autor; y
                  en este volumen comentadas y de su mano escritas por don Martín de Angulo y
                  Pulgar, natural de la ciudad de Loja</hi>, 1639-1640.</bibl>
              <bibl>Biblioteca de la Fundación Bartolomé March, ms. B106-V1-36, <hi rend="i"
                  >Manuscrito Gor</hi>.</bibl>
              <bibl>Biblioteca General Universitaria de Santiago de Compostela, ms. 579, <hi
                  rend="sc">Angulo y Pulgar</hi>, Martín de, <hi rend="i">Fiestas que celebraron los
                  escribanos y demás oficiales de la audiencia de la ciudad de Loja en alabanza y
                  defensa de la perpetua virginidad de María, señora nuestra</hi>.</bibl>
              <bibl>BNE, ms. 3726, <hi rend="i">Obras de Góngora y referentes a su obra</hi>.</bibl>
              <bibl>BNE, ms. 3893, <hi rend="i">Discurso de Vázquez Siruela y otros
                escritos</hi>.</bibl>
              <bibl>BNE, ms. 3906, <hi rend="i">Manuscrito Cuesta Saavedra</hi>.</bibl>
              <bibl>BNE, ms. 8391, <hi rend="i">Correspondencia de Juan Francisco Andrés de
                  Ustarroz</hi>.</bibl>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Agustín</hi>, san:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">De Ciuitate Dei libri XXII</hi>, París: s. i., 1613.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">De doctrina christiana</hi>, en <hi rend="i">Tertius tomus
                  operum Diui Aurelii Augustini Episcopi Hipponensis</hi>…, Basilea: Jerónimo
                Froben, 1556.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Angulo y Pulgar</hi>, Martín de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Égloga fúnebre a don Luis de Góngora, de versos entresacados de
                  sus obras</hi>, Sevilla: Simón Fajardo, 1638.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>…, Granada: Blas Martínez,
                1635.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Anónimo</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">M. Tulii Ciceronis Rhetoricorum ad Herennium libri quatuor</hi>,
                Venecia: <hi rend="i">ad Signum Iurisconsulti</hi>, 1578.</bibl>
              <p rend="noindent">[<hi rend="sc">Aristóteles</hi>]:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Operum Aristotelis tomus tertius moralem philosophiam continens,
                  una cum Rhetoricis ac Poetica</hi>…, Basilea: Juan Oporino, 1548 [contiene las
                traducciones de la <hi rend="i">Retórica</hi> y de la <hi rend="i">Poética</hi>
                aristotélicas, obras de Jorge de Trebisonda y Alejandro Pazzi,
                respectivamente].</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Bembo</hi>, Pietro:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Carmina</hi>, Venecia: 1533.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Calderino</hi>, Domicio:</p>
              <bibl>—, <hi xml:lang="fr" rend="i">M. Val. Martialis Epigrammaton libri XIIII.
                  Interpretantibus Domitio Calderino</hi>, Venecia: <hi rend="i">ex Sirenis
                  officina</hi>, 1552.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cascales</hi>, Francisco de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, Murcia: Luis Verós, 1634.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Covarrubias Orozco</hi>, Sebastián de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Tesoro de la lengua castellana o española</hi>, Madrid: Luis
                Sánchez, 1611.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Eritreo</hi>, Nicolás:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">P. V. Maronis index certissimus quo Nocolaus Erytraeus i. c. in
                  conscribendis suis de lingua Latina libris annos iam multos utitur</hi>, en <hi
                  rend="i">Publii Vergilii Maronis Opera, conuenientibus et scholiis salua
                  integritate illustrata, cum Nicolai Erythraei Veneti interpretationibus et
                  operosissimo uerborum ac sententiarum in Vergilio obseruandarum indice, recens
                  adposito</hi>, Lyon: Thomas Berthau, 1554.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Escalígero</hi>, Julio César:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Poetices libri septem</hi>, Heidelberg: Bibliopolio Commeliano,
                1617.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Farnesio</hi>, Enrico:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Henrici Farnesii Eburonis… Appendicula prima De verborum
                  splendore et delectu…</hi>, en <hi rend="i">Ambrosii Calepini Bergomensis…
                  Dictionarium septem linguarum… additamenta Henrici Farnesii Eburonis…</hi>,
                Venecia: <hi rend="i">Georgium Valentinum</hi>, 1625.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Fernández de Madrigal</hi>, Alfonso, el Tostado o el
                Abulense:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Alphonsi Tostati Hispani Episcopi Abulensis…Commentaria in
                  Genesim</hi>, Venecia: hermanos Juan Bautista y Juan Bernardo Sessa, 1596.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Filón de Alejandría</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">De confusione linguarum</hi> [comentario alegórico al Génesis],
                en <hi rend="i">Philonis Iudaei... Operum, quotquot ad hunc diem haberi potuerunt.
                  Tomus prior. Interprete Sigismundo Gelenio, Ioanne Christophorsono et Ioanne
                  Voeuroe</hi>…, Lyon: Antonio Vicencio, 1561.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Herrera</hi>, Fernando de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones de Fernando de
                  Herrara</hi>, Sevilla: Alonso de la Barrera, 1580.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Hoces</hi>, Gonzalo de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Todas las obras de don Luis de Góngora en varios poemas</hi>,
                Madrid: Imprenta del Reino, a costa de Alonso Pérez, 1633.</bibl>
              <p rend="noindent">[<hi rend="sc">Homero</hi>]:</p>
              <bibl>—, <hi xml:lang="en" rend="i">Poetarum omnium seculorum longe principis Homeri
                  Ilias</hi>, Basilea: Robert Winter, 1540.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ilovio</hi>, Estanislao:</p>
              <bibl>—, <hi xml:lang="en" rend="i">Demetrii Phalerei De elocutione liber Stanislao
                  Ilouio Polono latinitate donatus et annotationibus illustratus</hi>, Basilea: Juan
                Oporino, 1557.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jerónimo</hi>, san:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Quaestiones hebraicae in Genesim</hi>, en Erasmo Desiderio, ed.,
                  <hi rend="i">Opera omnia Diui Eusebii Hieronymi Stridonensis</hi>, t. III,
                Basilea: Jerónimo Froben, 1516-1520.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Justiniano</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Digestorum seu pandectarum iuris ciuilis libri
                quinquaginta</hi>, París: Carolam Guillard y Guilielmum Desbois, 1548.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lápide</hi>, Cornelio a, SI:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Commentaria in Pentateuchum Mosis</hi>, Amberes: herederos de
                Martín Nuncio y Juan Meursio, 1616.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lipsio</hi>, Justo:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">De constantia libri duo</hi>, Londres: George Bishop,
                1586.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">López de Vicuña</hi>, Juan:</p>
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            </div>
          </div>
        </div>
      </div>
      <div>
        <index indexName="resp" n="Angulo y Pulgar, Martín de"/>
        <index indexName="adresse" n="Pérez del Pulgar, Fernando Alonso (señor de la Villa del Salar)"/>
        <index indexName="date" n="1635"/>
        <head>Epístolas satisfactorias</head>
        <p>Epístolas satisfactorias. Una, a las objeciones que opuso a los poemas de <persName
            type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis de Góngora</persName> el licenciado
            <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de">Francisco de Cascales</persName>,
          catedrático de Retórica<note type="app" rend="I">C <hi rend="i">Em</hi>.: retórina.</note>
          de la santa Iglesia de Cartagena, en sus <title>Cartas filológicas</title>. Otra, a las
          proposiciones que, contra los mismos poemas, escribió cierto sujeto grave y docto. Por don
            <persName type="polemist" key="Angulo y Pulgar, Martín de">Martín de Angulo y
            Pulgar</persName>, natural de la ciudad de Loja. A don Fernando Alonso Pérez del Pulgar,
          señor de la villa del Salar. Con licencia. En Granada, en casa de Blas Martínez, mercader
          e impresor de libros, en la calle de los Libreros. Año de 1635.</p>
        <div>
          <head>Aprobación</head>
          <p>Por comisión del señor doctor don Lucas Vela de Sayoane, maestreescuela de la santa
            Iglesia de Granada y provisor y vicario general de su arzobispado por el ilustrísimo y
            reverendísimo señor don Fernando de Valdés, arzobispo de Granada y presidente de
            Castilla, he visto las dos <title>Epístolas satisfactorias</title> etc. que en este
            libro se contienen, en que no he hallado cosa que desdiga de la pureza de la religión o
            que pueda ofender a las buenas costumbres. En lo demás, juzgo que el argumento a que se
            dedican está tratado con mucha destreza de ingenio, doctrina curiosa y de apacible
            variedad, y retocado con muy buenas lumbres de toda erudición, especialmente de la
            Retórica y Poética. Parece obra digna de dar a la estampa, tanto por lo dicho como por
            la mesura y urbanidad que guarda su autor, pues, en asunto apologético, donde los más
            escrupulosos dejan correr la pluma con libertad, él le pone leyes y la hace ir siempre
            recogida dentro de los márgenes de la modestia, renunciando el derecho de estilo
            licencioso que se podía tomar y le daban las leyes de apología. Este es mi parecer. En
            el Sacro Monte, 17 de noviembre, 1635.</p>
          <p><persName type="polemist" key="Vázquez Siruela, Martín">Martín Vázquez
              Siruela</persName>.</p>
          <p rend="center">***</p>
        </div>
        <div>
          <head>Licencia</head>
          <p>En la ciudad de Granada, a veinte y ocho días de mes de noviembre de mil y seiscientos
            y treinta y cinco años, el señor doctor don Lucas Vela de Sayoane, maestreescuela de la
            santa Iglesia de esta ciudad, provisor, juez, oficial y vicario general en ella y su
            arzobispado por el ilustrísimo y reverendísimo señor don Fernando de Valdés y Llano, mi
            señor, arzobispo del dicho arzobispado, presidente de Castilla, etc., habiendo visto
            este libro intitulado <title>Epístolas satisfactorias</title>, compuesto por don Martín
            de Angulo y Pulgar, natural de la ciudad de Loja, de esta diócesis, y aprobación fecha
            por el doctor <persName type="polemist" key="Vázquez Siruela, Martín">Martín Vázquez
              Siruela</persName>, canónigo de la Iglesia Colegial del Sacromonte de Valparaíso,
            extramuros de esta ciudad, fecha en virtud de comisión y licencia de su merced, dijo que
            daba y dio licencia a cualquier impresor de libros de esta ciudad para que lo pueda
            imprimir, sin incurrir por ello en pena alguna. Y así lo proveyó, mandó y firmó.</p>
          <p>El doctor Vela de Sayoane.</p>
          <p>Por su mandado, Pedro de Saavedra, notario.</p>
          <p rend="center">***</p>
        </div>
        <div>
          <head>[Prólogo]</head>
          <p>Lector,</p>
          <p>Si fueres poeta y latino, corrige este discurso. Si no, ni lo aprueba ni reprueba tu
            juicio. Si te pareciere dilatado,</p>
          <quote><l><hi rend="i">Legito pauca, libellus ero</hi><note place="bottom">
                <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, X, I, v. 2: «lee
                unos pocos […]: seré un librito» (Marcial 1997, t. II: 161). Si te parezco demasiado
                largo, escribe Marcial fingiendo que su libro mismo toma la palabra para dirigirse
                al lector, lee solo unas pocas cosas y seré un librito.</note>.</l></quote>
          <p>Si has inclinado tu afecto a los versos de don <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName>, loarás el asunto mío, y si te
            pareciere mal, te diré (mientras no satisfaces con más eficacia):</p>
          <quote><l><hi rend="i">Haec mala sunt, sed tu non meliora facis</hi><note place="bottom">
                <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, II, VIII, v. 8:
                «estos son malos, pero tú no los haces mejores» (Marcial 1997, t. I:
              182).</note>.</l></quote>
          <p>Responde, pues, tú mejor, que a todos toca la defensa de la nación, de los sujetos de
            ella, de la ampliación y culto de nuestro lenguaje, y entretanto oye a <persName
              type="authority">Marcial</persName>:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Lector, solue. Taces dissimulasque? Vale</hi><note place="bottom">
                <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, XI, CVIII, v. 4:
                «Lector, paga. ¿Te callas y te haces el distraído? Adiós» (Marcial 1997, t. II:
                272).</note>.</l></quote>
          <p rend="center">***</p>
        </div>
        <div>
          <head>A don Fernando Alonso Pérez del Pulgar, señor de la villa del Salar.</head>
          <p>Dos cartas que escribo, una, al licenciado <persName type="polemist"
              key="Cascales, Francisco de">Francisco de Cascales</persName>, catedrático de Retórica
            de la santa Iglesia de Cartagena, y otra, a cierto gran sujeto, cuyo nombre no tengo
            licencia de revelar, dedico a vuestra merced, aunque le miro digno de un superior y
            culto elogio que, repetido del más dulce instrumento de la Fama por todo el orbe,
            igualase sus merecimientos, si esto es posible. Solicitan los pies de vuestra merced
            para calificarse, su amparo para defenderse, tanto por la falta de cultura cuanto por
            ser los primeros discursos míos que se imprimen<note place="bottom"> Fueron estas
                <title>Epístolas satisfactorias</title> la primera obra de envergadura que Angulo
              dio a las prensas, pero no la única, como vimos; también sufrió la desazón de ver
              frustrada la publicación de algunos trabajos cuya impresión tenía proyectada. <hi
                rend="i">Vid</hi>. Daza (2018a).</note>. El asunto de ellas es grande, aun cuando lo
            fuera mi suficiencia, porque los sujetos por quien y a quien las escribo lo son mucho.
            Pero siéndolo tanto el de vuestra merced, a quien las consagro, así en naturales
            gratuitos dones de su persona y calidad, de que próvidamente le dotó el cielo y no sin
            causa, perdonará el olvido como en partes adquiridas de prudencia y discreción, que las
            conoce (con razón) lo más y mejor de España; procederé yo sin riesgo, y ellas, sin
            recelo, calificadas de su talento, defendido de su valor, siempre admirado, muchas veces
            temido. Suplico a vuestra merced que, depuesto (si se permite) el cuidado que emplea en
            sus vasallos y en el gobierno de su república, a quien con pía y legal afección,
            cristiano y atento asiste, amado de todos, ejemplo de muchos, preste un rato la atención
            a estas cartas y como tan entendido en todo y mi materno tío<note place="bottom">
              Fernando Alonso Pérez del Pulgar, dedicatario de las <hi rend="i">Epístolas</hi>, era
              tío carnal de Angulo, por ser hermano de su madre, Clara del Pulgar. Angulo
              pertenecía, por tanto, a la esclarecida estirpe de los Pulgares y concibió como
              homenaje a la misma su <title>Historia apologética</title>, o <title>Cronicón
                póstumo</title>, obra de perfil histórico para elogiar la trayectoria sobre todo
              guerrera de su «tercer abuelo» e ilustre antepasado de la casa, Hernán Pérez del
              Pulgar, a fin de, al mismo tiempo, desmentir las inexactitudes que sobre el personaje
              habían difundido otros historiadores. La <hi rend="i">Historia</hi>, que ya estaba
              terminada y revisada por Ustarroz en 1651, no llegó –que se sepa– a imprimirse, pero
              circularon varias copias manuscritas, hoy ilocalizadas: <hi rend="i">vid</hi>.
              Villa-Real Valdivia (1999) y Daza (2018a).</note>, si padre en la veneración, las
            corrija con su gran juicio, las reciba con su no menor agrado: saldrán perfectas,
            quedaré sin temor, premiará vuestra merced excesivamente tan breve ofrecimiento, que de
            su fruto da el que puede cada planta. Guarde Dios a vuestra merced. Loja, abril, 20, de
            1635.</p>
          <p>Don <persName type="polemist" key="Angulo y Pulgar, Martín de">Martín de Angulo y
              Pulgar</persName>.</p>
          <p rend="center noindent">***</p>
        </div>
        <div>
          <head>[Epístola a Francisco de Cascales]</head>
          <p><pb n="f. 1r"/> A esta ciudad de Loja llegaron las treinta <title>Cartas
              filológicas</title><note place="bottom"> Sin perjuicio de que anteriormente hubiera
              tenido acceso a versiones manuscritas, Angulo utilizó con certeza un ejemplar impreso
              de las <title>Cartas filológicas</title> (Murcia: Luis Verós, 1634), como demuestran
              las numerosas referencias a folios concretos –bastante rigurosas, por lo general–,
              asociadas a citas o paráfrasis de afirmaciones de <persName type="polemist"
                key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName> que el gongorista lojeño disemina a
              lo largo de la primera de sus <title>Epístolas satisfactorias</title> como un recurso
              más de su argumentación. De hecho, el propio Angulo declara al respecto que para armar
              sus razonamientos tiene intención de no valerse «de ajenas autoridades donde no fueren
              muy precisas, sino de las mismas conclusiones y doctrina de sus cartas [las de
                <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName>], citando
              folio y página para proceder con toda legalidad» (f. 2r); a pesar de ello, la
              «legalidad» a que dice aspirar Angulo queda a veces bastante en entredicho debido al
              significado sesgado que adquieren algunas citas al aparecer intencionadamente
              descontextualizadas o al ser sometidas a ligeras modificaciones en beneficio propio,
              como se verá. Para la identificación, anotación y/o explicación de las menciones a las
                <title>Cartas filológicas</title> por parte de Angulo, hemos utilizado uno de los
              impresos de la obra conservados en la BNE, signatura R/3507, aunque con objeto de
              facilitar la localización y consulta de los pasajes de <persName type="polemist"
                key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName> aducidos directa o indirectamente
              en las <hi rend="i">Epístolas</hi>, remito a la edición moderna de García Soriano
              (1962, 1954 y 1961), así como a 1634_carta-cascales-tribaldos, 1634_carta-villar-ortiz
              y 1634_cascales-villar.</note>, divididas en tres décadas, que vuestra merced, señor
            licenciado <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de">Francisco de
              Cascales</persName>, dio a la estampa el año pasado de 1634, tan doctas todas y
            abundantes de erudición, que dan testimonio de los grandes y virtuosos estudios de
            vuestra merced. Pero también le dan la Epístola 8 al licenciado <persName
              type="polemist" key="Tribaldos de Toledo, Luis">Luis Tribaldos</persName><note
              type="app" rend="I">
              <hi rend="i">Em</hi>.: Tribaldo.</note> de Toledo y la 10 al maestro don <persName
              type="polemist" key="Villar, Francisco del">Francisco del Villar</persName><note
              place="bottom"> Estas son, como es sabido, las dos epístolas antigongorinas que
                <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName> incluyó
              en sus <title>Cartas filológicas</title> y que provocaron la reacción de Angulo en
              defensa de Góngora, materializada precisamente en el presente texto: la primera de las
              dos <title>Epístolas satisfactorias</title>. Entre las cartas citadas aquí por Angulo,
              la VIII («Al licenciado Luis Tribaldos de Toledo», titulada <title>Sobre la oscuridad
                del «Polifemo» y «Soledades» de don Luis de Góngora</title>; en adelante, Epístola
              VIII: 1634_carta-cascales-tribaldos) y la X («A don Francisco del Villar», rotulada
                <title>Contra su apología</title>; en adelante, Epístola X: 1634_cascales-villar),
                <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName> insertó
              con el nº IX la misiva que en su día redactó el clérigo iliturgitano (en adelante,
              Epístola IX: 1634_carta-villar-ortiz) como réplica a los ataques contra los poemas
              mayores gongorinos que el humanista murciano había lanzado en el texto dirigido a
              Tribaldos: <hi rend="i">vid</hi>. García Soriano (1961: 164-175, 137-163 y 176-190) y
              Daza (2018a).</note>, en la primera década, de que le movió algo de pasión a decir en
            ellas mal del estilo y versos del <title>Polifemo</title> y <title>Soledades</title> de
            don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName>.
            Conoceralo vuestra merced, si leyere esta carta, que será breve; o procuraré que <persName
              type="authority">Marcial</persName> diga por mí en el libro 2, epigrama 77:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Non sunt longa quibus nihil est quod demere possis</hi><note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, II, LXXVII, v. 7:
                «No son largos los versos en los que no hay nada que puedas quitar» (Marcial 1997,
                t. I: 210).</note>.</l></quote>
          <p>De las objeciones que vuestra merced opone a estos poemas, elegiré solamente las que
            parecen de más fundamento y menos contradicción, y responderé procurando satisfacerlas,
            no por defender a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>
            ni a sus poemas, que aun pensarlo fuera grave <pb n="f. 1v"/> culpa, cuando con tanto
            como justo aplauso le venera el mundo por gran poeta, y vuestra merced en el folio 29 y
            37, página 2, de sus cartas, <quote>por el mayor que ha tenido nuestra
              España</quote><note place="bottom"> Aunque el impreso trae este enunciado en cursiva,
              no se trata <hi rend="i">stricto sensu</hi> de una cita literal, pues no aparece tal
              cual en ninguno de los dos f. de las <title>Cartas filológicas</title> referidos por
              Angulo, ni en el 29 ni en el 37, y tampoco en el resto de la obra. El elogio a Góngora
              que Angulo atribuye aquí a su oponente es en realidad una paráfrasis más o menos libre
              de un parabién dirigido por <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de"
                >Cascales</persName> al poeta cordobés en uno de los folios aludidos por el lojeño:
              «siempre le he tenido y estimado por el primer hombre y más eminente de España en la
              poesía», Epístola X, f. 37r (1634_cascales-villar). ¿Por qué entonces menciona Angulo
              el f. 29? O bien quiere hacerse eco de otro encarecimiento de cariz similar al
              anterior, expresado por <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de"
                >Cascales</persName> en dicho folio: «archipoeta de Córdoba», Epístola VIII, f. 29v
              (1634_carta-cascales-tribaldos); nótese que la puntualización «página 2» –esto es, el
              vuelto del folio– especificada por Angulo se refiere verdaderamente al f. 29 y no al
              37, como da la impresión a primera vista. O bien Angulo está pensando en un comentario
              vertido por <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName>
              en el folio de marras acerca de la unanimidad en el reconocimiento de los méritos de
              Góngora: «ha ilustrado la poesía española a satisfacción de todo el mundo; […] ha
              enriquecido la lengua castellana con frases de oro, felicemente inventadas y
              felicemente recibidas con general aplauso», Epístola X, f. 29v (1634_cascales-villar);
              de manera que, en ese caso, Angulo estaría usando la referencia al f. 29 para
              apuntalar lo que él mismo sostiene inmediatamente antes, no lo que afirma a
              continuación.</note>. Ni menos por oponerme a sus buenas letras de vuestra merced,
            donde es forzoso quedar yo vencido, pues a juicio de muchos (y si el mío vale, confieso
            lo mismo) hace coro de por sí en esta facultad; sino porque alguno de los aficionados de
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> o no se rinda al
            recelo que le puede causar la autoridad de vuestra merced en lo que propone contra estos
            poemas, o no lamente que, muerto su autor<note place="bottom"> Esta referencia nos
              obliga a establecer el año 1627 como <hi rend="i">terminus a quo</hi> de, al menos,
              parte de la primera <hi rend="i">Epístola satisfactoria. Vid</hi>. el estudio
              preliminar a esta edición.</note>, que tantos amigos tuvo y aficionados tiene, no haya
            alguno que satisfaga estas objeciones. A él le tocaba hacerlo si fuera vivo y a mí, por
            su aficionado, estando ya muerto. Y a vuestra merced le toca el consejo de <persName
              type="authority">Adriano VI</persName>, Pontifex Maximus, referido de <persName
              type="authority">Luis Vives</persName>, <title>De tradendis disciplinis</title><note
              place="margin"> lib. 5</note>, capítulo <hi rend="i">De uita et moribus
              eruditi</hi><note type="app" rend="I">
              <hi rend="i">Em.: eruditis</hi>.</note>: <quote><hi rend="i">de uiuis
              enim </hi></quote>(dice)<quote><hi rend="i"> censendum cautius, de mortuis
                reuerentius</hi></quote><note place="bottom">
              <persName type="authority">Luis Vives</persName>, <title>De tradendis disciplinis</title>, V,
                «<hi rend="i">De uita et moribus eruditi</hi>»: «<hi rend="i">de uiuis censendum
                cautius, de mortuis reuerentius</hi>» («de los vivos se ha de opinar más
              precavidamente, de los muertos, más reverentemente»). La cita se localiza, por
              ejemplo, en la p. 393 de la ed. de Colonia: 1532.</note>.</p>
          <p>Y porque mi ánimo no es deslucir (cuando fuese posible) los méritos y grandes estudios
            de vuestra merced, antes, reconocido inferior a ellos, recibiré amigablemente la
            corrección de este discurso. Para responder a los <pb n="f. 2r"/> de vuestra merced, no
            me valdré de ajenas autoridades donde no fueren muy precisas, sino de las mismas
            conclusiones y doctrina de sus cartas, citando folio y página para proceder con toda
            legalidad. Y si en satisfacer no consiguiere mi intento por mi poca suficiencia y porque
            le hace muy dificultoso el ser opuesto al de tan erudito sujeto como vuestra merced,
            diré con <persName type="authority">Propercio</persName>, libro 2, elegía 10:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Quod si deficiant</hi><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: defitiant</hi>.</note><hi rend="i">uires, audacia certe</hi></l>
            <l><hi rend="i">laus erit: in magnis et cogitasse sat est</hi><note place="bottom">
                <persName type="authority">Propercio</persName>, <title>Elegías</title>, II, X, vv. 5-6: «en
                los asuntos importantes, el haberlos ideado ya es suficiente».</note>.</l></quote>
          <div>
            <head rend="center">Número 1.</head>
            <p>En el folio 29, página 2, da principio vuestra merced a la Epístola 8 como gracejando
              con un cuento del sacristán de Paulenca y, después de haberlo aplicado ni bien ni
                mal<note place="bottom"> «Había en Paulenca, una de las villas de la ínclita
                Granada, un sacristán, si tosco por el lugar de nacimiento, hombre de humor por
                lúcidos intervalos, que a veces le fatigaban. Éste, señor licenciado, estando un día
                en el campanario de su iglesia para tocar a las Ave Marías (costumbre santa de
                nuestra España), dio los primeros golpes con el compás ordinario; y viendo desde la
                torre toda la gente que estaba recogida en la plaza rezando descubierta, detúvose en
                el postrero golpe un gran rato, y dijo a un compañero suyo: “¡Hola, mira cómo te los
                tengo!”. A fe de hombre de bien que me parece que el archipoeta de Córdoba (<hi
                  rend="i">quem honoris gratia nomino</hi>) ha querido representar estos días al
                sacristán de Paulenca, teniendo con su buen capricho a los más poetas de España
                descaperuzados, aguardando que dé la tercera campanada. No digo yo que este humor es
                natural en él, sino que ha sido <hi rend="i">eutrapelia</hi> y rato de
                entretenimiento, arrojando la capa capitular por el ameno prado, para desenfadarse
                del continuo coro, gustando de dar papilla a los demás poetas…», Epístola VIII, f.
                29v (1634_carta-cascales-tribaldos). Me pregunto qué esconden las últimas
                insinuaciones de <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de"
                  >Cascales</persName>: quizás se refieran a que Góngora compuso su poemas mayores
                una vez liberado de sus obligaciones como canónigo después de nombrar coadjutor de
                su ración a su sobrino Luis de Saavedra y Góngora, o tal vez vienen a indicar que
                muchos años después de aquellos sucesos, aún persistían en los mentideros las
                acusaciones que recayeron sobre Góngora, racionero capitular ya por aquel entonces,
                a raíz de la visita del obispo Pacheco al cabildo catedral de Córdoba entre octubre
                de 1588 y junio de 1589, y las consecuentes sanciones por faltas leves, como el
                absentismo del coro («arrojando la capa capitular por el ameno prado, para
                desenfadarse del continuo coro…», dice <persName type="polemist"
                  key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName>). Dichas noticias fueron
                publicadas y analizadas por Alonso (1982l), si bien han sido valoradas recientemente
                desde otra perspectiva por Paz (2015).</note>, hace inventario de los defectos que
              atribuye a estos poemas y dice: <quote>que es nueva secta, ciega, enigmática y
                confusa, engendrada en mal punto y nacida en cuarta luna</quote><note place="bottom"
                > Epístola VIII, f. 29v (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. Bien dijera vuestra
              merced si los probara o con razón, si no invencible, probable o con ejemplo aplicado
              fielmente o con autoridad y su directo sentido, como lo debe hacer cualquier autor,
              porque <pb n="f. 2v"/> la gloria suya no está en lo que escribe, sino en lo que
              prueba. Y a la proposición que vuestra merced no hubiere calificado con alguna de
              estas tres, ella misma responde, aun cuando no la diera por nula vuestra merced con lo
              que inmediatamente dice en abono de las obras de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, de esta suerte: <quote>que ha ilustrado
                la poesía española a satisfacción del mundo y enriquecido la lengua castellana con
                frases de oro, felizmente inventadas y felizmente recibidas con general
                aplauso</quote><note place="bottom"> Epístola VIII, f. 29v
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>.</p>
            <p>Junta vuestra merced tan de ordinario el vituperio con la alabanza de las obras de
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, que parece que
              con esta solicita para aquel mayor aplauso o que no se quiere mostrar parte en lo uno
              ni en lo otro, pues admirándose dice <quote>que hombre tan singular como el que ha
                escrito con elegancia y lisura, con artificio y gala, con novedad de pensamientos y
                con estudio sumo lo que ni la lengua puede encarecer ni el entendimiento acabar de
                admirar atónito y pasmado<note place="bottom"> Epístola VIII, f. 29v
                  (1634_carta-cascales-tribaldos). Aunque Angulo la da en cursiva, la construcción
                  «que hombre tan singular como el que…» no está en el pasaje de <persName
                    type="polemist" key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName> evocado aquí;
                  por tanto se trata de un añadido deliberado y, sin duda, interesado, si bien es
                  cierto que cuatro líneas más arriba de este fragmento el murciano se refiere a
                  Góngora como «un ingenio tan divino», sintagma que actúa también como sujeto del
                  verbo «ha escrito», presente en la cita que glosa esta nota.</note>. Y con esta
                ponderación en alabanza de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                  Luis</persName> hace fundamento a lo que continuadamente duda, diciendo <quote>que
                  había de salir ahora con ambagiosos</quote><note place="bottom"> «Lleno de
                  ambigüedades, sutilezas y equívocos» (<hi rend="i">DRAE</hi>).</note> hipérbatos y
                un estilo fuera de todo estilo y una lengua llena de confusión, que parece todas las
                de Babel juntas, <pb n="f. 3r"/> dadas para cegar el
                entendimiento</quote><note place="bottom"> Epístola VIII, f. 29v
                (1634_carta-cascales-tribaldos). Falta en la cita de Angulo la coletilla que cierra
                el párrafo en el texto original: «y castigar los pecados de Nembrot». Dicha
                supresión resulta interesante, pues parece demostrar que Angulo percibió que la
                intención de <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de"
                  >Cascales</persName> al nombrar a Nembrot (o Nemrod, o Nimrod) fue, en mi opinión,
                equiparar la arrogante osadía poética de Góngora con la delirante prepotencia del
                nieto de Cam, bisnieto de Noé (<title>Génesis</title> 10, 8-12) y constructor de la
                torre de Babel para rivalizar con el mismísimo Yahvé, según algunas tradiciones
                extrabíblicas. Así, Angulo habría optado por prescindir de una insinuación que
                podría resultar comprometida para su defendido, desde el punto de vista literario y
                también desde la perspectiva de la sociología religiosa. Estudia las supuestas
                analogías entre el mito babélico y la poética gongorina Palenzuela (2000:
                137-158).</note>. Pues, ¿qué mayor vituperio?, ¿cómo, pues, se ha de entender lo que
              vuestra merced quiere que se entienda?</p>
            <p>No causaran novedad esta admiración y esta duda que parece se contradicen, si fuera
              vuestra merced de los que censuran las obras ajenas a fin de calumniar no más, porque
              estos, en derramando el veneno de su intención, procuran con sumiso estilo recogerle
              por lo negativo y piadoso, aunque saben que, después de incitados los ánimos, que o
              mal recatados del engaño o poco sabidos en las materias se dan a la fácil
              creencia,</p>
            <quote><l><hi rend="i">nequit uox missa reuerti</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, v. 390: «[…]
                    <hi rend="i">nescit uox missa reuerti</hi>» («la palabra que se deja escapar
                  no sabe el camino de vuelta»; Horacio 2008: 406). Angulo maneja una conocida
                  variante del verso horaciano, cuya traducción vendría a ser ‘la palabra que se
                  deja escapar no puede volver’.</note>,</l></quote>
            <p>como a otro intento dijo <persName type="authority">Horacio</persName> en su
                <title>arte</title>. Mas se les respondiera por parte de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> lo que dijo <persName type="authority"
                >Séneca</persName>, <title>De remediis fortuitorum</title>, por los que calumnian:
                  <quote><hi rend="i">male de te loquuntur</hi></quote>. Y responde: <quote><hi
                  rend="i">non de me loquuntur, sed de se. Faciunt non quod mereor, sed quod solent.
                  Quibusdam enim canibus sic innatum est ut non pro feritate, sed pro consuetudine
                  latrent</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: non de me loquuntur, sed de se, fatiunt non quod mercor, sed
                    quod solent, quibusdam enim canibus sic innatum est, ut non pro ueritate sed pro
                    consuetudine latrent</hi>.</note><note place="bottom">[<persName type="authority"
                    >Séneca</persName>], <title>De remediis fortuitorum</title>, VII: «<hi rend="i">Non
                    de me loquuntur, sed de se.</hi>
                  <hi rend="i">Male de te loquuntur. Bene nesciunt loqui. Faciunt
                    non quod mereor, sed quod solent. Quibusdam enim canibus sic innatum est ut non
                    pro feritate, sed pro consuetudine latrent</hi>» («No hablan de mí, sino de
                  ellos mismos. “Hablan mal de ti”. No saben hablar bien: hacen no lo que merezco,
                  sino lo que acostumbran. Pues para ciertos perros es algo innato ladrar no por
                  fiereza, sino por costumbre»). Hasta finales del s. XVI, no se comenzó a plantear
                  que el <hi rend="i">De remediis</hi> fuese apócrifo –Quevedo lo tradujo como obra
                  de Séneca–, aunque hoy día se ha vuelto a incluir en el corpus senequiano, a raíz
                  de las investigaciones de Newman (1988). Para la recepción de Séneca en España,
                    <hi rend="i">vid</hi>. Blüher (1983).</note>. Pero no se debe presumir tal
                imperfección en vuestra merced, cuando vemos que se precia en el folio 41, página 2,
                  <quote>que nació con tan buen alma y pecho sincero</quote><note place="bottom">
                  <title>Cartas filológicas</title>, Década segunda, Epístola I («Al doctor Salvador
                  de León»), f. 41v (García Soriano 1952: 13).</note>. Y que en el folio 6, lamenta
                así por los <pb n="f. 3v"/> autores: <quote>quién los corrige </quote>(dice)<quote>
                  y por ventura los deprava</quote>, etc. y <quote>el pobre autor lo padece en su
                  opinión y en su honra</quote><note place="bottom"> «Quien escribe sus conceptos no
                  los puede defender: quién los corrige, o por ventura deprava; quién los condena,
                  quién los alancea; y el pobre autor lo padece en su opinión y en su honra»,
                    <title>Cartas filológicas</title>, Década primera, Epístola II («Al doctor don
                  Diego de Rueda, arcediano de la santa Iglesia de Cartagena»), f. 6r-6v (García
                  Soriano 1961: 40).</note>. La razón está de parte de vuestra merced, ora sea o no
                afecto a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>,
                porque si lo es (como creo), no le había de procurar perturbar el aplauso general
                que le confiesa ni la opinión (ya ciencia en lo más) tan merecida<note type="app"
                  rend="I">
                  <hi rend="i">Em</hi>.: merecido.</note> por sus trabajos. Y si no le es afecto, no
                le excusa la alabanza con su no merecida emulación, que crece con ella, según <persName
                  type="authority">Lipsio</persName>, 2, <title>De constantia</title>, al fin del
                capítulo 8: <quote><hi rend="i">ut enim</hi> </quote>(dice)<quote> <hi rend="i">
                    aromata longe lateque odorem emittunt, si teras, sic uirtutis fama diffunditur,
                    si premas</hi></quote><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: praemas</hi>. </note>
              </quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Justo Lipsio</persName>, <title>De constantia</title>, II, VIII:
                «en efecto, así como los aromas exhalan su perfume larga y anchamente si los frotas,
                así se difunde la fama de la virtud si la acosas». La misma cita, y en un contexto
                parecido, aparece en el comentario del anónimo antequerano (1618_defensa-soledad):
                este argumento de autoridad, que no pertenece a una obra de índole preceptiva o
                teórico-literaria y que, por ello, cuenta <hi rend="i">a priori</hi> con menos
                papeletas para aparecer repetido en diferentes textos polémicos, nos proporciona un
                buen ejemplo del trasiego de lugares comunes eruditos entre los participantes en la
                controversia.</note>.</p>
            <p>El símil de Babel agradezco mucho a vuestra merced, porque, aunque le trae para
              prueba de la confusión que juzga en el estilo de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, es muy ajustado a mi intento, sabido el
              secreto del milagro. Y es que Dios confundió a los de aquella torre, no con darles
              lenguaje confuso, sino haciendo que en el mismo suyo ellos se confundiesen, tomando
              piedra por agua y agua por piedra. Y esta fue la grandeza del milagro<note
                place="margin"> Genes. 11 Cornel. a Lapid. Martín del Río Benedicto Pererio</note>,
                <hi rend="i">que no lo fuera tanto confundirse hablando en lengua que no
                sabían</hi><note place="bottom"> Angulo alude al <title>Génesis</title> 11, 1-9; y
                el resto de fuentes aludidas deben de ser: <persName type="authority">Cornelio a
                  Lápide</persName>, SI, <title>Commentaria in Pentateuchum Mosis</title>, XI «<hi
                  rend="i">Primo: Exstruitur turris Babel. Secundo: Lingua diuiduntur et gentes
                  disperguntur</hi>…» (pp. 128-134 en la ed. de Amberes: herederos de Martín Nuncio
                y Juan Meursio, 1616; hubo varias reediciones en el siglo XVII); <persName
                  type="authority">Martín Antonio del Río</persName>, SI, <title>Adagialia sacra ueteris
                  et noui testamenti</title>, «<hi rend="i">Ex Genesi</hi>», «<hi rend="i">Culmen
                  pertingat ad caelum</hi>» (pp. 18-19 en la ed. de Lyon: Horacio Cardón, 1612);
                  <persName type="authority">Benito Pereira</persName>, SI, <title>Secundus tomus
                  commentariorum et disputationem in Genesim</title>, XVI, «<hi rend="i">De
                  aedificatione turris Babel, de confusione ac diuisione linguarum ac dispersione
                  hominum</hi>» (pp. 470-534 en la ed. de Lyon: <hi rend="i">ex officina</hi>
                <emph>Giunta</emph>, 1593). No parece que el enunciado en cursiva que cierra este
                razonamiento sea una cita libresca más o menos literal (ninguna de las referencias
                bibliográficas de esta nota marginal –posibles fuentes de esa hipotética cita– están
                escritas en lengua romance), por lo que debe de tratarse de un cliché o una
                reformulación/traducción personal de conceptos o expresiones de conocimiento
                general, que Angulo da en cursiva, siguiendo un <hi rend="i">modus operandi</hi>
                similar al que se observa en las <title>Epístolas</title> cuando dice: «<hi rend="i"
                  >la poesía es un arte de imitar con palabras</hi>» (f. 10v), «<hi rend="i">no se
                  usa ni se ha usado</hi>» (f. 11r), «<hi rend="i">no hay prueba de no</hi>» (f.
                13r), «<hi rend="i">sigo virtudes, huyo daños</hi>» (f. 27v) o «<hi rend="i">caos
                  con dos</hi> y a <hi rend="i">zodiaco con flaco</hi>» (f. 51r), entre
                otras.</note>. Aplico el símil: las <title>Soledades</title> de <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> y el
                <title>Polifemo</title> no están confusas ni hablan <pb n="f. 4r"/> en lenguas
              diferentes, sino en la suya materna; sino que la envidia o malicia de los que les pesa
              de su lauro, no pudiendo igualarle, o que por imitarle inventan varias lenguas en
              confusos poemas, los ha confundido en la misma suya por parte del sujeto inficionado
              con alguna de estas dos causas, si no con la de su ignorancia<note place="bottom"> En
                este párrafo, Angulo está parafraseando, sin citar la fuente, el siguiente fragmento
                de la <title>Respuesta</title> de Góngora, de 1615: «al ramalazo de la desdicha de
                Babel, aunque el símil es humilde, quiero descubrir un secreto no entendido de Vm.
                al escribirme: no los confundió Dios a ellos dándoles lenguaje confuso, sino en el
                mismo suyo ellos se confundieron, tomando piedra por agua y agua por piedra, que esa
                fue la grandeza del milagro. Yo no envío las Soledades confusas, sino la malicia de
                las voluntades en su mismo lenguaje halla confusión por parte del sujeto
                inficionado» (Daza 2011: 286). Góngora respondía así a la <title>Carta escrita a don
                  Luis de Góngora [por un amigo suyo] en razón de las «Soledades»</title>, de 1615:
                «y como ni en estas [latín, griego, vulgar] ni en las demás lenguas del Calepino no
                están escritos los tales soliloquios, y se cree que vuesa merced no ha participado
                de la gracia de Pentecostés, muchos se han persuadido que ha alcanzado algún
                ramalazo de la desdicha de Babel» (1615_carta-amigo-gongora); por tanto, la idea de
                comparar el marasmo lingüístico gongorino con la catástrofe idiomática en que derivó
                el desafío babélico no es original de <persName type="polemist"
                  key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName>. Para un estudio de la relación
                de la polémica gongorina con estas cuestiones, <hi rend="i">vid</hi>. Pérez Martínez
                (2013) y en menor medida, Palenzuela (2000: 137-158).</note>.</p>
            <p>Y si quiere vuestra merced (en otra opinión<note place="margin"> Filon. s. Jeron. s.
                Aug. Origen. Abulen.</note> no menos seguida de los santos y doctores<note
                place="bottom"> Las referencias eruditas aducidas implícitamente aquí por Angulo
                deben de ser: [<persName type="authority">Filón de Alejandría</persName>], <title>Philonis
                  Iudaei... Operum, quotquot ad hunc diem haberi potuerunt. Tomus prior. Interprete
                  Sigismundo Gelenio, Ioanne Christophorsono et Ioanne Voeuroe</title>…, «<hi
                  rend="i">De confusione linguarum</hi>» (pp. 278-303 en la ed. de Lyon: Antonio
                Vicencio, 1561); [<persName type="authority">San Jerónimo</persName>], <persName
                  type="authority">Erasmo Desiderio</persName>, ed., <title>Quaestiones hebraicae in
                  Genesim</title>, en <title>Opera omnia Diui Eusebii Hieronymi
                Stridonensis</title>, t. III (f. 69r-80r en la ed. de Basilea: Jerónimo Froben,
                1516-1520); <persName type="authority">San Agustín</persName>, <title>De Ciuitate Dei libri
                  XXII</title>, XVI, V «<hi rend="i">De descensione Domini ad confundendam linguam
                  aedificantium turrim</hi>» (cols. 984-985 en la ed. de París: s. i., 1613); [<persName
                  type="authority">Orígenes</persName>], <title>Origenis Adamantii, eximii scripturarum
                  enarratoris homiliae in Genesim interprete Rufino Aquileiensi</title>, en
                  <title>Origenis Adamantii eximii scripturarum interpretis opera, quae quidem
                  extant omnia</title> (pp. 1-62 en la ed. de Basilea: Jerónimo Froben, 1536);
                  [<persName type="authority">Alfonso Fernández de Madrigal</persName>, <persName
                  type="authority">el Tostado</persName> o <persName type="authority">el Abulense</persName>],
                  <title>Alphonsi Tostati Hispani Episcopi Abulensis… Commentaria in
                Genesim</title>, XI «<hi rend="i">De aedificatione Babel et confusione
                  linguarum</hi>…» (f. 53v-61r en la ed. de Venecia: hermanos Juan Bautista y Juan
                Bernardo Sessa, 1596; hubo reediciones en el siglo XVII, como Colonia: 1613 o
                Venecia: 1615).</note>) que esta confusión o esta maravilla procediese de haber Dios
              borrado de la memoria de los de la Torre la lengua que era propia y una en todos,
                infundiéndoles<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: infundiéndolas.</note> otras diferentes, estas de voces
              nuevas se habían de componer, claro es. Pero vuestra merced dice (como veremos en el
              Número 5) <quote>que la oscuridad de estos poemas de don Luis no nace de las voces
                nuevas que tiene</quote><note place="bottom"> Aunque este enunciado dispuesto por
                Angulo en cursiva, a modo de cita literal, no aparece tal cual en las <title>Cartas
                  filológicas</title>, sí es cierto que el pasaje original en el que parece
                inspirarse viene a decir aproximadamente lo mismo: «¡harta desdicha que nos tengan
                amarrados al banco de la obscuridad solas palabras! Y ésas, no por ser antiguas, no
                por ser inauditas, no por ser ficticias, no por ser nuevas o peregrinas», Epístola
                VIII, f. 33r (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. Luego el símil alegado a mi
              propósito es, pues faltando estas voces a los poemas y sobrando en Babel, no será una
              la confusión de este y de aquellos.</p>
            <p>Continúa vuestra merced su dictamen persuadido a que <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> no pudo escribir por buenas estas obras,
              sino para prueba de su ingenio y abobar los ajenos<note place="bottom"> Angulo remite
                a estas palabras de <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de"
                  >Cascales</persName>: «¿es posible, poetas, que no habéis conocido que esto ha
                sido hecho, o para prueba de su ingenio, como inventó Ausonio los versos monosílabos
                y se inventaron antes los ropálicos y los leoninos, no porque ellos sean buenos,
                sino para probar las fuerzas y caudal propio, o para reírse de vosotros, pues quiere
                a fuerza de ingenio, con estas ilusiones haceros recibir por bueno lo que él conoce
                ser malo, vicioso y detestable?», Epístola VIII, f. 30r
                (1634_carta-cascales-tribaldos). Una acusación similar a esta había llovido a
                Góngora a través de la temprana <title>Carta escrita a don Luis de Góngora [por un
                  amigo suyo] en razón de las «Soledades»</title>: «otros entienden que vuesa merced
                ha inventado esta jerigonza para rematar el seso de Mendoza. […] La segunda, por
                corregir el vicio que introduciría entre muchachos, que procurarán imitar el
                lenguaje de estos versos, entendiendo que vuesa merced habla de veras en ellos»
                (1615_carta-amigo-gongora).</note>, y dice<note place="margin"> fol. 30</note>:
                <quote>y si acaso (lo que no pienso) habla de veras, confesaré de </quote><pb
                n="f. 4v"/><quote> plano o que yo he menester purgarme con las tres anticiras<note
                  type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: anticidas</hi>.</note> de Horacio o él va totalmente fuera de
                trastes</quote><note place="bottom"> Epístola VIII, f. 30r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. A esta proposición disyuntiva respondiera
              concediendo la primera parte cuanto a la purga, pues vuestra merced la confiesa de
              plano, si no fuera tan notorio cuán libre está de la enfermedad que <persName
                type="authority">Horacio</persName>, en la sátira 1 del libro 2 de sus
                <title>Sermones</title>, atribuye reprehendiendo a un miserable a quien juzga tan
              incurable de ella que no solo era necesario aplicarle el eléboro, hierba contra su mal
              que se criaba en la isla de Anticira<note place="bottom"> Ciudad de la región griega
                de la Fócide, situada en la costa del golfo de Corinto. Fue célebre en la antigüedad
                por su producción de una hierba medicinal conocida como eléboro, que era utilizada
                como remedio curativo para los dementes. Según algunas tradiciones mitológicas, fue
                fundada por el héroe mítico Anticireo, quien curó con la citada planta la locura que
                Hera produjo a Hércules y que lo arrastró a matar a su mujer y sus hijos.</note>,
              sino con toda la isla duda que sane. Y dice:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Danda est helebori multo pars maxima auaris</hi>:</l>
              <l><hi rend="i">nescio an Anticiram ratio illis destinet omnem</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Sátiras</title>, II, 3, vv. 82-83:
                  «la dosis más grande –y con mucho– de eléboro hay que dársela a los avaros, y
                  hasta no sé si el buen sentido no guardará para ellos una Antícira entera»
                  (Horacio 2008: 149). Difiere la numeración del poema ofrecida por Angulo
                  (¿errata?).</note>.</l></quote>
            <p>Pero vuestra merced se impone la pena de ser de los incurables de este achaque si no
              fuese <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>
              <quote>fuera de trastes</quote>, pues le parece que había menester para purgarse las
              tres Anticiras que receta <persName type="authority">Horacio</persName> en su
                <title>Arte</title> a los poetas sin aliño:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Si tribus Anticyris caput insanabile nunquam</hi></l>
              <l><hi rend="i">tonsori Licino commiserit</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: Si tribus anticiris caput insanabile nunquam</hi> / <hi rend="i"
                    >tonsori Licino commisserit</hi>.</note><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, vv. 300-301:
                  «[alcanzarán el honor de que se les llame poetas] si nunca confían a Lícino, el
                  peluquero, esas cabezas suyas, que ni tres Anticiras lograrían curar» (Horacio
                  2008: 401).</note>;</l></quote>
            <p>que este es el lugar que vuestra merced juntó con el primero y así cesaré en este
              intento, procurando solo que el de este discurso manifieste quién es el que va fuera
              de trastes y pruebe <pb n="f. 5r"/> que no es <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, y sea respuesta negativa a la segunda
              parte de esa proposición de vuestra merced; o señale en qué parte de sus obras va y
              por qué <quote>fuera de trastes</quote>
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, si dice<note
                place="margin"> fol. 33 pag. 2</note> que <quote>es el cisne que mejor ha cantado en
                nuestras riberas</quote><note place="bottom"> Epístola X, f. 37v
                (1634_cascales-villar).</note>. Pero cuando le hubiera hallado algún descuido, se le
              debía disimular y compensar con las muchas galas, agudezas y novedades que tiene<note
                place="bottom"> Aparición vaga y fugaz de un tópico crítico tomado de una epístola
                de Plinio el Joven y que afloró en varios textos de la polémica: los
                  <title>Discursos apologéticos</title> de Díaz de Rivas (1616_discursos-díaz), el
                  <title>Discurso poético</title> de Jáuregui (<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/"
                  >1624_discurso-poético</ref>) o la <title>Ilustración y defensa</title> de Salazar
                Mardones (1636_ilustracion-piramo), por ejemplo. <hi rend="i">Vid</hi>. Núñez
                Cáceres (1985) y Von Prellwitz (1997, esp. 30-32).</note>, y decir por ellas lo que
                <persName type="authority">Poliziano</persName> a Fósforo<note place="margin"> lib. 12
                Epist.</note>: <quote><hi rend="i">non fuisse "isthaec" 
              errata, sed parum intellecta, quae mihi errata
                uideantur</hi></quote><note place="bottom"> La posible fuente es: Ángelo <persName
                  type="authority">Poliziano</persName>, <title>Opera quorum primus hic tomus
                  complectitur Epistolarum libros XII</title>…, XII, epístola «<hi rend="i"
                  >Phosphoro pontifici Signino</hi>» (p. 432 en la ed. de Lyon: Sebastián Gryphe,
                1536): «que eso no ha sido un error, sino algo mal entendido que a mí me ha parecido
                un error». En realidad, la epístola citada por Angulo no es de Poliziano, sino de
                Hermolao Bárbaro.</note>.</p>
            <p>De los efectos de esta enfermedad juzga vuestra merced, no justamente, tocado a
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> no solo, pero
              quiere sea de contagio para sus aficionados, pues resuelve<note place="margin"> fol.
                39 pag. 2</note>: <quote>este en fin es un humor grueso que se le ha subido a la
                cabeza al autor de este ateísmo y a sus sectarios<note place="bottom"> Epístola X,
                  f. 39v (1634_cascales-villar). Esta andanada de Cascales suscita una dolida
                  reacción de Angulo, expresada en el pasaje siguiente, donde le afea a su
                  contrincante que, para menospreciar la obra de Góngora, injurie su persona y buen
                  nombre, y cometa la «temeridad» de mezclar su censura con acusaciones de índole
                  religiosa, asunto extremadamente sensible en una época muy marcada por las
                  consecuencias sociológicas y doctrinales del cisma protestante, y entre ellas,
                  especialmente, la persecución inquisitorial. Lo cierto es, sin embargo, que esa
                  actitud observada en Cascales no representa un caso aislado en la polémica
                  gongorina, durante la que el cultismo fue presentado frecuentemente como una
                  amenazante epidemia para la nación, con unos efectos semejantes a los de la
                  herejía, palabra con la que se refiere a la nueva poesía, por ejemplo, Jáuregui en
                  su <title>Discurso poético</title> (<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/"
                    >1624_discurso-poético</ref>). El propio término <hi rend="i">culteranismo</hi>,
                  que, según dice Lope en <hi rend="i">La Circe</hi>, fue invención de <persName
                    type="authority">Bartolomé Jiménez Patón</persName> e hizo fortuna a partir de los
                  años veinte del siglo XVII (<hi rend="i">vid</hi>. Madroñal 2004), parece ser el
                  resultado de la fusión de los vocablos <hi rend="i">culto</hi> y <hi rend="i"
                    >luterano</hi>, de manera que a su evidente carga peyorativa y ridiculizadora,
                  se une una maliciosa asimilación entre el carácter pernicioso y disidente de los
                  movimientos heréticos y el de los nuevos modos poéticos. <hi rend="i">Vid</hi>.
                  Rodríguez Garrido (2010). Véase <ref xml:id="ref1" target="ref2"
                  >infra</ref>.</note>. Impugnar los escritos, refutar las opiniones, no sentir bien
                y aun decir mal unos de lo que otros autores escriben, permitido es, y aunque les
                cause algún sentimiento, no les ofenden; pero intentar deslucir (bien que en vano)
                la persona, y más de tantas partes y méritos como <persName type="polemist"
                  key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, no puede ser demostración que concluya
                contra sus poemas, antes sí temeridad que no la publicara yo, si vuestra merced no
                hiciera tan manifiesta confesión <pb n="f. 5v"/> de ella, pues dice por los
                defectos que acumula a estas obras<note place="margin"> fol. 34</note>: <quote>ceso,
                  porque me ocupo en cosa más temeraria que gloriosa</quote><note place="bottom">
                  Epístola VIII, f. 34r (1634_carta-cascales-tribaldos). El arranque de la cita
                  –«ceso, porque me ocupo…»– es de la cosecha de Angulo, quien, al eliminar el «yo
                  me canso perdiendo el tiempo, joya preciosísima» original, aminora de cara a sus
                  lectores el impacto de una de las afirmaciones recapituladoras y sentenciosas con
                  que Cascales remata su primera misiva antigongorina.</note>. Y a ser yo menos
                servidor de vuestra merced que aficionado de <persName type="polemist"
                  key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> (y soy<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em</hi>.: sey.</note> uno de los mayores), motivo me habían dado sus
                discursos para cortar la pluma algo delgada<note place="bottom"> Recuerda esta
                  desafiante advertencia de Angulo a una de cariz similar contenida en la
                    <title>Respuesta</title> de Góngora: «y agradezca Vm. que, por venir su carta
                  debajo de capa de aviso, no corto la pluma en estilo satírico, que yo le castigara
                  semejantes osadías, y creo que en él fuera tan claro como le ha parecido oscuro en
                  el lírico» (Daza 2011: 284).</note>, pero, cuando no el respeto debido<note
                  type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.</hi>: denido.</note>, me templara la doctrina que vuestra merced
                enseña diciendo<note place="margin"> fol. 18 y 60 pag. 2</note> que es regla de
                prudencia la moderación</quote><note place="bottom">
                <title>Cartas filológicas</title>, Década primera, Epístola IV («Al licenciado
                Jerónimo Martínez de Castro, capellán del obispo de Plasencia»), f. 18v (García
                Soriano 1961: 91). La nota al margen de Angulo debe de contener un error o errata,
                pues ni en el f. 60 ni en los adyacentes hallamos ninguna expresión a la que pueda
                referirse: quizás el lojeño tenga en mente la siguiente afirmación: «la regla de
                discreción que manda tener moderación en las cosas», <hi rend="i">Cartas
                  filológicas</hi>, Década segunda, Epístola VI («A don Juan de Saavedra, chantre de
                la santa Iglesia de Cartagena»), f. 69v (García Soriano 1952: 134).</note>. Y ya que
              teniendo tanta de la una, no usó vuestra merced de la otra, le seguiré en el consejo y
              no en el uso, porque estimo su amistad.</p>
            <p>Y si para defender estas proposiciones dijese vuestra merced (pues no le queda otra
              excusa) que el vituperio que atribuye es solo al <title>Polifemo</title> y
                <title>Soledades</title>, y la alabanza a las demás obras, no satisface, porque como
              habla contra la mayor, que es las <title>Soledades</title> (que habían de ser
                cuatro<note place="bottom"> Interesante referencia a las cuatro
                  <title>Soledades</title> proyectadas por Góngora: amplío mis observaciones acerca
                del asunto al anotar la segunda <title>Epístola satisfactoria</title> (<hi rend="i"
                  >vid. infra</hi>) y en el estudio introductorio. <hi rend="i">Vid</hi>. asimismo
                Daza (2018b y 2018a).</note> y no acabó la segunda), y el <title>Polifemo</title>,
              que es otra de las cuatro mayores que compuso <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, y esta y aquella, las primeras que le
              dieron el lauro de mayor poeta, claro es que pretendió vuestra merced arrastrar con
              estas el crédito de los demás poemas que guardan el mismo estilo, como son el
              <title>Panegírico</title>, la <title>Congratulatoria</title> <pb n="f. 6r"/>
                <note place="bottom"> Recibe ese nombre un poema de corte
                alegórico con la Religión y la Justicia por personajes, que, según parece, se recitó
                o representó como recibimiento solemne a Felipe III a su llegada al monasterio
                cacereño de Guadalupe, donde quiso hacer estación durante su viaje de vuelta desde
                Portugal a Madrid en octubre de 1619. Angulo relata, en la nota introductoria que
                presenta el poema en su ms. <title>Varias poesías</title> (la composición completa
                se copia entre los f. 5r-11r; la advertencia preliminar, en el f. 5r: es reproducida
                íntegra por Carreira [1998, t. IV: 35-36]), que la comunidad jerónima que regentaba
                el templo preparó para agasajar al monarca una barroca ceremonia, con arquitectura
                efímera e ingenio mecánico incluidos, en muestra de agradecimiento por la deferente
                visita del rey a la célebre y devota imagen mariana que allí se veneraba y se venera
                aún hoy. Esta <title>Congratulatoria</title> se imprimió como obra gongorina en
                  <title>Todas las obras de don Luis de Góngora en varios poemas</title> de Gonzalo
                de Hoces (Madrid: Imprenta del Reino, a costa de Alonso Pérez, 1633, f.
                142r-146v).</note> y las veinte y cinco octavas que son introducción a la comedia de
                <title>La gloria de Niquea</title><note place="bottom"> Es la <title>Comedia de la
                  gloria de Niquea y descripción de Aranjuez</title>, comedia cortesana caballeresca
                que se representó en el Real Sitio de Aranjuez en la primavera de 1622 con un
                grandioso despliegue de aparato escenográfico y músicas, contextualizada en unas
                fastuosísimas celebraciones regias con motivo del cumpleaños de Felipe IV: <hi
                  rend="i">vid</hi>. Chaves Montoya (1991) y Pedraza (1992). Está impresa, en
                efecto, con comentarios del poeta, en las <title>Obras de don Juan de Tassis, conde
                  de Villamediana</title> (Zaragoza: Juan de Lanaja y Quartanet, 1629, pp. 1-54),
                como reseña Angulo seguidamente. Las octavas presuntamente gongorinas asociadas a la
                  <hi rend="i">Niquea</hi> son copiadas por el lojeño entre los f. 166r-168v de su
                ms. <title>Varias poesías</title>.</note>, que salió impresa con las demás obras de
                <persName type="authority">don Juan de Tassis</persName>, <persName type="authority">conde de
                Villamediana</persName> (y aunque son de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, no ha faltado quien se atribuya propios
              estos dos poemas)<note place="bottom"> La atribución de estos poemas a Góngora está
                rodeada de enigmas y problemas. Carreira (1998g, t. IV: 35-62), tomando como base
                textual el ms. <title>Varias poesías</title> de Angulo, incluye la
                  <title>Congratulatoria</title> en su edición de los romances gongorinos como pieza
                atribuida, aunque señala que el <title>Escrutinio</title> niega taxativamente la
                autoría de Góngora: «lo certíssimo sí, que no es de <persName type="polemist"
                  key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>», <hi rend="i">ibidem</hi> (36). Alonso
                (1982c: 430-434 y 437-447) se ocupó también del asunto: respecto a la paternidad de
                la <title>Congratulatoria</title>, tras un repaso de los pros y los contras, Alonso
                solo puede concluir que, por sospechosa y huérfana de datos sólidos que la
                corroboren, «queda en el aire» (434); en cuanto a las octavas de la <hi rend="i"
                  >Niquea</hi>, Alonso demuestra, entre otras cosas, que están salpicadas de calcos
                de versos gongorinos, por lo que afirma que «hay algunas razones objetivas que nos
                fuerzan a considerar como poco verosímil la atribución a Góngora del prólogo
                alegórico de <hi rend="i">La Gloria de Niquea</hi>» (446). Antes que Dámaso, Reyes
                (1958a y 1958b) sopesó también la cuestión de si esas octavas exordiales podían ser
                de Góngora y no se mostró ante tal posibilidad tan reticente como el gongorista
                madrileño. Véase <ref xml:id="ref3" target="ref4">infra</ref>.</note>. La razón es
              porque vuestra merced no dice mal de ellos por tales poemas <hi rend="i"
                >reduplicatiue</hi>, como dice el lógico, esto es, por el metro o el asunto de
              ellos, sino por de tal <quote>estilo oscuro</quote> (como veremos). Luego no
              satisface, que si usó el mismo en otros poemas <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, de todos dice mal vuestra merced.</p>
            <p>Y si instare que su ánimo fue reprobar el estilo del <title>Polifemo</title> y
                <title>Soledades</title> y no el que usó <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> en otros poemas que antes de estos
              compuso y lo probase vuestra merced con lo que dice<note place="margin"> fol.
                40</note>
              <quote>que si don Luis se hubiera quedado en la magnificencia de su primer estilo,
                hubiera puesto su estatua en medio de la Helicona</quote><note place="bottom">
                Epístola X, f. 40r (1634_cascales-villar).</note>, menos se defiende, porque casi en
              todas las demás partes de sus cartas donde trata vuestra merced de este punto, habla
              en general contra el estilo de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName>, no contra el primero de las primeras obras, que loa, ni contra el
              de las segundas, que reprueba. Demás que el de las unas y las otras está adornado de
              metáforas <pb n="f. 6v"/> y transposiciones, que es lo que vuestra merced condena,
              como veremos en el Número 2 y 3<note place="margin"> Num. 2 y 3</note>. Pero probemos
              que las usó, y no pudo menos, para que se verifique lo que dice vuestra merced:
                <quote>que el primer estilo suyo tiene magnificencia</quote><note type="app"
                rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: magnificiencia.</note>. Porque esta resulta de las
              transposiciones y metáforas, sin que lo diga<note place="margin"> lib. 8 c. 3 y
                6</note>
              <persName type="authority">Quintiliano</persName><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, III «<hi rend="i">De ornatu</hi>» y VI «<hi rend="i">De tropis</hi>».</note>,
              como veremos<note place="margin"> Num. 2 y 3</note> adelante<note place="bottom"> Se
                refiere a los capítulos segundo y tercero de esta <hi rend="i">Epístola</hi>
                primera.</note>. Luego ni satisface vuestra merced ni defiende que no las condena
              todas. Pero respondido a lo que expresamente opone al <title>Polifemo</title> y
                <title>Soledades</title>, lo quedará vuestra merced a lo que tácitamente puede
              desear que se crea de los demás poemas que les imitan, antes o después compuestos por
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>.</p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 2.</head>
            <p>Todo el tema de estas cartas de vuestra merced se resuelve en seis objeciones: tres
              afirmativas, dos negativas y una, digámosla, indiferente<note place="bottom"> Lo mismo
                que Angulo aquí hizo Pedro Díaz de Rivas al comenzar sus <title>Discursos
                  apologéticos</title>, es decir, establecer una lista con varios ítems para
                delimitar las críticas antigongorinas que se aprestaba a neutralizar: «unos por no
                estar versados en la lección de los poetas antiguos ni entender sus frasis tan
                llenas de tropos y tan remotas del lenguaje vulgar, otros por ser muy afectos a un
                estilo llano, cándido y fácil, preciándose de verdaderos imitadores de Garcilaso,
                condenan a ojos cerrados la obra del <hi rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i"
                  >Soledades</hi>; y sus objeciones en especial son estas: 1. Las muchas voces
                peregrinas que introduce. 2. Los tropos frecuentísimos. 3. Las muchas
                transposiciones. 4. La oscuridad de estilo que resulta de todo esto. Oponen también
                otras objeciones no pertenecientes al estilo nuevo, como: 5. La dureza de algunas
                metáforas. 6. La desigualdad del estilo en algunas partes. 7. El uso de palabras
                humildes entretejidas con las sublimes. 8. La repetición frecuente de unas mismas
                voces y frasis. 9. Algunas hipérboles y exageraciones grandes. 10. La longitud de
                algunos períodos. 11. La redundancia o copia en el decir» (1616_discursos-diaz).
                Angulo sistematiza en estos seis puntos los ataques de Cascales a la poética mayor
                gongorina: como es notorio, los reparos del murciano están en sintonía con las
                críticas expresadas contra Góngora por otros polemistas durante la controversia. <hi
                  rend="i">Vid</hi>. el estudio introductorio a la edición.</note>.</p>
            <p>La 1. Las transposiciones o hipérbatos o transtruecos.</p>
            <p>La 2. Las metáforas o translaciones.</p>
            <p>La 3. La oscuridad que de todo resulta.</p>
            <p>La 4. Que esta oscuridad no resulta de las voces nuevas.</p>
            <p><pb n="f. 7r"/> La 5. Que ni de la recóndita doctrina que tienen estos poemas.</p>
            <p>La 6. Que por la falta de los artículos queda vizcongada<note place="bottom"> La
                reproducción paródica del habla de los vizcaínos –esto es, de los vascos, por una
                antonomasia convencional en la época– se convirtió en un recurso tópico dentro de la
                literatura del Siglo de Oro, especialmente en el teatro, género en el que apareció
                frecuentemente desde el siglo XVI. Consistía en conseguir un efecto cómico y
                burlesco caricaturizando las incorrecciones lingüísticas, idiomáticas, en que
                incurrían los hablantes de vasco, que quedaron literariamente constituidos como
                personaje-tipo con unos rasgos muy concretos: <hi rend="i">vid</hi>. Legarda (1953)
                y Santos Domínguez (1983). Aparte de las <title>Cartas filológicas</title>, hay
                curiosamente otro texto de la polémica que recurre a esa consabida comparación,
                aunque en este caso sin una orientación antigongorina, sino todo lo contrario; hablo
                de la <title>Respuesta</title> de Góngora, uno de cuyos argumentos consiste en
                atacar al autor de la carta a la que replica acusándolo de redactarla fallidamente
                en estos términos: «y no sé en qué fuerzas fiado se atreve a escribirme una carta
                más que ingeniosa, atrevida, pues, queriendo cumular mil fragmentos de disparates
                como de diferentes dueños (de donde infiero los tuvo el papel), no supo
                organizarlos, pues están más faltos de artículos y conjunciones copulativas que
                carta de vizcaíno» (Daza 2011: 284). Sobre el vocablo usado por Angulo, «vizcongado»
                (cuando quizás cabría esperar «vascongado»), <hi rend="i">vid. </hi><ref
                  xml:id="ref5" target="ref6">infra</ref>
              </note> la oración en estas obras.</p>
            <p>Las cuatro primeras están donde dice vuestra merced<note place="margin"> fol. 33 pag.
                2</note>
              <quote>que estas obras de don Luis son oscuras no por la extrañeza de las voces nuevas
                y peregrinas, sino por dos causas: una, por la confusa colocación de voces; otra,
                por las continuas y atrevidas metáforas</quote><note place="bottom"> Epístola VIII,
                f. 33r-33v (1634_carta-cascales-tribaldos): donde Angulo dice «no por la extrañeza
                de las voces nuevas y peregrinas», Cascales escribe en realidad «no por ser
                inauditas, no por ser ficticias, no por ser nuevas o peregrinas».</note>. Y lo mismo
              casi, aunque por otro estilo, dijo vuestra merced antes<note place="bottom">
                Probablemente, Angulo se refiera a «¿qué otra cosa nos dan el
                  <title>Polifemo</title> y <title>Soledades</title> y otros poemas semejantes, sino
                palabras trastornadas con catacreses y metáforas licenciosas, que cuando fueran
                tropos muy legítimos, por ser tan continuos y seguidos unos tras otros, habían de
                engendrar obscuridad, intrincamiento y embarazo? Y el mal es que de sola la
                colocación de palabras y abusión de figuras nace y procede el caos de esta poesía»,
                Epístola VIII, f. 30v (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. La quinta objeción
              refiere así<note place="margin"> fol. 30 pag. 2 y fol. 32 fol. 34</note>: <quote>que
                la oscuridad de estos poemas no nace de su recóndita doctrina</quote><note
                place="bottom"> «Que si yo [esta poesía] no la entendiera por los secretos de
                naturaleza, por las fábulas, por las historias, por las propiedades de las plantas,
                animales y piedras, por los usos y ritos de varias naciones que toca, cruzara las
                manos y me diera por rendido, y confesara que aquella obscuridad nacía de mi
                ignorancia y no de culpa suya», Epístola VIII, f. 30v
                (1634_carta-cascales-tribaldos); «... lo que no vemos en esta poesía culta, que, sin
                haber doctrina secreta, sino solo el trastorno de palabras y el modo de hablar
                peregrino y jamás usado ni visto en nuestra lengua no en otra vulgar», Epístola
                VIII, f. 32r (1634_carta-cascales-tribaldos); y «bien claro consta que la oscuridad
                del <hi rend="i">Polifemo</hi> no tiene excusa, pues no nace de recóndita doctrina,
                sino del ambagioso hipérbato tan frecuente y de las metáforas tan continuas, que se
                descubren unas a otras, y aun a veces están unas sobre otras», Epístola VIII, f. 34r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. La sexta está expresa en el folio 33,
              página 2<note place="bottom"> «Y también queda confusa la frasis con la privación de
                los artículos castellanos, que son forzosos en nuestra lengua, so pena de hablar
                vascongado», Epístola VIII, f. 33v (1634_carta-cascales-tribaldos). Aunque el editor
                moderno de Cascales al que remito transcribe «vascongado», en el original puede
                leerse «vizcongado», es decir, el mismo calificativo que usa Angulo unas líneas más
                arriba. Ignoro si era un término conocido en la época, o si, por el contrario, se
                trata de un neologismo inventado por Cascales en el que parece adivinarse una
                amalgama, con aire jocoso, de Vizcaya, bizco (‘torcido, desviado, descaminado’, en
                sentido peyorativo) y vascongado. No hay que descartar asimismo que estemos ante una
                errata del impreso de las <title>Cartas filológicas</title>, que Angulo estaría
                reproduciendo en su texto con cierta ingenuidad. <ref
                    xml:id="ref6" target="ref5">supra</ref></note>.</p>
            <p>Para prueba de la primera objeción escoge vuestra merced algunos versos<note
                type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: verses.</note> que entresaca del <title>Polifemo</title> (de
              las <title>Soledades</title> no) y si hiciera lo mismo con el poeta que a más
              satisfacción de vuestra merced ha cantado<note place="bottom"> Resulta más que
                probable que el poeta tácitamente referido aquí sea Garcilaso, a quien Cascales,
                como se encargará de recordar más abajo el propio Angulo, considera «príncipe de la
                poesía española de su tiempo», <title>Cartas filológicas</title>, Década segunda,
                Epístola II («A don Tomás Tamayo y Vargas, cronista de S.M.»), f. 43v (García
                Soriano 1952: 23); parece confirmarlo el hecho de que, unos folios después, Angulo
                presente varios versos del toledano para demostrar que el hipérbaton ni era extraño
                a la lengua poética española ni condenable en Góngora.</note>, hallara los mismos
              inconvenientes que piensa que hay en los poemas de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>. Pero sin duda se engañó vuestra merced
              (o nos quiso probar, pues creo que entiende lo contrario) y lo probaré con sus mismos
                ejemplos<note place="bottom"> Efectivamente, Cascales aduce como muestras de «la
                mala colocación de las palabras» cinco versos del <title>Polifemo</title>: «Estas
                que me dictó rimas sonoras, / culta sí, aunque bucólica, Talía», «Treguas al
                ejercicio sean robusto», «Rico de cuanto el huerto ofrece pobre» y «A las, que esta
                montaña engendra, harpías», Epístola VIII, f. 33v (1634_carta-cascales-tribaldos).
                La procedencia de los versos es: <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.1"
                  >OC255.1-2 </ref><ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.17"
                  >OC255.17 </ref><ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.199"
                  >OC255.199 </ref><ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.448"
                  >OC255.448</ref>, respectivamente. Angulo solo responde a uno de ellos, pues hace
                extensiva esa única réplica al resto de ejemplos.</note>.</p>
            <p>El primero es los dos versos primeros de la dedicatoria de la <title>Fábula de
                Polifemo</title>:</p>
            <quote><l>Estas que me dictó rimas sonoras</l>
              <l><pb n="f. 7v"/>culta sí, aunque bucólica, Talía.</l></quote>
            <p>Y como que no pueda ser de otra suerte, construye vuestra merced:</p>
            <p rend="i">Estas rimas sonoras que me dictó</p>
            <p rend="noindent i">la culta Talía, culta sí, aunque bucólica.</p>
            <p>Aquí, para construir o destruir (como dice<note place="margin"> fol. 21 pag. 2</note>
              por el maestro <persName type="authority">Francisco Sánchez</persName><note place="bottom">
                Alude a: «el maestro Francisco Sánchez Brocense piensa haber triunfado de los demás
                intérpretes construyéndolo o destruyéndolo de otra manera», <title>Cartas
                  filológicas</title>, Década primera, Epístola V («A don José Alagón»), f. 21v
                (García Soriano 1961: 106).</note>), calló vuestra merced el vocativo y el verbo.
              Póngale y diga:</p>
            <p rend="i">Oh, excelso conde, escucha</p>
            <p rend="noindent i">estas rimas sonoras que me dictó</p>
            <p rend="noindent i">Talía, culta sí, aunque bucólica.</p>
            <p>Y hallará la cláusula corriente, clara y sin necesidad del artículo <hi rend="i"
                >la</hi>, que vuestra merced le añade. <quote><hi rend="i">Absit</hi> </quote>(dijo
                <persName type="authority">Marcial</persName><note place="margin"> en la epist. antes del
                lib. 1 Epigr.</note>)<quote><hi rend="i"> a iocorum nostrorum simplicitate malignus
                  interpres: improbe facit qui in alieno libro ingeniosus est</hi></quote><note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, I, «Carta-proemio
                al lector»: «<hi rend="i">absit a iocorum nostrorum simplicitate malignus interpres
                  nec epigrammata mea scribat: improbe facit qui in alieno libro ingeniosus
                est</hi>» («quede lejos de la inocencia de mis juegos el intérprete mal intencionado
                y que nadie plagie mis epigramas: actúa mal quien es ingenioso a costa del libro de
                otro»; Marcial 1997, t. I: 107-108).</note>. No niego yo que estos versos estén
              dificultosos, pero sí que estén oscuros para los que se hizo el poema, que son los
              doctos y entendidos como vuestra merced, que al indocto y al de corto ingenio claro es
              que serán oscuros, como lo es la lengua latina para quien la entiende poco.</p>
            <p>Los tres ejemplos que vuestra merced trae después del referido son como él y así con
              una misma respuesta se satisfacen. Y ya que quiso valerse de los versos de <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> para prueba de esta
              objeción, no escogió otra más difícil <pb n="f. 8r"/> transposición en la rima<note
                place="bottom"> «Composición de versos en cuyos fines se van correspondiendo unos a
                otros en consonante. Especialmente se aplica a la composición que llaman octavas»
                  (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note> tercera de la <hi rend="i">fábula</hi>, que dice
              de la cueva de Polifemo:</p>
            <quote><l>Cuanto las cumbres ásperas cabrío,</l>
              <l>de los montes, esconde<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.46"
                    >OC255.46</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Por «cuanto cabrío esconde las cumbres ásperas de los montes». Ni encontró vuestra
              merced con la más dificultosa rima; ¿quiere verlo? Pues envíeme construida la octava
              de este poema, pero ha de ser sin añadir ni quitar ni suplir parte alguna de las que
              tiene la oración. Dice así, pintando la grandeza del zurrón de Polifemo y la confusa
              mezcla de frutas que en él traía:</p>
            <quote><l>Erizo es el zurrón de la castaña</l>
              <l>y, entre el membrillo o verde o datilado,</l>
              <l>de la manzana hipócrita, que engaña</l>
              <l>a lo pálido no, a lo arrebolado,</l>
              <l>y de la encina, honor de la montaña,</l>
              <l>que pabellón al siglo fue dorado,</l>
              <l>el tributo, alimento aunque grosero,</l>
              <l>del mejor mundo, del candor primero<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.81"
                    >OC255.81-88</ref>. Angulo califica esta estrofa como «la más dificultosa» del
                    <hi rend="i">Polifemo</hi> y está cargado de razón: los intentos por alcanzar
                  una correcta interpretación de estos versos han dejado un rastro de dilemas e
                  insatisfacciones a lo largo de cuatro siglos, desde los comentaristas antiguos
                  (Díaz de Rivas y Salcedo, sintomáticamente, pasaron de puntillas por los escollos
                  de la octava; Andrés Cuesta, tras intentar vadearlos, se rinde ante las
                  dificultades intelectivas) hasta los modernos (varias vueltas, ninguna definitiva,
                  le da Guillén en sus <hi rend="i">Notas para una edición comentada de
                  Góngora</hi>). Reyes (1958d) dedicó un hermoso artículo a recorrer la historia
                  exegética de esta estancia y a sugerir, con cierto escepticismo y desánimo, una
                  propuesta para su edición y correcta lectura; <hi rend="i">vid</hi>. asimismo
                  Alonso (1994: 468-471) y Micó (2001b: 25-27).</note>.</l></quote>
            <p>Tan difícil es, que don <persName type="polemist" key="Pellicer, José">José Pellicer
                de Salas</persName> (cuyo grande ingenio es muy conocido y cuya no menor erudición
              no menos envidiada<note place="bottom"> Por estas palabras, parece que Angulo estaba
                al tanto de los ataques recibidos por Pellicer a cuenta de su labor como
                comentarista gongorino: <hi rend="i">vid</hi>. Alonso (1978b y 1982d), Rozas (1984),
                Micó (1985), Marcos (1986), Cañas Murillo (2001), Iglesias Feijoó (2006) y Martínez
                Hernández (2006). El dato supondría aceptar que la redacción de esta carta, o al
                menos parte de ella, no pudo materializarse hasta los primeros años de la década de
                1630. Más detalles sobre la ubicación cronológica de las <hi rend="i">Epístolas</hi>
                en el estudio introductorio.</note>) en sus <title>Lecciones solemnes</title> y
              comento a esta <hi rend="i">Fábula</hi><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: Fácula.</note> dijo<note place="margin"> colu. 73 num.
                  4</note>: <quote>«muchos doctos advirtieron a don Luis que enmendase el verso quinto
                </quote><pb n="f. 8v"/><quote> de esta rima porque dice arriba que el zurrón era
                erizo de la castaña y de la manzana, y ahora dice de la encina y suena que era erizo
                del árbol. Porque aquel «de» había de estar con el tributo –«del tributo»– y en el
                zurrón no venía la encina sino la bellota. Nunca le quiso dar segunda esponja don
                Luis, yo cumplo con advertirlo»</quote><note place="bottom"> José de Pellicer Salas y
                Tovar, <title>Lecciones solemnes a la «Fábula de Polifemo y Galatea»</title>
                (1630_lecciones).</note>. Hasta aquí don José. Y tengo por cierto que no ha menester
              nueva corrección el verso, según la construcción que yo le he dado y pedido a vuestra
              merced.</p>
            <p>Quiere vuestra merced probar su objeción con su autoridad y afirma<note
                place="margin"> fol. 37 pag. 2</note>
              <quote>que las transposiciones son ajenas de nuestro lenguaje</quote><note
                place="bottom"> Angulo parafrasea parte de esta conclusión de Cascales: «dice V.m.
                que no hizo cosa nueva <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                  Luis</persName> en la disposición de su lenguaje y en el trastrueco de palabras,
                pues lo mismo se halla en todos los poetas latinos; […] la solución de este
                argumento me parece fácil, porque la lengua latina tiene su dialecto y propio
                lenguaje, y la castellana el suyo, en que no convienen», Epístola X, f. 37v
                (1634_cascales-villar). Nótese que Angulo tuerce la cita para hacerla mucho más
                incisiva y rebatible de lo que es en el original, contribuyendo así a desautorizar a
                su rival.</note>. Y sin duda que tiene esta conclusión mucho fundamento, porque las
              usa muchas veces <persName type="authority">Garcilaso</persName> y le cita<note place="margin"
                > fol. 44</note> esta vuestra merced<note place="bottom">
                <title>Cartas filológicas</title>, Década segunda, Epístola II («A don Tomás Tamayo
                y Vargas, cronista de S.M.»), f. 44r y 44v (García Soriano 1952: 25). Es la primera
                de las múltiples alusiones a Garcilaso habidas en las <title>Epístolas
                  satisfactorias</title>, que en ello, como en tantas otras cosas, corren parejas
                con muchos textos de la polémica: <hi rend="i">vid</hi>. Matas (1992). El carácter
                modélico de la poesía garcilasiana la situaba de pleno derecho en el meollo de las
                argumentaciones, máxime cuando el primer ataque descarnado y metódico contra las
                  <title>Soledades</title>, el <title>Antídoto</title> de Jáuregui (1614_antidoto),
                la había adoptado como principal rasero crítico a cuya luz tasar la legitimidad o no
                de la propuesta poética gongorina. Los partidarios de Góngora reconocían
                naturalmente el carisma canónico de Garcilaso («el justamente celebrado», lo llama
                Angulo, f. 51r), pero no fueron pocos los que se encargaron de recordar que la
                poesía del toledano representó en su tiempo una bocanada de originalidad y
                transgresión equiparable a las innovaciones gongorinas en el suyo, de manera que si
                Garcilaso rompió moldes –alegaban los progongorinos–, ¿qué impide que lo haga
                Góngora, a quien, además, le había correspondido culminar de forma genial la
                trayectoria ascendente que venía experimentando la poesía española desde el segundo
                tercio del siglo XVI? Me he ocupado de estas cuestiones en varios capítulos de Daza
                (2018b).</note>:</p>
            <quote><l>En esta agua que corre clara y pura<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Égloga I</title>, v.
                178.</note>.</l></quote>
            <p>Por «en esta agua pura que corre». Véase vuestra merced con él otra vez y leerá
                también<note place="margin"> egl. 3</note>:</p>
            <quote><l>Al fondo se dejó calar del río<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Égloga III</title>, v.
                84.</note>.</l></quote>
            <p>Por «al fondo del río se dejó calar».</p>
            <quote><l>Escondiendo su luz al mundo<note place="margin"> egl. 3 v. 221</note>
                  rara<note place="bottom">
                  <hi rend="i">Ibidem</hi>, v. 274: «escondiendo su luz al mundo cara». No me ha
                  sido posible localizar la procedencia de la variante de este verso ofrecida por
                  Angulo, que no se encuentra en ninguna de las ediciones antiguas que he podido
                  consultar; el hecho de que el vocablo «rara» se repita justo en la línea
                  siguiente, en la paráfrasis del endecasílabo garcilasiano, parece descartar que la
                  cita antecedente de Angulo contenga una errata puntual producida por el cajista.
                  Cabe pensar, entonces, en una probable cita de memoria.</note>.</l></quote>
            <p>Por «escondiendo su luz rara al mundo». Y en el soneto cuarto:</p>
            <quote><l>Romper un monte, que otro no pudiera,</l>
              <l>de mil inconvenientes muy espeso<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, soneto IV, vv. 10-11: «romper un monte,
                  que otro no rompiera / de mil inconvenientes muy espeso». Las ediciones antiguas
                  no traen la lectura manejada por Angulo, aunque en este caso parece más plausible
                  pensar en una errata del impreso; no obstante, podemos postular nuevamente que se
                  trate de un error por citar de memoria.</note>.</l></quote>
            <p><pb n="f. 9r"/> Por «romper un monte muy espeso de mil inconvenientes». Y en el
                soneto<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: seneto.</note> al sepulcro de don Fernando de Guzmán, su
              hermano:</p>
            <quote><l>Por manos de Vulcano artificiosas<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: artificiosa</hi>.</note><note place="bottom"><persName
                    type="authority">Garcilaso</persName>, soneto XVI, v. 8.</note>.</l></quote>
            <p>En vez de «artificiosas manos de Vulcano». Sin otras muchas que le hallará. Luego
              ¡mal serán ajenas de nuestro lenguaje, si ha tanto tiempo que las usó Garcilaso! Y si
              vuestra merced le declara<note place="margin"> fol. 43 pag. 2</note> por
                <quote>príncipe de la poesía castellana</quote><note place="bottom"> «Garcilaso,
                príncipe de la poesía española de su tiempo», <title>Cartas filológicas</title>,
                Década segunda, Epístola II («A don Tomás Tamayo y Vargas, cronista de S.M.»), f.
                43v (García Soriano 1952: 23).</note>, bien pudo, conforme a la ley I,
                <title>Digesto</title>, <hi rend="i">De constitutionibus principum</hi><note
                place="bottom"> Propongo como hipotética fuente: [<persName type="authority"
                  >Justiniano</persName>], <title>Digestorum seu Pandectarum Libri Quinquaginta</title>,
                I, 4 «<hi rend="i">De constitutionibus principum</hi>».</note>, establecer otra para
              que ya fuesen propias las transposiciones a nuestro lenguaje, y así o reprehéndalas en
              él o no las culpe en <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName>, que a su ejemplo las usa con tanta eminencia, novedad y gala, que
              de otra suerte no fueran dignos sus poemas de la alabanza que vuestra merced les da.
                <hi rend="i">Nec tam insolita laus esset</hi> (dijo Quintiliano<note place="margin">
                lib. 8 cap. 3</note>) <hi rend="i">si usitata et caeteris similis esset
                oratio</hi><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, III, § 4: «<hi rend="i">Nec tam insolita laus esset prosecuta dicentem si
                  usitata et ceteris similis fuisset oratio</hi>» («y no habría acompañado al orador
                tan desacostumbrado aplauso, si hubiese sido su discurso el de costumbre y semejante
                a los demás»; Quintiliano 1997-2000, t. III: 179).</note>. Y si con este ejemplo
              quiere vuestra merced que aún sean las transposiciones ajenas de nuestro lenguaje,
              ¿por qué no prohíbe las del soneto que repite<note place="margin"> fol. 31 pag.
                2</note> por de un amigo para ejemplo de cómo han de ser los versos cultos y
                claros<note place="bottom"> Epístola VIII, f. 31v (1634_carta-cascales-tribaldos).
                Véase <ref xml:id="ref7" target="ref8">infra</ref>.</note>?; pues dice el verso
              cuarto:</p>
            <quote><l>La que a Dios alcanzó en disfraz humano.</l></quote>
            <p>Por «la que alcanzó a Dios en disfraz humano». <pb n="f. 9v"/> Y en el verso
              doce:</p>
            <quote><l>Hombre, ten por verdad más que el sol clara.</l></quote>
            <p>Por «verdad más clara que el sol». Pues más duramente la usó en la prosa del folio
              126, que dice: <quote>elocuencia medida y tan dentro de sus límites
                ceñida</quote><note place="bottom"> «Elocuencia media y casta, y tan dentro de sus
                verdaderos y justos límites ceñida», <title>Cartas filológicas</title>, Década
                tercera, Epístola VI («Al licenciado Andrés de Salvatierra»), f. 126r (García
                Soriano 1954: 126). Véase <ref xml:id="ref9" target="ref10">infra</ref>.</note>. Por
              «elocuencia tan ceñida dentro de sus límites». Pero porque no se disguste vuestra
              merced de esta advertencia, lea un discurso de <persName type="authority">Quintiliano
              </persName>que excusará la pesadumbre de haber reprobado lo mismo que usa y aprueba, y
              esforzará la prueba de mi discurso<note place="margin"> lib. 8 cap. 6</note>. Dice,
              pues, hablando del hipérbaton, que (como vuestra merced mejor sabe) es la figura que
              causa la transposición: «<quote><hi rend="i">animaduerti, iudices</hi></quote>,
              (ejemplo es de Cicerón que refiere vuestra merced, aunque no todo<note place="margin">
                Quintil. fol. 37 pag. 2</note>) <quote><hi rend="i">omnem accusatoris orationem in
                  duas diuisam esse partes</hi></quote>»<note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, VI, § 65: «“he observado, jueces, que todo el discurso del acusador está
                dividido en dos partes (<hi rend="i">in duas diuisam esse partes</hi>)”»
                (Quintiliano 1997-2000, t. III: 269). Como bien reseña Angulo, parte de este pasaje
                de las <hi rend="i">Instituciones</hi> pertenece al <hi rend="i">Pro Cluentio</hi>
                de Cicerón y es aprovechado por Quintiliano en su tratado. Angulo, hábil y ácido, no
                pierde la ocasión de recordar que el propio Cascales se había valido de la misma
                cita ciceroniana, aunque manipulándola en beneficio de su argumentación: «que el
                trastorno de palabras sea natural en la [lengua] latina, si es menester, traeré para
                ello seiscientas autoridades. Y para que V.m. entienda que esto no sólo corre en los
                poetas ni es estilo propio de ellos, sino común a la lengua, serán todas en prosa
                latina, y de sólo Cicerón, sol de la elocuencia: <hi rend="i">animaduerti, iudices,
                  hanc accusatoris causam in duas diuisam esse partes.</hi> […]», Epístola X, f. 37v
                (1634_cascales-villar). En cualquier caso, el proceder que Angulo afea a Cascales –y
                que él mismo practica, por cierto– fue moneda común en los textos surgidos al calor
                de la polémica gongorina: <hi rend="i">vid</hi>. Azaustre (2005a y 2005b).</note>. Y
              desata la figura así: <quote><hi rend="i">nam «in duas partes diuisam esse» rectum
                  erat</hi></quote>. Y añade: <quote><hi rend="i">sed durum et
                incomptum</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, VI, § 65: «porque si hubiese dicho “<hi rend="i">in duas partes diuisam
                  esse</hi>” (está en dos partes dividido), sería correcto, pero duro y desaliñado»
                (Quintiliano 1997-2000, t. III: 269).</note>. Luego si no usar de transposiciones es
              duro y no peinado ni culto estilo, aun en prosa, que es de lo que habla <persName
                type="authority">Quintiliano</persName>, ¿por qué en el verso no será más permitido
              usarlas? Y si en este las reprueba vuestra merced en otro y las usa en aquella no
              mejor, sino más atrevidamente por ser en prosa, puesto que en ambos sea defecto, bien
              le aplicaremos lo que <pb n="f. 10r"/>
              <persName type="authority">Persio</persName> cantó en la sátira cuarta:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Vt nemo in sese tentat descendere, nemo,</hi></l>
              <l><hi rend="i">sed praecedenti spectantur mantiga tergo</hi><note place="bottom"
                    ><persName type="authority">Persio</persName>, <title>Sátiras</title>, IV, vv. 23-24:
                  «¡qué gran verdad es que nadie intenta descender al fondo de sí mismo; nadie, pero
                  todo el mundo se fija en la alforja del que va delante!» (Persio. Juvenal 1991:
                  538).</note>.</l></quote>
            <p>Esforzando la prueba de esta objeción, responde vuestra merced a un fuerte argumento
              del maestro don <persName type="polemist" key="Villar, Francisco del">Francisco del
                Villar</persName><note place="bottom"> «Pues si el obscurecerse y usar
                transmutaciones es tan ordinario, y se alaba en los poetas latinos, ¿por qué en los
                españoles se ha de reprender, y más en quien los usa con tanto donaire y suavidad? Y
                si allí fue lícito, ¿qué delitos ha cometido nuestra lengua, para no gozar de las
                exenciones y privilegios que la latina?», Epístola IX, f. 36r
                (1634_carta-villar-ortiz).</note> con dos ejemplos. El primero: <quote>que la lengua
                latina tiene su dialecto y la castellana, el suyo, en que no convienen</quote>. Y el
                segundo<note place="margin"> fol. 37 pag. 2</note>: <quote>que el trastorno de las
                palabras es natural en la latina</quote><note place="bottom"> Epístola X, f. 37v
                (1634_cascales-villar).</note>. Pero aunque de ellos no se infiere que la castellana
              no le pueda usar ni deba, si no convienen en el dialecto, ¿por qué en el folio 30 y 31
              y por toda la Epístola 6 de la Década 3<note place="bottom"> En la Epístola VIII, f.
                30r-31v (1634_carta-cascales-tribaldos), Cascales en efecto fundamenta su
                argumentación contra Góngora en varios preceptos teórico-literarios de Horacio,
                Cicerón o Quintiliano, y cita versos de Marcial, Ausonio y Virgilio como muestra de
                buena praxis poética, opuesta a la oscuridad gongorina; asimismo, propone como
                modelo de excelencia poética la obra de Horacio, Catulo, Propercio, Tibulo, Ovidio,
                Séneca y Claudiano. Por otra parte, si Angulo trae a colación aquí la Epístola VI de
                la Década tercera –«Al licenciado Andrés de Salvatierra», f. 126r-131v (García
                Soriano 1954: 125-146)–, no es, sin duda, solo por sus citas latinas –que las tiene:
                de Cicerón, Horacio, Quintiliano, Virgilio, Ovidio, etc.–, sino porque lo mueve una
                segunda intención repleta de implicaciones: en dicha carta Cascales deja clara su
                postura respecto a las controversias en torno a la oratoria sagrada de su tiempo,
                para lo cual insiste en la necesidad de que los dignos predicadores hablen en
                «estilo culto», y lo hace con un tono y unos razonamientos que por momentos
                recuerdan incluso a ciertos posicionamientos progongorinos de la polémica: «el
                prudente poeta abomine los versos flojos y sin arte, culpe los duros, borre los
                incultos. <hi rend="i">Vir bonus et prudens uersus reprehendet inertes;</hi> / <hi
                  rend="i">culpabit duros: incomptis allinet atrum</hi> / <hi rend="i">transuerso
                  calamo signum</hi> [Horacio, <hi rend="i">Arte poética</hi>, vv. 445-447]. ¿Veis
                cómo no solamente este gran crítico no vitupera el lenguaje culto, sino que le alaba
                y satiriza el inculto?»; «<hi rend="i">Laudamus ueteres et nostris utimur
                annis</hi>, dice Ovidio (‘alabamos los años antiguos, es verdad, pero usamos de los
                nuestros’) [Ovidio, <hi rend="i">Fastos</hi>, I, v. 225]. Los viejos hablen en su
                lenguaje rancio, que por ser viejos los oiremos con reverencia, pero dejen a los
                mozos que refresquen y remocen la lengua, pues con la mudanza de los tiempos se muda
                también el estilo de hablar. [...] Lo que en su tiempo fue bueno y muy estimado ya
                no tiene precio ni estima. Una edad sucede a otra y en cada una corre su moneda, y
                la moneda corriente es sola la que vale. Y si hay algunos mozos tan al temple de los
                viejos, que gustan más del sencillo lenguaje y aun inculto de ellos, y quieren que
                les ponga la ceniza en la frente, yo lo haré. Digo que eso nace o de cortedad de
                ingenio o negligencia propia». La contradicción entre estos pareceres de Cascales y
                su actitud contraria a Góngora es solo aparente, porque el murciano es fiel al
                prurito contenidista que lo llevó a censurar al poeta cordobés y que debe sostener
                la sublimidad lingüística de las predicaciones: «hay lenguaje culto, eso es así, yo
                lo confieso y afirmo. Mas el lenguaje culto está tan lejos de ser vituperado en el
                púlpito y cátedra de los hombres doctos que debe observarse en él con estrecho
                rigor. Culto viene del verbo <hi rend="i">colo</hi>, que significa pulir adornar.
                [...] Así que lenguaje culto es un modo de hablar bien trabajado y cultivado, no
                humilde ni desechado en ninguna manera, porque si tal fuese, sería indigno de las
                materias altas y divinas que en él se predican»; «pertenece el grave, culto y
                levantado estilo al orador cristiano, digo al predicador evangélico, porque la
                materia que trata no sólo es alta y grandílocua, pero divina, y al concepto han de
                seguir las palabras, [...] las ropas con que se ha de vestir aquel concepto divino,
                necesariamente serán sublimes, elegantes y cultas». De hecho, al final de esta
                misiva Cascales se ocupa de dejar claro cuánta diferencia existe, en su opinión,
                entre el deseable estilo elevado de los oradores sacros y la abominable hinchazón y
                frivolidad de los poetas cultos, que han llegado a proyectarse sobre los discursos
                concionatorios, corrompiendo así su decoro: «[traduce un fragmento del sermón IX <hi
                  rend="i">De natiuitate Domini</hi> de san León Papa y dice:] esto es estilo grave
                y magnífico cual lo pide el púlpito, pero los desvanecimientos de los que llamáis
                cultos son risa del pueblo y endechas de la religión cristiana. Oíd lo que dijo un
                culto: <hi rend="i">libra cédulas de agua en bancos de piedra el capitán de Israel
                  insigne por los rayos de su cornudo rostro</hi>. Gallarda vanidad, por cierto,
                para decir que Moisés sacó agua de una piedra. [...] A tales predicadores, privación
                de oficio. Mordaza era a la gruta de su boca»; que este párrafo se cierre con un
                verso del <hi rend="i">Polifemo</hi> de Góngora revela a las claras que Cascales
                quiso poner de manifiesto la influencia negativa de las innovaciones gongorinas en
                otros ámbitos lingüísticos, como el de los sermones. Creo, en fin, que el objetivo
                de Angulo al sacar a la palestra esta carta de Cascales sería intentar rentabilizar
                en pro de su defensa de Góngora todos los contenidos de la misiva que pudieran
                sembrar la sombra de la duda sobre el antigongorismo de su contrincante, máxime si
                tenemos en cuenta que en la referida Epístola VI Cascales parece cargar las tintas
                fundamentalmente sobre los adeptos inmoderados a la nueva moda de hablar o escribir
                culto, esto es, los malos imitadores de Góngora, que, como es sabido, no pocas veces
                estuvieron en el punto de mira de los detractores de la nueva poesía; resulta
                revelador, en este sentido, que más tarde Angulo, para apuntalar una concisa defensa
                de la innovación artística en salvaguarda de Góngora, remita explícitamente a las
                razones que Cascales había esgrimido en esa Epístola VI en su empeño por demostrar
                que los modos elocutivos están sujetos a la evolución natural de los tiempos (<hi
                  rend="i">vid. </hi><ref xml:id="ref11" target="ref12">infra</ref>)</note>, alega
              vuestra merced ejemplos latinos para doctrinar la poesía castellana y convencer en su
              intento? Si la diferencia es, como debe ser, respectiva, tan diferente es el dialecto
              latino del nuestro como el nuestro del latino, y así no convence con los ejemplos. Las
              artes retóricas y poéticas que se han escrito, ¿son para la lengua latina sola? No,
              sino para que cada uno en la suya aprenda y la procure aventajar a otras en tropos y
              figuras. Mas, o estos dos lenguajes tienen diferente arte o no: si la tienen, no hacen
              fuerza los ejemplos; si no la tienen y es toda una, los preceptos lo deben <pb n="f. 10v"
              /> ser. Luego si por uno de ellos (y aprobación de vuestra merced) se permiten
              transposiciones en el lenguaje latino, ¡bien (con la bula del Carmen<note
                place="bottom"> ¿Podría haber en este inciso de Angulo un juego de palabras con <hi
                  rend="i">Carmen</hi> ‘orden religiosa’ / <hi rend="i">carmen</hi>, ‘poema’ en
                latín? Quizás no esté de más recordar al respecto que Góngora, en un conocido soneto
                de 1623 rotulado <hi rend="i">Determinado a dejar sus pretensiones y volverse a
                  Córdoba</hi> («De la Merced, señores, despedido»; OC393), utilizó una figura
                parecida en el verso 4: «sin haber sido del Carmen culpa ha sido»; es una de las
                varias disemias que articulan el poema, todas ellas basadas en dobles sentidos que
                remiten a denominaciones de órdenes religiosas: Merced/merced (los mercedarios),
                Compañía/compañía (los jesuitas), Carmen/carmen y Descalzo/descalzo (los carmelitas)
                y Mínimo/mínimo (los mínimos paulistas). No ha de descartarse asimismo que Angulo
                esté usando una frase hecha de la época, aunque mis intentos por documentarla en la
                lexicografía antigua han sido en vano.</note>) sin que obste la diferencia del
              dialecto, las usa y puede usar el castellano! Si, como dice <persName type="authority"
                >Aristóteles</persName> y vuestra merced<note place="margin"> in Poet. fol. y pag.
                última</note>, <quote>la poesía es un arte de imitar con palabras</quote><note
                place="bottom"> Es traducción de unas palabras de la <title>Poética</title> de <persName
                  type="authority">Aristóteles</persName>, cuya versión latina reproduce Cascales en sus
                  <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola X («Al maestro Pedro
                González de Sepúlveda, catedrático de Retórica de la Universidad de Alcalá de
                Henares»), f. 156v (García Soriano 1954: 238-239): «alega Aristóteles en el
                principio de su <hi rend="i">Poética: epopeia sane tragediaeque comoedia in super ac
                  dithyrambica tum plaeraeque illarum quas ad tibias cithaerasue accommodamus omnes
                  prorsus in hoc uno conueniunt ut imitatio sint</hi>». Al igual que Angulo (<hi
                  rend="i">vid. infra</hi>), Cascales cita a Aristóteles por la traducción al latín
                de Alejandro Pazzi.</note>, ¿a quién se ha de imitar, sino a los poetas clásicos?
              Estos son los latinos. Luego bien las usan, imitándoles, nuestros castellanos, o no
              imitarán ni seguirán los preceptos del arte. Y que <quote>el dialecto latino sea
                diferente que el castellano es así</quote>. La razón es, aunque no la da vuestra
              merced, porque este tiene las terminaciones o últimas sílabas de los nombres siempre
              semejantes y habla con artículos que diferencian los casos y sin declinaciones; y
              aquel con ellas y sin ellos, y con sílabas diferentes que las distinguen. Pero el
                dialecto<note place="bottom"> «Idioma, propriedad de cada lengua en sus voces,
                explicación y pronunciación» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note> solo tiene
              jurisdicción sobre las voces en el modo de pronunciarlas, regirlas y concordarlas. Mas
              el hipérbaton compuesto de ellas está comprehendido de la frase<note place="bottom">
                «Modo particular de una lengua o uso que de ella hace un escritor u orador» (<hi
                  rend="i">DRAE</hi>).</note>, cuya jurisdicción se extiende a la ampliación de los
              significados de las voces, a juntarlas y colocarlas antes o después; y la frase y el
              dialecto son la forma y esencial diferencia entre un lenguaje <pb n="f. 11r"/> y
                otro<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: lenguaje otro.</note>, y lo que cada uno puede decir que es
              propio suyo (como vuestra merced mejor sabe). Y así, para usar el castellano de
              transposiciones, no obsta que su dialecto sea diferente del latino, si en la frase, a
              quien pertenecen, ya no lo son después que <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> nació (y aun antes) y que dio al mundo
              sus poemas, a cuya luz se ha desatado la niebla de la antigua poesía<note
                place="bottom">Hermosa imagen, y aderezada implícitamente con todos los resortes
                semánticos y argumentativos que implica el atribuir una luz inusitada a quien era
                condenado por la oscuridad empedernida de su poesía: es inevitable acordarse de
                Vázquez Siruela cuando en su <hi rend="i">Discurso sobre el estilo de Góngora y
                  carácter legítimo de la Poética</hi> preguntaba retóricamente a los enemigos del
                poeta cordobés «de dónde han colegido que es oscuridad esta que reprehenden y no
                antes abundancia de luz» (1645_discurso-siruela). <hi rend="i">Vid. </hi><ref
                  xml:id="ref13" target="ref14">infra</ref>.</note>, como se ve claramente en sus
              obras y en los que para lustre de las suyas le imitan. Y si diéramos que no se
              permitían en la prosa las transposiciones, sería contradecir a vuestra merced, que las
              aprueba en el folio 128<note place="bottom"> Se vuelve a aludir a la ya comentada
                Epístola VI de la Década tercera, pero en el folio citado por Angulo no aparece
                ninguna defensa explícita y concreta del hipérbaton por parte de Cascales; lo más
                parecido a ello quizás sea el siguiente pasaje, que es traducción de un lugar
                horaciano: «tanto importa la orden del arte y la cultura de las palabras», f. 128v
                (García Soriano 1954: 135).</note>, y en el folio 126 usó la que vimos poco ha<note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref10" target="ref9"
                    >supra</ref></note>. Pues ¿con qué razón las quiere enajenar del verso
              culto y contradecir a nuestro <persName type="authority">Garcilaso</persName>, que en la
                <title>Epístola a Boscán</title> dijo:</p>
            <quote><l>No será menester buscar estilo</l>
              <l>presto, distinto, de ornamento puro,</l>
              <l>tal cual a culta epístola<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: eyístola</hi>.</note> conviene<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Epístola a Boscán</title>, vv.
                  5-7.</note>?</l></quote>
            <p>Si criase Dios un hombre de tan claro ingenio que, como <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> en verso, usase hipérbatos en prosa con
              suavidad y elegancia<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: elegencia.</note> (que muchos<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: muchas. Si bien, el pronombre en femenino que aparece en el
                impreso, en vez de ser una errata, podría denotar que Angulo está pensando en
                «transposiciones» (vocablo usado unas líneas más arriba) como sinónimo de
                «hipérbatos».</note> usan los escritores), no sería justo culparle ni es razón la
              que algunos dan de <hi rend="i">no se usa ni se ha usado</hi><note place="bottom">
                Aunque el original trae este enunciado en cursiva, parece que no se trata de una
                cita literal, sino más bien de una formulación sentenciosa de Angulo, con la que
                sintetiza uno de los argumentos más repetidos por los enemigos de Góngora: las
                novedades gongorinas se sentían como intolerables porque con frecuencia se
                desmarcaban abruptamente de la tradición canónica y era difícil, cuando no
                imposible, buscarles antecedentes que las legitimaran. El <hi rend="i">Antídoto</hi>
                de Jáuregui fue uno de los textos antigongorinos que más se destacó en el uso de
                este tipo de razonamientos; algunos refutadores del sevillano y/o comentaristas,
                como el abad de Rute, Díaz de Rivas o el anónimo antequerano, procuraron rebatir
                esas opiniones apostando por la idoneidad y necesidad de que la poética explorara
                caminos de innovación y presentando la originalidad de Góngora como un hecho
                diferencial y sintomático de que la poesía española había alcanzado cotas no
                conocidas hasta entonces: <hi rend="i">vid</hi>. Daza (2018b). Angulo maneja aquí y
                en otros lugares de las <title>Epístolas satisfactorias</title> argumentos muy
                similares al respecto, como he explicado en el estudio preliminar y con más detalle
                en Daza (2018a).</note>, cuando vemos la diferencia que se causa de la sucesión <pb
                n="f. 11v"/> del tiempo en los idiomas. Vuestra merced lo confirma y dice<note
                place="margin"> fol. 127 pag. 2</note>
              <quote>que con la variedad de los tiempos se muda el uso de hablar</quote><note
                place="bottom"> «Con la mudanza de los tiempos se muda también el estilo de hablar»,
                  <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola VI («Al licenciado
                Andrés de Salvatierra»), f. 127v (García Soriano 1954: 132).</note>. Y alega a <persName
                type="authority">Horacio</persName><note place="margin"> in Art.</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Multa renascuntur, quae iam ceciderunt</hi> etc<note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, vv. 70 y ss.:
                  «renacerán numerosos vocablos que ya decayeron, [y decaerán los que ahora se
                  estiman, si el uso lo quiere]» (Horacio 2008: 388). El pasaje que Angulo tiene en
                  mente cuando dice «y alega a Horacio» pertenece también a la Epístola VI de la
                  Década tercera, f. 127v (García Soriano 1954: 133), donde Cascales cita unos
                  versos muy próximos al <hi rend="i">Multa renascentur</hi>… citado por el lojeño,
                  a saber, los vv. 60-62 del <hi rend="i">Arte poética</hi>: «<hi rend="i">ut siluae
                    foliis pronos mutantur in annos</hi>, / <hi rend="i">prima cadunt, ita uerborum
                    uetus interit aetas</hi>, / <hi rend="i">et iuuenum ritu florent modo nata
                    uigentque</hi>». Angulo no alude al verso <hi rend="i">Multa renascentur</hi>…
                  por error, sino para referirse, como por antonomasia, al célebre pasaje horaciano
                  que se remata con aquel y en el que se insertan, justo antes, los tres versos
                  referidos por Cascales. Francisco del Villar, en la Epístola IX, f. 36v
                  (1634_carta-villar-ortiz), cita juntos por afinidad semántica los vv. 60 y ss., y
                  70 y ss., lo cual viene a mostrar que el fragmento era visto como una unidad
                  argumentativa. <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref15" target="ref16">infra
                    1</ref> e <ref xml:id="ref21" target="ref22">infra 2</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Y aunque quiere<note place="margin"> fol. 38 pag. 2</note> que por haber dicho aquí
                <persName type="authority">Horacio</persName>
              <quote><hi rend="i">parce detorta</hi></quote><note place="bottom"> Esta expresión
                latina proviene del <title>Arte poética</title> de <persName type="authority"
                  >Horacio</persName>, v. 53: «…<hi rend="i">graeco fonte cadent parce detorta</hi>», y
                puede traducirse aproximadamente como ‘con alguna ligera variación’. Angulo la trae
                a colación porque está presente en el pasaje de Cascales que pretende rebatir ahora,
                como puede comprobarse en la nota siguiente.</note> solo hable de las voces
                nuevas<note place="bottom"> «Y aquello de Horacio, <hi rend="i">Multa
                  renascentur</hi>, etcétera, de ningún modo alude a la frasis poética, sino a los
                vocablos nuevos, que es permitido hacerlo, <hi rend="i">parce detorta</hi>»,
                Epístola X, f. 38v (1634_cascales-villar).</note>, en el verso siguiente favorece a
              la frase y a mi conclusión:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Quem penes arbitrium est et uis et norma loquendi</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, v. 73: «pues
                  en sus manos [del uso] están el arbitrio, la ley y la norma del habla» (Horacio
                  2008: 388). La lección <hi rend="i">uis</hi> por <hi rend="i">ius</hi>, que ofrece
                  Angulo, está documentada como variante textual.</note>.</l></quote>
            <p>Porque la potestad o fuerza y la regla o arte de hablar no se termina en las voces
              solas ni en su dialecto, sino en la colocación de ellas, que es la forma de la frase.
              Y cuando, para prueba de la variedad que recibe el idioma con el tiempo, no fuera
              suficiente la autoridad de <persName type="authority">Horacio</persName> y faltase la de
              vuestra merced, oiga a <persName type="authority">Quintiliano</persName><note place="margin">
                lib. 9 cap. 3</note>: <quote><hi rend="i">uerborum uero</hi></quote> (dice)
                  <quote><hi rend="i">figurae, et mutatae sunt semper, et utcumque uoluit consuetudo
                  mutantur. Itaque si antiquum sermonem nostro comparemus, pene iam quidquid
                  loquimur figura est</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                IX, III, § 1: «las figuras de palabra son, por un lado, siempre cambiantes y, por
                otro, cambian también según lo ha hecho prevalecer la costumbre. Así pues, si
                comparamos el lenguaje antiguo con el nuestro, es ya <hi rend="i">figura</hi> casi
                todo lo que hablamos» (Quintiliano 1997-2000, t. III: 343).</note>. Y porque no
              falte prueba de esto con ejemplo, no es poco la variedad que hoy tiene nuestro mismo
              lenguaje del que usó el señor <persName type="authority">rey don Alonso</persName> en sus
              <hi rend="i">Partidas</hi> ni es menos la gran diferencia que hoy tienen nuestras comedias de las que
              escribió <persName type="authority">Séneca</persName>, <pb n="f. 12r"/>
              <persName type="authority">Terencio</persName> y <persName type="authority">Plauto</persName><note
                place="bottom"> En este último enunciado quizás sea posible detectar ecos de dos
                importantes textos progongorinos de la polémica: el <title>Examen del
                  «Antídoto»</title> del abad de Rute (1615_examen) y la anónima <title>«Soledad»
                  primera, ilustrada y defendida</title> (1618_defensa-soledad), de los que Angulo
                parece tomar algunas ideas expresadas en estos pasajes: «según Aristóteles, las
                artes, en cuanto a su esencia y a su objeto, inmudables son y eternas, pero no en
                cuanto al modo de enseñarlas o aprenderlas, que éste admite variedad según los
                tiempos e ingenios, con los cuales de ordinario prevalece la novedad, como cosa que
                aplace imitación en la poesía, y su fin es ayudar deleitando: [...] ¿guardan hoy,
                por ventura, la tragedia y la comedia el modo mismo que en tiempo de Thespio o de
                Eupolo? No, por cierto, informémonos de Aristóteles y Horacio; pues ¿por qué? Porque
                se halló modo mejor para deleitar del que ellos usaron, como lo tenemos hoy en
                nuestras comedias diverso del de los griegos y latinos (aunque no ignorado de
                Aristóteles), y es cierto que nos deleita este nuevo más que pudiera el antiguo, que
                cansara hoy al teatro. [...] Luego este motivo bastante es para que se trabaje un
                poema, cual el de las Soledades, más largo que le usaron los antiguos líricos y
                tejido de algunas acciones diversas ¡Oh, señor, que no le conocieron los que dieron
                preceptos del arte!, ¿qué importa, si le ha hallado como medio más eficaz para
                deleitar la agudeza y gusto de los modernos?, ¿quién reprehendió a Eurípides y
                Sófocles, quién a Horacio y a Virgilio, quién a Plauto y Terencio, porque tomaron
                otra derrota de la que habían seguido sus mazorrales predecesores en el arte?»
                (1615_examen); «ni debe movernos lo que se opone del atrevido uso de palabras poco
                admitidas en la lengua, tan peregrinas y ajenas de la común, españolizándose los
                verbos meramente latinos, porque ese argumento es de poca importancia para el que ha
                conocido la variedad y mudanza que suele el tiempo causar en los lenguajes, pues con
                él (como advirtió advertidamente Alderete) se envejece, muda y trueca, de manera que
                en pocos años recibe notables alteraciones […]. Experiencia de esto se puede hacer
                en nuestro idioma que, en poco más de cien años (no quiero hablar del tiempo de las
                  <hi rend="i">Partidas</hi>), ha recibido tantas voces nuevas y tal mudanza que ya
                el estilo es otro, la habla diferente, y parece que juntamente la poesía española ha
                participado el mismo incremento, adelantándose tanto que deja atrás la italiana, y
                está de medir con la mejor griega y latina, con los fertilísimos campos que le ha
                descubierto <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> de
                Góngora, enriqueciéndola con nuevas indias, minas poéticas, nunca manifestadas sino
                a su erudición [...]. Débele España todo el ornamento y hermosura de su poesía, pues
                él sólo la ha puesto en su última perfección y en la más alta cumbre que jamás se ha
                visto, echando el contrapunto a los mejores poetas nuestros. Garcilaso (como
                advierte Herrera) “no halló en su tiempo tanto conocimiento de artificio poético, y
                con su ingenio lo alzó y levantó a mayor grandeza y espíritu de lo que en aquella
                sazón se podía esperar”. Si bueno fue entonces, loable y digno de alabanza, ¿por qué
                lo que entonces mereció Garcilaso no lo ha de alcanzar hoy <persName type="polemist"
                  key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>?» (1618_defensa-soledad). Como se ve,
                los argumentos en los que Angulo podría haberse inspirado aparecen en los textos
                originales insertos dentro de razonamientos muy similares al expuesto aquí por el
                gongorista lojeño, de cuya postura ante las innovaciones poéticas me he ocupado en
                el estudio preliminar. Véase <ref xml:id="ref17" target="ref18">infra 1</ref> e <ref
                  xml:id="ref19" target="ref20">infra 2</ref>.</note>. Con autoridad también se
              prueba, pues, que por la alteza y cultura que dio <persName type="authority"
                >Cicerón</persName> a la lengua latina en Roma, le llamaron y llaman hoy autor de la
              elocuencia, y <persName type="authority">Lucano</persName><note place="margin"> lib. 7 De
                bell. ciu.</note>,</p>
            <quote><l><hi rend="i">Romani maximus autor</hi></l>
              <l><hi rend="i">Tullius eloquii</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Lucano</persName>, <title>Farsalia: de la Guerra Civil</title>,
                  VII, vv. 62-63: «el máximo representante de la elocuencia romana, Tulio» (Lucano
                  1984: 292-293).</note>.</l></quote>
            <p>Luego ¿antes no tenía tanta magnificencia<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: magnificiencia.</note> como él dio al lenguaje y con el
              tiempo ha cobrado? <persName type="authority">Lucrecio</persName> en el libro 1, <title>De
                rerum natura</title>, y <persName type="authority">Quintiliano</persName>, libro 1, capítulo
                5<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: capítulo 9.</note>
              <note place="bottom">
                <persName type="authority">Lucrecio</persName>, <title>Sobre la naturaleza de las
                  cosas</title>, I, vv. 136-139: «<hi rend="i">nec me animi fallit Graiorum</hi>
                <hi rend="i">obscura reperta</hi> / <hi rend="i">difficile inlustrare Latinis
                  uersibus esse</hi>, / <hi rend="i">multa nouis uerbis praesertim cum sit
                  agendum</hi> / <hi rend="i">propter egestatem linguae et rerum nouitatem</hi>» («y
                a mi comprensión no escapa que es difícil aclarar en versos latinos los oscuros
                hallazgos de los griegos, sobre todo cuando en muchos casos tenemos que manejarnos
                con palabras nuevas a causa de la pobreza de nuestra lengua y la novedad de los
                temas»; Lucrecio 2003: 129). Para la identificación de esta cita de Lucrecio, he
                adoptado como referencia el f. 47v de las <hi rend="i">Epístolas</hi>, donde Angulo
                repite idéntica la misma pareja de autoridades para sancionar la innovación en el
                uso poético de las voces, con la diferencia de que en ese caso sí reproduce las
                citas a las que se refiere; por tanto si nos atenemos a lo expresado en el f. 47v y
                dando por bueno que Angulo tiene en mente aquí lo mismo que refleja literalmente
                allí, el pasaje de las <title>Instituciones</title> oratorias de <persName
                  type="authority">Quintiliano</persName> a que se alude ahora es del libro I, capítulo
                V, § 58: «<hi rend="i">et confessis quoque Graecis utimur uerbis, ubi nostra desunt,
                  sicut illi a nobis nonnunquam mutuantur</hi>» («y usamos también palabras griegas
                admitidas, cuando nos faltan propias, así como también ellos reciben a veces
                palabras nuestras en préstamo»; Quintiliano 1997-2000, t. I: 89 y 91). Asimismo, y
                aunque Angulo remite aquí al capítulo IX del libro I, nada hay en ese brevísimo
                apartado de las <hi rend="i">Instituciones</hi> que cuadre con el contexto
                argumentativo de este pasaje, por lo que el impreso debe de contener en este caso
                una errata, que me he permitido corregir.</note>, lo aseguran. Pues ¿por qué en la
              nuestra no sucederá lo mismo? ¿Es tejida en menos cuenta? O ¿es alabanza de algún
              idioma tenerle por inculto?<note place="bottom"> Estos interrogantes esconden muy
                posiblemente una paráfrasis del <title>Examen del «Antídoto»</title>: «¿qué tiene
                nuestra lengua, es tejida en menos cuenta que las demás, para que sea incapaz del
                ornato que reciben ellas? ¿es alabanza de algún idioma venderse por estrecho de
                tragaderas?» (1615_examen).</note>.</p>
            <p><quote>Que sea natural en el latino el trastorno de las palabras</quote>, como dice
              vuestra merced en su ejemplo segundo: <hi rend="i">distinguo</hi><note place="bottom">
                Si no se trata de una errata («distinguo»* por «distingo»), es posible que Angulo
                esté usando un latinismo (<hi rend="i">distinguo</hi>) típico de la disputa
                escolástica, cosa que hace en otras ocasiones (por ejemplo, poco después al decir:
                «concédolo» y «niego»). El sentido del enunciado sería aproximadamente: Angulo
                acepta esa proposición dependiendo de cómo se entienda lo de «natural», es decir,
                haciendo una «distinción» (<hi rend="i">vid. infra</hi>, cuando afirma: «pruebe
                Quintiliano mi distinción»).</note> esta proposición. Es natural usando del arte
              retórica (o no será de provecho): concédolo. Es natural según su principio (que le
              tuvo sin ornato): niego. Lo propio diremos (sin algún inconveniente) de nuestra lengua
              castellana: que no es natural en ella, por sí misma, el uso de los hipérbatos o
              transposiciones, pero lo es ayudada del arte retórica (pues es para todas lenguas),
              cuyo uso ha enseñado <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> con tanta elegancia y novedad. Y aunque esto <pb n="f. 12v"/> es
              cosa notoria, pruebe <persName type="authority">Quintiliano</persName> mi distinción, que
              hablando de la controversia que hubo entre algunos de su tiempo sobre la composición
              natural o artificiosa de la oración, dice<note place="margin"> lib. 9 cap. 4</note>:
                  <quote><hi rend="i">qui si id demum naturale esse dicunt, quod a natura primum
                  ortum est, et quale ante cultum fuit, tota haec ars orandi subuertetur: neque enim
                  loquuti sunt ad hanc regulam, et diligentiam promi homines, nec proemiis
                  praeparare, docere expositione, argumentis probare, affectibus commouere
                  scierunt</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                IX, IV, § 3-4: «si con ello afirman que es precisamente natural lo que nace primero
                de la naturaleza y que existió cual era antes de ser cultivado, para estos queda
                destruido por completo el arte de la oratoria. Porque ni los primeros hombres
                hablaron según esta regla y esmero, ni supierom disponer de antemano al público por
                medio de proemios, informarle por medio de una exposición del caso, probar por medio
                de argumentos y mover por medio de los sentimientos» (Quintiliano 1997-2000, t. III:
                391).</note>. Y más abajo dice: <quote><hi rend="i">uerum id est maxime naturale,
                  quod fieri natura optime patitur</hi></quote><note place="bottom">
                <hi rend="i">Ibidem</hi>, § 5: «verdaderamente es, sobre todo, natural aquello que
                la naturaleza permite desarrollarse de la mejor manera» (Quintiliano 1997-2000, t.
                III: 391).</note>. Que no se puede entender que sea mejor lo mal compuesto que lo
              bien colocado.</p>
            <p>Junta vuestra merced su autoridad con el ejemplo para prueba de su conclusión, y en
              folio 38, página 2, dice muy aseveradamente que la lengua italiana ni la francesa no
              admiten ni usan las transposiciones que <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName><note place="bottom"> «De manera que éste
                es idioma de la lengua latina, y no de la castellana, ni de otra ninguna vulgar,
                hijas de la romana, que son la española, italiana y francesa. […] Ni en prosa ni en
                verso usa el francés ni el italiano de las transposiciones de <persName
                  type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>», Epístola X, f.
                38r-38v (1634_cascales-villar).</note>; y aunque no admitirlas o no usarlas estos
              lenguajes, o porque no quisieron sus poetas o no supieron (que sí supieron y
              quisieron) o por otra causa, no es argumento para que no las admita la lengua
              castellana ni consecuencia para que no las usen ni puedan usar sus poetas, pues no
              siempre la hacen los preceptos <pb n="f. 13r"/> de uno a los de otro idioma, respondo
              que si no me acuerdo mal de lo que no supe bien, <hi rend="i">no hay prueba de
              no</hi>, según la ley I, <title>Digesto</title>, <hi rend="i">De probationibus et
                defensoribus</hi>, y más al propósito la ley I, título 14, parte 3, y allí la
                glosa<note place="bottom"> Podría referirse a: [<persName type="authority"
                  >Justiniano</persName>], <title>Digestorum seu Pandectarum Libri Quinquaginta</title>,
                XXII, III «<hi rend="i">De probationibus et defensoribus</hi>», y I, XIV «<hi
                  rend="i">De officio praetorum</hi>».</note>. Y si alegar dos versos italianos y
              dos franceses sin transposición, como aquí hace vuestra merced, probase que no las usa
              su lenguaje, probara yo contra vuestra merced y la verdad que no las usa el latino con
              estos dos versos de <persName type="authority">Virgilio</persName>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Consonat omne nemus strepitu collesque resultant</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Virgilio</persName>, <title>Eneida</title>, VIII, v. 305: «y a
                  su clamor resuena todo el bosque y devuelven el eco los collados» (Virgilio 1997:
                  384).</note><note place="margin"> Aen. 8 ver. 305</note>.</l>
              <l><hi rend="i">Turris erat uasto suspectu et pontibus altis</hi><note place="bottom">
                  <hi rend="i">Ibidem</hi>, IX, v. 530: «había un torreón alzado a gran altura de la
                  vista» (Virgilio 1997: 425).</note><note place="margin"> Aen. 9 ver.
                530</note>.</l></quote>
            <p>Y de paso, aviso a vuestra merced como amigo que no lo diga otra vez, porque si acaso
              pareciera lo contrario, quedaría tenido por hombre que mira las cosas con menos
              atención que debe y peligraría su crédito; que si en los ejemplos que alega no hay
              transposiciones (que sí hay), las habrá en otras partes que no ha reparado. ¿Quiere
              ver vuestra merced lo uno y lo otro? Pues léase a sí mismo y hallará que dice el <persName
                type="authority">Tasso</persName> en el soneto que le cita<note place="margin"> fol.
                104</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Non teme, o nube al suo splendor molesta</hi><note place="bottom">
                  <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola II («Al licenciado
                  Francisco de Cuenca, maestro de humanidad en la ciudad de Jaén»), f. 104r (García
                  Soriano 1954: 39). Se trata del verso octavo del soneto «Da verde allor, la cui
                  frondosa testa», de las <title>Rimas heroicas</title> de <persName type="authority"
                    >Torquato Tasso</persName>.</note>.</l></quote>
            <p>Donde está traspuesto el epíteto <hi rend="i">molesta</hi>, que le atribuye a la <hi
                rend="i">nube</hi>. Y el <persName type="authority">Petrarca</persName> también, a quien
              vuestra merced alega sin transposición<note place="bottom"> «La italiana tampoco
                admite esos trastruecos. Petrarca: <hi rend="i">Voi che ascoltate in rime sparse il
                  suono</hi>», Epístola X, f. 38r (1634_cascales-villar).</note>, dice, <pb
                n="f. 13v"/> hablando con Júpiter, en el del soneto <quote><hi rend="i">L´aura che
                  il verde lauro</hi></quote>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Manda, prego, il mio in prima</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: imprima</hi>.</note><hi rend="i"> che il suo fine</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Petrarca</persName>, <title>Cancionero</title>, CCXLVI, v.
                  8.</note>. <note place="margin"> Petrar. ver. 6</note></l></quote>
            <p>Por <hi rend="i">il mio fine</hi>. Y en el último verso:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Senza le honeste sue dolci parole</hi><note place="bottom">
                  <hi rend="i">Ibidem</hi>, v. 14.</note>.</l></quote>
            <p>Por <hi rend="i">honeste parole</hi>. Y él en su <title>Jerusalem</title> dijo:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Hor nulla teme</hi>,</l>
              <l><hi rend="i">opera di furor</hi><note place="bottom"> Torquato Tasso, <hi rend="i"
                    >Jerusalén liberada</hi>, XX, 76, vv. 7-8.</note><note place="margin"> cant. 20
                  est. 76 Tass</note>.</l></quote>
            <p>Por <hi rend="i">nulla opera</hi>. <persName type="authority">Sannazaro</persName> en sus
                <title>Rimas</title>, soneto quinto, que comienza <hi rend="i">Anima
              eleta…</hi>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Con voce dir me udrai bassa e tremante</hi><note place="bottom">
                  Sannazaro, <hi rend="i">Rimas</hi>, V, v. 14.</note>.</l></quote>
            <p>Por <hi rend="i">voce tremante</hi>. Y otras infinitas que hay en estos y otros
              grandes poetas. Diga, pues, vuestra merced si, habiéndolas usado ellos, las admite su
              lenguaje. Del francés no hablo, porque no le entiendo, mas diré (no injustamente) que,
              habiéndose engañado en la italiana, que es más familiar con la nuestra y con la lengua
              latina (y en vuestra merced es yerro este de mayor cuantía, por ser tan visto en
              todas), infiero que se engañó en la francesa. Y cuando no, en nada contradice a mi
              intento, pues usar o no transposiciones esta lengua no es regla ni doctrina para la
              nuestra. Crea, pues, vuestra merced que en todas se usan o pueden usar, o por
              necesidad, para ajustar el verso al metro o la oración a la suavidad, o por gala y
              mayor ornato y magnificencia del poema<note place="margin"> Quintil. lib. 8 cap.
                6</note>. <pb n="f. 14r"/> Que yo desde ahora creeré por cierta con grande
              fundamento la doctrina de <persName type="authority">Mantuano</persName> en el diálogo
                <title>Contra detractores</title>: <quote><hi rend="i">deinde uelim
                scias</hi></quote> (dice<quote><hi rend="i">) non esse detractoribus facile
                  credendum, quia non mature, etiam si docti sint, sed praecipitanter singula
                  iudicant</hi></quote><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: inducunt</hi>. La variante <hi rend="i">iudicem</hi> de este
                fragmento está documentada en ediciones de la época de Mantuano.</note>, <quote><hi
                  rend="i">et putantes nugas suas iudicem non habituras, nec ullo incerniculum
                  scutiendas</hi></quote><note place="bottom"> Propongo como hipotética fuente:
                  [<persName type="authority">Giambattista Spagnuoli Mantovano</persName> o <persName
                  type="authority">fray Bautista Mantuano</persName>], <title>Contra Detractores
                  Dialogus</title>, en …<hi rend="i">Ultima pars operis</hi>, Lyon: Bernard
                Lescuyer, 1516, impreso sin foliar: «después querría que supieras que no se debe
                creer fácilmente a los detractores, porque juzgan cada cosa no maduradamente, aun
                siendo doctos, sino precipitadamente y considerando que sus pamplinas no van a tener
                jueces ni van a ser pasadas por ninguna criba».</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 3.</head>
            <p>La segunda objeción es <quote>que por las continuas metáforas y atrevidas se hace
                oscura esta poesía</quote>. Y válese vuestra merced para prueba con ejemplo del
              verso último de la rima primera de la dedicatoria de esta <hi rend="i"
                >Fábula</hi><note place="bottom"> «Las perpetuas metáforas son también la principal
                causa de esta confusión y obscuridad; como: <hi rend="i">Peinar el viento y fatigar
                  la selva</hi>. Aquí <hi rend="i">peinar el viento</hi> es atrevida metáfora»,
                Epístola VIII, f. 33v (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>, que dice:</p>
            <quote><l>Peinar el viento, fatigar la selva<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.8"
                    >OC255.8</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Esta primera metáfora usó otra vez <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >don Luis</persName> (otro no antes, a mi ver) en el verso 969 de la segunda 
              <hi rend="i">Soledad</hi> por un baharí que seguía a un doral:</p>
            <quote><l>Rápido al español alado mira</l>
              <l>peinar el aire<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.863"
                    >OC264C.863-864</ref>. El número de verso señalado por Angulo coincide con el
                  ofrecido por las <title>Lecciones solemnes</title> de Pellicer: <hi rend="i">vid.
                    </hi><ref xml:id="ref110" target="ref111">infra</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Pues diré a quién y cómo hacen alusión estas metáforas, porque si han parecido
              atrevidas o por de no fácil inteligencia o por nuevas, entendidas las alabe el que
              antes no penetró <pb n="f. 14v"/> su mucha gala y similitud, y no repruebe su
              novedad, conformándose al parecer de <persName type="authority">Quintiliano</persName>, pues
              dice vuestra merced<note place="margin"> fol. 105</note>
              <quote>que ningún hombre cuerdo se atreverá a perderle el respeto</quote><note
                place="bottom"> «Y si por ser parte no se me debe crédito, hable Quintiliano, a
                quien nadie que bien sienta le perderá el respeto», <title>Cartas
                  filológicas</title>, Década tercera, Epístola III («Al licenciado Juan de Aguilar,
                maestro de humanidad en la ciudad de Antequera»), f. 105r (García Soriano 1954:
                45).</note>. Y aconseja <persName type="authority">este autor</persName> que se inventen
              novedades: <quote><hi rend="i">audendum tamen</hi>:</quote> (dice<note place="margin">
                lib. 1 cap. 10</note>) <quote><hi rend="i">nam, ut Cicero ait, etiam quae primo dura
                  uisa sunt usu molliuntur</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                I, V, § 72: «sin embargo, es preciso arriesgarse: pues, como dice Cicerón, aun las
                cosas que al principio parecen duras, se suavizan con el uso» (Quintiliano
                1997-2000, t. I: 95). Comienza ahora una breve serie de escolios, digamos,
                abocetados –y algo pueriles también, para qué negarlo–, donde quién sabe si Angulo
                está ensayando algunas de las notas que planeaba añadir a su ms. <title>Varias
                  poesías</title>, en preparación por estos años, o incluso si está aprovechando
                apuntes que ya tuviera hechos a tal efecto.</note>.</p>
            <p>La alusión, pues, que hacen es a los cabellos, esto es claro, y hácenla de este modo:
              así como el peine, entremetiéndose por los cabellos cuando con sus dientes los peina,
              los divide y abre y hace lugar para su paso, así se le hacen las aves con sus alas por
              el aire, dividiéndole y abriéndole con ellas. Esto es tan evidente que aun lo juzga el
              sentido corpóreo, y cuando no lo juzgue, no por eso fuera atrevida la metáfora, pues
              dice por ella <persName type="authority">Quintiliano</persName><note place="margin"> lib. 8
                cap. 2</note>: <quote><hi rend="i">translatio quoque, in qua uel maximus est
                  orationis ornatus, uerba non suis rebus accommodat. Quare proprietas non ad nomen,
                  sed ad uim significandi refertur, nec auditu, sed intellectu perpendenda
                est</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, II, § 6: «también el uso trasladado, la metáfora, en el que consiste sin duda
                el más grande adorno del discurso, acomoda palabras a cosas que no le pertenecen.
                Por lo cual la propiedad de una expresión no se refiere a la denominación, sino a la
                fuerza del significado, y no se debe valorar por lo que suena en el oído, sino por
                lo que quiere darse a entender, por su sentido» (Quintiliano 1997-2000, t. III:
                167).</note>. Luego ¡basta para ser buena la translación que la juzgue el
              entendimiento!</p>
            <p>Probemos la conclusión con texto de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
                >don Luis</persName>, que, pues la frase es suya, bien es que <pb n="f. 15r"/> la
              prueben sus versos, mayormente cuando por nueva no se halla en autor clásico. El verso
              tercero de la rima quinta de esta <hi rend="i">Fábula</hi> dice, hablando del cabello
              de Polifemo:</p>
            <quote><l>Al viento que lo peina proceloso<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.59"
                    >OC255.59</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Esto es (y no puede ser de otro modo) al viento, que, entremetiéndose por el cabello,
              lo esparce y se hace lugar para pasar. En la rima 18 dijo: <quote>y los arados /
                peinan las tierras</quote><note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.162"
                  >OC255.162-163</ref>.</note>. Y en el romance <title>Según vuelan por el
                mar</title>, copla 8, finge garza un bajel y ave de rapiña otro que le sigue, y
              dice:</p>
            <quote><l>Peinándole va las plumas<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem131#l131.25"
                    >OC131.25</ref>. En las versiones más autorizadas de este romance gongorino
                  figura como primer verso el octosílabo «Según vuelan por el agua» (y no «mar»,
                  como dice Angulo); sí encontramos en cambio esta última variante textual en el ya
                  citado ms. <title>Varias poesías</title>, donde Angulo incluye esta composición
                  con el nº 24 entre los f. 27r-28r.</note>.</l></quote>
            <p>Lo cual no se puede entender bien de otra suerte, sino que, entremetiéndose los
              arados por la tierra, las uñas del tagarote por entre las plumas de la garza se hacían
              paso para tomar nuevo lugar y dejar el que tenían.</p>
            <p>También le hallo similitud en el movimiento y en la material forma del ala de esta
              suerte: así como el movimiento del peine, cuando hace su oficio, es de arriba abajo y
              al contrario, así es el más continuo de las alas de las aves. Esto es cuanto al
              movimiento. Cuanto a la forma, porque por lo delgado de las puntas de las plumas y
              grueso de los encuentros de las alas, parecen <pb n="f. 15v"/> algo a los peines y
              dientes suyos las plumas abiertas. Luego no es atrevida la metáfora con tantas
              similitudes en el movimiento, en la forma y en el efecto. Y dice <persName
                type="authority">Quintiliano</persName>, alegado arriba: <quote><hi rend="i">etiam quae
                  bene translata sunt, propria dici solent</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, II, § 10: «también lo que se aplica con acierto de una cosa a otra, se suele
                llamar propio» (Quintiliano 1997-2000, t. III: 169).</note>. Y para suponer
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> que el conde de
              Niebla (ya hoy duque de Medina)<note place="bottom"> Manuel Alonso Pérez de Guzmán y
                Silva (1579-1636), VIII duque de Medina Sidonia desde 1615 y antes XI conde de
                Niebla. <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref23" target="ref24"
                >infra</ref>.</note>, a quien dedicó su <hi rend="i">Fábula</hi>, estaría
              entretenido en la cetrería, no pudo darlo a entender con más galante y nueva frase ni
              metáfora más ajustada y propia.</p>
            <p>Para más prueba de su conclusión y suficiente, condena por atrevida la metáfora del
              último verso de la rima 1 de esta <hi rend="i">Fábula</hi><note place="bottom">
                «También es atrevida aquella metáfora: <hi rend="i">Mordaza es a la gruta de su
                  boca</hi>», Epístola VIII, f. 33v (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>:</p>
            <quote><l>Mordaza es a una gruta, de su boca<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.32"
                    >OC255.32</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Y como no dice el porqué, me obliga a preguntar si la metáfora o translación no es ya
              la que hasta ahora ha sido y define <persName type="authority">Cicerón</persName> y <persName
                type="authority">Quintiliano</persName><note place="margin">Reto. 4 tit. 52 lib. 8 cap. 6</note>, y divide en cuatro especies<note
                place="bottom"> [<persName type="authority">Cicerón</persName>], <title>Retórica a
                  Herenio</title>, IV, § 34, según ediciones modernas. No he logrado encontrar el
                pasaje evocado por Angulo ateniéndome a la localización bibliográfica que ofrece en
                la nota marginal, la cual quizás contenga una errata; la cita que reproduzco
                seguidamente podría responder a lo aducido por Angulo en el cuerpo del texto y en su
                margen, y pertenece a <title>M. Tulii Ciceronis Rhetoricorum ad Herennium libri
                  quatuor</title>, IV, «<hi rend="i">De exornationibus uerborum</hi>» (f. 77v en la
                ed. de Venecia: <hi rend="i">ad Signum Iurisconsulti</hi>, 1578): «<hi rend="i"
                  >translatio est cum uerbum transfertur in quandam rem ex alia re, quod s. uerbum
                  uidetur posse transferri recte, propter similitudinem</hi>» («la metáfora se
                produce cuando una palabra es transferida de un objeto a otro porque la semejanza
                parece justificar esa transferencia»; Anónimo 1997: 281). Por otra parte, la
                referencia a <persName type="authority">Quintiliano</persName> alude indudablemente a los
                parágrafos 4-18 de las <title>Instituciones oratorias</title>, VIII, VI; he aquí
                algunos fragmentos: «<hi rend="i">incipiamus igitur ab eo, qui cum frequentissimus
                  est tum longe pulcherrimus, translatione dico, quae</hi> μεταφορά<hi rend="i">
                  Graece uocatur</hi>. […] <hi rend="i">Neque enim uulgaris esse neque humilis nec
                  insuauis haec recta modo adscita potest. Copiam quoque sermonis auget permutando
                  aut mutuando quae non habet, quodque est difficillimum, praestat ne ulli rei nomen
                  deesse uideatur. Transfertur ergo nomen aut uerbum ex eo loco, in quo proprium
                  est, in eum, in quo aut proprium deest aut translatum proprio melius est</hi>. […]
                  <hi rend="i">Huius uis omnis quadruplex maxime uidetur: cum in rebus animalibus
                  aliud pro alio ponitur</hi> […]<hi rend="i">, inanima pro aliis generis eiusdem
                  sumuntur</hi> […]<hi rend="i">, aut pro rebus animalibus inanima</hi> […] <hi
                  rend="i">aut contra</hi> […]» («comencemos, pues, por el <hi rend="i">tropo</hi>
                que es, por una parte, el más frecuente y, por otra, el más hermoso entre todos,
                quiero decir la <hi rend="i">translatio</hi>, traslación de significado, que en
                griego se llama <hi rend="i">metaphorá</hi>. […] Y si está [la metáfora] rectamente
                elegida y empleada, no puede ser vulgar ni baja ni de efecto desagradable. También
                aumenta ella la plenitud de la expresión, por trueque o préstamo del significado,
                que una cosa no tiene o le falta y, lo que es aún más difícil, presta al lenguaje el
                beneficio de que ninguna cosa parezca carecer de nombre. Por consiguiente, se
                traslada un nombre o un verbo del lugar, donde ocupa su significación propia, a otro
                en el cual o falta el propio nombre, o el nombre trasladado es mejor que el propio.
                […] Toda la eficacia de la metáfora se manifiesta especialmente de cuatro modos:
                cuando en las cosas animadas se pone una por otra […], cuando las cosas inanimadas
                se toman por otras del mismo género […], inanimadas por otras animadas […] o al
                contrario»; Quintiliano 1997-2000, t. III: 245 y 247). Nótese, en fin, que Angulo
                remite a la conocida como <title>Rhetorica ad Herennium</title> dándola por obra de
                  <persName type="authority">Cicerón</persName>, atribución que se mantuvo durante muchos
                siglos y que aún pervivía en el Seiscientos.</note>. La definición traducida es así:
                <hi rend="i">la metáfora es la salida que hacen las voces de su propio significado
                por similitud de la cosa que se saca a la que se aplica</hi>. Sea ejemplo esta: <hi
                rend="i">los prados se ríen</hi>, porque la risa es señal de alegría y esta se halla
              imitada en el verdor de los prados. De la división elijo la especie de <pb n="f. 16r"
              /> mi propósito, que es el respecto que hay <hi rend="i">de las cosas inanimadas a
                otras inanimadas</hi>; como decir <hi rend="i">el concento de las virtudes</hi>,
              porque parece que su unión hace armonía como la música. De esta especie son sin duda
              la <hi rend="i">mordaza</hi> y la <hi rend="i">peña</hi>, que lo era de la boca de la
              cueva. Aplícole, pues, la definición: la mordaza se pone en la boca y en la de la
              cueva era puerta la roca; la mordaza impide el uso a la boca, la peña, el de la cueva.
              Luego si no solo son semejantes en lo inanimado, sino en el lugar y en los efectos,
              bien le conviene la definición y, por consiguiente, no es atrevida, teniendo tanta
              similitud.</p>
            <p>No se hallará tan igual en haber dado nombre de <hi rend="i">fieras</hi> a los
              caballos, siendo domables o domésticos, <persName type="authority">Virgilio</persName><note
                place="margin"> Aene. 5 ver. 818</note>: <quote><hi rend="i">spumantiaque
                addit</hi></quote> / <quote><hi rend="i">fraena feris</hi></quote><note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Virgilio</persName>, <title>Eneida</title>, V, vv. 817-818: «<hi
                  rend="i">iungit equos auro genitor, spumantiaque addit</hi> / <hi rend="i">frena
                  feris manibusque omnis effundit habenas</hi>» («unce padre Neptuno sus corceles
                con sus jaeces de oro, prende en su boca el espumante freno y sus manos les dan todo
                el rendaje»; Virgilio 1997: 293).</note>. Y no tengo noticia que haya vuestra merced
              notado de atrevida esta metáfora; quizá lo deja de hacer porque sabe que <persName
                type="authority">Julio Higino</persName> reprehendió al poeta porque dijo<note
                place="margin"> Aen. 6 ver. 15</note>: <quote><hi rend="i">praepetibus
                pennis</hi></quote><note place="bottom">
                <hi rend="i">Ibidem</hi>, VI, v. 15: «<hi rend="i">praepetibus pennis ausus se
                  credere caelo</hi>» («osó lanzarse al aire con el vuelo de sus alas »; Virgilio
                1997: 302). El gramático latino, de origen hispánico, <persName type="authority">Gayo
                  Julio Higinio</persName> fue autor de unos comentarios a <persName type="authority"
                  >Virgilio</persName>, hoy perdidos, de cuya existencia sabemos, entre otras fuentes,
                gracias a que <persName type="authority">Aulo Gelio</persName> hace numerosas referencias a
                ellos en sus <hi rend="i">Noches áticas</hi>; y es precisamente en el arranque del
                capítulo VI del libro VII de dicha obra donde <persName type="authority">Gelio</persName> da
                cuenta de los reparos de <persName type="authority">Higinio</persName> acerca del verso
                virgiliano «<hi rend="i">Praepetibus pennis ausus se credere caelo</hi>», diciendo:
                  «<hi rend="i">Daedalus, ut fama est, fugiens Minoia regna / praepetibus pennis
                  ausus se credere caelo”. In his Vergilii uersibus reprehendit Iulius Hyginus
                  “pennis praepetibus” quasi inproprie et inscite dictum. “Nam praepetes –inquit–
                  aues ab auguribus appellantur, quae aut opportune praeuolant aut idoneas sedes
                  capiunt”. Non apte igitur usum uerbo augurali existimauit in Daedali uolatu nihil
                  ad augurum disciplinam pertinente</hi>» («“Según se cuenta, para huir del reino de
                Minos, Dédalo osó confiarse al cielo en alas de buenos augurios [<hi rend="i"
                  >praepetibus pennis</hi>]”. Julio Higinio critica en estos versos de Virgilio la
                expresión <hi rend="i">praepetibus pennis</hi> como inadecuada e incorrecta. “Porque
                –dice– los augures llaman <hi rend="i">praepetes</hi> a las aves que vuelan con
                buenos augurios o se posan en lugares idóneos”. Pensó, por tanto, que Virgilio no
                empleó adecuadamente este término augural, porque el vuelo de Dédalo no tiene nada
                que ver con la ciencia de los augures»; Aulo Gelio 2006, t. I: 299). Este pasaje
                enlaza con el que Angulo cita a continuación y que consigno en la nota
                siguiente.</note>. Porque las plumas no son las ligeras, sino las aves. Y que le
              responde <persName type="authority">Aulio Gelio</persName>: <quote><hi rend="i">sed Higinus
                  nimis hercle ineptus est</hi></quote> etc. <quote><hi rend="i">Veniam prorsus
                  Poetis daret similitudine ac translatione uerborum, non significatione utentibus,
                  si uim potius naturamque uerbi considerasset</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Aulio Gelio</persName>, <title>Noches áticas</title>, VII, VI:
                  «<hi rend="i">sed Hyginus nimis hercle ineptus fuit cum quid “praepetes” essent se
                  scire ratus est</hi> […]. <hi rend="i">Set si uim potius naturamque uerbi
                  considerasset neque id solum quod augures dicerent inspexisset, ueniam prorsus
                  poetis daret similitudine ac translatione uerborum, non significatione propria
                  utentibus</hi>» («Pero ¡por Hércules, Higinio fue muy torpe al pensar que sabía lo
                que significaba <hi rend="i">praepetes</hi> […]. Pero, si hubiera tenido en cuenta
                más bien la naturaleza y significado de esta palabra y no se hubiera fijado
                únicamente en lo que decían los augures, hubiera sido comprensivo con los poetas,
                que utilizaban palabras de modo translaticio y metafórico, y no en significado
                propio»; Aulo Gelio 2006, t. I: 299-300).</note><note place="margin"> lib. y cap.
                5</note>.</p>
            <p><pb n="f. 16v"/> El ser una metáfora atrevida no es lo mismo que ser mala, y si el
              poeta ha de inventar, ¿cómo ha de ser, si no es atreviéndose a decir lo que otro no
              alcanzó? Para que el uso ablande los tropos y nuevas frases, principio se ha de dar,
              porque sin él no se puede conseguir el fin. Y si alguno pudo, para que llegue este,
              dar aquel, fue <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName><note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref27" target="ref28">infra</ref>.</note>, sin
              desdén ni agravio de tanto célebre poeta que ilustran nuestra nación. Y si, porque no
              pueden ser atrevidas estas metáforas por falta de similitud de la cosa que se saca a
              la que se aplica, dice vuestra merced que lo son por nuevas o porque otro no las ha
              usado, respondo a lo segundo que esto tienen de bueno y de novedad (entre otras
              excelencias) estos poemas de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName>: decir lo que otro no ha dicho, que por eso es nuevo y no imitado. A
              lo primero digo que, así como es más poderosa la acción de criar que la de engendrar,
              porque esta supone sujeto y aquella no, la acción de inventar es mayor que la de
              imitar, porque para esto hubo principio y para aquello no, sino solo el del propio
              discurso del que inventa. <quote><hi rend="i">Adde</hi></quote> (dice <persName
                type="authority">Quintiliano</persName>)<note place="margin"> lib. 10 cap. 6</note>
              <quote><hi rend="i">quod quid alteri simile est, necesse est, ut minus sit eo, quod
                  imitatur, ut umbra corpore imago facie</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                X, II, § 11: «añade a esto que todo lo que es semejante a otra cosa, es preciso que
                sea inferior al objeto que imita, como inferior es la sombra respecto del cuerpo»
                (Quintiliano 1997-2000, t. IV: 73). Esta cita del rétor de Calahorra abrocha un
                párrafo con una interesante vindicación de las novedades literarias, un argumento
                recurrente de los partidarios de Góngora durante la polémica y que Angulo no duda en
                enarbolar varias veces a lo largo de sus <hi rend="i">Epístolas. Vid</hi>. el
                estudio introductorio a la presente edición, así como Daza (2018b), donde abordo en
                varias ocasiones la cuestión.</note>.</p>
            <p><pb n="f. 17r"/> Luego ¡más es inventar que imitar y de mayor gloria para el poeta!
              No dudó vuestra merced de la que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> merece<note place="margin"> fol. 34</note>, cuando dio por
                <quote>nuevas y particulares sus frases</quote><note place="bottom"> «En fin, todo
                está lleno de metáforas, que aunque sean muy buenas, por hallarse tan a hita vista
                unas de otras, y ser tan particulares y nuevas, se dejan sentir más presto»,
                Epístola VIII, f. 34r (1634_carta-cascales-tribaldos). Angulo mutila interesadamente
                el enunciado original y descontextualiza su cita, para que la crítica de Cascales
                adquiera la apariencia de elogio.</note>, ni cuando dijo<note place="margin"> fol.
                37</note>: <quote>pero ¿cuáles lugares</quote> (de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>) <quote>no son en sus obras cultos,
                elegantes y agudos?</quote><note place="bottom"> «Lo primero que V.m. hace en su
                discurso ingenioso y docto, es citar algunos lugares elegantes, agudos y cultos de
                sus obras. Mas ¿cuáles no lo son?», Epístola X, f. 37r
                (1634_cascales-villar).</note>. Atrévase, pues, por merecer tales elogios, que con
              eso se alcanza la gloria de grande poeta, y diga con <persName type="authority"
                >Propercio</persName>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Magnum iter ascendo, sed dat mihi gloria uires</hi>:</l>
              <l><hi rend="i">non iuuat ex facili lecta corona iugo</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Propercio</persName>, <title>Elegías</title>, IV, X, vv. 3-4:
                  «emprendo un camino difícil, pero la gloria me da bríos: no me agrada la corona
                  recogida en cumbres suaves» (Propercio 1989: 261).</note><note place="margin">
                  lib. 4 ele. 10</note>.</l></quote>
            <p>No obsta que fuese <persName type="authority">Enio</persName> reprehendido (como alega<note
                place="margin"> fol. 37 pag. 2</note> vuestra merced<note place="bottom"> «Las
                perpetuas metáforas son también la principal causa de esta confusión y obscuridad;
                como: <hi rend="i">Peinar el viento y fatigar la selva</hi>. Aquí <hi rend="i"
                  >peinar el viento</hi> es atrevida metáfora, de que fue reprendido Ennio, porque
                dijo: <hi rend="i">Iuppiter hibernas cana niue conspuit Alpes</hi> (‘Júpiter escupió
                blanca nieve sobre los fríos Alpes’)», Epístola VIII, f. 33v
                (1634_carta-cascales-tribaldos). Como hace notar Campa (1980: 146), la asignación de
                dicha figura al poeta <persName type="authority">Quinto Enio</persName> por parte de
                Cascales es errónea, ya que en realidad se debe a <persName type="authority">Furio
                  Bibáculo</persName>, de quien se burla <persName type="authority">Horacio</persName> por lo
                inapropiado del verso que nos ocupa (<title>Sátiras</title>, II, V, v. 41). Campa
                (1980: 146) aventura asimismo que la confusión de Cascales podría estar relacionada
                con una creencia tópica que llega al Siglo de Oro heredada de época medieval y que
                atribuía a <persName type="authority">Enio</persName> una excesiva afectación sintáctica y
                verbal: sobre esta última cuestión, <hi rend="i">vid</hi>. Curtius (1948:
                287).</note>) porque dijo: <quote><hi rend="i">Iuppiter</hi><note type="app"
                  rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: Iupiter</hi>.</note><hi rend="i"> hybernas cana niue conspuit
                  Alpes</hi></quote> (‘que escupió en los montes nieve’), pues no es consecuencia la
              reprehensión de uno justa o injusta, para que a otro se deba la misma. Y el haber
              alegado <persName type="authority">Quintiliano</persName><note place="margin"> lib. 8 cap.
                6</note> este verso para ejemplo de las metáforas, demás de que habla de las duras y
              de larga similitud<note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, VI, § 17: «<hi rend="i">sunt et durae, id est a longinqua similitudine ductae,
                  ut “capitis niues” et “Iuppiter hibernas cana niue conspuit Alpes”</hi>» («hay
                también [metáforas] duras, es decir, metáforas sacadas de una remota semejanza, como
                  <hi rend="i">la nieve de la cabeza</hi> y <hi rend="i">Júpiter escupió nieve cana
                  en los Alpes invernales</hi>»; Quintiliano 1997-2000, t. III: 249).</note>, dícelo
              por los oradores, no por los poetas<note place="bottom"> La distinción oratoria <hi
                  rend="i">vs</hi>. poesía, usada como argumento para autorizar las audacias
                gongorinas, gozó de gran arraigo entre los partidarios del poeta y aparece en la
                polémica desde época temprana: está documentado en el <title>Discurso</title> de
                Ponce (1613_silva), los <title>Discursos apologéticos</title> de Díaz de Rivas
                (1616_discursos-diaz), la <title>«Soledad» primera, ilustrada y defendida</title>
                (1618_defensa-soledad) o las cartas antilopescas de Colmenares
                (1621_respuesta-colmenares; 1628_respuesta-colmenares), entre otros textos. <hi
                  rend="i">Vid</hi>. Daza (2018b).</note>, y menos por <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, en quien no se hallan estos defectos.
              Refiero las palabras porque mejor se vea ser todo así: <quote><hi rend="i">in illa
                  uero</hi></quote> (dice <persName type="authority">Quintiliano</persName>) <quote><hi
                  rend="i">plurimum erroris, quod ea quae poetis</hi></quote>(note vuestra merced el
              paréntesis) <quote><hi rend="i">–qui et omnia ad uoluptatem referunt et plurima
                  uertere etiam</hi></quote>
              <pb n="f. 17v"/>
              <quote><hi rend="i">ipsa metri necessitate coguntur– permissa sunt conuenire quidam
                  etiam prorsae putant</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: prosae purant</hi>.</note></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, VI, § 17: «pero hay en ello muchísimo de error, al pensar algunos que lo que
                está permitido a los poetas, quienes, por un lado, lo conducen todo a dar agrado y,
                por otro, se ven forzados a dar giros a muchas expresiones, hasta por la misma
                necesidad del metro en el verso, le conviene también a la prosa» (Quintiliano
                1997-2000, t. III: 249).</note>. Y adelante: <quote><hi rend="i">omnia libentiora
                  poetis quam oratoribus</hi></quote><note place="bottom">
                <hi rend="i">Ibidem</hi>, § 19: «<hi rend="i">omnia liberiora poetis quam
                  oratoribus</hi>» («…con una libertad mayor para los poetas que para los oradores»;
                Quintiliano 1997-2000, t. III: 251). Es posible que Angulo esté citando aquí de
                memoria.</note>. Y por todo el capítulo habla con esta distinción, de la cual
              infiero que no prueba vuestra merced con el verso de <persName type="authority"
                >Enio</persName> que son atrevidas las metáforas de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>
              <quote>peinar el viento</quote> y <quote>mordaza de su boca</quote>. Antes las aprueba
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, pues no son de larga similitud, como
              probé, ni duras, pues que vuestra merced no les nota este defecto ni se halla en
              ellas, antes sí grande suavidad. Si estas fueran como la que <persName type="authority"
                >Demetrio</persName><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: Dometrio.</note> culpó a <persName type="authority">Homero</persName>
              porque dijo <hi rend="i">alrededor trompeteó el gran cielo</hi>, tomando la metáfora
              de lo mayor a lo menor, y dijera mejor <hi rend="i">tronó la trompeta</hi><note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Demetrio Faléreo</persName>, <title>Sobre el estilo</title>, II,
                § 83: «<hi rend="i">sciendum autem est, nonnullas translationes humilitatem potius
                  quam magnitudine efficere, quamuis translationem causa magnitudinis et
                  amplitudinis accersamus: ut illa “circum autem more tubae clangorem edidit magnum
                  coelum”. Coelum enim totum tonans, non decebat comparare tubae clangenti. Nisi
                  quis Homeri partes tueri uelit, dicens: eodem modo sonuit magnum coelum,
                  quemadmodum sonaret totum coelum tubam inflans</hi>» («no obstante, es conveniente
                no olvidarse de que algunas metáforas producen más trivialidad que grandeza, aunque
                la metáfora sea empleada para producir dignidad y grandeza. Por ejemplo: “y en
                derredor sonó como trompeta de guerra el espacioso cielo”. El firmamento entero al
                resonar no era decoroso compararlo con una trompeta resonante, al menos que alguno,
                en defensa de Homero, dijera que el espacioso cielo resonaba del mismo modo que
                resonaría el cielo entero si tocase la trompeta»; Demetrio. Longino 1979: 56). Cito
                a Demetrio por una traducción latina de la época: <hi rend="i">Demetrii Phalerei De
                  elocutione liber</hi>
                <hi rend="i">Stanislao Ilouio Polono latinitate donatus</hi><hi rend="i">et</hi><hi
                  rend="i"> annotationibus illustratus</hi> (p. 73 en la ed. de Basilea: Juan
                Oporino, 1557).</note>, probara algo vuestra merced que se le pudiera conceder, mas
              no se puede lo injusto y no probado.</p>
            <p>El ser continuas las metáforas no es defecto siendo buenas, antes agradan una y
              muchas veces oídas. Deme la prueba <persName type="authority">Cicerón</persName>: <quote><hi
                  rend="i">quae sunt</hi></quote> (dice<note place="margin"> Ret. 2 tit. 26</note>)
                  <quote><hi rend="i">ampla et pulcra diu placere possunt</hi><note place="bottom">
                  En ediciones modernas: [<persName type="authority">Cicerón</persName>], <title>Retórica a
                    Herenio</title>, IV, § XXIII: «la amplitud y la belleza [de las figuras] pueden
                  agradar largo tiempo» (Anónimo 1997: 260).</note>. Y en el tercero de
                  <title>Orator</title> dice: <quote><hi rend="i">ex omni genere frequentissimae
                    translationes</hi></quote><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: frequentissime transiationes</hi>.</note>
                <hi rend="i">erunt</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>El orador</title><hi rend="i"> (a
                    Marco Bruto)</hi>, XXXIX, § 134: «y habrá frecuentísimas metáforas de todas
                  clases» (Cicerón 1992: 55).</note>. Que sean virtud es claro, porque son las
                metáforas el ornato de la oración. Dícelo <persName type="authority">Quintiliano</persName>
                  así<note place="margin"> lib. 8 cap. 3</note>: <quote><hi rend="i">rectissime
                    traditum est ornatum</hi></quote>
                <pb n="f. 18r"/>
                <quote><hi rend="i">translatis uerbis magis egere</hi></quote><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                  VIII, III, § 15: «<hi rend="i">rectissime traditum est, perspicuitatem propriis,
                    ornatum translatis uerbis magis egere</hi>» («con sumo acierto se haya
                  transmitido la enseñanza de que la <hi rend="i">claridad</hi> exige propiedad de
                  palabras, y que el <hi rend="i">adorno</hi> necesita más de palabras en sentido
                  metafórico,…»; Quintiliano 1997-2000, t. III: 183). La diferencia con la cita de
                  Angulo se debe indudablemente a una manipulación para eliminar la comprometida
                  expresión «<hi rend="i">perspicuitatem propriis</hi>».</note>. Y da la razón que
                para usarlas tienen los poetas, diciendo<note place="margin"> lib. 10 cap. 1</note>:
                    <quote><hi rend="i">quod alligati ad certam pedum necessitatem, non semper
                    propriis</hi></quote><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: propiis</hi>.</note>
                <hi rend="i">uti possunt, sed depulsi a recta uia necessario ad eloquendi quaedam
                  diuertiuncula confugiunt: nec mutare quodam modo uerba, sed extendere, corripere,
                  conuertere, diuidere cogantur</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                X, I, § 29: «<hi rend="i">quod alligata ad certam pedum necessitatem non semper uti
                  propriis possit, sed depulsa recta uia necessario ad eloquendi quaedam deuerticula
                  confugiat, nec mutare quaedam modo uerba, sed extendere, corripere, conuertere,
                  diuidere cogatur</hi>» («porque, vinculada a la estricta obligación de los <hi
                  rend="i">pies métricos</hi>, [la poesía] no siempre puede utilizar las expresiones
                propias de las cosas, sino que, alejada del camino recto, por necesidad busca
                refugio en ciertos apartados senderos del lenguaje, y se ve forzada no sólo a
                cambiar algunas palabras, sino también alargarlas, abreviarlas, desplazarlas de su
                lugar, dividirlas»; Quintiliano 1997-2000, t. IV: 23). Angulo adapta el texto de
                Quintiliano para que concierte con «los poetas».</note>.</p>
            <p>Y si de las metáforas resulta en la oración la virtud del ornato, será mayor este
              cuanto más continuas fueren aquellas. <quote><hi rend="i">Nam illud</hi></quote> (dijo
                <persName type="authority">Cicerón</persName> a mi intento<note place="margin"> 3 De
                ora.</note>) <quote><hi rend="i">quod ex hoc genere profluit, non est in uno uerbo
                  translato, sed ex pluribus continuatis connecticur, ut aliud dicatur, aliudque
                  intelligendum sit</hi></quote>
              <note place="bottom">
                <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>Sobre el orador</title>, III, XLI, §
                166: «pues aquel procedimiento que deriva de éste no consiste en una sola metáfora,
                sino que se articula en muchas seguidas, de modo que se dice una cosa y ha de
                entenderse otra distinta» (Cicerón 2002: 452).</note>. Véase el Número
              siguiente.</p>
            <p>Y si reprueba vuestra merced la poesía de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> porque tiene las metáforas continuas,
              debiera reprobar las dos que tiene el verso primero del soneto citado por de un
                amigo<note place="bottom"> Epístola VIII, f. 31v-32r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>:</p>
            <quote><l>Si igualas en el vuelo al tiempo cano.</l></quote>
            <p>Porque volar es propio en las aves y lo atribuye al hombre y al tiempo; y decirle
              cano al tiempo es translación del cabello, de quien es propio epíteto, cuando de negro
              se vuelve blanco. Y si este soneto (como entiende mi malicia) fuese de vuestra merced,
              ajustada le está la fábula de Esopo, que dicen <pb n="f. 18v"/> imitó <persName
                type="authority">Catulo</persName>, <title>Ad Varum</title>, al fin:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Suus cuique attributus est error</hi>,</l>
              <l><hi rend="i">sed non uidemus manticae quid in tergo est</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Catulo</persName>, <title>Poesías</title>, XXII («A Varo»), vv.
                  20-21: «a cada cual le ha sido otorgado su propio defecto, pero no vemos la
                  alforja que hay en nuestras espaldas» (Catulo. Tibulo 1993: 84). La lección <hi
                    rend="i">quid</hi> es variante textual atestiguada. Angulo alude al apólogo
                  esópico de Prometeo y las dos alforjas que este colocó a los mortales, una en el
                  pecho y otra en la espalda, para que cargaran con los defectos propios y los
                  ajenos: mientras las faltas de los demás reposaban en la bolsa de delante y
                  estaban a la vista del hombre que las portaba, las de cada cual lo hacían en la de
                  detrás, de manera que no podían verse. La moraleja del cuentecillo, que resuena en
                  los versos de Catulo citados por Angulo, advierte de que el ser humano siempre se
                  apresta a juzgar las carencias del prójimo sin reparar primero en las de sí
                  mismo.</note>.</l></quote>
            <p>Y para que mejor se vea la gala y doctrina de este soneto y que casi todo está
              ilustrado de figuras poéticas, y porque ha sido y es y ha de ser ejemplo de otras
              conclusiones, le trasladaré para prueba de todas:</p>
            <quote><l>Si igualas<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: iguales</hi>.</note>en el vuelo al tiempo cano,</l>
              <l>en ligereza al ciervo fugitivo,</l>
              <l>no pongas duda, cogerate vivo</l>
              <l>la que a Dios alcanzó en disfraz humano.</l>
              <l>Escudo que forjó mágica mano,</l>
              <l>templado en aguas de Jalón lascivo,</l>
              <l>no es bastante defensa: irás cautivo</l>
              <l>en la sarta común, tarde o temprano.</l>
              <l>Áureo cetro de rey, sacra tïara,</l>
              <l>egis de Palas, maza hercúlea fuerte,</l>
              <l>quebranta y desmenuza como alheña.</l>
              <l>Hombre, ten por verdad más que el Sol clara,</l>
              <l>que si llegó la hora de la muerte,</l>
              <l>en la mitad de Tíbur es Cerdeña<note place="bottom">
                  <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref8" target="ref7"
                      >supra</ref></note>.</l></quote>
            <p>Y aunque este ejemplo es suficiente para disculpar a <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, si fuese culpa usar las metáforas,
              referiré para mitigarla algunos versos sin ellas para que vuestra merced se persuada
              que no son tan continuas como piensa. En <pb n="f. 19r"/> la Dedicatoria de esta <hi
                rend="i">Fábula</hi>:</p>
            <quote><l>Templado, pula en la maestra mano.</l></quote>
            <quote><l>Gima el lebrel en el cordón de seda<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.9"
                    >OC255.9</ref>
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.15"
                    >OC255.15</ref>.</note><note place="margin"> rim. 2 ver. 1 y
              7</note>.</l></quote>
            <p>En la <hi rend="i">Fábula</hi>:</p>
            <quote><l>Donde espumoso el mar Sicilïano<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.25"
                    >OC255.25</ref>.</note><note place="margin"> ver. y rim. 1</note>.</l></quote>
            <quote><l>La serba, a quien le da rugas el heno<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.77"
                    >OC255.77</ref>.</note><note place="margin"> rim. 7 ver. 5</note>.</l></quote>
            <quote><l>Tal la música es, de Polifemo<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.96"
                    >OC255.96</ref>.</note><note place="margin"> rim. 9 ver. 8</note>.</l></quote>
            <quote><l>En tablas dividida, rica nave<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.433"
                    >OC255.433</ref>.</note><note place="margin"> rim. 52 ver. 1</note>.</l></quote>
            <p>Y en todas las rimas hallará medios versos y enteros sin metáfora ni otra figura, y
              en las <title>Soledades</title> lo mismo. Lea vuestra merced el verso primero de la
              Dedicatoria:</p>
            <quote><l>Pasos de un peregrino son errante<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264A#l264A.1"
                    >OC264A.1</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Y los versos:</p>
            <quote><l>Y, en cuanto da<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: dé</hi>.</note>el solícito montero</l>
              <l>al duro roble, al pino levantado<note place="margin"> ver. 16 y 17</note><note
                  place="bottom"><ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264A#l264A.16"
                    >OC264A.16-17</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>En la primera <title>Soledad</title>, del que salió del mar, dice:</p>
            <quote><l>Besa la arena, y de la rota nave</l>
              <l>aquella parte poca</l>
              <l>que lo expuso en la playa dio a la roca<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: que le expuso a la playa, dio a la roca</hi>.</note><note
                  place="margin"> ver. 66</note><note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.29"
                    >OC264B.29-31</ref>. La discordancia entre el cómputo de versos manejado por
                  Angulo y el que damos en nota provendría de que el autor está citando
                  presumiblemente ateniéndose a la numeración de las <title>Lecciones
                    solemnes</title> de Pellicer (<hi rend="i">vid. </hi><ref xml:id="ref120"
                    target="ref121">infra</ref>), que no hacen distinción entre los versos de la
                  Dedicatoria y los del poema propiamente dicho, sino que utiliza una numeración
                  correlativa para el conjunto formado por los versos prologales dirigidos al duque
                  de Béjar y el resto de la <title>Soledad</title> primera. Ocurre lo contrario en
                  la <hi rend="i">Epístola</hi> segunda. </note>.</l></quote>
            <p>En la segunda <title>Soledad</title>:</p>
            <quote><l>Yace en el mar, si no continüada,</l>
              <l>isla mal de la tierra dividida<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.190"
                    >OC264C.190-191</ref>.</note><note place="margin"> ver. 189</note>.</l></quote>
            <p>Y sería trasladar mucha parte de ellas entresacar versos sin metáfora, pero si
              hacerlo en versos que la tienen fuera prueba de <pb n="f. 19v"/> atrevimiento o
              continuación, ningún poeta se librara de esta culpa y sentenciara vuestra merced
              contra los que aclama para condenar a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
                >don Luis</persName>; mas diré por él lo que <persName type="authority"
              >Marcial</persName>:</p>
            <quote rend="i"><l>laudat, amat, cantat nostros mea Roma libellos,</l>
              <l>meque sinus omnis, me manus omnis habet.</l>
              <l>Ecce rubet quidam<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: quidem</hi>.</note>,pallet, stupet, oscitat, odit,</l>
              <l>hoc uolo<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: ualo</hi>.</note>: nunc nobis carmina nostra
                  placent</l></quote><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, VI, LXI: «mi
                  querida Roma alaba, ama, canta mis libros, / y a mí todos los pechos, a mí todas
                  las manos me tienen. / Mira: uno enrojece, palidece, queda estupefacto, bosteza, /
                  siente odio. Eso quiero: ahora me agradan mis versos» (Marcial 1997, t. I:
                  368).</note><note place="margin"> lib. 6 epi. 61</note>
            <p>Y cuán ajustada sea esta respuesta por <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, vuestra merced lo dice explicándola<note
                place="bottom"> «Y en el epigrama <hi rend="i">Laudat, amat</hi>, etcétera, habla
                contra un maldiciente, que no podía sufrir que Marcial fuese tan celebrado por toda
                Roma, y dice que sin duda eran buenos sus epigramas, pues aquel hacía tantos
                extremos, rabioso de envidia», Epístola X, f. 38v (1634_cascales-villar). Angulo
                acusa indirectamente a Cascales de arremeter contra Góngora por envidia; Villar
                había hecho lo propio con el mismo epigrama de Marcial en la Epístola IX, f. 36r
                (1634_carta-villar-ortiz).</note><note place="margin"> fol. 38 pag. 2</note>.</p>
          </div>
                  <div>
            <head rend="center">Número 4.</head>
            <p>La objeción tercera es: <hi rend="i">que de los hipérbatos o transposiciones y de las
                translaciones o metáforas resulta la oscuridad de estos poemas</hi><note
                place="bottom"> «El velo que entenebrece los conceptos de esta fábula es sola la
                frasis. ¡Harta desdicha que nos tengan amarrados al banco de la oscuridad solas
                palabras! Y esas, no por ser antiguas, no por ser inauditas, no por ser ficticias,
                no por ser nuevas o peregrinas, sino por dos causas: la una por confusa colocación
                de partes, la otra por las continuas y atrevidas metáforas, que cada una es viciosa
                si es atrevida, y juntas mucho más», Epístola VIII, f. 33r-33v
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. En esta con gran facilidad convenimos y así
              se la concedo a vuestra merced, porque el estilo de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> es nuevo, que si no, lo entendieran fácil
              todos, y así entendido, no fuera oscuro, como no lo es para vuestra merced, que lo ha
              entendido tan bien. Pero si por las metáforas y transposiciones han cansado o se
              ignoran de alguno estos poemas, como se persuade diciendo<note place="margin"> fol.
                34</note>
              <quote>que el lector se corre sin adivinarlas y el oyente se duerme al son de tan
                incomprehensibles enigmas</quote><note place="bottom"> «El lector se corre de volver
                y revolver tantas veces sin adivinarlos, el oyente se duerme al son de los
                incomprensibles enigmas», Epístola VIII, f. 34r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>, la culpa está no <pb n="f. 20r"/> de parte
              de los versos, sí del asombro con que muchos se acobardan, rehusando el trabajo para
              entenderlas. Y así a la ignorancia respondo con <persName type="authority"
                >Tertuliano</persName><note place="margin"> lib. De velan. virginib.</note> que
                  <quote><hi rend="i">uitio suo quis quid ignorat</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Tertuliano</persName>, <title>De virginibus velandis</title>, I,
                § 3: «<hi rend="i">suo vitio quis quid ignorat</hi>» («cada cual ignora algo por su
                defecto propio»).</note>. Y al cansancio, lo que Ángelo <persName type="authority"
                >Poliziano</persName> escribe a Fósforo<note type="app" rend="I"><hi rend="i">Em</hi>.:
                Fósfore.</note>: <quote><hi rend="i">bene autem sentire cuius quisque ignarus sit
                  non potest</hi></quote><note place="bottom"> La posible fuente es: Ángelo <persName
                  type="authority">Poliziano</persName>, <title>Opera quorum primus hic tomus
                  complectitur Epistolarum libros XII</title><hi rend="i">…</hi>, XII, epístola «<hi
                  rend="i">Phosphoro pontifici Signino</hi>» (p. 431 en la ed. de Lyon: Sebastián
                Gryphe, 1536): «nadie puede opinar bien acerca de lo que ignora». En realidad, la
                epístola citada por Angulo no es de Poliziano, sino de Hermolao Bárbaro. La cita de
                Poliziano sirve de culminación a un párrafo breve pero de gran condensación
                argumentativa, que representa una suerte de declaración de principios sobre la
                oscuridad –no en vano, con él arranca un capítulo clave de las <hi rend="i"
                  >Epístolas</hi> y sienta las bases del desarrollo posterior del mismo–, si bien
                algo lastrada por el laconismo y escasa capacidad analítica de Angulo. Nuestro
                polemista reconoce la oscuridad gongorina y la asume sin embarazo como bandera y
                seña de identidad de la rompedora propuesta de su defendido, al tiempo que deja
                apuntados dos conceptos de gran rentabilidad en las apologías de la poesía mayor de
                Góngora: el prurito elitista y la necesidad de emplearse con diligencia en el
                placentero desciframiento del mensaje oculto, idea de notable recorrido en el debate
                desde que el propio poeta la enarbolara en su <hi rend="i">Respuesta</hi> de 1615:
                «da causa a que, vacilando el entendimiento en fuerza de discurso, trabajándole
                (pues crece con cualquier acto de calor), alcance lo que así en la lectura
                superficial de sus versos no pudo entender, luego hase de confesar que tiene
                utilidad avivar el ingenio y eso nació de la oscuridad del poeta. Eso mismo hallará
                Vm. en mis Soledades, si tiene capacidad para quitar la corteza y descubrir lo
                misterioso que encubren» (Daza 2011: 285). De esta forma comienza el «Número 4», de
                cuyas líneas maestras he tratado en el estudio introductorio a esta
                edición.</note><note place="margin"> lib. 12 Epist.</note>.</p>
            <p/>
            <p>Resultar oscuridad de los hipérbatos y translaciones no es cosa nueva, aun cuando no
              lo es el uso de aquellos ni la invención de estas. Y así ni esta ni aquel es culpa,
              antes sí virtud, como lo dice <persName type="authority">Quintiliano</persName><note
                place="margin"> lib. 8 cap. 6</note>: <quote><hi rend="i">hyperbaton quoque, id est
                  uerbi transgressionem, non inmmerito inter uirtutes habemus</hi></quote><note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, VI, § 62: «<hi rend="i">hyperbaton quoque, id est uerbi transgressionem,
                  quoniam frequenter ratio compositionis et decor poscit, non inmerito inter
                  uirtutes habemus</hi>» («también el <hi rend="i">hipérbaton</hi>, es decir, el
                pasar por encima de una palabra, lo contamos no sin razón entre las virtudes del
                estilo, porque con frecuencia lo exige la naturaleza de la relacionada disposición
                de palabras y la belleza»; Quintiliano 1997-2000, t. III: 267).</note>. Y en el
              capítulo 2: <quote><hi rend="i">in hac autem proprietatis specie, quae nominibus ipsis
                  cuiuscumque rei utitur, nulla uirtus est</hi></quote><note place="bottom">
                <hi rend="i">Ibidem</hi>, VIII, II, § 3: «mas en esta forma de la <hi rend="i"
                  >propiedad</hi>, que utiliza los nombres en sí distintivos de cada cosa, no reside
                excelencia alguna del lenguaje» (Quintiliano 1997-2000, t. III: 165).</note>. Luego
              ¡es virtud la translación! Y no solo esto, pero ella y el hipérbaton son el adorno de
              la oración y lo que mueve el ánimo a procurar entenderla. Así lo enseña <persName
                type="authority">Cicerón</persName>, aconsejando el uso frecuente de uno y otro:
                  <quote><hi rend="i">ex omni genere</hi></quote> (dice<note place="margin"> 3 de
                Orat.</note>) <hi rend="i">frequentissimae</hi><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: frequentissime</hi>.</note><hi rend="i"> translationes erunt, quod
                eae propter similitudinem transferunt animos, ac mouent huc, uel illuc</hi>, etc.<hi
                rend="i"> et reliqua ex colocatione uerborum, quae sumuntur, quasi lumina magnum
                afferunt ornamentum</hi><note place="bottom">
                <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>El orador</title><hi rend="i"> (a
                  Marco Bruto)</hi>, XXXIX, § 134: «<hi rend="i">ex omnique genere frequentissimae
                  translationes erunt, quod eae propter similitudinem transferunt animos et referunt
                  ac mouent huc et illuc, qui motus cogitationis celeriter agitatus per se ipse
                  delectat. Et reliqua ex collocatione uerborum quae sumuntur quasi lumina magnum
                  afferunt ornatum orationi</hi>» («y habrá frecuentísimas metáforas de todas
                clases, porque ellas a causa de la relación de semejanza transportan el espíritu, lo
                hacen volver y lo mueven de acá para allá, movimiento de la mente que, producido
                rápidamente, deleita por sí mismo. Y los demás efectos que resultan de la
                construcción de las palabras a manera de esplendor proporcionan al discurso gran
                ornato»; Cicerón 1992: 55).</note>.</p>
            <p>Y cuando para prueba de esto me faltase <pb n="f. 20v"/> autoridad de oradores, no me
              podía faltar la de vuestra merced, que dice<note place="margin"> fol. 128</note>:
                <quote>vuelvo a mi Horacio, que le hallo a la mano a cuanto quiero decir: suplícoos
                que le oigáis y le miréis a las manos</quote><note place="bottom">
                <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola VI («Al licenciado
                Andrés de Salvatierra»), f. 128r (García Soriano 1954: 134-135).</note>. Y luego
              refiere cuatro versos de su arte, desde <quote><hi rend="i">ex noto fictum
                carmen</hi></quote> hasta <quote><hi rend="i">accedit honoris</hi></quote><note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Ibidem</hi>, f. 128r (García Soriano 1954: 135): «<hi rend="i">Ex noto
                  fictum carmen sequar, ut sibi quiuis</hi> / <hi rend="i">speret idem, sudet
                  multum, frustraque laboret</hi> / <hi rend="i">ausus idem: tantum series,
                  iuncturaque pollet</hi>: / <hi rend="i">tantum de medio sumptis accedit
                  honoris</hi>» («partiendo de lo conocido, iré tras un nuevo poema, tal que si
                alguno pretende lo mismo, sude no poco y en vano se esfuerce en su intento; tanto
                vale el saber combinar y unir las palabras, tanto brillo se puede darle a lo que se
                ha tomado de lo que es común patrimonio»; Horacio 2008: 397-398). Son los versos
                240-243 del <title>Arte poética</title> de <persName type="authority"
                >Horacio</persName>.</note>. Y lo traduce así: <quote>yo</quote> (dice vuestra
                merced<note place="margin"> fol. 129</note>) <quote>adornaré de tal manera un
                pensamiento, y este de cosas comunes y vulgares, y le dispondré y compondré de
                manera que, oído, a cualquiera le parezca cosa muy fácil, y llegado a tentar lo
                mismo, sude y trasude y trabaje en vano. Tanto importa la orden del arte y cultura
                de las palabras que aquello que fue antes cosa ordinaria recibe tan grande esplendor
                que se desconoce a sí mismo</quote><note place="bottom">
                <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola VI («Al licenciado
                Andrés de Salvatierra»), f. 128r-128v (García Soriano 1954: 135).</note>. Y loando
              el lenguaje culto, no olvidó vuestra merced estas virtudes, pues, traduciendo casi las
              primeras palabras del capítulo 3 y libro 8 de <persName type="authority"
                >Quintiliano</persName>, dice: <quote>porque de hablar un lenguaje limpio y
                claro</quote><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: clara</hi>.</note><quote> poca gloria se alcanza, pues no es más
                que carecer de vicios, sin adquirir gloria ni virtud alguna</quote><note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, Década tercera, Epístola VI («Al licenciado
                Andrés de Salvatierra»), f. 129r (García Soriano 1954: 138).</note>. Luego lo
              contrario, que son los hipérbatos y translaciones que hacen oscura la poesía, que es
              la objeción de vuestra merced, será gloria y virtud, que es mi consecuencia, que
              también se infiere de todo el texto de <persName type="authority">Horacio</persName> y en
              particular de las primeras palabras, <pb n="f. 21r"/> que tocan al ornato, y de
              aquellas: <hi rend="i">tanto importa la orden del arte y la cultura de las
                palabras</hi>. Que lo uno y lo otro está en las transposiciones y metáforas y otras
              virtudes poéticas, y así, por haberlas usado <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, merece alabanza, y sin ellas no se le
              debiera.</p>
            <p>Probada ya, pues, mi conclusión con tan graves autoridades, si verdad tan clara
              necesitara de prueba con ejemplo, ¿cuál como el de tanto poeta castellano que ilustran
              sus obras con el ornato de las metáforas y transposiciones? Y porque esto es notorio,
              pasaré a probar con razón la mía<note place="bottom"> Comienza a partir de aquí un
                bloque argumentativo con un marchamo de concisión expresiva y exposición esquemática
                de los contenidos, pero resuelto conceptualmente de manera notable por lo general,
                en el que Angulo enumera y glosa hasta seis razones que justifican la oscuridad
                gongorina: <hi rend="i">vid</hi>. el estudio preliminar.</note>.</p>
            <p>Sea la primera las muchas que vuestra merced da en la Epístola 6 de la tercera
              Década, apoyando <quote>el lenguaje culto en los sermones</quote><note place="bottom">
                <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola VI («Al licenciado
                Andrés de Salvatierra»), f. 126r-131v (García Soriano 1954: 125-146). <hi rend="i"
                  >Vid. </hi><ref xml:id="ref12" target="ref11">supra</ref>.</note>. Y aunque en
              folio 31 y 39, página 2, lleva vuestra merced lo contrario<note place="bottom"> Es
                difícil saber qué palabras exactas de Cascales en dichos folios tiene en mente
                Angulo; los dos pasajes que reproduzco a continuación casarían bien con la lógica
                argumentativa del contexto –donde, al contrario de los fragmentos de Cascales, se
                alude a la búsqueda de la excelencia y distinción elocutiva–, pero no se ha de
                descartar que sean otros los evocados por el lojeño: «Virgilio, Horacio, Catulo,
                Propercio, Tibulo, Ovidio, Ausonio, Nemesiano, Fracastoro, Pontano, y otros mil, que
                entre los latinos reverenciamos, juntamente con nuestros españoles Lucano, Marcial,
                Séneca y Claudiano, claro escribieron, excepto algunos lugares de doctrina
                particular o historia recóndita o secretos de naturaleza que, como padres de las
                ciencias y como curiosos humanistas, siembran algunas veces por sus obras. Y digo
                bien algunas veces, porque si lo hicieran siempre, cayeran en el vicio de oscuridad,
                condenada de todos los que bien sienten», Epístola VIII, f. 31r
                (1634_carta-cascales-tribaldos); «[Marcial] quiere seguir el camino que todos los
                poetas insignes han tenido, sin nuevas invenciones ni artificios; y que esas
                novedades son buenas para el vulgo, y no para los doctos, a quienes él pretende dar
                gusto; y que no porque el famoso corredor Lada no sepa andar por la maroma, como
                petaurista Arlequín, perderá la buena opinión de gran corredor. Como tampoco la
                perderá el poeta que dejase la ambiciosa poesía de los <hi rend="i">Polifemos</hi> y
                  <hi rend="i">Soledades</hi>, y aquellas dificultades de los cultos, sin provecho
                alguno», Epístola X, f. 39v (1634_cascales-villar).</note>, ¿cuánto más se debe a un
              grave poema? Pues si aquel se ha de entender como se pronuncia, como defiende allí
              vuestra merced<note place="bottom"> Parece interpretación muy libre e interesada de:
                «ya que salimos al campo, sepamos sobre qué reñimos, y no sea todo dar en los
                broqueles, donde no puede haber verdadera herida. Es sobre que no se debe predicar
                la palabra divina en lenguaje crítico y culto, sino en términos claros, para que la
                doctrina evangélica sea de todos entendida. Según eso, señor, lenguaje crítico y
                culto es lenguaje intricado y obscuro, ambagioso y enigmático, de manera que el
                concepto y pensamiento del predicador no viene a ser entendido. Si ello es así, la
                sentencia está bien dada; yo me conformo con la reprehensión y desde luego la llamo
                justa. Pero examinemos, por vida mía, esto que llaman crítico y culto en realidad
                qué cosa sea, y del examen se sacará en limpio si la reprensión ha sido justa»,
                  <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola VI («Al licenciado
                Andrés de Salvatierra»), f. 126v (García Soriano 1954: 127).</note> (y veremos en el
              Número 10), este se ha de leer con atención más de una vez.</p>
            <p>La segunda, <hi rend="i">que la poesía es imitación para deleitar</hi><note
                place="margin"> fol. y pag. última</note>, afírmalo vuestra merced así<note
                place="bottom"> En el folio al que remite la nota marginal, las únicas palabras de
                Cascales que pueden tener alguna relación con la afirmación que Angulo pone en boca
                de aquel son: «la poesía es el arte de imitar con palabras», <hi rend="i">Cartas
                  filológicas</hi>, Década tercera, Epístola X («Al maestro Pedro González de
                Sepúlveda, catedrático de Retórica de la Universidad de Alcalá de Henares»), f. 156v
                (García Soriano 1954: 239). Es probable que la apostilla marginal sea errónea y que,
                en realidad, Angulo se refiera aquí a: «el principal deleite de la poesía nos viene
                por la imitación», <hi rend="i">Cartas filológicas</hi>, Década segunda, Epístola
                III («Al Apolo de España, Lope de Vega Carpio»), f. 54v (García Soriano 1952: 69).
                Cuando menos, sorprende, dicho sea de paso, que un rétor conservador como Cascales,
                enemigo declarado de la nueva poesía, se muestre no obstante en esta última carta
                partidario de la revolución teatral planteada por Lope, que casaba mal con la
                dramaturgia más ortodoxa y clasicista.</note>. Y yo digo con Horacio <hi rend="i"
                >que para mover el ánimo también</hi><note place="bottom"> Esta discutible
                referencia de Angulo, que pone en boca de <persName type="authority">Horacio</persName> un
                postulado crítico que no aparece en el <title>Arte poética</title>, parece responder
                a una artimaña argumentativa para insertar aquí y dar cobertura erudita a dos
                puntales de la poética barroca: el <hi rend="i">movere</hi> y la <hi rend="i"
                  >admiratio</hi>, repetidamente utilizados durante la polémica para amparar a
                Góngora.</note>, y entonces cumplirá con estos dos fines, cuando <pb n="f. 21v"/>
              use nuevas metáforas y menos usados hipérbatos: porque nuestra naturaleza es inclinada
              a novedades y lo que no las tiene casi la ofende, o no lo admite el afecto ni el
              entendimiento lo admira. Y como las flores varias y bien compuestas deleitan la vista
              y mueven al deseo para cogerlas, así deleita y mueve a imitarle un poema con
              magnificencia y ornato<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: oruato.</note>. Y esto resulta de los hipérbatos y
              translaciones.</p>
            <p>La tercera, que a un gran poeta le conviene no solo imitar, sino inventar, y así le
              es permitido (aun sin que <persName type="authority">Horacio</persName> lo permita en su arte
              ni lo defienda <persName type="authority">Cicerón</persName>, 3, <title>De finibus</title>, ni
              lo aconseje <persName type="authority">Quintiliano</persName>, libro 1, capítulo 10)<note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, vv. 9-10: «…<hi
                  rend="i">pictoribus atque poetis</hi> / <hi rend="i">quidlibet audendi semper fuit
                  aequa potestas</hi>» («los pintores y los poetas siempre han tenido el mismo
                derecho de atreverse a cuanto les plazca»; Horacio 2008: 384). Pero no es ese
                conciso pasaje el más representativo al respecto: el preceptista venusino vuelve más
                pausadamente sobre la cuestión, por ejemplo, en los célebres vv. 48-72, donde
                defiende la licitud de las innovaciones poéticas y la saludable evolución de la
                expresión literaria; a continuación cito fragmentariamente el referido pasaje –que
                tiene un notable protagonismo en el argumentario de las <hi rend="i">Epístolas
                  satisfactorias</hi>–, al que acompaño de traducción: «<hi rend="i">si forte
                  necesse est / indiciis monstrare recentibus abdita rerum, et / fingere cinctutis
                  non exaudita Cethegis / continget dabiturque licentia sumpta pudenter, / et noua
                  fictaque nuper habebunt uerba fidem, si / Graeco fonte cadent parce detorta. Quid
                  autem / Caecilio Plautoque dabit Romanus, ademptum / Vergilio Varioque? Ego cur,
                  adquirere pauca / si possum, inuideor, cum lingua Catonis et Enni / sermonem
                  patrium ditauerit et noua rerum / nomina protulerit? Licuit semperque licebit /
                  signatum praesente nota producere nomen. / Vt siluae foliis pronos mutantur in
                  annos, / prima cadunt, ita uerborum uetus interit aetas, / et iuuenum ritu florent
                  modo nata uigentque. /</hi> […]<hi rend="i"> Multa renascentur quae iam cecidere,
                  cadentque; / quae nunc sunt in honore uocabula, si uolet usus, / quem penes
                  arbitrium est et ius et norma loquendi</hi>» («si es necesario mostrar las cosas
                oscuras por medio de símbolos nuevos y crear palabras que no oyeron los fajados
                Cetegos, habrá y se dará licencia para usarlas con la debida cautela. Además, las
                nuevas palabras y las recién acuñadas tendrán crédito si dimanan de fuente griega,
                parcamente vertidas. ¿Y por qué a Cecilio y a Plauto le van a conceder los romanos
                lo que nieguen a Virgilio y Vario? ¿Por qué yo, si puedo hacer unas pocas ganancias
                soy mal mirado, cuando la lengua de Catón y de Ennio enriqueció el habla patria y
                dio a conocer nuevos nombres? Ha sido y será siempre lícito sacar a la luz un nombre
                que lleve el cuño del tiempo. Igual que de un año para otro los bosques cambian de
                hojas y caen las primeras, así perece la generación de las viejas palabras y, al
                igual que los jóvenes, florecen y cobran vigor las que han nacido hace poco. […]
                Renacerán numerosos vocablos que ya decayeron, y decaerán los que ahora se estiman,
                si el uso lo quiere; pues en sus manos están el arbitrio, la ley y la norma del
                habla»; Horacio 2008: 386-388). De otro lado, la referencia en este contexto al
                libro III del <title>De finibus</title> (<title>Del supremo bien y del supremo
                  mal</title>) de <persName type="authority">Cicerón</persName> puede aludir a varios
                lugares del mismo, como, por ejemplo, § 3: «<hi rend="i">quod quidem nemo
                  mediocriter doctus mirabitur cogitans in omni arte, cuius usus uulgaris
                  communisque non sit, multam nouitatem nominum esse, cum constituantur earum rerum
                  uocabula quae in quaque arte uersentur</hi>» («nadie medianamente culto se
                extrañará de esto [la invención de vocablos], si considera que en toda ciencia cuyo
                uso no sea corriente y popular hay muchos nombres novedosos por tener que establecer
                el vocabulario de las materias propias de cada ciencia»; Cicerón 1987: 178); y,
                sobre todo, § 15, que será aducido expresamente por Angulo en la <hi rend="i"
                  >Epístola</hi> segunda en un contexto argumentativo similar: «<hi rend="i">si enim
                  Zenoni licuit, cum rem aliquam inuenisset inusitatam, inauditum quoque ei rei
                  nomen inponere, cur non liceat Catoni</hi>?» («si a Zenón cuando había encontrado
                algún concepto nuevo le fue permitido ponerle un nombre que hasta entonces no se
                había oído, ¿por qué no le ha de ser permitido a Catón?»; Cicerón 1987: 185). Por
                último, nada hay en el décimo capítulo del primer libro de las <title>Instituciones
                  oratorias</title> (como indica Angulo o, mejor, un desliz del impreso) que cuadre
                con el contexto donde aparece la referencia de Angulo; sí, en cambio, en el libro X,
                capítulo II, § 4-5: «<hi rend="i">ante omnia igitur imitatio per se ipsa non
                  sufficit, uel quia pigri est ingenii contentum esse iis quae sint ab aliis
                  inuenta. Quid enim futurum erat temporibus illis quae sine exemplo fuerunt, si
                  homines nihil, nisi quod iam cognouissent, faciendum sibi aut cogitandum
                  putassent? Nempe nihil fuisset inuentum. Cur igitur nefas est reperiri aliquid a
                  nobis quod ante non fuerit? An illi rudes sola mentis natura ducti sunt in hoc, ut
                  tam multa generarent, nos ad quaerendum non eo ipso concitemur quod certe scimus
                  inuenisse eos qui quaesierunt</hi>?» («ante todas cosas, pues, la imitación en
                cuanto tal no es por sí misma suficiente, ya porque es propio de un espíritu
                perezoso darse por satisfecho con lo que otros han inventado. Porque ¿qué podría
                haber ocurrido en aquellos tiempos, que carecieron de modelo alguno, si los hombres
                hubieran opinado que no debían hacer o pensar nada, sino lo que tenían ya conocido?
                Sin duda nada se hubiera inventado. En consecuencia, ¿por qué va a ser una maldad
                que inventemos nosotros algo que antes no existió? ¿Acaso aquellos hombres rudos
                pudieron dejarse guiar por la sola naturaleza de su espíritu, para crear tantas
                cosas, y nosotros por la misma razón no vamos a ser espoleados a la búsqueda, cuando
                sabemos con seguridad que los que buscaron, también encontraron?»; Quintiliano
                1997-2000, t. IV: 71). <ref xml:id="ref16" target="ref15"
                    >supra</ref></note> y lo debe hacer o no será tan digno de alabanza. Y como
              pretende en todos siglos la más suprema, no debe regular su ingenio por el juicio del
              vulgo y así huye del camino ordinario y humilde, valiéndose de las transposiciones y
              nuevas metáforas. Y de no usarlas como enseña el arte, se dirá de él que hace versos,
              pero no merecerá nombre de poeta, como afirma <persName type="authority">Horacio</persName> en
              el suyo<note place="bottom"> Es probable que se refiera a <persName type="authority"
                  >Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, vv. 306-308: «<hi rend="i">munus et
                  officium, nil scribens ipse, docebo</hi>, / <hi rend="i">unde parentur opes, quid
                  alat formetque poetam</hi>, / <hi rend="i">quid deceat, quid non, quo uirtus, quo
                  ferat error</hi>» («sin escribir cosa alguna, enseñaré el oficio y el arte: de
                dónde se sacan recursos, qué es lo que nutre y forma al poeta; lo que es apropiado y
                lo que no lo es; adónde lleva el acierto y adónde el error»; Horacio 2008: 402). Hay
                una referencia afín en el v. 31: «<hi rend="i">in uitium ducit culpae fuga, si caret
                  arte</hi>» («el escapar del defecto, al vicio conduce, si se carece de arte»;
                Horacio 2008: 385).</note> y vuestra merced dice<note place="margin"> fol. 105 pag.
                2</note>: <quote>que no sabrá componer ni disponer un poema sin arte</quote><note
                place="bottom"> Esta cita de Angulo es una paráfrasis muy libre de: «en la poesía
                son menester tres cosas, que no se puede llamar uno con buen derecho poeta si no las
                tiene todas: vena o espíritu poético, éste no se adquiere con industria humana,
                porque es don del cielo […]; la segunda es arte […]; la última es la doctrina»,
                  <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola III («Al licenciado
                Juan de Aguilar, maestro de humanidad en la ciudad de Antequera»), f. 105r-105v
                (García Soriano 1954: 45-46).</note>. Y a este acompaña siempre el ornato, el cual
              resulta de los hipérbatos y transposiciones.</p>
            <p><pb n="f. 22r"/> La cuarta, que ya es recibido de poetas y oradores que el impulso de
              hacer versos es un cierto furor divino (vuestra merced lo confiesa<note place="bottom"
                > Angulo vuelve a citar tendenciosamente a Cascales: «que hable el poeta como docto,
                consiéntolo y apruébolo; y es bien que, ya por la divinidad de la poesía, ya porque
                los poetas son maestros de la filosofía y censores de la vida humana, hablen en
                sublime estilo y toquen cosas arcanas y secretas», Epístola VIII, f. 31r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>)<note place="margin"> fol. 31</note>, con
              que el poeta se inflama y se levanta de los demás hombres. Y esta inflamación le causa
              el embeleso, que no le permite ser humano en su lengua <quote>ni trivial ni trovador,
                sino severo y docto</quote>, como vuestra merced dice<note place="margin"> fol.
                39</note> que debe ser<note place="bottom"> «Considérese, pues, bien, que de ningún
                modo dicen Juvenal ni Horacio que el poeta haya de ser oscuro, sino que no ha de ser
                trivial ni trovador humilde, antes severo y docto, que diga grandes conceptos y
                toque cosas de erudición», Epístola X, f. 39r (1634_cascales-villar).</note>. Y para
              prueba de esto hay graves y muchas autoridades<note place="margin"> Car. 4 od. 6 lib.
                1 Ser. sat. 4 Ovid. 3 de Art. y 4 de Po. eleg. 8 y Fastor. 6 Virg. eglo. 5 ver. 45 y
                egl. 10 ver. 17 Tibul. lib. 3 eleg. 4 Cicer. Pro Archias Arist. Ret. 3 cap. 7 et in
                Poet. y Séneca</note> en <persName type="authority">Horacio</persName>, en <persName
                type="authority">Ovidio</persName>, en <persName type="authority">Virgilio</persName>, en <persName
                type="authority">Tibulo</persName>, en <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>Pro
                Archia</title>, en <persName type="authority">Aristóteles</persName><note place="bottom">
                <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Odas</title> (<title>Carmina</title>),
                IV, VI, vv. 29-30: «<hi rend="i">spiritum Phoebus mihi, Phoebus artem</hi> / <hi
                  rend="i">carminis nomenque dedit poetae</hi>» («Febo es quien me inspira, Febo me
                da arte y nombre de poeta»; Horacio 2004: 343); <persName type="authority"
                  >Horacio</persName>, <title>Sátiras</title>, I, IV, vv. 43-44: «<hi rend="i">ingenium
                  cui sit, cui mens divinior atque os</hi> / <hi rend="i">magna sonaturum, des
                  nominis huius honorem</hi>» («al que tenga talento, al que tenga la inspiración de
                los dioses y una voz capaz de cantar grandes cosas, a ése has de concederle el honor
                de tal nombre [el de poeta]»; Horacio 2008: 87); <persName type="authority"
                  >Ovidio</persName>, <title>Arte de amar</title>, III, vv. 347-348: «<hi rend="i">O
                  ita, Phoebe, uelis! ita uos, pia numina uatum</hi>, / <hi rend="i">insignis cornu
                  Bacche, nouemque deae</hi>!» (¡así lo quieras, oh Febo, y así lo queráis vosotros,
                venerables númenes de los poetas, Baco ilustre por tus cuernos y vosotras, las nueve
                diosas»; Ovidio 1989: 442), y sobre todo, vv. 549-550: «<hi rend="i">est deus in
                  nobis, et sunt commercia caeli</hi>: / <hi rend="i">sedibus aetheriis spiritus
                  ille uenit</hi>» («hay un dios en nosotros y mantenemos relaciones con el cielo.
                Esa nuestra inspiración viene de las mansiones etéreas»; Ovidio 1989: 452); <persName
                  type="authority">Ovidio</persName>, <title>Pónticas</title> (<title>Cartas desde el
                  Ponto</title>), IV, VIII «<hi rend="i">A Suilio</hi>», vv. 55-56: «<hi rend="i">di
                  quoque carminibus, si fas est dicere, fiunt</hi> / <hi rend="i">tantaque maiestas
                  ore canentis eget</hi>» («los dioses, también, si es lícito decirlo, se hacen en
                los poemas, y tan gran majestad necesita de la boca del cantor»; Ovidio 2000: 182) e
                  <hi rend="i">ibidem</hi>, vv. 75-78: «<hi rend="i">utque nec ad citharam nec ad
                  arcum segnis Apollo est</hi>, / <hi rend="i">sed uenit ad sacras neruus uterque
                  manus</hi>, / <hi rend="i">sic tibi nec docti desunt nec principis artes, / mixta
                  sed est animo cum Ioue Musa tuo</hi>» («como no es Apolo remiso ni a la cítara ni
                al arco, sino que acuden uno y otro nervio a sus sagradas manos, así a ti no te
                faltan ni las artes del docto ni las del príncipe, sino que está mezclada en tu
                espíritu, junto con Júpiter, la Musa»; Ovidio 2000: 183); <persName type="authority"
                  >Ovidio</persName>, <title>Fastos</title>, VI, vv. 5-8: «<hi rend="i">est deus in
                  nobis, agitante calescimus illo; / impetus hic sacrae semina mentis habet</hi>: /
                  <hi rend="i">fas mihi praecipue uoltus uidisse deorum</hi>, / <hi rend="i">uel
                  quia sum uates, uel quia sacra cano</hi>» («hay un dios en nosotros; cuando él nos
                agita, entramos en calor: este impulso produce la simiente de una mente consagrada.
                Yo principalmente tengo derecho a ver la cara de los dioses, o porque soy poeta, o
                porque canto cosas sagradas»; Ovidio 1988: 200); <persName type="authority"
                  >Virgilio</persName>, <title>Bucólicas</title>, V, v. 45: «<hi rend="i">…tuom carmen
                  nobis, diuine poeta…</hi>» («tus versos, divino poeta, son para nosotros…»;
                Virgilio 1990: 193); <persName type="authority">Virgilio</persName>,
                  <title>Bucólicas</title>, X, v. 17: «<hi rend="i">nec te paeniteat pecoris, diuine
                  poeta</hi>» («tú tampoco, divino poeta, desdeñes al rebaño»; Virgilio 1990: 218);
                  <persName type="authority">Tibulo</persName>, <title>Poesías</title>, III, IV, vv. 43-44:
                  «<hi rend="i">salue, cura deum: casto nam rite poetae</hi> / <hi rend="i"
                  >Phoebusque et Bacchus Pieridesque fauent</hi>» («salve, amor de los dioses, pues
                al poeta casto según la tradición religiosa lo favorecen Febo, Baco y las Piérides»;
                Catulo. Tibulo 1993: 359); <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>En defensa
                  de Arquias</title>, § 18: «<hi rend="i">poetam natura ipsa ualere, et mentis
                  uiribus excitari, et quasi diuino quodam spiritu inflari</hi>» («el poeta destaca
                por su propia naturaleza, lo impulsa la fuerza de su inteligencia y lo inspira un
                espíritu casi divino»; Cicerón 2013: 106); <persName type="authority"
                >Aristóteles</persName>, <title>Retórica</title>, III, VII «<hi rend="i">De decoro in
                  eloquutione</hi>», p. 326: «<hi rend="i">composita uero uerba si plura sunt, et
                  epitheta et inusitata ex affectu dicenti congruunt. Ignoscimus enim irato si malum
                  quid inauditum, monstrificum montisque instar dicat.</hi> […] <hi rend="i">Similia
                  enim dicunt omnes commoti: quare similiter dispositi haec libenter audiunt.
                  Idcirco poesi quoque congruunt. Videtur enim incitari poesis quoniam furore
                  aguntur</hi>» («las palabras compuestas usadas en gran número, los epítetos y
                términos poco frecuentes son adecuados en quien se expresa de manera apasionada. Por
                tanto, aceptamos que alguien enojado diga de una desgracia que es “inaudita”,
                “monstruosa” y “tan grande como una montaña”. […] Todos los que se exaltan dicen
                cosas similares a esas, por lo que sus oyentes, hallándose en similar disposición de
                ánimo, las escuchan con aprobación. Es por ello por lo que cuadran también a la
                poesía. Parece, en efecto, que surge la poesía, puesto que se expresan de un modo
                arrebatado»); <persName type="authority">Aristóteles</persName>, <title>Poética</title>, p.
                373: «<hi rend="i">quapropter uel uersatilis ingenii uiri uel furore perciti poetica
                  est. Et enim poetarum aliqui ab ipsa natura ad poeticam bene formati sunt, aliqui
                  autem a mente abstrahuntur</hi>» («por lo cual, el arte poética es propia o de
                varones de versátil talento o de arrebatados, pues de entre los poetas, algunos han
                sido bien formados para la poesía por la propia naturaleza, mientras que otros
                experimentan un extático rapto»). Las múltiples citas aristotélicas literales
                utilizadas por Angulo, sobre todo en la <hi rend="i">Epístola</hi> segunda, nos han
                permitido averiguar que el gongorista lojeño manejó, por un lado, la traducción al
                latín que Jorge de Trebisonda hizo de la <hi rend="i">Retórica: Rhetoricorum
                  Aristotelis ad Theodecten libri tres, Georgio Trapezuntio interprete</hi>
                (Venecia: Bernardino Vitali, 1504); así como la versión latina de la <hi rend="i"
                  >Poética</hi> obra de Alejandro Pazzi: <hi rend="i">Aristotelis Poetica per
                  Alexandrum Paccium, patritium Florentinum, in latinum conuersa</hi> (Venecia:
                herederos de Aldo Manucio y Andrés Asulano, 1536); ambas disfrutaron de una profusa
                difusión en el Siglo de Oro. En esta nota –y siempre que ha lugar en lo sucesivo–,
                cito y remito a páginas por las ediciones de una y otra traducción que se publicaron
                dentro de la colectánea <hi rend="i">Operum Aristotelis tomus tertius moralem
                  philosophiam continens, una cum Rhetoricis ac Poetica</hi>… (ed. de Basilea: Juan
                Oporino, 1548).</note> y en <persName type="authority">Séneca</persName>, que al fin del
              libro <title>De tranquillitate</title> dice: <quote><hi rend="i">non potest grande
                  aliquid, et supra ceteros</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: caeteros</hi>.</note><hi rend="i"> loqui, nisi mota mens cum
                  uulgata, et solita contemserit, instinctuque sacro surrexit excelsior, tum demum
                  aliquid cecinit grandius ore mortali</hi></quote>
              <note place="bottom">
                <persName type="authority">Séneca</persName>, <title>De tranquillitate animi
                  dialogus</title> (<title>Diálogo sobre la tranquilidad del espíritu</title>),
                XVII, § 11: «no es posible decir algo extraordinario y por encima de los demás, a no
                ser un espíritu exaltado. Cuando ha menospreciado lo vulgar y corriente y, siguiendo
                un instinto sagrado, se ha elevado hasta lo sublime, entonces por fin ha cantado
                algo realmente extraordinario con su boca mortal» (Séneca 2000:
              370-371).</note>.</p>
            <p>La quinta, que no fue dada a los antiguos solo la potestad de inventar ni es bien que
              andemos mendigando de lo que dijeron. Y si los latinos tuvieron esta libertad, siendo
              (digámoslo así) su lengua más abundante, ¿por qué, aunque la nuestra no es menos
              copiosa, no inventaremos? O ¿cuándo nos ha de ser lícito o nos habemos de atrever?
              Infinitamente más se atrevieron los antiguos que los nuestros. Y si en aquellos <pb
                n="f. 22v"/> no fue culpa, ¿por qué lo ha de ser en estos? Y si lo fue, dese la pena
              al primero que cometió la culpa, no al que, imitándole, le excede en gala. Si no fuera
              lícito procurarlo así, mal se hallará un gran poeta ni un perfecto poema; el que no
              apetece y procura vencer dificultades y llegar a lo sumo, donde otros no han llegado y
              de donde no se puede pasar (como lo ha conseguido el nuestro, al parecer de los casi
              tan doctos como vuestra merced), ya que no sea digno de reprobar, no es para seguirle.
              El que sigue a otro, si no se le aventaja, será postrero; pero si lo procura, ya que
              no lo consiga, podrá quedar igual. Ocioso fuera el trabajo, si no se le permitiera
              buscar algo mejor que lo antes dicho, venciendo con él lo dificultoso.</p>
            <quote><l><hi rend="i">Ardua molimur, sed nulla, nisi ardua, uincunt</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Ovidio</persName>, <title>Arte de amar</title>, II, v. 537: «me
                  propongo una meta difícil, pero no hay mérito donde no hay dificultades» (Ovidio
                  1989: 414). La lección <hi rend="i">uincunt</hi> que da Angulo (mientras la
                  versión comúnmente aceptada en época moderna ofrece<hi rend="i"> uirtus</hi>) está
                  documentada como variante en la historia textual de la obra.</note>,</l></quote>
            <p>dijo <persName type="authority">Ovidio</persName><note place="margin"> 2 de Art.</note>.
              Finalmente, será digno de premio el poeta que, aventajándose a los primeros, deja
              (como <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>) que
              aprendan los futuros con admiración de los presentes: <quote><hi rend="i">nam
                  eloquentiam quae admirationem non habet nullam iudico</hi></quote>, refiere de
                <persName type="authority">Cicerón Quintiliano</persName>, libro 8, capítulo 3<note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, III, § 6: «“pues no tengo por elocuencia la que no despierta admiración”»
                (Quintiliano 1997-2000, t. III: 179)</note>.</p>
            <p>La sexta y última, que, como la lengua latina, tienen todas y la nuestra su gramática,
                <pb n="f. 23r"/> que, según la define vuestra merced<note place="margin"> fol.
                105</note>, es un <quote>arte de hablar bien</quote><note place="bottom"> «El oficio
                del gramático […] es la ciencia de hablar», <title>Cartas filológicas</title>,
                Década tercera, Epístola III («Al licenciado Juan de Aguilar, maestro de humanidad
                en la ciudad de Antequera»), f. 105r (García Soriano 1954: 45). La inclusión del
                adverbio «bien», ausente en el pasaje original, le permite a Angulo enlazar
                semánticamente esta cita con la inmediata referencia a Cascales y conducir el
                razonamiento por donde le interesa hasta hacerlo desembocar en una apología del
                estilo cultivado, basada curiosamente en palabras –un tanto deformadas, eso sí– de
                Cascales.</note>; y esto es común a todas las lenguas o no es buena la definición. Y
              en el folio 128, página 2, dice que <quote>hablar bien es hablar culta, copiosa y
                elegantemente</quote><note place="bottom"> «La retórica es arte de bien hablar y que
                bien hablar es hablar culta, copiosa y elegantemente», <title>Cartas
                  filológicas</title>, Década tercera, Epístola VI («Al licenciado Andrés de
                Salvatierra»), f. 128v (García Soriano 1954: 137). El sujeto «hablar bien» de la
                cita no figura en cursiva en el original, pero he optado por marcarlo con esa
                tipografía ya que forma parte casi tal cual del pasaje de las <hi rend="i">Cartas
                  filológicas</hi> que Angulo transcribe aquí, como puede comprobarse en esta misma
                nota.</note>. Pues ¿por qué se le ha de negar a la nuestra el procurarlo y que
              busque novedad de locuciones y que invente nuevas metáforas que la ilustren,
                <quote>siendo estas propias a la gramática</quote> (como afirma<note place="margin">
                fol. 111 pag. 2</note> vuestra merced<note place="bottom"> «<hi rend="i">Latine
                  dicere</hi> es hablar claramente, como se habla en lengua vulgar, sin figuras,
                tropos ni perífrasis, lo cual es proprio del lenguaje elegante gramático»,
                  <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola III («Al licenciado
                Juan de Aguilar, maestro de humanidad en la ciudad de Antequera»), f. 111v (García
                Soriano 1954: 70). Véase <ref xml:id="ref29" target="ref30">infra</ref>.</note>) y
              conviniéndole su definición? No hallo razón que ajuste esta prohibición; vuestra
              merced la dé, pues le sobran tantas, que yo, vencido a ellas, me admira cuán graves y
              eficaces son las que halla para cuanto quiere decir<note place="margin"> ubi
                supr.</note>: <quote>y si «latine dicere» es hablar claramente, como se habla en
                lenguaje vulgar, sin figuras, tropos, ni perífrasis, lo cual es propio del lenguaje
                gramático</quote><note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref30" target="ref29"
                    >supra</ref></note>, como enseña vuestra merced, bien se le debe este y
              aquellos a un gran poema, porque una cosa es hablar en nuestra lengua, otra, hablar en
              ella con elegancia y culto, con ornato y magnificencia<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: magnificiencia.</note>. Esta distinción vuestra merced me la
              dio, diciendo<note place="margin"> fol. 110 pag. 2</note> que <quote>los gramáticos
                antiguos enseñaban, no la lengua, sino su ornato y elegancia, porque una cosa es
                hablar latina, otra gramaticalmente</quote><note place="bottom"> Es paráfrasis
                abreviada de: «el primero que metió la gramática en Roma fue Crates Malotes, del
                mismo tiempo del gran Aristarco, y que ésta la comenzó a enseñar entonces, porque
                antes, como la lengua latina era vulgar entre los romanos, […] no se enseñaba ni
                había para qué. Desde este Malotes se enseñó no la lengua latina, que ésa era
                materna y genuina, sino la elegancia de la lengua latina, dando preceptos para
                realzarla con documentos, principios de retórica, con figuras y tropos, con
                ejercicios de crías, problemas, perífrases, elocuciones y otros géneros de
                ejercicios», <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola III («Al
                licenciado Juan de Aguilar, maestro de humanidad en la ciudad de Antequera»), f.
                110v-111r (García Soriano 1954: 66-67).</note>. Pues ¿por qué no será lo mismo en el
              lenguaje castellano? <pb n="f. 23v"/> Hablar en él <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> castellanamente, como los poetas del
              tiempo viejo<note place="bottom"> Parece contener este pasaje cierta reminiscencia de
                la <title>«Soledad» primera, ilustrada y defendida</title> (1618_defensa-soledad):
                «…haber sacado la poesía española de los paños menores con que la cubrieron Mingo
                Rebulgo, Boscán y otros del tercio viejo…». No estará de más poner de relieve que
                esta expresión del anónimo antequerano, que quizás Angulo esté calcando, se inserta
                en un razonamiento en el que podría haberse inspirado el lojeño para elaborar otras
                argumentaciones incluidas en las <hi rend="i">Epístolas: vid. </hi><ref
                  xml:id="ref18" target="ref17">supra</ref>.</note>, no había que admirar: lo que ha
              hecho es lo que repetía [<persName type="authority">Virgilio</persName>] cuando le notaban de
                oscuro<note place="margin"> Virg. Georgic. 3</note>.</p>
            <quote><l><hi rend="i">Tentanda via est, qua me quoque pessim</hi><note type="app"
                  rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: possim</hi>.</note></l>
              <l><hi rend="i">tollere humo</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Virgilio</persName>, <title>Geórgicas</title>, III, vv. 8-9:
                  «hay que intentar un camino por el que yo también pueda levantarme de la tierra»
                  (Virgilio 1990: 324).</note>.</l></quote>
            <p>Y consiguió él hablar por alto, grave y nuevo estilo, que, a diferencia del mediocre
              y del humilde, es el que <quote><hi rend="i">constat ex uerborum grauium magna et
                  ornata constructione</hi></quote><note place="bottom"> Según ediciones modernas:
                  [<persName type="authority">Cicerón</persName>], <title>Retórica a Herenio</title>, IV, §
                8: «[el estilo elevado] consiste en una ordenación de expresiones nobles en forma
                fluida y abundante» (Anónimo 1997: 230). Tal como señala Angulo seguidamente,
                Cascales se hace eco del mismo lugar de la <title>Retórica a Herenio</title> en el
                f. 129r de la Epístola VI de la Década tercera (García Soriano 1954: 138); el
                murciano traduce la cita así: «el modo de hablar grave y sublime, dice Cicerón,
                consta de una grande y adornada fábrica de palabras graves».</note>, según <persName
                type="authority">Cicerón</persName><note place="margin"> lib. 4 Retor. tit. 2 fol.
                129</note> (como vuestra merced sabe, pues le cita). Que la obligación de un gran
              poeta es hablar así y no cuidar de ser entendido, sino de no poder dejar de serlo.</p>
            <p>Y si por esto son oscuros estos poemas para alguno, la falta es suya, no de ellos,
              como lo es de nuestra vista y no del sol no poderle mirar<note place="bottom"> Este
                enunciado recuerda al siguiente pasaje del <title>Discurso</title> de Vázquez
                Siruela: «pero, ¿qué sería si verdaderamente los deslumbrados no fuesen aquí los
                objetos sino nuestros ojos? Como la mujer de quien escribe Séneca, que de repente
                perdió la vista, y no reconociendo por parte de quién estaba la falta, ni que la
                noche y la oscuridad era de sus puertas adentro, se quejaba del sol porque no
                amanecía. Quisiera yo saber de dónde han colegido que es oscuridad esta que
                reprehenden, y no antes abundancia de luz? […] Nadie ignora que esos efectos tanto
                suelen causarse de la copia de luz, como de la falta» (1645_discurso-siruela). <hi
                  rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref14" target="ref13">supra</ref>.</note>; y así
              diremos que la oscuridad mayor está en su ingenio, y a la reprobación que por ella les
              hiciere, lo que escribe a Fósforo <persName type="authority">Poliziano</persName> citado:
                  <quote><hi rend="i">nam indocti nostra reiiciant, aut recipiant, parum interest;
                  ab iis enim laudari, etiam laudanda laus non erit</hi></quote><note place="bottom"
                > Angulo pudo consultar: Ángelo <persName type="authority">Poliziano</persName>,
                  <title>Opera quorum primus hic tomus complectitur Epistolarum libros XII</title>…,
                XII, epístola «<hi rend="i">Phosphoro pontifici Signino</hi>» (p. 432 de la ed. de
                Lyon: Sebastián Gryphe, 1536): «pues poco nos importa que los ignorantes acepten o
                rechacen: en efecto, no es motivo de gloria ser alabado por ellos ni siquiera por un
                motivo laudable». En realidad, la epístola citada por Angulo no es de Poliziano,
                sino de Hermolao Bárbaro.</note>.</p>
            <p>Para prueba de que la poesía de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> es viciosa, alega vuestra merced de <persName type="authority"
                >Horacio</persName><note place="margin"> in Arte fol. 30</note>: <quote><hi rend="i"
                  >breuis esse laboro, obscurus fio</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, vv. 25-26: «me
                esfuerzo en ser conciso y oscuro me vuelvo» (Horacio 2008: 385). El mismo pasaje
                horaciano es, en efecto, citado por Cascales en la Epístola VIII, f. 30r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. Y como no ha dicho que la oscuridad se
              causa de la brevedad, no sé <pb n="f. 24r"/> a qué propósito viene lo alegado. El que
              tuvo <persName type="authority">Quintiliano</persName><note place="margin"> lib. 8 cap. 2 fol.
                30</note> para decir lo que vuestra merced refiere: <quote><hi rend="i">at ego
                  otiosum sermonem dixerim quem auditor suo ingenio non intellexit</hi></quote><note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, II, § 19: «“yo por mi parte tengo como pérdida de tiempo una expresión que por
                propio talento [no] entiende el oyente”» (Quintiliano 1997-2000, t. III: 173). Como
                se encarga de recordar Angulo, Cascales evoca este mismo lugar del rétor hispano en
                la Epístola VIII, f. 30r-30v (García Soriano 1961: 146). Quede constancia, asimismo,
                de que existen distintas lecciones de este pasaje, que en ediciones modernas
                aparece, por ejemplo, como: «<hi rend="i">at ego uitiosum sermonem dixerim quem
                  auditor suo ingenio intellegit</hi>» (‘yo por mi parte tengo como errónea una
                expresión que por propio talento entiende el oyente’). La versión manejada por
                Angulo, que es también lógicamente la de Cascales –pues a él remite–, no debió de
                ser inusual en la época y aparece tal cual, sin ir más lejos, en otros documentos de
                la polémica, como el comentario del anónimo antequerano
                (1618_defensa-soledad).</note>, fue tratar de los que quitan a la oración las voces
              necesarias, contentándose con entenderla ellos. Traslado sus mismas palabras, que lo
              testifiquen y me defiendan: <quote><hi rend="i">alii</hi></quote> (dice) <quote><hi
                  rend="i">breuitatis aemuli necessaria quoque orationi subtrahunt uerba, et uelut
                  satis sit scire ipsos, quae dicere uelint, quantum ad alios pertinet, nihil
                  putant</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, II, § 19: «otros, a su vez, por rivalizar en conseguir la brevedad, eliminan
                también palabras que son necesarias al discurso y, como si bastara con que sean
                ellos solos quienes saben lo que quieren decir, en nada tienen cuanto a los otros
                atañe» (Quintiliano 1997-2000, t. III: 173). Las variantes que usa Angulo hacen
                pleno sentido y están documentadas en ediciones de Quintiliano. Angulo reproduce las
                palabras de Quintiliano que anteceden justamente a la cita de Cascales aludida en la
                nota anterior: su objetivo es neutralizar lo que postula su rival y, de paso, poner
                de manifiesto el carácter sesgado de su argumentación, como dirá en las líneas
                siguientes: «no sé de qué me admire más: o de que vuestra merced no cite
                enteramente...».</note>. Y prosigue inmediatamente: <quote><hi rend="i">at ego
                  otiosum sermonem</hi></quote> etc. Y así juzgo ocioso este lugar en el intento de
              vuestra merced y contra los versos de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
                >don Luis</persName>, pues no los nota de faltos de palabras precisas en la oración,
              sino de que su oscuridad resulta <quote>de las transposiciones y metáforas</quote>. No
              sé de qué me admire más: o de que vuestra merced no cite enteramente o de que, cuando
              citase este lugar, no da con el fundamento a su objeción.</p>
            <p>Prosiguiendo <persName type="polemist" key="vuestra merced">vuestra merced</persName>
                dice<note place="margin"> Ya citado</note>: <quote>la brevedad es vicio, digo la
                oración concisa y breve que no tiene más ni menos de lo que ha menester. ¿Quién nos
                sabrá decir la causa de los que afectan la oscuridad? A la mano<note type="app"
                  rend="I">
                  <hi rend="i">Em</hi>.: manos.</note> tenemos a Marco Fabio</quote> (cuyo es todo):
                  <quote><hi rend="i">hinc enim aliqui famam eruditionis</hi></quote>
              <pb n="f. 24v"/>
              <quote><hi rend="i">affectant, ut quaedam soli scire uideantur</hi></quote><note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, II, § 12: «pues de aquí pretenden algunos sacar con ahínco fama de rebuscada
                cultura, para que parezca que sólo ellos saben ciertas cosas» (Quintiliano
                1997-2000, t. III: 169). Angulo remite parcialmente al siguiente fragmento de
                Cascales: «la brevedad es virtud; digo la oración concisa y casta, que no tiene más
                ni menos de lo que ha menester; porque, si tiene más, es ambiciosa, si menos, es
                oscura, y por consecuencia, viciosa. ¿Quién nos sabrá decir la causa de los que
                afectan oscuridad? A la mano tenemos a Marco Fabio, en el lib. VIII de sus <hi
                  rend="i">Instituciones oratorias</hi>, cap. II: <hi rend="i">hinc enim aliqui
                  famam eruditionis affectant, ut quaedam soli scire uideantur</hi>», Epístola VIII,
                f. 30r (1634_carta-cascales-tribaldos). Nótese que Angulo ha eliminado la parte del
                enunciado original que más compromete su alegato en pro de la oscuridad, además de
                haber alterado de forma llamativa el primer sintagma, cambiando el sustantivo
                «virtud» de Cascales por «vicio»: esta última modificación –o manipulación– resulta
                tan burda que, en mi opinión, no es descartable que se trate de un error
                involuntario o incluso de una errata del impreso. Véase <ref xml:id="ref31"
                  target="ref32">infra</ref>.</note>
              <note place="margin"> lib. 8 cap. 2</note>. Pues ¿qué proporción se halla entre
              afectar la fama de la erudición, <hi rend="i">famam eruditionis</hi>, con la <hi
                rend="i">oración concisa y breve</hi>? Ni ¿qué consecuencia (siendo cosas distintas
              en especie) saca vuestra merced contra <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>? No prueba la suya con decir también que
              antes de este lugar <quote>había tratado Marco Fabio de la oscuridad</quote><note
                place="bottom"> Epístola VIII, f. 30r (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>,
              porque, aunque es así, no es la que vuestra merced ha menester, sino la que se origina
              de las voces exquisitas, libros antiguos y autores no conocidos, que usan y citan<note
                type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: usar y citar.</note> en sus obras los que escriben para que
              ellas se duden y ellos no se conozcan o no se averigüe si hablaron del intento los que
              alegan. Verbi gracia como vuestra merced, que en sus cartas usó estas voces:
                <quote>figmentos</quote>, <quote>enciclopedia</quote>, <quote>tricípite</quote>,
                <quote>parasangas</quote>, <quote>frugalidad</quote>, <quote>procacidad</quote>,
                <quote>oleosa</quote>, <quote>asterisco</quote><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: arterisco</hi>.</note>, <quote>proclividad</quote>,
                <quote>egis</quote>, <quote>decumanas</quote><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: decumuanas</hi>.</note>, <quote>hipocaustos</quote><note
                type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: hipocanstos</hi>.</note>, <quote>escurriles</quote> y otras que
                olvido<note place="bottom"> Para no hacer excesivamente tediosa esta nota me limito
                a señalar los f. de las <title>Cartas filológicas</title> en que aparecen los
                vocablos enumerados por Angulo, respetando el orden en que él mismo los cita: 133v,
                5r, 6r, 7v, 9r, 14v, 44r, 47r, 49v, 32r, 132v, 112r y 145v.</note>. Y notando a
                <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de">cierto autor</persName>
              porque numeró su comento en <quote><hi rend="i">Diatribes</hi></quote><note
                place="bottom"> Parece que Angulo trae a colación aquí esta crítica de Cascales a
                Pellicer: «en el comento de su <hi rend="i">Fénix</hi>, que llamó <hi rend="i"
                  >Diatribes</hi>, embeleco y tramoya de su vanidad para espantar al pueblo,…»,
                  <title>Cartas filológicas</title>, Década segunda, Epístola V («A don José de
                Pellicer»), f. 59v (García Soriano 1952: 93-94).</note>, intituló sus cartas
                  <quote><hi rend="i">Filológicas</hi></quote>, voz tan nueva que inmediatamente la
              define así: <quote>es a saber, de letras humanas</quote>; y la explica de propósito en
              el prólogo<note place="bottom"> La portada-título de la obra de Cascales reza: «Cartas
                filológicas. Es a saber, de letras humanas, varia erudición, explicaciones de
                lugares, lecciones curiosas, documentos poéticos, observaciones, ritos y costumbres,
                y muchas sentencias exquisitas». Y en otro lugar de los preliminares: «la materia de
                cartas es en tres maneras: familiar […], seria […] y la última es docta. […] Ésta
                también es tríplice: filósofa […], teóloga […] y últimamente filóloga, como las
                cuestiones epistólicas de Varrón y las de Valgio Rufo, y en nuestro tiempo las de
                Justo Lipsio, que tratan de cosas de humanidad, curiosas y llenas de erudición. Las
                que pertenecen a la filología son materia propria de las mías. Si no llevan la
                perfección que debieran –que confieso–, a lo menos dejo abierto camino a los que
                tienen mayor caudal y cosecha que yo, para que enriquezcan a España del tesoro de
                sus letras humanas», <title>Cartas filológicas</title>, Prólogo «Al lector» (García
                Soriano 1961: 10-11).</note>. Y como citar a <quote>Marco Fabio</quote>, siendo
              generalmente más conocido por <persName type="authority">Quintiliano</persName>, cuyo texto
                refiero<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: refiere.</note>
              <pb n="f. 25r"/> por no hacer sospechoso mi crédito, pues ninguno creerá que fue su
              ánimo de vuestra merced enflaquecer los textos, mayormente cuando enteros aun no
              prueban su intento<note place="bottom"> A través de esta ironía Angulo vuelve a acusar
                a Cascales de utilizar los argumentos de autoridad con parcialidad, acomodándolos
                oblicuamente a sus intereses; no deja de resultar curioso que Angulo, quien con
                frecuencia actúa de manera similar –¿qué interviniente en la polémica no lo hizo?–,
                ataque varias veces a su oponente desde ese flanco.</note>: <quote><hi rend="i">At
                  obscuritas</hi></quote> (dice) <quote><hi rend="i">fit etiam uerbis ab usu
                  remotis: ut si commentarios quis Pontificum et uetustissima foedera et exoletos
                  scrutatus authores, id ipsum petat ex eis, ut quae inde contraxerint, non
                  intelligantur</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, II, § 12: «por el contrario, la oscuridad se produce por medio de palabras,
                que ya están alejadas de su uso, como si al investigar uno los anales de los
                pontífices, los más antiguos documentos de tratados y autores ya no leídos, busque
                precisamente en ellos eso mismo, que tomó de ahí, porque no se entiende»
                (Quintiliano 1997-2000, t. III: 169).</note>. Y así prosigue inmediatamente:
                  <quote><hi rend="i">hinc enim aliqui</hi></quote> etc.<note place="bottom"> Se
                refiere al pasaje ya citado una líneas más arriba (<hi rend="i">vid. supra</hi> n.
                230) y que es la continuación inmediata del enunciado anterior: «<hi rend="i">hinc
                  enim aliqui famam eruditionis adfectant, ut quaedam soli scire uideantur</hi>»
                («pues de aquí pretenden algunos sacar con ahínco fama de rebuscada cultura, para
                que parezca que sólo ellos saben ciertas cosas»; Quintiliano 1997-2000, t. III:
                169). <ref xml:id="ref32" target="ref31">supra</ref>.</note>. Y no habiendo notado
              vuestra merced a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>
              la erudición ni dado por culpa el uso de las voces nuevas, pudiera excusar el texto
                <hi rend="i">hinc enim aliqui</hi> referido, cuando no por ajeno de su propósito,
              porque alguno se excusara de acomodársele a vuestra merced.</p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 5.</head>
            <p>La cuarta objeción es <hi rend="i">que estos poemas no son oscuros por las voces
                nuevas y peregrinas</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. supra</hi> «Número 2».</note>. Pruebo que sí, porque vuestra
              merced lo da tácitamente por defecto, aunque no lo es. En la rima 1 de la Dedicatoria
              del <hi rend="i">Polifemo</hi> se leen estas voces: <quote>bucólica</quote> y
                <quote>rosicler</quote><note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.2"
                  >OC255.2</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.4"
                  >OC255.4</ref>.</note>. En la 1 de la <hi rend="i">Fábula</hi>,
                <quote>gruta</quote><note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.32"
                  >OC255.32</ref>.</note>. En la 2, <quote>caliginoso</quote><note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.37"
                  >OC255.37</ref>.</note>. En la 3, <quote>formidable</quote><note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.41"
                  >OC255.41</ref>.</note>. En la 5, <quote>adusto</quote><note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.62"
                  >OC255.62</ref>.</note>. Y en otras, <quote>luminosa</quote><note type="app"
                rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: luminoso.</note>, <quote>esplendor</quote>,
                <quote>intonso</quote>, <quote>viril</quote>, <pb n="f. 25v"/>
              <quote>conculcado</quote>, <quote>opaca</quote><note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.101"
                  >OC255.101</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.111"
                  >OC255.111</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.282"
                  >OC255.282</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.285"
                  >OC255.285</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.469"
                  >OC255.469</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.487"
                  >OC255.487</ref>.</note>. Y otras, que no traslado, de las
                <title>Soledades</title>, porque no habla en ellas vuestra merced. Estas voces
              nuevas son y peregrinas, aunque hechas propias en nuestro idioma ya con nuestro
              dialecto. Luego para el que no las supiere, ¡oscura será esta poesía! Pruebe vuestra
              merced la consecuencia, pues dice<note place="margin"> fol. 32</note>: <quote>que una
                de cuatro causas de ser oscura la poesía es por alguna palabra ignorada de los
                semidoctos</quote><note place="bottom"> En la Epístola VIII, f. 32v-33r
                (1634_carta-cascales-villar), Cascales propone cuatro supuestos en los que la
                oscuridad «no es viciosa»: cuando «proviene de alguna doctrina exquisita», cuando
                concurre «alguna palabra ignorada de los hombres semidoctos», cuando «queremos con
                ella disimular algún concepto deshonesto y torpe» y cuando la practican «los poetas
                satíricos». Véase <ref xml:id="ref90" target="ref91">infra 1</ref> e <ref
                  xml:id="ref100" target="ref101">infra 2</ref>.</note>. Luego si esta poesía tiene
              algunas que puedan ser ignoradas, oscura será para el que las ignorare; pero que se
              deba usar de ellas lo apoya <persName type="authority">Cicerón</persName>, que por estas
              voces, <quote><hi rend="i">beatitas</hi></quote> y <quote><hi rend="i"
                >beatitudo</hi></quote>, que entonces eran nuevas en la lengua, dice<note
                place="margin"> 1 De nat. deor.</note>: <quote><hi rend="i">utrumque omnino durum,
                  sed usu mollienda nobis uerba sunt</hi></quote><note place="bottom"> La cita es de
                  <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>Sobre la naturaleza de los
                  dioses</title>, I, § 95, y reza así en su contexto: «<hi rend="i">quid autem
                  obstat quo minus sit beatus, si non sit bipes aut ista siue beatitas siue
                  beatitudo dicenda est (utrumque omnino durum, sed usu mollienda nobis uerba
                  sunt)</hi>» («¿por qué ha de constituir un obstáculo para ser apacible el hecho de
                no tener dos pies, ya tenga que llamarse esa facultad apacibilidad o placidez –las
                dos cosas suenan muy duras, pero hemos de suavizar las palabras mediante el uso–?»);
                Cicerón 1999: 141).</note>. Y que el uso de estas palabras no es defecto, vuestra
              merced lo dice aquí, que <quote>cuando de ellas nace la oscuridad, no es
                viciosa</quote><note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref91" target="ref90">supra</ref>.</note>. Luego
              ¿ni defecto?<note place="bottom"> Lo más interesante de este breve capítulo es que
                Angulo contradice a Cascales admitiendo sin complejos que Góngora gusta de
                experimentar con el léxico en sus poemas mayores –otro de los grandes caballos de
                batalla de la polémica–, pero que nada condenable hay en esa tendencia estética;
                incluso se permite el lujo de enumerar sin tapujos varios cultismos gongorinos del
                  <title>Polifemo</title> y señalar que hay muchos más, por ejemplo, en las
                  <title>Soledades</title>.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 6.</head>
            <p>La objeción quinta es que <hi rend="i">la oscuridad de estos poemas no nace de su
                recóndita doctrina</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. supra</hi> «Número 2».</note>. Dificultosamente persuadirá esto
              vuestra merced, porque dijo<note place="margin"> fol. 30</note> antes que <quote>los
                entiende por los secretos de naturaleza, fábulas, historias </quote><pb n="f. 26r"
                /><quote>, propiedades de plantas y animales y piedras, por los usos y ritos de
                varias naciones que tocan</quote><note place="bottom"> En realidad, Cascales
                manifiesta justo lo contrario de lo que Angulo, forzando el sentido, le atribuye: «y
                el mal es que de sola la colocación de palabras y abusión de figuras nace y procede
                el caos de esta poesía. Que si yo no la entendiera por los secretos de naturaleza,
                por las fábulas, por las historias, por las propiedades de plantas, animales y
                piedras, por los usos y ritos de varias naciones que toca, cruzara las manos y me
                diera por rendido y confesara que aquella oscuridad nacía de mi ignorancia y no de
                culpa suya», Epístola VIII, f. 30v (1634_carta-cascales-tribaldos). Véase <ref
                  xml:id="ref33" target="ref34">infra</ref>.</note>. Si esta no es recóndita
              doctrina, suplico a vuestra merced me diga cuál es, que yo por tal la tengo y aprobado
              el usarla por vuestra merced, y se da a entender<note place="margin"> fol. 40 pag.
                2</note> que <hi rend="i">sin la noticia de estas cosas no entendiera estos
                poemas</hi><note place="bottom"> Aunque la nota marginal a esta cita remite al f.
                40v de las <title>Cartas filológicas</title>, en realidad Angulo está reformulando
                afirmaciones del pasaje de Cascales referido en la nota anterior. Lo más probable es
                que la intención de la apostilla marginal de Angulo sea remitir al lector a este
                otro lugar de las <hi rend="i">Cartas</hi>, en el que se aborda igualmente el asunto
                de los contenidos arcanos: «eso también debe hacer el poeta: traer algunos pasos de
                recóndita erudición que levante la poesía, y con eso parecerá docto y hará lo que
                los poetas griegos y latinos con grande alabanza hicieron», Epístola X, f. 40v
                (1634_cascales-villar).</note>. Luego ¡oscuros serán para el que no las supiere! Con
              evidencia se prueba esta consecuencia de la primera causa que vuestra merced da<note
                place="margin"> fol. 34 pag. 2</note> de la oscuridad no viciosa, que es <hi
                rend="i">la que proviene de alguna</hi>
              <quote>doctrina exquisita</quote><note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref101" target="ref100">supra</ref>.</note>.
              Luego si los poemas de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> la tienen (como dice vuestra merced), son oscuros por ella, como por
              los hipérbatos y metáforas. Según la suya, parece que gusta que entendamos le aplace
              lo que dijo <persName type="authority">Horacio</persName><note place="margin"> Ser. 2 sat.
                5</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">O Laertiade, quidquid dicam, aut erit aut non</hi>:</l>
              <l><hi rend="i">diuinare etenim magnus mihi donat Apollo</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Sátiras</title>, II, V, vv. 59-60:
                  «¡Oh, Laertíada!, cuanto yo diga o será o no será; pues es el gran Apolo quien me
                  otorga el arte de adivinar» (Horacio 2008: 172).</note>.</l></quote>
            <p>Probado, pues, que pueden ser oscuras estas obras por la doctrina y voces nuevas,
              probaré que con las voces y doctrina, con las transposiciones y metáforas, son claras,
              con solo un entimema, cuyo antecedente es texto de <persName type="polemist"
                key="vuestra merced">vuestra merced</persName>, con atención trasladado, que
                dice<note place="margin"> fol. 32</note>: <quote>en este soneto</quote> (del
              referido habla) <quote>solo el postrer verso es oscuro para quien no supiere que Tíbur
                fue lugar sanísimo y Cerdeña, </quote>
              <pb n="f. 26v"/>
              <quote> enferma y pestilente; sabido esto no tiene el verso oscuridad
                ninguna</quote><note place="bottom"> Epístola VIII, f. 32r
                (1634_carta-cascales-tribaldos). Es el soneto del «amigo» de Cascales, ya
                citado.</note>. Este es el antecedente, y mi consecuencia esta: luego sabida la
              significación de las voces nuevas de los poemas de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> y su doctrina y virtudes poéticas, que es
              lo que la causa, no tienen oscuridad alguna. Luego ¡son claros! Parece que oigo decir
              a vuestra merced <hi rend="i">concedo consequentiam</hi>, aunque es totalmente opuesta
                <hi rend="i">a diametro</hi> a sus objeciones: ¿qué cosa hay más oscura al
              entendimiento que aquella que ignora? Ni ¿qué más clara que la que sabe? Y si dice
              vuestra merced<note place="margin"> fol. 30 pag. 2</note> que ha entendido estos
                poemas<note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref34" target="ref33"
                    >supra</ref></note>, luego ¿son inteligibles? Lo que es inteligible,
              entendido queda claro. Pues si queda claro y son inteligibles, no pueden ser
                <quote>incomprehensibles enigmas ni poesía ciega ni ambagiosa</quote>, como ha
                dicho<note place="bottom"> «Nueva secta de poesía ciega, enigmática y confusa» y
                «ambagioso hipérbaton tan frecuente», Epístola VIII, f. 29v y 34r, respectivamente
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note><note place="margin"> fol. 34 y 29 pag.
                2</note>. Ni les comprehende la autoridad de <persName type="authority"
                >Quintiliano</persName><note place="margin"> lib. 8 cap. 2 fol. 30</note>: <quote><hi
                  rend="i">pessima uero sunt quae uerbis aperta occultos sensus habent uel occulto
                  sensu sunt</hi></quote>, como leyó vuestra merced, ni otras de este mismo tenor
              que alega<note place="bottom"> Aunque Cascales lo reproduce así: «<hi rend="i">pessima
                  uero quae uerbis aperta occulto sensu sunt</hi>», Epístola VIII, f. 30v
                (1634_carta-cascales-tribaldos), la versión canónica de este lugar de <persName
                  type="authority">Quintiliano</persName> (<title>Instituciones oratorias</title>, VIII,
                II, § 20) dice: «<hi rend="i">pessima uero sunt “adianoêta”, hoc est quae uerbis
                  aperta occultos sensus habent</hi>» («pero los peores de todos estos defectos son
                los adianóeta, esto es, expresiones que, siendo claras en cada una de las palabras,
                tienen sentidos ocultos»; Quintiliano 1997-2000, t. III: 173). Nótese que Angulo
                funde en su cita las dos versiones del pasaje, que convivieron desde la aparición de
                las primeras ediciones impresas de las <hi rend="i">Instituciones</hi>. Señalo, en
                fin, que con esta referencia latina culminó Cascales una elucidación de los motivos
                que llevan a los poetas a «afectar la oscuridad», apuntalada con otros fragmentos de
                Quintiliano y una referencia a Tito Livio.</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 7.</head>
            <p>La sexta objeción, que llamé indiferente, opone <persName type="polemist"
                key="vuestra merced">vuestra merced</persName> diciendo<note place="margin"> fol. 33
                pag. 2</note> que <quote>también</quote>
              <pb n="f. 27r"/>
              <quote>queda confusa la frase con la falta de los artículos, que son forzosos en
                nuestra lengua, so pena de hablar vascongado</quote><note place="bottom"> Epístola
                VIII, f. 33v (1634_carta-cascales-tribaldos). Acto seguido, Cascales se dispone a
                probar esa afirmación con los ejemplos y transformaciones a que alude Angulo en las
                líneas siguientes.</note>. Y lo ejemplifica con este verso<note place="margin">
                Polif. ri. 52</note>:</p>
            <quote><l>En tablas dividida, rica nave<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.433"
                    >OC255.433</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Y lo construye<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: constituye. Esta enmienda al original encuentra justificación
                en que Angulo siempre recurre al verbo «construir» en contextos muy similares (como
                puede comprobarse en las líneas adyacentes o en los f. 7v, 8r, 8v, 28r o 28v), unido
                a que sería la única ocasión en que se usara el verbo «constituir» en las <hi
                  rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>.</note>:</p>
            <quote><l>En tablas dividida la rica nave,</l></quote>
            <p>añadido<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: añadida.</note> el artículo <hi rend="i">la</hi>. Pues
              construya: <hi rend="i">rica nave dividida en tablas besó la playa</hi>. Y verá
              vuestra merced cómo es superfluo el artículo. <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">Don Luis</persName> no los quita, sino los excusa donde no
              hacen falta<note place="bottom"> Nueva paráfrasis de la <title>Respuesta</title> de
                Góngora: «no he quitado los artículos, como le parece a Vm. y a esos señores, sino
                excusádolos donde no necesarios» (Daza 2011: 285).</note>. Veámoslo en el segundo
              ejemplo que alega vuestra merced por su parte:</p>
            <quote><l>Ninfa de Doris hija, la más bella,</l>
              <l>adora, que vio el reino de la espuma<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.97"
                    >OC255.97-98</ref>.</note><note place="margin"> rim. 10</note>.</l></quote>
            <p>Y construye:</p>
            <quote><l>Adora a la hija de Doris, la más bella</l>
              <l>ninfa que vio el reino de la espuma,</l></quote>
            <p>añadiendo el artículo <hi rend="i">la</hi> y la preposición<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: proposición.</note>
              <hi rend="i">a</hi>, pues dice <hi rend="i">a la hija</hi>, anteponiendo el apósito,
              que es <hi rend="i">hija de Doris</hi>, al acusativo propio y principal, que es <hi
                rend="i">ninfa la más bella</hi>. Pues construya vuestra merced: <hi rend="i"
                >Polifemo</hi> (de quien habla y es la persona que hace) <hi rend="i">adora la más
                bella ninfa, hija de Doris, que vio el reino de la espuma</hi>. Y sobrarán el <hi
                rend="i">la</hi> y el <hi rend="i">a</hi>, que añade, sin que la oración quede
              vascongada. Con ejemplos <pb n="f. 27v"/> lo probaré. Bien decimos, claro y con
              elegancia, <hi rend="i">sigo virtudes, huyo daños</hi>, sin artículo ni preposición,
              diciendo <hi rend="i">sigo a las virtudes, huyo de los daños</hi>, porque sobran, pues
              sin ellos se habla claro; lo mismo es <hi rend="i">adora a la hija</hi>. Demás de
              esto, <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> puso al
              artículo en su lugar y dijo:</p>
            <quote><l>Adora la más bella ninfa,</l></quote>
            <p>que es el sustantivo con su epíteto, bella, y hija de Doris su apósito. Probarelo, si
              vuestra merced no pierde el respeto a <persName type="authority">Quintiliano</persName>, que
                dice<note place="margin"> lib. 8 cap. 6</note>: <quote><hi rend="i">necesse est
                  semper, ut id quod est appositum, si a proprio diuiseris, per se significet et
                  faciat antonomasiam</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, VI, § 43: «y no lo puede ser siempre, sino sólo cuando el epíteto añadido –si
                lo separas de su propio sentido apelativo–, significa por sí lo mismo y forma así
                una antonomasia» (Quintiliano 1997-2000, t. III: 261).</note>. Así es en esta
              oración, <quote>hija de Doris</quote>, pues, dividido del acusativo propio, de quien
              es apósito (a diferencia del epíteto), sin ayuda de otra voz, significa por sí ‘alguna
              hija de Doris’, que es la condición primera del apósito, y hace antonomasia, que es la
              segunda, porque por ser la más hermosa hija se entiende a Galatea, entre las ciento
              que la da <persName type="authority">Virgilio</persName>, 4, <title>Geórgicas</title>, <persName
                type="authority">Propercio</persName>, libro 3, elegía 7, <persName type="authority"
                >Ovidio</persName>, 3, <title>Amores</title><note place="bottom">
                <persName type="authority">Virgilio</persName>, <title>Geórgicas</title>, IV, vv. 382-383:
                  «<hi rend="i">Oceanumque patrem rerum Nymphasque sorores</hi> / <hi rend="i"
                  >centum quae siluas, centum quae flumina seruant</hi>» («al Océano, padre de las
                cosas y a las ninfas sus hermanas, que custodian cien selvas y cien ríos»; Virgilio
                1990: 376); <persName type="authority">Propercio</persName>, <title>Elegías</title>, III,
                VII, v. 67: «<hi rend="i">o centum aequoreae Nereo genitore puellae</hi>» («oh cien
                doncellas marinas, hijas de Nereo»; Propercio 1989: 193); <persName type="authority"
                  >Ovidio</persName>, <title>Amores</title>, III, VI, v. 63: «<hi rend="i">tu centum aut
                  plures inter dominabere nymphas</hi> / <hi rend="i">nam centum aut plures flumina
                  nostra tenent</hi> » («tú serás soberana en medio de cien o más ninfas, pues cien
                o más ninfas habitan en mi corriente»; Ovidio 1989: 317).</note>, elegía 6<note
                type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: 5.</note>, o entre las cincuenta que la da <persName
                type="authority">Homero</persName>, que, refiriendo sus nombres, a ella sola le da
              epíteto de hermosa:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Dorisque et Panope et formosa Galatea</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Homero</persName>, <title>Ilíada</title>, XVIII, v. 54: «Doris,
                  Pánope y la hermosa Galatea». A tenor de la traducción que cita, es posible que
                  Angulo manejara el impreso <title>Poetarum omnium seculorum longe principis Homeri
                    Ilias</title>: «<hi rend="i">Dorisque et Panope cum formosa Galatea</hi>» (p.
                  462 en la ed. de Basilea: Robert Winter, 1540).</note><note place="margin"> Omer.
                  18 Illiad.</note>.</l></quote>
            <p><pb n="f. 28r"/> De lo mismo se precia ella por <persName type="authority"
              >Luciano</persName>: <quote><hi rend="i">at ego</hi></quote> (dice<note place="margin"> in
                Dialog. Doris et Galat.</note>) <quote><hi rend="i">omnium uisa sum
                  formosissima</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Luciano de Samosata</persName>, <title>Diálogos de los dioses
                  marinos</title>, diálogo I «<hi rend="i">Doris y Galatea</hi>». La versión latina
                aducida por Angulo vendría a indicar que tuvo acceso a <hi rend="i">Luciani
                  Samosatensis opera, quae quidem extant omnia e graeco sermone in latinum</hi>...,
                que contiene los <hi rend="i">Dialogi marini</hi>, cuya primera pieza es «<hi
                  rend="i">Doridis et Galateae, Erasmo Roterodamo interprete</hi>», en la que
                leemos: «<hi rend="i">at ego omnium una uisa sum formosissima</hi>» (f. 30r en la
                ed. princeps, Frankfurt: Christian Egenolff, 1538; hubo varias reediciones en los
                siglos XVI y XVII).</note>. Luego es apósito y no con poca erudición la llamó
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>
              <hi rend="i">ninfa la más bella</hi>, la cual voz no significa por sí, porque como es
              específica, sin ayuda de otra que la haga numérica, no se puede entender quién es la
                <hi rend="i">ninfa</hi> ni significar por sí y por consiguiente, ni hacer
              antonomasia. Luego no es apósito y es preciso que lo sea hija de Doris<note type="app"
                rend="I">
                <hi rend="i">Em.: Daris</hi>.</note>, que guarda sus condiciones; y <hi rend="i"
                >ninfa la más bella</hi>, no.</p>
            <p>Supuesto, pues, que estas oraciones no tienen <hi rend="i">falta de artículos</hi>,
              como vemos, no <hi rend="i">queda oscura</hi> la frase ni <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> los quita <hi rend="i">donde son
                forzosos</hi>. Y es cosa muy distinta excusarlos donde no son precisos de añadirlos
              para mayor claridad en la oración: excúselos el que la compone, que su oficio hace, y
              también el que la construye<note place="bottom"> «Formar un enunciado, generalmente
                una oración, ordenando las palabras con arreglo a las leyes de la gramática» (<hi
                  rend="i">DRAE</hi>).</note> en suplirlos, pero no donde estén superfluos, o le
              podrán decir lo que <persName type="authority">Cicerón</persName><note place="margin"> in
                Pisonem</note>: <quote><hi rend="i">uerum tamen, quoniam non Aristharcum te, sed
                  Fallarim grammaticum habemus, qui non notam apponas ad malum uersum, sed Poetam
                  armis persequare, scire cupio quid tandem in isto uersu
                reprehendas</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>Contra Lucio Calpurnio Pisón</title>,
                § 30: «pero, ya que te consideramos un gramático, no como Aristarco sino más bien
                como Falaris (ya que no pones una nota a un mal verso, sino que persigues al poeta
                con las armas) desearía saber, en fin, qué criticas en este verso» (Cicerón 2013:
                325).</note>.</p>
            <p>Y porque vuestra merced no me alegue que excusar los artículos es <hi rend="i">ajeno
                de nuestro lenguaje</hi><note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. supra</hi> «Número 2».</note>, <pb n="f. 28v"/> como dijo de las
              transposiciones, vea estos versos de <persName type="authority">Garcilaso</persName><note
                place="margin"> 4 ver. del son. 3</note>:</p>
            <quote><l>Gentes, costumbres, tierras he pasado<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, soneto III, v. 4.</note>.</l></quote>
            <p>Por <hi rend="i">he pasado las tierras</hi> etc.</p>
            <quote><l>Y levantó del río espuma al cielo<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Égloga II</title>, v.
                  1816.</note><note place="margin"> Egl. 2</note>.</l></quote>
            <p>Por <hi rend="i">levantó la espuma</hi> etc. Y otras muchas hay. Y <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> no se atrevió tanto, pues
              no quitó el artículo, sino le excusó.</p>
            <p>Cuanto al decir que se habla vascongado quitando los artículos y que lo fueran los
              poemas de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, yo lo
              concedo, si se construyera<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: construyeran.</note>
              <hi rend="i">adora hija de Doris</hi>, pero no se construye, sino <quote>adora la más
                bella ninfa</quote>, y aquí artículo tiene. Pero ¿qué lengua más vascongada que la
              del soneto referido de su amigo de vuestra merced? Donde, no supliéndole artículos,
              habla de esta suerte: <quote><hi rend="i">la que a Dios alcanzó en disfraz
                humano</hi></quote> (que es la muerte) <quote>quebranta escudo, quebranta cetro,
                quebranta maza</quote><note place="bottom"> Angulo prosifica parte del soneto que
                Cascales reproduce en la Epístola VIII, f. 31v-32r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. Según lo cual, con la suposición de mi
              sospecha de que es de vuestra merced, porque lo dejó anónimo, o con la doctrina de que
                <hi rend="i">amicus est alter ego</hi>, pues reprueba en otros poemas lo que apenas
              ve y lo mismo que usa y aprueba tanto en los suyos, bien le aplicaré lo que dijo <persName
                type="authority">Horacio</persName>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Cum tua peruideas occulis mala lippus inunctis</hi>,</l>
              <l><hi rend="i">cur in amicorum uitiis tan cernis acutum</hi>?<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Sátiras</title>, I, III, vv. 25-26:
                  «cuando tus defectos los miras con ojos pitañosos y llenos de ungüentos, ¿por qué
                  con los vicios de tus amigos tienes la vista tan fina […]?» (Horacio 2008:
                  78).</note><note place="margin"> lib. 1 Serm. sat. 3</note>.</l></quote>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 8.</head>
            <p>No contento vuestra merced con los defectos impuestos<note place="bottom"> «Poner
                cargando, ya sea obligación, ya otra cosa: como tributo, penitencia, etc.» (<hi
                  rend="i">Aut.</hi>). «Imputar, atribuir falsamente algo a alguien» (<hi rend="i"
                  >DRAE</hi>).</note> a esta poesía, la murmura de <hi rend="i">inútil</hi> y le
              parece que lo prueba con un entimema que, a no ser hijo de su culto ingenio, le
              pudiera llamar vulgarísimo. Dice así<note place="margin"> fol. 39 pag. 2</note>:
                <quote>y que esta poesía sea inútil, pruébolo</quote><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: prebolo.</note>: <quote>ella no es buena para poema heroico
                ni lírico ni trágico ni cómico; luego es inútil</quote><note place="bottom">
                Epístola X, f. 39v (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. Pésame que una persona
              tan docta como vuestra merced y que da gracias a Dios justísimamente (como dice<note
                place="margin"> fol. 102 pag. 2</note> que refiere <persName type="authority"
                >Plutarco</persName> que las daba <persName type="authority">Platón</persName>) <quote><hi
                  rend="i">quod homo et non bestia natus sum, Graecus et non
                barbarus</hi></quote><note place="bottom"> Angulo evoca este pasaje de las
                  <title>Cartas filológicas</title>: «dice Plutarco de Platón que, llegado al
                artículo de la muerte, dijo: <hi rend="i">gratias inmortales ago Genio et naturae,
                  quod homo et non bestia natus sum, quod Graecus et non barbarus, et quod in
                  Socratis tempora inciderim</hi>. Yo también doy gracias a Dios porque nací hombre
                y no bestia; porque soy cristiano y no pagano», Década tercera, Epístola II («Al
                licenciado Francisco de Cuenca, maestro de humanidad en la ciudad de Jaén»), f.
                102v-103r (García Soriano 1954: 35-36).</note>, se quiera contradecir con tal
              argumento y no considerando que, cuando pudiera ser inútil la poesía de <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> por no ser buena para
              alguna de las cuatro especies que dice en su antecedente<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: antecedeute.</note>, hay otras para que pueda serlo, como son
              mélica, dramática, elegíaca y epigramataria, de que habla <persName type="polemist"
                key="vuestra merced">vuestra merced</persName> en el folio 150, 152, 156<note
                place="bottom"> Parece que se refiere a los siguientes pasajes de las <title>Cartas
                  filológicas</title>, todos ellos de la Década tercera: «el [lugar] de Aristóteles
                es: <hi rend="i">epopeia uero et tragedia poesis praeterea comoedia et
                  dithyrambica</hi> […]. He aquí V.m. numeradas las cinco especies y no quiso poner
                más, no porque ya en su tiempo no se usasen elegías y epigramas...», Epístola IX
                («El maestro Pedro González de Sepúlveda, al licenciado Francisco Cascales»; nótese
                que, en este caso, lo aludido por Angulo no es de Cascales, sino de su
                interlocutor), f. 150r; «otra, que no fuera tan dramático como debiera...» y
                «Aristóteles en su <hi rend="i">Poética</hi> jamás toma en la boca la poesía lírica
                con este nombre; pero llámala nómica y ditirámbica […]. De la mélica y ditirámbica
                (que ya todo era una cosa, aunque la llamaran con diversos nombres, ya lírica, ya
                mélica, ya ditirámbica) habían escrito Horacio y Bibáculo y Baso y Catulo», Epístola
                X («Al maestro Pedro González de Sepúlveda, catedrático de Retórica en la
                Universidad de Alcalá de Henares»), f. 152r y 156r. <hi rend="i">Vid</hi>. García
                Soriano (1954: 217-218, 225, 237-238).</note>, y de su distinción específica en el
              106, diciendo que<quote> todas estas poesías son diferentes y con diferentes formas y
                fines</quote><note place="bottom"> «¿No le queda por explicar los preceptos del arte
                poética, que son muchos y de muchas maneras?, ¿no ha de saber que hay poema heroico,
                bucólico, elegíaco, satírico, trágico, cómico y lírico, y que hay poesía
                citarística, aulética y pantomímica, y que todas estas poesías son diferentes y con
                diferentes formas y diferentes fines?», <title>Cartas filológicas</title>, Década
                tercera, Epístola III («Al licenciado Juan de Aguilar, maestro de humanidad en la
                ciudad de Antequera»), f. 106r (García Soriano 1954: 48).</note>. Luego mal <pb
                n="f. 29v"/> infiere vuestra merced según su sentencia que, por no ser buena (cuando
              lo fuese) para alguna de las cuatro, es <hi rend="i">inútil poesía</hi> la de
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, pues para
              alguna de las otras puede no serlo, como para todas no lo es. Esto respondo a lo
              general del riguroso entimema.</p>
            <p>En lo particular, ¿cómo es <hi rend="i">inútil</hi> (en la opinión de vuestra merced)
                <hi rend="i">para poema heroico</hi>, si le reprehende el uso de las metáforas y
              transposiciones, virtudes propias de él; y en prueba de esto dice en folio 111 que
                <quote>las figuras, tropos y frases son propias del lenguaje gramático</quote>?<note
                place="bottom"> «<hi rend="i">Latine dicere</hi> es hablar claramente, como se habla
                en lengua vulgar, sin figuras, tropos ni perífrasis, lo cual es propio del lenguaje
                elegante gramático», <hi rend="i">ibidem</hi>, f. 111v (García Soriano 1954:
                70).</note> Y si estas no fuesen propias virtudes de un poema heroico, ¿no asintiera
              vuestra merced, folio 151, página 2, con el maestro Pedro González de Sepúlveda, a que
              debe ser <quote>majestuoso y grave</quote><note place="bottom"> «El [carácter, estilo
                y lenguaje] épico es majestuoso y grave», <title>Cartas filológicas</title>, Década
                tercera, Epístola IX («El maestro Pedro González de Sepúlveda, al licenciado
                Francisco Cascales»), f. 151r (García Soriano 1954: 220).</note>? Y si el de
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> no lo fuera, o
              no lo reprehendiera o no le concediera de histórico y poético, lo que le confiesa en
              folio 30 y 33, y yo referí en el Número 4 y en otros. Luego útil es su poesía para
              poema heroico.</p>
            <p>¿Cómo es <hi rend="i">inútil</hi> (según vuestra merced piensa) <hi rend="i">porque
                no es buena para poema lírico</hi>, si pinta cazas, alegrías, prados, fuentes,
              grutas, arroyos, navegaciones, bodas, bailes, juegos, saltos, luchas y carreras,
              aventajándose a tantos poetas?<note place="bottom"> Me atrevo a sugerir que si bien
                con su habitual estilo parco y superficial, Angulo pudo tener presentes al formular
                esta pregunta algunas aportaciones del <hi rend="i">Examen del «Antídoto»</hi> del
                abad de Rute y de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> de Pellicer: «la poesía
                en general es pintura que habla, y si alguna en particular lo es, lo es esta: pues
                en ella (no como en la Odisea de Homero, a quien trae Aristóteles por ejemplo de un
                mixto de personas, sino como en un lienzo de Flandes) se ven industriosa y
                hermosísimamente pintados mil géneros de ejercicios rústicos, cacerías, chozas,
                montes, valles, prados, bosques, mares, esteros, ríos, arroyos, animales terrestres,
                acuáticos y aéreos; dije en un lienzo, digo en algunos, porque estas Soledades
                constan de más de una parte, pues se dividen en cuatro» (1615_examen); «anduvo
                  <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Don Luis</persName> con su
                espíritu poético examinando cazas y pescas en Opiano, en Claudiano epitalamios y
                bodas, palestras y juegos en Píndaro, alabanzas de la soledad en Horacio, tormentas
                y borrascas en Virgilio, boscajes y selvas en Valerio Flaco, transformaciones
                fabulosas en Ovidio, sin que se pierda rito ni desatienda ceremonia, tan frecuente
                en las fórmulas de la antigüedad» y «en la primera la juventud, con amores, prados,
                juegos, bodas y alegrías. En la segunda la adolescencia, con pescas, cetrería,
                navegaciones. En la tercera la virilidad, con monterías, cazas, prudencia y
                económica. En la cuarta la senectud, y allí política y gobierno» (1630_lecciones).
                Si estoy en lo cierto, habrá que aceptar que Angulo supo percibir la perspicacia de
                sus fuentes en el tratamiento de un asunto tan debatido como el género de las
                  <title>Soledades</title>, sobre todo en el caso de Fernández de Córdoba, quien con
                sugestivos argumentos reclamó para ellas el estatuto de poema lírico, al igual que
                Angulo en el párrafo que nos ocupa. No sería la primera vez que el lojeño muestra
                buen tino cuando elige dónde inspirarse, lástima que no alcance la misma soltura al
                hacerlas suyas y sacarles partido desde una perspectiva personal.</note> Y <persName
                type="polemist" key="vuestra merced">vuestra merced</persName> asiente<note
                place="margin"> fol. 151</note> a que el <quote>poema </quote><pb n="f. 30r"/>
              <quote>lírico tiene propio carácter</quote><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: carécter</hi>.</note>, <quote>estilo y lenguaje: es, a saber,
                florido, ameno, hermoso y dulce</quote><note place="bottom"> La afirmación de
                Angulo, «vuestra merced asiente», es una licencia –o equivocación– suya, pues la
                cita que reproduce a continuación no corresponde a Cascales, sino a uno de sus
                interlocutores en las <title>Cartas filológicas</title>: <hi rend="i">vid</hi>.
                Década tercera, Epístola IX («El maestro Pedro González de Sepúlveda, al licenciado
                Francisco de Cascales»), f. 151r (García Soriano 1954: 220).</note>. Y en folio
              último dice que la <hi rend="i">poesía lírica la hicieron de la ditirámbica y gnómica,
                compuesta de mil galas, extendiendo la materia a variedad de cosas, como hizo
                Píndaro y otros</hi><note place="bottom"> «Después poco a poco se dejó el desorden y
                desmesura de la ditirámbica, y la ceñida religión de la nómica, y de ambas hicieron
                la lírica, compuesta de mil galas, extendiendo la materia a variedad de cosas, como
                lo hizo Píndaro, Anacreonte, Estesícoro, Alceo y otros», <title>Cartas
                  filológicas</title>, Década tercera, Epístola X («Al maestro Pedro González de
                Sepúlveda, catedrático de Retórica en la Universidad de Alcalá de Henares»), f. 156r
                (García Soriano 1954: 238).</note>.</p>
            <p>El ser <hi rend="i">inútil</hi> (si lo fuese) <hi rend="i">por no ser buena para
                poema cómico</hi> lo da vuestra merced por malo, siendo alabanza así en opinión o
              sentencia de vuestra merced, pues dice<note place="margin"> fol. 151</note> que este
              estilo <quote>es humilde y plebeyo</quote><note place="bottom"> No es Cascales quien
                escribe tal cosa, sino uno de sus interlocutores, en <title>Cartas
                  filológicas</title>, Década tercera, Epístola IX («El maestro Pedro González de
                Sepúlveda, al licenciado Francisco de Cascales»), f. 151r (García Soriano 1954:
                220).</note>, como en la de <persName type="authority">Ovidio</persName>, que niega el haber
              compuesto versos cómicos y se niega el aplauso que dieron a los que se habían
              representado por suyos<note place="margin"> 5 Trist. eleg. 3</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Carmina quod pleno saltari nostra theatro</hi></l>
              <l><hi rend="i">uersibus et plaudi scribis, amice, meis:</hi></l>
              <l><hi rend="i">nil equidem feci (tu scis hoc ipse) theatris,</hi></l>
              <l><hi rend="i">Musa nec in plausus ambitiosa mea est</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Ovidio</persName>, <title>Tristezas</title>, V, VII, vv. 25-28:
                  «en cuanto a lo que me escribes, amigo, de que mis poemas se danzan en un teatro
                  repleto y que se aplaude a mis versos, yo en realidad no escribí nada para el
                  teatro (tú mismo lo sabes bien) y mi Musa no ambiciona aplausos» (Ovidio 1992:
                  327).</note>.</l></quote>
            <p>El no ser buena para <hi rend="i">poema trágico</hi>, puesto que no lo sea y probado
              también, no es defecto, porque no son de este intento los poemas de <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, y así no es de condenar
              lo que no es para lo que no se hizo, como no es de culpar a un manzano porque no lleva
              peras ni al agua porque no quema.</p>
            <p>Y considerando desapasionadamente los efectos de estos y otros poemas de <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, <pb n="f. 30v"/> ¿cómo
              es inútil el que por tan poético y nuevo admira tanto que, sin entender todos esta
              poesía, hay pocos que de la bondad de lo que entienden no infieran que la tiene lo que
              no alcanzan? La que ayuda y mueve para ser grandes poetas y aprovecha a la educación
              de cualquier estudiante, avivándole su entendimiento (pues crece con cualquier acto),
              esforzándole a entender con el trabajo lo que en la lectura superficial no se deja
              comprehender fácilmente, ¿cómo es inútil? Y ¿cómo lo es la que ha sacado de vulgar la
              poesía castellana y realzado la lengua a grado superior, pues ya no hay quien para
              acertar no le imite y se ufane, si lo consigue? La que, en quitándole a lo difícil de
              la letra lo misterioso que encierra, tanto deleita al lector con su gala y novedad,
              ¿cómo es inútil?<note place="bottom"> El párrafo contiene varias paráfrasis de la <hi
                  rend="i">Respuesta</hi> gongorina de 1615: «la primera utilidad es en ellas la
                educación de cualesquier estudiantes de estos tiempos. Y, si la oscuridad y estilo
                intrincado de Ovidio, que en lo de Ponto y Tristibus fue tan claro como se ve y tan
                oscuro en las Transformaciones, da causa a que, vacilando el entendimiento en fuerza
                de discurso, trabajándole (pues crece con cualquier acto de calor), alcance lo que
                así en la lectura superficial de sus versos no pudo entender, luego hase de confesar
                que tiene utilidad avivar el ingenio y eso nació de la oscuridad del poeta. Eso
                mismo hallará Vm. en mis Soledades, si tiene capacidad para quitar la corteza y
                descubrir lo misterioso que encubren. De honroso, en dos maneras considero me ha
                sido honrosa esta poesía: si entendida para los doctos, causarme [ha] autoridad, y
                siendo lance forzoso venerar que nuestra lengua, a costa de mi trabajo, haya llegado
                a la perfección y alteza de la latina» (Daza 2011: 284-285).</note> Aquella doctrina
              lo es que le falta prueba y sobran ambigüedades y que ni mueve ni enseña ni deleita.
              Nunca <persName type="authority">Horacio</persName> dijo<note place="margin"> fol. 31</note>
              con más propiedad que por <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> ahora el verso de su arte, que vuestra merced cita, y en el
              antecedente:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Omne tulit punctum qui miscuit utile dulci,</hi></l>
              <l><hi rend="i">lectorem delectando pariterque monendo</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, vv. 343-344:
                  «pero se ha llevado todo el voto el que mezcló a lo agradable lo útil, deleitando
                  al lector e instruyéndolo a un tiempo» (Horacio 2008: 404). Angulo remite a «que
                  hable el poeta como docto, consiéntolo y apruébolo; y es bien que, ya por la
                  divinidad de la poesía, ya porque los poetas son maestros de la filosofía y
                  censores de la vida humana, hablen en sublime estilo y toquen cosas arcanas y
                  secretas. <hi rend="i">Lectorem delectando pariterque monendo</hi>», Epístola
                  VIII, f. 31r (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>.</l></quote>
            <p rend="center">
              <pb n="f. 31r"/>
            </p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 9.</head>
            <p>De todas maneras arguye <persName type="polemist" key="vuestra merced">vuestra
                merced</persName> lo que sabe, pues, demás del entimema referido, hace un silogismo
              y le atribuye al ánimo de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName>, diciendo que le haría cuando sacó a luz sus poemas; dice así:
                <quote>yo he subido la poesía a la más alta cumbre que se ha visto y no he sido
                premiado condignamente</quote>; esta es la mayor. <quote>Si la fuerza de mi caudal
                poético vive en mí, como suele</quote>; esta es la proposición menor, y la que se
              sigue, la consecuencia<note place="margin"> fol. 40</note>: <hi rend="i">quiero dar
                fin y cabo de trabajos tan mal agradecidos</hi><note place="bottom"> Estos primeros
                enunciados del noveno capítulo remiten literalmente a la parte final de la Epístola
                X, f. 40r (1634_cascales-villar), donde Cascales se arroga la portavocía de los
                hipotéticos pensamientos de Góngora.</note>. No dudo que, cuando con este silogismo
              no se acreditara vuestra merced grande lógico, no lo consiguiera con el que hizo,
              folio 15, página 2, donde, prometiendo <quote>razones vivas</quote> para defender que
              son hombres perfectos los capones, dijo: <quote>hombre es aquel que tiene ánima y
                cuerpo; nada de esto le falta al capón: pues ¿por qué es imperfecto?</quote><note
                place="bottom">
                <title>Cartas filológicas</title>, Década primera, Epístola IV («Al licenciado
                Jerónimo Martínez de Castro, capellán del obispo de Plasencia»), f. 15v (García
                Soriano 1961: 80-81).</note> Pero certifico a vuestra merced que he deseado reducir
              el primer silogismo (que es el de mi intento) a modo y figura según reglas de buena
              argumentación, y la ignorancia<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: ignoraucia.</note> mía en ellas no lo ha permitido; y así
              (dejando los que refiere<note place="margin"> fol. 29 pag. 2</note> vuestra merced por
                gracias<note place="bottom"> Es de suponer que Angulo se refiere a la vis cómica del
                  <hi rend="i">exemplum</hi> del sacristán de Paulenca, ya citado arriba –Epístola
                VIII, f. 29v (1634_carta-cascales-tribaldos)–, usado por Cascales para alegorizar a
                lo chusco la supuesta presunción de Góngora tras comprobar los efectos provocados
                por la difusión de sus poemas mayores.</note> y parecen –no sé si lo diga- <pb
                n="f. 31v"/> excesos indignos de la modestia<note place="margin"> fol. 59</note>
              que se promete<note place="bottom"> «Pensar uno que lo sabe todo es pensamiento tan
                desvanecido que llega a ser delirio, porque el que más sabe, ignora infinitas veces
                más que sabe», <title>Cartas filológicas</title>, Década segunda, Epístola V («A don
                José de Pellicer»), f. 59v (García Soriano 1952: 91).</note>) responderé no en
              forma, sino resolviendo que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> nunca aspiró a que le premiasen por su poesía, que esta fue
              accidente y como esmalte a su ingenio, sino por los grandes méritos de su persona, de
              su noble sangre, por los servicios de sus predecesores y por su gran talento y letras.
              Y cuando no por esto, sino por aquella, pretendiera<note place="bottom"> Pretender:
                «hacer diligencias para conseguir algo» (<hi rend="i">DRAE</hi>).</note>, ¿qué mayor
              premio que la general aceptación de los doctos y el célebre aplauso con que el mundo
              le estima y venera? Y si le dieran otro (que muchas mercedes le hizo su majestad real,
              y por él a sus deudos) por cualquiera de estos títulos por grande que fuese, no se
              parangonara a sus merecimientos ni por muy rico, a su ánimo liberal, y viviera siempre
                alcanzado<note place="bottom"> «[Fig.] Empeñado o adeudado» (<hi rend="i"
                >DRAE</hi>).</note> y nunca premiado condignamente. Y aunque a esto y a lo demás que
              olvido había mucho que responder, baste acordar a vuestra merced que debía hacer lo
              que aconseja a cierto caballero de estos reinos, diciéndole<note place="margin"> fol.
                61</note>: <quote>honre su nación, si quiere ser honrado</quote><note place="bottom"
                > «Honre su nación y trate con respeto las ajenas, si quiere obviar enfados y ser
                honrado de todos», <title>Cartas filológicas</title>, Década segunda, Epístola V («A
                don José de Pellicer»), f. 61r (García Soriano 1952: 100).</note>. Y cuando no sea
              por este respeto ni porque es razón, sea por conformarse a lo que afirma de sí<note
                place="margin"> fol. 103 pag. 2</note>: <quote>que prefiere a su honra la de su
                nación</quote><note place="bottom">
                <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola II («Al licenciado
                Francisco de Cuenca, maestro de humanidad de la ciudad de Jaén»), f. 103v (García
                Soriano 1954: 38).</note>.</p>
            <p rend="center">
              <pb n="f. 32r"/>
            </p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 10.</head>
            <p>Resta ahora responder a las autoridades con que esfuerza<note place="bottom">
                Esforzar: «dar vigor, ánimo y esfuerzo a alguna cosa, alentar, animar, e infundir
                valor y aliento en alguno, o tomarle para obrar con esfuerzo» (<hi rend="i"
                  >Aut.</hi>); «asegurarse y confirmarse en una opinión» (<hi rend="i"
                >DRAE</hi>).</note> vuestra merced sus objeciones, mas yo digo que las opone contra
              sí. Sea la una (sin guardarles anterioridad) el soneto referido; este alega para
              ejemplo de cómo han de ser los versos claros y cultos, y aunque le concedamos el ser
              claro, porque dice vuestra merced que <quote>solo el último verso es
                oscuro</quote><note place="bottom"> Epístola VIII, f. 32r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>, lo es también en otros su sentido y no es
              culto el soneto, y así por esto no es del propósito ni debe con aquello culpar a
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>. No es culto,
              porque los versos 3, 8, 11 y 12 lo deslucen por lo que dijo <persName type="authority"
                >Horacio</persName> en su arte del poema culto y grave:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Si paulum summo decessit</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: descessit</hi>.</note><hi rend="i">uergit ad</hi><note
                  type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: in</hi>.</note><hi rend="i">imum</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, v. 378: «si
                  [el poema] no alcanza la cumbre, aunque sea por poco, abajo del todo se viene»
                  (Horacio 2008: 405).</note>.</l></quote>
            <p>Mirando este riesgo, no descaece <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> en sus versos, antes guarda la proporción que debe la pintura, a
              quien es semejante la poesía, en sentencia de <persName type="authority">Horacio</persName> y
              de <persName type="polemist" key="vuestra merced">vuestra merced</persName><note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, v. 361: «<hi
                  rend="i">ut pictura poesis</hi>» («cual la pintura, tal es la poesía»; Horacio
                2008: 404). En Cascales: «la poesía es como la pintura (testigo Horacio)», Epístola
                X, f. 40r-40v (1634_cascales-villar).</note><note place="margin"> Arte fol.
                40</note>. Y como cualquiera improporción la una, manche la otra cualquiera
              imperfección. <quote><hi rend="i">Ita a sermone tenui</hi></quote> (dice <persName
                type="authority">Quintiliano</persName><note place="margin"> lib. 8 cap. 3</note>)
                  <quote><hi rend="i">sublime nitidumque discordat, sicut in oratione nitida
                  notabile est humilius uerbum et uelut macula</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                VIII, III, § 18: «<hi rend="i">ut autem in oratione nitida notabile humilius uerbum
                  et uelut macula, ita a sermone tenui sublime nitidumque discordat</hi>» («pero
                igual que en un brillante discurso resulta llamativa y extraña una palabra demasiado
                baja, y es como una mancha, así desdice de una frase sencilla la palabra sublime y
                brillante»; Quintiliano 1997-2000, t. III: 185).</note>. Es de sentido oscuro no
              solo el último verso, <pb n="f. 32v"/> sino el 10 para el que no supiere que <hi
                rend="i">egis</hi> es el escudo de Palas, según <persName type="authority"
                >Virgilio</persName><note place="margin"> Eneid. 8 ver. 33</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Aegidaque horrificum, turbata Palladis arma</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Virgilio</persName>, <title>Eneida</title>, VIII, v. 435: «la
                  horrenda égida de que se arma Palas enfurecida» (Virgilio 1997: 389). La versión
                  que da Angulo está documentada en la tradición textual de
              Virgilio.</note>.</l></quote>
            <p>Y también el 6 para el que no supiere que <hi rend="i">Jalón</hi> o <hi rend="i"
                >Salón</hi> es un río cuyas aguas tiemplan<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: tiempla.</note> muy fuertemente el acero y destiemplan<note
                type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: destiempla.</note> el apetito sensual, como cantó <persName
                type="authority">Marcial</persName><note place="margin"> lib. 1 epig. 50</note> (y notó
                <persName type="authority">Calderino</persName>, su comentador)<note place="bottom">
                <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, I, XLIX, v. 12:
                  «<hi rend="i">Salon</hi><hi rend="i">e, qui ferrum gelat</hi>» («Jalón, el que
                templa el hierro»; Marcial 1997, t. I: 136). La procedencia de la alusión a <persName
                  type="authority">Calderino</persName> debe de ser: <title>M. Val. Martialis
                  Epigrammaton libri XIIII. Interpretantibus Domitio Calderino</title>: «<hi
                  rend="i">ferro temperato aquis Salonis fluuii Hispaniae</hi>» (f. 113r en la ed.
                de Venecia: <hi rend="i">ex Sirenis officina</hi>, 1552).</note>. Como será oculta
              la epigrama del mismo que vuestra merced trasladó antes del soneto <hi rend="i">para
                el que no supiere la costumbre de beber</hi>
              <quote>tantas copas de vino como tenía letras el nombre de la dama</quote>. Y así lo
              afirma <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de">vuestra
                merced</persName>, folio 31, página 2<note place="bottom"> «Marcial tocó, en los
                versos que diré luego, una costumbre de los antiguos, que cuando se juntaban a hacer
                jera y beber alegremente, se ponían a la mesa coronados, y bebía cada uno tantas
                copas de vino como letras tenía el nombre de su dama. Entendida esta costumbre, ¿qué
                más claro pudo hablar Marcial cuando dijo: <hi rend="i">Naeuia sex cyathis, septem
                  Lucrina bibatur</hi>, / <hi rend="i">quinque Lycas, Lyde quatuor, Ida tribus.</hi>
                / <hi rend="i">Omnis ab infuso numeretur amica Falerno;</hi> / <hi rend="i">et quia
                  nulla uenit, tu mihi, somne, ueni</hi>?», Epístola VIII, f. 31v
                (1634_carta-cascales-tribaldos). El poema de <persName type="authority">Marcial</persName>
                se localiza con el nº LXXI en el libro I de sus <title>Epigramas</title>: «por Levia
                bébanse seis chatos, siete por Justina, / cinco por Licis, cuatro por Lide, tres por
                Ida. / Todas mis amantes cuéntense por el falerno servido, / y como no viene
                ninguna, ven tú a mí, Sueño» (Marcial 1997, t. I: 150-151).</note>.</p>
            <p>Las autoridades latinas parece que apoyan más las conclusiones de vuestra merced,
              pero sin duda son en favor de las mías. Sea la primera el <quote><hi rend="i">non uis
                  intelligi, neque intelligaris</hi></quote><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: intelligarum</hi>.</note>, que afirma<note place="margin"> fol.
                30</note>
              <persName type="polemist" key="vuestra merced">vuestra merced</persName> que dijo
                <persName type="authority">san Jerónimo</persName>, cuando <hi rend="i">estrelló en la pared
                el poema de Persio, pareciéndole oscuro</hi><note place="bottom"> «Mas un perpetuo
                modo de hablar oscuro, o habemos de decir con san Jerónimo lo que dijo leyendo a
                Persio: <hi rend="i">Non uis intelligi, neque intelligaris</hi>, estrellándolo en
                una pared, o traer atada al cinto la sibila Cumea…», Epístola VIII, f. 32r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. Y respondo que <persName type="authority"
                >Marcial</persName> dijo por él<note place="margin"> epig. 29 lib. 4</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Saepius in libro memoratur Persius uno</hi></l>
              <l><hi rend="i">quam leuis in tota Marsus</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: Morsus</hi>.</note><hi rend="i">Amazonide</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, IV, XXIX, vv.
                  7-8: «más veces se tiene en cuenta a Persio con un solo libro / que al ligero
                  Marso con su completa Amazónide» (Marcial 1997, t. I: 275).</note>.</l></quote>
            <p>Y <persName type="authority">Quintiliano</persName><note place="margin"> lib. 10 cap.
                1</note>: <quote><hi rend="i">multum et uerae gloriae quamuis uno libro Persius
                  meruit</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                X, I, § 94: «mucha y verdadera gloria tiene merecida Persio, aunque por un solo
                libro» (Quintiliano 1997-2000, t. IV: 49).</note>. Y el mismo <persName type="authority"
                >san Jerónimo</persName> honra a <persName type="authority">Persio</persName><note type="app"
                rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: Porcio.</note> con nombre de <quote><hi rend="i">satirico
                  disertissimo</hi></quote><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: diuertissimo</hi>.</note>, como refiere<note place="margin"> in
                prologomen. ad Martial</note> Casaubo <pb n="f. 33r"/> no<note place="bottom">
                Angulo parece evocar aquí una epístola latina de <persName type="authority">Isaac
                  Casaubon</persName> dirigida a Escalígero que está incluida en los preliminares de
                  <title>M. Valerii Martialis Epigrammatum libri XV cum uariorum doctorum uirorum
                  commentariis, notis, obseruationibus, emendationibus &amp; paraphrasibus, unum in
                  corpus magno studio coniectis</title><hi rend="i">…</hi> (he manejado la ed. de
                Lutecia: <emph>Michaelem Sonnium</emph>, 1617), pero lo cierto es que no me ha sido
                posible localizar en dicho texto la expresión literal referida por el
              lojeño.</note>. Luego entre los poetas y oradores y entre los muy<note type="app"
                rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: mny.</note> críticos, como el santo lo fue, no perderán las
              obras de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> por
              oscuras, por más que afecte vuestra merced deslucirlas. Y cuando faltase este aplauso,
              no falta razón para que, ya que las dé por malas al suyo, puedan ser buenas al parecer
              de otro. Persuadirase a esto vuestra merced, si se lee que afirma<note place="margin">
                fol. 6 pag. 2</note> por los conceptos de los escritores <hi rend="i">que uno los
                entiende de una manera y otro de otra</hi><note place="bottom"> «Quien escribe sus
                conceptos no los puede defender: quién los corrige, o por ventura deprava; quién los
                condena, quién los alancea; y el pobre autor lo padece en su opinión y en su honra»,
                  <title>Cartas filológicas</title>, Década primera, Epístola II («Al doctor don
                Diego de Rueda, arcediano de la Santa Iglesia de Cartagena»), f. 6r-6v (García
                Soriano 1961: 40).</note> y que <quote>donde uno no halla sabor, otro lo
                apetece</quote><note place="bottom"> Angulo remite a: «donde uno no halla sabor,
                otro lo apetece, y siente frescura en lo que el otro se abrasa», <title>Cartas
                  filológicas</title>, Prólogo «Al lector» (García Soriano 1961: 9).</note>.</p>
            <p>La otra sea la que refiere <persName type="polemist" key="vuestra merced">vuestra
                merced</persName> en el folio 30, página 2, y es del arte de <persName type="authority"
                >Horacio</persName>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Vir bonus et prudens uersus reprehendit inertes</hi><note
                  type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: inestes</hi>.</note></l>
              <l><hi rend="i">culpabit</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: culpauit</hi>.</note><hi rend="i">duros, incomptisque allinet
                  atrum</hi></l>
              <l><hi rend="i">transuerso calamo signum</hi> etc.<note place="bottom"> Horacio, <hi
                    rend="i">Arte poética</hi>, vv. 445-447: «el hombre honrado y sabio criticará
                  los versos sin arte, los duros los condenará, y a los poco esmerados les pondrá
                  con el cálamo de través una negra señal; [los adornos pretenciosos los podará, y
                  obligará a iluminar los puntos oscuros]» (Horacio 2008: 409). En Cascales:
                  Epístola VIII, f. 30v (García Soriano 1961: 147).</note>.</l></quote>
            <p>Este texto es contra los versos sin arte, los duros, los sin peinar, los de ornato
              superfluo y afectado, etc. Estos defectos no los ha hallado vuestra merced en
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, luego la
              autoridad no es contra él. Y porque vea que es en su favor, léase, pues alega el mismo
              testimonio de <persName type="authority">Horacio</persName> en defensa del estilo culto, docto
              y peinado, y dice vuestra merced inmediatamente a él<note place="margin"> fol. 128
                pag. 2</note>: <quote>veis cómo no solamente este gran crítico no vitupera el
                lenguaje culto, sino que le alaba y satiriza el inculto</quote><note place="bottom">
                <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola VI («Al licenciado
                Andrés de Salvatierra»), f. 128v (García Soriano 1954: 136).</note>. De donde
              infiero <pb n="f. 33v"/> que <quote><hi rend="i">tuo gladio
                iugulasti</hi></quote><note place="bottom"> La idea proviene de un adagio erasmiano
                (‘te degollaste con tu propia espada’).</note>, porque si Horacio culpa los versos
              sin arte, y vuestra merced los de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> porque le tienen, habla Horacio en su favor y contra vuestra
              merced.</p>
            <p>Otra de <persName type="authority">san Agustín</persName> está en el folio 31: <quote><hi
                  rend="i">quid enim prodest</hi></quote> (dice vuestra merced que dijo el
                santo<note place="margin"> lib. 4 De doctrin. christ.</note>) <quote><hi rend="i"
                  >locutionis integritas quam non sequitur intellectus audientium</hi></quote><note
                place="bottom">
                <persName type="authority">San Agustín</persName>, <title>De doctrina christiana</title>, IV
                  «<hi rend="i">De proferendis rebus agit</hi>», X «<hi rend="i">Perspicuitatis in
                  dicendo studium</hi>», § 24: «en efecto, ¿de qué sirve la integridad de una
                alocución a la que no sigue el entendimiento de los oyentes?». En Cascales: Epístola
                VIII, f. 31r (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. Y hablando con el debido
              respeto a santo tan grave, explico la autoridad y digo que aquí habla del lenguaje
              culto sumamente en los sermones, pero no en el poema culto, que este no tiene que ver
              con la doctrina cristiana<note place="bottom"> El mismo lugar de san Agustín y la
                misma defensa de Angulo, en la polémica Lope-Colmenares (1621_respuesta-colmenares;
                1628_respuesta-colmenares).</note>. Pero si la explicación no le satisface,
              respóndase vuestra merced más abajo de la autoridad, pues dice: <quote>que hable el
                poeta como docto, consiéntolo y apruébolo, y es bien que, ya por la divinidad de la
                poesía, ya porque los poetas son maestros y censores, hablen en sublime
                estilo</quote><note place="bottom"> Epístola VIII, f. 31r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. Y aquí dice<note place="margin"> fol. 128
                pag. 2</note> vuestra merced <hi rend="i">que estas obligaciones del poeta son</hi>
              <quote>más apretadas</quote><hi rend="i"> en el orador</hi><note place="bottom"> «Esto
                valga norabuena en los poetas, pero que en los oradores divinos corren desiguales
                obligaciones. Antes yo digo que mucho más apretadas», <title>Cartas
                  filológicas</title>, Década tercera, Epístola VI («Al licenciado Andrés de
                Salvatierra»), f. 128v (García Soriano 1954: 136).</note>. Estos dos lugares
              ¿responden o contradicen al santo? Si habla de poetas, sí; si de oradores, son contra
              vuestra merced y no contra <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName>, pues si ha de hablar el poeta <hi rend="i">en sublime estilo</hi>,
              ¿dónde se halla sino en los hipérbatos y metáforas y en las nuevas elocuciones? Pues
              reprueba vuestra merced lo contrario, <pb n="f. 34r"/> diciendo<note place="margin">
                fol. 53</note> a <persName type="polemist" key="Vega, Lope de">Lope de
                Vega</persName>: <quote>si me dicen flojamente el concepto, flojamente se me
                encaja</quote><note place="bottom">
                <title>Cartas filológicas</title>, Década segunda, Epístola III («Al Apolo de
                España, Lope de Vega Carpio»), f. 53r (García Soriano 1952: 62).</note>.</p>
            <p>La otra está en la página 2 del folio 30 y es de <persName type="authority"
                >Marcial</persName>, donde reprende a <persName type="authority">Sexto</persName> de poeta
                oscuro<note place="margin"> epi. 21 lib. 10</note>, tanto que los doctos <persName
                type="authority">Modesto</persName> y <persName type="authority">Clarano</persName>, trabajando
              en sus versos, no los entendieron<note place="bottom">
                <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, X, XXI: «<hi
                  rend="i">Scribere te quae uix intellegat ipse Modestus</hi> / <hi rend="i">et uix
                  Claranus, quid rogo, Sexte, iuuat</hi>? / <hi rend="i">Non lectore tuis opus est,
                  sed Apolline libris</hi>: / <hi rend="i">iudice te maior Cinna Marone fuit.</hi> /
                  <hi rend="i">Sic tua laudentur sane: mea carmina, Sexte</hi>, / <hi rend="i"
                  >grammaticis placeant, ut sine grammaticis</hi>» («escribir cosas que apenas si
                comprende el propio Modesto / y apenas Clarano, ¿por qué –te pregunto, Sexto– te
                divierte? / Tus libros no necesitan un lector sino un Apolo: / según tú, Cinna fue
                más importante que Marón. / Entonces, que tus poemas sean simplemente alabados: que
                los míos, Sexto, / agraden a los hermeneutas, aunque no precisen de hermeneutas»;
                Marcial 1997, t. II: 172-173). En Cascales: Epístola VIII, f. 30v-31r
                (1634_carta-cascales-tribaldos). Este poema de Marcial es un argumento clásico de la
                polémica gongorina. Véase <ref xml:id="ref35" target="ref36">infra</ref>.</note>;
              pero ni a vuestra merced ni a otros les sucede lo mismo con los de <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>. Adviértele que trabaja
              inútilmente en oscurecerse y resuelve por sí que más quiere agradar con sus versos a
              los que les toca entender los poetas, que son los gramáticos (como resuelve<note
                place="margin"> fol. 105</note> vuestra merced<note place="bottom"> «Al gramático le
                pertenecen cuatro cosas: comentar los poetas, dar noticia de las historias,
                interpretar las palabras y enseñar el tono de la pronunciación. […] Si el poeta
                abraza tantas noticias de cosas, el gramático, que ha de explicar lo que él
                apuntó,…», <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola III («Al
                licenciado Juan de Aguilar, maestro de humanidad en la ciudad de Antequera»), f.
                105r-105v (García Soriano 1954: 45-47).</note>), y que estos los entiendan sin otros
              intérpretes (como <persName type="authority">Calderino</persName> explica<note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid</hi>. [<persName type="authority">Calderino</persName>], <title>M. Val.
                  Martialis Epigrammaton libri XIIII. Interpretantibus Domitio Calderino</title> (f.
                82r en la ed. de Venecia: <hi rend="i">ex Sirenis officina</hi>, 1552).</note>), que
              escribir tan oscuro como él. Y concluye así la epigrama:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Sic</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: nec</hi>.</note><hi rend="i">tua laudentur sane: mea carmina,
                  Sexte</hi>,</l>
              <l><hi rend="i">grammaticis placeant, et sine grammaticis</hi><note place="bottom">
                  <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref36" target="ref35"
              >supra</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Pero de esto, ¿qué se infiere contra <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
                >don Luis</persName> ni su estilo, si escribió para que lo entendiesen (como lo
              entienden) los doctos Modesto y Clarano y vuestra merced y muchos más? Infiriérase, si
              no lo hubiera hecho así, y hablara contra Marcial, pero si dice que quiere agradar con
              sus obras a los doctos en la poesía y <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
                >don Luis</persName> ha hecho lo mismo, luego aprueba lo que vuestra merced no, y la
              autoridad es contra <pb n="f. 34v"/> su misma conclusión y en favor de la mía; y así
              le aplicaré lo que a otro intento dijo <persName type="authority">Ovidio</persName>, 1 de
                <title>Arte</title>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Sunt genus: in laqueos quos posuere, cadunt</hi><note
                  place="bottom"> El contexto de esta cita –mútila en Angulo– está en <persName
                    type="authority">Ovidio</persName>, <title>Arte de amar</title>, I, vv. 645-646:
                    «<hi rend="i">Fallite fallentes: ex magna parte profanum</hi> / <hi rend="i"
                    >sunt genus: in laqueos quos posuere, cadant</hi>» («engañad a las [mujeres] que
                  os engañan; en su mayor parte son una raza impía: caigan pues en los lazos que
                  ellas tendieron»; Ovidio 1989: 381). Entiendo que Angulo, a pesar de reproducir el
                  verso completo de Ovidio, quiere enlazar su razonamiento solo con el contenido que
                  se expresa en aquel a partir de los dos puntos, y de ahí lo de <hi rend="i"
                    >cadunt</hi>.</note>.</l></quote>
            <p>La quinta y última (donde es preciso dilatarme) y es de doce versos<note
                place="margin"> fol. 39 epig. 86 lib. 2</note> de <persName type="authority"
                >Marcial</persName><note place="bottom"> Se refiere a <persName type="authority"
                  >Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, II, LXXXVI: «porque ni presumo de
                versos recurrentes / ni leo hacia atrás obscenos sotadeos, / porque en ningún sitio
                un eco griego se repite / ni me dicta el brillante Atis / galiambos afeminados por
                su debilidad, / no soy, Clásico, por eso un mal poeta. / ¿Qué pasaría si invitaras a
                Ladas a ir a la fuerza / por el resbaladizo camino de un trampolín? / Es vergonzoso
                componer difíciles poesías de ocasión / y es estúpido el trabajo de escribir
                tonterías. / Que escriba versos para reuniones Palemón, / a mí me gusta complacer a
                oídos selectos» (Marcial 1997, t. I: 213-214). Este poema es citado por Angulo a
                fragmentos en este folio y el siguiente. A partir de aquí y hasta el final de este
                capítulo, Angulo trata de desmontar con cierta astucia suasoria el siguiente
                razonamiento de Cascales: «dice Marcial, libro II, epigrama LXXXVI, que las nuevas
                invenciones son cosa del vulgo: [reproduce el epigrama aludido]. Dice Marcial que si
                bien él no hace versos retrógrados, ni sotádicos, ni ecos, ni afectados y muy
                coloridos, como Atis, que no por eso es mal poeta; antes bien quiere seguir el
                camino que todos los poetas insignes han tenido, sin nuevas invenciones y
                artificios; y que esas novedades son buenas para el vulgo, y no para los doctos, a
                quien él pretende dar gusto; y que no porque el famoso corredor Lada no sepa andar
                por la maroma, como petaurista Arlequín, perderá la buena opinión de gran corredor.
                Como tampoco la perderá el poeta que dejase la ambiciosa poesía de los <hi rend="i"
                  >Polifemos</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi>, y aquellas dificultades de los
                cultos, sin provecho alguno», Epístola X, f. 39r-39v (1634_cascales-villar). Véase
                  <ref xml:id="ref50" target="ref51">infra 1</ref> e <ref xml:id="ref52"
                  target="ref53">infra 2</ref>
                <ref xml:id="ref54" target="ref55">infra 3</ref>
                <ref xml:id="ref56" target="ref57">infra 4</ref>
                <ref xml:id="ref58" target="ref59">infra 5</ref>
                <ref xml:id="ref60" target="ref61">infra 6</ref>
              </note> y ha de ser en favor también del estilo de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>. Es, pues, su argumento burlarse de
              algunos poetas que hacían versos difíciles de componer no por la recóndita doctrina ni
              culta elocución de frases, sino por lo intricado de los números, lo cual era inútil y
              trabajoso, y llámale <persName type="authority">Marcial </persName>cosa torpe y necia:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Turpe est difficiles habere nugas</hi></l>
              <l><hi rend="i">et stultus labor est ineptiarum</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, II, LXXXVI, vv.
                  9-10. <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref51"
                      target="ref50">supra</ref></note>.</l></quote>
            <p>Y prosigue con el ejemplo de Lada, un ligero corredor, diciendo que, como este fue
              famoso sin correr por las artificiosas y sutiles ruedas de la máquina inútil de
              petauro,</p>
            <quote><l><hi rend="i">Quod si per graciles uias petauri</hi></l>
              <l><hi rend="i">inuitum iubeas subire Ladam?</hi><note place="bottom">
                  <hi rend="i">Ibidem</hi>, vv. 7-8. <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref53"
                    target="ref52">supra</ref>.</note></l></quote>
            <p>podrá él ser gran poeta sin hacer verso supino ni componer sotádico<note
                place="bottom"> Inventado o, al menos, difundido originariamente por el poeta
                Sotades de Creta (s. III a. C.), el verso sotádico es una modalidad especial del
                verso retrógrado, pues, leído a la inversa, no solo no pierde sentido, sino que este
                es opuesto al obtenido en la lectura convencional; resulta una fórmula idónea para
                la sátira. <hi rend="i">Vid</hi>. Cózar (1991: 115).</note> ni cantar con eco<note
                place="bottom"> «Composición poética en que se repite dentro o fuera del verso parte
                de un vocablo, o un vocablo entero, especialmente si es monosílabo, para formar
                nueva palabra significativa y que sea como eco de la anterior» (<hi rend="i"
                  >DRAE</hi>).</note>, y comienza:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Quod nec carmine glorior</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: glorios</hi>.</note><hi rend="i">supino</hi></l>
              <l><hi rend="i">nec retro lego Sotadem cinaedum</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: Aenedum</hi>.</note>,</l>
              <l><hi rend="i">nusquam Graecula, quod recantat</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: recontat</hi>.</note><hi rend="i">echo</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, II, LXXXVI, vv.
                  1-3. <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref55"
                      target="ref54">supra</ref></note>.</l></quote>
            <p>Y también sin escribir el verso galiambo<note place="bottom"> Verso de origen griego,
                con dos pies métricos ajustados al siguiente esquema silábico cuantitativo: ˇ ˇ ˉ ˇ
                ˉ ˇ ˉ ˉ / ˇ ˇ ˉ ˇ ˇ ˇ ˇ ˉ .</note>, que inventó Atis:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Nec dictat mihi luculentus Atys</hi></l>
              <l><hi rend="i">mollem debilitate Galiambon</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, II, LXXXVI, vv.
                  4-5. <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref57"
                      target="ref56">supra</ref></note>.</l></quote>
            <p>Y vuestra merced lo entiende de la misma suerte, pero no lo aplica así. De las
              especies de estos versos tendrá vuestra merced gran noticia y así no las ejemplifico
              sino para el que no las supiere. El verso supino dice vuestra merced que es el
              retrógrado, porque se lee al revés como a la haz, como este dístico:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Signa te, signa, temere me tangis et angis;</hi></l>
              <l><hi rend="i">Roma tibi subito motibus ibit amor</hi><note place="bottom"> Según una
                  tradición legendaria, se trata de dos palíndromos que el diablo espetó a san
                  Martín cuando iba camino de Roma.</note>.</l></quote>
            <p>El sotádico verso se lee también al revés, pero enteras las palabras, y es de esta
              suerte:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Astra tenet caelum, mare classes, area messem</hi><note
                  type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: Astra tenet coelum mare clases aera meses</hi>.</note><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Quintiliano,</persName>
                  <title>Instituciones oratorias</title>, IX, IV, § 90: «tiene el cielo los astros,
                  navíos el mar, la llanura las mieses» (Quintiliano 1997-2000, t. III:
                427).</note>.</l></quote>
            <p>Que vuelto dice:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Messem area, classes mare, caelum tenet astra</hi><note
                  type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: Meses aera clases mare coelum tenet
              astra.</hi></note>.</l></quote>
            <p>El verso de eco es así:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Quis nam clamor? Amor. Quis nam furor? Vror. An Echo</hi>?</l>
              <l><hi rend="i">Echo. Quae maior poena in amore? More</hi><note place="bottom"> Son
                  los vv. 5-6 del poema <hi rend="i">Echo</hi> («<hi rend="i">Quae celebrat thermas
                    Echo et stagna alta Neronis</hi>»), atribuido a <persName type="authority">Pietro
                    Bembo</persName>. Es posible que Angulo tuviera acceso a él a través de los
                    <title>Carmina</title> (Venecia: 1533), que recogían la poesía en latín de
                  Bembo.</note>.</l></quote>
            <p>Del verso galiambo hace <persName type="authority">Catulo</persName> dos himnos; el primero
              con este título: <title>Galliambus in Bacum</title>. Y comienza:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Hedera comam reuinctus</hi><pb n="f. 35v"/><hi rend="i">Bromium
                  patrem cano</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: Haedera coma reuinctus Bromium patrem cano</hi>.</note><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Catulo</persName>, Himno <title>Galliambus in Bacchum</title>,
                  v. 1: «canto al padre Bromio (Baco), ceñida de hiedra su
              cabellera».</note>.</l></quote>
            <p>Y púsolos <persName type="authority">Marcial</persName> entre los otros, porque, siendo
              costosísimos de componer, no son suaves al oído. Y lo confirma vuestra merced, pues
              dice que los que inventó Atis (que son estos) <quote>eran afectados y muy
                coloridos</quote><note place="bottom"> Epístola X, f. 39v
                (1634_cascales-villar).</note>; y para mí basta su autoridad, sin la [de] <persName
                type="authority">Quintiliano</persName>, libro 9, capítulo 4<note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                IX, IV, § 6: «<hi rend="i">fortius uero qui incompositum potest esse quam uinctum et
                  bene conlocatum? Neque, si praui pedes uim detrahunt rebus, ut Sotadeorum et
                  Galliamborum et quorundam in oratione simili paene licentia lasciuientium, in
                  uitium compositionis est iudicandum</hi>» («¿pero cómo algo desordenado puede ser
                de más efecto que disponiéndolo con unidad y bien colocado en su lugar debido? Si
                los pies rítmicos desordenados quitan su fuerza a las cosas expresadas, como los
                versos sotadeos, los de los galiambos y de algunos otros que casi con igual
                desmedida hacen arbitrario alarde en la prosa, ha de atribuirse al desvirtuamiento
                de su composición»; Quintiliano 1997-2000, t. III: 391).</note>.</p>
            <p>Los que los componían los recitaban en las ruedas populares, semejantes a las que
              ahora se hacen para oír a los viandantes cantar jácaras o vulgares versos. Esto
              supuesto, dice <persName type="authority">Marcial</persName> a Clásico que no es tan mal poeta
              que se ocupe en tales versos:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Non sum, Classice, tam malus poeta</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: Non sum Clasice tan malus Poeta</hi>.</note><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, II, LXXXVI, v. 6.
                    <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref59"
                      target="ref58">supra</ref></note>.</l></quote>
            <p>Y que más quiere agradar con los suyos a pocos que componerlos para el aplauso
              popular, como los que hacía Palemón, cierto gramático del tiempo de <persName
                type="authority">Quintiliano</persName> (como él mismo<note place="margin"> lib. 1 cap.
                6</note> refiere<note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                I, IV, § 20: «<hi rend="i">alii tamen ex idoneis dumtaxat auctoribus octo partes
                  secuti sunt, ut Aristarchus et aetate nostra Palaemon</hi>» («no obstante, algunos
                siguen justamente a otros autores dignos, cuando enumeran ocho partes, como
                Aristarco, y en nuestro tiempo Palemón»; Quintiliano 1997-2000, t. I: 65).</note>);
              y concluye:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Scribat carmina circulis Palaemon:</hi></l>
              <l><hi rend="i">me raris iuuat auribus placere</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: Stribat carmina circulis Palemon</hi>, / <hi rend="i">me raris
                    iubat auribus placere</hi>.</note><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, II, LXXXVI, vv.
                  11-12. <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref61" target="ref60"
                  >supra</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Esto mismo deseó <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>
              con la invención de su nuevo y elegante estilo<note place="bottom"> Este aserto, que
                enlaza con el primer enunciado del párrafo anterior («y que más quiere agradar con
                los suyos a pocos que componerlos para el aplauso popular»), introduce en la
                argumentación de Angulo un concepto capital de la polémica gongorina: el prurito
                elitista que late en la poesía mayor de Góngora. Ese afán de exclusivismo y
                refinamiento, de un escribir selecto para minorías doctas, de hacerse «oscuro a los
                ignorantes, que esa es la distinción: hablar de manera que a ellos les parezca
                griego, pues no se han de dar las piedras preciosas a los animales de cerda», como
                dejó dicho el poeta en su <title>Respuesta</title> (Daza 2011: 285), fue uno de los
                salvoconductos elegidos repetidamente por los defensores del <title>Polifemo</title>
                y las <title>Soledades</title> para justificar la sublimidad que los hacía
                inaccesibles. <hi rend="i">Vid</hi>. varios asedios a esta cuestión, con abundantes
                reflexiones, ejemplos y referencias bibliográficas, en Daza (2018b).</note>. Luego
              ¡esta epigrama en su favor es y su estilo aprueba! Aunque <persName type="polemist"
                key="vuestra merced">vuestra merced</persName> le saque indirecta la consecuencia,
              diciendo: <quote>que estas novedades</quote> (de que trata Marcial) <quote>son buenas
                para el vulgo</quote> y <pb n="f. 36r"/>
              <quote>no para los doctos, y a quien él pretende dar gusto; y que no porque el famoso
                corredor Lada no sepa correr por la maroma como petaurista Arlequín, perderá la
                buena opinión</quote> (note ahora su aplicación vuestra merced), <quote>como tampoco
                la perderá el poeta que dejare la ambagiosa poesía de los «Polifemos» y «Soledades»
                y aquellas oscuridades de los cultos, sin provecho</quote><note place="bottom">
                Epístola X, f. 39v (1634_cascales-villar). Angulo introduce dos pequeñas
                modificaciones en el texto original de Cascales, que incluso le perjudican desde el
                punto de vista argumentativo: donde este dice «ambiciosa poesía», las <hi rend="i"
                  >Epístolas</hi> leen «ambagiosa poesía»; donde «dificultades de los cultos»,
                «oscuridades de los cultos».</note>. Debiendo inferir: <hi rend="i">como tampoco la
                perderá el que dejare de componer verso supino, sotádico, de eco y galiambo, obra
                trabajosa e inútil</hi>. Que este es el intento de Marcial y su legítima
              consecuencia o si no, esta, aplicada a nuestro castellano: <hi rend="i">como tampoco
                la perderá el que no compusiere versos con eco, de laberinto ni de voces castellanas
                y latinas</hi><note place="bottom"> A lo largo de los párrafos anteriores, Angulo
                busca tergiversar el verdadero espíritu de la argumentación concreta de Cascales que
                viene refutando: el proceder del lojeño consiste en realizar una lectura
                excesivamente literal de lo defendido por su contrincante, quien, en realidad,
                pretendía ridiculizar las novedades gongorinas equiparándolas con los ingenios
                poéticos –frívolamente artificiosos e ideados para solaz y asombro de los
                ignorantes– de los que reniega Marcial.</note>. Y que <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> escribiese para pocos vuestra merced lo
              confiesa, pues le nota de oscuro y quiere<note place="margin"> fol. 37</note> que <hi
                rend="i">los doctos no más juzguen sus escritos</hi><note place="bottom"> Parece
                paráfrasis de: «pero, como yo concedo esto, me ha de conceder V.m. y todos los
                doctos, que han de ser en esto solamente oídos, que aquella oscuridad perpetua debe
                ser condenada», Epístola VIII, f. 37v (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>; y
              estos siempre son menos que los indoctos. Y si esta epigrama está, como vemos, en
              favor de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> y la
              trae en su contra vuestra merced, mire por quién diría <persName type="authority"
                >Lucrecio</persName>, libro 5, <title>De rerum natura</title>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Circum retit enim uis atque iniuria quaeque</hi></l>
              <l><hi rend="i">atque unde exorta est ad eum plerunque reuertit</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Lucrecio</persName>, <title>Sobre la naturaleza de las
                    cosas</title>, V, vv. 1152-1153: «porque ley y delito envuelven a cada cual en
                  sus redes, y de quien sale la falta, sobre él recae las más veces» (Lucrecio 2003:
                  382).</note>.</l></quote>
            <p rend="center">
              <pb n="f. 36v"/>
            </p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 11.</head>
            <p>Porque acabe dulcemente mi discurso, he dejado para este lugar responder a lo que
              vuestra merced dice y hace en folio 31 y 32, entresacando versos de poetas, procurando
              persuadir con ellos que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> debió y pudo, como ellos, usar de la claridad en sus obras sin
              descaecer del estilo culto, como en las suyas lo hicieron Ausonio, Virgilio y Marcial,
              cuyos son los versos que alega<note place="bottom"> Angulo remite aquí a este
                razonamiento de Cascales: «Virgilio, Horacio, Catulo, Propercio, Tibulo, Ovidio,
                Ausonio, Nemesiano, Fracastoro, Pontano, y otros mil, que entre los latinos
                reverenciamos, juntamente, con nuestros españoles Lucano, Marcial, Séneca y
                Claudiano, claro escribieron, excepto algunos lugares de doctrina particular o
                historia recóndita o secretos de naturaleza, que, como padres de las ciencias y como
                curiosos humanistas, siembran algunas veces por sus obras. Y digo bien algunas
                veces, porque, si lo hicieran siempre, cayeran en el vicio de oscuridad, condenada
                de todos los que bien sienten. Escuchad a Ausonio, sobre la vaquilla que esculpió
                  Mirón:<emph> Buccula sum caelo diuini facta Myronis / aerea, nec factam me puto,
                  sed genitam. / Sic me taurus init, sic proxima buccula mugit. / Sic uitulus
                  sitiens ubera nostra petit. / Miraris quod fallo gregem? gregis ipse magister /
                  inter pascentes me numerare solet.</emph> ¿Qué más claro? ¿qué más elegante? ¿qué
                más bien dicho? Entre Virgilio; veamos cómo lo hace:<emph> Vix ea fatus erat, cum
                  circumfusa repente / scindit se nubes, et in aether purgant apertum. / Restitit
                  AEneas claraque in luce resistit / os humerosque Deo similis; namque ipsa decoram
                  / Caesariem nato genitrix, lumenque iuuentae / purpureum, et laetos oculis
                  afflarat honores.</emph> ¿Hay claridad con tanta elegancia? ¿hay elegancia con
                tanta claridad? Bien sé que de cuando en cuando suelen estos graves autores tocar
                algo en que se detenga el lector y repare en la sentencia, por estar oculta con
                algún paso de erudición, como se ve en nuestro Virgilio, cuando dijo: <emph>Parmaque
                  inglorius alba</emph>; y en otra parte: <emph>Et mutas agitare inglorius
                  artes</emph>; lugares ambos clarísimos en la forma de decir, si bien tocan algo de
                humanidad; porque, si dijo <emph>adarga blanca</emph>, fue porque los soldados no
                podían poner en el escudo o adarga cifra, ni empresa, sin haber hecho primero alguna
                hazaña; y si dijo <emph>mutas artes</emph>, fue para significar la empírica y la
                cirugía, artes con que no se gana gloria ni fama, como de la medicina hipocrática,
                facultad gloriosa y digna de ser alabada. Marcial tocó, en los versos que diré
                luego, una costumbre de los antiguos, que cuando se juntaban a hacer buena jera y
                beber alegremente, se ponían a la mesa coronados, y bebía cada uno tantas copas de
                vino como letras tenía el nombre de su dama. Entendida esta costumbre, ¿qué más
                claro pudo hablar Marcial cuando dijo: <hi rend="i">Naeuia sex cyathis, septem
                  Lucrina bibatur</hi>, / <hi rend="i">quinque Lycas, Lyde quatuor, Ida tribus.</hi>
                / <hi rend="i">Omnis ab infuso numeretur amica Falerno;</hi> / <hi rend="i">et quia
                  nulla uenit, tu mihi, somne, ueni</hi>», Epístola VIII, f. 31r-31v
                (1634_carta-cascales-tribaldos). Véase <ref xml:id="ref70" target="ref71">infra 1
                </ref> e <ref xml:id="ref80" target="ref81">infra 2</ref>.</note>. Yo entresacaré
              algunos versos de las obras de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> y ellos probarán que hizo su autor lo mismo que vuestra merced loa
              en los otros; y por consiguiente, que se le debe alabanza igual y mayor, si los
              hubiese excedido, pues no es razón que sean más privilegiados con vuestra merced.
              Suplico, pues, que lea estas 4 rimas del <title>Polifemo</title>, contra quien más se
              armó su erudición; y sea la primera la que pinta el cabello y barba del gigante:</p>
            <quote><l>Negro el cabello, imitador undoso</l>
              <l>de las oscuras aguas del Leteo,</l>
              <l>al viento que lo peina, proceloso,</l>
              <l>vuela sin orden, pende sin aseo,</l>
              <l>un torrente es, su barba, impetüoso</l>
              <l>que, adusto hijo deste Pirineo,</l><pb n="f. 37r"/>
              <l>su pecho inunda, o tarde o mal o en vano</l>
              <l>surcada<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: surcado</hi>.</note>, aun de los dedos de su mano<note
                  place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.57"
                    >OC255.57-64</ref>.</note>.</l></quote>
            <p><quote>¿Qué más claro? ¿Qué más elegante? ¿Qué más bien dicho?</quote><note
                place="bottom"> Son palabras literales de Cascales: <hi rend="i">vid. </hi><ref xml:id="ref71" target="ref70">supra</ref></note>
              Digo yo a vuestra merced como <persName type="polemist" key="vuestra merced">vuestra
                merced</persName>, a todos por los versos de Ausonio. La segunda pinta la fertilidad
              de Sicilia:</p>
            <quote><l>Sicilia en cuanto oculta, en cuanto ofrece,</l>
              <l>copa es de Baco, huerto de Pomona,</l>
              <l>tanto de frutas esta la enriquece</l>
              <l>cuanto aquel de racimos la corona.</l>
              <l>En carro que estival trillo parece</l>
              <l>a sus campañas Ceres no perdona,</l>
              <l>de cuyas siempre fértiles espigas</l>
              <l>las provincias de Europa son hormigas<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.137"
                    >OC255.137-144</ref>.</note>.</l></quote>
            <p><quote>¿Hay claridad con tanta elegancia? ¿Hay elegancia con tanta claridad?<note
                  place="bottom"> Vuelven a ser palabras literales de Cascales: <hi rend="i">vid.
                    </hi><ref xml:id="ref81" target="ref80"
                  >supra</ref></note>,</quote> dice <persName type="polemist"
                key="vuestra merced">vuestra merced</persName> por Virgilio; yo también por
                <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>. La tercera de
              la cantilena de Polifemo:</p>
            <quote><l>Oh, bella Galatea, más süave</l>
              <l>que los claveles que tronchó la Aurora,</l>
              <l>blanca más que las plumas de aquel ave</l>
              <l>que dulce muere y en las aguas mora.</l>
              <l>Igual en pompa al pájaro que, grave,</l>
              <l>su manto azul de tantos ojos dora</l>
              <l>cuantos el celestial zafiro estrellas<note place="bottom"> La lección de este verso
                  ofrecida por las ediciones modernas más autorizadas es: «cuantas el celestial
                  zafiro estrellas». No enmiendo en este caso, ya que he optado por no dar
                  tratamiento de errata, sino de variante, a esta versión de Angulo, pues coincide
                  con la ofrecida en su ms. de <title>Varias poesías</title> (f. 188r).</note></l>
              <l>oh, tú, que en dos incluyes las más bellas<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.361"
                    >OC255.361-368</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>La cuarta pinta la grande estatura del pastor:</p>
            <pb n="f. 37v"/>
            <quote><l>Sentado, a la alta palma no perdona</l>
              <l>su dulce fruto mi robusta mano,</l>
              <l>en pie, sombra capaz es, mi persona,</l>
              <l>de innumerables cabras, el verano.</l>
              <l>¿Qué mucho, si de nubes se corona</l>
              <l>por igualarme la<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: esta</hi>.</note>montaña en vano,</l>
              <l>y en el cielo desde esta roca puedo<note place="bottom"> La lección de este verso
                  ofrecida por las ediciones modernas más autorizadas es: «y en los cielos desde
                  esta roca puedo». No enmiendo en este caso, ya que he optado por no dar
                  tratamiento de errata, sino de variante, a esta versión de Angulo, pues coincide
                  con la ofrecida en su ms. de <title>Varias poesías</title> (f. 189r).</note></l>
              <l>escribir mis desdichass con el dedo?<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.409"
                    >OC255.409-416</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Note vuestra merced en esta rima cuán retóricamente procedió <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, aumentando en su
              progreso el encarecimiento, y en todas note que si se escribiesen (aunque no se
              desatasen) en prosa, sin duda lo parecieran. Luego ¡no siempre afectó la oscuridad!
              Luego ¡no es confusa su poesía!</p>
            <p>Las <title>Soledades</title> tienen muchos periodos claros: remítome a ellos, porque
              los habrá visto vuestra merced. En las demás obras que después de ellas hizo,
              guardando el mismo estilo, hallará la misma claridad; y porque puede ser que no las
              haya visto vuestra merced, lea de cada una sola una estanza. La primera del
                <title>Panegírico</title>, en que dice cómo llega el duque a ser virrey de
              Valencia:</p>
            <quote><l>Sale al fin, y del Turia la ribera,</l>
              <l>vestida siempre de frondosas<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: fondosas</hi>.</note>plantas,</l>
              <l>dulce continüada primavera</l><pb n="f. 38r"/>
              <l>le jura muchas veces a sus plantas.</l>
              <l>De apacibilidad hace, severa,</l>
              <l>homenaje recíproco otras tantas</l>
              <l>el virrey, confirmando, su gobierno,</l>
              <l>ósculo de justicia y paz alterno<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.177"
                    >OC313.177-184</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>De la <title>Congratulatoria</title><note place="bottom"> Ya expliqué arriba los
                problemas derivados de que las octavas de <title>La gloria de Niquea</title> y la
                  <title>Congratulatoria</title> sean atribuidas a Góngora, como hace Angulo. <hi
                  rend="i">Vid. <ref xml:id="ref4" target="ref3">supra</ref></hi> n. 113.</note>, la 29; llega el rey a Monserrate<note place="bottom"
                > No encuentro una explicación lógica que pueda aclarar por qué Angulo ubica el
                encuentro del rey con sus hijos en «Monserrate». Según el texto de la
                  <title>Congratulatoria</title> –que Angulo cita puntualmente a continuación (<hi
                  rend="i">vid</hi>. Carreira 1998g, t. IV: 35-62)–, los infantes esperaron a su
                padre en Guadalupe, información que el propio Angulo refrenda en el preámbulo en
                prosa con que presenta el poema en su ms. <title>Varias poesías</title> (f. 5r).
                Así, la alusión a «Monserrate» quizás se deba a un desliz mental de Angulo, que
                podría estar confundiendo momentáneamente el monasterio de Guadalupe con otro
                enclave de devoción mariana de gran arraigo y tradición en España como es el
                monasterio de Monserrat, en Cataluña.</note>, donde halló a sus dos hijos:</p>
            <quote><l>Llega, que si a tu Fénix traes ornado</l>
              <l>de aquella hermosa flor de lis francesa,</l>
              <l>esfera celestial de su cuidado,</l>
              <l>lustre mayor de la española empresa<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: impresa</hi>.</note>,</l>
              <l>dos luceros aquí te han esperado,</l>
              <l>que a tu cielo corrieron más apriesa,</l>
              <l>que, como de él son rayos verdaderos,</l>
              <l>vuelven a ti segunda vez luceros<note place="bottom"> Góngora,
                    <title>Congratulatoria</title>, XXIX: la numeración de Angulo coincide con la de
                  su ms. de <title>Varias poesías</title> y con la edición de Hoces, que pudo ser
                  una de sus fuentes textuales, como ya sospechó Alonso (1982c:
              436).</note>.</l></quote>
            <p>De las de la <title>Comedia de Niquea</title>, la 20; promete la edad nuevos
              imperios:</p>
            <quote><l>Tus trompas oirá presto esclarecidas</l>
              <l>libre por ti, Jerusalén sagrada,</l>
              <l>y en sus fuentes, aún hoy mal conocidas,</l>
              <l>el Nilo beberás en tu celada,</l>
              <l>las dos polares metas convencidas,</l>
              <l>será tu monarquía dilatada,</l>
              <l>hasta<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: basta</hi>.</note>que falte a tus progresos orbe</l>
              <l>y tu imperio a tu mismo imperio estorbe<note place="bottom"> Resulta extraño que la
                  versión textual del tercer verso de esta octava («y en sus fuentes, aún hoy mal
                  conocidas») y los datos identificativos que Angulo propone para ella (nº 20) no
                  coincidan con los del ms. <hi rend="i">Varias poesías</hi> («y en sus fuentes, aún
                  hoy mal convencidas»; nº 19), donde el gongorista lojeño incluye completo el
                  supuesto preámbulo gongorino a <hi rend="i">La gloria de Niquea</hi> (f.
                  166r-168v) y en el que estaría trabajando de forma paralela a la redacción de
                  parte de las <hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>. Alonso (1982c: 435-436)
                  ofrece una posible explicación a alguna de estas discordancias, aunque en el caso
                  concreto de esta divergencia textual no debe descartarse que sea una errata del
                  impreso.</note>.</l></quote>
            <p>Hablen estos versos por su autor, que es agraviarle intentar dignamente loarlos, y
                <pb n="f. 38v"/> ellos dirán que <hi rend="i">no es menester para entenderlos enviar
                por la sibila Cumea</hi><note place="bottom"> «Mas un perpetuo modo de hablar
                oscuro, o habemos de decir con san Jerónimo, lo que dijo leyendo a Persio: <hi
                  rend="i">non uis intelligi, neque intelligaris</hi>, estrellándolo en una pared, o
                traer atada al cinto la sibila Cumea…», Epístola VIII, f. 32r
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>, como vuestra merced dice<note
                place="margin"> fol. 32</note>; pero responderale su autor lo que dijo <persName
                type="authority">Ovidio</persName> al fin del libro 1 de <title>Remedia
              amoris</title>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Si mea materiae respondet Musa iocosae</hi>,</l>
              <l><hi rend="i">uicimus, et falsi criminis acta rea est.</hi></l>
              <l><hi rend="i">Rumpere, Liuor edax: magnum iam nomem habemus.</hi></l>
              <l><hi rend="i">Maius erit, tantum quo pede coepit eat.</hi></l>
              <l><hi rend="i">Sed nimium properas</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: properat</hi>.</note><hi rend="i">: uiuam modo, plura
                  dolebis</hi></l>
              <l><hi rend="i">et capiunt anni carmina multa mei</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Ovidio</persName>, <title>Remedios de amor</title>, vv.
                  387-392: «si mi Musa responde al tema jocoso, hemos vencido y ha comparecido como
                  rea de una falsa acusación. Revienta, roedora Envidia: ya tenemos un gran renombre
                  y será mayor tan sólo con que avance con el mismo pie con que comenzó. Pero te
                  apresuras demasiado; con tal de que siga yo viviendo, tú te quejarás más; todavía
                  mis años dan cabida a muchos poemas» (Ovidio 1989: 492).</note>.</l></quote>
            <p>Y no es respuesta vanagloriosa, cuando tan dignamente se puede loar de haber sido por
              quien nuestra lengua ha tomado el lustre y resplendor que <persName type="polemist"
                key="vuestra merced">vuestra merced</persName> le confiesa<note place="margin"> fol.
                127 pag. 2</note>
              <quote>aun en personas vulgares</quote><note place="bottom"> «Principalmente en este
                nuestro siglo, en que la lengua castellana, aun en personas vulgares, está tan
                valida y tan gallarda», <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola
                VI («Al licenciado Andrés de Salvatierra»), f. 127v (García Soriano 1954:
                132).</note>, y el primer inventor del culto estilo que goza<note place="bottom">
                Precisamente de ello se jactó Góngora en su <title>Respuesta</title> de 1615: «caso
                que fuera error, me holgara de haber dado principio a algo, pues es mayor gloria
                empezar una acción que consumarla» (Daza 2011: 284). Se trata, en fin, de una idea
                que aflora con cierta asiduidad durante la polémica: el propio Angulo se hace eco de
                ella en la <hi rend="i">Epístola</hi> primera, al decir «para que el uso ablande los
                tropos y nuevas frases, principio se ha de dar, porque sin él no se puede conseguir
                el fin. Y si alguno pudo, para que llegue este, dar aquel, fue <persName
                  type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>» (f. 16v). <ref xml:id="ref28" target="ref27">supra</ref></note>, de
              quien, con razón, pudo decir <persName type="authority">Paravicino</persName>:</p>
            <quote><l>Hijo de Córdoba grande,</l>
              <l>padre mayor de las Musas,</l>
              <l>por quien las voces de España</l>
              <l>se ven, de bárbaras, cultas<note place="bottom"> Son los vv. 17-20 de la
                  composición de Hortensio Paravicino rotulada <title>Romance describiendo la noche
                    y el día, dirigido a don Luis de Góngora</title>, después incluida en el impreso
                    <title>Obras póstumas, divinas y humanas, de Félix de Arteaga</title> (Alcalá de
                  Henares: en la Imprenta de María Fernández, a costa de Tomás de Alfay, 1650, f.
                  15v).</note>.</l></quote>
            <p>De lo mismo se loaba<note place="margin"> Geor. 3 lib. 3 eleg. 1 lib. 4</note>
              <persName type="authority">Virgilio</persName>, <persName type="authority">Propercio</persName>, <persName
                type="authority">Lucrecio</persName> y <persName type="authority">Horacio</persName><note
                place="bottom"> El contenido de los versos horacianos que se citan a continuación
                nos proporciona la pista para saber a qué se refiere exactamente Angulo cuando dice
                que Virgilio, Propercio, Lucrecio y Horacio se envanecieron de algo que puede
                relacionarse con Góngora: y ese algo es haber abierto nuevos caminos estéticos,
                haber introducido innovaciones poéticas de distinto signo. En los cuatro lugares
                citados en esta y la siguiente nota marginal se pueden constatar efectivamente
                pronunciamientos en ese sentido: <persName type="authority">Virgilio</persName>,
                  <title>Geórgicas</title>, III, vv. 292-293: «<hi rend="i">iuuat ire iugis qua
                  nulla priorum</hi> / <hi rend="i">Castaliam molli deuertitur orbita cliuo</hi>»
                («me gusta caminar por esas cumbres por donde nadie antes que yo dejó sus huellas,
                por la suave pendiente que conduce a la fuente Castalia»; Virgilio 1990: 339); <persName
                  type="authority">Propercio</persName>, <title>Elegías</title>, III, I, vv. 3-4: «<hi
                  rend="i">primus ego ingredior puro de fonte sacerdos</hi> / <hi rend="i">Itala per
                  Graios orgia ferre choros</hi>» («yo, sacerdote procedente de una fuente pura, soy
                el primero que me atrevo a poner las danzas itálicas en ritmos griegos»; Propercio
                1989: 177) y vv. 17-18: «<hi rend="i">sed, quod pace legas, opus hoc de monte
                  Sororum</hi> / <hi rend="i">detulit intacta pagina nostra uia</hi>» («pero mi
                pluma ha traído esta obra, para leerla en tiempo de paz, desde el monte de las Musas
                por un camino no hollado»; Propercio 1989: 178); <persName type="authority"
                  >Lucrecio</persName>, <title>Sobre la naturaleza de las cosas</title>, IV, vv. 1-5:
                  «<hi rend="i">auia Pieridum peragro loca nullius ante</hi> / <hi rend="i">trita
                  solo. Iuuat integros accedere fontes</hi> / <hi rend="i">atque haurire, iuuatque
                  nouos decerpere flores</hi> / <hi rend="i">insignemque meo capiti petere inde
                  coronam</hi>, / <hi rend="i">unde prius nulli uelarint tempora musae</hi>»
                («recorro los despoblados de las Piérides, nunca antes pisados por la planta de
                otro. Da gusto acercarse y beber en manantiales que nadie tocó y da gusto cortar
                flores frescas y hacerle una llamativa corona a mi cabeza con aquellas que las Musas
                nunca antes tomaron para cubrir las sienes de nadie»; Lucrecio 2003:
              283).</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Libera per</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: pars</hi>.</note><hi rend="i"> uacuum posui</hi><note type="app"
                  rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: possui</hi>.</note><hi rend="i"> uestigia princeps</hi>,</l>
              <l><hi rend="i">non aliena meo pressi</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: praesi</hi>.</note><hi rend="i"> pede. Qui sibi fidit</hi>,</l>
              <l><hi rend="i">dux regit examen. Patrios ego primus iambos</hi></l>
              <l><hi rend="i">ostendi Latio</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Epístolas</title>, I, XIX, vv.
                  21-24: «yo, marchando en cabeza, dejé mis huellas de hombre libre por tierra de
                  nadie; no puse mi pie sobre huellas ajenas. Quien está seguro de sí es el caudillo
                  que guía el enjambre. Yo fui el primero en mostrar al Lacio los yambos patrios».
                  La versión que de este pasaje da Angulo está atestiguada en la tradición textual
                  de Horacio.</note>. <note place="margin"> 1 Epod. epis. 19</note></l></quote>
            <p><pb n="f. 39r"/> Del estilo primero de las obras que <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> compuso antes del <title>Polifemo</title>
              y <title>Soledades</title>, será bien referir algunos versos, y no dificultoso,
              computando el tiempo en que hizo los unos y los otros, averiguar si son del primer
              estilo. Y probaré con ellos que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> usó hipérbatos y metáforas antes que compusiese el
                <title>Polifemo</title> y <title>Soledades</title>, de que pudo resultar oscuridad
              para el indocto. Y también probaré que la alabanza que vuestra merced le da de <hi
                rend="i">magnífico a su primer estilo</hi><note place="bottom"> «Si <persName
                  type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> se hubiera quedado en
                la magnificencia de su primer estilo…», Epístola X, f. 40v
                (1634_cascales-villar).</note> la merece. Que estas son las dos conclusiones del §
              último en el Número 1<note place="bottom"> Angulo se esfuerza a partir de este momento
                en mostrar que no es procedente establecer dos épocas contrapuestas en la
                trayectoria creativa de Góngora de manera tan tajante como había hecho Cascales, a
                quien se debe la formulación más célebre («de príncipe de la luz se ha hecho
                príncipe de las tinieblas») de una idea recurrente en la polémica y que encontró
                bastante eco en la crítica de los siglos posteriores: las diferencias entre los
                rasgos estéticos de la poesía de Góngora anterior a 1613 y los de ciertos poemas de
                su producción posteriores a esa fecha.</note>.</p>
            <p>En el año de 1612 sacó <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis
              </persName>a luz manuscrito al <title>Polifemo</title><note place="bottom"> Dato muy
                interesante para la datación de la difusión del <title>Polifemo</title>, que además
                tiene muchos visos de ser fidedigno, pues casa bien con otras informaciones
                coetáneas que apuntan en la misma dirección. Por una parte, tenemos un testimonio
                del <hi rend="i">Parecer</hi> del abad de Rute, según el cual el
                  <title>Polifemo</title> había circulado entre los amigos del poeta con
                anterioridad a las <hi rend="i">Soledades</hi>, que, hasta donde sabemos, comenzaron
                a divulgarse a mediados de 1613; como declara Fernández de Córdoba, fue el propio
                Góngora quien le solicitó, suponemos que por escrito –sería lo más lógico–, su
                opinión acerca de la fábula, antes de hacer lo propio con las
                  <title>Soledades</title> a finales de 1613 o principios de 1614: «de aquellas
                [advertencias] en lo que, por mandato de vuestra merced, advertí acerca del <hi
                  rend="i">Polifemo</hi>, en que, diciendo (Dios me es testigo) sinceramente mi
                sentimiento, con notar lo que pudiera a mi parecer (por ventura mal fundado)
                reformarse, vuestra merced, por algunas razones que debe tener, “dimisso ablegatoque
                consilio”, siguió su dictamen» <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer/"
                  >(1614_parecer)</ref>. De otro lado, Dadson, quien ya en un trabajo anterior sobre
                el <title>Polifemo</title> (2007: 38) había trazado un breve estado de la cuestión
                referente a este asunto y se mostraba favorable a la fecha de 1612 recordando, entre
                otras, la opinión de Dámaso Alonso en su introducción al facsímil del Ms. Chacón
                  (<hi rend="i">vid</hi>. Alonso 1991: XXV), ha aportado una noticia excepcional en
                este sentido: «cuando de nuevo tenemos noticias de Góngora y Salinas es en el
                contexto de la circulación de los poemas del primero. El 15 de marzo de 1612 Lope de
                Sotomayor Sarmiento de Acuña, hijo de Diego Sarmiento de Acuña, conde de Gondomar,
                escribió a su padre desde Córdoba con las siguientes noticias acerca del poeta más
                afamado de la ciudad: “quiero pagar a V.m. la falta que me han hecho sus cartas este
                ordinario en la que me harán esos versos de <persName type="polemist"
                  key="Góngora, Luis de">don Luis de Góngora</persName>, que, por ser el cuaderno
                primero que se ha sacado del original y breve el tiempo, quedó sin traslado. Haréle
                sacar, pues no es bien estar sin ellos aunque no sea para más que leerlos y no
                entenderlos, que es lo que me sucede a lo menos con las más estancias. Véalas el
                conde de Salinas, que no se le irá ninguna por alta que se suba, y, quizás porque no
                llegase a verlas, las desterró su dueño a Huelva”. Por la fecha de la carta –marzo
                de 1612–, por la dificultad de los versos –“aunque no sea para más que leerlos y no
                entenderlos”– y por la referencia al destierro del cuaderno original a Huelva, donde
                tenía su palacio el conde de Niebla, es probable que se esté refiriendo a la <hi
                  rend="i">Fábula de Polifemo y Galatea</hi>» (Dadson 2012: 69). De la misma opinión
                es Rico (2014b: 55-56), quien, al comentar el documento publicado por Dadson,
                afirma: «las alusiones a la oscuridad de los versos, la referencia a las estancias
                –el modo más común de designar las octavas– y el destierro de éstas a Huelva, esto
                es, al conde de Niebla, apuntan, en nuestra opinión, inequívocamente al Polifemo»; y
                añade asimismo que lo expresado en la misiva de Sarmiento de Acuña «avala la
                declaración del comentarista Angulo y Pulgar», que estoy glosando en esta nota.
                Véase <ref xml:id="ref40" target="ref41">infra</ref>.</note> y poco después la
                <title>Soledad</title> primera: consta de muchas cartas suyas. Y el año de 1588 se
              hizo la jornada a Inglaterra, a cuyo intento cantó <persName type="authority">don Luis
              </persName>aquella célebre canción a España con tanta aceptación de los doctos; cuya
              estancia primera es esta; en ella verá vuestra merced si hay transposiciones y
              translaciones, y por el cómputo, cuánto es anterior al <title>Polifemo</title>:</p>
            <quote><l>Levanta, España, tu famosa diestra</l>
              <l>desde el francés Pirene al moro Atlante,</l>
              <l>y al ronco son de trompas belicosas</l>
              <l>haz, envuelta en durísimo diamante,</l><pb n="f. 39v"/>
              <l>de tus valientes hijos feroz muestra</l>
              <l>debajo de tus señas victoriosas;</l>
              <l>tal, que las flacamente poderosas</l>
              <l>fieras naciones, contra tu fe armadas,</l>
              <l>al claro resplandor de tus espadas</l>
              <l>y a la de tus arneses fiera lumbre,</l>
              <l>con mortal pesadumbre</l>
              <l>ojos y espaldas vuelvan,</l>
              <l>y, como al sol las nieblas, se resuelvan,</l>
              <l>o cual la blanda cera desatados</l>
              <l>a los dorados luminosos fuegos</l>
              <l>de los yelmos grabados,</l>
              <l>queden, como de fe, de vista ciegos<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem72#l72.1"
                    >OC72.1-17</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>No me puede negar vuestra merced, entre otras, la transposición del séptimo y octavo
              verso ni las metáforas de los demás.</p>
            <p>El año de 1611 murió la señora reina doña Margarita<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: Dargarita.</note>, que Dios tiene, y al túmulo que hizo en
              sus honras la ciudad de Córdoba compuso <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> este magnífico soneto; anterior es cuatro
              años al <title>Polifemo</title><note place="bottom"> Se hace difícil explicar la
                contradicción existente entre esta datación (1615) y la planteada justo en el folio
                anterior (1612) para la factura del <title>Polifemo</title>: la fecha de 1615 es tan
                descabellada y la de 1612, tan acorde con otros datos conocidos (<hi rend="i">vid.
                  supra</hi> n. 389) que solo cabe pensar en un burdo desliz por parte de Angulo o
                de algún interviniente en la impresión. Ya Alonso (1982c: 434-436) hizo notar los
                descuidos de Angulo en esta y otras obras, y aportó un testimonio que podría avalar
                la presunta dejadez o poca aplicación del lojeño al preparar los originales de
                imprenta y supervisar los trabajos de edición: se trata de una apostilla anónima a
                la fe de erratas de la <title>Égloga fúnebre</title> de Angulo, en la que se aclara
                que «muchos de estos yerros son causados por ausencia del autor de esta obra; y
                muchos, por culpa del original, por no estar muy fiel y en partes confuso». <ref xml:id="ref41" target="ref40">supra</ref></note> y
              todo metáforas y tiene un hipérbaton al principio y otro en el verso 10 y dice:</p>
            <quote><l>Máquina funeral, que desta vida</l>
              <l>nos decís<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: dices</hi>.</note> la mudanza estando queda,</l>
              <l>pira, no de aromática arboleda,</l>
              <l>si a más gloriosa Fénix construida;</l><pb n="f. 40r"/>
              <l>bajel en cuya gavia esclarecida</l>
              <l>estrellas, hijas de otra mejor Leda,</l>
              <l>serenan la fortuna, de su rueda</l>
              <l>la volubilidad reconocida:</l>
              <l>farol luciente sois, que solicita</l>
              <l>la razón, entre escollos naufragante,</l>
              <l>al puerto, y a pesar de la luciente<note place="bottom"> La lección de este verso
                  ofrecida por las ediciones modernas más autorizadas es: «al puerto, y a pesar de
                  lo luciente». No enmiendo en este caso, ya que he optado por no dar tratamiento de
                  errata, sino de variante, a esta versión de Angulo, pues coincide con la ofrecida
                  en su ms. de <title>Varias poesías</title> (f. 211r).</note>,</l>
              <l>oscura concha de una Margarita,</l>
              <l>que rubí en caridad, en fe diamante,</l>
              <l>renace a nuevo sol y en nuevo oriente<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem238"
                    >OC238</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>A la urna del mismo túmulo hizo una estancia, toda translaciones y con tres
              hipérbatos:</p>
            <quote><l>En esta, que admiráis, de piedras graves</l>
              <l>labor no egipcia, aunque a la llama imita,</l>
              <l>ungüentos privilegian hoy süaves</l>
              <l>la muerta humanidad de Margarita,</l>
              <l>si de cuantos la pompa de las aves</l>
              <l>en su funeral leños solicita</l>
              <l>hay quien destile aroma tal, en vano</l>
              <l>resistiendo sus troncos al gusano<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem241"
                    >OC241</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>De las cinco liras que hizo al túmulo de Garcilaso, que sin duda son (a lo que he
              podido averiguar) anteriores al <title>Polifemo</title>, lea vuestra merced, entre las
              otras, la tercera, que dice:</p>
            <quote><l>Si tu paso no enfrena</l>
              <l>tan bella en mármol copia, oh caminante,</l><pb n="f. 40v"/>
              <l>esa<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: esta</hi>.</note> es la, ya sonante</l>
              <l>émula de las trompas, ruda avena,</l>
              <l>a quien del Tajo deben hoy las flores</l>
              <l>el dulce lamentar de dos pastores<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem308#l308.13"
                    >OC308.13-18</ref>. Las pesquisas de Angulo («a lo que he podido averiguar») no
                  fueron afortunadas, porque esta composición es de 1616 y por tanto, posterior a
                  los poemas mayores.</note>.</l></quote>
            <p>Lea vuestra merced la florida metáfora y bien seguida alegoría de esta primera
              estancia de una canción amorosa, tan antigua que se trabajó mucho en recogerla:</p>
            <quote><l>Sobre trastes de guijas</l>
              <l>cuerdas mueve de plata</l>
              <l>Pisuerga, hecho cítara corriente,</l>
              <l>y a robustas clavijas</l>
              <l>de álamos, las ata</l>
              <l>hasta Simancas, que les da su puente:</l>
              <l>al son deste instrumento</l>
              <l>partía un pastor quejas con el viento<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem145#l145.1"
                    >OC145.1-8</ref>. Las variantes textuales ofrecidas por Angulo respecto a la
                  versión canónica del poema revisten interés y merecen un comentario: Angulo lee
                  «corriente» por «doliente» en el v. 3, «a» por «en» en el v. 4 y «quejas» por «sus
                  quejas» en el v. 8; pues bien, la primera y tercera de esas lecturas se hallan en
                  la versión del poema contenida en el BNE, Ms. 3906, f. 44r-44v, de manera que
                  estamos ante un indicio más de que dicha colección manuscrita de materiales
                  gongorinos pudo ser reunida por Angulo o pertenecer a él en algún
                momento.</note>.</l></quote>
            <p>Otros muchos lugares de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> alegara en todas especies de poesía, llenos de floridas
              translaciones, dulcísimos hipérbatos y magníficas virtudes poéticas, pero basten estos
              para ejemplos y que vuestra merced vea si prueban las dos conclusiones dichas. Y si,
              juntándolos a los del primero estilo, prueba vuestra merced con todos <quote>quedon
                Luis con esta introducción de oscuridad comenzó a edificar y no supo echar la clave
                al edificio.</quote> Y si de <quote>príncipe de la luz se ha hecho príncipe de las
                  tinieblas<note place="margin"> fol. 40</note>, como dice<note place="bottom"> Esta
                  cita es, en el original de Cascales, continuación de la inmediatamente anterior:
                  Epístola X, f. 40r (1634_cascales-villar).</note>. <pb n="f. 41r"/> Y dígame
                vuestra merced cómo concuerda estos dos lugares con estos dos: <quote>que ha
                  estimado siempre a don Luis por el hombre más eminente de España en la poesía, sin
                  excepción alguna,</quote> dice el uno, y el otro<note place="margin"> fol. 37 pag.
                  1 y 2</note> que es el cisne que mejor ha cantado en nuestras riberas: así lo
                siento, así lo digo</quote><note place="bottom"> Epístola X, f. 37r-37v
                (1634_cascales-villar).</note>. Pues diga también si (como dice por <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>) el hablar así <quote>es
                imitar al lobo<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: labo</hi>.</note>, que camina</quote> (como afirma<note
                place="margin"> fol. 32</note>) <quote>dando unos pasos atrás y otros adelante para
                que así confusos no se eche de ver el camino que lleva</quote><note place="bottom">
                Epístola VIII, f. 32r (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 12.</head>
            <p>Concluyo al fin con lo que dice <persName type="polemist" key="vuestra merced"
                >vuestra merced</persName> al licenciado Jerónimo Martínez y por su invectiva<note
                place="margin"> fol. 15 pag. 2</note>: <quote>en fin hallé</quote> (en ella)
                <quote>buenas letras y mal ánimo, larga pluma y corta ciencia, y todo bien mirado,
                fallo que debo condenar a vuestra merced a restitución de honra y a descantar lo
                cantado</quote><note place="bottom">
                <title>Cartas filológicas</title>, Década primera, Epístola IV («Al licenciado
                Jerónimo Martínez de Castro, capellán del obispo de Plasencia», f. 15v (García
                Soriano 1961: 80).</note>. Ninguno (menos en lo de <hi rend="i">corta ciencia</hi>)
              pudo sacar más ajustado decreto; y pues vuestra merced le ha pronunciado, para no
                ocasionar<note place="bottom"> «Poner en riesgo o peligro» (<hi rend="i"
                >DRAE</hi>).</note> de nuevo la reverencial opinión en que <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> está, supuesto el consejo que da vuestra
                merced<note place="margin"> fol. 61</note>: <quote><hi rend="i">neque tamen
                  nouos</hi></quote> (escritores) <quote><hi rend="i">prudens sciens
                laeserim</hi></quote><note place="bottom"> «Ea, señor don José, tenga modestia, y no
                hable con desprecio de tantos; que, en tan poca edad, es mucha licencia. <hi
                  rend="i">Parcius ista uiris tamen objicienda memento</hi>. Y si es tan temerario,
                no se queje ni se espante que tenga enemigos. Honre su nación, y trate con respecto
                las ajenas, si quiere obviar enfados y ser honrado de todos. Oiga a Ludovico
                Carrión, insigne catedrático de Lovaina, en la carta que escribe a Claudio Puteano:
                  <hi rend="i">ego me ita in his libris comparaui ut ueteres scriptorum defenderim,
                  neque tamen nouos prudens, sciens laeserim</hi>», <title>Cartas
                  filológicas</title>, Década segunda, Epístola V («A don José de Pellicer»), f. 61r
                (García Soriano 1952: 100-101)</note>, retírese, le suplico, del mal crédito <pb
                n="f. 41v"/> que ha tenido de estos poemas y dando de mano a las que huelen a
              agravios de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> y que
              parece que lo pueden ser de sus aficionados, no provocadores de vuestra merced, atento
              a los nuevos autos, reponga los suyos<note place="bottom"> Auto: «decreto y
                determinación de juez dada y pronunciada jurídicamente sobre la causa civil o
                criminal de que conoce» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Reponer: «retrotraer la causa o
                pleito a un estado determinado. Dicho del juez que lo dictó: reformar un auto o
                providencia» (<hi rend="i">DRAE</hi>). La metáfora judicial de Angulo recuerda algo
                a la contenida en la <title>Respuesta</title> de Góngora: «mas esta mi respuesta
                (como autos hechos en rebeldía) Andrés de Mendoza, a quien le toca parte, la
                notificará […], donde le pararán a Vm. el perjuicio que hubiere lugar de derecho»
                (Daza 2011: 284).</note> y, como promete<note place="margin"> fol. 30 pag. 2</note>,
                <hi rend="i">cruce las manos y dese por vencido y diga que es ignorancia del lector
                y no culpa del poema no entenderle, si viera que</hi>
              <persName type="polemista"><hi rend="i">don Luis</hi></persName>
              <hi rend="i">hubiera hablado dilúcida y claramente</hi><note place="bottom"> «Que si
                yo no la entendiera por los secretos de naturaleza, por las fábulas, por las
                historias, por las propiedades de plantas, animales y piedras, por los usos y ritos
                de varias naciones que toca, cruzara las manos y me diera por rendido, y confesara
                que aquella oscuridad nacía de mi ignorancia, y no de culpa suya, habiéndolo dicho
                dilúcida y claramente como debe», Epístola VIII, f. 30v
                (1634_carta-cascales-tribaldos).</note>. Pues ya lo ha visto, recante la palinodia,
              como quiere que haga el licenciado Jerónimo Martínez, y sea con lo que dice <persName
                type="authority">Séneca</persName> por Fabiano<note place="margin"> fol. 15 pag. 2
                epist. 101</note>: <quote><hi rend="i">electa uerba sunt, non captata, nec huius
                  seculi more contra naturam possita et inuersa, splendida tamen quamuis sumantur e
                  medio. Sensus honestos et magnificos habent, non coactos in sententia sed altius
                  dictos</hi></quote><note place="bottom"> NDE «Y si V.m., por muy ocupado, o por no
                volver el pie atrás, no quisiere hacerle la debida palinodia...», <title>Cartas
                  filológicas</title>, Década primera, Epístola IV («Al licenciado Jerónimo Martínez
                de Castro»), f. 15v (García Soriano 1961: 80). El lugar de <persName type="authority"
                  >Séneca</persName> pertenece a las <title>Epístolas morales a Lucilio</title>, XVI, C:
                «sus palabras son escogidas, no rebuscadas, ni dispuestas, conforme a la moda de
                nuestro tiempo, en contra del orden natural o con cambio de significado, sino que
                son brillantes, aunque las haya tomado del uso corriente. Te encontrarás ante
                pensamientos nobles y elevados, no condensados en una sentencia, sino desarrollados
                con amplitud [‘con profundidad’, según la versión de Angulo, que utiliza <hi
                  rend="i">altius</hi> por <hi rend="i">latius</hi>» (Séneca 2013: 653).</note>.
              Permita vuestra merced <quote>que se remoce la lengua, quela gala es propia de los
                mozos</quote><note place="bottom"> «Los viejos hablen en su lenguaje rancio, que por
                ser viejos los oiremos con reverencia, pero dejen a los mozos que refresquen y
                remocen la lengua, pues con la mudanza de los tiempos se muda también el estilo de
                hablar» y «si bien en los predicadores viejos es razón reverenciar las canas de su
                lenguaje, dejen ellos también que los modernos gocen de su tiempo, que la gala es
                propria de los mozos», <title>Cartas filológicas</title>, Década tercera, Epístola
                VI («Al licenciado Andrés de Salvatierra»), f. 127v y 131v (García Soriano 1954: 132
                y 146).</note>, pues lo quiere<note place="margin"> fol. 127 y 131 pag. 2</note> y
              dice así: <hi rend="i">pues no importa tanto que las cosas que se dicen sean buenas
                cuanto el modo</hi>, como dice<note place="margin"> fol. 53</note>
              <persName type="polemist" key="vuestra merced">vuestra merced</persName> a Lope de
                Vega<note place="bottom"> «Las partes de la elocuencia son cinco: invención,
                disposición, elocución, memoria y acción. Ésta tiene en las oraciones (así lo dice
                Quintiliano) admirable virtud y dominio, porque no importa tanto que las cosas que
                decimos sean calificadas, cuanto el modo con que se pronuncian», <title>Cartas
                  filológicas</title>, Década segunda, Epístola III («Al Apolo de España, Lope de
                Vega Carpio»), f. 54v (García Soriano 1952: 62).</note>. Y si recibe el buen ánimo
              con que escribo esta carta, no dudo que me responda lo que escribe al maestro don
                <persName type="polemist" key="Villar, Francisco del">Francisco del
                Villar</persName><note place="margin"> fol. 37</note>: <quote>la deuda en que
                vuestra merced me pone es mucha</quote><note place="bottom"> Epístola X, f. 37r
                (1634_cascales-villar).</note>. Y lo que al maestro Pedro González de Sepúlveda<note
                place="margin"> fol. 152</note>: <quote>tan lejos estoy de sentirme</quote>
              <pb n="f. 42r"/>
              <quote>que antes lo agradezco</quote><note place="bottom"> «Reconozco en V.m.
                cortesía, prudencia, doctrina y erudición, todo en sumo grado; sumamente lo invidio
                todo. Tan lejos estoy de sentirme por las objeciones y réplicas que V.m. me hace,
                que antes las agradezco y reverencio», <title>Cartas filológicas</title>, Década
                tercera, Epístola X («Al maestro Pedro González de Sepúlveda, catedrático de
                Retórica de la Universidad de Alcalá de Henares»), f. 152r (García Soriano 1954:
                223).</note>. Con seguridad puede vuestra merced mandarme cosas de su gusto; y si
              este discurso no le pareciere breve, diré con <persName type="authority"
                >Quintiliano</persName>: <quote><hi rend="i">nos autem breuitatem in hoc ponimus, non ut
                  minus, sed ne plus dicatur quam oportet</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                IV, II, § 43: «mas nosotros entendemos la brevedad en este sentido: no en que se
                diga menos, sino en que no se diga más de lo que es necesario» (Quintiliano
                1997-2000, t. II: 61).</note>. Guarde Dios a vuestra merced muchos años. Loja,
              julio, 4, de 1635 años.</p>
            <p>Don <persName type="polemist" key="Angulo y Pulgar, Martín de">Martín de Angulo y
                Pulgar</persName>.</p>
            <p rend="center">***</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>Otra epístola, a cierto sujeto grave y docto.</head>
          <p>He leído (señor) con más atención el § 4 de la carta de vuestra merced, su fecha en 7
            de mayo de este año, y juzgo no atrevidamente que si no le escribió su natural modestia,
            ajena (al parecer) de estas materias de poesía, ha sido quererme examinar, <pb n="f. 42v"/>
            no del todo satisfecho de mí en ellas, con la respuesta que remití a vuestra
            merced a las objeciones que el licenciado <persName type="polemist"
              key="Cascales, Francisco de">Francisco de Cascales</persName> estampó y opuso al
            estilo de los poemas de<persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"> don Luis de
              Góngora</persName>, que, a juicio mío, debe satisfacer a vuestra merced, pues le dio
            su aprobación y con ella sumo crédito; y a mí, por suya, me deja satisfecho de mi
            trabajo, bien que atento al consejo de <persName type="authority">Persio</persName><note
              place="margin"> sat. 4</note>:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Respice quod non es; tollat sua munera cerdo</hi>,</l>
            <l><hi rend="i">tecum habita, ut noris, quam sit tibi curta supellex</hi><note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Persio</persName>, <title>Sátiras</title>, IV, vv. 51-52: «aleja
                de ti lo que no eres, devuelve a los baratilleros sus presentes. Mora en ti mismo:
                verás lo reducido de tu ajuar» (Persio. Juvenal 1991: 540).</note>.</l></quote>
          <p>Juzgo también que para dar vuestra merced voto contrario a los mismos poemas, habrá
            visto y meditado, si no todos, los suficientes para hacer juicio de ellos. Y porque no
            parezca descaecimiento mío no intentar satisfacer a vuestra merced, lo deseo con este
            discurso y (con el respeto que debo) que les restituya el crédito que retira a estas
            obras, y probar también (porque me lastima les falte, entre la de muchos y grandes
            sujetos, la aprobación de vuestra merced, que lo es tanto) que no le han desmerecido su
            aplauso. Si no lo consiguiere, por ser tan corto mi talento cuan singular el de vuestra
            merced, diré con <persName type="authority">Ovidio</persName>, 3 de <title>Pónticas</title>,
            elegía 4:</p>
          <quote><l><hi rend="i">Vt desint uires, tamen est laudanda uoluntas</hi>:</l>
            <l><hi rend="i">hac ego contentos suspicor esse Deos</hi><note place="bottom">
                <persName type="authority">Ovidio</persName>, <title>Pónticas</title> (<title>Cartas desde
                  el Ponto</title>), III, IV, vv. 79-80: «<hi rend="i">ut desint uires, tamen est
                  laudanda uoluntas</hi>, / <hi rend="i">hac ego contentos auguror esse deos</hi>»
                («aunque le falten fuerzas, sin embargo es de alabar la voluntad: yo predigo que con
                ella estarán contentos los dioses»; Ovidio 2000: 132). He podido constatar la
                variante del segundo verso ofrecida por Angulo –cuya traducción apenas plantea
                diferencias de significado con la que he ofrecido para la lección canónica del
                pasaje– en un florilegio quinientista: el <title>Viridarium illustrium
                  poetarum</title> de <persName type="authority">Octaviano Mirándula</persName> (f. 51r en
                la ed. de Venecia: Bernardino de Vitali, 1507), que se reeditó varias veces en el
                Siglo de Oro con el título de <title>Illustrium Poetarum Flores</title>. Con esta
                cita ovidiana cierra Angulo el preámbulo de la <hi rend="i">Epístola</hi> segunda,
                donde da cuenta de las circunstancias que rodearon la redacción de la misma: sobre
                la verosimilitud de la situación planteada por el lojeño y los problemas
                relacionados con la cronología del texto, me he pronunciado en el estudio
                introductorio.</note>.</l></quote>
          <pb n="f. 43r"/>
          <div>
            <head rend="center">Número 1.</head>
            <p>De las proposiciones que contiene el § y a que me parece debo responder, la primera
              dice: <quote>si don Luis no hubiera dejado el zueco, el primer hombre fuera de nuestra
                nación en lo burlesco y satírico. Por haberse calzado el coturno ha perdido con
                muchos lo ganado y yo soy uno de ellos</quote><note place="bottom"> Angulo sigue en
                esta segunda <hi rend="i">Epístola</hi> la misma tónica que en la primera, por
                cuanto reproduce en cursiva –no podemos saber ahora con qué grado de fidelidad al
                supuesto original– los enunciados que tratan de reflejar las críticas de su
                oponente, que se dispone a refutar. En este caso, el contenido de la primera
                andanada contra Góngora no puede ser leído de manera literal: el zueco y el coturno
                eran los calzados que durante la época grecolatina utilizaban los actores en las
                representaciones teatrales de comedias y tragedias, respectivamente; sin embargo, el
                sentido que ha de darse aquí a ambos términos no tiene tanta relación con lo teatral
                como con la dignidad literaria de los géneros a los que están asociados, pues la
                recriminación que se le hace a Góngora es que ha fracasado en su intento de componer
                poesía de altos vuelos (los poemas mayores) y que, por ello, ha ensombrecido sus
                notables logros como poeta satítico-burlesco; así lo confirma una conclusión del
                propio Angulo, con que abrocha el capítulo III de esta <hi rend="i">Epístola</hi>
                segunda: «y así infiero que mereció más por el coturno que por el zueco o, cuando
                menos, tanto por lo serio y culto, lírico y heroico, como por lo burlesco y satírico
                le concede vuestra merced» (f. 50r). El trasfondo de esta censura –relacionada, en
                parte, con el controvertido asunto de las llamadas «dos épocas» de Góngora– no es en
                absoluto desconocido en la polémica, durante la cual varios detractores, e incluso
                algunos partidarios, de Góngora se lamentaron de que con el <title>Polifemo</title>
                y las <title>Soledades</title> se hubiera truncado el merecido reconocimiento que
                había alcanzado el poeta con el cultivo de otros géneros, especialmente las sales
                satíricas y burlescas. De otro lado, la celebridad conquistada en su tiempo por el
                  <hi rend="i">genus minimum</hi> de Góngora, que asoma en la proposición
                antigongorina que Angulo va a neutralizar en este apartado («el primer hombre fuera
                de nuestra nación en lo burlesco y satírico»), queda atestiguada en la época en
                numerosos textos que coronan al poeta cordobés como un «nuevo Marcial»: Ponce
                Cárdenas (2015a) ha agrupado y analizado de manera muy útil algunos de esos textos,
                debidos a nombres tan influyentes como Martín de Roa, Jiménez Patón, Vera y Mendoza,
                Rodrigo Caro, Paravicino, Salas Barbadillo, Suárez de Figueroa o Saavedra
                Fajardo.</note>. No considero esta razón tan rigurosamente como vuestra merced,
              porque tengo por de invencible reconvención este argumento. Si un autor escribiese la
              historia pontifical con eminencia, y sin ella o con menos la de otros monarcas, ¿fuera
              justo que siendo los objetos tan distintos, por ser todo historia, perdiese lo que
              mereció en aquella por no haberse igualado con esta? La respuesta (a mi ver) ha de ser
              negativa, pues no perdió <persName type="authority">Platón</persName> el crédito que mereció
              por las obras suyas por la <title>Apología</title> que hizo por Sócrates, tan desigual
              a ellas como mal recibida. Ni don <persName type="polemist"
                key="Quevedo, Francisco de">Francisco de Quevedo</persName> por las obras de sus
              mocedades pierde lo debido a otras de superior genio que ha sacado a luz<note
                place="bottom"> Aquí parece que Angulo está dando la vuelta al argumento,
                probablemente sin darse cuenta de ello: las obras de la mocedad de Quevedo
                equivaldrían, en el parangón, a las burlescas y satíricas de Góngora previas a <hi
                  rend="i">Soledades y Polifemo</hi>, y estos dos poemas equivaldrían a las obras
                posteriores «de superior genio» que publicó Quevedo. Según la objeción del anónimo
                destinatario, las obras burlescas y satíricas de Góngora eran mejores y quedaron
                deslucidas por sus posteriores «poemas mayores», mientras que en Quevedo habría sido
                al revés: las posteriores obras serias harían «perdonables», por ser mejores, las de
                su mocedad. Y en el ejemplo que da de Platón, parece que también sucede así. Debo
                esta sugerencia a la gentileza de Pedro Conde Parrado.</note>. La aplicación del
              argumento a la proposición de vuestra merced es muy clara y en favor de <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, y así paso <pb n="f. 43v"
              /> a examinar si mereció por el coturno lo mismo y más que por el zueco,
              respondiendo a las demás proposiciones.</p>
            <p>La segunda es: <quote>lo material de estas obras es muy trivial</quote><note
                place="bottom"> Es otra de las críticas antigongorinas recurrentes durante la
                controversia: la insustancialidad temática y conceptual de las
                  <title>Soledades</title>, que hacía aun más intolerable su deliberada oscuridad.
                Aunque es difícil encontrar a un enemigo de Góngora que no recurriera a esta
                recriminación, fueron Jáuregui y Cascales quienes con más ahínco explotaron esa vía
                de ataque a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>.
                  <hi rend="i">Vid</hi>. Daza (2018b).</note>. Y mirando la más dilatada que
              compuso, que llamó <title>Soledades</title>, dice el licenciado <persName
                type="polemist" key="Díaz de Rivas, Pedro de">Pedro Díaz de Rivas</persName>, en el
              magistral comento que hizo a las dos<note place="bottom"> El autor sabe que Pedro Díaz
                de Rivas tenía hechas unas <title>Anotaciones y defensas</title> tanto para la
                primera como para la segunda <hi rend="i">Soledad</hi> (1616_soledad I-diaz;
                1616_soledad II-diaz). Este dato quizás pueda tomarse como otro indicio de la
                supuesta relación de Angulo con el BNE Ms. 3906, que es el único testimonio que
                recoge las notas de Díaz de Rivas a la <hi rend="i">Soledad</hi> segunda; no parece
                que el gongorista lojeño maneje dicha información de oídas, pues se refiere a los
                comentarios –el de la <hi rend="i">Soledad</hi> primera y el de la segunda– en
                singular, como si constituyeran un solo documento –«en el magistral comento que hizo
                a las dos»–, y a renglón seguido cita literalmente afirmaciones pertenecientes al
                comentario de la <hi rend="i">Soledad</hi> primera, es decir, que a buen seguro
                manejó una copia con los escolios a ambas <title>Soledades</title>.</note>, <hi
                rend="i">que habían de ser cuatro, en similitud de cuatro edades del
                hombre</hi><note place="bottom"> Angulo se permite dar como cita de Díaz de Rivas un
                enunciado que no le pertenece tal cual y, en lo sucesivo del párrafo, atribuir al
                comentarista cordobés un planteamiento que solo es suyo en parte. En realidad Angulo
                está fundiendo aquí dos fuentes de información, una declarada (la de Díaz de Rivas)
                y otra silenciada (la de Pellicer), que, al fin y al cabo, cualquier lector iniciado
                y avezado podía percibir como complementarias: «dice que el argumento de su obra son
                los pasos de un Peregrino en la soledad. Este, pues, es el firme tronco de la
                Fábula, en quien se apoyan las demás circunstancias de ella, a quien intituló <hi
                  rend="i">Soledades</hi> por el lugar donde sucedieron. La primera soledad se
                intitula la soledad de los campos, y las personas que se introducen son pastores; la
                segunda, la soledad de las riberas; la tercera, la soledad de las selvas; y la
                cuarta, la soledad del yermo» (1616_soledad I-diaz); «aquí feneció <persName
                  type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> de Góngora la <hi
                  rend="i">Soledad</hi> primera, en que deja pintada la juventud, a que moralmente
                atendió, pues su principal intención fue, en cuatro soledades, describir las cuatro
                edades del hombre. En la primera la juventud, con amores, prados, juegos, bodas y
                alegrías. En la segunda la adolescencia, con pescas, cetrería, navegaciones. En la
                tercera la virilidad, con monterías, cazas, prudencia y económica. En la cuarta la
                senectud, y allí política y gobierno» (1630_lecciones).</note>. Y aunque la
              autoridad de este sujeto por sí y por ser patriota<note place="bottom"> «Lo mismo que
                compatriota, que es como se dice» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Compatriota: «el que es
                de un mismo lugar, ciudad o provincia, respecto de otro» (<hi rend="i"
                >Aut.</hi>).</note> de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName>, con quien comunicó estrechamente, es grande prueba de esto, no la
              hace menor ver que en la <title>Soledad</title> primera, intitulada <quote>De los
                campos</quote>, pinta la juventud con amores, juegos, bodas y alegrías. La segunda
              (que aun no acabó)<note place="bottom"> El «aun» contenido en este inciso debe
                entenderse como adverbio modal (‘ni siquiera’) y no temporal (‘todavía’); de lo
                contrario, sería prácticamente imposible el encaje de esta afirmación de Angulo con
                la datación cronológica que parece más verosímil para las <hi rend="i">Epístolas:
                  vid</hi>. el estudio introductorio.</note>, llamada <quote>De las riberas</quote>,
              trata de la adolescencia, con pescas, músicas y cetrería. La tercera, dice el
                <persName type="polemist" key="Díaz de Rivas, Pedro de">licenciado Rivas</persName>,
              que había de ser <quote>De las selvas</quote> y hablar de la virilidad y prudencia con
              cazas y monterías. Y la cuarta, que había de tratar de la política, pintando <quote>un
                yermo</quote>, semejanza propia de la senectud. Según esto, cuanto al objeto
              material, ya están fuera de triviales estas obras<note place="bottom"> Varios críticos
                gongorinos antiguos de los más solventes y mejor informados hicieron referencia a la
                intención de escribir cuatro <title>Soledades</title> por parte de Góngora y ello
                fue esgrimido como argumento para matizar la recurrente acusación de
                insustancialidad que se hacía recaer sobre la silva, dada la hipotética carga de
                simbolismo y alegoría que habría supuesto ese ambicioso plan poético, finalmente
                frustrado. Para más información sobre las cuatro <hi rend="i">Soledades</hi> y sus
                implicaciones teóricas y polémicas, <hi rend="i">vid</hi>. Sánchez Robayna (2011) y
                Daza (2018b).</note>. Y si miramos lo útil de ellas, no solo hallaremos singular
              doctrina para ser gran poeta el <pb n="f. 44r"/> que la imitare, pero en lo moral
              muchas virtudes y ejemplos graves. Trasladaré, entre muchos, solos tres que lo
              prueben.</p>
            <p>En la <title>Soledad</title> primera, verso treinta, por el naufragante que salió en
              una tabla y la dio a una peña que lo recibió, dice:</p>
            <quote><l>Besa la arena, y de la rota nave</l>
              <l>aquella parte poca</l>
              <l>que le expuso en la playa dio a la roca,</l>
              <l>que aun se dejan las peñas</l>
              <l>lisonjear de agradecidas señas<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.29"
                    >OC264B.29-33</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>¿Qué más bien pondera la fuerza de la lisonja y cuán admitida es y cuán debido el
              agradecimiento al beneficio, ni qué más culta y eruditamente tocado el rito de ofrecer
              al templo la tabla del naufragio? Sabido es y que <persName type="authority"
                >Horacio</persName><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: Orario.</note> la canta en la oda 5 del libro 1<note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Odas</title> (<title>Carmina</title>),
                I, V, vv. 12-15: «<hi rend="i">me tabula sacer</hi> / <hi rend="i">uotiua paries
                  indicat uuida</hi> / <hi rend="i">suspendisse potenti</hi> / <hi rend="i"
                  >uestimenta maris deo</hi>» («en el sacro muro una tablilla votiva dice que mis
                ropas húmedas se ofrendaron al potente dios del mar»; Horacio 2004: 99).</note>.</p>
            <p>En el verso 108 loa la vida del aldea y vitupera la de palacio, dice los peligros de
              este y la paz de aquella, de esta suerte:</p>
            <quote><l>No en ti la Ambición mora,</l>
              <l>hidrópica de viento,</l>
              <l>ni la que su alimento</l>
              <l>el áspid es, gitano, etc.<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.108"
                    >OC264B.108-111</ref>.</note></l></quote>
            <p>¿Qué más galán perífrasis de la envidia? En el verso 124 condena la adulación y <pb
                n="f. 44v"/> dice sus efectos con alusión a los que causan las sirenas. Reprueba la
              soberbia del favorecido, dice cuán fácilmente perece, comparándola al pavón, hecha
              rueda su pluma, y que la adulación dura lo que el valimiento, y el peligro de él, con
              la fábula de Ícaro:</p>
            <quote><l>Tus umbrales ignora</l>
              <l>la Adulación, sirena</l>
              <l>de reales palacios, cuya arena</l>
              <l>besó ya tanto leño,</l>
              <l>trofeos dulces de un canoro sueño.</l>
              <l>No a la Soberbia está aquí la Mentira</l>
              <l>dorándole los pies, en cuanto gira</l>
              <l>la esfera de sus plumas,</l>
              <l>ni de los rayos baja a las espumas</l>
              <l>favor de cera alado,</l>
              <l>oh, bienaventurado etc.<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.124"
                    >OC264B.124-134</ref>.</note></l></quote>
            <p>Si le buscamos alguna utilidad para lo histórico, hallaremos tratado, aunque como
              episodio (en relación del labrador al forastero), la navegación de Colón y
              descubrimiento del occidente con tres navíos, pues en el verso 422 dice:</p>
            <quote><l>Abetos suyos tres aquel tridente</l>
              <l>violaron a Neptuno,</l>
              <l>conculcado<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: conculcada</hi>.</note> hasta allí de otro ninguno,</l>
              <l>besando las que al Sol el occidente</l><pb n="f. 45r"/>
              <l>le corre, en lecho azul de aguas marinas<note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: merinas</hi>.</note>,</l>
              <l>turquesadas cortinas<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.413"
                    >OC264B.413-418</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Del descubrimiento del mar del sur por Vasco Núñez trata en el verso 439 y dice:</p>
            <quote><l>Segundos leños dio a segundo polo</l>
              <l>en nuevo mar etc.<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.430"
                    >OC264B.430 y ss.</ref>.</note></l></quote>
            <p>En el verso 475 da noticia del descubrimiento del estrecho de Magallanes en la nao
              Victoria, que después se guardó en las atarazanas de Sevilla:</p>
            <quote><l>Zodíaco después fue cristalino</l>
              <l>a glorïoso pino, etc.<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.466"
                    >OC264B.466 y ss.</ref>.</note></l></quote>
            <p>Y allí:</p>
            <quote><l>Esta, pues, nave ahora</l>
              <l>en el húmido templo de Neptuno</l>
              <l>varada pende a la inmortal memoria</l>
              <l>con nombre de Victoria<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.477"
                    >OC264B.477-480</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>En la segunda <title>Soledad</title> se hallarán no menos virtudes que en la primera:
              sea ejemplo lo que Micón dice a su dama, verso 710, encareciéndole su amor, donde toca
              la costumbre de escribir los amantes sus afectos en las piedras<note place="margin">
                Virgil. ecl. 10 y 5</note> para más perpetuidad que en los árboles sus nombres<note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Virgilio</persName>, <title>Bucólicas</title>, V, vv. 13-15: «<hi
                  rend="i">immo haec in uiridi nuper quae cortice fagi</hi> / <hi rend="i">carmina
                  descripsi et modulans alterna notaui</hi>, / <hi rend="i">experiar…</hi>» («mejor
                probaré estos versos que ha poco grabé en la verde corteza de una haya anotando sus
                alternancias musicales»; Virgilio 1990: 191); y X, vv. 52-54: «<hi rend="i">certum
                  est in siluis inter spelaea ferarum</hi> / <hi rend="i">malle pati tenerisque meos
                  incidere Amores</hi> / <hi rend="i">arboribus…</hi>» («decidido estoy; prefiero
                sufrir en las selvas entre las cuevas de las fieras y grabar sobre los tiernos
                árboles mis amores»; Virgilio 1990: 219).</note>. Toca la ceremonia<note
                place="margin"> Catulo in Epital. Iun. et Manlii</note> de quemar teas en los
                desposorios<note place="bottom">
                <persName type="authority">Catulo</persName>, <title>Poesías</title>, LXI <hi rend="i"
                  >Epythalamius Iunie et Mallii</hi> (Epitalamio a la boda de L. Manlio Torcuato y
                Junia Aurunculeya), vv. 11-15: «…<hi rend="i">excitusque hilari die</hi>, / <hi
                  rend="i">nuptialia concinens</hi> / <hi rend="i">uoce carmina tinnula</hi>, / <hi
                  rend="i">pelle humum pedibus, manu</hi> / <hi xml:lang="en" rend="i">pineam quate
                  taedam</hi>…» («excitado por este día jubiloso, entonando los himnos nupciales con
                voz bien timbrada, golpea la tierra, agita en tu mano la tea de pino»; Catulo.
                Tibulo 1993: 124).</note>, y para persuadirla a que se goce, dice que todo lo
              consume el tiempo, con más gala y menos palabras que <persName type="authority"
                >Ovidio</persName>, 15, <title>Metamorfosis</title>, fábula 3<note place="bottom"> Es
                probable que Angulo se refiera al «Discurso de Pitágoras», perteneciente al libro XV
                de las <title>Metamorfosis</title> de <persName type="authority">Ovidio</persName>, que
                incluye pasajes de gran hondura lírica acerca de la acción transformadora del paso
                del tiempo: <hi rend="i">vid</hi>., por ejemplo, los vv. 178-236 (Ovidio 2002:
                297-298).</note>:</p>
            <quote><l>Si fe tanta no en vano</l><pb n="f. 45v"/>
              <l>desafía las rocas donde impresa</l>
              <l>con labio alterno mucho mar la besa,</l>
              <l>nupcial la califique tea luciente.</l>
              <l>Mira que la edad miente,</l>
              <l>mira que del almendro más lozano</l>
              <l>parca es interïor breve gusano<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.605"
                    >OC264C.605-611</ref> Para entender todo lo que Angulo aduce aquí es necesario
                  contextualizar el fragmento citado con los versos que lo preceden: «ésta, en
                  plantas no escrita, /en piedras sí, firmeza honre Himeneo, / calzándole talares mi
                  deseo, / que el tiempo vuela. Goza, pues, ahora / los lilios de tu aurora, / que
                  al tramontar del Sol mal solicita / abeja aun negligente, flor marchita» (<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.598"
                    >OC264C.598-604</ref>). En esta y otras citas de la segunda de las
                    <title>Soledades</title> se observa una llamativa diferencia entre el número de
                  verso indicado por Angulo y el ofrecido por las ediciones modernas; propongo una
                  hipótesis para explicarlo, que hago extensiva a todas las citas de la
                    <title>Soledad</title> segunda de esta <hi rend="i">Epístola</hi>, y es la
                  siguiente: la numeración de los versos usada por Angulo coincide exactamente con
                  la de las <title>Lecciones solemnes</title> de Pellicer, de donde pudo tomarla sin
                  reparar en que el impreso de dicho comentario presenta varias erratas (por
                  ejemplo: en la col. 565 se produce un salto de tres números y en la col. 578, un
                  salto de cien números; hay más incorrecciones de este tipo), que provocan
                  finalmente que el cómputo total de versos en la versión del comentarista aragonés
                  difiera en más de cien con el de las versiones actuales, en las que la segunda
                  entrega de la silva llega a 979 versos. <ref
                      xml:id="ref111" target="ref110">supra 1</ref>
                    <ref xml:id="ref121" target="ref120">supra 2</ref></note>.</l></quote>
            <p>En el verso 905 y 912 pondera el precio de la libertad y el peso del cautiverio con
              el ejemplo de un perro de aguas atado, y dice:</p>
            <quote><l>Can de lanas prolijo, etc.</l>
              <l>número y confusión gimiendo hacía</l>
              <l>en la vistosa laja, para él grave,</l>
              <l>que aun de seda no hay vínculo süave<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.799"
                    >OC264C.799-808</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Pues la admirable pintura del duque de Béjar<note place="bottom"> Angulo bien pudo
                tomar esta identificación de Pellicer, que dice: «la intención de <persName
                  type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> fue pintar aquí al
                señor duque de Béjar» (1630_lecciones); la misma opinión expresará Salcedo Coronel
                en sus <title>«Soledades» comentadas</title> (1636_soledades): «este príncipe,
                que a lo que puedo conjeturar, supongo que era el excelentísimo duque de Béjar». Ya
                en época moderna, Jammes (1994: 544-545) dio también su parecer a este respecto y
                para ello tomó como fuente a Pedro Espinosa en el <title>Elogio al retrato del
                  Excelentísimo Señor don Manuel Alonso Pérez de Guzmán el Bueno</title>… (Málaga:
                Juan René, 1625), donde explica con pormenor que el prócer cetrero de la
                  <title>Soledad</title> segunda es el XI conde de Niebla, después VIII duque de
                Medina Sidonia. No cabe duda, en fin, de que el noble pintado por Góngora en aquella
                célebre escena de la cetrería es Manuel Alonso Pérez de Guzmán y Silva, VIII duque
                de Medina Sidonia: <hi rend="i">vid</hi>. López Bueno (2015) y Ly (2015). <ref xml:id="ref24" target="ref23">supra</ref></note> y
              su caballo, y del estruendo y aparato de su cetrería, es muy singular: no la traslado,
              porque es larga para una carta, pero lea vuestra merced, si gusta, desde el verso
              914:</p>
            <quote><l>En sangre claro y en persona augusto,</l>
              <l>si en miembros no robusto<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.809"
                    >OC264C.809-810</ref>.</note>,</l></quote>
            <p>hasta donde la dejó <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName>, que yo espero ha de confirmar mi parecer de que lo material de esta
              obra no es trivial; y el dejarla informe fue porque le faltó la fortuna y la vida.</p>
            <p><pb n="f. 46r"/> La segunda mayor obra que <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> compuso, y también no acabó, porque le
              faltó el favor, fue el <title>Panegírico</title> al señor marqués de Denia, primer
              duque de Lerma. En él trata su vida, su ascendencia y sucesión, su privanza y las
              cosas graves que en su tiempo se vieron. Para prueba de esto me remito al mismo poema,
              y en particular para ver su vida, a la estancia 7 y las siguientes, para su
              ascendencia, la 4 y 5, para la sucesión, la 15 y las siguientes, para su privanza, la
              32 y otras, para los sucesos, la 39 y las siguientes, y otras. Todo esto por material
              heroico le tengo y espero que lo califique vuestra merced con su voto y piedra blanca,
              de que trató<note place="margin"> Met. 15 fab. 1</note>
              <persName type="authority">Ovidio</persName><note place="bottom">
                <persName type="authority">Ovidio</persName>, <title>Metamorfosis</title>, XV, vv. 41-42:
                  «<hi rend="i">mos erat antiquus niueis atrisque lapillis</hi>, / <hi rend="i">his
                  damnare reos, illis absoluere culpa</hi>» («la costumbre era antigua, con níveas y
                negras piedrecitas, con éstas condenar a los reos, con aquellas absolverlos de
                culpa»; Ovidio 2002: 294). Martos Carrasco (1997: 16) considera este párrafo un
                «resumen valiosísimo de los problemas» del <hi rend="i">Panegírico</hi>, del que
                Angulo explica el contenido y menciona el género, además de señalar el carácter
                trunco del poema y ofrecer una tasación del mismo en el conjunto de la obra de
                Góngora, dentro de la cual le reconoce un lugar de privilegio.</note>, y <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> mejor en la estancia 28
              del <title>Panegírico</title>, y dice:</p>
            <quote><l>Servía y agradaba; esta le cuente</l>
              <l>felicidad, y en urna sea, dorada,</l>
              <l>piedra, si breve, la que más luciente</l>
              <l>la antigüedad tenía destinada<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.217"
                    >OC313.217-220</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>No, pues, sin fundamento afirmo que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
                >don Luis</persName> mereció lo mismo que por el zueco de lo burlesco y satírico,
              por el coturno en lo lírico y heroico, y algo más, pues tanto se levantó de la tierra
              en lo material.</p>
            <p>Pero si a sus poemas grandes faltasen materias <pb n="f. 46v"/> graves o no hiciese
              alguno de grande objeto que lo fuese, no por lo mismo se les niega la estimación a
              Horacio, Tibulo, Catulo ni Propercio entre los latinos, ni a Garcilaso entre los
              castellanos. Ni el ser la materia menos noble disminuye la grandeza de los grandes
              poetas, antes descubre más el ingenio, como de <persName type="authority">Claudiano</persName>
              lo juzgó <persName type="authority">Escalígero</persName>: <quote><hi rend="i"
                >maximus</hi></quote> (dice<note place="margin"> lib. 6 Poetic. cap. 5</note>)
                  <quote><hi rend="i">poeta Claudianus, solo argumento ignobiliori oppressus,
                  addit</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: addis</hi>.</note><hi rend="i"> de ingenio quantum deest
                  materiae</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Escalígero</persName>, <title>Poetices libri septem</title>, VI,
                V: «Claudiano, grandísimo poeta, al que daña solo lo escasamente noble de sus
                asuntos, aporta de ingenio cuanto le falta de materia». La cita se localiza en la p.
                769 de la edición de Heidelberg: Bibliopolio Commeliano, 1617; aunque Angulo pudo
                haber consultado otra de las varias ediciones que se conocieron de esta obra en el
                Siglo de Oro.</note>. Ni es justo que con vuestra merced pierda sus méritos lo
              florido, nuevo, culto y erudito de 54 sonetos líricos y heroicos, 8 sacros, 25
              fúnebres, varios 10, amorosos 50. Dejo los burlescos y satíricos (que serán otros
                100)<note place="bottom"> Compárese con el cómputo del corpus gongorino de sonetos
                ofrecido por el Ms Chacón: «Sacros: IV. Heroicos: XLVI. Morales: IV. Fúnebres:
                XVIII. Amorosos: XLVIII. Satíricos: V. Burlescos: XXVII. Varios: XV. Son CLXVII».
                Angulo ofrece unas cifras muy similares a las de su ms. <title>Varias
                  poesías</title>, donde figuran: cincuenta y ocho sonetos heroicos, ocho sacros,
                veinticinco fúnebres, cincuenta amorosos, treinta y siete satíricos, treinta y cinco
                burlescos y once varios (f. 194r-245r).</note>, porque en esto ya le aventaja<note
                place="bottom"> «Conceder alguna ventaja o preeminencia» (<hi rend="i"
                >DRAE</hi>).</note> vuestra merced. Ni que le niegue es justo la debida alabanza a
              las fábulas de Polifemo, Angélica, Leandro y Píramo y otros singularísimos
                romances<note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem132"
                  >OC132</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem230"
                  >OC230</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem317"
                  >OC317</ref>. Angulo destaca aquí con muy buen criterio tres importantes obras
                gongorinas escritas en este metro: el conocido romance de Angélica y Medoro («En un
                pastoral albergue», 1602), basado en un episodio del <title>Orlando Furioso</title>
                de Ludovico Ariosto; la <title>Fábula de Leandro y Hero</title> («Aunque entiendo
                poco griego», 1610), versión burlesca del mito homónimo; y la reputadísima
                  <title>Fábula de Píramo y Tisbe</title> («La ciudad de Babilonia», 1618), una de
                las obras más genuinas de Góngora y que incluso fue objeto de un comentario impreso,
                la <title>Ilustración y defensa</title> de Salazar Mardones
                (1636_ilustracion-piramo). Angulo pondera estos y otros romances gongorinos como
                «singularísimos», afianzado a buen seguro en una percepción que cundió en la época,
                la de Góngora como prestigioso romancista y puntal del romancero nuevo: pueden
                consultarse al respecto Carreira (1998e y 1998g) y Carreño (2000).</note>, ni al de
              la esclarecida virgen santa Teresa<note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem282"
                  >OC282</ref>.</note> ni a las décimas morales de los relojes<note place="bottom">
                Angulo alude a una serie de nueve décimas de claro contenido filosófico-moral, cuyo
                primer verso es «¿Qué importa, oh tiempo tirano,…?», agrupadas bajo el epígrafe o
                título de <title>Medida del tiempo por diferentes relojes</title>. Montero (2012) ha
                demostrado que la atribución es errónea, a pesar de no ser privativa de Angulo, pues
                aparece en otros testimonios coetáneos; el verdadero autor de estos poemas, según el
                fundado parecer de Montero, es Rodrigo Fernández de Ribera y la causa de que se
                allegaran a la producción gongorina por parte de Angulo y otros hay que vincularla,
                dice Montero, con «un momento álgido del fervor por recopilar las obras del poeta
                recientemente fallecido y por suplir con fuentes manuscritas las carencias de las
                primeras ediciones impresas» (204). Tales defectos fueron denunciados por varios
                comentaristas gongorinos, como Amaya, Pellicer o el propio Angulo, quien en los
                preliminares de su <title>Égloga fúnebre</title> desprecia las ediciones de Vicuña y
                Hoces porque, según él, estaban incompletas y porque «están llenas de infinitos
                yerros y de notable culpa». Con todo, aun quedando invalidada la asignación de estas
                piezas a Góngora, resulta interesante destacar que en el BNE, Ms. 3906, f. 31r-32v,
                aparecen igualmente asignadas a su quehacer, lo cual viene a representar otro
                indicio de que Angulo pudo tener algo que ver con dicha compilación manuscrita de
                materiales gongorinos.</note> ni a las letrillas morales de las flores y del
                arroyo<note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem370"
                  >OC370</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem447"
                  >OC447</ref>. El tono aleccionador de ambos poemas vendría a justificar el
                calificativo de «morales» que se les otorga aquí. El primero de ellos, las letrillas
                  <hi rend="i">Alegoría de la brevedad de las cosas humanas</hi> («Aprended, flores,
                en mí», 1621), constituye uno de los poemas más célebres de Góngora, a excepción de
                la poesía mayor, y ha sido objeto tanto de numerosas versiones y reescrituras en el
                siglo XVII (<hi rend="i">vid</hi>. Carreira 1994: 231-240) como de diversos estudios
                e interpretaciones en época moderna (Carballo 1963). La composición es una galería
                de flores, típicos motivos iconográficos barrocos para la expresión de la fugacidad
                y la mudanza, que configura la consabida disquisición sobre el paso del tiempo y lo
                caduco de la vida humana. El otro texto aludido, titulado <hi rend="i">Contra un
                  privado</hi> («Arroyo, ¿en qué ha de parar…?», ¿1612?) no deja de ser una
                atribución y pretende pintar el sino inexorable que guía la existencia del hombre,
                sus sinsabores y vicisitudes, metaforizada en el curso de un arroyuelo y sus
                accidentes.</note> y otras, ni a las graves canciones y dulces liras ni a las
              octavas heroicas y sacras<note place="bottom"> En el ms. <title>Varias
                poesías</title>, Angulo dedica un apartado a las canciones gongorinas (f.
                155r-162v), que incluye un total de diez composiciones, algunas de ellas en estrofas
                aliradas –de ahí, posiblemente, lo de «dulces liras», que indica–: bajo el epígrafe
                «Canciones heroicas» aparecen los poemas «Abra dorada llave», «Las duras cerdas que
                vistió celoso», «Generoso mancebo», «Suene la trompa bélica» y «Levanta, España, tu
                famosa diestra» <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem146"
                  >OC146</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem410"
                  >OC410</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem416"
                  >OC416</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem1"
                  >OC1</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem72"
                  >OC72</ref>; en el epígrafe de las «Canciones líricas», las piezas «Verde el
                cabello undoso», «Por este culto bien nacido prado», «A la pendiente cuna» y la
                  <title>Oda a la toma de Larache</title> («En rocas de cristal, serpiente breve»)
                  <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem165"
                  >OC165</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem256"
                  >OC256</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem274"
                  >OC274</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem223"
                  >OC223</ref>; para terminar con la «Canción sacra» a la traslación del cuerpo de
                san Hermenegildo («Hoy es el sacro y venturoso día») <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem78"
                  >OC78</ref>. Cerrado el capítulo consagrado a las canciones, se abre justo a
                continuación el de los tercetos, y a renglón seguido, el de las octavas (f.
                166r-190r), que arranca con el epígrafe de las «Octavas heroicas», constituido por
                el prólogo a <title>La gloria de Niquea</title> y el <title>Panegírico al duque de
                  Lerma</title>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313"
                  >OC313</ref>; viene seguidamente el epígrafe de las «Octavas sacras», con las
                siguientes composiciones: «En la noche, en vez de manto oscuro», «Ciudad gloriosa,
                cuyo excelso muro» y la apócrifa «Corriendo el macedonio el indo suelo» <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem310"
                  >OC310</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem399"
                  >OC399</ref>. La penúltima pieza de este bloque es la estancia-epitafio al túmulo
                de la reina Margarita «En esta que admiráis de piedras graves», catalogada como
                «octava fúnebre» <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem241"
                  >OC241</ref>. La <title>Fábula de Polifemo y Galatea</title> supone el colofón de
                la colección de octavas <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255"
                  >OC255</ref>.</note> ni a los ocho villancicos del Santísimo Sacramento y ocho de
              la Natividad<note place="bottom"> Aunque las cifras no coincidan, es muy probable que
                Angulo esté aludiendo a dos conjuntos de letrillas sacras que Góngora compuso para
                la catedral de Córdoba y que fueron cantadas en las ceremonias litúrgicas
                pertinentes: en primer lugar, una serie de siete villancicos de tema eucarístico
                escritos en 1609 para las fiestas del Corpus de ese año («Mañana sa Corpus Christa»,
                «¿A qué nos convidas, Bras?», «El pan que veis soberano», «A la dina dana dina, la
                dina dana», «¿Qué comes, hombre? ¿Qué como?», «Oveja perdida, ven», «Alma niña,
                ¿quieres di…?» <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem206"
                  >OC206</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem207"
                  >OC207</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem208"
                  >OC208</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem209"
                  >OC209</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem210"
                  >OC210</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem211"
                  >OC211</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem212"
                  >OC212</ref>); por otra parte, una serie de trece villancicos alusivos a la
                Navidad escritos en 1615 y musicados por Juan Risco, maestro de capilla de la
                catedral, para las celebraciones del ciclo navideño de ese año –desde la víspera del
                nacimiento de Cristo, en diciembre, hasta la purificación de la Virgen, en febrero–
                («Cuando toquen a los maitines», «No solo el campo nevado», «Ven al portal, Mingo,
                ven», «¿A qué tangem em Castela?», «¡Cuántos silbos, cuántas voces!», «¿Cuál
                podréis, Judea, decir…?», «Al gualete, hejo», «Niño, si por lo que tienes», «Esta
                noche un Amor nace», «¡Oh, qué vimo, Mangalena!», «¿Qué gente, Pascual, qué
                gente…?», «¡Oh qué verás, Carillejo…!», «La vidriera mejor»: <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem295"
                  >OC295</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem296"
                  >OC296</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem297"
                  >OC297</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem298"
                  >OC298</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem263"
                  >OC263</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem299"
                  >OC299</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem300"
                  >OC300</ref>
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                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem301"
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                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem302"
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                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem303"
                  >OC303</ref>
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                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem304"
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                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem305"
                  >OC305</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem291"
                  >OC291</ref>). Jammes (1987: 191-206) estudia estos y otros poemas religiosos de
                Góngora, mientras que Pérez Lasheras (2009: 177-195) centra su análisis en los
                veinte villancicos cordobeses citados; sobre la lírica sacra gongorina en general,
                  <hi rend="i">vid</hi>. asimismo Orozco (1984: 168-188).</note>, sin otros poemas <pb
                n="f. 47r"/> que no refiero por ya sabidos y no ser molesto.</p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 3<note place="bottom">El impreso pasa del capítulo «Número
                1» al «Número 3», sin que haya un «Número 2»; si tenemos en cuenta que Angulo
                organiza la <hi rend="i">Epístola</hi> segunda de modo que cada capítulo sea la
                respuesta a una sola objeción, concluiremos que dicho salto no se debe a un error,
                pues hemos de dar por supuesto que el «Número 2» está incluido –aunque no se
                especifique– en el «Número 1», ya que este responde a dos objeciones, que el lojeño
                trata como estrechamente relacionadas entre sí, según el párrafo que cierra el
                capítulo.</note>.</head>
            <p>La proposición tercera es: <quote>lo formal (si lo es el lenguaje) es muy
                extraordinario</quote>. O lo es, digo, por las voces nuevas y peregrinas o por la
              colocación de ellas o por la ampliación de sus significados. Si lo extraordinario es
              por las voces peregrinas, hallo defensa en <persName type="authority">Aristóteles</persName>,
              pues dice<note place="margin"> lib. 3 Reto. cap. 2</note> (como sabe vuestra merced):
                  <quote><hi rend="i">nam inusitata (vocabula scilicet) grauiorem reddunt orationem;
                  quod enim ad peregrinos</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: peragrinos</hi>.</note><hi rend="i"> et aduenas patimur, id
                  etiam ipsum ad dictionem sustinemus. Quocirca inusitatiora sunt adhibenda: haec
                  enim ex omnibus admiramur. Mirabile autem omne iucundum est. In metro
                  igitur</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: igitut</hi>.</note><hi rend="i"> multa id faciunt, commodeque
                  ibi dicuntur</hi></quote><note place="bottom"> [<persName type="authority"
                  >Aristóteles</persName>], <title>Rhetoricorum Aristotelis ad Theodecten libri tres,
                  Georgio Trapezuntio interprete</title>, III, II «<hi rend="i">De elocutione</hi>»,
                en <title>Operum Aristotelis tomus tertius moralem philosophiam continens, una cum
                  Rhetoricis ac Poetica</title>…(p. 323 en la ed. de Basilea: Juan Oporino, 1548):
                «pues las inusitadas (esto es, las palabras que lo son) confieren mayor gravedad al
                discurso, dado que lo que toleramos en presencia de extranjeros y gentes ajenas, eso
                mismo lo aceptamos en lo que atañe al lenguaje. Por tanto, deben emplearse términos
                algo más infrecuentes. Son estos las que mayor asombro nos causan, y todo lo que nos
                asombra nos deleita. En la poesía muchos recursos contribuyen a ello y ahí se
                emplean debidamente».</note>. Y que sea tolerado a los poetas el uso de estas voces
              lo da a entender el mismo <persName type="authority">Aristóteles</persName>: <quote><hi
                  rend="i">multae enim</hi></quote> (dice<note place="margin"> in Poeti.</note>)
                  <quote><hi rend="i">dictionis ipsius affectiones sunt, quas poetis
                indulgemus</hi></quote><note place="bottom"> [<persName type="authority"
                  >Aristóteles</persName>], <title>Aristotelis Poetica per Alexandrum Paccium, patritium
                  florentinum, in latinum conuersa</title>, en <title>Operum Aristotelis tomus
                  tertius moralem philosophiam continens, una cum Rhetoricis ac Poetica</title>…(p.
                378 en la ed. de Basilea: Juan Oporino, 1548): «y hay muchas alteraciones del propio
                lenguaje que se las permitimos a los poetas».</note>. No hallo menos defensa en
                <persName type="authority">Horacio</persName>, pues dice<note place="margin"> Horac. in
                Art.</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Ego cur, acquirere pauca</hi></l>
              <l><hi rend="i">si possum, inuideor? cum lingua Catonis et Enii</hi></l>
              <l><hi rend="i">sermonem patrium ditauerit et noua rerum</hi></l>
              <l><hi rend="i">nomina protulerit? Licuit semperque licebit</hi><note type="app"
                  rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: nomina protullerit? Liruit semperque liceuit</hi>.</note></l><pb
                n="f. 47v"/>
              <l><hi rend="i">signatum praesente nota producere nomen</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, vv. 55-59:
                  «¿por qué yo, si puedo hacer unas pocas ganancias soy mal mirado, cuando la lengua
                  de Catón y de Ennio enriqueció el habla patria y dio a conocer nuevos nombres? Ha
                  sido y será siempre lícito sacar a la luz un nombre que lleve el cuño del tiempo»
                  (Horacio 2008: 387).</note>.</l></quote>
            <p>Y en apoyo de que se deben usar voces nuevas, alega entre otros este ejemplo:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Vt siluae foliis pronos mutantur in annos</hi>,</l>
              <l><hi rend="i">prima cadunt, ita uerborum uetus interit aetas</hi>,</l>
              <l><hi rend="i">et iuuenum ritu</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: ritu iuuenum</hi>.</note><hi rend="i"> florent, modo nata
                  uigentque</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, vv. 60-63:
                  «igual que de un año para otro los bosques cambian de hojas y caen las primeras,
                  así perece la generación de las viejas palabras y, al igual que los jóvenes,
                  florecen y cobran vigor las que han nacido hace poco» (Horacio 2008: 387). Este y
                  el precedente son los mismos argumentos de autoridad que, entre otros, usa el
                  anónimo antequerano en un razonamiento de la <hi rend="i">«Soledad» primera,
                    ilustrada y defendida</hi> del mismo tenor que el desplegado aquí por Angulo y
                  que, como ya he indicado en otras ocasiones, pudo ser fuente de inspiración para
                  el polemista lojeño: <hi rend="i">vid. supra</hi> nn. 115 y 221. El pasaje
                  horaciano en cuestión era, en cualquier caso, una referencia crítica muy conocida
                  y usada en textos teóricos de la época («doctrina común», la denomina Angulo).
                    <ref xml:id="ref20" target="ref19">supra</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Y concluye con la doctrina común referida<note place="margin"> Num. 2</note> en la
              carta del licenciado <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de"
                >Cascales</persName><note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref22" target="ref21">supra</ref>.</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Multa renascuntur, quae iam cecidere cadentque</hi></l>
              <l><hi rend="i">quae nunc sunt in honore uocabula si uolet usus</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, vv. 70-71:
                  «renacerán numerosos vocablos que ya decayeron, y decaerán los que ahora se
                  estiman, si el uso lo quiere» (Horacio 2008: 388).</note>.</l></quote>
            <p>La misma licencia da <persName type="authority">Cicerón</persName> y duda lo que Horacio:
                  <quote><hi rend="i">si enim Zenoni licuit</hi></quote> (dice<note place="margin">
                3 De finib.</note>)<quote><hi rend="i">, cum rem aliquam inuenisset inusitatam,
                  inauditam quoque</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: qnoque</hi>.</note>, <quote><hi rend="i">ei rei nomen imponere,
                    cur non liceat</hi></quote><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: licuit</hi>.</note><hi rend="i">Catoni</hi>?<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>Del supremo bien y del supremo
                    mal</title>, III, § 15: «si a Zenón cuando había encontrado algún concepto nuevo
                  le fue permitido ponerle un nombre que hasta entonces no se había oído, ¿por qué
                  no le ha de ser permitido a Catón?» (Cicerón 1987: 185).</note>. Y esto de
                inventar voces, prestándoselas de una lengua en otra o por vecindad<note type="app"
                  rend="I">
                  <hi rend="i">Em</hi>.: vecinda.</note>, como lo enseña la experiencia, o por lo
                que dijo <persName type="authority">Lucrecio</persName>, <title>De rerum natura</title>,
                libro 1: <quote><hi rend="i">propter egestatem linguae et rerum
                  nouitatem</hi></quote><note place="bottom"> El contexto de esta cita de Angulo
                  puede leerse en <persName type="authority">Lucrecio</persName>, <title>Sobre la naturaleza
                    de las cosas</title>, I, vv. 136-139: «<hi rend="i">nec me animi fallit
                    Graiorum</hi>
                  <hi rend="i">obscura reperta</hi> / <hi rend="i">difficile inlustrare Latinis
                    uersibus esse</hi>, / <hi rend="i">multa nouis uerbis praesertim cum sit
                    agendum</hi> / <hi rend="i">propter egestatem linguae et rerum nouitatem</hi>»
                  («y a mi comprensión no escapa que es difícil aclarar en versos latinos los
                  oscuros hallazgos de los griegos, sobre todo cuando en muchos casos tenemos que
                  manejarnos con palabras nuevas a causa de la pobreza de nuestra lengua y la
                  novedad de los temas»; Lucrecio 2003: 129).</note>, es muy ordinario y no de nuevo
                origen, pues dice<note place="margin"> lib. 1 cap. 9</note>
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>:<quote><hi rend="i"> et confessis quoque
                    graecis utimur uerbis, ubi nostra desunt</hi></quote><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: dessunt</hi>.</note>, <quote><hi rend="i">sicut illi a nobis
                    nonnumquam</hi></quote><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: non unquam</hi>.</note>
                <hi rend="i">mutuantur</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                  I, V, § 58: «y usamos también palabras griegas admitidas, cuando nos faltan
                  propias, así como también ellos reciben a veces palabras nuestras en préstamo»
                  (Quintiliano 1997-2000, t. I: 89 y 91).</note>. <persName type="authority"
                  >Cicerón</persName> grande ejemplo nos da, que dice<note place="margin"> 2 De nat.
                  deor.</note>, hablando de los elementos: <quote><hi rend="i">principio enim terra
                    sita in media parte mundi circunfusa undique est hac animabili spirabilique
                    natura cui nomen est</hi></quote>
                <pb n="f. 48r"/><quote><hi rend="i"> Aer: Graecum illud quidem, sed receptum iam
                    tamen usu a nostris; tritum est enim pro latino. Hunc</hi></quote><note
                  type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: nunc</hi>.</note><hi rend="i"> rursus amplectitur immensus
                  aether, qui constat ex altissimis ignibus (mutuemur hoc quoque uerbum dicaturque
                  iam aether Latine, quam dicitur aer […])</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>Sobre la naturaleza de los
                  dioses</title>, II, § 91: «resulta que, en primer lugar, la tierra, situada en el
                centro del mundo, se encuentra rodeada por todas partes de esa naturaleza provista
                de vida y de carácter respirable cuyo nombre es aire (esto es, desde luego, griego,
                pero, no obstante, ya está asimilado por los nuestros gracias al uso, porque la
                palabra pasa por latina, de puro trillada). A este aire, a su vez, lo abraza el
                inmenso éter, al que conforman los fuegos más elevados (tomemos prestada también
                esta palabra, y dígase éter en latín, al igual que se dice aire)» (Cicerón 1999:
                232).</note>. Con tales patrocinios, bien, como atento, pudo usar <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> voces nuevas y
              peregrinas, ya lo fuesen por sí, ya deducidas o reducidas al nuestro del dialecto
              latino o de otro idioma, que <quote><hi rend="i">addiscere caeteris mortalibus
                  iucundissimum est</hi></quote>, dijo<note place="margin"> in Poet.</note>
              <persName type="authority">Aristóteles</persName><note place="bottom"> [<persName type="authority"
                  >Aristóteles</persName>], <title>Aristotelis Poetica per Alexandrum Paccium, patritium
                  florentinum, in latinum conuersa</title>, en <title>Operum Aristotelis tomus
                  tertius moralem philosophiam continens, una cum Rhetoricis ac Poetica</title>… (p.
                367 en la ed. de Basilea: Juan Oporino, 1548): «aprender les es muy agradable a los
                demás seres humanos».</note>. Y no es defecto ser extraordinario en esto, sino
              loable singularidad, siendo con la templanza que <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis </persName>lo usó.</p>
            <p>Si lo extraordinario es por la nueva colocación de voces, demás de lo que dije<note
                place="margin"> Num. 2</note> al licenciado <persName type="polemist"
                key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName><note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid. supra</hi> la <hi rend="i">Epístola</hi> primera, f.
                6v-14v.</note>, digo ahora que esto es por lo que <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> merece mayor alabanza, pues, igualando el
              nuestro al lenguaje latino, si excedídole no, ha sacado de vulgar nuestra poesía y de
              la mediocridad con que se han satisfecho nuestros predecesores<note place="bottom">
                Con este enunciado, Angulo se inscribe en una de las más destacadas invariantes
                críticas de la polémica: la idea de que Góngora había logrado elevar la lengua
                poética castellana hasta las mismas cotas de solvencia verbal y excelsitud artística
                alcanzadas por el latín, inaugurando así una nueva época de la literatura patria;
                doy más desarrollo al asunto en el estudio introductorio precedente.</note>. Lo
              primero aconseja que se haga <persName type="authority">Aristóteles</persName>: <quote><hi
                  rend="i">sed opus est</hi></quote> (dice<note place="margin"> lib. 3 Ret. ca.
                8</note>) <quote><hi rend="i">ampliorem orationem facere ac uulgo
                alienam</hi></quote><note place="bottom"> [<persName type="authority"
                >Aristóteles</persName>], <title>Rhetoricorum Aristotelis ad Theodecten libri tres,
                  Georgio Trapezuntio interprete</title>, III, VIII «<hi rend="i">De numero</hi>»,
                en <title>Operum Aristotelis tomus tertius moralem philosophiam continens, una cum
                  Rhetoricis ac Poetica</title>…(p. 327 en la ed. de Basilea: Juan Oporino, 1548):
                «pero es preciso hacer elevado el discurso y ajeno a lo vulgar».</note>. Y lo
              segundo no puede sufrir que se excuse <persName type="authority">Horacio</persName>, pues
                dice<note place="margin"> in Art.</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Mediocribus esse poetis</hi></l><pb n="f. 48v"/>
              <l> <hi rend="i">non Dii, non homines, non concessere columnae</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, vv. 372-373:
                  «a los poetas, ni hombres ni dioses ni carteleras les permiten que sean mediocres»
                  (Horacio 2008: 405).</note>.</l></quote>
            <p>Ayuda mi conclusión lo que <persName type="authority">Aristóteles</persName> dice<note
                place="margin"> 3 Rhet. cap. 1</note>: <quote><hi rend="i">elocutio autem
                  artificiosa, quocirca qui id facere possunt rhetores, iis quoque sicut et
                  pronuntiantibus praemia posita sunt. Nam orationes scriptae uehementiores propter
                  elocutionem uidentur quam propter sententias. Coeperunt igitur, sicut natura
                  postulat, id primo poetae mouere</hi></quote><note place="bottom"> [<persName
                  type="authority">Aristóteles</persName>], <title>Rhetoricorum Aristotelis ad
                  Theodecten libri tres, Georgio Trapezuntio interprete</title>, III, I «<hi
                  rend="i">De partibus rhetoricae</hi>», en <title>Operum Aristotelis tomus tertius
                  moralem philosophiam continens, una cum Rhetoricis ac Poetica</title>… (p. 322 en
                la ed. de Basilea: Juan Oporino, 1548): «mientras que la elocución es artificial,
                por lo que se otorgan premios a los oradores capaces de hacerlo, igual que a los que
                declaman. Pues los discursos escritos poseen mayor fuerza por su elocución que por
                su contenido. Así pues, fueron los poetas, como es natural, los primeros que lo
                pusieron en marcha».</note>. Pues ¿por qué se le ha de quitar a <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> el premio de su alabanza,
              si es tan conforme con la naturaleza componer la oración artificiosa, porque las de
              sus versos lo sean, y cuando así merecen más que sentenciosas? <persName type="authority"
                >Horacio</persName> por todo su arte enseña que el poeta grande debe componer con estilo
              alto y sublime, y le niega el nombre si no lo hace así, y solo se le concede no al que
              solo hace versos, sino<note place="margin"> sat. 4 lib. 1 Serm.</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Ingenium cui sit</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: uis</hi>.</note>,<hi rend="i">cui mens diuinior atque
                os</hi></l>
              <l><hi rend="i">magna sonaturum</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: senaturum</hi>.</note>, <hi rend="i">des nominis huius
                  honorem</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Horacio</persName>, <title>Sátiras</title>, I, IV, vv. 43-44:
                  «al que tenga talento, al que tenga la inspiración de los dioses y una voz capaz
                  de cantar grandes cosas, a ése has de concederle el honor de tal nombre [el de
                  poeta]» (Horacio 2008: 87).</note>.</l></quote>
            <p>Y esto mismo quiere<note place="margin"> in Poet.</note>
              <persName type="authority">Aristóteles</persName><note place="bottom"> ¿[<persName
                  type="authority">Aristóteles</persName>], <title>Aristotelis Poetica per Alexandrum
                  Paccium, patritium florentinum, in latinum conuersa</title>, en <title>Operum
                  Aristotelis tomus tertius moralem philosophiam continens, una cum Rhetoricis ac
                  Poetica</title>… (p. 373 en la ed. de Basilea: Juan Oporino, 1548): «<hi rend="i"
                  >quapropter uel uersatilis ingenii uiri uel furore perciti poetica est. Et enim
                  poetarum aliqui ab ipsa natura ad poeticam bene formati sunt, aliqui autem a mente
                  abstrahuntur</hi>»? («por lo cual, el arte poética es propia o de varones de
                versátil talento o de arrebatados, pues de entre los poetas, algunos han sido bien
                formados para la poesía por la propia naturaleza, mientras que otros experimentan un
                extático rapto»).</note>. No favorece menos <persName type="authority">Cicerón</persName>
              este intento, pues dice<note place="margin"> 1 De finib.</note> por los que desestiman
              el ornato en su propio lenguaje: <quote><hi rend="i">res uero bonas uerbis electis
                  grauiter ornateque dictas</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: dilatatas</hi>. Aunque le hayamos dado tratamiento de errata, no
                  es descartable que la lectura <hi rend="i">dilatatas</hi> por <hi rend="i"
                    >dictas</hi>, usada por Angulo, responda a una versión particular del pasaje,
                  cuya procedencia específica –si es que existe– no he podido localizar.</note><hi
                  rend="i"> quis non legat? Nisi qui se plane Graecum dici uelit</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>Del supremo bien y del supremo
                    mal</title>, I, § 8: «¿quién será capaz de no leer obras buenas, de elocución
                  cuidada y expuestas con elevación y elegancia? A menos que desee disfrutar
                  enteramente del calificativo de griego [con el que Escévola, siendo pretor, saludó
                  a Albucio en Atenas]» (Cicerón 1987: 54).</note>. Concluya <persName type="authority"
                  >Quintiliano</persName>, que habló más claro: <quote><hi rend="i">fit
                  enim</hi></quote>
                <pb n="f. 49r"/> (dice<note place="margin"> lib. 8 cap. 6</note>) <quote><hi
                    rend="i">aspera et dura et dissoluta</hi></quote><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: disoluta</hi>.</note><hi rend="i"> et hians oratio, si ad
                  necessitatem ordinis sui uerba redigantur</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: reddigantur</hi>.</note>
                <note place="bottom">
                  <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                  VIII, VI, § 62: «<hi rend="i">fit enim frequentissime aspera et dura et dissoluta
                    et hians oratio, si ad necessitatem ordinis sui uerba redigantur</hi>» («porque
                  con muchísima frecuencia el discurso se torna áspero y duro, sin fuerza y mal
                  unido, si las palabras se disponen como corresponden a la rigurosa necesidad de su
                  propio orden»; Quintiliano 1997-2000, t. III: 267). La omisión del vocablo «<hi
                    rend="i">frequentissime</hi>» justo antes de «<hi rend="i">aspera</hi>» parece
                  un desliz de Angulo, quien resta así mucha fuerza argumentativa a la cita.</note>
              </quote>¿Qué mayores apoyos para que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
                >don Luis</persName> dignamente haya usado la nueva, grave y dulcísima colocación de
              voces, ni para que deba por ella ser muy loado y que vuestra merced le deba dar y dé
              blanco el voto?</p>
            <p>Si lo extraordinario es por la extensión en los significados de las voces, con que
              por la translación recibe esplendor la lengua y las frases novedad, imitación es de
              grandes poetas, pues si <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> (<hi rend="i">uerbi gracia</hi>) usó de esta voz <hi rend="i"
                >ceñir</hi> por <hi rend="i">acompañar</hi> en el soneto a don Pedro de Cárdenas
              Angulo, diciendo en el verso 8 por Genil:</p>
            <quote><l>...Mas la siempre orilla amena</l>
              <l>canoro ceñirá muro animado<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem284#l284.7"
                    >OC284.7-8</ref>. La identificación del dedicatario del poema con Pedro de
                  Cárdenas y Angulo, amigo personal de Góngora, está avalada por otros testimonios
                  contemporáneos, entre ellos, el de Salcedo Coronel en el <title>Segundo tomo de
                    las Obras de don Luis de Góngora, comentadas. Primera parte</title>
                  (1644_segundo-tomo).</note>,</l></quote>
            <p>y por <hi rend="i">adornar</hi> en el soneto <title>Al tramontar del Sol</title><hi
                rend="i">…</hi>:</p>
            <quote><l>mas luego que ciñó sus sienes bellas</l>
              <l>de los varios despojos de su falda<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem15#l15.9"
                    >OC15.9-10</ref>.</note>,</l></quote>
            <p>y por <hi rend="i">coronar</hi>, como en la estancia 31<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: 21.</note> del <title>Panegírico</title>:</p>
            <quote><l>El Júpiter novel, de más coronas</l>
              <l>ceñido que sus orbes dos de zonas<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.247"
                    >OC313.247-248</ref>.</note>,</l></quote>
            <p>también <persName type="authority">Virgilio</persName> dilató este verbo <hi rend="i"
                >accipere</hi> a que significase <hi rend="i">credere</hi>, y dijo<note
                place="margin"> 8 Aene. ver. 150</note>: <quote><hi rend="i">accipe</hi></quote><pb
                n="f. 49v"/>
              <quote><hi rend="i"> daque fidem</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Virgilio</persName>, <title>Eneida</title>, VIII, v. 150: «acepta
                la palabra que te doy y dame tú la tuya» (Virgilio 1997: 379).</note>. Y lo usó<note
                place="margin"> Aene. 2 ver. 65</note> por <hi rend="i">audire</hi>: <quote><hi
                  rend="i">accipe nunc Danaum insidias</hi></quote><note place="bottom">
                <hi rend="i">Ibidem</hi>, II, v. 65: «ahora disponte a oír las añagazas de los
                dánaos» (Virgilio 1997: 174).</note>. Y por <hi rend="i">dormire</hi><note
                place="margin"> Aenei. 4 ver. 530</note>: <hi rend="i">oculisue</hi><note type="app"
                rend="I">
                <hi rend="i">Em.: occulis ue</hi>.</note><hi rend="i">, aut pectore noctem</hi> /<hi
                rend="i"> accipit</hi>
              <note place="bottom">
                <hi rend="i">Eneida</hi>, IV, vv. 530-531: «ni los ojos ni el corazón le embebe la
                noche» (Virgilio 1997: 257).</note>. Así lo nota<note place="margin"> tabul. 1 ver.
                Accipere</note> Enrico <persName type="authority">Farnesio</persName> en el tratado que
              juntó al <persName type="authority">Calepino</persName>, <title>De uerborum splendore et
                delectu</title><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: de uerborum splendore el delectu</hi>.</note>
              <note place="bottom"> [<persName type="authority">Enrique Farnesio</persName>], <title>Henrici
                  Farnesii Eburonis… Appendicula prima De uerborum splendore et delectu</title>…, en
                  <title>Ambrosii Calepini Bergomensis… Dictionarium septem linguarum… additamenta
                  Henrici Farnesii Eburonis</title>…: «<hi rend="i">ACCIPERE. Credere. Vir.: Accipe
                  daque fidem.</hi> […] <hi rend="i">Audire. Vir.: Accipe nunc Danaum insidias.</hi>
                […] <hi rend="i">Dormire. Vir.: Oculisue aut pectore noctem accipit</hi>» (f. 2r en
                la ed. de Venecia: <hi rend="i">Georgium Valentinum</hi>, 1625). Angulo tuvo acceso
                seguramente a cualquiera de las múltiples ediciones de este Calepino aumentado con
                apéndices que se hicieron en el siglo XVI y las primeras décadas del siglo
                XVII.</note>. No le falta ejemplo castellano, pues <persName type="authority"
                >Garcilaso</persName> usó esta voz <hi rend="i">escrito</hi> por <hi rend="i"
                >retratado</hi>, y dijo<note place="margin"> sonet. 5</note>:</p>
            <quote><l>Escrito está en mi alma vuestro gesto<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, soneto V, v. 1.</note>.</l></quote>
            <p>Y <hi rend="i">estimar</hi> por <hi rend="i">imaginar</hi><note place="margin"> Egl.
                2</note>:</p>
            <quote><l>Los montes Pirineos, que se estima</l>
              <l>de abajo que la cima está en el cielo<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Égloga II</title>, vv.
                  1433-1434.</note>.</l></quote>
            <p>Y <hi rend="i">perdonar</hi> por <hi rend="i">sosegar</hi><note place="margin"> Egl.
                3</note>:</p>
            <quote><l>Sin perdonar al blanco pie corría<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Égloga III</title>, v.
                154.</note>.</l></quote>
            <p>Y <hi rend="i">calar</hi> por <hi rend="i">hundir</hi>. Y dice:</p>
            <quote><l>Al fondo se dejó calar del río<note place="bottom">
                  <hi rend="i">Ibidem</hi>, v. 84.</note>.</l></quote>
            <p>Demás de esto, <persName type="authority">Aristóteles</persName> en su <title>Poética</title>
              (a donde me remite vuestra merced), tratando del uso de las voces para excluir el
              vulgar (y de las nuevas también habla), dice: <quote><hi rend="i">quapropter errant
                  non parum qui huiusmodi dictionis genus accusant quique poetam ipsum incessere
                  audent</hi></quote><note place="bottom"> [<persName type="authority"
                  >Aristóteles</persName>], <title>Aristotelis Poetica per Alexandrum Paccium, patritium
                  florentinum, in latinum conuersa</title>, en <title>Operum Aristotelis tomus
                  tertius moralem philosophiam continens, una cum Rhetoricis ac Poetica</title>… (p.
                376 en la ed. de Basilea: Juan Oporino, 1548): «se equivocan, pues, no poco quienes
                censuran este modo de expresión y se atreven a denostar al poeta».</note>. Y en el
              mismo arte favorece estas tres causas por que vuestra merced (a mi ver) puede juzgar
              por extraordinario lo formal de los poemas de <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, esto es, las voces nuevas, la ampliación
              y colocación de ellas, y dice: <quote><hi rend="i">proinde si</hi></quote>
              <pb n="f. 50r"/>
              <quote><hi rend="i">cut illud non triuiale ac minime humile, lingua, translatio,
                  ornatus caeteraeque dictae species pariunt: ita</hi></quote> etc.<note
                place="bottom">
                <hi rend="i">Ibidem</hi>, p. 376: «por tanto, del mismo modo que la palabra extraña,
                la metáfora, el adorno y las demás especies dichas dan lugar a lo no vulgar ni en
                modo alguno humilde, así también...». Como me hace notar Pedro Conde, la cita está
                voluntariamente descontextualizada, pues falta lo que figura después del «<hi
                  rend="i">ita</hi>»: en este lugar de la <hi rend="i">Poética</hi> lo que
                recomienda Aristóteles es mezclar sabiamente lo peregrino y extraño –que produce
                elevación del estilo y admiración ante lo no vulgar ni humilde– con lo que es
                habitual, esperable y apropiado, que otorga claridad al texto. Angulo manipuló este
                pasaje aristotélico al igual que hicieron otros partidarios de Góngora, razón por la
                cual Quevedo lo denominó el «texto del escándalo» en su conocido prólogo a las <hi
                  rend="i">Obras</hi> de fray Luis de León (<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1631_obras-quevedo/"
                  >1631_obras-quevedo</ref>).</note>. Y no me atreviera yo a entenderlo de esta
              suerte sin recurrir a la mejor inteligencia que le dará vuestra merced. Pero según
              esto, no le debe ahora negar lo que merece a <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> por haberse calzado el coturno, pues,
              como con el zueco, ha excedido en lo formal de su poesía a tantos, dando modo sublime
              que imitar, ni debe decir que en esto no anduvo <hi rend="i">ni por el cielo ni por la
                tierra</hi>; pues, levantándose de esta, tocó en aquel sin exceder a los preceptos
              del arte, imitando a graves autores, ilustrando con aumento su lenguaje materno; y así
              infiero que mereció más por el coturno que por el zueco o, cuando menos, tanto por lo
              serio y culto, lírico y heroico, como por lo burlesco y satírico le concede vuestra
              merced.</p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 4.</head>
            <p>La cuarta proposición es: <quote>son muchas las licencias de don Luis</quote>. Pues
              ¿quién se tomó tantas como <persName type="authority">Virgilio</persName><note place="bottom">
                La pregunta de Angulo está cargada de matices e implicaciones, no en vano algunos
                apologistas presentaron a Góngora como un nuevo Virgilio, y no solo por ser un
                imponderable dechado con quien equiparar la genialidad de Góngora, sino porque se
                reconocía en la obra virgiliana una carga de subversión y novedad que permitía mirar
                a otra luz la revolución gongorina y legitimarla por afinidad con las audacias y
                licencias de un ilustrísimo antecedente: «de ahí –dice Blanco (2013: 31)– la
                importancia de Virgilio, cuyos críticos y comentaristas antiguos, a veces con
                intento de censura, habían puesto de relieve que se apartaba de la norma latina,
                morfológica y sintáctica; y, en toda la elección y disposición de las palabras, de
                la manera común y esperada de decir las cosas. El máximo de los poetas no era, pues,
                más obediente a las reglas y usos de su propia lengua, ni menos temerario, ni menos
                constantemente majestuoso, extraño y admirable, ni por supuesto menos oscuro que
                Góngora». Sobre este particular resulta muy ilustrativa la lectura del epígrafe
                «Góngora con Virgilio» incluido en Blanco (2013); <hi rend="i">vid</hi>. asimismo
                Romanos (1986a) y Blecua (2008) acerca de la presencia del vate de Mantua en la
                polémica gongorina.</note>? Dígalo <persName type="authority">Tolomeo Español</persName> en
              su <title>Corolario</title><note place="bottom"> Angulo se refiere a (P)Tolemeo, o
                  <persName type="authority">Tolomeo</persName>, <persName type="authority">Spagnuoli</persName>,
                autor de un <persName type="authority">Corolarium de licentiis antiquorum
                  poetarum</persName>, que se encuentra publicado al final del volumen titulado …<persName
                  type="authority">Ultima pars operis</persName> (Lyon: Bernard Lescuyer, 1516), segundo
                y último tomo de la colección de obras de su más ilustre hermano, el teólogo
                carmelita y poeta humanista Giambattista Spagnuoli Mantovano, también conocido como
                fray Bautista Mantuano.</note>, que allí le nota infinitas<note place="margin"> De
                licent. poetar.</note>: sean ejemplo las que se siguen. En el <pb n="f. 50v"/> verso
              647, 3, <hi rend="i">Aeneida</hi>, dijo: <quote><hi rend="i">uastosque ab rupe
                  Cyclopas</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: bastosque ab rupe Eydopas</hi>. </note><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Virgilio</persName>, <title>Eneida</title>, III, v. 647:
                  «[oteando] desde un risco a los talludos Cíclopes» (Virgilio 1997: 229).</note>.
                En el 5, verso 143: <quote><hi rend="i">nostrisque stridentibus
                  aequor</hi></quote><note place="bottom">
                  <hi rend="i">Ibidem</hi>, V, vv. 142-143: «<hi rend="i">totumque dehiscit</hi> /
                    <hi rend="i">convulsum remis rostrisque tridentibus aequor</hi>» («se abre todo
                  el haz de la líquida llanura rasgado por los remos y por los esperones de tres
                  dientes»; Virgilio 1997: 272).</note>. Y dice este autor: <quote><hi rend="i">i
                    breuiat primam instridentibus, contra legem</hi></quote><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Tolomeo Spagnuoli</persName>, <title>Corolarium de licentiis
                    antiquorum poetarum</title>, Lyon: Bernard Lescuyer, 1516, f. 448v: «abrevia la
                  primera <hi rend="i">i</hi> en <hi rend="i">stridentibus</hi> contra la norma
                  métrica».</note>. En el 9, verso 26, dijo: <quote><hi rend="i">pictai uestis et
                    auri</hi></quote><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Virgilio</persName>, <title>Eneida</title>, IX, v. 26: «<hi
                    rend="i">diues pictai uestis et auri</hi>» («rico su atuendo recamado de oro»;
                  Virgilio 1997: 408).</note>. Donde se hallan tres licencias: <quote><hi rend="i"
                    >diuisio scilicet sillabae et productio uocalis ante uocalem</hi></quote><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Tolomeo Spagnuoli</persName>, <title>Corolarium de licentiis
                    antiquorum poetarum</title>, Lyon: Bernard Lescuyer, 1516, f. 449r: «a saber, la
                  división de la sílaba y el alargamiento de la vocal ante vocal».</note>. Y otra
                que notó <persName type="authority">Eritreo</persName> en el índice de las obras del poeta
                (verbo <hi rend="i">pictai</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: pietai</hi>.</note>), y es que en esta voz usó el diptongo
                griego <hi rend="i">ai</hi> y dejó el latino <hi rend="i">ae</hi>, debiendo decir
                  <hi rend="i">pictae uestis</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: pietae uestis</hi>.</note>
                <note place="bottom"> [<persName type="authority">Niccolo Eritreo</persName>], <title>P. V.
                    Maronis index certissimus quo Nicolaus Erytraeus i. c. in conscribendis suis de
                    lingua Latina libris annos iam multos utitur</title>, en <title>Publii Vergilii
                    Maronis Opera, conuenientibus et scholiis salua integritate illustrata, cum
                    Nicolai Erythraei Veneti interpretationibus et operosissimo uerborum ac
                    sententiarum in Vergilio obseruandarum indice, recens adposito</title> (p. 643
                  en la ed. de Lyon: 1554): «<hi rend="i">Pictai uestis. Pag. 341, línea 22. Quae
                    apud nos est diphthongus AE, apud Graecos est AI. Fuitque haec causa, cur Latini
                    diphthongon hanc soluentes, in AI uerterent, Graecos imitati. Vnde et ad illorum
                    morem utrasque uocales in huiusmodi dissolutione produximus. Quom Latina ratione
                    uocalis ante uocalem corripiatur. Hanc autem diphthongi dissolutionem non modo
                    in usu carminis fuisse, sed etiam solutae orationis, testimonio sunt lapides
                    antiqui, quid adhuc Beneuenti, Rheateque uisuntur</hi> […]» («Lo que en nuestra
                  lengua es el diptongo AE, en griego es AI. Y la causa fue porque los latinos, al
                  deshacer este diptongo, lo resolvieron en AI imitando a los griegos. De lo cual
                  también alargamos ambas vocales al uso de ellos en este tipo de disolución, cuando
                  de acuerdo con la norma latina la vocal se abrevia delante de otra vocal. Que esta
                  resolución del diptongo no solo fue de uso de la poesía, sino también de la prosa,
                  lo atestiguan lápidas antiguas que se ven aún hoy en Benevento y Rieti»).</note>.
                Y dice <persName type="authority">Tolomeo</persName>: <quote><hi rend="i">si haec, inquam,
                    multaque alia similia</hi></quote><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: fimilia</hi>.</note>
                <hi rend="i">faciunt (antiqui poetae scilicet) et impune: cur in huiuscemodi
                  delictis iuniores quotidie in ius trahuntur</hi>?</quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Tolomeo Spagnuoli</persName>, <title>Corolarium de licentiis
                  antiquorum poetarum</title>, Lyon: Bernard Lescuyer, 1516, f. 443v: «si estas,
                digo, y muchas otras cosas semejantes hacen los poetas antiguos, e impunemente, ¿por
                qué los modernos a diario son arrastrados a juicio por un delito de esta
                clase?».</note>.</p>
            <p>Y si entre los castellanos buscamos poetas licenciosos, ninguno tanto como el
              sentencioso <persName type="authority">Juan de Mena</persName><note place="bottom"> Fue otro
                de los nombres destacados durante la polémica, principalmente en las apologías
                gongorinas (Ponce, Díaz de Rivas, <hi rend="i">Diálogo V</hi>, Salazar Mardones…),
                pero no solo en ellas. La operación erudita y argumentativa que se pretendía
                acudiendo a Juan de Mena para escudriñar argumentos en favor de Góngora era similar
                a lo buscado cuando se recurría a Garcilaso: suponía en primer lugar hacer patente
                que siempre han existido ingenios que, como Góngora, aspiraron a remozar la lengua
                poética de su tiempo y la distinguieron de lo convencional sublimándola; pero es que
                además, retrotraerse hasta Mena implicaba trazar una línea evolutiva de
                dignificación literaria con un origen vetusto, cuya culminación solo pudo
                conseguirse con la intervención de Góngora. Algunos enemigos de Góngora, como Lope o
                Jáuregui, reaccionaron ante ese mensaje, prueba de que lo sentían como peligroso y
                bien arraigado en las filas contrarias. <hi rend="i">Vid.</hi> Daza (2018b).</note>;
              véalo vuestra merced que dice<note place="margin"> Copl. 15</note>:</p>
            <quote><l>Y toda la otra vecina planura</l>
              <l>estaba cercada de nítido muro,</l>
              <l>así transparente, clarífico, puro,</l>
              <l>que mármol de Paro parece en albura,</l>
              <l>tanto que el viso de la criatura</l>
              <l>por la diáfana claror de los cantos,</l>
              <l>pudiera traer objetos atantos</l>
              <l>cuantos contiene so sí la clausura<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Juan de Mena</persName>, <title>Laberinto de Fortuna</title>,
                  XV. Las ediciones antiguas y modernas dan para el último verso la <hi rend="i"
                    >lectio</hi>: «cuantos celaba so sí la clausura». Auxiliado por el exhaustivo
                  aparato de variantes de la edición de Kerkhof (1995: 271-417), he intentado
                  localizar la procedencia de la versión de Angulo, pero, según los testimonios
                  conocidos hasta el momento, ningún manuscrito del <hi rend="i">Laberinto</hi> ni
                  ninguna de las ediciones que pudo conocer el lojeño traen esa lectura. La
                  divergencia textual entre la versión canónica de este verso y la de Angulo es
                  suficiente para no considerar esta como una errata sin más de nuestro impreso,
                  aunque tal posibilidad no ha de descartarse.</note>.</l></quote>
            <p>Seis voces tiene peregrinas<note place="bottom"> Los versos de Mena citados aquí
                acumulan hasta ocho cultismos: planura, nítido, transparente, clarífico, viso,
                diáfana, objetos y clausura (<hi rend="i">vid</hi>. Gordillo Vázquez 1992); a
                algunos de ellos estaría refiriéndose Angulo cuando dice que la estrofa «seis voces
                tiene peregrinas». En esta copla aparecen cuatro de los cultismos que Díaz de Rivas
                asigna a Juan de Mena en los <title>Discursos apologéticos</title> y que, como
                ocurre con Angulo, le sirven para intentar hacer ver que los usos gongorinos bebían
                igualmente de los dechados nacionales: «nuestro Juan de Mena, excelente en el
                ingenio, en la doctrina y en la alteza de espíritu poético, por exornar en aquellos
                rudos siglos nuestra lengua y por realzar sus versos y hacerlos más graves y
                admirables, usó innumerables voces latinas, pues en las dieciséis coplas primeras se
                aprovechó de estas: prepotente, novello, dañada de olvido, subverter, ignoto, ley
                absuelta, voces alternas, nautas, se iunta, flutuosos, flagello, mirable, nítido,
                clarífico, viso, claror, speculares, dispares» (1616_discursos-diaz). Otros
                apologistas gongorinos usaron asimismo ese recurso de enumerar cultismos presentes
                en los versos de Mena –y también de Garcilaso– para mostrar, por medio de ejemplos
                ilustres, que nada desconocido ni deslucido había en la poesía mayor de Góngora en
                lo tocante a la introducción de <hi rend="i">verba peregrina</hi>: lo hicieron, por
                ejemplo, Manuel Ponce, en el <hi rend="i">Discurso</hi> incluido en su <title>Silva
                  a las Soledades</title> (1613_silva), o Salazar Mardones, en la disertación
                teórica interpolada en su <title>Ilustración y defensa de la «Fábula de Píramo y
                  Tisbe»</title> (1636_ilustracion-piramo).</note>, y en el verso 7 un hipérbaton
              bien duro, y en el 6 una <pb n="f. 51r"/> diástole<note place="bottom"> Parece que
                Angulo alude al obligado desplazamiento de la sílaba tónica en la palabra «diáfana»
                para cumplir así con el esquema acentual preceptivo en los dodecasílabos de las
                coplas de arte mayor castellano, según el cual cada sílaba acentuada debe estar
                separada de la siguiente por dos sílabas átonas.</note>, que la usa a cada paso, y
              consuena a <hi rend="i">caos con dos</hi> y a <hi rend="i">zodiaco con flaco</hi>. Y
              no se hallará que en casi 600 poemas que <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> compuso tomase esta licencia más que
              cinco veces; tres en dos sonetos que comienzan <quote>El conde mi señor se va a
                Napóles</quote> [y] <quote>El conde mi señor se fue a Napóles</quote><note
                type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: El conde mi señor se fue a Napòles. El conde mi señor va a
                  Napòles</hi>. </note><note place="bottom">
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem234"
                  >OC234</ref>
                <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem374"
                  >OC374</ref> En los primeros versos de ambos sonetos se observan sendas diástoles
                que afectan a la palabra final.</note>; y en el verso segundo de este, que dice:</p>
            <quote><l>Y el duque mi señor se fue a Francía<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem234#l234.2"
                    >OC234.2</ref> Góngora, soneto «El conde mi señor se fue a Napóles», v. 2: «el
                  duque mi señor se fue a Francía». La versión de este endecasílabo dada por Angulo
                  no es una errata del impreso, sino una variante –de origen desconocido–, pues
                  coincide con la ofrecida por el lojeño en su ms. <title>Varias poesías</title>, f.
                  236v.</note>.</l></quote>
            <p>Y las dos en el romance de la santa madre Teresa de Jesús, copla 28, que dice:</p>
            <quote><l>A la beatificación,</l>
              <l>laureada hasta las cejas</l>
              <l>ha convocado Cordóba</l>
              <l>sus Lúcanos y Senécas<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem282#l282.109"
                    >OC282.109-112</ref> Son diastólicos los vv. 111 y 112 de este
                romance.</note>.</l></quote>
            <p>Pero así los sonetos como el romance son de burlesco estilo y con todo eso excusa la
              calumnia de licencioso, y prosigue:</p>
            <quote><l><hi rend="i">At carmen potest produci</hi>,</l>
              <l>como verdolaga en huerta,</l>
              <l>a cualquiera pie concede</l>
              <l>la autoridad nebrisensia,</l>
              <l>como sea pie de Carmen,</l>
              <l>calce cáñamo o vaqueta<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem282#l282.121"
                    >OC282.121-126</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Veamos a <persName type="authority">Garcilaso</persName>, el justamente celebrado, que usó
              este bien duro hipérbato<note place="margin"> Egl. 2</note>:</p>
            <quote><l>Entrada en una huerta con él siendo<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Égloga II</title>, v. 1369: «con
                  él en una huerta entrada siendo». La versión de este endecasílabo aducida por
                  Angulo está tomada de las <title>Anotaciones</title> de <persName type="authority"
                    >Herrera</persName> (Sevilla: Alonso de la Barrera, 1580, p. 513): <hi rend="i">vid.
                    </hi><ref xml:id="ref25" target="ref26">infra</ref>.</note>.</l></quote>
            <p><pb n="f. 51v"/> No como el de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> en el <title>Polifemo</title><note place="margin"> rim.
              5</note>:</p>
            <quote><l>Al viento que lo peina, proceloso<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.59"
                    >OC255.59</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Y en la Canción 1<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em</hi>.: 4.</note> dijo <persName type="authority">Garcilaso</persName>:</p>
            <quote><l>Por el hervor del sol demasïado<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Canción I</title>, v.
                2.</note>.</l>
              <l>No las francesas armas odïosas<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, soneto XVI, v. 1.</note><note
                  place="margin"> son. 16</note></l></quote>
            <p>Y cuando usa <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>
              esta diéresis, es para significar con ella el concepto del verso, como en estos<note
                place="margin"> Sol. 2 Polif. rim. 59</note>:</p>
            <quote><l>Espacïosamente dirigido<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.107"
                    >OC264C.107</ref>.</note>.</l></quote>
            <quote><l>Con vïolencia desgajó infinita<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.489"
                    >OC255.489</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Aquí se verifica bien, sí, lo que dijo<note place="margin"> lib. 1 cap. 9</note>
              <persName type="authority">Quintiliano</persName>: <quote><hi rend="i">quod quaedam quae
                  singula procul dubio uitiosa sunt iuncta sine reprehensione
                dicuntur</hi>?</quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                I, V, § 14: «¿qué se puede decir de ciertos casos que individualmente considerados
                son sin duda defectos y en combinación se usan en el lenguaje sin rechazo alguno?»
                (Quintiliano 1997-2000, t. I: 75).</note>.</p>
            <p>También <persName type="authority">Garcilaso</persName>, en los sonetos 4 y 24, dijo:</p>
            <quote><l>Desnudo espíritu o hombre en carne y hueso<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, soneto IV, v. 14.</note>.</l></quote>
            <quote><l>La fuerza y el espíritu a vuestro Laso<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, soneto XXIV, v. 6.</note>.</l></quote>
            <p>No así usa <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> las
              sinalefas, sino como la de este verso, comparando la estatura de Polifemo<note
                place="margin"> rim. 4</note>:</p>
            <quote><l>Un monte era de miembros eminente<note place="bottom">
                  <ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.49"
                    >OC255.49</ref>.</note>.</l></quote>
            <p>Y dice <persName type="authority">Quintiliano</persName>, libro 9, capítulo 4, tratando del
              concurso de las vocales: <quote><hi rend="i">praecipue tamen erit hiatus earum quae
                  cauo atque patulo ore efferuntur</hi></quote><note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">Em.: afferuntur</hi>.</note>. <quote><hi rend="i">E plenior est, i
                  angustior</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Quintiliano</persName>, <title>Instituciones oratorias</title>,
                IX, IV, § 33-34: «no obstante lo dicho, la principal abertura de la boca, que por
                ellas se produce, será la de aquellas que se pronuncian con la boca ahuecada y muy
                abierta. La vocal e es la letra más dilatada, la i la más comprimida» (Quintiliano
                1997-2000, t. III: 403).</note>. Esta es la de Garcilaso, y aquella de <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>.</p>
            <p>También <persName type="authority">Garcilaso</persName> usó licenciosos consonantes y
                dijo<note place="margin"> Egl. 2</note>:</p>
            <quote><l>Manchado de otra sangre</l><pb n="f. 52r"/>
              <l>sosteniendo la hambre<note place="bottom">
                  <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Égloga II</title>, vv.
                  1205-1206.</note>.</l></quote>
            <quote><l>En el campo</l>
              <l>cual queda el lirio blanco<note place="bottom">
                  <hi rend="i">Ibidem</hi>, vv. 1257-1258.</note>.</l></quote>
            <quote><l>Solo puedes</l>
              <l>hacer lo que tú debes<note place="bottom">
                  <hi rend="i">Ibidem</hi>, vv. 997-998: «…solo puedes / hacer tú lo que debes». La
                  variante del segundo verso utilizada por Angulo aparece únicamente en <title>Las
                    obras de Garcilaso, con anotaciones de Fernando de Herrera</title> (Sevilla:
                  Alonso de la Barrera, 1580, p. 495) que, a tenor de este ejemplo, hubieron de ser
                  la fuente de las citas garcilasianas manejadas por el polemista lojeño en las <hi
                    rend="i">Epístolas: vid. </hi><ref xml:id="ref26"
                      target="ref25">supra</ref></note>.</l></quote>
            <p>Y otros. Usa no menos de voces extrañas de nuestro lenguaje, pues dijo<note
                place="margin"> Canc. in Flo. Gni. Eleg. al duque Egl. 2</note>:
                <quote>punición</quote>, <quote>meta</quote>, <quote>deas</quote>,
                <quote>genio</quote>, <quote>intonso</quote>, <quote>asedio</quote>,
                <quote>acerba</quote>, <quote>dubio</quote>, <quote>argento</quote> y otras<note
                place="bottom">
                <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Canción V. Ode ad florem
                  Gnidi</title>, v. 80: «compró la eterna punición ajena»; <persName type="authority"
                  >Garcilaso</persName>, <title>Elegía al duque de Alba</title>, v. 255: «cuando voló el
                espíritu a la alta meta»; <persName type="authority">Garcilaso</persName>, <title>Égloga
                  II</title>: «alce una de vosotras, blancas deas» (v. 611), «aunque le falte el
                genio que lo mueva» (v. 949), «intonso y rubio, Febo; y en llegando» (v. 1288),
                «sosteniendo el hambre en el asedio» (v. 1206), «que con acerba mano llevó a hecho»
                (v. 1489), «donde el cristiano estado estaba en dubio» (v. 1493), «mueve la blanca
                espuma como argento» (v. 1499). Uno de los cultismos que Angulo documenta en
                Garcilaso aparece asimismo en la lista ofrecida por Díaz de Rivas con el mismo
                objetivo en los <title>Discursos apologéticos</title>: «tanbién Garcilaso, aunque su
                estilo es puro, cándido y llano, usó muchas voces toscanas y latinas, que por
                abreviar de estudio, no colijo de sus obras; y cualquiera las advertirá, pues en
                sola la <hi rend="i">Égloga 2</hi> usurpó estas: ebúrnea, superno, espedida, olmo,
                especies, fructuoso, estaba en dubio, linfas, colorar, lustros, instructo, etc.»
                (1616_discursos-diaz). El <title>Discurso</title> de Ponce reseña en la poesía
                garcilasiana, para disculpa de Góngora, cuatro cultismos: fontana, almo, inerte y
                corrusca (1613_silva).</note>. Pues ¿por qué han de ser licencias (puesto que lo
              sean) reprehensibles en <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName>, cuando en lo teórico las favorecen <persName type="authority"
                >Aristóteles</persName>, <persName type="authority">Horacio</persName>, <persName type="authority"
                >Cicerón</persName> y <persName type="authority">Quintiliano</persName><note place="margin">
                Num. 3</note><persName type="authority"> </persName>(como vimos<note place="bottom"> Angulo
                remite al tercer capítulo de esta <hi rend="i">Epístola</hi> segunda, consagrado a
                la defensa de la licitud y excelencia estética de los <hi rend="i">verba
                  peregrina</hi>.</note>), y en lo práctico las hallamos usadas primero en otros tan
              celebrados poetas, así latinos como castellanos, y aun con más continuación y
              atrevimiento? Y cuando no tuvieran este patrocinio ni <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> por sí pudiera tomarse licencias, como
              ingenio de primera magnitud, digo que o son permitidas en el arte o no; si lo primero,
              libres van de reprehensión; si lo segundo, deseo ver algunas en <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> para satisfacer al que me
              las mostrare, si pudiere, o vencerme. Y a mi parecer y de otros muchos de grande
              juicio, la mayor licencia de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> es la alteza de su estilo y haber sido el primero a quien se le debe
              el culto sumo a que ha llegado nuestra poesía<note place="bottom"> Esta aseveración,
                muy en la línea de las apologías gongorinas, debemos enlazarla –porque así ocurre en
                otros testimonios cuando aflora este tópico crítico– con el argumento de que Góngora
                llevó hasta su cenit a la poesía española y consiguió equipararla en dignidad y
                «alteza» con el latín, idea de largo y fecundo recorrido durante la polémica que
                Angulo hace suya en el f. 48r de las <hi rend="i">Epístolas</hi>: «si lo
                extraordinario es por la nueva colocación de voces, demás de lo que dije al
                licenciado Cascales, digo ahora que esto es por lo que <persName type="polemist"
                  key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> merece mayor alabanza, pues, igualando
                el nuestro al lenguaje latino, si excedídole no, ha sacado de vulgar nuestra poesía
                y de la mediocridad con que se han satisfecho nuestros predecesores». <hi rend="i"
                  >Vid.</hi> el estudio preliminar.</note>. Esta misma gloria (como dije<note
                place="margin"> Num. 11</note> al licenciado <persName type="polemist"
                key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName><note place="bottom"> Angulo se
                refiere a este pasaje del undécimo capítulo de la <hi rend="i">Epístola</hi>
                primera: «y no es respuesta vanagloriosa, cuando tan dignamente se puede loar de
                haber sido por quien nuestra lengua ha tomado el lustre y resplendor que vuestra
                merced le confiesa <hi rend="i">aun en personas vulgares</hi>; y el primer inventor
                del culto estilo que goza, de quien, con razón, pudo decir Paravicino: <hi rend="i"
                  >Hijo de Córdoba grande</hi>, /<hi rend="i"> padre mayor de las Musas</hi>, /<hi
                  rend="i"> por quien las voces de España</hi> /<hi rend="i"> se ven, de bárbaras,
                  cultas</hi>. De lo mismo se loaba Virgilio, Propercio, Lucrecio y Horacio: <hi
                  rend="i">Libera per uacuum posui uestigia princeps</hi>, /<hi rend="i"> non aliena
                  meo pressi pede. Qui sibi fidit</hi> /<hi rend="i"> dux reget examen. Patrios ego
                  primus Iambos</hi> /<hi rend="i"> ostendi Latio</hi>» (f. 38v). <hi rend="i"
                  >Vid</hi>. las notas al pie que dispuse para este fragmento.</note>) pretendieron,
                <pb n="f. 52v"/> sin reprehensión, <persName type="authority">Horacio</persName>, <persName
                type="authority">Propercio</persName>, <persName type="authority">Virgilio</persName> y <persName
                type="authority">Lucrecio</persName>.</p>
            <quote><l><hi rend="i">Auia Pieridum per agro loca, nullius ante</hi></l>
              <l><hi rend="i">trita solo, iuuat integros accedere fontes</hi></l>
              <l><hi rend="i">atque haurire, iuuatque nouos decerpere flores</hi></l>
              <l><hi rend="i">insignemque meo</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: nuo</hi>.</note><hi rend="i">capiti petere inde coronam</hi></l>
              <l><hi rend="i">unde prius nulli uelarint tempora musae</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: Mussae</hi>.</note><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Lucrecio</persName>, <title>Sobre la naturaleza de las
                    cosas</title>, IV, vv. 1-5: «recorro los despoblados de las Piérides, nunca
                  antes pisados por la planta de otro. Da gusto acercarse y beber en manantiales que
                  nadie tocó y da gusto cortar flores frescas y hacerle una llamativa corona a mi
                  cabeza con aquellas que las Musas nunca antes tomaron para cubrir las sienes de
                  nadie» (Lucrecio 2003: 283).</note>.<note place="margin"> lib.
              4</note></l></quote>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 5.</head>
            <p>La proposición quinta es que
              <quote>si leo el arte de Horacio y Aristóteles para lo teórico y un poema de los
                celebrados para lo práctico, descubriré en don Luis muchas faltas</quote>. Respondo
              sin concederlas que fue hombre, que<note place="margin"> Orat. in Art.</note>
              <quote><hi rend="i">aliquando bonus dormitat Homerus</hi></quote><note place="bottom">
                Locución o frase hecha latina que o bien provenía de <persName type="authority"
                  >Horacio</persName>, <title>Arte poética</title>, v. 359: «<hi rend="i">indignor
                  quandoque bonus dormitat Homerus</hi>» («me indigno siempre que el buen Homero
                dormita»; Horacio 2008: 404), o bien ya era proverbial y Horacio la calcó en dicho
                pasaje. Angulo cita la máxima popular clásica, cuya traducción es ‘a veces dormita
                el bueno de Homero’; esto es, que cualquier poeta, por bueno que sea, puede cometer
                errores.</note>, que se deben compensar con las muchas galas y agudezas que tiene. Y
              últimamente que deseo ver qué faltas son estas, porque no las descubre en lo teórico
              lo alegado del arte de <persName type="authority">Aristóteles</persName> y <persName
                type="authority">Horacio</persName>, a quien vuestra merced me remite, ni <persName
                type="authority">Cicerón</persName> ni <persName type="authority">Quintiliano</persName> le
              niegan mucha fama. Ni en lo práctico, lo referido de <persName type="authority"
                >Virgilio</persName>, <persName type="authority">Mena</persName> y <persName type="authority"
                >Garcilaso</persName>, pues vimos cuán menos licencioso es que ellos <persName
                type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>; y probamos cuán grave es
              lo material de sus obras, y lo formal cuán sublime, <pb n="f. 53r"/> pues tan propio
              es, tan claro y tan conciso, como su colocación nueva, grave y numerosa, y de todo hay
              muchos ejemplos en sus obras. ¡Qué digo muchos! Todas lo son y a ellas me remito,
              donde se hallarán grandes ponderaciones, doctrinas morales, singulares pinturas,
              rigurosamente seguidas las metáforas, argumento en la obra, decoro y extrañeza en
              retocar las fábulas, los ritos o antigüedades, majestad en el método, gravedad en la
              locución, proporción con ella y los sujetos de quien trata; y en todos sus versos, o
              particular frase o atenta contraposición o agudo concepto o voces numerosas o
              armoniosa colocación con novedad y perseverancia en su estilo.</p>
            <p>De donde se colige que las faltas no están en sus obras, sino en las de los que le
              imitan sin dicha e introducen en la prosa las licencias y voces del metro: estos son
              los inventores de la monstruosa jerigonza en verso y de la oculta disparada<note
                place="bottom"> Hay dos opciones de interpretación para este término: cabe la
                posibilidad de que el impreso contenga una errata y que en realidad haya que leer
                «disparatada», aunque no es descabellado que Angulo esté usando ciertamente como
                adjetivo el participio del verbo <hi rend="i">disparar</hi>, o bien en su acepción
                de «hablar u obrar con extraordinaria violencia y, por lo común, sin razón» (<hi
                  rend="i">RAE</hi>) o bien como sinónimo de <hi rend="i">disparatar</hi> («decir o
                hacer algo fuera de razón y regla»), uso léxico-semántico también contemplado en el
                diccionario académico.</note> prosa que en algunos vemos, aunque otros le imitan en
              todo selectamente<note place="bottom"> Compárese el espíritu que informa esta atinada,
                aunque concisa, reflexión de Angulo con el de los siguientes pasajes del
                  <title>Discurso</title> de Vázquez Siruela: «en las prosas se ha visto la propia
                mudanza con mayor maravilla, influyendo en ellas y realzándolas el estilo nuevo de
                Góngora; que, si bien muchos que las hablan o las escriben no atienden a eso, ni
                hacen estudio de su imitación, y aun a muchos por ventura les falta la primera
                noticia de que tal hombre vivió en España, como ya las formas de su estilo están
                embebidas en la lengua, y de unos en otros se han dilatado, sin sentir las concibe
                el entendimiento, y de allí pasan a la conversación y a la pluma obrando con secreta
                causalidad, como la luz y el aire de que vivimos; si en unos felizmente, y en otros
                con infelicidad, esta diferencia débese atribuir más a la destenplanza de los
                ingenios que al genio de las mismas obras. Que como los elementos comunes no se
                pueden tenplar al humor de todos, antes cada uno los ha de medir con su natural, y
                tomando y dejando de ellos con la moderación y el buen uso hacerlos propios […]. La
                imitación loable, como dice el mismo gran crítico, no ha de ser en la sombra ni en
                la superficie del cuerpo, sino en el corazón, en las médulas y en la sangre. Empero
                los daños que estas tristes almas puedan haber hecho, largamente los vemos
                compensados con la felicidad de otros grandes espíritus que con mejor aire, tentada
                la navegación por su rumbo derecho, se enriquecieron a sí mismos y a la lengua
                española con los tesoros que diestramente han sabido hallar en este nuevo mundo»
                (1645_discurso-siruela). Salvando las distancias entre la enjundia de un texto y
                otro, los puntos de contacto son evidentes, y es que el asunto debió de ser objeto
                de debate y reflexión en los círculos gongorinos, como vendría a demostrar el hecho
                de que la comparación entre Góngora y sus malos imitadores aparece codificada como
                subterfugio defensivo en varias apologías del poeta cordobés. No en vano, el aluvión
                de imitadores de distinto pelaje fue tan temprano y de tal calibre que llega incluso
                a quedar documentado en textos antigongorinos: Lope jugó hábilmente con aquella
                realidad para que Góngora no saliera en apariencia demasiado mal parado de sus
                incursiones en la polémica, de manera que los agrios reproches se desviaban hacia
                los insufribles emuladores del maestro, como en esta afirmación suya en los
                preliminares del <hi rend="i">Orfeo</hi> de Montalbán: «antes que yo supiese el
                intento que llevaban [los cultos], me desagradaba sumamente la imitación de su
                primer inventor, cuyo milagroso ingenio siempre he respetado: porque pareciéndoles
                que le parecían, han hecho tales monstruos» (Cabañas 1948: 13). Jáuregui, por su
                parte, una década después de que comenzara la polémica poseía la suficiente
                perspectiva como para incluir en su <hi rend="i">Discurso poético</hi> una anécdota
                sobre cómo Arruncio plagiaba arbitrariamente a Salustio, que suena a pulla implícita
                a los imitadores indiscriminados de Góngora (<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/"
                  >1624_discurso-poético</ref>). Y todavía experimentó una ramificación más esta
                cuestión, ya que varios partidarios de Góngora no perdieron la oportunidad de meter
                en el mismo saco de los imitadores condenables a algunos detractores que,
                inconfensadamente, habían sucumbido a la tentación de parecerse a Góngora (<hi
                  rend="i">vid</hi>. Daza 2018b), como hizo Pellicer: «entró la emulación a incitar
                los ingenios con la novedad, encendioles la envidia y la admiración, procuraron
                imitarle, no pudieron; caducó el deseo con la esperanza y dejando de seguir lo que
                no podían alcanzar, se quedaron entre la vulgaridad, acompañados de la admiración y
                la envidia. [...] No han querido admitir este ejemplo los que no han sabido imitar a
                  <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, sino que se
                han pasado desde lo imposible de la imitación a la facilidad del desprecio,
                desestimándole los que no saben imitarle» (Dedicatoria-prólogo «A los ingenios
                doctísimos de España, beneméritos de la erudición latina» en las <hi rend="i"
                  >Lecciones solemnes</hi>: 1630_lecciones); y más tarde, Vázquez Siruela en su <hi
                  rend="i">Discurso</hi>, embozando dardos a Lope y Jáuregui: «¿quién escribe yo que
                no sea besando las huellas de Góngora o quién a escrito verso en España, después que
                esta antorcha se encendió, que no aya sido mirando su luz? No digo ahora de sus bien
                afectos, i los que voluntarios quisieron entrar luego por aquel camino, sino de
                aquellos desdeñosos y mal-contentos que hicieron reputación de aborrecer su estilo,
                i con sátiras, con invectivas, con libelos, i chanzas teatrales testificaron su
                aversión i mal gusto. Porque al mismo tiempo que esto hacían, con la imitación de
                sus frases, con lo figurado de sus locuciones, con el amago de sus conceptos, i con
                la magestad espléndida de sus números buscaban aplauso a sus obras, i solicitaban
                acreditarse a sí con aquello mismo que desacreditaban a él, teniéndose entonces por
                felices, quando podían con algún rasgo de aquel estilo, que tanto desdeñaban,
                conciliar esplendor a sus versos» (1645_discurso-siruela).</note>. Porque estos sí y
              aquellos no se han aprovechado de lo que enseña <persName type="authority"
                >Aristóteles</persName>, pues, para los que procuran <pb n="f. 53v"/> introducir esta
              secta, dice<note place="margin"> lib. 3 cap. 1 Reto.</note>: <quote><hi rend="i">id
                  circo ita non est, sed alia orationis, alia poesis dictio est</hi></quote>
              <note place="bottom"> [<persName type="authority">Aristóteles</persName>], <title>Rhetoricorum
                  Aristotelis ad Theodecten libri tres, Georgio Trapezuntio interprete</title>, III,
                I «<hi rend="i">De partibus rhetoricae</hi>», en <title>Operum Aristotelis tomus
                  tertius moralem philosophiam continens, una cum Rhetoricis ac Poetica</title>… (p.
                322 en la ed. de Basilea: Juan Oporino, 1548): «mas esto no es así, sino que la
                manera de expresarse es distinta en el discurso que en la poesía».</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 6.</head>
            <p>La proposición sexta dice: <quote>y grande falta es haber de ofender a tantos doctos,
                diciendo que por muy sublime no lo entienden</quote>. Yo no dijera sino que por no
              mirarlo más de una vez, no lo quieren entender, pues<note place="margin"> Arist. 6
                Topic. cap. 2</note>
              <quote><hi rend="i">omne inconsuetum est obscurum</hi></quote><note place="bottom"> En
                efecto, la máxima reproducida por Angulo pertenece a los <title>Tópicos</title> (VI,
                II) de Aristóteles y se traduce así: «todo lo desacostumbrado es oscuro».
                Presumiblemente, el lojeño tomó este lugar común de algún repertorio, silva o
                poliantea de dichos célebres, tan habituales en el Siglo de Oro; el adagio que nos
                ocupa está documentado, por ejemplo, en los <title>Dicta notabilia et in thesaurum
                  memorie reponenda Platonis Aristotelis</title>… (f. 8v en la ed. de Venecia:
                Vicentinus, 1532) y también en la <title>Primera parte de las sentencias que hasta
                  nuestros tiempos, para edificación de buenos costumbres, están por diversos
                  autores escritas, en este tratado sumariamente referidas en su propio estilo, y
                  traducidas en el nuestro común</title><hi rend="i">…</hi> (p. 196 en la ed. de
                Coimbra: Juan Álvarez, 1554).</note>. Pero distingo esta proposición: o estos doctos
              (supongo) son juristas o teólogos o son humanistas. Si son estos, no habla con ellos
              esta ofensa ni la falta, pues cierto es que será para ellos claro cualquier poema,
              porque lo leerán con afecto; si son letrados o teólogos, no me parece agravio decir
              que no entienden aquello en que no son doctos ni lo que no profesan, antes miran con
              desprecio, como cosa de menor esfera, ni lo que como teólogos (<hi rend="i"
                >reduplicatiue</hi>) o juristas no están obligados a saber. Así como no será ofensa
              decir al humanista que no entiende las leyes ni la teología, ni al teólogo que no sabe
              leyes, ni al letrado que no sabe Escritura <pb n="f. 54r"/> sagrada, que no profesa;
              antes juzgo que fuera motejarles pedir a este la interpretación de un Salmo de David y
              al otro la explicación de una ley<note place="bottom"> Existe un razonamiento muy
                semejante en la <hi rend="i">«Soledad» primera, ilustrada y defendida</hi>, que
                responde así a una censura del <hi rend="i">Antídoto</hi>: «en los oradores es
                diferente, por ser ellos quienes han de buscar el aplauso popular y parecer bien al
                vulgo, como muestra el padre de los oradores: [citas de Cicerón]. La oración, pues,
                en el orador ha de ser clara, limpia y aseada, corriente, no afectada ni peregrina,
                que es lo que llama Cicerón hablar. […] La poesía, al contrario, con pocos tiene
                harto. No tiene necesidad que el pueblo la aplauda y bien puede ser insigne sin que
                el pueblo, el predicador o el jurista la entiendan (como el <hi rend="i"
                  >Antídoto</hi> malamente imagina), porque no luego se sigue que si uno es grande
                oficial de un púlpito o cátedra o famoso abogado, tiene en razón desto vinculado
                entender y juzgar la poesía, ni con saber alcanzar los más sutiles puntos de la
                jurisprudencia, ni declarar pensamientos delicados al pueblo está consiguientemente
                el juicio y elección de la censura. […] Confieso que hay muchos predicadores y
                juristas que, con igual felicidad, alcanzaron de su facultad y de la erudición de
                las buenas letras muy grandes caudales, […] pero niego que, porque uno supo leyes o
                teología, necesariamente puede dar su parecer y juicio en el estudio de la poesía.
                No se ha de pensar tal consecuencia, como entendió el <hi rend="i">Antídoto</hi>,
                porque son cosas diferentes y no se hace con poco trabajo el juntar las musas graves
                y las menos severas de la humanidad, aunque hoy gozamos de un tiempo en que hay
                teólogos y letrados tan observantes de su profesión que les parece se profana no
                sólo la sagrada teología y jurisprudencia, sino que se menoscaba gran parte del
                religioso y estrecho crédito de su autoridad con saber algo de letras humanas»
                (1618_defensa-soledad). El pasaje del opúsculo de Jáuregui que se rebate en estos
                enunciados es: «cierto que leyendo estas <hi rend="i">Soledades</hi> tristes he
                llegado a enojarme con algunas personas ilustres de España, como algún gran
                predicador o jurista o cualquier otro hombre de buena razón que leerá los versos de
                V.m. y por ventura dirá: “esta no es mi profesión, y así, aunque yo no entiendo
                palabra, ello debe de ser bueno”. Es una superflua y aun viciosa modestia, porque
                siendo un poema en lengua castellana, y los que lo leen tan elocuentes que admiran
                el mundo desde un púlpito o suspenden los supremos senados, o en conversaciones
                doctas se señalan, ¿por qué razón (si el escrito fuera bueno) no le habían de
                entender fácilmente y gustar dél, no obstante que no hayan compuesto rima en todos
                los días de su vida? La verdad es que no está en ellos el defecto, sino en la
                pestilencia detestable de los negros versos» (1614_antidoto).</note>. Pero si es
              falta decir <hi rend="i">que no lo entienden</hi>, la atribuyera yo a los doctos y no
              a los poemas, a su desprecio y no a lo sublime.</p>
          </div>
          <div>
            <head rend="center">Número 7.</head>
            <p>La proposición séptima y última: <quote>que he de ser sectario o cismático<note
                  place="bottom">
                  <hi rend="i">Vid. </hi><ref xml:id="ref2" target="ref1"
                      >supra</ref></note> mientras no lo enmendare en el juicio de los hombres
                graves, o andar en el corro de los poetillas</quote> etc. No me quiero defender del
              riesgo, por no faltar al afecto de estas obras, por quien me juzga vuestra merced <hi
                rend="i">sectario</hi>. Y si lo fuere o tenido por tal, será en Madrid en compañía
              del <persName type="authority">duque de Sessa</persName>, <persName type="authority">conde de
                Lemos</persName>, <persName type="authority">Castro</persName> y <persName type="authority"
                >Villamediana</persName>, <persName type="authority">marqués de Ayamonte</persName>, el <persName
                type="authority">príncipe de Esquilache</persName>, <persName type="polemist"
                key="Valencia, Pedro de">Pedro de Valencia</persName> (que bastaba solo) y el doctor
              don <persName type="authority">Agustín Collado</persName>, el señor don <persName type="authority"
                >Lorenzo Ramírez de Prado</persName>, el padre <persName type="authority">Hortensio
                Félix</persName>, don <persName type="polemist" key="Pellicer, José">José
                Pellicer</persName>. En Córdoba, <persName type="polemist" key="Ponce, Manuel"
                >Manuel Ponce</persName>, <persName type="authority">Luis de Cabrera</persName>, don
                <persName type="polemist" key="Fernández de Córdoba, Francisco de">Francisco de
                Córdoba</persName>, abad de Rute, y licenciado <persName type="polemist"
                key="Díaz de Rivas, Pedro de">Pedro Díaz de Rivas</persName>
              <pb n="f. 54v"/>, que le comentó el <hi rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i"
                >Soledades</hi>, como la primera el señor don <persName type="polemist"
                key="Amaya, Francisco de">Francisco de Amaya</persName>, oidor de Valladolid, y
              todos tres respondieron doctos y eruditos al discurso de cierto discurso contra
                ellas<note place="bottom"> Alude Angulo al <hi rend="i">Antídoto</hi> de Jáuregui,
                al que en efecto replicaron esos tres ingenios a los que se refiere el lojeño: el
                abad de Rute, Díaz de Rivas y Amaya: <hi rend="i">vid</hi>. Daza (2018b).</note>. En
              Antequera, el doctor <persName type="authority">Tejada</persName>, maestro <persName
                type="authority">Aguilar</persName>. En Sevilla, don <persName type="authority">Juan de
                Vera</persName>, don <persName type="authority">Juan de Arguijo</persName>. En Salamanca, el
              maestro <persName type="authority">Céspedes</persName>. En Segovia, maestro <persName
                type="authority">Ledesma</persName>. En Toledo, don <persName type="authority">Tomás Tamayo
                de Vargas</persName>. En Andújar, el maestro don <persName type="polemist"
                key="Villar, Francisco del">Francisco del Villar</persName>. En Baeza, el doctor
                <persName type="authority">Mateo de Rivas</persName>. En Osuna, el doctor <persName
                type="authority">Rojas</persName>. En Granada, los doctores <persName type="authority"
                >Babia</persName>, <persName type="authority">Romero</persName>, <persName type="authority"
                >Chavarría</persName>, <persName type="authority">Soto de Rojas</persName> y <persName
                type="polemist" key="Vázquez Siruela, Martín">Martín Vázquez Siruela</persName>,
              licenciados <persName type="authority">Meneses</persName> y <persName type="authority"
                >Morales</persName>, sin otros muchos que habrá en estos y otros lugares, de quien yo no
              tendré noticia. Pero los referidos no son poetillas ni estudiantillos, como más bien
              le consta a vuestra merced<note place="bottom">
                <hi rend="i">Vid</hi>. Osuna Cabezas (2014a). Estamos ante una de las varias nóminas
                de partidarios de Góngora que con clara intención defensiva, aparecieron al calor de
                la controversia en torno a las <title>Soledades</title>: a esta de Angulo hay que
                sumar las incluidas en las <title>Advertencias</title> de Almansa y Mendoza
                (1614_advertencias), el <title>Examen del «Antídoto»</title> del abad de Rute
                (1615_examen), la <title>Ilustración y defensa</title> de Salazar Mardones
                (1636_ilustracion-piramo), la <title>Defensa de la patria del invencible mártir san
                  Laurencio</title> de Ustarroz (Zaragoza: en el Hospital Real y General de Nuestra
                Señora de Gracia, 1638, pp. 246-248), el BNE, Ms. 3893, f. 18r-19v (<hi rend="i"
                  >vid</hi>. Ryan 1953) o la <title>Lira de Melpómene</title> de Vaca de Alfaro
                (1666_lira-melpomene; <hi rend="i">vid</hi>. Osuna Cabezas 2009b: 46-51); además de
                todas ellas, se han de considerar: una que tenía confeccionada Pellicer para las
                  <title>Lecciones solemnes</title>, pero que no llegó a estamparse (<hi rend="i"
                  >vid.</hi> Daza 2018b), y otras dos del propio Angulo, semejantes a esta de las
                  <hi rend="i">Epístolas</hi>, que aparecen en la <title>Égloga fúnebre</title>
                (1638_egloga-funebre). Se trata, pues, de un recurso sancionador con cierta
                proyección en la controversia, al que Angulo sería bastante afecto, pues parece que
                tenía intención de incluir otra relación del mismo tenor, ampliada y mejorada, en su
                réplica a Faría e Sousa, que nunca se imprimió (<hi rend="i">vid</hi>. Daza 2018a).
                Volviendo a esta lista filogongorina de la <hi rend="i">Epístola</hi> segunda,
                merece la pena destacar la importante presencia del estamento nobiliario, cuya
                inclusión es muy rica en matices por la aceptación que despertó en su seno la obra
                mayor de Góngora, así como el recorrido por el plantel más granado de la polémica,
                desde los comentaristas (Ponce, Díaz de Rivas, Amaya, Pellicer… –sorprende la
                ausencia de Salcedo Coronel, quien sí aparece citado, en cambio, en una de las
                recensiones intercaladas en la <hi rend="i">Égloga fúnebre</hi>–) hasta los teóricos
                (Pedro de Valencia, Vázquez Siruela, Villar…), junto a los que figuran
                destacadísimos nombres de los círculos doctos andaluces y nacionales (Paravicino,
                Juan de Aguilar, Arguijo, Baltasar de Céspedes, Tamayo de Vargas, Soto de
                Rojas…).</note>.</p>
            <p>Y si el ser <hi rend="i">cismático</hi> ha de durar <hi rend="i">mientras no lo
                enmendare</hi>, yo procuraré (<hi rend="i">Deo auspice</hi>), sin enmendarlo, porque
              no hay qué, descubrir (sin vanagloria ni presunción) el tesoro que depositó el cielo
              en el talento de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName><note place="bottom"> La idea que de soslayo aparece aquí, el origen
                divino de la poesía, no fue ajena a las discusiones en torno a las
                  <title>Soledades</title>, a las que afluyeron además conceptos afines a esa
                creencia como la supremacía del <hi rend="i">ingenium</hi> sobre el <hi rend="i"
                  >ars</hi> o el arrobo sublimador del poeta tocado por el furor, argumento, por
                cierto, manejado también por Angulo en sus <title>Epístolas</title>: «la cuarta, que
                ya es recibido de poetas y oradores que el impulso de hacer versos es un cierto
                furor divino (vuestra merced lo confiesa), con que el poeta se inflama y se levanta
                de los demás hombres. Y esta inflamación la causa el embeleso, que no le permite ser
                humano en su lengua <hi rend="i">ni trivial ni trovador, sino severo y docto</hi>,
                como vuestra merced dice que debe ser» (f. 22r). <hi rend="i">Vid</hi>. Daza
                (2018b).</note>; y sea precursora de este intento esta y la respuesta al licenciado
                <persName type="polemist" key="Cascales, Francisco de">Cascales</persName>, a <pb
                n="f. 55r"/> que para más apoyo de lo dicho me refiero. Si lo consiguiere, diré con
                <persName type="authority">Marcial</persName><note place="margin"> lib. 2 epigr.
              91</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Haec fuerint nobis praemia, si placui</hi><note place="bottom">
                  <persName type="authority">Marcial</persName>, <title>Epigramas</title>, II, XCI, v. 8:
                  «esto sea mi premio, si te agradé» (Marcial 1997, t. I: 216).</note>.</l></quote>
            <p>Y si no:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Haec, si displicui, fuerint solacia</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: silatia</hi>.</note><hi rend="i"> nobis</hi><note place="bottom">
                  <hi rend="i">Ibidem</hi>, v. 7: «esto, si te desagradé, me sirva de consuelo»
                  (Marcial 1997, t. I: 216).</note>.</l></quote>
            <p>Concluyo que, pues sin agravio de los de su tiempo, cuando Antioquía abundaba de
              grandes ingenios, dijo por el de Arquias (en su <hi rend="i">Oración</hi>) <persName
                type="authority">Cicerón</persName>: <quote><hi rend="i">Archias celeriter excellere
                  omnes ingenii gloria contigit</hi></quote><note place="bottom">
                <persName type="authority">Cicerón</persName>, <title>En defensa de Arquias</title>, § 4:
                  «<hi rend="i">Archias</hi> […] <hi rend="i">celeriter antecellere omnibus ingenii
                  gloria contigit</hi>» («Arquias […] muy pronto empezó a aventajar a todos por la
                fama de su talento»; Cicerón 2013: 97). El texto que ofrece Angulo tiene pleno
                sentido, podría ser una cita de memoria.</note>, bien podré yo (si lo confirma
              vuestra merced, como espero) decir por <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, respecto de tanto célebre poeta como
              ilustra nuestra nación, lo que dijo <persName type="authority">Virgilio</persName> de Roma,
              respecto de otras ciudades<note place="margin"> egl. 1 ver. 25</note>:</p>
            <quote><l><hi rend="i">Verum haec tantum alias inter caput extulit</hi><note type="app"
                  rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: extellit</hi>.</note><hi rend="i">urbes</hi></l>
              <l><hi rend="i">quantum lenta solent inter uiburna</hi><note type="app" rend="I">
                  <hi rend="i">Em.: uibiorna</hi>.</note><hi rend="i">cupressi</hi><note
                  place="bottom">
                  <persName type="authority">Virgilio</persName>, <title>Bucólicas</title>, I, vv. 24-25:
                  «pero esta ciudad levantó tanto su cabeza entre las demás ciudades cuanto
                  acostumbran entre las flexibles mimbreras los cipreses» (Virgilio 1990:
                  172).</note>.</l></quote>
            <quote><l><hi rend="i">Haec sat erit</hi><note place="bottom"> Fragmento de <persName
                    type="authority">Virgilio</persName>, <title>Bucólicas</title>, X, v. 70: «<hi
                    rend="i">haec sat erit, diuae, uestrum cecinisse poetam</hi>» («bastante será,
                  diosas, que vuestro poeta haya cantado esto»; Virgilio 1990: 220).</note>.<note
                  place="margin"> egl. 10 ver. 70</note></l></quote>
            <p>Vale.</p>
            <p>Don <persName type="polemist" key="Angulo y Pulgar, Martín de">Martín de Angulo y
                Pulgar</persName>.</p>
          </div>
        </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
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