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      <titleStmt>
        <title>León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las buenas costumbres,
          trato virtuoso y político. Apólogos XLII y XLIII</title>
        <author key="Gómez de Tejada y de los Reyes, Cosme">Cosme Gómez de Tejada y de los
          Reyes</author>
        <editor>Victoria Aranda Arribas</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Rafael Bonilla Cerezo</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>relecture, stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Felipe Joannon</name>
          <resp>Stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/16376_leon</idno>
        <date when="2020"/>
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            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
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        <bibl><title><hi rend="i">León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las
              buenas costumbres, trato virtuoso y político</hi></title>,
          <pubPlace>Madrid</pubPlace>, por <publisher>Francisco Martínez</publisher>,
            <date>1636</date>, BNE (3/62055).</bibl>
        <bibl><title><hi rend="i">León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las
              buenas costumbres, trato virtuoso y político</hi></title>,
            <pubPlace>Valencia</pubPlace>, por <publisher>Francisco Ciprés</publisher>,
            <date>1665</date>, Regensburg, Staatliche Bibliothek (999/4Hisp.3).</bibl>
        <bibl><title><hi rend="i">León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las
              buenas costumbres, trato virtuoso y político</hi></title>,
          <pubPlace>Madrid</pubPlace>, por <publisher>Bernardo de Villadiego</publisher>,
            <date>1670</date>, BSB / Außenmagazin (4 P.o.hisp. 62 s-1).</bibl>
        <bibl><title><hi rend="i">León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las
              buenas costumbres, trato virtuoso y político</hi></title>,
            <pubPlace>Sevilla</pubPlace>, por <publisher>Joseph de Hermosilla</publisher>,
            <date>1732</date>, BSB / Außenmagazin (Mor. 1291 c).</bibl>
      </sourceDesc>
    </fileDesc>
    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
    </encodingDesc>
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      <creation>
        <date when="1636"/>
      </creation>
      <langUsage>
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      </langUsage>
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  <text>
    <!--
        <head>Datos bibliográficos</head>
        <table rend="left">
          <spanGrp type="colgroup">
            <span type="col" style="width: 37%" rend="col1"/>
            <span type="col" style="width: 63%" rend="col2"/>
          </spanGrp>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>Victoria ARANDA ARRIBAS</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Cosme GÓMEZ DE TEJADA Y DE LOS REYES</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Destinatario / dedicatario</cell>
            <cell>A la muy noble villa de Talavera</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las buenas costumbres, trato virtuoso y político (Madrid: por Francisco Martínez, 1636). Se editan los apólogos XLII y XLIII (283v-295v)</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>1636-03-06</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>
              <p>León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las buenas costumbres, trato virtuoso y político, Madrid, por Francisco Martínez, 1636, BNE (3/62055)</p>
              <p>León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las buenas costumbres, trato virtuoso y político, Valencia, por Francisco Ciprés, 1665, Regensburg, Staatliche Bibliothek (999/4Hisp.3)</p>
              <p>León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las buenas costumbres, trato virtuoso y político, Madrid, por Bernardo de Villadiego, 1670, BSB / Außenmagazin (4 P.o.hisp. 62 s-1)</p>
              <p>León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las buenas costumbres, trato virtuoso y político, Sevilla, por Joseph de Hermosilla, 1732, BSB / Außenmagazin (Mor. 1291 c)</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>
              <p>Cosme Gómez de Tejada, <hi rend="i">León prodigioso</hi>, Abraham Madroñal y Víctor Erizpe (eds.), Toledo, Diputación Provincial de Toledo, 2018.</p>
              <p>Blanca Periñán. «El <hi rend="i">León prodigioso</hi> y una raposa anticulterana: crítica literaria en el siglo XVII», <hi rend="i">Studi Ispanici</hi>, III, 1976, p. 153-170. Contiene una edición de los apólogos XLII y XLIII .</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell>No</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell/>
          </row>
        </table>
        -->
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción<note place="bottom">Agradezco a los profesores Mercedes Blanco (Sorbonne
            Université), Juan Montero (Universidad de Sevilla), Aude Plagnard (Université Paul
            Valéry-Montpellier) y Paolo Tanganelli (Università di Ferrara) su ayuda y consejos
            durante el proceso de edición y anotación del texto.</note></head>
        <div>
          <head>1. Título</head>
          <p>El docto anticuario Martín Vázquez Siruela (Málaga, 1600 – Sevilla, 1664) observó en su
              <hi rend="i">Discurso sobre el estilo de don Luis de Góngora</hi> (1645) que</p>
          <quote>
            <p>en las prosas se ha visto la […] mudanza con mayor maravilla, influyendo en ellas y
              realzándolas el estilo nuevo [del creador de las <hi rend="i">Soledades</hi>]; que si bien
              muchos que las hablan o las escriben no atienden a eso, […] como ya las formas de su
              estilo están embebidas en la lengua […], sin sentirlas concibe el entendimiento, y de
              allí pasan a la conversación y a la pluma obrando con secreta causalidad, como la luz
              y el aire de que vivimos (Yoshida 1995: 94).</p>
          </quote>
          <p>Tres siglos más tarde, Sánchez Robayna (1993: 169) señalaría –aunque sin hacerse eco
            del epigrafista andaluz– que «la huella de Góngora en la prosa de ficción no [había]
            sido […] objeto de estudio particular»; un análisis –añadía– que «tan solo en el marco
            de la prosa del siglo XVII [tendría que] ser considerablemente amplio». Desde entonces,
            varios trabajos se han venido ocupando de las novelas cortas influidas por el gongorismo
            y la polémica que suscitaron el <hi rend="i">Polifemo</hi> (1612) y las
              <hi rend="i">Soledades</hi> (1613-614)<note place="bottom">Véanse las ediciones
                <hi rend="i">Novelas cortas del siglo XVII</hi> (2010) y <hi rend="i">El culto graduado</hi>
              (Castillo Solórzano, 2015), disponible en OBVIL; ambas a cargo de Rafael Bonilla
              Cerezo. Sobre el triunfo de los tropos y el léxico de Góngora en la comedia barroca,
              remito a Samonà (1990).</note>. Bonilla Cerezo (2019: 213) lo glosa de forma muy
            instructiva:</p>
          <quote>
            <p>el rastro de Góngora en la [narrativa barroca] se cifra en las luminosas citas y
              agudas rapiñas que los novelistas sacaron de los «poemas mayores», sin orillar las
              parodias a costa de la escuela culta. No en balde, los volúmenes de Francisco Lugo y
              Dávila (<hi rend="i">Teatro popular</hi>, 1622), […] Lope de Vega (<hi rend="i">Novelas a Marcia
                Leonarda</hi>, 1621-1624), Tirso de Molina (<hi rend="i">Cigarrales de Toledo</hi>,
              1621-1624, y <hi rend="i">Deleitar aprovechando</hi>, 1635), José Camerino (<hi rend="i">Novelas
                amorosas</hi>, 1624), Juan Pérez de Montalbán (<hi rend="i">Sucesos y prodigios de amor
                en ocho novelas</hi>, 1624), [Alonso de Castillo Solórzano (<hi rend="i">Tardes
                entretenidas</hi>, 1625; <hi rend="i">Jornadas alegres</hi>, 1626; <hi rend="i">Tiempo de
                regocijo</hi>, 1627; <hi rend="i">Lisardo enamorado</hi>, 1629; <hi rend="i">Huerta de
                Valencia</hi>, 1629; <hi rend="i">Noches de placer</hi>, 1631; <hi rend="i">Fiestas del
                jardín</hi>, 1634; <hi rend="i">Los alivios de Casandra</hi>, 1640; <hi rend="i">La quinta de
                Laura</hi>, 1649; <hi rend="i">Sala de recreación</hi>, 1649)], Juan de Piña
                (<hi rend="i">Novelas ejemplares y prodigiosas historias</hi>, 1624; <hi rend="i">Varias
                fortunas</hi>, 1627), Francisco de Quintana (<hi rend="i">Experiencias de amor y
                fortuna</hi>, 1626; <hi rend="i">Historia de Hipólito y Aminta</hi>, 1627), Jacinto
              Arnal de Bolea (<hi rend="i">El forastero</hi>, 1636), Andrés Sanz del Castillo
                (<hi rend="i">Mojiganga del gusto</hi>, 1641), Andrés de Prado (<hi rend="i">Meriendas del
                ingenio</hi>, 1663) y Luis de Guevara (<hi rend="i">Intercadencias de la calentura de
                amor</hi>, 1685) ofrecen un rico muestrario de la recepción de sus versos a lo
              largo y ancho de más de cinco décadas del Seiscientos; y en paralelo a la copiosa
              riada de cartas, advertencias, apologías y pareceres surgidos […] de la [controversia]
              sobre las <hi rend="i">Soledades</hi>.</p>
          </quote>
          <p>Dentro de tan heterogéneo corpus se inserta el <hi rend="i">León prodigioso. Apología moral
              entretenida y provechosa a las buenas costumbres, trato virtuoso y político</hi>
            (Madrid, Francisco Martínez, 1636) de Cosme Gómez de Tejada y de los Reyes, con la
            peculiaridad de que, en este caso, se trata de una novela protagonizada por
              animales<note place="bottom">Según Pastoureau (2019: 7), «durante mucho tiempo los
              historiadores no se preocuparon en absoluto por los animales. Los relegaron a las
              antologías de anécdotas y a ‘la historia con minúsculas’, como solían hacer con todos
              los temas que les parecían secundarios, insignificantes o marginales […]. Desde
              entonces la situación ha cambiado. […] Su estudio se sitúa hoy en investigaciones de
              primera línea y en el lugar de encuentro de varias disciplinas. Efectivamente, el
              animal, al que se aborda desde sus relaciones con el hombre, tiene que ver con todas
              las cuestiones de la historia social, económica, material, cultural, religiosa y
              simbólica. Está presente en todos los lugares, en todas las épocas, en todos los
              documentos, y desde todos esos ámbitos le plantea al historiador múltiples preguntas
              esenciales y complejas».</note>. El talaverano narra el viaje del león Auricrino,
            monarca de las fieras, y de su escudero Pardalín. Tras combatir a muerte con un dragón,
            una tormenta los vara en una remota orilla donde se toparán con varios personajes, entre
            los cuales destaca un perspicaz lebrel. Juntos iniciarán un peregrinaje para salvar a
            Crisaura, amada del león y víctima del secuestro del despreciable tigre pardal.</p>
          <p>Dicho planteamiento es pretexto para la interpolación de un rosario de historias
            alegóricas, poemas y censuras morales que constituirán el verdadero núcleo de la obra.
            En el apólogo XL, una raposa anuncia a los protagonistas que el pardal va a desposarse
            con Crisaura. Y para festejarlo tiene lugar una justa académica a la que concurren no
            pocos ingenios. Los apólogos XLII y XLIII, objeto de la presente edición, incluyen un
            ramillete de sonetos en los que Gómez de Tejada satiriza el estilo culto. Es aquí donde
            el <hi rend="i">León prodigioso</hi> converge con la polémica gongorina<note place="bottom"
              >Cossío (1939: 196) reparó en el «curioso fenómeno de la crítica adversa al
              culteranismo. […] Se muestran discordancias, se censuran giros y frases, se alegan
              autoridades, se subrayan extravagancias y los bien pertrechados censores acaban
              incurriendo en las faltas que critican». Estas palabras se les ajustan como un guante
              a los dos apólogos de Gómez de Tejada.</note>. Sobre este particular, King (1963: 193) subrayó que las «novelas de aventuras» del siglo XVII fueron las menos
            propicias a interpolaciones académicas:</p>
          <quote><p>el novelista tenía un modelo clásico […] que seguir [el de Heliodoro y Aquiles Tacio],
            y esto le impedía interrumpir el hilo del relato con las numerosas digresiones poéticas
            o eruditas tan frecuentes en otros géneros novelísticos. Solo tres novelas de aventuras
            escritas en este siglo se desviaron del patrón general; dos de ellas son alegorías
            vaciadas en el molde de la novela bizantina [el <hi rend="i">León prodigioso</hi> y el
              <hi rend="i">Criticón</hi> de Gracián], y la otra […] una obra muy tardía, no publicada
            hasta 1701, en la que la imitación de Heliodoro es muy vaga: la <hi rend="i">Historia de Liseno
              y Fenisa</hi> (Madrid, 1701) de Párraga Martel de la Fuente.</p></quote>
          <div>
            <head>1.1. La apología y el apólogo</head>
            <p>Sin duda, lo más interesante del título del <hi rend="i">León prodigioso</hi> es la
              elección de la voz <hi rend="i">apología</hi>. Como señaló Mancinelli (2019: 13-14) acerca
              del <hi rend="i">Examen o Apología por las «Soledades» de don Luis de Góngora contra el autor
                del «Antídoto»</hi> (1617) del Abad de Rute,</p>
            <quote>
              <p>el uso del término ‘Apología’ […] evocaba [en el Siglo de Oro y dentro de esta
                riada de dimes y diretes] […] los textos más relevantes de las polémicas italianas
                del Renacimiento. Cabe mencionar la <hi rend="i">Apologia di Monsignor Alessandro
                  Carriero</hi> (1583) en defensa de la <hi rend="i">Commedia</hi> del Dante, o la
                  <hi rend="i">Apologia contra l’autor del Verato</hi> de Giasone de Nores (1590) –ambas
                citadas en el <hi rend="i">Examen</hi>–; amén de las de Aníbal Caro (1558), Giovanni
                Battista Liviera (1515), la <hi rend="i">Apologia di Dante</hi> de Sperone Speroni
                (1575), la de Giovanni Savio en favor del <hi rend="i">Pastor fido</hi> (1601) y, sobre
                todo, la de Tasso en defensa de su <hi rend="i">Gerusalemme Liberata</hi> (1585).</p>
            </quote>
            <p>Ya el propio Góngora, en su décima «Por la estafeta he sabido» (1615), declaraba que
              lo habían «apologizado» (v. 2). Pero don Luis adujo el término con sentido negativo
              (‘censurar’, ‘recriminar’) y no con el más habitual de ‘defensa’. Según López Bueno
              (2013: 125),</p>
            <quote>
              <p>el verbo <hi rend="i">apologizar</hi> se puede prestar a equívocos, lo que –como es bien
                sabido– hizo tropezar a Jáuregui. […] En su <hi rend="i">Apología por una décima</hi>,
                [el abad de Rute] recriminó [al sevillano] por su recriminación: ‘Usó
                industriosamente de <hi rend="i">apologar</hi> o <hi rend="i">apologizar</hi>, deducido no del
                nombre de <hi rend="i">apología</hi>, sino del verbo <hi rend="i">apologo, -as</hi>, que, por
                más que suene el buen Antonio que significa “responder a lo que imputan a uno”,
                tiene que ver con esto lo que Vm. con el Serenísimo Preste Juan de las Indias’.</p>
            </quote>
            <p>Cabe plantearse si la del <hi rend="i">León prodigioso</hi> (<hi rend="i">Apología moral
                entretenida y provechosa a las buenas costumbres, trato virtuoso y político</hi>)
              sugiere una acepción distinta de las citadas: las «buenas costumbres» no precisan de
              alegatos, por lo que me pregunto si Gómez de Tejada acudió a la «apología» con el
              sentido de «apólogo» o «conjunto de apólogos», ya que así encabeza sus cincuenta y
              cuatro capítulos. Varios autores de entonces la consideraban un sinónimo de «fábula»,
              y así lo corrobora el <hi rend="i">DRAE</hi> en su primera acepción: «1. m. fábula (‖ breve
              relato ficticio)». Lope, en la dedicatoria a Alonso Sánchez de <hi rend="i">El
                desconfiado</hi><note place="bottom">«Ríense muchos de los libros de caballerías,
                señor maestro, y tienen razón, si los consideran por la esterior superficie, pues
                por la misma serían algunos de la Antigüedad tan vanos y infrutuosos, como <hi rend="i"
                  xml:lang="uz">El asno de oro</hi>, de Apuleyo, el <hi rend="i" xml:lang="uz"
                  >Metamorfóseos</hi>, de Ovidio, y los <hi rend="i" xml:lang="uz">Apólogos</hi>, del
                moral filósofo [Esopo]» (Lope de Vega 2014: 732).</note>, también las juzga
              intercambiables, y en la epístola <hi rend="i">Al doctor Gregorio de Angulo, regidor de
                Toledo</hi> (<hi rend="i">La Filomena</hi>, 1621) utiliza el sintagma «apólogos de
              Esopo» (Martín García 1996: 11):</p>
            <quote>
              <lg><l>Que, puesto que el estilo no tuviese</l>
              <l>aquella urbanidad, cultura y tropo</l>
              <l>que a vuestro igual satisfacer pudiese,</l>
              <l>por ventura, en apólogos de Isopo,</l>
              <l>de aquestos animales con quien trato</l>
              <l>y de aquestas mandrágoras que topo,</l>
              <l>os guisaría mi apetito un plato,</l>
              <l>aunque no es jovial el genio mío,</l>
              <l>que fuese tan galán como barato (vv. 4-12, Millé y Jiménez 1935: 178).</l></lg>
            </quote>
            <p>Hablamos, pues, de un término todavía en litigio. «Apólogo» deriva de
                «<hi rend="i">apologus</hi>», que los latinos tomaron del griego «<hi rend="i">ἀπoλóγος</hi>»
                (‘relato’)<note place="bottom">Los griegos, por su parte, no tenían un término
                específico para las fábulas, sino que utilizaban el polisémico <hi rend="i">λóγος</hi>,
                al que acompañaban del adjetivo <hi rend="i">Αισώπειος</hi> (‘de Esopo’): «La serie de
                vacilaciones que hay en griego para denominar el género que nosotros llamamos fábula
                demuestra que no fue fácil llegar a una delimitación de su contenido ni de su forma
                […]. Hay que notar que la fabula es uno de los géneros […] que no se denomina con
                una palabra griega, aunque es bien cierto que viene de los griegos. Esta paradoja se
                explica, precisamente, por las variaciones de la terminología […] que la designa,
                así como por el hecho de que el término […] más frecuente, <hi rend="i">Αισώπειοι
                  λóγοι</hi>, conste de dos palabras, cosa poco cómoda: aparte de la ambigüedad de
                  <hi rend="i">λóγος</hi> si se quita el adjetivo <hi rend="i">Αισώπειος</hi> […], y de su
                frecuente sustitución por <hi rend="i">μύθος</hi>» (Rodríguez Adrados 1979: 18). El
                propio Rodríguez Adrados (1979: 22) también registra el uso de <hi rend="i">αἶνος</hi>,
                palabra que se desechó por la amplitud de su significado: «el término […] es, en
                principio, neutro respecto a oposiciones como las de humano / animal, representativo
                / impresivo, real / ficticio, fábula animalística / proverbio / adivinanza».
              </note>. Los romanos, a su vez, lo adoptarían como tecnicismo de «fábula», pues
                «<hi rend="i">fabulae</hi>» generaba confusión por designar también a los relatos
              tradicionales acerca de dioses y de héroes y a todas las intrigas dramáticas, ya
              fuesen de tragedia o comedia. La palabra «<hi rend="i">apologus</hi>», sin embargo, fue
              usada por una minoría, probablemente a raíz de la decisión de Fedro de bautizar sus
              versos con el nombre de <hi rend="i">fabula</hi><note place="bottom">Considérese además el
                éxito del <hi rend="i">Isopete historiado</hi>; desde su primera edición en 1482 se
                cuentan un total de veintidós hasta 1576 (http://grupoclarisel.unizar.es/comedic,
                fecha de consulta: 1 de julio de 2020). Véase Bizzarri (2019). Por otro lado, en
                1613 se publicaría el <hi rend="i">Fabulario</hi> de Sebastián Mey, una obra, como
                explicara Silvia Monti, «‘fortemente composita e diseguale’, difficile da collocare
                a causa ‘dell’eterogeneitpa del contenuto’, perché oltre alle ‘<hi rend="i">fábulas</hi>
                in senso stretto, cioè gli apologhi sugli animali’, include ‘generi narrativi
                diversi: facezie, <hi rend="i">cuentecillos tradicionales, refranes glosados</hi>, fino a
                novelle di stile italiano, con una grande varietà di contenuti, provenienza ed
                estensione» (<hi rend="i">apud</hi> Rosso 2015: 9).</note>.</p>
            <p>Tras la popularidad de este tipo de narraciones durante la
              Edad Media, humanistas de la talla de Guarino de Verona, Ermolao Barbaro, Lorenzo
              Valla y Rinuccio da Castiglione apostaron por ellas como ejercicio retórico y
              tradujeron a Esopo al latín para aprender la lengua de Homero. El género experimentó
              en este proceso cambios que afectarían a su ulterior configuración. Según Baranda
              (2007: 5-12), Leon Battista Alberti compuso sus <hi rend="i">Apologhi centum</hi> (1437) a
              modo de deleitoso acertijo para el lector, además de añadir nuevos asuntos al
              repertorio tradicional; después, Bartolomeo Scala (<hi rend="i">Cento Apologhi morali</hi>,
              1481) introdujo un mayor desarrollo y concedió protagonismo a seres mitológicos y
              alegóricos. Por último, a finales del siglo XV, Pandolfo Collenuccio escribió seis
              apólogos, tres de ellos en forma de diálogo (<hi rend="i">Misopenes, Filotimo</hi> y
                <hi rend="i">Specchio d’Esopo</hi>). Nótese que Gómez de Tejada pone la mayoría de los
              capítulos del <hi rend="i">León</hi> en boca de sus personajes, coincidiendo con la última
              aportación de Collenuccio y aproximándose, por ello, al diálogo renacentista<note
                place="bottom">Ambos moldes confluirían en más de una oportunidad: «[las] fábulas
                antiguas típicamente agonales derivan ya en puro debate o diálogo y el fenómeno se
                acentúa en época helenística» (Vian Guerrero 1987: 470). Esto daría pie a la inserción de animales en otros
                famosos diálogos, como el <hi rend="i">Diálogo de la Mosca y la Hormiga</hi> de Juan de
                Jarava –«más influenciado por Fedro que por Luciano» (Vian Guerrero 1988: 479 y
                460)– o el mismísimo <hi rend="i">Coloquio de los perros</hi> de Cervantes (aunque este
                último, claro está, excede cualquier límite genérico).</note>.</p>
            <p>Ya en España, Juan Luis Vives (<hi rend="i">De ratione
                dicendi</hi>, 1533) estableció una antinomia entre la «fábula apólogo» (al estilo
              de Esopo, que conlleva una enseñanza) y la «milesia», que solo persigue el
              entretenimiento y resulta tan abominable como los libros de caballerías. Tal
              distinción haría fortuna, calando en muchos novelistas barrocos, incluidos Cervantes y
              el propio Gómez de Tejada<note place="bottom">Cervantes (2015: 599) se mostró afín a
                esta clasificación en el primer <hi rend="i">Quijote</hi> (XLVII): «Y, según a mí me
                parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas
                que llaman <hi rend="i">milesias</hi>, que son cuentos disparatados, que atienden
                solamente a deleitar, y no a enseñar, al contrario de lo que hacen las fábulas
                apólogas, que deleitan y enseñan juntamente».</note>. Según Vives, la virtud del
              apólogo estriba en que no pretende apariencia de verdad, sino que presenta asuntos
              increíbles, declarándose desde el principio como ficción, a la vez que alumbra una
              verdad de importancia para el hombre. En aras de la verosimilitud, postuló que se
              precisa una coherencia entre los animales de la historia y los valores que
              representan:</p>
            <quote>
              <p>Esta narración no atiende a la verdad, y, sin embargo, debe lograr cierto grado de
                verosimilitud en el sentido de que, tomados en consideración la naturaleza y el
                carácter de la cosa a la que se hace hablar, le otorgue un lenguaje que, tanto por
                las sentencias como por las palabras, vaya en consonancia con ella: el león y el
                águila hablarán con arrogancia, como reyes, airada y espléndidamente, con palabras
                grandilocuentes y muy brillantes; la zorra lo hará con astucia, con malicia,
                refiriéndolo todo a su propio provecho; la liebre con timidez; el asno neciamente,
                de forma descuidada, estúpidamente; la abeja y la hormiga con previsión,
                diligentemente, con parquedad (Vives 2000: 150).</p>
            </quote>
            <p>La apología de Gómez de Tejada no deja de plegarse a este requisito, tanto si
              atendemos al bestiario escogido para las distintas clases de bardos como a los
              protagonistas de la historia y del diálogo: el pavón compone metros grandilocuentes;
              el búho, capaz de ver en la oscuridad, propone el más culto de los poemas; los cisnes
              hacen gala de elegancia con sus sonetos petrarquistas; el león aparece como héroe y
              símbolo de virilidad; la raposa se muestra astuta y suspicaz<note place="bottom">El
                libro de Gómez de Tejada guarda cierto parentesco con <hi rend="i">La peregrinación
                  sabia</hi> (<hi rend="i">c</hi>. 1621), novela de Salas Barbadillo cuya publicación
                  (<hi rend="i">Coronas del Parnaso y platos de las musas</hi>, 1635) es de fecha muy
                próxima a la del <hi rend="i">León</hi>. El protagonismo recae aquí sobre un viejo zorro
                y su hijo. Como el volumen que nos ocupa, el del madrileño tiene como objetivo una
                serie de lecciones morales, aunque teñidas de sátira y de picaresca. No obstante,
                según Bonilla Cerezo (Bonilla 2020: 269-270), en más de una ocasión este último texto se
                ha etiquetado como «apólogo» o «fábula», idea con la que se muestra en desacuerdo:
                  «<hi rend="i">La peregrinación sabia</hi> es muchísimo más que un cuento de zorritos.
                […] Para Salas […] una ‘fábula’ es también una ‘novelita’; lo que no obsta para que
                haga suyas otras tradiciones, entre las que se cuenta –aunque no solo– el apólogo
                esópico». En uno de los capítulos, los personajes asisten a una reunión académica
                presidida por un caballo vanidoso, un tordo pedante, un perro fisgón, un gato
                plagiador, un mono grandilocuente, un ruiseñor, un águila y una tórtola. Además,
                «los integrantes zoomorfos de esta academia representan otros tantos géneros
                literarios y hasta se han identificado con autores concretos, contemporáneos [todos
                ellos] de Salas Barbadillo, a través de los cuales la postura del mismo autor en la
                controversia anticulterana cobra un relieve plástico e individual» (Albert 2020: 234-235). Véase asimismo King (1963: 170).</note>.</p>
            <p>En suma, gracias a los humanistas italianos, el apólogo salió enriquecido de su paso
              por el Renacimiento:</p>
            <quote>
              <p>[…] el nuevo apólogo ofrece filosofía –no simples fábulas de zorras o castañas– y
                habita en refinados jardines, no entre la gente ruda; se acomoda al soporte más
                prestigioso del diálogo, no sólo al del relato fabulístico, y se puebla de
                personajes olímpicos y entes abstractos […]. Al aumentar su longitud el apólogo
                adquiere autonomía, deja de ser necesaria su agrupación en colecciones, cobra valor
                por sí mismo hasta el punto de que su función sufre un cambio: ya no se limita
                necesariamente a servir de ejemplo en la demostración o en la argumentación –como
                decían Aristóteles o Quintiliano– porque en el Renacimiento llega a tener sentido
                como texto independiente, deja de ejercer solamente una función subordinada al
                servicio de otro tipo de discursos (Baranda 2007: 12).</p>
            </quote>
            <p>Pues bien, todas las características atribuidas al apólogo, junto al <hi rend="i">docere
                delectando</hi>, que el género nunca perdió de vista, tienen equivalente en las
              del <hi rend="i">León prodigioso</hi>.</p>
            <p>Entre los pocos estudiosos que la han asediado, González Rovira (1996: 338) apuntó
              que «si para Menéndez Pelayo se trata de una ‘novela alegórica’, Alarcos opina que es
              una ‘apología moral’ que se sirve de la ‘ficción amoroso-caballeresca’ [con vistas a]
              ofrecer una visión satírica de la existencia». Y según Periñán (1976: 155), su
              complejidad responde a «una macroestructura superficial que conjuga un [bosquejo] de
              fábula esópico-alegórica con elementos y modalidades de la novela bizantina y del
              poema heroico».</p>
            <p>Téngase en cuenta que la disposición de la trama medular –el rescate de Crisaura–
              funciona como un cuerpo en el que, a lo largo de cincuenta y cuatro apólogos, se
              imbrica un puñado de digresiones. Por ello se ha relacionado el relato con la novela
              griega, mal llamada «novela bizantina», como lo hace el autor del estudio más amplio
              que poseemos sobre este modelo, González Rovira (1992: 95; 1996: 343). Asistimos, de
              acuerdo con los usos de este género, la separación y el reencuentro final de los
              amantes, cosidos por una <hi rend="i">peregrinatio amoris</hi> que conduce a Auricrino
              hasta Crisaura<note place="bottom">Vilanova (1952: 434) definió al peregrino de amor
                como «un caminante solitario; el impulso que mueve sus pasos es el pesar de un
                desengaño amoroso y la búsqueda del olvido en la soledad de la Naturaleza. Su
                carácter íntimo y subjetivo tiene sus raíces en la lírica renacentista y procede de
                una imagen de Petrarca que identifica el poeta caminante y desdeñado como un
                peregrino de amor». Sin embargo, está claro que Auricrino no vaga aquí desengañado y
                sin rumbo, sino que recorre su camino con la clara determinación de recuperar a su
                Crisaura.</note>.</p>
            <p>La etiqueta «bizantina», sancionada por Menéndez Pelayo para la novela griega, peca
              de arbitraria, puesto que los principales modelos del género son anteriores a Bizancio
              y al cristianismo, y ha sido rebatida en los últimos años:</p><quote>
            <p>No son pocos los estudiosos que han protestado contra esta denominación, ya
              impugnándola como Alban Forcione y Jean-Marc Pelorson, ya ignorándola, ya
              sustituyéndola por otra u otras: así, ‘novelas de amor y de aventura’ (Christine
              Marguet), ‘peregrinaciones amorosas en la edad de la Contrarreforma’ (Hanno
              Ehrlicher), ‘novelas barrocas de aventuras’ (Isabel Lozano Renieblas) o, como propone
              la sección del congreso de hispanistas alemanes de 2015 dirigida por Hanno Ehrlicher y
              Jörg Dünne, ‘novelas de aventuras áureas’. Michael Armstrong-Roche, por su parte, lo
              presenta como exponente –tal vez único, y en todo caso aislado– de un género <hi rend="i">sui
                generis</hi> que denomina ‘<hi rend="i">epic novel</hi>’, novela épica (Blanco 2016:
              108).</p></quote>
            <p>A todas ellas habría que añadir la de «libros de aventuras peregrinas» (López Estrada
              1980: 276), que es la que mejor describe el material que nos traemos entre manos. Sin
              embargo, el <hi rend="i">León prodigioso</hi> no sigue todas las claves del género que
              fundaron en España la <hi rend="i">Historia de los amores de Clareo y Florisea</hi> (1552)
              de Núñez de Reinoso y la <hi rend="i">Selva de aventuras</hi> (1565) de Jerónimo Contreras,
              sino que pertenece a una época en que el tono sentimental empieza a desdibujarse en
              pro del didactismo y la alegoría<note place="bottom">Sandoval (2019: 31-32) ha
                compendiado de nuevo, en fechas muy recientes, las características de este género:
                «la inicial separación de los amantes (que van a peregrinar por distintos
                territorios y a superar innumerables obstáculos hasta volver a encontrarse), la
                preponderancia de aventuras enmarcadas en contextos marítimos (en los que se
                suscitan naufragios, raptos, piratas, separaciones y equívocos), la existencia de un
                eje amoroso que articula el desarrollo de la relación de los personajes, la
                presencia circunstancial de elementos mágicos –que se compensa con una fuerte carga
                moral y religiosa que permite el decoro de los personajes–, los comienzos <hi rend="i">in
                  medias res</hi>, una notable intención de verosimilitud (por lo que varias se
                ubican en la geografía hispánica) y el indispensable final feliz en donde los
                amantes se encuentran y todo el equilibrio queda restituido».</note>.</p>
            <p>Gómez de Tejada fue precisamente uno de los responsables de dicha metamorfosis,
              reduciendo la historia griega de dos perfectos amantes separados por desdichadas
              aventuras a un marco para la digresión moral<note place="bottom">González Rovira
                (1992) ve en el <hi rend="i">León prodigioso</hi> el antecedente más directo del
                  <hi rend="i">Criticón</hi> (1657) de Gracián.</note>. González Rovira (1996: 332)
              concluyó que, para una obra que viene a expresar, episodio tras episodio, el
              desengaño, y que es además perfecto reflejo de la oposición ilusión-realidad que
              caracteriza la cosmovisión del hombre barroco, son ideales el apólogo o la alegoría
              explícita –recursos que en Gómez de Tejada aparecen fundidos–, ya que presentan una
              realidad enmascarada.</p>
            <p>Por último, los animales del toledano se relacionan, siquiera por uno de sus flancos,
              con los de las épicas burlescas del Barroco (<hi rend="i">La Mosquea</hi> de José de
              Villaviciosa, 1615; <hi rend="i">La Gatomaquia</hi> de Lope de Vega, 1634) y sobre todo del
              Siglo de las Luces (<hi rend="i">La Burromaquia</hi> de Álvarez Toledo, 1744; <hi rend="i">La
                Gatomiomaquia</hi> de Luzán, <hi rend="i">c</hi>. 1752; <hi rend="i">La Perromachia</hi> de
              Nieto Molina, 1765…). Bonilla Cerezo y Luján Atienza (2014: 14) aseguran que «el
              nacimiento de estas guerras paródicas […] le debe mucho a otro vivero de carácter más
              popular, como es la fábula», otro nombre del apólogo, como hemos visto.</p>
            <p>Al igual que las <hi rend="i">zoomaquias</hi>, el <hi rend="i">León prodigioso</hi> parodia el
              gongorismo a través de los sonetos que Gómez de Tejada puso en las voces, graznidos o
              relinchos de los poetas de la justa, adaptando el «pastiche heroicómico» (Genette
              1984) a la poesía culta. No sorprenderá, entonces, que, a pesar del menor éxito de la
              epopeya burlesca con protagonismo animal en tiempo de los Austrias, su renacer «en el
              Setecientos coincid[iera] con el auge de la fábula, con la que está hermanada»
              (Bonilla Cerezo y Luján Atienza 2014: 22).</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>2. Autor</head>
          <div>
            <head>2.1. Vida y obra</head>
            <p>El licenciado Cosme Gómez de Tejada y de los Reyes, conocido por otros muchos nombres
              (Cosme Gómez, Cosme de los Reyes, Cosme Gómez de Tejada, Cosme Gómez de los Reyes,
              Tejada, Tejeda…), lo que se tradujo en problemas de atribución (Madroñal 1991: 289),
              nacido en 1593, murió en 1648, luego de publicar una sola obra: el <hi rend="i">León
                prodigioso</hi> (1636). Arizpe y Madroñal (2018) han señalado que vio la luz en
              Toledo, aunque siempre se sentiría muy apegado a la tierra que lo acogió desde pequeño
              y de la que se consideraba oriundo: Talavera de la Reina. No en vano, se afirma
              «elborense» a la menor ocasión<note place="bottom">Élbora es el nombre de Talavera en
                la época prerromana.</note>, e incluso proyectó una <hi rend="i">Historia de
                Talavera</hi> que comenzaría a escribir entre 1647 y 1648 y quedó inconclusa<note
                place="bottom">El primer manuscrito que nos ha llegado data de 1651 y viene firmado
                por fray Alfonso de Ajofrín (ms. 8296 de la BNE). Hay otra copia del siglo XVII,
                gracias a Bartolomé Frías de Albornoz (<hi rend="i">Historia de Talavera dividida en dos
                  partes</hi>, BNE, ms. 6947), y Arizpe y Madroñal (2018: 10) han rastreado otro
                ejemplar, que se conserva en la Universidad de Salamanca y lleva por título
                  <hi rend="i">Historia de Talavera y de las mondas de Nuestra Señora del Prado</hi> (ms.
                2280). Lo edita ahora Jacobo Sanz Hermida. </note>.</p>
            <p>Desde 1600, estudió con los jesuitas de Oropesa, de los que aprendió humanidades,
              lenguas clásicas y teología. Cumplidos los nueve años de rigor, saldría de allí hacia
              1609 o 1610 (Arizpe y Madroñal 2018: 9). Entre 1612 y 1614, consta como alumno del
              Colegio Mayor de San Ildefonso de Alcalá y terminaría sus estudios de Teología en
              Salamanca. En 1627 era capellán de las Bernardas Descalzas de Talavera.</p>
            <p>Gómez de Tejada estuvo muy involucrado en todos los eventos culturales y literarios
              de su ciudad, prestando ayuda al Ayuntamiento, del que su hermano era regidor perpetuo
              (La Barrera y Leirado 1968: 173). Fue juez y poeta en un certamen celebrado por la
              Cofradía de la Minerva en Talavera (1631), y «los [predicadores] que iban a la ciudad
              en las fiestas de las Mondas acudían a su casa en busca de ayuda y noticias sobre el
              origen y características de las fiestas» (Arizpe y Madroñal 2018: 11).</p>
            <p>En su libro dejó constancia de su espíritu crítico. Demostró un notable conocimiento
              de los asuntos de política europea, deseando que «España y Francia sean dos balanças y
              Inglaterra el fiel» (Gómez de Tejada y de los Reyes 1650: f. 103v). Censuró con
              notable valentía la fiebre nacional de la pureza de sangre, como se desprende de la
              siguiente cita del <hi rend="i">León prodigioso… Segunda parte</hi>, que a Madroñal (1991:
              290-291) le ha sugerido un posible origen converso:</p>
            <quote>
              <p>¿Qué me diréis si algún reino de los cristianos excluye de honras, oficios, cargos,
                dignidades y comunidades a los recién convertidos y viven como infamados entre
                cristianos viejos? ¿Y qué diréis si a los que se les prueba que su cuarto o su
                octavo abuelo fue moro o judío sucede lo mismo? Siendo cierto que muchos lo ignoran
                de modo que aún no saben los nombres de sus abuelos, y con informaciones de papeles,
                testigos y otras notables diligencias le hacen saber al pobre pretendiente lo que él
                ignoraba y aborrecía: que es descendiente de tal estirpe. ¿Es buen arbitrio este
                para establecer la fe cristiana? (Gómez de Tejada y de los Reyes 1732: 209)</p>
            </quote>
            <p>De entre sus textos literarios, el <hi rend="i">León prodigioso</hi> es el primero del que
              tenemos noticia. A petición del hermano del autor, Francisco, en 1673 se imprimió una
              segunda parte a la que Cosme había dado inicio en 1636<note place="bottom">Advierte en
                el prólogo al <hi rend="i">León prodigioso</hi>: «Hallando empero alguna gracia en estos
                apólogos en los aficionados a varia lección, me animaré a proseguir otra historia en
                prosa poética, que tengo comenzada, y la intitulo <hi rend="i">Entendimiento y verdad,
                  amantes filosóficos</hi>, asunto nuevo, estilo uniforme. Y así, de la fortuna
                del primer libro, colegiré la del segundo, si edad y ejercicio no le mejoran.
                Escribiré también un poema contrapuesto al que te ofrezco de la <hi rend="i">Nada</hi>,
                que será el <hi rend="i">Todo</hi>» (1636: f. 7v).</note>. El <hi rend="i">León prodigioso.
                Entendimiento y Verdad, amantes philosóphicos para exemplo de lo que se debe amar, y
                de lo que se debe aborrecer, así en la vida privada como en la pública. Segunda
                parte</hi> bien podría haber recibido otro título, ya que poco tiene que ver con
              su predecesora, aunque persistieron «el sustrato alegórico […] y […] la intención
              moralizante y crítica» (Arizpe y Madroñal 2018: 14). Esta secuela impura la
              protagonizan la princesa Verdad y el príncipe Entendimiento, que viajan desde Élbora
              hasta Babilonia, donde derrotarán a sus enemigos. A lo largo de la trama, el autor va
              desarrollando su juicio contra el «mundo al revés»<note place="bottom">Respecto a la
                presencia de este tópico en la literatura del siglo XVII véase Maravall (1975:
                307-351).</note>, en una sátira que apenas deja títere con cabeza y que no alcanzó
              el éxito del original.</p>
            <p>Ya póstumas, además del <hi rend="i">León prodigioso… Segunda parte</hi>, salieron
                <hi rend="i">El filósofo</hi> (Madrid, Domingo García y Morràs, 1650), que dejó lista
              para la imprenta, y la <hi rend="i">Nochebuena</hi> (Madrid, Pablo de Val, 1661). La
              primera, escrita en latín y luego traducida al romance<note place="bottom">Así lo
                confesaba en el prólogo de esta obra: «A los doctos solamente [ofrezco] brevedad,
                que les renueve la memoria de la doctrina que han bebido en sus fuentes con tantos
                excesos de magisterio y sabiduría y, al presente, graves ocupaciones no les permiten
                largas horas en su lección. Los demás hallarán un compendio claro de no leves
                dificultades, pero en estilo tan acomodado que, sin principio de otras ciencias, y
                aun sin noticia de la lengua latina, pueden hacer suficiente concepto de la
                conclusión y de las razones con que se prueba. Lo cual me obligó a traducirme de
                latín en romance, que solo para mí hice resunta de estos tratados, y ahora en
                nuestra lengua los hago comunes» (Gómez de Tejada y de los Reyes 1650: 4r). Una
                postura semejante, pues, a la del abad de Rute en su <hi rend="i">Didascalia
                  multiplex</hi> (1615). Véase Moya del Baño (1986).</note>, aborda, con ánimo de
              divulgación científica, temas que van de la física a la política, pasando por la
              economía doméstica. La segunda es una recopilación de cuatro autos alegóricos. Se
              inicia con la descripción del nacimiento de un niño el 24 de diciembre<note
                place="bottom">Este libro entronca con la tradición de colecciones novelísticas, a
                veces con poemas y teatro, en los que figura el sustantivo <hi rend="i">navidades</hi>;
                por ejemplo, <hi rend="i">Navidades de Zaragoza</hi> (1654) de Matías de Aguirre (Sánchez
                Laílla 2015), o <hi rend="i">Navidades de Madrid</hi> (1663) de Mariana de Carvajal
                (Navarro Durán 2010). </note> «que, a medida que se [desarrolla], permite intercalar
              cancioncillas (villancicos sobre todo)» (Arizpe y Madroñal 2018: 15). También escribió
              comedias de relativo éxito, pero, por desgracia, no ha sobrevivido ninguna<note
                place="bottom">Arizpe y Madroñal (2018: 15) reproducen estas palabras de la zorra de
                  <hi rend="i">El león prodigioso</hi>, trasunto de Gómez de Tejada: «mis ciertas
                comedias tengo escritas, caí miserablemente en esa flaqueza; aplauso merecieron,
                llevósele el viento, y no le quise buscar aunque no me faltaba pluma para seguirle
                sin pelar ganso alguno que la hurtase» (Gómez de Tejada y de los Reyes 1636: 199v).
                Asimismo, dieron con una carta de obligación del famoso autor de comedias Fernán
                Sánchez de Vargas en la que se informa de la compra, por 250 reales, de una comedia
                del talaverano: <hi rend="i">La bella mejicana y amar contra fortuna</hi>, «de la que me
                doy por contento y entregado a mi voluntad» (<hi rend="i">apud</hi> Arizpe y Madroñal
                2018: 15).</note>.</p>
            <p>La <hi rend="i">Historia de Talavera</hi> parece haber sido un encargo del Ayuntamiento y
              da cuenta de la geografía, demografía, clima, historia y carácter del municipio,
              incluyendo la pintura de la Ermita del Prado y de la fiesta de las Mondas<note
                place="bottom">Al parecer, este organismo ya le había pedido una <hi rend="i">Relación de
                  las inundaciones de Talavera</hi>, que cristalizó en un autógrafo perdido
                durante un incendio.</note>. Como colofón, ofrece una nómina de hijos ilustres.</p>
            <p>Madroñal descubrió las primeras composiciones conocidas del autor –textos inéditos y
              nunca antes atribuidos–, firmadas por el «bachiller Constancio» y reunidas en la
                <hi rend="i">Floresta espiritual</hi> (Toledo, Tomás de Guzmán, 1613) de Mateo Fernández
              Navarro. «Constancio» asoma con frecuencia en la obra de Gómez de Tejada como su álter
              ego. Así, en el <hi rend="i">León prodigioso… Segunda parte</hi> (1673: 188-189) se
              lee:</p>
            <quote>
              <p>encontraron a Constancio, un estudioso sacerdote. Saludáronle y, habiéndole
                informado del suceso y conferido sobre él, le preguntaron en qué se ocupaba y qué
                papel era el que traía en las manos. Respondió que meditaba la vanidad del mundo,
                huyendo de él y de todas sus cosas –que son Nada– a tan apacible soledad, adonde lo
                hallaba todo, y que, con ocasión de lo que estos días de feria había pasado en
                Élbora […], había compuesto un poema que inscribía, <hi rend="i">El Todo</hi>,
                correlativo al que otro tiempo escribió, <hi rend="i">La Nada</hi>.</p>
            </quote>
            <p>Nótese que <hi rend="i">La Nada</hi>, bautizada «poema tropológico», había aparecido en el
                <hi rend="i">León prodigioso</hi> (1636: 409r-440r). En los dos apólogos que edito se
              registra otra alusión al clérigo: la raposa celebra un tratado escrito por «un poeta
              elborense de la Carpetania» (1636: f. 292r), perífrasis que se refiere a la ciudad de
              Talavera y, por ende, al escritor. Y el susodicho Constancio hará nuevo acto de
              presencia en la <hi rend="i">Nochebuena</hi> (1661: 15):</p>
            <quote>
              <p>En la antigua y gran ciudad de Élbora, […] adonde con alegres demostraciones, como
                en toda la cristiandad, se celebra la festividad del nacimiento de Jesucristo,
                nuestro bien, Constancio, un sacerdote dado a los estudios de todas las buenas
                letras y hábitos morales, y don Félix, un caballero su amigo […], convinieron un año
                en celebrar afectuosos y liberales la noche de Navidad […]. Para esto se encargó
                Constancio de escribir un diálogo pastoril con su prólogo y los himnos convenientes
                a la música de tales días.</p>
            </quote>
            <p>Además de estos versos con pseudónimo, Madroñal halló otros compuestos para el
              <hi rend="i">Certamen poético de Minerva al Santísimo Sacramento en la fiesta que celebra la
              Cofradía de la Minerva, en la perrocchial del señor San Pedro, en la noble villa de
              Talavera</hi> (1631). Y participaría también en una justa toledana de 1616, publicada en la
              <hi rend="i">Descripción de la capilla de Nuestra Señora del Sagrario</hi> (1617) de Pedro de
              Herrera.</p>
            <p>Tradujo con finura a Ausonio (<hi rend="i">Quod vitae sectabor iter</hi>) y a Horacio
                (<hi rend="i">Beatus ille</hi>), paráfrasis que recogería el tomo IV del <hi rend="i">Parnaso
                español. Colección de poesías escogidas de los más célebres poetas
                castellanos</hi> de López de Sedano (1776: 100 y 105)<note place="bottom">La
                poesía lírica ocupa la mayor parte de esta antología, situándose en primer lugar
                «aquellos textos más próximos a los clásicos, y también [a los] italianos: las
                traducciones. En ellas se valora altamente el ajuste al original, pero se admiten
                las amplificaciones, y se tolera el verso libre siempre que no se renuncie a ‘la
                versificación llena, fluida y sonora’. Sin duda alguna, la más afamada de las
                traducciones que contiene el <hi rend="i">Parnaso español</hi> fue el <hi rend="i">Arte
                  poética</hi> de Horacio a cargo de Vicente Espinel que inaugura la colección.
                […] Conforme al gusto marcadamente bucólico del neoclasicismo, las églogas de
                Virgilio –salvo la II– aparecen todas traducidas por distintos ingenios con su
                particular impronta […]. Otros tantos clásicos grecolatinos desfilan por el
                  <hi rend="i">Parnaso español</hi>: Píndaro, Ovidio, Safo, Ausonio Galo e incluso
                Marcial» (Molina Huete 2013: 63-64).</note>. Por último, se dispersaron un manojo de
              sus versos en cartapacios misceláneos: en la Biblioteca de Lisboa se guarda un
              manuscrito (2041), datado en el XVII, que contiene largos poemas filosóficos de
              nuestro licenciado; y otros veinte del <hi rend="i">León prodigioso</hi> en un códice, con
              letra del XIX, de la Hispanic Society: <hi rend="i">Poesías de Diferentes Poetas Castellanos
                Ynéditas o poco conocidas</hi> (ms. XCIII)<note place="bottom">Madroñal (1991:
                309) enumera los títulos de estos poemas, todos procedentes del <hi rend="i">León
                  prodigioso</hi>: «el romance ‘Viejo está vuestra merced’, f. 611, que figura en
                el apólogo XXI, y la oda que empieza ‘Cuán bienaventurado / aquel puede llamarse que
                seguro’, f. 474, que también recoge la <hi rend="i">Biblioteca de Autores Españoles</hi>,
                t. XLII, y <hi rend="i">Parnaso español</hi>, del apólogo XV; el soneto que se inicia
                ‘Desdichas acelera veloz planta’, f. 481, del apólogo XII; otro que comienza ‘Huye
                del Sol la hija de Peneo’, <hi rend="i">idem</hi>, del apólogo XI; el epitafio que
                empieza ‘Yace aquí sin fama y nombre’, f. 482, del apólogo XXVI; una elegía ‘Qué
                camino en la vida seguir puedo’, <hi rend="i">idem</hi>, también recogida en el tomo XLII
                de la BAE, y en <hi rend="i">Parnaso español</hi>, del apólogo XXI; otro epitafio, ‘Aquí
                yace un avariento’, f. 488, del apólogo IX; el soneto ‘O vana, o loca, o atrevida’,
                  <hi rend="i">idem</hi>, del apólogo XIII; el epigrama ‘Tegiendo ocupa un rincón /
                Penélope mientras yerra’, f. 489, del apólogo XXXVI; el soneto ‘Inconstante rapaz
                que tu firmeza’, f. 490, del apólogo XL; el epigrama ‘Preguntase de quien la
                Poesía’, <hi rend="i">idem</hi>, apólogo XLI; y los sonetos que empiezan: ‘Belisa
                honestidad entre candores’, f. 491, ‘Tiemble la tierra y con furor horrendo’,
                  <hi rend="i">idem</hi>, también recogido en el tomo XLII de la BAE, ‘Un fuego y otro a
                Porcia abrasa el pecho’, f. 492, ‘Amor contra valientes corazones’, f. 493, ‘Fiero
                es amor que con poder tirano’, <hi rend="i">idem</hi>, ‘Sale esparciendo abriles el
                Aurora’, f. 494, ‘Suspira el avariento por dinero’, <hi rend="i">idem</hi>, también
                recogido en el tomo XLII de la <hi rend="i">BAE</hi>, y ‘Ay amor, que su imperio es
                tiranía’, f. 495, todos ellos del apólogo XLII». Estos últimos sonetos son los de la
                justa del apólogo XLII. Nótese que el poema del papagayo («Bélica honestidad entre
                candores») aparece como «Belisa [<hi rend="i">sic</hi>] honestidad entre candores»
                (Rodríguez-Moñino y Brey Mariño 1965: 548), ya fuera por error del amanuense o bien
                de los autores del inventario al transcribir los títulos.</note>. Asimismo, se le
              viene atribuyendo el auto de <hi rend="i">El niño perdido</hi> (Biblioteca del Instituto
              del Teatro de Barcelona, vitrina A, estante 5).</p>
            <p>En cuanto al par de apólogos contra la poesía culta que editamos, despertaron el
              interés de Alarcos García (1945), quien les dedicó un artículo en el que resume el
              argumento para rescatar un texto injustamente olvidado. Dos décadas después, Periñán
              (1976) publicó una edición diplomática precedida de un estudio. Recientemente, el
                <hi rend="i">León prodigioso</hi> ha sido rescatado, también sin glosas, por Arizpe y
              Madroñal (2018).</p>
            <p>Nuestro autor tuvo en su tiempo y más tarde cierta honorable notoriedad. Barrera y Leirado emitió un juicio favorable en su<hi rend="i"> Catálogo
                Biográfico y Bibliográfico del Teatro Antiguo Español</hi> (1860), aportando datos
              sobre su vida y una relación de su obra dramática y en prosa (1968: 173-174). Defiende
              que la novela del <hi rend="i">León prodigioso</hi> «va interpolada de excelentes versos» y
              subraya el «mérito» de los autos y «su pureza de estilo».</p>
          </div>
          <div>
            <head>2.2. Estado de la cuestión</head>
            <p>Abraham Madroñal (1991: 288-289) reunió una gavilla de críticos e historiadores que
              elogiaron al elborense: Adolf Friedrich von Schack (1887: 236) afirmó que «compuso un
              número considerable de autos, especialmente al Nacimiento», como los cuatro
              recopilados en la <hi rend="i">Nochebuena</hi>. Adolfo de Castro (1857: 535) cita su
              traducción del <hi rend="i">Beatus ille</hi> horaciano, abundando en que «fue un ingenioso
              autor del XVII, poeta y filósofo moral de muy buen gusto literario y de mucha
              ciencia»; y Milego (1909: 153), en cambio, tropezó al llamarlo Cosme Gutiérrez y
              confundir el <hi rend="i">León prodigioso</hi> con un auto.</p>
            <p>Como ya se indicó, Menéndez Pelayo (1974: 831) le dedica una nota de su
                <hi rend="i">Historia de las ideas estéticas en España</hi> (1903), situándolo entre los
              impugnadores del culteranismo, como alumno de Baltasar de Céspedes y miembro de la
              Escuela de Salamanca<note place="bottom">Comellas (2018: 34) apunta que Gómez de
                Tejada «en el prólogo a su segunda parte del <hi rend="i">León prodigioso</hi> (1673)
                [confirmó] que entre las grandes virtudes de [Céspedes] estaba la de atraerse a los
                estudiantes que, como él mismo continuamente buscaban su consejo».</note>. En su
                <hi rend="i">Biblioteca de traductores españoles</hi> (1952), el polígrafo apostilla, no
              sin razón, que «el retumbante e impropio título de <hi rend="i">León prodigioso</hi> ha
              hecho a muchos condenar este libro sin leerle. Es una colección de cincuenta y cuatro
              apólogos, entre sí enlazados, ingeniosa y discretamente escritos, entremezclados con
              poesías sueltas y seguidos de un poema bastante indigesto, cuyo título es <hi rend="i">La
                Nada</hi>» (Menéndez Pelayo 2008: 139). No opinaba lo mismo de la segunda parte,
              «oscura y pesada, aunque no mal escrita» (2008: 140).</p>
            <p>Willard F. King (1963: 193) clasificó al <hi rend="i">León prodigioso</hi> como una novela
              de aventuras opuesta al patrón general de novela al socaire de Heliodoro y Aquiles
              Tacio. Gómez de Tejada quiso escribir una alegoría vaciada «en el molde de la
              bizantina […] [con] digresiones poéticas o eruditas tan frecuentes en otros géneros
              novelísticos».</p>
            <p>Según Antonio Prieto (1982: 143), esta obra fusiona la novela griega «con el apólogo
              y el héroe de caballerías bajo la suma horaciana de lo útil y deleitable». Y Pedro
              Ruiz Pérez (2010: 267) cuenta al toledano entre los escritores barrocos que cultivan
              la narración de peregrinaciones, haciendo una relectura alegórica de las mismas.</p>
            <p>Gómez de Tejada tenía ideas firmes sobre el oficio de poeta, como evidencia en el
              apólogo XLI (<hi rend="i">De la poesía, su origen, pobreza y peregrinación</hi>, f. 275r),
              donde resume en breves palabras la principal tesis de la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles (la
              poesía es imitación y no verso) y una de las declaraciones más famosas de Horacio en
              el <hi rend="i">Arte poética</hi>, 372 (no se permite a los poetas ser mediocres (<hi rend="i">mediocribus esse
                poetis non dii, non homines, non concessere columnae</hi>) :</p>
            <quote>
              <p>A cuantos escriben versos llama poetas y a no pocos porque los desearon escribir
                […]. Volviendo a mi asunto, digo que no entienden, o no se dan por entendidos, que
                la poesía es arte de imitar con palabras, sea en verso, sea en prosa. La cual
                verdadera imitación perfecta de todas sus circunstancias es acción dificultosa y que
                no la permiten medio los dioses, los hombres, ni los teatros, como a otras ciencias
                y artes.</p>
            </quote>
            <p>Lejos de reducirse a la carrera eclesiástica, se sintió atraído por el estudio y se
              entretenía «en las letras humanas, a las cuales siempre [fue] aficionado» (1636: f. 7v).
              Parece haber practicado una suerte de humanismo ecléctico con aspiraciones
              enciclopédicas, alcanzando saberes tan dispares como los que luce en <hi rend="i">El
                filósofo</hi>. Defensor a ultranza de la claridad y «amante de [los] motivos
              sencillos» (Madroñal 1991: 299), se cebó con los cultos, pero también con los que
              carecen del bagaje que necesitan los verdaderos poetas, abrazando a menudo las
              autoridades latinas para rebatirlos. Por el contrario, alabó a otros que juzga de
              estilo menos afectado, como <hi rend="i">La Celestina</hi> de Fernando de Rojas<note
                place="bottom">«[Fernando de Rojas] bien muestra la agudeza de su ingenio en aquella
                breve obra [<hi rend="i">La Celestina</hi>], llena de donaires y graves sentencias,
                espejo en que se pueden mejor mirar los ciegos amantes que en los cristalinos,
                adonde tantas horas gastan rizando sus feminiles guedejas. Cumplió bien sus
                obligaciones en aquel género de escribir, conque pueden entender tantos autores
                modernos de libros de entretenimiento y de otros que no consiste la arte y gallardía
                del decir en afectadas culturas, todo ruido de palabras que atruenan el viento y
                lisonjean el oído, mas no tuvieren el alma, porque les falta sólida munición; vano
                estudio indecente, infructuosos que solamente a ingenios semejantes deleitan y a
                ninguno enseña ni mueve» (Mss/8396: f. 256v). Juan de Valdés tiene esa misma opinión
                sobre este autor en su <hi rend="i">Diálogo de la lengua</hi> ([1535] 1736): «Soy de
                opinión que ningún libro hay escrito en castellano donde la lengua esté más natural,
                más propia ni más elegante» (2014: 255). Modernizo la grafía.</note>. Se lo estima,
              en fin, un abanderado del <hi rend="i">enseñar deleitando</hi> –lema que ya se percibe en
              el mismo título del <hi rend="i">León prodigioso</hi>–, de ahí su gusto por la alegoría y
              la parábola.</p>
            <p>Su obra se caracteriza por su desparpajo, humor e ironía, palpables desde el mismo
              proemio. He aquí un ejemplo:</p>
            <quote>
              <p>«Lector» llaman los prólogos al que lee, al que oye y al que, sin leer ni oír,
                censura acciones diversas en su razón sustancial. […] A quien se humilla, aniquilas;
                a quien se ensalza, deprimes; las disculpas fiscalizas delitos, las advertencias
                condenas ignorancias; si me quejo de tu envidia, presumo méritos, si la desprecio es
                acto de virtud y objeto de su veneno; si te llamo pío, benigno, cándido, benévolo,
                amigo, de ninguna cosa tienes menos y ninguna conoces más. Piérdense mis lisonjas y
                páganse con risa. Si te llamo curioso, es desaliñado epíteto, si cristiano, bien
                puede leer un infiel; si docto, pensarás que solamente hablo contigo (1636: f. 7r).</p>
            </quote>
            <p>Según veremos, el licenciado demostraría su agudeza en la composición de versos, lo
              cual se aprecia en los sonetos de estos apólogos, en los que imita, a la vez que
              critica, diversas escuelas de la época: gongorismo, petrarquismo y sátira. Con otras
              palabras: pone en solfa varios excesos de la ya de por sí excesiva corriente culta,
              que en más de una ocasión imitará sin empacho.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>3. Cronología</head>
          <p>La <hi rend="i">editio princeps</hi> del <hi rend="i">León prodigioso</hi> se imprimió en 1636.
            La fecha de la aprobación de Francisco de Macedo, la licencia y la suma del privilegio
            datan de diciembre de 1634, pero la génesis del libro se remonta a la época de
            estudiante de Gómez de Tejada en Salamanca. En su prólogo, rememora:</p>
          <quote>
            <p>Escribí unos quince o dieciséis apólogos, y comunicándolos con algunos amigos, en
              particular con el maestro Céspedes, que lo fue mío, y le alcancé en su última edad
              […]. Aprobó mi asunto, censurándole útil para conseguir no sin deleite lo honesto.
              Dejé la universidad y, pasados muchos años en otros estudios y ocupaciones, acaso
              revolviendo papeles, encontré los apólogos casi olvidados que antiguamente escribí.
              Acordeme de la censura de mi maestro, leilos; el amor de padre me obligó a mirarlos
              como hijos (Gómez de Tejada y de los Reyes 1636: f. 7v).</p>
          </quote>
          <p>Se colige sin dificultad que después los corrigió, doctrinó y vistió «al uso, pero
            honestamente», para darlos a las prensas. Considerando que el licenciado se hallaba en
            Alcalá en 1613 y que su maestro, Baltasar de Céspedes, murió en 1615, el período de
            redacción del libro oscilaría entre 1614 y 1634. Es imposible adivinar cuándo decidió
            retomarlo, lo cual no impide que, a través de las referencias de los apólogos XLII y
            XLIII, podamos hacernos una idea del momento en que se compusieron.</p>
          <p>Por ejemplo, el que uno de los participantes en la justa del Pardal sea un papagayo
            acaso evoque la <hi rend="i">Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la
            canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro, con … los versos que en la
            justa poética se escribieron</hi> (Madrid, 1622) de Lope de Vega, para quien «hablar
            puramente castellano es usar aquellas locuciones y términos que sufre su dialecto y no
            con cuatro frasis andar toda su poesía al torno, diciendo siempre una misma cosa, con
            que parecen papagayos de su inventor, o que se prestan unos a otros las mismas palabras»
            (85). No extrañaría, entonces, que los dos apólogos de Gómez de Tejada fueran algo
            posteriores a la <hi rend="i">Relación</hi>.</p>
          <p>Al final del XLIII, Pardalín pone sobre el tapete que «la dignidad culta» se alcanza
            «con pocas frases y palabras de memoria (a diez o veinte las reduce un ingenioso
            anticulto)» (1636: f. 295v). Lo más probable es que el escudero aluda con estas palabras
            a la <hi rend="i">Aguja de navegar cultos con la receta para hacer «Soledades» en un día</hi>
            (juguete del <hi rend="i">Libro de todas las cosas y otras muchas más</hi>, 1631) de Quevedo,
            ya que Gómez de Tejada parece haberse nutrido más de una vez para sus parodias de esta
            célebre obrilla:</p>
          <table>
            <row>
              <cell><p><hi rend="i">Aguja para navegar cultos con la receta para hacer «Soledades» en un día</hi> (1631)</p></cell>
              <cell><p><hi rend="i">León prodigioso</hi> (1636)</p></cell>
            </row>
            <row>
              <cell>
                <l>«Quien quisiere ser Góngora en un día,</l>
                <l>la jeri –aprenderá– gonza siguiente» (vv. 1-2)</l>
              </cell>
              <cell>
                <l>«<hi rend="i">Sus</hi> que penetra <hi rend="i">piro</hi>, diente eburno»</l>
                <p>(Búho, v. 9)</p>
              </cell>
            </row>
            <row>
              <cell>
                <l>«<hi rend="i">fulgores</hi>, arrogar, <hi rend="i">joven</hi>, presiente» (v. 3)</l>
              </cell>
              <cell>
                <l>«gira en corales ya, vibra en <hi rend="i">fulgores</hi>»</l>
                <p>(Papagayo, v. 8)</p>
                <l>«no empero su tridente, <hi rend="i">jovenetos</hi>»</l>
                <p>(Búho, v. 2)<note place="bottom">Como se indica en la nota <ref xml:id="ref2" target="ref1">179</ref>, Gómez de Tejada trae aquí a capítulo el
                    soneto de Góngora «Tonante monseñor, ¿de cuándo acá / fulminas jovenetos? […]»
                    (1619).</note></p>
              </cell>
            </row>
            <row>
              <cell>
                <l>«<hi rend="i">candor, construye</hi>, métrica armonía» (v. 4)</l>
                <l>«señas traslada, <hi rend="i">pira</hi>, frustra, arpía» (v. 8)</l>
              </cell>
              <cell>
                <l>«Bélica honestidad, entre <hi rend="i">candores</hi>»</l>
                <p>(Papagayo, v. 1)</p>
                <l>«Marte al amor <hi rend="i">construya</hi> parapetos»</l>
                <p>(Búho, v. 7)</p>
                <l>«<hi rend="i">Candor</hi>, si no <hi rend="i">pirausta</hi>, que Anfitrita»</l>
                <p>(Búho, v. 5)</p>
              </cell>
            </row>
            <row>
              <cell>
                <l>«<hi rend="i">poco, mucho, si</hi>, no, purpuracía» (v. 5)</l>
                <l>«<hi rend="i">cede</hi>, impide, cisuras, petulante» (v. 9)</l>
                <l>«anden listos livor, <hi rend="i">adunco</hi> y poro» (v. 14)</l>
              </cell>
              <cell>
                <l>«poco cede, si mucho adunca, abetos»</l>
                <p>(Búho, v. 6)</p>
              </cell>
            </row>
            <row>
              <cell>
                <l>«si bien, disuelve, <hi rend="i">émulo</hi> canoro» (v. 10)</l>
              </cell>
              <cell>
                <l>«que fue de quejas <hi rend="i">émulo</hi>, sonantes»</l>
                <p>(Papagayo, v. 6)</p>
              </cell>
            </row>
            <row>
              <cell>
                <l>«Use mucho de líquido y de <hi rend="i">errante</hi>» (v. 12)</l>
              </cell>
              <cell>
                <l>«enciende Aurora púrpuras, <hi rend="i">errantes</hi>»</l>
                <p>(Papagayo, v. 3)</p>
              </cell>
            </row>
          </table>
          <p>Por último, se cita en el primero de nuestros apólogos, a propósito del soneto del
            rocín y para ilustrar la servidumbre a la que obliga la rima, una epístola en tercetos
            de Lupercio Leonardo de Argensola, dirigida a Fernando Soria Galvarro e impresa en las
              <hi rend="i">Rimas de Lupercio y del doctor Bartolomé Leonardo de Argensola</hi> (1634:
            339-340, vv. 76-78)<note place="bottom">Según López Bueno (2001: 263-264), «pertenece
              Fernando de Soria Galvarro a ese plantel de literatos humanistas, cronológicamente a
              caballo entre las décadas de finales del siglo XVI y el primer tercio del siguiente,
              aficionados a las letras humanas, siendo por lo general hombres de iglesia y con
              frecuencia cercanos a los centros de poder. Circunstancias que configuran, de entrada,
              un perfil muy conocido en la poesía aurisecular: el de autor de versos de prosapia
              clasicista y moralismo neoestoico, con propuestas de códigos de conducta y retiros
              ideales. Si a ello añadimos su condición de sevillano, se acentúa el perfil antedicho
              por la evidencia de su relación, personal y literaria, con otros ingenios hispalenses
              del momento de muy parecidas pautas. Nacido probablemente en 1583 o algún año después,
              hijo de Hernando de Soria (tesorero de la Casa de la Moneda de Sevilla), preceptor de
              nobles en Italia (de los hijos del embajador conde de Castro), chantre de Córdoba
              desde 1619 y capellán de honor [del tercero de los Austrias]: estos son los datos
              fundamentales que se conocen de la biografía de Soria Galvarro, poeta que ha entrado
              en el cauce de investigación literaria especialmente por mor de sus personales
              relaciones con algunos de los grandes de [las letras españolas] del momento, Lope de
              Vega, los hermanos Argensola y Medrano». </note>, cuyo decurso editorial resultó
            laborioso:</p>
          <quote>
            <p>Hubo una edición <hi rend="i">princeps</hi> de las <hi rend="i">Rimas</hi> de Lupercio y
              Bartolomé Leonardo de Argensola impresa en 1633, con toda seguridad una edición no
              puesta a la venta, pero que sirvió de base para la denominada primera impresión
              zaragozana de 1634, que a su vez cedió el paso a la segunda impresión zaragozana del
              mismo año, aunque lo más probable es que esta se terminara de imprimir durante los
              primeros meses de 1635, pero sin que se cambiara la fecha del colofón (Dadson 2010:
              75).</p>
          </quote>
          <p>Tampoco debe descartarse que Gómez de Tejada leyera la epístola «Yo quiero, mi
            Fernando, obedecerte» en una versión manuscrita anterior a la mencionada edición póstuma
            que salió en letras de molde en Zaragoza, cuidada por el hijo de Lupercio, Gabriel
            Leonardo de Albión<note place="bottom">A mi juicio, el verso «Yo quiero, mi Fernando,
              obedecerte» podría aludir a la obtención por Soria Galvarro del título de capellán de
              honor de Felipe III: «De este beneficio solo se tiene noticia por J. Francisco Andrés
              de Ustarroz, quien informa de que el 3 de mayo de 1615, yendo Bartolomé Leonardo de
              Argensola desde Nápoles a Roma, “adelantose un criado para avisar de su llegada en
              casa del Conde de Castro, embajador ordinario en aquella santa ciudad. Luego vinieron
              en su carroza algunos amigos, y entre ellos, Fernando de Soria y Galvarro, caballero
              de Sevilla, que fue ayo de los hijos del mismo Embajador, después Chantre de Córdoba y
              Capellán de honor de Su Majestad. Líneas más abajo añade que Soria fue “íntimo amigo”
              de Bartolomé Leonardo» (López Bueno 2001: 263-264).</note>. Como recuerda López Bueno
            (2001: 264), «cierto ambiente de academia sospechó con buenas razones Dámaso Alonso
            entre Medrano, Soria y los Argensola»<note place="bottom">Véase Alonso (1948:
              27).</note>, de lo que es testimonio</p>
          <quote>
            <p>la elocuente referencia incluida en la dedicatoria final que hace don Pedro Venegas
              de Saavedra a don Alonso de Guzmán, en Sevilla, a 30 de octubre de 1604; ha enseñado
              los <hi rend="i">Remedios de amor</hi> a unos cuantos amigos: “Solo los han visto don Juan
              de Arguijo, don Juan de Vera, Fernando de Soria y don Francisco de Medrano. A los
              Leonardos los enviaré a Zaragoza, donde ahora se hallan ambos hermanos […], y les
              pediré, como a maestros que son, su parecer y censura” (López Bueno 2001: 264)<note
                place="bottom">Modernizo la grafía.</note>.</p>
          </quote>
          <p>Lo cierto es que la pareja de aragoneses promovió una amplia difusión de sus versos
            antes de editarlos en 1634. Así, José Manuel Blecua exhumó 35 volúmenes manuscritos, la
            mayoría de los cuales contienen más de 20 poemas de los Argensola (1980: 293), haciendo
            notar que «los mejores manuscritos que han transmitido obras poéticas del Barroco [son]
            los de los admiradores de Góngora y los Argensola»<note place="bottom">Sea como fuere,
              la circulación definitiva de las <hi rend="i">Rimas</hi> de los hermanos aragoneses
              coincide con la fecha de los paratextos del <hi rend="i">León prodigioso</hi> (1634). Mi
              afán por estrechar el cerco sobre la amistad de Soria Galvarro con Bartolomé Argensola
              –cuyos tercetos evoca aquí Gómez de Tejada– obedece al intento de arriesgar un
                <hi rend="i">termino a quo</hi> para los dos apólogos anticultos. Partiendo siempre de la
              premisa –que no pasa de conjetura– de que el talaverano conociera la epístola «Yo
              quiero, mi Fernando, obedecerte» antes de su impresión. No en balde, dentro de las
                <hi rend="i">Rimas</hi> de 1634 se incluyó un soneto de Soria Galvarro a Lupercio, con la
              respuesta de este; amén, naturalmente, «de la excepcional epístola (arte poética, en
              realidad) que dedicó Bartolomé a nuestro autor». </note>.</p>
          <p>Según Cacho Blecua (2009: 204)<note place="bottom"><p>Sabemos que alguna de las poesías
                de Bartolomé se escribieron en Nápoles. Además de la elegía […] a la muerte de la
                reina Margarita («Con feliz parto puso al heredero»), hay unos tercetos al gobierno
                de don Pedro de Castro («Calle sus triunfos la romana historia»), unos tercetos al
                reloj que tenía («¡Oh tú en cuya cerviz la fuerza estriba»), a la limosna que su
                esposa, doña Catalina de la Cerda, hizo para la capilla de san Genaro («Hoy, gran
                señora, hasta la impírea esfera»), la epístola a Fernando de Soria Galvarro («Yo
                quiero, mi Fernando, obedecerte») y, quizá, el soneto sobre la virtud de la
                paciencia («Ya he visto, sabio Andrade, por la gloria»), los sonetos «Mario es aquel
                que del Minturno lago», «Ya, Opicio, a los acuerdos consulares» y «Ya, Mercurio, no
                es bien que yo te siga» o la sátira «¿Estos consejos das, Euterpe mía?».</p></note>,
            la epístola que nos interesa se escribió en Nápoles, antes, por lo tanto de 1615, fecha
            en la que Bartolomé ya era canónigo del Salvador de Zaragoza. No es posible fijar el
            momento en que la conoció Gómez de Tejada, entre 1615 y 1634, fecha de las aprobaciones
            del <hi rend="i">León prodigioso</hi>. Parece probable que fuera a través de uno de los
            numerosos manuscritos que acabamos de referir.</p>
          <p>Por otro lado, el autor del <hi rend="i">León prodigioso</hi> se haría eco de los
            escoliastas de las <hi rend="i">Soledades</hi> de Góngora, a los que no les faltaron
            detractores. El apólogo XLIII parodia tanto el estilo culto como las glosas altisonantes
            y divagatorias de los eruditos de altos vuelos que comentan a los poetas latinos, de los
            cuales Góngora sería una suerte de epítome. Según la raposa,</p>
          <quote>
            <p>se quiebran y nos quiebran las cabezas en contar historias y fábulas de que están
              llenos los libros y dejan sin declarar los lugares dificultosos que había de ser su
              principal cuidado, tengo para mí que porque no los entienden. ¡Oh, qué de ejemplos te
              pudiera traer para probarlo indubitablemente de comentadores latinos! Los de nuestra
              nación, si algunos hay, ni acuso ni defiendo (1636: f. 291r).</p>
          </quote>
          <p>Es más, el apólogo XLIII incluye un chocarrero escolio del soneto del búho en el que
            Gómez de Tejada parece aludir indirectamente a Pellicer y Salcedo Coronel:</p>
          <quote>
            <p>[El clarín] por ser instrumento músico, también se ha de tratar de la música, y por
              consiguiente, de todas las artes liberales […]. Es menester trastornar toda la
              Filosofía […]. Conviene resolver cuál es el mejor metal para el clarín: bronce, plata,
              oro, hierro o estaño. Y tratando de la materia, claro está que se ha de tratar de la
              forma y de toda la física; luego de los metales y minas, principalmente de las del
              cerro de Potosí. El descubrimiento de las Indias orientales y occidentales y su
              conquista, por quién, cuándo y cómo; y concluir el comento con «clarín que rompe el
              albor no suena mejor» (1636: f. 290r).</p>
          </quote>
          <p>La excesiva información que proporciona el ilustrador quizá ponga sus miras en
            Pellicer, que en sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> (1630) le dedicó toda una columna
            al sustantivo «clarín» para glosar el verso 24 del <hi rend="i">Polifemo</hi>: «clarín, y de
            la Fama no segundo».</p>
          <p>El <hi rend="i">León prodigioso</hi> se inscribe en la segunda fase de la polémica, según la
            periodizó Blanco (2013: 10-17). Dicho estadio abarcaría desde 1621, cuando apareció
              <hi rend="i">La Filomena</hi> de Lope, hasta 1633, colindando con las <hi rend="i">Cartas
              filológicas</hi> (1634) de Francisco Cascales. Se caracterizó por el predominio de
            la sátira de los cultos y de la oscuridad. Si en un primer momento la
              <hi rend="i">querelle</hi> gongorina versó sobre las Soledades y su estilo
              inaudito<hi rend="i">(po</hi>r ejemplo, Jáuregui y el Abad de Rute), sería a partir de la
              <hi rend="i">Respuesta a un papel… en razón de la nueva poesía</hi> (1621) del Fénix cuando
            los detractores de Góngora desplegaron toda su artillería contra los epígonos de don
            Luis, al tiempo que la contienda se iba difundiendo y popularizando, tomando formas
            cómicas y chocarreras. Los datos sobre la redacción del <hi rend="i">León prodigioso</hi>
            (terminado antes de diciembre de 1634) y los ecos de la batalla en las páginas del
            talaverano prueban su pertenencia a dicha coyuntura.</p>
          <p>Vale acotar, entonces, la data de los apólogos XLII y XLIII del <hi rend="i">León
              prodigioso</hi> entre 1631, coincidiendo con la <hi rend="i">Aguja de navegar cultos</hi>
            de Quevedo, y mediados de 1634, cuando se firmaron la aprobación, la licencia y la suma
            del privilegio del libro de Gómez de Tejada. Por aquellos días, ya había sido testigo de
            más de un rifirrafe nacido al calor de la polémica, además de tener a su alcance a
            varios de los primeros comentaristas.</p>
        </div>
        <div>
          <head>4. Estructura</head>
          <p>En el <hi rend="i">León prodigioso</hi>, el rey Auricrino y su escudero Pardalín acuden al
            rescate de la leona Crisaura, retenida por el tigre pardal. A lo largo de su trayecto,
            se van intercalando multitud de historias, reflexiones y poemas. Entre los variopintos
            personajes del libro, uno de los que cobrarán mayor importancia es la raposa, cuyas
            teorías estéticas dan voz a las del propio Gómez de Tejada.</p>
          <p>En el apólogo XL se presentan ante Auricrino un cuervo, una lechuza, una corneja y la
            citada zorra, anunciando que la boda del pardal con Crisaura se había previsto para ese
            día. Los pájaros huyen, pero el lebrel que acompaña a los protagonistas logra detener a
            la raposa, que aclara la situación: Crisaura se ha visto forzada a aceptar el matrimonio
            con el guepardo, pero su amado Auricrino, junto con sus criados, está todavía a tiempo
            de evitarlo. El león se alarma y el grupo se apresura para llegar cuanto antes. Por el
            camino, preguntan sobre el festejo a la zorra, que les informa de que se han preparado
            muchos juegos y espectáculos, entre ellos, una justa poética, auspiciada por el pardal.
            Su objetivo no es sino «celebrar su nombre y la hermosura de su esposa, dignamente
            merecida»; y «vencer con dones y premios la natural pobreza de tantos poetas
            vergonzantes y algunos desvergonzados». A causa de la afluencia de participantes, no fue
            posible remediarla, por ser «tan general, tan propia y tan connaturalizada» (1636: f.
            274v).</p>
          <p>Después, la zorra cuenta una alegoría sobre el nacimiento de la poesía, que abarca todo
            el apólogo XLI. Y los demás personajes le piden que refiera algunos versos de la justa.
            El tema propuesto había sido un suspiro de Crisaura, «dudoso, confuso y lacón» que, por
            su ambigüedad, cada participante interpretó a su sabor. El XLII servirá para que la
            raposa recite las poesías antes de debatir sobre su calidad con Pardalín y el
            lebrel.</p>
          <p>Según Periñán (1976: 169), los sonetos incluidos en este primer apólogo se clasifican
            en:</p>
          <list rend="lower-alpha"><item>Tres textos condenables: el del papagayo, el del tordo y el del pavón.</item>
          <item>Tres aceptables: el del rocín histórico y los de los satíricos.</item>
          <item>Tres aceptados: los de los cisnes.</item></list>
          <p>Gómez de Tejada sitúa los condenables al inicio, seguidos por el del rocín, algo mejor
            que los anteriores. Contrastan con ellos los muy encomiables sonetos de los cisnes y se
            cierra el capítulo con los dos de los satíricos, que sirven de transición hacia el peor
            y más festivo de todos ellos: el del búho del apólogo XLIII.</p>
          <p>Los del papagayo y el tordo son despreciables por demasiado cultos. Se reprueba su
            dificultad y el sinsentido de unos poetastros que remedan el estilo del maestro. Ante la
            incomprensión de los oyentes, la raposa apostilla que</p>
          <quote>
            <p>si se dejara[n] entender tan fácil y brevemente […] no fuera[n] culto[s]. Esa es la
              valentía de la cultura: que el poema se componga de sentencias escondidas, metáforas
              sin orden ni número, términos extraordinarios, opuestos y contrapuestos, y que de todo
              se pueda dar razón y cueste largo estudio dejarse entender, que lo demás es poesía
              lega, vulgar y baladí (1636: f. 284r).</p>
          </quote>
          <p>El del pavón, en consonancia con la pomposa ave, no se reprueba tanto por culto como
            por hinchado, haciendo gala de una desmesura de imágenes que no encajan con el sujeto
            (el breve suspiro de Crisaura) y abusan de la <hi rend="i">asprezza</hi> («Tiemble la tierra
            y, con furor horrendo, / Euro los montes de su gruta rompa»):</p>
          <quote>
            <p>Un suspiro blando, suave y tierno no es capaz de pensamientos y términos horrísonos y
              rimbombantes. ¿Qué guarda ese hinchadísimo poeta para una deshecha borrasca, en que
              todos los vientos, rompiendo fugitivos los peñascos de sus profundas cavernas,
              trastornen el mar, aneguen armadas, allanen edificios, desnuden de pinos y cedros los
              montes y sus riscos más encumbrados humille con los valles? (1636: f. 285r).</p>
          </quote>
          <p>El rocín presentó un poema plagado de “gentilidades” (Narciso, Atis, Neso, Mirra,
            Ésaco, Evadne, Eco, Pocris), con fábulas y nombres escogidos en atención a la rima: para
            encontrar una palabra que case con «suspiro» (v. 14), el caballo cita a «Iro» (v. 11),
            un mendigo de la corte de Penélope tan recóndito como impropio. Sin embargo, este soneto
            es preferible al resto por ser «no mejor, sino menos culpable; porque todas aquellas
            muertes de los nombrados son causadas de amor, o que las acompañó, y bien acomodadas a
            la que fulminaba el amoroso aliento» (1636: f. 286r).</p>
          <p>Por su parte, los cisnes proponen una poesía de espíritu petrarquista, cláusulas más
            fluidas y léxico diáfano. No obstante, en ocasiones Gómez de Tejada también se ve
            atraído por la oscuridad sintáctica y conceptual, de la cual es ejemplo el soneto del
            primer cisne: «[Amor] hiere a Crisaura, humilla presunciones, / de cuya voz, en la
            victoria herido, / a los ojos quisiera igual oído, / pues uno son por dos
            transformaciones» (1636: f. 287r).</p>
          <p>Los poemas satíricos –de autoría ignota– son los menos atendidos. La zorra los juzga
            aceptables por no involucrar a particulares, ya que censuran vicios de la sociedad:</p>
          <quote>
            <p>Distingo de sátiras […]: unas impropiamente ha usurpado la vulgar malicia con este
              honrado nombre, siendo infames murmuraciones de honras señaladas, y esta es maldad
              digna de castigo, aunque se excusen con la Antigüedad, que a tales acciones dio ese
              nombre. Pero hablando con toda verdad y rigor, la sátira nueva, permitida y loable, es
              reprehensión de vicios sin ofender personas que estiman su opinión en materia grave
              (1636: f. 288r).</p>
          </quote>
          <p>Mención aparte merece el del búho, en torno al cual gira el apólogo XLIII. He aquí un
            soneto que alambica las imágenes con un diluvio de cultismos («Clarín que rosicleres,
            troglodita», «acrocerauna prole de esqueletos»). Estos endecasílabos coronan la retórica
            que desaprueba el autor del <hi rend="i">León prodigioso</hi> y reúne todo lo malo de los
            vistos en el apólogo anterior: latinismos y neologismos («múrice», «jovenetos»),
            sintaxis enrevesada («<hi rend="i">Sus</hi> que penetra <hi rend="i">piro</hi>, diente eburno /
            al múrice diseña, y colorido»), mitología («Marte al amor construya parapetos», «Candor,
            si no pirausta, que Anfitrita»), estilo solemne y rimas forzadas.</p>
          <p>Como se ha dicho, Gómez de Tejada compone a propósito del soneto del búho una larga y
            mordaz censura de los escoliastas, que interpretan los textos sin penetrar su sentido.
            Ofrecerá luego un ejemplo de estas glosas a propósito del primer verso: «Clarín que
            rosicleres, troglodita». Tan solo el sustantivo «clarín» exige tratar</p>
          <quote>
            <p>necesariamente –si el comento es docto y perfecto– de las políticas y disciplina
              militar. Si en las fiestas y juegos antiguos se usó, en especial en los juegos
              Olímpicos. Si convenientes en la república, no le ha de quedar hueso sano a
              Aristóteles y Vegecio. Y por ser instrumento músico, también se ha de tratar de la
              música, y por consiguiente, de todas las artes liberales […]. Es menester trastornar
              toda la Filosofía […]. Conviene resolver cuál es el mejor metal para el clarín:
              bronce, plata, oro, hierro o estaño. Y tratando de la materia, claro está que se ha de
              tratar de la forma y de toda la física; luego de los metales y minas, principalmente
              de las del cerro de Potosí. El descubrimiento de las Indias orientales y occidentales
              y su conquista, por quién, cuándo y cómo; y concluir el comento con «clarín que rompe
              el albor no suena mejor» (1636: f. 290r).</p>
          </quote>
          <p>Para concluir la disquisición sobre el tema, el lebrel le afea a la raposa que no hace
            más que zaherir a «la secta de los cultos» sin aportar razones explícitas y de peso. Y
            esto dará pie a una suerte de tratado contra los cultos que la vulpeja ha leído de un
            «poeta elborense de la Carpetania» (trasunto del propio Gómez de Tejada), cuyas
            opiniones se apoyan en autoridades clásicas.</p>
          <p>Por último, el lebrel, en un alarde de lo fácil que resulta “hacerse el culto”,
            improvisa la descripción de una tormenta con todas las herramientas antes censuradas.
            Además, no la escribe en verso, sino en prosa, con lo que suma a la caricatura «una
            variación en culto del párrafo inicial del apólogo I del mismo <hi rend="i">León
              prodigioso</hi>» (Periñán 1976: 169)<note place="bottom">El <hi rend="i">León
                prodigioso</hi> comienza así: «Rompían confusamente el aire mortales silbos y
              formidables rugidos –terror estos, horror aquellos–, natural de las fieras y todos
              viva imagen de la muerte. La noche se lisonjeó día, el día se temió noche, porque sus
              tinieblas huyeron vencidas de continuos incendios, resonando espantosos truenos por el
              horizonte. Los vientos, que victoriosos combatían árboles, peñascos y edificios,
              volvieron también contra sí, obligados de forzosa influencia las civiles armas.
              Turbose el mar desde sus hondos asientos, que, provocado a campal batalla, bramaba
              colérico. Diéronle socorro las nubes con fuerzas no desiguales de ríos, que vertían
              contra violentos volcanes que abortaban. El austro, levantando ligeros montes con
              precipitados encuentros, de ellos mismos era resistido para no profanar los palacios
              de Neptuno. Un frío temor enflaqueció a las fieras más indómitas, penetrando y
              discurriendo lo íntimo de sus huesos: expuestas a la inclemencia del tiempo, perdieron
              su fiereza ocultas en cavernas, aun no se confiaron seguras» (1636: ff.
            4r-4v).</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>5. Fuentes</head>
          <p>Las autoridades se dejan sentir lo suyo en el texto de Gómez de Tejada, enriqueciéndolo
            de forma dispar: en ocasiones, el talaverano cita al autor de turno; otras, en cambio,
            desliza una máxima latina –sin más noticias–, de la cual no siempre da la traducción.
            Los emisores son Pardalín, el lebrel y la locuaz raposa, ya que Auricrino interviene una
            sola vez, alterado por una ofensiva mención a su amada en el segundo soneto satírico
            («dichoso el pardal solo que la goza», v. 14).</p>
          <p>En primer lugar, se aducen aquí como modelos, sin espigar pasajes de sus obras, a
            Salustio, Tácito y Tito Livio, ejemplos de historiadores clásicos; a Aristóteles y
            Vegecio, doctos en política; Dioscórides, el botánico por antonomasia; y como rétores
            defensores del estilo llano, a Cicerón, Aristóteles, Quintiliano y Horacio. Sin orillar
            la alusión a Tito Livio, confirmando que la oscuridad «no es vicio nuevo –aunque el
            nombre de ‘cultos’ lo sea en este tiempo–» (1636: f. 294r).</p>
          <p>Tampoco faltan referencias a autoridades no relacionadas con el debate estilístico,
            pero útiles para ilustrar los poemas del certamen. Así, el soneto del rocín histórico se
            refiere a «Iro» (v. 11), personaje que el lebrel ignora, lo que obliga a la raposa a
            citar las <hi rend="i">Heroidas</hi> ovidianas. De igual modo, el comentarista del soneto del
            búho enumera una serie de tratados de lectura obligatoria para su correcta exégesis,
            entre los que brillan <hi rend="i">Acerca del alma</hi> de Aristóteles y la<hi rend="i"> Historia
              natural</hi> de Plinio el Viejo.</p>
          <p>Gómez de Tejada toma algunas de estas citas como paradigmas de un determinado fenómeno.
            Véanse los extractos de Horacio y los de Virgilio y Catulo, los cuales presentan giros
            propios del latín que sería ridículo imitar en español; tesis que la raposa argumenta
            mediante la traducción de esos pasajes. Se refiere a hipérbatos imposibles (el
              «<hi rend="i">septem subiecta trioni</hi>» de las <hi rend="i">Geórgicas</hi> virgilianas frente
            al «<hi rend="i">sus</hi> que penetra <hi rend="i">piro</hi>» del búho), polisemias o bizarrías
            sintácticas:</p>
          <quote>
            <p>Virgilio, en el libro primero de su <hi rend="i">Eneida</hi>, usa una gallarda aposiopesis
              y sin controversia inimitable: <hi rend="i">Quos ego? Sed motus praestat componere
                fluctus</hi>. Porque alguno ha de presumir que ha imitado felizmente a Virgilio
              cuando, en semejante acción, dijera: «¿A quién yo? Mas la furia de las olas conviene
              sosegar». Ni tiene énfasis ni gracia. Si yo dijera: «callaron todos y tenían atentos
              las bocas», ¿admitiéranme por excusa que el mismo poeta dijo en el libro segundo:
                <hi rend="i">conticuere omnes intentique ora tenebant</hi>? No, por cierto, porque a él
              le fue lícito en la lengua latina y no a mí en la castellana. ¡Sería bueno que yo me
              atreviera a decir este verso: «navega Eneas por la sal ausonia», porque Virgilio dijo
              en el tercero:<hi rend="i"> et salis Ausonii lustrandum navibus aequor</hi> ; y
                Catulo<hi rend="i">, fluctus salis allidebant</hi>, y otros muchos que usan <hi rend="i">sal pro
                mari</hi>! (1636: ff. 293r-293v)</p>
          </quote>
          <p>Asimismo, se alegan textos de Donato (<hi rend="i">Arte mayor</hi>) y san Jerónimo
              (<hi rend="i">Cartas</hi>, epístola XL) para esclarecer la «antífrasis» como figura:</p>
          <quote>
            <p>Suponiendo, pues, que el nombre de culto en esta acepción es antífrasis, como el
              bosque se llama <hi rend="i">lucus eo quod non luceat</hi>, según Servio, y según san
              Jerónimo, reprehendiendo los que se imponen del todo contrarios a la cosa significada,
              como nuestros cultos: <hi rend="i">An ideo tibi bellus videris, quia Fausto vocaris nomine?
                Quasi non et lucus ideo dicatur, quod minime luceat, et Parcae quae nequaquam
                parcant, et Eumenides furiae, quod non sint benignae, et vulgo Ethiopes vocentur
                argentei</hi> (1636: f. 292r)<note place="bottom">Con carácter general, las citas
                latinas se traducen en nuestra edición de los apólogos.</note>.</p>
          </quote>
          <p>Y un préstamo de la <hi rend="i">Epístola a los Pisones</hi> de Horacio con intención no
            moral, sino más bien cómica:</p>
          <quote>
            <p>Concluye el intérprete de este babilónico soneto que es inteligible, mas imposible
              entenderle hasta que se hallen los libros de Empédocles, aquel soberbio poeta que,
              afectando inmortalidad, como los cultos de estos tiempos, se arrojó en el volcán de
              Etna; por quien dijo Horacio –y todos es bien que lo digamos– <hi rend="i">sit ius, liceatque
                perire poetis</hi> [‘han de tener derecho y licencia para morir los poetas’].
              Perezcan en buen hora como precitos, mueran en su impenitencia, castíguelos su
              obstinación (1636: f. 291v.).</p>
          </quote>
          <p>Cabe subrayar que Gómez de Tejada debió de consultar la Epístola a los Pisones a través
            de la edición de Josse Bade (<hi rend="i">Omnia poemata: cum ratione carminum, &amp; Argumentis
            ubique insertis, Interpretibus Acrone, Porphyrione, Iano Parrhasio, Antonio Mancinello,
            necnon Iodoco Badio Ascensio, viris eruditissimis</hi>, Venecia, apud haeredes Petri Ravani
            et Socios, 1549), ya que trae a colación una apostilla del comentarista belga (1549:
            290): «<hi rend="i">Non [ergo] omnia quae auctoritatem habent nisi et consuetudinem habent imitari
            liceat</hi>» (en la traducción de Gómez de Tejada: «no es buena excusa la autoridad si no se
            acompaña de la costumbre», 1636: f. 294r).</p>
          <p>Por lo demás, el agudo talaverano acude a otros latinos para defender el estilo claro.
            Solo cuatro referencias hay en el apólogo XLII, dedicado a la exposición y comento de
            los poemas de la academia. En el XLIII, verdadero tratado, se multiplican después de que
            el lebrel arguya que la raposa arremete contra los cultos sin motivo: «Menos palabras
            quisiera y más razones» (1636: f. 292r).</p>
          <p>La raposa tiene preferencia por Quintiliano, a quien recuerda en siete ocasiones. A su
            vez, recala con frecuencia en la <hi rend="i">Epístola a los Pisones</hi> de Horacio y
            en la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles. Se declara en contra del uso de palabras
            extranjeras, antiguas o inusuales, para lo que se apoya en Quintiliano, Aristóteles,
            Aulio Gelio (<hi rend="i">Noches áticas</hi>, lib. I, cap. X) y la <hi rend="i">Retórica a
              Herenio</hi>, que, como otros ingenios de la época, atribuye a Cicerón. Como es costumbre para
            tales menesteres, denuncia la afectación y la oscuridad. Menciona a Séneca
              (<hi rend="i">Epístolas morales a Lucilio</hi>, lib. IV, ep. XXXIII y lib. XV, ep. C) y al
            epigrama X, 21 de Marcial, uno de los más repetidos dentro de la polémica gongorina,
            pues consta en Faria y Sousa (<hi rend="i">Noches claras</hi>, 1624), Jáuregui
              (<hi rend="i">Discurso poético</hi> de Jáuregui, 1624), Quevedo (<hi rend="i">Prólogo a las obras de
                Fray Luis de León</hi>, 1631), Cascales (<hi rend="i">Cartas sobre la poesía nueva de don Luis de
              Góngora</hi>, 1634) y Angulo y Pulgar (<hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>, 1635).
            De acuerdo con Quintiliano (<hi rend="i">La formación del orador</hi>, lib. XVII, cap. VI),
            la zorra también fustiga el abuso metafórico.</p>
          <p>Gómez de Tejada toca una sola vez el asunto del decoro, a propósito del soneto del
            pavón. Para ello recurre una vez más a la <hi rend="i">Epístola a los Pisones</hi> (vv.
            9-12): «Igual poder pintores y poetas / tienen para fingir, yo lo confieso, / y esta
            licencia damos y admitimos; / mas no para juntar cosas crüeles / a las mansas: las aves
            con serpientes, / los corderos con tigres impacientes» (1636: f. 285v).</p>
          <p>En cuanto a los ingenios españoles, destaca la epístola de Bartolomé de Argensola («Yo
            quiero, mi Fernando, obedecerte») al pasar revista a las rimas forzadas: «El que atiende
            a la parte más perfecta, / ponderando y midiendo consonantes, / a ridículo estorbo se
            sujeta» (1636: f. 286v). Se refiere a un autor que reducía las frases y palabras de los
            cultos a «diez o veinte» y que he identificado como un eco de la <hi rend="i">Aguja de navegar
              cultos</hi> (1631) de Quevedo. Periñán (1976: 169) dudó de que Gómez de Tejada
            aludiera a nadie en particular, concluyendo que se trataba de «la consabida manera de
            censurar la incansable repetición de giros y construcciones, que desde Jáuregui hasta
            los más tardíos adversarios cristalizaba en fórmulas del tipo ‘cuatro preceptos y seis
            voces latinas’ […] o ‘a cuatro o seis voces reducen su cultura’». No obstante, señala un
            posible vínculo con <hi rend="i">La culta latiniparla</hi> de Quevedo, a raíz del «número
            aludido por Tejada [diez o veinte] y [por] la proximidad cronológica que evoca el verbo
            en presente (las <hi rend="i">reduce</hi>)» (1976: 169).</p>
          <p>Sin embargo, pongo aquí en duda que el talaverano sacara a la palestra a «un ingenioso
            anticulto» sin pensar en un sujeto con nombres y apellidos. Si bien <hi rend="i">La culta
              latiniparla</hi> se publicó –dentro de los <hi rend="i">Juguetes de la niñez</hi>– a un
            tiempo y en el mismo volumen que la <hi rend="i">Aguja</hi> (1631), hemos visto que hay más
            estilemas en común entre la burla de Gómez de Tejada y el segundo opúsculo del
            madrileño.</p>
          <p>Y quién sabe si, en paralelo, también leyó el romance anticulto de Castillo Solórzano
            en sus <hi rend="i">Donaires del Parnaso</hi> (1624). Titulado <hi rend="i">Instrucción para
              aprender el docto lenguaje culto</hi>, posee –como el de Quevedo– un tono
            paródico-preceptivo. He aquí un fragmento:</p>
          <quote>
            <lg><l><hi rend="i">Ministrar</hi> es el servir,</l>
            <l><hi rend="i">terminador</hi>, el que puso</l>
            <l>límite a cualquier acción,</l>
            <l><hi rend="i">decrepitante</hi>, el caduco;</l>
            <l><hi rend="i">pitonicida</hi> es Apolo,</l>
            <l><hi rend="i">protonauta</hi>, Palinuro,</l>
            <l>precipitante, Faetón,</l>
            <l><hi rend="i">antipodexter</hi>, el zurdo.</l>
            <l>Esplendor, parangonar,</l>
            <l>fulgor, pululante, inculto,</l>
            <l>errante, seminador,</l>
            <l>júbilo, incentivo, impulso;</l>
            <l>libación, vagante, intonso,</l>
            <l><hi rend="i">vilipendio</hi>, y otros muchos</l>
            <l>términos cultisonantes,</l>
            <l>que por no cansar no busco,</l>
            <l>aunque confundan y extrañen,</l>
            <l>por lo remoto del uso,</l>
            <l>se permite usar de todos,</l>
            <l>porque se admire el confuso (Castillo Solórzano 2003: 335)<note place="bottom">Según
                Bonilla Cerezo (2006: 92), «la mayoría de estos conceptos no pecan de ‘culteranos’.
                Para ser exactos, casi todos son previos a la polémica que suscitaron las
                  <hi rend="i">Soledades</hi> […]: ‘ministrar’ lo toma del verso siete de la primera
                  <hi rend="i">Soledad</hi> […]; ‘pululante’ del 330 y ‘errante’ de la dedicatoria al
                Duque de Béjar […]. Junto a ‘esplendor’, ‘intonso’, ‘libar’ y ‘fulgor’ son los
                únicos que figuran en la obra del racionero. El balance no admite duda: siete voces
                gongorinas y diez neologismos […], a imagen de Quevedo, que no aparecían en las
                polémicas anticultas. Tan solo remedan esquemas comunes a varias palabras que se
                formaron por derivación y composición».</note>.</l></lg>
          </quote>
        </div>
        <div>
          <head>6. Conceptos debatidos</head>
          <p>Existe una nítida diferencia entre los dos tipos de crítica practicada en los apólogos.
            En el XLII, viene de la mano de los poemas de la justa. El lebrel, la raposa y Pardalín
            se mofan de los vicios de estos diez sonetos, que son los mismos que denuncia el
            escritor de Talavera. Frente a las de los cultos –el tordo, el papagayo, el pavón, el
            búho–, las composiciones de los cisnes procuran aportar un dechado de la buena poesía.
            En cambio, el XLIII, que sembró de autoridades grecolatinas, se define por un ritmo más
            pausado, aunque la chanza no se esfume del todo, a favor siempre del
              <hi rend="i">delectare</hi>. Estos dos modelos se conjugan para ofrecer una censura
            completa, mediante la demostración paródica y mediante el razonamiento<note
              place="bottom">A pesar de su firme oposición a los cultos, Gómez de Tejada excluye a
              Góngora de la condena, ya que en el <hi rend="i">León prodigioso… Segunda parte</hi> hace
              referencia a un ingenio andaluz «que tuvo mucho de reprehensible, mas yo le perdono lo
              malo por lo bueno» (1732: 240).</note>.</p>
          <div>
            <head>6.1. Apólogo XLII</head>
            <p>Uno de los pilares aquí plantados es el decoro entendido como adecuación entre el
              contenido y la forma. El detonante se cifra en el soneto del pavón, que equipara el
              suspiro de Crisaura a los desastres naturales. Y el lebrel se pregunta de inmediato:
              «El poema que pide verso humilde y abatido, como la serpiente, ¿por qué ha de usurpar
              plumas de águilas y neblíes? La mansedumbre de un suspiro, ¿qué unión tendrá con
              braveza de vocablos?» (Gómez de Tejada, 1636: 285v).</p>
            <p>En segundo lugar, el hipérbaton es unrecurso típico de las
              befas antigongorinas<note place="bottom">Véase Blanco (2010).</note>. Su abuso linda
              con el galimatías en el soneto del búho archiculto, que llega a partir la palabra
              «suspiro» («<hi rend="i">sus</hi> que penetra<hi rend="i"> piro</hi>, diente eburno», v. 9);
              pero se le encuentra por doquier. No obstante, el autor nunca se refiere a él de forma
              explícita o como un vicio digno de atención.</p>
            <p>Se condena, asimismo, la dictadura de la rima a partir del
              poema del rocín histórico,que, para cerrar con el término <hi rend="i">suspiro</hi>,
              descuida la claridad: «Notable gente son los poetas […]. Para acomodar su pensamiento
              buscarán un consonante debajo de la tierra y sacarán a luz historias de las grutas del
              olvido; como en el soneto presente, que para cerrar con <hi rend="i">suspiro</hi> buscó a
                <hi rend="i">Iro</hi> con no poco trabajo, a lo que se deja entender» (1636:
              286r-286v).</p>
            <p>Por último, otrasfiguras usadas de manera extravagante
              menudean en la justa del <hi rend="i">León prodigioso sin llamar la atención</hi> : el
              oxímoron («Noruega ardiente», «hielo etíope»), los esdrújulos («áspides», «régulos»,
              «múrice»), los italianismos («adunca») y una serie de voces grecolatinas («cocita»,
              «coturno»).</p>
          </div>
          <div>
            <head>6.2. Apólogo XLIII</head>
            <p>Huelga repetir que el licenciado recusa la oscuridad de los textos del certamen:
              «conviene suponer que la retórica es común a prosa y verso, porque siendo arte de bien
              decir, es forzoso que la poética la guarde: parte esencial de la retórica es la
              elocución, y la elegancia parte de la elocución» (1636: 293v). Esta tiniebla se deriva
              principalmente de:</p>
            <list rend="lower-alpha">
              <item>Los neologismos, pues «no solo nace la obscuridad del uso impropio de frases
                latinas, tropos, figuras y transposiciones, sino de la invención de vocablos […] ¿En
                el lenguaje culto, así de poetas como de oradores e historiadores, convienen los
                eruditos? Abominan sus novedades, bien que el vulgo poético las celebre» (1636:
                294v).</item>
              <item>El acervo de metáforas. Se subraya la importancia de manejar bien las
                traslaciones, ya que valen para aclarar conceptos, pero su mal uso impide su recta
                comprensión. Así, la raposa asegura que, empleadas en demasía, son uno de los
                lunares de esta escuela: «Si los cultos agregan esto y mucho más, ellos mismos sean
                jueces; en especial translaciones con tanta copia y desenfado, como si no fueran
                arrastradas por los cabellos de remotísimos términos, siendo acción muy dificultosa
                usarlas como conviene» (1636: 292v).</item>
              <item>Los cultismos y la <hi rend="i">imitatio</hi>. De nuevo según la zorra, los cultos,
                para defenderse de estas acusaciones, recurren a un argumento que constituye su
                mayor fortaleza, y a la vez su talón de Aquiles:</item>
            </list>
            <p>Los maestros de esta cultura pueden enseñar a todos erudición, como versados en la
              inteligencia e imitación de antiguos poetas, y autorizan sus dicciones y frases con
              que en tal y tal parte lo usaron estos y aquellos graves autores. Este es su
              fundamento más fuerte, este su Aquiles y este su mayor engaño. ¿Será bien que porque
              un autor clásico tal vez usó alguna frase o translación con ingeniosa singularidad,
              docta o reprehensible, nosotros busquemos todos los modos que todos juntos usaron y
              otros de nuevo inventados y que los amontonemos en un poema? (1636: 292v)</p>
            <p>En buena lógica, los secuaces de Góngora emplean ciertas herramientas para emular a
              los poetas latinos, sirviéndose de su sintaxis, imágenes y léxico. Se diría que, al
              discurrir sobre este punto, Gómez de Tejada ansiaba responder a los valedores del
              autor de las <hi rend="i">Soledades</hi>, quienes, igual que sus adversarios, buscaban
              respaldo en los clásicos.</p>
            <p>Véase un ejemplo de los <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi> de Díaz de Rivas
              (1616-1617):</p>
            <quote>
              <p>Yncítennos a su exenplo las más cultas, copiosas y elegantes lenguas griega y
                latina, que se enriquecieron con voces peregrinas y atrevimientos en las propias.
                […] los Poetas griegos y latinos, con mayor atrevimiento usurparon vozes peregrinas,
                para mover y deleitar y para conseguir un estilo según los Preceptos de la Poesía
                (Gates 1960: 40).</p>
            </quote>
            <p>Esto hizo que el talaverano reevaluara la <hi rend="i">imitatio</hi> mal entendida, pues
              lo que en latín o griego puede decirse con finura, en nuestra lengua puede resultar,
              según él cree, una trampa retórica: «Cada lengua tiene sus idiomas naturales: los
              hebraísmos no admite la lengua griega, porque ya dejaran de serlo; ni los grecismos la
              latina, ni los latinismos la castellana. Y no solamente las frases, pero aun algunas
              palabras, tropos y figuras traducidos a otra lengua pierden fuerza, gracia y
              significación» (1636: 293r).</p>
            <p>Sostiene, por fin, que los cultos adoptan este estilo para hacerse pasar por
              eruditos, pero las parodias del <hi rend="i">León prodigioso</hi> demuestran que, por más
              que se lo crean, tal ejercicio no implica dificultad cuando de imitar se trata. Y es
              que, como afirma la raposa, «quien bien escribe claro, mejor pudiera oscuro, y quien
              escribe oscuro no puede claro» (1636: f. 294v); de modo que no tiene sentido producir
              una poesía que difícilmente será entendida por sus lectores.</p>
            <p>Buena parte del apólogo XLIII ridiculiza a los comentaristas, responsables de una
              polémica secundaria alrededor del cultismo. Lindando con las fechas de publicación del
              libro que nos traemos entre manos, Andrés Cuesta, igual que su amigo Martín Vázquez
              Siruela, estimó que Pellicer no estaba a la altura para comentar (1630-1635) el
                <hi rend="i">Polifemo</hi>; y Andrés de Uztarroz, miembro del círculo de los Argensola y
              Soria Galvarro, además de admirador de Góngora, difundiría en 1636 su <hi rend="i">Defensa de
                los errores que introduce en las obras de don Luis de Góngora don García Salcedo
                Coronel</hi><note place="bottom">Jammes (1960: 35-36), explicó así la enemistad
                entre Uztarroz y Salcedo Coronel: «Remarquons en passant que ce n’était pas la
                première fois que les commentaires de Salcedo provoquaient des critiques assez vives
                de la part de ses amis, soit pour leurs erreurs, soit parce que leur auteur se
                permettait de faire quelques réserves sur certains vers du cygne de Cordoue; sans
                entrer dans les détails, contentons-nous de mentionner: 1) Francisco Andrés de
                Ustarroz, qui écrit en 1638, dans sa <hi rend="i">Defensa de la Patria del invencible
                  martyr S. Laurenço</hi>: “Don García de Salcedo Coronel escrivió una Elegía en
                su fallecimiento, que anda en sus <hi rend="i">Rimas</hi>, comentó después el
                  <hi rend="i">Polifemo</hi> i <hi rend="i">Soledades</hi> con mucha erudición, i fuera digno
                de toda alabança, si no huviera comparado sus números con los de Don Luis, i también
                si no le notara de poco atento en algunas partes: i siendo su comentador déviera
                defenderle, no injuriarle”. On sait d’ailleurs que le même Ustarroz avait écrit en
                1636 une étude intitulée <hi rend="i">Defensa de los errores que introduce en
                  las obras de Dn. Luis de Góngora, Dn. García de Salcedo y Coronel, su
                  comentador</hi>. Ce manuscrit dont nous connaissons l’existence par Latassa (car
                Nicolás Antonio ne le cite pas parmi les oeuvres du célèbre Cronista de Aragón) fut
                prêté à Pellicer, qui ne le rendit jamais à son auteur» (Jammes 1960:
              35-36).</note>.</p>
            <p>No hay nada de ideológico en la crítica del licenciado. Si bien el trasfondo político
              de la batalla cobró estatura para muchos lectores de la época, que interpretaron los
              poemas mayores de Góngora –con sus oropeles y latinismos– como una ofensa al estilo
              llano, supuestamente basada en un estilo llano, este no fue el caso del elborense. Sí
              se aprecia, en cambio, un marcado interés por la moralidad que, junto con el
              didactismo, guía toda su trayectoria. No obstante, nunca la emprende contra la moda
              culta en un sentido que no sea el retórico.</p>
            <p>En resumen, si Blanco (2012: 53) apuntó que en la polémica «lo que se discute es si
              la dificultad de entender a Góngora es el precio que debe pagarse por su profundidad y
              exquisitez», Gómez de Tejada lo tuvo claro desde el principio: estos nuevos ingenios
              son todo ostentación, pero sus versos están, en realidad, vacíos; igual que su bagaje
              intelectual. Por eso, para decirlo con la raposa, los «cultos» son antífrasis de su
              propio nombre (1636: f. 292v).</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>7. Establecimiento del texto</head>
          <p>Para editar los dos apólogos gongorinos del <hi rend="i">León prodigioso</hi> he colacionado
            cinco testimonios:</p>
          <list>
            <item>Madrid, Francisco Martínez, 1636 (<hi rend="i">princeps</hi>) = M</item>
            <item>Valencia, Francisco Ciprés, 1665 = V</item>
            <item>Madrid, Bernardo de Villadiego, 1670 = M<hi rend="sub">2</hi><note place="bottom"
                >Aparecen tres entradas para esta edición en el Catálogo Colectivo del Patrimonio
                Bibliográfico Español, de las cuales una es copia de la de 1636. Las otras dos son
                idénticas entre sí.</note>.</item>
            <item>Sevilla, Joseph de Hermosilla, 1732 = S. Es copia de M<hi rend="sub"
              >2</hi>.</item>
            <item>Manuscrito 11841 de la Österreichische Nationalbibliothek (Austria).</item>
          </list>
          <p>La Barrera (1968: 174) alude a otra edición madrileña de 1663 y José Simón Díaz (1972:
            727) a una impresa en Alcalá (1675), pero no queda rastro de ellas en ningún catálogo
            actual.</p>
          <p>El cotejo –muy parcial, en tanto que ceñido solo a los capítulos que nos ocupan– de las
            tres ediciones barrocas no ha arrojado ningún error de arquetipo (ni tampoco en M):</p>
          <p>M<hi rend="sub">2</hi> solo añade tres errores muy posiblemente poligenéticos, algunas
            erratas de poca monta y dos casos de adiaforía («admitir», en lugar de «admirar», f.
            289v; y «gallardía de imitación», en lugar de «gallarda imitación») respecto a M<note
              place="bottom">Como mandan los cánones neolachmannianos, para trazar el estema y fijar
              el texto crítico solo he tenido en cuenta los errores significativos (o
              monogenéticos). Sin embargo, ya que las adiáforas son de veras reducidas y en las
              ediciones electrónicas del proyecto <hi rend="i">Pólemos</hi> no se recogen, opto por dar
              cuenta de ellas en este epígrafe y no en un aparato crítico independiente o en las
              notas a pie de página. </note>.</p>
          <p>S, en cambio, es un <hi rend="i">descriptus</hi> de M<hi rend="sub">2</hi>: comparte todos
            sus errores y añade algunos propios (incluida la caída de numerosos tipos).</p>
          <p>Por fin, V presenta un buen puñado de errores significativos y cuatro variantes
            equipolentes: «jugar», en lugar de «lugar» (f. 288r); «abomínanse», en lugar de
            «abominan» (f. 294v); «menos», en lugar de «menor» (f. 295r); y «engañaré», en lugar de
            «negaré» (f. 295v). Luego M<hi rend="sub">2</hi> y V se compusieron a partir de M.</p>
          <p></p>
          <p>Errores de V</p>
          <table>
            <row>
              <cell>Texto crítico</cell>
              <cell>ff. <hi rend="i">princeps</hi></cell>
              <cell>M</cell>
              <cell>V</cell>
              <cell>M<hi rend="sub">2</hi></cell>
              <cell>S</cell>
              <cell>Ms.</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>saben</cell>
              <cell>284v</cell>
              <cell>saben</cell>
              <cell>suben</cell>
              <cell>saben</cell>
              <cell>saben</cell>
              <cell>saben</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>Ay de amor, que caduca y se remoza: / ay de Auricrino, ausente y olvidado</cell>
              <cell>288v</cell>
              <cell>Ay de amor, que caduca y se remoza: / ay de Auricrino, ausente y olvidado</cell>
              <cell>
                <p><space> </space>Ay de Auricrino</p>
                <p>que caduca</p>
                <p>y se remoza</p>
              </cell>
              <cell>Ay de amor, que caduca y se remoza: / ay de Auricrino, ausente y olvidado</cell>
              <cell>Ay de amor, que caduca y se remoza: / ay de Auricrino, ausente y olvidado</cell>
              <cell>Ay de amor, que caduca y se remoza: / ay de Auricrino, ausente y olvidado</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>troglodita</cell>
              <cell>289r</cell>
              <cell>troglodita</cell>
              <cell>
                <p>trogloditas</p>
                <p>(error de rima)</p>
              </cell>
              <cell>troglodita</cell>
              <cell>troglodita</cell>
              <cell>troglodita</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>de los relativos gramáticos y de los lógicos</cell>
              <cell>290v</cell>
              <cell>de los relativos gramáticos, y de los lógicos</cell>
              <cell>
                <p>de los relativos gramáticos de los lógicos</p>
                <p>(error fruto de un <hi rend="i">homoioteleuton</hi>)</p>
              </cell>
              <cell>de los relativos gramáticos, y de los lógicos</cell>
              <cell>de los relativos gramáticos, y de los lógicos</cell>
              <cell>de los relativos gramáticos y de los lógicos</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>arbiter</cell>
              <cell>293v</cell>
              <cell>arbiter</cell>
              <cell>Arbitrer</cell>
              <cell>arbiter</cell>
              <cell>arbiter</cell>
              <cell>Arbiter</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>no es siempre permitida</cell>
              <cell>293v</cell>
              <cell>no es siempre permitida</cell>
              <cell>
                <p>es siempre permitida</p>
              </cell>
              <cell>no es siempre permitida</cell>
              <cell>no es siempre permitida</cell>
              <cell>no es siempre permitida</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>proprio</cell>
              <cell>293v</cell>
              <cell>proprio</cell>
              <cell>propio</cell>
              <cell>proprio</cell>
              <cell>proprio</cell>
              <cell>proprio</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>esto los oradores cultos</cell>
              <cell>293v</cell>
              <cell>esto los oradores cultos</cell>
              <cell>estos los oradores cultos</cell>
              <cell>esto los oradores cultos</cell>
              <cell>esto los oradores cultos</cell>
              <cell>esto los oradores cultos</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>mucho</cell>
              <cell>294v</cell>
              <cell>mucho</cell>
              <cell>muchos</cell>
              <cell>mucho</cell>
              <cell>mucho</cell>
              <cell>mucho</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>madre de las Euménides</cell>
              <cell>294v</cell>
              <cell>Madre de las Euménides</cell>
              <cell>
                <p>Madre a las Euménides</p>
                <p>(error por atracción de la preposición «a»)</p>
              </cell>
              <cell>Madre de las Euménides</cell>
              <cell>Madre de las Euménides</cell>
              <cell>Madre de las Euménides</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>lenguaje para culto</cell>
              <cell>295v</cell>
              <cell>lenguaje, para culto</cell>
              <cell>lenguaje, para cultos</cell>
              <cell>lenguaje, para culto</cell>
              <cell>lenguaje, para culto</cell>
              <cell>lenguaje, para culto</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>vicios entiendo</cell>
              <cell>295v</cell>
              <cell>vicios entiendo</cell>
              <cell>vicios teniendo</cell>
              <cell>vicios entiendo</cell>
              <cell>vicios entiendo</cell>
              <cell>vicios entiendo</cell>
            </row>
          </table>
          <p>Errores de M<hi rend="sub">2</hi></p>
          <table>
            <row>
              <cell>Texto crítico</cell>
              <cell>ff. <hi rend="i">princeps</hi></cell>
              <cell>M</cell>
              <cell>V</cell>
              <cell>M<hi rend="sub">2</hi></cell>
              <cell>S</cell>
              <cell>Ms.</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>prefiero</cell>
              <cell>286v</cell>
              <cell>prefiero</cell>
              <cell>prefiero</cell>
              <cell>prefiere</cell>
              <cell>prefiere</cell>
              <cell>prefiero</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>temeraria</cell>
              <cell>295r</cell>
              <cell>temeraria</cell>
              <cell>temeraria</cell>
              <cell>temerario</cell>
              <cell>temerario</cell>
              <cell>temeraria</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>Prostráronse</cell>
              <cell>295r</cell>
              <cell>Prostáronse</cell>
              <cell>Prostáronse</cell>
              <cell>Postráronse</cell>
              <cell>Postráronse</cell>
              <cell>Prostráronse</cell>
            </row>
          </table>
          <p>El primero («prefiere») es un error poligenético imputable al cajista. Mucho más
            interesante resulta el segundo («temerario»), que se registra en la frase «Árboles
            desacreditaron con resistencia su valor temeraria». M<hi rend="sub">2</hi> convirtió en
            masculino el adjetivo «temeraria», dejándose llevar por el sustantivo que lo precede
            («valor») e ignorando que Gómez de Tejada parodia en este <hi rend="i">locus</hi> la
            violencia de los hipérbatos cultos. Por tanto, «temeraria» es aquí atributo de
            «resistencia».</p>
          <p/>
          <p>Errores de S (selección)</p>
          <table>
            <row>
              <cell>Texto crítico</cell>
              <cell>ff. <hi rend="i">princeps</hi></cell>
              <cell>M</cell>
              <cell>V</cell>
              <cell>M<hi rend="sub">2</hi></cell>
              <cell>S</cell>
              <cell>Ms.</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>Gira</cell>
              <cell>284r</cell>
              <cell>gira</cell>
              <cell>gira</cell>
              <cell>gira</cell>
              <cell>Grya</cell>
              <cell>gira</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>Cómoda</cell>
              <cell>284r</cell>
              <cell>cómoda</cell>
              <cell>cómoda</cell>
              <cell>cómoda</cell>
              <cell>com noda</cell>
              <cell>cómoda</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>Plomo</cell>
              <cell>284v</cell>
              <cell>plomo</cell>
              <cell>plomo</cell>
              <cell>plomo</cell>
              <cell>
                <p>pomo</p>
                <p>(ejemplo de las numerosas caídas de tipos)</p>
              </cell>
              <cell>
                <p>plomo</p>
              </cell>
            </row>
            <row>
              <cell>Superfluas</cell>
              <cell>287r</cell>
              <cell>superfluas</cell>
              <cell>superfluas</cell>
              <cell>superfluas</cell>
              <cell>Suferpluas</cell>
              <cell>superfluas</cell>
            </row>
          </table>
          <p>Errores de Ms</p>
          <table>
            <row>
              <cell>Texto crítico</cell>
              <cell>ff.</cell>
              <cell>M</cell>
              <cell>V</cell>
              <cell>M<hi rend="sub">2</hi></cell>
              <cell>S</cell>
              <cell>Ms.</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>Propúsose</cell>
              <cell>283v</cell>
              <cell>Propúsose</cell>
              <cell>Propúsose</cell>
              <cell>Propúsose</cell>
              <cell>Propúsose</cell>
              <cell>Propuse</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>pavón</cell>
              <cell>285r</cell>
              <cell>pavón</cell>
              <cell>pavón</cell>
              <cell>pavón</cell>
              <cell>pavón</cell>
              <cell>pavo</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>eloquentia</cell>
              <cell>285v</cell>
              <cell>eloquentia</cell>
              <cell>eloquentia</cell>
              <cell>eloquentia</cell>
              <cell>eloquentia</cell>
              <cell>eloquencia</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>¡Ay de celos, infierno del deseo!</cell>
              <cell>288v</cell>
              <cell>¡Ay de celos, infierno del deseo!</cell>
              <cell>¡Ay de celos, infierno del deseo!</cell>
              <cell>¡Ay de celos, infierno del deseo!</cell>
              <cell>¡Ay de celos, infierno del deseo!</cell>
              <cell>¡Ay de infiernos del deseo!</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>presentó unos breves escolios con la precisión de márgenes</cell>
              <cell>289v</cell>
              <cell>presentó unos breves escolios con la precisión de márgenes</cell>
              <cell>presentó unos breves escolios con la precisión de márgenes</cell>
              <cell>presentó unos breves escolios con la precisión de márgenes</cell>
              <cell>presentó unos breves escolios con la precisión de márgenes</cell>
              <cell>presentó unos breves con la precisión de márgenes</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>le juzgo ininteligible</cell>
              <cell>289v</cell>
              <cell>le juzgo ininteligible</cell>
              <cell>le juzgo ininteligible</cell>
              <cell>le juzgo ininteligible</cell>
              <cell>le juzgo ininteligible</cell>
              <cell>le juzgo inteligible</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>
                <p>a que no corresponda</p>
              </cell>
              <cell>291v</cell>
              <cell>
                <p>a que no corresponda</p>
              </cell>
              <cell>
                <p>a que no corresponda</p>
              </cell>
              <cell>
                <p>a que no corresponda</p>
              </cell>
              <cell>
                <p>a que no corresponda</p>
              </cell>
              <cell>a quien no corresponda</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>a estos testimonios</cell>
              <cell>292v</cell>
              <cell>a estos testimonios</cell>
              <cell>a estos testimonios</cell>
              <cell>a estos testimonios</cell>
              <cell>a estos testimonios</cell>
              <cell>a estos términos</cell>
            </row>
            <row>
              <cell>no. ¿Y los poetas cultos?</cell>
              <cell>293v</cell>
              <cell>no. ¿Y los poetas cultos?</cell>
              <cell>no. ¿Y los poetas cultos?</cell>
              <cell>no. ¿Y los poetas cultos?</cell>
              <cell>no. ¿Y los poetas cultos?</cell>
              <cell>
                <p>¿Y no los poetas cultos?</p>
              </cell>
            </row>
          </table>
          <p>Como puede verse, Ms incorpora otro notable elenco de errores propios respecto a M (la
            mayoría poligenéticos, de ahí que no los hayamos consignado) y una sola variante
            adiáfora («estimación» en lugar de «imitación», f. 291v).</p>
          <p>He aquí mi estema, repito que limitado al par de apólogos anticultos:</p>
          <figure>
            <graphic url="http://gongoradigital.github.io/img/1634_leon/stemma.png"/>
          </figure>
          <p>El texto crítico se basa en M, a diferencia del que publicó Periñán (1976), que eligió
            V sin dar explicaciones y decantándose a veces por las lecciones de M<note
              place="bottom">Arizpe y Madroñal (2018), aun sin acudir al método del error
              significativo, editan también a partir de M.</note>. He enmendado <hi rend="i">ope
              ingenii</hi> el nombre «Nembrotdes», común a los cinco testimonios y recurrente en
            otros capítulos del <hi rend="i">León prodigioso</hi>, ya que el <hi rend="i">CORDE</hi> no
            registra ninguna entrada de este alomorfo (¿o hápax?) de «Nembrod». Debió de obedecer a
            una confusión entre las tres variantes por las que se conoce al famoso tirano de
            Babilonia: «Nembrot», «Nembrod» y «Nembrodes».</p>
        </div>
        <div>
          <head>8. Bibliografía</head>
          <div>
            <head>8.1. Obras hipotéticamente citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Argensola</hi>, Bartolomé Leonardo de:</p>
            <bibl>—, y ARGENSOLA, Lupercio Leonardo de, <title>Rimas de Lupercio y del doctor
                Bartolomé Leonardo de Argensola</title>, Zaragoza, En el Hospital Real y General de
              nuestra Señora de Gracia, 1634.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
            <bibl>—, <title>Poética</title>.</bibl>
            <bibl>—, <title>Acerca del alma</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Catulo</hi>, Cayo Valerio:</p>
            <bibl>—, <title>Poemas</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cicerón</hi>, Marco Tulio:</p>
            <bibl>—, <title>Retórica a Herenio</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Donato</hi>, Elio,</p>
            <bibl>—, <title>Arte mayor</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gelio</hi>, Aulio:</p>
            <bibl>—, <title>Noches áticas</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio Flaco</hi>, Quinto:</p>
            <bibl>—, <title>Omnia poemata: cum ratione carminum, &amp; Argumentis ubique insertis,
                Interpretibus Acrone, Porphyrione, Iano Parrhafio, Antonio Mancinello, necnon Iodoco
                Badio Ascensio, viris eruditissimis</title>, Venecia, apud haeredes Petri Ravani et
              Socios, 1549.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jerónimo</hi>, Santo:</p>
            <bibl>—, <title>Cartas</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Juvenal</hi>, Decio Junio:</p>
            <bibl>—, <title>Sátiras</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Marcial</hi>, Marco Valerio:</p>
            <bibl>—, <title>Epigrama</title>s.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ovidio</hi>, Publio Nasón:</p>
            <bibl>—, <title>Las metamorfosis</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Persio Flaco</hi>, Aulo:</p>
            <bibl>—, <title>Sátiras</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Plinio Segundo</hi>, Cayo (El viejo):</p>
            <bibl>—, <title>Historia natural</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Plinio Cecilio Segundo</hi>, Cayo (El joven):</p>
            <bibl>—, <title>Cartas</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>, Marco Fabio:</p>
            <bibl>—, <title>La formación del orador</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Séneca</hi>, Lucio Anneo:</p>
            <bibl>—, <title>Epístolas morales a Lucilio</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Virgilio Marón</hi>, Publio:</p>
            <bibl>—, <title>Geórgicas</title>.</bibl>
            <bibl>—, <title>Bucólicas</title>.</bibl>
            <bibl>—, <title>Eneida</title>.</bibl>
          </div>
          <div>
            <head>8.2 Obras citadas por el editor</head>
            <div>
              <head>8.2.1 Manuscritos</head>
              <bibl>BNE, Mss/8396: <title>Historia de Talavera, antigua Elbora de los Carpentanos
                  [Manuscrito] / Póstuma escribióla en borrador el licenciado...; sacóla en limpio
                  Fray Alonso de Ajofrín, profeso del Monasterio de Santa Catalina, orden de San
                  Jerónimo</title>.</bibl>
              <bibl>Österreichische Nationalbibliothek, 11841 HAN MAG: <title>León prodigioso, apología moral</title></bibl>
            </div>
            <div>
              <head>8.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alvarado y Alvear</hi>, Sebastián de:</p>
              <bibl>—, <title>Heroyda ovidiana</title>, Burdeos, Guillermo Millanges, 1628.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Fernández Navarro</hi>, Mateo:</p>
              <bibl>—, <title>Floresta espiritual</title>, Toledo, Tomás de Guzmán, 1613.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gómez de Tejada y de los Reyes</hi>, Cosme:</p>
              <bibl>—, <title>León prodigioso. Apología moral entretenida y provechosa a las buenas
                  costumbres, trato virtuoso y político</title>, Madrid, por Francisco Martínez,
                1636.</bibl>
              <bibl>—, <title>El filósofo. Ocupaciones de nobles y discretos contra la cortesana
                  ociosidad</title>, Madrid, por Domingo García y Morràs, 1650.</bibl>
              <bibl>—, <title>Noche Buena: autos al nacimiento del Hijo de Dios : con sus loos,
                  villancicos, bayles y sainetes para cantar al propósito</title>, Madrid, por Pablo
                de Val, 1661.</bibl>
              <bibl>—, <title>León prodigioso</title> [<title>…</title>], Valencia, por Francisco
                Ciprés, 1665. </bibl>
              <bibl>—, <title>León prodigioso</title> [<title>…</title>], Madrid, por Bernardo de
                Villa-Diego, 1670.</bibl>
              <bibl>—, <title>León prodigioso</title> [<title>…</title>], Sevilla, por José Antonio
                de Hermosilla, 1732.</bibl>
              <bibl>—, <title>León prodigioso. Entendimiento y Verdad, amantes philosóphicos para exemplo
                de lo que se debe amar, y de lo que se debe aborrecer, así en la vida privada como
                en la pública. Segunda parte</title>, Sevilla, por Joseph Antonio de Hermosilla,
                1732.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ortúnñez de Calahorra</hi>, Diego:</p>
              <bibl>—, <title>Espeio de príncipes y cavalleros en el qual se cuentan los inmortales
                  hechos del Cauallero del Febo, y de su hermano Rosicler hijos del grande Emperador
                  Trebacio. Con las altas cauallerias, y muy estraños amores de la muy hermosa y
                  estremada princessa Claridiana, y de otros altos príncipes y caualleros</title>,
                Zaragoza, Esteban de Nájera, 1555.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Piña</hi>, Juan de:</p>
              <bibl>—, <title>Varias fortunas</title>, Madrid, Juan González, 1627.</bibl>
              <bibl>—, <title>Epítome de la primera parte de las fábulas de la antigüedad, con una
                  glosa en cada una, y la de Endimión y la Luna sin epítome</title>, Madrid,
                Imprenta del reino, 1635.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Salcedo Coronel</hi>, García de:</p>
              <bibl>—, <title>El Polifemo de don Luis de Góngora comentado</title>, Madrid, Juan
                González, 1629.</bibl>
              <bibl>—, <title>Segundo tomo de las obras de don Luis de Góngora comentadas por D.
                  García de Salzedo Coronel, Cavallero de la Orden de Santiago. Primera
                  parte</title>, Madrid, Diego Díaz de la Carrera, 1645. </bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Simeoni</hi>, Gabriele:</p>
              <bibl>—, <title>Symbola heroica M. Claudii Paradini […] et Gabrielis Symeonis</title>,
                Leyden, Ex officina Plantiniana, apud Christophorum Raphelengium, 1600.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Suárez de Figueroa</hi>, Ignacio:</p>
              <bibl>—, <title>Commento de P. Ovidio Nasón a los libros de Tristes, Ponto y Carta a
                  Livia</title>, Madrid, Francisco de Hiepio, 1733.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Valdivieso</hi>, José de:</p>
              <bibl> —, <title>Vida, excelencias y muerte del glorioso patriarca, esposo de Nuestra
                  Señora, San José</title>, Toledo, Diego Rodríguez, 1604.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Valeriano</hi>, Pietro:</p>
              <bibl>—, <title>Hieroglyphica, sive de sacris aegyptiorum, aliarumque gentium literis
                  Comentarij</title>, Coloniae Agrippinae, Apud Ioannem Wilhelmum Friessem,
                1685.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vega</hi>, Lope de:</p>
              <bibl>—, <title>Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la
                  canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro, con … los versos que
                  en la justa poética se escribieron</title>, Madrid, por la viuda de Alonso Martin,
                1622.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vittoria</hi>, Fray Baltasar de:</p>
              <bibl>—, <title>Primera parte del Teatro de los dioses de la gentilidad</title>,
                Barcelona, Juan Pablo Martí, 1722.</bibl>
            </div>
            <div>
              <head>8.2.3 Impresos posteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alarcos García</hi>, Emilio:</p>
              <bibl>—, «El licenciado Cosme Gómez Tejada de los Reyes y el culteranismo», en
                  <title>Homenaje al profesor Emilio Alarcos García</title>, vol. I, Valladolid,
                Universidad de Valladolid, 1965, p. 615-634.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alatorre</hi>, Antonio:</p>
              <bibl>—, «Fama española de un soneto de Sannazaro», <title>Nueva Revista de Filología
                  Hispánica</title>, núm. 36 (2), 1988, p. 955-973. </bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Albert</hi>, Mechtild:</p>
              <bibl>—, «De pícaros a peregrinos. El paradigma del viaje y sus variaciones en
                  <title>La peregrinación sabia</title>», en Mechtild Albert, Victoria Aranda y
                Leonardo Coppola (eds.), <title>La narrativa de Alonso Jerónimo de Salas
                  Barbadillo</title>, Berna, Peter Lang, 2020, p. 225-240.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alonso</hi>, Dámaso:</p>
              <bibl>—, <title>Vida y obra de Medrano</title>, t. II, Madrid, CSIC, 1948.</bibl>
              <bibl>—, <title>La lengua poética de Góngora</title>, Madrid, Andrés Mellado,
                1961.</bibl>
              <bibl>—, «La supuesta imitación por Góngora de la <title>Fábula de Acis y
                  Galatea</title>», en <title>Obras completas</title>, Madrid, Gredos, 1978, p.
                529-269l.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
              <bibl> —, <title>Poética</title>, García Yebra (ed.), Madrid, Gredos, 1974. </bibl>
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      <div>
        <index indexName="resp" n="Gómez de Tejada y de los Reyes, Cosme"/>
        <index indexName="date" n="1634"/>

        <head>Texto de la edición: León prodigioso. Apología<note place="bottom">Sobre las
            acepciones del término <hi rend="i">apología</hi>, remito a la introducción.</note> moral
          entretenida y provechosa a las buenas costumbres, trato virtuoso y político<note
            place="bottom">político: «lo que toca o pertenece a la política» (<hi rend="i">Aut</hi>.).
              <hi rend="i">Política</hi>: «la cortesía y buen modo de comportarse» (<hi rend="i">Aut</hi>.).
            Por metonimia, vale aquí como sinónimo de ‘prudente’, ‘hábil en el trato social’, que es
            una de las valencias con las que se usaba entonces la voz <hi rend="i">policía</hi>:
            «cortesía, buena crianza y urbanidad en el trato y costumbres»
            (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> de Cosme Gómez de Tejada y de los Reyes</head>
        <div>
          <head>Apólogo XLII. De varios espíritus<note place="bottom">espíritu: ‘ingenio’. Así, «del
              que es ingenioso y descubre viveza en sus actos y acciones se dice que tiene o
              descubre espíritu» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Con tal sentido lo empleó Rufo en uno de sus
              apotegmas: «Predicó cierto fraile presentado con poco espíritu y menos gracia y sin
              ninguna erudición» (1972: 144).</note> poéticos en un certamen</head>
          <p>Solo un sujeto<note place="bottom">sujeto: «la materia, asunto o tema de lo que se
              habla o escribe» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> de la justa poética lo será de mi
              censura<note place="bottom">censura: «examen, parecer, juicio o dictamen que se hace o
              se da sobre alguna cosa» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Con mayor frecuencia se usa cuando el
              juicio es negativo. Esta voz menudea por los textos de la polémica, para referirse a
              los textos escritos contra Góngora y sus émulos y a la actitud de los adversarios del
              poeta, como se ve en los siguientes ejemplos: «Pareciole a Faría se descubría mucho la
              venenosa y profundísima llaga de su envidioso corazón en haber prorrumpido tan
              pestíferos hálitos, y por no hacer patente su dolencia, moderó la <hi rend="i">censura</hi>
                y templó artificiosamente el juicio» (<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1662_apologetico">1662_apologetico</ref>); «Esto he dicho por parecerme
              que ninguno de los lugares de la <hi rend="i">censura</hi> hablaba formalmente de la
                poesía» (<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_colmenares-contra-lope#Respuestaalacensuraantecedente">1621_respuesta-colmenares</ref>); «Luego que vi rotulada con nombre de botica su
                <hi rend="i">censura</hi> de vuestra merced, me di por condenado a algún mal olor»
              (Fernández de Córdoba, <hi rend="i">Examen</hi>, 2019: 115).</note>; porque si todos se
            hubieran de referir, con los poemas de tantos versistas –o poetas<note place="bottom">En
              su <hi rend="i">León prodigioso… Segunda parte</hi>, Gómez de Tejada (1673: 277) definió a
              los poetas épicos de su tiempo como «versistas», toda vez que parecían ignorar las
              preceptivas de Aristóteles y Horacio. Véase también, con un horizonte más amplio, la
              postura de Luis Carrillo y Sotomayor, que enfrentaría a «versificadores» y «poetas» en
              su <hi rend="i">Libro de la erudición poética</hi> (1611): «De suerte que, como a la
              grandeza de las cosas a que lleva un grande espíritu, se allegase la manera de decir
              grande y alta, los que contaron sencillamente, hicieron sólo versos, llamados
                <hi rend="i">versificadores</hi>. Pero los que igualaron con toda variedad,
              perfeccionando la imitación en su materia anchísima, fueron <hi rend="i">poetas</hi>»
              (Carrillo y Sotomayor 1987: 51-52).</note>– primero el sol diera cien vueltas enteras
            por sus diarios paralelos al zodíaco<note place="bottom">diarios paralelos al Zodíaco:
              la hipérbole se refiere aquí al doble movimiento aparente del Sol en torno a la
              Tierra, que se traduce, a su vez, en el efecto sobre el observador del doble
              movimiento de la Tierra alrededor del Sol: rotación y traslación. Debido al segundo,
              el Sol parece desplazarse a lo largo del Zodíaco, pero, a resultas del primero, parece
              hacerlo en paralelo con el Zodíaco (y con toda la esfera celeste). Si Gómez de Tejada
              no hubiese incluido la concreción («paralelos»), se entendería que transcurren cien
              años, y no cien días.</note> que yo fin a mi relación. Propúsose, pues, a las musas
            españolas (aunque concurrieron también algunas babilónicas<note place="bottom"
              >Babilonia: «confusión y desorden» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Las <hi rend="i">musas
                babilónicas</hi> son las inextricables, en virtud del juicio de la raposa sobre
              los versos cultistas («lo mismo que cultas»). Véase uno de los artículos de la
              premática que ponía fin al <hi rend="i">Culto graduado</hi> (1625) de Alonso de Castillo
              Solórzano, novelita incluida en sus <hi rend="i">Tardes entretenidas</hi>: «Por cuanto por
              parte del bachiller Alcaraz, natural de la villa de Casarrubios del Monte, diócesis de
              Toledo, nos ha sido suplicado que en este eminente docto y cultísono tribunal le
              diésemos el honorífico y singular grado culto, atento a los muchos desvelos que ha
              tenido en la investigación de sus obscuras frases, entrincadas elegancias y exquisitas
              novedades, de que ha dado muestra en nuestra presencia con actos positivos y memorial
              que ha presentado, hallando en él la bastante suficiencia y méritos que se requieren,
              según la constitución griega y la observada desde la edificación de la torre de
              Babilonia, nos lo tuvimos por bien, y así constituimos en el pretendido honor, con las
              exenciones y prerrogativas siguientes» (<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1625_el-culto-graduado">1625_el-culto-graduado</ref>). Nótese que el mismo
              término, si bien adjetivado («babilones»), figuraba también en la <hi rend="i">Aguja de
                navegar cultos con la receta para hacer «Soledades» en un día</hi> (1631) de
              Quevedo (1993: 190): «Use mucho de <hi rend="i">líquido</hi> y de <hi rend="i">errante</hi>, /
              su poco de <hi rend="i">noturno</hi> y de <hi rend="i">caverna</hi>, / anden listos <hi rend="i">livor,
                adunco</hi> y <hi rend="i">poro</hi>; / que ya toda Castilla, / con sola esta cartilla,
              / se abrasa de poetas <hi rend="i">babilones</hi> / escribiendo sonetos confusiones».</note>, que es lo mismo que cultas) un suspiro de
            Crisaura, dudoso, confuso y lacón<note place="bottom">lacón: sinónimo de «lacónico»,
              esto es, «proveniente de Laconia» (<hi rend="i">Aut</hi>.). También «breve, conciso y
              compendioso. Dícese siempre del estilo, aludiendo al modo que tenían de hablar los
              lacedemonios, los cuales afectaban concisión en su estilo» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Martín
              de Velasco escribió en su <hi rend="i">Arte de sermones para saber hacerlos y
                predicarlos</hi> (1677): «acerca el [estilo] remiso al magnílocuo, ya que ambos
              son sentenciosos: uno por su aticismo y el otro porque “exagera”, “aclama” y
              “pondera”, como los asianistas» (Bonilla Cerezo 2012: 143).</note>, porque el
              pardal<note place="bottom">pardal: «bruto, lo mismo que <hi rend="i">pardo</hi> o
                <hi rend="i">tigre</hi>. […] También los llaman por otro nombre panteras varias, a
              diferencia de las onzas, que (como dijimos) son llamadas de los latinos
                <hi rend="i">panteras, pardos</hi> y <hi rend="i">pardales</hi>» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>
            podía –engañado, entiendo– interpretarle en su favor, animada su esperanza de que algún
            día se hubiese mostrado menos desdeñosa. Mirado a otra luz, parecía suspiro de ausencia,
            como era cierto, guiado inciertamente a su amado Auricrino<note place="bottom">Nótese la
              cercanía fónica de los nombres de «Crisaura» y «Auricrino». Gómez de Tejada evoca aquí
              el tópico de <hi rend="i">Apolo auricrinitus</hi>, según el cual los cabellos del dios del
              sol y de la poesía resplandecen tanto como el propio astro, evocando la melena del
              león. Véase Bonilla Cerezo (2009: 62). Auricrino es un león; de ahí lo oportuno del
              nombre parlante, que alude a su dorada melena.</note>: o temido muerto, o esperado
            perdido. Era punto patético<note place="bottom">punto: «se toma también por parte o
              cuestión de alguna ciencia, como punto filosófico, punto teológico, etc.»
                (<hi rend="i">Aut.</hi>); patético: «que seriamente mueve los afectos y excita el ánimo a
              la alegría, o a la tristeza» (<hi rend="i">Aut</hi>.). La expresión «punto patético» puede
              referirse aquí a una ironía formada sobre la fórmula «punto crítico», es decir, el
              momento álgido de una enfermedad tras la superación del cual el convaleciente se
              recupera. En tal caso, el <hi rend="i">punto patético</hi> sería una síntesis o compendio
              de todos los afectos, reducidos a un solo punto. </note>, capaz de pensamientos de
            celos, amor, desdén, ausencia, descanso, consuelo, esperanza y desprecio.</p>
          <p>Pedíase a este suspiro un soneto: los premios eran grandes, las negociaciones<note
              place="bottom">negociación: «el manejo político de las dependencias o pretensiones,
              para que sucedan del modo que se desean» (<hi rend="i">Aut.</hi>); es decir, que los
              participantes trataban de amañar este certamen. </note> mayores. Los ingenios más
            poéticos se retiraron; y no hicieron mal, por no exponer su justicia en tribunal de
            jueces que no lo entendían<note place="bottom">El talaverano se refiere a un tribunal
              incapaz de juzgar los versos cultos. Remito, en clave burlesca, al del <hi rend="i">Culto
                graduado</hi> de Castillo Solórzano (<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1625_el-culto-graduado">1625_el-culto-graduado</ref>), constituido por los
              maestros Latino, Griego y Garamanta: «–Estos señores regentes no se dejan ver fuera de
              su tribunal porque no hay orden para que por favor nadie negocie, y así el que recibe
              el grado lo ha de merecer su ciencia y habilidad. Con el portero de su académico
              tribunal, que se llama Micer Tenebroso, tengo particular amistad, lo que podré hacer
              por servir a vuesa merced si tiene gusto de recibir el grado, como me dice, es que
              este le anticipe a otros pretendientes y que se le dé con brevedad».</note>, adonde se
            aventuraba la opinión<note place="bottom">opinión: «fama o concepto que se forma de
              alguno» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, que en semejantes ocasiones primero se ha de
            negociar el premio que el espíritu. Los jueces: el gobernador de la ciudad, un
              regidor<note place="bottom">regidor: «se llama también la persona destinada en las
              ciudades, villas o lugares para el gobierno económico» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, un
            caballero y el superior del templo de Júpiter<note place="bottom">superior del templo de
              Júpiter: aunque no queda del todo claro, es probable que Gómez de Tejada se refiera al
                <hi rend="i">flamen Dialis</hi> o alto sacerdote del tempo de Júpiter Óptimo Máximo, el
              más ilustre de la Antigua Roma, situado en la colina Capitolina. Aulo Gelio (cap. XV)
              describe con minucia los grandes privilegios y numerosas prohibiciones de los que
              ostentaban dicho puesto y de sus mujeres, llamadas <hi rend="i">flaminicas</hi>: «En los
              banquetes nadie ocupa nunca un lugar superior al del <hi rend="i">flamen</hi> de Júpiter,
              excepción hecha del rey de los sacrificios. […] Estas son las palabras de Marco
              Varrón, tomadas de su libro II <hi rend="i">Sobre cuestiones divinas</hi> acerca del <hi rend="i">flamen</hi>
              de Júpiter: “Es el único que lleva gorro blanco, y conviene que así sea, ya como señal
              de su superioridad, ya porque a Júpiter se le sacrifican víctimas blancas”» (2009:
              410).</note>.</p>
          <p>– ¿Eran poetas? –preguntó el lebrel.</p>
          <p>– No, por cierto –respondió la raposa.</p>
          <p>– ¿Entendíaseles<note place="bottom">entendíaseles: ‘eran entendidos en’.</note> del
              arte<note place="bottom"> arte: «la facultad que prescribe reglas y preceptos para
              hacer rectamente las cosas» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>?</p>
          <p>– Tampoco.</p>
          <p>– Pues, ¿cómo podían ser jueces de lo que no entendían?</p>
          <p>– Como lo fueron del gobierno y fuero civil, criminal y paterno<note place="bottom"
              >fuero civil, criminal y paterno: aquí con el sentido de sus respectivas
              «jurisdicciones» (<hi rend="i">Aut</hi>.). La raposa señala que los jueces del certamen
              carecen de criterio para valorar a los participantes; de igual manera que no lo tienen     
              –aunque deberían– para gobernar el gobernador en el ámbito urbano, el regidor en el
              civil, el caballero en el criminal (pues atiende a los desamparados y ajusticia a los
              pérfidos) y el sacerdote en el paterno, pues representa a Júpiter, rey de dioses.
            </note> sin ser examinados ni haber sabido gobernarse a sí mismos.</p>
          <p>– Satisfecho quedo –respondió el lebrel–, que, en efecto, así corre<note place="bottom"
              >correr: «suceder, experimentarse, pasar» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> ordinariamente
            en los juicios humanos.</p>
          <p>Y prosiguió la raposa:</p>
          <p>– Bien prueba esta verdad el premio que dieron a un soneto culto, el cual escribió un
              papagayo<note place="bottom">Llamar «papagayos» a los poetas «cultos» fue ocurrencia
              de Lope, quien escribía en 1622 (85): «Hablar puramente castellano es usar aquellas
              locuciones y términos que sufre su dialecto y no con cuatro frasis andar toda su
              poesía al torno, diciendo siempre una misma cosa, con que parecen papagayos de su
              inventor, o que se prestan unos a otros las mismas palabras». Gómez de Tejada toma
              aquí el testigo del Fénix. El poeta culto, asaz pretencioso, ni siquiera es original o
              versátil: como los papagayos, repite incansablemente las mismas palabras, sin
              entenderlas; es decir, el breve arsenal de voces rimbombantes que le ha oído a Góngora
              o a sus émulos. En términos generales, la metáfora ornitológica para la sátira
              literaria se antoja muy del gusto de Lope, para quien, según dejó constancia en
                <hi rend="i">La Filomena</hi>, Torres Rámila era un tordo; los plagiarios, cornejas; él
              mismo, un ruiseñor; y los jóvenes dramaturgos al estilo de Calderón, «pájaros
              nuevos».</note> de términos que oyó a otros poetas:</p><p></p>
            <p>Soneto culto del poeta papagayo al suspiro de Crisaura<note place="bottom">Se trata
                de la primera composición culta de las evocadas por la raposa. Gómez de Tejada, con
                no poca sorna, reprueba aquí los vicios de dicha escuela. Si bien oscuro, este
                soneto no se define por un hermetismo tan extremo como los siguientes (el del tordo
                y el del búho), donde la parodia irá <hi rend="i">in crescendo</hi> hasta rozar el
                galimatías. Destacan en «Bélica honestidad, entre candores» las antítesis bimembres
                y varias estructuras típicas de los imitadores de Góngora –el animal que hace las
                veces de autor se singulariza por la repetición pasiva de voces y cultismos–. A
                saber: construcciones con <hi rend="i">ya</hi> (v. 8), uso exagerado de voces esdrújulas
                  (<hi rend="i">crepúsculos, púrpuras, émulos, régulos, áspides</hi>), metonimias
                  (<hi rend="i">Noruega</hi> por “frío”) y encabalgamientos que se resuelven en el
                quiasmo del último verso. Por lo que atañe a los esdrújulos, Sánchez Robayna (1992:
                156) apuntó, en defensa de Cairasco de Figueroa –el mayor cultivador de este tipo de
                metros–, que los estudiosos, «desde el siglo XIX, ha[n] solido tratar [con desdén]
                el […] esdrújulo, justificando tal actitud (consciente o inconscientemente), entre
                otros motivos, en las derivaciones humorísticas que los finales proparoxítonos
                conocen ya desde el siglo XVII […]. [Sin embargo], tales juicios estéticos negativos
                no se hallan en nuestros tratadistas áureos. Tampoco […] pensaban igual los poetas:
                Góngora, Lope, Cervantes, Barahona de Soto o Juan de Arguijo, entre otros muchos, no
                desdeñaron, en un momento u otro, las posibilidades que ofrecía [su] rara
                musicalidad».</note></p>
          
          <quote>
            <lg><l>Bélica honestidad, entre candores<note place="bottom">candor: «blancura, no entendida
                simplemente como color, sino la que está unida y tiene en sí resplandor, y arroja de
                sí una como luz»; por metáfora, «sinceridad, pureza y candidez del ánimo»
                  (<hi rend="i">Aut</hi>.). Es voz típicamente gongorina: «flores a vuestro estilo dará
                el monte, / candor a vuestros versos las espumas / de Helicona darán, y de su
                fuente» (<hi rend="i">Convoca los poetas de Andalucía a que celebren al marqués de
                  Ayamonte</hi>, «Cisnes de Guadïana, a sus riberas», 1607, vv. 12-14
              [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem170#l170.12">OC170.12-14</ref>]), «Venza no solo en su candor la nieve» (<hi rend="i">Soledad primera</hi>,
              «Era del año la estación florida», 1613, v. 97 [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.97">OC264B.97</ref>]).</note>,</l>
            <l>crepúsculos<note place="bottom">crepúsculo: sustantivo muy habitual en Góngora,
                reprobado con no menos asiduidad por sus zoilos. Juan de Jáuregui (2002: 45-46) se
                cebó con él en su <hi rend="i">Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades</hi>
                (1616): «Pues la voz <hi rend="i">crepúsculo</hi> bastante novedad tendría usándola con
                toda llaneza en su propio significado. Mas V. M., no contento con eso, pasa a una
                ridícula frasis: ‘entre espinas crepúsculos pisando’; y a otra no inferior: ‘de su
                edad segunda / crepúsculos’, etc.». Por su parte, en el <hi rend="i">Examen del
                  «Antídoto»</hi> (1617), el abad de Rute replicaría que «la usó bonísimamente en
                el lugar primero, porque si decimos en puro lenguaje castellano ‘pisar el sol’ y,
                por el consiguiente, ‘pisar la luz y la sombra’, ¿por qué no los
                  <hi rend="i">crepúsculos</hi>, que participan de ambos extremos, luz y sombra, o
                tinieblas, que son privación de luz? Y no menos bien en el segundo, significando que
                estaba ya tan al cabo de su primera edad que entraba en la segunda o, por mejor
                decir, en los confines de una y otra» (2019: 293).</note> de amor-odio
              brillantes,</l>
            <l>enciende Aurora púrpuras<note place="bottom">púrpura: término objeto de pullas antes
                incluso de que lo usara Góngora. Así, Alonso (1961: 88-90) lo subrayó acerca de la
                sátira <hi rend="i">Contra los malos afectados y oscuros en sus poesías</hi>, atribuida a
                Barahona de Soto, y de un soneto contra Herrera, igualmente atribuido, donde se
                lista una nómina de conceptos similar a la de Castillo Solórzano en el romance
                  <hi rend="i">Instrucción para saber</hi>, de los <hi rend="i">Donaires del Parnaso</hi>
                («esplendores», «celajes», «riguroso», «selvaje», «llama», «líquido», «candores»,
                «vagueza», «faz», «purpúrea», «ardores», «crespo», «ebúrneo», «nítido»...).
                Demostraba así que la reacción anticultista no era tan nueva en la España del
                Barroco. A propósito de la voz «púrpura», Orozco (1941: 86) hizo hincapié en que «la
                paleta de Góngora es demasiado hecha y, en consecuencia, limitada, y también […] de
                predominio de las tintas cálidas. […] Destaca las combinaciones de la voz
                  <hi rend="i">purpúrea</hi> en relación con adjetivos de candidez».</note>,
                errantes<note place="bottom"><hi rend="i">errante</hi> se utiliza con el valor actual,
                derivado del latín y, sobre todo, del italiano, y que Góngora impuso en las
                  <hi rend="i">Soledades</hi>: «andar vagando de una parte a otra» (<hi rend="i">DRAE</hi>,
                1780). Jáuregui (2002: 36) también atacó esta palabra, juzgada «tan nueva para
                nosotros que raras veces se halla en poeta nuestro, y nunca en Garcilaso». No
                obstante, figuraba ya en una de las autoridades italianas de Góngora: la dedicatoria
                de Tasso (1993: 13) a la <hi rend="i">Gerusalemme liberata</hi>: «Il Ciel gli diè favore,
                e sotto a i santi / segni ridusse i suoi compagni erranti». Don Luis la repitió
                hasta dos veces en la silva-dedicatoria al duque de Béjar («Pasos de un peregrino
                son errante») que abre las <hi rend="i">Soledades</hi>. Remito asimismo al escolio de
                Manuel Serrano de Paz: «Muy a este propósito define Ulpiano al esclavo Erron L.
                  <hi rend="i">quis sit fugitius 17 § Erronem ff. de Aeditio Edicto: Erronem propiem sic
                  definimus, qui non quidem fugit, sed frequenter sine causa vagatur et temporibus
                  in res nugatorias consumplis, serius domum redit</hi>. Esto es ser
                  <hi rend="i">errante</hi>, y porque así camina este Peregrino, por eso le da este
                  epíteto, imitando en los versos y sentencia [<hi rend="i">sic</hi>] a Homero. […] Así también Apolonio llama
                  <hi rend="i">errantes</hi> a los Argonautas, lib. 1. […] Pero más alta pusieron su
                imaginación estos Poetas, que no sólo entienden por errante al que vaga, sino al que
                vaga cubierto el entendimiento de nubes, esto es, anublado con las pasiones propias,
                que esto llamó Séneca, lib. 2 de Tra., cap. 9, necesidad y amor de errar:
                  <hi rend="i">Inter caetera mortalitatis incommoda et hoc est caligo mentium, nec tantum
                  necessitas errandi sed errorum amor</hi>» (transcripción en curso de Martínez
                  Varela, 5-6). Véase por último Sandoval (2019: 41-80).</note></l>
            <l>cometas<note place="bottom">cometa: aquí con doble sentido: 1) «cierto globo luminoso
                que aparece en el cielo en algunas ocasiones, y siempre, como se ha observado
                modernamente, superior a la luna» (<hi rend="i">Aut</hi>.); y 2) «una figura que imita la
                del cometa, hecha de papel engrudado con sus alambres y un cordel de muchas brazas
                de largo, la cual, cuando hay viento, la arrojan por diversión desde una parte alta,
                y impelida del viento, dándole cuerda, se remonta de manera que parece ave que
                vuela» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Según la primera acepción, los cometas aluden a los ojos
                de Crisaura y, de acuerdo con la segunda, a sus suspiros.</note> fugitivos de
              temores;</l></lg><lg>
            <l>concentuoso<note place="bottom">concentuoso: «armonioso» (<hi rend="i">DRAE</hi>, 1925).
                Derivado de <hi rend="i">concento</hi>: «canto acordado, armonioso y dulce que resulta de
                varias voces concertadas» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Aunque Góngora no usó nunca
                concentuoso, sí muchas veces «concento», a veces en un contexto de quejas amorosas,
                sensuales o sentimentales como en el <hi rend="i">Polifemo</hi> [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.324">OC255.324</ref>].</note>
              centro a ruiseñores</l>
            <l>que fue de quejas émulo<note place="bottom">émulo: «enemigo y contrario de otro, y su
                competidor» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Adjetivo típico de Góngora: <hi rend="i">Al marqués de
                  Ayamonte</hi> («Alta esperanza, gloria de estado»): «De vuestra fama oirá el
                clarín dorado, / émulo ya del sol, cuanto el mar baña» (1607, vv. 5 y 6)
                [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem169#l169.5">OC169.5-6</ref>]; <hi rend="i">Fábula de Polifemo y Galatea</hi> («Estas que me dictó rimas
                sonoras»): «de un ojo ilustra el orbe de su frente, / émulo casi del mayor lucero»
                (1612, vv. 51 y 52) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.51">OC255.51-52</ref>]; y <hi rend="i">Soneto de don Francisco de Padilla,
                  castellano de Milán</hi> («A este que admiramos en luciente»): «a este que
                admiramos en luciente, / émulo del diamante, limpio acero» (1620, vv. 1 y 2)
                [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem332#l332.1">OC332.1-2</ref>]. Quevedo se había reído ya de la frecuencia de este cultismo en su
                  <hi rend="i">Aguja de navegar cultos</hi> (1993: 190): «cede, impide, cisuras,
                petulante, / palestra, libra, meta, argento, alterna, / si bien disuelve
                  <hi rend="i">émulo</hi> canoro» (vv. 1-11).</note>, sonantes</l>
            <l>dos régulos<note place="bottom">régulo: «se toma también por lo mismo que basilisco»
                  (<hi rend="i">Aut</hi>.), una «especie de serpiente de la cual hace mención Plinio,
                lib. 8, cap. 21. Críase en los desiertos de África, tiene en la cabeza cierta
                crestilla con tres puntas en forma de diadema y algunas blancas sembradas por el
                cuerpo; no es mayor que un palmo, con su silbo ahuyenta las demás serpientes y con
                su vista y resuello mata. Llamose régulo, o por la diadema que tiene en la cabeza o
                por la excelencia de su veneno e imperio que tiene en todas las demás serpientes
                ponzoñosas» (<hi rend="i">Cov</hi>.).</note>, mil áspides volantes,</l>
            <l>gira en corales ya, vibra en fulgores<note place="bottom">fulgor: además de aparecer
                como estilema culto en la <hi rend="i">Aguja de navegar cultos</hi> (1631) de Quevedo
                («fulgores arrogar joven presiente» [1993: 190]), fue recogido por Castillo
                Solórzano en un romance de los <hi rend="i">Donaires del Parnaso</hi> (1624), titulado
                  <hi rend="i">Instrucción para aprender el docto lenguaje culto</hi>, el cual comienza:
                «Esplendor, parangonar, / <hi rend="i">fulgor</hi>, pululante, inculto, / errante,
                seminador, / júbilo, incentivo, impulso»); y también en otro burlesco («De un poeta
                no premiado en un certamen») incluido en la segunda parte del mismo libro (1625):
                «Afligido con la pena, / fatigado del calor, / accidentes que apretaran / al poeta
                más varón, / salió de ver un certamen / un cliéntulo del Sol, / cuyo pululante
                ingenio / va ostentando su <hi rend="i">fulgor</hi>» (Bonilla Cerezo 2006: 91-92). Este
                segundo cuarteto del soneto de Gómez de Tejada también se antoja deudor del final
                del quevediano <hi rend="i">Retrato de Lisi que traía en una sortija</hi> (1999: 653): «y
                razonan tal vez fuego tirano / relámpagos de risa carmesíes, / auroras, galas y
                presunción del cielo» (vv. 12-14).</note>.</l></lg><lg>
            <l>Ceda el vital acero al ya viviente</l>
            <l>diamante, bien que incierto en su venganza</l>
                  <l>rayo, León que condenado absuelva,</l></lg><lg>
            <l>frío temor de la Noruega ardiente<note place="bottom">Gómez de Tejada se inspiró en
                un par de versos de la <hi rend="i">Soledad primera</hi>: «tórrida la Noruega con dos
                soles, / y blanca la Etïopia con dos manos» (1613, vv. 784-785)
                [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.784">OC264B.784-785</ref>].</note></l>
            <l>si hielo etíope no, toque, y resuelva<note place="bottom">resolver: «disolver o
                dividir un todo en sus partes, desatando o deshaciendo la unión»
                (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note></l>
            <l>la vida en fuego, en viento la esperanza<note place="bottom">El soneto comienza
                describiendo a la dama como esquiva («bélica honestidad»), inocente («entre
                candores») y tímida, ya que –como explicará la raposa–, debido a su amor (por
                Auricrino) y a su odio (hacia el pardal), Aurora «enciende crepúsculos púrpuras» en
                su rostro (o sea, ‘se ruboriza’) y hasta «cometas errantes» (que remiten a ‘los
                ojos-astros-soles que esta dueña movía esquivos’, pero también a sus ‘suspiros’). El
                siguiente cuarteto retrata la boca que emite el suspiro (el «concentuoso centro») de
                Crisaura, que, como digo, ama a Auricrino y detesta al pardal; una boca capaz de
                dulces quejas, como las de los ruiseñores, y de envenenar con los «áspides» y
                «régulos» que vibran en sus labios («corales») y brillantes dientes («fulgores»).
                Los tercetos impelen a tres acciones: 1) a que el «acero vital» (es decir, el
                suspiro, ‘ardimiento’ o ‘arma’ de la dama), «incierto en su venganza» (es decir, por
                más que carezca de un blanco claro), haga caer su rayo (‘su hechizo de amor’) sobre
                el tigre pardal, que persevera en su conquista (aquí reificado como «viviente
                diamante» –teniendo en cuenta que el diamante simboliza la paciencia inexpugnable en
                la tradición emblemática («Inexpugnabilis», cap. XXXVI, en Pierio Valeriano
                [Giovanni Pietro Dalle Fosse], 685, lib. XLI, p. 519); 2) a que Auricrino (el
                león) le perdone la vida al condenado tigre; y 3) a que el suspiro toque el frío
                temor de la Noruega ardiente, o incluso el hielo etíope (nótese la hipálage), y
                disuelva la vida en el fuego de la pasión y la esperanza en el viento (el «aura» de
                Crisaura).</note>.</l></lg></quote>
          <p>– No le entiendo –dijo el lebrel.</p>
          <p>– Si se dejara entender tan fácil y
            brevemente –respondió la raposa–, no fuera culto. Esa es la valentía<note>valentía: «singular habilidad, propiedad y acierto
              en la semejanza de las cosas que se pintan» (<hi rend="i">Aut</hi>.); y también «fantasía
              o viveza de la imaginación, con que se discurre gallardamente y con novedad en
              alguna materia» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> de la cultura: que
            el poema se componga de sentencias escondidas, metáforas sin orden ni número, términos
            extraordinarios, opuestos y contrapuestos<note place="bottom">Según el abad de Rute,
              «sin duda, las palabras peregrinas, las metáforas y los perífrasis son ajenos del
              propio y así los epiloga antes que diferencia. Añadiéramos los epítetos o apósitos […]
              como cosa que da ser y gravedad a la elocución según doctrina del mismo Aristóteles
              […]. Y así dejaremos también de hacer miembro aparte la similitud o comparación y la
              alegoría […]. Porque la similitud y la alegoría se reducen a la traslación conforme a
              la opinión de Aristóteles» (Fernández de Córdoba, 2019: 224-225).</note>, y que de
            todo se pueda dar razón y cueste largo estudio dejarse entender, que lo demás es poesía
              lega<note place="bottom"> lego: «falto de instrucción o ciencia»
              (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, vulgar y baladí.</p>
          <p>– Y hablando de veras –dijo el lebrel–, ¿este soneto tiene sentido y cómoda
            construcción?</p>
          <p>– Todo lo tiene –respondió la raposa– y más fundamental que algunos poemas cultos de
            los más presumidos.</p>
          <p>– Perifraseadle<note place="bottom">perifraseadle: ‘explicadlo’. Castelar (1855: 50)
              aclaró que «con solo ligeros conocimientos de cierta lengua sabia se alcanza
              fácilmente que <hi rend="i">perifrasear un escrito</hi> es deducir las conclusiones
              legítimamente en él encerradas, y aclararlo y comentarlo sin apartarse jamás de su
              principal idea».</note>, por vuestra vida –dijo Pardalín.</p>
          <p>Y luego la raposa:</p>
          <p>– ¿Para qué me tengo que cansar? Que cuando acierte cómo su culto autor me le explicó,
            puede ser que no le entendáis; que ellos mismos, como no se entienden, ni saben, ni
            pueden explicarse. Hace el poeta a Crisaura aurora entre purpúreos arreboles de
            vergüenza, cuyo suspiro lacón es áspid contra el que desprecia, ignorante el otro de su
            ventura, influyendo una causa contrarios efectos. Y esto mismo dio a entender, o no
            quiso que se entendiera, el segundo soneto, que escribió un tordo<note place="bottom"
              >tordo culto: probable referencia al zorzal. Como explicó Rosal (1611), la voz deriva
              de «<hi rend="i">tordo</hi> (<hi rend="i">turdo</hi>), que así llama el latino a una especie de
              él, que decimos zorzal». Por su parte, Covarrubias (1611) precisó que «en este nombre
              nos equivocamos, porque el <hi rend="i">turdus</hi> latino significa <hi rend="i">zorzal</hi>
              […]. El tordo común tiene alguna semejanza al zorzal, pero menor de cuerpo y no de tan
              buen sabor». Nótese la antítesis entre esta ave, pequeña y oscura, dechado aquí de los
              cultos, y los cisnes que asomarán después.</note> culto:</p><p></p>
            <p>Del tordo culto al suspiro de Crisaura<note place="bottom">Vuelve a destacar el abuso
                del hipérbaton, que deviene en una sintaxis desconcertante. Gómez de Tejada también
                recurre a personajes mitológicos («Dafne», «Venus», «el planeta quinto», o sea,
                Marte) y presenta el suspiro de la amada como un mal que enamora (vv.
              12-14).</note></p>
          <quote>
            <lg><l>Volcán, si de corales en su cinto<note place="bottom">corales en su cinto: Gómez de
                Tejada se refiere aquí a la lava, de color coral, que rodea a la superficie externa
                del volcán (que cabría identificar con la propia Crisaura y, en buena lógica, con
                sus labios); unos corales enfriados por el viento («céfiros»); de ahí que luego la
                llame «Etna helado».</note></l>
            <l>céfiros<note place="bottom">céfiro: «viento que sopla del poniente, llamado también
                favonio» (<hi rend="i">Aut</hi>.). El talaverano lo repetirá, esta vez con el segundo de
                sus alomorfos (<hi rend="i">Favonio</hi>), en el soneto del culto poeta búho: «Dime,
                Favonio, de cordial coturno» (v. 12).</note>, Etna helado, dulces bebe,</l>
            <l>cuyas centellas balas son de nieve,</l>
            <l>parto de Escitia<note place="bottom">parto de Escitia: el imperio escita ocupaba
                parte de la Rusia actual, Polonia, Ucrania y el mar Báltico. Esta metáfora hace
                referencia al frío que reina en dichos lugares, del cual el suspiro es
                  <hi rend="i">parto</hi>, dada su gélida naturaleza. También Góngora había aludido a
                esta región en el romance «Hanme dicho, hermanas» (1587, vv. 77-80): «De las demás
                lenguas / es gran humanista, / señor de la griega / como de la escita» [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem65#l65.77">OC65.77-80</ref>].
                Se recurría entonces a la voz <hi rend="i">escita</hi> bien para exagerar la dureza,
                barbarie y fiereza, bien para hablar de arcos y arqueros, puesto que los griegos
                consideraban propio de los bárbaros, y en concreto de los escitas, el disparar
                flechas desde lejos, en vez de luchar cuerpo a cuerpo con espadas, escudos y corazas
                (una diferencia que se volvió a dar entre el armamento de los españoles y el de los
                nativos de las Indias). Este <hi rend="i">parto de Escitia</hi> aludiría, pues, al
                suspiro de Crisaura, que salió disparado de su boca, como una flecha.</note>,
              emulación de Cinto<note place="bottom">emulación de Cinto: con el <hi rend="i">parto</hi>
                del primer miembro de este verso, el tordo alude al monte Cinto, donde Latona dio
                luz a Apolo (Conti 2006: 261). El suspiro, aquí una ráfaga de viento helado, emula
                por su elocuencia a Cinto, lugar de nacimiento de Apolo. </note>;</l></lg>
            <lg><l>lustrado<note place="bottom">lustrar: «dar lustre, esplendor y brillantez a alguna
              cosa» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> su confuso laberinto,</l>
            <l>viento expira, parando esferas, leve,</l>
            <l>de fácil Dafne al cuarto el son que mueve<note place="bottom">Según la concepción
                tolemaica, el cuarto planeta es el Sol, que en este verso funciona como metáfora de
                Apolo (véase Hurtado Torres 1984: 35-36). El sintagma «son que mueve» no es
                gratuito, pues el mismo Ptolomeo escribió el <hi rend="i">Harmónicos</hi>, tratado de
                teoría musical en el que explicaba cómo una serie de leyes matemáticas subyacen en
                los sistemas de notación y en los cuerpos celestes.</note>,</l>
            <l>de dura Venus al planeta quinto<note place="bottom">Según la concepción tolemaica,
              Marte es el «planeta quinto». </note>:</l></lg>
            <lg><l>objeto bate de contraria herida</l>
            <l>sus alas, por templar el frío veneno</l>
                <l>del activo, ligeras, elemento;</l></lg>
            <lg><l>flechas de plomo<note place="bottom">Alusión a Cupido y, por metonimia, al carcaj en
                el que portaba sus saetas: «Cupido tenía dos tipos de flechas, una con la punta de
                oro que hacía amar, otra con la de plomo para aborrecer» (Juan de Piña 1635: fol.
                18v). Dicha imagen –de origen clásico– llegó a las letras españolas a través de la
                lírica trovadoresca y petrarquista. Véase Manero Sorolla (1990: 112-116). </note>,
              rayo de la vida,</l>
            <l>si dorada penetra ausente seno,</l>
            <l>que Amor es fuego y simboliza viento<note place="bottom">“Si el volcán Etna (la boca
                de Crisaura), aquí helado, si bien ceñido de labios de coral, bebe céfiros dulces)
                –el Etna, cuyas centellas son un parto de Escitia [por gélidas] que rodean su
                perímetro («cinto»)–, su confuso laberinto iluminado [del volcán], expira el viento
                leve (o sea, el suspiro). Nótese la identidad entre Etna y Crisaura, que, como en el
                soneto previo, enciende y hiela. A su vez, el suspiro detiene el son que mueve al
                cuarto planeta (Apolo), enamorado de la fácil Dafne; y también al planeta quinto
                [Marte], que bebía los vientos por la dura Venus. En definitiva, una flecha (el rayo
                visivo, una de las saetas de Cupido) bate, herida por el contrario rayo (los
                espíritus de amor de Crisaura), sus ligeras alas para templar el veneno frío que
                salió de los labios de la propia Crisaura (el suspiro), metaforizada aquí como un
                Etna glacial. Por ello, los espíritus de amor de la dama son ahora flechas de plomo,
                ya que desdeñaba al galán, pero, paradójicamente, también le infundían calor, vida,
                al penetrar en el ausente seno (cuando no la tiene delante, esos rayos, ‘grabados’
                en su alma, le permiten evocarla), pues amor es fuego y simboliza
              viento”.</note>.</l></lg></quote>          
          <p>– Deja esos disparates, hermana raposa –dijo el lebrel–, y refiérenos algún soneto
            inteligible; que esos dos son tormento del discurso y herejía contra el sagrado monte de
            las musas<note place="bottom">monte de las musas: montaña en la región de Tespias, en
              Beocia, próxima al monte Parnaso. En la mitología griega está consagrada a Apolo y las
              musas (las helicónides), lo mismo que la fuente Hipocrena. Según fray Baltasar de
              Vitoria (1722: 177), «llamáronse [las musas] Heliconiadas, del monte Helicón, donde
              ellas asistían muchas veces. Así las llamó Hesiodo».</note>.</p>
          <p>– Pues oíd a un pavo, que haciendo soberbia rueda con hinchada afectación<note
              place="bottom">rueda: «la extensión que hace en semicírculo el pavo con las plumas de
              la cola» (<hi rend="i">Aut</hi>.). En la <hi rend="i">Soledad del gran duque de Medina
                Sidonia</hi> de Pedro Espinosa (2011: 189), se registra una imagen idéntica: «Por
              más que andes en círculo la rueda» (v. 9), que remite a la cola del pavón. Recordemos
              asimismo que en la <hi rend="i">Soledad primera</hi> de Góngora la Lisonja doraba sus
              plantas a la Soberbia para que, igualadas con las del pavón, abriera sus hermosas
              plumas en abanico: «No a la Soberbia está aquí la Mentira / dorándole los pies en
              cuanto gira / la esfera de sus plumas» (vv. 129-131) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.129">OC264B.129-131</ref>].</note>,
            escribió así:</p><p></p>
          <p>Soneto del soberbio pavón<note place="bottom">pavón: «pavo real» (<hi rend="i">Aut</hi>.).
              Poggi (2009: 127-150) estudió el motivo en Góngora. Reproduzco a continuación un texto
              sacado de una versión griega del <hi rend="i">Physiologus</hi>, atribuida a San Epifanio
              (s. IV d. C.), que disfrutaría de crédito en España gracias a la traducción de Gonzalo
              Ponce de León: «<hi rend="i">Pavo inter omnes volucres avis est iactabunda; corporis enim
                forma atque alis pulcher est. Cum ambulabat se ipse laetitia exsultans intuetur,
                dimittit vero caput, en in terram oculos conjicit; cum autem suos conspicit pedes
                graviter vociferantur, scilicet quod illi caeteris corporis sui partibus non
                respondeant</hi>» (Poggi 2009: 130).</note> al suspiro<note place="bottom">El
              soneto subraya, la hipérbole sin medida y el estilo afectado, relacionándolos con la
              vanidad vociferante del pavón, con una aliteración de vibrantes (<hi rend="i">furor horrendo,
                horrible estruendo</hi>) que acentúa la <hi rend="i">asprezza</hi>. Repárese en los
              grupos consonánticos de nasales (<hi rend="i">tremendo, pompa, furibundo</hi>), desplegados
              en metáforas hiperbólicas que magnifican el asunto. En este caso, un suspiro se
              compara con los mayores desastres de la naturaleza. El concepto de
                <hi rend="i">asprezza</hi>, tal como lo teorizó Tasso, sugiere que «el estrépito de las
              consonantes geminadas, o bien el concurso de una serie vocálica de notable amplitud,
              le venía como anillo a [las obras épicas], dejando para la expresión de la
              sentimentalidad las notas más placenteras (<hi rend="i">tenerezza</hi>)» (Vega Ramos 1992:
                  248).</note></p>
          <quote>
            <lg><l>Tiemble la tierra y, con furor horrendo,</l>
            <l>Euro<note place="bottom">Euro: «viento del Sudoeste. Es hijo de Eos (la Aurora) y de
                Astreo, o acaso de Tifón» (Grimal 1989: 188). Véase Ovidio
                  (<hi rend="i">Metamorfosis</hi>, VI, 675-721). Bóreas tenía serpientes en lugar de
                pies, aunque en el arte se le atribuyen pies humanos calzados con coturnos. Como los
                otros dioses-viento (Céfiro, Euro y Noto), era hijo de Astreo y de Eos.</note> los montes de su gruta rompa<note
                place="bottom">Nótese la <hi rend="i">asprezza</hi> del endecasílabo, deudora de la
                octava XII de la <hi rend="i">Fábula de Polifemo y Galatea</hi>: «rompe Tritón su caracol
                torcido, / sordo huye el bajel a vela y remo: / tal la música es, de Polifemo»
                (1612, vv. 94-96) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.94">OC255.94-96</ref>]; y acaso también de la LXI: «celoso trueno antiguas
                hayas mueve: / tal, antes que la opaca nube rompa, / previene, rayo, fulminante
                trompa», (vv. 486-488) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.486">OC255.486-488</ref>]. En ambos pasajes el rumor de los versos se
                asocia con la representación de un cataclismo inducido por el cíclope, ora con su
                música, ora con su celosa violencia.</note>,</l>
            <l>al arma toque<note place="bottom">tocar el arma: «tocar a prevenirse los soldados y
                acudir a algún puesto» (<hi rend="i">Aut.</hi>). También Góngora utilizó este modismo en
                el romance «Servía en Orán al rey» (1587, v. 8): «Servía en Orán al rey / un
                español, con dos lanzas, / y, con el alma y la vida, / a una gallarda africana, /
                tan noble como hermosa, / tan amante como amada, / con quien estaba una noche, /
                cuando tocaron al arma» [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem64#l64.1">OC64.1-8</ref>].</note> y de su vana trompa</l>
              <l>huyan las nubes el horrible estruendo.</l></lg><lg>
            <l>Tema volver el mundo al caos tremendo</l>
            <l>y el móvil<note place="bottom">móvil: «se llama primer <hi rend="i">móvil</hi> a aquella
                esfera superior que se considera estar más alta que el firmamento: la cual,
                moviéndose continuamente de Levante a Poniente, hace un torno entero en veinte y
                cuatro horas, llevándose consigo todas las demás esferas inferiores. Por cuya razón
                se llama este movimiento diurno, y también rapto» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Es decir: el
                viento, movido por el suspiro, incluso podría causar que los días dejen de ser días
                y las noches dejen de ser noches.</note>, que sus cursos interrumpa,</l>
            <l>victoria clame y, con gloriosa pompa,</l>
                <l>celebre el triunfo bravo y estupendo;</l></lg><lg>
            <l>que si a toda la tierra es formidable<note place="bottom">formidable: «horroroso,
                pavoroso y que infunde asombro y miedo» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note></l>
            <l>el viento bravo, vano y furibundo,</l>
            <l>un suspiro de amor con aura<note place="bottom">aura: «aire leve, suave, lo más
                blando y sutil del viento, que sin ímpetu se deja sentir»
                (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> afable</l></lg>
            <lg><l>suspende las esferas<note place="bottom">esferas: ‘esferas celestes’. Se decía que
                Orfeo era capaz de suspender (o sea, de mantener atentos a su música) a animales y
                plantas. Por desaforada hipérbole, el suspiro suspende aquí a las esferas celestes.
                Lo mismo sugirió Góngora sobre el canto alterno de Lícidas y Micón (el «piscatorio
                cántico») en la <hi rend="i">Soledad</hi> II, que hace que las constelaciones de
                Andrómeda y del Carro se asomen «al balcón de zafiro» e incluso pretendan bajar «a
                las vedadas ondas» para oír mejor, puesto que el sonido de las esferas celestes les
                impide escuchar a su sabor: «Invidia convocaba, si no celo, / al balcón de safiro /
                las claras, aunque etíopes, estrellas / y las Osas dos bellas, / sediento siempre
                tiro / del carro, perezoso honor del cielo; / mas ¡ay!, que del rüido / de la
                sonante esfera / a la una luciente y otra fiera / el piscatorio cántico impedido, /
                con las prendas bajaran de Cefeo / a las vedadas ondas, / si Tetis no (desde sus
                grutas hondas) / enfrenara el deseo» (1614, vv. 612-625) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.612">OC264C.612-625</ref>].</note> y
              el profundo<note place="bottom">profundo: como sustantivo, acostumbra a usarse en
                referencia al infierno y también al mar. Transcribo algunos ejemplos espigados del
                  <hi rend="i">CORDE</hi>: «Antes que Eva soy criada, / y antes que el hombre en el mundo
                / ni ángel malo en el <hi rend="i">profundo</hi> / hubiese, soy preservada» (Francisco
                Bramón, <hi rend="i">Los sirgueros de la virgen</hi>, 1620); «Con mis lenguas muy
                estrañas / las publico por todo el mundo / y las bajo hasta el
                <hi rend="i">profundo</hi>, / subo al cielo con mis mañas» (Pedro Hernández de
                Villaumbrales, <hi rend="i">La peregrinación de la vida del hombre</hi>, 1552); y, ahora
                con la segunda valencia (‘mar’), las palabras del propio Gómez de Tejada (1636:
                299r) en otro pasaje del <hi rend="i">León prodigioso</hi>: «Despeñose luego la más alta
                cumbre de un monte de aguas y, acometiendo furiosamente a la popa de la Almiranta,
                haciéndola dar tres vueltas alrededor, un rápido remolino la sepultó en el
                <hi rend="i">profundo</hi>».</note>,</l>
            <l>sujeta al bruto más inexpugnable,</l>
            <l>y con él la razón, que es más que el mundo<note place="bottom">El soneto del pavón
                solicita: 1) que la tierra tiemble y que Euro rompa los montes de su gruta con su
                horrible furor, tocando el dios-viento al arma; 2) que las nubes huyan del terrible
                estruendo de su trompa arrogante; 3) que, en consecuencia, el mundo tema volver al
                tremendo caos; 4) que el primer móvil interrumpa su curso; y 5) que, a resultas, el
                Euro proclame su victoria y celebre su triunfo bárbaro y asombroso con gloriosa
                pompa. Todo ello porque, si para toda la tierra es formidable el viento impetuoso,
                arrogante y furioso, un suspiro de amor –con apenas una brisa afable– es capaz de
                suspender las esferas y las profundidades abisales, y también de sujetar la fiera
                más rebelde y hasta la misma razón del hombre, la cual –como microcosmos dentro de
                ese microcosmos que ya es el propio hombre– representa más que el mundo
                material.</note>.</l></lg>
          </quote>
          <p>– Bien, <quote><hi rend="i">sed nunc non erat his locus</hi></quote><note place="bottom">‘No
              es su momento’. Locución tomada de <title>Quinto Horacio Flaco</title>, <hi rend="i">Epístola
                a los Pisones</hi> (<hi rend="i">Arte poética</hi>) (<hi rend="i">Epistula ad Pisones</hi>
                [<hi rend="i">Ars poetica</hi>]), 19, 65-8): «Sed nunc non erat his locus. Et fortasse
              cupressum scis simulare: quid hoc, si fractis enatat exspes nauibus aere dato qui
              pingitur?»; o sea: «Pero ese no era el momento de tales asuntos. También sabes, tal
              vez, representar un ciprés; ¿pero eso a qué viene, si quien te paga lo hace para que
              lo pintes a él nadando desesperado después de un naufragio?» (2008: 384-385). Se
              utiliza para expresar que no basta que un concepto o un tropo sean bellos, sino que es
              menester que además resulten adecuados. </note>, mas ¿a qué propósito tanto estruendo
            y ruido? –dijo el lebrel–. Un suspiro blando, suave y tierno no es capaz de pensamientos
            y términos horrísonos y rimbombantes<note place="bottom">Gómez de Tejada abunda en la
              antítesis entre <hi rend="i">asprezza</hi> y <hi rend="i">tenerezza</hi>, ya glosada en la nota
              <ref xml:id="ref10" target="ref9">95</ref>. Aquí entendemos por qué
              eligió un suspiro de la dama como tema del soneto, pues nada hay más leve, discreto,
              íntimo y contrario a la artillería pesada de la retórica “culta”.</note>. ¿Qué guarda
            ese hinchadísimo poeta para una deshecha borrasca, en que todos los vientos, rompiendo
            fugitivos los peñascos de sus profundas cavernas, trastornen el mar, aneguen<note
              place="bottom">anegar: «destruir y aniquilar» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> armadas,
            allanen edificios, desnuden de pinos y cedros los montes y sus riscos más encumbrados
            humille con los valles?<note place="bottom">Tanganelli (2019: 83) ha apuntado que «la
              descripción de la tormenta marina representa uno de los <hi rend="i">morceaux de
                bravoure</hi> más comunes en la literatura áurea», si bien es un motivo épico que
              de la <hi rend="i">Odisea</hi> pasó a Virgilio, y de ahí a toda la literatura clásica. Las
              borrascas son también muy frecuentes en las novelas etiópicas y sus derivados
              renacentistas (novelas y dramas). Véase Fernández Rodríguez (2019: 164-169).</note>
            ¿Qué guarda para el horrible fracaso de dos poderosos ejércitos confusos entre el humo,
            voces, muertes, espantos, truenos y balas de mosquetes, bombardas y culebrinas<note
              place="bottom">mosquete: «escopeta mayor y más ancha que las ordinarias, y de mucho
              mayor peso, que llega regularmente a veinte y cinco libras, por ser doble en su
              fábrica: y para dispararla se usa de una horquilla en que se afirma»
              (<hi rend="i">Aut</hi>.); bombarda: «máquina militar de metal o tiro de artillería antiguo
              de mucho calibre» (<hi rend="i">Aut</hi>.); culebrina: «pieza de artillería del primer
              género, que, aunque tira menor bala que otras, la arroja a gran distancia: y por eso
              se hace para efecto de ofender de lejos al enemigo» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Algo parecido
              había observado Jáuregui (2002: 10) en su <hi rend="i">Antídoto</hi> acerca de la
              dedicatoria al duque de Béjar («Pasos de un peregrino son errante») de las
                <hi rend="i">Soledades</hi>, y en concreto sobre el encumbramiento a la hora de describir
              la cinegética: «Trata de la caza, y prosigue con tan espantoso rumor que parece
              representar una tremenda batalla. El ejercicio de la caza o montería es muy loable en
              príncipes y reyes; mas, en efecto, es sólo un entretenimiento y gusto, no acción
              heroica en lo militar ni en lo civil».</note>?</p>
          <quote>
            <lg><l><hi rend="i">Pictoribus atque Poetis</hi></l>
              <l><hi rend="i">quidliber audendi semper fuit aequa potestas,</hi></l>
              <l><hi rend="i">scimus, et hanc veniam petimusque damusque vicissim</hi></l>
              <l><hi rend="i">sed non ut placidis coeant immitia: non ut</hi></l>
              <l><hi rend="i">serpentes avibus geminentur, tigribus agni</hi><note place="bottom"><title>Quinto Horacio
                  Flaco</title>, <hi rend="i">Epístola a los Pisones</hi> (<hi rend="i">Arte poética</hi>)
                  (<hi rend="i">Epistula ad Pisones</hi> [<hi rend="i">Ars poetica</hi>]), vv. 9-13: «‘Los
                pintores y los poetas siempre han tenido el mismo derecho de atreverse a cuanto les
                plazca’. Lo sabemos, y esa licencia pedimos y por nuestra parte la damos; pero no
                para que se junten con los animales mansos las bestias feroces, no para que se
                emparejen con las aves las sierpes o con los corderos los tigres» (2008:
                384).</note>.</l></lg>
            <lg><l>Igual poder pintores y poetas</l>
            <l>tienen para fingir, yo lo confieso,</l>
            <l>y esta licencia damos y admitimos;</l>
            <l>mas no para juntar cosas crüeles</l>
            <l>a las mansas: las aves con serpientes,</l>
            <l>los corderos con tigres impacientes<note place="bottom">Esta traducción de la
                  <hi rend="i">Epístola a los Pisones</hi> (<hi rend="i">Arte poética</hi>) de
                  <title>Horacio</title> no coincide con ninguna de las publicadas antes de 1636
                (Vicente Espinel, 1591; Luis Zapata, 1592; Juan Villén de Biedma, 1599; y Juan de
                Robles, <hi rend="i">c</hi>. 1631). Véase Pérez Pastor (2010). Así las cosas, o bien
                Gómez de Tejada redactó su versión, o bien la extrajo de alguna edición perdida, ya
                que «hay otros testimonios de traducciones globales, que recogió Menéndez y Pelayo.
                El poeta y dramaturgo sevillano Juan de la Cueva asegura en el <hi rend="i">Viaje de
                  Sannio</hi> (1585) que volvió en lengua vulgar todas las obras del ‘divino’
                Horacio, labor no localizada. Tamayo de Vargas, en su <hi rend="i">Junta de libros</hi>,
                atribuye a Sebastián de Covarrubias (autor del <hi rend="i">Tesoro de la Lengua
                  Castellana</hi> y de [los] <hi rend="i">Emblemas morales</hi>) un ‘Horacio traducido
                en español’, manuscrito en 4º, pero solo hay referencias posteriores a la de las
                sátiras en verso suelto. Hay otra alusión a una traducción completa en verso suelto
                de un jesuita» (Marías 2016: 7). </note>.</l></lg>
          </quote>
          <p>– El poema que pide verso humilde y abatido, como la serpiente, ¿por qué ha de usurpar
            plumas de águilas y neblíes<note place="bottom">neblí: «especie de halcón, que se cría
              en el norte. Tiene el plumaje pardo en sus principios, y en mudando, azul obscuro, de
              color de la flor de endrina: el pecho blanco, y lleno de pintas azuladas. El cuerpo es
              menor que el del sacre; pero de mayor velocidad y aliento. Los pies los tiene del
              color que el gerifalte, y cuando se ceban mucho en las palomas se les ponen más
              amarillos» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Esta ave cetrera también aparece en la <hi rend="i">Soledad
                segunda</hi>: «el neblí que, relámpago su pluma, / rayo su
                garra, su ignorado nido / o lo esconde el Olimpo, o densa es nube» (vv. 745-747)
                [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.745">OC264C.745-747</ref>]. Ly (1995) distinguió tres jerarquías dentro de la “república
                alada” de las <hi rend="i">Soledades</hi>, precisando que los neblíes se
                sitúan en el escalón más alto, el de las rapaces: «Au plus bas de l’échelle, poules,
                dindons et perdrix sont destinés à la table du banquet de noces paysannes» (148);
                «le deuxième groupe dont se compose la république des oiseaux ne réunit que des
                êtres libres, musiciens, chanteurs, artistes ou ‘écrivains’ qui tracent lettres et
                caractères sur le papier diaphane du ciel» (151); y, por último, «au sommet de la
                hiérarchie, après les oiseaux utiles et domestiques, après la république (ou la
                monarchie) des oiseaux poètes et musiciens, s’élève l’aristrocatie ‘guerrière’, la
                noblesse ornithologique» (154). </note>? La mansedumbre de un suspiro, ¿qué
            unión tendrá con braveza de vocablos?<note place="bottom">Esta pregunta alude al decoro,
              núcleo de la controversia sobre la oscuridad gongorina: «Por sí solos, los mecanismos
              poéticos no adolecen de ningún defecto por cuanto contribuyen al adorno de la
              elocución, tal y como recomienda la retórica clásica. La transgresión gongorina se
              produce, sin embargo, cuando dicha sublimidad de los materiales verbales se aplica a
              unos conceptos o asuntos poéticos de inane relevancia» (Roses Lozano 1994:
            89).</note></p>
          <p>– La que un cordero y un tigre.</p>
          <p>– ¿Tenemos más sonetos de algún poeta caprichudo<note place="bottom">caprichudo:
              «testarudo, porfiado y tenaz con obstinación en sus dictámenes y juicios, sin ceder a
              consejo ni dictamen ajeno» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>?</p>
          <p>– El de un rocín histórico<note place="bottom">rocín histórico: repárese en la dilogía
              de este caballo memorable, pero también «desbaratado y de mala traza»
                (<hi rend="i">Cov</hi>.); y en la doble valencia del término, que apunta también «al
              hombre necio y pesado» (<hi rend="i">Aut</hi>.), en contraste con el perfil de los
              historiadores, tal y como se desprende de la réplica del lebrel.</note> –respondió la
            raposa.</p>
          <p>– ¿Qué también hay históricos rocines? –replicó el lebrel–. ¿Cómo puede ser, siendo la
            historia arte de tanta dificultad, erudición, ingenio y prudencia?</p>
          <p>– Para ser la historia como conviene –dijo la raposa– pide autores semejantes, y sin
            esas partes, ni <name type="authority">Salustio</name><note place="bottom">Según
              Mercedes Blanco, «[Jáuregui, en su <hi rend="i">Discurso poético</hi> (1624)], no pudiendo
              citar a Góngora y a los gongorinos, […] los sustituye por Salustio y sus secuaces, con
              sus llamativas particularidades estilísticas. Sin embargo, la operación es algo
              incómoda, puesto que Jáuregui admira a Salustio y no desea equiparar a Góngora con un
              clásico tan respetable» (<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico">1624_discurso-poético</ref>).</note>, ni <name type="authority"
              >Tácito</name>, ni <name type="authority">Tito Livio</name>, ni <name type="authority"
              >Curcio</name>, ni otros famosos lo fueran. Pero una noticia memorativa un rocín la
            puede tener. Y coacervar<note place="bottom">coacervar: «amontonar o juntar unas cosas
              con otras, haciendo cúmulo: como los montones de trigo. Tiene más uso en lo
              translaticio por juntar cosas no materiales» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> en sus
            escritos cosas pasadas sin elegancia de estilo lo puede hacer un jumento, y esto con
            aplauso de sus semejantes y gusto de todos. Por eso dijo <name type="authority">Plinio
              el Menor</name>: <quote><hi rend="i">Orationi et carmini est parva gratia, nisi eloquentia
                est summa, historia quoquomodo scripta delectat</hi></quote><note place="bottom"
                ><title>Plinio el Joven</title>, <hi rend="i">Cartas</hi> (<hi rend="i">Epistulae</hi>), lib.
              V, carta VIII: «en efecto, a la oratoria y a la poesía se le concede poco favor, a no
              ser que se eleven a las más altas cotas de la elocuencia, pero la historia, de
              cualquier modo que se escriba, causa placer al lector» (2005: 265). Cayo Plinio
              Segundo (El Joven) es uno de los clásicos más citados en textos de la polémica, como
              puede verificarse gracias al motor de búsqueda de la página Góngora del OBVIL.</note>
            (mira las inmensas obligaciones de un orador y un poeta, y la dicha de un
            historiador).</p>
          <p>– Eso nace –replicó el lebrel– del natural deseo que todos tenemos de saber novedades,
            curiosidades y vidas ajenas. La historia de un bárbaro agrada con los sucesos y cansa
            con el estilo; la de un docto, de todas maneras deleita, y lo que más es: persuade y
            escarmienta con la materia y el modo; acción tan dificultosa que un varón tan insigne
            como <name type="authority">Plinio</name> parece que la rehúye, respondiendo en la misma
            epístola –del lugar que citaste– a Capitón<note place="bottom">Gneo Octavio Titinio
              Capitón fue «caballero romano, <hi rend="i">ab epistulis</hi> de Domiciano, Nerva y
              Trajano, y más tarde <hi rend="i">praefectus uigilum</hi>» (González Fernández 2005: 90).
              Célebre por una obra sobre la muerte de varones ilustres, Paratore (1951: 234-238)
              –acudiendo a la autoridad de Plinio el Joven– le atribuyó la autoría del
                <hi rend="i">Dialogus de oratoribus</hi>, negándosela así a Tácito. Plinio lo menciona en
              términos laudatorios dentro de la carta I, 17: «En verdad que Capitón tiene por
              costumbre honrar a hombres ilustres; es asombroso con qué afecto, con qué reverencia
              conserva en su propia casa, el único lugar donde puede, las imágenes de Bruto, Casio y
              Catón. […] Puedes estar seguro de que su amor por las virtudes ajenas no significa en
              modo alguno que no las tenga en abundancia» (2005: 91). Fue también escritor y
              protector de escritores: «Este día es el único en que no se puede contar conmigo:
              Titinio Capitón va a dar una lectura pública, y escucharle no sé si es más un deber o
              un placer. Es un varón excelente y sin duda ha de ser incluido entre las luminarias
              más brillantes de nuestro tiempo. Cultiva los estudios, aprecia a los estudiosos, los
              favorece y promociona, y muchos de los que escriben, sea lo que sea, encuentran en él
              un puerto, un refugio, una protección; es, en fin, un ejemplo para todos, y, por
              último, un reformador y restaurador de las letras mismas, ahora en decadencia» (VIII,
              12; 2005: 400).</note>, que le aconsejaba la escribiese, diciendo: <quote>yo lo
              hiciera <hi rend="i">non quia commode facturum esse confido; id enim temere credas,
                nisi expertus</hi></quote><note place="bottom"><title>Plinio el Joven</title>,
                <hi rend="i">Cartas</hi> (<hi rend="i">Epistulae</hi>), lib. V, carta VIII: «No porque piense
              que lo haría de un modo adecuado (pues sería presuntuoso creerlo sin haberlo probado)»
              (2005: 264-265).</note>; y, a la verdad, pocos <name type="authority">Salustios</name>
            y <name type="authority">Quintos Curcios</name> vemos hoy.</p>
          <p>– Si es digno de tan rígida censura este soneto, él mismo sea juez y lo diga:</p><p></p>
          <p>Soneto del rocín histórico al suspiro<note place="bottom">El rocín presenta una serie
              de muertes trágicas de la mitología, causadas de forma directa o indirecta por el
              amor. En este soneto se censura la alusión a tantos personajes paganos, algunos poco
              conocidos, o a referencias seudohistóricas, haciendo gala de una falsa erudición. Del
              mismo modo, se especula aquí –como expresará Pardalín– sobre la sumisión del contenido
              a la rima. </note></p>
          <quote>
            <lg><l>Un fuego y otro a Porcia<note place="bottom">Porcia: mujer de Bruto, uno de los
                asesinos de Julio César. Mostró su fidelidad al marido al no delatar su crimen y
                aguantó la tortura para guardar su secreto. Después de la fuga y muerte de Bruto, se
                negó a casarse de nuevo. Por fin, acabaría por suicidarse, comiendo ascuas
                ardientes, tras saber que su marido había muerto en la batalla de Filipos (s. I. a.
                C.). Véase también el divertido soneto culto de Antonio Enríquez Gómez (1991:
                243-245) en la academia del capítulo X de sus <hi rend="i">Transmigraciones</hi> (1644):
              «Calzábase Amariles los coturnos».</note>
              abrasa el pecho,</l>
            <l>un áspid<note place="bottom">De nuevo el áspid, esta vez en referencia al suicidio de
                Cleopatra. Aunque los datos no resultan concluyentes, se dice que se quitó la vida
                introduciendo una serpiente venenosa en su lecho y murió emponzoñada. Se trata de un
                motivo que afloraría en otras novelas barrocas. Así, en las <hi rend="i">Varias fortunas de
                  la duquesa Leonor de Esforcia</hi>, de Juan de Piña (<hi rend="i">Varias
                  fortunas</hi>, 1627), se lee: «[el jeroglífico] era la bellísima Cleopatra
                triunfante de Marco Antonio, injuria del senado, invencible por el mayor Imperio. El
                reverso, con los áspides al pecho, a no despojos [<hi rend="i">sic</hi>] en el carro del
                triunfo del heroico César» (Piña, 1627: f. 61r.).</note> a Cleopatra el noble
              brazo,</l>
            <l>halla consuelo Ifis en un lazo<note place="bottom">Cuenta Ovidio en sus
                  <hi rend="i">Metamorfosis</hi> (1990: 593-598) que Ifis se ahorcó en la puerta de su
                amada Anaxárete, quien permanecía impasible a sus atenciones. Esta fue convertida en
                piedra por Afrodita para que su exterior reflejara su frialdad y dureza. Recuérdese
                el pasaje de la <hi rend="i">Canción V</hi> de Garcilaso sobre este mismo episodio:
                «Hágate temerosa / el caso de Anajárete, y cobarde, / que de ser desdeñosa / se
                arrepintió muy tarde, / y así su alma con su mármol arde. / […]» (vv. 66-100;
                Garcilaso de la Vega 2010: 104-106).</note>,</l>
            <l>Hero y Leandro, muerte en un estrecho<note place="bottom">«Leandro era un joven de
                Abidos, amante de una sacerdotisa de Afrodita llamada Hero, que residía en Sestos,
                ciudad situada en la orilla opuesta del Helesponto, frente a Abidos. Cada noche, el
                joven atravesaba el estrecho a nado, guiado por una lámpara que Hero encendía en lo
                alto de la torre de su casa. Pero una noche de tempestad, la lámpara se apagó, y
                Leandro, en la oscuridad, no pudo alcanzar la costa. Al día siguiente, el mar arrojó
                su cadáver al pie de la torre de Hero, la cual se precipitó al vacío, pues no quiso
                sobrevivir a su amante» (Grimal 1989: 310-311). Góngora poetizó su historia por dos
                veces en los romances «Arrojose el mancebito» (1589) y «Aunque entiendo poco griego»
                (1610). </note>.</l></lg><lg>
            <l>Narciso muere en lágrimas deshecho<note place="bottom">Narciso «fue hijo de Liriope,
                ninfa, y del río Cefiso. Inquiriendo lo que sería, lo llevaron a Tiresias, dijo que
                sería hermoso y tendría larga vida si se conociese. Siendo ya mancebo y de gran
                hermosura, fue amado de muchas dueñas y ninfas, si más de Eco. A todas despreciaba.
                Andaba un día a caza y muy caloroso fue a buscar una fuente, llegando a beber se
                enamoró de una figura que era la suya. […] Después de muchas palabras de congoja de
                no poderla haber a sus manos, murió. Las ninfas le buscaron, no hallaron su cuerpo,
                vieron una flor que dicen lirio» (Juan de Piña, <hi rend="i">Epítome</hi>, fol. 50r). La
                de Narciso y Eco fue una de las fábulas más reelaboradas por los líricos medievales,
                renacentistas y barrocos desde Alfonso X, pasando por el soneto XLV de Petrarca («Il
                mio adversario, in cui veder solete»), el <hi rend="i">Epitafio a Narciso</hi> atribuido
                a Diego Hurtado de Mendoza y las dos fábulas de Tamayo de Salazar y Miguel de
                Barrios. Véase Lapesa (1988).</note>,</l>
            <l>Atis abrevia de su vida el plazo<note place="bottom">Alusión al mito de Atis y
                Agdistis. Esta última era una deidad andrógina a la que los dioses, temerosos,
                despojaron de sus genitales masculinos. En el lugar donde estos cayeron creció un
                almendro y, un día, Nana, hija del dios-río Sangarión, mientras recogía el fruto del
                árbol, decidió poner unos cuantos en su vientre y quedó encinta de Atis. Una vez
                creció su heredero, Agdistis, disfrazada de la diosa Cibeles, se prendó de él. Atis
                falleció el día de su boda con la hija del rey de Pesino, tras arrancarse los
                genitales, enloquecido al ver Agdistis, quien estaba enamorada de él y a la vez era
                su «madre/padre» (Grimal 1989: 16-17). Ponce Cárdenas supone que este mito subyace a
                los vv. 201-202 de la <hi rend="i">Fábula de Polifemo y Galatea</hi> («Estas que me dictó
                rimas sonoras», 1612): «El celestial humor recién cuajado / que la almendra guardó
                entre verde y seca / en blanca mimbre se lo puso al lado» [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.201">OC255.201-202</ref>]. A su
                juicio, el poeta alude al origen mítico del almendro: «el celestial humor designa el
                semen vertido por Júpiter, dios soberano del Olimpo y los cielos; la almendra es el
                fruto prodigioso que nació de ese <hi rend="i">connubio</hi> fortuito entre lo terrestre
                y lo celestial» (Ponce Cárdenas 2010: 261).</note>,</l>
            <l>Neso perece en el traidor abrazo<note place="bottom">Neso era un centauro que intentó
                violar a Deyanira, esposa de Heracles. Cuando este lo vio, le disparó una flecha y
                lo mató (Grimal 1989: 378). Véase Schwartz (2017: 445).</note></l>
            <l>y llora Mirra el profanado lecho<note place="bottom">Mirra: «según Ovidio
                  [<hi rend="i">Metamorfosis</hi>, X, vv. 298-502], fue hija de Cinara, de quien dice San
                Fulgencio que amó a su padre, con quien tuvo ayuntamiento carnal, habiéndole primero
                dado a beber; y como Cinara supiese que estaba preñada, y la maldad de él, como
                comenzó a seguirla con la espada desenvainada, con intención de matarla, Mirra, muy
                temerosa, huyendo y llorando, pidiendo favor a los dioses, fue convertida en el
                árbol de su mismo nombre; de este árbol, siendo herido de Cinara, nació Adonis»
                (Pérez de Moya 1995: 388). Modernizo la grafía.</note>.</l></lg><lg>
            <l>Muere Ésaco en el mar<note place="bottom">Ésaco se suicidó, arrojándose al mar, tras
                haber fallecido su amada Hesperia por la mordedura de una serpiente (Grimal 1989:
                172). Así lo describía Ovidio (<hi rend="i">Las metamorfosis</hi>, XI, vv. 1480-1587), en
                la traducción de Sánchez de Viana (1990: 465), la muerte de Ésaco: «Amor la causa
                fue de su flaqueza, / y el mismo las canillas le ha alargado; / es su cerviz muy
                larga, y la cabeza / de quien el cuerpo está bien apartado. / La mar es su contento,
                y su riqueza, / en ella gusta verse chapuzado, / de donde el nombre dicen que le
                vino / porque se hunde en ella de contino».</note>, Evadne en fuego<note
                place="bottom">Evadne, hija de Ifis I, rey de Argos, también se quitaría la vida: se
                precipitó a una pira de fuego tras la muerte de su esposo, Capaneo, uno de los
                héroes del ciclo de los siete contra Tebas, quien fue alcanzado por un rayo durante
                el asedio de Tebas (Grimal 1989: 189). Erífile, Dido y Cineo desfilan por los
                parajes infernales del libro VI de la <hi rend="i">Eneida</hi> (vv. 445-451), acompañados
                por otras víctimas de amores monstruosos o trágicos como Fedra, Procris, Evadne y
                Pasífae. </note>,</l>
            <l>Lucrecia a hierro<note place="bottom">Se refiere a la casta Lucrecia, esposa de
                Colatino, que fue víctima de una violación perpetrada por Sexto Tarquinio, hijo de
                Lucio Tarquinio (534-510 a. C.), y luego se suicidó. Tito Livio (lib. I, caps.
                58-60) lo contaba así: «Encendido por la pasión, cuando le pareció que en torno suyo
                todo estaba tranquilo y que todos estaban dormidos, desenvainó la espada, se acercó
                a Lucrecia, que estaba dormida, y apretando el pecho con la mano izquierda le dice:
                “Silencio, Lucrecia; soy Sexto Tarquinio; estoy empuñando la espada; si das una voz,
                te mato”. Al despertar despavorida la mujer, se vio sin ayuda alguna y al borde de
                una muerte inminente; entretanto, Tarquinio le confesaba su amor, suplicaba,
                alternaba amenazas y súplicas, trataba por todos los medios de doblegar la voluntad
                de la mujer. Al verla firme y sin ceder ni siquiera ante el miedo a morir, acentúa
                su miedo con la amenaza del deshonor: le dice que junto a su cadáver colocará el de
                un esclavo degollado y desnudo, para que se diga que ha sido muerta en degradante
                adulterio. El miedo a tal deshonor doblegó aquella virtud inquebrantable y
                Tarquinio, como si hubiese sido la pasión la que había salido triunfante, se marchó
                orgulloso de haber arrebatado el honor a una mujer» (1997: 262).</note>, Eco
                consumida<note place="bottom">Eco se enamoró de Narciso, que la repudiaría. Tras su
                rechazo, la ninfa se recluyó en una cueva, donde permanecería hasta la muerte, no
                dejando a su estela nada más que su voz (Conti 2003: 701).</note>,</l>
            <l>Pocris en celos<note place="bottom">Pocris, casada con Céfalo, sospechaba una
                infidelidad de su marido, que se ausentaba durante largos períodos para ir a cazar.
                De ahí que un día decidiera seguirlo para descubrir si la engañaba con otra: «Él,
                oyendo moverse un matorral, disparó en su dirección una jabalina dotada de la virtud
                de no errar jamás el blanco. Procris cayó mortalmente herida» (Grimal 1989: 93). Por
                su indudable interés, véase el resumen de los diversos episodios de la fábula tal
                como los abocetó Jacinto Arnal de Bolea (2016: 52-53) en <hi rend="i">El forastero</hi>
                (1636). Remito asimismo a Ponce Cárdenas (2002).</note>, en pobreza Iro<note
                place="bottom">Iro era un mendigo encargado de llevar los mensajes de los
                pretendientes de Penélope. Cuando Odiseo regresó de su viaje, disfrazado de pobre,
                este, envidioso de que usurpara su puesto, lo desafió y fue vencido por el héroe. En
                la Antigüedad clásica, existía la expresión «ser más pobre que Iro», y el nombre se
                convirtió en antonomasia de la miseria. Homero describe así su aparición: «en esto
                llegó un mendigo del pueblo que solía pedir por la ciudad de Ítaca y sobresalía por
                su vientre insaciable, por comer y beber sin parar. No tenía vigor ni fortaleza,
                pero su cuerpo era grande al mirarlo. Su nombre era Arneo, pero todos los jóvenes le
                llamaban Iro, porque solía ir de correveidile cuando alguien se lo mandaba» (Homero
                1991: 306).</note>.</l></lg><lg>
            <l>Muertes atroces, todas de amor ciego.</l>
            <l>Y yo más infeliz pierdo la vida</l>
            <l>con armas de un desdén, con un suspiro.</l></lg>
          </quote>
          <p>– Este pobre Iro no conozco –dijo Pardalín.</p>
          <p>– Fue –replicó la raposa– uno de los innumerables pretendientes de Penélope, al cual
            llama <name type="authority">Ovidio</name> «<hi rend="i">Irus egens</hi>»<note place="bottom"
              >Literalmente, «Iro necesitado». La cita pertenece a las <hi rend="i">Heroidas</hi>: «Irus
              egens pecorisque Melanthius actor edendi / ultimus accedunt in tia damna pudor»
              («Hasta Iro el mendigo y Melantio, el que llevaba a apacentar el ganado, se suman a tu
              perdición, el colmo ya de tu deshonra» (Ovidio 1994: 32). Las <hi rend="i">Heroidas</hi>,
              más populares en el primer Renacimiento que en el siglo XVII, seguían siendo uno de
              los textos clásicos más conocidos. Véase Guillén (2000: 118). En 1628 Sebastián de
              Alvarado y Alvear publicó <hi rend="i">Heroida ovidiana</hi>, un comentario de una de las
              heroidas, con paráfrasis, ilustraciones y reflexiones morales, en el que cita a menudo
              a Góngora, siempre con elogios. La publicación de este ejemplar da cuenta de la fama
              de la que gozaba el texto ovidiano en una fecha cercana a la impresión del <hi rend="i">León
                prodigioso</hi> (1636).</note>. Moría el cuitado<note place="bottom">cuitado:
              «afligido, congojado con pena o trabajo» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> si de amor,
            también de hambre, que aun los muy ricos, gastando sus haciendas en locas pretensiones,
            suelen morir con esas armas de pobreza.</p>
          <p>– Notable gente son los poetas –dijo Pardalín–. Para acomodar su pensamiento buscarán
            un consonante<note place="bottom">consonante: ‘rima consonante’.</note> debajo de la
            tierra y sacarán a luz historias de las grutas del olvido; como en el soneto presente,
            que para cerrar con <hi rend="i">suspiro</hi> buscó a <hi rend="i">Iro</hi> con no poco trabajo, a
            lo que se deja entender. Bien reconoció este inexcusable defecto uno de los <name
              type="authority">hermanos Lupercios</name><note place="bottom">La cita que viene a
              continuación evoca los tercetos «Yo quiero, mi Fernando, obedecerte», dedicados a
              Fernando Soria Galvarro por Lupercio Leonardo de Argensola, <hi rend="i">Rimas
                de Lupercio y del doctor Bartolomé Leonardo de Argensola</hi> (1634: 339-340, vv.
              76-78). Es típico del “clasicismo” de los Argensola y de su rechazo de cuanto puede
              agradar a los ignorantes esta andanada contra la rima, algo que gusta a los individuos
              más obtusos y toscos, como ya observara Boscán.</note>:</p>
          <quote>
            <lg><l>El que atiende a la parte más perfecta,</l>
            <l>ponderando y midiendo consonantes,</l>
              <l>a ridículo estorbo se sujeta.</l></lg><lg>
            <l>El ser forzoso que apercibas antes</l>
            <l>lo menos sustancial, verbos y nombres</l>
                <l>que suenen con acentos semejantes:</l></lg><lg>
            <l>y que si ha de acabar la estancia en <hi rend="i">hombres</hi>,</l>
            <l>como si te mostrase alguna fiera,</l>
            <l>diga el verso anterior: «que no te asombres».</l></lg>
          </quote>
          <p>– A eso respondo dos cosas –dijo la raposa–: la primera, que Iro viene tan a propósito
            como si se naciera en el soneto. Y si lo extraordinario ocasiona malicia, es tan
            conocida en las historias humanas como si no fuera pobre. Y lo que os podía admirar es
            que la pobreza le haya hecho insigne, que a otros esconde y desaparece como a cuerpos
              fantásticos<note place="bottom">Iro –señala la raposa– no es ni mucho menos tan
              desconocido como pretende Pardalín, puesto que su historia hizo fortuna, cosa rara en
              las historias humanas. Contrariamente a las sagradas, en las que los pobres desempeñan
              un papel prominente (Jesucristo, que nació pobre en la familia de un carpintero, como
              máximo ejemplo), en las letras humanas (literatura clásica pagana o literatura profana
              en general), los pobres son ignorados: la miseria hace de ellos fantasmas, cuerpos
              fantásticos. Por eso que es singular y excepcional el mendigo Iro, sujeto memorable de
              un poeta tan ilustre como Homero.</note>. Lo segundo, que poetas son diablos: hállanse
            las cosas de repente, agitados de tal espíritu, aunque sean muy ocultas, agudas y
            dificultosas, y, pasado el furor<note place="bottom">La raposa se hace eco de la
              doctrina del furor poético, según la cual el poeta no sabe muy bien lo que se hace
              sino que escribe como poseído por algo que lo desborda: en raptos singulares y
              esporádicos, según place a las musas o a la divinidad. Es doctrina de origen platónico
              que no hay que confundir con la del ingenio o talento natural, ya que el ingenio no
              supone, precisamente, alienación ni posesión alguna por un rapto sobrenatural, sino
              dotes naturales innatas y constantes. Esta doctrina del furor es a menudo objeto de
              alusiones escépticas o burlonas como la del íncipit del <hi rend="i">Examen del
                «Antídoto»</hi> del abad de Rute: «Luego que vi rotulada con nombre de botica su
              censura de vuestra merced, me di por condenado a algún mal olor; y a fe que, a ser
              poeta, había verificado bien el no sé qué de divino, o adivino, que por ahí les
              atribuyen» (Fernández de Córdoba 2019: 115). También en nuestro texto se adivinan esos
              matices de burla. No en vano, el mismo Platón, en el diálogo <hi rend="i">Ion</hi>
              especialmente, muestra respecto a la doctrina del furor poético una actitud ambigua y
              algo irónica. Aquí la raposa explica con socarronería que la rima en “Iro” le fue
              dictada al poeta por la inspiración.</note>, no hallarán el pensamiento ofrecido
              acaso<note place="bottom">acaso: «casualmente y sin esperarle ni imaginarle»
                (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, aunque por él den un ojo de la cara<note place="bottom"
              >un ojo de la cara: modismo que señala el pago de un alto precio. Data de la conquista
              del Imperio incaico por parte de Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando Luque.
              Fue el segundo de ellos quien pronunció esta frase tras perder un ojo a consecuencia
              de una flecha disparada por un indio en septiembre de 1524, durante una expedición
              para auxiliar a Pizarro, que había sido derrotado en el Fortín del Cacique.</note>. No
            niego que los consonantes obligan a decir lo que no quisieran, pero muchas veces mejor
            de lo que pensaban, porque van abriendo camino y dando luz; en lo cual, como en otros
            muchos primores<note place="bottom">primor: «destreza, habilidad, esmero o excelencia en
              hacer o decir alguna cosa» (<hi rend="i">Aut.</hi>). </note>, los versos latinos y griegos
            hacen a los demás grandes ventajas, por no atarse a tales consonancias<note
              place="bottom">La crítica de la rima y de sus ripios, que Gómez de Tejada introduce en
              su texto de manera algo forzada, fue un tema candente en el Renacimiento: por ser una
              herramienta poética sin antecedentes clásicos, y por el privilegio que otorga al
              sonido, la rima es a menudo denunciada como algo vulgar, poco intelectual y nada
              refinado. Se mira con especial desdén el recurso a los diccionarios de rimas, que
              probarían la escasa vena del poeta, su falta de ingenio y de cultura, amén de obligar
              a sacrificar la solidez de la sentencia y a llenar los versos de necedades. En su
                <hi rend="i">Carta a la duquesa de Soma</hi> (1543), Boscán reaccionaba así contra la
                <hi rend="i">Reprehensión</hi> de Cristóbal de Castillejo, líder de los castellanistas:
              «¿Quién ha de responder a hombres que no se mueven sino al son de los consonantes? ¿Y
              quién se ha de poner en pláticas con gente que no sabe qué cosa es verso, sino aquel
              que calçado y vestido con el consonante os entra del golpe por el un oído y os sale
              por el otro?» (Boscán 1999: 116). Por otro lado, llama la atención la ambigüedad de la
              raposa, a veces tornadiza, ya que tan pronto defiende la rima como la impugna, lo cual
              hay que extender a su opinión general sobre los vicios de los cultos.</note>.</p>
          <p>– Con todo eso –dijo el lebrel–, prefiero este último soneto a los otros: no mejor,
            sino menos culpable, porque todas aquellas muertes de los nombrados son causadas de
            amor, o que las acompañó; y bien acomodadas a la que fulminaba el amoroso aliento,
            aunque superfluas y molestas tantas historias para un triste suspiro. ¿Concurrieron a
            esas justas algunos cisnes? ¿Probaron sus fuerzas, su arte y sus ingenios?</p>
          <p>– Pocos –respondió la raposa– y encubiertos, por ser impropiedad y abuso deslucido y
            vergonzoso que cuervos sean jueces de cisnes<note place="bottom">De manera algo pedante,
              Gómez de Tejada considera «cisne» un sinónimo de “buen poeta” o de “verdadero poeta”.
              Como Lope de Vega, que, según indiqué, se comparó con un ruiseñor, nuestro autor
              frecuenta las imágenes ornitológicas en materia metaliteraria.</note>; mas vistiéndose
            ajena divisa<note place="bottom">Se alude a los juegos caballerescos de la Baja Edad
              Media, en los cuales los justadores, cuya cabeza estaba cubierta por un yelmo, se
              daban a conocer mediante un juego de símbolos, armas, colores o “divisas” (objetos
              simbólicos asociados ocasionalmente a letras o motes), una práctica de la que derivó
              más tarde, en la era del humanismo y de la imprenta, el género literario de la
              “empresa”. Era fácil, pues, a los caballeros (y el tema asoma con frecuencia en la
              ficción) disimular su identidad con divisas falsas o desconocidas. Véase López Poza
              (2010).</note>, disfrazando –quiero decir– el nombre, cantaron tres. El primero de
            esta manera:</p><p></p>
          <p>Soneto del poeta cisne al suspiro<note place="bottom">Los poemas de los cisnes se
              presentan como claros, en contraste con los de los cultos. Con todo, en realidad son
              algo enrevesados y no exentos de oscuridad. Todos tienen en común, además, su
              naturaleza epigramática: un concepto más o menos difícil que no se aclara hasta el
              final. En este caso, el pecho de Crisaura se metaforiza como un carcaj que recibe las
              flechas de Cupido, a las que la dama responde con suspiros capaces de doblegar al
              mismísimo Amor. Ya a finales del siglo XV, con Lorenzo de Medici, el soneto empezó a
              concebirse como epigrama agudo (o <hi rend="i">arguto</hi>) y esta tendencia no hará más
              que acentuarse y confirmarse hasta tocar su ápice en el Barroco. Véase al respecto el
              volumen coordinado por Matas Caballero, Micó y Ponce Cárdenas (2013).</note></p>
          <quote>
            <lg><l>Amor, contra valientes corazones,</l>
            <l>armados de rigor<note place="bottom">rigor: aquí relativo a la dama que no se apiada
                de sus amantes, es «crueldad o exceso en el castigo, pena o reprehensión», o bien
                «aspereza, dureza o acrimonia en el genio» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, desdén y
              olvido,</l>
            <l>incauto flecha<note place="bottom">flechar: «estirar el arco, disparando la flecha»
                  (<hi rend="i">Aut.</hi>). El Amor es incauto porque, como se verá enseguida, hiere a
                Crisaura, sin prever que esta va a herirlo a su vez.</note> el arco, no vencido<note
                place="bottom">vencido: aquí participio de <hi rend="i">vencer</hi>, o sea, «sujetar o
                rendir las pasiones, y afectos, reduciéndolas a la razón» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Luego
                el arco se movía de forma descontrolada e irracional.</note>,</l>
              <l>y toca al arma en fuertes ocasiones;</l></lg><lg>
            <l>hiere a Crisaura, humilla presunciones,</l>
            <l>de cuya voz, en la victoria herido,</l>
            <l>a los ojos quisiera igual oído,</l>
                <l>pues uno son por dos transformaciones.</l></lg><lg>
            <l>Dobladas fuerzas el Amor restaura,</l>
            <l>mal podréis, voluntad, ya resistiros,</l>
                  <l>bien que las armas trueca en sutil aura.</l></lg><lg>
            <l>Dulces eran, mortales son sus tiros,</l>
            <l>que aljaba hizo el pecho de Crisaura<note place="bottom">que aljaba hizo el pecho de
                Crisaura: nótese el paralelo con la octava XXXI del <hi rend="i">Polifemo</hi> («Entre
                las ramas del que más se lava / en el arroyo, mirto levantado, / carcaj de cristal
                hizo, si no aljaba, / blanco pecho, de un arpón dorado», vv. 241-244)
                [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.241">OC255.241-244</ref>]. Cancelliere (2006: 129-130) la glosó del siguiente modo: «el blanco
                seno de Galatea se convierte en ‘carcaj de cristal’ al recibir la flecha dorada de
                Cupido que, siempre según la iconografía, la ha arrojado escondiéndose entre las
                altas ramas de un mirto». Llama la atención que, pese a sus obvios ataques
                anticultos, Gómez de Tejada, cuando quiere ser cisne, o sea excelente poeta, no haga
                otra cosa sino imitar a Góngora.</note>,</l>
            <l>y, en vez de flechas, mata con suspiros<note place="bottom">El soneto presupone la
                creencia, tópica en la poesía desde hacía siglos, de que el amor se transmitía por
                la mirada; en concreto a través de unos corpúsculos llamados «espíritus», en los que
                se basa el soneto VIII de Garcilaso: «De aquella vista pura y excelente / salen
                espirtus vivos y encendidos, / y siendo por mis ojos recebidos, / me pasan hasta
                donde el mal se siente» (Vega 2010: 44, vv. 1-4). A pesar de tratarse de un soneto
                al que presenta como parangón de elegante claridad, el de Gómez de Tejada («Amor,
                contra valientes corazones») está plagado de dificultades: “Amor (Cupido) flecha
                incautamente su arco, nunca vencido (‘no rendido a la pasión amorosa’), contra los
                corazones más adustos («armados de crueldad, desdén y olvido») y toca al arma
                –invitando a la <hi rend="i">militia amoris</hi>– en las ocasiones más «fuertes» (‘justo
                con quien más se le resiste y opone’). Amor hiere a Crisaura y humilla su esquiva
                altivez. Sin embargo, luego de oír su voz, el diosecillo se prenda de inmediato
                aquella a quien rindió con su saeta («en la victoria herido»); hasta el punto de que
                quisiera que el ‘mismo oído’ lo tuviesen sus ojos (o sea, poder verla, dado que el
                Amor es ciego: se ha enamorado <hi rend="i">ex auditu</hi> y quisiera hacerlo también
                  <hi rend="i">ex visu</hi>). A través de sendas transformaciones (de Crisaura en Cupido
                y de Cupido en Crisaura), y de acuerdo con el tópico de los espíritus de amor, son
                ya una misma cosa. A continuación, Amor restaura (y redobla) sus fuerzas de forma
                que sus dos voluntades (convertidas en una) no podrán ya resistirse. No en balde,
                las saetas del Amor se han metamorfoseado en los suspiros («sutil aura») de
                Crisaura. Y diríase que viceversa. Estos disparos, que antes eran dulces –pues
                engendraban la pasión amorosa–, ahora son mortales, pues el carcaj donde se guardan
                estas ‘saetas-suspiros’ es el pecho de Crisaura, quien, en lugar de lanzar saetas,
                mata con suspiros”. Sobre la transformación de los amantes, véase Serés
                (1996).</note>.</l></lg>
          </quote>
          <p>– Este soneto me agrada –dijo el lebrel–, porque sigue y concluye con gallardía y
            claridad el pensamiento proporcionado al sujeto.</p>
          <p>– El que sigue –prosiguió la raposa– no desmerece el favor que habéis hecho al
            precedente, en el cual da a entender el cisne el mortal sentimiento y dolor que el
            suspiro de Crisaura difundía por los sentidos y corazón del pardal, cuyos crueles
            efectos le parece que exceden la actividad del amor; y así, habiéndolos referido, se los
            atribuye a Fortuna:</p><p></p>
          <p>Soneto del cisne al suspiro</p>
          <quote>
            <lg><l>Fiero es Amor, que, con poder tirano,</l>
            <l>su imperio ocupa tierra, mar y cielos.</l>
            <l>Más fieros y crüeles son los celos<note place="bottom">Acerca de los celos en el
                Siglo de Oro remito al capítulo II de la tesis doctoral de Fernández Melgarejo
                (2016: 23): «¿Qué se entendía en el Siglo de Oro por ‘tener celos’ o ‘dar celos’?
                Pérez de Saavedra escribió al respecto que ‘los celos son una sospecha temerosa del
                ánimo del enamorado de que la persona amada (que él no quiere que sea común a otro)
                le asiste con su amor y voluntad’. Los celos no eran, pues, en el Siglo de Oro,
                cosa muy distinta a lo que son hoy: eso sí, interesaban mucho más como tema
                literario y especulativo. Resultan capitales en la comedia y en la novela, como tema
                de un linaje de sonetos que arranca de Sannazaro (véase Alatorre, 1988) y objeto de
                disquisiciones y debates más o menos lúdicos, como aquel de que se hace eco Suárez
                de Figueroa en el texto citado, o bien el que tuvo lugar, con el Atlántico de por
                medio, entre José Pérez de Montoro y sor Juana Inés de la Cruz. El primero sostuvo en
                un romance que podía haber amor sin celos y la Fénix de México le repuso lo
                contrario (véase Tenorio, 2004).</note>,</l>
              <l>pues al amor sujetan inhumano.</l></lg><lg>
            <l>Contra un desdén no hay poderosa mano:</l>
            <l>volcanes un desprecio vuelve hielos,</l>
            <l>y amante, que se parte con recelos,</l>
                <l>ausencia con olvido le da sano.</l></lg><lg>
            <l>¡Oh, monstruo prodigioso de dolores!</l>
            <l>¿Qué causa universal ha producido</l>
            <l>con eminencia tantos disfavores?<note place="bottom">disfavor: «desaire, repulsa,
                acción o dicho de poca estimación y aprecio respecto de alguno. Es de ordinario del
                superior al inferior, o de la dama al galán» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note></l></lg>
            <lg><l>Fortuna, que no Amor, ha reducido</l>
            <l>en un suspiro todos los rigores</l>
            <l>de amor, celos, desdén, desprecio, olvido<note place="bottom">Este soneto caracteriza
                al suspiro como contenedor de todas las cuitas que genera el Amor, pero de cuya
                eficacia se responsabiliza a la mudable Fortuna. Se levanta sobre una estructura
                diseminativo-recolectiva en la que los sustantivos esparcidos por los cuartetos se
                reúnen en el último endecasílabo (<hi rend="i">amor, celos, desdén, desprecio,
                  olvido</hi>). Esta disposición se convirtió en moda a finales del siglo XVI y
                subraya, una vez más, el gusto del talaverano por los recursos del Manierismo. Véase
                Orozco (1970: 31).</note>.</l></lg>
          </quote>
          <p>– En verdad –dijo el lebrel–, que si el cisne tercero los iguala no ha de hacer
            poco.</p>
          <p>– También escribió –prosiguió la raposa– dudoso y confuso en la significación del
            suspiro; pero viendo que de una causa nacían efectos contrarios, análogamente le comparó
            al rayo de luz primera que esparce la Aurora, al rayo del Sol y de Júpiter, en alegoría
            de un caminante a quien la mudanza del tiempo salteó, para declarar que del mismo modo
            se halló el pardal enamorado oyendo el suspiro y participando sus calidades<note
              place="bottom">participando de sus calidades: ‘dando noticia de sus
            atributos’.</note>:</p><p></p>
          <p>Del cisne al suspiro<note place="bottom">Según explica la raposa, el poema identifica
              un rayo de sol que ilumina y desconcierta al caminante con el suspiro de Crisaura
              –que, igual que el propio rayo, puede interpretarse de distintas formas–. El símil,
              como en los sonetos previos, no se aclarará hasta el terceto de
            decantación.</note></p>
          <quote>
            <lg><l>Sale esparciendo abriles el Aurora<note place="bottom">Sale esparciendo abriles el
                Aurora: este modo de fraguar la cronografía de la Aurora, pasando por la metonimia
                de «esparcir flores» (regadas por el rocío) y de ahí, por sinécdoque, «esparcir
                abriles», había cristalizado ya en José de Valdivieso (1604: 210v): «Sembrando mayos
                y esparciendo abriles». De forma casi idéntica al texto de Gómez de Tejada, el
                madrileño Francisco de Quintana escribió en sus <hi rend="i">Experiencias de amor y
                  fortuna</hi> (1626): «Con este desconsuelo y esta prisa llegό a las últimas
                casas por aquella parte que hace a Madrid hermoso el Prado de San Jerόnimo, y en una
                de ellas, que era de una mujer pobre, se escondiό, ya que de sí misma no podía, del
                alba, que esparciendo abriles daba tersa plata a las sierras, y era alegre bordadura
                de aljόfar en los prados» (2012: 194). </note></l>
            <l>y el caminante, huyendo los temores</l>
            <l>de la noche, [a] las más tempranas flores</l>
              <l>fruto agradece, su hermosura adora.</l></lg><lg>
            <l>Perlas esparce cuando montes dora<note place="bottom">Endecasílabo inspirado en otros
                de Góngora: «el mar argenta, las campañas dora» («Raya, dorado Sol, orna y colora»,
                1582, v. 8) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem17#l17.8">OC17.8</ref>], «que privilegia el cielo y dora el día» (<hi rend="i">A
                  Córdoba</hi>, «¡Oh excelso muro, oh torres coronadas», 1585, v. 6) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem50#l50.6">OC50.6</ref>],
                «del día, cuya luz tu manto dora» (<hi rend="i">A la purísima concepción de Nuestra
                  Señora</hi>, «Si ociosa no, asistió naturaleza», 1614, v. 6)
              [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem265#l265.6">OC265.6</ref>].</note>,</l>
            <l>Febo la sigue ardiendo en sus amores,</l>
            <l>mas una nube cubre resplandores,</l>
                <l>ni ríe el prado ya, ni el alba llora.</l></lg><lg>
            <l>Descúbrese entre nubes, arrojado</l>
            <l>del cielo, un rayo, por extraño modo,</l>
                  <l>aunque hermoso, terrible y penetrante.</l></lg><lg>
            <l>Rayo del alba, alegra al desdichado;</l>
            <l>dale muerte, de Júpiter tonante<note place="bottom">tonante: «participio activo del
                verbo <hi rend="i">tonar</hi>, que aplican los poetas a Júpiter, que dispara o arroja
                rayos» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>;</l>
            <l>del sol, le abrasa, y un suspiro es todo<note place="bottom">He aquí mi
                prosificación: “La Aurora sale «esparciendo abriles» (hipotiposis primaveral) y el
                caminante, huyendo de los temores de la noche y del invierno, agradece sus frutos a
                las más tempranas flores, además de adorar su hermosura. La misma Aurora esparce
                perlas, es decir, enjuga el rocío de la mañana al dorar (‘iluminar’) los montes y
                Febo (‘el sol’) la persigue loco de amor («ardiendo en sus amores»). Pero una nube
                cubre dicho fulgor matutino y ni ríe el prado ya, ni llora el alba. Enseguida, como
                arrojado por Júpiter, se descubre entre las nubes un rayo terrible y penetrante,
                aunque también hermoso. Se trata de un lucero del alba que alegra al desdichado y
                sirve como metáfora del suspiro de Crisaura. El pardal, optimista en demasía, lo
                interpreta como una prueba de amor. El concepto del soneto, indicado por la raposa,
                es que el suspiro es un «rayo», con tres sentidos diseminados en el poema y
                recogidos en último terceto: rayo del alba que alegra, rayo de Júpiter que mata y
                rayo del Sol que abrasa”.</note>.</l></lg>
          </quote>
          <p>– Bien han cantado los tres cisnes –dijo el lebrel–. ¿Concurrió otra secta de poetas
            distinta de las referidas?</p>
          <p>– La de los satíricos –respondió la raposa–. Estos presentaron entre otros dos sonetos,
            que la lisonja con que los acompañaron y vistieron pudo darlos entrada y hacerlos
            lugar.</p>
          <p>– ¿Qué hubo poetas tan libres que se atrevieron –dijo
            Pardalín– a justar con armas satíricas en el certamen? ¿Y con sus caras
            descubiertas?</p>
          <p>– Distingo de sátiras –respondió la raposa–: unas impropiamente ha usurpado la vulgar
            malicia con este honrado nombre, siendo infames murmuraciones de honras señaladas, y
            esta es maldad digna de castigo, aunque se excusen con la Antigüedad, que a tales
            acciones dio ese nombre. Pero hablando con toda verdad y rigor, la sátira nueva,
            permitida y loable, es reprehensión de vicios sin ofender personas que estiman su
            opinión en materia grave<note place="bottom">El interés por la sátira asomaba ya en el
              «Prólogo» al <hi rend="i">León prodigioso</hi> (Gómez de Tejada 1636: 8r-8v), justo cuando
              el talaverano discurre sobre el género de su libro: «Dirás que soy satírico; respondo
              que, si hablas de sátira en la impropia acepción que la recibe el vulgo, niego la
              proposición, porque tales poemas son unas viles invectivas para infamar honras de
              personas en particular, lo cual antiguamente se prohibió por ley y es ajeno de mi
              intención y de mi pluma. Pero si hablas de la sátira nueva, cuya esencia es reprender
              vicios en común para reformar la humana vida, si ya los sujetos no son de tan baja
              suerte que no tengan que perder, o tan extraños o antiguos que ninguno se ofenda, no
              te negaré que estos discursos tengan algo de satírico, motivo de alabanza, no de
              reprensión».</note>. Las dos que se siguen tienen de todo y, por eso, callaron el
            nombre:</p><p></p>
          <p>Soneto satírico al suspiro de Crisaura</p>
          <quote>
            <lg><l>Suspira el avariento por dinero,</l>
            <l>por venganza el cobarde y desalmado,</l>
            <l>el lascivo en sus vicios obstinado,</l>
              <l>de ambición combatido el caballero.</l></lg><lg>
            <l>Suspira por comer el escudero,</l>
            <l>por pleitos y discordias el letrado,</l>
            <l>por enfermos el médico olvidado,</l>
            <l>por un príncipe necio el lisonjero<note place="bottom">Esta pulla contra los
                aduladores y paseantes en corte, que suspiran por hallar un «príncipe necio» que los
                regale, afloraba ya en la <hi rend="i">Oda a la vida retirada</hi> («¡Qué descansada
                vida») de fray Luis de León (1990: 70): «No cura si la fama / canta con voz su
                nombre pregonera, / ni cura si encarama / la lengua lisonjera / lo que condena la
                verdad sincera» (vv. 11-15). Recuérdese de paso que el emblema 53 de Alciato
                alegoriza «la ambición política y representa un camaleón con la boca abierta, como
                si tragara viento» (Jammes 1994: 220).</note>.</l></lg><lg>
            <l>Suspira por su dama el pobre ausente,</l>
            <l>quien goza, porque vive temeroso;</l>
            <l>ella, porque su gusto no acomoda<note place="bottom">Es decir, porque no se cumple su
                deseo: regresar al lado del león Auricrino. Estos versos podrían parafrasearse del
                siguiente modo: “Si el ausente suspira de añoranza por no ver a su dama, quien goza
                (suponemos que de su dama), también suspira, porque teme perderla; y en cuanto a
                ella (de nuevo la dama), suspira, porque el amante no sea conforme a su gusto, o no
                se acomode a sus gustos y caprichos”.</note>.</l></lg><lg>
            <l>Suspiran todos o su mal presente</l>
            <l>o el bien que falta siempre perezoso,</l>
            <l>Crisaura por la noche de la boda<note place="bottom">Gómez de Tejada no juzga el par
                de sonetos satíricos con tanta severidad como los cultos, siempre, eso sí, que no
                sean <hi rend="i">ad hominem</hi>. Además, estos resultan algo más naturales. La primera
                sátira enuncia una serie de deseos propios de distintos tipos sociales, lo que
                culmina en el motivo del suspiro de Crisaura, expresado mediante una elipsis en el
                último verso: el avariento suspira por dinero, el cobarde y el desalmado por
                venganza, el lascivo porfía en sus vicios y el caballero es combatido [‘sufre el
                ataque’] de la ambición; el escudero suspira por comer, el letrado por pleitos y
                discordias, el médico olvidado lo hace a causa de sus enfermos y el lisonjero por
                ganarse el favor de un príncipe necio. Mientras, el pobre ausente (Auricrino)
                suspira por su dama (Crisaura); quien goza (el Pardal), porque teme la llegada del
                león; y la propia dama, que desearía estar con aquel y no con este. De manera que
                todos suspiran o por su mal presente o, al contrario, por el bien que, perezoso,
                siempre falta; y Crisaura, en concreto, por ansias de verse por fin en su noche de
                bodas (con alusión misógina, propia del ethos satírico, a la avidez del deseo
                femenino).</note>.</l></lg>
          </quote><p></p>
          <p>Soneto satírico al suspiro<note place="bottom">Este soneto presenta una estructura
              basada en anáforas en las que se alternan los atributos del amor y de los celos. A lo
              largo del terceto de decantación se concretan en los protagonistas del triángulo del
                <hi rend="i">León prodigioso</hi>. Lo remata una puntada erótico-festiva («¡Dichoso el
              pardal solo que la goza!») muy común en este tipo de composiciones.</note></p>
          <quote>
          <lg><l>¡Ay de amor, que su imperio es tiranía!</l>
            <l>¡Ay de celos, que al fin son desengaños!</l>
            <l>¡Ay de amor, que agradece los engaños!</l>
            <l>¡Ay de celos, si un rico en dar porfía!</l></lg><lg>
            <l>¡Ay de amor, con respeto y cobardía!</l>
            <l>¡Ay de celos, que no reparan daños!<note place="bottom">A propósito del motivo de los
              celos, remito a la nota <ref xml:id="ref16" target="ref15">154</ref>. </note></l>
            <l>¡Ay de amor, que marchita verdes años!</l>
              <l>¡Ay de celos, en llamas nieve fría!</l></lg><lg>
            <l>¡Ay de amor, en un necio confiado!</l>
            <l>¡Ay de celos, infierno del deseo!</l>
                <l>¡Ay de amor, que caduca y se remoza!</l></lg><lg>
            <l>¡Ay de Auricrino, ausente y olvidado!</l>
            <l>¡Ay del <hi rend="i">ay</hi><note place="bottom">Ay del <hi rend="i">ay</hi>: reduplicación del
                lamento de Crisaura. </note> de Crisaura en otro empleo<note place="bottom">empleo:
                «entre los galanes, la dama a quien uno sirve y galantea» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Cabe
                pensar que también podría usarse a la inversa, en referencia al hombre al que la
                dama otorga sus favores, como en este caso.</note>!</l>
            <l>¡Dichoso el pardal solo que la goza!</l></lg> 
          </quote>
          <p>– ¡Cierra esa vil boca –dijo el africano colérico<note place="bottom">africano
              colérico: es decir, Auricrino.</note>–, que por ella te sacaré el alma con la
            maliciosa lengua!</p>
          <p>– Señor –respondió temblando la raposa–, yo con simplicidad refiero las ajenas
            malicias, abominando su atrevimiento. Ese vuestro rigor tan puesto en razón ejecutadle
            en la ciudad de Cuevas<note place="bottom">Ignoro de qué ciudad se trata. No hay
              indicios en los capítulos previos ni en los sucesivos.</note> que veis y dista dos
              leguas<note place="bottom">legua: «medida itineraria, variable según los países o
              regiones, definida por el camino que regularmente se anda en un hora, y que en el
              antiguo sistema español equivale a 5572,7 metros» (<hi rend="i">DRAE</hi>, 1992). Los
              personajes se encuentran, pues, a unos once kilómetros de la ciudad de Cuevas.</note>,
            adonde el pardal celebra hoy las fiestas de sus desposorios y al agravio dará entera
            satisfacción la venganza, pues tan capaz es la materia de su ejecución.</p>
          <p>Puso los ojos Auricrino en la ciudad, y olvidado de la presente ocasión de sentimiento
            contra la raposa, apresuró el paso, y lo mismo hicieron sus compañeros.</p>
        </div>
        <div>
          <head>Apólogo XLIII. Del soneto culto</head>
          <p>– El búho, poeta infausto, aunque príncipe de los épicos, escénicos y líricos, que
            tales principados<note place="bottom">principado: «primacía, ventaja o superioridad con
              que una cosa excede, en alguna calidad, a otra con quien se compara»
              (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> hoy se dan de balde, escribió un célebre soneto, que he
            remitido al último examen porque merece más memoria<note place="bottom">memoria: «fama,
              gloria o aplauso» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>, como mereció más aplauso y
            atención.</p><p></p>
          <p>Soneto culto al suspiro de Crisaura del cultísimo poeta búho<note place="bottom">El
              búho logra ver a través de las tinieblas en que habitan los cultos. Con el mismo
              sentido, Góngora habló de «palabras murciélagos» o «razonamientos lechuza» (Periñán
              1976: 159).</note></p>
          <quote>
            <lg><l>Clarín que rosicleres<note place="bottom">Luego de los sustantivos «clarín» y
                «rosicleres», la cita remite a la obertura del <hi rend="i">Polifemo</hi> (octavas I-II):
                «Estas que me dictó rimas sonoras, / culta sí, aunque bucólica, Talía / –¡oh excelso
                conde!–, en las purpúreas horas / que es rosas la alba y rosicler el día» (1612, vv.
                1-4) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.1">OC255.1-4</ref>]; «Treguas al ejercicio sean robusto, / ocio atento, silencio dulce,
                en cuanto / debajo escuchas de dosel augusto, / del músico jayán el fiero canto. /
                Alterna con las Musas hoy el gusto; / que si la mía puede ofrecer tanto / clarín (y
                de la Fama no segundo), / tu nombre oirán los términos del mundo» (1612, vv. 9-16)
                [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.9">OC255.9-16</ref>]. <hi rend="i">Rosicler</hi> se refiere al «esmalte rojo […]; esto se
                entiende cuando nace [el día], que se ven aquellos celajes rojos, causados de la luz
                en las heridas nubes» (Salcedo Coronel 1629: 2v).</note>, troglodita<note
                place="bottom">troglodita: «hombre bárbaro y cruel» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>,</l>
            <l>no empero su tridente, jovenetos<note place="bottom">joveneto: voz derivada del
                italiano («<hi rend="i">giovinetto</hi>») que, según el <hi rend="i">Diccionario de
                  Autoridades</hi>, «equivale a joven». Sin embargo, al tratarse de un diminutivo
                italianizante, es posible que el término posea aquí ciertas notas homosexuales. Así,
                dentro del corpus gongorino aflora en el soneto «Tonante monseñor, ¿de cuándo acá /
                fulminas <hi rend="i">jovenetos</hi>?» (1619) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem322#l322.1">OC322.1-2</ref>], en la letrilla «Manda amor en
                su fatiga» (1583, vv. 41-44: «Yo sé de algún <hi rend="i">joveneto</hi> / que tiene muy
              entendido / que guarda más bien Cupido / al que guarda su secreto») [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem36#l36.41">OC36.41-42</ref>] y
                en la <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi> («La ciudad de Babilonia», 1618, vv.
                101-104: «¡Oh Píramo lo que hace, / <hi rend="i">joveneto</hi> ya robusto / que sin alas
              podía ser / hijo de Venus segundo!») [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem317#l317.101">OC317.101-104</ref>].</note>,</l>
            <l>acrocerauna prole de esqueletos<note place="bottom">acrocerauna: adjetivo relativo a
                los montes Acroceraunios, localizados en la región griega de Molosia. Reciben su
                nombre de la unión de las voces <hi rend="i">ακρóς</hi> (‘agudo’, ‘puntiagudo’,
                ‘extremo’) y <hi rend="i">κεραυνóς</hi> (‘rayo’), que es el sentido con el que lo emplea
                el búho. Así, el propio Góngora lo incluyó en su soneto «Tonante monseñor, de cuándo
                acá» (1619): «las hojas infamó de un alhelí, / y los Acroceraunios montes no. / ¡Oh
                Júpiter, oh tú, mil veces tú!» (vv, 12-14) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem322#l322.12">OC322.12-14</ref>]. Matas Caballero (2019:
                1358) anota que en esta cadena montañosa, «al norte de Epiro, […] las tormentas son
                muy frecuentes. […] Méndez Plancarte señaló la alusión que en la tradición latina
                había hecho Horacio (Carmina, I, III, 19-20) […]: “qui vidit mare turgidum et /
                infames scopulos, Acroceraunia”. Poggi […] señaló que la alusión a los montes
                Acroceraunios (delante de los que naufragaban a menudo los marineros) podría verse
                como un símbolo de la insidia y la corrupción de la corte, de la que Júpiter ha
                preferido los pétalos, inocentes, de un alhelí». En los versos de Gómez de Tejada se
                distingue además una agudeza semejante a la acuñada por don Luis en la octava VIII
                del <hi rend="i">Polifemo</hi>: «un torrente es su barba impetüoso, / que, adusto hijo de
                este Pirineo, / su pecho inunda, o tarde, o mal, o en vano / surcada aun de los
                dedos de su mano» (1612, vv. 61-64) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.61">OC255.61-64</ref>]. En este caso, Ponce Cárdenas
                (2010: 209) recordó que «el topónimo encierra en su núcleo semántico la voz griega
                  <hi rend="i">πῦρ</hi> (‘fuego’), de ahí que se reconozcan en el fragmento ‘dos caras,
                como una malicia […]: la palabra, de un lado se muestra en acepción normal; de otro
                se le descubre una como justificación etimológica’ (Dámaso Alonso, <hi rend="i">Góngora y
                  el Polifemo</hi>, Madrid, Gredos, 1985, vol. III, p. 600)».</note>,</l>
            <l>cristal anhela de esplendor cocita<note place="bottom">cocita: derivado de «Cocito».
                El Cocito, «río de los lamentos», es una de las corrientes infernales. Tributario
                del Éstige (laguna Estigia), tiene al Aqueronte como afluente (Homero,
                  <hi rend="i">Odisea</hi>, X, vv. 511-514). Recibió su nombre del río homónimo en
                Tesprocia (Pausanias, I, 17.5). Circunda el Hades y desagua en el Tártaro, donde
                recibe las almas de los asesinos. Remito al libro VI de la <hi rend="i">Eneida</hi> (vv.
                131-132): «[…] Tenent media omnia siluae / Cocytusque sinu labens circumuenit atro»
                («[…] Todo el centro bosques lo ocupan / y el Cocito lo envuelve fluyendo con negra
                curvatura» (Virgilio 2011: 132).</note>.</l></lg><lg>
            <l>Candor<note place="bottom">Sobre la voz «candor», remito a la nota <ref xml:id="ref18" target="ref17">65</ref>.</note>, si no pirausta<note place="bottom"
                >pirausta: «animalillo o insecto algo mayor que una mosca, con alas y cuatro pies,
                que nace y vive en el fuego y si se aparta de él, muere luego» (<hi rend="i">DRAE</hi>,
                1780). Late bajo este sustantivo el rastro del motivo poético-emblemático de la
                mariposa calcinada por fuego. Procedente del <hi rend="i">Canzoniere</hi> de Petrarca
                (soneto CXLI: «Come talora al caldo tempo sòle»), según analizó Cabello Porras
                (1995), sirve para reconvenir a los mancebos incautos que mueren por arrimarse en
                exceso al fuego del amor. Véanse Trueblood (1989) y «Così vivo piacer conduce a
                morte», una de las <hi rend="i">picturae</hi> de Simeoni (1600: 288).</note>, que
                Anfitrita<note place="bottom">Anfitrita o Anfítrite era la diosa griega del mar
                tranquilo, esposa de Poseidón.</note></l>
            <l>poco cede, si mucho adunca<note place="bottom">adunca: en latín, <hi rend="i">aduncus, a,
              um</hi> es un adjetivo que quiere decir ‘corvo’, ‘ganchudo’. Véase la nota <ref xml:id="ref4" target="ref3">49</ref> de esta edición. En el corpus gongorino aparece
                en la <hi rend="i">Soledad segunda</hi> («Éntrase el mar por un arroyo breve», 1614, vv.
                783-785): «De un mancebo serrano / el duro brazo débil hace junco, / examinando con
                el pico adunco / sus pardas plumas, el azor britano» [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.783">OC264C.783-785</ref>]. </note>,
                abetos<note place="bottom">abetos: esta voz es usada con frecuencia como metonimia
                de ‘barcos’ en las <hi rend="i">Soledades</hi> y en otros textos de Góngora: «Abetos
                suyos tres aquel tridente / violaron a Neptuno» (<hi rend="i">Soledad primera</hi>, 1613,
                  vv. 413-414) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.413">OC264B.413-414</ref>], «cuanto en vasos de abeto Nuevo Mundo» (<hi rend="i">Soledad
                    segunda</hi>, 1614v. 404) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.404">OC264C.404</ref>]; «¡Oh del mar reina tú, que eres esposa,
                / cuyos abetos el león, seguros, / conduce, sacro, que te hace undosa / Cibeles,
                coronada de altos muros» (<hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>, 1617, vv.
                  553-556) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.553">OC313.553-556</ref>]. Como explica Blanco (1995: 54), «cette identification
                établie entre le bateau et l’arbre peut passer pour le produit d’une chaîne de
                synecdoques, mais aussi pour une métaphore, puisque la silhouette d’un bateau à
                voiles n’est pas sans analogie avec celle d’un arbre et qu’une métaphore assez
                banale permet de parler de “fôret de mâts”, pour un groupe important de voiliers».
              </note>,</l>
            <l>Marte al amor construya parapetos,</l>
            <l>crepúsculos vibrando<note place="bottom">Guiño al endecasílabo gongorino «entre
                espinas crepúsculos pisando» (<hi rend="i">Soledad primera</hi>, 1613, v. 48)
              [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l2634B.48">OC264B.48</ref>]. Véase la nota <ref xml:id="ref7" target="ref8">68</ref>.</note>, impulso
              excita.</l></lg><lg>
            <l>Sus que penetra piro, diente eburno<note place="bottom">eburno: forma latina de
                  <hi rend="i">ebúrneo</hi>, «cosa perteneciente o hecha de marfil» (<hi rend="i">Aut</hi>.).
                Es un término objeto de burla en varios textos narrativos en contra (o a favor) de
                los cultos. Así, Juan de Robles, (1992: 64) señalaba en <hi rend="i">El culto
                  sevillano</hi> que «los han dividido a estos tales las personas de buen gusto
                que han notado los modos de su afectación, en ‘nítidos’, ‘cándidos’ y
                ‘ebúrneos’». También Góngora se burlaba de este adjetivo en la <hi rend="i">Fábula de
                  Píramo y Tisbe</hi>: «(¿ebúrneos diré, o divinos? / divinos digo y ebúrneos) /
              los bellos miembros de Tisbe)». [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem317#l317.407">OC317.407-409</ref>].</note>,</l>
            <l>al múrice<note place="bottom">múrice: «cierta especie de marisco, cuya concha es
                pesada, densa y sólida, desigual por fuera, y a veces armada de puntas, y por de
                dentro de color blanco y que tira a purpúreo. Con este marisco hacían los antiguos
                una tinta que servía para teñir las ropas de color de púrpura» (<hi rend="i">Aut</hi>.).
                Alonso (1961: 194) recoge el término en su lista de palabras afectadas por las
                censuras y parodias del siglo XVII, ya que también lo usó Quevedo en su <hi rend="i">Soneto
                  a un tratado impreso que un hablador espeluznado de prosa hizo en culto</hi>, v.
                5 («el múrice y el tirio y el colora» [2004: 325]), y en el <hi rend="i">Comento</hi> a
                la estancia XXI de Juan Ruiz de Alarcón, v. 5 («Metal de Ofir en múrice de Tiro»).
                Añado, por fin, otro azote de Quevedo en su <hi rend="i">Comento contra setenta y tres
                  estancias que don Juan Ruiz de Alarcón</hi> (1986: 400): «Estos son versos
                retahíla, y quien los hizo con voces tan comunes, ¿por qué no dijo
                  <hi rend="i">púrpura</hi>, siendo magnífica, y no <hi rend="i">múrice de Tiro</hi>? Nótese
                con cuidado que todo lo que escribe o es humilde o enigma o barbarismo».</note>
              diseña, y colorido,</l>
            <l>brasas de Porcia<note place="bottom">Véase la nota <ref xml:id="ref14" target="ref13">122</ref>.</note>, de Lucrecia copos<note place="bottom">Alude a la blancura
                de la piel de Lucrecia, doblemente blanca: por lo bella y pura, y por lo muerta y
                desangrada. Se trata de un detalle en el que también reparó Francisco Rojas Zorrilla
                en el monólogo final de su tragedia de <hi rend="i">Lucrecia y Tarquino</hi>: «<hi
                  rend="sc">Lucrecia</hi>: Veis aquí de la infeliz / Lucrecia el noble decoro /
                profanado; veis aquí / el vidrio de su honor roto, / el casto lecho ofendido, /
                manchado con torpe lodo / en su pureza el armiño / que celó cándidos copos. / Ya no
                es Lucrecia, Lucrecia; / ya su vida es un asombro, / ya su honestidad dio fin, / ya
                su recato malogro (vv. 2076-2087) (Rojas Zorrilla 1963: 106). Raymond MacCurdy,
                responsable de la única edición hasta la fecha –a partir de una suelta de las
                postrimerías del Seiscientos de la que se conservan un par de ejemplares en la BNE y
                otro en la British Library–, fijó la escritura de esta pieza entre 1635 y 1640.
                Sorprende, no obstante, el parecido entre los sintagmas de Rojas Zorrilla («que celó
                cándidos copos») y Gómez de Tejada («de Lucrecia copos»). No puedo probar que el
                talaverano leyera la tragedia del toledano en algún testimonio previo a los hoy
                conocidos, pero tampoco lo descarto.</note>;</l></lg><lg>
            <l>Dime, Favonio, de cordial coturno<note place="bottom">El <hi rend="i">coturno</hi> es un
                calzado que usaban los antiguos y la expresión «calzar el coturno» se refiere al uso
                de un estilo alto y sublime, especialmente en la poesía» (<hi rend="i">DRAE</hi>, 1780).
                Francisco Lugo y Dávila lo explicó en su «Proemio» al <hi rend="i">Teatro popular</hi>:
                «te ofrezco en otro lo superior con la imitación trágica –esto se entiende según
                Aristóteles– las acciones graves de los príncipes dignos del coturno de Sófocles
                –como dijo Virgilio–» (Bonilla Cerezo 2011: 54). También usa irónicamente la palabra
                Góngora, aludiendo al coturno trágico en la <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi>
                (v. 280): «Amor, que los asistía, / el vergonzoso capullo / desnudó a la virgen rosa
                / que desprecia el tirio jugo; / abrió su esplendor la boba, / y a seguillo se
                dispuso: / trágica resolución /digna de mayor coturno».</note>,</l>
            <l>¿posible es que a los astros te has mentido?</l>
            <l>¡Oh amor! Si piras<note place="bottom">pira: «la hoguera o llama»
                (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, ¿para qué piropos?<note place="bottom">piropo:
                «relumbrón de voces demasiadamente cultas» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Este soneto, último
                de los cultos y, a la postre, el ganador de las justas, conjuga todos los vicios del
                gongorismo: la búsqueda de un tipo de composición en la que los tropos pasan a
                primer plano y la sintaxis se fractura hasta dificultar en extremo el sentido.
                Resucitan aquí los recursos ya utilizados en los anteriores (perífrasis mitológicas,
                encabalgamientos) y el abuso de latinismos (<hi rend="i">adunca</hi>, <hi rend="i">múrice</hi>, <hi rend="i">eburno</hi>,
                  etc.) y neologismos (<hi rend="i">acrocerauna</hi>, <hi rend="i">cocita</hi>). La cima del retorcimiento se
                cifra en el primer terceto, donde el búho quiebra la palabra <hi rend="i">suspiro</hi>,
                dando lugar a una tmesis y, con ella, a un hipérbaton que altera el orden de apenas
                un término, cuyo segundo miembro (implícito) continúa en el v. 14 (<hi rend="i">piras</hi>,
                  <hi rend="i">piropos</hi>: o sea, ‘sus piras’, ‘suspiras’ y ‘sus piropos’) para acentuar la
                bisemia. Esta es mi prosificación de los versos recitados por el estrígido: “El
                clarín troglodita [del poeta] no anhela el tridente de Neptuno (‘el mar’) sino el
                cristal de esplendor cocita (‘un río de lamentos’), toda vez que en él flota una
                prole de esqueletos venida de los montes Acroceraunios, cuyo reflejo (exánime) sobre
                las aguas da lugar a «jovenetos rosicleres», o sea, a los celajes de la primera luz
                de la mañana, en tanto que el sol baña los cristales del río y, de paso, los
                cadáveres. Anfitrita no es aquí una pirausta (‘mariposa que nace y vive en el
                fuego’) demasiado adunca (‘corva’), sino que entrega solo un poco de su candor
                (‘fuego’), iluminando apenas los abetos. Por su parte, Marte, «vibrando
                crepúsculos», construye parapetos al amor y excita su impulso. El suspiro de
                Crisaura, que penetra como un diente de marfil –colorido como las brasas de Porcia y
                los copos de Lucrecia– diseña (‘se asemeja’) al múrice (es decir, a la regia tintura
                color escarlata). Entonces, Favonio (viento de poniente), de coturno cordial
                (‘zapato propio de los trágicos’), ¿cómo es posible que te hayas ocultado de los
                astros (de Marte, pero también de Crisaura, sosias aquí de Anfitrite, de Porcia, de
                Lucrecia y hasta del mismo Sol, dado que sus suspiros encienden y enamoran)?”.
                Nótese la dilogía chancera del último verso: «si <hi rend="i">piras</hi> (con el sentido
                etimológico: ‘quemas’), ¿para qué <hi rend="i">piropos</hi> (en su doble valor de
                ‘halago’ y de ‘vocinglería culta’)?».</note></l></lg>
          </quote>
          <p>– Notable soneto –dijo el lebrel.</p>
          <p>Añadió la raposa:</p>
          <p>– Y lleno de majestad, grandeza, ingenio, erudición, perspicuidad<note place="bottom"
              >perspicuidad: ‘claridad’. Se burla aquí el autor de los defensores y comentaristas de
              Góngora, aplicando su argumentación a un soneto monstruoso. Remito, por ejemplo, al
                <hi rend="i">Discurso sobre el estilo de don Luis de Góngora</hi> de Martín Vázquez
              Siruela (ff. 10v.-11v.): «Peligrosísimo lugar es este que tocamos, como aquel en que
              cada uno se tiene por juez, aún más que bastante, legítimo. Que como es regalía de los
              ojos y su primera dignidad, según Aristóteles en los libros<hi rend="i"> De
              anima</hi>, dividir entre la luz y las tinieblas, y todos los quieren tener
              agudísimos, valen poco persuasiones ajenas en lo que está satisfecho cada uno de lo
              que por sí mismo alcanza. Pero ¿qué sería si verdaderamente los deslumbrados no fuesen
              aquí los objetas sino nuestros ojos? […] Quisiera yo saber de dónde han colegido que
              es oscuridad esta que reprehenden, y no antes abundancia de luz? […] Que en la primera
              superficie parecen estrenaos repugnantes, pero no lo son; porque aquello que entre los
              latinos se llama perspicuitas, entre los Griegos <hi rend="i">diafaneia</hi> –y nosotros
              podemos decir transparencia– es una claridad de ningún fondo, como una tela de luz muy
              delgada y de raros hilos, que admite los ojos y francamente los deja pasar a los
              objetos que tras ella se esconden. Mas esplendor es mucha luz condensada, que detiene
              la vista y aun la hace volver atrás si no es muy valiente, y cuando lo es, habiendo de
              penetrar por fondo, como por un piélago de luz, llega más tarde a los objetos»
              (Yoshida, 1995: 99-100). Modernizo la grafía.</note> y dulzura. Así lo dicen sus
            aficionados, defendiéndole contra mil zoilos<note place="bottom">zoilo: «crítico
              presumido y maligno censurador o murmurador de las obras ajenas, tomado del que tuvo
              un retórico crítico antiguo, que, por dejar nombre de sí, censuró impertinentemente
              las obras de Homero, Platón e Isócrates» (<hi rend="i">Aut</hi>.). En el <hi rend="i">Examen del
                «Antídoto»</hi> del abad de Rute, se lee: «No sé de qué causa nazca tal efecto. Ya
              ha habido quien haya dicho que de emulación purísima y que quiere vuestra merced a
              costa del pobre don Luis granjear opinión (como Zoilo y Aristarco a la de Homero)»
              (Fernández de Córdoba 2019: 328). Zoilo (h. 400 a. C. - 320 a. C.), gramático griego,
              natural de Anfípolis, fue conocido como el ‘azote de Homero’, dada su condición de
              acérrimo censor del ciego de Quíos. Como explica Béhar (2014: s. p.), «para [sus
              defensores, la posición de Góngora] fue simbólicamente comparable a la de Homero o de
              Virgilio respecto a sus propios detractores. La lengua griega había caracterizado a
              Zoilo como «azote de Homero», <hi rend="i">Homeromastix</hi> (Ὁμηρομάστιξ). […] [Por
              tanto], será difícil excluir que, aunque no lo hayamos podido rastrear, este
              neologismo no brotara en alguna de las muchas mentes de la polémica gongorina, para a
              la vez designar al Zoilo del vate cordobés y resaltar la dignidad del propio poeta,
              santificada y elevada a la cima del Parnaso por el ultraje de los profanos».</note>,
            legos, idiotas y vulgares que, cuando los poemas no se ajustan a su incapacidad, los
            condenan oscuros, como si el estilo poético del Parnaso, sagrado monte e inaccesible,
            hubiera de medirse al de los humildes valles, conversaciones de corrillos ociosos y
              estrados<note place="bottom">estrado: «en las casas nobles del Siglo de Oro solía
              existir una sala de recibir visitas, con un área dedicada a las mujeres conocida como
              el estrado, donde se reunían a merendar, a conversar y, en algunas ocasiones, a
              organizar ‘saraos’. […] El estrado estaba formado por una tarima de madera, alfombras,
              cojines y almohadas para sentarse, además de otro tipo de mobiliario como mesas,
              cuadros, espejos, braseros y, quizá, algún biombo para separar esa parte de la de los
              hombres» (Romero Díaz 2013: 259). Nótese la pincelada misógina en el sintagma
              «estrados feminiles».</note> femeniles. Con todo eso, un acérrimo discípulo suyo,
            viendo la dificultad, presentó unos breves escolios con la precisión de márgenes para
            hacer atentos y advertidos a los jueces y al vulgo<note place="bottom">Parodia de los
              exégetas y escoliastas de Góngora (Díaz de Rivas, Pellicer, Salcedo Coronel y Salazar
              Mardones, ciñéndonos al ciclo comprendido entre 1614 y 1636, fechas, respectivamente,
              del comienzo de la redacción y ulterior publicación del <hi rend="i">León prodigioso</hi>).
              Sobre la necesidad de acudir a los comentaristas para entender la poesía de don Luis,
              véanse Reyes (1925) y Romanos (2002). </note>.</p>
          <p>– Bien se manifiesta –dijo Pardalín– la naturaleza del poeta en tales versos: búho
              lucífugo<note place="bottom">lucífugo: «lo que huye de la luz»
              (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, plumas y ojos hermosos, cuya belleza atrae las bobas
            avecillas, las engaña y aprisiona, siendo su vista flaquísima; tanto que la luz del día
            le impide<note place="bottom">le impide: ‘le incapacita’.</note> y entorpece, y en las
            tinieblas y por ellas vive, y sobre esto, su carne inútil y despreciada, vivo retrato de
              cultos<note place="bottom">«Con una operación metafórica paralela a las que Quevedo
              llevaba a cabo cuando hablaba de ‘palabras murciélago’ o de ‘razonamientos lechuza’,
              aludirá Gómez Tejada al culto como ‘búho lucífugo’» (Periñán 1976: 159). El talaverano
              glosa muy bien su propia metáfora: los búhos son ciegos a pleno día, sus ojos tienen
              una luz solo aparente que atrae a las simples avecillas –o sea a los torpes
              principiantes en letras– y, para colmo, son poco apetitosos y su carne tiene mal
              sabor, como los cultos cuando el lector intenta mascar (‘descodificar’) sus duros
              versos. Además, recordemos que la <hi rend="i">Soledad segunda</hi> («Éntrase el mar por un
              arroyo breve», 1614, vv. 887-890) se despide con una imagen de esta rapaz abriendo sus
              alas: «alas desplegó Ascálafo prolijas, / verde poso ocupando, / que de césped ya
              blando / jaspe lo han hecho duro blancas guijas» [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.887">OC264C.887-890</ref>]. Ly (1995: 170)
              defiende que don Luis quizá evitó emplear el término castellano para referirse al
                <hi rend="i">búho</hi>, porque la mención de Ascálafo permite «condenser en
              ce seul nom toute la légende: l’etymologisme, sans doute l’une des figures plus
              productives de l’écriture poétique, invite, l’espace d’un mot, à parcourir
              imaginairement toute l’histoire du hibou». La gongorista gala recuerda, además, «le
              paradoxe du hibou, [qui] consiste en ce que ses yeux d’or éblouissent les corbeaux au
              moment où lui-même, qui regarde dans le ténèbres et voit la vérité, est aveuglé par la
              lumière du jour parce qu’il a dit la vérité» (174).</note>.</p>
          <p>– Refiérenos algunas de esas anotaciones –dijo el lebrel–. No para entenderle, porque
            le juzgo ininteligible, sino para admirar y huir este linaje de locura, si no
            ignorancia.</p>
          <p>– Bueno es eso –respondió la raposa– para la infernal soberbia de sus valedores.
            Escucha y verás quién es el loco o el ignorante: cuanto a lo primero, advierte su
            comentador que si toda la erudición de este soneto se hubiera de explicar, eran menester
            muchos sujetos y muchas vidas, y que se pudieran escribir más libros que tiene la
              Vaticana<note place="bottom">Vaticana: ‘Biblioteca Vaticana’. En 1636, fecha de
              impresión del <hi rend="i">León prodigioso</hi>, la biblioteca apostólica del Pontificado
              llevaba casi doscientos años en la sede del Vaticano. Fundada por el papa Nicolás V en
              1448, durante el siglo XVII su acervo experimentaría notables ampliaciones: en 1623
              asumió la colección de la Biblioteca Palatina de Heidelberg, obsequiada por
              Maximiliano I; en 1657 incorporó los manuscritos de la casa Urbino, y en 1689 los
              libros de la reina Cristina de Suecia (Manfredi 2010: 531).</note>; lo cual es tanta
            verdad que solo del primer verso ha de escribir por diez Abulenses<note place="bottom"
              >Chiste sobre la figura de Alonso Fernández de Madrigal (1400-1455), conocido como «el
              Tostado» o «el Abulense», obispo de Ávila entre 1454 y 1455. Su obra, mucho más que
              prolífica, incluye los comentarios en latín –quince volúmenes publicados entre 1507 y
              1530– a varios libros de la Biblia. De ahí la célebre expresión «escribir más que el
              Tostado». Véase Fernández Vallina (1988).</note>, aunque no tiene más de cuatro
            palabras. Es uno de los muchos este poeta con quien habla y de quien se ríe el otro
            satírico: <quote><hi rend="i">tenet insanabile multos scribendi cacoethes et aegro in corde
                senescit</hi></quote><note place="bottom"><title>Juvenal</title>,
                <hi rend="i">Sátiras</hi> (<hi rend="i">Satirae</hi>), VII, vv. 50-52: «se ha apoderado de
              muchos la incurable manía de escribir, que se hace crónica en el corazón del enfermo»
              (1996: 93). En el párrafo de Gómez de Tejada, la cláusula «Es uno de los muchos este
              poeta con quien habla» apunta sin duda al escoliasta del <hi rend="i">Soneto del cultísimo
                búho</hi>; mientras que con el sintagma «el otro satírico» se refiere a Juvenal,
              quien en la citada sátira VII (sobre la pobreza que persigue a los literatos) ponía
              sus miras en un joven poeta.</note>. Oye un epítome de sus doctísimos escolios:</p>
          <p>«‘Clarín que rosicleres, troglodita’</p>
          <p><hi rend="i">Clarín</hi>. ¡Qué nombre tan agradable, sonante y puro! Es instrumento de paz y
              guerra<note place="bottom">Véase el artículo de Caldera (1967) acerca del valor de los
              instrumentos (la zampoña, la cítara y el clarín) en la dedicatoria del
                <hi rend="i">Polifemo</hi>. </note>. Hase de tratar necesariamente –si el comento es
            docto y perfecto<note place="bottom">De nuevo alude al comento del escoliasta del
                <hi rend="i">Soneto del cultísimo poeta búho</hi>. Nótese que el talaverano se burla aquí
              de las interminables glosas de los exégetas de Góngora. Así, Pellicer (1630: col. 33),
              en sus <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>, dedicó toda una columna solo al sustantivo
              «clarín», que es instrumento militar. </note>– de las políticas y disciplina militar.
            Si en las fiestas y juegos antiguos se usó, en especial en los juegos Olímpicos, que de
            cinco a cinco años votó<note place="bottom">votar: «hacer voto a Dios o a los santos»
                (<hi rend="i">Aut</hi>.). Aquí con el sentido de ‘consagró’.</note> Hércules a Júpiter
            cerca de la ciudad de Olimpia<note place="bottom">Se refiere a Hércules cretense, que
              «fue uno de los Dáctilos Ideenos, se erigió en jefe de un ejército armado e instituyó
              los Juegos Olímpicos» (Bautista Carrasco 1864: 654). Como recuerda Saint Girons (2013:
              s. p.), «los juegos nemeos festejaron la victoria de Hércules contra el león: fueron
              los primeros juegos olímpicos y permitieron la cuenta del tiempo».</note>; si en los
            apolinares, circenses y otros<note place="bottom">El primer día del mes de julio «era el
              señalado en Roma para pagar los alquileres de las casas. En el mismo se celebraban los
              juegos circenses, los apolinares y los minervales. […] Una lira con una rama de laurel
              y un cuchillo en las medallas indica los juegos apolinares» (Bastús y Carrera 1830:
              280 y 378). Los otros juegos a los que se refiere aquí Gómez de Tejada son los
              megalenses (en honor a Cibeles, 4-10 de abril) y los fúnebres (véase Suárez de
              Figueroa 1733: 454). </note>.</p>
          <p>»Si convenientes en la república<note place="bottom">Entiéndase ‘Si los clarines son
              convenientes en la república’.</note>, no le ha de quedar hueso sano a <name
              type="authority">Aristóteles</name> y <name type="authority">Vegecio</name><note
              place="bottom">Flavio Vegecio fue un autor romano del siglo IV d. C., responsable,
              entre otros títulos, de una <hi rend="i">De re militari</hi>. Véase Vegecio (2005).</note>.
            Y por ser instrumento músico, también se ha de tratar de la música, y por consiguiente,
            de todas las artes liberales y en qué difieren de las ciencias y oficios mecánicos: su
            antigüedad, sus inventores y su primor<note place="bottom">Probable alusión al <hi rend="i">De
                inventoribus rebus</hi> (1499) de Polidoro Virgilio, que disfrutó de enorme éxito
              a lo largo de todo el Siglo de Oro. Véase Atkinson (2007: 22-33). </note>. Es menester
            trastornar toda la Filosofía, comenzando por el libro segundo <hi rend="i">De anima</hi> del
              filósofo<note place="bottom">Se refiere al segundo libro de <hi rend="i">Acerca del
                alma</hi> (<hi rend="i">De ánima</hi>) (402 a.C.) de Aristóteles, donde el filósofo
              estudia en detalle los sentidos del hombre. El estagirita distingue en el proceso de
              sensación entre «potencia», la percepción de la forma de un objeto sensible, sin su
              materia, y «acto», la ejercitación de nuestras facultades sensitivas: «si el alma es
              una entidad o bien constituye una realidad meramente accidental; en segundo lugar, si
              es acto, entelequia o, por el contrario, se trata de una potencia, de una
              potencialidad o capacidad para vivir que poseen ciertos cuerpos naturales y de la cual
              carecen los seres inanimados» (Calvo Martínez 1994: 5).</note>, y declarando qué sea
            potencia auditiva y sus actos<note place="bottom"><title>Aristóteles</title>,
                <hi rend="i">Acerca del alma</hi> (<hi rend="i">De ánima</hi>), lib. II, cap. VIII (1994:
              88-89): «El acto de lo que puede sonar es, por tanto, sonido o "soñación" y el de lo
              que puede oír es oído o audición. Doble es, pues, el significado de oído y doble el de
              sonido. La misma explicación es válida también para el resto de los sentidos y
              sensibles».</note>, qué sea son recto y reflejo<note place="bottom">son recto y
              reflejo: la noción de alma «equivale a la de animado y, como tal, es comparable con
              términos como recto o blanco. Esta posición encuentra sustento, por ejemplo, en el
              llamado pasaje “ryleano” de 408b13-15, donde Aristóteles sostiene que no es el alma la
              que reza o teje, sino el hombre que tiene el alma (408b27). […] Una propiedad, por
              ejemplo, lo recto, se dice que es anterior a otra, lo pulido, en cuanto son
              propiedades de cosas que guardan entre sí una relación de anterioridad, a saber, la
              línea y la superficie. De tal manera que, en el mismo sentido en que son anteriores
              las cosas a las que estas propiedades pertenecen por sí, son anteriores sus
              propiedades. Así, lo recto como propiedad de la línea es anterior a lo pulido como
              propiedad de la superficie [que sería lo reflejo], debido a que la línea es anterior a
              la superficie (1018b38-1019a1). [Escribe el Estagirita]: “Las partes del enunciado, en
              las cuales el enunciado se divide, son anteriores todas o algunas de ellas. Pero el
              enunciado del ángulo recto no se divide en el enunciado del agudo, sino el del agudo
              en el del recto, puesto que para definir el agudo se recurre al recto: en efecto, el
              ángulo agudo es ‘menor que un recto’. Y lo mismo pasa con el círculo y los
              semicírculos, pues el semicírculo se define por el círculo, así como el dedo por el
              todo: en efecto, ‘tal parte del hombre’ es un dedo. Por consiguiente, las partes que
              lo son en cuanto materia y en las cuales, como en su materia, se descompone ‘el todo’,
              son posteriores” (1035b3-12)» (Barrionuevo Chebel 2013: 21, 322 y 539). Los corchetes
              son míos.</note> de los cinco sentidos y de los interiores<note place="bottom"
              >sentidos interiores: «se llama sentido común, interior o imaginativo a «la facultad
              interior, que, según los más de los filósofos, reside en la substancia medular del
              celebro, en la cual se reciben e imprimen todas las especies e imágenes de los
              objetos, que envían sentidos exteriores» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>. Conviene
            resolver cuál es el mejor metal para el clarín: bronce, plata, oro, hierro o estaño. Y
            tratando de la materia, claro está que se ha de tratar de la forma y de toda la física;
            luego de los metales y minas, principalmente de las del cerro de Potosí<note
              place="bottom">Potosí: «monte del Perú abundantísimo en minas de oro, tanto que hasta
              las raíces de los vegetales arrancados contenían áuricas arenas. Ha quedado en
              proverbio y se usa en locuciones análogas a esta: <hi rend="i">vale un potosí</hi>»
              (Domínguez 1853).</note>. El descubrimiento de las Indias orientales y occidentales y
            su conquista, por quién, cuándo y cómo; y concluir el comento con ‘clarín que rompe el
            albor no suena mejor’<note place="bottom">Fórmula de un villancico popular recogido en
              el <hi rend="i">Cancionero de Palacio</hi>: «Gime y suena / el remo a que nos condena / el
              niño Amor: / clarín que rompe el albor / no suena mejor». La reciclaría Calderón de la
              Barca, en su comedia <hi rend="i">En esta vida todo es verdad y todo es mentira</hi> (1664,
              Jornada II, X), y también el propio Góngora en su romance «Contando estaban sus rayos»
              (1614): «¡Ay, cómo gime, mas ay, cómo suena! / Gime y suena / el remo a que nos
              condena / el niño Amor: / clarín que rompe el albor / no suena mejor» (vv. 9-14)
              [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem280#l280.9">OC280.9-14</ref>]. No sería nada raro que, en su afán de burlarse del proceder de los
              exégetas de don Luis, Gómez de Tejada se burlara aquí –sustituyéndola por los versos
              del villancico– de la glosa que Salcedo Coronel (1629: 8-9) le dedicó al «clarín» en
              su <hi rend="i">Polifemo comentado</hi>, toda vez que aquella terminaba con la cita de un
              soneto de Petrarca: «O Fortunato che si chiara tromba / trovasti al
            mondo».</note>.</p>
          <p>»La segunda palabra del primer verso es <hi rend="i">que</hi>. ¡Oh, grandeza inefable de la
            erudición, lo que está aquí encerrado! Tratárase de <hi rend="i">quis vel qui</hi><note
              place="bottom">En latín «quién (interrogativo) o quien (relativo)». Guiño chistoso al
              pareado sobre la dificultad para aprender los casos del relativo en latín: «<hi rend="i">quis
                vel qui</hi> / todos los burros se atascan ahí» (Iribarren 1974: 44).</note> y sus
            compuestos. De los relativos gramáticos y de los lógicos<note place="bottom">Es decir,
              de los pronombres relativos y sus conectores lógicos.</note>. Averiguarse ha por sus
              cabales<note place="bottom">por sus cabales: ‘correctamente’, ‘en su justa medida’,
              expresión que «denota que lleva comprada una cosa por todo lo que vale rigurosamente»
                (<hi rend="i">Aut</hi>.). </note> si hay predicamento de relación distinta de sus
            fundamentos. Dios tenga de su mano al buen <name type="authority">Aristóteles</name>,
            que aquí peligra su opinión. Es conveniente hablar de la Gramática, y porque esta
            transciende todas las lenguas, no quedará alguna sin su arte y vocabulario. Y en estas
            dilucidaciones la confusión de Babilonia se verá más clara que los versos incultos<note
              place="bottom">En el <hi rend="i">Génesis</hi> (IX, 4-9) se lee: «Venid y edifiquemos una
              torre cuya cumbre llegue hasta el cielo». Y después: «Después del diluvio, los hijos
              de Noé poblaron los campos de Armenia donde se había detenido el arca. Tras
              multiplicarse rápidamente, y pasando a las regiones meridionales, vinieron por último
              a la tierra de Senaar, donde hallaron una fértil campiña que fue después asiento de
              Babilonia. Resolvieron entonces construir una torre tan alta que se tocase con las
              nubes. […] Mas he aquí que, según dice la Escritura en su estilo figurado, «descendió
              el Señor para ver la torre que edificaban los hijos de Adán. Y habiéndole desagradado
              el orgulloso pensamiento, y más aún la desconfianza en su promesa de que no volvería a
              sumergir la tierra, quiso castigarlos de un modo ejemplar. Sucedió que, trocadas de
              repente sus lenguas, no podían entenderse unos a otros. […] Y a lo largo de muchos
              siglos, la luna, amiga melancólica de las ruinas desoladas, visitaba en las noches
              claras los restos de aquella torre que, en caldeo, se llama Babel. Y traducido a
              nuestra lengua ‘confusión’». Babel, como mito y como símbolo está muy presente en la
              Europa de la Edad Moderna. Véanse Becker (1995) y
              Martin-Jacquemier (2006). Por lo demás, desde la carta anónima
                (atribuida a Lope) que imputa a las <hi rend="i">Soledades</hi> la confusión babélica de
                lenguas, el motivo y el temor a la pérdida de la lengua en un caos de anarquía y
                confusión son lugares recurrentes en la polémica gongorina.</note>. Tratarse ha
            del ‘quiquiriquí’, de la naturaleza de los gallos y por qué cantan a ciertas horas, por
            qué se recelan los leones de su voz<note place="bottom">Esta creencia popular se
              reflejaría en el <hi rend="i">Fabulario</hi> de Sebastián Mey (2017: 150); en concreto en
              el cuento de <hi rend="i">El asno, el gallo y el león</hi>: «El asno y el gallo estaban
              juntos en un prado, buscando cada cual su mantenimiento. Habiéndose desmarchado por
              allí un león, en viendo el asno, quiso embestir con él y comérsele; sino que cantó en
              este punto el gallo, y el león (el cual dicen que naturalmente le tiene miedo) echó
              luego a huir». Copello (2017: 150) subraya que esta leyenda es del todo clásica, dado
              que se había registrado ya en Lucrecio, Esopo y Pedro Mejía.</note>, y luego encajar
            toda la historia de animales.</p>
          <p>»La tercera palabra, <hi rend="i">rosicleres</hi>, ¡qué hermosura tiene! Dedúcese de «rosa»,
            reina de las flores, y es muy importante en el uso de la medicina. Ya es forzoso tratar
            de esta ciencia, y muy en particular de las plantas, desentrañando a <name
              type="authority">Dioscórides</name><note place="bottom"><title>Dioscórides</title> (c.
              40-90) fue un médico y farmacólogo griego que destacó por sus conocimientos botánicos.
              Véase García Valdés (1998).</note>. Y si a la rosa, antes blanca, purpureó<note
              place="bottom">purpurear: «tomar o mostrar el color de púrpura» (<hi rend="i">Aut</hi>.).
              Góngora usó este verbo en cinco lugares de su corpus: «y, viendo purpurear / las rojas
              prendas del ángel» («En el baile del Egido», 1608, vv. 49 y 50) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem216#l216.49">OC216.49-50</ref>]; «arrima
              a un fresno el fresno, cuyo acero, / sangre sudando, en tiempo hará breve / purpurear
              la nieve» (<hi rend="i">Dedicatoria al duque de Béjar</hi> de las <hi rend="i">Soledades</hi>,
                «Pasos de un peregrino son errante», 1613, vv. 13-15)» [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264A#l264A.13">OC264A.13-15</ref>]; «Extrañando la
              dotrina / del joven que hermano cree, / la vergüenza a Celidaja / le purpureó la tez»
              («En la fuerza de Almería», 1620, vv. 81-84) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem351#l351.81">OC351.81-84</ref>]; «Ya, mal distinto
              entonces, el rosado / propicio albor del Héspero luciente, / que ilustra dos
              eclípticas ahora, / purpureaba al Sandoval que hoy dora» (<hi rend="i">Panegírico al duque de
                Lerma</hi>, «Si arrebatado merecí algún día», 1617, vv. 141-144) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.141">OC313.141-144</ref>];
              «Asiste al que dos mundos, garzón bello, / veneran rey, y yo deidad adoro; /
              purpureará tus aras blanco toro / que ignore el yugo su lozano cuello» (<hi rend="i">Estando
                enfermo su Majestad Filipo cuarto</hi>, «Los rayos que a tu padre son cabello»,
                1621, vv. 5-8) [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem356#l356.5">OC356.5-8</ref>].</note> sangre de Venus, obligación tienen todas las
            antiguas fábulas y transformaciones de Ovidio de venir a dar la obediencia y razón de
              sí<note place="bottom">Gómez de Tejada se burla de los alardes de erudición,
              convocados con el mínimo pretexto, para que desfilen ante el comentarista y el sufrido
              lector, como una serie de vasallos o de soldados que vienen a rendir pleitesía o a
              blasonar de ella: así, las fábulas de las <hi rend="i">Metamorfosis</hi> de Ovidio, porque
              se ha tratado de la rosa que purpureó la sangre de Venus.</note>.</p>
          <p>»Y supuesto que<note place="bottom">supuesto que: ‘dado que’.</note> hay rosa
            castellana y alejandrina<note place="bottom">Alusión a dos tipos de rosas: la
                <hi rend="i">gallica</hi> (castellana) y la <hi rend="i">damascena</hi> (alejandrina). Esta
              última (<hi rend="i">rosa centifolia</hi> L.) se utilizaba para purgar a los enfermos.
              Según Dioscórides, «las que propiamente se llaman rosas de Alejandría, o moscadas, se
              ven pocas en España. Decríbelas de esta forma: ‘Sunt praeterea alia rosa alba ad
              citrinum tendentes, parva pauca folia habentes, qua fere per totum annum in arbore
              videntur quas mosebatas, quia mosebi odorem referunt, vel Alexandrinas vulgus
              appellant. Ha vere, odore capus tentant et potentissime alum sabducunt’» (Salcedo
              Coronel 1645: 567-568). </note>, bien pueden tener paciencia las dos Castillas, que se
            han de historiar y hacer polvos<note place="bottom">las dos Castillas se han de
              historiar y hacer polvos: otra metáfora humorística, tomada esta vez de la medicina y
              de la farmacopea: para la confección del comentario de las palabras
                <hi rend="i">alejandrina</hi> y <hi rend="i">castellana</hi>, como si se tratara de una poción
              o de un remedio cualquiera, habría que ir a recoger en florilegios y silvas las
              historias de ambas Castillas, para luego pasarlas por el mortero.</note> para la
            inteligencia del soneto. ¿Qué diré de Alejandría, fundación del grande Alejandro, ciudad
            famosa de Egipto? Aquí necesariamente ha de parecer en juicio el turco y todo su
              imperio<note place="bottom">parecer en juicio: ‘comparecer’, ‘presentarse’, ‘ser
              convocado’. Siguen las hipérboles humorísticas: el turco y todo su imperio deben ser
              traídos a colación por el comentarista.</note>, sin perdonar a Mahoma y su
              zancarrón<note place="bottom">Mahoma y su zancarrón: expresión popular usada
              comúnmente para catalogar algo como absurdo o ridículo. Hace referencia, de forma
              despectiva, a la leyenda cristiana sobre un supuesto brazo de Mahoma que se guardaba
              como reliquia y que probaba la traición morisca a su propia ética, contraria a
              conservar los restos de los mártires (Perceval 1988). El <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi> define así este frasema:
              «llaman por irrisión los huesos de este falso profeta, que van a visitar los moros a
              la Mezquita de Meca». Véase asimismo Sánchez Jiménez (2019). </note>, con un tratado
            distinto de Alejandría de la Palla<note place="bottom">Alejandría de la Palla
                (<hi rend="i">Alessandria de la Paglia</hi>): fue el nombre con el que se conoció a la
              capital del actual Piamonte, que formó parte durante largo tiempo del ducado milanés y
              estuvo bajo dominio español desde 1535 hasta 1707. Véase Bocca y Centini
              (1995).</note>, de Italia y del Imperio romano. Contáranse las hazañas del muy famoso
            y esforzado caballero Rosicler, del caballero del Febo y todos los caballeros
              andantes<note place="bottom"><hi rend="i">Rosicler</hi> y el <hi rend="i">caballero del
                Febo</hi> son dos caballeros gemelos, hijos del emperador Trebacio de Grecia y
              Briana de Hungría, que pertenecen a la serie de <hi rend="i">Espejo de príncipes y
                caballeros</hi>, también conocida como <hi rend="i">El caballero del Febo</hi>, cuya
              primera parte, a cargo de Diego Ortúñez de Calahorra, se publicó en 1555 (Zaragoza) y
              consta de cuatro secuelas. Véase Eisenberg (1975).</note>. Y rematar con el enigmilla
            de <hi rend="i">quinque fratres eodem tempore nati</hi><note place="bottom">Acertijo
              botánico: «Quinque sumus fratres, et eodem tempore nati. Sunt duo barbati, duo sunt
              barba absque creati. Unus et e quinque non est barbatus utrinque» (‘Somos cinco
              hermanos nacidos en un mismo tiempo. Dos tienen barbas, dos no las tienen, y uno tiene
              solo media’). La solución se corresponde con los cinco sépalos de la rosa canina.
              Véase Stearn (1965). Se prolongan así las digresiones derivadas de la palabra
              «rosicler».</note>, etc.</p>
          <p>»Finalmente, la cuarta dicción del verso es <hi rend="i">troglodita</hi>, región bárbara de
            Etiopía. Viven en cuevas, susténtanse de serpientes, según <name type="authority"
              >Plinio</name><note place="bottom"><title>Plinio el Viejo</title>, <hi rend="i">Historia
                natural</hi> (<hi rend="i">Naturalis historia</hi>), lib. V, cap. VIII: «en el contorno
              interior de África, en dirección al mediodía y por encima de los gétulos […], los
              primeros habitantes de todos son los libies egipcios, a continuación los etíopes
              leucos, sobre ellos diversos pueblos etíopes […]. Después de todos estos hacia oriente
              hay un amplio territorio deshabitado hasta los garamantes, los augilas y los
              trogloditas. […] Los trogloditas excavan cuevas, estas son sus casas; comen carne de
              serpiente y usan un silbido, no la voz: hasta este punto carecen de la posibilidad de
              comunicarse con las palabras» (1998: 201-202).</note>. Inexcusable es aquí la
            Geografía, descripción del mundo, con las tablas de Ptolomeo y mapas de Abraham
              Ortelio<note place="bottom">Abraham Ortelius (1527-1598) fue un cartógrafo flamenco
              que se ganó merecidamente el apodo de «Ptolomeo del siglo XVI». Escribió, entre otras
              obras, el <hi rend="i">Theatrum Orbis Terrarum</hi> (1570). Véase Blanco (2012a: 333-376),
              para quien, «a despecho de varios precedentes, [Ortelius] pasa por ser el fundador de
              la geografía histórica» (338).</note>, con todos los reinos y ciudades del mundo, sus
            costumbres, ritos y gobiernos, sus ríos y montes. Y habiendo sido en opinión de los
            antiguos filósofos inhabitable la tórrida zona<note place="bottom">Figueras Martí (1998:
              136) anota que «la Antigüedad dividía la tierra y el cielo en cinco grandes zonas: la
              ártica, la antártica ([ambas] heladas) y tórrida se tenían por inhabitables. Luzán usa
              poéticamente las teorías [tolemaicas] que suponían que la región elementar, el cielo,
              contenía los cuatro elementos y se subdividía en tres regiones: la primera era nuestro
              planeta, región de tierra y agua e inferior. La segunda, la del aire, era helada, y en
              ella nacían el granizo y las nieves. La superior o tórrida, la más vecina al Sol, era
              la del fuego, y de ahí se originaban los rayos, truenos y relámpagos». Considero, tal
              como repetiré en la nota <ref xml:id="ref20" target="ref19">238</ref>, que Gómez de Tejada se
              refiere aquí a Etiopía. </note>, se ha de dar razón de su engaño y por qué en tanto
            fuego soplan vientos frescos y en algunas partes es intolerable el frío. Y por lo que
            toca a las celestiales influencias y por la plaga<note place="bottom">plaga: «en la
              geografía significa lo mismo que clima o zona» (<hi rend="i">Aut</hi>.). El talaverano
              piensa en un tipo de cielo concreto para los trogloditas, que, por el color de su
              piel, ha de corresponderse con el Sol, cuarto cielo en la concepción tolemaica. Volver a la nota <ref xml:id="ref19" target="ref20">237</ref>.</note> del Cielo a que corresponden los
            trogloditas, no se ha de olvidar una línea ni un punto de toda la cosmografía hasta
            tocar el Cielo impíreo<note place="bottom">cielo impíreo: «lo mismo que Empíreo»
                (<hi rend="i">Aut</hi>.). El Empíreo es el Cielo (<hi rend="i">Aut</hi>.); en concreto el más
              exterior de todos en la cosmografía tolemaica.</note> y entrar en él, si pueden versos
            que tanto atormentan a los discursos».</p>
          <p>– ¿A qué propósito –dijo el lebrel– tantos y tan diferentes tratados en el comento de
            un solo verso?</p>
          <p>– El propósito –respondió la raposa– yo no le alcanzo, pero bien sé que muchos
            comentadores lo usan así.</p>
          <p>– Ridículo desvelo –replicó el lebrel–. Y dado que todo el soneto así se comentara,
            ¿pudiérase entender?</p>
          <p>A lo cual, la raposa:</p>
          <p>– De ninguna manera: ni su autor lo entendió. Pero si esto os admira, yo admiraré
            también vuestra poca lección de poetas en varias lenguas, cuyos comentadores se quiebran
            y nos quiebran las cabezas en contar historias y fábulas de que están llenos los libros
            y dejan sin declarar los lugares dificultosos que había de ser su principal cuidado,
            tengo para mí que porque no los entienden. ¡Oh, qué de ejemplos te pudiera traer para
            probarlo indubitablemente de comentadores latinos! Los de nuestra nación, si algunos
            hay, ni acuso ni defiendo.</p>
          <p>»¿Qué diré de la gallarda imitación<note place="bottom">Gómez de Tejada parodia ahora
              el entusiasmo con el que algunos comentaristas ensalzan a Góngora por encima de toda
              la tradición clásica y española.</note>, que su autor encarece en este soneto? ¿Qué de
            sus tropos? Principalmente de aquel hipérbaton «<hi rend="i">sus</hi> que penetra
              <hi rend="i">piro</hi>». ¿Fue tan galante el de <name type="authority">Virgilio</name>,
                <quote><hi rend="i">septem subiecta trioni</hi></quote><note place="bottom"
                ><hi rend="i">Geórgicas</hi> (<hi rend="i">Georgicon</hi>), lib. III, v. 381: «<hi rend="i">talis
                Hyperborio Septem subiecta trioni</hi> / <hi rend="i">gens</hi> […]», esto es, «así
              vive esta raza de hombres indómitos situada en el Septentrión Hiperbóreo
                (<hi rend="i">Hyperborio Septemtrioni</hi>)» (1994: 209). Nótese que Virgilio dividió la
              palabra <hi rend="i">Septemtrioni</hi> en dos, igual que hiciera el búho en su soneto: «el
                <hi rend="i">sus</hi> que penetra<hi rend="i"> piro</hi>». Como explica Pozuelo Calero (2019),
              «por lo que toca a Góngora, su peculiar orden de palabras, caracterizado igualmente
              por el hipérbaton, puede explicarse <hi rend="i">a priori</hi> de dos formas contrapuestas:
              o bien como una imitación de este orden latino, es decir, como un cultismo más, en la
              misma línea que sus latinismos léxicos y sintácticos por ejemplo; o bien,
              alternativamente, como una complicación artificiosa del orden del castellano que opera
              desde dentro de la propia lengua. La opinión más extendida tradicionalmente es, como
              es bien sabido, la primera».</note>? ¡Qué bizarría, en la imitación del mismo poeta en
            sus <title>Églogas</title> (<quote><hi rend="i">Ipse sed in pratis aries iam suave rubenti /
                murice iam croceo mutabit vellera luto</hi></quote><note place="bottom"
                ><hi rend="i">Bucólicas</hi> (<hi rend="i">Bucolica</hi>), égloga IV, vv. 43-44: «La lana no
              aprenderá a fingir colores variados, sino que el propio carnero, en los prados,
              cambiará sus vellones ora con púrpura suavemente roja, ora con amarillo azafrán»
              (2003: 44).</note>), cuando dice el soneto: «al múrice diseña y colorido»!</p>
          <p>– ¿Qué tiene que ver ese verso –dijo el lebrel– con los de Virgilio para que la llames
            imitación?</p>
          <p>Y la raposa:</p>
          <p>– Lo que tienen infinitos lugares de poetas con los famosos que sus comentadores dicen
            que imitan, sin haberlos pasado por el pensamiento, y aun es probable que sin haberlos
            visto jamás. Cuanto a las márgenes, se han de escribir con más boscajes y variedad que
            tiene en las suyas el río de la Magdalena<note place="bottom"> río de la Magdalena: nace
              en Colombia, en la cordillera de los Andes, y desemboca en el mar Caribe.</note> o el
            de las Amazonas<note place="bottom">río de las Amazonas: Francisco de Orellana bautizó
              así a este torrente americano tras enfrentarse a una tribu en la que las mujeres
              luchaban con la misma violencia que los hombres e incluso lideraban los ataques. Esta
              imagen le recordó al mito griego de las amazonas (Carvajal 1955).</note>. No ha de
            haber palabra en el texto a que no corresponda en la margen su autor; sea ejemplo el
            mismo verso. Por la palabra <hi rend="i">clarín</hi> se citará el conde Claros
              manuscrito<note place="bottom">Referencia al <hi rend="i">Romance del Conde Claros de
                Montalván</hi>. Como estudió Díaz (1978: 57-58), «fue el ‘Romance de don Claros de
              Montalbán’ una composición muy divulgada durante el siglo XVI, y así lo atestiguan las
              abundantes muestras que de ella encontramos en romanceros, pliegos y obras de música».
            </note>. Por el relativo «que», el buen Antonio de Nebrija; por «rosicleres», <hi rend="i">El
              caballero del Febo</hi>; y por «troglodita», las tablas de Ptolomeo, todos príncipes
            en su facultad. Concluye el intérprete de este babilónico soneto que es inteligible, mas
            imposible entenderle hasta que se hallen los libros de Empédocles, aquel soberbio poeta
            que, afectando inmortalidad<note place="bottom">afectando inmortalidad: ‘jactándose de
              inmortales’. Los cultos, meros poetastros, quieren, en su vanidad, alcanzar eterna
              fama.</note>, como los cultos de estos tiempos, se arrojó en el volcán de Etna<note
              place="bottom">Durante mucho tiempo se creyó que Empédocles se arrojó al volcán Etna
              para confirmar su fusión con la naturaleza (Diógenes Laercio 1947: 156-157). Aunque se
              desconoce la verdadera causa de la muerte del filósofo, esta presunción ha quedado hoy
              desmentida.</note>; por quien dijo <name type="authority">Horacio</name> –y todos es
            bien que lo digamos– <quote><hi rend="i">sit ius, liceatque perire poetis</hi></quote><note
              place="bottom"><title>Horacio</title>, <hi rend="i">Epístola a los Pisones</hi> (<hi rend="i">Arte
                poética</hi>) (<hi rend="i">Epistula ad Pisones</hi> [<hi rend="i">Ars poetica</hi>]), v.
              466: «han de tener derecho y licencia para morir los poetas» (2008: 410). Dado que
              poco después Gómez de Tejada cita una glosa de Ascensio al <hi rend="i">Arte poética</hi>,
              es probable que el talaverano manejara la edición de Venecia de 1549.</note>. Perezcan
            en buen hora como precitos<note place="bottom">precito: «condenado a las penas del
              infierno» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, mueran en su impenitencia, castíguelos su
            obstinación.</p>
          <p>»Finalmente este soneto es hermano de los libros del otro Sexto<note place="bottom"
              >Sexto, narratario de muchos de los epigramas de Marcial, fue archivero de la
              Biblioteca Imperial de Domiciano (Guillén 2004: 228).</note>, a quien dice <name
              type="authority">Marcial</name>: <quote><hi rend="i">non lectore tuis opus est sed Apolline
                libris</hi></quote>. Bien que lo inteligible se resistirá al mismo Apolo, porque
            lo escible<note place="bottom">escible: ‘que puede aprenderse o comprenderse’. Adjetivo
              derivado del verbo latino <hi rend="i">scio</hi> (‘saber’, ‘conocer’).</note> solamente se
            sabe: hagan ellos atentos en vano a los Dioses y mis versos <quote><hi rend="i">grammaticis
                placeant et sine grammaticis</hi></quote><note place="bottom">Ambas citas
              pertenecen al mismo epigrama de <title>Marcial</title> (<hi rend="i">Epigramas</hi>, lib.
              X, XXI): «Scribere te quae vix intellegat ipse Modestus / et vix Claranus, quid rogo,
              Sexte, iuvat? / Non lectore tuis opus est, sed Apolline libris: / iudice te maior
              Cinna Marone fuit. / Sic tua laudentur sane: mea carmina, Sexte, / grammaticis
              placeant, ut sine grammaticis»; que en su traducción (2004: 427) reza: «Escribir lo
              que a duras penas entendería el mismo Modesto y a duras penas Clarano, ¿qué placer,
              pregunto, Sexto, te produce? Tus libros necesitan no un lector, sino un Apolo. A
              juicio tuyo, Cinna fue más grande que Marón. Ojalá tus versos sean elogiados, ¡ea!
              Los míos, Sexto, que les gusten a los gramáticos, aunque sin gramáticos» (la
              cursiva corresponde a los versos evocados por Gómez de Tejada.). Marcial alude a Apolo
              como intérprete de los oráculos y la última frase manifiesta el deseo de sus poemas
              gusten a todos sin necesidad de explicación de los gramáticos. Este poema de Marcial
              se cita con frecuencia dentro de la polémica gongorina. Tan solo entre los publicados
              por OBVIL, lo traen a colación Faria y Sousa (<hi rend="i">Noches claras</hi>, 1624
                  [<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_nochesclaras">1624_nochesclaras</ref>]), Jáuregui (<hi rend="i">Discurso poético de don Juan de Jáuregui</hi>, 1624
                  [<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico">1624_discurso-poetico</ref>]), Quevedo (<hi rend="i">Prólogo a las obras de Fray Luis de León</hi>, 1631
                  [<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1631_obras-quevedo">1631_obras-quevedo</ref>]), Cascales (Cartas sobre la poesía nueva de don Luis de Góngora,
                  1634 [<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1634_cartas-cascales">1634_carta-cascales-triblado</ref>]) y Angulo y Pulgar (<hi rend="i">Epístolas satisfactorias</hi>, 1635
                  [<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1635_epistolas">1635_epistolas</ref>]).</note>.</p>
          <p><hi rend="i">–</hi> Mucho contradices –dijo el lebrel–, hermana raposa, la secta de los
              cultos<note place="bottom">secta: «la doctrina, máxima u opinión particular enseñada
              por algún maestro célebre, que la halló o explicó y otros la siguen y defienden»
                (<hi rend="i">Aut</hi>.). Este término, junto con el de «herético», se usó para motejar a
              los culteranos. En las <hi rend="i">Academias del Jardín</hi> de Salvador Jacinto Polo de
              Medina (1948: 30-31), Jacinto, trasunto del propio autor, reparte un total de ocho
              cédulas, de las cuales tres avienen con las ideas de Gómez de Tejada en sus apólogos:
              «3) ha llegado a este lugar un maestro graduado en Torre de Babilonia. Enseña todas
              las lenguas y, principalmente, la culta, por moderado precio, y a los poetas de balde;
              [...] 5) han llegado a nuestra lengua católica poetas herejes y cultos. Vuesas ms. les
              ayuden con su limosna, y cumplirán con los que mandan los cuadros de las ánimas del
              purgatorio: <hi rend="i">Sácame de aquí, que mañana será por ti</hi>; 6) «cierto poeta que
              se ha convertido a su Dios, y dejado la mala secta culta en que vivía, pide por esta
              cédula que rueguen a Dios por él porque le conserve en su claridad, y a Vs. ms. no les
              deje caer en la tentación».</note>. Menos palabras quisiera y más razones.</p>
          <p>– Basta que sea secta –respondió la raposa–. Además, que han escrito ya tantos en esta
            materia y tan eruditamente que me excusan dar a luz un docto tratado que llegó a mis
            manos de un poeta elborense de la Carpetania<note place="bottom">elborense: gentilicio
              de Élbora, actual Talavera, situada en la región hispana antigua de
                <hi rend="i">Carpetania</hi>, que comprendía a la actual Madrid y parte de Castilla-La
              Mancha. El mismo Gómez de Tejada, que vio la luz en Toledo, pero fue pronto trasladado
              a esta ciudad, de la que se sentía oriundo (Madroñal 1991: 293), escribiría una
                <hi rend="i">Historia de Talavera</hi>, de la que se conserva un manuscrito de 1651
              copiado por fray Alfonso de Ajofrín. Este misterioso poeta del que habla la raposa no
              es sino el propio autor, como apuntara Madroñal (1991: 307). Lo cierto es que la
              obra del licenciado evidencia cierto gusto por incluirse dentro de la diégesis, a
              menudo asociado a Talavera y al mundo de las letras. Así, en el <hi rend="i">León prodigioso…
                Segunda parte</hi> (1673: 188-189) se camufló bajo el personaje del cura
              Constancio: «encontraron a Constancio, un estudioso sacerdote. Saludáronle y,
              habiéndole informado del suceso y conferido sobre él, le preguntaron en qué se ocupaba
              y qué papel era el que traía en las manos. Respondió que meditaba la vanidad del
              mundo, huyendo de él y de todas sus cosas –que son Nada– a tan apacible soledad,
              adonde lo hallaba todo, y que con ocasión de lo que estos días de feria había pasado
              en Élbora […] había compuesto un poema que inscribía, <hi rend="i">El Todo</hi>,
              correlativo al que otro tiempo escribió, <hi rend="i">La Nada</hi>». Pues bien, <hi rend="i">La
                Nada</hi>, bautizada como «poema tropológico» por el autor, había aparecido en la
              primera parte del <hi rend="i">León prodigioso</hi> (1636: f. 409r-440r). El citado Constancio
              hará de nuevo acto de presencia en la <hi rend="i">Nochebuena</hi> (Gómez de Tejada 1661:
              15): «En la antigua y gran ciudad de Élbora, hoy Talavera, adonde con alegres
              demostraciones, como en toda la cristiandad, se celebra la festividad del nacimiento
              de Jesucristo, nuestro bien, Constancio, un sacerdote dado a los estudios de todas las
              buenas letras y hábitos morales, y don Félix, un caballero su amigo […], convinieron
              un año en celebrar afectuosos y liberales la noche de Navidad […]. Para esto se
              encargó Constancio de escribir un diálogo pastoril con su prólogo y los himnos
              convenientes a la música de tales días». Modernizo la grafía.</note>. Y por que
            entiendas qué habla fundamentalmente, escucha un breve fragmento; y al que de los
            compañeros pareciere penoso, pasando adelante puede continuar su camino, sin romper el
            hilo de los sucesos que al Africano suspenden<note place="bottom">Gómez de Tejada invita
              a sus lectores a dejar atrás la digresión anticulta y, si no les interesa la Retórica,
              a seguir con la historia de Auricrino.</note>. Suponiendo, pues, que el nombre
              <hi rend="i">culto</hi> en esta acepción es antífrasis<note place="bottom">antífrasis:
              «figura retórica que se comete cuando se denota una cosa con voces que significan lo
              contrario» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>, como el bosque se llama <quote><hi rend="i">lucus eo
                quod non luceat</hi></quote><note place="bottom"><title>Donato</title>, <hi rend="i">Arte
                mayor</hi> (<hi rend="i">Ars maior</hi>), III, ¶ 6: «Antiphrasis est unius uerbi
              ironia, ut ‘bellum’, ‘lucus’ et ‘Parcae’: ‘bellum’, hoc est minime bellum, et ‘lucus’
              eo quod non luceat, et ‘Parcae’ eo quod nulli parcant»; lo que en español quiere
              decir: ‘la antífrasis es una de las ironías de las palabras, por ejemplo con guerra,
              bosque y Parcas: la guerra (<hi rend="i">bellum</hi>) es muy poco agradable (<hi rend="i">bellum</hi>), el bosque (<hi rend="i">lucus</hi>),
                  porque no brilla (<hi rend="i">luceat</hi>) y las parcas porque a ninguno perdonan (<hi rend="i">parcant</hi>)’.</note>,
            según <name type="authority">Servio</name><note place="bottom"><title>Servio</title>:
              Mauro Servio Honorato, gramático latino, famoso por su comentario a las obras de
              Virgilio: <hi rend="i">Servii Grammatici qui feruntur in Vergilii Carmina Commentarii</hi>
              (Thilo y Hagen 1986). También se encargó de glosar el <hi rend="i">Ars maior</hi> de
              Donato, de ahí que la raposa lo cite.</note> y según <name type="authority">san
              Jerónimo</name>, reprehendiendo los que se imponen del todo contrarios a la cosa
            significada, como nuestros cultos: <quote><hi rend="i">An ideo tibi bellus videris, quia Fausto
                vocaris nomine? Quasi non et lucus ideo dicatur, quod minime luceat, et Parcae quae
                nequaquam parcant, et Eumenides furiae, quod non sint benignae, et vulgo Ethiopes
                vocentur argentei</hi></quote><note place="bottom"><title>San Jerónimo</title>,
                <hi rend="i">Cartas</hi> (<hi rend="i">Epistolae</hi>), carta XL (a Marcela sobre Onaso): ‘¿Es
              que te crees lindo porque te llamas Fausto, que es nombre de buen agüero? Como si el
              bosque no se llamara <hi rend="i">lucus</hi>, porque no luce; y las Parcas, porque jamás
              perdonan, y Euménides (o benignas) las Furias. Y la gente llama a los etíopes los del
              tinte de plata’. </note>.</p>
          <p>»Y suponiendo también cierto el parecer de <name type="authority">Quintiliano</name>,
            que <quote><hi rend="i">omnia liberiora poetis, quam oratoribus</hi></quote><note
              place="bottom"><title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La formación del orador</hi>
                (<hi rend="i">De institutione oratoria</hi>), lib. VIII, cap. VI, ¶ 19: «[hay] una
              libertad mayor para los poetas que para los oradores» (1999: 251). </note> (en lo cual
            se funda el estilo de estos apólogos<note place="bottom">Se refiere a los suyos propios,
              o sea, a los dos que son objeto de la presente edición.</note>), digo que más quiero
            creer a cuatro testigos mayores de toda excepción<note place="bottom">testigos mayores
              de toda excepción: personas cuyas opiniones son decisivas por su autoridad o prestigio
              y, en buena lógica, carecen de tacha o excepción moral.</note>, y dignos jueces de
            esta causa, que a cuatro presumidos sectarios que ayer se levantaron sobre el aire y ya
            estuvieran sepultados en el olvido si no huyeran a las tinieblas que los culpan y
            defienden. Los testigos y jueces son: <name type="authority">Aristóteles</name>, <name
              type="authority">Marco Tulio</name><note place="bottom"><title>Marco Tulio
                Cicerón</title>.</note>, <name type="authority">Quintiliano</name> y <name
              type="authority">Horacio</name>. Quisiera pasar en silencio un testimonio del <name type="authority">Estagirita</name><note place="bottom"
              >estagirita: «natural de Estagira, […] antigua ciudad de Macedona, patria de
              Aristóteles» (<hi rend="i">DRAE</hi> 1884). Gómez de Tejada hace referencia al autor de
                la<hi rend="i"> Poética</hi>.</note> por ser tan común, pero es tan <hi rend="i">ex
              diametro</hi><note place="bottom">diametralmente: «opuestamente, contrariamente, con
              la mayor oposición y contradicción» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> opuesto al error
            contrario, calificándole bárbaro o enigmático, que, tratando esta materia, es
            inexcusable su autoridad. Dice, pues, en su <title>Arte Poética</title>:
                <quote><hi rend="i">Dictionis autem virtus ut perspicua sit, non tamen
              humilis</hi></quote><note place="bottom"><title>Aristóteles</title>,
                <hi rend="i">Poética</hi> (<hi rend="i">Περὶ Ποιητικῆς</hi>), lib. XXII: «la excelencia de la elocución
              consiste en que sea clara sin ser baja» (1974: 208).</note>. Y poco más adelante:
                <quote><hi rend="i">Peregrinum voco varietatem linguarum translationem, extensionem, tum
                quodcunque a proprio alienum est. Verum si quis haec omnia simul congerat vel
                aenigma efficiet vel barbarismum</hi></quote><note place="bottom"
                  ><title>Aristóteles</title>, <hi rend="i">Poética</hi> (<hi rend="i">Περὶ Ποιητικῆς</hi>), lib. XXII:
              «entiendo por voz peregrina la palabra extraña, la metáfora, el alargamiento y todo lo
              que se aparta de lo usual. Pero, si uno lo compone todo de este modo, habrá enigma o
              barbarismo» (1974: 209). Cabe señalar que este mismo libro es el punto de partida para
              toda la disquisición contra la oscuridad que redactó Quevedo en el
                  <hi rend="i">Prólogo a las obras de Fray Luis de León</hi> (véase <ref
                target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1631_obras-quevedo"
                >1631_obras-quevedo</ref>).</note>.</p>
          <p>»Si los cultos agregan esto y mucho más, ellos mismos sean jueces; en especial
              translaciones<note place="bottom">translación: «figura retórica, que se usa cuando una
              voz, o palabra se aplica con semejanza y propiedad para la explicación de otra cosa
              distinta de la que directamente significa» (<hi rend="i">Aut</hi>.). Vale por
              ‘metáfora’.</note> con tanta copia<note place="bottom">copia: italianismo,
              ‘abundancia’.</note> y desenfado, como si no fueran arrastradas por los cabellos de
            remotísimos términos, siendo acción muy dificultosa usarlas como conviene. Así lo dice
            poco más abajo: <quote><hi rend="i">cum primis vero decenter uti translationibus maxime est
                arduum</hi></quote><note place="bottom"><title>Aristóteles</title>,
                  <hi rend="i">Poética</hi> (<hi rend="i">Περὶ Ποιητικῆς</hi>), lib. XXII: «Pero lo más importante con mucho
              es dominar la metáfora» (1974: 214).</note>. Y <name type="authority"
              >Quintiliano</name> enseña también la moderación con que se ha de usar este tropo:
                <quote><hi rend="i">Ut modicus autem, atque opportunus eius usus illustrat orationem, ita
                frequens et obscurat, et taedio complet; continuus vero in allegoriam, et aenigma
                exit</hi></quote><note place="bottom"><title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La
                formación del orador</hi> (<hi rend="i">De institutione oratoria</hi>), lib. VIII, cap.
              VI, ¶ 14: «Mas igual que un uso moderado y oportuno de la metáfora da claridad y
              esplendor al discurso, así su uso frecuente lo oscurece y nos llena de hastío, pero su
              aplicación continuada termina en <hi rend="i">alegoría</hi> y <hi rend="i">enigmas</hi>» (1999:
              247-249).</note>. A estos testimonios, acompañados de los que luego citaré, no
            responden, porque no hallan solución que en algún modo disculpe, cuánto más que
            satisfaga; pero en común dicen que los maestros de esta cultura pueden enseñar a todos
            erudición, como versados en la inteligencia e imitación de antiguos poetas, y autorizan
            sus dicciones y frases con que en tal y tal parte lo usaron estos y aquellos graves
            autores.</p>
          <p>»Este es su fundamento más fuerte, este su Aquiles<note place="bottom">su Aquiles: su
              talón de Aquiles, ‘su debilidad’.</note> y este su mayor engaño. ¿Será bien que porque
            un autor clásico tal vez usó alguna frase o translación con ingeniosa singularidad,
            docta o reprehensible, nosotros busquemos todos los modos que todos juntos usaron y
            otros de nuevo<note place="bottom">de nuevo: <hi rend="i">ex novo</hi>, ‘por primera vez’.
            </note> inventados y que los amontonemos en un poema? La falsa<note place="bottom"
              >falsa: «la consonancia que, por haberse dividido en tonos y semitonos, sale
              redundante, por tener un semitono más de los que toca a su proporción, o diminuta por
              faltarle a su proporción un semitono» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Aquí se establece un juego
              de palabras entre las dos acepciones de «falsa»: ‘falsete’ y ‘engañosa,
              fingida’.</note> en la música hace suave consonancia, pero si toda la vistiesen de
            falsas sería música verdaderamente falsa: <quote><hi rend="i">At obscuritas fit etiam verbis ab
                usu remotis, ut si comentarios quis pontificum, et vetustissima foedera, et exoletos
                scrutatus authores, id ipsum petat ex his, ut quae inde contraxerit, non
                intelligantur. Hinc enim aliqui famam eruditionis affectant, ut quaedam soli scire
                videantur</hi></quote><note place="bottom" resp="author"
                ><title>Quintiliano</title>, lib. VIII, cap. VI. </note><note place="bottom">Gómez
              de Tejada tomó este fragmento de <title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La formación del
                orador</hi> (<hi rend="i">De institutione oratoria</hi>), lib. VIII, cap. II, 12: «Por
              el contrario, la oscuridad se produce por medio de palabras que ya están alejadas de
              su uso, como si al investigar uno los <hi rend="i">Anales de los Pontífices</hi>, los más
              antiguos documentos de <hi rend="i">Tratados</hi> y autores ya no leídos, buscara
              precisamente en ellos eso mismo que tomó de ahí, porque no se entiende. Pues de aquí
              pretenden algunos sacar con ahínco fama de rebuscada cultura, para que parezca que
              solo ellos saben ciertas cosas» (1999: 169).</note>. No pudo decir más si en estos
            tiempos escribiera; además que es engaño muy pueril persuadirse que es lícito trasladar
            a nuestra lengua las frases, translaciones y modos propios de la latina. Cada lengua
            tiene sus idiomas<note place="bottom">idiomas: «frase y modo particular de hablar de
              algunos» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> naturales: los hebraísmos no admite la lengua
            griega, porque ya dejaran de serlo; ni los grecismos la latina, ni los latinismos la
              castellana<note place="bottom">El uso de latinismos y derivados de esta lengua
              representa otro de los focos de la polémica, que, como en los demás, encontró tanto
              apologetas como detractores. Un par de ejemplos serían Francisco Fernández de Córdoba
              (el abad de Rute) y Francisco Cascales: «[las palabras latinas] son muy buenas, y a la
              verdad eso es enriquecer nuestra lengua y muy conforme a los preceptos del arte […];
              pero en el frecuentarlas y repetirlas muy a menudo, pues, como a forasteras, se ha de
              ir poco a poco y con recato, dándoles entrada y lugar señalado si queremos que sean
              bien recibidas y estimadas en algo, […] pues, de otra suerte, viene a ser lenguaje
              pedantesco fidentiano» (<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1617_examen">1615_examen</ref>). Transcribo a continuación la postura del
              humanista murciano: «Si ya no es que ha de dañar a este caballero lo que le hace digno
              de premio, que es haber usado de frases nuevas en nuestra lengua, imitadas de la
              latina, y haberlas amplificado con notable gala y agudeza; pues mirando la mejor
              retórica que hasta hoy tenemos, y lo mejor de sus obras, que es el <hi rend="i">Arte
                poética</hi> de Horacio, veremos que esto no tiene inconveniente; pues, como en
              todas las cosas, también se extiende a las palabras la jurisdicción del uso»
              (<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1634_cartas-cascales#body-2-2">1634_carta-villar-ortiz</ref>).</note>. Y no solamente las frases, pero aun algunas
            palabras, tropos y figuras traducidos a otra lengua pierden fuerza, gracia y
            significación. Y así admiro qué satisfechos y contentos quedan algunos cultos cuando
            autorizan sus modos con un lugarcito de poeta latino. Son innumerables los ejemplos con
            que se puede probar esta verdad, y por ser tantos no haré elección particular de poetas
            y lugares escondidos, sino solo de tres o cuatro en los primeros tres libros de la
              <title>Eneida</title> de <name type="authority">Virgilio</name> y de otros tantos en
            las tres primeras <title>Odes</title> de <name type="authority">Horacio</name>, que lo
            mismo hallarás en las demás.</p>
          <p>»<name type="authority">Virgilio</name>, en el libro primero de su
              <title>Eneida</title>, usa una gallarda aposiopesis<note place="bottom">aposiopesis:
              «figura retórica que, según Quintiliano (lib. IX), es toda la oración o discurso en
              que falta algo que pronunciar» (<hi rend="i">Aut</hi>.). </note> y sin controversia
            inimitable: <quote><hi rend="i">Quos ego? Sed motus praestat componere
              fluctus</hi></quote><note place="bottom"><title>Virgilio</title>,
                <hi rend="i">Eneida</hi> (<hi rend="i">Aeneis</hi>), lib. I, v. 135: «¡Si os…! Pero lo primero
              es sosegar el movido oleaje» (2011: 14).</note>. Porque alguno ha de presumir que ha
            imitado felizmente a <name type="authority">Virgilio</name> cuando, en semejante acción,
            dijera: «¿A quién yo? Mas la furia de las olas conviene sosegar». Ni tiene énfasis ni
            gracia. Si yo dijera: «callaron todos y tenían atentos las bocas», ¿admitiéranme por
            excusa que el mismo poeta dijo en el libro segundo: <quote><hi rend="i">conticuere omnes
                intentique ora tenebant</hi></quote><note place="bottom"><title>Virgilio</title>,
                <hi rend="i">Eneida</hi> (<hi rend="i">Aeneis</hi>), lib. II, v. 1: «Quedaron todos callados,
              y atentos el rostro fijo tenían» (2011: 52)</note>? No, por cierto, porque a él le fue
            lícito en la lengua latina y no a mí en la castellana. ¡Sería bueno que yo me atreviera
            a decir este verso: ‘navega Eneas por la sal ausonia’, porque <name type="authority"
              >Virgilio</name> dijo en <title>el tercero</title>: <quote><hi rend="i">et salis Ausonii
                lustrandum navibus aequor</hi></quote><note place="bottom"
              ><title>Virgilio</title>, <hi rend="i">Eneida</hi> (<hi rend="i">Aeneis</hi>), lib. III, v. 385:
              ‘y surcar con las naves el llano del mar ausonio’.</note>; y <name type="authority"
              >Catulo</name>, <quote><hi rend="i">fluctus salis allidebant</hi></quote><note
              place="bottom"><title>Catulo</title>, <hi rend="i">Poemas</hi> (<hi rend="i">Carmina</hi>),
              LXIV, v. 67: literalmente, ‘las olas de sal destruían’, que en español se traduciría
              mejor como ‘las saladas olas rompían’, ya que el mar chocaba aquí contra las
              desordenadas vestimentas de Ariadna, abandonada en la orilla por Teseo. Existen tres
              versiones del pasaje citado: con el verbo <hi rend="i">adludebant</hi> (González Galicia
              2001); con el parónimo <hi rend="i">alludebant</hi> (Pérez Vega y Ramírez de Verger 2005)
              (‘jugar’) y, por fin, con <hi rend="i">allidebant</hi> (‘destruir’), según aparece en el
                <hi rend="i">León prodigioso</hi>. Figura <hi rend="i">allidebant</hi> en la edición de Paris
              de 1604, mientras que en las de Mureto (1554) y Escalígero (1577) se lee
                <hi rend="i">alludebant</hi>, por lo que es probable que Gómez de Tejada manejara una de
              las dos últimas ediciones.</note>, y otros muchos que usan <hi rend="i">sal pro
              mari</hi><note place="bottom"><hi rend="i">sal pro mari</hi>: ‘<hi rend="i">sal</hi> en lugar
              de <hi rend="i">mar</hi>’, a guisa de metonimia. </note>!</p>
          <p><space rend="tab"> </space>»<name type="authority">Horacio</name> pudo decir:
                <quote><hi rend="i">manet sub Iove frigido / Venator tenerae coniugis
              immemor</hi></quote><note place="bottom"><title>Horacio</title>, <hi rend="i">Odas</hi>
                (<hi rend="i">Odae</hi>), lib. I, I, vv. 25-26: «[…] <hi rend="i">Manet sub Iove frigido</hi>
              / <hi rend="i">venerator tenerae coniugis inmemor</hi>». Estos versos quieren decir, en
              realidad, según la traducción de Roca (1975: 4), «<hi rend="i">al raso</hi> permanece el
              cazador / sin acordarse de su tierna esposa». </note>, y yo no puedo imitarle diciendo
            ‘persevera el cazador debajo de Júpiter frío’. En la <title>Ode 2</title> dice:
                <quote><hi rend="i">serus in caelum redeas</hi></quote>, y en castellano reprobaré si
            alguno dijere: ‘tardo vayas al cielo’<note place="bottom"><title>Horacio</title>,
                <hi rend="i">Odas</hi> (<hi rend="i">Odae</hi>), lib. I, II, v. 45. Según Roca (1975: 7),
              «ojalá tardes en volver al cielo».</note>. En <title>la tercera</title>, con primor,
                <quote><hi rend="i">nec rabiem Noti / quo non arbiter Adriae</hi></quote><note
              place="bottom"><title>Horacio</title>, <hi rend="i">Odas</hi> (<hi rend="i">Odae</hi>), lib. I,
              III, vv. 14-15: «<hi rend="i">nec rabiem Noti</hi>, / <hi rend="i">quo non arbiter
              Hadriae</hi>»; ni la furia del Noto, / señor del Adriático’.</note>: ‘ni el furor
            temió del Noto, como el cual viento no hay árbitro del Adriático mar’; aquella palabra,
              ‘<hi rend="i">arbiter</hi>’<note place="bottom">En latín, <hi rend="i">arbiter</hi> vale tanto
              por ‘árbitro’ o ‘juez’ como por ‘señor’ o ‘soberano’; y también por ‘testigo’ y
              ‘espectador’. Góngora utiliza este sustantivo en su <hi rend="i">Soledad primera</hi> (v.
              55): «Vencida al fin la cumbre / del mar siempre sonante, / de la muda campaña, /
              árbitro igual e inexpugnable muro» [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.55">OC264B.55</ref>]. Y Espinosa Medrano (1662_apologetico)
              acudiría a él un par de veces, con la misma acepción: «Apolo, árbitro de las artes,
              padre de las musas», «Apolo, oráculo de las Musas, árbitro del Parnaso».</note>,
            pierde en castellano casi toda la gracia y significación. Y así, puedes discurrir por
            las demás obras de estos y todos los poetas latinos, de lo cual colijo que la imitación
            no es siempre permitida, ni la transposición de vocablos, y que debe regularse con el
            uso prudente y con las frases castellanas, dejando a otras lenguas lo que es proprio
            suyo, pues la nuestra es rica sin que inútil y atrevidamente hurte ajenos tesoros.</p>
          <p>»Antes de traer otros lugares, conviene suponer que la retórica es común a prosa y
            verso, porque siendo arte de bien decir, es forzoso que la poética la guarde: parte
            esencial de la retórica es la elocución<note place="bottom">Este pensamiento linda con
              el «ramismo», escuela fundada por Petrus Ramus (1515-1572), que defendía la retórica
              como «la disciplina de las disciplinas» (Luján Atienza 1999: 218) y, en su base, la
              elocución. La retórica para los ramistas se define como «la facultad de expresarse
              bien sobre cualquier tema» (Luján Atienza 1999: 216), y el arte –del que forma parte
              la poesía– se presentaría como «una sistematización que corrige los errores a que está
              sometida nuestra naturaleza, en tanto que seres corporales imperfectos» (Luján Atienza
              1999: 223).</note>, y la elegancia parte de la elocución. Oigamos, pues, ahora a <name
              type="authority">Marco Tulio</name>: <quote><hi rend="i">Elegantia est, quae facit, ut
                unumquodque pure et aperte dici videatur: haec distribuitur in latinitatem, et
                explanationem.</hi> […]<hi rend="i"> Explanatio est, quae reddit apertam et
                dilucidam orationem: ea comparatur duabus rebus usitatis verbis et
              propriis</hi></quote><note place="bottom"><hi rend="i">Retórica a Herenio</hi>
                (<hi rend="i">Rhetorica ad Herennium</hi>), lib. VI: «La elegancia hace que cada idea
              aparezca expresada con pureza y claridad. Comprende la corrección lingüística y la
              claridad. […] La claridad hace al discurso inteligible y claro y se alcanza de dos
              maneras: con términos de uso común y con términos propios» (1997: 238-239). Como ha
              explicado Núñez (1997: 8), la inclusión de esta obra «en el <hi rend="i">corpus</hi> de
              obras de Cicerón en el siglo IV d. C. le proporcionó durante mucho tiempo un gran
              prestigio y garantizó su pervivencia durante toda la Edad Media». Pese a las dudas de
              ciertos humanistas, el error de atribución llegó hasta Gómez de Tejada, como se
              desprende de este fragmento.</note><note place="bottom" resp="author">Rhet. Li. 4. Ad
              Heren.</note>. ¿Guardan esto los oradores cultos? No. ¿Y los poetas cultos? Menos.
            Pues aquí no hay respuesta, que son preceptos para oradores y no para poetas. Lo uno,
            porque o han de negar que los poetas deben hablar retóricamente, o han de conceder que
            la explanación<note place="bottom">explanación: «declaración o explicación de lo que
              está confuso o dudoso» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> es precepto forzoso. Lo otro,
            porque los oradores ejemplifican sus preceptos con testimonios de poetas, luego sienten
            que los poetas los guardan y deben guardar<note place="bottom">Se trata de un apunte
              original; al menos no lo he registrado en otros autores de la polémica: se refuta la
              afirmación (“respuesta”) frecuente en los defensores de Góngora de que la lengua de
              los poetas está sujeta a otras normas que la de los oradores y no necesita ser, como
              esta, clara y popular. Gómez de Tejada lo rebate con un par de argumentos: 1) si se
              acepta que los poetas deben hablar retóricamente (con elocuencia, persuadiendo), habrá
              que admitir que tienen que dejarse entender («que la explanación es precepto
              forzoso»); y 2) los rétores, que dan preceptos para la oratoria, citan ejemplos
              («testimonios») de poetas [Quintiliano, por ejemplo, trae a menudo a Virgilio para
              ilustrar la definición de las figuras], y juzgan que estos se ciñen a las mismas
              reglas que los oradores o prosistas; a saber: la elegancia, la pureza, la claridad, el
              uso de “palabras medias” y del léxico patrimonial. La duda que nos asalta estriba en
              dónde poner esa linde entre la «claridad» y «la oscuridad», que no es igual que el
              hermetismo. Así, fray José Antonio de Hebrera recogería en su <hi rend="i">Jardín de la
                elocuencia</hi> (1677) varias citas textuales de Góngora, «pero nada de secuaces y
              epígonos, como Pedro Soto de Rojas, Bocángel, etcétera: el Góngora menos gongorino, el
              mismo filtrado por Gracián y sus críticas a los imitadores del cordobés» (Baldissera
              2015: 176). Y tampoco vacila en alabar «la dulzura de don Antonio de Mendoza, la
              propiedad de Lope de Vega, lo terenciano y jocoso de Agustín Moreto [nunca se citan
              sus obras]; lo acre de Francisco de Quevedo; lo lírico de Luis de Góngora; lo cómico
              de Pedro Calderón; lo florido del doct. Montalbán; lo político de Antonio Solís [no
              citado]; lo amoroso de Francisco de Rojas; los demás primores, los poetas españoles
              que tanto han ilustrado la nación con sus poemas» (<hi rend="i">apud</hi>
              Baldissera 2015: 176). A continuación, coincidiendo, pues con el parecer de Gómez de
              Tejada en el <hi rend="i">León prodigioso</hi>, «Hebrera critica el estilo
              hinchado y el excesivo, que se adapta mal a los predicadores: “el hinchado es el
              insufrible, el de los mal contentos con sus naciones, el de los ladrones de palabras y
              peregrinos de voces; contra ellos habla Enríquez Gómez, en la Academias morales, en
              aquel soneto que compone de las voces abultadas, medio latinas y griegas. Don
              Francisco de Quevedo en la Culta latiniparla; Lope de Vega en el Soneto-diálogo de
              Boscán y Garcilaso, y el Espejo de la juventud del ilustrísimo Bravo de la Serna,
              fol. II […] El cacozelo, parenthyrso o follajudo, el que no cabe en el mundo, todo es
              hipérboles, comparaciones excesivas, hinchazón de conceptos y tempestad de truenos sin
              agua; todo es verdores, sin algún fruto: los poetas lo admiten a cada paso, pero del
              mal el menos, si no llegare a los púlpitos. Montalbán lo usó con especialidad”»
              (Baldissera 2015: 178). </note>.</p>
          <p>»Aborrece tanto <name type="authority">Quintiliano</name> la oscuridad que parece tuvo
            delante lo que ahora pasa cuando escribió el capítulo segundo del libro octavo, cuyo
            título es <title>De perspicuitate</title><note place="bottom">Tanto este capítulo de
              Quintiliano como la posterior cita de Livio forman parte del arsenal de los críticos
              de Góngora. Entre los textos del OBVIL, lo citan Jáuregui (<hi rend="i">Discurso poético de
                don Juan de Jáuregui</hi>, 1624 [<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico">1624_discurso-poetico</ref>]), Cascales (<hi rend="i">Cartas
                sobre la poesía nueva de don Luis de Góngora</hi>, 1634
              [<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1634_cartas-cascales#body-2-3">1634_carta-cascales-triblado</ref>]) y Angulo y Pulgar (<hi rend="i">Epístolas
                satisfactorias</hi>, 1635 [<ref target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1635_epistolas">1635_epistolas</ref>]).</note>, adonde se enoja muy de veras
            contra tales escritores y dice que no es vicio nuevo –aunque el nombre de ‘cultos’ lo
            sea en este tiempo–, citando a <name type="authority">Tito Livio</name><note
              place="bottom"><title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La formación del orador</hi>
                (<hi rend="i">De institutione oratoria</hi>), lib. VIII, cap. II, ¶ 18: «In hoc malum a
              quibusdam etiam laboratur: neque id novum vitium est, cum iam apud Titu ivium
              inveniam, fuisse praeceptorem aliquem, qui discipulos obscurare quae dicerent iuberet»
              («Algunos hasta se afanan para conseguir este mal producto. Y esta aberración no es
              nueva, puesto que ya en Tito Livio encuentro que hubo cierto maestro que mandaba a sus
              discípulos formular oscuramente lo que iban a decir» [1999: 173]). </note>, el cual
            hace mención de un preceptor que enseñaba a sus discípulos cómo habían de hablar
            obscuramente: <quote><hi rend="i">At ego</hi></quote> –prosigue–
                <quote><hi rend="i">otiosum sermonem dixerim, quem auditor suo ingenio non
                intelligit</hi></quote><note place="bottom"><title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La
                formación del orador</hi> (<hi rend="i">De institutione oratoria</hi>), lib. VIII, cap.
              II, ¶ 19: ‘yo considero una pérdida de tiempo usar una expresión que no pueda entender
              cualquier oyente con sus propios medios [o sea, sin ayuda de intérpretes o anotadores,
              sin explicaciones añadidas]’.</note>. Son palabras ociosas las que no se dejan
            entender de quien las oye, <quote><hi rend="i">at persuasit quidem iam multos ista persuasio,
                ut id iam demum eleganter, atque exquisite dictum putent, quod interpretandum
                sit</hi></quote><note place="bottom"><title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La
                formación del orador</hi> (<hi rend="i">De institutione oratoria</hi>), lib. VIII, cap.
              II, ¶ 21: ‘se ha extendido ya a muchos esa convicción de que la expresión llena de
              elegancia y exquisitez es la que necesita de interpretación’.</note>. Y concluye:
                <quote><hi rend="i">nobis prima sit virtus perspicuitas</hi></quote><note place="bottom"
                ><title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La formación del orador</hi> (<hi rend="i">De
                institutione oratoria</hi>), lib. VIII, cap. II, ¶ 22: «Tengamos nosotros la
              claridad como la virtud principal de la expresión» (1999: 173).</note>.</p>
          <p><space rend="tab"> </space>»No solo nace la obscuridad del uso impropio de frases
            latinas, tropos, figuras y transposiciones, sino de la invención de vocablos<note
              place="bottom">«La tríada retórica generadora de la <hi rend="i">obscuritas</hi> en la
              poesía de Góngora está constituida, según los lectores críticos del XVII, por
              neologismos, hipérbatos y metáforas (nuevas voces, transposiciones y translaciones si
              empleamos la terminología del Siglo de Oro) […]. Pero la defensa del neologismo y del
              cultismo en la poesía de Góngora encuentra su eje en […] la necesidad sentida por
              Góngora de elevar la lengua, mediante el ejercicio de la palabra, a la altura de la
              latina» (Roses Lozano 1994: 152-156).</note>. <name type="authority">Horacio</name>,
            después de haber enseñado cuán moderados y cautos hemos de ser en esta elección, o
            renovando antiguos o inventando nuevos, nos da por cierta regla el uso, el cual dice que
            es <quote><hi rend="i">vis et norma loquendi</hi></quote><note place="bottom"
                ><title>Horacio</title>, <hi rend="i">Epístola a los Pisones</hi> (<hi rend="i">Arte
                poética</hi>) (<hi rend="i">Epistula ad Pisones</hi> [<hi rend="i">Ars poetica</hi>]), v.
              77: «la ley y norma del habla» (2008: 388).</note>; y <name type="authority"
              >Ascensio</name>, su comentador, aprobando este precepto, dice que «no es buena excusa
            la autoridad si no se acompaña de la costumbre»: <quote><hi rend="i">Non omnia quae autoritatem
                habent imitari liceat</hi></quote><note place="bottom">Comentario de
                <title>Ascensio</title> a <hi rend="i">Epístola a los Pisones</hi> (<hi rend="i">Arte
                poética</hi>) (<hi rend="i">Epistula ad Pisones</hi> [<hi rend="i">Ars poetica</hi>]),
              (1549: 290): «<hi rend="i">Non ergo omnia quae auctoritatem habent nisi et consuetudinem
                habent imitari liceat</hi>». <hi rend="i">Ascensio</hi> es el nombre con que se conoció
              a Josse Bade (<hi rend="i">Jodocus Badius</hi>). Nacido en los Países Bajos en 1462, en
              1500 fundaría en París una imprenta de la que salieron multitud de valiosas ediciones.
              Estudió literatura y gramática en Lyon y fue un gran humanista que, además de comentar
              a Horacio, hizo anotaciones a Virgilio (Diu 1997: 111-124).</note>; y cita a <name
              type="authority">Aulo Gelio</name>, el cual enseña lo mismo: <quote><hi rend="i">Vive moribus
                praeteritis, loquere verbis praesentibus</hi></quote><note place="bottom"
                ><title>Aulo Gelio</title>, <hi rend="i">Noches áticas</hi> (<hi rend="i">Noctes
              Atticae</hi>), lib. I, cap. 10: «Vive, pues, con las costumbres antiguas, pero habla
              con palabras actuales» (2006: 110).</note>, por ser la costumbre, como dice <name
              type="authority">Quintiliano</name>, <quote><hi rend="i">certissima loquendi magistra,
                utendumque plane sermone, ut nummo cui publica forma est</hi></quote><note
              place="bottom"><title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La formación del orador</hi>
                (<hi rend="i">De institutione oratoria</hi>), lib. I, cap. VI, ¶ 3: ‘[la costumbre]
              moldea, sin duda, el lenguaje, y hay que tratar las palabras como la moneda, cuyo
              valor lo decide el Estado [literalmente, cuyo cuño es público]’. Así lo dijo
              Justiniano en sus <hi rend="i">Pandectas</hi>: «Forma nummi auctoritate publica
              consituitur, et haec forma est index aestimationis quae in nummo spectatur» (‘El cuño
              de la moneda es establecido por la autoridad pública y esa forma es el índice del
              valor que se mira en la moneda’). </note>. De lo contrario se sigue afectación,
                <quote><hi rend="i">qua nihil est odiosius</hi></quote><note place="bottom"
                ><title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La formación del orador</hi> (<hi rend="i">De
                institutione oratoria</hi>), lib. I, cap. VI, ¶ 40: «nada hay más odioso [que la
              afectación]» (1999: 109).</note>, dice el mismo autor; y añade: <quote><hi rend="i">Nam
                fuerit pene ridiculum, malle sermonem quo locuti sunt homines, quam quo
                loquantur</hi></quote><note place="bottom"><title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La
                formación del orador</hi> (<hi rend="i">De institutione oratoria</hi>), lib. I, cap.
              VI, ¶ 43: ‘sería casi ridículo preferir el lenguaje que hablaron los hombres antiguos
              a aquel que hablan los de ahora’. </note>. Y porque ninguno peque de ignorancia en
            saber lo que es costumbre<note place="bottom">Gómez de Tejada se afana en refutar a
              quienes interpretan de modo liberal el precepto de Horacio: «<hi rend="i">si volet
                usus</hi> / <hi rend="i">quem penes arbitrium est, et jus et norma loquendi</hi>» (‘El
              uso que en materia de habla es árbitro, juez o legislador’). Como no existe una norma
              racional, para que una innovación sea válida, basta con que resulte viable, o sea,
              aceptada por los locutores del idioma: por ello, el poeta puede modificar la norma si
              su ejemplo se impone sobre los demás; lo cual avalaría las innovaciones gongorinas,
              según sus admiradores, como observó Vázquez Siruela en su <hi rend="i">Discurso sobre el
                estilo de don Luis de Góngora</hi>: «Habló, habló sin duda (miren cuánto les
              concedemos, pero sin ser pródigos de la fama de don Luis) no en la lengua castellana
              popular, sino en aquella forastera que dice Antonio y en que [f. 15v.] se preciaba de
              hablar Píndaro. Esta es la suma de sus alabanzas: advertir esta distinción, conocida
              de pocos entre los antiguos, y, viva una lengua, concebir otra, formar su dialecto».
              Para contradecir esta lección, Gómez de Tejada tiene que explicar que ese
                <hi rend="i">usus</hi> posee carácter colectivo y público y que la autoridad que puede
              cambiarlo no reside en un individuo, y menos todavía en un poeta.</note>, concluye el
            capítulo diciendo: <quote><hi rend="i">Ergo consuetudinem sermonis vocabo consensum eruditorum,
                sicut vivendi consensum bonorum</hi></quote><note place="bottom"
                ><title>Quintiliano</title>, <hi rend="i">La formación del orador</hi> (<hi rend="i">De
                institutione oratoria</hi>), lib. I, cap. VI, ¶ 43. ‘Según lo dicho, llamo norma
              consuetudinaria en materia del lenguaje la establecida por el consenso de los sabios,
              a la manera que llamamos norma en materia moral la establecida por el consenso de los
              buenos’.</note>. ¿En el lenguaje culto, así de poetas como de oradores e
            historiadores, convienen los eruditos? Abominan sus novedades, bien que el vulgo poético
            las celebre, porque <quote><hi rend="i">nihil tam facile (el Doctor Máximo) quam vilem
                plebeculam, et indoctam concionem linguae volubilitate decipere, quae quidquid non
                intelligi, plus miratur</hi></quote><note place="bottom"><title>San
                Jerónimo</title>, <hi rend="i">Cartas</hi> (<hi rend="i">Epistolae</hi>), carta LII (a
              Nepociano presbítero): «Nada más fácil que engañar, con la ligereza en el hablar, a
              una plebe vil y grey indocta, que admira más lo que entiende menos» (1962:
              417).</note>.</p>
          <p>»Quien obra mal aborrece la luz; esta descubre los colores que las tinieblas borran;
            ¿qué mucho afecten<note place="bottom">afectar: ‘perseguir con esfuerzo’, tal como se
              leía <hi rend="i">supra</hi>.</note> oscuridad los pobres de colores retóricos; de colores
            finos qué copia no les falta, pero confusos y falsos?<note place="bottom">Gómez de
              Tejada les afea a los cultos el abuso de los «colores finos», entendiendo por tales
              los tropos, neologismos y cultismos, los cuales convierten sus poemas en una suerte de
              «confusa» y «falsa» hojarasca, en lugar de apostar –pues se muestran incapaces– por
              una retórica más natural (o sea, por los buenos «colores retóricos»).</note> Quien
            bien escribe claro mejor pudiera oscuro, y quien escribe oscuro no puede claro: algún
            culto he oído confesarlo ingenuamente.</p>
          <p>– Yo –dijo Pardalín–, aunque <quote><hi rend="i">nec fonte labra prolui caballino, nec in
                bicipiti somniasse Parnasso, Memini</hi></quote><note place="bottom"
                ><title>Persio</title>, <hi rend="i">Sátiras</hi> (<hi rend="i">Satirae</hi>), Prólogo, vv.
              1-3: «<hi rend="i">Nec fonte labra prolui caballino</hi> /<hi rend="i"> neque in bicipiti
                somniasse Parnasso</hi> / <hi rend="i">Memini</hi>, [<hi rend="i">ut repente sic poeta
                prodirem</hi>]». Es decir: «Ni he bebido en la fuente Cabalina, / ni he soñado
              jamás, que yo recuerde, / sobre la doble cumbre del Parnaso, / para súbito, así,
              surgir poeta» (trad. Luis Alberto de Cuenca, en línea).</note>, me atreviera no a ser
            poeta, pero a ser culto. Los espíritus cultos que has referido me inficionan<note
              place="bottom">inficionar: «llenar de calidades contagiosas, perniciosas o pestíferas,
              o ocasionarlas» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> la sangre de modo que está hirviendo por
            salir. Oye una descripción de la fortuna que padeció Auricrino en aquella tempestuosa
            noche, origen de tantas desdichas, que incultamente escribió el autor de su historia
            cuando la dio principio<note place="bottom">Este pasaje alude al primer apólogo del
                <hi rend="i">León prodigioso</hi> (ff. 4r-10v.), en el que se describía la lucha entre
              Auricrino y un dragón durante una noche de tormenta. La escaramuza dará en el mar con
              los cuerpos del león y su escudero Pardalín. Luego la marea los arrastrará hasta una
              tierra lejana, desde donde habrán de peregrinar para rescatar a Crisaura de las garras
              del pardal. Indirectamente Gómez de Tejada elogia la naturalidad del íncipit de su
              novela y, con poca modestia, propone su estilo como modelo: contrastando la engañosa
              facilidad y tersura, nada fáciles, por cierto, con la dificultad tenebrosa de los
              cultos, susceptibles de imitación para cualquiera. Este es uno de los reproches de los
              contrarios al gongorismo, cuya dificultad radica en los saberes del lector, mucho más
              en su sintaxis o estilemas. Sin embargo la tormenta del principio resulta casi tan
              culta como su parodia.</note>. Su facilidad conozco imposible a mis fuerzas, y en
            estilo culto no solo posible, sino lejos de dificultad. Esta es una de las razones por
            que nuestros tiempos padecen tanto flujo de poetas. Oíd y juzgad si merezco lugar entre
            cultos: «Rompían la no diáfana entonces región letales silbos y exánimes rugidos,
            erizando horrores, desmayando osadías a la Estigia, madre de las Euménides<note
              place="bottom">Las Euménides fueron hijas de Aqueronte y Nix (Noche). Es probable que
              aquí aparezcan como herederas de Estigia porque esta es la laguna por la que su padre
              transitaba y en cuyas riberas habitaron. Así lo refiere Gómez de Tejada en otro lugar
              del <hi rend="i">León prodigioso</hi> (1636: f. 244r): «Luego vinieron tres monstruos: las
              tres Euménides o furias infernales […]. Tales padres las engendraron: Aqueronte, en
              cuyas riberas ejecutan su rigor, y la Noche, que por eso siempre se acompañan con
              tinieblas de ignorancia».</note>, cuyas sombras –imagen ya clara de tenebroso caos–
            informaban espléndidas, con poco aseo, violencias de nubes dispensadoras, tan continuas
            que, usurpando el imperio al mudable<note place="bottom">El adjetivo
                <hi rend="i">mudable</hi> se utiliza para calificar al viento en múltiples ocasiones
              (véanse estos casos recuperados del <hi rend="i">CORDE</hi>: «será dar velas al inmudable
              viento», Bernardo de Balbuena, <hi rend="i">El Bernardo</hi>, 1624; «con leño débil y
              mudable viento», José Cadalso, <hi rend="i">Solaya o los circasianos</hi>, 1770;
              «hoy marca el mudable viento», Duque de Rivas, <hi rend="i">Romances históricos</hi>, 1841), pero aquí creo que se refiere al
              cielo.</note>, aplaudían descréditos, emulaban tiranías al luminar hermoso. Truenos y
            rayos caso mentían novísimo del brillante globo, confuso el orden de sus acordes
              ruedas<note place="bottom">ruedas: las órbitas del cosmos en la cosmografía
              tolemaica.</note>, a quien sordos respondían euros y áfricos<note place="bottom"
                >Remito a la nota <ref xml:id="ref11" target="ref12">95</ref>; áfrico: «viento que corre
              entre el austro y el céfiro; y por venir de la parte de África, con poca corrupción se
              llamó así» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> que, ciegos a obediencias, bien que
            involuntarias, de superiores no señas, leyes sí, rotas las prisiones y levantando el
            monte, poco sello de mucha gruta<note place="bottom">Esta frase recuerda a la octava VI
              del <hi rend="i">Polifemo</hi> («Estas, que me dictó, rimas sonoras», 1612, vv. 47-48): «de
              los montes, esconde: copia bella / que un silbo junta y un peñasco sella»
              [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.47">OC255.47-48</ref>].</note>, en su libertad hórridas maturaban disoluciones los que, en su
            esclavitud, lánguidos gimieron ahogos, anhelaron sufocantes parasismos<note
              place="bottom">parasismo: «accidente peligroso o cuasimortal en el que el paciente
              pierde el sentido y la acción por largo tiempo» (<hi rend="i">DRAE</hi> 1780). El pasaje se
              podría parafrasear así: “los truenos y rayos eran tan terribles que anularon
              («mentían») el mundo iluminado por sol («el brillante globo»). Hasta el punto de que
              las órbitas del cosmos, confundidas, hallaron por feroz respuesta el soplido de los
              vientos euros y áfricos, que, fuera de control –obedeciendo ciegamente leyes
              involuntarias, y no las superiores señas (o sea, las de Eolo), rotas todas las
              prisiones (‘liberados del citado orden natural’)–, levantaron el monte (‘el peñasco’)
              que sellaba una enorme gruta (o viceversa). Mientras hacían añicos el monte («hórridas
              disoluciones»), estos vientos, ya libres de su cautiverio, con lánguidos ahogos, y en
              contra de lo esperado, hubieran preferido unos sofocantes paroxismos (‘desmayos casi
              mortales’)”. Nótese cómo el talaverano recordó aquí un famoso pasaje de la
                <hi rend="i">Eneida</hi> (I, vv. 50-63): «En su pecho encendido, estas cuitas agitando,
              la diosa a la patria llegó de los nimbos lugares preñados de Austros furiosos a Eolia.
              Aquí, en vasta caverna el rey Éolo sujeta con su mando a los vientos que luchan y a
              las tempestades sonoras y los frena con cadenas y cárcel. Ellos enfurecidos hacen
              sonar su encierro del monte con gran rugido; Éolo se sienta en lo alto de su fortaleza
              empuñando su cetro y suaviza los ánimos y atempera su enojo. Si así no hiciera, en su
              arrebato se llevarían los mares sin duda y las tierras y el cielo profundo los
              arrastrarían por los aires. Pero el padre todopoderoso los escondió en negros antros,
              eso temiendo, y la mole de un monte elevado pues encima y les dio un rey que con
              criterio cierto supiera sujetar o aflojar sus riendas según se le ordenase» (2011:
              28-29).</note>. No menor turbación vinculó pasmos, congeló espíritus a los demás
            sublunares. Prostráronse soberbios peñascos a la necesidad y, con desazonada afectación,
            haciéndola virtud, humildes se erigieron. Árboles desacreditaron con resistencia su
            valor temeraria<note place="bottom">Anástrofe: ‘con resistencia temeraria su
              valor’.</note>. Fieras cedieron a la fama sus nombres, si a la infamia sus obras,
            motivando sospechas y aun detracciones<note place="bottom">detracción: «conversación
              mordaz denigrativa, con que se quita o disminuye la fama de alguno»
              (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> en derogación de inviolables fueros contra quien perdió
            honor de próvida<note place="bottom">próvido: «prevenido, cuidadoso y diligente, para
              proveer y acudir con lo necesario al logro de algún fin» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>,
            si le ejecutorió<note place="bottom">ejecutoriar: «asegurar, confirmar, afianzar,
              manifestar con evidencia la certeza y verdad de alguna cosa»
              (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> de varia<note place="bottom">varia: alusión al carácter
              tornadizo de la Fortuna.</note>. No atrevió su caudal al desempeño de antiguos abonos
            en creces de tantas menguas; cobrose empero al candor de crepúsculos, si bien hostigada
            en meridianos de animosidad. Bramaba el cerúleo rey<note place="bottom">cerúleo: «cosa
              perteneciente al color azul y, con más propiedad, al que imita al del cielo cuando
              está despejado de nubes, que también se extiende al de las ondas que hacen las aguas
              en estanques, ríos, o mar». Se refiere al mar y, por mitologismo, a Neptuno. </note>,
            que, provocado a desafío, espumas vertía de coral por la boca, corales de espuma por los
              ojos<note place="bottom">Esta imagen evoca lejanamente otra de la
                <hi rend="i">Dedicatoria</hi> de las <hi rend="i">Soledades</hi>: «fieras te expone que, al
              teñido suelo, / muertas, pidiendo términos disformes, / espumoso coral le dan al
              Tormes!» (v. 12) («Pasos de un peregrino son errante», 1613, vv. 10-12)
              [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264A#l264A.10">OC264A.10-12</ref>]. El término «coral» es recurrente en el corpus gongorino: «Regale sus
              orejas / en dulce sí, mas bárbaro instrumento, / de corales y almejas» (<hi rend="i">De los
                marqueses de Ayamonte cuando se entendió pasaran a Nueva España</hi>,)
                [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem165#l165.37">OC165.37-39</ref>]; «perdió sus corales Menga / […] / quien busca corales? / […] / en sus
                labios, sus corales» [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem216#l216.3">OC216.3</ref>] [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem216#l216.9">OC216.9</ref>] [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem216#l216.16">OC216.16</ref>] [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem216#l216.44">OC216.44</ref>]; «Marino joven, las
                cerúleas sienes / del más tierno coral ciñe Palemo» [<ref target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem265#l255.121">OC255.121-122</ref>].</note>; y
            fulminando contra los vulcanos<note place="bottom">vulcanos: los pertrechos que Vulcano
              forjó para Júpiter, en particular su fulgente rayo, con el que avanza como báculo de
              poder o arma arrojadiza. El contexto tormentoso favorece esta imagen.</note> del
            hermano –guerra la llorarás civil– su tridente<note place="bottom">El tridente es el
              arma de Neptuno.</note>, en horrísonos combates, si sacrílegos Eolios<note
              place="bottom">Eolios: «perteneciente a Eolia o a sus naturales […]. Pueblos griegos,
              de la raza helénica, descendientes de Eolo» (Domínguez 1853). Es probable que
              Gómez de Tejada no se refiera tanto a los habitantes de esta región como a los ‘hijos
              de Eolo’, dios del viento.</note>, presumían violar cristalinos retretes<note
              place="bottom">retrete: «cuarto pequeño en la casa o habitación, destinado para
              retirarse» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note>; entonces, vengativas aguas, Nembrodes
              agraviados<note place="bottom">Nembrodes: más conocido como Nembrot, se trata del
              tirano de Mesopotamia que mandó construir la torre de Babel. Véase al respecto la nota
                <ref xml:id="ref6" target="ref5">49</ref>.</note>, disculpando babeles más altos si
            menos firmes, más firmes si menos altos, por escalas de influjos<note place="bottom"
              >influjo: «la acción de influir o causar los efectos cualquier causa sublunar,
              celeste, o moral» (<hi rend="i">Aut</hi>.)</note> borrar estrellas, de cuya hermosura,
            desdeñosa antes, cruel ahora, admirable siempre, afeada nunca, espejos otro tiempo, se
            ostentaron divina»<note place="bottom">Este último pasaje se antoja oscuro, ya que el
              verbo «ostentar» se usa con valor reflexivo, pero coordinado a su vez con un
              complemento predicativo («divina») cuyo antecedente es el núcleo «hermosura». Ofrezco
              mi paráfrasis de la tormenta: “Bramaba el cerúleo rey (o sea, Neptuno), que, provocado
              a desafío, vertía espumas de coral por la boca y corales de espuma por los ojos. Tal
              fue su cólera que, fulminando (‘enarbolando’) su tridente contra los vulcanos (‘los
              rayos forjados por Vulcano’) de su hermano Júpiter (de ahí la guerra civil), ambos, en
              horribles combates, despertando el furor de los vientos sacrílegos (los «Eolios»),
              violentaban las profundidades marinas. Entonces, las aguas, vengativas, como si se
              tratara de una suerte de Nembrodes agraviados, se elevaron hasta una altura que
              alcanzaría la de la torre de Babel. Se trata, pues, de unas olas tan altas como
              aquella, pero menos firmes, fruto de su naturaleza líquida. O al revés, porque el
              paisaje, una especie de maremoto, lo confunde todo”. El talaverano describe, pues, un
              oleaje que sube hasta el cielo: “una tormenta capaz de borrar las propias estrellas,
              de cuya divina hermosura, antes desdeñosa y ahora cruel, siempre admirable, nunca fea
              [la hermosura]–, se ostentaron otro tiempos espejos. Entonces, las aguas han
              suplantado (usurpado su lugar) a las estrellas”. Entiendo que el extraño epíteto, casi
              agramatical, que clausura el párrafo («divina») se refiere a la «hermosura».</note>.
            No me negaréis que este lenguaje, para culto, es gallardo, porque redunda de virtudes
            cultas –vicios entiendo–; mas yo no os negaré que es descripción afectada, larga,
            superflua y oscura.</p>
          <p>»Finalmente, cierre <name type="authority">Séneca</name> el discurso en la
              <title>epístola trigesimatercia</title> contra estos que se desvanecen por la dignidad
            culta, alcanzada con pocas frases y palabras de memoria (a diez o veinte las reduce un
            ingenioso anticulto<note place="bottom">Gómez de Tejada debía tener sobre el atril la
                <hi rend="i">Aguja para navegar cultos</hi> de Quevedo, ya citada por extenso en estas
              notas.</note>) y en ellas cifran toda su doctrina: <quote><hi rend="i">Viro captare flosculos
                turpe est et fulcire se notissimis, et paucissimis vocibus</hi></quote><note
              place="bottom"><title>Séneca</title>, <hi rend="i">Epístolas morales a Lucilio</hi>
                (<hi rend="i">Epistulae morales ad Lucilium</hi>), lib. IV, cap. XXXIII: «[<hi rend="i">viro
                captare flosculos turpe est et fulcire se notissimis ac paucissimis vocibus</hi>
                [<hi rend="i">et memoria stare: sibi iam innitatur</hi>]» («Al hombre adulto le resulta
              vergonzoso ir a recoger florecillas, apoyarse en máximas muy conocidas y
              compendiadas, y depender de su memoria: debe ya sustentarse en sí mismo]») (1986:
              236).</note>; y en particular, contra los oradores de esta edad, cuya culpa es mayor y
            se les luce en el fin, que nunca consiguen, de persuadir<note place="bottom">se les
              luce: ‘se deja ver’, ‘se les trasluce’.</note>. ¿Qué mucho si de este fin no se
            acuerdan, como los medios demuestran y los efectos confirman? Reparen, pues, en esta
            sentencia de <title>la epístola ciento y una</title>: <quote><hi rend="i">Oratio solicita
                philosophum non decet. Ubi tandem erit fortis, et constans ubi periculum sui faciet,
                qui timet verba</hi>?</quote><note place="bottom"><title>Séneca</title>,
                <hi rend="i">Epístolas morales a Lucilio</hi> (<hi rend="i">Epistulae morales ad
              Lucilium</hi>), lib. XVI, cap. C (el <hi rend="i">excerptum</hi> procede en realidad de
              la carta C, y no de la CI, como afirma el autor): «Un estilo elaborado no conviene al
              filósofo: ¿cómo, pues, será animoso y constante, cómo se pondrá a prueba quien se
              preocupa por las palabras?» (1986: 245). </note>.</p>
        </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
