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      <titleStmt>
        <title>Apologético en favor de don Luis de Góngora, príncipe de los poetas líricos de
          España, contra Manuel de Faría y Sousa, caballero portugués</title>
        <author key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de Espinosa Medrano</author>
        <editor>Hector Ruiz</editor>
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        <edition>OBVIL</edition>
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          <name>Mercedes Blanco</name>
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          <name>Pedro Conde Parrado</name>
          <resp>relecture</resp>
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          <name>Jaime Galbarro García</name>
          <resp>relecture</resp>
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          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>relecture, stylage et édition TEI</resp>
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          <name>Hector Ruiz</name>
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        <publisher>Sorbonne Université, LABEX OBVIL</publisher>
        <idno>http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1662_apologetico</idno>
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        <bibl><title><hi rend="i">Apologético en favor de don Luis de Góngora, príncipe de los
              poetas líricos de España, contra Manuel de Faría y Sousa, caballero
            portugués</hi></title>, <pubPlace>Lima</pubPlace>: <publisher>Juan de Quevedo y
            Zárate</publisher>, <date>1662</date> ( NYPL, KE 1662).</bibl>
        <bibl><title>Apologético en favor de d. Luis de Gongora principe de los poetas líricos de
            España: contra Manuel de Faria y Sousa caballero portugués</title>,
            <pubPlace>Lima</pubPlace>: <publisher>Juan de Quevedo y Zárate</publisher>,
            <date>1694</date>.</bibl>
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      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décimal
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
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        <date when="1662"/>
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  <text>
    <body>
      <div type="introduction">
        <head>Introducción</head>
        <div>
          <head>1. Título: el <hi rend="i">Apologético</hi>, un arma de doble filo</head>
          <p>El título del tratado de Juan de Espinosa Medrano, repetido con distinta matriz
            tipográfica en la cartela con volutas de la portada y, en la página siguiente, dentro de
            una orla floral, dice así: «<hi rend="i">Apologético en favor de don Luis de Góngora,
              príncipe de los poetas líricos de España, contra Manuel de Faría y Sousa, caballero
              portugués</hi>». Viene después, en ambos lugares, la dedicatoria «<hi rend="i">al
              excelentísimo señor don Luis Méndez de Haro, duque conde de Olivares, etc.</hi>», y el
            nombre y cargos de «<hi rend="i">su autor el doctor Juan de Espinosa Medrano, colegial
              real en el insigne seminario de San Antonio el Magno, catedrático de artes y sagrada
              teología en él, cura rector de la santa iglesia catedral de la ciudad del Cuzco,
              cabeza de los reinos del Perú en el Nuevo Mundo</hi>». En ambos casos destacan, por
            encima de los demás renglones y tipos, los nombres de Luis de Góngora, Luis Méndez de
            Haro y Juan de Espinosa Medrano. El nombre de Manuel de Faría y Sousa, menos visible,
            completa la nómina de los citados. El propósito polémico de El Lunarejo queda claro
            desde el título: el nombre de Espinosa Medrano llega precedido de los de Góngora y del
            Duque Conde de Olivares, valido de Felipe IV, mecenas de Salcedo Coronel y enemigo del
            Portugal independiente; el nombre del contrario aparece, por su parte, aislado. Junto a
            estos cuatro nombres, podía esperarse el de Camões, puesto que Faría ataca a Góngora en
            su comentario de este poeta. Pero aunque no se le mencione, Camões es aludido en el
            apelativo «príncipe de los poetas líricos de España», que Espinosa Medrano dedica a
            Góngora respondiendo directamente al título del comentario del portugués: «<hi rend="i"
              >Lusiadas</hi> de Luis de Camões, príncipe de los poetas de España. Al rey nuestro
            señor Felipe Cuarto el Grande. Comentadas por Manuel de Faría y Sousa, Caballero de la
            Orden de Cristo y de la Casa Real»<note place="bottom">Faría 1639a (f. †1r).</note>. La
            dedicatoria a Luis Méndez de Haro compite también con la de Faría a Felipe IV, que en
            1639 era todavía un patrón plausible para el comentador de Camões por ser rey de las dos
            coronas ibéricas.</p>
          <p>Desde la portada, con un título construido sobre el de Faría, Espinosa Medrano exhibe
            el carácter polémico del <hi rend="i">Apologético</hi>. Este género especializado en la
            controversia tiene ilustres modelos antiguos: la oratoria forense o judicial y la
            literatura polémica de los primeros siglos de la cristiandad. En origen, una apología es
            una pieza de elocuencia forense cuyo objeto es defender a un acusado: se compone de una
              <hi rend="i">refutatio</hi> de los cargos, seguida por una breve defensa basada en un
            examen de la vida del acusado, argumentando la nulidad de la inculpación a partir del
              <hi rend="i">probabile ex vita</hi><note place="bottom">Fredouille 1992
              (223-224).</note>. Posteriormente, historiadores del cristianismo como Eusebio de
            Cesarea o Lactancio adoptaron el término, como equivalente de <hi rend="i"
              >refutatio</hi> o <hi rend="i">defensio</hi>, para describir una literatura polémica
            que defiende el cristianismo refutando las calumnias y burlas de los gentiles. Para
            Eusebio de Cesarea, el primer criterio genérico de la apología es su contexto
            enunciativo: los tratados que define de esta manera están dedicados y dirigidos a alguna
            autoridad, emperador, príncipe o senado<note place="bottom">Pouderon 2012 (26-27) y
              Fredouille 1992 (227).</note>. San Jerónimo, en su <hi rend="i">De viris
              illustribus</hi> y en la <hi rend="i">Epístola</hi> 70, renuncia a este criterio
            genérico así como al término mismo de apología, refiriéndose a este género como <hi
              rend="i">libri contra</hi> o <hi rend="i">adversus gentes</hi>. Así culmina un proceso
            de transformación en el que la apología en sentido estricto, entendida como discurso de
            un abogado en defensa de su cliente, pasa a abarcar textos dispares de autores
            cristianos en contra del paganismo (<hi rend="i">contra gentes</hi>): libros que pueden
            tener forma de defensa o de invectiva, o ser exhortaciones a la conversión, pasando pues
            del género judicial al deliberativo<note place="bottom">Fredouille 1992 (231-232) y 1995
              (205).</note>.</p>
          <p>El <hi rend="i">Apologético</hi> cita varios testimonios de la vertiente cristiana del
            género, empezando por el <hi rend="i">Apologeticum</hi> de Tertuliano, del que traduce
            directamente el título, siguiendo un uso muy extendido. Más significativo es el
            epígrafe, de Gregorio Nacianceno, que pertenece a un texto polémico del santo. En la
            sección primera del libro, Espinosa Medrano calca un lugar de la apología de San
            Jerónimo contra Domnio, para dirigir un argumento <hi rend="i">ad hominem</hi> contra
            Manuel de Faría (sección I, § 2). La máscara de San Jerónimo sirve para que El Lunarejo
            la emprenda contra el portugués, nuevo Domnio, rebatiendo su acusación hacia Góngora
            como «Mahoma de los poetas». Esta comparación entre Góngora y Mahoma, quizá por situarse
            en un plano fronterizo con la religión, da ocasión al cuzqueño de exhibir su cultura
            teológica y de situar su opúsculo en la gloriosa tradición de los padres de la Iglesia.
            Para rebatir tal comparación, cita de hecho a Tertuliano y su <hi rend="i"
              >Apologeticum</hi>, asimilando esta vez a Faría con Nerón (sección VII, § 57). En esta
            misma línea van los ataques de Espinosa Medrano contra la herejía del portugués así como
            la reivindicación de la ortodoxia y del tomismo, que de nuevo permite apelar a
            apologetas y padres de la Iglesia<note place="bottom">Sobre estos aspectos del <hi
                rend="i">Apologético</hi>, véase Rodríguez Garrido 2010 y Ruiz Soto 2016.</note>.
            Aunque la tradición polémica cristiana solo aparezca de forma intermitente en el <hi
              rend="i">Apologético</hi>, el título recalca la pertenencia de Espinosa Medrano a esta
            tradición, como corresponde a un profesor de Teología renombrado por sus sermones y
            dedicado a escribir aquí, como lo subrayan los preliminares, una obra menor que vale,
            sobre todo, como botón de muestra de una futura obra de mayor aliento. Así, el hecho de
            poner en el epígrafe un texto de Gregorio Nacianceno supone ponerse bajo el patronazgo
            de aquel que fuera maestro de San Jerónimo, y por tanto maestro por antonomasia de
              predicadores<note place="bottom">Véase Azaustre Galiana 2005 (44).</note>.</p>
          <p>La vertiente profana de la apología sitúa por otra parte este texto en un ámbito
            inequívocamente literario. A juego con el epígrafe tomado de Gregorio Magno, la
            conclusión de El Lunarejo es una reescritura de la <hi rend="i">recapitulatio</hi> de la
              <hi rend="i">Apología</hi> de Apuleyo (XI, § 120). Abundan en el tratado entero las
            referencias a polémicas literarias, de las que Espinosa Medrano retoma el tono<note
              place="bottom">Cisneros 1983a, Hopkins Rodríguez 1988.</note>, las formas<note
              place="bottom">Pantin 1997.</note>, el léxico<note place="bottom">Béhar 2014.</note> y
            hasta la estructura de su libro<note place="bottom">Véase el apartado correspondiente en
              esta introducción.</note>. En este sentido, el <hi rend="i">Apologético</hi> conecta
            directamente con el propio Góngora, que en 1615, en una de sus letrillas sobre la
            polémica de las <hi rend="i">Soledades</hi>, escribe: «Por la estafeta he sabido / que
            me han apologizado»<note place="bottom">Góngora, OC453.1-2.</note>. Si bien en estos
            versos el sentido de ‘apologizar’ es ‘atacar’<note place="bottom">Blanco 2012c
              (57).</note>, en el título de El Lunarejo se funden los dos sentidos de defensa y
            ataque, como también ocurre bajo la pluma de algunos de los más fervientes defensores
            del cordobés. El título de apología o apologético se encuentra así en varios testimonios
            de la polémica como los <hi rend="i">Discursos apologéticos</hi> de Díaz de Rivas, el
              <hi rend="i">Examen del Antídoto o Apología por las Soledades de don Luis de Góngora y
              Argote contra el autor del Antídoto</hi>, de Francisco Fernández de Córdoba, Abad de
            Rute, la <hi rend="i">Apología por una décima del autor de las Soledades</hi> del mismo
            abad, o la <hi rend="i">Apología a favor de don Luis de Góngora</hi> de Francisco
            Martínez de Portichuelo<note place="bottom">Blanco 2012c (54-56 y 66-67).</note>.</p>
          <p>El <hi rend="i">Apologético</hi> es por tanto una cita textual de varios títulos en
            defensa de Góngora así como del doble modelo genérico anticuario, cristiano y profano,
            de Tertuliano y Apuleyo. El Lunarejo emplea el término en el doble sentido de defensa y
            ataque, como primera muestra de erudición filológica y de conocimiento de Góngora en un
            tratado que las exhibe por doquier. Es una defensa de Góngora y un ataque contra Faría y
            contra el lusitanismo, como lo comentamos en la sección 7.2. Por todo ello, el título
            del tratado es un arma de doble filo.</p>
        </div>
        <div>
          <head>2. Autor: estado de la cuestión</head>
          <p>Tres son las fuentes principales para establecer la biografía de Espinosa Medrano<note
              place="bottom">No consideramos como fuente el escrito de Clorinda Matto de Turner, <hi
                rend="i">Don Juan de Espinosa Medrano o sea el doctor Lunarejo. Estudio
                biográfico</hi>, de 1887, que constituye una visión novelada del escritor
              cuzqueño.</note>. Su primera semblanza biográfica procede de los preliminares de <hi
              rend="i">La novena maravilla</hi> (Valladolid, Joseph de Rueda, 1695), colección de
            sermones publicada por Agustín Cortés de la Cruz, discípulo de El Lunarejo y autor de un
            elogio en el que refiere los múltiples talentos de Espinosa Medrano y da cuenta de sus
            escritos, cargos y relaciones con la intelectualidad cuzqueña<note place="bottom">Se
              encuentra publicado en la importante edición de <hi rend="i">La novena maravilla</hi>
              por Cisneros y Rodríguez Garrido (Espinosa Medrano 2011b).</note>. Diego de Esquivel y
            Navia firma a mediados del siglo XVIII la segunda vida de El Lunarejo en sus <hi
              rend="i">Noticias cronológicas de la gran ciudad del Cuzco</hi>, donde aporta datos
            sobre su nacimiento en Juliaca o con mayor probabilidad en Calcauso, en la provincia de
              Aymaraes<note place="bottom">Guibovich y Cisneros 1988 (330-331).</note>. La tercera
            fuente, dispersa en archivos y bibliotecas, es la documentación que la investigación
            reciente se afana en recopilar y ordenar<note place="bottom">Guibovich 1988 y Espinosa
              Medrano 2011a (11-25).</note>, como el testamento<note place="bottom">Guibovich
              1992.</note> o la correspondencia<note place="bottom">Guibovich y Domínguez Faura
              2000.</note>. Resumimos a continuación la biografía y bibliografía de El Lunarejo,
            basándonos en el más cumplido estudio de la misma, «Juan de Espinosa Medrano, un
            intelectual cuzqueño del seiscientos: nuevos datos biográficos»<note place="bottom"
              >Cisneros y Guibovich 1988.</note>, así como en otros trabajos más recientes del mismo
            o de otros investigadores, que confirman o completan la información aportada por este
            artículo. Omitimos voluntariamente lo relativo a sus orígenes indígenas o no, tema
            debatido por sus biógrafos a partir de Esquivel y Navia: tratamos este tema, junto con
            su defensa del criollismo, en el aparte correspondiente, <hi rend="i">infra</hi>.</p>
          <p>Espinosa Medrano nace entre 1628 y 1630, en Calcauso. En torno a 1645, a los 15 años,
            se documentan sus estudios en el colegio seminario de San Antonio Abad de Cuzco, donde
            debió de entrar un año antes. Al cabo de siete años como colegial, en 1651, pasó a ser
            catedrático de este mismo colegio seminario. Antes de obtener su cátedra, a finales de
            la década de 1640, tiene escrito su auto sacramental en quechua, <hi rend="i">El robo de
              Proserpina y sueño de Endimión</hi><note place="bottom">Espinosa Medrano 2010
              (11).</note> y su <hi rend="i">Panegírica declamación</hi>. También escribió en sus
            años de colegial su comedia <hi rend="i">Amar su propia muerte</hi><note place="bottom"
              >Espinosa Medrano 2011a (31).</note>. En 1654 obtiene el grado de doctor en teología
            en la universidad jesuita de San Ignacio de Loyola del mismo Cuzco. A finales de mayo
            del año siguiente, el día 28, firma su primer asiento bautismal en la parroquia del
            Sagrario, en la que permanece activo hasta 1659. A partir de 1656 se mencionan sus
            sermones en distintas fuentes documentales y en 1658, enseña en el seminario de San
            Antonio Abad como catedrático de teología. El título del <hi rend="i">Apologético</hi>
            enumera estos cargos: el autor, que ronda en 1660 la treintena, se presenta como antiguo
            «colegial real en el insigne seminario de San Antonio el Magno», «catedrático de Artes y
            Sagrada Teología en él» y «cura rector de la santa iglesia catedral de la ciudad del
            Cuzco», en la parroquia del Sagrario. En 1664 publica su <hi rend="i">Discurso sobre si
              en un concurso de opositores a beneficio curado debe ser preferido <hi rend="i"
                >caeteris paribus</hi> el beneficiado al que no lo es en la promoción de dicho
              beneficio</hi> (Lima, Juan de Quevedo y Zárate) y la <hi rend="i">Panegírica
              declamación por la protección de las ciencias y estudios</hi>. Posterior a 1657, pero
            de fecha incierta, es la escritura de otro auto sacramental en quechua, titulado <hi
              rend="i">El hijo pródigo</hi><note place="bottom">Espinosa Medrano 2010 (11).</note>.
            En 1668 es cura de la parroquia de Chincheros y participa con composiciones poéticas en
            castellano y quechua en la fiesta por la visita del conde de Lemos, virrey de Perú, a
            Cuzco. En 1676 el obispo Mollinedo elogia sus méritos al presidente del consejo de
            Indias, y en 1677 obtiene para él el curato de San Cristóbal, una de las parroquias de
            indios de la ciudad cuzqueña. Entre 1676 y 1678, Mollinedo trata de que le sea concedida
            a su protegido una ración catedralicia. El <hi rend="i">cursus honorum</hi> eclesiástico
            de El Lunarejo se prosigue con un puesto de canónigo magistral en la catedral, ganado en
            concurso en agosto de 1681 y otorgado solemnemente el 23 de diciembre de 1683. El 31 de
            diciembre de 1684 suma a estos cargos el de tesorero del cabildo catedralicio y en 1686
            o 1687 es además chantre de la misma iglesia catedral. El 1 de abril de 1686 otorga al
            dominico fray Leonardo López Dávalos un poder para que lleve sus obras a Europa<note
              place="bottom">Guibovich 2007 (72-73).</note>, aunque en el testamento de El Lunarejo
            sólo se menciona el encargo relativo a una de ellas, el <hi rend="i">libro de artes</hi>
            que corresponde a su <hi rend="i">Lógica</hi> tomística<note place="bottom">Guibovich
              1992 (18).</note>. Se publican así la <hi rend="i">Philosophia Thomistica</hi> en 1688
            (Roma, Ex Typ. Reu. Cam. Apost.), el <hi rend="i">Apologético</hi> en 1694, y <hi
              rend="i">La novena maravilla</hi> en 1695 (Valladolid). El Lunarejo fallece el 22 de
            noviembre de 1688<note place="bottom">Guibovich 1992 (2).</note>, sin tener por lo tanto
            noticia de la publicación europea de sus obras. Al morir es un hombre rico, con
            numerosos bienes inmuebles, ganado y esclavos, numerosas joyas, vestidos y pinturas, y
            una biblioteca rica y completada por préstamos temporales de la del Colegio de San
            Antonio Abad<note place="bottom">Guibovich 1992.</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>3. Cronología: uno de los testimonios del final de la polémica</head>
          <p>El <hi rend="i">Apologético</hi> es uno de los testimonios más tardíos de la polémica
            gongorina. Su primera edición salió de las prensas de Juan de Quevedo y Zárate, en Lima,
            en 1662. La segunda es una edición pirata, con el mismo pie de imprenta, pese a que Juan
            de Quevedo llevaba años difunto cuando se publicó, en 1694, probablemente en España.
            Esta segunda edición se hizo con una intención que no tiene relación directa con la
            controversia literaria, sino que deriva de un conflicto jurisdiccional entre jesuitas y
            clero seglar en Cuzco, centrado en la titularidad universitaria o no del colegio
            seminario de San Antonio Abad<note place="bottom">Guibovich 2007.</note>. La segunda
            edición del <hi rend="i">Apologético</hi> sirve a todas luces, en 1694, para probar en
            la Corte metropolitana la valía intelectual de dicho colegio seminario, del que El
            Lunarejo fue alumno y profesor. Entre 1662 y 1694 no hay pruebas de que el tratado fuera
            leído en España<note place="bottom">Espinosa Medrano 2011b (XVIII-XIX).</note>. Sin
            embargo, en 1714, Luis de Salazar y Castro publica en Madrid su <hi rend="i">Jornada de
              los coches de Madrid a Alcalá o Satisfación al Palacio de Momo y a las apuntaciones a
              la carta del Maestro de Niños</hi>, obra en la que se muestra enterado de los ataques
            de Manuel de Faría a Góngora sobre el hipérbaton y en la que se inspira directamente de
            los párrafos 16 y 17 del <hi rend="i">Apologético</hi> en su «Tercera división», §28-29,
            además de citar a nuestro autor en una enumeración de letrados ilustres:</p>
          <quote>[...] don Diego de Mendoza, Martín de Roa, el autor del Guzmán de Alfarache, el
            doctor Juan de Espinosa y el rector de Villahermosa, varones insignes<note
              place="bottom">Véase Salazar y Castro 1714 (179 y, para la reescritura del <hi
                rend="i">Apologético</hi>: 265-266).</note>.</quote>
          <p>En Lima, el libro de El Lunarejo se encuentra en varios inventarios de bibliotecas
            coloniales del siglo XVIII<note place="bottom">Cisneros y Guibovich 1988
            (329).</note>.</p>
          <p>La escritura del tratado es anterior al mes de junio de 1660. El <hi rend="i"
              >Apologético</hi> es por tanto uno de los últimos coletazos que da la controversia
            literaria iniciada en 1613 en torno a las <hi rend="i">Soledades</hi><note
              place="bottom">Jammes 1994, Roses 1994 (9-65) y Blanco 2012c (63-68).</note>. No tuvo
            respuesta, como tampoco la tuvo la otra defensa de Góngora que rebatía a Manuel de Faría
            y Sousa, el <hi rend="i">AntiFaristarcho</hi> de Martín de Angulo y Pulgar, fechado en
            torno a 1641-1645<note place="bottom">Daza Somoano 2015 (269).</note>.</p>
          <p>El camino del <hi rend="i">Apologético </hi>de la pluma de Espinosa Medrano a las
            prensas limeñas de Juan de Quevedo y Zárate cubre un periodo de año y medio, y transita
            entre las ciudades de Cuzco, Arequipa y Lima. Las fechas de los preliminares dibujan dos
            etapas claramente definidas en la preparación de la <hi rend="i">princeps</hi>, en la
            primavera de 1660 y el otoño de 1661:</p>
          <p>1 de junio de 1660: censura de frey Fulgencio Maldonado, en Arequipa</p>
          <p>8 de junio de 1660: aprobación de Alonso Bravo de Paredes y Quiñones, en Cuzco</p>
          <p>10 de junio de 1660: censura de fray Miguel de Quiñones, en Cuzco</p>
          <p>14 de junio de 1660: licencia del ordinario, en Cuzco</p>
          <p>20 de septiembre de 1661: aprobación de Juan de Montalvo, en Lima</p>
          <p>16 de octubre de 1661: aprobación de fray Gonzalo Tenorio, en Lima</p>
          <p>18 de octubre de 1661: licencia de Herrera, en Lima</p>
          <p>23 de diciembre de 1661: licencia del ordinario, en Lima</p>
          <p>20 de febrero de 1662: dedicatoria de Juan de Espinosa Medrano a Luis Méndez de Haro,
            en Cuzco</p>
          <p>El texto del tratado estaba acabado en la primavera de 1660, cuando Espinosa Medrano
            moviliza a literatos y hombres de iglesia cercanos para establecer las licencias y
            aprobaciones. Dos de los firmantes de los preliminares afirman haber sido encargados de
            la lectura del <hi rend="i">Apologético</hi> por Francisco Henríquez, la mayor autoridad
            de la diócesis de Cuzco entre 1658 y 1663; casi todos son allegados y conocidos de El
            Lunarejo, como el propio Henríquez<note place="bottom">Espinosa Medrano 2005
            (7).</note>. Durante el mes de junio de 1660, los autores de los preliminares que se
            encuentran en Cuzco y Arequipa firman sus aprobaciones, recopiladas en las dos ciudades
            provincianas antes que en la capital del virreinato del Perú. El día 14 de junio, el
            provisor del obispado cuzqueño, Francisco Henríquez, da su licencia firmada por el
            notario Alonso Díaz Haldón. Ha de transcurrir más de un año, hasta el otoño de 1661,
            para que el <hi rend="i">Apologético</hi> sea leído en Lima, seguramente con los
            primeros preliminares, si tenemos en cuenta la coherencia temática del conjunto de las
            aprobaciones. El 23 de diciembre de 1661, el tratado recibe su licencia limeña. Dos
            meses median aún entre esa fecha y el momento en que Espinosa Medrano firma su
            dedicatoria a Luis Méndez de Haro. Desconocemos la fecha exacta de impresión, posterior
            a ese 20 de febrero de 1662 en el que El Lunarejo concluye su libro. Curiosamente, falta
            la tasa en los testimonios que hemos podido consultar, aunque sí hay fe de erratas. La
            advertencia de la fe de erratas, que hemos editado, es una de las singularidades de este
            paratexto, como lo es el número de censuras para un libro que, no siendo religioso ni
            político, no requería quizás tantas precauciones.</p>
        </div>
        <div>
          <head>4. Estructura: un diálogo fingido</head>
          <p>El <hi rend="i">Apologético</hi> se compone de doce secciones que, salvo la primera y
            la última, responden a diez citas del comentario de Manuel de Faría a los <hi rend="i"
              >Lusiadas</hi> de Luis de Camões. Las citas pertenecen todas a la glosa de un
            hipérbaton de Camões<note place="bottom"><hi rend="i">Lusíadas</hi>, canto III, estancia
              94, v. 751-752: «que em terreno / nao cabe o altivo peito tam pequeno»
              (1639_lusiadas).</note> donde el crítico portugués ataca a Góngora de forma
            especialmente puntillosa. Espinosa Medrano recorta en diez fragmentos el comentario de
            Faría y lo copia íntegramente, glosándolo, criticándolo y tomándolo como pretexto para
            alardes de erudición e ingenio y ataques contra su oponente con todo el arsenal propio
            de las controversias literarias. De esta manera, El Lunarejo finge un intercambio
            dialógico, reivindicado expresamente en la sección I, § 2: «Propondránse primero sus
            palabras y responderá luego el <hi rend="i">Apologético</hi>». Esta estructura retoma un
            modelo de las polémicas literarias humanísticas, basado en la forma canónica del
            diálogo: la polémica sobre la primacía épica de Ariosto o de Tasso, entre Camillo
            Pellegrino y la florentina Academia della Crusca, toma esta forma en la suma <hi
              rend="i">Lo 'Nfarinato secondo</hi> (Florencia, Anton Padovani, 1588), que inventa un
            diálogo a partir de dos textos pro-Tasso de Pellegrino y de otro pro-Ariosto de la
              Crusca<note place="bottom">Agradezco a Christopher Geekie esta referencia.</note>.</p>
          <p>El <hi rend="i">Apologético</hi> sigue de cerca la estructura del comentario de Faría
            al hipérbaton camoniano, o mejor dicho la de sus ataques contra Góngora, salvo en las
            secciones IX y X. Estas, por una parte, responden como las demás a la cita anterior de
            Faría. Por otra, toman como pretexto las palabras del portugués para buscar en el resto
            del comentario a Camões más leña para echar al fuego de su descrédito: así, El Lunarejo
            ataca a Faría con sus propias palabras y aparenta conocer su comentario en toda su
            monumental extensión. Para exagerar la ignorancia del portugués, estas dos secciones se
            siguen sin que se intercale texto alguno de Faría, dando a entender que las pocas frases
            de su cita VIII dan pie a un catálogo de errores de cuarenta y seis párrafos, ordenados
            en dos secciones.</p>
          <p>La sección XII, por ser la conclusión del tratado, tampoco responde a texto alguno de
            Manuel de Faría.</p>
          <p>En resumidas cuentas, la estructura argumental del <hi rend="i">Apologético</hi> es la
            siguiente:</p>
          <p/>
          <p>Sección 1: §1 a 2: 2 párrafos<space rend="tab"> </space><space rend="tab"
            > </space>preámbulo</p>
          <p>Faría 1</p>
          <p>Sección 2: §3 a 6: 4 párrafos<space rend="tab"> </space><space rend="tab"
            > </space>hipérbaton, 1</p>
          <p>Faría 2</p>
          <p>Sección 3: §7 a 13: 7 párrafos<space rend="tab"> </space><space rend="tab"
            > </space>hipérbaton, 2</p>
          <p>Faría 3</p>
          <p>Sección 4: §14 a 32: 19 párrafos<space rend="tab"> </space>hipérbaton, 3</p>
          <p>Faría 4</p>
          <p>Sección 5: §33 a 45: 13 párrafos<space rend="tab"> </space>hipérbaton, 4</p>
          <p>Faría 5</p>
          <p>Sección 6: §46 a 56: 11 párrafos<space rend="tab"> </space>metáfora</p>
          <p>Faría 6</p>
          <p>Sección 7: §57 a 59: 3 párrafos<space rend="tab"> </space><space rend="tab"
            > </space>imitación, 1 (Mahoma)</p>
          <p>Faría 7</p>
          <p>Sección 8: §60 a 67: 8 párrafos<space rend="tab"> </space><space rend="tab"
            > </space>imitación, 2 (Góngora)</p>
          <p>Faría 8</p>
          <p>Sección 9: §68 a 90: 23 párrafos<space rend="tab"> </space>yerros de Faría, 1</p>
          <p>Sección 10: §91 a 113: 23 párrafos<space rend="tab"> </space>yerros de Faría, 2</p>
          <p>Faría 10</p>
          <p>Sección 11: §114 a 120: 7 párrafos<space rend="tab"> </space>Góngora y Camões son
            incomparables, pero de no serlo sería superior Góngora</p>
          <p>Sección 12: §121 a 124: 4 párrafos<space rend="tab"> </space>conclusión del <hi
              rend="i">Apologético</hi> y loa al poeta</p>
        </div>
        <div>
          <head>5. Fuentes: la erudición como autorización<note place="bottom">Entre los
              preliminares, Espinosa Medrano recopila un «Catálogo de los escritores que autorizan
              este <hi rend="i">Apologético</hi>».</note> y arma de controversia</head>
          <p>El trabajo de anotación ha consistido fundamentalmente en identificar las fuentes
            manejadas por el autor. Como resultado de esta investigación, y siguiendo las pautas
            generales del proyecto <hi rend="i">Góngora</hi>, se ha intentado reconstruir parte de
            la bibliografía que manejó Espinosa Medrano para escribir el <hi rend="i"
              >Apologético</hi>. En el apartado correspondiente a la bibliografía hipotética del
            autor, los datos consignados permiten identificar tres tipos de fuentes. Cuando se cita
            un título sin datos de imprenta, se está remitiendo a un texto que El Lunarejo manejó;
            cuando se cita un título y se propone entre paréntesis una edición, se está indicando
            que por coincidencia del texto y otras circunstancias, la edición citada pudo ser la que
            manejó el autor, sin que sea posible asegurar que sea la única; cuando se indica una
            edición con todos los datos de imprenta, se postula que fue la edición manejada por
            Espinosa Medrano. Puesto que la anotación se afana en identificar las fuentes y que la
            bibliografía recoge los resultados de esta investigación, presentamos brevemente a
            continuación los distintos materiales a los que acude Espinosa Medrano para escribir su
            tratado así como la estrategia de prestigio que supone su selección de «escritores que
            autorizan este <hi rend="i">Apologético</hi>». Esta presentación no aspira por tanto a
            ser exhaustiva, sino a mostrar cómo Espinosa Medrano emplea la erudición para atacar a
            Manuel de Faría y para autorizar su tratado.</p>
          <p>Las fuentes a las que acude El Lunarejo son de gran variedad. Ante su contrario,
            historiador y poeta, hace valer en varios lugares su cultura en lo que se refiere a
            física, lógica o teología: tres ámbitos que estudió en el colegio San Antonio Abad y en
            la universidad San Ignacio de Loyola de Cuzco, y que él mismo enseñó. Aristóteles y
            Santo Tomás son capitales en este sentido, pero también San Agustín, San Juan
            Cristóstomo, Gregorio Magno y Gregorio Nacianceno, San Jerónimo, Juvenco, Lactancio o
            Teodoreto de Ciro así como Agustino Barbosa, Martín del Río, Cesáreo de Heisterbach,
            Alfonso de Mendoza, Luis de Molina, Callistos Nicephorus, Juan de Pineda, Ruperto de
            Deutz, Hugues de Saint-Cher o François Vatable. San Isidoro de Sevilla, autor de las <hi
              rend="i">Etimologías</hi>, es otra referencia ineludible. Los conocimientos de física
            o lógica de El Lunarejo provienen de manuales y de su enseñanza en el colegio seminario
            de San Antonio Abad, lo cual complica la tarea de identificación de fuentes: los <hi
              rend="i">Selecta circa octo libros physicorum Aristotelis subtilioris doctrinae</hi>
            de Francisco Murcia de la Llana pueden ser una de ellas (véase VI, § 52). Alusiones a la
            polémica sobre las manchas del sol abierta por las observaciones de Galileo a partir de
            1611 muestran sus conocimientos en ciencias naturales (VII, § 57), un campo en el que en
            ocasiones cita a Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, que alaba como poeta y
            como filósofo (VI, § 54). Todo ese alarde de erudición le permite desmarcarse de su
            adversario para denostarlo, como en la sección IX, § 89:</p>
          <quote>Linda ignorancia, pues a ser esto así, no habrá negación ni privación que no sea
            causa positiva del efecto formal de su hábito contrario (bien sé que esto es hablarle en
            griego a él y a los ignorantes de filosofía, con ser lo más fácil y humilde de
            ella).</quote>
          <p>Su cultura humanística proviene de varios tipos de fuentes. Ante todo, de sus lecturas
            abundantes y variadas de los clásicos latinos y de comedias, novelas y poesía modernas:
            hemos procurado identificar estas fuentes con ayuda del mencionado catálogo de autores
            del propio Espinosa Medrano, así como del de su biblioteca, establecido en el inventario
            de su testamento<note place="bottom">Guibovich, 1992.</note>. No faltan entre las
            fuentes de El Lunarejo las compilaciones eruditas y las enciclopedias humanísticas y,
            como la mayoría de los lectores del siglo XVII, es un aficionado a la emblemática. En
            varios lugares aparecen citas de Alciato, Boccalini, Camerario, Cartari, Cats, Conti,
            Erasmo, Pontanus, Rouillé, Schoonhoven o Pierio Valeriano<note place="bottom">Sobre la
              impronta de la emblemática en la obra de Espinosa Medrano ha trabajado Julia Sabena
              (2011).</note>.</p>
          <p>Mención aparte merecen sus lecturas de historia, pues le permiten enfrentarse a Manuel
            de Faría en su faceta de historiador, al punto de desacreditarlo como crítico y poeta
            (X, § 111):</p>
          <quote>Negole el cielo felicidad para los versos, aunque le concedió el genio de
            historiador con dicha: para esto es, y no más.</quote>
          <p>A este campo pertenecen autores como Bernardo de Aldrete, Valerio Máximo, Pausanias,
            Gonzalo de Illescas, Tácito o Tzetzes.</p>
          <p>Las fuentes de poesía y poética son las más abundantes y ricas del <hi rend="i"
              >Apologético</hi> y permiten reconstruir la fábrica de algunas secciones del tratado,
            en especial la sección IV. Para definir el hipérbaton, Espinosa Medrano acude a Isidoro
            de Sevilla: en las <hi rend="i">Etimologías</hi> encuentra de esta manera ejemplos
            virgilianos de hipérbaton que consulta a su vez en los comentarios canónicos del autor
            mantuano. En Servio y Juan Luis de la Cerda recaba otros lugares que alimentan su
            argumentación: toma de estos comentarios de Virgilio citas de poetas y autores como
            Varrón que no consulta directamente, aunque pueda haberlos leído en algún momento. Es
            por lo demás una constante de Espinosa Medrano la consulta de los poetas en ediciones
            comentadas, de Merlín Cocayo a Garcilaso, de Virgilio a Ovidio o Catulo. Los
            comentadores como Marc Antoine Muret, Joseph Scaliger, Servio, Fernando de Herrera,
            Teofilo Folengo, Pietro Crinito, Georg Sabinus, Adrien Turnèbe o Juan Luis de la Cerda
            son una de las fuentes principales de su cultura humanística y poética, a la que se
            suman gramáticos como Ambrosio de Morales, Antonio de Nebrija o Nicolas Clénard, además
            de Baltasar Gracián, señaladamente el de la <hi rend="i">Agudeza y arte de ingenio</hi>.
            Los comentadores de Góngora son por descontado fuente ineludible y Espinosa Medrano lee
            al poeta con comentos. Además de esa lectura informada, Espinosa Medrano recurre a otros
            materiales en algunos lugares del tratado: polianteas y florilegios como el <hi rend="i"
              >Parnassus poeticus</hi> de Nicolas de Nomexy, los <hi rend="i">Dicta notabilia et in
              thesaurum memorie reponenda Platonis, Aristotelis, etc.</hi> de Sebastianus Vicentinum
            o el <hi rend="i">Florilegii magni seu Polyantheae</hi> de Jano Gruter.</p>
          <p>Por último, hemos de mencionar dos fuentes que cumplen un importante papel en el <hi
              rend="i">Apologético</hi>: la oratoria sacra y los testimonios de la polémica
            gongorina. Los predicadores antiguos (San Jerónimo, Gregorio Nacianceno y otros autores,
            algunos de los cuales autorizan el título de <hi rend="i">Apologético</hi>) y modernos
            (Hortensio Félix Paravicino y Juan Caballero de Cabrera, véase VIII, § 61), autorizan
            directamente a Espinosa Medrano, predicador renombrado desde mediados de la década de
            1650. Su conocimiento de Góngora está claramente determinado por los tres comentaristas
            impresos: Pellicer, Salcedo Coronel y Salazar Mardones, aunque también maneja la <hi
              rend="i">Circe</hi> de Lope de Vega y es probable que conociera la polémica entre
            Francisco del Villar y Cascales, o el <hi rend="i">Discurso</hi> de Vázquez Siruela,
            pues el <hi rend="i">Apologético</hi> se asemeja en varios lugares a una reescritura
            puntual de estos autores (IV, § 24, VIII, § 64). El hecho de silenciar algunas de estas
            fuentes se explica por motivos estratégicos: al callar el anti-gongorismo de Lope de
              Vega<note place="bottom">Aunque Lope nunca atacó a Góngora de modo declarado y El
              Lunarejo pudo tomar al pie de la letra sus declaraciones de veneración hacia don
              Luis.</note>, por ejemplo, puede enfrentarlo con Faría (IX, § 77 y X, § 113) y al
            ocultar, en el «Catálogo de escritores que autorizan este <hi rend="i"
            >Apologético</hi>», a Salazar Mardones, puede acudir a Nicolás de Albiz, que firma uno
            de los poemas preliminares de la <hi rend="i">Ilustración y defensa de la Fábula de
              Píramo y Tisbe</hi> y que, en calidad de contador de la Orden de Calatrava, es
            religioso como el propio Lunarejo. La erudición desplegada por Espinosa Medrano es por
            tanto instrumento de autorización y arma de controversia.</p>
          <p>El comentario de Faría a Camões no aparece como tal en el inventario de la biblioteca
            de Espinosa Medrano, que sí menciona un volumen de «Faria ystoria portuguesa»; una
            escueta mención a «Sousa», sin número de volúmenes, puede aludir a este libro<note
              place="bottom">Véase Guibovich 1992 (23 y 24).</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>6. Conceptos debatidos</head>
          <p>El sistema conceptual del <hi rend="i">Apologético</hi> se compone de una serie de
            definiciones y postulados que se conectan entre sí de una sección a otra del tratado.
            Para presentar esta red de nociones, nos basamos en los tres conceptos que estructuran
            el <hi rend="i">Apologético</hi>: hipérbaton, metáfora e imitación. En la explicación de
            cada apartado profundizamos conceptos correlativos a los tres principales. Nos referimos
            para terminar a dos conceptos clave, en cuanto son la piedra de toque del antagonismo
            entre entre Espinosa Medrano y Manuel de Faría: el misterio y el don poético<note
              place="bottom">Un primer intento de definición de los conceptos del <hi rend="i"
                >Apologético</hi> se encuentra en Ruiz Soto 2016. En marzo de 2015 pude presentar en
              el seminario doctoral de Mercedes Blanco, en la universidad de la Sorbona, una
              ponencia titulada «Góngora y la imitación en el <hi rend="i">Apologético</hi> de Juan
              de Espinosa Medrano», que fue un segundo intento en la misma vía.</note>.</p>
          <div>
            <head>6. 1. El hipérbaton</head>
            <p>Para rebatir la acusación de Faría según la cual Góngora abusa del hipérbaton,
              Espinosa Medrano hace de esta figura una característica extensiva de la lengua latina
              y del estilo poético. De esta manera, superpone tres niveles de definición: el
              hipérbaton es en primer lugar figura o tropo, en segundo lugar una lengua en sí y en
              tercer lugar una característica propia del estilo poético. El uso que del hipérbaton
              hace Góngora lo convierte en un héroe o un mesías poético, lo cual permite entender la
              tensión en el pensamiento de Espinosa Medrano entre la historicidad del estilo, que
              progresa paulatinamente, y la aparición del genio poético, que trasciende esa
              historicidad: una tensión que a su vez explica la dualidad del hipérbaton como tropo y
              como estilo o lengua.</p>
            <div>
              <head>6. 1. A. Figura: el hipérbaton como transposición</head>
              <p>Para Espinosa Medrano, el término de «trasposición», por oposición a «colocación»,
                se refiere al hipérbaton como tropo. Dos son los supuestos que tiene que cumplir
                para funcionar como figura: uno es referencial y se basa en la virtud expresiva, el
                otro es morfológico o sintáctico. El primer aspecto se encuentra desarrollado en la
                sección III, § 7-8:</p>
              <quote>Bravamente se encabra aquí nuestro Faría, búrlase con toda truhanería de este
                verso hermosísimo: «Cuanto las cumbres ásperas cabrío». Dice que hace el verso su
                cabriola pues podía decir el comentador que exprimió el salto del cabrío con el de
                la oración. Querer deslucir con el mismo crédito es como engañar con la misma
                verdad. Muy bien dijera el comentador y con harta más viveza que otros, cuando
                quisiera explicarnos así la del verso.</quote>
              <p>En estos dos párrafos, de los que copiamos las primeras líneas, Espinosa Medrano
                ofrece tres ejemplos de Virgilio, uno de Antonio de Solís, otro de Camões y el
                citado de Góngora para demostrar que el hipérbaton es capaz de <hi rend="i"
                  >expresar</hi>, <hi rend="i">denotar</hi>, <hi rend="i">delinear</hi>, <hi
                  rend="i">insinuar</hi> o <hi rend="i">representar</hi> el referente al que alude.
                El hipérbaton funciona por tanto como figura por su «conformidad de dicciones con el
                asunto» (II, § 5), máxime asociado a otros recursos, en particular el acento:</p>
              <quote>[...] se expresaba la travesura de ese ganado (como Faría quiere) no solo en la
                transposición, que aparta el “cuanto” del “cabrío”, porque de esta usa el poeta aun
                cuando no habla de sujeto que salte; sino que aquella transposición acompañada del
                “ásperas” con su acento dactílico y despeñado insinuaba el arrojo de las cabras,
                como el “bramavan” y el “horrissonas”, dice él que representan el estruendo de las
                bombardas.</quote>
              <p>Este breve comentario del verso gongorino «cuanto las cumbres ásperas cabrío»<note
                  place="bottom">Góngora, Polifemo, v. 46, [OC255.46].</note> muestra que el
                hipérbaton como figura no es válido para un solo uso y no debe verse restringido ni
                a un único referente ni a un único estilo poético, pues se emplea tanto en el género
                bucólico (Góngora) como en el género épico (Camões). La transposición unida a una
                característica rítmica de la cláusula a la que afecta, el acento dáctilo, logra
                efectuar una mímesis microtextual, a escala de un verso: por motivos referenciales,
                el hipérbaton puede funcionar por tanto como figura o tropo, «transposición».</p>
              <p>Si la función de la figura es lograr una «conformidad de dicciones con el asunto»
                (II, § 5), su definición se basa también en un criterio sintáctico o morfológico,
                fundamental en los distingos de los gramáticos manejados por Espinosa Medrano. Como
                anotamos en V, § 34, estos diferencian la frasis y el esquema. La frasis es una
                expresión correcta, gramaticalmente normativa, que se opone a la falta (barbarismo,
                impropiedad o solecismo), pero también a la figura (en griego “esquema”), que salva
                la infracción a la norma por su virtud expresiva. Sin embargo, la figura no debe
                alejarse demasiado de la corrección sintáctica –y, en el caso del hipérbaton,
                morfológica-, pues incurriría en barbarismos y solecismos. La figura se define por
                tanto por su virtud expresiva, como acabamos de ver, pero también por su «suavidad»,
                su «blandura» (IV, § 17), siendo así una infracción, pero moderada o tolerable. Este
                aspecto se encuentra desarrollado en la sección IV, § 15-17. Allí, tras haber
                presentado las cinco especies del hipérbaton (anástrofe, hísteron próteron,
                paréntesis, sínquisis y tmesis), afirma que «en la locución poética la que por
                antonomasia se nombra hipérbaton es la tmesis, por ser la más rigorosa sección de
                todas». La tmesis es el hipérbaton que con más propiedad puede ser identificado como
                figura («por antonomasia se nombra hipérbaton»), siempre y cuando respete la
                morfología y muestre por parte del poeta un conocimiento rigurosísimo de la lengua y
                de su potencial poético:</p>
              <quote>[...] tengo observado lo que nadie reparó en Virgilio, gigante mayor de la
                Poesía: que las pocas veces que usa de esta especie de hipérbatos que llamamos
                tmesis, nunca divide la dicción simple, como “<hi rend="i">dominus</hi>”, sino la
                que consta y se compone de dos términos, como “<hi rend="i"
                >Ciceromastix</hi>”.</quote>
              <p>Góngora, por descontado, es un ejemplo palmario de este conocimiento de la
                gramática del castellano, llevado al límite de sus capacidades expresivas<note
                  place="bottom">Véase Ly 1999 y Blanco 2010 (176-178).</note>.</p>
            </div>
            <div>
              <head>6. 1. B. Lengua y estilo: el hipérbaton como colocación</head>
              <p>El principal aporte argumental de Espinosa Medrano a la cuestión del orden
                sintáctico de la poesía gongorina es el de la definición del hipérbaton como lengua.
                Como lo demostró Mercedes Blanco en un artículo de 2010, lo que Faría cataloga como
                vicio no es tal, ni tampoco necesariamente una figura: para El Lunarejo es un
                lenguaje en sí, el más acorde con el genio español. Por tanto, no es <hi rend="i"
                  >transposición</hi> (el hipérbaton como figura) sino <hi rend="i">colocación</hi>:
                el lenguaje genuino del verso. Esta definición del hipérbaton como lengua se
                encuentra principalmente en la sección IV, § 21-26. Traemos a continuación la
                conclusión de este razonamiento, en el § 26:</p>
              <quote>Lo que importa advertir mucho es que esta colocación (llámese o no latamente
                hipérbaton) es tan genuina y natural a la numerosa fábrica del verso que aun el
                nombre de verso (como dice Georgio Sabino) se derivó de este revolver los términos,
                invertir el estilo y entreverar las voces. [...] Tan lejos está la inversión de las
                voces, tan distante de viciar los versos, que en ellos no es tropo sino alcurnia, no
                es afeite sino fayción, no defecto sino naturaleza.</quote>
              <p>Esta definición implica una distinción, que Espinosa Medrano desarrolla en la misma
                sección IV, § 27-31. Según el § 27, la colocación, «este lenguaje como nacido en los
                países de la latinidad», es también un estilo poético y retórico «nativamente
                acomodado a la poesía latina». La colocación es por tanto un complejo con dos
                elementos: el idioma latino y el estilo retórico o poético. Existe una tensión
                dentro del concepto de «colocación» entre la idiosincrasia del latín,
                ontológicamente intransferible, y el estilo poético-retórico de la latinidad,
                todavía intrasferido al castellano. Para adaptar el estilo latino al idioma
                castellano aparece Góngora, para adaptar por lo tanto una parte de la lengua latina,
                aquella que en el latín mismo fue depositada gradualmente en la lengua por los
                modelos y artes retóricas y que, siendo construcción artificial, es susceptible de
                progreso, de aprendizaje e imitación. Lo confirma el § 28: «De ignorar pues esta
                capacidad de nuestro lenguaje y la dificultad que había de aplicarle el ornato de la
                elocución latina, nace el condenar neciamente aquellas osadías». Hay pues en el
                concepto de colocación una dualidad entre lo lingüístico y lo poético, y de modo
                correlativo, lo inimitable (lo que la lengua tiene de naturaleza o particularidad
                irreductible) y lo imitable (lo que en la lengua misma participa de un esfuerzo
                consciente y del trabajo de generaciones de autores).</p>
            </div>
            <div>
              <head>6. 1. C. Historicidad y mesianismo: Góngora y el hipérbaton</head>
              <p>Ante la tensión entre lo lingüístico y lo poético, Espinosa Medrano no oculta que
                es «atrevimiento ínclito, proeza ilustre» (IV, § 27) imitar lo que es propio de una
                lengua ajena. El salto argumentativo que posibilita esta imitación se basa, primero,
                en una visión inmanente de la historia de la retórica, en la que es fundamental la
                idea de progreso. El uso del hipérbaton como lengua poética en español es una senda
                que «hasta hoy» (IV, § 27) no ha sido seguida por ignorancia de la retórica, pero
                que estaba inscrita «en la capacidad de nuestro lenguaje» (IV, § 28). Por tanto, el
                logro de Góngora consiste en darle una culminación a la historicidad inmanente del
                estilo español, confirmando así una tendencia latente de la historia poética
                castellana, que no es otra que el progreso propio de la asimilación de la
                retórica.</p>
              <p>Esta visión de la historicidad del estilo basada en la idea de progreso se
                corresponde con la vertiente imitable del hipérbaton: en latín y en castellano, el
                tropo puede aprenderse en artes retóricas y modelos autorizados de escritores, para
                entrar paulatinamente en los hábitos lingüísticos de los poetas. El caso de Góngora
                va sin embargo más allá, como vemos en la sección IV, § 30:</p>
              <quote>Por tan imposible como quitarle el rayo a Júpiter y a Hércules la clava juzgó
                la Antigüedad el usurpar los versos a Homero, y habiendo aprovechádose el Marón de
                muchos para adornar su Eneida, respondió a la calumnia de sus émulos que estaba tan
                lejos de arrepentirse, que en usurpar los ornatos del Griego para su musa le había
                parecido haberle despojado a Júpiter del rayo y arrebatado de los hercúleos puños la
                clava, de que quedaba tan glorioso, cuanto parecía mayor la imposibilidad de tanta
                hazaña.</quote>
              <p>Aquí, Espinosa Medrano propone una visión distinta de la historia poética, basada
                en otros tiempos y en otros ritmos, no tanto en la idea de progreso sino en una <hi
                  rend="i">translatio studii et stilii</hi> que pasa de Homero a Virgilio y de éste
                a Góngora, avanzando por saltos. Como heredero de esta evolución, Góngora es el <hi
                  rend="i">unicus</hi> castellano, el más sobresaliente de los españoles y el único
                que merece dialogar directamente con sus avatares antiguos. Por encima de la
                historicidad de los estilos y del progreso que posibilitan las artes retóricas,
                sobresalen los tres grandes poetas, el griego, el latino y el español, rodeados de
                una isotopía heroica que se asemeja a la del Góngora heroico de Vázquez Siruela,
                como comentamos en la sección IV, § 31.</p>
              <p>De esta manera, convergen en Góngora dos visiones distintas de la historia poética,
                una inmanente y progresiva y la otra trascendente y discontinua. Góngora, en el
                cruce de ambas, es por ello un prodigio, como puede leerse en la sección V, §
                33:</p>
              <quote>No inventó Góngora las transposiciones castellanas: inventó el buen parecer y
                la hermosura de ellas, inventó la senda de conseguirlas. Era ese lenguaje ornamento
                poético de la majestad romana; no cabía en nuestro idioma tanta imitación de lo
                grande. La ropa que sirvió de gala a las musas latinas arrastraba más aína a la
                castellana. [...] Mas, ¡oh prodigios del ingenio de Góngora! Levantó a toda
                superioridad la elocuencia castellana y sacándola de los rincones de su hispanismo
                hízola de corta sublime, de balbuciente facunda, de estéril opulenta, de encogida
                audaz, de bárbara culta.</quote>
              <p>Al hacer del poeta de Córdoba el inventor del hipérbaton castellano, Espinosa
                Medrano incurre sin embargo en una contradicción aparente, denunciada por Faría:
                otros poetas castellanos han recurrido antes que Góngora al hipérbaton como tropo,
                por lo que este no puede ser inventor. En la misma sección V, § 35, El Lunarejo
                contesta:</p>
              <quote>Verdad es que Juan de Mena las usó con anterioridad de centenares de años
                ocasionando centenares de risas, como dice Faría, y también esos otros tres o cuatro
                que trae muy gozoso de haberlos hallado, pero todos son unos friones y (precindiendo
                las materias o asuntos) es quererlos equiparar a la elocución de Góngora conferir
                con sol flamante al candil moribundo [...].</quote>
              <p>Góngora aparece aquí como «sol flamante», prolongando la isotopía que le rodea
                desde las primeras palabras del <hi rend="i">Apologético</hi>: el poeta es lucido,
                luminoso, solar, para nada oscuro. Pero la comparación con el candil resulta cuanto
                menos insólita<note place="bottom">Llamarle «sol flamante» es aplicarle una
                  expresión curiosa. En el CORDE, sólo aparece con anterioridad al <hi rend="i"
                    >Apologético</hi> en <hi rend="i">El desierto prodigioso y prodigio del
                    desierto</hi> del bogotano Pedro de Solís y Valenzuela, en una apoteosis de San
                  Bruno y para caracterizar a la Virgen. El adjetivo flamante aparece también en un
                  contexto similar en ciertos sermones de Espinosa Medrano, como en el «Sermón de
                  Nuestra Señora del Carmen» pronunciado en 1677 en el monasterio de las Descalzas
                  de Cuzco, en el que podemos leer «Virgen purísima, aún más que el flamante
                  incendio de los serafines» (Espinosa Medrano 1982: 162). En cuanto a la
                  contraposición del sol con el candil, véase la <hi rend="i">Oración fúnebre a fray
                    Simón de Rojas</hi> pronunciada en 1624 por Paravicino: «Luz del mundo llamó a
                  los ministros de su Evangelio Cristo; ésta es el sol, luna y estrellas, y estas
                  luces no hacen humo, las artificiales sí, el candil, la candela, la
                hacha».</note>, puesto que deriva directamente de las <hi rend="i">Revelaciones de
                  Santa Brígida</hi><note place="bottom">Que se hallaban en la biblioteca de El
                  Lunarejo: Guibovich 1992 (25).</note>, que iniciaron una tradición simbólica que
                oponía en el momento de la Natividad la irrupción en el mundo de una luz flamante y
                la muerte de un candil, completamente aniquilado (<hi rend="i">totaliter
                  adnihilaverat</hi>) por el <hi rend="i">splendor divinus</hi><note place="bottom"
                  >Brígida de Suecia, 1606 <ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=oKJnSiF8s30C&amp;dq=revelationes%20brigittae%20turrecremata&amp;hl=es&amp;pg=PA658#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                    >(658)</ref>.</note>. De esta manera, el paso de la Ley a la Gracia, del Antiguo
                al Nuevo Testamento, es la llegada de una <hi rend="i">lex nova</hi> que aparece
                como <hi rend="i">lux nova</hi>.</p>
              <p>Así, el poeta de Córdoba es una suerte de mesías heroico que trasciende la
                historicidad progresiva del estilo, como puede apreciarse en la sección V, § 37, a
                cuyo comentario remitimos («Cierto es que el hipérbato fue una figura, como ahora
                aún antes de Góngora; pero antes de Góngora el hipérbato sólo fue una figura. Con
                haberlos primero usado otros se compadece el que Góngora los inventase en
                castellano»). Aparece así en el pensamiento de El Lunarejo una tensión entre el
                mesianismo, una visión de la historia construida en virtud de un agente
                trascendente, y una historia que transcurre de acuerdo con determinaciones internas
                inmanentes. Como cristiano, Espinosa Medrano era forzosamente mesianista en el
                primer sentido<note place="bottom">Por reconocer en la historia religiosa y en el
                  devenir del hombre la acción de agentes trascendentes capaces de transformar —o
                  concluir—el curso de la historia.</note> pero oscilaba tal vez entre una extensión
                por analogía del patrón mesiánico a cuestiones profanas como la poesía y un concepto
                de la historia profana, más coherente con sus premisas, como exenta de
                intervenciones trascendentes.</p>
              <p>Esa tensión entre el curso inmanente de la historia y el mesianismo divide también
                el hipérbaton. La «figura», el hipérbaton como tropo o «transposición», pertenece a
                la corriente inmanente de la historia y aparece en las artes retóricas que son el
                motor de aquella: Góngora tiene antecesores en su uso. La «colocación», por el
                contrario, es la obra gongorina, la <hi rend="i">nueva ley</hi> hiperbática del
                mesías heroico: es el <hi rend="i">idioma poético</hi> que iguala en castellano al
                latín. Esta tensión es constitutiva de la idea del hipérbaton de Espinosa Medrano:
                la nueva era de la historia poética abierta por Góngora se superpone («como ahora
                aún antes») a la corriente inmanente de la historia, y en la lengua de la colocación
                el hipérbaton puede funcionar y, sobre todo, ser analizado como transposición, según
                los criterios ya mencionados. Tanto es así, que Góngora trasciende toda
                temporalidad, «atropella los tiempos» (V, § 37) hasta el punto de que los latinos
                deban su primacía histórica en el oficio poético a la imitación del genio poético
                cordobés encarnado por Góngora (V, § 41-42). Esta inversión en el orden de la
                imitación y de la historia se basa en última instancia en la igualdad del latín y
                del castellano a efectos de estilo poético, de «colocación», tanto como en una idea
                de Góngora como encarnación del genio poético cordobés, de tradición milenaria.</p>
            </div>
          </div>
          <div>
            <head>6. 2. La metáfora</head>
            <p>A partir de la <hi rend="i">Poética</hi> y de la <hi rend="i">Retórica</hi> de
              Aristóteles, Espinosa Medrano hace de la metáfora la piedra de toque de su definición
              del estilo, de la poesía, y por tanto de su valoración de Góngora. El verso «y en
              ruecas de oro rayos del sol hilan»<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i"
                  >Polifemo</hi>, v. 400.</note> se convierte así en «frasi benemérita del furor
              verdaderamente poético».</p>
            <div>
              <head>6. 2. A. Lo peregrino, la senda y lo cercano: la metáfora como distancia
                alcanzable</head>
              <p>Basándose en la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles, Espinosa Medrano define
                la metáfora como la figura que consiste en emplear términos distintos de los que
                dicta el uso común (VI, § 46-49). Esta definición se plasma en metáforas espaciales:
                el término metafórico se distingue por una <hi rend="i">distancia</hi> que lo eleva
                por encima de la lengua habitual (VI, § 46):</p>
              <quote>No fuera la poesía de Góngora tan alta y peregrina a no florecer con términos
                tan remotos de la plática vulgar y plebeya.</quote>
              <p>Las metáforas son por tanto <hi rend="i">peregrinas</hi> y <hi rend="i"
                  >remotas</hi>, conceptualizadas en el § 47 en base a un movimiento de sustitución
                o alejamiento (las metáforas son «alusivas, o translaticias, o figurales, o
                  conmutadas»<note place="bottom">Esta tipología de las distintas metáforas proviene
                  directamente de Aristóteles.</note>) o, en clave negativa, en base a una
                separación («no como se habla comúnmente, ni como el vulgo razona»). Este elitismo
                del estilo, que proviene directamente de Aristóteles, queda compensado por otra
                metáfora espacial (VI, § 48):</p>
              <quote>[...] los hombres grandes, aunque usen de metáforas altísimas y remotas, con
                las palabras consecuentes las dejan declaradas o con las anteriores dejan abierta la
                senda de entenderlas.</quote>
              <p>A la altura (sublime) de las metáforas, a la distancia (remota) y al alejamiento
                (traslaticio) que las caracteriza, responde otra metáfora espacial, «la senda de
                  entenderlas»<note place="bottom">Sobre el valor pedagógico de la poesía gongorina,
                  véase Blanco 2016 (299-300).</note>, expresión que alude al camino que conduce a
                entender la metáfora. Esto plantea una tensión en la definición de los límites de la
                metáfora: los ejemplos de El Lunarejo la reducen a la escala del verso («y en ruecas
                de oro rayos del sol hilan»<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>,
                  v. 400.</note>), o incluso de un término («<hi rend="i">Et liquidi simul
                  ignis</hi>»<note place="bottom">Virgilio, <hi rend="i">Bucólicas</hi>, égloga 6,
                  v. 33.</note>), pero el paisaje que componen la senda y lo remoto no aclara dónde
                acaba o empieza la metáfora, si abarca o no la senda que es correlato de lo
                remoto.</p>
              <p>Para El Lunarejo, la metáfora es por tanto un concepto caracterizado por una <hi
                  rend="i">distancia alcanzable</hi> con respecto a la lengua común<note
                  place="bottom">Esto plantea los mismos problemas que la definición aristotélica de
                  la metáfora: véase Ricoeur 1997.</note>: lo alcanzable presupone un locutor capaz
                de comprender la metáfora. Al entender la metáfora, el locutor anula su distancia
                semántica al tiempo que mide su distancia pragmática: entender que «rayos del sol»
                significa «miel» (VI, § 49) equipara ambos términos en lo que se refiere al
                significado, pero visibiliza la distancia que los separa en cuanto al significante y
                al uso convencional.</p>
            </div>
            <div>
              <head>6. 2. B. La distancia y su referente: en busca del grado cero de la
                metáfora</head>
              <p>El razonamiento que justifica el uso del adjetivo <hi rend="i">líquido</hi>
                referido al fuego en un verso de Virgilio (VI, § 51-56) permite ahondar en la
                definición de la metáfora. Este concepto, entendido como movimiento o separación,
                supone un referente que Espinosa Medrano describe como «la plática vulgar y plebeya»
                (VI, § 47), pero que exige ser precisado. La función y el significado de la metáfora
                difieren si el término metafórico sustituye a otro término común (<hi rend="i"
                  >claveles</hi> por <hi rend="i">labios</hi>) o si apela a un término nuevo o
                importado de otra lengua para llenar una laguna semántica (<hi rend="i">avión</hi>,
                derivado del lat. <hi rend="i">avis</hi>): la información que aporta la figura es
                radicalmente distinta y de esa información depende en gran medida la valoración del
                estilo poético por El Lunarejo.</p>
              <p>En la justificación del adjetivo <hi rend="i">líquido</hi> del verso virgiliano
                  «<hi rend="i">Et liquidi simul ignis</hi>», Espinosa Medrano emplea varios
                argumentos, tras recapitular la opinión de Macrobio, según la cual la metáfora
                contradice el sentido literal (propio) del adjetivo líquido (VI, § 51):</p>
              <quote>Pareciole a Macrobio que lo líquido era propiedad del agua y de lo húmido y,
                siendo el fuego sumamente seco y cálido, no se pudo arrogar títulos de licor,
                llamándose líquido.</quote>
              <p>Tal y como lo presenta Espinosa Medrano, este ataque condena la metáfora a no
                alejarse del lenguaje literal: si <hi rend="i">líquido</hi> solo puede aplicarse al
                agua y a lo húmedo, solo puede aplicarse literalmente y de manera tautológica. Este
                reproche, en última instancia, anula la distancia metafórica: para Macrobio, según
                El Lunarejo, habría que llamar <hi rend="i">ardiente</hi> al fuego. Esta manera de
                presentar el reproche lo tergiversa para descalificar a Macrobio como avatar de
                Faría. Sin embargo, en lugar de defender la libertad del poeta para emplear un
                término paradójico, El Lunarejo contesta revisando los sentidos de <hi rend="i"
                  >líquido</hi>. Primero, entiende que <hi rend="i">líquido</hi> sustituye a <hi
                  rend="i">puro</hi> (VI, § 51); después, avala la metáfora con el sentido
                etimológico del adjetivo (VI, § 51):</p>
              <quote>Aunque si fuéramos con el rigor gramatical, fácilmente dijéramos que «<hi
                  rend="i">liquidum</hi>» nace de «<hi rend="i">liquet</hi>», estar claro, patente y
                perspicuo.</quote>
              <p>En estos dos argumentos, el término metafórico no se aleja de su sentido literal,
                ya sea por coincidir con su sentido etimológico, ya sea por coincidir con su sentido
                figurado, en base a una <hi rend="i">sustitución</hi> tan clara y fácil de reconocer
                en su contexto como una sinonimia («Ya veis aquí lo tenue y lo líquido hechos
                sinónomos», en VI, § 52). Estas discusiones de El Lunarejo permiten poner de relieve
                la casi imposibilidad de concebir rigurosamente lo que es el sentido literal. El
                tercer argumento para defender el adjetivo virgiliano se divide en dos partes,
                aparentemente contradictorias. La primera sugiere que la metáfora tiene un aporte
                semántico, que responde a una carencia de términos significativos (VI, § 52):</p>
              <quote>Y es llano que muchas cosas absolutas, por entenderlas mejor y por penuria de
                términos significantes, las demostramos por los respectivos [...]. En el fuego,
                pues, si queremos absolutamente significar lo leve sin el respeto al centro, no
                hallaremos término más apto ni cómodo que “líquido”, que expresa la sutileza,
                levedad y ligereza de ese elemento [...].</quote>
              <p>Sin embargo, el razonamiento prosigue con una justificación lógica, basada en la
                antonimia, y por tanto en una nueva <hi rend="i">sustitución</hi> de términos:</p>
              <quote>[el aire, el agua y las sustancias fluidas] eran y se llamaban líquidos, por lo
                rarefacto o condistinto de denso, y por lo que se parecen al fuego, que siendo
                sumamente raro [...] obtiene el principado sobre todo lo líquido, y de cuya liquidez
                participan proporcionalmente la denominación esos otros.</quote>
              <p>Lo <hi rend="i">líquido</hi> es por tanto en última instancia sinónimo de <hi
                  rend="i">raro</hi> o <hi rend="i">rarefacto</hi>: el valor semántico específico
                que podía tener la metáfora se reduce a una nueva sustitución. Así, el término
                metafórico no cambia fundamentalmente de significado, puesto que ‘líquido’ se toma
                en ese caso por antónimo de ‘sólido’ y al aplicarse al fuego funciona en uno de sus
                sentidos usuales. Para acabar su razonamiento, Espinosa Medrano recapitula afirmando
                que el fuego es líquido en dos sentidos: <hi rend="i">formaliter</hi> porque su
                forma y su origen son líquidos, pero también <hi rend="i">causaliter</hi>, porque
                liquida (VI, § 55). En ambos casos, el término metafórico concuerda con sus
                significados literales: en el primer caso, porque hay que entender <hi rend="i"
                  >líquido</hi> como ‘puro’, ‘leve’, ‘líquido’ (en su sentido material u originario:
                VI, § 53-54); en el segundo, por derivación del verbo <hi rend="i"
                >liquidar</hi>.</p>
              <p>Este repaso permite afirmar que para Espinosa Medrano no es paradójico llamar
                “líquido” al fuego puesto que la distancia metafórica no separa al término
                metafórico de su(s) sentido(s) literal(es): la metáfora es un desplazamiento del
                sentido usual a otro sentido, literal, etimológico o figurado. Así, la palabra
                ‘líquido’ es usada por Virgilio de modo más propio que en sus empleos vulgares:
                cuando en el lenguaje ordinario se dice de algo que es líquido, es con un
                significado restringido (algo que se parece al agua); en cambio, al usar la palabra
                para el fuego, Virgilio profundiza en todo lo que el término implica: lo claro,
                patente y luminoso, la sutileza o rarefacción de la materia, la capacidad de fundir
                o volver líquidos los sólidos. Así, El Lunarejo desliga la noción de «plática
                vulgar» del significado genuino del término: los <hi rend="i">términos remotos</hi>
                o metáforas se alejan de la primera y concuerdan con el segundo.</p>
            </div>
            <div>
              <head>6. 2. C. La definición de la poesía, la cercanía mimética y el furor</head>
              <p>Esta definición de la metáfora con una carga semántica reducida concuerda con el
                desprecio en el que El Lunarejo tiene a la poesía profana por oposición a la poesía
                revelada: «De las figuras, pues, que sólo sirven y las inventó el arte para la
                elocución, es bobería pedir que sean concepto, juicio o ingenio» (V, § 45). Además,
                explica una extrañeza del razonamiento de Espinosa Medrano, y es que el hipérbaton,
                considerado como estilo poético (<hi rend="i">colocación</hi>), puede ser entendido
                en cierta medida como metafórico. En la sección IV, § 27, «desviar el lenguaje de la
                plática común, vulgar y rusticana» es un requisito para alcanzar la <hi rend="i"
                  >colocación</hi> (IV, § 27). En la sección V, § 45, El Lunarejo afirma que la
                colocación «sólo consiste en hermosear la plática con los modos de decir, sin cuidar
                de si es bueno lo que se dice: y de esto sirven todos los tropos y figuras que
                enseña la retórica».</p>
              <p>Esta confusión de «todos los tropos y figuras» le da una preponderancia especial a
                la metáfora, puesto que su distancia respecto al habla común, su capacidad de
                «hermosear la plática», es la piedra de toque de la poesía según Aristóteles: «¿No
                enseñó Aristóteles en el tercero de sus <hi rend="i">Retóricos</hi> que otro era el
                lenguaje del poeta y otro el del orador?» (VI, § 48). Así, aunque El Lunarejo afirma
                que Góngora utiliza «pocas veces» extranjerismos –que son una especia de la
                metáfora-, caracteriza la lengua poética del de Córdoba por un uso generalizado de
                este tropo (VI, § 47):</p>
              <quote>El grande ingenio de don Luis, aunque pocas veces usa de los términos
                peregrinos por extraños, pero perpetuamente sus frasis lo son ya por alusivas, o
                translaticias, o figurales, o conmutadas, etc. y en fin remotas [...] de la
                vulgaridad y plebeyismo.</quote>
              <p>El hecho de que la metáfora no sea una figura únicamente semántica sino también y
                ante todo una figura pragmática permite extender la <hi rend="i">distancia
                  metafórica</hi> a un aspecto de la poesía gongorina que no es semántico, sino ante
                todo sintáctico, como el hipérbaton. Esto explica que Espinosa Medrano, a partir de
                la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles, justifique la distancia respecto al
                habla común –característica de la metáfora-, aduciendo un hipérbaton («Aquiles de»,
                VI, § 47) y defendiendo la colocación gongorina.</p>
              <p>En el sistema poético de Espinosa Medrano, por tanto, a la ocultación del
                hipérbaton-transposición como figura (sustituida por el hipérbaton-colocación como
                estilo poético) responde la extensión de la metáfora como figura semántica a otros
                ámbitos del estilo poético. Todo parece indicar que para El Lunarejo la delimitación
                de los tropos con respecto al resto de la lengua poética es incierta: el hipérbaton
                deja de ser figura y se convierte en estilo, pero todo el estilo no es al fin y al
                cabo sino metáfora. Esta delimitación incierta es consecuencia de la equiparación de
                la colocación y de la metáfora como recursos lingüísticos y estilísticos que se
                alejan del habla común: la metáfora atañe a los términos y al significado (<hi
                  rend="i">términos remotos</hi>), la colocación a segmentos más amplios del
                discurso y a la sintaxis, por lo que lo metafórico abarca un paisaje casi indiviso,
                hecho de <hi rend="i">términos remotos</hi> y <hi rend="i">sendas de
                  entenderlos</hi>. Esta irradiación de la metáfora a segmentos más amplios del
                discurso posibilita el razonamiento según el cual la calidad de un poema se deduce
                de la calidad de un verso, en virtud del furor (o don poético) de su autor, «porque
                la frasi, la sentencia, el estilo, la colocación, es tan semejante y tan indivisible
                en todas como fue uno el espíritu que en sagrados furores las dictó altamente
                arrebatado» (IX, § 68).</p>
              <p>Así, el lugar preponderante de la metáfora justifica que El Lunarejo afirme que el
                verso gongorino «y en ruecas de oro rayos del sol hilan» es «frasi benemérita del
                furor verdaderamente poético» (VI, § 48). Esta valoración precede un análisis
                detallado de dicha metáfora, que recurre a Plinio y a su definición de la miel como
                sudor o saliva de los astros (VI, § 49):</p>
              <quote>[...] habiendo de subir el estilo a mayor eminencia que Plinio cuanto va de
                filosofar a metrificar y cuanto va de lo físico a lo metafórico, pues aún están las
                hebras transparentes y rubias de la miel más cerca de que el Sol las prohije en
                rayos que de que el Sol las sude en gotas, o las escupa el astro en salivas, o las
                solloce el lucero en lágrimas.</quote>
              <p>Espinosa Medrano justifica el <hi rend="i">término remoto</hi> por la <hi rend="i"
                  >cercanía</hi> («más cerca de que el Sol las prohije en rayos»), que no es sino su
                perfecta adecuación a la sustancia que describe o cualifica: la poesía se aleja del
                lenguaje vulgar, solo autorizado por la rutina, para inventar o restaurar un
                lenguaje autorizado por la perfecta propiedad o adecuación. Así, podemos definir la
                poesía según Espinosa Medrano como una lengua <hi rend="i">remota</hi> respecto al
                habla común y cercana a sus referentes miméticos: la distancia de la lengua poética
                es pragmática ante todo, en el caso de la colocación se basa en la sintaxis, en el
                caso de la metáfora <hi rend="i">stricto sensu</hi> en el significado, mediante
                operaciones de sustitución que despliegan la polisemia de los <hi rend="i">términos
                  remotos</hi>.</p>
            </div>
          </div>
          <div>
            <head>6. 3. La imitación</head>
            <p>Menos conceptual que el hipérbaton o la metáfora, la noción de imitación es
              fundamental en el <hi rend="i">Apologético</hi> porque da pie a la inserción de un
              fragmento de prosa poética de El Lunarejo, escrito a imitación y emulación de otro de
              Paravicino. La comparación de ambos ejercicios de hipotiposis los coloca en pugna por
              el título de «Góngora de los declamadores». La imitación es ante todo imitación de los
              procesos, siendo la imitación del resultado necesariamente contraria al «genio propio»
              (VIII, § 63).</p>
            <div>
              <head>6. 3. A. Mahoma en las antípodas de Góngora y la parábola de Hortensio: la
                conversión del mal imitador</head>
              <p>Las secciones VII y VIII del <hi rend="i">Apologético</hi> constituyen una unidad
                temática centrada en la imitación. La primera sección consta sólo de 3 párrafos (§
                57-59), y retoma el ejemplo de la sección segunda, que también es preámbulo de
                secciones mayores sobre el hipérbaton. Aquí, los tres párrafos de la sección VII
                responden a la acusación de Faría de «que don Luis es el Mahoma de la poesía, que
                predicando que venía a mejorarla en España, la inficionó con errores». Los
                seguidores de Góngora están para el portugués «mal informados» y Espinosa Medrano le
                responde rebatiéndolo punto por punto.</p>
              <p>Primero, afirma que Góngora no sólo sigue a rajatabla todas las leyes poéticas,
                sino que las renueva y amplia. Es por tanto un ortodoxo, y a Mahoma, que define como
                licencioso, Espinosa Medrano opone a un Góngora legislador (VII, § 57). En cuanto a
                los seguidores de ambos, opone la ignorancia de los de Mahoma y la erudición y
                discreción de los de Góngora (§ 58). De esta manera, el cordobés queda exonerado de
                la responsabilidad que le atribuye Faría de guiar deliberadamente por mal camino a
                los poetas españoles: «Muchos acometieron a la imitación de Góngora, y viciando sus
                versos por alcanzar aquella alteza, ocasionaron a Faría a que dijese: “inficionaron
                peor que Góngora sus secuaces a España”» (VIII, § 60). Más aún, en la sección VIII,
                Espinosa Medrano defiende que Góngora es inimitable, o inalcanzable en la
                imitación:</p>
              <quote>Y esto ha sido lo mayor de don Luis, escribir versos que todos anhelen por
                imitarlos y nadie o pocos arriben a conseguirlos.</quote>
              <p>Esta dificultad de la imitación del autor sublime, no impide su difusión a un
                ámbito de las letras que interesa especialmente a El Lunarejo: «Ya su colocación se
                ve introducida aun a lo sagrado de los púlpitos» (VIII, § 61). Después de dar unos
                pocos ejemplos de seguidores de Góngora entre «los mayores oradores de España y
                América», Espinosa Medrano se centra en el ejemplo de Paravicino, sucesivamente mal
                imitador del cordobés en poesía y «Góngora de los declamadores». El error, en el que
                Paravicino no persevera, consiste en emular a Góngora en los géneros, los temas y
                las composiciones que son propias suyas, en lugar de intentar alcanzar sus logros
                por otros caminos, en este caso los de la oratoria sagrada, y volverse así
                inimitable. De este modo el imitador deja de ser la copia de un modelo para volverse
                un doble del cordobés, si sigue el estilo que le es propio (VIII, § 61):</p>
              <quote>Este es el maestro fray Hortensio Félix Paravicino, varón sin duda grande (y no
                lo fuera a proseguir la imitación de Góngora por las floridísimas veredas de aquel
                monte, que tan estudiosamente tuvo emprendidas): quiso imitar con los pinceles de
                todo su caudal aquella idea y no pudo arribar más que a la hazaña de haberle con los
                diseños dado algún aire. Desquitose empero en la oratoria, haciéndose en ella el
                Góngora de los declamadores [...].</quote>
              <p>Planteada así la posibilidad de emular sin imitar, Espinosa Medrano lo prueba en la
                práctica ofreciendo un ejemplo de hipotiposis de la muerte de Absalón, escrita por
                Paravicino (VIII, § 61). A continuación, el propio Lunarejo imita la hipotiposis y
                se da por vencido en la competición.</p>
            </div>
            <div>
              <head>6. 3. B. Imitar el proceso en lugar del resultado: la muerte de Absalón y el <hi
                  rend="i">esse videatur</hi></head>
              <p>Espinosa Medrano compite con Paravicino en una hipotiposis, ejercicio de destreza
                retórica consistente en describir o narrar con la mayor consistencia imaginaria e
                intensidad patética la muerte de Absalón. Por modestia, Espinosa Medrano atribuye la
                victoria a Paravicino, aunque en conjunto «las porciones de la hipotiposis quedan
                competidas o superadas» (VIII, § 63) en su reescritura. Entre los recursos de la
                evidencia, Paravicino parece elegir la metáfora en acto<note place="bottom"
                  >Metáforas en acto son aquellas que representan las acciones en curso.</note> para
                culminar su texto (con tres saetas verbales en gerundio a imitación de las que se
                clavan en Absalón: «Ellas quedan blandiendo, Absalón palpitando, Joab triunfante»).
                Abundan en su hipotiposis, preparando ese final, las estructuras tripartitas (VIII,
                § 61). Por su parte, Espinosa Medrano apuesta decididamente por la descripción
                extensiva y la <hi rend="i">acumulatio</hi> («rindes en miserable suspendio el pelo
                a los ramos, el corazón a tres lanzas, la esperanza a los aires, la vida al malogro,
                la lástima al orbe y el escándalo a los siglos», VIII, § 62) en un texto aliterativo
                que prueba su apego a la <hi rend="i">qualitas sonorum</hi> virgiliana<note
                  place="bottom">Vega Ramos, 1992</note>. También retoma la metáfora en acto de
                Paravicino aunque de manera que sólo podemos reconocerla teniendo en mente el
                original («¡Ay belleza desdichada, infeliz hermosura, malograda juventud...!»). Los
                dos sermones de la muerte de Absalón son comparados de manera que Espinosa Medrano
                roza la victoria, reivindicando así su papel de Paravicino peruano y segundo
                «Góngora de los declamadores»: segundo, pero de los dos el único en vida<note
                  place="bottom">Paravicino muere en diciembre de 1633.</note>. Pierde como debía
                perder para aclarar que más vale superar que imitar, puesto que el que imita siempre
                pierde (VIII, § 63):</p>
              <quote>Solemnizose el bosquejo, examináronse faiciones, aplaudiose la copia y no faltó
                quien la hombrease en lo crespo de la frasi con el original, como quiera que aquello
                de «¡ay negro cabello de oro!» es una exclamación tan bella, que aunque las demás
                porciones de la hipotiposis quedaran competidas o superadas, ella bastaba sola a
                asegurar de vencimientos al ejemplar.</quote>
              <p>El verso octosílabo «¡ay negro cabello de oro!» no encuentra aparentemente
                correspondencia en El Lunarejo, y es motivo de su derrota. Más allá de sus virtudes
                eufónicas y semánticas<note place="bottom">Véase Labertit 1970 para un análisis de
                  este verso en la hipotiposis de Paravicino.</note>, es posible que Espinosa
                Medrano reconociera en ese octosílabo un verso de Góngora, sobre el que desarrolla
                un concepto por acomodación de verso antiguo, a partir del romance gongorino «Que se
                nos va la pascua, mozas», fechado en 1582:</p>
              <quote>
                <l>    Por eso, mozuelas locas,</l>
                <l>antes que la edad avara</l>
                <l>el rubio cabello de oro</l>
                <l>convierta en luciente plata,</l>
                <l>    quered cuando sois queridas,</l>
                <l>amad cuando sois amadas,</l>
                <l>mirad, bobas, que detrás</l>
                <l>se pinta la ocasión, calva.</l>
                <l rend="refrain">Que se nos va la pascua, mozas,</l>
                <l rend="refrain">que se nos va la pascua<note place="bottom">Góngora, «Que se nos
                    va la pascua, mozas», OC26.53-60.</note>.</l>
              </quote>
              <p>El parecido entre el verso gongorino «el rubio cabello de oro» y la exclamación
                «¡ay negro cabello de oro!», puede perfectamente ser fortuito, puesto que el
                oxímoron negro/de oro y el calco de un epíteto común para describir aquello que
                ocasiona desgracias, como es ‘negro<!-- especial -->’, son galas suficientes del
                octosílabo de Paravicino. Sin embargo, al elegir precisamente este fragmento del
                sermonario para ilustrar la habilidad del orador en la imitación prosística de
                Góngora, Espinosa Medrano asume como efectiva la reminiscencia del verso gongorino,
                que pudo reconocer en el octosílabo de su adversario<note place="bottom">En su
                  edición de los romances gongorinos, Carreira localiza este poema en 32
                  manuscritos, que todos respetan esta lección del verso, además de en 9 impresos, 4
                  de los cuales presentan variantes en el verso en cuestión: véase Góngora 1998
                  (237-243). </note>. Prueba de ello es que el único aporte original de El Lunarejo,
                más allá de la construcción general de la hipotiposis omitiendo a Joab, es la
                inclusión de una alegoría de la ocasión, como posible acomodación de verso antiguo a
                partir de la estrofa citada de Góngora, en la que aparece «la ocasión, calva» a
                continuación del «rubio cabello de oro» (VIII, § 62):</p>
              <quote>¡Ay belleza desdichada, infeliz hermosura, malograda juventud, que perdiste la
                ocasión de reinar con más venturas y cogiola por el cabello tu fortuna!</quote>
              <p>Al imitar lo que interpreta como una acomodación de verso antiguo en la hipotiposis
                de Paravicino, Espinosa Medrano demuestra que prefiere imitar el proceso al
                resultado. Esta imitación ha de huir de facilidades y mecanismos, evitando
                marcadores de estilo como el «<hi rend="i">esse videatur</hi>» de Cicerón (VIII, §
                64) o los dos hipérbatos «el ronco de los bárbaros estruendo» y «esta, si no mortal,
                veloz saeta»: dos pastiches de estilo gongorino que podían haber entrado en una
                hipotiposis de la muerte de Absalón.</p>
              <p>Los ejemplos que Espinosa Medrano propone de mala imitación de Góngora son dos
                ejemplos de transposición, mientras que la «venturosa emulación» de la muerte de
                Absalón propone otros caminos, basados en la retórica de la evidencia y
                singularmente en la acumulación: seguramente el estilo en el que El Lunarejo es
                consciente de poder ser el Góngora peruano de los declamadores. El no imitar
                transposiciones, que son figuras retóricas y pertenecen a la visión inmanente de la
                historia del estilo en su progresión constante, lleva el concepto de imitación al
                borde de la aporía, entroncando con otro concepto, el «genio propio» (VIII, § 63) o
                el <hi rend="i">ingenio</hi> (VIII, § 64):</p>
              <quote>[...] teneos por notificado que lo sumo, lo grande, lo superior de los oradores
                o poetas nunca se puede imitar, como el ingenio, la invención, el vigor, la
                facilidad y todo lo que no enseña el arte.</quote>
            </div>
          </div>
          <div>
            <head>6. 4. Misterio vs. alma poética</head>
            <p>Además de la glosa de Faría al hipérbaton de Camões<note place="bottom"><hi rend="i"
                  >Lusíadas</hi>, canto III, estancia 94, v. 751-752: «que em terreno / nao cabe o
                altivo peito tam pequeno».</note>, que estructura el <hi rend="i">Apologético</hi>,
              hay un lugar del comentario del portugués que resulta extremadamente polémico para El
              Lunarejo. Se trata del <hi rend="i">Juicio del poema</hi>, § 24, donde compara la
              poesía de Camões con las Sagradas Escrituras. Espinosa Medrano responde con
              vehemencia, empleando dos tipos de argumentos. Por una parte, descarta que Camões
              pueda escribir como profeta, pues su inspiración es la del «don poético» (X, § 103),
              inferior al «don profético» (II, § 5). Por otra, opone la poesía revelada, que
              «embozando misterios descoge humildes las cláusulas y llano el estilo», a la poesía
              profana, que, «toda adorno de dicciones, toda pompa de palabras, toda aliño de
              elocuencias, yace vana, hueca, vacía y sin corazón de misterio alguno» (II, § 4).</p>
            <p>El segundo argumento se opone diametralmente a Faría, que admira en los <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi> el «profundo entendimiento» y la interconexión de los lugares del
              poema (X, § 103). Esta ponderación enfurece a Espinosa Medrano: el texto bíblico es el
              único que para él puede caracterizarse por ser «perenne manantial de varios sentidos,
              inteligencias y misterios» (X, § 103). Considerada desde este punto de vista, la
              lectura de Camões por Faría es irreverente en exceso, casi blasfema.</p>
            <p>La contraposición de la poesía revelada y la poesía profana se superpone a una
              oposición entre dos modos de lectura. Como comentamos detalladamente en otro
              lugar:</p>
            <quote>[...] la búsqueda de un juicio o alma poética que abarque un poema entero, como
              el que encuentra Faría con su exégesis alegórica en Camões, no tiene validez alguna
              para Espinosa Medrano. Para éste, la poesía es ante todo estilo y no sentido. O quizá
              sea más justo decir que la poesía es estilo y materia, unidos por una relación
              mimética microtextual, reducida al verso. El sentido general y macrotextual, aquel que
              busca Faría, lo acota Espinosa Medrano, mediante el misterio, en el ámbito de la
              poesía revelada<note place="bottom">Ruiz Soto 2016.</note>. </quote>
            <p>Lo que le da cohesión formal al poema, a escala macrotextual, no es el sentido
              alegórico, según Espinosa Medrano. Como ya hemos dicho en el apartado relativo a la
              metáfora, esta cohesión formal deriva de un análisis microtextual a partir de un
              razonamiento inductivo posibilitado por la unidad del furor del autor. Este término,
              que permite valorar la metáfora «y en ruecas de oro rayos del sol hilan» como «frasi
              benemérita del furor verdaderamente poético», es sinónimo de «don poético» (por
              oposición al «furor» verdaderamente furioso de la sección IV, § 15), y se superpone,
              como inspiración divina (aunque no profética: X, § 103), al genio o ingenio propio del
              autor, de su lengua y de su tradición poética: en el caso de Góngora, el genio poético
              cordobés, «<hi rend="i">Facunda loquitur Corduba</hi>» (V, § 42).</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>7. Un testimonio criollo de la polémica gongorina</head>
          <div>
            <head>7. 1. Sátiros y tritones en las Indias</head>
            <p>Uno de los aspectos que más ha interesado a la crítica es la reivindicación criolla
              de Espinosa Medrano en el <hi rend="i">Apologético</hi><note place="bottom">Sobre este
                aspecto, véase el repaso de la bibliografía y la posición del problema en Vitulli,
                2010, refundición de Vitulli, 2007: 77-146</note>. El lugar más citado y comentado
              del tratado es aquel en el que El Lunarejo comenta, en el prólogo <hi rend="i">Al
                lector</hi>:</p>
            <quote>Pero, “¿qué puede haber bueno en las Indias?”. ¿Qué puede haber que contente a
              los europeos, que de esta suerte dudan? Sátiros nos juzgan, tritones nos presumen,
              que, brutos de alma, en vano se alientan a desmentirnos máscaras de humanidad. Perdono
              lo que me cabe, no me atrevo al desengaño.</quote>
            <p>El Lunarejo denuncia que los europeos consideran a los criollos como sátiros o
              tritones carentes de alma<note place="bottom">Agradezco a Jaime Galbarro García que me
                pusiera sobre la pista fecunda del alma de los sátiros.</note> y con un falso barniz
              de humanidad. Elegimos editar entre comillas altas la pregunta que El Lunarejo
              atribuye a «los europeos, que de esta suerte dudan», aunque no se trate de una cita
              literal. Esta crítica en forma de pregunta se parece a la célebre invectiva contra los
              letrados americanos de Justo Lipsio, sin duda la que mayor repercusión tuvo en el Perú
              colonial:</p>
            <quote>Quid etiam? Nouum orbem ibo? Sane ibi barbaries<note place="bottom"><hi rend="i"
                  >Iusti Lipsi Lovanium siue opidi et academiae eius descriptio</hi> (Antverpiae, ex
                officina Plantiniana, apud Ioannem Moretum, 1605, reeditado en 1610), lib. III, cap.
                6 («Vetus academiarum specimen in Oriente, itemque Aethiopia, Africa, Nouo orbe»).
                Véase Lipsio 1605 (104) y 1610 <ref
                  target="https://hdl.handle.net/2027/ucm.5325925763?urlappend=%3Bseq=116"
                  >(106)</ref>.</note>.</quote>
            <p>‘Pues ¿qué?, ¿iré al Nuevo mundo? Allí no hay sino barbarie’.</p>
            <p>Este dictamen despectivo de Justo Lipsio en su examen de las universidades del mundo,
              mereció una vehemente respuesta por parte de Diego de León Pinelo en su <hi rend="i"
                >Hypomnema apologeticum</hi><note place="bottom"><hi rend="i">Hypomnema apologeticum
                  pro Regali Academia Limensi in Lipsianam periodum</hi>, Limae: ex officina Iuliani
                de los Santos et Saldaña, 1648. Véase Rose 1998.</note>. El fragmento citado de
              Espinosa Medrano parece conectar con esta primera e importante reivindicación de las
              letras peruanas.</p>
            <p>El Lunarejo entiende que los europeos consideran a los habitantes del Nuevo Mundo
              como sátiros que tratan de aparentar humanidad. En este virulento ataque alude a la
              polémica sobre la racionalidad de los monstruos, basada en la definición agustiniana,
              de raigambre aristotélica, del hombre como animal racional mortal (<hi rend="i">De
                civitate Dei</hi>, lib. XVI, cap. VIII). Importaba conocer la naturaleza de los
              animales y monstruos para establecer los límites del género humano. Los sátiros y
              tritones, seres híbridos y mitológicos, dejaron su impronta en tal debate: interesaba,
              primero, discutir su existencia, y sobre todo indagar si tenían alma racional o
              carecían de ella como animales y monstruos (<hi rend="i">i.e.</hi>: «brutos de alma»).
              Imperaba la segunda opinión. Sobre los sátiros la controversia iba más allá y se
              pretendía averiguar si eran avatares del demonio o de algún ente celestial, aunque la
              opinión dominante era la demonológica<note place="bottom">Lavocat 2005 (157-161, 165,
                178-181). Véase también Arasse, 2009 (78-79).</note>.</p>
            <p>Superponiéndose con ese trasfondo infernal, también se daba en algunos autores una
              visión naturalista en la que se identificaba al sátiro con el indígena americano<note
                place="bottom">Lavocat, 2005 (181 y siguientes; sobre el sátiro «natural»,
                160-165).</note>: contra esta opinión en concreto se alza aquí El Lunarejo. Un
              ejemplo de esta doctrina se encuentra desarrollado en la traducción y comentario de
              Filóstrato por Blaise de Vigenere, <hi rend="i">Les Images ou tableaux de platte
                peinture</hi>, de 1578<note place="bottom">Vigenere escribe sobre la animalidad del
                sátiro, enfrentando a Tolomeo, san Jerónimo y Galiano a favor de su humanidad con
                Pausanias, Plinio y Ennio a favor de su animalidad (1995: 335-336).</note>. Vigenere
              identifica al indio con el sátiro, apoyándose en López de Gómara, concretamente en el
              capítulo 92 de su <hi rend="i">Historia general de las indias</hi> (1552), donde se
              habla de los patagones, que «no semejan hombres»<note place="bottom">López de Gómara
                1978 (139).</note>. El cronista les atribuye características de animalidad
              (gigantismo, paso raudo, fuerza descomunal, mortandad en entorno humano) que se
              prestan curiosamente, según Blaise de Vigenere, a una comparación con el sátiro. Así,
              afirma el francés: «Car ces gens mesmes si sauvages pourroient tenir lieu de
                satyres»<note place="bottom">Vigenere 1995 (335).</note>, ‘Porque estas gentes
              mismas tan salvajes podrían figurar a los sátiros’. El mismo López de Gómara alude a
              rumores, que juzga infundados y mentirosos, que asimilaban a los habitantes de las
              Bermudas con sátiros: «isla despoblada, aunque no de sátiros, según mienten»<note
                place="bottom">López de Gómara 1978 (315).</note>. Curiosamente, Justo Lipsio se
              apoyaba también en Gómara para deplorar la falta de universidades americanas debida a
              la barbarie del continente.</p>
            <p>Parece sin embargo poco probable que Espinosa Medrano se levante con tanta virulencia
              contra dos lugares tan alusivos de López de Gómara y es igualmente improbable su
              conocimiento del francés y su lectura de primera mano del Filóstrato de Vigenere:
              contra los rumores mentirosos documentados por López de Gómara sí pudo tomar la pluma,
              pero no sabemos nada de sus divulgadores. Y es que la animalización del indio
              americano estaba en el aire, como puede apreciarse en la obra de José de Acosta. Del
              jesuita, Espinosa Medrano poseía en su biblioteca un «de nuevo mundo»<note
                place="bottom">Guibovich 1992 (24).</note>. Aunque el título aparezca en español, la
              preposición parece referir al <hi rend="i">De natura noui orbis</hi>, tratado
              compuesto en 1582, publicado junto con el <hi rend="i">De procuranda indorum
                salute</hi> (1588) y traducido posteriormente en los dos primeros libros de la <hi
                rend="i">Historia natural y moral de las Indias</hi>. En el <hi rend="i">De natura
                noui orbis</hi>, Acosta defiende la pertenencia al género humano de los habitantes
              de las Indias, negando que colonizaran el continente como monstruos marinos, «Syrenas
              et Nicolaos»<note place="bottom">Acosta 1588 (43).</note>, semejantes a los tritones,
              como a continuación veremos. En el <hi rend="i">De procuranda indorum salute</hi>, si
              bien Acosta describe como animales a parte de los pueblos bárbaros sobre los que
                escribe<note place="bottom">Basándose en la definicion de Santo Tomás de los
                bárbaros, «qui a recta ratione et hominum communi consuetudine abhorrent» (Acosta
                1588: 116).</note>, mantiene que merecen ser evangelizados como corresponde a todo
              ser humano. En el tercer capítulo del libro IV, el jesuita imita el discurso
              despectivo de quienes consideran a los indios como brutos y animales, recogiendo de
              estas voces depreciativas la afirmación: «Pecudes potius habendos, quam homines», ‘han
              de ser considerados como animales más que como hombres’<note place="bottom">Acosta
                1588 (392).</note>. Estas noticias sobre la animalidad de los indios y otras sobre
              la lascivia de los habitantes andinos pueden prestarse a una confusión con el sátiro,
              si consideramos la facilidad con que la comparación surge bajo la pluma de Blaise de
                Vigenere<note place="bottom">Ramírez Alvarado 2001 (125-126).</note>. Como
              curiosidad señalo que la asimilación del indio americano con el sátiro llega hasta
              Feijoo, que indaga en su <hi rend="i">Teatro crítico universal</hi> (Madrid: Imprenta
              de Francisco del Hierro, 1734), las diferencias entre el sátiro y «algunas cerriles
              naciones de América»<note place="bottom">La cita se encuentra en el t. VI, discurso
                séptimo «Satyros, tritones, y nereidas», IV, 19-20: Feijoo 1734 (241).</note>.</p>
            <p>Sobre los tritones, el mismo José de Acosta en su <hi rend="i">Historia natural y
                moral de las Indias</hi> escribe que los pescadores del Callao de Lima «parecían los
              tritones, o Neptunos que pintan sobre el agua»<note place="bottom"><hi rend="i"
                  >Historia natural y moral de las Indias,</hi> lib. III, cap. XV (Acosta
                1954).</note>. Estas pinturas de tritones pueden verse en mapas coetáneos del <hi
                rend="i">Apologético</hi>, como por ejemplo en la alta mar peruana del <hi rend="i"
                >America, quarta pars orbis</hi> de Claes Jansz Visscher, de 1669<note
                place="bottom">Véase <hi rend="i">America, quarta pars orbis primo detecta est anno
                  1492</hi> en: <hi rend="i">e-port | Cartografía Atlántica, siglos XIV-XVIII</hi>,
                V.V.A.A., 2015.</note>. Tal comparación del nadador con un tritón o monstruo marino
              es sin embargo un tópico que se encuentra en abundantes fuentes documentales y
              crónicas de Indias<note place="bottom">Ramírez Alvarado, 2001 (126-129).</note>. Entre
              los comentaristas gongorinos, Manuel Serrano de Paz alude de hecho, basándose en la
                <hi rend="i">Historia general y natural de las Indias</hi> de Gonzalo Fernández de
              Oviedo, a la presencia de tritones en las Indias, en la isla de Cubagua, pero también
              en otras latitudes, empezando por el «océano de Cádiz», alusión al célebre Pece
              Nicolao que recorría las bahías y los puertos de Andalucía<note place="bottom">Véase
                Serrano de Paz, BRAE, ms. 115, f. 327v-333r y Jesús Ponce, 2013 (119-120, nota 31).
                Sobre el Pece Nicolao, Mancera Rueda y Galbarro García (2015: 181-192).</note>.</p>
            <p>La relación del tritón con el Perú parece meramente accidental, sobre todo
              contrapuesta con la alusión al sátiro. Prueba de ello es que en el <hi rend="i">Diseño
                historial de los gozos ostentativos con que la regia ciudad de Lima celebró el
                deseado nacimiento del príncipe N. S. D. Felipe Andrés Próspero</hi>, relación de
              fiesta de Agustín de Salas y Valdés (Lima: Juan de Quevedo y Zárate, 1660), los
              tritones aparecen en la descripción de las «Fiestas de los pintores» tirando del carro
              del Agua, en la procesión de los cuatro elementos, y son atributos de lo marino sin
              relación específica con el mundo americano («y tiraban este carro dos sirenas o
                tritones»<note place="bottom">Salas y Valdés 1660 (f. 49r).</note>), a diferencia de
              los sátiros, que llegan en el carro del Perú, siguiendo en procesión a los reyes
              Incas. Carecen sin embargo aquí de las connotaciones negativas que les da El
              Lunarejo:</p>
            <quote>[...] vestíanse [las faldas del carro] de muchas tarjas adornadas de varias
              figuras: sátiros, marioletas, grutescos con pendientes y paños de varias frutas, y
              todo género de follaje, que alcanzó el arte para lleno de sus blancos y adorno de las
              armas de esta ciudad y otros lugares de este reino, porque llevaba de letras grandes
              esta inscripción: El Perú. […] los faldones se llenaban con unas cabezas grandes de
              sátiros de color de bronce. Colgaban de sus bocas paños de frutas y hojas, y amagaban
              imitar la vigilante guarda de los pomos de Hesperia<note place="bottom">Salas y Valdés
                1660 (f. 56r-v). Sobre los pomos de Hesperia como elemento de identificación del
                carro del Perú, véase el <hi rend="i">Apologético</hi>, sección X, §
              92.</note>.</quote>
            <p>Es destacable sin embargo que Espinosa Medrano mencione sucesivamente al sátiro y al
              tritón, puesto que este es para Góngora el «sátiro de las aguas» de la segunda <hi
                rend="i">Soledad</hi>, identificado como tritón por los comentaristas Pellicer y
              Serrano de Paz<note place="bottom">Góngora, OC264C.461. Sobre Serrano de Paz, véase
                Ponce Cárdenas (2013: 106-109), al que agradezco la referencia.</note>: los dos
              monstruos mencionados aquí por El Lunarejo son por tanto cuasi sinónimos.</p>
            <p>Espinosa Medrano alude a un debate aparentemente cerrado, asimilando los sátiros y
              los tritones a monstruos con alma de bestia, «brutos de alma», y por tanto ajenos a la
              humanidad. Esta asimilación le sirve para situarse en otra polémica de mayor calado,
              que corresponde a grandes rasgos a la controversia entre Juan Ginés de Sepúlveda y
              Bartolomé de las Casas sobre la naturaleza del indio americano<note place="bottom"
                >Véase Bienvenu 2016 para una revisión de la tradición historiográfica sobre esta
                controversia. Agradezco a Loann Berens que me haya indicado esta referencia.</note>,
              su humanidad o su barbarie. Pretende ridiculizar la opinión que atribuye a Europa
              entera según la cual el criollo mismo, y por descontado el indio, es considerado como
              un monstruo ajeno a la humanidad, literalmente desalmado. Uniendo las dos polémicas
              sobre la naturaleza del indio americano y sobre la animalidad demoníaca del sátiro y
              exagerando la opinión de los europeos mediante su extensión al criollo, Espinosa
              Medrano se muestra extremadamente virulento en su reivindicación como letrado
              cuzqueño. De esta manera prolonga la polémica sobre el reconocimiento de las letras
              criollas del Perú planteada por Diego de León Pinelo contra Justo Lipsio, buscando un
              reconocimiento cuya reivindicación se convierte en un tópico característico de las
              letras de América<note place="bottom">Véase Robbins 2007 (234-235).</note>.</p>
          </div>
          <div>
            <head>7. 2. Historia conectada, dinámicas globales y contextos locales</head>
            <p>A menudo se ha querido relacionar este lugar del <hi rend="i">Apologético</hi> con la
              anécdota según la cual Espinosa Medrano designó como madre suya a una india que había
              acudido a oír uno de sus sermones. El origen indio de Espinosa Medrano es sin embargo
              una incógnita a efectos documentales. Es de notar que, si bien alude a las Indias<note
                place="bottom">Como también lo hace un personaje poco sospechoso de ser indio ni
                mestizo, fray Miguel de Aguirre, agustino, calificador del Santo Oficio y profesor
                de la Universidad de Lima, en uno de los preliminares del <hi rend="i">Hypomnema
                  Apologeticum</hi> de León Pinelo (Rose 1998: 251 y León Pinelo 1648: f.
                aa4v).</note>, El Lunarejo no parece reivindicar en ningún lugar del <hi rend="i"
                >Apologético</hi> la dignidad del indio<note place="bottom">Sobre la relación de
                Espinosa Medrano con el mundo indígena y la lengua quechua, es modélico el trabajo
                de César Itier (1999 y Espinosa Medrano 2010), que contrasta las noticias más o
                menos noveladas sobre la indianidad de El Lunarejo con el contexto local de la
                enseñanza y el teatro universitario cuzqueño, analizando detalladamente las
                conexiones o mestizajes entre la cultura indígena y el objetivo evangelizador o
                aculturador de la obra quechua de Espinosa Medrano y las instituciones escolares que
                lo acogieron.</note>: su alusión indirecta a la polémica sobre la humanidad o
              inhumanidad del indio americano tiene valor de hipérbole para denigrar el desprecio
              europeo por el Nuevo Mundo. Independientemente de su origen, hay que recalcar que las
              reivindicaciones de Espinosa Medrano son las de un genuino letrado criollo, un grupo
              social que emerge por oposición a los europeos tanto como a los indios<note
                place="bottom">Lavallé 1982.</note>.</p>
            <p>A partir de esta identidad criolla, se ha planteado a menudo la obra entera de
              Espinosa Medrano como un intento de amoldarse a un canon foráneo, europeo o español,
              en todo caso imperialista. Este posicionamiento historiográfico se basa en el modelo
              centro-periferia: Espinosa Medrano, indio o criollo, trata de asimilar un modelo desde
              la periferia para obtener en el Perú el reconocimiento que no obtiene del centro, en
              una pugna por superarlo desde sus márgenes. La escritura criolla se convierte así en
              una competición que se inicia en la inferioridad respecto al modelo y concluye
              exitosamente en un sobrepujamiento del patrón inicial, convirtiendo en este caso al
              Perú o a América en un nuevo centro hasta cierto punto emancipado de su modelo
              imperial: anacrónicamente, se ha querido en ocasiones iniciar con Espinosa Medrano la
              historia de la crítica literaria peruana o latinoamericana. Sin embargo, esta
              tendencia de la crítica no se detiene en estudiar los motivos por los que un criollo
              cuzqueño toma la pluma para defender a un poeta cordobés denigrado por un polígrafo
              portugués: parece necesario, dejando de lado el modelo centro-periferia, atender a la
              dinámica de la mundialización ibérica en función de otro paradigma. Y es que la
              reivindicación de una identidad periférica o de una nueva centralidad de Espinosa
              Medrano por parte de la crítica peca a nuestros ojos de parcialidad, pues presenta
              como excesivamente conflictiva una dinámica constante de negociación entre lo local
              peruano y lo global mundializado-ibérico, que han de estudiarse necesariamente como
              fenómenos conectados.</p>
            <p>En este sentido surgen vías para la investigación de aspectos todavía inexplorados de
              historia literaria, incorporando en este campo los aportes metodológicos de la
              historia conectada<note place="bottom">Gruzinski 2004 (26-29) y 2012. Lo mismo podría
                decirse de la historia global, en la que se integra la historia conectada: véase
                Conrad 2016 (62-89).</note>. Esta corriente historiográfica, iniciada bajo el
              membrete de <hi rend="i">connected histories</hi> por Sanjay Subrahmanyam<note
                place="bottom">Subrahmanyam 1997.</note> y continuada en el ámbito del imperio
              español e ibérico por Serge Gruzinski<note place="bottom">Gruzinski 2004.</note>, se
              constituye como método alternativo a otras tres corrientes: la historia comparada,
              acusada en ocasiones de postular identidades culturales estancas o predefinidas en sus
              análisis; la World History, sospechosa de caer en el etnocentrismo; y la
              microhistoria, acotada a una escala inadecuada para el estudio de fenómenos
                globales<note place="bottom">Para esta definición de la historia conectada:
                Gruzinski 2012. Véase también Gruzinski 2015 (95-120).</note>. La corriente de la
              historia conectada aúna por consiguiente el análisis a escala local y a escala global
              para interpretar los fenómenos históricos más allá de los postulados geográficos y de
              las tradiciones nacionales que operan en la historiografía tradicional<note
                place="bottom">Véase Subrahmanyam 2014 y Chartier 2001.</note>. Su aporte a la
              historia colonial consiste en romper la dualidad centro-periferia (o vencedor y
              vencido, criollo y europeo) para estudiar en su lugar los fenómenos de conexión,
              relocalización y transformación que redefinen las civilizaciones o las culturas que se
              hallan en contacto<note place="bottom">Gruzinski 2001.</note>. El objetivo es situar
              los fenómenos locales, anacrónicamente considerados como manifestaciones de una
              identidad endógena, dentro de los conjuntos regionales o globales en los que se
                insertan<note place="bottom">La historia conectada se estructura como una propuesta
                para evitar ‘separar los objetos de análisis de los conjuntos históricos a los que
                se vinculaban’ (Gruzinski 2001: 88, «détacher les objets des ensembles auxquels ils
                se reliaient historiquement»), enfrentándose de esta manera al ‘riesgo de
                descontextualizar un elemento particular del sistema simbólico que le da sentido y
                de los usos locales específicos que constituyen su propio significado’ (Chartier
                2001: 122, «risque de la decontextualisation d’un élément particulier par rapport au
                système symbolique qui lui donne sens et aux usages localisés et spécifiques qui
                constituent ses significations propres»).</note>, siendo la escala imperial de la
              primera modernidad especialmente adecuada para este tipo de análisis<note
                place="bottom">Gruzinski 2001, Subrahmanyam 2007.</note>.</p>
            <p>En lo que se refiere en particular a la historia cultural, esta metodología ha sido
              especialmente fecunda en el estudio de la primera modernidad. En <hi rend="i">La
                pensée métisse</hi> (1999), Serge Gruzinski demostró que el manierismo, el estilo
              anticuario y los grotescos conectaban las creencias cristianas con las indígenas en la
              pintura mestiza del virreinato mexicano de la segunda mitad del siglo XVI<note
                place="bottom">Gruzinski 1999.</note>. Por su parte, Timothy Brook, con <hi rend="i"
                >Vermeer’s Hat</hi> (2008), ofreció un apasionante estudio de las conexiones
              existentes entre la cultura material de Delft y de Shangaï en el siglo XVII,
              demostrando entre otras cosas que la porcelana traída de Shangaï a los Países Bajos
              era un <hi rend="i">ersatz</hi> de las genuinas porcelanas chinas, <hi rend="i"
                >ersatz</hi> que sin embargo acabó teniendo éxito en su propio lugar de producción,
              debido al mismo gusto por lo exótico que levantaba pasiones en Delft<note
                place="bottom">Brook 2008.</note>. Asimismo, Roger Chartier, con sus clases del
              Collège de France tituladas <hi rend="i">Textes sans frontières</hi> (2013), retomadas
              en el capítulo cuarto de <hi rend="i">La main de l’auteur et l’esprit de
                l’imprimeur</hi> (2015), ha estudiado la circulación de la <hi rend="i">Brevísima
                relación de la destruyción de las Indias</hi> de Bartolomé de las Casas, traducida,
              reinterpretada y recontextualizada en distintas ocasiones entre 1578 y 1820 como uno
              de los textos fundamentales de la leyenda negra española<note place="bottom">Chartier
                2013 y 2015. El autor titula su resumen de las clases del Collège de France de 2012
                y 2013: «Histoires textuelles connectées», véase Chartier 2014.</note>. Estos tres
              trabajos analizan el proceso de redefinición material y conceptual de objetos
              culturales como el estilo manierista, la porcelana china o el tratado de las Casas en
              función de su inscripción en contextos que les eran originalmente ajenos. Este proceso
              de relocalización y transformación de los objetos culturales se aplica también a
              Góngora en el <hi rend="i">Apologético</hi>. Su defensa por Espinosa Medrano lo
              convierte en el mayor representante del estilo con el que El Lunarejo se reivindica
              como orador sagrado y en particular como el mejor de los oradores sagrados criollos,
              por ser el primero en defender desde la colonia el gongorismo tras la muerte del poeta
              y de su primer emulador desde el púlpito, Hortensio Félix Paravicino. Así pues, el
              gongorismo no representa un canon foráneo con el que competir sino un instrumento del
              que valerse para prosperar en la república de las letras virreinal. De esta manera, el
                <hi rend="i">Apologético</hi> convierte la polémica gongorina en un espacio de
              autorización letrada a escala imperial, llevado a un nivel —casi— mundializado que
              dota la obra del poeta de significados que en su origen andaluz y peninsular le eran
              ajenos: a diferencia de Paravicino, Espinosa Medrano necesita defender a Góngora para
              convertirse en «Góngora de los declamadores». Esta es quizás la mayor originalidad del
                <hi rend="i">Apologético</hi>: ser un testimonio criollo de la polémica gongorina,
              transformando su extensión de la escala peninsular a la escala imperial y produciendo
              por tanto una redefinición de su historia material y de su significado<note
                place="bottom">Este salto a la escala imperial o mundializada corresponde al
                concepto de “americanización” acuñado por Louise Bénat-Tachot, Serge Gruzinski y
                Boris Jeanne en los dos tomos, de 2012 y 2013, de <hi rend="i">Processus
                  d’américanisation</hi> (Bénat-Tachot, Gruzinski, Jeanne 2012 y 2013).</note>.</p>
            <p>El propio criollismo de Espinosa Medrano puede ser revisado en base a los postulados
              metodológicos de la historia conectada, si se considera su superposición con el
              anti-lusitanismo del <hi rend="i">Apologético</hi>. La separación de las dos coronas
              ibéricas en 1640 provoca una confrontación entre nacionalismos literarios en la que la
              imitación y la impugnación de Góngora pudieron servir de banderas de las dos facciones
                enfrentadas<note place="bottom">Martínez 2008.</note>. Aunque no fuera su intención
                primera<note place="bottom">Plagnard 2017.</note>, el comentario de <hi rend="i">Os
                Lusiadas</hi> pudo ser entendido como un ejemplo palmario de anti-castellanismo<note
                place="bottom">La lectura alegórica del episodio de Adamastor en los <hi rend="i"
                  >Lusiadas</hi> por Faría puede ser interpretada como una reivindicación de
                Portugal frente a Castilla (Fouto y Weiss 2016). Más allá del comentario de Faría,
                el poema de Camões fue objeto de pugnas políticas que estudia Miguel Martínez
                (2010).</note>, deducido del lusitanismo de Faría en el contexto nacionalista
              posterior a 1640. Esta interpretación del comentario, sumada a su evidente
              anti-gongorismo, convierte al portugués en el objeto de los ataques de un Espinosa
              Medrano que se auto-promociona como abanderado del gongorismo y del castellanismo.
              Así, El Lunarejo combate el complejo de Ovidio de los letrados americanos que se
              sienten exiliados «en tan remoto hemisferio»<note place="bottom">Sobre este tópico que
                se inicia con el viaje efectivo de letrados castellanos a las Indias véase Gruzinski
                (2004: 352, «complexe d’Ovide») y la nota al fragmento citado de Espinosa Medrano,
                en la dedicatoria a Luis Méndez de Haro (<hi rend="i">Apologético</hi>, f.
                d1v).</note>, entrando en esa confrontación entre nacionalismos literarios, cosa que
              entienden y reproducen la mayoría de autores de los preliminares:</p>
            <quote>
              <l>Si como esta pluma hubiera</l>
              <l>espadas en valentía,</l>
              <l>como rendís a Faría</l>
              <l>presto Portugal se diera<note place="bottom">Espinelas de don Diego de Loaysa y
                  Zárate, v. 1-4 (<hi rend="i">Apologético</hi>, f. c1r).</note>.</l>
            </quote>
            <p>En su anhelo de paridad intelectual con Europa y en particular con España, El
              Lunarejo no se atrinchera en una periferia peruana ajena a la dinámica global del
              imperio español, sino que toma posición en un campo literario hispano-luso en el que
              el mundo colonial es actor y parte esencial, lo que la crítica ignora demasiado a
                menudo<note place="bottom">Plagnard y Galbarro (2017) estudian con metodologías de
                historia conectada el campo literario ibérico de los Siglos de Oro, pero sin incluir
                la literatura colonial en ese estudio. Gruzinski (2004: 360) propone pautas de
                estudio para el campo literario latino a partir de la globalización del neo-latín y
                el análisis de trayectorias biobiliográficas individuales, según un método que
                explora Boris Jeanne (2012).</note>. Así pues, Espinosa Medrano aúna su criollismo
              con un anti-lusitanismo de circunstancia, con el que trata de hacer leña del árbol
              caído, de ese Portugal que se ha convertido en enemigo del rey y del valido Luis
              Méndez de Haro, al que va dedicado el <hi rend="i">Apologético</hi> para mayor gloria
              de las letras peruanas.</p>
            <p>Poner el foco en la dinámica global nos parece indispensable para entender el
              posicionamiento de Espinosa Medrano en el <hi rend="i">Apologético</hi>, pero no menos
              necesaria es la variación de escalas en el análisis. Cuando El Lunarejo rebate a Justo
              Lipsio o a «los europeos», capta parte del prestigio de un León Pinelo en la república
              de las letras peruana; cuando compite con Paravicino, aspira a ser Góngora de los
              declamadores en el virreinato: entre lo global y lo local, el estudio del gongorismo
              en América ha de situarse en ambos terrenos<note place="bottom">Vease una exigencia
                metodológica semejante en Téllez 2012 (9-12).</note>.</p>
          </div>
        </div>
        <div>
          <head>8. Conclusión</head>
          <p>El <hi rend="i">Apologético</hi> de Espinosa Medrano es la primera obra impresa de un
            autor joven, de treinta años de edad, curtido en el teatro de colegio, tanto en
            castellano como en quechua, y renombrado por su erudición y sus sermones. Cuando El
            Lunarejo decide entrar en la polémica gongorina, dispone de contactos influyentes en la
            ciudad de Cuzco, que le favorecen en este intento de aunar su compromiso en la
            controversia literaria gongorina con su búsqueda de proyección, una constante desde la
            publicación de su primera obra en la capital del virreinato, hasta la publicación
            póstuma de la última, en 1688, en Roma. Los preliminares del <hi rend="i"
              >Apologético</hi> lo conectan con otros seis autores peruanos, con un discurso que
            denuncia el tratado como un testimonio extemporáneo de la polémica gongorina: Faría es
            el único adversario citado, además del fallecido Pedro de Oña, su derrota es segura ante
            la lucida pluma de El Lunarejo y el anti-gongorismo se superpone con el lusitanismo,
            convirtiendo el tratado en una verdadera máquina de reivindicación criolla dirigida al
            valido Luis Méndez de Haro. Por ironías del imperio y sus enormes distancias, el patrón
            elegido había muerto antes de que se publicara el libro. Espinosa Medrano no tendrá más
            ocasiones de polemizar ni de publicitar su defensa de Góngora: El <hi rend="i"
              >Apologético</hi> no obtiene respuesta conocida y llega a Europa por caminos ajenos a
            la cuestión de la nueva poesía, de manera póstuma, en edición pirata y deturpada por
            múltiples erratas. Desde su gestación, muertos Góngora y Faría, hasta su difusión, con
            el fracaso de una ambiciosa estrategia dedicatoria, el tratado sufre la mala fortuna de
            llegar tarde a la palestra.</p>
          <p>Espinosa Medrano no deja sin embargo de dar con este texto un documento fundamental.
            Aunque toma por enemigo un autor muerto y en cierto modo desacreditado por un contexto
            antilusitano, la visión retrospectiva no debe impedirnos reconocer que a El Lunarejo lo
            mueve un genuino gongorismo. Es indudable su conocimiento detallado de algunos de los
            testimonios impresos más importantes de la polémica y también que no considera la
            controversia cerrada, ni por tanto como motivo oportunista de hacer sangre de un autor
            indefenso: «Si alguien quisiere proseguir la batalla, la pluma me queda sana y volveré
            sin temor al combate»<note place="bottom">Véase el prólogo <hi rend="i">Al
              lector.</hi></note>. El <hi rend="i">Apologético</hi> lleva de hecho la controversia
            de las <hi rend="i">Soledades</hi> hasta una dimensión global y permite documentar la
            amplitud de la república de las letras imperial y comprobar una vez más el papel activo
            de la colonia en ese campo literario multilingüe. Libros de Madrid, París, Roma o
            Amberes, ideas de Virgilio, Santo Tomás, Pellicer o Pedro de Oña, tratados en latín,
            castellano o portugués alimentan un brillante escrito, que no por llegar tarde a Europa
            deja de ser un verdadero acierto en su concepción. El gongorismo que sobrevive a
            Góngora, máxime en América<note place="bottom">Sabena y Stein 2016 (9): «los primeros
              testimonios poéticos de la imitación de Góngora comienzan a despuntar una vez conocida
              la edición de Vicuña y cuando ya circulaban los comentarios de Salcedo al <hi rend="i"
                >Polifemo.</hi> Por una casualidad digna de mencionarse, en México y en Perú estos
              testimonios son poemas religiosos que se remontan a la década de 1630».</note>, es una
            tentación de la oratoria sagrada<note place="bottom">Blanco 2012b, Sabena 2013.</note>,
            un asunto polémico que todavía muerden algunos «teólogos modernos» (XII, § 123) y se
            convertirá pronto en una de las mayores galas de un Espinosa Medrano que aspira a ser
            Demóstenes indiano<note place="bottom">Véase la aprobación del doctor Alonso Bravo de
              Paredes y Quiñones.</note> y Góngora de los declamadores<note place="bottom"><hi
                rend="i">Apologético</hi>, sección VIII, § 61.</note> en el Perú. Los autores de los
            preliminares, al imitar algunos estilemas gongorinos, dan buena fe de ello, siendo todos
            religiosos, seglares, franciscanos y de la orden de Alcántara. El joven catedrático de
            Artes y Teología cuzqueño aúna en el <hi rend="i">Apologético</hi> el rigor escolástico,
            la cultura humanista y el ingenio de la controversia, convirtiendo su tratado en una
            vitrina de su capacidad: un rasgo de sus centellas<note place="bottom">Véase, en la
              aprobación del doctor Alonso Bravo de Paredes y Quiñones: «un rasgo sí admiro de sus
              centellas».</note> en el que reivindica su posición de Góngora peruano, como lo
            subrayan los preliminares:</p>
          <quote>
            <l>    Así vuestra <hi rend="i">Apología</hi></l>
            <l>os ladea con Apolo,</l>
            <l>que como él pudiste solo</l>
            <l>resolver nieblas del día:</l>
            <l>con tan discreta armonía</l>
            <l>sutil vuestro ingenio hiló</l>
            <l>en ruecas de oro, que yo</l>
            <l>(viéndoos penetrar su esfera)</l>
            <l>con Pitágoras sintiera</l>
            <l>que su espíritu os dejó<note place="bottom">Cuarta espinela de don Diego de Loaysa y
                Zárate.</note>.</l>
          </quote>
          <p>Nuevo Góngora, pero también nuevo Tertuliano y Apuleyo, nuevo San Jerónimo contra un
            Domnio portugués, Espinosa Medrano se muestra en el <hi rend="i">Apologético</hi> como
            un autor erudito, lector del griego, el latín, el italiano, el portugués y el
            castellano, detractor de Galileo y Lipsio, heredero de León Pinelo, un verdadero
            humanista en suma, al tanto de las ideas y los textos más en boga en Lima, Madrid o
            Roma, que aprovecha la controversia para las más densas disquisiciones lógicas y las más
            certeras pullas. En esta vitrina de erudición, ingenio y elegancia, muestra al fin sus
            calidades literarias más admiradas, situándose en la república de las letras como
            heredero de un canon de autores compuesto por Garcilaso, Lope de Vega, Paravicino y
            Góngora.</p>
        </div>
        <div>
          <head>9. Establecimiento del texto</head>
          <p>De la edición príncipe del <hi rend="i">Apologético</hi> se conservan ocho ejemplares
            conocidos, seis de los cuales en Estados-Unidos, otro en Perú y el último en el Reino
              Unido<note place="bottom">Véase el registro correspondiente en <ref
                target="http://www.worldcat.org/oclc/7473803">worldcat</ref>, donde falta la
              remisión al ejemplar peruano, en la BN de Perú, del que José Carlos González Boixo da
              la signatura siguiente: X869-53/E8A/C (Espinosa Medrano 1997: 29).</note>. He podido
            consultar dos de estos testimonios, los de Nueva York y Cambridge, además del de Lima
            por vía de la edición facsímil de José Carlos González Boixo. No he apreciado
            diferencias entre estos tres ejemplares, más allá de la ausencia de un folio en el
            ejemplar limeño<note place="bottom">Se trata del f. 40r-v (Espinosa Medrano 1997:
              228-231).</note>, aunque no me ha sido posible cotejar íntegramente los tres
            testimonios. Por ello, entre los ejemplares íntegros que he consultado, he elegido el de
            la New York Public Library, por encontrarse en una biblioteca pública que me permite
            publicarlo reproducido junto a esta edición crítica.</p>
          <p>He cotejado por tanto dos testimonios para el establecimiento del texto: uno de la
            primera edición del Apologético (Nueva York, NYPL) y otro de la segunda edición (Madrid,
            BNE). Se ha elegido <hi rend="i">A</hi> como texto base.</p>
          <p><hi rend="i">A</hi>: NYPL, KE 1662</p>
          <p><hi rend="i">B</hi>: BNE, R/1602</p>
          <p>El testimonio <hi rend="i">B</hi> presenta numerosos errores que afectan tanto al texto
            como a las remisiones marginales. Las correcciones que aporta a <hi rend="i">A</hi> son
            mucho menos abundantes que las erratas que añade: estas enmiendas de <hi rend="i">B</hi>
            son principalmente las que se enumeran en la fe de erratas del propio <hi rend="i"
              >A</hi>. Incluso en ese caso, <hi rend="i">B</hi> no las corrige sistemáticamente,
            como prueba el caso siguiente:</p>
          <quote>
            <p>amebeo <hi rend="i">em.</hi> : ama beo <hi rend="i">AB</hi> [Enmienda consignada en
              la fe de erratas. El testimonio A trae una corrección manuscrita: amebeo.</p>
          </quote>
          <p>O el siguiente:</p>
          <quote>
            <p>Georgica <hi rend="i">em.</hi> : Georgia <hi rend="i">AB</hi> [Enmienda recogida en
              la fe de erratas. En el testimonio <hi rend="i">A</hi> encontramos la corrección
              manuscrita: Georgica.</p>
          </quote>
          <p>Entre las demás enmiendas añadidas en <hi rend="i">B</hi> hay casos de <hi rend="i"
              >lectio facilior</hi>, como cuando se cambia el título de Fulgencio Maldonado en la
            firma y el título de su censura, pese a que como miembro de la orden militar de San Juan
            merece el que trae <hi rend="i">A</hi>:</p>
          <quote>
            <p>frey <hi rend="i">A</hi> : fray <hi rend="i">B</hi></p>
          </quote>
          <p>O también en el caso siguiente, en el f. b2r:</p>
          <quote>
            <p>rudeza <hi rend="i">A</hi> : dureza <hi rend="i">B</hi></p>
          </quote>
          <p>En el prólogo <hi rend="i">Al lector</hi> hay sin embargo dos variantes de gran interés
            en las que <hi rend="i">B</hi> omite lugares de <hi rend="i">A</hi>:</p>
          <quote>
            <p>y sino traen las alas del interes; pereçosamente nos visitan las cosas de España; <hi
                rend="i">A</hi> : <hi rend="i">om. B</hi></p>
            <p>Pero que puede auer bueno en las Indias? Que puede auer que contente a los Europeos,
              que desta suerte dudan? Satyros nos juzgan, Tritones nos presumen, que brutos de alma;
              en vano se alientan a desmentirnos mascaras de humanidad. Perdono lo que me cabe <hi
                rend="i">A</hi> : <hi rend="i">om. B</hi></p>
          </quote>
          <p>Los fragmentos omitidos en <hi rend="i">B</hi> son aquellos en los que Espinosa Medrano
            condena con mayor virulencia la desconsideración de los europeos o españoles hacia los
            criollos. Tales omisiones, que suavizan, censurándola, la vehemencia de El Lunarejo,
            concuerdan con la hipótesis de que la segunda edición se hizo sin supervisión del autor,
              <hi rend="i">post-mortem</hi><note place="bottom">Hay que descartar por tanto que el
              año de 1694 sea errata por 1664, como lo sugería José Toribio Medina en <hi rend="i"
                >La imprenta en Lima</hi> (véase Medina, 2013: II, 203).</note>, y con la intención
            de gustarle a un público español dentro de una campaña publicitaria en la que estos
            lugares de <hi rend="i">A</hi> podían haber sido mal recibidos.</p>
          <p>Los datos textuales se corresponden por tanto con aquellos que nos aporta la
            documentación externa. Todo ello permite dibujar el <hi rend="i">stemma</hi>
            siguiente:</p>
          <p>Ω</p>
          <p>|</p>
          <p>A</p>
          <p>|</p>
          <p>B</p>
          <p>Los criterios de modernización que he seguido son los establecidos para el conjunto del
            proyecto <hi rend="i">Góngora</hi>. Las enmiendas se limitan a casos imprescindibles y
            se ha intentado respetar siempre la lección originaria. Como ya se ha dicho arriba, el
            lector podrá visualizar, en línea con el texto de la edición crítica, una reproducción
            fotográfica de <hi rend="i">A</hi>.</p>
          <p/>
          <p>N.B.</p>
          <p>Debo mi mayor gratitud a Mercedes Blanco por su ayuda en la traducción del latín, por
            sus inestimables revisiones y consejos, y por su siempre amistosa consideración por este
            trabajo. Idéntica gratitud merece Jaime Galbarro García, que tanto me ha ayudado
            compartiendo conmigo en todo momento su gran sabiduría y no menor entusiasmo. Conste
            también mi agradecimiento a Pedro Conde Parrado por su detallada y paciente revisión de
            esta edición, así como a todos aquellos que la han mejorado con sus consejos, noticias y
            rectificaciones, especialmente Florence d’Artois, Roland Béhar, Loann Berens, Luis
            Castellví Laukamp, Arthur Duhé, Muriel Elvira, Johanna Gautier, François-Xavier Guerry,
            Guillaume Lancereau, Sara Pezzini, Aude Plagnard y David Ruiz.</p>
          <p>Retomando el séptimo verso de la <hi rend="i">Fábula de Polifemo a lo burlesco</hi> de
            Alonso de Castillo Solórzano, esta edición «dedico a vuestro cónclave discreto»<note
              place="bottom">BNE, ms. 3726, <hi rend="i">Obras de Góngora y referentes a su
                obra</hi>, f. 8r.</note>.</p>
        </div>
        <div>
          <head>10. Bibliografía</head>
          <div>
            <head>10.1 Obras hipotéticamente citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Agustín</hi>, Santo, obispo de Hipona:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=4Jb7R7oKEtEC&amp;printsec">Epitome totius
                  augustissimae doctrinae B. Augustini episcopi sub duplici tomo. Priori quidem
                  secundum… per R. F. P. Matthiam Hauzeur, franciscanum, sacrae Theologiae
                  professorem iubilatum, exprovincialem Provinciae Flandriae</ref></hi>, Parisiis:
              apud Michaelem Soly, sub signo phoenicis, Matthaeum Guillemot, sub signo bibliothecae,
              Georgium Iosse, sub signo coronae spinae, et Petrum Guillemot, sub eodem signo
              bibliothecae, viam Iacobeaem, 1646.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">La ciudad de Dios</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alciato</hi>, Andrea:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="http://hdl.handle.net/2027/uiuo.ark:/13960/t4th93z73"
                  >Omnia Andreae Alciati v. c. emblemata: cum commentariis, quibus emblematum omnium
                  aperta origine, mens authoris explicatur, &amp; obscura omnia dubiaque
                  illustrantur per Claudium Minoem diuionensem</ref></hi>, Parisiis: Apud Hieronymum
              de Marnef, &amp; viduam Gulielmi Cauellat, sub Pelicano monte D. Hilarij, 1583.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aldrete</hi>, Bernardo:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"><ref target="https://books.google.fr/books?id=3VzSSmGbOtsC&amp;pg"
                  >Varias antigüedades de España, África y otras provincias</ref></hi>, Amberes: a
              costa de Iuan Hasrey, 1614.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alessandro Alessandri</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Genialium dierum libri sex</hi>, edición anotada.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Apuleyo</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">El asno de oro</hi>, con el comentario de Filippo Beroaldo (<hi
                rend="i"><ref target="http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k59025h">Commentarii a
                  Philippo Beroaldo conditi in Asinum aureum Lucii Apulei</ref></hi>, Bononiae:
              impr. a Benedicto Hectoris, 1500.)</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">De deo Socratis</hi></bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Apologia: Pro se de magia liber</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aquino</hi>, Tomás de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">In duodecim metaphysicorum libros Aristotelis</hi></bibl>
            <bibl>—, <hi xml:lang="en" rend="i">In psalmos reportatio</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristófanes</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Ranae</hi>, versión de Nicodemus Frischlin. (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.es/books?id=CFBWAAAAcAAJ&amp;pg">Nicodemi Frischlini
                  Aristophanes Veteris Comoediæ Princeps</ref></hi>, Francoforti ad Moenum:
              excudebat Ioannes Spies, 1586.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Poética</hi>, versión latina de Alessandro Pacci (Venecia: Paolo
              Manuzio, 1536).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Retórica</hi></bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Metafísica</hi> (probablemente con el comentario de Tomás de
              Aquino, <hi rend="i">In duodecim metaphysicorum libros Aristotelis</hi>)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Barbosa</hi>, Augustino:</p>
            <bibl>—, <hi xml:lang="en" rend="i">Collectanea doctorum tam veterum quam recentiorum in
                ius pontificium universum</hi>, tomo IV (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.es/books?id=KV7sMB9fiFcC&amp;dq">Collectanea doctorum
                  tam veterum quam recentiorum in ius pontificium universum. Tomus quartus, in quo
                  Quinque libri sexti decretalium, Clementinae ítem &amp; Extravagantes tum viginti
                  Ioannis Papae XXII, tum etiam communes continentur</ref></hi>, Lugduni: sumptibus
              Laurentii Durand, 1637.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Battista Mantovano</hi>, Giovanni:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Partenice Mariana</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Boccalini,</hi> Traiano:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000078642&amp;page=1">Discursos
                  politicos y auisos del Parnasso de Trajano Bocalini, cauallero romano, tradujolos
                  de la lengua toscana en la española Fernando Peres de Sousa</ref></hi>, Madrid:
              por Maria de Quiñones, a costa de Pedro Coello, 1634.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Caballero de Cabrera</hi>, Juan:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://books.google.fr/books?id=G8HkhcVia9gC&amp;vq"
                  >Obra póstuma, sermones a diversos intentos</ref></hi>, Madrid: García de Morrás,
              1649.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Camerarius,</hi> Joachim (1534-1598):</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Symbolorum et emblematum, centuria quarta.</hi> (<hi rend="i"><ref
                  target="http://cisne.sim.ucm.es/record=b2497636~S6*spi">Symbolorum et emblematum
                  ex aquatilibus et reptilibus desumptorum centuria quarta</ref></hi>, Leipzig:
              typis Voegelinianis, 1604.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cartari</hi>, Vicenzo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://www.uni-mannheim.de/mateo/camenaref/cartari.html">Imagines Deorum,
                  Qui Ab Antiquis Colebantur: In quibus simulacra, ritus, caerimoniae, magnaq[ue] ex
                  parte veterum religio explicatur. Olim a Vincentio Chartario Rhegiensi ex variis
                  auctoribus in unum collectae, atque Italica lingua expositae: nunc vero ... Latino
                  sermone ab Antonio Verderio [...] expressae, atque in meliorem ordinem
                  digestae</ref></hi>, Lugduni: Bartolomeum Honoratum, 1581.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cats</hi>, Jacob:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Monita amoris virginei sive officium puellarum in castis
                amoribus.</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Catulo</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Catullus et in eum commentarius M. A. Mureti</hi>, (<ref
                target="https://books.google.fr/books?id=if_J5QKN0WgC&amp;pg">Segunda edición</ref>,
              Venetiis: Aldus [Paolo Manuzio], 1558.).</bibl>
            <bibl>—, Catulo de Joseph Scaliger</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cervantes</hi>, Miguel de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Los trabajos de Persiles y Sigismunda</hi> (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=OlXJkJ6pz6kC&amp;printsec">Los trabajos
                  de Persiles y Sigismunda, historia septentrional</ref></hi>, Madrid: por Juan de
              la Cuesta, 1617.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cicerón</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Oratio pro Archia poeta</hi></bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">De Oratore</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Claudiano</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Panegyricus dictus Olybrio et Probino consulibus.</hi></bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">De consulatu Stilichonis</hi></bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">De raptu Proserpinae</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Clenardus</hi>, Nicolaus:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=UK9rZzkZeCcC&amp;printsec">Institutiones
                  absolutissimae in linguam graecam</ref></hi>, Parisiis: ex officina Thomae
              Brumennii, in clauso Brunello, sub signo olivae, 1563.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Collatius</hi>, Petrus Apollonius:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Carmen de eversione urbis Hierusalem</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Conti</hi>, Natale:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Mythologiae sive Explicationum fabularum libri decem</hi> (<hi
                rend="i"><ref
                  target="https://opacplus.bsb-muenchen.de/search?oclcno=165995836&amp;db=100"
                  >Mythologiae sive Explicationum fabularum libri decem</ref></hi>, Venetiis: [ad
              signum Fontis], 1568.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Crisóstomo,</hi> Juan:</p>
            <bibl>—, <hi xml:lang="none" rend="i">Opera omnia</hi> (en particular la homilía <hi
                rend="i">De ascensione Heliae</hi>)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Del Río</hi>, Martín:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://books.google.es/books?id=rI5fs_AnnO0C"
                  >Adagialium sacrorum Veteris et Novi Testamenti. Pars secunda</ref></hi>, Lugduni:
              Sumptibus Horatij Cardon, 1613.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Erasmo de Rotterdam</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=6eNdAAAAcAAJ&amp;printsec">Adagiorum Des.
                  Erasmi,... chiliades quatuor cum sesquicenturia, magna cum diligentia... emendatae
                  et secundum concilii tridentini decretum expurgatae... quibus adjectae sunt
                  Henrici Stephani animadversiones, suis quaeque locis sparsim digestae. His jam
                  primum accesserunt Appendix... Hadriani Junii centuriae octo cum dimidia. Joan.
                  Alexandri Brassicani proverbiorum &amp; cum appendice symbolorum Pythagorae ex
                  Jamblico. Jo. Ulpii adagiorum epitome. Gilberti Cognati adagiorum &amp; . Specimen
                  adagiorum per Junium Cantherum et Giselinum. Melchioris Neipii adagia. Item adagia
                  quaedam...</ref></hi>, Parisiis: apud Nicolaum Chesneau, via Iacobeae, sub scuto
              Frobeniano &amp; quercu viridi, 1571.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Faría y Sousa</hi>, Manuel de:</p>
            <bibl>—, Lusiadas<hi rend="i"> de Luis de Camões, Príncipe de los poetas de España. Al
                Rey N. Señor Felipe Quarto el Grande. Comentadas por Manuel de Faria i Sousa,
                Cavallero de la Orden de Christo, i de la Casa Real</hi>, 2 vol, en Madrid: por Juan
              Sánchez, a costa de Pedro Coello, mercader de libros, 1639. Vol. 1: Primero y segundo
              tomo (1639a). Vol. 2: Tomos tercero y quarto (1639b).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://books.google.fr/books?id=g5ldAAAAMAAJ&amp;pg"
                  >Fuente de Aganipe o rimas varias</ref></hi>, Parte segunda, Madrid: Juan Sánchez,
              1644.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Folengo</hi>, Teófilo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Opus Merlini Cocaii</hi>, segunda edición (1521) de Acuario Lodola
                (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=HvM7AAAAcAAJ&amp;printsec">Opus Merlini
                  Cocaii Macaronicorum: totam in pristinam formam per me magistrum Acquarium Lodolam
                  optime redactum</ref></hi>, Tusculanum: s. n., 1521.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Góngora</hi>, Luis de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> de Pellicer (véase Pellicer).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Ilustración y defensa de la Fábula de Píramo y Tisbe</hi> de
              Salazar Mardones (véase Salazar Mardones).</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Segundo tomo de las obras de don Luis de Góngora comentadas</hi>,
              Salcedo Coronel (Véase Salcedo Coronel).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gracián</hi>, Baltasar:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://books.google.fr/books?id=mZXrEI4zcpUC&amp;pg"
                  >Agudeza y arte de ingenio</ref></hi>, Huesca: Juan Nogués, 1648.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gregorio Magno</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Registrum epistularum</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gregorio Nacianceno</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Opera omnia</hi>, edición de 1583 u otra que siga este
              modelo.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Heisterbach</hi>, Cesáreo de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Dialogus miraculorum</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Herrera</hi>, Fernando de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcqr4t7">Obras de
                  Garcilasso de la Vega con Anotaciones de Fernando de Herrera</ref></hi>, en
              Sevilla: por Alonso de la Barrera, 1580.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Homero</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Iliada</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Carmina</hi></bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sátiras</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Illescas,</hi> Gonzalo de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Segunda parte de la historia pontifical y católica</hi> (<hi
                rend="i"><ref target="http://bvpb.mcu.es/es/consulta/registro.cmd?id=420636">Segunda
                  parte de la Historia Pontifical y Catholica : en la qual se prosiguen las vidas y
                  hechos de Clemente V y de los demas pontifices, sus successores, hasta Pio
                  Quinto : contiene se [sic] ansi mismo la recapitulacion de las cosas y Reyes de
                  España</ref></hi>, En Salamanca: en casa de Vincente de Portonariis, 1573.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Isidoro de Sevilla</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sententiae</hi>, versión de García de Loaysa Girón (Edición
              príncipe: <hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=FN7MuWJzXNQC&amp;pg">Isidori Hispalensis
                  episcopi Sententiarum libri III. Emendati, et notis illustrati per Garsiam
                  Loaysa</ref></hi>, Taurini: apud Jo. Baptistam Bevilaquam, 1593. Reedición regia:
                <hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=YhdA09qf-0EC&amp;printsec">Operum Divi
                  Isidori Hispal. Episcopi, pars altera</ref></hi>, Madriti: es typographia regia,
              1599b)</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Etimologiae</hi>, versión de Juan Grial (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;pg">Divi Isidori Hispal.
                  Episcopi opera, pars prior</ref></hi>, Madriti: ex typographia regia,
              1599a.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jerónimo de Estridón</hi>, Santo:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epistulae</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Juvenal</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Sátiras</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Juvenco</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Evangelicae Historiae</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lactancio</hi>, Lucio Cecilio Firmiano:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Divinarum institutionum</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">López Pinciano</hi>, Alonso:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books/ucm?vid=UCM5309443844&amp;printsec"
                  >Philosophia antigua poética del doctor Alonso Lopez Pinciano, Medico Cesareo:
                  Dirigida al Conde Ihoanes Keuehiler de Aichelberg</ref></hi>, en Madrid: por
              Thomas Iunti, 1596.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lucrecio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De rerum natura</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Marcial</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epigramata</hi>, con la <hi rend="i">Vita Martialis</hi> de Pietro
              Crinito, posiblemente en la segunda edición del Marcial de Rader (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.es/books?id=F9IPAAAAQAAJ&amp;pg">M. Val. Martialis
                  epigrammaton libri XII</ref></hi>, Antuerpiae: ex oficina Martini Nutii, ad
              insigne duarum Ciconiarum, 1604).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Mendoza</hi>, Alfonso de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Quaestiones quodlibeticae et relectio theologica de Christi regno
                ac dominio</hi> (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.es/books?id=9y6XAW0k47EC&amp;printsec">Quaestiones
                  quodlibeticae et relectio theologica de Christi regno ac dominio</ref></hi>,
              Salamanticae: ex typographia Michaelis Serrani de Vargas, 1588).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Molina</hi>, Luis de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=_-_EZAuMqCsC&amp;printsec">Commentaria in
                  primam Divi Thomae partem doctore Ludovico Molina primario quondam in Eborensi
                  Academia Theologiae professore e Societate Iesu autore</ref></hi>, Conchae: ex
              officina Christiani Barnabae typographi, 1592.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nebrija</hi>, Antonio de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De institutione grammaticae</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nicephorus</hi>, Callistus:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Ecclesiasticae historia</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nomexy</hi>, Nicolas de:</p>
            <bibl><hi rend="i">Parnassus poeticus</hi>. Edición de 1612 u otra del mismo tipo (<hi
                rend="i"><ref target="https://books.google.com/books?id=dIN0WXXKVd0C&amp;printsec"
                  >Parnassus poeticus biceps</ref></hi>, Lugduni: sumptibus Petri Rigaud, via
              Mercatoria, sub signo Fortunae, 1612).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ovidio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Metamorfosis</hi>,</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Epistulae ex Ponto</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Paravicino</hi>, Hortensio Félix:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="http://hdl.handle.net/2027/ucm.532376944x">Oraciones
                  evangélicas de adviento y cuaresma…</ref></hi>, Madrid: imprenta del Reino,
              1636.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://books.google.fr/books?id=RMqMPH5dumEC&amp;pg"
                  >Oraciones evangélicas que en las festividades de Christo Nuestro Señor y su
                  Santísima Madre predicó el muy reverendo padre maestro Fray Hortensio Felix
                  Paravicino…</ref></hi>, Madrid: imprenta del Reino, 1640.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Obras posthumas, divinas y humanas</hi> (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=BknWPXO3DigC&amp;pg">Obras posthumas,
                  divinas y humanas de don Félix de Arteaga</ref></hi>, Madrid: Carlos Sánchez
              Bravo, 1641).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pellicer de Ossau y Tovar</hi>, José:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=sWLlG_p4YNsC&amp;printsec">Lecciones
                  solemnes a las obras de Don Luis de Góngora y Argote</ref></hi>, Madrid, Imprenta
              del Reino, 1630b.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pérez de Oliva</hi>, Fernán:</p>
            <bibl>—,<hi rend="i"> Las obras del Maestro Fernán Pérez de Oliva</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Petronio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Satiricón</hi> (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.es/books?id=rX09AAAAcAAJ&amp;dq">Petroni Arbitri
                  Satyricon cum notis et observationibus variorum</ref></hi>, Lutetiae Parisiorum,
              ex officina Cristophori Beys, via Iacobaea, 1601.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pineda</hi>, Juan de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://bvpb.mcu.es/es/consulta/registro.cmd?id=398859">Los ocho libros de
                  la primera parte de la Monarchia Eclesiastica</ref></hi>, Impresso en Çaragoça: a
              costa de Hieronymo Serra, en la imprenta de Grabiel Dixar vendese en casa de Luys
              Ganero, 1576.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Polo de Medina</hi>, Jacinto:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Buen humor de las musas</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pontanus</hi>, Jacobus:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Symbolarum Libri XVII.</hi> (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.es/books?id=2xt5N8phIK8C&amp;pg">Symbolarum Libri
                  XVII. Quibus P. Virgilii Maronis Bucolica, Georgica, Aeneis, ex probatissimis
                  auctoribus declarantur, comparantur, illustrantur</ref></hi>, Augustae
              Vindelicorum: ad insigne pinus, 1599.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Propercio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Elegías</hi> (Propercio de Joseph Scaliger)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Rouillé</hi>, Guillaume:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                  target="http://tn.khi.fi.it/index.php?id=20&amp;L=1&amp;data=bd3610345bm&amp;type=content"
                  >Seconda parte del Prontuario delle Medaglie, la quale comincia dà la natiuità del
                  nostro Saluatore Giesu Christo, &amp; continua insino al Christianissimo Rè di
                  Francia &amp; di Pologna, Henrico III di nome, il quale al presente regna
                  felicemente…</ref></hi>, Lione: appresso Guglielmo Rouillio, 1581.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ruperto de Deutz</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De Sancta trinitate et operibus eius</hi> (probablemente <hi
                rend="i"><ref target="https://books.google.es/books?id=y0pKAAAAcAAJ&amp;pg">Ruperti
                  abbatis tuitiensis, viri undecunque doctissimi, summique inter veteres theologi
                  libri XLII, De operibus sanctae Trinitatis…</ref></hi>, Lovanii: expensis viudae
              Arnoldi Birckmanni, 1551).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sabinus</hi>, Georg:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De carminibus ad veterum imitationem artificiose componendis</hi>,
              edición de Joachim Camerarius (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=UvFMAAAAcAAJ&amp;pg=PP5&amp;lpg">De
                  carminibus ad veterum imitationem artificiose componendis praecepta bona et utilia
                  collecta a clarissimo viro Georgio Sabino… a Ioachimo Camerario</ref></hi>,
              Lipsiae: Valentinus Papa edebat, 1551.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Saint-Cher</hi>, Hugues de:</p>
            <bibl>—, Comentarios de la Biblia.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Salazar Mardones</hi>, Cristóbal:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://books.google.es/books?id=TvBQAAAAcAAJ&amp;pg"
                  >Ilustracion y defensa de la Fabula de Piramo y Tisbe, compuesta por D. Luis de
                  Gongora y Argote…</ref></hi>, Madrid: Imprenta Real, a costa de Domingo González,
              mercader de libros, 1636.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Salcedo Coronel</hi>, García de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Obras de Don Luis de Góngora comentadas</hi>, tomo 2 (<hi rend="i"
                  ><ref target="https://books.google.fr/books?id=Irbh69m8fFoC&amp;pg">Segundo tomo
                  de las Obras de Don Luis de Gongora comentadas por D. Garcia de Salzedo ...
                  primera parte</ref></hi>), En Madrid: por Diego Díaz de la Carrera, a costa de
              Pedro Laso, 1644.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Scaliger,</hi> Joseph Juste:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Catulli, Tibulli, Propertii nova editio</hi> (Joseph Juste
              Scaliger, <hi rend="i"><ref target="http://ustc.ac.uk/index.php/record/170356"
                  >Catulli, Tibulli, Propertii nova editio. Josephus Scaliger Julii Caesaris Filius
                  recensuit. In eosdem Castigationum liber. Ad Claudium Puteanum consiliarium regium
                  in suprema curia Parisiensi</ref></hi>, Paris: apud Mamert Patisson in officina
              Robert Estienne, 1577.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Schoonhoven</hi>, Florens:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Emblemata</hi> (<hi rend="i"><ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=V65VAAAAcAAJ&amp;pg">Florentii
                  Schoonhovii I. C. Goudani, Partim moralia, partim etiam civilia</ref></hi>,
              Goudae: apud Andream Burier, 1618.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tácito</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Anales</hi>, con anotaciones de Andrea Alciato.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Teócrito</hi>:</p>
            <bibl>—, Idilios.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Teodoreto de Ciro</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">De selectis scripturae sacrae quaetionibus ambiguis.</hi></bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tibulo</hi>:</p>
            <bibl>—, Elegías (Tibulo de Joseph Scaliger?)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Torreblanca Villalpando</hi>, Francisco:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://books.google.es/books?id=L0xfAAAAcAAJ&amp;pg"
                  >Epitomes delictorum in quibus aperta vel oculta invocatio daemonis intervenit
                  libri IV</ref></hi>, Hispali: apud Ildephonsum Rodriguez Gamarra &amp; Franciscum
              de Lira typographos, 1618.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Turnebe</hi>, Adrien:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://books.google.fr/books?id=R9KhxUCBhVAC&amp;pg"
                  >Adversariorum libri XXX, tomus primus</ref></hi>, Parisiis: ex officina Gabrielis
              Buonii, in clauso Brunello, sub signo D. Claudii, 1564.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tzetzes</hi>, Ioannes:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Historia</hi> (<hi rend="i"><ref
                  target="http://ustc.ac.uk/index.php/record/673833">Joannis Tzetzae variarum
                  historiarum liber, versibus politicis ab eodem Graecè scriptus, et Pauli Lacisii
                  veronensis opera ad verbum latinè conversus</ref></hi>, Basileae: Johann Oporinus,
              1546.)</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Valeriano</hi>, Pierio:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Hieroglyphica</hi>, versión de 1586 o posterior (incluye la <hi
                rend="i">Vita Pierii Valerianii</hi> de Antoine du Verdier).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vatable</hi>, François:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Biblia sacra</hi>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vega Carpio</hi>, Lope de:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://books.google.fr/books?id=ortdAAAAcAAJ&amp;pg"
                  >Onzena parte de las comedias de Lope de Vega Carpio</ref></hi>, en Madrid: por la
              viuda de Alonso Martín de Balboa, a costa de Alonso Pérez, mercader de libros,
              1618.</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000113037">La
                  Circe con otras rimas y prosas</ref></hi>, Madrid: En casa de la viuda de Alonso
              Martín a costa de Alonso Pérez, 1624.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Virgilio</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Bucólicas, Geórgicas</hi>, versión del P. Juan Luis de la Cerda.
                (<hi rend="i">P. Virgilii Maronis Bvcolica Et Georgica. Argumentis, explicationibus
                et notis illustrata a Ioanne Ludovico de la Cerda Toletano e Societate Iesu</hi>,
              Madrid, 1608. Una impresión de Francfort, Vadi Collegio Paltheniano e Nobilis
              Francorum, también de 1608, está disponible a través de Google books en la Bayerische
              Staatsbibliothek de Munich: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=DN9BAAAAcAAJ&amp;pg"
                >https://books.google.fr/books?id=DN9BAAAAcAAJ&amp;pg</ref>)</bibl>
            <bibl>—, <hi rend="i">Eneida</hi>, comentada por Servio.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vulgata</hi>:</p>
            <bibl>—, <hi rend="i">Biblia sacra iuxta Vulgatam versionem</hi></bibl>
          </div>
          <div>
            <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
            <div>
              <head>10.2.1 Manuscritos</head>
              <bibl>RAE (Biblioteca de la Real Academia Española), ms. 114, <hi rend="i">Comentarios
                  a las Soledades del grande poeta don Luis de Góngora, compuestos por el doctor don
                  Manuel Serrano de Paz, médico de la santa iglesia cathedral de Oviedo,
                  cathedrático de mathemáticas. Con la explicación litteral, allegórica y política
                  del poema, y moral. Primera parte, a la Soledad Primera, sacada a luz por el autor
                  en su vida y de su mano escrita, corregida y enmendada , publicada después de su
                  muerte por el doctor don Thomas Serrano de Paz, su hermano y heredero.</hi></bibl>
              <bibl>RAE (Biblioteca de la Real Academia Española), ms. 115, <hi rend="i">Comentarios
                  a las Soledades del grande poeta don Luis de Góngora, compuestos por el doctor don
                  Manuel Serrano de Paz, médico de la santa iglesia cathedral de Oviedo,
                  cathedrático de mathemáticas en su insigne Universidad, Phylósopho, Phylólogo y
                  profesor de Buenas Letras y Artes Liberales. Con la explicación litteral,
                  allegórica política y moral del poema. Segunda parte. Contiene la Soledad segunda
                  sacada y trasladada del original después de la muerte del Autor.</hi></bibl>
              <bibl>BNE, ms. 3726, <hi rend="i"><ref
                    target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000015350">Obras de Góngora y
                    referentes a su obra</ref></hi>. Contiene los <hi rend="i">Discursos
                  apologéticos</hi> de Pedro Díaz de Rivas en f. 72r-102r y sus <hi rend="i"
                  >Anotaciones y defensas a la primera Soledad</hi>, f. 104r-179r.</bibl>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Acosta</hi>, José de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=H7E31kVx8SsC&amp;dq=De%20natura%20noui%20orbis%20libri%20duo%20acosta&amp;hl=fr&amp;pg=PP5#v=onepage&amp;q=tritones&amp;f=false"
                    >De natura novi orbis libri duo et De promulgatione Evangelii apud barbaros,
                    sive De procuranda indorum salute libri sex</ref></hi>, Salmanticae, apud
                Guillelmum Foquel, 1588.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Agostini</hi>, Giuseppe:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=hA5iHVTZBvQC&amp;pg">Commentarii in
                    primam partem Summae s. Thomae. Tomus primus complectens primas tresdecim
                    quaestiones</ref></hi>, Panormi: ex typographia eiusdem Collegii Panormitani,
                1639.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Agustín</hi>, Santo, obispo de Hipona:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=xLtJAAAAcAAJ&amp;hl=fr&amp;pg=RA1-PA401"
                    >Tomus V operum D. Aurelii Augustinii, Hipponensis episcopi, De civitate dei
                    libros XXII, ad priscae venerandaeque vetustatis exemplaria iam iterum post
                    virum undeaque doctissimum Ioannem Lodovicum Vivem summo studio
                  collatos</ref></hi>, Basileae: ex officina frobeniana, 1569.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alessandro Alessandri</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://opacplus.bsb-muenchen.de/search?oclcno=220665364&amp;db=100"
                    >Dies Geniales</ref></hi>, Romae, Mazochius, 1522.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=YGIEmwWjjV0C&amp;pg">Dicta notabilia et
                    in thesaurum memorie reponenda Platonis, Aristotelis, ...</ref></hi>, Venetiis,
                Sebastianus Vicentinum,1532.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=GpfjqM1Xho4C&amp;pg">Aristotelis
                    Stagiritae operum</ref></hi>, tomus secundus, Lugduni: apud Ioannem Frellonium,
                1549.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Basilio</hi>, Santo:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=uk_Zpoma-LQC&amp;dq">Omnia D. Basilii
                    Magni archiepiscopi caesareae cappadociae, qua extant, opera, iuxta argumentorum
                    congruentiam in Tomos partita quatuor, Iano Cornario, medico physico
                    interprete</ref></hi>…, Basilea: Froben, 1540.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Brígida de Suecia, Santa</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=oKJnSiF8s30C&amp;pg">Revelationes S.
                    Birgittae olim a Card. Turrecremata recognitae...</ref></hi>, Romae, apud
                Stephanum Paulinum, 1606.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Boccalini,</hi> Traiano:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000088843&amp;page=1">Discursos
                    politicos y auisos del Parnasso de Trajano Bocalini cauallero romano, traduxolos
                    de la lengua toscana en la española Fernando Perez de Sousa</ref></hi>, Huesca:
                por Iuan Francisco Larumbe, profesor de la universidad, a costa de Pedro Escuer, …,
                1640.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=D3KrWrBLsdMC&amp;pg">Avisos de Parnaso
                    de Traiano Bocalini cavallero romano, primera y segunda centuria, traducidos de
                    la lengua toscana en española por Fernando Perez de Sousa</ref></hi>, Madrid:
                por Diego Díaz de la Carrera, impresor del Reino, a costa de Mateo de la Bastida,
                mercader de libros, enfrente de San Felipe, 1653.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Boil</hi>, Francisco:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://bivaldi.gva.es/es/consulta/registro.cmd?id=1455">N.S. del Puche,
                    Camara angelical de Maria Santissima. Patrona de la insigne Ciudad, y Reyno de
                    Valencia</ref></hi>, Valencia: por Silvestre Esparsa, a la calle de las Barcas,
                1631.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Bravo de Paredes y Quiñones</hi>, Alonso:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114312&amp;page=1">Sermón en la
                    solemnidad de la Virgen María, Señora Nuestra con título de Antigua</ref></hi>,
                Lima: s. n., 1669.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cabreros Avendaño</hi>, Antonio:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=dZ8ZYEfur2cC&amp;pg">Don Antonii
                    Cabreros Avendaño I. C. Madritensis, Methodica delineatio de metu</ref></hi>,
                Madridii: ex typographia Francisci Martinez, 1634.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cats</hi>, Jacob:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=4ijQrOCNDKEC&amp;pg">Monita amoris
                    virginei sive officium puellarum in castis amoribus</ref></hi>, Amstelredam: by
                Willem Iansz Blaeuw, inde vergulde Sonnewyser, 1622.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Catulo</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://www.bsb-muenchen-digital.de/~db/1017/bsb10170944/images/index.html"
                    >Catullus et in eum commentarius M. A. Mureti</ref></hi>, Venetiis: apud Paulum
                Manutium, Aldi filium, 1554.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://www.bsb-muenchen-digital.de/~db/1017/bsb10170946/images/index.html"
                    >Catullus et in eum commentarius M. A. Mureti</ref></hi>, Venetiis, Aldus [Paolo
                Manuzio], 1562.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Caussin</hi>, Nicolás:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=DGIoAAAAYAAJ&amp;pg">De symbolica
                    Aegyptiorum sapientia</ref></hi>, Parisiis: sumptibus Romani de Beauvais,
                1618.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cervantes</hi>, Miguel de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000114398"
                    >Nouelas exemplares de Miguel de Ceruantes Saauedra</ref></hi>, En Madrid: por
                Iuan de la Cuesta vendese en casa de Frācisco de Robles, librero del Rey nr̄o Señor,
                1613.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cicerón</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://opacplus.bsb-muenchen.de/search?oclcno=165542359&amp;db=100">Jo.
                    Laezii Rupellani de poeticorum studiorum utilitate. In Orationem M. Tullii
                    Ciceronis pro A. Licinio Archia poeta</ref></hi>, Antverpiae: ex officina
                Christophori Plantini, 1560.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Claudiano</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=F9IWAAAAQAAJ&amp;pg">Cl. Claudiani
                    Opera quæ exstant omnia. Iulii. Cæs. Scaligeri, Adriani Turnebi, &amp; Martini
                    Antonii Del Rio observationibus illustrata</ref></hi>, Augustæ Munatianæ: s. n.,
                1620.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Collatius</hi>, Petrus Apollonius:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://archive.org/details/ita-bnc-in2-00000939-001">Carmen de
                    eversione urbis Hierusalem</ref></hi>, Mediolani: Vldericus Scinczenceller nec
                non Leonardus Pachel eius socius propria impensa &amp; laudabili opificio impressum
                edidit, 1481.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Crinito</hi>, Pietro:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://books.google.be/books?vid=GENT900000167969"
                    >De honesta disciplina libri XXV, De poetis Latinis liber V, et Poematum liber
                    II, cum indicibus</ref></hi>, Paris: ex aedibus Josse Bade, 1508.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Crisóstomo,</hi> Juan:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://www.mdz-nbn-resolving.de/urn/resolver.pl?urn=urn:nbn:de:bvb:12-bsb10197586-3"
                    >Omnia Opera Divi Ioannis Chrysostomi, Archiepiscopi Constantinopolitani, Quae
                    Ad Hunc Usque Diem In Lucem Aedita Sunt. In Septem Tomos Divisa</ref></hi>, tomo
                quinto, Basileae: Andreas Cratander, 1525.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="http://hdl.handle.net/2027/ucm.5316860844">Opera D.
                    Ioannis Chrystosomi archiepiscopi Constantinopolitani: Quintus et vltimus tomus
                    operum d. Ioannis Chrysostomi archiepiscopi constantinopolitani uariorum
                    argumentorum</ref></hi>, apud inclytam Basileam: apud Hieronymum Frobenium et
                Nicolaum Episcopium, 1558.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Dionisio de Halicarnaso</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=VTAssw9vnBoC&amp;dq">Rhetorica et
                    critica, latine nunc primum integre à viris doctis et graeco sermone
                    conuersa</ref></hi>, Hanoviae, typis Wechelianis, apud Haeredes, Ioannis Aubrii,
                1615.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Domínguez Camargo</hi>, Hernando:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=K2DbOtpnkrkC&amp;dq=dominguez%20camargo%20ignacio&amp;hl=fr&amp;pg=PR2"
                    >S. Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Iesus, poema
                  heroico</ref></hi>, Madrid: por Ioseph Fernandez de Buendia, 1666.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Faría y Sousa,</hi> Manuel:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://bvpb.mcu.es/es/consulta/registro.cmd?id=397055">Noches claras:
                    primera parte</ref></hi>, Madrid: viuda de Cosme Delgado, 1624.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Feijoo</hi>, Benito Jerónimo:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=lz1hAAAAcAAJ&amp;pg">Teatro crítico
                    universal</ref></hi>, tomo VI, Madrid: Imprenta de Francisco del Hierro,
                1734.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ferrari</hi>, Giovanni Battista:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=hBtTAAAAcAAJ&amp;dq">Hesperides sive de
                    malorum aureorum cultura et usu libri quatuor</ref></hi>, Romae: sumptibus
                Hermanni Scheus, 1646.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gómez Manrique</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=r3GF0D6nPNIC&amp;dq">Cancionero
                    general: que contiene muchas obras de diversos autores antiguos, con algunas
                    cosas nuevas de modernos, de nuevo corregido y impreso</ref></hi>, en Anvers: en
                casa de Martin Nucio, a la enseña de las dos cigueñas, 1557.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Granada</hi>, Luis de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=wmt9I8J0mZcC&amp;pg">Quinta parte de la
                    Introducción del símbolo de la fe</ref></hi>, en Madrid: por Juan Flamenco,
                1604.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gregorio Magno</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=zXpKAAAAcAAJ&amp;pg">Omnia quae extant,
                    opera. Tomus secundus operum aliquot d. Gregorii papae huius nominis primi,
                    cognomento Magni, doctae ac piae institutionis refertissimorum</ref></hi>, s.
                l.: apud Hugonem et Haeredes Aemonis a porta, 1542.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gregorio Nacianceno</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Divi Gregorii Nazianzeni cognomento theologi. Opera Omnia Quae
                  Quidem Extant, Nova translatione donata... quae omnia nunc primum Latina facta
                  sunt, Iacobi Billii Prunaei...</hi>, Parisiis: apud Claudium Fremy, via Iacobeae
                ad insigne Sancti Martini, 1569.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=4B69XVhllGUC&amp;pg">Divi Gregorii
                    Nazianzeni cognomento theologi. Opera Omnia Quae Quidem Extant, Nova
                    translatione donata... quae omnia nunc primum Latina facta sunt, Iacobi Billii
                    Prunaei...</ref></hi>, Coloniae Agrippinae, apud Ionnem Birckmannum,
                1570.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=xXVaAAAAcAAJ&amp;dq">D. Gregorii
                    Nazianzeni cognomento theologi. Opera Omnia Quae Extant, Nunc Primum Propter
                    Novam Plurimorum librorum accessionem in duos Tomos distincta : Cum doctissimis
                    Graecorum, Nicetae Serronii, Pselli, Nonni, &amp; Eliae Cretensis Commentariis.
                    Iacobo Billio Prunaeo, Sancti Michaëlis in Eremo Coenobiarcha, Interprete et
                    Scholiaste</ref></hi>. Parisiis: apud Sebastianum Nivellium, sub ciconiis, via
                Iacobeae, 1583a.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=ZNFhAAAAcAAJ&amp;dq=quidem%20volet%20ille&amp;hl=fr&amp;pg=PP5#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                    >Divi Gregorii Nazianzeni cognomento theologi. Opera Omnia Quae Extant, Nunc
                    Primum Propter Novam Plurimorum librorum accessionem in duos Tomos distincta :
                    Cum doctissimis Graecorum, Nicetae Serronii, Pselli, Nonni, &amp; Eliae
                    Cretensis Commentariis. Iacobo Billio Prunaeo, Sancti Michaëlis in Eremo
                    Coenobiarcha, Interprete et Scholiaste</ref></hi>. Parisiis: apud Nicolaum
                Chesneau, via Iacobeae, sub quercu viridi, 1583b.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Gruter</hi>, Jano:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=xbw_AAAAcAAJ&amp;pg=PR2&amp;dq=%22florilegii+magni%22+gruteri&amp;hl=es&amp;sa=X&amp;ved=0ahUKEwiq5c3K9eLPAhVTGsAKHcY7CL0Q6AEIHDAA#v=onepage&amp;q=%22florilegii%20magni%22%20gruteri&amp;f=false"
                    >Florilegii magni seu polyantheae tomus secundus</ref></hi>, Argentorati,
                sumptibus Haeredum Lazari Zetzneri, 1624.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Herrera</hi>, Fernando de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=KXJdsAnyVXYC&amp;pg">Versos de Fernando
                    de Herrera</ref></hi>, impreso en Sevilla: por Gabriel Ramos Vejarano,
                1619.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Hidalgo</hi>, Juan:</p>
              <bibl>—,<hi rend="i"> Romances de Germanía de varios autores con el Vocabulario por la
                  orden del a. b. c. para declaración de sus términos y lengua compuesto por Juan
                  Hidalgo</hi>, Madrid: don Antonio de Sancha, 1779.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jáuregui</hi>, Juan de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=3r5dAAAAcAAJ&amp;pg">Orfeo</ref></hi>,
                Madrid: Juan Gonzalez, 1624.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jerónimo de Estridón</hi>, Santo:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://catalogue.bm-lyon.fr/?fn=ViewNotice&amp;Style=Portal3&amp;q=1136044"
                    >Divi Eusebii Hieronymi Stridonensis, opera omnia quae extant, unà cum
                    pseuderigraphis &amp; alienis, in novem tomos digesta: ac nunc recèns magna fide
                    &amp; diligentia cum vetustis Victorianae bibliothecae ad muros Parisienses
                    exemplaribus collata, &amp; restituta. Accessit his in epistolarum tomos nova
                    Scholiorum, per Erasmum Roterodamum instauratio</ref></hi>..., Parisiis: apud
                Claudium Chevallonium, 1533-1534, 6 tomos en 3 volúmenes.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=11ZKAAAAcAAJ&amp;pg">Divi Hieronymi
                    Stridonensis epistolarum alter tomus</ref></hi>, Parisiis: apud Sebastianum
                Niuellium, sub Ciconiis, via Iacobeae, 1602.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Junio</hi>, Adriano:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=Y19OAAAAcAAJ&amp;pg">Adagiorum
                    centuriae VIII cum dimidia, per Hadrianum Iunium medicum conscriptae: opus novum
                    et nunc primum in lucem editum</ref></hi>, Basileae: Froben, 1558.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lactancio</hi>, Lucio Cecilio Firmiano:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=jHdRAAAAcAAJ&amp;pg">L. Coelii
                    Lactantii Firmiani Opera quae extant omnia</ref></hi>, Lugduni Batavorum: ex
                officina Petri Leffen, 1652.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">León</hi>, Luis de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000093087&amp;page=1">Obras propias y
                    traduciones latinas, griegas y italianas, con la parafrasi de algunos psalmos y
                    capitulos de Iob... dalas a la impression don Francisco de Quevedo
                    Villegas</ref></hi>, en Madrid, en la Imprenta del reino, a costa de Domingo
                González, 1631 (por la viuda de Luis Sánchez).</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">León Pinelo</hi>, Diego de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books/ucm?id=Kh0_JhYZIm0C&amp;hl=es&amp;pg=PP1#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                    >Hypomnema apologeticum pro Regali Academia Limensi in Lipsianam
                  periodum</ref></hi>, Limae: ex officina Iuliani de los Santos et Saldaña,
                1648.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lipsio</hi>, Justo:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Iusti Lipsi Lovanium siue opidi et academiae eius
                  descriptio</hi>, Antverpiae: ex officina Plantiniana, apud Ioannem Moretum,
                1605.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="https://hdl.handle.net/2027/ucm.5325925763">Iusti
                    Lipsi Lovanium id est opidi et academiae eius descriptio</ref></hi>, Antverpiae:
                ex officina Plantiniana, apud Ioannem Moretum, 1610.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lucrecio</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=wTZc7-cWlQMC&amp;pg">De rerum natura
                    libri sex. A Dionysio Lambino […] commentariis illustrati</ref></hi>, Parisiis
                et Lugduni habentur: In Gulielmi Rouillii et Philippi G. Rouillii Nep. aedibus, via
                Iacobea sub Concordia, 1563.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=zF1aA55Xn44C&amp;pg">De rerum natura
                    libri sex, mendis innumerabilibus liberati et in pristinum paene, veterum
                    potissime librorum ope ac fide, ab Oberto Gifanio Burano, iuris studioso,
                    restituti</ref></hi>, Antverpiae, ex officina Christophori Plantini,
                1566.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Marcial</hi>, Marco Valerio:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=AHFAAAAAcAAJ&amp;printsec">M. Valerii
                    Martialis Epigrammaton Libri Omnes</ref></hi>, Ingolstadii: ex typographeio
                Adami Sartorii, 1602.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nebrija</hi>, Antonio de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=tT1RAAAAcAAJ&amp;pg">De institutione
                    grammaticae libri V</ref></hi>, Madrid: Díaz de la Carrera, 1652.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nicephorus</hi>, Callistus:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=MjtJdiNawJUC&amp;pg">Nicephori Callisti
                    filii Xanthopuli Ecclesiasticae historiae libri XVIII in duos tomos distincti,
                    tomus prior</ref></hi>, Lutetiae Parisiorum: sumptibus Sebastiani &amp;
                Gabrielis Cramoisy, 1630.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Nomexy</hi>, Nicolas de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=YqcUAAAAQAAJ&amp;printsec">Parnassus
                    poeticus biceps</ref></hi>, Lugduni: sumptibus Io. Ant. Huguetan, 1606.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Parnassus poeticus biceps</hi>, Lugduni: sumptibus Pauli
                Frellon, 1606.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=AehMpgQaiNEC&amp;printsec">Nicolai
                    Nomesseii Charmensis lotharingi Parnassus biceps</ref></hi>, Rothomagi:
                sumptibus Ioannis Berthelin, in area Palatii, 1609.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Parnassus poeticus biceps</hi>, Lugduni: Ioannem Pillehotte, sub
                signo nominis Iesu, 1613.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Parnassus poeticus biceps</hi>, Lugduni: sumptibus Claudii
                Morillon, typogr. sereniss. duc Montispenserii, 1616.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=BGlFOPT2wu4C&amp;printsec">Parnassus
                    poeticus biceps</ref></hi>, Rothomagi: apud Thomam Dare, in vico Iudaeorum,
                1618.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=uNFXcBoclocC&amp;printsec">Nicolai
                    Nomessei Lotharingi Parnassus poeticus bicollis</ref></hi>, Coloniae Agrippinae:
                ex officina Gualteriana, apud Iodocum Kalckhoven, 1641.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Núñez de Guzmán,</hi> Hernán:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=zhJTveLHp8cC&amp;pg">Refranes o
                    proverbios en romance</ref></hi>, Lérida: a costa de Luis Manescal mercader de
                libros, 1621.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Oña</hi>, Pedro de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=a7NdAAAAcAAJ&amp;pg">Arauco
                    domado</ref></hi>, Madrid: Juan de la Cuesta, 1605.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Orozco y Covarrubias</hi>, Juan de:</p>
              <bibl>—, <anchor xml:id="top"/><hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=AmlHSxkiZLYC&amp;pg">Emblemas morales
                    de don Iuan de Horozco y Covarrubias, Arcediano de Cuellar en la santa Iglesia
                    de Segouia...</ref></hi>, en Zaragoza: por Alfonso Rodríguez, a costa de Juan de
                Bonilla mercader de libros, 1604.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ovidio</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://bvpb.mcu.es/es/consulta/registro.cmd?id=439528">Publii Ovidii
                    Nasonis Libri de Ponto cum luculentissimis commentariis reverendissimi domini
                    Bartholomei Merulae…</ref></hi>, Venetiis: Ioannes de Tridino, 1507.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Palafox y Mendoza</hi>, Juan de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=btkwY1Fa3s8C&amp;lpg">Tomo quinto de
                    las obras del ilustrissimo y reverendissimo señor Don Iuan de Palafox y Mendoza,
                    obispo de Osma</ref></hi>, en Madrid: Pablo de Val, 1665.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Paravicino</hi>, Hortensio Félix:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=QLJdAAAAcAAJ&amp;printsec">Obras
                    posthumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga</ref></hi>, Alcalá:
                imprenta de María Fernández, 1650.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pellicer de Ossau y Tovar</hi>, José:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=mkkZ8wBcu4oC&amp;printsec">El Fénix y
                    su historia natural escrita en veinte y dos exercitaciones, diatribes o
                    capítulos</ref></hi>, Madrid, Imprenta del Reino, 1630a.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pereira</hi>, Benedicto:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://books.google.com/books?printsec=frontcover&amp;vid=UCM5316527483"
                    >Benedicti Pererii Valentini e Societate Iesv Commentariorum in Danielem
                    prophetam Libri Sexdecim</ref></hi>, Romae: apud Georgium Ferrarium,
                1587.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pérez de Montalbán,</hi> Juan:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=qbqKgeCrCy4C&amp;pg">Orfeo en lengua
                    castellana</ref></hi>, Madrid: viuda de Alonso Martín, 1624.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pérez de Oliva</hi>, Fernán:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000089268"
                    >Las obras del Maestro Fernan Perez de Oliua natural de Cordoua</ref></hi>, en
                Córdova: por Gabriel Ramos Bejarano a costa de Francisco Roberto, 1586.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Petronio</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=asA-AAAAcAAJ&amp;pg">T. Petroni Arbitri
                    Satyricon super profligatis Neronianæ tempestatis moribus : commentariis siue
                    excursibus medico-philosophicis, itemque notis vniuersalibus et perpetuis recens
                    adornatum … nouiter recensente Jo. Petro Lotichio</ref></hi>, Francofurti ad
                Moenum: typis exscribebat Wolfgangus Hofmannus, sumptibus Lucæ Jennisi, 1629.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Plutarco</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=9r9SAAAAcAAJ&amp;pg">Plutarchi cheronei
                    graecorum romanorumque illustrium vitae</ref></hi>, Basileae: apud Mich.
                Isingrinium, 1552.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Poliziano,</hi> Angelo:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=JkDOp1nveiYC&amp;pg">Stanze di Messer
                    Agnolo Poliziano fatte per la Giostra del magnifico Giuliano de’
                  Medici</ref></hi>, Fiorenza: appresso Bartolomeo Sermartelli, 1577.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Polman</hi>, Jean:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=h9-lDTJCkB0C&amp;dq">Breviarium
                    theologicum, continens definitiones, descriptiones, &amp; explicationes
                    terminorum theologicorum, authore Joanne Polmanno... editio ultima
                    antecedentibus correctior: cui adita est Expositio terminorum philosophicorum
                    quorum intelligenti sacrae theologicae studiosis per quam necessaria
                  est</ref></hi>, Mechlinae: typis Laurentii Vander Elst, typographi in foro majori
                sub signo S. Francisci, s. a. [1729].</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quevedo</hi>, Francisco de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcc8258">Cuento de
                    cuentos, en Obras de Francisco de Quevedo Villegas...</ref></hi>, tomo primero,
                En Amberes: por Henrico y Cornelio Verdussen, 1699.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sabinus</hi>, Georg:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://www.uni-mannheim.de/mateo/camena/AUTBIO/sabinus.html">Poemata
                    Georgii Sabini... aucta, et emendatius denuo edita per Ioachimum
                    Camerarium</ref></hi>, s. l. [Leipzig]: in officina Voegeliana, s. a.
                [1568].</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Saint-Cher</hi>, Hugues de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=2OJJAAAAcAAJ&amp;pg">Ugonis Des. Charo
                    S. Romanae Ecclesiae Tit. S. Sabinae Cardinalis primi ordinis praedicatorum,
                    tomus primus</ref></hi>, Venetiis: apud Sessas, 1600.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Salas y Valdés</hi>, Agustín de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Diseño historial de los gozos ostentatiuos con que la regia
                  ciudad de Lima celebró el deseado nacimiento del Principe N. S. D. Felipe Andrés
                  Prospero. Por ... Agustin de Salas y Valdes ... Imprimiose ... a expensas del
                  ilustre Cabildo, y regimiento de la ciudad ...</hi>, Lima: imprenta de Juan de
                Quevedo y Zárate, 1660.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Salazar y Castro</hi>, Luis de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=nPTF223sP7YC&amp;pg">Jornada de los
                    coches de Madrid a Alcala o Satisfacion al Palacio de Momo y a las apuntaciones
                    a la carta del Maestro de Niños</ref></hi>, Zaragoza: s. n., 1714.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Salcedo Coronel</hi>, García de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="http://hdl.handle.net/10481/13066">Soledades de D.
                    Luis de Gongora comentadas por D. Garcia de Salzedo Coronel</ref></hi>, En
                Madrid: en la Imprenta Real a costa de Domingo Gonçalez, 1636.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Obras de Don Luis de Góngora comentadas</hi>, tomo 2 (<hi
                  rend="i"><ref target="http://bvpb.mcu.es/es/consulta/registro.cmd?id=451252"
                    >Segundo tomo de las Obras de Don Luis de Gongora comentadas por D. Garcia de
                    Salzedo ... primera parte</ref></hi>, En Madrid: por Diego Díaz de la Carrera, a
                costa de Pedro Laso, 1644.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Salmerón, Alfonso</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="http://hdl.handle.net/10481/9641">Alfonsi
                    Salmeronis Toletani, e Societate Jesu Theologi, Commentarii in Evangelicam
                    Historiam et in Acta Apostolorum, in duodecim tomos distributi. Tomus primus, De
                    prolegomenis in Sacrosancta Euangelia</ref></hi>, Madriti: apud Ludouicum
                Sanchez, 1598.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tácito</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=S9oIO3BEPOEC&amp;pg">P. Cornelii Taciti
                    equitis romani Annalium… nec desunt aliorum in hunc autorem ante aeditae
                    annotationes praefationesque sive Beroaldi seu Alciati</ref></hi>, Basileae: in
                officina frobeniana, 1544.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Teócrito</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=JY4g1h29Bs8C&amp;pg">Theocriti
                    aliorumque poetarum. Idyllia. Eiusdem Epigrammata</ref></hi>, [Ginebra]:
                excudebat Henricus Stephanus, 1579.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=Nn8-AAAAcAAJ&amp;pg">Theocriti,
                    Simmiae, Moschi, &amp; Bionis Eidyllia &amp; Epigrammata quae
                  supersunt</ref></hi>, Parisiis: apud Ioannem Libert, via D. Ioannis Lateranensis,
                è regione Auditorii Regii, 1627.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Teodoreto de Ciro</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=utVhAAAAcAAJ&amp;pg">Beati Theodoreti
                    Cyrensis episcopi, theologi vetustissimi, opera…, tomus prior</ref></hi>,
                Coloniae Agrippinae: apud Ioannem Birckmannum, 1573.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tiraqueau</hi>, André:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.es/books?id=_9ENmRS-Ku0C&amp;pg">Semestria in
                    Genialium dierum Alexandri ab Alexandro iurisperiti neapolitani lib.
                  VI</ref></hi>, Lugduni: apud Gulielmum Rouillium, sub scuto Veneto, 1586.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Valderrama</hi>, Pedro de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=tqKicemGNFwC&amp;pg">Exercicios
                    espirituales para todos los dias de la quaresma, segunda parte</ref></hi>,
                Barcelona: a costa de Juan Simón mercader de libros, 1604.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Valeriano</hi>, Pierio:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="http://www.e-rara.ch/doi/10.3931/e-rara-2983"
                    >Hieroglyphica sive de sacris Aegyptiorum literis commentarii, Ioannis Pierii
                    Valeriani Bolzanii Bellunensis</ref></hi>, Basileae: Michael Isengrin,
                1556.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://www.uni-mannheim.de/mateo/camenaref/valeriano/valeriano1/Valeriano_hieroglyphica_1.html"
                    >Hieroglyphica sive de sacris Aegyptiorum aliarumque gentium literis,
                    Commentariorum Libri LVIII</ref></hi>, Francofurti ad Moenum: Wendelini
                Moewaldi, 1678.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vatable</hi>, François:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="http://catalogue.bm-lyon.fr/?fn=ViewNotice&amp;Style=Portal3&amp;q=1151263"
                    >Biblia sacra, cum duplici translatione, &amp; Scholiis Francisci
                  Vatabli</ref></hi>, 2 tomos, Salmanticae: apud Gasparem à Portonariis suis &amp;
                Gulielmi Rouillii, Benedictique Boierii expensis, 1584.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Villalobos</hi>, Esteban de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref target="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000193790"
                    >Primera parte del Thesoro de diuina poesia, donde se contienen varias obras de
                    deuocion de diuersos autores ... recopilado por Esteuan de
                Villalobos</ref></hi>, En Toledo en casa de Iuan Rodriguez, 1587.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Virgilio</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=h_1BAAAAcAAJ&amp;pg">P. Virgilii
                    Maronis opera omnia pene locis ad veterum Petri Bembi cardinalis et Andreae
                    Navgerii exemplarium fidem, postrema hac editione castigata</ref></hi>,
                Venetiis: apud Iuntas, 1552.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=q-5BAAAAcAAJ&amp;pg">P. Virgilii
                    Maronis poetae mantuani universum poema cum absoluta Servii Honorati Mauri
                    grammatici &amp; Iodici Badii Ascensii interpretatione…</ref></hi>, Venetiis:
                apud Ioannem Mariam Bonellum, 1558.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i"><ref
                    target="https://books.google.fr/books?id=PrHDbBgv_EQC&amp;pg">P. Virgilii
                    Maronis cum Veterum omnium Commentariis et selectis recentiorum notis Nova
                    Editio</ref></hi>, ed. Gualtero Valkenier, s. l.: ex officina Abrahami
                Commolini, 1646.</bibl>
              <p rend="noindent"/>
              <p rend="noindent"/>
            </div>
            <div>
              <head>10.2.3 Impresos posteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent sc"/>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Acosta</hi>, José de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Historia natural y moral de las Indias</hi>, ed. Francisco
                Mateos, <hi rend="i">in: Obras del P. José de Acosta</hi>, Madrid, Atlas, 1954, p.
                2-247. URI: <ref target="http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc571b4"
                  >http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc571b4</ref></bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Agustín</hi>, Santo, obispo de Hipona:</p>
              <bibl>—, <hi xml:lang="en" rend="i">The City of God against the Pagans</hi>, tomo V
                  (<hi xml:lang="en" rend="i">books XVI-XVIII, chapters I-XXXV</hi>), trad. Eva
                Matthews Sanford y William McAllen Green, Cambridge (Massachusetts) Harvard
                University Press, 1965.</bibl>
              <bibl>—, <hi xml:lang="en" rend="i">The City of God against the Pagans</hi>, tomo II
                  (<hi xml:lang="en" rend="i">books IV-VII</hi>), trad. William McAllen Green,
                Cambridge (Massachusetts) - Londres, Harvard University Press – William Heinemann
                Ltd, 1978.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aliberti Gaudioso</hi>, Filippa Maria y <hi rend="sc"
                  >Gaudioso</hi>, Eraldo:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Gli Affreschi di Paolo III a Castel Sant’Angelo. Progetto ed
                  esecuzione, 1543-1548</hi>, Roma, De Luca, 1981.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alciato</hi>, Andrea:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Emblemas</hi>, ed. Santiago Sebastián, trad. Pilar Pedraza,
                prólogo Aurora Egido, Madrid, Akal, 1985.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alonso</hi>, Dámaso:</p>
              <bibl>—,<hi rend="i"> La lengua poética de Góngora</hi>, parte primera, Madrid, CSIC,
                1961.</bibl>
              <bibl>—,<hi rend="i"> Obras en verso del Homero español. Que recogió Juan López de
                  Vicuña</hi>, ed. facsímil y prólogo de Dámaso Alonso, Madrid, CSIC, 1963.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alonso Hernández,</hi> José Luis:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Léxico del marginalismo del Siglo de oro</hi>, Salamanca,
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              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Alzieu</hi>, Pierre<hi rend="sc">, Jammes</hi>,
                Roberto, y <hi rend="sc">Lissorgues</hi>, Yvan:</p>
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                1984.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Angevin</hi>, Raphaël:</p>
              <bibl>—, «<hi rend="i">Gigantum ossa et arma heroum</hi>. Note sur les objets réunis
                par Auguste dans le <hi rend="i">praetorium</hi> impérial de Capri (<hi rend="i"
                  >circa</hi> 15 av. J.-C. – 14 ap. J.-C.)», <hi rend="i">Mélanges de l’École
                  française de Rome</hi>, 127-1, 2015, URL : <ref
                  target="http://mefra.revues.org/2697">http://mefra.revues.org/2697</ref></bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Apuleyo</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Metamorphoses</hi>, ed. Rudolf Helm, Leipzig, Teubner,
                1955.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Apulei Platonici Madaurensis opera quae supersunt</hi>, Vol. II,
                fasc. 1,<hi rend="i"> Pro se de magia liber (apologia)</hi>, ed. Rudolf Helm,
                Leipzig, Teubner, 1972.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Opuscules philosophiques et fragments</hi>, ed. Jean Beaujeu,
                Paris, Belles Lettres, 1973.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">El asno de oro</hi>, trad. Lisardo Rubio Fernández, Madrid,
                Gredos, 1978.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Apología. Florida</hi>, trad. Santiago Segura Munguía, Madrid,
                Gredos, 1980.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Apulei Platonici Madaurensis opera quae supersunt</hi>, Vol.
                  III<hi rend="i">, De philosophia libri</hi>, ed. Claudio Moreschini, Stuttgart y
                Leipzig, Teubner, 1991.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Apulei Metamorphoseon libri XI</hi>, ed. Maaike Zimmerman,
                Oxford, Oxford university press, 2012.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aquino</hi>, Tomás de:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">In psalmos reportatio</hi>, ed. Parmensis, 14, Parma,
                1863.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Arasse</hi>, Daniel:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Le portrait du Diable</hi>, Paris, éditions Arkhé, 2009.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Arasse</hi>, Daniel y <hi rend="sc">Tönnesmann</hi>,
                Andreas:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">La Renaissance maniériste</hi>, Paris, Gallimard, 1997.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Arellano</hi>, Ignacio:</p>
              <bibl>—, «Quevedo: lectura e interpretación. Hacia la anotación de la poesía
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                  target="http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc1n8h1"
                  >http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc1n8h1</ref>. Ed. original en <hi
                  rend="i">Estudios sobre Quevedo</hi>, Santiago de Compostela, Universidad, 1996,
                p. 133-160.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Histoire des animaux</hi>, tomo II (libros V-VII), ed. y trad.
                Pierre Louis, Paris, Belles Lettres, 1968.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Poética</hi>, edición trilingüe por Valentín García Yebra,
                Madrid, Gredos, 1974.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Météorologiques</hi>, volumen 2 (libros III-IV), ed. y trad.
                Pierre Louis, Paris, Belles Lettres, 1982a.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Tratados de lógica (Órganon)</hi>, tomo I, <hi rend="i"
                  >Categorías, Tópicos, Sobre las refutaciones sofísticas</hi>, trad. Miguel Candel
                Sanmartín, Madrid, Gredos, 1982b.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Rhétorique</hi>, libro III, ed. Médéric Dufour et André
                Wartelle, trad. Médéric Dufour, París, Belles Lettres, 1989 (3ª edición revisada y
                corregida).</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Physique</hi>, ed. y trad. Herni Carteron, Paris, Belles
                Lettres, 1990. Séptima edición.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Retórica</hi>, ed. y trad. Quintín Racionero, Madrid, Gredos,
                1999.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">Catégories</hi>, ed. y trad. Richard Bodéüs, Paris, Belles
                Lettres, 2002. La primera edición es de 2001.</bibl>
              <bibl>—, <hi rend="i">La poétique</hi>, ed. y notas de Roselyne Dupont-Roc y Jean
                Lallot, Paris, Seuil, 2011. La primera edición es de 1980.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Asturias</hi>, Miguel Ángel:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">El señor presidente</hi>, ed. Ricardo Navas Ruiz y Jean-Marie
                Saint-Lu, Paris, Klincksieck ; México, Madrid, Buenos Aires, Fondo de Cultura
                Económica, 1978.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Azaustre Galiana</hi>, Antonio:</p>
              <bibl>—, «Citas de autoridades y argumentación retórica en las polémicas literarias
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                URI: <ref target="http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc4f270"
                  >http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc4f270</ref></bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Battista Mantovano</hi>, Giovanni:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Partenice Mariana</hi>, ed. E. Bolisani, Padua, Tipografía
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                  target="http://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus:text:2011.01.0057"
                  >http://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus:text:2011.01.0057</ref></bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Béhar</hi>, Roland:</p>
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                  >http://e-spania.revues.org/23769</ref></bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Bénat-Tachot</hi>, Louise, <hi rend="sc"
                  >Gruzinski</hi>, Serge, <hi rend="sc">Jeanne</hi>, Boris:</p>
              <bibl>—, <hi rend="i">Les processus d’américanisation</hi>, vol. 1, <hi rend="i"
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              <bibl>—, <hi rend="i">Les processus d’américanisation</hi>, vol. 1, <hi rend="i"
                  >Ouvertures théoriques</hi>, París, Le Manuscrit, 2013.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Bérchez Castaño</hi>, Esteban:</p>
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              <p/>
            </div>
          </div>
        </div>
      </div>

      <div xml:id="anteportada">
        <index indexName="resp" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
        <index indexName="date" n="1660"/>
        <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fa1r.jpg"
          n="f. []1r"/>
        <epigraph>
          <p><hi rend="i">Extremos etiam Phoebus deflectit ad Indos</hi>.</p>
        </epigraph>
        <head>Apologético en favor de don Luis de Góngora, príncipe de los poetas líricos de España,
          contra <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Manuel de Faría y
            Sousa</persName>, caballero portugués. Que dedica al excelentísimo señor don Luis Méndez
          de Haro, duque conde de Olivares, etc. Su autor el doctor <persName type="polemist"
            key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de Espinosa Medrano</persName>, colegial real en el
          insigne seminario de San Antonio el Magno, catedrático de Artes y Sagrada Teología en él,
          cura rector de la santa iglesia catedral de la ciudad del Cuzco, cabeza de los reinos del
          Perú en el Nuevo Mundo. Año 1662<note place="bottom">Sin la licencia ni el pie de
            imprenta, esta página constituye la anteportada del <hi rend="i"
            >Apologético</hi>.</note>.</head>
        <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fa1v.jpg"
          n="f. []1v"/>
      </div>
      <div xml:id="portada">
        <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fa2r.jpg"
          n="f. []2r"/>
        <head>Apologético en favor de don Luis de Góngora, príncipe de los poetas líricos de
            España<note place="bottom"> Desde el título, haciendo de Góngora el «príncipe de los
            poetas <hi rend="i">líricos</hi> de España» (subrayo), Espinosa Medrano responde a
            Manuel de Faría, que titula su comentario de las <hi rend="i">Lusiadas</hi> (en Madrid:
            por Juan Sánchez, a costa de Pedro Coello, mercader de libros, 1639): «<hi rend="i"
              >Lusiadas</hi> de Luis de Camões, príncipe de los poetas de España. Al rey nuestro
            señor Felipe Cuarto el Grande. Comentadas por Manuel de Faría i Sousa, Cavallero de la
            Orden de Christo, i de la Casa Real» (Faría 1639a: f. †1r).</note>, contra <persName
            type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Manuel de Faría y Sousa</persName>,
          caballero portugués, que dedica al excelentísimo señor don Luis Méndez de Haro, duque
          conde de Olivares, etc., su autor el doctor <persName type="polemist"
            key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de Espinosa Medrano</persName>, colegial real en el
          insigne seminario de San Antonio el Magno, catedrático de Artes y Sagrada Teología en él,
          cura rector de la santa iglesia catedral de la ciudad del Cuzco, cabeza de los reinos del
            Perú<note place="bottom"> Por real cédula del 24 de abril de 1540 Carlos Quinto le
            otorgó a la ciudad de Cuzco el título de «cabeza de los reinos del Perú».</note> en el
          Nuevo Mundo</head>
        <p>Con licencia. En Lima. En la imprenta de Juan de Quevedo y Zárate, Año de 1662.</p>
        <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fa2v.jpg"
          n="f. []2v"/>
        <epigraph>
          <p xml:lang="la" rend="i">Muscae cum in oleo moriuntur ac putrescunt ipsius suauitatem
            corrumpunt; liuor autem ea, quae recta sunt, inficere quidem volet ille, sed non
            poterit; omnium enim rerum fortissima est veritas<note place="bottom">
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              [XIII] (<hi rend="i">Tertia de pace</hi>), 4: ‘Las moscas que mueren y se pudren en el
              aceite corrompen esa materia tan suave. Así la envidia quiere infectar lo bueno pero
              no puede. La verdad siempre prevalece sobre todas las cosas’. Podemos descartar que
              Espinosa Medrano manejara los <hi rend="i">Opera Omnia</hi> editados por Jacques de
              Billy (París: 1569), que consta de varias reediciones a finales del siglo XVI y
              principios del XVII. La oración XXIII aparece catalogada en esa edición como oración
              segunda <hi rend="i">De Pace</hi>. En la príncipe (Parisiis: apud Claudium Fremy, via
              Iacobeae ad insigne Sancti Martini, 1569), la versión latina no concuerda con la de
              Espinosa Medrano («<hi rend="i">Muscae, inquit ille, oleo immorientes atque
                imputrescentes</hi>...» en Nacianceno 1569: 89) y la oración segunda <hi rend="i">De
                pace</hi> es la undécima pieza del volumen. Lo mismo ocurre con la edición de 1570
              (Coloniae Agrippinae, apud Ionnem Birckmannum), Nacianceno 1570 (81, y f. ♪4v). Como
              pieza decimotercera aparece sin embargo en la reedición de 1583, tanto en las prensas
              de Sébastien Nivelle (Parisiis: apud Sebastianum Nivellium, sub ciconiis, via
              Iacobeae: Nacianceno 1583a), como en las de Nicolas Chesneau (Parisiis: apud Nicolaum
              Chesneau, via Iacobeae, sub quercu viridi: Nacianceno 1583b); así es como la cita
              Espinosa Medrano: «orat. 13». La traducción latina de esta última edición es la
              siguiente: «<hi rend="i">Muscae, inquit ille, cum in oleo moriuntur ac putrescunt,
                ipsius suauitatem corrumpunt: liuor autem ea, quae recta sunt, inficere, volet ille
                quidem, sed non poterit. Omnium etenim rerum fortissima est veritas, ut cum Esdra
                censeo</hi>» (Nacianceno 1583a: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=xXVaAAAAcAAJ&amp;dq=Divi%20Gregorii%20Nazianzeni%20cognomento%20theologi.%20Opera%20Omnia%20Quae%20Extant%2C%20Nunc%20Primum%20Propter%20Novam%20Plurimorum%20librorum%20accessionem%20in%20duos&amp;hl=fr&amp;pg=PA429#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >429</ref>; 1583b: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=ZNFhAAAAcAAJ&amp;dq=quidem%20volet%20ille&amp;hl=fr&amp;pg=PA429#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >429</ref>). Es probable sin embargo que Espinosa Medrano tomara la cita de alguna
              poliantea, como por ejemplo la de Jano Gruter, <hi rend="i">Florilegii magni seu
                Polyantheae</hi> (Argentorati: sumptibus Haeredum Lazari Zetzneri, 1624), que abre
              su sección dedicada a la envidia, Invidiae, con la cita de Nazianzenus, referida
              escuetamente como Orat. 13 (Gruter 1624, 920). La cita pertenece al capítulo cuarto
              del discurso XXIII de Gregorio Nacianceno. Antes de entrar a debatir la naturaleza
              trinitaria de la divinidad, verdadero tema de su discurso, el teólogo lanza una
              invectiva contra los críticos que entablan falsas disputas para confundir a los
              ortodoxos con argumentos nimios (cap. 2 y 3): no habría desacuerdos de no ser por la
              fe excesiva de ciertos fieles en la palabra de sus pastores (cap. 4; véase Gregorio
              Nacianceno 1980: 260 y siguientes). Al hilo de esta última idea llega la cita que
              Espinosa Medrano recupera para su epígrafe: para un conocedor del Nacianceno, este
              epígrafe en el umbral del <hi rend="i">Apologético</hi> señala a Faría como un crítico
              heterodoxo que, muerto de envidia y enemigo de lo bueno, arremete con argumentos
              vacuos contra don Luis de Góngora. Por lo demás, El Lunarejo da muestras de conocer el
              uso que de la envidia hacen en la historia de la polémica figuras tan importantes como
              Lope de Vega o Pellicer, poniéndola en epígrafe del <hi rend="i">Laurel de Apolo</hi>
              y de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> respectivamente. Véase Galbarro García,
              «Lectores y lecturas de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>… de José Pellicer de
              Ossau y Tovar», <hi rend="i">e-Spania</hi>, en prensa.</note>.</p>
          <p>D. Nazianz. orat. 13.</p>
        </epigraph>
      </div>
      <div xml:id="preliminares">
        <head>Preliminares</head>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar1">
          <index indexName="resp" n="fray Gonzalo Tenorio"/>
          <index indexName="date" n="1661-10-16"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fb1r.jpg"
            n="f. b1r"/>
          <head> Aprobación del muy reverendo padre fray Gonzalo Tenorio<note place="bottom"> La
              primera de las aprobaciones, del franciscano peruano fray Gonzalo Tenorio (su
              biografía más citada y más documentada es, hasta la fecha, la de Antonio Eguiluz 1959:
              257-261), es un texto escueto y que, a falta de mayor documentación, no permite
              establecer cuáles eran sus relaciones con Espinosa Medrano. Este franciscano criollo,
              nacido en 1602 y fallecido en 1682 (Martínez 2013: 60), es conocido por su destacada
              carrera eclesiástica y su obra de inspiración milenarista, proyectada en 16 volúmenes
              y aún inédita, merecedora de entrar en una eventual historia de los heterodoxos
              peruanos (Mujica Pinilla 2001a y 2001b: 316-323). Sus sermones agradaban y fue
              misionero de indios. En 1650 fue elegido provincial y comisario general interino del
              Perú en el capítulo de su orden, en sustitución de Pedro de Alva y Astorga (Eguiluz
              1959: 259; Lara 2013: 151-152). En 1659, una carta del arzobispo de Lima, Pedro de
              Villagómez, al rey Felipe IV, fechada a 26 de julio, acredita la categoría del
              franciscano, propuesto como obispo por la cabeza seglar de la Iglesia peruana. No
              mereció el beneplácito del patronato regio, pese a otras dos recomendaciones en cartas
              del 3 de abril de 1660 y del 8 de julio de 1663 y, por tanto, no alcanzó el obispado
              (Eguiluz 1959:258-259). Firma pues su aprobación para Espinosa Medrano como provincial
              de la orden franciscana en Lima. En 1663 viaja del virreinato a España para tratar de
              publicar su obra, que fue censurada (Eguiluz 1959: 260).</note> del orden de nuestro
            padre San Francisco, provincial que fue en las provincias de Lima</head>
          <p>Excelentísimo señor,</p>
          <p>Por comisión de vuestra excelencia<note place="bottom"> Se refiere al virrey Diego de
              Benavides y de la Cueva (Guibovich 2005: 105).</note> he visto el
              <title>Apologético</title> que el doctor don <persName type="polemist"
              key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de Espinosa Medrano</persName> compuso en favor
            de don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName> y no
            hallo en él cosa que sea contra nuestra fe ni buenas costumbres, ni impedimento para su
            impresión. Vuestra excelencia hará lo que más convenga. En este convento de Jesús de
              Lima<note place="bottom"> Se trata del Convento Máximo de Jesús, de la orden
              franciscana. Actualmente, se le conoce como el convento de San Francisco de
              Jesús.</note>, 16 de octubre de 1661 años.</p>
          <p>Fray Gonzalo Tenorio</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar2">
          <index indexName="resp" n="Herrera"/>
          <index indexName="date" n="1661-10-18"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <head>Licencia</head>
          <p>Concédesele la licencia que pide para que pueda imprimir el <title>Apologético en favor
              de las obras de Don Luis de Góngora</title> de que hizo demostración, constando
            tenerla del ordinario. Lima, 18 de octubre de 1661<note place="bottom"> Esta licencia es
              la más tardía de las que constituyen los preliminares, con ella queda el texto listo
              para la impresión (Guibovich 2005: 105).</note>.</p>
          <p>Herrera</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar3">
          <index indexName="resp" n="Juan de Montalvo"/>
          <index indexName="date" n="1661-09-20"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fb1v.jpg"
            n="f. b1v"/>
          <head> Aprobación del doctor don Juan de Montalvo<note place="bottom"> Juan Jiménez de
              Montalvo fue racionero de la catedral limeña desde el 19 de octubre de 1650 (Bermúdez
              1903: 93) hasta el 27 de septiembre de 1664, cuando fue nombrado canónigo
              penitenciario (Bermúdez 1903: 123), cargo que ostentó hasta su muerte. En junio de
              1671 fue nombrado juez de idolatrías, encargado por lo tanto de juzgar la ortodoxia de
              los indios (Bermúdez 1903: 137). Muere el 15 de mayo de 1674 (Bermúdez 1903: 141). La
              comisión de la aprobación por el arzobispo de Lima y la fórmula protocolaria de cierre
              se repiten en otra censura, firmada por el mismo Juan Jiménez de Montalvo, a otro de
              los firmantes de los preliminares del <hi rend="i">Apologético</hi>, el doctor Bravo
              de Paredes y Quiñones, autor del <hi rend="i">Sermón en la solemnidad de la Virgen
                María</hi> (Lima: s. n., 1669). Véase Bravo de Paredes y Quiñones 1669 (f.
              []3r-4r).</note>, racionero de la santa iglesia metropolitana de los Reyes<note
              place="bottom"> La santa iglesia metropolitana de los Reyes es la catedral de la
              ciudad de Lima, también llamada Ciudad de los Reyes.</note></head>
          <p>Por comisión del señor doctor don Pedro de Villagómez<note place="bottom"> Nacido en
              1589, es arzobispo de Lima de 1640 hasta su muerte en 1671.</note>, provisor y vicario
            general de este arzobispado, he visto este <title>Apologético</title> que en favor del
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">príncipe de líricos don Luis de
              Góngora</persName> hizo el doctor don <persName type="polemist"
              key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de Espinosa Medrano</persName>, etc. Y aunque es
            tan celebrado su nombre por las divinas y humanas letras que le adornan, en las
            aprobaciones de maestros tan doctos se le aumenta crédito y grande estimación. Y si bien
            la primera<note place="bottom"> Se refiere a la aprobación de fray Gonzalo
              Tenorio.</note> era suficiente para que la obra quedase acreditada, no tengo las otras
            por superfluas, cuando aquella influye eficaz a la noticia de los autores de estas<note
              type="app" rend="I"> estas <hi rend="i">em</hi>. : estos <hi rend="i">AB</hi></note> y
            todas concurren a una a la más clara noticia del autor<note place="bottom"> Juan de
              Montalvo elogia la aprobación de fray Gonzalo Tenorio, justificando sin embargo,
              además de la suya, el resto de aprobaciones, cuyos autores se influencian y
              complementan unos a otros, otorgándole a su vez a El Lunarejo la fama que
              merece.</note>, cuyas calidades y estimables prendas quedan a todas luces examinadas
            cuando tales maestros y doctores teólogos se ajustaron tanto, en el examen de este
            discurso, a las condiciones y reglas que en los examinadores desea el padre <persName
              type="authority" key="san Basilio">San Basilio</persName>, en el tomo I, <hi rend="i"
              >in proemio operis de Spiritu Sanctu</hi>: «<quote xml:lang="la" rend="i">A viris
              theologicis —dice el santo— expendendos ipsos literarum apices, ipsas literas et
                syllabas<note type="app" rend="I"> syllabas <hi rend="i">B</hi> : sylabas <hi
                  rend="i">A</hi></note>, nec dum voces<note type="app" rend="I"> voces <hi rend="i"
                  >B</hi> : veces <hi rend="i">A</hi></note> et orationes</quote>»<note
              place="bottom"> La cita de San Basilio pertenece al <title>Liber de Spiritu
                Sancto</title>, cap. 1 («<hi rend="i">Proaemium in quo ostenditur necessarias esse
                de minutissimis theologiae partibus perscrutationes</hi>»), 2. Véase Migne (1886:
              70). La traducción latina más difundida de San Basilio en el siglo XVII es la de Jano
              Cornario o Ianus Cornarius (Basilea: Froben, 1540), pero en su versión del <hi
                rend="i">Liber de Spiritu Sancto</hi> no aparece la cita en cuestión (Basilio 1540:
              347-348). En cambio, esta puede provenir del primer volumen del tratado del jesuita
              Alfonso Salmerón, <hi rend="i">Commentarii in Evangelicam Historiam et in Acta
                Apostolorum in duodecim tomus distributi</hi>, impreso en 1598 en Madrid (apud
              Ludovicum Sanchez) y reeditado a partir de 1612 en Colonia, que en su prolegómeno
              octavo del libro primero («<hi rend="i">In quo ostenditur unum et eundem Scripturae
                locum posse plures literales sensus admittere</hi>») recoge el texto siguiente
              (Salmerón 1598: 105): «<hi rend="i">Prodeat Basilius, qui in Proemio operis De Spiritu
                sancto, viris Theologicis expendendos esse docet ipsos literarum apices, ipsas
                literas, et syllabas; nedum voces, et orationes</hi>», (‘Apoya cuanto decimos
              Basilio, quien, en el proemio de su obra <hi rend="i">El Espíritu Santo</hi>, enseña
              que a los teólogos conviene sopesar hasta los puntos de las íes, las letras mismas y
              las sílabas, y con mayor razón las palabras y las oraciones’).</note>, porque está tan
            colmado de erudiciones y conceptos que el que por su dicha le leyere ha de ir advertido
            del consejo de <persName type="authority" key="Teodoreto">Teodoreto</persName>: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Oportet lectorem perspicacem esse</quote>»<note place="bottom">
              La cita de Teodoreto pertenece a sus <hi rend="i">Comentarius in visiones
                Danielis</hi>, cap. 11. Es probable que esté tomada de una fuente indirecta, que
              podría ser la exitosa obra del jesuita Benedicto Pereira, <hi rend="i">Commentariorum
                in Danielem prophetam libri sexdecim</hi> (Romae: apud Georgium Ferrarium, 1587). En
              un párrafo de este texto consistente en una glosa de Teodoreto, mencionado en el
              margen, el jesuita escribe lo siguiente (Pereira 1587: 431): «<hi rend="i">Quoniam
                igitur in regno Graecorum et Romanorum, multa sunt similia, ideo mixte de illis
                Daniel loquitur, miscens et confundens ea, quae conveniunt Antiocho, cum his, quae
                pertinent ad Antichristum. Oportet igitur lectorem ad ea diligenda perspicacem esse,
                ut sciat quid et de quo proprie dicatur unumquodque</hi>», (‘Como en el régimen de
              los griegos y el de los romanos hay muchas cosas semejantes, así Daniel habla de ambos
              al propio tiempo, mezclando y confundiendo las cosas que se refieren a Antíoco con las
              que son propias del Anticristo. Es, pues, necesaria la perspicacia del lector para
              averiguar de quién y de qué se dice cada cosa’). Cabe suponer que Juan de Montalvo
              cite a Teodoreto de memoria o por otras vías, quizá orales.</note>. Y ya deseo la
            licencia que con justicia pide para que a todos conste esta verdad y se le ajuste lo que
            a otro intento dice <persName type="authority" key="san Jerónimo">San
              Jerónimo</persName>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Nihil est in eo quod non luceat et
              splendore suo mundum illuminet</quote>»<note place="bottom">‘En todo esto [el
              Evangelio] nada hay que no luzca y no ilumine el mundo con su esplendor’. La cita se
              encuentra en el libro primero de los <hi rend="i">Commentarii in Ezechielem
                prophetam</hi> de San Jerónimo (Migne 1845b: col. 28a: «<hi rend="i">Totum autem
                corpus et dorsa plena oculis approbabit, qui viderit nihil esse in Evangeliis quod
                non luceat, et splendore suo mundum illuminet</hi>») y es una cita ampliamente
              difundida en multitud de impresos de la época. Véase por ejemplo, con la leccion
              traída por Migne, los <hi rend="i">Opera omnia</hi> de San Jerónimo (Parisiis: apud
              Claudium Chevallonium, anno 1533-1534), vol. 3, t. 5, <hi rend="i">In Ezechielem</hi>,
              cap. 1 <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=ddct1K1kqfYC&amp;hl=fr&amp;pg=RA4-PA167-IA4#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(f. 169r E)</ref>.</note>. Este es mi parecer, <hi rend="i">salvo</hi>, etc<note
              place="bottom">Fórmula de modestia, abreviada para decir “<hi rend="i">salvo meliori
                iudicio</hi>”: es frase hecha muy común para terminar las aprobaciones y censuras,
              empleada por el mismo Juan de Montalvo en su censura y aprobación del <hi rend="i"
                >Sermón en la solemnidad de la Virgen María</hi> de Alonso Bravo de Paredes y
              Quiñones: «Este es mi parecer, <hi rend="i">salvo</hi>, etc. Lima, a 13 de abril de
              669» (Bravo de Paredes y Quiñones 1669: f. []4r). Espinosa Medrano también repite la
              misma fórmula en su censura al mismo escrito de su maestro (f. B2v).</note>. Lima,
            septiembre 20 de 1661.</p>
          <p>Doctor don Juan de Montalvo</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar4">
          <index indexName="resp" n="Pedro de Villagómez"/>
          <index indexName="resp" n="Tomás de Paredes"/>
          <index indexName="date" n="1661-12-23"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <head>Licencia del ordinario</head>
          <p>El provisor de los Reyes<note place="bottom"> Los Reyes <hi rend="i">i.e.</hi> Ciudad
              de los Reyes, Lima. El provisor de los Reyes es su arzobispo, el abajo firmante y ya
              mencionado Pedro de Villagómez.</note>, etc. Por la presente doy licencia para que se
            pueda imprimir el libro intitulado <title>Apologético en favor de don Luis de
              Góngora</title>, por el doctor <persName type="polemist"
              key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de Espinosa Medrano</persName>, atento a que de
            la aprobación dada por el señor doctor don Juan de Montalvo, racionero de la santa
            iglesia catedral, consta no tener impedimento. Dada en los Reyes a 23 de diciembre de
            1661.</p>
          <p>Doctor don Pedro de Villagómez,</p>
          <p>por mandado del señor provisor y vicario general,</p>
          <p>Tomás de Paredes, notario público.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar5">
          <index indexName="resp" n="frey Fulgencio Maldonado"/>
          <index indexName="date" n="1661-06-01"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fb2r.jpg"
            n="f. b2r"/>
          <head> Censura del doctor don frey<note type="app" rend="I"> frey <hi rend="i">A</hi> :
              fray <hi rend="i">B</hi></note> Fulgencio Maldonado<note place="bottom"> Nacido en
              Lima en abril de 1586 y muerto el 28 de octubre de 1661, antes de que se imprimiera el
                <hi rend="i">Apologético</hi>, frey Fulgencio Maldonado fue predicador agustino en
              la provincia de Quito, procurador provincial de la orden y doctor en Filosofía y
              Teología. Viajó al virreinato de Nápoles, donde sirvió de 1620 a 1627 y a Roma, donde
              obtuvo de Pablo V la autorización de ingreso en la orden de San Juan de Jerusalén,
              efectiva en 1621, con el consecuente abandono de la regla agustina. Firma esta censura
              en calidad de capellán de obediencia de la orden de San Juan, orden militar que le
              hace merecedor del título de «frey». En 1627 es capellán de corte en Madrid, y publica
              un <hi rend="i">Sermón de la Octava que en esta Corte se consagró a la gloria de los
                veinte y tres Mártires del Japón, Descalzos de la Orden de S. Francisco, que
                canonizó la Santidad de Urbano VIII…</hi> en las prensas de la viuda de Luis
              Sánchez, impresora del reino. Dos años más tarde, es chantre de la catedral de
              Arequipa y destaca como predicador tanto en esta ciudad, donde publica tres sermones
              entre 1655 y 1658, como en Lima, donde ya en 1632 publica una oración funeral al
              virrey y un prólogo a las <hi rend="i">Fiestas que celebró la Ciudad de los Reyes del
                Pirú al nacimiento del Serenísimo Príncipe Don Baltasar Carlos de Austria</hi> de
              Rodrigo de Carvajal y Robles. Véase Pouncey (1983). De su estancia en Italia se llevó
              sin duda al Perú una sólida cultura literaria, seguramente ampliada en Madrid: es
              probable que fuera el introductor de Trajano Boccalini en el virreinato (López Estrada
              1950).</note>, del orden de San Juan, capellán de su majestad, protonotario apostólico
            y chantre de la santa iglesia catedral de la ciudad de Arequipa.</head>
          <p>En este hermosamente vago y docto <title>Apologético</title> he hallado, si no entera
            la acreditada noticia de su autor, aumentada sí con su argumento. «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Leoni mortuo insultant lepores</quote>»<note place="bottom"> ‘Hasta las
              liebres insultan al león que ha muerto’. Es un proverbio latino, compilado en los <hi
                rend="i">Adagia</hi> de Erasmo, que afirma que es de origen homérico (Erasmo 2011:
              315) y correspondería al momento en que los griegos se abalanzan sobre el cadáver de
              Héctor: un trasfondo épico que corresponde al Góngora heroico que Espinosa Medrano
              defiende en sus secciones IV (§ 27-31) y VI (§ 56).</note>. No se le atreviera la
            calumnia vivo al deliciosísimo e ingeniosísimo don <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName>, a aquel a quien<note type="app"
              rend="I"> a aquel a quien <hi rend="i">A</hi> : a quel a quien <hi rend="i"
              >B</hi></note>, en la general estimación de las naciones todas, cedió Apolo sus
            laureles. ¿Y quién pudiera valiente defenderlos y conservarlos en sus sienes como el
            doctor <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de Espinosa
              Medrano</persName>? Sujeto que (ayudado de perpetuas vigilias su caudaloso ingenio) ha
            llegado a ser admiración de su patria dando a ver a la envidia, que desalumbrada suele
            concitarse contra los hijos de ella (criollos los llaman con nombre de incógnita
              etimología<note place="bottom"> La primera aparición del término en la lengua española
              escrita está documentada en 1562 (Vitulli y Solodkow 2009: 22-25). Corominas, que lo
              encuentra en José de Acosta (1590), afirma que es de origen portugués: «<hi rend="i"
                >crioulo</hi> ‘el esclavo que nace en casa de su señor’, ‘el negro nacido en las
              colonias, a distinción del procedente de la trata’, ‘blanco nacido en las colonias’,
              derivado de <hi rend="i">criar</hi>» (Corominas 1984: 243-245), aunque Dieter Woll,
              con testimonios documentales más tempranos, sostiene que el término emerge en la
              América hispana y deriva en el portugués <hi rend="i">crioulo</hi> al tiempo que se
              difunde en España (<hi rend="i">apud</hi> Vitulli y Solodkow 2009: 24-25). Sobre estas
              líneas de frey Fulgencio Maldonado y el apelativo de «fénix criollo» que Alonso Bravo
              de Paredes y Quiñones le dedica a Espinosa Medrano, véase Vitulli y Solodkow 2009
              (37-40). Sobre el origen del criollismo peruano, véase Lavallé 1982 (363-366 y
              909-984).</note>), que donde crió Dios más quilatados y copiosos los tesoros de la
            tierra, depositó también los ingenios del cielo<note place="bottom"> La comparación del
              oro de las Indias con el valor de los ingenios criollos es un tópico de la
              reivindicación de los letrados americanos. En el prólogo anónimo al «Curioso lector»
              del <hi rend="i">San Ignacio de Loyola</hi> (Madrid: por Ioseph Fernandez de Buendia,
              1666), poema heroico de Hernando Domínguez Camargo, el autor, probablemente el poeta
              Antonio Bastidas, afirma que «no es este suelo menos fecundo de minerales ricos y
              preciosas piedras, que de aquilatados y sublimes ingenios» (Domínguez Camargo 1666:
                <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=K2DbOtpnkrkC&amp;dq=dominguez%20camargo%20ignacio&amp;hl=fr&amp;pg=PR2#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >f. c5r</ref>). En una carta de 1691 a Sor Juana, el obispo Santa Cruz afirma que
              publicó la <hi rend="i">Carta atenagórica</hi> en Puebla para «manifestar a la Europa,
              a donde han ido algunas copias, que la América no solo es rica de minas de plata y
              oro, sino mucho más de aventajados ingenios» (apud Soriano Vallès 2014: 82). Sobre las
              palabras de frey Fulgencio Maldonado, véase González Echevarría (1993: 152). Asimismo,
              sobre la importancia dada por los autores americanos a la recepción europea, véase
              Domínguez Camargo 2015 (15-16). Agradezco a Luis Castellví Laukamp las referencias
              apuntadas en esta nota.</note>. Reprehender tan suave, enseñar tan sin rudeza<note
              type="app" rend="I"> rudeza <hi rend="i">A</hi> : dureza <hi rend="i">B</hi></note>,
            gravedad tan no pesada, sutilezas tan no ligeras, decires tan floridos, censuras tan
            modestas sin descaecer de lo robusto y picante de las apologías, ¿quién como el doctor
              <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de Espinosa
              Medrano</persName> pudiera avenirlo?</p>
          <p>Mal aprovechó aquel grande, aquel ameno, aquel erudito <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Manuel de Faría y Sousa</persName> el escarmiento del
            otro que pidió la inmortalidad de su fama al temerario incendio de un templo<note
              place="bottom"> Se refiere a Eróstrato, que buscaba entrar en la posteridad quemando
              una de las siete maravillas del mundo, el templo de Diana en Éfeso. Así acusa El
              Lunarejo a Faría de no escarmentar en la vil fama de Eróstrato, insinuando que el
              portugués pretende ser recordado blasfemando de la obra de Luis de Góngora, una obra
              digna de las maravillas del mundo.</note>. En fin los sujetos y materias grandes
            siempre se vieron sujetas a censuras mordaces: calumniosos émulos tuvo en sus
              <title>Eneidas</title>
            <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName>, no así en su
              <title>Mosquito</title><note place="bottom"> El <hi rend="i">Mosquito</hi> (<hi
                rend="i">Culex</hi>) es una obra menor atribuida a Virgilio.</note>. Todo es seguro,
            como docto todo en estos discursos; ni la fe tropieza, ni las costumbres padecen. Así
            siento en Arequipa, 1 de junio de 1660.</p>
          <p>Doctor don frey<note type="app" rend="I"> frey <hi rend="i">A</hi>  : fray <hi rend="i"
                >B</hi></note> Fulgencio Maldonado</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar6">
          <index indexName="resp" n="Alonso Bravo de Paredes y Quiñones"/>
          <index indexName="date" n="1660-06-08"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fb2v.jpg"
            n="f. b2v"/>
          <head> Aprobación del doctor Alonso Bravo de Paredes y Quiñones<note type="app" rend="I">
              Quiñones <hi rend="i">A</hi> : Quinones <hi rend="i">B</hi></note><note place="bottom"
              > De la mayoría de los cargos de Alonso Bravo de Paredes y Quiñones se tiene
              conocimiento por el título de esta aprobación y por su <hi rend="i">Sermón en la
                solemnidad de la Virgen María</hi>, publicado en Lima en 1669 (Bravo de Paredes y
              Quiñones 1669: f. []1r). Luis Jaime Cisneros y Pedro Guibovich afirman que nació en
              los últimos años del siglo XVI y que probablemente fue un hombre rico (1982: 142-146).
              También apuntan que en 1620 es comisario del Santo Oficio en el obispado del Cuzco
              (1982: 142), repitiendo una fuente algo confusa, las <hi rend="i">Noticias
                cronológicas de la gran ciudad del Cuzco</hi> de Diego de Esquivel y Navia (1980,
              tomo 2: 136): «En 27 de febrero [de 1676] se leyó en el Cabildo eclesiástico cierto
              testimonio, en que se refiere la forma con que el canónigo Alonso Bravo de Paredes,
              comisario del Santo Oficio, había publicado los Edictos de la Fe el año de 1620». Es
              muy probable que el título de comisario del Santo Oficio mencionado en los <hi
                rend="i">Anales del Cuzco</hi> sea posterior a la publicación de los edictos de la
              fe y corresponda al título con el que se le recordaba en el cabildo. De hecho, la
              universidad jesuita de san Ignacio de Loyola, donde Alonso Bravo de Paredes se graduó
              como licenciado y doctor, fue fundada en 1623 y la portada de su <hi rend="i">Sermón
                en la solemnidad de la Virgen María</hi> nos indica que fue «comisario de la Santa
              Inquisición de la provincia de Quispicancha», pero sólo «visitador general del
              obispado del Cuzco» (Bravo de Paredes y Quiñones 1669: f. []1r). Falleció en el mes de
              julio de 1670 (Cisneros y Guibovich 1982: 145), habiendo sido cura rector de la villa
              de San Pedro de Quiquijana, vicario de su distrito y catedrático de filosofía en el
              seminario de San Antonio el Magno (San Antonio Abad). Allí pudo contar a Espinosa
              Medrano entre sus discípulos, puesto que El Lunarejo lo llama «mi maestro» en su
              censura al <hi rend="i">Sermón en la solemnidad de la Virgen María</hi> (Bravo de
              Paredes y Quiñones 1669: f. []4v).</note>, rector de la iglesia parroquial de San
            Pedro de Quiquijana, vicario, juez eclesiástico de su distrito, comisario de la Santa
            Cruzada en él; visitador general del obispado del Cuzco y quondam<note place="bottom"
              >‘En su momento’.</note> catedrático de filosofía en el real colegio de Antonio el
            Grande</head>
          <p>Ejecuta mis deseos con precepto el señor doctor don Francisco Henríquez<note
              place="bottom"> Francisco Henríquez es la mayor autoridad de la diócesis de Cuzco
              cuando Espinosa Medrano publica el <hi rend="i">Apologético</hi>. Solicitó a Alonso
              Bravo de Paredes y Quiñones y a Miguel de Quiñones sus respectivas censuras. Nacido
              entre 1627 y 1630 en Lima, de un padre español letrado y de una madre criolla
              panameña, es canónigo de la catedral de Cuzco desde 1653 y provisor y vicario general
              del obispo Pedro de Ortega y Sotomayor a partir de 1657. Debido a la muerte de dicho
              obispo y a la de su sucesor inmediato en el transcurso del viaje hacia la ciudad
              andina, fue de 1658 a 1663 provisor de la sede vacante del obispado cuzqueño. Véase
              Guibovich y Domínguez (2000: 221-223). En la primera línea de su aprobación, Alonso
              Bravo de Paredes y Quiñones le dirige un enrevesado cumplido en forma de agudeza: al
              imponerle el precepto de examinar el <hi rend="i">Apologético</hi>, don Francisco
              Henríquez no hizo más que «ejecuta[r]» (<hi rend="i">i.e.</hi>: ‘hacer efectivos’) sus
              deseos de leerlo.</note>, chantre de la santa iglesia catedral de la gran ciudad del
            Cuzco, provisor y vicario general de su obispado, a que lea el <title>Apologético en
              defensa del príncipe de los poetas líricos de España don Luis de Góngora</title>,
            escrito por el doctor <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de
              Espinosa Medrano</persName>, colegial real y catedrático primario de Teología en el
            ilustre colegio de San Antonio Abad; cuando, si no por méritos, por ruegos frecuentes
            míos y favor singular de su merced, se había de introducir mi dicha a tamaña pretensión,
              «<quote xml:lang="la" rend="i">indulgentiae scio istud esse, non iudicii</quote>»<note
              place="margin" resp="author">1 Seneca epist. 45.</note><note place="bottom"> La cita
              se halla en las <hi rend="i">Epístolas morales a Lucilio</hi>, libro 5, epístola 45.
              En la traducción de Ismael Roca Meliá (Séneca 1986: 269), reza así: «Sé que ello es
              indicio de tu benevolencia, no de tu reflexión».</note> (dijo <persName
              type="authority" key="Séneca">Séneca</persName>). Felicidad es suma ver en esta corta
            patria un sujeto epílogo glorioso de muchos grandes.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Quae sparguntur in omnes</l>
            <l>in te mixta fluunt et quae diuisa beatos</l>
            <l>efficiunt collecta tenes<note place="margin" resp="author">1 Paneg. 1 de laud.
                  Stil.<note type="app" rend="I">Stil. <hi rend="i">A</hi> : Scil. <hi rend="i"
                    >B</hi></note></note><note place="bottom"> Claudiano, <hi rend="i">De consulatu
                  Stilichonis</hi> (<hi rend="i">Sobre el consulado de Estilicón</hi>), libro 1, 21,
                v. 33-35 (Claudiano 1985: 191). Hablando de las cualidades de los hombres dice
                Claudiano, en la traducción de Miguel Castillo Bejarano (Claudiano 1993b: 69): «En
                todos los demás se reparten, en ti confluyen unidas; y lo que distribuido nos hace
                felices, tú lo posees todo junto».</note>.</l></quote>
          <p>dijo <persName type="authority" key="Claudiano">Claudiano</persName>, si con más
            afecto, no sé si con más propiedad<note place="bottom"> Don Alonso Bravo de Paredes y
              Quiñones retoma aquí un rasgo estilístico genuinamente gongorino: la construcción <hi
                rend="i">A, si no B</hi>. Véase Dámaso Alonso (1961: 138-156).</note> que yo lo
            repito con experiencia y admiración del doctor <persName type="polemist"
              key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de Espinosa Medrano</persName>. Miro en este
            argumento ya no las luces todas de este <persName type="polemist"
              key="Espinosa Medrano, Juan de">Demóstenes indiano</persName>: tienen estas otra
            esfera mayor a que iluminar brillando, siendo usurero empleo de la atención en los
              púlpitos<note place="bottom"> Hemos de entender aquí la «usura», según el <hi rend="i"
                >Diccionario de Autoridades</hi>, como «cualquier ganancia, fruto, utilidad o
              aumento que se saca de alguna cosa en lo físico o moral», y el adjetivo “usurero” como
              derivado de “usurar” o “usurear”, «ganar o adquirir absolutamente con utilidad,
              provecho y aumento» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Las luces de El Lunarejo se emplean por
              tanto provechosamente en los púlpitos, que son la «esfera mayor» a la que ilumina
              Espinosa Medrano, por oposición al <hi rend="i">Apologético</hi>, obra menor de su
              pluma. En su censura al <hi rend="i">Sermón en la solemnidad de la Virgen María</hi>
              de Alonso Bravo de Paredes y Quiñones (Lima: s. n., 1669), El Lunarejo le devuelve a
              su maestro el cumplido: «empléase con usuras la voz, cuando vuelve, repitiendo
              caudales el eco» (Bravo de Paredes y Quiñones 1669: f. B1v).</note>. Veo no el vuelo
            entero de este fénix criollo remontarse con imperceptibles giros al Olimpo, siendo sutil
            despertador de las águilas en la cátedra; un rasgo sí admiro de sus centellas<note
              place="bottom"> De nuevo aparece aquí un estilema característico de Góngora con la
              construcción <hi rend="i">no B, sí A</hi>: «veo no el vuelo entero […] un rasgo sí
              admiro» (Dámaso Alonso 1961: 153). Asimismo, Espinosa Medrano se acordará de estas
              líneas de su maestro y de esta fórmula gongorina al concluir su censura al <hi
                rend="i">Sermón en la solemnidad de la Virgen María</hi> de Alonso Bravo de Paredes
              y Quiñones: «en estos discursos no diviso ápice que se extravíe de la pauta de nuestra
              santa fe ni del loable arancel de las cristianísimas costumbres, admiro sí títulos
              muchos por donde merecen la prensa, la fama, la inmortalidad» (Bravo de Paredes y
              Quiñones 1669: f. B2v).</note> que, siendo el menor que ha guiado su pluma<note
              place="bottom"> El <hi rend="i">Apologético</hi> sería el vuelo menor de la pluma de
              Espinosa Medrano, capaz de mayores hazañas. Alonso Bravo traza aquí un retrato del
              polifacético Lunarejo, orador sagrado y profesor en la cátedra de Artes y Teología,
              que convierte el tratado a favor de Góngora en una prometedora muestra de sus amplias
              dotes intelectuales. El propio Espinosa Medrano repetirá esta valoración de su tratado
              como el anuncio de obras de más entidad en la dedicatoria a Luis Méndez de Haro, un
              año y medio más tarde: «con cuadernos o tomos de más serios estudios desempeñaré las
              deudas de haberme honrado estos borrones».</note>, líneas son de oro, en que sin
            borrón, excediendo esta obra a su materia, «<quote xml:lang="la" rend="i">Materiam
              superabat opus</quote>»<note place="margin" resp="author">1 Ovid. lib. 2 Meta.<note
                type="app" rend="I">Meta. <hi rend="i">A</hi> : Met. <hi rend="i"
              >B</hi></note></note><note place="bottom"> Ovidio, <hi rend="i">Metamorfosis</hi>,
              libro II, verso 5: ‘A la materia superaba la obra’. La frase era un adagio trillado,
              que apenas traía a la memoria su origen ovidiano. Sin embargo, en este punto del
              panegírico que le dedica Alonso Bravo a Espinosa Medrano, puede tener especial relieve
              en la composición de una isotopía solar, puesto que pertenece al inicio del libro
              segundo de las <hi rend="i">Metamorfosis</hi>, en el que Ovidio describe el palacio
              del Sol: las luces de Espinosa Medrano, que Alonso Bravo acaba de mencionar, el brillo
              de El Lunarejo y sus centellas, le convierten en un émulo del astro del día, y este
              panegírico tiene su fuente, aunque distante, en el palacio solar de Ovidio. Compárese
              por cierto esta alusión con la repetida asimilación de Góngora con el sol en el <hi
                rend="i">Apologético</hi>, que comienza en la sección III (§ 9) y destaca en otros
              lugares, señaladamente en la sección VII (§ 57).</note>, de nuevo se imprimirá
            inofenso el nombre del <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">lírico
              poeta</persName>, a pesar rabioso<note place="bottom"> Retoma aquí Alonso Bravo la
              asimilación de Faría con un perro envidioso que leemos en los primeros párrafos del
                <hi rend="i">Apologético</hi>.</note> del <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Crisis lusitano</persName><note place="bottom">
              “Crisis” es apelativo creado por antonomasia a partir de la acepción etimológica del
              término, distinta de la acepción médica, que encontramos por ejemplo en el <hi
                rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>: «Crisis. Juicio que se hace sobre alguna
              cosa» (<hi rend="i">Aut.</hi> y Corominas 1984: 245). No he alcanzado a encontrar esta
              antonomasia en Budeo. El nombre de «Crisis lusitano» se transforma unas líneas más
              adelante en el de «Crítico», asociado al de Momo, divinidad helena de la locura, la
              burla y el sarcasmo. Es lugar común que Momo aparezca como personificación de la
              crítica, cuanto más si esta es nimia. Como símbolo de los censores críticos aparece en
              la anécdota de la reprobación de Venus, que Alonso Bravo atribuye a Budeo.</note>,
            apelativo que dio muy a pelo el griego Budeo a los que en oposición de la dulce
            complacencia que el consejo de los dioses tuvo de haber fabricado a <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fb3r.jpg"
              n="f. b3r"/> Venus, idea suma de las perfecciones todas, no hallan más punto que
            atildar en su belleza que ser sus sandalias un tilde o, cuando más, de pocos puntos,
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Sandalium habet nimis stridulum, et
              argutum</quote>»<note place="margin" resp="author">1 Budeus in Philolog.<note
                type="app" rend="I">Philolog. <hi rend="i">em.</hi> : Philog <hi rend="i"
                >AB</hi></note></note><note place="bottom"> En su <hi rend="i">De studio literarum
                recte instituendo</hi> (1532), VI, 305, Budeo escribe lo siguiente: «<hi rend="i">Ut
                Momus olim in Venere non inveniens, cum maxime cuperet, quod criminari jure posset,
                objecit ei in deorum coetu, ut Philostratus refert, quod sandalium haberet stridulum
                et argutum</hi>» (Budé 1988: 56): ‘Tiempos ha que Momo, según Filóstrato, como no
              encontraba qué podría criticar de Venus, cosa que deseaba con pasión, le recriminó
              ante la reunión de los dioses que sus sandalias rechinaran’. Sin embargo, la cita que
              maneja Alonso Bravo proviene probablemente del <hi rend="i">De symbolica Aegyptiorum
                sapientia</hi> (Parisiis: sumptibus Romani de Beauvais, 1618) del jesuita Nicolás
              Caussin, de donde también procede la equivocada referencia al helenista francés. Esta
              obra de Caussin gozó de amplia difusión y fue varias veces reeditada (Fumaroli 2002:
              280). En ella se lee, en el libro segundo de las parábolas históricas (<hi rend="i"
                >Parabolarum historicarum liber secundus. Dii gentium</hi>), parábola 57 («<hi
                rend="i">Momus. Critici Censores.</hi>»), lo siguiente: «<hi rend="i">Sandalium,
                inquit, habet nimis stridulum, et argutum. Vide Budaei Philologum</hi>» (Caussin
              1618: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=DGIoAAAAYAAJ&amp;hl=fr&amp;pg=RA1-PA105#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >105</ref>), (‘Tiene una sandalia demasiado estridente y llamativa. Véase <hi
                rend="i">El filólogo</hi> de Budeo’). En el <hi rend="i">De philologia</hi> de
              Budeo, sin embargo, no consta esta fábula y Momo aparece una sola vez, en el libro
              primero, cuando Budeo reclama un crítico sin malicia («<hi rend="i">Momi certe haec
                iam indigent, et Momi sane acris et praeuaricationis inscii</hi>») ante la injusta
              situación de los filólogos en la república (Budé 1989, 74-75 y 2001: 82-83). La
              anécdota de la reprobación de Venus se halla también en los <hi rend="i">Adagia</hi>
              de Erasmo, que la encuentra en Filostrato (Erasmo 2011: 452-453).</note>. Crítico
            será, y Momo, el que delira contra los ajustados pies de los cultos versos de <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>, cuando la Fama con sonoros
            estruendos de su bronce lo publica por príncipe sin segundo de la lira castellana.</p>
          <p>Solo con avecindarse en el cielo y negar sus dilatadas ramas quiso el cedro intentar su
            venganza de las fatigas con que le atormentaban los hombres. Consolole un espino que
            ciñéndole los pies era fuerte guarnición y segura corona de sus plantas. Dícele que él,
              vengativo<note type="app" rend="I"> vengativo <hi rend="i">A</hi> : venga†tivo <hi
                rend="i">B</hi></note>, ensangrentará al que a él<note place="bottom"> Este segundo
              pronombre se refiere al cedro.</note> osado le hiriere. «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Eritis, arbores, ab hominum iniuriis tutiores, si mecum commoretis</quote>»<note
              place="margin" resp="author">1 Rovill.<note type="app" rend="I">Rovill. <hi rend="i"
                  >B</hi> : Rouill. <hi rend="i">A</hi></note> in Histor. Plant.</note><note
              place="bottom"> ‘Estaréis, árboles, más a salvo de las ofensas de los hombres, si os
              asociáis conmigo’. La fuente de esta cita y del apólogo puede ser de nuevo el <hi
                rend="i">De symbolica Aegyptiorum sapientia</hi> de Nicolás Caussin, en particular
              el libro décimo, parábola 70 «<hi rend="i">Rubi apologus. Humilitas</hi>», donde se
              lee: «<hi rend="i">surgit humilis Rubus, et, Nolite, inquit</hi>, arbores<hi rend="i"
                >, nolite in tantam altitudinem excrescere;</hi> eritis<hi rend="i">, mihi
                credite</hi>, ab hominum iniuriis tutiores» (Caussin 1618: 590), (‘El espino no se
              levanta mucho de la tierra: árboles, no crezcáis a tanta altura; estaréis entonces,
              creedme, más a salvo de las injurias de los hombres’). Alonso Bravo hace mención de la
                <hi rend="i">Historia generalis plantarum</hi> de Guillaume Rouillé mientras que
              Caussin no da referencia alguna de su apólogo. Sin embargo, al final de la parábola
              inmediatamente anterior, número 69, «<hi rend="i">Roraria. Virtus</hi>», aparece la
              remisión: «<hi rend="i">Vide Hist. Plant. Rouill.</hi>» (Caussin 1618: 589). La obra
              en cuestión, del botanista Jacques Daléchamps, fue editada por Guillaume Rouillé o
              Roville en 1586 y 1587. Acudiendo a una fábula que lleva por título la humildad («<hi
                rend="i">Rubi apologus. Humilitas</hi>»), Alonso Bravo enfrenta al humilde apologeta
              Espinosa Medrano con el envidioso Faría, caracterizado como tal en los primeros
              párrafos del <hi rend="i">Apologético</hi> y en general en todo el tratado. Además,
              esta fábula sirve para introducir un concepto por agudeza nominal: por su apellido,
              Espinosa Medrano estaba predestinado a crecer al pie del cedro Góngora, no como
              parásito, sino por “coronarlo” y defenderlo. El concepto onomástico se apoya en la
              homografía entre <hi rend="i">Espinosa</hi> tejedor y guirnalda <hi rend="i"
                >espinosa</hi>.</note>. No se ciña, no desde hoy, don <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName> con el halagüeño laurel de Apolo:
            sea ya su corona <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de"
              >Espinosa</persName>, que si <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de"
              >Espinosa</persName> es su literal escudo en <title>Apologético</title> heroico de tan
            viva defensa, por consecuencia le teje la guirnalda espinosa: «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Scuto bonae voluntatis coronasti eum</quote>»<note place="margin"
              resp="author">1 Psal. 5 Sic Covarr.<note type="app" rend="I">Couarr. <hi rend="i"
                  >A</hi> : Cov. <hi rend="i">B</hi></note> embl. lib 1.<note type="app" rend="I">1
                  <hi rend="i">B</hi> : 10 <hi rend="i">A</hi></note> cap. 32.</note><note
              place="bottom"> La cita original, «<hi rend="i">scuto bonae uoluntatis coronasti
                nos</hi>», proviene del <hi rend="i">libro de los Salmos</hi>, 5, 13 (<hi rend="i"
                >Vulgata</hi> 1975). Aparece aquí alterada en el pronombre final, que pasa de «<hi
                rend="i">nos</hi>» a «<hi rend="i">eum</hi>», porque Alonso Bravo copia literalmente
              la cita, como lo indica su marginalia, del margen del capítulo 32 del libro 1 de los
                <hi rend="i">Emblemas morales</hi> (Zaragoza: por Alfonso Rodríguez, 1604) de Juan
              de Orozco y Covarrubias, donde se lee (Orozco y Covarrubias 1604: f. 80v): «<hi
                rend="i">Psalm 5. Scuto bonae voluntatis coronasti eum</hi>» (‘Lo coronasteis con el
              escudo de la buena voluntad’).</note>, cantó el Músico Rey por los que formaban la
            diadema honrosa del presidio favorable<note place="bottom"> La «diadema honrosa del
              presidio favorable» es el corro de defensores y, por extensión, la diadema, que
              proteje honrosamente al indefenso, al que encierra como un presidio, alejándolo de la
              adversidad. Para entenderlo y, asímismo, para reconocer al rey David como el Músico
              Rey, hay que leer el fragmento de los <hi rend="i">Emblemas morales</hi> de Juan de
              Orozco y Covarrubias en el que se apoya Alonso Bravo y del que extrae la cita del
              libro de los <hi rend="i">Salmos</hi>. Véase Orozco y Covarrubias (1604: f. 80v):
              «También por esta semejanza se llama corona al corrillo que decimos (…) Y porque de la
              manera que los que así se juntan y ciñen a alguno, cuando es en paz y en amistad le
              defienden, el coronar se dice en la <hi rend="i">Escritura</hi> amparar y defender,
              conforme a aquel lugar de David, donde dice del justo que, con el escudo de su buena
              voluntad que es de su benignidad inmensa, le corona Dios, esto es, le defiende y
              ampara».</note>.</p>
          <p>Mucho es lo que a este ingenio debe <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >don Luis</persName>, pues con el alma que este doctor da a sus frases, a sus
            sentencias y demás retóricos adornos, <quote xml:lang="la" rend="i">non solum sapit, sed
              inebriat</quote><note place="margin" resp="author">1 August. [August. <hi rend="i"
                >B</hi> : Adgust <hi rend="i">A</hi>] tract. 9 in Joan</note><note place="bottom">
              «No solo tiene sabor, sino que embriaga». Agustín de Hipona, <hi rend="i">In Iohannis
                euangelium tractatus</hi>, tratado 9, párrafo 3: «<hi rend="i">non solum sapit quod
                legis, sed etiam inebriat</hi>» (Migne 1845c: col. 1459).</note>. No solo es
            apetitoso al paladar más desabrido, sino que embriaga dulcemente al ingenio más
            hidrópico de erudición. Pero en más precisa obligación le reconoce esta escondida
            América, siendo su ingenio, no el ensaye<note place="bottom"> Siendo el ensaye la prueba
              de la calidad de los metales preciosos, aquí significa de manera metonímica la calidad
              suprema.</note> del oro y la plata que pródigas dan sus brutas peñas, de los grandes
            talentos, sí, que produce el mineraje racional de sus hijos. Afianzan esta verdad notas
            tan curiosas, impugnaciones tan acres, argumentos tan eruditos, con que ilustra el autor
            esta obra sin faltar a las de la piedad, que es la vida de nuestra fe. Con que juzgo que
            se le puede y debe dar la licencia<note type="app" rend="I"> licencia <hi rend="i"
                >B</hi> : licancia <hi rend="i">A</hi></note> que para imprimirle pide. Cuzco y
            junio 8 de 1660.</p>
          <p>Doctor Alonso Bravo de Paredes y Quiñones<note type="app" rend="I"> Quiñones <hi
                rend="i">A</hi> : Quinones <hi rend="i">B</hi></note>.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar7">
          <index indexName="resp" n="fray Miguel de Quiñones"/>
          <index indexName="date" n="1660-06-10"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fb3v.jpg"
            n="f. b3v"/>
          <head> Censura del muy reverendo padre fray Miguel de Quiñones<note place="bottom"> Sobre
              el franciscano Miguel de Quiñones, que fue colegial en el seminario de San Antonio el
              Magno, sabemos que fue elegido provinciano de su orden en 1669, además de ocupar los
              cargos de los que da noticia el título de la censura. Véanse las <hi rend="i">Noticias
                cronológicas de la gran ciudad del Cuzco</hi> de Diego de Esquivel y Navia (1980,
              tomo 2: 126).</note>, catedrático de prima, guardián y regente de los estudios del
            convento de nuestro padre San Francisco de la ciudad del Cuzco.</head>
          <p>Por mandado del señor doctor don Francisco Henríquez<note place="bottom"> Véase la
              «Aprobación del doctor Alonso Bravo de Paredes y Quiñones», <hi rend="i"
              >supra</hi>.</note>, chantre de la santa iglesia catedral de la ciudad del Cuzco,
            provisor y vicario general de todo su obispado, vi este tratado
              <title>Apologético</title> que en defensa de las obras de nuestro insigne castellano
            don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName> ha hecho
            el doctor <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de">Juan de Espinosa
              Medrano</persName>, y no hallo en él cosa contra nuestra santa fe católica, porque es
            obra de un gran teólogo, ni contra las buenas costumbres, porque la hace quien desde
            niño las ama; muchas sí de grande ingenio y letras, de tantas que con toda perfección
            profesa, con crédito grande de nuestros desesperados climas para ultramarinos
              pechos<note place="bottom"> Primera mención de un tema central de los preliminares: la
              desconsideración en que la ultramarina metrópoli tiene a su colonia en cuanto a
              ingenio e ingenios.</note>. Responde a todas las objeciones de <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> con ingenio,
            elocuencia y erudición, y tiene ingenio para más elocuencia y erudición. Claro es que no
            es esto todo lo que sabe, aunque es bastante índice de lo mucho que sabe. Más pudo Dios
            hacer que al hombre, pero el hombre es crédito de lo mucho que puede, porque es el mundo
            pequeño, que contiene las perfecciones del grande<note place="bottom"> Referencia al
              tópico del hombre como microcosmos, véase al respecto Rico (2005). Miguel de Quiñones
              equipara aquí implícitamente a Espinosa Medrano con Góngora aludiendo al párrafo 73
              del <hi rend="i">Apologético</hi> en el que El Lunarejo recurre al mismo argumento
              aplicado al poeta cordobés: «bastó haber Góngora dado aquella traza que otros no solo
              no han excedido pero ni aun igualado y, aunque de su ingenio se cree la pudiera haber
              superado, él no estaba obligado a exhibir la mayor de su posibilidad, pues aun Dios,
              con obrar con solo querer, no debe hacer lo mejor que puede obrar».</note>. Un mundo
            hay en este breve tratado de curiosidades de ingenio, pero es, el mundo menor, crédito
            del mayor que en su ingenio le queda<note place="bottom"> Al igual que Alonso Bravo de
              Paredes y Quiñones, Miguel de Quiñones comienza su censura con un panegírico de
              Espinosa Medrano en el que el <hi rend="i">Apologético</hi> aparece como una obra
              menor pero prometedora, como el anuncio de obras de más enjundia.</note>. Habla
            elocuente, arguye fuerte, parece que habla Góngora y que responde. El ofendido, sin leer
            al que defiende, puede señalar sus agravios en lo que obra. ¿Luego el ofendido
              responde<note place="bottom"> Miguel de Quiñones alaba la elocuencia de Espinosa
              Medrano que es tanta según él que parece ser el propio Góngora quien contesta a Faría:
              Góngora, el ofendido, que no necesita leer a su apologeta para responder a los
              agravios que le hace el portugués. A la pregunta, por tanto de si responde el ofendido
              don Luis, la respuesta implícita es sí: tanta es la elocuencia de El Lunarejo,
              verdadero Góngora redivivo.</note>? ¡Oh qué grande elocuencia! Porque son aun las
            señas con el agravio elocuentes en un mudo: el calor de una ofensa suele dictarle, si no
            términos a la lengua, sangre sí a los ojos, con que o explique su inocencia o se
            satisfaga de la ofensa. Juzgo que aunque respondiera <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> con la misma verdad, porque es toda su
            alma, mas no con el mismo calor del pecho, remitiérase magnánimo a lo que<note
              type="app" rend="I"> que <hi rend="i">A</hi> : qua <hi rend="i">B</hi></note>
            <persName type="authority" key="Marcial">otro español</persName><note place="bottom">
              Refiriéndose a Marcial.</note> en la misma ocasión de calumnia.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Lector et auditor nostros probat, Aule, libellos,</l>
            <l>sed quidam exactos esse poeta negat.</l>
            <l><pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fb4r.jpg"
                n="f. b4r"/> non nimium curo, nam coenae fercula nostrae</l>
            <l>mallem conuiuis quam placuisse cocis.<note place="margin" resp="author">2
                  Martial<note type="app" rend="I">Martial <hi rend="i">B</hi> : Marcial <hi
                    rend="i">A</hi></note></note><note place="bottom"> Marcial, <hi rend="i"
                  >Epigramas</hi>, lib. IX, 81, v. 1-4 (Marcial 1990: 306). El epigrama 81 se titula
                «A Aulo, sobre la opinión de un poeta incapaz» y dice así: «El lector y el oyente,
                Aulo, estiman mis libritos, / pero cierto poeta asegura que no están bien rematados.
                / No me preocupa en demasía: de hecho, preferiría que los platos / de mis cenas
                gustaran a los invitados en vez de a los cocineros.» (traducción de Juan Fernández
                Valverde en Marcial 2001b: 148). Hay un apunte manuscrito en el testimonio B, donde
                se lee, a continuación de la remisión marginal a Marcial, «lib. 9. Ep.
              83.».</note></l>
          </quote>
          <p>Pero si la magnanimidad mira el desprecio de las afrentas injustas<note type="app"
              rend="I"> inju stas <hi rend="i">A</hi> : injustas <hi rend="i">B</hi></note>, el celo
            prudente no debe acreditar con el silencio falsedades, porque cobran fuerzas de verdad
            sin la satisfacción las calumnias. Contra las cenizas frías de un <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">castellano insigne</persName> tiende sus
            banderas un <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">portugués
              valiente</persName>, quizá fiado en que estaban ya frías; pena común de los poetas, se
            lamenta el mismo:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Viventi decus atque sentienti</l>
            <l>rari post cineres habent poetae<note place="bottom"> Marcial, <hi rend="i"
                  >Epigramas</hi>, lib. I, 1, v. 5-6. El primer epigrama del libro primero, «Al
                lector», dice así: «Aquí está el hombre al que lees y reclamas, / Marcial, conocido
                en el mundo entero / por sus agudos libros de epigramas. / A él, lector entusiasta,
                le has dado, / mientras vivía y lo apreciaba, la gloria / que pocos poetas tienen
                después de su muerte.» (traducción de Antonio Ramírez de Verger, véase Marcial
                2001b: 21). Los versos citados por Miguel de Quiñones son los dos últimos, ocultando
                así el sentido original del epigrama para torcer su significado y afirmar que los
                poetas muertos son maltratados por el público. Como en la cita anterior, un apunte
                manuscrito en el testimonio B remite a: «lib. 1. Ep. 1.».</note></l></quote>
          <p>Pero podía temer que si fueron cenizas del <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">fénix de los ingenios castellanos</persName>, de ellas mismas
            saldría <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de">otro fénix de
              ingenio</persName> que le llene las medidas. Gustaba <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> de la miel de nuestro <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> y pudiera no haberle ajado
            las flores, si hablara más con razón de poeta que con enemiga portuguesa<note
              place="bottom"> En la disputa entre el peruano y el portugués subyace una lucha entre
              nacionalismos literarios, que buscan encumbrar en el parnaso ibérico al mayor poeta de
              lengua portuguesa o castellana. Sobre la «guerra de papel» que en el siglo XVII opone
              a los escritores de estos dos bandos ibéricos, véase Galbarro García 2015
              (31-63).</note>. Una gota del electro castigó en lucida cárcel y dulce sepulcro a una
            abeja, que maltrató muchas flores por beberles la dulzura: ¡oh qué honrada muerte!,
            digna de la ocupación de tal vida, y juzgo conforme a lo que ella misma escogiera. Dijo
              <persName type="authority" key="Marcial">Marcial</persName>:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Et latet et lucet Phaetontide<note type="app" rend="I"
                >Phaetontide <hi rend="i">B</hi> : Phaetonide <hi rend="i">A</hi></note>condita
              gutta,</l>
            <l>ut videatur apis nectare clausa suo.</l>
            <l>Dignum tantorum pretium tulit illa laborum,</l>
            <l>credibile est ipsam sic voluisse mori.<note place="margin" resp="author">2
                Marcial</note>
              <note place="bottom"> Marcial, <hi rend="i">Epigramas</hi>, lib. IV, 32, v. 1-4
                (Marcial 1990: 126). El epigrama 32, «Una abeja encerrada en ámbar», es el
                siguiente: «Está escondida y brilla oculta en una gota de Faetón / la abeja, de modo
                que parece en su néctar encerrada. / Halló aquélla la recompensa merecida a sus
                muchos esfuerzos: / creíble es que quiso ella una muerte así.» (traducción de
                Antonio Ramírez de Verger en Marcial 2001b: 188). Sobre este epigrama y sobre el uso
                del epigrama en las polémicas literarias anteriores a la gongorina véase Laurens
                2012 (37-39 y 471-484). Sobre la edición de Marcial que manejaba Miguel de Quiñones
                sólo podemos elaborar hipótesis, basándonos en la difusión de Marcial en España
                estudiada por Andrea Bresadola (2008: 14-22). Lo más probable es que la edición
                manejada sea la expurgada del jesuita alemán Rader, que Espinosa Medrano tenía en su
                biblioteca (Guibovich 1992: 22, «Martial con Radero»). En el testimonio B del <hi
                  rend="i">Apologético</hi>, como en las citas anteriores, un apunte marginal
                completa la remisión a Marcial: «lib. 4. Ep. 33.».</note></l>
          </quote>
          <p>Las mejores flores de los hesperios jardines maltrató <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, quizá por beberle la miel; pero de la
            flor de los ingenios le ha caído sola una gota, en que tienen sus injurias lucida
            cárcel, dulce sepulcro, muerte honrada: juzgo que la misma que él cuando le lea escoja
            por digno premio de sus trabajos, pues tan felizmente ve acabadas en el mismo néctar de
            su ocupación gustosa las calumnias de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >don Luis</persName>; yo no hallo alguna en esta obra, por que no merezca la imprenta;
            muchas razones sí, porque todos la esperan. Esto es lo que siento, etc. En este convento
            de nuestro padre San Francisco de la ciudad del Cuzco, en 10 días del mes de junio de
            1660.</p>
          <p>Fray Miguel de Quiñones</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar8">
          <index indexName="resp" n="Francisco Henríquez"/>
          <index indexName="resp" n="Alonso Díaz"/>
          <index indexName="date" n="1660-06-14"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fb4v.jpg"
            n="f. b4v"/>
          <head> Licencia del Ordinario.</head>
          <p>El provisor y gobernador del Cuzco y su obispado, etc., por lo que toca a la
            jurisdicción del ordinario, dio licencia para que se pueda imprimir este
              <title>Apologético</title>, atento a las aprobaciones de suso. Cuzco, catorce de junio
            de mil y seiscientos y sesenta.</p>
          <p>Doctor don Francisco Henríquez<note place="bottom"> Véase <hi rend="i"
              >supra</hi>.</note></p>
          <p>Ante mí,</p>
          <p>Alonso Díaz<note type="app" rend="I"> Diaz <hi rend="i">A</hi> : Dias <hi rend="i"
                >B</hi></note> Haldon, notario público.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar9">
          <index indexName="resp" n="Francisco de Valverde Maldonado y Jaraba"/>
          <index indexName="date" n="1661"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fc1r.jpg"
            n="f. c1r"/>
          <head> De don Francisco de Valverde Maldonado y Jaraba<note place="bottom"> Francisco de
              Valverde Maldonado nació en Cuzco hacia 1628, hijo de Francisco de Valverde Maldonado,
              cuzqueño, y de Juana de Jaraba y Arnedo, madrileña (Lohmann Villena 1993: 228).
              Investigaciones de Ferdinand de Trazegnies sobre la «descendencia peruana del
              conquistador don Francisco de Valverde» discrepan en cuanto al nombre del padre del
              discípulo de El Lunarejo, que podría llamarse Francisco de Valverde y Contreras (o
              Valverde y Montalvo), e indican que don Francisco Tomás de Valverde Maldonado y
              Jaraba, que fue caballero de Alcántara, «nació en el Cuzco y fue bautizado el 1 de
              julio de 1634 y murió en el Cuzco el 8 de abril de 1699» (Trazegnies 1978: 356). Según
              las <hi rend="i">Noticias cronológicas de la gran ciudad del Cuzco</hi> de Diego de
              Esquivel y Navia, el autor de estas décimas fue elegido alcalde ordinario en 1655 y
              procurador general el año siguiente (1980, tomo 2: 111 y 113).</note>, caballero del
            orden de Alcántara, vecino feudatario de la ciudad del Cuzco y discípulo del autor en
            Sagrada Teología. Décimas.</head>
          <lg>
            <l>Estime, ilustre doctor,</l>
            <l><persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> tan culta
              rosa,</l>
            <l>pues le defiende <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de"
                >Espinosa</persName></l>
            <l>cuanto le corona flor<note place="bottom"> Francisco de Valverde Maldonado propone
                una variante del concepto onomástico que Alonso Bravo desarrollaba sobre Espinosa
                Medrano. Góngora ha de estimar a la culta rosa que constituye el <hi rend="i"
                  >Apologético</hi>, que, como rosa, es corona de don Luis y que, por otra parte, lo
                defiende con sus espinas, procedentes del nombre de El Lunarejo.</note>:</l>
            <l>sangrienta le dan color</l>
            <l>las heridas que señalas,</l>
            <l>bien que en sus purpúreas galas</l>
            <l>no las colora, ni aviva</l>
            <l>talón de Venus lasciva<note place="bottom"> El talón de la Venus lasciva que puede
                avivar las flores es, por metonimia, el pie de la diosa, puesto que sus pies tienen
                la virtud de sembrar flores a su paso. Así lo cuenta la <hi rend="i">Teogonía</hi>
                de Hesíodo en los versos 188 y siguientes (Hesíodo 2008: 22-23) y también Poliziano
                en sus <hi rend="i">Stanze</hi> (Fiorenza: appresso Bartolomeo Sermartelli, 1577),
                I, 101, v. 4-5: «<hi rend="i">e, stampata dal piè sacro e divino, / d’herba e di
                  fior l’arena si vestissi</hi>» (Poliziano 1577: <ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=JkDOp1nveiYC&amp;vq=divino%20sacro%20arena&amp;hl=fr&amp;pg=PT29#v=onepage&amp;q=vestissi&amp;f=false"
                  >f. C1v</ref>). Véase, sobre la huella de estos pies floridos en el <hi rend="i"
                  >Nacimiento de Venus</hi> y <hi rend="i">La primavera</hi> de Botticelli: Warburg
                2003 (62-63 y 79-80). En particular, la capacidad germinadora del pie de Venus tiene
                especial relación con la rosa, nacida de una herida del talón de la diosa, que al
                sangrar enrojeció la flor (véase Vescovo 1997). El <hi rend="i">Apologético</hi> es
                aquí la culta rosa cuyo color rojo proviene de las heridas de Góngora y no de la
                sangre lasciva de Venus.</note>,</l>
            <l>mano sí de docta Palas<note place="bottom"> La mano de Palas Atenea tiene virtudes
                agrícolas menos evidentes que los pies de Venus, pero la diosa de la astucia no deja
                de ser una de las inventoras míticas del arado y sus manos encarnan la habilidad
                técnica que hace fructificar las cosechas, entre otras muchas virtudes (Détienne y
                Vernant 2002: 169-172). Francisco de Valverde opone dos referentes antiguos: por una
                parte la lasciva Venus y la bajeza del pie, por otra la docta Palas y la nobleza de
                la mano. El patronazgo de Palas Atenas sitúa a Góngora del lado de la «culta
                rosa».</note>.</l>
          </lg>
          <lg>
            <l>Con una pluma aseguras</l>
            <l>a tu fama muchas alas,</l>
            <l>si es cañón<note place="bottom"> Juega aquí Francisco de Valverde con la polisemia
                del cañón, entre el arma de artillería y el cálamo de la pluma.</note> que escupe
              balas</l>
            <l>cañón que escribe dulzuras:</l>
            <l>de abrojos, cuando censuras,</l>
            <l>ciñes a la emulación,</l>
            <l>y si a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> le
              son</l>
            <l>zarzas tus rosas divinas,</l>
            <l>lleven corona de espinas</l>
            <l>los yerros de su pasión<note place="bottom"> Mezclando lo sacro y lo profano,
                Francisco de Valverde desarrolla el siguiente equívoco sobre la pasión: como Cristo
                en su Pasión lleva corona de espinas, siendo las espinas los yerros o pecados
                cometidos por los hombres, Faría debe llevar corona de espinas, por los yerros que
                le hace cometer su juicio apasionado (influido por la pasión, y por tanto parcial).
                Con la imagen del penitente Faría concluye sus décimas Francisco de Valverde,
                explotando la onomástica de El Lunarejo en un díptico en el que Espinosa Medrano es,
                primero, el rosal que defiende las flores gongorinas y, después, el espino que
                castiga a Manuel de Faría.</note>.</l>
          </lg>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar10">
          <index indexName="resp" n="Diego de Loaysa y Zárate"/>
          <index indexName="date" n="1661"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <head>De don Diego de Loaysa y Zárate<note place="bottom"> Diego de Loaysa nació en Cuzco
              hacia 1632 y fue hijo de Francisco de Loaysa y Castilla, noble cuzqueño, y de Luisa de
              Zárate, nacida en Chuquisaca (Lohmann Villena 1993: 195). Fue elegido alcalde
              ordinario el año de 1661 (Esquivel 1980, tomo 2: 117).</note>, caballero del Orden de
            Alcántara, alcalde ordinario, vecino feudatario de la ciudad del Cuzco y discípulo del
            autor. Espinelas.</head>
          <lg>
            <l>Si como esta pluma hubiera</l>
            <l>espadas en valentía,</l>
            <l>como rendís a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
                >Faría</persName></l>
            <l>presto Portugal se diera<note place="bottom"> Apenas veinte años después de la
                restauración de la dinastía Braganza en el trono portugués (1640) y en un contexto
                hispano-portugués belicoso, marcado por el sitio de Badajoz y la derrota de Elvas
                (1659), Diego de Loaysa reivindica el imperio español desde la colonia, tanto en las
                letras como en las armas. Demuestra así la solidaridad del Nuevo Mundo con los dos
                reinos ibéricos a efectos de historia literaria, y hace del nacionalismo contra
                Portugal una de las galas más señaladas del texto de El Lunarejo. Este aspecto, que
                Miguel de Quiñones también sugiere en su censura, es uno de los aportes principales
                de los preliminares y se desvanece en el texto de Espinosa Medrano, con la salvedad
                de las pocas ocasiones en las que aflora un tono nacionalista, siempre con sesgo
                antilusitano.</note>:</l>
            <l>a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> de manera</l>
            <l>defendéis jovial y serio,</l>
            <l>que en el austral hemisferio</l>
            <l>(si no en uno y otro polo)</l>
            <l>con emulación de Apolo</l>
            <l>os levantáis con su imperio.<note place="bottom"> En esta primera décima Diego de
                Loaysa convierte a Espinosa Medrano, explícitamente, en un Góngora austral, puesto
                que lo entroniza en el imperio del príncipe de los poetas.</note></l>
          </lg>
          <lg>
            <l>Por los filos de su espada<note place="bottom"> «Herir por los mismos filos»,
                «metafóricamente se toma por valerse uno de las mismas razones o acciones de otro
                para impugnarle o mortificarle» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note></l>
            <l>al contrario habéis herido,</l>
            <l>porque es estoque buïdo</l>
            <l>una pluma bien cortada:</l>
            <l>vuestra gloria eternizada,</l>
            <l>vuestro felice trofeo</l>
            <l>líneas giren de Timbreo<note place="bottom"> Timbreo es uno de los nombres de Apolo,
                derivado de su templo en la ciudad troyana de Timbra y aplicado ante todo al Apolo
                solar, como puede apreciarse, por ejemplo, en el décimo canto del <hi rend="i"
                  >Arauco domado</hi> (Madrid: Juan de la Cuesta, 1605) de Pedro de Oña (1605: f.
                162r), en el canto primero del <hi rend="i">Orfeo en lengua castellana</hi> (Madrid:
                viuda de Alonso Martín, 1624) de Juan Pérez de Montalbán (1624: f. 7r) e incluso la
                  <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi> de Manuel de Faría, parte II (Madrid: Juan
                Sánchez, 1644), poema I, octava 85 (1644: f. 15r). Diego de Loaysa expresa aquí su
                deseo de que el trofeo y la gloria de Espinosa recorran el mundo entero y se
                conozcan en todo el orbe siguiendo la trayectoria de Febo, que lo recorre completo a
                diario. Más allá de este tópico, que los trofeos y las glorias de Espinosa Medrano,
                émulo de Apolo, giren las líneas del dios puede significar, literalmente, que el sol
                avanza en su órbita, atraído por el ingenio austral de Espinosa Medrano y,
                entendiendo líneas como rayos, que Apolo Timbreo orienta su luz o su mirada hacia el
                Perú. La órbita del sol hacia el poniente sirve de halo a Espinosa Medrano. Este
                giro de Timbreo como un ojo solar que pone el foco en El Lunarejo tiene dos posibles
                fuentes en versos de Tasso y de Fernando de Herrera. El primero habla de «<hi
                  rend="i">I bei celesti giri</hi>» en un madrigal «<hi rend="i">A la signora
                  Tarquinia Molza</hi>» y el segundo comienza su soneto IV del libro I de los <hi
                  rend="i">Versos</hi> (Sevilla: Gabriel Ramos Vejarano, 1619) con el cuarteto
                siguiente: «¡Ô, fuera yo el Olimpo, que con buelo / d’eterna luz girando
                resplandece, / cuando mengua Timbreo i Cintia crece / en el medroso orror d’el negro
                velo!» (Herrera 1619: 3). Ambos poemas tienen una inspiración común, un epigrama
                griego que cuenta la envidia que le tiene el poeta a las estrellas, ojos del cielo
                que gozan del privilegio de contemplar el rostro amado cuando este se levanta a
                mirarlas (Herrera Montero 1997). Timbreo giraría por tanto los ojos del cielo y de
                la poesía, en su calidad de astro y de dios, en dirección del austral hemisferio y
                de El Lunarejo. La última décima podría confirmar esta interpretación, puesto que en
                ella la labor de El Lunarejo se confunde con la del solar Timbreo: labor propiamente
                luciferina que consiste, al defender a Góngora, en igualar a Apolo, para levantar
                con la luz del día la niebla que rodea al cordobés.</note>,</l>
            <l>pues contra el ferino diente<note place="bottom"> Diego de Loaysa recurre a la
                paranomasia de Faría y fiera empleada por Espinosa Medrano y también, poco después,
                por Gascón Riquelme en el segundo verso de su soneto.</note></l>
            <l>con espíritu valiente</l>
            <l>sois de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> el
                Perseo<note place="bottom"> Pese a una desafortunada paronomasia entre Góngora y
                Gorgona, el hecho de que Espinosa Medrano sea un Perseo no significa que decapite al
                poeta cordobés, sino que lo salva del «ferino diente» como Perseo salva a Andrómeda
                del dragón marino que pretende atacarla. Véase Ovidio, <hi rend="i"
                  >Metamorfosis</hi>, IV, v. 663 y siguientes (Ovidio 2009: 193-199).</note>.</l>
          </lg>
          <lg>
            <l><pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fc1v.jpg"
                n="f. c1v"/>Y con vuestra aprobación</l>
            <l>(gran doctor <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de"
                >Medrano</persName>) ya</l>
            <l>sin oposición tendrá</l>
            <l>general aclamación:</l>
            <l>con tan alta erudición</l>
            <l>de oro retocáis perfiles</l>
            <l>a sus conceptos sutiles,</l>
            <l>que digo (y no lisonjero)</l>
            <l>lo que Alejandro de Homero<note place="bottom"> Alejandro envidiaba la suerte de
                Aquiles, que tuvo en Homero al mayor poeta para cantar sus glorias. Góngora tiene
                por tanto en Espinosa Medrano a un Homero indiano para defenderle.</note></l>
            <l>viendo la historia de Aquiles.</l>
          </lg>
          <lg>
            <l>Así vuestra <title>Apología</title></l>
            <l>os ladea<note place="bottom">‘Ladear’ o ‘ladearse’: «significa inclinarse al
                dictamen, opinión o partido de alguno» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note> con
              Apolo,</l>
            <l>que como él pudiste solo</l>
            <l>resolver nieblas del día:</l>
            <l>con tan discreta armonía</l>
            <l>sutil vuestro ingenio hiló</l>
            <l>en ruecas de oro<note place="bottom"> Cita alusiva a <hi rend="i">Polifemo</hi>, v.
                400: «y en ruecas de oro rayos del sol hilan» [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.400"
                  >OC255.400</ref>]. El ingenio de Espinosa Medrano hila en ruecas de oro para
                restaurar las mieles del poema gongorino. Cabe recordar que, en la censura de Miguel
                de Quiñones, el poco ingenioso Faría se ocupa al contrario de ajar las flores de
                Góngora: «Las mejores flores de los hesperios jardines maltrató Faría, quizá por
                beberle la miel; pero de la flor de los ingenios le ha caído sola una gota, en que
                tienen sus injurias lucida cárcel, dulce sepulcro, muerte honrada».</note>, que
              yo</l>
            <l>(viéndoos penetrar su esfera)</l>
            <l>con Pitágoras sintiera</l>
            <l>que su espíritu os dejó<note place="bottom"> Según Diógenes Laercio, <hi rend="i"
                  >Vida de los filósofos ilustres</hi>, VIII, 4-5, Pitágoras creía en la
                transmigración de las almas (metempsicosis) y se consideraba reencarnación de
                Etálides, hijo de Hermes reencarnado en Euforbo, héroe homérico reencarnado en
                Hermótimo, capaz de rememorar su anterior vida y renacido a su vez en Pirro, un
                pescador de Delos cuya alma al fin se trasladó a Pitágoras. La supervivencia de la
                memoria tras la muerte fue un deseo concedido por Hermes a su hijo Etálides y un
                privilegio que este legó a sus cuatro reencarnaciones (Laercio 1925: 322-325). Diego
                de Loaysa, recalcando lo dicho en su primera espinela, en la que Espinosa Medrano
                hereda el imperio de Góngora, escribe aquí que está dispuesto a sentir (opinar),
                «con Pitágoras», que Góngora legó su espíritu al Lunarejo, y que este es
                reencarnación del poeta.</note>.</l>
          </lg>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar11">
          <index indexName="resp" n="Bernabé Gascón Riquelme"/>
          <index indexName="date" n="1661"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <head>Del licenciado don Bernabé Gascón Riquelme<note place="bottom"> Carecemos de datos
              sobre este presbítero y licenciado de San Antonio Abad, discípulo de Espinosa
              Medrano.</note>, presbítero, colegial del insigne seminario de la ciudad del
            Cuzco.</head>
          <lg>
            <l>Sienta la herida del arpón indiano<note place="bottom"> Quizás haya aquí una lejana
                alusión al episodio de las «náuticas venatorias maravillas», la pesca de una foca
                con arpón, de las <hi rend="i">Soledades</hi>, II, v. 418 y siguientes [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.425"
                  >OC264C.425</ref>].</note>,</l>
            <l>Faría, o fiera, y su veneno ardiente</l>
            <l>sufra el castigo que le das valiente,</l>
            <l>Montero de <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de"
                >Espinosa</persName> peruano<note place="bottom"> Espinosa Medrano pretendió
                relacionar su linaje, con fundamento o por auto-promocionarse, con el aristocrático
                de los Monteros de Espinosa, firmando como Juan de Espinosa de los Monteros Medrano
                su <hi rend="i">Panegírica declamación</hi> de 1664 (Cisneros y Guibovich 1988:
                339). Pedro Guibovich (1992: 4) señala que la biblioteca de El Lunarejo contaba con
                el <hi rend="i">Origen de los Monteros de Espinosa</hi> de Pedro de la Escalera
                Guevara (Madrid, 1632). Además de aludir a esta reivindicación genealógica, este
                verso contiene un concepto por equívoco. Primero, Espinosa Medrano es un montero, un
                cazador que se enfrenta a la fiera Faría; además, es un Montero de Espinosa,
                perteneciente al cuerpo de guardia homónimo, encargado de velar el sueño del rey de
                Castilla. Espinosa Medrano es por tanto el que vela el sueño mortal del «príncipe de
                líricos» Luis de Góngora, labor que aparece una vez más relacionada con la monarquía
                castellana. Conviene recordar la censura de Miguel de Quiñones, en que Espinosa
                Medrano, que aquí vela a Góngora como montero, vela allí al poeta con el mismo
                nacionalismo antilusitano pero con figura de fénix, como reencarnación del ingenio
                cordobés: «Contra las cenizas frías de un castellano insigne tiende sus banderas un
                portugués valiente, quizá fiado en que estaban ya frías (…). Pero podía temer que si
                fueron cenizas del fénix de los ingenios castellanos, de ellas mismas saldría otro
                fénix de ingenio que le llene las medidas».</note>.</l>
          </lg>
          <lg>
            <l>Dañó cruel con diente lusitano</l>
            <l>pimpollo cordobés, mas justamente</l>
            <l>postrado yace, que plumas de Occidente</l>
            <l>hoy son flechas que envía diestra mano.</l>
          </lg>
          <lg>
            <l>Confuso errando en bellas soledades<note place="bottom"> Es evidente la cita de la
                dedicatoria de las <hi rend="i">Soledades</hi>, v. 1-3, «Pasos de un peregrino son,
                errante, / cuantos me dictó versos dulce musa, / en soledad confusa», en este
                hermoso verso de Bernabé Gascón Riquelme, que pinta a Faría perdido en las <hi
                  rend="i">Soledades</hi> gongorinas, vagando en un bosque de folios que no llega a
                entender [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264A#l264A.1"
                  >OC264A.1-3</ref>].</note>,</l>
            <l>no conoció en las hojas el tesoro,</l>
            <l>que el orbe admirará por sus edades.</l>
          </lg>
          <lg>
            <l>Tú se lo adviertes, tú (por su desdoro)</l>
            <l>si castigas tocando en las verdades,</l>
            <l>descubres el caudal con puntas de oro.</l>
          </lg>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar12">
          <index indexName="resp" n="Juan de Lira"/>
          <index indexName="date" n="1661"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fc2r.jpg"
            n="f. c2r"/>
          <head> Magistri Joannis de Lyra<note place="bottom"> De Juan de Lyra o Lira, discípulo de
              El Lunarejo, no sabemos prácticamente nada salvo lo que aquí consta. Hay noticia de
              otro Juan de Lyra, también cuzqueño, procesado por la Inquisición «por comisión a
              delegados de funciones no delegables», cuyo proceso tuvo lugar en los años de
              actividad del licenciado Antonio Gutiérrez de Ulloa, entre 1571 y 1597 (Escandell
              Bonet 1972: 402).</note>, praeceptori suo, in laudem <title>Apologetici</title>.
            Epigramma.</head>
          <lg>
            <l>Nec miror, nec laudo, etenim qui maxima semper</l>
            <l>vidi, nunc calami cerno minora tui.</l>
            <l>Forte Europaeis immanem ex ungue leonem</l>
            <l>ostentare cupis, vel digito Enceladum<note place="bottom">
                <hi rend="i">Ex ungue leonem</hi> (‘por su garra se reconoce al león’) es un adagio
                latino repetido en multitud de textos con carácter panegírico. En sus <hi rend="i"
                  >Adagia</hi>, Erasmo lo cita en la forma: «<hi rend="i">leonem ex unguibus
                  aestimare</hi>» (2011, 727-728), y atribuye su origen a Fidias, el escultor
                ateniense, que dedujo y esculpió las proporciones del león a partir del examen de
                una garra. El conocimiento del todo por el análisis de una parte es también a lo que
                apunta el dedo de Encélado, en la fórmula, copiada del <hi rend="i">ex ungue
                  leonem</hi>, «<hi rend="i">[ex] digito Enceladum</hi>». Encélado, uno de los
                gigantes hijos de Gaia y Urano, fue vencido en la Gigantomaquia y enterrado bajo el
                Etna: véase Claudiano, <hi rend="i">Gigantomaquia</hi>, v. 58 y siguientes
                (Claudiano 1993b: 341-342). La mención de su dedo alude probablemente a la práctica
                consistente en buscar pruebas paleontológicas de la existencia de los gigantes, pues
                se tomaban huesos fósiles de animales prehistóricos por <hi rend="i">gigantum
                  ossa</hi>, huesos de gigante (Angevin 2015: § 1-6, 30-39). Tanto Encélado como el
                león son imágenes de la grandeza que Juan de Lira alaba en El Lunarejo, al tiempo
                que designa el <hi rend="i">Apologético</hi> como una obra menor, repitiendo así un
                tópico de estos preliminares. Espinosa Medrano es por tanto el león o el gigante que
                muestra a Europa su grandeza peruana a través de una obra menor, uña o dedo que no
                deja de sugerir su verdadera envergadura. El tono, panegírico, lo da la primera
                imagen de la uña del león: la comparación de El Lunarejo con el gigante vencido por
                Júpiter no tiene el cariz de una condena, salvo por juego. En el <hi rend="i"
                  >Apologético</hi>, Góngora es «jayán castellano» (V, § 41) por alusión a su <hi
                  rend="i">Polifemo</hi>; aquí, El Lunarejo es un Encélado peruano y
              leonino.</note>.</l>
            <l>Doctos pro musis liceat geminare rugitus,</l>
            <l>quos schola pro <persName type="authority" key="santo Tomás">Thoma</persName> nostra,
                <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de">Medrane</persName>,
              sonat?</l>
            <l>Nam sacrae poteras axes torquere quadrigae</l>
            <l>penna Aquila, ungue Leo, Bos pede; mente Cherub<note place="bottom"> ‘Ni admiro ni
                alabo y lo cierto es que yo, que siempre he visto las mayores cosas de tu pluma,
                ahora miro las menores. Quizá quieres mostrar a los europeos el león por la uña, o
                al gigante Encélado por un dedo. ¿Será lícito, Medrano, redoblar en favor de las
                Musas los doctos rugidos que suenan en nuestra escuela en favor de Tomás? ¿Podrás,
                pues, torcer los ejes de la sagrada cuadriga, siendo águila por la pluma, por la uña
                león, buey por el pie, querubín por la mente?’. En su epigrama, Juan de Lira elogia
                al Lunarejo realzando su poema con una severidad fingida. Declara no admirar ni
                alabar, sino examinar el <hi rend="i">Apologético</hi>, «<hi rend="i">nunc
                  calami</hi> cerno<hi rend="i"> minora tui</hi>», aparentando una neutralidad que
                juega con la posibilidad de la condena: de la soberbia ante los europeos como
                acicate para la redacción del <hi rend="i">Apologético</hi>, de la seducción de las
                Musas lejos del tomismo. La primera crítica del panegirista consiste en rebajar el
                  <hi rend="i">Apologético</hi> al nivel de obra menor, por oposición a la docencia
                tomista. La circunspección de Juan de Lira se desvela como juego en este falso
                ataque, que repite la valoración del tratado por Alonso Bravo de Paredes y Quiñones,
                fray Miguel de Quiñones y por el mismo Espinosa Medrano, en su dedicatoria a Luis
                Méndez de Haro y en el prólogo al lector. Pese a su pequeñez, el tratado muestra a
                los europeos a un Lunarejo magno como el león y como el gigante, aunque también
                soberbio como este último. La soberbia insinuada, segunda crítica, se funde en la
                acusación principal de Juan de Lira: al alzarse contra Júpiter, Encélado no es menos
                rebelde que El Lunarejo al alejarse del tomismo. Poniendo en duda la licitud del <hi
                  rend="i">Apologético</hi> («<hi rend="i">liceat</hi>?»), el panegirista desarrolla
                una oposición entre lo profano y lo sagrado: Espinosa Medrano es león en el tomismo,
                pero podría ser rebelde al desdeñarlo por el <hi rend="i">Apologético</hi>. La
                pregunta retórica no zanja la ambigüedad entre elogio y condena. Una nueva pregunta
                trae la imagen que cierra el poema, la del carro sagrado tirado por los animales del
                tetramorfos evangélico (el águila de San Juan, el león de San Marcos, el toro de San
                Lucas, y el hombre —aquí querubín— de San Mateo), que proviene de la visión de
                Ezequiel, en el Antiguo Testamento, de un carro fulgente de inconmensurables ruedas,
                tirado por los cuatro animales mencionados: véase <hi rend="i">Vulgata</hi>,
                Ezequiel (traducción de San Jerónimo), cap. 1 (<hi rend="i">Vulgata</hi> 1975). A
                esta visión, posteriormente superpuesta a los cuatro evangelistas, se refiere
                Espinosa Medrano en el <hi rend="i">Apologético</hi>, en la sección VIII, § 64.
                Aquí, Juan de Lira alude precisamente al versículo 17, que indica que las ruedas del
                carro no habían de desviarse al avanzar («<hi rend="i">per quattuor partes earum
                  euntes ibant et non reuertebantur cum ambularent</hi>»). Reprueba así en
                apariencia la osadía de El Lunarejo, dispuesto casi, por la seducción de las Musas,
                a torcer los irreversibles ejes del carro de la religión («<hi rend="i">poteras axes
                  torquere</hi>?»). Tal insolencia contradice la verdadera naturaleza de Espinosa
                Medrano: Águila por tomar la pluma, León por su rugido en las aulas, Querubín por su
                mente dedicada a Santo Tomás, y en definitiva religioso como los evangelistas con
                cuyos atributos aparece aquí ungido. El ser Buey por el pie corresponde a la
                metonimia del tetramorfos en su conjunto, ya que los cuatro animales de la visión de
                Ezequiel tenían pies de ternera (vers. 7: «<hi rend="i">pedis vituli</hi>»). La
                equívoca neutralidad o profanidad de la pluma y la uña —venerables por el sagrado
                carro, pero profanas por referencia a la escritura y al <hi rend="i">ex ungue
                  leonem</hi>— desemboca a través del buey en los valores sagrados que culminan con
                el querubín. Espinosa Medrano es aquel que tira del carro de la religión: buey y,
                por el pie, de nuevo águila, león y querubín. Contra tan religiosa naturaleza, el
                  <hi rend="i">Apologético</hi> es rebeldía digna de Encélado. Sin embargo, la
                antífrasis reina en esta falsa condena: el <hi rend="i">Apologético</hi> es obra
                menor porque su autor es grande en las aulas y promete mayores obras por venir; la
                soberbia ante Europa es orgullo de unas Indias o un Perú que no se nombran; la
                seducción del carro sagrado por el camino de las Musas y la rebelión del gigante
                contra Júpiter son imágenes del acometimiento de un imposible, para mayor gloria de
                El Lunarejo, cuyo elogio como doctor tomista y cuya naturaleza digna de la sagrada
                cuádriga confirman en última instancia la licitud de su atrevimiento.</note>?</l>
          </lg>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar13">
          <index indexName="resp" n="Francisco López Mejía"/>
          <index indexName="date" n="1661"/>
          <index indexName="addressee" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <head>Magister Franciscus López Mejía<note place="bottom"> Tampoco hay datos relevantes
              sobre este discípulo de Juan de Espinosa Medrano en la crítica.</note>, Antonianus
            collega, sacrae theologiae professor, in laudem <title>Apologetici</title> a magistro
            suo praeclare editi<note place="bottom"> ‘El Maestro Francisco López Mejía, que profesa
              sagrada teología en el colegio de San Antonio en alabanza del <hi rend="i"
                >Apologético</hi> excelentemente escrito por su maestro’.</note>.</head>
          <lg>
            <l>Aetereas dum nube vapor petit arduus auras,</l>
            <l>nunc pluvia exundat, fulmine nunc rutilat,</l>
            <l>eloquium, <persName type="polemist" key="Espinosa Medrano, Juan de"
                >Medrane</persName>, tuum sic sydera lambit,</l>
            <l>roret ut e superis imbre vel igne tonet<note place="bottom">Francisco López Mejía
                caracteriza la elocuencia de El Lunarejo con tópicos característicos del estilo
                sublime, que por lo demás se encuentran en varios lugares del <hi rend="i"
                  >Apologético</hi>. La elocuencia que se alza vertiginosamente hasta los cielos es
                característica de Góngora en la sección VIII, § 63, mientras que el estilo tonante,
                que truena y fulmina, corresponde a la elocuencia sublime en la sección V, § 42. La
                lluvia, que completa la imagen tormentosa del estilo sublime, es por lo demás rocío
                de los astros, y se acerca por tanto a la definición de la miel por los antiguos
                (VI, § 49), que en el tratado de El Lunarejo es el referente a partir del cual
                Góngora forja la «frasi benemérita del furor verdaderamente poético» (VI, § 48). El
                rocío de la elocuencia de Espinosa se refiere a su capacidad persuasiva como
                orador.</note>;</l>
            <l>en Tartesiaci<note place="bottom"><hi rend="i">Tartesiacus</hi>: de Tartessos, zona
                de la cuenca del Guadalquivir, entre las provincias de Córdoba, Sevilla y Huelva.
                Según fuentes griegas, surgía en dicha zona una importante ciudad del mismo nombre,
                de localización discutida y de la que no se han hallado vestigios, desaparecida
                antes del siglo VI a.C. Se llama tartésica la civilización que floreció en esta zona
                y que para los griegos era la más antigua de Europa occidental. En el Siglo de oro,
                el adjetivo ‘<hi rend="i">tartesiacus</hi>’ era empleado a menudo como sinónimo de
                ‘español’ o más concretamente de ‘andaluz’: así Lope de Vega se lo aplica a «Séneca
                tartesio» en la «Isagoge a los Reales Estudios de la Compañía de Jesús», v. 328,
                incluido en <hi rend="i">La vega del Parnaso</hi>. Véase Lope de Vega (2015, vol.
                III: 211).</note> illustras monumenta poetae</l>
            <l>teque ultore loquax caede <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
                >Faria</persName> iacet:</l>
            <l>mordet obunco aquila innexum sic ungue draconem<note place="bottom">El combate del
                águila y el dragón es un tópico recogido en polianteas y diccionarios, entre ellos
                el de Autoridades («Las águilas pelean con los dragones», <hi rend="i">Aut.</hi>) o
                el <hi rend="i">Tesoro</hi> de Covarrubias (Bouzy 1996: 58-60). Tras contar el
                combate del águila con el ciervo, Plinio escribe, en su <hi rend="i">Historia
                  natural</hi>, libro X, cap. 4: «su lucha con el dragón es más encarnizada y mucho
                más incierta, a pesar de suceder en el aire. Busca este los huevos del águila con
                una avidez malvada. Por ello, el águila se lo lleva en cualquier sitio que lo vea.
                El dragón le ata las alas con múltiples nudos y se enlaza con el águila de tal
                manera que se precipitan juntos» (trad. Luis Alfonso Hernández Miguel en Plinio el
                Viejo 2003: 360). Este verso, así como el siguiente, puede ser una lejana alusión a
                las escenas venatorias de la <hi rend="i">Soledad segunda</hi> de
              Góngora.</note>;</l>
            <l>littoreas falco sic pede truncat aues.</l>
            <l>Haud secus in cineres fudit Salmonea<note place="bottom"> Salmoneo, hijo de Eolo,
                quiso igualarse a Zeus conduciendo una cuadriga de bronce e imitando el ruido del
                trueno con el gran estruendo que aquella provocaba, para incitar a sus súbditos a
                rendirle culto. Zeus lo castigó fulminándolo y sumiéndolo en el Tártaro. Véase
                Grimal 1999: 414 y Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, VI, v. 585 y siguientes. El
                mismo Espinosa Medrano lo compara con Faría en la sección VIII, § 63.</note>
              flagrans</l>
            <l>dextra Iouis, raucos dum crepat aere sonos.</l>
            <l>Mens tibi tot sophiae stellis nouus ardet Olympus</l>
            <l>ingenioque vibrat tela trisulca tuo.</l>
            <l>Lector, ama atque time, nam flamma et rore coruscunt,</l>
            <l>siue docet pluuia, fulmine siue nocet<note place="bottom">‘Mientras el vapor se
                empina en nube hacia las alturas del éter, ya se deshace en lluvia, ya en rayos
                deslumbra: así tu elocuencia, Medrano, roza los astros para caer como rocío desde
                los cielos o bien tronar entre rayos. He aquí que ilustras las obras del poeta
                tartésico, y el deslenguado Faría yace muerto por tu mano vengadora. Así muerde el
                águila al dragón clavado por su corva uña; así con su garra el halcón destroza a las
                aves del litoral. No de otro modo la flagrante diestra de Júpiter redujo a cenizas a
                Salmoneo, mientras este hacía crepitar el bronce con ásperos sonidos. Tu mente
                aureolada de sabiduría arde cual nuevo Olimpo, y con ingenio vibra fulminantes
                dardos. Lector, ama y teme, porque refulgen en llama y en rocío, ya enseñe con
                lluvia, ya hiera con rayo.’ El panegírico de Francisco López Mejía se basa en dos
                motivos: la asimilación de Espinosa Medrano con Júpiter tonante y la composición de
                una imagen de la pugna con Manuel de Faría en la que el portugués yace a los pies
                del peruano, derrotado. El poema se inicia con una valoración del estilo sublime del
                  <hi rend="i">Apologético</hi>, caracterizado como tonante. Este adjetivo insinúa
                el símil olímpico: el tópico adjetivo referido al estilo sublime se literaliza
                progresivamente hasta la aparición de Júpiter fulminando a Salmoneo. El <hi rend="i"
                  >Apologético</hi> es pues obra sublime por su estilo, pero también tonante por
                fulminar a Faría. A continuación, dos versos recalcan la victoria de El Lunarejo
                sobre Faría: Espinosa Medrano es águila y su enemigo, dragón, o el peruano halcón y
                el portugués ave sin nombre. La caracterización de Faría como dragón, enemigo
                proverbial del águila, tiene además un cariz condenatorio: el dragón, que en el
                Apocalispsis de San Juan es el demonio (<hi rend="i">Vulgata</hi>, Apocalipsis, cap.
                12, vers. 7-9), es diabólico, rebelde, imagen ya de Salmoneo, como el águila era ya
                atributo del Júpiter justiciero. Preparada por estas imágenes (estilo tonante,
                águila contra dragón), llega por fin la asimilación de El Lunarejo con Júpiter
                enfrentado a Salmoneo-Faría. Cierra el poema la gloria olímpica de Espinosa Medrano
                y un apóstrofe al lector, que recapitula la ambivalencia del estilo de El Lunarejo:
                el lector ha de amar y temer, pues es tonante (y rorante) por sublime pero también
                por justiciero.</note>.</l>
          </lg>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar14">
          <index indexName="resp" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <index indexName="date" n="1662"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fc2v.jpg"
            n="f. c2v"/>
          <head> Erratas<note place="bottom"> La fe de erratas desaparece de la segunda edición. En
              la línea correspondiente a la errata de «melifico» por «melificio», del f. 21v, leemos
              «Aili» en lugar de «Alli», el deíctico que aparece cuando hay varias remisiones a un
              mismo folio.</note>.</head>
          <p>Enmienda, lector, con pluma estos renglones, que no es justo que sobre los míos me
            acumules yerros de la imprenta. Son notados de barbaridad en España los indianos y será
            esforzar la calumnia no barrerle aun los indicios a esta sospecha<note place="bottom">
              Las líneas que editamos constituyen una advertencia que precede a la fe de erratas
              propiamente dicha. Esta era un imperativo legal cuya finalidad consistía en asegurar
              que el volumen impreso coincidiera con el manuscrito aprobado por los censores. Solo
              de modo secundario podía servir también para que el lector cuidadoso corrigiera él
              mismo el texto. Del mismo modo que las aprobaciones fueron desviadas de su destino
              originario al servir de prólogos elogiosos, la fe de erratas, este dispositivo legal
              que completaba el proceso de censura, pudo llegar a tener una finalidad literaria
              (Cayuela 1996: 207-208); proceso aún más acentuado con esta advertencia, que repite el
              tópico del autor que se exculpa de la responsabilidad de las erratas. Pese a la
              primera persona, es difícil atribuir a ciencia cierta estas palabras al mismo Espinosa
              Medrano. Sea él o no su autor, es de notar la aparición de una polémica referencia a
              la desconsideración del indiano por parte del español, que relaciona directamente esta
              advertencia con otras piezas preliminares, incluyendo la dedicatoria al lector de El
              Lunarejo, lo cual revela la constitución de un programa encomiástico para los
              preliminares del <hi rend="i">Apologético</hi> en el que se barajan los mismos temas
              continuamente.</note>.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar15">
          <index indexName="resp" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <index indexName="date" n="1661-11-26"/>
          <index indexName="addressee" n="Luis Méndez de Haro"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fc3r.jpg"
            n="f. c3r"/>
          <head> Al excelentísimo señor don Luis Méndez de Haro<note place="bottom"> Luis Méndez de
              Haro, sexto marqués del Carpio y segundo Conde-Duque de Olivares, nace en Valladolid
              el 17 de febrero de 1598 y muere en Madrid el 16 de noviembre de 1661. Fue valido de
              Felipe IV a partir de 1643. Su mayor acción diplomática, que le vale el título de <hi
                rend="i">príncipe de la paz</hi> que le atribuye Espinosa Medrano, es la Paz de
              Pirineos firmada con Francia en 1659. Véase Valladares Ramírez 2009 (444-453).
              Espinosa Medrano dedica su <hi rend="i">Apologético</hi> al valido de Felipe IV,
              amparándose en la dedicatoria de las <hi rend="i">Obras de Don Luis de Góngora
                comentadas</hi> de <persName type="polemist" key="Salcedo Coronel, García de "
                >García de Salcedo Coronel</persName> al mismo Luis Méndez de Haro. Véase, en el <hi
                rend="i">Segundo tomo de las Obras de Don Luis de Gongora comentadas</hi> (Madrid:
              por Diego Díaz de la Carrera, a costa de Pedro Laso, 1644) que maneja El Lunarejo, la
              dedicatoria «al excelentísimo señor D. Luis Méndez de Haro» (Salcedo Coronel 1644: f.
                <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=Irbh69m8fFoC&amp;hl=fr&amp;pg=PP11#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >***1r</ref>-***2r). Al poner su <hi rend="i">Apologético</hi> bajo el patronato del
              Duque Conde, Espinosa Medrano responde a Faría y a su dedicatoria del comentario de
              las <hi rend="i">Lusiadas</hi> a «Felipe IV el Grande» (véase Faría 1639a: f. †1r).
              Aunque no dé indicios de tomarlo en consideración, El Lunarejo le dedica así su <hi
                rend="i">Apologético</hi> a un diplomático y militar entregado, tras la toma de
              Barcelona en 1652, a la recuperación de Portugal, separado de la corona castellana
              desde 1640. Tanto es así que, tras el fracasado asedio portugués de Badajoz, en enero
              de 1659 sufrió el Conde Duque una sonada derrota en Elvas, ante tropas lusas. Cabe
              recordarlo para contextualizar los ataques antilusitanos que Espinosa Medrano le
              dirige a Manuel de Faría.</note>, duque conde de Olivares, etc., Alcides del
            firmamento católico<note place="bottom"> Como valido de Felipe IV, Rey Católico, Luis
              Méndez de Haro lleva sobre sus hombros el peso del imperio. Espinosa Medrano alude
              para honrarlo al undécimo trabajo de Hércules-Alcides, el de conseguir las manzanas
              del jardín de las Hespérides. Las recogió Atlas a cambio de que Alcides sostuviera en
              su lugar el firmamento, con lo que el apelativo que Espinosa Medrano le da al valido
              respeta la preeminencia de Felipe IV, Atlas y soporte permanente del imperio. La
              comparación con Alcides y la alusión al mito de Atlas eran tópicos en el elogio del
              valido. Así escribe Góngora en el <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>: «Su
              hombro ilustra luego suficiente / el peso de ambos mundos, soberano, / cual la
              estrellada máquina luciente / doctas fuerzas de monte hoy africano» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.249"
                >OC313.249-252</ref>). Véase al respecto Teresa Zapata Fernández de la Hoz
              2011.</note>, delicias del orbe español, padre de la patria, príncipe de la
            paz.</head>
          <p>Mucho padrino es vuestra excelencia, príncipe excelentísimo, para que mi pequeñez
            aspire a su patrocinio; pero menester es que sea tan grande si ha de llegar su sombra
            hasta el otro mundo. Acá llegan las luces de su valor, prudencia, rectitud,
            magnificencia y benignidad: hechizo que pudiera contentarse ciñendo su actividad a la
            esfera de toda esa Europa, pero pasa, arrebatando poderosamente las veneraciones, a
            inundar nuevos climas con la fragancia de tan <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fc3v.jpg"
              n="f. c3v"/> glorioso nombre. Orlen en hora buena trozos de cadenas rotas o eslabones
              desengazados<note place="bottom"> Según el <hi rend="i">Tesoro</hi> de Covarrubias,
              engazar es «encadenar una cuenta con otra con hilo de oro o de plata, o alambre».
              Espinosa Medrano recurre a un concepto heráldico —muy del gusto de Góngora, véase
              Blanco (2016: 97-128)—, que glosa los eslabones de cadena que aparecen desengazados en
              la orla del escudo de Luis Méndez de Haro. Véase la representación de este escudo de
              armas en la portada del <hi rend="i">Apologético</hi>.</note> las armas de vuestra
            excelencia, que a lazos de más suave prisión tiene entregados esta monarquía los
              cuellos<note place="bottom"> Puede haber aquí, entre la cadena y los lazos, una
              alusión lejana a los v. 32 y 33 de la dedicatoria de las <hi rend="i">Soledades</hi>:
              «a la real cadena de tu escudo / Honre süave, generoso nudo», etc. [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264A#l264A.32"
                >OC264A.32-33</ref>].</note>; y rómpanse, porque no necesite de cadenas quien
            cautiva con las virtudes.</p>
          <p>Humillado escucha el orbe el nombre de Filipo, que Dios guarde, y saludándole por
            tantos títulos grande, vemos que bastaba para serlo tener por peaña de su celsitud
            vasallo de este tamaño: que Alejandro no fuera cumplidamente Magno, a faltarle entre la
            opulencia de sus imperios la amable confidencia de su Hefestión, ni a Darío dio más fama
            la innumerable potencia de sus ejércitos que la suave fidelidad de su Zopiro<note
              place="bottom">Hefestión y Zopiro son generales y hombres de confianza de Alejandro
              Magno y Darío I respectivamente. Ambos son referentes de lealtad y valor guerrero,
              especialmente queridos por sus reyes: sobre Hefestión véase Quinto Curcio Rufo, <hi
                rend="i">Historia de Alejandro Magno</hi>, III, 12, 17 (1946: 142-143), y sobre
              Zopiro: Heródoto, <hi rend="i">Historia</hi>, III, 153-160 (1921: 186-195).</note>.
            Vuestra excelencia supo merecerse la gracia de nuestro monarca con créditos tales que
            nos deja considerar que menos que en tantos méritos no se desahogara voluntad tan
            soberana. Séanos lícito estimar lo que ella quiere y adorar lo que ella estima, que,
            para enmudecer a toda la elocuencia, basta saber que estos elogios nadie sino la Real
            complacencia acierta a significarlos. Gloríese España de haber entre los Haros producido
            el ramo de oro, que en tan calamitosa edad vuelve a renovar tan dorados siglos como los
            que hoy goza, ceñida de victoriales palmas la guerra, coronada de fructíferas delicias
            la paz. <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fc4r.jpg"
              n="f. c4r"/></p>
          <quote xml:lang="es"><l>Dígalo, armada</l>
            <l>de paz su diestra, díganlo trepando</l>
            <l>las ramas de Minerva por su espada.<note place="margin" resp="author"> Gongora in
                  Panegir.<note type="app" rend="I">Panegir. <hi rend="i">A</hi> : Paneg. <hi
                    rend="i">B</hi></note></note><note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                  >Panegírico</hi>, v. 18-20 [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.18"
                  >OC313.18-20</ref>].</note></l></quote>
          <p>Celebre Francia las que florecen hoy en dulce vínculo de ambas coronas, pues debe a
            vuestra excelencia el que Austria aspirase el suavísimo austro para fecundidad de los
            franceses lirios<note place="bottom"> Se refiere aquí Espinosa Medrano a las bodas de
              Luís XIV y María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, resultado y consagración de la
              Paz de los Pirineos firmada el 7 noviembre de 1659, la mayor gloria de Luis Méndez de
              Haro. Espinosa Medrano promete fecundidad al rey francés, personificado por su emblema
              en los «franceses lirios» y declara que «Austria aspir[a] el suavísimo austro». El
              suavísimo austro que aspira María Teresa es el viento que reclama la Esposa del <hi
                rend="i">Cantar de los cantares</hi>, canto IV, versículo 16: «S<hi rend="i">urge
                Aquilo et veni Auster. Perfla hortum meum et fluent aromata illius</hi>» (<hi
                rend="i">Vulgata</hi> 1975): ‘Levanta, Aquilón, y ven, Austro. Soplad en mi jardín y
              que fluyan sus aromas’. El «<hi rend="i">Veni, Auster</hi>» se usó ya en parecidas
              circunstancias, en una fiesta solemne por la llegada de la Infanta María Ana a
              Zaragoza en 1630, en la decoración de un carro que aludía a su futuro matrimonio con
              el rey de Hungría Fernando III de Habsburgo (Peñasco González 2011: 655-656).</note>.
            Con tal Mercurio<note place="bottom"> En calidad de emisario de la corona, Luis Méndez
              de Haro es un Mercurio, dios mensajero.</note> ha vuéltose la guerra en copia<note
              place="bottom">‘Copia’ es aquí ‘abundancia’.</note>, en concordia el furor, las armas
            en júbilos, el horror<note type="app" rend="I"> horror <hi rend="i">A</hi> : horor <hi
                rend="i">B</hi></note> en gozo y en serenidad las iras.</p>
          <p>Solía la antigüedad de España enviar sus <hi rend="i">caduceatores</hi><note
              place="bottom"> El heraldo o embajador que firma la paz. Como lo explica el <hi
                rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>, el caduceador es «el rey de armas que
              publica la paz y lleva en la mano una vara», el caduceo: «vara lisa y redonda rodeada
              de dos culebras que llevaban los embajadores de los griegos como insignia de paz». El
              caduceo es emblema también de Mercurio, el dios al que Espinosa Medrano asimila aquí a
              Luis Méndez de Haro, que será Apolo unas líneas más abajo.</note> a establecer la paz,
            no con ramos de oliva, ni con guirnaldas de verbena, símbolos que ostentaron griega y
            romana milicia, pero con los legados que envió a Marcelo exhibió por caduceo y oliva la
            piel de un lobo. «<quote xml:lang="la" rend="i">De quibusdam Hispaniae populis legitur
              —dice Cartario<note place="margin" resp="author"> Cartarius in Mercur. de imag. Deor.
                fol. 211.</note>— qui legatos ad Marcellum pro venia ac pace impetranda miserunt,
              eos lupi pellem pro caduceo aut olea vel verbena praetulisse</quote>»<note
              place="bottom"> Cartari, Vicenzo, <hi rend="i">Imagines Deorum</hi>, «<hi rend="i"
                >Mercurius</hi>». Véanse las <hi rend="i">Imagines Deorum</hi> (Cartari 1581: 211):
              ‘Se lee que los embajadores que los pueblos de Hispania enviaron a Marcelo para pedir
              perdón y paz ostentaban pieles de lobo, en lugar de caduceo, o ramos de olivo o de
              verbena’. La cita de Cartari, que sirve para la identificación de Luis Méndez de Haro
              con «<hi rend="i">Mercurius</hi>», subraya su profunda hispanidad y nobleza, por
              asociación de sus éxitos diplomáticos y sus lobos heráldicos con los embajadores de
              los pueblos prerromanos de Hispania, vestidos de pieles de lobos. La remisión marginal
              confirma que El Lunarejo consulta la única edición latina del libro de Cartari
              disponible antes de 1683, las <hi rend="i">Imagines Deorum</hi> traducidas por Antoine
              du Verdier (Lugduni: Bartolomeum Honoratum, 1581).</note>. Profecía fue esta que la
            ancianidad española se vaticinó, anunciando la presente felicidad, pues para la paz más
            importante del mundo no se ha enviado el caduceo que enrosque la sierpe de los Guzmanes,
            ni los pacíficos ramos de Olivares, porque no hay más caduceo ni oliva que los lobos
            que, en el real escudo de los Haros, anuncian prosperidades no fieros, sino leales; no
            truculentos, <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fc4v.jpg"
              n="f. c4v"/> sino pacíficos: «<quote xml:lang="la" rend="i">Pro pace impetranda
              miserunt lupi pellem pro caduceo aut olea</quote>». Florezca pues la paz, cedan las
            armas, serénense las musas y abrigue las letras el escudo de tan hermosas fieras<note
              place="bottom"> El escudo de los Haros aparece grabado en la portadilla de la edición
              princeps de 1662.</note>, que si vuestra excelencia es el Apolo que las fomenta,
            cierto es que por insignia de sus grandezas escogió lobos el mismo Apolo, árbitro de las
            artes, padre de las musas. «<quote xml:lang="la" rend="i">Sane aliquot in signis
              Apollinis lupos adscultos videas</quote>»<note place="margin" resp="author"> Pierius
              Valer. Hierog.<note type="app" rend="I"> Hierog. <hi rend="i">A</hi> : Hiegor. <hi
                  rend="i">B</hi></note> lib. 11. cap. 2.</note><note place="bottom"> Pierio
              Valeriano, <hi rend="i">Hieroglyphica</hi>, libro 11, 1 (<hi rend="i">De lupo</hi>), §
              2 «<hi rend="i">Apollo</hi>»: «<hi rend="i">Sane aliquot in signis Apollinis lupos
                adsculptos videas</hi>» (‘Verdaderamente verás algunas veces en los estandartes
              lobos de Apolo grabados’). Véanse los <hi rend="i">Hieroglyphica siue de sacris
                Aegyptiorum literis commentarii, Ioannis Pierii Valeriani Bolzanii Bellunensis</hi>
              (Basileae: Michael Isengrin, 1556) en Valeriano 1556 (f. 79v). El lobo, atributo de
              Apolo (Grimal 1991: 43), favorece la asimilación del valido y de los lobos de su
              escudo con el dios, con todas sus significaciones favorables, entre las que destacan
              aquí el esplendor y la belleza, la protección de la poesía y de las artes, y el
              carácter solar representado en la portadilla.</note>.</p>
          <p>A semejante caso debió Gelón siracusano sus fortunas: precedió a su prosperidad este
            portento. Cursando estaba la academia con sus condiscípulos, cuando entrándose al
              general<note place="bottom">‘General’: «el aula o pieza donde se enseñan las ciencias»
                (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note> intrépidamente un robustísimo lobo, le quitó los
            cuadernos de la mano; siguiole sin asombro Gelón<note place="bottom"> La anécdota viene,
              como la cita anterior, de los <hi rend="i">Hieroglyphica</hi> de Pierio Valeriano,
              libro 11, 1 (<hi rend="i">De lupo</hi>), § 19 «<hi rend="i">Prosperitas</hi>»: «<hi
                rend="i">Neque praetereundum quod Geloni Syracusano adhuc puero et in scholis
                erudimenta prima discenti, lupus auxilio fuerit, ut imminenti vitae periculo
                subduceretur. Nam cum et praeceptor eius et frequentes discipuli in ludo literario
                essent, visendae magnitudinis lupus irrupit Gelonisque tabulis morsu arreptis ire
                foras properabat. Gelon haudquaquam territus, ne tabellis privaretur, eas manu non
                segniter tenens lupum sequebatur; postea vero quam foras processere, gymnasium
                repente corruit magistratumque et condiscipulos oppressit, Gelo incolumis
                evasit</hi>.» (Valeriano 1556: f. 82r): ‘Y no debe omitirse que a Gelón de Siracusa,
              siendo muy niño todavía y párvulo, le vino a socorrer un lobo para sustraerlo a un
              inminente peligro de perder la vida. Porque un día en que su preceptor y sus
              condiscípulos estaban ejercitándose en las letras, irrumpió un lobo de maravillosa
              grandeza, y agarrando sus tabletas con los dientes se apresuró a salir del aula. Gelón
              sin miedo alguno, para no ser privado de las tabletas , sin soltarlas de la mano
              siguió al lobo; apenas hubo salido al aire libre, cuando la escuela se derrumbó
              súbitamente y mató bajo su peso al maestro y a los alumnos. Gelón salió
              indemne’.</note> y yo sigo con veneración esas que la Cantabria procreó, augustas y
            valentísimas fieras, que si con violencia me arrebatan hoy este papel, con gusto le
            consagro a los blasones<note place="bottom"> Espinosa Medrano elabora un concepto
              inspirado que da vida a los lobos del blasón de Luis Méndez de Haro, reproducido en la
              portada del <hi rend="i">Apologético</hi>. Este tipo de conceptos basados en la
              heráldica son frecuentes en la literatura panegírica y Góngora los cultiva con
              maestría. Véase Blanco 2016 (97-128).</note> de vuestra excelencia; llévensele en hora
            buena, que con cuadernos o tomos de más serios estudios desempeñaré las deudas de
            haberme honrado estos borrones<note place="bottom"> En los preliminares, el <hi rend="i"
                >Apologético</hi> es presentado casi como un divertimento de Espinosa Medrano,
              avalado por ser muestra de un talento prometedor para cosas mayores. Véase, <hi
                rend="i">supra</hi>, la aprobación de Alonso Bravo de Paredes y Quiñones así como la
              censura de fray Miguel de Quiñones.</note>. Discúlpeme haber pensado en que si el
            docto y feliz intérprete don <persName type="polemist" key="Salcedo Coronel, García de "
              >García Coronel</persName> dedicó a vuestra excelencia los <title>Comentarios sobre
              Góngora</title>, también se le debían las defensas de aquel gran poeta<note
              place="bottom"> Espinosa Medrano se inscribe explícitamente en el marco de la polémica
              gongorina, aspirando con el patronazgo del valido de Felipe IV a intervenir en el
              centro español de la contienda literaria.</note>.</p>
          <p>A los príncipes grandes suelen presentarse las <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fd1r.jpg"
              n="f. d1r"/> aves peregrinas, los pájaros que crió región remota<note place="bottom">
              Puede haber aquí una alusión al episodio de la cetrería que concluye la <hi rend="i"
                >Soledad segunda</hi> de Góngora [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.720"
                >OC264C.720-945</ref>], en que el «príncipe» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.811"
                >OC264C.811</ref>] contempla a sus múltiples aves, muchas venidas de regiones
              remotas.</note>: una pluma del orbe indiano se abate a los pies de vuestra excelencia,
            no de vuelo tan humilde que por lo menos no ha salvado el Antártico mar y el
              Gaditano<note place="bottom">El océano Antártico es el que llamamos Pacífico y el
              Gaditano el Atlántico: El Lunarejo describe por tanto el viaje de su libro de Cuzco a
              Lima, por mar de Lima a Panamá y por último de Nombre de Dios a España.</note>; a
            tributar llega siquiera esta gota al inmenso océano de sus glorias, océano que jamás
            encresparon las espumas de la elación<note place="bottom"> La elación, del latín
              “elatio”, es «altivez, presunción y soberbia» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>, ni
            alborotarán huracanes de envidia tempestuosa. Seguro vive vuestra excelencia en la
            altísima serenidad que ocupa, que si ese asiento le ha de gozar quien le merezca, ¿quién
            ha de ser sino vuestra excelencia, que ha podido dejar su virtud atrás los límites de la
            emulación, desahuciando los últimos esfuerzos de la envidia?</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Solus hic inuidiae fines virtute reliquit</l>
            <l>humanumque modum<note place="margin" resp="author"> Claud. Paneg. lib.<note
                  type="app" rend="I">lib. <hi rend="i">B</hi> : lib <hi rend="i">A</hi></note>
                3.</note><note place="bottom"> Claudiano, <hi rend="i">De consulatu
                Stilichonis</hi>, canto 24, libro 3, v. 39-40 (Claudiano 1985: 226). «Sólo [él:
                Estilicón] ha sobrepasado con sus virtudes el alcance de la envidia y la medida
                humana.» (trad. de Miguel Castillo Bejarano, véase Claudiano 1993b:
            114).</note></l></quote>
          <p>Porque, ¿quién podrá despecharse de que ardan lucidamente eternidades los astros, de
            que Júpiter empuñe por cetro el rayo, de que Febo sea príncipe universal de la
            sabiduría?</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Quis enim liuescere possit</l>
            <l>quod numquan pereant stellae, quod Iuppiter olim</l>
            <l>possideat coelum, quod nouerit omnia Phoebus?<note place="bottom"> Claudiano, <hi
                  rend="i">De consulatu Stilichonis</hi>, canto 24, libro 3, v. 41-43: «<hi rend="i"
                  >quis enim liuescere possit / quod numquam pereant stellae, quod Iuppiter altum /
                  possideat caelum, quod nouerit omnia Phoebus</hi>?» (Claudiano 1985: 226). «Pues,
                ¿quién podría envidiar el hecho de que nunca perezcan las estrellas, el hecho de que
                Júpiter posea el alto cielo, el que Febo lo conozca todo?» (trad. de Miguel Castillo
                Bejarano, véase Claudiano 1993b: 114-115).</note></l></quote>
          <p>También tienen los méritos grandes cierto sagrado en su misma sublimidad, ciertos
            linderos y espacios exentos, adonde jamás arribaron los ímpetus de la envidia más
            poderosa.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Est aliquod meriti spatium, quod nulla furentis</l>
            <l><pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fd1v.jpg"
                n="f. d1v"/>inuidiae mensura capit.<note place="bottom"> Claudiano, <hi rend="i">De
                  consulatu Stilichonis</hi>, canto 24, libro 3, v. 44-45 (Claudiano 1985: 226).
                «Hay un punto de gloria al que no puede alcanzar ningún grado de la frenética
                envidia» (trad. de Miguel Castillo Bejarano, véase Claudiano 1993b:
            115).</note></l></quote>
          <p>En esta cumbre tienen colocado a vuestra excelencia sus ínclitas prendas, y en esa le
            deseamos eternizado los que en tan remoto hemisferio vivimos, distantes del corazón de
            la monarquía, poco alentados del calor preciso con que viven las letras y se animan los
              ingenios<note place="bottom"> Recupera aquí Espinosa Medrano una temática tópica del
              discurso letrado americano (Cacho Casal 2015). El Lunarejo elabora un concepto de
              correspondencia entre la capital o la corte, el corazón y el sol. La corte es «corazón
              de la monarquía» que irradia calores y alientos, puesto que el corazón era para la
              medicina antigua el horno en que se cocían los humores; pero es también, por su
              posición central y por ese mismo calor, un sol que, de la misma manera que el del
              cielo da vida a las plantas y despierta a animales, aquí da vida a las letras y anima
              a los ingenios. En su censura al <hi rend="i">Sermón en la solemnidad de la Virgen
                María</hi> de Alonso Bravo de Paredes y Quiñones, El Lunarejo repite la misma
              locución y el mismo tópico: «late regiamente en España el corazón de la monarquía,
              pero palpita lejos, yacen dos océanos entre él y nosotros y, para participarle de
              estas influencias, los indianos no solo han menester ser beneméritos, pero argonautas»
              (Bravo de Paredes y Quiñones 1669: f. B2r).</note>, contentándonos con saludarle
            siquiera con los afectos. Guarde Dios a vuestra excelencia como puede y se lo suplico.
            Cuzco y febrero 20 de 1662<note place="bottom"> La lejanía de las Indias, tema con el
              que Espinosa Medrano cierra las dos dedicatorias de su mano, justifica la ignorancia
              en que se encuentra el peruano de la muerte del Conde-Duque, de la que casi se
              cumplían tres meses en la fecha de redacción apuntada aquí, puesto que murió el 26 de
              noviembre de 1661.</note>.</p>
          <p>Señor.</p>
          <p>Capellán de vuestra excelencia,</p>
          <p>Doctor Juan de Espinosa Medrano.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar16">
          <index indexName="resp" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <index indexName="date" n="1661-12"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fd2r.jpg"
            n="f. d2r"/>
          <head> Al lector</head>
          <p>En la palestra nos ves, lector mío, pero en palestra de entendimientos: peléase aquí
            entre estos límites, sin que pase el desidio<note place="bottom">El desidio es voz
              inusual y probable latinismo, del verbo <hi rend="i">desidere</hi>, “permanecer
              inactivo”: la voluntad vence a la pereza al inicio del combate con Faría.</note> a la
            voluntad. Hombre es de crédito mi antagonista, que hace glorioso el triunfo la valentía
            del enemigo<note place="bottom"> Espinosa Medrano demuestra aquí su conocimiento de la
              ética caballeresca de la polémica literaria, reconociendo en la antesala de su <hi
                rend="i">Apologético</hi> la valía de su enemigo, considerado de igual a igual.
              Sobre este tema véase: «La querelle savante dans l’Europe de la Renaissance, éthique
              et étiquette» (Pantin 1997: § 14).</note>.</p>
          <p>No te pido favorezcas este <title>Apologético</title>, porque no habrá hombre docto a
            quien don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName> no
            le haya merecido el que mire con afección pía sus causas. Si eres lego te ahorro el que
            me aplaudas, porque no quiero, y me excuso el que me lastimes, porque no siento. Tarde
            parece que salgo a esta empresa, pero vivimos muy lejos los criollos y, si no traen las
            alas del interés, perezosamente nos visitan las cosas de España; además que<note
              type="app" rend="I"> y sino traen las alas del interes; pereçosamente nos visitan las
              cosas de España; <hi rend="i">A : om. B</hi></note> cuando <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Manuel de Faría</persName> pronunció su censura,
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> era muerto y yo no
            había nacido<note place="bottom"> Góngora muere el 23 de mayo de 1627, Espinosa Medrano
              nace entre 1628 y 1630 (Cisneros y Guibovich 1988: 336). El comentario de las <hi
                rend="i">Lusíadas</hi> de Faría contra el que Espinosa Medrano toma la pluma se
              publica en 1639, por lo que El Lunarejo parece tener conocimiento de una censura de
              Góngora por Faría, pronunciada entre 1627 y como muy tarde 1630, y quizá repetida por
              escrito en el comentario de 1639. Presumiblemente, considerando las fechas, podemos
              descartar el ataque contra los cultos que se encuentra en la noche primera, palestra
              IV de las <hi rend="i">Noches claras</hi> de Faría, publicadas en Madrid, por la viuda
              de Cosme Delgado, en 1624 (dedicatoria del 7 de febrero de 1624) y por tanto
              anteriores a la muerte de Góngora. Podría tratarse, vista la cronología, del prólogo
              de la primera parte de la <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi> (1627) que Jammes
              menciona en su catálogo de la polémica (Jammes 1994: 706), aunque este prólogo carece
              de la virulencia de las <hi rend="i">Noches claras</hi> y del comentario a las <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>. Dicho esto, es muy posible que Espinosa Medrano, que cuenta
              entre 32 y 34 años al escribir este prólogo, emplee una hipérbole al escribir que en
              1639 «no había nacido», queriendo aludir a su niñez. Se referiría de este modo al
              comentario de las <hi rend="i">Lusíadas</hi> de Faría. No nos consta que conozca o
              utilice en su <hi rend="i">Apologético</hi> las <hi rend="i">Noches claras</hi> ni el
              tomo primero de la <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>.</note>. Si alguien quisiere
            proseguir la batalla, la pluma me queda sana y volveré sin temor al combate. Ya ves cuán
            poco me va en defender a quien aun sus paisanos desamparan, pero dicen que es linaje de
            generosidad reñir las pendencias de los buenos.</p>
          <p>Si al duque, mi señor y mecenas de este papel, no desagradare<note type="app" rend="I">
              desagradare <hi rend="i">B</hi> : desagredare <hi rend="i">A</hi></note> esta ofrenda
            humilde, tenme por animado a mayores empresas. Ocios son estos que me permiten estudios
            más severos<note place="bottom"> Cuatro veces repiten los preliminares que el <hi
                rend="i">Apologético</hi> es un libro menor que anuncia obras de más enjundia.
              Véase, <hi rend="i">supra</hi>, la aprobación de Alonso Bravo de Paredes y Quiñones,
              la censura de fray Miguel de Quiñones y la dedicatoria de Espinosa Medrano a Luis
              Méndez de Haro.</note>. Pero, “¿qué puede haber bueno en las Indias?”. ¿Qué puede
            haber que contente a los europeos, que de esta suerte dudan? Sátiros nos juzgan,
            tritones nos presumen, que, brutos de alma, en vano se alientan a desmentirnos máscaras
            de <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fd2v.jpg"
              n="f. d2v"/> humanidad<note place="bottom"> Espinosa Medrano denuncia que los europeos
              consideran a los criollos como sátiros o tritones carentes de alma y con un falso
              barniz de humanidad. En este virulento ataque, Espinosa Medrano alude a dos polémicas
              de la época para reivindicarse como letrado cuzqueño. La primera remite al debate
              sobre la racionalidad de los monstruos, un debate que El Lunarejo considera zanjado y
              que desde su punto de vista asimila los sátiros y tritones a monstruos con alma de
              bestia, «brutos de alma», y por tanto ajenos a la humanidad. La segunda polémica es la
              de la naturaleza del indio americano, entre la humanidad y la barbarie. Superponiendo
              ambas polémicas, pretende ridiculizar la opinión que atribuye a Europa entera, según
              la cual el criollo —y, por descontado, el indio— es considerado como un monstruo ajeno
              a la humanidad, literalmente desalmado. Véase a este respecto la introducción. Sobre
              las reivindicaciones criollas de Espinosa Medrano véase González Echevarría 1993
              (153-158).</note>. Perdono lo que me cabe, no me atrevo al desengaño<note type="app"
              rend="I"> Pero que puede auer bueno en las Indias? Que puede auer que contente a los
              Europeos, que desta suerte dudan? Satyros nos juzgan, Tritones nos presumen, que
              brutos de alma; en vano se alientan a desmentirnos mascaras de humanidad. Perdono lo
              que me cabe <hi rend="i">A : om. B</hi></note>. Embargo sí las estimaciones: harto es
            que hablemos, mucho valdría papagayo que tanto parlase, pero sucédenos lo que al de
            Augusto César. «<quote xml:lang="la" rend="i">Oleum et operam perdidi</quote>»<note
              place="bottom"> Erasmo, <hi rend="i">Adagia</hi>, 362, «<hi rend="i">Oleum et operam
                perdidi</hi>». El papagayo es una alusión a una anécdota que se encuentra en
              Macrobio, <hi rend="i">Saturnalia</hi>, lib. II, IV, 29-30 (Macrobio 1970a: 148), y
              que Erasmo recoge (Erasmo 2011: 374). El emperador Augusto, de humor amable y
              espléndido, compra una serie de cuervos amaestrados que le graznan alabanzas. La serie
              concluye con un cuervo que repite una frase de su adiestrador, convencido de haber
              hecho mal negocio por la abundancia de competidores y el probable hastío de Augusto:
                «<seg xml:lang="la" rend="i">Opera et impensa periit</seg>» (‘he perdido el tiempo y
              el gasto’). El emperador, divertido por la involuntaria franqueza, compra el cuervo
              doblando el precio de los anteriores. El Lunarejo convierte al cuervo en papagayo
              —pájaros parlantes ambos— a partir de otro cuento romano, esta vez sobre un loro que
              saludó a Julio César con las palabras «<hi rend="i">Caesar, aue</hi>». La anécdota,
              referida por Plinio y por Marcial, era un tópico, ampliamente difundido por la
              emblemática a partir de imágenes de Durero o Rubens (Dundas 2004: 295-296). Espinosa
              Medrano continúa con esta alusión su ataque criollo contra el español. Primero,
              prolonga la identificación antifrástica del criollo con un «bruto», en este caso el
              papagayo. Cabe recordar que El Lunarejo ya se ha identificado con un «ave peregrina»
              en la dedicatoria a Luis Méndez de Haro. Segundo, renuncia a desengañar a europeos que
              tercamente porfían en su error, y constata, para acabar, la vanidad de su empresa
              intelectual, merecedora de mayor estima en eventuales bestias que en criollos con
              severos estudios e ingenio.</note>, Dios te guarde, etc.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="preliminar17">
          <index indexName="resp" n="Espinosa Medrano, Juan de"/>
          <index indexName="date" n="1661"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fd3r.jpg"
            n="f. d3r"/>
          <head> Catálogo de los escritores que autorizan este <title>Apologético</title>.</head>
          <p>San Alchimo, Alciato, Alfonso de Mendoza, Antonio Verderio, don Antonio de Solís, don
            Antonio Cabreros, Apolonio, Acquario Lodola, Ambrosio de Morales, Alvar Gómez, Apuleyo,
            Aretino, Aristóteles, Aristófanes, Ascensio, Asclepíades, san Augustín, Alejandre de
            Alejandro, Barbosa, Bartolomé Leonardo, Beroaldo, Brodeo, Biblia Sacra, Baptista
            Mantuano, Camões, Claudiano, Claudio Minoe, Cartario, Camerario<note place="bottom"> Hay
              un apunte manuscrito en el margen de B: Autor Condº</note>, Catsio, Cervantes,
            Clenardo, san Crisóstomo, Cicerón, Coronel, Cabrera, Crinito, Cornelio Tácito, san
            Cipriano, Cesario Cisterciense, Donato, Durancio, Del Rio<note type="app" rend="I">
              Delrrio <hi rend="i">A</hi> : Deltrio <hi rend="i">B</hi></note>, Erasmo<note
              place="bottom"> Hay un apunte manuscrito en el margen de B: Autor Condenado</note>,
              Escalígero<note place="bottom"> Hay un apunte manuscrito en el margen de B: Autor
              Condº</note>, Faría, don Félix de Arteaga, Festo, Góngora, Glosa, Gilberto
              Cognato<note place="bottom"> Hay un apunte manuscrito en el margen de B: Autor
              Condº</note>, García de Loayza, Galeotto Marcio, san Gregorio Magno, Georgio
              Sabino<note place="bottom"> Hay un apunte manuscrito en el margen de B: Autor
              Condº</note>, s<hi rend="i">an</hi> Jerónimo, Garcilaso, Gregorio Silvestre,
            Halicarnaseo, Horacio Flaco, Hadriano Junio<note place="bottom"> Hay un apunte
              manuscrito en el margen de B: Autor Condº</note>, Herrera, Homero, Hugo Cardenal, san
            Isidoro, Juvenco, <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_fd3v.jpg"
              n="f. d3v"/> Juvenal, Julio Cándido, Juan de Mena, Illescas, Jacobo Pontano, Joan
            Grial, Lactancio Firmiano, Lelio Tifernate, Lorenzo Gracián, Lucrecio, Lucano, Lope de
            Vega, Luis Vives, Laurencio Valla, Luis Barahona, Merlín Cocayo, Marcial, Macrobio,
            Marco Antonio Mureto, Molina<note type="app" rend="I"> Molina <hi rend="i">A</hi> :
              Molino <hi rend="i">B</hi></note> el Teólogo, Matías Hauzeur, Natal Cómite, Nicéforo,
            Nebrisense, Nicolás de Albiz, Ovidio Nasón, Hortensio Paravicino, Ferécides, Pacuvio,
            Pausanias, Pinciano, Propercio, Prudencio, Pedro de Oña, Pedro de Bustamante<note
              type="app" rend="I"> Pausanias. Pinciano. Propercio. Prudencio. Pedro de Oña. Pedro de
              Bustamante <hi rend="i">A</hi> : Pausanias. Ped. de Bustamante. Pinciano. Propercio.
              Prudencio. Pedro de Oña <hi rend="i">B</hi></note>, Plinio Mayor, Plinio Menor,
            Plutarco, Pellicer, Pineda, Persio, Petronio Árbitro, Promptuario delle medaglie,
            Plauto, Pierio Valeriano, Quintiliano, san Ruperto Abad, Servio, Sedulio, Sousa
            traductor del Bocal<note place="bottom"> Pérez de Sousa, traductor de Boccalini.</note>,
            Teócrito, Tibulo, Teodoreto, Tertuliano, santo Tomás de Aquino, Turnebo, Tucca, Tzetzes,
            Tomás Tamayo, Trajano Boccalini, Virgilio, Varrón, Vatablo, Varo, Valerio Máximo,
            Villalpando, Cerda.</p>
        </div>
      </div>
      <div xml:id="apologetico">
        <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f1r.jpg"
          n="f. 1r"/>
        <head> Apologético en favor de don Luis de Góngora, Príncipe de los Poetas Líricos de
          España</head>
        <div type="chapter" xml:id="seccion1">
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f1r.jpg"
            n="f. 1r"/>
          <head> Apologético en favor de don Luis de Góngora, Príncipe de los Poetas Líricos de
            España</head>
          <head>Sección I</head>
          <p>1<note place="bottom"> El párrafo entero construye un retrato del enemigo Faría
              mediante autoridades: es un perro hereje, gramático y envidioso. El tema de la envidia
              pertenece a la polémica gongorina y aparece en el <hi rend="i">motto</hi> del grabado
              de Courbes que abre las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi> de Pellicer, pero es el
              primer ataque que merecen los detractores del cordobés, puesto que infringen la
              necesaria igualdad de los contendientes en polémica literaria, atreviéndose con un
              poeta considerado como superior y supremo por sus defensores (Pantin 1997: § 14). El
              párrafo segundo de Espinosa Medrano continúa en esa línea: «Muy de garnacha y
              magistrado llama a juicio a quienes no le temieran crítico, pero le despreciaran
              aprendiz». Sobre la envidia en la polémica gongorina véase Galbarro García, «Lectores
              y lecturas de las <hi rend="i">Lecciones solemnes</hi>… de José Pellicer de Ossau y
              Tovar», <hi rend="i">e-Spania</hi>, en prensa.</note>. Pensión de las luces del
            ingenio fue siempre excitar envidias que muerdan, ignorancias que ladren. Iras
            entrañables delineó <persName type="authority" key="Alciato">Alciato</persName> en el
            natural canino, que al orbe luminoso de la Luna, en la nocturna carrera de sus
            resplandores, rabioso<note type="app" rend="I"> rabioso <hi rend="i">A</hi> : rabiosa
                <hi rend="i">B</hi></note> embiste, enfurecido ladra, mas como ve su figura en el
            celeste espejo retratada (dice el poeta) parécele que traba rifas<note place="bottom"
              >«Contienda, riña o pendencia» (Aut.).</note> con su semejante<note place="bottom">
              Además de referirse a Alciato, al que cita inmediatamente en latín (véase nota <hi
                rend="i">infra</hi>), Espinosa Medrano puede estar refiriéndose aquí a Luciano, <hi
                rend="i">Icaromenipo</hi>, § 20, o a Plutarco, <hi rend="i">De facie in orbe
                lunae</hi>, pues ambos hablan del disco lunar como de un espejo que refleja la
              tierra (Luciano 1915: 302-303; Plutarco 1957: 40-41 [921]). También mencionan Ecio y
              Simplicio esta teoría, rebatida por Ibn Al-Haitham y repetida todavía por el emperador
              Rodolfo II (1576-1612) según cuenta Kepler (apud Plutarco 1957: 41).</note>. Pero
            sordo a tan importunas voces prosigue el cándido planeta el volante lucimiento de sus
              rayos<note place="margin" resp="author"> Alciat. Embl. 144<note type="app" rend="I"
                >144. <hi rend="i">A</hi> : 1. <hi rend="i">B</hi></note></note>:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Et latrat, sed frustra agitur vox irrita ventis,</l><l>et
              peragit <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f1v.jpg"
                n="f. 1v"/> cursus surda Diana suos.<note place="bottom"> Alciato, <hi rend="i"
                  >Emblemas</hi>. En la mayoría de ediciones se trata del emblema 164 o 165, pero la
                remisión de Espinosa Medrano al emblema 144 nos indica que consulta probablemente
                los <hi rend="i">Omnia Andreae Alciati v. c. emblemata</hi>, comentados por Claudio
                Minoe (Claude Mignault): en particular, la impresión parisina de 1583 (Parisiis:
                Apud Hieronymum de Marnef, et viduam Gulielmi Cauellat), en la que aparece con ese
                número. Véase Alciato (1583: 527-528). Los versos citados son el tercero y el cuarto
                del emblema en cuestión, que lleva por título «<hi rend="i">Inanis impetus</hi>»
                («Vano empeño») y reza así: «<hi rend="i">Lunarem noctu, ut speculum, canis inspicit
                  orbem, / Seque videns, alium credit inesse canem, / Et latrat: sed frustra agitur
                  vox irrita ventis, / Et peragit cursus surda Diana suos</hi>.»: «Mira de noche un
                perro el orbe de la luna como un espejo y, viéndose en él, cree que hay allí otro
                perro, y ladra: pero en vano lanza a los vientos sus voces inútiles, pues Diana,
                sorda, sigue su curso.» (trad. Pilar Pedraza, véase Alciato 1985: 207). En su
                biblioteca Espinosa Medrano tenía un «Alçiato» (Guibovich 1992: 28).</note></l>
          </quote>
          <p>Bien puede el ingenio docto brillar elevado en los cuernos de la Luna, que al desatino
            de la envidia poco le contenta lo ilustre, cuando le asombra lo soberano. Hay algunos
            hombres no ignorantes, pero ni doctos, sino eruditos a lo sátiro, medio necios y todo
              locos<note place="bottom"> La imagen del crítico-sátiro viene dictada por el carácter
              híbrido del monstruo («medio necios») y su uso concuerda con el despechado ataque
              antieuropeo del prólogo al lector, en el que el sátiro encarna la falta de alma
              intelectiva. Aquí, de hecho, el sátiro es «todo loco». Con esta pulla Espinosa Medrano
              devuelve a Manuel de Faría el ataque de los europeos hacia los americanos.</note>, que
            con arrojo (iba a decir desvergüenza) censuran, muerden y lastiman las venerables letras
            de los varones más insignes. Canes llamó a estos <persName type="authority"
              key="Cognato, Gilberto">Gilberto Cognato</persName>, que voceando al argentado carro
            de la Luna, nos dicen que el condenar los aciertos que no podrán imitar es ladrido que
            amotina contra la doctitud el desvanecimiento. No hay que culpar a los totalmente
            ignorantes, que esta osadía no la cometen, sino los que <persName type="authority"
              key="Cognato, Gilberto">Gilberto</persName> llama sabidillos. «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Solet excitari a quibusdam sciolis in viros doctos, quos cum imitari
              nequeant, iis obloqui non verentur, quo sensu accipio illud Alciati: Allatrant; sed
              frustra agitur vox irrita ventis, et peragit cursus surda Diana suos</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Gilbert Cognat. Cent 5. adag. 453.</note><note
              place="bottom"> Gilberto Cognato (Gilbert Cousin) es el autor de una larga serie de
              adagios añadidos a los de Erasmo en una edición de los <hi rend="i">Adagiorum</hi> de
              1571 (Parisiis: apud Nicolaum Chesneau, via Iacobeae, sub scuto Frobeniano et quercu
              viridi), varias veces reeditada. En particular el que nos ocupa se encuentra bajo el
              acápite de Gilberto Cognato (ΠΑΡΟΙΜΙΩΝ ΣΥΛΛΟΓΗ), en su «<hi rend="i">Adagiorum
                centuria quinta</hi>», adagio 453: «<hi rend="i">Canis etiam Hecate terretur»: «Id
                commodius, quantum coniicio, de inani impetu intelligeretur qui solet excitari
                plerunque ab importunis et odiosis quibusdam sciolis in viros doctos, quos cum
                imitari nequeant, iis obloqui non verentur, quo sensu accipio illud Alciati:
                Allatrant, sed frustra agitur vox irrita ventis, Et peragit cursus surda Diana
                suos</hi>.» (Erasmo 1571: col. 1297), (‘Hasta el perro se deja amedrentar por la
              luna. Conviene que apliquemos la frase, sospecho, al vano ataque que ciertos odiosos
              sabidillos suelen lanzar contra los varones doctos, a quienes, como son incapaces de
              imitarlos, no se recatan de murmurar de ellos. Y en este sentido interpreto aquello de
              Alciato: <hi rend="i">Ladran pero en vano dan su inútil voz a los vientos, pues,
                Diana, sorda, sigue su curso.</hi>’). Tenía en su biblioteca El Lunarejo unas
              «chiliadas de Erasmo» (Guibovich 1992: 26) que podrían corresponder a esta edición de
              los <hi rend="i">Adagios</hi>.</note>. Que bien dijo un discreto que no temía a los
            muy doctos ni a los muy ignorantes en la censura, porque la generosidad de aquellos
            perdonaba y la confusión de aquestos no ofendía. Los entreverados son los bachilleres,
            mordaces y presumidos. Líbreos Dios de quien con su poco de latín leyó cuatro poetas,
            dos historiadores, un cosmógrafo y medio teólogo, que no le ha de quedar autor que no
              margene<note place="bottom"> Apostille. El <hi rend="i">Diccionario de
                Autoridades</hi> reenvía “margenar” a “marginar”: «anotar o apuntar alguna cosa al
              margen de un libro o escrito» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>, poeta que no muerda,
            escritor que no lastime. ¡Oh desventura de gramáticos! ¡Que luego se ha de apoderar de
            ellos la jactancia y la hinchazón! Tal vez reventaron en errores pestíferos: llórenlo
              <persName type="authority" key="Melanctón">Melanctón</persName>, <persName
              type="authority" key="Erasmo">Erasmo</persName>, <persName type="authority"
              key="Vatablo">Vatablo</persName>, <persName type="authority" key="Escalígero"
              >Escalígero</persName>, <persName type="authority" key="ValLa, Laurencio">Laurencio
              ValLa</persName>, <persName type="authority" key="Vives, Luis">Luis
              Vives</persName><note place="bottom">A estos autores, todos ellos grandes humanistas y
              por ello englobados en la categoría despectiva de «gramáticos», El Lunarejo parece
              recriminarles «errores pestíferos», opiniones heréticas, de manera un tanto discutible
              o extremista en algún caso. Melanchton fue el más distinguido intelectual entre los
              seguidores tempranos de Lutero; Vatablo (François Vatable), humanista francés, fue
              autor de una Biblia latina de gran valor, condenada por la Sorbona pero impresa con
              honores por los teólogos de Salamanca en 1584; Justo José Escalígero, helenista
              distinguido, fue calvinista; Erasmo no pasó por hereje hasta después de su muerte, y
              aún así con salvedades. Vives, además de ser amigo de Erasmo, tuvo problemas en España
              por su condición de converso (parte de su familia llegó a ser ejecutada por la
              Inquisición), lo que lo indujo a exiliarse a los Países Bajos. En cuanto a Valla,
              demostró la falsedad de la llamada «Donación de Constantino», lo que suponía un grave
              varapalo a las pretensiones políticas y territoriales que la Iglesia venía
              reivindicando históricamente, además de haber abierto el camino para la crítica
              filológica del texto del Nuevo Testamento. Le amenazaron acusaciones de herejía,
              aunque no llegaran a concretarse. En propiedad, Espinosa Medrano enumera a los más
              renombrados humanistas, acusándolos de soberbia: la matriz común de los errores
              gramáticos y de las herejías. Sin embargo, es dudoso que se pueda tomar al pie de la
              letra la acusación de los «errores pestíferos»: en el caso de Vatablo, hay incluso en
              el <hi rend="i">Apologético</hi> una cita de su Biblia y sus escolios al Antiguo
              Testamento (sección IX, § 70).</note>, etc.; y tal vez fue menester que el doctor de
            las Españas <persName type="authority" key="san Isidoro">San Isidoro</persName> nos
            dijese: «<quote xml:lang="la" rend="i">Meliores esse grammaticos quam
              haereticos</quote>»<note place="margin" resp="author"> D.<note type="app" rend="I">D.
                  <hi rend="i">B</hi> : S. <hi rend="i">A</hi></note> Isido. Sent. lib. 3. Cap.
              13.</note><note place="bottom"> Isidoro de Sevilla, <hi rend="i">Sententiae</hi>,
              libro III, cap. 13, sentencia 11 (véase la edición de Pierre Cazier, Isidoro 1998:
              238): «<hi rend="i">Meliores esse grammaticos quam hereticos; heretici enim haustum
                letiferi sucus hominibus persuadendo propinant; grammaticorum autem doctrina potest
                etiam proficere ad vitam, dum fuerit in</hi>
              <hi rend="i">meliores</hi><hi rend="i">usus adsumpta</hi>», (‘los gramáticos son
              mejores que los herejes; los herejes administran a los hombres el jugo envenenado que
              han sacado [de ellos]; la doctrina de los gramáticos puede incluso ser provechosa para
              la vida, mientras sea aplicada para mejores usos’). En la edición consultada por
              Espinosa Medrano, en la que el texto de Isidoro está enmendado por García de Loaysa
              Girón (<hi rend="i">Isidori Hispalensis episcopi Sententiarum libri III. Emendati, et
                notis illustrati per Garsiam Loaysa</hi>, príncipe publicada en Taurini: apud Jo.
              Baptistam Bevilaquam, 1593; véase <hi rend="i">infra</hi>), esta sentencia lleva el
              número 12 y difiere en algunos detalles de la edición de Pierre Cazier, pues dice:
                «<hi rend="i">heretici enim letiferi succi hominibus persuadendo propinant;
                grammaticorum autem doctrina potest etiam proficere ad vitam, dum fuerit ad meliores
                usus adsumpta</hi>» (Isidoro 1593: 301). Es posible que Espinosa Medrano acuda a las
                <hi rend="i">Sentencias</hi> comentadas en la edición madrileña sufragada por Felipe
              II (ex typographia regia, 1599): véase Isidoro 1599b <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=YhdA09qf-0EC&amp;dq=Divi%20Isidori%20Hispal.%20episcopi%20opera%20Philippi%20II&amp;hl=fr&amp;pg=PA84#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(84)</ref>.</note>, que eran mejores que los herejes los gramáticos. En verdad, que
            debía de haber alguna confusión entre ellos, pues fue menester toda esa advertencia, mas
            como unos y otros son hijos de la vanidad y elación, parécense en la facilidad de
            condenar, como en la progenie del presumir. «<quote xml:lang="la" rend="i">Quia ingerunt
              hominibus perniciosam mentis elationem</quote>»<note place="bottom"> ‘Porque inducen
              en los hombres una perniciosa arrogancia intelectual’. Isidoro de Sevilla, <hi
                rend="i">Sententiae</hi>, libro III, cap. 13, sentencia 10 (Isidoro 1998: 238): «<hi
                rend="i">Simplicioribus litteris non est proponendus fucus grammaticae artis.
                Meliores sunt enim communes litterae, quia simpliciores, et ad solam humilitatem
                legentium pertinentes; illae uero nequiores quia ingerunt hominibus perniciosam
                mentis elationem</hi>», (‘A los menos instruidos no debe proponerse un barniz de
              gramática. Es preferible que se queden en las primeras letras, porque más sencillas y
              apropiadas a la humildad de los lectores; las más avanzadas son dañosas porque inducen
              en los hombres una perniciosa arrogancia intelectual’). En la edición consultada por
              Espinosa Medrano, en la que el texto de Isidoro está enmendado por García de Loaysa
              Girón (véase <hi rend="i">infra</hi>), esta sentencia lleva el número 11 (Isidoro
              1593: 301). Véase también Isidoro 1599b <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=YhdA09qf-0EC&amp;dq=Divi%20Isidori%20Hispal.%20episcopi%20opera%20Philippi%20II&amp;hl=fr&amp;pg=PA84#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(84)</ref>.</note>. Sobre esta cláusula su ilustrador<note place="bottom">Se
              refiere al comentarista, García de Loaysa y Girón, arzobispo de Toledo en 1598 y
              colaborador en la edición costeada por Felipe II de las obras de san Isidoro de
              Sevilla.</note>
            <persName type="authority" key="Loayza, García de ">García de Loayza</persName><note
              place="margin" resp="author"> Garsiam<note type="app" rend="I">Garsiam <hi rend="i"
                  >em.</hi> : Garsias <hi rend="i">AB</hi></note> de Loaisa ibidem.</note> dio las
            señas de este linaje de hombres: «<quote xml:lang="la" rend="i">Grammaticos vocat hic
              Aristarchos illos qui sibi de omni doctrina iudicium vendicabant, censores doctrinae
              et styli, quorum et inanem tumorem repraehendit Augustinus<note place="margin"
                resp="author"> Augustinus.<note type="app" rend="I">Augustinus. <hi rend="i"
                    >em.</hi> : Augustinns. <hi rend="i">A</hi> || <hi rend="i">om.
                B</hi></note></note> libro de catechizandis rudibus</quote>»<note place="bottom">
              Por la marginalia, que remite a un comentario de García de Loaysa en el mismo libro
              que la cita de Isidoro, sabemos que Espinosa Medrano consulta las <hi rend="i"
                >Sententiae</hi> en la versión de García de Loaysa Girón, cuya primera edición es de
              1593 (Taurini: apud Jo. Baptistam Bevilaquam), pero que se reedita como <hi rend="i"
                >pars altera</hi> de los <hi rend="i">Diui Isidori Hispal. Episcopi opera</hi>
              sufragados por Felipe II (Madriti: ex typographia regia, 1599). En las notas al texto,
              y en particular a la sentencia undécima del cap. 13 del libro III («<hi rend="i"
                >Meliores esse grammaticos quam haereticos</hi>»), leemos la cita traída por
              Espinosa Medrano (‘Llama gramáticos a esos aristarcos que se arrogan el derecho de
              juzgar toda doctrina, censurando tanto el pensamiento como el estilo; reprende también
              su vana hinchazón Agustín en su libro sobre la instrucción cristiana elemental, <hi
                rend="i">De Catechizandis Rudibus’</hi>). Véase Isidoro 1593 (433) y 1599b
              (84).</note>. Estos son los aristarcos<note place="bottom">Los críticos, por
              antonomasia de Aristarco</note> que con vara censoria se arrogan el tribunal de todas
            las letras: árbitros de toda doctrina, censores de todo estilo. Luna fue
              esplendidísima<note type="app" rend="I"> esplendidissima <hi rend="i">B</hi> :
              esplendissima <hi rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas.</note> el
            insigne y raro poeta cordobés<note type="app" rend="I"> Cordoues <hi rend="i">A</hi> :
              Cordues <hi rend="i">B</hi></note> don <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName>, si es que el ser sol se quedó sólo,
            a juicio del mundo, para el mismo Apolo, pues heredero de sus luces resplandece en el
            tenebroso siglo de tanto culto, planeta mayorazgo del sol, que en la plenitud de sus
            esplendores nunca le advierte corvo sino quien menguante de seso anduviere con la
              Luna<note place="bottom"> Según el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>, «Luna
              se toma también por el efecto que ocasiona la Luna en los faltos de juicio. Lat. <hi
                rend="i">Passio lunae in insanis</hi>.» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Hay aquí un juego
              de palabras sobre la insanidad de los críticos de Góngora: como lo corvo se aparta de
              lo recto, los que ven faltas en Góngora («le advierte[n] corvo») son corvos a su vez,
              como la luna menguante, pues por su influencia tienen mengua de seso.</note>.</p>
          <p>2. No sé qué Furia se apoderó de <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Manuel de Faría y Sousa</persName> para que, de
            comentador de <persName type="authority" key="Camões">Camões</persName>, se pasase a
            ladrador de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>: pudiera
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">este fidalgo</persName><note
              place="bottom"> Lusismo, usado con probable ironía en referencia al título que ostenta
              el portugués: «Caballero de la Orden de Cristo y de la Casa Real» (Faría 1639a:
              portada).</note> correr su estadio y proseguir su estudio, sin enturbiar con polvo tan
            ruin el honrado sudor de su fatiga<note place="bottom">Entre el estudio y el estadio, El
              Lunarejo desarrolla un concepto por paronomasia: el comento de Camões es fatigosa y
              estudiosa carrera que deja a Faría honradamente sudoroso, pero quedará sucio además de
              sudado al salir del estadio por levantar polvo contra Góngora. La imagen de la carrera
              concluye en la frase siguiente, en que Faría tropieza en su estudio-estadio, dando en
              el descrédito.</note>. Vileza es del ingenio no acertar con los fines del aplauso sino
            tropezando en los medios de algún descrédito. Vituperar las musas de <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> no es comentar la
              <title>Lusíada</title> de <persName type="authority" key="Camões"
              >Camões</persName><note type="app" rend="I"> Lusiada de Camões <hi rend="i">A</hi> :
              Luziada de Camões <hi rend="i">B</hi></note>. Morder para <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f2r.jpg"
              n="f. 2r"/> pulir beneficio es de lima; morder por solo roer hazaña será de perro<note
              place="bottom"> Puede haber aquí, adelantándose a la cita que vendrá luego, una
              alusión a la epístola de San Jerónimo <hi rend="i">Ad Domnionem.</hi> San Jerónimo,
                <hi rend="i">Epistulae</hi>, 3, epist. 50 (<hi rend="i">Ad Domnionem</hi>), 1: «<hi
                rend="i">Scribis eos, immo nescio quem de triuio, de competis, de plateis
                circumforanum monachum rumigerulum, rabulam, vafrum tantum ad detrahendum, qui per
                trabem oculi sui festucam alterius nititur eruere, contionari adversum me, et libros
                quos contra Iouinianum scripsi canino dente rodere, lacerare, convellere</hi>»
              (Jerónimo de Estridón 1951: 150). Véase también Migne 1845a (col. 0512-0513).</note>.
            Cuando al libro le haga bueno la erudición propia, nunca le hace ni aun razonable el
            deslucimiento ajeno. De don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de
              Góngora</persName> nadie dijo mal, sino o quien le envidia o no le entiende. Si esto
            último es culpa, pendencia tienen que reñir con el sol muchos ciegos. Nunca dijo mayor
            verdad <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Manuel de
              Faría</persName> que cuando escribió estos renglones: «<quote xml:lang="es">Yo me
              obligo que no está fácil la respuesta para muchos que quieren fácilmente entender y
              juzgar a los grandes hombres, de que resulta que ni los entienden ni los veneran como
              les es debido</quote>»<note place="margin" resp="author"> Canto<note type="app"
                rend="I">Canto <hi rend="i">A</hi> : Cant. <hi rend="i">B</hi></note> 2. sed tan.
              112 fol. 551.</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>,
              I, Tomo I, Canto II, estancia 112, col. 551, A [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col.
              551).</note>. Bien dicho, pero cógele de medio a medio: pues si <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> es varón grande, a pesar
            suyo, ¿de qué puede nacer no venerarle debidamente, si no le disculpa lo craso de no
            entenderle? Pero yo mejor siento del ingenio de <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>: no faltó conocimiento, sobró sí
            envidia, que herido de esta peste se confiesa el pobre caballero cuando hablando de su
            poeta dijo: «<quote xml:lang="es">Verdaderamente me hallo con envidia de que don Luis de
              Góngora se le haya parecido tanto en esta gracia y aventajádose<note type="app"
                rend="I"> aventajadose <hi rend="i">B</hi> : auentajandose <hi rend="i">A</hi>
                [Enmienda consignada en la fe de erratas. En el testimonio A, la n se encuentra
                tachada.</note> en la copia</quote>»<note place="margin" resp="author"> Fol.
              49</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I,
              «Vida del poeta», 24, col. 49, D [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 49).</note>.
            Gentil confesión para que le creamos cuanto delira: sentencia que dictó la emulación,
            ¿qué equidad puede prometer? Muy de garnacha<note place="bottom"> Según el <hi rend="i"
                >Diccionario de Autoridades</hi>, garnacha es metonimia habitual por la persona que
              viste la garnacha, que es una toga empleada únicamente por «los consejeros y los
              jueces de las reales audiencias y chancillerías».</note> y magistrado llama a juicio a
            quienes no le temieran crítico, pero le despreciaran aprendiz. Quién le dio a <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> la vara censoria para
            que, loco o desvanecido, publique exámenes a su juicio y hecho asesor de Apolo, oráculo
            de las Musas, árbitro del Parnaso, prorrumpa en esta bobería diciendo: «<quote
              xml:lang="es">Hablo habiéndolos examinado a todos para esta sentencia, que yo confío
              aprobará el mismo Apolo, porque la di después de haber revuelto todos los textos de
              las Musas, por<note type="app" rend="I"> por <hi rend="i">B</hi> : per <hi rend="i"
                  >A</hi></note> no parecerme a los que sin examen se hacen jueces</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Tom. 1. fol. 541.</note><note place="bottom"> Aquí da
              muestra Espinosa Medrano de su habilidad retórica al seleccionar el texto de Manuel de
              Faría, que en las <hi rend="i">Lusiadas</hi> dice así: «Es obra [el <hi rend="i"
                >Afonso Africano</hi> de Vasco Mouzinho de Quebedo] que después de esta, en este
              género no conocemos otra en orden, imitación y facilidad y muestras de juicio: hablo
              de Autores Portugueses, hasta este año de 1638, aviéndolos examinado a todos para esta
              sentencia que yo confío aprobará el mismo Apolo, porque la di después de haber
              revuelto todos los textos de las Musas, por no parecerme a los que sin examen se hacen
              jueces», <hi rend="i">en Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto II, estancia 103, col. 541, A
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 541).</note>. ¡Qué buenos cascos! Si don Quijote
            lograra el imperio, o Sancho la ínsula<note place="bottom"> Aludiendo al episodio del
              gobierno de Sancho en la ínsula Barataria en la <hi rend="i">Segunda parte del
                ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha</hi>, Espinosa Medrano sitúa a Faría,
              si fuera presidente de algún tribunal, como un juez grotesco bajo el grotesco gobierno
              de locos como él, de igual modo que don Quijote sería un emperador risible y Sancho un
              ridículo gobernador.</note>, no se toparan presidente más a propósito. Todo <title>el
              comento de Camões</title> le hallo sembrado de estas vanidades, alabanzas propias,
            fanfarronerías, roncas<note place="bottom">La ronca es «amenaza con jactancia del valor
              propio en competencia de otro» (<hi rend="i">Aut</hi>.). María Moliner (2008) la
              define como «bravuconería o bravata» y señala que su uso es generalmente en
              plural.</note>, filaucías<note place="bottom">La ‘filaucía’ es el amor hacia sí mismo.
              El término puede leerse ya en el <hi rend="i">Parecer acerca de las Soledades</hi> de
              Francisco de Córdoba (1614_parecer), y sobre él polemizan Lope y Colmenares
              (1624_colmenares-contra-lope).</note>, desvanecimientos y vanaglorias; ya es consulto
            del mismo Apolo, ya es águila<note place="margin" resp="author"> Fol. 540<note
                type="app" rend="I">540 <hi rend="i">A</hi> : 548 <hi rend="i">B</hi></note></note>
            que, registrando el menor rizo a las guedejas del sol, arroja en sus exámenes los
            adulterinos pollos del nido<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto II, estancia 103, col. 540, D [1639_lusiadas]
              (Faría 1639a: I, col. 540): «Yo sospecho que es menester buena vista para descubrir
              tantas y tan disimuladas imitaciones, si es que me lo conceden cuantos presumen de
              águilas y que pudieran ser arrojados del nido por presumir vanamente». Faría alude a
              la fábula según la cual el águila es el único animal capaz de mirar al sol de frente y
              pone a prueba esta capacidad en sus polluelos. Naturalmente, Espinosa Medrano se burla
              de que con tanta candidez Faría se alabe a sí mismo como águila. Contribuyó a dar a
              conocer esa difundida creencia antigua, que proviene de la <hi rend="i">Historia de
                los animales</hi> de Aristóteles, cap. XXIII, la <hi rend="i">Historia Natural</hi>
              de Plinio, libro X, capítulo 3: «Sólo el <hi rend="i">haliáeto</hi> obliga a sus
              polluelos aún implumes a mirar de frente a los rayos del sol golpeándolos
              repetidamente, y, si observa que alguno cierra los ojos y lagrimea, lo arroja del nido
              como bastardo y degenerado; a aquel cuya mirada permanece firme frente al sol, lo
              cría. Los <hi rend="i">haliáetos</hi> no tienen una clase propia, sino que nacen de la
              unión de águilas diversas» (trad. de Luis Alfonso Hernández Miguel en Plinio el Viejo
              2003: 357).</note>, ya es universal maestro, que enseña a entender lo que nadie, sino
            él, llegó ni pudo pensar, ya enseña, ya corrige, ya castiga: ¡salve tú, o maestro
            insigne, por ventura hallado, por felicidad venido! Gloríese el mundo de haber merecido
            un hombre (como dijo <persName type="authority" key="san Jerónimo">San
              Jerónimo</persName> contra otro habladorazo) un hombre, digo, <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f2v.jpg"
              n="f. 2v"/> sin preceptores perfecto, que supo ventajosamente<note type="app" rend="I"
              > ventajosamente <hi rend="i">A</hi> : ventajasamente <hi rend="i">B</hi></note>
            exceder en la elocuencia a <persName type="authority" key="Cicerón">Tulio</persName>, en
            la argucia a <persName type="authority" key="Aristóteles">Aristóteles</persName>, en la
            prudencia a <persName type="authority" key="Platón">Platón</persName>, en la erudición a
              <persName type="authority" key="Aristarco">Aristarco</persName>, en los libros a
              <persName type="authority" key="Calcentero">Calcentero</persName><note place="bottom">
              Dídimo Calcentero o Dídimo de Alejandría, gramático griego.</note>, en las escrituras
            a <persName type="authority" key="Dídimo el ciego">Dídimo</persName><note place="bottom"
              > Dídimo el ciego, Padre de la Iglesia del siglo IV y contemporáneo de San
              Jerónimo.</note>, vencedor ilustre de todos los escritores de su edad. «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Inventus est homo sine praeceptore perfectus, qui elocuentia
              Tullium, argumentis Aristotelem, prudentia Platonem, eruditione Aristarchum,
              multitudine librorum Calcentherum, Dydimum scientia Scripturarum, omnesque sui
              temporis vincat tractatores</quote>»<note place="margin" resp="author"> D. Hieron.
              Apolog. ad Domnio. tom. 2. epist.<note type="app" rend="I">D. Hieron. Apolog. ad
                Domnio. tom. 2. epist. <hi rend="i">em.</hi> : D. Hieron. Apoleg. ad Domio. tom. 2.
                epist. <hi rend="i">A</hi> || D. Hier. Aprolog. ad Dom. Tom. 2. Epist. <hi rend="i"
                  >B</hi></note></note><note place="bottom"> San Jerónimo, <hi rend="i"
                >Epistulae</hi>, 3, epist. 50 (<hi rend="i">Ad Domnionem</hi>), 2 (Migne 1845a: col.
              0513): ‘Se ha encontrado a un hombre perfecto sin maestro, inspirado y autodidacta,
              capaz de vencer en elocuencia a Tulio, en argumentos a Aristóteles, en prudencia a
              Platón, en erudición a Aristarco, a Calcentero por la multitud de sus escritos, a
              Dídimo por el conocimiento de las Sagradas Escrituras, y a todos los sabios de su
              tiempo’. Véase también Jerónimo de Estridón 1951 (151). Los pocos datos que aporta
              Espinosa Medrano sobre su lectura de esta cita en un tomo segundo del epistolario de
              San Jerónimo y bajo el título de apología no permiten encontrar a ciencia cierta la
              versión o la edición que consulta, aunque sí aparece con tales características, entre
              otras, en la edición parisina del epistolario de San Jerónimo publicada por Sébastien
              Nivelle en 1602 (Parisiis: apud Sebastianum Niuellium, sub Ciconiis, via Iacobeae,
              1602). Véase Jerónimo de Estridón 1602 (col. <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=11ZKAAAAcAAJ&amp;hl=fr&amp;pg=PT36#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >147</ref>). Espinosa Medrano escribe «<hi rend="i">sine praeceptore</hi>», en lugar
              de «<hi rend="i">absque praeceptore</hi>», lo cual es probablemente una cita de
              memoria o una variante textual. La cita pertenece a una apología de San Jerónimo en
              contra de Domnio, el «otro habladorazo» asimilado por Espinosa Medrano a Manuel de
              Faría.</note>. <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> por lo menos así se sueña, según juzga; y así se pinta, según
            condena. Atreviose al fin a dar la más impía, soez y afrentosa sentencia contra
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">el mayor poeta de nuestros
              siglos</persName>, condenándole no menos que a «<quote xml:lang="es">Mahoma de los
              ingenios</quote>»<note place="bottom"> Excepcionalmente Espinosa Medrano no da en el
              margen la referencia de esta cita. Sobre estas palabras véase la sexta sección de
              Manuel de Faría, <hi rend="i">infra.</hi></note>: pero como no descuide el cielo de la
            tutela de tan divinos cisnes, como cantó <persName type="authority" key="Tibulo"
              >Tibulo</persName>,</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Nam diuum servat tutela poetas<note place="margin"
                resp="author"> Tibullus lib. 2. eleg. 5.</note>.<note place="bottom"> Tibulo, <hi
                  rend="i">Elegiae</hi>, libro 2, elegía 5, v. 113 (1988: 64): «ya que la protección
                de los dioses defiende a los poetas». Es posible que Espinosa Medrano lea a Tibulo,
                como a Catulo, en la edición de Joseph Scaliger que se encuentra en el inventario de
                su biblioteca («Propercio, Catulo y Tíbulo por Escalígero», véase Guibovich 1992:
                27). La príncipe de <hi rend="i">Catulli, Tibulli, Propertii noua editio. Josephus
                  Scaliger Julii Caesaris Filius recensuit</hi>, se publicó en 1577 en París (apud
                Mamert Patisson in officina Robert Estienne). Véase Scaliger (1577:
            116).</note></l></quote>
          <p>No falta quien repare verificado el adagio «<quote xml:lang="la" rend="i">sus
              Minervam</quote>»<note place="bottom"> El adagio podría provenir de Quinto Aurelio
              Símaco, que lo emplea en un contexto polémico y poético en sus <hi rend="i"
                >Epistolarum libri decem</hi>, lib. I, epist. III, (Migne 1848: col. 0148D). Sin
              embargo, también se encuentra repertoriado en los <hi rend="i">Adagia</hi> de Erasmo,
              en la edición consultada por El Lunarejo (Erasmo 1571, col. 35), así como en un
              fragmento de la <hi rend="i">Apología contra Rufino</hi> de San Jerónimo que Espinosa
              Medrano cita en la sección IV, § 25. El fragmento en cuestión precede inmediatamente a
              esta cita de El Lunarejo (Jerónimo de Estridón, <hi rend="i">Epistolae</hi>, epístola
              46, <hi rend="i">Apologiae Hieronymi adversus Ruffinum</hi>, 1, véase 1602: col.
              301).</note>, viendo al marrano adiestrando<note type="app" rend="I"> adiestrando <hi
                rend="i">em.</hi> : adestrando <hi rend="i">AB</hi></note> a Minerva, y perdonadas
            las orejas que mereció Midas<note place="bottom"> Apolo convirtió las orejas del rey
              Midas en orejas de burro tras una competición musical de aquel con Pan, en la que el
              rey y árbitro infausto prefirió la flauta del rival a la lira de Apolo. El cuento se
              halla en Ovidio, <hi rend="i">Metamorfosis</hi>, XI, v. 147-193 (Ovidio 2009:
              504-509). Aquí, Espinosa Medrano atribuye a Faría el colmo de la estupidez, entre dos
              comparaciones ofensivas: el portugués «verifica» (ratifica) el cuento del cerdo que
              pretendió enseñar a Minerva y supera a Midas en necedad. Por eso lo «perdona»,
              quedando disculpada la descaminada censura del rey por comparación con la que Faría
              presenta contra Góngora. Tanto el adagio <hi rend="i">sus Minervam</hi> como las
              orejas del rey Midas son frecuentemente invocados en las contiendas poéticas. Midas es
              un «símbolo hermenéutico» y una «figura grotesca del oyente-lector» (Lavocat 2005: 68
              y siguientes).</note> por censura quizás menos necia. Véanse los procesos, salga a luz
            esta iniquidad, examínese el dictamen y desengáñese el mundo: verá frívolas, vanas y
            ridículas las razones que bastaron a convencer un ingenio no sé si más apasionado que
            desvanecido. Propondránse primero sus palabras y responderá luego el
              <title>Apologético</title>.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion2_Faría">
          <index indexName="resp" n="Faria e Sousa, Manuel de"/>
          <head>Manuel de Faría. § I.</head>
          <quote xml:lang="es"><p>«No puedo contenerme que no diga en tan buena ocasión que
              hallándome a donde se habló de esto en presencia de algunos sujetos, de los que tienen
              medio pie en los tribunales y medio en el Parnaso y el otro en el aire, asentaron que
              don <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Luis de Góngora</persName>
              solamente era poeta, resolución que bien parece de quien no estaba asentado, sino muy
                aprisa<note type="app" rend="I"> aprisa <hi rend="i">em.</hi>: apriessa <hi rend="i"
                  >AB</hi></note> y con los pies como ahí dijimos. Apretándoles por el lugar o
              lugares, o misterio o juicio o alma poética en que lo fundaban, concurrieron (uno de
              ellos el más nuevo, siendo más viejo con pertinacia) en que aquel hipérbaton y ese
              otro hipérbaton. De manera que en la opinión de estos toda la alteza <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f3r.jpg"
                n="f. 3r"/> poética con que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
                Luis</persName> escurece a todos es el hipérbaton o sínquisis, que viene a ser esto
              de <persName type="authority" key="Camões">nuestro poeta</persName> en este lugar<note
                place="bottom"> Camões, <hi rend="i">Lusíadas</hi>, canto III, estancia 94, v.
                751-752: «<hi rend="i">que em terreno / nao cabe o altivo peito tam
                pequeno</hi>».</note> y pocos<note place="bottom"> En Manuel de Faría, <hi rend="i"
                  >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto III, estancia 94, col. 131, D (Faría 1639a: II,
                col. 131): «que viene a ser esto de nuestro poeta en este lugar y poco más».</note>
              más, y en <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> esto
              que se sigue:</p><quote xml:lang="es"><l>“Rico de cuantos la agua engendra bienes<note
                  place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 123 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.123"
                    >OC255.123</ref>].</note>.</l></quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Dulce ya concediéndole risueña</l>
              <l>Pasos no al sueño, treguas sí al reposo<note type="app" rend="I"> reposo <hi
                    rend="i">A</hi> : resposo <hi rend="i">B</hi></note><note place="bottom">
                  Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 307-308: «dulce ya concediéndole, y
                  risueña, / paces no al sueño, treguas sí al reposo.» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.307"
                    >OC255.307-308</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>A la del viento cuando no sea cama</l>
              <l>De fresca sombra, de menuda grama<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                    >Polifemo</hi>, v. 215-216: «a la, de viento cuando no sea, cama / de frescas
                  sombras, de menuda grama.» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.216"
                    >OC255.216</ref>].</note>.<note place="bottom"> En Manuel de Faría, <hi rend="i"
                    >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto III, estancia 94, col. 131, D (Faría 1639a: II,
                  col. 131): «Rico de cuantos la agua engendra bienes. / A la de viento cuando no
                  sea cama / de fresca sombra, de menuda grama. / Dulce ya concediéndole risueña /
                  Paces no al sueño; treguas sí al reposo».</note></l></quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Marino, si agradable no instrumento.<note place="bottom">
                  Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 382: «(marino, si agradable no,
                  instrumento)» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.382"
                    >OC255.382</ref>].</note></l></quote>
            <quote xml:lang="es"><l>A las, que esta montaña engendra harpías.<note place="bottom">
                  Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 448 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.448"
                    >OC255.448</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Viendo el fiero pastor voces él tantas,</l>
              <l>Y tantas despidió la honda piedras.<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                    >Polifemo</hi>, v. 470-471 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.470"
                    >OC255.470-471</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Si mucho poco mapa las despliega<note place="bottom"> Góngora,
                    <hi rend="i">Soledades</hi>, I, v. 194: «Si mucho poco mapa les despliega,»
                    [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.194"
                    >OC264B.194</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>A las que tanto mar dividió playas.<note place="bottom">
                  Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, I, v. 376: «a las, que tanto mar divide,
                  playas,» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.376"
                    >OC264B.376</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Tantas del primer atrevimiento señas.<note place="bottom">
                  Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, I, v. 439-440: «con tantas del primer
                  atrevimiento / señas, aun a los bueitres lastimosas,» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.439"
                    >OC264B.439-440</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>El fresco de los Céfiros ruido.</l>
              <l>El verde de los árboles celaje<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                    >Soledades</hi>, I, v. 536-537: «el fresco de los céfiros rüido, / el denso de
                  los árboles celaje,» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.536"
                    >OC264B.536-537</ref>].</note>.</l></quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Mientras el viejo tanta acusa tea</l>
              <l>Al de las bodas Dios no alguna sea</l>
              <l>De nocturno Faetón carroza<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                    >Soledades</hi>, I, v. 653-655: «mientras el viejo tanta acusa tea / al de las
                  bodas dios, no alguna sea / de nocturno Faetón carroza ardiente,» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.653"
                    >OC264B.653-655</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Tanta ofrecen los álamos zagala<note place="bottom"> Góngora,
                    <hi rend="i">Soledades</hi>, I, v. 664 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.664"
                    >OC264B.664</ref>].</note>”.»<note place="margin" resp="author"> Tomo 1. canto
                  3. estanc. 94.<note type="app" rend="I">estanc. 94. <hi rend="i">em.</hi> :
                    estanc. 49. <hi rend="i">A</hi> || estan. 49 <hi rend="i">B</hi></note> fol.
                  131.</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I,
                  Tomo II, Canto III, estancia 94, col. 131, D [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II,
                  col. 131-132).</note></l></quote></quote>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion2">
          <head>Apologético. Sección II</head>
          <p>3. No me persuado a que hubiese sucedido esta conferencia con los juristas que
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">este
              sicofanta</persName><note place="bottom"> En el sistema político ateniense se llamaba
              «sicofante» al que hacía profesión de delator. El término pasó a las lenguas modernas
              con el consiguiente significado despectivo.</note> refiere; introdúcela él por
            ocasionar su juicio, porque aunque él dice que tenían medio pie en el Parnaso, pudo
            entender que solo quien tiene todos cuatro allá (si a su contacto manaron las aguas
              cabalinas<note place="bottom"> Aparece en el <hi rend="i">Diccionario de
                Autoridades</hi> y en otros anteriores: cabalina (o Hipocrene) es la fuente que en
              el monte Helicón abrió Pegaso con sus cascos.</note>) pudo haber dado sentencia tan
            caballina, y porque medio pie en el Parnaso basta para saber lo que son hiperbatones y
            que la alteza poética no puede consistir en sólo el uso de este tropo, que eso fuera
            necedad. Dirían que en usarlos tenía <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >don Luis</persName> peculiar felicidad que no alcanzaron cuantos poetas ha producido
            España y que, dejado aparte el gloriosísimo caudal de conceptos, historias, alusiones,
            vivezas, metáforas y demás ornamentos poéticos, excedía a todos en la grandeza y audacia
            de hacer caber las hipérbases latinas en nuestro <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f3v.jpg"
              n="f. 3v"/> idioma con tanta gracia que ni antes remedó a otro, ni después habrá quien
            le imite alguno. Y esto es pura verdad y juicio irrefragable, como después probaremos
            tratando de los hiperbatones difusamente.</p>
          <p>4. Dice que les apretó a que le dijesen los misterios, juicio y alma poética de
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> y ellos le dieron
            con los hiperbatones. No creo tal, pero, ¿quién le dijo a <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Manuel Faría</persName> que los poetas y escritores del
            siglo habían de tener misterios? ¿O cuándo los halló en su <persName type="authority"
              key="Camões">Camões</persName>? Debe de querer que una octava rima tenga los sentidos
            de la Escritura, o que en la corteza de la letra esconda, como cláusula canónica, otros
            arcanos recónditos, sacramentos abstrusos, misterios inefables. Sabido es que en eso se
            distingue la escritura humana y poesía secular de la revelada y teológica: que esta
              embozando<note type="app" rend="I"> emboçando <hi rend="i">A</hi> : empoçando <hi
                rend="i">B</hi></note> misterios descoge humildes las cláusulas y llano el estilo, y
            aquella, toda adorno de dicciones, toda pompa de palabras, toda aliño de elocuencias,
            yace vana, hueca, vacía y sin corazón de misterio alguno. Pues decía el <persName
              type="authority" key="apóstol Pablo">Apóstol</persName><note place="bottom"> El
              apóstol Pablo.</note> viendo la opulencia de sacramentos que en tiestos de vocablos
            sin adorno ocultaban las <hi rend="i">Escrituras sagradas</hi>: tenemos el tesoro en
            frágiles vasos de barro<note place="bottom"> Anticipa aquí Espinosa Medrano la cita de
              Isidoro, traduciéndola. La cita de San Pablo se encuentra en II Cor. IV, 7 (<hi
                rend="i">Vulgata</hi> 1975).</note>; cuando al contrario toda la majestad de las
            letras seculares consiste en tener los tiestos en el alma y el oropel de fuera. «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Exterius verborum eloquentia nitent —dijo Isidoro—, interius
              vacua virtutis sapientia manent; eloquentia autem sacra exterius incompta verbis
              apparet; intrinsecus autem mysteriorum sapientia fulget, unde et apostolus: Habemus,
              inquit, thesaurum istum in vasis fictilibus</quote>»<note place="margin" resp="author"
              > Isidoro senten. lib. 3. cap.<note type="app" rend="I">cap. <hi rend="i">A</hi> : c.
                  <hi rend="i">B</hi></note> 13.</note><note place="bottom">
              <persName type="authority" key="san Isidoro">Isidoro</persName>, <hi rend="i"
                >Sententiae</hi>, lib. III, cap. 13, 3 (Isidoro 1998: 236): «<hi rend="i">Gentilium
                dicta exterius uerborum eloquentia nitent, interius uacua uirtutis sapientia manent;
                eloquia autem sacra exterius incompta uerbis apparent, intrinsecus autem mysteriorum
                sapientia fulgent. Vnde et apostolus: Habemus, inquit, thesaurum istud in uasis
                fictilibus</hi>», (‘Los dichos de los gentiles brillan por fuera con la elocuencia
              de las palabras, mientras que por dentro están vacíos de virtuosa sabiduría; al
              contrario los discursos sagrados carecen de galas exteriores y por dentro refulgen con
              la sabiduría de los misterios. Por lo que dijo el apóstol: Tenemos este tesoro en
              vasos de barro’). En la edición consultada por Espinosa Medrano: Isidoro 1593 (299) o
              1599b (83). El comentario de García de Loaysa a la sentencia en cuestión se encuentra
              en Isidoro 1593 (431-432). Véase también Isidoro 1599b (84).</note>.</p>
          <p>5. Pues si toda la alma poética consiste en poco más que nada, que será una alusión a
            historia, costumbre o fábula<note type="app" rend="I"> fabula <hi rend="i">A</hi> :
              famula <hi rend="i">B</hi></note>, o en un equívoco, en una sal, en un concepto de
            donaire o gracia, en un viso a la física o política, en una conformidad de dicciones con
            el asunto<note place="bottom"> Anda Espinosa Medrano aquí sobre la huella de Georg
              Sabinus, <hi rend="i">De carminibus ad veterum imitationem artificiose componendis
                praecepta</hi> (Lipsiae: Valentinus Papa edebat, 1551), «<seg xml:lang="la" rend="i"
                >De concinnitate pedum, membrorum et numerorum</seg>»: «<hi rend="i">Ipsae autem
                voces, siue multarum, siue paucarum syllabarum fuerint, quo maiore cum gratia
                continuentur, accomodari rebus, et satisfacere affectibus debent.</hi>» (Sabinus
              1551: f. B3v). Véase también la edición de Joaquín Camerario de los <hi rend="i"
                >Poemata</hi> de Sabinus (s. l. [Leipzig]: in officina Voegeliana, s. a. [1568]) en
              Sabinus 1568 (501). Asimismo, sobre la inspiración del humanista germano en las
              secciones II y III del <hi rend="i">Apologético</hi>, remito a las líneas que a
              Sabinus le dedica Martinengo 2011.</note>. Como cuando hacen milagros de que <persName
              type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> expresó en la celeridad de los
            pies dáctilos la velocidad con que habían de hacer la fuga los troyanos para escapar de
            la ferocidad de Polifemo en el 3º de su <title>Eneida</title>.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Sed fugite o miseri, fugite, atque ab littore funem</l>
            <l>rumpite<note place="margin" resp="author"> AEneidos<note type="app" rend="I">AEneidos
                    <hi rend="i">A</hi> : AEneydos <hi rend="i">B</hi></note> 3.</note><note
                place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, libro III, v. 639: «<hi rend="i"
                  >sed fugite, o miseri, fugite atque ab litore funem rumpite</hi>» (Virgilio 2009:
                100). «Pero huid, desdichados, huid, cortad la amarra de la orilla» (trad. Javier de
                Echave-Sustaeta en Virgilio 1992b: 228).</note></l></quote>
          <p>O cuando encarecen lo tranquilo y sosegado de los espondeos con que denotó el poeta la
            mesura y quietud con que respondió el rey Latino.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Olli sedato respondit corde Latinus.<note place="margin"
                resp="author"> AEnei.<note type="app" rend="I">AEnei. <hi rend="i">A</hi> : AEneydos
                    <hi rend="i">B</hi></note> 12.</note><note place="bottom">Virgilio, <hi rend="i"
                  >Eneida</hi>, libro XII, v. 18 (Virgilio 1987: 124), (‘le responde Latino con
                ánimo sereno’).</note></l></quote>
          <p><pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f4r.jpg"
              n="f. 4r"/> Admiraciones hacía <persName type="authority" key="Quintiliano"
              >Quintiliano</persName> cuando le vio acabar un verso diciendo: «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Exiguus mus</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i"
                >Geórgica</hi>, I, v. 181: «<hi rend="i">tum variae inludant pestes: saepe exiguus
                mus</hi>» (Virgilio 1982: 8). Véase la traducción de Tomás de la Ascensión Recio
              García en Virgilio (1990: 268): «y mil plagas burlen tu trabajo. Frecuentemente el
              pequeño ratón».</note>. Porque con lo menudo de aquel monosílabo expresó la tenuidad y
            pequeñez del ratoncillo, maestría que imitó después <persName type="authority"
              key="Horacio">Horacio</persName><note place="margin" resp="author"> Horatius in Arte
                Poet.<note type="app" rend="I">Horatius in Arte Poet. <hi rend="i">A</hi> : Horat.
                in Arte Poët. <hi rend="i">B</hi></note></note> en su «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >ridiculus mus</quote>»<note place="bottom"> Horacio, <hi rend="i">De arte
                poetica</hi>, 139: «<hi rend="i">parturient montes, nascetur ridiculus mus</hi>»
              (Horacio 1995: 316): «Se pondrán de parto los montes y nacerá un ratón» (trad. José
              Luis Moralejo, Horacio 2008: 391).</note><note place="bottom">Espinosa Medrano trae
              las citas de Virgilio y de Horacio de la <hi rend="i">Institutio oratoria</hi> de
              Quintiliano, VIII, 3, § 20: «<hi rend="i">at Vergilii miramur illud saepe exiguus mus.
                Nam [epitheton exiguus] appositum proprium effecit, ne plus expectaremus, et casus
                singularis magis decuit, et clausula ipsa unius syllabae non usitata addidit
                gratiam. Imitatus est itaque utrumque Horatius: nascetur ridiculus mus</hi>.»
              (Quintiliano 1971b: 82): «Pero leemos con admiración cuando dice Virgilio (<hi
                rend="i">Geórgicas</hi>, I 181 [sic.]): “<hi rend="i">Sæpe exiguus mus</hi>” porque
              fuera de la propiedad y conveniencia del epíteto <hi rend="i">exiguus</hi> que explica
              tanto la pequeñez de la cosa que no deja más que esperar, puso el nominativo y terminó
              el verso con aquella palabra monosílaba con no poca gracia. Uno y otro lo imitó
              Horacio diciendo: “<hi rend="i">Nascetur ridiculus mus</hi>” (Arte poética, verso
              139).» (trad. Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier, Quintiliano 1887: II, 41). Este mismo
              texto de Quintiliano es alegado por Quevedo en otra de las piezas de la polémica
              gongorina, la dedicatoria a Olivares de su edición de las obras poéticas de Fray Luis
              (1631_obras-quevedo). Lo comenta Antonio Azaustre Galiana tras un breve repaso de la
              presencia del <hi rend="i">exiguus mus</hi> en las discusiones literarias sobre el
              estilo culto (Azaustre Galiana 2005: 47-50).</note>. Pues si estas y otras vivezas que
              <persName type="authority" key="Escalígero">Escalígero</persName>, <persName
              type="authority" key="Cerda, Juan Luis de la">Cerda</persName> y otros idólatras de
              Virgilio<note place="bottom"> Los ejemplos traídos por Espinosa Medrano de Virgilio y
              el conocimiento de los comentaristas idólatras del Marón le sitúan dentro de la
              tradición interpretativa centrada en la <hi rend="i">qualitas sonorum</hi>, estudiada
              por Mª José Vega Ramos en <hi rend="i">El secreto artificio</hi> (Vega Ramos
              1992).</note> subliman a las estrellas son los asombros de la poesía, ¿qué misterios
            buscaba <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> en los
            versos de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>? ¿O cuándo
            han hablado misterios los poetas, sino los profetas? Mas <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> estaba hecho a comentar a su <persName
              type="authority" key="Camões">Camões</persName>, profeta grande, como él lo dice,
            achacándole notables vaticinios y entre ellos la expedición<note type="app" rend="I">
              expedicion <hi rend="i">A</hi> : expedition <hi rend="i">B</hi></note> para el África,
            adivinada al<note type="app" rend="I"> al <hi rend="i">em.</hi> : del <hi rend="i"
                >AB</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas.</note> rey don Sebastián aún en
            la cuna: dícelo <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName>, canto 9, fol. 36 y 37<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo IV, Canto IX, estancia 21, col. 36-37
              [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II (IV), col. 36-37): esta remisión podría ser errónea,
              puesto que los folios en cuestión hablan únicamente de una profecía alegórica de
              Venus, que promete islas a los navegantes portugueses. Parece más acorde con lo que
              describe Espinosa Medrano la glosa de Faría al elogio de los reyes de Portugal que se
              encuentra en <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto I, estancias VII-XVI. Allí
              se menciona la profecía de Camões sobre la expedición africana (col. 182-183) y la
              tierna edad del rey Sebastián (col 168 y 173). Agradezco a Aude Plagnard que me
              ayudara a localizar este fragmento.</note>. No sé qué desdicha se tiene el don
            profético que no hay poeta, por desventurado y ridículo que sea, a quien<note type="app"
              rend="I"> a quien <hi rend="i">A</hi> : a aquien <hi rend="i">B</hi></note> no tengan
            por un<note type="app" rend="I"> un <hi rend="i">B</hi> : su <hi rend="i">A</hi>
              [Enmienda consignada en la fe de erratas.</note> Oseas<note place="bottom"> Profeta
              bíblico.</note>. Hasta de <persName type="authority" key="Cocayo, Merlín">Merlín
              Cocayo</persName><note place="margin" resp="author"> Merlin Cocai.</note>, príncipe de
            los macarrónicos, dice <persName type="authority" key="Lodola, Aquario">Aquario
              Lodola</persName> que vaticinó grandes cosas y entre ellas el pontificado de León
            Décimo y Julio Tercero. «<quote xml:lang="la" rend="i">Super omnes quae in ipso fuerant
              virtutes propheticum habuit spiritum, nam de pontificatu Iulii et Leonis praedixit
              deque Gonzagarum foelicitate diversorumque nobilium suae civitatis<note place="margin"
                resp="author"> Acquarius in Laud. Merl. ad Zanitonella.<note type="app" rend="I"
                  >Acquarius in Laud. Merl. ad Zanitonella. <hi rend="i">A</hi> : Aquar. in Laud.
                  Merl. ad Zanit. <hi rend="i">B</hi></note></note><note place="bottom"> La cita se
                encuentra en el <hi rend="i">Opus Merlini Cocaii</hi> editado por Acuario Lodola de
                1521 (Tusculanum: s. n.) dentro de una de las piezas preliminares titulada «<hi
                  rend="i">Laudes Merlini</hi>» y escrita por el propio Acuario Lodola. Véase
                Teófilo Folengo 1521 <ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=HvM7AAAAcAAJ&amp;hl=es&amp;pg=PT25#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  >(f. 9r)</ref>: ‘Además de otras muchas virtudes, tuvo espíritu profético puesto
                que predijo los pontificados de Julio y de León, y la prosperidad de los Gonzaga y
                de distintos nobles de su ciudad’. La remisión de Espinosa Medrano menciona el
                primer poema de Merlín Cocayo (Teófilo Folengo), «Zanitonella» (Folengo 1521: <ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=HvM7AAAAcAAJ&amp;hl=es&amp;pg=PT9#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  >f. AIr</ref>).</note>»</quote>. Mas nuestro <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>, aunque era <hi rend="i">vates</hi> por lo
            poético, no lo era en lo adivino, con que se excusará el haber de exhibir misterios para
            calificarse de poeta.</p>
          <p>6. Alma poética dice <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> también que les pidió en <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName><note place="bottom"> Espinosa Medrano rompe
              la tríada de Faría: misterio-juicio-alma poética, después de comentar el misterio en
              su § 4 y el alma poética en § 5. Aquí, el alma poética, «poco más que nada», de § 5
              aparece redefinida como alegoría, con lo que El Lunarejo cambia la orientación de su
              respuesta, que hasta ahora seguía los términos de Faría, para imputarle una confusión
              de ignorante en materia poética: la confusión que consiste en reclamar una
              característica genérica, como es, según El Lunarejo, la alegoría propia de la épica,
              en un poeta «erótico y lírico».</note>: así suelen llamar la alegoría, que tramando la
            invención épica sirve de fundamento al poema heroico<note place="bottom"> Véase sobre
              este aspecto Rodríguez Garrido 2010 (17).</note>; mas habiendo empleádose el espíritu
            de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> en lo erótico y
            lírico, ¿qué mayor necedad que pedir esta alma en sus obras? Mas si alma llamó las
            centellas del ardor intelectivo con que lucidamente animó<note place="bottom"> La luz y
              el lucimiento dibujan una corona en torno a Góngora. En el primer párrafo encontramos
              el lucimiento de la luna («sordo a tan importunas voces prosigue el cándido planeta el
              volante lucimiento de sus rayos») asimilada, al final del mismo, al poeta cordobés
              («Luna fue esplendidísima el insigne y raro poeta cordobés don Luis de Góngora, si es
              que el ser sol se quedó sólo, a juicio del mundo, para el mismo Apolo»).</note> tan
            divino canto, mil almas tiene cada verso suyo, cada concepto mil vivezas<note
              place="bottom"> Esta es sin duda la más concisa y vehemente defensa de Góngora que
              propone Espinosa Medrano en su texto, aunque las haya más desarrolladas y razonadas.
              Las centellas lucidas y ardientes remiten a la isotopía luminosa que rodea al cordobés
              y, aunque carecen de definición expresa, el peruano las apoya en las palabras de
              Bustamante en su aprobación a Salcedo Coronel (1644: <ref
                target="http://bvpb.mcu.es/es/catalogo_imagenes/grupo.cmd?interno=S&amp;posicion=14&amp;path=28736&amp;forma=&amp;presentacion=pagina"
                >f. ***3v</ref>), que rezan: «consiste la elegancia de los poetas en levantar tanto
              sus conceptos que parece hablan en otra lengua: así lo dijo Cicerón, lib. I de <hi
                rend="i">Oratore</hi>: “<hi rend="i">Poetas, quasi alia lingua loqui</hi>”, pues es
              nota y pobreza de ingenio el ser entendido de todos: Ovidio, lib. 4 <hi rend="i"
                >Fastorum</hi>, “<hi rend="i">mentis inops rapitur</hi>”; pues para conseguir el
              nombre de grande necesita de enmarañados conceptos. Nadie consiguió esto como don Luis
              de Góngora…». Espinosa Medrano asume las palabras de Bustamante, conectándolas con las
              suyas propias: los «enmarañados conceptos» de Bustamante se convierten por tanto en
              «vivezas» de «concepto» en El Lunarejo. Así, tras la aparente imprecisión de los
              términos se esconde aquí una apreciación del valor de Góngora por la abundancia y la
              calidad de sus conceptos.</note>. Bien lo significó aquel gran jurisconsulto,
            diciendo: «<quote xml:lang="es">Nadie consiguió esto<note type="app" rend="I"> esto <hi
                  rend="i">A</hi> : este <hi rend="i">B</hi></note> como don Luis de Góngora, honra
              de su patria y lustre de su nación: pues cada verso es una sentencia y cada palabra
              una historia, etc.</quote>»<note place="margin" resp="author"> L. D. P. de Bustamante,
              in censura ad Coment. Gongora<note type="app" rend="I">Gongora <hi rend="i">B</hi> :
                Gong <hi rend="i">A</hi></note> tom. 2.</note><note place="bottom"> «Aprobación del
              licenciado <persName type="polemist" key="Bustamante y Torreblanca, Pedro de">don
                Pedro de Bustamante y Torreblanca</persName>», en <persName type="polemist"
                key="Salcedo Coronel, García de ">Salcedo Coronel</persName>, <hi rend="i">Obras de
                don Luis de Góngora comentadas</hi>, tomo 2 (<title>Segundo tomo de las Obras de Don
                Luis de Gongora comentadas por D. Garcia de Salzedo</title>), primera parte,
              aprobación (Salcedo Coronel 1644: <ref
                target="http://bvpb.mcu.es/es/catalogo_imagenes/grupo.cmd?interno=S&amp;posicion=14&amp;path=28736&amp;forma=&amp;presentacion=pagina"
                >f. ***3v</ref>).</note>. Además, que cuando tuviera aquella alma poética (que como
            digo no es menester sino en poema heroico), no todos la podrían demostrar, porque no
            todos merecen raptos, éxtasis y arrobos en que sus poetas les aparezcan, glorificados, a
            revelarles sus almas, como a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> sucedió. ¡Qué necedad tan ridícula! Él cuenta esta visión o delirio
            de su vanidad en el canto 10, fol. 421, <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f4v.jpg"
              n="f. 4v"/> diciendo así: «<quote xml:lang="es">Estoy por dar crédito a algunos sueños
              que tuve, en que me pareció mi poeta muy rojo y resplandeciente (señal de gloria),
              diciéndome le había alcanzado el alma que dejó por este poema y animándome a que
              prosiguiese. Bien pensé tener esto en secreto siempre, pero la ocasión me obligó a
              romperle, como ya hizo con San Pablo, que teniendo oculto muchos años su
              arrebatamiento al cielo, al fin lo vino a manifestar obligado antes de la ocasión que
              del deseo o la jactancia</quote>»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, II, Tomo IV, Canto X, col. 421, B-C [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II
              (IV), col. 421).</note>. ¿Qué hombre cuerdo habrá que, depuesta la severidad, no se
            descomponga de risa oyendo desatinos tales? Pudiera <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">este fidalgo</persName> soñador excusar el compararse
            con San Pablo en el callar los raptos. Velara más y soñara menos, que a otro loco, que
            se llamaba Vigilancio, llamó<note type="app" rend="I"> llamó <hi rend="i">em.</hi> :
              llomò <hi rend="i">A</hi> || llamò <hi rend="i">B</hi> [Enmienda consignada en la fe
              de erratas.</note> con donaire <persName type="authority" key="san Jerónimo">San
              Jerónimo</persName> Dormitancio («<quote xml:lang="la" rend="i">Ut post multa saecula
              Dormitantius somniaret</quote>»<note place="margin" resp="author"> S. Hieron. aduer.
                Vigilantium.<note type="app" rend="I">aduer. Vigilantium. <hi rend="i">A</hi> : ad
                vigil <hi rend="i">B</hi></note></note><note place="bottom"> Jerónimo de Estridón,
                <hi rend="i">Epistolae</hi>, epístola 109 «<hi rend="i">Ad Riparium
              presbyterum</hi>», 1 (Jerónimo de Estridón 1955: 203): «Tenía después de muchos siglos
              que venir Dormitancio a soñar».</note>), porque desmintiendo lo desvelado del nombre,
            había roncado los disparates de la pluma. Basta que sueños de <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> pasan por éxtasis hombreadas<note
              place="bottom"> El <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi> define «hombrear»,
              entre otros usos, como «quererse igualar con otro siendo inferior a él y poniéndose a
              su lado para caminar hombro con hombro juntos».</note> con el rapto del Apóstol. Pero
            soñar es fácil, y cuando fuera ilustración extática y no desvarío, ya digo que no todos
            los comentadores alcanzan estos arrobos para dar con el alma de sus poetas, ni todos los
            poetas se amañan a aparecerse coronados de gloriosas luces a sus comentadores.</p>
          <p>No sé si fue malicia o desaliño el ensartar los versos de <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> confusos y sin distinción, pues quien
            ignorare que son entresacados de distintas partes para ejemplificar los hiperbatones,
            juzgará que no tienen más conexión que la que allí se les da, pues leídos en aquel
            amontonamiento parecen disparates, por estar destituidos<note type="app" rend="I">
              destituidos <hi rend="i">B</hi> : distintos <hi rend="i">A</hi> [Enmienda consignada
              en la fe de erratas.</note> del sentido y trabazón que en sus lugares gozaban, agravio
            que pudiera deslucir aun los versos del <persName type="authority" key="Virgilio">gran
              poeta</persName><note place="bottom"> Virgilio.</note>, si quisiéramos hacer otra
            retahíla semejante. Habíanse de escribir apartados y con distinción, numerados como
            hacemos aquí:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>1. §. «Rico de cuantos la agua engendra bienes»<note
                place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 123 [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.123"
                  >OC255.123</ref>].</note></l></quote>
          <quote xml:lang="es"><l>2. §. «Marino, si agradable no instrumento.»<note place="bottom">
                Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 382: «(marino, si agradable no,
                instrumento)» [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.382"
                  >OC255.382</ref>].</note></l></quote>
          <quote xml:lang="es"><l>3. §. «Viendo el fiero pastor voces él tantas,</l>
            <l>y tantas despidió la honda piedras.»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                  >Polifemo</hi>, v. 470-471 [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.470"
                  >OC255.470-471</ref>].</note></l></quote>
          <quote xml:lang="es"><l>4. §. «El fresco de los Céfiros ruido.</l>
            <l>El verde de los árboles celaje»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                  >Soledades</hi>, I, v. 536-537: «el fresco de los céfiros rüido, / el denso de los
                árboles celaje,» [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.536"
                  >OC264B.536-537</ref>].</note>, etc.</l></quote>
          <p>Descuido sería el dejarlo de advertir, mas esme preciso mirarle a las manos a la
              envidia<note place="bottom"> «Mirar a las manos» es «recelarse de alguno, tener poca
              confianza de él y andar con cuidado por temer que hurte o defraude» (<hi rend="i"
                >Aut.</hi>).</note>.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion3_Faría">
          <index indexName="resp" n="Faria e Sousa, Manuel de"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f5r.jpg"
            n="f. 5r"/>
          <head> Manuel de Faría. § II.</head>
          <quote xml:lang="es">«¿Mas adónde se nos quedaba esto? “<quote xml:lang="es">Cuanto las
              cumbres ásperas cabrío</quote>”<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                >Polifemo</hi>, v. 46, [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.46"
                >OC255.46</ref>].</note>. Aquí para decir que esta poesía hace mucha cabriola no le
            faltó más que prestarle la música su sexta voz: bien es verdad que, como <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">el poeta</persName> escribió con tanto
              juicio<note place="bottom"> El juicio aquí es irónico, puesto que Faría niega que
              Góngora tenga juicio poético.</note>, puede bien decir<note type="app" rend="I"> dezir
                <hi rend="i">A</hi> : desir <hi rend="i">B</hi></note> quien le comentare que su
            intento fue con el salto de la oración exprimir el del cabrío, que vale cabras que son
            grandes saltadoras de cumbres ásperas: y por eso salta aquí el cabrío esas, desde el
            “cuanto” adonde debiera hallarse<note place="bottom"> Da por supuesto Faría un orden
              sintáctico natural. Para defenderlo, le basta con acudir a una interpretación mimética
              del hipérbaton, tramando una confusión entre el nombre y la cosa, el “cabrío” y el
              animal al que designa: «salta aquí el cabrío esas, desde el “cuanto” adonde debiera
              hallarse, hasta esa otra parte adonde se halla». La cabra-sustantivo se aleja de su
              lugar predilecto en el que Faría pretende estabularla. Así evidencia y reclama un
              orden sintáctico natural con una visión espacial ordenada, opuesta a la asperidad de
              las cumbres del artificial desorden gongorino: las metáforas esconden ideas precisas
              de lo que debe ser la sintaxis poética y lo que no debe ser en ningún caso.</note>,
            hasta esa otra parte adonde se halla, que es salto muy de cabra: y así se descubre que
            es misterio<note place="bottom"> De nuevo el misterio que Faría reconoce en el verso
              gongorino, poniéndose en la piel de un eventual comentador, es totalmente irónico y se
              resuelve en el disparate aparente que cierra toda esta opinión.</note> lo que parece
            disparate. Pruébase esto con que en otro lugar dan las mismas cabras otro salto, que no
            es menos lindo, antes más a lo de cabriola, por testimonio de la sutileza del sentido
            con que comentamos eso otro, veislo aquí: <quote xml:lang="es"><l>“Llegó pues el
                mancebo, y saludado</l>
              <l>(sin ambición, sin pompa de palabras)</l>
              <l>de los conducidores fue de cabras.”<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                    >Soledades</hi>, I, v. 90-92, [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.90"
                    >OC264B.90-92</ref>].</note></l>
            </quote> Que en buen romance dice (y no lo entenderá Platón de otra manera) que llegó el
            mancebo y fue saludado de cabras, o bien que fue uno de los conducidores de cabras
            porque, como era cortés y entendía de cabras<note place="bottom"> Con muy mala idea
              cifra Faría la cortesía del peregrino de las <hi rend="i">Soledades</hi> en su
              conocimiento caprino, en «entend[er] de cabras».</note>, ayudó los cabreros en la
            conducción de ellas. Venga otro saltico de cabras: <quote xml:lang="es"><l>“Cabras aquí
                le interrumpieron cuantas</l>
              <l>vagas el pie, sacrílegas el cuerno:”<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                    >Polifemo</hi>, v. 466-467, [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.466"
                    >OC255.466-467</ref>].</note></l>
            </quote> Otro salto ha de venir por la que vende buen vino, aunque salgamos de la esfera
            de nuestro intento. <quote xml:lang="es"><l>“El que de cabras fue dos veces ciento</l>
              <l>esposo, etc.,</l>
              <l>breve de barba; duro no de cuerno,”<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                    >Soledades</hi>, I, v. 153-154 y v. 159, [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.153"
                    >OC264B.153-159</ref>].</note></l>
            </quote> De modo que las buenas de las cabras hacen aquí su oficio de traviesas a las
            mil maravillas y es tan ingenioso esto que importa seamos cabreros para entender este
            secreto del saltar de las cabras y poderlo comentar con erudición <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f5v.jpg"
              n="f. 5v"/> benemérita del texto. Pero, ¿a dónde iremos a buscar comento de saltos
            para tantas cláusulas que los tienen, sin tener cabras con que sanearlos<note
              place="bottom"> Faría no concibe el hipérbaton sin un aval mimético para la
              figura.</note>? Mas si todo esto está usado por afectar el estilo grande, pregunto:
            ¿qué linaje de grandeza es decir en otras tantas ocasiones cosas semejantes a esta:
              <quote xml:lang="es">“Dando el huésped licencia para ello”<note place="bottom">
                Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, II, v. 73, [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.73"
                  >OC264C.73</ref>].</note><note place="bottom"> Además de buscar un aval mimético
                único y constante para el hipérbaton, Faría exige una coherencia genérica del estilo
                a nivel macrotextual: el enemigo del hipérbaton finge no entender que junto a este,
                indicador de un estilo grande, Góngora escriba siguiendo el orden natural que tanto
                defiende Faría. Ello implica un segundo ataque a Góngora: no sólo afecta estilo
                grande con cabras, por lo que merece la burla de la cortesía de su peregrino
                (cortesía que consiste en «entend[er] de cabras»), sino que además su estilo carece
                de coherencia global. Compárese con el reproche hecho por Jáuregui a Góngora de la
                «desigualdad», consistente en sumar al estilo sublime caídas en lo prosaico, en un
                contraste que desacredita como impostada la grandeza del Góngora. Escribe Jáuregui
                en el <hi rend="i">Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades</hi>:
                «Porque cuando quisiéramos suponer una blasfemia poética acerca de V.M. y pensar que
                nadie entiende versos ni los ha entendido, y que la dureza y oscuridad, que nosotros
                llamamos, es pura grandeza y magnificencia de estilo oculto, desengáñanos su
                deisgualdad perruna, porque los más de estos versos de las <hi rend="i"
                  >Soledades</hi> no tienen alta armonía e hinchazón de palabras, ni siempre siguen
                aquella oscura extravagancia de terribles frases y formas tan remotas del lenguaje
                común; antes, en medio de sus temeridades, se dejan caer infinitas veces con unos
                modos no sólo ordinarios y humildes, pero muy viles y bajos, y con versos
                inconstantes, y de torpe y desmayado sonido, en cuyo conocimiento no puede haber
                engaño» (Jáuregui 2002: 23-24). En el <hi rend="i">Discurso poético</hi>, Jáuregui
                insiste en este tema, que abarca allí un <ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/body-1#body-1-5-4"
                  >capítulo entero</ref>, el cuarto del tratado, véase Jáuregui 2016 (f. 17v-23v),
                [1624_discurso-poetico].</note></quote>? Que para no bajar de esa grandeza debiera
            decir: “licencia el para huésped dando ello”. O así, “Para licencia dando<note
              type="app" rend="I"> dando <hi rend="i">em.</hi> : dado <hi rend="i">AB</hi></note> el
            huésped ello”. Con que de este verso, como de casi todo lo restante, se sacaría después
            de desatado un gran fruto de sentencia, concepto y juicio<note place="bottom"> Esta es
              la segunda tríada de Faría, después de la del misterio-juicio-alma poética:
              «sentencia, concepto y juicio». El «juicio» de la primera tríada no había sido
              rebatido por Espinosa Medrano, a diferencia del misterio del que trata en § 4 y del
              alma poética en § 5 y 6: repetido aquí junto a otros conceptos, desvela su imprecisión
              y queda refutado sin que el peruano haya necesitado gastar en ello tinta y argumentos.
              El hecho de que ambas tríadas compartan un término insinúa por lo demás cierto grado
              de sinonimia, sobre el que Espinosa Medrano ya ha adelantado en § 6 el paralelismo
              entre el alma de la primera tríada y el concepto que aparece aquí: «mil almas tiene
              cada verso suyo, cada concepto mil vivezas».</note>. Falta sólo que los entendimientos
            sean cabras para saltar esas cumbres ásperas de cláusulas o que para saltear lo que hay
            en esta Sierra Morena, o lucos de locuciones, sean Cacos, o que para romper estos
            Alpestres peñascos sean Aníbales. Y bien me estuviera eso si después de saltar la cabra
            aquí hallase rama con jugo y si después de saltear el ladrón hallase hacienda o si
            después de romper peñas Aníbal hallase gloria. Pero no halla alguno ni gloria, ni
            hacienda, ni sustancia, como se halla todo después de saltar, saltear, o desatar<note
              place="bottom"> Construye Faría un concepto por correlación, como denomina Dámaso
              Alonso a esta figura, describiendo la clase de lectura que requiere la dificultad
              gongorina mediante tres figuras del entendimiento (cabra, Caco, Aníbal), tres de la
              “cláusula” o el estilo (cumbres ásperas, lucos de locuciones, alpestres peñascos), y
              tres del fruto, es decir, del provecho que se saca del sentido de los versos (jugo,
              hacienda, gloria). Las paronomasias sostienen la multiplicación de las figuras
              reduciéndolas a una sola función (cabra-caco, saltar-saltear; cumbres
              ásperas-cláusulas y lucos-locuciones). Para Faría la lectura es el movimiento de un
              lector por un espacio lingüístico para «hallar» una «sustancia», término que sobresale
              de entre sus equivalentes como último sinónimo del fruto (jugo-hacienda-gloria;
              gloria-hacienda-sustancia). Las figuras que Faría propone mezclan el referente épico
              de Aníbal con el ladrón Caco y la cabra, lanzando un ataque velado a la confusión de
              estilos que achaca a la alternancia entre hipérbaton y sintaxis llana en los versos
              gongorinos. La posición central del salteador puede significar por lo demás una
              acusación de robo no sólo de tiempo y de esfuerzo en la lectura, sino del misterio y
              juicio propios de la poesía según Faría la entiende; a tal figura del robo indigno se
              opone el osado robo de la clava de Hércules o de la elocución latina que se encuentra
              en la sección IV, § 30-31.</note> lugares de <persName type="authority" key="Camões"
              >mi poeta</persName> y, aun este hipérbaton tan medido con las fuerzas humanas que no
            es menester ser cabra, Caco, ni Aníbal para ello, sino que con una moderada atención se
            descubre un pensamiento razonable.»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto III, estancia 94, col. 132, A, hasta col. 133, A
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 132-133).</note>
          </quote>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion3">
          <head>Apologético. Sección III</head>
          <p>7. Bravamente se encabra aquí nuestro <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, búrlase con toda truhanería de este
            verso hermosísimo: «<quote xml:lang="es">Cuanto las cumbres ásperas cabrío</quote>»<note
              place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 46, [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.46"
                >OC255.46</ref>].</note>. Dice que hace el verso su cabriola pues podía decir el
            comentador que exprimió el salto del cabrío con el de la oración. Querer deslucir con el
            mismo crédito es como engañar con la misma verdad. Muy bien dijera el comentador y con
            harta más viveza que otros, cuando quisiera explicarnos así la del verso<note
              place="bottom"> La aparición aquí de la viveza del verso remite al paralelismo del § 6
              entre el alma poética y el concepto: «mil almas tiene cada verso suyo, cada concepto
              mil vivezas». Nos hallamos por tanto ante una de las «centellas del ardor intelectivo»
              que Espinosa Medrano aprecia y estima, al parecer, en relación con la <hi rend="i"
                >qualitas sonorum</hi> (Vega Ramos 1992) apelando aquí a valoraciones de cadencia
              del verso similares a las que desarrolla en el § 5, con el nombre allá de «conformidad
              de dicciones con el asunto». Así, la <hi rend="i">viveza</hi> que El Lunarejo valora
              aquí y que es propia del <hi rend="i">concepto</hi> esconde una «conformidad de
              dicciones con el asunto» pues ambas consisten en lo mismo: la peculiar <hi rend="i"
                >qualitas sonorum</hi> de Virgilio.</note>. ¿Qué más halló <persName
              type="authority" key="Columna, Gerónimo">Gerónimo Columna</persName><note
              place="margin" resp="author"> Hieronymus Columna Georgicor.<note type="app" rend="I"
                >Georgicor. <hi rend="i">em.</hi> : Georgicer <hi rend="i">AB</hi></note> 2.</note>
            en el del divino poeta, cuando dijo: «<quote xml:lang="la" rend="i">Nauigiis pinos,
              domibus cedrosque, cupressosque</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i"
                >Geórgicas</hi>, libro 2, v. 443: «<hi rend="i">nauigiis pinus, domibus cedrosque
                cupressosque</hi>» (Virgilio 1982: 34): «pinos para hacer navíos, cedro y cipreses
              para hacer las casas» (trad. Tomás de la Ascensión Recio García en Virgilio 1990:
              312).</note>; <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f6r.jpg"
              n="f. 6r"/> donde notó que había hecho <persName type="authority" key="Virgilio"
              >Virgilio</persName> un hipermetro, solo porque con lo prolongado del verso y lo
            prolijo del <hi rend="i">cupressosque</hi><note type="app" rend="I"> cupressosque <hi
                rend="i">B</hi> : cupresosque <hi rend="i">A</hi></note>, denotó<note place="bottom"
              > El <hi rend="i">denotar</hi> del verso es su mayor hermosura, alcanzada por el
              hipérbaton en Góngora y por el hipermetro en Virgilio. Este <hi rend="i">denotar</hi>
              del verso acepta otras expresiones en este séptimo párrafo («vendernos expresada»,
              «van delineando») y en el siguiente («se estaba oyendo», «se expresaba»): todas
              remiten a una acción durativa, a una construcción progresiva de la <hi rend="i"
                >euidentia</hi>, construcción acorde con una lectura minuciosa y atenta al ritmo, al
              acento, al orden de las palabras y a la sintaxis del verso. El resultado es la
              expresión, por las características materiales y fónicas del verso, de la imagen del
              referente; tal es la <hi rend="i">euidentia</hi>, la capacidad de representar la
              realidad de esta manera: el verso «exprimió», «denotó». Este arte encumbrado por
              Virgilio –el único que brinda dos ejemplos a la argumentación de Espinosa Medrano-, lo
              comparten Góngora, Camões y Antonio de Solís. Todos «van delineando» con sus versos:
              realizando una imagen. El expresar, el denotar y el delinear pertenecen a la
              terminología de la representación o visión. Sobre esta terminología y sus
              implicaciones retóricas (retórica de la presencia, <hi rend="i">euidentia</hi>,
              procedimientos enárgicos), véase Vega Ramos 1992 (82-84).</note> la longitud,
            eminencia y largura de los cipreses<note place="bottom"> Es muy probable que el verso de
              Virgilio así como el comentario de Girolamo Colonna vengan ambos de la edición de las
                <hi rend="i">Bucólicas</hi> y las <hi rend="i">Geórgicas</hi> por Juan Luis de la
              Cerda (s. l. [Francfort]: Vadi Collegio Paltheniano e Nobilis Francorum, 1608), en el
              comentario del verso en cuestión (<hi rend="i">Geórgicas</hi>, II, v. 443), donde
              leemos: «<hi rend="i">Obseruat Hieronymus Columna, Virgilium adhibuisse versum
                hypermetrum ad indicandam cupressi longitudinem</hi>» (Virgilio 1608: 353-354). En
              efecto Espinosa Medrano traduce con fidelidad estas palabras, adornándolas y
              ordenándolas en forma de pregunta retórica. Además, también acude al padre La Cerda (y
              tampoco lo admite) en la sección IV, párrafo 16, véase <hi rend="i"
            >infra</hi>.</note>? Con donaire aludió aquí un poeta castellano encareciendo de luengo
            y disforme el pie de una dama:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>Pie tan largo y liberal,<note place="margin" resp="author"> D.
                  Anton.<note type="app" rend="I">Anton. <hi rend="i">A : Ant. B</hi></note> de
                Solis, Buen humor de las Musas.</note></l>
            <l>que es más que pródigo, pues</l>
            <l>Isabel no es manirrota,</l>
            <l>pero es pie rota Isabel.</l>
            <l>Pie o verso entero que tiene</l>
            <l>cesuras de juanetés:</l>
            <l>si fue largo el asonante,</l>
            <l>bien tiene a quien parecer<note place="bottom"> Jacinto Polo de Medina, <hi rend="i"
                  >Buen humor de las musas</hi>, Romances, 24 «Al pie grande de una mujer, compuesto
                por don Antonio de Solís Rivadeneyra, amigo del autor…», v. 13-20 (Polo de Medina
                2002). La rima exige que el v. 6 sea agudo, ocasionando el chiste o juego métrico al
                que alude Espinosa Medrano. Agradezco a Pedro Conde Parrado que me haya permitido
                entender este «donaire».</note>.</l></quote>
          <p>¿Qué más ocasión halló <persName type="authority" key="Sabino, Georgio">Georgio
              Sabino</persName><note place="margin" resp="author"> Georg. Sabinus I de artific.
              comp. carmi.</note> en aquel verso de la <title>Eneida</title>, «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Turbati fugiunt Rutuli, fugit acer Athinas<note type="app" rend="I">Athinas
                  <hi rend="i">A</hi> : Athenas <hi rend="i">B</hi></note></quote>»<note
              place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, libro 11, v. 869: «<hi rend="i"
                >turbati fugiunt Rutuli, fugit acer Atinas</hi>» (Virgilio 1987: 119): «huyen los
              rútulos desconcertados, huye el brioso Atinas» (trad. Javier de Echave-Sustaeta,
              Virgilio 1992b: 511).</note>, para vendernos expresada la turbación de los Rútulos en
            lo indeciso, tardío y moroso del primer espondeo, y luego la fuga del ejército en lo
            presto y acelerado de los cuatro dáctilos que, en la cadencia misma, van delineando el
            tropel de la fugitiva gente<note place="bottom"> Espinosa Medrano alude probablemente a
              este fragmento de Georg Sabinus, <hi rend="i">De carminibus ad veterum imitationem
                artificiose componendis praecepta</hi> (‘Preceptos sobre el modo de componer poemas
              artísticamente a imitación de los antiguos’), «<hi rend="i">De concinnitate pedum,
                membrorum et numerorum</hi>» (‘Acerca de la armonía de los pies, de los miembros y
              de los versos’): «<hi rend="i">Contra dactyli, properationem atque hilaritatem quasi
                quandam prae se ferunt, pluriumque syllabarum dictionibus fiunt volubiliores. Hi
                continuandi sunt, cum aliquid explicandum est, aut iucunde, ut apud Virgilium</hi>:
                “<hi rend="i">Pone metum Cytherea manent immota tuorum / Fata tibi.</hi>” <hi
                rend="i">Aut festinanter, ut</hi>: “<hi rend="i">Turbati fugiunt Rutuli, fugit acer
                Athinas: / Quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum.</hi>” <hi rend="i"
                >Item</hi>: “<hi rend="i">Convellimus altis / Sedibus, impulimusque: ea lapsa
                repente ruinam / Cum sonitu trahit, et Danaum super agmina late incidit.</hi>” <hi
                rend="i">Hic omnes fere pedes constant vocibus polysyllabis, suntque Dactylici:
                quorum tanta est volubilitas, ut ipsam et fugae celeritatem et ruinam impulsae
                turris, antevertere videantur</hi>» (‘Al contrario los dáctilos llevan consigo la
              rapidez y cierto carácter casi risueño, y los vocablos plurisilábicos los hacen más
              volubles. Estos deben usarse de modo continuado, cuando algo debe explicarse, o bien
              alegremente como en Virgilio: “<hi rend="i">Pone metum Cytherea manent immota tuorum /
                Fata tibi.</hi>” (‘Citerea, pierde el miedo, el destino de los tuyos está
              inmutablemente decidido según tus deseos’). O con premura como: “<hi rend="i">Turbati
                fugiunt Rutuli, fugit acer Athinas: / Quadrupedante putrem sonitu quatit ungula
                campum</hi>” (‘Turbados huyen los rútulos, huye el brioso Athinas. La fangosa
              llanura resuena con los galopantes cascos’). Y también: “<hi rend="i">Convellimus
                altis / Sedibus, impulimusque: ea lapsa repente ruinam / Cum sonitu trahit, et
                Danaum super agmina late incidit.</hi>” (‘[La] arrancamos de sus profundos cimientos
              y empujamos; ella se tambalea y de repente se derrumba con estruendo y cae vastamente
              sobre el ejército de los Dánaos’). Aquí casi todos los pies constan de palabras
              plurisilábicas y son dactílicos; cuya volubilidad es tanta que parece que adivinamos
              la rapidez de la fuga y la ruina de la torre desplomada’). Véase Sabinus (1551: f.
              B4r-v y 1568: 502-503). Glosando este comentario, Espinosa Medrano mantiene el tono
              irónico que justifica en el párrafo anterior la interpolación del poema del <hi
                rend="i">Buen humor de las musas</hi>: aquí Sabino se dedica a «vendernos expresada
              la turbación de los Rútulos». La burla culmina en el párrafo siguiente, cuando El
              Lunarejo coge a Faría en un renuncio, pues alaba en Camões los recursos poéticos que
              critica en Góngora.</note>?</p>
          <p>8. El <persName type="authority" key="Camões">Camões</persName> cuando dijo: «<quote
              xml:lang="pt" rend="i">As bombardas horrissonas bramavan</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Camões Lus. cant.<note type="app" rend="I">Lus. cant. <hi rend="i"
                  >em.</hi> : Lus cant <hi rend="i">A</hi> || Luscant. <hi rend="i">B</hi></note> 2
              est. 100.</note><note place="bottom">
              <hi rend="i">Lusíadas</hi>, canto II, est. 100, v. 797. Véase Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto II, estancia 100, col. 537, A
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 537).</note>, ¿no ocasionó a <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> que dijese que al leer
            el verso se estaba oyendo la artillería<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto II, estancia 100, col. 537, C
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 537): «<hi rend="i">As bombardas horrisonas
                bramavam</hi>: al leer el verso se está oyendo la artillería.»</note>? Los
            comentadores todos están llenos de semejantes observaciones y quizá de algunas con menos
            fundamento afectadas, pues, en este verso, «<quote xml:lang="es">Cuanto las cumbres
              ásperas cabrío</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v.
              46, [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.46"
                >OC255.46</ref>].</note>, pudiera alguien<note type="app" rend="I"> alguien <hi
                rend="i">A</hi> : algun <hi rend="i">B</hi></note> decir que se expresaba la
            travesura de ese ganado (como <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> quiere) no solo en la transposición, que aparta el “cuanto” del
              “cabrío”<note place="bottom"> Espinosa Medrano traduce la visión espacial de Faría en
              términos más bien gramaticales: es el “cuanto” el que se aparta del sustantivo, en vez
              de ser el sustantivo-cabra el que se aleja caprichosamente en virtud del símil
              animal.</note>, porque de esta usa el poeta aun cuando no habla de sujeto que
              salte<note place="bottom"> Para El Lunarejo la figura no se adapta a un único uso:
              opinión contraria a la de Faría, puesto que la «conformidad de dicciones con el
              asunto» (§ 5) de Espinosa Medrano no es exclusiva ni limitada a un uso
            genuino.</note>; sino que aquella transposición acompañada del “ásperas” con su acento
            dactílico y despeñado insinuaba el arrojo<note place="bottom"> La elección del término
              «arrojo» no es casual, puesto que remite al salto de las cabras, pero puede significar
              asimismo el valor o la intrepidez. La ingeniosa polisemia del «arrojo de las cabras»
              puede tener un cariz burlesco, teniendo en cuenta el paralelismo que equipara
              «insinu[ar] el arrojo de las cabras» y «representa[r] el estruendo de las bombardas»:
              ya es osado equiparar imágenes tan discordantes, pero más osado es que el primer
              término que puede pertenecer a la isotopía épica aparezca socavado por las cabras que
              lo acompañan. En lo que insinúa el «arrojo de las cabras» se halla quizá la revancha
              del ataque de Faría contra el peregrino gongorino, «como era cortés y entendía de
              cabras» (<hi rend="i">supra</hi>, Faría, 1): con estas palabras el portugués se
              burlaba de la incoherencia estilística de Góngora –escribir en estilo épico sobre un
              personaje lírico en contexto bucólico-, mientras que con una sola palabra, pero
              polisémica, el peruano parece burlarse de las categorías genéricas a las que se aferra
              su contendiente.</note> de las cabras, como el “<hi rend="i">bramavan</hi>” y el “<hi
              rend="i">horrissonas</hi>”, dice él que representan el estruendo de las bombardas.
            Allá en <persName type="authority" key="Virgilio">el gran poeta</persName> despidió sus
            cabrillas Melibeo, diciendo:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Ite meae, quondam felix pecus, ite capellae.<note
                place="margin" resp="author"> Virg. Eclo. 1.<note type="app" rend="I">Eclo. I <hi
                    rend="i">B</hi> : Elco. † <hi rend="i">A</hi></note></note><note place="bottom">
                Virgilio, <hi rend="i">Bucólicas</hi>, 1, v. 74: «<hi rend="i">ite meae, felix
                  quondam pecus, ite, capellae</hi>» (Virgilio 1992a: 41): «Marchad, cabrillas mías,
                rebaño, en otro tiempo, próspero, marchad», trad. Tomás de la Ascensión Recio García
                en Virgilio 1990 (174). La variante «<hi rend="i">quondam felix</hi>» pertenece a la
                tradición textual de las <hi rend="i">Bucólicas</hi> (1992a: 41 y 1894:
              6).</note></l>
          </quote>
          <p>“Andad mis otro tiempo feliz ganado, andad cabritas”. Donde se ve que el “<hi rend="i"
              >meae</hi>” está distante y apartado del “<hi rend="i">capellae</hi>”, ni está más
            lejos el “cuanto” del “cabrío” en el verso de <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> que el “mías” del “cabritas” en el de
              <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName>, habiendo de decir
            “andad, mis cabras”; he aquí muy lindo lance para otra frialdad de <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, pues dirá que se
            parten despedidas las cabras y, como su inquietud las aguija a brincos y saltos, denotó
              <persName type="authority" key="Virgilio">el Marón</persName> sus cabriolas con aquel
            salto de dicciones<note place="bottom"> Espinosa Medrano recrimina la obcecación de
              Faría con los saltos de la oración y las cabras, haciendo sangre de la asimilación
              establecida por el portugués entre el hipérbaton y la cabriola del animal («Pero, ¿a
              dónde iremos a buscar comento de saltos para tantas cláusulas que los tienen, sin
              tener cabras con que sanearlos», Faría, II): véase a continuación el §10 del <hi
                rend="i">Apologético</hi>. Viendo que Virgilio recurre al hipérbaton sin introducir
              saltos en la marcha de su bucólico rebaño, Espinosa Medrano le atribuye a su contrario
              la opinión absurda consistente en inventárselos: «dirá que se parten despedidas las
              cabras y, como su inquietud las aguija a brincos y saltos, denotó el Marón sus
              cabriolas con aquel salto de dicciones». Al demostrar con el aval virgiliano que la
              cabriola y el hipérbaton no tienen necesariamente relación, Espinosa Medrano desmonta
              la argumentación de Faría antes incluso de citar a Góngora: Virgilio despide el rebaño
              de Melibeo con un hipérbaton, los pastores de las <hi rend="i">Soledades</hi> saludan
              al mancebo con la misma figura; en ambos lugares hay cabras, pero sin cabriolas. Los
              versos del cordobés llegan por tanto defendidos de antemano a la palestra y los
              comentarios de Faría son «frialdades», puerilidades a propósito de Góngora, como lo
              serían acerca de Virgilio si pretendiera aplicárselos.</note>, que aquí viniera
            lindamente, a ser todos los ingenios pajareros como el suyo. Pasa adelante con que dan
            otro salto las cabras en aquellos versos.</p>
          <quote xml:lang="es"><l><pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f6v.jpg"
                n="f. 6v"/>Llegó pues el mancebo, y saludado</l>
            <l>(sin ambición, sin pompa de palabras)</l>
            <l>de los conducidores fue de cabras.<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                  >Soledades</hi>, I, v. 90-92, [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.90"
                  >OC264B.90-92</ref>].</note></l>
          </quote>
          <p>9. No habrá niño de la escuela que no entienda aquí que el mancebo fue saludado de los
            conducidores de cabras y no tiene vergüenza un barbado<note place="bottom">El término
              «barbado» alude al hombre por oposición al «niño de la escuela». Sin embargo, si esta
              alusión ya es malintencionada, ‘barbado’ es, en germanía, el cabrón, animal con barbas
              por oposición a la cabra y nueva animalización de Faría.</note> de decir que no
            entiende sino que saludaron las cabras al mancebo y que ni <persName type="authority"
              key="Platón">Platón</persName> lo entenderá de otra suerte. ¡Pobre <persName
              type="authority" key="Platón">Platón</persName>, que ya ha dado en apadrinar
            bufonerías! Días ha que le dolió a <persName type="authority" key="Tertuliano"
              >Tertuliano</persName> el que a Platón arrastrasen para autorizarse los herejes.
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Doleo bona fide<note type="app" rend="I"> fide <hi
                  rend="i">A</hi> : fine <hi rend="i">B</hi></note> Platonem omnium haereticorum
              condimentarium factum</quote>»<note place="margin" resp="author"> Tertul. libro<note
                type="app" rend="I">Tertul. libro <hi rend="i">B</hi> : Terunl. lib. <hi rend="i"
                  >A</hi></note> de Anima cap. 25.</note><note place="bottom"> Tertuliano, <hi
                rend="i">De anima</hi>, cap. 23 (Tertuliano 1954: l. 20): ‘Me duelo de buena fe de
              ver que Platón está hecho proveedor de condimentos de los herejes’.</note>. ¿Qué
            dijera hoy quien sintió ver a Platón padrino de locuras de herejes, viéndole sazonador
            de herejías de locos? ¡Cosa de risa es querernos persuadir manchas en el Sol<note
              place="bottom"> Gran lector y buen conocedor de las ciencias naturales de su época,
              Espinosa Medrano alude aquí, denunciándola, a la opinión desarrollada por Galileo
              desde 1611 sobre las manchas del sol. El Lunarejo poseía en su biblioteca, según su
              inventario testamentario, numerosos volúmenes sobre ciencias naturales (Guibovich
              1992). La polémica científica y la polémica poética van de la mano. Sobre este tema
              insiste más adelante el <hi rend="i">Apologético</hi> en la sección VII (§ 57).</note>
            y desaciertos en <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName><note place="bottom"> Góngora es el Sol de la poesía: se prolonga
              aquí la isotopía luminosa que acompaña al cordobés desde la luna envidiada de los
              primeros párrafos pasando por las «centellas del ardor intelectivo».</note> con cuatro
            necedades de cabras, brincos y saltos<note place="bottom"> Espinosa Medrano ha comentado
              de las «cuatro necedades» la primera («cuanto las cumbres ásperas cabrío») y la
              segunda («Llegó pues el mancebo, y saludado / (sin ambición, sin pompa de palabras) /
              de los conducidores fue de cabras.»); omite la tercera («cabras aquí le interrumpieron
              cuantas / vagas al pie, sacrílegas al cuerno») y usa la cuarta como pulla contra
              Faría, que introducía su último ejemplo comentando: «Otro salto ha de venir por la que
              vende buen vino».</note>! El último que trae dice que es «por la que vende buen
              vino»<note place="bottom"> Estas palabras de Manuel de Faría, que introducen un
              hipérbaton de Góngora, son probablemente una alusión al refrán «El buen vino no
              necesita ramo», que tiene variantes en numerosos textos del Siglo de oro. Así, puesto
              que el buen vino no necesita pregón, anunciar algo «por la que vende buen vino» es
              anunciar una mala mercancía. Hay una frase parecida en el <hi rend="i">Tratado de la
                humildad</hi> de Juan Bautista de la Concepción (Juan García López) publicado en
              1609, en el capítulo III: «Puesto caso que ni los pies descalzos ni los remiendos ni
              ojos bajos no son señales ciertas del corazón humilde, mal dice el que pide muestras
              de humildad, pues cada día vemos juegos tan al trocado y muestras tan falsas y
              fingidas que, pensando son como de taberna que vende buen vino, es buen vinagre.» (<hi
                rend="i">apud</hi>
              <hi rend="sc">Corde</hi>). Del mismo modo leemos en la segunda parte de los <hi
                rend="i">Ejercicios espirituales</hi> de Pedro de Valderrama (Barcelona: a costa de
              Juan Simón mercader de libros, 1604): «Y así, aunque al principio tengan puestos
              títulos de que venden buen vino (como suele estar sobre los vasos donde se vende)
              luego en gustar se echa de ver lo que dijo Isaías: “<hi rend="i">vinum tuum mistum est
                aqua</hi>”» (Valderrama 1604: f. 332v).</note> y cierto que <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> le vende tan malo que
            por él no se meneara la cabra<note place="bottom"> En una guerra de refranes Espinosa
              Medrano responde al de Manuel de Faría con una alusión al refrán siguiente: «Cabra va
              por viña, cual la madre tal la hija». Véanse los <hi rend="i">Refranes o proverbios en
                romance</hi> (Lérida: a costa de Luis Manescal mercader de libros, 1621) de Núñez de
              Guzmán (1621: f. 269r).</note>. Véndenos el generoso néctar de los versos del heroico
            portugués y poeta insigne <persName type="authority" key="Camões">Camões</persName>,
            pero dale aguado o adulterado con la zupia de tanto disparate como contra <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> fabrica. Si su
              <title>comento</title> era bueno, no le hacía mejor el juicio que hace contra él<note
              place="bottom"> Esta sentencia contra el crítico es tópica en las polémicas literarias
              de la época. Véase lo que Apolo responde a un poeta que pretende escribir su propia
              apología contra un crítico mordaz: «Sonriose Apolo y le dijo que se daba a conocer al
              mundo por tan poco entendido, el que defendía con apologías su reputación, como el que
              divulgaba censuras por hombre mordaz y maligno. Que la reina de las mayores
              ignorancias era dar oídos a los dichos de los murmuradores que, no teniendo talento,
              para publicar al mundo los partos de sus ingenios, neciamente se persuadían poder
              acrecentar la propia reputación con vituperar la ajena». Véase Traiano Boccalini, <hi
                rend="i">Discursos políticos y avisos del Parnasso</hi>, traducción de Fernando
              Peres de Sousa (Madrid: por Maria de Quiñones, a costa de Pedro Coello, 1634), aviso
              39, «Refuta Apolo una censura que le presentó un crítico hecho sobre un poema de un
              lucido sujeto italiano» (1634: f. 107r). Espinosa Medrano cita este aviso de Boccalini
              en la sección XII, § 122. Sobre el género de la <hi rend="i">apología</hi> véase la
              introducción.</note>. Y, ciertamente, que<note place="bottom"> Hay elipsis del verbo:
              ciertamente queda probado que.</note> si los fundamentos que trae para reprobar
            aquella poesía no son más que saltos de cabras e hiperbatones, que son harto ruines y
            más para callados que para exhibidos a la luz del mundo, donde se reirán de él cuantos
            vieren que con dos ignorancias frígidas se despeja <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">un pobrete</persName> a desmentir y eclipsar el
            universal aplauso de todo el orbe. Sucederale al contrario de lo que piensa, pues los
            aficionados de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> lo
            quedarán más viendo que, fatigado su metro en los crisoles de la envidia, no le hallaron
            otros lunares que registrarle<note place="bottom"> Góngora es oro puro, sin defectos:
              examinado y sometido al crisol de la envidia, el horno en que se funden los metales y
              especialmente el oro, para tasar su calidad y purificarlo, no tiene otras tachas que
              el supuesto vicio de los hiperbatones.</note>. Confiadísimo vive <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">el buen Faría</persName> en el vicio
            que ha descubierto de lo que él llama hiperbatones y este es el Aquiles y el argumento
            fatal con que piensa destruir al <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">divino
              cordobés</persName> y en que toda su opinión estriba para desestimarle. Mas en la
            sección siguiente le daremos a entender que los hiperbatones no son tan buena gente que
            se pueda fiar mucho de ellos.</p>
          <p>10. Hállase confuso sin saber dónde buscar comento de saltos para tantas cláusulas como
            los tienen sin haber cabras con que sanearlos y que falta sólo que los entendimientos
            sean cabras para <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f7r.jpg"
              n="f. 7r"/> trepar estas cumbres tan ásperas. Trabajoso va el argumento, que ya no
            tiene a qué apelar sino a chanzas<note place="bottom"> La «chanza» es «dicho burlesco,
              festivo y gracioso» (Aut.), aquí asociada al «carámbano» por su frialdad y falta de
              gracia.</note>, como un carámbano. Digo pues que <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">nuestro poeta</persName> no ha menester hablar de cabras para
            hacer sus galantes y airosas transposiciones, por sobrarle caudal y artificio para
            imitar la colocación latina<note place="bottom"> Tres definiciones del hipérbaton
              gongorino subyacen en estas palabras. Primero la de Faría, que pretende no entenderlos
              sin un único aval mimético: sólo hay hipérbaton cuando hay salto de cabra. Es figura
              justificada por el referente, regida por la materia y sin embargo sometida a una
              exigencia de coherencia global, coherencia estilística y genérica, según la cual el
              hipérbaton no puede yuxtaponerse con una sintaxis «inerte». Luego está el hipérbaton
              entendido por Espinosa Medrano como figura o transposición, galante y airosa en su
              relación con el tema tratado, la «conformidad de dicciones con el asunto» (§ 5), que
              no tiene por qué ser una relación sistemática ni exclusiva, ni requiere un único y
              sistemático aval mimético. Por último apunta ya la colocación, el hipérbaton entendido
              como una lengua poética en sí y no como una mera figura. La distinción entre la
              transposición y la colocación es fundamental para entender cabalmente hasta la quinta
              sección el <hi rend="i">Apologético</hi>: sobre este tema remito a Blanco 2010 y a la
              introducción.</note>, como después ponderaremos. Y si sólo faltara que los
            entendimientos fueran cabras para entenderle, ya el de <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> estuviera muy adelante, porque eso no
            le falta.</p>
          <p>11. Nota de inerte<note place="bottom">En su sentido etimológico (<hi rend="i"
                >in-ars</hi>): falto de arte, de habilidad literaria.</note> aquel verso: «<quote
              xml:lang="es">dando el huésped licencia para ello</quote>»<note place="bottom">,
              Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, II, v. 73, [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.73"
                >OC264C.73</ref>].</note>; y aconseja<note type="app" rend="I"> aconseja <hi
                rend="i">A</hi> : acconseja <hi rend="i">B</hi></note> debiera decir “licencia el
            para huésped dando ello”, o así: “para licencia dando el huésped ello”. Esta objeción es
            vulgar y aun rancia sobre el verso del <persName type="authority" key="Virgilio">gran
              poeta</persName>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Irim de caelo misit Saturnia
              Iuno</quote>»<note place="margin" resp="author"> Virgil Aenei 9.</note><note
              place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, libro 5, v. 606 (Virgilio 1989:
              28): «desde la altura la Saturnia Juno manda a Iris» (trad. Javier de Echave-Sustaeta
              en Virgilio 1992b: 286).</note>. Donde no negará <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> que aun siendo más propia la
            colocación al lenguaje y verso latino que al castellano, va suelta, llana y humilde la
            oración; pues como el poeta otra vez dijo:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Aeream coelo nam Iupiter Irim</l>
            <l>demisit<note type="app" rend="I"> Demisit <hi rend="i">B</hi> : Demissit <hi rend="i"
                  >A</hi> :</note><note place="bottom"> Virgilio,<hi rend="i"> Eneida</hi>, libro 9,
                v. 803-804: «<hi rend="i">sufficere; aeriam caelo nam Iuppiter Irim / demisit
                  germanae haud mollia iussa ferentem</hi>» (Virgilio 1987: 36): «Pues Júpiter de lo
                alto de los cielos ha hecho bajar a Iris con órdenes severas / para su hermana…»
                (trad. Javier de Echave-Sustaeta en Virgilio 1992b: 286). Los dos lugares de
                Virgilio sobre la mensajera Iris aparecen juntos en el comentario de la <hi rend="i"
                  >Eneida</hi> por Servio, libro 5, v. 606 (Servio 1881: 636).</note></l></quote>
          <p>pudiera decir muy bien: “<hi rend="i">Iuno de coelis Irim Saturnia misit</hi>” y no
            quiso sino afectar la llaneza de aquel estilo. Y no siendo descuido este en aquel
            idioma, quiere nuestro <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Mastige</persName><note place="bottom"> Personifica Espinosa Medrano para aplicárselo
              a Faría un epíteto traído de la tradición polémica del humanismo europeo: «Motivado
              por una tradición humanística ya más que consistente a inicios del siglo XVII, el uso
              del cultismo <hi rend="i">mastix</hi> para designar al azote del buen poeta es un
              claro indicio de la conciencia que tienen los contrincantes de adoptar formas
              discursivas típicas de la <hi rend="i">res publica litterarum</hi> europea» (<ref
                target="http://e-spania.revues.org/23769#tocto1n3">Béhar</ref> 2014, §
              29-33).</note> que sea crimen en el nuestro, donde sin esa afectación es nativa la
            frasi y corriente la locución, sin que por eso se baje de la grandeza del decir, como ni
            el verso virgiliano se apeó de aquella celsitud por haber dicho «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Irim de coelo misit Saturnia Iuno</quote>». Tiene gracia particular este
            hombre para sazonar jerigonzas<note place="bottom">Aquí y en el párrafo 16, Espinosa
              Medrano vuelve contra Faría una palabra clave de la polémica, empleada en ataques
              antigongorinos tan señalados como el soneto de Quevedo, v. 1-2: «Quien quisiere ser
              culto en sólo un día / la jeri aprenderá gonza siguiente».</note> y aunque por burla y
            desprecio trastorna aquel verso: «<quote xml:lang="es">dando el huésped licencia para
              ello</quote>», diciendo “licencia el para huésped dando ello” o de otra manera “para
            licencia dando el huésped ello”, no se le puede negar la habilidad que Dios le dio para
              trasegar<note place="bottom"> Según el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>,
              «volver una cosa de arriba abajo, descomponer su orden y colocación».</note>
            disparates, pues en un verso que por infelicidad llegó a la ventosa oficina<note
              place="bottom"> La mente de Faría es ventosa seguramente por ser hueca, o bien por ser
              fría y de tan poca gracia como las «chanzas como un carámbano» mencionadas en el
              párrafo anterior. Sin embargo, el término conlleva multitud de connotaciones negativas
              posibles por añadidura. Según el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>, ventoso
              es en germanía «el que hurta por la ventana»: Faría sería pues el crítico fraudulento
              que pretende escamotear la gracia de Góngora. Más aún, lo ventoso puede ser aquí una
              alusión a lo apestoso de los argumentos de Faría, al que luego Espinosa Medrano cogerá
              en un renuncio, en el § 43 de la sección V del <hi rend="i">Apologético</hi>,
              comentando que sus chistes merecen que se tapie la nariz al escribirlos: «Pero para él
              nada oliera así, si como se tapó allí las narices para Góngora, se las tapiara para sí
              a piedra y lodo». Lo ventoso se acercaría pues a la ventosidad. Como curiosidad señalo
              un texto que reúne lo ventoso y la oficina. Se trata del prólogo al lector de <hi
                rend="i">N. S. del Puche: Cámara Angelical de María Santísima</hi>, del padre
              Francisco Boil (Valencia: por Silvestre Esparsa, a la calle de las Barcas, 1631):
              «Menos acertado parece llamar al Prólogo desahogo, yo le dijera ventosa, porque allí
              se llama la sangre y es donde acude a expeler malicias o morder envidias. (…) Fuera de
              toda hiel he temido el prólogo por ser la oficina que huele mal y el albañal de la
              obra por donde manan las heces de la intención» (Boil 1631: f. *3r). El final de la
              frase de Espinosa Medrano da por lo demás una idea del espectro de sentidos posibles
              que sugiere este ataque: «miserable destrozo» sería el hurto y el engaño con que Faría
              nos vende a Góngora, pero las «anatomías» sugieren que debemos entender la “ventosa”
              en el sentido médico, acercándonos por tanto al texto de Francisco Boil. Este padre
              mercedario fue «calificador del consejo de su magestad en la Suprema Inquisición»
              (Boil 1631: f. []1r) y, según los datos consignados en la aprobación de la orden a su
              libro sobre la imagen de Nuestra Señora del Puche, ostentó el cargo de definidor
              general de la provincia mercedaria de Aragón (f. []2r). Es figura periférica de la
              polémica gongorina, pues firma uno de los «Epigramas latinos de algunos ilustres
              ingenios de esta Corte, en alabanza del comentador de esta Fábula» que encabezan la
                <hi rend="i">Ilustración y defensa de la Fábula de Píramo y Tisbe</hi> (Madrid:
              Imprenta Real, a costa de Domingo González, mercader de libros, 1636) de Cristóbal de
              Salazar Mardones (f. §5r-v, «Del reverendo padre maestro fray Francisco Boil, del
              orden de Nuestra Señora de la Merced»), que Espinosa Medrano maneja y cuyos
              preliminares cita en la última sección del <hi rend="i">Apologético</hi>. También
              aparece mencionado en la censura del padre Hernando Horio a las <hi rend="i">Obras en
                verso del Homero español</hi> de Vicuña, donde leemos: «Ha escandalizado en la
              Merced de Madrid al reverendísimo señor don fray Gaspar Prieto, obispo del Alguer, al
              padre maestro fray Francisco Boil, predicador mayor y definidor general, al padre
              maestro fray Diego Juárez, elector general, y a otras muchas personas religiosas y
              graves» (Alonso 1963: XXVII).</note> de su ingenio, con miserable destrozo ejecutó tan
            insolentes anatomías. Llama lucos, Sierra Morena y alpestres peñascos estas locuciones y
            que es menester sean cabras, Cacos, o Aníbales, para saltar, saltear y romper por ellas;
            y lo que peor es, que después de todo ni la cabra hallará jugo ni el ladrón hacienda ni
            Aníbal gloria.</p>
          <l>«Orador Faría entonces</l>
          <l>las armas jugó de Tulio»<note place="bottom"> Espinosa Medrano cita a Góngora en los
              versos <quote xml:lang="es">«Orador, Píramo, entonces / las armas jugó de
                Tulio</quote>» (<hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi>, v. 269-270 [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem317#l317.269"
                >OC317.269-270</ref>]) en lo que Gracián denominaría «concepto por acomodación de
              verso antiguo» (Blanco 2010: 211 y 1988: 105 y siguientes). El Lunarejo se burla del
              periodo de los lucos, Sierra Morena y alpestres peñascos, con sus <hi rend="i"
                >tricola</hi> en correspondencia con las cabras, los Cacos y los Aníbales. Esta
              construcción retórica es típica de la retórica ciceroniana y de su célebre <hi
                rend="i">concinnitas</hi>: el propio Góngora, en los versos anteriores de la <hi
                rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi>, parodiaba ese mismo estilo, con los dos
              períodos introducidos por «¡Cuántas veces… Cuántas!» (v. 261 y 265). Espinosa Medrano,
              en las líneas posteriores, juega también a parodiar ese estilo tomando pie en las
              frases de Faría. Es de notar que en el poema gongorino, unos versos más abajo, el
              orador Píramo se convierte en «protonecio» y «señor Piramiburro» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem317#l317.339"
                >OC317.339-340</ref>), por lo que esta identificación de Faría con el protagonista
              de la fábula burlesca, además del ataque contra su estilo, contiene una pulla <hi
                rend="i">ad hominem</hi>, aunque velada.</note>.</l>
          <p>12. No hay piedra que no mueva<note place="bottom"> A continuación de la cita de la <hi
                rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi>, Espinosa Medrano inicia su párrafo copiando
              la estructura del verso que continúa el poema gongorino: «Orador, Píramo, entonces, /
              las armas jugó de Tulio, / <hi rend="i">que no hay</hi> áspid vigilante / a poderosos
              conjuros.» (Góngora, <hi rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi>, v. 269-272 [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem317#l317.269"
                >OC317.269-272</ref>]). Esta parodia de un poema ya de por sí paródico es una burla
              que convierte a Faría en un mal seductor enfrentado a Góngora además de en un mal
              Cicerón.</note> para disuadirnos del engaño en <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f7v.jpg"
              n="f. 7v"/> que vivimos y, declamando a lo retórico, demuestra la utilidad que después
            de asperezas tan arduas se malogra. ¡O cielos inmortales, con qué claridad se
            desembaraza la vista si le quitan los antojos azules<note place="bottom"> Azul, según el
                <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>, «metafóricamente se toma por los
              celos»: se prolonga por tanto aquí la isotopía de la envidia que rodea a
            Faría.</note>! ¡Qué distintamente aparecen las cosas a quien mira sin pasión, a quien
            juzga sin envidia! Oíd al <persName type="polemist" key="Salcedo Coronel, García de "
              >docto Coronel</persName>: «<quote xml:lang="es">Quien leyere a don Luis sin pasión
              —dice— hallará inestimables tesoros en la propiedad de las voces y en la grandeza de
              sus sentencias. Quisiera yo que hiciese juicio de sus obras quien fuese grande en la
              Poesía, o por mejor decir a quien hubiese el cielo comunicado liberalmente el furor,
              que se consigue por naturaleza y no con el arte; pero que culpe a don Luis el profano
              de esta profesión es cosa intolerable y digna de castigo. Por ventura algunos quieren
              hacerse memorables por la detracción como otros por estudios</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Coronel. to. 2 sonet.<note type="app" rend="I"> sonet
                  <hi rend="i">A</hi> : son. <hi rend="i">B</hi></note> 9. fol. 59.</note><note
              place="bottom"><persName type="polemist" key="Salcedo Coronel, García de ">Salcedo
                Coronel</persName>, <hi rend="i">Obras de don Luis de Góngora comentadas</hi>, tomo
              2 (<hi rend="i">Segundo tomo de las Obras de Don Luis de Gongora comentadas por D.
                Garcia de Salzedo</hi>), primera parte, soneto 9, comentario al v. 11 (Salcedo
              Coronel 1644: 59-60).</note>, hasta aquí este autor y <hi rend="i">dispeream</hi><note
              place="bottom"> Que me muera.</note> si no lo dijo por <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>. Yo no sé qué jugo, qué hacienda o qué
            gloria son los que desea para la cabra, el Caco y el Aníbal. Paréceme que los versos de
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> están bullendo
            erudiciones, conceptos y sentencias<note place="bottom"> El uso transitivo de “bullir”
              indica la abundancia de «erudiciones, conceptos y sentencias». Con esta tríada
              responde Espinosa Medrano a la sustancia que busca Faría en la poesía, al «gran fruto
              de sentencia, concepto y juicio» (Manuel de Faría, § II). La presencia de la erudición
              en el primer lugar de la tríada de El Lunarejo señala su valor incontrovertible para
              el peruano, reconocido incluso cuando la poesía profana es rebajada y humillada al
              compararla con la revelada por exigencias de la argumentación.</note> de que se
            pudieran hacer suficientísimos jugos, haciendas y glorias para esta cabra, este Caco y
            este Aníbal. Y si no veamos el hipérbaton de <persName type="authority" key="Camões"
              >Camões</persName>, que tanto aquel sublima en este lugar.</p>
          <quote xml:lang="pt" rend="i"><l>Que em terreno</l>
            <l>nam cabe o altivo peito tam pequeno<note place="bottom"> Camões, <hi rend="i"
                  >Lusíadas</hi>, canto III, estancia 94, v. 751-752. Manuel de Faría, <hi rend="i"
                  >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto III, estancia 94, v. 7-8, col. 130, A
                [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 130).</note>.</l></quote>
          <p>13. ¡Válgame Dios! ¿El decir que un pecho altivo no cabe en poca tierra es la hacienda,
            el jugo y la gloria que jamás alcanzó <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName>? ¿Es esto lo inimitable? ¿lo divino? ¿Cuántos pensamientos iguales
            a este (por no decir otra cosa)<note place="bottom"> Aquí aparece por primera vez
              expresada la ambivalente posición tomada por Espinosa Medrano respecto a Camões. Como
              contendiente de Faría acata un código ético (Pantin 1997) que los sitúa, de igual a
              igual, en el terreno polémico: así lo demuestra el reconocimiento de la valía de Faría
              en la dedicatoria al lector, y la acusación de envidia que persigue al portugués por
              atreverse como aprendiz de poeta a atacar al maestro de Córdoba. Acaba de recordarlo
              Espinosa Medrano citando a Salcedo Coronel, que reclama «que hiciese juicio de sus
              obras quien fuese grande en la poesía». Según ese mismo código ético, El Lunarejo
              señala la igualdad de pensamiento de los versos de Camões y de Góngora, pero dejando
              entrever en el paréntesis que lo de Camões no merece ni ser llamado pensamiento. Así
              esquiva la acusación de envidia que le valdría una crítica directa a un poeta insigne,
              pero sin dejar de acatar el código ético de la pugna logra que quede patente la
              superioridad de Góngora.</note> ocultarán los lucos y Sierra Morena de <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>? Y el que generosos ánimos
            no quepan en cortos límites, «<quote xml:lang="pt" rend="i">Em terreno nam cabe / o
              altivo peito tam pequeño</quote>», también lo supo decir <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>, cuando del Conde de Salinas cantó:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>Del León, que en la Silva apenas cabe,</l>
            <l>o ya por fiero, o ya por generoso<note place="bottom"> Góngora, soneto «De don
                Rodrigo Sarmiento, conde de Salinas», v. 1-2: «Del león, que en la Silva apenas
                cabe, / o ya por fuerte, o ya por generoso,» [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem154#l154.1"
                  >OC154.1-2</ref>]. Por la variante del v. 2 es muy probable que Espinosa Medrano
                lea el soneto en cuestión en la edición de Salcedo, que lleva asimismo la lección «o
                ya por fiero, o ya por generoso»: <persName type="polemist"
                  key="Salcedo Coronel, García de ">Salcedo Coronel</persName>, <hi rend="i">Obras
                  de don Luis de Góngora comentadas</hi>, tomo 2 (<hi rend="i">Segundo tomo de las
                  Obras de Don Luis de Gongora comentadas por D. Garcia de Salzedo</hi>), primera
                parte, soneto 7, (Salcedo Coronel 1644: 47). No es por tanto imprescindible suponer,
                como lo hizo Luis Jaime Cisneros (2005: 34, nota 61) que Espinosa Medrano disponga
                de las <hi rend="i">Obras en verso del Homero español</hi> de López Vicuña (Madrid,
                Luis Sánchez, 1627) para copiar esta variante del soneto dedicado al conde de
                Salinas.</note>.</l></quote>
          <p>Y es tan infelice esta musa que diciendo juntos casi un mismo concepto, aquel tiene
            jugo, hacienda y gloria para la cabra, el Caco y el Aníbal, y este otro todo es malezas,
            lucos y bosques, sin gloria para Aníbal aunque rompa, sin jugo para la cabra aunque
            salte y sin hacienda para el Caco aunque saltee. Váyase norabuena Faría, recoja esas
            cabras y déjese de corregir tan ínclita Musa que le podrá decir: «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Monitor capras age</quote>». Enseñador <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f8r.jpg"
              n="f. 8r"/> impertinente<note type="app" rend="I"> impertinente <hi rend="i">B</hi> :
              impetinente <hi rend="i">A</hi></note> lleva tus cabras: adagio que usó la Antigüedad
            (como dice <persName type="authority" key="Hadriano Junio">Hadriano Junio</persName>)
            contra quien neciamente se pone a instruir a quien sabe más en negocio que entiende
            menos. «<quote xml:lang="la" rend="i">Quadrabit in consultorem ineptum, qui alteri
              dictare consilium parat, ipse super stiuam<note type="app" rend="I">
                <hi rend="i">em.</hi> stiuam : st†uam <hi rend="i">A</hi> || struam <hi rend="i"
                  >B</hi></note>non sapiens</quote>»<note place="margin" resp="author"> Hadria.<note
                type="app" rend="I"> Hadria. <hi rend="i">A</hi> : Had. <hi rend="i">B</hi></note>
              Iun. Centur. 6. adag. 30.</note><note place="bottom"> Adriano Junio, <hi rend="i"
                >Adagiorum Hadriani Iunii centuria sexta</hi>, adagio 30: «<hi rend="i">Monitor
                capras age</hi>»: «(...) <hi rend="i">Qui me admones, ipse capras age. Quadrabit in
                consultorem ineptum, qui alteri dictare consilium parat, ipse supra stiuam non
                sapiens. Attigit istud Aristides in oratione</hi>: (…) <hi rend="i">hoc est, de
                inepto responso</hi>: (…), <hi rend="i">id est, ut intelligas cuiusmodi vir sis qui
                me admones, cum prouerbium iubeat te capras pascere</hi>», (‘<hi rend="i">Maestro,
                guía a tus cabras</hi>. Se puede aplicar para zaherir al consejero inepto, dispuesto
              a aconsejar a otros, cuando él no sabe nada que supere la pala y al azadón. Lo citó
              Arístides en su discurso : […] esto es, para qué entiendas qué clase de hombre eres tú
              que pretendes dirigirme, cuando te viene de molde el proverbio de que te vayas a
              apacentar tus cabras’). El adagio se encuentra en varios impresos a partir de 1558,
              fecha de la primera edición, en Basilea, por Froben, de los <hi rend="i">Adagiorum
                centuriae VIII</hi> de Adriano Junio (1558: 608). Sobre la edición consultada por El
              Lunarejo tenemos datos contradictorios. Primero, sabiendo que Espinosa Medrano
              consulta los <hi rend="i">Adagia</hi> de Erasmo en una edición de 1571 que contiene
              adagios de Gilberto Cognato (véase <hi rend="i">supra</hi>), es posible que lea el
              adagio de Adriano Junio en esa misma colectánea (Erasmo 1571: col. 1134). En su
              biblioteca, El Lunarejo disponía de un «Adriano Junio médico» (Guibovich 1992: 27) que
              podría ser el tomo suelto de los <hi rend="i">Adagiorum centuriae VIII cum dimidia,
                per Hadrianum Iunium medicum conscriptae</hi> (Basileae: Froben, 1558), pero también
              cualquier otra obra de la abundante producción del humanista.</note>. Tratando
              Asclepíades<note place="margin" resp="author"> Asclepiades<note type="app" rend="I"
                >Asclepiades <hi rend="i">A</hi> : Asclep. <hi rend="i">B</hi></note></note> de que
            el solio del ánima no era el corazón ni el celebro, trujo por ejemplar unas cabras que
            sin corazón balaron y ciertas moscas que descabezadas volaron, y enfadado <persName
              type="authority" key="Tertuliano">Tertuliano</persName><note place="margin"
              resp="author"> Tertullianus. lib. de Anim.<note type="app" rend="I">Tertullianus. lib.
                de Anim. <hi rend="i">em.</hi> : Tertullinus lib. de Anim. <hi rend="i">A</hi> ||
                Tertul. libro de Ani m. <hi rend="i">B</hi></note> cap. 15.</note> dijo: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Retusus<note type="app" rend="I">Retusus <hi rend="i">em.</hi>
                : Retussus <hi rend="i">AB</hi></note> Asclepiades capras suas quaerat sine corde
              balantes, et muscas suas abigat sine capite volitantes</quote>»<note place="bottom">
              Tertuliano, <hi rend="i">De anima</hi>, cap. 15 (Tertuliano 1954: l. 45): «<hi
                rend="i">ut uel ab istis retusus Asclepiades capras suas quaerat sine corde balantes
                et muscas suas abigat sine capite uolitantes</hi>», (‘que Asclepiades, a quien
              habrán bajado los humos, recoja sus cabras que balan sin corazón y ahuyente a sus
              moscas que vuelan sin cabeza’). El tema, la discusión sobre el «solio del ánima»,
              también viene del mismo lugar de Tertuliano.</note>. Váyase a recoger sus cabras y a
            aventar sus moscas, que sin corazón ni cabeza balan y vuelan. Mirad qué dijera de las
            que <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> hace
            saltar sin pies ni cabeza.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion4_Faría">
          <index indexName="resp" n="Faria e Sousa, Manuel de"/>
          <head>Manuel de Faría. § III.</head>
          <quote xml:lang="es">«Volvamos a ensartar trozos de esta decantada<note place="bottom"
              >Latinismo por 'celebrada', 'famosa' o 'admirada': su valor es irónico en boca de
              Faría.</note> poesía:<quote xml:lang="es"><l>“Y los que por las calles espaciosas</l>
              <l>fabrican arcos rosas.<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, I,
                  v. 718-719 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.718"
                    >OC264B.718-719</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Cuantas del uno ya, y del otro cuello</l>
              <l>cadenas de concordia engaza rosas.<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i"
                    >Soledades</hi>, I, v. 788-789: «cuantas (del uno ya y del otro cuello /
                  cadenas) la concordia engaza rosas,» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.788"
                    >OC264B.788-789</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>En los que damascó manteles Flandes.<note place="bottom"
                  >Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, I, v. 860 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.860"
                    >OC264B.860</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Los novios entra en dura no estacada.<note place="bottom"
                  >Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, I, v. 1088 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.1088"
                    >OC264B.1088</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Dédalo si del leño no, de lino.<note place="bottom">Góngora, <hi
                    rend="i">Soledades</hi>, II, v. 78 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.78"
                    >OC264C.78</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>O la que torció llave el fontanero.<note place="bottom">Góngora,
                    <hi rend="i">Soledades</hi>, II, v. 225: «o a la que torció llave el fontanero»
                    [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.225"
                    >OC264C.225</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>O cuanta al peregrino el amebeo<note type="app" rend="I"> amebeo
                    <hi rend="i">em.</hi> : ama beo <hi rend="i">AB</hi> [Enmienda consignada en la
                  fe de erratas. El testimonio A trae una corrección manuscrita: amebeo.</note></l>
              <l>alterno canto dulce fue lisonja.<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i"
                    >Soledades</hi>, II, v. 626-627 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.626"
                    >OC264C.626-627</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Del bello de la estigia deidad robo.<note place="bottom"
                  >Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, II, v. 793 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.793"
                    >OC264C.793</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>La tantos siglos ya muda sirena.<note place="bottom">Góngora,
                    <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>, v. 126 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.126"
                    >OC313.126</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Esta le cuente felicidad (en urna<note type="app" rend="I">urna
                    <hi rend="i">em.</hi> : una <hi rend="i">AB</hi></note></l>
              <l>sea dorada) piedra.<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i">Panegírico al duque
                    de Lerma</hi>, v. 217-219: «Servía y agradaba; esta le cuente / felicidad, y en
                  urna sea, dorada, / piedra, si breve, la que más luciente» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.217"
                    >OC313.217-219</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>El inmenso hará el celestial orbe.<note place="bottom">Góngora,
                    <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>, v. 255 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.255"
                    >OC313.255</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>En sus conchas el sabo la hermosa</l>
              <l>guardó al tercer Filipo Margarita.<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i"
                    >Panegírico al duque de Lerma</hi>, v. 285-286: «en sus conchas el savo la
                  hermosa, / guardó al tercer Filipo, Margarita,» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.285"
                    >OC313.285-286</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Dulce un día después la hizo esposa.<note place="bottom"
                  >Góngora, <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>, v. 317 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.317"
                    >OC313.317</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Ninguna de las dos reales persona<note place="bottom">Góngora,
                    <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>, v. 325: «ninguna de las dos real
                  persona» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.325"
                    >OC313.325</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>piadoso luego rey cuantas destina</l>
              <l>penas rigor legal; tantas perdona.<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i"
                    >Panegírico al duque de Lerma</hi>, v. 453-454 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.453"
                    >OC313.453-454</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>Veneciana estos días arrogancia.</l>
              <l><pb
                  facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f8v.jpg"
                  n="f. 8v"/>De vana procedida preeminencia.</l>
              <l>Al sacro opuesta celestial clavero<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i"
                    >Panegírico al duque de Lerma</hi>, v. 549-551: «Veneciana estos días
                  arrogancia, / de vana procedida preeminencia, / al Sacro opuesta celestial clavero
                  / esgrimió casi el obstinado acero.» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.549"
                    >OC313.549-551</ref>].</note></l>
            </quote>
            <quote xml:lang="es"><l>el fulminante aun en la vaina acero”<note place="bottom"
                  >Góngora, <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>, v. 606 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.606"
                    >OC313.606</ref>].</note></l>
            </quote> Pero, ¿a dónde voy? Porque esto está a pares en cada verso, y a docenas en cada
            cláusula, y a<note type="app" rend="I"> a <hi rend="i">A : om. B</hi></note> tantos
            cientos en tan pocas obras que solo en el <title>Polifemo</title>,
              <title>Soledades</title> y <title>Panegírico</title> (poesías singulares en la opinión
            de los sectarios de locuciones vanísimas) hay más de seiscientos hipérbatos o sínquisis
            de tal calidad que por la mayor parte mueven a risa (a la cordura y al reposo digo)
            cuando hubieran de producir respeto si se usaran con templanza así en el modo como en la
            cantidad, porque en todas las obras de los latinos (a donde es natural ese término) no
            se hallan tantos como en solos tan pocos versos de <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, con que hace parecer que sólo de aquello
            anduvo cuidando. En los grandes <persName type="authority" key="Dante">Dante</persName>,
              <persName type="authority" key="Petrarca">Petrarca</persName>, <persName
              type="authority" key="sannazaro">Sannazaro</persName>, <persName type="authority"
              key="Ariosto">Ariosto</persName>, <persName type="authority" key="Tasso"
              >Tasso</persName>, <persName type="authority" key="Garcilaso">Garcilaso</persName> y
              <persName type="authority" key="Camões">Camões</persName> no se hallará que alguno
            exceda en usar esto de hasta doce veces, en el que más, por tan largos escritos, y de
            esas no se hallará alguna con la deformidad que tantas acá. De este modo se descubren
            dos yerros en esto: uno, querer usar en nuestro idioma lo que es sólo del latín; otro,
            que lo use un hombre en pocos versos más que todos los latinos en todos los suyos, y eso
            con mayor deformidad que ellos y casi sin variedad, porque los más se reducen a dos o
            tres modos repetidos perpetuamente. Dejo aparte<note type="app" rend="I"> a parte <hi
                rend="i">A</hi> : o parte <hi rend="i">B</hi></note> que después de descifrado esto
            no contiene sentencia o concepto alguno<note place="bottom"> Para Faría el hipérbaton
              gongorino es de calidad risible por carecer en modo y cantidad de templanza: por ser
              deforme en el modo y excesivo en cantidad. La deformidad del modo se caracteriza por
              la poca variedad y la recurrencia de «dos o tres modos» exclusivamente; por lo demás,
              no tiene «sentencia o concepto» una vez leído. Así, el ideal de «hipérbaton tan medido
              con las fuerzas humanas» que propone en Manuel de Faría, § II, es figura natural
              latina, produce <hi rend="i">respeto</hi> (por su <hi rend="i">atrevimiento</hi> y<hi
                rend="i"> gala</hi>) si se usa con <hi rend="i">templanza</hi> en la <hi rend="i"
                >cantidad</hi> (reducida), y en el <hi rend="i">modo</hi> (variado, no deforme), y
              debe conllevar <hi rend="i">sentencia, concepto</hi>, pues «con una moderada atención
              se descubre un pensamiento razonable».</note>: así en casi todo, de suerte que se
              cumple<note type="app" rend="I"> cumple <hi rend="i">A</hi> : comple <hi rend="i"
                >B</hi></note> enteramente en esta lira lo que dice <persName type="authority"
              key="Cicerón">Cicerón</persName> de los poetas que cantan a ella: “<quote
              xml:lang="la" rend="i">Quos cum cantu<note type="app" rend="I">cantu <hi rend="i"
                  >A</hi> : canto <hi rend="i">B</hi></note> spoliaueris, nuda pene remanet
              oratio</quote>”<note place="bottom"> Cicerón, <hi rend="i">Orator</hi>, 55, 183: «<hi
                rend="i">quos cum cantu spoliaueris, nuda paene remanet oratio</hi>» (Cicerón 1939:
              460): ‘quítales la música y apenas quedará más que prosa desnuda’. Las palabras de
              Cicerón son una desdeñosa apreciación de los líricos griegos. Aplicando al estilo
              gongorino una severa crítica de la poesía griega —y en particular de la lírica— hecha
              por el adalid de la retórica latina, Faría relega a lo griego y a lo gongorino fuera
              de las fronteras de su canon, en cuyo centro sitúa a la latinidad y a la modernidad
              delineadas por las autoridades siguientes: Cicerón –en representación de los latinos-,
              Dante, Petrarca, Sannazaro, Ariosto, Tasso, Garcilaso y Camões. Véase también, en las
                <hi rend="i">Noches claras</hi> de Manuel de Faría, Primera noche, Palestra IV:
              «Ninguno que supiese ha dudado jamás de que no puede haber mayor desatino ni principio
              más acomodado para mil impropiedades que escribiendo en español hablar en griego» La
              cita se encuentra en una interesante conversación entre los personajes de Lusitano y
              Elasso (Faría 1624: 49). Véase Jammes 1994 (706) y Cisneros 1987 (3).</note>. Yo no
            digo que falten atrevimientos y galas en ingenios tan grandes como el de <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>; digo solo que se halle más
            que eso y eso menos, y que resplandezca el juicio. Trato de lo que escribió de este
              género.»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo II,
              Canto III, estancia 94, col. 133, B, hasta col. 134, B [1639_lusiadas] (Faría 1639a:
              II, col. 133-134).</note>
          </quote>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion4">
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f9r.jpg"
            n="f. 9r"/>
          <head>Apologético. Sección IV<note place="bottom"> En el título corriente, por errata,
              leemos: «<hi rend="sc">de gongora. sec. vi</hi>».</note></head>
          <p>14. Demostración matemática se le ha de hacer a <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> convenciendo su error con evidencias
            bien fáciles. Toda la munición de combatir consiste en la nimiedad<note place="bottom">
              No debe entenderse aquí la nimiedad como “pequeñez” o “insignificancia” sino al
              contrario, en su sentido original latino, como «exceso o demasía» (<hi rend="i"
                >Diccionario de Autoridades</hi>).</note> de los hiperbatones que en <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> dice que redunda<note
              place="bottom"> Redundar, según el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>, vale
              «rebosar, salirse alguna cosa de sus límites o bordes, por demasiadamente llenos y
              abundantes».</note> y, si en los grandes poetas, así latinos como toscanos y
            españoles, el tropo, que cuando más no pasa de doce veces, repite <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> más de seiscientas en tan
            pocos versos, no carece de deformidad tal exorbitancia. Discurso es este que con su
            primera aparencia pudiera persuadir los idiotas a esta barbaridad. Mas va de
              desengaño<note place="bottom"> Expresión hablada y algo familiar, como las que en
              ocasiones emplea Espinosa Medrano para variar su prosa, anunciando aquí el «desengaño»
              que se lee a continuación.</note>.</p>
          <p>15. «<quote xml:lang="la" rend="i">Hiperbaton</quote>», según los Retóricos se difine,
              «<quote xml:lang="la" rend="i">est transcensio cum verbum aut sententia ordine
              commutatur</quote>»<note place="bottom"> Isidoro, <hi rend="i">Etimologías</hi>, lib.
              I, cap. 37, 16-20 (Isidoro 1989). En la traducción de José Oroz Reta y Manuel-A.
              Marcos Casquero: «El <hi rend="i">hipérbaton</hi> es una transposición de palabra o
              frase a las que se hace ocupar un lugar que no es el suyo» (Isidoro 2004: 333). Véanse
              también los <hi rend="i">Diui Isidori Hispal. Episcopi opera, pars prior</hi>,
              costeados por Felipe II (Madriti: ex typographia regia, 1599), en Isidoro 1599a <ref
                target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA25#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(25)</ref>.</note>. Es un traspasamiento en que o la palabra o la sentencia trueca
            su orden. Dije traspasamiento por estar al castellano del <persName type="authority"
              key="Herrera, Fernando de">divino Herrera</persName><note place="margin" resp="author"
              > Herrera in Com. Garcil.<note type="app" rend="I">Garcil <hi rend="i">em.</hi> :
                Gurcil <hi rend="i">A</hi> || Gracil <hi rend="i">B</hi></note> sonet.
              7.</note><note place="bottom"> En el comentario del soneto VII de Garcilaso, <hi
                rend="i">Obras de Garcilaso con anotaciones de Fernando de Herrera</hi> (Sevilla:
              Alonso de la Barrera, 1580), comentario al v. 9: «es el hipérbaton distracción o
              trasgresión en la lengua latina, y en la nuestra, si le puede caber este nombre,
              traspasamiento, porque la oracion se distrae y aparta i traspasa, cuando van las
              palabras después del seguimiento y curso de otras palabras» (Herrera 1580: <ref
                target="http://www.cervantesvirtual.com/s3/BVMC_OBRAS/ff8/3d4/1a8/2b1/11d/fac/c70/021/85c/e60/64/mimes/imagenes/ff83d41a-82b1-11df-acc7-002185ce6064_113.jpg"
                >110</ref>).</note>. Difínese aquí un género o especie subalterna, que en su
              latitud<note type="app" rend="I"> latitud <hi rend="i">A</hi> : altitud <hi rend="i"
                >B</hi></note> incluye cinco especies de hipérbatos, como enseña <persName
              type="authority" key="san Isidoro">San Isidoro Hispalense</persName>, y divídese en
            ellos: «<quote xml:lang="la" rend="i">Huius species sunt anastrophe, histeron proteron,
              parenthesis, tmesis, sinchesis</quote>»<note place="margin" resp="author"> Isidor.
              lib. 2. aetimo.<note type="app" rend="I">aetimo <hi rend="i">A</hi> : atimo <hi
                  rend="i">B</hi></note> ca. 37</note><note place="bottom"> Isidoro, <hi rend="i"
                >Etimologías</hi>, lib. I, cap. 37, 16 (Isidoro 1989): «Hay cinco tipos de <hi
                rend="i">hipérbaton</hi>: anástrofe, <hi rend="i">hysteron próteron</hi>,
              paréntesis, tmesis y [sínquisis]» (trad. José Oroz Reta y Manuel-A. Marcos Casquero en
              Isidoro 2004: 333, corregimos "síntesis" por "sínquisis"). Véase también Isidoro 1599a
                (<ref
                target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA25#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >25</ref>).</note>.</p>
          <p>La primera especie es anástrofe, que es trueco en el orden de prioridad<note type="app"
              rend="I"> prioridad <hi rend="i">B</hi> : priorioridad <hi rend="i">A</hi> [Enmienda
              consignada en la fe de erratas.</note> o posterioridad que debían guardar dos
            dicciones, como «<quote xml:lang="la" rend="i">littora circum</quote>»<note
              place="bottom"> La cita, de Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, III, v. 75 (Virgilio
              2009: 78): «en torno a la costa», aparece ya en las <hi rend="i">Etimologías</hi> de
              Isidoro, lib. I, cap. 37, 16 (Isidoro 1989 y 1599a: 25).</note>, habiendo de decir
              “<hi rend="i">circum</hi><note type="app" rend="I"> circum <hi rend="i">B</hi> :
              curcum <hi rend="i">A</hi></note><hi rend="i"> littora</hi>”, y <persName
              type="authority" key="Garcilaso">Garcilaso</persName>: «<quote xml:lang="es">En contra
              puestas del airado pecho</quote>»<note place="margin" resp="author"> Garcil.<note
                type="app" rend="I">Garcil. <hi rend="i">B</hi> : Gorcilasus <hi rend="i"
                >A</hi></note> son. 16.</note>, pudiendo decir: “Puestas en contra del airado
              pecho”<note place="bottom"> Isidoro, <hi rend="i">Etimologías</hi>, lib. I, cap. 37,
              16 (Isidoro 1989). Véase también Isidoro 1599a <ref
                target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA25#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(25)</ref>: «<hi rend="i">Anastrophe verborum ordo praeposterus: ut littora circum
                pro circum littora</hi>». «La <hi rend="i">anástrofe</hi> es la simple inversión del
              orden de las palabras, como <hi rend="i">litora circum</hi>, en vez de <hi rend="i"
                >circum litora</hi>» (trad. José Oroz Reta y Manuel-A. Marcos Casquero en Isidoro
              2004: 333-335). Espinosa Medrano acude probablemente de nuevo a Herrera para traducir
              los tecnicismos de Isidoro (<hi rend="i">verborum ordo praeposterus</hi>), pasando del
              «trocamiento» herreriano a su propio «trueco». Comentando el soneto decimosexto de
              Garcilaso (<hi rend="i">Obras de Garcilasso con anotaciones de Fernando de
                Herrera</hi>, son. XVI, comentario al v. 2: «en contra puestas del airado pecho»),
              Herrera escribe sobre este verso: «es figura anástrofe, llamada en la lengua Latina
              inversion, i en la nuestra se podrá decir trocamiento, cuando se troca el orden de las
              palabras sin necesidad alguna, porque pudiera dezir bien, “puestas en contra del
              airado pecho”» (Herrera 1580: <ref
                target="http://www.cervantesvirtual.com/s3/BVMC_OBRAS/ff8/3d4/1a8/2b1/11d/fac/c70/021/85c/e60/64/mimes/imagenes/ff83d41a-82b1-11df-acc7-002185ce6064_151.jpg"
                >148</ref>). A continuación Herrera propone otros dos ejemplos de anástrofes sacados
              de Valerio Flaco y de Virgilio, pero son ejemplos que no cita Espinosa
            Medrano.</note>.</p>
          <p>La segunda es hísteron próteron, que es conmutación del mismo orden entre las
            sentencias. Vulgar ejemplo el de «<quote xml:lang="la" rend="i">Postquam altos tetigit
              fluctus, et ad aequora venit</quote>»<note place="margin" resp="author"> Virgilius
              [Virgilius <hi rend="i">A</hi> : Virgil. <hi rend="i">B</hi>]</note><note
              place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, III, v. 662: «<hi rend="i"
                >Postquam altos tetigit fluctus et ad aequora venit</hi>» (Virgilio 2009: 101): la
              traducción de Javier de Echave-Sustaeta, «Después que llega al mar y se adentra por lo
              hondo de las olas» (Virgilio 1992b: 229), invierte el orden del verso latino y borra
              por tanto la figura. Para leer un hísteron próteron habría que traducir como lo hace
              Espinosa Medrano: «Después que tocó las altas ondas y vino al mar».</note>. Después
            que tocó las altas ondas y vino al mar. Siendo así que primero se viene al mar, que se
            toquen sus ondas<note place="bottom"> Isidoro, <hi rend="i">Etimologías</hi>, lib. I,
              cap. 37, 17 (Isidoro 1989). Véase también Isidoro 1599a <ref
                target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA25#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(25)</ref>: «<hi rend="i">Hysteron proteron sententia ordine commutata ut:
                “Postquam altos tetigit fluctus, et ad aequora venit.” Ante enim ad aequora venit et
                sic tetigit fluctus</hi>». «El <hi rend="i">hysteron próteron</hi> invierte el orden
              de las frases, como en: “Después de que alcanzó las altas olas y llegó a los mares”,
              ya que primero se llega al mar y después se alcanzan las olas.» (trad. José Oroz Reta
              y Manuel-A. Marcos Casquero en Isidoro 2004: 335).</note>. No sé en quién leí excluido
            el hísteron próteron del género de los hiperbatones<note place="bottom"> En el <hi
                rend="sc">Corpus Grammaticorum Latinorum (G</hi>arcea, s.f.), aparece el hísteron
              próteron (hysteroproteron) o histerología en multitud de tratados bajo el acápite «<hi
                rend="i">de uitiis et uirtutibus orationis</hi>» (‘vicios y virtudes de la
              oración’), como parte del hipérbaton. Sin embargo, en el párrafo «<hi rend="i">de
                praepositione</hi>» y con el nombre de hysterologia lo comentan Cledonio (<hi
                rend="i">Cledonii ars</hi>, de praepositione, 0077) y Pompeyo (<hi rend="i">Pompeius
                in artem Donati</hi>, de praepositione, 0270), aunque este también la considera como
              especie del hipérbaton (<hi rend="i">de uitiis et uirtutibus orationis</hi>, 0309). En
              el <hi rend="sc">Corde</hi> se encuentra con ortografías vacilantes como elemento del
              hipérbaton (por ejemplo en Antonio de Nebrija o Gonzalo Correas) pero aparece en el
                <hi rend="i">Universal vocabulario en latín y en romance</hi> de Alfonso de Palencia
              (1490) dentro de la entrada «<hi rend="i">Isterologia</hi>», sin mención alguna de
              anástrofe o de hipérbaton. De hecho el hipérbaton afecta a la sintaxis mientras que el
              hísteron próteron es una figura que atañe a la lingüística del discurso y,
              concretamente, al orden de la narración.</note>. Pero solo me acuerdo que no era tan
            docto como <persName type="authority" key="Servio">Servio</persName>, que sobre ese
            verso dice: «<quote xml:lang="la" rend="i">Hyperbaton in sensu, ut progressi subeunt
              luco, fluuiosque relinquunt</quote>»<note place="margin" resp="author"> Servius in
              lib. 3 Aeneid.</note><note place="bottom">Servio, <hi rend="i">Commentarius in
                Vergilii Aeneidos libros</hi>, vol. 1, lib. III, comm. ad versum 662 (Servio 1881:
              449): «<hi rend="i"><hi rend="sc">Tetigit flvctvs et ad aeqvora venit</hi> hyperbaton
                in sensu, ut “progressi subeunt luco fluuiumque relinquunt”</hi>», (‘<hi rend="sc"
                >Tetigit flvctvs et ad aeqvora venit</hi>: es un hipérbaton en el sentido, lo mismo
              que “<hi rend="i">progressi subeunt luco fluuiumque relinquunt</hi>” (suben hacia el
              bosque y dejan el río)’). El ejemplo de hísteron próteron interpolado por Servio, «<hi
                rend="i">progressi subeunt luco fluuiumque relincunt</hi>» se encuentra en <hi
                rend="i">Eneida</hi>, VIII, 125 (Virgilio 1895b: 592). Espinosa Medrano escribió
              esta sección o parte de ella leyendo a un tiempo a Isidoro y a Servio, llamado este
              último por los versos de Virgilio citados por el hispalense. Según su testamento, El
              Lunarejo disponía en su biblioteca de un «Virgilio por Servio» (Guibovich 1992:
              24).</note>. Demás de la autoridad de <persName type="authority" key="san Isidoro">San
              Isidoro</persName>, que bastaba.</p>
          <p>La tercera es paréntesis, que es interposición de una sentencia en otra, la cual
            quitada queda ileso el sentido de la primera<note place="bottom"> Isidoro, <hi rend="i"
                >Etimologías</hi>, lib. I, cap. 37, 18: «<hi rend="i">Parenthesis, ubi interponimus
                sententiam nostram, qua ex medio remota integer sermo perdurat, ut: “Aeneas (neque
                enim patrius consistere mentem passus amor) rapidum ad naues praemittit Achaten.”
                Est enim ordo: “Aeneas rapidum praemittit Achaten”. Nam illud in medio parenthesis
                est</hi>» (Isidoro 1989). «Paréntesis es la inclusión de una opinión nuestra en
              medio de una oración; si suprimimos esa inclusión, la oración no pierde nada de su
              sentido. Véase un ejemplo: “Eneas —pues su amor paterno sosegar su espíritu no deja—
              al veloz Acates al punto envía hacia las naves”. El orden es: “Eneas envía delante al
              veloz Acates”. Lo que está en medio es el paréntesis.» (trad. José Oroz Reta y
              Manuel-A. Marcos Casquero en Isidoro 2004: 335). Véase Isidoro 1599a <ref
                target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA25#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(25)</ref>.</note>. Abundan ejemplos.</p>
          <p>La cuarta es tmesis, que es una sección o cortamiento de una <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f9v.jpg"
              n="f. 9v"/> dicción por interposición de otras. Como en <persName type="authority"
              key="Virgilio">Virgilio</persName>, «<quote xml:lang="la" rend="i">circum dea fudit
              amictu</quote>», en vez de “<hi rend="i">circumfudit</hi>”<note place="bottom">
              Isidoro, <hi rend="i">Etimologías</hi>, lib. I, cap. 37, 19: «<hi rend="i">Tmesis est
                sectio unius nominis per interpositionem uerborum, ut: “Multum nebulae circum dea
                fudit amictum”, pro “circumfudit”</hi>» (Isidoro 1989): «La <hi rend="i">tmesis</hi>
              es la división de una palabra por interposición de otra; es el caso de: “<hi rend="i"
                >Multum nebulae circum dea fudit amictum</hi>” (“en torno a él, la diosa extendió
              una espesa capa de niebla”); en vez de “<hi rend="i">circumfudit</hi>”» (trad. José
              Oroz Reta y Manuel-A. Marcos Casquero en Isidoro 2004: 335). También Isidoro 1599a
                <ref
                target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA25#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(25)</ref>. Espinosa Medrano restaura la cita de Virgilio, <hi rend="i"
              >Eneida</hi>, lib. I, v. 412: «<hi rend="i">et multo nebulae circum dea fudit
                amictu</hi>» (Virgilio 2009: 21). La traducción de Virgilio por Oroz Reta y Marcos
              Casquero, así como la de Echave-Sustaeta («su poder divino extiende en torno de ellos
              el denso manto de una nube», Virgilio 1992b: 152), borra la figura y, si quisiéramos
              mantenerla, recordando el “malestar doble” que Asturias convierte en «maldoblestar» al
              inicio de <hi rend="i">El señor presidente</hi> (Asturias 1978: 7), habría que
              enmendarla, por ejemplo, de la manera siguiente: ‘un denso manto de niebla al Venus
              rededor de ellos extiende’. El verso virgiliano como ejemplo de tmesis aparece también
              en Servio, <hi rend="i">Commentarius in Vergilii Aeneidos libros</hi>, vol. 1, lib. I,
              comm. ad versum 412: «<hi rend="i"><hi rend="sc">Circvm dea fvdit</hi> figura est
                tmesis, quae fit cum secto uno sermone aliquid interponimus</hi>» (Servio 1881:
              136).</note>; y la del otro<note type="app" rend="I"> otro <hi rend="i">A</hi> : o†
                <hi rend="i">B</hi></note> versillo: «<quote xml:lang="la" rend="i">Deficiente pecu
              deficit omne nia</quote>»<note place="bottom"> El versillo en cuestión es un dicho
              romano («<hi rend="i">Deficiente pecunia, deficit omne</hi>»: ‘si falta el dinero
              falta todo’) que aparece con la tmesis en el <hi rend="i">Tiers-Livre</hi> de
              Rabelais, capítulo 41 (Rabelais 1994: 481), aunque entre los editores de dicho libro
              de Rabelais, Jean Céard afirma que es obra de Ennio (Rabelais 1974: 283) y Mireille
              Huchon que en cualquier caso se remonta a la antigüedad (Rabelais 1994: 1440). Se
              encuentra también esta tmesis en un apéndice del <hi rend="i">Satiricón</hi> de
              Petronio publicado en Francfort en 1629 por Joannes Petrus Lotichius (Francofurti ad
              Moenum: typis exscribebat Wolfgangus Hofmannus, sumptibus Lucæ Jennisi, 1629). El
              apéndice es de Iohannis Weitzii (Johann Weitz): «<hi rend="i">Notulae in Floridum de
                qualitate vitae</hi>» y el verso se halla en la página 323 (Petronio 1629: 323).
              Espinosa Medrano tenía en su biblioteca un «Petrono arbitro» (Guibovich 1992: 27),
              pero en el párrafo 28 del <hi rend="i">Apologético</hi>, en esta misma sección, hay
              una remisión a Petronio que no concuerda con la edición mencionada de 1629, véase <hi
                rend="i">infra</hi>.</note>, por “<hi rend="i">deficiente pecunia</hi>”.</p>
          <p>La quinta es sínquisis, en que de todas partes se confunden las voces, de suerte que
            totalmente quede barajada la sentencia, como la del <persName type="authority"
              key="Virgilio">gran Poeta</persName>:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Iuuenes, fortissima frustra</l>
            <l>pectora, si vobis audentem extrema cupido est</l>
            <l>certa sequi, quae sit rebus fortuna videtis.</l>
            <l>Excessere omnes adytis arisque relictis</l>
            <l>Dii, quibus imperium hoc steterat; succurritis<note type="app" rend="I"> succurritis
                  <hi rend="i">em.</hi> : sucurritis <hi rend="i">A</hi> || succuritis <hi rend="i"
                  >B</hi></note> urbi</l>
            <l>incensae; moriamur et in media arma ruamus<note place="margin" resp="author"> Virg.
                AEne. 2.</note><note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. II, v.
                348-353: «<hi rend="i">iuuenes, fortissima frustra / pectora, si vobis audendi
                  extrema cupido / certa sequi, quae sit rebus fortuna videtis: / excessere omnes
                  adytis arisque relictis / di quibus imperium hoc steterat; succurritis urbi /
                  incensae: moriamur et in media arma ruamus</hi>» (Virgilio 2009: 51). Véase la
                traducción <hi rend="i">infra</hi>.</note>.</l></quote>
          <p>Cuyo orden debiera ser este: “<hi rend="i">iuuenes, fortissima pectora, frustra
              succurritis</hi><note type="app" rend="I"> succurritis <hi rend="i">em.</hi> :
              sucurritis <hi rend="i">A</hi> || succuritis <hi rend="i">B</hi></note><hi rend="i">
              urbi incensae, quia excessere</hi><note type="app" rend="I"> excessere <hi rend="i"
                >B</hi> : excesser e <hi rend="i">A</hi></note><hi rend="i"> dii quibus hoc imperium
              steterat. Unde si vobis cupido certa est me sequi audentem extrema, ruamus in media
              arma et moriamur</hi>”<note place="bottom"> Isidoro, <hi rend="i">Etimologías</hi>,
              lib. I, cap. 37, 20: «<hi rend="i">[Synchisis] est, ubi ex omni parte confusa sunt
                uerba, ut illud: “Iuuenes, fortissima frustra / pectora, si uobis audendi extrema
                cupido est / certa sequi, quae sit rebus fortuna uidetis. / Excessere omnes aditis
                arisque relictis / dii, quibus imperium hoc steterat; succurritis urbi / incensae;
                moriamur et in media arma ruamus.” Ordo talis est: “Iuuenes, fortissima pectora,
                frustra succurritis urbi incensae, quia excesserunt dii. Vnde si uobis cupido certa
                est me sequi audentem extrema, ruamus in media arma et moriamur</hi>.”» (Isidoro
              1989): «Hablamos de <hi rend="i">[sínquisis]</hi> cuando, desde distintos planos, se
              produce una mezcla de palabras, como: “Jóvenes, corazones inútilmente heroicos: si es
              vuestro deseo intentar las hazañas más expuestas, ya veis lo que sucede y en qué
              situación están las cosas. Abandonando los altares y los templos, los dioses todos se
              marcharon, ellos por quienes en pie se mantenía el imperio; en auxilio corréis de una
              ciudad incendiada. Muramos y lancémonos en medio de la lucha”. El orden es el
              siguiente: “Jóvenes, corazones heroicos, en vano socorréis a una ciudad incendiada,
              porque los dioses la han abandonado. Por lo tanto, si es vuestro firme deseo el
              seguirme a mí, que estoy decidido a todo, precipitémonos en medio de la lucha y
              muramos”.» (trad. José Oroz Reta y Manuel-A. Marcos Casquero en Isidoro 2004: 335;
              corregimos "síntesis" por "sínquisis"). Véase también Isidoro 1599a (25-26). En este
              caso Espinosa Medrano no parece haber acudido a Servio, que en su <hi rend="i"
                >Commentarius in Vergilii Aeneidos libros</hi>, vol. 1, lib. II, comm. ad versum 353
              señala un hísteron próteron en lugar de una sínquisis, lo cual es correcto para ese
              verso.</note>. Estas son todas las especies del hipérbaton, y en la locución poética
            la que por antonomasia se<note type="app" rend="I"> se <hi rend="i">B</hi> : le <hi
                rend="i">A</hi> [Enmienda registrada en la fe de erratas. En el testimonio A,
              corrección manuscrita: se.</note> nombra hipérbaton es la tmesis, por ser la más
            rigorosa sección de todas. Usáronla los grandes poetas pocas veces por gracia y los
            principiantes por puerilidad, y cuando niño me acuerdo de haber precipitado con furor
            este verso: «<quote xml:lang="la" rend="i">Me subito fundit velocia carmina
              dranus</quote>»<note type="app" rend="I"> dranus <hi rend="i">A</hi> : †nus <hi
                rend="i">B</hi></note><note place="bottom"> ‘Me de repente suelta veloces poemas
              drano’. Espinosa Medrano aplica la tmesis a su propio segundo apellido (Medrano/
              Medranus), aprovechando que comienza por <hi rend="i">me</hi>, acusativo y ablativo
              del pronombre <hi rend="i">ego</hi>.</note>.</p>
          <p>16. Mas esto es juego y en los varones grandes fuera desautoridad. Súfreseles empero
            pocas veces sólo en la poesía latina y griega, y tengo observado lo que nadie reparó en
              <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio, gigante mayor de la
              Poesía</persName>: que las pocas veces que usa de esta especie de hipérbatos que
            llamamos tmesis, nunca divide la dicción simple, como “<hi rend="i">dominus</hi>”, sino
            la que consta y se compone de dos términos, como “<hi rend="i">Ciceromastix</hi>”<note
              place="bottom"> El ejemplo, apropiadísimo al contexto polémico, confirma el
              conocimiento de la tradición poética polémica que ya demostraba el apelativo Mastige
              aplicado a Faría (<ref target="http://e-spania.revues.org/23769">Béhar</ref>
              2014).</note>, que los sumulistas<note place="bottom"> Docto en súmulas, los
              principios elementales de la lógica.</note> pudieran reducir a los términos que llaman
            complejos. Y así en su <title>Geórgica</title><note type="app" rend="I"> Georgica <hi
                rend="i">em.</hi> : Georgia <hi rend="i">AB</hi> [Enmienda recogida en la fe de
              erratas. En el testimonio A encontramos la corrección manuscrita: Georgica.</note>,
            hablando de la región aquilonar dijo: «<quote xml:lang="la" rend="i">Septem subiecta
              trioni</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Georgicas</hi>, lib. III,
              v. 381 (Virgilio 1982: 51). En las definiciones de la tmesis es habitual el ejemplo
                «<hi rend="i">septem subiecta trioni</hi>» como se puede comprobar en el <hi
                rend="sc">Corpus Grammaticorum Latinorum (G</hi>arcea: s.f.).</note>, por “<hi
              rend="i">subiecta septemtrioni</hi><note type="app" rend="I"> septemtrioni <hi
                rend="i">B</hi> : semptemtrioni <hi rend="i">A</hi></note>”<note place="bottom">
              Espinosa Medrano cita aquí, jactándose de su ocurrencia («tengo observado lo que nadie
              reparó en Virgilio»), a Servio, a cuyos <hi rend="i">Comentarios</hi> sobre la <hi
                rend="i">Eneida</hi>, que poseía en su biblioteca (Guibovich 1992: 24) acudía para
              definir el hísteron próteron unas líneas más arriba. Servio, <hi rend="i">Commentarius
                in Vergilii Aeneidos libros</hi>, vol. 1, lib. I, comm. ad versum 412 (Servio 1881:
              136): «<hi rend="i"><hi rend="sc">Circvm dea fvdit</hi> figura est tmesis, quae fit
                cum secto uno sermone aliquid interponimus, ut alibi “septem subiecta trioni”. sed
                hoc tolerabile est in sermone conposito, ceterum in simplici nimis est asperum; quod
                tamen faciebat antiquitas, ut “saxo cere comminuit brum”</hi>» (‘es una figura por
              tmesis, que se produce cuando en una palabra interponemos algo, pero esto, que es
              tolerable en una palabra compuesta, en una simple es demasiado áspero, aunque no dejan
              de hallarse ejemplos en los poetas arcaicos como: <hi rend="i">con una piedra destrozó
                su cerebro –literalmente cere destrozó su bro–</hi>’). El ejemplo, «<hi rend="i"
                >saxo cere comminuit brum</hi>», procede de Ennio (véase Ennio 1903: 113), poeta que
              para los romanos es “antiguo”, arcaico por excelencia. La descripción de la tmesis
              como separación de palabras compuestas se encuentra también en la definición del
              hipérbaton por Antonio de Nebrija, a la que Espinosa Medrano acude en el § 45 de la
              sección 5. Nebrija escribe: «<hi rend="i">Tmesis est, cum verbum compositum dividitur
                aliqua dictione interposita</hi>.» (Nebrija 1652: 174).</note>: porque “<hi rend="i"
              >septemtrio</hi>” consta de “<hi rend="i">septem</hi>”, que es siete, y de “<hi
              rend="i">triones</hi>”, que son los bueyes de la constelación<note type="app" rend="I"
              > Constelacion <hi rend="i">A</hi> : constellaciō <hi rend="i">B</hi></note>
            septentrional que llamamos Carro, compuesto de siete estrellas que por tirarle se
            llamaron “<hi rend="i">triones</hi>” <hi rend="i">a terendo</hi>, que es trilladores, o
              “<hi rend="i">teriones</hi>”, según enseña <persName type="authority" key="Varrón"
              >Varrón</persName><note type="app" rend="I"> Varron <hi rend="i">A</hi> : Varon <hi
                rend="i">B</hi></note><note place="margin" resp="author"> Varro. lib. 6. ling.
                Latina.<note type="app" rend="I">Varro. lib. 6. ling. Latina. <hi rend="i">A</hi> :
                Varo. lib. 6. ling. Latin. <hi rend="i">B</hi></note></note><note place="bottom">
              Varrón, <hi rend="i">De lingua latina</hi>, lib. 7, cap. 4, par. 74 (Varrón 1910).
              Podemos aventurar que Espinosa Medrano esté citando aquí sin mencionarlo a Juan Luis
              de la Cerda en su comentario a las <hi rend="i">Geórgicas</hi>, lib III, v. 381
              (Virgilio 1608: 445): «<hi rend="i"><hi rend="sc">Septem svbiecta trioni</hi>. Tmesis
                ista in Virgilio et aliis obuia</hi> […] <hi rend="i">uox “septentrio” aut
                “septentriones” composita est a “septem” et “terionibus”, et per syncopen
                “trionibus”. Sunt teriones boues aratores ita dicti a terenda terra. Est uero
                plaustrum septentrionale compositum ex septem stellis, ex quibus quasi septem boues
                figurantur. Ista Varro apud Agel. libr. 2 c.21 qui ex eodem Varrone aliam huius
                uocis profert et praefert originem. Stellae istae septem ita sunt sitae ut ternae
                stellae proximae, quaeque inter sese faciant trigona, id est, figuras triquetras.
                Inde a ternario dicti triones, non ab aratione. Ista etiamsi uulgo nota, hic omitti
                non debuerunt. Tu si placet, lege Varronem ipsum lib. 6 Ling. Lat. ab eo loco,
                “septem stellas Graeci” etc</hi>.», (‘Esta tmesis se encuentra en Virgilio y en
              otros […] el vocablo <hi rend="i">septentrio</hi>, en plural <hi rend="i"
                >septentriones</hi>, está compuesto de <hi rend="i">septem</hi> y de <hi rend="i"
                >terion</hi>es y, por síncope, <hi rend="i">triones.</hi> Los <hi rend="i"
                >teriones</hi> son bueyes que aran y se llaman así porque trituran (<hi rend="i"
                >terunt</hi>) la tierra. Y es que el carro septentrional se compone de siete
              estrellas, en la que vemos como la figura de siete bueyes. Es lo que dice Varrón
              citado por Aulo Gelio (II, 21) porque el mismo Varrón en su texto conjetura y prefiere
              otro origen de la palabra. Estas siete estrellas están colocadas de modo que tres
              estrellas muy cercanas forman entre sí triángulos, o sea figuras de tres lados. Por lo
              tanto se dice triones de “tres” y no de la labranza. Tú, si quieres, lee a Varrón en
              el <hi rend="i">De lingua latina</hi> VI, a partir del lugar que dice “<hi rend="i"
                >septem stellas Graeci</hi>”, etc.’). En cualquier caso, el jesuita remite al <hi
                rend="i">De lingua latina</hi>, localizando el lugar de Varrón repetido en la <hi
                rend="i">marginalia</hi> del <hi rend="i">Apologético</hi>: acuda o no al <hi
                rend="i">De lingua latina</hi>, Espinosa Medrano sigue en esta sección el camino
              marcado por los comentaristas virgilianos.</note>.</p>
          <p>«<quote xml:lang="la" rend="i">Hac Troiana tenus</quote>»<note place="bottom">
              Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. 6, v. 62: «<hi rend="i">hac Troiana tenus
                fuerit fortuna secuta</hi>» (Virgilio 1989: 44): «¡Ojalá nos haya perseguido el mal
              sino de Troya hasta aquí solo» (trad. Javier de Echave-Sustaeta en Virgilio 1992b:
              303).</note>. También fue sección de “<hi rend="i">hactenus</hi>”, dicción compuesta
            de “<hi rend="i">hac</hi>” y de “<hi rend="i">tenus</hi>”, porciones diversas.</p>
          <p>«<quote xml:lang="la" rend="i">Nebulae circum Dea fudit amictu</quote>»<note
              place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. 1, v. 412: «<hi rend="i">et
                multo nebulae circum dea fudit amictu</hi>» (Virgilio 2009: 21): «en un halo de aire
              oscuro y su poder divino extiende» (trad. Javier de Echave-Sustaeta en Virgilio 1992b:
              152). Es ejemplo de Isidoro para su definición de la tmesis: <hi rend="i"
                >Etimologías</hi>, lib. I, cap. 37, 19 (Isidoro 1989 y 1599a: <ref
                target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA25#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >25</ref>) y también de Servio para ilustrar la tmesis de palabras compuestas: <hi
                rend="i">Commentarius in Vergilii Aeneidos libros</hi>, vol. 1, lib. I, comm. ad
              versum 412 (Servio 1881: 136). Véase <hi rend="i">supra</hi>.</note>: aquí dividió a
              <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f10r.jpg"
              n="f. 10r"/> “circumfudit” en sus dos mitades “circum” y “fudit”, que cada una se es
            todo por sí.</p>
          <p>«<quote xml:lang="la" rend="i">Qui tecumque manent isto certamine casus</quote>»<note
              place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. 12, v. 61: «<hi rend="i">Qui
                te cumque manent isto certamine casus</hi>» (Virgilio 1987: 126): ‘cualesquiera que
              sean los accidentes que te aguardan en esta lucha’.</note>. ¿Quién no ve que cortó con
            el “<hi rend="i">te</hi>” a “<hi rend="i">quicumque</hi>”, dicción compuesta de dos
            diversas voces? Y finalmente su venerador<note type="app" rend="I"> venerador <hi
                rend="i">A</hi> : venrador <hi rend="i">B</hi></note>
            <persName type="authority" key="Ovidio">Ovidio</persName> siguió estos pasos en el
            tercero de <title>Ponto</title>, cuando dijo: «<quote xml:lang="la" rend="i">Quale tamen
              cumque est, ut tueare rogo</quote>»<note place="margin" resp="author"> Ovid. lib. 3 de
              Ponto.</note><note place="bottom"> Ovidio, <hi rend="i">Epistulae ex Ponto</hi>, lib.
              3, car. 4, v. 6: «<hi rend="i">quale tamen cumque est, ut tueare, rogo</hi>» (Ovidio
              1990: 68), «sin embargo, sea como sea, te ruego que lo protejas» (trad. José González
              Vázquez en Ovidio 1992: 472). En el verso de Ovidio la tmesis afecta a la palabra <hi
                rend="i">qualecumque</hi>, palabra compuesta, por lo que se trata de un ejemplo más
              de tmesis suave y elegante, en apoyo de los casos hallados en Virgilio.</note>,
            partiendo siempre lo que por sí se estaba desuniendo. Pareciole <persName
              type="authority" key="Virgilio">al gran poeta</persName> mucha violencia el romper
            dicciones y destrozar vocablos, y que con menos estruendo y más suavidad los percibiría
            el oído desatándose lo añudado que rompiéndose lo sólido, puesto que sus hibérbatos no
            quiebran, sino desenlazan; no cortan, sino reparten<note place="bottom"> Espinosa
              Medrano desarrolla con ejemplos virgilianos un análisis del hipérbaton que poco tiene
              que ver con los ataques de Faría contra esta figura. Para apreciar el hipérbaton y
              afirmar su licitud, El Lunarejo renuncia a enfrentarse en el terreno de la sintaxis
              con el orden natural que su adversario defiende. Al contrario, establece una
              comparación entre dos modelos de tmesis, que es la figura «que por antonomasia se
              nombra hipérbaton», y que son el modelo virgiliano y el antimodelo de Pacuvio. Su
              evaluación es ante todo morfológica y valora las palabras compuestas como complejos
              dinámicos que el buen poeta sabe reconocer y desligar. En cambio el mal poeta rompe
              palabras simples acercándose así al límite de lo ininteligible, rozando casi el vómito
              («aunque todo se hacía con la boca, no eran palabras sino vómitos»).</note>. Con toda
            esta blandura hubo de introducirlos porque de otra manera serían insolencias
            incomportables, como de <persName type="authority" key="Pacuvio">Pacuvio</persName><note
              place="margin" resp="author"> Pacuvi<note type="app" rend="I">Pacuvi <hi rend="i"
                  >B</hi> : Pacuius <hi rend="i">A</hi></note></note>, cuando por decir: “<hi
              rend="i">Arte hac vescimur</hi>”, dijo en <title>Chryse</title>, «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Art ves e hac cimur</quote>»<note place="bottom"> Pacuvio, <hi rend="i"
                >Tragicorum fragmenta</hi>, v. 108 (1871: 90). Juan Luis de la Cerda cita este verso
              a propósito de la tmesis virgiliana en su comentario a las <hi rend="i"
              >Geórgicas</hi>, lib III, v. 381: véase <hi rend="i">supra</hi> y Virgilio 1608
              (445).</note>. Y aunque <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> por sólo improbar a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName><note type="app" rend="I"> Gongora <hi rend="i">B</hi> : Gangora
                <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de erratas. En el testimonio A,
              corrección manuscrita: Gongora.</note> dice<note place="margin" resp="author"> En el
              juicio del Poema col. 69.</note> que este hipérbaton puede tolerarse por una vez<note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i"
                >Juicio del poema</hi>, col. 69, D [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 69):
                «<quote xml:lang="es">Y aun por una vez se puede sufrir esta insolencia de Pacuvio
                en Chryse</quote>: “<hi rend="i">Art ves e hac cimur</hi>”, en lugar de “<hi
                rend="i">Arte hac vescimur</hi>”.» Toda la columna es una interesantísima
              presentación del hipérbaton según Faría. Empieza enumerando los «diez lugares en todo
              el Poema [de Camões]» que tienen hipérbatos, anunciando ya que «El más fuerte es uno
              de la e. 94 del c. 3», refiriéndose al verso cuyo comentario es el centro de la
              polémica con El Lunarejo. Faría concluye a continuación de este breve catálogo que hay
              un hipérbaton por canto, para dar ejemplo de templanza en el uso de la figura («esto
              una vez es gala y con frecuencia vicio») y da ejemplos gongorinos, los dos primeros
              deturpados: [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem31#l31.14"
                >OC31.14</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem319#l319.4"
                >OC319.4</ref> y <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem287#l287.13"
                >OC287.13</ref>]. Entre estos versos de Góngora incluye Faría dos de Jáuregui, que
              Espinosa Medrano defiende a continuación como si fueran del cordobés (véase <hi
                rend="i">infra</hi>). Por último, Faría evoca el <hi rend="i">conquegregantur</hi>
              de Lucrecio y la tmesis de Pacuvio y pasa a hacer el listado de las palabras
              peregrinas de Camões, como nueva muestra de la mesura del poeta.</note>, es lo más
            cierto que sufrirá una albarda quien tal jerigonza tragare: pues de esta y otras vejeces
            de Pacuvio que por caducas pasan a delirios, dijo <persName type="authority"
              key="Marcial">Marcial</persName> (riéndose de los que las leían) que aunque todo se
            hacía con la boca, no eran palabras sino vómitos<note place="bottom"> Espinosa Medrano
              escribe los párrafos 15 y 16 de la siguiente manera: se basa en Isidoro, que traduce
              casi exhaustivamente y cuyas citas de Virgilio aporta a su argumentación,
              interpretándolas de acuerdo con comentaristas virgilianos, señaladamente Servio y de
              la Cerda, lo mismo que lee a Herrera a propósito de Garcilaso. La traducción de
              Isidoro se nutre de hecho de la terminología herreriana. Una vez acabado el catálogo
              de los cinco hipérbatos isidorianos, continúa su razonamiento con Servio, trasladando
              un lugar leído a raíz de la cuarta especie de hipérbaton, la tmesis, con el ejemplo
              virgiliano del «<hi rend="i">circum dea fudit</hi>» traído por Isidoro: El Lunarejo lo
              lee comentado por Servio. En Servio halla la idea de la tmesis de palabras compuestas
              y el ejemplo virgiliano del septentrión, que a su vez comenta acudiendo a de la Cerda.
              Por último, rizando el rizo, encuentra Espinosa Medrano en dicho lugar de La Cerda el
              verso de Pacuvio tolerado por Faría, lo cual le permite acabar su razonamiento y
              volver al enfrentamiento directo con su antagonista, rescatando el tono irónico de
              párrafos anteriores y acudiendo a Marcial, indicador de la pulla, la sátira y la
              polémica.</note>.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Attonitusque legis terrai frugiferai</l>
            <l>Attius et quicquid Pacuuiusque vomunt.<note place="bottom"> Marcial, <hi rend="i"
                  >Epigrammata</hi>, lib. XI, ep. 90, v. 5-6. El epigrama empieza, curiosamente, por
                una defensa del estilo llano opuesto a las cumbres ásperas del estilo sublime: «<hi
                  rend="i">Carmina nulla probas molli quae limite currunt, / sed quae per salebras
                  altaque saxa cadunt, / et tibi Maeonio quoque carmine maius habetur, / 'Lucili
                  columella hic situ' Metrophanes’; / attonitusque legis 'terrai frugiferai', /
                  Accius et quidquid Pacuuiusque vomunt. / vis imiter veteres, Chrestille, tuosque
                  poetas? / dispeream ni scis mentula quid sapiat.</hi>» (Marcial 1990: 388): «No
                das por bueno ningún poema que discurre por un plácido sendero / sino los que
                brincan por las breñas y las altas rocas, / y, para ti, más conseguido que la poesía
                de Meonia es / “Aquí yace Metrófanes, la columnita de Lucilio”; / y, con la boca
                abierta, lees “tierra mucho abastada”, / y todo lo que largan Accio y Pacuvio. /
                ¿Quieres que imite, Crestilo, a tus poetas los antiguos? / Que me cuelguen si
                desconoces a qué sabe una polla.» (trad. Juan Fernández Valverde en Marcial 2001b:
                263-264).</note>
              <note place="margin" resp="author"> Martialis<note type="app" rend="I">Martialis <hi
                    rend="i">A</hi> : Martial. <hi rend="i">B</hi></note></note></l>
          </quote>
          <p>17. Digo esto, porque en admitir este género de hipérbases los ingenios y juicios
            grandes escrupulizan aun mucho más que <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, a quien todavía no le supo mal
              esa<note type="app" rend="I"> essa <hi rend="i">B</hi> : esse <hi rend="i">A</hi>
              [Enmienda registrada en la fe de erratas.</note> de <persName type="authority"
              key="Pacuvio">Pacuvio</persName>, y porque realmente aun en verso griego o latino
            fuera viciosa su frecuencia, puesto que en castellano aun sería el primer atrevimiento
            cosa de risa, como dijo <persName type="authority" key="Pinciano, Alonso López">el
              Pinciano</persName>: «<quote xml:lang="es">El hipérbaton es dicho cuando se trató del
              vocablo peregrino cuanto al cuerpo porque en el cuerpo parece su modo diferente, como
              se ve en el ejemplo dicho: “elegante habláis mente”: el cual modo de decir lícito fue
              a los griegos mucho y aun a los latinos, como se ve en <persName type="authority"
                key="Virgilio">Virgilio</persName>, en sus <title>Geórgicas</title>, hablando del
                Septentrión<note place="bottom"> Se refiere El Pinciano a Virgilio, <hi rend="i"
                  >Georgicas</hi>, lib. III, v. 381: un verso citado por Espinosa Medrano en el § 16
                (véase <hi rend="i">supra</hi>).</note>; a los italianos ni españoles no es lícito y
              sería figura muy ridícula, cuanto más a los históricos y oradores</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Pincianus Philos.<note type="app" rend="I">Pincianus
                Philos. <hi rend="i">A</hi> : Pinciam. Philoso <hi rend="i">B</hi></note> antig.
              epist. 6 fragmento 4.</note><note place="bottom"> Alonso López Pinciano, <hi rend="i"
                >Philosophia antigua poetica</hi> (Madrid: por Thomas Iunti, 1596), epístola VI (del
              poético lenguaje), 4, «Hyperbaton» <ref
                target="https://books.google.fr/books/ucm?id=LtcqoKkR_2AC&amp;pg=PA240#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(López Pinciano 1596: 240)</ref>. La lección «elegante habláis mente» es una
              variante de El Lunarejo, pues en la <hi rend="i">Philosophia antigua poética</hi>
              leemos «elegante habla mente» (1596: 240; 1894: 242; 1953: 145; 1998: 244): hay que
              suponer por tanto que Espinosa Medrano lee un estado de la edición madrileña de 1596 o
              una fuente indirecta que incluya la variante, a menos que sea error suyo o,
              sencillamente, una cita de memoria.</note>. Ya se ve, que aquí se trata del
            hipérbaton, que es tmesis, como parece del ejemplo, «<quote xml:lang="es">elegante
              habláis mente</quote>»<note place="bottom"> Es una cita del propio Pinciano, propuesta
              como ejemplo de «mudanza» en los vocablos en la <hi rend="i">Philosophia antigua
                poetica</hi>, epístola VI (del poético lenguaje), 3, «Iuan de Mena» <ref
                target="https://books.google.fr/books/ucm?id=LtcqoKkR_2AC&amp;pg=PA232">(López
                Pinciano 1596: 232)</ref>. El mismo ejemplo de tmesis aparece en las epístolas de
                <hi rend="i">La Filomena</hi> de Lope de Vega, véase la edición de Pedro Conde
              Parrado, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope/introduccion#note86_"
                >1621_censura-lope</ref>, f. 196r.</note>. Cuya introducción dice fuera ridícula en
            la poesía castellana, ya que en la griega o latina con moderación traída se ve que es
            adorno. <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f10v.jpg"
              n="f. 10v"/></p>
          <p>18. De estos principios pues, mal entendidos y peor aplicados, infiere <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> su pésimo discurso.
            Cierto es que la multitud de hiperbatones aun en el lenguaje latino es viciosa y esto
            hasta el mismo <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>
            lo entiende de las que son tmeses o secciones. Y si estas cuando más en los grandes
            poetas no pasan de doce veces porque fuera vicio, en <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> no se verá ni una porque todo es
              bellezas<note place="bottom"> Hasta aquí Espinosa Medrano ha retomado la argumentación
              de Manuel de Faría § III, redefiniendo el modo, la cantidad, la calidad, las especies
              de hipérbatos y su efecto. El modo distingue redundancia y variedad; a la cantidad
              pertenece la deformidad del exceso; la calidad es nimia con el modo redundante y
              risible o ridícula cuando se aplica a contrapelo de la morfología; las especies son
              cinco, avaladas por Isidoro y ampliamente refrendadas con comentos; el efecto ideal,
              latino y griego, «se ve que es adorno». Contra la tmesis, cuya frecuencia reprueba y
              que es el menos admisible o legítimo de los tipos de hipérbaton, Espinosa Medrano le
              da la razón a Faría, retomando incluso las «doce veces» que el portugués proponía como
              techo del uso del hipérbaton en los grandes poetas latinos, porque en los españoles la
              figura es viciosa y de hecho no se encuentra ni una sola vez en Góngora. El gran
              reproche de Espinosa Medrano a Faría es que el portugués confunde, con falacia que es
              indicio de mala fe, la tmesis (un fenómeno muy raro en los clásicos latinos y ausente
              en Góngora), y el hipérbaton (frecuente en Góngora y mucho más en los clásicos). En la
              obra de Góngora, Faría contabiliza los hipérbatos; en cambio, al hacer ese cómputo en
              los latinos, se atiene solo a las tmesis: de ahí su conclusión del abuso gongorino del
              hipérbaton.</note>.</p>
          <p>19. He aquí el argumento de <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName>: los autores latinos pocas y raras veces usan del hipérbato que
            llaman tmesis, luego yerra <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> en frecuentar muchas la colocación de sus versos. Mala
            consecuencia y el antecedente fundado en ignorancia, pues las transposiciones de
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> no son tmesis y
            los ejemplos que él trae lo son, como la de <persName type="authority" key="Pacuvio"
              >Pacuvio</persName> y el «<quote xml:lang="la" rend="i">conquegregantur</quote>» que
            dijo <persName type="authority" key="Lucrecio">Lucrecio</persName><note place="margin"
              resp="author"> Lucret. lib. 6.</note>, por decir “<hi rend="i"
              >congreganturque</hi>”<note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum
                natura</hi>, lib. 6, v. 456 (1969: 248).</note>. Mirad pues cuán ciego está
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, que compara
            estos hipérbatos con aquellos versos de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName>:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>De oyentes, copia el sitio le ofrecía<note type="app" rend="I"> el
                sitio le ofrecia <hi rend="i">A</hi> : el sitia le ofrecio <hi rend="i"
                >B</hi></note> ,</l>
            <l>silvestres y volátiles, inmensa<note place="bottom"> Juan de Jáuregui, <hi rend="i"
                  >Orfeo</hi> (Madrid: Juan Gonzalez, 1624), canto IV, v. 59-60 (Jáuregui 1624: f.
                21r): «de oyentes copia el sitio le ofrecía / (silvestres y volátiles) inmensa».
                Faría cita estos versos atribuyéndolos a «otro tal» en el <hi rend="i">Juicio del
                  poema</hi> (Faría 1639a: I, col. 69): es Espinosa Medrano quien da a Góngora por
                aludido.</note>.</l></quote>
          <p>20. ¿Por ventura es esto lo mismo, que decir «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >conquegregantur</quote>»? Cierto es que imitar esto de <persName type="authority"
              key="Lucrecio">Lucrecio</persName> y frecuentarlo sería necedad, por ser tmesis
            insufrible; pero ¿qué conveniencia tiene esto con los versos de arriba, para inferir un
            vicio de otro? ¿Qué uniformidad halló en dos especies diversas, como rábanos y
              turbante<note place="bottom"> El turbante es una especie de calabaza.</note>, para que
            del reprobado uso de la una, se colija la proscripción<note type="app" rend="I">
              proscripcion <hi rend="i">B</hi> : prescripcion <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida
              en la fe de erratas. En el testimonio A, corrección manuscrita: proscripcion.</note>
            de la otra? Yo le concederé a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> es el peor poeta del mundo, si es verdad que en solos pocos versos
            afectó más de seiscientas veces lo que <persName type="authority" key="Virgilio"
              >Virgilio</persName> y otros poetas insignes en todos sus libros no usaron doce. Pero
            va de lo que dice este hombre a la verdad «<quote xml:lang="la" rend="i">quantum distat
              ortus ab occidente</quote>»<note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, libro de los Salmos, ps. 102, v. 12: «<hi rend="i">quantum
                distat ortus ab occidente longe fecit a nobis iniquitates nostras</hi>» (<hi
                rend="i">Vulgata</hi> 1975), (‘lo que dista el levante del occidente ha alejado de
              nosotros nuestras iniquidades’).</note>. Véase cuán al revés lo piensa la envidia
            todo, pues en lo que <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> y
            todos los poetas latinos, por excusar deformidad, se abreviaron a doce veces, <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> no se verá que lo usase ni
            media, como experimentará quien le revuelva: y lo que <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> más de seiscientas veces usa, no sólo<note
              place="bottom"> No debe entenderse aquí “no sólo” como locución, sino como “no lo
              escasearon solamente doce veces”.</note> lo escasean doce veces <persName
              type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> y los latinos, pero a<note
              type="app" rend="I"> pero a <hi rend="i">A</hi> : pero por a <hi rend="i"
              >B</hi></note> millares, cuentos<note place="bottom"> “Cuento” es término aritmético
              correspondiente al número que se produce por la multiplicación de cien mil por diez.
              Es lo mismo que millón (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> y infinidades lo usurpan en
            cada libro. No piense <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> que le habemos de dar con la docenita de lugares a que él responde
            muy fanfarrón, diciendo: «<quote xml:lang="es">Algunos defensores de esta nueva secta
              piensan que lo dejan concluido todo con traer uno o dos, y sean doce lugares <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f11r.jpg"
                n="f. 11r"/> de Virgilio semejantes a los que condenamos, sin acordarse que él trae
              esos doce en todo un libro y que los modernos lo usan en cada un verso</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> En el juicio del Poema<note type="app" rend="I">Poema
                  <hi rend="i">B</hi> : Prema <hi rend="i">A</hi></note> col. 67.</note><note
              place="bottom">Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i"
                >Juicio del poema</hi>, col. 67, B [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 67). En el
              texto de Faría se lee: «y que los modernos los usan en cada un verso».</note>. Veo que
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> no se
            acuerda qué sean hiperbatones, pues los que él dice que son doce en <persName
              type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName>, no sólo no los usa <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> en cada verso, pero ni los
            toma en la boca por todo el libro, como ya dije.</p>
          <p>21. Lo que frecuenta <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
              Luis</persName> con felicidad notable no es hipérbato ni sínquisis, sino una mera
            disposición de voces elegante que los construyentes y sintaxistas llaman colocación<note
              place="bottom"> El término de «<hi rend="i">conlocatio</hi>» se encuentra en Cicerón,
                <hi rend="i">De oratore</hi>, lib. 1, § 151: «<hi rend="i">Omnes enim, siue artis
                sunt loci siue ingenii cuiusdam ac prudentiae, qui modo insunt in ea re, de qua
                scribimus, anquirentibus nobis omnique acie ingeni contemplantibus ostendunt se et
                occurrunt; omnesque sententiae verbaque omnia, quae sunt cuiusque generis maxime
                inlustria, sub acumen stili subeant et succedant necesse est; tum ipsa conlocatio
                conformatioque verborum perficitur in scribendo, non poetico, sed quodam oratorio
                numero et modo</hi>» (Cicerón 1995: 56), y <hi rend="i">De oratore</hi>, lib. 3, §
              172, «<hi rend="i">Sed est tamen haec conlocatio conservanda verborum, de qua loquor;
                quae vinctam orationem efficit, quae cohaerentem, quae levem, quae aequabiliter
                fluentem; id adsequemini, si verba extrema cum consequentibus primis ita iungentur,
                ut neve aspere concurrant neve vastius diducantur</hi>» (334). En la traducción de
              José Javier Iso, estos dos fragmentos rezan: «Pues todos los recursos en la
              argumentación, o bien pertenecen al arte o bien a un cierto talento y prudencia, y con
              tal de que se encuentren en el tema del discurso, se muestran y salen a nuestro
              encuentro cuando los buscamos y examinamos con el filo de nuestro ingenio. Y todos los
              pensamientos y las palabras todas, que son las particulares luminarias de cada género
              oratorio, fuerza es que se nos presenten y ocurran al filo de nuestra pluma. Entonces
              y mediante la escritura se logra la colocación y conformación de las palabras, no al
              modo y ritmo de los poetas, sino con uno específicamente oratorio» (Cicerón 2002: 144)
              y «Con todo, hay que cuidar de esta disposición de las palabras de la que estoy
              hablando, que hace el discurso bien trabado y ligado, ligero y con un flujo regular. Y
              conseguimos esto si el final de las palabras se unen con el comienzo de las siguientes
              de tal modo que su encuentro no resulte duro o no se separen en exceso» (458).
              Quintiliano retoma el término en su <hi rend="i">Institutio oratoria</hi> (Quintiliano
              1971a: 133 y 1971b: 209, 217). Véase Blanco 2010 (185 y 189).</note>, estructura
            genuina del lenguaje latino y tan natural al artificio de metrificar que jamás le
            conoció el verso por hipérbaton ni por otro tropo poético, sino por lenguaje común y
            corriente, como<note type="app" rend="I"> comun, y corriente, como <hi rend="i">A</hi> :
              comun, y como <hi rend="i">B</hi></note> «<quote xml:lang="la" rend="i">Gracili
              modulatus auena</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib.
              1, v. 1: «<hi rend="i">Ille ego qui quondam gracili modulatus auena</hi>» (2009:
              5).</note> y aquello de «<quote xml:lang="la" rend="i">summas<note type="app" rend="I"
                > summas <hi rend="i">A</hi> : summa <hi rend="i">B</hi></note> perlabitur
              undas</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. 1, v.
              147, «<hi rend="i">atque rotis summas leuibus perlabitur undas</hi>» (2009: 10). En la
              traducción de Javier de Echave-Sustaeta: «y se va deslizando por cima de las olas
              sobre las leves ruedas» (Virgilio 1992: 144).</note> y también «<quote xml:lang="la"
              rend="i">arentia temperat arva</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i"
                >Geórgica</hi>, lib. 1, v. 110: «<hi rend="i">saxa ciet scatebrisque arentia
                temperat arva</hi>» (1982: 6). En la traducción de Tomás de la Ascensión Recio
              García: «al caer el agua por las guijas lisas produce un ronco murmullo y refresca con
              sus golpes el campo seco» (Virgilio 1990: 264).</note>. Colocación<note type="app"
              rend="I"> Colocacion <hi rend="i">A</hi> : Collocacion <hi rend="i">B</hi></note>
            ordinaria como la de aquellos bellísimos versos:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>El manso de los Céfiros ruido;</l>
            <l>el denso de los árboles celaje.<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                  >Soledades</hi>, I, v. 536-537: «el fresco de los céfiros rüido, / el denso de los
                árboles celaje». [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.536"
                  >OC264B.536-537</ref>] Sobre la variante de El Lunarejo véase Cisneros
                1983b.</note>
            </l></quote>
          <p>22. Y verase no ser especie de hipérbaton discurriendo por ellas, puesto que no es
            anástrofe, ni histeron, ni parentesis, ni tmesis, porque en su vida no la hizo <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>; sínquisis mucho menos,
            porque esta es total y prolija confusión de unas sentencias con otras, y una que hizo
              <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> se ocupó seis
              hexámetros<note place="bottom"> Se refiere a la cita expuesta en el párrafo 15 para
              ilustración de la tmésis: Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. II, v. 348-353
              (véase <hi rend="i">supra</hi>).</note>, que en castellano gastaran veinticuatro, y ya
            se ve que en los versos que <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> trae por sínquisis no caben sentencias ni cláusulas barajadas, como
            en aquel: «<quote xml:lang="es">Fulminante aun en la vaina acero</quote>»<note
              place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi>, v. 606: «el
              fulminante aun en la vaina acero». [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.606"
                >OC313.606</ref>].</note>, ni en este: «<quote xml:lang="es">Veneciana estos días
              arrogancia</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Panegírico al duque de
                Lerma</hi>, v. 549. [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.549"
                >OC313.549</ref>].</note>. Ni en este otro: «<quote xml:lang="es">Ninguna de las dos
              reales persona</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Panegírico al duque
                de Lerma</hi>, v. 325: «ninguna de las dos real persona». [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.325"
                >OC313.325</ref>].</note>.</p>
          <p>Y finalmente no habrá bárbaro que diga que aquí hay sínquisis: «<quote xml:lang="la"
              rend="i">patulae sub tegmine fagi</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i"
                >Bucólicas</hi>, égloga 1, v. 1: «<hi rend="i">Tityre, tu patulae recubans sub
                tegmine fagi</hi>» (1992a: 38).</note>; ni aquí: «<quote xml:lang="la" rend="i">et
              pressi copia lactis</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i"
                >Bucólicas</hi>, égloga 1, v. 81: «<hi rend="i">castaneae molles et pressi copia
                lactis</hi>» (1992a: 41).</note>. Luego ni aquí, que es lo mismo: «<quote
              xml:lang="es">El manso de los Céfiros ruido</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi
                rend="i">Soledades</hi>, I, v. 536: «el fresco de los céfiros rüido». [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.536"
                >OC264B.536</ref>].</note>. Pues aun no es media oración y la sínquisis pide muchas
            seriamente confundidas.</p>
          <p>23. La hacha de Hércules en los cuellos de la Hidra se echara menos al confutar el
            error de <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, de
            que tantas falsedades porfiadamente brotan. Dice que en los versos de arriba se comete
            sínquisis: es falso, porque no les compete<note type="app" rend="I"> compete <hi
                rend="i">A</hi> : compe†e <hi rend="i">B</hi></note> su definición. Dice que de eso
            que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> frecuenta, gastó
              <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio </persName>cuando más doce veces:
            es engaño, porque si eso es sínquisis, en <persName type="authority" key="Virgilio"
              >Virgilio</persName> no llegan a cuatro las que son célebres en todos sus libros,
            luego ni <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName>
            <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f11v.jpg"
              n="f. 11v"/> las usurpó doce veces, ni <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> las frecuentó seiscientas. Si no es
            sínquisis, luego no es culpable <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName>, que no las usa.</p>
          <p>24. El capital y último error es decir que estas transposiciones o colocaciones<note
              type="app" rend="I"> colocaciones <hi rend="i">A</hi> : collocaciones <hi rend="i"
                >B</hi></note> son hipérbatos no como quiera tales, sino de aquellos que, cuando
            más, llegan<note type="app" rend="I"> llegan <hi rend="i">A</hi> : legan <hi rend="i"
                >B</hi></note> a doce en libros enteros de poetas latinos. Esto es ignorancia, pues
            no hay poeta latino que acierte a hablar medio verso sin ellas, tanto que cuanto dicen,
            cuanto escriben, cuanto componen, está bullendo esos hipérbatos (si es que lo son) a
            millares y a cientos en cada plana. No hay más que decir sino que el probar esto con
            ejemplos sería trasladar quinientos tomos de versos latinos, puesto que toda la
            universal poesía empieza, media, prosigue y concluye con este preciso barajar de los
            términos, que a ser defectuoso no entraran tropezando en él a los umbrales del
              poema<note place="bottom">El catálogo de <hi rend="i">incipit</hi> presentado por El
              Lunarejo pretende atestiguar que los latinos exhiben el hipérbaton desde el primer
              verso, lo que prueba que no lo consideran un defecto o una audacia que deba ser
              preparada largamente —preparación conveniente en la metáfora, por otra parte (VI, §
              48)—, sino algo normal en el lenguaje poético, que no necesita ningún esfuerzo
              particular del lector ni corre el riesgo de desalentarlo en el umbral del poema. De
              ahí que en el § 25, El Lunarejo exclame: «juraré que a ninguno de ellos se le pasó por
              la imaginación el hipérbato». Sin embargo, el razonamiento presupone en última
              instancia la continuidad del lenguaje poético. El primer verso puede ser una muestra
              representativa del conjunto si el poema se caracteriza por ser coherente verso a
              verso: prueba de ello es que la trabazón sea un concepto asociado al sentido en el
              párrafo 6 del <hi rend="i">Apologético</hi> (cuando Espinosa Medrano reorganiza los
              versos de Góngora citados por Faría, «por estar destituidos del sentido y trabazón que
              en sus lugares gozaban»). También, que El Lunarejo acuse a Faría de caer en un absurdo
              cuando reconoce en Góngora cláusulas aisladas dignas de estima: «sean los ojos árbitro
              de su igualdad con el juicio, que si hay cláusula de estima, todas la merecen, o todas
              deben proscribirse si periodos hay dignos de óbelo. Tal es su uniformidad, tal su
              consonancia» (§ 68, véase <hi rend="i">infra</hi>). El razonamiento en sí tiene cuando
              menos un antecedente en la polémica gongorina, en la epístola «De <persName
                type="polemist" key="Villar, Francisco del">Francisco del Villar</persName> al Padre
              Maestro Fray Joan Ortiz, Ministro de la Santisima Trinidad en Murcia. Sobre la carta
              pasada [censura de Cascales] de los Polifemos», en Cascales, <hi rend="i">Cartas
                filológicas</hi>¸ década I, epístola IX (Cascales 1999) [1634_carta-villar-ortiz].
              En ella leemos: «Y particularizando más mi intento, cotejemos a don Luis con los
              poetas latinos, a cuya superioridad todo el mundo reconoce vasallaje y se rinde, y
              veremos si les imita y aun si les excede y sobrepuja. Por cierto que no supieron ellos
              más bien su lengua que el nuestro la suya. Y veamos si usan de trasmutaciones, y no
              nos cansemos buscando, sino miremos desde los primeros versos de sus obras, que parece
              que lo toman por oficio». Sobre esta epístola, aunque no considere este aspecto en
              particular, véase Schwartz 2014: § 16-19.</note>. Mirad comenzar a Virgilio:</p>
          <p>«<quote xml:lang="la" rend="i">Tytire, tu patulae recubans sub tegmine
              fagi</quote>»<note place="margin" resp="author"> Ecloga 1.</note><note place="bottom">
              Virgilio, <hi rend="i">Bucólicas</hi>, égloga 1, v. 1: «<hi rend="i">Tityre, tu
                patulae recubans sub tegmine fag</hi>i» (1992a: 38). Francisco del Villar también
              cita este <hi rend="i">incipit</hi> de Virgilio como su primer ejemplo (Cascales
              1999).</note>. Que en castellano suena: “O Títiro tú de la coposa recostado debajo del
            toldo haya”.</p>
          <p>La divina Eneida: «<quote xml:lang="la" rend="i">Ille ego, qui quondam gracili
              modulatus auena</quote>»<note place="margin" resp="author"> Virg. AEne. 1.</note><note
              place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. 1, v. 1: «<hi rend="i">Ille
                ego, qui quondam gracili modulatus auena</hi>» (Virgilio 2009: 5).</note>. “Yo soy
            aquel que en otro tiempo con rústica canté zampoña”.</p>
          <p>¿Horacio cómo entró? «<quote xml:lang="la" rend="i">Mecoenas atauis edite
              regibus</quote>»<note place="margin" resp="author"> Horat. ode. 1</note><note
              place="bottom"> Horacio, <hi rend="i">Carmina</hi>, lib. 1, carmen 1, v. 1: «<hi
                rend="i">Maecenas, atauis edite regibus</hi>» (1995: 1). Es este el quinto ejemplo
              de Francisco del Villar (véase <hi rend="i">supra</hi> y Cascales 1999).</note>. “Oh
            Mecenas de ascendientes procedido reyes”.</p>
          <p>¿Ovidio cómo empezó? «<quote xml:lang="la" rend="i">In noua fert animus mutatas dicere
              formas corpora</quote>»<note place="margin" resp="author"> Ouid. Meta. lib.
              1.</note><note place="bottom"> Ovidio, <hi rend="i">Metamorfosis</hi>, lib. I, v. 1-2:
                «<hi rend="i">In noua fert animus mutatas dicere formas / corpora: di, coeptis (nam
                vos mutastis et illas)</hi>» (1981: 1): «Mi espíritu me induce a relatar cambios de
              forma de unos cuerpos en otros nuevos; dioses, inspirad mis comienzos (puesto que
              también vosotros los cambiasteis)» (trad. José Carlos Fernández Corte y Josefa Cantó
              Llorca en Ovidio 2008: 227). Francisco del Villar trae este verso a continuación del
                <hi rend="i">incipit</hi> horaciano, presentándolo de la siguiente manera: «Mas
              dejemos estos, que se precian de obscuros, y vamos a otros de más suavidad. Ovidio, en
              sus <hi rend="i">Metamorfoses</hi>» (véase <hi rend="i">supra</hi> y Cascales
              1999).</note>. “En nuevos pretendo las mudadas decir formas cuerpos”.</p>
          <p>¿Cómo principia el floridísimo Claudiano? «<quote xml:lang="la" rend="i">Inferni
              raptoris equos afflataque curru sydera Taenario</quote>», etc<note place="margin"
              resp="author"> Claud lib. 1 de Raptu Proserp.</note><note place="bottom"> Claudiano,
                <hi rend="i">De raptu Proserpinae</hi>, lib. 1, v. 1-2: «<hi rend="i">Inferni
                raptoris equos adflata que curru / sidera Taenario caligantesque profundae</hi>»
              (1985: 290).</note>. “Del infernal robador los caballos, y las empañadas<note
              type="app" rend="I"> empañadas <hi rend="i">A</hi> : empanadas <hi rend="i"
              >B</hi></note> con el carro estrellas Tenario”.</p>
          <p>¿Marcial cómo entona sus primeros versos? «<quote xml:lang="la" rend="i">Barbara
              pyramidum sileat miraculae Memphis</quote>»<note place="margin" resp="author">
              Martial. Epigram. lib. 1.</note><note place="bottom"> Marcial, <hi rend="i"
                >Epigramas</hi>, ep. 1, v. 1: «<hi rend="i">Barbara pyramidum sileat miracula
                Memphis</hi>» (1990: 1). Francisco del Villar da este verso como segundo ejemplo de
              su argumentación (véase <hi rend="i">supra</hi> y Cascales 1999).</note>. “Los
            bárbaros de las pirámides calle milagros Menfis”.</p>
          <p>¿Cómo entró Propercio? «<quote xml:lang="la" rend="i">Cynthia prima suis miserum me
              caepit ocellis</quote>»<note place="margin" resp="author"> Propert. lib.<note
                type="app" rend="I"> lib. <hi rend="i">B</hi> : li. <hi rend="i">A</hi></note>
              1</note><note place="bottom"> Propercio, <hi rend="i">Elegías</hi>, lib. 1, carmen 1,
              v. 1: «<hi rend="i">Cynthia prima suis miserum me cepit ocellis</hi>» (1994: 1). Es
              muy probable que Espinosa Medrano lea a Propercio, como a Tibulo y a Catulo, a partir
              de la edición de Joseph Scaliger de los tres autores: véase para esta cita Scaliger
              1577 (145).</note>. “Cintia la primera con sus miserable me cautivó ojuelos<note
              type="app" rend="I"> ojuelos <hi rend="i">B</hi> : ojueles <hi rend="i"
            >A</hi></note>”.</p>
          <p>Y Tibulo. «<quote xml:lang="la" rend="i">Diuitias alius fulvo sibi congerat
              auro</quote>»<note place="margin" resp="author"> Tibull. lib. 1</note><note
              place="bottom"> Tibulo, <hi rend="i">Elegías</hi>, lib. 1, carmen 1, v. 1: «<hi
                rend="i">Diuitias alius fulvo sibi congerat auro</hi>» (1988: 1). Véase también la
              edición de Tibulo por Joseph Scaliger (1577: 79). Este es el tercer ejemplo citado por
              Francisco del Villar en su lista de primeros versos de poemas latinos (véase <hi
                rend="i">supra</hi> y Cascales 1999).</note>. “Riquezas otro en rubio agregue
            oro”.</p>
          <p>Y Lucano. «<quote xml:lang="la" rend="i">Bella per Aemathios plusquam ciuilia
              campos</quote>»<note place="margin" resp="author"> Lucan. lib. 1.</note><note
              place="bottom"> Lucano, <hi rend="i">Farsalia</hi>, lib. 1, v. 1: «<hi rend="i">Bella
                per Emathios plus quam ciuilia campos</hi>» (1988: 1). También Francisco del Villar
              trae este ejemplo, a continuación de las <hi rend="i">Metamorfosis</hi> de Ovidio. Es
              el último de su enumeración (véase <hi rend="i">supra</hi> y Cascales 1999).</note>.
            “Guerra por los Ematios más que civil campos”.</p>
          <p>Y Baptista Mantuano. «<quote xml:lang="la" rend="i">Sancta Palestinae repetens exordia
              Nimphae</quote>»<note place="margin" resp="author"> B. Mantua. Parthenic.<note
                type="app" rend="I"> Mantua. Parthenic. <hi rend="i">A</hi> : Mant. Parthen. <hi
                  rend="i">B</hi></note> lib. 1</note><note place="bottom"> Giovanni Battista
              Mantovano, <hi rend="i">Parthenice prima siue Mariana</hi>, v. 1 (1957: v.
            1.).</note>. “Los santos de la Palestina repitiendo<note type="app" rend="I"> repitiendo
                <hi rend="i">A</hi> : repetiendo <hi rend="i">B</hi></note> principios Virgen”.</p>
          <p>Y Prudencio. <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f12r.jpg"
              n="f. 12r"/> «<quote xml:lang="la" rend="i">Christe, graues hominum semper miserate
              labores</quote>»<note place="margin" resp="author"> Prudent. Physiomach.<note
                type="app" rend="I">Physiomach. <hi rend="i">A</hi> : Physiom. <hi rend="i"
                >B</hi></note> lib. 1.</note><note place="bottom"> Prudencio, <hi rend="i"
                >Psychomachia</hi>, v. 1: «<hi rend="i">Christe, graues hominum semper miserate
                labores</hi>» (1966: v. 1).</note>. “Oh Cristo, que de los graves de los hombres
            siempre te apiadas trabajos”.</p>
          <p>Y San Alchimo. «<quote xml:lang="la" rend="i">Quod varii eveniunt humana in gente
              labores</quote>»<note place="margin" resp="author"> S. Alchimus<note type="app"
                rend="I">Alchimus <hi rend="i">A</hi> : Alchi. <hi rend="i">B</hi></note> Genes.
              lib. 1</note><note place="bottom"> San Alcimo (Alcimus Ecdicius Avitus), <hi rend="i"
                >De initio mundi</hi>, libro I, «<hi rend="i">Quidquid agit varios humana in gente
                labores</hi>» (Migne 1847: col. 0323C). La variante que maneja Espinosa Medrano
              aparece en multitud de impresos del siglo XVI y XVII.</note>. “El que varios sucedan
            en la humana gente desastres”.</p>
          <p>Y Juvenco. «<quote xml:lang="la" rend="i">Rex fuit Herodes iudaea in gente
              cruentus</quote>»<note place="margin" resp="author"> Iuvenc. Histor.<note type="app"
                rend="I"> Histor. <hi rend="i">B</hi> : Hist. <hi rend="i">A</hi></note> Evangel.
                lib.<note type="app" rend="I">lib.<hi rend="i"> B</hi> : li. <hi rend="i"
                >A</hi></note> 1.</note><note place="bottom"> Juvenco, <hi rend="i">Evangelicae
                Historiae</hi>, lib. 1, v. 1: «<hi rend="i">Rex fuit Herodes iudaea in gente
                cruentus</hi>» (1891: 3).</note>. “Rey fue Herodes de la hebrea gente
            sangriento”.</p>
          <p>Y Sedulio. «<quote xml:lang="la" rend="i">Paschales<note type="app" rend="I"> Paschales
                  <hi rend="i">A</hi> : Paschale <hi rend="i">B</hi></note> quicunque dapes conviva
              requiris</quote>»<note place="margin" resp="author"> Sedul. Pasch. oper.<note
                type="app" rend="I">oper. <hi rend="i">A</hi> : op. <hi rend="i">B</hi></note> lib.
              1.</note><note place="bottom"> Sedulio, <hi rend="i">Carmen Paschale</hi>, prólogo <hi
                rend="i">ad lectorem</hi>, v. 1: «<hi rend="i">Paschales quicumque dapes conviva
                requiris</hi>» (1885: 14).</note>. “Pascuales, oh cualquiera que manjares convidado
            buscas”.</p>
          <p>Y Apolonio Colacio. «<quote xml:lang="la" rend="i">Exitium Solymae, et tristes a stirpe
              ruinas</quote>»<note place="margin" resp="author"> P. Apollon.<note type="app"
                rend="I">Apollon. <hi rend="i">A</hi> : Apol. <hi rend="i">B</hi></note> de exid.
              Hyerosol. lib. 1<note type="app" rend="I">1 <hi rend="i">B</hi> : 2 <hi rend="i"
                  >A</hi></note></note><note place="bottom"> Petrus Apollonius Collatius, <hi
                rend="i">Carmen de eversione urbis Hierusalem</hi>, v. 1: «<hi rend="i">Exitium
                Solymae et tristes a stirpe ruinas</hi>». Véase la príncipe del <hi rend="i">Carmen
                de eversione urbis Hierusalem</hi> (Mediolani: Vldericus Scinczenceller nec non
              Leonardus Pachel eius socius propria impensa et laudabili opificio impressum edidit,
              1481) en Collatius 1481 (f. a1r).</note>. “La destruición de Jerusalén, y las tristes
            desde el cimiento ruinas”.</p>
          <p>Hasta Merlín. «<quote xml:lang="la" rend="i">Phantasia mihi quaedam phantastica
              venit</quote>»<note place="margin" resp="author"> Merlin. Macarron. lib.
              1.</note><note place="bottom"> Teófilo Folengo (Merlín Cocayo), <hi rend="i"
                >Baldus</hi>, lib. 1, «<hi rend="i">Merlini Cocaii Poetae Mantuani Macaronice prima.
                Phantasiae Proponit</hi>», v. 1: «<hi rend="i">Phantasia mihi quaedam fantastica
                venit</hi>» (1521: f. 34v). En su «<hi rend="i">Laudes Merlini</hi>», pieza que
              Espinosa Medrano cita en la sección II, § 5, Acuario Lodola elogia este íncipit del
                <hi rend="i">Baldus</hi> (Folengo 1521: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=HvM7AAAAcAAJ&amp;hl=es&amp;pg=PT25#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >f. 9r</ref>).</note>. “Fantasía me una fantástica vino”.</p>
          <p>25. Pero, ¿adónde voy? Que esto está a pares en cada verso, a centenares en cada folio
            y a millones en cada libro. Por no exhibir toda una librería sólo apuntamos los primeros
            versos de cada poeta y juraré que a ninguno de ellos se le pasó por la imaginación el
            hipérbato. Y si entraron con él para perpetuarle desde el primero al último verso, ya se
            ve falsificada la bachillería de quien los redujo a doce<note place="bottom"> Insiste
              aquí Espinosa Medrano en negar el nombre de hipérbato, tradicionalmente analizado o
              bien como vicio sintáctico o bien como tropo, a aquello que él considera un lenguaje
              genuino de la poesía: ni vicio ni figura. Sobre este tema, véase Blanco 2010. Ya
              anunciaba esto el § 24: «pues no hay poeta latino que acierte a hablar medio verso sin
              ellas, tanto que cuanto dicen, cuanto escriben, cuanto componen, está bullendo esos
              hipérbatos (si es que lo son) a millares y a cientos en cada plana». Con todo acepta
              como hipótesis que el hipérbaton, en tanto figura, fuera empleado por los latinos:
              esta concesión a Faría hecha a costa de su propio concepto del hipérbaton le sirve a
              Espinosa Medrano para desmontar «la bachillería» de su contendiente, pero ya queda
              patente que los ejemplos ofrecidos no ilustran hipérbatos <hi rend="i">stricto
                sensu</hi>, sino el lenguaje poético de la latinidad antigua y tardía, profana y
              sacra, macarrónica y virgiliana.</note>. No es esto misterio, no paradoja: preceptos
            de la niñez los atiende el gramático, líneas del puntero<note place="bottom"> Las líneas
              del puntero son los pies de las letras que los niños cuentan con el puntero para
              aprender a leer, como señala el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>: «Cuando
              los niños quieren aprender a leer, lo primero que hacen es con el <hi rend="i"
                >puntero</hi> contar las rayas de las letras, para saberlas después conocer».
            </note> son las que demuestro. Discernir las hipérbases figuradas de las colocaciones
            vulgares empleo es de la puerilidad: admírame que varón tan erudito tropiece tan
            feamente en estas niñerías. Divirtiose sin duda en investigar los inefables sentidos de
            su poeta y en maquinar calumnias a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName>, menospreciando desdeñoso los gritos de tanto gramático<note
              type="app" rend="I"> Gramatico <hi rend="i">B</hi> : Grametico <hi rend="i">A</hi>
              [Enmienda recogida en la fe de erratas. El lector del testimonio A corrige:
              Gramatico.</note> y orador. «<quote xml:lang="la" rend="i">Illud miror —dice el máximo
              doctor— quod Aristarchus nostri temporis puerilia ista nescieris; quamquam tu
              occupatus in sensibus et ad<note type="app" rend="I"> ad <hi rend="i">B : om. A</hi>
                [Enmienda recogida en la fe de erratas. El lector del testimonio A añade en la
                entrelínea: ad.</note> struendam calumniam cernuus grammaticorum et oratorum
              praecepta contempseris</quote>»<note place="margin" resp="author"> D. Hierony.
                Apolog.<note type="app" rend="I">Hierony. Apolog. <hi rend="i">em.</hi> : Hierony.
                Apol. <hi rend="i">A</hi> || Hiero. Apolog. <hi rend="i">B</hi></note> aduers.
              Rufinum 1.</note><note place="bottom">
              <persName type="authority" key="san Jerónimo">San Jerónimo</persName>, <hi rend="i"
                >Epistulae</hi>, epístola 46, <hi rend="i">Apologiae Hieronymi adversus
                Ruffinum</hi>, 1 (Jerónimo 1602, col. 301). Se trata en realidad de una cita de
              Rufino traída por San Jerónimo y que en el texto original dice así (Migne 1845a: col.
              0162c): «<hi rend="i">Illud miror, quod Aristarchus nostri temporis puerilia ista
                nescieris, quanquam tu occupatus in sensibus, et ad struendam mihi calumniam
                cernulus, Grammaticorum et Oratorum praecepta contempseris</hi>», (‘Lo que me
              asombra es que tú, el Aristarco de nuestro tiempo, hayas ignorado lo que saben hasta
              los niños, aunque entiendo que hayas podido, atento a los sentidos y empeñado en
              fraguar calumnias contra mí, despreciar los preceptos de gramáticos y
              oradores’).</note>. Sépase pues <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, ya que hasta hoy lo ignoraba, que
            decir «<quote xml:lang="es">de vana procedida preeminencia</quote>»<note place="bottom">
              Góngora, <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma, v</hi>. 550. [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.550"
                >OC313.550</ref>].</note> es lo mismo que “de abuelos procedido reyes”: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">atauis edite regibus</quote>»<note place="bottom"> Horacio, <hi
                rend="i">Carmina</hi>, lib. 1, carmen 1, v. 1: «<hi rend="i">Maecenas, atauis edite
                regibus</hi>» (1995: 1).</note>. Y esto ningún simple lo ha llamado hipérbaton
            poético, y si se lo ha llamado, ha hecho la cuestión de nombre, pues concediéndome (como
            a su pesar deben) que esa colocación anda a millares en cada plana de los oradores y a
            cuentos en cada folio de los poetas y que no es esta la que no llega a doce veces en
              <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName>, sino la tmesis, importa
            nada que la llamen hipérbaton, o que la nombren “pasa Gonzalo”<note place="bottom"> El
              pasagonzalo es un leve golpe o papirotada en las narices. Así lo explica Rodrigo Caro
              en sus <hi rend="i">Días geniales o lúdricos</hi> (1626), diálogo V, § VI: «Don
              Fernando.- (…) Dice que el juego talitro es herir la nariz con el dedo de en medio,
              que se pone debajo del dedo pollex. Melchor.- A ese juego llaman pasa Gonzalo, y tiene
              más de burla que de gracia.» (Caro 1978: II, 162).</note>.<note place="bottom"> El
              concepto de Espinosa Medrano del hipérbaton se basa en una distinción clara entre
              «hipérbase figurada» o «hipérbaton poético» y «colocación» o más adelante
              «colocaciones vulgares»: aquel que niegue tal distinción cae en el nominalismo. Lo que
              entendemos por hipérbaton y que Espinosa Medrano en otras ocasiones denomina <hi
                rend="i">transposición</hi>, es el tropo, la figura. Por extensión, el hipérbaton
              como definición del lenguaje o estilo poético es la <hi rend="i">colocación</hi>. Es
              esencial para la argumentación de Espinosa Medrano el paso de lo que llama colocación
              como propiedad del lenguaje latino o griego a la misma colocación como definición del
              estilo poético. El estilo poético, virgiliano o gongorino, traspasa la frontera
              idiomática trazada por el lenguaje latino o griego. El fundamento de este
              desplazamiento es la especificidad del lenguaje poético. Véase sobre estos temas la
              Introducción.</note>
            <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f12v.jpg"
              n="f. 12v"/></p>
          <p>26. Lo que importa advertir mucho es que esta colocación (llámese o no latamente
            hipérbaton) es tan genuina y natural a la numerosa fábrica del verso que aun el nombre
            de verso (como dice <persName type="authority" key="Sabino, Georgio">Georgio
              Sabino</persName><note place="margin" resp="author"> Georgius Sabinus ubi sup.</note>)
            se derivó de este revolver los términos, invertir el estilo y entreverar las voces.
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Stylus saepe vertendus est, ut inde etiam nominatos
              esse versus perhiberi posse videatur, quod dum fiunt varie huc atque illuc
              vertantur</quote>»<note place="bottom"> Georg Sabinus, <hi rend="i">De carminibus ad
                veterum imitationem artificiose componendis praecepta</hi>, «<hi rend="i">De
                versibus non fundendis ex tempore</hi>» (Sabinus 1551: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=UvFMAAAAcAAJ&amp;lpg&amp;hl=fr&amp;pg=PT4#v=onepage&amp;q=vertendus&amp;f=false"
                >f. A5v</ref> y Sabinus 1568: 490).</note>. Tan lejos está la inversión de las
            voces, tan distante de viciar los versos, que en ellos no es tropo sino alcurnia, no es
            afeite sino fayción<note place="bottom"> Facción: el rostro por oposición al afeite y
              también, como apunta el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>, la «figura y
              disposición con que una cosa se distingue de otra». Por oposición al tropo, la
              colocación es alcurnia: ascendencia o linaje, privilegio de nacimiento de los versos
              que, como partes del lenguaje poético, son nobles por esencia.</note>, no defecto sino
            naturaleza.</p>
          <p>27. No negaré que este lenguaje, como nacido en los países de la latinidad, es menos
            propio al castellano y nativamente acomodado a la poesía latina, puesto que le usaron
            los estrados de la oratoria, la verbosidad de los históricos, la enseñanza de los
            padres, la gravedad de los concilios. Pero, ¿quién duda que habilitar el idioma
            castellano a entrar en parte en los adornos de la grandeza latina no es
              atrevimiento<note place="bottom"> Arranca aquí una isotopía épica aplicada a Góngora
              como conquistador en lengua española de las galas de la latinidad. Pese a ser «lírico
              y erótico» en sus poesías, Góngora es casi un poeta épico en su estilo. Esta isotopía
              recurrente de un Góngora heroico (cfr. «Guerras de plumas en las fronteras de la
              épica», Blanco 2012a: 71-105) abre la puerta a una comparación implícita con Camões,
              poeta dedicado a la épica, aun cuando El Lunarejo niega la comparación expresa
              parapetándose en la diferencia de la lírica y la épica.</note> ínclito, proeza
            ilustre? ¿Por ventura el adornar el patrio dialecto con los atavíos de más excelente
            lengua no fue siempre heroicidad loable? ¿Por ventura podrase recabar esta facción sin
            desviar el lenguaje de la plática común, vulgar y rusticana? ¿Por ventura esa colocación
            latina que hasta hoy ardua, incontrastable y desdeñosa se esquivó a nuestra lengua no
            era la que habíamos menester para mezclarla, variarla y repartirla<note place="bottom">
              La colocación queda definida como lenguaje de latinidad, e inmediatamente como estilo
              poético y capacidad retórica (en sus múltiples facetas, de la verbosidad a la
              gravedad). El estilo es por tanto para Espinosa Medrano un estilo idiomático, partido
              por una tensión que sólo Góngora supera: la idiosincrasia del idioma es
              intransferible, mientras que el estilo supone modelos y artes (retóricas), y por tanto
              imitación. Sin hacer hincapié en ello, Espinosa Medrano se adentra en la comparación
              del castellano con «la latinidad», pero con el contraejemplo de la traducción («Oh
              Títiro…») como recordatorio de que lo que se imita no es la idiosincrasia idiomática
              –ontológicamente intransferible- sino el estilo de la latinidad –históricamente
              intransferido, «hasta hoy»-: del mismo modo que el estilo lleva en sí el idioma, al
              hablar de idioma El Lunarejo contempla a su vez el estilo. Sobre la ilustración de la
              lengua vulgar por imitación del estilo latino y la representación de este logro como
              una hazaña épica véase Vega Ramos 1991 (42-43).</note>? Oídselo al más apasionado
            patrón y acérrimo defensor de la lengua castellana, <persName type="authority"
              key="Morales, Ambrosio de">el regio cronista Ambrosio de Morales</persName>: «<quote
              xml:lang="es">¿Y quién habrá que diga que el cuidado que se pusiere en así adornar
              nuestro hablar castellano no lo ha de desviar mucho del común uso; no en los vocablos,
              ni en la propiedad de la lengua (que sería grande vicio), sino en el escogerlos,
              apropiarlos, repartirlos, y suavemente con diversidad mezclarlos, para que resulte
              toda la composición estremada, natural, llena, copiosa, bien dispuesta y situada, y
              este pulir de esta manera la habla, cuán ajeno, cuán diferente y cuán contrario es de
              la afectación? El cielo y la tierra, lo blanco y lo negro, lo claro y lo escuro, no
              están más lejos de ser una cosa que estas dos de juntarse o parecerse. Por tanto no
              condenemos en nuestro lenguaje el cuidado de bien hablar, sino dolámosnos<note
                type="app" rend="I"> dolamosnos <hi rend="i">B</hi> : dolamosno <hi rend="i">A</hi>
                [La fe de erratas enmienda «delamosnos» en «dolamosnos» y trae por tanto una posible
                errata a su vez interpretando «dolamosno» en «delamosnos».</note> de ver que estamos
              tan fuera de quererlo y saberlo hacer, que tenemos por mal hecho<note type="app"
                rend="I"> por mal hecho <hi rend="i">A</hi> : cor mal heco <hi rend="i"
                >B</hi></note> aun solo intentarlo, y lo que sería gran virtud y excelencia culpamos
              como vicio y fealdad</quote>»<note place="margin" resp="author"> Ambrosius<note
                type="app" rend="I">Ambrosius <hi rend="i">A</hi> : Ambrosi. <hi rend="i"
                >B</hi></note> de Morales discurso de la lengua Castellana<note type="app" rend="I"
                >Castellana <hi rend="i">A</hi> : Casie Eana <hi rend="i">B</hi></note> apud M.
              Olivam.</note><note place="bottom"> Ambrosio de Morales, <hi rend="i">Discurso de la
                lengua castellana</hi>, en <hi rend="i">Las obras del maestro Fernán Pérez de
                Oliva</hi>: véase la segunda edición (Córdova: por Gabriel Ramos Bejarano a costa de
              Francisco Roberto, 1586) en Pérez de Oliva 1586 (f. 9r).</note>. Hasta aquí este
            insigne escritor. <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f13r.jpg"
              n="f. 13r"/> Tampoco niego que sería afectación querer exactamente regular el verso
            castellano con el latino en este modo de colocar dicciones. Como si dijéramos con
              <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName>: “Oh Títiro tú de la
            coposa recostado debajo del toldo haya”.</p>
          <p>28. Pero <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> con su
              gran<note type="app" rend="I"> gran <hi rend="i">A</hi> : grand <hi rend="i"
              >B</hi></note> talento no quiso remedar lo escabroso de esa construcción. Aprovechose
            sí galantísimamente, dando a este modo de hablar un temple suave, una moderación
            apacible que, dejándole lo suyo a la latinidad, se robó con felice osadía todo el aseo
            de que era capaz la musa castellana. Empresa difícil fue, pues no faltando aptitud en
            nuestra lengua para recibir este ornamento, desmayaron cuantos le acometieron, dejando
            en tal y cual transposición las lánguidas señas de su deseo, bien que generoso, mal
            afortunado. Senda fue esta que o por no verla no pisaron, o que aun viéndola no
            hollaron, por temerla. «<quote xml:lang="la" rend="i">Caeteri autem —Petronio— aut non
              viderunt viam qua iretur ad carmen aut visam timuerunt calcare</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Petronius Arbit. Satyr. f. 83.</note><note
              place="bottom"> Petronio, <hi rend="i">Satiricón</hi>, cap. 118, § 5. La cita merece
              ser leída en su contexto, puesto que concluye el siguiente párrafo del <hi rend="i"
                >Satiricón</hi>: «<hi rend="i">Praeterea curandum est, ne sententiae emineant extra
                corpus orationis expressae, sed intexto uestibus colore niteant. Homerus testis et
                lyrici, Romanusque Vergilius et Horatii curiosa felicitas.</hi> Ceteri enim aut non
              uiderunt uiam qua iretur ad carmen, aut uisam timuerunt calcare» (1995: 129):
              «Procúrese además que ningún pensamiento rompa con la unidad de la obra, sino al
              contrario: que cobre su valor del contexto que lo arropa. Es lo que se comprueba en
              Homero y los líricos, en el romano Virgilio y en la depurada maestría de Horacio. <hi
                rend="i">Los demás o no han visto el camino que lleva a la poesía o, si lo han
                visto, no se han atrevido a pisarlo.</hi>» (trad. Lisardo Rubio Fernández en
              Petronio 1978: 167). La aptitud poética del castellano tiene por modelos implícitos, a
              través de esta cita, a Homero, Virgilio y Horacio. El mismo lugar de Petronio se
              encuentra en los <hi rend="i">Discursos poéticos</hi> de Jáuregui (2016: f. 5v,
              1624_discurso-poetico), así como en la defensa de Góngora por Díaz de Rivas
              (1616_discursos-diaz). La fuente de Espinosa Medrano para la consulta del <hi rend="i"
                >Satiricón</hi> pudo ser la edición anotada de Joseph Scaliger (Lutetiae Parisiorum,
              ex officina Cristophori Beys, via Iacobaea, 1601), cuya paginación concuerda con la
              remisión de esta cita: véase Petronio (1601: 83). En esta edición, a diferencia de la
              de Joannes Petrus Lotichius (Francfort, 1629), no se encuentra la curiosa tmesis
              repetida por El Lunarejo: «Deficiente pecu deficit omne nia». Sin embargo, la
              foliación del <hi rend="i">Satiricón</hi> de Lotichius no concuerda con la remisión de
              El Lunarejo a un folio 83, puesto que la cita se encuentra en la página 229 del mismo
              (Petronio 1629: 229). Agradezco a Pedro Conde Parrado que me indicara la edición del
                <hi rend="i">Satiricón</hi> de Scaliger.</note>. De ignorar, pues, esta capacidad de
            nuestro lenguaje y la dificultad que había de aplicarle el ornato de la elocución
            latina, nace el condenar neciamente aquellas osadías<note place="bottom"> La «elocución
              latina» y la «capacidad de nuestro lenguaje» se cruzan y confunden en el razonamiento
              de El Lunarejo. Una vez sentada la capacidad del idioma castellano para acoger el
              estilo del latín, queda patente la visión historicista que caracteriza el estilo. Este
              historicismo, que Espinosa Medrano comparte con Ambrosio de Morales, contempla como
              motor de la historia de los estilos el aprendizaje de la retórica y la erudición. Sin
              embargo, la retórica normativa brilla por su ausencia en el texto de El Lunarejo, más
              afín a la concepción estilística helenística y su aporte relativo a la<hi rend="i">
                qualitas sonorum</hi>, que le llega de la mano de los comentaristas virgilianos como
              de la Cerda o Servio (Blanco 2006: 20).</note>. Juicio fue de <persName
              type="authority" key="Morales, Ambrosio de">Ambrosio de Morales</persName><note
              type="app" rend="I"> Morales <hi rend="i">B</hi> : Marales <hi rend="i">A</hi>
              [Enmienda registrada por la fe de erratas. En el testimonio A, corrección manuscrita:
              Morales.</note><note place="margin" resp="author"> Ambros. de Mora. ubi supra.</note>:
              «<quote xml:lang="es">Esta falta de no poder juzgar fácilmente en el castellano lo
              acertado viene de ser la lengua en sí de tal calidad, que aunque es capaz de mucho
              ornamento, pero recíbelo con gran dificultad</quote>»<note place="bottom"> Ambrosio de
              Morales, <hi rend="i">Discurso de la lengua castellana</hi>, en las <hi rend="i">Obras
                del maestro Fernán Pérez de Oliva</hi> (Pérez de Oliva 1586: f. 9v).</note>. Y más
            abajo: «<quote xml:lang="es">En otras muchas partes también de la elocución es nuestra
              lengua y su lindeza dificultosa de alcanzar, mas no es esta la principal causa, que al
              fin trabajo y diligencia vencerían esta dificultad y con el uso se amansaría lo que
              ahora espanta con representarse casi imposible: la causa verdadera de no acertar a
              decir bien, ni diferenciar lo bien dicho en el castellano, está principalmente en no
              aplicarle el arte de la elocuencia en lo que ella enseña<note type="app" rend="I">
                enseña <hi rend="i">A</hi> : ensena <hi rend="i">B</hi></note> mejorar la habla, no
              para la propriedad, que esta el uso la muestra, sino para la elegancia y la fineza,
              donde no llega el uso y el arte puede mucho suplir el defecto</quote>»<note
              place="bottom"> Ambrosio de Morales, <hi rend="i">Discurso de la lengua
                castellana</hi>, en las <hi rend="i">Obras del maestro Fernán Pérez de Oliva</hi>
              (Pérez de Oliva 1586: f. 9v).</note>. Pues siendo gran parte y fundamento de la
            elocuencia latina esta colocación, ¿quién culpará a <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>, que con tal valentía la supo aplicar a
            nuestra poesía, si no es quien apasionado no atiende a los elogios de la patria y
            emprende deslucimientos del honor materno<note place="bottom"> Enésimo ataque de corte
              nacionalista contra Faría y en defensa de Góngora. De la mano de la isotopía épica
              aplicada a Góngora reaparece también el nacionalismo castellano.</note>?</p>
          <p>29. Decir <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> que
            es yerro usar en nuestro idioma lo que es propio del latino es error suyo, pues si eso
            es aliño de la poesía latina, no es tan inepta, baja o incapaz nuestra lengua que <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f13v.jpg"
              n="f. 13v"/> desmerezca romper aquellas galas<note place="bottom"> «Romper» no
              significa aquí «gastar y destrozar mucho y con brevedad los vestidos», sino
              “estrenar”, como en la expresión «con salud le rompa», empleada para dar la
              «enhorabuena al que ha estrenado vestido» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Aunque el
              apelativo «rompe galas» sea «apodo irónico con que se nota al que anda mal vestido»
                (<hi rend="i">Aut.</hi>), Espinosa Medrano lo emplea con seriedad, aludiendo al
              esfuerzo de la lengua castellana en vestirse con nuevas galas.</note>. Y tiénele
            respondido el mismo <persName type="authority" key="Morales, Ambrosio de">Ambrosio de
              Morales</persName>, diciendo de él y de otros<note place="margin" resp="author"> Idem
              ibidem</note>: «<quote xml:lang="es">Estos, con sus tan ciegas persuasiones, piensan
              que todo lo que es elocuencia y estudio y cuidado de bien decir es para la lengua
              latina o griega, sin que tenga<note type="app" rend="I"> tenga <hi rend="i">A</hi> :
                tengua <hi rend="i">B</hi></note> que ver con la nuestra, donde será superfluo todo
              su cuidado, toda su doctrina y trabajo: yerran mucho sin duda</quote>»<note
              place="bottom"> Ambrosio de Morales, <hi rend="i">Discurso de la lengua
                castellana</hi>, en las <hi rend="i">Obras del maestro Fernán Pérez de Oliva</hi>
              (Pérez de Oliva 1586: f. 7v). El texto de Ambrosio de Morales presenta en origen una
              variante: «Estos con estas sus dos tan ciegas persuasiones».</note>.</p>
          <p>30. Por tan imposible como quitarle el rayo a Júpiter<note place="bottom">El robo del
              rayo de Júpiter es un desafío de los Titanes al rey de los dioses, siendo Tifeo el que
              trata de arrebatárselo al dios. Véase Claudiano, <hi rend="i">Gigantomaquia</hi>, v.
              32: «Que Tifeo le arrebate el rayo y el cetro» (trad. de Miguel Castillo Bejarano,
              véase Claudiano 1993b: 315).</note> y a Hércules la clava juzgó la Antigüedad el
            usurpar los versos a <persName type="authority" key="Homero">Homero</persName>, y
            habiendo aprovechádose <persName type="authority" key="Virgilio">el Marón</persName> de
            muchos para adornar su <title>Eneida</title>, respondió a la calumnia de sus émulos que
            estaba tan lejos de arrepentirse, que en usurpar los ornatos <persName type="authority"
              key="Homero">del Griego</persName> para su musa<note place="margin" resp="author">
                Macrobius<note type="app" rend="I">Macrobius <hi rend="i">A</hi> : Macrob. <hi
                  rend="i">B</hi></note> lib. 5. Satur.</note> le había parecido haberle<note
              type="app" rend="I"> auerle <hi rend="i">A</hi> : averse <hi rend="i">B</hi></note>
            despojado a Júpiter del rayo y arrebatado de los hercúleos puños la clava, de que
            quedaba tan glorioso, cuanto parecía mayor la imposibilidad de tanta hazaña.</p>
          <p>31. Asómbrese<note type="app" rend="I"> asombrese <hi rend="i">B</hi> : asombrose <hi
                rend="i">A</hi> [Enmienda registrada en la fe de erratas. En el testimonio A
              encontramos una corrección manuscrita: asòmbrese.</note>
            <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, clamando por
            imposible el trasladar a nuestra lengua la trabazón latina, que esto en <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> es proeza valiente, audacia
            loable, hazaña heroica<note place="bottom"> Estos párrafos dibujan una <hi rend="i"
                >translatio studii</hi> (<hi rend="i">et stilii</hi>) que pasa de Homero a Virgilio
              y de este a Góngora: en ella subyace la historicidad del estilo que destaca en el tono
              con el que Espinosa Medrano valora el estilo gongorino, un tono nacionalista muy
              propio de la coyuntura histórica de nueva edad de oro hispana. Esa historicidad del
              estilo es próxima, aunque quizá ajena, a la que expone Vázquez Siruela en su <hi
                rend="i">Discurso sobre el estilo de don Luis de Góngora i carácter legítimo de su
                poética</hi> de 1645/48 (Jammes 1994: 706): aquel Faría que «no atiende a los
              elogios de la patria» se parece singularmente al detractor de Góngora para Vázquez
              Siruela, con el que Espinosa Medrano también comparte la isotopía heroica: «Mas si lo
              tenemos, ¿qué lo buscamos? ¿Quién puede ser este, quál se puede esperar que sea, si no
              lo conocemos en don Luis de Góngora? ¿Puede negar esto sino el que fuere ingrato a la
              patria, desconocido a la verdad, i miserable víctima de la invidia? ¿Qué alma tan
              eroica en este género emos visto, o quál aguardamos que venga en toda la posteridad,
              si en él resplandezen todos los dotes con que las estrellas señalaron aquellas dos
              ideas clarísimas de la Poética; ímpetu tan grande i arrobamiento de espíritu, que
              colmándolo a él, redundó para causar moción en los demás?» (Vázquez Siruela 1995: 93).
              Véase Blanco 2006 (26-27). [1645_discurso-siruela].</note>; y recoja<note type="app"
              rend="I"> recoja <hi rend="i">A</hi> : recojo <hi rend="i">B</hi></note> esos dos
            yerros por suyos, pues el exceso de hipérbatos a <persName type="authority"
              key="Virgilio">Virgilio</persName> fue engaño y el usurpar la inversión latina no ha
            sido sino grandeza, «<quote xml:lang="la" rend="i">Clauam Herculi
              extorquere</quote>»<note place="bottom"> El proverbio «<hi rend="i">clauam extorquere
                Herculi</hi>», un tópico de los panegíricos, se encuentra en los <hi rend="i"
                >Adagia</hi> de Erasmo (véase Erasmo 1571: 783 y Erasmo 2011: 2055-2056). El apunte
              marginal de El Lunarejo que, en el párrafo anterior, remite a Macrobio, procede
              seguramente de este lugar de Erasmo, puesto que en la glosa del proverbio sobre la
              clava de Hércules, este escribe: «<hi rend="i">Macrobius libro Saturnalium quinto de
                Marone, qui sic usurpavit Homerica ut fecerit sua</hi>» (Erasmo 1571:
            783).</note>.</p>
          <p>32. Añade <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> que
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> la usa con mayor
            deformidad que los latinos<note place="bottom"> Espinosa Medrano glosa el fragmento
              siguiente de Faría, que ha citado ya en la sección tercera de su oponente: «De este
              modo se descubren dos yerros en esto: uno, querer usar en nuestro idioma lo que es
              sólo del latín; otro, que lo use un hombre en pocos versos más que todos los latinos
              en todos los suyos, y eso con mayor deformidad que ellos y casi sin variedad, porque
              los más se reducen a dos o tres modos repetidos perpetuamente.» (Véase <hi rend="i"
                >supra</hi> Manuel de Faría. § III).</note>. Esto no merece respuesta: véase la
            inversión que arriba trajimos de «<quote xml:lang="la" rend="i">Tytire tu
              patulae</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Bucólicas</hi>, égloga 1,
              v. 1 (1992a: 38).</note> y cotéjese con «<quote xml:lang="es">Estas que me dictó rimas
              sonoras</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Fábula de Polifemo y
                Galatea</hi>, v. 1: «Estas, que me dictó, rimas sonoras» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.1"
                >OC255.1</ref>].</note>. También nota que hace la colocación sin variedad. Respondo
            que es culpa común a toda la latinidad (si culpa llamarse puede) pues toda la variedad
            de los poetas latinos consiste en colocar sus términos por interposición del verbo entre
            el sujeto y adyacente, como «<quote xml:lang="la" rend="i">arentia temperat
              arva</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Geórgica</hi>, lib. 1, v.
              110 (1982: 6).</note>, “dulce fue lisonja”. Y de los casos entre el sujeto y el verbo,
            o del nombre entre adyacente y sujeto, como «<quote xml:lang="la" rend="i">pressi copia
              lactis</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Bucólicas</hi>, égloga 1,
              v. 81 (1992a: 41).</note>, «<quote xml:lang="es">El verde de los árboles
              celaje</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, I, v. 537:
              «el denso de los árboles celaje». [OC264B. 537].</note>, etc., que todos juntos se
            reducen a tres o cuatro modos que repetidos perpetuamente en toda la latinidad los
            tienen contados de memoria los muchachos. Pues si toda la poesía latina, cuya dice
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> es propia
            esa alhaja de colocaciones, no tiene otra ni más variedad, ¿qué necedad es esta de
            quererla mayor en quien lo imita todo? El lugarcillo de <persName type="authority"
              key="Cicerón">Cicerón</persName> cerca de los músicos, «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Quos cum cantu spoliaueris, nuda pene remanet oratio</quote>»<note place="bottom">
              Cicerón, <hi rend="i">Orator</hi>, 55, 183 (Cicerón 1939: 460). Véase <hi rend="i"
                >supra</hi>.</note>, ni es de importancia ni a propósito, pues claro es que si a los
            músicos les quitan el canto no <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f14r.jpg"
              n="f. 14r"/> quedarán<note type="app" rend="I"> quedaràn <hi rend="i">B</hi> : qued
              aràn <hi rend="i">A</hi></note> cantores, y si al orador le despojan de la elocuencia
            no quedará retórico, y si al poeta le cercenan sus números no quedará sino prosista.
            Quítenle a <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> el ornamento
            poético y quedará bárbaro. Tengo respondido hasta aquí a lo de los hipérbatos latinos: a
            los de los toscanos y españoles diré con más oportunidad luego.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion5_Faría">
          <index indexName="resp" n="Faria e Sousa, Manuel de"/>
          <head>Manuel de Faría. § IV.</head>
          <quote xml:lang="es">«Lo mejor es que hallaban aquellos apoyadores de esta gran suerte de
            poesía que don Luis había sido el inventor en vulgar, como si ahí no estuviera <persName
              type="authority" key="Mena, Juan de">Juan de Mena</persName> con anterioridad de
            centenares de años, que dio motivo a centenares de risas con esos modos y, por dicha,
            que no le faltó <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> con
            las suyas al tiempo que escribía con reposo. Veislo aquí en la copla 92: “<quote
              xml:lang="es">A la moderna volviéndome rueda</quote>”<note place="bottom"> Juan de
              Mena, <hi rend="i">Laberinto de fortuna</hi>, v. 729: «A la moderna bolviéndome
              rueda». Este verso se encuentra en las epístolas de <hi rend="i">La Filomena</hi> de
              Lope de Vega (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1621_censura-lope/introduccion?q=rueda#note80_"
                >1621_censura-lope</ref>, f. 196r).</note>. <persName type="authority"
              key="Petrarca">Petrarca</persName> otra vez: “<quote xml:lang="it" rend="i">Han fatto
              un dolce de morir desio</quote>”<note place="bottom"> Petrarca, <hi rend="i"
              >Rime</hi>, 323, v. 75.</note>. Otra <persName type="authority" key="Boscán"
              >Boscán</persName>: “<quote xml:lang="es">nacieron de la cual otros</quote>”<note
              place="bottom"> Boscán, soneto 88, v. 13: «Nacieron de la cual otros dolores».</note>.
              <persName type="authority" key="Garcilaso">Garcilaso</persName> otra: “<quote
              xml:lang="es">como en luciente de cristal coluna</quote>”<note place="bottom">
              Garcilaso, elegía 1, v. 73.</note>. Y usábase mucho<note place="bottom"> En el texto
              de Faría se lee: «y usábase mucho antes aun en coplas pequeñas».</note> aun en coplas
            pequeñas. <persName type="authority" key="Gómez Manrique">Gómez Manrique</persName> en
            las que hizo al contador Diego Arias: “<quote xml:lang="es">Hartas hallaras
              tristezas</quote>”. Y abajo: “<quote xml:lang="es">Pues el blanco comen pan</quote>”.
            Y más abajo: “<quote xml:lang="es">Que hartos te vienen días</quote>”. Luego<note
              place="bottom"> En el texto de origen: «Y luego».</note> este que pone el sello a
            todos: “<quote xml:lang="es">Que con esta son nacidos condición</quote>”<note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Cancionero general</hi> (en Anvers: en casa de Martin Nucio, a la enseña
              de las dos cigueñas, 1557), Obras de Gomez Manrique, «Otra obra del mismo a Digarias
              [Diego Arias] Contador del rey don Juan, porque no le quiso aceptar un libramiento
              suyo, antes le hizo pedazos diciendo al portador que si no le hacía algunas coplas,
              que no libraría jamás». Las citas mencionadas se encuentran en las estrofas 32, v. 8,
              «hartas hallaras tristezas» (Gómez Manrique 1557: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=r3GF0D6nPNIC&amp;dq=Que%20contiene%20muchas%20obras%20de%20diversos%20autores%20antiguos%20con%20algunas%20cosas%20nueuas%20de%20modernos%2C%20de%20nueuo%20corregido%20e%20impresso&amp;hl=fr&amp;pg=PT168#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >f. 73v</ref>); 40, v. 4, «pues el blanco comen pan» <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=r3GF0D6nPNIC&amp;dq=Que%20contiene%20muchas%20obras%20de%20diversos%20autores%20antiguos%20con%20algunas%20cosas%20nueuas%20de%20modernos%2C%20de%20nueuo%20corregido%20e%20impresso&amp;hl=fr&amp;pg=PT169#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(f. 74r)</ref>; 42, v. 1, «que hartos te vienen días» <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=r3GF0D6nPNIC&amp;dq=Que%20contiene%20muchas%20obras%20de%20diversos%20autores%20antiguos%20con%20algunas%20cosas%20nueuas%20de%20modernos%2C%20de%20nueuo%20corregido%20e%20impresso&amp;hl=fr&amp;pg=PT170#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(f. 74v)</ref>; y 45, v. 6-7: «que con esta son nacidos / condición» <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=r3GF0D6nPNIC&amp;dq=Que%20contiene%20muchas%20obras%20de%20diversos%20autores%20antiguos%20con%20algunas%20cosas%20nueuas%20de%20modernos%2C%20de%20nueuo%20corregido%20e%20impresso&amp;hl=fr&amp;pg=PT170#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(f. 74v)</ref>.</note>. Y úsalo tanto que se parece a <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, o que don Luis se cansó mucho por
            parecérsele, y esta es la novedad solene que solenizaron aquellos solenísimos
            legisladores para darle el primer lugar entre los poetas. No traigo más de estos
            ejemplos que saqué del <title>Cancionero general antiguo</title>, así porque está lleno
            de ellos como porque estoy con las narices tapadas mientras los copio, y todavía si esos
            autores anduvieron atrevidos en este<note place="bottom"> En el texto de Faría: «el
              modo».</note> modo, no fue así en el número, pues al fin pueden contarse todos y
            sufrirse los más, y hasta allí puede correr un hombre cuando a rienda suelta desatina,
            porque hipérbaton <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f14v.jpg"
              n="f. 14v"/> no es otra cosa que una transgresión que perturba y pervierte el orden
            del hablar; y hablar pervertido, si cual y cual vez fuere gala, muchas será vicio
            grandísimo sin duda alguna. Y ¿quién hay tan insensato que no juzgue por gran
            atrevimiento una vez esto: “Las que fabrican arcos rosas”, y por desatino muchas veces?
            ¿Qué conceto, qué juicio, qué ingenio, qué elegancia arguye eso?»<note place="bottom">
              Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto III, estancia 94, col.
              134, B hasta E, [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 134).</note></quote>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion5">
          <head>Apologético. Sección V</head>
          <p>33. Difícil cosa fue siempre corregir a los hombres grandes y no fuera lo peor lo
            difícil si ello no fuera tan infelice. Quédanse siempre grandes los que lo son y
            malógranse los filos de quien los quiere cercenar, dejándolos mayores.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Corrigere at res est tanto magis ardua, quanto</l>
            <l>magnus Aristarcho maior Homerus erat<note place="margin" resp="author"> Ouidius de
                Ponto libro<note type="app" rend="I">libro <hi rend="i">em.</hi> : libro. <hi
                    rend="i">B</hi> || lib. <hi rend="i">A</hi></note> 3. eleg. 9.</note><note
                place="bottom"> Ovidio, <hi rend="i">Epistulae ex Ponto</hi>, lib. 3, car. 9, v.
                23-24: «<hi rend="i">corrigere ut res est tanto minus ardua, quanto / magnus
                  Aristarcho maior Homerus erat</hi>» (1990: 81). En la traducción de José González
                Vázquez: «Así como el corregir es algo tanto menos difícil cuanto el gran Homero era
                más grande que Aristarco» (Ovidio 1992: 489). Las variantes que maneja Espinosa
                Medrano se encuentran en numerosos impresos de las obras de Ovidio y en particular
                en la exitosa edición comentada de Bartolomeo Merula (Venetiis: Ioannes de Tridino,
                1507: f. LIIIr). La cita afirma que corregir es más difícil que escribir, tanto como
                es mayor Homero que Aristarco, tanto como resulta difícil a un crítico como
                Aristarco corregir al gran Homero. También cita estos versos el autor de la <hi
                  rend="i">Soledad primera ilustrada y defendida</hi>, véase María José Osuna
                Cabezas 2009 (111). [1618_defensa-soledad].</note>.</l></quote>
          <p>No inventó <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> las
            transposiciones castellanas: inventó el buen parecer y la hermosura de ellas, inventó la
            senda de conseguirlas. Era ese lenguaje ornamento poético de la majestad romana; no
            cabía en nuestro idioma tanta imitación de lo grande. La ropa que sirvió de gala a las
            musas latinas arrastraba más aína a la castellana. Tal vez<note place="bottom">«Tal
              vez»: ‘en una ocasión’, ‘una vez’.</note> que se atrevió a ostentar esos aparatos, le
            decía el aliño mal<note place="bottom"> Hay aquí un equívoco, algo forzado, basado en la
              locución verbal “decir mal”, que puede significar ser torpe en el uso del lenguaje o
              de un aspecto del lenguaje, y también “no concordar”, casar mal con algo, entendiendo
              'decir' como «corresponder una cosa con otra» (<hi rend="i">Aut.</hi>). El ornato
              propio de la majestad romana no concuerda o sienta mal al idioma castellano («le decía
              el aliño mal») porque este idioma, a su vez, componía y manejaba mal tal aliño
              («porque ella decía mal el aliño»).</note>, porque ella decía mal el aliño. Mas, ¡oh
            prodigios del ingenio de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName>! Levantó a toda superioridad la elocuencia castellana y sacándola
            de los rincones de su hispanismo hízola de corta sublime, de balbuciente facunda, de
            estéril opulenta, de encogida audaz, de bárbara culta. Maravilla que reconoció <persName
              type="authority" key="Paravicino, fray Hortensio Félix">el mayor orador que admiró
              España, Hortensio</persName>, cuando dijo:</p>
          <quote xml:lang="es"><lg>
              <l>O tu Lelio, que heredando</l>
              <l>al docto Marcial la pluma</l>
              <l>las sales, que el mundo admira</l>
              <l>Píndaro mejor renuncias;</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>a quien el jayán de Ulises,</l>
              <l>cuarta de Trinacria<note place="bottom"> Las tres puntas de Tinacria, o Sicilia,
                  son sus tres cimas: el cabo Lilibeo, el Peloro o Fano y el Pachino. La cuarta es
                  Polifemo. Véase Paravicino (2002: 221).</note> punta,</l>
              <l>debe más luz que a su frente</l>
              <l>apagó la griega astucia;</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>cuyas sacras <hi rend="i">Soledades</hi></l>
              <l>misteriosas, si no mudas,</l>
              <l>cuanto respeto las puebla,</l>
              <l>tanta deidad las oculta;</l>
            </lg>
            <lg>
              <l>hijo de Córdoba grande,</l>
              <l>padre mayor de las Musas,</l>
              <l>por quien las voces de España</l>
              <l>se ven de bárbaras cultas<note place="margin" resp="author"> D. Felix de
                    Arteaga<note type="app" rend="I">Arteaga <hi rend="i">A</hi> : Artaga <hi
                      rend="i">B</hi></note> ad Gongor. fol.<note type="app" rend="I">fol. <hi
                      rend="i">em.</hi> : fel. <hi rend="i">AB</hi></note> 15.</note>.<note
                  place="bottom"> Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, <hi rend="i">Obras
                    posthumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga</hi> (Madrid, Carlos
                  Sánchez Bravo, 1641), «Romance describiendo la noche y el día, dirigido a don Luis
                  de Góngora», v. 105-120 (Paravicino 1641: f. 15r-v). Véase también la edición de
                  Alcalá: imprenta de María Fernández, 1650 (f. 15r-v), así como Paravicino 2002
                  (142) y Blanco 2012b (42-43). Puesto que cita este romance y remite al folio 15,
                  Espinosa Medrano pudo consultar la poesía de Paravicino en la edición madrileña de
                  1641 o en la de Alcalá de 1650, ya que ambas contienen estos versos con idéntica
                  paginación, a diferencia de otra edición lisboeta de 1645 (Paravicino 2002: 46).
                  Las variantes del verso 110 no aseguran ninguna de las dos opciones, puesto que la
                  edición de 1641 reza: «cuarta tinacria punta» y la de 1650: «cuarta dosinacria
                  punta» (2002: 240). El Lunarejo bien puede haber llegado a la versión «cuarta de
                  Trinacria punta» corrigiendo el «dosinacria» o añadiendo la preposición al verso
                  «cuarta tinacria punta».</note></l>
            </lg>
          </quote>
          <p>34. Harto mejor, pues, que Júpiter en su celebro a Minerva este <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f15r.jpg"
              n="f. 15r"/> «padre mayor de las musas» volvió a dar de nuevo ser a la castellana en
            la regeneración de su soberano ingenio y amaneció entonces nuestra poesía, de tan divino
            taller, grande, sublime, alta, heroica, majestuosa y bellísima, digna entonces de
            mayores ornatos, de pompas mayores; creciole la estatura<note type="app" rend="I">
              estatura <hi rend="i">A</hi> : statura <hi rend="i">B</hi></note>, igualola al tallazo
            de la gentileza latina, y quedaron comunes los arreos, indiferentes<note place="bottom">
              Indiferenciadas.</note> las galas. Adornáronla entonces con decencia los áureos
            collares, que antes la brumaban con melindre<note place="bottom"> Según el <hi rend="i"
                >Diccionario de Autoridades</hi>, “brumar” es «cargar a uno demasiado, molerle y
              oprimirle. Dícese también “abrumar”», mientras que el “melindre” «se llama también la
              afectada y demasiada delicadeza en las acciones o el modo».</note>. Esto fue lo
            grande, esto lo raro, esto lo nuevo: para jayán ropaje agigantar el bulto y
              proporcionar<note type="app" rend="I"> proporcionar <hi rend="i">A</hi> : proportionar
                <hi rend="i">B</hi></note> con la regia loriga de Saúl la rústica terneza del
              pastorcillo<note place="margin" resp="author"> Regum lib. 1. cap.<note type="app"
                rend="I">cap. <hi rend="i">A</hi> : c. <hi rend="i">B</hi></note> 17.</note><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, libro de los Reyes, 1, cap. 17, v. 38 (<hi rend="i"
                >Vulgata</hi> 1975): «<hi rend="i">et induit Saul Dauid vestimentis suis et inposuit
                galeam aeream super caput eius et vestiuit eum lorica</hi>», (‘y Saúl cubrió a David
              con su propia vestidura y le puso un yelmo de bronce sobre la cabeza y lo revistió de
              una loriga’). La loriga es una armadura de láminas.</note>, que apenas rodaba oprimido
            del peso de tanta malla. Fullería<note place="bottom"> Según el <hi rend="i">Diccionario
                de Autoridades</hi>, equivale a «engaño».</note> del teatro fue, para hacer<note
              type="app" rend="I"> hazer <hi rend="i">A</hi> : hazel <hi rend="i">B</hi></note>
            capaces las personas de la grandeza trágica, fingir lo corpulento a diligencias del
              coturno<note place="bottom"> El coturno es el calzado de los actores trágicos, que se
              alzaban sobre una gruesa suela de madera para parecer más majestuosos.</note>: porque
            el lenguaje de los héroes, si no los desmiente el zueco, no cabe en talles ordinarios.
            En siendo enano el idioma, ¿qué ha de hacer por que no le atropelle<note type="app"
              rend="I"> atropelle <hi rend="i">A</hi> : attropelle <hi rend="i">B</hi></note> el
            vulgo si, diligente Zaqueo, no trepa al higuerón<note type="app" rend="I"> higueron <hi
                rend="i">B</hi> : higeron <hi rend="i">A</hi> [Enmienda registrada en la fe de
              erratas. El testimonio A presenta una corrección manuscrita: higueron.</note><note
              place="margin" resp="author"> Luc. cap. 19.</note><note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Lucas, cap. 19, v. 3-4 (<hi rend="i">Vulgata</hi> 1975).
              Zaqueo, personaje de baja estatura, trepa a una higuera para ver a Jesús en el tropel
              de gente que le recibe en Jericó: «<hi rend="i">et quaerebat videre Iesum quis esset
                et non poterat prae turba quia statura pusillus erat / et praecurrens ascendit in
                arborem sycomorum ut videret illum quia inde erat transiturus</hi>» (‘y trataba de
              ver quién era Jesús y no podía en medio de la multitud porque era pequeño de estatura
              y corriendo subió a lo alto de un sicomoro para verlo porque debía pasar por
              allí’).</note> y encaramado al árbol no remienda la estatura con el tronco<note
              type="app" rend="I"> tronco <hi rend="i">B</hi> : tranco <hi rend="i">A</hi> [Enmienda
              registrada en la fe de erratas. De nuevo, el testimonio A corrige: tronco.</note>? Mas
            la Musa de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> no ha
            menester zancos teatrales ni mentirosos para arrogarse todo el fausto de la elocuencia
            latina, estrenándole las joyas de su mayor estimación y los adornos más incomunicables
            de su vanidad, porque <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">este divino
              Dédalo</persName><note place="bottom"> Dédalo es el artífice por excelencia, ingeniero
              y artista, mencionado con este papel en las <hi rend="i">Soledades</hi>, II, v. 77-79,
              donde la red es «laberinto nudoso, de marino / Dédalo, si de leño no, de lino /
              fábrica escrupulosa» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.77"
                >OC264C.77-79</ref>).</note> le cultivó el lenguaje, le reformó la sentencia, le
            encrespó la elocución, le abultó la frasi, le aseó las voces<note type="app" rend="I">
              vozes <hi rend="i">A</hi> : vosez <hi rend="i">B</hi></note>, le sazonó las sales, con
            que la dejó capaz de todo aquel ornamento y llegaron a caber en ella sin azares no sólo
            esas colocaciones latinas, pero muchas osadías de frasis, construciones, casos y
              esquemas<note type="app" rend="I"> eschemas <hi rend="i">A</hi> : ecschemas <hi
                rend="i">B</hi></note><note place="bottom">La frasis y el esquema son dos tipos de
              sintaxis, respectivamente correcta y tolerable. En el esquema, la incorrección se
              vuelve figura y es compensada por la virtud expresiva, con lo que se vuelve tolerable.
              Así las define Nebrija en la <hi rend="i">Gramática castellana</hi>, I: «Si en una
              palabra no se comete vicio alguno, llámase “lexis” que quiere decir perfecta dicción;
              si en la palabra se comete vicio que no se pueda sufrir, llámase “barbarismo”; si se
              comete pecado que por alguna razón se puede escusar, llámase “metaplasmo”. Eso mismo
              si en el ayuntamiento de las partes de la oración no hay vicio alguno, llámase
              “phrasis” que quiere decir perfecta habla; si se comete vicio intolerable, llámase
              “solecismo”; si hay vicio que por alguna razón se puede escusar, llámase “schema”. Así
              que entre barbarismo y lexis está metaplasmo, entre solecismo y phrasis está schema».
                <hi rend="i">Apud</hi> Ly 1999 (222). Véase también Blanco 2010 (191-192).</note>
            latinos, como ponderáramos<note type="app" rend="I"> ponderaramos <hi rend="i">A</hi> :
              pōderamos <hi rend="i">B</hi></note> si este papel como es <title>Apología</title>
            fuera comento.</p>
          <p>35. Verdad es que <persName type="authority" key="Mena, Juan de">Juan de
              Mena</persName> las usó con anterioridad de centenares de años<note place="margin"
              resp="author"> Iuan de Mena.</note> ocasionando centenares de risas, como dice
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, y también
            esos otros tres o cuatro que trae muy gozoso de haberlos hallado, pero todos son unos
              friones<note place="bottom"> Insulsos, sin gracia, según el <hi rend="i">Diccionario
                de Autoridades</hi>.</note> y (precindiendo las materias o asuntos) es quererlos
            equiparar a la elocución de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> conferir con sol flamante al candil moribundo<note place="bottom">
              Espinosa Medrano apela aquí a una comparación tradicional de la Encarnación, en la que
              la <hi rend="i">lex noua</hi> de la gracia cristiana nace como <hi rend="i">lux
                noua</hi>, como el sol cristiano que eclipsa la luz del candil veterotestamentario.
              El motivo del candil aparece en las <hi rend="i">Revelationum sancta Brigittae</hi>,
              lib. VII, cap. XXI, 4, pero en la descripción de la santa la <hi rend="i">lux
                ineffabilis</hi> no es comparable ni al sol ni a la candela, sino que los excede a
              ambos. Posteriormente el sol asimila la <hi rend="i">lux ineffabilis</hi> por
              oposición al candil, en las artes visuales (Panofsky 1953: 244-245) y en la literatura
              sermocinal y catequística, como por ejemplo en la <hi rend="i">Oración fúnebre a fray
                Simón de Rojas</hi> pronunciada en 1624 por Paravicino: «Luz del mundo llamó a los
              ministros de su Evangelio Cristo; esta es el sol, luna y estrellas, y estas luces no
              hacen humo, las artificiales sí, el <anchor xml:id="acierto7"/>candil, la candela, la
              hacha» (<hi rend="i">apud</hi>
              <hi rend="sc">Corde</hi>). Espinosa Medrano, que disponía en su biblioteca de las
              «revelaciones de Santa Brígida» (Guibovich 1992: 25), conocía necesariamente el
              trasfondo de esta alusión: con ella prolonga la isotopía luminosa que envuelve a
              Góngora, nimbándolo en este caso con un aura mesiánica. Góngora es el iniciador de una
                <hi rend="i">nueva ley</hi> hiperbática en castellano, un nuevo estilo idiomático
              que le da «ser a la [lengua] castellana»: «y amaneció entonces nuestra poesía» (§
              34).</note>. No me olvido de lo que dijo <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName><note place="margin" resp="author">
              Tom. 1. fol. 135.</note><note place="bottom"> Espinosa Medrano se refiere al fragmento
              de Manuel de Faría en el que, para hacer de Camões el «Príncipe de los Poetas de
              España», el portugués establece la lista de dichos poetas e introduce su escrutinio de
              las letras de España comentando: «Estoy viendo que en España hubo grandes poetas antes
              y después del nuestro.», <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto I, col. 135, D
              hasta col. 136, C [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 134).</note> de todos los
            poetas de España para hacer príncipe de todos a <persName type="authority" key="Camões"
              >Camões</persName>, que eso mismo vuelvo yo a decir, añadiendo que en ese siglo estaba
            la poesía castellana desceñida, inculta, rústica y humilde, y quererla cargar de los
            aseos de la latina era cosa de risa, pues si, como <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> dice, esa colocación o <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f15v.jpg"
              n="f. 15v"/> hipérbasis es ornato natural y propio de la grandiosa musa de los
            latinos, nunca le vendrá bien a la que no fuere de aquel tamaño.</p>
          <p>36. Todos los demás anduvieron muy cuerdos en haber usado raras veces de la
            trasposición y lo fueran más si nunca las usaran, porque cadenas de oro que sirvieron de
            adorno a robusta matrona, colgárselas a musa pueril más es prenderla que ataviarla. En
            la poesía latina aquello es gracia; a la castellana, y en aquellas infancias, sólo fue
              bisoñería<note place="bottom"> «Bisoñería» es la «cosa que se hace o acción que se
              ejecuta sin prevención, noticia o experiencia».</note>, que no está la gallardía en
            cargarse los estofos del atavío, sino en lograr los perfiles del donaire<note
              place="bottom"> Espinosa Medrano parece reclamar una <hi rend="i">sprezzatura</hi> del
              poeta, una facilidad y sutileza en la belleza de sus versos, por oposición a la
              afectación y al excesivo esfuerzo de la inmadurez de la poesía castellana. Sobre la
                <hi rend="i">sprezzatura</hi> como facilidad y gracia que esconde el esfuerzo véanse
              Arasse y Tönnesmann 1997 (418-422) y Checa Cremades 2013 (26-34). Consultemos el <hi
                rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>: la “estofa” es «cierto género de labor,
              como bordadura, hecha con relieve a manera de colchado, por henchirle con algodón o
              con estopa para que sobresalga y resalte hacia afuera»; el “atavío”: «el adorno y
              compostura de la persona»; el “perfil” «se toma también por el adorno sutil y
              delicado»; y el “donaire”, a su vez, «vale también gallardía, gentileza y desenvoltura
              en ejecutar alguna cosa, como en el andar, danzar, etc.». Así pues, cuando escribe «no
              está la gallardía en cargarse los estofos del atavío, sino en lograr los perfiles del
              donaire», El Lunarejo indica que la hermosura no consiste en exagerar el adorno, sino
              que debe ser alcanzada con sutileza y desenvoltura: esta comparación entre el exceso
              de tropos y la bisutería aparece ya en el Parecer del Abad de Rute, que a su vez imita
              a Quintiliano (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1614_parecer/body-1#note186"
                >1614_parecer</ref>, f. 135r-v).</note>. Ni dejará de parecer ridícula ante la
            generosidad de un caballo por más que pasee enjaezada una mona<note place="bottom"> Este
              apunte burlesco, que recuerda el conocido proverbio «aunque la mona se vista de seda,
              mona se queda», pondera que, aunque se la atavíe con jaeces, la mona nunca igualará al
              caballo. El simio en el lugar del caballo tiene un lejano paralelo en Agrippa
              d’Aubigné, <hi rend="i">Les tragiques</hi>, libro 2, «<hi rend="i">Princes</hi>», v.
              300: «<hi rend="i">Et le prince combat sur un singe à cheval</hi>»: ‘y el príncipe
              combate sobre un mono a caballo’ (1969: 61 y 936).</note>. Por eso los hipérbatos dan
            que reír en <persName type="authority" key="Mena,Juan de">Mena</persName> y que burlar
            en <persName type="authority" key="Gómez Manrique">Gómez Manrique</persName>. En los
            demás, o toscanos o españoles, son rarísimos, porque nunca arribaron a aquellas líneas
            en que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> llegó a
            igualar la musa castellana al copete de la latina. Supieran ellos sublimar el patrio
            dialecto y engrandecer la genial elocuencia como hizo el «padre mayor de las musas»<note
              place="bottom">El Lunarejo repite por segunda vez la perífrasis para aludir a Góngora
              procedente del v. 118 de fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, <hi rend="i">Obras
                posthumas, divinas y humanas de don Félix de Arteaga</hi>, «Romance describiendo la
              noche y el día, dirigido a don Luis de Góngora», v. 105-120 (Paravicino 1641: f. 15r-v
              y 1650: f. 15r-v).</note>, que yo fío cupieran con desahogo en ella todas esas
            colocaciones o hipérbatos, pues cuando en el lenguaje latino es tan plausible su
            frecuencia, nunca los extrañara poesía que fuese de su misma capacidad.</p>
          <p>37. Cierto es que el hipérbato fue una figura, como ahora, aun antes de <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>; pero antes de <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> el hipérbato sólo fue una
              figura<note place="bottom"> Hay en estas líneas un juego de palabras basado en el uso
              polisémico de «figura», a caballo entre el tropo de la retórica y la prefiguración de
              la teología: en la lengua de la colocación instaurada por Góngora, el hipérbaton no
              deja de ser una figura, pero los hipérbatos anteriores a él lo anuncian,
              prefigurándolo como un verdadero mesías poético. El poeta cordobés se convierte por
              tanto en una figura central de la historia poética española tal y como la entiende
              Espinosa Medrano. Sobre este tema y la tensión entre el mesianismo gongorino y la
              historia del hipérbaton en castellano, véase la introducción.</note>. Con haberlos
            primero usado otros se compadece el que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> los inventase en castellano. Nunca saben ser después las facciones
            grandes, por eso se llama primor el acierto heroico<note place="bottom"> El Lunarejo
              emplea «facción» en el sentido de acción heroica, acorde con el que señala <hi
                rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>: «acometimiento de soldados o ejecución de
              alguna empresa militar para ganar gloria y honra contra los enemigos». Esta es, para
              Espinosa Medrano, primera en su género, acción sin segundo, de manera que todo héroe,
              y en particular Góngora, es inventor de un modo de heroicidad inédito. Esta idea tiene
              un paralelo en Gracián, que nutre todo este párrafo: en <hi rend="i">El Héroe</hi>,
              considera que el «Primor VII» del héroe ha de ser la «Excelencia de primero» (Gracián
              1993: 20-21). Véase, sobre este tema, la introducción.</note>. Atropella<note
              type="app" rend="I"> atropella <hi rend="i">B</hi> : atropellò <hi rend="i">A</hi>
              [Enmienda recogida en la fe de erratas. El testimonio A presenta una corrección
              manuscrita: atropella.</note> los tiempos y, de la dignidad del adelantarse en los
            excesos, capta los elogios de la primacía en las estimaciones. El primero que usó de la
            quijada que esgrimió Sansón fue el jumento, pero fue Sansón el que primero hiriendo en
            las palestinas tropas hizo de una quijada estoque, asombro, terror, muerte, estrago,
              rayo<note place="margin" resp="author"> Iudic. cap. 15.</note><note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, libro de los Jueces, cap. 15, v. 15-16: «<hi rend="i"
                >inventamque maxillam id est mandibulam asini quae iacebat arripiens interfecit in
                ea mille viros / et ait: in maxilla asini in mandibula pulli asinarum delevi eos et
                percussi mille viros</hi>» (<hi rend="i">Vulgata</hi> 1975).</note>. No siempre es
            primero el que empieza. En el orden de origen gradúan los filósofos los procedimientos
            de la naturaleza, echando lo ruin por delante. Y finalmente (en dos palabras) no fue
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> el que halló los
            hiperbatones en el castellano, sino el que primero habilitó al castellano a gozar con
            igualdad de sus colocaciones con el latino. No inventó la tela, pero sacó a luz el
            traje. Y así hacen muy cuerdamente los que carecen<note type="app" rend="I"> carecen <hi
                rend="i">A</hi> : carescen <hi rend="i">B</hi></note> del altísimo espíritu y suma
            elocuencia de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> en
            abstenerse de <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f16r.jpg"
              n="f. 16r"/> colmar sus versos de ornatos de poesía latina, porque como he dicho ha de
            hombrearse con ella la que quisiere ajustarse sin desaire sus vestidos.</p>
          <p>38. El docto chileno y artificiosísimo poeta indiano, el licenciado <persName
              type="polemist" key="Oña, Pedro de">Pedro de Oña</persName>, con ser de los que
            sintieron y aun escribieron mal de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">este
              dulcísimo cisne</persName> (ignoro el motivo<note place="bottom"> Este paréntesis
              indica un conocimiento incompleto pero evidente de la polémica gongorina en tanto
              fenómeno literario, ya sea por una lectura parcial o indirecta o por una relación oral
              de los detractores de Góngora: la atención a las críticas y elogios del cordobés,
              pertenezcan estos o no a los catálogos actuales de la polémica (Jammes 1994), queda
              aquí patente. Sobre la relación de Pedro de Oña con la poesía de Góngora la crítica
              admite generalmente la influencia del cordobés sobre el autor del <hi rend="i">Ignacio
                de Cantabria</hi> (Sánchez Robayna 2012: 189). A esta influencia apunta la opinión
              de El Lunarejo: Oña «frecuentó con celo» la lengua de Góngora. Sin embargo, estas
              palabras podrían ser una exageración intencionada dentro de la argumentación de
              Espinosa Medrano. Así, en su tesis sobre la écfrasis barroca en el mundo hispánico,
              Luis Castellví Laukamp afirma que, si bien la influencia de Góngora en Oña es
              innegable en el <hi rend="i">Ignacio de Cantabria</hi> y <hi rend="i">El Vasauro</hi>,
              dicha influencia ha sido un tanto exagerada por la crítica, sobre todo desde la
              publicación de <hi rend="i">El gongorismo en América</hi> (1946) de Emilio Carilla.
              Por lo demás, no he hallado datos relevantes sobre el antigongorismo de Pedro de Oña
              al que alude aquí Espinosa Medrano.</note>), nunca le reprobó los hipérbatos, jamás le
            afeó las trasposiciones: antes, las frecuentó con celo y las logró con valentía en su
            poema. Y cuando sin poner nota en la colocación halló o buscó<note type="app" rend="I">
              buscò <hi rend="i">B</hi> : bucò <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de
              erratas. En el testimonio A leemos la siguiente corrección manuscrita: buscò.</note>
            otros tropiezos (escrúpulos serían) en que emplear la severidad de su censura, cierto es
            que aquel erudito y cabalísimo juicio no tuvo qué condenar en la colocación, pues
            aprobándola con dejarla indemne dejo advertido que quien rabiare por acumular defectos a
            Góngora ha de rastrear otros, sin acordarse de los hipérbatos. En el <title>Ignacio de
              Cantabria</title> son raras las octavas que carecen de estas inversiones y, aunque las
            frecuenta bien, como es lenguaje nativo y peculiar a la sublimidad latina, nunca las
            logra mejor que cuando levanta el estilo a esa cumbre, como cuando describe la ferocidad
            de Plutón en guisa de comenzar el razonamiento al ejército infernal con este valiente
            hipérbole:</p>
          <quote xml:lang="es"><lg>
              <l>Dos veces, rodeando, fue la esquiva,</l>
              <l>sangrienta vista en torno del teatro,</l>
              <l>y tres, la testa sacudiendo altiva,</l>
              <l>mostró, de férreo diente, andanas cuatro,</l>
              <l>con que se estremeció de abajo arriba,</l>
              <l>no el Orco a solas, no el voraz Baratro,</l>
              <l>que aun Abila su asombro dijo al Calpe,</l>
              <l>y pompa desgajó nevada el Alpe.<note place="margin" resp="author"> Licentiatus
                  Petrus de Oña<note type="app" rend="I">Petrus de Oña <hi rend="i">A</hi> : Pet. de
                    Ona <hi rend="i">B</hi></note> Vates Peruan. lib. 6. Ignat.</note><note
                  place="bottom"> Pedro de Oña, <hi rend="i">El Ignacio de Cantabria</hi>, libro 6
                  (Oña 1992: 227). Espinosa Medrano poseía en su biblioteca «el ygnacio de
                  cantabria» (Guibovich 1992: 25).</note>
              </l>
            </lg></quote>
          <p>Templado otra vez a lo teológico el plectro, entonó grave la creación de los órdenes
            angélicos así:</p>
          <quote xml:lang="es"><lg>
              <l>De a coros tres crió tres jerarquías,</l>
              <l>que son, de Trinidad, como unos lejos,</l>
              <l>unas de la verdad alegorías,</l>
              <l>unos de aquel divino sol reflejos:</l>
              <l>fue el ángel primer paso de sus vías,</l>
              <l>el hombre imagen, lo demás bosquejos,</l>
              <l>o gradas para Dios, muchas y bellas;</l>
              <l>pero tan alto es Él, que aun faltan ellas.<note place="margin" resp="author"> Idem
                    lib.<note type="app" rend="I">lib. <hi rend="i">B</hi> : lib, <hi rend="i"
                      >A</hi></note> 9.</note><note place="bottom"> Pedro de Oña, <hi rend="i">El
                    Ignacio de Cantabria</hi>, libro 9 (Oña 1992: 320).</note></l>
            </lg></quote>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f16v.jpg"
            n="f. 16v"/>
          <p>39. Bueno, grave, docto y aun tan artificial que juzgamos de este varón lo que de Silio
            Itálico pronunció <persName type="authority" key="Plinio el menor">Plinio el
              menor</persName>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Scribebat carmina maiori cura<note
                type="app" rend="I"> cura <hi rend="i">A</hi> : curae <hi rend="i">B</hi></note>
              quam ingenio</quote>»<note place="margin" resp="author"> Plin. Minor lib. 3 epist.
              can. Rufo.</note><note place="bottom"> Plinio Cecilio Segundo (Plinio el Menor), <hi
                rend="i">Epistulae</hi>, lib. 3, ep. 7, párrafo 5 (1958: 83): «Escribía poemas con
              mayor diligencia que talento» (trad. Julián González Fernández en Plinio Cecilio
              Segundo 2005: 165-166). La remisión de Espinosa Medrano abrevia el nombre del
              destinatario de la epístola, el poeta Caninio Rufo.</note>. La solemnísima novedad
            que, dice <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>,
            solemnizaron aquellos legisladores, como digo, consiste en explayar la capacidad de la
            elocuencia castellana, hasta hacerla benemérita de la colocación latina, con
            aprovechamiento y sin desaire. Y esta gloria conoce por su Colón al espíritu de
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>, sin que le hagan
            sombra vejeces anteriores, con ser sombras<note place="bottom"> El juego de palabras
              entre “hacer sombra” y las «sombras» que son los conatos por oposición al éxito, tiene
              un sentido teológico. En la dogmatica católica, la ley mosaica, que precede la ley de
              gracia, es sombra suya, y las profecías veterotestamentarias “sombras” de lo que se
              manifiesta a plena luz en el Evangelio. Como sinónimo de “figura”, que tiene un
              sentido equivalente, aparece en las obras de Juan de Palafox y Mendoza, en el tomo
              quinto (Madrid: Pablo de Val, 1665), entre las <hi rend="i">Cartas pastorales</hi>, en
              particular en aquella que en calidad de obispo de Puebla de los Ángeles escribió para
              la consagración de la catedral en 1649: «En el pueblo antiguo estuvo Dios en sombra y
              figura de un arca o propiciatorio, de donde respondía y hacía mercedes [...] Todos
              esos favores, dice san Pablo que eran figuras y sombras de la verdad que había de
              obrar con nosotros la salud de Dios, cuando vistiese nuestra carne» (Palafox y Mendoza
              1665: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=btkwY1Fa3s8C&amp;lpg=PA452&amp;ots=0iQf9AQ0jv&amp;dq=palafox%20%22en%20sombra%20y%20figura%22&amp;hl=fr&amp;pg=PA452#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >452</ref>)</note>. Y me espanto se contentase <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> con citar a <persName type="authority"
              key="Mena, Juan de">Mena</persName>, <persName type="authority" key="Garcilaso"
              >Garcilaso</persName>, <persName type="authority" key="Boscán">Boscán</persName> y
              <persName type="authority" key="Gómez Manrique">Gómez Manrique</persName> de los
            españoles, pues para el coraje con que embiste a todo lo que es aplauso de <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> pudiera traer más lugares.
            Pero cegose y cayósele una entre mentira y descuido, diciendo que <persName
              type="authority" key="Garcilaso">Garcilaso</persName> sólo una vez había dicho «<quote
              xml:lang="es">Como en luciente de cristal coluna</quote>»<note place="bottom">
              Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Elegía</hi>, 1, v. 73 (1995: 102).</note>. Pues con
            esta son diez las hipérbasis que a primera mano se topan en él<note place="bottom">
              Sobre el conocimiento que de Garcilaso tenía Espinosa Medrano véase Cisneros
              1983b.</note>:</p>
          <p>1. «<quote xml:lang="es">Como en luciente de cristal coluna</quote>.»<note
              place="bottom"> Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Elegía</hi>, 1, v. 73 (1995:
              102).</note></p>
          <p>2. «<quote xml:lang="es">Ya de rigor de espinas intratable</quote>.»<note
              place="bottom"> Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Égloga</hi>, 1, v. 307 (1995:
              140).</note></p>
          <p>3. «<quote xml:lang="es">Los accidentes de mi mal primeros</quote>.»<note
              place="bottom"> Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Égloga</hi>, 2, v. 523 (1995:
              173).</note></p>
          <p>4. «<quote xml:lang="es">Guarda del verde bosque verdadera</quote>.»<note
              place="bottom"> Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Égloga</hi>, 2, v. 610 (1995:
              178).</note></p>
          <p>5. «<quote xml:lang="es">De aquel mancebo, por su mal valiente</quote>.»<note
              place="bottom"> Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Égloga</hi>, 3, v. 178 (1995:
              238).</note></p>
          <p>6. «<quote xml:lang="es">Más helada que nieve, Galatea</quote>.»<note place="bottom">
              Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Égloga</hi>, 1, v. 59 (1995: 129).</note></p>
          <p>7. «<quote xml:lang="es">Escondiendo su luz al mundo cara</quote>.»<note place="bottom"
              > Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Égloga</hi>, 3, v. 274 (1995: 243).</note></p>
          <p>8. «<quote xml:lang="es">Aquella tan amada mi enemiga</quote>.»<note place="bottom">
              Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Canción</hi> 4, v. 146 (1995: 88).</note></p>
          <p>9. «<quote xml:lang="es">Entre la humana puede, y mortal gente</quote>.»<note
              place="bottom"> Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Elegía</hi>, 1, v. 59 (1995:
              101).</note></p>
          <p>10. «<quote xml:lang="es">Y con voz lamentándose quejosa.</quote>»<note place="bottom">
              Garcilaso de la Vega, <hi rend="i">Égloga</hi>, 2, v. 225 (1995: 159).</note></p>
          <p>40. Y otros pudieran ayudarle, como <persName type="authority"
              key="Barahona de Soto, Luis">Luis Barahona de Soto</persName>: «<quote xml:lang="es"
              >La cual de cifras consta clandestinas</quote>»<note place="margin" resp="author">
              Baraho epist ad Gregor. Silvestre fol. 331.</note><note place="bottom"> Gregorio
              Silvestre, <hi rend="i">Las obras del famoso poeta Gregorio Silvestre</hi>, libro 4,
              «Epístola de Luis Barahona de Soto a Gregorio Silvestre», v. 79 (Silvestre 1599: f.
              331r). </note>. <persName type="authority" key="Silvestre, Gregorio">Gregorio
              Silvestre</persName>: «<quote xml:lang="es">Estos veréis aunque pequeños
              lazos</quote>»<note place="margin" resp="author"> Silvestre eleg. ad Maria Manrique
              fol. 362<note type="app" rend="I"> Manrique fol. 362 <hi rend="i">A</hi> : Manriq. fol
                162 <hi rend="i">B</hi></note>.</note><note place="bottom"> Gregorio Silvestre, <hi
                rend="i">Las obras del famoso poeta Gregorio Silvestre</hi>, libro 4, «Elegía en la
              muerte de doña María Manrique», v. 172 (Silvestre 1599: f. 362r).</note>. <persName
              type="authority" key="Pinciano, Alonso López">El Pinciano</persName>: «<quote
              xml:lang="es">Interior tiene morada</quote>»<note place="margin" resp="author">
              Pincia. in Pelayo lib. 7.</note><note place="bottom"> Alonso López Pinciano, <hi
                rend="i">El Pelayo</hi>, libro séptimo, v. 194 (Pinciano 1605: f. 92v).</note>. Y
            más abajo: «<quote xml:lang="es">Por misma que tenía abierta entrada</quote>»<note
              place="bottom"> Alonso López Pinciano, <hi rend="i">El Pelayo</hi>, libro séptimo, v.
              196 (Pinciano 1605: f. 92v).</note>. <persName type="authority"
              key="Gómez de Ciudad Real, Alvar">Alvar Gómez</persName>: «<quote xml:lang="es">De
              aquel que más santa nos da invocación</quote>»<note place="margin" resp="author">
              Alvar Gom. satyr. 1.</note><note place="bottom"> Alvar Gómez de Ciudad Real, «Sátiras
              morales en arte mayor y redondillas, por Alvar Gómez, cuyas fueron las villas de Pioz
              y Atanzón», sátira primera «contra soberbia», v. 4 (Villalobos 1587: f. 138r). Las
              sátiras de Alvar Gómez se encuentran en los f. 137r-223r (por error: 123r) de la <hi
                rend="i">Primera parte del Thesoro de divina poesía</hi> recopilado por Esteban de
              Villalobos, entre otras «obras de devoción». La primera octava de dicha sátira reza
              así: «Las Musas dejando del monte Helicón, / cuya poesis nos presta muy poco, / con
              Musa cristiana la gracia convoco / de aquel que más santa nos da invocación. / Aquí
              las historias de inútil ficción / debajo pondremos del río Letheo / cuya lectura con
              su devaneo / pierde al que deja la sacra lección».</note>. <persName type="authority"
              key="Cervantes, Miguel de">Miguel de Cervantes</persName>: «<quote xml:lang="es">Que
              la gran culpa le vistió primera</quote>»<note place="margin" resp="author">
                Cervantes<note type="app" rend="I">Cervantes <hi rend="i">em.</hi> : Ceruentes <hi
                  rend="i">A</hi> || Cervant. <hi rend="i">B</hi></note> in Persiles lib. 3. cap.
              5.</note><note place="bottom"> Miguel de Cervantes, <hi rend="i">Los trabajos de
                Persiles y Sigismunda</hi>, libro 3, capítulo 5, y en la canción, estrofa 11, v. 4.
              Véase la edición príncipe, en Madrid, por Juan de la Cuesta, en Cervantes 1617 <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=OlXJkJ6pz6kC&amp;hl=fr&amp;pg=PT261#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(f. 114v)</ref>.</note>. Pero, ¿adónde vamos? Digan todos lo que quisieren, cite
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> los que se
            le antojaren<note type="app" rend="I"> antojaren <hi rend="i">A</hi> : antojarent <hi
                rend="i">B</hi></note>, aunque es mucho que quien se acordó del «<quote
              xml:lang="la" rend="i">conquegregantur</quote>» de <persName type="authority"
              key="Lucrecio">Lucrecio</persName><note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De
                rerum natura</hi>, lib. 6, v. 456 (1969: 248).</note> no topase con <persName
              type="authority" key="Apuleyo">Apuleyo</persName>: «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Ferocissimos equos nimio libidinis calore laborantes atque ob id truces vesanosque,
              adhibita detestatione mansue exinde factos</quote>»<note place="margin" resp="author">
              Apulei. Metam. lib. 7.</note><note place="bottom"> Apuleyo, <hi rend="i"
                >Metamorfosis</hi> (<hi rend="i">El asno de oro</hi>), lib. 7, cap. 23 (1955: 171):
              ‘los muy fieros caballos que excita el apetito carnal, y por ello furiosos e
              indomables, una vez aplicada la operación (la castración) amansados…’. En la edición
              comentada por Beroaldo, que Espinosa Medrano cita más adelante en la sección VI, § 55,
              leemos la variante siguiente: «<hi rend="i">adhibita tali detestatione mansuetos ac
                mansue exinde factos</hi>». Véanse los <hi rend="i">Commentarii a Philippo Beroaldo
                conditi in Asinum aureum Lucii Apulei</hi> (Bononiae: impr. a Benedicto Hectoris) en
              Beroaldo (1500: f. 160v).</note>, que le socorriera<note type="app" rend="I">
              socorriera <hi rend="i">A</hi> : soccoriera <hi rend="i">B</hi></note> con trincharle
            el “<hi rend="i">mansuefactos</hi>”. Mas no cuidó más que del «<quote xml:lang="la"
              rend="i">conquegregantur</quote>», tan desalumbrado que diciendo que una vez lo dijo
              <persName type="authority" key="Lucrecio">Lucrecio</persName> le sucedió lo que con
              <persName type="authority" key="Garcilaso">Garcilaso</persName>, <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f17r.jpg"
              n="f. 17r"/> pues sólo en el libro sexto, donde cita a aquel poeta, hay catorce
            hiperbatones de la especie tmesis, tan feroces como el «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >conquegregantur</quote>»<note place="bottom">Los ejemplos de Lucrecio enumerados por
              El Lunarejo podrían ser de segunda mano y venir de un mismo lugar: comentario del <hi
                rend="i">De rerum natura</hi>, discurso sobre la lengua de Lucrecio, sobre el latín
              arcaico o sobre las palabras compuestas. Por ejemplo, en el comentario de Dionisio
              Lambinio (Denis Lambin) al <hi rend="i">De rerum natura</hi>, impreso en París en 1563
              por Guillaume Rouillé y su sobrino Philippe, leemos en dos ocasiones listas
              incompletas de tmesis de Lucrecio. En el libro II, en el comentario del v. 394 («<hi
                rend="i">aut magis hamatis inter se perque plicatis</hi>», cf. Lucrecio 1969: 57):
                «<hi rend="i"><hi rend="sc">perque plicatis</hi>] et valde perplexis. Tmesis, ut
                “inque peditis”, “conque globatis”, et similia</hi>», (‘Tmesis, como “<hi rend="i"
                >inque peditis</hi>”, “<hi rend="i">conque globatis</hi>” y otras semejantes’). En
              el libro VI, en el comentario del v. 1264 («<hi rend="i">multa siti prostrata viam per
                proque voluta</hi>», cf. Lucrecio 1969: 279): «<hi rend="i"><hi rend="sc">proque
                  voluta</hi>] et provoluta. Tmesis, ut “seque gregari”, “inque pediti”, “perque
                plicatis”, “disque supatis”, et sexcenta similia</hi>», (‘Tmesis, como “<hi rend="i"
                >seque gregari</hi>”, “<hi rend="i">inque pediti</hi>”, “<hi rend="i">perque
                plicatis</hi>”, “<hi rend="i">disque supatis</hi>”, y seiscientas semejantes’).
              Véase Lucrecio 1563 (132 y 557). Estas listas, que por incompletas y por no limitarse
              al libro VI probablemente no sean la fuente directa de El Lunarejo, dan testimonio de
              la enumeración de figuras de un poeta, que el mismo Faría realiza en la lista de
              neologismos de las <hi rend="i">Lusiadas</hi> [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col.
              69-70). A falta de una fuente indiscutible de las tmesis catalogadas aquí por El
              Lunarejo, hemos de suponer que manejaba con soltura a Lucrecio, poeta difícil por
              arcaico y filosófico, y poeta materialista, tachado de ateo, pero disculpado en parte
              por su antigüedad, su calidad poética y su paganismo, ya que no creer en falsos dioses
              era en cierto modo un mal menor. En la sección VI, § 54, El Lunarejo valora a Lucrecio
              ante todo como filósofo pagano, contrapuesto a las revelaciones de las Escrituras:
              «Claro está que al poeta [Virgilio] no le persuadieron estos motivos revelados, aunque
              bastaron los filosóficos para llamar congruentísimamente “líquido” al fuego, habiendo
              sido buen filósofo el primero que lo dijo, que fue Lucrecio».</note>. Véase ahora qué
            de ellos habrá en toda la poesía y véase con cuánta verdad se arrojó a decirnos que sólo
            una vez en el sexto había salídosele el «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >conquegregantur</quote>», pues una hoja antes había dicho «<quote xml:lang="la"
              rend="i">inque peditur</quote>»<note type="app" rend="I"> inque peditur <hi rend="i"
                >A</hi> : imquepeditur <hi rend="i">B</hi></note> y después «<quote xml:lang="la"
              rend="i">proqueuoluta</quote>» en lugar de “<hi rend="i">impediturque</hi>” y “<hi
              rend="i">prouolutaque</hi>”. Pero vea los catorce quien quisiere en el margen<note
              place="margin" resp="author"><p>1. Qua de causa cumque<note place="bottom"> Lucrecio,
                    <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib. VI, v. 85 (1969: 234): «<hi rend="i"
                    >quid faciant et qua de causa cumque ferantur</hi>», (‘lo que hacen y por qué
                  causa son llevados’). Se corta la palabra <hi rend="i"
                >quacumque</hi>.</note></p><p>2. Rareque facit<note place="bottom"> Lucrecio, <hi
                    rend="i">De rerum natura</hi>, lib. VI, v. 233 (1969: 239): «<hi rend="i"
                    >conlaxat rareque facit lateramina vasis</hi>» (‘dilata y vuelve porosos los
                  flancos de los vasos’). Secciona la palabra <hi rend="i"
                >rarefacit</hi>.</note></p><p>3. Quo est cumque<note place="bottom"> Lucrecio, <hi
                    rend="i">De rerum natura</hi>, lib. VI, v. 389 (1969: 245): «<hi rend="i">et
                    iaciunt ignem quo cuiquest cumque voluntas</hi>» (‘y lanzan a todas partes fuego
                  según si voluntad’). Secciona <hi rend="i">quocumque</hi>.</note></p><p>4. Quibus
                aduersabile cumque<note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>,
                  lib. VI, v. 390 (1969: 245): «<hi rend="i">cur quibus incautum scelus auersabile
                    cumquest</hi>» (‘por qué a todos los que cometen con descaro un odioso crimen’).
                  Se parte la palabra <hi rend="i">quibuscumquest</hi>.</note></p><p>5.
                  Inquepeditur<note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>,
                  lib. VI, v. 394 (1969: 246): «<hi rend="i">volvitur in flammis innoxius inque
                    peditur</hi>» (‘es revuelto en llamas el inocente y atrapado’). Secciona la
                  palabra <hi rend="i">impeditur</hi>.</note></p><p>6. Ubi curruscunque<note
                  place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib. VI, v. 550: <hi
                    rend="i">versus corruptissimus</hi>. Las ediciones críticas más autorizadas dan
                  la lección siguiente: la edición de Loeb «<hi rend="i">nec minus †exultantes
                    dupuis cumque vim†</hi>» (1992: 534); la teubneriana, «<hi rend="i">nec minus
                    exultant, si quidvis cumque viai</hi>» (1969: 252), la de Oxford, «<hi rend="i"
                    >nec minus exsultant †es dupuis† cumque viai</hi>» (Lucrecio 1990), y la de las
                  Belles Lettres: «<hi rend="i">nec minus †exultantes dupuis† cumque viai</hi>»
                  (1985: 123). El editor de la colección teubneriana es el único que encuentra en la
                  tradicción textual el «<hi rend="i">ubi currus cumque</hi>» que maneja El Lunarejo
                  (1969: 252). Sin embargo, tal lección aparece en la edición de Gifanius
                  (Antverpiae, ex officina Christophori Plantini, 1566), p. 211, v.
                18.</note></p><p>7. Quae sint cunque <note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De
                    rerum natura</hi>, lib. VI, v. 343 (1969: 244): «<hi rend="i">nam facit ut quae
                    sint illius semina cumque</hi>» (‘y hace que todos sus átomos’). Secciona la
                  palabra <hi rend="i">quaecumque</hi>.</note></p><p>8. Quae inter aues<note
                  type="app" rend="I">aue† <hi rend="i">A</hi> : av. <hi rend="i">B</hi></note>
                  cunque<note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib. VI,
                  v. 831 (1969: 262): «<hi rend="i">aëra, qui inter avis cumquest terramque
                    locatus</hi>» (‘todo el aire situado entre los pájaros y la tierra’). Secciona
                  la palabra <hi rend="i">quicumquest.</hi></note></p><p>9. Quae semina cunque<note
                  place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib. VI, v. 343: «<hi
                    rend="i">nam facit ut quae sint illius semina cumque</hi>» (1969: 244). Se
                  repite aquí lo mismo que en el séptimo ejemplo.</note></p><p>10. Et facit<note
                  type="app" rend="I">facit <hi rend="i">A</hi> : facies <hi rend="i">B</hi></note>
                  are.<note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib. VI, v.
                  962 (1969: 268): «<hi rend="i">principio terram sol excoquit et facit are</hi>»
                  (‘al principio el sol calienta la tierra y la reseca’ ). Se corta la palabra <hi
                    rend="i">arefacit</hi>.</note></p><p>11. Qui potes cunque.<note place="bottom">
                  Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib. VI, v. 1033 (1969: 270): «<hi
                    rend="i">continuo fit uti qui post est cumque</hi>» (‘hace que todo el que está
                  detrás’). Las ediciones modernas consultadas (Lucrecio 1969, 1985, 1990 y 1992) no
                  presentan la variante «<hi rend="i">qui potest cunque</hi>» que trae El Lunarejo y
                  que secciona la palabra <hi rend="i">quicumque</hi>.</note></p><p>12.
                  Conquegregantur<note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>,
                  lib. VI, v. 456: «<hi rend="i">inde ea comprendunt inter se conque gregantur</hi>»
                  (1969: 248). Se corta la palabra <hi rend="i">congregantur</hi>.</note></p><p>13.
                Proque voluta<note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib.
                  VI, v. 1264 (1969: 279): «<hi rend="i">multa siti prostrata viam per proque
                    voluta</hi>» (‘muchos [cuerpos, postrados por la sed, revueltos aquí y allá por
                  la calle’). Se corta la palabra <hi rend="i">prouoluta</hi>.]</note></p><p>14.
                Perque voluta<note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib.
                  VI, v. 1264: «<hi rend="i">multa siti prostrata viam per pro que voluta</hi>»
                  (1969: 279). El verso citado aquí es el mismo que en punto anterior, aunque la
                  palabra seccionada es en este caso <hi rend="i">pervoluta</hi>.</note></p></note>,
            porque aquí darán fastidio ensartados y porque no es mi intento autorizar las
            inversiones de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> con
            hipérbatos ajenos, puesto que aquéllas son colocación corriente como ya dije, y estos
            son tmeses anatómicas<note place="bottom"> Como lo indican los ejemplos, las tmesis son
              morfológicas y separan las partes de las palabras compuestas respetando por tanto la
              anatomía de estas. Véase sobre este aspecto la sección IV, § 16: «tengo observado lo
              que nadie reparó en Virgilio, gigante mayor de la Poesía: que las pocas veces que usa
              de esta especie de hipérbatos que llamamos tmesis, nunca divide la dicción simple,
              como “<hi rend="i">dominus</hi>”, sino la que consta y se compone de dos términos,
              como “<hi rend="i">Ciceromastix</hi>”, que los sumulistas pudieran reducir a los
              términos que llaman complejos».</note> como ya vemos.</p>
          <p>41. Vuelvo a nuestro intento, advirtiendo que cuando digo que es grandeza el imitar la
            de los latinos, no apruebo la introducción de sus vocablos, que eso es ignorancia de
            muchos que piensan que no hay elocuencia donde no salpican de calepino sus planas<note
              place="bottom"> Las planas son las hojas en que se acumulan los latinismos del
              calepino, que por antonomasia es el diccionario de latín, aludiendo al que reunió
              Ambrogio Calepino en 1502, que por su enorme difusión alcanzó gran fama (Labarre
              1975).</note>, que puede elevarse la frasi sobre la plática vulgar pero no hablando en
              moscovio<note type="app" rend="I"> Moscobio <hi rend="i">A</hi> : Muscobio <hi
                rend="i">B</hi></note><note place="bottom"> El ruso, que es «moscovio» por
              “moscovita”.</note>, y el lenguaje castellano se ha «<quote xml:lang="es">de desviar
              mucho —como dice Ambrosio de Morales— del común uso, no en los vocablos (que sería
              gran vicio), sino en escogerlos, apropiarlos</quote>»<note type="app" rend="I">
              apropiarlos <hi rend="i">A</hi> : apropriarlos <hi rend="i">B</hi></note><note
              place="bottom">
              <persName type="authority" key="Morales, Ambrosio de">Ambrosio de Morales</persName>,
                <hi rend="i">Discurso de la lengua castellana</hi>, en las <hi rend="i">Obras del
                maestro Fernán Pérez de Oliva</hi> (Pérez de Oliva 1586: f. 9r).</note>, etc. Esto
            hace <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> con tan
            inimitable valentía que, aunque dijimos remedaba la coturnada y altísima elocución
            latina, no lo dijimos todo, porque falta por decir que la elocuencia latina tiene mucho
            que aprender de la gongoriana, mucho que imitar de sus primores, mucho que admirar de su
              espíritu<note place="bottom"> En los términos empleados por Espinosa Medrano suena el
              eco de las palabras que Saavedra Fajardo le dedica en su <hi rend="i">República
                literaria</hi> (1655) a Juan de Mena: «En él hallarás mucho que admirar y que
              aprender, pero no primores que imitar». En su relación de «ingenios de España», Juan
              de Mena es el primer poeta citado (véase Saavedra Fajardo 2008: 91). Al retomar las
              palabras de Saavedra Fajardo para aplicárselas a Góngora, El Lunarejo le otorga, una
              vez más, la primacía de los poetas españoles al cordobés, recalcando que aunque no sea
              el primero cronológicamente, es sin lugar a dudas el primero en calidad, por encima de
              Juan de Mena, del que se diferencia también por crear escuela de imitadores, que hacen
              bien en seguirlo a él en vez de imitar a los clásicos, puesto que «la elocuencia
              latina tiene mucho que aprender de la gongoriana, mucho que imitar de sus primores,
              mucho que admirar de su espíritu». Para El Lunarejo, la historia del hipérbaton
              castellano inaugurada por Juan de Mena era una progresión trabajosa hasta el salto
              cualitativo de Góngora. Sobre Mena y la historia poética castellana, véase la <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/body-1?q=%22juan%20de%20mena%22#note378"
                >nota 316</ref> de la edición de Mercedes Blanco del <hi rend="i">Discurso
                poético</hi> de Jáuregui (Jáuregui 2016: f. 24r) [1624_discurso-poetico].</note>.
            Cada rato lo experimentamos en los lances que ocurren<note type="app" rend="I"> ocurren
                <hi rend="i">A</hi> : occuren <hi rend="i">B</hi></note> en competencia de un mismo
            argumento. El de Polifemo escribieron <persName type="authority" key="Homero"
              >Homero</persName><note place="margin" resp="author"> Homerus.</note> en su
              <title>Odisea</title>, <persName type="authority" key="Virgilio"
              >Virgilio</persName><note place="margin" resp="author"> Virgilius.</note> en su
              <title>Eneida</title> y <persName type="authority" key="Ovidio">Ovidio</persName><note
              place="margin" resp="author"> Ouidius.</note> en sus <title>Metamorfosis</title>, pero
            ¿quién llegó a la eminencia de la musa castellana de <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>? Solo este parece que escribió el
              <title>Polifemo</title>, porque sólo en su estilo llegó a ser gigante aquel cíclope.
            Conferida una elocuencia con otra, mira la española para abajo las demás<note
              place="bottom">Extrapolando ligeramente lo que escribe El Lunarejo, González
              Echevarría (1993: 163) interpreta estas líneas como el presupuesto imprescindible para
              una poética criolla, puesto que si Góngora supera a los clásicos (a Virgilio, que a su
              vez supera a Homero), la <hi rend="i">translatio studii</hi> apunta hacia América y
              hacia sus ingenios. El razonamiento de González Echevarría se basa sin embargo en el
              axioma de que para Espinosa Medrano hay una diferencia entre el criollo y el español
              equivalente a la que existe entre Góngora y Virgilio, Ovidio u Homero, aunque esta
              última es una diferencia linguística sobre la que El Lunarejo reflexiona ampliamente a
              partir del § 27 de la sección IV. La reivindicación criolla de El Lunarejo es
              ciertamente un tema de los preliminares, pero González Echevarría extiende sobre él un
              barniz identitario, cuando escribe que esta posición de cara a los clásicos «permite
              que lo nuevo, que lo moderno, es decir, que lo indiano, pueda existir como tal» (cito
              por la traducción del propio González Echevarría, 1999: 195). A mi entender, este
              criterio diferenciador es ajeno a Espinosa Medrano, que pretende al contrario superar
              los prejuicios diferenciadores de los europeos, en virtud de la igualdad que existe
              (sin necesidad de defender poéticas criollas) entre los ingenios y la erudición de una
              cultura ya por entonces globalizada: véase a este respecto la bibliografía hipotética
              de Espinosa Medrano, en la introducción, y sobre la globalización hispana, Gruzinski
              2006 (274-275, 374-375 y 398-399). Entendida de esta manera, la primacía de Góngora
              sobre los clásicos no es la promesa de una superación del Viejo Mundo por el Nuevo,
              sino una victoria completa ya para Espinosa Medrano, «Demóstenes indiano» en palabras
              de su maestro Alonso Bravo de Paredes y Quiñones.</note>. Bien levantaron las arduas
            cumbres los montes de la elegancia griega y latina, pero de ellos puede el jayán
              castellano<note place="bottom"> El jayán castellano es Góngora, representado como
              gigante español por ser el autor de la <hi rend="i">Fábula de Polifemo y Galatea</hi>.
              La identificación del autor con su héroe, a la que Espinosa Medrano recurre en más de
              una ocasión en el <hi rend="i">Apologético</hi>, es un tópico de la literatura
              panegírica sobre poetas. En el canto VI de la <hi rend="i">Eneida</hi>, el propio
              Virgilio se identifica con Eneas, haciendo de la catábasis del héroe una metáfora
              narrativa de la génesis del poema (Deremetz 1995: 163-165). Por lo demás, al integrar
              a su argumentación la cita del <hi rend="i">Polifemo</hi> que viene a continuación, El
              Lunarejo emplea de nuevo un «concepto por acomodación de verso antiguo» (Blanco 1988:
              105 y siguientes).</note> decir:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>¿Qué mucho, si de nubes se corona</l>
            <l>por igualarme<note type="app" rend="I"> igualarme <hi rend="i">A</hi> : egualarme <hi
                  rend="i">B</hi></note>, la montaña, en vano?<note place="bottom">Góngora, <hi
                  rend="i">Polifemo</hi>, v. 413-414 [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.413"
                  >OC255.413-414</ref>].</note>
            </l></quote>
          <p>42. No le igualan, aunque los imita; excédelos, aunque los trasunta; que como adelanta
              las<note type="app" rend="I"> las <hi rend="i">A</hi> : la <hi rend="i">B</hi></note>
            ideas, remeda ventajoso, y copia dejando que aprender a los dechados mismos. Imite pues
            el latino <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f17v.jpg"
              n="f. 17v"/> aquella pompa de frasis, aquel caudal de conceptos vivísimos y aquel
            crespo del impetuoso torrente de su elocuencia. Eso llamó <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> «<quote xml:lang="es">ruido de
              palabrones</quote>»<note place="margin" resp="author"> Tom. 1 vida del Poeta. fol.
              49.</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo
              I, «Vida del poeta», 24, col. 49, A [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 49).</note>.
            Pero este ruido de palabrones enamoró a toda la poesía latina, cuando se dejó enseñar de
            la bizarría española. Aquel hablar brioso, galante, sonoro y arrogante es quitárselo al
            ingenio español quitarle el ingenio y la naturaleza. Luego que las musas latinas
            conocieron a los españoles, se dejaron la femenina delicadeza de los italianos y se
            pasaron a remedar la braveza hispana, tan amarteladas<note place="bottom"> Las musas
              latinas se enamoran de la «braveza hispana», aunque el adjetivo “amarteladas”, que se
              refiere a quien «quiere y ama mucho a otro» (<hi rend="i">Diccionario de
                Autoridades</hi>), tiene connotaciones más sensuales y ardientes, hasta el punto de
              que Jáuregui, en el <hi rend="i">Memorial al Rey Nuestro Señor</hi> de 1635, lo
              condene como «verbo indecente, inhonesto, notable […] que quiere propiamente decir, no
              sólo los que están en pecado, sino en el uso y vicio de un continuo pecar, o
              amancebamiento» (apud Jáuregui 2016: introducción, 2.2) [1624_discurso-poetico].
            </note> de ella que se arrastraron<note type="app" rend="I"> arrastraron <hi rend="i"
                >B</hi> : arrastran <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de erratas. En
              el testimonio A hay una corrección manuscrita arrastraron.</note> a toda la clase de
            sus poetas<note place="bottom">«Arrastrar a alguno: vale lo mismo que traerle fatigado y
              ahogado sin permitirle descanso» (<hi rend="i">Aut.</hi>): así prolonga maliciosamente
              Espinosa Medrano la sensual imagen de las Musas atraídas por los poetas hispanos, ,
              mientras trata de dar cuenta del <hi rend="i">auerterunt</hi> de Muret.</note> a
            querer imitar aquel natural orgullo de los otros. Confiésalo <persName type="authority"
              key="Mureto, Marco Antonio">Marco Antonio Mureto</persName> (bien que apasionado y
            sentido de que el ingenio español hiciese tal contaminación, como él dice): «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Hispani poetae praecipue et Romani sermonis elegantiam
              contaminarunt et cum inflatum quoddam et tumidum et gentis suae moribus congruens
              invexissent orationis genus, averterunt<note type="app" rend="I"> averterunt <hi
                  rend="i">B</hi> : auerteru†t <hi rend="i">A</hi></note> exemplo suo caeteros a
              recta illa et simplici, in qua praecipua poetarum sita laus est</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> M. Antonius<note type="app" rend="I">Antonius <hi
                  rend="i">A</hi> : Annius <hi rend="i">B</hi></note> Muret.<note type="app"
                rend="I">Muret. <hi rend="i">B</hi> : Moret<hi rend="i"> A</hi></note> Prolog. in
              Catull.</note><note place="bottom"> ‘Los poetas hispanos fueron los que principalmente
              deturparon la elegancia de la prosa latina e, inyectando en ella un cierto modo de
              escribir hinchado, ampuloso y acorde con las costumbres de su nación, apartaron con su
              ejemplo a los demás de esa elocuencia directa y sencilla que es lo que mayor aprecio
              merece en los poetas’: Antonio Mureto (Marc-Antoine Muret), en la epístola dedicatoria
              a Bernardino Loredan de su edición de Catulo (<hi rend="i">Catullus et in eum
                commentarius M. Antonii Mureti</hi>). Hemos de descartar que Espinosa Medrano
              consulte la edición príncipe (Venetiis, apud Paulum Manutium, Aldi filium, 1554),
              puesto que en ella leemos «<hi rend="i">et Romani sermonis puritatem
                contaminarunt</hi>» (véase Catulo 1554: f. *IIv). En cambio la segunda edición
              (Venetiis: Aldus [Paolo Manuzio], 1558) sí que presenta la lección que retiene El
              Lunarejo: «<hi rend="i">et Romani sermonis elegantiam contaminarunt</hi>» (1558: f.
              2v); ediciones posteriores mantienen el término «<hi rend="i">elegantiam</hi>», véase
              por ejemplo la edición de Venecia, con el signo de Aldus y bajo responsabilidad de su
              hijo Paolo Manuzio, en Catulo (1562: f. 2v).</note>. Hinchado lo llama, y túmido, y
            lenguaje natural de aquella gente: y bien se ve que es natural pues, con no florecer
            entonces como ahora la locución castellana, sólo dictaba aquellas bizarrías el ingenio y
            la naturaleza que genuinamente las prorrumpía, aun en el idioma extraño: y esto no es
            tan nuevo que no haya cerca de diecisiete siglos que los españoles hablan como
            españoles, pues casi desde los tiempos de Augusto César se reconoce que introdujo España
            este lenguaje en Italia: «<quote xml:lang="la" rend="i">Itaque fere post Augusti
              tempora, ut quisque versum maxime inflaverat, sententiam maxime contorserat, eo
              denique modo locutus fuerat, quo nemo serio soleret loqui, ita in praetio haberi
              coepit</quote>»<note place="margin" resp="author"> Idem ibidem</note><note
              place="bottom"> ‘Por ello casi enseguida después de los tiempos de Augusto, se
              empezaron a valorar la máxima hinchazón del verso, la máxima contorsión del sentido, y
              en suma que todos hablaran de un modo en que antes nadie hubiera hablado en serio’.
              Antonio Mureto (Marc-Antoine Muret), epístola dedicatoria de su edición de Catulo, <hi
                rend="i">Catullus et in eum commentarius M. A. Mureti</hi> (1558: f. 2v y 1562: f.
              2v-3r).</note>. Esto dice el buen <persName type="authority"
              key="Mureto, Marco Antonio">Marco Antonio</persName> con mucho estómago. Recíbasele la
            confesión y perdonémosle<note type="app" rend="I"> perdonemosle <hi rend="i">B</hi> :
              perdenemosle <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de erratas. En el
              testimonio A, corrección manuscrita: perdonemosle.</note> los desdenes, que ya estamos
            advertidos que es muy del genio español nadar sobre las ondas de la poesía latina con la
              superioridad<note type="app" rend="I"> superioridad <hi rend="i">B</hi> : supioridad
                <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de erratas.</note> del óleo sobre
            las aguas, sin ser la vez primera que poetas cordobeses den que admirar en lo desusado,
            peregrino y sonante a sus maestros, como sucedió con <persName type="authority"
              key="Cicerón">Tulio</persName>, comúnmente citado: «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Cuiusque adeo de suis rebus scribi cuperet, ut etiam Cordubae natis poetis pingue
              quiddam sonantibus atque peregrinum<note type="app" rend="I"> peregrinum <hi rend="i"
                  >B</hi> : perogrinum <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de
                erratas.</note>, tamen aures suas dederet</quote>»<note place="margin" resp="author"
              > Cicero orat. pro Archia Poeta.</note><note place="bottom"> Cicerón, <hi rend="i"
                >Oratio pro Archia poeta</hi>, 26 (1966: 44): «<hi rend="i">qui praesertim usque eo
                de suis rebus scribi cuperet, ut etiam Cordubae natis poetis pingue quiddam
                sonantibus atque peregrinum tamen auris suas dederet</hi>.», (‘deseaba con ardor que
              cualquiera escribiese acerca de sus hazañas, tanto que prestaba oídos hasta a los
              poetas nacidos en Córdoba, con su estilo adiposo y bárbaro’). Véase también la edición
              de este tratado por Johannes Laezius (Jean Lézeau): <hi rend="i">Jo. Laezii Rupellani
                de poeticorum studiorum utilitate. In Orationem M. Tullii Ciceronis pro A. Licinio
                Archia poeta</hi> (Antverpiae: ex officina Christophori Plantini, 1560), en
              particular el f. 51v. En su comentario, Jean Lézeau escribe: «<hi rend="i"><hi
                  rend="sc">Cordubae natis</hi>] Ciuitas est ea Hispaniae, quae doctor viros
                permultos olim edidit, Annaeum Gallionem, Melam aliosque. Item Poetas Seneca et
                Lucanum, de quibus tamen idem hodie video doctissimos viros iudicare, quod hic
                Cicero de sui temporis poetis. Sonant enim opimum quiddam, turgidum, inflatum
                inaequale, et a proprietate illa romanae linguae longissime detortum</hi>», ‘Es una
              ciudad de España, que antaño crió muchos varones sabios, como Annio Galión, Mela y
              otros. También es patria de los poetas Séneca y Lucano, acerca de los cuales muchos
              varones doctísimos piensan lo mismo que Cicerón pensaba de los poetas de su propio
              tiempo. Suena en ellos algo demasiado recargado, hinchado, ampuloso, desigual y muy
              ajeno a la propiedad de la lengua romana.’ (Cicerón 1560: f. 52v.).</note>. Donde tomo
            yo el “pingüe” como se debe en el adagio «<quote xml:lang="la" rend="i">pingui
              Minerva</quote>»<note place="margin" resp="author"> Erasmus Adag.</note><note
              place="bottom"> Erasmo, <hi rend="i">Adagia</hi>, 37 (1571: col. 34 y 2011: 116): «<hi
                rend="i">Crassa Minerva, pingui Minerva</hi>» (‘Minerva gorda, grasa’). Véase
              Bérchez Castaño 2013 (176): «No obstante, este proverbio, dependiendo del contexto,
              variará su sentido, de ahí que pueda traducirse con valor positivo ([De forma clara,
              sin adornos, sin tapujos, sin pelos en la lengua) o con una intención negativa (A lo
              bruto, sin prestar mucha atención)»; Espinosa Medrano da al adagio un sentido
              positivo, pero de grandiosidad y suntuosidad más que de claridad del estilo.</note> y
            como quiere <persName type="authority" key="Marcial">Marcial</persName> que se entienda
            cuando dijo: «<quote xml:lang="la" rend="i">Facunda loquitur Corduba</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Martial. lib. 1 Epigr. 62</note><note place="bottom">
              Marcial, <hi rend="i">Epigramas</hi>, lib. 1, ep. 61, v. 8 (1990: 34). La tradición
              poética milenaria de grandes poetas cordobeses, de Lucano y ambos Sénecas hasta
              Góngora, es un tópico discutido por ejemplo en la carte de Lope de Vega a Diego de
              Colmenares publicada en <hi rend="i">La Circe</hi>. Véase <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_colmenares-contra-lope/body-3#note305_"
                >1624_colmenares-contra-lope</ref>, f. 19r.</note>; y el “<hi rend="i"
              >peregrinum</hi>”, como <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f18r.jpg"
              n="f. 18r"/> yo con <persName type="authority" key="Aristóteles"
              >Aristóteles</persName><note place="margin" resp="author"> Aristotelis.<note
                type="app" rend="I">Aristotelis. <hi rend="i">A</hi> : Aristotel. <hi rend="i"
                  >B</hi></note></note> explico en la sección 6 número 47<note place="bottom">
              Anuncia Espinosa Medrano su estudio de las «voces peregrinas», las metáforas según la
              definición aristotélica. El verso gongorino comentado por su metáfora es «y en ruecas
              de oro rayos del sol hilan», en el que la metáfora de la fabricación de la miel se
              aleja del uso propio ilustrado por Plinio.</note>. Hemos dicho esto porque nadie se
            asombre de oír a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> no
            sólo compitiendo a la lira romana, sino venciéndola, pues cuando advertimos tan
            ventajosa imitación, sólo recordamos lo que tan de atrás confesó la Antigüedad,
            aprendiendo lo culto y lo sonoro y peregrino de los poetas cordobeses. Con que nunca nos
            empachará el remedar a los latinos lo crespo y bizarro de su decir, puesto que ellos
            primero lo aprendieron de nosotros. Y eso que <persName type="authority"
              key="Mureto, Marco Antonio">Mureto</persName> llama “túmido”, y lo que nombra «<quote
              xml:lang="es">ruido de palabrones</quote>» <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, tan ingénito y tan propio al ardor
            hispánico, no es lo que menos excelencia acumuló al grave y facundísimo mártir <persName
              type="authority" key="san Cipriano">San Cipriano</persName><note place="margin"
              resp="author"> S. Cyprianus.<note type="app" rend="I">Cyprianus <hi rend="i">A</hi> :
                Cipra <hi rend="i">B</hi></note></note>, lustre y gloria mayor de la elegancia
            latina, de quien dijo <persName type="authority" key="Erasmo">Erasmo</persName> que su
            lenguaje no era de quien hablaba con elocuencia sino de quien<note type="app" rend="I">
              sino de quien <hi rend="i">A</hi> : sino que de quien <hi rend="i">B</hi></note>
            tronaba con asombro: «<quote xml:lang="la" rend="i">Non eloqui sed tonare</quote>»<note
              place="bottom"> No he logrado encontrar la cita de Erasmo sobre San Cipriano, pero
              esta procede sin duda de un lugar de Quintiliano: «<hi rend="i">ut non loqui et orare,
                sed, quod Pericli contigit, fulgere ac tonare videaris</hi>?» (‘que no parezcas
              hablar y proferir un discurso sino, como sucedió a Pericles, razonar truenos y
              relámpagos’), <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, lib 2, cap. 16, párrafo 19,
              (1971a: 112). El «tronar» o «fulminar» constituye un tópico metafórico característico
              de la elocuencia sublime, utilizado por Aristófanes refiriéndose a Pericles y recogido
              por Quintiliano, pero también por Cicerón o por Plinio el Joven. Véase Paolo Cugusi
              2003 (104 y siguientes).</note>. <persName type="authority" key="Cornelio Tácito"
              >Cornelio Tácito</persName><note place="margin" resp="author"> Cornel. Tacit.<note
                type="app" rend="I">Tacit. <hi rend="i">B</hi> : Taci. <hi rend="i"
              >A</hi></note></note> fue la flor de la gravedad histórica y cultura romana, y eso que
            llama “hinchado” <persName type="authority" key="Mureto, Marco Antonio "
              >Mureto</persName> («<quote xml:lang="la" rend="i">inflatum quoddam</quote>») está tan
            lejos de anublarle el aplauso que <persName type="authority" key="Alciato"
              >Alciato</persName> le recomendó con ese elogio, y calificó la majestuosa corriente de
            su locución con lo inflado y soberbio de su lenguaje: «<quote xml:lang="la" rend="i">Sed
              grauior Tacitus inflaturque magis, siue quod rerum dignitas hoc expostulet, siue quod
              sub Vespasianis id dicendi genus magis placuerit</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Alciat annotat. in Tacitus<note type="app" rend="I">Tacitū <hi rend="i"
                  >A</hi> : Tacit. <hi rend="i">B</hi></note> ad Galeatium<note type="app" rend="I"
                >Galeatium <hi rend="i">B</hi> : Galeaciū</note> Vicecomitem.</note><note
              place="bottom"> ‘Pero Tácito es más grave y se hincha más, ya porque lo pida así la
              dignidad de las materias que trata, ya porque bajo los Vespasianos ese estilo de
              elocuencia estuviese de moda’, Alciato, prefacio a sus anotaciones a los <hi rend="i"
                >Anales</hi> de Tácito (epístola «<hi rend="i">Andreas Alciatus Iuriscon. Galeacio
                vicecomiti V. C. et Eq. S. P. D.</hi>») en <hi rend="i">P. Cornelii Taciti equitis
                romani Annalium</hi> (Tácito, Basileae: in officina Frobeniana, 1544: f. 492v).
              Designa como “los Vespasianos” a los emperadores de la dinastía Flavia: Vespasiano y
              sus descendientes, Tito y Domiciano (69 a 96 d.C).</note>.</p>
          <p>43. Vamos adelante: discúlpase <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> de no haber trasladado más ejemplos de la poesía de <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> porque estaba con las
            narices tapadas mientras los copiaba. Respondo que tenía mucho que tapar, porque hombre
            tan judicioso y crítico tan severo sería todo narices, pues el censurar de este modo
            llamó la erudición «<quote xml:lang="la" rend="i">naso agere</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Erasm. Adag.</note><note place="bottom"> Erasmo, <hi
                rend="i">Adagia</hi>, 722 (I, VIII, 22): «<hi rend="i">Naso suspendere</hi>» (1571:
              col. 247 y 2011: 646-647). En la glosa de este proverbio Erasmo cita los versos de
              Horacio y Marcial que repite El Lunarejo. El proverbio «<hi rend="i">Naso agere</hi>»
              procede de Tertuliano, del <hi rend="i">Liber adversus Marcionem</hi> (1844a: col.
              0238A).</note>, y es vulgar lo de <persName type="authority" key="Plinio el Mayor"
              >Plinio</persName>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Nasum noui mores subdolae
              irrissioni dicauere</quote>»<note place="margin" resp="author"> Plin. lib. 11 cap.
              37</note><note place="bottom"> Plinio el Mayor, <hi rend="i">Historia natural</hi>,
              lib. 11, 158: «<hi rend="i">Infra eas hilaritatem risumque indicantes buccae, et
                altior homini tantum, quem noui mores subdolae inrisioni dicauere, nasus</hi>.»
              (1947: 78). En la traducción de María Luisa Arribas Hernáez: «Debajo de las mejillas,
              revelando la alegría y la risa, está la boca y, más prominente solamente en el hombre,
              la nariz, que las nuevas costumbres han consagrado al escarnio malévolo» (Plinio el
              Viejo 2003: 527).</note>; y lo de <persName type="authority" key="Horacio"
              >Horacio</persName><note place="margin" resp="author"> Horatius</note>: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Naso adunco suspendere</quote>»<note place="bottom"> Horacio,
                <hi rend="i">Sátiras</hi>, lib. 1, sátira 6, v. 5: «<hi rend="i">naso suspendis
                adunco</hi>» (1995: 190)</note>. Porque el juez que mofa contrae y frunce la nariz
            naturalmente. Y así enojado<note type="app" rend="I"> enojado <hi rend="i">em.</hi> :
              onojado <hi rend="i">AB</hi> [El lector del testimonio A corrige: enojado.</note>
            <persName type="authority" key="Marcial">Marcial</persName><note place="margin"
              resp="author"> Martial <note type="app" rend="I">Martial <hi rend="i">A</hi> : Matial
                  <hi rend="i">B</hi></note> lib. 13. epigr. 2</note> dijo a su crítico:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Nasutus sis, usque licet, sis denique nasus<note
                place="bottom"> Marcial, <hi rend="i">Epigramas</hi>, libro 13, 2, v. 1 (1990: 433):
                  «<hi rend="i">Nasutus sis usque licet, sis denique nasus</hi>», (‘Sé todo lo
                narigudo que quieras, sé al fin una nariz’).</note></l></quote>
          <l>«Burla hago de cuanto dices</l>
          <l>cuando en juzgarme te empleas,</l>
          <l>más que narigudo seas</l>
          <l>o seas todo narices.»</l>
          <p>Pero es menester preguntarle a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> si se las tapaba con la izquierda cuando con la derecha
              escribió<note type="app" rend="I"> escriuio <hi rend="i">A</hi> : descrivio <hi
                rend="i">B</hi></note> aquel chiste de las portuguesas. Cuenta que una libre riñendo
            con otra altiva le dijo: «<quote xml:lang="es">“Todas <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f18v.jpg"
                n="f. 18v"/> somos de barro”. Respondió la otra: “sí, mas hay barro de que se hacen
                vasitos<note type="app" rend="I"> vasitos <hi rend="i">A</hi> : vazitos <hi rend="i"
                  >B</hi></note> regalados, y otro de que se hacen servicios”. A que la otra:
              “También de ese se hacen esos muy regalados, y yo tengo uno”<note place="margin"
                resp="author"> Cant. 3 estan. 9. fol. 12.</note>. Añade aquí <persName
                type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>: <quote
                xml:lang="es">No huela mal la cita, por ser de autor tan nuevo</quote>»<note
                place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto III,
                estancia 9, col. 12, E [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 12): «Todavía en ese
                barro quiso que hubiese diferencia una señora portuguesa, que al decirle una mujer
                libre viéndola muy altiva: “Todos somos de barro”, le respondió: “Sí, mas hay barro
                de que se hacen vasitos regalados, y otro de que se hacen servicios”. Y la otra:
                “También de ese se hacen esos muy regalados, que yo tengo uno”. No huela mal la
                cita, por ser de autor tan nuevo.» La anécdota cuenta un duelo dialéctico bastante
                escatológico entre dos mujeres. La primera en hablar es «libre» por «licencios[a],
                poco modest[a], atrevid[a] y desvergonzad[a]» pero también por no censurarse en lo
                que dice (<hi rend="i">Aut</hi>.); la otra, una «señora portuguesa», es a juicio de
                la primera demasiado «altiva» y desdeñosa. Para igualarse con tan displicente
                señora, la desvergonzada ataca con una frase inspirada del Antiguo Testamento:
                «Todos somos de barro» (véase Isaias, cap. 64, vers. 8; Vulgata 1975). La «altiva»
                contesta literalizando el ataque: ella se distingue como “vasito regalado” y rebaja
                a su contraria al nivel de “orinal”. Esta pulla memorable recuerda al proverbio
                «aunque todo sea barro, no es lo mismo tinaja que jarro»: así mantiene el tono
                gnómico del intercambio. La respuesta de la atrevida es muy alusiva y oscura, pero
                hemos de suponer que trata de superar el golpe recibido, probablemente ahondando en
                lo escatológico con mayor obscenidad que la señora. En apariencia acepta ser de
                barro de baja alcurnia, pero se apropia el adjetivo positivo, “regalado”, que
                marcaba la diferencia entre el vaso y el orinal, dándole muy probablemente un
                sentido obsceno. Primero, al decir que «También de ese [barro] se hacen esos
                [servicios] muy regalados», mantiene el tono del intercambio con una verdad general,
                en la que los “servicios” pueden aludir a los lances de amor: los hay «muy
                regalados». Encontramos este uso de “servicios” en la celestinesca <hi rend="i"
                  >Tragedia Policiana</hi> de Sebastián Fernández (1547), donde el «padre de las
                putas», Palermo, anima a dos mozas a yacer con él y con su compañero Pizarro («Dos
                estáis y dos estamos, cada uno escoja a sabor de paladar»), a lo que estas
                responden: «Cata que somos viejas y no valemos nada para tu servicio» (Esteban
                Martín 1992: 112-113). También el <hi rend="i">Dizionario letterario del lessico
                  amoroso</hi> de Boggione y Casalegno avala este sentido erótico del “servicio”
                (Boggione y Casalegno 2000: 529-530). La conclusión del cuento de Faría llega con un
                cambio de tono: por primera vez la mujer «libre» habla en primera persona en la <hi
                  rend="i">pointe</hi> del intercambio. Dejándose de generalidades, afirma tener un
                “servicio” muy “regalado”: de esta manera ahonda en lo que ya sugería la primera
                parte de su respuesta, insinuando que si la señora es “regalada” por dignidad y
                finura, ella lo es por libre y desvergonzada en amores. En este sentido, el
                “servicio” que la mujer atrevida afirma tener («que yo tengo uno») alude
                posiblemente al sexo femenino, como en textos eróticos ocurre con otros recipientes
                cotidianos (almirez, bote, caldero, olla o puchero, cf. Alzieu, Jammes, Lissorgues
                1984: 330-347). Por último, de la misma manera que en la germanía “barroso” es
                “jarro” (véase el <hi rend="i">Vocabulario</hi> de Juan Hidalgo (Madrid: don Antonio
                de Sancha, 1779: 157)), podemos considerar el barro como metonimia del servicio, y
                por tanto del sexo femenino: de «ese» barro obsceno —materia de orinal—, se hacen
                los regalados servicios, entendidos esta vez como lances de amor, por lo que la
                mujer «libre» puede estar invirtiendo la crítica de la «señora portuguesa» en una
                alabanza de sus habilidades como probable meretriz (ella tiene un
                barro-servicio-sexo curtido en los servicios-lances de amor, ya que «de ese [barro]
                se hacen esos [servicios] muy regalados»). Al cerrar el diálogo con el pronombre,
                «que yo tengo uno», la mujer libre condensa los dobles sentidos que su jugosa
                respuesta ha desarrollado, entre el “servicio” como relación amorosa, quizás venal,
                y el barro o el servicio como órgano sexual. Contra el barro del cuento, Espinosa
                Medrano se indigna y reclama tapias para las narices de quien lea tan obscena
                disputa: no de barro, sino de «piedra y lodo». Agradezco a François-Xavier Guerry su
                ayuda en la interpretación de estas líneas de Manuel de Faría.</note>. Pero para él
              nada oliera así, si como se tapó allí las narices para <persName type="polemist"
                key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>, se las tapiara para sí a piedra y lodo.
              Sentidísimo también de que le quitasen cierta secretaría, quizás porque otro la
              merecía mejor y él no lo creyó de soberbio, escarneciendo de un secretario dice así:
                «<quote xml:lang="es">Sucediendo responder al ayuntamiento de una ciudad, que en
                portugués se llama cámara, al subscrivirla</quote><note type="app" rend="I">
                subscriuirla <hi rend="i">A</hi> : subscrivir <hi rend="i">B</hi></note> dijo: “A la
              señora Cámara”; y de cámaras<note place="bottom"> Cámara, según el <hi rend="i"
                  >Diccionario de Autoridades</hi>, «se llama también el excremento del hombre, cuyo
                nombre se le debió de dar porque siempre se exonera el vientre en lugar retirado y
                secreto.»</note> son verdaderamente tales secretarios, si no es mejor cámaras de
              secretarios tales sujetos. ¡O mundo, o Príncipes, o miseria<note place="margin"
                resp="author"> Canto 6 estan.<note type="app" rend="I">estan. <hi rend="i"
                  >em.</hi> : estan <hi rend="i">B</hi> || est. <hi rend="i">A</hi></note> 50. fol.
                114</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II,
                Tomo III, Canto VI, estancia 50, col. 114, C [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II (III),
                col. 114). Faría llama a los secretarios, entendiendo “cámara” como “excremento”,
                “secretarios de idem”, provocando la indignación de El Lunarejo.</note>!</quote>»
            ¡Qué a tiempo y qué hermosa exclamación! Al mundo y a los príncipes llama, como si los
            príncipes y el mundo no tuvieran olfato. Grosería por cierto cuidar sólo de sus narices
            agraviando las ajenas.</p>
          <p>44. En el juicio que hace de la <title>Lusíada</title> queda por disolver otra
            objeción, parienta de la pasada: muérdele pues a <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> la voz<note type="app" rend="I"> voz <hi
                rend="i">A</hi> : vox <hi rend="i">B</hi></note> “cuerno” (sin ver que muerde cosa
            dura) y dice así: «<quote xml:lang="es">¿cuántas veces se hallará la voz “cuerno”, o el
              cuerno voceando? Yo me obligo, se hallará materia para millares de artífices de
              tinteros en millares de siglos. ¿Tan dulce armonía es la del cuerno? Si don Luis fuera
              casado, y amigo de ganar con su mujer, no pudiera mostrarse más amigo de
              ellos</quote>»<note place="margin" resp="author"> Juicio tom. 1 fol. 67.</note><note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i"
                >Juicio del poema</hi>, col. 67, D [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col.
            67).</note>. ¡Qué lenguaje tan indecente! ¡Qué indecencia tan ajena de escritor cuerdo,
            de pluma grave! Responder que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
              Luis</persName> sólo usa de ese término describiendo monterías<note type="app"
              rend="I"> monterias <hi rend="i">B</hi> : moterias <hi rend="i">A</hi> [Enmienda
              recogida en la fe de erratas. En el testimonio A, aparece la enmienda:
              mōterias.</note>, estruendos bélicos, aplausos festivos, donde es preciso suenen
            bocinas, trompetas o clarines, y apadrinar de autores la honestidad de esa voz<note
              type="app" rend="I"> voz <hi rend="i">A</hi>: vos <hi rend="i">B</hi></note> cuando
            sólo supone por instrumento corvo, sóplele la caza o anímele la guerra, fuera ahora
              bisoñería<note place="bottom">Aquí la “bisoñería” es la nimiedad «de corta o ninguna
              substancia» de un pedante, pues «translaticiamente se llama lo que hace, dice o
              escribe, que no corresponde al juicio y concepto que se tiene formado de la persona
              que lo ejecuta» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>; baste que acordemos a <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> que en el abusar de
            esa voz él sólo es el delincuente. Pues después de haber en el canto 2 estancia 72
            corneado al lector hora y media y repetido once veces “cuerno” en sola una columna,
            reparando al fin en tan cornígera dilación, concluye con esta frialdad: «<quote
              xml:lang="es">Bien me perdonará el letor, que me haya detenido en darle con este
              cuerno</quote>»<note place="margin" resp="author"> Can. 2. est. 52. fol.
              497.</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo
              I, Canto II, estancia 72, col. 497, D [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col.
              497).</note>. Y mucho antes en su prólogo llama a los comentadores de mucha voz y poca
            armonía voces de cuerno y sobre otros oprobios concluye «<quote xml:lang="es">que paran
              en cuernos tales comentos</quote>»<note place="margin" resp="author"> In Prologo<note
                type="app" rend="I">Prologo <hi rend="i">A</hi> : Prolog <hi rend="i">B</hi></note>
              Num. 5.</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I,
              Tomo I, Prólogo, V, col. 8, A [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 8).</note>. No es
            esto lo más desaseado de ese término, <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f19r.jpg"
              n="f. 19r"/> que en el canto 4 estancia 4 refiere la censura de algunos que por haber
              <persName type="authority" key="Camões">Camões</persName> cantado adúltera a la reina
            doña Leonor con el conde don Juan Fernández, haciendo célebre su incontinencia, dijeron
            (dice <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>) que
            este poema «<quote xml:lang="es">merecía ser quemado, porque debiendo enseñar virtudes
              publica vicios, y procurando exaltar a los príncipes y héroes y actos portugueses hace
              patentes sus defectos y teje al rey don Fernando una corona de cuernos y otra de
              oprobios a la reina su mujer</quote>»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto IV, estancia 4, col. 240, E
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 240).</note>. A que responde <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> que hizo bien el poeta
            en ceñirle de tan sucia guirnalda, porque los que lo son insignes, no solo han de
            solemnizar con dulzuras las virtudes plausibles, sino también vituperar con hieles los
            vicios odiosos, y en esta defensa gasta columnas enteras. Abstraigo mi juicio: ni culpo
            a doña Leonor, ni condeno a <persName type="authority" key="Camões">Camões</persName>;
            acuso sí a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>
            que, pudiendo excusar la disputa de que tan feos desdoros provenían a sujetos reales,
            osó a descomedírseles escarbando sus venerables cenizas. ¡Qué fea es la envidia y qué
            melindrosa con ser atroz! ¡Que haga ascos <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> de que <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> ponga cuernos en sus versos y que no se
            desdeñe de amontonarlos en la cabeza del rey don Fernando! ¡Cosa rara! ¡Que sea culpa en
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> usar de esa voz en
            su natural y sencilla significación, y que en <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> aplicársela a su rey en la maliciosa y
            torpe sea mérito! ¡Rigor grande! ¿Tantas iras tiene el ánimo presumido? ¿Tantos rigores
            sabe fulminar la emulación altiva? ¿Cegarse hasta caer, tropezando en la materia de las
              bocinas<note place="bottom">La bocina, en su primera acepción, es «instrumento músico
              de boca, hueco y corvo, que tiene el sonido como de trompeta. Hácense de cuerno y se
              pueden fabricar de metal» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>, y no reparar en los
            oprobios del adulterio? ¡Furor notable!</p>
          <p>45. Dejemos esto con otras obscenidades indignas de este lugar, que no queremos
              repetir<note place="margin" resp="author"> Vide cant. 6 est. 18 fol. 39. Vide cant. 2
              est. 37. col. 436.</note><note place="bottom"> En el canto VI, estancia 18, col. 39
              (Faría 1639b: I, col. 39), Manuel de Faría habla de los genitales de Tritón, en cuanto
              al canto 2, estancia 37, col. 435-436 (Faría 1639a: I, col. 435-436), trata de Olimpia
              desnuda.</note>, y prosigamos respondiendo a lo último de la objeción, donde dice son
            insensatos cuantos no tienen por atrevimiento el decir una vez «<quote xml:lang="es">las
              que fabrican arcos rosas</quote>», y por desatino muchas veces, y que ¿qué concepto?,
            ¿qué juicio?, ¿qué ingenio?, ¿qué elegancia arguye eso<note place="bottom"> Véase <hi
                rend="i">supra</hi> Manuel de Faría § IV.</note>? Decir con esta facilidad que
            tantos son insensatos y no probarlo más que con decirlo con facilidad, no muestra más
            habilidad que la de ser desvergonzado. No es “las que fabrican”, sino «<quote
              xml:lang="es">los que fabrican arcos rosas</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi
                rend="i">Soledades</hi>, I, v. 718-719: «y los (que por las calles espaciosas /
              fabrican) arcos (rosas)» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.718"
                >OC264B.718-719</ref>].</note>, que va mucho a decir. Y puesto que esta colocación
            no tiene más que todas las demás de arriba y todas quedan bien defendidas, no hay para
            que reiterar lo discurrido, ni dar tornos al quicio sin ganar tierra<note place="bottom"
              > Espinosa Medrano forja una expresión inusual (cf. <hi rend="sc">Corde</hi>) que
              hemos de entender como composición de otras locuciones. «Dar tornos al quicio» parece
              variación de «dar vueltas [a un tema]» y se asemeja a «sacar de quicio», ambas
              expresiones recogidas por el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>. En este
              caso, darle vueltas (tornos) al quicio supone afanarse en discurrir repetidamente
              sobre aquello que no se mueve («Covarrubias quiere [que el quicio] salga de la voz
              latina <hi rend="i">quiescere</hi>, porque moviéndose la puerta o ventana, él se está
              quieto»), sobre los fundamentos del hipérbaton, pues quicio es «metafóricamente,
              cualquier cosa en que se afianza, mantiene, asegura o de que depende otra» (<hi
                rend="i">Aut.</hi>). Por último, «ganar tierra», «analógicamente vale tener efecto
              las negociaciones y medios que se ponen para lograr alguna cosa, acercándose al fin».
              Así, «dar tornos al quicio sin ganar tierra» significa afanarse sin provecho, darle
              vueltas al fundamento del debate, que permanece invariable, sin progreso alguno para
              Manuel de Faría.</note>, como <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName>, que no acaba de rumiar estos hipérbatos<note type="app" rend="I">
              Hiperbatos <hi rend="i">B</hi> : Hiparbatos <hi rend="i">A</hi></note> que tantas
            veces ha mascado. Vedme en la sección 6 número 47. A lo demás respondo <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f19v.jpg"
              n="f. 19v"/> preguntando que para qué dijo <persName type="authority" key="Camões"
              >Camões</persName> «<quote xml:lang="pt" rend="i">noutras a cabeceira de ouro
              finas</quote>»<note place="bottom"> Camões, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, canto X,
              estancia 3, v. 3 (Faría 1639b: II, col. 296).</note>, y en otro lugar «<quote
              xml:lang="pt" rend="i">e de escritura dignas elegante</quote>»<note place="bottom">
              Camões, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, canto IV, estancia 56, v. 6 (Faría 1639a: II, col.
              341).</note>, y en otra parte «<quote xml:lang="pt" rend="i">que em terreno nam cabe o
              altivo peyto tam pequeno</quote>»<note place="bottom"> Camões, <hi rend="i"
                >Lusíadas</hi>, canto III, estancia 94, v. 751-752. Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto III, estancia 94, v. 7-8, col. 130, A
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 130).</note>, y otras muchas veces: ¿qué
            concepto?, ¿qué juicio?, ¿qué ingenio demuestra eso? Pues lo mismo que <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> respondiere a esto, le
            responderemos a él en lo otro. Pero por si él no acertare, o porque no nos salga con sus
            muchas veces o pocas veces (cosa de burla, pues el número no varía la esencia de la
            entidad), respondo absolutamente que la oratoria y la poesía tienen dos géneros de
            adorno: uno que se ha de parte del argumento, o de la materia, que pertenece a la
            sentencia; y otro que se ha de parte del modo de decir, que pertenece a la elocución
            (como si a lo metafísico dijéramos uno formal, y otro objetivo<note place="bottom">
              Formal y objetivo se oponen en la escolástica: el primero define aquello que existe de
              manera actual y efectiva, el segundo aquello que existe en tanto idea o representación
              mental (Lalande 2006: 277 y 373).</note>). La colocación o inversión no pertenece al
            ornato primero y así, ni es ingenio, ni concepto, ni juicio; pertenece sí al segundo,
            que sólo consiste en hermosear la plática con los modos de decir, sin cuidar de si es
            bueno lo que se dice: y de esto sirven todos los tropos y figuras que enseña la
            retórica. Puede un pensamiento ser hermosísimo en el concepto, ingenio y juicio, y
            decirse desnudo de toda elegancia, aliño y elocución, como puede haber un talle muy bien
            proporcionado y muy mal vestido, y al contrario podrá una elocución elegante vestir un
            pensamiento humilde (maestría de <persName type="authority" key="Homero"
              >Homero</persName> en sus <title>Ranas</title>, y de <persName type="authority"
              key="Virgilio">Virgilio</persName> en su <title>Mosquito</title><note place="margin"
              resp="author"> Homeri Batrachomiomachia. Virgilii Culex.<note type="app" rend="I"
                >Culex. <hi rend="i">A</hi> : Culon. <hi rend="i">B</hi></note></note>). De las
            figuras, pues, que sólo sirven y las inventó el arte para la elocución, es bobería pedir
            que sean concepto, juicio o ingenio. Pues aunque todo esto se admira en los versos de
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>, nunca hemos dicho
            que todo eso esté vinculado al hipérbato, pues sus pensamientos, vivezas y conceptos,
            cuando carecieran de esas inversiones, nunca perdieran lo sólido de la sentencia, puesto
            que les faltase mucha porción de la elocuencia y atavío formal. Y no negará <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> a ley de gramático que
            esa transposición que los oradores llaman latamente hipérbato (no siéndolo poético) es
            una de las hermosuras de la oración, cuando <persName type="authority"
              key="Nebrija, Antonio de">el Nebrisense</persName> por haber dicho <persName
              type="authority" key="Cicerón">Tulio</persName> «<quote xml:lang="la" rend="i">in duas
              diuisam esse partes</quote>»<note place="bottom"> Es ejemplo común del orden
              sintáctico propio del latín, hiperbático incluso en prosa, y aparece en Quintiliano
                (<hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, lib. 4, cap. 1, párrafo 36 y lib. 8, cap. 6,
              párrafo 65). Véase Quintiliano (1971a: 191 y 1971b: 129). Francisco Cascales lo emplea
              en su antigongorina respuesta a Francisco del Villar, cuando argumenta que «la lengua
              latina tiene su dialecto y proprio lenguaje, y la castellana el suyo, en que no
              convienen». Tras anunciar «seiscientas autoridades», cita a Cicerón entre otros
              ejemplos de prosa, declarando así que el orden sintáctico del latín no es estilo de
              poetas sino sencillamente lo propio de la lengua latina. Sin embargo la elección de
              esta primera cita no es casual, puesto que además de añadir a su argumentación un
              cariz jurídico, abunda en el sentido de Cascales, si tenemos en cuenta que su
              respuesta a Francisco del Villar consiste en dividir en dos partes (las dos lenguas
              latina y castellana) lo que su contendiente confunde: «Considero, jueces, esta del
              acusador causa, en dos dividida estar partes» (Cascales 1999 y 1634_cascales-villar).
              Cascales presenta la frase ciceroniana como típica del orden sintáctico normal del
              latín, es decir como no figurada y carente de cualquier particularidad notable. Y sin
              embargo Nebrija (siguiendo a Quintiliano) la cita como muestra del refinamiento de
              Cicerón y del empleo lícito y oportuno de una figura. Cascales, aunque es probable que
              extraiga el ejemplo de Quintiliano, no restituye fielmente lo que este significaba
              para el rétor latino. Espinosa Medrano, en cambio, trae a colación la misma cita como
              ejemplo de un tipo de ornato estilístico que Quintiliano aprueba, aunque el orador
              tenga por él que alejarse de la manera más sencilla y directa de construir la frase,
              sin beneficio para el sentido. En nada difiere «<hi rend="i">in duas diuisam
                partes</hi>» de “<hi rend="i">in duas partes diuisam</hi>”, en lo tocante al
              significado. La figura ciceroniana merece el aplauso de Quintiliano solo por la
              belleza formal (<hi rend="i">decus</hi>) del ritmo y la variedad. El Lunarejo lo
              recalca: «es una de las hermosuras de la oración». Con ello queda probado que no se
              necesita novedad ni profundidad en la sentencia (el pensamiento, el sentido) para
              merecer aplauso, y también que el hipérbaton, incluso del tipo más sencillo y
              frecuente, no es mucho más natural en latín que en castellano, puesto que Quintiliano
              ve en él una figura. Para Espinosa Medrano, el hipérbaton es una elegancia que hay que
              manejar con destreza, un rasgo de belleza y distinción en poesía y en prosa tanto en
              latín como en castellano.</note>, despreciando el orden simple de decir “<hi rend="i"
              >in duas partes</hi>”, llamó esa inversión virtud, ornato, gracia y decoro de la
            oración: «<quote xml:lang="la" rend="i">Cum orationis structura decoris gratia variatur
              neglecto simplicis sermonis ordine, non vitium est, sed virtus, quae hyperbaton
              appellatur, id est, transgressio verborum. Cicero: Animadverti, iudices, omnem
              accusatoris orationem in duas diuisam esse partes. 'In duas partes' <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f20r.jpg"
                n="f. 20r"/> diuisam esse simplex erat ordo</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Nebrissensis lib. 4. instit. de figur. construct.</note><note
              place="bottom"> Antonio de Nebrija, <hi rend="i">De institutione grammaticae libri
                V</hi>, libro 4 («<hi rend="i">De octo partium orationis constructione</hi>»), «<hi
                rend="i">De figurata constructione</hi>», «<hi rend="i">Hyperbaton</hi>»: ‘Cuando la
              estructura de la oración se varía por amor a la belleza y alejándose del orden
              sencillo de la oración, no se incurre en un vicio, sino que se luce una virtud, que se
              llama hipérbaton, o sea transposición verbal. Así dijo Cicerón: “He observado, jueces,
              que todo el discurso del acusador en dos dividido está partes”. “En dos partes
              dividido” hubiera sido el orden sencillo’. Véanse por ejemplo los <hi rend="i">De
                institutione grammaticae libri V</hi> (Madrid: Díaz de la Carrera, 1652) en Nebrija
              1652 (174). La cita de Cicerón proviene del inicio del <hi rend="i">Pro
              Cluentio</hi>.</note>. Periodo es que<note type="app" rend="I"> es que <hi rend="i"
                >B</hi> : que es <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de erratas. En el
              testimonio A, una corrección manuscrita trae la enmienda de B.</note> hurtó entero de
              <persName type="authority" key="Quintiliano">Quintiliano</persName>, libro 8, capítulo
              6<note place="margin" resp="author"> Quintil. lib. 8 cap. 6.</note>. Enójesenos ahora
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, y dígale
            también al <persName type="authority" key="Cicerón">mayor orador del mundo</persName>
            que decir «<quote xml:lang="la" rend="i">in duas diuisam esse partes</quote>», ¿qué
            concepto?, ¿qué juicio?, ¿qué ingenio?, ¿qué elegancia arguye?</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion6_Faría">
          <index indexName="resp" n="Faria e Sousa, Manuel de"/>
          <head>Manuel de Faría. § V.</head>
          <quote xml:lang="es">«No lo arguye más eso otro de metáforas y términos remotísimos y
            violentísimos, como: “<quote xml:lang="es">En ruecas<note type="app" rend="I"> ruecas
                  <hi rend="i">A</hi> : tuecas <hi rend="i">B</hi></note> de oro rayos del Sol
              hilan</quote>” para decir cera y miel, y la verdad es que es solamente cera el modo de
            decirlo. ¿Qué dijera de esto y de cosas semejantes, usadas a cada paso, <persName
              type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName>, si por una sola vez que <persName
              type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> dijo “<quote xml:lang="la"
              rend="i">Et liquidi simul ignis</quote>” lo censura con rigor diciendo<note type="app"
              rend="I"> diziendo <hi rend="i">B</hi> : dizeendo <hi rend="i">A</hi></note> “<quote
              xml:lang="la" rend="i">Illud audaciae maximae videri potest</quote>”? Y esto que en
            Virgilio fue lo más es lo menos en <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
              Luis</persName>. ¿Por ventura don Luis iguala a <persName type="authority"
              key="Virgilio">Virgilio</persName> en juicio, o exceden sus defensores a <persName
              type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName>?»<note place="bottom"> Manuel de
              Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto III, estancia 94, col. 134 E
              hasta col. 135 A, [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 134-135).</note></quote>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion6">
          <head>Apologético. Sección VI</head>
          <p>46. Hemos venido al segundo fundamento que mueve a este <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">sicofanta</persName> (después de los hipérbases) para
            condenar esta poesía, que es lo remoto de los términos y metáforas, y hemos visto que en
            tachar la hermosura de Venus, porque los ojos no están en el colodrillo, <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> sacó de puja a
              Momo<note place="bottom"> Según el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>,
              «sacar de la puja» significa «exceder a otro que tiene fuerza, habilidad o manejo en
              alguna cosa. Tómase por lo regular en mala parte, como: Pedro es malicioso, pero Juan
              le saca de la puja». Faría es por tanto peor crítico aún que Momo cuando este le
              critica a Venus el ruido de sus sandalias (véase <hi rend="i">supra</hi>). </note>.
              Parece<note type="app" rend="I"> Parece <hi rend="i">A</hi> : Paresse <hi rend="i"
                >B</hi></note> que <persName type="authority" key="Aristóteles"
              >Aristóteles</persName> no nos ha enseñado poesía, o que no nos dio reglas <persName
              type="authority" key="Cicerón">Tulio</persName> para la retórica y el mismo filósofo
            en los libros <title>Ad Theodecten</title><note place="bottom"> Espinosa Medrano alude a
              la <hi rend="i">Poética</hi> de Aristóteles y a los tratados retóricos de Cicerón,
              presumiblemente el <hi rend="i">De Oratore</hi>, y de Aristóteles (<hi rend="i"
                >Rhetoricorum ad Theodecten libri III</hi>), como fundamentos de la poesía y la
              retórica.</note>.</p>
          <p>47. No fuera la poesía de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> tan alta y peregrina a no florecer con términos tan remotos de la
            plática vulgar y plebeya. Lo peregrino definió <persName type="authority"
              key="Aristóteles">Aristóteles</persName>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Peregrinum
              voco varietatem linguarum, translationem, extensionem<note type="app" rend="I"
                >extensionem <hi rend="i">em.</hi> : extentionem <hi rend="i">AB</hi></note>, tum
              quodcumque a proprio alienum est</quote>»<note place="margin" resp="author">
              Aristotel. in Poetica.</note><note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i"
                >Poética</hi>, cap. 22, 1458 a 21. Considerando las citas de la <hi rend="i"
                >Poética</hi> manejadas por El Lunarejo, hemos de suponer que recurre a la
              traducción latina de Alessandro de’Pazzi (Alexander Paccius), publicada por primera
              vez en Venecia por Paolo Manuzzio en 1536 y reeditada en múltiples ocasiones desde
              entonces. Véase por ejemplo esta traducción en el tomo segundo de las <hi rend="i"
                >Aristotelis Stagiritae operum</hi> (Lugduni, apud Ioannem Frellonium, 1549) en
              Aristóteles (1549: col. 1333-1334 y ss.). La cita sobre lo peregrino se encuentra en
              Aristóteles (2011: 112-113; 1549: col.1351). En la traducción de Valentín García
              Yebra: «entiendo por voz peregrina la palabra extraña, la metáfora, el alargamiento y
              todo lo que se aparta de lo usual» (Aristóteles 1974: 209).</note>. Llámase vocablo, o
            término propio, el que vulgarmente usan todos: «<quote xml:lang="la" rend="i">Proprium
              voco quod omnibus in usu est</quote>»<note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i"
                >Poética</hi>, cap. 21, 1457 b 3 (Aristóteles 2011: 106-107 y 1549: col. 1349-1350):
              «llamo usual al que usan todos» (traducción de Valentín García Yebra en Aristóteles
              1974: 203).</note>. Y todo término que saliere de esa vulgaridad será peregrino o
            siendo extraño, o traslaticio, o fingido, o figural, etc.: «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Aut ab alia lingua aut <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f20v.jpg"
                n="f. 20v"/> translatio aut ornatus aut fictum aut productum aut substractum aut
              commutatum</quote>»<note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Poética</hi>, cap.
              21, 1457 b 1 (Aristóteles 2011: 106-107 y 1549: col. 1349): «<hi rend="i">omne autem
                nomen est proprium aut ab alia lingua aut translatio aut ornatus aut fictum aut
                productum aut substractum aut commutatum</hi>». «Todo nombre es usual, o palabra
              extraña, o metáfora, o adorno, o inventado, o alargado, o abreviado, o alterado»
              (traducción de Valentín García Yebra en Aristóteles 1974: 203).</note>. La oración que
            constare sólo de términos propios será clara, pero humilde y descaecida. «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Quae igitur ex propriis nominibus constabit, maxime perspicua
              erit, humilis tamen</quote>»<note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i"
                >Poética</hi>, cap. 22, 1458 a 19 (Aristóteles 2011: 112-113 y 1549: col. 1351):
              «Ahora bien, la que consta de vocablos usuales es muy clara, pero baja» (traducción de
              Valentín García Yebra en Aristóteles 1974: 208).</note>. Pero la que de peregrinos
            términos se compone saldrá grave, sonora y veneranda, como dice <persName
              type="authority" key="Aristóteles">el filósofo</persName>: «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Illa veneranda et omne prorsus plaebeium excludens quae peregrinis utetur
              vocabulis</quote>»<note place="margin" resp="author"> Idem ibidem<note type="app"
                rend="I">ibidem <hi rend="i">A : ibid. B</hi></note></note><note place="bottom">
              Aristóteles, <hi rend="i">Poética</hi>, cap. 22, 1458 a 21 (Aristóteles 2011: 112-113
              y 1549: col. 1351): «Es noble, en cambio, y alejada de lo vulgar la que usa voces
              peregrinas» (traducción de Valentín García Yebra en Aristóteles 1974: 208). En el
              texto de Aristóteles esta cita es inmediatamente anterior a la primera del párrafo de
              El Lunarejo.</note>. El grande ingenio de <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, aunque pocas veces usa de los términos
            peregrinos por extraños<note place="bottom"> Este término de «extraños» traduce
              literalmente el «<hi rend="i">ab alia lingua</hi>» del texto aristotélico recién
              citado. Espinosa Medrano afirma por tanto que Góngora no abusa del extranjerismo («<hi
                rend="i">barbarismus</hi>» en Aristóteles 1549: 1351 y Aristóteles 1974: 209), en
              particular del latinismo.</note>, pero perpetuamente sus frasis<note place="bottom">
              La «frasis» corresponde a una sintaxis correcta por oposición al solecismo, que es
              incorrecto, y al esquema, que solo es tolerable. Por debajo de la frasis se encuentra
              la lexis, o palabra correcta, por oposición al barbarismo, intolerable, y al
              metaplasmo, aceptable. Véase Nebrija, <hi rend="i">Gramática castellana</hi>, I, a<hi
                rend="i">pud</hi> Ly 1999 (222) y también <hi rend="i">supra</hi>. Aquí Espinosa
              Medrano sobreentiende que las lexis de Góngora, las palabras que emplea, no son
              extrañas ni alejadas del uso común del castellano, pero que una vez que se juntan en
              frases y componen la sintaxis que El Lunarejo denomina frasis, se vuelven metafóricas.
              Así, el defensor de Góngora se opone a uno de los tópicos de sus detractores, que
              denuncian el abuso del latinismo en los versos de don Luis. Sobre este aspecto de la
              polémica y el uso y abuso del fragmento de Aristóteles al que recurre El Lunarejo en
              la polémica gongorina, véase Azaustre Galiana 2005 (54-60). Este pasaje del capítulo
              22 de la <hi rend="i">Poética</hi> es de hecho el más importante en y para la polémica
              gongorina de la obra del filósofo: el que Quevedo, en los preliminares a su edición de
              fray Luis, llamó «el texto del escándalo» (Luis de León 1631: f. †2r). El Lunarejo,
              como otros de los que citan el pasaje aristotélico, es uno de los que «descans[an] la
              lección» (Quevedo <hi rend="i">dixit</hi>, f. †3r) donde les interesa y no siguen
              leyendo el pasaje de Aristóteles, quien después aconseja prudencia y mesura en el uso
              de esas extrañezas del estilo.</note> lo son ya por alusivas, o translaticias, o
            figurales, o conmutadas, etc. y en fin remotas (como <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> confiesa sin saber que se
              degüella)<note type="app" rend="I"> remotas (como Faria confiesa sin saber que se
              deguella) <hi rend="i">em.</hi> : remotas (como Faria confiessa sin saber, que se
              deguella) remotas <hi rend="i">AB</hi></note> de la vulgaridad y plebeyismo, y así de
            sentencia de <persName type="authority" key="Aristóteles">Aristóteles</persName> erró
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> en haber
            acusado este lenguaje de remoto, siendo esto lo que más le sublima: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Quapropter errant non parum qui huiusmodi dictionis genus
              accusant quique poetam ipsum incessere audent</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Idem<note type="app" rend="I">Idem <hi rend="i">B</hi> : Ideas <hi
                  rend="i">A</hi></note> ibidem</note><note place="bottom"> Aristóteles, <hi
                rend="i">Poética</hi>, cap. 22, 1458 b 5 (Aristóteles 2011: 112-113 y 1549: col.
              1351): «No tienen, pues, razón quienes reprueban tal clase de estilo y ridiculizan al
              poeta» (traducción de Valentín García Yebra en Aristóteles 1974: 210).</note>. De
            ignorante trató <persName type="authority" key="Aristóteles">el filósofo</persName> a
              <persName type="authority" key="Ariphades">Ariphades</persName><note place="margin"
              resp="author"> Ariphades.</note><note place="bottom"> Se trata de un trágico griego
              conocido por este fragmento de Aristóteles y quizá coincidente con un poeta cómico
              homónimo criticado por Aristófanes. Véase Aristóteles 1974 (323) y 2011 (365).
              Espinosa Medrano lo considera como un censor de la tragedia («había censurado a los
              trágicos»), de manera congruente con la versión latina de la <hi rend="i">Poética</hi>
              que maneja, que reza: «<hi rend="i">Ariphades praeterea carpebat tragoedos</hi>»
              (Aristóteles 1549: col. 1352), donde el verbo <hi rend="i">carpere</hi> significa
              desgarrar o lacerar con maledicencias.</note> porque había censurado a los trágicos el
            que hablasen<note type="app" rend="I"> hablassen <hi rend="i">A</hi> : hablassent <hi
                rend="i">B</hi></note> no como se habla comúnmente, ni como el vulgo razona, pues
            por decir “de Aquiles” decían “Aquiles de”, y por decir “de casa” trocaban “casa de”, y
            otras cosas así: «<quote xml:lang="la" rend="i">Ariphades praeterea carpebat tragaedos
              perinde ac in tragaediis suis his uterentur quae in communi sermone diceret nemo, ut
              domibus ab pro ab domibus, Achille de pro de Achille, caeteraque
              huiusmodi</quote>»<note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Poética</hi>, cap.
              22, 1458 b 31 hasta 1459 a 2 (Aristóteles 2011: 114-117). Espinosa Medrano abrevia las
              citas griegas que acompañan a este fragmento en Aristóteles 1549 (col. 1352),
              saltándose también otro ejemplo de los errores de Arífrades. En la traducción de
              Valentín García Yebra leemos: «Por su parte, Arífrades ridiculizaba a los poetas
              trágicos por usar expresiones que nadie diría en la conversación, por ejemplo δομάτων
              άπο y no άπό δομάτων, y σέθεν, y έγώ δέ viv, y ’Αχιλλέως πέρι en vez de περί Άχιλλέως,
              y otras semejantes.» (Aristóteles 1974: 213).</note>. Sin advertir que el lenguaje
            trágico, que por alto había de alejarse mucho de la plática común, siquiera de esa
            suerte llegó a huir del razonamiento trivial de la plebe: «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Prorsus ignorans quod haec omnia, dum proprium vitant, plaebeiam interim dictionem
              effugiunt</quote>»<note place="bottom">Aristóteles, <hi rend="i">Poética</hi>, cap.
              22, 1459 a 2-3 (Aristóteles 2011: 116-117 y 1549: col. 1352): «Pues todas estas
              expresiones, por no estar entre las usuales, evitan la vulgaridad en la elocución;
              pero él ignoraba esto.» (traducción de Valentín García Yebra en Aristóteles 1974:
              213).</note>. Mirad ahora si, con no faltarle razón a <persName type="authority"
              key="Ariphades">Ariphades</persName>, bastó el fin de huir la vulgaridad para que en
            una posposición<note place="bottom"> La inversión de «<hi rend="i">Achille de</hi>» por
                «<hi rend="i">de Achille</hi>».</note> tan ridícula saliese un <persName
              type="authority" key="Aristóteles">Aristóteles</persName> a la disculpa, llamando
            ignorante al censor<note place="bottom"> Por la versión latina de la <hi rend="i"
                >Poética</hi> que maneja, en traducción latina de Alessandro de’Pazzi (Alexander
              Paccius), El Lunarejo se confunde atribuyendo a Arífrades el papel de un censor de la
              tragedia, malinterpretando así parte del argumento aristotélico. Para El Lunarejo,
              Arífrades sería un defensor del estilo humilde y se opondría por tanto al enrevesado
              estilo de los trágicos. Siguiendo esta interpretación, Aristóteles lo llama ignorante
              por criticar la posposición «<hi rend="i">Achille de</hi>». Tal crítica es digna de un
              ignorante porque para el filósofo las posposiciones levantan el estilo alejándolo del
              uso común y también porque la tragedia exige un estilo elevado: de esta manera el «<hi
                rend="i">Achille de</hi>» es más necesario que ridículo. Estamos por tanto en un
              razonamiento <hi rend="i">ad maiorem ad minus</hi>, puesto que si el propio
              Aristóteles tolera posposiciones ridículas por el simple hecho de «huir de la
              vulgaridad», la posposición gongorina, no ridícula sino «grave, decente y no
              monstruosa», queda completamente excusada. El argumento concluye asumiendo que (1) si
              Góngora es capaz de mejores hipérbatos que el «<hi rend="i">Achille de</hi>» y (2) si
              Arífrades, que censura este último hipérbaton, es un ignorante, Manuel de Faría, que
              se atreve a denigrar a Góngora, será «de ignorante para abajo o de majadero para
              arriba».</note>; pregunto, viendo que <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> llamaba desatino una colocación grave,
            decente y no monstruosa como decir:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>Y los que por las calles espaciosas</l>
            <l>fabrican arcos rosas<note place="bottom">Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, I, v.
                718-719 [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.718"
                  >OC264B.718-719</ref>].</note></l></quote>
          <p>¿No os parece que nos lo tratara de ignorante para abajo o de majadero para arriba?</p>
          <p>48. El riesgo que pueden traerse los términos remotos<note type="app" rend="I"> remotos
                <hi rend="i">B</hi> : rermotos <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de
              erratas. El lector del testimonio A corrige tachando la r sobrante.</note> y
            peregrinos es obscurecer la oración, pero <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> (como ya dije) no frecuenta los peregrinos
            por extraños, sino los translaticios y <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f21r.jpg"
              n="f. 21r"/> metafóricos<note type="app" rend="I"> metaforicos <hi rend="i">B</hi> :
              metaficos <hi rend="i">A</hi> [La fe de erratas registra el error de esta palabra que,
              en realidad aparece partida entre el f. 20v y f. 21r., por esa razón la tabla consigna
              únicamente la parte de la palabra con que se inicia el f. 21r, es decir, «taficicos»,
              que debe enmendarse con «taforicos». Sin embargo, la primera línea del f. 21r lee
              «taficos». Cabe conjeturar la existencia de algún estado en el pliego F (f. 21r-24v)
              en el que se leyera «taficicos» como advierte la fe de erratas, pero también podría
              tratarse de una errata dentro de la propia fe erratas.</note>, y los hombres grandes,
            aunque usen de metáforas altísimas y remotas, con las palabras consecuentes las dejan
            declaradas o con las anteriores dejan abierta la senda de entenderlas. En castellano lo
            dijo lindamente <persName type="authority" key="López Pinciano, Alonso">el
              Pinciano</persName>: «<quote xml:lang="es">Eso mismo también dicen los gramáticos: que
              de lo que precede, y de lo que se sigue, se saca la claridad de la cosa; y así vemos
              en <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> metáforas altísimas y
              remotas, las cuales de esta manera son entendidas del mundo todo. Y sea ejemplo cuando
              de lo que precede se saca lo por venir, el que se ve en el octavo de la
                <title>Eneida</title> adonde dice de Caco: </quote></p>
          <quote xml:lang="es"><l>“Vomita por la boca espeso humo,</l>
            <l>la casa envuelve de tiniebla ciega,</l>
            <l>arrebata la vista de los ojos</l>
            <l>y mezcla claro a escuro en noche humosa.”</l></quote>
          <p><quote xml:lang="es"> ¿Quién, pregunto, entendiera la altísima algarabía del último
              verso, que no estuviera apercebido con el primero?<note place="margin" resp="author">
                  Pincianus<note type="app" rend="I">Pincianus <hi rend="i">A</hi> : Pincian.<hi
                    rend="i"> B</hi></note> Philos antig epis.<note type="app" rend="I">epis. <hi
                    rend="i">em.</hi> : epis <hi rend="i">A</hi> || epis, <hi rend="i">B</hi></note>
                6. fragm 6. num. 7</note><note place="bottom"> Alonso López Pinciano, <hi rend="i"
                  >Philosophia antigua poetica</hi>, epístola VI (del poético lenguaje), 7, «En el
                metro las cosas y personas más excelentes, y cómo» <ref
                  target="https://books.google.fr/books/ucm?id=LtcqoKkR_2AC&amp;pg=PA265#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  >(López Pinciano 1596: 265)</ref>. Espinosa Medrano amputa un paréntesis del
                Pinciano: «Eso mismo tambien (dijo Ugo, y Fadrique) dicen los
              Gramáticos».</note></quote>»</p>
          <p>Trujimos el ejemplo de cuando se declara la oración de lo anteriormente dicho, para
            responder a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>,
            que culpa de remotas las metáforas de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> y exhibe la de «<quote xml:lang="es">En ruecas de oro rayos del
              Sol hilan</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 400
                [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.400"
                >OC255.400</ref>].</note>, por decir cera y miel. Este verso es el último de una
            octava, en que aquel gigantazo<note place="bottom"> Se refiere a Góngora, asimilado al
              Polifemo: esta asimilación del poeta con su héroe es un recurso panegírico que aparece
              en más lugares del <hi rend="i">Apologético</hi>, en el que el poeta cordobés es
              «jayán castellano» (V, § 41).</note> describe la afluencia de miel y panales que le
            rinden sus colmenas, árboles, y cortezos diciendo así:</p>
          <quote xml:lang="es"><lg>
              <l>«Sudando néctar, lambicando olores,</l>
              <l>senos que ignora aun la golosa cabra</l>
              <l>corchos me guardan, más que abeja flores</l>
              <l>liba inquïeta, ingenïosa labra;</l>
              <l>troncos me ofrecen árboles mayores,</l>
              <l>cuyos enjambres, o el abril los abra</l>
              <l>o los desate el mayo, ámbar distilan,</l>
              <l>y en ruecas de oro rayos del sol hilan.»<note place="margin" resp="author"> Gongora
                  in Poliph.<note type="app" rend="I">Gongora in Poliph. <hi rend="i">A : om.
                    B</hi></note></note><note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>,
                  v. 393-400 [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.393"
                    >OC255.393-400</ref>].</note>
              </l>
            </lg></quote>
          <p>Sola esta octava vale más que todos los versos juntos de <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> y cuantos puede hacer en toda su vida.
            Y lo mejor de ella es el último verso, que quedó claro, abierto y patente con las frasis
            que le precedieron. Habían primero los corchos y los senos sudado néctar y habían
            destilado olores, precedieron las abejas libando inquietas y labrando ingeniosas las
            flores, ofrecieron antes los troncos enjambres que desatados o esparcidos a la amenidad
            del mayo o abril destilaban ámbar, y concluye últimamente que «<quote xml:lang="es">en
              ruecas de oro rayos del Sol hilan»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                  >Polifemo</hi>, v. 400 [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.400"
                  >OC255.400</ref>].</note>. ¿Hemos de pensar por <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f21v.jpg"
                n="f. 21v"/> ventura que los enjambres tiraban oro de Milán<note place="bottom"> El
                oro de Milán es un hilo dorado con el que se confeccionaban lujosas telas de seda y
                oro o plata (Trambaioli 2009: 366-367).</note> o hilaban (como suena) las guedejas
              rubicundas del Sol? ¿O hemos de entender que en las pellas de cera pálidas o doradas
              devanaban las rubias hebras de la olorosa miel? Júzguelo<note type="app" rend="I">
                Júzguelo <hi rend="i">em.</hi> : Iuzgelo <hi rend="i">AB</hi> [Enmienda recogida en
                la fe de erratas.</note> Apolo. Remota es la metáfora, ¿quién lo ha negado? Pero
              parece que le oyó ese término a <persName type="polemist"
                key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>
              <persName type="authority" key="López Pinciano, Alonso">el Pinciano</persName><note
                type="app" rend="I"> Pinciano <hi rend="i">B</hi> : Princiano <hi rend="i"
                >A</hi></note> cuando dijo: «<quote xml:lang="es">Así vemos en Virgilio metáforas
                altísimas y remotas, las cuales de este modo son entendidas del mundo
                todo</quote>»<note place="margin" resp="author"> Ubi supra.</note>. Y esta y otras,
              ¿cómo y cuándo se dejan entender? «<quote xml:lang="es">Cuando —dice— de lo que
                precede se saca lo por venir</quote>»<note place="bottom"> Espinosa Medrano remacha
                su argumento repitiendo a Alonso López Pinciano, <hi rend="i">Philosophia antigua
                  poetica</hi>, epístola VI (del poético lenguaje), 7, «En el metro las cosas y
                personas más excelentes, y cómo» (López Pinciano 1596: 265).</note>. Luego malamente
              lo pensó en condenar de remotos los términos y metáforas gongorianas<note type="app"
                rend="I"> gongorianas <hi rend="i">em.</hi> : Gongorinas <hi rend="i">AB</hi>
                [Enmienda recogida en la fe de erratas.</note>, pues con lo peregrino que sublima
              los números de su verso, los califica de grandes y, con lo próvido que asegura la
              perspicuidad de su inteligencia, los acredita de claros y comprensibles. Y es lo más
              gracioso que, por ejemplo de las que reprueba, trajo esa bellísima metáfora de la cera
              y de la miel. ¿Qué más hermosa y poéticamente pudo describirse el melificio<note
                type="app" rend="I"> melificio <hi rend="i">B</hi> : melifico <hi rend="i">A</hi>
                [Enmienda recogida en la fe de erratas. El testimonio A presenta la enmienda
                manuscrita: melificio.</note><note place="bottom"> Latinismo, de <hi rend="i"
                  >mellificium</hi>: la producción de la miel.</note> que diciendo de los enjambres
              que en ruecas de oro hilaban rayos del Sol? ¿No es frasi benemérita del furor
              verdaderamente poético<note place="bottom">Sobre esta alabanza de la metáfora
                gongorina, véase la introducción, así como Ruiz Soto 2016.</note>? ¿No enseñó
                <persName type="authority" key="Aristóteles">Aristóteles</persName> en <title>el
                tercero de sus Retóricos</title> que otro era el lenguaje del poeta y otro el del
                orador<note place="margin" resp="author"> Arist.<note type="app" rend="I">Arist. <hi
                    rend="i">B</hi> : Aristel. <hi rend="i">A</hi></note> 3. Rhetor.</note><note
                place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Retórica</hi>, III, 1, 1404 a 28 (1989:
                40): «la expresión en el discurso es diferente que en la poesía» (trad. Quintín
                Racionero en Aristóteles 1999: 485). En la versión latina de Georgius Trapezuntius
                (Jorge de Trebizonda): «<hi rend="i">sed alia orationis, alia poesis dictio
                est</hi>» (1549: 1261).</note>? ¿No están las musas cansadas de inspirar esos
              atrevimientos? O sepamos con qué privilegio llaman los poetas a las alas remos, a los
              remos pies, copa de Marte al escudo, escudo de Baco a la copa (sabedlo de <persName
                type="authority" key="Aristóteles">Aristóteles</persName> en su
                <title>Poética</title> en el texto <hi rend="i">Proportione<note type="app" rend="I"
                  >Proportione <hi rend="i">em.</hi> : Proporcione <hi rend="i">AB</hi></note>
                vero</hi>)<note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Poética</hi>, cap. 21,
                1457 b 16-32 (Aristóteles 2011: 108-109). En la versión latina de Pazzi las
                menciones de la copa de Marte (<hi rend="i">phialam Martis</hi>) y el escudo de Baco
                  (<hi rend="i">scutum Bacchi</hi>) se encuentran a unas pocas líneas de la frase:
                  «<hi rend="i">Proportione vero respondens</hi>…» (1549: col. 1350). En la <hi
                  rend="i">Poética</hi>, además de la copa de Marte y el escudo de Baco, aparecen
                los ejemplos de sentido figurado de la vejez del día para el atardecer o el ocaso de
                la vida para la senectud. Los ejemplos que trae El Lunarejo se hallan en Virgilio y
                Licofrón. De Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, V, v. 210-219 (1989: 12), provienen
                los remos como alas (aunque ya aparece una figura semejante en Homero) y de Licofrón
                la otra imagen, ya que en el incipit de su <hi rend="i">Alexandra</hi>, v. 22 (1921:
                322-323), compara a las naves con ciempiés cuyos pies por tanto son los
                remos.</note>; y, ¿qué algarabía es la de <persName type="authority" key="Virgilio"
                >Virgilio</persName> cuando para significar la navegación dificultosa dice: «Luchan
              en tardío mármol las tresquiladas<note place="bottom">«Tresquiladas» traduce «<hi
                  rend="i">tonsae</hi>». Deriva del verbo ‘tresquilar’ o ‘trasquilar’, «cortar el
                pelo a trechos» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>» —«<quote xml:lang="la" rend="i"
                >Lento luctantur marmore<note type="app" rend="I"> marmore <hi rend="i">B</hi> :
                  marrore <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de erratas.</note>
                tonsae</quote>»<note place="margin" resp="author"> Virgilius Aeneid. 7.</note><note
                place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. 7, v. 28: «<hi rend="i"
                  >flatus et in lento luctantur marmore tonsae</hi>» (1989: 83). En la traducción de
                Javier de Echave-Sustaeta: «los remos traban lucha con la marmórea languidez del
                agua» (Virgilio 1992b: 340).</note>—</quote>, llamando mármol al mar y tresquiladas
            a los remos. Más dicha tienen los pícaros, que se les tolera y aun aplaude en su idioma
            jacarando que llamen “trena” a la cárcel, “jaque” al valiente, “chillón”<note type="app"
              rend="I"> Chillon <hi rend="i">A</hi> : Coillon <hi rend="i">B</hi></note> al
            pregonero, “gurapas” a las galeras, “mosca” al dinero, “trongas” a las rameras y “<hi
              rend="i">finibus terrae</hi>” a la horca, y otra inmensidad de términos disparatados
            que merecieron tener quien los quisiera entender y quien por de diversa clase los
            segregase por estilo de ladrones, azotados, pícaros y tacaños<note place="bottom">
              Espinosa Medrano demuestra su conocimiento de la germanía dándonos la definición de
              siete términos germanescos. Véase en particular el <hi rend="i">Léxico del
                marginalismo del Siglo de oro</hi> de José Luis Alonso Hernández (1977), en el que
              nuestros siete términos aparecen respectivamente en las p. 753, 454, 261, 424, 540,
              757 y 361. También: Chamorro 2002: 782, 508-509, 304, 477, 595, 787, 404. De estos
              siete términos sólo cuatro se encuentran en el <hi rend="i">Vocabulario de
                Germanía</hi> publicado en 1609 por Juan Hidalgo (véase Hidalgo 1779). Estos cuatro
              términos son «trena», «jaque», del que sólo se da el sentido de rufián y no el de
              valentón (sentido que sin embargo se deduce de los romances que acompañan al <hi
                rend="i">Vocabulario</hi>), «gurapas» como galeras y «<hi rend="i">finibus
                terrae</hi>» como la horca (<hi rend="i">apud</hi> Alonso Hernández 1977). Es
              probable que la fuente de estas siete expresiones, conocidísimas por otra parte, sea
              literaria: El Lunarejo dispone en su biblioteca de importantes textos con terminología
              germanesca, como «la celestina» o el «estevanillo guzmán», así como unos misteriosos
              «escritos que se hallaren en verso que no fueren muy morales y en loor de Dios y de
              sus santos» que El Lunarejo menciona en su testamento pidiendo a sus albaceas que «las
              quemen luego» (véase Guibovich 1992: 16 y 27). En la primera parte de <hi rend="i">El
                ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha</hi>, cap. 22, el hidalgo descubre
              gracias a un galeote qué son las «gurapas» (Cervantes 2004: 259). En la novela de <hi
                rend="i">Rinconete y Cortadillo</hi>, leemos asimismo «<hi rend="i"
                >finibusterrae</hi>» (f. 71v), «gurapas» (f. 72r) o «trena» (f. 74v): véase
              Cervantes (1613). En el volumen póstumo de las poesías de Quevedo, el <hi rend="i"
                >Parnaso español</hi> (1648), hallamos «tronga» en el soneto 441a («Diferencia de
              dos viciosos en el apetito de las mujeres») y «mosca» en el soneto 445b («Reprehende
              en la araña a las doncellas, y en su tela, la debilidad de las leyes»): véase Quevedo
              2003. En el inventario de bienes del testamento de Espinosa Medrano, constan un
              «parnaso de Quevedo. 1 tomo» y unas «novelas de Servantes» entre los libros de su
              biblioteca (Guibovich 1992: 22 y 24).</note>; y asómbranse de que los poetas tengan
            otra categoría de frasis, otro aparato de locuciones.</p>
          <p>49. Dejo aparte el que la cera se llame «<quote xml:lang="es">ruecas de
              oro</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 400 [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.400"
                >OC255.400</ref>].</note>, que es elegante y clarísima traslación por la color y el
            oficio en la colmena, como deben de explicar e ilustrar los comentadores de <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f22r.jpg"
              n="f. 22r"/> Góngora sobre este verso, a quienes dejo esas observaciones<note
              place="bottom"> En su comentario, Pellicer anota simplemente: «8. <hi rend="i">Y en
                ruecas de oro rayos del Sol hilan</hi>. Clara está la metáfora, la <hi rend="i"
                >rueca de oro</hi> la cera, los <hi rend="i">rayos del Sol</hi> la miel.» (1630b:
              313).</note>. Y vamos a lo que parece más obscuro, aun con tenerse hilado todo el Sol
            en luces, que es haber llamado a la miel «<quote xml:lang="es">rayos del
              Sol</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 400 [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.400"
                >OC255.400</ref>].</note>. Y veréis que habiéndola llamado <persName
              type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> aérea o etérea, y dádiva celeste,
              «<quote xml:lang="la" rend="i">aerii mellis coelestia dona</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Virgil. Geor. 4.</note><note place="bottom"> Virgilio,
                <hi rend="i">Geórgicas</hi>, lib. 4, v. 1: «<hi rend="i">Protenus aerii mellis
                caelestia dona</hi>» (1982: 58): «Prosiguiendo cantaré el don divino de la miel, que
              baja de los cielos» (traducción de Tomás de la Ascensión Recio García en Virgilio
              1990: 357). En sus <hi rend="i">Etimologías</hi>, libro 20, cap. 2, párrafo 36,
              Isidoro de Sevilla menciona este verso discurriendo sobre la miel entre los alimentos
              de la vida rústica: «<hi rend="i">Mel Graecae appellationis est, quod ab apibus nomen
                habere probatur; nam apis Graece μέλισσα dicitur. Antea autem mella de rore erant,
                inueniebanturque in arundinum foliis. Vnde et Vergilius: “</hi>Hactenus aerii mellis
              caelestia dona<hi rend="i">”. Siquidem hucusque in India et Arabia conligatum
                reperitur ramis inhaerens in similitudinem salis. Omne autem mel dulce: sardum
                amarum est absinthii causa, cuius copia eius regionis apes nutriuntur. Fauum uocari
                quia comeditur magis quam bibitur; φαγεῖν enim Graeci comedere appellant.</hi>»
              (Isidoro 1989 y 1599a: <ref
                target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA403#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >395</ref>): «36. “Miel” es denominación griega que evidencia que su nombre deriva
              del de las abejas, ya que en griego “abeja” se dice <hi rend="i">mélissa</hi>.
              Antiguamente, la miel era producida por el rocío y se encontraba en las hojas de caña.
              De aquí, lo que dice Virgilio (Georg. 4,1): “Pasemos ahora a hablar del don celestial
              de la miel aérea”. Hasta el día de hoy en la India y en Arabia se recolecta
              encontrándola, en forma de sal, adherida a las ramas. Toda miel es, no obstante,
              dulce. Sin embargo, la miel de Cerdeña es amarga a causa del ajenjo con que, abundante
              en esta región, se alimentan las abejas. El panal se llama <hi rend="i">fauus</hi>
              porque, más que beberlo, se come; y en griego “comer” se dice <hi rend="i"
                >phagein</hi>.» (traducción de José Oroz Reta y Manuel-A. Marcos Casquero en Isidoro
              2004: 1330-1333).</note>, no se le quedó atrás quien la adelantó a ser «<quote
              xml:lang="es">rayos del Sol</quote>». Y si <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> antes de condenar la metáfora hubiera
            dado una vista a Plinio en el libro once, capítulo doce, supiera que la antigua
              filosofía<note place="bottom"> El origen de esta concepción de la miel se encuentra en
              Aristóteles, <hi rend="i">Historia de los animales</hi>, V, 22 (Aristóteles 1968:
              47).</note> jamás creyó que las abejas formasen miel de las flores, sino que la
            recogían de los pimpollos, donde la llovía el sol a rocíos o el cielo a gotas. Duélese
            Plinio de que no gocemos este licor que desciende de entre las luces del cielo como de
            allá destila, puro y líquido, pues ahora cayendo de tanta altura, no dejándose de
            enturbiar y desvanecer mucho mientras por tanto intervalo baja, y luego inficionado de
            los vapores terréos<note place="bottom"> El <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>
              define térreo como «lo que consta de tierra o está hecho de ella».</note> que al
            encuentro le reciben vaheando<note place="bottom"> Vahear, según el <hi rend="i"
                >Diccionario de Autoridades</hi>, es «echar de sí vaho o vapor».</note>, y luego
            chupado de los ramos, bebido de las yerbas, y luego trasegado a los ventrículos de las
            abejas, y sobre esto mezclado y corrompido con el jugo de las flores, macerado en las
            colmenas, y con tantas mudanzas alterado, aun todavía<note type="app" rend="I"> todavía
                <hi rend="i">em.</hi> : toda via <hi rend="i">AB</hi></note> retiene aquella dulzura
            soberana y causa aquel deleite de su celestial naturaleza. Hasta aquí Plinio, y si le
            preguntáis que qué es al fin ese humor celeste que las flores baña, responde: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">siue ille est coeli sudor, siue quaedam siderum saliua, siue
              purgantis se aeris succus</quote>»<note place="margin" resp="author"> Plinius lib. 11.
              cap. 12</note><note place="bottom">
              <persName type="authority" key="Plinio el Mayor">Plinio el Mayor</persName>,
                <title>Historia natural</title>, lib. 11, párrafo 30 (1947: 38). Cito a continuación
                <hi rend="i">in extenso</hi> el pasaje de Plinio dedicado a la naturaleza de la
              miel, que Espinosa Medrano traduce y parafrasea: «<hi rend="i">siue ille est caeli
                sudor siue quaedam siderum saliua, siue purgantis se aëris sucus; utinamque esset
                purus ac liquidus et suae naturae, qualis defluit primo</hi>! 31.<hi rend="i"> Nunc
                vero e tanta cadens altitudine multumque, dum venit, sordescens et obvio terrae
                halitu infectus, praeterea e fronde ac pabulis potus et in utriculos congestus apium
                —ore enim eum vomunt—, ad hoc suco florum corruptus et in aluis maceratus totiensque
                mutatus, magnam tamen caelestis naturae voluptatem adfert.</hi>» En la traducción de
              María Luisa Arribas Hernáez: «sea aquél un sudor del cielo o una especie de saliva de
              los astros o un jugo del aire que se depura a sí mismo; ¡ojalá la miel fuera pura y
              limpia, y natural, como en principio baja! Pero en realidad, aunque cae desde una
              altura tan elevada, se llena de suciedad mientras llega, y se impregna con el “hálito”
              de la tierra que le sale al encuentro; absorbida además por el follaje y por los
              pastos, y transportada en el vientrecillo de las abejas —pues la vomitan por la boca—,
              corrompida a tal fin por el jugo de las flores, y macerada y tantas veces alterada en
              las colmenas, sin embargo, aporta el gran placer de su naturaleza celestial.» (Plinio
              el Viejo 2003: 470).</note>, “Que debe de ser el sudor de los cielos o la saliva de
            las estrellas o zumo de los aires alambicado”. Cierto que parece poeta <persName
              type="authority" key="Plinio el Mayor">Plinio</persName>, pues con no requerir
              <persName type="authority" key="Cicerón">Tulio</persName> elocuencia en los
              filósofos<note place="bottom">Como reconoce Cicerón, los filósofos pueden prescindir
              de la elocuencia, y de hecho la desdeñan. En cambio el orador ideal no puede
              prescindir de la filosofía; pero la filosofía, que le es rigurosamente indispensable,
              tiene para él un papel propedéutico: es la gimnasia que lo prepara para la verdadera
              lucha, la del foro. Por otra parte, incluso cuando los filósofos son artistas de la
              palabra, no cultivan la elocuencia en su terreno y con sus poderes propios. Véase <hi
                rend="i">Orator</hi>, 19, § 62-63 (Cicerón 1964: 22): «<hi rend="i">Quamquam enim et
                philosophi quidam ornate locuti sunt</hi> […]<hi rend="i"> tamen horum oratio neque
                nervos neque aculeos oratorios ac forenses habet. Loquuntur cum doctis, quorum
                sedare animos malunt quam incitare, et de rebus placatis ac minime turbulentis
                docendi causa non capiendi loquuntur, ut in eo ipso, quod delectationem aliquam
                dicendo aucupentur, plus nonnullis quam necesse est facere videantur</hi>», (‘Aunque
              ha habido ciertos filósofos que hablaban de modo brillante […] incluso manejado por
              ellos el discurso no tiene el vigor y la garra de lo oratorio y forense. Hablan con
              hombres doctos, cuyos ánimos se proponen sedar más que excitar, y de asuntos pacíficos
              y lo menos turbulentos posible; hablan para enseñar, no para cautivar, de forma que
              hasta el hecho de que procuren cierto deleite con sus palabras les parece a muchos
              algo superfluo’).</note>, este parece que poéticamente confunde el contar con el
            cantar. Demos caso que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> solo hubiese dicho lo que <persName type="authority"
              key="Plinio el Mayor">Plinio</persName> y que hubiese faltado a la poesía, que debe
            levantar el contrapunto sobre la plática oratoria y filosófica. ¿Qué dijera <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> si hubiera dicho que
            los enjambres habían hilado el zumo del Céfiro, el sudor del sol y la saliva de los
            luceros? Dijera que era desatino, que era delirio, que era confusión, que era locura, y
            ahora decimos que la suya fue pensar que habiendo un filósofo, sin afeites poéticos,
            metáforas ni hipérboles, llamado a la miel de las abejas «sudor del cuerpo celeste» o
            «saliva de los astros», era desafuero en un poeta grande haber dicho de los enjambres
            que «<quote xml:lang="es">en ruecas de oro rayos del Sol hilan</quote>»<note
              place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Polifemo</hi>, v. 400 [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.400"
                >OC255.400</ref>].</note>, habiendo de subir el estilo a mayor eminencia que
              <persName type="authority" key="Plinio el Mayor">Plinio</persName> cuanto va de
            filosofar a metrificar y cuanto va de lo <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f22v.jpg"
              n="f. 22v"/> físico a lo metafórico, pues aún están las hebras transparentes y rubias
            de la miel más cerca de que el Sol las prohije en rayos que de que el Sol las sude en
            gotas, o las escupa el astro en salivas, o las solloce el lucero en lágrimas; pues a
            toda esa erudición filosófica atendió<note type="app" rend="I"> atendio <hi rend="i"
                >A</hi> : attendio <hi rend="i">B</hi></note>
            <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> aquí, como cuando
            ilustremente dijo:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>«República ceñida, en vez de muros,</l>
            <l>de cortezas; en esta pues Cartago<note type="app" rend="I"> Cartago <hi rend="i"
                  >A</hi> : Cartao <hi rend="i">B</hi></note>
            </l>
            <l>reina la abeja, oro brillando vago,</l>
            <l>o el jugo beba de los aires puros,</l>
            <l>o el sudor de los cielos, cuando liba</l>
            <l>de las mudas estrellas la saliva.»<note place="margin" resp="author"> Gongora.
                Soledad 2.</note><note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, II, v.
                292-297 [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.292"
                  >OC264C.292-297</ref>].</note>
            </l></quote>
          <p>50. Dijimos que de aquella octava el mejor verso era: «<quote xml:lang="es">en ruecas
              de oro rayos del Sol hilan</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                >Polifemo</hi>, v. 400 [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.400"
                >OC255.400</ref>].</note>, y bien. Porque el circunspecto y profundísimo poeta
              <persName type="authority" key="Argensola, Bartolomé Leonardo de">Bartolomé Leonardo,
              Febo </persName>aragonés, quiso honrar un epigrama<note place="bottom"> Espinosa
              Medrano llama epigrama al soneto congruentemente con lo que afirma Baltasar Gracián en
              el discurso LX de su <hi rend="i">Agudeza y arte de ingenio</hi> (Huesca: Juan Nogués,
              1648): «El soneto corresponde al epigrama latino, y así requiere variedad: si es
              heroico, pide concepto majestuoso; si es crítico, picante; si es burlesco, donoso; si
              es moral, sentencioso y grave.» (Gracián 1993: 741 y 1648: 367). Sobre la adecuación
              entre el epigrama y el soneto véase López Poza (2013: 25-29).</note> suyo con ese
            verso, estimándole por joya de su musa y ornamento de sus versos: bastante calificación
            de aquel, ser (sin empacho de tan gran poeta) admitido por lucidísimo esmalte de un
            soneto que <persName type="authority" key="Gracián, Juan">el judicioso
              Gracián</persName> llamó grande<note place="bottom"> Baltasar Gracián introduce el
              soneto en su <hi rend="i">Agudeza y arte de ingenio</hi> de 1648 comentando: «gran
              soneto fue este» (Gracián 1648: 283).</note>. He aquí:</p>
          <quote xml:lang="es"><lg>
              <lg>
                <l>Rompe la tierra y en el centro afila</l>
                <l>el buey pesado la esplendiente reja;</l>
                <l>de varias flores la discreta abeja</l>
                <l>“en ruecas de oro rayos del sol hila”;</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>no solo labra el ruiseñor, perfila</l>
                <l>nidos de paja, que en las ramas deja;</l>
                <l>de hurtada yerba, la inocente oveja</l>
                <l>nevados copos al vellón distila.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>Mano enemiga su labor desflora,</l>
                <l>triunfan malos y trabajan buenos,</l>
                <l>discanta el grajo lo que el cisne llora,</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>gozan por propios los que son ajenos;</l>
                <l>que en los premios del mundo no es de agora</l>
                <l>que el que merece más alcance menos.<note place="margin" resp="author"> Barthol.
                    Leonar. Gracian. in<note type="app" rend="I">Gracian. in <hi rend="i">A</hi> :
                      Grac. in <hi rend="i">B</hi></note> Arte de ingen Discurs.<note type="app"
                      rend="I">Discurs. <hi rend="i">A</hi> : Discursu <hi rend="i">B</hi></note>
                    43. Imitacion de Virgil. Sic vos non vobis</note><note place="bottom"> Bartolomé
                    Leonardo de Argensola, <hi rend="i">apud</hi> Baltasar Gracián, <hi rend="i"
                      >Agudeza y arte de ingenio</hi>, discurso XLIII (Gracián 1648: 284). En el
                    apunte marginal, Espinosa Medrano alude a Virgilio y al proverbio latino <hi
                      rend="i">sic vos, non vobis</hi>. Comentando un soneto quevediano en el que
                    este proverbio se encuentra citado, Ignacio Arellano aporta la explicación
                    siguiente: «<hi rend="i">sic, vos, non vobis</hi>,…: “así vosotras, no para
                    vosotras”. Para esta frase proverbial cfr. Herrero Llorente (1985, s. v.):
                    “Según una leyenda transmitida por Donato, un poeta insignificante llamado
                    Batilo, hizo pasar por suyos unos dísticos que Virgilio había escrito sobre la
                    puerta del palacio de Augusto, obteniendo por ello dinero y gloria. Virgilio,
                    dolido, escribió esta famosa frase <hi rend="i">sic vos non vobis</hi>, que
                    nadie acertaba a explicar hasta que el propio Virgilio añadió estos versos: <hi
                      rend="i">Sic vos non vobis nidificatis aves, / Sic vos non vobis vellera feris
                      oves, / Sic vos non vobis mellificatis apes, / Sic vos non vobis fertis aratra
                      boues</hi> [...] Y los encabezó con la siguiente frase: <hi rend="i">Hos ego
                      versiculos feci; tulit alter honores</hi>: Yo hice estos versos; otro se llevó
                    los honores”; Cov. la recoge en su definición de abeja, sin dar fuente precisa:
                    “Este solo entre todos los animales insectos se crió para provecho del hombre
                    [...] y así se les dice con razón: <hi rend="i">Sic vos, non vobis</hi>,
                    melificatis [sic] apes”» (Arellano 2007). En otra glosa del mismo soneto
                    quevediano interpretado por Arellano, Sagrario López Poza confirma la
                    explicación dada por Arellano y cita además el <hi rend="i">Cannonchiale
                      aristotelico</hi> de Emanuele Tesauro sobre la empresa del capitán Antonio de
                    Leyva, que no es otra que el <hi rend="i">sic vos non vobis</hi> (López Poza
                    2000: 202-203). La anécdota se encuentra en Donato, <hi rend="i">Vita
                      Vergilii</hi> (<hi rend="i">vita quae Donati aucti dicitur</hi>), § 69-70
                    (véase Stok y Brugnoli 1997: 111-113). Puede leerse asimismo en los <hi rend="i"
                      >Opera omnia</hi> de Virgilio por Petro Bembo y Andrea Navagero (Venetiis:
                    apud Iuntas, 1552) en Virgilio 1552 (<hi rend="i">Virgilii vita</hi>, f.
                    *IIIIr). Espinosa Medrano indica además en su apunte marginal que el soneto de
                    Bartolomé Leonardo de Argensola ofrece una glosa del proverbio virgiliano. En
                    efecto, el primer cuarteto glosa los versos añadidos por Virgilio al <hi
                      rend="i">sic vos, non vobis</hi> sobre el buey (<hi rend="i">sic vos non vobis
                      fertis aratra boues</hi>) y la abeja (<hi rend="i">sic vos non vobis
                      mellificatis apes</hi>). En el segundo cuarteto encontramos el ave que
                    nidifica —trasegada aquí en ruiseñor en una posible alusión al poeta— (<hi
                      rend="i">sic vos non vobis nidificatis aves</hi>) y la oveja (<hi rend="i">sic
                      vos non vobis vellera feris oves</hi>). Los cuatro son animales que producen o
                    trabajan en provecho del hombre. En el conjunto del poema destacan dos versos
                    bimembres y que por lo tanto respetan la estructura del mote virgiliano: el
                    primero de estos versos bimembres se encuentra en el centro del poema, el
                    segundo como cierre o conclusión: «Triunfan malos, y trabajan buenos» (v. 6) y
                    «Que el que merece más, alcance menos» (v. 14). Este último verso, como el
                    último terceto en su conjunto, parafrasea el encabezamiento virgiliano: «<hi
                      rend="i">Hos ego versiculos feci; tulit alter honores</hi>». En fin, lo mismo
                    dice este poema que el mote virgiliano del <hi rend="i">sic vos, non vobis</hi>:
                    «Gozan por propios los que son ajenos». La irónica agudeza de Bartolomé Leonardo
                    de Argensola consiste en la paradoja siguiente: en un poema cuyo tema es la
                    denuncia del plagio, emplea una doble agudeza por acomodación de verso antiguo
                    (véase Blanco 1988: 105 y siguientes), con versos de Virgilio y de
                    Góngora.</note></l>
              </lg>
            </lg></quote>
          <p>¿No advertís ya que en todo el soneto el cuarto verso brilla por astro<note
              place="bottom"> El verso de Góngora merece la misma valoración que el propio poeta,
              puesto que ambos comparten la misma isotopía luminosa: aquí el verso es «astro» y
              «lucidísimo esmalte» del soneto, y su calidad se mide por «sus esplendores».</note> de
            todo él? Pues por tal le puso allí quien debidamente estimaba sus esplendores. Pero
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> por
            desprecio dice que esto de la cera y la miel, como lo demás, todo es cera; y cierto que
            si todo es cera para él, haremos que todo sea cebo<note place="bottom"> Manuel de Faría
              dice del verso gongorino que «todo es cera» y Espinosa Medrano le responde con el
              cebo. Este ataque de Faría se encuentra en el fragmento siguiente: «“En ruecas de oro
              rayos del sol hilan” para decir cera y miel, y la verdad es que es solamente cera el
              modo de decirlo.» (véase <hi rend="i">supra</hi> Manuel de Faría. § V). El portugués
              reduce la pareja de la cera y la miel a la peor parte de ella (véase el <hi rend="i"
                >Tesoro</hi> de Covarrubias, que define la cera como «lo craso y hez que queda del
              panal escurrida y apretada la miel»). Más aún, detrás del uso de ‘cera’ por Faría
              puede haber una alusión escatológica, pues el término se empleaba para designar el
              excremento humano, como lo hace el propio Góngora en su célebre letrilla burlesca
              sobre el Esgueva, «¿Qué lleva el señor Esgueva?», v. 50 [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem149#l149.50"
                >OC149.50</ref>]. El Lunarejo, que entiende que Faría emplea el término «por
              desprecio», le redarguye con una paronomasia, pasando de la cera al cebo, convirtiendo
              a su enemigo poco menos que en coprófago. Esta descalificación extrema entra sin
              embargo en el sistema metafórico construido alrededor del portugués: el cebo es el
              alimento con el que se atraen a las fieras, y por él la fiera Faría es atrapada, pues
              muerde el verso gongorino desprevenido de la respuesta de Espinosa Medrano que lo
              defiende armado de Aristóteles, Virgilio, Plinio el Viejo, Virgilio y Gracián con
              Bartolomé Leonardo de Argensola.</note>, y parecerale mejor. <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f23r.jpg"
              n="f. 23r"/></p>
          <p>51. En negra hora se topó con <persName type="authority" key="Macrobio"
              >Macrobio</persName><note type="app" rend="I"> Macrobio <hi rend="i">B</hi> : Macobrio
                <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de erratas.</note>, que llamó
            atrevimiento el haber dicho <persName type="authority" key="Virgilio"
              >Virgilio</persName>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Et liquidi simul
              ignis</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Bucólicas</hi>, égloga 6,
              v. 33 (1992a: 74): «y, al mismo tiempo, los del fuego puro» (traducción de Tomás de la
              Ascensión Recio García en Virgilio 1990: 197).</note>; y aplícanoslo, culpando estas
            osadías por inescusables, cuando aun llamar «líquido» al fuego fue reprehensible en
              <persName type="authority" key="Virgilio">el príncipe de los poetas</persName><note
              place="bottom"> Virgilio.</note><note place="margin" resp="author"> Macrobius. Virgil.
              ecl. 6</note>. Bien sabemos que <persName type="authority" key="Macrobio"
              >Macrobio</persName> fue mejor gramático que filósofo y que, de Virgilio y de
            Macrobio, en puntos filosóficos (como en las demás artes) sin controversia se ha de
            juzgar que erró <persName type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName> y no
              <persName type="authority" key="Virgilio">el grande Marón y divino
              poeta</persName><note place="bottom"> Virglio.</note>, que ninguna ciencia ignoró ni
            en facultad alguna erró, como confiesa<note type="app" rend="I"> confiessa <hi rend="i"
                >A</hi> : confiesse <hi rend="i">B</hi></note> el mismo <persName type="authority"
              key="Macrobio">Macrobio</persName>
            <title>libro 1 del Sueño de Escipión</title>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Nullius
              disciplinae expers. Disciplinarum omnium peritissimus</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Macrob. lib. I de Somn.</note><note type="app" rend="I"> [Sobre la
              glosa marginal] <hi rend="i">A</hi>.: lib. I de somn.<note type="app" rend="I">somn.
                  <hi rend="i">B</hi> : summo. <hi rend="i">A</hi></note></note><note place="bottom"
              > La cita de Espinosa Medrano funde dos lugares de Macrobio, <hi rend="i">Commentarii
                in Somnium Scipionis</hi>, lib. 1. El primero, en el cap. 6, párrafo 44, reza: «<hi
                rend="i">unde Vergilius</hi> nullius disciplinae expers<hi rend="i"> plene et per
                omnia beatos exprimere volens ait</hi>»: «Por ello, Virgilio, conocedor de todas las
              ciencias, cuando quiere expresar que los hombres son plenamente dichosos en todos los
              aspectos, dice» (trad. Fernando Navarro Antolín en Macrobio 2006: 174). El segundo, en
              el cap. 15, párrafo 12, dice: «<hi rend="i">quod sciens Vergilius</hi> disciplinarum
              omnium peritissimus<hi rend="i"> ait</hi>» (Macrobio 1970b: 62): «Virgilio, muy
              experimentado en todas las disciplinas, era conocedor de esto, cuando dijo» (trad.
              Fernando Navarro Antolín en Macrobio 2006: 253).</note>; y en el <title>libro
              2</title>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Virgilius, quem nullius unquam disciplinae
              error involvit</quote>»<note place="margin" resp="author"> Idem lib. 2</note><note
              place="bottom"> Macrobio, <hi rend="i">Commentarii in Somnium Scipionis</hi>, lib. 2,
              cap. 8, párrafo 1: «<hi rend="i">Vergilius, quem nullius umquam disciplinae error
                involvit</hi>» (Macrobio 1970b: 121): «Virgilio, a quien ningún error, en ninguna
              disciplina, le ha hecho tropezar» (trad. Fernando Navarro Antolín en Macrobio 2006:
              378). Es probable que extraiga estas citas de algún florilegio de comentarios antiguos
              a la obra virgiliana, como el publicado en <hi rend="i">P. Virgilii Maronis cum
                Veterum omnium Commentariis et selectis recentiorum notis Noua Editio</hi> a cargo
              de Gualtero Valkenier (s. l.: ex officina Abrahami Commolini, 1646). En este
              florilegio, titulado «<hi rend="i">Testimonia de Virgilio et eius scriptis</hi>»,
              podemos leer: «<hi rend="i"><hi rend="sc">Macrobius</hi> Lib. 1 Somn. Scipion. Cap. 1.
                2. et 7. Homericae perfectionis per omnia imitator: nullius disciplinae expers, et
                quem nullius disciplinae error involvit</hi>» (Virgilio 1646: f. **4r).</note>.
            Luego o <persName type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName> se contradice, o
            si jamás <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> erró en ciencia
            alguna, no fue yerro en filosofía llamar líquido al fuego. Tan lejos está ese fuego así
              líquido<note place="bottom"> Anticipa aquí Espinosa Medrano la que será su primera
              justificación del adjetivo, usándolo aquí por “transparente” y “claro”: “estar claro,
              patente y perspicuo”.</note> de tiznar o chamuscar aquellos admirables versos, que
            antes dijo <persName type="authority" key="Turnebe, Adrien">Turnebo</persName><note
              type="app" rend="I"> Turnebo <hi rend="i">A</hi> : Turnebio <hi rend="i">B</hi></note>
            había agradádose tanto el poeta de ese epíteto que adornó con él, como con una brillante
            y preciosísima joya, la hermosura de sus <title>Bucólicos</title>: «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Quae tamen adiectio ita Maroni adrisit, ut suum bucolicum carmen hac tanquam
              gemma ornandum sibi putarit</quote>»<note place="margin" resp="author"> Turneb.<note
                type="app" rend="I">Turneb. <hi rend="i">B</hi> : Turneb <hi rend="i">A</hi></note>
              lib. 10. cap. 8.</note><note place="bottom"> Turnebo (Adrien Turnebe), <hi rend="i"
                >Adversariorum</hi> (Parisiis: ex officina Gabrielis Buonii, in clauso Brunello, sub
              signo D. Claudii, 1564), tomo 1, lib. 10, cap. 8 (Turnebe 1564: f. 186v).</note>.
            Pareciole a <persName type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName> que lo líquido
            era propiedad del agua y de lo húmido y, siendo el fuego sumamente seco y cálido, no se
            pudo arrogar títulos de licor, llamándose<note type="app" rend="I"> llamandose <hi
                rend="i">A</hi> : llamandole <hi rend="i">B</hi></note> líquido<note place="margin"
              resp="author"> Macrob.<note type="app" rend="I">Macrob. <hi rend="i">B</hi> : Macrob
                  <hi rend="i">A</hi></note> Saturnal lib. 6. cap. 5.</note><note place="bottom">
              Macrobio comenta el verso virgiliano «<hi rend="i">et liquidi simul ignis</hi>» (<hi
                rend="i">Bucólicas</hi>, égloga 6, v. 33) en el libro 6 de los <hi rend="i"
                >Saturnalia</hi>, capítulo 5, párrafo 22 (1970a: 362): «El colmo de la audacia
              podría parecer esta frase de las <hi rend="i">Bucólicas</hi>: “Así como del líquido
              fuego”, empleando “líquido” en lugar de “puro” o “brillante” o incluso “difuso” y
              “abundante”, si no fuera porque ya antes empleó Lucrecio este epíteto en el libro VI:
              “También por este motivo sucede que vuela raudo / hacia tierra aquel calor áureo de
              líquido fuego”» (trad. Fernando Navarro Antolín en Macrobio 2010: 556). Los versos de
              Lucrecio que citan las <hi rend="i">Saturnales</hi> pertenecen al <hi rend="i">De
                rerum natura</hi>, lib. 6, v. 205-206. La remisión a Macrobio en este lugar, a
              propósito de las propiedades del agua y del fuego que no se encuentran en el capítulo
              en cuestión, nos lleva a pensar que Espinosa Medrano no acude directamente a Macrobio,
              sino que traslada la remisión que hace La Cerda comentando «<hi rend="i">et liquidi
                simul ignis</hi>» al parafrasear el fragmento en cuestión de los <hi rend="i"
                >Saturnalia</hi>: «<hi rend="i">Non apte Macrobius lib. 6. c. 5. exprompsit in
                Virgilium suam Criticam, cum scripsit audaciae maximae fuisse, dici ignem liquidum,
                nisi prius Lucretius eo epitheto usus esset</hi>». De hecho, en el párrafo 56 de
              esta misma sección, concluyendo la defensa de Virgilio, El Lunarejo cita estas
              palabras de Juan Luis de la Cerda, cuidándose de omitir la remisión al «<hi rend="i"
                >Macrobius lib. 6 c. 5</hi>».</note>. No ignoramos lo que los gramáticos aglomeran
            aquí de textos en defensa de esto líquido. <persName type="authority" key="Servio"
              >Servio</persName> explicó: «<quote xml:lang="la" rend="i">purum aetera</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Servius<note type="app" rend="I">Servius <hi rend="i"
                  >B</hi> : Serbius <hi rend="i">A</hi></note></note><note place="bottom"> Servio,
                <hi rend="i">Commentarius in Vergilii Aeneidos libros</hi>, vol. 1, lib. V, comm. ad
              versum 217: «<hi rend="i"><hi rend="sc">Iter liquidum</hi>. purum aërem</hi>» (1881:
              614).</note>. Mejor que todos <persName type="authority" key="Turnebe, Adrien"
              >Turnebo</persName><note type="app" rend="I"> Turnebo <hi rend="i">A</hi> : Turnebio
                <hi rend="i">B</hi></note> entendió líquido por sin heces, por puro, por no turbio,
            por claro, por limpio: «<quote xml:lang="la" rend="i">Sed liquidum etiam appellatur quod
              defoecatum, quod purum, quod non turbidum, quod clarum, quod sincerum</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Turneb. ibid.</note>, tomándose la metáfora del vino
            cuando más depurado del borujo en los coladeros (dice él), con que en esta acepción
            «fuego líquido» será el puro, el que no ofuscan pavesas, el que no añublan humos:
              «<quote xml:lang="la" rend="i">qua notione liquidum ignem dici reor purum, non
              admixtum, neque inquinatum a fumo</quote>»<note place="margin" resp="author"> Idem
              ibidem</note><note place="bottom"> Turnebo (Adrien Turnebe), <hi rend="i"
                >Adversariorum</hi>, tomo 1, lib. 10, cap. 8 (Turnebe 1564: f. 187r): «<hi rend="i"
                >Sed liquidum etiam appellatur quod defoecatum, quod purum, quod non turbidum, quod
                clarum, quod sincerum, a vino colis defecato ducta translatione: qua notione
                liquidum ignem dici reor purum, non admixtum, neque inquinatum a fumo</hi>».</note>.
            Aunque si fuéramos con el rigor gramatical, fácilmente dijéramos que «<hi rend="i"
              >liquidum</hi>» nace de «<hi rend="i">liquet</hi>», estar claro, patente y perspicuo,
            y así los oradores como los dialécticos a cada paso nos dicen que sus razones «<hi
              rend="i">liquent</hi>», son claras y patentes, y, con todo, sus razones no son agua ni
            húmidas. Dejo nuestro término español de «liquidar cuentas», números y trampas, que todo
            se sale a sacar a luz y aclarar. Lo más cierto es que aquí no habló <persName
              type="authority" key="Virgilio">el poeta</persName> para gramáticos, sino <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f23v.jpg"
              n="f. 23v"/> como profundísimo filósofo y teólogo natural<note place="bottom"> Se
              refiere aquí a Virgilio.</note>. Introdujo en aquella Écloga a Sileno cantando las
            infancias del mundo, los principios del universo, la disposición de los elementos, la
            procreación de las formas y la serie de las mutaciones meteorológicas, y así llamaron
            esta écloga los antiguos «Sileni Theologia». Después desde aquel verso, «<quote
              xml:lang="la" rend="i">hinc lapides Pyrrae</quote>»<note place="margin" resp="author">
              Virg. Eclo. 6</note><note place="bottom"> Virgilio, <title>Bucólicas, égloga
              6</title>, v. 41 (1992a: 74): «<hi rend="i">Hinc lapides Pyrrhae iactos, Saturnia
                regna</hi>», «después de las piedras que lanzó Pirra, del reino de Saturno»
              (Virgilio 1990: 197).</note>, pasa a cantar transformaciones raras, amores fabulosos,
            pues porque no fuese todo filosofía hizo tránsito de la física a lo poético, como
            agudamente reparó aquí <persName type="authority" key="Ascensio">Ascensio</persName>:
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Post physicam narrationem poeticam ac fabulosam
              interserit… Nam si ipsis dumtaxat philosophica<note type="app" rend="I"> philosophica
                  <hi rend="i">B</hi> : pholosophica <hi rend="i">A</hi></note> recitasset, non
              bucolicam, sed philosophiam profiteri videretur<note place="margin" resp="author">
                Ascensius in Eclo. 6. Virg</note><note place="bottom"> Ascensio (Jodocus Ascensius),
                comentario a Virgilio, <hi rend="i">Bucólicas</hi>, égloga 6 (<hi rend="i"
                  >Silenus</hi>), v. 41 y siguientes. Véanse las obras del poeta mantuano comentadas
                por Servio (<hi rend="i">Eneida</hi>) y por Ascensio (<hi rend="i">Bucólicas</hi>):
                  <hi rend="i">P. Virgilii Maronis poetae mantuani universum poema cum absoluta
                  Servii Honorati Mauri grammatici et Iodici Badii Ascensii interpretatione</hi>
                (Venetiis: apud Ioannem Mariam Bonellum, 1558) en Virgilio 1558 (f. 29v): ‘Después
                de la física interpuso una narración poética y fabulosa […] Porque si hubiera
                declamado solo cosas filosóficas, hubiera parecido que profesaba no la bucólica sino
                la filosofía’.</note></quote>». Colijan de aquí <persName type="authority"
              key="Macrobio">Macrobio</persName><note type="app" rend="I"> Macrobio <hi rend="i"
                >B</hi> : Macobrio <hi rend="i">A</hi> [Enmienda recogida en la fe de
              erratas.</note> y su ahijado <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> que cuando <persName type="authority" key="Virgilio"
              >Virgilio</persName> llamó “líquido” al fuego estaba hablando como delicadísimo
            filósofo, y llamó dignamente “líquido” al fuego por lo sutil, penetrable, pervio<note
              place="bottom"> Latinismo, de <hi rend="i">pervius, a, um</hi>: accesible y abierto,
              penetrable y sin obstáculos.</note> y diáfano, a distinción de grueso, sólido, denso,
            corpulento y opaco. Líquido aquí es lo común al aire y al fuego, y el mejor término para
            explicar aquella delgadez de su raridad, según que se contrarían a los demás elementos
            pesados y densos, porque si es verdad que lo raro y lo denso son cualidades añadidas a
            una misma cantidad<note place="bottom"> Francisco Murcia de la Llana, <hi rend="i"
                >Selecta circa octo libros physicorum Aristotelis subtilioris doctrinae, quae in
                Complutensis Academia versatur</hi>, libro 4 («<hi rend="i">super quartum librum
                physicorum</hi>»), disputatio II («<hi rend="i">De vacuo</hi>»), quaestio III («<hi
                rend="i">Utrum rarefactio et condensatio possint fieri sine vacuo et quomodo
                fiant</hi>»): «<hi rend="i">ergo frustra raritas et densitas ponuntur qualitates
                superadditae tali vel tali extensioni quantitatis in ordine ad locum</hi>» (Murcia
              de la Llana 1616: 486).</note>, como siente la mejor escuela, que es la tomística,
            líquido es lo que mejor explica esa substancia sutil, aun antes que se considere
            sobrevenir la raridad<note place="bottom"> Apoyándose en la física tomística, Espinosa
              Medrano afirma que el aire y el fuego comparten una calidad adyacente a sus
              respectivas sustancias. Esta calidad adyacente, que define como «líquida» y como
              «sustancia sutil», corresponde a la raridad, o mejor dicho es aquella que se condensa
              o rarifica (que es susceptible de sufrir una “<hi rend="i">rarefactio et
                condensatio</hi>”): por tanto, preexiste a la raridad como aquello que vuelve la
                «<hi rend="i">rarefactio</hi>» posible. Tal es la razón de que Espinosa Medrano
              escriba que «líquido es lo que mejor explica esa substancia sutil, aun antes que se
              considere sobrevenir la raridad». Para convencernos de que la raridad afecta a las
              sustancias sutiles, y que por tanto estas existen «aun antes que se considere
              sobrevenir la raridad», podemos acudir de nuevo al <hi rend="i">Selecta circa octo
                libros physicorum Aristotelis subtilioris doctrinae, quae in Complutensis Academia
                versatur</hi>, libro 4 («<hi rend="i">super quartum librum physicorum</hi>»),
              disputatio II («<hi rend="i">De vacuo</hi>»), quaestio III («<hi rend="i">Utrum
                rarefactio et condensatio possint fieri sine vacuo et quomodo fiant</hi>»). Cuando
              Francisco Murcia de la Llana trata de explicar el modo en que actúan la <hi rend="i"
                >rarefactio</hi> y la <hi rend="i">condensatio</hi> (sin necesidad de suponer la
              existencia del vacío, que la física aristotélica excluye y que será demostrada en la
              segunda mitad del XVII a partir de las experiencias de Pascal), escribe lo siguiente:
                «<hi rend="i">Prima sententia affirmat rarefactionem et condensationem fieri per
                receptionem et expulsionem corporis subtilioris, ita quod tunc corpus aliquod
                rarefiat, quando recepit intra suos poros corpus subtilius; tunc vero condensatur,
                quando huiusmodi pori ita comprimuntur, quod expellant corpus subtilius contentum in
                poris</hi>» (Murcia de la Llana 1616: 482): ‘En primer lugar afirma que la
              rarefacción y la condensación se producen por recepción y expulsión de un cuerpo más
              sutil, así que un cuerpo entonces se rarifica en cierto modo cuando recibe entre sus
              poros un cuerpo más sutil; pero se condensa, quando esos poros se comprimen hasta
              expulsar el cuerpo más sutil en ellos comprimido’. La biblioteca de El Lunarejo
              contaba con una «complutense física» (Guibovich 1992: 26) que bien podría corresponder
              a esta <hi rend="i">Selecta circa octo libros physicorum Aristotelis subtilioris
                doctrinae</hi>, aunque abundaron los manuales del Colegio Complutense desde la
              primera edición de Murcia de la Llana del suyo, en 1615. Como curiosidad señalo que la
              edición de 1616 de este mismo manual lleva en la portada el escudo con dos lobos de
              los Haros, el mismo que adorna la portada del <hi rend="i"
            >Apologético</hi>.</note>.</p>
          <p>52. También “líquido” expresa mejor y más absolutamente la levedad de ese elemento,
            porque aunque esos términos “grave” y “leve” denoten la ligereza y pesadumbre de
            diversos elementos, empero la<note type="app" rend="I"> la <hi rend="i">A</hi> : le <hi
                rend="i">B</hi></note> explican en orden al <hi rend="i">ubi</hi> y al centro,
            porque leve entendemos «<quote xml:lang="la" rend="i">quod tendit sursum</quote>», lo
            que vuela arriba; y grave «<quote xml:lang="la" rend="i">quod pergit deorsum</quote>»,
            lo que se derriba abajo<note place="bottom"> En la física aristotélica, tanto la levedad
              como la gravedad (el ser ligero o pesado) se explican en términos relativos con
              respecto al centro de la tierra: es leve lo que tiende a alejarse del centro, pesado
              lo que naturalmente tiende a él. El jesuita Francisco de Oviedo escribe por ejemplo:
                «<hi rend="i">graue est illud quod ex sua natura tendit deorsum et leue quod tendit
                sursum</hi>» (Oviedo 1651: 499). Las fuentes pueden ser variadas y entre ellas
              tenemos que considerar las clases del propio seminario de San Antonio Abad. Para
              tratar de expresar de modo absoluto la levedad, Espinosa Medrano acude al término
              «líquido», que por ello conviene al fuego, el elemento que por naturaleza sube y se
              aleja del centro.</note>. Y es llano que muchas cosas absolutas, por entenderlas mejor
            y por penuria de términos significantes, las demostramos por los respectivos, como
            discurren los metafísicos en las especificaciones de las potencias, hábitos y respectos
            transcendentales, y los teólogos en lo de omnipotencia y otras formalidades divinas, que
            parece, dicen, conexión esencial con las criaturas<note place="bottom"> Espinosa Medrano
              echa aquí mano de su saber tomista explicando que según los teólogos la omnipotencia y
              otras “formalidades” o predicados esenciales de la divinidad tienen “conexión
              esencial” con las criaturas. El jesuita Antonio Pérez en su comentario de Santo Tomás
              define así la conexión esencial: «Lo <hi rend="i">esencialmente conexo</hi> es aquello
              que, según su naturaleza, es de tal índole que, si se separara de aquello con lo que
              está unido, sería imposible» (trad. de Juan Cruz Cruz en Pérez 2006: 142). En su
              tratado <hi rend="i">In primam partem Diui Thomae tractatus quinque</hi> (Roma, 1656),
              el que fuera profesor del Colegio Romano de la Compañía de Jesús prueba que Dios no
              puede pensarse (ni por tanto existir) si no se supone la creación al menos como
              posibilidad: «De lo expuesto se infiere la primera prueba de la conexión esencial de
              Dios con la posibilidad de las criaturas en singular. Se prueba la aserción.
              Ciertamente, si faltara la posibilidad de una criatura, incluso si faltara la
              posibilidad de su diferencia singular, por esto mismo, Dios fallaría necesariamente.
              Luego Dios tiene una conexión esencial con la posibilidad de la criatura. La
              consecuencia es diáfana: efectivamente todo aquel que falla al fallar otro, es tal
              porque su existencia se infiere de la existencia del otro. (…) Prueba segunda de dicha
              conexión, basada en el concepto de omnipotencia. La formulo en los términos
              siguientes: Dios es esencialmente <hi rend="i">omnipotente</hi> hasta el punto de no
              negarlo católico alguno. Luego tiene una conexión esencial con la posibilidad de las
              criaturas. Se prueba la consecuencia: porque ser omnipotente es poder producir todas
              las criaturas; y poder producir todas las criaturas está esencialmente conectado con
              el poder de ser producidas, esto es, está esencialmente unido con la posibilidad de
              las criaturas.» (trad. Juan Cruz Cruz en Pérez 2006: 147-148). El tratado hace un uso
              constante de la inferencia por la conexión esencial: véase la introducción (Pérez
              2006: 50-57).</note>. En el fuego, pues, si queremos absolutamente significar lo leve
            sin el respeto al centro<note type="app" rend="I"> centro <hi rend="i">A</hi> : contro
                <hi rend="i">B</hi></note>, no hallaremos término más apto ni cómodo que “líquido”,
            que expresa la sutileza, levedad y ligereza de ese elemento y la del aire, que como leve
            participó del mismo epíteto, llamándole también “líquido” el poeta en su <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f24r.jpg"
              n="f. 24r"/>
            <title>Eneida</title> cuando le rasgaban las alas de aquella célebre paloma<note
              place="bottom"> Se trata de la paloma con la que Virgilio compara la nave de Mnesteo a
              la que alude la cita que trae a continuación El Lunarejo.</note>:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Radit iter liquidum, celeres neque commouet alas<note
                place="margin" resp="author"> Virg. Aeney. lib. 5.</note><note place="bottom">
                Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, V, v. 217: «<hi rend="i">radit iter liquidum
                  celeris neque commouet alas</hi>» (1989: 12): «y va hendiendo el espacio
                transparente y no llega a mover sus raudas alas» (trad. Javier de Echave-Sustaeta en
                Virgilio 1992b: 274).</note>.</l></quote>
          <p>Y <persName type="authority" key="Claudiano">Claudiano</persName>: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Quicquid liquidus complectitur aer</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Claud. [Claud. <hi rend="i">A</hi> : Claud <hi rend="i">B</hi>] de rap
              Pros lib. 2</note><note place="bottom"> Claudiano, <hi rend="i">De raptu
                Proserpinae</hi>, II, v. 294: «<hi rend="i">parua loquor: quidquid liquidus
                conplectitur aer</hi>» (1985: 317): «Pero he dicho poco: todo lo que abraza el
              fluido aire» (trad. Miguel Castillo Bejarano en Claudiano 1993b: 224).</note>.
            Ilustremos este sentir con todo el oro de <persName type="authority"
              key="san Juan Crisóstomo">Crisóstomo</persName>, que, maravillado del rapto de Elías,
            se asombraba del ardiente carro que, atropellando nubes, elevó la pesadumbre de un bulto
            terrestre y grave: Espántame, dice, que el cuerpo líquido y tenue del fuego pudiese
            levantar y sostener el pesado y sólido del profeta, «<quote xml:lang="la" rend="i">Hoc
              ipsum magis mirum est tenue ac liquidum corpus ignis solidum auferre<note type="app"
                rend="I"> auferre <hi rend="i">A</hi> : aufere <hi rend="i"
              >B</hi></note>potuisse</quote>»<note place="margin" resp="author"> S. Chrysostom.<note
                type="app" rend="I"> Chrysostom. <hi rend="i">em.</hi> : Chrysostom <hi rend="i"
                  >AB</hi></note> tom. 1. hom. de ascenso. Heliae. Erasmus. Laelius Tifernas.</note>
            —sea versión de <persName type="authority" key="Erasmo">Erasmo</persName> o de <persName
              type="authority" key="Lelio Tifernate">Lelio Tifernate</persName>—<note place="bottom"
              > San Juan Crisóstomo, homilía 6, <hi rend="i">De ascensione Heliae</hi> (1988: 104,
              líneas 69-70). La homilía del ascenso de Helías forma parte del corpus latino de
              Crisóstomo, sus 38 homilías latinas (Wilmart 1918: 310-311; Crisóstomo 1988). La cita
              se encuentra con facilidad y abundancia en libros del siglo XVI, en ocasiones sin
              referencia exacta al traductor (<hi rend="i">incerto interprete</hi>). Véanse por
              ejemplo los <hi rend="i">Omnia Opera Diui Ioannis Chrysostomi</hi> (Basileae: Andreas
              Cratander, 1525) en Crisóstomo 1525 (f. 11r). La alusión a Erasmo es sin duda una
              remisión a su célebre edición en cinco volúmenes de los <hi rend="i">Opera omnia</hi>
              de Juan Crisóstomo (Basilea, Froben, 1530-1531), que consta de abundantes reediciones:
              véase Crisóstomo 1988 (85-86). Hallamos la cita en cuestión en el tomo quinto de esta
              obra, por ejemplo en la edición de 1558 (apud inclytam Basileam: apud Hieronymum
              Frobenium et Nicolaum Episcopium, 1558): véase Crisóstomo 1558 (col. 654). En cuanto a
              la otra referencia apuntada por El Lunarejo, remite a Lelio Tifernate (Lilius
              Tifernas), humanista umbro del quattrocento italiano e hijo del también humanista
              Gregorio Tifernate. El editor Wolfgang Wenk no lo menciona en su <hi rend="i">Zur
                Sammlung der 38 Homilien des Chrysostomus Latinus</hi> (Crisóstomo 1988), ni tampoco
              André Wilmart en su estudio de las homilías latinas de Crisóstomo (Wilmart 1918). Hay
              sin embargo rastros de una tradición impresa de sermones de Crisóstomo a cargo de
              Lelio Tifernate, que no me detendré a indagar por no ser este el lugar adecuado, pero
              que le merece el reconocimiento de ser el traductor autorizado del sermón «<hi
                rend="i">De patientia in Job</hi>» en la edición del Crisóstomo erasmiano
              (Crisóstomo 1558: 661).</note>. Ya veis aquí lo tenue y lo líquido hechos sinónomos,
            veis también lo líquido contrapuesto hermosamente a lo sólido en la misma elocuencia del
              <persName type="authority" key="san Juan Crisóstomo">divino Crisóstomo</persName>,
            cuya autoridad sola pesa aquí más en nuestra veneración que la póliza de quinientos
              <persName type="authority" key="Macrobio">Macrobios</persName> y <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Farías</persName><note place="bottom">
              En la balanza del razonamiento, para El Lunarejo pesa más san Juan Crisóstomo que lo
              que pesarían quinientos gramáticos, figurados por los críticos Macrobio y
              Faría.</note>.</p>
          <p>Antes había de pensarse que de los elementos, el agua y el aire, y de los mixtos las
            substancias fluidas, eran y se llamaban líquidos, por lo rarefacto o condistinto de
            denso, y por lo que se parecen al fuego, que siendo sumamente raro (o ralo, como quiere
            el castellano), obtiene el principado sobre todo lo líquido<note place="bottom"> Como ya
              ha sido dicho anteriormente, los conocimientos físicos de Espinosa Medrano pueden
              tener multitud de fuentes directas o indirectas, lo cual obliga a una gran prudencia
              del editor. Sin contar las clases cursadas en el seminario de San Antonio Abad, es
              probable que las fuentes principales de la erudición científica de El Lunarejo
              provengan de los libros dedicados a cuestiones meteorológicas, astronómicas o de
              ciencias naturales que se encuentran en el inventario <hi rend="i">post mortem</hi> de
              su biblioteca (Guibovich 1992). Estas líneas, presumiblemente traducidas del latín,
              presentan sin embargo cierto parecido con un apéndice de los <hi rend="i">Adagia</hi>
              de Erasmo en la edición de 1571 que consulta Espinosa Medrano (véase <hi rend="i"
                >supra</hi>). En el apéndice en cuestión («<hi rend="i">Specimen quoddam adagiorum
                quae ab Iunio, Cantero et Giselino partim collecta sunt</hi>») el adagio 46 lleva
              por título «<hi rend="i">Liquida tempestate liquidior</hi>» y en su glosa leemos: «<hi
                rend="i">liquet de nostro igne, qui tamen de genere mistorum est, qui de illo
                simplice, et puro puto elemento rarissimo existimandum? Atque hac ratione, cum ignis
                et aer liquidissima sint corpora, ideoque maxime limpida et tralucida (factum puto
                ut liquidum etiam pro claro, puro, sereno accipiatur, opponaturque turbido, impuro,
                faeculento</hi>» (Erasmo 1571: col. 1342): ‘¿Nos será permitido pensar de nuestro
              fuego, que forma parte sin embargo de los cuerpos mixtos, lo mismo que pensamos de ese
              elemento sutilísimo, absolutamente puro y sin mezcla? Y por esa razón, como el fuego y
              el aire son los cuerpos más fluidos y por ello los más límpidos y traslúcidos (<hi
                rend="i">διαφανής</hi>, diáfanos), pienso que “líquido” (<hi rend="i">liquidus</hi>)
              también se entiende como claro, puro, sereno, y se opone a turbio, impuro y
              fangoso’.</note>, y de cuya liquidez participan proporcionalmente la denominación esos
            otros. Y dado caso que este atributo fuese peculiar y singularísimo del agua (como
            quiere <persName type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName>) aun con todo debió
            llamar el poeta “líquido” al fuego.</p>
          <p>53. Porque la opinión de <persName type="authority" key="Tales">Tales</persName> fue
            muy plausible en la Antigüedad (mayormente entre los poetas<note place="margin"
              resp="author"> Homerus. Claudianus.<note type="app" rend="I">Claudianus <hi rend="i"
                  >A</hi> : Glaudianus <hi rend="i">B</hi></note> Lucretius. Virgilius.</note>) de
            que la agua era principio de todas las cosas y padre del universo el océano<note
              place="bottom"> Hallamos confirmación de que Virgilio considera que el Océano es padre
              del universo en el verso de las <hi rend="i">Geórgicas</hi> (IV, v. 382) citado a
              continuación por El Lunarejo. En cuanto a los demás poetas citados en la anotación
              marginal, Homero llama al Océano padre de todas las criaturas en la <hi rend="i"
                >Iliada</hi>, canto XIV, v. 246 («Océano, que es la progenie de todas las cosas»,
              trad. de Emilio Crespo Güemes en Homero 1996: 382). Claudiano hace lo propio en su <hi
                rend="i">Panegírico al cuarto consulado de Honorio</hi>, v. 22-23 (1985: 62):
              «Océano bañó su cuna; fue conveniente que los futuros dueños de la tierra y el mar
              nacieran del gran padre de todas las cosas» (trad. Miguel Castillo Bejarano en
              Claudiano 1993a: 204). Lucrecio, por último, se muestra más alusivo, puesto que en el
                <hi rend="i">De rerum natura</hi> se opone a aquellos que defienden que el origen
              del mundo se debe a un elemento, como puede ser el agua: como defensor de la teoría
              atómica, atribuye el origen del mundo a agregados atómicos, aunque sí describe en la
              formación del mundo una fase en que la tierra está sumergida en el agua. Véase
              Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib. V, v. 480 y siguientes (2003: 355).
              Estas referencias u otras parecidas se encuentran en los comentaristas virgilianos:
              véase Servio 1887 (69, 347, 349) y Virgilio 1608 (538). Discurre por tanto aquí
              Espinosa Medrano por una senda tópica de los comentarios poéticos antiguos, que buscan
              en los poetas la suma de los conocimientos físicos de su tiempo, remontándose
              habitualmente a Tales de Mileto como paradigma de la ciencia antigua: véanse por
              ejemplo las <hi rend="i">Alegorías de Homero</hi> de Heráclito, en particular los
              párrafos 5 y 6 del capítulo 22 (Heráclito (s. I) 1989: 26-27 y también la nota 7 de la
              página 101).</note>. Como dice <persName type="authority" key="Aristóteles"
              >Aristóteles</persName> en <title>el primero de su Metafísica</title>: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Primo theologizantes sic putant de natura existimandum, Oceanum
              et Thetin generationis parentes fecerunt</quote>»<note place="margin" resp="author">
              Aristoteles Metaphys. lib.<note type="app" rend="I">lib. <hi rend="i">A</hi> : l. <hi
                  rend="i">B</hi></note> 1.</note><note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i"
                >Metafísica</hi>, libro 1, citado por Tomás de Aquino, <hi rend="i">In duodecim
                metaphysicorum libros Aristotelis</hi>, libro 1, lectio IV: «<hi rend="i">Primo
                theologizantes sic putant de natura existimandum, Oceanum enim et Thetin
                generationis parentes fecerunt</hi>» (1588: 14).</note>. Con que procediendo todos
            los elementos, y mixtos, y cuerpos celestes del agua, era preciso haber también el fuego
            brotado de los licores y encendídose en la misma humedad el calor, como advierte sobre
            este lugar <persName type="authority" key="santo Tomás">el angélico doctor santo
              Tomás</persName>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Calor autem ex humore fieri videtur,
              cum ipse humor sit quasi caloris materia</quote>»<note place="margin" resp="author">
              D. Thom.<note type="app" rend="I">Thom. <hi rend="i">A</hi> : Tho. <hi rend="i"
                >B</hi></note> I. Metaphysic.<note type="app" rend="I">Metaphysic. <hi rend="i"
                  >A</hi> : Metaphy. <hi rend="i">B</hi></note></note><note place="bottom"> Tomás de
              Aquino, <hi rend="i">In duodecim metaphysicorum libros Aristotelis</hi>, libro 1,
              lectio IV (1588: 14).</note>. Y que <persName type="authority" key="Virgilio"
              >Virgilio</persName> fuese de la misma opinión de <persName type="authority"
              key="Tales">Tales</persName> es más que cierto, pues casi con las palabras de
              <persName type="authority" key="Aristóteles">Aristóteles</persName> lo confiesa
            diciendo: «<quote xml:lang="la" rend="i">Oceanumque patrem rerum, Nimphasque
              sorores</quote>»<note place="margin" resp="author"> Virg. Geor. 4</note><note
              place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Geórgicas</hi>, IV, v. 382 (1982: 70): «al
              Océano, padre de las cosas y a las ninfas sus hermanas» (trad. Tomás de la Ascensión
              Recio García en Virgilio 1990: 376).</note>. Con que pudo llamar el poeta “líquido” al
            fuego por denotar su líquida materia, como se llama “florida” la miel por haberse
            destilado de las flores. <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f24v.jpg"
              n="f. 24v"/></p>
          <p>54. Ni tiene esto menor fundamento en las sagradas letras, cuando queramos teologizar,
            puesto que es probabilísimo dogma de muchos teólogos que no crio Dios al fuego en el
              principio<note type="app" rend="I"> principio <hi rend="i">A</hi> : princpio <hi
                rend="i">B</hi></note> del mundo, sino que le edujo<note place="bottom"> Educir es
              latinismo, de <hi rend="i">educere</hi>: sacar, extraer, brotar o nacer.</note> de la
            materia ácuea, que criada le antecedió. Persuádelo el oráculo divino en el
              <title>capítulo 1 del Génesis</title>, refiriendo que Dios, al segundo día de las
            infancias del orbe, mandó conglobarse el firmamento entre las aguas, dividiendo las
            ínfimas de las superiores: «<quote xml:lang="la" rend="i">Dixitque Deus: fiat
              firmamentum in medio aquarum et diuidat aquas ab aquis. Et fecit Deus firmamentum
              diuisitque aquas quae erant sub firmamento ab iis quae erant super firmamentum, et
              factum est ita</quote>»<note place="margin" resp="author"> Genes. cap. I</note><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Génesis (trad. de San Jerónimo), I, 6 (<hi rend="i"
                >Vulgata</hi> 1975).</note>. De donde fácilmente se forma este discurso: el
            firmamento fue hecho en medio de las ondas y con él dividió Dios las aguas de las aguas
            (como expresamente enseñan las Escrituras); luego antes del firmamento no había aire ni
            fuego, porque a haberlos, ya estarían las aguas superiores divididas de las inferiores
            por el aire y el fuego, y consiguientemente no las hubiera Dios dividido con el
            firmamento, ni refiriera la Escritura había dicho Dios: «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Fiat firmamentum in medio aquarum et diuidat aquas</quote>». Siendo así, pues, que
            ese intersticio o espacio que ahora ocupa el firmamento no estuviese vacío desde el
            principio de la creación del cielo y tierra hasta el segundo día en que fue construido
            el firmamento, ni haya otro cuerpo que hubiese llenado esa capacidad si no son las aguas
            que el oráculo refiere haberse criado con el cielo y la tierra, colígese bien que
            ocuparon ese espacio las aguas y que de ellas fue fabricado el firmamento, esto es todos
            los orbes celestes y juntamente el aire y el fuego, como infiere bien <persName
              type="authority" key="Molina, Luis de ">Molina</persName>: «<quote xml:lang="la"
              rend="i">Colligitur profecto in eo spatio fuisse aquas, ex eisque fabricatum fuisse
              firmamentum, hoc est orbes omnes coelestes ignemque et aerem</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Molina I p. tract.<note type="app" rend="I">tract. <hi
                  rend="i">A</hi> : tra. <hi rend="i">B</hi></note> de oper 6 dierum. disput.
              2</note><note place="bottom"> Luis de Molina, <hi rend="i">Commentaria in primam Diui
                Thomae partem</hi> (Conchae: ex officina Christiani Barnabae typographi, 1592), <hi
                rend="i">Tractatus de opere sex dierum, disputatio</hi> 2 (Molina 1592: col. 1943
              D): el fragmento en cuestión sucede a una nota marginal que dice «<hi rend="i"
                >Firmamentum ex aqua productum fuit</hi>». En la biblioteca de Espinosa Medrano,
              aparece la mención de un «Santo Thomás. 2 tomos» dentro de una importante serie de
              comentarios a Santo Tomás, entre los que sin embargo no aparece nombrado Luis de
              Molina (Guibovich 1992: 21).</note>. He ahí el sequísimo y calidísimo fuego nacido de
            los líquidos humores del agua. Ni hay que decir que esas aguas que el espacio del
            firmamento ocupaban se aniquilaron o tornaron a su nada y que de nada el segundo día se
            cuajó el firmamento, se encendió el fuego y se explayó el aire: no, porque el autor del
            universo, cuanto por rigorosa creación produjo, todo lo crió junto y en un día, como
            dice el <title>Eclesiástico</title>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Qui vivit in
              aeternum creavit omnia simul</quote>»<note place="margin" resp="author">
                Ecclesiast.<note type="app" rend="I">Ecclesiast. <hi rend="i">A</hi> : Eccle. <hi
                  rend="i">B</hi></note> cap. 18.</note><note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Eclesiastés, 18, v. 1.</note>. Y también porque es común y
            constantísimo sentir de los doctores que Dios jamás redujo a la nada ninguna de sus
            criaturas, y últimamente porque no es <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f25r.jpg"
              n="f. 25r"/> conforme a razón que Dios al principio hinchese de aguas aquel espacio,
            para aniquilarlas luego al segundo día por producir de nada al fuego, al aire y al
              firmamento<note place="margin" resp="author"> Vide Molinam ubi sup.</note><note
              place="bottom"> Espinosa Medrano sigue traduciendo y parafraseando a Luis de Molina,
              pues si seguimos leyendo su Comentario a Santo Tomás encontrarmos calcado su
              argumentario, así como la cita del Eclesiastés (Molina 1592, col. 1944 A): «<hi
                rend="i">Neque enim dicendum est, aquas, quae ibi erant, fuisse redactas in nihilum,
                de nihiloque creatum fuisse secunda die firmamentum. Tum quia, qui vivit in
                aeternum, creavit omnia simul, quae per creationem presse sumptam producta sunt: tum
                etiam quoniam communis doctorum sententia est, Deum nihil eorum, quae semel
                condidit, redegisse unquam in nihilum. Tum denique quoniam rationi non est
                consentaneum, ut Deus a principio repleret interstitium illud aquis, quas statim
                secunda die redigeret in nihilum, ut de nihilo etiam produceret firmamentum</hi>»,
              (‘Ni hay que decir, en efecto, que las aguas, que estaban allí, fueron reducidas a la
              nada, y que el segundo día el firmamento fue creado de la nada. O porque el que vive
              eternamente creó todas las cosas a un mismo tiempo, que son producidas, en rigor, por
              creación; o incluso porque es opinión común de los doctores que Dios no redujo a la
              nada ninguna de las cosas que una vez por todas estableció; o, finalmente, porque no
              es conforme a la razón que Dios al principio llenara aquel intersticio entre las
              aguas, que enseguida iba a reducir a la nada el segundo día, para producir el propio
              firmamento de la nada’).</note>.</p>
          <p>55.<note type="app" rend="I"> 55. <hi rend="i">em. : om. AB</hi></note> Ved pues al
            fuego líquido desde su origen y, aunque por la mutua generación de los elementos (aun
              disímbolos<note place="bottom"> Disímbolo es disímil o distinto. El paréntesis
              recuerda la disparidad del fuego y el agua, disparidad pese a la cual la generación de
              ambos elementos es mutua.</note>) hoy nace cada día el fuego del agua, empero esto se
            ha dicho por demonstrar que le viene de alcurnia lo líquido, pues aun la primera<note
              type="app" rend="I"> primera <hi rend="i">em.</hi> : primer <hi rend="i"
              >AB</hi></note> llama del mundo prendió en las líquidas humedades de aquel elemento, y
            de licores fue encendido el ardor primero. Claro está que al poeta<note place="bottom">
              Virgilio.</note> no le persuadieron estos motivos revelados, aunque bastaron los
            filosóficos para llamar congruentísimamente “líquido” al fuego, habiendo sido buen
            filósofo el primero que lo dijo, que fue <persName type="authority" key="Lucrecio"
              >Lucrecio</persName>:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Deuolet in terram liquidi calor aureus ignis.<note
                place="margin" resp="author"> Lucretius lib.<note type="app" rend="I">lib. <hi
                    rend="i">A</hi> : l. <hi rend="i">B</hi></note> 6.</note>
              <note place="bottom"> Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib. 6, v. 205:
                  «<hi rend="i">deuolet in terram liquidi color aureus ignis</hi>» (1969: 238): «ese
                movedizo color dorado del claro fuego vuela a tierra» (trad. Francisco Socas en
                Lucrecio 2003: 407). La variante <hi rend="i">calor</hi> proviene directamente de
                Macrobio, <hi rend="i">Saturnalia</hi>, lib. 6, cap. 5, párrafo 4 (1970a: 375). Con
                esta variante, aunque truncando el verso, la cita se encuentra entre las que aduce
                de la Cerda en su comentario de Virgilio para defender el verso «<hi rend="i">et
                  liquidi simul ignis</hi>» (<hi rend="i">Bucólicas</hi>, égloga 6, v. 33) contra
                Macrobio: «<hi rend="i">Lucret. lib. 6. Liquidi calor aureus ignis</hi>» (Virgilio
                1608: 117). Del comentario de De la Cerda proviene probablemente esta cita, aunque
                como curiosidad señalo que se encuentra en la edición del <hi rend="i">Parnassus
                  poeticus</hi> de Nicolas de Nomexy que pudo consultar El Lunarejo (<ref
                  target="https://books.google.es/books?id=dIN0WXXKVd0C&amp;vq=aeterius%20Sol&amp;hl=es&amp;pg=PA476#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  >1612: 524</ref>), con la lección «color». En <hi rend="i">La Dorotea</hi>, Lope
                de Vega glosa el mismo lugar de Macrobio sobre el “líquido fuego” de Virgilio, en el
                acto IV, escena segunda: «Pues con todo eso, cuando dijo <hi rend="i">líquido
                  fuego</hi> por puro o lúcido, dijo Macrobio que había sido atrevimiento, y le
                disculpa con que primero lo había dicho Lucrecio» (Lope de Vega: 1987:
              356).</note></l></quote>
          <p>A otros citan en esta comprobación los comentadores de Virgilio, pero escapóseles<note
              type="app" rend="I"> escaposeles <hi rend="i">B</hi> : escaposele <hi rend="i">A</hi>
              [Enmienda recogida en la fe de erratas. Corrección manuscrita en el testimonio A:
              escaposeles.</note> aun a los más presumidos el lugar de <persName type="authority"
              key="Lucano">Lucano</persName>:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Largus item liquidi fons luminis aeterius Sol,</l>
            <l>irrigat assidue coelum candore recenti.<note place="margin" resp="author"> Lucan.
                lib. 5. Pharsaliae.</note>
              <note place="bottom"> La cita es de Lucrecio, <hi rend="i">De rerum natura</hi>, lib.
                5, v. 281-282: «<hi rend="i">Largus item liquidi fons luminis, aetherius sol, /
                  inrigat adsidue caelum candore recenti</hi>» (1969: 185): «Fuente generosa también
                de lumbre clara, el alto sol riega sin parar el cielo de renovados esplendores y al
                punto luz con nueva luz suministra» (trad. Francisco Socas en Lucrecio 2003: 407).
                La confusión entre Lucrecio y Lucano en la atribución de estos versos es error que
                comete también Gracián en su <hi rend="i">Agudeza y arte de ingenio</hi>, cuando
                cita el primer verso en el discurso X (1648: 68). Parece claro que Espinosa Medrano,
                que traslada una remisión más precisa que Gracián, encuentra la cita en algún
                compendio o diccionario, acompañada de una referencia del tipo “Luc. lib. 5”, que él
                interpreta como Lucano, <hi rend="i">Farsalia</hi>, 5. De esa manera aparecen por
                ejemplo estos versos del <hi rend="i">Rerum Natura</hi> en el <hi rend="i">Parnassus
                  poeticus</hi> colectado por Nicolao Nomeseio Charmensi (Nicolas de Nomexy), en
                particular en la edición lyonesa de 1612 (Lugduni: sumptibus Petri Rigaud, via
                Mercatoria, sub signo Fortunae). En ella leemos, bajo el acápite «Sol», la cita en
                cuestión con la referencia marginal «Luc. libr. 5.», que se presta a confusión pues
                sigue de cerca a dos referencias que rezan «Luc. 9. pha.» y «Luc. 10. Ph.» (Nomexy
                1612: 1041), sugiriendo así que el título correspondiente al autor Luc. será
                necesariamente la <hi rend="i">Farsalia</hi>. Menos confusa, pero igualmente
                tendenciosa, es la referencia que se encuentra en el mismo lugar de la edición de
                1641 (Coloniae Agrippinae: ex officina Gualteriana, apud Iodocum Kalckhoven), pues
                si bien remite a «Luc. lib. 5», las dos referencias anteriores a la <hi rend="i"
                  >Farsalia</hi> rezan: «Luc. 9. Phars.» y «Luc. 10. Phars.» (1641: 851). Otras
                ediciones del mismo <hi rend="i">Parnassus poeticus</hi> dan referencias marginales
                más desarrolladas (Lugduni: sumptibus Io. Ant. Huguetan, 1606: 1041; Lugduni:
                sumptibus Pauli Frellon, 1606: 1041; Rothomagi: sumptibus Ioannis Berthelin, in area
                Palatii, 1609: 862; Lugduni: sumptibus Claudii Morillon, typogr. sereniss. duc
                Montispenserii, 1616: 1128, «Lucr. lib. 5») con las que Espinosa Medrano no se
                hubiera confundido y que por tanto no consulta, como tampoco consulta la edición de
                1618 (Rothomagi: apud Thomam Dare, in vico Iudaeorum), que remite a «Luc. lib. 3»
                (1618: 832), siguiendo en esto a la de 1613 (Lugduni: Ioannem Pillehotte, sub signo
                nominis Iesu), que indica «Lucr. lib. 3» (1613: 832). Quedan por tanto descartadas,
                a falta de una revisión de posibles emisiones, las ediciones de 1606, 1609, 1613,
                1616 y 1618. De entre las ediciones del <hi rend="i">Parnassus poeticus</hi> que he
                podido consultar, es por tanto posible que El Lunarejo maneje o bien la edición de
                1612 o la de 1641. No obstante, entre ambas ediciones hay una variante en los versos
                citados por Espinosa Medrano: sólo la edición de 1612 trae «<hi rend="i"
                  >aetherius</hi>», como el <hi rend="i">Apologético</hi>, a diferencia de la de
                1641, donde se lee «<hi rend="i">aethereus</hi>» (1612: 1041; 1641: 851). Así pues,
                si la confusión de Espinosa Medrano se debe a esta poliantea, es probable que
                consulte o bien la edición de 1612, o bien alguna otra, previa o posterior, que siga
                su modelo. No he hallado otras polianteas o misceláneas que citen de manera tan
                ambigua a Lucrecio junto con Lucano.</note></l>
          </quote>
          <p>Y otro del platónico <persName type="authority" key="Apuleyo">Apuleyo</persName> en la
            filosofía del <title>demonio de Sócrates</title>: «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Praeterea cum tot vaga sydera, ut jam prius dictum est, sursum in aethere, hoc est in
              ipso liquidissimo ignis ardore compareant</quote>»<note place="margin" resp="author">
              Apul. lib. de Deo Socr.</note><note place="bottom"> Apuleyo, <hi rend="i">De deo
                Socratis</hi>, cap. 8 (1991: 17): «<hi rend="i">praeterea cum tot vaga sidera, ut
                iam prius dictum est, sursum in aethere, id est in ipso liquidissimo ignis ardore,
                compareant</hi>», (‘además cuando estrellas tan diversas, como ya se ha dicho, se
              muestran ascendiendo en el éter, es decir, en ese fluidísimo ardor del fuego’). La
              variante que maneja Espinosa Medrano, «<hi rend="i">totuaga sidera</hi>» pertenece a
              la tradición textual del <hi rend="i">De deo Socratis</hi> (Apuleyo 1973: 28).</note>.
            No se haga pues espantadizo <persName type="authority" key="Macrobio"
              >Macrobio</persName> de que se le atribuya al incendio cualidad que a ninguna de sus
            pasiones se contraría. Déjelo para cuando oiga al Madaurense filósofo cuyo asnillo de
            oro, en la elocuentísima oración que hace a la luna, entre otras útiles benignidades de
            su influjo le dice que a sus fuegos húmedos deben su nutrición alegres las semillas.
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Luce foeminea conlustrans cuncta moenia, et udis
              ignibus nutriens laeta semina</quote>»<note place="margin" resp="author"> Apulei.
              Metam. lib. 11.</note><note place="bottom"> Apuleyo, <hi rend="i">Metamorfosis</hi>
                (<hi rend="i">El asno de oro</hi>), lib. 11, cap. 2 (1955: 266): «tú, que con tu
              pálida claridad iluminas todas las murallas, con la humedad de tus rayos das vigor y
              fecundidad a los sembrados» (trad. Lisardo Rubio Fernández en Apuleyo 1978:
              323).</note>. ¿No es más esto? ¿Cómo no los asombra el fuego húmedo y los admira la
            llama líquida? ¿Cómo no reclaman contra estos aguados o mojados incendios, «<quote
              xml:lang="la" rend="i">udis ignibus</quote>»? Pues en verdad que <persName
              type="authority" key="Beroaldo, Filipo">Filipo Beroaldo</persName> dijo que esta
            plática de <persName type="authority" key="Apuleyo">Apuleyo</persName> con la luna era
            de entre los arcanos de la filosofía y erudición egipcia: «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Plurima ex secretariis<note type="app" rend="I"> secretariis <hi rend="i">B</hi> : s
                cretariis <hi rend="i">A</hi></note> philosophiae et religionis
              Aegyptiae</quote>»<note place="margin" resp="author"> Ph. Beroald.<note type="app"
                rend="I">Beroald. <hi rend="i">A</hi> : Beroad. <hi rend="i">B</hi></note>
                argum.<note type="app" rend="I">argum. <hi rend="i">B</hi> : argnm <hi rend="i"
                  >A</hi></note> in 11 Metamorphoseon.</note>; y que esta oración no era jumentil
            (como se finge) sino teológica: «<quote xml:lang="la" rend="i">Eloquenter explicatur
              oratio non asinalis, sed theologica</quote>»<note place="bottom"> Estas dos citas de
              Beroaldo provienen de sus comentarios al <hi rend="i">Asno de Oro</hi> (<hi rend="i"
                >Commentarii a Philippo Beroaldo conditi in Asinum aureum Lucii Apulei</hi>), en
              particular del resumen del «<hi rend="i">Argumentum XI Voluminis</hi>» que precede al
              libro undécimo. Véase Beroaldo (1500: f. 251v). Es posible que Espinosa Medrano cite a
              Apuleyo a través de la edición comentada de Beroaldo, aunque del tan repetido por El
              Lunarejo «<hi rend="i">udis ignibus</hi>» (fuego húmedo) el italiano dé la lección:
                «<hi rend="i">nudis ignibus</hi>» (fuego desnudo). En efecto, enmendándose, Beroaldo
              señala en su comentario: «<hi rend="i">Nudis ignibus. Nitidior lectio udis
                ignibus</hi>» (1500: f. 254). Para las variantes de «<hi rend="i">udis ignibus</hi>»
              véase la edición de Maaike Zimmerman (Apuleyo 2012: 259).</note>. Parece que han dado
            los filósofos en mojar los incendios o en humedecer las llamas. Responda <persName
              type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName> o sus fiadores, ¿qué es lo que
            entienden por «<quote xml:lang="la" rend="i">udis ignibus</quote>», húmidos <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f25v.jpg"
              n="f. 25v"/> fuegos? Y si a fuer de buenos filósofos dijeren que a los rayos de la
            luna, que aquí se llaman fuegos<note place="bottom"> Espinosa Medrano parafrasea aquí el
              comentario de Beroaldo al «<hi rend="i">udis ignibus</hi>» (o <hi rend="i"
              >nudis</hi>), que cito íntegramente: «<hi rend="i">Nudis ignibus. Nitidior lectio udis
                ignibus. In luna enim ignes non sunt torrentes et ignei, ut in sole, sed humentes et
                diluti, ut pote quae alienum fulgorem mutuetur, cunctaque humifico spiritu laxet,
                temperamento autem humoris et caloris semina nutriuntur</hi>», (‘<hi rend="i">A los
                fuegos desnudos.</hi> Es lección más clara <hi rend="i">a los húmedos fuegos</hi>.
              En la luna los fuegos no son tórridos y abrasadores, como en el sol, sino húmedos y
              diluidos, porque la que brilla con fulgor ajeno [la luna, cuya luz procede del sol]
              ablanda todas las cosas con un espíritu que las humedece, y por esa templanza de
              humedad y calor se nutren las simientes’). Véase Beroaldo 1500 (f. 254).</note>,
            denominó el otro húmedos <hi rend="i">causaliter</hi> pero no <hi rend="i"
              >formaliter</hi><note place="bottom">Esta pareja de términos escolásticos se encuentra
              definida en la <hi rend="i">Expositio terminorum philosophicorum quorum intelligentia
                sacrae theologiae studiosis per quam necessaria est</hi> (Mechlinae: Laurentii
              Vander Elst, s. a.), publicada en apéndice de la edición de 1729 del <hi rend="i"
                >Breviarium Theologicum</hi> de Jean Polman (Mechlinae: typis Laurentii Vander Elst,
              typographi in foro majori sub signo S. Francisci, s. a., aprobado el 8 de julio de
              1729: f. *4v). La definición de «<hi rend="i">Formaliter</hi>» por oposición a «<hi
                rend="i">Causaliter siue efficienter</hi>» reza: «<hi rend="i">Formaliter dicitur
                aliquid tale vel tale quod formam illius continet; sic manus calida est formaliter
                calida, diciturque formaliter talis a calore quem habet. Causaliter dicitur aliquid
                tale vel tale, quod est causa illius formae. Sic Sol causaliter est calidus. Hoc
                sensu medicinae dicuntur sanae, denominatione sumpta a sanitate animalis, quam
                causant</hi>» (‘Se dice que tal cosa es <hi rend="i">formaliter</hi> porque contiene
              la forma de esta cosa; así una mano caliente es <hi rend="i">formaliter</hi> caliente,
              y se dice que lo es <hi rend="i">formaliter</hi> por el calor que tiene. Se dice que
              algo es tal cosa <hi rend="i">causaliter</hi>, porque es causa de su forma. Así, el
              sol es cálido <hi rend="i">causaliter</hi>; en ese sentido se dicen sanas las
              medicinas, tomando su nombre de la salud que causan’). Véase Jean Polman 1729: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=h9-lDTJCkB0C&amp;hl=fr&amp;pg=RA1-PA35#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(35)</ref>). Lucrecio dice que son fuegos húmedos los rayos de la luna porque
              causan humedad, no porque sean húmedos en sí mismos. En otro sentido, el adjetivo <hi
                rend="i">líquido</hi> puede aplicarse al fuego <hi rend="i">causaliter</hi>, según
              Espinosa Medrano, puesto que la acción del fuego es capaz de fundir y «liquidar», esto
              es: «hacer líquido y corriente lo que tenía consistencia» (<hi rend="i"
              >Aut.</hi>).</note>, les preguntaremos que por qué el fuego de <persName
              type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> no será también líquido <hi
              rend="i">causaliter</hi>, siendo su efecto liquidar, no menos que lo es de la luna el
            humedecer.</p>
          <p>56. En fin, pues, aquí <persName type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName> se
            admiró mal y juzgó peor, como dijo <persName type="authority"
              key="Cerda, Juan Luis de la">Cerda</persName>: «<quote xml:lang="la" rend="i">Non apte
              Macrobius exprompsit in Virgilium suam criticam, cum scripsit audaciae maximae fuisse
              dici ignem liquidum</quote>»<note place="margin" resp="author"> Zerda in Ecl. 6.
              Virgilii.</note><note place="bottom"> Juan Luis de la Cerda, comentario a las <hi
                rend="i">Bucólicas</hi> de Virgilio, égloga 6, v. 33 (Virgilio 1608: 117): «<hi
                rend="i">Non apte Macrobius lib. 6. c. 5. exprompsit in Virgilium suam criticam, cum
                scripsit audaciae maximae fuisse dici ignem liquidum</hi>», (‘Macrobio, lib 6, cap.
              5, con poco acierto censuró a Virgilio, escribiendo que había estado sumamente audaz
              en escribir “fuego líquido”’).</note>. También <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, que en eso lo sigue, censura
            ineptísimamente y con menos disculpa que el otro, que sólo dice que fue atrevimiento y
            no más, y cuando esto se le note a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> no lo negamos. Que atrevimiento fue embestir Acilio<note
              type="app" rend="I"> Acilio <hi rend="i">em.</hi> : Atilio <hi rend="i"
            >AB</hi></note>, cortado el brazo diestro, con solo el escudo, vibrando rayos de furor
            por los ojos con toda la nao de Masilia hasta rendirla él solo, pero fue arrojo
              ilustre<note place="margin" resp="author"> Valer. Max. lib.<note type="app" rend="I"
                >Max. lib. <hi rend="i">em.</hi> : Max lib. <hi rend="i">A</hi> || Ma. l. <hi
                  rend="i">B</hi></note> 3</note><note place="bottom"> Valerio Máximo, <hi rend="i"
                >Facta et dicta memorabilia</hi>, lib. 3, cap. 2 «<hi rend="i">De fortitudine</hi>»
              (‘Sobre la fortaleza de ánimo’), párrafo 22: «<hi rend="i">Ne Acilium quidem
                praeterire possumus, qui, cum decimae legionis miles pro C. Caesaris partibus
                maritima pugna proeliaretur, abscisa dextra, quam Massiliensium naui iniecerat,
                laeua puppim apprehendit nec ante dimicare destitit quam captam profundo
                mergeret.</hi>» (2000: 256): «Y en verdad no podemos pasar por alto a Acilio, que
              cuando estaba luchando como soldado de la décima legión en el ejército de Gayo César,
              en el combate naval entre romanos y marselleses, al serle cortada la mano derecha con
              la que se había asido a la nave enemiga, se agarró con la izquierda a la popa y no
              dejó de luchar hasta que se sumergió la nave en la profundidad tras haberla
              capturado.» (trad. Santiago López Moreda, María Luisa Harto Trujillo y Joaquín
              Villalba Álvarez en Valerio Máximo 2003: 215).</note>. Atrevimiento fue acometer
            Aristómenes con todo un ejército, y matar cuatrocientos Lacedemonios de una mano, pero
            fue osadía heroica<note place="margin" resp="author"> Pausanias lib.<note type="app"
                rend="I">lib. <hi rend="i">A</hi> : l. <hi rend="i">B</hi></note> 3</note><note
              place="bottom"> Pausanias, <hi rend="i">Descripción de Grecia</hi>, lib. 4, cap. XIV,
              párrafos 4-6 (1926: 258-261): «4. Cuando ellos [los lacedemonios] huyeron, Aristómenes
              ordenó a otra compañía de mesenios perseguirlos, y él mismo se lanzó contra los que
              más resistencia oponían, y después de que repelió también a estos, se volvió contra
              otros; y rechazando rápidamente también a estos, se lanzó ya más resueltamente contra
              los que sostenían el ataque, hasta que desbarató toda la formación de los lacedemonios
              y de sus aliados. Y como huyeran sin pudor y no quisieran ya esperarse unos a otros,
              los atacó infundiéndoles más temor que el que pueda inspirar la locura de un solo
              hombre. 5. Allí crecía un peral silvestre en un lugar de la llanura, más allá del cual
              el adivino Teoclo prohibió a Aristómenes pasar, pues decía que sobre el peral estaban
              sentados los Dioscuros. Pero Aristómenes, dejándose llevar por su cólera y sin
              escuchar lo que el adivino decía, cuando estuvo junto al peral, perdió su escudo, y el
              error de Aristómenes dio ocasión a que algunos de los lacedemonios se salvaran en su
              huida, pues perdió el tiempo intentando encontrar el escudo. 6. Los lacedemonios
              estaban desesperados después de este golpe y dispuestos a poner fin a la guerra, pero
              Tirteo recitando elegías les hizo cambiar de opinión y alistó para las compañías en
              sustitución de los muertos a hombres de los hilotas. Cuando Aristómenes regresó a
              Andania, las mujeres le lanzaban cintas y flores frescas y cantaban una canción que
              todavía se canta entre nosotros: “Hasta el centro de la llanura de Esteniclaro y hasta
              la cima del monte / seguía Aristómenes a los lacedemonios”» (trad. María Cruz Herrero
              Ingelmo en Pausanias 1994: 146).</note>. Atrevimiento fue prender el famoso Cortés al
            emperador Moctezuma<note type="app" rend="I"> Moctezuma <hi rend="i">em.</hi> : Motezuma
                <hi rend="i">AB</hi></note> dentro de su corte misma ceñido de innumerables
            bárbaros, pero fue audacia loable<note place="margin" resp="author"> Illescas<note
                type="app" rend="I"> Illescas <hi rend="i">em.</hi> : Illes as <hi rend="i">A</hi>
                || Nescas <hi rend="i">B</hi></note> Hist. Pont. clem. 7</note><note place="bottom">
              Gonzalo de Illescas, <hi rend="i">Segunda parte de la historia pontifical y
                católica</hi> (Salamanca: en casa de Vincente de Portonariis, 1573), lib. 6, cap.
              XXIV (vida de León X), § VIII «De la conquista y conversión de la Nueva España y de la
              gran ciudad de México y parte de los esclarecidos hechos del famoso Hernando Cortés,
              marqués del Valle»: «Para remediar todos estos inconvenientes, después de haber
              revuelto en su pecho muy grandes cosas, vino a determinarse en una de las mayores y
              más notables hazañas que jamás ningún hombre osó imaginar, que parece temeridad y más
              que locura, y cierto se agota el entendimiento en pensarla. Y fue prender al grande y
              poderosísimo rey Moctezuma dentro de su casa, en medio de más de cuatrocientos o
              quinientos mil vasallos suyos, con solos cuatrocientos compañeros. Cosa que
              verdaderamente espanta cómo la pudo pensar, cuanto más hacerla y salirse con ella»
              (Illescas 1573: <ref
                target="http://bvpb.mcu.es/es/catalogo_imagenes/grupo.cmd?interno=S&amp;posicion=441&amp;path=14591&amp;forma=&amp;presentacion=pagina"
                >f. 219r</ref>). La referencia marginal que da Espinosa Medrano situa el fragmento
              en el pontificado de Clemente VII (1523-1534), aunque la captura de Moctezuma como
              rehén ocurrió en 1519.</note>. Atrevimiento fue conquistar <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> frasis nuevas, periodos esquisitos,
            metáforas peregrinas, pero fue insigne atrevimiento, que no hubiera admirado el mundo
            hazañas grandes a no haberse usado gigantes<note place="bottom"> Espinosa Medrano repite
              la tópica asimilación del poeta Góngora a su héroe Polifemo.</note> osadías. Y así a
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, cuando nos
            dice que «¿qué dijera <persName type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName> de
            estas cosas, si de <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> dijo
            aquellas?», le respondemos que si había de juzgarlo tan ruinmente como de <persName
              type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName>, haríamos de la suya el caso que
            de la censura de <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> contra <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName>. Luego nos embiste con que si <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> por ventura iguala a <persName
              type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> o sus defensores a <persName
              type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName>. Desatinada pregunta: indigna es
            de respuesta interrogación tan furiosa. Pero si hay defensores de Góngora que a
              <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> entiendan tan bien como
              <persName type="authority" key="Macrobio">Macrobio</persName><note type="app" rend="I"
              > Macrobio <hi rend="i">em.</hi> : Mocrobio <hi rend="i">AB</hi> [Enmienda recogida en
              la fe de erratas, que no consigna «Mocrobio» sino «Macobrio».</note>, otros lo digan,
            que aquí con más modestia sólo dijimos que en algunos lances que ocurren entre <persName
              type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> y <persName
              type="authority" key="Homero">Homero</persName>, <persName type="authority"
              key="Ovidio">Ovidio</persName> y <persName type="authority" key="Virgilio"
              >Virgilio</persName>, no pocas veces sale más airoso <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName>, venciendo algunas la lira castellana a la
            grandeza griega y latina, porque lo demás se quedó para <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, que para ensalzar a su <persName
              type="authority" key="Camões">Camões</persName> echa a rodar los <persName
              type="authority" key="Virgilio">Virgilios</persName>, los <persName type="authority"
              key="Horacio">Horacios</persName>, los <persName type="authority" key="Píndaro"
              >Píndaros</persName>, los <persName type="authority" key="Homero">Homeros</persName>,
            los <persName type="authority" key="Plauto">Plautos</persName> y <persName
              type="authority" key="Menandro">Menandros</persName><note place="margin" resp="author"
              > Fol. 47. vida<note type="app" rend="I">vida <hi rend="i">A</hi> : vido <hi rend="i"
                  >B</hi></note> del poeta. N.<note type="app" rend="I">N <hi rend="i">A</hi> : M
                  <hi rend="i">B</hi></note> 24.</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Vida del poeta</hi>, 23, col. 47, C
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 47): «Así luego, España en solo Luis de Camões
              vio junta la grandeza de Homero y Virgilio en lo heroico, la de Píndaro y Horacio en
              lo lírico, la de Menandro y Plauto en lo cómico, con igualdad notable, apropiándose a
              sí solo cuanto consiguieron en diferentes edades y sujetos los griegos y los latinos,
              los italianos y los españoles». En el apunte marginal, El Lunarejo remite al punto 24
              de la <hi rend="i">Vida del poeta</hi>, anticipándose a la cita que trae sobre la
              «Fábula de Adamastor», pues en la <hi rend="i">Vida del poeta</hi>, 24 (col. 47 D)
              leemos: «y la fábula de Adamastor solamente suya que sin duda hace sombra a Homero y a
              Virgilio, y que sola pudiera acreditar un poema y mil espíritus poéticos» (Faría
              1639a: I, col. 47).</note>. Aquí los atropella, aquí los excede, aquí los anochece,
            pues la <title>fábula de Adamastor</title> dice él que «sin duda hace sombra a Homero y
            a Virgilio»<note place="margin" resp="author"> Canto 5. est. 50. fol. 540.</note><note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto V,
              estancia 50, col. 540 B, [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 540): sobre la fábula
              de Adamastor, comparada con otras fábulas de gigantes ovidianos, virgilianos y
              homéricos, «y sin duda alguna esta pone por tierra cuanto escribieron e inventaron
              Homero, Virgilio y Ovidio».</note>. Y es tan dueño <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f26r.jpg"
              n="f. 26r"/> de estas arrogancias que ya no nos quiere dejar de barato algunas migajas
            de vanidad para que comparemos a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> con <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName>,
            pues pudiera, ya que <persName type="authority" key="Camões">Camões</persName> le
            escurece y excede con tantas distancias, sobrarnos el que le cotejemos igualado, ya que
            él se lleva lo excedido.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion7_Faría">
          <index indexName="resp" n="Faria e Sousa, Manuel de"/>
          <head>Manuel de Faría. § VI.</head>
          <quote xml:lang="es">«¿Por ventura la poesía no está sujeta a leyes, a juicio, a cordura,
            a inteligencia, a suavidad y a cláusulas líquidas<note place="bottom"> Cita aquí
              Espinosa Medrano un uso de «líquidas» que corresponde al «estar claro, patente y
              perspicuo» con el que defendía a Virgilio contra «Macrobio y su ahijado
            Faría».</note>? Dicen algunos que me atrevo a mucho en querer deslucir lo que tantos
            aprueban. Respondo que no pretendo negar a <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> la alabanza adonde la merece, ni tengo por
            ignorantes los que le aprueban adonde no lo merece, pero téngolos por mal informados y
            que miran solo a la flor superficial, y el seguir muchos una cosa no la califica, aunque
            la esfuerce. La mayor parte del mundo sigue a <persName type="authority" key="Mahoma"
              >Mahoma</persName>. Pregunto si eso califica sus preceptos. Pues entiendan cierto que
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> es el Mahoma de
            la poesía<note place="bottom"> En la sección primera, párrafo 2, Espinosa Medrano
              escribe: «Atreviose [Faría] al fin a dar la más impía, soez y afrentosa sentencia
              contra el mayor poeta de nuestros siglos, condenándole no menos que a Mahoma de los
              ingenios».</note>, que predicando que venía a mejorarla en España, la inficionó con
            errores: “<quote xml:lang="la" rend="i">Cogitauit ut faceret uuas: et fecit
              labruscas</quote>”<note place="bottom">Véase <hi rend="i">infra</hi>, VII, §
              59.</note>.»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo
              II, Canto III, estancia 94, col. 135 A-B, [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 135).
              Espinosa Medrano copia el texto de Faría añadiendo dos variantes, pues el original
              reza «ni tengo por ignorantes los que le <hi rend="i">aplauden</hi> adonde no lo
              merece», «y <hi rend="i">que</hi> el seguir muchos una cosa no la califica».</note>
          </quote>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion7">
          <head>Apologético. Sección VII</head>
          <p>57. Gran patrón tienen las leyes poéticas en <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>. Celoso de su observancia acusa a
              <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">nuestro Góngora</persName> por
            transgresor de ellas. Pero, ¿quién no se reirá de ver acusado de ese crimen a quien, no
            contento con solo observar todas las de la poesía castellana, pero introducido en las
            clases griega y latina, descubrió nuevos preceptos a que regularse y solicitó leyes
            estrañas a que ceñirse? <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Él</persName>
            lo dijo hablando con los Patos de Aganipe<note place="bottom">Esta perífrasis referida a
              los críticos de Góngora retoma la animalización del primer verso, «Patos de la
              aguachirle castellana» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem463#l463.1"
                >OC463.1</ref>], del soneto citado a continuación, que a su vez menciona la fuente
              de Aganipe en el verso 12 [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem463#l463.12"
                >OC463.12</ref>].</note>:</p>
          <quote xml:lang="es"><lg>
              <l>Pisad graznando la corriente cana</l>
              <l>del antiguo idioma y, turba lega,</l>
              <l>las ondas acusad cuantas os niega</l>
              <l>ático estilo, erudición romana.<note place="margin" resp="author"> Soneto 144<note
                    type="app" rend="I">144 <hi rend="i">A</hi> : 14. <hi rend="i"
                  >B</hi></note></note><note place="bottom"> Cita Espinosa Medrano el segundo
                  cuarteto del soneto de Góngora «A Lope de Vega y sus secuaces» [<ref
                    target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem463#l463.5"
                    >OC463.5-8</ref>]. Por la anotación marginal podemos deducir que lee el soneto
                  en el <hi rend="i">Segundo tomo de las Obras de Don Luis de Gongora
                    comentadas</hi> por <persName type="polemist" key="Salcedo Coronel, García de "
                    >Salcedo Coronel</persName>, puesto que ahí aparece numerado como soneto 144
                  (Salcedo Coronel 1644: 632).</note>
              </l>
            </lg></quote>
          <p><pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f26v.jpg"
              n="f. 26v"/> Olvidósele a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> el que poco antes conjurado con <persName type="authority"
              key="Macrobio">Macrobio</persName> condenaba la osadía virgiliana de llamar “líquido”
            al fuego. Y ahora dice que “la poesía está sujeta a leyes y cláusulas líquidas”. Como si
            las cláusulas tuvieran bula para ser más líquidas que el fuego, y no siendo atrevimiento
            esto, ha de ser audacia aquello. Demos que <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> tal vez exorbitase de la norma poética (que
            es falso y soñado). ¿Por ventura el mismo <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> defendiendo a su <persName
              type="authority" key="Camões">Camões</persName> no dijo: «<quote xml:lang="es">tanto
              respeto se debe a los grandes hombres, que ni de todo se les ha de pedir cuenta,
              porque pueden dar leyes ellos, y dárselas a ellos solo lo podrán hacer otros
              mayores</quote>»<note place="margin" resp="author"> Cant. 6. est. 18<note type="app"
                rend="I">18 <hi rend="i">A</hi> : 38 <hi rend="i">B</hi></note> fol. 39</note><note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo III, Canto VI,
              estancia 18, col. 39 A, [1639_lusiadas] (Faría 1639b: III, col. 39). Estas palabras se
              aplican originalmente a Miguel Ángel, al que se le consiente por su autoridad que
              pinte figuras sagradas desnudas.</note>? Pues véase ahora si quien lo dijo es mayor
            que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> para doblarle la
            cerviz al yugo de sus leyes, que <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don
              Luis</persName> con la autoridad que le decora puede estatuirlas y discernirlas como
            varón grande. Como creyó su comentador <persName type="polemist"
              key="Salcedo Coronel, García de ">don García Coronel</persName>, cuando viendo la
            novedad de la composición del Soneto 88 dijo: «<quote xml:lang="es">Autoridad tuvo don
              Luis de introducir estas novedades</quote>»<note place="margin" resp="author"> Coronel
              tom. 2. son. 88 fol. 445.</note><note place="bottom"> La referencia que da Espinosa
              Medrano es correcta: <persName type="polemist" key="Salcedo Coronel, García de "
                >Salcedo Coronel</persName>, <hi rend="i">Obras de Don Luis de Góngora
                comentadas</hi>, tomo 2, soneto 88 (1644: 445). Las palabras del comentarista son
              las siguientes: «Los tercetos de este soneto guardan entre sí un orden que no he visto
              ejemplar, ni en los poetas italianos ni en los españoles, añadiendo dos versos de
              siete sílabas que se interponen entre los de once. Autoridad tuvo don Luis para
              introducir estas novedades: pero yo no las imitaré».</note>. Deseamos ver estos
            quebrantamientos de las leyes poéticas: salgan a luz estas facinorosas transgresiones,
            porque hasta ahora <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> no ha exhibido más que saltos de cabras ridículos, hipérbatos mal
            entendidos y metáforas peor penetradas. Cuerdos eran los que le decían que se atrevía a
            mucho en querer deslucir lo que tantos aprueban<note place="bottom"> Véase <hi rend="i"
                >supra</hi> Manuel de Faría § VI.</note>, porque eso de deslucir al sol es vanidad
            imaginaria de vapores ruines, que suben borrones para despeñarse lágrimas, siendo así
            que lo pardo que anubla solo es tiniebla de la nube, no opacidad del flamantísimo
              planeta<note place="bottom"> Espinosa Medrano defiende con virulencia la
              interpretación aristotélica de un tema central de la historia de las ciencias de
              inicios del siglo XVII, la observación de las manchas solares con telescopio. Las
              manchas solares, observadas en torno a 1610 por Galileo, por el inglés Thomas Harriot,
              el jesuita alemán Scheiner y anteriormente por Fabricius, ponían en jaque la
              concepción aristotélica de la perfección de los cuerpos celestes y eran el germen de
              una concepción homogénea del universo en que la tierra y el cielo no divergen en
              calidad ni esencia, sino que comparten una misma materia imperfecta. Además, el
              movimiento de estas manchas llevó a Kepler, entre otros renombrados astrónomos, a
              imaginar la rotación del sol, abriendo la veda para que Galileo concibiera el
              movimiento de los cuerpos celestes, que privaba a la teología y la metafísica de un
              centro estable del universo. Sobre estos temas, véase Galilei y Scheiner 2010 (2-57)
              así como el interesantísimo libro de Philippe Hamou sobre el impacto epistemológico de
              los instrumentos ópticos del siglo XVII (Hamou 1999: 29-75). El Lunarejo apoya
              incondicionalmente la perfección aristotélica del astro solar, atribuyendo las manchas
              al ojo del que mira, maculado por efecto de la observación directa de los rayos del
              sol. Retoma de esta manera un argumento en contra del telescopio que achacaba
              indiscriminadamente a la lente o a la córnea la aparición de las manchas solares por
              esta misma razón (Clavelin 2004: 31-32, 36, 46-50). El propio Galileo se alzará contra
              este argumento en su primera carta a Marcus Welser (del 4 de mayo de 1612) sobre las
              manchas solares, párrafo 2, defendiendo su realidad y negando que sean producto de una
              ilusión de la vista o de la lente del telescopio (Clavelin 2004: 219). El Lunarejo se
              posiciona por tanto en una polémica científica y teológica para recalcar su
              posicionamiento en la polémica gongorina, insistiendo en asimilar a Góngora al sol
              intachable que con tanto ahínco defiende. Además, de forma indirecta y por alusiones,
              lanza contra Faría ataques continuados que insinúan su herejía, comparándolo aquí con
              Galileo (aunque las manchas solares poco tengan que ver directamente con la acusación
              de herejía que se le hizo, como puede verse en Egidio Festa 1991: 95-96). Dejando
              estas últimas cuestiones a un lado, Espinosa Medrano entabla también una disputa con
              Manuel de Faría sobre la autoridad del artista. Al iniciar el párrafo con una
              ponderación de Faría de la libertad de la que goza Miguel Ángel para darse leyes en su
              arte y continuar, luego, comentando los borrones que nublan la vista del crítico que
              se enfrenta a Góngora, Espinosa Medrano relaciona aquí dos fragmentos de Manuel de
              Faría dedicados ambos a Miguel Ángel. El primero ya queda dicho <hi rend="i"
                >supra</hi> (Faría 1639b: III, col. 39). El segundo se encuentra en el <hi rend="i"
                >Juicio del poema</hi> y trata del mismo tema que el primero, la libertad de la que
              goza el gran pintor de hacer desnudos de las figuras sagradas: «Del raro Michael
              Angelo sabemos que pintaba a Cristo en todas ocasiones que le dejaron desnudo, sin
              toalla o cobertura de alguna parte, y en la cruz sin clavos en manos ni pies, y
              preguntado: “¿en qué se sustentaba aquel cuerpo?”, respondió: “que eso había de
              suponer pintado el entendido y no esperar de un valiente hombre que se detuviese a
              pintar un clavo”. Clavos pintan bien los pulidos de este tiempo, con que nos enclavan
              la paciencia, y toallas o nubes (no tan engañosas como la de Parrasio) con que
              pretenden disimular sus defectos, y cuando llegamos a descubrir la figura, está sin
              nervios. De aquí procede que cuando los novicios en el arte ven aquellos lances que no
              conocen, se atreven a pensar que si lo intentaren llegarán a otro tanto, y cuando lo
              intentan quedan ciegos en aquellos borrones, como en los mismos rayos del sol.»
              (Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Juicio del
                poema</hi>, col. 81, C-D [1639_lusiadas] (1639a: I, col. 81)). La asimilación de
              Góngora con el sol tiene por tanto aquí una correspondencia en la asimilación
              establecida por Faría entre Miguel Ángel y el sol. Incluso velada e incidental, la
              alusión nos muestra a un Faría contradictorio, que busca manchas en el sol gongorino
              cuando sabe que los borrones del sol no son sino la ceguera del que mira sus rayos.
              Así, al reunir en un mismo párrafo dos alusiones a lugares en que Faría alaba a
              Miguel-Ángel, Espinosa Medrano equipara a Góngora con el artista florentino: ambos
              perfectos, sin tacha, y con autoridad suficiente para que se les consienta lo que en
              otros es reprensible.</note>. Dice que no pretende negar a <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">don Luis</persName> las alabanzas adonde las merece. Como si
            aquí hubiéramos menester sus elogios. Nunca las diga, ni jamás las dé, que de labio que
            (fuera de <persName type="authority" key="Camões">Camões</persName>) no supo más que
            alabarse a sí mismo y en cuyas palabras padecieron común oprobio y vilipendio universal
            tantos hombres insignes, más son de estimar los desprecios que los loores, pues
            vituperios de quien aborrece tanto bueno, más que lastiman, halagan, más que afrentan,
            acreditan. Por eso dijo <persName type="authority" key="Tertuliano"
              >Tertuliano</persName> que cuando no afianzaran a la religión cristiana tan soberanos
            créditos, bastaba para calificarla de loable<note type="app" rend="I"> loable <hi
                rend="i">A</hi> : louable <hi rend="i">B</hi></note> el haberla aborrecido Nerón:
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Tali dedicatore damnationis nostrae etiam gloriamur;
              qui enim scit illum intelligere potest non nisi grande aliquod bonum a Nerone
              damnatum</quote>»<note place="margin" resp="author"> Tertul. frag. apud Nicephor. lib.
              2. cap. 37.</note><note place="bottom"> Tertuliano, <hi rend="i">Apologeticum</hi>,
              cap. 5, 15 y Callistus Nicephorus, <hi rend="i">Ecclesiasticae historiae libri
                XVIII</hi>, lib. II, cap. 37: ‘De la condena de semejante juez nos glorificamos;
              porque quien lo conoce sabe que solo puede ser un gran bien lo que fue condenado por
              Nerón’. Según la remisión, El Lunarejo considera la cita de Tertuliano como un
              fragmento que se encuentra en Nicephorus: véase por ejemplo el tomo primero de los <hi
                rend="i">Nicephori Callisti filii Xanthopuli Ecclesiasticae historiae libri
                XVIII</hi> (Lutetiae Parisiorum: sumptibus Sebastiani et Gabrielis Cramoisy, 1630)
              en Nicephorus 1630 (195). Curiosamente, según la <hi rend="i">Patrología latina</hi>
              de Migne la cita fue considerada como traducción de Rufino de un fragmento en griego
              de Tertuliano (Migne 1844b: col. 1119 B), aunque pertenece al <hi rend="i"
                >Apologeticum</hi>. En la sección y el párrafo en el que se encuentra, esta
              comparación de Faría con Nerón, como perseguidor de cristianos y megalómano, denuncia
              sus delirios de grandeza como crítico y responde al ataque contra Góngora como Mahoma
              de los poetas: el verdadero hereje y enemigo de la cristiandad y la poesía es por
              tanto el crítico portugués.</note>.</p>
          <p>58. Añade que no tiene por ignorantes a los que le aplauden, sino por mal informados,
            etc. Pero diciendo después que Góngora <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f27r.jpg"
              n="f. 27r"/> inficionó a España con errores, ¿qué más ignorantes los ha de llamar, si
            les culpa que aplauden errores? Y no entendemos qué es lo que quiere decir en que el
            seguir muchos una cosa no la califica aunque la esfuerce<note place="bottom"> Cuando
              Faría dice que «el seguir muchos una cosa no la califica, aunque la esfuerce» (<hi
                rend="i">supra</hi> Manuel de Faría § VI) contrapone dos maneras de apoyar una
              opinión, una cuantitativa e inválida (esforzar) y la otra cualitativa y legítima
              (calificar). Véase el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>: Calificar es «dar
              por buena o mala una cosa, según sus calidades, como una persona, un libro, una
              proposición, etc. Lat. <hi rend="i">approbare, comprobare</hi>», por lo que al dar por
              buena una cosa esta queda demostrada con argumentos: «se toma algunas veces por
              manifestar, asegurar y dar por cierta y firme alguna cosa. Lat. <hi rend="i">rem
                verbis, aut argumentis demonstrare, asserere</hi>.». Esforzar, según el mismo
              diccionario, «vale también ayudar, dar más vigor y fuerza a alguna cosa,
              corroborándola con nuevos argumentos, razones y ejemplos: como esforzar una opinión,
              un dictamen, etc. Lat. <hi rend="i">aliquid confirmare, corroborare</hi>».</note>,
            porque la certidumbre o probabilidad que proviene de principios extrínsecos a una
            opinión, lo mismo es esforzarla muchos que calificarla muchos. Y si no la califican,
            menos la esfuerzan, y si la esfuerzan, es imposible no calificarla, porque como dijimos
            proviene esta calidad de principios extrínsecos<note place="bottom"> Espinosa Medrano,
              contra Manuel de Faría, recurre a los fundamentos escolásticos de la <hi rend="i"
                >denominatio</hi>, el análisis de un objeto que permite darle un nombre y definirlo.
              En este análisis de los objetos, existe una diferencia entre las denominaciones
              intrínsecas, que consideran las calidades esenciales e inherentes al objeto en
              cuestión, y las extrínsecas, que analizan las relaciones que mantiene con otros
              objetos o sujetos. Véase Lalande 2006 (<hi rend="i">dénomination</hi>: 216; <hi
                rend="i">extrinsèque</hi>: 332; <hi rend="i">intrinsèque</hi>: 535). El Lunarejo
              entiende por tanto que el hecho de que Góngora tenga seguidores, ya sean muchos y
              necios o pocos y doctos, no permite valorar a Góngora de forma intrínseca, puesto que
              no supone nada más que contabilizar las relaciones que otros sujetos mantienen con el
              cordobés o su obra. De esta manera, niega que «calificar» tenga el valor que Faría le
              atribuía por oposición a «esforzar».</note>. Pero aquí este gran lógico ha hallado
            nuevas formalidades que enseñarnos.</p>
          <p>59<note type="app" rend="I"> 59 <hi rend="i">B</hi> : 99 <hi rend="i">A</hi></note>. Si
            a Mahoma sigue la mayor parte del mundo y no califica su pestífero dogma el innumerable
            séquito de tanta muchedumbre, sepa <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> que no supo lo que se dijo, que a
            Mahoma por la larga<note type="app" rend="I"> larga <hi rend="i">A</hi> : largua <hi
                rend="i">B</hi></note> del apetito y por lo licencioso de la sensualidad bestial le
            siguen hombres ignorantes, brutos, ciegos, bárbaros, selváticos y bestiales. Pero a
            Góngora, que no escribió para todos, penétranle los discretos, sóndanle los eruditos y
            apláudenle los doctos. Pues de aclamar bárbaros y de calificar doctos véase la distancia
            que hay. Siempre son pocos los sabios, y si por haber banderizado<note place="bottom">
              Banderizar o abanderizar es «dividir en bandos o parcialidades la gente o pueblos»,
              según <hi rend="i">Autoridades</hi>, y por tanto aquí significa <hi rend="i"
                >agrupar</hi>.</note> Góngora más doctos en su aplauso que otro poeta, parece que
            son muchos los que le aclaman, perdónesele a <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> haberlos comparado con los sátiros y
              jumentos<note place="bottom"> Sobre la figura del sátiro véase <hi rend="i">supra</hi>
              (en el prólogo «Al lector» y en la sección I). Aquí, en conformidad con los dos
              lugares en que anteriormente menciona El Lunarejo al sátiro, este representa a un ser
              demonizado, adecuado para representar al hereje mahometano. Además, aparece asociado
              con el término de «jumentos», que según el <hi rend="i">Diccionario de
                Autoridades</hi> es como «se llama metafóricamente el sujeto ignorante o necio», de
              la misma manera que en la sección primera los críticos ignorantes eran eruditos «a lo
              sátiro, medio necios y todo locos».</note> de la morisma<note place="bottom"> En esta
              segunda etapa de su argumentación, Espinosa Medrano acepta los presupuestos del
              razonamiento de Faría, del que demostraba anteriormente la confusión entre esforzar y
              calificar. Esta vez acepta combatir al portugués entrando en su propia lógica, en la
              que el calificar tiene toda la validez (cualitativa) que no tiene el esforzar
              (cuantitativo) o, como aquí, el aclamar. Contrapone de esta manera los dos polos que
              comparaba Faría: Mahoma, aplaudido por ignorantes, y Góngora, aprobado por doctos. Más
              aún, retoma la oposición entre una aprobación inválida, por cantidad, la de Mahoma, y
              una aprobación legítima, por calidad, la de los doctos que convenientemente «siempre
              son pocos». Compárese el uso de la redundancia y la repetición aplicadas a los
              musulmanes («hombres ignorantes, brutos, ciegos, bárbaros, selváticos y bestiales (…)
              sátiros y jumentos de la morisma») con la elegante tripartición de los sabios en
              discretos, eruditos y doctos.</note>. Perdónesele también el desahogo de llamar a
            Góngora «Mahoma que inficionó de errores a España», porque aquí no tratamos de vengar
            oprobios con oprobios, que es puerilidad, sino de satisfacer calumnias con razones y
            desvanecer escrúpulos con evidencias. Pésanos de que tan indignamente traiga un texto
            sagrado para profanarle con su mordacidad, con ser que el «<hi rend="i">Cogitauit ut
              faceret uuas et fecit labruscas</hi><note type="app" rend="I"> labruscas <hi rend="i"
                >em.</hi> : labuscas <hi rend="i">AB</hi></note>»<note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Isaías (trad. de San Jerónimo), 5, v. 2 (<hi rend="i"
                >Vulgata</hi> 1975): «<quote xml:lang="la" rend="i">expectauit ut faceret uuas et
                fecit labruscas</quote>» (‘creyendo que haces uvas, en realidad haces labruscas’).
              Faría no es el primeo que emplea en la polémica gongorina esta cita del libro de
              Isaías, pues ya aparece en el último verso de uno de los sonetos antigongorinos
              atribuidos a Quevedo («¿Socio otra vez? ¡Oh tú, que desbudelas...!»): véase Conde
              Parrado y García Rodríguez (2005: 111).</note> por más que adulteró el «<hi rend="i"
              >expectauit</hi>» en «<hi rend="i">cogitauit</hi>», ni es a propósito, ni él lo
            entiende.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion8_Faría">
          <index indexName="resp" n="Faria e Sousa, Manuel de"/>
          <head>Manuel de Faría. § VII.</head>
          <quote xml:lang="es">«Peor sus secuaces. Ellos serán gustosos en parte. Pero razonables
            jamás lo serán en las orejas cuerdas, judiciosas y científicas<note type="app" rend="I">
              judiciosas y científicas <hi rend="i">em.</hi> : y judiciosas cientificas <hi rend="i"
                >A</hi> || y juiziosas cientificas <hi rend="i">B</hi></note>: y el ingenio (que ese
            no se le negamos insigne) no coloca a nadie en el asiento de la verdadera gloria. Yo
            venero a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">don Luis</persName>, y digo
            que en lo que escribió antes de aquel <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f27v.jpg"
              n="f. 27v"/> capricho, o libre de él, es excelentísisimo, y casi invencible en muchas
            cosas, a lo menos en las burlas, y esto es porque esas no constan de ciencia sino de
            ingenio, y genio para ellas: y seguramente creo que si esto faltase en el tomo que vemos
            impreso de sus obras, poquísimos lo conocieran. Y si yo fuera enemigo de quien le alaba
            por lo otro, no le deseara mayor mal que haberle descubierto el juicio.»<note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto III,
              estancia 94, col. 135 B-C, [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 135). Espinosa
              Medrano copia el texto de Faría con dos leves variantes, pues el original reza «las
              orejas cuerdas, judiciosas y científicas», «no le deseara mayor mal que <hi rend="i"
                >el de</hi> haberle descubierto el juicio». Conservo la segunda y enmiendo la
              primera.</note>
          </quote>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion8">
          <head>Apologético. Sección VIII</head>
          <p>60. Imitar lo grande siempre fue tan difícil como deseado. Mal se remeda lo soberano.
            Por eso diría Aristóteles que abatió las plumas la pintura y sofrenaron su osadía los
            pinceles en retratar el arco celeste. Aquel nácar de los cielos, aquel zafiro de las
            nubes, aquel verdor del iris etéreo, aquel colorido celestial, quizá por serlo, no se
            permiten traducir fielmente a la tabla, por más que Apeles encienda los carmines o sude
            los pinceles: «<quote xml:lang="la" rend="i">Soli colores Iridis non possunt fieri a
              pictoribus</quote>»<note place="margin" resp="author"> Aristotel.<note type="app"
                rend="I"> Aristotel. <hi rend="i">A</hi> : Arist. <hi rend="i">B</hi></note> lib. 3
              Meteor.</note><note place="bottom"> Aristóteles, <hi rend="i">Meteorológicos</hi>,
              lib. III, 2, 372 a (1982a: 7). Las traducciones latinas más habituales divergen de la
              lección que trae El Lunarejo, aunque esta se encuentra por ejemplo en la poliantea <hi
                rend="i">Dicta notabilia et in thesaurum memorie reponenda Platonis, Aristotelis,
                ...</hi>, impresa en Venecia por Sebastianus Vicentinum en 1532: véase Aristóteles
              (1532: f. XXIIIr).</note>.</p>
          <p>Muchos acometieron a la imitación de Góngora y viciando sus versos, por alcanzar
            aquella alteza, ocasionaron a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> a que dijese inficionaron peor que Góngora sus secuaces a España.
            Confesamos que aquel peregrino ingenio tan soberanamente<note type="app" rend="I">
              soberanamente <hi rend="i">em.</hi> : soberamente <hi rend="i">AB</hi></note>
            abstraído del vulgo fue inimitable, o se deja remedar poco y con dificultad. Eso tiene
            lo único, eso tiene de estimable el Sol, que no admitir émulo feliz, tolerando las
            competencias, es la valentía de lo singular. Si os parece fácil imitar a Góngora, durará
            la presunción hasta la experiencia, pero estimaréis la hermosura de sus versos a costa
            de vuestra flaqueza y desengaño<note place="bottom"> Es este un tópico de la crítica que
              aparece también en el <hi rend="i">Juicio del poema</hi> del comentario a las <hi
                rend="i">Lusiadas</hi> de Manuel de Faría (1639a: I, col. 73, 75). Por esta razón,
              por ser tan necesario como difícil sobrepujar al poeta que se imita si no se quiere
              demostrar incapacidad en la imitación, Faría dice renunciar a escribir un poema épico
              al no sentirse a la altura de Luis de Camões (1639a: I, col. 79).</note>. Así, decía
            Plinio el menor que entonces reconocía la sublimidad de los versos de Antonino cuando él
            intentaba emularlos: «<quote xml:lang="la" rend="i">cum versus tuos aemulor, tum maxime
              quam sint boni experior<note type="app" rend="I"> experior <hi rend="i">B</hi> :
                experier <hi rend="i">A</hi></note></quote>»<note place="margin" resp="author">
              Plin. Iunior. epist. lib. 5 ad Antoninum.</note><note place="bottom"> Plinio Cecilio
              Segundo (Plinio el Menor), <hi rend="i">Epistulae</hi>, lib. 5, ep. 15, párrafo 1
              (1958: 163). Véase a continuación la traducción.</note>. Suele atreverse el pincel a
            copiar una perfecta y absolutísima pintura, y resistiéndose el original, rebatiendo<note
              place="bottom"> Rebatir, según el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>, «en la
              esgrima es desviar la espada del contrario, haciéndola bajar para evitar la herida».
              Nótese la comparación de la imitación con la esgrima que continúa en el paralelismo de
              construcción con el verbo «esgrimir»: la imitación se vuelve un duelo entre dos
              espadas, el original que se bate con sus primores para desviar y desalentar los
              intentos (conatos) del que imita. La comparación se prolonga en la frase siguiente con
              el verbo “acometer”.</note> conatos y esgrimiendo primores, turba al artífice, tanto
            que mientras más trabaja por trasuntar la idea con bizarría, empeoran las porfías el
            trabajo con desaire. Así las imitaciones que acometen<note type="app" rend="I"> acometen
                <hi rend="i">A</hi> : acometent <hi rend="i">B</hi></note> al ejemplar de aquella
            poesía resbalan del original y desmienten con el despeño<note type="app" rend="I">
              despeño <hi rend="i">B</hi> : desempeño <hi rend="i">A</hi></note> sus esforzamientos.
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Ut enim <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f28r.jpg"
                n="f. 28r"/> pictores pulchram absolutamque faciem raro nisi in peius effingunt, ita
              ego ab hoc archetypo labor ac decido</quote>»<note place="margin" resp="author"> Idem
              ibidem</note><note place="bottom"> Plinio Cecilio Segundo (Plinio el Menor), <hi
                rend="i">Epistulae</hi>, lib. 5, ep. 15, párrafo 1 (1958: 163). Véase a continuación
              la traducción.</note>. Y eso ha sido lo mayor de don Luis, escribir versos que todos
            anhelen por imitarlos y nadie o pocos arriben<note place="bottom"> Espinosa Medrano
              convoca varios de los sentidos del verbo <hi rend="i">arribar</hi>: «levantarse o
              alzarse hasta un punto elevado al que se tiende», «alcanzar» y «lograr» (<hi rend="i"
                >Aut.</hi>). El primer significado «viene del adverbio arriba», una evidencia que
              sin embargo reúne las múltiples imágenes de Góngora en el <hi rend="i"
                >Apologético</hi>: luna en la sección primera, sol en el conjunto, arco iris que
              esquiva la imitación, más adelante cumbre o despeñadero para aquel que imita (§ 63) y
              al final de este mismo párrafo, Fénix de «altísimos vuelos».</note> a conseguirlos:
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Ut quamplurima proferas quae imitari omnes
              concupiscant, nemo aut paucissimi possint</quote>»<note place="bottom"> Plinio Cecilio
              Segundo (Plinio el Menor), <hi rend="i">Epistulae</hi>, lib. 5, ep. 15, párrafo 2
              (1958: 163). Copio íntegramente los dos párrafos que forman la epístola y que Espinosa
              Medrano traslada en este párrafo: «1. <hi rend="i">Cum versus tuos aemulor, tum
                maxime, quam sint boni, experior. Ut enim pictores pulchram absolutamque faciem raro
                nisi in peius effingunt, ita ego ab hoc archetypo labor et decido.</hi> 2.<hi
                rend="i"> quo magis hortor, ut quam plurima proferas, quae imitari omnes
                concupiscant, nemo aut paucissimi possint. Vale.</hi>»: «Más cuenta me doy de cuán
              excelentes son tus versos cuando intento imitarlos. Pues, como los pintores, al pintar
              un rostro hermoso y perfecto, es difícil que no representen peor de lo que es, así
              ante semejante modelo yo desfallezco y me abato. Por ello, más te animo a que
              publiques el mayor número posible de esas obras tuyas, que todos deseen ardientemente
              imitar, pero que nadie o muy pocos puedan. Adiós.» (trad. Julián González Fernández en
              Plinio Cecilio Segundo 2005: 276).</note>. En particular lo dijo de Góngora su
            comentador <persName type="polemist" key="Pellicer, José">don Joseph Pellicer</persName>
            en la Dedicatoria al infante Cardenal: «<quote xml:lang="es">Irritados —habla de los
              envidiosos— de genio tan más allá de todos, que pudo y supo mejorar el idioma
              castellano, enseñando rumbo, entre la novedad misma docto y grave con la imitación de
              griegos y latinos, conspiraron contra él, y echando la culpa al estilo bien admitido
              de todos, y mal imitado de muchos, de cuanto los cansaba su ingenio se dio por
              ofendida la calumnia, se agravió la envidia</quote>»<note place="margin" resp="author"
              > D. Joseph<note type="app" rend="I">Joseph <hi rend="i">A</hi> : Jos. <hi rend="i"
                  >B</hi></note> Pellicer leccion. solem. in Gongora<note type="app" rend="I"
                >Gongora <hi rend="i">B</hi> : Gōgo. <hi rend="i">A</hi></note> Dedic.</note>,
              etc<note place="bottom"> Pellicer, <hi rend="i">Lecciones solemnes a las obras de Don
                Luis de Góngora y Argote</hi>, dedicatoria a don Fernando de Austria, «infante de
              España, cardenal de la Santa Iglesia de Roma» (1630b: f. []4r-v).</note>. Sin duda
            dijo bien, pues por más que lo afecte<note type="app" rend="I"> afecte <hi rend="i"
                >A</hi> : afecto <hi rend="i">B</hi></note> curiosidad presumida, siempre se queda
            aquel estilo bien admitido de todos y mal imitado de muchos. Porque son sus colores los
            del arco celeste, inimitables a la fatiga, fénix en fin raro cuya pluma y matices en
            líneas de celestes renglones iris forman no corvo, que en altísimos vuelos se ostenta a
            los remedos fugitivo y a las admiraciones sereno<note place="bottom"> Espinosa Medrano
              anuncia la cita de Góngora, de la que retoma el «no corvo», para describir al fénix,
              aludiendo quizás a la creencia de que este animal mitológico lleva los colores del
              arco iris en sus alas, «altísimos vuelos» que «ostentan» (descubren) sus colores al
              planear. Este sentido del “vuelo” es el que repiten unánimes los comentadores de
              Góngora, salvo Manuel Ponce. En su comentario a estos versos de las <hi rend="i"
                >Soledades</hi>, Pellicer lo menciona: «Cuyas alas [las del fénix] tienen tantos
              colores como el iris. <hi rend="i">Vuelo</hi> es [voz] propria de la cetrería,
              significa siempre las alas» (1630b: col. 472) y remite a su libro <hi rend="i">El
                Fénix y su historia natural</hi> (Madrid: Imprenta del Reino, 1630a). Allí,
              concluyendo la diatriba tercera, escribe Pellicer: «Además del color purpúreo o
              feníceo, escribe Lactancio que entre sus plumas está pintado el iris, arco de
              serenidad» (1630a: f. 40v). Véase Lactancio, <hi rend="i">De ave Phoenice</hi>, v.
              132-133 (1933: 52-53). Sobre los mismos versos de Góngora, Salcedo Coronel trae una
              glosa semejante en su comentario de las <hi rend="i">Soledades</hi> (Madrid: en la
              Imprenta Real a costa de Domingo Gonçalez, 1636): «Arco alado es del cielo / no corvo,
              mas tendido] Cuyas alas cuando vuela imitan en las colores (no en lo corvo) al arco
              del cielo» (Salcedo Coronel 1636: f. 111r), aunque también alude de manera más general
              a los colores del fénix: «que alrededor del cuello tiene un resplandor dorado y todo
              lo demás purpúreo; la cola verde listada con unas plumas rosadas» (f. 109v), cuya
              etimología podría provenir del color fenicio (f. 110r.). Díaz de Rivas, en sus <hi
                rend="i">Anotaciones y defensas a la primera Soledad</hi>, también comenta los
              versos de Góngora en el mismo sentido: «Elegantemente compara las alas del fénix al
              arco del cielo, por ser pintadas de varios colores. Es imitación de Lactancio in <hi
                rend="i">Epigrammata de Phoenice</hi> [...] a quien también imitó Tasso en su <hi
                rend="i">Divina settimana</hi>, giornata 5, hablando del mismo fénix: “<hi rend="i"
                >Nelle sue penne ancora orna e dipinge / pur come in rugiadosa e curva nube / l’arco
                celeste</hi> [...]”» (BNE, ms. 3726: f. 146v-147r). Manuel Serrano de Paz, a su vez,
              repite la misma explicación en sus <hi rend="i">Comentarios a las Soledades</hi>:
              Góngora «llama a las alas del fénix arco alado del cielo, por las colores azul, roja y
              dorada que tienen, y así las llamó también Lactancio Firmiano <hi rend="i">in poemat.
                de Phoenice</hi>. [...] Llama a las alas vuelo, el efecto por la causa, y dice son
              arco, no corvo sino tendido, porque entonces parecen ser verdadera iris, cuando van
              tendidas en el aire, llevando descubiertos sus colores» (Biblioteca de la Real
              Academia Española, ms. 114: f. 377r-v). Manuel Ponce constituye la excepción con su
                <hi rend="i">Silva</hi>, en la que se limita a remitir, sobre la «admirable
              hermosura» del fénix, a Lactancio, Claudiano, Plinio y Solino, sin mencionar siquiera
              los “vuelos” o las “alas” del animal (1613_silva f. 59v). En el <hi rend="i"
                >Apologético</hi>, Espinosa Medrano se aleja de este uso metonímico refrendado por
              los comentaristas, empleando más bien “vuelo” en sentido lato, señaladamente en la
              sección XII, § 124, refiriéndose a Góngora: «Viva esta rara ave, cuya pluma, en
              altísimos vuelos remontada no nos deja columbrar si es cisne de la armonía de las
              Musas o si es águila de todas las luces de Apolo, o es fénix de todos los aromas de la
              erudición». La repetición de la locución «en altísimos vuelos» nos indica que El
              Lunarejo podría ofrecer otra interpretación de los versos de Góngora, lejos del
              tecnicismo de la cetrería que repiten los comentaristas del XVII: las plumas y los
              matices del fénix, ave cuyos colores son célebres, forman un arco iris al trazar en el
              cielo sus trayectorias, «líneas de celestes renglones». Esta interpretación concuerda
              con la que ofrece Robert Jammes en su edición de las <hi rend="i">Soledades</hi>: «Lo
              que Góngora evoca aquí no son exactamente las alas multicolores de la Fénix, sino, más
              poéticamente, la estela luminosa que su <hi rend="i">vuelo</hi> deja en el cielo,
              parecida a un arco iris, pero horizontal, rectilíneo, <hi rend="i">no corvo</hi>»
              (Góngora 1994: 290).</note>. Así lo dijo él de sí mismo en cabeza del fénix:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>«el pájaro de Arabia (cuyo vuelo</l>
            <l>arco alado es del cielo,</l>
            <l>no corvo, mas tendido)».<note place="margin" resp="author"> Soledad 1.</note><note
                place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Soledades</hi>, I, v. 462-464: «que al pájaro
                de Arabia (cuyo vuelo / arco alado es del cielo, / no corvo, mas tendido)» [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.462"
                  >OC264B.462-464</ref>].</note>
            </l></quote>
          <p>61. Ya su colocación se ve introducida aun a lo sagrado de los púlpitos. Los mayores
            oradores de España y América imitaron la transposición. Allá Hortensio severísimamente
            hablando dijo «<quote xml:lang="es">Armará enojos<note type="app" rend="I"> enojos <hi
                  rend="i">em.</hi> : en ojos <hi rend="i">AB</hi></note> insoportables, iras
              fulminará eternas</quote>»<note place="margin" resp="author"> Hortens. ser. I
              Advent.</note><note place="bottom"> Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, <hi
                rend="i">Oraciones evangélicas de adviento y cuaresma</hi> (Madrid: imprenta del
              Reino, 1636), oración primera «Oración evangélica del primer domingo de Adviento, en
              la Capilla Real, 2 de noviembre de 1629», § III (1636: f. 3v).</note> y en otra
            ocasión «<quote xml:lang="es">Al espejo de sus claridades inmenso</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Serm. de S. Francisc.<note type="app" rend="I">Francisc
                  <hi rend="i">A</hi> : Franc. <hi rend="i">B</hi></note> de Borgia.</note><note
              place="bottom"> Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, <hi rend="i">Oraciones
                evangélicas que en las festividades de Christo Nuestro Señor y su Santísima Madre
                predicó el muy reverendo padre maestro Fray Hortensio Felix Paravicino</hi> (segunda
              edición, Madrid: imprenta del Reino, 1640), «Oración evangélica en la beatificación de
              San Francisco de Borja», (1640: f. 202r).</note>. Acá don Juan de Cabrera: «<quote
              xml:lang="es">Una de las más erróneas al parecer impiedades</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Cabrer. serm.<note type="app" rend="I">serm. <hi
                  rend="i">em.</hi> : serm <hi rend="i">A</hi> || ser. <hi rend="i">B</hi></note>
              var. ser. 1. et 13.</note><note place="bottom"> Juan Caballero de Cabrera, <hi
                rend="i">Sermones a diversos intentos</hi>, Madrid: García de Morrás, 1649, sermón
              primero «a la concepción de la Virgen nuestra Señora» (1649: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=G8HkhcVia9gC&amp;vq=impiedades&amp;hl=fr&amp;pg=PT43#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >f. 6v</ref>).</note>. Y otra vez: «<quote xml:lang="es">En este que me escucha
              vigilante corazón</quote>»<note place="bottom">Juan Caballero de Cabrera, <hi rend="i"
                >Sermones a diversos intentos</hi>, sermón decimotercero «en la festividad del
              glorioso patriarca San Juan de Dios» (1649: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=G8HkhcVia9gC&amp;vq=impiedades&amp;hl=fr&amp;pg=PT370#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >f. 170r</ref>). Espinosa Medrano solo pudo consultar la príncipe del sermonario del
              peruano Juan Caballero de Cabrera, puesto que la segunda edición, póstuma, se publicó
              en Madrid, en las prensas de Melchor Sánchez, en 1663. Véase Moore (2000: 226 y 238) y
              Sabena (2013: 122).</note>. No es de estrañar en Hortensio que le<note type="app"
              rend="I"> le <hi rend="i">em. : om. AB</hi> [Enmienda recogida en la fe de
              erratas.</note> siga en prosa cuando siempre le imitó en verso. También <persName
              type="polemist" key="Pellicer, José">don Joseph Pellicer</persName> y <persName
              type="polemist" key="Salcedo Coronel, García de ">don García Coronel</persName> son
            perpetuos discípulos de aquel bizarro espíritu<note place="bottom"> Espinosa Medrano
              menciona a los dos comentaristas de Góngora que consulta con mayor asiduidad. Por lo
              demás, son los únicos impresos, además de Salazar Mardones, que sólo comenta la <hi
                rend="i">Fábula de Píramo y Tisbe</hi> pero que Espinosa Medrano también conoce,
              pues cita el epigrama latino de Nicolás de Albiz de los preliminares de su <hi
                rend="i">Ilustración y defensa</hi> (XII, § 124).</note>. Hortensio en el tomo que
            anda de sus poesías demuestra bien cuánto se fatigó remedando aquellas ideas<note
              place="bottom"> Se refiere a las <hi rend="i">Obras póstumas, divinas y humanas de don
                Félix de Arteaga</hi> (Madrid, Carlos Sánchez Bravo, 1641). En la sección V, §33,
              Espinosa Medrano ha citado ya parte del «Romance describiendo la noche y el día,
              dirigido a don Luis de Góngora». Sobre los «tomo[s] que anda[n] de sus poesías»,
              Espinosa Medrano sólo puede conocer o bien la edición madrileña de 1641 o bien la
              alcalaína de 1650. Véase la edición de F. J. Sedeño y M. Serrano de la Torre:
              Paravicino 2002 (42-53) y <hi rend="i">supra</hi>, sobre el romance «dirigido a don
              Luis de Góngora».</note>. Callo otros, así españoles como peruanos, que siguieron esta
            senda, pero de todos habla agriamente <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> en su fuente Aganipe, tomo 2, y
            espumando las hieles<note place="bottom">Faría, asimilado en otros lugares del <hi
                rend="i">Apologético</hi> a un perro rabioso (aprobación de Alonso Bravo y sección
              I, § 2 ) o a una fiera (décimas de Diego de Loaysa y Zárate, v. 18; soneto de Bernabé
              Gascón Riquelme, v. 2), «arroja saliva por la boca», espumando, o echa contra Góngora
              espumarajos de «cólera», que es la hiel (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note> que suele
            contra don Luis, dice de él y de ellos: «<quote xml:lang="es">Góngora ingenio grande,
              mas duro; siguiéronle en <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f28v.jpg"
                n="f. 28v"/> esta composición otros, errando menos en eso que en pensar le imitaban,
              que si bien no es digno de imitación, y ninguno de los que la intentaron la consiguió,
              es dignísimo de veneración, por el singular ingenio que por allí vino a
              descubrir</quote>»<note place="margin" resp="author"> Faria fuente de Aganipe to. 2.
              in prologo<note type="app" rend="I">prologo <hi rend="i">A</hi> : prolog. <hi rend="i"
                  >B</hi></note></note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <title>Fuente de
                Aganipe</title>, II, «Prólogo y discurso sobre los géneros de composiciones de que
              consta esta segunda parte de las siete de nuestras rimas», «Silvas», § 9: «Pienso que
              las primeras que hubo en castellano (a lo menos cultas y grandes en cantidad de
              versos) fueron las dos de las <hi rend="i">Soledades</hi> de Góngora; ingenio grande,
              mas duro, y propio para valerse del alivio de ellas. Siguiéronle en esta composición
              [la silva métrica] otros, errando menos en esto que en pensar le imitaban el estilo,
              que si bien no es digno de imitación y ninguno de los que la intentaron la consiguió,
              es dignísimo de veneración por el singular ingenio que por allí vino a descubrir.»
              (1644: f []8r). 1644_aganipe.</note>. Quede recomendada esta dificultad con solo que
            el más elocuente ingenio de España más aína se hizo inimitable en el estilo oratorio
            suyo que émulo del poético de Góngora. Este es el maestro fray Hortensio Félix
            Paravicino, varón sin duda grande (y no lo fuera a proseguir la imitación de Góngora por
            las floridísimas veredas de aquel monte<note place="bottom"> Se refiere al monte
              Parnaso, el monte de los poetas. Por sus «floridísimas veredas», Paravicino siguió
              «estudiosamente» a Góngora, es decir, con celo y fatiga, pero quedándose muy por
              debajo de él, aunque alcanzara la «hazaña» de que sus «diseños» (dibujos, aquí:
              intentos) tuvieran cierto parecido («algún aire») con el original. Sin embargo, como
              dice a continuación El Lunarejo, desplazando su estilo a la oratoria sagrada se hizo
              digno de gran fama, volviéndose a su vez inimitable.</note>, que tan estudiosamente
            tuvo emprendidas): quiso imitar con los pinceles de todo su caudal aquella idea y no
            pudo arribar más que a la hazaña de haberle con los diseños dado algún aire<note
              place="bottom"> «Darle un aire a otro, o tener el aire de otro. Es parecersele en
              algo, tener alguna semejanza con él, así en el movimiento como en el cuerpo o en las
              facciónes del rostro» (<hi rend="i">Aut.</hi>). La «hazaña» consistente en asemejarse
              a Góngora trae además a la mente las connotaciones positivas de otra expresión
              similar: «Dar aire a una cosa, como imagen, vestido u otra obra, es entallarla bien y
              agraciadamente, ejecutarla con primor y gracia, y así de la que está bien y
              perfectamente hecha se dice que está ejecutada con aire y que tiene aire» (<hi
                rend="i">Aut.</hi>).</note>. Desquitose empero en la oratoria, haciéndose en ella el
            Góngora de los declamadores, pues de tantos que aspiraron a su competencia, apenas hay
            quien dibuje sus huellas cuando apenas hay quien no amague sus pasos. En cierto estudio
            nos hallamos un día donde se descogió<note place="bottom"> Descoger es «desplegar,
              extender o soltar lo que está plegado, arrollado u recogido». Ya el verbo inicia por
              tanto la comparación con la pintura que caracteriza la presentación y competencia de
              las dos hipotiposis de Paravicino y Espinosa Medrano.</note> un hermosísimo lienzo de
            aquella mano. Era de la fuga y desastre de Absalón<note place="bottom"> Véase <hi
                rend="i">Vulgata</hi>, libro de los Reyes, 2 (<hi rend="i">Liber Regum siue Samuelis
                secundus</hi>), cap. 18, v. 6-14.</note>, célebre por cierto con razón por la viveza
            de las colores y por la valentía de su primor. Corriose el velo, y era esta la pintura.
            Hortensio, <title>sermonario 1 de Adviento</title> §. 3<note place="margin"
              resp="author"> Hortensi.<note type="app" rend="I">Hortensi. <hi rend="i">A</hi> :
                Horten. <hi rend="i">B</hi></note> serm.<note type="app" rend="I">serm. <hi rend="i"
                  >B</hi> : ser. <hi rend="i">A</hi></note> 1. Adv.</note>.</p>
          <quote xml:lang="es">«Mirad hacia lo más de ese campo, veréis que viene huyendo Absalón la
            indignación de su padre: desapoderada corre la bastarda bestia en que se escapa —el pie
            frecuente al cuidado, largo el freno a la huida, caliente al hierro la boca—. Ya llega a
            aquellas encinas (algo medroso a las sombras, más al estorbo medroso): ¡detente, ardor
            juvenil!, ¡para, fugitivo inconsiderado, que te despeñas en llano!, ¡guarda, guarda<note
              type="app" rend="I"> guarda <hi rend="i">A : om. B</hi></note> de ese tronco!, ¡baja
            la cabeza a esa rama, recoge las guedejas que vuelan mucho! ¡Ah<note type="app" rend="I"
              > ah <hi rend="i">em.</hi> : ha <hi rend="i">AB</hi></note>, que te traban en ella!,
              ¡ah<note type="app" rend="I"> ah <hi rend="i">em.</hi> : ha <hi rend="i"
              >AB</hi></note>, que sirven no de lazo solo, sino de soga!; ten atado el freno, ¡ay
            que perdiste las riendas, no pierdas los estribos también, que no hay detener el bruto
            firme!; ¡que dejas la silla, échale a la cerviz o al cuello las manos!, no te falte su
            cabello ya que el tuyo te ha sobrado. Pasó la bestia mestiza, así infiel<note
              place="bottom">El mulo es infiel, «desleal» (<hi rend="i">Aut.</hi>), aunque
              Paravicino parece sugerir que lo es por ser animal mestizo, «bastarda bestia», fruto
              de una infidelidad. No es infiel por provocar la muerte del hijo del rey David, porque
              la ley que representa es veterotestamentaria y porque el caso de Joab matando al
              «mayor amigo suyo» sirve para que Paravicino anuncie el Juicio y la transformación de
              Cristo, «abogado perpetuo», en árbitro justiciero de la bienaventuranza o condena de
              las almas (Paravicino 1636: f. 4r).</note>: ¡ay, que te quedas pendiente también del
            árbol, maltratado de las ramas, mal atento joven!, ¡ay negro cabello de oro, y qué
            altamente te pierde, así es! ¿No veis que le viene siguiendo un soldado? No es sino un
            capitán; el general es, sí, Joab, sin duda, Joab es: terciando viene una lanza. Ya se
            detuvo y la arroja, por el pecho le <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f29r.jpg"
              n="f. 29r"/> atraviesa; otra le da un soldado, y otra: todas tres las logra en el
            desdichado. Ellas quedan blandiendo, Absalón palpitando, Joab triunfante. ¡Oh, malograda
            hermosura, miserable juventud, espectáculo horrendo a todos!»<note place="bottom"> Fray
              Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, <hi rend="i">Oraciones evangélicas de adviento y
                cuaresma</hi>, oración primera «Oración evangélica del primer domingo de Adviento,
              en la Capilla Real, 2 de noviembre de 1629», § III (1636: f. 3v-4r). Sobre esta
              hipotiposis véase la introducción.</note>
          </quote>
          <p>62. Enamorado otro de la descripción, cogió el carboncillo y afilando el dibujador con
            propósito de no dibujar a Joab, mas que<note place="bottom"> Con la intención de no
              dibujar a Joab sino solamente a Absalón.</note> al Absalón, por copiarle, acometió a
            este rasguño<note place="bottom"> La autoría de la hipotiposis pertenece sin duda a
              Espinosa Medrano, como lo sugirió en su momento Robert Jammes (130) y como lo afirmaba
              a su vez Luis Jaime Cisneros (1983a: 136 y 2005: 73).</note><note place="bottom"> En
              el testimonio A encontramos la siguiente anotación marginal manuscrita: «y de uno y
              otro, original y traslado a que mueve el elegante estilo, más claros y mejores van.
              Pablo predica los ejemplares».</note>:</p>
          <p>«Tended la vista del espíritu por el llano de aquella campaña: envuelto en nubes de
            polvo se desbarata un poderoso ejército entre el estruendo de alaridos y atambores.
            Fugitivo atraviesa el bosque, en apresurado tropel, un mancebo que del estrago escapa.
            Absalón es, que huye de la batalla, Absalón sobre un bruto que, bañado de espumas el
            freno, teñidos de mucha sangre los ijares, a todo correr endereza a los encinos. ¡Pica,
            pica, príncipe mal aconsejado! Cometa parece en la fogosidad, como en lo cabelludo, pues
              lamiéndole<note type="app" rend="I"> lamiéndole <hi rend="i">em.</hi> : lamiendo <hi
                rend="i">AB</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas.</note> el viento la
            melena en ondas de oro dilatada, se tremolan poderosamente sus rizos por el aire. Mas
            ¡ay!, que al romper por la espesura, el ganchoso tronco de una encina le<note type="app"
              rend="I"> le <hi rend="i">A</hi> : la <hi rend="i">B</hi></note> trabó enmarañadas las
            guedejas; confuso ignora si ataque el bruto que apresura o desgaje la rama que prende:
            tiró repelado las riendas, mas mordiendo los alacranes<note place="bottom"> Los
              alacranes son una pieza del freno de las caballerías. El mulo muerde los alacranes del
              freno y prosigue su carrera.</note> al freno, pasó espumoso el mulo desbocado, crujió
            el tronco, cabeceó el árbol, encorbose el ramo, sonaron las hojas, pendió el joven. ¡Ay
            belleza desdichada, infeliz hermosura, malograda juventud, que perdiste la ocasión de
            reinar con más venturas y cogiola por el cabello<note place="bottom"> Se refiere a la
              Ocasión, cogida por la (mala) Fortuna de Absalón por el único cabello que la
              caracteriza. Hay un posible sustrato gongorino en este fragmento, que dialoga con la
              hipotiposis de Paravicino: se trata del romance «Que se nos va la pascua, mozas» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem26#l26.55"
                >OC26.55-60</ref>). Véase sobre este tema la introducción.</note> tu fortuna! ¡La
            verde encina que coronara el copete a tu fortaleza ya sirve de frondoso patíbulo a tu
            osadía, pues rindes en miserable suspendio<note place="bottom">Latinismo, de <hi
                rend="i">suspendium</hi>, ahorcamiento. Es poco usual pero se encuentra en textos de
              Rodrigo Caro («el virginal suspendio de Erígone») o de Baltasar Gracián («[…]
              sentenciándole al suspendio de tan envidiosa suspensión»). Véase Caro 1978 (II, 191) y
              Gracián 1995 (253).</note> el pelo a los ramos, el corazón a tres lanzas, la esperanza
            a los aires, la vida al malogro, la lástima al orbe y el escándalo a los siglos!»</p>
          <p>63. Solemnizose el bosquejo, examináronse faiciones, aplaudiose la copia y no faltó
            quien la hombrease en lo crespo de la frasi con el original, como quiera que aquello de
              «<quote xml:lang="es">¡ay negro cabello de oro!</quote>» es una exclamación tan bella,
            que aunque las demás porciones de la hipotiposis quedaran competidas o superadas, ella
            bastaba sola a asegurar de vencimientos al ejemplar<note place="bottom"> El «ejemplar»
              es el original de Paravicino, el modelo de hipotiposis cuya superioridad reconoce
              Espinosa Medrano. Véase a este propósito la introducción.</note>. En fin, más a riesgo
            de venturosa emulación vemos a Hortensio en sus prosas que a Góngora de que Hortensio le
            remede los versos con felicidad, con ser que Hortensio y Góngora han echado a perder más
            ingenios en su <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f29v.jpg"
              n="f. 29v"/> imitación que juicios la piedra filosofal en su seguimiento. No tienen la
            culpa las facciones grandes de que se le atrevan competencias aun a la misma
              individualidad<note place="bottom"> La individualidad, es la singularidad que permite
              la individuación de cualquier cosa (<hi rend="i">Aut.</hi>). Se trata aquí, como lo
              demuestra el ejemplo del rayo de Júpiter, de aquella característica o atributo propio
              que singulariza a las facciones grandes de las que habla El Lunarejo.</note>. De que
            Salmoneo mintiese el estruendoso embeleco de los rayos, ¿qué culpa tuvo Júpiter, que
            únicamente los fulmina<note place="bottom"> El orgulloso Salmoneo pretendió imitar a
              Júpiter tonante en la acción de lanzar sus rayos con el engaño que consistía en
              arrojar antorchas encendidas desde un carro lanzado a la carrera por un camino de
              bronce, en el que los cascos de la caballería reproducían el ruido del trueno. Fue
              castigado por ello y sumido en el Tártaro. Véase Grimal 1999 (414) y Virgilio, <hi
                rend="i">Eneida</hi>, VI, v. 585 y siguientes. La referencia aparece también en el
              poema de Francisco López Mejía, en los preliminares del <hi rend="i"
              >Apologético</hi>.</note>? Cuando sea muy bien lograda la imitación, junto a las
            vivezas de la idea, no sólo descubre la menoría, pero aun la monería<note place="bottom"
              > La monería, el gesto burlesco por excelencia queda definido por el <hi rend="i"
                >Diccionario de autoridades</hi> como el «gesto, visage y caricia propia de las
              monas o parecida de ellas. Lat. <hi rend="i">Gesticulatio</hi>.» En las coordenadas de
              otra polémica, la que enfrentó a Angelo Poliziano y Paolo Cortesi sobre la imitación
              de Cicerón, aparecía ya la imagen del simio como representación por antonomasia de la
              mala imitación. Véase la carta de Poliziano a Cortesi: «<hi rend="i">Mihi vero longe
                honestior tauri facies aut item leonis quam simiae videtur, quae tamen homini
                similior est</hi>». Dos líneas más adelante aparece la mención de la burla que hace
              Quintiliano de aquellos que se consideran hermanos de Cicerón copiando el <hi rend="i"
                >esse videatur</hi> («<hi rend="i">Ridentur a Quintiliano qui se germanos Ciceronis
                putabant esse, quod his verbis periodum clauderent: “esse videatur”.</hi>»). <hi
                rend="i">Apud</hi> Greene 1982 (318-319). A esta burla del <hi rend="i">esse
                videatur</hi> dedica Espinosa Medrano parte del párrafo siguiente, § 64. No cabe
              duda de que El Lunarejo manejaba los tópicos más recurrentes sobre la imitación, los
              mismos que emplearon Poliziano y Cortesi y que repetirán en parte Pico della Mirandola
              y Pietro Bembo o Erasmo y Escalígero (Greene 1982: 150).</note>. Eso tiene de
              vitalidad<note type="app" rend="I"> vitalidad <hi rend="i">B</hi> : vtilidad <hi
                rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas. En el testimonio A, la
              errata se encuentra subrayada y corregida en el margen por: Vitalidad.</note> el genio
            propio, que menos que en el sujeto nativo, no tendrá consistencia en otro<note
              place="bottom"> Redefine Espinosa Medrano como «genio propio» la «individualidad» que
              constituye la singularidad de los grandes artistas o demiurgos.</note>. Empresa fue
            siempre ardua el lograr las semejanzas afectando las imitaciones. Lo que se compite,
            mejor suele ser tal vez repasallo que seguillo, porque quien lleva bríos de exceder
            puede lograr la ventura de igualar. «<quote xml:lang="la" rend="i">Nam qui agit ut prior
              sit, —dice Quintiliano tratando del punto— forsitan si non transierit,
              aequabit</quote>»<note place="margin" resp="author"> Quintil. lib. 10. cap.
              2</note><note place="bottom"> Quintiliano, <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, lib.
              10, cap. 2, párrafo 10: «<hi rend="i">nam qui hoc agit, ut prior sit, forsitan, etiam
                si non transierit, aequabit</hi>» (1971b: 263): «Porque quien hace por ponerse
              delante de otro, tal vez aunque no le pase, se quedará igual con él» (trad. Ignacio
              Rodríguez y Pedro Sandier, Quintiliano 1887: II, 179).</note>. Pero solo a aquel no
            podrán alcanzar a quien siempre le atienden los pasos y le compasan las huellas, por ser
            preciso que siempre se quede atrás quien siempre trata de seguir<note type="app"
              rend="I"> seguir <hi rend="i">B</hi> : serguir <hi rend="i">A</hi></note>: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Eum vero nemo potest aequare cuius vestigiis sibi utique
              insistendum putat: necesse est enim semper sit posterior qui sequitur</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Idem ibidem</note><note place="bottom"> Quintiliano, <hi
                rend="i">Institutio oratoria</hi>, lib. 10, cap. 2, párrafo 10 (1971b: 263): «Pero
              ninguno puede igualar a aquél en cuyas huellas cree que debe ir poniendo los pies;
              porque preciso es que siempre vaya detrás el que sigue a otro» (trad. Ignacio
              Rodríguez y Pedro Sandier, Quintiliano 1887: II, 179).</note>. Acabaos de persuadir
            que muchas veces fue más fácil hacer más que hacer otro tanto: tan ardua es de recabarse
            una semejanza, que apenas acierta a dibujarla aun la naturaleza misma. «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Adde quod plerumque facilius est plus facere quam idem: tantam
              enim difficultatem habet similitudo, ut ne ipsa natura in hoc ita eualuerit<note
                place="margin" resp="author"> Idem ibidem</note><note place="bottom"> Quintiliano,
                  <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, lib. 10, cap. 2, párrafo 10 (1971b: 263):
                «A esto se junta el que las más veces es más fácil hacer más que lo mismo. Porque la
                semejanza tiene tan grande dificultad que ni la naturaleza misma ha podido en esta
                parte [lograrla]» (trad. Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier, Quintiliano 1887: II,
                179). En este fragmento Espinosa Medrano copia y traduce casi íntegramente el
                párrafo décimo del capítulo segundo del décimo libro de la <hi rend="i">Institutio
                  oratoria</hi> de Quintiliano.</note>»</quote>. Y donde aun estas esperanzas
            acabaron de marchitarse es en la imitación del estilo de Góngora, que de suerte se
            levanta, sublima y erige que rematan sus cumbres en despeñadero, como decía Plinio de la
            elocuencia eminente: «<quote xml:lang="la" rend="i">Effervescere, efferri, ac saepe
              accedere ad praeceps</quote>»<note place="margin" resp="author"> Plinius Iun. epist.
                lib.<note type="app" rend="I">lib. <hi rend="i">A</hi> : l. <hi rend="i"
                >B</hi></note> 9. Luper.</note>. Porque no hay celsitud que no empariente con los
            amagos del precipicio: «<quote xml:lang="la" rend="i">nam plerumque altis et excelsis
              adiacent abrupta</quote>»<note place="bottom"> Plinio Cecilio Segundo (Plinio el
              Menor), <hi rend="i">Epistulae</hi>, lib. 9, ep. 26 (a Luperco), párrafo 2: «<hi
                rend="i">Debet enim orator erigi, attolli, interdum etiam effervescere, efferri ac
                saepe accedere ad praeceps; nam plerumque altis et excelsis adiacent abrupta</hi>»
              (1958: 292): «El orador debe, en efecto, excitarse, acalorarse, a veces incluso hasta
              entrar en ebullición, dejarse llevar por los sentimientos y acercarse a los
              precipicios; pues generalmente las cimas y las alturas confinan con los abismos»
              (trad. Julián González Fernández en Plinio Cecilio Segundo 2005: 454). El párrafo
              continúa con una defensa del estilo elevado por oposición al estilo llano que tiene
              particular resonancia en el contexto de la polémica gongorina. En el <hi rend="i"
                >Discurso poético</hi>, Jáuregui comenta la misma cita de Plinio animando al poeta a
              frecuentar las cimas de la elocución sublime evitando siempre los abismos, por mor de
              «igualdad»: «¿de qué estima sería en el más alentado la osadía de subirse a la maroma,
              si a veces cayese?». Véase Jáuregui 2016 (f. 19v y siguientes y <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico/body-1#note341"
                >nota 289</ref>) [1624_discurso-poetico]. También aparece este texto de Plinio en la
              polémica entre Lope y Colmenares [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_colmenares-contra-lope/body-1#note144_"
                >1624_colmenares-contra-lope</ref>] y en los <hi rend="i">Discursos
                apologéticos</hi> de Pedro Díaz de Rivas [1616_discursos-diaz].</note>. La de
            Góngora está tan cerca de él, que de su sublimidad al despeño solo dejó un paso: quien
            le diere, primero se hará pedazos que se le adelante. Pues, ¿para qué le compiten,
            carrera en que no han de ganar sino ruinas o atrasamientos?</p>
          <p>64. Aun en las excelentísimas oraciones de Tulio (entre otros defectos) repararon<note
              type="app" rend="I"> repararon <hi rend="i">A</hi> : rapararon <hi rend="i"
              >B</hi></note> era enfadosa una cláusula continua, un dejo frecuentísimo en que
            remataban los más de sus periodos, que era el «<quote xml:lang="la" rend="i">esse
              videatur</quote>». Pues de a legua se le puede adivinar que la sentencia tiene
            precisamente de cerrar con su «<quote xml:lang="la" rend="i">esse videatur</quote>».
            Notolo Tácito: «<quote xml:lang="la" rend="i">Nolo irridere rotam fortunae et ius
              Verrinum et illud tertio quoque <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f30r.jpg"
                n="f. 30r"/> sensu in omnibus pro sententia positum: esse videatur</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Corn. Tatit. dialog. Orato.<note type="app" rend="I">
                Orato. <hi rend="i">B</hi> : Orato <hi rend="i">A</hi></note></note><note
              place="bottom"> Tácito, <hi rend="i">Dialogus de oratoribus</hi>, cap. 23, párrafo 1:
                «<hi rend="i">Nolo inridere rotam Fortunae et ius verrinum et illud tertio quoque
                sensu in omnibus orationibus pro sententia positum esse videatur</hi>» (1983: 23):
              «No quiero burlarme de la 'rueda de la Fortuna' y el 'derecho verrino', ni de aquel
              famoso <hi rend="i">esse uideatur</hi> colocado en todos sus discursos como cláusula
              cada tres frases» (trad. J. M. Requejo en Tácito 1981: 193-194).</note>. Muchos
            imitaron la elocuencia de Cicerón, y muchos que no pudieron dieron que reír a
            Quintiliano con dar a entender que ya le tenían imitado con solo largar el «<quote
              xml:lang="la" rend="i">esse videatur</quote>». Soñándose cicerones, porque iban
            remachando con un «<quote xml:lang="la" rend="i">esse videatur</quote>» una y otra
            cláusula. «<quote xml:lang="la" rend="i">Noueram quosdam qui se pulchre expressisse
              genus illud coelestis huius in dicendo viri sibi viderentur, si in clausula
              posuissent: ‘esse videatur’<note place="margin" resp="author"> Quintil. lib. 10. cap.
                2.</note><note place="bottom"> Quintiliano, <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>,
                lib. 10, cap. 2, párrafo 18 (1971b: 265): «Algunos he conocido que creían haber
                imitado lindamente aquel divino estilo de decir que este varón tenía con sólo haber
                puesto en la cláusula <hi rend="i">esse videatur»</hi> (trad. Ignacio Rodríguez y
                Pedro Sandier, Quintiliano 1887: II, 181).</note>»</quote>. Así pues entre nuestros
            imitadores vemos que quien sabe decir «el ronco de los bárbaros estruendo», o dice
            «esta, si no mortal, veloz saeta»<note place="bottom"> Estos dos primeros ejemplos de
              estilemas gongorinos, que son invención de El Lunarejo, bien podrían aplicarse a la
              narración de la muerte de Absalón: son un contraejemplo de la imitación que intenta (y
              logra) El Lunarejo. El primero no tiene ni de cerca ni de lejos parecido concreto con
              ningún verso de Góngora, aunque los términos <hi rend="i">ronco, bárbaros</hi> y <hi
                rend="i">estruendo</hi> tienen un regusto gongorino. Véase en particular sobre el
              término <hi rend="i">bárbaro</hi>, Mercedes Blanco 2014 (154-157). El segundo ejemplo
              inventado por Espinosa Medrano se aproxima a varios lugares gongorinos, como «la más
              que mortal saeta» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem80#l80.87"
                >OC80.87</ref>) o como «Menos solicitó veloz saeta» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem389#l389.1"
                >OC389.1</ref>).</note>, con dos hipérbatos, seis voces, y «<quote xml:lang="es"
              >plumas calzada</quote>»<note place="bottom"> Es este un recuerdo de las muchas
              vestimentas de plumas que aparecen en la obra gongorina: en las <hi rend="i"
                >Soledades</hi> «plumas vistió» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.739"
                >OC264B.739</ref>) o «plumas vestido» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.138"
                >OC264C.138</ref>), que se repite en un soneto al conde de Villamediana sobre su <hi
                rend="i">Faetón</hi> (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem311#l311.5"
                >OC311.5</ref>), pero hay otros tantos ejemplos en la segunda <hi rend="i"
                >Soledad</hi> y en otros poemas (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.141"
                >OC264C.141</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.780"
                >OC264C.780</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.955"
                >OC264C.955</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem315#l315.5"
                >OC315.5</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem324#l324.9"
                >OC324.9</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem383#l383.4"
                >OC383.4</ref>). También puede haber por la parte del calzado un recuerdo del <hi
                rend="i">Polifemo</hi>: «calzada plumas» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.127"
                >OC255.127</ref>), sintagma que casi se repite en el verso «calzada el fugitivo pie
              de plumas» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem145#l145.14"
                >OC145.14</ref>).</note> o «<quote xml:lang="es">aljófares vestida</quote>»<note
              place="bottom"> Este ejemplo fingido de mala imitación de Góngora recalca la
              abundancia de <hi rend="i">aljófares</hi> en la poesía gongorina. En singular se
              encuentra el <hi rend="i">aljófar</hi> en <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem18#l18.2"
                >OC18.2</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem33#l33.5"
                >OC33.5</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem61#l61.28"
                >OC61.28</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem82#l82.27"
                >OC82.27</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem147#l147.17"
                >OC147.17</ref> (y en los dos estribillos siguientes del mismo poema), <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem160#l160.12"
                >OC160.12</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem202#l202.94"
                >OC202.94</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem219#l219.14"
                >OC219.14</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem249#l249.33"
                >OC249.33</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.500"
                >OC255.500</ref>: «calzó el líquido aljófar de sus venas.», <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.599"
                >OC264B.599</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.72"
                >OC264C.72</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.321"
                >OC264C.321</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.557"
                >OC264C.557</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem350#l350.27"
                >OC350.27</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem372#l372.27"
                >OC372.27</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem375#l375.11"
                >OC375.11</ref>; en plural en <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.188"
                >OC255.188</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.862"
                >OC264C.862</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem279#l279.7"
                >OC279.7-8</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.212"
                >OC313.212</ref>: «de aljófares purpúreos coronado», <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem317#l317.64"
                >OC317.64</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem351#l351.24"
                >OC351.24</ref>, <ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem360#l360.1"
                >OC360.1</ref>. El propio Lunarejo emplea versos similares a estos descaminados
              ejemplos de imitación gongorina en su comedia <hi rend="i">Amar su propia muerte</hi>,
              señaladamente en el breve monólogo de Jael que abarca los versos 77 a 98 de la jornada
              primera (v. 81-82: «plumas le dieron las alas / de mis voladoras puntas»; v. 89-90:
              «trocando el rubí en aljófar / de sus cándidas espumas»). Véase Espinosa Medrano 2011
              (81-82).</note>, se tiene persuadido a que el alma de Góngora se le pasó a sus
              carnes<note place="bottom">Nótese el parecido de este párrafo con el <hi rend="i"
                >Discurso sobre el estilo de don Luis de Góngora</hi> de Vázquez Siruela, fol. 6r-v,
              que tras citar el mismo lugar de Quintiliano sobre el «<hi rend="i">esse
              videatur</hi>», escribe: «Es dignísimo de reparo esto último para lo que vemos ahora,
              pues con poner uno en sus versos “canoro”, “erige”, “purpúreo”, “gigante de cristal” o
              cualquiera vocablo de estos numerosos, se persuade que tiene ya todo el estilo de don
              Luis cautivo en sus redes, que le ganó a Hércules la clava y lado a lado se sienta con
              Apolo a una mesa, tan engañados los que esto imaginan de su vanidad que, siendo estas
              voces usadas oportunamente y con la debida colocación que las miramos en don Luis de
              suma elegancia, quien juega de ellas a cada paso con tiempo y sin tiempo las vuelve
              odiosas y ridículas, y a sí mucho más» [1645_discurso-siruela].</note>. Pues
            desengañaos, legos<note type="app" rend="I"> legos <hi rend="i">A</hi> : leges <hi
                rend="i">B</hi></note>, desengañaos, presumidos (aunque lo mismo sois presumidos que
            legos), y teneos por notificado que lo sumo, lo grande, lo superior de los oradores o
            poetas nunca se puede imitar, como el ingenio, la invención, el vigor, la facilidad y
            todo lo que no<note type="app" rend="I"> no <hi rend="i">B : om. A</hi></note> enseña el
            arte. Algo tiene, empero, común y mediocre la elocuencia grande, y esto solo se os
            permite que remedéis: «<quote xml:lang="la" rend="i">Ea quae in oratore maxima sunt
              imitabilia non sunt: ingenium, inventio, vis, facilitas, et quidquid arte non
              traditur</quote>»<note place="margin" resp="author"> Idem ibidem</note><note
              place="bottom"> Quintiliano, <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>, lib. 10, cap. 2,
              párrafo 12 (1971b: 264): «Júntase a esto que las prendas más grandes que tiene un
              orador, cuales son el ingenio, la invención, la energía, la facilidad y todo lo que no
              enseña el arte, no se pueden imitar.» (trad. Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier,
              Quintiliano 1887: II, 179-180).</note>. Y concluye: «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Habet tamen omnis eloquentia aliquid commune: id imitemur quod commune
              est</quote>»<note place="bottom"> Quintiliano, <hi rend="i">Institutio oratoria</hi>,
              lib. 10, cap. 2, párrafo 22 (1971b: 266): «Tiene, no obstante, la elocuencia alguna
              cosa común a todos géneros: imite, pues, lo que es común.» (trad. Ignacio Rodríguez y
              Pedro Sandier, Quintiliano 1887: II, 182).</note>. No me arguyáis que os niego el
            imitar a los varones grandes, cuando no hay escuela en que no se nos propongan
            ejemplares insignes para eso. Porque aquí solo os distingo<note type="app" rend="I">
              distingo <hi rend="i">A</hi> : distinguo <hi rend="i">B</hi></note> dos porciones en
            el estilo: una, hija de la naturaleza, que no se alcanza, y otra, parto del arte, que se
            consigue. Así os lo enseñan juicios grandes<note place="bottom"> Se refiere sin duda a
              Dionisio de Halicarnaso, anunciando con la paráfrasis la cita que viene a
              continuación. En efecto en el <hi rend="i">Sobre Dinarco</hi>, cap. 7, párrafo 5,
              leemos: «En resumen, se pueden encontrar dos formas diferentes de imitación con
              respecto a los modelos antiguos: de estas, una es natural y se adquiere mediante el
              prolongado estudio y la familiaridad continua, la otra, ligada a la anterior, se
              adquiere siguiendo los preceptos del arte». Cito la traducción de Guillermo Galán
              Vioque (Dionisio de Halicarnaso 2001: 155), quien también remite en una nota a Platón
                (<hi rend="i">Gorgias</hi>) y a Quintiliano (<hi rend="i">Institutio oratoria</hi>,
              II, 15-17) como referencias de la «distinción entre dos tipos de imitación, una
              natural y otra artística». Esta distinción entre dos imitaciones, la reproduce
              Espinosa Medrano añadiendo sin embargo la inflexión de la inimitabilidad del genio
              natural por oposición al arte retórica.</note>. Tienen los dechados un no sé qué de
            natural gracia y hermosura, un cierto donaire ínsito (como dice Halicarnáseo): «<quote
              xml:lang="la" rend="i">quod omnibus archetypis et exemplaribus naturalis quaedam
              venustas et gratia conveniat</quote>»<note place="margin" resp="author">
              Halicarnassaeus cap. 7 de Dinarcho.</note><note place="bottom"> Dionisio de
              Halicarnaso, <hi rend="i">Sobre Dinarco</hi>, cap. 7, párrafo 6: «que de todos los
              modelos originales emana cierta gracia y frescura espontánea» (trad. Guillermo Galán
              Vioque en Dionisio de Halicarnaso 2001: 155).</note>. Y aunque la copia haya
              llegado<note type="app" rend="I"> aya llegado <hi rend="i">A</hi> : ay allegado <hi
                rend="i">B</hi></note> a la suma excelencia de la imitación, jamás deja de
            traslucírsele lo contrahecho de la afectación desairada. «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Quamvis ad summam imitationis excellentiam perveniant, affectatum quiddam et non
              naturale accedit<note place="bottom"> Dionisio de Halicarnaso, <hi rend="i">Sobre
                  Dinarco</hi>, cap. 7, párrafo 6: «mientras que en las copias derivadas de estos,
                aunque alcancen el grado máximo de imitación, siempre queda cierto sabor de
                preparación previa y artificiosidad» (trad. Guillermo Galán Vioque en Dionisio de
                Halicarnaso 2001: 155). La cita que maneja El Lunarejo se encuentra en la edición
                latina del holandés Matthias Martinus Waucquier, véase Dionisio de Halicarnaso
                (1615: 354).</note>»</quote>. El estilo de don Luis solo puede ser suyo, en él es
              faición<note place="bottom"> La faición o facción es el rostro opuesto a la máscara
              (anteriormente al afeite). Por extensión, es también la «figura y disposición con que
              una cosa se distingue de otra» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>, en otro máscara.
            Siempre le veneramos, nunca presumimos imitarle. Dar a logro<note place="bottom">
              Significa «prestar o dar alguna cosa con usura» (<hi rend="i"
              >Autoridades</hi>).</note> el talento de la naturaleza, si le adelanta el arte y le
            duplica la cultura, tenemos por usura hidalga y por la más segura<note place="bottom">
              Hay en esta frase un juego de palabras sobre el término «talento»: la naturaleza del
              poeta, su genio propio, es un «talento», por alusión a la moneda de oro romana. Tal es
              el bien que debe «dar a logro», prestándolo como inversión para obtener intereses
              usurarios con el arte retórica y la erudición. La ganancia será «hidalga», bien
              adquirida, además de segura.</note>. Porque quien se halla mal con el genio propio
            ¿cómo hará milagros con el ajeno? Finalmente el refrancillo de «<quote xml:lang="es"
              >cada uno <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f30v.jpg"
                n="f. 30v"/> estornuda</quote>»<note place="bottom"> «Cada uno estornuda como Dios
              le ayuda. Refrán con que se significa que cada uno tiene sus modos propios y
              particulares para conseguir su intento y se usa para rechazar las instrucciones
              impertinentes y los consejos que no se piden.» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note>
            tenemos por infalible, porque cada uno está necesitado de la naturaleza a no
            desmentirla. Aun de aquellos cuatro divinos animales que tan lucidamente volátiles
            tiraban la carroza de Dios, con ser que todos volaban poblados de alas y esgrimiendo
            plumas, reparó el profeta que el águila sobresalía remontada encima de los demás:
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Et facies Aquilae de super ipsorum<note type="app"
                rend="I"> ipsorum <hi rend="i">B</hi> : ipsarum <hi rend="i">A</hi> [Enmienda
                registrada en la fe de erratas. En el testimonio A, corrección manuscrita:
                ipsorum.</note> quatuor</quote>»<note place="margin" resp="author"> Ezechiel cap.
              1</note><note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Ezequiel (traducción de San Jerónimo), cap. 1, v. 10. La
              cita tiene infinidad de fuentes, véase por ejemplo: San Jerónimo, <hi rend="i"
                >Commentariorum in Ezechielem prophetam libri quatordecim</hi>, lib. 1 (Migne 1845b:
              col. 24c). Los cuatro animales son las figuras del tetramorfos de los cuatro
              evangelistas: el hombre de San Mateo, el león de San Marcos, el buey de San Lucas y el
              águila de San Juan. En los preliminares del <hi rend="i">Apologético</hi>, Juan de
              Lira recoge la referencia de la visión de Ezequiel y la aplica a Espinosa Medrano en
              sus versos panegíricos.</note>. Y era que aunque todos batían plumas, eran nacidas las
            del águila y las del novillo advenedizas. Mucho volaban el hombre, el león y el buey con
            sus alas, pero eran prestadas, y cedían ventajas a las nativas. Y apostar un buey, por
            emplumado que esté, con un águila al vuelo, solo es colocarla sobre su cabeza a que
            remontada le enseñe no ser lo mismo arrastrar flemáticamente la reja por el barbecho que
            aventar con velocidad el plumaje por las nubes, «<quote xml:lang="la" rend="i">de super
              ipsorum</quote>». Por esto llamaría (claro está) Lope de Vega «Ícaros» a los
            imitadores de Góngora, porque siendo contrahechas las alas de su osadía, es preciso ser
              arriesgado<note type="app" rend="I"> arriesgado <hi rend="i">em.</hi> : arresgado <hi
                rend="i">A</hi> || arrescado <hi rend="i">B</hi></note> el vuelo de su<note
              type="app" rend="I"> su <hi rend="i">A : om. B</hi></note> emulación. Alábale primero
            y luego dice que sus imitadores son los que han menester las defensas, que por don Luis
            se hacen ostentosas<note place="bottom"> Las defensas de Góngora son ostentosas por
              alusión al primer terceto del soneto de Lope (véase <hi rend="i">infra</hi>): «Los que
              por tu defensa escriben sumas / Propias ostentaciones solicitan, / Dando a tu inmenso
              mar viles espumas». Las defensas son por tanto inútiles cuando pretenden proteger a
              Góngora, además de ser «viles», pues la “ostentación” propia que solicitan según Lope
              los defensores es «jactancia y vanagloria» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note><note
              type="app" rend="I"> En el testimonio A encontramos la siguiente anotación marginal
              manuscrita: «otro tiene más verdadero por más propio de † varon en el Tomé de
              Burguillos y en el laurel de Apolo. A quien escribió ayer, hoy le
            comentan».</note>:</p>
          <quote xml:lang="es"><lg>
              <lg>
                <l>Claro cisne del Betis, que, sonoro</l>
                <l>y grave, ennobleciste el instrumento</l>
                <l>más dulce que ilustró músico acento,</l>
                <l>bañando en ámbar puro el arco de oro,</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>a ti la lira, a ti el castalio coro<note place="bottom">El coro de las musas, de
                    la fuente Castalia a ellas consagrada.</note>
                </l>
                <l>debe su honor, su fama y su ornamento,</l>
                <l>único al siglo y a la envidia esento,</l>
                <l>vencida, si no muda, en tu decoro.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>Los que por tu defensa escriben sumas,</l>
                <l>propias ostentaciones solicitan,</l>
                <l>dando a tu inmenso mar viles espumas.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>Los Ícaros defiendan que te imitan,</l>
                <l>que como acercan a tu sol las plumas,</l>
                <l>de tu divina luz se precipitan.<note place="margin" resp="author"> Lope de Vega
                    in tom. Circe Sonet. 2. fol. 204<note type="app" rend="I">Sonet. 2. fol. 204 <hi
                        rend="i">A</hi> : Senet. 12. fol. 40.</note></note><note place="bottom">
                    Lope de Vega, <hi rend="i">La Circe con otras Rimas y Prosas</hi> (Madrid: en
                    casa de la viuda de Alonso Martín a costa de Alonso Pérez, 1624), soneto «A don
                    Luis de Góngora» (1624: f. 204r). La remisión marginal de El Lunarejo es
                    correcta, pues se trata del segundo soneto de la <hi rend="i">Circe</hi>.</note>
                </l>
              </lg>
            </lg></quote>
          <p>65. Es forzoso el precipicio, siempre que tratare de volar quien no ha nacido pájaro,
            que no bastan plumas para el vuelo, pues aunque de ellas se hacen las alas, también los
            plumeros.</p>
          <p>66. Basta esto de los que <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> mentó diciendo: «<quote xml:lang="es">peor<note type="app" rend="I">
                Peor <hi rend="i">B</hi> : Peor que <hi rend="i">A</hi> [Enmienda registrada en la
                fe de erratas. Corrección manuscrita en el testimonio A: el <hi rend="i">que</hi> se
                encuentra tachado.</note> sus secuaces</quote>»<note place="bottom"> Véase <hi
                rend="i">supra</hi> Manuel de Faría. § VII.</note>; lo demás es mera pugnacidad sin
            fuerzas ni fundamento. Dice serán los versos de Góngora gustosos en parte, pero no a las
              <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f31r.jpg"
              n="f. 31r"/> orejas judiciosas y científicas. A que decimos que conocemos muchas de
            hombres más doctos que él, que no solo se deleitan mucho con su armonía sino que la
            recomiendan con veneración. Dice que también él le venera, pero esto es hipocresía
            cuando constan sus vejaciones. Llámale casi invencible en lo que escribió antes de aquel
            capricho, y el capricho es hipérbatos, que las burlas en que es excelentísimo no han
            menester ciencia, sino ingenio y genio para ellas. Hasta los aciertos que confiesa los
            pellizca con el rencor, como si todo lo científico y artificioso que puede ennoblecer
            una lira no hubiese resonado en la de Góngora con admiración del mundo. Mirad lo que
            decimos a esto en la sección undécima, número 116.</p>
          <p>67. Añade que a faltar las burlas en sus obras, poquísimos le conocieran<note
              place="bottom">Tal era la opinión del padre Pineda al calificar la edición de Vicuña
              por encargo de la Inquisición. Véase este texto, junto con la denuncia del padre Horio
              que lo motivó, en Alonso 1963 (XXIII-XXIX). En su censura, firmada en Madrid, el 3 de
              junio de 1628, Pineda escribía (§ 3): «Porque aunque este libro no sea del todo
              lasciuo, mas porque el autor sólo tuuo su famosa eminencia en lo lasciuo y picaril,
              verde y picante, por esta sola materia y título es leído y buscado, como si de esto
              solo escriuiera, y assí haze tanto daño, y se deue reputar como si exprofesso ouiera
              escrito de sola ella» (Alonso 1963: XXXI).</note>. Este hombre, aun de los
            pensamientos ajenos y futuros quiere ser árbitro. Pero diga si el <title>Polifemo,
              Soledades</title> y <title>Panegírico</title><note place="bottom"> La <hi rend="i"
                >Fábula de Polifemo y Galatea</hi> [OC255], las <hi rend="i">Soledades</hi> [OC264]
              y el <hi rend="i">Panegírico al duque de Lerma</hi> [OC313].</note> tienen burlas. Y
            si no las tienen, ¿cómo los conocen tantos por de Góngora y él mismo las llama «<quote
              xml:lang="es">poesías singulares en la opinión de los sectarios</quote>»<note
              place="bottom"> La cita se encuentra ya <hi rend="i">supra</hi> en Manuel de Faría, §
              III. Estos dos últimos párrafos son una glosa de Manuel de Faría § VII en la que
              Espinosa Medrano demuestra las contradicciones de su rival, citando para ello otros
              fragmentos suyos ya conocidos por el lector.</note>? Y si son muchos los que siguen a
            Góngora y aun tantos que los comparó con los dicípulos de Mahoma<note place="bottom">
              <hi rend="i">Supra</hi>, en Manuel de Faría § VI.</note>, ¿cómo dice ahora le
            conocieran sin las burlas muy pocos, cuando eso que carece de ellas lo conocieran
            tantos? Añade que no le quisiera mayor mal, si fuera enemigo de sus aplausos, «<quote
              xml:lang="es">que haberle descubierto el juicio</quote>»<note place="bottom"> De
              nuevo, <hi rend="i">supra</hi>, Manuel de Faría § VII.</note>: ¡qué gracia! Cierto que
            puede estar muy vano de tan glorioso descubrimiento. Desde que <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> escribió esto (¡ay triste!) ya no hay
            quien lea a Góngora, no hay quien aplauda sus versos, no hay quien estime sus números.
            En verdad que no pudo hacérsele mayor daño que haber desengañado al mundo. Descubriole
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> el
              juicio<note place="bottom"> Recordemos que para Faría el juicio poético de Góngora es
              nulo, como se deduce de Manuel de Faría § II, donde dice: «Pero no halla alguno [en
              Góngora] ni gloria, ni hacienda, ni sustancia, como se halla todo después de saltar,
              saltear, o desatar lugares de mi poeta». Véase <hi rend="i">supra</hi>.</note>, y
            eclipsose Góngora, espiró aquella musa. ¡Oh poder grande, oh elocuencia fatal de Faría,
            que a tu arbitrio degüellas aplausos, apagas opiniones, destruyes famas, aniquilas
            renombres! Mas ¿cómo le venera quien así le desacredita o cómo le vitupera quien tanto
            dice que le respeta? Delira la envidia, titubea el odio, confunde contrariedades la
            iniquidad. Importa un ardite le venere o no le venere, le precie o le desestime, porque
            la musa de Góngora es de la complexión de la virgiliana, en que ni crece con los
            elogios, ni con los vituperios mengua: «<quote xml:lang="la" rend="i">Ea est Maronis
              gloria —dice Macrobio— ut nullius laudibus crescat<note type="app" rend="I"> crescat
                  <hi rend="i">B</hi> : erescat <hi rend="i">A</hi></note>, nullius vituperatione
              minuatur</quote>»<note place="bottom"> Macrobio, <hi rend="i">Saturnalia</hi>, lib. 1,
              cap. 24, párrafo 8: «<hi rend="i">haec est quidem, Euangele, Maronis gloria ut nullius
                laudibus crescat, nullius vituperatione minuatur</hi>» (1970a: 129). En la
              traducción de Fernando Navarro Antolín: «En verdad, Evángelo, es tal la gloria de
              Marón, que ningún elogio puede acrecentarla ni crítica alguna menoscabarla» (Macrobio
              2010: 254). La cita aparece en boca de Símaco en un diálogo sobre Virgilio y sus
              muchos conocimientos.</note>.<note place="margin" resp="author"> Macrob. 1.
              Saturnal.</note></p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion9_Faría">
          <index indexName="resp" n="Faria e Sousa, Manuel de"/>
          <pb facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f31v.jpg"
            n="f. 31v"/>
          <head> Manuel de Faría. § VIII</head>
          <quote xml:lang="es">«Hablo en general, que en particular no hay duda que en el
              <title>Polifemo</title> y <title>Soledades</title> hay cláusulas beneméritas de
              poeta<note type="app" rend="I"> Poëta <hi rend="i">B</hi> : Poetas <hi rend="i">A</hi>
              [Enmienda registrada en la fe de erratas. En el testimonio A la –s final de <hi
                rend="i">poetas</hi> se encuentra tachada.</note> de estima. Mas, por una parte, la
            lujuria del ingenio y, por otra, la falta de fuerzas para concluir las obras le ataba e
            impedía: si no, díganme sus devotos por qué no acabó <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">él</persName> obra que empezase, de las que aspiraban a tener
            cuerpo de principio, medio y fin. Las <title>Soledades</title>,
              <title>Panegírico</title><note type="app" rend="I"> Panegirico <hi rend="i">A</hi> :
              Penegirieo <hi rend="i">B</hi></note> y dos <title>Comedias</title> tuvieron
            principio, pero no tuvieron fin, ni aun medio, y el <title>Polifemo</title> acabado
            tiene poquísima traza.»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
              >Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto III, estancia 94, col. 135 D, [1639_lusiadas] (Faría
              1639a: II, col. 135).</note></quote>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion9">
          <head>Apologético. Sección IX</head>
          <p>68. Pareciole a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName><note type="app" rend="I"> Faria <hi rend="i">B</hi> : Feria <hi
                rend="i">A</hi> [Enmienda registrada en la fe de erratas. Corrección manuscrita en
              el testimonio A: Faria.</note> se descubría mucho la venenosa y profundísima llaga de
            su envidioso corazón en haber prorrumpido tan pestíferos hálitos, y por no hacer patente
            su dolencia, moderó la censura y templó artificiosamente el juicio, como enmendándole,
            con decir: «<quote xml:lang="es">Hablo en general, que en particular no hay duda que en
              el <hi rend="i">Polifemo</hi> y <hi rend="i">Soledades</hi> hay cláusulas beneméritas
              de poeta de estima</quote>». Estas son caravanas<note place="bottom"> «Caravanas.
              Metafóricamente se entienden las diligencias que uno hace para lograr alguna
              pretensión» (<hi rend="i">Aut</hi>): Espinosa Medrano denuncia que Faría recurre a
              esta concesión, alabando algún impreciso verso de Góngora, por ocultar su
              envidia.</note> de desmentir la envidia, pues por disimularla en hábito de celo o
            crítica doctrina, a cada paso nos enfada con sus reverencias y veneraciones. Ya confiesa
            cláusulas estimables y de poeta benemérito en el <title>Polifemo</title> y
              <title>Soledades</title>, y no ve que de ahí se colige serlo también las restantes,
            porque la frasi, la sentencia, el estilo, la colocación, es tan semejante y tan
            indivisible en todas como fue uno el espíritu que en sagrados furores las dictó
            altamente arrebatado<note place="bottom"> Casi tan constante entre los reproches de los
              adversarios del poeta como la oscuridad, es la presunta desigualdad de sus poesías o
              de su estilo. Espinosa Medrano contesta afirmando con audacia todo lo contrario, la
              igualdad y uniformidad de la obra de Góngora: un golpe de efecto similar a afirmar que
              no hay hipérbatos en Góngora sino una colocación natural en el lenguaje poético. Este
              estilo paradójico en la argumentación es muy propio de los grandes predicadores
              barrocos. Sobre el furor en el <hi rend="i">Apologético</hi> véase la introducción y
              Ruiz Soto 2016 (43-47, 55-57).</note>. Esto no necesita de más probanza que de la
            exhibición de los versos: léanse y sean los ojos árbitros de su igualdad con el juicio,
            que si hay cláusulas de estima, todas la merecen o todas deben proscribirse si periodos
            hay dignos de óbelo<note place="bottom"> El <hi rend="i">óbelo</hi> es término latino
                (<hi rend="i">obelus, i</hi>, m.) derivado del griego y, según el diccionario <hi
                rend="i">Gaffiot</hi>, es el signo crítico empleado para señalar las faltas en un
              manuscrito.</note>. Tal es su uniformidad, tal su consonancia.</p>
          <p>69. El que don Luis no hubiese dado fin a las <title>Soledades, Panegírico</title> y
              <hi rend="i">Comedias</hi><note place="bottom"> Como dramaturgo Góngora escribió <hi
                rend="i">Las firmezas de Isabela</hi> así como dos obras inacabadas. La primera, <hi
                rend="i">El doctor Carlino</hi>, consta de dos jornadas y carece de la última; la
              segunda, <hi rend="i">Comedia venatoria</hi>, es aún más fragmentaria. Véase la
              introducción de Antonio Carreira en Góngora 2000 (vol. 2: XI-XV).</note> no convence
            falta de caudal en aquel espíritu, sino poca ambición de dar a la prensa sus escritos,
            lujuria de estos <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f32r.jpg"
              n="f. 32r"/> tiempos insaciable, que en los pasados era solo comezón importuna, como
            dijo Juvenal:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Tenet insanabile multos</l>
            <l>scribendi cacoethes<note type="app" rend="I"> cacoethes <hi rend="i">em.</hi> :
                cacoetes <hi rend="i">A</hi> || cacoëthes <hi rend="i">B</hi></note>.<note
                place="margin" resp="author"> Juvenal. lib. 3. saty.<note type="app" rend="I">saty.
                    <hi rend="i">B</hi> : sat. <hi rend="i">A</hi></note> 7</note><note
                place="bottom"> Juvenal, <hi rend="i">Sátiras</hi>, 7, v. 51-52 (1997: 97): «a
                muchos retiene con su lazo (…) la incurable pasión de escribir» (trad. Bartolomé
                Segura Ramos en Juvenal 1996: 93).</note></l></quote>
          <p>Y fue también notoria falta de patrones, pues no habiendo mecenas que aliente propicio,
            no hay que estrañar poeta que fallezca desvalido. Fuese en fin esto o lo otro, el no
            concluir algunas obras, habiendo otras que basten para el crédito, no arguye en hombres
            de aquel tamaño<note type="app" rend="I"> tamaño <hi rend="i">B</hi> : tomaño <hi
                rend="i">A</hi> [Enmienda registrada en la fe de erratas. Corrección manuscrita en
              el testimonio A: tamaño.</note><note place="bottom"> Góngora es grande por la grandeza
              de su ingenio y por alusión a su Polifemo, con el que El Lunarejo lo asimila en varios
              lugares del <hi rend="i">Apologético</hi>.</note> falta de capacidad. O dígase que el
            mayor poeta que conoció la naturaleza<note place="bottom">
              <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName></note> no la tuvo, pues
            no solo dejó de acabar su <title>Eneida</title>, poema divino, pero versos particulares
            de ella no pudo o no quiso concluir, de que vemos tantos hemistiquios en sus obras. Y
            ¿quién será tan ignorante que, porque Virgilio no pudo acabar una docena de versos, o no
            quiso, le acuse de crimen de lesa poesía, por falto de fuerzas de ingenio y espíritu? El
            mismo poeta en su testamento mandó que, por imperfecta y no acabada, su
              <title>Eneida</title> se entregase a la llamas, «<quote xml:lang="la" rend="i"
              >Testamento comburi iussit —dice Donato— ut rem inemendatam imperfectamque»<note
                place="margin" resp="author"> Donatus in vita Virgilii.</note><note place="bottom">
                <persName type="authority" key="Donato">Donato</persName>, <hi rend="i">Vita
                  Vergilii</hi> (<hi rend="i">vita quae Donati aucti dicitur</hi>), § 52 (véase F.
                Stok y G. Brugnoli 1997: 101 y Virgilio 1552: <hi rend="i">Virgilii vita</hi>, f.
                *IIIv).</note>. </quote>Pues los retazos de versos que así quedaron, digan Tuca,
            Varo y otros muchos si han podido ser zurcidos, con haber acometido a este suplemento
            los mejores ingenios de aquel siglo<note place="bottom"> El fragmento de Donato citado
              continúa de la siguiente manera: «<hi rend="i">uerum Tucca Varusque monuerunt id
                Augustum non permissurum. tunc eidem Varo ac simul Tuccae scripta sub ea conditione
                legauit, ne quid ederent, quod a se editum non esset, et uersus etiam imperfectos,
                si qui erant, relinquerent</hi>», (‘pero Tuca y Varo le adviertieron [a Virgilio en
              su lecho de muerte] que Augusto no lo permitiría [que se quemase el poema]; entonces
              él les legó sus escritos con la condición de que no editaran nada que no hubiera sido
              editado por él y que incluso los versos inacabados, si los había, los dejasen como
              estaban’). En <hi rend="i">Vergilii</hi> (<hi rend="i">vita quae Donati aucti
                dicitur</hi>), § 53 (Stok y Brugnoli 1997: 101).</note>. Y responderán que aquello
            imperfecto, manco y no cabal de Virgilio se quedó así para confusión de presumidos y
            arrogantes, que con todo su caudal no pudieron remendar cuatro hemistiquios. ¿Qué fuera
            todo el poema? Ni <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName><note
              place="margin" resp="author"> Virgilius</note> acabó su <title>Eneida</title>, ni
              <persName type="authority" key="Lucano">Lucano</persName><note place="margin"
              resp="author"> Lucanus</note> dio fin a su <title>Farsalia</title>, ni <persName
              type="authority" key="Claudiano">Claudiano</persName><note place="margin"
              resp="author"> Claudianus</note> concluyó su <title>Rapto de Proserpina</title>, ni
              Ronsardo<note place="margin" resp="author"> Ronsardus</note> su
              <title>Franciada</title><note place="bottom"><persName type="authority" key="Ronsard"
                >Ronsard</persName> proyectó la <hi rend="i">Franciada</hi> en veinticuatro cantos,
              a imitación de la <hi rend="i">Iliada</hi>, aunque sólo escribió los cuatro primeros.
              Esta es una de las pocas referencias a poetas franceses en la polémica gongorina, y la
              única que encontramos en el <hi rend="i">Apologético</hi>, aunque Ronsard sea poeta
              célebre y citado, por ejemplo, por Pellicer en sus <hi rend="i">Lecciones
                solemnes</hi>, en el comentario de la primera <hi rend="i">Soledad</hi>, estancia
              XIX, en nota al verso 159 (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264B#l264B.159"
                >OC264B.159</ref>: «breve de barba y duro no de cuerno»). Véase Pellicer (1630b:
                <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=sWLlG_p4YNsC&amp;vq=ronsardo&amp;hl=fr&amp;pg=PA399#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >col. 400</ref>). Asimismo, Manuel de Faría cita a «Ronsardo» en su comentario de
              las <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto I, estancia 77, col. 336, C a 337 B
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 336), mencionando que publica la <hi rend="i"
                >Franciada</hi> y sus poemas el mismo año que Camões su epopeya y recriminando por
              ello a aquellos que defienden que su poeta imitó al francés. Quizá con ánimo de
              revancha, El Lunarejo lo equipara aquí a los nobles precedentes de Virgilio, Lucano y
              Claudiano. La noticia del carácter inconcluso de la <hi rend="i">Franciada</hi> es sin
              duda indirecta, pero debía ser conocida teniendo en cuenta la fama de Ronsard, de la
              que Faría nos da dos testimonios, incluyéndolo en el parnaso de los poetas ilustres de
              su <hi rend="i">Fábula de Pan y Apolo</hi> en la <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>
              (1644: f. 44v) y alabando en su comentario de las <hi rend="i">Lusiadas</hi> «el oro
              de Homero y de Virgilio y de Ovidio y de Horacio y de Lucano y de Dante y de Petrarca
              y de Sannazaro y de Ariosto y de Ronsardo y de Garcilaso y de Camões y de Torcuato,
              que andan siempre en el seno y en las manos de todos». Véase Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Juicio del poema</hi>, § 9, col. 64,
              E [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 64).</note>, ni otros muchos clarísimos
            varones, ni por eso perderán la corona que sus gloriosas fatigas les ganaron. ¿Pues del
            ingenio de Góngora se ha de presumir que no acabase una comedia<note place="bottom">
              Posiblemente se trate de la comedia del <title>Doctor Carlino</title>, cuyos dos
              primeros y únicos actos fueron escritos por Góngora en 1613 e impresos en 1633.
              También podría tratarse de su <hi rend="i">Comedia venatoria</hi>, pero esta
              constituye más un fragmento que una comedia inconclusa, a diferencia de la del <hi
                rend="i">Doctor Carlino</hi>. De nuevo véase la introducción de Antonio Carreira en
              Góngora 2000 (vol. 2: XI-XV).</note> porque no pudo, cuando no hay hoy zapatero de
              viejo<note place="bottom"> El <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi> define el
              zapatero de viejo como «el oficial que solo remienda los zapatos rotos o gastados.» A
              continuación da dos ejemplos que vienen al caso, por representar el zapatero de viejo
              al mal letrado o al falso científico. El primer ejemplo es de la <hi rend="i"
                >República Literaria</hi> de Saavedra Fajardo («Los críticos eran remendones,
              ropavejeros y zapateros de viejo», véase Saavedra Fajardo 2008: 113), el segundo de la
                <hi rend="i">Segunda parte del Ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha</hi>, en
              el capítulo 25: «estas figuras que llaman “judiciarias”, que tanto ahora se usan en
              España, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no presuma de alzar
              una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo, echando a perder con sus
              mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la ciencia» (Cervantes 2004: 921); en
              este caso la ciencia en cuestión es la astrología. Esta figura del zapatero como
              crítico repite en cierto modo la anécdota de aquel que criticó unos zapatos pintados
              por Apeles. Al día siguiente, como el pintor había enmendado su error, quiso criticar
              la pierna de la figura pintada, crítica que provocó la indignación del pintor, que
              pronunció una proverbial condena del zapatero que se excede en sus críticas,
              legándonos el proverbio «zapatero a tus zapatos». Véase Plinio el Viejo, <hi rend="i"
                >Historia Natural</hi>, libro XXXV, § 85 (1985: 73).</note> en España y aun en
            nuestras Indias que no las escriba a docenas<note place="bottom"> El propio Espinosa
              Medrano escribió una comedia: <hi rend="i">Amar su propia muerte</hi> (Espinosa
              Medrano 2011). Se trata de una pieza tragicómica inspirada de la historia de Sísara y
              Jael, sacada del Libro de los Jueces, 4, en el Antiguo Testamento (2011: 33-34). Fue
              escrita presumiblemente en los años de colegial en el seminario de San Antonio de
              Espinosa Medrano y debió ser difundida a partir de 1654, siendo el autor en ese año
              doctor en teología por la universidad cuzqueña de San Ignacio de Loyola (Cisneros y
              Guibovich 1988: 337; Espinosa Medrano 2011: 30-31).</note>? Digan eso los que se
            atrevieren a calumniar de sin fuerzas, de enervado, de lánguido el genio virgiliano,
            solo porque no pudo acabar aquel verso:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Proiice tela manu, sanguis meus<note place="bottom">
                Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. 6, v. 835 (1989: 75): «¡arroja de las manos
                ya las armas, tú, sangre de mi sangre!» (trad. Javier de Echave-Sustaeta en Virgilio
                1992b: 330).</note></l></quote>
          <p>Eso imperfecto, eso por acabar que se dejó Góngora es mucho mejor que lo muy concluido
            y sellado de los otros. Y eso poco ha sabido arrastrarse al mundo erudito a sus
            admiraciones. <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f32v.jpg"
              n="f. 32v"/></p>
          <p>70.<note type="app" rend="I"> 70. <hi rend="i">em. : om. AB</hi></note> Lo grande no
            está en lo mucho. Nunca es poco lo bueno. El bulto del libro solo denota que tiene mucho
            papel. No crecen los tomos por echar hojas, sino por madurar frutos, eso les quedó a los
            libros de su linaje de árboles<note place="bottom">El significado original de <hi
                rend="i">liber</hi> en latín es ‘parte interior de la corteza de los
              árboles’.</note>. Al otro profeta se le mandaba hacer un libro grande: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Sume<note type="app" rend="I"> grande, sume <hi rend="i">B</hi>
                : grrnde, summe<hi rend="i"> A</hi>. [La fe de erratas registra la enmienda de
                «summe» en «sume». Corrección manuscrita en el testimonio A, donde la primera m se
                encuentra tachada.</note> tibi librum grandem</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Isai. cap.<note type="app" rend="I">cap. <hi rend="i">A</hi> : c. <hi
                  rend="i">B</hi></note> 8.</note><note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Isaías (trad. de San Jerónimo), 8, v. 1 (<hi rend="i"
                >Vulgata</hi> 1975).</note>, y al cabo no contenía más que cuatro palabras todo
            aquel tomo: «<quote xml:lang="la" rend="i">Spolia detrahere, festina,
              praedari</quote>»<note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Isaías (trad. de San Jerónimo), 8, v. 3 (<hi rend="i"
                >Vulgata</hi> 1975).</note>. Y aun de todas estas las dos primeras eran título (dice
              <persName type="authority" key="Vatablo">Vatablo</persName><note place="margin"
              resp="author"> Vatabl. schol.<note type="app" rend="I">Vatabl. schol. <hi rend="i"
                  >B</hi> : Vatabl schol <hi rend="i">A</hi></note> sup. 8 Esai.</note>) con que no
            quedaba más que otras tantas para toda la profecía: «<quote xml:lang="la" rend="i">Haec
              duo verba sunt vice tituli, duo sequentia sunt ipsius epistolae</quote>»<note
              place="bottom"> François Vatable, <hi rend="i">Biblia sacra, cum duplici translatione,
                et Scholiis Francisci Vatabli</hi>, tomo 2, «<hi rend="i">Prophetia Esaiae</hi>»,
                «<hi rend="i">Scholia in cap. VIII</hi>». Consulto la edición salmantina en dos
              tomos (Salmanticae: apud Gasparem à Portonariis suis et Gulielmi Rouillii,
              Benedictique Boierii expensis, 1584), Vatable 1584 (f. 63r).</note>. Para que
            acabásemos de creer que podía ser libro grande, libro de dos palabras.</p>
          <p>71. Escribió <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>
            unos cuatro o cinco tomillos de versos<note place="bottom"> Ignoramos cuáles son
              exactamente los cinco tomos a los que se refiere Espinosa Medrano. Puede aludir a la
                <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi> de Manuel de Faría, puesto que sabemos que
              consultó al menos el tomo segundo (véase <hi rend="i">supra</hi> en la sección VIII, §
              61). La portada de este volumen reza: <hi rend="i">Fuente de Aganipe o Rimas varias de
                Manuel de Faría i Sousa</hi> (…) <hi rend="i">divididas en siete partes</hi> (véase
              Faría 1644).</note> y parécele que estos le hacen mayor poeta que es Góngora con el
            suyo. Mas como no se regula por pliegos el espíritu, podrá aquel decirle lo que
              <persName type="authority" key="Marcial">Marcial</persName> al otro:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Tu bis denis grandia libris</l>
            <l>qui scribis Priami proelia magnus homo es.</l>
            <l>Nos facimus Bruti puerum, nos Lagona vivum,</l>
            <l>tu magnus luteum, Gaure, Giganta facis.<note place="bottom"> Marcial, <hi rend="i"
                  >Epigramas</hi>, lib. 9, ep. 50, v. 3-6: «<hi rend="i">sed tu bis senis grandia
                  libris / qui scribis Priami proelia, magnus homo es? / nos facimus Bruti puerum,
                  nos Langona vivum: / tu magnus luteum, Gaure, Giganta facis</hi>» (1990: 295). En
                la traducción de J. Fernández Valverde: «En cambio, tu que escribes en doce libros /
                los imponentes combates de Príamo, ¿eres un hombre sublime? / Yo hago del niño de
                Bruto algo vivo, lo hago de Langón: / tú, Gauro, el sublime, a un gigante haces de
                barro» (Marcial 2001b: 131).</note></l></quote>
          <l>Libros grandes, grandes prosas</l>
          <l>escribes con grande nombre,</l>
          <l>porque es fuerza ser gran<note type="app" rend="I"> gran <hi rend="i">A</hi> : grand
                <hi rend="i">B</hi></note> hombre</l>
          <l>quien escribe grandes cosas.</l>
          <l>Tú en lo grande eres bizarro;</l>
          <l>y es chico cuanto yo escribo.</l>
          <l>Yo hago un niño, pero vivo,</l>
          <l>tú un Gigante, mas de barro.<note place="bottom"> La traducción es del propio
              Lunarejo.</note></l>
          <p>72. El <title>Polifemo</title> acabado dice que tiene poquísima traza y en verdad que
            se lo hemos de averiguar. Esta poca traza, ¿respecto de cuál es poca? Porque poco y
            mucho no son contrarios, como enseña el Filósofo, sino relativos y es preciso que esta
            traza en orden a alguna mucha o mayor sea poca<note place="bottom"> Espinosa Medrano
              parafrasea a <persName type="authority" key="Aristóteles">Aristóteles</persName>, <hi
                rend="i">Categorías</hi>, 5 b 11-30 (2002: 24-25): «Además lo <hi rend="i"
                >cuanto</hi> no tiene ningún contrario (en efecto en los <hi rend="i">cuantos</hi>
              definidos es evidente que no hay contrario ninguno (…), a no ser que diga uno que lo
              mucho es contrario de lo poco o lo grande de lo pequeño. Pero ninguna de estas cosas
              es <hi rend="i">cuanto</hi> sino de lo <hi rend="i">respecto a algo</hi>: en efecto
              nada se dice en sí mismo grande o pequeño, sino que se toma por referencia a otra cosa
              (…) lo grande o pequeño no significan <hi rend="i">cuanto</hi> sino más bien <hi
                rend="i">respecto a algo</hi>: pues lo grande y lo pequeño se contemplan en relación
              a otra cosa; así que es evidente que estas cosas son de lo <hi rend="i">respecto a
                algo</hi>.» (trad. Miguel Candel Sanmartín en Aristóteles 1982b: 45).</note>. Diga
            pues <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> si es
            poca, o porque don Luis la pudo hacer mayor, o porque los poetas griegos o latinos
            trazaron mejor esta fábula, o porque el mismo Faría la pudiera haber mejorado o escribe
            otras fábulas de más traza<note place="bottom"> Sobre los antecedentes clásicos y
              modernos del <hi rend="i">Polifemo</hi> gongorino véase el estudio introductorio de la
              edición de la <hi rend="i">Fábula de Polifemo y Galatea</hi> por Jesús Ponce Cárdenas
              (Góngora 2013: 33-45). Véase también Bonilla Cerezo 2006 (36-40).</note>.</p>
          <p>73. En lo primero fácilmente queda convencido con que bastó haber Góngora dado aquella
            traza que otros no solo no han excedido, pero ni aun igualado, y aunque de su ingenio se
            cree la pudiera haber superado, él no estaba obligado a exhibir la mayor de su
            posibilidad. Pues aun Dios con obrar con solo querer, no debe hacer lo mejor que puede
              obrar<note place="bottom"> Es tópica esta consideración de la omnipotencia divina, en
              la que resuena por ejemplo el eco de fray Luis de Granada, <hi rend="i">Quinta parte
                de la Introducción del símbolo de la fe</hi> (en Madrid: por Juan Flamenco, 1604),
              primera parte, cap. 7, «De las grandezas de nuestro señor Dios, según que se colige de
              las cosas criadas»: «cual podremos imaginar que es aquel ser donde hay tan gran poder
              que <hi rend="i">con solo querer</hi>, crió en un momento tanta infinidad de cosas en
              este mundo» (Granada 1604: 63).</note>. Ganen el tiro de aquella <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f33r.jpg"
              n="f. 33r"/> barra, que, si Góngora la puede adelantar, eso está por hacer y, respeto
            de lo que no es, nada es mayor ni menor<note place="bottom"> Espinosa Medrano alude aquí
              al juego de la barra que el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi> define como
              un ejercicio atlético en el que compiten los mozos, «y es desde un puesto señalado
              despedirla [la barra] de diferentes modos y maneras, y gana el que más adelanta su
              tiro». Provoca El Lunarejo a que los críticos del cordobés intenten <hi rend="i">ganar
                el tiro de la barra</hi> compitiendo con el poeta en hacer una fábula con mejor
              traza que el Polifemo, pero dice más, afirmando que solo Góngora hubiera podido
              hacerla mejor, superándose a sí mismo. Sin embargo, «eso está por hacer», lo cual
              significa, continuando con lo que decía en la frase anterior El Lunarejo, que Góngora
              no tenía obligación alguna de «hacer lo mejor que [pudo] obrar» ya que de hecho no lo
              hizo. De esta manera, concluye Espinosa Medrano que la traza de los poemas gongorinos
              no es «poca (…) porque don Luis la pudo hacer mayor» ya que al no haberla continuado o
              mejorado la comparación no es posible: «respeto de lo que no es, nada es mayor ni
              menor».</note>. En lo segundo, salgan a luz de los griegos<note type="app" rend="I">
              Griegos <hi rend="i">B</hi> : Grigos <hi rend="i">A</hi></note>
            <persName type="authority" key="Teócrito">Teócrito</persName> y de los latinos <persName
              type="authority" key="Ovidio">Ovidio</persName>, que más profesamente cantaron los
            amores de Polifemo. El griego no solo no escribe mejor que Góngora este asunto en el
              <title>Idilio undécimo</title>, que intitula <title>Cyclops</title> y comienza:
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Nullum contra amorem est remedium aliud</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Teocritus Idillion [Teocritus Idillion <hi rend="i"
                >A</hi> : Teocrit† Idilion<hi rend="i"> B</hi>] 11<note type="app" rend="I">11 <hi
                  rend="i">B</hi> : 12 <hi rend="i">A</hi></note></note><note place="bottom">
              Teócrito, <hi rend="i">Idilios</hi>, id. 11, «<hi rend="i">Cyclops</hi>» («El
              Cíclope»), v. 1: ‘No hay contra el amor remedio alguno’. El traductor al latín es
              incierto, véanse las ediciones bilingues (griego, latín) de los <hi rend="i">Idyllia
                et Epigrammata</hi> de Ginebra (excudebat Henricus Stephanus, 1579), en Teócrito
              1579 <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=JY4g1h29Bs8C&amp;dq=theocritus&amp;hl=fr&amp;pg=PA93#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(93)</ref> y de París (apud Ioannem Libert, 1627), en Teócrito 1627 <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=Nn8-AAAAcAAJ&amp;dq=theocritus&amp;hl=fr&amp;pg=PA80#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(80)</ref>. El verso «<hi rend="i">O candida Galatea</hi>», que en ambos
              testimonios se encuentra en el mismo folio, es el número 19 del mismo idilio.</note>.
            Pero es indigno aun de ser admitido al certamen. Allí propone al jayán pastor enamorado
            y a Galatea ninfa desdeñosa, y luego introduce rústicamente aquella cantilena pastoril,
            que comienza «<quote xml:lang="la" rend="i">O candida Galatea</quote>». Consta de
            requiebros a su hermosura y ofertas a su esquivez, y con dos frialdades se acabó el
            cuento. Además, que la campestre musa de Teócrito (según Quintiliano) no solo huye de la
            majestad cortesana, pero aun de la policía cívica se aleja temerosa: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Sed Musa illa rustica, et pastoralis, non forum modo, verum
              etiam ipsam urbem reformidat</quote>»<note place="margin" resp="author"> Quintili.
              lib. 10 cap. 1.</note><note place="bottom"> Quintiliano, <hi rend="i">Institutio
                Oratoria</hi>, lib. 10, cap. 1, párrafo 55 (1971b: 244). En la traducción de Ignacio
              Rodríguez y Pedro Sandier: «Teócrito es admirable en su línea, pero aquella musa
              rústica y pastoril teme comparecer, no sólo en el foro, sino aun en la misma ciudad»
              (Quintiliano 1887: 159).</note>.</p>
          <p>74. El latino la escribió con acierto en el treceno de sus
              <title>Metamorfosis</title><note type="app" rend="I"> Metamorfosis <hi rend="i"
                >em.</hi> : Metamorfoses <hi rend="i">AB</hi></note><note place="bottom"> Ovidio,
                <hi rend="i">Metamorfosis</hi>, lib. XIII, v. 738-899 (Ovidio 2009: 630-641).</note>
            y así le atendió Góngora por dechado de aquella labor insigne y, tal cual es aquella
            traza del ingeniosísimo Ovidio<note place="margin" resp="author"> Ovid. Meta. lib.
              13</note>, toda la embebió en su <title>Polifemo</title>, pero con tantos realces que,
            variándola de bellísimos episodios, descripciones, frasis, sentencias y esquemas<note
              place="bottom"> Sobre la frasis y el eschema véase <hi rend="i">supra</hi> (sección V,
              § 34).</note>, queda el dechado como suelen quedar las líneas del dibujo sobreviniendo
            la bordadura de oro y perlas<note place="bottom"> Como el dibujo del tapiz desaparece
              bajo las perlas y los bordados, el dechado ovidiano queda recubierto y oculto por el
              estilo gongorino. La anterioridad de Ovidio es coherente con la anterioridad del
              dibujo en la confección del tapiz. </note>. A quien esto dudare le es fácil abrir
            ambos libros y conferir<note place="bottom"> Conferir: cotejar.</note> una traza con
            otra, un ornato con otro. Dejo los lances en que de <persName type="authority"
              key="Homero">Homero</persName> y <persName type="authority" key="Virgilio"
              >Virgilio</persName> se vale con ventaja en lo que toca a la robustez y deformidad del
            gigante, en cuya descripción los dejó atrás. Ya por esta parte no le exceden ni
              <persName type="authority" key="Teócrito">Teócrito</persName>, ni <persName
              type="authority" key="Ovidio">Ovidio</persName> en la traza de esta fábula: aquel
            porque ninguna tiene, este porque sobre toda la de él añadió Góngora la suya. Luego
            respeto de estos no es poquísima la traza del <title>Polifemo</title>, como dice el
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">sicofanta</persName>.</p>
          <p>75. Resta lo tercero, ver si es poca respeto de la que puede o suele disponer <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> en sus poemas. A que
            responderá <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> lo que
              <persName type="authority" key="Marcial">Marcial</persName> en semejante caso:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Ista tamen mala sunt: quasi nos manifesta negemus,</l>
            <l>haec mala sunt, sed tu non meliora<note type="app" rend="I"> meliora <hi rend="i"
                  >B</hi> : meliara <hi rend="i">A</hi> [Enmienda registrada en la fe de erratas. En
                el testimonio A, corrección manuscrita: meliora.</note> facis<note place="margin"
                resp="author"> Martial lib. 2. epig.<note type="app" rend="I">epig. <hi rend="i"
                    >B</hi> : epim.<hi rend="i"> A</hi></note> 8.</note><note place="bottom">
                Marcial, <hi rend="i">Epigramas</hi>, lib. II, ep. 8, v. 7-9: «<hi rend="i">‘ista
                  tamen mala sunt’. / quasi nos manifesta negemus! / haec mala sunt, sed tu non
                  meliora facis</hi>» (1990: 57). En la traducción de Antonio Ramírez de Verger:
                «“Con todo, esos versos son malos”. ¡Como si yo negara lo evidente! / Estos son
                malos, pero tú no los haces mejores.» (Marcial 2001a: 94). El epigrama en cuestión
                no es una defensa del estilo oscuro, sino un alegato contra las erratas introducidas
                por los copistas, causantes de la oscuridad. El Lunarejo tuerce el sentido del poema
                de Marcial, que le dice al lector, no a otro escritor, que agrava las erratas al
                tenerlas por texto correcto y genuino, y todavía más al acusar al autor sin
                acordarse del copista.</note>.</l></quote>
          <p>Cuanto escribo, es manifiesto</p>
          <p>que es malo; mas, si lo igualo,</p>
          <p>veo que, siendo esto malo,</p>
          <p><pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f33v.jpg"
              n="f. 33v"/> nada haces tú mejor que esto.<note place="bottom"> Como en el párrafo 71,
                <hi rend="i">supra</hi>, la traducción de Marcial parece ser del propio
              Lunarejo.</note></p>
          <p>Por ventura, ¿es muchísima la traza de <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> en su <title>fábula de Dafne y
              Apolo</title><note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Parte
              segunda, poema I, «Daphne y Apolo» (1644: f. 1r-17v).</note>, o la de <title>Tamiras y
              las Musas</title><note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>,
              Parte segunda, poema IV, «Tamiras y las Musas» (1644: f. 53r-65v).</note>? ¿O es mayor
            la de <title>Pan y Apolo</title><note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de
                Aganipe</hi>, Parte segunda, poema III, «Pan y Apolo» (1644: f. 35r-52v).</note>? Y
            la de otros poemas ridículos, fríos, lánguidos, forzados, inertes, mal puestos y bien
            cacareados, como los que su clueca Musa abortó en el segundo tomo de su
              <title>Aganipe</title><note place="bottom"> En el prólogo de la parte segunda de la
                <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Manuel de Faría enumera los doce poemas entre
              los que se encuentran las tres fábulas mencionadas por El Lunarejo: «Entre los varios
              poemas con que me hallaba de los de mayor cuerpo, elegí estos doce de que consta esta
              Parte segunda» (1644: f. []6r-v), 1644_aganipe. Este prólogo que “cacarea” los poemas
              convierte a Faría o a su Musa en gallina «clueca»: en el bestiario del <hi rend="i"
                >Apologético</hi>, el crítico Faría es perro rabioso (aprobación de Alonso Bravo y
              sección I, § 2) o fiera (décimas de Diego de Loaysa y Zárate, v. 18; soneto de Bernabé
              Gascón Riquelme, v. 2), pero el Faría poeta es gallina, animalización denigrante que
              lo somete al cisne gongorino. Más adelante, en la sección X, § 111, él también
              aparecerá ante Góngora como «ansar palustre» o ganso lacustre.</note>? (Dejo los
            pecados de los demás, porque se haga la comparación de fábula con fábulas). Y ¿a quién
            no asombrará tanto disparate, como agrega en los esdrújulos forzados de que tejió el
            poema de Tamiras<note place="bottom"> Se trata de la recién mencionada fábula de
              «Tamiras y las Musas» (Faría 1644: f. 53r-65v).</note>? Donde por consonante de
            «número», largó «<quote xml:lang="es">cucúmero</quote>»<note place="bottom"> Faría, <hi
                rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Parte segunda, poema IV, «Tamiras y las Musas»,
              estancia 42, v. 4, (1644: f. 58r). El <hi rend="i">cucúmero</hi> es latinismo por <hi
                rend="i">pepino</hi>. Espinosa Medrano explica el latinismo por «consonante de
              “número”», lo cual significa que lo justifica la rima o consonancia, porque el verso 2
              de la misma estrofa reza «pide en las artes de elegancia y número».</note>, que malos
              cucumerazos<note type="app" rend="I"> cucumerazos <hi rend="i">B</hi> : cucumarazos
                <hi rend="i">A</hi> [Enmienda registrada en la fe de erratas. En el testimonio A,
              corrección manuscrita: cucumerazos.</note><note place="bottom"> El juego de palabras
              de El Lunarejo consiste en copiar el latinismo de Faría en sustitución de una formúla
              idiomática que mereció entrar en el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>, que
              no es otra que «pepinazo: el golpe que se da con el pepino».</note> le habían de dar
            al cucúmero de sus cascos, pues aun en latín es <hi rend="i">cucumis</hi><note
              place="bottom"> Según el diccionario <hi rend="i">Gaffiot</hi>, coexisten las formas
                <hi rend="i">cucumis, mis</hi>, m. y <hi rend="i">cucumis, meris</hi>, m. Faría
              habla del «insípido cucúmero».</note>. Pero donde se ensartan «<quote xml:lang="es"
              >satúrnicos</quote>»<note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>,
              Parte segunda, poema IV, «Tamiras y las Musas», estancia 48, v. 5, (1644: f.
              59r).</note>, «<quote xml:lang="es">admirábiles</quote>»<note place="bottom"> Faría,
                <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Parte segunda, poema IV, «Tamiras y las Musas»,
              estancia 47, v. 2, (1644: f. 58v).</note>, «<quote xml:lang="es"
              >ebúrnicos</quote>»<note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>,
              Parte segunda, poema IV, «Tamiras y las Musas», estancia 48, v. 6, (1644: f.
              59r).</note>, «<quote xml:lang="es">orfénica</quote>»<note place="bottom"> Faría, <hi
                rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Parte segunda, poema IV, «Tamiras y las Musas»,
              estancia 50, v. 1, (1644: f. 59r).</note>, «<quote xml:lang="es"
              >puérpera</quote>»<note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>,
              Parte segunda, poema IV, «Tamiras y las Musas», estancia 57, v. 1, (1644: f.
              60r).</note>, «<quote xml:lang="es">pérpera</quote>»<note place="bottom"> Faría, <hi
                rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Parte segunda, poema IV, «Tamiras y las Musas»,
              estancia 57, v. 3, (1644: f. 60r).</note>, «<quote xml:lang="es"
              >saxátiles</quote>»<note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>,
              Parte segunda, poema IV, «Tamiras y las Musas», estancia 62, v. 4, (1644: f.
              60v).</note> y otras monstruosidades semejantes, bien podía pasar el «<quote
              xml:lang="es">cucúmero</quote>». Y la gracia de todo es que al fin de tanto desatino
            sin traza quiere persuadirnos en un párrafo en prosa que en aquel género de poesía ha
            excedido a cuantos con fama y acierto la ejercitaron en nuestro idioma, como el insigne
            Cairasco, Lope de Vega, etc<note place="bottom"> Se refiere Espinosa Medrano a las
              «Advertencias y discurso acerca del género de los números esdrújulos antecedentes» que
              concluye la <hi rend="i">fábula de Tamiras y las Musas</hi> (1644: f. 63r-65v). En
              esta suerte de epílogo Manuel de Faría resume la historia del verso esdrújulo y
              explica las reglas que ha seguido en su propia experimentación. Cita entre sus modelos
              o antecesores a Serafino Aquilano, Marino, Sannazaro, Jorge de Montemayor, Bartolomé
              Cairasco de Figueroa, Lope de Vega y Luis de Góngora (1644: f. 63r-v). Escribe Faría,
              en los § 3-4: «3. Jorge de Montemayor en su <hi rend="i">Diana</hi> fue el primero que
              los escribió en España, si bien con poca felicidad, aunque felicidad es el empezar
              alguna cosa adonde nadie osó empezarla. <quote xml:lang="es">Fue el segundo don
                Bartolomé Cairasco de Figueroa, raro ingenio sin duda, en su <hi rend="i">Flos
                  sanctorum</hi>, ejercitando esta composición de modo que en cantidad y alteza
                queda siendo primero en España. Lope de Vega la usó también con buena fortuna y fue
                estimada aquella canción de su <hi rend="i">Arcadia</hi> que empieza “Fieras
                montañas rígidas”, etc.</quote> Don Luis de Góngora hizo otra razonable a la
              traducción de la <hi rend="i">Lusiada</hi> por Luis de Tapia. No sé de otros que hayan
              obrado esto con alabanza. 4. Yo no igualaré a Sannazaro ni a Cairasco en los aciertos,
              mas pretendí a lo menos (y lo consigo) no solo igualarlos mas vencerlos en cinco
              circunstancias bien considerables.». Pasa a continuación a enumerar y explicar las
              cinco ventajas de sus esdrújulos. Es notable que Espinosa Medrano no haga sangre de la
              ligereza con la que Faría alaba a Góngora y con la que pretende asímismo superarlo
              como poeta. Es de señalar que la mención de Góngora aparece en el vuelto del folio 63,
              mientras que aparecían juntos, en las últimas líneas del recto, Cairasco y Lope. Véase
              1644_aganipe.</note>.</p>
          <p>76. Dejemos los consonantes forzados, que a cada paso descubren los callos del remo y
            las ronchas del látigo<note place="bottom">Hay aquí un concepto sobre «forzados»: los
              consonantes lo son por ser rimas traídas a la fuerza, a despecho del sentido y del
              valor estético de las palabras, pero también son personificados en figura de galeotes
              «forzados» al remo y maltratados.</note>. En la <title>fábula de Pan</title> acabó la
            estancia 56 así:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>Del gran Petrarca</l>
            <l>de líricas cadencias patriarca.<note place="margin" resp="author"> Man. Faria Fuente
                Aganipe tom.<note type="app" rend="I">tom. <hi rend="i">A</hi> : to. <hi rend="i"
                    >B</hi></note> 2. fabul. Pan</note><note place="bottom"> Faría, <hi rend="i"
                  >Fuente de Aganipe</hi>, Parte segunda, poema III, «Pan y Apolo», estancia 56, v.
                7-8 (1644: f. 44r).</note></l>
          </quote>
          <p>Y es tan buen esto como si dijéramos, alabando al famoso historiador: «Fue Salustio
            Crispo / De romanas historias Arzobispo», pues no sabemos si le faltaba algo para ser
            arzobispo a <persName type="authority" key="Salustio">Salustio</persName> en sus
              <title>Historias</title>, cuando el <persName type="authority" key="Petrarca"
              >Petrarca</persName> con sus versos llegó a ser patriarca.</p>
          <p>77. No es tanto nuestro ocio, que le hayamos de malograr en espulgarle las
              boberías<note place="bottom">Espulgar, con el sentido de enmendar o corregir, puede
              ser influencia de Quevedo, <hi rend="i">Cuento de cuentos</hi>, «A don Alonso Messia
              de Leyva»: «Yo, por no andar rascando mi lenguaje todo el día, he querido espulgarle
              de una vez en esta jornada». Esta obra de 1626, publicada en 1631, tuvo amplia
              circulación manuscrita y hasta cinco ediciones fraudulentas entre ambas fechas
              (Jauralde Pou 1982: 297-298). Cito por la edición de Amberes: por Henrico y Cornelio
              Verdussen, 1699 (Quevedo 1699: f. 508r).</note>: baste decir que este hombre censura
            los versos como que nadie es mejor y los escribe como que es peor ninguno. Horror es
            oírle fulminar intrépidamente su crítica, siendo en ella <persName type="authority"
              key="Corte-Real, Jerónimo de">Corte Real</persName> «<quote xml:lang="es">mero
              prosista</quote>»<note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>,
              Parte segunda, «Prólogo y discurso sobre los géneros de composiciones de que consta
              esta segunda parte de las siete de nuestras rimas», § 8 (1644: f. []8r). Véase
              1644_aganipe. La indignación de Espinosa Medrano muestra su estima por el poeta
              portugués Jerónimo de Corte-Real: sobre la fortuna crítica de este autor, véase el
              estudio introductorio de la edición de su <hi rend="i">Poesia</hi> por Hélio Alves, en
              Corte-Real 1998 (XVII-XXXIII).</note>, <persName type="authority" key="Valdivieso"
              >Valdivieso</persName> «no mondado»<note place="margin" resp="author"> Aganipe tom.
                <note type="app" rend="I">tom. <hi rend="i">B</hi> : to. <hi rend="i">A</hi></note>
              2 in Nota<note type="app" rend="I">Nota <hi rend="i">A</hi> : Not. <hi rend="i"
                >B</hi></note></note><note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de
                Aganipe</hi>, Parte segunda, «Prólogo y discurso sobre los géneros de composiciones
              de que consta esta segunda parte de las siete de nuestras rimas», § 4 sobre las
              octavas: «El licenciado Joseph de Valdivieso tiene gran copia, que si bien no son muy
              poéticas, son limpias y tiernas y propias para el asunto piadoso. Libro es que si su
              autor le hubiera mondado, a lo menos en la cuarta parte, mereciera las manos de <quote
                xml:lang="es">los ingenios mondados, cual no era el suyo</quote>, como los más de
              esta vanísima edad» (1644: f. []7r). Véase 1644_aganipe.</note>, <persName
              type="authority" key="Boiardo, Matteo Maria">Boyardo</persName> «mero romancista y
            gran hablador»<note place="margin" resp="author"> Lusiad. C.<note type="app" rend="I">C.
                  <hi rend="i">A</hi> : G <hi rend="i">B</hi></note> X. est. 3. fol. 299</note><note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo IV, Canto X,
              est. 3, col. 299, E [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II (IV), col. 299): «Bonísimo está
              el “finísima” en <quote xml:lang="es">el Boyardo, que aunque fue gran hablador y mero
                romancista</quote>, tiene lances de gentil ingenio, y que merece gran veneración,
              por ser el primero que escribió en aquel género con desahogo y muchos aciertos, que no
              se le pueden negar».</note>, <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> «<quote xml:lang="es">duro</quote>»<note place="bottom"> Faría,
                <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Parte segunda, «Prólogo y discurso sobre los
              géneros de composiciones de que consta esta segunda parte de las siete de nuestras
              rimas», § 9: «ingenio grande, mas duro» (1644: f. 8[]r). Véase 1644_aganipe.</note>,
              <persName type="authority" key="Montemayor, Jorge de">Montemayor</persName>
              «infelice»<note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Parte
              segunda, poema IV, «Tamiras y las Musas», «Advertencias y discurso acerca del género
              de los números esdrújulos antecedentes», § 3: «Jorge de Montemayor en su <hi rend="i"
                >Diana</hi> fue el primero que los escribió en España, si bien con poca felicidad,
              aunque felicidad es el empezar alguna cosa adonde nadie osó empezarla» (1644: f.
              63r).</note>, el <persName type="authority" key="Marino, Giambattista"
              >Marino</persName> «arrogante sin saber nada»<note place="bottom"> Faría, <hi rend="i"
                >Fuente de Aganipe</hi>, Parte segunda, poema V, «Gelia y Flaminio», «Advertencias
              sobre esta Fábula de Gelia y Flaminio», § 4: «arrogancia de que supo <quote
                xml:lang="es">(con no saber mucho, no siendo poco arrogante)</quote> huir el Marino,
              intitulando “Lira suya”, y no de Apolo, a uno de sus tomos de <hi rend="i">Rimas</hi>»
              (1644: f. 84r).</note>, el <persName type="authority" key="Tasso, Torquato"
              >Tasso</persName> «<quote xml:lang="es">desnudo de erudición</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Juicio n 24.</note><note place="bottom"> Manuel de
              Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Juicio del poema</hi>, §
              24, col. 88, A [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 88).</note>. ¡Válgate dios por
            hombre! O escribe como censuras, o censura como escribes, que quien te oyere árbitro de
            ese dosel<note place="bottom"> El dosel es una regalía, marca de autoridad propia de los
              reyes que juzgaban y arbitraban los pleitos. Posteriormente, se extiende a los
              tribunales, convirtiéndose en atributo de la dignidad del juez como delegado de la <hi
                rend="i">regia potestas</hi>. Sobre esta regalía del dosel, véase Ramón Lázaro de
              Dou y de Bassols, <hi rend="i">Instituciones del derecho público general de
                España</hi>, tomo I, lib. 1, título 9, cap. 5, § 35 (Dou y de Bassols 1800:
              283-284): «En cuanto al tratamiento, cortesías y honores debidos a la magestad, veo
              que los autores traen por regalía, dejando aparte, por supuestas, las insignias de la
              corona y del cetro, peculiarísimas de la soberanía, la del dosel». El Lunarejo se
              refiere por tanto sarcásticamente a Faría como «árbitro de ese dosel»: juez o crítico
              de gran dignidad o autoridad, o más exactamente como un árbitro que se arroga la
              dignidad de «ese dosel», metonimia de los poetas anteriormente citados.</note>
            <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f34r.jpg"
              n="f. 34r"/> condenar tantos defectos en poetas tan ilustres juzgará que o los excedes
            o los enmiendas, hablando de ellos como superior a sus aciertos. ¡Oh, cuánto le valió a
              <persName type="authority" key="Vega, Lope de">Lope de Vega</persName> haber sido su
            amigo y dedicádole una comedia<note place="bottom"> Se trata de la tragedia <title>El
                marido más firme</title>, publicada en 1625 en la parte XX de las Comedias de Lope
              de Vega. Véase Lope de Vega 1999 («Dedicatoria a Manuel Faría de Sosa, noble ingenio
              lusitano» [sic]).</note>! Pues a buen librar escapó con que «escribía mejor
              redondillas<note type="app" rend="I"> redondillas <hi rend="i">B</hi> : redondilla<hi
                rend="i"> A</hi></note> que otra cosa»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Vida del poeta</hi>, § 24, col. 48,
              C [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 48): «<quote xml:lang="es">Lope de Vega muchas
                cosas escribió con felicidad en versos mayores, pero nadie dudará de que en las
                redondillas se aventajó mucho y que es el que las enseñó a escribir en Castilla,
                imitando el aire de las de nuestro poeta</quote>».</note>. ¡Y aun esas dice que las
            aprendió del buen aire de su <persName type="authority" key="Camões">Camões</persName>!
            Fuele preciso prorrumpillo, por que <persName type="authority" key="Vega, Lope de"
              >Lope</persName> no se le fuese sin nota, como de <persName type="authority"
              key="Escalígero">Escalígero</persName> advirtió en semejante ocasión <persName
              type="authority" key="Verderio, Antonio">Antonio Verderio</persName>, «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Plane adverto Scaligerum haec in illum eructasse, ne ei
              innotatus abiret</quote>»<note place="margin" resp="author"> A.<note type="app"
                rend="I">A. <hi rend="i">A : om. B</hi></note> Verdarius in Vita Pierii Val.
                Aretinus.<note type="app" rend="I">Aretinus. <hi rend="i">A</hi> : Aretin. <hi
                  rend="i">B</hi></note></note><note place="bottom"> ‘Diré francamente que
              Escalígero eructó estos denuestos contra él, para que no se le escapase sin su tacha’,
              Antoine du Verdier, «<hi rend="i">Authoris vita ab Antonio Verderio breviter
                enarrata</hi>», en los <hi rend="i">Hieroglyphica</hi> de Pierio Valeriano (Lugduni,
              apud Bartholomaeum Honoratum, 1586), <hi rend="i">apud</hi> Claude La Charité 2012
              (140). La edición de 1586 de los <hi rend="i">Hieroglyphica</hi> es la primera que
              incluye la vida de Pierio Valeriano por Antoine du Verdier, que se reimprimirá en las
              sucesivas ediciones (La Charité 2012: 133-136). Véanse por ejemplo los <hi rend="i"
                >Hieroglyphica siue de sacris Aegyptiorum aliarumque gentium literis, Commentariorum
                Libri LVIII</hi> (Francofurti ad Moenum: Wendelini Moewaldi, 1678), Valeriano 1678
              (f. C3r).</note>. Esto le valió a Francisco, rey de Francia, para acallar el
            mordacísimo espíritu de <persName type="authority" key="Pedro Aretino">Pedro
              Aretino</persName> (Faría de aquel siglo), pues temiéndole venenosamente satírico de
            las acciones de los príncipes, le presentó una cadena de oro eslabonada de lenguas, con
            que enfrenó la maledicentísima del Aretino: «<quote xml:lang="it" rend="i">Tra gli altri
              Francesco il primo Re di Francia con averli fatto presentare una gran collana d’oro
              fatta a lingue, raffrenó quella lingua si maledica</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Promptuar.<note type="app" rend="I"> Promptuar. <hi rend="i">A</hi> :
                Prōptua. <hi rend="i">B</hi></note> de le <note type="app" rend="I">le <hi rend="i"
                  >A</hi> : la <hi rend="i">B</hi></note> medaglie. p. 2. fol. 250.</note><note
              place="bottom"> Guillaume Rouillé, <hi rend="i">Seconda parte del Prontuario delle
                medaglie</hi> (Lione, appresso Guglielmo Rouillio, 1581), «<hi rend="i">Pietro
                Aretino</hi>» (1581: 250). La edición en italiano de 1581 corresponde a la
              paginación a la que remite El Lunarejo.</note>, dice el <hi rend="i">Promptuario de
              las Medallas</hi>. Y el mismo temor se apoderó de quien nunca le supo tener, del
            invictísimo Carlos Quinto, que por lo propio cohechó su malignidad con una ropa de
            brocado recamada de orejas de oro, y decía el picarón que aquella dádiva le haría
            ensordecer para no oír mal del emperador, pero que no le dejaba<note type="app" rend="I"
              > dexava <hi rend="i">B</hi> : dexaria <hi rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la
              fe de erratas.</note> mudo<note place="bottom"> La anécdota proviene también de
              Guillaume Rouillé, <hi rend="i">Seconda parte del Prontuario delle medaglie</hi>
              (Lione, appresso Guglielmo Rouillio, 1581), «<hi rend="i">Pietro Aretino</hi>»:
                «<quote xml:lang="it" rend="i">et per l’istessa causa Carlo V. gli mandò vn
                bell’ornamẽto d’oro, lauorato à foggia di orecchine, per lo quale dicono, ch'egli
                s’insordisse ad vdire male dell’imperatore. Laonde non volse mai poi ne dire, ne
                vdire dire male di questi grã Monarchi</quote>» (Rouillé 1581: 250).</note>. ¡O
            poder fatal de una dicacidad sangrienta, que haga temblar una lengua al héroe que no
            amedrenta una bombarda! <persName type="authority" key="Vega, Lope de">Lope de
              Vega</persName> con su dedicatoria y sus versos consagrados a <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> logró lo que Ulises
            con el brindis del Cíclope: «<quote xml:lang="la" rend="i">Donum Cyclopis</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Adag. Donum Cyclo. vide Erasmum.</note><note
              place="bottom"> Erasmo, <hi rend="i">Adagia</hi>, I, IV, 5, «<hi rend="i">Cyclopis
                donum</hi>» (1571: col. 122-123 y 2011: 340). El regalo del Cíclope al que se
              refiere el proverbio es el de comer en último lugar a Ulises después de sus
              compañeros. Similar a este regalo paradójico (según Erasmo: <hi rend="i">munus
                inutile</hi>) que se vuelve en contra de quien lo recibe es para El Lunarejo el
              tratamiento que merece Lope por parte de Faría: críticas del portugués a cambio de la
              dedicatoria de una comedia del Fénix.</note>.</p>
          <p>78. En fin no quedó poeta, ni comentador, ni varón insigne, por favorecido que fuese de
            las Musas y la Fama, que no lastimase esta pluma y parécele que todo el humano acierto,
            desdeñando cuantos ingenios tiene el mundo, vive únicamente entronizado en el suyo, por
            sus frigidísimos versos entre los poetas y por sus quiméricas observaciones entre los
            comentadores.</p>
          <p>79. Qué de estudio le costaría el comentar aquello del Camões: «<quote xml:lang="la"
              rend="i">De tecida seda</quote>»<note place="bottom"> Luis de Camões, <hi rend="i"
                >Lusíadas</hi>, canto II, estancia 93 [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col.
              522).</note>. Donde dice que en aquel coludir<note place="bottom">Latinismo, de <hi
                rend="i">colludere</hi>, “jugar juntas varias personas”, y aquí: conjugarse y
              coordinarse dos sonidos. El étimo del juego insinúa aquí el menosprecio, como
              frivolidad, del comentario de Faría.</note> de sonidos «<hi rend="i">cida seda</hi>»,
            significó el poeta el ruido de la seda, que con su tejido apretado suena «<hi rend="i"
              >cida seda</hi>». Como el tafetán, que en su mismo vocablo dice su sonido «tafe
              tafe»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I,
              Canto II, estancia 93, col. 523, C [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 523): «<quote
                xml:lang="es"><seg xml:lang="pt" rend="i">Tecida seda</seg>. En las mismas dos
                palabras de que usa el Poeta con industria, parece se está viendo lo tejido de la
                seda, que siempre es apretado y oyéndose el ruido que hacen las que son tales <hi
                  rend="i">cida se</hi>, que fue la propiedad con que en España se llamó tafetán:
                ta, fe, ta.</quote>».</note>. Esto es cosa grande. Y Góngora carece de<note
              type="app" rend="I"> de <hi rend="i">A : om. B</hi></note> estos misterios.</p>
          <p>80. Trabaja notablemente en acomodar los dioses que <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f34v.jpg"
              n="f. 34v"/> poéticamente introduce el divino <persName type="authority" key="Camões"
              >Camões</persName> en su <title>Lusíada</title> y válese de unas analogías
              ridículas<note type="app" rend="I"> ridiculas <hi rend="i">B</hi> : ridulas <hi
                rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas. En el testimonio A
              encontramos en el margen la corrección: ridiculas.</note>, vanas y fantásticas para
            que sean santos aquellas deidades. Y dice que Marte es san Pedro Apóstol (sería porque
            desorejó a Malco<note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Juan, cap. 18, v. 10: «<hi rend="i">Simon ergo Petrus
                habens gladium eduxit eum et percussit pontificis servum et abscidit eius auriculam
                dextram: erat autem nomen servo Malchus</hi>» (<hi rend="i">Vulgata</hi> 1975). La
              alusión bíblica tiene un reflejo en el comentario de Faría, <hi rend="i"
              >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto I, estancia 37, col. 279, D [1639_lusiadas]: «bien
              entra Dios aquí por general de ellos en persona de Marte, descrito con esos bizarros
              adornos poéticos, mostrando el poeta claramente que entre bárbaros indómitos, de puro
              apoderado el demonio de ellos, la entrada de la religión no tiene otra puerta que la
              que abre el valor celoso o el celo valiente con las armas, llenándose de la cólera
              divina, como Moisés degollando en una hora con ira santa veinte y cinco mil idólatras.
                <quote xml:lang="es">Y eso quiere decir en San Pedro, que había de ser el Vicario
                general de Cristo, el traer espada y meter la mano a ella y aun cortar cuando vio
                que no obraba la razón; </quote>y eso quiere decir Santiago fulminando la cuchilla
              sobre tantos moros, tomando al lado los españoles en mil ocasiones, como es público.»
              (Faría 1639a: I, col. 279).</note>) y que Vénus es la Iglesia católica<note
              place="margin" resp="author"> Canto 2</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto II, estancia 37, col. 441, A-C
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 441):«<quote xml:lang="es">Yo os tengo enseñado
                que Venus representa la Iglesia, favoreciendo esta navegación, oponiéndose al fuego
                infernal que la quiere extinguir, y que el Marte santo (esto es San Pedro o
                Santiago) está de parte de esa Iglesia en esta acción, como vimos en la e. 36 del c.
                I.</quote>». La primera mención de la equivalencia establecida por Faría entre Venus
              y la Iglesia católica se encuentra sin embargo en el canto I, estancia 33, col. 248
              C.</note>. Pero como la conexión de los disparates no tenga más consistencia que la
            que el antojo quiso trabar, en otra parte ya Marte dejó de ser san Pedro y es
              Santiago<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I,
              Canto I, estancia 36, col. 276, A [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 276):«<quote
                xml:lang="es">Santiago, que es el santo Marte de España</quote>». A continuación,
              comentando la estancia 37, en la col. 279 E, leemos de nuevo: «y más me acomodo a que
              sea Santiago, por ser el verdadero santo Marte de España» (Faría 1639a: I, col.
              279).</note>. Y en el canto 1, estancia 37<note place="margin" resp="author"> Cant. I.
              est. 37.<note type="app" rend="I">Cant. I. est. 37. <hi rend="i">em.</hi> : Cant. I.
                est. 37. col. 546 <hi rend="i">AB</hi></note></note>, deja de ser uno y otro, y es
            ya Alonso de Alburquerque, y Venus la reina doña Isabel<note place="bottom"> Manuel de
              Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto I, estancia 37, col. 280, B
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 280): «<quote xml:lang="es">entendió por Venus
                la reina doña Isabel, mujer del propio rey, que fue celosísima de la religión
                católica, tanto que pidió en dote a aquel reino la expulsión de los judíos; y por
                Marte a Alonso de Albuquerque, habiéndole dado con atención el epíteto de “terrible”
                en la estancia 14, que es uno de los más propios de Marte</quote>».</note>. Y
            Júpiter, que era Cristo<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
              >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto I, estancia 37, col. 279, B [1639_lusiadas] (Faría
              1639a: I, col. 279): «<quote xml:lang="es">Por Júpiter entendió Christo, por Baco el
                demonio, por Venus la Religión</quote>».</note>, se pasó a ser el rey don
              Manuel<note place="bottom"> Justo antes del fragmento en que Faría descubre detrás de
              Venus a la reina Isabel y de Marte a Alonso de Albuquerque (Afonso de Alburquerque),
              leemos: «<quote xml:lang="es">Y aun he sospechado algunas veces que así como el poeta
                por aquella variedad de pareceres de los dioses entiende la de los ministros y gente
                del reino, y por Júpiter al rey proponiéndoles su deseo, entendió por Venus la reina
                doña Isabel</quote>», etc. <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto I, estancia
              37, col. 280, A-B [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 280).</note>, y san Pedro, que
            lo habían hecho Marte, se trueca en Neptuno en el canto 5, estancia 50<note
              place="margin" resp="author"> col. 546<note type="app" rend="I">col. 546 <hi rend="i"
                  >em. : om. AB</hi> [La remisión a la col. 546 del comentario de Faría aparece <hi
                  rend="i">supra</hi>, junto con la remisión a la estancia 37 del canto I, con la
                que no se corresponde. Enmiendo siguiendo el modelo de la siguiente remisión
                marginal, puesto que el folio consiste en una enumeración de distintos lugares de
                Faría. </note></note>, y la razón es porque Neptuno es abogado de pescadores en la
            gentilidad y porque (es notable y profundísimo el misterio) reina Neptuno en el mar de
            agua salada y es fuerza que sea san Pedro «porque el agua del bautismo lleva sal»<note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto V,
              estancia 50, col. 546, C-D [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 546): «<quote
                xml:lang="es">Y siendo Neptuno en la gentilidad el abogado de los pescadores, fue y
                es San Pedro sucesor suyo con verdad, que es el verdadero Neptuno abogado de los
                pescadores de gloria en el mar de gracia. De esta manera se parece la tierra de la
                cabeza de la Iglesia al mar en nombres y en ganado, y la cabeza a Neptuno, dando
                principio a la navegación de la fe por el agua también salada, porque la del
                baptismo lleva sal</quote>».</note>: ¡qué necedad!</p>
          <p>81. Venus vuelve a ser la Iglesia romana y en el canto 1, estancia 34<note
              place="margin" resp="author"> Coluna 269</note>, lo prueba con que el alba que los
            sacerdotes visten es blanca y así es la Iglesia Venus (a quien pintó el poeta vestida de
            lino puro) y hace monacillos a las Parcas, porque acompañan a Venus «<quote
              xml:lang="es">y como las vestes blancas —dice— son las propias de la Iglesia,
              propiamente son las Parcas sus acólitas en esta acción</quote>»<note place="bottom">
              Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto I, estancia 34, col. 268
              E – col. 269 A [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 268-269): «representando Venus en
              este poema, como bastantemente probamos, la Iglesia Católica al tiempo que quiere
              sembrar su religión en la Asia, justamente hace el poeta a las Parcas en esta
              sementera ayudantes y celadoras de ella. Y como las vestes blancas son las propias de
              la Iglesia, propiamente son las Parcas sus acólitas en esta acción vestidas de
              blanco».</note>, etc. Aquí mismo convida a los golosos de secretos, agudezas y arcanos
            a que le oigan en otra parte diciendo: «<quote xml:lang="es">Los apetitosos de
              delgadezas y secretos me vayan a oír en la estancia 18, canto 9</quote>»<note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto I,
              estancia 34, col. 269 D [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 269).</note>. Quien esto
            oyere, pensará que yendo allá registrará las hojas de la Sibila o romperá los siete
            sellos del Apocalipsis<note place="bottom"> Son estas dos figuras tópicas del arcano
              profético y escatológico. Las hojas de la Sibila son aquellas en las que apunta sus
              oráculos la profetisa, véase la <hi rend="i">Eneida</hi>, libro III, v. 441 y
              siguientes (Virgilio 2009: 92). En cuanto al libro de los siete sellos es aquel que al
              ser abierto marca el fin de los tiempos: <hi rend="i">Vulgata</hi>, Apocalipsis, 5-6
                (<hi rend="i">Vulgata</hi> 1975).</note>. Vayan enhorabuena allá los «apetitosos de
            delgadezas y secretos» y verán probado que Venus, la Iglesia, es autora de sementeras,
            con que la doctrina evangélica es representada en las divinas letras por la mies, y
            porque Cristo dijo al rey don Alonso en Orique «<quote xml:lang="es">que tenía elegidos
              a los portugueses para una sementera suya en partes remotas</quote>»<note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo I, Canto IX,
              estancia 18, col. 25 B-C: «Ya probamos en las estancias 33, 34 del canto I que Venus
              es patrona de las sementeras y en la 38 del mismo hemos traído una parte del
              testimonio del rey don Alonso, de que consta que Cristo abocado con él le dijo que
              “tenía elegido a los Portugueses para una sementera suya en partes remotas”»
              [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II, col. 25).</note>. Si estos son misterios, secretos y
            delgadezas, díganlo los apetitosos de ellas, que a <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> sutilísimo le pareció este hilado,
            pues antes de decir esas delgadezas nos previno diciendo: «<quote xml:lang="es">Aunque
              todo esto no es hilado muy gordo, vuelvo con otro más delgado</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Cant. 9 est. 18. col. 25.</note><note place="bottom">
              Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo I, Canto IX, estancia 18, col.
              25 A [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II, col. 25).</note>. ¡Presunción vana, arrogancia
            necia, ciega altivez! Pues a hilar estos cables el araña, no solo prendiera moscones
            pero enredara elefantes<note place="bottom"> Se burla Espinosa Medrano del hilar fino de
              Faría comparándolo con la red de una araña de un grosor suficiente para cazar
              elefantes. Tiene el símil un ilustre antecedente en el <hi rend="i">Criticón</hi> de
              Gracián, primera parte, crisi VI: «Mandó luego ahorcar, sin más apelación, un mosquito
              y que lo hiziessen cuartos porque había caído el desdichado en la red de la ley. Pero
              a un elefante que las había atropellado todas, sin perdonar humanas ni divinas, le
              hizo una gran bonetada al passar cargado de armas prohibidas» (Gracián 2009:
              141).</note>.</p>
          <p>82. En el canto 1, folio 128, da<note type="app" rend="I"> da <hi rend="i">A : om.
                B</hi></note> en que el rey don Manuel ha de <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f35r.jpg"
              n="f. 35r"/> ser hijo de la Iglesia, que es Venus (y no se acuerda de esto cuando
            después hace Júpiter al rey don Manuel<note place="bottom"> Véase <hi rend="i"
                >supra</hi> y Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto I,
              estancia 37, col. 280, A-B [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 280). La asimilación
              del rey don Manuel a Júpiter es asunto menor, si atendemos a la insistencia con que el
              índice de las <hi rend="i">Lusiadas</hi> de Faría asimila a Júpiter con Cristo y a los
              títulos en virtud de los cuales se remite al rey Manuel en el mismo índice, entre los
              cuales no consta mención alguna al dios olímpico (Faría 1639b: II, tabla general, f.
              ¶¶1r). Sin embargo, Faría establece la comparación en el lugar mencionado y la reitera
              en un paralelismo entre Júpiter y don Manuel, en <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo
              I, Canto VIII, estancia 52, col. 467 D: «Término de la est. 30 del c. I al variar de
              los dioses en las razones sobre lo que propuso Júpiter y de los ministros sobre lo
              propuesto por el rey don Manuel» [1639_lusiadas] (Faría 1639b: I, col. 467).</note>,
            pues Venus no es madre sino hija de Júpiter), pruébalo con que «el ama que hizo el
            oficio de madre con el rey don Manuel, criándole, era de la Iglesia, por ser amiga de un
              obispo»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I,
              Canto I, «títulos y argumento general del poema», col. 128 E: «<quote xml:lang="es">la
                ama que hizo el oficio de madre con el rey don Manuel, criándole (porque dieron las
                madres poderosas en no criar sus hijos con su leche sino con la ajena), era de la
                Iglesia por ser amiga de un obispo.</quote>» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col.
              128). Sobre la Iglesia madre del rey don Manuel, en la misma col. 128 C: «Esta, digo,
              fue la risa de la santa madre Iglesia al nacer de este príncipe».</note>. ¡Qué
              iniquidad<note type="app" rend="I"> iniquidad <hi rend="i">B</hi> : iniquinidad <hi
                rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas. En el testimonio A
              encontramos una corrección manuscrita, que tachando la sílaba sobrante restaura:
              iniquidad.</note>! ¿Quién tan impía y violentamente arrastró congruencias mendigadas
            para una analogía tan impropia y remota? Un príncipe tan ilustre y famoso como el rey
            don Manuel no ha menester que le acomoden necedades sacrílegas para que la Iglesia le
            reconozca por uno de sus más esclarecidos hijos y, si él viviendo viera que esta
            filiación le confirmaban por el lado de haberle criado una ramera, y con tan notorio y
            escandaloso descrédito del estado pontificio, mandara borrar (creémoslo de su piedad)
            los insolentes caracteres que en este libro infaman la autoridad regia y episcopal.</p>
          <p>83. Aprenda <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>
            siquiera de la profanidad gentílica más modestia, pues aun en la educación de los
            mellizos príncipes de Roma, por no confesarlos alumnos de una mujer deshonesta, los
            celebró colgados de las ubres de una fiera, juzgando más decente a la majestad el que
            Rómulo y Remo mamasen de una loba, que no que debiesen pecho a pechos de una
            perdida.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Hic patrius Mauortis amor, foetusque notantur</l>
            <l>Romulei, post amnis inest, et bellua nutrix.<note place="margin" resp="author">
                Claudia. Paneg. lib. 5</note>
              <note place="bottom"> Claudiano, <hi rend="i">Panegyricus dictus Olybrio et Probino
                  consulibus</hi> (<hi rend="i">Panegírico a los cónsules Olibrio y Probino</hi>),
                libro 1, v. 96-97 (1985: 4): «<hi rend="i">hic patris Mauortis amor fetusque
                  notantur / Romulei; pius amnis inest et belua nutrix</hi>», (‘Aquí se ven el amor
                del padre Marte, y se ven los retoños romúleos, y después están el río y la fiera
                nodriza’). La variante que maneja Espinosa Medrano, «<hi rend="i">post amnis
                  inest</hi>», pertenece a la tradición textual del <hi rend="i">Panegírico</hi> del
                consulado de Olibrio y Probino (Claudiano 2002: 12). La variante se encuentra por
                ejemplo en los <hi rend="i">Opera</hi> de Claudiano editados con las observaciones
                de Escalígero, Turnebo y Del Río en 1620 (Augustae Munatianae: s. n.), pero no se
                halla en el supuesto libro quinto al que remite Espinosa Medrano: véase Claudiano
                1620 <ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=F9IWAAAAQAAJ&amp;dq=amor%20notantur&amp;hl=fr&amp;pg=PA309#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  >(309)</ref>.</note></l></quote>
          <p>84. Había el famoso Camões fingido, con la felicidad que suele, que el cabo de Buena
            Esperanza habló una noche a los portugueses<note type="app" rend="I"> Portugueses <hi
                rend="i">B</hi> : Pontugueses <hi rend="i">A</hi> [Enmienda registrada en la fe de
              erratas.</note> en forma de un terrible gigante<note place="bottom"> Luis de Camões,
                <hi rend="i">Lusíadas</hi>, canto V, estancia 50-59 [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I,
              col. 538-580).</note>, y díjoles que fue uno de los titanes que dieron guerra a los
              dioses<note place="bottom"> Luis de Camões, <hi rend="i">Lusíadas</hi>, canto V,
              estancia 51 [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 565). Iniciando en la misma columna
              el comentario de la estancia Faría ofrece una traducción: «Fui de los aspérrimos hijos
              de la tierra, cual Encelado y el centimano Egeo: llameme Adamastor, y fui en la guerra
              contra el que vibra los rayos de Vulcano».</note>, y que convertido por esta osadía en
            aquella robustísima punta que se descuella en esos mares<note place="bottom"> Luis de
              Camões, <hi rend="i">Lusíadas</hi>, canto V, estancia 58-59 [1639_lusiadas] (Faría
              1639a: I, col. 576-580). En la columna 578 traduce Faría la estancia 59: «En dura
              tierra se me convierte la carne y los huesos se hicieron en peñascos y estos miembros
              y esta figura que ves se extendieron por estas prolijas inmensas aguas. Al fin mi
              grandísima estatura convirtieron los dioses en este remoto cabo, y por más dobladas
              lástimas ándame Tetis cercando de estas aguas.» (Faría 1639a: I, col. 578). Comentando
              dicha estancia 59 escribe Faría que Camões introduce la «fábula gentilica» que
              constituye la prosopopeya del gigante porque «enseña en ella que no hay osadías
              insolentes sin castigo», véase la col. 580 A (Faría 1639a: I, col. 580).</note>,
            serviría de náufrago peligro a las lusitanas flotas. Mete aquí sus misterios <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> y persuádenos que
            aquel cabo representa a Mahoma<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto V, estancia 50, col. 540 B-C: «<quote xml:lang="es"
                >Y por lo que toca al misterio o alegoría aún es más estupenda, para que se vea que
                en este poema no introdujo figura alguna vana o superficialmente sino que después de
                sazonarnos todos los sentidos del cuerpo y potencias del alma con la invención,
                orden y armonía, se entra por las puertas del pensamiento más vivo, aturdiéndole con
                lo misterioso y profundo del pensar. (…) Este Gigante, pues, no representa aquí otro
                personaje que a Mahoma</quote>» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 540).</note>,
            cosa que se la creyéramos con la misma facilidad que la dijera él, pues como quiera que
            el sentido acomodaticio en todas materias es tan fácil que cualquier beata simple puede
            producirle con media similitud hallada y treinta salteadas, no había para qué aglomerar
            tantas boberías en su probanza. Dejémoslas por muchas. Aunque, ¿quién dejará de reírse
            de algunas ilustres? Como decir que el gigante al responder volvió los ojos y torció la
            boca, señal infalible de que es Mahoma, pues como condenado está en el infierno haciendo
              gestos<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I,
              Canto V, estancia 50, col. 543 D-E: «<quote xml:lang="es">Dice más allí, que el
                Gigante al responder revolvió los ojos y torció la boca, que es rechinar con los
                dientes y todo esto son señales de condenado al infierno, cual lo es Mahoma, como lo
                vimos en las notas a aquel verso y singularmente en los lugares de Dante. Y es
                término de la Escritura sagrada, diciendo que en los condenados al infierno “<hi
                  rend="i">erit fletus et stridor dentium</hi>”, y con estas señas queda también
                este Gigante representando a Mahoma, que está en el infierno atormentándose con
                estos horribles gestos.</quote>» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 543). Sobre
              los «gestos» como indicio de lo demoníaco, además de la erudición que despliega Manuel
              de Faría (remite a Mateo, 8, 12, en <hi rend="i">Vulgata</hi> 1975), véase el breve
              ensayo de Daniel Arasse, <hi rend="i">Le portrait du diable</hi> (Arasse 2009:
              90-101). Cita Arasse a Denis le Chartreux, que afirma que la deformidad de los
              condenados aumenta su dolor al verse unos a otros en el infierno («<hi rend="i"
                >Diformitas damnatorum quod mutuus aspectus auget in eis dolorem magis</hi>», <hi
                rend="i">apud</hi> Arasse 2009: 90 y 115).</note>. Mas si aquel <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f35v.jpg"
              n="f. 35v"/> cabo primero se llamó <hi rend="i">Tormentorio</hi> y hoy <hi rend="i">de
              Buena Esperanza</hi><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>,
              I, Tomo I, Canto V, estancia 50, col. 539 B-C: «<quote xml:lang="es">Como no era
                conocido no tenía nombre y los portugueses le dieron el de Tormentorio cuando
                Bartolomé Díaz le descubrió, por las grandes tormentas padecidas en aquel mar, que
                fue también ocasión del gran miedo que se derramó de él en Portugal oyéndolas
                relatar. Pero el rey don Juan el Segundo que le hizo descubrir, haciendo con real
                corazón esperanzas de esos miedos, le llamó después Cabo de Buena Esperanza, por la
                que su descubrimiento le daba del de la India por aquellos mares, y así este nombre
                le quedó hasta hoy</quote>» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 539).</note>,
            cuando fuese Mahoma por el primer apellido es forzoso que <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> haga mayores gestos que el gigante al
            torcer la violentísima aplicación de esta plácida, hermosa y santa denominación a ese
            infame seductor y falso profeta<note place="bottom"> En argumentación disparatada, que
              le da a Espinosa Medrano excelente ocasión de burlarse de su contrincante, Faría
              defiende que ambos nombres concuerdan con su interpretación: el de Tormentorio porque
              Mahoma es «tormento para los varones apostólicos» y el de Buena Esperanza «porque se
              acercaba el reparo de la Asia con el pasaje allá de la verdadera Ley, por medio de
              nuestra navegación» (Faría 1639a: I, col. 544), y más adelante logra reunir a Mahoma
              con la Esperanza diciendo que las grandes esperanzas son propias de Mahoma «porque él
              empezo con sus trazas a ganar tanto, que por su persona ganó muchas tierras» (Faría
              1639a: I, col. 551).</note>.</p>
          <p>85. Que se llama el jayán Adamastor, y que este nombre se deduce de <hi rend="i">adamo,
              adamas</hi>, que es enamorar. Con que es Mahoma, porque fue enamorado de mujer ajena y
            concedió el trato de muchas en su seta<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto V, estancia 50, col. 545 C-D: «<quote
                xml:lang="es">el poeta formó este nombre de Adamastor (…) también del verbo <hi
                  rend="i">adamo</hi>, que vale enamorar, pues el poeta le finge luego muy perdido
                de amores por Tetis. Y Mahoma fue primero enamorado de mujer ajena, aunque después
                fuese suya, y tan enamorado de mujeres que para hacer lícito el tener cuantas amaba,
                lo concedió a todos en su secta.</quote>» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col.
              545).</note>.</p>
          <p>Que el tal gigante, peñasco, cabo o promontorio de piedra es Mahoma, porque está en
            sepulcro de piedra imán<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
              >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto V, estancia 50, col. 555 E: «<quote xml:lang="es"
                >todo Mahoma viene a parar en piedra, por sí y por su sepulcro. Y esta piedra está
                junto a la piedra imán o calamita, que atrae a sí la de ese sepulcro, guarnecida de
                hierro para poder ser atraída, en virtud de esta imán, y de este modo está una
                piedra junto de otra</quote>» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col.
            555).</note>.</p>
          <p>Que Mahoma es también de piedra, porque los moros echan por entre los muslos unas
            piedras hacia atrás<note type="app" rend="I"> atrás <hi rend="i">em.</hi> : tras <hi
                rend="i">AB</hi></note>, ceremonia suya<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto V, estancia 50, col. 556 A: «<quote
                xml:lang="es">También usó Mahoma de una ceremonia por veneración de Venus y la usó
                su gente, que era echar por entre los muslos unas piedras hacia atrás, las cuales él
                besaba y aun adoraba. (…) Y así siendo esta acción y castigo tan propios de Mahoma,
                síguese que este Gigante con ellas le representa a él.</quote>» [1639_lusiadas]
              (Faría 1639a: I, col. 556).</note>.</p>
          <p>Que rodean al cabo las ondas del mar, y Mahoma murió hidrópico, que es lo mismo<note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto V,
              estancia 50, col. 559 C: «<quote xml:lang="es">Concluye que por más tormento le anda
                Tetis ciñendo con sus aguas. Esto en Mahoma tiene estas correspondencias: él murió
                hidrópico</quote>» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 559).</note>.</p>
          <p>86. Que el tal cabo por lo menos es el demonio en figura de Mahoma<note type="app"
              rend="I"> Mahoma <hi rend="i">B</hi> : Mohoma <hi rend="i">A</hi> [Enmienda consignada
              en la fe de erratas. Corrección manuscrita en el testimonio A: Mahoma.</note>, o es
            Baco, pues habiendo sido hidrópico Mahoma, representa a Baco, a quien pintan con gran
            barriga, y aquel murió con otra tanta<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto V, estancia 50, col. 564 A: «<quote xml:lang="es">y
                visto también que Baco se pinta con gran barriga, y que con ella tal murió Mahoma
                hidrópico</quote>» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 564).</note>.</p>
          <p>¿Pero adónde vamos? Que en estas vanísimas y mendicantísimas alusiones gasta este
            hombre veinticinco columnas de a folio<note place="bottom"> Se refiere Espinosa Medrano
              al amplio comentario de la estancia 50 del canto V de Camões, que se extiende del
              final de la columna 538 al principio de la 565, abarcando así un total de
              aproximadamente 26 columnas «de a folio», de donde Espinosa Medrano saca todos los
              argumentos mencionados del portugués. Véase Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusíadas</hi>, canto V, estancia 50 [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col.
              538-565).</note>, para risa de los cuerdos y burla de los doctos, que es el afán
            estudioso de la araña (como decía Camerario) cuando la trabajada tela que tramaron sus
            entrañas, urdida del tesón y tejida de la fatiga, al fin viene a parar en ultraje de la
            atención y desprecio del reparo.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Ingenti studio componit aranea telam<note place="margin"
                resp="author"> Camerarius emblem. 73 centur 4.</note></l>
            <l>et tamen a cunctis spernitur illud opus.</l>
            <l>Sic magnas magno promis molimine nugas</l>
            <l>dum vigilas studiis vane, * Faria<note place="margin" resp="author"> *
                Sophista</note>, tuis.<note place="bottom"> Florens Schoonhoven, <hi rend="i"
                  >Emblemata, partim moralia, partim etiam ciuilia</hi> (Goudae: apud Andream
                Burier, 1618), emblema 64, «<hi rend="i">In Sophistas»: «Ingenti studio componit
                  aranea telam, / et tamen a cunctis spernitur illud opus. / Sic magnas magno promis
                  molimine nugas / dum vigilas studiis vane, Sophista, tuis</hi>» (1618: 190). En
                una nota marginal, El Lunarejo consigna la lección «Sophista» de Schoonhoven,
                sustituyéndola por la mención de Faría, convertido así en sofista por antonomasia.
                La remisión marginal a «Camerarius» es incorrecta, como lo ha señalado Jorge
                Terukina (2004: 636-639): al hablar de centuria cuarta, Espinosa Medrano debe
                referirse a los <hi rend="i">Symbolorum et Emblematum ex aquatilibus et reptilibus
                  desumptorum centuria quarta</hi> (Leipzig: typis Voegelinianis, 1604) de Joachim
                Camerarius hijo (1534-1598), pues se trata del único libro de emblemas organizado
                por centurias y firmado por un Camerario entre las producciones de Bartolomeo
                Camerario (1497-1564), Joachim Camerarius padre (1500-1574), Philipp Camerarius
                (1537-1624), Ludwig Camerarius (1573-1651), Johann Rudolf Camerarius (1578-1635), y
                Giorgio Camerario, autor de unos <hi rend="i">Emblemata amatoria</hi> (Venecia,
                1627). El emblema 73 de la centuria cuarta de los <hi rend="i">Symbolorum et
                  Emblematum</hi> lleva por título: «<hi rend="i">Pellit mendacia verum</hi>», ‘La
                verdad repele las mentiras’; el epigrama, que en este libro es un dístico seguido
                por un comentario en prosa, dice así: «<hi rend="i">Lumine perculsae cessant
                  maledicere ranae / Et victus veri luce Sophista tacet</hi>», ‘Heridas por la luz
                cesan las ranas de decir maldades y, vencido por la luz de lo verdadero, se calla el
                sofista’ (Camerarius 1604: f. 74r). En la sección X, § 106-107, Espinosa Medrano
                retoma la dicotomía apuntada por Camerario entre las ranas sofistas y la luz de la
                verdad, contraponiendo a los poetas en figura de ranas con «la verdad y [el]
                desengaño de las Escrituras». El error de remisión nos indica que El Lunarejo
                conocía este emblema, traído aquí por una confusión sobre la figura del sofista y
                posiblemente desplazado con respecto a los párrafos sobre las ranas que se
                encuentran en la sección X del <hi rend="i">Apologético</hi>.</note></l></quote>
          <p>87. Toda esta exposición es lo mejor y más misterioso que él celebra en su libro, que
            todo se funda en gestos, hidropesía, <hi rend="i">amo, amas</hi>, barriga grande, piedra
            imán, etc<note place="bottom">Esta recapitulación concluye y resume el ataque contra
              Faría de los párrafos 84 a 86 del <hi rend="i">Apologético</hi>. El «<hi rend="i">amo,
                amas</hi>», además de repetir la fantasiosa etimología de Adamastor propuesta por
              Faría («Que se llama el jayán Adamastor, y que este nombre se deduce de <hi rend="i"
                >adamo adamas</hi>, que es enamorar»), es burla de su conocimiento en latín, al ser
              la conjugación del presente del primer tipo de verbos latinos, uno de los rudimentos
              por excelencia de la lengua.</note>. Y siendo estos los misterios, no hay que admirar
            que anden tan a rodo<note place="bottom"> Según Corominas, «a rodo» significa «en
              abundancia, a porrillo» y es expresión documentada hacia 1600 (Corominas 1991:
              86).</note> que aun sus olvidos y sus descuidos son misteriosos, como él dijo: «<quote
              xml:lang="es">Olvidábaseme lo mejor, si ya no fue misterioso el olvido</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> En el juicio num.<note type="app" rend="I">num. <hi
                  rend="i">A</hi> . n. <hi rend="i">B</hi></note> 24</note><note place="bottom">
              Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Juicio del
                poema</hi>, § 24, col. 87, D [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 87).</note>.
            Mirad si no se han de temer avenidas<note place="bottom"> “Avenida” es la crecida de un
              río y «también se toma por concurso grande de muchas cosas que se juntan o de hecho
              para algún efecto, o concurren casualmente a un mismo tiempo» (<hi rend="i"
              >Aut.)</hi>.</note> de misterios cuando no hay olvido ni desatino que no lo sea.</p>
          <p>88. Sobre quién es el dios nocturno (de quien hace mención Camões en el canto 2,
            estancia 1<note place="bottom"> Luis de Camões, <hi rend="i">Lusíadas</hi>, canto II,
              estancia 1 [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 371-372).</note>) llama a Lambino
              «<quote xml:lang="es">pesado hablador</quote>», y con la hinchazón que suele, dice que
            a él y a Jacobo<note type="app" rend="I"> Jacobo <hi rend="i">B</hi> : Iocabo <hi
                rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas. En el testimonio A leemos
              la siguiente corrección manuscrita: Iacobo.</note>
            <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f36r.jpg"
              n="f. 36r"/> Durancio<note place="margin" resp="author"> Jacobus Durantius<note
                type="app" rend="I"> Jacobus Durantius <hi rend="i">em.</hi> : acobus Durantius <hi
                  rend="i">A</hi> || Jacob. Durant. <hi rend="i">B</hi></note></note> les ha de
            enseñar quién es Nocturno en Plauto: en fin asienta que «<quote xml:lang="es">es el
              Sol</quote>»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo
              I, canto II, estancia 1, col. 374, B-C [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 374):
              «Trae un lugar de san Jerónimo y otro de Marciano Capela, en que se acuerda de este
              dios Jacobo Durancio allá en la junta de críticos a que Grutero llamó “tesoro
              crítico”, tomo 3, fol. 247, adonde se puede ver lo que acumula a este propósito con
              que dice explica el lugar de Plauto, que yo entiendo no está explicado en lo tocante a
              este dios, y menos en Lambino, pesado hablador, y de los que en el fuero exterior son
              abundantes comentadores. Ahora a ambos a dos quisiera yo dar a entender allí a Plauto
              con el mismo Plauto, autor de ese dios, pues en él hallan principio todos los que de
              él se acuerdan. Digo que este dios nocturno es el sol».</note>. Y en probarlo se
            muestra que Lambino<note place="margin" resp="author"> Lambinus<note type="app" rend="I"
                >Lambinus <hi rend="i">em.</hi> : Lambincus <hi rend="i">A</hi> ||
              Lambin.</note></note> es pesado hablador y <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> hablador de liviandades, pues demás de
            que hacer a Nocturno el Sol es contra el texto de su poeta, que le introduce abriendo al
            Sol la puerta del marítimo palacio<note place="bottom"> En la traducción que ofrece
              Faría de la estancia primera del canto segundo de las <hi rend="i">Lusíadas</hi> de
              Camões, leemos: «Ya en este tiempo el lucido planeta, que va destinguiendo las horas
              del día, llegaba a la deseada y templada meta, encubriendo la celeste luz a las
              gentes: y el Dios Nocturno le estaba abriendo la puerta de la secreta y marítima casa»
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 371).</note>, y contra san Agustín<note
              type="app" rend="I"> Agustin <hi rend="i">A</hi> : Austin <hi rend="i"
              >B</hi></note><note place="margin" resp="author"> August. lib. 6 de civit Dei cap.
              9</note>, acérrimo multiplicador de estas deidades gentílicas<note type="app" rend="I"
              > Gentilicas <hi rend="i">B</hi> : Getilicas <hi rend="i">A</hi> [Corrección
              manuscrita en el testimonio A: Gētilicas.</note><note place="bottom"> San Agustín, <hi
                rend="i">La ciudad de Dios</hi>, libro 6, cap. 9, «<hi rend="i">De officiis
                singulorum deorum</hi>» (1978: 336 -351). El capítulo entero es una violenta burla
              de la multiplicación de los dioses paganos, que proliferan según el Hiponense en
              virtud de su dedicación exclusiva a una única función, de manera que ahí donde el
              monoteísmo concentra los poderes en una divinidad, el politeísmo los reparte en
              multitud de patronos. Es especialmente jocoso el catálogo de los dioses varios que
              favorecen el acto sexual. El argumento de Faría se opone a la multiplicación
              agustiniana de los dioses de la gentilidad, porque asimilar el dios Nocturno al dios
              Sol supone concentrar lo que en opinión del Hiponense está necesariamente
              separado.</note>, son las pruebas tan ruines como ya veremos. Fúndase en que Plauto
            introduce a Sosia<note place="bottom">Sosia o Sosías, criado de Anfitrión, es en efecto
              el personaje que pronuncia la frase citada a continuación por El Lunarejo en la
              comedia de Plauto.</note>, que porque le pareció que tardaba el día y era prolija la
            noche, dijo «que dormía Nocturno borracho, según emperezaba la noche». Y porque después,
            acusando la tardanza del Sol, dice también que debe estar roncando el Sol muy bien
            bebido: «<quote xml:lang="la" rend="i">Credo edepol equidem dormire Solem, atque appotum
              probe</quote>»<note place="margin" resp="author"> Plautus in Amphytrione<note
                type="app" rend="I">Amphytrione <hi rend="i">em.</hi> : Amphytrin <hi rend="i"
                  >AB</hi></note>.</note><note place="bottom"> Plauto, <hi rend="i">Anfitrión</hi>,
              acto I, v. 282: «<hi rend="i">Credo edepol equidem dormire Solem, atque adpotum
                probe</hi>»: «tengo la impresión de que el sol está durmiendo después de haber
              bebido a base de bien» (traducción de Mercedes González Haba en Plauto 1992:
              25).</note>. Colije: luego Nocturno es el Sol<note place="bottom"> Espinosa Medrano
              parafrasea la argumentación de Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I,
              canto II, estancia 1, col. 374, D: «<quote xml:lang="es">Y esta sin duda fue la idea
                de Plauto en ese lugar citado en que habla Sofía, diciendo “Yo creo que está
                Nocturno durmiendo borracho”. Y esto era porque le parecía larga la noche, queriendo
                decir que dormía el Sol ya con exceso, como borracho, pues tardaba tanto en abrir el
                día. Pruébolo ahora con el propio Plauto, como ofrecí. Volviendo el mismo Sosia
                luego abajo a repetir la misma queja de que se dilataba mucho la noche, dice casi
                con las propias palabras: “<hi rend="i">Credo edepole quidem dormire Solem, atque
                  appotum probe</hi>”. Luego si la queja es la misma hasta en los términos y sobre
                el propio motivo, síguese que llama Sol en este lugar a lo que en ese otro llamó
                Nocturno. Por las razones que apunté, para que Nocturno sea lo mismo que el
                Sol.</quote>» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 374).</note>. Mala consecuencia,
            pues de los gallos, si no cantan a media noche, se pudiera decir que dormían borrachos,
            y no son los gallos el sol.</p>
          <p>89. La razón filosófica con que confirma este dislate es graciosa. Oídla: «<quote
              xml:lang="es">Digo que este dios Nocturno es el Sol, porque el sol es autor de la
              noche con su ausencia</quote>»<note place="bottom"> La cita se encuentra justo antes
              de la argumentación sobre el nocturno sol de Plauto. Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, canto II, estancia 1, col. 374, C [1639_lusiadas] (Faría
              1639a: I, col. 374).</note>. Linda ignorancia, pues a ser esto así, no habrá negación
            ni privación que no sea causa positiva del efecto formal de su hábito contrario<note
              place="bottom"> Anda aquí Espinosa Medrano, vanagloriándose de ello, por un camino muy
              trillado de la filosofía sobre los contrarios. El ejemplo de la vista definida como
              falta de ceguedad o vista no ciega se encuentra ya en Aristóteles, <hi rend="i"
                >Categorías</hi>, 12 a 26 – 12 b 5 (2002: 55-56). En la traducción de Miguel Candel
              Sanmartín: «La privación y la posesión se dicen acerca de la misma cosa, v.g.: la
              vista y la ceguera, acerca del ojo; para decirlo en general, cada una de ellas se dice
              acerca de aquello en lo que surge por naturaleza la posesión. Entonces decimos que
              cada cosa está privada de las cosas susceptibles de posesión cuando estas no se dan de
              ningún modo en aquello en lo que es natural que se den y cuando es natural que se den;
              en efecto, llamamos <hi rend="i">desdentado</hi> no al que no tiene dientes, y <hi
                rend="i">ciego</hi> no al que no tiene vista, sino al que no lo tiene cuando es
              natural que lo tenga: pues algunas cosas carecen desde el nacimiento de vista y de
              dientes, pero no se llaman <hi rend="i">desdentadas</hi> ni <hi rend="i">ciegas</hi>.
              El estar privado de y el poseer un estado no es privación y posesión: en efecto,
              posesión es la vista, privación la ceguera, pero el tener vista no es la vista, ni el
              ser ciego es la ceguera» (Aristóteles 1982b: 66). Por lo demás, en la <hi rend="i"
                >Física</hi>, I, 7-9, y en particular en 192 a 1-13, Aristóteles distingue la <hi
                rend="i">privación</hi> de la <hi rend="i">materia</hi> y de la <hi rend="i"
                >forma</hi> (1990: 49).</note> (bien sé que esto es hablarle en griego a él y a los
            ignorantes de filosofía, con ser lo más fácil y humilde de ella). A ese tono diremos que
            la ceguedad es causa de la vista del lince, porque con su ausencia causa la vista la
            ceguedad, que la ignorancia con su receso produce la ciencia, que las tinieblas alumbran
            el medio día, porque con su falta se ilustra<note place="bottom"> Ilustrar es «dar luz o
              aclarar alguna cosa, ya sea materialmente, ya en sentido espiritual de doctrina o
              ciencia» (<hi rend="i">Aut</hi>.).</note> el aire, que la muerte es autora de la vida,
            pues su ausencia nos deja vivir, y al contrario. Finalmente el sol con su ausencia es
            autor de la noche, como la vista con la suya lo es de la ceguedad. Debámosle pues a
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> este
            disparate y aprendamos a decir que la vista es ceguedad, o ciega, como el Sol es noche o
            Nocturno.</p>
          <p>90. Dando de ojos en principios filosóficos<note place="bottom">Faría, según chiste de
              El Lunarejo, da de ojos en los rudimentos de la filosofía: cae de bruces en
              principios, de modo que estos son para él obstáculos y ocasiones de ponerse en
              ridículo, lo que también hace juego, o correspondencia conceptuosa, con el tema de la
              ceguera desarrollado en el párrafo anterior.</note>, pasa a ostentarse
              escriturista<note type="app" rend="I"> Escriturista <hi rend="i">A</hi> : Ecriturista
                <hi rend="i">B</hi></note> y acaba de probar esto con que «<quote xml:lang="es"
              >pidiendo Ezequías a Esaías señal de la certeza de su salud, le dijo el profeta: “<hi
                rend="i">Vis, ut ascendat umbra decem lineis, an ut revertatur</hi>?” Adonde
              explican algunos autores que quiso decir si quería que el Sol volviese atrás o pasase
              adelante. Y el mismo profeta en el cap. 38. refiriendo el propio suceso: “<hi rend="i"
                >Et reversus est Sol decem lineis</hi>”. Luego si lo que allá es sombra, es Sol
              aquí, y la sombra es la noche, bien es Nocturno el Sol</quote>»<note place="bottom">
              Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, canto II, estancia 1, col.
              375, A-B [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 375).</note>. Todo el <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f36v.jpg"
              n="f. 36v"/> sol tiene <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> sobre los ojos o toda la noche en el entendimiento, pues con
            miserable ceguedad no ha visto el espigón del reloj<note type="app" rend="I"> Reloj <hi
                rend="i">em.</hi> : Belox <hi rend="i">AB</hi></note> de Acaz, o no acertó a leer el
            contexto de aquel lugar, que dice «<quote xml:lang="la" rend="i">in horologio
              Achaz</quote>»<note place="margin" resp="author"> Reg. 4 cap.<note type="app" rend="I"
                >cap. <hi rend="i">B</hi> : c. <hi rend="i">A</hi></note> 20.</note><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Libro de los Reyes (trad. de San Jerónimo), IV (Liber Regum
              quartus), cap. 20, v. 11 (<hi rend="i">Vulgata</hi> 1975): «<hi rend="i">invocavit
                itaque Esaias propheta Dominum et reduxit umbram per lineas quibus iam descenderat
                in horologio Ahaz retrorsum decem gradibus</hi>». Véase también: <hi rend="i"
                >Vulgata</hi>, Isaías (trad. de San Jerónimo), 38, v. 7 (<hi rend="i">Vulgata</hi>
              1975): «<hi rend="i">ecce ego reuerti faciam umbram linearum per quas descenderat in
                horologio Ahaz in sole retrorsum decem lineis et reuersus est sol decem lineis per
                gradus quos descenderat</hi>», (‘he aquí que yo haré volver la sombra de las líneas,
              por las cuales había descendido en el reloj de sol de Ahaz, diez líneas en sentido
              retrógrado; y el sol retrocedió diez líneas por los grados que había
              descendido’).</note>. Advierte, ¡oh el más presumido de los hombres!, que yerras en
            probar que el sol es noche o Nocturno<note type="app" rend="I"> Nocturno <hi rend="i"
                >B</hi> : Nocturuo <hi rend="i">A</hi></note>, con que el sol es sombra. Yerras<note
              type="app" rend="I"> yerras <hi rend="i">A</hi> : y erras <hi rend="i">B</hi></note>
            en pensar que la <title>Escritura</title><note type="app" rend="I"> Escritura <hi
                rend="i">B</hi> : Escrirura <hi rend="i">A</hi></note> llamó sombra a ese clarísimo
            planeta, yerras<note type="app" rend="I"> yerras <hi rend="i">A</hi> : y erras <hi
                rend="i">B</hi></note> en creer que somos simples los que te escuchamos, yerras<note
              type="app" rend="I"> yerras <hi rend="i">A</hi> : y erras <hi rend="i">B</hi></note>
            en suprimir las cláusulas del sagrado texto. Volvió el sol diez pasos atrás y,
            retrógrados los ejes de su brillante carro, cejaron<note place="bottom"> “Cejar”
              significa «retroceder» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Dos posibles etimologías procedentes
              de Covarrubias acompañan la definición, ambas relacionadas con caballerías como las
              que tiran del carro del sol: «deriva esta voz del nombre “ceja”, aludiendo a que
              cuando enseñan las caballerías a cejar, les dan con vara o látigo en cejas y frente»;
              «también le parece pueda venir del nombre griego “<hi rend="i">zygos</hi>”, que
              significa “el yugo”, por la fuerza que se hace en él para que las mulas vuelvan
              atrás».</note> la carrera del día, retirado al aurora en diez líneas todo el flamante
            viaje de las luces. Reparó el rey, en el reloj de su padre Acaz, que la sombra del
            puntero, que señalaba los grados conforme al movimiento solar, había retrocedido diez
            líneas, que para el ocaso tenía atrasadas el apuntador, y coligió a posteriori<note
              type="app" rend="I"> posteriori <hi rend="i">em.</hi> : pesteriori <hi rend="i"
                >AB</hi></note> que las había desandado el día: «<quote xml:lang="la" rend="i">Et
              reduxit umbram per lineas, quibus iam descenderat in horologio Achaz retrorsum decem
              gradibus</quote>»<note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Libro de los Reyes (trad. de San Jerónimo), IV, 20, v. 11
                (<hi rend="i">Vulgata</hi> 1975). En el pasaje en cuestión, el profeta Isaías acude
              por mandato divino a prometerle al enfermo rey Ezequías que sanará porque sus
              plegarias han sido escuchadas. El rey pide una señal de que esa promesa es de origen
              divino, señal que será el retroceso del sol en el reloj de Ahaz.</note>. Pues, ¿qué
            tiene que ver esto con el desvarío de <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>? Demonstrar la retrocesión del sol en
            las líneas de un reloj de sombra, ¿es decir que es sombra el sol? ¡Gentil
              gramaticada<note place="bottom"> El gramático es el crítico nefasto, incapaz de
              competir con los poetas y sin embargo dedicado a censurarlos. En correspondencia con
              el tópico de la crítica del gramático (Béhar 2014: § 13-17), El Lunarejo relaciona a
              esta figura en el párrafo primero del <hi rend="i">Apologético</hi> con la herejía,
              entendida como error de razonamiento y falsedad presuntuosa. La necedad y la
              ignorancia, la carencia de lógica y buen juicio y las razones enrevesadas completan el
              retrato del gramático, al término de la sección novena dedicada a «espulgarle las
              boberías» a Faría (§ 77).</note>!</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion10">
          <head>Sección X<note place="bottom"> Por primera vez en el tratado, Espinosa Medrano se
              salta la cita de Faría que da pie a su refutación. Esto es porque el hilo argumental,
              que consiste en criticar la torpeza mitográfica del portugués, reúne la sección IX y
              la sección X. Pero también, acercándonos al final del <hi rend="i">Apologético</hi>,
              esta sección décima prepara la llegada de la última cita de Faría, § IX, o mejor dicho
              de la refutación que abarca la sección XI de Espinosa Medrano. En efecto, en los
              párrafos 114 a 118 de esta última sección, El Lunarejo da por vencido a su
              contrincante y no entra en refutaciones eruditas como en otros lugares del texto y
              ante todo en las secciones mitográficas que estamos leyendo. A partir de ahora, los
              argumentos son más superficiales y consisten en meras reducciones al absurdo, basadas
              en axiomas lógicos que han sido expuestos al final de la sección X en la que nos
              encontramos. Por primera vez en el tratado, esta sección no rebate a posteriori a
              Manuel de Faría sino que, en cierto modo, lo refuta a priori.</note></head>
          <p>91. Prosigamos aprendiendo algunas doctrinas que ostenta <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">nuestro Mastige</persName><note place="bottom"> De
              nuevo, sobre esta apelación referida a Faría, véase Béhar 2014 y <hi rend="i"
                >supra</hi> (III, § 11).</note>. Enseña en el canto 9, estancia 54 que «<quote
              xml:lang="es">los naranjos, cidros y limones son los pomos de oro que guardaban las
              Hespérides y cogió Hércules, y los que se echaron entre las tres diosas, por premio de
              la hermosura, y a Atalanta para grillos de ella</quote>»<note place="bottom"> Manuel
              de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo IV, Canto IX, col. 146, B: «los
              naranjos, cidros y limones de la e. 56 son los pomos de oro, que guardaban las
              hespérides y cogió Hércules, y los que se echaron entre las tres diosas, por premio de
              la hermosura, y a Atalanta para grillos de ella» [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II
              (IV), col. 146).</note>.</p>
          <p>92. No ignoramos que toda fruta de color pajizo llama la poesía pomos de oro, como
            observan los intérpretes profanos sobre el «<quote xml:lang="la" rend="i">Aurea mala
              decem missi</quote>»<note place="margin" resp="author"> Virgi. Eclo. 3</note><note
              place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Bucólicas</hi>, 3, v. 71: «<hi rend="i">aurea
                mala decem misi</hi>» (Virgilio 1992a: 52): «[envié] diez manzanas como el oro»,
              trad. Tomás de la Ascensión Recio García en Virgilio 1990 (183).</note> del gran
            poeta, égloga 3, y los sagrados sobre el «<quote xml:lang="la" rend="i">Mala aurea in
              lectis argenteis</quote>»<note place="margin" resp="author"> Prover. cap.<note
                type="app" rend="I">cap. <hi rend="i">B</hi> : c. <hi rend="i">A</hi></note>
              25</note><note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Proverbios (trad. de San Jerónimo), cap. 25, v. 11 (<hi
                rend="i">Vulgata</hi> 1975).</note> del capítulo 25 de los
            <title>Proverbios</title>. Pero sobre cuáles sean, cada uno pinta la fruta que se le
            antoja. Válida opinión el que sean cidros o naranjos los del sagrado texto, como veréis
            en Martín del Río: «<quote xml:lang="la" rend="i">Quidam volunt indicari mala aurea, hoc
              est Medica seu citria<note type="app" rend="I"> Citria <hi rend="i">B</hi> : Citra <hi
                  rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas, que añade una
                declinación errónea, al traer en vez de «Citra», «Citrae». En el testimonio A,
                corrección manuscrita: Citria.</note></quote>»<note place="margin" resp="author">
                Delrius<note type="app" rend="I">Delrius <hi rend="i">em.</hi> : Dolrius <hi
                  rend="i">A</hi> || Delrio <hi rend="i">B</hi></note> ada. sacr. tom.<note
                type="app" rend="I">tom. <hi rend="i">B</hi> : to.<hi rend="i"> A</hi></note> 2.
              adag. 235</note><note place="bottom"> Martín del Río, <hi rend="i">Adagialium sacrorum
                Veteris et Novi Testamenti, pars secunda</hi> (Lugduni: Sumptibus Horatij Cardon,
              1613), adagio 235, «<hi rend="i">Mala aurea in lectis argenteis</hi>» (1613: 254).
              Inmediatamente despues del fragmento citado por Espinosa Medrano, el jesuita de
              Amberes cita el verso de la tercera <hi rend="i">Bucólica</hi> de Virgilio. En su
              biblioteca, El Lunarejo contaba con unos «adagios sacros de Martín del Río. 2 tomos»
              (Guibovich 1992: 25).</note>. Y también los del poeta, aunque estos últimos, otros los
            presumen membrillos (como Brodeo<note place="margin" resp="author"> Brodeus<note
                type="app" rend="I"> Brodeus <hi rend="i">A</hi> : Brodeu <hi rend="i">B</hi></note>
              lib. 1 Miscellan. cap. 34</note> y Galeoto Marcio<note place="margin" resp="author">
              Galeot. Marcio<note type="app" rend="I"> Marcio <hi rend="i">B</hi> : Macoi’ <hi
                  rend="i">A</hi></note> 1 de prom. doct. cap.<note type="app" rend="I"> cap. <hi
                  rend="i">A</hi> : c. <hi rend="i">B</hi></note> 28</note>)<note place="bottom">
              Esta alusión a los membrillos y las dos remisiones marginales que la acompañan
              provienen directamente del comentario que sobre el verso virgiliano «<hi rend="i"
                >aurea mala decem misi</hi>» (<hi rend="i">Bucólicas</hi>, 3, v. 71) ofrece Juan
              Luis de la Cerda: «<hi rend="i">Alli χρυσόμελον, “cotoneum”, “cydoneum”, “membrillos”
                intelligunt, in his Brodaeus libr. I Miscell. cap. 34. et Galeotus Martius libr. de
                Promis. Doctrina cap. 28</hi>» (‘otros entienden chrysómelon (manzano de oro),
              membrillos’). Véase Virgilio 1608 (58).</note>, otros manzanas (como Antonio Augustín,
              Cerda<note place="margin" resp="author"> Cerd.<note type="app" rend="I">Cerd. <hi
                  rend="i">B</hi> : Zerd. <hi rend="i">A</hi></note> eclog. 3</note><note
              place="bottom"> De nuevo, Espinosa Medrano acude a Juan Luis de la Cerda: «<hi
                rend="i">Mihi placitum ire in explicationem Ant. Augustini, qui simpliciter
                “mancanas” capit, quae propter excellentem pulcritudinem dicantur aurea ut 4 Ecl.
                “aurea gent.”</hi>» (Virgilio 1608: 58).</note> y otros). Esto es cuanto a las
            frutas de oro en común <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f37r.jpg"
              n="f. 37r"/> sobre esos lugares. Más en particular sobre las de las Hespérides, unos
            piensan que fueron ganados que robó Hércules, porque en griego es equívoco el nombre de
            manzana con el de oveja, pues con decir «<quote xml:lang="grc" rend="i">myla</quote>» lo
            significan todo<note place="bottom"> El argumento proviene de Varrón, <hi rend="i">Res
                rusticae</hi>, lib. II, cap. 1, párrafo 6-7 (1985: 15). Sin embargo, es probable que
              El Lunarejo lo lea en el comentario de Servio al verso 484 del libro IV de la <hi
                rend="i">Eneida</hi> de Virgilio, que reza así (1881: 552): «<hi rend="i">Hesperidum
                templi custos epulasque draconi</hi>». El comentarista escribe: «<hi rend="i">unde
                mala fingitur sustulisse, hoc est oues: nam μῆλα dicuntur, unde μηλονόμος dicitur
                pastor ouium</hi>. [[<hi rend="i">propter ruborem autem lanae, quae similis auro
                est, existimasse eos qui audierant, mala aurea in Africa nasci, est et alia
                fabula</hi>.», (‘de ahí que cuenten que robó manzanas (<hi rend="i">mala)</hi> es
              decir ovejas: que se llaman <hi rend="i">μῆλα</hi>, de ahí que se llame <hi rend="i"
                >μηλονόμος</hi> al pastor de ovejas’). Con leves variantes, véase también Virgilio
              1558 (f. 214r). La insistencia en el color de la lana y la localización africana del
              jardín de las Hespérides, dos elementos ausentes del texto de Varrón y que aporta
              Servio, alimentan este párrafo de El Lunarejo y su reivindicación peruana del jardín
              de los pomos de oro. Es posible que Espinosa Medrano haya llegado al comentario
              serviano del cuarto libro de la <hi rend="i">Eneida</hi> acudiendo al índice del libro
              en el que consulta las <hi rend="i">Bucólicas</hi> comentadas por Juan Luis de la
              Cerda, pues la entrada «<hi rend="i">Hesperidum mala</hi>» del índice remite al
              comentario de la égloga (bucólica) VI, v. 61, nota 2, en el que el jesuita alude al
              cuarto de la <hi rend="i">Eneida</hi> (Virgilio 1608: 122). No hay que descartar sin
              embargo que El Lunarejo consulte otras polianteas o que sencillamente conozca bien los
              lugares virgilianos sobre las Hespérides. Por ejemplo, también cita el v. 484 del
              libro IV de la <hi rend="i">Eneida</hi> Natale Conti, en su <hi rend="i"
                >Mitología</hi>, en un capítulo sobre las Hespérides que Espinosa Medrano cita a
              continuación en el párrafo 93. No he hallado indicios de que El Lunarejo consulte la
              suma más completa de la tradición mitográfica y botánica sobre los pomos de oro: los
                <hi rend="i">Hesperides siue de malorum aureorum cultura et usu libri quatuor</hi>.
              Se trata de un hermoso libro ilustrado por Nicolas Poussin y recopilado por Giovanni
              Battista Ferrari, jesuita, e impreso en 1646, en Roma, por Hermann Scheus (Ferrari
              1646).</note>, y como tenían vellones dorados o pajizos asentáronles lo áureo. Y en
            fin si aquellas reses eran como nuestras vicuñas y pacos, que por su color rubio y
            encendido merecen el pelo de oro, mejor que en África pudieran en nuestro Perú haber
            fingido el huerto de las Hespérides<note place="bottom"> La ubicación del jardín de las
              Hespérides en el Nuevo Mundo no es insólita. En su <hi rend="i">Historia general y
                natural de las Indias, islas y tierra-firme del Mar Océano</hi>, Gonzalo Fernández
              de Oviedo y Valdés lo identificaba con las islas de Cuba y la Española (apud Ramírez
              Alvarado 2001: 66-67). En cuanto a la disputa con África por la identificación con las
              Hespérides, se encuentra en fuentes como la <hi rend="i">Historia general de las
                Indias</hi> de López de Gómara, que entiende la <hi rend="i">myla</hi> no como
              “oveja” sino como “mona”: «Así que podemos decir cómo las Indias son las islas y
              tierra firme de Platón, y no las Hespérides, ni Ofir y Tarsis, como muchos modernos
              dicen, ca las Hespérides son las islas de Cabo Verde y las Gorgonas, que de allí trajo
              Hanon monas», cap CCXX, «De la isla que Platón llamó Atlantide» (López de Gómara 1978:
              314). La asimilación del jardín de las Hespérides al Perú aparece también documentada
              en el ya citado <hi rend="i">Diseño historial de los gozos ostentatiuos con que la
                regia ciudad de Lima celebró el deseado nacimiento del Principe N. S. D. Felipe
                Andrés Prospero</hi> de Agustín de Salas y Valdés, impreso en Lima, en 1660, por
              Juan de Quevedo y Zárate, en la descripción de las «Fiestas de los pintores» y en
              particular del carro alegórico del virreinato: «vestíanse [las faldas del carro] de
              muchas tarjas adornadas de varias figuras: sátiros, marioletas, grutescos con
              pendientes y paños de varias frutas, y todo género de follaje, que alcanzó el arte
              para lleno de sus blancos y adorno de las armas de esta ciudad y otros lugares de este
              reino, porque llevaba de letras grandes esta inscripción: <hi rend="sc">El Perú</hi>.
              (…) los faldones se llenaban con unas cabezas grandes de sátiros de color de bronce.
              Colgaban de sus bocas paños de frutas y hojas, y amagaban imitar la vigilante guarda
              de los pomos de Hesperia» (1660: f. 56r-v). Como curiosidad señalo el sentido bien
              distinto que a la puna poblada de vicuñas le da José de Acosta, en <hi rend="i"
                >Historia natural y moral de las Indias</hi>, libro III, cap. IX («De algunos
              efectos maravillosos de vientos en partes de Indias»): «De ordinario es despoblada
              aquella cordillera, sin pueblos, ni habitación humana, pero aun para los pasajeros
              apenas hay tambos, o chozas donde guarecerse de noche. Tampoco se crían animales
              buenos, ni malos, si no son vicuñas, cuya propiedad es extraña, como se dirá en su
              lugar. Está muchas veces la hierba quemada y negra del aire que digo. Dura el
              despoblado de veinte a treinta leguas de traviesa, y en largo, como he dicho, corre
              más de quinientas. Hay otros despoblados o desiertos o páramos, que llaman en el Perú
                <hi rend="i">punas</hi>, porque, vengamos a lo segundo que prometimos, donde la
              cualidad del aire sin sentir corta los cuerpos y vidas humanas» (Acosta 1954).</note>.
            Y el dragón que guardaba estas manzanas era (dicen<note place="bottom"> Las fuentes de
              esta interpretación racionalista del mito pueden ser múltiples. La encontramos por vez
              primera en Plinio el Viejo, que en su <hi rend="i">Historia natural</hi>, libro 5,
              párrafo 3, escribe: «<hi rend="i">Adfunditur autem aestuarium e mari flexuoso meatu,
                in quo draconis custodiae instar fuisse nunc interpretantur</hi>» (1980: 47).
              Modificamos ligeramente la traducción de Encarnación del Barrio Sanz, originalmente
              basada en la tradición textual portadora de la lección “<hi rend="i">dracones
                custodiae</hi>” (cf. 1980: 47 y 89): «Por lo demás, desde el mar se extiende un
              estuario con un curso muy sinuoso, que ahora se cree que era el dragón que estaba a
              modo de guardia» (Plinio 1998: 179). Es posible que el latinismo del adjetivo
              “flexuoso” empleado aquí por El Lunarejo provenga de Plinio, aunque se encuentra
              repetido en otros autores, como Solino y Martianus Capella. Véase el párrafo dedicado
              a esta interpretación racionalista del jardín de las Hespérides en las <hi rend="i"
                >Varias Antigüedades de España, África y otras provincias</hi> (Amberes: a costa de
              Iuan Hasrey, 1614), lib. IV, cap. 7, de Bernardo Aldrete (1614: 520). Es posible que
              Espinosa Medrano consulte este capítulo del historiador y canónigo de la catedral de
              Córdoba, entre los varios por él dedicados al jardín de las Hespérides (1614: 503 y
              siguientes, a partir del capítulo 4). De hecho, además de traer varias autoridades que
              interpretan el dragón de las Hespérides como un estuario o un río (descrito con el
              adjetivo «<hi rend="i">flexuosus</hi>»), el capítulo comienza con varias autoridades
              que aluden a la confusión griega entre la manzana y la oveja, entre las que se
              encuentra Servio (1614: 515-516), por lo que el razonamiento de El Lunarejo sigue de
              cerca los pasos de Bernardo Aldrete y el orden de sus argumentos. En el inventario
              testamentario de su biblioteca, aparecen las «antigüedades de España. 1 tomo», que
              pueden corresponder a la obra de Aldrete (Guibovich 1992: 22).</note>) un río, que
            porque las rodeaba flexuoso<note place="bottom"> Es latinismo, de <hi rend="i"
                >flexuosus, a, um</hi>, y significa “tortuoso” o “sinuoso”.</note> y culebreado, le
            fingieron serpiente: vulgar metáfora de los poetas llamar los ríos sierpes de plata,
            culebras de diamante, etc.<note place="bottom">En su comentario de la <hi rend="i"
                >Canción de la toma de Larache</hi>, Díaz de Rivas, que también lee a Aldrete,
              escribe: «Dice el poeta que en roscas de cristal como serpiente corría, etc. En lo
              cual alude a varios dichos de poetas que atribuyeron a los ríos propiedades y voces
              que son comunes a las serpientes» (<hi rend="i">apud</hi> Gates 1961: 70). A
              continuación cita a Manilio, Pontano, Estacio, Lucano, Sócrates, Hesíodo, Pierio
              Valeriano y Servio. Véase Gates 1961 (70-71) y 1616_larache-diaz.</note>, como del
            Luco dijo nuestro cordobés<note place="margin" resp="author"> Gongora.</note>:</p>
          <quote xml:lang="es"><l>En roscas de cristal, serpiente breve,</l>
            <l>por la arena desnuda el Luco yerra.<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                  >Canción de la toma de Larache</hi>, v. 1-2 [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem223#l223.1"
                  >OC223.1-2</ref>]. Es precisamente el Luco o Lucus, el río que desemboca en
                Larache, el que forma en el estuario los meandros que Plinio asimila al dragón de
                las Hespérides. Véase Aldrete 1614 (512).</note></l></quote>
          <p>93. Otros pensaron que las Hespérides fueron hijas del famoso astrólogo Héspero, o
            Atlante, que por especular el movimiento de los cielos dijeron de ellas guardaban en el
            occidente las manzanas de oro. Esto es, observaban las estrellas que por su esplendor
            dorado y su rotundidad bermeja parecen pomos de oro, fingiendo que solo en el occidente
            nacía tal fruta, porque solo al ocaso del sol comienzan a brillar los astros. Y el
            dragón jardinero hicieron al zodiaco de los signos que como sierpe en luciente rosca
            voltea por todo el globo. «<quote xml:lang="la" rend="i">At quis est Draco qui haec mala
              servabat? Signiferum circulum nonnulli sunt arbitrati»<note place="bottom"> Natale
                Conti, <hi rend="i">Mythologiae siue Explicationum fabularum libri decem</hi>
                (Venetiis: [ad signum Fontis], 1568), lib. 7, cap. 7, «De Hesperedibus» (1568: f.
                217v): «<quote xml:lang="la" rend="i">Hesperides igitur ut alii volunt Hesperi
                  filiae fuerunt, ut alii Atlantis, quae sidera sunt. Earum pater coelum aut
                  vespertinum tempus fuit, quod quasi frater est coeli. Dictae sunt habere hortos in
                  occidente, in quibus essent mala aurea, quoniam stellarum natura est ut tanquam
                  aurum splendeant et rotunda appareant; eaque non nisi in occidente nasci solita
                  sint quia sole occidente stellae apparent, cum lumine solis per diem occultentur.
                  At quis est draco, qui haec mala servabat hortumque ambibat? Signiferum circulum
                  non nulli sunt arbitrati. Fuerunt qui mala Hesperidum oves esse in occidente
                  dixerint, in insula quae perpetuo flumine circundabatur in serpentis modum sinuoso
                  et reflexo.</quote>», (‘Las Hespérides, pues, según opinión de algunos, fueron
                hijas de Héspero, como en opinión de otros lo fueron de Atlas, porque son estrellas.
                Su padre es el cielo, o el atardecer, porque este es casi como hermano del cielo. Se
                dice que tenían unos huertos en Occidente en donde se criaban manzanas de oro,
                porque es de la naturaleza de las estrellas que resplandezcan como el oro, y tengan
                aspecto redondo, y suelen nacer en Occidente, porque al ponerse el sol aparecen las
                estrellas, que durante el día se ocultan con la luz del sol. Y ¿quién es el dragón,
                que guardaba estas manzanas y abrazaba el huerto? Algunos han juzgado que es el
                cerco del zodíaco. También hay quien dijo que las manzanas de las Hespérides eran
                ovejas de una isla situada en Occidente, que estaba ceñida por un río perpetuamente
                fluyente y sinuoso y retorcido al modo de una serpiente’). Sobre el uso de El
                Lunarejo del término «zodiaco» para traducir el «<hi rend="i">circulum</hi>» latino,
                  <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi> refiere que el zodiaco es «uno de los
                círculos máximos que consideran los astrónomos en la esfera, en forma de banda (…) y
                es el camino y espacio en que andan los planetas con su curso natural y propio, de
                poniente a oriente (…)». El párrafo entero de El Lunarejo es pues una traducción
                fiel de Natale Conti. Véase también, para las fuentes antiguas de Natale Conti,
                Graves (2011: 207).</note></quote>: Natal Cómite<note place="margin" resp="author">
              Natalis Comes lib. 7. cap.<note type="app" rend="I">cap. <hi rend="i">A</hi> : c. <hi
                  rend="i">B</hi></note> 7.</note>.</p>
          <p>94. Más luces que las de su zodiaco conduce a esta opinión una agudeza de Augustino.
            Reparó en que sobre distribuir estrellas a sus deidades el gentilismo, andaba el astro
            matutino en desidio sobre si había de ser de Venus o de Juno, porque unos adjudicaban el
            lucero a la una y otros a la otra: «<quote xml:lang="la" rend="i">Luciferum enim quidam
              Veneris, quidam dicunt esse Iunonis</quote>»<note place="margin" resp="author"> S.
              Agustin, de Civit. D. lib. 7. cap. 15.<note type="app" rend="I">S. Agustin, de Civit.
                D. lib. 7. cap. 15. <hi rend="i">A : om. B</hi></note></note>. Pero tan luciente y
            hermosa estrella (dice), manzana puede ser de oro, sobre que dignamente contiendan otra
            vez Venus y Juno, «<quote xml:lang="la" rend="i">quamvis de illo fulgentissimo sydere
              apud eos, tanquam de malo aureo Iuno Venusque contendant</quote>». Pero en verdad que
            por estrella de Venus aclaman al lucero todos los crepúsculos del alba, todos los
            arreboles del ocaso, porque Venus al fin vence como suele, «<quote xml:lang="la"
              rend="i">sed ut solet, Venus vincit</quote>»<note place="bottom"> El orden original de
              estas tres citas es el siguiente: San Agustín, <hi rend="i">La ciudad de Dios</hi>,
              libro 7, cap. 15: «<hi rend="i">quamvis de illo fulgentissimo sidere apud eos tamquam
                de malo aureo Iuno Venusque contendant. Luciferum enim quidam Veneris, quidam dicunt
                esse Iunonis; sed, ut solet, Venus vincit</hi>» (1978: 426). Este pasaje alude al
              juicio de Paris en el monte Ida, cuando el hijo de Príamo tuvo que elegir a la más
              hermosa de las diosas Venus, Juno y Minerva. San Agustín asimila el lucero
              matutino-vespertino al trofeo de este juicio, la manzana de oro por la que compitieron
              las tres diosas. Este es el único lugar en el que la remisión de El Lunarejo a <hi
                rend="i">La ciudad de Dios</hi>, que aparece por ejemplo en IX, § 88 y X, § 96,
              viene acompañada de una serie de citas, aunque breves. Teniendo en cuenta la
              abundancia de ediciones del obispo de Hipona, sólo podemos decir que hay, en las
              últimas palabras del fragmento citado, una variante que permite descartar la edición
              de Luis Vives del texto agustiniano. En efecto, como puede comprobarse en el <hi
                rend="i">Tomus V operum D. Aurelii Augustinii, Hipponensis episcopi, De civitate dei
                libros XXII</hi> a cargo de Juan Luis Vives (Basileae: ex officina frobeniana,
              1569), la lección propuesta es: «sed, ut solet, Venus Iunonem vincit» (Agustín 1569:
                <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=xLtJAAAAcAAJ&amp;hl=fr&amp;pg=RA1-PA401#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >394</ref>), a diferencia de la que trae El Lunarejo.</note>. Y suya es la manzana,
            si son fruta dorada<note type="app" rend="I"> dorada <hi rend="i">A</hi> : porada <hi
                rend="i">B</hi></note> los astros. Últimamente <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f37v.jpg"
              n="f. 37v"/>
            <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> dice que no
            fueron sino limones. Vaya con dios, pero mirad la inconsecuencia de este hombre que dice
            de los limones que «<quote xml:lang="es">el apropriar a esta fruta el color de oro es
              frecuente, y no solo eso, sino llamarla totalmente pomos de oro</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Canto 9. est. 56.</note><note place="bottom"> Manuel de
              Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo IV, Canto IX, est. 56, col. 155, D
              [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II (IV), col. 155). El portugués se refiere en este
              fragmento al color de la naranja, que Espinosa Medrano confunde, conforme al uso
              latino, con el limón y la cidra. También así lo hacía Faría: véase <hi rend="i"
                >supra</hi> y Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo IV, Canto IX,
              col. 146, B: «los naranjos, cidros y limones de la e. 56 son los pomos de oro»
              [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II (IV), col. 146).</note>. Pues si esta fruta por la
            color pajiza es pomo de oro, ¿por qué la cera por su palidez no será rueca de oro? ¿Cómo
            acusa a Góngora el que por la cera de la colmena dijese «<quote xml:lang="es">en ruecas
              de oro rayos del sol hilan</quote>»<note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i"
                >Polifemo</hi>, v. 400 [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.400"
                >OC255.400</ref>].</note>? Si la color motiva esas licencias, ¿por qué no será oro
            la cera por rubia si lo es la cidra<note place="bottom"> Espinosa Medrano confunde la
              naranja, el limón y la cidra, conforme al uso latino. En el <hi rend="i">Diccionario
                de Autoridades</hi> concuerdan las definiciones latinas del limón («<hi rend="i"
                >malum citreum, pomum citreum, malum medicum</hi>») y de la naranja («<hi rend="i"
                >malum aureum citreum, vel medicum</hi>»).</note> por pálida?</p>
          <p>95. Ilustre necedad decir que se echaron limones para el certamen de hermosura entre
            las diosas y mayor el motivo de haberse ellas desnudado, pues dice que fue limón «<quote
              xml:lang="es">sobre el que se desnudaron las diosas, por ser fruta exquisita
              entonces</quote>». Reparad mucho el porqué. ¿Por qué se desnudaron? «<quote
              xml:lang="es">Por ser fruta exquisita entonces</quote>»<note place="bottom"> Manuel de
              Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo IV, Canto IX, est. 56, col. 155, D
              [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II (IV), col. 155). Espinosa Medrano corrige una errata
              del ejemplar de Faría que consultamos, que reza: «y el sobre que se desnudaron las
              diosas».</note>. Ya veis que un niño dirá aquí que no fue sino por obtener el lauro y
            corona de la mayor belleza, por ser aquella fruta índice de la victoria. Pues si venía
            escrita de estas letras: «<quote xml:lang="la" rend="i">Pulchriori?</quote>»<note
              place="bottom"> “A la más hermosa” es el <hi rend="i">motto</hi> inscrito en la
              manzana de la discordia según la tradición humanística. La forma más corriente de la
              inscripción es «<hi rend="i">detur pulchriori</hi>» (‘que se dé a la más hermosa’):
              así la recoge Giordano Bruno y en general la iconografía del juicio de Paris (Damisch
              2011: 215, 285, 354).</note>, “dese a la más hermosa”, no por fruta exquisita ni por
            ser limón (como <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> sueña), pero por un guijarro que se propusiese en el certamen con
            esa circunstancia se desnudaran ellas, cuando aun el refrán de las vejezuelas
            vulgarmente clama: «<quote xml:lang="es">No por el huevo, sino por el
              fuero</quote>»<note place="bottom"> Es refrán que aparece en los <hi rend="i">Refranes
                o proverbios en romance</hi> de Núñez de Guzmán (1621: f. 78r).</note>. Y realmente
            Juno en el gran poeta no tiene por injuria el que le salteasen<note place="bottom">
              Léase “robasen”.</note> la fruta nueva, sino el que pospusiesen su hermosura.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Iudicium Paridis, spretaeque iniuriae formae.<note
                place="margin" resp="author"> Virgil. Eneid lib. 1</note><note place="bottom">
                Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, libro I, v. 27: «manet alta mente repostum / <hi
                  rend="i">iudicium Paridis spretaeque iniuria formae</hi>» (2009: 6). En la
                traducción de Javier de Echave-Sustaeta: «No se habian borrado de su mente las
                causas de su enojo / ni su amargo pesar. Queda en lo hondo de su alma fijo el juicio
                de Paris» (Virgilio 1992b: 140).</note></l></quote>
          <p>Díganlo los griegos desnudándose en el Olimpo por un ramo de encina, díganlo los
            romanos vertiendo su sangre por una guirnalda de grama. Además, que es disparate sin más
            fundamento que el antojo de decirlo, decirnos que era fruta esquisita entonces el limón,
            naranja, cidra o toronja. Pruébolo con evidencia. Esa fruta lo es de Venus y su árbol es
            dedicado a su deidad.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Aurea sunt Veneris poma haec: iucundus amaror<note
                type="app" rend="I"> amaror <hi rend="i">A</hi> : amator <hi rend="i">B</hi></note>
                indicat<note place="bottom"> Alciato, <hi rend="i">Emblemas</hi> (<hi rend="i">Omnia
                  Andreae Alciati v. c. emblemata</hi> editados por Claudio Minoe), emblema 206
                (Alciato 1583: 648): «Estos como de oro son frutos de Venus: su alegre amargura lo
                indica.» (trad. Pilar Pedraza, véase Alciato 1985: 249). Como queda dicho <hi
                  rend="i">supra</hi>, Espinosa Medrano tenía un «Alçiato» entre sus libros
                (Guibovich 1992: 28).</note>,<note place="margin" resp="author"> Alciat. emb.
                206</note></l>
          </quote>
          <p>dice Alciato de la cidra y, aquí, Claudio Minoe: «<quote xml:lang="la" rend="i">Medica
              malus, quae et citrus, et apud nostros ob aliquam cum auro similitudinem nomen
              reperit, Amoris potest esse nota</quote>»<note place="margin" resp="author"> Claud.
              Min. ibidem</note><note place="bottom"> Alciato, <hi rend="i">Emblemas</hi> (<hi
                rend="i">Omnia Andreae Alciati v. c. emblemata</hi> editados por Claudio Minoe),
              emblema 206 (Alciato 1583: 648): «<hi rend="i">Medica malus, quae et citrus, et apud
                nostros ob aliquam cum auro similitudinem nomen reperit, non inconcinne amoris
                potest esse nota</hi>» (‘la manzana médica, que también se llama limón y que toma
              entre nosotros su nombre de áurea por alguna semejanza con el oro, puede ser con razón
              signo del amor’).</note>, etc. Luego no pudo hacérsele nueva a Venus fruta que nace a
            su influjo, luego no era exquisito árbol que por tal le obligase a desnudarse el que se
            plantó a la protección de esa deidad y al concurso de ese planeta<note type="app"
              rend="I"> planeta <hi rend="i">em.</hi> : Planena <hi rend="i">AB</hi></note>, pues
              <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f38r.jpg"
              n="f. 38r"/> tambien se le hicieran nuevas las uvas a Baco y las espigas a Ceres.
            Apuro más. Estas frutas, según <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> confiesa, son los pomos de oro de las Hespérides, luego no eran<note
              type="app" rend="I"> erã <hi rend="i">A</hi> : eram <hi rend="i">B</hi></note>
            exquisitas, ni nuevas para Juno. Pruébolo. Luego que se casó Júpiter con Juno, tributó
            en el occidente aquel solar esas doradas frutas, como dice Ferécides, libro 10<note
              place="margin" resp="author"> Pherecydes lib.<note type="app" rend="I">lib. <hi
                  rend="i">A</hi> : l. <hi rend="i">B</hi></note> 10</note>, citado por Natal
              Cómite<note place="bottom"> Natale Conti, <hi rend="i">Mythologiae siue Explicationum
                fabularum libri decem</hi>, lib. 7, cap. 7, «<hi rend="i">De Hesperedibus</hi>»
              (1568: f. 217r): «<quote xml:lang="la" rend="i">at Pherecydes lib. 10 ubi nuptias
                Iunonis commemorauit, terram oceano proximam in occidente aurei coloris poma tulisse
                inquit</quote>» (‘pero Ferécides en su libro 10, allí donde recuerda las bodas de
              Juno, dice que la tierra próxima al océano en Occidente daba manzanas de color
              dorado’).</note>. Pero traigoos un autor que nunca habréis visto citado para el
              caso<note place="bottom">Espinosa Medrano hace gala aquí de su empeño erudito por
              citar lo que nadie conoce y ser admirado por ello.</note>. Este es Tzetzes, que cuenta
            que para las bodas de Juno se trajeron los pomos áureos de las Hespérides, para que
            fuesen dote esponsal de la diosa:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Ex Hesperidibus ferre, ex Hiperboreis</l>
            <l>Iunoni<note type="app" rend="I"> Junoni <hi rend="i">em.</hi> : Iunonis <hi rend="i"
                  >AB</hi></note> poma aurea Iuppiter, quae in nuptiis habuit,</l>
            <l>in Iunonis sponsalibus ut pro pulcherrima dote essent.<note place="margin"
                resp="author"> Ioan. Tzetzes Histor. Chiliad.<note type="app" rend="I"> Chiliad. <hi
                    rend="i">em.</hi> : Chilsad <hi rend="i">AB</hi></note> 2</note><note
                place="bottom"> Ioannes Tzetzes, <hi rend="i">Joannis Tzetzae variarum historiarum
                  liber, versibus politicis ab eodem Graecè conscriptus, et Pauli Lacisii Veronensis
                  opera ad verbum latinè conversus</hi> (Basileae: Johann Oporinus, 1546), «<hi
                  rend="i">Ioannis Tzetzae liber historicus</hi>», lib. II, cap. 36 («<hi rend="i"
                  >De Hercule</hi>»), v. 357-359 (1546: 26): ‘Desde las tierras de las Hespérides,
                desde las regiones hiperbóreas, llevó a Juno Júpiter manzanas de oro, el día de sus
                bodas con Juno, para que le sirvieran [a la diosa] de preciosa dote’. La remisión
                marginal de El Lunarejo copia el título repetido en el margen superior del poema
                histórico de Tzetzes, que reza «Ioannis Tzetzae» en las páginas pares e «Histor.
                Chilias. II.» en las impares.</note></l></quote>
          <p>Luego no se desnudara Juno porque la fruta era exquisita, cuando por dote suya había
            tanto que la conocía y poseía. Venus mucho menos, pues si el pomo era un limón, como el
            otro quiere, no había menester certamen o litigio para llevarse lo que notoriamente era
            suyo, como ni Palas se desnudara para llevársela si fuera aceituna. Luego Venus ni por
            esa fruta, ni con ese motivo, hizo el célebre alarde de su hermosura,</p>
          <quote xml:lang="es"><l>la vez que se vistió Paris</l>
            <l>la garnacha de Licurgo,</l>
            <l>cuando Palas, por vellosa,</l>
            <l>y, por zamba, perdió Juno.<note place="margin" resp="author"> Gongora in fabu.
                Pyrami</note><note place="bottom"> Góngora, <hi rend="i">Fábula de Píramo y
                  Tisbe</hi>, v. 77-80 [<ref
                  target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem317#l317.77"
                  >OC317.77-80</ref>].</note>
            </l></quote>
          <p>96. El que fuesen también limones los que entorpecieron la velocidad de Atalanta<note
              place="bottom"> Atalanta, virgen y enemiga de los hombres, anunció que sólo se casaría
              con aquel que pudiera vencerla en una carrera en la que todo pretendiente fracasaba y
              moría por ello a manos suyas. Esta dejaba que sus pretendientes se adelantaran y los
              perseguía, veloz, armada con una lanza, para matarlos cuando los alcanzara. Hipómenes
              fue uno de los pretendientes y el único que no murió en tal carrera: llevaba los pomos
              de oro que le había entregado Afrodita y en el momento crítico, cuando Atalanta iba a
              darle alcance, Hipómenes dejó caer uno tras otro los pomos de oro. Atalanta se paró
              para recogerlos, Hipómenes ganó la carrera, y ambos contrajeron matrimonio. Tal es la
              historia de cómo los limones «entorpecieron la velocidad de Atalanta». Véase Grimal
              1999 (55-56).</note>, también es error contra toda buena mitología y contra toda la
            intención de la moralidad filosófica de la Antigüedad, que fue enseñarnos cuánto puede
            armado de oro el interés contra la honestidad y cómo rinden las dádivas el recato y
            esquivez femenil, cuando a tiros de moneda no hay almena segura en las murallas del
            decoro. Por eso fingieron a Júpiter penetrando la torre y la clausura de Dánae en
            lluvias de oro, como enseñan Lactancio Firmiano<note place="margin" resp="author">
              Lactant. lib. I de falsa doctrina.</note><note place="bottom"> Lactancio (Lucio
              Cecilio Firmiano Lactancio), <hi rend="i">Diuinarum institutionum</hi>, lib. 1 «<hi
                rend="i">De falsa religione</hi>», 11: «<hi rend="i">Danaen violaturus, aureos numos
                largiter in sinum eius infudit</hi>». Entre las abundantes ediciones de la obra de
              Lactancio, véase por ejemplo <hi rend="i">L. Coelii Lactantii Firmiani Opera quae
                extant omnia</hi> (Lugduni Batauorum: ex officina Petri Leffen, 1652) en Lactancio
              1652 <ref
                target="https://books.google.es/books?id=jHdRAAAAcAAJ&amp;hl=fr&amp;pg=PA32#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(32)</ref>.</note>, Catsio<note place="margin" resp="author"> Catsius emb.
              30.</note><note place="bottom"> Jacob Cats, <hi rend="i">Monita amoris virginei siue
                officium puellarum in castis amoribus</hi>, emblema 30, «<hi rend="i">Auro omnia
                pervia</hi>». La alusión es insuficiente para indagar la edición que pudo manejar El
              Lunarejo: consulto la de Amstelredam: Willem Iansz Blaeuw, 1622. Antes de las glosas
              en holandés, latín y francés, leemos la cita siguiente de Cicerón: «<hi rend="i">nihil
                est tam sanctum quod non uiolari, nihil tam munitum quod non expugnari pecunia
                possit</hi>» (1622: 77). La cita original reza: «<hi rend="i">nihil esse…</hi>»
              (Cicerón 1928: 72).</note>, Natal<note place="bottom"> Natale Conti, <hi rend="i"
                >Mythologiae siue Explicationum fabularum libri decem</hi>, lib. 1, cap. 18, «<hi
                rend="i">De Perseo</hi>»: «<hi rend="i">Quod Danae inclusa ita fuerit, et Iupiter in
                aurum versus illam vitiarit, nihil aliud significat, quam largitionibus cuncta
                patere, et ab avaritia nihil esse tutum</hi>» (1568: f. 234v).</note>, y todos<note
              place="margin" resp="author"> August. de Civit. lib. 18. cap.<note type="app" rend="I"
                  >cap.<hi rend="i"> B</hi> : caep <hi rend="i">A</hi></note> 13.<note type="app"
                rend="I">13 <hi rend="i">A</hi> : 18 <hi rend="i">B</hi></note></note><note
              place="bottom"> La remisión marginal a San Agustín se refiere a <hi rend="i">La ciudad
                de Dios</hi>, libro 18, cap. 13: «<hi rend="i">vel Danaes per imbrem aureum
                adpetisse concubitum, ubi intellegitur pudicitia mulieris auro fuisse
              corrupta</hi>», ‘o bien solicitó acostarse con Dánae mediante lluvia de oro, en que se
              entiende que la honestidad de la mujer fue corrompida por el oro’ (1965: 408).</note>.
            Si no es que digamos que la conquistó granizando limones, o a naranjazos, pues es cosa
            ridícula pensar que Atalanta, dama incansable, esquiva, cruel, zahareña, y en negocio
            que le iba no menos que la sujeción conyugal, había de rendirse en la verdad histórica
            con tres limones y no a repetida profusión de escudos y doblones<note place="bottom">Las
              autoridades traídas por Espinosa Medrano alimentan el evemerismo del que hace aquí
              gala, considerando los mitos como disfraces poéticos o alegóricos de «la verdad
              histórica». Como Lactancio, como Cicerón citado por Cats, como Natale Conti y San
              Agustín, El Lunarejo entiende las fábulas de Dánae y de Atalante e Hipómenes como
              disfraces de la conquista de una dama desdeñosa por un pretendiente especialmente
              dadivoso.</note>. Últimamente convencemos a <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>
            <hi rend="i">ad hominem</hi> (como dicen los artistas), reconviniéndole <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f38v.jpg"
              n="f. 38v"/> consigo mismo. Pues después en la estancia 76 se contradice, y en la
            explicación historial de esta fábula se deja los limones y lleva lo que todos, diciendo:
              «<quote xml:lang="es">Es buen remedio de alcanzar damas que huyen por la campaña del
              rigor, echarles<note type="app" rend="I"> echarles <hi rend="i">B</hi> : echarle <hi
                  rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas.</note> palabras de oro
              para detenerlas: y eso parece es lo que descifra la fábula de que se echaron pomos de
              oro a Atalanta, para detenerla en la carrera. Entiéndese esto con las que obedecen a
              las penas del verdadero amor: que a las otras no hay palabras de oro como monedas de
              cobre, porque es de hierro su amor; ya veo lo que dijo la copla por ellas:</quote></p>
          <quote xml:lang="es"><l>Aunque venga Salomón</l>
            <l>disfrazado en un soneto,</l>
            <l>no hallaré mejor conceto,</l>
            <l>que en las letras de un doblón.»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
                  >Lusiadas</hi>, II, Tomo IV, Canto IX, est. 76, col. 219, D [1639_lusiadas] (Faría
                1639b: II (IV), col. 219). Espinosa Medrano introduce una leve variante al anunciar
                la coplilla, pues en el original leemos: «ya veo que lo dijo la copla por
                ellas».</note>
            </l></quote>
          <p>97. En el canto 2 sobre el «<quote xml:lang="la" rend="i">auri sacra
              fames</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, libro III, v.
              57 (2009: 77). En la traducción de Javier de Echave-Sustaeta, el «<hi rend="i">auri
                sacra fames</hi>» es la «maldecida sed de oro» (Virgilio 1992b: 209).</note> del
            poeta, dice que llama «<quote xml:lang="es"><seg xml:lang="la" rend="i">sacra</seg> a la
              hambre o codicia de oro, por <hi rend="i">sacrílega</hi>, y así se ha de entender<note
                type="app" rend="I"> entender <hi rend="i">B</hi> : entendr <hi rend="i">A</hi>
                [Enmienda registrada en la fe de erratas.</note> aquel lugar y no de otra manera. Y
              a este modo el de <seg xml:lang="la" rend="i">Improbus labor</seg>, por trabajo
              grande, aunque sea glorioso: acordándonos que en parte usan aquí estos valientes
              hombres del tropo antífrasis o ironía, que es llamar bueno a lo malo, por un modo de
              darle peor nombre que malo, y malo a lo bueno por encarecer más la
              bondad</quote>»<note place="margin" resp="author"> Estancia 52</note><note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Canto II,
              estancia 52, col. 470, A-B [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 470).</note>.
            ¡Notable vanidad la de este hombre! ¡Rara presunción de gramático! Que podía pasar con
            su interpretación de <hi rend="i">sacrílega</hi> por <hi rend="i">sacra</hi>, y no que
            con aquella arrogantísima decisión, que a prorrumpirla parece que se encaramó a la
            universal cátedra del mundo. Diciendo: «<quote xml:lang="es">Así se ha de entender este
              lugar y no de otra manera</quote>», nos obliga a que veamos si se puede entender de
            otra manera. Dejo que la inteligencia de sacrílego, si es lo mismo aquí que execrable, o
            maldito por sacro, es común y vulgar, que no hemos menester que ahora nos la enseñe
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, pues esa es
            su llana significación, sin que sea necesario<note type="app" rend="I"> necessario <hi
                rend="i">B</hi> : necessaria <hi rend="i">A</hi> [Enmienda registrada en la fe de
              erratas. En el testimonio A, corrección manuscrita: necessario.</note> recurrir a
            antífrasi ni ironía, como enseña Festo<note place="margin" resp="author"> Festus<note
                type="app" rend="I"> Festus <hi rend="i">em.</hi> : Fectus <hi rend="i">A</hi> ||
                Festus 3 <hi rend="i">B</hi></note></note> y como veréis en Jacobo Pontano<note
              place="margin" resp="author"> I. Pontan.<note type="app" rend="I">I. Pontan. <hi
                  rend="i">A</hi> : Pontan <hi rend="i">B</hi></note> in 3 AEneyd.</note> sobre este
              lugar<note place="bottom"> Jacobo Pontano (Jacobus Pontanus), <hi rend="i">Symbolarum
                Libri XVII</hi> (Augustae Vindelicorum: ad insigne pinus, 1599), lib. 8 «<hi
                rend="i">ad tertium Aeneidos</hi>», comentario al verso 57 (Pontanus 1599: col. 994,
              por errata marcada como col. 964): «<hi rend="i">Homo sacer is est, inquit Festus,
                quem populus iudicauit ob maleficium neque fas est eum immolari, sed qui eum
                occidit, parricidii non damnatur. Ex quo quiuis homo malus, atque improbus sacer
                appellari solet</hi>», (‘Es hombre sacro, dice Festo, aquel de quien el pueblo juzgó
              que a causa de su crimen ni siquiera es lícito inmolarlo, aunque quien lo mata no es
              reo de parricido. Por lo que a cualquier hombre malvado e inicuo se le suele llamar
              sacro’).</note>. Sólo le preguntaremos (si sacro es sacrílego) ¿por qué llaman al
            espinazo <hi rend="i">os sacrum</hi>, o <hi rend="i">sacra spina</hi><note
              place="bottom"> La cita siguiente de Isidoro apoya esta afirmación, que de hecho
              proviene de la definición isidoriana de la «<hi rend="i">sacra spina</hi>».</note>? Y,
            ¿por qué a la lepra blanca, o fuego de san Antón, nombran <hi rend="i">ignis
              sacer</hi><note place="bottom"> Esto se encuentra en el <hi rend="i">Tesoro</hi> de
              Covarrubias (1611), en la definición de «erisipula». En su comentario al verso en
              cuestión (Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, lib. III, v. 57), Jacobo Pontano
              menciona ya la acepción médica del «<hi rend="i">sacer morbus</hi>» (Pontanus 1599:
              995).</note>? ¿Cómo no siendo sacrílegos esta peste y aquel hueso se llaman sacros? Y
            si estos se llaman así, dándole otra inteligencia a lo sacro, ¿por qué <hi rend="i"
              >sacra fames</hi> no se dirá por esa inteligencia? Decid lo que quisiereis del fuego
            sacro, llamándole así por pestilente, mortífero y abominable, que no lo habéis de decir
            del espinazo. <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f39r.jpg"
              n="f. 39r"/> Y si sacro se dice por cosa grande, crecida y desmesurada (como quieren
              otros<note place="bottom"> Entre otras fuentes posibles, esta acepción puede provenir
              de Jacobo Pontano (Jacobus Pontanus), <hi rend="i">Symbolarum Libri XVII</hi>, lib. 8
                «<hi rend="i">ad tertium Aeneidos</hi>», comentario al verso 57: «<hi rend="i">Item
                sacrum saepe magnum apud poetas graecos</hi>» (Pontanus 1599: col. 995).</note>):
            ¿por qué no lo será la hambre del oro? Luego de otra manera puede y aun debe entenderse
              «<quote xml:lang="la" rend="i">sacra fames</quote>». Advertid aquí, por si os place
            saberlo, que ese hueso espinal se llamó <hi rend="i">sacro</hi> por ser eso en las
            hostias y sacrificios lo primero que consagraba a sus dioses la gentilidad, como dice
            san Isidoro Hispalense. «<quote xml:lang="la" rend="i">Ideoque, ex hostia id primum a
              gentilibus Diis suis dabatur, unde et sacra spina dicitur»<note place="margin"
                resp="author"> Isidor. aetim. lib. 11. c. 1.</note><note place="bottom"> Isidoro,
                  <hi rend="i">Etimologías</hi>, lib. XI, cap. 1, 96, en la definición de «<hi
                  rend="i">sacra spina</hi>» (Isidoro 1989 y 1599a: <ref
                  target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA209#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  >209</ref>).</note></quote>.</p>
          <p>98. De <hi rend="i">improbus</hi> también dice <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> lo que se le antoja, que allí no hay
            antífrasi ni ironía, porque cuando el poeta dijo: «<quote xml:lang="la" rend="i">Labor
              omnia vincit improbus</quote>»<note place="margin" resp="author"> Virgil.<note
                type="app" rend="I"> Virgil. <hi rend="i">B</hi> : Virg. <hi rend="i">A</hi></note>
              Georg. I</note><note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Geórgicas</hi>, libro 1,
              v. 145-146: «<hi rend="i">labor omnia vicit / improbus</hi>» (1982: 7).</note>, no
            quiso llamar al trabajo glorioso ni ilustre (encareciendo lo bueno con nombre de malo),
            sino trabajo perpetuo, infatigable, instante, porfiado, continuo, importuno, sin
            descanso, con tesón. «<quote xml:lang="la" rend="i">Improbus labor est indefessus,
              continuus, requietis impatiens labor</quote>»<note place="margin" resp="author"> I.
              Pontanus symbolar. in I Georgic.<note type="app" rend="I">Georgic. <hi rend="i">A</hi>
                : Georg. <hi rend="i">B</hi></note></note><note place="bottom"> ‘Trabajo ímprobo,
              esto es, infatigable, continuo, que no sufre descanso’, en Jacobo Pontano (Jacobus
              Pontanus), <hi rend="i">Symbolarum Libri XVII</hi>, lib. 2 «<hi rend="i">ad primum
                Georgicorum</hi>», comentario al verso 145 (Pontanus 1599: col. 267).</note>, dice
            Jacobo Pontano. Insigne lugar el de san Lucas: aquel que a media noche fue a pedir
            prestados tres panes a su amigo, dice el Evangelio que, repelido muchas veces, instaba
            muchas más; en fin tanto le golpeó las puertas, tanto le desasosegó el sueño, tanto le
            rebatió las repulsas, que se levantó a darle<note type="app" rend="I"> darle <hi
                rend="i">B</hi> : derle <hi rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de
              erratas. En el testimonio A, corrección manuscrita darle.</note> los panes, más por su
            importunación que por la correspondencia. «<quote xml:lang="la" rend="i">Et si non dabit
              eo quod amicus eius sit, propter improbitatem tamen eius surget et dabit»<note
                place="margin" resp="author"> Luc. cap. 11.</note><note place="bottom">
                <hi rend="i">Vulgata</hi>, Lucas, cap. 11, v. 8 (<hi rend="i">Vulgata</hi> 1975):
                  «<hi rend="i">et si non dabit illi surgens eo quod amicus eius sit, propter
                  inprobitatem tamen eius surget et dabit illi quotquot habet necessarios</hi>», (‘y
                si no se levanta a darle lo que pide por ser amigo suyo, sin embargo a causa de la
                importunidad se levantará y le dará cuanto el otro necesite’).</note></quote>. He
            ahí <hi rend="i">improbitas</hi>, la instancia, importunidad, tesón y porfía. Dejo
              los<note type="app" rend="I"> los <hi rend="i">em. : om. AB</hi></note> textos
            profanos. Mirad si para <hi rend="i">labor improbus</hi>, trabajo continuo, es menester
            antífrasi ni ironía.</p>
          <p>99. También se metió en escarbar etimologías y dícenos que <hi rend="i">teta</hi> se
            dijo en castellano de <hi rend="i">tita</hi>, cierta letra griega, que parece <hi
              rend="i">teta</hi>, y píntala así ʘ _ ʘ<note place="margin" resp="author"> Cant.<note
                type="app" rend="I"> Cant. <hi rend="i">A</hi> : Can. <hi rend="i">B</hi></note> 9.
              est. 56. col. 157</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, II, Tomo IV, Canto IX, est. 56, col. 157, A: «Sirve aquí lo que dice
              Orozco en su <hi rend="i">Tesoro</hi>, verbo “teta”, pareciéndole con agudeza
              ingeniosa se dijo de <hi rend="i">tita</hi>, letra griega, que se escribe así: ʘ _ ʘ,
              en que se ven pintados los limones con su redondez y pezón, con que se imitan esas
              propias tetas.» [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II (IV), col. 157). En el <hi rend="i"
                >Tesoro</hi> de Covarrubias (Sebastián de Covarrubias Orozco) aparece en efecto la
              etimología que Faría repite.</note>. Sin duda ignoró este hombre cuán mal han salido
            de este negocio de etimologizar cuantos han querido escudriñar los abolengos al
            vocabulario, empresa en que se acometen de contado los peligros y el acierto en
              libranza<note place="bottom"> En la «empresa de etimologizar», los peligros son
              inmediatos, siguiendo la locución «de contado», «al instante» (<hi rend="i"
              >Aut.</hi>), por oposición a los aciertos, postergados por la “libranza” o
              “libramiento”, «la orden que se da por escrito para que el tesorero, administrador o
              mayordomo pague alguna cantidad cierta de dinero» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Ese pagaré
              cobra un cariz incierto por oposición a los errores pagados «de contado»: en «dineros
              contados» (<hi rend="i">Aut.</hi>). El verdadero acierto, consistente en no ponerse en
              la tesitura de etimologizar, juega con un doble sentido de la libranza, que en
              definitiva será «el acto de librar a otro de algún daño, riesgo o peligro» (<hi
                rend="i">Aut</hi>.).</note>. «<quote xml:lang="la" rend="i">Origines verborum qui
              tradunt —dice Juan Grial sobre Isidoro— periculosae tractant plenum opus
              aleae</quote>»<note place="margin" resp="author"> Ioan. Grial sup. aetim. Isid. in
              prologo</note><note place="bottom"> Juan Grial, «<hi rend="i">Ad Etymologiarum
                libros</hi>»: «<hi rend="i">Origines verborum qui tradunt, siue se intra
                grammaticorum fines contineant, siue philosophandi studio latius euagentur, siue
                utrumque (quod S. Isidorus fecit) sequantur; periculosae tractant plenum opus
                aleae</hi>», (‘Los que hacen comercio de los orígenes de las palabras, ya se
              contengan en los límites de la gramática, ya salgan de ellos y vayan a cazar en las
              tierras de la filosofía, ya hagan ambas cosas, como Isidoro, son tratantes en una
              mercancía peligrosa y llena de azares’). La cita se encuentra en la primera parte de
              la edición regia de Isidoro, <hi rend="i">Diui Isidori Hispal. Episcopi opera</hi>
              (Madriti: ex typographia regia, 1599), véase el prólogo a las <hi rend="i"
                >Etimologías</hi> en Isidoro 1599a (f. ¶¶2r). Es posible que la metáfora comercial
              del contado y la libranza provenga de estas líneas de Juan Grial.</note>. Díganlo
            Platón, Servio, Varrón, y otros muchos antiguos como modernos, que no son bien vistos en
            esta disciplina. Esta de nuestro <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> se parece a aquella gentil
              porrada<note place="bottom">Necedad, disparate, bobería (<hi rend="i"
              >Aut</hi>.).</note> que dio la <hi rend="i">Glosa de las Decretales in</hi> 6<note
              place="margin" resp="author"> Gloss. in cap. fundamenta de elect. et electi<note
                type="app" rend="I">electi <hi rend="i">A</hi> : elect. <hi rend="i">B</hi></note>
              pot. in 6.</note>, que averiguándole la etimología a Roma, dijo que quería decir
            “roedora de manos”: «<quote xml:lang="la" rend="i">Roma quasi rodat manus</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Vide Barbos.<note type="app" rend="I">Barbos. <hi
                  rend="i">B</hi> : Barbos <hi rend="i">A</hi></note> ibid. num 17</note><note
              place="bottom"> Augustino Barbosa, <hi rend="i">Collectanea doctorum tam veterum quam
                recentiorum in ius pontificium universum, Tomus quartus</hi> […], Lugduni: sumptibus
              Laurentii Durand, 1637, libro I, <hi rend="i">In proemium libri VI Decretalium</hi>,
              título VI «<hi rend="i">De electione et electi potestate</hi>», cap. 17 «<hi rend="i"
                >Fundamenta</hi>», § 17, p. 50. Espinosa Medrano ofrece dos remisiones marginales
              sucesivas que concuerdan con este lugar del libro de Barbosa.</note>.</p>
          <p>100. Riose del disparate aquel varón doctísimo, fray Juan de <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f39v.jpg"
              n="f. 39v"/> Pineda, el franciscano, y con el desahogo que suelen los hombres de su
            tamaño burlarse de estas gracias<note place="margin" resp="author"> Alph. de Mendoça
              quaest. 4 schol. § 1</note><note place="bottom"> La remisión marginal de Espinosa
              Medrano no se refiere a cita alguna en el texto, pero puede completar la alusión sobre
              el desahogo con que los hombres grandes hacen burlas y juegos de palabras. En efecto,
              en las <hi rend="i">Quaestiones quodlibeticae et relectio theologica de Christi regno
                ac dominio</hi> (Salamanticae: ex typographia Michaelis Serrani de Vargas, 1588), en
              la <hi rend="i">quaestio</hi> a la que remite El Lunarejo, Alfonso de Mendoza explica,
              en un claro sentido contrarreformista, el triple fundamento del pontificado. El
              primero de los tres fundamentos es la potestad universal del apóstol Pedro, nombrado
              pastor de la Iglesia por Cristo: «<hi rend="i">tu es Petrus et super hanc petram
                aedificabo ecclesiam meam</hi>». Véase <hi rend="i">Vulgata</hi>, Mateo, cap. 16,
              vers. 18, ‘tú eres Pedro y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia’ (<hi rend="i"
                >Vulgata</hi> 1975). Con la «gracia» que El Lunarejo encuentra en las etimologías,
              aunque sin burla ni sorna, Alfonso de Mendoza glosa este versículo a partir de la
              etimología del nombre Pedro, en lo que le parece casi un juego de palabras: «<hi
                rend="i">et quasi vocabulo ludens diceret “Tu es Petrus”, idest “Tu habes nomen
                deductus a petra”</hi>». Véase Alfonso de Mendoza, <hi rend="i">Quaestiones
                quodlibeticae</hi>, «quaestio quarta scholastica», § 1 (1588: 296).</note>, añade
            otra diciendo: Roma quiere decir «<quote xml:lang="es">roedora de manos, y si dijera
              roedora de queso, pensáramos que era de casta de ratones</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Pined. in Monarch. Eccles. tom. I. lib. 2 cap. 17 § 2</note><note
              place="bottom"> Fray Juan de Pineda, <hi rend="i">Los ocho libros de la primera parte
                de la Monarchia Eclesiastica</hi>, Zaragoza: imprenta de Grabiel Dixar, 1576, lib.
              I, cap. 17, § 2, <ref
                target="https://books.google.es/books?id=oQFmAAAAcAAJ&amp;hl=es&amp;pg=PA262#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >col. 260</ref>.</note>. Lo cierto es que este queso se hizo de aquellas tetas
            griegas que ordeñó <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName>, pues ni él ni quien se lo enseñó supieron lo que se mamaban. Dejo
            el que aquella figura que dibuja más parece de antojos quebrados que de femeniles
              pechos<note place="bottom">Para Espinosa Medrano, las tetas (letras griegas de este
              nombre) que dibuja Faría se parecen más a unas gafas rotas («antojos quebrados») que a
              unos «femeniles pechos».</note>.</p>
          <p>101. Todo lo ingenioso de esta etimología consiste en que dice que <hi rend="i"
              >teta</hi> es una letra, que lo parece por ser como una ʘ, en cuya mitad puesto un
            punto representa el pezón en medio del pecho. Pero consultad a Clenardo<note
              place="margin" resp="author"> Clenardus<note type="app" rend="I">Clenardus <hi
                  rend="i">A</hi> : Clenard. <hi rend="i">B</hi></note> institut.</note><note
              place="bottom"> Nicolaus Clenardus, <hi rend="i">Institutiones absolutissimae in
                linguam graecam</hi> (Parisiis: ex officina Thomae Brumennii, 1563), «<hi rend="i"
                >Graecorum literae</hi>» (1563: f. 2r). De las tres grafías que da Clenardo para la
              letra theta («thita»), El Lunarejo apunta dos de ellas en su nota marginal; la tercera
              corresponde a la forma «larga y angosta» que rechaza.</note> y a cuantos alfabetos
            griegos hay, y veréis que la <hi rend="i">tita</hi> si es mayúscula y circular (porque
            dejemos las minúsculas, que son largas y angostas, y sin la figura que <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> pinta) no tiene<note
              type="app" rend="I"> no tiene <hi rend="i">em.</hi> : No tienen <hi rend="i"
              >AB</hi></note> tal pezón, ni tal punto, sino atravesada en diámetro una línea Θ<note
              place="margin" resp="author"> Θ θ</note>, y fue tan célebre este rasgo, saeta o
            flechilla que divide el círculo, que los jueces para condenar a muerte señalaban el
            nombre del reo con esta letra, que en aquel dardo denotaba la muerte, de donde se llamó
              carácter<note type="app" rend="I"> caracter <hi rend="i">A</hi> : carracter <hi
                rend="i">B</hi></note> infeliz, letra infausta como dijo aquel versillo:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>O multum ante alias infoelix littera Theta.<note
                place="bottom"> Isidoro, <hi rend="i">Etimologías</hi>, lib. I, cap. 3, 8: «<hi
                  rend="i">Secunda Θ, quae mortem [significat]. Nam iudices eandem litteram Θ
                  adponebant ad eorum nomina, quos supplicio afficiebant. Et dicitur Theta ἀπὸ τοῦ
                  θανάτου, id est a morte. Vnde et habet per medium telum, id est mortis signum. De
                  qua quidam: “O multum ante alias infelix littera theta</hi>”.» (Isidoro 1989).
                Véase también Isidoro 1599a <ref
                  target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA2#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  >(2)</ref>. En la traducción de José Oroz Reta y Manuel-A. Marcos Casquero: «La
                segunda, la Θ, que significa la muerte. En efecto, los jueces colocaban el signo Θ
                delante de los nombres de los condenados a muerte. Se la llama <hi rend="i"
                  >zeta</hi> [theta], por derivar de <hi rend="i">thanatos</hi>, esto es, muerte. De
                aquí también el que presente en la mitad una cuchillada, es decir, una señal de
                muerte. Alguien dijo de ella: “¡Oh, letra zeta, la más desdichada de todas!”»
                (Isidoro 2004: 271).</note></l>
          </quote>
          <p>102. Así mismo en los padronos o matrículas de milicia, se usaba de las dos letras Tau
            y Tita. Los soldados vivos denotábanse con la T o Tau, signo de vida, los que
              habían<note type="app" rend="I"> auiã <hi rend="i">A</hi> : avia <hi rend="i"
              >B</hi></note> muerto en la batalla los indicaba la Θ, que es la thita, porque aquella
            línea o lanza (así la llama san Isidoro) que atraviesa el círculo era símbolo de muerte:
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Θ vero ad uniuscuiusque defuncti nomen apponebatur,
              unde habet per medium telum, idest, mortis signum</quote>»<note place="bottom">
              Isidoro, <hi rend="i">Etimologías</hi>, lib. I, cap. 24, 1: «<hi rend="i">In
                breuiculis quoque, quibus militum nomina continebantur, propria nota erat apud
                ueteres, qua inspiceretur quanti ex militibus superessent quanti que in bello
                cecidissent. Τ Tau nota in capite uersiculi posita superstitem designabat; Θ Theta
                uero ad uniuscuiusque defuncti nomen apponebatur. Vnde et habet per medium telum, id
                est mortis signum. De qua Persius ait: “Et potis est nigrum uitio praefigere
                theta</hi>.”» (Isidoro 1989). Véase también Isidoro 1599a <ref
                target="https://books.google.es/books?id=YVa0CooumxsC&amp;vq=Hyperbaton%20transcensio%2C%20cum%20verbum%20aut%20sententia%20ordine&amp;hl=fr&amp;pg=PA16#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(16)</ref>. En la traducción de José Oroz Reta y Manuel-A. Marcos Casquero:
              «También en los registros en que nuestros antepasados escribían los nombres de los
              soldados se utilizaban unas siglas particulares por las que se hacía el recuento de
              cuántos eran los soldados supervivientes y cuántos los caídos en la lucha. Una T, tau,
              delante del nombre indicaba que era un superviviente; una Θ, zeta [theta], en cambio,
              era lo que se colocaba junto al nombre del caído. De ahí que esta letra presente en su
              mitad una cuchillada, es decir, una señal de muerte. De ella dice Persio (4, 13): “Y
              puedes una negra zeta anteponerle al vicio”» (Isidoro 2004: 271).</note>. De donde se
            ocasionó el temerse tanto la marca letal de ese carácter. Y así cantó Persio:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Et potis est nigrum vitio praefigere theta.<note
                place="margin" resp="author"> Persius<note type="app" rend="I">Persius <hi rend="i"
                    >A</hi> : Persiu† <hi rend="i">B</hi></note> saty. 4</note></l><note
              place="bottom">Persio, <hi rend="i">Sátiras</hi>, IV, v. 10: «et potis es nigrum vitio
              praefigere theta» (2004: 88). Véase la traducción en la nota anterior.</note></quote>
          <p>Y Marcial:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Nosti mortiferum quaestoris, Castrice, signum?</l>
            <l>Est operae pretium discere theta nouum.<note place="margin" resp="author"> Martial.
                lib. 7 epigr.<note type="app" rend="I">epigr. <hi rend="i">A</hi> : epig. <hi
                    rend="i">B</hi></note> 36.</note><note place="bottom"> Marcial, <hi rend="i"
                  >Epigramas</hi>, lib. VII, 37, v. 1-2 (Marcial 1990: 223): «¿Conoces, Cástrico, la
                señal mortífera del cuestor? / Merece la pena aprender la nueva señal de muerte»
                (traducción de A. Ramírez de Verger en Marcial 2001b: 25).</note></l></quote>
          <p>Mirad ahora qué diferencia hay de lanza a pezón, de línea a punto, de centro a
            diámetro, pues toda esa distancia va del dicho de <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> a la verdad. Fue falso acomodar el
            punto en medio de la O, para figurar<note type="app" rend="I"> figurar<hi rend="i">
                A</hi> : figura <hi rend="i">B</hi></note> la teta, pues si <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> formara esa letra como
            debía, el rasgo no le dejara aplaudir desvaríos ajenos<note place="bottom"> Recordemos
              que Faría citaba la etimología (<hi rend="sc">theta</hi>&gt;teta) que traía en su <hi
                rend="i">Tesoro</hi> Sebastián de Covarrubias: tales son los «desvaríos ajenos» que
              el portugués aplaude.</note> cuando más parece cuchillada que pezón. <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f40r.jpg"
              n="f. 40r"/></p>
          <p>103. Olvidábasenos lo mejor («<quote xml:lang="es">si ya no fue misterioso el
                olvido»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I,
                  <hi rend="i">Juicio del poema</hi>, § 24, col. 87, D [1639_lusiadas] (Faría 1639a:
                I, col. 87). Espinosa Medrano se burla de Faría con un pastiche, repitiendo sus
                palabras, después de dedicar sección y media del <hi rend="i">Apologético</hi> a
                desacreditarle exponiendo sus errores y magnificándolos, como cuando le rebate
                incluso «desvaríos » que le son «ajenos».</note>) olvidábasenos el que <persName
                type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, idolatra de su
              Camões, tanto quiso ensalzarle<note type="app" rend="I"> ensalçarle <hi rend="i"
                  >B</hi> : en alçarle <hi rend="i">A</hi></note> sobre nuestra humanidad que
              comparó sus versos con las <title>Sagradas Escrituras</title>, y le aclamó iluminado
              de toda la soberana<note type="app" rend="I"> soberana <hi rend="i">A</hi>: soberano
                  <hi rend="i">B</hi></note> asistencia del Espíritu santo. Los divinos oráculos,
              como los autorizan razones que prorrumpió el entendimiento inefable del Altísimo,
              tienen tal inteligibilidad en sus sacramentos que cada cláusula, cada ápice<note
                type="app" rend="I"> apice <hi rend="i">A</hi> : à pice <hi rend="i">B</hi></note>
              es perenne manantial de varios sentidos, inteligencias<note type="app" rend="I">
                inteligencias <hi rend="i">A</hi> : intelligencias <hi rend="i">B</hi></note> y
              misterios. Y como los asegura la infalibilidad<note type="app" rend="I"> infalibilidad
                  <hi rend="i">A</hi> : infallibilidad <hi rend="i">B</hi></note> de una verdad por
              esencia, no solo no pueden contradecirse, pero unos lugares a otros, por maravillosa
              conexión que guardan, se ayudan a la interpretación y corroboran<note type="app"
                rend="I"> corroboran <hi rend="i">A</hi> : coroboran <hi rend="i">B</hi></note>
              mutuamente su inteligencia, cansando a innumerables ingenios, que hubiera, con darles
              a cada luz, nuevos misterios que sondar, nuevos arcanos que especular. «<quote
                xml:lang="es">Así pues en este poema —dice Faría por la <hi rend="i">Lusiada</hi>—
                se ve tanto de esto, que me persuado a que Luis de Camões arrebatado todo de un
                divino espíritu procuró imitar aquella admirable Escritura con esta. Y que, si se
                puede decir de algún modo que hay alguna parecida a ella en esto, es esta solamente,
                porque siendo tan suave y fácil de estilo, esa fácil y suave claridad contiene
                profundo entendimiento, y para lo que esa profundidad nos hace difícil, apenas hay
                lugar en este poema para embarazarnos el entendimiento, que en el mismo no hallemos
                otros que nos le allanen, sembrados para eso con providencia más que
                humana</quote>»<note place="margin" resp="author"> Juicio del Poema num.
                24</note><note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo
                I, <hi rend="i">Juicio del poema</hi>, § 24, col. 88, D-E [1639_lusiadas] (Faría
                1639a: I, col. 88). Una leve variante introduce El Lunarejo respecto al original,
                que reza: «imitar a aquella admirable <hi rend="i">Escritura</hi>».</note>. Parécele
              a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> que en
              esto ha dicho para elogio de su poeta una cosa grande y le parece bien, porque para
              necedad, esta es de buen tamaño. ¿Qué quiso decir este hombre? ¿Qué es lo que<note
                type="app" rend="I"> que <hi rend="i">B</hi> : qua <hi rend="i">A</hi></note> suenan
              aquellas palabras: «<quote xml:lang="es">Este rarísimo poeta fue
                singularmente</quote><note type="app" rend="I"> singularmente <hi rend="i">B</hi> :
                singularmenʇe <hi rend="i">A</hi> [La errata del testimonio A consiste en la
                inversión de la t.</note> asistido de espíritu divino</quote>»<note place="bottom">
              Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Juicio del
                poema</hi>, § 24, col. 88, C [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 88).</note>? ¿Qué
            asistencia es esta? Esta, ¿qué singularidad? Si entiende que el espíritu de Dios asistió
            cooperando a los versos con el poeta, no es elogio, pues siendo causa primera ese
            espíritu de todo efecto <hi rend="i">ad extra</hi>, como las demás personas, con el
            concurso general también influye con el jumento al rebuzno, como con el poeta al soneto.
            Si piensa que asiste ese espíritu porque él es el soberano piélago de las gracias y el
            dador liberalísimo de los dones <hi rend="i">gratis datos</hi> y así reparte las artes,
            habilidades y ciencias a quien y como es servido, también es cierto, pero de ninguna
            singular excelencia como él quiere, pues también los sastres, carpinteros, bordadores y
            otros artífices mecánicos son asistidos del <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f40v.jpg"
              n="f. 40v"/> mismo espíritu, si asistirles es darles aquel don por hábito o
            infundirseles por inspiración. Como sucedió con Beseleel, a quien en el
              <title>Éxodo</title> se le concedieron<note type="app" rend="I"> concedieron <hi
                rend="i">A</hi> : considieron <hi rend="i">B</hi></note> esas facultades mecánicas
            para la fábrica del tabernáculo de Dios: «<quote xml:lang="la" rend="i">Et impleui eum
              spiritu Dei sapientia, intelligentia et scientia in omni opere ad excogitandum fabre
              quicquid fieri<note type="app" rend="I"> fabre quicquid fieri <hi rend="i">A</hi> :
                quidquid fabrefieri <hi rend="i">B</hi></note> poterit ex auro et
              argento</quote>»<note place="margin" resp="author"> Exod. c. 31</note><note
              place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Éxodo (trad. de San Jerónimo), XXXI, v. 3 (<hi rend="i"
                >Vulgata</hi> 1975): «<hi rend="i">et impleui eum spiritu Dei sapientia,
                intelligentia et scientia in omni opere ad excogitandum fabre quicquid fieri potest
                ex auro et argento et aere</hi>», (‘y lo llené con el espíritu de Dios de sabiduría
              e inteligencia y ciencia en toda obra para concebir artificiosamente cualquier cosa
              que pueda hacerse con oro y plata y bronce’).</note>, etc. Donde la pericia del
            edificar, el tejer, etc., son del espíritu de Dios, por ser dones suyos al hombre para
            su uso concedidos, como dice Teodoreto<note place="margin" resp="author"> Theodoret.
                <note type="app" rend="I">Theodoret. <hi rend="i">em.</hi> : Theoret. <hi rend="i"
                  >A</hi> || Thodoret. <hi rend="i">B</hi></note> q. in Exodum.</note><note
              place="bottom"> Teodoreto de Ciro, <hi rend="i">Opera, De selectis scripturae sacrae
                quaestionibus ambiguis</hi>, «<hi rend="i">in Exodum</hi>», quaestio 71: «71. <quote
                xml:lang="la" rend="i">Quod gratiae donum consecuti sunt socii Beseleel? Donum
                peritiae aedificandi. Quaedam enim est industria texendi, alia colendi agros, alia
                medendi. Unaquaeque tamen harum donum Dei est, ad usum hominum concessum</quote>»
              (‘¿Qué don de la gracia han conseguido los compañeros de Beseleel? El don de la
              pericia en construir. Porque hay una destreza en el tejer, otra en cultivar los
              campos, otra en curar. Cada una de ellas sin embargo es un don de Dios, concedido para
              el provecho del hombre’). Véase por ejemplo el primero tomo de los <hi rend="i"
                >Opera</hi> (Coloniae Agrippinae: apud Ioannem Birckmannum, 1573), en Teodoreto de
              Ciro (1573: 40).</note> y Hugo Cardenal: «<quote xml:lang="la" rend="i">Spiritu Dei,
              per quem mechanica fiunt</quote>»<note place="margin" resp="author"> Hugo Card. in
              cap. 31 Exodi.</note><note place="bottom"> Hugues de Saint-Cher, <hi rend="i">Opera
                omnia</hi>, tomo primero (Venetiis: apud Sessas, 1600), liber Exodi, cap. XXXI,
              expositio cap. XXXI (1600: f. 97v): ‘el espíritu de Dios, por el que las artes
              mecánicas existen’.</note>. Y así en esta acepción también Góngora escribió por ese y
            con ese espíritu, y todos los poetas, no solo católicos pero paganos, como Virgilio,
            Homero, Ovidio, y cuantos de Dios participaron el don poético. Pudo contentarse
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> con decir
            que de ese participó su Camões más que todos, pues bastaba para fundar en ese exceso la
            singularidad que pretende, mas no la constituyó sino en que el poema de Camões se parece
            a las Escrituras en lo misterioso y profundo. Y como la <title>Escritura</title> (que no
            es menos que la Ley, Profecía y Evangelio) tuvo autores que asistidos del Espíritu Santo
            prorrumpieron sus cláusulas de dictamen soberano<note place="bottom"> Aquí, como en el
              párrafo siguiente, el «dictamen soberano» recuerda al verso segundo del <hi rend="i"
                >Panegírico al duque de Lerma</hi> de Góngora: «Si arrebatado merecí algún día / tu
              dictamen, Euterpe, soberano» [<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem313#l313.1"
                >OC313.1-2</ref>], como lo indica Blanco 2010 (211).</note> impelidos, pareciole a
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> que no
            saldría la <title>Lusiada</title> parecida a las <title>Escrituras</title> en lo
            misterioso si no era uno el divino espíritu que dictaba las <title>Escrituras</title> y
            la <title>Lusiada</title>, inspirando a Camões y a David un mismo numen<note
              place="bottom"> Sobre este párrafo y la argumentación que se prolonga en el siguiente,
              Ruiz Soto 2016 (40-47)</note>.</p>
          <p>104. Ilustre y famosísimo poeta fue Ovidio Nasón, y por menor desatino que el de
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> fueron
            ajusticiados en Francia los herejes parisienses con su maestro Guilielmo
              Pictaviense<note place="bottom"> Sobre esta herejía parisina panteísta y el maestro
              Guillermo de Poitou, discípulo del heresiarca Amaury de Chartres, véase la <hi
                rend="i">Historia de los heterodoxos españoles</hi> de Menéndez y Pelayo, libro III,
              § 5 (2003: 440-447).</note>, pues entre otros errores ocasionó su condenación el decir
            que así hablaba Dios por boca de Ovidio como por boca de Augustino: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Dicebant non aliter esse corpus Christi in pane altaris quam in
              alio pane et in<note type="app" rend="I"> in <hi rend="i">A</hi> : ln <hi rend="i"
                  >B</hi></note> qualibet re, sicque Deum loquutum fuisse in Ouidio, sicut in
              Augustino</quote>»<note place="margin" resp="author"> Caessar. Heisterbac.<note
                type="app" rend="I">Caessar. Heisterbac. <hi rend="i">A</hi> : Cesar. Heisterb. <hi
                  rend="i">B</hi></note> dialo. Mirac. de Daemonibus lib. 5 cap. 22.</note><note
              place="bottom"> Cesáreo de Heisterbach, <hi rend="i">Dialogus miraculorum</hi>, «<hi
                rend="i">distinctio quinta de daemonibus</hi>», cap. 22 «<hi rend="i">De haereticis
                Parisiis exustis</hi>» (1851: 304).</note>, etc., como refiere el venerando y
            doctísimo varón Cesario Heisterbaccense. Pues si por la diversidad que hay entre un
            doctor de la Iglesia y un poeta de la gentilidad fue habido por error abominable el dar
            un mismo dictamen soberano entre las obras de Augustino y los versos de Ovidio, ¿cuánto
            más yerra<note type="app" rend="I"> yerra <hi rend="i">A</hi> : yera <hi rend="i"
              >B</hi></note>
            <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, habiendo
            mayor distancia entre la <title>Lusiada</title><note type="app" rend="I"> Lusiada <hi
                rend="i">A</hi> : Luciada <hi rend="i">B</hi></note> de Camões y el
              <title>Evangelio</title> de San Juan<note place="bottom"> El argumento postula que hay
              más distancia entre Camões y los Evangelios que entre Ovidio y san Agustín, aunque
              Camões sea cristiano y Ovidio pagano. Al no ser san Agustín, pese a su autoridad de
              sabio y de santo, un autor divinamente inspirado como los evangelistas, Ovidio se
              acerca más a su pluma santificada, pues ambos son escritores humanos, que la pluma
              humana de Camões respecto a la divina del Evangelio, directamente dictado por el
              Espíritu Santo. Véase también el párrafo siguiente, § 105. En consecuencia, Faría es
              más insolente e irreverente que los herejes, que sin embargo fueron ajusticiados por
              su osadía.</note>? Ni entiende, ni conoce las <title>Escrituras</title> quien con
            profanas poesías las parea. ¿Qué saben de los meridianos rayos del <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f41r.jpg"
              n="f. 41r"/> cénit los nocturnos ojos del fúnebre lechuzo? El que solo supo
            deslumbrarse al tizón fumigante de una octava rima, hecho a especular crepúsculos, así
            juzga que son todos los esplendores que no ha visto<note place="bottom">Faría es aquí
              lechuza, traída generalmente como figura del conocimiento por su capacidad de ver en
              la oscuridad, pero dedicada en este caso, según reza la hermosa paronomasia de El
              Lunarejo, a «especular crepúsculos»: su aguda vista se invierte aquí en incapacidad de
              ver la luz, al «deslumbrarse» sus «nocturnos ojos». Tras el Faría crítico, «ferino» y
              canino, y el Faría poeta, gallina clueca (véase IX, § 75; también «ansar palustre» en
              X, § 111), el Faría escriturista es «fúnebre lechuzo», enceguecido por la luz de las
                <hi rend="i">Escrituras</hi>.</note>. ¿Quién fue tan bárbaro que osase a hombrear el
            sol con la tiniebla, la verdad con la mentira, la divinidad con la criatura, el trueno
            evangélico con el pífaro militar, la pluma del Espíritu Santo con los borrones de un
            mortal, en quien son barro el origen, pecado la herencia, mentira la naturaleza,
            ignorancia el caudal, desaciertos la inclinación y vanidad su ser todo? No hay que decir
            que no fue propia ni rigorosa la comparación, porque no dijo que la
              <title>Lusiada</title> se parecía a las <title>Escrituras</title> en que esta y
            aquella eran escritas o eran palabras, o convenían en tener versos o en ser libros de
            caracteres y papel compuestos, porque en solo eso puede haber conformidad y analogía
            entre ellas. Pero en los misterios fue la comparación. En la profundidad de sus sentidos
            y en la inspiración de sus sacramentos puso el paragón de su similitud. Y lo peor es que
            poco antes había dicho que se parecía Camões a Homero y a Virgilio «<quote xml:lang="es"
              >en lo misterioso que se encierra en toda esa perfección</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Ibidem num.<note type="app" rend="I">Ibidem num. <hi rend="i">B</hi> :
                Ibid. nu. <hi rend="i">A</hi></note> 24</note><note place="bottom"> Manuel de Faría,
                <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Juicio del poema</hi>, § 24,
              col. 87, E: «Homero y Virgilio, en invención, estilo, y locuciones y adornos, son
              admirables, pero todo eso es nada en respeto de lo misterioso que se encierra en toda
              esa perfección. Porque por la mayor parte contienen profundísima enseñanza, y esto es
              tan raro en el mundo que solos estos dos varones lo consiguieron enteramente y con
              ellos Luis de Camões» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 87).</note>. Con que si
            Camões se parece en los mismos misterios por una parte a Virgilio y a Homero, y por otra
            a la divina <title>Escritura</title>, la consecuencia es que las
              <title>Escrituras</title> en lo misterioso se parecen a Virgilio y a Homero, que es
            otra pajarada<note place="bottom">La pajarotada, que El Lunarejo escribe «pajarada» de
              manera inusual, es el infundio (María Moliner 2008). Consecuentemente con la
              asimilación del Faría escriturista a un «fúnebre lechuzo», la «pajarada» aquí expuesta
              será una nueva necedad del portugués, que en la sección III, § 8, quedaba descrito
              como “ingenio pajarero”.</note>. Colígese precisamente de aquel axioma dialéctico:
              «<hi rend="i">quae sunt eadem uni tertio</hi>»<note place="bottom"> El axioma es el
              siguiente: «<hi rend="i">Quae sunt eadem uni tertio sunt eadem inter se</hi>».
              Ejemplificado con una estatua o imagen de César se encuentra, por ejemplo, en los <hi
                rend="i">Commentarii in primam partem Summae s. Thomae</hi> (Panormi: ex typographia
              eiusdem Collegii Panormitani) de Giuseppe Agostini 1639 (532).</note>. Pues si dos
            estatuas del César se parecen al César, sin duda se parecen entre sí. Luego si la
              <title>Escritura</title> y la <title>Eneida</title> se parecen a la
              <title>Lusiada</title> (porque esta se parece a ellas en lo misterioso), asemejarse
            han entre sí en eso mismo la <title>Eneida</title> y la <title>Escritura</title>,
              <persName type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> y <persName
              type="authority" key="Ezequiel, profeta">Ezequiel</persName>, <persName
              type="authority" key="Homero">Homero</persName> y <persName type="authority"
              key="san Mateo">San Mateo</persName>.</p>
          <p>105. ¡Oh ignorancia atrevida, que osaste a equiparar con los sagrados oráculos lo mismo
            que asemejaste a las profanidades gentílicas! Son las <title>Escrituras</title> emporio
            de la verdad increada, sonido del verbo mental, que prorrumpió el entendimiento de Dios,
            corazón del mismo Cristo<note place="margin" resp="author"> S. Thom. in Psal.<note
                type="app" rend="I"> Psal. <hi rend="i">A</hi> : Ps. <hi rend="i">B</hi></note>
              21</note><note place="bottom"> Tomás de Aquino, <hi rend="i">In psalmos
                reportatio</hi>, salmo 21, sección 11 (1863: 221): «<hi rend="i">Vel per cor Christi
                intelligitur sacra Scriptura, quae manifestat cor Christi</hi>», (‘o por el corazón
              de Cristo se entiende la sagrada Escritura, porque pone de manifiesto el corazón de
              Cristo’).</note>, abismo de la Sabiduría, volcán del Espíritu Santo, alma de la
            Iglesia, hipoteca de la infalibilidad divina, epístolas soberanas del comercio entre
            Dios y los hombres<note place="margin" resp="author"> S. Gregor.<note type="app"
                rend="I"> Gregor.<hi rend="i"> B</hi> : Pregor <hi rend="i">A</hi> [Enmienda
                recogida en la fe de erratas, que sin embargo trae «Bregor» en lugar de
                «Pregor».</note> M. lib. 4 ep. 84.<note type="app" rend="I">84. <hi rend="i"
                >B</hi> : 840 <hi rend="i">A</hi></note></note><note place="bottom"> San Gregorio
              Magno, <hi rend="i">Registrum epistularum</hi>, lib. 5, epístola 46 (1982: l. 37):
                «<hi rend="i">Quid autem est scriptura sacra nisi quaedam epistula omnipotentis Dei
                ad creaturam suam</hi>?», (‘¿Qué otra cosa es la Sagrada Escritura si no una a modo
              de carta del Dios omnipotente a su criatura?’). Espinosa Medrano remite a la epístola
              84 del libro 4 de San Gregorio, por lo que la remisión podría corresponder, por
              ejemplo, al segundo volumen de la edición de 1542 de las obras del santo papa (s. l.:
              apud Hugonem et Haeredes Aemonis a porta), en que leemos la cita en cuestión en el
                «<hi rend="i">caput LXXXIIII</hi>» del «<hi rend="i">liber quartus</hi>» del <hi
                rend="i">Epistolarum ex registro Diui Gregorii</hi> (1542: f. 183r).</note>, y hoy
            se ven comparadas no solo a las poesías de Camões, sino a las de Virgilio y Homero. Aquí
            pudiera exclamar el apóstol: «<quote xml:lang="la" rend="i">Quae societas luci ad
              tenebras? Quae autem conventio Christi ad Belial? Qui autem consensus templo Dei cum
              idolis?</quote>»<note place="margin" resp="author"> Corint.<note type="app" rend="I"
                >Corint. <hi rend="i">em.</hi> : Borith <hi rend="i">A</hi> || Borioh <hi rend="i"
                  >B</hi></note> 2. cap. 6</note><note place="bottom">
              <hi rend="i">Vulgata</hi>, Corintios, II, cap. 6, v. 14-16 (<hi rend="i">Vulgata</hi>
              1975): «<hi rend="i">quae societas luci ad tenebras / quae autem conventio Christi ad
                Belial aut quae pars fideli cum infidele / qui autem consensus templo Dei cum
                idolis</hi>?», (‘¿Qué tiene que hacer la luz con las tinieblas? ¿ Qué convenio entre
              Cristo y Belial, o qué participación el fiel con el infiel? ¿Qué clase de tolerancia
              en el templo de Dios con los ídolos?’).</note>.<pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f41v.jpg"
              n="f. 41v"/></p>
          <p>106. Por aquellas ranas de Egipto, plaga inmunda de la gitana<note place="bottom">
              «Gitana» por “egiptana” (María Moliner 2008), procedente de Egipto.</note>
            obstinación, significó el Espíritu Santo a los poetas del siglo y metrificadores
            profanos, por ser ese vulgo asqueroso de los charcos, esa ruidosa y verdinegra progenie
            del cieno, símbolo del coro poético (dice Ruperto Abad) cuyas voces roncas embaucaron en
            los teatros al mundo, cambiando con el estrépito el aplauso de las gentes: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Qui iustius comparantur foeditati ranarum quam poetae
              perstrepentes in theatris ridicula figmenta fabularum?</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> S.<note type="app" rend="I">S. <hi rend="i">A</hi> : † <hi rend="i"
                  >B</hi></note> Rupert. in Exod. lib. 1 cap. 32.</note><note place="bottom">
              Ruperto de Deutz, <hi rend="i">De sancta trinitate et operibus eius</hi>, lib. 10, In
              Exodum (1972: 623). Véanse, para la remisión marginal de Espinosa Medrano, los <hi
                rend="i">Ruperti abbatis tuitiensis theologi libri XLII</hi> (Lovanii: expensis
              viudae Arnoldi Birckmanni, 1551), Ruperto de Deutz 1551 (f. 115v).</note>. Verdad que
            aun contra sí confesó Aristófanes, cuando introdujo a Baco ir<note place="bottom">Este
              giro es latinismo, por imitación de la proposición infinitiva.</note> al infierno al
            examen de los mejores poetas que tuvo Grecia, donde Carón le prometió un coro de ranas
            que le cantasen como cisnes:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Bach. Quos cantus, obsecro?</l>
            <l>Cha. Ranarum, velut olorum.<note place="margin" resp="author"> Aristophanes in
                Ranis</note><note place="bottom"> Aristófanes, <hi rend="i">Las ranas</hi> (<hi
                  rend="i">Ranae</hi>), versión latina de Nicodemus Frischlin (Nicodemi Frischlini),
                acto I, escena IV. Véase <hi rend="i">Nicodemi Frischlini Aristophanes Veteris
                  Comoediæ Princeps</hi>, Francoforti ad Moenum: excudebat Ioannes Spies, 1586 (f.
                245r).</note></l></quote>
          <p>Y apenas la mohosa barca esgrimió el remo en las perezosas ondas del lago Estigio,
            cuando comenzó a saludarle el disonante número de ruiseñores de cuatro pies en verso y
            números poéticos<note place="bottom"> Espinosa Medrano hace gala aquí de su ingenio
              burlesco: el «disonante número de ruiseñores» copia el «disonante número de almejas»
              de la gongorina <hi rend="i">Fábula de Polifemo y Galatea</hi> (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem255#l255.381"
                >OC255.381</ref>, véase Blanco 2010: 211); los ruiseñores tienen cuatro pies porque
              cuatro pies tienen las ranas, pies que a su vez corresponden en un doble sentido a los
              «números del verso».</note>:</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Aquae paludosa stirps,</l>
            <l>laudum modos consonos</l>
            <l>dicamus hic concentibus canoris, etc.<note place="bottom"> Aristófanes, <hi rend="i"
                  >Las ranas</hi> (<hi rend="i">Ranae</hi>), versión latina de Nicodemus Frischlin
                (Nicodemi Frischlini), acto I, escena V (1586: f. 245r).</note></l></quote>
          <p>107. Y ciertamente que aunque a los mejores poetas del orbe en el cieno de la
            profanidad y erudición mundana los admiremos cisnes, otra cosa son al viso de la verdad
            y al desengaño de las <title>Escrituras</title><note place="bottom">Esta oposición entre
              los poetas, falsos cisnes y auténticas ranas, y la verdad de las Escrituras, se
              asemeja a la dicotomía establecida por Joachim Camerarius hijo en el emblema 73 de sus
                <hi rend="i">Symbolorum et Emblematum ex aquatilibus et reptilibus desumptorum
                centuria quarta</hi> (Leipzig: typis Voegelinianis, 1604), emblema al que alude El
              Lunarejo en la sección IX, § 86. Como señalo en aquel lugar, en el que la remisión es
              incorrecta, el emblema se titula: «<hi rend="i">Pellit mendacia verum</hi>», ‘La
              verdad repele las mentiras’; y lleva el siguiente epigrama: «<hi rend="i">Lumine
                perculsae cessant maledicere ranae / Et victus veri luce Sophista tacet</hi>»,
              ‘Heridas por la luz cesan las ranas de decir maldades y, vencido por la luz de lo
              verdadero, se calla el sofista’ (Camerarius 1604: f. 74r). El comentario de Camerario
              glosa este dístico y presenta a los sofistas como ranas en el cieno («<hi rend="i">in
                coeno ranae</hi>»), del mismo modo que aparecen aquí los poetas «en el cieno de la
              profanidad y erudición mundana» (cf. Camerarius 1604: f. 73v.).</note>. Confusión sea
            para quien tan frenéticamente los pareó con los oráculos divinos, asemejando las acordes
            y sonoras armonías del Espíritu Santo con la ronca y sucia clamosidad de las ranas. Aquí
            esto no tiene más que la respuesta de los necios, que es el «en su tanto» y el «a manera
            de decir» y el «en cierto modo»<note place="bottom"> Espinosa Medrano se burla aquí de
              la forma en que Manuel de Faría introduce su comparación entre las <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi> y las Escrituras: «Y que <hi rend="i">si se puede decir de algún
                modo</hi> que hay alguna parecida a ella en esto es esta solamente». Véase <hi
                rend="i">supra</hi> y Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi
                rend="i">Juicio del poema</hi>, § 24, col. 88, E [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I,
              col. 88).</note>, caravanas<note place="bottom"> Como queda dicho <hi rend="i"
                >supra</hi>, las «Caravanas. Metafóricamente se entienden las diligencias que uno
              hace para lograr alguna pretensión» (<hi rend="i">Aut</hi>).</note> de la ignorancia y
            proporcionalidades que indujo la locura invencionera<note type="app" rend="I">
              invencionera <hi rend="i">B</hi> : i ē i nera <hi rend="i">A</hi></note>.</p>
          <p>108. Todavía le admitimos a <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> un resguardo de su temeridad, que es aquella proposición condicional
            con que cotejó la <title>Escritura</title> divina con la <title>Lusiada</title>,
            diciendo: «<quote xml:lang="es">si se puede decir</quote>»<note place="bottom"> De
              nuevo, siguiendo la línea del párrafo anterior, El Lunarejo hace sangre de la
              comparación entre las <hi rend="i">Lusiadas</hi> y las Escrituras establecida por
              Faría con estas palabras: «Y que <hi rend="i">si se puede decir</hi> de algún modo que
              hay alguna parecida a ella en esto es esta solamente». Véase <hi rend="i">supra</hi> y
              Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Juicio del
                poema</hi>, § 24, col. 88, E [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 88).</note>, y
            como no se puede decir, no ha dicho nada. Ridículos encarecimientos, elogios güeros<note
              place="bottom"> “Hueros”, sin sustancia.</note> con que pretendió sublimar a su poeta,
            y quedó corto, pues no hay blasfemia que añadiendole «<quote xml:lang="es">si se puede
              decir</quote>» no pudiese haberle servido de hipérbole.</p>
          <p>109. En fin, en todas materias yerra nuestro <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> harto más que Góngora en sus
            hiperbatones. Pudiéramos compilar un libro <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f42r.jpg"
              n="f. 42r"/> entero de sus desaciertos, pero baste conocerle por gramático puro, mal
            filósofo, peor teólogo y pésimo escriturista, poeta ni malo ni bueno. Lo que él acertó
            siempre se lo confesaremos, ni es de nuestra ingenuidad negarle los aplausos a la virtud
            por envidia o trampearles<note place="bottom"> Según el <hi rend="i">Diccionario de
                Autoridades</hi>, significa «usar de algún artificio o cautela para defraudar a otro
              de alguna cosa» (<hi rend="i">Aut.</hi>).</note> el conocimiento a los méritos con
            malignidad.</p>
          <quote xml:lang="la" rend="i"><l>Confiteorque tulit, nec enim benefacta maligne</l>
            <l>detrectare meum est…<note place="margin" resp="author"> Ovid. lib. 13
                Meta.</note><note place="bottom"> Ovidio, <hi rend="i">Metamorfosis</hi>, libro 13,
                v. 270-271 (1981: 307): «Admito que se armó, pues no me gusta denigrar los méritos
                ajenos». El Lunarejo toma prestados versos de Ulises en su contienda con Áyax, una
                disputa dialéctica en la que están en juego las armas de Aquiles y en la que vencerá
                el de Ítaca.</note></l></quote>
          <p>110. En lo que <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Manuel de Faría
              y Sousa</persName> se hizo dignamente famoso fueron las <title>Historias
              Portuguesas</title><note place="bottom"> Manuel de Faría era historiador reconocido
              desde la publicación en 1628 del <hi rend="i">Epitome de las historias
                portuguesas</hi>, tomos primero y segundo (en Madrid, por Francisco Martinez y a
              costa de Pedro Coello, mercader de libros). Espinosa Medrano cita en el último párrafo
              de esta sección (X, § 113) los «<hi rend="i">Epítomes historiales</hi>» y tenía en su
              biblioteca la «ystoria portuguesa» de Faría (Guibovich 1992: 24).</note>. En esa
            facultad cronística merece todo aprecio. Pero hizo mal en desvanecerse con ese acierto y
            soñarse luego un Homero, cuando es más fácil ser buen historiador que poeta. Cualquier
            juicio desnudo de pie y pierna sobra para narrar con agrado, mas no cualquiera voz basta
            para cantar con delicias. Requieren los versos gran talento y elocuencia suma para su
            belleza y estimación; la historia de cualquier manera escrita deleita: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">carmini est parva gratia, nisi eloquentiae<note type="app"
                rend="I"> eloquentiae <hi rend="i">B</hi> : eloquentia <hi rend="i">A</hi></note>
              sit summa: historia quoquo modo scripta delectat</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> Plinius Iun. lib. 5 epist. ad. capiton</note><note place="bottom">
              Plinio Cecilio Segundo (Plinio el Menor: Plinius Junior), <hi rend="i">Epistulae</hi>,
              lib. 5, ep. 8 «<hi rend="i">C. Plinius Titinio Capitoni suo s.</hi>», párrafo 4: «<hi
                rend="i">et carmini parva gratia, nisi eloquentia est summa: historia quoquo modo
                scripta delectat</hi>» (1958: 155). En la traducción de Julián González Fernández:
              «y a la poesía se le concede poco favor, a no ser que se elev[e] a las más altas cotas
              de la elocuencia, pero la historia, de cualquier modo que se escriba, causa placer al
              lector» (Plinio Cecilio Segundo 2005: 265).</note>. Son los hombres naturalmente
            noveleros, por la genuina curiosidad con que nacen de saberlo todo. Cualquier desnuda
            noticia de los sucesos los atrae, vemos que cuentos de viejas y fábulas de burla los
            entretienen. «<quote xml:lang="la" rend="i">Sunt enim homines natura<note type="app"
                rend="I"> natura <hi rend="i">A</hi> : naturâ <hi rend="i">B</hi></note> curiosi
              —prosigue Plinio— et qualibet nuda rerum cognitione capiuntur, ut qui sermunculis
              etiam fabellisque ducantur»<note place="bottom"> Plinio Cecilio Segundo (Plinio el
                Menor), <hi rend="i">Epistulae</hi>, lib. 5, ep. 8, párrafo 4 (1958: 155): «En
                efecto, los hombres son curiosos por naturaleza, y se dejan seducir, por simple que
                sea el relato de los hechos, de tal modo que son atraídos con los comentarios y las
                anécdotas más irrelevantes.» (trad. de Julián González Fernández en Plinio Cecilio
                Segundo 2005: 165-166). Cabe señalar que la epístola discurre en los párrafos
                siguientes por el camino que separa la oratoria y la historia: ambas narran, pero
                con estilos diferentes, siendo el de la historia más llano y dulce que el de la
                oratoria.</note></quote>. Esta es la razón que aquel gran juicio da de que historia
            cualquiera agrade y no regale poesía cualquiera. Más fácil juzgó la senda para la fama
            en quien camina por el llano del <hi rend="i">érase que se era</hi><note place="bottom"
              >Con una metonimia, basada en la expresión que sirve hoy todavía para empezar un
              cuento, El Lunarejo significa el placer de las historias, al que reduce todo relato y
              señaladamente el relato histórico.</note>, que en quien vuela por las cumbres del
            metro y las esferas de la cítara.</p>
          <p>111. Del mesmo sentir fue Alciato, que reconoció en la historia tan de suyo el agrado y
            tan nativo el ganarse al lector para su aplauso, que dice no ha menester atavíos el
            estilo historial, pues aun el desaliñado aplace, y cualque mediocre narración es
            gustosa: «<quote xml:lang="la" rend="i">Tantum ex se iucunda est lectorisque gratiam
              aucupatur, ut quoquo modo scripta sit, lectio eius plurimum delectet»<note
                place="margin" resp="author"> Alciat. adnot<note type="app" rend="I">adnot <hi
                    rend="i">A</hi> : advers. <hi rend="i">B</hi></note> in C. Tacitus<note
                  type="app" rend="I">Tacitū <hi rend="i">A</hi> : Tac. <hi rend="i"
                >B</hi></note></note><note place="bottom"> Alciato, epístola «<hi rend="i">Andreas
                  Alciatus Iuriscon. Galeacio vicecomiti V. C. et Eq. S. P. D.</hi>»: «<hi rend="i"
                  >Adde quod etiam tantum ex se iucunda est, lectorisque gratiam sic aucupatur, ut
                  quoquo modo scripta sit, lectio eius plurimum delectet</hi>» (Tácito 1544: <ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=S9oIO3BEPOEC&amp;hl=fr&amp;pg=PA494#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  >f. T1r</ref>). La epístola en cuestión constituye el prólogo a las anotaciones de
                Alciato sobre los <hi rend="i">Anales</hi> de Cornelio Tácito. Espinosa Medrano
                citaba ya el mismo folio en la sección V, § 42, véase <hi rend="i">supra</hi>. En la
                remisión marginal, El Lunarejo recoge el título corriente de «Annotationes» que
                puede leerse en el <ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=S9oIO3BEPOEC&amp;hl=fr&amp;pg=PA496#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  >f. T2r</ref> y que aparece también mencionado en la portada (Tácito 1544: <ref
                  target="https://books.google.fr/books?id=S9oIO3BEPOEC&amp;hl=fr&amp;pg=PP5#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                  >f. aa1r</ref>).</note></quote>. Nace esta majestad en la historia del mismo
            objeto y ministran las materias todo el hechizo de las atenciones. Bueno es <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> para contar, nunca
            empero lo será para cantar. Las proezas, hazañas y facciones ínclitas del valor
            lusitano, en cualquiera pluma fueran muy plausibles. Los Alfonsos, los Manueles, los
            Gamas, los Alburquerques y demás <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f42v.jpg"
              n="f. 42v"/> héroes que (en mejores tiempos que este) alistó gloriosamente la nación
            portuguesa, tejer pueden historia que en cualquier estilo asombre y en cualquier trompa
              retumbe<note place="bottom"> La lista de los grandes hombres portugueses, Alfonsos,
              Manueles, Gamas y Alburquerques, se compone de cuatro personajes: el rey Alfonso I,
              fundador de Portugal; el rey Manuel I, en cuyo reinado los lusos bordearon el cabo de
              Buena Esperanza; Vasco de Gama, figura central de las <hi rend="i">Lusiadas</hi>, y
              Afonso de Alburquerque, gobernador de la India lusitana. Espinosa Medrano hace un
              elogio de la historia portuguesa con implicaciones polémicas en lo que se refiere a
              Faría y a Camões. Para denigrar al Faría poeta así como al Faría crítico, Espinosa
              Medrano alaba su talento de historiador, pero a renglón seguido afirma que la historia
              portuguesa es materia lo bastante noble como para agradar en «cualquier pluma». Luego
              ancla en el pasado la gloria lusitana, acontecida «en mejores tiempos que este», y
              dice de los héroes mencionados que «tejer pueden historia que en cualquier estilo
              asombre y en cualquier trompa retumbe». Cabe recordar, como se ve en la sección IX del
                <hi rend="i">Apologético</hi>, que los Alfonsos, Manueles, Gamas y Albuquerques que
              encarnan la historia portuguesa son personajes de las <hi rend="i">Lusiadas</hi> y del
              comentario de Faría. Decir que tal historia es válida para «cualquier pluma» supone
              rebajar al historiador Faría, pero mucho más grave es sugerir que dicha historia
              también es válida para «cualquier trompa», sabiendo que la trompa es el instrumento
              del poeta épico, y por ende el de Camões. Sin embargo, aunque sus connotaciones sean
              claras, la palabra trompa es un hapax en el <hi rend="i">Apologético</hi>, y cuando en
              la sección XI el párrafo 114 separa la épica de la lírica, los intrumentos aducidos
              para la primera son la trompeta y el clarín. Así, lo que sugiere Espinosa Medrano con
              intención polémica y pies de plomo, es que la historia portuguesa se escribe sola,
              tanto en prosa como en verso, tanto en la pluma de Faría como en la trompa de
              Camões.</note>. No le parezca a <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> que su locución, porque deleitó
            histórica, pudo luego asombrarnos poética<note type="app" rend="I"> Poëtica <hi rend="i"
                >B</hi> : Poeitca <hi rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas.
              Corrección manuscrita en el testimonio A: Poetica.</note>, para que ansar palustre
            quiera graznar competencias con el cisne más sonoro que escucharon las ondas del
              Betis<note place="bottom"> Faría aparece aquí con los tristes rasgos de un ganso
              lacustre, por oposición al cisne gongorino. El “ansar”, según el <hi rend="i"
                >Diccionario de Autoridades</hi>, es «ave doméstica muy semejante al cisne, aunque
              algo menor y de color pardo, lo mismo que ganso o pato», mientras que lo “palustre” es
              «lo propio de la laguna» (<hi rend="i">Aut.</hi>). Góngora, al contrario, es el cisne
              del Betis, el cisne cordobés. La animalización es glosa de la que Góngora desarrolla
              en el soneto contra sus detractores, contra «Lope de Vega y sus secuaces», llamándolos
              «patos de la aguachirle castellana» y «palustres aves», al tiempo que les exige
              veneración hacia «los cisnes» (OC463, citas en v. 1, 13 y 9, respectivamente).
              Recordemos que El Lunarejo lee el soneto en el <hi rend="i">Segundo tomo de las Obras
                de Don Luis de Gongora comentadas</hi> por Salcedo Coronel, numerado como soneto 144
              (Salcedo Coronel 1644: 632), y así lo cita en la sección VII, § 57.</note>. Negole el
            cielo felicidad para los versos, aunque le concedió<note type="app" rend="I"> concedio
                <hi rend="i">B</hi> : conocio <hi rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de
              erratas. En el testimonio A, en el margen: concedio.</note> el genio de historiador
            con dicha: para esto es, y no más. Su estilo es bien trabado, limpio, expresivo, libre,
            acre y propio: nacido para engazar anales. Y así vemos que en cuanto escribe, lo que más
            sobresale es tal y tal retazo histórico, y deleita con algunas narraciones que esparce,
            porque de verdad cuenta con despejo y refiere con gracia<note place="bottom">He aquí el
              único verdadero elogio tributado al antagonista, como para mostrar imparcialidad e
              incluso magnanimidad. Sin embargo, leyendo el párrafo que culmina con tal elogio,
              queda patente que la gracia con que Faría cuenta la historia portuguesa depende más de
              la materia tratada que de la pluma y el ingenio del portugués.</note>.</p>
          <p>112. El comento de Camões (con ser que allí abrió todo el almacén de sus estudios),
            prescindiendo las sofisterías, palillos<note place="bottom">«Metafóricamente se dice
              para significar lo insustancial y poco importante o despreciable de alguna cosa» (<hi
                rend="i">Aut</hi>.). Puede significar también «los primeros principios o reglas
              menudas de las artes y ciencias» (<hi rend="i">Aut.</hi>). En el primer caso, El
              Lunarejo aludiría a las críticas de Góngora, juzgándolas insustanciales; en el
              segundo, a los comentarios de Camões, juzgándolos superficiales y rudimentarios, lo
              cual recuerda el inicio del § 18, en la sección IV: «De estos principios pues, mal
              entendidos y peor aplicados, infiere Faría su pésimo discurso».</note>, arrogancias y
            críticas mazadas<note place="bottom">Las críticas son majadas, participio de “majar”,
              «molestar con pesadez imprudente, insistiendo con obstinación y necedad en alguna
              especie» (<hi rend="i">Aut.</hi>): críticas repetitivas y estúpidas son por tanto las
              de Faría hacia los poetas enumerados en la sección IX, § 77, y de hecho repetidos en
              el § 113.</note> de poetas, veréis que lo mejor es lo que enarra, y lo de más
            importancia son algunos trozos de historia de que salpica a veces aquella prolijísima
            tarea: como notó don Tomás Tamayo de Vargas (a quien <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> confiesa por «<quote xml:lang="es"
              >judicioso docto</quote>»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto III, estancia 46, col. 72 B, [1639_lusiadas]
              (Faría 1639a: II, col. 72).</note>) en la misma aprobación que hace de tal comento,
            diciendo: «<quote xml:lang="es">Aquí no solamente se descubren y deleitan las galas de
              la poesía —habla de la de Camões—, sino se ejecutan y aprovechan los aciertos de la
              historia con tal conocimiento de sus veras, que parece que aun lo que toca de paso es
              su principal intento</quote>»<note place="margin" resp="author"> Tamaius in censu. ad
                Comentar.<note type="app" rend="I">Comentar. <hi rend="i">A</hi> : Co-Comentar <hi
                  rend="i">B</hi></note> Camões.</note><note place="bottom"> Tomás Tamayo de Vargas,
              licencia al comentario de las <hi rend="i">Lusiadas</hi> por Manuel de Faría y Sousa:
              «Por el ordinario y por los señores del Real consejo, vio este libro don Tomás Tamayo
              de Vargas, coronista mayor de su majestad en Castilla y en las Indias, y ministro en
              el Consejo de órdenes y en el de la Santa Inquisición», dada en Madrid el 18 de julio
              de 1637) [1639_lusiadas] (Faría 1639a: f. †2r).</note>. Y es que<note type="app"
              rend="I"> que <hi rend="i">B : om. A</hi> [Enmienda consignada en la fe de erratas. En
              el testimonio A la omisión está indicada con un subrayado manuscrito.</note> como el
            talento no es más de para historia, es eso lo que más acierta. Con que eso que toca de
            paso, ya que<note place="bottom"> Aunque.</note> no sea su principal intento, lo parece,
            porque es su principal habilidad.</p>
          <p>113. Mucho más que su locuencia había menester <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> para ser buen poeta, si es otra cosa
            locuencia de elocuencia, como pensaba Julio Cándido: «<quote xml:lang="la" rend="i">Non
              invenuste solet dicere aliud esse eloquentiam, aliud loquentiam</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Plin. Iunior lib. 6 episto.</note><note place="bottom">
              Plinio Cecilio Segundo (Plinio el Menor), <hi rend="i">Epistulae</hi>, lib. 5, ep. 20,
              párrafo 5: «<hi rend="i">itaque Iulius Candidus non invenuste solet dicere aliud esse
                eloquentiam, aliud loquentiam.</hi>» (1958: 169). En la traducción de Julián
              González Fernández: «Por ello Julio Cándido solía decir no sin gracia que una cosa era
              la elocuencia y otra la locuacidad»; en nota se aclara que «Tiberio Julio Cándido
              Mario Celso fue consul sufecto el 86 y cónsul ordinario el 105» (Plinio Cecilio
              Segundo 2005: 265). No puede descartarse sin embargo que Espinosa Medrano, jugando con
              las palabras, tache Faría de ‘loco hablador’ con la alusión a su «locuencia».</note>.
            Porque, como hemos dicho, ha de descollarse sobre lo sumo de la elocución la poesía para
            ser venerada: «<quote xml:lang="la" rend="i">Carmini est parva gratia, nisi eloquentia
              sit summa, historia quoquo modo scripta delectat</quote>»<note place="bottom"> Como en
              el párrafo 110, <hi rend="i">supra</hi>, Plinio Cecilio Segundo (Plinio el Menor:
              Plinius Junior), <hi rend="i">Epistulae</hi>, lib. 5, ep. 8, párrafo 4 (1958: 155): «y
              a la poesía se le concede poco favor, a no ser que se elev[e] a las más altas cotas de
              la elocuencia, pero la historia, de cualquier modo que se escriba, causa placer al
              lector» (trad. Julián González Fernández en Plinio Cecilio Segundo 2005: 265).</note>.
            Atropelló empero <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> sus límites y, profanando la sagrada espesura del Parnaso, arrojó
            los labios a las aguas de Aganipe, donde, bebiéndole las frialdades<note place="bottom">
              Según el <hi rend="i">Diccionario de Autoridades</hi>, las frialdades son «el
              temperamento frío y húmedo de algún país o sitio» y por extensión «la enfermedad que
              se contrae por habitar en parajes húmedos y fríos», pero «significa también necedad,
              dicho o despropósito sin gracia ni viveza, que deja frío al que lo oye» (<hi rend="i"
                >Aut.</hi>). Jugando con el doble sentido, Espinosa Medrano representa a Faría
              sobrepasando los límites de su talento para entrar en un <hi rend="i">locus</hi>
              poético compuesto en que se mezcla el Parnaso, el monte de los poetas, con las aguas
              de la fuente de Aganipe, que inspiran a estos. Este lugar de la poesía, aun siendo
              «aquella amenidad» como le corresponde por tradición, es un <hi rend="i">locus
                horridus</hi> para el intruso, todo «espesuras» y «aguas», lo cual le provoca a
              Faría los vómitos de frialdades que El Lunarejo copia a continuación. Este doble
              sentido de la “frialdad” y del <hi rend="i">locus</hi> poético, ameno para el poeta y
              hórrido para el intruso, lo prolonga el doble sentido de “sabandija”, pues como tal
              entra Faría a las aguas de Aganipe: según el <hi rend="i">Diccionario de
                Autoridades</hi>, la “sabandija” es «animalillo imperfecto de los que se crían de la
              putrefacción y humedad de la tierra» y «por translación significa la persona pequeña o
              despreciable por su forma, acciones o estado».</note>, lanzó del estómago agrios y
            acerbísimos hálitos contra los mejores poetas de aquella amenidad<note place="bottom">A
              continuación Espinosa Medrano repite y amplía la lista de las críticas de Faría a
              otros poetas que ya traía en la sección IX, § 77: esta insistencia, si bien puede
              deberse a un descuido, subraya la maldad e ineptitud del portugués y sitúa a Góngora
              dentro de un canon de poetas que comparten el curioso honor de haber sido
              minusvalorados por Faría.</note>, llamando a <persName type="authority"
              key="Corte-Real, Jerónimo">Corte Real</persName> «<quote xml:lang="es">mero
              prosista</quote>»<note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>,
              Parte segunda, «Prólogo y discurso sobre los géneros de composiciones de que consta
              esta segunda parte de las siete de nuestras rimas», § 8 (1644: f. []8r). Véase
              1644_aganipe.</note>, a <persName type="authority" key="Valdivieso"
              >Valdivieso</persName> «no <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f43r.jpg"
              n="f. 43r"/> mondado»<note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>,
              Parte segunda, «Prólogo y discurso sobre los géneros de composiciones de que consta
              esta segunda parte de las siete de nuestras rimas», § 4 sobre las octavas: «El
              licenciado Joseph de Valdivieso tiene gran copia, que si bien no son muy poéticas, son
              limpias y tiernas y propias para el asunto piadoso. Libro es que si su autor le
              hubiera mondado, a lo menos en la cuarta parte, mereciera las manos de <quote
                xml:lang="es">los ingenios mondados, cual no era el suyo</quote>, como los más de
              esta vanísima edad» (1644: f. []7r). Véase 1644_aganipe.</note>, a <persName
              type="authority" key="Boiardo, Matteo Maria">Boyardo</persName> «mero romancista y
            gran hablador»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, II,
              Tomo IV, Canto X, est. 3, col. 299, E [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II (IV), col.
              299): «Bonísimo está el “finísima” en <quote xml:lang="es">el Boyardo, que aunque fue
                gran hablador y mero romancista</quote>, tiene lances de gentil ingenio, y que
              merece gran veneración, por ser el primero que escribió en aquel género con desahogo y
              muchos aciertos, que no se le pueden negar».</note>, a <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> «<quote xml:lang="es">duro</quote>»<note
              place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Parte segunda, «Prólogo y
              discurso sobre los géneros de composiciones de que consta esta segunda parte de las
              siete de nuestras rimas», § 9: «ingenio grande, mas duro» (1644: f. []8r). Véase
              1644_aganipe.</note>, «Mahoma de los ingenios»<note place="bottom"> Manuel de Faría,
                <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto III, estancia 94, col. 135 B,
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 135): «<quote xml:lang="es">don Luis es el
                Mahoma de la poesía</quote>».</note>, a <persName type="authority"
              key="Montemayor, Jorge de">Montemayor</persName> «infelice»<note place="bottom">
              Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Parte segunda, poema IV, «Tamiras y las
              Musas», «Advertencias y discurso acerca del género de los números esdrújulos
              antecedentes», § 3: «Jorge de Montemayor en su <hi rend="i">Diana</hi> fue el primero
              que los escribió en España, si bien con poca felicidad, aunque felicidad es el empezar
              alguna cosa adonde nadie osó empezarla» (1644: f. 63r).</note>, al <persName
              type="authority" key="Marino, Giambattista">Marino</persName> «arrogante sin saber
              nada»<note place="bottom"> Faría, <hi rend="i">Fuente de Aganipe</hi>, Parte segunda,
              poema V, «Gelia y Flaminio», «Advertencias sobre esta Fábula de Gelia y Flaminio», §
              4: «arrogancia de que supo <quote xml:lang="es">(con no saber mucho, no siendo poco
                arrogante)</quote> huir el Marino, intitulando “Lira suya”, y no de Apolo, a uno de
              sus tomos de <hi rend="i">Rimas</hi>» (1644: f. 84r).</note>, al <persName
              type="authority" key="Tasso, Torquato">Tasso</persName> «<quote xml:lang="es">desnudo
              de erudición</quote>»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
              >Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Juicio del poema</hi>, § 24, col. 88, A
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 88).</note>, «coco de los ingenios abobados de
            un estilo cultísimo desnudo de artificio»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, II, Tomo III, Canto VIII, est. 47, col. 489, E
              [1639_lusiadas] (Faría 1639b: II (III), col. 489): «Mírese como lo llamaría al <quote
                xml:lang="es">gran Torcuato, que es el coco de los abobados en un estilo cultísimo,
                casi desnudo de este artificio</quote>.». Según el <hi rend="i">Diccionario de
                Autoridades</hi>, el coco es «cierto gusanillo o especie de polilla que se cria o
              introduce en las semillas y frutas y las daña de manera que no pueden servir».</note>,
            a <persName type="authority" key="Vega, Lope de">Lope de Vega</persName>
              «redondillero<note type="app" rend="I"> Redondillero <hi rend="i">A</hi> :
              Rodondillero <hi rend="i">B</hi></note>»<note place="bottom"> Véase <hi rend="i"
                >supra</hi> sección I, § 2, y Manuel de Faría, § IV, así como Manuel de Faría, <hi
                rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i">Vida del poeta</hi>, § 24, col. 48,
              C [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 48): «Lope de Vega muchas cosas escribió con
              felicidad en versos mayores, pero nadie dudará de que en las redondillas se aventajó
              mucho y que es el que las enseñó a escribir en Castilla, imitando el aire de las de
              nuestro poeta». El displicente término de «redondillero» no aparece bajo la pluma de
              Faría y es maldad de Espinosa Medrano para desacreditar a su oponente.</note>, y así
            de todos, con que vemos que al Helicón<note place="bottom"> Como queda dicho, el lugar
              de la poesía aquí es un lugar compuesto, geográficamente híbrido pero alegóricamente
              homogéneo, en que se unen el monte Parnaso, la fuente de Aganipe y el monte Helicón,
              puesto que todos ellos estaban relacionados en Grecia con Apolo, la poesía y las
              Musas.</note> le estuviera mejor no habérsele introducido esta sabandija, sino
            quedádose en el valle de sus <title>Epítomes historiales</title>, pues solo sirve de ser
            tábano del Pegaso, lagarto de sus cristales, víbora de las Musas, sierpe de los
            ingenios, diablo de los poetas<note place="bottom"> En esta <hi rend="i"
                >vituperatio</hi>, que cierra dos secciones del <hi rend="i">Apologético</hi>
              dedicadas a corregir errores de Manuel de Faría, Espinosa Medrano supera en ingenio y
              mala idea a su oponente. Si Faría llamaba a Tasso «coco de los ingenios» y a Góngora
              «Mahoma de la poesía», El Lunarejo lo convierte a él en «sierpe de los ingenios» y
              «diablo de los poetas», con una clara intención de subrepujamiento. Además, el ataque
              es más coherente que los muchos de Faría a otros autores, puesto que dibuja a un
              crítico que encarna a la discordia, que separa a los poetas (tal es el sentido
              etimológico del «diablo») y que como la serpiente del Edén es tentadora y engañosa,
              cual Faría atacando a Lope de Vega pese a la dedicatoria del Fénix al portugués. Ni
              que decir tiene que la relación de Lope y Faría tiene poco que ver con lo que El
              Lunarejo muestra: al peruano le interesa retirarle a Faría el apoyo del gran
              dramaturgo y poeta, por lo que ofrece una imagen sesgada de la polémica entre Lope y
              Góngora, que sin embargo es probable que conociera. Volviendo a los ataques contra
              Faría, El Lunarejo lo pinta como «tábano del Pegaso» y «lagarto de sus cristales»: lo
              primero alude al tábano enviado por Zeus a picar al caballo alado, Pegaso, que es
              víctima idónea del portugués por ser patrón de poetas, pues con sus cascos abrió la
              fuente de Aganipe; lo segundo, por tanto, convierte a Faría en lagarto del Aganipe, la
              fuente de los poetas. De nuevo Faría es una rastrera sabandija en el país de los
              poetas, pues el lagarto es el «taimado, pícaro y reservado» y en germanía significa
              «ladrón» (<hi rend="i">Autoridades</hi>).</note>.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion11_Faría">
          <index indexName="resp" n="Faria e Sousa, Manuel de"/>
          <head>Manuel de Faría. § IX<note type="app" rend="I"> IX <hi rend="i">em.</hi> : X <hi
                rend="i">AB</hi></note>.</head>
          <quote xml:lang="es">«Finalmente cada uno se tenga su alma en su palma, pero no haga
            comparación de <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> con
              <persName type="authority" key="Camões">Luis de Camões</persName>, porque los estilos
            y asuntos a que cada uno se dio no lo sufren. Y es la razón por que yerran <persName
              type="polemist" key="Vicuña">los que le llaman</persName>
            <persName type="authority" key="Homero">Homero</persName> a Góngora, y por que no
            errarán en llamar <persName type="authority" key="Homero">Homero</persName> y <persName
              type="authority" key="Virgilio">Virgilio</persName> a <persName type="authority"
              key="Camões">Camões</persName>, y <persName type="authority" key="Marcial"
              >Marcial</persName> a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de"
              >Góngora</persName> en las burlas. Y si sus <title>Silvas</title> y
              <title>Polifemo</title> y <title>Panegírico</title> agradan, llámenle <persName
              type="authority" key="Estacio">Estacio</persName>, con que también agrada a muchos, ni
            yo pretendo que desagraden. Pretendo sólo reírme de todos aquellos que pretendieren
            medir con una misma vara a los dos en esto que se llama espíritu poético científico,
            ejecutado en obras artificiosas y profundas, con principio, medio y fin. Porque comparar
            a <persName type="polemist" key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> con <persName
              type="authority" key="Camões">Camões</persName> en esto es como contender Aracne con
            Palas, Marsias con Apolo y la mosca con el águila. Esto digo yo de los que acertaron a
            leer enteramente estos dos autores, que de los que dicen que <persName type="polemist"
              key="Góngora, Luis de">Góngora</persName> es mejor que el <persName type="authority"
              key="Camões">Camões</persName>, no solo sin haber entendido al <persName
              type="authority" key="Camões">Camões</persName>, sino ni leídole (de que hay muchos),
            aun después de muerto espero reírme.»<note place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto III, estancia 94, col. 135 D – 136 A,
              [1639_lusiadas] (Faría 1639a: II, col. 135-136). En tres puntos se aleja Espinosa
              Medrano levemente del original, que reza: «errarán <hi rend="i">llamando</hi> Homero y
              Virgilio a Camões», «llámenle Estacio, <hi rend="i">que escribió Silvas y Lucos</hi>»
              y «la Mosca con <hi rend="i">la</hi> Águila».</note></quote>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion11">
          <head>Apologético. Sección XI</head>
          <p>114. También en este punto habla apasionado <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, no errando menos que en los demás,
            porque el no compararse las obras <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f43v.jpg"
              n="f. 43v"/> de Góngora con la <title>Lusiada</title> de Camões, no es porque el
            Camões fuese de mayor ingenio y letras que Góngora, pues cuando ambos fuesen iguales en
            todo eso, siempre quedaban desiguales los escritos, por ser unos épicos y otros líricos,
            entre los cuales por ser de diversas clases no puede haber comparación unívoca de
            igualdad específica<note place="bottom"> La comparación unívoca de igualdad específica
              es la que se establece cuando los comparables tienen una misma esencia, una igualdad
              de especie: «se ha de convenir en la especie para regular los excesos en la cualidad».
              Difiere por tanto de la analogía proporcional («la proporcionalidad y la analogía del
              “en su tanto”») que, como muestran los ejemplos aducidos, establece comparación entre
              dos elementos de especies distintas, por lo que la comparación no es directa y
              absoluta sino relativa y por ende proporcional. Como en otros lugares en que El
              Lunarejo emplea axiomas y demostraciones lógicas, es difícil comprobar qué fuentes
              concretas manejaba. Es evidente su conocimiento de Aristóteles y de Santo Tomás, pero
              la tradición aristotélico-tomística es amplia y Espinosa Medrano disponía de multitud
              de comentarios en su biblioteca (Guibovich 1992). Para comprobar estas cuestiones
              sería necesaria una edición de su <hi rend="i">Philosophia Thomistica</hi> (Roma: ex
              typographia Reu. Cam. Apost., 1688). Sobre la analogía proporcional y la comparación
              unívoca véase por ejemplo el <hi rend="i">De nominum analogia</hi>, cap. 8 de Tomás de
              Vio Cayetano (Cayetano 1987: 137-139, y también 50-95).</note>. De un consumado
            astrólogo y un excelente pintor, mal se puede dar la ventaja a ninguno, si cada cual es
            primoroso en su facultad. Comparar un esgrimidor con un citarista es ignorar que se ha
            de convenir en la especie para regular los excesos en la cualidad. Para estos casos sí
            se inventó la proporcionalidad y la analogía del «en su tanto»<note place="bottom">
              Espinosa Medrano alude a un ataque anterior contra Faría, en la sección X, § 107:
              «Aquí esto no tiene más que la respuesta de los necios, que es el “en su tanto”, y el
              “a manera de decir”, y el “en cierto modo”, caravanas de la ignorancia y
              proporcionalidades que indujo la locura invencionera.» Recordemos que El Lunarejo le
              reprochaba al portugués su estilo timorato al comparar las <hi rend="i">Lusiadas</hi>
              a las Escrituras, diciendo: «Y que <hi rend="i">si se puede decir de algún modo</hi>
              que hay alguna parecida a ella en esto es esta solamente». Véase <hi rend="i"
                >supra</hi> y Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, <hi rend="i"
                >Juicio del poema</hi>, § 24, col. 88, E [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col.
              88).</note>. Dirase pues que proporcionalmente en su pericia es tan diestro el
            esgrimidor como sabio en sus números el músico. Puédese conferir<note place="bottom">
              Cotejar.</note> quién sea el mejor poeta heroico entre los heroicos y entre los
            líricos quién lo sea más ilustre, pero cuando se sepa quiénes<note type="app" rend="I">
              quienes <hi rend="i">A</hi> : quien es <hi rend="i">B</hi></note> lo son en cada
            profesión, no puede entre ambos balanzarse la mejoría<note type="app" rend="I"> mejoria
                <hi rend="i">A</hi> : majoria <hi rend="i">B</hi></note> porque ambos serán mejores.
            Si no es ya que respondamos disparando<note place="bottom"> Disparar: «metafóricamente
              vale decir o hacer cosas fuera de propósito y razón» (<hi rend="i"
              >Autoridades</hi>).</note> y fuera de los límites de la comparación, como lo hizo
            Pirro, de quien refiere Plutarco<note place="margin" resp="author"> Plutarchus<note
                type="app" rend="I">Plutarchus <hi rend="i">A</hi> : plutarch. <hi rend="i"
                >B</hi></note></note> que preguntándole quién le parecía más insigne músico, Casías
            o Fición, respondió: Polipercón es mejor capitán. «<hi rend="i">Rogatus Pyrrus Caphias
              an Phytion melior musicus videretur, Polyperconta meliorem ducem respondit</hi>»<note
              place="margin" resp="author"> Alexand. ab Alex.<note type="app" rend="I">Alex. <hi
                  rend="i">A</hi> : Alen. <hi rend="i">B</hi></note> Genial. 2 cap. 25.</note><note
              place="bottom"> Alessandro Alessandri (Alexandri ab Alexandro), <hi rend="i">Dies
                geniales</hi>, lib. 2, cap. 25: «<quote xml:lang="la" rend="i">Et Pyrrus an Caphias
                vel Phyton melior musicus videretur interrogatus, Poliperconta meliorem ducem
                respondisse fertur</quote>» (Romae: Mazochius, 1522: f. LXXVIv). La cita es una
              paráfrasis de un fragmento de la «vida de Pirro» en las <hi rend="i">Vidas
                paralelas</hi> de Plutarco, que en la traducción de Óscar Martínez García, reza: «Se
              dice, en efecto, que, preguntado en una fiesta acerca de quién le parecía mejor
              flautista, si Pitón o Cafisias, contestó que Poliperconte era el mejor general, dando
              a entender que eso era lo único que a un rey le convenía investigar y conocer»
              (Plutarco 2007: 217). Hay que suponer, por la remisión a Plutarco, que El Lunarejo
              consulta alguna edición anotada de los <hi rend="i">Genialium dierum libri</hi> en la
              que aparezca la referencia a la «<hi rend="i">vita Pyrrhi</hi>» del mismo, de donde
              proviene la anécdota. Véase <hi rend="i">Semestria in Genialium dierum Alexandri ab
                Alexandro iurisperiti neapolitani</hi> (Lugduni: apud Gulielmum Rouillium, sub scuto
              Veneto, 1586) de André Tiraqueau 1586 (246) y Plutarco, <hi rend="i">Vidas
                paralelas</hi> (<hi rend="i">Plutarchi cheronei graecorum romanorumque illustrium
                vitae</hi>, Basileae: apud Mich. Isingrinium, 1552), vida de Pirro, traducción al
              latín de Leonardo Aretino, que diverge de lo escrito por Alessandro Alessandri
              (Plutarco 1552: f. 176v). En su biblioteca, El Lunarejo tenía un «Alexander ad
              Alexandro. 1 tomo» (Guibovich 1992: 22).</note>. Respuesta que con el
              despropósito<note type="app" rend="I"> despropósito <hi rend="i">em.</hi> : desprosito
                <hi rend="i">AB</hi></note> envolvió dos reprehensiones. La una insinuando que a un
            capitán como él, rayo de la guerra, no se le debía preguntar que juzgase de cantilenas,
            sino de quién peleaba más bien y qué capitán ordenaba mejor un ejército. La otra fue
            culpándoles de que entre hombres de guerra se estimase ni tomase en la boca el preciarse
            de música, ejercicio leve para gente de cuidados más robustos. Así dijéramos, pues, que
            de Camões y de Góngora el mejor escritor es fray Luis de Granada, que enseña lo que
            importa y escribe lo que nos está mejor. Porque es imposible la comparación entre lo
            épico del uno y lo lírico del otro, bien que en lo lírico y erótico que escribió Camões
            comúnmente con Góngora, preferimos a este a voto de los más doctos. Y si esto quiso
            decir <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> cuando
            dice: «<quote xml:lang="es">No se haga comparación de Góngora con Luis de Camões, porque
              los estilos y asuntos a que cada uno se dio no lo sufren</quote>»<note place="bottom">
              <hi rend="i">Supra</hi>, Manuel de Faría § IX.</note>, dijo bien, que la disparidad
            está en los asuntos, no en los ingenios, ni en los talentos, pues con eso solo <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f44r.jpg"
              n="f. 44r"/> prueba que la trompeta no se compara con la lira, no que el clarinero sea
            más diestro que el citarista<note place="bottom"> De acuerdo con el código ético de la
              polémica literaria (Pantin 1997), Espinosa Medrano no ataca frontalmente a Camões para
              establecer la supremacía de Góngora. Únicamente los compara escudándose en la crítica
              que hace de Faría: sólo puede compararse lo comparable, Góngora no ha escrito épica,
              con lo que su obra no puede cotejarse con las <hi rend="i">Lusiadas</hi>, pero Camões
              ha escrito lírica (las <hi rend="i">Rimas</hi>) y en ella es inferior a Góngora. La
              posición de El Lunarejo es clara, pero sus ataques han de ser velados para no caer en
              el vicio de la envidia que tanto denuncia en su oponente (véase la sección
            I).</note>.</p>
          <p>115. Dice también que yerran<note type="app" rend="I"> yerran <hi rend="i">A</hi> :
              verran <hi rend="i">B</hi></note> en llamar Homero a Góngora y no errarán llamando
            Virgilio y Homero a Camões, y que acertarían en llamar, a Góngora, Marcial por sus
            gracias y Estacio por sus silvas. Infelice es este hombre en imponer errores, porque
            solo descubre los suyos. Si Góngora dice él que es Marcial, ya no yerra quien llamó
            Homero a Góngora, porque vemos que el emperador Elio Vero, hombre erudito, llamaba
            «Virgilio suyo» a Marcial, y aun nos embarga las admiraciones por escusadas Crinito,
            juzgando por merecido aquel encomio: «<quote xml:lang="la" rend="i">Itaque minime mirari
              oportet, si Aelius Verus Imperator solitus est singulari affectu prosequi lepores
              atque iocos poetae Martialis suumque Virgilium vocare<note type="app" rend="I"> vocare
                  <hi rend="i">B</hi> : v†care <hi rend="i">A</hi></note></quote>»<note
              place="margin" resp="author"> P. Crinitus in vita Martial</note><note place="bottom"
              >Pietro Crinito, <hi rend="i">Vita Martialis</hi>. La <hi rend="i">Vita Martialis</hi>
              de Pietro Crinito aparece en su <hi rend="i">De poetis latinis</hi>, opúsculo que se
              publicó muchas veces unido a su obra más leída, el <hi rend="i">De honesta
                disciplina</hi>, a partir de la edición conjunta de 1508 (Paris: ex aedibus Josse
              Bade). La cita de El Lunarejo se encuentra en <hi rend="i">De poetis latinis</hi>,
              lib. IV, 69 («M. Valerius Martialis»): véase Crinito, 1508 (f. Eiir). Por otra parte,
              Según el inventario de su biblioteca, Espinosa Medrano tenía un «Martial con Radero»
              (Guibovich 1992: 22). La primera edición los <hi rend="i">M. Valerii Martialis
                Epigrammaton Libri Omnes</hi> del jesuita Matthaeus Raderus (Ingolstadii: ex
              typographeio Adami Sartorii, 1602) no recoge la Vita Martialis de Crinito: «<hi
                rend="i">Scripserunt eandem Martialis vitam: Calderinus, Sipontinus, Georgius
                Alexandrinus, Petrus Crinitus et alii hos secuti. Nos ex ipso Martiale Martialem
                voluimos depingere</hi>» (Marcial 1602: 4). Sin embargo, la biografía de Crinito se
              encuentra en la segunda edición (Antuerpiae: ex oficina Martini Nutii, ad insigne
              duarum Ciconiarum, 1604). Véase por tanto la <hi rend="i">M. Val. Martialis Vita ex
                Petro Crinito</hi> en Marcial 1604 <ref
                target="https://books.google.es/books?id=F9IPAAAAQAAJ&amp;hl=fr&amp;pg=PA13#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(13)</ref>.</note>. Vea ahora <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> en qué sentido o manera le cabe a
            Marcial el blasón glorioso de que le nombrasen Virgilio. Porque siendo Góngora otro
            Marcial (como él quiere), con ese mismo título pueden aclamarle Homero, puesto que
            siendo por sus burlas poeta jocoso y no heroico, tan lejos estaba Marcial de llamarse
            Virgilio como Góngora de apellidarse Homero<note place="bottom"> Espinosa Medrano emplea
              contra Manuel de Faría un arma lógica que ya había utilizado para denunciar sus
              comparaciones abusivas entre Virgilio, Camões y la Biblia. Se trata de «aquel axioma
              dialéctico: “<hi rend="i">quae sunt eadem uni tertio</hi>”» (sección X, § 104), en
              realidad «<hi rend="i">quae sunt eadem uni tertio sunt eadem inter se</hi>». Como
              queda patente en la argumentación de este párrafo, dos equivalentes equivaldrán
              también a cualquier otro equivalente a uno de ellos.</note>.</p>
          <p>116. Aquí es menester reconvenir con sus palabras a <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, pues poco ha que decía que Góngora
              «<quote xml:lang="es">era invencible en las burlas, porque esas no constaban de
              ciencia, sino de ingenio y genio para ellas</quote>»<note place="bottom"> Véase <hi
                rend="i">supra</hi>, Manuel de Faría § VII y también Manuel de Faría <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto III, estancia 94, col. 135 C, [1639_lusiadas]
              (Faría 1639a: II, col. 135).</note>. Y ahora dice que es un Marcial en las burlas. Con
            que siendo Marcial poeta doctísimo, cuya erudición y letras sólo en el comento del
            primer libro de sus <title>Epigramas</title> hizo (como dice <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>) gastar una resma de papel a Nicolao
              Peroto<note place="margin" resp="author"> Perotus.<note type="app" rend="I">Perotus.
                  <hi rend="i">B</hi> : Psrotus.<hi rend="i"> A</hi></note></note><note
              place="bottom"> Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo I, Prólogo, V,
              col. 7 E – col. 8 A: «Nicolao Peroto empezó el comento de Marcial y viendo que sobre
              el primer libro, que se encierra en un pliego, había escrito una resma de papel,
              dejándose llevar de toda palabra para producir erudiciones, pasmose y hallándose
              pasmado no prosiguió» [1639_lusiadas] (Faría 1639a: I, col. 7-8). La obra de Perotti
              aludida es su célebre e importante <hi rend="i">Cornu copiae</hi>, una de las primeras
              grandes enciclopedias latinas del Renacimiento, que se planteó en principio como un
              comentario al primer libro de los <hi rend="i">Epigramas</hi> de Marcial.</note>,
            venimos a inferir que las burlas también envuelven doctitud, y que si Góngora es Marcial
            por lo festivo, ha venido a confesar que constan de ciencia sus sales, pues las de
            Marcial aclamó Plinio bullendo ingenio y erudición, como dice Crinito: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Relata sunt a C. Plinio permulta de ingenio et eruditione Val.
              Martialis</quote>»<note place="margin" resp="author"> C. Plinius.</note><note
              place="bottom"> Pietro Crinito, «<hi rend="i">M. Val. Martialis vita ex Petro
                Crinito</hi>» (Marcial 1604: <ref
                target="https://books.google.es/books?id=F9IPAAAAQAAJ&amp;hl=fr&amp;pg=PA13#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >13</ref>). Véase también Crinito 1508 (f. Eiir).</note>. Y por sus excelentes
            letras y gran doctrina aun vivo mereció que los varones más insignes colocasen su imagen
            en las bibliotecas: «<quote xml:lang="la" rend="i">Tantum concessit ipsius ingenio atque
              doctrinae, ut viuenti adhuc illi imaginem more veterum in sua bibliotheca
              posuerit</quote>»<note place="margin" resp="author"> Crinitus</note><note
              place="bottom"> Pietro Crinito, «<hi rend="i">M. Val. Martialis vita ex Petro
                Crinito</hi>» (Marcial 1604: <ref
                target="https://books.google.es/books?id=F9IPAAAAQAAJ&amp;hl=fr&amp;pg=PA15#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >15</ref>). Véase también Crinito 1508 (f. Eiir). El sujeto de esta frase es
              Estertinio Avito, un ilustre político amigo y admirador de Marcial.</note>. Luego el
            gracejo no desdeña la doctrina, luego amigarse pudieron el donaire y la erudición.</p>
          <p>117. Añade que no iguala Góngora al Camões en obras científicas y profundas, que tienen
            principio, medio y fin<note place="bottom"> Véase <hi rend="i">supra</hi>, Manuel de
              Faría § IX: «Pretendo sólo reírme de todos aquellos que pretendieren medir con una
              misma vara a los dos en esto que se llama espíritu poético científico, ejecutado en
              obras artificiosas y profundas, con principio, medio y fin» (Faría 1639a: II, col.
              135-136). Sobre este tema de la trama de los poemas gongorinos discurría ya el
              apartado Manuel de Faría § VIII y el inicio de la sección IX del <hi rend="i"
                >Apologético</hi> (§ 68-75).</note>. A que <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f44v.jpg"
              n="f. 44v"/> respondemos con dos preguntas. La una, si Marcial y Estacio juntos
            igualan al Camões. Porque si le igualan, no queremos darle a Góngora más de lo que
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> quiere
            darle, haciéndole Marcial y Estacio. La otra es si las obras de Marcial tienen
            principio, medio y fin, porque si no los tienen, y con todo son de igual estimación que
            la de Camões, ¿por qué no lo serán las de Góngora, ya que a <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> le plugo equipararle con Marcial?<note
              place="bottom"> Como en el párrafo 115, Espinosa Medrano se limita aquí emplear en
              demostración lógica a Marcial y a Estacio, con los que Faría ha comparado a Góngora,
              para reducir al absurdo un argumento de Manuel de Faría que ya ha rebatido en la
              sección IX del <hi rend="i">Apologético</hi>, el de la falta de una traza con
              principio, medio y fin en los poemas gongorinos. No entra tampoco a discutir el
              «espíritu poético científico», puesto que ya el «alma poética» de Faría ha sido
              rebatida en la sección II.</note></p>
          <p>118. Vemos que puede responder <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName> que, «proporcionalmente», «en su tanto» y «en su clase»<note
              place="bottom"> De nuevo, como en los párrafos 107 y 108 de la sección X, Espinosa
              Medrano se burla de estas palabras de Manuel de Faría: «Y que <hi rend="i">si se puede
                decir de algún modo</hi> que hay alguna parecida a ella en esto es esta solamente».
              Véase <hi rend="i">supra</hi> y Manuel de Faría, <hi rend="i">Lusiadas</hi>, I, Tomo
              I, <hi rend="i">Juicio del poema</hi>, § 24, col. 88, E [1639_lusiadas] (Faría 1639a:
              I, col. 88). Ahora, sin embargo, el ataque pinta a Faría utilizando la analogía
              proporcional («la proporcionalidad y la analogía del “en su tanto”») de la que hablaba
              El Lunarejo en el párrafo 114, el primero de esta sección XI, diciendo que Faría
              debería haberla usado en lugar de comparar directamente a Camões con Góngora. Es la
              analogía proporcional aquella que establece comparación entre especies distintas:
              Marcial en las burlas no es menor que Camões en la épica, tal es la única respuesta
              posible a la pregunta que cierra el párrafo 117 («si las obras de Marcial tienen
              principio, medio y fin, porque si no los tienen, y con todo son de igual estimación
              que la de Camões, ¿por qué no lo serán las de Góngora, ya que a Faría le plugo
              equipararle con Marcial?»). Así acaba pues el argumento: donde Faría debería utilizar
              la «analogía del “en su tanto”» no la utiliza y donde no debería introducir su «de
              algún modo» lo introduce con un «si se puede decir» por añadidura. El Lunarejo traza
              así la figura de un pésimo gramático con los rasgos de Manuel de Faría.</note>,
            Marcial no es menor que Camões, ni Camões que Marcial en la suya. Y eso mismo le diremos
            a él cuando entre Góngora y Camões se alterque sobre la primacía. Con que resolvemos
            últimamente que el que dijo que Góngora era mejor poeta que Camões no dijo bien, y
              <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, que porfió
            que Camões lo era, dijo mal<note place="bottom"> Toda la refutación de la comparación
              entre los poetas se basa en un código ético implícito y una demostración lógica. Según
              el código ético el crítico no debe atacar al poeta sino al comentarista o gramático
              contrario que está a su mismo nivel (Pantin 1997). La consecuencia de este tabú es que
              no se puede comparar directamente a Góngora y Camões, puesto que el crítico no es
              quién para decretar la inferioridad de ningún poeta. Según la demostración lógica, la
              comparación entre Góngora y Camões también es imposible, puesto que no son comparables
              los géneros de sus poesías, la lírica y la épica. Este axioma lógico reduce al absurdo
              la superioridad que pretende establecer Faría para su poeta predilecto.</note>.
            Aquello de la Araña y Palas y lo de la mosca y el águila es niñería<note place="bottom">
              Véase <hi rend="i">supra</hi> Manuel de Faría § IX y también <hi rend="i"
                >Lusiadas</hi>, I, Tomo II, Canto III, estancia 94, col. 136 A, [1639_lusiadas]
              (Faría 1639a: II, col. 136): «Porque comparar a Góngora con Camões en esto es como
              contender Aracne con Palas, Marsias con Apolo y la mosca con el águila». Al Lunarejo
              le parece niñería la serie de comparaciones hiperbólicas entre tres aspirantes y tres
              modelos, que representarían al Góngora aspirante y al poeta Camões. Aracne pretendía
              tejer mejor que Palas y esta la transformó en araña (Grimal 1999: 43); Marsias
              pretendía tocar mejor la flauta que Apolo y recibió duro castigo (Grimal 1999:
              277-278) y la mosca que pretende volar como el águila es alimento de la rapaz.</note>,
            y por ahora no merece respuesta<note type="app" rend="I"> respuesta <hi rend="i"
              >A</hi> : respueta <hi rend="i">B</hi></note>. Además, que este hombre se desmiente a
            sí mismo, porque si Góngora es Marcial y Estacio, ya eso es decirnos que Estacio y
            Marcial son moscas y arañas.</p>
          <p>119. Concluye <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>
            que aun después de muerto se ha de reír de los que hicieren aquella comparación<note
              place="bottom"> Entre Góngora y Camões.</note>. La risibilidad, perfección fue de
            naturaleza racional: en el medio consiste la humanidad, en quien falta es bruto, en
            quien sobra es bobo. Quien después de muerto se ríe, ¿qué será? Parecerase a lo menos a
            aquella figura de jaspe que refiere aquel pícaro, que introduce el gran cómico de
            España, fingiendo que se rio Julio César muerto y en mármol:</p>
          <quote xml:lang="es"><lg>
              <l>En el cuadro de un jardín</l>
              <l>de un gran señor castellano</l>
              <l>estaba un César romano</l>
              <l>de mármol, medalla en fín.</l>
            </lg><lg>
              <l>Mirándole un paje un día</l>
              <l>le dijo: “César, albricias,</l>
              <l>si ver el laurel codicias</l>
              <l>de la antigua Monarquía,</l>
            </lg><lg>
              <l>que hoy el cielo decretó</l>
              <l>vuelvas a reinar en Roma.”</l>
              <l>Mira si placer se toma,</l>
              <l>pues la estatua se rio</l>
            </lg><lg>
              <l>y estuvo así muchos días,</l>
              <l>hasta que el paje volviendo</l>
              <l>le dijo: “¿Qué estás riendo</l>
              <l>con esperanzas tan frías?</l>
            </lg><lg>
              <l>Que Octavio es rey, César fiero.”</l>
              <l>Y el mármol como le oyó,</l>
              <l>dicen que a poner volvió</l>
              <l>la boca como primero.<note place="margin" resp="author"> Lope de Vega p. 11 Comedia
                  Principe perfeto.</note><note place="bottom"> Lope de Vega, <hi rend="i">Onzena
                    parte de las comedias de Lope de Vega Carpio</hi> (en Madrid: por la viuda de
                  Alonso Martín de Balboa, a costa de Alonso Pérez, mercader de libros, 1618), <hi
                    rend="i">El príncipe perfeto</hi>, acto primero (1618: 126v).</note></l>
            </lg></quote>
          <p>120. Así se reirá nuestro muerto<note place="bottom"> Manuel de Faría y Sousa murió en
              1649.</note>, que cierto estará para estas gracias entonces, y ahora nos reímos de sus
              objeciones<note type="app" rend="I"> objeciones <hi rend="i">A</hi> : objectiones <hi
                rend="i">B</hi></note>, que hasta aquí han sido frívolas, vanas, ineficaces y
            ridículas. Súmense sus <pb
              facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f45r.jpg"
              n="f. 45r"/> argumentos todos, que todos quedarán con facilidad resueltos y
            desvanecidos. Mirad si con dos razones vencemos tantas opuestas sinrazones: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">caeterum ad haec quae obiecistis, numera an binis verbis
              respondeam</quote>»<note place="margin" resp="author"> Apuleius<note type="app"
                rend="I"> Apuleius <hi rend="i">A</hi> : Apuleus <hi rend="i">B</hi></note> in
                Apologia<note type="app" rend="I">Apologia <hi rend="i">A</hi> : Apologa <hi
                  rend="i">B</hi></note></note><note place="bottom"> Apuleyo, <hi rend="i"
                >Apologia</hi>, párrafo 103 (1972: 114): «Por otra parte, comprueba si respondo en
              dos palabras a cada uno de los cargos que has presentado contra mí.» (trad. Santiago
              Segura Munguía en Apuleyo 1980: 223).</note>. Mirad con la brevedad que respondemos:
            «Góngora tiene muchos hipérbatos»: imita a los latinos<note place="bottom"> Véanse las
              secciones III y IV del <hi rend="i">Apologético, supra</hi>. </note>. «Usáronlo los
            antiguos»: nadie tan felizmente<note place="bottom"> De nuevo, el argumento se encuentra
              en las secciones III y IV, pero también en la sección V, que detalla la cuestión de la
              anterioridad en el uso del hipérbaton (§ 42 y siguientes).</note>. «Frecuéntalos muy
              continuo<note type="app" rend="I"> continuo <hi rend="i">em.</hi> : continuos <hi
                rend="i">AB</hi></note>»: parécese<note type="app" rend="I"> Parecese <hi rend="i"
                >B</hi> : Parece <hi rend="i">A</hi> [Enmienda consignada en la fe de
              erratas.</note> a quien imita<note place="bottom"> Espinosa Medrano comenta el
              hipérbaton latino en la sección IV y la relación de imitación aparece señaladamente en
              los párrafos 20 y 32.</note>. «Quita lo que es propio de la latinidad»: es mayor
              valentía<note place="bottom"> De nuevo, véase la sección IV, § 27-31.</note>. «Tiene
            metáforas remotas»: lícito fue a Virgilio<note place="bottom"> Sobre las metáforas
              remotas de Góngora versa la sección VI del <hi rend="i">Apologético</hi>.</note>.
            «Descubre poco juicio»: ¿qué poeta le tiene?<note place="bottom"> Véase la sección II, §
              4-5.</note> «No acabó algunas obras»: esas vencen a las acabadas<note place="bottom">
              Véase la sección IX, § 69-70.</note>. «En el Polifemo tiene poca traza»: Homero tiene
              menos<note place="bottom"> Véase la sección IX, § 72-74.</note>. «Son muchos sus
            atrevimientos»: nadie es grande sin ellos<note place="bottom"> Repite este argumento la
              «valentía» de quitarle a la latinidad lo que le pertenece: véase la sección IV, §
              27-31.</note>. «Llámanle Homero algunos»: él no tiene la culpa<note place="bottom">
              Sobre la comparación con Homero véase en esta misma sección XI el párrafo 115.</note>.
            «No lo entienden muchos»: no importa, si son necios<note place="bottom"> Dejando de lado
              los múltiples lugares en que Espinosa Medrano disemina muestras de la ignorancia o
              necedad de su contrincante, el tema destaca especialmente en la sección I, § 2 y en la
              sección VII, § 59.</note>. «No tienen alma sus versos»: no lo juzgue la envidia<note
              place="bottom"> Sobre la ausencia de alma volvemos a remitir, como ante la acusación
              de que «descubre poco juicio», a la sección II, § 4-5. La envidia de Faría es tema
              central de la sección I (§ 1-2), aunque también aluden a ella los párrafos 6, 9, 12,
              20, 44, 67 y 68.</note>, censúrelo la verdad, reviente la pasión, léalos el docto,
            escudríñelos el erudito<note place="bottom"> El párrafo entero es una reescritura de la
              recapitulación y conclusión de la <hi rend="i">Apología</hi> de Apuleyo. En la
              traducción de Santiago Segura Munguía, a continuación de la cita recién transcrita,
              leemos: «“Haces brillar tus dientes”: excusa mi limpieza. “Te miras en los espejos”:
              un filósofo debe hacerlo. “Haces versos”: está permitido componerlos. “Examinas los
              peces”: Aristóteles lo enseña. “Consagras una estatuilla de madera”: Platón lo
              aconseja. “Tomas esposa”: lo mandan las leyes. “Tiene más edad que tú”: suele suceder.
              “Has perseguido un lucro”: toma el contrato sobre la dote, recuerda el acta de
              donación, lee el testamento.» (Apuleyo 1980: 223-224). Apuleyo resume su respuesta a
              ocho cargos, que El Lunarejo amplia hasta cubrir una nómina de once. La imitación y
                <hi rend="i">amplificatio</hi> es patente también en las cláusulas finales, que
              aumentan a cinco la triple respuesta final del original al último cargo rebatido.
              Sobre la relación del <hi rend="i">Apologético</hi> con la tradición de la «apología»
              véase la introducción.</note>.</p>
        </div>
        <div type="chapter" xml:id="seccion12">
          <head>Sección XII</head>
          <p>121. Cese aquí la pluma, cese ya el celo de sacudir calumnias, de persuadir
            escarmientos. Sépase la mordacidad que la serpiente fue célebre símbolo de la ciencia,
            quizá porque aunque la erudición yace simplemente enroscada entre las flores de su
            inocencia, tal vez, pisada de grosero pie, fue áspid que espeluce las escamas, que muña
            el silbo, que vibre la lengua, que clave los colmillos y torne los antídotos en
              venenos<note place="bottom">El Lunarejo desarrolla un concepto sobre la serpiente como
              símbolo de la ciencia. Haciendo de nuevo gala de una lectura materialista o evemerista
              de los símbolos y alegorías, ofrece una razón no común de esta simbología. Del mismo
              modo que la serpiente se oculta entre las flores y desde allí, si es pisada, arremete
              y muerde, la ciencia o la erudición yace entre las flores de su inocencia, pero al ser
              pisada ataca, dejando de preparar antídotos a los males, como medicina moral y moral,
              para escupir venenos. La serpiente acechante entre las flores es lugar común, basado
              en el «<hi rend="i">latet anguis in herba</hi>» de Virgilio, <hi rend="i"
                >Bucólicas</hi>, égloga 3, v. 93 (Virgilio 1894: 18): ‘la sierpe se esconde entre la
              hierba’. El topos es frecuente en Góngora, que suele comparar a Amor con el áspid que
              se oculta entre las flores, como en el soneto «La dulce boca que a gustar convida»:
              «Amor está, de su veneno armado, / cual entre flor y flor sierpe escondida» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem41#l41.7"
                >OC41.7-8</ref>). Aquí, Espinosa Medrano recuerda un pasaje de la <hi rend="i"
                >Soledad segunda</hi>, v. 314-327: «Estimando seguía el peregrino, / al venerable
              isleño, / de muchos pocos numeroso dueño, / cuando los suyos enfrenó de un pino / el
              pie villano, que groseramente / los cristales pisaba de una fuente. / Ella, pues,
              sierpe, y sierpe al fin pisada / (aljófar vomitando fugitivo / en lugar de veneno), /
              torcida esconde, ya que no enroscada, / las flores que de un parto dio, lascivo, /
              aura fecunda al matizado seno / del huerto, en cuyos troncos se desata / de las
              escamas que vistió, de plata.» (<ref
                target="http://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/gongora_obra-poetica/poem264C#l264C.314"
                >OC264C.314-327</ref>). En las líneas de El Lunarejo, el «grosero pie» responde al
              «pie villano, que groseramente / los cristales pisaba de una fuente»: sierpe «ya no
              enroscada» entre las flores de la <hi rend="i">Soledad segunda</hi>, pero sí
              «enroscada entre las flores de su inocencia» en el <hi rend="i">Apologético</hi>,
              hasta que, invirtiendo el ataque de la sierpe gongorina (que «en lugar de» veneno echa
              agua), aquí «torn[a] los antídotos en venenos».</note>. No queremos obelar<note
              place="bottom"> Como queda dicho <hi rend="i">supra</hi>, obelar es señalar
              errores.</note> muchos desaciertos que pudiéramos en todas las obras de <persName
              type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName>, por ser bajeza
              acechar<note type="app" rend="I"> assechar <hi rend="i">A</hi> : astechar <hi rend="i"
                >B</hi></note> ajenos yerros, cuando tan de cosecha los tiene el caudal de los
            mortales. Si algunos notamos arriba, pasen a pesar de nuestra modestia, ya porque
            primero lo aprendimos de <persName type="polemist" key="Faria e Sousa, Manuel de"
              >Faría</persName>, ya porque la verdad provocada se venga con acerbidad. A pesar digo
            de nuestra<note type="app" rend="I"> nuestra <hi rend="i">A</hi> : neustra <hi rend="i"
                >B</hi></note> modestia, porque aun en quien tan bien merece la invección<note
              place="bottom"> Invectiva.</note>, no es valentía ensangrentar el ingenio; ¿qué será
            en quien tantas coronas merece como el de don Luis de Góngora<note place="bottom">
              Espinosa Medrano cierra su <hi rend="i">Apologético</hi> haciendo alarde de modestia
              frente a la envidia que achaca a Faría desde la sección I. La modestia de Espinosa
              Medrano oculta un último ataque a Faría, cuando afirma que sólo por justa venganza se
              alza contra el portugués. Y es que la consigna del crítico modesto es que ningún
              ingenio merece ataques, pero Góngora los merece menos aún que Faría. En el momento
              pues de declarar la paz («cese ya el celo de sacudir calumnias»), el peruano le da la
              puntilla al defensor de Camões.</note>? Si fue culpa el hipérbaton, descuéntese por
            sus muchos primores. Además, que es hazaña poco hidalga por cuatro cáscaras de palabras,
            o por tal qué descuido que humanamente se desliza, zaherir a los hombres grandes,
              arriesgando<note type="app" rend="I"> arriesgando <hi rend="i">em.</hi> : arresgando
                <hi rend="i">AB</hi></note> su nombre y fama a los peligros del descrédito: «<quote
              xml:lang="la" rend="i">Illiberale facinus —dice bien Escalígero— propter nescio quas
                <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f45v.jpg"
                n="f. 45v"/> verborum quisquilias aut propter errorem aliquem qui humanitus<note
                type="app" rend="I"> humanitus <hi rend="i">A</hi> : hamanitus <hi rend="i"
                >B</hi></note> contigerit, tantorum hominum eruditionem atque adeo totum nomen et
              famam in periculum vocare</quote>»<note place="margin" resp="author"> Ios. Scaliger
              super Catullum ad Puteanum<note type="app" rend="I">Puteã <hi rend="i">A</hi> : Put.
                  <hi rend="i">B</hi></note></note>. Hagan<note type="app" rend="I"> Hagã <hi
                rend="i">A</hi> : Hagen <hi rend="i">B</hi></note> eso<note type="app" rend="I">esso
                <hi rend="i">A</hi> : essos <hi rend="i">B</hi></note> hombrecillos de bruta
            discreción, de necia sutileza, que despuntándose de agudos, gastan el tiempo en hablar
            cardos y pronunciar abrojos: «<quote xml:lang="la" rend="i">Hoc solent facere arguti
              homunciones, qui in huiusmodi acanthologias totam aetatem contriuerunt</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Idem ibidem</note><note place="bottom"> Joseph Juste
              Scaliger, <hi rend="i">Catulli, Tibulli, Propertii noua editio. Josephus Scaliger
                Julii Caesaris Filius recensuit. In eosdem Castigationum liber. Ad Claudium Puteanum
                consiliarium regium in suprema curia Parisiensi</hi> (Paris: apud Mamert Patisson in
              officina Robert Estienne 1577), epístola dedicatoria «<hi rend="i">Cl. Puteano
                consiliario regio in suprema curia Parisiensi Iosephus Scaliger Iul. Caesaris F. S.
                P. D.</hi>» (Scaliger 1577: f. a5v): «<hi rend="i">Illiberale enim facinus propter
                nescio quas verborum quisquilias aut propter errorem aliquem qui humanitus
                contigerit, tantorum hominum eruditionem, atque adeo totum nomen et famam in
                periculum vocare. Hoc solent facere stolide arguti homunciones, qui in huiusmodi
                ἀκανθολόγιαις totam aetatem contriverunt</hi>», (‘Considero poco generoso delito,
              por no sé qué naderías de palabras o por algún error que es inevitable en los seres
              humanos, poner en entredicho la erudición de hombres tan grandes, y hasta su buen
              nombre y fama. Esto suelen hacerlo estúpidamente unos hombrecillos demasiado agudos,
              que han gastado todo su tiempo en semejantes gramatiquerías’). En la cita, la palabra
              griega ἀκανθολόγια está formada sobre ἀκανθεών, “arbusto espinoso”: quiere por tanto
              decir “que trata en espinas” y se aplica satíricamente al gramático. En su biblioteca,
              El Lunarejo contaba con un «Propercio, Catulo y Tíbulo por Escalígero» (Guibovich
              1992: 27), que corresponde a la exitosa edición de Joseph Scaliger cuya príncipe
              consultamos aquí.</note>. Mas, ¿quién podrá tolerar estos cambrones ásperos, estas
            punzantes zarzas, que aparradas al suelo de su tenuidad y gloriándose de solo brotar
            puntas y florecer satíricas espinas, presumen reinar sobre los incorruptibles cedros
              del<note type="app" rend="I"> del <hi rend="i">A</hi> : de <hi rend="i">B</hi></note>
            Líbano? «<quote xml:lang="la" rend="i">Quis ferat rhamnos illos humi repentes —dice
              Matías Hauzeur— et solis spinis ac aculeis satyricis gloriosos supra cedros Libani
              regnare praesumentes?</quote>»<note place="margin" resp="author"> Mathias<note
                type="app" rend="I">Mathias <hi rend="i">B</hi> : Math <hi rend="i">A</hi></note>
              Hauzeur epitom. in S. August.<note type="app" rend="I">August. <hi rend="i">A</hi> :
                Aug. <hi rend="i">B</hi></note> prolog.</note><note place="bottom"> Mathias Hauzeur,
                <hi rend="i">Epitome totius augustissimae doctrinae B. Augustini episcopi</hi>
              (Parisiis: apud Michaelem Soly, Matthaeum Guillemot, Georgium Iosse et Petrum
              Guillemot, 1646), tomo primero, «<hi rend="i">Praefatio ad lectores</hi>» (Agustín de
              Hipona 1646: f. ¶1r). Con el título de <hi rend="i">Epitome</hi> que El Lunarejo anota
              en su remisión, el compendio de obras de San Agustín por Mathias Hauzeur (Verviers,
              Bélgica, 1589 – Lieja, 1676) sólo puede corresponder a la edición en dos tomos de
              1646.</note></p>
          <p>122. A todos había de intimarse aquella célebre sentencia de Apolo que promulgó el
            discretísimo Trajano Boccalini y con elegancia tradujo el otro más florido Sousa y
              cortesano<note type="app" rend="I"> Cortesano <hi rend="i">A</hi> : Cortezano <hi
                rend="i">B</hi></note> portugués<note place="bottom">Este traductor de Boccalini,
              Fernando Peres de Sousa es «más florido Sousa» por comparación con Manuel de Faría y
              Sousa.</note>. Diéronle al otro crítico, por otra rigorosa censura, en pena, a purgar
            la neguilla de mucho trigo y a venderla o darla a quien la compre o la gratule<note
              place="bottom">Gratular es latinismo, de <hi rend="i">gratulari</hi>, que aquí
              significa “agradecer”. Por ser riguroso en sus censuras, el crítico de Boccalini
              recibe la condena de limpiar un trigal de las flores de neguilla que crecen en los
              sembrados, para luego venderlas si encuentra comprador o regalarlas si encuentra quien
              agradezca tan inútil obsequio.</note>, y desesperado de su estimación escuchó de
            Apolo: «<quote xml:lang="es">Que si las inmundicias que algunos sacaban de las
                cosas<note type="app" rend="I"> cosas <hi rend="i">A</hi> : cofas <hi rend="i"
                  >B</hi></note> buenas no eran mercadería de hombres sabios y no aprovechaban ni
              para venderlas ni para darlas, él mismo venía a confesar haber sido mal aconsejado
              cuando emprendió el indiscreto e impertinente trabajo de dejar las rosas que halló en
              el poema que había censurado, y amontonó y guardó inútilmente las espinas. Y que en
              los estudios de los trabajos ajenos los críticos sabios y discretos imitaban las
              abejas, que aun de las hojas amargas<note type="app" rend="I"> amargas <hi rend="i"
                  >A</hi> : amarguas <hi rend="i">B</hi></note> sabían sacar miel y que, no
              hallándose cosa debajo del cielo que no tuviese mezcla de muchas imperfecciones,
              cuando alguno quisiese curiosa y cuidadosamente cerner los escritos de Homero,
              Virgilio, Livio, Tácito y Hipócrates, que eran la maravilla del mundo, con el cedazo
              de un continuo estudio, no dejaría también de sacar de ellos algún poco de salvado. Y
              que él se daba por contento y satisfecho que la harina de los escritos de sus
              estudiosos secuaces fuese en la plaza mercadería corriente y vendible. Y que los
              judiciosos y cortesanos ingenios ocultaban los defectos de los sabios y estudiosos
              escritores que los mal intencionados publicaban. Y que la profesión de sacar de los
              poemas ajenos<note type="app" rend="I"> agenos <hi rend="i">A</hi> : agones <hi
                  rend="i">B</hi></note> solas las inmundicias era oficio solamente de viles y
              hediondos escarabajos que, con los asquerosos <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f46r.jpg"
                n="f. 46r"/> excrementos ajenos, con sumo deleite, entretenían la vida, cosa muy
              ajena del ejercicio de los sujetos nobles que fructuosamente sustentan sus ánimos de
              cosas honestas y virtuosas</quote>»<note place="margin" resp="author"> Trajan.<note
                type="app" rend="I">Trajan. <hi rend="i">B</hi> : Traja. <hi rend="i">A</hi></note>
              Bocal Raguall.<note type="app" rend="I">Raguall. <hi rend="i">A</hi> : Regual. <hi
                  rend="i">B</hi></note> Sousa centur. aviso<note type="app" rend="I">auiso <hi
                  rend="i">A : om. B</hi></note> 39</note><note place="bottom"> Traiano Boccalini,
                <hi rend="i">Discursos políticos y avisos del Parnasso</hi>, traducción de Fernando
              Peres de Sousa (Madrid: por Maria de Quiñones, a costa de Pedro Coello, 1634), aviso
              39, «Refuta Apolo una censura que le presentó un crítico hecho sobre un poema de un
              lucido sujeto italiano» (1634: f. 105v-107r). La cita se encuentra en los folios
              106v-107r y respecto a la lección que da Espinosa Medrano presenta la variante
              siguiente: «y amontonó y guardó inútil e imprudentemente las espinas». En las
              ediciones posteriores de la traducción de Peres de Sousa el aviso 39 cambia de
              contenido y en la edición de 1653, aparece como el centésimo de la primera centuria.
              Véanse las ediciones de Huesca, por Juan Francisco Larumbe, 1640 (f. 70v-71v) y de
              Madrid, por Diego Díaz de la Carrera, 1653 (1653, I: 64v-67v y 1653, II: f. 75r-76r,
              cf. I: f. 176v-177r). En su remisión marginal, El Lunarejo menciona estos <hi rend="i"
                >Discursos</hi> por el título a la italiana con el que se conocían, los Raguallos,
              titulados por Boccalini <hi rend="i">Ragguagli di Parnaso</hi>. En su <hi rend="i"
                >Agudeza y arte de ingenio</hi>, Gracián alude al menos en dos ocasiones a este
              título: «Ingeniosos son los Raguallos del Boquelino» (Gracián 1648: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=mZXrEI4zcpUC&amp;vq=raguallos&amp;hl=fr&amp;pg=PA318#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >318</ref>) y «Trajano Bocalino en sus críticos Raguallos del Parnaso» <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=mZXrEI4zcpUC&amp;vq=raguallos&amp;hl=fr&amp;pg=PA344#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >(344)</ref>.</note>, etc. Verdaderamente que a los hombres del tamaño de don Luis
            no se ha de calumniar si hay seso, sino cambiar las censuras<note type="app" rend="I">
              censuras <hi rend="i">A</hi> : sensuras <hi rend="i">B</hi></note> en respetos. Esa es
            la distancia de los hombres grandes a los otros, porque de los que escriben con pocos
            aciertos se entiende que por yerro acertaron algo<note place="margin" resp="author"> Ad
              hominem retorquet.</note>, y de los que con muchos aciertos escriben, se entiende que
            nos dan a entender que se descuidaron para darnos qué cuidar, o que no cuidaron de eso
            para enseñarnos que de menudencias no cuidan espíritus sublimes. Así pues, a quien mucho
            acierta no se le ha de ajar la veneración por tropiezos leves, porque a la humanidad es
            imposible la perfección y el yerro en ella es menos de admirar que el acierto, y así la
            buena dicha consiste solo en errar menos uno que otro.</p>
          <p>123. Esto debiera hacer nuestro <persName type="polemist"
              key="Faria e Sousa, Manuel de">Faría</persName> (cuando los hipérbatos fueran yerros)
            y esto nuestros teólogos modernos, que en pendencias e impugnaciones de ajenos descuidos
            nos gastan el papel, el tiempo y la vida, sin acordarse de que mientras pelean, no nos
            han enseñado ni un átomo de la verdad, ni dejádonos a la paciencia un átomo<note
              place="bottom"> Este ataque contra los teólogos de su tiempo, no por alusivo menos
              severo, no puede comprenderse exclusivamente con los pocos datos que nos da el <hi
                rend="i">Apologético</hi> de las posiciones teológicas de Espinosa Medrano, más allá
              de su declarado tomismo. En las coordenadas cuzqueñas y universitarias que son las
              suyas, esta pulla puede entrar dentro de la guerra abierta entre los jesuitas y el
              clero seglar, al que pertenece El Lunarejo, apoyado por los dominicos. Sobre este
              conflicto teológico y administrativo, véase Rodríguez Garrido (1997) y Pedro Guibovich
              (2006). No queda sin embargo aclarado cuáles son los teólogos que merecen tan amargo
              sermón por parte de El Lunarejo, aparte de la posibilidad de que sean jesuitas. Sea
              como fuere Espinosa Medrano se construye una posición moderada, hecha de erudición y
              modestia, que le permite juzgar a Faría, pero sobre todo superar a los «teólogos
              modernos». La reaparición del hipérbaton en estas líneas, así como la asimilación de
              estos teólogos con Faría y en definitiva con el antigongorismo, indica que El Lunarejo
              puede estar criticando a algún teólogo que lo hubiera atacado a él o a sus sermones,
              en los que aspiraba a igualar a Paravicino para convertirse en nuevo «Góngora de los
              declamadores» (sección VIII, § 61-63). Con estas palabras, Espinosa Medrano le da por
              tanto sentido al anuncio hecho en los preliminares hasta cuatro veces, y en su
              dedicatoria a Luis Méndez de Haro: «Si al duque, mi señor y mecenas de este papel, no
              desagradare esta ofrenda humilde, tenme por animado a mayores empresas. Ocios son
              estos que me permiten estudios más severos». El <hi rend="i">Apologético</hi> permite
              al Lunarejo vestir la túnica del juez de teología y erudición, calificándolo para
              estudios de más enjundia.</note>.</p>
          <p>124. Viva pues el culto y floridísimo Góngora, viva a pesar de las envidias, «<quote
              xml:lang="la" rend="i">rumpantur et ilia Codro</quote>»<note place="bottom"> Virgilio,
                <hi rend="i">Bucólicas</hi>, 7, v. 26: «<hi rend="i">invidia rumpantur ut ilia
                Codro</hi>» (1992a: 80): «hasta que revienten de envidia las entrañas de Codro»
              (trad. Tomás de la Ascensión Recio García en Virgilio 1990: 202). La cláusula viene en
              un parlamento del poeta Tirsis, que dice: «Pastores, adornad con hiedra al novel
              poeta, Arcades, hasta que revienten de envidia las entrañas de Codro; o si le alabare
              más de lo justo, ceñidle de bácara la frente, no sea que su lengua maldiciente [la de
              Codro] dañe al futuro vate.» (Virgilio 1990: 202).</note>. Viva esta rara ave, cuya
            pluma, en altísimos vuelos remontada, no nos deja columbrar si es cisne de la armonía de
            las Musas o si es águila de todas las luces de Apolo, o es fénix de todos los aromas de
            la erudición<note place="bottom"> En esta frase, los «altísimos vuelos» anuncian ya el
              Góngora-fénix, aquel que en su censura, fray Miguel de Quiñones llama «fénix de los
              ingenios castellanos», y nos lo muestran inalcanzable e inimitable, aun antes de que
              lleguen el cisne y el águila, al repetirse la locución «altísimos vuelos», referida ya
              al ave mitológica en la sección VIII, § 60: «fénix en fin raro cuya pluma y matices en
              líneas de celestes renglones iris forman no corvo, que en altísimos vuelos se ostenta
              a los remedos fugitivo y a las admiraciones sereno».</note>. Bien que el docto crítico
            Gracián todo dijo que lo era: «<quote xml:lang="es">Aquel que fue cisne, fue águila, fue
              fénix en lo canoro, en lo agudo y en lo estremado</quote>»<note place="margin"
              resp="author"> L. Gracian Arte de ing. disc. 3 fol. 11</note><note place="bottom">
              Baltasar Gracián, <hi rend="i">Agudeza y arte de ingenio</hi>, discurso III (Gracián
              1648: 11).</note>. Lo mismo repite en el discurso quinto: «<quote xml:lang="es">fue
              este culto poeta cisne en los concentos, águila en los conceptos y en toda especie de
              agudeza eminente</quote>»<note place="margin" resp="author"> Discurso 5 fol.
              25.</note><note place="bottom"> Baltasar Gracián, <hi rend="i">Agudeza y arte de
                ingenio</hi>, discurso V (Gracián 1648: 26).</note>. Tampoco es de perder otro
            elogio que le dá, cuando trata de la sublimidad en que cada poeta exaltó su idioma por
            las naciones diciendo: «<quote xml:lang="es">Tomé los ejemplos de la lengua en que los
              hallé, que si la latina blasona al relevante Floro, también la italiana al valiente
              Tasso, la española al culto Góngora, y la portuguesa al afectuoso Camões</quote>»<note
              place="margin" resp="author"> Arte de ingenio ad lectorem</note><note place="bottom">
              Baltasar Gracián, <hi rend="i">Agudeza y arte de ingenio</hi>, «Al lector» (Gracián
              1648: <ref
                target="https://books.google.fr/books?id=mZXrEI4zcpUC&amp;hl=es&amp;pg=PR5-IA1#v=onepage&amp;q&amp;f=false"
                >f. []4r</ref>).</note>. Viva merecedor de eternos loores, pues en el glorioso
            ámbito de su erudición pudo de toda la enciclopedia agotar meritísimamente los elogios
              («<quote xml:lang="la" rend="i">Ut sic meruit totius <pb
                facs="http://gongoradigital.github.io/img/1662_apologetico/1662_apologetico_f46v.jpg"
                n="f. 46v"/> Encyclopediae laude unus nostro aevo clarissimus concivis et amicus
              noster don Ludovicus de Gongora</quote>»<note place="margin" resp="author"> D. Fran.
              Torreblanc. Villalpandus libro<note type="app" rend="I">Villalpandus libro <hi
                  rend="i">B</hi> : Villalpad. lib. <hi rend="i">A</hi></note> I Mag. c.
              7</note><note place="bottom"> Francisco Torreblanca Villalpando, <hi rend="i">Epitomes
                delictorum in quibus aperta vel oculta invocatio daemonis intervenit libri IV</hi>
              (Hispali: apud Ildephonsum Rodriguez Gamarra et Franciscum de Lira typographos, 1618),
              libro I «<hi rend="i">In magiam diuinatricem</hi>», cap. 7: «<hi rend="i">ut sic
                merito totius encyclopediae laude unus nostro aeuo clarissimus conciuis, et amicus
                noster D. Ludouic. de Gongora</hi>» (1618: f. 14r).</note>), dice el erudito
            Villalpando en su <title>Magia</title>. Débensele estos honores por los que con su
            ingenio logró el idioma español, venerándole por su primera y más ínclita gloria el
            Betis:</p>
          <quote xml:lang="la"><l>Boetis oliuiferi Gongora primus honor.<note place="margin"
                resp="author"> Nicol. Albiz elog. ad com. Christophori Salaçarii</note><note
                place="bottom">
                <persName type="polemist" key="Albiz, Nicolás de">Nicolás de Albiz</persName>, en
                  <persName type="polemist" key="Salazar Mardones, Cristóbal de">Cristóbal de
                  Salazar Mardones</persName>, <title>Ilustración y defensa de la Fábula de Píramo y
                  Tisbe</title>, «Epigramas latinos de algunos ilustres ingenios de esta Corte, en
                alabanza del comentador de esta Fábula», «Del Contador Nicolas de Aluiz», v. 4.
                (1636: f. §6v). El «com. Christophori Salaçarii» al que remite Espinosa Medrano es
                pues otra de las piezas fundamentales de la polémica gongorina que conoce y maneja,
                la <title>Ilustración y defensa</title> de <persName type="polemist"
                  key="Salazar Mardones, Cristóbal de">Cristóbal de Salazar Mardones</persName>.
                1636_ilustracion.</note></l></quote>
          <p>Pero son breve esfera los andaluces términos que opulentamente bañan sus espumas<note
              place="bottom"> Las del Betis.</note>, para la afluencia de tanto lustre cuando, como
            dice aquel grave jurisconsulto, es sin primero el segundo Píndaro, el padre de la
            cultura, el esplendor de Córdoba, el ornamento de España y el portento del orbe todo:
              «<quote xml:lang="la" rend="i">Cui allusit<note type="app" rend="I">allusit <hi
                  rend="i">em.</hi> : allussit <hi rend="i">AB</hi></note> alter Pindarus, crysis
              pater, Cordubae decus et ornamentum totius Hesperiae orbisque portentum don Ludouicus
              a Gongora</quote>»<note place="margin" resp="author"> D. Anton.<note type="app"
                rend="I">Anton. <hi rend="i">A</hi> : Anto. <hi rend="i">B</hi></note> de Cabreros
              Avendaño lib. 2 de Met. c. 4 n. 15 </note><note place="bottom"> Antonio Cabreros
              Avendaño, <hi rend="i">Methodica delineatio de metu</hi> (Madridii: ex typographia
              Francisci Martinez, 1634), lib. 2, cap. IV, § 15 (1634: 108). Es muy probable que la
              cita provenga de <persName type="polemist" key="Salazar Mardones, Cristóbal de"
                >Cristóbal de Salazar Mardones</persName>, <title>Ilustración y defensa de la Fábula
                de Píramo y Tisbe</title>: «Y nuestro amigo D. Antonio Cabreros Avendaño cuyas
              grandes partes de ingenio y letras son tan notorias en el mundo por los dos libros que
              ha estampado de Met. et de Tripl. y el que tiene ya en perfección para ilustrar con él
              su patria, y la Jurisprudencia; asimismo le cita en el lib. 2 de Met. c. 4 n. 15
              hablando de las deposiciones antiguas que se hacían para el que venciese, por estas
              palabras: “<hi rend="i">Cui allusit alter Pyndarus, Crysis pater, Cordubae decus et
                ornamentum totiusque, Hesperiae orbisque, portentum D. Ludouicus a Gongora</hi>”»
              (1636: f. 88r). 1636_ilustracion.</note>.</p>
          <p>Salve tú, divino poeta, espíritu bizarro, cisne dulcísimo. Vive a pesar de la
            emulación, pues duras a despecho de la mortalidad. Coronen el sagrado mármol de tus
            cenizas los más hermosos lilios del Helicon, «<quote xml:lang="la" rend="i">manibus date
              lilia plenis</quote>»<note place="bottom"> Virgilio, <hi rend="i">Eneida</hi>, libro
              VI, v. 883 (Virgilio 1989: 77): «Dadme lirios a manos llenas» (trad. Javier de
              Echave-Sustaeta en Virgilio 1992b: 228). El verso se encuentra en las exequias de
              Anquises al joven Marcelo, hijo de Octavia y sobrino del emperador Augusto.</note>.
            Descansen tus gloriosos manes en serenísimas claridades, sirvan<note type="app" rend="I"
              > siruan <hi rend="i">A</hi> : situan <hi rend="i">B</hi></note> a tus huesos de
            túmulo ambas cumbres del Parnaso, de antorchas todo el esplendor de los astros, de
            lágrimas todas las ondas de Aganipe, de epitafio la Fama, de teatro el orbe, de triunfo
            la muerte, de reposo la Eternidad. <hi rend="i">Dixi</hi><note place="bottom"> Fórmula
              clásica de conclusión: «he dicho».</note>.</p>
          <p><hi rend="i">Laus deo</hi>.</p>
        </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
